MOJAVE TRUMAN CAPOTE

 A las cinco de aquella tarde de invierno, ella tenía cita con el doctor Bentsen, en otro tiempo su psicoanalista y su amante en la actualidad. Cuando su relación cambió de lo analítico a lo emocional, él insistió, basándose en razones éticas, en que ella dejara de ser su paciente. No es que tuviera importancia. No había sido muy útil como analista, y como amante, bueno, lo vio una vez corriendo para coger el autobús, intelectual de Manhattan, cien kilos, cincuentón de corta estatura, pelo rizado, caderas anchas y miope, y ella se había reído: ¿cómo era posible que pudiese amar a un hombre tan poco ameno y atractivo como Ezra Bentsen? La respuesta era que no lo amaba; de hecho, no le gustaba. Pero, al menos, no lo relacionaba con la resignación y el desaliento. Temía a su marido; no tenía miedo del doctor Bentsen. Sin embargo, era a su marido a quien amaba. Poseía dinero; en cualquier caso, Sigue leyendo