LA PROSA DE HIROMI KAWAKAMI


abandonarse a la pasión

—Te llevaré a comer unas galeras riquísimas—me dijo Me­zaki. Yo creía que la galera sólo era un crustáceo oscuro, una mezcla entre gamba e insecto, pero en el restaurante donde me llevó las hacían deliciosas. Las hervían enteras y las servían con cáscara. Luego les quitábamos la cáscara, que nos quemaba los dedos, y nos comíamos el bicho. Te­nían un sabor ligeramente dulce, de modo que ni siquiera hacía falta aliñarlo con salsa de soja.

Así fue pasando la noche. De repente, no podíamos vol­ver a casa. Cuando nos dimos cuenta de la hora que era, además de que ya no pasaban trenes estábamos en un lu­gar por el que apenas circulaban coches. En cuanto cerró el restaurante, el único local que había en los alrededores, no encontramos nada más en todo el trayecto. Era uno de esos caminos en los que hay alguna farola de vez en cuando que sólo sirve para que la noche sea aún más oscura, un cami­no bordeado de árboles y matorrales de los que parece que en cualquier momento puede salir un caballo o una vaca.

No hubo más remedio que echar a andar, uno al lado de la otra, por aquel camino, que por mucho que avanzáramos no se estrechaba ni se ensanchaba.

No sé cuántos años tiene Mezaki. Sea cual sea su edad, pa­rece mayor que yo, aunque también podría tener mi edad. Siempre habla de cosas sin sentido, como de un día que, en cierta ciudad, vio a un artista ambulante que escupía fuego por la boca y que ponía la misma cara que su abuelo cuando se quemaba la lengua; o de un amigo suyo que su­fría una misteriosa enfermedad hasta que un día, de golpe y porrazo, le cambió la cara, se curó, se volvió más honrado y parecía otra persona. Son historias sin pies ni cabeza que Mezaki explica poco a poco, como si fueran interesantes.

Desde que nos conocimos en una reunión, sin saber cómo empezamos a coincidir en los mismos lugares. A ve­ces, intercambiábamos cuatro palabras entre la muchedum­bre, mientras que otras veces no nos decíamos nada, sólo nos mirábamos. Más adelante, Mezaki empezó a contarme aquellas historias sin sentido que tan interesantes le pare­cían, y se me acercaba cada vez que nos encontrábamos. Sin embargo, nunca habíamos estado los dos solos hasta el día que fuimos a comer galeras. No fue una cita planeada de antemano, simplemente coincidimos por enésima vez y, de repente, me invitó.

Cuando Mezaki me llevó al restaurante, creo que era bas­tante tarde. Ya habíamos bebido mucho, quizá no hasta el punto de perder la memoria, pero nos encontrábamos en un estado en que las horas pasaban deprisa y despacio a la vez, hasta que terminamos por perder la noción del tiem­po. Mezaki caminaba delante de mí, meneando las caderas arriba y abajo. Yo lo seguía con paso vacilante y pensaba en las galeras.

El restaurante era un local pequeño donde sólo estaban el dueño y un camarero joven. Mezaki se sentó en la barra, justo enfrente del dueño, que no parecía conocerlo. En cual­quier caso, si se conocían, debía de ser uno de esos restau­rantes donde tratan a todos los clientes por igual.

—Unas galeras, un sake y verduras en salmuera para pi­car—le pidió Mezaki al dueño. Acto seguido, se volvió ha­cia mí y me sonrió arrugando la frente. Mezaki tiene la cos­tumbre de sonreír arrugando la frente—. ¿Tú cómo comes los huevos crudos, Sakura?—me preguntó Mezaki, aprove­chando un descanso entre cáscara y cáscara. Mientras pela­ba las galeras, no decía nada. No es que habitualmente sea muy parlanchín, pero como pelar las galeras era bastante la­borioso, cuando lo hacía hablaba menos que de costumbre.

—¿Los huevos crudos? Nunca me han entusiasmado—le respondí. Enseguida me acordé de que mi tío soltero, que vivía en casa de mis padres, solía hacer un agujerito en la cáscara de los huevos. Cuando me levantaba en mitad de la noche para ir a beber agua, lo encontraba de pie frente al fregadero sorbiendo un huevo crudo. Era un soltero cua­rentón que no encontraba pareja a pesar de que le habían concertado varias citas con mujeres. «Te llevaré a caballi­to, Sakura», me decía cuando era pequeña. Yo me sentaba en sus anchos hombros y él me paseaba por todo el come­dor. En los umbrales colgaban fotografías de mis abuelos y bisabuelos, y me daba miedo acercarles la cara. Pero no me atrevía a decirle que quería bajar. Mi tío nunca se cansaba de llevarme a caballito.

Continuen en las ligas.

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/El_cielo_es_azul_extracto.pdf

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Abandonarse_a_la_pasion.pdf

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Algo_que_brilla_como_el_mar.pdf

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