EL TREN DE LA CARNE DE MEDIA NOCHE DE CLIVE BARKER

El tren de la carne de medianoche | un cuento de Clive Barker Leon Kaufman ya no era un recién llegado a la ciudad. El Palacio de los Placeres, como la había llamado siempre, en sus días de inocencia. Pero eso fue cuando vivía en Atlanta, y Nueva York todavía era una especie de tierra prometida, donde era posible cualquier cosa, todo. Ahora había pasado tres meses y medio en la ciudad de sus sueños, y el Palacio de los Placeres le parecía menos placentero. ¿Sólo había transcurrido realmente una estación desde que se bajó en la parada de autobuses de Port Authority y miró por la calle 42 en dirección a la intersección de Broadway? Un tiempo muy corto para perder tantas ilusiones acumuladas. Ahora se sentía avergonzado sólo de pensar en su ingenuidad. Se le ponía mala cara al recordar cómo se había parado y había declarado en voz alta: «Nueva York, te quiero». ¿Amor? Jamás. Había sido un enamoramiento como mucho. Y ahora, después de sólo tres meses de vida con el objeto de su adoración, de pasar los días y noches en su presencia, éste había perdido su aureola de perfección. Nueva York tan sólo era una ciudad. La había visto despertarse por la mañana como una mujerzuela y sacarse hombres asesinados de entre los dientes y suicidios de la maraña de su pelo. La había visto a altas horas de la noche, con sus sucios callejones cortejando sin pudor a la depravación. La había observado en las tardes abrasadoras, perezosa y fea, indiferente a las atrocidades que se cometían cada hora en sus ahogados pasadizos. No era ningán Palacio de los Placeres. Alimentaba la muerte, no el placer. Seguir leyendo

EL CONTORNO DEL OJO ROBERTO BOLAÑO

Diario del oficial chino Chen Huo Deng, 1980. Por Roberto Bolaño

Jueves. Una curiosa criatura parecida a una vaca gigante pero que posee un pico de pato. Las palabras del periódico se ordenaron como un acertijo infantil dentro de mi cabeza. Me levanté a las cinco de la mañana. Después de lavarme descorrí la cortina: al fondo, en las escarpadas, muy lejos de la aldea, unas fogatas me recordaron los campamentos militares de mi adolescencia. Eran los carboneros. Más allá, hacia el oeste, entre bosques y campos de cultivo, el tendido ferroviario y un tren iluminado a medias que se perdía en la noche. Martes. El comisario político de la aldea vino a visitarme. Eran las siete de la mañana y la puerta estaba abierta. Debió deducir que me hallaba despierto y entró. El hombre quedó sorprendido de encontrarme sentado en el suelo, de cara a la pared, sin ninguna prenda de vestir encima. Al volverme hacia él se puso a parpadear y musitó que lo sentía. Le dije que no importaba. Mi rostro recién afeitado contrastaba con su cara soñolienta. Luego dijo: buenos días camarada Chen, y se marchó. Me quedé un instante escuchando sus apresurados pasos sobre el camino. Jueves. Seguir leyendo

LA VENUS DE LOS CHEQUES DE XAVIER VELASCO

La conocí en alguna mañana melancólica, y así aprendí que las tristezas matutinas son también sobornables. Sé que otro en mi lugar habría dado media vuelta no bien hubiera oído lo que yo escuché, pero aquella propuesta sonaba tan torcida que la curiosidad pudo más que el horror.

No quedaba una sola promesa en sus pupilas, solamente amenazas. Una de esas miradas de las que no se sale fácil, como si dentro de ella se hallara algún botín largamente anhelado, de modo que dejar de mirar a esos ojos era temer en riesgo el porvenir entero. Bastaba con entrar apenas en materia para que los cuchillos húmedos de sus pupilas contrabandearan luz y traficaran quimera por las otrora herméticas aduanas del alma. Entremos pues allí, en materia quimérica. Seguir leyendo

FRAGMENTOS DE SÁNDOR MÁRAI

Siempre quería otra cosa. Siempre quería ir a otro sitio. Yo pensaba que esa perenne insatisfacción era su reacción al miedo y la confusión. Pero poco a poco fui comprendiendo que lo dulce nunca era bastante dulce para ella ni lo salado lo bastante salado, y que de pronto podí apartar bruscamente un exquisito plato de pollo que el chef del excelente restaurante había asado a la parrilla con maestría y decir en voz muy baja, pero con decisión: «no está bueno. Quiero otra cosa.» Y la nata no estaba bien montada, y el café no era lo bastante fuerte nunca, en ningún sitio. Seguir leyendo

FELICIDAD KATHEHRINE MANSFIELD

Katherine Mansfield
  A pesar de sus treinta años, Berta Young tenía momentos como éste de ahora, en los que hubiera deseado correr en vez de andar; deslizarse por los suelos relucientes de su casa, marcando pasos de danza; rodar un aro; tirar alguna cosa al aire para volverla a coger, o quedarse quieta y reír… simplemente por nada.
        ¿Qué pude hacer uno si, aún contando treinta años, al volver la esquina de su calle le domina de repente una sensación de felicidad…, de felicidad plena…, como si de repente se hubiese tragado un trozo brillante del sol crepuscular y éste le abrasara el pecho, lanzando una lluvia de chispas por todo su cuerpo?
        ¿Es que no puede haber una forma de manifestarlo sin parecer “beodo o trastornado”? La civilización es una estupidez. ¿Para qué se nos ha dado un cuerpo, si hemos de mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera algún valioso Stradivarius?
        “No, la comparación con el violín no expresa exactamente lo que quiero decir —pensó mientras subía corriendo la escalera, y, después de buscar la llave en su bolso y ver que la había olvidado como de costumbre, repiqueteaba con los dedos en el buzón—. Y no lo expresa porque…” Seguir leyendo

SHORT STORY DE DAVID FOSTER

http://hugoalfredohinojosa.wordpress.com/2009/12/15/un-cuento-de-david-foster-wallace/

http://www.newyorker.com/fiction/features/2009/12/14/091214fi_fiction_wallace

Traducción de Vilma Reyes M

Cuando niño, recibí como regalo una mezcladora de cemento. Estaba hecha de madera, salvo, si mal no recuerdo, las ruedas que eran de un tipo de metal. Estoy 99 por ciento seguro de que fue un regalo de Navidad. Me gustaba tanto como le gustan las camionetas, las ambulancias, y los remolques a cualquier niño pequeño. Hay niños a quienes les gustan los trenes y niños que prefieren los automóviles. A mí me gustaban estos últimos.

Aquello era (“aquello signgfica la mezcladora de cemento) del mismo tamaño que los carritos de juguete. Pesaba como tres o cuatro libras. Era un juguete sencillo, sin batería. Tenía una soga de colores, con un mango amarillo del cual tirabas y caminabas, echando la mezcla de cemento detrás de ti, algo así como un vagón, aunque no del mismo tamaño.

Para Navidad, estoy seguro que fue para esa época. Fue para la edad cuando puedes, según dicen ellos, “escuchar voces” sin preocuparte de que algo malo te sucede. Yo “escuchaba voces” todo el tiempo cuando era muy niño. Tenía como cinco o seis años de edad, creo (No soy bueno con los números).

Me gustaba mucho la mezcladora de cemento y jugaba con ella más que con los otros vehículos de juguete que tenía. En algún momento, varias semanas o meses después de Navidad, mis padres biológicos me hicieron creer, sin embargo, que la mezcladora de cemento era mágica. Probablemente mi madre me dijo esto en un momento de aburrimiento, y luego, mi padre llegó del trabajo y se le unió sin mucho interés.

Mi madre me preguntaba, mientras descansaba cómodamente en su sofá y me miraba tirar de la soga por toda la habitación, si me daba cuenta de las propiedades mágicas de la mezcladora, sin dudas, divirtiéndose a expensas mías, de la misma forma cruel y a la misma vez aburrida, en la que los adultos se divierten a veces con los pequeñines, juguetonamente, tal como hicieron con ellos, con cuentos o fantasías, sin imaginar el impacto que tales cuentos tienen en ellos (ya que la magia es una seria realidad para los niños pequeños), aunque, a decir verdad, si mis padres creían de veras en la magia de la mezcladora, no compendo porqué esperaron semanas o meses para decírmelo.

Para mí fue un misterio indescifrable. Ahora he perdido el hilo. La “magia” era eso, desconocer cómo, el cilindro principal de la mezcladora, donde, en una mezcladora de cemento real, se mezcla el cemento, rotaba, iba y venía por doquier, tal como lo hacía una máquina real de cemento. Hacía esto, decía mi madre, solo cuando la mezcladora era halada por mí; ella insistía en eso y mi padre la respaldaba.

La magia no era solo que el cilindro de un objeto de madera sólida sin baterías rotara, sino que lo hacía únicamente cuando no era observada, y se detenía, cuando lo era. Si, cuando halaba, me volteaba para mirar, mis padres juraban que el contenedor había detenido mágicamente su rotación. ¿Como pasaba esto? Nunca, por un segundo, dudé de lo que me decían. Esta es la razón por la que digo que los adultos, y hasta los padres, pueden llegar a ser crueles: no son capaces de creer en la inexistencia total de la duda. Ellos, la han olvidado.

FRAGMENTOS EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO DE J.D. SALINGER

 http://elarlequindehielo.obolog.com/textos-talleres-literarios-guardian-centeno-242330

En cuanto entré, me arrepentí de haber ido. Estaba leyendo el Atlantic Monthly, tenía la habitación llena de pastillas y medicinas y olía a Vicks Vaporub.  Todo bastante deprimente. Confieso que no me vuelven loco los enfermos, pero lo que hacía la cosa aún peor era que llevaba puesto un batín tristísimo todo zarrapastroso, que debía tener desde que nació. Nunca me ha gustado ver a viejos ni en pijama ni en batín ni nada de eso. Van enseñando el pecho todo lleno de bultos, y las piernas, esas piernas de viejo que se ven las playas, muy blancas y sin nada de pelo.

Y encima se teme la reprimenda del profesor, sabe lo que va a suceder de antemano y no se siente incapaz de afrontarlo.

-¿Qué te pasa muchacho?- me preguntó. Y para su modo de ser lo dijo con bastante mala leche-. ¿Cuántas asignaturas llevas este semestre? Seguir leyendo

ÚLTIMO BOTÓN DE RICHARD FORD FRAG

Mi querido Frank
Me gustaría escribirte algo que me saliera verdaderamente del corazón y revelara mi interior, lo bueno y lo malo, para que te sirviera de consuelo por todo esto. Pero no sé si seré capaz. No estoy segura de conocer mis verdaderos sentimientos, pero se que los tengo. No me hago una idea de lo que pueda estar pasando. Supongo que añoro el Día de Acción de Gracias, porque he estado pensando en ti y en ese precioso lago Laconic al que fuimos una vez. Apuesto a que se te ha ocurrido algo realmente interesante para celebrar la fiesta. Espero que no estés solo. Supongo que no lo estarás, bandido. A lo mejor has conocido a alguna elegante agente inmobiliaria y te vas con ella (espero que no a Moline). Lo que ahora siento, dejando aparte las emociones verdaderas, es que en mi vida todo gira ahora alrededor de mí, y no encuentro manera de cambiar los pronombres. Me doy cuenta de lo que me pasa, pero no tengo plena conciencia de mí misma. Mis hijos estarían de acuerdo; en caso de que me hablaran, que no lo hacen. Pero ¿tiene esto algún sentido? (Posiblemente no te enviaré esta carta.) Creo que debería disculparme por todo lo que ha pasado en junio, y en mayo. Lamento los problemas que te he causado. Probablemente es difícil entender que te quisiera y estuviera satisfecha con la vida que llevábamos juntos y que luego me marchase con mi ex marido. Siempre había pensado que, para abandonar a alguien, la gente debía comprender primero que era desdichada. Pero en la vida las cosas pueden ir bien y a pesar de ello cometerse una tontería, y luego uno piensa en si lo era o no. Desdichado, quiero decir. ¿Qué es lo que prueba eso? Pero como en realidad no puedo lamentar haberlo hecho, ¿por qué disculparme sólo a medias? Es como lo que tu dirías si vendieras una casa que no te pareciera bien, pero supieras que el cliente la necesita de verdad. Si tengo razón (sobre ti), pensarás que esto es muy raro y no muy interesante: típico de alguien del sur de Ohio. Tú era así. Seguir leyendo

LOS NADIES DE EDUARDO GALEANO

Los nadies

http://elviajeliterario.wordpress.com/2010/04/06/los-nadies/#comment-83

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:
Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata.

PARA ESCUCHAR

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Eduardo Galeano

Arreola y el género varia invención de FELIPE VÁZQUEZ

http://criticabuap.blogspot.com/2009/06/arreola-y-el-genero-varia -invencion.html

INTRODUCCIÓN

Hay autores que, desde su primer libro, incluyen las líneas formales de lo que será su escritura. En ese movimiento inicial de formas literarias asoman las facetas, los rasgos, las fallas y las tensiones que habrán de dar cuerpo a una obra. El primer libro aparece como una piedra fundacional donde, por un lado, es evidente la convergencia de tradiciones literarias y, por el otro, se percibe el devenir de una escritura que sólo estaremos en condiciones de evaluar con amplitud cuando se haya desplegado en un horizonte de comprensión, cuando se haya intersectado en las redes escriturales de su tiempo y condicione el devenir de un continuum literario. Ejemplo de este linaje fue Juan José Arreola, quien desde Varia invención (1949),[1] su primer libro, decidió que su escritura debía ser una hibridación de géneros, un diálogo con tradiciones literarias diversas y un espacio imantado por la poesía. Dicho título, por cierto, le era simpático a Borges —un creador de amplios registros cuya obra influyó de manera decisiva en Arreola—, quien escribió en el prólogo a Cuentos fantásticos: “Un libro suyo, que recoge textos de 1941, de 1947 y de 1953, se titula Varia invención; ese título podría abarcar el conjunto de su obra.”[2] Coincido con el autor de Ficciones, pues creo que analizar esa acuñación verbal nos permitirá comprender con cierta amplitud la propuesta literaria del escritor zapotlanense. Seguir leyendo