Ejercito furioso fragmento-Fred Vargas premio de Asturias

Había un reguero de miguitas de pan desde la cocina hasta
la habitación, hasta las sábanas limpias en que descansaba la
anciana, muerta y con la boca abierta. El comisario Adamsberg
las observaba en silencio, yendo y viniendo con paso lento junto
a los fragmentos, preguntándose qué Pulgarcito, o qué ogro
en este caso, las había dejado allí. La vivienda era un oscuro
apartamento de tres habitaciones en una planta baja del distrito
18 de París.
En la habitación, la anciana tendida. En el comedor, el marido.
Esperaba, sin impaciencia ni emoción, tan sólo mirando con
anhelo el periódico doblado en la página del crucigrama que no
se atrevía a seguir haciendo con tanto policía alrededor. Había
contado su breve historia: su mujer y él se habían conocido en
una compañía de seguros, ella era secretaria y él contable, se
habían casado alegremente sin pensar que la cosa duraría cincuenta
y nueve años. Y la mujer había muerto durante la noche.
De un paro cardiaco, había precisado por teléfono el comisario
del distrito 18. Clavado en la cama, había llamado a Adamsberg
para que fuera en su lugar. Hazme ese favor, será máximo una
hora, una rutina mañanera.
Una vez más, Adamsberg recorrió las migas. El apartamento
estaba impecable, los sillones estaban protegidos con pañitos,
las superficies de plástico relucientes, los cristales sin huella, los
platos lavados. Remontó el reguero hasta la panera, que contenía
media barra y, envuelto en un trapo limpio, un mendrugo
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vacío de miga. Volvió junto al marido, acercó una silla para
aproximarse al sillón.
–No hay buenas noticias esta mañana –dijo el viejo desprendiendo
la mirada del periódico–. Hay que decir que este calor le
hierve a uno el temperamento. Y eso que aquí, en la planta baja,
se conserva bien el fresco. Por eso dejo cerradas las contraventanas.
Y hay que beber, también eso dicen.
–¿No se dio usted cuenta de nada?
–Ella estaba normal cuando me
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–El comisario está en cama con gripe de verano. Y su equipo
no está disponible.
–¿Todos con gripe?
–No. Hubo una pelea la noche pasada. Dos muertos y cuatro
heridos. Todo por una vespa robada.
–Qué horror. Hay que decir que, con este calor, le hierve a
uno el entendimiento. Yo me llamo Julien Tuilot, contable jubilado
de la compañía ALLB.
–Sí, lo tengo anotado.
–Ella siempre me reprochó que me apellidara Tuilot, cuando
su apellido de soltera era Kosquer, era más bonito. Y no deja
de ser verdad, dicho sea de paso. Ya decía yo que tenía que ser
comisario, con tanta pregunta sobre las migas de pan. Su colega
del barrio no es así.
–¿Le parece a usted que me ocupo demasiado de las migas?
–Haga lo que quiera, vamos. Para su informe, digo. Algo
tendrá que poner en el informe, yo lo entiendo. En la ALLB no
hacía otra cosa: informes y cuentas. Y aún, si hubieran sido informes
honrados… Pero qué va. El jefe tenía su divisa; él siempre
decía: una aseguradora no tiene que pagar aunque tenga
que pagar. Cincuenta años de trampas así le dejan a uno el coco
hecho un asco. Ya se lo decía a mi señora: mucho más útil sería
que me lavaras el cerebro en vez de lavar las cortinas.
Julien Tuilot soltó una risita, puntuando su agudeza.
–Es que no entiendo lo del mendrugo.
–Para entenderlo hay que ser lógico, comisario, lógico y astuto.
Yo, Julien Tuilot, soy ambas cosas. Llevo ganados dieciséis
campeonatos de crucigramas de dificultad máxima en treinta y
dos años. Una media de uno cada dos años, y todo con la cabeza.
Lógico y astuto. Hay que decir que a esos niveles la cosa da
dinero. Eso –dijo señalando el periódico– es de chiste, es para
párvulos. Eso sí, obliga a sacar punta a los lápices con mucha
frecuencia, y se hacen virutas. ¡Lo que habré tenido que oír, por
culpa de las virutas de marras! ¿Qué le extraña tanto de ese
pan?
–El hecho de que no esté en la basura, de que no me parezca
tan rancio; y no entiendo por qué no tiene miga.
–Misterio doméstico –dijo Tuilot aparentemente divertido–.
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Eso es porque tengo dos pequeños inquilinos, Toni y Marie,
una buena parejita, cariñosos como pocos, se aman de verdad.
Pero a mi señora no le caen bien, lo crea o no. No hay que hablar
mal de los muertos, pero la verdad es que lo intentó todo
para matármelos. ¡Y yo llevo tres años desbaratando sus tretas!
Lógico y astuto, ése es el secreto. Mi pobre Lucette, nunca
podrás vencer a un campeón de crucigramas, le decía yo. Esos
dos y yo hacemos un buen trío; saben que pueden contar conmigo,
y yo con ellos. Una visita cada noche. Como son muy listos
y muy delicados, nunca vienen antes de que Lucette se haya
ido a la cama. Saben perfectamente que los espero, vamos. Toni
siempre llega antes, es más grande, más fuerte.
–¿Se comieron ellos la miga? ¿Cuando el pan estaba en la
basura?
–Les encanta.
Adamsberg echó una ojeada al crucigrama, que no le pareció
tan fácil, y apartó el periódico.
–¿Quiénes son ellos, señor Tuilot?
–No me gusta hablar del tema, la gente lo desaprueba. La
gente es muy cerrada.
–¿Animales? ¿Perros, gatos?
–Ratas. Toni es más pardo que Marie. Se quieren tanto que, a
menudo, en pleno banquete, lo interrumpen para acariciar la cabeza
del otro con las patas. Si la gente no fuera tan limitada, vería
espectáculos como ése. Marie es la más despierta de los dos.
Después de la comida, se me sube encima del hombro y me pasa
las zarpas por el pelo. Me peina, por así decirlo. Es su manera de
darme las gracias. O de quererme, a saber. El caso es que reconforta.
Y luego, después de decirnos montones de cosas cariñosas,
nos despedimos hasta la noche siguiente. Se vuelven al sótano
por el agujero que hay detrás del bajante. Un día, Lucette lo tapó
todo con cemento. Pobre Lucette. No sabe hacer cemento.
–Entiendo –dijo Adamsberg.
El viejo le recordaba a Félix, que podaba viñas a ochocientos
kilómetros de allí. Había domesticado una culebra con leche.
Un día, un tipo mató a la culebra. Entonces Félix mató al tipo.
Adamsberg volvió a la habitación, donde el teniente Justin velaba
a la muerta en espera del médico.
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–Mira dentro de la boca –le dijo–. A ver si encuentras residuos
blancos, como miga de pan.
–No tengo muchas ganas.
–Hazlo igualmente. Pienso que el viejo la asfixió llenándole
la boca de miga de pan. Luego la sacó y la tiró en alguna parte.
–¿La miga del mendrugo?
–Sí.
Adamsberg abrió la ventana y las contraventanas de la habitación.
Examinó el pequeño patio salpicado de plumas de ave,
medio transformado en trastero. En el centro, una rejilla cubría
el sumidero. Estaba todavía mojada, pese a que no había llovido.
–Irás a levantar la rejilla. Pienso que tiró allí la miga y luego
vació un cubo de agua por encima.
–Es una tontería –dijo Justin dirigiendo su linterna hacia la
boca de la anciana–. Si lo hizo, ¿por qué no tiró el mendrugo
vacío? ¿Y por qué no limpió las migas?
–Para tirar el mendrugo, tendría que haber ido hasta los contenedores,
o sea que tendría que haber salido a la acera en plena
noche. Hay una terraza de café justo al lado, y sin duda mucha
gente cuando hace calor. Lo habrían visto. Se ha inventado una
muy buena explicación para el mendrugo y las migas. Tan original
que hasta resulta verosímil. Es campeón de crucigramas,
tiene su propia manera de relacionar las ideas.
Adamsberg, con cierta pesadumbre y, a la vez, cierta admiración,
volvió junto a Tuilot.
–Cuando Marie y Toni llegaron, ¿sacó usted el pan de la
basura?
–Qué va. Conocen el truco y les gusta. Toni se sienta en el
pedal del cubo, la tapa se levanta, y Marie saca todo lo que les
interesa. Listillos, ¿eh? Astutos, eso desde luego.
–O sea que Marie sacó el pan. ¿Y luego se comieron juntos
la miga? ¿Enamorados?
–Así es.
–¿Toda la miga?
–Son ratas grandes, comisario. Son voraces.
–¿Y las migas? ¿Por qué no se comieron las migas?
–Comisario, nos ocupamos de Lucette o de las ratas?
–No entiendo por qué guardó usted el pan en el trapo desEjercitoFurioso.indd
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pués de que lo comieran las ratas. Sobre todo cuando previamente
lo había tirado a la basura.
El viejo escribió unas letras en el crucigrama.
–A usted no deben de dársele muy bien los crucigramas, comisario.
Si hubiera tirado el mendrugo vacío a la basura, como
puede imaginar, Lucette habría comprendido enseguida que
Toni y Marie habían pasado por aquí.
–Podría haberlo tirado fuera.
–La puerta chirría como un cerdo que degüellan. ¿No se ha
fijado?
–Sí.
–Así que lo envolví en el trapo y punto. Eso me evitaba una
bronca por la mañana. Porque lo que son broncas, las hay todos
los días y sin parar. Por el amor de Dios, si lleva cincuenta
años refunfuñando mientras pasa el paño por todas partes, debajo
de mi vaso, debajo de mis pies, debajo de mi culo. Ni que
no tuviera uno derecho de andar ni de sentarse. Si usted hubiera
vivido eso, usted también habría escondido el mendrugo.
–¿No lo habría visto en la panera?
–Qué va. Por las mañanas come biscotes de pasas. Seguro
que lo hace a propósito, porque los biscotes esos sueltan miles
de migas. Con lo cual luego se pasa dos horas entretenida. ¿Entiende
la lógica?
Justin entró en la sala y dirigió un breve gesto afirmativo a
Adamsberg.
–Pero ayer –dijo Adamsberg un tanto abatido– no fue así.
Usted sacó la miga, dos puñados compactos, y se la metió en la
boca. Cuando dejó de respirar, le sacó la miga y la tiró por el
sumidero del patio. Me asombra que haya elegido este método
para matarla. Nunca había visto a nadie asfixiar a alguien con
miga de pan.
–Es inventivo –confirmó tranquilamente Tuilot.
–Como puede imaginar, señor Tuilot, encontraremos restos
de saliva de su mujer en la miga de pan. Y como es usted lógico
y astuto, también encontraremos huellas de dientes de ratas en
el mendrugo. Les dejó apurar la miga para acreditar su historia.
–Les encanta meterse en los mendrugos, da gusto verlas. Anoche
lo pasamos muy bien, de verdad. Incluso me tomé un par de
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copas mientras Marie me rascaba la cabeza. Luego lavé y guardé
el vaso, para evitar la reprimenda. Y eso que ya estaba muerta.
–Y eso que acababa usted de matarla.
–Sí –dijo el hombre con un suspiro distraído, mientras rellenaba
unas casillas del crucigrama–. El médico había pasado a
verla el día anterior. Me dijo que todavía podía vivir meses. Eso
significaba no sé cuántas decenas de martes con empanadillas
de carne, cientos de recriminaciones, miles de pasadas de trapo.
A mis ochenta y seis años, tengo derecho de empezar a vivir.
Hay noches así. Noches en que un hombre se levanta y actúa.
Tuilot se levantó, abrió las contraventanas del comedor, dejando
paso al calor excesivo y tenaz de ese principio de agosto.
–Tampoco quería abrir las ventanas. Pero no diré nada de
todo esto, comisario. Diré que la maté para ahorrarle sufrimiento.
Con miga de pan porque le gustaba el pan, como una
última golosina. Aquí dentro lo tengo todo previsto –dijo dándose
con el dedo en la frente–. No hay nada que demuestre que
no lo hice por caridad, ¿verdad? Por caridad. Quedaré absuelto
y, al cabo de dos meses, estaré de nuevo aquí, dejaré el vaso
directamente en la mesa, sin sacar el tapete, y viviremos felices
los tres. Toni, Marie y yo.
–Sí, eso creo –dijo Adamsberg levantándose lentamente–.
Pero es posible, señor Tuilot, que no se atreva a dejar la marca
del vaso en la mesa. Y puede que saque el tapete. Y limpiará las
migas.
–¿Por qué voy a hacer eso?
Adamsberg se encogió de hombros.
–Es lo que tengo visto. A menudo es lo que sucede.
–No se preocupe por mí, vamos. Soy astuto, ¿sabe?
–Es verdad, señor Tuilot.
Fuera, el calor hacía que la gente anduviera por la sombra,
pegada a los edificios con la boca abierta. Adamsberg decidió
tomar las aceras expuestas al sol, y vacías, y dejarse ir a pie
hacia el sur. Una larga caminata para desprenderse del rostro
risueño –y efectivamente astuto– del campeón de crucigramas.
Que, quizá, algún martes venidero, se compraría una empanadilla
de carne para cenar.