UN PACTO CON EL DIABLO DE JUAN JOSÉ ARREOLA

Aunque me di prisa y llegué al cine corriendo, la película había comenzado. En el salón oscuro traté de encontrar un sitio. Quedé junto a un hombre de aspecto distinguido.

-Perdone usted -le dije-, ¿no podría contarme brevemente lo que ha ocurrido en la pantalla?

-Sí. Daniel Brown, a quien ve usted allí, ha hecho un pacto con el diablo.

-Gracias. Ahora quiero saber las condiciones del pacto: ¿podría explicármelas?

-Con mucho gusto. El diablo se compromete a proporcionar la riqueza a Daniel Brown durante siete años. Naturalmente, a cambio de su alma.

-¿Siete nomás?

-El contrato puede renovarse. No hace mucho, Daniel Brown lo firmó con un poco de sangre.

Yo podía completar con estos datos el argumento de la película. Eran suficientes, pero quise saber algo más. El complaciente desconocido parecía ser hombre de criterio. En tanto que Daniel Brown se embolsaba una buena cantidad de monedas de oro, pregunté: Sigue leyendo

JAPÓN DE ANA GARCÍA BERGUA

fuente:http://www.letraslibres.com/index.php?art=12209

A los cincuenta no recuerda bien la preparatoria. Ha permanecido lejos de ese ambiente prácticamente desde que la terminó y se fue a estudiar ingeniería a Japón. Se casó ahí, se divorció, y cuando regresó al país ya no conocía a casi nadie, excepto a su familia: sus padres, sus hermanos. Sus hermanos dicen que está cambiado; retraído, solitario, se relaciona con muy poca gente fuera de los compañeros de la corporación donde trabaja más de ocho horas diarias. Él, por su parte, no niega que el difícil divorcio de Fumiko, las interminables discusiones con la familia japonesa, el apego a ciertas costumbres difíciles de cambiar a estas alturas, todo ello lo mantiene un tanto a distancia, o más bien a la defensiva. Justamente en estos días está pensando que quizá debería comenzar a relacionarse un poco más, aparte de las comidas familiares del domingo; tal vez debería aceptar una de las tantas invitaciones que le hace su hermano Sandro a salir los viernes con sus amigos, pero no sabe. Sandro es el más pequeño de sus hermanos, es mucho menor que él y anda en otras cosas: discotecas multitudinarias, películas de culto –él vio demasiadas en Tokio y terminaron por aburrirlo–, juegos cibernéticos que desconoce. No tuvo hijos que lo pusieran al día en esos asuntos. Siente que avanza solo, a su propio paso y en su propio carril. Una mañana recibe una llamada telefónica: –¿Felipe?, ¿Felipe Pardo? Sí, es su nombre. –Hola, soy Sonia, ¿te acuerdas de mí? Sigue leyendo

MISTER TAYLOR ANÁLISIS LITERARIO POR GLORIA ESTELA GONZÁLEZ ZENTENO

“Mister Taylor” de Augusto Monterroso:

De la América maravillosa a la ironía de la historia     

Podemos imaginar una larga senda en el transcurrir de la historia de la literatura hispanoamericana moderna que comenzaría en la inauguración de su independencia, con las novelas de amor idealizado o “romances”[1] que según Doris Sommer ayudaron a construir sus naciones en el siglo XIX. Al cierre de 300 años de dominación española los jóvenes países habían asumido un ambicioso proyecto: el de inventarse como tales, inaugurando sus instituciones y construyendo sus identidades culturales. El problema más urgente de esa génesis era la constitución de ciudadanos a partir de lo que habían sido grupos aislados de siervos, esclavos, artesanos analfabetos, criollos sin influencia política, mestizos, hacendados—todos en busca de una voz “propia,” para lo cual acudían, paradójicamente, a modelos culturales extranjeros. Había que lograr la superación de las divergencias y tensiones entre esos grupos culturales y raciales; unificarlos a través de metas e ideales nacionales, y la literatura se ofrecía en su calidad de facilitadora de significados y soñada o posible transformadora de realidades empíricas. La largamente deseada y precariamente mantenida emancipación parece invitar una optimista composición de hermosas historias de amor y patriotismo que, adecuadamente, llevaban los nombres de sus protagonistas como títulos: María, Tabaré, Clemencia. Son novelas que funcionarían como alegorías de la unificación nacional y de todos sus elementos aislados. Sigue leyendo

MISTER TAYLOR DE A.MONTERROSO

Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.

Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.

Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra. Sigue leyendo

UN SEÑOR MUY VIEJO CON ALAS ENORMES GABO

Al tercer día de lluvia habían matado tantos cangrejos dentro de la casa, que Pelayo tuvo que atravesar su patio anegado para tirarlos al mar, pues el niño recién nacido había pasado la noche con calenturas y se pensaba que era causa de la pestilencia. El mundo estaba triste desde el martes. El cielo y el mar eran una misma cosa de ceniza, y las arenas de la playa, que en marzo fulguraban como polvo de lumbre, se habían convertido en un caldo de lodo y mariscos podridos. La luz era tan mansa al mediodía, que cuando Pelayo regresaba a la casa después de haber tirado los cangrejos, le costó trabajo ver qué era lo que se movía y se quejaba en el fondo del patio. Tuvo que acercarse mucho para descubrir que era un hombre viejo, que estaba tumbado boca abajo en el lodazal, y a pesar de sus grandes esfuerzos no podía levantarse, porque se lo impedían sus enormes alas. Asustado por aquella pesadilla, Pelayo corrió en busca de Elisenda, su mujer, que estaba poniéndole compresas al niño enfermo, y la llevó hasta el fondo del patio. Ambos observaron el cuerpo caído con un callado estupor. Estaba vestido como un trapero. Le quedaban apenas unas hilachas descoloridas en el cráneo pelado y muy pocos dientes en la boca, y su lastimosa condición de bisabuelo ensopado lo había desprovisto de toda grandeza. Sus alas de gallinazo grande, sucias y medio desplumadas, estaban encalladas para siempre en el lodazal. Tanto lo observaron, y con tanta atención, que Pelayo y Elisenda se sobrepusieron muy pronto del asombro y acabaron por encontrarlo familiar. Entonces se atrevieron a hablarle, y él les contestó en un dialecto incomprensible pero con una buena voz de navegante. Fue así como pasaron por alto el inconveniente de las alas, y concluyeron con muy buen juicio que era un náufrago solitario de alguna nave extranjera abatida por el temporal. Sin embargo, llamaron para que lo viera a una vecina que sabía todas las cosas de la vida y la muerte, y a ella le bastó con una mirada para sacarlos del error. — Es un ángel –les dijo—. Sigue leyendo

ME ALQUILO PARA SOÑAR GABO

 

 A LAS NUEVE de la mañana, mientras desayunábamos en la terraza del Habana Riviera, un tremendo golpe de mar a pleno sol levantó en vilo varios automóviles que pasaban por la avenida del malecón, o que estaban estacionados en la acera, y uno quedó incrustado en un flanco del hotel. Fue como una explosión de dinamita que sembró el pánico en los veinte pisos del edificio y convirtió en polvo el vitral del vestíbulo. Los numerosos turistas que se encontraban en la sala de espera fueron lanzados por los aires junto con los muebles, y algunos quedaron heridos por la granizada de vidrio. Tuvo que ser un maretazo colosal, pues entre la muralla del malecón y el hotel hay una amplia avenida de ida y vuelta, así que la ola saltó por encima de ella y todavía le quedó bastante fuerza para desmigajar el vitral. Los alegres voluntarios cubanos, con la ayuda de los bomberos, recogieron los destrozos en menos de seis horas, clausuraron la puerta del mar y habilitaron otra, y todo volvió a estar en orden. Por la mañana no se había ocupado nadie del automóvil incrustado en el muro, pues se pensaba que era uno de los estacionados en la acera. Pero cuando la grúa lo sacó de la tronera descubrieron el cadáver de una mujer amarrada en el asiento del conductor con el cinturón de seguridad. El golpe fue tan brutal que no le quedó un hueso entero. Tenía el rostro desbaratado, los botines descosidos y la ropa en piltrafas, y un anillo de oro en forma de serpiente con ojos de esmeraldas. La policía estableció que era el ama de llaves de los nuevos embajadores de Portugal. Sigue leyendo

EL PÁJARO Y LA DAMA DE ALBERTO CCARLES

“-Un sueño, ingeniero, es una de las poquísimas cosas que podemos llamar nuestras. Hasta ahora no oí hablar de sueños compartidos…” EL HÉROE DE LAS MUJERES-Adolfo Bioy Casares.

Después de una cena frugal y una breve lectura, para evitar las pesadillas (como aconsejan algunos sin excesivo fundamento), el matrimonio duerme. Él sueña que es un pájaro (pero de esos que vuelan, no vaya a creer otra cosa), y revolotea sobre una ciudad cuando las primeras luces del alba ahuyentan y diluyen poco a poco la bruma que la envuelve. Se aleja hacia las afueras y, desde lo alto, reconoce el techo de tejas de su casa, enmarcado por el oscuro piso de lajas de la galería descubierta. Registra el parque y, más allá, el angosto y tortuoso camino vecinal. Sí, es su ciudad, su casa. Alborozado, decide bajar, y comprueba que la ventana del dormitorio principal está abierta de par en par. Hacia allí se dirige con vuelo vertiginoso. Planea el último tramo; agita las alas con un elegante movimiento antes de cerrarlas y termina posándose con suavidad en el alféizar de la ventana. Ella sueña que está sola en la casa. Su marido bajó al centro de la ciudad solicitado por un negocio impostergable y no volverá hasta el día siguiente. Temerosa, recorre las habitaciones, colocando cerrojos y llaves en todas las puertas hasta llegar a su cuarto. Allí, abre la ventana para disfrutar del fresco de la noche y luego se recuesta en la silla mecedora, con una escopeta descansando sobre sus faldas. De pronto, un enorme pájaro aparece con gesto triunfal en el marco de la ventana. Ella se sobresalta, apunta instintivamente el arma hacia allí y dispara. Ambos despiertan bruscamente y se incorporan con violencia, apoyándose sobre los puños que mantienen apretados contra el colchón, los brazos rígidos. Uno de ellos enciende la luz, y entonces se miran, sin comprender nada aún del sucedido (si es que ocurrió algo, ¿no le parece, ingeniero?), aturdidos todavía por la conmoción que el disparo de la escopeta provocara en sus respectivos sueños.

EL RETRATO, LAS BELLAS Y A. CHEJOV

Aportación del colega y escritor argentino Alberto Ccarles

de Antón Chejov (in memoriam 1904-2004)

-Poco probable, sí, parece muy poco probable que haya llegado a tus manos por esa vía tan extraña como estrambótica, un texto que podría ser nada menos que de Antón Chéjov- me decía hace unos años mi amigo Ernesto cuando le mencioné la curiosa manera mediante la cual había obtenido un texto en caracteres cirílicos, escrito aparentemente a fines del siglo XIX. Lo había hecho traducir por una conocida dama de la ciudad donde vivo, de ascendencia rusa ella, quien lo leyó de corrido, de un tirón, como si fuera castellano corriente. Al finalizar, la mujer alzó una mirada encendida, y opinó simplemente: “¡Qué lindo!” A la semana me entregó la traducción, la leí y empecé a buscarle el origen entre los autores rusos que conocía, empezando por León Tolstöy, hasta que, hurgando entre la amplia bibliografía del muy querido y mejor apreciado Antón Chéjov, finalmente le encontré un lugar en el gigantesco rompecabezas del cual se habría desprendido, quizá sin otra intervención que la del azar. -Es sabido que en una época, Chéjov admiraba a Tolstöy, y hasta seguía sus enseñanzas e incluso sus consejos… y también es sabido que los comentarios del conde eran muy tenidos en cuenta por Chéjov. “Amorcito! es un cuento que al gran escritor le deleitaba particularmente. Ahora, hasta donde yo sé, no hubo una relación epistolar entre ellos que justifique lo que vos decís- respondió Ernesto, luego de mi exposición, mientras sostenía la traducción con una mano, y la comparaba con las cuartillas centenarias que mantenía en la otra. Presuponía que sopesando lo que cargaba entrambas, aclararía lo cierto o apócrifo del origen del relato. -El Cte. J. Tolstöy, pariente y amanuense del conde L. Tolstöy le envió a mi tío abuelo, el doctor Carlos Carlés, en febrero de 1898, un grabado con el retrato del conde, realizado por Frank de una pintura del célebre pintor ruso Ilyá Repin. Así consta en la carta redactada en francés desde la Academie Impériale des Beaux Arts, St. Petersburg por el mencionado Cte. J. Tolstöy-. Insistía yo con el relato original-. Éste le escribía a mi tío en nombre del “grand écrivant” en retribución por haber recibido un envío del doctor Carlés, a la sazón Director de Correos y Telégrafos de la Nación. -¿Y que iba en ese envío, si puede saberse? -Nunca lo supe. También ignoro si se repitió, ya que la carta hablaba del “premier envoi”. Tal vez en los archivos de Correos y Telégrafos pueda encontrarse algo al respecto…Pero no es el caso… -Y este texto vino junto con el retrato y al llegar, tu pariente armó el cuadro con el uno debajo del otro- me interrumpió Ernesto, haciendo gestos dubitativos con la cabeza. -Así parece. Cuando el cuadro cayó desde donde colgaba y se trizó el vidrio, hubo que desarmarlo y limpiarlo. Y el texto apareció allí, apretado entre el grabado y la lámina de madera terciada contrapuesta al dorso. La carta, visible, se conservó siempre en una esquina del retrato- y al ver la perplejidad pintada en su rostro -: Sí, ya lo sé, es increíble, y en ambos sentidos…- acepté finalmente. -Se me ocurre que podrías presentarlo como un texto tuyo, como un experimento literario- propuso él- . Si es verdad que tenés especial predilección por los cuentos de Chéjov, y tanto afecto te despierta su biografía, podrías esperar hasta el aniversario de los cien años, que no falta tanto, y hacerlo como un cumplido homenaje. Sería más aceptable si lo mostraras como una ampliación del cuento original Las Bellas, para el que vos le hubieras desarrollado una tercera parte…- y movía la cabeza afirmativamente, como convenciéndose a sí mismo. -¿Te parece? Pero… ¿cómo se puede hacer algo así? ¿Es lícito, ché? ¿No estaría pretendiendo plagiar a un enorme escritor, patrimonio hoy día de la humanidad? Podría ser muy mal interpretado…Algo así como una sórdida superchería… -Bueno, hay un famoso autor que tituló un cuento suyo: “Para Esme, con amor y sordidez”. Y por otro lado, la conocida escritora Catherine Mansfield, gran admiradora de tu querido Antón, tiene un cuento denominado La niña que estaba cansada, publicado en 1911 en el libro “En un Balneario Alemán”, que es casi una copia del cuento Un asesinato de Chéjov. Creo que no hay que exagerar. El texto me parece bueno, aunque no es de los mejores, si presumimos que es de él…Podrías cambiarle algunos detalles, algunas frases, para que parezca algo tocado, para que despierte dudas razonables…De esa manera dejarías algunas pistas. El lector avezado no va a tener problemas en saber de que se trata…Y al fin y al cabo- terminó con un breve suspiro y una sonrisa -, sería una especie de “broma literaria”, como la que Chéjov le hace a Nádeñka, el dulce personaje del cuento “Una bromita”, que finalmente conserva del chasco un recuerdo feliz, bello, conmovedor… Y aquí está. Con licencia, y respetuosa dilección. El argumento debería ser considerado como un tercer capítulo del conocido cuento Las Bellas (*), por lo que podrán tenerse presentes los otros dos capítulos a modo de introducción, y como elementos fidedignos de comparación.

 LAS BELLAS III

Trad. Gentileza de Ania Grigórievna (Aniuta)

“Algunos años después, habiendo pasado ya la etapa de practicante y siendo médico del zemstvo de la ciudad de C***, en el jurisdicción de Galchinsk, tocóme en suerte concurrir a una casa situada en las afueras de la ciudad, donde debía asistir a un niño de unos seis años de edad, atacado por una repentina y severa enfermedad, según refería la nota que un isvoschik traía consigo al presentarse agitadamente en mi casa. La fiebre tifoidea era frecuente en esos parajes, y no me parecía nada extraño que de eso se tratara. Vañka Alekseich, tal era el nombre del cochero, había sido enviado por la señora de Diukovski, y conducía una desvencijada troika, en la cual recorrimos con agotador traqueteo, las doce verstas de la accidentada carretera. Era una noche obscura, ventosa, extremadamente fría y desapacible, de un otoño que ya estaba haciéndole lugar al rigor del invierno. Cuando arribamos a la casa, me abrió la portezuela del coche una afanosa polia, que me señaló la puerta de entrada con un brazo extendido, mientras se acompañaba de grititos ininteligibles. Avanzaba yo hacia allí, cuando sentí sus pasos cortos y apresurados que me perseguían. Entré, pero ella misma adelantóse en el vestíbulo para recibirme la bufanda con el abrigo y la chistera. En ese momento percibí el rumor de unos pasos que bajaban por la escalera. Cuando me volví, ya una dama, aún oculta por las sombras, se acercaba extendiendo una mano hacia mí:” “-Gracias por venir a estas horas, doctor-. Sigue leyendo

HISTORIAS DEL SEÑOR KEUNER FRAGMENTOS DE BERTOLD BRECHT

 http://caminosocialista.wordpress.com/2010/03/09/historias-del-senor-keuner-fragmentos/

El niño indefenso

 El señor K. hablaba sobre el vicio de soportar en silencio la injusticia, y relató la siguiente historia: “- Un transeúnte preguntó a un niño que lloraba amargamente cuál era la causa de su congoja. “- Había reunido dos monedas para ir al cine, pero vino un muchacho y me quitó una -dijo el niño, señalando a un muchacho que estaba a cierta distancia. “- ¿Y no pediste ayuda? -preguntó el hombre. “- Claro que sí. “Los sollozos del niño se hicieron más angustiosos. “- ¿Y nadie te oyó? – siguió preguntando el hombre mientras lo acariciaba tiernamente. “- No – sollozó el niño. “- ¿No puedes gritar con más fuerza? – preguntó el hombre-. En ese caso dame la otra moneda. “Y quitándole la última moneda de la mano siguió su camino.”

 Patriotismo:

 odiar las patrias El señor K. no consideraba necesario vivir en un país determinado. Decía: Sigue leyendo

UN CUENTO DE NAVIDAD DE RAY BRADBURY

El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios. Sigue leyendo