UN PARAISO EXTRAÑO DE PHILIP K.DICK

Un paraíso extraño

Philip K. Dick [26-06-07]

El capitán Johnson fue el primer hombre en salir de la nave. Estudió  las grandes selvas onduladas, kilómetros y kilómetros de un verde que  hería los ojos. El cielo era de un azul muy

puro.

UN PARAÍSO EXTRAÑO

Philip K. Dick

hombreplantaMás  allá de los árboles se veía el límite de un océano, del mismo color que  el cielo, a no ser por la burbujeante superficie de las algas marinas,  increíblemente brillantes, que oscurecían el azul hasta proporcionarle  un tono púrpura.

Sólo un metro separaba el tablero de control de la  escotilla automática, y desde allí bastaba con bajar la rampa hasta  pisar la blanda tierra negra, removida por el chorro de los motores y  esparcida por todas partes, todavía humeante. Se protegió los ojos del  sol dorado y, al cabo de un momento, se quitó las gafas y las limpió  con la manga. Era un hombre de corta estatura, delgado y de tez  cetrina. Parpadeó nerviosamente y volvió a ponerse las gafas. Aspiró  una profunda bocanada del aire caliente, lo retuvo en sus pulmones,  dejó que se expandiera por todo su sistema, y luego lo expulsó a  regañadientes.

—No está mal —comentó Brent desde la escotilla abierta.

—Si  este lugar estuviera más próximo a Terra, habría latas de cerveza  vacías y platos de plástico por todas partes. Los árboles habrían  desaparecido. Habría motores a reacción viejos tirados en el agua. Las  playas despedirían un hedor de mil demonios. Construcciones Terranas  habría instalado ya un par de millones de pequeñas casas de plástico.

Brent  manifestó su indiferencia con un gruñido. Saltó al suelo. Era un hombre  ancho de pecho, fornido, de brazos morenos y peludos.

—¿Qué es aquello? ¿Una especie de senda?

El capitán Johnson sacó un plano estelar y lo examinó.

—Ninguna  nave ha informado sobre la existencia de esta zona antes que nosotros.  Según este plano, todo el sistema está deshabitado.

Brent lanzó una carcajada.

—¿No se le ha ocurrido que podría existir aquí una civilización no terrana?

El  capitán Johnson acarició su pistola. Nunca la había utilizado. Era la  primera vez que le encomendaban una misión de exploración fuera de la  zona patrullada de la galaxia.

—Tal vez debiéramos marcharnos. De  hecho, no tenemos mapa de este planeta. Ya hemos trazado los mapas de  los tres planetas mayores, y éste no hace falta.

Brent se acercó a la senda. Se agachó y palpó la hierba arrancada.

—Algo ha pasado por aquí. Hay marcas impresas en la tierra. —Lanzó una exclamación deasombro—. ¡Pisadas!

—¿Gente?

—Parece  una especie de animal. Grande… Tal vez un felino. —Brent se irguió  con expresión pensativa—. Tal vez podríamos ir de caza, aunque sólo  fuera por deporte.

El capitán Johnson agitó las manos, nervioso.

—Ignoramos  cómo son estos animales. Juguemos sobre seguro y quedémonos en la nave.

Realizaremos la exploración desde el aire; el proceso habitual será  suficiente para un lugar como éste. No tengo ganas de continuar aquí.  —Se estremeció—. Me pone la piel de gallina.

—¿La piel de gallina?

Brent bostezó, se estiró y se internó en la senda, hacia la extensión ondulante de selva verde.

—A  mí me gusta. Un parque nacional de buen tamaño, incluida fauna salvaje.  Usted quédese en la nave. Yo voy a divertirme un poco.

Brent  avanzaba con cautela por el oscuro bosque, la mano apoyada sobre su  pistola. Era un superviviente de los viejos tiempos. En su buena época  había visitado muchos lugares

remotos, los suficientes para saber lo  que estaba haciendo. Se detenía de vez en cuando, examinaba la senda y  palpaba el suelo. Las huellas continuaban y se añadían otras. Todo

un  grupo de animales había recorrido este camino, varias especies, todas  de gran tamaño. Debían acudir en busca de agua. Un río o laguna.

Trepó  a una elevación…, y se agachó de repente. Algo más adelante, un  animal estaba enroscado sobre una roca plana, con los ojos cerrados,  dormido. Brent describió un amplio

círculo, siempre de cara al animal.  Era un felino, desde luego, pero de una clase que no había visto nunca.  Parecía un león, pero más grande. Tan grande como un rinoceronte terrano. Larga melena, grandes patas almohadilladas, una cola semejante  a una soga retorcida. Algunas moscas deambulaban sobre sus flancos; los  músculos se tensaron y las moscas salieron volando. Tenía la boca  entreabierta. Vio los blancos colmillos que brillaban al sol. Una  lengua rosada enorme. Respiraba lenta y pesadamente, y roncaba.

Brent  jugueteó con su pistola. Como buen deportista, no podía matarlo  mientras dormía. Tendría que tirarle una piedra para despertarlo. Como  un hombre enfrentado a una fiera que le doblaba en peso, estuvo tentado  de perforarle el corazón y transportar los restos a la nave. La cabeza  quedaría fenomenal; todo el maldito pellejo quedaría fenomenal.  Inventaría una historia adecuada: el animal había caído sobre él desde  una rama, o tal vez había surgido como una exhalación de la espesura,  rugiendo de manera espeluznante.

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