FRAGMENTOS DE SÁNDOR MÁRAI


Siempre quería otra cosa. Siempre quería ir a otro sitio. Yo pensaba que esa perenne insatisfacción era su reacción al miedo y la confusión. Pero poco a poco fui comprendiendo que lo dulce nunca era bastante dulce para ella ni lo salado lo bastante salado, y que de pronto podí apartar bruscamente un exquisito plato de pollo que el chef del excelente restaurante había asado a la parrilla con maestría y decir en voz muy baja, pero con decisión: “no está bueno. Quiero otra cosa.” Y la nata no estaba bien montada, y el café no era lo bastante fuerte nunca, en ningún sitio.

Yo creía que simplemente era caprichosa. Miralá, me dije. Y la observaba. Incluso me divertía con sus caprichos.

Pero luego comprendí que su capricho brotaba de un pozo tan profundo que yo no podía llegar a ver el fondo. Era el pozo de la pobreza. Judit estaba luchando contra sus recuerdos. A veces me conmovía ver cuánto se esforzaba por ser más fuerte que sus recuerdos y reprimirlos con una disciplina ferréa. Pero algo se había desbordado en su alma al derrumabrse las presas que se alzaban entre su pobreza y el mundo.

Ella no quería algo mejor o más brillante de lo que yo le ofrecía: ella quería “otra” cosa…¿Entiendes? Como el enfermo grave, que piensa que en la otra habitación se sentirá mejor o que en algún lado hay un médico que sabe más que el que lo trata, o un medicamento más eficaz que los que ha tomado hasta el momento. Quería otra cosa, algo diferente. Y a veces se disculpaba por ello.. No decía nada, sólo me miraba, y ésos eran los momentos en que yo de verdad sentía más cerca de mi su orgullosa y ofendida alma: me miraba casi con impotencia, como si supiera que no podía hacer nada porque su pobreza y sus recuerdos eran más fuertes que ella. Y luego sonaba con fuerza un grito en su interior que superaba la muda súplica que se leía en su cara. Aquella voz interior pedía otra cosa. Y desde la primera noche.

¿Que quería? La venganza. Todo. ¿Como quería conseguirlo? Ni ella misma lo sabía.

Sàndor Màrai -La mujer justa
Para la mujer, si es una verdadera mujer, sólo hay una patria de verdad: el territorio que ocupa en el mundo el hombre al que ella pertenece. Para el hombre en cambio existe también esa otra patria enorme, eterna, impersonal, trágica, con banderas y fronteras. Con esto no quiero decir que las mujeres no sientan apego por la sociedad en la que han nacido, por el idioma en el que juran, mienten y hacen la compra, por el paisaje en el que han crecido; tampoco quier decir que ellas no alberguen sentimientos de afecto, abnegación, espíritu de sacrificio y lealtad, quizás a veces incluso un heroismo hacia esa otra patria, la patria de los hombres. Pero, en realidad, la mujer nunca muere por una patria, sino por un hombre. Juana de Arco y todas las demás excepciones son mujeres varoniles…

Hoy en día abunda cada vez más este último tipo, ¿sabes?, el patriotismo de las mujeres es mucho más discreto, carece de las contraseñas secretas que tanto gustan a los hombres. Ellas opinan como Goethe, que decía que si la casucha de unos campesinos arde es una verdadera tragedia y, en cambio, si es la patria lo que se arruina, normalmente sólo es pura retórica.

Ellas vivirán para siempre en esa casucha de campesinos. Por eso la custodian celosamente, le dedican la vida y el trabajo, por ellas están dispuestas a cualquier sacrificio. En esa casa hay una cama, una mesa, un hombre, a veces uno o dos niños. Esa es la verdadera patria de las mujeres.
-Sàndor Màrai -La mujer justa

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