ESPERANDO DE OSAMU DAZAI

 (Traducción y nota de Pablo Figueroa) http://aurelioasiain.blogspot.com/2011/02/un-cuento-de-ozamu-dazai.html

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.

 

 

En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.


MI MAMÁ SE FUE A ALGÚN LADO DE VALENTIN GRIGORIEVCH RASPUTÍN

http://milcuentosrusos.blogspot.com/2011/04/valentin-grigorievch-rasputin-mi-mama.html

El niño abrió los ojos y vio a una mosca que caminaba por el techo. Parpadeó y se quedó mirando a dónde iba.

La mosca avanzaba en forma irregular hacia la ventana. Correteaba sin detenerse y lo hacía rápidamente.

 El niño pensó que iba por un camino y esperó hasta ver si otra mosca no la seguía porque quería saber si realmente era un camino. Pero no había más moscas. A decir verdad, había, pero no andaban en el techo y el niño pronto perdió el interés en ellas. Se enderezó en la cama y gritó
-¡Mamá, ya desperté!
 Nadie le contestó.
 -¡Mamá! -llamó. Soy yo. Ya desperté.
 Silencio.
El niño esperó, pero el silencio seguía.
 Entonces saltó de la cama y corrió descalzo hacia la estancia. Estaba vacía. Miró primero el sillón, luego la mesa y las repisas con sus filas de libros, pero no había nadie. Todo estaba simplemente en su lugar, ocupando un espacio.
El niño corrió precipitadamente a la cocina, después al cuarto de baño. Nadie estaba escondido ahí tampoco. -¡Mamá! -gritó el niño.
Su grito se hundió en el silencio que inmediatamente se hizo más denso. El niño, desconcertado, corrió de nuevo a su habitación; las huellas de sus talones y de sus dedos desnudos se marcaban sobre el piso pintado y al enfriarse se esfumaban y desaparecían.
-Mamá -dijo el niño con la mayor tranquilidad que pudo-, desperté y tú no estás.
Silencio.
-¿No estás, verdad? -preguntó.
Su rostro se contrajo mientras esperaba la respuesta; volteó hacia todas partes, pero la respuesta no llegaba y el niño rompió a llorar.
Entre lágrimas, caminó hasta la puerta y empezó a jalarla. La puerta no cedía. Entonces la golpeó con la palma de la mano, luego la empujó con el pie desnudo, lastimándose, y su llanto creció con más fuerza.
Estaba de pie, en medio de la habitación y sus tibias y grandes lágrimas rodaban por su cara y caían al suelo. Después, sin dejar de llorar se sentó.
Todo a su alrededor le escuchaba en silencio.
Sentía que de pronto, a sus espaldas, se escucharían pasost pero nada sucedía y no podía recuperar la calma.
Permaneció así un largo tiempo. ¿Qué tanto? No lo sabía.
Finalmente se acostó en el piso y se puso a llorar. Estaba tan cansado que ya no se sentía a sí mismo y ni siquiera se daba, cuenta de que estaba llorando. Su llanto era tan natural como su respiración y ya no estaba bajo su control. Al contrario, era más fuerte que él.
De repente, al niño le pareció que alguien estaba en la habitación.
De un salto se levantó y empezó a mirar a su alrededor. La sensación que lo había hecho ponerse de pie no cesaba y el niño corrió a la otra habitación, después a la cocina y al cuarto de baño. No había nadie.
Sollozando, regresó y se tapó los ojos con las palmas de sus manos. Lentamente empezó a quitar las manos de sus ojos y una vez más miró a su alrededor. Nada había cambiado en la habitación. El sillón estaba vacío, la mesa estaba sola, los libros aguardaban como siempre en las repisas, pero sus lomos de diferentes colores miraban tristemente y como a ciegas. El niño se quedó pensativo:
-No lloraré más -se dijo-. Mi mamá no tardará. Seréun buen niño.
Se fue a la cama y enjugó su rostro lloroso con el cobertor. Después, sin apresurarse, como si anduviera de paseo, recorrió el departamento, examinando cosa por cosa. Una idea luminosa cruzó por su mente.
-Mamá-dijo a media voz-, quiero hacer pipí…
No era cierto, pero sabía que si su mamá estaba en la casa sólo así la haría acudir inmediatamente.
-Mamá- repitió.
Pero su mamá no estaba en la casa. Ahora lo había entendido definitivamente.
Tenía que hacer algo. “Me pondré a jugar. Mi mamá tiene que venir” -decidió-. Se fue al rincón donde estaban todos sus juguetes y eligió a la liebre. Era su consentida. Se le había caído una pata y su papá varias veces le había propuesto pegársela, pero él de ningún modo había consentido. Volver a tenerla con sus dos patas sería aceptar que ya no la quería
porque se había quedado con una sola y la otra, además, andaba por ahí, en alguna parte y vivía ahora su propia vida.
Juguemos, liebrecita -propuso el niño.
La liebre asintió en silencio.
-Tú estás enferma. Te duele una patita y ahora yo te voy a curar.
El niño acostó a la liebre en la cama, tomó un clavo y hundiéndolo en el vientre de la liebre, la inyectó.
La liebre estaba ya acostumbrada a las inyecciones y jamás se quejaba.
Como si hubiera recordado algo, el niño se puso pensativo. Después se alejó de la cama y miró hacia la sala. Todo estaba igual, y el silencio, como antes, se balanceaba de un rincón a otro en la habitación.
El niño suspiró, regresó a la cama y miró a la liebre. Estaba recostada tranquilamente sobre una almohada.
-No, así no -dijo el niño-. Ahora yo seré la liebre y tú el niño pequeño. Tú me curarás a mí.
Sentó a la liebre en una silla y se acostó en la cama. Encogió una pierna y empezó a gemir.
Sentada en la silla, la liebre lo miraba sorprendida con sus grandes ojos azules.
-Yo soy la liebre, me duele una pierna -le explicó el niño.
La liebre callaba.
-Liebre -le preguntó él enseguida-, ¿a dónde se fue mamá?
La liebre no contestó.
-No te duermas. Mira, dilo ¿A dónde se fue mamá?-demandó el niño y tomó a la liebre de un brazo. La liebre seguía callada.
El niño había olvidado que era él el que contestaba siempre por la liebre y que enseguida representaba el papel de los dos, y ahora, en serio, le exigía una respuesta. Había olvidado que la liebre era sólo un juguete como los otros, como sus cubos que se colocaban uno junto al otro sólo si alguien los ponía, como sus coches que caminaban sólo si alguien los jalaba, como sus animalitos de peluche que rugían y corlversaban sólo si alguien rugía y contestaba por ellos.
Se había olvidado de todo.
-Habla, habla -exigía.
Y la liebre seguía callada.
El niño la arrojó al suelo, saltó de la cama y se fue sobre ella dándole de puntapiés.
La liebre rodaba por el suelo dando saltos y volteretas y el niño rodaba también, saltaba y daba vueltas alrededor de la liebre, repitiendo sin parar “Habla, habla, habla.” Pero la liebre ni contestaba ni podía tampoco librarse de él porque sólo tenía una pata. De repente el niño lo comprendió. Se detuvo y se quedó mirando cómo la liebre, apretando su cara contra el suelo, lloraba en silencio. Oyó su llanto. Se inclinó sobre la liebre y perplejo exclamó con todo el peso de su culpa:
-Mi mamá se fue a algún lado.
Y en ese momento al niño le pareció que alguien subía por la escalera.
-¡Mamá!-gritó arrojándose hacia la puerta, pero tropezó con el sillón y se cayó. Sin dejar de escuchar se incorporó, mas en la puerta no había nadie. Y entonces el niño rompió de nuevo a llorar. Lloraba de dolor y de soledad. Lo que era el dolor ya lo sabía, pero acababa de conocer la soledad.

VALENTIN GRIGORIEVCH RASPUTIN (MI MAMÁ SE FUE A ALGUN LADO

Hijo de campesinos, nace Valentín Rasputin en la aldea de Ust-Udá, distrito de Irkutsk, en 1937. Ha publicado cuatro novelas: “Vive y Recuerda” “El Ultimo Plazo”, “El Dinero para María” “El Adiós a Matiora” y dos decenas de cuentos. Rasputín forma parte de esa inesperada pléyade de escritores siberianos (Astáfiev, Abrámov, Bykov, etcétera) que ha causado asombro en las últimas décadas. No obstante, es difícil considerarlo ya “como el más destacado de los escritores siberianos”, etiqueta que él mismo ha rechazado alguna vez. Con su novela “El Adiós a Matiora” Rasputin ha traspuesto los límites de grupo y ha alcanzado un lugar destacado no sólo en la literatura rusa, sino en la literatura de nuestro tiempo. A diferencia de los escritores del grupo siberiano, Rasputin se preocupa más por describir las atmósferas que crean los hondos y contradictorios conflictos interiores de sus personajes que por la trama de las historias que cuenta. Profundo conocedor del alma humana es el más afortunado heredero de esa tradición que sale del “Capote” de Gógol y que continúa con Dostoyevski y con Chéjov.

NACE UN SER HUMANO MÁXIMO GORKI

Esto ocurrió durante el año de hambre de 1892, entre Sujumi y Ochemchiri, a orillas del río Kodor, donde el alegre ruido de las transparentes aguas del río de montaña no impide oír el sordo rumor de las olas marinas.
Era otoño. En la blanca espuma del Kodor rodaban, brillantes, las amarillas hojas del lauroceraso como pequeños y ágiles salmones. Yo estaba sentado en una piedra junto al río; pensaba que probablemente las gaviotas y los mergos también se figuran que las hojas son peces y por eso, al darse cuenta del engaño, gritan tan irritados ahí, a la derecha, al otro lado de los árboles, donde suena el mar.
Sobre mi cabeza, los castaños se han vestido con galas de oro; a mis pies se amontonan las hojas, que hacen pensar en las palmas de muchas manos cercenadas. Ya se ven desnudas las ramas de una haya que penden en al aire como una red desgarrada. Salta por el árbol un pico verde de montaña, el cual golpea la corteza del tronco y hace salir a los insectos que los herrerillos y los picos azules – huéspedes venidos del lejano septentrión – se van comiendo.
A mi izquierda, en las cimas de las montañas, se han acumulado pesadas nubes de lluvia, cuyas sombras se arrastran por las laderas verdeantes donde crece el boj, y en los huecos de los viejos robles y tilos es posible hallar miel silvestre que “emborracha”, como la que en antiguos tiempos estuvo a punto de abatir, con su embriagadora dulzura, a los soldados de Pompeyo el Magno y derribó a una legión entera de férreos romanos; las abejas la elaboran con con el néctar de la flor de laurel y de la flor de azalea, y los “caminantes” la recogen en la oquedad de los árboles para untar con ella finas tortas de harina de trigo.
A eso me dedicaba yo, sentado en una piedra, bajo los castaños, después que una abeja furiosa me hubo picado dolorosamente. Mojaba trozos de pan en un pote lleno de miel y me extasiaba contemplando el tardo juego del fatigado sol otoñal.
El otoño en el Caúcaso, hace pensar en una catedral edificada por varones de gran sabiduría – los sabios varones siempre son, también, sabios pecadores – a fin de ocultar su pasado a la mirada perspicaz de la conciencia es como si se hubieran construido un inmenso templo de oro, de turquesas y esmeraldas, como si hubieran extendido por la montaña sus mejores alfombras tejidas con hilos de seda por turcomanos en Samarcanda y en Shemaja es como si hubieran saqueado el mundo entero y lo hubieran traído aquí para exponerlo a la vista del sol, como diciendo:
-¡Lo Tuyo, de los Tuyos, para Ti!
Veo gigantes de largas barbas canosas, de enormes y alegres ojos infantiles. Bajan de la montaña y embellecen la tierra sembrando generosamente policromos tesoros, cubren los picos con anchas capas de plata y las laderas con el tejido vivo de múltiples y variados árboles. En sus manos, ese trozo de tierra fértil adquiere una belleza fantasmagórica.
Ser hombre en la tierra es un empleo excelente. ¡Cuántas maravillas se ven, con qué dulce zozobra late el corazón, entusiasmado ante tanta hermosura!
Sí, es cierto, a veces la vida es difícil, el pecho se colma de odio candente y la angustia sorbe, ávida , la sangre del corazón; pero esto no se da para siempre. También el sol contempla a la gente lleno de melancolía; tanto como ha trabajado para los hombres y le han salido unas criaturas malogradas…
Por supuesto, no son pocos los buenos; pero hace falta someterlos a una reparación o, mejor aún, rehacerlos por completo.
A mi izquierda, por encima de los arbustos, se mueven unas cabezas sombrías: entre el ruido de las olas del mar y el murmullo del río, apenas llegan a percibirse las voces humanas. Son los “hambrientos”, que desde Sujumi, donde construían una carretera, se van a Ochemchiri, en busca de trabajo. Sigue leyendo

LA VANAGLORIA POR ENRIQUE SERNA

LA VANAGLORIA POR ENRIQUE SERNA

A Rosa Beltrán  http://historico.nexos.com.mx/vers_imp.php?id_article=1351&id_rubrique=546

Recibí la mejor noticia de mi vida en un momento de ofuscación y rabia contra el mundo. Había regresado a casa con mi gruesa mochila al hombro, la camisa anegada en sudor, tan vapuleado por la dura jornada en el instituto, que apenas tuve fuerzas para levantar en vilo a mi hijita Natalia, y mientras le daba vueltas en el aire, con un júbilo artificial de padre modelo, me sentí un poco fuera de lugar en esa escena de felicidad hogareña, como un actor suplente a quien le toca representar un papel aprendido de oídas. No soy un misántropo ni un enemigo de la familia. Adoro a mi hija y por ella me parto el alma dando seis horas diarias de clase. También amo a Toña, mi mujer, que estaba lavando trastes en la cocina y vino a besarme con las manos chorreando jabón. Alegre, coqueta, apasionada, su calidez afectiva es el contrapeso ideal para mi neurosis y en cinco años de matrimonio jamás hemos tenido un pleito que no pueda resolverse en la cama. Pero qué le vamos a hacer: a veces el amor asfixia y no pude evitar una sensación de ahogo cuando mis dos tiranas se me colgaron del cuello, como si quisieran apretarme el nudo corredizo del cautiverio. Más vueltas, papi, quiero más, pidió Natalia y aunque nada me costaba complacerla, esta vez le dije que papi venía muerto de cansancio.

Echado en el sofá con una cerveza en la mano, procuré analizar en frío mi pugna laboral con el padre Dávalos, el subdirector de secundaria, un severo capataz de la enseñanza que me había cogido tirria desde mi llegada al instituto, y ahora, por sus lindos huevos, quería obligarme a fungir como prefecto en mis horas libres, el único momento de la jornada en que tengo un respiro para leer. Por haber defendido mi tiempo libre, esa mañana nos habíamos enzarzado en una discusión áspera: ya te lo echaste de enemigo, pensé, ojo con los retardos, de aquí en adelante empieza la guerra de golpes bajos. Y si te corre en mitad del año escolar, ¿dónde vas a conseguir chamba? Pinches padres lasallistas, muy hermanos de la caridad, pero cómo le chupaban la sangre a su personal. Miré con rencor la montaña de exámenes pendientes de revisión apilados en la mesita central de la sala. Qué humillante esclavitud, carajo. Yo no había nacido para esto, yo había venido al mundo para escuchar el ulular del viento en los acantilados más altos. Hasta me dieron ganas de salir a emborracharme solo en una cantina. Necesitaba fugarme de la realidad, sacudirme la herrumbre de los hábitos inmutables, cualquier cosa menos mirar de frente la mediocridad de mi vida. Sigue leyendo