Mozhárovo de Dmitri Býkov


 

http://literartevueltabajero.wordpress.com/2010/06/15/mozharovo/

Dmitri Býkov es uno de los autores rusos que visitó nuestro país en esta 19 Feria Internacional del Libro. En los últimos años ha obtenido gran reconocimiento por su biografía Boris Pasternak, que le permitió recibir los premios Nationalny Bestseller y Bolshaya Kniga. Es autor de las novelas Absolución, Ortografía, Remolcador, VF y Dados de baja; así como de varias antologías poéticas, ensayos literarios y compilaciones de artículos publicitarios.  El siguiente fragmento pertenece a Mozhárovo, uno de los cuentos que la Editorial Arte y Literatura publica en la antología Narraciones rusas contemporáneas

Cierto que en los últimos tiempos viajar de una ciudad a otra ha sido peligroso: por todas partes destripan los trenes eléctricos, asaltan los trenes de carga… Qué se le va a hacer, también era un proyecto nacional el desarrollo priorizado de siete megalópolis, entre las cuales se extiende más o menos una zona agreste. No necesitamos tanta tierra… El que pudo, se fue a la ciudad; y en cuanto a lo que sucedió al resto en el inmenso territorio ruso, Vasíliev tenía una idea muy vaga.  Pero él era un reportero, además, con experiencia en el ejército, y lo enviaron con el primer tren humanitario a escribir un reportaje  sobre cómo comparten las megalópolis los excedentes con el resto de los territorios donde, según cuentan, ha habido hasta fallas en la electricidad. Verdaderamente, en algunas estaciones no se podía ni asomar la nariz en el andén y sobre eso en Moscú nadie los previno. La simpática de Vestie, si lo hubiera sabido, de seguro que no habría venido. Ella ya de por sí se estaba lamentando todo el tiempo de que en el vagón no tendría bañadera. Eso únicamente lo tenía el vagón especial de Myerson, porque él era un filántropo y solo Dios sabe qué clase de multimillonario, que hasta ha dejado atrás a Bill Gates…

Por la ventanilla se observaba un paisaje despoblado y nada interesante, eso precisamente lo hacía tan espantoso: siempre las mismas aldeas grises y desiertas, a veces una cabra aislada con un trapo rojo en el pescuezo; en ocasiones, un segador tranquilo segando en un barranco en completa soledad, quien también seguía con la vista al tren; no era frecuente ahora ver pasar un tren y Vasíliev no tuvo tiempo de verle bien la cara; pasaba rápido un campo con un tractor herrumbroso y solitario, y de nuevo se extendía un  bosque de abetos sombrío y encima de este el mismo nubarrón lila. Desfilaban rápido ante sus ojos los restos de una fábrica detrás de un muro de hormigón semidestruido, las chimeneas oxidadas, una grúa de caballete; se veía un boscaje dentro del cual Vasíliev logró detectar lo que en otros tiempos fue una unidad militar, tras la cerca de alambre de púa toda oxidada, en la cual quedó colgada una chaqueta acolchonada que de seguro los muchachos utilizaban para saltar la cerca y ver lo que quedaba adentro… El tren redujo la velocidad.

—Pero, ¿había algo antes en Mozhárovo? —preguntó Vasíliev para alejar el terror que estaba creciendo en él.  Sabía que el Ministerio de la Agricultura no ponía custodios así como así.  Allí trabajaban ahora personas serias, dirigentes de algún ministerio represivo—. ¿Acaso hubo industrias de extracción de algo?

—Una fábrica de ladrillos —respondió Koshmín sin deseos, después de una pausa—.  Hace tiempo que se destruyó, unos treinta años.  Existían unas pequeñas fábricas de calzado, muebles… Un teatro de títeres… o algo por el estilo. Yo no estuve allí en esa época.

—¿Y ahora hay algo?

—Si viven personas, quiere decir que hay —dijo Koshmín tan irritado que Vasíliev consideró que era mejor callarse.

—Bueno, ya se lo advertí —apuntó Koshmín al rato—. Es mejor no acercarse a la ventanilla. Si tiene los nervios débiles, deje que le baje las cortinas, aunque pienso que usted por ser periodista debería mirar. Pero trate de no hacer nada.

—Está bien, está bien —apuntó de manera mecánica Vasíliev sin quitar la vista de la estación de Mozhárovo que pasaba lentamente ante sus ojos.

Primero no había nada.  Él esperaba cualquier cosa —monstruos, engendros que se tiraran sobre las rejas del vagón—, pero por el andén solamente se veía una vieja que con un cubo miraba a la ventanilla como pidiendo ayuda.

—¡Cangrejos! —gritaba ella—. ¡Quién quiere cangrejos! ¡Cangrejos frescos, quién los quiere!

A Vasíliev le encantaban los cangrejos de río y tenía tremendos deseos de comerlos, pero ni se movió. La vieja se acercó al vagón de ellos, pegó al cristal su cara noble y demacrada, y por mucho que Vasíliev miró no pudo descubrir nada horrible en ella.

—¡Cangrejos! —repitió ella con dulzura—. ¿Hay alguien que quiera cangrejos?

—Cállese —dijo Koshmín mascullando.  Su cara se desfiguró del sufrimiento, más terrible aún porque ante los ojos de Vasíliev no tenía sentido alguno.  No era posible que él deseara tanto comer cangrejos y se debatiera entre el apetito y las instrucciones.

La vieja se dio vuelta y con tristeza continuó su camino. La estación se fue llenando poco a poco de personas débiles, evidentemente desnutridas, que caminaban muy despacio, como en cámara lenta.  A la ventanilla se acercó una joven madre con un niño en brazos; el niño estaba amarillo, arrugado, flojo como un muñeco de trapo.

—Por Dios, denme algo —dijo ella bajito, en un lamento. A pesar del grosor del vidrio, Vasíliev escuchaba cada una de sus palabras—. No tengo trabajo, no tengo esposo. ¡Por amor de Dios, denme algo!

Vasíliev miró con vergüenza la comida que le habían dado para el viaje y que no tuvo tiempo de recoger. En los trenes de ayuda humanitaria daban muy buena comida, el Ministerio de la Agricultura no escatimaba recursos. En la mesita del compartimento había embutidos de dos variedades, queso holandés fresco y paté de hígado de ganso con nueces, marca Estrasburgo.

Ya era tarde para ocultar la comida,  la mendiga lo había visto todo.  Vasíliev estaba muy abochornado.

Junto al tren caminaba una niña con carita conmovedora y serena, que parecía salida de una de esas postales navideñas en las cuales las niñas pobres vendiendo fósforos parecían ángeles rozagantes que, antes de ir a parar a las calles heladas, vivían en familias de bien, donde comían en abundancia y se bañaban todas las mañanas. A Vasíliev su cara le resultó familiar, de alguna postal que la familia conservaba de antes de la Revolución —la postal en que el tatarabuelo felicitaba a la tatarabuela por el nuevo año 1914—. La niña se acercó a la ventanilla, levantó los ojos y esperanzada dijo:

—Mi mamá está enferma. Está muy enferma, no puede ni levantarse. Tíos, ¿pueden darme algo, aunque sea?

Ella pedía sin gimotear, sonriendo sin querer provocar lástima y apenada por su situación.

—Yo me sé una canción —dijo ella—, y se la cantaré: No ha terminadooo el invierno, todavíaaa hay nieve, pero ya la golondrina quiere volver a su casaaa. Debe atravesar montañas y mares, vuela, vuela, golondrina míaaa…

Vasíliev conocía esa canción del círculo infantil y cuando era niño siempre lloraba al escucharla.  Él miró a Koshmín.  Aquel no le quitaba la vista de encima ni un minuto, captaba cada uno de sus movimientos, no existía la más mínima esperanza de engañarlo y a hurtadillas tirarle dinero o un embutido entero, además estaba la reja…

Escrito en El último cuento | Etiquetas: , , , , , , , ,

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