LAS DOS ELENAS DE CARLOS FUENTES

No sé de donde le salen estas ideas a Elena. Ella no fue educada de ese modo. Y usted, tampoco, Víctor. Pero el hecho es que el matrimonio la ha cambiado. Sí, no cabe duda. Creí que le iba a dar un ataque a mi marido. Esas ideas no se pueden defender, y menos a la hora de la cena. Mi hija sabe muy bien que su padre necesita comer en paz. Si no, en seguida, le sube la presión. Se lo ha  dicho el médico. Y después de todo, este médico sabe lo que dice. Por algo cobra a doscientos pesos la consulta. Yo le ruego que hable con Elena. A mí no me hace  caso. Dígale que le soportamos todo. Que no nos importa que desatienda su hogar  por aprender francés. Que no nos importan esas medias rojas de payaso. Pero que a la hora de la cena le diga a su padre que una mujer puede vivir con dos  hombres para complementarse… Víctor, por su propio bien usted debe sacarle  esas ideas de la cabeza a su mujer. Desde que vio Jules e Jim en un  cine-club, Elena tuvo el duende de llevar la batalla a la cena dominical con sus padres – la única reunión obligatoria de la familia -. Al salir del cine, tomamos el MG y nos fuimos a cenar al Coyote Flaco en Coyoacán. Elena se veía,  como siempre, muy bella con el suéter negro y la falda de cuero y las medias que  no le gustan a su mamá. Además, se había colgado una cadena de oro de la cual  pendía un tallado en jadeíta que, según un amigo antropólogo, describe al príncipe Uno Muerte de los mixtecos. Elena, que es siempre tan alegre y despreocupada, se veía, esa noche, intensa: los colores se le habían subido a  las mejillas y apenas saludó a los amigos que generalmente hacen tertulia en ese  restaurant un tanto gótico. Le pregunté qué deseaba ordenar y no me contestó; en vez, tomó mi puño y me miró fijamente. Yo ordené dos pepitos con ajo mientras  Elena agitaba su cabellera rosa pálida y se acariciaba el cuello: Sigue leyendo