La prostituta autorizada o la esposa de Patricia Highsmith

Sarah siempre se había dedicado a eso en plan de aficionada, y a los veinte años se casó, con lo que obtuvo la licencia. Para remate, el matrimonio se celebró en una iglesia en presencia de familia, amigos y vecinos, puede que incluso tuviera a Dios como testigo, ya que, desde luego, él estaba invitado. Iba toda de blanco, aunque ciertamente no era virgen, dado que estaba embarazada de dos meses y no del hombre con quien se casaba, el cual se llamaba Diego. Ya podía convertirse en una profesional, contando con la protección de la ley, la aprobación de la sociedad, la bendición de los clérigos y el apoyo económico garantizado por su marido.
Sarah no perdió el tiempo. Primero fue el hombre del contador del gas, como ejercicio de precalentamiento; luego, el limpia-ventanas, cuyo trabajo le llevaba un número variable de horas, dependiendo de lo sucias que le hubiera dicho a Diego que estaban las ventanas. A veces Diego tenía que pagarle ocho horas de trabajo y un poco más por horas extra. En ocasiones, el limpia-ventanas estaba allí cuando Diego salía para el trabajo y seguía estando allí cuando volvía a casa por la tarde. Pero éstos eran ligas menores, y Sarah pasó a su abogado, lo que tenía la ventaja de que éste no cobraba extras por los servicios prestados a la familia Mendiola, la cual constaba ya de tres miembros.
Diego estaba orgulloso de su hijito Junior y se ruborizaba de placer cuando las amistades comentaban el parecido de Junior con él. Las amistades no mentían, se limitaban a decir lo que pensaban que debían decir, lo mismo que le hubieran dicho a cualquier padre. Después del nacimiento de Junior, Sarah cortó sus relaciones sexuales con Diego (que nunca habían sido frecuentes), diciéndole: “Con uno basta, ¿no crees?” Otras veces decía: “Estoy cansada”, o “Hace demasiado calor”. Vamos, que el pobre Diego sólo valía por su dinero —no era rico, pero tenía una buena posición porque era relativamente inteligente y presentable, poco agresivo para resultar una molestia y… Bueno, eso era más o menos lo único necesario para satisfacer a Sarah. Ella tenía la vaga idea de que necesitaba un protector y acompañante. De algún modo, firmar “Señora de” daba más categoría.
Disfrutó tres o cuatro años de amoríos con el abogado; luego fue su médico; después, un par de maridos descarriados pertenecientes a su círculo social, más unas cuantas escapadas de dos semanas con el padre de Junior. Estos hombres la visitaban generalmente por las tardes, de lunes a viernes. Sarah era sumamente precavida e insistía —dado que su fachada principal era visible desde varias casas vecinas— en que sus amantes la llamaran desde algún lugar próximo, para que ella pudiese decirles si el panorama estaba despejado. La hora más segura era la una y media, cuando la mayoría de la gente estaba comiendo. Después de todo, lo que Sarah se jugaba era su techo y su comida, y Diego se estaba poniendo nervioso, aunque todavía no sospechaba nada.
En el cuarto año de matrimonio, Diego tuvo un desliz. Le había hecho proposiciones a su secretaria, así como a la chica que trabajaba detrás del mostrador, en su oficina de suministros, y había sido suave, pero firmemente rechazado, por lo que su autoestima se hallaba en menos cero.
—¿No podríamos volver a intentarlo? —fue la sugerencia de Diego.
Sarah contraatacó con una docena de batallones, con los cañones listos para disparar durante años. Se hubiera pensado que era una persona con quien se había cometido una injusticia.
—¿Acaso no he creado un hogar perfecto? ¿No soy una buena anfitriona? La mejor, según todos nuestros amigos, ¿no es así? ¿He dejado de ocuparme de Junior alguna vez? ¿He dejado alguna vez de tenerte preparada una comida caliente cuando volvías a casa?
Ojalá te olvidaras de la comida caliente de cuando en cuando y pensaras en otra cosa, deseaba decirle Diego, pero era demasiado bien educado para soltarlo.
—Y además tengo buen gusto —añadió Sarah como andanada final—. Nuestros muebles no sólo son buenos, sino que están bien cuidados. No sé qué más esperas de mí.
Los muebles estaban tan brillantes que la casa parecía un museo. Muchas veces a Diego le daba apuro manchar los ceniceros. Hubiese preferido más desorden y un poco más de calor. ¿Cómo podía decírselo?
—Ahora ven a tomar algo —dijo Sarah, más dulcemente, extendiendo una mano en un gesto sin precedentes en los últimos años. Se le acababa de ocurrir una idea, un plan.
Cuento perverso de Patricia HighsmithEscritora Patricia Highsmith, en su juventud
Diego cogió su mano con alegría y sonrió. Repitió de todos los platos que ella le ofreció insistentemente.
La cena fue buena, como de costumbre, porque Sarah era una excelente y meticulosa cocinera. Diego esperaba que la velada tuviera un final feliz, pero en ese sentido quedó defraudado.
La idea de Sarah era matar a Diego a base de buenas comidas, de amabilidad en cierto sentido, de cumplir con su deber de esposa. Iba a cocinar más y de una forma más elaborada. Diego ya tenía barriga; el médico le había advertido que tuviera cuidado con los excesos en la comida, la falta de ejercicio y todo ese rollo.
Pero Sarah estaba suficientemente informada respecto al control del peso, como para saber que lo que cuenta es lo que se come, no el ejercicio que se haga. Y a Diego le encantaba comer. El escenario estaba preparado y ¿qué podía perder?
Empezó a usar grasas más fuertes, manteca de cerdo y aceite de oliva, a hacer macarrones con queso, a untar los sandwiches con una gruesa capa de mantequilla, a insistir en que la leche era una espléndida fuente de calcio, para combatir la calvicie de Diego. Él engordó diez kilos en tres meses. El sastre tuvo que arreglarle todos los trajes y luego hacerle otros nuevos.
—Tenis, querido —le dijo Sarah, preocupada—. Lo que necesitas es un poco de ejercicio.
Confiaba en que le diera un ataque al corazón. Pesaba ya más de cien kilos y no era un hombre alto. Se ahogaba al menor esfuerzo.
El tenis no sirvió de nada. Diego era lo bastante prudente, o lo bastante pesado, para limitarse a estar de pie en la pista y dejar que la pelota viniera a él, y si la pelota no venía, él no pensaba correr tras ella para golpearla. Así que, un caluroso sábado en que le había acompañado a las pistas como siempre, Sarah fingió desmayarse. Murmuró que quería que la llevase al coche para ir a casa. Diego se esforzó por levantarla, jadeando, ya que Sarah tampoco era precisamente una varita de nardo. Desgraciadamente para sus planes, dos tipos vinieron corriendo desde el bar del club para echarles una mano y metieron a Sarah en el Jaguar con facilidad.
Una vez en casa, con la puerta cerrada, Sarah se desvaneció de nuevo y farfulló en un tono hermético, aunque débil, que era preciso llevarla arriba, a la cama. Era la gran cama de matrimonio de la cual les separaban dos tramos de escalera. Diego la alzó en brazos, pensando que no presentaba una imagen muy romántica subiendo trabajosamente escalón a escalón y dando traspiés mientras llevaba a su amada al lecho. Finalmente, tuvo que echársela al hombro, y aun así se cayó de bruces al llegar al descansillo del segundo piso. Jadeando fuertemente, rodó a un lado para librarse del cuerpo inerte de Sarah, y volvió a intentarlo, esta vez simplemente arrastrándola por el vestíbulo enmoquetado hasta el dormitorio. Sintió la tentación de dejarla tumbada allí hasta que recuperase el aliento (ella ni se movía), pero podía imaginar sus recriminaciones si volvía en sí en los próximos segundos y se encontraba con que él la había dejado tirada en el suelo.
Diego se puso de nuevo a la tarea, empleando en ella toda su fuerza de voluntad, porque, ciertamente, fuerza física ya no le quedaba. Le dolían las piernas, la espalda le estaba matando, y se asombró de lograr levantar ese peso (casi setenta kilos) hasta la cama.
“¡Uuff!”, dijo Diego, y retrocedió tambaleándose, con la intención de derrumbarse en una butaca, pero ésta tenía ruedecitas y se deslizó hacia atrás, por lo que él aterrizó en el suelo, con un golpe que hizo temblar la casa. Un dolor espantoso le atenazaba el pecho. Se llevó un puño al pecho y mostró los dientes en una mueca de agonía.
Sarah le observaba, echada en la cama. No hizo nada. Esperó y esperó. Casi se quedó dormida. Diego gemía y pedía ayuda. Era una suerte, pensó Sarah, que esta tarde hubieran dejado a Junior con una canguro, en lugar de que ésta viniera a la casa. Después de unos quince minutos, Diego se quedó inmóvil. Sarah se durmió al fin. Cuando se levantó, comprobó que Diego estaba bien muerto y empezando a enfriarse. Entonces telefoneó al médico de la familia.
Todo le fue bien a Sarah. La gente dijo que hacía sólo pocas semanas se habían asombrado del buen aspecto que tenía Diego, con las mejillas sonrosadas y todo eso. Sarah recibió: una fuerte suma de la compañía de seguros, su viudedad, mucha comprensión y afecto de la gente, que le aseguraba que ella le había dado a Diego lo mejor de sí misma, había formado un hogar perfecto, le había dado un hijo, en una palabra, se había entregado completamente a él y había hecho que su vida, desgraciadamente, más bien corta, fuese tan feliz como podía ser la vida de un hombre. Nadie dijo: “¡Qué crimen tan perfecto!”, que era la opinión personal de Sarah, y ahora podía reírse al pensarlo. Ahora podía convertirse en la Viuda Alegre. Exigiendo pequeños favores de sus amantes —sin darle importancia, claro está— iba a vivir aún mejor que antes de morir Diego. Y podría seguir firmando “Señora de”

La frontera es un buen lugar para vivir de Agustín Cadena

A todos los que vienen de paso y me preguntan, les digo que la frontera es un buen lugar para vivir. Hay empleo, les digo. Además las casas son baratas, los coches son baratos y uno nunca se aburre: cuando es ley seca de este lado, se va al otro; cuando es ley seca del otro lado, la gente se viene para acá. Todo eso y más les dije a aquéllos, a la pareja que estuvo casi dos semanas aquí.
          Es un hotel viejo éste, como la mayoría de los hoteles de paso que hay en la frontera. Es bonito, digo yo: tiene su estacionamiento lleno de palmeras y platanares, su alberca grande. Bueno, la alberca no puede utilizarse de momento, pero ahora que haya dinero la vamos a componer. Los cuartos tienen televisión y aire acondicionado. Es que aquí hace mucho calor: en verano es raro estar a menos de treinta y cinco grados. Por eso tanta gente viene al restaurante sólo a tomarse una Corona o una Budweiser: gringos que cruzan a México por un rato, mexicanos que van de compras al otro lado y se detienen aquí, braceros en busca de alguien que los pase para allá. El restaurante es agradable: tiene su puerta de madera y sus ventanas con marcos también de madera, con el menú escrito en los cristales en letras rojas y verdes. A veces siento que hablo de este lugar como si fuera el dueño. Pero sólo soy el administrador. Trabajo aquí desde hace veinticinco años, desde cuando tenía diecisiete. En este tiempo he visto muchas cosas, muchas historias. La mayoría ya se me olvidaron, no eran importantes. Recuerdo unas cuantas, como la de la gringa que venía huyendo de la policía desde Nueva York y estaba feliz de encontrarse ya en México, tan feliz que dejó una propina de veinte dólares. También recuerdo a un tipo con una pierna de hierro, que a los tres días de estar aquí se suicidó: se dio un balazo en su cuarto después de escribirle a su ex esposa una carta como de veinte páginas. Ésas son historias de gringos, las de los mexicanos son todas iguales: gente que está aquí esperando cruzar. Por eso sólo recuerdo una: la de Irene y su marido.
          Llegaron en abril, por los días en que ya empezaba a sentirse fuerte el calor de la primavera. Traían poco equipaje y poco dinero, según pude ver. Cuando se registraron me fijé en el nombre de ella; el de él lo olvidé en ese momento. Venían de un pueblo en Colima y habían hecho todo el viaje en autobús, seguramente transbordando porque yo no sé de ninguna línea que vaya de aquí hasta allá. Les di una de las habitaciones del primer piso, en el corredor que da al estacionamiento. Subieron a dejar sus cosas y yo creo que a bañarse y a descansar, y en la noche bajó ella a comprar en la recepción una botella de agua y un champú de bolsita. Entonces pude verla bien. Tendría poco menos o poco más de veinte años ya bien macizos en el cuerpo: llenita, como de uno cincuenta, cadera grande, blanca. Pero lo que más me gustó de ella fue su cara. Era muy lisa, muy limpia, como la de esas mujeres que se ponen muchas cremas. Se me hizo demasiado fina para el marido que traía. Y estaba contenta. Sonreía. Le pregunté si todo estaba bien en su cuarto. Me contestó que no salía agua caliente, pero no la habían necesitado porque hacía mucho calor.
          —Mañana a primera hora mando a que le arreglen eso —le dije.
          Ya iba de salida pero ha de haber sentido que yo le estaba mirando el trasero y se volvió. Sus ojos muy serios silenciaron lo que los míos le estaban diciendo.
          Me quedé pensando en ella y más tarde, cuando llegó el encargado a hacer su turno, no pude aguantarme las ganas de acercarme a su cuarto. No había más huéspedes en ese pasillo, así que nadie, excepto ellos, podía sorprenderme. Llegué sin hacer ruido, agachado para que la luz del estacionamiento no fuera a echar mi sombra sobre la ventana. Las cortinas estaban cerradas, pero había un espacio entre ellas. Por ahí me asomé: no se alcanzaba a ver la cama; sólo se veía un trozo de pared iluminado por la luz cambiante de la televisión. Eso sí, se podía oír. Y lo que oí fue a Irene gimiendo bajito, como una niña enferma. Y la oí decir cosas, esas cosas que a todos los hombres nos gusta que nos digan en esos momentos. El ruido de la televisión no alcanzaba a ahogarla. Me quedé ahí hasta cuando se me entumieron las piernas de estar agachado.
          A la mañana siguiente bajaron temprano a almorzar. Se sentaron juntos y pidieron lo mismo. Se veían enamorados, me pareció. El marido le preguntó a la mesera dónde podía contactar a alguien que los pasara al otro lado. Ella lo mandó conmigo. Yo le dije al principio que no sabía nada de eso. Pero luego, por Irene y no por él, le dije que fuera a la cantina Los Dorados y ahí se esperara a que alguien se le acercara y le ofreciera sus servicios. Me preguntó como cuánto cobraban por pasarlos a los dos. Le dije que eso sí no lo sabía. Irene nos observaba desde la mesa, esperando.
          No volví a verlos en el día. Quién sabe dónde comieron, si comieron. En la noche volví a subir a su cuarto y otra vez oí sus ruidos, los de ella.
          Ya en el almuerzo no quise preguntarle al marido cómo le había ido: nunca me ha gustado ayudar en esas cosas, es peligroso. Pueden pensar que uno es cómplice. Él sólo me contó que no había visto al pollero pero ya sabía cuándo y a qué horas iba a Los Dorados. Esa mañana la pasaron juntos, ahí en el hotel, mirando el agua sucia de la alberca inservible. Yo los observaba desde la ventana de la recepción sin que ellos me vieran. Irene llevaba una blusa ligera por la cual asomaban los tirantes rosas de su brasier. En algún momento se sentó en las piernas de él, ella tan pequeña, y empezaron a besarse.
          En la tarde pidieron en el restaurante unos burritos de chicharrón y de chorizo para llevar y los subieron a su cuarto. Luego lo vi bajar a él, solo, y salir a la calle. Yo pensaba en ella. Me hubiera gustado poder hacerle la plática, saber un poco de su vida. Pero no quería hacerme fantasías con una mujer ajena. Para ver si así me despejaba un poco y aprovechando que casi no había huéspedes, le dejé todo encargado a la cajera y me salí a dar la vuelta. Fui a caminar por la parte vieja de la ciudad y me senté un rato en una banca de la plaza a sentir la frescura de los álamos y las palmeras. Un paisano se acercó a pedirme dinero. Andaba descalabrado, todavía sangrando porque lo habían correteado al tratar de pasarse al otro lado. No le di nada: no llevaba dinero. Regresé al hotel.
          Esa noche no quise espiarlos: me daban celos. Me daba envidia. Además ya estaba muy prendido por lo de las dos noches anteriores. Ya me dolían los huevos. Estuve en la administración hasta que llegó el encargado y, en cuanto él tomó mi lugar, salí a buscar un taxi. Fui a la zona de tolerancia. Allá tengo una amiga: es limpia y amable y, aunque ya cobra doscientos cincuenta pesos, a mí me sigue cobrando los doscientos que cobraba cuando empecé a ir con ella. Volví fresco y relajado al hotel y ni siquiera se me ocurrió subir al pasillo.
Al día siguiente no los vi, pero me dijo la camarera que seguían en el hotel. También me dijo que el marido había llegado borracho de la cantina y se habían peleado.
          Entonces hoy habrá reconciliación, pensé, y subí otra vez a ver si los escuchaba. No hubo nada. Sobre el pedazo de pared blanca que alcanzaba a ver por la ventana bailaban las luces de la televisión. Se oían disparos, relinchos de caballos. Fuera de eso, silencio.
Así pasaron dos semanas. Ya casi no tenían dinero. Pagaban diario el alquiler del cuarto, pero ya no iban al restaurante. Compraban cosas en la tienda y se las comían en su cuarto. Yo sufrí junto con Irene todos esos días. La vi perder su sonrisa, la vi llorar. Una mañana lloró porque habían comprado un frasco de mayonesa y el marido lo soltó y se rompió en el piso. Así era ella. He visto hacer drama a muchas mujeres y puedo asegurar que el llanto de Irene no era drama: era sincero, real. Así de simple: era un alma demasiado fina para este mundo jodido; no lo soportaba.
          Un día, finalmente, el marido cruzó al otro lado. Solo. Irene se veía serena cuando fue a comunicármelo.
          —¿Usted quiere ir a mi cuarto? —me preguntó. Me tomó por sorpresa. No supe qué contestar. Ella debió ayudarme:
          —Le gusto, ¿no?
          —Sí —dije por fin.
          —No tengo dinero para irme —aclaró—. El pasaje hasta mi pueblo cuesta como ochocientos pesos.
          —Comprendo —le respondí. No sé por qué me dio vergüenza.
Irene subió a su cuarto. Yo junté el dinero que tenía en la caja —cuatrocientos sesenta pesos— y diez minutos más tarde la alcancé allá arriba.
          Sé que debí haberme sentido afortunado, feliz como un niño al recibir un juguete que sus padres nunca habrían podido comprarle. Pero estaba triste cuando Irene apagó la luz y se quitó la ropa.
          No pude dormir en toda la noche, pensando. Sentía a Irene junto a mí, la tenía abrazada, podía oler cuanto quisiera ese perfume de su cuerpo que sólo de lejos me había llegado. Y sin embargo no lograba sentirme bien. No podía dejar de pensar en que las cosas habrían sido más bonitas si se hubieran dado en otra forma. Pero luego me decía que, después de todo, ésa no había sido una mala manera de obtenerlas: Irene no me había dicho “Te cobro tanto”: no era una prostituta. Estaba necesitada de momento, yo la apoyé económicamente y ella quiso demostrarme su agradecimiento de la única forma en que podía. Así fue. Así fue pero de todos modos yo no podía dejar de estar triste. La sentía respirar a mi lado, dándome la espalda, y veía en mi mente su cara y nos veía juntos.
          En la mañana, en cuanto ella abrió los ojos, le hice la proposición que había estado amasando toda la noche:
          —Quédate a vivir conmigo. No te faltará nada.
          Se me quedó viendo. De pronto me dio la espalda y se puso a llorar, unos instantes. Luego se levantó a bañarse. Yo le grité desde la cama lo que ya antes les había dicho a ella y a su marido:
          —La frontera es un buen lugar para vivir.
          Cuando salió, envuelta en su toalla, Irene estaba sonriendo.
          Se quedó conmigo.
          Se quedó conmigo y cada día y cada noche de los cuatro meses que estuvo aquí supo hacerme feliz. Me ayudaba en el hotel, me hacía de comer cosas de su tierra. En las noches sus pezones de maíz morado llenaban mi boca y mis sueños.
          Al mes de estar juntos le conseguí una visa provisional y la llevé a comprarse ropa al otro lado. Después volvimos otras veces. Recuerdo su cabello despeinado por el viento del río cuando cruzábamos el puente internacional. Se veía contenta, tal vez no dichosa, pero sí contenta, en paz. Ya no miraba con ojos de angustia todo lo que había allá. Aprendió algunas palabras en inglés. Parecía que íbamos a estar juntos siempre y que siempre sería así.
          Pero una mañana volvió el marido. Traía buenas noticias: había conseguido empleo y papeles. Venía por ella. Irene se me quedó viendo un momento, quiero pensar que dudando. Comprendí. Nos dijo a los dos:
          —Voy a arreglar mis cosas.
          El marido pasó al restaurante a esperarla y pidió una cerveza. Yo no quería que me viera: se iba a dar cuenta de que me temblaban las manos y la tristeza estaba a punto de ganarme.
          Irene fue a despedirse, ya con sus cosas.
          —Gracias por todo —me dijo.
          Parecía sentirse mal ella también, apenada tal vez. Pero se le notaba más la alegría, el amor por el hombre.
          —Llévate dinero —le dije.
          —Ya me has dado mucho.
          —Llévate esto por lo menos —era lo que había en la caja: doscientos pesos. Se los puse en la mano y le cerré los dedos sobre los billetes. Luego me puse a hacer unas cuentas. No quería ver cuando se fueran.
          En la tarde salí a caminar. Llegué hasta el puente internacional y me quedé un rato mirando a la gente que pasaba de un lado a otro. El agua reflejaba con fuerza el sol. A lo lejos, en la parte gringa, unos niños jugaban en columpios y resbaladillas.

Un cuanto casi sufi de Gonzálo Suáres

Recogí a un vagabundo en la carretera. Me arrepentí enseguida. Olía mal. Sus harapos ensuciaron la tapicería de mi coche. Pero Dios premió mi acto de caridad y convirtió al vagabundo en una bella princesa. Ella y yo pasamos la noche en un motel. Al amanecer, me desperté en brazos del maloliente vagabundo. Y comprendí que Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad.

La garganta de acero de Mijaíl Bulgakov

Así pues, me quedé solo. Me rodeaban las tinieblas del mes de noviembre mezcladas con torbellinos de nieve que había cubierto la casa; la chimenea aullaba. Yo había pasado los veinticuatro años de mi vida en una gran ciudad y pensaba que las tormentas aúllan solamente en las novelas. Pero resultó que también en la realidad aúllan las tormentas. Aquí las veladas son extraordinariamente largas; la lámpara, bajo su pantalla verde, se reflejaba en la ventana negra y yo soñaba despierto, mientras miraba la mancha que brillaba a mi izquierda. Soñaba con la ciudad del distrito, que se encontraba a cuarenta verstas de distancia. Tenía grandes deseos de escaparme de mi hospital para ir allá. Allí había electricidad, cuatro médicos a quienes podía consultar, y en todo caso no era tan terrible. Pero no había posibilidad alguna de escapar y, por momentos, yo mismo comprendía que aquello no era más que cobardía. Después de todo, justamente para eso había estudiado en la facultad de medicina…
“…¿Y si trajeran a una mujer con complicaciones de parto? ¿O, supongamos, a un enfermo con hernia estrangulada? ¿Qué haría yo en ese caso? Aconséjenme, por favor. Hace cuarenta y ocho días que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia otra. En una ocasión vi cómo un profesor realizaba una operación de hernia estrangulada. Él operaba y yo estaba sentado en el anfiteatro. Eso fue todo…”
Cada vez que pensaba en la hernia, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Cada noche, después de tomar el té, me sentaba en una misma postura: bajo mi brazo izquierdo, estaban todos los manuales de cirugía obstétrica, y encima de ellos, el pequeño Doderlein. A la derecha, unos diez tomos diversos de cirugía práctica, ilustrados. Yo me lamentaba, fumaba, tomaba un té negro y frío…
Me quedé dormido; recuerdo perfectamente esa noche, la del 29 de noviembre. Me despertó un estruendo en la puerta. Cinco minutos más tarde, mientras me ponía los pantalones, no lograba apartar mis ojos implorantes de los divinos libros de cirugía práctica. Oí el crujir de los patines de un trineo en el patio: mis oídos se habían vuelto extremadamente sensibles. Resultó, quizá, algo peor aún que una hernia o que la posición transversal de un bebé: al hospital de Nikólskoie, a las once de la noche, trajeron a una niña. La enfermera dijo con voz sorda:
-Es una niña débil, se está muriendo… Doctor, venga al hospital…
Recuerdo que atravesé el patio y me dirigí hacia la lámpara de petróleo que estaba junto a la entrada del hospital y, como hechizado, no conseguía apartar la vista de la luz parpadeante. La recepción ya estaba iluminada y toda la plantilla de ayudantes me esperaba con las batas puestas. Eran: el enfermero Demián Lukich, un hombre todavía joven pero muy eficiente, y dos experimentadas comadronas, Ana Nikoláievna y Pelagueia Ivánovna. Yo no era más que un médico de veinticuatro años que se había graduado dos meses atrás y que había sido designado para dirigir el hospital de Nikólskoie.
El enfermero abrió solemnemente la puerta y apareció la madre. Entró apresuradamente, patinando sobre sus botas de fieltro; la nieve aún no se había derretido en su pañuelo. Llevaba en sus brazos un envoltorio que acompasadamente emitía silbidos y respiraba produciendo un sonido sordo. El rostro de la madre, que lloraba en silencio, estaba demudado. Cuando la mujer se quitó la pelliza y el pañuelo y abrió el envoltorio, vi a una niña de unos tres años. La observé y por un momento me olvidé de la cirugía, la soledad, el inútil bagaje universitario; me olvidé definitivamente de todo a causa de la belleza de la niña. ¿Con qué se podía comparar? Solo en las cajas de bombones dibujan niños así, con rizos naturales en el cabello, formando grandes bucles del color del trigo maduro. Los ojos azules, enormes; las mejillas como las de una muñeca. Así dibujaban a los ángeles. Pero una extraña turbación anidaba en el fondo de sus ojos y comprendí que era miedo: la niña se asfixiaba. “Morirá dentro de una hora”, pensé con absoluta convicción, y mi corazón se contrajo dolorosamente…
Cada vez que la niña respiraba, en su garganta se formaban pequeños hoyuelos, las venas se hinchaban y el rostro pasaba de un tono rosado a uno ligeramente liláceo. De inmediato comprendí y valoré ese cambio de color. Enseguida me di cuenta de lo que se trataba; mi primer diagnóstico fue exacto y, lo más importante, coincidió con el de las comadronas, que tenían mucha experiencia: “La niña tiene garrotillo diftérico, la garganta ya está cubierta de falsas membranas y pronto se cerrará completamente…”
-¿Cuántos días lleva enferma la niña? -pregunté en medio del atento silencio de mi personal.
-Es el quinto día, el quinto -dijo la madre, y me miró profundamente con sus ojos secos.
-Garrotillo diftérico -dije entre dientes al enfermero, y a la madre le dije-: ¿En qué estabas pensando? ¿Eh? ¿En qué estabas pensando?
En ese momento se oyó detrás de mí una voz llorona:
-¡El quinto, padrecito, el quinto!
Me volví y vi a la abuela de cara redonda, con la cabeza cubierta por un pañuelo. “Sería magnífico que estas abuelas no existieran en el mundo”, pensé con un lóbrego presentimiento del peligro, y dije:
-Tú, abuela, cállate; estorbas.
A la madre le repetí:
-¿En qué pensabas? ¡El quinto día! ¿Eh?
De pronto la madre, con un movimiento de autómata, entregó la niña a la abuela y se arrodilló delante de mí.
-Dale unas gotas a la niña -dijo, y golpeó el suelo con la frente-, me ahorcaré si se muere.
-Levántate inmediatamente -le contesté-, de lo contrario no hablaré contigo.
La madre se levantó rápidamente, recibió a la niña que le entregaba la abuela y comenzó a mecerla en sus brazos. La abuela se puso a rezar en dirección a la puerta, mientras la niña continuaba respirando con un silbido de serpiente. El enfermero dijo:
-Siempre hacen lo mismo. El pueblo -y al decir esto sus bigotes se torcieron hacia un costado.
-¿Quiere decir que la niña morirá? -preguntó la madre mirándome con negra furia, o al menos así lo percibí yo entonces…
-Morirá -dije en voz baja y con firmeza.
La abuela inmediatamente cogió el borde de su falda y comenzó a secarse con él los ojos. La madre me suplicó con voz abatida:
-¡Dale algo, ayúdala! ¡Dale unas gotas!
Ya veía con claridad lo que me esperaba. Me mantuve firme.
-¿Qué gotas le voy a dar? Aconséjame tú. La niña se está asfixiando, la garganta se ha cerrado. Durante cinco días seguidos has descuidado a tu hija a quince verstas de donde yo estoy. Ahora, ¿qué quieres que haga?
-Tú lo sabrás mejor, padrecito -comenzó a lloriquear la abuela en mi hombro izquierdo, con voz afectada. ¡Cómo la odié en ese momento!
-¡Cállate! -le dije. Me dirigí al enfermero y le ordené que cogiera a la niña. La madre entregó la niña a la comadrona. La niña comenzó a agitarse y quería, por lo visto, gritar, pero la voz ya no salía de su garganta. La madre quiso defenderla, pero la apartamos; entonces pude examinar, a la luz de la lámpara de petróleo, la garganta de la niña. Nunca hasta entonces me había enfrentado con la difteria, salvo en algunos casos leves que había aliviado rápidamente. En la garganta había algo que bullía, algo blanco, desgarrado. La niña de pronto espiró y me escupió en la cara, pero yo, ocupado como estaba por mis pensamientos, no me preocupé por mis ojos.
-Mira -dije, sorprendiéndome por mi tranquilidad-, el asunto es el siguiente. Ya es demasiado tarde. La niña se está muriendo. Solo hay una cosa que podría ayudarla: una operación.
Yo mismo me horroricé. ¿Para qué lo habría dicho? Pero no podía dejar de decirlo. “¿Y si aceptan?”, pasó fugazmente por mi cabeza.
-¿Cómo una operación? -preguntó la madre.
-Es necesario hacerle un corte en la parte inferior de la garganta e introducir un tubito de plata, para dar a la niña la posibilidad de respirar; así quizá podamos salvarla -le expliqué.
La madre me miró como a un loco y protegió a la niña con sus brazos mientras la abuela se ponía a refunfuñar de nuevo:
-¡No! ¡No dejes que la operen! ¡No! ¡¿Cortarle la garganta?!
-¡Lárgate, abuela! -le dije con odio-. ¡Inyéctele alcanfor! -ordené al enfermero.
La madre no quiso entregar a la niña cuando vio la jeringuilla, pero le explicamos que la inyección no era nada terrible.
-¿Quizá eso la ayudará? -preguntó la madre.
-No, no la ayudará en absoluto.
Entonces la madre se echó a llorar.
-Basta -le dije. Saqué mi reloj y añadí-: Les doy cinco minutos para pensarlo. Si no están de acuerdo dentro de cinco minutos, yo ya no haré nada.
-¡No estoy de acuerdo! -dijo tajantemente la madre.
-¡No damos nuestro consentimiento! -añadió la abuela.
-Bueno, como quieran -añadí con voz sorda, y pensé: “¡Bien, esto es todo! Mejor para mí. Yo lo he dicho, lo he propuesto; los ojos asombrados de las comadronas son testigos. Ellas no han aceptado y yo estoy salvado.” No acababa de pensarlo cuando una voz ajena salió de mi interior:
-¿Se han vuelto locas? ¿Cómo que no están de acuerdo? Matarán a la niña. Acepten. ¿No les da lástima?
-¡No! -gritó nuevamente la madre.
En mi interior pensaba: “¿Qué estoy haciendo? Voy a degollar a la niña.” Pero decía otra cosa.
-¡Pronto, pronto, acepten! ¡Acepten! Ya se le están poniendo azules las uñas.
-¡No! ¡No!
-Está bien, acompáñenlas a la sala; que se queden allí.
Las llevaron por el corredor casi a oscuras. Yo oía el llanto de las mujeres y el silbido de la niña. El enfermero regresó enseguida y dijo:
-¡Aceptan!
En mi interior todo se petrificó, pero dije con claridad:
-¡Esterilicen de inmediato el bisturí, las tijeras, las grapas, la sonda!
Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía. “¡Eh!, ahora ya es tarde”, pensé, y miré con melancolía la luz azulada y la ilustración del libro; sentí que había caído sobre mí un asunto terrible y difícil y regresé al hospital sin percatarme de la tormenta.
En la recepción, una sombra con falda redonda se pegó a mí y una voz comenzó a lloriquear:
-Padrecito, ¿qué es eso de que vas a cortarle la garganta a la niña? ¿Acaso se puede pensar siquiera en algo así? Ella es una tonta, por eso ha aceptado. Pero yo no te doy mi consentimiento, no. Estoy de acuerdo en que le recetes unas gotas, pero no permitiré que le cortes la garganta.
-¡Saquen de aquí a esta mujer! -grité, y en mi acaloramiento añadí-: ¡La tonta eres tú! ¡Tú! ¡Ella no, ella es inteligente! ¡Además, a ti nadie te ha preguntado nada! ¡Sáquenla de aquí!
La comadrona abrazó firmemente a la abuela y la empujó fuera de la sala.
-¡Listo! -dijo de pronto el enfermero.
Entramos en la pequeña sala de operaciones y yo, como a través de una cortina, observé los brillantes instrumentos, la cegadora luz de la lámpara, el hule… Salí por última vez a donde estaba la madre, de cuyos brazos apenas lograron arrancar a la niña. Oí una voz ronca que decía: “Mi marido no está. Está en la ciudad. ¡Cuando regrese y se entere de lo que he hecho, me matará!”
-La matará -repitió la abuela, mirándome horrorizada.
-¡No las dejen entrar en la sala de operaciones! -ordené.
Nos quedamos solos en el quirófano. El personal, Lidka (la niña) y yo. La niña estaba desnuda. La habían sentado sobre la mesa. Lloraba en silencio.
Luego la acostaron, la sujetaron, le limpiaron la garganta y la untaron con yodo. Yo tomé con decisión el bisturí, pero pensaba: “¿Qué estoy haciendo?” Había un profundo silencio en la sala de operaciones. Tomé el bisturí e hice una línea vertical por la regordeta garganta blanca. No salió ni una gota de sangre. Por segunda vez pasé el bisturí por la franja blanca que había aparecido en la piel, que se había separado. Ni una gota nuevamente. Despacio, intentando recordar ciertos dibujos de los atlas, comencé con ayuda de una sonda roma a separar los delgados tejidos. Entonces, de la parte inferior del corte brotó una sangre oscura que inundó de inmediato la herida y comenzó a correr por el cuello. El enfermero la secaba con tampones, pero la sangre no dejaba de correr. Recordando todo lo que había visto en la universidad, comencé a apretar con pinzas los bordes de la herida, pero no obtuve ningún resultado. Sentí frío y mi frente se humedeció. Me arrepentí profundamente de haber ingresado en la facultad de medicina, de haber aceptado venir a este remoto lugar. Con furiosa desesperación metí una pinza al azar en alguna parte próxima a la herida, la cerré y la sangre inmediatamente dejó de correr. Absorbimos la sangre de la herida con bolas de gasa y solo entonces la herida se me presentó limpia, pero completamente incomprensible. La tráquea no estaba en ninguna parte. Mi herida no tenía nada que ver con ninguna de las ilustraciones de los libros. Pasaron todavía dos o tres minutos durante los cuales, de un modo mecánico y totalmente incoherente, estuve hurgando en la herida, unas veces con el bisturí y otras con la sonda, en busca de la tráquea. Al final del segundo minuto comencé a desesperarme. “Es el fin -pensé-, ¿para qué habré hecho esto? Podía no haber propuesto la operación y Lidka habría muerto tranquilamente en su habitación, mientras que ahora morirá con la garganta desgarrada y nunca, jamás, podré demostrar que de todas formas habría muerto, que yo no podía perjudicarla…” La comadrona secó en silencio mi frente. “Dejar el bisturí y decir: no sé qué hacer ahora”, pensé, e inmediatamente me imaginé los ojos de la madre. De nuevo levanté el bisturí y, sin sentido alguno, corté profunda y bruscamente a Lidka. Los tejidos se separaron e inesperadamente apareció ante mis ojos la tráquea.
-¡Los ganchos! -dije con voz ronca.
El enfermero me los dio. Introduje un gancho en un lado de la herida y el segundo en el otro y le di uno de ellos al enfermero. En ese momento solo veía una cosa: los anillos grisáceos de la tráquea. Hundí el afilado bisturí en la tráquea y me quedé inmóvil. La tráquea comenzó a salirse de la herida: el enfermero, pensé, se ha vuelto loco, ha comenzado a extraer la tráquea. Las dos comadronas gritaron detrás de mí. Levanté los ojos y comprendí lo que ocurría: el enfermero se estaba desmayando por el calor y, sin soltar el gancho, rompía la tráquea. “Todo está en mi contra, es el destino -pensé-, ahora sí que hemos degollado a Lidka. -Y me dije-: En cuanto llegue a casa me pegaré un tiro…” En ese instante, la comadrona principal, que por lo visto tenía mucha experiencia, se lanzó de un modo rapaz hacia el enfermero y cogió el gancho que este sostenía; luego me dijo con los dientes apretados:
-Continúe, doctor…
El enfermero cayó ruidosamente, dándose un golpe, pero nosotros no lo miramos siquiera. Introduje el bisturí en la tráquea y luego metí en ella un tubito de plata. El tubo entró con facilidad, pero Lidka permaneció inmóvil. El aire no había entrado en su garganta, como debiera haber ocurrido. Respiré profundamente y me detuve: no tenía nada más que hacer. Solo quería pedirle perdón a alguien, arrepentirme de mi ligereza, de haber ingresado en la facultad de medicina. Reinaba el silencio. Yo veía cómo Lidka se ponía cada vez más azulada. Quería abandonarlo todo y echarme a llorar. De pronto Lidka se estremeció de un modo extraño, arrojó como una fuente los sucios coágulos a través del tubo y el aire, con un silbido, entró en su garganta. La niña respiró y comenzó a llorar fuertemente. En ese instante el enfermero se levantó, pálido y sudoroso, miró alelado y horrorizado la garganta abierta y se puso a ayudarme a coserla.
A pesar del cansancio y del velo del sudor que me cubría los ojos, vi los rostros felices de las comadronas. Una de ellas me dijo:
-Ha realizado brillantemente la operación, doctor.
Pensé que se estaba burlando de mí y la miré con aire sombrío de reojo. Luego se abrieron las puertas y penetró el aire fresco. Sacaron a Lidka envuelta en una sábana. De inmediato, en la puerta, se presentó la madre. Sus ojos parecían los de una fiera salvaje. Me preguntó:
-¿Y bien?
Cuando oí el tono de su voz el sudor me recorrió la espalda, y solo entonces me di cuenta de lo que habría ocurrido si Lidka hubiera muerto en la mesa de operaciones. Pero le contesté con una voz muy serena:
-Tranquila. Vive y seguirá viva. Eso espero. Solo que mientras no le saquemos el tubito no podrá pronunciar ni una palabra, así que no se asusten.
Entonces la abuela salió de debajo de la tierra y se santiguó en dirección al pomo de la puerta, hacia mí, hacia el techo. Pero yo ya no me enfadaba con ella. Me volví y ordené que le inyectaran alcanfor a Lidka y que por turnos hicieran guardia junto a ella. Luego me fui a mi apartamento. Recuerdo que la luz azulada ardía en mi gabinete. Allí estaba el Doderlein, había libros esparcidos. Me acerqué al diván, me acosté vestido e inmediatamente dejé de ver cualquier cosa. Me quedé dormido y ni siquiera soñé.
Pasó un mes, otro. Yo había visto ya muchas cosas y algunas más terribles que la garganta de Lidka. Incluso la había olvidado. Estábamos rodeados de nieve y la consulta crecía de día en día. En una ocasión, ya al año siguiente, entró en mi consultorio una mujer llevando de la mano a una niña exageradamente abrigada. Los ojos de la mujer brillaban. La miré con atención y la reconocí.
-¡Ah, Lidka! ¿Cómo está la niña?
-Bien.
Dejamos al descubierto la garganta de Lidka. La niña se resistía, tenía miedo. Por fin logré levantarle el mentón y examinarla. En su cuello rosado había una cicatriz vertical de color marrón y dos cicatrices transversales delgadas, las de las costuras.
-Todo está en orden -dije-, pueden dejar de venir.
-Se lo agradezco doctor, muchas gracias -dijo la madre, y ordenó a Lidka-: ¡Dale las gracias al señor!
Pero Lidka no tenía deseos de decirme nada.
No volví a verla nunca más. Comencé a olvidarla. Mi consulta seguía creciendo. Y llegó el día en que recibí a ciento diez personas. Habíamos comenzado a las nueve de la mañana y terminamos a las ocho de la noche. Yo, tambaleándome, me quité la bata. La comadrona principal me dijo:
-Tal cantidad de pacientes debe agradecérsela a la traqueotomía. ¿Sabe lo que dicen en las aldeas? Que a Lidka, en lugar de su garganta, usted le puso una de acero y se la cosió. Viajan especialmente a la aldea donde vive la niña para verla. Ya tiene usted fama, doctor, lo felicito.
-¿De modo que creen que vive con la garganta de acero? -pregunté.
-Sí, eso creen. Usted, doctor, es excelente. ¡Es un encanto ver la sangre fría con que opera!
-Sí… Yo, sabe usted, jamás me pongo nervioso -dije sin saber por qué, pero era tanto mi cansancio que ni siquiera pude avergonzarme, simplemente volví la vista hacia otro lado. Me despedí y me dirigí a mi apartamento. Caía una nieve gruesa que lo cubría todo; el farol ardía y mi casa estaba solitaria, tranquila y grave. Y yo, en el camino, solo deseaba una cosa: dormir.

bulgakov

(Mijaíl Afanásievich Bulgakov; Kiev, 1891 – Moscú, 1940) Novelista y dramaturgo ruso. Hijo de un profesor de la Academia Eclesiástica de Kiev, Mijaíl Bulgakov estudió medicina y ejerció como médico hasta que, en 1921, se trasladó a Moscú para dedicarse en exclusiva a la literatura. En el decenio de 1920 alcanzó considerable fama como autor teatral: en 1928 llegó a tener tres obras representándose simultáneamente en las escenas de los más importantes teatros de Moscú.

Qué es la difteria?

Es una enfermedad aguda, que puede ser muy grave. Descrita por Hipócrates 500 años antes de Cristo. La palabra difteria viene del griego y significa “membrana”.

La bacteria produce una toxina (veneno) que causa la aparición de pseudomembranas obstructivas en nasofaringe, orofaringe, amígdalas, laringe y tráquea. A veces afecta la conjuntiva, la mucosa genital y la piel. También puede dañar otros órganos como corazón, sistema nervioso o riñones.

Es una enfermedad muy poco frecuente en los países desarrollados pues casi toda la población está correctamente vacunada contra ella.

La difteria ha sido de las enfermedades más temidas. Su mortalidad llegaba al 50%. Tras descubrir la antitoxina a finales del siglo XIX, la mortalidad bajó en Europa hasta un 15%. En 1923 se usa por primera vez el toxoide como vacuna, aunque su uso tardó décadas en generalizarse.

En la mayoría de los países industrializados, la difteria ha desaparecido o se producen casos aislados. Donde aún se producen casos, afecta sobre todo a niños en edad preescolar y escolar. Es importante vacunar correctamente a toda la población para evitar brotes como los sufridos por países de la ex Unión Soviética durante la década de 1990.

Aunque la antitoxina y los modernos cuidados intensivos han reducido la mortalidad de la difteria en países industrializados, sigue siendo alta en muchos países en desarrollo.

En España era llamada “garrotillo”, pues la muerte por asfixia que causaba, recordaba a los ajusticiados mediante garrote vil. La incidencia anual disminuyó de forma importante tras iniciarse campañas de vacunación en 1965, pasando de 27.500 casos en 1940 a 248 casos en 1966. En 1986 se notificaron los dos últimos casos de difteria en nuestro país. En 2015 se ha vuelto a declarar un caso que desgraciadamente ha terminado con la vida de un niño de 6 años que no  estaba vacunado.

En muchos países subdesarrollados sigue siendo un problema de salud pública. Especialmente en Asia, (en particular la India, Nepal y Bangladesh), el Sudeste Asiático, el Pacífico occidental (Indonesia, Filipinas, Vietnam, Laos y Papúa Nueva Guinea), el África subsahariana (Nigeria), América del Sur (Brasil) y el Medio Oriente (Irak y Afganistán). Aunque en los últimos años se ha generalizado el uso de la vacuna.

EMIL VON BEHRING (1854-1917):

Pionero de la inmunología y descubridor de las vacunas contra el tétanos y la difteria

A fines del siglo XIX, las epidemias eran causa de muchas muertes en la población civil y, sobre todo, en los niños. En esa época se inicia una carrera de investigación entre las escuelas de Robert Koch en Alemania y de Louis Pasteur en Francia, que llevó a grandes descubrimientos que beneficiaron a generaciones futuras. Emil von Behring descubrió las vacunas contra el tétanos y la difteria –por lo que se le llamó “salvador de los soldados y de los niños” – e inició el desarrollo de la Inmunología.