FIESTA DE MUÑECAS KATHERIN MANSFIELD

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Cuando la querida anciana señora de Hay volvió a la ciudad después de pasar un tiempo en casa de los Burnell, les envió a los niños una casa de muñecas. Era tan grande que el cochero y Pat la llevaron al patio, y allí quedó, apuntalada por dos cajas de madera al lado de la puerta del comedor diario. No podía pasarle nada; era verano. Y quizás el olor de pintura se habría ido cuando llegara el momento de tener que entrarla. Porque, realmente, el olor de pintura que venía de esa casa de muñecas (“¡tan simpático de parte de la anciana señora de Hay, por supuesto; tan simpático y generoso!”) … pero el olor de pintura bastaba como para enfermar seriamente a cualquiera, según opinaba la tía Berly. Aun antes de sacarla de su envoltorio. Y cuando la sacaron… Sigue leyendo

EL BUITRE DE FRANZ KAFKA

Un buitre me picoteaba los pies. ya me había desgarrado los zapatos y las medias y ahora me picoteaba los pies. siempre tiraba un picotazo, volaba en círculos amenazadores alrededor y luego continuaba su obra. pasó un señor, nos miró un rato y me preguntó por qué toleraba al buitre.

–estoy indefenso –le dije–, vino y empezó a picotearme; lo quise espantar y hasta proyecté torcerle el pescuezo, pero estos animales son muy fuertes y quería saltarme a la cara. preferí ofrecer los pies; ahora están casi hechos pedazos.

–no se debe atormentar –dijo el señor–, un tiro y el buitre se acabó.

–¿le parece? –pregunté–, ¿quiere encargarse usted del asunto?

–encantado –dijo el señor–, no tengo más que ir a vivienda a inquirir mi fusil, ¿puede aguantar media hora más?

–no sé –le respondí, y por un segundo me quedé rígido de dolor; después agregué–: por favor, pruebe de todos modos.

–bueno –dijo el señor–, me apuraré.

el buitre había escuchado tranquilamente nuestro diálogo y había dejado vagar la mirada entre el señor y yo. ahora vi que había inclusive todo: voló un poco más lejos, retrocedió para alcanzar el impulso óptimo, y, como un atleta que arroja la jabalina, encajó su pico en mi boca, profundamente. al caer de espaldas sentí como una liberación; sentí que en mi sangre, que colmaba todas las profundidades y que inundaba todas las riberas, el buitre, irremediablemente, se ahogaba.

EL PALACIO DE LAS BELLAS DURMIENTES FRAG. DE YASUNARI KAWABATA

No debía hacer nada de mal gusto, advirtió al anciano Eguchi la mujer de la posada. No debía poner el dedo en la boca de la muchacha dormida ni intentar nada parecido. Había esta habitación, de unos cuatro metros cuadrados, y la habitación contigua, pero al parecer no habían más habitaciones en el piso superior; y como la planta baja resultaba demasiado reducida par alojar huéspedes, el lugar apenas podía llamarse una posada. Probablemente por que su secreto no lo permitía, el portal no ostentaba ningún letrero. Todo era silencio. Tras serle franqueado el portal cerrado con llave, el viejo Eguchi sólo había visto a la mujer con quien ahora estaba hablando. Era su primera visita. Ignoraba si se trataba de la propietaria o de una criada. Era mejor no hacer preguntas. La mujer, baja y de unos cuarenta y cinco años, tenía una voz juvenil, y daba la impresión de haber cultivado especialmente una actitud seria y formal. Los labios delgados apenas se abrían cuando hablaba. No miraba a Eguchi con frecuencia. Algo en sus ojos oscuros minaba las defensas de éste, y parecía muy segura de sí misma. Preparó el té con una tetera de hierro sobre el brasero de bronce. Las hojas de té y la calidad de la infusión eran asombrosamente buenas para el lugar y la ocasión -con objeto de tranquilizar al viejo Eguchi. En la alcoba pendía un cuadro de Kawai Gyokudö, probablemente una reproducción, de una aldea de montaña al calor de las hojas otoñales. Nada sugería que la habitación albergara secretos insólitos. -Y le ruego que no intente despertarla, aunque no podría, hiciera lo que hiciese. Está profundamente dormida y no se da cuenta de nada -la mujer lo repitió-: Continuará dormida y no se daría cuenta de nada, desde el principio hasta el fin. Ni siquiera de quién ha estado con ella. No debe usted preocuparse. Eguchi no mencionó las dudas que empezaban a acometerle. -Es una joven muy bonita. Sólo admito huéspedes en quienes pueda confiar. Cuando Eguchi desvió la vista, la fijó en su reloj de pulsera. -¿Qué hora es? Sigue leyendo

HAY QUE AGUANTAR A LOS NIÑOS DE STEPHEN KING

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Su nombre era señorita Sydley, de profesión maestra.

Era una mujer menuda que tenía que erguirse para poder escribir en el punto más alto de la pizarra, como hacía en aquel preciso instante. Tras ella ninguno de los niños reía ni susurraba, ni picaba a escondida ningún dulce que sostuviera en la mano. Conocían demasiado bien los instintos asesinos de la señorita Sydley. La señorita Sydley siempre sabía quién estaba mascando chicle en la parte trasera de la clase, quién guardaba una tirachinas en el bolsillo, quién quería ir al lavabo para intercambiar cromos de béisbol en lugar de hacer sus necesidades. Al igual que Dios, siempre parecía saberlo todo al mismo tiempo.

Su cabello se estaba tornando gris, y el aparato que llevaba para enderezar se maltrecha espalda se dibujaba con toda claridad bajo el vestido estampado. Una mujer menuda, atenazada por constantes sufrimientos; una mujer con ojos de pedernal. Pero la temían. Su afilada lengua era una leyenda en el patio de la escuela. Al clavarse en un alumno que reía o susurraba, sus ojos podían convertir las rodillas más robustas en pura gelatina.

En aquel momento, mientras apuntaba en la pizarra la lista de palabras que tocaba deletrear, la maestra se dijo que el éxito de su larga carrera docente podía resumirse y confirmarse mediante aquel gesto tan cotidiano. Podía volver la espalda a sus alumnos con toda tranquilidad.

-Vacaciones- anunció mientras escribía la palabra en la pizarra con su letra firme y prosaica-. Edward, haz una frase con la palabra vacaciones, por favor.

– Fui de vacaciones a Nueva York – recitó Edward.

A continuación, repitió la palabra con todo cuidado, tal como les había enseñado la señorita Sydley.

Muy bien Edward- aprobó la maestra mientras escribía la siguiente palabra. Sigue leyendo

BIENVENIDA SEÑORA GARAY R.GARCÍA

Para Martha
No tenía cuarenta y ocho horas en el poblado y ya estaba haciendo las maletas para salir del lugar lo más pronto posible. Mi furia provocaba que metiera la ropa con desorden en la valija y, al mismo tiempo, repitiera:
— ¡Qué hago aquí! ¡Qué hago aquí!
Llegué a ese sitio después de siete horas de vuelo. Días antes me sentía agotadísima y no dudé en aceptar la invitación de un amigo para reposar en su casa y después visitar la campiña.
—Véngase, verá usted que por acá se recupera. La tranquilidad del paisaje será un bálsamo para su espalda torturada y un aliciente para su alma.
Trabajé el doble en los días previos y un viernes volé al poblado que colindaba con la montaña y la selva. En una tarde de colores sucios, pisé tierra. Mi amigo llevaba una pancarta de cartulina, donde decía: “Bienvenida, señora Garay”. Me reí de su ocurrencia, pues llegué en un bimotor de veinte plazas. Fui a la oficina y compré el boleto de retorno, que sería en una semana. No antes, porque el servicio era cada seis días.
Después de los saludos, abrazos y preguntas de rutina, subimos al taxi. Él se quedó callado, para darme la libertad de observar el paisaje. El verde corría dándome Sigue leyendo

EL MUSEO DE LA INOCENCIA FRAGMENTO DE ORHAN PAMUK

http://www.elpais.com/elpaismedia/ultimahora/media/200909/21/cultura/20090921elpepucul_1_Pes_PDF.pdf

EL MOMENTO MÁS FELIZ DE MI VIDA

Fue el momento más feliz de mi vida y no lo sabía. De haberlo sabido, ¿habría podido proteger dicha felicidad? ¿Habría sucedido todo de otra manera? Sí, de haber comprendido que aquel era el momento más feliz de mi vida, nunca lo habría dejado escapar. Ese momento dorado en que una profunda paz espiritual envolvió todo mi ser quizá durara solo unos segundos, pero me pareció que la felicidad lo convertía en horas, años. El 26 de mayo de 1975, lunes, hubo un instante, hacia las tres menos cuarto, en el que pareció que, de la misma forma que nos liberamos de nuestras culpas, pecados, penas y remordimientos, también nos liberamos de las leyes de la gravedad y el tiempo en el mundo. Sigue leyendo

ORHAN PAMUK ME LLAMO ROJO FRAGMENTOS

TOMADO DE:http://ottolunedopo.blogspot.com/2009/03/me-llamo-rojo-by-orhan-pamuk-marzo-15.html

Me dispongo a citar con cierta regularidad unos fragmentos de mi libro favorito: ‘Me llamo Rojo’, del ganador al premio Nobel de literatura, Orhan Pamuk. Es una delicia, espero que les guste… ;D

 “1.

Estoy muerto …cuando uno está aquí tiene la impresión de que la vida que ha dejado atrás sigue adelante como solía. Antes de que naciera había a mis espaldas un tiempo infinito. Y ahora, después de muerto, ¡un tiempo inagotable! No pensaba en eso mientras vivía; vivía rodeado de luz entre dos tiempos oscuros… …Contaban una historia de un hombre que movido simplemente por curiosidad se dedicaba a vagar entre cadáveres por sangrientos campos de batalla… A aquel hombre que buscaba entre los guerreros agonizantes alguno que hubiera muerto y resucitado y pudiera desvelarle el secreto del otro mundo, los soldados de Tamerlán lo tomaron por un enemigo y lo partieron en dos de un solo tajo y él creyó que a uno lo parten en dos en el otro mundo… …las almas partidas en dos en el mundo se unen aquí… gracias a Dios, existe el otro mundo… He muerto, pero no he desparecido… …Es como si el universo entero se apretara en mi interior y comenzara a estrecharse… Sigue leyendo