LA TORRE DE H.P. LOVECRAFT

Desde esa esquina se puede ver la torre. Si el testigo abandona por un segundo el ruido de la vida porteña, descubrirá tras las paredes circulares un aquelarre. El eco del mismo lugar que la humanidad resguarda en la penumbra bajo diferentes disfraces. La esencia de los cimientos de construcciones tan antiguas como las pirámides y Stonehenge. Allí suceden acontecimientos -incluso pròximos a los cotidiano- que atraen a hados y demonios.

Fue lupanar y fumadero de opio. Acaso alguno de sus visitantes haya dejado el alma allí preso del puñal de un malevo. Pero fue cuando llegó aquella artista pálida, Marìa Krum, que su esencia brotó al fin. Recuerdo que apenas salía para hacer visitas a la universidad. Fue en su biblioteca donde hojeó las páginas del prohibido Necronomicòn. Mortal fue su curiosidad por la que recitó aquel hechizo. Quizá creyó que las paredes sin ángulos la protegerían de los sabuesos. Pero esas criaturas son hábiles, impetuosas, insaciables. Los vecinos oyeron el grito del día en que murió. Ahora forma parte de la superstición barrial. Pero yo sigo oyendo su sufrimiento y el jadeo de los Perros de Tìndalos que olfatean, hurgan y rastrean en la torre.

LA TERCERA ORILLA DEL RÍO de JOAO GUIMARAES ROSA

 Nuestro padre era hombre cumplidor, de orden, positivo; y así había sido desde muy joven, incluso desde niño, según me lo testimoniaron diversas personas serias, cuando les pedí información. Por lo que yo recuerdo, él no parecía más raro ni más triste que otros conocidos nuestros. Sólo tranquilo. Nuestra madre era la que mandaba y la que peleaba día a día con nosotros -mi hermana, mi hermano y yo. Pero sucedió que, cierto día, nuestro padre mandó hacerse una canoa.

Iba en serio. Encargó una canoa especial, de madera de viñátigo, pequeña, con sólo la tablilla de popa, como para que cupiera sólo el remero. Hubo de fabricarse con una madera dura y arqueada en seco para que durara en el agua unos veinte o treinta años. Nuestra madre maldijo la idea. ¿Sería posible que él, que no era ducho en esas artes, fuera a dedicarse ahora a pescatas y cacerías? Nuestro padre no decía nada. Nuestra casa, por entonces, aún estaba más cerca del río, a menos de un cuarto de legua: por allí el río se extendía grande, profundo, navegable como siempre. Muy ancho, que no podía divisarse la otra ribera. Y no puedo olvidarme del día Sigue leyendo

QUIZÁ TE EXTRAÑE DE MARITZA BUENDÍA

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Quizá te extrañe recibir mi carta, pero es que buscando y buscando en mi memoria he vuel­to a revivir las horas interminables que so­lía­mos pasar juntas hablando bobadas acerca de nues­tro futuro, de la familia que que­ríamos formar y del prín­ci­pe maravilloso que encontraríamos disfrazado de sapo. ¿Recuerdas? Desde entonces prometimos contarnos to­do: no dejarnos guiar por la estúpida timidez que censurara nuestros actos o por la incómoda impresión de sen­tirnos diferentes y ya no compartir los mismos pensamientos. Tú en tu mundo y yo en el mío, de eso ni qué hablar, desde que dejamos la escuela nos fue im­posible volver a compaginar nuestras vidas. Pero las promesas siguieron en pie: perder la virginidad lo más pronto posible, precipitarnos, concretar nuestros im­pul­sos. Toda­vía ahora recuerdo aquella carta don­de me hablabas de tu último triunfo: habías ganado en cuanto al primero de nuestros objetivos. Tu carta fue dulce, enterne­ce­do­­ra. Aún la guardo entre mis pape­les importantes y de vez en cuando la releo: apenas te­nías trece años, dos años después de tu primera mens­trua­ción, y tus piernas ado­les­cen­tes ya temblaban de frío.

¡Ah!, amiga, pero lo que quiero contarte es otra co­sa; es una obsesión que me quita el sueño y las ganas de comer, que me impide incluso pensar con claridad y que me arrebata tontos suspiros desde lo más hondo de las entrañas. Por esa obse­sión incluso a ti te he des­cuidado, ¿sabrás perdonarlo? Lo recuerdo, sí, pro­me­timos jamás enamorarnos, no dejarnos seducir por la fragilidad de un discurso lacrimó­ge­­no ni por la belle­za de las flores. Pero a decir verdad, Sigue leyendo

EL RETRATO ALFONSO R.CASTELAO

Médico,pintor,literato.
Para tranquilizar la conciencia eché mi título de médico en el fondo de la gaveta y busqué otro tipo de trabajo para vivir. Las gentes ya no sabían que yo era dueño de tan terrible licencia oficial; pero una noche fueron solicitados mis servicios.

Era domingo. Melchor, el tabernero, me esperaba junto a la puerta. Me dio las «buenas noches» y rompió a llorar, y por entre los sollozos le salían las palabras tan estrujadas, que solamente logró decirme que tenía un hijo a punto de morir.

El pobre padre tiraba de mí, y yo me dejaba llevar, cautivado por su dolor. ¡En realidad, yo era médico titulado y no podía negarme! Y tuve tan fuertes ansias de complacerlo, que sentí brotar en mis adentros una gran ciencia…

Cuando llegamos a la casa de Melchor, conseguí desprenderme de sus manos, y con disimulada pena le confesé que sabía poco de la carrera…

-Piensa que hace muchos años que no visito enfermos.

Y entonces Melchor, haciendo un esfuerzo, me dijo pausadamente:

-Mi hijo ya no necesita médicos. Yo ya sé que el pobre no sale de esta noche. ¡Y se me va, señor; se me va y no tengo ningún retrato suyo!

¡Ay!, yo no había sido llamado como médico, yo había sido llamado como retratista, y al instante sentí ganas amargas de echarme a reír.

Y por verme libre de trabajo tan macabro le dije que una fotografía era mejor que un dibujo, le aseguré que por la noche pueden hacerse fotografías, y echando mano de muchos razonamientos logré que Melchor se apartase de mí en busca de un fotógrafo.

La cosa quedaba arreglada, y me fui a dormir con mil ideas enredadas en la cabeza.

Cuando estaba cogiendo el sueño llamaron a mi puerta. Sigue leyendo