Etgar Keret: cuento Yad Vashem — SENDERO blog

Entre la exhibición de los judíos europeos antes del ascenso del nazismo y la de la Kristallnacht había una barrera de cristal transparente. Esta partición tenía un significado simbólico directo: para los no iniciados, la Europa de antes y la de después de la noche de ese pogromo histórico podían parecer la misma, pero en […]

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El ruido del trueno de Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es…

Eckels terminó la frase:

-Matar mi dinosaurio.

-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

Eckels enrojeció, enojado.

-¿Trata de asustarme?

-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.

-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

El sol se detuvo en el cielo.

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler… no han existido.

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

-No me parece muy claro -dijo Eckels.

-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

-Entiendo.

-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!

-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.

-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?

-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

-¿Para estudiarlos?

-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?

-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?

Travis y Lesperance se miraron.

-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones…, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

Eckels sonrió débilmente.

-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma…

Eckels enrojeció.

– ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

– Lesperance miró su reloj de pulsera.

-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

Se adelantaron en el viento de la mañana.

-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.

– Ah -dijo Travis.

-Todos se detuvieron.

Travis alzó una mano.

-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

Silencio.

El ruido de un trueno.

De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

-Jesucristo -murmuró Eckels.

-¡Chist!

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.

-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

-¡Cállese! -siseó Travis.

-Una pesadilla.

-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

-¡Nos vio!

-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.

Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

-¡Eckels!

Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

El trueno se apagó.

La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.

En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

-Límpiense.

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.

Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?

-¿Qué?

-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

-Lo siento -dijo al fin.

-¡Levántese! -gritó Travis.

Eckels se levantó.

-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera…

-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

Eckels buscó en su chaqueta.

-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

-¡Eso no tiene sentido!

-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

-No había por qué obligarlo a eso – dijo Lesperance.

-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.

-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.

Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.

-¿Quién puede decirlo?

-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

-Soy inocente. ¡No he hecho nada!

1999, 2000, 2055.

La máquina se detuvo.

-Afuera -dijo Travis.

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

Travis miró alrededor con rapidez.

-¿Todo bien aquí? -estalló.

-Muy bien. ¡Bienvenidos!

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

Eckels no se movió.

-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran… eran… Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio…, se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco…

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

– ¿Quién… quién ganó la elección presidencial ayer?

El hombre detrás del mostrador se rió.

-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…?

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

La verdad de A. Chimal

Los liolio decían siempre lo contrario de lo que pensaban, de tal suerte que los peores enemigos se saludaban con alegría; los amantes no dejaban de decirse adiós; los generales ordenaban cargar cuando el ejército debía retirarse; las madres amonestaban a los hijos más obedientes. Siempre. Pero viajeros de todas las regiones iban hasta los liolio para oírlos hablar, vivir de ese modo tan extraño, y acaso uno de ellos, un mercader o un contador de cuentos, les enseñó a mentir (arte que les era desconocido y aun impensable).

Por lo que empezaron a decir lo que pensaban; a decir lo que no pensaban a sabiendas de que nadie les creería, y a hablar también con intenciones rectas, pero sin que nadie les diera crédito. Terminaron por mezclar lo que pensaban y lo que no en el discurso, en la acción y hasta en el pensamiento; así se volvieron iguales al resto de los pueblos del mundo, y se dispersaron, pues unos a otros, se dice, ya no podían comprenderse.

alberto-chimal

El tirador galante de Charles Baudelaire

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La llave de Tanizaki

Este año me propongo escribir libremente sobre un tema
del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar
mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda
leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería
a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la
rígida educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran
poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que
más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable
que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin
embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por
primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra
vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es
una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos,
que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo
peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor
femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los
que esconder la llave del cajón donde guardo este cuaderno,
es muy posible que una mujer como ella los haya registrado
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todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave.
Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal
vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Puede que en
mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya
confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón
y escondo la llave? Posiblemente sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es
probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando
en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la
verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en
alguna otra parte.
¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me
responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de
que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí
no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy
a insistir más, pues solo conseguiría resultar más sospechoso.
Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene.
No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le
gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta
obligado a escribir sobre esos temas es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto
pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo
de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las excepcionales ocasiones en que intento contarle
alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de
más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor
para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la
cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas
cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero
matrimonio?
Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la
oportunidad de hablar con ella acerca de nuestros problemas
sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como si
no, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta.
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Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que
le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es
cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año
cumpliré cincuenta y cinco (ella debe de tener ahora cuarenta
y cuatro), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero aun así me fatigo con facilidad cuando hacemos
el amor y una frecuencia semanal o cada diez días es suficiente
para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella
más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama.
Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo
tomármelo. No me pasa desapercibido que soy un marido que
no da la talla, y no obstante… Supongamos que ella tuviera
una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero solo estoy
planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo
podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud,
¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos
apetitos?
Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía.
Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y
durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para
pensar… Pese a ello, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno actúo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate
de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente,
y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría
de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del
que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de
experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no hubiera sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde
mi juventud, y sé que muy pocas mujeres tienen la adecuación
física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido
a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, hubiera causado sensación; hubiera llegado a ser una
gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían
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arracimado en torno a ella. (Quizás no debería mencionar esto,
pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su
reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada
o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en
su fuero interno, se sienta orgullosa?) Tan solo pensar en ese
don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo
supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella,
¿qué sucedería?
Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi
sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por
mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados,
por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y por mi parte, hago cualquier cosa que a ella
parezca gustarle –besarle las axilas o lo que sea– a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no
reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación
sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta
clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se
aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder.
Por otro lado, Ikuko sabe que siento cierta inclinación fetichista por los pies y que adoro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, que nadie diría que son los de una mujer
de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi
nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o
«¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta
más difícil que nunca tratar con ella.
Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es
mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera
noche» del nuevo año y, sin duda, ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.
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4 de enero
Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, mientras él había
salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el
suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Quizás haya sido tan solo un
accidente, pero no puedo creer que se le haya caído por puro
descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario
desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido.
Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia
del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero
eso es todo lo que sé, y no tengo interés en saber más. Jamás
se me había pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo
que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente
seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave.
En ese caso, ¿por qué la habrá dejado tan a la vista? ¿Acaso
ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que
me está diciendo: «Puedes leerlo en privado: aquí está la llave».
¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizás lo
que dice es que: «A partir de ahora reconozco que lo estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces»?
En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo
leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología
más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta
permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me
interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere
mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea
cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo.
Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré
lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos
tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de
dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a
que él salga de casa para ponerme a escribir, y ocultar el cua-
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derno en cierto sitio en el que mi marido jamás se le ocurrirá
pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene
para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el
suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario, y
eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad.
Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo
año… pero ¡cómo me avergüenza poner por escrito una cosa
así! Mi difunto padre solía decirme: «La discreción ante todo».
¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he
degradado!… Como de costumbre, mi marido experimentó
la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé
insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide
disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque
soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según
él, soy demasiado «convencional», estoy «inhibida» en exceso; en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo,
dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto
que es del todo anormal; solo en ese aspecto no soy pasiva ni
reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he
estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma
postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le
pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe
de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la
excesiva frecuencia de mis solicitudes.
Mi marido me considera prosaica y poco romántica. «No
me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero», me dice. «Me
consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de veras, deberías ser más apasionada, deberías acceder a
cualquier cosa que te pida.» Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara
excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el
menor esfuerzo por cooperar con él… que, por hambrienta
que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de
brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa.
Supongo no es irracional que mi marido piense eso de mí,
pero mis padres me educaron en la creencia de que una esposa debe ser reservada y modosa, y, ciertamente, jamás agresiva
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hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en
una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo
más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para
que se manifieste. En el momento en que intento que aflore,
empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no
resplandeciente.
He empezado a pensar que nuestro enlace fue un terrible
error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo
sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos
he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo
la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi
legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda solo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación
nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro
matrimonio, durante la luna de miel –hace ya tanto tiempo–,
cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo
que me estremecí al verle el rostro cuando se quitó las gafas de
miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco
raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso
cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. Le devolví la
mirada sin poder evitarlo, parpadeando, y en cuanto vi aquella
piel suave y brillante como el aluminio, me estremecí de nuevo.
Aunque no lo había notado durante el día, vi que los pelos del
bigote y la barba le despuntaban bajo la nariz y alrededor de los
labios (tiende a ser velludo) y también eso me causó una vaga
repugnancia.
Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan
de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo
mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar
la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la
cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando
él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle como le sea posible. (Intento re-
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chazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación
de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido
relaciones íntimas con otro hombre, y me intriga saber si todos
tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias
caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de
todos los hombres?
7 de enero
Hoy Kimura nos ha hecho una visita para felicitarnos por el
Año Nuevo. Yo había empezado a leer Santuario, de Faulkner,
y regresé a mi estudio en cuanto hubimos intercambiado los
saludos. Él habló con mi mujer y Toshiko durante un rato en
la sala de estar, y entonces, alrededor de las tres, se las llevó al
cine, a ver Sabrina. Regresó con ellas a las seis, se quedó a cenar
y, tras la sobremesa, se marchó hacia las nueve.
Durante la cena, todos, excepto Toshiko, tomamos un poco
de coñac. Últimamente Ikuko parece beber algo más. Fui yo
quien la inicié, pero a ella le gustó desde el principio. Si la estimulas a hacerlo, beberá una cantidad considerable. Es cierto
que nota los efectos del alcohol, pero de una manera furtiva,
secreta, sin que se trasluzca. Reprime su reacción tan bien que
a menudo la gente no se da cuenta de lo mucho que ha bebido.
Esta noche Kimura le ha servido dos copas y media de coñac.
Ella se ha puesto un poco pálida, pero no parecía embriagada.
En cambio, Kimura y yo hemos enrojecido. Él no aguanta muy
bien el licor, la verdad es que no lo aguanta tan bien como
Ikuko. Pero ¿no ha sido esta noche la primera vez que ha permitido que otro hombre la persuadiera a beber? Él le había
ofrecido una copa a Toshiko, quien la rechazó y le dijo: «Dásela
a mamá».
Desde hace algún tiempo observo que Toshiko se muestra
reservada con Kimura. ¿Es porque cree que él tiene demasiadas atenciones hacia su madre? Esa idea también se me había
pasado por la cabeza, pero llegué a la conclusión de que estaba siendo celoso y la descarté. Tal vez estuviese en lo cierto, a
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fin de cuentas. Aunque mi mujer suele mostrarse fría con los
invitados, sobre todo con los hombres, con Kimura es bastante cordial. Ninguno de nosotros lo ha mencionado, pero se
parece a cierto actor norteamericano, que resulta ser el actor
favorito de Ikuko. (He observado que no deja de ver ninguna
de sus películas.)
Naturalmente, procuro que Kimura nos visite con frecuencia, porque le considero un posible candidato a la mano de Toshiko, y le he pedido a mi esposa que observe qué tal se llevan
los dos. Sin embargo, Toshiko no parece en absoluto interesada
por él, y hace cuanto puede para no quedarse a solas en su
compañía. Cada vez que viene a verla, incluso cuando van al
cine, siempre le pide a su madre que los acompañe.
–Lo estropeas todo al ir con ellos –le digo a Ikuko–. Déjalos
solos.
Pero ella se muestra disconforme y dice que, como madre,
tiene la responsabilidad de ir con ellos. Cuando le replico que
esa manera de pensar es anticuada, que debería confiar en
ellos, admite que tengo razón, pero dice que Toshiko quiere
que los acompañe. Suponiendo que así sea, ¿no se deberá a que
la muchacha sabe que a su madre le gusta Kimura? De alguna
manera, no puedo evitar la sensación de que han llegado a un
acuerdo tácito al respecto. Es posible que Ikuko no lo sepa y
crea que tan solo hace de carabina, pero creo que Kimura le
parece sumamente atractivo.
8 de enero
Anoche estaba un poco bebida, pero mi marido lo estaba
mucho más. Me pidió una y otra vez que le besara los párpados,
algo en lo que no había insistido últimamente, y yo había ingerido el coñac suficiente para hacerlo. Eso no hubiera tenido
mayores consecuencias, de no haberle visto por descuido lo
único que no soporto: su cara sin gafas. Al besarle cierro los
ojos, pero anoche los abrí antes de terminar, y su piel como
de alumino apareció ante mí como un primer plano en cine-
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mascope. Me estremecí y tuve la sensación de que yo misma
palidecía. Por suerte, no tardó en ponerse de nuevo las gafas
y, como de costumbre, empezó a examinar mis manos y pies.
No dije nada y apagué la luz. Él extendió la mano, en busca del
interruptor, pero yo empujé la lámpara y la alejé de él.
–¡Espera un momento! –me rogó–. Déjame que te mire otra
vez. Por favor…
Tanteó en la oscuridad, pero no pudo encontrar la lámpara
y, finalmente, abandonó el intento… Su abrazo fue mucho más
largo que de costumbre.
Siento un profundo desagrado hacia mi marido, pero le amo
casi con la misma intensidad. Por mucho que él me repugne,
jamás me entregaré a otro hombre. De ninguna manera podría
abandonar mis principios que me obligan a la fidelidad. Pese a
lo mucho que me exaspera su manera morbosa y repulsiva de
hacer el amor, es evidente que sigue enamorado de mí y siento
que, de alguna manera, he de responder a su afecto.
Ojalá hubiera conservado en mayor medida su vigor de antaño… ¿Por qué se ha reducido tanto su vitalidad? Según él,
la culpa es mía, porque soy demasiado exigente. Dice que las
mujeres pueden tolerarlo, pero no los hombres que trabajan
con el intelecto, a quienes esa clase de excesos pronto hacen
mella. Me azora al decirme esas cosas, pero sin duda sabe que
no tengo la culpa de mis necesidades físicas. Si realmente me
quisiera, debería aprender a satisfacerme. No obstante, confío
en que recuerde que no puedo soportar esos innecesarios hábitos juguetones que, lejos de estimularme, dan al traste con mi
buena disposición de ánimo. Mi naturaleza siempre me inclina
hacia las costumbres tradicionales, y quiero realizar el acto ciegamente, en silencio, bajo gruesos edredones, en el dormitorio
a oscuras. Es un terrible infortunio para un matrimonio que los
gustos de cada uno estén tan enfrentados en este aspecto. ¿No
habrá alguna manera de que lleguemos a un acuerdo?

Tanizaki

Mal de tren de Tanizaki

Fue a primeros de junio pasado, estando en Kioto, cuando me amenazó la enfermedad. Por supuesto, ya había sufrido ataques en Tokio pero, absteniéndome de alcohol, tomando baños fríos y masajes e ingiriendo píldoras, me consideré recuperado. Mas después de llegar a Kioto empecé a llevar una vida cada vez más irregular y pasé muchas noches en los bares y en las casas de geishas, con lo que me encontré resbalando hacia una recaída.

Según dice un amigo, esta alteración mía —esta atormentadora y estúpida alteración en la que me asquea ahora pensar— es probablemente una especie de neurosis llamada Eisenbhankrankheit (mal de tren). Mis ataques no tienen nada que ver con la náusea y el vértigo de los mareos: sufro las agonías del propio terror. En el momento en que me subo a un tren, en el instante en que pita el silbato y las ruedas empiezan a girar y los vagones arrancan balanceándose, en ese instante, se me acelera el pulso en todas las venas como si hubiese sido estimulado por una bebida fuerte, y la sangre se me sube a la cabeza. Un sudor frío aflora por todo mi cuerpo, los brazos y las piernas empiezan a temblarme como si tuviese tercianas. Me parece que, si no me someto a un tratamiento de emergencia, toda mi sangre —cada una de sus gotas— se precipitará dentro de ese pequeño recipiente, redondo y duro, que llevo encima del cuello, hasta que el mismo cráneo, como un globo de juguete inflado más allá de su capacidad, no tenga más remedio que estallar. Y, encima, el tren, con absoluta indiferencia y tremenda energía, se lanza por los raíles a toda velocidad. “¿Qué vale la vida de un ser humano?”, parece preguntar. Vomitando como un volcán su humo hollinoso y rugiendo a lo largo de su osado y cruel camino, se lanza ansioso, implacable, hacia los túneles color azabache, a lo largo de vacilantes puentes de acero, cruzando ríos, a través de praderas, bordeando bosques. Los pasajeros, también ellos, parecen demasiado indiferentes, mientras leen, fuman, descabezan un sueño o hasta contemplan por la ventanilla el panorama que se desenrolla vertiginosamente.

“¡Socorro, me muero!”, grito en mi interior, poniéndome pálido y jadeando como embargado por un fatal paroxismo. Corro al lavabo, zambullo la cabeza en agua fría o me agarro a la ventanilla y doy patadas en el suelo agitándome con frenética desesperación.

Tratando de lanzarme fuera del tren de una forma u otra, golpeo ferozmente los tabiques de mi departamento, sin reparar en mis puños sangrantes, y rujo como un criminal encerrado en el calabozo. En el paroxismo del ataque, a duras penas puedo contenerme para no abrir la puerta y tirarme del tren, o agarrar me ciegamente al timbre de alarma. Pero, en todo caso, me las arreglo para controlarme hasta la parada siguiente, salgo dando traspiés, ofreciendo un doloroso y deplorable aspecto, y me abro camino a duras penas desde el andén hasta la puerta de salida. Tan pronto como abandono la estación, el pulso se me tranquiliza con absurda rapidez y las sombras de mi ansiedad desaparecen una tras otra.

Esta fobia mía no se limita a los trenes. Puede echárseme encima en los trolebuses, automóviles y teatros, en cualquier lugar en que el movimiento y el color, y el ruido y el bullicio de la multitud, parecen amenazar a mis nervios enfermizamente excitables. Estoy expuesto a un ataque en cualquier parte y a cualquier hora. Sin embargo, en los trolebuses y teatros, puesto que puedo escapar fácilmente, nunca me he sentido tan al borde de la locura.

Y así fue como a primeros de junio, cuando iba subido en un oscilante trolebús de Kioto, me di cuenta de que la enfermedad me tenía aún entre sus garras. Hasta entonces, había evitado escrupulosamente los trenes y abandonado toda idea de volver a Tokio hasta sentirme seguro de que no me volvería la fobia. Quería presentarme al reconocimiento militar, lo que había de hacerse antes de que pasase el verano, en cualquier lugar cercano a Kioto, al que pudiese llegar sin tomar el tren.

Desgraciadamente, supe que era demasiado tarde para sufrir el examen en cualquiera de los centros cercanos a Kioto, pero gracias a un amigo de Osaka conseguí ir a uno que había en una aldea de pescadores, en la línea de trolebuses Osaka-Kobe, siempre que transfiriese allí mi residencia legal con dos o tres días de anticipación. Los reconocimientos en aquel pueblo estaban anunciados para mediados de junio.

Estaba encantado de poder ir en trolebús, sin tener que pisar el tren, ni mucho menos hacer el viaje a Tokio. Y alrededor de las doce del día, con mi certificado oficial y una copia de mi partida de nacimiento (que me fue enviada desde Tokio) en el bolsillo, me dirigí a la estación de la línea Osaka-Kobe, que está en la calle de Gojo.

Una luz como de pleno verano resplandecía sobre las secas y polvorientas calles de Kioto, el cielo claro parecía venenosamente alisado: suave extensión de denso índigo azul. Yo llevaba una capa de seda sobre un kimono liso sin forro y en el camino hacia la estación, en rickshaw, pude sentir un suave rezumar como de pegajosas gotas de sangre desde los crecidos cabellos junto a las sienes y cómo me resbalaban por las mejillas hasta empaparme el cuello. Mirando hacia el monte Atago desde el puente de Gojo, vi las calientes olas ondulando al pie de las colinas como impulsadas desde las entrañas de un horno ardiente. Los campos distantes y los bosques estaban oscurecidos por una neblina vaporosa, mientras en el primer plano los tejados y los muros de piedras ajedrezadas y las aguas del río Kamo estaban teñidos de tan vívidos tonos, tan vivos como si fuesen pintura aún fresca, que me herían los ojos al mirarlos. Cuando empecé a bajar, tras dejar el rickshaw, a la estación, los bordes del kimono se me pegaban a las piernas empapadas de sudor y las ceñían tan estrechamente que estuve a pique de caerme.

“Todo irá bien si se trata de un trolebús”, fue lo que me dije a mí mismo queriendo darme un poco de ánimo, pero ya tenía los nervios tensos por culpa del deprimente calor. Después de sacar el billete para Osaka, decidí descansar hasta que se me calmasen los nervios y me desplomé en un banco sobre el que permanecí sentado, mirando ausente a la calle igual que un mendigo.

Coche tras coche de la línea Osaka-Kobe —construidos mucho más sólidamente que los trolebuses, tan oscuros y macizos como jaulas de fieras— llegaban, ululaban su silbido y vomitaban una multitud de viajeros a cambio de otra (que inmediatamente engullían) y se marchaban a Osaka. Llegaba un coche cada pocos minutos. Haciendo acopio de todo mi valor, me puse en pie y me acerqué a la puerta de control de billetes, pero entonces el corazón empezó a latirme salvajemente y las piernas se negaron a llevarme más lejos. Me pareció haber sido paralizado por un espantoso hechizo. Me volví tambaleante hacia el banco.

—¿Rickshaw, señor?

—No, estoy esperando a alguien —le contesté al hombre—. Voy a Osaka. —Pero después de haberme librado de él me quedé donde estaba. “Voy a Osaka”, había respondido, pero no sé por qué sonó en mis oídos “voy a morir”. Qué asombro hubiera sentido el hombre de la rickshaw si se me hubiesen cerrado los ojos y me hubiese quedado en el sitio: una cosa tan brusca como la muerte de Svidrigailov en Crimen y castigo (“¡Si alguien te pregunta, dile que me he ido a América!”), cuando se apoyó la pistola en la frente y se pegó un tiro.

Cuando miré el reloj, vi que era cerca de la una. La oficina del pueblo cerraría seguramente a las tres o las cuatro y yo tenía que estar inscrito antes de acabar el día para ser admitido a examen. De otra forma, los amables esfuerzos de mi amigo habrían sido estériles. Súbitamente inspirado, compré un botellín de whisky en una tienda cercana. Luego, me senté otra vez en el banco, me apoyé en el respaldo y empecé a vaciar el frasco a sorbitos.

De acuerdo con experiencias pasadas, el whisky me amortecía los nervios el tiempo suficiente para permitirme escapar de lo más agudo del terror. Tenía en él una fe casi supersticiosa. Pensé que si me emborrachaba hasta perder la cabeza antes de subir al trolebús, podría ser capaz de llegar a Osaka sano y salvo.

El entumecimiento iba empapando poco a poco mi abatido cuerpo. Mientras seguía pacientemente sentado, era consciente de que una loca borrachera iba pudriendo de un modo espléndido mi conciencia y embotando todos mis sentidos. Pronto empecé a mirar con ojos mortecinos y lánguidos al alegre y ruidoso pasaje, observando el flujo de las arremolinadas luces y sombras.

Las gentes que pasaban al pie del puente de Gojo iban ruborizadas, color carmín, y perladas de sudor, como figuras de gelatina derritiéndose. Hasta las guapas jovencitas envueltas en ropas de verano finas como películas sufrían ostensiblemente —se veía su cuerpo inflamado— el calor que no cedía. El sudor… el sudor de muchedumbres ingentes parecía exudar sin fin en la atmósfera bochornosa, cernerse sobre todo, adherirse pegajoso a las paredes y a cuanto era superficie. Recordé un verso de poesía decadente: “Sobre la ciudad cuelga una neblina de sudor…”.

Como una pantalla de cine que se arrugase, la calle parecía ondear hacia atrás y hacia adelante, unas veces combándose, quebrándose otras, empañándose, duplicándose… Saber que estaba borracho perdido era lo único que me envalentonaba, que me daba osadía.

Por fin, me decidí a subir al coche siguiente y tomé la precaución de comprar otra botella de whisky. También —para poder enfriarme la cabeza si, por casualidad, sintiese que iba a darme un ataque— compré un poco de hielo picado y lo envolví en el pañuelo.

Armado así, me dejé estrujar y empujar hacia la verja por la trituradora multitud, di el billete para que lo picasen y ya iba a llegar al andén cuando me sentí de nuevo bajo el hechizo. En presencia de aquel coche enfurecidamente bufante y gritador, tan impaciente por salir bramando, mis nervios se desprendieron de su protector barniz alcohólico y mi cabeza, de repente lúcida, se despejó y empezó a trepidar y temblar. Me sentía presa de un todopoderoso terror, como si se me fuese a romper la mente, como si estuviese a punto de hundirme en un negro coma o en el limbo de la locura. Instintivamente, retrocedí de prisa hacia la puerta.

—Perdón —dije sin pensar al empleado—, acaban de picarme el billete, pero tengo que esperar a un amigo, así es que tomaré el próximo coche. —Apretándome el paquete de hielo sobre la frente, me abrí camino contra la corriente de viajeros y, enervado por completo, me fugué de la estación como si me persiguiese un espíritu diabólico. Desfondándome desmadejadamente en un banco, me las arreglé para empezar de nuevo a respirar sin agobio. Sentí como si alguien, a mis espaldas, estuviese riéndose de mí sarcásticamente.

“Esto no debería haber sucedido —me dije—. Pensé que estaba bastante borracho como para conseguirlo; ¿qué diablos marcha hoy mal? ¿Están hoy mis nervios tan en carne viva que no hay whisky que pueda con ellos?”

Y dieron las dos. “Si pierdo más tiempo va a ser demasiado tarde —pensé—. Y si pierdo esta ocasión, tendré que volver pronto a Tokio. Pero supongamos que escribo una carta a las autoridades explicándoles mis cuitas”: “Dado que un viaje en tren podría matarme o volverme loco, no puedo volver a Tokio a tiempo para el reconocimiento”. Quizá me respondiesen: “Aun en el caso de morir o volverse loco, no puede dejar de presentarse a tiempo para el reconocimiento. Esto me obligaría a coger el tren y volver a Tokio como un loco furioso… Me gustaría arremeter contra ellos el día del examen y dar un espectáculo. “¿Lo están viendo? —les diría entre sollozos—. ¡Son ustedes tan insensatos que he perdido la razón!” ¿Qué diría entonces el médico militar?, me pregunto. Quizá me felicitase indiferentemente. “Muy bien. Ha hecho usted bien en volver. Ha hecho usted bien en volver aun a costa de volverse loco. Admiro su sentido del deber.”

Todavía rebosante de whisky, dejé vagar mis pensamientos de una estupidez a otra, sentado allí, riéndome de mí mismo, enfureciéndome, rabiando o sintiendo asco.

Tras considerar seriamente la situación, decidí que solo tenía tres opciones: morirme, volverme loco o seguir sin volver a Tokio. Si no quería morirme o volverme loco, tenía que vencer mi fobia y salir para Osaka inmediatamente.

Pero supongamos que pierdo el sentido en el trolebús…

Suspirando con desconsuelo, miré foscamente al coche que se acercaba y me levanté del banco. Tal vez debería volar a una casa de geishas para olvidar mis cuitas. ¿O debería quedarme allí otro poquito en espera de tranquilizarme? El sol se pondrá, la noche se irá cerrando. Si me quedo aquí sin más hasta que parta el último de los trolebuses y entonces vuelvo a mi apartamento sin haber resuelto nada, quizá me conforme con mi suerte y sienta algún alivio.

—¡Qué bien, T! ¿Adónde vas?

Era mi amigo K. Vestía un fresco kimono de verano y un sombrero panamá, airosamente encasquetado en la nuca, sombreaba sus bien dibujadas facciones y su elegante cabellera.

Sobresaltado, como si me hubiesen cogido cometiendo un crimen, balbuceé:

—Solamente a Osaka… —y sonreí como un bobo.

—¡Ah! Aquel médico militar del que me hablaste el otro día —asintió comprensivo K.—. Precisamente voy a Fushimi. Podemos ir juntos.

—Bueno…

—Te presento a un amigo mío.

K. me presentó al instante a su compañero, que era médico: un hombre rubicundo, algo rollizo, de unos treinta y pocos años, con un encantador bigotito pulcramente recortado.

—¿Seguimos el viaje juntos? Pase delante, por favor.

—Sí, gracias —respondí, todavía indeciso. Pero me dejé llevar hacia aquel feroz coche.

—Por favor, por favor, tú primero —insistió K., casi empujándome dentro.

—Pues bueno.

Resueltamente, cerré los ojos y subí de prisa al coche. Apenas estuve dentro, me agarré a una correa con una mano, y con la otra me acerqué la botella de whisky a la boca y tomé un buen trago. El hecho de hallarme en pie y agarrado a una correa me dio la sensación de ejercer todavía algún control sobre mi destino.

—Es usted un buen bebedor, ¿no? —dijo el doctor.

—No, es que detesto los trenes. Tengo que beber o no puedo tomarlos.

Me di cuenta, de pronto, de que mi explicación podría parecer un tanto ilógica, especialmente a un médico.

Con un último resoplido del silbato, el trolebús empezó a moverse:

“¿Voy a morirme ahora? —susurró una voz dentro de mí—. Esto debe de ser lo que se siente cuando le van a guillotinar a uno.”

—¿Qué piensa usted, doctor? ¿Cree usted que superaré el examen físico?

—Vamos a ver. Lo pasará perfectamente. Un tipazo tan fortachón como usted…

Ya habíamos dejado atrás las calles de Kioto; a gran velocidad, iban pasando por las ventanillas las hojas tiernas de los árboles y arbustos suburbanos, el camino real, las bajas colinas de las afueras de la ciudad. Fue entonces cuando un pequeño brote de confianza empezó a abrirse en mi interior. Después de todo, quizá pudiese llegar a Osaka sano y salvo.