UN PASEO POR LA LITERATURA DE BOLAÑO

13. Soñé que leía a Stendhal en la Estación Nuclear de Civitavecchia: una
sombra se deslizaba por la cerámica de los reactores. Es el fantasma de
Stendhal, decía un joven con botas y desnudo de cintura para arriba. ¿Y tú
quién eres?, le pregunté. Soy el yonqui de la cerámica, el húsar de la
cerámica y de la mierda, dijo. Sigue leyendo

LAS HUELLAS DE TATÚ GUSTAVO ROLDÁN

El sol era como un fuego redondo y amarillo. Sólo las iguanas se animaban a pasear mientras los otros animales se quedaban bajo los árboles buscando un lugar más fresco. -Hasta conversar me da calor -dijo el coatí. -Este sol nos va a borrar hasta las huellas -dijo el conejo. -¿Huellas? -dijo la lechuza-. El que siempre hablaba de huellas era el tigre. Miraba una huella y decía: “Por aquí pasó una vizcacha cara blanca; iba apurada y preocupada después de almorzar.” O decía: “Hace un ratito no más pasó al trote un ñandú que llevaba en el lomo a un pajarito cantor.” -¿Y le acertaba siempre? -¿Siempre? ¡Ni una sola vez! ¡Pero quién le iba a discutir, si era el tigre! El coatí mostró unas huellas al lado de un árbol y dijo: -Esta mañana pasó un amigo y estuvimos juntos un rato. Aquí quedaron sus huellas. ¿Alguno se anima a decir de quienes son? Todos se miraron con cara de no entender. Estudiaron las huellas una y otra vez, pero nada. Sólo veían un poco de tierra removida y alguna ramita quebrada. El único que no se acerco fue el sapo. Se quedó mordiendo un pastito como indiferente. -¿Y usted, don sapo?- dijo el mono-. ¿No se anima a descubrir quién pasó por ahí? -Y… -dijo el sapo-, como animarme me animo. Pero sería conveniente que todos se alejaran un poco. -¿Usted sabe de huellas, don sapo? Sigue leyendo