CONVERSACIÓN DE NAVIDAD DE GUADALUPE DUEÑAS


-Ring… Ring… Ring…

-Bueno, ¿quién habla? ¡Ah!, ¿eres tú?

-…?

-No sabes. ¡Un horror!

-…?

-Claro, con la familia. Esa noche no hay quien se salve… ¿Estás solo?… ¿Puedo platicarte, mi vida?

-…

-¡Qué Navidad! ¡Vaya nochecita! ¿Te imaginas?: todas mis hermanas con maridos de diferente tipo y nacionalidad; pero, uniformemente, de mal humor.

-…?

-¡No! Es que nos hemos sugestionado contándonos la historia de que somos muy unidas, y con esta fantasía nos hacemos pedazos, queremos seguir una tradición imaginaria de tardes familiares pasadas al amor de la lumbre, cuando, en verdad, descendemos de gitanos nómadas a quienes enferma saber dónde y cómo van a pasar la noche; pero ninguna se atreve a destruir el engaño, porque están los maridos… Ellos fingen que lo creen y nos enredamos con el ideal más imposible del mundo.

 

-…

-Déjame que te explique: Un mes antes de la fecha comenzamos a planear la noche trágica. Nuestro natural belicoso nos dificulta bastante el arreglo de la cena. Se grita, se maldice, se rechazan por sistema todas las sugestiones. Un desastre. Resulta -por ejemplo- que a nadie en casa le gusta el bacalao, pero tratándose de la Navidad, aunque nos dé escorbuto, no puede eliminarse. En cuanto al pavo -da pena decirlo-, no lo soportan ni en mole, pero es el platillo tradicional, y ¡una cena sin pavo!, ¿dónde? El relleno se lleva cien pesos. Castañas y oro molido. Por supuesto quedaría perfecto con migajón y papel crepé -para tirarlo, que es lo que sucede, resultaría lo mismo y se perdería menos. Mi hermana “la rica” opina que de ninguna manera, y se rellena con los más costosos ingredientes que juntos y mezclados saben a grillo.

“Vinos espléndidos. Sin presumir, hasta Viuda de Cliquot. Por último, el pastel alemán que tomaba el Káiser -una receta formidable que a nosotras siempre se nos quema. Maravilloso, ¿no? Pues en casa un fracaso completo.”

…?

-¡Hombre!, la reunión tiene lugar en el hall de “los ricos”, alegre y calentito (por lo menos en Navidad). El clásico árbol luce lleno de regalos, tal como nos ordenaron los gringos que debía ser. Pero cada pareja llega lo más tarde posible, en un verdadero maratón de impuntualidad. Los últimos, para que nadie se atreva a reclamarles, estrenan una cara de metro y medio. Cada uno, por supuesto, trae sus regalos envueltos en inocentes listones multicolores que descarga furioso junto al árbol sin culpa, como pedradas sobre la adúltera. Nadie hace comentarios. Todos nos esforzamos por no romper con alguna imprudencia que dé al traste con la forzada paz que vibra sobre púas. Los que llegaron primero, como ya se aprendieron el estucado del techo, y tienen un hambre furibunda, se dedican a quebrarle la cola a los pajaritos de canutillo ensartados en las ramas de pino. Mi hermana soporta las mutilaciones con tolerancia ejemplar. Cuando mi gracioso hermano llega, pasamos al comedor. Se sientan todos a la mesa con una incomprensible rabia de culebra. Mientras sirven el consomé, unos piensan en lo bueno que hubiera sido acostarse a las ocho; otros, quizá, preferirían haberse ido a otra parte. El malestar nos contagia y ése sí es tradicional en esta cena. Empieza la catástrofe: tres de mis hermanas, las que siempre están “de encargo”, desbordan su electricidad sobre sus maridos que esa noche no soportan nada. Ellos se empeñan en sentarse junto a mí, con la esperanza de que yo, al menos, haga “tierra”. El ambiente es imposible, pero como hemos jurado que la Nochebuena no podemos estar separados…

-…

-Lo peor es cuando el pescado hace su aparición. El gesto de desagrado es general. Alguien hace un pésimo chiste. Pide “Mum” para quitarle el mal olor. Luego, por quién sabe qué desdicha, el pavo no se doblega bajo el filo de cuchillo alguno. Permanece intocable guardando el misterioso relleno como una caja fuerte. Y cuando mi hermano dice que es una reunión de momias y que prefiere irse a la cena de las “señoritas X”, los maridos montan en cólera y se aprestan a decir cosas desagradables. 

-¡…?

-¡Sí beben!, pero no se alegran y como en realidad no cenan, un cuñado pide caldo de frijoles; otro, arroz del mediodía. La chamaca descubre un pollito cocido. Lo devoran entre todos y, cínicos, confiesan que esa vianda sí les gusta. La moral mejora y nos apresuramos a repartir los regalos. Con todo, apenas suena la una y media. Yo inventé que estaba muy cansada y desaparecí. Fui derecho al refrigerador a merendar decentemente una chilindrina y mi vaso de leche. Tomé posesión de mi cama, feliz, esperando que el próximo año no haya aquelarre familiar. Cualquier otro día podemos reunirnos con éxito, pero esa noche no, está visto. Mi preocupación es que ninguno va a proponerlo: “somos tan unidas y nos queremos tanto…”

-…

-¿Con tu mujer y las novias de tus hijos…? ¡ja, ja, ja…!

-¡…?

-¿Cómo dices?… Bueno, bueno… ¡Ah! ¡Ya llegó la arpía! Entendido; dime aprisa en dónde nos vemos. ¿Sí? Entonces pasas por mí a las seis, ¿eh? ¡Adiós, mi amor…

http://redescolar.ilce.edu.mx/redescolar/act_permanentes/lengua_comunicacion/el_oto%F1o/entrale/cuento%20nunca%20acabar/guadalupeduenas.htm

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