Las violetas son flores del deseo de Ana clavel* cap. I

La violación comienza con la mirada. Cualquiera que se haya asomado al
pozo de sus deseos, lo sabe. Como contemplar esas fotografías de muñecas
torturadas, apretadas cual carne floreciente, aprisionada y dispuesta para la
mirada del hombre que acecha desde la sombra. Quiero decir que uno
puede asomarse también hacia fuera, y atisbar, por ejemplo, en la fotografía
de un cuerpo atado y sin rostro, una señal absoluta de reconocimiento: el
señuelo que desata los deseos impensados y desanuda su fuerza de abismo
insondable. Porque abrirse al deseo es una condena: tarde o temprano
buscaremos saciar la sed —para unos momentos más tarde volver a
padecerla.
Ahora que todo ha pasado, que mi vida para mí mismo se extingue
como una habitación alguna vez plena de luminosidad que cede al paso
inexorable de las sombras —o lo que es lo mismo, a la irrupción de la luz
más enceguecedora—, me doy cuenta que todos esos filósofos y
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pensadores que han buscado ejemplos para explicar el no-sentido de
nuestra existencia, han dejado en el olvido una sombra tutelar: Tántalo, el
siempre deseante, el condenado a tocar la manzana con la punta de los
labios y, sin embargo, no poder devorarla.
Debo confesar que cuando conocí su historia, el adolescente que era
se sintió transtornado toda aquella mañana lluviosa de clases ante el relato
del profesor de historia, un hombre todavía joven y recatado que de seguro
había estudiado en algún seminario. Olvidando que en la sesión anterior
nos había prometido continuar el relato de la guerra de Troya, el profesor
Anaya narró con voz apenas audible en esa mañana diluviante, presa de
quién sabe qué delirio interior, la leyenda de un antiguo rey de Frigia,
burlador de los dioses, para quien los del Olimpo habían concebido un
castigo singular: sumergido hasta el cuello en un lago junto al que crecían
árboles cargados de frutos, Tántalo padecía el tormento de la sed y el
hambre en su límite extremo, pues en cuanto quería apurar el agua, ésta
retrocedía y se escapaba sin cesar de sus labios, y las ramas de los árboles
se elevaban toda vez que su mano estaba a punto de alcanzarlas. Y mientras
el profesor relataba la leyenda, los dedos de la mano que mantenía a
resguardo en uno de los bolsillos de la gabardina que no se había quitado,
frotaban delicada pero perceptiblemente lo que bien podían haber sido unas
imaginarias migas de pan. Y su mirada, extendida más allá de las ventanas
protegidas con una reja cuadriculada por un alambrado que simulaba
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cordones de metal, se mantenía fija, atada a un punto que a muchos les
resultaba inaccesible. En cambio, a los que nos encontrábamos junto al
muro de tabiques y cristal, nos bastaba enderezar un poco la espalda, estirar
ligeramente el cuello en la dirección indicada para descubrir el objeto de su
atención.
En el extremo opuesto de las canchas de juego, precisamente en el
corredor de columnas que unía la bodega y el área de baños, tres
muchachas, con sus uniformes guindas de tercer grado, intentaban desalojar
el agua que se iba acumulando gracias al mal funcionamiento de una de las
coladeras cercanas. La labor era ejecutada más como un pretexto para el
juego que por cumplir una tarea a todas luces impuesta como castigo. Así,
las chicas se empapaban sonrientes y probablemente tiritaban más de goce
que de frío, ante la embestida de una de ellas que con el jalador de agua
salpicaba de súbitas oleadas a las otras. Esa chica que mojaba a sus amigas
aún conserva un nombre: Susana Garmendia, y su recuerdo en aquella
mañana gris y lúbrica permanece en mi memoria unido a dos momentos
inmóviles: la mirada sin aliento del profesor de historia que observa la
escena del corredor, condenado como Tántalo a verse rodeado de agua y
comida, sin poder calmar la sed y el hambre azuzadas; y el instante en que
Susana Garmendia, antes de permitir que sus compañeras se desquitaran
mojándola cuando por fin lograron entre las dos apropiarse del jalador de
agua, se dirigió a una de las gruesas columnas del pasillo y recargándose en
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ella por el lado descubierto al cielo estrepitoso, se dejó empapar olvidada
del mundo de la escuela, sólo de cara a la arremetida de lluvia que la
golpeaba buscando traspasarla. Había distancia de por medio, pero aun así
era tangible el gesto de entrega de la muchacha, su sonrisa invisible, su
éxtasis radiante. Maniatada a la columna sin ataduras evidentes, presa de su
propio placer.
A decir verdad, creo que nunca vi de cerca a Susana Garmendia. Su
fama de adolescente problemática que la prefecta de tercer grado había
hecho correr con reportes y suspensiones, aunada al hecho de que
perteneciera a la generación de los mayores de la secundaria, rodeada
siempre por sus amigas y los varones que buscaban su cercanía y la
asediaban, apenas si dejaban espacio para que su imagen se definiera más
allá de la vaguedad: flequillo lacio color de miel sobre una piel tostada, el
suéter atado a la cintura como un torso con brazos que se aferrara al
nacimiento de su cadera, las calcetas perfectamente blancas en unas
pantorrillas que habían dejado de ser infantiles pero que conservaban su
nostalgia.
Sin duda alguna era la fruta más apetecida del huerto. Aun por
quienes, ni parados sobre las puntas de los pies, alcanzábamos a vislumbrar
más que el follaje de la rama. Aun por aquellos otros que, apartados desde
la atalaya de su autoridad escolar, podían apreciarla en toda su jugosa
morbidez. Alguien, sin embargo, pudo estirar la mano y coger la fruta. He
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olvidado su nombre porque a final de cuentas no era importante. Y no lo
era porque su labor de hortelano no hubiera sido posible sin el
consentimiento previo de Susana Garmendia. El oscuro y silencioso Sí con
que aceptó verlo en la bodega que estaba próxima al baño de mujeres
mientras sus dos eternas amigas vigilaban la entrada en distintas
posiciones: una en el comienzo del corredor de columnas, la otra bajo el
arco que daba acceso al patio de los grupos de tercero. No se supo con
precisión lo que había sucedido, si la prefecta sospechaba algo y presionó a
la amiga que estaba en el acceso de tercero para ponerla nerviosa y así
conseguir una delación equívoca e involuntaria, o si la amiga la buscó por
su propio pie para vengarse de algún desplante de Susana, el caso fue que
la prefecta había acudido a la bodega y encontrado a Susana y a un
muchacho del turno vespertino cometiendo indecencias sin nombre.
Tántalo se burló de los dioses en tres ocasiones: la primera, cuando
reveló a los cuatro vientos el sitio donde Zeus escondía a su amante en
turno; la segunda, cuando consiguió robar de la mesa del Olimpo el néctar
y la ambrosía para convidarles a sus parientes y amigos; la tercera, cuando
quiso poner a prueba los poderes de los dioses y los invitó a un banquete
cuyo plato principal estaba confeccionado a base de los trozos de su propio
hijo, a quien había degollado durante el alba como un ternero más de sus
establos. A la brutalidad de Tántalo opusieron los dioses el refinamiento
del suplicio. Como para decirle que con los dioses no se juega. Susana
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Garmendia fue expulsada sin contemplaciones. Pocos la vimos salir con sus
cosas, flanqueada por sus padres, bajo la mirada atenazante de la prefecta,
la sociedad de padres de familia y el director de la escuela. Arrancándole a
pedazos la dignidad que aún conservaba y luego arrojándolos con desprecio
como trozos sanguinolentos y demasiado vivos. La escuela tardó en acallar
los rumores y retomar su curso bovino de materias y formaciones cívicas,
pero la cercanía de los exámenes semestrales terminó por dispersar los
últimos ecos que aún aserraban la piel y la carne de la memoria de una
Susana caída en desgracia como un cuerpo supliciado. El profesor Anaya
permaneció hasta el fin del año escolar y después pidió su traslado a un
plantel de la zona poniente.
Por supuesto, nunca conversé con él sobre el asunto. Sólo en el
trabajo final en el que nos pidió redactar una composición sobre algún
personaje o suceso del curso a manera de tema libre, decidí escribir sobre
Tántalo. Era una redacción de varias páginas, vehemente en exceso como
las fiebres de la adolescencia, cuyo principal valor, me parece ahora,
radicaba en haber atisbado desde aquella temprana edad el verdadero
suplicio del que desea. Más que la calificación de excelencia, fue la mirada
del profesor Anaya —ese instante de gloria de quien se siente reconocido—
mi mayor presea. No vi entonces, o no quise enterarme, del destello turbio
de esa mirada, el desaliento del que sabe lo que vendrá: que la sed no ha de
ser nunca saciada.
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En aquella redacción de casi cuatro páginas, en un estilo que ahora al
releer reconozco torpe y pretencioso, alcanzo a atisbar la sombra tenue del
adolescente que, sin saberlo ni proponérselo, se asomaba al pozo de sí
mismo: “… después de probar e intentar miles de veces, Tántalo, por fin
consciente de la inutilidad de sus esfuerzos, debió de quedarse inmóvil a
pesar del hambre y de la sed, sin mover los labios para apresar un trago de
agua, o sin estirar la mano para alcanzar la codiciada fruta que, cual joya
preciosa, pendía de la copa del árbol más cercano. Casi derrotado, alzó la
mirada hacia los cielos. Tal vez, arrepentido, iba a clamar perdón a los
dioses. Pero entonces descubrió en la punta de la rama una nueva fruta
temblorosa, apetecible, que crecía suculenta pero imposible para él. Y
debió de maldecir e injuriar a los dioses cuando comprendió que con el
simple acto de mirar el tormento se reavivaba ferozmente en su entraña”.
Innumerables consecuencias se derivan del acto de mirar. Ahora
puedo afirmarlo con certeza: todo empieza con la mirada. Por supuesto, la
violación, la que se padece en carne propia cuando un ser o un cuerpo se
prodigan con criminal inocencia.

 

¿ Ana Clavel

Nació en la ciudad de México, el 16 de diciembre de 1961. Narradora. Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas por la UNAM. Colaboradora de DiDiluvio de PájarosDosfilosEl CuentoEl IndependienteEl NacionalEl UniversalLa JornadaLa OrquestaNexosPluralPoliedroPunto de PartidaTierra Adentro, y Unomásuno. Becaria del inba/fonopas en narrativa, 1982; del fonca, en novela, 1990. Creador Artístico del SNCA, 2001. Premio Nacional de Cuento crea, 1983, por “En un rincón del infierno”. Premio en el Concurso de Cuento Grandes Ideas de la unam, 1983, por “Tu bella boca rojo carmesí”. Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen, 1991, por el cuento “Cuando María mira el mar” (posteriormente “Amorosos de atar”). Finalista del Premio Internacional Alfaguara de Novela, 1999, por Los deseos y su sombra. Ganadora de la Medalla de Plata, 2004, de la Sociéte Académique “Arts-Scienses-Lettres”, de Francia. Premio de Novela Corta Juan Rulfo de Radio Francia Internacional, 2005, por Las violetas son flores del deseo. Parte de su obra se encuentra en diversas antologías, entre ellas Antología de cuento mexicano finisecular, Fiction Internacional. Mexican Fiction y Passione e scrittura. Antologia di narratrice mexicana XX secolo.

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El Cáucaso de Ivan Bunin

Iván Bunin (1870-1953)  Premio Nobel de Literatura  1933,   primer nobel de su país, que  a pesar de su calidad literaria, -por complejas razones de tipo  sociológico e histórico, señaladas en el prólogo de esta edición-, es menos conocido que otros grandes escritores rusos. Era leído y admirado por Rilke, Mann o Gide… y más discretamente por escritores de la Unión Soviética que él había abandonado  en 1919 convirtiéndose en “un traidor emigrado”.

Poeta y narrador estuvo políticamente vinculado a los naródniki  por su posición crítica frente al zarismo, aunque no aceptaron, tras la revolución,el sistema comunista. Antes de 1917 era ya famoso  en Rusia por  los relatos, precisos e intensos, en los que bajo un realismo aparente – de las personas, de las situaciones, de los objetos…- flota lo sutil misterioso que es  vivir; En Gramática de amor y también en otros cuentos ,  lo cotidiano bordea con  natural sencillez lo sagrado,lo insondable y sacude con fuerza al lector, por el dominio técnico de la narración corta que desarrolla   con la precisión,  la exactitud  y el ritmo de un poema.

El Cáucaso  pone de manifiesto la maestría  de Bunin: su  aguda  capacidad de observación  y  fina sensibilidad poética y psicológica; en la narración  suenan al principio ecos  de Tolstoi -a quien admiraba sobre todos-, pero a medida que avanza el cuento,  la sutileza, la levedad de lo tenue  y expresivo, recuerdan a Chéjov, de quien en principio se sintió lejano al considerarle excesivamente moderno,pero desde finales de siglo trató  asiduamente  y supo valorar. 

EL CÁUCASO

 

Cuando llegué a Moscú me alojé furtivamente en una oscura casa de huéspedes situada en un callejón próximo al Arbat, y allí entre un encuentro con ella y el siguiente, llevé la tediosa existencia de un recluso. Durante esos días ella sólo vino a verme en tres ocasiones; siempre llegaba apresurada diciendo:

-Sólo puedo quedarme un minuto… 

Estaba pálida, con la delicada palidez propia de las mujeres enamoradas e inquietas, y hablaba con voz entrecortada; nada más entrar, dejaba la sombrilla en  cualquier parte, se levantaba con premura el velo y me abrazaba, llenando mi alma de ternura y de pasión.

-Me parece -decía- que sospecha algo, que incluso sabe algo;; tal vez  haya leído alguna de sus cartas o haya encontrado la llave que abre mi escritorio…Le creo capaz de todo pues tiene un carácter cruel y orgulloso. Una vez me dijo sin ambages: “¡A la hora de defender mi honor, el honor de un oficial y de un marido,no me detendré en nada!”. Ahora, por alguna razón, vigila literalmente cada uno de mis pasos, de modo que si queremos que nuestro plan salga bien debo extremar las precauciones…Accede a dejarme marchar, pues le he convencido de que moriré si no veo el sur y el mar, pero tenga usted paciencia, por el amor de Dios.
Nuestro plan era audaz: marcharnos en el mismo tren a la costa del Cáucaso y pasar allí, en algún lugar totalmente apartado, tres o cuatro semanas.Conocía la costa, había vivido durante algún tiempo cerca de Sochi, cuando era un joven solitario, y no había podido olvidar esos atardeceres otoñales entre negros cipreses, junto a las olas frías y grises…su rostro palideció cuando le dije:” Pronto estaré contigo en las junglas montañosas, junto al mar tropical…”.Hasta el último momento no creímos que nuestros planes llegaran a realizarse: nos parecía demasiada felicidad.

En Moscú caía una lluvia fina y daba la impresión de que el verano se hubiera ido para no volver; todo tenía un aspecto sucio y sombrío, las calles estaban mojadas y se veían de un negro brillante por los paraguas abiertos de los transeúntes y las capotas echadas y temblorosas de los coches que pasaban presurosos. Cuando me dirigí a la estación la noche cerrada y siniestra; todo mi ser estaba paralizado por el frío y la inquietud. Atravesé corriendo la estación  y el andén, con el sombrero calado hasta las cejas y el rostro semioculto por el cuello del abrigo.
En el techo del pequeño compartimento de primera clase que había reservado con antelación la lluvia repicaba con fuerza. Me apresuré a correr la cortina de la ventanilla y, en cuanto el mozo se secó la mano mojada en su delantal blanco, cogió la propina y salió, cerré la puerta con llave. Luego entreabrí la cortina y me quedé inmóvil, sin apartar la vista de la abigarrada multitud, que iba de un lado para otro, junto al vagón, cargando con sus equipajes bajo la luz tenue de los faroles de la estación.  Habíamos acordado que yo llegaría lo antes posible y ella a última hora, para no coincidir con la pareja en el andén. Ya deberían haber llegado. Miraba con atención creciente, pero no los veía. cuando sonó el segundo aviso a los viajeros, me estremecí de temor: ¿se había retrasado, o en el último momento su marido no la había dejado partir? Pero en ese preciso instante descubrí la alta figura del marido, con su gorra de oficial su estrecho capote y sus manos enfundadas en guantes de gamuza, con una de las cuales la cogía del brazo mientras avanzaba con rápidos pasos.Me aparté de la ventanilla y me dejé caer en una esquina del asiento. El vagón siguiente era de segunda clase.

 Mentalmente le vi entrar a su lado con aire protector, mirar a su alrededor para cerciorarse de que el mozo había colocado bien las cosas, quitarse el guante y la gorra, besarla y hacer sobre ella la señal de la cruz…El tercer aviso me ensordeció, el primer movimiento del tren me llenó de estupor…La locomotora balanceándose y oscilando, fue ganando velocidad, hasta que, ya a toda máquina, alcanzó un ritmo regular…con mano helada entregué un billete de diez rublos al revisor que la trajo a mi compartimiento y trasladó su equipaje…

Cuando entró ni siquiera me besó, sólo me dedicó una sonrisa triste; luego se sentó en el asiento y se quitó el sombrero desprendiéndolo de sus cabellos…-No he podido comer nada -dijo-. Creí que no sería capaz de interpretar este terrible papel hasta el final. Tengo una sed horrible. Dame un vaso de agua mineral -añadió, tuteándome por primera vez-. Estoy segura de que me seguirá. Le he dado dos direcciones, Guelendzhik y Gagri. Seguro que aparece en Guelendzhik dentro de tres o cuatro días…Pero dejémoslo, es mejor morir que sufrir de esta manera… 

Por la mañana, cuando salí al soleado pasillo, había un ambiente sofocante; de los lavabos llegaba un olor a jabón y a agua de colonia mezclado con los diversos tufos que desprende un tren atestado de gente por la mañana temprano. Más allá de las ventanillas caldeadas y manchadas de polvo se extendía la plana y abrasada estepa, se divisaban anchos y polvorientos caminos y carros tirados por bueyes, pasaban como fogonazos las casetas del ferrocarril con los discos amarillos de los girasoles y las purpúreas malvas en los jardines delanteros… Más adelante se sucedía una extensión interminable de llanuras yermas, con túmulos y sepulcros, un sol seco e insoportable y un cielo semejante a una nube de polvo; después aparecieron en el horizonte las estribaciones de las primeras montañas…

Ella le envió una postal desde Guelendzhik y otra desde Gagri, en las que decía que todavía no sabía dónde iba a quedarse.
Luego seguimos la línea de la costa en dirección al sur.
Encontramos un enclave silvestre, cubierto de campos de plátanos, arbustos floridos, caobas, magnolios y granados, en medio de los cuales destacaban palmeras con forma de abanico y cipreses negros…
Me despertaba temprano y, mientras ella dormía, antes de té, que tomábamos a las siete, paseaba por las colinas y los espesos bosques. El ardiente sol, que calentaba ya con fuerza, derramaba una luz impoluta y alegre. En los bosques, una niebla fragante, luminosa y azulada se disolvía, disipándose; más allá de las distantes cumbres frondosas y resplandecía la eterna grandeza de las  montañas nevadas… 

Al regresar pasaba por el mercado de nuestra aldea, sofocante, impregnado del olor del estiércol quemado en las chimeneas: el lugar hervía de actividad, estaba lleno de gente, caballos y asnos; cada mañana se reunía allí una multitud de montañesas de distintas tribus: las circasianas avanzaban con pasos suaves, ataviadas con vestidos negros que llegaban hasta los pies, zapatillas rojas y con la cabeza envuelta en cualquier tipo de trapo negro; alguna vez, de entre esos ropajes fúnebres, se escapaba una fulgurante mirada de ave.
Luego nos dirigíamos a la orilla, siempre completamente desierta, nos bañábamos y yacíamos al sol hasta la hora del almuerzo. Después de comer -todos los días tomábamos pescado a la parrilla, vino blanco, nueces y fruta-, en la tórrida penumbra de nuestra cabaña, bajo la techumbre de tejas, cálidas y ardientes franjas de luz se filtraban a través de las torcidas rendijas de los postigos. 

Cuando el calor se atemperaba y abríamos la ventana, vislumbrábamos entre los cipreses que crecían en la pendiente una porción de mar, de color violeta, tan pacífico y regular que parecía como si su serenidad y su belleza no fueran a tener fin.

Al atardecer solían amontonarse sobre el mar unas nubes maravillosas; desprendían un resplandor tan fastuoso que a veces ella se tumbaba en la otomana, se cubría el rostro con un pañuelo de gasa y se echaba a llorar: dentro de dos o tres semanas y estaríamos de nuevo en Moscú. 

Las noches eran tibias e impenetrables; Las luciérnagas flotaban, titilaban y resplandecían en la negra tiniebla con su luz de topacio; las ranas arbóreas croaban con timbre de campanilla de cristal. Cuando el ojo se acostumbraba a la oscuridad, aparecían en las alturas las estrellas y las cumbres  de las montañas, y sobre la aldea se recortaban árboles en los que no habíamos reparado de día. Y durante toda la noche, procedente de la taberna, se oía el rumor sordo de un tambor y un lamento gutural, melancólico, desesperadamente feliz, en lo que parecía ser una misma canción interminable.
No lejos de nosotros, en un barranco próximo a la orilla que se extendía desde el bosque hasta el mar, corría presuroso, sobre un lecho de piedra, un arroyuelo de aguas transparentes. ¡Cuán maravillosamente reverberaba y se astillaba su brillo en esa hora misteriosa en que, más allá de las montañas y los bosques, como una criatura mágica, la tardía luna escrutaba con detenimiento el mundo! 

A veces, por la noche, llegaban desde las montañas  nubes amenazantes y estallaba una terrible tormenta; en la ruidosa y sepulcral oscuridad de los bosques se abrían a cada momento mágico a abismos verdes y en las alturas celestes retumbaban los estampidos primordiales de los truenos. Entonces los aguiluchos se despertaban en los bosques y plañían, rugía la pantera de las nieves y los chacales aullaban…en una ocasión una manada al completo se acercó hasta nuestra ventana iluminada -en noches como ésas siempre se aproximaban a las viviendas- y nosotros la abrimos y contemplamos a los chacales desde lo alto, mientras ellos soportaban el brillante aguacero y aullaban para que les dejásemos entrar…Al verlos, ella lloró de felicidad. 

Su marido la buscó en Guelendzhik, en Gagri y en Sochi. Al día siguiente de su llegada a esta  última localidad, se bañó por la mañana en el mar, luego se afeitó, se mudó de ropa, se puso una guerrera blanca como la nieve, almorzó en su hotel, en la terraza del restaurante, bebió una botella de champán, tomó café y chartreuse, y se fumó sin prisa un cigarrillo. Cuando regresó a su habitación, se tumbó en el sofá y se disparó en las sienes con dos revólveres./ 12 de noviembre de 1937

Iván BuninEl amor de Mitia y otros relatosEditorial Pre-Textos,2003

 

Las pinturas son de Natalia Goncharova, una de las grandes pintoras rusas, nacida en Tula en 1881;en su obra se encuentran elementos fauvistas, cubistas, futuristas, expresionistas…y el recuerdo del mundo folclórico ruso. Formó parte del movimiento expresionista Der Blaue Reiter y expuso con ellos en Munich en 1912. Se exilio en París en 1921 donde vivió hasta su muerte  en 1962.

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril de Murakami

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto. Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de al lado porque me gusta la forma de su nariz.

Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza. Extraño.

–Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.

–¿Sí? –dice él– ¿Estaba guapa?

–No realmente.

–De tu tipo entonces.

–No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho.

–Raro.

–Sí. Raro.

–Bueno, como sea –me dice ya aburrido–, ¿qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?

–Nah, sólo me crucé con ella en la calle.

Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella mañana de abril.

Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mí, y –lo que realmente me gustaría hacer– explicarle las complejidades del destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en Harajuku en una bella mañana de abril de 1981. Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una película de Woody Allen, entrar en el bar de un hotel para tomar unos cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.

La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.

¿Cómo acercarme? ¿Qué debería decirle?

–Buenos días, señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?

Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.

–Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?

No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me creería en una línea como esa?

Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100% perfecta para mí.

No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos años, y de eso se trata madurar.

Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.

Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.

Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho. Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.

Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con “Una historia triste, ¿no crees?”

Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y una ordinaria muchacha solitaria, como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí, creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.

Un día se encontraron en una esquina de la calle.

–Esto es maravilloso –dijo él–. Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

–Y tú –ella le respondió– eres el chico 100% perfecto para mí, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.

Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y contaron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los sueños de uno se cumplen tan fácilmente?

Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100% perfectos, entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los 100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?

–Sí –ella dijo– eso es exactamente lo que debemos hacer.

Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos sin piedad.

Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y tras pasar semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías como la alcancía del joven D. H. Lawrence.

Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo, sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún el 85% del amor.

El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta.

Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:

Ella es la chica 100% perfecta para mí.

Él es el chico 100% perfecto para mí.

Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para siempre.

Una historia triste, ¿no crees?

Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.

Análisis del cuento

El motivo del cuento es como una persona puede encontrarse con la persona 100% ideal en un día común y no saber como reaccionar.

Tema:

La razón por la cual el autor escribe la historia así es porque posiblemente se basó en una historia real o en una anécdota, tal vez modificando ciertos detalles.

Él autor del cuento quiere representar es posible encontrar a la persona perfecta para ti en cualquier lugar.

Parece una anécdota que nos cuenta alguien (al parecer un hombre), que encuentra a la “chica” 100% perfecta para el en un encuentro casual.

El protagonista imagina una historia con esa chica sin nombre.

Tiene un final un poco diferente de lo esperado, porque, cualquiera puede pensar que la historia que cuenta el chico es verdadera. Pero termina siendo simplemente algo que el protagonista inventa. Es hasta el final cuando te das cuenta de que no fue verdad.

Es una historia muy hermosa, aunque es corta, te transporta al lugar en donde ocurre la historia.

Personajes:

Atmósfera:

Narrador:

Psicológica:

El cuento refleja emociones de “amor” o gusto, conforme avanza la historia nostalgia, y quedando al final un sentimiento de tristeza.

Social:

Las condiciones en el ambiente social son claras ya que nos da palabras para denominar que la historia se desarrolla en una ciudad de Tokio. Llamada Harajuku.

Asunto:

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril.

De: Haruki Murakami

Como en todo cuento, se encuentra el Planteamiento, el Desarrollo, que incluye el nudo y el clímax, y el Desenlace.

Como planteamiento del cuento podemos decir que el protagonista (el muchacho), cree haber encontrado a la chica 100% perfecta para él, aunque no recuerde bien los detalles físicos de ésta, y divaga pensando en la manera de como pudo iniciar una conversación con ella.

Como Desarrollo encontramos dos partes, primero el nudo que es en el momento en que se pone a pensar como hablarle y discute con el mismo porque piensa barias opciones y ninguna le convence.

La segunda parte del desarrollo es el clímax, este ocurre cuando sabe perfectamente que le hubiera dicho. Y comienza a narrar una historia.

Como desenlace la historia terminaría en que al final no cruzaron palabra alguna y cada quien sigue su camino, de oeste a este él y ella de este a oeste.

Estructura:

Conforme a los diálogos encontramos que hay diferentes tipos, ya que como dijimos antes el tipo de narrador cambia, esto implica también modificaciones en los diálogos.

Al principio los diálogos son monólogos porque el personaje habla con sigo mismo, como se demuestra en la siguiente cita:

“Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi”.

(Haruki Murakami, 2009)

Pero cuando en la historia se cambia de narrador los diálogos empiezan a ser directos como a continuación se muestra:

“Un día se encontraron en una esquina de la calle.

-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño”

(Haruki Murakami, 2009)

Respecto a los personajes pudimos observar que solamente hay dos en los que se desarrolla toda la historia:

El muchacho: este es el personaje principal protagonista ya que con quien se desarrolla la obra.

La muchacha: es un personaje secundario ya que acompaña al principal y también en el se desarrolla la historia.

El amigo: al parecer, el protagonista habla con un amigo pero no se menciona tampoco el nombre. Así que el es un personaje evocado.

Al analizar el cuento “Sobre encontrarse a una chica 100% perfecta una mañana de abril” encontramos que le tipo de narrador cambia conforme avanza la historia.

Al principio del cuento el autor te hace creer que la historia va hacer narrada en primera persona, como se demuestra en la siguiente cita:

“Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una”.

(Haruki Murakami, 2009)

Pero después ocurre un cambio en el pensamiento del personaje principal cuando empieza a narrar su misma historia pero en tercera persona en modo observador, como se demuestra en la siguiente cita:

“Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y dijeron sus historias hora tras hora”.

(Haruki Murakami, 2009)

100 Mejores Cuentos de la Literatura Universal. (2013). Lecturas indispensables. Recuperado de http://lecturasindispensables.blogspot.mx/2013/09/100-mejores-cuentos-literatura-universal.html

Carrillo, A. (s.f.). Análisis de textos narrativos. Slidebean. Recuperado de https://slidebean.com/p/giXGR89k8n/Anlisis-de-textos-narrativos

Diálogos:

Tiempo:

Interno:

Al leer el cuento puedes ver que el narrador, quien es el protagonista, nos cuenta en que situación se encuentra al iniciar la historia y después inventando como inicio, volviendo a regresar a su situación actual. Por lo tanto definimos el tiempo interno como circular.

Externo:

La historia no es muy explicita como para denominarlo, pero suponemos que es en la época actual, por el lenguaje de expresión y algunos términos que se usan.

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril.

Haruki Murakami

Análisis del cuento

Andreé Ramírez Partida(A0129482)

Andrés Eduardo Calderón Hernández (A01630296)

Iris Noemi Cruz Flores (A01630302)

Jimena Molina Trejo (A01375310)

Lengua española, arte y literatura.

Grupo 3

Tecnológico de Monterrey