LA MADRE DE ERNESTO DE ABELARDO CASTILLO

Si Ernesto se enteró de que ella había vuelto (cómo había vuelto), nunca lo supe, pero el caso es que poco después se fue a vivir a El Tala, y, en todo aquel verano, sólo volvimos a verlo una o dos veces. Costaba trabajo mirarlo de frente. Era como si la idea que Julio nos había metido en la cabeza -porque la idea fue de él, de Julio, y era una idea extraña, turbadora: sucia- nos hiciera sentir culpables. No es que uno fuera puritano, no. A esa edad, y en un sitio como aquél, nadie es puritano. Pero justamente por eso, porque no lo éramos, porque no teníamos nada de puros o piadosos y al fin de cuentas nos parecíamos bastante a casi todo el mundo, es que la idea tenía algo que turbaba. Cierta cosa inconfesable, cruel. Atractiva. Sobre todo, atractiva.

      Fue hace mucho. Todavía estaba el Alabama, aquella estación de servicio que habían construido a la salida de la ciudad, sobre la ruta. El Alabama era una especie de restorán inofensivo, inofensivo de día, al menos, pero que alrededor de medianoche se transformaba en algo así como un rudimentario club nocturno. Dejó de ser rudimentario cuando al turco se le ocurrió agregar unos cuartos en el primer piso y traer mujeres. Una mujer trajo.

      –¡No!

      –Sí. Una mujer.

      –¿De dónde la trajo?

      Julio asumió esa actitud misteriosa, que tan bien conocíamos –porque él tenía un particular virtuosismo de gestos, palabras, inflexiones que lo hacían raramente notorio, y envidiable, como a un módico Brummel de provincias–, y luego, en voz baja, preguntó:

      –¿Por dónde anda Ernesto?

      En el campo, dije yo. En los veranos Ernesto iba a pasar emanas a El Tala, y esto venía sucediendo desde que el padre, a de aquello que pasó con la mujer, ya no quiso regresar al pueblo. Yo dije en el campo, y después pregunté:

      –¿Qué tiene que ver Ernesto?

      Julio sacó un cigarrillo. Sonreía. Sigue leyendo

LOS DETECTIVES DE BOLAÑO

—¿Qué armas te gustan a ti?
—Todas, menos las armas blancas.
—¿Quieres decir cuchillos, navajas, dagas, corvos, puñales, cortaplumas, cosas de ese tipo?
—Sí, más o menos.
—¿Cómo que más o menos?
—Es una forma de hablar, huevón. Sí, ninguna de ésas.
—¿Estás seguro?
—Sí, estoy seguro.
—Pero cómo es que no te gustan los corvos.
—No me gustan y ya está.
—Pero si son las armas de Chile.
—¿Los corvos son las armas de Chile?
—Las armas blancas en general.
—No me huevee, compadre.
—Te lo juro por lo más sagrado, el otro día leí un artículo que lo afirmaba. A los chilenos no nos gustan las armas de fuego, debe ser por el ruido, nuestra naturaleza es más bien silenciosa.
—Debe ser por el mar.
—¿Cómo que por el mar? ¿A qué mar te referís?
—Al Pacífico, naturalmente.
—Ah, el océano, naturalmente. ¿Y qué tiene que ver el océano Pacífico con el silencio?
—Dicen que acalla los ruidos, los ruidos inútiles, se sobreentiende. Claro que yo no sé si será verdad.
—¿Y qué me dices de los argentinos?
—¿Qué tienen que ver los argentinos con el Pacífico?
—Ellos tienen el océano Atlántico y son más bien ruidosos.
—Pero no hay punto de comparación.
—En eso tienes razón, no hay punto de comparación, aunque a los argentinos también les gustan las armas blancas.
—Precisamente por eso a mí no me gustan. Aunque sea el arma nacional. Los cortaplumas tienen un pase, no te diré lo contrario, sobre todo los mil uso, pero el resto son como una maldición.
—A ver, compadre, explíquese.
—No me sé explicar, compadre, lo siento. Es así y punto, qué quiere que le haga.
—Ya veo por dónde vas.
—Pues dilo, porque ni yo lo sé.
—Lo veo, pero no lo sé explicar.
—Aunque también tiene sus ventajas.
—¿Qué ventajas puede tener?
—Imagínate a una banda de ladrones armada con fusiles automáticos. Es sólo un ejemplo. O a los cafiches con metralletas Uzi.
—Ya veo por dónde vas.
—¿Es o no es una ventaja?
—Para nosotros, al cien por ciento. Pero la patria se resiente igual.
—¡Qué se va a resentir la patria!
—El carácter de los chilenos, la naturaleza de los chilenos, los sueños colectivos sí que se resienten. Es como si nos dijeran que no estamos preparados para nada, sólo para sufrir, no sé si me sigues, pero yo es como si acabara de ver la luz.
—Te sigo, pero no es eso.
—¿Cómo que no es eso?
—No es eso a lo que me refería. A mí no me gustan las armas blancas y punto. Menos filosofía, quiero decir.
—Pero te gustaría que en Chile gustaran las armas de fuego. Lo que no es lo mismo que decir que en Chile abundaran las armas de fuego.
—No digo ni que sí ni que no.
—Además, a quién no le gustan las armas de fuego.
—Eso es verdad, a todo el mundo le gustan.
—¿Quieres que te explique más eso del silencio?
—Bueno, con tal de no quedarme dormido.
—No te vas a quedar dormido, y si te quedas paramos el auto y yo me pongo al volante.
—Entonces cuéntame lo del silencio.
—Lo leí en un artículo del Mercurio
—¿Desde cuándo leís el Mercurio?
—A veces lo dejan en jefatura y las guardias son largas. Bueno: en el artículo decía que somos un pueblo latino y que los latinos tenían una fijación por las armas blancas. Los anglosajones, por el contrario, se mueren por las armas de fuego.
—Eso depende de la oportunidad.
—Eso mismo pensé yo.
—A la hora de la verdad, ya me dirás tú.
—Eso mismo pensé yo.
—Somos más lentos, eso sí que hay que reconocerlo.
—¿Cómo que somos más lentos?
—Más lentos en todos los sentidos. Como una forma de ser antiguos.
—¿A eso le llamái lentitud? Sigue leyendo

LA PROMESA FRAGMENTO SILVINA OCAMPO


“No tengo vida propia, tengo sentimientos. Mis experiencias no tuvieron importancia ni a lo largo de mi vida ni aun al borde de la muerte, en cambio la vida de los otros se vuelve mía”

Soy analfabeta. ¡Cómo podría publicar este texto! ¡Qué editorial lo recibiría! Creo que sería imposible, a menos que suceda un milagro. Creo en los milagros.

“Te quiero y prometo que seré buena”, yo solía decirle para conmoverla en mi infancia y mucho tiempo después cuando le pedía algún favor, hasta que supe que era “abogada de lo imposible”. Hay personas que no comprenden que uno hable a una santa como a cualquiera. Si hubieran conocido todas mis oraciones dirían que son blasfemias y que no soy devota de Santa Rita.

Las estatuas o las estatuitas representan habitualmente a esta santa con un libro de madera, misterioso, en la mano que apoya sobre su corazón. No olvidé el detalle de esta actitud cuando le hice la promesa, si me salvaba, de escribir este libro y de terminarlo para el día de mi próximo cumpleaños. Falta casi un año para esa fecha. Comencé a inquietarme. Pensé que costaría mucho sacrificio cumplir con mi promesa. Hacer este diccionario de recuerdos a veces vergonzosos, humillantes, significaría dar mi intimidad a cualquiera. (Tal vez esta inquietud resultó infundada.)

No tengo vida propia, tengo sentimientos. Mis experiencias no tuvieron importancia ni a lo largo de la vida ni aun al borde de la muerte, en cambio la vida de los otros se vuelve mía.

Copiar sus páginas a máquina, pues no dispongo de dinero para pagar las copias a una dactilógrafa, significaría hacer un trabajo ímprobo (no dispongo de amigas desinteresadas que sepan escribir a máquina). Presentar el manuscrito a editores, a cualquier editor del mundo, que tal vez me negaría la publicación del libro para tener ineludiblemente que pagarlo con la venta de objetos que aprecio o con algún trabajo subalterno, el único del que sería capaz, significaría sacrificar mi amor propio.

Qué lejos están los días felices en que comía con mis sobrinitos en Palermo, en las hamacas, en el tobogán los comisarios y los masticables de chocolate blanco; épocas aquellas en que me sentía desdichada, que ahora me parecen felices, en que mis sobrinitos se ensuciaban tanto las manos al jugar con tierra, que al volver a la casa de mi hermana en lugar de bañarme o de ir al cine tenía que limpiarles las uñas con jabón Carpincho como si hubieran estado en el Departamento Central de Policía después de dejar las fatídicas impresiones digitales.

Yo que siempre consideré que era inútil escribir un libro, me veo comprometida a hacerlo hoy para cumplir una promesa sagrada para mí.

Me embarqué rumbo a Ciudad del Cabo hace tres meses en el barco Anacreonte, para reunirme con la parte menos tediosa de mi familia: un cónsul y su mujer, primos que siempre me protegieron. Todo lo que se espera con demasiada ansiedad se cumple mal o no se cumple. Enferma, tuve que volverme en cuanto llegué, por culpa de un accidente que tuve en el viaje de ida. Caí al mar. Resbalé de la cubierta en el sitio donde están los botes de salvataje cuando me inclinaba sobre la baranda para alcanzar un broche que se me había caído y que pendía de mi bufanda. ¿Cómo? No lo sé. Nadie me vio caer. Tal vez tuve un desmayo. Me desperté en el agua atontada por el golpe. No me acordaba ni de mi nombre. El barco se alejaba imperturbablemente. Grité. Nadie me oyó. El barco me pareció más inmenso que el mar. Felizmente soy buena nadadora, aunque mi estilo sea bastante deficiente. Pasado el primer momento de frío y de terror me deslicé lentamente en el agua. El calor, el mediodía, la luz me acompañaban. Casi olvidé mi situación angustiosa porque amo los deportes y ensayé todos los estilos en mi natación. Simultáneamente pensé en los peligros que me depararía el agua: los tiburones, las serpientes de mar, las aguas vivas, las trombas marinas. Me tranquilicé con el vaivén de las olas. Nadé o hice la plancha ocho horas consecutivas, esperando que el barco volviera a buscarme. A veces me pregunto cómo pude alimentar esa esperanza. Tampoco lo sé. Al principio el miedo que sentía no me dejaba pensar, luego pensé desordenadamente: acudían a mi mente maestras, tallarines, films cinematográficos, precios, espectáculos teatrales, nombres de escritores, títulos de libros, edificios, jardines, un gato, un amor desdichado, una silla, una flor cuyo nombre no recordaba, un perfume, un dentífrico, etc. ¡Memoria, cuánto me hiciste sufrir! Sospeché que estaba por morir o muerta ya en la confusión de mi memoria. Luego advertí, al sentir un ardor agudo en mis ojos debido al agua salada, que estaba viva y lejos de la agonía puesto que los ahogados, es sabido, a punto de morir son dichosos y yo no lo era. Después de desvestirme o de haber sido desvestida por el mar, pues el mar desviste a las personas como si tuviese enamoradas manos, llegó un momento en que el sueño o el deseo de dormir se apoderó de mí. Para no dormirme, impuse un orden a mis pensamientos, una suerte de itinerario que ahora aconsejo seguir también a los presos, a los enfermos que no pueden moverse o a los desesperados que están por suicidarse. Sigue leyendo

LOS REYES CORTAZAR

A la vista del laberinto, de mañana. Sol ya alto y duro, contra la curva pared  como de tiza.

MINOS

La nave llegará cuando las sombras, calcinadas de mediodía, finjan el caracol que se repliega para considerar, húmedo y secreto, las imágenes de su ámbito en reposo. ¡Oh caracol innominable, resonante desolación de mármol, qué fosco silencio discurrirán tus entrañas sin salida!

Allí mora, legítimo habitante, esta tortura de mis noches, Minotauro insaciable. Allí medita y urde las puertas del futuro, los párpados de piedra que su sagaz perfidia alza contra mi trono en la muralla. Mis sueños aguzados de astas. Todo remo me es cuerno, toda bocina mugir. ¡Minotauro, hijo de reina ilustre, prostituida! Nadie hallará el artificio armonioso capaz de medir sin engaño un temor de rey.

Minotauro, silencio en acecho, signo de mi poder sobre la concavidad del mar y sus ramos de azules islas. Testimonio vivo de mi fuerza, del filo abominable de la doble hacha. ¡Sí, preso y condenado para siempre! Pero mis sueños entran al laberinto, allí estoy solo y desceñido, a veces con el cetro que se va doblando en mi puño. Y tú adelantas, enorme y dulce, enorme y libre. ¡Oh sueños en que ya no soy el señor!

Los sueños, también tarea real. Contra cada noche voy subiendo en odio hasta preferir tu muerte a toda proclamación de gloria en otras playas. Reinar en mí, oh última tarea de rey, oh imposible!

 ARIANA se acerca sin mirar el suelo, los ojos fijos en el muro del laberinto.

ARIANA

La nave es lisa, con velas blancas. Un marinero dijo: “También hay velas negras pero están sumidas en la cala, libres de ratas con pez y sortilegios. Palas no querrá que las icemos de vuelta.” Lo dijo un marinero.

MINOS

Hablas como por sobre mí. Estamos solos pero no es a mí a quien hablas. ARIANAHablar es hablarse. MINOSVete sola, entonces.

ARIANA

Eres como una lámina de bronce, me oigo mejor si te hablo. Cuando llegué, tú te escuchabas en el alto espejo del aire.

MINOS

Es más denso que el aire. Míralo allí, alza tu voz y te la devolverá como un golpe de ramas secas en la cara. ARIANA¿Tienes miedo del eco?

MINOS

Hay alguien detrás. Como en todo espejo, alguien que sabe y espera. ARIANA¿Por qué le tienes miedo? Es mi hermano. MINOS Un monstruo no tiene hermanos.

ARIANA

Los dos nos modelamos en el seno de Pasifae. Los dos la hicimos gritar y desangrarse para arrojarnos a la tierra.

MINOS

Las madres no cuentan. Todo está en el caliente germen que las elige y las usa. Tú eres la hija de un rey, Ariana la muy temida, Ariana la paloma de oro. Él no es nuestro, un artificio. ¿Sabes de quién es hermano? Del laberinto. De su cárcel misma. ¡Oh caracol horrendo! Hermano de su jaula, de su prisión de piedra. Un artificio, mira, igual que su prisión. Dédalo los hizo a ambos, astuto ingeniero. ARIANA Ella ha sido mi madre.

MINOS

El ánfora ya rota en pedazos execrables. Tú naces de mí como el aroma del vino profundo. Hija de rey, paloma de oro. Primero fuiste tú, y en Cnossos se alzaba la alegría como un potro en dos patas. Entonces urdió Dédalo la máquina de bronce, maleándola en secreto. Yo recibía embajadas, presidía torturas. Y entre tanta comisión real, Pasifae se rendía a un deseo de manos calientes y yugulares rotas.

ARIANA

No lo digas. Saber una cosa no es como escucharla. Saber sin palabras, la cosa misma adherida, al corazón, nos abriga de su imagen como un escudo.

MINOS

Nadie me libró de escucharlo. Con palabras te lo diré para que la vomites de tu corazón y seas solamente la hija del rey. Cuando apenas le quedaba voz, al tercer día de suplicios, Axto derramó la verdad con su sangre. El toro era del norte, rojo y henchido, se le veía subir por la pradera como las barcas egipcias que traen a los emisarios y las vendas perfumadas. Ella estaba ya en la vaca luminosa, delfín de oro entre las hierbas, y fingía un mugido solitario y blando, un temblor en la piel de la voz.  Sigue leyendo

El SALUDO DE PEDRO ORGAMBIDE

Ha sido una gran función la de esta noche. Los espectadores aplauden de pie y esperan el saludo de La Diva. Pero ella no sale aún. Algún crítico mal intencionado piensa que La Diva se hace rogar, que administra, con astucia, el fervor del público. Puede que sea así, pero yo no soy nadie para revelar esos secretos. Mi patrona, que otros llaman la Diva, sabe muy bien que no lo haré. En todos estos años que estuve a su servicio, nadie obtuvo de mí una infidencia, un comentario que pudiera afectar a la señora. Al contrario, muchas veces hice un discreto mutis, por decir así, para ocultar o disimular una situación embarazosa. “Esta mosquita muerta lo ve todo, lo sabe todo”, suele decir mi patrona. Y es así, realmente: he visto cosas por las que pagarían buen dinero esas revistas de chismes en las que a veces sale la foto de la señora, acompañada por el caballero o el jovencito de turno. Sólo yo sé que esas minucias poco tienen que ver con ella. A ella, lo que en verdad le importa es el aplauso del público. No, no sale todavía. Ella no es como esas jovencitas, como esas actrices novatas que apenas cae el telón, corren desbocadas hasta el proscenio, para mendigar el aplauso. De ningún modo. Ella suele esperar entre bambalinas, dejar que el aplauso crezca en forma considerable, antes de caminar hacia la gente que le arroja flores y la llama diosa. Sólo entonces mueve levemente la cabeza, como negando el mérito a la estruendosa realidad. Con modestia, debe admitir que el éxito es suyo. Puede permitirse entonces una sonrisa, un ademán gracioso, algún saltito que insinúa un deseo de regresar al camarín. Pero el público es tirano, el público exige otro saludo. Y bien, no hay que negárselo. Es entonces cuando La Diva arroja un beso al aire. El público se agita, grita, patalea. Entonces ella lleva su mano al pecho, hacia el corazón y llora. “un momento así vale la pena”, le oí decir muchas veces a mi patrona. Por ese momento, ella pasa horas haciendo gimnasia, pedaleando en la bicicleta fija, cubriéndose la cara con horribles mascarillas y cosméticos. Pero eso el público no lo sabe, es un secreto entre ella y yo. Nunca diré que vi su rostro envejecido, sus arrugas, el tic que afea su boca. No, no lo haré. Tampoco diré que se babea por las noches, que tose en la oscuridad y maldice su suerte. No quiero llevar agua al molino de sus enemigos, Dios no lo permita. Pero hay que reconocer que no siempre saluda con dignidad. Yo la he visto empujar al primer actor de la compañía, para que trastabille delante de los espectadores. También he visto como “tapaba” a la dama joven, poniéndose delante de la muchacha, como distraída. No, no me engaño. Así no saludan los grandes del teatro. Ellos saludan muy sobrios, con la ostentosa dignidad de parecer humildes. Pero yo no soy quién para juzgarla. En estos años la vi luchar por el aplauso, firmar contratos abusivos, soportar los chistes de ignotos productores, sólo para obtener ese premio que necesita como el aire. Porque después de meses de ensayo, de debatirse frente al espejo, de abandonar a su último amante, de aprender un texto que en realidad detesta, ella va a salir a saludar al público. Y la van a aplaudir. Y eso es lo único que importa. Ella quedará suspendida en el tiempo, oyendo el aplauso, las voces que repiten su nombre. Lástima que hoy no será así. Lástima su mal trato, la fea costumbre de insultarme. Aunque yo se lo había perdonado todo, en verdad. Porque yo la admiraba, igual que esa gente que ahora implora su presencia en el escenario, esas mujeres y esos hombres de pie, ansiosos, impacientes por ver a La Diva. Lástima. Porque ella no debió levantarme la mano, ni decirme bruta, ignorante, ladrona. No, eso estuvo mal. Si me puse el vestido de marquesa, el que ella usa en la obra, fue solo para imitarla, sin mala intención. Es lo que hice durante todas las noches, cuando ella se cambiaba y se ponía la bata de seda, para saludar y recibir los aplausos. No sabía que se iba a enojar tanto. Pero, ¿por qué me amenazó con esa tijera que ahora está clavada en su corazón? Con el vestido de marquesa y el antifaz ya soy igual a ella. Oigo el rumor de los aplausos. Es algo verdaderamente hermoso. Es hora de salir, de saludar al público. Ellos están allí, llamándome, gritándome divina, diosa. Hago una reverencia, arrojo un beso al aire y los saludo, fatigada y feliz.