el Talisay de Adelina Gurrea de Filipinas


 

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Aquel talisay gigantesco que soleaba su follaje en los días de sol ardiente y cabeceaba humillado bajo el zarandeo de los tifones, no había estado siempre solitario como cuando yo le conocí. En lejanos días había sido sombra de un jardín y del techo ñipado2 de la casa de un párroco, cuando en la localidad existía un barrio3. El talisay reinaba arrogante, empuñando el cetro de su altura sobre la casa, los arbustos y las matas olorosas del Oriente, y de noche miraba desde su terraza vegetal la iluminación del jardín con sus mil bombillas microscópicas que encendían y apagaban las luciérnagas en torno al aroma fuerte de los ramajes en flor. De la casa sólo veía la claridad que se asomaba a través de las ventanas abiertas o resbalaba por debajo de los párpados de sus viseras pajizas. El talisay se sentía feliz y eterno; eterno no sólo en su existir sino en la vida también de lo que en torno suyo palpitaba, y creía que siempre, siempre, tendría a sus pies aquel huerto regado con amor por la mano de un hombre y que este hombre iba a perpetuarse también en el lugar, a su lado, con la gran camaradería del indefinido vivir cotidiano. El talisay no sabía nada de las luchas del alma con la carne, de las disciplinas por enderezar hacia el bien el continuo desviarse del hombre hacia el mal, de la turbia marejada humana, gastando su fuerza por la fuerza y su vida por la vida, en ese morir para vivir que es la existencia. El talisay, dentro de su eterna primavera tropical, creía en la felicidad de todos tal como él la sentía cuando el vigor ascendente de la savia que de la tierra le llegaba, le impregnaba, para robustecerse aún más con aquel otro alimento que tomaba del aire y del sol, de la humedad de la lluvia y el relente de las noches; y del beso cálido de las auroras y de las brisas, esponjando su follaje. El talisay bendecía a Dios por lo que a él le daba y por los dones que suponía recibía todo lo creado, en especial el hombre. El talisay no sabía que existía el diablo. Algún mal espíritu quizás al que Dios permitía que le mortificase un poco en los largos estiajes o los violentos huracanes, pero después de ello el bien y la bendición se gustaban mejor y aquel pequeño mal era sólo una preparación para el mejor goce. El talisay, ¡ay! vivía en estado de inocencia, porque no había conocido ni heredado el pecado original.

Y ahora después de muchos años estaba allí, viviendo la madurez de su soledad aparente, sin compañía vegetal alguna, ni hogar al que dar sombra. Esta sombra la pintaba la aurora sobre la tierra en el lado opuesto al de la salida del sol. Una sombra alargada que iba mermándose y recogiéndose sobre sí misma hasta meterse debajo del tronco y desaparecer al mediodía, para volver a asomarse por el otro lado y estirarse, estirarse con el ocaso, muriendo en la noche. No había casa ni jardín que le acompañasen de cerca. La nueva casa, que surgió unos años después de desaparecer la que él protegía, y el huerto que se formó en torno de aquella, estaban alejados, al otro lado de la calzada. Frente por frente a él quedaba la encrucijada del camino con una carretera corta que moría delante de la nueva casa y el canal del riego para la huerta que se cubría con un imbornal* limitado por dos bancos de piedra. El imbornal había existido siempre porque era el mismo canal el que regaba la huerta antigua. Y el agua del canal discurría cristalina y lírica por debajo de aquél. Los demás árboles del huerto habían desaparecido, por el rayo, por sequías prolongadas o por el hacha del hombre que necesitaba el terreno para otras siembras. En efecto, en una ocasión le dio a aquel por plantar caña de azúcar, y fue precisamente cuando se levantó la casa nueva y vinieron unas gentes blancas como su amigo el párroco. Pero a él le respetaron siempre, no sabía por qué, pero le respetaron. En torno suyo crecía ahora la caña, y el arado daba un rodeo para no tocarle. El talisay tenía la protección de algún ser ultraterrenal. Él lo ignoraba pero lo sospechaba el cocinero Epifanio y años más tarde lo supo Juana la criada de la casa de los amos del lugar. Pero ignoraba entonces la historia de esa protección, y si conocía algo de ella, el conocimiento era muy limitado. El talisay estaba habitado. Pero no por asuang5 sino por un espíritu indefinido y desconocido para el pueblo. Epifanio lo sabía y tenía cierto trato con el huésped del talisay, así como con la huéspeda del imbornal; porque también el imbornal era hogar de un espíritu. En noches de luna clara, cuando Epifanio volvía del pueblo de hacer su compra, le salía al paso el habitante del talisay, y otras veces, oía una canción dulcísima cantada por una voz que emergía del imbornal. El espíritu tenía la figura de un fraile. No le hacía daño ni le habló nunca, pero no le dejaba pasar y le entretenía cuando llevaba prisa. Si a Epifanio le reñían por llegar tarde, se excusaba con que el fraile del talisay le había impedido seguir por más que intentase esquivarle encontrándole siempre como una barrera delante de él. —Tú estás borracho Epifanio —le decía entonces Juana—. Y ves visiones. Pero Epifanio juraba que no había bebido ni una gota ese día y le soplaba el aliento a Juana para que comprobase que no llevaba olor a aguardiente ni a tuba6. Juana le llamaba «marrano» y salía de estampía para no ser víctima de otros atropellos. Esto sucedía cuando yo tenía nueve años7 y vivía en la casa nueva de la hacienda azucarera. Los amos eran mis padres, y éramos seis hermanos. A mi curiosidad infantil le intrigaban mucho los cuentos de Epifanio, pero como Juana no los confirmaba, poniéndolos siempre en duda, la curiosidad se hacía débil y se difuminaba en los juegos y en el interés por otras cosas. Una noche Epifanio llegó pálido y sudoroso. Apenas podía hablar. —Y hoy ¿qué te ocurre que vienes así? —preguntó Juana. —¿Para qué te lo voy a contar si no me lo vas a creer? —respondió, fatigoso, el cocinero.

—¿El pari otra vez? —inquirió Juana burlonamente. —Mira Juana, tú tienes que pasar por el talisay entre las ocho y las diez de la noche y algún día verás al pari y quizás a la mujer del imbornal. —Ah, ¿pero también hay una mujer en el imbornal? —No te he dicho mil veces que he oído canciones cantadas por una voz de mujer, melodías dulcísimas como venidas de otros mundos. —Sí. —Pues hoy la he visto por primera vez. Oí la canción celestial y me paré a escucharla, fijos mis ojos en las aguas del canal. De pronto, vi que flotaba en ellas una túnica blanca terminada en una cabeza bellísima de mujer, una mujer pálida con una cabellera de oro que flotaba también sobre las aguas. —Pero qué borracho estás Epifanio —le recriminó Juana. —Pero rayo, si estoy más sobrio que el señor obispo de Jaro8; la vi en el canal y luego surgió de él alta y esplendorosa, blanca, blanca toda, los pies desnudos como la flor del algodón que siembra el amo, el pelo como el palay maduro y las manos ; la cara y todo, todo, blanquísimo. Estábamos los hermanos arremolinados en torno a Juana y yo me atreví a opinar. —Juana ¿por qué no lo crees? Tú prueba a pasar muchas veces por el talisay de ocho a diez como te dice Epifanio, a ver si la ves alguna vez. —Está bien, si me acuerdo lo haré después de que os haya acostado a todos.

—¿Y no te da miedo, Juana? —pregunté admirando su valor. —¿Cómo me va a dar miedo si no lo creo? Yo sé que hay asuang, pero estos son, o turnaos, o tictiques, bagats9, pero nunca un fraile ni una mujer blancos. No hay asuang blancos en Filipinas. —Bueno, pues aunque no lo creas, si no tienes miedo vete donde el talisay. Yo te lo recordaré. Y a partir del día siguiente Juana iba todas las noches a pasear frente al árbol misterioso y el aún más misterioso imbornal. De una de estas salidas, Juana no volvió, pero nadie se dio cuenta de ello hasta el día siguiente, porque Juana era la última que se acostaba de la gente de mi casa. Como también era la primera que se levantaba se la echó de menos enseguida. Los criados la buscaron y la encontraron, tendida al borde del canalillo, sin conocimiento. Nadie consiguió arrancar de ella una explicación de lo sucedido y se excusaba alegando que quizás se resbalase y se diese en la cabeza un golpe que la dejase sin sentido. Los señores de la casa no se enteraron de este episodio porque cuando les hizo falta el servicio de Juana, ésta ya estaba metida en las faenas del hogar. Y nosotros, los niños, tampoco supimos de aquella noche pasada en compañía, quizás, de los fantasmas.

Lo único que sucedió fue que Juana jamás se volvió a reír de lo que Epifanio le contaba, en las noches que llegaba tarde a hacer la cena, ni le reñía, ni encontraba anormal su conducta. Suplía su ausencia poniendo a hervir la tinola™ y mondando las patatas para que la cena estuviese a su hora, a pesar del retraso del cocinero.

—Juana, ¿crees ya lo que te cuenta Epifanio? —La pregunté en una ocasión. Dudó un rato para preparar la respuesta. —Bueno, sí —-tartamudeó Juana—, ¿y para qué le voy a llevar la contraria? —concluyó. A mí no me satisfizo la respuesta. —Pero ¿crees o no? —insistí. Juana se puso muy seria. Indayu, cuando seas mayor contestaré a esta pregunta, y te pediré que me ayudes en una cosa —dijo solemnemente. —Dímelo ahora y te ayudaré enseguida. —Ahora no puedes ayudarme, y no debes saber mi respuesta. —¿Cuándo voy a ser mayor? —Cuando cumplas los dieciséis años. Estaba desplumando un pollo y se levantó para tirar las plumas en el fogón. Yo quise insistir, pero ella salió al pantauu y cogió agua de una tinaja para poner el pollo a hervir. A un lado tenía peladas, limpias y cortadas en rajas longitudinales las papayas verdes que debían cocer con el pollo. Echó leña al fuego y colocó la olla sobre la placa caliente. Se volvió a sentar en el suelo y se puso a mascar buyo™. Ese año me enviaron a Manila a estudiar. La novedad de la capital, los libros y las compañeras de clase me hicieron olvidar a Juana. Sólo por las tardes en la melancolía de los ocasos, que coincidían con la hora de estudio, volvía a surgir el recuerdo de mi hogar, de los cañadulzales, de las calzadas polvorientas, de las riberas bordeadas de tigbawalesw donde miles de mayas™ hacían su nido para que los chicos nos apoderásemos cruelmente de los huevos blancos destinados a romperse en pajarillos y cuyo destino truncábamos comiéndonoslos crudos, con cascara y todo. Y entre los recuerdos surgían Juana y Epifanio y siempre, siempre, el talisay con su misterio escondido en su tronco y el imbornal de enfrente. Y así un año y otro, contando los que iba cumpliendo hasta llegar a los dieciséis. Aquellas vacaciones, Juana tenía que revelarme el misterio del talisay y pedirme el favor que me había anunciado. Ya no era una curiosidad infantil la que me intrigaba y me hacía partícipe del misterio del talisay. Me consideraba una mujer, tenía estudios hechos, había empezado a comprender que del alma iba surgiendo un calor, desnudándose un fuego, algo así como un rescoldo fuerte, cubierto con cenizas que una mano iba aventando suavemente echando al tacto exterior el calor, cada vez más fuerte a medida que la capa que lo cubría se iba haciendo menos espesa. Pero esa brasa encendida no era una cosa material; no era el despertar del instinto en el organismo, cuando alcanza su desarrollo, avivando exigencias dormidas en lo embrionario. No, ésta era una fuerza espiritual cuyo latir se hacía cada vez más vigoroso y que incluso apagaba o frenaba la carrera de lo fisiológico, inundando el ser con la curiosidad de la vida impalpable. Yo sabía que había un Dios, una Madre suya, muchos ángeles y muchos santos, pero todo esto pertenecía a lo invisible, a ese mundo que los sentidos no captan pero que pone una sed escocida en esa otra cosa impalpable que se llama el alma. Pues si nos habían enseñado en el regazo maternal y en las aulas del colegio, que existía este mundo así poblado, también podían alentar en el mismo otras cosas y otros seres que acompañasen la existencia material de los hombres, con mandatos, con susurros, con bendiciones y también, ¿por qué no? con influencias maléficas, maldiciones y venganzas. También existía el diablo y el diablo había de tener asimismo su cortejo infernal. A ese mundo, bueno o malo, podían pertenecer el pari del talisay y la dama hermosa del imbornal. Por eso, a medida que el rescoldo fue irradiando su calor a través de la ceniza que le tenía oculto, me fue interesando más y más el caso del árbol y su leyenda. Como siempre, regresé a la hacienda para las vacaciones. Hacía ya tres o cuatro años que no pasaba las veladas con Juana en la cocina. Conforme iba creciendo fueron exigiendo mi presencia en la sala y en la tertulia familiar. Se agrandaban las distancias horizontales y verticales. Yo era la señorita y Juana la sirviente. Pero ella, me había visto crecer y seguía llamándome Inday. Y en correspondencia a ese orgullo que sentía por haberme servido siempre, yo guardaba el calor de gratitud y de cariño por sus cuidados, sus ternuras y su amor16. Y por si todo esto fuera poco, existía entre ella y yo ese enigma del talisay que teníamos que descifrar. Esa respuesta que había de dar Juana a mi pregunta de niña y ese favor que tenía que pedirme cuando recibiese aquella.

«Ahora no puedes ayudarme y no debes saber mi respuesta», me dijo entonces. Pero había alcanzado la edad señalada, podía ayudarle y tenía derecho a saberla. Y se la exigí.

  • —-Pero, ¿crees o no crees, Juana? Y esto fue lo que me contó. Tenía que creer porque lo había visto muy claro. Aquella noche que pasó fuera de casa, había ido tal como me prometió a pasear un poco frente al talisay. Eran las nueve de la noche. En ninguna visita anterior logró ver cosa alguna extraordinaria ni anormal, e incrédula y distraída, daba paseos para arriba y para abajo, dispuesta ya a regresar al hogar y acostarse. En el término de unos minutos salió la luna y el campo se iluminó, una iluminación clara y plateada con contrastes de sombras vegetales que hundían el paisaje en una irrealidad. La noche tropical era cálida y bochornosa, con ese ruido sin ruido de las cigarras que hacen silencios con su inapreciable monotonía. La falta de perspectiva hacía del talisay una masa oscura cobijadora, pero el imbornal con sus dos guiones encalados de piedra armada resaltaba sobre la corriente, hundida en la grama que bordeaba el canalillo. Un guiño de la luna bajó el párpado de una nube y en la sombra del minuto surgió el pari desde el talisay, y la fontana de una túnica blanca empenachada por una cabellera rubia de debajo del imbornal. Juana creyó que era su vista la que se había oscurecido y que las visiones eran fruto de una alucinación patológica. Pero ¿por qué precisamente iban a ser el pari y la mujer blanca?

Sus piernas se doblaron y cayó al suelo. Lo que ocurrió luego no sabía si lo soñó. Pero la impresión fue tan fuerte que se creyó obligada no sólo a guardar el secreto sino a realizar tan pronto pudiese lo que los fantasmas le habían suplicado hacer. Juana sabía que sólo con la ayuda de un blanco podría llevarlo a cabo. Y el único gran amigo blanco que tenía era yo. Por eso tuvo que esperar a que cumpliese dieciséis años. Cuando Juana cayó al suelo, una nube muy espesa cobijó a la luna y se hizo más acentuada la oscuridad, pero a ambos lados suyos quedaron arrodillados el fraile con su hábito blanco y la mujer en su túnica blanca también, destacando sobre el fondo de negrura de la noche. Ella sentía el aliento de sus bocas vagar sutilmente sobre su cara, un aliento fresco con olor de tanglad’17 y de azahar. Pero sus rostros eran tan inexpresivos que por ellos se convenció de que estaban muertos. Adivinaba que querían hablarle. Sin embargo pasaban los minutos y no decían nada, con las pupilas turbias fijas en el pecho de Juana y las manos rígidas entrelazadas sobre los suyos propios. Juana fue la primera que habló. —¿Estáis en el infierno? —No —dijo el fraile—, vivimos en un mundo del cual no podemos salir para entrar en el mar de la Gloria de Dios. Antes de que una mano piadosa haga desaparecer unas cartas… —Unas cartas —interrumpió la mujer con la misma voz monótona fantasmal del fraile— que no debí de haber escrito nunca. —La culpa fue mía, la culpa fue mía por no haberlas destruido, por no haber previsto el mal que podían haber traído. —Si yo no las hubiera escrito, cometiendo un pecado y haciendo pecar. Y la voz se hizo más cavernosa pasando como un aliento de expiación sobre la rigidez alba de las dos figuras. Y se hizo un silencio que pesaba sobre el pecho de Juana con un ahogo de angustia. Juana habló al fin para tratar de librarse de ella. —Y ¿qué puedo hacer yo, si soy una pobre sirviente nativa sin poder para nada? •—Eres nativa —replicó el fraile—, pero vives con castilas™, y tú o tus amos podrán introducirse algún día en el convento del párroco del pueblo y extraer del archivo la caja que contiene las cartas. —Tienes que hacerlo, Juana, tienes que hacerlo para que nosotros podamos volar a Dios —dijo la dama blanca. Y como si el fraile no la hubiese oído continuó dando instrucciones. —En el último anaquel, junto al techo, en la esquina pegada a la ventana, detrás de unos libros de partidas de bautismo, comidos ya por el anay». Haz desaparecer la caja, Juana, hazla desaparecer del mundo vuestro, por la salvación de tu alma y de las nuestras. —Hazlas desaparecer —repitió como un eco la voz grave y doliente de la mujer— hazlas desaparecer, lo más pronto posible para librarnos de la cadena que nos ata al talisay y al imbornal. En este momento llegó hasta Juana, cabalgando sobre la oscuridad y el olor fuerte de las madreselvas, la voz del reloj del comedor abierto, que daba las doce de la noche. Con cada toque las figuras se iban haciendo más tenues como si las fuese desvaneciendo gradualmente el sonido del reloj y las voces se iban apagando en su cantinela lúgubre de súplica trágica, tras de cada golpe: —Hazlas desaparecer, hazlas desaparecer, hazlas desaparecer… El estribillo en dúo quedó cortado con la ausencia de los dos espíritus al toque último de la medianoche. En ese momento salió la luna y como un lamento, más que como una frase, la voz lejana de la dama blanca ululó estas palabras:

—Pero guarda el secreto si no quieres ser maldita. Juana perdió el conocimiento y ya no supo si la luna estuvo encendida toda la noche o si la raptó de la tierra la envidia de los nubarrones. Ya no se dio cuenta de nada basta que a la mañana siguiente la despertaron los criados de la casa, que dormían fuera de ella. Y tampoco supo si había soñado, tan sólo soñado. Pero en su oído quedó resonando con lamento de caracola, la súplica y la maldición profètica. «Hazlas desaparecer». «Pero guarda el secreto si no quieres ser maldita». Juana hubiera querido actuar enseguida y, enseguida también, hacer desaparecer la caja de las cartas. Pero ¿cómo? En el convento vivía el bata20, que era al mismo tiempo el sacristán, y servía como cocinero un hombre muy viejo llamado Ticong, (su nombre era Escolástico) Juana conocía a Ticong. Había sido cocinero de Doña María, su antigua ama, antes de entrar al servicio del Señor Cura, del Padre Andrés. Cuando Juana, de mocita, le conoció, era ya hombre maduro. Juana no sabía dónde había servido antes. Y trató de averiguarlo. A ella no le daba tiempo de ir a misa los domingos. Eso era cosa para los amos únicamente, que no tenían que aviar la casa y podían hacer los cuatro kilómetros que distaba la hacienda del pueblo en un quiles2^ tirado por una vaca22 o en un carruaje al que se enganchaba el Moro23 de la cuadra del señor. Pero en Semana Santa sí la dejaban ir al pueblo para los cultos de la Pasión y también acompañaba a las niñas cuando había que llevarlas a las flores de Mayo. En una ocasión como ésta Juana dejó a las niñas que iban a la procesión en casa de Doña Rosaura, la maestra del pueblo, y pidió permiso para ir a ver a una comadre. Se fue al convento. Subió a la cocina por la escalera de bambú del uso exclusivo de la servidumbre. Ticong estaba degollando un pollo y después de cortarle la cabeza lo tiró sobre la plataforma de madera que separaba la cocina del cuerpo principal de la casa parroquial. Sobre tal plataforma el animal decapitado seguía dando volteretas por impulso mecánico de su sistema nervioso. —Buenas tardes Ticong •—le saludó sacando de su cintura un envoltorio. —Buenas tardes. ¿Has venido de compras? —preguntó aquél extrañado de la visita. —No, he venido acompañando a las niñas y me acordé de traerte un poco de butung-butung24 •—y le entregó el envoltorio. —Gracias, pero mal tengo ya la dentadura. El buyo no me sirve y el humo del tabulait25 apenas me mata el bicho que me causa el dolor en las muelas. —Insiste con el tabulait que al fin acaba por matarlo —le aconsejó Juana. —Ya lo hago, ya lo hago. —De joven ¿no te lavabas los dientes con polvos de carboncillo de bonga26 quemada? —insinuó Juana para ver si conseguía que le hablase de sus tiempos de mozo.

—No tenía mucho tiempo para esas cosas. Vivía yo entonces lejos del pueblo. —¿En dónde? —-¿En dónde? Pues donde vives tú ahora, sólo que entonces la casa estaba unos metros más cerca de la carretera, junto a un talisay. —¿Y con quién vivías tú allí? —preguntó Juana encantada del giro de la conversación. — Ah, entonces aquello era un barrio, un barrio con pari y yo vivía con él. — ¿Y cómo desapareció ese barrio} —Huu, eso es largo de contar. Fue una historia triste. —Anda hombre cuéntamela; ya sabes cómo me han gustado siempre las historias tristes. Y Juana se sentó en el suelo y comenzó a tomar su mascada. —Sí, sí, pero esto fue una pena. ¡El pari Javier era tan bueno!, luego se trastornó, o se enfermó o algún asuang le echó mal de ojo. El caso es que el Pari andaba como sonámbulo, y hablaba solo y se levantaba a media noche o de madrugada y se paseaba como un loco por el jardín. —Estaría loco de verdad. —No, no, una noche le vi llorar. Se postró de rodillas en medio del huerto y decía en castila27: «Arráncamela del alma, Señor, arráncamela de los ojos y de la memoria y de la sangre, de la sangre, Señor, arráncamela.» Y después de eso se tiró de bruces sobre el suelo y lloró. Yo no me atreví a ayudarle, porque los castilas se enfurecen cuando nosotros los nativos nos damos cuenta de que también tienen debilidades28. —¡Qué extraño! —exclamó compasiva Juana.

—Sí, era extraño, pero que Dios me perdone si pienso que en ello, y aunque fuese pari, andaba una mujer. —Sus, María, Usep —se santiguó Juana—• eso es pecado. —Sí, es pecado, pero nadie está libre del pecado. Pari Javier era un santo y antes de recibir unas cartas que le llegaban de allá de su tierra, era jovial, trabajador, e incansable en enseñarnos el catecismo, la bondad y la caridad. Luego se puso triste y flaco y pálido y amarillo con una cosa que los castilas llaman melancolía. —¿Por culpa de las cartas? — inquirió Juana, deseando más detalles sobre el tema. —Por lo menos ellas fueron el principio de su mal. Y venían de una mujer, que yo vi firma en una de ellas y decía «Rosario». —Tú verías la firma, pero si no leíste la escritura, la firma podía ser de cualquiera de su familia. —Nunca había recibido carta alguna de nadie. No tenía familia o no se acordaban de él, porque nadie le escribía, pero cuando empezaron a venir esas cartas, fueron como un vendaval que arrasa y destruye cuanto encuentra a su paso, como una inundación que al bajar deja todo enterrado en cieno. Ticong calló y Juana insistió. —Y ¿qué pasó por fin con el pobre Pari} —Le quitaron de allí y se lo trajeron al convento del pueblo. —¿Por qué? —insistió Juana. —Por qué… pues porque se dieron cuenta de que le ocurrían cosas extrañas —contestó el viejo Ticong algo molesto con las preguntas de Juana. —Y tú ¿te viniste al convento con el Pari} —continuó aún Juana. —No mujer, no, yo me quedé allí en la casa cuidando de las cosas del Pari —replicó con impaciencia el viejo. —¿Hasta cuándo? —¿Y a ti qué te importa todo esto? —gruñó Ticong fuera de sí. —Hombre no te enfades —suavizó Juana— es por mera curiosidad. Como hace tanto tiempo que no nos vemos… pues… es por saber de tu vida. —Demasiada curiosidad y… comprendo que quieras saber de mi vida más reciente, pero no de lo que ocurrió hace treinta años. —Nada, nada, no cuentes más y no te enfades, perdona hombre. Al fin y al cabo a mí de qué me sirve enterarme de cosas. —Eso digo yo —murmuró más calmado el cocinero, y continuó— las mujeres siempre queréis enteraros de todo. —Algo hay que hacer, y es agradable escuchar historias y repetirlas luego ante otras personas. —Pues esta historia no es para irla cantando. —Razón tendrás —contestó Juana con indiferencia fingida. Resbaló otra pausa sobre un silencio. —Te voy a ofrecer un trago de una tuba especial —rompió Ticong. —No gracias, no bebo. —Pruébala, esto no lo has catado nunca. El pari Javier la tomaba y hasta le calmaba los nervios. —De bastante le sirvió si al fin se murió. —Mujer, se murió, bueno se murió porque… no, no, —clamó con rabia el viejo— no es porque tenía que morirse, porque joven y fuerte lo estaba.., pero aquello fue obra de un asuang. Yo creo Juana que del bagat29. —¿Por qué el bagat precisamente?

—Pues creo que el bagat —comenzó Ticong a titubear— creo, en fin que quería vivir en el talisay y la presencia del pari Javier lo impedía. Los asuang son cosas del demonio y el pari llevaba la cruz siempre con él. •—Pues tiene más trazas de que fuese un tamao, que son los que desean habitar en los árboles —replicó Juana. —No, no, tú no comprendes, era un bagat, tenía que ser un bagat. —No sé por qué Ticong —le discutió Juana—; pero en fin tamao o bagat pudo más —siguió Juana, escupiendo luego la salivación roja de su mascada. —No pudo —chilló el viejo con amor propio herido— no pudo porque aún no ha conseguido vivir en el talisay. —El tamao mató al pari y el talisay está habitado. Pregúntaselo a Paño (Paño era Epifanio) —recalcó Juana. —Nada me importa lo que diga Paño, pero el bagat no vive en el talisay. —Tú no sabes nada de eso —le espetó Juana tratando de exasperarle para que hablara—. ¿Quién habita el talisay más que el tamao}; el tamao que venció al pari Javier. Era más de lo que Ticong podía soportar. Cogió a Juana de una muñeca la hizo levantar del suelo y la llevó a la ventana. Allí le susurró al oído con mucho misterio: —Para que lo sepas, yo soy el único que sabe todo. Y te diré que el talisay está habitado por el alma del pari Javier. —Sus, María, Usep —volvió a invocar Juana—, tú estás loco, las almas de los castilas se van al cielo o al infierno pero no a los talisays30. —Rayo de mujer —gritó exasperado Ticong— no estoy loco y te diré otra cosa. Si alguien pudiera enterrar al pie del talisay una caja que contiene las cartas de aquella mujer, el pari se vería libre de su cárcel dentro del árbol y además el bagat no podría ya nunca tomar posesión de él. —¿Y por qué no haces tú eso para ayudar a tu antiguo amo? ¿Por qué le tienes allí condenado si puedes evitarlo? —’Rayos y demonios otra vez. Cómo voy a llevar allí las cartas si el bagat… bueno.., bueno he hablado demasiado y no digo una palabra más, ¡hala!, ¡sulung^l, y llévate tu butungbutung, que sólo de verlo me están doliendo las muelas. La empujó hacia la plataforma donde descansaba la escalera de bambú para los criados. A Juana le dio miedo la actitud del viejo y no quiso ofrecer resistencia. En el suelo yacía el pollo muerto y la cabeza con los párpados cerrados entre el pico blanco y la cresta desteñida, sola y alejada del cuerpo, le dio un escalofrío. Bajó deprisa la escalera, arrojada por Ticong que repetía cada vez más reciamente: «\Sulung, sulungV. Abajo, el huerto estaba ya anegado en sombras, mientras el sol se ponía rápidamente. El relente olía a flores en la oscuridad y Juana apresuró el paso para salir de ella. Atravesó la cerca de madera vestida con el verde de las enredaderas y respiró más libremente en el espacio abierto de la calle. Las campanas de la iglesia comenzaron su repique y su voz volaba sobre la ñipa de los techos, sobre las planchas de hierro galvanizado que cubrían las casas ricas. Las estrellas se asomaron para ver cómo la Reina de los cielos entraba en la iglesia de vuelta ya de su gran paseo con un cortejo de niñas y de almas blancas. Tules y flores sobre las cabezas, canciones en los labios, llamas de fe en los pechos. Juana nos llevó de la mano al quiles que esperaba en la esquina enganchado a una vaca. Y el trote corto de ésta nos durmió, mientras Juana atisbaba con pavor la negrura de las sombras del camino. Juana habló otra vez con Ticong cuando el padre Andrés fue a la hacienda a visitar a los amos. Ticong hacía de cochero del padre siempre que no había otro que lo hiciese. El padre se quedó a comer y Ticong pasó a la cocina a hacer lo propio con el servicio. El viejo cocinero parecía triste, recordando el lugar. Después de la comida Epifanio se marchó al pueblo a hacer la compra y el criado tuvo que bajar al río con las latas y la pinga32 en busca de agua. Juana le miró alejarse con satisfacción porque quería quedarse a solas con Ticong. Cuando vio su silueta en mitad de la plaza, la pinga sobre el hombro derecho y las dos latas balanceándose colgadas de los extremos, trató de iniciar una conversación con el cocinero. —Te encuentro callado y triste, Ticong. ¿Es que te ha sentado mal la comida? —preguntó Juana. —Estoy haciendo bien la digestión y la comida fue de mi gusto; bien te lo demostré eructando dos veces cuando acabamos —calló para recordar—. Estoy mirando el talisay. Está hermoso pero muy solo. —Solo no, que dentro le acompaña el pari Javier y enfrente tiene a la mujer blanca. —Esa no me importa, pero el pari Javier sí. Fue bueno, bueno, y me da mucha pena su mala suerte. Juana puso delante de Ticong un tabo33 lleno de tuba bien fermentada. Ticong comenzó a beber. —Y además, cuánto sufrió antes de morir, sufrió hasta volverse casi loco. Juana callaba y le dejaba hablar. Ticong bebía.

—Cada vez que recibía una carta de allá y de ella, quedaba días y días callado, con la cara desencajada, las orejas hundidas y los ojos entornados a veces, y otras muy abiertos, como los de un loco. Y de noche no dormía. Se revolvía en su cama, rugiendo a ratos, y a ratos sollozando hasta que se levantaba y andaba por el huerto. Y así toda la noche y así casi todas las noches. Juana escuchaba. Ticong bebía. Cuando se vació el tabo lo volvió a llenar hasta tres veces. Después de eso el cocinero hablaba y hablaba y hablaba. Y Juana se enteró de todo. De cómo llegó al convento la murmuración sobre la locura del padre Javier, de cómo se le llamó y tuvo que dejar el lugar, de cómo un día recibió una carta que dio al traste con su entereza y le hundió en una crisis desesperada. Y cómo, más tarde, llegó la noticia de que un barco que venía a Filipinas naufragó en el mar de la China, pereciendo el pasaje y la tripulación, cuando casi tocaba el puerto de Manila. En ese barco venían varios frailes de la misma orden del Padre Andrés y un militar con su esposa. La mujer era ella. El padre Javier se desmoronó en el colmo de su dolor. Y una noche huyó del convento. El hábito blanco cruzó las calles dormidas del pueblo a las que la luz de la luna apenas llegaba, filtrada por el ramaje del arbolado que las sombreaba. Con las manos sujetando algo debajo del brazo izquierdo, el pelo encrespado y el hábito extendido por el viento hacia atrás, su figura pasaba en trágica carrera por entre la paz y el descanso cobijados por las ñipas y los tabiques de tiras de bambú. Era la hora del sueño profundo y ni los animales le sintieron casi. Apenas un ladrido, ya en las afueras, cuando dejaba el poblado y se alejaba, cada vez más enloquecido, por el camino estrecho —entonces sólo una vereda— que ahora era ya la calzada real. Y el eco de la voz de los canes, se fue debilitando en la distancia y en las matas espesas de tigbaw, de ricino, de tuba-tuba34 que bordeaban el paso, estrechándolo con su follaje. El piso irregular le hizo caer varias veces antes de llegar y en los riachuelos que tuvo que cruzar, se le embarró el hábito mojado por el agua. Obseso y alucinado llegó al talisay y a la casa. El caserío del barrio, alejado de ella casi trescientos metros, soñaba su descanso a lo largo del río. El padre Javier se tiró al suelo, dejó a un lado la caja que traía y con las uñas comenzó a cavar un hoyo al pie del talisay. Jadeaba, y su jadeo, ruidoso y trágico despertó a Ticong. —Me levanté muy despacito y miré por las cañas del suelo, por si alguien debajo de ellas intentaba lancearme. Como no vi a nadie me asomé con mucho cuidado a la ventana. El pari Javier, como un perro con prisas de enterrar el alimento, cavaba y cavaba con las uñas. Quise bajarle un azadón pero dudé y mientras vacilaba, ocurrió una cosa terrible. Ticong hizo una pausa, se llevó las manos a la frente y se limpió el sudor, transpiración de vino y de terror. Juana no quiso instarle a que reanudara el relato y esperó callada. —Dame agua —murmuró Ticong— y no me traigas más tuba, que tengo que conducir el quiles de vuelta al pueblo. Juana se fue al pantau y enjuagó el tabo llenándolo después con agua limpia de las tinajas. Ticong bebió, vertió el agua sobrante sobre su cabeza y se encontró mejor. —Una cosa terrible —repitió— no sé qué fuerza invisible pareció agarrar al pari Javier del cuello, lo levantó haciéndole girar para atrás sobre sus rodillas y lo apretó luego contra el suelo. Un estertor salió de su garganta. Venciendo mi horror al asuang bajé corriendo a ayudarle, pero el Pari yacía ya muerto, su cara hundida en un charco de sangre que de su boca manaba hasta el suelo. En el cuello tenía las huellas rojas de unas uñas de un tamaño gigante. Le había estrangulado el bagat. —¿Por qué te empeñas en que tiene que ser el bagat? Los bagats no suelen matar directamente. —Es extraño sí, pero lo que nunca ha sucedido, es que un tamao te salga al paso en una calzada y no te deje continuar tu camino. —Este asuang ¿lo hace? —preguntó perpleja Juana. —Lo hace, sí; pero eso no importa ahora. El caso es que en aquel momento no me di cuenta de la terrible situación en que me encontraba, pero luego pensé que podían echarme la culpa de la muerte del pari Javier. Sin embargo, a mí lo que más me preocupaba era realizar lo que hubiese querido terminar de hacer el Pari. Quise enterrar la caja y fui en busca de un azadón. Empeño inútil, Juana, el azadón sonaba contra el suelo como si éste fuese de piedra y se mellaba sin conseguir ahondar lo más mínimo. —Era el tamao, Ticong, era el tamao —interrumpió Juana. —Tamao y bagat en todo caso —cedió Ticong—, pero yo no sabía qué hacer. Registré todo el cuerpo del pari Javier y le quité una carta y el rosario. No sé por qué, como si una voz sobrenatural me lo ordenase, eché el rosario al hoyo que había hecho el pari Javier y lo tapé rápidamente, pisoteándolo furiosamente. Cuando terminé creí que el asuang me iba a estrangular a mí también, pero no; se levantó un viento muy fuerte que hizo cabecear furiosamente al talisay y se calmó instantáneamente, tal como había surgido. Subí apresuradamente la caja y la escondí entre la viga mayor y el techo y marché al convento del pueblo sin tocar el cuerpo del pari Javier, a dar cuenta de todo al párroco.

—¡Qué valiente! —admiró Juana. —No, yo quería que el párroco supiese lo ocurrido antes que nadie y antes que amaneciese. Y me arriesgué. Relaté lo acaecido sin mencionar la caja, la carta ni el rosario. Le dije que el pari Javier escarbaba, escarbaba el suelo y el párroco pensó que lo hacía porque estaba loco. Yo estaba temblando mientras lo contaba, esperando que de un momento a otro me acusase el pari de asesino. Pero no, no me dijo nada35. Ticong volvió a enjugarse el sudor y a pedir agua mientras bebía y se remojaba la cabeza, Juana preguntó impaciente: —¿Entonces qué ocurrió? —Me mandó el parí que calladamente ensillase dos caballos y nos fuimos rápidamente al barrio, recogimos el cuerpo del pari Javier, borramos la sangre de la tierra y lo trajimos al convento. Al romper el día, colocado en su cama, parecía que había muerto de enfermedad. —¿Y no sospecharon de ti? —preguntó Juana. —A mí nada me dijeron. Esto me asombró; únicamente y en la misma noche del suceso, después de colocar al pari Javier en su lecho, me dijo el pari párroco: —Ticong, tú eres un hombre leal y querías mucho al pari Javier. — Sí pari —contesté emocionado. —Pues no debes decir ni una palabra de esto a nadie, a nadie, si quieres que pari Javier te lo agradezca y te bendiga en el cielo. — Sí pa… rí—y la emoción me cortó la palabra.

—Yo te bendigo también y gracias Ticong —me dijo trazando una cruz en el aire con la mano derecha. —Yo no pude más, Juana, y me eché a llorar. Calló un rato y continuó. —Ves, han pasado ya más de treinta años y todavía se sube a mi garganta un ahogo y a mis ojos las lágrimas. —Bueno, hombre, ya no cuentes más. Perdona que te haya hecho hablar —balbuceó Juana contagiada por el dolor de Ticong. —’No, si me ha hecho mucho bien el poder desahogarme. Llevo tantísimo tiempo callándolo y sólo porque tú ya sabías el misterio del talisay, me decidí a hablar. Pero quisiera saber cómo te enteraste tú. Entonces Juana le relató las apariciones del parí Javier a Epifanio y lo que le sucedió a ella en la noche fantasmal cuando además le hablaron ambos espíritus suplicándole la destrucción de las cartas. —No podrás hacerlo, Juana, no te dejará el bagat. —¿Por qué no me señalas el lugar exacto donde está enterrado el rosario? —No, no, no quiero acercarme al talisay, pero te diré que está en el lado donde la sombra da por la tarde y justamente entre dos raíces enormes que surgen del tronco y vuelven a la tierra a tres pasos del mismo. Pero el bagat no te dejará trasportar la caja si la encuentras; no te dejará, es muy maligno y muy poderoso. Si supieras, Juana, que al siguiente día de enterrar al pari Javier, cuando fuimos a recoger sus cosas de la casa, la hierba se hallaba crecida sobre el lugar del hoyo, como si nada hubiese ocurrido allí dos días antes? —¿Y la caja de las cartas? —No te diré dónde está —replicó firmemente el viejo. Juana sonrió segura de que lo sabía ya.

—¿Y la casa? —volvió a preguntar. —Se la llevaron entera a otro barrio36. El caserío fue desapareciendo poco a poco también, hasta que vino tu amo y lo reconstruyó. Y meditó un rato. —A las pocas semanas de ocurrir aquello me fui del convento porque allí no podía olvidar lo que necesitaba borrar de mí; y fui a servir con doña María. —Y ¿para qué volviste al convento? —Juana, hay dos fuerzas dentro de mí que luchan y me empujan para un lado y otro. Dos voces que me mandan. Una viene del pari Javier la otra del asuang. El pari quiere que entierre las cartas; el otro me impide que lo haga. Y yo sufro. Juana le miró con lástima. Entonces, más que nunca debió jurarse a sí misma la destrucción de aquello que hacía sufrir a Ticong. El pobre viejo se merecía unos últimos días de su vida tranquilo y en paz. Cuando Juana acabó su relato yo le pregunté: —¿Y la carta que encontró en el bolsillo del padre Javier? —La tiene con él, pero como ninguno de los dos sabemos descifrar la escritura a mano bien, ignoramos lo que dice. —Pídele que te la dé para que la lea yo y os entere de su contenido. —Lo intentaré — respondió. Pero Juana dudaba de conseguirlo. Sin embargo días después me la entregó. La carta decía así: «Javier, Javier, Javier: Nada hay en el mundo que me obligue a pensar que tú hoy, como ayer, como siempre, eres sólo eso, Javier para mí. Nada que me obligue a olvidar tu nombre, que me impida llevarlo siempre en los labios, en el pensamiento y ¡ay! en la sangre; esta sangre que pasa por el corazón y es la que lo mueve. «Inútil será que me recuerdes que mi matrimonio me separa de ti, que tu estado sacerdotal te separa de mí. Se me han roto todos los diques a fuerza de resistir lo irresistible y no hay nada capaz de detener el torrente desbordado en su ansia de llanuras y de alturas. No puedo vivir sin ti, ni quiero morir lejos de tu lado. «He convencido a Valentín para que acepte el cargo de Gobernador de esa isla donde tú haces labor misional y pasado mañana saldremos para Filipinas. Puede que yo llegue antes que esta carta si el mar, envidioso de este amor, no impide que nos veamos, pero ni la muerte me hace temblar. Abismo por abismo, prefiero el de los océanos al de la vorágine de mi propia pasión. Si el mar me devora, ¡qué piedad la suya! Si me sirve de camino hacia tu presencia ¡qué compasiva senda serán sus aguas! «Ya sé que te estoy destrozando, que voy a aniquilarte y que los dos perderemos el alma en la condenación de esta locura, pero los dos somos culpables: yo por mi debilidad al no enfrentarme con la propia muerte antes de haberme casado con otro, y tú, porque no supiste vencer el orgullo que te dominaba, para hacerme tuya cuando aún era tiempo de salvar nuestra felicidad. Tú encontraste el remedio con la fe y la distancia, pero ¿y yo? Yo me desangraba en el recuerdo y se me iba quedando sin pulso la vida. Y he preferido turbar la tuya y tu paz y tu virtud para conquistar una vez más el calor de tus brazos que sé que vive dormido pero no muerto. Si no es posible ya evadirte de mí, concéntralo aún más para esperarme, para abrazarme.

Perdona esta locura y comprende que el volcán sólo puede librarse de su fuego abrasando todo cuanto le rodea. «Hasta que mis manos ardan en las tuyas. Rosario.» A los dieciséis años estas cartas hacen llorar y yo lloré también. Su amor me pareció lo más hermoso del mundo y su historia inacabada merecía el esfuerzo de darle un fin romántico. No traduje esta carta a Juana ni a Ticong. Les dije que no la entenderían, pero prometí a Juana que llevaría las cartas al talisay, después de convertirlas en cenizas37. A mí no me preocupaba todavía el bagat, pero a Juana sí. Ella creía firmemente que ese ente misterioso deseaba la posesión del talisay para su hogar y que lucharía por conseguirlo. Si el impedimento era la fe católica del padre Javier, su rosario y las cartas, procuraría que éstas no llegasen a ser enterradas junto al árbol. Sí, Juana sabía que el tamao lucharía con todas sus fuerzas por impedirlo. Y estaba fuertemente obsesionada. Todos los domingos subía yo al convento después de la misa. El convento era, como todas las viviendas de los blancos en las haciendas de Negros, un caserón amplio distribuido así: una escalera desde el exterior o por debajo del piso alto partiendo de lo que se llamaba el silong3B. La escalera desembocaba en una amplia veranda que daba paso al comedor y desde el cual se entraba en una sala que tenía a derecha e izquierda dos enormes piezas. En el convento, una era el dormitorio del párroco y la otra el archivo biblioteca. Detrás del comedor estaba el pantau, plataforma abierta que separaba la cocina y demás servicios más o menos higiénicos, con sus olores más o menos desagradables, del cuerpo principal ya descrito. En la sala quedaban las visitas, después de misa, tomando un cóctel, bebida introducida en la isla por los ingleses de Iloilo39. Yo no bebía y pedía permiso al Padre Andrés para entrar en la biblioteca a hojear sus libros. Si alguno había que podía interesarme yo no lo buscaba. Era sólo el pretexto para encontrar la caja de las cartas. Pero las estanterías estaban llenas de carpetas y legajos, de libros que guardaban la fe de los bautismos y los contratos de casamientos. Yo no tenía que hacer nada en ellos y si el padre Andrés me encontraba revolviendo aquel archivo, pensaría cualquier cosa. Y sin embargo tenía que arriesgarme. En la primera oportunidad cuando la conversación de la caídaw estaba más animada y oía la voz del padre Andrés hablando de no sé qué cambio de política en España41, cogí una silla y me encaramé en ella. Pasé el brazo por encima de los libracos del último anaquel, cerca de la ventana del frente, e introduje la mano por detrás de ellos corriéndola hacia dicha ventana. ¡Cómo temblaba mi mano en el vacío polvoriento que formaba el hueco entre los folios y la pared! Pero el temblor se hizo angustia de emoción cuando tropecé con una cosa dura, que al palparla comprobé que era una caja. Volví la cabeza para mirar a la puerta y no vi a nadie; escuché y la voz animada del Padre Andrés echaba anatemas de condenación contra los ateos y masones que llevaban la política de su patria al abismo. Sí, nadie se movería de la caída, pendientes como estaban de la palabra del Padre Andrés y podía intentar sacar la caja y echarla un vistazo. Lo hice. La caja era de un metal amarillo repujado. Tenía una Uavecita incrustada en el ojo de la cerradura, una llave herrumbrosa que intenté hacer girar, forzándola hasta que rechinó y cedió. Levanté la tapa. Había un paquete lacrado dentro con esta inscripción: «Quemadlas sin leerlas». No cabía duda aquélla era la caja y aquéllas eran las cartas. Las volví a colocar en su sitio y me bajé de la silla. Entonces repasé con los ojos unos títulos de libros y saqué uno. Tenía que darme por enterada de lo que allí había si el Padre Andrés preguntaba. Al domingo siguiente todo estaba dispuesto para apoderarnos del objeto deseado. Yo llevaba una cuerda y Juana esperaría en el huerto para recibirlo cuando se lo enviase con ayuda de la cuerda, desde la ventana del otro lado de la biblioteca. Y así lo hicimos. Juana cortó la cuerda para no perder tiempo y yo tiré de ella y la guardé enrollada en el bolso. Pretexté no encontrarme bien y me marché rápidamente, pero cuando llegué a la araña42, donde el Moro, enganchado, ramoneaba unas hojas de las ramas cercanas, para matar su hambre, Juana no estaba allí. El cochero no la había visto y yo me dirigí al huerto por la puerta de atrás. Encontré a Juana en acalorada discusión con Ticong.

—Te he dicho que no, Juana. No quiero que te ocurra una desgracia irremediable. —Déjame, hombre, que Inday se va a enfadar.

—Es preferible que se enfade a que te mate el bagat o el tamao —insistía enérgicamente Ticong. —Ticong, Dios coA3, déjame que me lleve la caja. Si a ti no te ha de ocurrir nada, pues déjame que me la lleve —insistía desesperadamente Juana. •—Te he dicho que no, y no —rugía el cocinero. Aquí llegué yo. Y traté de convencerle. Estaba plantado delante de Juana y con la mano derecha sujetaba la caja por el asa de la tapa. Juana hacía lo propio y los dos la sostenían en la disputa. —Ticong, tú que querías al pari Javier, no querrás que se pase la eternidad preso en el talisay sin poder volar a la Gloria de Dios —le interpelé. —Si no podréis llevar la caja al talisay —contestó—. El bagat lo impedirá, como me ha impedido a mí hacerlo. Me salía al paso unas veces en forma de macho cabrío que a cornadas me hacía retroceder. Otras era un gigante cerrando el camino con sus brazos, otras, en fin, un perro fiero, enseñándome los colmillos sangrientos y aterradores. —Pero nosotros vamos en coche, Ticong —insistí. —Uy, Inday, el caballo se plantará y no querrá andar cuando el fantasma se ponga delante. —Tenemos que intentarlo, Ticong, tenemos que intentarlo o no podremos tener ya paz en lo que nos quede de vida. —No lo permitiré, no lo permitiré. No quiero responsabilidades —insistía angustiado Ticong. —Ticong, piensa que no volveremos a tener una oportunidad como ésta. Ahí está el vehículo, no tenemos más que meter en él la caja y salir corriendo; en pleno mediodía no nos atacará el asuang.

  • —Lo hará, lo hará, porque cuando se entierre la caja, el pari Javier se irá del talisay, pero las cartas llevan la fuerza de su espíritu y servirán de anting-anting44 para que el bagat no pueda ya nunca ocupar el talisay que es su mayor ambición. —Yo corro el riesgo y con la responsabilidad. Déjanos la caja Ticong —ordené enérgica. —No Inday, no puedo, no puedo. La voz del Padre Andrés, voló fuerte e iracunda sobre el huerto: —Ticong, ¿dónde te has metido, hombre? Llevo diez minutos llamándote. — Sí, parí, corriendo voy. Y dirigiéndose a nosotros, tiró de la caja. — Dádmela, dádmela que me la vuelva a subir. Juana le mordió la mano que la sujetaba, al mismo tiempo que con el pie derecho le dio una patada en la espinilla tirándole de bruces. La mano aflojó y saltó la presa, Juana huyó rápidamente y yo la seguí. —Tira, cochero, deprisa, deprisa —le ordené mientras subíamos y nos acomodábamos. El cochero de un salto empuñó las riendas y partimos al galope. Detrás, envuelta en la polvareda de nuestra carrera quedaba la voz de Ticong, amenazadora y acongojada: «Volved, volved, volved, por el amor de Cristo». Todo fue bien hasta que pasamos la hacienda Cristina y llegamos a la revuelta de Bucruz, donde el camino pasaba por un puentecillo de piedra y torcía bruscamente formando casi una barquilla.

El giro no tenía visibilidad alguna porque el cañaveral ocupaba el hueco de la barquilla con su ramaje cabeceante inclinado hacia la calzada. Y allí, de pronto, apenas dimos la vuelta, se nos plantó el macho cabrío. El caballo se encabritó y comenzó a relinchar furiosamente intentando volver hacia atrás. El cochero, lívido, le sujetaba mientras balbuceaba trémulo: «el bagat, el bagat». —Coge la fusta y castiga al caballo. Hazle correr a toda velocidad —ordené yo con autoridad. Su instinto de disciplina le hizo obedecer automáticamente, pero el caballo sufría el castigo y se encabritaba aún más, sin adelantar un paso. El macho cabrío se alejó, como si quisiera abandonarnos y batirse en retirada y aproveché el momento para animar a mi gente. Juana callaba acurrucada en cuclillas en el fonda del vehículo. —Venga, Blas, castiga más fuerte al Moro. Y el Moro pareció reaccionar e intentó partir al galope. Pero en ese instante, el macho cabrío volvió grupas y tomando carrera se lanzó carretera abajo contra nosotros. El cochero aterrado saltó del coche y salió huyendo campo traviesa. Juana iba a hacer lo propio cuando yo la agarré de un brazo, mientras con el otro que mantuve libre, cogí las riendas para impedir que el caballo huyese desbocado. —No me dejes Juana, no me dejes por el amor de Cristo —grité. No sé por qué razón el macho cabrío se paró de pronto y pegó un brinco dando una terrible voltereta en el aire. Cuando cayó al suelo quedó despatarrado unos instantes, que yo aproveché para soltar a Juana y empuñar la fusta. Pero Juana debió creer que había sido la palabra «Cristo» la que había detenido al bagat porque comenzó a gritar con todas sus fuerzas, «Cristo», «Cristo». No fue una heroicidad lo que hice después. Fue el terrible pánico que también me invadía. El macho cabrío se había enderezado e intentaba acometer una vez más. Pero yo blandí el látigo y ciegamente intenté lanzar al caballo a toda velocidad, carretera abajo, mientras Juana con sus gritos, conjuraba al espíritu duende a que nos dejase el camino libre. ¿Fue un desvanecimiento momentáneo? ¿Fue una alucinación que se disipaba? El caso es que el animal desapareció de pronto y el caballo partió en desenfrenada carrera. Juana hecha un ovillo, fue bajando el tono de su voz a medida que nos alejábamos del lugar hasta llegar a musitar únicamente, anulada por el terror, su letanía profano-religiosa: «Cristo», «Cristo», «Cristo». Cerca ya de casa refrené el caballo y al parar frente a ella el Moro echaba espumarajos por la boca, mientras el sudor, batido por los arreos, inundaba de espumilla blanca su pelaje. Mi corazón palpitante, impulsaba la sangre por mis venas desenfrenadamente, congestionando mi rostro, bañado, como toda yo, de un sudor escalofriado. Habíamos ganado la primera batalla. En los labios trémulos de Juana, moría su último «Cristo». Afortunadamente mi madre se había ido a comer con una amiga a otra hacienda. Y cuando alguien iba a pasar un día con cualquier otra amistad era una descortesía dejarle volver antes de las veinticuatro horas45. Esto quería decir que Juana y yo teníamos la tarde y la noche libres para terminar la tarea del enterramiento de las cartas46. Aunque la súplica del fraile del talisay se limitó a la desaparición de las mismas, el hecho de que en vida intentase enterrarlas bajo el árbol y la idea que Ticong comunicó a  Juana de que el espíritu de dichas cartas impediría que el duende llegase a habitar el árbol si las mismas descansaban en el lugar, nos impulsó a quemar primero los papeles y dejar enterradas las cenizas en el hoyo donde quedó el rosario. Para hacerlo más rápidamente propuse a Juana descubrir el hoyo tan pronto como anocheciese y tan pronto también como encontrásemos el rosario, como señal de que aquel era el lugar, realizar la operación. •—¿Por qué no nos acompaña Epifanio? —insinuó Juana. —¿Para qué? —le dije yo envalentonada. —Y ¿si vuelve el bagatí •—preguntó medrosa. —No hay tal bagat, Juana, —respondí aparentando una absoluta seguridad’— lo que vimos esta mañana fue un macho cabrío como cualquier otro, que luego se marchó. -— Ay no, ay no Inday —aseguró Juana—apareció de repente y desapareció de repente también cuando dijimos Cristo. Menos mal que la palabra es un anting-anting contra él. —Bueno, •—le dije yo—pues sigue pronunciando la palabra y no te ocurrirá nada. Juana dudaba aún, pero calló y se conformó. Aquella tarde me la pasé contemplando el talisay desde el balcón corrido de mi hogar, descansando sobre la silla larga47. Estaba nerviosa, medrosa y cansada. En algún momento me pregunté por qué había yo intervenido en el oscuro suceso del talisay y si al fin y al cabo, no podría ser todo una patraña de Juana relacionada con su conocimiento de la existencia de la caja en aquel rincón de la biblioteca del convento parroquial, conocimiento que pudo haber adquirido en sus conversaciones con Ticong y que su imaginación hubiese aplicado a la supuesta o real aparición del habitante del talisay. Que el Padre Javier había existido era un hecho, que en torno a él hubo una historia de amor, también lo era. La carta que yo leí y que me impulsó a obrar con espíritu de aventura en aquel asunto, la exponía sin dudas. ¿Pero y toda la trama de las apariciones? La interferencia del espíritu, —bagat o tamao— ¿no podía ser una farsa confeccionada por el impulso atávico de Juana, Epifanio y Ticong? Mis padres habían negado siempre rotundamente la existencia de los asuangs, aunque muchas veces reconociesen que ocurrían cosas muy extrañas. Yo tenía mi fe flotante entre dos aguas, la exterior y cristalina de las creencias de mis padres y la otra, oscura y misteriosa de los indígenas pero por enigmática y ultraterrenal quizás más obsesionante, y me debatía en esos momentos zarandeada por su oleaje. Lo de aquella mañana había sido muy fuerte, ya que a pesar de mi negación absoluta de hecho alguno sobrenatural frente al terror de Juana, yo había visto al animal al doblar la revuelta de Bucruz, y lo que era peor aún y más convincente, había visto disiparse la forma del bruto en la reverberación cegadora de las hondas del intenso calor del mediodía. El bicho no huyó ni se ocultó bajo la vegetación de los lados del camino, no, se esfumó y se borró luego repentinamente y esto es lo que ponía esa palpitación de miedo también en mi corazón. Fuese lo que fuese, ya no había medio de retroceder ni de dejar a Juana que resolviese por sí sola el final de la odisea.

Y bajo este convencimiento me fue tranquilizando la determinación de acabar. Recosté la cabeza contra el respaldo del sillón, coloqué cómodamente los pies sobre los brazos largos y quise cerrar los ojos. Los cerré casi pero no acabé de dormirme. Por debajo de mis párpados divisaba el ramaje del talisay con sus verdes contrastados por los claroscuros que la luz pintaba en él, con el pincel de sus contactos, y en un duermevela fui soñando la vida del árbol tratando de asimilar sus sentimientos de antes y del momento. Sí, su aspecto presente daba la sensación de una ingenuidad vegetal, ¡con cuánta más razón debió haber nacido blanco y casto, y crecer, crecer siempre, limpio de corazón! Si no había logrado enturbiar sus sentidos la trágica resaca que se fue replegando día tras día sobre sí misma bajo su ramaje, si no se endureció su corazón a la vista del luchar y del sufrir de aquel Fray Javier al que cobijó amoroso y tierno con cuidados paternales, ni maldijo ante su impotencia para librarle de las garras infernales de aquel espíritu que lo estranguló sobre el temblor de sus raíces, si todo eso no pareció hacer mella en él, es que el árbol tenía la bendición de la inocencia y por manso y por límpido de corazón se merecía todas las bienaventuranzas. El talisay, por esa o por otra causa, parecía feliz, muy feliz. Y pensé que, susceptible de amar —¿por qué no?— estuviese todo él impregnado de un latido de amor por el Padre Javier, el fraile heroico, abnegado y santo que se había merecido aquel amor extraordinario y sobrenatural del árbol de Dios. Pero entonces, si esto pudiera ser cierto ¿qué sucedería con el talisay cuando ahora, al cumplirse la precisa condición de la destrucción de las cartas, le fuese a abandonar el Padre Javier? Pobre talisay, hermoso en el calor y la jugosidad de su fronda, sonando ingenuamente con la inmortalidad de su predestinada felicidad, si de pronto se encontraba solo, con esta felicidad truncada para siempre. Me revolví en el sillón y desperté un poco. Ah, estaba soñando. Menos mal.

Pero despierta ya, pensé: ¿Y si pudiera ser cierta toda esta desgracia que estoy fraguando contra el árbol en este proyecto de enterrar las cenizas de las cartas entre sus propias raíces, acto que va a ser como un salvoconducto para que el padre Javier lo abandone en su viaje a la gloria eterna?

Decididamente los nervios tensos habían puesto en carne viva mi sensibilidad. No me convenía ni descansar siquiera. Llamé al criado y pregunté por mis hermanos. A la niña pequeña se la había llevado mi madre. Los mayores, mocitos ya, nadie sabía dónde estaban, y los pequeños de doce y ocho años se habían ido a casa del cabo Alberto, quien les había prometido llevarlos a la pelea de gallos. —Pregunta a Juana si habrá que ir a buscarlos o si los traerá el cabo. —Los traerá, señorita —contestó el criado que era nuevo y me daba ese tratamiento. —¿Has preparado el farol? —Ya está colgado en el balcón. —Bueno, echa agua en la tina del baño y vete luego si quieres, le ordené. —Sí, señorita. El muchacho se fue y le vi más tarde cruzar la plaza, una inmensa explanada limitada por canales de riego, edificios para almacenar el azúcar y el combustible destinado a la cocción del mismo, extendiéndose delante de la casa para morir allá, al final, sobre el talud del río. En su centro se alzaba el camarín con el techo bajo de cinc, y a un lado, la chimenea de ladrillo, encalada, que vigilaba con su altura blanca, bajo el remate de su corona ennegrecida por el hollín, la finca hasta su último confín. Me levanté y fui a tomar mi baño, metiéndome en la enorme tina y vertiendo agua fresca sobre hombros y cabeza con un tabo de cascara de coco. Era el lujo primitivo de las haciendas de azúcar. El baño me entonó y salí de él después de levantar un tapón de corcho que en el centro del fondo de la tina cubría el agujero del desagüe. Después de esto busqué a Juana. La encontré en mi alcoba sentada en el suelo junto a la caja de las cartas, temerosa de que aún a última hora alguien se la pudiera quitar. Al comenzar la noche no había luna. La oscuridad era absoluta. Juana encendió el farol que el muchacho había colgado en la ventana antes de irse a la gallera o a jugar a las cartas. Pero el resplandor del farol no llegaba al talisay. Alumbraban más las miles de luciérnagas del jardín en aquella noche de bochorno, presagio de tormenta. Arriba los nubarrones arropaban a las estrellas, ocultándolas. —Vamos, Juana. ¿Tienes listo un azadón y las cerillas? Juana, por toda contestación, cogió la caja y se palpó la cintura, para cerciorarse de que debajo de los pliegues del patadiong48 tenía la caja de fósforos. —Es menester que nos llevemos el farol, de otra forma no veremos nada. Juana me entregó la caja y se encaramó sobre la baranda del balcón corrido para descolgarlo. Noté su mano fría cuando volvió a hacerse cargo de la caja de las cartas. —Dame el farol —ordené. Y fui delante alumbrando el camino. No me atreví a acortarlo cruzando el jardín, donde las sombras guardaban atisbos fantasmales. Junto al talisay encontramos el azadón y un rastrillo viejo abandonado, aplastada su parrilla contra la tierra. Un siseo monótono me había venido siguiendo haciéndose más fuerte conforme nos acercábamos al talisay, hasta que me di cuenta de que era Juana la que lo emitía. Había comenzado su letanía, muy espaciada todavía, pero los intervalos se fueron haciendo más breves, a medida que avanzábamos. Dejé el farol en el suelo.

—Aquí están las dos raíces que me indicó Ticong —y musitó— Cristo. —Venga el azadón —pedí decidida. Levanté con cuidado las capas de tierra cubiertas con hierba y las fui dejando a un lado para volver a colocarlas luego tal como estaban sentadas en el lugar. El bochorno era tal que comencé a sudar cuando aún no había empezado a cavar. La atmósfera llevaba una carga de electricidad que apretaba mis sienes y me tensaba la nuca dolorosamente. Al primer golpe de la azada Juana invocó más alto la protección del cielo creyendo que cuanto más recia y frecuentemente pronunciase la palabra mágica, tanto más iba a ahuyentar el peligro. Yo tenía ganas de acabar y dejaba caer fuertemente la azada sobre la tierra. La sequía la había endurecido y la fatiga martilleaba sobre mis sienes con los latidos del corazón. —Alumbra el hoyo, Juana; levanta un poco el farol — ordené. La claridad penduleaba sobre la tierra herida. ¡Pobre Juana, estaba temblando y sus labios trémulos tartamudeaban ya su palabra amuleto! Cuando metí la mano desnuda entre la tierra removida se oía perfectamente el medroso respirar de su pecho. Mis dedos se enredaron en unas cuentas engarzadas. Era el rosario. Lo saqué y lo dejé a un lado. Agrandé el hoyo y pedí a Juana la caja. Me temblaba un poco la mano cuando rasgué el papel lacrado que envolvía las cartas. Estaban metidas en sus sobres y pedí a Juana que las fuese sacando de ellos. —Ay Inday, Cristo co, hazlo todo tú sola. Yo no puedo, tengo miedo. —Tardaremos más —le dije. Y esto es lo que yo sentía, porque tenía prisa. Encendí una cerilla y la acerqué a la primera carta sosteniéndola con la mano izquierda. La fecha era relativamente reciente. El fuego prendió en la esquina inferior del papel y fue lamiéndolo iluminando y ennegreciendo su superficie. Mientras se hacía ceniza se leían perfectamente sus líneas a la luz de la llama. «Es inútil, es inútil, lo tengo decidido». Y más abajo: «no pongas murallas al destino», después la firma precedida de esta frase: «con mi locura delirante». La siguiente llevaba fecha más atrasada. Prendí otra cerilla y en ese momento retumbó un trueno terrible. —Dios co, Cristo co, Cristo co, —gimoteó Juana. Yo me había estremecido. La llama consumía rápidamente el papel: «¿por qué me niegas este consuelo?», «te falta caridad para conmigo», «tu santidad es cruel». Otra descarga atronó el espacio y comenzaron a caer gotas. —Ayúdame, Juana —le grité—, o no acabaremos nunca, vete sacando las cartas de los sobres. Juana obedeció otra vez. Pero jadeaba, entrecortando su estribillo. Con la llama de una carta encendía otra, y otra, y otra. Las frases desfilaban ante mis ojos y me iban contando una historia hacia atrás: «Tú tuviste la culpa», «parecías fuerte», «estabas lleno de soberbia». «Habías dejado el seminario por mi amor», «pero y ahora…», «qué vanidad la tuya», «creíste que mi catástrofe era la voz del cielo», «una señal para que volvieras al camino de tu vocación». Y más adelante… «cobarde, cobarde», «¿qué iba a hacer yo?», «la muerte de mi padre nos dejó en la miseria…» La lluvia comenzó a caer más reciamente, y aunque no nos mojábamos aún, cobijadas como estábamos bajo el árbol, el viento iba apagando las llamas y llevándose las cenizas49. —Qué noche más perra nos ha tocado —balbuceé. —Vamonos ya Inday —suplicó Juana—, mañana terminaremos. —Nunca, vete tú si quieres •—corté secamente. Juana se quedó y el viento me arrebató una carta a medio quemar. Las descargas se hacían más frecuentes. —Dame ese rastrillo, Juana. Lo trajo trémula y lo colocamos sobre el hoyo cubriéndolo con su enrejado para impedir que se volasen los papeles. Juana iba dándome una por una las cartas: «mi madre enferma», «mis hermanos terminando la carrera», «la hacienda empeñada», «sólo yo podía salvar el patrimonio», «Comprende Javier, no podía negarme»; «¿por qué no me raptaste para evitar mi boda?», «te faltó hombría para descargarme de la responsabilidad», «a veces es más fácil renunciar», «volviste a tu vocación sacerdotal por cobardía». El viento apagó las llamas, y era casi imposible encender de nuevo, pero metí las manos en el hoyo por entre la reja del rastrillo y volvió a arder otra carta. «Tu silencio me destrozó después», «Ya no me escribías», «tuve celos de Dios», «tu última carta había sido insultante», «me despreciabas con toda tu alma, decías», «pero era tu soberbia». La lluvia comenzó a caer terriblemente racheada y el viento había cambiado de dirección. Empezó a caer agua sobre nosotras y sobre el hoyo. Si no terminábamos en seguida no podríamos continuar. Las descargas encendían la campiña dejando una rúbrica zigzagueante de luz en el negro de las nubes. Los trazos se hacían cada vez más largos cruzando la bóveda del cielo en varias direcciones. Retumbaba el trueno y la naturaleza se estremecía de pavor. —Vamonos, vamonos —suplicó Juana—, nos puede caer un rayo. —Saca todas las cartas y arrúgalas con la mano-—-ordené—, mételas, mételas en el hoyo. Y con prisas fuimos metiendo todo el contenido de la caja por debajo de la parrilla. Cuando aquella quedó vacía, introduje también la carta que Ticong había encontrado en el bolsillo del Padre Javier, e intente prender fuego a los papeles. El viento me apagó las cerillas hasta tres veces. Estaba muy nerviosa. Juana ya no rezaba, ni decía nada. Dijérase que había enmudecido de pavor. «Zing, zang», caían las descargas y la tronada retumbaba por la llanura prolongándose y enlazando un trueno con otro. Al fin prendió una llama y una racha de viento la avivó. Como en un caleidoscopio, vi danzar ante mí palabras y palabras que iluminaba y ennegrecía después la llama: «fue mi despecho», «me casé», «a aborrecerte», «desgraciada», «tormento», «le odiaba», «qué calvario», «te buscaba», «la vida imposible», «desesperación», «Mil veces la muerte», «el pecado», «te busqué», «ni un consuelo», «no tuve hijos», «las maldiciones», «todo era blasfemia», «castigo», «cruz», «camino de amargura». Y otra vez, y otra vez las palabras, «llanto», «tormento», «muerte», «ceguera», «desesperación», «maldición»… «Zing, zang». «Zing, zang». Y una terrible descarga que cayó a pocos pasos de nosotras nos sacudió con una convulsión iluminando ya las cenizas negras dentro del hoyo. —El asuang, el asuang nos va a matar, —gritó Juana en su locura de terror—. Esto no es tormenta, es el asuang —y comenzó a correr como una loca hacia la casa. Cogí la azada y cubrí de tierra el hoyo sin levantar el rastrillo. Llovía sobre mis espaldas y chorreaba toda yo. Cuando quedó el hoyo cubierto, levanté deprisa la parrilla y eché más tierra. Aún tuve fuerzas para coger las láminas de tierra y hierba medio deshechas y colocarlas sobre la superficie, dejando debajo de ellas el rosario. El farol se había apagado hacía un rato y el canalillo se había desbordado. La calzada era ya una torrentera que me impedía correr hacia la casa. Chapoteé sobre el agua, zarandeada por la fuerza del viento. Me fue alumbrando la luz de los relámpagos. Había tirado la caja debajo del imbornal y defendía el farol apagado. Cuando llegué a la casa, Juana me estaba esperando en el portalón. Yo no la miré siquiera y subí las escaleras penetrando en mi alcoba, para cambiarme de ropa. Enseguida me tendí rendida sobre la cama y cerré los ojos. Cuando los abrí vi a Juana en cuclillas acurrucada en un ángulo de la habitación. No la había sentido entrar. Me incorporé y ella se levantó. La miré fijamente con indignación. —¿No te da vergüenza Juana, de haberme dejado sola? —la reprendí con severidad. Por toda contestación se echó a llorar desconsoladamente. Media hora más tarde se había calmado la tormenta; se habían dispersado las nubes y la luna iluminaba el paisaje lavado y quieto. Desde el balcón vi llegar a los hermanitos cobijados debajo del capote del cabo Alberto, como dos pollitos bajo las alas de su gallina madre. Detrás, a mucha distancia, venían los mayores cantando a voz en grito. ¿De cortejar a qué ¿alagas morenas, vendrían? Juana se mantenía detrás de mí como una sombra. En estas circunstancias agradecía su compañía. —¿Ha venido Epifanio? —pregunté.

—Aún no —me contestó tímidamente. No se atrevió a decir «y me da miedo estar sola en la cocina para hacer la cena». Pero yo lo adiviné y la arrastré conmigo. —Hala, vamos a cocinar —la ordené secamente. Al poco rato subían los hermanos y los mayores comenzaron a dar voces. La cena, la cena que tenemos hambre. Los pequeños me buscaron en la cocina al no encontrarme en la sala ni en la alcoba… —Id a mudaros enseguida que yo tengo que hacer aquí. Obedecieron. Por la ventana de la cocina divisé el talisay a la luz de la luna. ¿Qué habría sucedido dentro de él? ¿Estaría ya deshabitado? ¿Iba a vivir solo todo lo que le quedaba de vida? ¿Estaría llorando su desamparo o deseando, en su desesperación, que un rayo hubiese partido su tronco en dos dejándole sin vida? ¡Aquél que cayó tan cerca, pudo habernos carbonizado a los tres! La luna plateaba su copa, poniéndole un halo de santidad. Sí, era un árbol santo escogido por Dios para darle su gracia. No parecía triste, pero si todo se había cumplido conforme a las predicciones, el talisay tenía que estar vegetando ya en su soledad. Me entró un remordimiento. ¿Tendría yo la culpa? Le pedí perdón y me dolió el corazón. El Padre Javier estaría probablemente gozando de su gloria. Sin embargo, si se dio cuenta del intenso amor y de la absoluta lealtad del talisay, su gloria no podía ser completa sin la sombra del árbol que tan bien le acompañó en vida. Me sacaron de mis meditaciones las pisadas de Epifanio subiendo a zancadas los tramos de bambú de la escalera de servicio.

—Buenas noches —saludó—, perdón Inday por llegar tarde, pero el mal tiempo no me dejó seguir. —Menos mal que fue el mal tiempo —le contesté—, peor hubiera sido que te hubiera entretenido el parí del talisay.

—’Pues Inday, —me dijo muy alegre— hacía ya años que no le veía y esta noche se me ha vuelto a aparecer, pero sin impedirme continuar —Juana y yo palidecimos y nos miramos con terror. —• Sí, sí, no se crean que estoy loco, — confirmó Epifanio. Juana se le acercó. —Échame el aliento, Epifanio —y Epifanio lo hizo. —’Pues no huele a vino —murmuró Juana. —Claro que no —repuso Epifanio satisfecho, y continuó—, antes se me plantaba delante y no me dejaba llegar a casa. —’¿Has visto también a la mujer del imbornal? —le pregunté. •—No, no, esa debe haber desaparecido porque ni la he visto ni la he oído desde hace mucho tiempo. —Y ¿el Pari! —continué preguntando. —Pues estaba abrazado al tronco del talisay, con cara de vivo y muy sonriente. Antes parecía un muerto fantasma, adusto y grave. Y nunca me hablaba, pero esta noche me miró al pasar, me siguió con la vista y cuando ya me iba —observando de reojo por si acaso—, me dijo: «gracias a todos». ¿Por qué me daría las gracias? ¡Qué raro! —Muy raro —dije yo. Y volví a mirar a Juana. Epifanio continuó: —Al otro lado del árbol había una cabra comiéndose unos papeles secos; me chocó que estuviesen secos después del diluvio que había caído. Volvimos a mirarnos, Juana y yo, con más terror aún. —¿Pero qué os sucede, que no me creéis nada hoy? — preguntó Epifanio indignado. —¿Estás seguro de que era una cabra? ¿Que no fue un macho cabrío? —interrogó Juana. •—Vaya, como que era la Cambang; ahí la tengo atada; asómate a verla. Bonita faena si se hubiera metido en un campo a comer la caña; precisamente cuando la señora no está en la hacienda. Juana se había asomado ya a comprobar que era la Cambang el animal al que se refería Epifanio. —Es verdad —-murmuró convencida— pero no es posible que comiera papeles secos. —Rayo y demonio, que me estás cansando ya. Toma el pedazo que le saqué de la boca —dijo sacando un trozo blanco del bolsillo. Alargué el brazo para recibirlo yo. Y leí a la luz del quinqué: «Javier, Javier, Javier…» —La cenaaa —bramó desde la veranda el mayor de los hermanos. Aquella noche me sentí feliz cuando acostada en la cama de mi madre con Juana en el suelo durmiendo a mis pies, fui cerrando los ojos bajo la caricia rojiza del globo, que amparando del viento la mariposa de aceite, bañaba la alcoba con tenue claridad durante la noche. Tenía el convencimiento de que Padre Javier había volado a su gloria en un gran vuelo del espíritu pero sin haber atravesado espacios ni distancias. El Padre Javier seguía habitando el talisay. Si la gloria es el contacto con Dios, su presencia está en todas partes y toda la creación puede ser Cielo. El Padre Javier había alcanzado el suyo en el talisay y el Señor había premiado al árbol con ello. Un premio a su fe, a su blanca candidez, a su limpieza de corazón, a su infantil ingenuidad simbolizando la inocencia del paraíso antes del pecado. Y sólo esta perfección, dentro del más desinteresado de los afectos, constituyó, a su vez, el Cielo que le había correspondido al Padre Javier, iluminado con la presencia de Dios, desde luego. Yo reflexionaba con la lógica de mis dieciséis años, incubada bajo el calor del blando nido del colegio, pero con la envergadura embrionaria de mi fuerte personalidad. Comprendí que el buen fraile había tenido razón y por eso alcanzó su premio. La mujer del imbornal fue su calvario. Ella no había procedido por el camino del espíritu ni tampoco supo comprender la línea recta por donde fue pisando el angélico Padre Javier. Ignoraba en qué mundo estaría ahora purificándose de sus pecados. No me interesaba saberlo.. El sueño y el cansancio fueron cerrando mis párpados y cuando desperté el sol entraba por la ventana y mi madre había regresado. —Hola, hola niños. Hola Juana: qué, ¿qué ha sucedido por aquí en mi ausencia? No supimos que contestar. Mi madre locuaz, no esperó la respuesta y continuó: —¿No ha pasado nada? Con la tormenta de ayer, ¿ninguna gotera? ¿ninguna plancha volada del tejado? ¿No mató el rayo a nadie? ¿Ningún carabao muerto? Las cabras y las ovejas ¿no se escaparon ni se comieron ningún campo de cañas? Si es así hemos tenido suerte. Y después de una breve pausa acabó: —Así es que no pasó nada, nada. —No, no pasó nada, mamá —contesté yo al fin. A Juana le envalentonó mi mentira y respondió también. —Nada Señora, nada, no pasó nada guid50. Lo grande se confunde con lo pequeño. Ocurrió tanto que no había ocurrido nada.

Glosario

BAGAZO-Fibra leñosa que queda después de prensar la caña de azúcar en los molinos para extraer de ella su jugo.

BOLO-Cuchillo de hoja grande, parecido a un machete, que sirve para cortar caña y las malezas del bosque; también se utiliza como arma.

BONGA-Areca o nuez de betel, se utiliza con el buyo en el preparado que se masca.

BUGANG-Se trata del tigbaw, caña de azúcar silvestre (saccharum spontaneum).

BUYO-Hoja de una planta de la familia del betel con la que se elabora la mascada. Se forma un pequeño paquete con bonga y cal, al que se puede añadir tabaco, y se introduce en la boca.

CAMARÍN-Edificio grande de una sola planta, abierto, pero techado, donde se instalaban los hornos, maquinarias, calderos, enfriaderas, depósitos, etc., para elaborar el azúcar de caña.

CAMOTE-Variedad de batata cultivada por todo el país que se utiliza mucho en la cocina filipina.

CANLAON-Volcán de unos 2.500 metros de altura que divide la isla de Negros, hoy escrito Kanlaon.

CARABAO-Búfalo doméstico característico de Filipinas. Se utiliza para trabajar en los campos de arroz y tirar de los carromatos.

CUCUYO-Luciérnagas.

DALAGA-Mujer joven y soltera.

GUMAMELA-Arbusto de flores muy grandes conocidas como rosa de China, de pétalos generalmente rojos o rosa fuerte.

IÑAM-Arbusto silvestre de ramaje grueso y retorcido cuyos frutos son comestibles.

JOLÓ-Isla de Joló, al sur de Filipinas en la provincia de Sulu.

KAMUNING-Árbol que da unas flores blancas que desprenden una fuerte y singular fragancia.

LUNUK-Más conocido por el nombre de balete, se trata del árbol ficus que

CLÁSICOS HISPANOFIUPINOS

ocupa una gran extensión con las raíces que caen de su tronco y ramas, haciendo que adquiera un aspecto misterioso.

MANGO – MANGA-Nombres del árbol y la fruta que éste produce. El fruto, de forma ovoide, en la variedad cultivada en Filipinas suele ser amarillo, carnoso y jugoso. También se come el mango verde.

MASCADA-Se refiere al buyo.

MAYAS-Se trata de un pájaro que abunda en los arrozales y puede convertirse en una plaga.

NIPA-Palma cuyas hojas se utilizan para construir la casa tradicional filipina; también se utiliza para hacer tejidos.

PALAY-Nombre que en tagalo reciben tanto la planta del arroz como su semilla antes de ser preparada como producto alimenticio.

PANTAU-Plataforma de madera incorruptible que separa la cocina y habitaciones para la higiene del resto de la casa.

PARÍ-Padre, refiriéndose a los sacerdotes.

SAMPAGUITA-Flor de la especie de los jazmines, de color blanco y amarillo, exhala un profundo aroma. Es la flor nacional de Filipinas.

SENSITIVA-Planta que contrae y recoge sus hojas al roce, también es muy sensible al humo.

TABO-Recipiente pequeño que tradicionalmente se fabricaba puliendo la cascara del coco.

TAMARINDO-Árbol que puede alcanzar los 25 metros de altura con un follaje siempre verde. Su fruto, con forma de vaina, tiene un característico sabor agridulce.

TiFÓN-Tormenta tropical que se origina en el océano Pacífico que al acercarse a tierra tiene grandes efectos destructivos.

TIGBAW-Caña de azúcar silvestre (saccharum spontaneum).

TUBA-Bebida alcohólica tradicional de Filipinas. Se extrae del jugo que segrega la flor del cocotero.

TUBALINA-Primera extracción del jugo dulce del cocotero, no contiene alcohol. Si se deja fermentar se transforma

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