FICCIONES DE FELIPE GARRIDO


Televisión

Después de cenar alzamos la mesa y subimos al cuarto de la tele. Papá cambia los canales todo el tiempo y los demás protestamos y mamá se pone a tejer y mis hermanas se sientan siempre enfrente de mí. A veces peleamos un poco y papá nos pega un grito o se tira al piso para hacernos cosquillas y lucha con nosotros como si fuéramos tigres. Pero al rato ya estamos callados. Vemos los anuncios y si se hace tarde pedimos a gritos que nos dejen otro rato y mis hermanas se ríen o se asusta o dicen mira que mango y me empujan o me pegan cuando nadie las ve. Papá se sienta al lado de mamá y la abraza forcejeando como si también ellos fueran tigres y le hace fELIPE GARRIDOcosquillas o le tapa los ojos y ella se pone seria y sacude los hombros y dice no seas indiscreto y le pide que la deje en paz. Luego la calle se va quedando quieta y no se oye otra cosa que la televisión y mis hermanas ya no dicen nada porque tienen sueño o están viendo los programas.

Entonces me acuesto en la alfombra como si fuera a dormirme y me cubro la cara con las manos. Me vuelvo sin que nadie se dé cuenta, me voy acomodando de manera que, entre los dedos, pueda ver cómo crecen, como suben desde los zapatos de tacón alto, como se pierden en los pliegues de la falda las firmes, blancas, suaves, dulces, perfumadas, piernas de mamá

Felipe Garrido

Marina

Marina me mira con una mirada azul y sonríe. Le veo los labios y sé que acaba de pintárselos. Viene por la playa con las narices fruncidas porque el sol está alto; con el bikini floreado —naranja y amarillo— que el resplandor de la arena le borra. Se detiene a unos pasos. Se vuelve hacia el mar con las manos sobre las cejas, como si buscara algo en el fondo del día.

Intento saludarla sin salir de la palapa, sin levantarme de la silla, sin apartar la vista de los vellos que le asoman junto a las flores.

Marina no me responde. Da unos pasos como si se marchara y regresa enseguida, de nuevo sonriente, sin decir palabra. Alza los brazos y los cruza por detrás de la nuca como si en ese momento quisiera, más que ninguna otra cosa en la vida, mostrarme el ombligo, entregar las axilas al viento.

El ombligo de Marina parece el ojo de una cerradura, así que me pongo de pie y salgo de la sombra para buscarla. Siento la arena caliente, aspiro el sudor del día, oigo los tumbos, veo a Marina con la mirada azul.

—Ten cuidado —dice y sonríe, frunce la nariz y los labios recién pintados—; soy algo menos que espuma —y se vuelve de plata mientras regresa al mar.

Felipe Garrido

El ángel

Anoche, ya tarde, estuvo a visitarme un arcángel. Para que yo pudiese verlo adoptó la apariencia de una mujer. Venía fatigado y se dejó caer en un sillón del que más tarde les costaría trabajo desprenderse. Quise contarle mis cuitas, pero me bastó echarle encima una mirada para comprender que no hacía falta. Me miró con amor, o al menos con compasión. Con amor castísimo y por consiguiente un tanto heroico. Sus ojos, que tenían el color y la dulzura de la miel, alcanzaron a consolarme como lo hace la sonrisa de la mujer amada. Comprendí que él también estaba solo y que su soledad era un gesto solidario. Luego supuse que venía a obsequiarme la muerte, aunque era evidente que estaba desarmado; un olvido, o las fuerzas insuficientes del cuerpo elegido para materializarse en mi presencia podrían explicar que no empuñara la espada habitual. Dos o tres veces estuvo a punto de hablar, pero finalmente guardó silencio a mi lado, porque tampoco hacía falta que él me dirigiese la palabra. Antes de marcharse alzó la diestra y con el índice extendido me rozó el costado. Su toque fue leve y definitivo. Dejó impreso en mi alma el escozor de la ausencia.

Felipe Garrido

 

Homenaje a K

En cuanto los vio, N. se dio cuenta de que venían por él. Aquellas mujeres de rostros familiares y aquellos hombres vestidos de blanco, armados con garrotes.

—No va a dolerte —le dijo uno al tiempo que le atestaba el primer puñetazo, en mitad de la cara.

—Comprende. Son nuestros sentimientos. No es justo que la tengas —susurraron las mujeres, que le mordían los puños atenazados y le tiraban rabiosamente de los brazos, arrodillados sobre él.

Los hombres usaban los garrotes con fuerza y con cuidado, esperando los instantes en que los movimientos de N. y de las mujeres dejaran al descubierto partes sensibles, donde los golpes fueran más dolorosos. A N. le sorprendía que todo ocurriera casi en silencio; que las voces le llegaran con tanta suavidad; que pudiera guardar sus quejas detrás de los dientes trabados. Un garrotazo dado de punta le cerró un ojo. Con el otro veía solamente el piso de tierra donde había caído de costado; las piedrecillas que le rasgaban la piel del rostro, los trocitos de mica deslumbrantes.

Una de las mujeres comenzó a tirarle de los cabellos hacia atrás y otra le clavó una rodilla en el cuello.

—Suéltala —le aconsejó con ternura.

Un puntapié lo dejó ciego. N. sintió uñas, dientes, rodillas, tacones, puños, garrotes, la superficie de la tierra que lo arañaba con ferocidad.

—¿Para qué la quieres? Abre las manos —le dijo una voz acariciante, y N. sintió en seguida el mordisco inclemente, en la oreja.

Hubo que romperle los dedos. N. quiso gritar, pero la boca se le llenó de polvo y el grito que había guardado tanto tiempo se le convirtió en una tos de agonía.

—No la extrañarás —le dijeron mientras iban dejando solo, pero la única herida que en verdad sentía era el hueco que le había quedado en las manos.

—No conviene que la tengas; no te conviene tenerla —rectificó una mujer.

—¿No comprendes? —dijo otra, pero él no pudo verlas porque apenas podía abrir los ojos.

—Es por tu bien, entiéndelo —musitó otra voz, ya de retirada, y después, como una explicación—: Es insoportable, la felicidad.

Felipe Garrido

Marita

Marita se pone de pie frente a la ventana, con el cabello revuelto. Cruza los brazos por el frente, toma de abajo la blusa tejida y con un solo movimiento ascendente se la saca por la cabeza.
¡Ay, gloria de la tarde, toda sol y viento y buganvilias y los pechos de Marita puestos de golpe a la luz! Apresúrate a gozarlos. Nadie sabe cuántos serán sus días.

Fracaso

Subir al tercer piso le toma cincuenta y ocho segundos. Decide terminar. Abre la puerta. Naufraga en sus ojos, color de miel.

Trofeo

Y lo difícil era no equivocarse nunca. Saltar en una pierna toda una cuadra, toda una calle, de ida y vuelta al parque; toda la tarde, todos los días, todas las vacaciones. De la casa al pan, a la tintorería, con el zapatero, sin jamás bajar la otra pierna, así uno se cansara, cambiara de banqueta, tuviera que cruzar charcos, baches, lodazales; o hubiera perros, bicicletas, otras personas. Más lejos que nadie. Más tiempo que nadie. Dejar a los otros con la lengua de fuera, sentados junto a los refrescos en la entrada de la miscelánea; recargados en las camionetas del reparto, con los dos pies apoyados en el piso y la sudorosa cabeza gacha. No creer, saber que la vida era ir de cojito por el corazón de la tarde promisoria de lluvia y de tus risas. De tus rodillas raspadas, pintadas de verde por la hierba. De tus muslos fuertes y delgados donde cerraba los ojos, contenía el aliento, dejaba caer la cabeza, como la de un peregrino, en las primeras sombras del día, detrás de los sacos de azúcar, antes de que nos llamaran a merendar.

Dama de luz

Luego me dijo que se iba un rato a la playa. Me guiñó un ojo. Se calzó las sandalias. Se ajustó los tirantes. Abrió las cortinas y se volvió toda de oro y sombra, como si fuera de luz. Cerró los ojos deslumbrada. Tropezó con la mesa y tiró la botella de agua y lanzó un gritito ahogado y se rió cubriéndose la boca con las manos enjoyadas y trajo una toalla para secar aquello y me vio un momento como si fuera a decir algo, pero el canto de las cigarras la intimidó. Se miró en el espejo por delante y por detrás y después de lado mientras aspiraba hondo, parada de puntas, y se le dibujaron las costillas. Se puso una falda de manta y los lentes oscuros. Llegando a la puerta me tiró un beso. Nunca la volví a ver.

Relámpago

Gruñe la hamaca, más allá del medio muro de tablas. Brillan las luciérnagas. Frota las lajas el río. Noche cerrada. Doble la risa ahogada. Caña y sudor.
Alguien baja por el llano con una linterna. A lo lejos se ve sólo la luz, rodando por el carrizal. Apenas que se acerque, por el maculí, se le mira la figura.
Aprietan el silencio un ladrido distante, el cuerpo inasible del río. Mudos resplandecen los cocuyos.
Alza al entrar la lámpara por encima de la cabeza descubierta. Mira mecidos los muslos de media sombra. Silba el tajo del máchele, un relámpago sin luz.

Conjuro

De una inscripción trazada en la arena y abandonada al viento: “…te convoco y te condeno a que no puedas cerrar los ojos sin verme, ni abrir los labios sin llamarme, ni saciar la sed sin sentir en tu boca la mía, ni tocar tu cuerpo sin creer que me acaricies, ni doblar una esquina sin la esperanza de hallarme, ni alzar el teléfono sin oír en mi voz tu nombre, ni abrir un libro sin leer estas palabras, porque el único amor que me hace falta es el tuyo, y lo necesito de esta manera desmesurada en que yo te…”

El gallo matemático

Has visto antes otro gallo matemático. Distraído como vive, con la cabeza puesta en quebrados, restas y potencias, suele tropezarse y darse contra el piso. Así que prefiere ir volteando hacia atrás, para cuidarse las narices. Otros dicen que lo hace para estar seguro de que lo sigue su cola. Nadie sino él sabe cuantas plumas tiene.

Silencio

Apenas abres la puerta alzas las cejas para interrogar a la mujer que se asoma desde la cocina con la jerga en las manos, la cabellera cana, los movimientos adormilados, y sabes, por el gesto de la boca, que no hay novedades, así que dejas caer el bolso en una silla, te quitas los zapatos y el cinto y las pulseras y los aretes, y muy bien no sabes dónde van quedando, y abres el refrigerador  y lo cierras sin sacar nada y bebes agua de mango a tragos largos, atragantándote de la jarra que está en la mesa, y no quieres verte en el espejo del baño porque sabes muy bien cuál es el espesor del baño, porqué sabes muy bien cuál es el espesor de tu mirada y de pronto sales al pasillo descalza, con el corazón en la boca, entrecerrando los ojos pero no hay sino silencio,

y te desnudas de prisa en la espera de todo el día acumulada en los dientes que muerden las uñas nacaradas y en algún lugar del vientre, ya apagas la lámpara, te metes bajo las sábanas, cierras los ojos porque el sueño te promete una tregua y detrás de los párpados avivas el recuerdo porque tus tinieblas te regalan la impresión de una absoluta intimidad y luego miras el reloj luminoso y vuelves a cerrar los ojos y quieres dormir enseguida, y antes de hundir la cabeza en la almohada te aseguras de que encima del buró esté a tu alcance, callado, silencioso el teléfono (19)

Oración a Santa nostalgia

Por la gracia de tu clemencia, alta señora, vengo a postrarme al abrigo de tu sombra para  pedirte que ampares mi derrotero.

Santa Nostalgia, sirena y virgen, cuídame los pasos, los vientos, los sueños, las compañías, los pensamientos, las tristezas. No dejes que me pierda de mi isla; no permitas que llegue a ella sin darme cuenta; no toleres que la destruyan mi codicia, mi ira, mi abandono, la torpeza de mi amor.

FELIPE GARRIDO

Nació en Guadalajara, Jalisco, el 10 de septiembre de 1942. Con la tradición de magníficos escritores jaliscienses, desde hace más de treinta años es maestro de Literatura en el Centro de Enseñanza para Extranjeros de la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha dictado conferencias y cursos en numerosas ciudades de México y de otros países. Ha sido gerente de Producción en el Fondo de Cultura Económica, director de Literatura en el Instituto Nacional de Bellas Artes y en la UNAM, director del programa Rincones de Lectura en la SEP, y de Publicaciones en el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Bajo su coordinación se realizó el libro Historia de México, vigente en primaria. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.
Felipe Garrido tiene en su pluma palabras que atrapan desde el inicio, como un coloquio íntimo, una plática entre cuates. Prosa excesivamente cuidada para dar sensación de sencillez. Entre su obra de textos breves está Garabatos en el agua, selección de los que publicaba en el suplemento cultural Sábado. Son prosas llenas de imágenes poéticas donde hay un puente tendido entre lo real y algo que está un poco más allá de la realidad. Textos que se gozan al leerlos y después dejan un sabor de otredad, de humor inteligente que va corroyendo las conciencias.

http://1antologiademinificcion.blogspot.mx/2011/02/nacio-en-guadalajara-jalisco-el-10-de.html

https://docs.google.com/viewer?a=v&q=cache:QXRYQMBImIYJ:www.alforjapoesia.com/monografico/contenidos/monografia_28.pdf+&hl=es-419&gl=mx&pid=bl&srcid=ADGEEShb3Jro3T6iUS_mgJA9uAG8azgLWCBJkllRwovMo_n6zyAqhAbrRIqiShI6DsZ61H8qe947qovx799p57cDp2t-K1Gh1_pBXsNVY5bMEr6GoFTp-wv8V1oB-tIqKGsBP5iGbKsA&sig=AHIEtbQmsXHOGPsfW8L7niCJe_PltdRj2Q

http://minisdelcuento.wordpress.com/category/felipe-garrido/

 

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1 comentario

  1. Rub, mi tan querido, tus sugerencias están siendo acertadísimas!!! Miles de gracias!


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