EXTRACTO DE UNA BALADA DE ZHANG KOU MO YAN (NOBEL LIT. 2012)

¡Os ruego que escuchéis, queridos conciudadanos,
el relato de Zhang Kou sobre el mundo mortal y sobre el Condado Paraíso!
El Emperador Li, descendiente del Gran Kan y fundador de la nación, ordenó
a los ciudadanos de nuestra región que plantaran ajo a modo de tributo…

Extracto de una balada de Zhang Kou,
rapsoda ciego del Condado Paraíso.

I

-¡Gao Yang!

El sol del mediodía calentaba con fuerza y el aire polvoriento transportaba el hedor del ajo podrido después de un prolongado periodo de sequía. Una bandada de cuervos de color índigo atravesaba cansinamente el cielo,
proyectando una sombría cuña sobre el suelo. No hubo tiempo para trenzar el ajo, que se amontonaba desordenadamente sobre la tierra, y emitía una insoportable fetidez en su proceso de cocción bajo el sol. Gao Yang, cuyas cejas se inclinaban hacia abajo en los extremos, se sentaba en cuclillas junto a la mesa, sujetando un tazón de caldo de ajo y conteniendo las náuseas que procedían de su estómago. Aquella apremiante llamada había atravesado el hueco de la puerta justo cuando estaba a punto de tomar un sorbo del caldo. Reconoció la voz del jefe de la aldea, Gao Jinjiao. Gritó una respuesta mientras soltaba apresuradamente el tazón y se dirigió a la puerta.

-¿Eres tú, Tío Jinjiao? Pasa.

Ahora la voz sonó más amable:

-Gao Yang, sal aquí un momento. Tengo que hablarte de algo. Sabiendo las consecuencias que acarrearía menospreciar al jefe de la aldea, Gao Yang se volvió hacia su hija ciega de ocho años, que se sentaba impertérrita a la mesa como si fuera una oscura estatua, con sus hermosos e invidentes ojos negros abiertos de par en par.

-No toques nada, Xinghua, porque te puedes quemar.

La tierra recalentada le quemaba las plantas de los pies y el intenso calor hacía que le llorasen los ojos. Mientras el sol golpeaba su espalda desnuda, se quitó un poco de suciedad del pecho. Escuchó el llanto de su recién nacido en el kang, una tarima de ladrillo que servía como lecho familiar, y le pareció que su mujer murmuraba algo. Por fi n había tenido un varón y ese pensamiento le reconfortaba. La brisa del sudoeste le trajo la fragancia del mijo recién brotado, y eso le recordó que se acercaba la temporada de la cosecha. De repente, su corazón se encogió y un escalofrío recorrió su espalda. Deseaba desesperadamente dejar de caminar, pero sus piernas seguían impulsándole, mientras el repugnante hedor de los tallos y las cabezas de ajo le hacía llorar los ojos. Levantó su brazo desnudo para frotárselos, seguro de no estar llorando. Finalmente, abrió la cancela.

-¿Qué ocurre, Tío? -preguntó-. ¡Ay, Dios mío…!

Unos destellos del color de la esmeralda pasaron ante sus ojos, como si fueran millones de tallos verdes de ajo flotando en el aire. Algo le golpeó en el tobillo derecho, un golpe pesado y sordo que le retorció las tripas. Momentáneamente aturdido, cerró los ojos y advirtió que el sonido que había escuchado era su propio grito mientras se desplomaba hacia un costado. Luego sintió otro golpe sordo detrás de la rodilla izquierda. Gritó de dolor -esta vez no había ningún rechazo- y se precipitó hacia delante, cayendo de rodillas en los escalones de piedra. Conmocionado, trató de abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado y el aire cargado de ajo se los llenó de lágrimas. No obstante, sabía que no estaba llorando. Trató de levantar la mano para frotarse los ojos y descubrió que tenía las muñecas atadas con algo frío y duro que le producía dolor; dos ligeras punzadas metálicas le aguijonearon el cerebro. Sigue leyendo

SOMBRA ENTRE SOMBRAS DE INÉS ARREDONDO

Para Conchita Torre

Antes de conocer a Samuel era una mujer inocente, pero ¿pura? No lo sé. He pensado muchas veces en ello. Quizá de haberlo sido nunca hubiera brotado en mí esta pasión insensata por Samuel, que sólo ha de morir cuando yo muera. También podría ser que por esa pasión, precisamente, me haya purificado. Si él vino y despertó al demonio que todos llevamos dentro, no es culpa suya.

Desde la ventana rota de uno de los cuartos de servicio, que hace tanto que nadie habita, miro pasar a un pueblo que no conozco. Ignoro quiénes son nuevos aquí y las facciones de los niños con que jugaba se han vuelto duras y viejas y tampoco puedo reconstruirlas. Pero ellos sí saben quién soy y por eso me tratan como lo hacen si intentosalir aunque sea a comprar una cebolla, para oler a calle, a aire. Aquí todo está cerrado y enrejado ¡como si aún se guardaran los tesoros que alguna vez en esta casa se encerró! Entre ellos, yo.

Ermilo Paredes tenía cuarenta y siete años cuando yo cumplí los quince. Entonces comenzó a cortejarme,  pero, como era natural, a quien cortejó fue a mi madre.

A base de halagos, días de campo de una esplendidez regia, de regalos de granos, frutas, carnes, embutidos y hasta una alhaja valiosa por el día de su cumpleaños, fue minando la resistencia de mi madre para que me casara con él. Tenía fama de sátiro y depravado.

-No, doña Asunción, no crea usted en chismes amamantados por la envidia. Yo trataré a su hija como a una princesa y seguirá siendo pura y casta, exactamente igual que ahora. Pero en otro ambiente social y moral, se entiende. He corrido mundo, pero sé aquilatar la limpieza del alma, y respetarla. ¿Y por qué he escogido a Laura? Por sus dotes y su belleza notable, sin duda, pero también por ser hija de una mujer tan virtuosa que no ha podido darle sino magníficos ejemplos. Usted lo verá, yo no mancharé a su hija ni con un mal pensamiento.

Mi madre vacilaba entre el consejo de las vecinas y la necesidad de poder y riqueza que sentía en ella misma. Cuando me habló de si quería o no casarme con él, a mi lo mismo me daba, pero al describirme el vestido de novia, la nueva casa que tendría y el gran número de sirvientes, que en ella había, pensé en la repugnancia que yo tenía hacia los quehaceres domésticos, Sigue leyendo

LETICIA DE RICARDO GARIBAY

 

 Ríe y parece que su dentadura está hecha de caninos, cosa de una linda bestia voraz. Los ojos estrellados. La figura como un junco ondulante. La voz calmosa y ronca.

—¿Cómo me ves? —dice, recostándose en el asiento del coche, exhibiéndose.

—Muy bella, no te apures.

—Esta tarde como que me siento dichosa.

—Y qué pasó con la ¡tremenda! depresión que tenías.

—¿Depresión? No recuerdo.

—Hace una semana te rondaba el suicidio.

Me llamaste. Me tuviste una hora en el teléfono.

—No —dice, con un dejo de fastidio. Es lo que te digo, se me olvidan las cosas.

Busca en su bolsa. Saca un inhalador y aspira violentamente con la nariz.

—Es bencedrine —dice—, me ayuda.

—Cuidado.

—Me ayuda, nada más…

Vuelve a aspirar, los ojos se le llenan de lágrimas.

—Cuidado —repito.

—No jodas. ¡Ah! ¿Y sabes qué quería decirte?

—No.

—Quería decirte, porque tú no lo crees, porque no me vas a decir que sí lo crees. ¿Lo crees?

—No. ¿Qué cosa?

—Que yo soy en realidad muy inteligente, pero no sé usar mi inteligencia. Por eso parezco tonta. ¿No lo habías pensado?

—No.

—¿Ya ves? Te lo dije. Sigue leyendo

SER POLVO DE SANTIAGO DABOVE

¡Inexorable severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían tuvieron que darme, a mis pedidos insistentes, a mis ruegos desesperados, varias inyecciones de morfina y otras sustancias para poner como un guante suave a la garra con que habitualmente me torturaba la implacable enfermedad: una atroz neuralgia del trigémino. Yo, por mi parte, tomaba más venenos que Mitrídates. El caso era poner una sordina a esa especie de pila voltaica o bobina que atormentaba trigémino con su corriente de viva pulsación dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el padecimiento, este dolor no puede ser superado. Pues siempre habrá más sufrimiento, más dolor, más lágrimas que tragar. Y no se vea en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una de las variaciones sobre este texto único de terrible dureza: “¡no hay esperanza para el corazón del hombre!”. Me despedí de los médicos y llevaba la jeringa para inyecciones hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal de mi farmacopea habitual. Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría. Frente mismo de ese cementerio abandonado y polvoriento que me sugería la idea de una muerte doble, la que había albergado y la de él mismo, que se caía y se transformaba en ruinas, ladrillo por ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejia, la parálisis que hacía tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí, éste se puso a pastar un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta solitaria donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces. Sin maldecir mi destino, porque se había gastado la maldición en mi boca y nada representaba ya. Porque esa maldición había sido en mí como la expresión de gratitud que da a la vida un ser constantemente agradecido por la prodigalidad con que lo mina una existencia abundante en dones. Como el suelo en que caí, a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar pacientemente con mi cortaplumas, la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Sigue leyendo