LA LETRA MATA DE JUAN SERRANO -AZULADA-


 “Yo cuando oigo la palabra cultura saco el revólver”   (Goering)

Le pregunté por qué llevaba esa ristra de ajos colgada al cinto. Allá por el otoño año mil quinientos cuatro, exactamente el once de octubre vino a casa mi vecino. Lo recuerdo muy bien porque aquel día cumplía yo los treinta justos. No sé a qué vino. Lo único que recuerdo es que este hombre se tomaba a raja tabla las ordenanzas del reino. Mi vecino tenía un sexto sentido para detectar todo lo que se moviera fuera del orden establecido. Era cazador por naturaleza, inquisitorial y un poco pelota. Fernando II atraído por el naturalismo de la época estaba en contra de toda representación gráfica. En una de sus últimas proclamas con motivos de la investidura como Corregidor del Conde de la Puebla de Molina, le oí decir en persona a nuestro señor el rey de Aragón: “¿Para qué sirve la palabra escrita ? No necesita el mundo emuladores ni malabarismos literarios, libreros ni linotipistas. No enrollemos en mentiroso papel de tinta la palabra, que ella misma se basta para decirnos lo que quiere. La palabra a secas: la verdad”. Al poco tirmpo mandó encarcelar a los que ejercieran cualquier oficio que tuviera que ver con la lectura. Todos aquellos que eran sorprendidos leyendo cualquier garabato, pliego o facsimil al momento eran arrestados. ¡Nada de códigos intermediarios que pudieran desvirtuar la realidad pura y sincera de la naturaleza! Transparencia, observación directa, mirada limpia, esos eran ahora los principios básicos de la nueva filosofía de la su Consejo de Cámara. “La letra Mata”, así llamaba ya todo el mundo a la nueva ordenanza. Por eso mi vecino llevaba siempre su plateada cabeza de ajos a la cintura, para levantar la caza y disparar a bocajarro con su ristra en alto contra todo tipo de letra impresa que al camino le saliera. Y es que según el preámbulo de dicha disposición real, las letras alteraban peligrosamente la sustancia blanca del cerebro. Cito textualmente: “El nervio óptico, debido a la forma helicoidal de los signos escritos, irrumpe en el hipotálamo produciendo una fuerte conmoción hormonal. Esta alteración genera una sustancia llamada “tontomina”, que es la responsable de dañar la cepa neuronal que regula el aparato motor… Todo sujeto, a corto plazo, de persistir en su afán lector, está predestinado a convertirse en un tetraplégico mental … con las consecuencias drásticas que para el desarrollo….” Junto a la promulgación de esta decreto se aprobó también un paquete de ayudas complementarias para compensar las pérdidas que se derivaran de su aplicación. Para compensar la restricción lectora los Concejos progamaron actividades gastronómicas al aire libre, maratones, festivales de baile. Las bibliotecas se transformaron en campos de bolos, donde la tradición y el folklore, cual soldados de terracota, se exibían sin explicación textual alguna, mudos ante las mentes aléxicas de los visitantes. Los métodos de enseñanza de los preceptores cambiaron por completo. En las escuelas se pasó de una educación, cuyo pilar básico hasta entonces había sido la enseñanza de los elementos básicos de la escritura, a otra más experimental e innovadora, cuya principal característica era la repetición cantada de las Partidas del Rey. En las iglesias y catedrales ni siquiera se leían los evangelios. Los fieles recitaban a coro y de memoria Los Milagros de Nuestra Señora de Gonzalo de Berceo. Ni que decir tiene que la dulce cantinela producía un efecto mántrico tanto en la feligresía como en el conjunto de la población. Gracias a esta nueva reglamentación y costumbre, desaparecieron las apuestas de gallos, los duelos de honor, así como la camorra entre escuderos y harapientos. La serenidad más absoluta se adueño de los barrios y juderías. Niños, jóvenes y mayores, en lugar de calentarse la mollera y divagar leyendo libros de caballerías, a Amadis de Gaula o La Celestina, se afanaban en sus labores entre capullos y gusanos de seda. La Corona como alternativa a la supresión de la lectura, subvencionó con cien ducados a fondo perdido a las familias que se dedicaran a la sericicultura. El caballo de batalla más duro fue requisar lápices y punzones, así como suprimir todo tipo material de serigrafía. Gran parte del presupuesto del reino se destinó a la investigación e implementación de un nuevo sistema telepático basado en el lenguaje directo: asentimiento facial, levantamiento del brazo, golpes de mangas, izamiento de los pulgares con los dos puños cerrados, señales de humo, movimientos de cabeza, entre los que destacaban aquellos que se ejecutaban de arriba abajo según modelo previamente presentado en escena por dos mimos cualificados de la escuela imperial de Marca y Pauta. El vecino, que no había hecho nada más que entrar en mi casa, cogió el portante y se largó. Yo en un primer momento no vi razón para que se fuera de forma tan repentina. Pero luego, al ver en el poyete de la cocina hecho trizas el libro “Los diálogos de Platón”, supe el motivo. Antes de irse sin que nadie se diera cuenta lo descuartizó de un rápido y certero mandoble con su ristra de ajos. Olvidé esconder el libro antes de que apareciera mi vecino por el portal. ¡Con sus iluminados comentarios encendía yo el fuego con el que alimentaba la olla de mis días, pábulo de mis llamas y entretelas. Con sus páginas yo calentaba el puchero de mi frugal sustento! Y este insignificante descuido de no guardar en su acostumbrado escondite del caramanchón los escritos del filósofo de la caverna fue el culpable de todos los males que desde entonces sufro y trago en este tan retirado como celiaco y apestoso campo de reclusión en el que actualmente patabajo me desjarreto. Resultó que al vocero de mi vecino le faltaron pies para salir como un rayo de mi casa. Se apresuró con su ilustrado cante al puesto de guardia más cercano. Sabía yo del vecino su tino, pero desconocía este su confidencial mal oficio que entre manos se llevaba con el cuerpo de guardia del Corregidor. No tardaron los maderos en venir con una orden de registro a mi casa. No la necesitaron. Abrieron la puerta de un puntapié. Me sorprendieron en el retrete leyendo “El asno y la perrita faldera”. Desde la promulgación de la ley seca “La letra mata”, yo había restringido mi desaforado vicio lector a la más recóndita intimidad. Nada de provocaciones en la barbería, ni cuando salía a pastorear a mis cabras por la ribera del río, ni cuando esperaba en casa del herrero que calzaran a mi mula aceitunada. Ni siquiera leía en la cama minutos antes de dormirme, costumbre que desde niño había heredado de mi madre, a la sazón también empedernida lectora. Mi predisposición genética cara me costó. Antes de que me diera tiempo a limpiarme el culo, uno de los guardias disparó a bocajarro. El libro de Las Fábulas de Esopo saltó por lo aires, mató a la Perra, y el Asno salió dando coces a tomar viento fresco a otro país más ilustrado. Yo, con la mierda aún en el ojete, pude salir ileso, aunque me detuvieron allí mismo, sin ni siquiera darme tiempo a cubrir mis asustadizas vergüenzas que colgaban temblequeando como dos nueces pasadas a punto de caer del árbol a finales de otoño. Luego el Gran Mestre y Corregidor me amonestaría acerca de los negativos efectos de mi contumaz dependencia. Me advirtió que de seguir con tan depravada ansiedad lectora, no sólo perdería mi ganado, mi mula y hacienda, sino que se me secaría el cerebro y lo que es más, ponía en serio peligro la salud de los ciudadanos. Gracias al diagnóstico de compulsivo lector, enfermedad heredada y avalada por un suculento informe pericial, en lugar de enviarme a galeras, dispusieron matricularme en un curso de desintoxicación literaria. Durante cinco veces a la semana, de cuatro de la tarde a diez de la noche, durante todo un año, son muchos días de abstinencia lectora, una cuaresma eterna. Previamente me metían en una caja de cristal para ver si mis meninges pululaban aún restos de signos gráficos que pudieran perturbar mi cerebro o contagiar así a la honrada ciudadanía. A la vista de que los resultados siempre daban colillas de trazos helicoidales tuve que soportar flagelaziones y desorejamientos. En una de estas palizas, sin yo darme cuenta, me colocaron dentro del oído una campanilla, parecida a la tapa de una diminuta almeja que reflejaba a lo lejos cada uno de mis desplazamientos. Y así fue como luego me descubrieron enfrascado en la lectura de un nuevo libro. Una mañana el caballo desbocado de mi libresco y maldito chute se apoderó de mis instintos. No pude resistirme. Salí a la calle. El camello de turno me ofreció “Don Quijote de la Mancha”. Yo sabía que la sustancia que me ofrecía era de gran pureza. Y allí mismo debajo del puente, sin pararme en recatos y culpas me “coloqué”, me puse como un bendito refocilándome con aquella novela. El Corregidor me citó por segunda vez y me acusó de quebrantar las ordenanzas de nuevo. El chivato de mi oído le había dado el cante mientras yo “ido” y absorto leía las pírricas aventuras del caballero de la Triste Figura. Y de nuevo a la cárcel. La condena fue de por vida. Trabajos forzados en la antigua Biblioteca del Reino. Un campo de concentración ubicado en las sabanas más heladas al norte del país. Aquí soy el último de una bancada formada por más quinientas personas. Nuestro trabajo consiste en defecar constantemente toda la basura que nuestro intestino grueso es capaz de sintetizar. Con toda la documentación escrita que los servicios del reino requisan, se elabora un bolo alimenticio, el Index prohibitorum, una especie de sopa de letras almacenada en unos grandes toneles metálicos. Durante las veinticuatro horas del día los reclusos, todos violadores de la ley “La letra mata”, estamos conectados a través de una sonda colectiva a estos tanques enormes repletos de este misterioso nutriente. Son miles los litros de líquido diarreico que evacuamos a la hora. En un proceso de profilaxis exhaustiva esta sustancia es posteriormente transformada en abono para árboles, en este caso moreras, que crecen rápidas, como un suspiro. Luego las hojas de estos árboles son alimento a su vez para los gusanos de seda que las familias agraciadas por la ayuda de la Corona crían en sus casas por cien ducados al mes como contrapartida. Pero lo que no saben los artificieros reales que promulgaron el decreto “La letra mata”, según me cuenta mi compañero de suplicio en la cadena y que a su vez fue escribano contumaz y confeso escribano de Cámara, es que los gusanos de seda, al ser alimentados con detritus de documentación escrita, con el tiempo adquirirán un nuevo gen capaz de elaborar ellos mismos nuevos códigos de comunicación impresa . Y algunas de estas larvas, en lugar de recogerse humildemente sobre sí mismas, y de hacer el capullo de seda, cual era su determinación cromosomática, en actitud hiperactiva y desafiante se emplearán en trazar con la punta de su rabadilla los signos gráficos de la tradicional comunicación escrita que las Ordenanzas reales han conseguido casi eliminar por completo. Y hasta tal punto mi compañero está seguro de lo que me cuenta es verdad, que ha llegado a decirme que “Don Quijote de la Mancha” no lo escribió el tal Avellaneda, sino que dentro de unos años lo hará de forma más sublime un ingenioso gusano de seda que se llamará Miguel de Cervantes.

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