EL FINAL FREDRIC BROWN

El profesor Jones había trabajado en la teoría del tiempo a lo largo de muchos años.

—Y he encontrado la ecuación clave —dijo un buen día a su hija–. El tiempo es un campo. La máquina que he fabricado puede manipular, e incluso invertir, dicho campo.

Apretando un botón mientras hablaba, dijo: —Esto hará retroceder el tiempo el retroceder hará esto —dijo, hablaba mientras botón un apretando.

—Campo dicho, invertir incluso e, manipular puede fabricado he que máquina la. Campo un es tiempo el. —Hija su a día buen un dijo—. Clave ecuación la encontrado he y.

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Final El

EL ÚLTIMO TREN DE FREDRIK BROWN

Eliot Haig estaba sentado solo en un bar, del mismo modo que antes se había sentado solo en muchos bares, mientras afuera caía el crepúsculo, un extraño crepúsculo. El interior de la taberna estaba en penumbra y sombrío, casi más que el exterior. El espejo azul de la barra aumentaba este efecto en él. Haig creía verse como en la pálida luz de una melancólica luna. Se vio a sí mismo pálida pero claramente; no doble, a pesar de los tragos que había bebido, sino solo. Tremendamente solo.

Y, como siempre que bebía durante varias horas seguidas, pensó: «Quizás esta vez lo haga».

El lo era impreciso y grandioso: quería decir todo. Significaba dar un gran salto de una vida a otra, lo que durante tanto tiempo había proyectado. Significaba, simplemente, dejar plantado a un picapleitos moderadamente triunfador llamado Eliot Haig, dejar plantadas todas las mezquinas complicaciones de su vida, los enredos personales, la trapacería legal que se encontraba dentro del carácter de la ley o imperceptiblemente fuera; significaba cortar el cable del hábito que le ataba a una existencia que se había vuelto sin sentido, designio o incentivo.

La melancólica imagen le deprimió y sintió, con más fuerza que de costumbre, la necesidad de moverse, de ir a otra parte aunque sólo fuese por otra copa. Bebió el último sorbo de su whisky con soda y hielo, y bajó del taburete hasta el suelo firme.

—Adiós, Joe —dijo, y caminó hacia la entrada.

El tabernero comentó:

—En alguna parte debe de haber un gran incendio. Mire el cielo. Me pregunto sí será en los depósitos de madera del otro lado del pueblo.

El tabernero estaba asomado a la ventana de delante y miraba hacia fuera y hacia arriba.

Después de atravesar la puerta, Haig miró hacia arriba. El cielo tenía un tono gris rosado, como el del resplandor de un fuego lejano. Desde donde estaba vio que cubría todo el firmamento y que no había indicios respecto al origen del incendio.

Anduvo sin rumbo fijo hacia el sur. El silbido lejano de una locomotora llegó hasta sus oídos y le trajo recuerdos.

«¿Por qué no? —pensó——. ¿Por qué no esta noche?» Sigue leyendo

ODIN Y DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO BORGES

Se refiere que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo, el forastero contestó que sabía tocar el arpa y contar cuentos. Tocó en el arpa aires antiguos, habló de Gudrun y de Gunnar y, finalmente, refirió el nacimiento de Odín. Dijo que tres parcas vinieron, que las dos primeras le prometieron grandes felicidades y que la tercera dijo, colérica:

-El niño no vivirá más que la vela que está ardiendo a su lado.

Entonces los padres apagaron la vela para que Odín no muriera. Olaf Tryggvason descreyó de la historia, el forastero repitió que era cierto, sacó la vela y la encendió. Mientras la miraban arder, el hombre dijo que era tarde y que tenía que irse. Cuando la vela se hubo consumido, lo buscaron. A unos pasos de la casa del rey, Odín había muerto

DIÁLOGO SOBRE UN DIÁLOGO

A- Distraídos en razonar la inmortalidad, habíamos dejado que anocheciera sin encender la lámpara. No nos veíamos las caras. Con una indiferencia y una dulzura más convincentes que el fervor, la voz de Macedonio Fernández repetía que el alma es inmortal. Me aseguraba que la muerte del cuerpo es del todo insignificante y que morirse tiene que ser el hecho más nulo que puede sucederle a un hombre. Yo jugaba con la navaja de Macedonio; la abría y la cerraba. Un acordeón vecino despachaba infinitamente la Cumparsita, esa pamplina consternada que les gusta a muchas personas, porque les mintieron que es vieja… Yo le propuse a Macedonio que nos suicidáramos, para discutir sin estorbo.

Z (burlón)- Pero sospecho que al final no se resolvieron.

A (ya en plena mística)- Francamente no recuerdo si esa noche nos suicidamos.

EL SILENCIO DE LAS SIRENAS FRANZ KAFKA

Existen métodos insuficientes, casi pueriles, que también pueden servir para la salvación. He aquí la prueba: Para protegerse del canto de las sirenas, Ulises tapó sus oídos con cera y se hizo encadenar al mástil de la nave. Aunque todo el mundo sabía que este recurso era ineficaz, muchos navegantes podían haber hecho lo mismo, excepto aquellos que eran atraídos por las sirenas ya desde lejos. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas. Ulises no pensó en eso, si bien quizá alguna vez, algo había llegado a sus oídos. Se confió por completo en aquel puñado de cera y en el manojo de cadenas. Contento con sus pequeñas estratagemas, navegó en pos de las sirenas con alegría inocente.

Sin embargo, las sirenas poseen un arma mucho más terrible que el canto: su silencio. No sucedió en realidad, pero es probable que alguien se hubiera salvado alguna vez de sus cantos, aunque nunca de su silencio. Ningún sentimiento terreno puede equipararse a la vanidad de haberlas vencido mediante las propias fuerzas.

En efecto, las terribles seductoras no cantaron cuando pasó Ulises; tal vez porque creyeron que a aquel enemigo sólo podía herirlo el silencio, tal vez porque el espectáculo de felicidad en el rostro de Ulises, quien sólo pensaba en ceras y cadenas, les hizo olvidar toda canción.

Ulises (para expresarlo de alguna manera) no oyó el silencio. Estaba convencido de que ellas cantaban y que sólo él estaba a salvo. Fugazmente, vio primero las curvas de sus cuellos, la respiración profunda, los ojos llenos de lágrimas, los labios entreabiertos. Creía que todo era parte de la melodía que fluía sorda en torno de él. El espectáculo comenzó a desvanecerse pronto; las sirenas se esfumaron de su horizonte personal, y precisamente cuando se hallaba más próximo, ya no supo más acerca de ellas.

Y ellas, más hermosas que nunca, se estiraban, se contoneaban. Desplegaban sus húmedas cabelleras al viento, abrían sus garras acariciando la roca. Ya no pretendían seducir, tan sólo querían atrapar por un momento más el fulgor de los grandes ojos de Ulises.

Si las sirenas hubieran tenido conciencia, habrían desaparecido aquel día. Pero ellas permanecieron y Ulises escapó.

La tradición añade un comentario a la historia. Se dice que Ulises era tan astuto, tan ladino, que incluso los dioses del destino eran incapaces de penetrar en su fuero interno. Por más que esto sea inconcebible para la mente humana, tal vez Ulises supo del silencio de las sirenas y tan sólo representó tamaña farsa para ellas y para los dioses, en cierta manera a modo de escudo.

Franz Kafka

HERSHLAG LUIS ALBERTO BRAVO

Te pareces a ella —le dije.

—Yo soy más bonita —me respondió.

Hace años tuve una novia muy parecida a Natalie Portman. Mi error fue hacérselo saber. (¡Qué idiota!) Y vaya que se lo creyó.

Empezó a mantener largas conversaciones telefónicas con Ashley Judd; obstinada en aprender japonés, fran­cés y alemán, dejó de hablar en español… ¡Dejó de hablarme!

Aprovechando que yo dormía, arrojó la coca por el excu­sado y la carne de la semana se la dio a los perros. Para provocarla, le dije que su actuación en Heat no había sido convincente, ella se excusó alegando que Michael Mann la había desatendido.

—¡Me desatendió totalmente! Él estaba más preocupado en chocar Volvos y…

—¡Pensé que dirías: en falsear la escena donde “salen” Al Pacino y Robert de Niro!

—Bla, bla, bla.

Salí de la habitación golpeando la puerta.

La mañana de su cumpleaños rechazó mi regalo: “¿Estás loco? Yo no nací en marzo”, “Por favor, Nat, naciste en marzo”, “¡Cállate! Nací un 9 de junio”, “¡Naciste en marzo! Está en tu pasaporte”, “¡Te digo que no nací en marzo! Además, tú nunca has visto mi pasaporte, está muy bien guardado.”

Era verdad, yo nunca había visto su pasaporte. Ni tam­poco había intentado buscarlo en la habitación; tenía miedo de encontrar algo de ella, tenía miedo de encontrar algún documento que me descubriera su verdadero nombre: ya sea, Alice o Jane, no sé.

 Gary Oldman me sugirió que ella y yo debíamos darnos un respiro, “ya sabes, vivir durante algún tiempo sepa­rados”, mas no le hice caso. ¡No le hice caso porque durante esa época, George Lucas la empezó a llamar constantemente por teléfono! ¡No le hice caso porque sus padres habían muerto y su hermano también había muerto en El Profesional!

Por si fuera poco, el idiota de Mike Nichols le dio trabajo de bailarina en un night club. Fui hasta allá, la cacheteé y me dijo que ya no me amaba.

—¿Ah, no?

—Sí, ya no te amo, desde este momento.
Y era verdad. Sin embargo nadie, ni Nat, ni yo, nos fuimos del departamento.

Una mañana raptó a un bebé, alegando que era su rega­lía por haber participado en Cold Mountain. Gary y yo le arrebatamos la criatura, y luego se lo devolvimos a su verdadera madre.

—Ella… —titubeó Oldman— ella te está engañando, está saliendo con García Bernal.

Pero yo lo sabía, sabía de él y de Thomas, un ciego pari­sino. Yo sufría en silencio, por lo que en una ocasión, aprovechando que Nat se había quedado dormida frente al computador: vi sus contactos en el Messenger; tal como lo imaginé, tenía agregados a Matt LeBlanc, a Sean Penn, a Darren Aronofsky, al imbécil de Zac Possen y al idiota de Jude Law. Todo esto yo lo sabía.

Una tarde, al volver del trabajo, la encontré desnuda y llorando en el dormitorio: se había rasurado completa­mente la cabellera, y con un poco de sangre había escrito en el espejo del baño:

V de Vendetta

Esa misma noche me abandonó. Y esta vez no hice nada por detenerla; simplemente me quedé ahí… viéndola planchar su ropa, para luego marcharse. Ni siquiera me asomé a verla desaparecer por las escaleras. ¡No! Estaba claro que yo también me había convertido en otro: Agarrando mi litro de leche habitual, me fui a la ven­tana y le hablé muy cariñosamente a mi planta.

Luis Alberto Bravo (Milagro, 1979). Escritor y video-artista. En 2009, un trabajo suyo fue incluido en la muestra de cortometrajes de las escuelas de cine de Hispanoamérica: IBERGENTE. Ha publicado Antropología Pop (Para árboles epilépticos) (Universidad de Cuenca, 2010), Utolands (Lenguaraz, 2010), Cuentos para hacer dormir a una niña punk (Ediciones Arlequín, 2010) y la novela corta Las ardillas del Orden Enano (El Quirófano, 2011). Ha sido incluido en diversas antologías locales y extranjeras como 4m3r1c4: Antología de Poesía Latinoamericana (Ventana Abierta Ediciones, 2010); Cajita de Música: Poetas hispanoamericanos del siglo XXI (AEP, 2011),Poesía ecuatoriana contemporánea. De César Dávila Andrade a nuestros días (La Cabra Ediciones, 2011). En abril de 2010 obtuvo la Mención de honor en el II Concurso Nacional de Dramaturgia y Creación Contemporánea José Martínez Queirolo 2011, por su obra dramática La casa del árbol. Textos suyos han sido traducidos al inglés y al francés. Es miembro del grupo cultural Buseta de papel.