LA CARTA CUARENTA Y DOS DE FRANCISCO BENAVIDES

Cuando la vieja entró en la sala de espera, un horrible olor a barbacoa invadió el consultorio. El tufo de la mujer me provocó náuseas y empeoró mi dolor de cabeza. Me preguntaba por qué algunas personas lograban expedir con tal destreza humores asquerosos tan temprano en la mañana. Y una vez más, cómo me convenció mi prima de ir con ese ginecólogo que tenía fama más bien de curandero. Para colmo, su consultorio estaba en un lugar horrible del centro de la ciudad que yo ni conocía; simplemente no eran mis rumbos. Al ver entrar a la anciana y sentir su hedor, tuve claro que me encontraba en el lugar equivocado y que debía partir lo antes posible.

La sala de espera era un cuarto pequeño donde, además de un escritorio que hacía las veces de recepción, sólo había un par de sillas baratas de plástico, un viejo sillón de mimbre y una palmera de plástico quemada casi por completo por los rayos del sol. Un par de diagramas sobre el ciclo menstrual que colgaban de la pared y un buró con revistas completaban la escena. Sigue leyendo