LAS PRIMERAS MUJERES EN EL CUENTO MEXICANO CONTEMPORÁNEO. BEATRIZ ESPEJO DÍAS, UNAM


 

Eran los últimos años del porfirismo. La provincia estaba en el limbo, se despreciaba al campesino. Las casonas afrancesadas del Paseo de la Reforma ensoberbecían a los hacendados que las habitaban y, por encargo presidencial, Antonio Rivas Mercado contruyó una columna rematada por un angelito brillante al sol. Los muchachos más cosmopolitas del tiempo formaron el Ateneo de la Juventud difundiendo las ideas de Walter Pater sobre Grecia preclara y el ensayo preciso y sin escamas. Ante unaexposición de pintura española contratada para festejar el centenario de la Independencia, los artistas nacionales demostraron su descontento. Demostraron también que sus cuadros repudiaban el gusto versallesco.

Romano Guillemín expuso La huelga y David Alfaro Siqueiros,  Mujeres del pueblo con frutas.

 El partido liberal lanzó una proclama de tendencia socialista y, en el restorán El Vaso de Leche, Dr. Atl preconizó un arte salido de la entraña nacional. Los disparos de Río Blanco permanecían en el viento.

 Luego la sangre regó campos y ciudades. Analfabetos de veinte años se transformaron en generales. Francisco Goitia unió su fuerza de hombresensible a las tropas de Villa. Los nombres de Madero, Huerta, Carranza, Obregón, abarcaban titulares de los periódicos. Varios exconventos se habilitaron como museos. Y aunque nuestros mejores artistas permanecían en Europa compenetrándose con las búsquedas del cubismo y los hallazgos perennes de los frescos renacentistas, se formó la Escuela de Pintura alMAire Libre de Chimalistac que revalorizó los tintes brillantes de las artesanías. José Vasconcelos fue rector de la Universidad y Ministro de Educación. Hizo cambios fundamentales en materia cultural y las mujeres acudieron cada vez con más frecuencia a las aulas que se les abrían sin restricciones.

 Anteriormente, habían aparecido buenos cuentistas cuyos nombres,Mcubren varias páginas. Citemos sólo a José María Roa Barcena, José LópezPortillo y Rojas, Federico Gamboa. A nuestro Amado Ñervo. Su prosa ha sido mal estudiada, pero con ‘Una esperanza’ escribió el primer cuento mexicano verdaderamente moderno, directo y memorable; cualidad esta última, la de permanecer en la memoria de los lectores, sin la cual el cuento no acaba de dar en el blanco.

 

Las mujeres, en cambio, llegaron tarde y de manera titubeante a la mesa del banquete; entre ellas, una sacó su primer texto, ‘El maestro Floriani’ en la Revista Azul.

‘ Colaboró también en otros periódicos muy  leídos como El mundo Ilustrado.Y casada con un historiador prestigiadísimo, Carlos Pereyra que ocupó puestos diplomáticos importantes, tuvo la fortuna de internacionalizarse publicando en España, y transitar con razonable pericia por la traducción, la poesía, el ensayo,las memorias – aún admirables – y los relatos. Su pieza antológica Rosas de la infanciamfue lectura obligada en las escuelas donde aprendieron a leer varias generaciones. Y se diría que María Enriqueta Camarillo encarnó a nuestra primera mujer de letras contemporánea, si no fuera por una cierta actitud que la obligaba a oficiar tierna y dulcemente en el altar de lo femenino. De ello da cuenta Ramón López Velarde en un retrato pintado al carbón con técnica impresionista: ojos, luto, manos enjoyadas,apego al piano que tocaba bien, tintineo de tacitas, carpetas tejidas y voz mtrémula, cercana al llanto, para leer poemas guardados en cajas depañuelos entre agujas, hilo y dedales. ‘Ella no había podido sustraerse de hacer versos. Los primeros en Laredo y en La Habana. La habían elogiado y había proseguido. Un humor triste es el que le dicta. Pero lo que ella hacía no valía la pena. No era amiga de mostrarlo a nadie, ni menos a los hombres. Escribía como un desahogo, como llorar’.’Sin duda conocía a Colette que de alguna manera la nutrió, pero casi como una delicadeza obligatoria convocaba asuntos nostálgicos, a los que alude en su relato ‘Visita misteriosa’,

 y detenía su mirada en sutilezas,

emociones apenas insinuadas, detalles entrevistos que no molestaran su

 

sensibilidad cercana al romanticismo y al modernismo que la preocupaba

 

por el uso esmerado del adjetivo y de las correctas fórmulas gramaticales.

 

Aunque conoció el éxito y vivió hasta los noventa y seis años, no se

 

consideraba una profesional sin duda para evitar un ímpetu masculino,

 

ni modificó su estilo ni se preocupó por seguir figurando en el mundillo

 

literario, y dejó que su prolongada vejez transcurriera viuda, solitaria y

 

calladamente en su casa de la Colonia Santa María a donde nadie entraba.

 

Sus cuentos recuerdan de alguna manera los que se escribían en el siglo

 

XIX cuando al género se le asociaba con fábulas, crónicas y relatos de

 

diversa índole, leyendas, cuadros costumbristas, o tradiciones populares.

 

Luego brotaron como flores cultivadas en el invernadero del genio cuentos

 

que mostraban ya sus proverbiales características: además de atrapar la

 

atención para ser leídos de una sentada, seguían el tronco de una historia

 

única y sin ramas de principio a término. Se mantenían cercanos a las

 

unidades clásicas de lugar, tiempo y acción. Planteaban los tres pasos

 

ortodoxos, retrataban las evoluciones de sucesos y personajes y, en pocas

 

cuartillas, capturaban un mundo con todas sus complejidades. Ello

 

implica pues la necesidad de una técnica esmerada y una maliciosa

 

estructura en que no pocas veces el final es el último y sorpresivo as que

 

el escritor mantiene escondido en la manga y que deja caer sobre la mesa

 

de manera natural e incuestionable.

 

Desde el extranjero, viviendo en Madrid de 1926 a 1948, María

 

Enriqueta vio pasar de muy lejos el tren de la Revolución triunfante al

 

 

Mujeres en el cuento mexicano contemporáneo

 

167

que se subieron otras mujeres ligadas frecuentemente a prohombres,

convertidas en modelos, musas, promotoras culturales y creadoras de

distintas disciplinas. Antonieta Rivas Mercado presenta un caso

excepcional. Patrocinadora del grupo de poetas autodenominado como

Contemporáneos, de la Sinfónica Nacional, del Teatro Ulises, involucrada

con la campaña de José Vasconcelos para la presidencia de la República

en las elecciones de 1929, hija de uno de los arquitectos más destacados

del país. Millonaria, aristocrática y trágica, Antonieta Rivas Mercado

quiso probar pluma. Escribió hermosas cartas de amor imposible, intentó

la novela para la que le faltó disciplina y el cuento que no pudo cuajar.

Más interesante como mito y pionera, escribió sólo cuatro cuentos; entre

ellos, tal vez el más acabado sea ‘Incompatibilidad’ y el de más aliento

‘Páginas arrancadas’. En todos disfraza experiencias autobiográficas e

intenta la expresión literaria de sus conceptos estéticos. Tienen sin embargo

una temática donde germinan planteamientos feministas impensados

para su época en el medio mexicano.

Cuando las aulas universitarias empezaron a llenarse, las mujeres se

dejaron oír, ocuparon posiciones, y algunas veces se hicieron de una

tendencia política, como Judith Martínez Ortega, secretaria del General

Mújica y autora de un libro de relatos breves,

La isla,

que consiguen en

unos cuantos trazos situaciones terribles, ejemplos de la cruda realidad

 

cancelaria; o Nellie Campobello, directora y fundadora de la Escuela de

 

Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes. Su cautivante y poderosa

 

personalidad la convirtió en una figura legendaria y la vinculó

 

sentimentalmente a uno de nuestros clásicos, Martín Luis Guzmán que

 

escribió para ella varios ballets en que escenografía y vestuario eran

 

diseñados por José Clemente Orozco. Sólo dos veces y, durante los años

 

treinta, incursionó Nellie Campobello en la narrativa:

 

 

 

Cartucho. Relatos

de la lucha en el norte del país

 

 

(1931) y Las manos de mamá

(1937). Con

ambos quedó inscrita en una temática que recreaba las contiendas

 

revolucionarias de 1910 y que dio frutos memorables al arte mexicano.

 

Los textos de Nellie Campobello salieron cuando se pintaban murales, se

 

escribían partituras, se entregaban a prensas novelas, y se creía firmemente

 

que ésa era la ruta para conformar la epopeya de un pueblo en vías de un

 

enorme desarrollo cultural que enarbolaba una nueva estética. Sintéticos

 

y entrañables, los cuentos de Nellie le dieron un lugar seguro en la literatura

 

mexicana. Manifiestan la rara cualidad de amalgamar con la ternura, el

 

patetismo de la guerra y la sinrazón de la muerte. Rapidez efectiva,

 

lenguaje escueto, sintaxis cercana a lo perfecto – aunque a veces se le

 

cuele algún gerundio malhabido – y claridad impecable como los

 

atardeceres norteños cuando el sol se pone sobre el horizonte y tiñe de

 

rojo las montañas, fueron los ingredientes de la fórmula que utilizó para

 

reconstruir sus recuerdos infantiles y rendirle homenaje a Francisco Villa

 

y a sus dorados centauros y, de manera más íntima y natural, a su madre

 

por la que debió sentir adoración.

 

 

168

 

Beatriz Espejo Díaz

 

Nacida en la primera década del siglo (en 1905), María Lombardo de

Caso se dio a conocer tarde, con tres únicos libros; dos novelas

 

Una luz

en la orilla

 

 

(1959) y La culebra tapó el río (1962). Sus cuentos

Muñecos

de niebla

 

 

 

(1955) con los que apareció en la literatura reconstruyen

situaciones y personajes de Teziutlán, Puebla, su lugar nativo. Exploran

 

el sentido del humor que le era característico en sus fluidas conversaciones

 

personales y a pesar de su gracioso texto, lleno de ocurrencias y juegos

 

verbales, ‘Don Chepito el conforme’, demuestran que sus mejores y más

 

perdurables esfuerzos los había dejado participando en los descubrimientos

 

arqueológicos que su marido Alfonso Caso realizó en la Tumba 7 de

 

Montealbán. Aunque sin duda denotan el poder de síntesis indispensable

 

y el desenfado de una mujer que conocía el país.

 

Mejor por su actitud personal que por su eficacia, Carmen Báez dio al

 

Fondo de Cultura Económica

 

 

La roba-pájaros

(1957). Reunía veinte

historias en las que predominaba un sentimiento solidario hacia los

 

menesterosos y necesitados e intentaba retomar la temática revolucionaria

 

que para entonces se había casi agotado. Le falta acaso fuerza para que

 

el cuento no se le escape de las manos.

 

Pero en la década de los cincuenta, con la actitud optimista de Miguel

 

Alemán, la mesura estabilizadora de Adolfo Ruíz Cortines y la simpatía

 

de Adolfo López Mateos, se adoptaron el New Look de Dior, perfumes

 

de Balenciaga y Piguet, decoración de Pañi, automóviles de muchos

 

metros, ventanales en los edificios. Y surgió el alegre incremento de una

 

clase media que veía aumentar su valor adquisitivo y favoreció la

 

entronización de algunos mitos. Guadalupe Amor destacaba apareciendo

 

en programas televisivos vestida de negro, boca frutal, ojos redondos,

 

corto cabello castaño – del que se desprendía una anchoa retorcida en la

 

frente – y voz que subía y bajaba cortando los versos de sus nueve

 

volúmenes publicados hasta entonces. Se contaba que había intentado

 

convertirse en actriz y que, como no era buena, con un alfiler escondido

 

entre las ropas pinchaba a su contraparte para equivocarla.

 

Su actitud desenfadada al permitir que Diego Rivera la pintara desnuda

 

en un célebre retrato y su megalomanía desafiante despertaban la curiosidad

 

de un México aún muy provinciano. Se murmuraba que los eminentísimos

 

Alfonso Reyes, Xavier Villaurrutia y Enrique González Martínez le corregían

 

los poemas en virtud de su hermosura dadivosa o de sus divertidos desplantes;

 

pero se hablaba de ella como de una Safo criolla dedicada a escandalizar las

 

buenas conciencias. En uno de sus

 

 

Diálogos

Salvador Novo la puso a departir

de tú a tú con Sor Juana Inés de la Cruz.

 

Por su gracia, su sensualidad, sus décimas y sonetos fraguados en la

 

retórica del XVII, publicados por Aguilar como

 

 

 

Obras completas,

 

Guadalupe Amor se convirtió en la única escritora de aquel tiempo

conocida del gran público. Fue una pionera en lo que a trucos publicitarios

se refiere y, sin saberlo ni quererlo, les abrió el camino a otras mujeres que

posteriormente se harían notar escribiendo o convirtiéndose a sí mismas

Mujeres en el cuento mexicano contemporáneo

 

169

en best-sellers. Incursionó en la prosa con dos libros:

 

Yo soy mi casa

 

(1957) y

Galería de títeres

(1959). Ambos revelan la esmerada corrección

de Juan José Arreóla que propiciaba las publicaciones y la buena literatura.

 

El primero está concebido de una manera ingeniosa reconstruyendo

 

las habitaciones donde Pita Amor pasó su infancia y juventud y, al tender

 

un plano arquitectónico con ‘El corredor’, ‘Los sótanos’, ‘La sala’, ‘Dos

 

escaleras’ y demás recovecos, pudo retratar a sus padres y hermanos, a

 

parientes, amigos y servidores familiares. Algunos estudiosos afirman

 

que se trata de una novela porque cada capítulo va ligado al otro y el

 

conjunto forma un todo. Quizá sea adecuado entenderlos como relatos

 

cerrados con personajes y obsesiones recurrentes para decir que el mejor

 

cuento de Pita es ‘El gran hall’. Rememora larga y enfebrecidamente los

 

prolegómenos y minucias de su Primera Comunión. Le sigue en calidad

 

literaria ‘La recámara de mi madre’ por su exquisita reconstrucción de la

 

atmósfera y los detalles decorativos del cielo raso, las alfombras y los

 

muebles, marco de una mujer algo ausente, llena de hijos, con un

 

matrimonio bienavenido pero distante.

 

 

Galería de títeres

 

reúne cuarenta cuentos muy cercanos al estilo arreolero

aunque con una óptica original y una temática novedosa, que abrió

 

caminos transitados luego por otras mujeres, enfocando en su mayor

 

parte personajes de la burguesía mexicana. Lo prueban ‘La señora Yamez’,

 

‘El collar’, ‘La vieja rica’, ‘Mónica Mijares’, ‘Raquel Rivadeneira’,

 

‘Margarita Montesco’ y varios otros. No obstante su brevedad, cumplen

 

sus propósitos iniciales. Consiguen un adecuado tratamiento, rigor

 

estilístico, buenos amarres y algunas veces finales sorpresivos.

 

Después de publicar este libro, Pita Amor sufrió una desgracia terrible

 

cuando se ahogó en un pozo su único hijo de dos años. A partir de

 

entonces tuvo una existencia triste. Al borde de la locura, convertida en

 

una figura casi esperpéntica, recorría las calles de la Zona Rosa causando

 

el estupor entre la gente. Y dejó de figurar. Abandonó la prosa y sólo de

 

vez en cuando dio a prensas algunos poemas:

 

Letanías (1983),

La jungla

 

(1984). Hija descarriada de una familia linajuda, se empeñaba en la

paradoja de acercarse a los místicos por el camino de una poesía que hoy

resulta poco convincente, y entregarle su cuerpo a los mortales que habrían

de gozarlo sin mayores complicaciones. Como los pintores Frida Kahlo

– a quien trató en la Casa Azul de Coyoacán – y José Luis Cuevas, encontró

fascinante hablar de ella misma. Trató una y otra vez sus preocupaciones

ontológicas, su certidumbre mortal, su necesidad de Dios. Y de alguna

manera cayó en la propia trampa. Atrajo la atención más hacia su persona

que hacia su obra; sin embargo, su narrativa merece nuevas relecturas

que le presten la importancia debida. La importancia que los críticos ya

le niegan ocupados en cuentistas de mayor trascendencia e importancia

como Rosario Castellanos, Elena Garro, Inés Arredondo o Amparo Dávila

para mencionar únicamente algunas de las mejores, las que han logrado

dejarnos cuentos memorables.

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Beatriz Espejo Díaz

 

NOTAS

1

 

México, 13 de enero de 1895, Tomo II, núm 11, pp. 1-2. Prestigiosa

publicación dirigida por el poeta Manuel Gutiérrez Nájera y el economista

 

Carlos Díaz Duffo, y que abría sus páginas a las colaboraciones femeninas,

 

bastante escasas por cierto.

 

 

2

También en El Espectador, de Guadalajara y en Crónica

de Monterrey,

México.

 

 

3

Véase ‘María Enriqueta’, en Ramón López Velarde, Obras,

edición de

José Luis Martínez (México: Fondo de Cultura Económica, 1979), pp.

 

482-84.

 

 

4

Véase Del lápiz de mi vida

(Madrid: Espasa Calpe, 1931

 

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