SHORT STORY DE DAVID FOSTER


http://hugoalfredohinojosa.wordpress.com/2009/12/15/un-cuento-de-david-foster-wallace/

http://www.newyorker.com/fiction/features/2009/12/14/091214fi_fiction_wallace

Traducción de Vilma Reyes M

Cuando niño, recibí como regalo una mezcladora de cemento. Estaba hecha de madera, salvo, si mal no recuerdo, las ruedas que eran de un tipo de metal. Estoy 99 por ciento seguro de que fue un regalo de Navidad. Me gustaba tanto como le gustan las camionetas, las ambulancias, y los remolques a cualquier niño pequeño. Hay niños a quienes les gustan los trenes y niños que prefieren los automóviles. A mí me gustaban estos últimos.

Aquello era (“aquello signgfica la mezcladora de cemento) del mismo tamaño que los carritos de juguete. Pesaba como tres o cuatro libras. Era un juguete sencillo, sin batería. Tenía una soga de colores, con un mango amarillo del cual tirabas y caminabas, echando la mezcla de cemento detrás de ti, algo así como un vagón, aunque no del mismo tamaño.

Para Navidad, estoy seguro que fue para esa época. Fue para la edad cuando puedes, según dicen ellos, “escuchar voces” sin preocuparte de que algo malo te sucede. Yo “escuchaba voces” todo el tiempo cuando era muy niño. Tenía como cinco o seis años de edad, creo (No soy bueno con los números).

Me gustaba mucho la mezcladora de cemento y jugaba con ella más que con los otros vehículos de juguete que tenía. En algún momento, varias semanas o meses después de Navidad, mis padres biológicos me hicieron creer, sin embargo, que la mezcladora de cemento era mágica. Probablemente mi madre me dijo esto en un momento de aburrimiento, y luego, mi padre llegó del trabajo y se le unió sin mucho interés.

Mi madre me preguntaba, mientras descansaba cómodamente en su sofá y me miraba tirar de la soga por toda la habitación, si me daba cuenta de las propiedades mágicas de la mezcladora, sin dudas, divirtiéndose a expensas mías, de la misma forma cruel y a la misma vez aburrida, en la que los adultos se divierten a veces con los pequeñines, juguetonamente, tal como hicieron con ellos, con cuentos o fantasías, sin imaginar el impacto que tales cuentos tienen en ellos (ya que la magia es una seria realidad para los niños pequeños), aunque, a decir verdad, si mis padres creían de veras en la magia de la mezcladora, no compendo porqué esperaron semanas o meses para decírmelo.

Para mí fue un misterio indescifrable. Ahora he perdido el hilo. La “magia” era eso, desconocer cómo, el cilindro principal de la mezcladora, donde, en una mezcladora de cemento real, se mezcla el cemento, rotaba, iba y venía por doquier, tal como lo hacía una máquina real de cemento. Hacía esto, decía mi madre, solo cuando la mezcladora era halada por mí; ella insistía en eso y mi padre la respaldaba.

La magia no era solo que el cilindro de un objeto de madera sólida sin baterías rotara, sino que lo hacía únicamente cuando no era observada, y se detenía, cuando lo era. Si, cuando halaba, me volteaba para mirar, mis padres juraban que el contenedor había detenido mágicamente su rotación. ¿Como pasaba esto? Nunca, por un segundo, dudé de lo que me decían. Esta es la razón por la que digo que los adultos, y hasta los padres, pueden llegar a ser crueles: no son capaces de creer en la inexistencia total de la duda. Ellos, la han olvidado.

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