EL RETRATO, LAS BELLAS Y A. CHEJOV


Aportación del colega y escritor argentino Alberto Ccarles

de Antón Chejov (in memoriam 1904-2004)

-Poco probable, sí, parece muy poco probable que haya llegado a tus manos por esa vía tan extraña como estrambótica, un texto que podría ser nada menos que de Antón Chéjov- me decía hace unos años mi amigo Ernesto cuando le mencioné la curiosa manera mediante la cual había obtenido un texto en caracteres cirílicos, escrito aparentemente a fines del siglo XIX. Lo había hecho traducir por una conocida dama de la ciudad donde vivo, de ascendencia rusa ella, quien lo leyó de corrido, de un tirón, como si fuera castellano corriente. Al finalizar, la mujer alzó una mirada encendida, y opinó simplemente: “¡Qué lindo!” A la semana me entregó la traducción, la leí y empecé a buscarle el origen entre los autores rusos que conocía, empezando por León Tolstöy, hasta que, hurgando entre la amplia bibliografía del muy querido y mejor apreciado Antón Chéjov, finalmente le encontré un lugar en el gigantesco rompecabezas del cual se habría desprendido, quizá sin otra intervención que la del azar. -Es sabido que en una época, Chéjov admiraba a Tolstöy, y hasta seguía sus enseñanzas e incluso sus consejos… y también es sabido que los comentarios del conde eran muy tenidos en cuenta por Chéjov. “Amorcito! es un cuento que al gran escritor le deleitaba particularmente. Ahora, hasta donde yo sé, no hubo una relación epistolar entre ellos que justifique lo que vos decís- respondió Ernesto, luego de mi exposición, mientras sostenía la traducción con una mano, y la comparaba con las cuartillas centenarias que mantenía en la otra. Presuponía que sopesando lo que cargaba entrambas, aclararía lo cierto o apócrifo del origen del relato. -El Cte. J. Tolstöy, pariente y amanuense del conde L. Tolstöy le envió a mi tío abuelo, el doctor Carlos Carlés, en febrero de 1898, un grabado con el retrato del conde, realizado por Frank de una pintura del célebre pintor ruso Ilyá Repin. Así consta en la carta redactada en francés desde la Academie Impériale des Beaux Arts, St. Petersburg por el mencionado Cte. J. Tolstöy-. Insistía yo con el relato original-. Éste le escribía a mi tío en nombre del “grand écrivant” en retribución por haber recibido un envío del doctor Carlés, a la sazón Director de Correos y Telégrafos de la Nación. -¿Y que iba en ese envío, si puede saberse? -Nunca lo supe. También ignoro si se repitió, ya que la carta hablaba del “premier envoi”. Tal vez en los archivos de Correos y Telégrafos pueda encontrarse algo al respecto…Pero no es el caso… -Y este texto vino junto con el retrato y al llegar, tu pariente armó el cuadro con el uno debajo del otro- me interrumpió Ernesto, haciendo gestos dubitativos con la cabeza. -Así parece. Cuando el cuadro cayó desde donde colgaba y se trizó el vidrio, hubo que desarmarlo y limpiarlo. Y el texto apareció allí, apretado entre el grabado y la lámina de madera terciada contrapuesta al dorso. La carta, visible, se conservó siempre en una esquina del retrato- y al ver la perplejidad pintada en su rostro -: Sí, ya lo sé, es increíble, y en ambos sentidos…- acepté finalmente. -Se me ocurre que podrías presentarlo como un texto tuyo, como un experimento literario- propuso él- . Si es verdad que tenés especial predilección por los cuentos de Chéjov, y tanto afecto te despierta su biografía, podrías esperar hasta el aniversario de los cien años, que no falta tanto, y hacerlo como un cumplido homenaje. Sería más aceptable si lo mostraras como una ampliación del cuento original Las Bellas, para el que vos le hubieras desarrollado una tercera parte…- y movía la cabeza afirmativamente, como convenciéndose a sí mismo. -¿Te parece? Pero… ¿cómo se puede hacer algo así? ¿Es lícito, ché? ¿No estaría pretendiendo plagiar a un enorme escritor, patrimonio hoy día de la humanidad? Podría ser muy mal interpretado…Algo así como una sórdida superchería… -Bueno, hay un famoso autor que tituló un cuento suyo: “Para Esme, con amor y sordidez”. Y por otro lado, la conocida escritora Catherine Mansfield, gran admiradora de tu querido Antón, tiene un cuento denominado La niña que estaba cansada, publicado en 1911 en el libro “En un Balneario Alemán”, que es casi una copia del cuento Un asesinato de Chéjov. Creo que no hay que exagerar. El texto me parece bueno, aunque no es de los mejores, si presumimos que es de él…Podrías cambiarle algunos detalles, algunas frases, para que parezca algo tocado, para que despierte dudas razonables…De esa manera dejarías algunas pistas. El lector avezado no va a tener problemas en saber de que se trata…Y al fin y al cabo- terminó con un breve suspiro y una sonrisa -, sería una especie de “broma literaria”, como la que Chéjov le hace a Nádeñka, el dulce personaje del cuento “Una bromita”, que finalmente conserva del chasco un recuerdo feliz, bello, conmovedor… Y aquí está. Con licencia, y respetuosa dilección. El argumento debería ser considerado como un tercer capítulo del conocido cuento Las Bellas (*), por lo que podrán tenerse presentes los otros dos capítulos a modo de introducción, y como elementos fidedignos de comparación.

 LAS BELLAS III

Trad. Gentileza de Ania Grigórievna (Aniuta)

“Algunos años después, habiendo pasado ya la etapa de practicante y siendo médico del zemstvo de la ciudad de C***, en el jurisdicción de Galchinsk, tocóme en suerte concurrir a una casa situada en las afueras de la ciudad, donde debía asistir a un niño de unos seis años de edad, atacado por una repentina y severa enfermedad, según refería la nota que un isvoschik traía consigo al presentarse agitadamente en mi casa. La fiebre tifoidea era frecuente en esos parajes, y no me parecía nada extraño que de eso se tratara. Vañka Alekseich, tal era el nombre del cochero, había sido enviado por la señora de Diukovski, y conducía una desvencijada troika, en la cual recorrimos con agotador traqueteo, las doce verstas de la accidentada carretera. Era una noche obscura, ventosa, extremadamente fría y desapacible, de un otoño que ya estaba haciéndole lugar al rigor del invierno. Cuando arribamos a la casa, me abrió la portezuela del coche una afanosa polia, que me señaló la puerta de entrada con un brazo extendido, mientras se acompañaba de grititos ininteligibles. Avanzaba yo hacia allí, cuando sentí sus pasos cortos y apresurados que me perseguían. Entré, pero ella misma adelantóse en el vestíbulo para recibirme la bufanda con el abrigo y la chistera. En ese momento percibí el rumor de unos pasos que bajaban por la escalera. Cuando me volví, ya una dama, aún oculta por las sombras, se acercaba extendiendo una mano hacia mí:” “-Gracias por venir a estas horas, doctor-. La dueña de casa, Olga Nicolaievna Diukvski me recibía con natural cordialidad, aunque en el entrecejo se le adivinaba un desasosiego, que manifestó en seguida: – ¡Venga, doctor, apresúrese! Sasha está arriba, y arde de fiebre…” “La seguí escaleras arriba hasta el piso alto, pensando en las posibles dolencias que podrían estar socavando el delicado organismo del niño. La alcoba donde se encontraba Sasha era amplia, aunque en ella se respiraba una atmósfera casi sofocante. Una enorme ventana se adivinaba detrás de las pesadas cortinas, y tentado estuve de abrirla a pesar del mal tiempo que reinaba fuera. Objetos infantiles desparramados por todas partes hablaban de las anteriores ocupaciones del jovenzuelo, ahora postrado en su lecho de enfermo. Hundía la pelirrubia cabeza en un enorme almohadón, cuya blancura disolvía su pálido rostro, al que sólo las mejillas y los labios otorgaban una nota de color. Las estrechas sienes y los ojos brillantes, en un semblante amarillo extremadamente somnoliento, me provocaron una sensible impresión. Me senté junto a él y le tomé el pulso, rápido y filiforme. La boca muy seca, y los labios agrietados, hablaban por sí solos de la necesidad de líquido, cuya provisión ordené de inmediato, al mismo tiempo que la aplicación de compresas húmedas en la frente, abrasada con una temperatura difícil de soportar. Luego de reconocerlo con detenimiento, me volví hacia la madre, que permanecía de pie junto a mí:” “-Parece una fiebre corriente, señora, pero aún no se puede descartar…” “-¡Por el amor de Dios, doctor! ¡Dígame lo que sea, y no me oculte nada…Se lo pido por lo que más quiera!- prorrumpió ella impulsivamente, y sacudía con temblor involuntario una pierna contra la cama del niño.” “-¡Tranquilícese, señora!- reclamé con energía, y miré nuevamente hacia arriba, viéndola creo por primera vez. Y tal fue mi impresión, que me puse de inmediato de pie, pues no hubiera podido mantener la calma un minuto más sosteniendo la mirada desde abajo. En su hermosísimo y níveo rostro, la seriedad del cabello rubio recogido, se ajustaba a lo que reflejaban las marcas azulíneas alrededor de los ojos, el gesto severo de la boca, la nariz, recta y algo afilada; en fin, toda su fisonomía que revelaba una vasta inquietud, un franco abatimiento, y al mismo tiempo un férreo temple para desafiar la adversidad. Cuando nos enfrentamos, comprobé que ella también me observaba, asistida por la generosa luz de varias bujías, que brillaban vivamente desde una mesa al costado de la cama. Sus ojos, que se adivinaban claros, dilatados ahora por la crisis y la luz artificial, eran muy grandes y muy bellos. El rostro, ahora contraído por la ansiedad, no obstante ello, conservaba las señas de una original, dulce y refinada lozanía, unida a una mesurada pero agraciada reserva. Perfectamente delineada, su frente amplia sugería una brillante inteligencia, y su encantadora boca finalizaba, con signo inequívoco de voluntad diamantina, en una barbilla delicada y prominente Las orejas, bonitas y pequeñas, escondidas a medias por los bucles sueltos de las sienes, remataban un cuello esbelto y delicado, de una blancura exquisita, donde ahora sobresalían los músculos prontos para el esfuerzo que reclamaba la presente circunstancia, lo que también se adivinaba en el leve temblor de los hombros, que bajaban hacia los brazos con suavidad y gracia natural. Sus manos, también pequeñas y muy blancas, se estrechaban entrambas con notoria aunque controlada zozobra. La apostura de la zhena irradiaba, toda ella, una sencilla, ligera, y al mismo tiempo madura excelencia. Si en ese momento hubiera podido sonreír, y si en verdad existen, yo no habría dudado de estar contemplando a un ángel. Pero no lo hizo, y me miró con interrogante insistencia.” “-¿Qué necesita, doctor? ¿Comisiono al isvoschik a la farmacia por algún remedio? – Y al ver mi señal de asentimiento, llamó con energía: – Pelagia, ¡Ven aquí!-, y al aparecer la polia: – Busca en seguida a Vañka Alekseich, que debe ir a la botica de Chernomórdik…¡Díle que pronto, que debe partir ya mismo!” “Con rápidos rasgos prescribí una solución de quinina, bromuro de sosa, infusión de ruibarbo, tinturae gentinae y aquae foeniculí, con jarabe de rosas para aminorar el gusto amargo del brebaje y se lo entregué a la criada, que había ingresado a la alcoba respirando con agitación. Al rato se oyó al mujik emprender viaje otra vez en la troika, al son de los alegres cascabeles. Entre tanto, nos abocamos a ofrecerle agua al niño, mientras le humedecíamos la frente con las compresas que, con extraordinaria rapidez, perdían la frescura original.” “Avanzaba la noche, y la enfermedad del pequeño no presentaba visos de ceder en su mórbida embestida, aunque la fiebre y los temblores no parecían haberse agravado. La madre de Sasha ordenó preparar té, y Pelagia subió el samovar con diligencia. Yo bebía la infusión hirviente acompañada por unos sencillos pastelitos de miel, que me dejaban en la boca un amable gusto a ciprés, más entretanto no podía dejar de observar de reojo a Olga Nicolaievna. Inclinábase ella con solícita actitud sobre el niño, ora para ofrecerle una cucharada del brebaje, ora para intimarle a beber algo de agua, ora para humedecer de tanto en tanto las compresas que refrescaban la afiebrada frente. Me cautivaba estar atento a la repetida cadencia de sus movimientos, suaves y pausados, a su cálida manera de aproximarse a Sasha, con el cuello y la cabeza ligeramente erguidos, y el gesto de la boca y la barbilla hacia delante, solicitando, alentando, exigiendo la llegada del esperado alivio Para desarmar el hechizo que comenzaba a poseerme, y no dar rienda suelta a la fantasía, me incorporé y caminé hasta la ventana; corrí los visillos y limpiando con una mano el vidrio escarchado, intenté mirar hacia el exterior. En la oscuridad se divisaban las siluetas de los árboles sacudidos por el viento, y ya se advertía la llegada del tiempo cuando el cuello del castor se argenta de polvillo helado. El cansancio me provocó un brusco estremecimiento; me volví, casi farfullando una queja, y busqué con las manos heladas el calor de la chimenea. Las llamas del fuego desparramaban sombras que se agitaban en el suelo y temblaban sobre las paredes, los muebles, los cortinados. Ella también se acercó al fuego, con un aire de compunción peculiar, mansamente interrogante:” “ -¿Y…qué le parece, doctor? ¿Cómo va a salir mi pequeño Sasha?- Desvié la mirada del fuego y me sorprendí al descubrir por segunda vez en la noche a Olga Nicolaievna, pues en su rostro la lumbre del hogar recientemente avivado con nuevo combustible, resplandecía con asombroso juego de matices, iluminándole con extraordinaria intensidad. Y tal como se percibe un relámpago, un súbito destello de aguda percepción cruzó por mi conciencia, devolviéndome las imágenes que aún se conservaban en mi memoria de la joven armenia, y de aquella muchacha rusa de la estación de ferrocarril, entre Belgorod y Karkov. De conmovedora belleza aparecía ahora ineludible su maravilloso semblante, cuyos rasgos habían adquirido un brillo preternatural, donde sobresalían con fascinante atractivo sus ojos enormes, de un color azul oscuro como el fondo de un mar muy profundo pero muy tranquilo, y que, acariciados por las llamas que crecían en la chimenea, reflejaban un tembloroso fulgor de irresistible encanto. No pude reprimirme y tomé sus ateridas manos entre las mías, que oprimió con extraña fuerza.” “Afuera, el viento de la noche golpeaba contra las ventanas y silbaba por encima de los tejados. El niño hablaba por momentos de manera entrecortada, poseído cada tanto por el delirio de la fiebre.” “-Olga Nicolaievna, va a ver que pronto el cuadro clínico comenzará a perder fuerza. Estoy seguro de ello- formulé casi susurrando.- No creo posible que a partir de ahora surja alguna complicación- dije finalmente, más esperanzado que convencido. Y le transmití, a través del contacto de mis manos quemadas por el ácido fénico, una suerte de tierna y al mismo tiempo exaltada agitación, producto de un estado emocional tan extraño como turbador, que esa noche no terminaba de embargarme con creciente intensidad.” “Volvimos a un costado de la cama del niño, y continuamos con la tarea de bajarle la temperatura, contener su delirio, obligarle a beber, mantenerle en definitiva la homeostasis, para que encontrara naturalmente el camino de la defervescencia.” “La madrugada insinuóse por una rendija de las cortinas, pálida, macilenta, muy fría. El combustible de la chimenea escaseaba, pues ya la polia se había retirado hacía un buen rato. El agotamiento nos poseía a ambos por igual, pero de pronto una sonrisa iluminó por fin el extenuado rostro de Olga Nikolaievna.” “-¡Venga, doctor! ¡Tóquelo! Me parece que ya no tiene fiebre…” “Me acerqué y comprobé que, efectivamente, la frente del pequeño ya no ardía. La tibieza de su piel anunciaba un cambio favorable de su estado, que fue reforzado cuando, de pronto oyósele sollozar solicitando con un quejido algo para beber.” “Más tarde, contemplaba yo la salida del sol arrebujado en el fondo del asiento de la troika, de regreso rumbo a mi casa, mientras pensaba, sacudido por los barquinazos, que alguien debería entretener el deteriorado camino, pues el coche veíase obligado a evitar continuamente las rodadas. Como cubierta por un velo, toda la naturaleza parecía esconderse tras una bruma transparente, a través de la cual asomaban los primeros rayos de un tímido sol otoñal. Un cansancio, por momentos desconocido, habíase apoderado de mi cuerpo entero, y en el alma se insinuaba una antojadiza sensación de llana tristeza, impregnada de un dulce, inexplicable presentimiento. La promesa de unas horas de sueño reparador no lograba disipar, como siempre, la situación de excitada fatiga que en esos momentos me dominaba. Sólo me serenaba el compromiso adquirido con Olga Nicolaievna de regresar por la tarde para comprobar la resolución de la enfermedad de Sasha. El isvoschik Vañka pasaría a buscarme en el drozhki, pues habíame prevenido que estaría disponible para antes de que cayera el crepúsculo. (*) EL BESO y otros cuentos, Antón Chejov, colección INDICE, Ed. Sudamericana, 1968.

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