DOS CUENTOS POR ALAN PAUL MALLARD

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ALFANJEEl rescate

 El cuchillo rebana de un tajo la granada y el cautivo despierta enfebrecido a la salobre oscuridad de su mazmorra. De los signos profusos de sus sueños deduce su inminente ejecución. Amanece. Un resplandor recorta rombos de luz en el hierro de la alta, desdeñosa ventana.

Caviloso, el prisionero llama a sus alguaciles. Se finge agente de ricos mercaderes y ofrece comprar su libertad.

Le permiten lavarse el rostro y antes del mediodía dos enhiestos custodios lo presentan ante el sultán.

El soberano, hombre cruel y justo, le concede el más arduo privilegio: estimar el precio de su vida.

Sin regateos, el prisionero compromete su honra.

Fijado el monto, el sultán –un rictus de sorna en el semblante– libera a su cautivo, quien parte rumbo a su remoto país a recaudar la suma de su propio rescate.

Largo es el viaje de retorno; poblado está de incertidumbres.

Marismas, juncales donde acechan las fieras, al fin la meseta pedregosa en que los suyos se empecinan en sembrar mijo. Apenas unas peñas en dónde reposar la vista. A cada paso agradece el cautivo a sus confusas deidades la inusitada clemencia del sultán.

Su modesta patria, desaliñado entreverase de cercas y casuchas, lo acoge con azorado regocijo: dábalo por muerto. Llegado a casa, la visión de unas avecillas negras que alborotan desde sus balcones de lodo le conmueve más que los mimos de los suyos.

Terminados los festejos, reúne su hacienda.

Pero tan pobre es su tierra como elevada la deuda, y los dioses mayores, tras un cerco de nubes siempre en el horizonte, escatiman las lluvias.

Entabla empréstitos, suplica limosnas. Espera a la próxima cosecha. Un ensordecedor enjambre entenebrece el cielo y el mijo se malogra. Ante el escuálido rebaño de cabras le pesa haber tasado con holgura su vida.

Rumia, insomne, su valía. Contempla una luna menguante y se resuelve. Nadie –lo sabe– comprenderá su decisión.

Toma al fin la ruta que apunta a las lindes del desierto. Ardua es la travesía. Peñascos. La tentación de flaquear lo aguijonea. Juncales y marismas. Las fortificaciones de la ciudad vibran en la distancia. Hasta que una vez ya no se esfuman.

El prisionero se apersona ante el sultán.

El sátrapa desgrana distraído un lustroso fruto en dientes color rubí. Tarda en reconocer al atezado forastero que, inmensa humildad o inmenso orgullo, se deja caer de rodillas. Los brazos tendidos hacia el frente, el infiel solicita el grillete: no ha logrado reunir la suma estipulada.

Conmovido e incrédulo, le ordena levantarse y comparte con él los agridulces granos carmesíes.

Lo acoge como su huésped. Lo alaba, lo agasaja. En desafío a escandalizados consejeros, le brinda su nombre y le desposa con la más dulce y florida de sus hijas.

Al concluir los fastos de las bodas resplandece un alfanje.

Un jaspeado mausoleo ampara en su frescura el cuerpo del yerno real. En acato al edicto, la plebe llora la dolida muerte, y los poetas riman la edificante historia.

Envuelta en una atorrante nube de zumbidos, la abyecta cabeza del infiel, en lo alto de una pica, marca con su sombra terrible el moroso trayecto del sol.

El viento se entretiene con unas golondrinas. ~


Parpadeo

Pendiente durante lustros de la evolución de los ejércitos, el Dios de la guerra solía inclinar alternativamente la balanza. Barriendo con la mirada desde su palco de nubes el lodazal de quejidos agónicos, estandartes rasgados, costillares equinos erizados de flechas, se decide a resolver.

En turbulento exabrupto, las aguas del Río Amarillo desbordan su cauce. Gargantas y valles más abajo, una columna de refuerzos se azolva.

Maniobra inspirada o golpe de la fortuna, el general Wou Ki consigue cercar a Ling Xu, general enemigo, su horma y medida, su perpetuo rival. Se lo apresa vivo. Con gran comedimiento, un centenar de hombres escolta al cautivo hasta el lejano cuartel de campaña.

Por vez primera, los veteranos militares se escrutan el semblante. Poco o nada transluce: la enhiesta dignidad del sometido, el regocijo soterrado del captor. Sin pestañear, Ling Xu aprende una noticia que le concierne: al despuntar el día se le habrá ejecutado. Wou Ki se ufana de su verdugo de excepción.

Afanoso por mitigar el oprobio del vencido, Wou Ki agasaja al desastrado Ling Xu. Doncellas de esbelto talle y delicada tez amenizan el banquete con sistros y campanillas. Al vehemente calor del vino de arroz, los generales repasan, minuciosos, su longeva rivalidad. Sensibles ambos a la pericia y civilidad recíprocas, desmenuzan sutilezas de estrategia militar. Habrían –intuyen sin decirlo– podido ser amigos. Las horas nocturnas fluyen líquidas y cordiales.

Wou Ki se levanta solemne y da por terminado el convivio. Un reverberar de bronce convoca al verdugo, silueta silenciosa que ensombrece a trasluz un biombo de seda bordado de salamandras. Henchido de orgullo, pródigo en halagos almibarados, Wou Ki lo hace pasar, lo presenta a su huésped.

El verdugo enmascarado insinúa ante Ling Xu una reverencia muda y se lanza en la esmerada demostración de sus habilidades. En amplios y enrevesados molinetes, dos espadas en forma de hoja de sauce cortan precisas el fresco aire del alba. La coreografía de las evoluciones –concede el cautivo Ling Xu–, admirable; el verdugo, un verdadero artista; los veloces alfanjes –consiente en el tris de un parpadeo–, dos silbantes golondrinas.

El derroche de virtuosismo se alarga, Wou Ki en vano embeleso ante el intrincado baile de músculos y aceros.

“Retarda sin motivo”, se dice Ling Xu, “mi encuentro con la muerte”, y rectifica su dictamen: su perpetuo enemigo, un hombre fatuo y presuntuoso.

–No veo necesidad de tanta demora. Lo que ha de hacerse, hágase ya –protesta, la vista en la línea de difuso fulgor tras las colinas.

Sin tornarse a mirarlo Wou Ki responde para el horizonte:

–Hace ya tiempo que el nuevo día ha comenzado.

Lúcido de pronto, Ling Xu percibe el bullicio de los ruiseñores. Asiente.

Su cabeza se desprende y rueda en tumbos sangrientos trazando un burdo arabesco por el entarimado. ~

SECUESTRO EXPRESS POR STELLA URUGUAY

gallo -STELLALa calle de adoquines, las casas chatas, simples, casi todas de una planta,  muchas iguales. Un barrio como hay muchos. Nadie era rico. Nadie era pobre, o si lo era lo disimulaba. Un barrio de medianía ,  quieto,  tranquilo, que se despertaba brevemente con el ladrido de algún perro.  Mucho para ser feliz.  Barrio de vecinas, que cuentan historias ajenas como propias , de teleteatro, de mate a la tarde, de tortas fritas el día de lluvia, de ñoquis los veintinueve, de crochet, de almacén, de feria semanal. Barrio de quiniela. Lindo barrio para ser niño, y jugar en la calle casi sin autos, o para ser viejo porque aquí no había apuro, todo era lento, somnoliento.

Amalia tenía una casa blanca bastante cuidada. Demasiada casa, y hasta un lujo para una sola persona.  En el barrio la conocían porque su dueña siempre estaba sentada detrás de la ventana. El muchachito de la provisión le traía el pedido, y lo atendía por el balcón. Una vez por mes salía de la casa y todos suponían que iba a cobrar alguna pensión. Alguna vez, paraba un auto y bajaban dos mujeres tan añosas  como Amalia. Todos suponían que eran familiares. Todos imaginaban . Nadie sabía nada , porque dentro del barrio, pasó de ser vecina, a ser un ornamento un  dintel de  la ventana y de la puerta siempre cerrada. Vida oscura, para una casa blanca.

Enrique compró un terreno, en la zona y construyó un galpón . Ahí instaló un  garage y taller de autos. Estaba muy cerca de la casa de Amalia, a una cuadra. Pero como todos, la vió y supo de ella a través de la ventana.

A Enrique le iba bastante bien. Cumplidor era, pero se tomaba su tiempo.  Gran conversador, animador de asados, espléndido imitador. Se fué haciendo de un pequeño capital, y logró tener tres ayudantes. Bueno, de tres digamos que se hacía uno y medio. Eran botijas, que estaban más para el candombe, que para las tuercas. Pero los fué llevando.

Era un jueves de llovizna finita, cuando se hacen charquitos, entre los adoquines, y los chiquilines juegan a ensuciarse. En el taller tenían un auto para arreglar. Más que un arreglo era un exámen. Un auto viejo, que estaba más para chatarra, que para salir andando. Enrique dejaba vivir,  los chiquilines,  se reían desarmando y él se fué hasta el portón a tomar mate.

Cuando la vió venir, le costó reconocerla. Un saco grande la cubría y era tan bajita, apoyada en un bastón, un poco más pequeño que ella, y un paragua inmenso. Se parecía a un hongo.
Era la vieja Amalia, y venía hacia  él, casi tira el termo.!

Con un saludo de buenas tardes, la vieja se fué derechito al grano.
– Mire tengo dos gallinas y un gallo, y como no puedo más con ellos, se los doy. Eso sí , usted las retira ahora, y son suyos.
Enrique se la quedó mirando con lástima. Pensó en una abuela que no tenía, en la suegra, aunque nunca se había casado, en la prima Eulalia, la que hacía como veinte años que no veía, y en última instancia, en un puchero con fariña.
– Tiene que ser hoy, ahora, porque está lloviznando ?.
– Ahora.  No ve que no hay nadie en la calle? Agregando son dos preciosas gallinas y un gallo de riña.
– Espere voy a buscar algo donde ponerlos. No terminó de decir ésto cuando la vieja empezó a caminar. Enrique tomó una bolsa, bastante manchada con grasa, y agarró una vara cortita de hierro para empujar, y medio apurado alcanzó a Amalia.

Cuando entró, se sentía casi Solís en el  Río de la Plata . Sacó sus ideas de la cabeza, porque a Solís lo mataron en cuanto llegó a la orilla. La casa era tan blanca como por fuera, casi sin muebles, y mucha luz que venía de la claraboya.  Linda casa pensó y se lo dijo a la dueña.
– Era de mis padres, ellos la construyeron. Lo dijo con dejo irónico, frunciendo la boca,  agregando  cuando la zona era respetable.
Siguieron atravesando un corredor a donde daban puertas cerradas, y llegaron a una amplia cocina comedor. Ahí por una puerta de hierro, bajando dos escalones se llegaba al jardín. Un camino de baldosas, lo dividía, y ahí vió Enrique, que a la izquierda, tenía plantadas  semillas, en envases de plástico, y cubiertas para su protección con una pequeña enramada, y del lado derecho tenía una pequeñísima huerta compuesta  de acelgas, lechugas, perejil, algún morrón, y una o dos tomateras.
Con asombro Enrique le preguntó cuando trabajaba la tierra y la mujer le contestó.
– De mañana tempranito, cuando los demás duermen.  Le decía haragán sin decírcelo, mirandole la abultada barriga.

Llegaron a la jaula entre hierros palos e hiedra, situada bien al fondo, y entraron.
Ahí estaban dos gallinas, si a eso se le puede llamar gallinas.  Flacas, peladas con el cogote sangrante, mientras un gallo agresivo, con muchos colores, y más nervios que pinta , daba vueltas, y agredía a la gallinas a picotazo limpio.
– Las gallinas están heridas, le faltan plumas, y el gallo me parece medio loco. Instintivamente su mano se fué para el varal.
– Lo que pasa dijo con toda tranquilidad doña Amalia, es que las gallinas tienen piojillos, y el gallo las ayuda a sacárselos.
– Vaya ayuda, dijo Enrique.  Parece violencia doméstica.
– Bueno dele, ahora que dejó de chispear. Abra la bolsa y yo lo ayudo.
Enrique no podía creer lo que estaba pasando, pero se encontraba ahí, para poner dos gallinas apestadas, dentro de una bolsa, ayudado por una vieja desconocida, en el medio de un barro de novela, que se le pegaba a los championes  y estando el podrido gallinero  bastante resbaladizo.

La vieja  le hizo el verso, le hizo creer que se le acababa la  batería.!

Las gallinas entraron rapidamente, y se le puso un pedazo de ladrillo a la boca de la bolsa para que no escaparan.  Pero para el gallo no había modo, hasta que Amalia trajo una caja de cartón, y entre picotazos, entró el desgraciado. Parecía o sentía Enrique que aquello era similar  a El Padrino,  el gallo para él pertenecía a la mafia siciliana.
Así salió Enrique de la Casa Blanca, cuya puerta se cerró al instante,  con una bolsa manchada de grasa que se movía convulsivamante, una vara de hierro que no servía ni para bastón, y con una caja de cartón atada con una piola, por la que de unos de sus extremos, salía un pico curvo.
Empezó a lloviznar nuevamente, pasó rapidamente su portón, no fuera que lo vieran los vecinos o los muchachos, y al otro día los tenía bailando con el plumero, con el que hacían que limpiaban los autos.

 

Se acordó del tango ” Pucherito de gallina con viejo vino Carlón “  Solamente que él  no sabía cantar como  Edmundo Rivero.  A él le cantaron el ” 5  de Oro ” o la aproximación.
Quería y no sabía donde tirar la carga.  Fué cuando pensó, en la Asociación   de Floristas.  Ahí todos los jueves, había remate. Venta y compra de flores.
Empezó a sentir una picazón, que le iba desde los dedos de las manos y le subía hasta el cuello. Se acordó de la vieja Amalia, en inglés y en francés, lo bueno era que no sabía esos idiomas. Lo que no podía hacer era algo sencillo como rascarse.

Entró a lo zorro.  Estaban todos lejos, entretenidos, escuchando el remate. Menos mal !  En uno de sus costados contra la pared de ladrillos, entre piletones, y canillas goteando,  se amontonaban pedazos de hojas, tallos, flores marchitas, varios papeles, cajas de cartón y plásticos.

Todo descartable.
Enrique se sintió, héroe, liberador de los oprimidos, un secuestrador redimido.

Salieron dando tumbos las famélicas gallinas, mojadas, enceradas, parecían más pequeñas, diría juguetitos de baquelita y las pobres, sin cacareo alguno, creyeron estar en el paraíso, y se pusieron a  cenar  con lo que encontraron.
Con el gallo, la cosa fué diferente.

El hilo, se trancó en la moña, es que la vieja lo había atadado como para regalo.  De verdad, para sacar un ojo, seguro que lo hacía gratis. Así que pensó,…- abro la caja, y si se pone fiero, ” le doy con el fierro “
Se liberaron las tapas y vió , un gallo mareado,  con media cola,  caminando como sobre adoquines, hasta zambo  era el ladino,!! … y se fue…  bailando un Pericón con relaciones.
Se colocó debajo del brazo la bolsa aceitada como, prueba del delito, y dejó a los secuestrados, entre flores,  con alimento, y sin pedir auxilio.

Como broma ya que los plumíferos  no lo hacían empezó a imitar el cacareo , y a rascarse de lo lindo..

Apurado quiso  abrir la puerta  chica, y se dió cuenta que estaba trancada.

Sintió un ruidito que lo hizo mirar para arriba, ahí estaba una cámara controlando la Asociación,  y debajo un cartel que decía ” Para salir llame ” y pegado en la  chapa verde  del portón un anuncio grande que decía ” Sonría lo estamos grabando “

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