LETICIA DE RICARDO GARIBAY


 

 Ríe y parece que su dentadura está hecha de caninos, cosa de una linda bestia voraz. Los ojos estrellados. La figura como un junco ondulante. La voz calmosa y ronca.

—¿Cómo me ves? —dice, recostándose en el asiento del coche, exhibiéndose.

—Muy bella, no te apures.

—Esta tarde como que me siento dichosa.

—Y qué pasó con la ¡tremenda! depresión que tenías.

—¿Depresión? No recuerdo.

—Hace una semana te rondaba el suicidio.

Me llamaste. Me tuviste una hora en el teléfono.

—No —dice, con un dejo de fastidio. Es lo que te digo, se me olvidan las cosas.

Busca en su bolsa. Saca un inhalador y aspira violentamente con la nariz.

—Es bencedrine —dice—, me ayuda.

—Cuidado.

—Me ayuda, nada más…

Vuelve a aspirar, los ojos se le llenan de lágrimas.

—Cuidado —repito.

—No jodas. ¡Ah! ¿Y sabes qué quería decirte?

—No.

—Quería decirte, porque tú no lo crees, porque no me vas a decir que sí lo crees. ¿Lo crees?

—No. ¿Qué cosa?

—Que yo soy en realidad muy inteligente, pero no sé usar mi inteligencia. Por eso parezco tonta. ¿No lo habías pensado?

—No.

—¿Ya ves? Te lo dije.

—Sí.

—Porque siempre estás con que ando de erótica, y que no me erotice y que no me erotice. ¡Y no me conoces!

—Ya veo por dónde vas.

—Por dónde, si no he dicho nada. ¿Y qué piensas de la inteligencia, que te digo?

—Que sí.

—Que sí qué.

—Que eres muy inteligente pero no sabes usar tu inteligencia. Por eso pareces tonta.

—¡Ah! ¿Verdad?

—Sí. Calma, ya vendrá el tiempo de poder usarla.

—¿Cuándo?

—Cuando tengas setenta años. Mientras tanto no te abandones, no te erotices.

—¡No te erotices! ¿Ya ves cómo eres estúpido? ¡No te erotices! Como si no pudieras pensar en otra cosa.

—Dime qué has hecho. A eso viniste.

—Nada.

—Dime.

—Qué estúpido, de verdad.

Enciende un cigarro, se mira las uñas, ríe pensando en lo que va a decir en tono de fastidio, como si lamentara lo inexplicable, y dice:

—Todo es tan inexplicable…

—Cierto. Dime.

—Pues… me acosté con un jovencito, hermano de una, amiga.

—Mal cuento. ¿No ves que comenzará a contarlo a medio mundo?

—Ya empezó. Y le dije por qué lo cuentas, soy casada. Qué piensas.

—Fue inevitable ¿no? Fue una ocasión inevitable.

—Pues… no —dice. Han sido, primero, tres veces seguidas, tres días, y luego otras, porque ya estaba allí, ya se hizo esa relación, y me siento sola y pues… lo llamo y nos acostamos. Porque la primera vez me invitó un café y no había lugar ydijo vamos a mi casa, yen su casa no había nadie y yo me senté en una mesa alta, con las piernas medio abiertas, colgando ¡y no me dejes hablar tanto! Opina, ¿no que eres tan listo? ¿Cómo vas a explicarme si estás callado?

—¿Por qué te sentaste en una mesa alta?

—Para excitarlo. ¿Nunca has visto a una muchacha…?

—Sí. Sigue.

—Y allí me pescó y ya de ahí vino lo demás. Pero no quiero, créeme, es un niño, tiene diecinueve años y yo tengo treintaiséis. Y ayer no le hablé y fui a una cena, y otro niño, de veinte, me buscó las piernas por debajo de la mesa y yo no me quité, lo dejé hacer, y me reía, me divirtió. Pero no me gusta nada y no puedo pensar en otra cosa. ¿Y por qué tengo que venir a contarte todo esto?

—Porque quieres.

—Sí ¿verdad? ¿Sabes que me excita muchísimo contarte?

—Tal vez deberías contárselo a un psicoanalista.

—No, ya me dijeron que eso no sirve de nada.

—Quién te dijo. ¿Un médico?

—No. Un amigo.

—¿Qué hace él?

—Vende coches.

—Ah.

—Pero es, mira, puro cerebro. ¿Gana? ¡No te imaginas el dineral que gana! El fue el que me dijo “eso no sirve para nada”.

—Ah.

—De modo que no.

—Ah.

—No empieces con eso. Parece que te estás burlando de mí. Y yo quiero seguirte contando, a eso vine, no sé por qué. ¿Será que puedes ser como mi padre?

—¿Será? Y qué pasó con la obra de teatro. Te entusiasmaba lo de ser actriz.

—Aaah eso… Hemos dejado de vernos como dos meses ¿no? Fueron los dos viajes, lo de la obra de teatro y antes lo de Venezuela, que sentí que por estar tan lejos no… no sé qué, y después el viaje a Cuba, que el viaje a Cuba fue el colmo, el destrampe, fueron cinco días y tres hombres diferentes y me enamoré del segundo porque me adoró, y creyó seguro que luego me acosté con el negro, pero no porque el negro se puso a llorar y se quedó dormido, primero gritaba en la calle “¡Me voy con mi reina, mi reina, mi reina!”, así como hablan ellos, medio estropeado, y cuando llegamos decía: “¡No lo creo, que no, que no lo creo!”, y se puso a llorar y se quedó dormido, pero seguro Ñolo sí creyó que me acosté yya no me buscó yme fui a Varadero y yo sí quería por la noche yel calor y los mojitos y sí me fui con Ramón, en la playa, pero ya estaba yo enamorada de Ñolo y ya Ñolo no quiso volver a verme aunque le mandé recados desde todas partes. En Venezuela fue un señor maduro y un joven de piel así como de aceite. Ya casi lo había olvidado, sino porque ahora me preguntas. Y en estos días, éstos que estoy viviendo, parece que todo es que todo ha sido pretexto para entregarme a hombres y a hombres, ya no sé cuántos, porque sí, para nada.

—Cómo andas. ¿Sentimientos de culpa?

—¿Culpa? ¡Para nada! Sólo que no sé, yo sé que nada bueno puede salir de esto. O ¿tú crees que sí? Digo, la experiencia de la vida ¿no? Porque además… soy casada… y no quiero que me toque mi marido… o bueno sí, pero que me tiente y me mime, nada más, que no me penetre, y me siento sola y voy encontrando hombres con quien echarme. ¿Qué me pasa? ¿Por qué te cuento estas… digamos estas cosas que me avergüenzan?

—¿Te avergüenzan?

—Bueno, si estoy yo sola… no; pero si pienso “ya las sabe Ricardo y las sabe Melcha”…

—Quién es Melcha.

—Una amiga muy querida que tengo, la pobrecita es jorobada, pero ¡tan inteligente y me oye tanto! Bueno pero pues así sí medio me avergüenzan y pienso ¿por qué se las cuento?

—Tal vez así las vives plenamente, así si suceden de veras.

—Cómo, no te entiendo.

—Te gusta contarlas, no te preocupes, sigue.

—Te pones idiota cuanto te haces el misterioso, me chocas. Bueno, yo vivía, porque detesto a mi madre, aunque más bien mi madre me detesta a mí, vivía sintiéndome horrible y asquerosa, a pesar de estar casada. ¿Cómo iba un hombre a mirarme siquiera? Entonces fui a Oaxaca, con un grupo. No sé qué me pasó. Me llevó a un hotel un chavo. Yo dije: ¿y ora? ¿Qué está pasando? ¡Sí les gusto a los hombres! Y luego ese chavo me presentó a otro chavo. Luego vine y pusimos lo del crimen, de Usigli, y me asedió el director yyo no lo creía ydije bueno vamos a hacerlo, a ver si me hago actriz. Y ahora me parece un pobre diablo que no sé cómo fui, en fin. Y fuimos a Querétaro, con la obra. Creo que yo sólo fui a fornicar con éste y con aquél. Y aquí en México en una noche fui a tres fiestas, me movía quién sabe qué, ¡vámonos de aquí a otra parte! Y en cada fiesta un muchacho me declaró su desesperación amorosa, después de bailar, claro, porque bailando yo procuraba ya te imaginas, y me sentía cada vez con más y más vitalidad, sólo al día siguiente me llegó el colapso, ¡una cara!, parecía enferma de algo grave. Pero terminó lo del crimen, la obra ésa que nunca recuerdo cómo se llama, porque casi nadie iba a vernos. Hubo despedida yluego Graciela yyo nos fuimos a una discoteca. Manaditas de niños de veinte años. Y uno se prendó de mi amiga yluego de mí, yyo pensé ¿perder ante esta puta? Na nai, me lo quedo. Y salimos. Yo quería que me llevara a mi coche. Se puso como loco. Es un psicópata. Estaba drogado hasta las chanclas. Iba a ciento cuarenta kilómetros por hora, allá por Las Lomas ¿tú crees? De repente se detuvo y yo le dije: “Mi vida, no quieres matarnos a ti y a mí …”. Y él dijo: “Apenas empecé a correr”, o algo así y ya no tuve fuerzas para seguir luchando. Me aflojé. Me abandoné. Allí en el coche empezó. Y parecía inagotable. Era la droga. Fuimos a un hotel. Me destrozó. Es homosexual y tiene vicios así como muy sórdidos. Y ahí me tienes ¡sólo de acordarme! Tengo miedo. Afortunadamente no me llevó a mi casa y le di un teléfono falso. Pero él me dio el suyo y tengo miedo. Ya en otras ocasiones me he sorprendido marcando un teléfono que me digo de pronto pero por qué, si no quiero, no quiero. Ojalá no. Un chavo malo, pero malo de verdad, no vivirá mucho. Y ahora en Cuba. ¡Es maravillosa Cuba! Esa gente sencillísima, que se te deja venir abierta de corazón y sin que lo pienses ya estás como en el paraíso en esos hoteles tan modestos, tan malolientes, pero son maravillosos. ¡Con el Ñolo fue algo! Hasta las doce del día siguiente y sin parar. Lo malo es que creyó que el negro. Me ha quedado un serio disgusto de mí misma. Y mi marido se llevó el vibrador que me provocaba orgasmos tan veloces. No sé. De veras que no sé cómo usar las facultades que tengo. ¿Quieres decir algo, en vez de estar hecho un tonto, sin una palabra?

Ríe. Dientes blancos en punta. Hoyuelos a los lados de la boca. Greña negra, apretada, rizadísima. Abre y cierra los muslos, sonriendo los abre y los cierra.

—Acércate —dice.

—No —le digo.

Con repentina seriedad intelectual me clava la estrellada mirada. Advierto que sus pestañas se juntan en pequeñísimos haces separados unos de otros por varias micras, y son intensamente negras. Me dice, muy despacio:

—¿Hay algo en mí que te haga perderme estimación, o sea que te aleje de mí?

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