QUIZÁ TE EXTRAÑE DE MARITZA BUENDÍA


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Quizá te extrañe recibir mi carta, pero es que buscando y buscando en mi memoria he vuel­to a revivir las horas interminables que so­lía­mos pasar juntas hablando bobadas acerca de nues­tro futuro, de la familia que que­ríamos formar y del prín­ci­pe maravilloso que encontraríamos disfrazado de sapo. ¿Recuerdas? Desde entonces prometimos contarnos to­do: no dejarnos guiar por la estúpida timidez que censurara nuestros actos o por la incómoda impresión de sen­tirnos diferentes y ya no compartir los mismos pensamientos. Tú en tu mundo y yo en el mío, de eso ni qué hablar, desde que dejamos la escuela nos fue im­posible volver a compaginar nuestras vidas. Pero las promesas siguieron en pie: perder la virginidad lo más pronto posible, precipitarnos, concretar nuestros im­pul­sos. Toda­vía ahora recuerdo aquella carta don­de me hablabas de tu último triunfo: habías ganado en cuanto al primero de nuestros objetivos. Tu carta fue dulce, enterne­ce­do­­ra. Aún la guardo entre mis pape­les importantes y de vez en cuando la releo: apenas te­nías trece años, dos años después de tu primera mens­trua­ción, y tus piernas ado­les­cen­tes ya temblaban de frío.

¡Ah!, amiga, pero lo que quiero contarte es otra co­sa; es una obsesión que me quita el sueño y las ganas de comer, que me impide incluso pensar con claridad y que me arrebata tontos suspiros desde lo más hondo de las entrañas. Por esa obse­sión incluso a ti te he des­cuidado, ¿sabrás perdonarlo? Lo recuerdo, sí, pro­me­timos jamás enamorarnos, no dejarnos seducir por la fragilidad de un discurso lacrimó­ge­­no ni por la belle­za de las flores. Pero a decir verdad, ni siquiera estoy segura de sentir amor, creo que en todo caso es algo mucho más profundo, mucho más vio­lento. Estoy ena­mo­rada del deseo que despierto en él, de sus ojos cuan­do me miran, de sus manos.

Quizá, para defender mi imagen que seguramente em­pieza a mancillarse, debo re­cordarte, amiga, que he conocido a innumerables hombres, que los evocarás si re­lees alguna de mis cartas y que, por lo menos, en eso no te he fallado. En cuanto a lo de­más, he seguido religiosamente cada una de las reglas de nuestro pac­to: no pensar en las consecuencias, amar nuestro cuer­po por encima de todo, no adju­di­carnos fal­sas aventu­ras, encontrar el gusto en la variedad y no compartir a nuestros hombres. Sí, no lo olvido: no enamorarnos era la primera regla. Y quizá tengas ra­zón, pero no he podido evitarlo. Y aunque me reproches que escribo un lugar co­mún, de cualquier modo lo escribiré: con él todo ha sido di­ferente, como si en nuestro mundo pre­destinado e inalterable un genio perverso nos diera una vuelta de tuerca e invirtiera los papeles. Ya lo sé, tú lo dirás: yo, la más soberbia y triunfadora de tus ami­gas, la que nadie podía domeñar, se en­cuentra ahora idiotamente amor­da­zada.

Pero en lo demás, amiga, ten la seguridad de que nunca te he fallado. A veces creo que fuimos dema­sia­do rígidas al establecer nues­tros preceptos, y que al­gu­nos de ellos, con el tiempo, se vuelven insos­te­ni­bles. Y no es por­que carezca de valor para mantener nues­tro ju­ramento: tú principalmente eres testigo de cuán­to trabajo me costó renunciar a ese hombre que tanto te gustaba, y que muy astutamente pre­ten­día te­nernos a las dos al mismo tiempo en la misma cama, en aque­lla des­ven­ci­jada cama de nuestro depar­ta­mento. Yo no lo acepté porque tú lo habías visto pri­mero, y en eso me llevabas ventaja. Yo no podía cam­biar lo su­ce­dido, debía acatar tu de­cisión: alejarme de él lo más pronto posible. Lo hice y así surgió una regla más: só­lo compartiríamos un hombre si la pri­me­ra en ha­berlo visto así lo decidía. Y de eso quiero ha­blarte.

Hoy lamento profundamente el tiempo mal inver­ti­do. ¡Cuánto desperdicio! ¡Cuán­­to hubiéramos aventa­jado en esos días! Tal vez de esa manera habría apren­dido a defenderme mejor, a proteger mis sentimientos atrás de una coraza fabricada con mi piel y a ofrecer mi carne sin la médula. Pero es que con él todo empezó como cual­quier otro juego: involuntaria e inocen­te­men­te, similar a nuestras confidencias lle­nas de curio­si­dad y a la descripción detallada de cada uno de nues­tros encuentros: ¿a qué huelen nuestros amantes? ¿Cuáles son sus fantasías? ¿Y las nuestras? ¿Cuán­tas concretamos?

Con él he compartido cada uno de sus vaivenes, y él me ha amado por mi ac­ce­si­bilidad. Yo, la más in­teligente, he vivido para complacerlo. Y lo he dis­fru­tado tan­to, que he estado varias veces al borde de la locura. Y es que sus fantasías sobrepasan en mucho las fantasías de los hombres comunes: nada de feti­chismo con la len­ce­ría, nada de hacer el amor con cinco cuerpos a la vez, nada de verme besando a otra mujer. Nada de eso, nada. Tú lo sabes: el orgasmo de un hombre inteligente es en extremo complejo y no siempre se presenta con facilidad. Incluso, a veces, parece ahuyentarse por varios días. Y entonces, du­ran­te ese tiempo, ¡cómo he sufrido y me he deplorado a mí misma, odiando la complejidad de su cerebro y creyéndome la más infeliz de todas las mujeres!

Quizá, ahora que lo escribo, empiezo a darme cuen­ta de las cosas. Su inteligencia es un arma perver­sa­mente adorable que lo sitúa por encima de los demás, dándole ese aire de suficiencia, de dominar el mun­do, de dominarme a mí. Ése es uno de sus encantos: su soberbia, esa manera de mirar el mundo por debajo de los hombros, esa mirada suya con la que me ordena.

¡Ah!, amiga, tan sólo su recuerdo me llena de pla­cer la boca. Pero no me distrai­go más. El juego es el siguiente. Yo, sola, salgo a caminar por las calles de la ciu­dad, preferentemente por las tardes, a esa hora extraña que no puede ser de día ni de no­che y que las más de las veces suele ocasionar confusión. Cami­nan­do entre in­numerables callejones, transitando por la misma acera más de una vez, debo re­gis­trar con cui­dado las miradas que caen sobre mi cuerpo. En espe­cial, aquellas que se detienen en mis piernas. “Debes dejar que te miren”, dice él, y me asegura que el sexo del otro es por completo intranscendente: no importa si atrás de unos ojos descubro hormonas masculinas o femeninas. Importa, en exclusiva, el calor de la mira­da o, más concretamente, la sensación que expe­ri­mento cuando un par de ojos anónimos se depositan encima de mi cuerpo. “Lo que sientes, lo que sientes.”

Ése es el juego, la fantasía: salir cada tarde, llegar con él y describirle las mi­ra­das del día. Y todo lo ha­go religiosa y detalladamente, tal y como él lo exige. In­clu­so, como inundado por una vocación ilimitada o iluminado por un don, la mayo­ría de las veces él se adelanta. No es ne­ce­sario que yo haga el recuento de las mi­radas, pues al des­ves­tirme adivina los ojos que me vieron: “Hoy te­nemos miradas sa­gaces. También, mi­radas de per­dedo­res.”

Al principio, sólo al principio, me sorpren­die­ron sus requisitos y la lujuria que ema­naba de su boca al enu­merarme cada una de sus condicio­nes. Siempre que saliera a la calle debía vestir según sus mandatos: una falda o un vestido de una tela suave y acogedora al tacto, como la seda, con vuelo y delicada caída, y un largo en­cima de las rodillas. Por ningún motivo cubrir mis piernas, ni siquiera con la fibra trans­pa­rente de las medias, y sólo calzar sandalias. ¿Extraño, ver­dad? A mí también me lo pareció, pero luego tuvo la deli­ca­de­za de exponerme sus razones: depen­dien­do de la ropa se pueden adivinar los deseos de su dueña, y si una mu­jer usa falda es por­que anhe­la ser con­tem­pla­da.

Convendrás conmigo en mi inicial sorpresa: si las mujeres usamos falda (y re­cuer­do aquella enor­me co­lección que guardábamos en el clo­set y que compar­tía­mos) no nece­sa­riamente lo hacemos para atraer mi­­ra­das, la usamos sin más, sin ninguna ra­zón en específico, como cualquier otra prenda de ves­tir. Incluso, aquella vez osé pa­sarme de lista y dije que entonces el mismo efecto se pro­duciría si usaba una blusa de mangas cor­tas, ya que al mostrar los bra­zos o los codos podría sen­tirme igual de desnuda que con una falda. Pero, amiga, aún ahora conservo en mi memoria su ros­­tro de­cep­cio­nado: para los hombres una falda no sig­nifica lo mismo que una blusa, no es lo mismo deleitarse con la flexión de un codo que con la flexión de una ro­di­­lla. Para ellos, ni si­quiera un pantalón ajustado (y a decir verdad, pa­ra mí tam­poco) ha­ce las veces de una falda: el mus­lo, la pan­to­rri­lla, el pie, sólo pueden pa­la­dearse cuando están des­nudos.

Entonces, amiga, cada tarde a la mis­ma hora ini­cio mi recorrido. Me gusta pensar que colecciono mi­ra­das co­mo si re­copilara sensaciones. Hay miradas que que­man, como si un cerillo se encendiera en la plan­ta de mis pies y avanzara lentamente por mis muslos y mi vien­tre, ini­ciando una gran hoguera. Hay miradas que las­timan, que al parpadear descubren el juego al que las so­me­to y que me cuestionan. Miradas irreverentes, groseras, que las más de las veces se acom­pa­ñan de majaderías y de obs­ce­ni­dades. Que taladran los senos y el vientre con un cer­tero golpe, penetrán­do­los para bombear la san­gre ador­milada y llenarme el ros­tro de ver­güen­za.

Seguro, amiga, tú también conoces estas mira­das: esos ojos desorbitados y las­ci­vos, esas lenguas que des­bordan la boca para apuntar hacia abajo, para mostrar el es­plendor de un bulto que se ex­pande y se agita en­tre la tela del pantalón. Ante esas miradas, amiga, in­cre­mento el juego, y frágil e indefensa me finjo ex­puesta a sus ojos interrogantes.

Por supuesto, hay miradas terciopelo, suaves, cán­didas, como si la caricia de una ma­no firme recorriera mis tobillos. Y es que sabrás que hay de miradas a mi­radas: des­de los ojos que pasan con rapidez y que ca­si desecho en seguida porque no pro­du­cen un mayor efecto, hasta las miradas deliciosas, las que se de­tie­nen en los mus­los y go­lo­samente hacen el re­co­rrido hasta la cara. Miradas que engullen todos mis flui­dos, que exprimen el jugo que llevo dentro, deseando hun­dir su rostro entre mis pier­nas.

Estas últimas son mis preferidas: además de la sen­sación de agua refrescante, de bri­sa salpicada, casi siempre se acompañan de los más lindos elogios. Y al igual que como ven, yo misma me disfruto. Enar­de­ci­damente, me deleito en las miradas cual si fueran go­losinas.

Después de mi recorrido, regreso. Él, casi sin ha­blar, me desviste de inmediato. Me observa, y con sus ojos descubre los ojos que vagaron por mi cuerpo. Insisto por­que me sorprende: él adivina la tesitura de las mi­radas, lo hondo que han cala­do en mi piel. “Miradas glotonas, miradas hambrientas”, reconoce. Y me es­tru­ja y me absor­be para filtrar a su cuerpo el deseo de cien­tos de hombres y de mujeres. Y se res­triega con­tra mí para comerme. Mas él lo comprende: las mi­ra­das per­manecen en mí tan sólo para él. Y es a esa úl­tima mi­rada a la que yo me entrego, la que me de­vora en la brevedad de un parpadeo. La mirada única, la que fi­nalmente me en­lo­quece y nos tumba encima de la cama.

Pero amiga, amiga mía, debo confesarlo: al mismo tiempo en que mi cuerpo se fundía en la calidez de nuestro abrazo, el placer comenzó a mostrar su lado más obs­ce­no. Primero, fue un periodo corto, tal vez por eso preferí ignorarlo. De pronto, era receptora de mi­radas egoístas que buscaban reservarme para él. “Ni una mirada extraña”, gritó un día en la mañana y, rea­cio a dejarme salir, por más de dos días consecutivos me mantuvo encerrada bajo llave. Yo no protesté ni di­je nada. ¡Cómo ha­cerlo! ¡Cómo contravenir sus de­seos! Y así como sin previo aviso clausuró nuestro juego en una excesiva dosis de avaricia, así también le dio rei­nicio. Asom­bro­sa­men­te, cambió de opinión: expo­nién­dome más todavía él podía acumular mejores rique­zas. Y abrió la puerta para dejarme ir.

¡Cuánto esfuerzo por ofrendarle un ramillete nuevo de miradas! ¡Cuánto agota­miento en conseguirlas! De entre todas las recibidas aquella tarde, yo le llevé una en especial: una mirada aromática, como de fruta ma­dura, olorosa hasta los huesos. Al pasar por mi calle preferida pude distinguirla por su aroma corriendo ri­camente a lo largo de mi espalda. Alguien seguía mis pasos a una corta distancia. Fue una mi­rada des­cu­bri­miento: sin saber quién era el dueño me supe ad­mi­rada al percibir un hormigueo bajando por mi co­lum­na vertebral. Hormigas quebrando mi cintura y en­san­chándose alrededor de mis caderas. Hombre o mujer se deleitaba entre mis glúteos, dividiendo en dos mi espalda. Y así, partida y feliz, recibía el elixir de su aliento muy cerca de mi oído y mi garganta.

A esa mirada, amiga, él tampoco pudo resistirse, y la noche entera me mantuvo boca abajo.

¡Ah! ¡Cuántos suspiros se ahogaron en la al­mo­ha­da! ¿Cuántos? No lo recuerdo. Responde, amiga, ¿tú lo sabes? Dime si son los dioses los que cambian el curso de los acontecimientos. Dime si son los dioses tan ladinos y egoístas, que al observar el goce de los mortales ciernen en ellos la crueldad y la envidia.

Entonces apareció un nuevo indicio: su oscilación entre la tristeza y el abati­mien­to, entre la irritación, co­mo si ansiara algo de mi cuerpo que yo no pudiera ofre­cerle, pues ni siquiera era capaz de explicarlo. Y de nuevo sus miradas egoístas. Celoso e irracional, co­menzó a sospechar de la autenticidad de las miradas depositadas en mi cuerpo. ¡Como si yo pudiera in­ven­tarlas! Su seguridad, la soberbia, su aura tan especial que tan idiotamente me había enamorado, ahora se tam­baleaba: me deseaba sólo para él, le era imposible ver­me con la mirada de los demás.

Al poco tiempo, su deseo se hizo descomunal y es­trambótico: capturar todas las miradas (las presentes, las pasadas, las futuras) en una sola y evitar que al­guien vol­vie­­ra a contemplarme. Ése era su objetivo. Difícil empresa, insostenible. Y el saber­lo lo sumergía en pro­fundos estados de depresión: pasaba los días y las no­ches sin ba­ñar­se y sin comer, ojeando sus revistas para caballeros, ignorándome. “Si al menos fueras como ellas”, parecía decir.

Luego, amiga, las consecuencias: comenzó a des­cui­darme.

Paradójicamente, ése fue uno de los periodos en que recibí el mayor número de miradas y cuando ex­peri­menté una nueva sensación: las miradas musica­les. Ale­gres o melancólicas se encajaban como es­pi­nas per­fectamente localizables en la superficie de mi piel, en lo más blando, haciéndome bailar al ritmo de una mú­sica fantasma enterrada adentro de mis sue­ños, centí­metros abajo de mis nervios y tejidos.

Él se volvió irascible y fui rechazada de la manera más cruel: nunca ya sus ojos en mi cuerpo, justo cuan­do yo rebosaba de miradas. Me desvestía con violen­cia: arran­cando mi ropa a tirones, no descansaba hasta dejar la tela inservible, y cuando por fin mi cuerpo era descubierto, sus ojos me evitaban, desva­ne­cién­dome, borrando mi reflejo en sus pupilas.

He sido feliz, amiga, inmensamente. No, debo ex­presarme con mayor claridad: ya no soy feliz y por eso te escribo. El juego lo tiene harto y ya ni siquiera bus­ca tocar­me. Me ve como si hubiera hecho las cosas mal, como si en algo hubiera fallado o desobedecido las reglas. Pero no es así.

El otro día tuvo a bien apiadarse de mí y casi rea­parece nuestra antigua compli­cidad, la vehemente com­plicidad recién perdida. Yo lloraba, amiga, no pude evi­tar­lo, una lágrima atrajo a la otra y mi cuerpo se convirtió en cascada de mis ojos. Fue entonces cuan­do escuché su sentencia: “Debes buscar algo nuevo, algo que impri­ma novedad… Estoy cansado de tanto verte. A ti, a ti sola. A ti siempre… Estos días he es­tado aburrido.”

¡Ah!, amiga, cuando el ser amado se declara abu­rrido toneladas de plomo caen desde el cielo, y el agua más helada te azota la espalda, y la sangre se licúa en tus venas, y las manos y los brazos y el cuerpo todo se des­hace con torpeza. No puedes imaginar tanto do­lor y yo no puedo describirlo. Para él, yo era sinónimo de pereza.

Mas recordarás que jamás me he vencido a la pri­me­ra, y pen­sando y pensando en alguna posible solución te he invocado, y a ti recurro co­mo mi última espe­ranza. Apelo, amiga, a nuestro pac­to: no com­par­tir el mismo hombre a menos que la primera en haberlo visto así lo quiera. Y yo lo deseo, amiga, enor­me­men­te. ¿Podrías ayudarme? ¿Qui­tarte las medias, ponerte una falda, abordar un camión, un taxi, y ca­minar por la ca­lle para re­colectar miradas? Yo te es­ta­ría es­pe­rando para que jun­tas llegáramos con él y le ofre­cié­­ramos así un doble festín de miradas. Juntas in­ven­ta­re­mos nuevas cosas, como las mujeres de sus revistas.

Me urge encontrar un giro, burlarme del egoísmo de los dio­ses, alterar las nor­mas, no pensar las con­se­cuencias.

Como antes, amiga, como siempre.

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Este cuento forma parte del libro En el jardín de los cau­tivos (Fondo Editorial Tie­rra Adentro, 2005), por el cual su autora re­cibió el Premio Na­cional de Cuento Joven Ju­lio Torri 2004.

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Maritza Buendía (Zacatecas, 1974) es narradora. Fue be­caria del Fondo Estatal para la Cul­tura y las Artes y de la Fun­dación para las Letras Me­xi­canas. Ha publicado en re­vis­tas literarias y es autora de Isla de som­bras (ensayo, Gobierno del Estado de Querétaro, 1998), La me­moria del agua (cuen­to, feta, 2002) y En el jardín de los cautivos (cuen­to, feta, 2005). Fue in­cluida en Moscas, niñas y otros muer­tos. An­tología de cuen­to joven (Ediciones de Punto de partida, 2004).

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4 comentarios

  1. Querido, este blog es impresionante!!! Lo desconocía en realidad. Rub, sos un genio por crearlo, ya que acá hay material del bueno para horas y horas…

    No vi un sitio para seguirte. Porque vale la pena hacerlo.

    Te abrazo bien fuerte y cálidamente!

    • Cuando pones el comentario abajo aparece un similar a sigueme… Cada semana ppongo un cuento nuevo, pero como dices tienes lo mejor del mundo… gracias qeurida amiga pr llegar y comentar el blog. Dentro de poco serán trescientas mil entradas… un beso Rub

  2. No tengo palabras ante tal lectura, es encantadora. Felicidades y me encanot encontrar el blog felicidades!!!


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