FRAGMENTOS EL GUARDIAN ENTRE EL CENTENO DE J.D. SALINGER


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En cuanto entré, me arrepentí de haber ido. Estaba leyendo el Atlantic Monthly, tenía la habitación llena de pastillas y medicinas y olía a Vicks Vaporub.  Todo bastante deprimente. Confieso que no me vuelven loco los enfermos, pero lo que hacía la cosa aún peor era que llevaba puesto un batín tristísimo todo zarrapastroso, que debía tener desde que nació. Nunca me ha gustado ver a viejos ni en pijama ni en batín ni nada de eso. Van enseñando el pecho todo lleno de bultos, y las piernas, esas piernas de viejo que se ven las playas, muy blancas y sin nada de pelo.

Y encima se teme la reprimenda del profesor, sabe lo que va a suceder de antemano y no se siente incapaz de afrontarlo.

-¿Qué te pasa muchacho?- me preguntó. Y para su modo de ser lo dijo con bastante mala leche-. ¿Cuántas asignaturas llevas este semestre?

-Cinco, señor.

-Cinco. Y, ¿en cuántas te han suspendido?

-En cuatro.

Removí un poco el trasero en el asiento. En mi vida había visto cama más dura.

-En Lengua y Literatura me han aprobado – le dije-, porque todo de Boewulf y Lord Randal, mi hijo, lo había dado ya en el otro colegio. La verdad es que para  esa clase no he tenido que estudiar casi nada. Sólo escribir una composición de vez en cuando.

Ni me escuchaba. Nunca escuchaba cuando uno le hablaba.

-Te he suspendido en historia sencillamente porque no sabes una palabra.

-Lo sé, señor. ¡ Jo! ¡Que si lo sé! No ha sido culpa suya.

-Ni una  sola palabra- repitió.

Eso sí que me pone negro. Que alguien te diga una cosa dos veces cuando tú ya la has admitido  a la primera. Pues aún lo dijo otra vez:

-Ni una sola palabra.  Dudo que hayas abierto el libro en todo el semestre. ¿ Lo has abierto? Dime la verdad, muchacho.

-Verá, le eché una ojeada un par de veces- le dije. No quería herirle. le volvía loco la historia.

-Con que lo ojeaste, ¿eh?- dijo, y con un tono de lo más sarcástico-. Tu examen está ahí, sobre la cómoda. Encima de ese montón. Tráemelo, por favor.

Aquello sí que era una puñalada trapera, pero me levanté a cogerlo y se lo llevé. No tenía otro remedio. Luego volví a sentarme en aquella cama de cemento. ¡ Jo! ¡ No saben lo arrepentido que estaba de haber ido a despedirme de él!

Manoseaba el examen con verdadero asco, como si fuera una plasta de vaca o algo así.

-Estudiamos los egipcios desde el cuarto de noviembre hasta el dos de diciembre- dijo-. Fue el tema que tú elegiste. ¿Quieres oír lo que dice aquí?

-No señor. La verdad es que no- le dije.

Pero lo leyó de todos modos. No hay quien pare a un profesor cuando se empeña en una cosa. Lo hacen por encima de todo.

-<<Los egipcios fueron una antigua raza caucásica que habitó una de las regiones del norte de África. África, como todos sabemos, es el continente mayor del hemisferio oriental.>>

Tuve que quedarme allí sentado escuchando todas aquellas idioteces.  Me la jugó buena el tío.

-<<Los egipcios revisten hoy especial interés para nosotros por diversas razones. La ciencia moderna no ha podido aún descubrir cuál es el ingrediente secreto con que envolvían a sus muertos para que la cara no se les pudriera durante innumerables siglos. Ese interesante misterio continúan acaparando el interés de la ciencia moderna del siglo XX. >>

Dejó de leer. Yo sentía que empezaba odiarle vagamente.

-Tu ensayo, por llamarlo de alguna manera acaba ahí- dijo en un tono de lo más desagradable. Parecía mentira que un vejete pudiera ponerse tan sarcástico-. Por lo menos, te molestaste en escribir una nota a pie de página.

– Ya lo sé- le dije. Y lo dije muy deprisa para ver si le paraba antes de que se pusiera a leer aquello en voz alta. Pero a ése ya no había quien le frenara. Se había disparado.

-<<Estimado señor Spencer>> – leyó en voz alta-. <<Esto es todo lo que sé sobre los egipcios. La verdad es que no he logrado interesarme mucho por ellos aunque sus clases han sido muy interesantes. No le importe suspenderme porque de todos modos van a catearme en todo menos en lengua. Respetuosamente, Holden Caulfield. >>

Dejó de leer y me miró como si acabara de ganarme en una partida de ping- pong o algo así. Creo que no le perdonaré nunca que me leyera aquellas gilipolleces en voz alta. Yo no se las habría leído si las hubiera escrito él, palabra. Para empezar, sólo le había escrito aquella nota para que no le diera pena suspenderme.

-¿Crees que he sido injusto contigo, muchacho?- dijo.

-No, señor, claro que no- le contesté. ¡A ver si dejaba ya de llamarme <<muchacho>> todo el tiempo!

Cuando acabó con mi examen quiso tirarlo también sobre la cama. Sólo que, naturalmente, tampoco acertó. Otra vez tuve que levantarme para recogerlo del suelo y ponerlo encima del Atlantic Monthly. Es un aburrimiento tener que hacer lo mismo cada dos minutos.

-¿Qué habrías hecho tú en mi lugar? – me dijo-. Dímelo sinceramente, muchacho.

La verdad s que se le notaba que le daba lástima suspenderme, así que me puse a hablar como un descosido. le dije que yo era un imbécil, que en su lugar habría hecho lo mismo, y que muy poca gente se daba cuenta de lo difícil que es ser profesor. En fin, el rollo habitual. Las tonterías de siempre.

Lo gracioso es que mientras hablaba estaba pensando en otra cosa. Vivo en Nueva York y de pronto me acordé del lago que hay en Central Park South.  Me pregunté si estaría ya helado y, si lo estaba, adónde habrían ido los patos.  Me pregunté dónde se meterían los patos cuando venía el frío y se halaba la superficie del agua, si vendría un hombre a recogerlos en un camión para llevarlos al zoológico o si se irían a algún sitio por su cuenta.

Tuve suerte. Pude estar diciéndole a Spencer un montón de estupideces y al mismo tiempo pensar en los patos del Central Park. Es curioso, pero cuando se habla con un profesor no hace falta concentrarse mucho….

-¿ No te preocupa en absoluto el futuro, muchacho?

– Claro que me preocupa. Naturalmente que me preocupa- medité unos momentos-. Pero no mucho supongo. Creo que mucho, no.

– Te preocupará- dijo Spencer-. Ya lo verás, muchacho. Te preocupará cuando sea demasiado tarde.

No me gusto oírle decir eso. Sonaba como si ya me  hubiera muerto. De lo más deprimente.

-Supongo que sí- le dije.

-Me gustaría imbuir un poco de juicio en esa cabeza, muchacho. Estoy tratando de ayudarte. Quiero ayudarte si puedo.

Y era verdad. Se le notaba. Lo que pasaba es que estábamos en campos opuestos. Eso es todo.

-Ya lo sé, señor- le dije-. Muchas gracias. Se lo agradezco mucho. De verdad.

Me levanté de la cama ¡ Jo! ¡ No hubiera aguantado allí ni diez minutos más aunque me hubiera ido la vida en ello!

-Lo malo es que tengo que irme. He de ir al gimnasio a recoger mis cosas. De verdad.

Me miró y empezó a  mover de nuevo la cabeza con una expresión muy seria. De pronto me dio una pena terrible pero no podía quedarme más rato por eso de que estábamos en campos opuestos, y porque fallaba cada vez que echaba una cosa sobre la cama, y porque llevaba esa bata tan triste que le dejaba al descubierto todo el pecho, y porque apestaba a Vicks Vaporub en toda la habitación.

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