EL MAGO DE OZ L. Frank Baum

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Introducción

 

El folclore, las leyendas, los mitos y los cuentos de hadas han acompañado la infancia a lo largo de los siglos, pues todo niño sano siente una edificante e instintiva atracción por las historias fantásticas, maravillosas y manifiestamente irreales. Las hadas aladas de Grimm y de Andersen han llevado más felicidad a los corazones infantiles que todas las demás creaciones humanas.

Sin embargo, el viejo cuento de hadas, que ha servido durante generaciones, podría ahora ser clasificado de «histórico » dentro de la biblioteca infantil, pues ha llegado la hora de una nueva serie de «cuentos de maravillas» donde ya no aparezcan los estereotipados genios, enanos y hadas, con todas las horripilantes peripecias inventadas por los autores para transformar cada relato en una espantosa moraleja. La educación moderna incluye la moral; por lo tanto, el niño moderno sólo busca entretenimiento en sus cuentos de maravillas y renuncia de buena gana a todos los detalles desagradables.

Con esa idea en mente, la historia del «maravilloso Mago de Oz» ha sido escrita sólo para dar placer a los niños de hoy. Aspira a ser un cuento de hadas modernizado, que conserva las maravillas y la alegría y prescinde de las angustias y las pesadillas.

L. FRANK BAUM
Chicago, abril de 1900


Capítulo 1
El ciclón

Dorothy vivía en medio de las grandes praderas de Kansas con tío Henry, que era granjero, y con tía Em, que era la mujer del granjero. Su casa era pequeña porque para construirla habían tenido que transportar la madera en una carreta desde una distancia de muchos kilómetros. Había cuatro paredes, un piso y un techo, que completaban una habitación; y en esa habitación había una oxidada cocina de hierro, una alacena para los platos, una mesa, tres o cuatro sillas y las camas. Tío Henry y tía Em tenían una grande en un rincón, y Dorothy tenía una pequeña en otro rincón. No había buhardilla ni sótano, sólo un agujero cavado en el suelo, llamado «el sótano de los ciclones», donde podría refugiarse la familia si se levantara uno de esos potentes remolinos que se llevan las casas a su paso. Se entraba al agujero –un agujero pequeño y oscuro– por una trampa situada en el centro del piso, de la que descendía una escalera.

Cuando Dorothy salía a la puerta y miraba alrededor no veía otra cosa que la inmensa pradera gris. No había un solo árbol o casa que alterase la ancha llanura que se extendía hasta el borde del cielo en cualquier dirección. El sol había calcinado la tierra arada, que era ahora una masa gris surcada por pequeñas grietas. Ni siquiera la hierba era verde, pues el sol había quemado las puntas de las largas briznas hasta dejarlas del mismo color que todo lo demás. En otra época la casa había estado pintada, pero el sol y la lluvia se habían llevado esa pintura y ahora era tan deslucida y gris como el resto de la llanura.

Cuando tía Em fue a vivir a ese sitio era una mujer joven y bonita. A ella Seguir leyendo

LA NIÑA DE LOS FOSFOROS HANS CHRISTIAN ANDERESEN

¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.

Tenía, en verdad, zapatos cuando salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas. Seguir leyendo

BARBANEGRA Y LOS BUÑUELOS EMMA WOLF

Barbanegra y los buñuelos Ema Wolf Lo que casi nadie sabe es que a bordo del barco del pirata Barbanegra viajaba su mamá. Doña Trementina Barbanegra –así se llamaba la señora- trepó por la escalerilla del Chápiro Verde una mañana en que su hijo estaba a punto de hacerse a la mar. Subió para alcanzarle el tubo de dentífrico concentrado que el muy puerco se olvidaba. El barco soltó amarras y nadie notó sino hasta tres días después que la señora estaba a bordo. -¡Madre! –dijo Barbanegra al verla. -¡Hijo! –dijo Trementina. Y se quedó. El amanecer, el mediodía y el crepúsculo la encontraban en cubierta sentada sobre un barrilito de ron antillano Seguir leyendo