LOS FUNERALES DE BARTLE DE JIM PHELAN

Era la madrugada de un frío día de invierno. La luz grisácea del amanecer se pulía en la gruesa colcha de nieve caída durante la noche. Unos cuantos troncos sin hojas, y algunos yerbajos, se destacaban como sombras negras sobre el albo paisaje del camino. Un cuervo graznaba débilmente.
Una superficie lisa, nivelada, cubierta de nieve; aparentemente un camino como unos veinte pies de anchura se perdían en la distancia hacia el horizonte. Recta, como tirada a plomo, esa superficie cubierta de nieve sin huella alguna de pasos humanos estaba flanqueada a un largo por una ruta quebrada, de un metro de ancho.
Solamente una que otra yerba saliendo a la superficie indicaba que eso era un canal convertido en hielo.
Sobre ese camino angosto, la superficie helada de canal desfilaba lentamente una posesión de algunos cuantos hombres. Parecían cansados; estaban pobremente vestidos y casi todos ellos borrachos.
Continuamente cambiaban de lugar en la procesión, cargando por turno un enorme y mal construido ataúd de pino. Al final de todos ellos venían dos hombrones, cansados y tristes, que arreaban a los demás, amenazando a los que, borrachines, intentaban desertar del grupo.
A cada momento, el cortejo se detenía. Mientras dos hombres soportaban la parte trasera del ataúd, los de adelante se hacia a un lado, los de atrás tomaban la delantera, y dos hombres nuevos tomaban sobre sus hombros la caja, por la parte de atrás. Aquellos que se liberaban de la carga se iban hasta el final de la caravana. En esa forma todos descansaban y ayudaban a levar al muerto, por turno.
Cada vez que se relevaban, aquellos que se quedaban a lo último de la fila trataban de evadirse. Sus cuerpos somnolientos, exhaustos por el licor, trataban de alcanzar el campo, el camino. Huir. Pero siempre los dos hombones estaban alerta para ponerlos en orden, y la procesión seguía su marcha.
Al cambiar turnos, los hombres se descubrían reverentemente. Hablaban bien del hombre muerto, así que lo cargaban, y así que eran revelados por otros. Se lo estaban llevando, furtivamente, hacia el campo para poderlo enterrar en algún panteón rural, ahorrando veinte libras a la comunidad. El muerto iba acomodado en una caja corriente de pino, en lugar de ir en un ataúd decente. Nadie oraba, pero en cambio en cada alto del camino se hablaba bien del difunto.
En ciertas ocasiones, se efectuaba un cambio completo de hombres, pues había cuatro, bajos de estatura, pero no podrían haber llevado la caja junto con dos grandes. Uno de ellos, particularmente, era locuaz en sus elogios hacia el muerto.
-Descansa en paz, Bartle- decía al féretro al recibir su esquina del cajón sobre el hombro; Descansa en paz, que siempre fuiste un alma limpia.
-Descanse en paz, Amén- respondían los otros, sofocados y arrastrando los pies, cargando con el gigantesco ataúd-. Amén, descansa en paz, amén.
No caminaban mucho sin que se detuvieran, pues el muerto era enorme, y el cajón pesaba mucho.
-Sí, ciertamente- decía el más bajito-, pobre Bartle, el mejor hombre del mundo.
-El mejor en el mundo, Dios lo tenga en su seno- respondía otro.
-Sí, Tim –le hacían coro al apologista-, tienes razón. El mejor del mundo.
Con su sombrero aun en la mano, murmurando una especie de plegaria, Tim, el de la elegía, viéndose relevado, tomó su lugar al final de la procesión. Delgado, con aire de estar hambriento, ojillos alerta encima de un enorme mostachón rubio, bebido y cansado, se fue quedando rezagado poco a poco. Todavía mascullando plegarias, su sombrero ocultando una parte de la cara, hizo como que se tropezaba a un lado, y trató de huir a campo traviesa.
Inmediatamente, los vigilantes a la zaga, lo devolvieron al grupo.
Como era pequeño, desistió en huir, al primer cambio de palabras.
-Ándale, es tu turno, le aclaró uno.
-Si, toma tu turno. Comiste y bebiste, pues ahora lleva la carga, dijo el otro.
El aludido comenzó a caminar con el cortejo, su cara hambrienta en un mohín de disgusto. Murmuraba, colérico, solamente callando al decir “Amén” como corolario a la letanía del que le pasaba su puesto.
-¡Que Dios le llene de luz su alma!
Otros dos hombres intentaron desertar, cada uno por rumbo distinto. Pero los vigilantes estaban alerta, y los hicieron volver al cortejo, tropezando, mezclando las imprecaciones con las plegarias.
Las pautas se hacían más y más frecuentes. Así que los hombres helados se cambiaron la carga, las exclamaciones piadosas se hacían más largas y elocuentes. Cada cuantos pasos se detenía el cajón, los hombres se turnaban; se pronunciaban las buenas palabras; los que habían sido relevados trataban de escapar; los dos vigilantes los hacían volver nuevamente a la línea y la procesión reasumía la marcha unos diez o doce pasos, cobre el hielo.
-Dios lo bendiga. Eres un gran hombre, si lo hubo alguna vez -dijo uno de los hombres, con voz fuertemente laudatoria.
– Si, si un gran hombre. Y que dios lo bendiga.
-Ya van veinte turnos que tomo –dijo otro-, y nunca he llevado un cadáver mas grande… ni mas bueno. Que descanse en santa paz.
-Amén- dijo Tim, a quien le había llegado nuevamente el turno-. Amén y que dios lo bendiga- terminó con prisa.
-Nunca le hizo mal a nadie- dijo sofocándose el bajito que acompañaba a Tim-. Dios los bendiga, amén.
Otra vez el ataúd pasó a otros hombros, después de una disputa sobre cuantos había recorrido.
-Esta bueno, yo tomaré mi turno, no se preocupen. Y me aguanto lo que me toque. Dios los bendiga –pronunció uno de los nuevos.
-Siempre un amigo en tiempos de necesidad –Afirmó otro, y después, como para convencerse el mismo-: si así no fuera, no estaría yo aquí. Claro que no estaría. Que dios lo bendiga.
-Cierto lo que dices- respondió el que salía del turno-, cierto, cierto. Nunca supe nada malo de el, que si no, no lo estaría cargando. Dios lo bendiga, amén –terminó.
Avanzaban cada vez más lentamente. A cada rato se peleaban discutiendo la distancia que cada grupo había recorrido. Los dos hombres, atrás, batallaban mas por mantener juntos a los demás y evitar que escaparan. Las plegarias escaseaban cada vez más, y comenzaban a rebatirse más abiertamente la impresión sobre el carácter del difunto. Las voces se hacían violentas, perdiéndose la reverencia.
-¡Bueno, bueno! ¿Quién se esta haciendo atrás? ¡Buen hombre, este Bartle!
-¿Cuándo nos cambian? ¿Lo vamos a llevar todo el maldito camino?
-¡Epa, álcenlo! Tomen su turno. Ya se que pesa como el diablo… buen hombre, descanse en paz.
-¡Qué! ¿Nosotros de nuevo? ¡Si ustedes no dieron ni un paso con el! ¡Descanse en paz!
-Pobre Bartle, hay que llevarlo, fue buen hombre.
-Yo nunca lo conocí.
-No por hablar mal de los muertos, pero me pegó una vez…
-Era medio de mal carácter. Pobre. Era su modo de ser.
– No es por que no quiera llevarlo, pero…
La procesión se detuvo. Los hombres atrás intentaron reanudar la marcha. En vano. Caras enojadas se miraban silenciosamente, maldiciones entre dientes se escapaban de sus labios amoratados. Los que mas protestaban eran los que en ese momento soportaban la caja, sin que nadie los relevara.
-Es un crimen, salir a andar tan lejísimos.
-No lo digo por mal, pero Bartle nunca me cayó bien.
-¿Quién fue el que le hizo un chamaco a Ana Hennessy? ¿Quien fue, a ver?
-No soy chismoso, pero fue Bartle.
-¡Y me pego, cuando que era más grandote que yo!
-Si hubiera sido bueno, yo…
-Nunca fue bueno…
-Al diablo con él…
-¡Con él!…
Tiraron el cajón sobre el hielo del canal. Al caer, abrió un boquete negro y desapareció bajo la capa de hielo, con un sonido sordo y acuoso. Los hombres se quedaron mirando al agujero por unos instantes. Después se desparramaron con gran ligereza por el campo.

La multitud de Ray Bradburi

 El señor Spallner se llevó las manos a la cara.

      Hubo una impresión de movimiento en el aire, un grito delicadamente torturado, el impacto y el vuelco del automóvil, contra una pared, a través de una pared, hacia arriba y hacia abajo como un juguete, y el señor Spallner fue arrojado afuera. Luego . . . silencio.

       La multitud llegó corriendo. Débilmente, tendido en la calle, el señor Spallner los oyó correr. Hubiera podido decir que edad tenían y de que tamaño eran todos ellos, oyendo aquellos pies numerosos que pisaban la hierba de verano y luego las aceras cuadriculadas y el pavimento de la calle, trastabillando entre los ladrillos desparramados donde el auto colgaba a medias apuntando al cielo de la noche, con las ruedas hacia arriba girando aún en un insensato movimiento centrífugo.

        No sabía en cambio de dónde salía aquella multitud. Miró y las caras de la multitud se agruparon sobre él, colgando allá arriba como las hojas anchas y brillantes de unos árboles inclinados. Era un anillo apretado, móvil, cambiante de rostros que miraban hacia abajo, leyéndole en la cara el tiempo de vida o muerte, transformándole la cara en un reloj de luna, donde la luz de la luna arrojaba la sombra de la nariz sobre la mejilla, señalando el tiempo de respirar o de no respirar ya nunca más.

        Qué rápidamente se reúne una multitud, como un iris que se cierra de pronto en el ojo, pensó Spallner.

        Una sirena. La voz de un policía. Un movimiento. De la boca del señor Spallner cayeron unas gotas de sangre;  lo metieron en  una ambulancia. Alguien dijo — ¿Esta muerto? — Y algún otro dijo: —No, no está muerto.

        Y el señor Spallner vio más allá en la noche, los rostros de la multitud y supo mirando esos rostros que no iba a morir. Y esto era raro. Vio la cara de un hombre, delgada, brillante, pálida; el hombre tragó saliva y se mordió los labios. Había una mujer menuda también, de cabello rojo y de mejillas y labios muy pintarrajeados. Y un niño de cara pecosa. Caras de otros. Un anciano de boca arrugada; una vieja con una verruga en el mentón. Todos habían venido… ¿de dónde? Casas, coches, callejones, del mundo inmediato sacudido por el accidente. De las calles laterales y los hoteles y de los autos, y aparentemente de la nada.

        La gente miró al señor Spallner y él miró y no le gustaron. Había algo allí que no estaba bien, de ningún modo. No alcanzaba a entenderlo. Esa gente era mucho peor que el accidente mecánico.

        Las puertas de la ambulancia se cerraron de golpe. El señor Spallner podía ver los rostros de la gente, que espiaba y espiaba por las ventanillas. Esa multitud que llegaba siempre tan pronto, con una rapidez inexplicable, a formar un círculo, a fisgonear, a sondear, a clavar estúpidamente los ojos, a preguntar, a señalar, a perturbar, a estropear la intimidad de un hombre en agonía con una curiosidad desenfadada.

            La ambulancia partió. El señor Spallner se dejó caer en la camilla y las caras le miraban todavía la cara, aunque tuviera cerrados los ojos.

          Las ruedas del coche le giraron en la mente días y días. Una rueda, cuatro ruedas, que giraban y giraban chirriando, dando vueltas y vueltas. El señor Spallner sabía que algo no estaba bien. Algo acerca de las ruedas y el accidente mismo y el ruido de los pies y la curiosidad. Los rostros de la multitud se confundían y giraban en la rotación alocada de las ruedas.

            Se despertó.

           La luz del sol, un cuarto de hospital, una mano que le tomaba el pulso.

           —¿Cómo se siente? —le preguntó el médico.

           Las ruedas se desvanecieron. El señor Spallner miró alrededor.

           —Bien, creo.

           Trató de encontrar las palabras adecuadas. Acerca del accidente.

           —¿Doctor?

           —¿Si?

           —Esa multitud. . . ¿Ocurrió anoche?

         —Hace dos noches. Está usted aquí desde el jueves. Todo marcha bien, sin embargo. Ha reaccionado usted. No trate de levantarse.

       —Esa multitud. Algo pasó también con las ruedas. Los accidentes. . . bueno, ¿traen desvaríos?

           —A veces.

           El señor Spallner se quedó mirando al doctor.

           —¿Le alteran a uno el sentido del tiempo?

           —Sí, el pánico trae a veces esos efectos.

           —¿Hace que un minuto parezca una hora, o que quizá  una hora parezca un minuto?

           —Sí.

           —Permitame explicarle entonces. —El señor Spallner sintió la cama debajo del cuerpo, la luz del sol en la cara. — Pensará  usted que estoy loco. Yo iba demasiado rápido, lo sé. Lo lamento ahora. Salté a la acera y choqué contra la pared. Me hice daño y estaba aturdido, lo sé, pero todavía recuerdo. La multitud sobre todo. —Esperó un momento y luego decidió seguir, pues entendió de pronto por qué se sentía preocupado. —  La multitud llegó demasiado rápidamente. Treinta segundos después del choque estaban todos junto a mí, mirándome. . . No es posible que lleguen tan pronto, y a esas horas de la noche.

         —Le pareció a usted que eran treinta segundos —dijo el doctor—. Quizá  pasaron tres o cuatro minutos. Los sentidos de usted . . .

       —Sí, ya sé, mis sentidos, el choque. ¡Pero yo estaba consciente! Recuerdo algo que lo aclara todo y lo hace divertido. Dios, condenadamente divertido. Las ruedas del coche  allá arriba. ¡Cuando llegó la multitud las ruedas todavía giraban!

           El médico sonrió.

           El hombre de la cama prosiguió diciendo:

        —¡Estoy seguro! Las ruedas giraban giraban rápidamente. Las ruedas delanteras. Las ruedas no giran mucho tiempo, la fricción las para. ¡Y éstas giraban de veras!

          —Se confunde usted.

          —Efectos del shock —dijo el médico alejándose hacia la luz del sol.

        El señor Spallner salió del hospital dos semanas más tarde. Volvió a su casa en un taxi. Habían venido a visitarlo en esas dos semanas que había pasado en cama, boca arriba, y les había contado a todos la historia del accidente y de las ruedas que giraban y la multitud. Todos se habían reído, olvidando en seguida el asunto.

          Se inclinó hacia adelante y golpeó la ventanilla.

          —¿Qué pasa?

          El conductor volvió la cabeza.

      —Lo siento, jefe. Es una ciudad del demonio para el tránsito. Hubo un accidente ahí enfrente.¿Quiere que demos un rodeo?

         —Sí. No. ¡No! Espere. Siga. Echemos una ojeada.

         El taxi siguió su marcha, tocando la bocina.

       —Maldita cosa —dijo el conductor—. ¡Eh, usted! ¡Sálgase del camino! —Sereno:— Qué raro. . . más de esa condenada gente. Gente alborotadora.

         El señor Spaliner bajó los ojos y se miró los dedos que le temblaban en la rodilla.

         —¿Usted también lo notó?

     —Claro —dijo el conductor—. Todas las veces. Siempre hay una multitud. Como si el muerto fuera la propia rnadre.

        —Llegan al sitio con una rapidez espantosa —dijo el hombre del asiento de atrás.

      —Lo mismo pasa con los incendios o las explosiones. No hay nadie cerca. Bum, y un montón de gente alrededor. No entiendo.

         —¿Vio alguna vez algún accidente de noche?

         El conductor asintió.

         —Claro. No hay diferencia. Siempre se junta una multitud.

        Llegaron al sitio. Un cadáver yacía en la calle. Era evidentemente un cadáver, aunque no se lo viera. Ahí estaba la multitud. Las gentes que le daban la espalda,mientras él miraba el taxi. Le daban la espalda. El señor Spallner abrió la ventanilla y casi se puso a gritar. Pero no se animó. Si gritaba podían darse vuelta. Y el señor Spallner tenía miedo de verles las caras.

        —Parece como si yo tuviera un imán para los accidentes —dijo luego, en la oficina. Caía la tarde. El amigo del señor Spallner estaba sentado del otro lado del escritorio, escuchando—. Salí del hospital esta mañana y casi en seguida tuvimos que dar un rodeo a causa de un choque.

         —Las cosas ocurren en ciclos —dijo Morgan.

         —Deja que te cuente lo de mi accidente.

         —Ya lo oí. Lo oí todo.

         —Pero fue raro, tienes que admitirlo.

         —Lo admito. Bueno, ¿tomamos una copa?

         Siguieron hablando durante una media hora o más. Mientras hablaban, todo el tiempo, un relojito seguía marchando en la nuca de Spallner, un relojito que nunca necesitaba cuerda. El recuerdo de unas pocas cosas. Ruedas y caras.

         Alrededor de las cinco y media hubo un duro ruido de metal en la calle. Morgan asintió con un movimiento de cabeza, se asomó a la ventana y miró hacia abajo.

           —¿Qué te dije? Cielos. Un camión y un Cadillac color crema. Sí, sí.

          Spallner fue hasta la ventana. Tenía mucho frío, y mientras estaba allí de pie se miró el reloj pulsera, la manecilla diminuta. Uno dos tres cuatro cinco segundos —gente que corría— ocho nueve diez once doce —gente que llegaba corriendo, de todas partes— quince dieciséis diecisiete dieciocho segundos —más gente, más coches, más bocinas ensordecedoras. Curiosamente distante, Spallner observaba la escena como una explosión en retroceso:  los fragmentos de la detonación eran succionados de vuelta al punto de impulsión. Diecinueve, veinte, veintiún segundos, y allí estaba la multitud. Spallner. los señaló con un ademán, mudo.

            La multitud se había reunido tan rápidamente.

            Alcanzó a ver el cuerpo de una mujer antes que la multitud lo devorase.

            —No tienes buena cara —dijo Morgan—. Toma. Termina tu copa.

           —Estoy bien, estoy bien. Déjame solo. Estoy bien. ¿Puedes ver a esa gente? ¿Puedes ver la cara de alguno?

           Me gustaría que los viéramos de más cerca.

           —¿A dónde diablos vas? —gritó Morgan.

      Spallner había salido de la oficina. Morgan corrió detrás, escaleras abajo, precipitadamente.

           —Vamos, y rápido.

           —Tranquilízate, ¡no estás bien todavía!

        Salieron a la calle. Spallner se abrió paso entre la gente. Le pareció ver a una mujer pelirroja con las mejillas y los labios muy pintarrajeados.

            —¡Ahí! —Se volvió rápidamente hacia Morgan.— ¿La viste?

            —¿A quién?

            —Maldición, desapareció. Se perdió entre la gente.

       La multitud ocupaba todo el sitio, respirando y mirando y arrastrando los pies y moviéndose y murmurando y cerrando el paso cuando el señor Spallner trataba de acercarse. Era evidente que la pelirroja lo había visto y había huido.

          Vio de pronto otra cara familiar. Un niño pecoso.  Pero hay tantos niños pecosos en el mundo. Y, de todos modos, no le sirvió de nada, pues antes que el señor Spallner llegara allí el niño pecoso corrió y desapareció entre la gente.

             —¿Está  muerta? —preguntó una voz—. ¿Está muerta?

            —Está muriéndose —replicó alguien—. Morir  antes que llegue la ambulancia. No tenían que haberla movido. No tenían que haberla movido.

        Todas las caras de la multitud, conocidas y sin embargo desconocidas, se inclinaban mirando hacia abajo, hacia abajo.

            —Eh, señor, no empuje.

            —¿A dónde pretende ir, compañero?

            Spallner retrocedió, y sintió que se caía. Morgan lo sostuvo.

          —Tonto rematado. Todavía estás enfermo. ¿Para qué diablos has tenido que venir aquí?

           —No sé, realmente no lo sé. La movieron, Morgan, alguien movió a la mujer. Nunca hay que mover a un accidentado en la calle. Los mata. Los mata.

           —Sí. La gente es así. Idiotas.

           Spallner ordenó los recortes de periódicos.

           Morgan los miró.

          —¿De qué se trata? Parece como si todos los accidentes de tránsito fueran ahora parte de tu vida.¿Qué son estas cosas?

        —Recortes de noticias de choques de autos. y fotos. Míralas. No, no los coches —dijo Spallner—. La gente que está alrededor de los coches.  —Señaló.—  Mira.

          Compara esta foto de un accidente en el distrito de Wilshire con esta de Westwood. No hay ningún parecido. Pero toma ahora esta foto de Westwood y ponla junto a esta otra también del distrito de Westwood de hace diez años. —Mostró otra vez con el dedo.— Esta mujer está en las dos fotografías.

            —Una coincidencia. Ocurrió que la mujer estaba allí en 1936 y luego en 1946.

        —Coincidencia una vez, quizá. Pero doce veces en un período de diez años, en sitios separados por distancias de hasta cinco kilómetros, no. —El señor Spallner extendió sobre la mesa una docena de fotografías.— ¡Está en todas!

            —Quizá  es una perversa.

         —Es más que eso. ¿Cómo consigue estar ahí tan pronto luego de cada accidente? ¿Y cómo está vestida siempre del mismo modo en fotografías tomadas en un período de diez años?

            —Que me condenen si lo sé.

            —Y por último, ¿por qué estaba junto a mí la noche del accidente, hace dos semanas?

            Se sirvieron otra copa. Morgan fue hasta los archivos.

           —¿Qué has hecho? ¿Comprar un servicio de recortes de periódicos mientras estabas en el hospital? —Spallner asintió. Morgan tomó un sorbo. Estaba haciéndose tarde. En la calle, bajo la oficina, se encendían las luces.— ¿A qué lleva todo esto?

        —No lo sé —dijo Spallner; excepto que hay una ley universal para los accidentes. Se juntan multitudes. Siempre se juntan. Y como tú y como yo, todos se han preguntado año tras año cómo se juntan tan rápidamente, y por qué. Conozco la respuesta. Aquí está.

           —Dejó caer los recortes.— Me asusta.

           —Esa gente . . . ¿no podrían ser buscadores de sensaciones escalofriantes, ávidos perversos a quienes complace la sangre y la enfermedad?

           Spallner se encogió de hombros.

          —¿Explica  eso  que  se  los  encuentre  en  todos  los accidentes? Notas que se limitan a ciertos territorios.

         Un accidente en Brentwood atraer  a un grupo. Uno Huntington Park a otro. Pero hay una norma para las caras, un cierto porcentaje que aparece en todas las ocasiones.

           —No son siempre las mismas caras, ¿no es cierto? —dijo Morgan.

         —Claro que no. Los accidentes también atraen a gente normal, en el curso del tiempo. Pero he descubierto que estas son siempre las primeras.

          —¿Quienes son? ¿Qué quieren? Haces insinuaciones, pero no lo dices todo. Señor, debes de tener alguna idea. Te has asustado a ti mismo y ahora me tienes a mi en ascuas.

         —He tratado de acercarme a ellos, pero alguien me detiene y siempre llego demasiado tarde. Se meten entre la gente y desaparecen. Como si la multitud tratara de proteger a algunos de sus miembros. Me ven llegar.

           —Como si fueran una especie de asociación.

          —Algo tienen en común. Aparecen siempre juntos. En un incendio o en una explosión o en los avatares de una guerra, o en cualquier demostración pública de eso que llaman muerte. Buitres, hienas o santos. No sé que son, no lo sé de veras. Pero iré a la policía esta noche. Ya ha durado bastante. Uno de ellos movió el cuerpo de esa mujer esta tarde. No debían haberla tocado. Eso la mató.

         Spallner guardó los recortes en una valija de mano. Morgan se incorporó y se deslizó dentro del abrigo. Spallner cerró la valija.

            —O también podría ser. . . Se me acaba de ocurrir.

            —¿Qué?

            —Quizá querían que ella muriese.

            —¿Y por qué?

            —¿Quién sabe. ¿Me acompañas?

           —Lo siento. Es tarde. Te veré mañana. Que tengas suerte. —Salieron juntos.— Dale mis saludos a la policía. ¿Piensas que te creerán?

           —Oh, claro que me creerán. Buenas noches.

           Spallner iba con el coche hacia el centro de la ciudad, lentamente.

           —Quiero llegar —se dijo—, vivo.

        Cuando el camión salió de un  callejuela lateral directamente hacia él, sintió que se le encogía el corazón  pero de algún modo no se sorprendió demasiado.

           Se felicitaba a sí mismo (era realmente un buen observador)  y preparaba las frases que les diría a los policías cuando el camión golpeó el coche.  No era realmente su coche, y en el primer momento esto fue lo que más lo preocupó. Se sintió lanzado de aquí para allá  mientras pensaba, qué vergüenza, Morgan me ha prestado su otro coche unos días mientras me arreglan el mío y aquí estoy otra vez. El parabrisas le martilló la cara. Cayó hacia atrás y hacia adelante en breves sacudidas. Luego cesó todo movimiento y todo ruido y sólo sintió el dolor.

        Oyó los pies de la gente que corría y corría. Alargó la mano hacia el pestillo de la portezuela. La portezuela se abrió y Spallner cayó afuera, mareado, y se quedó allí tendido con la oreja en el asfalto, oyendo cómo llegaban. Eran como una vasta llovizna, de muchas gotas, pesadas y leves y medianas, que tocaban la tierra.

              Esperó unos pocos segundos y oyó cómo se acercaban y llegaban. Luego, débilmente, expectante, ladeó la cabeza y miró hacia arriba.

           Podía olerles los alientos, los olores mezclados de mucha gente que aspira y aspira el aire que otro hombre necesita para vivir. Se apretaban unos contra otros y aspiraban y aspiraban todo el aire de alrededor de la cara jadeante, hasta que Spallner trató de decirles que retrocedieran, que  estaban  haciéndolo  vivir  en  un vacío. Le sangraba la cabeza. Trató de moverse y notó que a su espina dorsal le había pasado algo malo. No se había dado cuenta en el choque, pero se había lastimado la columna. No se atrevió a moverse.

              No podía hablar. Abrió la boca y no salió nada, sólo un jadeo.

            —Denme una mano —dijo alguien—. Lo daremos vuelta y lo pondremos en una posición más cómoda.

              Spallner sintió que le estallaba el cerebro.

              ¡No! ­¡No me muevan!

              —Lo moveremos —dijo la voz, como casualmente.

              —¡Idiotas, me matarán, no lo hagan!

              Pero Spallner no podía decir nada de esto en voz alta, sólo podía pensarlo.

             Unas manos le tomaron el cuerpo. Empezaron a levantarlo. Spallner gritó y sintió que una náusea lo ahogaba. Lo enderezaron en un paroxismo de agonía.

           Dos hombres. Uno de ellos era delgado, brillante, pálido, despierto, joven. El otro era muy viejo y tenía el labio superior arrugado.

               Spallner había visto esas caras antes.

               Una voz familiar dijo: —¿Está . . .  está muerto?

               Otra voz, una voz memorable, respondió:

               —No, no todavía, pero morirá antes que llegue la ambulancia.

             Toda la escena era muy tonta y disparatada. Como cualquier otro accidente. Spallner chilló histéricamente ante el muro estólido de caras. Estaban todos alrededor, jueces y jurados con rostros que había visto ya una vez.

               En medio del dolor, contó las caras.

            El niño pecoso. El viejo del labio arrugado. La mujer pelirroja, de mejillas pintarrajeadas. Una vieja con una verruga en la mejilla.

            Sé por qué están aquí, pensó Spallner. Están aquí como están en todos los accidentes. Para asegurarse de que vivan los que tienen que vivir y de que mueran los que tienen que morir. Por eso me levantaron. Sabían que eso me mataría. Sabían que seguiría vivo si me dejaban solo.

          Y así ha sido siempre desde el principio de los tiempos, cuando las multitudes se juntaron por vez primera. De ese modo el asesinato es mucho más fácil. La coartada es muy simple; no sabían que es peligroso mover a un herido. No querían hacerle daño.

         Los miró, allá arriba, y sintió la curiosidad que siente un hombre debajo del agua mientras mira a los que pasan por un puente. ¿Quiénes son ustedes? ¿De dónde vienen y cómo llegan aquí tan pronto? Ustedes son la multitud que se cruza siempre en el camino, gastando el buen aire tan necesario para los pulmones de un moribundo, ocupando el espacio que el hombre necesita para estar acostado, solo. Pisando a las gentes para que se mueran de veras, y no haya ninguna duda. Eso son ustedes, los conozco a todos.

             Era un monólogo cortés. La multitud no dijo nada. Caras. El viejo. La mujer pelirroja.

             —¿De quién es esto? —preguntaron:

             Alguien levantó la valija de mano.

             ¡Es mía! ­Ahí están mis pruebas contra ustedes!

             Ojos, invertidos, encima. Ojos brillantes bajo cabellos cortos o bajo sombreros.

           En algún sitio: una sirena, llegaba la ambulancia. Pero mirando las caras, las facciones, el color, la formas de las caras, Spallner supo que era demasiado tarde.

             Lo leyó en aquellas caras. Ellos sabían. Trató de hablar. Le salieron unas sílabas:

            —Pa . . . parece que me unir‚ a ustedes . . . Creo . . .que ser‚ un miembro del grupo . . . de ustedes . . .

             Cerró luego los ojos, y esperó al empleado de la policía que vendría verificar la muerte.