ELENA GARRO POR ELENA PONIATOWSKA

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¡Qué escritor no quisiera tener un biógrafo tan enamorado de su personaje como Patricia Rosas Lopátegui! Su capacidad de entrega no tiene límites. Su admiración se desborda en cada página. Que Elena Garro era una seductora absoluta, queda comprobado en este libro que lleva el escandaloso título de El Asesinato de Elena Garro.

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Elena Garro y Helena Paz, foto tomada del libro Yo soy memoria

Elena Garro fue un ser lleno de contradicciones y enigmas. Para ella nunca hubo medias tintas. ¿Se comió el personaje a la escritora? Elena es un icono, un mito, una mujer fuera de serie, con un talento enorme. A nadie deja indiferente. Impresionó a todos los que la conocieron, marcó con una huella indeleble a quienes la trataron; imposible para su hija Helena Paz vivir y “ser” sin ella. Sin embargo, con su muerte, no ha crecido su leyenda. Quien la sostiene con lealtad admirable es Patricia Rosas Lopátegui, que la envuelve en libros como caricias e insiste en que la recordemos y le rindamos tributo.

Este tercer tomo, El asesinato de Elena Garro que le dedica, Patricia recoge artículos dispersos en revistas y diarios. Sin embargo, habría que asentar que Elena no tiene identidad periodística, es decir, quienes la tratamos la considerábamos una extraordinaria escritora, pero no una periodista. El periodismo no fue su profesión, la literatura sí, y la ejerció en forma maestra. Además de escribir esporádicamente en revistas de poca monta, salvo Siempre! (Sucesos y Revista de América no circulaban), Elena solo escribía (y muy bien) cuando algún acontecimiento suscitaba su indignación. El reparto de la tierra, la miseria de los campesinos, el líder de la cnc, Javier Rojo Gómez y Carlos Madrazo, el ingeniero Norberto Aguirre Palancares, el coprero César del Ángel, fueron sus temas. También escogió escribir sobre Régis Debray y Roberto Fernández Retamar, entre otros. Estos artículos, sin embargo, no añaden un centímetro a su estatura de novelista, cuentista y autora teatral. Sigue leyendo

RESTOS DEL CARNAVAL DE LISPECTOR CRÍTICA LITERARIA

  

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“Las veinticinco piezas que integran el volumen están ambientadas mayoritariamente
en Recife, población donde Clarice vivió con su familia desde recién llegada de Ucrania
hasta los doce años. Sus voces enunciadoras y/o protagonistas son predominantemente
femeninas. Entre ellas, esa mujer innominada que recuerda los carnavales de su infancia, en
“Restos del carnaval”, de cuya memoria brota una anécdota pueril y mínima, cuyas
acciones están cuidadosamente estructuradas en 11 unidades narrativas, desencadenadas a
partir del presente en una secuencia progresiva en el tiempo:
I. Evocación de los carnavales de la infancia
II. Participación de la niña como espectadora (salvo el perfume y el confeti, que le
permitían usar y la hacían feliz).
III. Miedo a las máscaras
IV. No se disfrazaba: sólo rizaba su cabello y pintaba su boca
V. Hubo un carnaval diferente. Su amiga se disfraza de Rosa
VI. Con papel sobrante, la protagonista consigue su disfraz rosa
VII. Preparativos entusiastas para disfrazarse
VIII. Realización del disfraz
IX. La enfermedad de la madre empeora de pronto e impide que la pequeña se
maquille y deba ir corriendo a la farmacia a buscar un remedio
X. Horas después el disfraz se completa con la máscara, pero el encantamiento se ha
roto y la niña no se permite disfrutarlo sin remordimientos
XI. A la noche llega la salvación: un niño guapo de doce años le arroja confeti sobre
el pelo y le sonríe: alguien la ha reconocido y ahora se siente una rosa.
No se trata de un mero espectáculo, visto desde afuera, sino que Lispector le ha
dado la vuelta a la visión tradicional del carnaval: ahora es una posibilidad de liberación: la
de encarnar el disfraz y ser, por fin, una rosa. Es así como la niña protagonista ha realizado
su deseo de “ser otra” que ella misma.
 

 

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