EL PÁJARO Y LA DAMA DE ALBERTO CCARLES

“-Un sueño, ingeniero, es una de las poquísimas cosas que podemos llamar nuestras. Hasta ahora no oí hablar de sueños compartidos…” EL HÉROE DE LAS MUJERES-Adolfo Bioy Casares.

Después de una cena frugal y una breve lectura, para evitar las pesadillas (como aconsejan algunos sin excesivo fundamento), el matrimonio duerme. Él sueña que es un pájaro (pero de esos que vuelan, no vaya a creer otra cosa), y revolotea sobre una ciudad cuando las primeras luces del alba ahuyentan y diluyen poco a poco la bruma que la envuelve. Se aleja hacia las afueras y, desde lo alto, reconoce el techo de tejas de su casa, enmarcado por el oscuro piso de lajas de la galería descubierta. Registra el parque y, más allá, el angosto y tortuoso camino vecinal. Sí, es su ciudad, su casa. Alborozado, decide bajar, y comprueba que la ventana del dormitorio principal está abierta de par en par. Hacia allí se dirige con vuelo vertiginoso. Planea el último tramo; agita las alas con un elegante movimiento antes de cerrarlas y termina posándose con suavidad en el alféizar de la ventana. Ella sueña que está sola en la casa. Su marido bajó al centro de la ciudad solicitado por un negocio impostergable y no volverá hasta el día siguiente. Temerosa, recorre las habitaciones, colocando cerrojos y llaves en todas las puertas hasta llegar a su cuarto. Allí, abre la ventana para disfrutar del fresco de la noche y luego se recuesta en la silla mecedora, con una escopeta descansando sobre sus faldas. De pronto, un enorme pájaro aparece con gesto triunfal en el marco de la ventana. Ella se sobresalta, apunta instintivamente el arma hacia allí y dispara. Ambos despiertan bruscamente y se incorporan con violencia, apoyándose sobre los puños que mantienen apretados contra el colchón, los brazos rígidos. Uno de ellos enciende la luz, y entonces se miran, sin comprender nada aún del sucedido (si es que ocurrió algo, ¿no le parece, ingeniero?), aturdidos todavía por la conmoción que el disparo de la escopeta provocara en sus respectivos sueños.

EL RETRATO, LAS BELLAS Y A. CHEJOV

Aportación del colega y escritor argentino Alberto Ccarles

de Antón Chejov (in memoriam 1904-2004)

-Poco probable, sí, parece muy poco probable que haya llegado a tus manos por esa vía tan extraña como estrambótica, un texto que podría ser nada menos que de Antón Chéjov- me decía hace unos años mi amigo Ernesto cuando le mencioné la curiosa manera mediante la cual había obtenido un texto en caracteres cirílicos, escrito aparentemente a fines del siglo XIX. Lo había hecho traducir por una conocida dama de la ciudad donde vivo, de ascendencia rusa ella, quien lo leyó de corrido, de un tirón, como si fuera castellano corriente. Al finalizar, la mujer alzó una mirada encendida, y opinó simplemente: “¡Qué lindo!” A la semana me entregó la traducción, la leí y empecé a buscarle el origen entre los autores rusos que conocía, empezando por León Tolstöy, hasta que, hurgando entre la amplia bibliografía del muy querido y mejor apreciado Antón Chéjov, finalmente le encontré un lugar en el gigantesco rompecabezas del cual se habría desprendido, quizá sin otra intervención que la del azar. -Es sabido que en una época, Chéjov admiraba a Tolstöy, y hasta seguía sus enseñanzas e incluso sus consejos… y también es sabido que los comentarios del conde eran muy tenidos en cuenta por Chéjov. “Amorcito! es un cuento que al gran escritor le deleitaba particularmente. Ahora, hasta donde yo sé, no hubo una relación epistolar entre ellos que justifique lo que vos decís- respondió Ernesto, luego de mi exposición, mientras sostenía la traducción con una mano, y la comparaba con las cuartillas centenarias que mantenía en la otra. Presuponía que sopesando lo que cargaba entrambas, aclararía lo cierto o apócrifo del origen del relato. -El Cte. J. Tolstöy, pariente y amanuense del conde L. Tolstöy le envió a mi tío abuelo, el doctor Carlos Carlés, en febrero de 1898, un grabado con el retrato del conde, realizado por Frank de una pintura del célebre pintor ruso Ilyá Repin. Así consta en la carta redactada en francés desde la Academie Impériale des Beaux Arts, St. Petersburg por el mencionado Cte. J. Tolstöy-. Insistía yo con el relato original-. Éste le escribía a mi tío en nombre del “grand écrivant” en retribución por haber recibido un envío del doctor Carlés, a la sazón Director de Correos y Telégrafos de la Nación. -¿Y que iba en ese envío, si puede saberse? -Nunca lo supe. También ignoro si se repitió, ya que la carta hablaba del “premier envoi”. Tal vez en los archivos de Correos y Telégrafos pueda encontrarse algo al respecto…Pero no es el caso… -Y este texto vino junto con el retrato y al llegar, tu pariente armó el cuadro con el uno debajo del otro- me interrumpió Ernesto, haciendo gestos dubitativos con la cabeza. -Así parece. Cuando el cuadro cayó desde donde colgaba y se trizó el vidrio, hubo que desarmarlo y limpiarlo. Y el texto apareció allí, apretado entre el grabado y la lámina de madera terciada contrapuesta al dorso. La carta, visible, se conservó siempre en una esquina del retrato- y al ver la perplejidad pintada en su rostro -: Sí, ya lo sé, es increíble, y en ambos sentidos…- acepté finalmente. -Se me ocurre que podrías presentarlo como un texto tuyo, como un experimento literario- propuso él- . Si es verdad que tenés especial predilección por los cuentos de Chéjov, y tanto afecto te despierta su biografía, podrías esperar hasta el aniversario de los cien años, que no falta tanto, y hacerlo como un cumplido homenaje. Sería más aceptable si lo mostraras como una ampliación del cuento original Las Bellas, para el que vos le hubieras desarrollado una tercera parte…- y movía la cabeza afirmativamente, como convenciéndose a sí mismo. -¿Te parece? Pero… ¿cómo se puede hacer algo así? ¿Es lícito, ché? ¿No estaría pretendiendo plagiar a un enorme escritor, patrimonio hoy día de la humanidad? Podría ser muy mal interpretado…Algo así como una sórdida superchería… -Bueno, hay un famoso autor que tituló un cuento suyo: “Para Esme, con amor y sordidez”. Y por otro lado, la conocida escritora Catherine Mansfield, gran admiradora de tu querido Antón, tiene un cuento denominado La niña que estaba cansada, publicado en 1911 en el libro “En un Balneario Alemán”, que es casi una copia del cuento Un asesinato de Chéjov. Creo que no hay que exagerar. El texto me parece bueno, aunque no es de los mejores, si presumimos que es de él…Podrías cambiarle algunos detalles, algunas frases, para que parezca algo tocado, para que despierte dudas razonables…De esa manera dejarías algunas pistas. El lector avezado no va a tener problemas en saber de que se trata…Y al fin y al cabo- terminó con un breve suspiro y una sonrisa -, sería una especie de “broma literaria”, como la que Chéjov le hace a Nádeñka, el dulce personaje del cuento “Una bromita”, que finalmente conserva del chasco un recuerdo feliz, bello, conmovedor… Y aquí está. Con licencia, y respetuosa dilección. El argumento debería ser considerado como un tercer capítulo del conocido cuento Las Bellas (*), por lo que podrán tenerse presentes los otros dos capítulos a modo de introducción, y como elementos fidedignos de comparación.

 LAS BELLAS III

Trad. Gentileza de Ania Grigórievna (Aniuta)

“Algunos años después, habiendo pasado ya la etapa de practicante y siendo médico del zemstvo de la ciudad de C***, en el jurisdicción de Galchinsk, tocóme en suerte concurrir a una casa situada en las afueras de la ciudad, donde debía asistir a un niño de unos seis años de edad, atacado por una repentina y severa enfermedad, según refería la nota que un isvoschik traía consigo al presentarse agitadamente en mi casa. La fiebre tifoidea era frecuente en esos parajes, y no me parecía nada extraño que de eso se tratara. Vañka Alekseich, tal era el nombre del cochero, había sido enviado por la señora de Diukovski, y conducía una desvencijada troika, en la cual recorrimos con agotador traqueteo, las doce verstas de la accidentada carretera. Era una noche obscura, ventosa, extremadamente fría y desapacible, de un otoño que ya estaba haciéndole lugar al rigor del invierno. Cuando arribamos a la casa, me abrió la portezuela del coche una afanosa polia, que me señaló la puerta de entrada con un brazo extendido, mientras se acompañaba de grititos ininteligibles. Avanzaba yo hacia allí, cuando sentí sus pasos cortos y apresurados que me perseguían. Entré, pero ella misma adelantóse en el vestíbulo para recibirme la bufanda con el abrigo y la chistera. En ese momento percibí el rumor de unos pasos que bajaban por la escalera. Cuando me volví, ya una dama, aún oculta por las sombras, se acercaba extendiendo una mano hacia mí:” “-Gracias por venir a estas horas, doctor-. Sigue leyendo