LA PLAPLA MARIA ELENA WALSH

Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes.
Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas emes, orejudas eles y elegantísimas zetas.
De pronto vio algo muy raro sobre el papel.
-¿Qué es esto?,- se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos.
Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno. Seguir leyendo

EMA WOLF CINCO CUENTOS :FILOTEA, EL REY QUE…,UNA ARTISTA,LUPERTIO SE ENOJA…LA NONA

FILOTEA

http://decimoslee.blogspot.com/2009/08/filotea-cuento.html

Filotea tenía que tomar una decisión importante.
– ¿Me tiro o no me tiro?
Miró para abajo.
-¡Gggg! ¡Me da vértigo!
Volvió a mirar. Seguir leyendo

EL HOMBRE MUERTO CRÍTICA SEYMOR MENTON

El primer cuento mágicorrealista:
“El hombre muerto” (1920) de Horacio Quiroga1 SEYMOR MENTON

Aunque Horacio Quiroga se conoce como criollista por antonomasia, también merece el honor de haber escrito tal vez el primer cuento mágicorrealista, no sólo de la América Latina sino del mundo entero. Publicado por primera vez el 27 de junio de 1920 en el diario porteño La Nación, “El hombre muerto” comparte varios rasgos con la pintura mágicorrealista europea y norteamericana que irrumpe hacia 1918 como reacción contra el expresionismo. Por ejemplo, veamos el cuadro pintado en 1928 por el alemán Franz Radziwill, Accidente fatal de Karl Buchstätter. Aunque se trata de la muerte de un famoso piloto alemán, cuyo avión ya empezó a caer, el cuadro no tiene nada de dramatismo. El avión más bien parece suspendido en el centro del cielo en la parte superior del lienzo sin llamas ni humo. No se turba en absoluto la tranquilidad del paisaje rural pintado con una gran precisión en la parte inferior. Seguir leyendo

EL HOMBRE MUERTO

El hombre muerto http://www.analitica.com/bitblio/hquiroga/muerto.asp
Horacio Quiroga
El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla.
Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.
Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía. Seguir leyendo

VARGAS LLOSA FRAGMENTOS

FRAGMENTOS DE LA OBRA DE VARGAS LLOSA
LA TIA JULIA Y EL ESCRIBIDOR

extraordinariamente vivos, en los que bullía algo excesivo. Vestía de negro, un terno que se advertía muy usado, y su camisa y su corbatita de lazo tenían máculas, pero, al mismo tiempo, en su manera de llevar esas prendas había algo en él de atildado y de compuesto, de rígido, como en esos caballeros de las viejas fotografías que parecen presos en sus levitas almidonadas, en sus chisteras tan justas. Podría tener cualquier edad entre treinta y cincuenta años, y lucía una aceitosa cabellera negra que le llegaba hasta los hombros. Su postura, sus movimientos, su expresión parecían el desmentido mismo de lo espontáneo y natural, hacían pensar inmediatamente en el muñeco articulado, en los hilos del títere. (…) Parecía que en esa voz no solo desfilara cada letra, sin quedar mutilada ni una sola, sino también las partículas y los átomos de cada una, los sonidos del sonido. Seguir leyendo

HOMBRES EN TEMPESTAD JORGE FERRETIS

J Ferretis – 1941 – Editorial» Cima»

Pocos árboles, grandes, quietos. Troncos oscuros como de roca estriada.
Comienza el mundo a desteñirse con el alboreo.
Muge una vaca que no se ve, como si el mugido se diluyera en la penumbra.
Al pie de uno de aquellos árboles tan solos, hay un bulto, como protuberancia del tronco, más oscuro que el color de la corteza. Pero aquel bulto es suave, tibio. Es tata José, envuelto en su cobija de lana, y encuclillado junto al tronco. Viejo madrugador, de esos que se levantan antes que las gallinas dormilonas.
Antes de sentarse allí, junto al tronco, ya había ido a echar rastrojos a un buey.
En una choza de enfrente, se comienza a ver lumbre entre los carrizos. Adivínase adentro a una mujer, sentada sobre sus talones, en el suelo. Sopla y sopla sobre los rescoldos, hasta hacer que ardan unas ramas secas que rompía con las manos. Seguir leyendo