Escultura lenta Theodore Sturgeon

Ella ignoraba quién era él cuando le encontró; en realidad, poca gente le
conocía. Él se hallaba en el huerto, trabajando bajo un peral. La tierra olía a finales
de verano y a viento; a bronce, olía a bronce. Levantó la vista hacia una joven de
unos veinticinco años, con un rostro carente de miedo y unos ojos del mismo color
que el cabello, cosa extraordinaria porque su cabellera era de un tono
doradorrojizo. Ella contempló al hombre de unos cuarenta años, de piel correosa,
que tenía un electroscopio de láminas de oro en la mano, y se sintió como una
intrusa.
— Oh… — exclamó en el tono que por lo visto era el más oportuno, toda
vez que el hombre asintió al oírla.
—Sostenga esto —le pidió él después, lo que eliminaba toda idea de
intrusismo.
La muchacha se arrodilló junto al hombre y cogió el instrumento,
sosteniéndolo tal como él se lo puso en la mano. Luego, él se apartó un poco y se
golpeó la rodilla con un vibráfono.
— ¿Qué ocurre? —preguntó.
Tenía una voz bonita, la clase de voz que los desconocidos observan y
escuchan.
La joven estudió las delicadas láminas de oro de la capa de cristal del
electroscopio.
— Se están separando —respondió ella.
Él volvió a golpearse la rodilla con el vibráfono y las láminas se separaron
un poco más.
— ¿Mucho?
—Unos cuarenta y cinco grados cuando usted se golpea con el vibráfono.
—Bien…, es casi todo lo que podemos conseguir.
De un bolsillo de su chaqueta extrajo una bolsa de polvo de yeso y echó un
puñado al suelo.
— Ahora me apartaré —añadió —. Quédese aquí y dígame cuánto se
separan las láminas.
Rodeó el peral caminando en zigzag, e iba golpeando el vibráfono en tanto
ella gritaba números: diez grados, treinta, cinco, veinte, nada. Cuando las láminas
doradas se separaban al máximo, él dejaba caer más polvo. Cuando terminó, el
peral estaba rodeado por un tosco óvalo de motas blancas de yeso. Sacó un
cuaderno y trazó el diagrama del óvalo y del árbol; se guardó el cuaderno y
recuperó el electroscopio.
— ¿Buscaba algo? —le preguntó a ella.
— No…Sí.
Él sonrió. Y, aunque la sonrisa no duró mucho, la joven la halló
sorprendente en un rostro como aquél.
—Eso no es lo que un tribunal llamaría una respuesta positiva.
La muchacha miró hacia la montaña, metálica a la luz del atardecer. No
había mucho que ver: rocas, maleza de verano, algunos árboles y un huerto.
Alguien había recorrido un largo camino para llegar hasta allí.
—No es una pregunta sencilla —se disculpó, tratando de sonreír y
prorrumpiendo en llanto.
Lo lamentó y se excusó.
— ¿Por qué? —quiso saber él.
Era la primera vez que la joven experimentaba este interrogatorio. Era algo
turbador. Y siempre lo sería, a veces mucho más.
—Bueno, uno no debe dejarse llevar por las emociones en público.
—Usted ha tenido la culpa. No conozco a ese uno del que habla.
—Creo que yo tampoco, ahora que lo menciona.
—Entonces, diré la verdad. De nada sirve andar con rodeos y pensar: «Él
descubrirá que yo…» o algo por el estilo. Yo pensaré lo que deba pensar, diga
usted lo que diga. O… me iré sin decirle nada más.
La joven no hizo ademán de irse, por lo que él añadió:
—Pues diga la verdad. Si es importante será sencilla, y si es sencilla será
fácil decirla.
— ¡Voy a morir! —gritó ella.
— —Yo también.
—Tengo un bulto en el pecho.
—Venga a casa y se lo quitaré.
Sin más palabras se alejó y empezó a cruzar el huerto. Sobresaltada hasta
lo indecible, indignada y llena de una loca esperanza, lanzando incluso una
carcajada de asombro, ella permaneció un momento viéndole marchar, y al final
(¿en qué instante lo decidió?) echó a correr tras él.
Le alcanzó en el lindero superior del huerto.
— ¿Es usted médico?
No parecía haberse dado cuenta de la inmovilidad de la joven ni de su
carrera.
—No —negó él.
Y siguió andando, sin ver, al parecer, cómo ella volvía a detenerse,
mordiéndose el labio inferior, y cómo echaba a correr nuevamente.
—Debo de estar loca —murmuró la joven, uniéndose a él en un sendero del
jardín.
Se lo dijo a sí misma, aunque él ya debía de saberlo porque no respondió.
El jardín estaba lleno de retadores crisantemos, y había un estanque en el
que divisó el destello de un par de carpas imperiales plateadas —no doradas—,
las mayores que había visto. Después… la casa.
Primero formaba parte del jardín, con la terraza y sus columnas, y luego,
con sus muros rocosos (demasiado grandes para considerarlos de piedra), era
parte de la montaña. Se hallaba encima y dentro de la ladera, y sus tejados
corrían paralelos a la línea del cielo, por delante y a los lados, y parte de los
mismos estaban sostenidos por un saliente de la cara rocosa. La puerta, hecha de
tablas y bien claveteada, con dos estrechas aberturas, se abrió (aunque no había
nadie allí), y cuando volvió a cerrarse todo quedó en silencio, impidiendo la
entrada de todo lo exterior mucho más sólidamente que con el golpe de una
cerradura o un pasador. La joven se quedó con la espalda contra la puerta,
viéndole atravesar lo que parecía el centro de la casa, o al menos de esta parte.
Era una especie de patio pequeño, en cuyo centro había un atrio, acristalado por
sus cinco lados y abierto por arriba. Tenía un árbol, un ciprés o un enebro,
retorcido, torturado, con el aspecto escultural de lo que los japoneses llaman
bonsai.
— ¿No viene? —le gritó él, sosteniendo abierta una puerta detrás del atrio.
—Los bonsai no tienen tres metros de altura —exclamó ella.
—Éste sí.
La joven se acercó lentamente, contemplando el árbol.
— ¿Cuánto hace que lo tiene?
El tono de voz del hombre daba a entender que estaba sumamente
complacido. Es una tontería preguntarle al dueño de un bonsai si éste es muy
viejo, ya que se le está preguntando si ha sido obra suya o si lo adquirió y continuó
la labor de otro individuo; se le está tentando a proclamar que son suyos la
concepción y el trabajo meticuloso de otro, y asimismo resulta grosero decirle a
una persona que se la está probando. Por tanto, « ¿cuánto hace que lo tiene?» es
amable, grato y tremendamente cortés.
—La mitad de mi vida —fue la respuesta.
La muchacha miró el árbol. A veces se hallan árboles, no totalmente
abandonados, no totalmente olvidados, plantados en bidones mohosos, en
invernaderos mal cuidados, que permanecen sin vender a causa de una forma
rara o por tener algunas ramas muertas, o bien por haber crecido con excesiva
lentitud en conjunto o en parte. Éstos son los que desarrollan troncos interesantes
y una gran resistencia ante el infortunio, lo cual les hace florecer si se les da la
menor excusa para vivir. Este árbol era más viejo que la mitad de la vida de su
dueño, o que toda su vida. Al contemplarlo, ella se quedó aterrada por la idea de
que un incendio, una familia de ardillas, alguna oruga subterránea o las termitas
pudieran exterminar tanta belleza, algo que ofrecía el concepto de rectitud o
justicia o… respeto. Volvió a mirar el árbol. Luego, miró al hombre.
— ¿Viene? —dijo éste.
—Sí —asintió ella, entrando con él en el laboratorio.
—Siéntese aquí y relájese —le aconsejó él—. Esto puede tardar bastante.
. «Aquí» era en una butaca de cuero situada junto a la biblioteca. Había
libros sobre todos los temas: obras de consulta sobre medicina e ingeniería, física
nuclear, química, biología, psiquiatría… También había obras sobre tenis,
gimnasia, ajedrez, sobre el juego de guerra oriental Go y sobre golf. Y dramas, las
técnicas de la novela, El uso moderno del inglés, El lenguaje norteamericano y el
suplemento, los diccionarios poéticos de Wood y Walker, v una serie de
diccionarios y enciclopedias. Además de un estante repleto de biografías.
— ¡Vaya biblioteca…!
Él respondió con brevedad; estaba claro que no deseaba hablar, ya que se
hallaba enfrascado en su trabajo.
—Sí, es cierto —dijo solamente—. Tal vez la vea alguna vez.
La joven se preguntó qué querría decir con esas palabras. Luego, decidió
que había querido decir que los libros que había junto a la butaca eran los que él
tenía a mano para su trabajo, y que la verdadera biblioteca estaba en otro lugar.
Le miró con gran respeto.
Siguió contemplándole. Le gustaba la manera como se movía: rápido,
decidido. Estaba claro que sabía lo que hacía. Ella reconoció parte del equipo que
usaba: un alambique, un equipo de probetas, una centrifugadora. Había dos
refrigeradores, uno de los cuales no lo era, puesto que ella podía ver que el
termómetro de la puerta marcaba 21°C. Pensó que un refrigerador moderno era
perfectamente adaptable a la demanda de un ambiente controlado, incluso de uno
cálido.
Pero todo aquello, junto con el equipo que no reconocía, no era más que
mobiliario. Era al hombre al que valía la pena contemplar, el hombre el que la
mantenía ocupada, hasta el punto de que en todo aquel tiempo ni una sola vez se
sintió tentada de examinar la biblioteca.
Al fin, él terminó una larga secuencia en el banco de trabajo, movió unos
interruptores, cogió un taburete y se acercó a ella. Se sentó en el taburete, con los
pies sobre un travesaño, y colocó sus manos largas y atezadas sobre las rodillas.
-¿Asustada?
—Supongo que sí.
—No tiene ningún motivo.
—Considerando la alternativa —murmuró ella valerosamente, aunque su
tono decayó con rapidez—, no puede importar mucho.
—Muy juicioso —aprobó él casi animosamente—. Recuerdo que siendo
niño se produjo un fuego en el edificio donde vivíamos. Hubo un gran revuelo para
salir, y mi hermano de diez años de edad se encontró en la calle con un
despertador en la mano Era un reloj viejo que no funcionaba… y de todas las
cosas que había en casa tuvo que coger ese despertador. Nunca pudo saber por
qué.
— ¿Lo sabe usted?
— ¿Por qué cogió aquel objeto? No. Aunque creo saber por qué hizo algo
tan irracional. Sí, el pánico es un estado de ánimo muy especial. Como en el
miedo y la fuga, o la furia y el ataque, se trata de una reacción primitiva ante un
peligro extremado. Es una de las expresiones de la voluntad de sobrevivir. Y lo
que la torna tan especial es su irracionalidad. ¿Por qué el abandono de la razón
puede ser un mecanismo de supervivencia?
La joven meditó la pregunta con gran seriedad. Aquel hombre tenía algo
que tornaba imperiosa la seriedad.
—No me lo imagino —confesó al fin —. A menos que sea porque, en
algunas situaciones, la razón no funciona.
—Puede imaginárselo —replicó él, irradiando de nuevo su tremenda
aprobación y haciéndola resplandecer—. Y acaba de hacerlo. Si se está en peligro
y se intenta razonar, y la razón no funciona, se la abandona. Es inteligente
abandonar lo que no sirve, ¿verdad? Por tanto, usted siente pánico, y empieza a
realizar acciones al azar. La mayoría, casi todas, serán inútiles; algunas pueden
ser incluso peligrosas, mas eso no importa: usted ya está en peligro. El factor de
supervivencia entra en juego cuando muy adentro de uno mismo se sabe que la
única oportunidad entre un millón es mejor que ninguna en absoluto. Y así… aquí
está usted sentada; está asustada y podría huir, pero algo le aconseja que no
huya… y no huye.
Ella asintió.
— Usted encontró un bulto —continuó él—. Fue a visitar a un médico y él le
hizo unos análisis y le dio una mala noticia. Quizá fue a otro médico y la confirmó.
Entonces, usted investigó un poco y supo qué sucedería a continuación…, las
exploraciones, la extirpación, la recuperación incierta, todo el largo y terrible proceso de ser lo que se llama un caso perdido. Y se asustó. Hizo algunas cosas que
desea que yo no le pregunte. Viajó hacia cualquier parte y terminó en mi huerto sin
motivo alguno.
Extendió las manos y las hizo volver a su especie de sueño.
— Pánico —prosiguió —. Eso es lo que explica que esos pequeños
permanezcan en pijama en medio de la noche con despertadores rotos en la mano
y que existan charlatanes.
Algo campanilleó en el banco de trabajo y él sonrió brevemente y volvió a
su tarea.
—A propósito —agregó por encima del hombro—, yo no soy un charlatán.
Para llamarse charlatán hay que ser médico y yo no lo soy.
Ella le vio tocar los interruptores, abriendo, apagando, agitando, midiendo y
calculando. Una pequeña orquesta de aparatos cantaba a coro y en solos a su
alrededor, mientras él dirigía los chirridos, los silbidos, los campanilleos, los
golpeteos. La joven deseaba reír, llorar, chillar. No hizo nada de todo eso por
miedo a no poder parar.
Cuando él volvió a su lado, el conflicto ya no existía en su interior, sino que
ejercía en ella constantes y opuestas tensiones; el resultado era un terrible
éxtasis, y lo único que pudo hacer cuando vio el instrumento en la mano del
hombre fue abrir más los ojos. Casi se olvidó de respirar.
—Sí, es una aguja —afirmó él, con tono casi zumbón—. Una aguja larga y
muy delgada. No me diga que pertenece a esa clase de personas que temen a las
agujas.
Tensó el cable que unía la aguja al estuche negro, lo aflojó un poco y se
sentó en el taburete.
— ¿Quiere algo para serenarse?
Ella tenía miedo de hablar; la membrana que contenía su yo sano era muy
tenue y estaba muy tensa.
—Yo en su lugar no tomaría nada —continuó él —, porque la gama
farmacéutica es muy compleja. Claro que si necesita algo….
La joven logró negar con la cabeza y de nuevo experimentó la sensación de
que de él surgía una oleada de aprobación. Deseaba formular un millar de
preguntas, ansiaba formularlas…, necesitaba formularlas. ¿Qué había en la aguja?
¿Cuántos tratamientos habría que aplicarle? ¿Cómo serían? ¿Cuánto tiempo
debería permanecer… y dónde? Y lo más importante: ¿podría vivir? Oh, sí,
¿podría vivir?
Él pareció interesado por una sola de tales preguntas.
—Está formado a partir de un isótopo de potasio. Si le contase todo lo que
sé al respecto y de qué manera llegué a ello, tardaría…, bueno, tardaría más
tiempo del que disponemos. Pero ésta es la idea general: a nivel teórico, cada
átomo se halla equilibrado eléctricamente (no importan las excepciones
ordinarias). De la misma manera, todas las cargas eléctricas de una molécula se
supone que están equilibradas…, tantas más, tantas menos…, total cero. Bien,
descubrí que el equilibrio de las cargas de una célula trastornada no es cero…, al
menos, no completamente. Es como si se produjese una tormenta microscópica a
nivel molecular, con algunos relámpagos centelleando en todas direcciones,
cambiando los signos. Con interferencias en las comunicaciones por la estática y
demás —añadió, gesticulando con la hipodérmica forrada en la mano—, y eso es
todo. Cuando algo se interfiere en las comunicaciones…, especialmente en el
mecanismo RNA, que dice: lee este plano original y construye de acuerdo con él, y
para cuando esté hecho…; cuando este mensaje es alterado, se construyen cosas
al revés, desequilibradas, cosas que casi son buenas, casi son perfectas, pero
sólo casi: éstas son las células perturbadas o salvajes, y los mensajes que
transmiten son aún peores.
»Bien, es secundario que dichas tormentas estén provocadas por virus,
agentes químicos, radiaciones o traumas físicos, e incluso por la ansiedad,
aunque no creo que la ansiedad pueda hacerlo. Lo importante es arreglarlo, a fin
de que no se produzca la tormenta. Si esto se puede hacer, las células poseen
suficiente habilidad para reparar y reemplazar lo que anda mal. Y los sistemas
biológicos no son como pelotitas de ping pong con cargas estáticas, aguardando a
que la carga se escurra o descargue en un cable subterráneo. Poseen una
especie de resorte, que yo llamo perdón, que les permite tomar un poco más, o un
poco menos, de carga, y enderezar lo que está mal. Digamos que un grupo de células se torna salvaje y construye un agregado de un centenar de unidades extra
en el lado positivo. Inmediatamente, las células de alrededor se sienten afectadas,
aunque no la capa siguiente ni la sucesiva a ésta.
»Si pudieran ser abiertas por la carga extra se las podría drenar, y esto
curaría a las células salvajes de su excedente…, ¿lo entiende? Y podrían sanar
por sí mismas, o pasar el excedente a otras células y después a otras, que se
ocuparían del caso. Dicho de otro modo: si logro inundar su cuerpo con un
intermediario que pueda drenar y distribuir una concentración de esta carga desequilibrada, los procesos corporales normales podrán penetrar allí y reparar el
mal causado por las células salvajes.
Sostuvo la aguja entre sus rodillas y de un bolsillo lateral de su bata de
laboratorio sacó una cajita de plástico, la abrió y extrajo un algodón empapado en
alcohol. Sin dejar de hablar animadamente, cogió el brazo de la chica, casi
entumecido por el terror, y le frotó el hueco del codo.
—No quiero decir en absoluto que la carga nuclear del átomo sea lo mismo
que la electricidad estática. En realidad, están en campos muy distintos. Pero la
analogía sí vale. Y aún podría añadir otra analogía. Podría comparar la carga de
las células salvajes a una acumulación de grasa, y este producto mío a un
detergente que destruyese la grasa hasta no poder ser ya detectada. Pero prefiero
la analogía de la estática por un extraño efecto secundario: los organismos que
reciben este producto elaboran una gran cantidad de carga estática. Se trata de un
subproducto, y por razones sobre las cuales por el momento sólo puedo teorizar,
parece estar sintonizado con el audioespectro. Como sintonizar horquillas, por
ejemplo. Con esto estaba jugando cuando nos hemos encontrado. El árbol está
empapado de este producto. Tenía un grupo de hojas con células salvajes. Bien,
ya no lo tiene.
Dedicó a la muchacha una sorprendente sonrisa y la dejó extinguirse al
poner la aguja hacia arriba y presionar la jeringa. Luego, sujetando con la otra
mano el bíceps izquierdo de la joven, apretó lenta y firmemente. Bajó la aguja, la
apuntó y la metió en la vena con gran destreza; ella lanzó una exclamación, no de
dolor, sino por la falta del mismo. Atentamente, él vigiló el tubito de cristal que
sobresalía de la vaina negra al retirar el émbolo una fracción, y observó la entrada
de sangre en el fluido incoloro de la jeringa. Mantuvo fija la aguja hipodérmica.
—Por favor, no se mueva… Lo siento, tardaré un poquito. He de introducirle
bastante líquido. Lo cual es estupendo, como ya sabe —agregó, en el mismo tono
con el que había efectuado sus observaciones sobre el audioespectro —, porque,
con efectos secundarios o no, es consistente. Los sistemas biológicos sanos desarrollan un fuerte campo electrostático, mientras que los enfermizos lo
desarrollan débil o de ninguna clase. Con un instrumento tan primitivo y simple
como ese pequeño espectroscopio es posible saber si alguna zona del organismo
posee una comunidad de células salvajes, y en tal caso, dónde está y su
magnitud, así como el grado de salvajismo, por decirlo de algún modo.
Hábilmente, varió su presión sobre la hipodérmica sin moverla ni cambiar la
presión del émbolo. Empezaba a resultar incómodo, como un dolor al convertirse
en magulladura.
—Y si se pregunta por qué este mosquito tiene una funda con cable unido a
ella (aunque estoy seguro de que no se lo pregunta y que sabe tan bien como yo
que mi charla sólo tiene por objeto mantener su mente ocupada), se lo explicaré.
No es más que una bobina que transporta una corriente alterna de alta frecuencia.
El campo alternante hace que el fluido sea magnética y electrostáticamente
neutral desde el principio.
Retiró la aguja de repente, con gran suavidad, dobló el brazo de la joven y
dejó en el hueco del codo un trocito de algodón.
— ¿Cómo se encuentra? —le preguntó.
— Ella buscó frases acertadas.
—Como la poseedora de una gran histeria durmiente suplicándole a alguien
que no la despierte.
—Dentro de poco —le dijo, riendo— se sentirá tan rara que no tendrá
tiempo para histerismos.
Se puso de pie y devolvió la aguja al banco de trabajo, enrollando el cable
al mismo tiempo. Desconectó el campo de corriente alterna y volvió junto a la
muchacha con un cuenco de cristal y un trozo cuadrado de conglomerado. Puso el
cuenco invertido en el suelo, cerca de la chica, y colocó la madera sobre su ancha
base.
—Recuerdo algo parecido —musitó ella—. Cuando estuve en…, en el
instituto. Generaban relámpagos artificiales con un…, deje que recuerde… Bueno,
había una cinta transportadora muy larga que funcionaba sobre unas poleas, unas
raspaduras de cable y una gran bola de cobre en lo alto.
—El generador Van de Graaf.
— ¡Exacto! Hacían toda clase de cosas con ese aparato, aunque lo que
recuerdo más especialmente es que me subía a un pedazo de madera colocado
sobre un cuenco como éste, me cargaban con el generador y no sentía nada,
excepto que mi cabello parecía escapárseme de la cabeza. Todos se reían. Yo
parecía una muñeca de cara negra y cabello tieso; al parecer, soportaba cuarenta
mil voltios.
— ¡Bravo! Me alegro de que lo recuerde. Aunque esto será un poco
diferente. Aproximadamente, habrá otros cuarenta mil.
-Oh…
—No tema. Mientras se halle aislada, apartada de objetos que
relativamente toquen el suelo, como yo, por ejemplo, no habrá fuegos artificiales.
— ¿Usará un generador como aquél?
—No como aquél. En realidad ya lo he usado. Usted es el generador.
-Yo… ¡Oh…!
La joven levantó la mano de la butaca tapizada y al momento se produjo
una serie de chispas y un débil olor a ozono.
—Sí, usted es un generador, más de lo que yo pensaba, y más rápido.
¡Levántese!
Ella empezó a hacerlo lentamente, pero terminó la maniobra más de prisa.
Cuando su cuerpo se separó del asiento, durante una fracción de segundo
permaneció sentada en una masa de hilos blanquiazules. Dichos hilos, o ella
misma, la empujaron un metro y medio más allá, siempre de pie. Literalmente
fuera de sí, la muchacha estuvo a punto de caerse.
— ¡Quédese de pie! —le ordenó él.
Ella se recobró, jadeando. Él retrocedió un paso.
—Suba a la madera —ordenó —. ¡Vamos, rápido!
La joven obedeció, dejando, en los dos pasos que tuvo que dar, dos breves
pisadas de fuego. Se equilibró sobre la tabla, y su cabello, visiblemente, empezó a
agitarse.
— ¿Qué me está sucediendo?
— —Todo va bien —la tranquilizó él.
Se dirigió al banco de trabajo y puso en marcha un generador de tono. El
aparato gimió al pasar de uno a los trescientos grados del ciclo. Él aumentó el
volumen y movió el control. El rugido se hizo más agudo, y el cabello doradorrojizo
de la muchacha se atiesó hacia arriba, intentando cada hebra separarse de las demás. El hombre aumentó el tono por encima de los diez mil ciclos y después lo
redujo al inaudible once; en ambos extremos, el cabello de la chica descendió, si
bien hacia los mil doscientos adquirió un aspecto semejante al de la muñeca antes
descrita por ella.
Dejó el volumen a un grado más o menos tolerable y cogió el electroscopio.
Fue hacia ella, sonriendo.
—Usted es un electroscopio, ¿entendido? Y también un generador Van de
Graaf viviente. Y una muñeca negra, de pelo tieso.
—Déjeme bajar —fue todo lo que ella acertó a decir.
—Todavía no. Por favor, no se mueva. El diferencial entre usted y todo lo
demás es tan alto que, si se acercara a cualquier objeto, descargaría en él. No le
haría daño, pues no es una corriente eléctrica, pero podría quemarse y sufrir un
shock nervioso.
Levantó el electroscopio e incluso a aquella distancia, y a pesar de su
inquietud, la muchacha vio como las láminas de oro se separaban. El dio vueltas
en torno a la joven, contemplando atentamente las láminas moviendo el
instrumento atrás y adelante, y de un lado a otro. Después fue hacia el generador
de tono y bajó un poco el volumen.
—Envía usted un campo de fuerzas tan poderoso que no puedo captar las
variaciones —explicó.
Luego volvió hacia ella, aproximándose más que antes.
—No puedo… mucho más…, no puedo… —murmuró ella.
Él no la oyó, o fingió no oírla. Luego, fue pasando el electroscopio cerca del
abdomen de la joven, hacia arriba y de un lado a otro.
— ¡Bravo! Así va bien… —exclamó animadamente, acercando el aparato a
su seno derecho.
— ¿Qué? —gimió ella.
—El cáncer. El seno derecho, bajo, en torno al sobaco. —Lanzó un
silbido—. Muy malo. Maligno como el demonio.
La muchacha se tambaleó y al final cayó de cara. Una tremenda negrura la
invadió, retrocedió explosivamente en un resplandor de agonizante blanquiazul, y
al final se abatió sobre ella como un alud montañoso.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Otra pared, otro techo. No lo
había visto antes. No importa. No interesa.
Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Algo en el camino. Su rostro,
cerrado, tenso, cansado; ojos despiertos y penetrantes. No importa. No interesa.
Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Abajo, el sol poniente. Arriba,
unos crisantemos color oro oxidado en una cornucopia de cristal verdedorado.
Otra vez algo en el camino: su rostro.
— ¿Puede oírme?
Sí, pero no responder. Ni moverme. Ni hablar.
Dormir.
Es una habitación, una pared, una mesa, un hombre paseando; una
ventana en la noche, y máscaras que parecen vivas, pero ¿no sabes que son
recortadas y se están muriendo?
¿Lo saben?
-¿Cómo está?
Urgente, urgente.
—Tengo sed.
Frío y un mordisco de hielo que duele en los goznes de las mandíbulas.
Zumo de uva. Tendido sobre el brazo y sosteniendo el vaso con la otra mano…
Oh, no, no es esto…
— Gracias, muchas gracias…
Tratar de sentarse, la sábana… ¡Mi ropa!
—Lo siento —se disculpa él, como leyendo en su mente—. Algunas cosas
son incompatibles con medias y minifaldas. Todo lavado, seco y listo para usted…
en cualquier momento. Allí.
El vestido de lana marrón, las medias y los zapatos, en la butaca. Él se
muestra respetuoso, permanece de pie y deja el vaso junto a una botella que hay
en la mesita de noche.
— ¿Qué cosas?
—Ropa de cama, vestidos… —contestó él cándidamente.
Protegida por la sábana, que puede ocultar los cuerpos pero no el
embarazo de una situación.
—Oh, lo siento… Yo… no debo…
Al mover la cabeza, él entra y sale de su campo de visión.
—Sufrió un shock —explicó él —, y hasta ahora no se había recuperado.
Vaciló. Era la primera vez que ella le veía excitarse por algo. Por un
momento, casi pudo leerle el pensamiento: ¿Debo decirle lo que pienso? Claro
que debía decírselo, y lo hizo.
—Usted no quería salir del shock.
—Lo he olvidado todo.
—El peral, el electroscopio… La inyección, la respuesta electrostática…
—No —negó ella, sin estar segura. Luego, segura, repitió—: ¡No!
— ¡Tranquila! —gritó él.
Lo primero que supo fue que él se hallaba junto a la cama, inclinado sobre
ella, con las dos manos presionando sus mejillas.
—No vuelva a desmayarse —añadió —. Puede resistirlo. Puede resistirlo
porque todo va bien, ¿comprende? ¡Ya está curada!
—Usted me dijo que tenía cáncer…
Su acento era acusador. Él se echó a reír.
—Fue usted quien me dijo que lo tenía.
—Pero no lo sabía con certeza.
—Entonces, eso lo explica todo —replicó él en tono burlón—. En todo lo
que hice no había nada que justificase un repliegue en sí misma de tres días.
Tenía que ser algo de su interior.
— ¡Tres días!
Él se limitó a asentir y prosiguió con lo que estaba diciendo.
— De vez en cuando soy un poco fatuo. A causa de que me sobra el
tiempo. Supuse demasiado, ¿verdad?, cuando pensé que usted había visitado a
un médico, e incluso le habían hecho una biopsia. No se la hicieron, ¿eh?
—Tuve miedo —admitió la joven. Le miró fijamente —. Mi madre murió de
cáncer, y mi tía y mi hermana sufrieron una mastectomía radical. No podría
soportarlo. Y cuando usted…
— Cuando le dije lo que usted ya sabía, lo que no quería oír, no pudo
resistirlo. Perdió el conocimiento. Sí, se desmayó sin que eso tuviese nada que ver
con los más de setenta mil voltios de estática que tenía en el cuerpo. Yo la cogí a
tiempo.
Extendió los brazos y ella, instintivamente, retrocedió, pero él los mantuvo
extendidos, exhibiéndolos, hasta que la muchacha los miró y vio las marcas de
quemaduras en los antebrazos y los bíceps, tanto como se lo permitía la camisa
de manga corta.
—Tengo quemaduras en el noventa por ciento de los brazos — añadió él —
. Pero al menos a usted no le estalló la cabeza ni nada por el estilo.
— Gracias —murmuró la joven reflexivamente. De pronto, empezó a
llorar—. ¿Qué voy a hacer?
— ¿Hacer? Volver a su casa, esté donde esté… Rehacer su vida, sea la
que sea…
—Pero usted dijo…
— ¿Cuándo se le meterá en la cabeza que lo que dije no era ningún
diagnóstico?
— ¿Quiere decir que lo curó?
—Quiero decir que usted lo está curando ahora. Ya se lo expliqué el otro
día. Ahora lo recuerda, ¿no es cierto?
—No muy bien…, pero… sí.
Subrepticiamente, aunque no lo bastante, porque él se dio cuenta, se palpó
el bulto bajo la sábana.
—Todavía lo tengo —dijo.
— Si le atizara en la cabeza con un bate de béisbol —replicó él con
exagerada simplicidad—, tendría un bulto en ella. Y estaría ahí mañana y pasado.
Claro que al día siguiente sería más pequeño, y al cabo de una semana aún lo
notaría… pero ya habría desaparecido. Lo mismo que ese otro bulto.
Al fin, ella permitió que la enormidad del caso la conmoviese.
—Una cura de una sola inyección para el cáncer…
— ¡Cielos, no! —Exclamó él con dureza—. Por su aspecto se que tendré
que oír otra vez el maldito discurso. Bien, pues no lo haré.
— ¿Qué discurso? —inquirió ella, sobresaltada.
—El relativo a mi deber con la humanidad. Tiene dos fases y muchos
contextos. La primera fase trata de mi deber con la humanidad, y en realidad
significa que podemos dar un paso clásico al respecto. La segunda fase sólo trata
de mi deber con la humanidad, y no la oigo a menudo. La segunda fase no tiene
en cuenta la renuencia de la humanidad a aceptar lo bueno a menos que proceda
de fuentes ya aceptadas y respetables. La primera fase está bien enterada de
esto, pero sabe buscar maneras de darle la vuelta.
— Oh, yo no… —tartamudeó la joven. Luego, calló.
—Los contextos van acompañados por la luz de la revelación —continuó él
sin hacer caso de la interrupción —, con o sin religiones y misticismos. O están
severamente forjados en el molde ético-filosófico, y tratan de obligarme a rendirme
por medio de la culpa, mezclada, hasta cierto punto para llegar a un total, con la
compasión.
—Pero yo sólo…
— Usted ha probado el mejor ejemplo de cuanto he dicho —añadió él,
señalándola con el índice —. Si mis presunciones hubieran sido correctas y usted
hubiese ido a ver a sus matasanos locales y ellos le hubiesen diagnosticado
cáncer, enviándola a un especialista, y éste hubiese hecho lo mismo, llamando a
un colega para hacerle una consulta, y, llena de pánico, usted hubiera caído en
mis manos y hubiera quedado curada, y luego hubiese ido a ver todos sus
médicos para contarles el milagro, ¿sabe qué habría obtenido de ellos? Un
diagnóstico de remisión espontánea, eso es lo que habría obtenido. Y no sólo de
los médicos —prosiguió con una súbita renovación de la pasión, ante la cual la
muchacha se encogió en la cama —. Todo el mundo tiene sentido comercial. Su
dietista se habría inclinado sobre su germen de trigo o sus pasteles de arroz
macrobioticos; su sacerdote se habría dejado caer de rodillas mirando al cielo; su
especialista en genética habría forjado una teoría respecto a los saltos
generacionales, y le aseguraría que probablemente sus abuelos también tuvieron
remisiones espontáneas, sin saberlo.
— ¡Por favor! —gritó ella.
— ¿Sabe lo que soy? —gritó él también —. Un ingeniero doble: mecánico y
eléctrico, y tengo un diploma en leyes. Si usted fuese lo bastante tonta como para
contarle a alguien lo que ha sucedido aquí (y espero que no lo cuente, aunque si
lo hace sabré protegerme), podrían encarcelarme por practicar la medicina sin
título, y usted podría denunciarme por asalto, ya que le inserté una aguja en el
cuerpo, y tal vez por secuestro, si lograra demostrar que la traje aquí desde el
laboratorio. Y a nadie le importaría un pepino que yo le haya curado el cáncer.
Usted no sabe quién soy, ¿no es así?
—No, ni siquiera sé cómo se llama.
— Ni se lo diré. Además, tampoco yo sé su nombre…
— —Oh, yo me llamo…
— ¡No me lo diga! ¡No me lo diga! ¡No quiero oírlo! Quise intervenir en su
bulto y lo hice. Y ahora deseo que usted y su bulto se larguen cuanto antes de
aquí. ¿He hablado con claridad?
—Bien, deje que me vista —replicó la muchacha— y saldré de aquí ahora
mismo.
— ¿Sin hacer discursos?
—Sin hacer discursos. —Al instante, su cólera se transformó en desdicha, y
añadió—: Iba a decirle que le estoy muy agradecida. ¿Hubiese sido correcto?
La cólera de él también sufrió una transformación. Se acercó a la cama y se
sentó sobre los talones, lo que hizo que las caras de ambos quedasen niveladas.
— Sí, sería estupendo —murmuró él—. Aunque… en realidad no se sentirá
agradecida hasta dentro de diez días, cuando consiga el informe de «remisión
espontánea», o incluso hasta dentro de seis meses, o un año o dos o cinco,
cuando los análisis sean negativos.
La joven detectó tanta tristeza detrás de estas palabras que buscó la mano
de su salvador cuando éste intentó apoyarse en el borde de la cama. Él no se
apartó, sino que pareció agradecer aquel gesto.
— ¿Por qué no puedo estar agradecida ahora? —quiso saber ella.
—Eso sería un acto de fe —respondió él con amargura—, y los actos de fe
ya no existen… si es que existieron alguna vez. —Se incorporó y se dirigió a la
puerta—. Por favor, no se marche esta noche —pidió —. Está muy oscuro y no
conoce el camino. Nos veremos por la mañana.
Cuando volvió a la mañana siguiente, la puerta estaba abierta. La cama se
hallaba ya hecha, y las sábanas estaban debidamente dobladas sobre la butaca,
junto con las fundas de las almohadas y las toallas que ella había usado. La joven
no estaba allí.
El hombre salió al patio de entrada y contempló su bonsai.
El sol matutino doraba el follaje horizontal del viejo árbol dando relieve a las
ramas retorcidas, así como a los nudos grises y a las grietas de terciopelo. Sólo el
compañero de un bonsai (hay dueños de bonsais, pero pertenecen a una casta
inferior) comprende plenamente esta relación. Existe un vínculo exclusivo e
individual con el árbol porque éste es una cosa viva, y las cosas vivas cambian, y
existen formas definidas hacia las que el árbol desea cambiar. Un hombre ve el
árbol y en su mente hace ciertas extrapolaciones de lo que ve, forjando planes
para que éstas se produzcan. El árbol, a su vez, sólo hace lo que puede hacer un
árbol; se resistirá hasta la muerte a hacer lo que no puede hacer, o a hacerlo en
menos tiempo del que necesita. La formación de un bonsai es, por tanto, un
compromiso y una colaboración. Un hombre no puede crear un bonsai, ni siquiera
un árbol. Se necesita la colaboración, y ambos deben entenderse mutuamente. Y
esto requiere tiempo. Hay que memorizar el bonsai que se posee, cada ramita, el
ángulo de cada hueco, de cada aguja, y despierto durante la noche, o en una
pausa a mil kilómetros de distancia, uno recuerda esto, o aquella línea, o su masa,
y se trazan planes. Con alambre, agua y luz, con reajustes, plantando hierbas que
le roben el agua, o con una cubierta que haga sombra a la raíz, se le explica al
árbol lo que se desea y, si la explicación queda lo bastante clara y existe una
buena comprensión mutua, el árbol responderá y obedecerá… O casi. Siempre
existirá su propia estimación, su variación altamente individual: Muy bien, haré lo
que deseas, pero lo haré a mi modo. Para estas variaciones, el árbol siempre
quiere presentar una explicación clara y lógica, y muy a menudo (casi sonriendo)
dejará bien claro que el hombre habría podido ahorrarse tantos afanes si el
entendimiento hubiera sido mejor.
Es la escultura más lenta del mundo y, a veces, se llega a dudar de si el
esculpido es el hombre o el árbol.
Estuvo, pues, más de diez minutos contemplando el dorado de las ramas
superiores, y después fue hacia una cómoda de madera tallada, la abrió, sacó un
retal grande de tela de dril, abrió el vidrio de un lado del atrio y extendió la tela
sobre las raíces y sobre toda la tierra que se extendía a un lado del tronco,
dejando el resto abierto al viento y al agua. Tal vez dentro de poco, un mes o dos,
un vástago de la rama más alta aceptaría la insinuación y el irregular flujo de
humedad subiría por la capa de cambio, se apartaría de la línea ascendente y
continuaría por el paso horizontal. Aunque tal vez no lo hiciera, y en ese caso se
necesitaría el lenguaje más duro de las ataduras y los alambres. Pero entonces
quizá el árbol tuviera algo que decir acerca de lo correcto de una tendencia a
subir, y tal vez pudiera decirlo de manera lo bastante persuasiva para convencer
al hombre; en conjunto, se trata de un diálogo paciente, lleno de significado y
provechoso.
—Buenos días.
— ¡Oh, maldición! —masculló él —. Ha hecho que me muerda la lengua.
Pensé que se había largado.
— Y me largué. —La muchacha se arrodilló en la sombra con la espalda
contra la pared interior, frente al atrio—. pero luego me detuve para estar un rato
con el árbol.
-¿Y qué…?
—Medité mucho.
— ¿Sobre qué?
— Sobre usted.
— ¿De veras?
— Oiga —observó ella con firmeza —, no iré a ver a ningún médico para
que compruebe esto. No quise irme hasta decírselo y hasta estar segura de que
me cree.
—Vamos, entre y comeremos algo.
—No puedo —rechazó, riendo tontamente —. Tengo los pies dormidos.
Sin vacilar, él la cogió en brazos y la llevó a cuestas, rodeando el atrio.
— ¿Me cree? —indagó ella, con el brazo en torno a los hombros del
hombre, las caras muy juntas.
Él continuó andando hasta llegar a la cómoda de madera. Allí se detuvo y la
miró fijamente a los ojos.
—Te creo —respondió, tuteándola—. No sé por qué has tomado esa
decisión, pero estoy dispuesto a creerte.
La sentó sobre la cómoda y dio un paso atrás.
—Es por el acto de fe que mencionaste —explicó ella con gravedad—.
Pensé que debía mostrarlo, y que tú debías sentirlo al menos una vez en tu vida,
para que no puedas volver a decir una cosa semejante nunca más. —Taconeó
contra el suelo de pizarra—. Huy… —se quejó—, agujas y alfileres,
—Has debido de meditar largo tiempo.
—Sí. ¿Quieres saber algo más?
-Claro.
—Eres un hombre enfadado y asustado.
—Aclárame eso —pidió él, entusiasmado.
— No —replicó la joven quedamente —acláramelo tú. Y hablo en serio.
¿Por qué estás enfadado?
— ¡Te juro que no lo estoy! Aunque… —añadió de buen humor— tú me
empujas en esa dirección.
— ¡Vaya! ¿Por qué?
La contempló durante lo que a ella le pareció una eternidad.
— ¿De veras quieres saberlo? La joven asintió.
Él agitó una mano.
— ¿De dónde supones que viene todo esto: la casa, la tierra, el equipo? —
preguntó.
Ella aguardó.
—Un sistema de escape —continuó él, con un engrosamiento de la voz que
ella ya iba conociendo —. Una manera de guiar los gases residuales fuera de los
motores de combustión interna, de tal manera que se les da un giro. Los sólidos
sin quemar quedan encajados en las paredes del manguito, en una funda de fibra
de vidrio que sale en una pieza y puede ser sustituida por otra limpia cada tres mil
kilómetros. El resto del residuo se quema con su mismo contacto y lo que arde se
quema. El calor se emplea para precalentar el combustible; el resto se enrolla de
nuevo en un cartucho de ocho mil kilómetros. Lo que finalmente sale, al menos
según los niveles actuales, es muy limpio. Y a causa del precalentamiento, se
logra un kilometraje mucho mejor del motor.
—Habrás ganado mucho dinero.
—He ganado mucho dinero —asintió él—, pero no por utilizarse este
sistema para descontaminar el aire. He hecho mucho dinero porque lo adquirió
una empresa automovilística y lo encerró en una caja hermética. No les gustó
porque cuesta demasiado instalarlo en los coches nuevos. A algunos amigos
suyos del negocio de refinado tampoco les gustó, porque saca demasiado rendimiento de los combustibles crudos. Bien, no conozco nada mejor ni pienso volver
a cometer el mismo error. Pero sí…, estoy enfadado. Me enfadé cuando, siendo
casi un crío, estuve en un petrolero y deseábamos lavar los mamparos con jabón
ordinario y un trapo, y yo bajé a tierra para comprar un detergente, a fin de hacerlo
mejor, más de prisa y más barato; de modo que le llevé el detergente al
contramaestre y éste me pegó en la boca por pretender conocer mejor el oficio
que él. Bueno, el hombre estaba borracho, claro, pero lo peor vino cuando los más
veteranos de la tripulación se enteraron de ello y me acusaron de ser un «hombre
de la empresa», cosa que en un barco es un gran insulto. No comprendo por qué
la gente rechaza siempre lo mejor.
»He luchado toda mi vida contra esto. En mi cabeza hay algo que no
desaparece; es la forma que tengo de formular la pregunta: ¿Por qué una cosa es
como es? ¿Por qué no puede ser de esta o de aquella manera? Siempre hay
alguna pregunta que formular respecto a una cosa o una situación; especialmente,
nunca hay que abandonar ni renunciar cuando te gusta una respuesta, porque
siempre hay otra por hacer. Y vivimos en un mundo donde la gente no quiere
formular la otra pregunta.
»Me han pagado todo lo que mi estómago puede contener por cosas que la
gente no usa, y si estoy constantemente enfadado es por mi culpa, lo admito;
porque no puedo dejar de formular la pregunta siguiente y esperar la respuesta.
Hay media docena de inventos similares en este laboratorio que nadie verá jamás,
y otros cincuenta en mi cabeza; pero ¿qué se puede hacer en un mundo donde la
gente prefiere matarse en un desierto, a pesar de saber que ello puede ser el
verdadero fin de todo, donde todo el mundo gasta miles de millones en buscar un
nuevo pozo de petróleo, cuando se ha demostrado hasta la saciedad que los
carburantes fósiles nos matarán a todos?
»Sí, estoy enfadado. ¿No lo estarías tú?
La joven dejó que el eco de la voz de su interlocutor rondase por el patio y
por la claraboya del atrio, y esperó un poco más para que él se diese cuenta de
que estaba en el patio con ella, y no a solas con su furor. Él sonrió cuando lo
comprendió.
—Tal vez formules la pregunta siguiente en vez de formular la pregunta
correcta —dijo ella—. Opino que la gente que vive gracias a los antiguos y sabios
proverbios trata de no pensar, y sé que vale la pena prestarles atención. Fíjate en
esto: si formulas una pregunta de manera correcta, obtendrás la respuesta. Quiero
decir —continuó tras una pausa para comprobar que él la escuchaba con
atención, cosa que hacía—, si pones una mano sobre una estufa caliente puedes
preguntarte: ¿cómo impediré que se me queme la mano? Y la respuesta es muy
clara, ¿verdad? Si el mundo sigue rechazando lo que le das, ha de existir una
manera de preguntar el porqué y obtener la respuesta apropiada.
—La respuesta es muy sencilla —gruñó él—. La gente es estúpida.
—Ésa no es la respuesta, y tú lo sabes.
— ¿Cuál es, entonces?
—Oh, no puedo decírtelo. Sólo sé que es más importante la manera como
uno hace algo respecto a la gente que lo que hace, si quiere obtener resultados.
Bueno…, tú ya sabes cómo lograr lo que deseas del árbol, ¿no es cierto?
»La gente también vive criando cosas. No sé ni una centésima parte de lo
que sabes tú acerca del bonsai, pero sí sé esto: cuando empiezas uno, no tomas
el más sano y hermoso, sino que es precisamente el más torcido el que puede
resultar más bello. Cuando desees educar y criar a la humanidad, debes recordar
esto.
— ¡De todo lo que…! No sé si reírme o darte un buen puñetazo en la boca.
La joven se puso de pie. Él no se había dado cuenta de lo alta que era.
—Será mejor que me largue.
—Vamos…, vamos… No era más que un modo de hablar.
—Oh, no me siento amenazada…, pero será mejor que me vaya.
— ¿Temes formular la siguiente pregunta? —inquirió él astutamente.
—Estoy aterrada.
—Pregunta, de todos modos.
-¡No!
—Entonces, preguntaré yo por ti. Has dicho que estaba enfadado y
asustado. Y deseas saber qué es lo que me asusta.
-Sí.
—Bien. Estoy terriblemente asustado de ti.
— ¿De veras?
—Tienes una forma propia de provocar la honestidad —respondió él con
cierta dificultad—. Diré lo que sé que estás pensando: temo cualquier relación
humana íntima. Temo cualquier cosa que no pueda resolver con un destornillador,
o un espectroscopio de masas, o una tabla de cosenos y tangentes.
La voz era burlona, pero le temblaban las manos.
—Manejas esto regándolo sólo por un lado —murmuró ella—, o volviéndolo
hacia el sol. Lo manipulas como si fuese una cosa viva, como un animal, una
mujer o un bonsai. Será lo que deseas que sea si lo dejas seguir su curso y te
tomas el tiempo y los cuidados necesarios.
—Creo que me estás haciendo una oferta —observó él—. ¿Por qué?
—Sentada allí casi toda la noche —explicó la muchacha—, tuve una
imagen muy tonta. ¿Crees que dos árboles retorcidos pueden colaborar para
formar un bonsai?
— ¿Cómo te llamas? —le preguntó él suavemente.

La vida privada de Henry James

Hablábamos de Londres, frente a un gran glaciar primitivo y erizado. La hora y la escena constituían una de esas impresiones que compensaban un poco, en Suiza, de la moderna indignidad de viajar: las promiscuidades vulgaridades, la estación y el hotel, la paciencia gregaria, la lucha por una pobre atención, la reducción al rango de un número. El valle alto era rosado con la montaña rosa, el aire fresco tan puro como si el mundo fuera joven. Había un rubor tenue de tarde en las nieves sin menguar, y el tintineo amigable del ganado invisible llegaba a nosotros con un olor cultivado y caldeado por el sol. La posada de balcones se hallaba en el cuello mismo del paso más pintoresco del Oberland, y durante una semana habíamos tenido compañía y buen tiempo. Esto se consideraba una gran suerte, porque lo uno habría compensado por lo otro, de ser mala una de las dos cosas.
         Desde luego el buen tiempo habría compensado por la compañía; pero no estuvo sujeto a esa carga, porque por suerte teníamos a la fleur des pois: Lord y Lady Mellifont, Clare Vawdrey, la más grande (en opinión de muchos) de nuestras glorias literarias, y Blanche Adney, la más grande (en opinión de todos) de las teatrales.
         Menciono esto en primer lugar, porque eran precisamente las personas a quienes en Londres, en esa época del año la gente trataba de «cazar». La gente hacía todo lo posible por «reservarlos» con seis semanas de antelación, y sin embargo en esta ocasión habíamos coincidido con ellos, todos habíamos coincidido con los demás, sin usar la menor influencia. Un golpe del azar nos había reunido, a finales de agosto, y reconocimos nuestra suerte quedándonos así, bajo la protección del barómetro. Cuando los días dorados hubieran transcurrido —eso sucedería pronto—, habríamos de bajar serpenteando por lados opuestos del paso y desaparecer tras la cumbre de las alturas circundantes. Éramos de la misma comunión general, participábamos en la misma diversa publicidad. Nos veíamos en Londres con frecuencia irregular; más o menos, estábamos regidos por las leyes y el lenguaje, las tradiciones y lemas de la misma densa condición social. Creo que todos nosotros, hasta las señoras, «hacíamos» algo, aunque fingíamos que no, cuando se mencionaba. Tales cosas no se mencionan en Londres, pero nos proporcionaba un placer inocente ser distintos aquí. Tenía que haber una manera de demostrar la diferencia, ya que nos daba la sensación de que éstas eran nuestras vacaciones anuales. En cualquier caso, sentíamos que las condiciones eran mucho más humanas que en Londres, que al menos lo éramos nosotros. Nos mostrábamos francos a este respecto, hablábamos de ello: era ése nuestro tema mientras mirábamos el glaciar, cuando alguien llamó la atención sobre la prolongada ausencia de Lord Mellifont y Mrs. Adney. Nos hallábamos sentados en la terraza de la posada, donde había bancos y mesitas, y, los que, de entre nosotros, más empeñados estaban en demostrar que habían regresado a la naturaleza, tomaban, al extraño modo germánico, café antes que carne.
         El comentario sobre la ausencia de nuestros dos compañeros no fue atendido, ni siquiera por Lady Mellifont, ni siquiera por el pequeño Adney, el dedicado compositor; porque se lo había dejado caer en la pausa más breve de la charla de Clare Vawdrey. (Esta celebridad era «Clarence» sólo en las portadas.) Era precisamente esa revelación de que después de todo éramos humanos lo que le servía de tema. Preguntó al grupo si, con sinceridad, no se habían sentido todos tentados de decir a cada uno de los demás «no tenía ni idea de que usted fuera tan agradable». Yo, por mi parte, había tenido idea de que él lo era, e incluso mucho más agradable, pero eso era demasiado complicado como para entrar en el tema en aquel momento; además es exactamente lo que quiero relatar. Había como un pacto general entre nosotros de que cuando Vawdrey hablara habíamos de permanecer en silencio, y no, por curioso que resulte, porque él lo esperara. No lo esperaba, pues de todos los habladores profusos, él era el más inconsciente, el menos codicioso y profesional. Era más bien el credo del anfitrión, de la anfitriona, lo que prevalecía entre nosotros; era idea de ellos, pero siempre buscaban un círculo oyente cuando el gran novelista cenaba con ellos. En la ocasión a la que aludo, probablemente no se encontraba presente nadie con quien no hubiera cenado en Londres, y sentíamos la fuerza de esta costumbre. Había cenado incluso conmigo; y la noche de esa cena, como en esta tarde alpina, yo no había hecho ningún esfuerzo por contener mi lengua, absorto como me hallaba —ya por costumbre— en un análisis del problema que siempre se alzaba ante mí, hasta grandes alturas, frente a su talla adecuada, cabal y fuerte.
         Esta cuestión era tanto más atormentadora cuanto que él nunca sospechó (estoy seguro) que lo imponía, así como nunca había reparado en que cada día de su vida todo el mundo lo escuchaba en la cena. A menudo se lo llamaba «subjetivo» en las publicaciones semanales, pero en sociedad ningún hombre distinguido podría haberlo sido menos. Nunca hablaba de sí mismo; y éste era un tema sobre el que al parecer, aunque hubiera sido tremendamente loable en él, nunca reflexionaba. Tenía sus horas y sus costumbres, su sastre y su sombrerero, su higiene y su vino particular, pero todas estas cosas juntas nunca conformaban una actitud. Y sin embargo constituían la única actitud que adoptaba, y le resultaba fácil referirse a que éramos «más agradables» en el extranjero que en inglaterra. El estaba exento de variaciones, y ni un ápice más o menos agradable en un lugar que en otro. Difería de otras personas, pero nunca de sí mismo (salvo en el extraordinario sentido que explicaré más adelante), y me daba la impresión de que no había cambios en su estado de ánimo ni sensibilidades ni preferencias. Podría haber estado siempre en la misma compañía, pues no reflejaba influencia alguna de edad, condición o sexo: se dirigía a las mujeres exactamente igual que a los hombres, y charlaba del mismo modo con todos los hombres, sin hablar mejor a un grupo inteligente que a uno lerdo. Yo solía sentir desaliento al ver que un tema —a mi parecer— le gustaba precisamente tanto como otro: había algunos que yo odiaba tanto… Nunca lo encontré sino charlatán, animado y profuso, y nunca lo oí decir una paradoja o expresar un matiz o jugar con una idea. Ese antojo de que éramos «humanos» era, —en su conversación, un avance excepcional. Sus opiniones eran sólidas y de segunda mano, y era demasiado desconcertante pensar en sus percepciones. Yo le envidiaba su magnífica salud.
         Vawdrey se había encaminado, con paso uniforme y una conciencia perfectamente tranquila, al campo llano de la anécdota, donde las historias son visibles desde la distancia, como molinos de viento y postes señalizadores; pero después de un rato observé que la atención de Lady Mellifont se desviaba. Daba la casualidad de que yo estaba sentado junto a ella. Advertí que sus ojos vagaban con cierta ansiedad por las bajas laderas de las montañas. Por fin, después de mirar al reloj, me dijo:
         —¿Sabe adónde fueron?
         —¿Se refiere a Mrs. Adney y Lord Mellifont?
         —Lord Mellifont y Mrs. Adney —la frase de su señoría pareció, desde luego inconscientemente, corregirme, pero no se me ocurrió que fuera porque estaba celosa. No le atribuí sentimiento tan vulgar; en primer lugar porque me gustaba, y en segundo lugar porque a uno siempre se le ocurriría rápidamente que era correcto, en cualquier caso, poner primero a Lord Mellifont. Era el primero, un primero extraordinario. No digo el más grande o el más sabio o el más renombrado, sino esencialmente el primero de la lista y el que ocupaba la cabecera de la mesa. Ésa es una posición en sí misma, y su esposa estaba naturalmente acostumbrada a verlo en ella. Mi frase había sonado como si Mrs. Adney se lo hubiera llevado; pero no era posible que se lo llevaran, sólo él llevaba.
         Nadie, lógicamente, podía saber eso mejor que Lady Mellifont. En un principio yo había sentido bastante miedo de ella, considerándola, con sus rígidos silencios y la extrema negrura de casi todo lo que conformaba su persona, algo dura, incluso un poco saturnina. Su palidez parecía ligeramente gris, y su lustroso pelo negro, metálico, como los broches, hebillas y peinetas con los que era inveteradamente adornado. Iba de luto perpetuo, y llevaba innumerables ornamentos de azabache y ónice, mil tintineantes cadenas, cuentas y lentejuelas.
         Yo había oído a Mrs. Adney llamarla la reina de la noche y el término era descriptivo, si se entendía que la noche estaba cubierta. Tenía un secreto, y si no se descubría al conocerla mejor, al menos se percibía que era delicada, sin afectaciones, y limitada, y también sumisamente triste. Era como una mujer con una enfermedad indolora. Le dije que simplemente había visto a su marido y a su acompañante bajar juntos por el valle como una hora antes, e insinué que quizás Mr. Adney supiera algo de sus intenciones.
         Vincent Adney, que, aunque tenía cincuenta años, parecía un niño bueno a quien se hubiese enseñado que los niños no han de hablar delante de la gente, salía airoso con una simpleza y un gusto notorios de la posición de marido de una gran figura de la comedia.
         Cuando ya todo estaba dicho acerca de que ella le facilitaba la situación, no se podía menos que admirar el sentimiento encantador con que él daba aquello por cosa sabida. Para un marido que no está en el escenario, o al menos en el teatro, es difícil portarse con elegancia respecto a una mujer que lo está, pero Adney era más que elegante, era exquisito, era un inspirado. Ponía música a su amada, y se recordará lo auténtica que podría ser su música… las únicas composiciones inglesas por las que alguna vez he visto interesarse a un extranjero. Su esposa estaba en ellas, en alguna parte, siempre; eran como una traducción rica y libre de la impresión que ella producía. Al escuchar parecía que pasaba riendo, con el pelo suelto, por el escenario. Él había sido sólo un pobre violinista en el teatro de ella, siempre en su sitio durante los actos; pero ella lo había convertido en algo poco común e incomprendido. La superioridad de ambos se había convertido en una especie de asociación, y su felicidad era parte de la felicidad de sus amigos. El único malestar de Adney era no poder escribir una obra para su esposa, y la única manera en que se metía en los asuntos de ella era preguntando a gente imposible si no podrían hacerlo ellos.
         Lady Mellifont, después de mirarlo un momento, me comentó que prefería no hacerle ninguna pregunta. Al minuto siguiente añadió:
         —Prefiero que la gente no note que estoy nerviosa.
         —¿Está nerviosa?
         —Siempre me pongo así si mi marido está separado de mí el tiempo que sea.
         —¿Es que se imagina que le ha sucedido algo?
         —Sí, siempre. Desde luego estoy acostumbrada.
         —¿Se refiere a caerse por un precipicio…, ese tipo de cosas?
         —No sé exactamente qué es; es la sensación general de que no va a volver.
         Decía tanto y se guardaba tanto que la única manera de tratar la circunstancia a que se refería parecía ser la jocosa.
         —¡Seguro que nunca la abandonará! —dije, riéndome.
         Ella miró al suelo un momento.
         —Oh, en el fondo estoy tranquila.
         —Nada puede pasarle nunca a un hombre tan experto, tan infalible, tan armado en todos los sentidos —proseguí dándole ánimos.
         —¡No sabe usted cómo está armado! —exclamó can un temblor tan extraño que sólo pude atribuirlo al hecho de que estaba nerviosa. Esta idea fue confirmada al moverse justo después, cambiando de asiento sin razón aparente, no como para interrumpir nuestra conversación, sino porque estaba inquieta. No podía saber qué le sucedía, pero poco después me sentí aliviado al ver venir hacia nosotros a Mrs. Adney. Llevaba un gran ramo de flores silvestres en la mano, pero no se hallaba acompañada de Lord Mellifont. Sin embargo, vi en seguida que no tenía desastre alguno que anunciar; mas, como yo sabía que había una pregunta que a Lady Mellifont le hubiera gustado oír contestada, pero que no deseaba hacer, inmediatamente le expresé la esperanza de que su señoría no se hubiera quedado en una de las grietas del glaciar.
         —Oh, no; me dejó hace sólo tres minutos. Ha entrado en la casa —Blanche Adney posó sus ojos en los míos un minuto, una forma de comunicación a la que ningún hombre, por sí mismo, pondría nunca objeción. El interés, en esta ocasión, se vio activado por algo en especial, que, por casualidad, dijeron sus ojos. Lo que solían decir era sólo: «Sí, soy encantadora, lo sé, pero no es para tanto. Sólo quiero un nuevo papel… sí, sí.» En ese momento añadieron, tenue, subrepticia, y, por supuesto, dulcemente (porque así era como lo hacían todo):
         «Está bien, pero ha sucedido una cosa. Tal vez se lo cuente luego.» Se volvió hacia Lady Mellifont, y la transición a simple alegría indicó su maestría profesional.
         —Lo he traído sano y salvo; hemos dado un paseo precioso.
         —Cuánto me alegro —respondió Lady Mellifont, con su débil sonrisa; continuando vagamente al levantarse—, debe haber ido a cambiarse para la cena. Falta bastante poco, ¿no?
         Se alejó hacia el hotel, a modo simplificador de despedida, y el resto de nosotros, a la mención de la cena, miramos los unos los relojes de los otros, como para librarnos de la responsabilidad de tal grosería. El maïtre, como todos los maïtres esencialmente un hombre de mundo, nos dedicó horas y lugares propios, de tal manera que por la noche, aparte y bajo la lámpara, formábamos un pequeño círculo compacto y consentido. Pero eran sólo los Mellifont quienes se «vestían», y respecto a los cuales se reconocía que naturalmente se vestirían: ella exactamente de la misma manera que cualquier otra noche de su ceremoniosa existencia (no era una mujer cuyas costumbres pudieran justificar algo tan mutable como lo oportuno); y él, en cambio, de una forma muy adecuada y conveniente. Era casi tan hombre de mundo como el maïtre, y hablaba casi tantos idiomas; pero se abstenía de suscitar comparaciones de chaquetas y chalecos blancos, resolviendo la ocasión de una manera mucho más exquisita, con terciopelo negro, terciopelo azul y terciopelo marrón, por ejemplo, y armonías delicadas de corbatas e informalidades sutiles en la camisa. Tenía un traje para cada función y una moraleja para cada traje; y sus funciones, trajes y moralejas eran siempre parte de la diversión de la vida —parte en cualquier caso de su belleza y romanticismo—, para un inmenso círculo de espectadores. Desde luego, para sus amigos en particular, estas cosas eran más que una diversión; eran un tema, un apoyo social, y, por supuesto, además, un asunto de perpetua expectación. Si su esposa no hubiera estado presente antes de la cena, hubiera sido de ellos de quienes los demás, probablemente, habríamos estado discutiendo.
         Clare Vawdrey sabía un montón de anécdotas sobre la cuestión: había conocido a Lord Mellifont casi desde el principio. Lo peculiar acerca de este noble es que no podía haber una conversación sobre él que no tomara al instante forma de anécdota, y algo aun más sobresaliente era que, al parecer, no podía haber una anécdota que no fuera enteramente en su honor. Si hubiera entrado en una habitación en cualquier momento, la gente podría haber dicho francamente: «¡Claro que estábamos contando cosas de usted!» Tal y como van las conciencias, en Londres, la conciencia general hubiera estado tranquila.
         Además, habría sido imposible imaginarlo aceptando tal tributo sino afablemente, pues estaba siempre tan impertérrito como un actor a quien se le da la entrada oportuna. Jamás había necesitado un apuntador, hasta sus momentos de embarazo habían sido ensayados. En cuanto a mí, cuando se hablaba de él siempre me daba la extraña impresión de que estábamos hablando de los muertos, con esa peculiar acumulación de deleite. Su reputación era una especie de obelisco sobredorado, como si hubiera sido enterrado bajo él; el cuerpo de leyenda y reminiscencia, de las que él iba a ser el tema, había cristalizado de antemano.
         Esta ambigüedad surgía, supongo, del hecho de que el mero sonido de su nombre y el aire de su persona, la expectación general que creaba, de alguna manera, eran demasiado eminentes para ser verificados. La experiencia de su urbanidad siempre llegaba más tarde; la prefiguración, la leyenda palidecían ante la realidad.
         Recuerdo que la noche a la que me refiero, la realidad era particularmente operativa. El hombre más apuesto de su tiempo nunca había tenido mejor aspecto, y su señoría se hallaba sentado entre nosotros como un director suave que controlara con un armonioso juego de brazos una orquesta todavía un poco torpe. Dirigía la conversación con gestos tan irresistibles como vagos; se sentía que sin él la charla no hubiera tenido nada que pudiera llamarse tono. Era esto esencialmente lo que él aportaba a cualquier ocasión, lo que aportaba sobre todo a la vida pública inglesa. Él la impregnaba, la coloreaba, la embellecía, y sin él apenas habría tenido un vocabulario; desde luego, no habría tenido estilo, porque estilo es lo que tenía al tener a Lord Mellifont. El era el estilo. Volví a recibir esa impresión cuando, en la salle à manger de la pequeña posada suiza, nos resignábamos a la inevitable ternera. Confrontada con su persona (debo decir entre paréntesis que no lo estaba mucho), la conversación de Clare Vawdrey evocaba el contraste del reportero con el bardo. Era interesante observar el choque de caracteres del que tanto podía esperarse en una noche. No hubo, sin embargo, conmoción, todo fue amortiguado y atenuado por el tacto de Lord Mellifont. Era rudimentario para él encontrar la solución a tal problema desempeñando el papel de anfitrión, asumiendo responsabilidades que llevaban consigo su sacrificio. Cierto era que jamás en la vida había sido un invitado; era el anfitrión, el patrón, el moderador de cada junta. Si había algún defecto en su estilo (y lo insinuó en un susurro), era que tenía un poco más de arte de lo que cualquier conjunción —incluso la más complicada— pudiera requerir. En cualquier caso, no llevaba a cabo sus reflexiones al advertir la manera en que el experto noble manejaba la situación, y la manera en que el robusto hombre de letras era inconsciente de que la situación (y menos que nada él como parte de ella) estaba siendo manejada. Lord Mellifont derrochaba tesoros de tacto, y Clare Vawdrey ni soñaba que lo estaba haciendo.
         Vawdrey no sospechaba ninguna precaución tal, ni siquiera cuando Blanche Adney le preguntó si había visto ya su tercer acto, pregunta en la que introdujo una sutileza de las suyas. Ella tenía la teoría de que él iba a escribirle una obra, y de que la heroína, si él cumplía con su deber, sería el papel que ella inmemorialmente había deseado. Tenía cuarenta años (lo que no podía constituir un secreto para quienes la habían admirado desde el principio), y ahora estaba en condiciones de extender la mano y tocar su meta más lejana. Esto confería una especie de trágica pasión —perfecta actriz de comedia como era— a su deseo de no perderse lo grande. Los años habían transcurrido y seguía perdiéndoselo; ninguna de las cosas que había hecho era aquello con lo que había soñado, de modo que en ese momento no había más tiempo que perder. Esto era el cancro en la rosa, el dolor bajo la sonrisa. La hacía conmovedora, hacía que su tristeza fuera aún más dulce que su risa. Había hecho lo inglés antiguo y lo francés nuevo, y había cautivado a su generación; pero era acosada por la imagen de una oportunidad mayor, de algo más auténtico para las condiciones que se daban a su alrededor. Estaba harta de Sheridan y odiaba a Bowdler; pedía un lienzo de un grano más fino. Lo peor de ello, a mi entender, era que nunca extraería su comedia moderna del gran novelista maduro, quien era tan incapaz de producirla como de enhebrar una aguja. Ella lo mimaba, le hablaba, le hacía el amor, como ella proclamaba sinceramente; pero sólo se hacía ilusiones, tendría que vivir y morir con Bowdler.
         Es difícil ser breve al hablar de esta encantadora mujer, que era bella sin belleza y completa con una docena de deficiencias. La perspectiva del escenario la renovaba, y en sociedad era como el modelo fuera del pedestal. Era el cuadro en movimiento, lo que, para la mente social simple, constituía una sorpresa perpetua, un milagro. La gente creía que les decía los secretos de la naturaleza pictórica, y a cambio de eso ellos le ofrecían relajación y té. Ella no les decía nada y se bebía el té; pero de todos modos ellos se llevaban lo mejor del trato. Vawdrey se encontraba en verdad trabajando en una obra; pero si la había comenzado porque ella le gustaba, creo que la seguía arrastrando por la misma razón. Secretamente sentía la atroz dificultad, sabía que de su mano la pieza acabada no habría recibido vida activa. Al mismo tiempo, nada podía ser más agradable que el tener abierta dicha cuestión con Blanche Adney, y de vez en cuando ponía en la obra algo muy bueno. Si engañaba a Mrs. Adney, era sólo porque en su desesperanza ella estaba decidida a ser engañada. A su pregunta sobre el tercer acto él replicó que antes de la cena había escrito un pasaje magnífico.
         —¿Antes de la cena? —dije—. ¡Pero cher maïtre, antes de la cena nos tuvo embelesados en la terraza.
         Mis palabras eran una broma porque creí que las suyas lo habían sido; pero por prinera vez, que yo recordara, percibí cierta confusión en su faz. Me miró con dureza, echando la cabeza hacia atrás rápidamente, algo así como un caballo que ha sido sofrenado.
         —Oh, fue antes de eso —replicó con naturalidad suficiente.
         —Antes de eso estuvo usted jugando al billar conmigo —indicó Lord Mellifont.
         —Entonces debió de ser ayer —dijo Vawdrey. Pero se encontraba en un apuro.
         —Esta mañana me dijo usted que ayer no hizo nada —objetó la actriz.
         —Creo que realmente no sé cuándo hago las cosas.
         Vawdrey miró vagamente, sin servirse, a una fuente que se le ofreció.
         —Basta con que lo sepamos nosotros —sonrió Lord Mellifont.
         —No creo que haya escrito ni una línea —dijo Blanche Adney.
         —Creo que podría repetirle la escena.
         Vawdrey se sirvió haricots verts.
         —¡Oh, hágalo, hágalo! —exclamamos dos o tres.
         —Después de cenar, en el salón; será un inmenso régal —declaró Lord Mellifont.
         —No estoy seguro, pero lo intentaré —continuó Vawdrey.
         —¡Oh, qué rico es usted! —exclamó la actriz que estaba practicando americanismos, resignándose incluso a una comedia americana.
         —Pero con esta condición —dijo Vawdrey—: debe hacer tocar a su marido.
         —¿Tocar mientras usted lee? ¡Jamás!
         —Soy demasiado vanidoso —dijo Adney.
         Lord Mellifont le propuso una distinción.
         —Usted debe ofrecernos la obertura antes de que se alce el telón. Ése es un momento particularmente delicioso.
         —No leeré… sólo hablaré —dijo Vawdrey.
         —Mejor aún; permítame que vaya por su manuscrito —sugirió la actriz.
         Vawdrey replicó que el manuscrito no importaba, pero una hora después, en el salón, hubiéramos deseado que lo tuviera. Nos hallábamos expectantes, aún bajo el hechizo del violín de Adney. Su esposa, en primer término y encima de una otomana, estaba llena de impaciencia y perfil, y Lord Mellifont, en la silla —era siempre la silla, la de Lord Mellifont—, hacía que nuestro agradecido grupo se sintiera como un congreso de ciencias sociales o un reparto de premios. De repente, en lugar de comenzar, nuestro león domado empezó a rugir desafinando: había olvidado por completo cada palabra. Lo sentía mucho, pero las líneas no le venían a la cabeza; estaba profundamente avergonzado pero su memoria se hallaba en blanco. No daba la menor impresión de estar avergonzado, Vawdrey no había dado esa impresión en su vida; era sólo imperturbable y alegremente natural.
         Protestó diciendo que nunca se hubiera imaginado que haría el ridículo de ese modo, pero nos dio la impresión de que esto no impediría que el incidente tomara lugar entre sus más divertidas reminiscencias. Éramos sólo nosotros los que estábamos humillados, como si nos hubiera gastado una broma premeditada. Ésta fue una buena oportunidad, de entre todas, para el tacto de Lord Mellifont, que descendió sobre nosotros como un bálsamo. A su encantadora y artística manera, la manera que tenía de llenar áridos intervalos (tenía un débit —no había nada que se le aproximase en Inglaterra— como el de los actores de la Comédie Française), nos habló de su propio derrumbamiento en una ocasión crítica, cuando tenía que pronunciar un discurso ante una inmensa multitud, en que, dándose cuenta de que había olvidado sus notas, empezó a rebuscar sobre la terrible plataforma, blanco de todas las miradas, a rebuscar en vano notas indispensables en bolsillos impecables. Pero el interés del relato era mayor que el de las ocurrencias de Vawdrey, pues, con unos ligeros gestos, esbozó la brillantez de una actuación que se había alzado por encima del embarazo, se había resuelto por sí misma, según debíamos adivinar, con un esfuerzo que, en su momento, quedó reconocido como algo que de ningún modo era una mancha en lo que la bondad del público denominaba la reputación de su señoría.
         —¡Toca, toca! —exclamó Blanche Adney, dando palmaditas a su marido y recordando cómo, en el escenario, un contretemps siempre queda ahogado con música.
         Adney se lanzó a su violín y yo dije a Clare Vawdrey que su equivocación podría corregirse fácilmente si mandaba a alguien a buscar el manuscrito. Si él me decía dónde estaba, yo iría en seguida a su habitación a buscarlo. Vawdrey respondió:
         —Mi querido amigo: me temo que no hay manuscrito alguno.
         —¿Entonces no ha escrito nada?
         —Lo escribiré mañana.
         —¡Ah, ha estado usted jugando con nosotros! —dije con gran perplejidad.
         Vawdrey vaciló un instante.
         —Si hay algo, lo encontrará encima de la mesa.
         En ese momento uno de los otros se dirigió a él, y Lady Mellifont comentó, lo bastante alto como para corregir con delicadeza nuestra falta de consideración, que Mr. Adney estaba tocando algo muy hermoso. Yo ya había advertido antes que parecía ser tremendamente aficionada a la música, siempre la escuchaba profundamente transportada. La atencián de Vawdrey se distrajo, pero no me pareció que las palabras que acababa de soltar constituyeran un permiso definitivo para ir a su habitación. Además, yo quería hablar con Blanche Adney; tenía que preguntarle una cosa. Sin embargo, tuve que esperar a que llegara mi oportunidad, mientras permanecíamos en silencio algún tiempo, escuchando al marido de Blanche; después, la conversación se hizo general. Era nuestra costumbre acostarnos temprano, pero aún se podía prolongar un poco la velada. Antes de que acabara de decaer, encontré la oportunidad de decirle a la actriz que Vawdrey me había dado permiso para que pusiera las manos sobre su manuscrito. Me imploró, por lo más sagrado, que lo trajera de inmediato, que se lo diera; y su insistencia demostraba que yo no estaba en lo cierto al insinuar que ahora sería demasiado tarde para que él empezara a leerlo; aparte de eso —el hechizo se había roto—, a los otros no les importaría. No era tarde para que empezara ella; por consiguiente, yo tenía que tomar posesión, sin más demora, de las preciosas páginas. Le dije que sería obedecida en un momento, pero que quería que satisficiera mi justa curiosidad. ¿Qué había sucedido antes de la cena, cuando estaba en las montañas con Lord Mellifont?
         —¿Cómo sabe que pasó algo?
         —Lo vi en su cara cuando llegó.
         —¡Y me llaman actriz! —exclamó Mrs. Adney.
         —¿Qué es lo que me llaman a mí? —inquirí.
         —Usted es un buscador de corazones, eso tan frívolo, un observador.
         —¡Ojalá permitiese que un observador le escribiera una obra! —exclamé.
         —No es del gusto de la gente lo que usted escribe; usted rompería cualquier racha de suerte.
         —Pues veo obras a mi alrededor —declaré—; esta noche el aire está lleno de ellas.
         —¿El aire? ¡Gracias por nada! Ojalá lo estuvieran los cajones de mi mesa.
         —¿La cortejó en el glaciar? —continué.
         Me miró fijamente; después estalló en el éxtasis progresivo de su risa.
         —¿Lord Mellifont, el pobrecito? ¡Qué lugar tan gracioso! Desde luego sería el lugar de nuestro amor.
         —¿Se cayó en una grieta? —continué.
         Blanche Adney volvió a mirarme como lo había hecho por un instante cuando llegó, antes de la cena, con las manos llenas de flores.
         —No sé dónde se cayó. Mañana se lo diré.
         —¿Bajó entonces?
         —A lo mejor subió —rió ella—. ¡Es realmente extraño!
         —Mayor razón para que me lo diga esta noche.
         —Tengo que pensarlo; tengo que descifrarlo.
         —Si lo que desea son acertijos, le diré otro —dije—. ¿Qué pasa con el maestro?
         —¿El maestro de qué?
         —De todas las formas de simulación. Vawdrey no ha escrito ni una línea.
         —Vaya a buscar sus papeles y veremos.
         —No me gusta ponerlo en evidencia —dije.
         —¿Por qué no, si yo pongo en evidencia a Lord Mellifont?
         —Oh, haría cualquier cosa por eso —concedí—. Pero ¿por qué había de hacer Vawdrey una declaración falsa? Es muy curioso.
         —Es muy curioso —repitió Blanche Adney, con aire meditativo y los ojos fijos en Lord Mellifont.
         A continuación, levantándose, añadió:
         —Vaya a mirar a su habitación.
         —¿La de Lord Mellifont?
         Se volvió rápidamente hacia mí.
         —¡Esa sería una manera!
         —¿Una manera de qué?
         —¡De averiguar… de averiguar! —hablaba con alegría y emoción, pero de repente se detuvo—. Estamos diciendo tonterías —dijo.
         —Estamos confundiendo las cosas, pero me ha impresionado su idea. Ocúpese de que le dé permiso Lady Mellifont.
         —¡Ella ha mirado! —murmuró Mrs. Adney, con la más peculiar expresión dramática.
         Después, tras un movimiento, alzando su hermosa mano como para sacudir una visión fantástica, exclamó imperiosamente:
         —¡Tráigame la escena, tráigame la escena!
         —Iré a buscarla —respondí—, pero no me diga que no puedo escribir una obra.
         Me dejó, pero mi embajada fue interrumpida por la aparición de una señora que había sacado a relucir un álbum de firmas —varias noches nos habíamos visto amenazados por ello— y que me hizo el honor de solicitarme un autógrafo. Había estado pidiéndoselo a los demás y, por decoro, no podía dejarme de lado. Generalmente solía recordar mi nombre, pero siempre me llevaba un rato recordar mi fecha de nacimiento e incluso cuando lo había hecho, nunca estaba seguro. Dudé entre dos días y comenté a mi peticionaria que firmaría en los dos, si es que eso la satisfacía. Ella dijo que seguro que yo había nacido sólo una vez; y, por supuesto, yo respondí que el día que la conocí había nacido otra vez. Hago mención de este chiste malo sólo para demostrar que, con la inspección obligatoria de los otros autógrafos, dedicamos varios minutos a esté trámite. La señora se alejó con su álbum y entonces me di cuenta de que el grupo se había dispersado. Me encontraba solo en el pequeño salón que había sido destinado a nuestro uso. Mi primera impresión fue de desencanto: si Vawdrey se había acostado, no deseaba molestarlo. Mientras vacilaba, no obstante, reparé en que Vawdrey no se había ido a la cama.
         Estaba abierta una ventana y vino hacia mí el sonido de las voces de afuera; Blanche se hallaba en la terraza con su dramaturgo, y hablaban de las estrellas. Me dirigí a la ventana para echar un vistazo. La noche alpina era espléndida. Mis amigos habían salido juntos; la actriz se había puesto una capa: presentaba el aspecto que yo ya había contemplado entre bastidores. Permanecieron un rato en silencio y oí el rumor de un torrente vecino. Me volví hacia la habitación, y la luz suave de las velas me dio una idea. Nuestros compañeros se habían dispersado —era tarde para un país pastoril— los tres tendríamos el lugar para nosotros solos. Clare Vawdrey había escrito su escena, era magnífica, y que nos la leyera ahí, a nosotros, a una hora así, constituiría un episodio memorable. Bajaría su manuscrito y les saldría al encuentro con él cuando entraran.
         Abandoné el salón con ese propósito; había estado en la habitación de Vawdrey y sabía que se encontraba en el segundo piso, la última de un largo pasillo. Un minuto después mi mano estaba en el tirador de la puerta, que naturalmente abrí sin golpear. Era igualmente natural que en ausencia de su ocupante la habitación se hallara a oscuras; tanto más por cuanto que, como estaba al final de un pasillo sin luz a esas horas, la oscuridad no se vio disminuida cuando abrí la puerta. Sólo era consciente de que no había cometido equivocación alguna y de que, al no estar echadas las cortinas de las ventanas, me vi enfrentado a un par de tenues aberturas, llenas de estrellas. Su ayuda, sin embargo, no fue suficiente para permitirme encontrar lo que había venido a buscar, y mi mano, en el bolsillo, estaba ya sobre la caja de fósforos, que siempre llevo para los cigarrillos. De repente la retiré con sobresalto, profiriendo una exclamación, una disculpa. Había entrado en otra habitación; una mirada sostenida durante tres segundos me mostró una figura sentada junto a una mesa próxima a las ventanas, una figura que al principio había tomado por una manta de viaje arrojada sobre una silla. Me retiré, con una sensación de intrusión, pero al hacerlo advertí, en menos tiempo que el que me lleva decirlo, primero, que ésta era la habitación de Vawdrey, y en segundo lugar que, singularmente, el propio Vawdrey estaba sentado delante de mí. Deteniéndome en el umbral experimenté una momentánea sensación de desconcierto, pero sin darme cuenta había exclamado:
         —¡Eh! ¿es usted Vawdrey?
         Ni se volvió ni me contestó, pero mi pregunta recibió una respuesta práctica e inmediata cuando se abrió una puerta al otro lado del pasillo. Un sirviente, con una vela, había salido de la habitación de enfrente, y con su luz fugaz reconocí definitivamente al hombre que, según creía yo, hacía un instante estaba abajo, conversando con Mrs. Adney. Su espalda estaba medio vuelta hacia mí y se inclinaba sobre la mesa en actitud de escribir, pero yo era consciente de que no me equivocaba acerca de su identidad.
         —Le ruego que me perdone; creí que estaba abajo —dije.
         Y como la persona no dio señales de oírme, añadí:
         —Si está ocupado, no lo molestaré.
         Retrocedí para salir, cerrando la puerta. Había estado en ese lugar, supongo, menos de un minuto. Tenía una sensación de perplejidad que, sin embargo, se profundizó infinitamente al instante siguiente. Me quedé ahí con la mano aún en el pasador de la puerta, sobrecogido por la impresión más extraña de mi vida. Vawdrey estaba sentado a su mesa, escribiendo, y era un lugar muy natural para que estuviera, pero ¿por qué estaba escribiendo a oscuras y por qué no me había contestado? Durante unos segundos esperé a ver si oía el sonido de algún movimiento, a ver si salía de su abstracción —un acceso concebible en un gran escritor— y exclamaba: «Oh, querido amigo, ¿es usted?» Pero sólo oí la quietud, sentí sólo la penumbra luminosa de estrellas de la habitación, con la presencia imprevista allí encerrada. Me alejé, siguiendo lentamente las huellas de mis pasos, y bajé confuso. La lámpara aún ardía en la sala, pero la habitación estaba vacía. Me dirigí a la puerta del hotel y salí. Vacía estaba también la terraza. Al parecer Blanche Adney y el caballero que la acompañaba habían entrado. Esperé unos cinco minutos: después me fui a la cama.
         Dormí mal, pues estaba inquieto. Al volver a considerar estos extraños incidentes (dentro de poco se verá que fueron extraños), quizá me recuerde más inquieto de lo que estaba, pues las grandes anomalías nunca son tan grandes al principio como después de haber reflexionado sobre ellas. Tardamos algún tiempo en agotar las explicaciones. Me sentía vagamente nervioso, había experimentado una sorpresa abrupta; pero no había nada que no pudiera aclarar preguntando a Blanche Adney, a la mañana siguiente, quién había estado con ella en la terraza. Curiosamente, sin embargo, cuando amaneció —un amanecer admirable—, en ese momento experimenté un deseo de quedar satisfecho menor que el de escapar, de despejar la sombra de mi estupefacción. Vi que el día sería espléndido, y se me antojó pasarlo, como había pasado días felices de mi juventud, en un solitario paseo por la montaña. Me vestí temprano, compartí un café convencional, metí un buen pan en un bolsillo y un pequeño termo en el otro y, con un recio bastón en la mano, marché hacia las alturas. Mi historia no se halla íntimamente relacionada con las horas deliciosas que pasé allí, horas de esas que crean intensos recuerdos. Si durante la mitad de ese tiempo recorrí las cimas de las colinas, yací sobre la yerba de las laderas la otra mitad, con la gorra sobre los ojos (excepto para una ojeada que captaba inmensidades de paisaje), escuché, en la luminosa quietud, a la abeja de montaña y sentí que la mayoría de las cosas se hundía y menguaba. Clare Vawdrey se volvió pequeño, Blanche Adney se volvió tenue, Lord Mellifont se volvió viejo, y antes de que el día finalizara olvidé que había llegado a sentirme confundido. Cuando a última hora de la tarde descendía hacia la posada, nada me interesaba más que el averiguar si la cena estaría lista pronto. Esa noche me vestí, por decirlo así, y para cuando estaba presentable todos se encontraban en la mesa.
         De nuevo en compañía de los demás, mi pequeño problema volvió a mí y sentí curiosidad por ver si Vawdrey me miraba con algo de extrañeza. Pero no llegó ni a mirarme; lo que me dio oportunidad tanto de ser paciente como de preguntarme por qué había de vacilar en hacerle mi pregunta desde el otro lado de la mesa. Pero vacilé y, con la conciencia de tal vacilación, me volvió parte de la inquietud que había dejado tras de mí, o debajo de mí, durante el día. No obstante no estaba avergonzado de mis escrúpulos: era sólo una discreción delicada. Lo que vagamente sentía era que una pregunta en público no habría sido justa. Cierto era que Lord Mellifont estaba allí para mitigar con sus perfectos modales todas las consecuencias, pero creo que yo tenía presente que con estos elementos en particular su señoría no se sentiría a sus anchas. Por consiguiente, en el momento en que nos levantamos, me aproximé a Mrs. Adney y le pregunté si, puesto que la noche era tan agradable, no daría una vuelta conmigo.
         —Ha andado usted cien kilómetros. ¿No preferiría quedarse quieto? —contestó.
         —Andaría cien kilómetros más para que me contara una cosa.
         Me miró un instante, con parte de la extrañeza que había yo buscado, mas no encontrado, en los ojos de Clare Vawdrey.
         —¿Se refiere a lo que ha sido de Lord Mellifont?
         —¿De Lord Mellifont?
         Con mi nueva especulación había perdido el hilo.
         —¿Dónde tiene la memoria, tonto? Hablamos de ello anoche.
         —¡Ah, sí —exclamé, recordándolo—. Tendremos mucho que discutir.
         La arrastré a la terraza, y antes de que hubiéramos dado tres pasos le dije:
         —¿Quién estaba aquí anoche con usted?
         —¿Anoche? —repitió, tan perdida como yo lo había estado.
         —A las diez, justo después de que se disolviera nuestro grupo. Usted salió aquí afuera con un caballero; hablaron de las estrellas.
         Me miró un momento. A continuación soltó la risa.
         —¿Tiene celos del querido Vawdrey?
         —¿Entonces era él?
         —Claro que sí.
         —¿Y cuánto tiempo estuvo aquí?
         —Le ha dado fuerte. Estuvo como un cuarto de hora, tal vez bastante más. Anduvimos un poco; habló de su obra. Ahí tiene: ésa es la única brujería que he usado.
         —¿Y qué hizo Vawdrey después?
         —No tengo la menor idea. Lo dejé y me fui a la cama.
         —¿A qué hora se fue a la cama?
         —¿A qué hora se fue usted? Recuerdo por casualidad que me separé de Mr. Vawdrey a las diez veinticinco —dijo
         Mrs. Adney—. Volví a entrar en el salón a buscar un libro y miré el reloj.
         —En otras palabras, usted y Vawdrey permanecieron aquí con toda claridad desde más o menos las diez y cinco hasta la hora que menciona.
         —No sé lo claros que seríamos, pero estábamos muy alegres. Où voulez—vous en venir? —preguntó Blanche Adney.
         —A esto simplemente, mi querida señora: a que a la hora en que su compañero se hallaba ocupado de la manera que describe, también estaba dedicado a la composición literaria en su habitación.
         Ante esto se detuvo en seco, y sus ojos tenían una expresión sumida en la sombra. Quería saber si desafiaba su veracidad, y yo repliqué que por el contrario, la apoyaba: hacía el caso tan interesante. Ella contestó que sólo sería así si ella apoyaba la mía, y no tuve gran dificultad para disuadirla de eso después de haberle relatado de manera circunstanciada el incidente de mi búsqueda del manuscrito, manuscrito que, en ese momento, por una razón que yo podía entonces entender, parecía haber salido completamente de su cabeza.
         —Su conversación me hizo olvidarlo, olvidé que lo envié a usted a buscarlo. Compensó su mal paso del salón: me declamó la escena —dijo mi compañera—. Se había dejado caer sobre un banco para escucharme, y, ahí sentados, había vuelto a interrogarme brevemente. Después estalló en una risa fresca.
         —¡Ah, las excentricidades del genio!
         —Parecen aún mayores de lo que suponía.
         —¡Ah, los misterios de la grandeza!
         —Usted debiera saberlo todo sobre ellos, pero a mí me toman por sorpresa.
         —¿Está completamente seguro de que era Mister Vawdrey? —preguntó mi compañera.
         —Si no era él, ¿quién demonios era? Que un extraño caballero, exactamente igual que él, estuviera sentado en su habitación a esa hora de la noche, escribiendo en su mesa a oscuras —insistí—, sería prácticamente tan maravilloso como mi propia pretensión.
         —Sí. ¿Por qué a oscuras? —meditó Mrs. Adney.
         —Los gatos ven en la oscuridad —dije.
         Ella me sonrió débilmente.
         —¿Parecía un gato?
         —No, mi querida señora; pero le diré lo que parecía: parecía el autor de las admirables obras de Vawdrey.
         Parecía él, infinitamente más que nuestro amigo mismo —declaré.
         —¿Quiere decir que era alguien a quien encarga que las haga?
         —Sí, mientras él sale a cenar y la decepciona a usted.
         —¿Me decepciona a mí? —murmuró Mrs. Adney ingenuamente.
         —Me decepciona a mí, decepciona a todos los que buscan en él el genio que creó las páginas que adoran.
         ¿Dónde se halla en su conversación?
         —Ah, anoche fue espléndido —dijo la actriz.
         —Siempre es espléndido, al igual que lo es el baño de las mañanas, o el lomo de res, o el servicio ferroviario a Brighton. Pero nunca es fuera de lo común.
         —Ya veo lo que quiere decir.
         —Eso es lo que hace que sea un consuelo tal hablar con usted. A menudo me lo he preguntado, ahora lo sé. Hay dos.
         —¡Qué idea tan deliciosa!
         —Uno sale, el otro se queda en casa. Uno es el genio, el otro el burgués, y es sólo al burgués a quien conocemos personalmente. Habla, circula, es enormemente popular: flirtea con usted…
         —¡Mientras que es al genio a quien tiene usted el privilegio de ver! —interrumpió Mrs. Adney—. Le estoy muy agradecida por la distinción.
         Posé la mano en su brazo.
         —Véalo usted misma. Inténtelo, compruébelo, vaya a su habitación.
         —¿Que vaya a su habitación? ¡No estaría bien visto! —exclamó en el tono de su mejor comedia.
         —Cualquier cosa está bien vista en una investigación así. Si usted lo ve, queda resuelto.
         —Qué encantador… ¡Resuelto! —se quedó pensando un momento y después saltó—: ¿Quiere decir ahora?
         —Cuando quiera.
         —Pero suponga que me encuentro con el incorrecto —dijo Blanche Adney, con un exquisito efecto.
         —¿El incorrecto? ¿A cuál llama el correcto?
         —Al incorrecto para que vaya a verlo una señora. Suponga que me encuentro con… el genio.
         —Oh, yo me ocuparé del otro —repliqué.
         A continuación, al ocurrírseme mirar a mi alrededor, añadí:
         —Cuidado, aquí viene Lord Mellifont.
         —Ojalá se ocupase usted de él —murmuró mi interlocutora.
         —¿Qué es lo que pasa con él?
         —Eso es precisamente lo que iba a decirle.
         —Dígamelo ahora. No viene.
         Blanche Adney miró un momento. Lord Mellifont, que parecía haber emergido del hotel para fumar un meditabundo cigarro, se había detenido a cierta distancia de nosotros, y se hallaba admirando las maravillas de la perspectiva, discernibles aún en el crepúsculo. Paseamos lentamente en otra dirección y ella dijo al poco tiempo:
         —Mi idea es casi tan divertida como la de usted.
         —Yo no llamo divertida a la mía; es preciosa.
         —Nada hay tan precioso como lo divertido —declaró Mrs. Adney.
         —Usted adopta una opinión profesional. Pero soy todo oídos.
         Mi curiosidad estaba viva de nuevo.
         —Bien. Pues entonces, mi querido amigo, si Clare Vawdrey es doble (y me veo obligada a decir que creo que cuantos más haya de él, mejor), su señoría tiene el defecto contrario: ni siquiera es uno solo completo.
         Nos paramos una vez más, simultáneamente.
         —No comprendo.
         —Yo tampoco. Pero me da la sensación de que si hay dos Mr. Vawdrey, no hay, en conjunto, ni un Lord Mellifont.
         Lo consideré un momento, y después me reí.
         —¡Creo que entiendo lo que quiere decir!
         —Eso es lo que hace que usted sea un consuelo. ¿Lo ha visto solo alguna vez?
         Intenté recordarlo.
         —Sí; ha venido a verme.
         —Ah, entonces no estaba solo.
         —Y yo he ido a verlo, a su estudio.
         —¿Sabía él que estaba usted allí?
         —Naturalmente, me anunciaron.
         Blanche Adney me miró como a un conspirador ameno.
         —¡No tienen que anunciarlo!
         Con esto continuó andando. La alcancé, en ascuas.
         —¿Quiere decir que debe uno ir a verlo cuando no lo sabe?
         —Hay que agarrarlo desprevenido. Tiene que ir a su habitación, eso es lo que debe hacer.
         Si yo me regocijaba por la manera en que nuestro misterio se abría, también estaba, excusablemente, un poco confuso.
         —¿Cuando sepa que no está allí?
         —Cuando sepa que está.
         —¿Y qué veré?
         —¡No verá nada! —exclamó Mrs. Adney mientras dábamos la vuelta.
         Habíamos llegado al final de la terraza, y nuestro movimiento nos puso cara a cara con Lord Mellifont, quien, al reanudar su paseo, ahora nos había adelantado, sin indiscreción. Verlo en ese momento resultó algo iluminador, y prendió una mecha retrospectiva que conectaba con la impresión general que uno tenía del personaje. Al quedarse sonriéndonos y agitando una mano adiestrada en la noche transparente (introdujo la imagen como si hubiera sido un candidato y «apoyase» a los Alpes mismos), erguido ante nosotros en medio de la fragancia delicada de su cigarro y de todas sus otras delicadezas y fragancias, aureolada su cabeza apuesta, en cierto modo, con más perfecciones que las que jamás antes se hubieran podido ver acumuladas, me pareció tan esencialmente, tan conspicua y uniformemente el personaje público, que de golpe leí la respuesta al acertijo de Blanche Adney. Era todo público y no tenía vida privada correspondiente, al igual que Clare Vawdrey era todo privado y no tenía correspondiente vida pública. Yo había oído sólo la mitad del relato de mi compañera, y sin embargo, al unirnos a Lord Mellifont (nos había seguido… le gustaba Mrs. Adney; pero siempre había de pensarse de él que aceptaba la sociedad más que buscarla), al participar durante media hora en la bien distribuida riqueza de su conversación, sentí con descarada doblez que, por así decirlo, lo habíamos descubierto. Me divertía esa subida de telón con la que acababa de regalarme la actriz aún más profundamente que mi propio descubrimiento; y si no estaba más avergonzado de compartir su secreto que de haberla hecho participar del mío (aunque el mío, de los dos misterios, resultaba el más glorioso para el personaje implicado), era porque no había crueldad en mi ventaja, sino por el contrario una extrema ternura y una compasión positiva.
         Oh, él estaba a salvo conmigo, y además me sentí rico e iluminado, como si de repente hubiera metido el universo en mi bolsillo. Había aprendido hasta qué punto una gran aparición podía depender del lugar y del momento. Sin duda sería mucho decir que siempre había sospechado de la posibilidad, en el fondo de la esencia de su señoría, de tan bello ejemplo; pero al menos, por condescendiente que suene, es un hecho que yo no ignoraba que había en mí cierta reserva de indulgencia hacia él. Me había compadecido de él en secreto por lo perfecto de su actuación, me había preguntado qué cara inexpresiva cubría esa máscara, qué le quedaba para las horas inmitigables en las que un hombre se queda consigo mismo o, aún más serio, con ese yo más intenso, su legítima esposa. ¿Cómo era en casa y qué hacía cuando estaba solo? Había algo en Lady Mellifont que daba un sentido a estas investigaciones, algo que sugería que, incluso para ella, él era el personaje público, y que ella se veía acosada por interrogantes similares, nunca los había despejado; ése era su eterno problema. Por tanto, nosotros, Blanche Adney y yo, sabíamos más que ella, pero por nada del mundo se lo diríamos, y quizá tampoco nos lo agradeciera. Ella prefería la relativa grandeza de la incertidumbre. No estaba cómoda con él, así que no podía saberlo, y él no estaba a solas con ella, así que no podía mostrárselo. Representaba para su mujer y era un héroe para los sirvientes, y lo que uno quería saber era qué sucedía en realidad con él cuando no podía verlo ojo alguno. Descansaba, posiblemente, pero ¿qué forma de descanso podía reparar tal plenitud de presencia? Lady Mellifont era demasiado orgullosa para fisgonear, y como nunca había mirado por el ojo de una cerradura, seguía guardando su dignidad y estando insatisfecha.
         Pudo haber sido una imaginación mía que Blanche Adney pusiera al descubierto a nuestro compañero, o puede ser que la ironía práctica de nuestra relación con él en ese momento me hiciera verlo más vívidamente; en cualquier caso, nunca me había parecido tan desemejante de lo que podría haber sido si no le hubiéramos ofrecido un reflejo de su imagen. Éramos sólo un concurso de dos, pero él nunca había sido más público. Sus perfectos modales nunca habían sido más perfectos, su extraordinario tacto nunca había sido tan extraordinario.
         Me daba la tácita sensación de que todo saldría en los periódicos de la mañana, con un editorial, y también la sensación secretamente vigorizadora de que yo sabía algo que no saldría, que nunca saldría, aunque cualquier diario emprendedor me daría una fortuna por ello. Debo añadir, sin embargo, que a pesar de mi gozo —era casi sensual, como el de un plato extraordinario— estaba deseoso de quedarme de nuevo a solas con Mrs. Adney, quien me debía una anécdota. Se demostró que era imposible esa noche, pues algunos de los otros salieron a ver qué era lo que encontrábamos tan absorbente; y entonces Lord Mellifont solicitó un poco de música del violinista, que sacó el violín y tocó para nosotros divinamente, sobre nuestra plataforma de ecos, enfrentados a los fantasmas de las montañas. Antes de que finalizara el concierto perdí de vista a nuestra actriz, y mirando por la ventana del salón vi que se había establecido con Vawdrey, que estaba leyéndole un manuscrito. Al parecer, la gran escena había sido conseguida, y sin duda era mucho más interesante para Blanche dadas las revelaciones que había reunido acerca de su autor. Juzgué discreto no molestarlos, y me fui a la cama sin volver a verla. La busqué temprano la mañana siguiente, y como el día prometía ser bello, le propuse que nos dirigiéramos a las colinas, recordándole la alta obligación en que había incurrido. Reconoció la obligación y me gratificó con su compañía, pero antes de que hubiéramos recorrido diez yardas del paso, exclamó con intensidad:
         —Mi querido amigo, no tiene ni idea de cóno me obsesiona. No puedo pensar en otra cosa.
         —¿Que no sea su teoría sobre Lord Mellifont? —Oh, ¡qué manía con Lord Mellifont! Me refiero a la suya sobre Mr. Vawdrey, que es çon mucho el más interesante de los dos. Estoy fascinada con esa teoría de su ¿cómo—se—llama?
         —¿Su identidad alternativa?
         —Su otro yo; eso es más fácil de decir.
         —¿Lo acepta, pues, lo adopta?
         —¿Adoptarlo? ¡Me regocijo con eso! Se me hizo tremendamente vívido anoche.
         —¿Mientras le leía ahí?
         —Sí, mientras lo escuchaba, lo observaba. Lo simplificó todo, lo explicó todo.
         —Esa es la bendición. ¿La escena está bien?
         —¡Es magnífica!, y lee maravillosamente.
         —¡Casi tan bien como escribe el otro! —me reí.
         Esto hizo que mi compañera se detuviera un momento, poniendo la mano en mi brazo.
         —Usted materializa mi propia impresión. Me dio la sensación de que estaba leyéndome la obra de otro hombre.
         —¡Qué servicio para el otro hombre!
         —Una persona tan diferente —dijo Mrs. Adney.
         Hablamos de esta diferencia mientras proseguíamos, y de la riqueza y el recurso de vida que constituía tal duplicación de su persona.
         —Debería hacerlo vivir el doble que a otras personas —observé.
         —¿A cuál de los dos?
         —Pues a los dos, porque después de todo son miembros de una empresa, y uno de ellos no podría llevar a cabo el negocio sin el otro. Además, la mera supervivencia sería horrible para cualquiera de los dos.
         Blanche Adney se quedó en silencio un poco; después exclamó:
         —No sé; ¡ojalá sobreviviese!
         —¿Podría preguntar, por mi parte, cuál de ellos?
         —Si no puede adivinarlo, no se lo voy a decir.
         —Conozco el corazón de la mujer. Siempre prefieren al otro.
         —Aquí fuera, lejos de mi marido, puedo decírselo. ¡Estoy enamorada de él!
         —Mujer infeliz, él no tiene pasiones —contesté.
         —Precisamente por eso lo adoro. ¿Acaso una mujer con mi historia no sabe que las pasiones de otros son insoportables? A una actriz, pobrecita ella, no puede interesarle un amor que no proceda todo de su parte; no puede permitirse el lujo de ser correspondida. Mi matrimonio demuestra eso; el matrimonio es ruinoso. ¿Sabe lo que tenía anoche en la cabeza durante todo el tiempo que Mr. Vawdrey me estuvo leyendo esas preciosas frases? Un loco deseo de ver al autor.
         Y de manera dramática, como para esconder su vergüenza, Blanche Adney dio un paso adelante:
         —Eso ya lo conseguiremos —respondí—. Yo mismo quiero echarle otro vistazo. Pero entretanto haga el favor de recordar que llevo esperando más de cuarenta y ocho horas la prueba que apoye el esbozo que me hizo, intensamente sugerente y plausible, de la vida privada de Lord Mellifont.
         —Oh, Lord Mellifont no me interesa.
         —Ayer sí le interesaba —dije.
         —Sí, pero eso era antes de que me enamorase. Usted lo hizo desaparecer con lo que me contó.
         —Va a hacer que sienta habérselo dicho. Vamos —supliqué—, si no me dice cómo entró esa idea en su cabeza me imaginaré que simplemente se la inventó.
         —Bueno, permítame recordarlo mientras paseamos por este verde valle.
         Nos hallábanos a la entrada de una encantadora y tortuosa garganta, parte de cuyo suelo llano formaba el lecho de una corriente suave y veloz. Nos dirigimos hacia ella, y el paseo junto al torrente claro nos hacía seguir y seguir, hasta que de repente, mientras andábamos y esperábamos que mi compañera recordara, una vuelta del valle nos mostró a Lady Mellifont viniendo hacia nosotros. Estaba sola, bajo la tela de su sombrilla, arrastrando la cola negra de su vestido sobre la hierba, y de esta guisa, por los intrincados senderos, constituía una aparición lo suficientemente poco común. Solía llevarse a un criado, que marchaba detrás de ella por las carreteras y cuya librea resultaba extraña a los montañeses. Se sonrojó al vernos, como si en cierto modo debiera justificarse; rió vagamente y dijo que había salido a dar un paseíto mañanero. Permanecimos juntos un rato, intercambiando frases vulgares, y entonces comentó que había pensado que podría encontrar a su marido.
         —¿Está por aquí? —pregunté.
         —Supongo que sí. Salió hace una hora a dibujar.
         —¿Ha estado buscándolo? —preguntó Mrs. Adney.
         —Un poco; no mucho —dijo Lady Mellifont.
         Cada una de las mujeres posó los ojos con cierta intensidad, según me pareció, en los ojos de la otra.
         —Nosotros se lo buscaremos, si quiere —dijo Mrs. Adney.
         —No importa. Pensé que me reuniría con él.
         —No hará sus dibujos si usted no se le une —insinuó mi compañera.
         —Tal vez lo haga si lo hacen ustedes —dijo Lady Mellifont.
         —Oh, quizá aparezca —interpuse.
         —Sin duda lo hará, ¡si sabe que estamos aquí! —replicó Blanche Adney.
         —¿Por qué no espera mientras lo buscamos? —pregunté a Lady Mellifont.
         Repitió que no tenía importancia; ante lo cual Mrs. Adney continuó:
         —Nos encargaremos de esto por propio placer.
         —Les deseo una agradable excursión —dijo su señoría, y cuando estaba volviéndose quise saber si debíamos informar a su marido de que lo había seguido. Dudó un momento y soltó de manera extraña—: Creo que será mejor que no lo haga.
         Con esto se despidió de nosotros y descendió por la garganta con cierta rigidez.
         Mi compañera y yo observamos su retirada y a continuación cruzamos una mirada, mientras un ligero fantasma de risa salía de los labios de la actriz en un susurro.
         —¡Debe estar andando entre los arbustos tras Mellifont!
         —Lo sospecha, ¿sabe? —contesté.
         —Y no quiere que él lo sepa. No va a haber ningún dibujo.
         —A no ser que lo sorprendamos —adjunté—. En ese caso lo encontraremos haciendo uno, en la más grácil actitud, y lo más extraño es que será magnífico.
         —Dejémoslo en paz. Tendrá que volver sin ese dibujo.
         —Él preferiría no volver. Oh, ya encontrará público.
         —Tal vez lo haga para las vacas —insinuó Blanche Adney.
         Y cuando yo estaba a punto de censurar su profanidad, prosiguió:
         —Eso es sencillamente lo que descubrí por casualidad.
         —¿De qué está hablando?
         —Del incidente de anteayer.
         —¡Ah, oigámoslo por fin!
         —Eso es todo lo que fue… que yo estaba como Lady Mellifont: no podía encontrarlo.
         —¿Lo perdió?
         —El me perdió a mí, ésa es la cosa al parecer! Creyó que me había ido.
         —Pero lo encontró, puesto que volvió con él.
         —Fue él quien me encontró a mí. Eso es lo que debe pasar. El está desde el momento en que sabe que hay otra persona.
         —Entiendo sus intervalos —dije tras una breve reflexión—, pero no acabo de captar la ley que los rige.
         —Es un fino matiz, pero lo capté en ese momento. Yo había emprendido el regreso. Estaba cansada y había insistido en que no volviera conmigo. Habíamos encontrado unas flores poco comunes, las que traje de vuelta conmigo, y fue él quien las había descubierto casi todas. Lo divertía mucho y yo sabía que quería cortar más, pero yo estaba agotada y lo dejé. Él me dejó marchar. ¿Dónde si no habría estado su tacto? Y yo era entonces demasiado estúpida como para adivinar que desde el momento en que no estuviera allí no se juntaría ni una flor. Comencé el camino de vuelta, pero al cabo de tres minutos me di cuenta de que me había llevado su navaja, me la había prestado para cortar una rama, y sabía que la necesitaría. Retrocedí unos pasos para llamarlo, pero antes de hablar lo busqué con los ojos. No puede entender lo que sucedió entonces sin tener el lugar ante usted.
         —Tiene que llevarme allí —dije.
         —Puede que veamos la maravilla aquí —el lugar sencillamente no ofrecía la menor oportunidad de esconderse: una gran ladera suave, sin obstrucciones ni árboles. Había unas rocas a mis pies, tras las cuales había desaparecido yo misma, pero de las que al regresar, había vuelto a emerger de inmediato.
         —Entonces él debió verla.
         —Había desaparecido por completo, por alguna razón que mejor sabrá él. Era probablemente un momento de fatiga, se está volviendo viejo, ¿sabe?, así que, con la sensación del retorno de la soledad, la reacción había sido proporcionalmente grande, la extinción proporcionalmente completa. En cualquier caso, el escenario estaba tan desnudo como la mano de usted.
         —¿Podría haber estado en algún otro sitio?
         —No podría haber estado, en ese tiempo, en ninguna parte sino donde lo dejé. Sin embargo, el lugar se hallaba totalmente vacío, tan vacío como esta extensión de valle que hay ante nosotros. Se había desvanecido… había cesado de ser. Pero en cuanto sonó mi voz (pronuncié su nombre), salió ante mí como el sol naciente.
         —¿Y dónde salió el sol?
         —Exactamente donde debía… exactamente donde habría estado y donde lo debía haber visto, si hubiera sido como los demás.
         Había escuchado con el más profundo interés, pero mi deber era que se me ocurrieran objeciones.
         —¿Cuánto tiempo transcurrió entre el momento en que percibió su ausencia y el momento en que lo llamó?
         —Sólo un instante. No pretendo que fuera mucho.
         —¿El tiempo suficiente para estar segura? —pregunté.
         —¿Segura de que él no estaba allí?
         —Sí. Y de que no estaba equivocada, de que no era víctima de algún abracadabra de su vista.
         —Puede que haya estado equivocada, pero no lo creo. De todos modos, por eso quería que mirase en su habitación.
         Pensé un momento.
         —¿Cómo puedo hacerlo yo si ni siquiera su mujer se atreve?
         —Ella quiere hacerlo, propóngaselo. No haría falta mucho para convencerla. Sospecha.
         Pensé otro momento.
         —¿Parecía él saberlo?
         —¿Que lo había perdido? Eso supuse, pero pensó que había sido lo bastante rápido.
         —¿Habló usted de su desaparición?
         —¡Dios me libre! Me pareció demasiado extraño.
         —Claro. ¿Y qué aspecto tenía?
         Intentando pensarlo otra vez y reconstituir su milagro, Blanche Adney elevó su mirada abstraída hacia el valle.
         De repente exclamó:
         —¡Exactamente el que tiene ahora! —y vi a Lord Mellifont de pie ante nosotros con su cuaderno de dibujo.
         Percibí, al ir a su encuentro, que su aspecto no era ni sospechoso ni inexpresivo; parecía como siempre, en todas partes, el rasgo principal de la escena. Naturalmente, no tenía dibujo alguno que enseñarnos, pero nada pudo haber redondeado mejor la concepción que de él teníamos que la manera en que se puso en situación cuando nos aproximamos. Había estado seleccionando su punto de vista; tomó posesión de él con un movimiento de lápiz. Estaba apoyado en una roca; su preciosa cajita de acuarelas reposaba junto a él en una mesa natural, un saliente de la ladera, lo cual demostraba de qué manera inveterada la naturaleza contribuía a su conveniencia.
         Pintaba mientras hablaba, y hablaba mientras pintaba; y si la pintura era tan variada como la charla, de igual manera la charla hubiera embellecido un álbum. Esperamos mientras la exhibición continuaba, y en verdad parecía que los conscientes perfiles de los picos tenían interés en que le saliera bien. Se erguían tan negros como siluetas en papel, destacando agudos sobre un cielo lívido, del que, sin embargo, no habría nada que temer hasta que el boceto de Lord Mellifont estuviera acabado. Blanche Adney comulgaba conmigo sin palabras, y pude leer el lenguaje de sus ojos: «¡Si pudiéramos hacerlo así de bien! Llena la escena de una manera que nos abruma.» No habríamos podido dejarlo, como no habríamos podido abandonar un teatro sin que acabara la obra, pero a su debido tiempo nos pusimos en marcha con él y nos encaminamos a la posada, ante la puerta de la cual su señoría, mirando de nuevo su dibujo, arrancó la hoja del cuaderno y se la regaló, con unas acertadas palabras, a Mrs. Adney. A continuación entró en la casa, y un momento después, alzando los ojos desde donde estábamos, lo vimos, arriba, en la ventana de su saloncito (tenía las mejores habitaciones), observando las señales del tiempo.
         —Tendrá que descansar después de esto —dijo Blanche, posando los ojos en su acuarela.
         —¡Ya lo creo! —elevé los míos hacia la ventana. Lord Mellifont se había desvanecido—. Ya está reabsorbido.
         —¿Reabsorbido? —noté que la actriz se hallaba ahora pensando en otra cosa.
         —En la inmensidad de las cosas. Ha dejado de existir de nuevo; hay un entr’acte.
         —Debiera ser largo —Mrs. Adney miró de un lado a otro de la terraza, y en ese momento el maïtre apareció por la puerta. De repente se volvió hacia este empleado con la pregunta—. ¿Ha visto usted a Mr. Vawdrey recientemente?
         El hombre se aproximó de inmediato.
         —Salió de la casa hace cinco minutos… a dar un paseo, creo. Bajó por el paso, llevaba un libro.
         Yo observaba las nubes amenazadoras.
         —Debería haberse llevado un paraguas.
         El camarero sonrió.
         —Le recomendé que llevara uno.
         —Gracias —dijo Mrs. Adney.
         Y el Oberkellner se retiró. Luego prosiguió conmigo, bruscamente:
         —¿Me hace usted un favor?
         —Sí, si usted me hace a mí otro. Déjeme ver si su pintura está firmada.
         Miró el dibujo antes de dármelo.
         —Cosa asombrosa, no lo está.
         —Debiera estarlo para que tenga pleno valor. ¿Puedo quedármelo un poco?
         —Sí, si hace lo que le pido. Agarre un paraguas y salga tras Mr. Vawdrey.
         —¿Para traérselo a Mrs. Adney?
         —Para mantenerlo alejado… el mayor tiempo posible.
         —Lo mantendré alejado lo que tarde en echarse a llover.
         —¡Oh, qué importa la lluvia! —exclamó mi compañera.
         —Por usted que nos caláramos, ¿no?
         —Y no tendría remordimientos.
         Y con una extraña luz en los ojos, añadió:
         —Voy a intentarlo.
         —¿A intentarlo?
         —A intentar ver al auténtico. ¡Oh, si puedo acceder a él! —estalló con pasión.
         —¡Inténtelo, inténtelo! —repliqué—. Retendré a nuestro amigo todo el día.
         —Si puedo acceder al que lo hace —e hizo una pausa con ojos brillantes—, ¡si puedo discutirlo con él, obtendré mi papel!
         —¡Retendré a Vawdrey por siempre! —exclamé tras ella cuando entró rápidamente en la casa.
         Su audacia era comunicativa, y me quedé sumido en un fulgor de excitación. Miré la acuarela de Lord Mellifont y miré la tormenta amenazadora; volví los ojos de nuevo hacia las ventanas de su señoría y luego los incliné sobre mi reloj. Vawdrey me llevaba tan poca ventaja que tendría tiempo de alcanzarlo, tendría tiempo incluso si me tomaba cinco minutos para subir al salón de Lord Mellifont (donde todos habíamos sido hospitalariamente recibidos), y decirle, como mensajero, que Mrs. Adney le suplicaba que otorgara a su dibujo la elevada consagración de su firma. Al considerar de nuevo esta obra de arte, percibí que había algo de lo que ciertamente carecía: ¿qué mejor, pues, que un autógrafo tan noble? Era mi deber suplir la deficiencia sin dilación y, según este convencimiento, volví a entrar en el hotel al instante. Subí a las habitaciones de Lord Mellifont; llegué a la puerta de su salón. Ahí, no obstante, me vi en una dificultad con la que mi extravagancia no había contado. Si llamaba lo estropearía todo, pero ¿estaba yo preparado para prescindir de esta ceremonia?
         Me hice la pregunta y me sentí violento; di una y otra vuelta al dibujito, pero no obtuve la respuesta que quería.
         Yo quería que dijera: «Abre la puerta suave, suavemente, sin un sonido, pero muy rápido, y verás lo que verás.»
         Había llegado a poner la mano en el tirador cuando me di cuenta (andándome con tanto ojo) de que exactamente de la manera en que estaba pensando —suave, suavemente, sin un sonido— se había movido otra puerta, al otro lado del pasillo. En el mismo instante me encontré sonriendo bastante forzadamente a Lady Mellifont, quien, al verme, se había detenido en el umbral de su puerta. Durante un momento, sin que ella se moviera, intercambiamos dos o tres ideas, que eran tanto más singulares por cuanto que no fueron expresadas.
         Nos habíamos sorprendido mutuamente rondando, y nos entendíamos, pero al avanzar hacia ella (de tal manera que la anchura del vestíbulo nos separaba del salón), sus labios formaron el ruego casi silencioso: «¡No!» Vi en sus ojos conscientes todo lo que esa palabra expresaba, la confesión de su propia curiosidad y el temor de las consecuencias de la mía.
         —¡No! —repitió cuando me encontraba ante ella.
         Desde el momento en que mi experimento pudiera parecerle un acto de violencia estaba dispuesto a renunciar a él; no obstante creí detectar en su cara asustada una traición aún más profunda, una posibilidad de desencanto si yo desistía. Era como si ella hubiera dicho: «Dejaré que lo haga si acepta la responsabilidad. Sí, con otra persona lo sorprendería. Pero no estaría bien que creyese que era yo.»
         —Encontramos en seguida a Lord Mellifont —observé, aludiendo a nuestro encuentro con ella una hora antes—, y él fue tan amable de regalar este encantador dibujo a Mrs. Adney, quien me pidió que subiera y le suplicara que pusiera la firma que falta.
         Lady Mellifont tomó el dibujo de mis manos, y adiviné la lucha que tuvo lugar en su interior mientras lo miraba. Quedó en silencio durante algún tiempo, y pensé que todas sus delicadezas y dignidades, todas sus antiguas timideces y piedades luchaban contra su oportunidad. Se dio vuelta y con el dibujo regresó a su habitación. Estuvo ausente durante un par de minutos, y cuando reapareció vi que había vencido su tentación; que incluso, con una especie de horror resurgente, se había acobardado ante ella. Había depositado el dibujo en la habitación.
         —Si tiene la bondad de dejarme el dibujo, me ocuparé de que sea atendida la petición de Mrs. Adney —dijo con gran cortesía y dulzura, pero de una manera que puso fin a nuestro coloquio.
         Asentí, quizá con un entusiasmo algo artificial y a continuación, para hacer más fácil nuestra separación, comenté que íbamos a tener un cambio de tiempo.
         —En ese caso nos marcharemos… nos marcharemos inmediatamente —dijo Lady Mellifont.
         Me divirtió el ansia con que hizo esta declaración: parecía representar un vuelo codiciado hacia la seguridad, una escapada con su secreto amenazado. Me sorprendí aún más, porque cuando empecé a volverme, extendió la mano para tomar la mía. Tenía el pretexto de despedirse de mí, pero al estrecharme la mano bajo esa suposición, sentí que lo que ese movimiento en realidad quería decir era: «Le agradezco la ayuda que me hubiera dado, pero es mejor así. Si yo lo supiera, ¿Quién me ayudaría entonces?» Mientras me dirigía a mi habitación a buscar el paraguas, me dije: «Está segura, pero no lo pondrá a prueba.»
         Un cuarto de hora después había alcanzado a Vawdrey en el paso, y poco después nos encontrábamos buscando refugio. No sólo las nubes se habían amontonado, sino que la tormenta terminó por estallar con extraordinaria rapidez. Trepamos por una ladera hasta una cabaña vacía, una burda estructura que apenas servía más que de refugio para el ganado. Sin embargo, era un refugio tolerable, y tenía rendijas por las que pudimos contemplar el espléndido espectáculo de la tempestad. Este entretenimiento duró una hora, hora que recuerdo como llena de peculiares disparidades. Mientras los relámpagos jugaban con los truenos y la lluvia entraba y chorreaba sobre nuestros paraguas, me dije que Clare Vawdrey era decepcionante. No sé exactamente lo que yo habría presagiado de un gran autor expuesto a la furia de los elementos, no puedo decir qué específica actitud de Manfredo habría esperado que asumiera mi compañero, pero en cierto modo me pareció que no debería haber contado con que me regalara en tal situación con chismes (que yo ya había oído) sobre la célebre Lady Ringrose. Su señoría constituyó el tema de conversación de Vawdrey durante esta prodigiosa escena, aunque antes de que terminara del todo, se abalanzó sobre Mr. Chafer, el apenas menos notorio crítico. Oír a un hombre como Vawdrey hablar de críticos me rompió el corazón. Los relámpagos proyectaban una luz dura sobre la verdad, que durante años me había sido familiar, y a la que los últimos uno o dos días habían proporcionado un apoyo trascendente, la certidumbre irritante de que para las relaciones personales este admirable genio consideraba a su segundo lo suficientemente bueno. Era así, sin duda, como estaba hecha la sociedad, pero había un desprecio en la distinción que no podía dejar de ser mortificante para un admirador. El mundo era vulgar y estúpido, y el hombre auténtico habría sido un necio al salir, cuando podía chismorrear y cenar por medio de un suplente. No obstante mi corazón se hundió al darme cuenta de que mi compañero practicaba esta economía. No sé qué es lo que yo quería exactamente; supongo que quería que él hiciera una excepción conmigo. Casi creo que la habría hecho, si hubiera sabido cómo veneraba su talento. Pero nunca había sido capaz de traducirle esto, y la aplicación que él hacía de este principio era inexorable. En cualquier caso, yo estaba más seguro que nunca de que en ese momento su silla del hotel no estaría vacía: allí estaba la actitud de Manfredo, allí estaban los destellos sensibles. Envidiaba a Mrs. Adney su supuesto disfrute de todo eso.
         El tiempo cambió por fin, y la lluvia amainó lo suficiente para permitirnos emerger de nuestro asilo y emprender el regreso a la posada, donde al llegar nos encontramos con que nuestra prolongada ausencia había producido cierta inquietud. Al parecer se juzgó que la furia de los elementos podría habernos puesto en un apuro. Varios de nuestros amigos estaban en la puerta, y dieron muestras de un ligero desconcierto cuando percibieron que sólo estábamos empapados. Por alguna razón, Clare Vawdrey más que yo, y se fue camino de su habitación. Blanche Adney se encontraba entre las personas que se habían reunido para esperarnos, pero cuando Vawdrey vino hacia ella se zafó de él sin un saludo; con un movimiento que observé como casi un movimiento de enajenación, le dio la espalda y entró con rapidez en el salón. Mojado como estaba, entré tras ella; ante lo cual se volvió de inmediato y se puso frente a mí. Lo primero que vi fue que nunca había estado tan bella. Había una luz de inspiración en su cara, y me soltó en el susurro más rápido, que al mismo tiempo fue el grito más sonoro, que nunca haya oído:
         —¡Tengo el papel!
         —¿Fue a su habitación… yo estaba en lo cierto?
         —¿En lo cierto? —repitió Blanche Adney—. Ay, querido amigo —murmuró.
         —¿Estaba allí… lo vio?
         —El me vio a mí. ¡Fue la hora de mi vida!
         —Debió ser la hora de la suya, si estaba usted la mitad de encantadora de lo que está ahora.
         —Es espléndido —prosiguió, como si no me oyera—. ¡Es él quien lo hace!
         Yo escuchaba, inmensamente impresionado, y ella añadió:
         —Nos entendimos mutuamente.
         —¿Con los destellos de los relámpagos?
         —¡Entonces no veía los relámpagos!
         —¿Cuánto tiempo estuvo allí? —pregunté con admiración.
         —El suficiente para decirle que lo adoro.
         —Ah, ¡eso es lo que yo nunca he sido capaz de decirle a él! —exclamé tristemente.
         —Conseguiré el papel… ¡Conseguiré el papel! —continuó, con una indiferencia triunfante, y se puso a dar vueltas por la habitación con el júbilo de una niña, deteniéndose sólo para decir: —Vaya a cambiarse de ropa.
         —Ya tendrá la firma de Lord Mellifont —dije.
         —¡Oh, que me importa la firma de Lord Mellifont! Es mucho más simpático que Mr. Vawdrey —continuó de manera inconexa.
         —¿Lord Mellifont? —pretendí preguntar.
         —¡Al infierno con Lord Mellifont!
         Y Blanche Adney, en su regocijo, me rozó al pasar, para salir disparada por la puerta abierta. Justo al otro lado se topó con su marido y con un encantador grito de «¡Estábamos hablando de ti, mi amor!», se arrojó encima de él y lo besó.
         Fui a mi habitación y me cambié de ropa, pero me quedé allí hasta la noche. La violencia de la tormenta había pasado sobre nosotros, pero la lluvia se había convertido en llovizna. Al bajar para la cena me encontré con que el cambio de tiempo había deshecho ya nuestro grupo. Los Mellifont habían partido en un coche de cuatro caballos, otros los habían seguido, y varios vehículos habían sido solicitados para la mañana siguiente. El de Blanche Adney era uno de ellos y, con el pretexto de que tenía preparativos que hacer, nos dejó inmediatamente después de cenar. Clare Vawdrey me preguntó que qué le sucedía, parecía que de pronto no gustaba de él. No recuerdo la respuesta que le di, pero hice lo que estaba en mi mano para consolarlo marchándome con él al día siguiente. Mrs. Adney se había desvanecido cuando bajamos, pero hicieron las paces en Londres, puesto que él terminó la obra, que ella produjo. Debo añadir que, sin embargo, sigue careciendo de un gran papel. Yo tengo uno precioso en la cabeza, pero ella no viene a verme para darme la lata con eso. Lady Mellifont siempre deja caer una palabra amable para mí cuando nos vemos, lo cual no me consuela.

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Vida de poetas

Estoy echada en el suelo del cuarto de baño de esta anónima habitación de hotel, con los pies sobre el borde de la bañera y una toallita empapada de agua fría en la nuca. Una aparatosa hemorragia nasal. Un buen adjetivo, que funciona, como dicen los alumnos de las clases de escritura creativa que son a veces parte del lote. Tan colorista. Es la primera vez que tengo una hemorragia nasal y no sé qué hay que hacer. Un cubito de hielo estaría bien. Imagen de la máquina de Coca-Cola y hielo del final del pasillo, yo arrastrándome hacia ella, sobre la cabeza una toalla blanca, en la que se extiende la mancha de sangre. Un cliente del hotel abre la puerta de su habitación. Espanto, un accidente. Apuñalada en la nariz. No quiere meterse en líos, la puerta se cierra, mi cuarto de dólar se atasca en la máquina. Seguiré con la toallita.
  El aire es demasiado seco, debe de ser eso, nada que ver conmigo ni con las protestas del cuerpo empapado. Ósmosis. La sangre mana porque no hay bastante vapor de agua; tienen los radiadores al máximo y no hay llave para cerrarlos. Tacaños, ¿por qué no podía alojarme en el Holiday Inn? Me ha tocado este, con motivos pseudoisabelinos clavados con chinchetas en un esqueleto carcomido, un intento desesperado de sacarle algún partido a este rincón del bosque. Las afueras de Sudbury, la capital mundial de la fundición del níquel. ¿Quiere que le enseñemos la zona?, dicen. Me gustaría ver los montones de escoria y los lugares donde la vegetación ha sido arrasada. Oh, ja, ja, dicen. Está volviendo a crecer, han construido chimeneas. Se está convirtiendo en un sitio bastante civilizado. Antes me gustaba, digo, se parecía a la luna. Algo hay que decir a favor de un lugar donde no crece absolutamente nada. Pelado. Muerto. Liso como un hueso. ¿Entienden? Intercambio de miradas furtivas, jóvenes rostros barbudos, uno fuma en pipa, escriben notas a pie de página, mientras suben, ¿por qué siempre nos endosan al poeta visitante? El último vomitó en la alfombrilla del coche. Ya veréis cuando seamos trabajadores fijos.
  Julia movió la cabeza. El reguerillo de sangre descendía lentamente por el cuello, espesa y con sabor a púrpura. Estaba sentada junto al teléfono, tratando de descifrar las instrucciones para poner una conferencia a través de la centralita del hotel, cuando estornudó y la página que tenía delante quedó salpicada de sangre. Totalmente espontáneo. Y Bernie estará en casa, aguardando su llamada. Ella tenía que leer unos poemas al cabo de dos horas. Tras una amable presentación, se levantaría y se acercaría al micrófono, sonriente, abriría la boca y empezaría a gotearle sangre de la nariz. ¿Aplaudirían? ¿Fingirían no darse cuenta? ¿Creerían que era parte del poema? Tendría que hurgar en el bolso en busca de un kleenex o, mejor aún, se desmayaría y tendrían que componérselas como pudiesen. (Pero todos creerían que estaba borracha). Menuda contrariedad para la comisión. ¿Le pagarían igualmente? Los imaginaba discutiéndolo.
  Levantó un poco la cabeza, para ver si había cesado. Tuvo la sensación de que algo semejante a una babosa caliente le reptaba por el labio superior. Se lo lamió y le supo a sal. ¿Cómo iba a llegar al teléfono? Arrastrándose boca arriba por el suelo, apoyándose en los codos e impulsándose con los pies, como si nadase, como un gigantesco insecto acuático. No era a Bernie a quien debía llamar, sino a un médico. Pero no era para tanto. Siempre le ocurrían cosas así cuando tenía un recital de poesía, algo doloroso pero demasiado leve para llamar al médico. Además, siempre le pasaba cuando estaba de viaje, en alguna ciudad en la que no conocía a ningún médico. Una vez pilló un resfriado y le quedó una voz que parecía surgir a través de una capa de barro. Otra vez se le hincharon las manos y los tobillos. Y las jaquecas eran un clásico; en casa nunca tenía jaquecas. Era como si algo se opusiera a aquellas lecturas, como si tratase de impedir que las hiciese. Esperaba a que adoptase una forma más drástica, parálisis de los maxilares, ceguera temporal, crisis nerviosa. En eso pensaba durante las presentaciones, siempre: se imaginaba tendida en una camilla, una ambulancia aguardando, y luego se despertaría, a salvo y curada, con Bernie sentado junto a su cama. Él le sonreiría, la besaría en la frente y le diría… ¿qué? Algo mágico. Que les había tocado la lotería. Que había heredado una fortuna. Que la galería era solvente. Algo que significase que nunca más tendría que hacer aquello.
  Ese era el problema: necesitaban el dinero. Siempre habían necesitado el dinero, durante los cuatro años que llevaban viviendo juntos, y aún lo necesitaban. Al principio no les pareció tan importante. Bernie recibía una beca, para pintar, y luego se la renovaron. Ella tenía un empleo de media jornada en una biblioteca, catalogando libros. Después publicó un libro, en una editorial de segunda fila, y consiguió también una beca. Como es natural, dejó el empleo para aprovechar el tiempo al máximo. Pero Bernie se quedó sin dinero y le costaba mucho vender los cuadros. Cuando vendía alguno, la galería se llevaba la mayor parte. El sistema de galeristas era injusto, le decía él, y con otros dos pintores creó una cooperativa de artistas y abrieron una galería que, después de mucho hablarlo, decidieron llamar The Notes from Underground. Uno de sus socios tenía dinero, pero no querían aprovecharse de él; dividirían gastos e ingresos a partes iguales. Bernie le explicó todo esto a Julia, tan entusiasmado que a ella le pareció natural prestarle la mitad del dinero de su beca, para que pudiesen empezar. En cuanto hubiese beneficios, le dijo él, se lo devolvería. Incluso le regaló dos acciones de la galería. Pero aún no tenían beneficios y, tal como señaló Bernie, la verdad era que Julia no necesitaba que le devolviese el dinero precisamente en aquel momento. Julia podía conseguir más. Ya tenía una reputación; modesta, sí, pero le permitía ganar dinero con mayor facilidad y rapidez que él, viajando y ofreciendo lecturas de poemas en universidades. Julia era una «promesa», lo que significaba que cobraba menos que quienes ya eran más que promesas. Recibía suficientes invitaciones para ir tirando y, aunque las estudiaba una por una con Bernie, con la esperanza de que él vetase alguna, hasta entonces no le había aconsejado que rechazase ni una sola. Pero, en honor a la verdad, Julia nunca le había confesado lo mucho que detestaba aquello, las miradas fijas en ella, oír su propia voz flotar, distante, la única pregunta corrosiva que estaba segura de que se agazapaba entre las más inocuas: «¿De verdad cree usted que tiene algo que decir?».
  En pleno febrero, en plena nevada, sangrando en las baldosas del suelo del cuarto de baño. Las veía al ladear la cabeza: hexágonos blancos unidos como celdillas de un panal, con una baldosa negra a intervalos regulares.
  Por unos irrisorios ciento veinticinco dólares —aunque no hay que olvidar que eso representa la mitad del alquiler— y veinticinco dólares diarios en concepto de dietas. He tenido que coger el avión de la mañana, pues por la tarde no había plazas; ¿quién demonios viene a Sudbury en febrero? Un grupo de ingenieros. Ciudadanos prácticos, que extraen el metal, que ganan una fortuna, dos coches y piscina. No se alojan aquí. El comedor estaba casi vacío a la hora del almuerzo. Aparte de mí, únicamente había un anciano que hablaba solo. ¿Qué le pasa?, le he preguntado a la camarera. ¿Está chiflado? Se lo he susurrado. Está bien, pero es sordo, me ha dicho ella. No es que se sienta solo, sino que está completamente solo desde que murió su esposa. Vive aquí. Supongo que es mejor que una residencia de ancianos. En verano, el hotel está más concurrido. Muchos de nuestros clientes están en trámites de divorcio. Se les cala enseguida, por lo que piden de comer.
  No la he alentado a seguir con el tema. Sin embargo, tenía que haberlo hecho, porque ahora nunca lo sabré. Lo que piden de comer… He buscado, como de costumbre, lo más barato de la carta. Necesito los ciento veinticinco dólares íntegros, ¿por qué malgastarlos en comida? En esta comida. La carta, un torpe intento de parecer isabelina, todo con una «e» al final. He pedido un especial Ana Bolena, una hamburguesa sin panecillo, con un cuadrado de gelatina roja a modo de guarnición, seguida de mousse royale. ¿Sabrán que a Ana Bolena le cortaron la cabeza? ¿Por eso sirven la hamburguesa sin panecillo? ¿Qué pasa por la cabeza de la gente? Todo el mundo cree que los escritores saben más acerca de la mente humana, pero es un error. Saben menos. Por eso escriben. Para tratar de descubrir lo que todos los demás dan por sentado. El simbolismo de la carta, por el amor de Dios, ¿cómo se me ocurre pensar siquiera en eso? La carta no tiene simbolismo, no es más que el desacertado intento de un lerdo por ser gracioso. ¿No es así?
  Eres demasiado complicada, le decía Bernie cuando aún se acariciaban y escudriñaban sus respectivas psiques. Deberías tomártelo con calma. Tumbarte. Comerte una naranja. Pintarte las uñas de los pies.
  Y con eso, para él, ya estaba todo arreglado.
  Tal vez ni siquiera se hubiese levantado aún. Solía dar una cabezada por las tardes, debía de estar tumbado bajo la maraña de mantas del apartamento que compartían en Queen Street West (encima de la tienda, que antes era una ferretería y ahora era una boutique, y el alquiler se estaba poniendo por las nubes), boca abajo, los brazos abiertos a cada lado, los calcetines en el suelo, donde los había tirado, uno tras otro, como pies desinflados o endurecidas pisadas azules que conducían a la cama. Incluso por las mañanas se levantaba cansinamente e iba casi a tientas a la cocina en busca del café, que ella ya había preparado. Era uno de sus pocos lujos: verdadero café. Ella ya llevaba horas levantada, inclinada sobre la mesa de la cocina, concentrada delante de una hoja de papel, royendo palabras, despedazando el lenguaje. Él posaba la boca, llena aún de sueño, sobre la suya, y quizá la arrastrase de nuevo al dormitorio y a la cama con él, a aquella piscina líquida de carne, recorriera su cuerpo con la boca, placer peludo, la colcha cubriéndolos mientras se sumían en la ingravidez. Pero él llevaba tiempo sin hacerlo. Se levantaba cada vez más temprano, y a ella le costaba cada vez más salir de la cama. Estaba perdiendo aquella compulsión, aquella alegría, lo que quiera que la impulsase a salir al frío aire de la mañana, a llenar todos aquellos cuadernos, todas aquellas páginas impresas. Ahora se daba la vuelta bajo las mantas cuando Bernie se levantaba, remetía bien los bordes, se arrebujaba en lana. Había empezado a tener la sensación de que nada la esperaba fuera de los límites de la cama. No se trataba de vacío, sino de nada, un cero con patas en el libro de aritmética.
  «Salgo», decía él a su espalda arropada, aturdida. Estaba lo bastante despierta para oírlo; luego volvía a sumirse en un sueño húmedo. La ausencia de Bernie era una razón más para no levantarse. Él iría a The Notes from the Underground, donde, por lo visto, pasaba ahora la mayor parte del tiempo. Estaba contento de cómo iba, les habían hecho varias entrevistas para periódicos, y ella comprendía perfectamente que algo pudiera considerarse un éxito aunque no diese dinero, ya que lo mismo había ocurrido con su libro. Pero estaba un poco preocupada porque él ya no pintaba mucho. Su último cuadro había sido un intento de realismo mágico. Era ella, sentada a la mesa de la cocina, envuelta en la alfombra a cuadros que tenían al pie de la cama, el cabello recogido en un moño desgreñado, con aspecto de víctima de una hambruna. Lástima que la cocina fuese amarilla, porque volvía verde su piel. De todas formas, no lo había terminado. Papeleo, decía él. En eso debían de írsele las mañanas en la galería, en eso y en contestar al teléfono. Tenían acordado turnarse los tres y él debía de quedar libre a las doce, pero por lo general terminaba yendo también por las tardes. La galería había atraído a varios pintores jóvenes, que se sentaban a beber Nescafé en vasitos de plástico y cervezas en lata y discutían sobre si todo aquel que comprase una acción de la galería debía tener derecho a exponer, si la galería debía cobrar comisiones y, de no ser así, cómo iba a sobrevivir. Tenían varios planes, y hacía poco habían contratado a una chica para que se ocupase de las relaciones públicas, de los carteles, de la correspondencia y de dar la lata a los medios de comunicación. Trabajaba por cuenta propia y colaboraba con otras dos galerías y un fotógrafo publicitario. Estaba empezando, explicaba Bernie. La chica decía que debían hacerse un nombre. Se llamaba Marika. Julia la había conocido en la galería, cuando aún tenía la costumbre de ir allí por las tardes. Le parecía que hacía una eternidad.
  Marika era una rubia de cutis aterciopelado, de veintidós o veintitrés años, en todo caso, no más de cinco o seis menor que Julia. Aunque su nombre sonaba exótico, acaso húngaro, tenía un marcado acento de Ontario y se apellidaba Hunt. Un capricho de la madre, o un cambio de apellido por parte del padre, o quizá lo había adoptado la propia Marika. Estuvo muy simpática con Julia. «He leído tu libro —le dijo—. No leo mucho, no tengo tiempo, pero saqué el tuyo de la biblioteca porque Bernie me lo comentó. No creía que fuese a gustarme, pero la verdad es que está muy bien». Julia agradecía —en exceso, según Bernie— que alguien dijese que le gustaba su obra o, simplemente, que la hubiese leído. Sin embargo, oyó una voz en su interior que decía: «Vete a la mierda». Era la manera en que Marika había hecho el cumplido: como quien da una galleta a un perro, en parte un premio, en parte un soborno, y con suficiencia.
  Desde entonces habían tomado café juntas en varias ocasiones. Era siempre Marika quien se dejaba caer, por algún que otro recado de Bernie. Se sentaban a hablar en la cocina, pero nunca llegaron a conectar. Eran como dos madres en una fiesta de cumpleaños, sentadas en un extremo, mientras sus hijos alborotaban y se atiborraban: se trataban con amabilidad, pero el verdadero centro de atención estaba en otra parte.
  —Siempre he pensado que a mí también me gustaría escribir —dijo en una ocasión Marika, y Julia tuvo la sensación de que se producía una pequeña explosión roja en su nuca. Estuvo a punto de derramarse el café encima, pero enseguida comprendió que Marika no lo había dicho con la intención que ella creía. Solo quería mostrar interés—. ¿No te da miedo quedarte sin materia?
  —No hay materia sin energía —contestó Julia en son de broma, aunque en el fondo no hacía más que expresar un temor auténtico. ¿Acaso no eran lo mismo?—. Según Einstein —añadió, y Marika, que no captó la relación, le dirigió una mirada de extrañeza y desvió la conversación hacia el cine.
  La última vez que Marika se presentó en el apartamento, Julia aún no se había levantado de la cama. No tenía excusa, ninguna explicación. Estuvo a punto de decirle que se marchase, pero Bernie necesitaba la libreta negra, en la que tenía anotados los números de teléfono, y no tuvo más remedio que dejarla entrar.
  Marika se recostó en el marco de la puerta del dormitorio, bien arreglada con su atuendo de varias capas, balanceando el bolso tejido a mano, mientras Julia, con el pelo sin lavar, que caía lacio sobre los hombros del camisón, la boca pastosa y la mente embotada, se arrodillaba en el suelo y rebuscaba en los bolsillos de Bernie. Por primera vez desde que vivían juntos deseó que, para variar, hubiese colocado bien la ropa. Tenía la impresión de que la ponía en evidencia, aunque sin razón, porque no era su ropa, no era ella quien la dejaba tirada por el suelo. Marika exudaba sorpresa, incomodidad y cierto júbilo, como si los calcetines sucios y los tejanos pisoteados de Bernie fuesen la parte vulnerable de Julia, que siempre había deseado ver.
  —No sé dónde la habrá puesto —dijo Julia, exasperada—. Tendría que dejarlo todo como es debido —añadió, demasiado a la defensiva—. Aquí arrimamos el hombro los dos.
  —Claro, con tu trabajo… —dijo Marika.
  Escudriñaba la habitación, la cama grisácea, el suéter de Julia hecho un higo en la silla del rincón, el aguacate con hojas de bordes marronosos del alféizar, la única planta. Julia había plantado una semilla tras un atracón de aguacates —ya no recordaba la razón de semejante festín—, pero estaba mustia. Hojas de té. Había que echarle hojas de té, ¿o era carbón lo que había que echarle?
  La libreta apareció al fin debajo de la cama. Julia la sacó con una bola de pelusa que había quedado prendida. Vio mentalmente una plaquita, como las que colocan en las casas históricas: «BOLA DE PELUSA. Perteneció a Julia Morse, poeta». Con un grupito de escolares aburridos mirando a través del cristal de una urna. Ese era el futuro, si es que había futuro, si seguía escribiendo, si llegaba a tener una importancia siquiera marginal, a ser una obligada nota a pie de página en una tesis doctoral. Fragmentos residuales después de la podredumbre generalizada, clasificados, acumulando polvo, como las vértebras de los dinosaurios. Exangües.
  Tendió la libreta a Marika.
  —¿Te apetece una taza de café? —le preguntó, con un tono que invitaba a rehusar.
  —No quiero molestar —respondió Marika, que, sin embargo, se quedó a tomar café y habló con entusiasmo de sus planes para organizar una exposición colectiva que titularían «De abajo arriba».
  Sus ojos recorrían la cocina, se fijaban en el grifo que goteaba, en el trapo maloliente con que lo habían vendado, en la vieja tostadora rodeada de migas como residuos de un leve deslizamiento de tierras.
  —Me alegra mucho que podamos ser amigas —dijo antes de marcharse—. Dice Bernie que no tenemos nada en común, pero creo que nos llevamos realmente bien. Allí casi todos son hombres.
  Esto podía ser una variedad adulterada de feminismo, pensó Julia, pero no lo era. La voz de Marika apestaba a club de bridge. «Realmente bien». Qué incongruencia, con aquellos zapatos de plataforma y aquel trasero a la moda. Las visitas de Marika hacían que se sintiera como la beneficiaria de una pensión asistencial. No sabía qué hacer para que dejase de venir, sin ser demasiado grosera. Porque, además, la exasperaba que la privase de un tiempo que necesitaba para trabajar. Aunque cada vez tenía menos trabajo.
  Bernie parecía no percatarse de que apenas hacía nada. Ya no le pedía que le dejase leer lo que hubiese escrito durante el día. Cuando llegaba a casa a la hora de cenar, hablaba obsesivamente de la galería mientras comía un plato tras otro de espaguetis y —al menos así se lo parecía a ella— devoraba barras de pan. Cada vez tenía más apetito, y habían empezado a discutir por lo mucho que gastaban en comida y por quién debía ir a la compra y cocinar. Al principio lo compartían todo, ese era el acuerdo. De buena gana Julia le hubiese dicho que, como ahora él comía el doble que ella, debía ir más a la compra y pagar más de la mitad, pero pensaba que sería mezquino por su parte. Sobre todo porque, siempre que hablaban de dinero, él decía: «No te preocupes, que cobrarás», como si ella le echase en cara el préstamo para la galería. Y Julia suponía que eso era lo que hacía.
  ¿Qué hora es? Arriba la muñeca: las seis treinta. La hemorragia parece haber remitido, pero la sangre sigue ahí, espesa como lodo, descendiendo por el cuello. Una vez, una profesora entró en el aula con los dientes ribeteados de sangre. Debía de haber ido al dentista y luego no se había mirado al espejo. Le teníamos tanto miedo que no le dijimos nada y pasamos toda la tarde dibujando tres tulipanes en un jarrón, presididos por aquella sonrisa sedienta de sangre. Tengo que recordar cepillarme los dientes y lavarme bien la cara, porque una gota de sangre en el mentón podría perturbar al público. La sangre, el fluido elemental, el jugo de la vida, subproducto del nacimiento, preludio de la muerte. La roja medalla al valor. La bandera del pueblo. Quizá podría ganarme la vida redactando discursos políticos, si todo lo demás falla. Pero cuando mana de la nariz no es mágica ni simbólica, sino ridícula. Sujeta por la nariz a la retícula geométrica del suelo del cuarto de baño. No seas estúpida, ponte en marcha. Levántate con cuidado: si la hemorragia persiste, anula el recital y coge el avión. (¿Dejando un reguero de coágulos?). Esta noche podría estar en casa. Bernie está allí ahora, aguardando a que llame, que ya es tarde.
  Se levantó despacio, sujetándose al lavabo, y fue al dormitorio con la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Buscó a tientas el teléfono y lo cogió. Marcó el cero y pidió a la telefonista que hiciese la llamada. Oyó los ruidos del espacio exterior que hacía el teléfono mientras esperaba nerviosamente oír la voz de Bernie, notando ya su lengua en la boca. Se meterían en la cama y después tomarían una especie de resopón, los dos solos en la cocina, con el horno de gas encendido y abierto para caldearla, como solían hacer. (Su mente prescindió de los detalles de lo que podían comer. Sabía que no había nada en el frigorífico, salvo un par de salchichas casi caducadas. Ni siquiera panecillos). Las cosas irían mejor, el tiempo daría marcha atrás, hablarían, ella le diría lo mucho que lo había echado de menos (porque ciertamente había estado fuera más de un día), se abriría el silencio, el lenguaje fluiría de nuevo.
  Comunicaba.
  No quería pensar en su decepción. Llamaría más tarde. Ya no sangraba, aunque notaba cómo se formaba la costra en el interior de su cabeza. De modo que se quedaría, haría la lectura, cobraría y destinaría el dinero a pagar el alquiler. ¿Qué otra posibilidad cabía?
  Ya era la hora de cenar y tenía hambre, pero no podía permitirse pagar otra comida. A veces invitaban al poeta a cenar; a veces ofrecían una fiesta en la que podía atiborrarse de galletitas saladas y queso. Pero allí no organizaban nada de nada. La recogían en el aeropuerto, eso era todo. Suponía que no habrían pegado carteles, que no habrían hecho ninguna publicidad. Poco público y nervioso al ver que habían ido ellos pero nadie más, atrapados en una lectura sin interés. Y ella ni siquiera tenía pinta de poeta, vestía un traje pantalón azul marino, cómodo para subir escaleras y a coches. Quizá llevar vestido ayudase, algo vaporoso y etéreo. ¿Pulseras, un fular?
  Se sentó en el borde de la silla de respaldo recto, frente a un cuadro de dos patos muertos y un setter irlandés. Tenía que hacer tiempo. No había televisor. ¿Leer la Biblia? No, no debía hacer nada demasiado agotador, no quería volver a sangrar. Al cabo de media hora pasarían a recogerla. Y luego los ojos, las manos educadas, las sonrisas forzadas. Después todo el mundo murmuraría. «¿No se siente vulnerable ahí arriba?», le preguntó un día una jovencita. «No», contestó ella, y era la verdad, porque no era ella, solo leía sus poemas más tranquilizadores, no quería perturbar a nadie. Pero recelaban de todas maneras. Al menos ella no se emborrachaba antes como hacían muchos otros. Quería ser amable y todos lo aprobaban.
  Salvo los más ávidos, los que querían conocer el secreto, los que creían que había un secreto. Después se dispersarían, estaba segura, aguardarían en los bordes, tras los susurrantes miembros de la comisión, aferrados a paquetitos de poemas que le tenderían medrosamente, como si las páginas fuesen carne viva que no soportasen haber tocado. Recordaba la época en que se había sentido así. La mayoría de los poemas serían decepcionantes, pero de vez en cuando surgía alguno que tenía algo, la energía, lo inefable. «No lo hagáis —quería decirles—, no cometáis el mismo error que yo». Pero ¿cuál había sido su error? Pensar que podía salvar su alma, sin duda. Solo mediante la palabra.
  ¿De verdad creía yo eso? ¿De verdad creía que el lenguaje podía agarrarme del pelo y auparme hasta hacerme asomar al aire libre? Pero si dejamos de creer, ya no podemos seguir haciéndolo, ya no podemos volar. De modo que aquí estoy, clavada a la silla. «Un sonriente hombre público de sesenta años». ¿Crisis de fe? ¿Fe en qué? La resurrección, eso es lo que se necesita. De abajo arriba. Desembarazarse de esas obsesiones, de esas ficciones, «él dijo», «ella dijo», acumulando razones y agravios; los diálogos de las sombras. De lo contrario, no quedará más que el resto de mi vida. Algo se ha congelado.
  Sálvame, Bernie.
  Él se mostró muy amable por la mañana, antes de que ella se marchase. De nuevo el teléfono, la voz vuela a través de la oscuridad del espacio. Timbrazos sordos, un clic.
  —Hola. —Una voz de mujer, la de Marika. Sabía quién llamaba.
  —¿Puedo hablar con Bernie, por favor? —Qué estupidez actuar como si no reconociese la voz.
  —Hola, Julia —dijo Marika—. Bernie no está. Ha tenido que marcharse un par de días, pero sabía que ibas a llamar esta noche y me ha pedido que viniese. De modo que no te preocupes por nada. Me ha dicho que te vaya bien la lectura y que no olvides regar la planta cuando vuelvas.
  —Oh, gracias, Marika —dijo ella.
  Como si fuese su secretaria, dejándole mensajes para la idiota de su esposa mientras él… No podía preguntar adónde había ido. Si ella iba de viaje, ¿por qué no podía hacerlo él? Si él quería decirle adónde, se lo diría. Se despidió y, al colgar el teléfono, creyó oír algo. ¿Una voz? ¿Una risa?
  No ha ido a ninguna parte. Está allí, en el apartamento, como si lo viera, debe de hacer semanas que dura, meses, en la galería, «he leído tu libro», observando a la competencia. Debo de ser idiota, todo el mundo lo sabía menos yo. Viniendo a casa a tomar café conmigo, estudiando el terreno. Espero que tengan la delicadeza de cambiar las sábanas. No ha tenido valor para decírmelo, va a regar la planta quien yo me sé, de todas maneras está muerta. Melodrama en un aparcamiento, largas franjas de asfalto salpicadas de manchas de animales atropellados, ¿en esto se ha convertido mi vida?
  Tocando fondo en esta habitación entre los montones de escoria, el espacio exterior, en la luna muerta, con dos patos sacrificados y un perro disecado, ¿por qué has tenido que hacerlo así, estando yo de viaje, que sabes que me agota, estas duras pruebas, caminar entre ojos? ¿No podías haber aguardado? Te lo has montado muy bien. Volveré y chillaré y gritaré, y tú lo negarás todo, me mirarás, muy tranquilo, y dirás: «Pero ¿de qué hablas?». Y de qué hablaré, puede que esté equivocada. Nunca lo sabré. Precioso.
  Es casi la hora.
  Llegarán los dos jóvenes amables que aún no son trabajadores fijos. Ella se sentará en el asiento delantero del Volvo y durante todo el trayecto hasta el lugar de la lectura, mientras avanzan entre la nieve acumulada hasta la mitad de los postes del tendido telefónico, los dos jóvenes hablarán de las virtudes de este coche comparado con el coche que tiene el que no conduce, el cual está sentado detrás, con las piernas dobladas como un saltamontes.
  Ella será incapaz de abrir la boca. Mirará la nieve que se estrella contra el parabrisas y que los limpiaparabrisas se encargan de despejar, y será roja, será como un compacto muro rojo. Una traición, eso es lo que detesta, porque se prometieron no mentirse nunca.
  El estómago lleno de sangre, la cabeza llena de sangre, rojo ardiente, al fin la siente, la rabia acumulada durante mucho tiempo, la energía, un enjambre de palabras tras sus ojos como abejas en primavera. Algo está hambriento, algo se enrosca. Una larga canción se enrosca y desenrosca justo delante del parabrisas, donde cae la nieve roja, vivificándolo todo. Aparcan el virtuoso coche y los dos jóvenes la conducen al auditorio, un bloque de color gris ceniza, donde un grupo de rostros amables aguarda a oír la palabra. Las manos aplaudirán, se dirán cosas acerca de ella, nada asombroso, se da por sentado que es buena para ellos, tienen que abrir la boca y aceptarla, como vitaminas, como una inocua medicina. No. Nada de dulce identidad. Subirá al estrado, con las palabras enroscadas, abrirá la boca y la sala estallará en sangre.
https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2019/04/margaret-atwood-vidas-de-poetas.html

Margaret Eleanor Atwood es una prolífica poetisa, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense. Es miembro del organismo de derechos humanos Amnistía Internacional y una de las personas que presiden BirdLife International, en defensa de las aves. Wikipedia

Fecha de nacimiento18 de noviembre de 1939 (edad 80 años), Ottawa, Canadá
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La evasión de Katherine Mansfield

Katherine Mansfield
(Nueva Zelandia, 1888 – Francia, 1923)

Evasión (1920)
(“The Escape”)
Originalmente publicado en la revista Athenaeum, Núm. 4706 (9 de julio de 1920);
Bliss and Other Stories
(Londres: Constable & Company, 1920, 280 págs.)

      Era culpa de él, solamente de él, que hubieran perdido el tren. ¿Qué tenía que ver que el estúpido personal del hotel se hubiera negado a darle la factura a tiempo? ¿O eso no había ocurrido acaso porque él no le había avisado al camarero a la hora del almuerzo que querían tener la cuenta lista para las dos? Cualquier otro hombre se hubiera quedado allí hasta que se la trajeran. ¡Pero no! Su exquisita confianza en la naturaleza humana le había permitido levantarse esperando que alguno de esos idiotas se la alcanzara a la habitación… Y después, cuando la voiture llegó, cuando ellos seguían (¡Oh, Dios!) esperando el vuelto, ¿por qué no se había ocupado al menos de acomodar el equipaje para que al menos pudieran partir en cuanto les entregaran el dinero? ¿O esperaba que fuera ella la que saliera y allí en ese tremendo calor, debajo de la marquesina, diera órdenes señalando con su parasol? Una divertida escena de la vida doméstica inglesa. Incluso cuando le dijo al conductor que fuera rápido, él no prestó atención en absoluto… sólo sonrió.
“Oh, gruñó ella, “si hubiera estado en su lugar tampoco yo hubiera podido evitar sonreír ante el modo absurdo, ridículo en que le había pedido que se apurara”. Y se recostó en el asiento e imitó la voz de él:
Allez vite, vite… —pidiéndole perdón al cochero por molestarlo así…
Y después en la estación —inolvidable— al ver aquel tren ridículo que se iba y esos horribles niños que saludaban desde las ventanillas. “Oh, ¿por qué tengo que tolerar todo esto?”… El resplandor, las moscas, mientras esperaban, y él y el jefe de estación inclinados sobre los horarios, tratando de encontrar ese otro tren que, por supuesto, no lograrían alcanzar. La gente que se había reunido alrededor y esa mujer que llevaba en brazos a ese bebé con la cabeza horrible, horrible… Oh, preocuparme como me preocupo, sentirme como me siento, y que jamás se me ahorre nada… jamás saber ni por un momento lo que…”
Su voz cambió. Era temblorosa ahora, llorosa. Escarbó en la cartera y extrajo de ella un pañuelito perfumado. Se levantó el velo y, como si estuviera haciéndoselo a otra persona, como si le estuviera diciendo a otra: “Sí, lo sé, querida”, restregó los ojos.
La pequeña cartera, con sus brillantes y plateadas fauces abiertas, yacía en su falda. El podía ver la polvera. El lápiz labial, un manojo de cartas, una tira de píldoras negras que parecían semillas, un cigarrillo roto, un espejo, unas láminas de marfil con rayas que habían sido muy manoseadas. “En Egipto la enterrarían con todas esas coses”, pensó él.
Habían dejado atrás las últimas casas, aquellas casitas dispersas; con pedazos de macetas caídas en los canteros y gallinas medio desplumadas escarbando junto a los peldaños de la entrada. Ahora ascendían una cuesta empinada que serpenteaba por la montaña hasta la bahía. Los caballos tropezaban, tirando con toda su fuerza. Cada cinco minutos, cada dos minutos, el cochero hacía restallar el látigo. Su enorme espalda era sólida como la madera, tenía forúnculos en el cuello enrojecido y llevaba un sombrero de paja nuevo y reluciente…
Había un poco de viento, lo suficiente para convertir en satén las hojas de los frutales, para acariciar la fina hierba, para platear los olivares de color humo… lo suficiente para formar un remolino frente al coche y arrojar sobre sus ropas una capa de polvo tan delgada como la ceniza. Cuando ella sacó la polvera, el polvo voló sobre los dos.
—Oh, este polvo —suspiró ella—, este repulsivo polvo.
Y se bajó el velo y se recostó como extenuada.
—¿Por qué no abres tu sombrilla?—sugirió él. Estaba en el asiento de adelante, así que él se agachó para alcanzársela. Ante eso ella se irguió repentinamente, enfurecida.
—¡Hazme el favor de dejar mi sombrilla tranquila! ¡No la quiero! Y cualquier persona que no fuera absolutamente insensible se daría cuenta de que estoy demasiado extenuada como para sostenerla. Y con un viento como este… Déjala de inmediato —exclamó ella, y después le arrebató la sombrilla, la arrojó a la capota del coche y volvió a hundirse en el asiento, jadeando.
Otro recodo en el camino y en la cuesta de la colina apareció un grupo de niños que chillaban y reían, niñitas con el pelo quemado por el sol, niñitos con gorras de soldado. Llevaban flores en las manos —toda clase de flores—, algunas sin tallo y se las ofrecían, corriendo junto al coche. Lilas, lilas marchitas, bolas de nieve de color verdoso, un lirio y un ramito de jacintos. Ofrecían sus flores y acercaban a ellos sus rostros endiablados y uno de ellos le arrojó un ramo de caléndula. ¡Pobres ratoncitos! El ya tenía la mano en el bolsillo.
—¡Por Dios, no les des nada! ¡Típico en ti! ¡Micos espantosos! Ahora nos seguirán todo el camino. No los alientes: alentarías a mendigos.
Y arrojando nuevamente el ramo dijo:
—¡Por favor, si quieres, hazlo cuando yo no esté!
El vio la conmoción de los rostros infantiles. Dejaron de correr, se quedaron atrás y después empezaron a gritar algo y siguieron gritando hasta que el coche dobló otro recodo.
—Oh, ¿cuántas curvas más hay todavía hasta la cima? Los caballos ni siquiera han trotado. ¡No creo que sea indispensable llevarlos al paso todo el camino!
—Llegaremos dentro de un minuto —dijo él, y sacó su cigarrera. Ella se volvió hacia él. Apretó las manos y se las llevó al pecho, sus ojos obscuros se hicieron inmensos e implorantes detrás del velo, se le estremecieron las ventanas de la nariz, se mordió los labios y sacudió la cabeza con un ligero espasmo nervioso. Pero cuando habló lo hizo con voz débil y muy calma.
—Quiero pedirte algo. Quiero rogarte algo —dijo—. Te lo he pedido cientos y cientos de veces, pero te has olvidado. Es algo tan insignificante, pero si supieras todo lo que significa para mí… —Apretó las manos—. Pero no puedes saberlo. Nadie, ningún ser humano puede saberlo y ser tan cruel—. Y después, con toda deliberación, mirándolo con sus ojos enormes y sombríos: —Te ruego y te imploro por última vez que no fumes cuando estamos juntos. Si supieras la angustia que me invade cuando ese humo flota hasta mí rostro…
—Muy bien —dijo él—. No lo haré. Me olvidé. —Y guardó la cigarrera.
—Oh, no —dijo ella, casi echándose a reír y cubriéndose los ojos con una mano—. No puedes haberte olvidado.
El viento soplaba con más fuerza en la cima.
—¡Hop, hop, hop! —exclamó el cochero.
El camino bajaba a un pequeño valle, bordeaba el mar y después trepaba por una pendiente suave. Ahora había casas otra vez, con postigos azules para resguardarse del sol, jardines luminosos, y brillantes con geranios que colgaban de los muros rosados. La línea de la costa se veía obscura y en la orilla del mar apenas si se movía un festón blanco y sedoso. El coche empezó a bajar la colina a los sacudones.
—¡Hop! —gritó el cochero.
Ella se aferró de los costados del asiento, con los ojos cerrados y él supo que ella sentía que todo esto, los golpes y sacudones, eran intencionales, que él era de algún modo responsable… que quería vengarse porque ella había preguntado si no podían ir más rápido. Pero justo cuando llegaron al fondo del valle se produjo un tremendo sacudón. El coche casi se volcó y él vio que los ojos de ella echaban chispas y su voz silbó:
—Supongo que estarás disfrutando muchísimo de todo esto.
Continuaron. Llegaron al fondo del valle. De repente ella se puso de pie.
Cocher. ¡Cocher! ¡Arretez vous!
Se volvió y miró en la destartalada capota.
—Lo sabía —exclamó—. Lo sabía. Sentí el ruido que hizo al caer, y también tú, en ese último barquinazo.
—¿Qué? ¿Dónde?
—Mi sombrilla. Ha desaparecido. Esa sombrilla era de mi madre. La aprecio más que, más que…
Estaba simplemente fuera de sí. El conductor se volvió con el rostro alegre y sonriente.
—Yo también escuché algo —dijo con toda simpleza, alegremente—. Pero como madame y monsieur no dijeron nada…
—Ahí tienes. Ya oíste. Tú también tienes que haber escuchado el ruido. Así que esa era la razón para que te sonrieras de ese modo…
—Mira —dijo él—, no puede haber desaparecido. Si se cayó debe estar aún en el camino. Quédate aquí. Yo iré a buscarla.
Pero ella pudo adivinar sus intenciones. ¡Vaya si pudo!
—No, gracias —dijo, y lo miró despectivamente, a pesar de la presencia del cochero—. Iré yo misma. Caminaré hasta encontrarlo y confío en que no me sigas, porque —y habló con mucha amabilidad, sabiendo que el cochero no comprendía—, si no me escapo un minuto de ti me volveré loca.
Se bajó del coche.
—Mi cartera —dijo. Else la alcanzó.
—La señora prefiere…
Pero el cochero ya se había bajado y estaba sentado en un parapeto leyendo un pequeño periódico. Los caballos tenían las cabezas bajas. Todo estaba muy calmo. Él, en el coche, se desperezó, después cruzó los brazos. Sintió el sol que le calentaba las rodillas. Dejó caer la cabeza sobre el pecho. “Ish, ish”, llegaba el sonido del mar. El viento suspiró en el valle y luego se calló. Allí tendido, él se sintió como un hombre hueco, marchito, como si fuera de ceniza. Y el mar seguía: “Ish, ish”.
Fue entonces que vio el árbol, cuando se hizo consciente de su presencia detrás de la verja de un jardín. Era un árbol inmenso, de tronco redondo y macizo, plateado, y un gran arco de hojas cobrizas que reflejaban la luz y eran, sin embargo, sombrías. Había algo más allá… una blancura, una suavidad, una masa opaca y medio oculta… con delicadas columnas. Mientras miraba el árbol sintió que su respiración se cortaba y formaba parte del silencio. El árbol parecía crecer, expandirse en el aire trémulo hasta que las grandes hojas talladas ocultaron el cielo, aunque en verdad estaba inmóvil. Después, de sus profundidades; o desde más allá llegó— una voz de mujer. Una mujer que cantaba. La voz cálida y despreocupada flotaba en el aire y formaba, como él, parte del silencio. De repente, cuando la voz se alzó, suave y soñadora, supo que llegaría flotando hasta él desde las hojas ocultas, y su paz se quebró. ¿Qué le sucedía? Algo se agitó en su pecho. Algo obscuro, algo intolerable y espantoso pujaba en su pecho y flotaba como un alga enorme… era cálido, asfixiante. Intentó luchar para romperlo y en ese mismo instante… todo terminó. Y profunda, profundamente, se hundió en el silencio, contemplando el árbol y esperando la voz que venía flotando, cayendo… hasta que sintió que lo envolvía.

En el traqueteante pasillo del tren. Era de noche. El tren rugía a través de la oscuridad. El se aferró a la barandilla con las dos manos. La puerta del compartimiento estaba abierta.
—No se preocupe, monsieur. Él vendrá a sentarse cuando tenga ganas. Le gusta, le gusta… es su costumbre. Oui, madame, je suis un peu souffrante.… Mes nerts… Oh, pero mi esposo no es nunca tan feliz como cuando viaja. Le gustan las incomodidades… Mi esposo… Mi esposo…
Las voces murmuraban, murmuraban. No callaban nunca. Pero él se sentía tan celestialmente feliz allí, de pie, que deseaba poder vivir para siempre.

Literatura .us

A las cinco de la tarde de George Steiner

  1. tiene la fama de ser la ciudad más peligrosa de la tierra. El promedio semanal de homicidios se sitúa entre veinte y treinta. Apenas si se presta atención a la explosión de un coche bomba o al crepitar de las armas automáticas. Algunos cadáveres son secuestrados y abandonados a la intemperie. La mayor parte se recoge a la caída del día sin mayor trámite. Sólo subsiste el olor a sangre. De tiempo en tiempo, mujeres y niños son atrapados por el fuego cruzado o alcanzados por las esquirlas de metal lanzadas como catapultas desde un automóvil destripado. Cuando eso sucede, se da un estremecimiento de malestar. Proviene de un pasado de usos civilizados y civiles, de un sentido de la seguridad desaparecido desde hace mucho tiempo.     En la capa de aire caliente que recubre M., han proliferado los buitres. Después de un asesinato, se atropellan, como cobradores de impuestos sobriamente vestidos, sobre el filo de los techos. En ocasiones suele advertirse su robusta sombra aun antes de que se haya oído un disparo.

Los asesinos y los asesinados pertenecen a una misma familia. Crecieron juntos y se han casado entre ellos. Resulta casi imposible distinguir sus nombres. A menudo, ha sido el azar de un tiro de dados el que les ha valido ser reclutados en un cártel. Son clanes al servicio de los estupefacientes y del asesinato. En principio, tienen un territorio asignado, se supone que deben explotar zonas precisas del país profundo, dirigir las cadenas de cosecha, refinamiento, empaque y embarque que conectan las plantaciones de coca en el interior con los laboratorios clandestinos de la selva y con las pistas aéreas improvisadas que permiten embarcar la mercancía. Pero las líneas de demarcación, de acceso a los intermediarios y a los compradores se borran y confunden. La codicia abre nuevos apetitos. Las complicidades, los arreglos negociados entre cárteles se deshilvanan y deshacen. Entonces vuelven a empezar los asesinatos. Los beneficios, los feudos sangrientos y las revanchas urden una sólida trama.

Existen, desde luego, gendarmes, unidades militares y paramilitares de combate al narcotráfico, fuerzas federales,* pelotones de soldados estadounidenses fuertemente armados para imponer la ley.

De vez en cuando una plantación es fumigada o arrasada hasta la raíz, se logra incendiar un laboratorio en medio de la selva. Se oyen, como si fuesen morosas trompetas, helicópteros de vigilancia o lanchas equipadas con armamento. Corre el rumor de un cártel dirigido clandestinamente desde una prisión donde los padrinos viven a todo lujo. Pero las fuerzas del orden son ellas mismas un cártel. Están minadas por los soplones y están vorazmente ávidas del botín del vecino. Inevitablemente, un oficial de policía, un teniente destacado al pelotón de los arrancarraíces, un piloto de vuelos de reconocimiento, tendrá que venderse. Las recompensas son espectaculares. Los asesinatos ocurren hasta en las oficinas centrales de la represión contra el bandidaje. Los investigadores, los jueces, tienen esposas e hijos. Algunos han sido encontrados con un tajo en la garganta o con los ojos arrancados yaciendo en un basurero municipal. Los cárteles establecen alianzas temporales: en cuanto se perfila un peligro desde la capital o del lado de los Boinas Verdes, que suelen ser ellos mismos adictos o drogados, se observa un armisticio.

Pero que nadie se engañe. En M. la vida sigue su curso. Hay matrimonios, bautizos, entierros, pues muchos logran morir de muerte natural. Las tardes de primavera y de verano, los cines están atestados, sobre todo cuando se proyecta una película de humor o una epopeya criminal. Se juega al futbol con una pasión desenfrenada. En la piscina municipal estallan gritos y risas de niños. Los salones de baile pagan su cuota de protección. Los cafés suelen estar llenos, aunque a una señal imperceptible, casi barométrica, la clientela se evapora. Los prostíbulos de M. tienen una fama bien ganada y, hasta ahora, han sido inmunes a cualquier asesinato que no sea de orden estrictamente privado. Por las escaleras pesadamente adornadas suben y bajan los pistoleros cruzándose con ciega indiferencia. La ciudad es rica y la Santa Madre Iglesia administra sus diezmos con resignada melancolía. Los días de fiesta en la Plaza Bolívar se lanzan fuegos artificiales tan estruendosos que, en cierta ocasión memorable, sus explosiones y silbidos estridentes ahogaron el ruido producido por un intercambio de armas de fuego que dejó como resultado seis cadáveres. A decir verdad, la vida cotidiana en M. cuenta con sus abogados sardónicos, y quiere el rumor que sea capaz de atraer a los turistas (una agencia de viajes estadounidense propone tours por «Las zonas más inseguras y peligrosas del planeta: Camboya, Afganistán, Colombia»). En las colinas de los alrededores prosperan raras especies de orquídeas.n

Los orígenes del proyecto siguen siendo oscuros. En la ciudad de México hierven los talleres literarios, las pequeñas revistas y las lecturas de poesía en voz alta. Como un arco tenso, la poesía parece ser uno de los raros instrumentos capaces de mantener el equilibrio y de estimular los polos opuestos de las herencias amerindia e hispanocatólica. Tiende un puente por encima de los recuerdos de violencia entre etnias claras y etnias oscuras, entre las nieves y la jungla. Como si fuese un crepúsculo humano, la poesía gradúa y matiza, se ajusta entre la presión tajante del sol en el cielo de cobalto —cuatro soles alumbran el cielo azteca— y la caída abrupta de la noche. Desarma en parte las colisiones ideológicas, facciosas, desahoga de algún modo la rabia social que se fermenta en este país de volcanes.

Como si lo guiase la naturaleza, el poema fluye y se desliza en la canción mexicana, canta en los dialectos de la danza. Cuando muere un poeta destacado, la ciudad llora.

El círculo de lectura se reunía los martes por la noche en el Café del Águila y la Serpiente (el café cargado hace juego con los jeroglíficos aztecas). Se reunía en un salón trasero ensordecido por el ruido intermitente del sistema de aire artificial que arrancaba y tosía con imprevisible estrépito. El grupo contaba con alrededor de una docena de hombres y mujeres, aunque no siempre eran los mismos. Se recitaban poemas, se discutían, eran retocados y revisados colectivamente.

Como el humo de los cigarrillos, las voces, particularmente durante las horas nocturnas, serpenteaban y cobraban perfiles imprevistos. ¿Quién, a sabiendas de que se trataba de un lugar común, había puesto sobre la mesa de discusión el tema de Orfeo, uno de los más sobados timbres de la poesía para pretender el poder y la eternidad? ¿Quién había formulado la tan traída y alborozada proposición de que la poesía y el encantamiento del poeta eran capaces de dominar el mundo natural, por feroz y por brutal que fuera, al punto de atravesar y liquidar la roca muda y de hacer al voraz lobo soñar con campos de lilas? La presuntuosa idea era tan venerable y añeja como la poesía misma. Algo más que incómoda, Francesca no había olvidado su Ovidio:Tale nemus vates attraxerat inque ferarum

Concilio, medius turbae, volucrumque sedebat.

ut satis impulsas temtavit pollice chordas

et sensit varios, queamcis diversa sonarent

concordare modos…

 

Cardenio, el populista autoproclamado y heraldo del hombre (trotskista) común y corriente, insistía exigiendo una traducción.

—Oh, ya sabes —suspiró Francesca—, Orfeo reúne a su alrededor a los animales salvajes del bosque. Su arte pone a temblar a los pájaros. Las rosas y los árboles se inclinan hacia él para oírlo mejor. La zorra duerme junto al conejo.

—Petrarca adaptó este pasaje, igual que Shakespeare, Rilke y Neruda. —Roberto Casteñon asumía los privilegios de la pedantería. Profesor de escuela, escribía sonetos.

—Si sólo fuese cierto —intervino Jiménez con una voz que era casi un susurro. Lo irritaba el humo, y sólo era un participante esporádico—. Si sólo fuese cierto.

—Y entonces —fue ella, Rosaria, quien planteó la pregunta, —¿cuándo ha servido un poema para detener una bala?

—Es peor que eso —atajó Casteñon—. Un poema no sólo no puede impedir una matanza: a menudo sirve para adornarla. Embellece el asesinato, y lo hace más soportable. El asesinato de García Lorca se volvió en cierto modo inevitable, ceremonioso, noblemente memorable gracias a sus poemas.

Cardenio dio un puñetazo con su mano herida sobre la mesa:

—Abstracciones, siempre abstracciones. El hecho más obsceno es que muchos poetas competentes, aun grandes poetas, se han puesto de lado de la muerte. O han sido fascistas o han cantado himnos al Padre Stalin. El señor Aragon escribió una oda a la Gepeú. La poesía es y quizá debe ser perfectamente inútil. Está más allá del bien y del mal.

—Y con todo, hay algunos de nosotros, aquí y esta noche, para quienes la poesía es simple y sencillamente lo único que da sentido a la vida —expresó Francesca limpiando sus lentes con nerviosa vehemencia.

Junio Serra era el más viejo de todos. Había publicado. Tenía su pequeña entrada en el diccionario biográfico mexicano. Su vista ya no era muy confiable, aunque modulaba sus frases con la punta de los dedos, como sopesándolas.

—Niños, ¿y no es eso lo esencial? Sólo lo que es inútil puede volver soportable la vida. La poesía, la música, las obras de arte. Nos vamos tropezando y cansando a lo largo de nuestras breves vidas, tan a menudo miserables, buscando lo que es útil, poniéndole a todo un precio y preguntándonos: ¿En qué me beneficia esto a mí? «El collar miserable del sentido común…» (Estaba citando unos versos de su poema «La ceguera de la razón», que había recitado por primera vez hacía un año en esta misma sala.) «Solamente el arte y la poesía nos liberan. Al decir una y otra vez ‘No’ y ‘No’ y ‘No’ a lo que es necesario, al despotismo de los hechos y de la hoja de saldos. Un poema es el más poderoso de los agentes secretos. ¿No fue Brecht el que llamó a los poemas «los más altos explosivos de la esperanza?»

—Más bien creo que fue el camarada Maiakovsky —opinó Cardenio. Veneraba a Serra pero desconfiaba de su retórica.

Luego, nadie supo recordar quién había hecho la pregunta: «¿Y alguna vez alguien lo intentó?»

—Intentó ¿qué?

—Intentó detener las balas con poemas.

—Durante la Primera Guerra mundial —intervino Casteñon—, al menos así lo dice la leyenda: un soldado de infantería salvó la vida gracias a un volumen de Keats que de casualidad se había puesto en el bolsillo a la altura del pecho y que desvió la bala.

—No es eso lo que quiero decir, ustedes lo saben bien. (Ésa debía ser Rosaria Cruz, cuya voz de mezzo atrajo de inmediato la atención de todos.) No quise decir eso para nada. ¿Alguna vez los poetas han intentado, realmente intentado interponer la fuerza de un poema para impedir un crimen?

Junio entonó: «Ellas, esas locas de Tracia, lo despedazaron. Bebieron la sangre de Orfeo. Sólo quedaba su cabeza flotando sobre las aguas del río.»

—»Pero la lengua insaciable del poeta quedó cantando todavía» —añadió Francesca moviendo los labios al compás de Ovidio.

—¿No es ése el punto esencial? Si la muerte no puede reducir la poesía al silencio, la poesía ¿puede acallar a la muerte? —Osvaldo hablaba muy rara vez. Nunca leía en voz alta. De tanto en tanto, cuando todo mundo estaba a punto de irse, distribuía un poema copiado al carbón sobre papel corriente. Y ahora ahí estaba Osvaldo, inclinándose con las manos trémulas—. Más poderoso que la muerte. El poeta, el artista vence a la muerte. Su oda sobrevivirá a la ciudad a la que está dirigida. A través de la traducción o de la imitación, sobrevivirá a la lengua en que fue escrita. Es más poderoso que la medianoche. Eso es lo que nos han enseñado a creer. Como una letanía, como un amparo que garantiza la seguridad de la casa saqueada del espíritu. Pero eso no es cierto, ¿o sí? A los libros se los quema, a los poetas se los mata al igual que a los otros. ¿En dónde estaban las musas en la época de los campos de concentración? El epigrama de Mandelstam le atrajo a él un fin atroz, pero no sobresaltó a Stalin ni por un momento. —Osvaldo se detuvo, incrédulo ante su repentina elocuencia. Tosió con una tos seca y triste. El refrigerador moribundo fue el único que le hizo segunda desde su oscuro rincón, cerca de la puerta de los sanitarios.

Pero Rosaria no iba a dejarse contradecir. —»La esperanza descansa en desmentir los hechos.»

—No es un mal verso —atajó Cardenio—. «La propiedad es el robo.» Alguna vez lo usaré.

—En serio, se los ruego. Por supuesto que el odio tiene más poder que la gracia. (Hasta en sus poemas líricos, Rosaria eludía la palabra «amor», no sabiendo a ciencia cierta si los seres humanos comunes y corrientes tienen derecho a usarla). Y la codicia es todavía más poderosa. Para la policía siempre será un placer rompernos el hocico. Lo sé. La mayor parte de la gente vive en la mierda, es verdad. En una indiferencia absoluta a la belleza. Cualquier imbécil sabe que…

—Y los poetas sacan de ahí su lado patético —murmuró Serra.

—Eso también lo sé demasiado. Pero me dan náuseas, náuseas hasta aquí… —El gesto de Rosaria fue terminante—. Pero imaginar que por una vez, en nuestra pequeña vida, tratásemos de hacer actuar a la poesía: ir a dar martillazos con las palabras en los hechos. Hacerlo así, en público, en la plaza, como un puño que golpea entre ceja y ceja.

—¿Y cómo te propones hacerlo? —Pero no había ni censura ni burla en el tono.

Rosaria extendió las manos con pena y culpa. —No sé. Sencillamente no sé, y no debería hacerles largos discursos.

Fue Osvaldo, con las palmas de las manos sudorosas, quien extendió el periódico que había comprado en el camino antes de llegar a El Águila y la Serpiente. La fotografía le había dado náuseas. No estaba seguro de soportar mirarla una segunda vez, ya no digamos de ser capaz de hacerla dar la vuelta alrededor de la mesa.

Dos mujeres yacían muertas en la calle con las piernas abiertas: junto a ellas, un niño, con la cara parecida a una col aplastada pero chorreando sangre. Al borde del desagüe, se agazapaba un perro callejero, con el hocico olisqueando filamentos de sangre y de cerebro desperdigados sobre la banqueta. La fotografía había sido tomada con buen tiempo y luz brillante, un día en que las techumbres estaban iluminadas por una luz pura. El pie de foto rezaba: Otro día en Medellín. El artículo anexo explicaba que las víctimas eran la familia de un pequeño traficante de droga sospechoso de ser un informante de la policía. Su esposa estaba embarazada.

—¿Poemas? —Eso fue todo lo que Osvaldo pudo decir.

Francesca miraba fijamente la fotografía. Estaba hablando con la claridad concentrada de un sonámbulo.

—Sí, poemas. Leídos, cantados en la calle. Para quien quiera detenerse, y escuchar, en esa misma calle. Antes de que se haga desaparecer todo vestigio de sangre. Poemas puestos en las manos de los muertos y para los vivos. En especial para los vivos. Poemas contra el asesinato. Añadir algo, por insignificante que sea, al peso de la vida en tal lugar. Poemas llenos de una furia de vivir más fuerte que la de los asesinos. La cólera del amor en un poema… —Se interrumpió, todavía más incómoda por lo que acababa de decir que por Ovidio. El periódico pasaba crujiendo de mano en mano. Osvaldo ya ni siquiera quería tocarlo.

—¿Me toca a mí ser el aguafiestas? —preguntó Cardenio—. Querida Francesca, usa tu cabeza. ¿Sabes qué sucedería? La policía nos arrestaría por ser unos lunáticos o, acusándonos de perturbar el orden público o de ser los matones que trabajan al servicio de los carteles, nos haría vivir el infierno.

Serra añadió: —Y lo que es peor, ni siquiera ese pobre perro se detendría a escucharnos.

Casteñon escuchó su propia voz como si viniera de lejos: —Y con todo, quizá valga la pena intentarlo. Quizá podría lograrse algo. Honradamente no sé qué. Pero nada más tratar podría ser importante.

—¿Se imaginan los encabezados de los periódicos? —Los hombros de Cardenio subieron y bajaron sacudidos por una risa forzada—. «Poetas de segunda secuestrados por los capos de la droga. Inútil cualquier oferta de rescate.»

Rosaria concedió: —La idea es loca, completamente loca.

—Pero ése es el punto, ¿no lo ven? —Hacía semanas que Osvaldo no había hablado tanto—: Una pura locura. Inútil. Quizá sin esperanza. Pero inmaculada. —La palabra dio vueltas a la mesa como una canica en la ruleta hasta que Francesca se apoderó de ella.

—Inmaculada, querido Osvaldo. Eso es exactamente. Una locura inmaculada. Tan inmune, tan invulnerable, como un caso desesperado.

—¿Qué podríamos perder sino nuestra pretendida dignidad? —Un cierto hilo de insensatez quedó bailando en la cabeza de cada uno.

—Querida, querida niña, lo que podemos perder es la vida. Mira de nuevo esa fotografía.

Casteñon tenía razón, por supuesto. La canica vacilante estaba en equilibrio, y podía caer de cualquier lado. Rosaria había terminado su último cigarrillo y estaba arrugando el paquete como si se vengara. Entonces habló Osvaldo. La suya era la presencia más gris del concierto. Tenía una muy pequeña librería, en parte literatura de vanguardia, en parte libros curiosos y esotéricos. Él sabía que su propia poesía derivaba hacia tenues imitaciones, pero acariciaba la idea de que los practicantes, de que los oficiantes de una sobria ausencia de estilo personal terminaban por ayudar a poner de relieve a los verdaderos maestros.

—A Octavio le gustaría que fuésemos. Él mismo habría ido si hubiera podido. —Para los presentes, para cualquier poeta mexicano dondequiera que estuviese, la referencia a Octavio Paz valía como un talismán. Era como un papel tornasol para probar la integridad. El ejemplo de Paz no era discutible.

—Tienes razón, Octavio iría —afirmó Cardenio. Continuar la discusión habría sido una cordial descortesía.

—Él habría querido que fuéramos —añadió Rosaria sin necesidad. ¿Qué más había que decir?

Solamente en la puerta de entrada del café, bajo las estrellas repentinamente aparecidas, Julio Serra preguntó como en sueños: —¿Y dónde está precisamente Medellín?

n

—¿Pablo Escobar? ¿Quieren saber quién era Escobar? Un mierda hijo de puta. ¿Quieren saber quién inventó a Escobar, quién hizo al jodido Escobar una superestrella? Cabezas de mierda como ustedes. Periodistas gringos.

Ahí está lo que era. A él le bastaba tirar un pedo, y ahí estarían todos ustedes a sus pies rogándole un pase. Escobar, el emperador de la cocaína. El sádico que asesinaba a montones. Escobar, el ángel guardián de las barriadas, el benefactor de los desheredados. El que daba dinero para las escuelas y los terrenos de juego de las ciudades perdidas. El que hacía saltar a los niños sobre sus rodillas y les llenaba de helados dulces la boca. Fueron los malditos medios de comunicación los que lanzaron a Escobar. Hasta el momento en que quiso jugar al gran señor desde la cárcel, en su suite de multimillonario, jacuzzi y patio con aire acondicionado. Dando conferencias de prensa y posando para sesiones de foto en pijama color púrpura.

—¿Escobar? Les diré lo que era…

El informante vació su vaso y tronó los dedos para pedir otro. Toby Warren (del Philadelphia Inquirer) sabía que la cuenta iba aumentando, pero deslizó otra cinta en su grabadora. Le había costado bastante trabajo obtener su entrevista en ese hotel de mala muerte de Bogotá. Le había costado semanas enteras de diplomacia serpenteante y de propinas a los mediadores. Ahora lo que lo hipnotizaba era la panza de aquel hombre, desparramándose como carnosa lava sobre su cinturón labrado en piel de culebra. Parecía un odre fofo. Pero el periodista sentía que si llegaba a darle un golpe, aun con toda la fuerza de su puño, terminaría estrellándose contra algo similar al granito. Probablemente se rompería la mano. Un vislumbre que casi lo distrajo de la voz rasposa del informante.

—Escobar era un rancherito salido de Cúcuta. Como quien dice, salido del estiércol. Administraba un tendajón de juego, arreglaba peleas de gallos y azotaba a las putas cuando se le antojaba. No sé cómo llegó a ser uno de los operadores de la organización de Bucaramanga. Es allí cuando se empezó a oír algo de él. Era listo, eso se lo aseguro. Llenar de polvo blanco las tripas de un puerco, sepultarlo entre pacas de fertilizante que apestaba tanto que a ningún agente o patrullero de la frontera se le habría ocurrido asomar ahí la nariz. Lo que puso a Escobar en el mapa fue la forma en que usaba el secuestro. El secuestro ha sido una industria en Colombia. Escobar vio que podía combinar eso con el tráfico de droga. Se secuestra a un hombre, y se lo atiborra de droga. Luego se lo cuelga de un gancho en un rastro, y se lo deja sudar. Hasta que pide a gritos droga. Hasta que te propone fornicar con sus propios hijos para obtener su dosis. Así es como Pablo Escobar reclutaba a su gente. Sus hombres, sus mujeres, eran también adictos, con el cerebro reventado, totalmente dependientes de las sucias agujas que Escobar les dejaba. Luego vino la matanza de Manizales.

Este simple recuerdo hizo al informante remecerse de placer y continuar devanando su madeja con renovado vigor.

—Un gran cargamento iba a llegar a Manizales. Realmente grande. Cuarenta millones de dólares en el mercado estadounidense. A los federales les había llegado el pitazo. Estaban en guardia. Irrumpieron justo cuando los muchachos estaban acarreando la mercancía en un aeropuerto local. Las cosas se resolvieron mal. Escobar fue uno de los pocos que escapó. Estaba ligeramente herido. Acusó al viejo Gonzalo Santo por haber dejado infiltrarse a un espía, a un agente doble justo en medio del negocio. Juró que lo haría escupir la verdad. Le puso los testículos en una horma de carpintero hasta que confesó. Nadie supo nunca si en realidad había sido él, pero el pobre diablo enloqueció y Escobar lo mandó estrangular. Después de eso, remplazó él mismo a Santo. Pero incluso en aquel entonces no habría podido hacer nada sin Gacha, sin Gonzalo Rodríguez Gacha. Ese sí que era un duro.

El informante dejó escapar esa frase en un susurro a través de su dentadura café, e hizo rodar sus ojos hacia el cielo con un aire reverente.

—Gacha estaba totalmente desprovisto de miedo. Podía despedazar a un gato con las manos. Era capaz de lanzar un cuchillo a tal velocidad que uno habría jurado que todavía estaba en su funda. Miraba a una mujer y a ella se le humedecían los calzones. Gacha era un rey. Nunca entendí por qué se arregló con Escobar. Por qué estaba satisfecho con ser el segundo comando. Quién sabe si por desprecio. Sabía que Escobar valía lo que un asado. Pero dejen que los medios zumben alrededor del Poderoso Pablo, mientras el Gacha salía adelante con el trabajo. Se dice que entre los dos hicieron mil quinientos muertos. Medellín se volvió un lugar caliente para el asesinato cuando la banda de Ruiz Valencia irrumpió en el escenario y empezó a rostizar a fuego lento a los peones de Escobar. Un cártel vive de la protección que puede garantizar a sus proveedores y a sus revendedores. Así empezó la guerra. Pero Escobar era un cobarde. Gacha dio la pelea. Plantaba los carros bomba y seguía andando como en un paseo dominical. Cuando la policía de Miami mandó a su sabueso estrella, Gacha lo siguió sigilosamente. Lo encontraron en las letrinas con su verga en el culo. Fue muriendo lentamente.

Toby checó la grabadora. Nada lo podía impactar. Cero en la Escala Richter del Impacto. En cambio, el foco de su atención se centró en el adornado diseño de las botas del informante.

—¿Puede haber alguna justificación para esta carnicería?

El informante tomó de inmediato un aire vidrioso. Se frotó la papada como si acabaran de abofetearlo con un pez húmedo.

—¿Y usted es el Juicio Final? —No era en realidad una pregunta. Más bien parecía un silbido—. ¿Justificación, cabeza de mierda? Como si usted y sus semejantes supieran de lo que están hablando. Y no es así, amigo. No saben nada de la mierda. Pregúntele a los finqueros allá arriba en el campo. Si no fuera por los plantíos de coca reventarían de hambre. Estarían masticando estiércol y despellejando ratas. Antes de que los cárteles cuidaran de las siembras y de las cosechas, antes que tuvieran una paga regular, esos pobres hijos de puta ni siquiera llegaban a vivir treinta y cinco años. Los niños tenían la panza hinchada como conejas preñadas. ¿Cultivar otras cosas? Eso es lo que les predicaban las agencias de ayuda internacional y los turistas de las Naciones Unidas. Puras pendejadas. Cuando no hay mercado para ninguna otra cosa. Cuando la tierra no es buena. Mientras no llegaron nuestros muchachos, esos muertos de hambre no habían visto en toda su vida ni un foco de luz eléctrica. Cuando no llegaban las lluvias, tenían que beberse su orina. ¿Qué carajos puede usted saber del hambre, Señor Warren? El hambre tiene un olor. ¿Lo sabía usted, eh? Ese olor flotaba por los valles. —El informante hizo girar en su vaso su último cubo de hielo.

—¿Excusas? —La debilidad de esa palabra le agriaba la garganta—. Yo le voy a decir a usted quién necesita excusas. Y asegúrese de captarlo bien, verifique que su aparato no lo pierda. —Toby miró de reojo la cinta—. Son los maricones jodidos que viven en su país. Son los millones de Laredo a Chicago que consumen la mercancía. Los que se dan su pase en todas las calles pestilentes, en los retretes. Los ricos y los menos que sacan y distribuyen sus toques y pastillas en todas las fiestas. Los que comienzan jalando por la nariz y luego buscan la aguja. Son sus adolescentes los que encuentran a los vendedores a la puerta de las escuelas. Los padres que deslizan narcóticos de baja graduación entre los labios de los niños para que se estén tranquilos y sonrían. Los millones de ustedes que se van haciendo añicos el cerebro a fuego lento y no tan lento. Los que se toman su sobredosis en el motel. Y la carencia que va carcomiendo las tripas como un escorpión. Nieve. Ácido. Velocidad. Cualquier cosa, cualquier cochina mixtura. Para detener la ansiosa ausencia, la segueta que corta por dentro. He visto a esas perras estadounidenses dispuestas a todo, a cualquier cosa, ¿me entiende amigo? «Métemela en el culo. Déjame chuparte. Déjame chuparte los huevos.» Cualquier cosa para obtener la próxima dosis. «Ponme la jeringa, mi rey…»

El informante se estremeció casi con delicadeza dejando que su risa rodara en sus opulentas entrañas. Luego se curvó hacia delante, dirigiéndose a la grabadora en un aparte susurrando.

—Si ustedes, estadounidenses de mierda, no estuviesen devorando todas esas drogas, si no se estuvieran arrojando a la calle como perros rabiosos, toda esa cloaca desaparecería de un día para otro. No más hojas de coca. No más laboratorios en la selva. No más acarreadores. No más mulas ni camellos llevando a través de las fronteras la mercancía. No más baños de sangre en Medellín. Kaput, Nada, mi joven amigo. ¿Lo entiende, escritorzuelo? Gringos jodidos. Predican, piden excusas y perdón mientras se meten cocaína por la nariz. ¿Cree usted que las medidas contra la droga pueden tener algún efecto?

El informante pidió otra bebida con un chasquido de los dedos.

—Para ser alguien sagaz, como usted parece ser, hace preguntas bastante obtusas. Los cárteles están al corriente de todo mucho antes de que se enteren los asnos de Washington o se hagan siquiera alguna idea de que algo se tramaba en las oficinas de Miami, o en las de los idiotas de México o de Bogotá. Comprar agentes es como robar una máquina tragamonedas. Piden ser comprados. Desde el policía en la frontera hasta las más altas esferas. Desde los agentes de la cia controlados por Noriega hasta la mujer del agregado militar en la embajada estadounidense. Cuando hay un necio —y eso sucedió hace poco en Monterrey—, cuando sale por ahí un valiente pendejo que cree que va a cambiar las cosas, sus hijos son secuestrados, se simula que se les inyecta heroína en las venas y se le envía por correo el video. Y el héroe ni siquiera ha tenido tiempo de limpiarse el culo cuando ya está pidiendo que lo cambien de puesto. ¿Y quién le dijo a usted que el Tío Sam de veras quiere parar el tráfico? Se pagan cuotas a lo largo de todo el camino. Si no hubiera droga para mantenerlos tranquilos, los negros incendiarían las ciudades. Los narcóticos son una buena excusa para enviar tropas al sur de la frontera, para la formación de regimientos contrainsurgentes y atacar el cáncer de las supuestas guerrillas marxistas o maoístas. Cuán ingenuo puede ser usted, amiguito. Los grandes muchachos de Washington, de Houston, de Miami, se encuentran periódicamente con los capos del cártel. Tienen muchas cosas de qué hablar.

—¿Dónde se dan cita?

Un crujido seco como de madera muerta.

—No le haría bien saberlo, pero se encuentran, créame.

Warren buscaba a tientas una nueva cinta. El informante se rascaba la tráquea. El tequila empezaba a enturbiar sus ojos fríos.

—De cualquier manera, amigo, las cosas están cambiando. Las mujeres están tomando el relevo. Las mujeres, ¿lo habría creído usted? Los jefes se han dispersado, o bien han sido traicionados. Entre nosotros también están los soplones. —No había la más leve ironía en su voz, apenas una nota de desprecio—. Después de la muerte de Gacha, ya nada volvió a ser lo mismo. Las «Viudas Negras» tomaron el relevo (así las llamamos nosotros). Se dice que Mery Valencia manipuló más de doce toneladas de cocaína en un año. Fueron necesarios más de cien agentes para acorralar a la mujer de Gacha, Gladys Álvarez. Si de veras quiere usted saber qué es lo que pasa en Medellín, encuentre a «La Madrina». Empezó como una ladronzuela de carteras a los seis años. Tenía nueve cuando los policías le pusieron el guante. Le dijeron que la dejarían ir si los dejaba sodomizarla ahí mismo, en la celda. Se hizo puta. Luego traficante de droga. Se dice que ha estado presente en unas doscientas ejecuciones. Así llegó a ser el Capo el día en que aparecieron flotando en el desagüe los brazos y las piernas de Manuelito. Si no le gusta cómo te echas un pedo, Gladys encarga a sus muchachos que, a cuenta gotas, te pongan ácido sulfúrico en la garganta. «El remedio del Dr. Blanco contra el catarro en invierno.» Pero he hablado demasiado.

Sus uñas mordidas se acercan a la grabadora.

—Te he dado más de lo que debía por lo que pagaste. He sido bueno contigo, cabeza de mierda. —El informante dio la impresión de extraerse de su propia masa con asombrosa agilidad. Toby ni siquiera advirtió el signo que le hizo al guardaespaldas que surgió detrás de una palmera plantada en un macetón. Los dos hombres se eclipsaron en un instante. El vaso había quedado vacío.

Toby Warren guardó su material. Escondió sus cintas y sus cuadernos de notas bajo un montón de ropa sucia en su mochila de viaje. Fue entonces cuando advirtió a un grupo extraño. Distinguió a dos mujeres y a tres o cuatro hombres que se dirigían hacia la recepción. Se diría que llevaban pancartas envueltas en papel periódico. Toby no pudo dejar de ver que eran periódicos mexicanos.

 

n

El camino hasta Bogotá había sido agotador. El adjetivo que usó Rosaria fue «vomitivo». En la carcacha de tercera que habían rentado, había tenido náuseas a intervalos previsibles. Reinaba la peste. Osvaldo, que había insistido en venir al viaje —pues después de todo era él el que había compuesto y armado las pancartas—, había tenido una crisis de almorranas. Era intolerable su estoica letanía apologética. El sexteto había acampado a la intemperie siempre que esto había sido posible, pero las lluvias como de diluvio los habían obligado a buscar refugio en moteles de una índole verdaderamente épica. Cuando llegaron a la capital, olían a rancio y tenían todos los huesos entumidos a causa de las constantes sacudidas del vehículo.

Cardenio parecía hablar a nombre de todos cuando sugirió renunciar a su loca aventura para regresar de inmediato a casa. De una forma u otra, pagarían el tren de Rosaria, que sufría el viaje como un martirio. La idea de continuar hacia Medellín atravesando la Cordillera Central parecía una broma siniestra.

—¿Y qué vamos a encontrar en ese hoyo infernal? ¿Quién, en nombre de Dios, vendrá a escucharnos?

Hasta Ovidio parecía darle las espaldas a Francesca, pues se sentía volver a nacer nada más de pensar en los efectos de una ducha que le disolviera la grasa de su cabello apelmazado. Los músculos envejecidos de Serra lo hacían sufrir atrozmente, como si alguien le hubiese sembrado clavos en el lumbago. Para irritación de sus cómplices, Casteñon había guardado todo su equilibrio. Incluso bajo la lluvia, había logrado encontrar que el paisaje era intrigante.

—Ya hemos capoteado lo peor de la jornada. Una buena noche de sueño y veremos todo de otro modo.

—¿Lo peor? —retó Cardenio—. ¿Tienes la menor idea de cómo serán los caminos tierra adentro? Ya hemos hecho el doble de tiempo de lo que esperábamos. Yo digo que cortemos y adiós.

Francesca había leído en algún lado que la fatiga extrema podía producir lágrimas calientes. Sopló ruidosamente en un pañuelo arrugado y sintió malestar al ver cuán impregnado de sudor, cuán gris se había vuelto guardado en su bolsillo. La repentina volubilidad de Osvaldo los dejó cortados. Se habían frotado contra un cable de alta tensión.

—Yo no he hecho toda esta cabalgata sólo para darme la vuelta a la primera. No le di las llaves de mi tienda al ladrón de Ernesto así porque sí. Ni tampoco sudé sangre sobre esa pancarta por nada. (Estaban apoyados contra una de las ornamentadas escupideras del hotel con sus envoltorios hechos jirones). Todos esos discursos sobre la poesía que abreva en la esperanza. Las palabras sobre los presuntos deseos de Paz y su ejemplo. Ustedes se pueden volver cuanto antes a casa. Yo voy a Medellín aunque tenga que pedir aventón. Y ahí voy a poner esos carteles. Denme los modelos para las fotocopias y yo me encargaré de distribuirlos y ponerlos por todas partes. Lo haré de cualquier modo. Pero maldito seré si me regreso ahora. —Osvaldo se limpió la saliva de sus labios, asustado por sus propias altivas palabras, por su imprevista elocuencia—. Adiós y buen viaje, pero no cuenten conmigo. —Lo dijo con aspaviento superfluo, realizado con un gesto de la mano casi caballeresco, levemente despectivo, pero que sorprendió a Osvaldo tanto como a sus compañeros de viaje.

Con una voz casi inaudible, Julio Serra le hizo eco: —Tiene razón, ustedes lo saben. Sería abyecto y tonto que nos diéramos la vuelta ahora.

Pero Casteñon insistió: —Vamos a empezar por dormir. De todos modos no podemos irnos esta noche hacia ningún sitio.

Y se arrastraron hacia la recepción, pulsaron el timbre y oyeron su tintineo tan leve como una capa de polvo. Con un gesto no exento de ternura, Osvaldo recogió los carteles. Se sorprendió tarareando «Flores para los muertos…», una vieja canción pasada de moda. Era un niño muy pequeño cuando la había oído por primera vez, bajo la ventana de su madre, en Cuernavaca. Rosaria reconoció el ritmo y se unió a él. Pronto, todos tarareaban, los cuatro hombres y las dos mujeres, terminando de convencer al vigilante nocturno que estaba tratando con una tropa de vocalistas pobres en busca de trabajo. Y no tenían guitarra.

Cuando se volvieron a encontrar en el desayuno, la discusión pareció a la par indispensable y absurda. ¿Debían abandonar en el estacionamiento su vehículo abollado y proseguir en tren? Cardenio protestó que eso sería como tirar el dinero por la ventana y dar pruebas de una autocomplacencia culpable. Farfulló la palabra burgués. Rosaria prometió que, si le era posible, iría a descargarse en el campo, a una distancia decente. Osvaldo formuló excusas sinceras por su arrogancia de la noche anterior. Con la barba peinada, los ojos brillantes como la luna nueva, Serra dijo que había borroneado un poema en lo más oscuro de la noche. El tono imperioso de Osvaldo lo había inspirado. Cardenio, con quien compartía la recámara, no había escuchado el garrapateo del lápiz arañando el cuaderno. Pero la forma en que Cardenio roncaba…

Casteñon desplegó el mapa con las carreteras. El río Magdalena lo cortaba como una serpiente azul. Después del río, venía el café de las montañas y el descenso en espiral por el Envigado. No había forma de saber si su quebrantado automóvil lograría vencer las carreteras del país, algunas de las cuales aparecían como hechas de terracería. —»El carro de Apolo, el rutilante arreo de los caballos del sol» —recitó Francesca, agitando su cabellera mojada y dejando que Serra completara los célebres versos de Quevedo. El agua en el hotel era salitrosa, las moscas inevitables. Pero ella sintió que volvía a nacer. Era ya tarde en la mañana cuando se pusieron en camino, abriéndose paso a través de las interminables barriadas de Bogotá bajo un cielo de cobre. Rosaria se apretaba contra la boca un kleenex impregnado de lo que le quedaba de su preciosa agua de Colonia.

Por la tarde, cuando llegaron a Medellín, el cielo se había vuelto lechoso. Se adentraron en la ciudad buscando un hotel barato. La banda sufría visiblemente y Casteñon la rodeaba gentilmente de sus atenciones. Él mismo se sentía endurecer y volverse una suerte de voyeur. Miraba fijamente a través del parabrisas sucio y giraba la cabeza por todos lados. ¿En busca de qué?

No sabía demasiado, pero estaba en guardia, casi en una histérica alerta. De tanto en tanto un transeúnte le devolvía la mirada o se detenía ante el espectáculo de ese automóvil asmático. Una viejecilla sonreía a través de sus dientes rotos. Un motociclista los rebasó haciendo restallar su motor. Casteñon se sobresaltó y de inmediato se ruborizó de vergüenza. Los perros no estaban más deteriorados o flacos que en otras partes. ¿Acaso la gente parecía más apurada cuando atravesaba frente a él? ¿Ignoraban las luces rojas de los semáforos más que en Monterrey?

Avanzando hacia la calle San Martín, Casteñon advirtió unas vitrinas rotas sobre las cuales se habían pegado cartones con cintas adhesivas. ¿O no se trataba más que de un sitio en construcción como cualquier otro? En dos ocasiones —Francesca le dio un codazo— vio o pensó ver un ramo de flores al pie de un poste de luz. Una vez, en el límite de su campo de visión, advirtió algo así como un filamento de baba secretada por un caracol gigante, una mancha de sombra en la banqueta. Podía ser una mancha oxidada o un charco con aceite. Ante el Cine Vasco, la cola se iba alargando. Los oídos entrenados de Casteñon podían adivinar la baraúnda de la música heavy metal, el crepitar de las máquinas tragamonedas de un pasaje vecino. Las calles parecían viajarse a medida que los viajeros se aproximaban del centro. A menos que todo eso no fuese perfectamente normal en vista de que ya se acercaba la hora del crepúsculo. Entre chien et loup, como se dice en francés o entre azul y buenas noches según reza la voz mexicana. Casteñon siempre había adorado la expresión francesa que nombra la llegada de la noche.

Pero no había ningún lobo a la vista, ni siquiera de los que caminan en dos patas. El olor penetrante era el de la gruesa grasa industrial y el de la basura acumulada. ¿Realmente Casteñon había esperado que olería el terror en el aire, que captaría husmeando el suave olor fétido de los rastros públicos? Luego de siete horas al volante y con ayuda del agotamiento, no estaba lejos de sentir cierta decepción. Reprimió una vaga sospecha de ridículo, de estar sobreactuando.

Faltaban algunas letras en el anuncio de neón del motel. Incrustado como lo estaba en el asiento del conductor, el único relente de que estaba seguro era el de las alcantarillas tapadas. Una peste a la que ya estaba acostumbrado desde la ciudad de México. Se detuvo por un momento intentando despertar la circulación de la sangre en sus muslos adoloridos. ¿Así que era ésta la capital del asesinato en las Américas?

Justo antes del amanecer, las ventanas temblaron y una vibración incesante recorrió los leves muros. La explosión retumbaba como tambores atropellados llamando a la retirada. Rosaria se precipitó en el corredor, con los ojos lívidos, blancos bajo el efecto de la impresión.

 

n

Durante las entrevistas con el asistente del subprefecto de policía, las invocaciones al Salvador y a su distinguida Madre eran tan frecuentes en la boca del sargento, tan reiteradas que sugerían una letanía arcaica. «JesuMaría», «JesuMaría» y «Madre de Dios» eran otros tantos rellenos que puntuaban cada frase, a menos que fueran, más simplemente, su sola y única respuesta. El sargento se jaló el cuello de su uniforme, cosa de respirar un poco, y se columpió sobre su sillón hasta hacer gemir los resortes. «JesuMaría», «Madre de Dios», era ya demasiado. En nombre del cielo, ¿quién había querido enviarle a estos visitantes? ¿Quiénes eran estos descarriados que se agolpaban en el apestado agujero que le servía de oficina, con esas voces cada vez más enfáticas, más irritantes que el crujido del ventilador eléctrico, que tenía una de sus aspas rotas?

Diversas conjeturas corrían garrapateando como ratas en el cráneo del sargento, que palpitaba por la jaqueca. Sus visitantes habían salido en grupo de un asilo, de algún hospicio para débiles mentales. Eran los restos de una banda de músicos mendicantes o de una compañía ambulante de teatro en quiebra. Los cuatro hombres y las dos mujeres, una de las cuales tenía el pecho descorazonadoramente plano, eran estafadores, salteadores a la buena ventura que estaban preparando un nuevo, torcido golpe. Pero más probablemente no eran más que pordioseros deseosos de aprovecharse, adulándolo a él, del legendario corazón de Medellín —¡y sin licencia ni permiso! ¡Madre de Dios! ¿Debía detenerlos en el acto? Una siniestra verdad se había abierto paso en sus tripas. Esta banda de piojosos era una especie subversiva de anarquistas o de anarcosindicalistas (se acordaba de la expresión, y se la frotaba contra el pecho). Eran guerrilleros urbanos salidos de México, la ciudad roja. Tal vez debería revisar su vehículo para ver si traían armas o residuos de algún explosivo. ¿Debía hacer que las dos putitas se encueraran para hurgarlas a fondo? ¿Acercar a la barba del viejo (el sargento creía que los anarcosindicalistas usaban barba) ese encendedor en el que se dejaba leer, en letras elegantemente repujadas, «por veinticinco años de leales servicios»? Pero quizá sería más astuto dejarlos que siguieran con su maldito espectáculo, «JesuMaría», para ver si lograba descubrir qué mierda era aquello. El sargento se aflojó el cinturón y simuló interesarse.

—¿Y cuánto van a pedir que les paguen por sus cosas?

—Ni un peso. Se lo daremos gratis a cualquiera que se interese. Ése es todo el fin del juego. —Cardenio habló como si se estuviese dirigiendo a un niño a medias sordo pero peligroso.

—¿Van ustedes a distribuir esas huevadas gratis? JesuMaría, ¿y eso qué les da? ¿Entonces es propaganda? ¿Panfletos incendiarios? ¿El pequeño libro rojo? —El sargento estaba engolosinado con su clarividencia.

—Nada de eso. —Y Francesca le brindó su más hermosa sonrisa—. Sólo es poesía. Estaríamos muy honrados si usted y su jefe le echaran un vistazo. —Empezó a sacar un puñado de hojas de su morral tejido con grecas mayas.

—Ya les diré cuando queramos examinar su basura. Quítela de ahí. ¿Y qué tienen en la cabeza para pensar que pueden venir desde México hasta Medellín para montar su espectáculo de mierda y distribuir quién sabe qué basura subversiva? ¿Están chiflados? Díganme.

—Quizá tiene usted razón, sargento. Pero los poetas, usted sabe, suelen estar un poco tocados de la cabeza. Para ellos, es casi necesario. Piense en Orfeo, en Blake o en Rimbaud… —Osvaldo hablaba en un tono de voz a la vez soterrado e intensamente concentrado. Involuntariamente, el sargento se inclinó hacia delante intentando captar lo que quería decir con su discurso el mariconcito (por supuesto, era un marica, las antenas del sargento eran en ese terreno infalibles). Pero trataba inútilmente de ubicar a cualquiera de los personajes nombrados por Osvaldo en su inventario interno de agitadores conocidos, de agentes clandestinos conocidos de oídas o de desertores destripados de Sendero Luminoso. A todas luces, estos vagabundos debían tener sus contactos, y sus nombres, por supuesto, debían estar en clave. Era necesaria una estrecha vigilancia.

—¿Y quiénes imaginan ustedes que van a venir a oírlos?

—Quizá nadie. Quizás uno o dos desocupados que tengan tiempo. Algunos que estén de paso, los que estén saliendo del trabajo. Pero tiene usted razón, su excelencia (a Rosaria le pareció que era del todo inútil cualquier título honorífico), muy probablemente nadie. Ni siquiera un alma.

—Y en ese caso, ¿qué piensan ustedes hacer? —preguntó entre dientes, sin aflojar las mandíbulas.

—Dejar nuestros poemas en la banca de un parque, y volver a casa. —Serra había replicado con tanto aplomo y serenidad que el sargento no pudo dejar de oler una trampa.

—¿Dejar su basura en un lugar público? ¿En el jardín municipal? JesuMaría, hay edictos públicos. Los haré encerrar por vagabundeo, por vandalismo, antes de que tengan tiempo de… —Pero no encontró la palabra. El tono lancinante del viejo pendejo lo ponía más que incómodo, como el ritmo hace mucho olvidado pero perturbador de un pasado irrecuperable. La maldita conversación había durado demasiado.

El guardia pretoriano se levantó de su sillón. —¿Y suponiendo que alguien se detuviera a escuchar su mierda —disparó la palabra dirigiéndola hacia las dos mujeres—, entonces, qué? ¿A qué le están tirando realmente? Quiero la verdad pura y dura. Ésta es una advertencia para todos. —Y golpeteó la funda de su revólver.

Se podría pensar que Roberto Casteñon traía la respuesta preparada:

—Honorable asistente del procurador adjunto: entendemos que en Medellín hay no pocos problemas y dificultades.

 

 

 

 

La esperanza estimada de vida en esta ciudad no es lo que debía ser. La poesía no sirve para nada contra las balas y los carros bomba. Eso lo sabemos. Usted dirá que los poemas son inútiles, algo así como residuos. Pero ése, entiéndalo, es nuestro punto, nuestra idea. Es su inutilidad la que guarda su fuerza, su poder. Ésta es una contradicción, una paradoja. Pero hay crisis humanas en las cuales sólo lo perfectamente inútil es capaz de ayudar. Las autoridades más honorables de su comunidad están sin duda haciendo todo lo que pueden para hacer descender los índices de mortalidad. Pueden estar ustedes orgullosos, sin duda alguna, de la abnegación de los hospitales y de la buena disposición de la Iglesia. ¿Cómo podríamos ser tan tontos, tan soberbios para creer que podríamos serles a ustedes de alguna utilidad? Sólo brindando algo tan inútil, tan aparentemente ineficiente que tome por sorpresa a los corazones. Algo tan impotente como un ramo de flores recién cortadas, o como la luz de las estrellas. Lo que esperamos realizar aquí es recordar a quienes nos escuchen (oh, estoy muy de acuerdo con usted que quizá nadie llegue a escucharnos) el sonido, incluso el sabor, si puedo decirlo así, del placer puro, de la risa. Me doy cuenta de que nos toma usted por traficantes o quizá por algo peor, mi querido sargento. Y quizá lo somos. Pero lo que nosotros traficamos es una droga más dura que la cocaína, y que crea una adicción más intensa. Existen todo tipo de nombres para ella. Algunos la llaman «sueños», otros le dicen «esperanza». Por lo que hace a mí, pienso que se trata de algo que tiene un efecto mágico sobre el tiempo. Es algo que detiene el tiempo normal, el tiempo del asesinato, de los secuestros, del abuso sexual a los niños. Los poemas derrochan el tiempo. No como el Nintendo o las máquinas tragamonedas. No es fácil de explicar. Tiempo perdido, sí, pero por exceso de plenitud. De maravilla, de renovación. En él alienta el encanto, son como ejercicios respiratorios para el espíritu gastado. Déjenos intentarlo, amigo sargento.

El sargento tenía los ojos fijos en el techo y en la maraña de sus resquebrajaduras. La contrariedad había cedido lugar a un sentimiento mucho más amenazante. En su boca había un sabor a rabia, pero también un resabio de triste, extraño orgullo. Intentó controlar el tono de su voz.

—Ustedes no entienden, ¿verdad? Ustedes no han empezado a entender nada con todos sus hermosos discursos. ¿Por qué demonios no van a montar su circo de pulgas a Tijuana? He oído que ahí matan a la gente con casi tanta frecuencia como aquí y que luego juegan a mandar los cuerpos al otro lado de la frontera. Medellín es especial. ¿Qué carajos saben de esto? Nada. —Su hocico echaba fuego—. Ustedes no saben nada de Medellín, ni de la forma en que aquí se hacen las cosas. Créanme, ustedes me importan menos que un pedo. Pero ¿a título de qué va a pagar la municipalidad su entierro? Si ellos llegan a sentirse ofendidos con su basura, no llegan a ver que caiga el sol… Cuando el chofer regresó a su casa y guardó su coche, se encontró con un cachorro amarrado en la puerta del garaje. Era precisamente el tipo de cachorrito que su hija no dejaba de reclamarle. El animal gemía de sed o de miedo. Entonces el cretino, se inclinó para acariciarlo. Madre de Dios, al perro le habían puesto dinamita en la panza. Ahí está cómo es la vida y la muerte en Medellín. ¿Y me quieren hacer ustedes creer que esto va a cambiar un centímetro por su fina charla y sus pildoritas de poesía?

Al escucharse a sí mismo, el sargento sintió que deliraba y que la situación se le estaba yendo de las manos. No había ventilación en el cuarto, y Rosaria tenía un pañuelo desechable pegado a la boca.

—Así que váyanse de aquí, mientras puedan. Si llego a verlos deambulando por ahí, les confisco el vehículo (de todos modos, muy probablemente ya no resista el camino) y los entambo. ¿Escuchan bien, mis finos amigos? Dejen de hacer payasadas y lárguense de Medellín. En esta delegación policíaca se practican inspecciones corporales. Desafortunadamente, no contamos con mujeres en el pelotón. —Al sargento le ganó una risa metálica sin dejar de mirar a Rosaria que estaba a punto de desmayarse—. Medellín es muy especial.

El sargento cayó en la cuenta de que se estaba repitiendo. También eso lo enojó y lo puso triste. Era una tristeza cuyo origen se le escapaba. Escurría desde lo más profundo como un jarabe espeso, estancado. Volvieron a surgir nuevamente esos desoladores recuerdos de infancia que estos comediantes enloquecidos no tenían ningún derecho de venir a remover.

Se dirigieron hacia la puerta con pasos desalentados. Eran espectros que recordaban vagamente el miedo y las pruebas del viaje. ¿No les había dado a entender cabalmente que no se permitiría ningún teatrito loco en ningún lugar público, que para ellos era tiempo de dejar el campo libre? ¿Debía precipitarse tras esas sombras que ya se batían en retirada y deletrearles todo de nuevo para que incluso ellas entendieran? En lugar de eso, con las manos levemente temblorosas se dejó caer sobre el sillón y tomó el teléfono.

Habitualmente, Dos Dedos (los otros tres de su mano derecha le habían sido cortados con una sierra eléctrica por los esbirros que no se habían dado cuenta de que le dejaban todavía dos, y esa negligencia más adelante les costaría cara, y de que su víctima era zurda) habría colgado brutalmente el teléfono. Los resoplantes farfulleos del sargento y su pesada respiración eran los de alguien o bien borracho o bien prendido por la mariguana que, como Dos Dedos bien sabía, envolvía desde temprano la delegación de policía de Medellín en una humareda parda. Pero una palabra en el cerebro fofo de Dos Dedos lo había enganchado: México. El sargento había musitado México. Esos carajos charlatanes habían venido desde México. El traficante de droga escupió con cierto aire meditabundo en las manos trémulas y empezó a alarmarse.

Las distintas organizaciones tenían sinapsis, fosos de serpientes pactados a través de los cuales podían darse, negociándolas, alertas vitales. Nadie habría podido hacer exactamente el mapa de sus ramificaciones, la red sofocante pero finamente tejida que se extendía desde la media docena de capos en la cumbre hasta los más abyectos revendedores en la base de la pirámide, que enlazaban los campos de coca en las altas planicies con las calles destartaladas del South Bronx, con los patios de Malibú o con los casinos de Nevada. Las fibras pulsátiles de la comunicación y de la oferta, de la asignación de los precios y del blanqueo del dinero, de la corrupción politicojudicial y de la sádica paga. Basta un leve movimiento en una parte estratégica de la red para que la trama laberíntica empiece a temblar a lo largo y a lo ancho de toda la malla. México era, por supuesto, una terminal nerviosa de importancia absolutamente crucial. A través de México la cocaína fluía hacia los apetitos histéricos de Estados Unidos. Los puntos de tránsito, a través de aviones ligeros, lanchas de alta velocidad o transportistas individuales, las bolsas donde se negociaban las expediciones y se pesaban las mercancías compradas se encontraban en Ciudad Juárez, en Tijuana, en Cucuña, en depósitos clandestinos sembrados a todo lo largo de una frontera demasiado porosa. Las relaciones diplomáticas con el equipo de Quintero en Guadalajara, con la banda de los Arellano en Tijuana, con los comerciantes y refinadores especializados en la heroína y en las anfetaminas, que operaban desde el patio abandonado de una antigua fábrica a las afueras de Monterrey, tenían que ser mantenidas y fortalecidas. Cualquier cosa que tuviese que ver con México exigía una atención inmediata.

Dos Dedos corrió la voz. Una de las voces tácticas del cartel de Cali le susurró un consejo sumario: «Agarra a una de las putas y métele un cable de alta tensión por el culo.» El reflejo que vino de Guadalajara fue —eso era típico— más circunspecto: «Averigua a qué vinieron esos payasos. ¿Quién los mandó?» Calma. El contacto en Tijuana hizo su sugerencia: «Mira si hay un cojo entre ellos. Hay un agente de la oficina de Miami que cojea. Tratamos de cogerlo cerca de la frontera pero falló el levantón. Es de mediana edad, y cojea.» Dos Dedos lo absorbió todo como a través de un popote. El problema estaba ahora en Medellín. Estaba por llegar un gran embarque. Esa puta de Álvarez seguramente se las había olido. Alguien había visto a dos de sus mirones en el aeropuerto de Río Negro. ¿Podía haber alguna conexión? Dos Dedos era responsable de que todo estuviese en orden en Medellín. Detestaba la anarquía, y el coche bomba no había sido su fuerte. La violencia debe llevar una etiqueta, hasta la tortura tiene sus convenciones. De otra forma, el mundo sólo sería para los escorpiones. En la visión de Dos Dedos, los aficionados eran la peor plaga. Espiar a los seis mexicanos estaba muy debajo de su dignidad, por debajo del escalafón que le correspondía en la jerarquía. Mandaría a Emilio. No era ningún genio, seguro, pero era observador. Un hombre capaz de diluirse en la multitud (¿qué multitud?). Quizá todo este asunto no era más que una alucinación de un poli aburrido y fumado hasta atrás. Dos Dedos alzó lo que le quedaba de mano en un signo de bendición masónica. Una broma privada entre el clan de San Tomé. Deslizó la pistola en el cinturón y fue a buscar a Emilio.

 

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Toby Warren tenía un problema. Madame Álvarez era inaccesible, estaba fuera de todo alcance. Las tarántulas anidan en la profundidad. ¿Así que dónde estaba su reportaje? Cierto, había habido el carro bomba. Pero a pesar del macabro escenario, la carnicería no había suscitado el menor —ningún— interés. La víctima pertenecía a un grupo de sórdidos agentes inmobiliarios, y se decía que su esposa era una judía brasileña. La justicia local no se había mostrado para nada hospitalaria. Los reporteros gringos no valían más que las moscas que devoraban a los caballos, y que había que aplastar. Los vecinos le habían cerrado la puerta en las narices. Aunque intentó proponer una respetable mordida, la visita de Warren a la morgue no dio ningún resultado. ¿En qué cosa había puesto la nariz? Lo poco que había quedado del cadáver despedazado ni siquiera se le podía enseñar a la adolorida viuda. «Estas cosas pasan, usted sabe, Señor Warren.» Desafortunadamente, Toby había escrito el epitafio del muertito. Arrancó la página. Ya le pasaban los dos whiskys que había bebido demasiado temprano. El aire pesaba como una malla de queso, cubría su boca con un calor sofocante.

Quizá, quizá había algo que extraer de la perorata del informante. Pero en lo esencial eran cosas sobadas y sabidas por todos aquellos que habían tenido algo que cazar entre los cárteles del Narco y de la Adicción Estadounidense. La saga de Escobar había engendrado reportajes, entrevistas más o menos apócrifas, e incluso libros. Toby tenía la impresión de haberse metido en un banco de arena. La muela del juicio necesitaría atención tan pronto como regresara a su base (un cavernoso departamento de un solo cuarto en Filadelfia, en un condominio habitado por gente recién divorciada). Entretanto, su lengua no dejaba de frotarse una y otra vez contra su muela rota. Lo mejor sería hacer la maleta e irse. Éste efectivamente había sido el consejo que, entre bostezo y bostezo, habría proferido el hombre del bar en la bodega vacía, casi hundida en la oscuridad.

Toby Warren ya se iba hacia el motel (recordaría las moscas) cuando sus ojos se quedaron clavados en el póster:

 

gratis, absolutamente gratis. lectura de poesía. canciones cantadas por los vates de los cuatro soles. plaza municipal. a las cinco de la tarde. gratis.

 

En la esquina siguiente, había un segundo anuncio. En forma de luna nueva, con las letras impresas entre sus cuernos jubilosos:

 

la poesía es la droga de la esperanza. traigan a sus amores. vengan con sus hijos. absolutamente gratuito.

 

Y una vez más el lugar y la hora.

El tercer cartón había sido puesto sobre un andamio, justo delante del motel.

 

los poemas son el alcohol de la alegría. vengan a escucharnos. traigan a los suyos. a nadie le hace mal un poema. gracias a las flores suceden las mejores cosas. admisión absolutamente libre. plaza municipal. a las cinco de la tarde.

 

Ese refrán, a las cinco de la tarde, Warren, lo había oído en algún sitio. Significaba más de lo que decía. ¿Y qué? Se quedó de pie ante el cartel, extrañamente perturbado. Otra noche más en Medellín podría ser una buena inversión. Le haría falta un fotógrafo. De un diario local o de una agencia de prensa. En cuanto se dio la vuelta, Toby oyó un ruido de papel desgarrado. El niño se alejó al trote. El texto del afiche había quedado algo dañado. Toby se miró a sí mismo intentando parcharlo. Lo observaban dos gatos con sus ojos indiferentes y lisos como el oro.

n

Rosaria estaba segura de que no aguantaría las ganas. El miedo siempre empezaba por anidar en su desgraciada vejiga. Pero ¿cómo disfrazar esa mancha repugnante? A la altura de su codo el cenicero desbordaba. La serenidad de Francesca, la fría atención que ponía en el poema que estaba ensayando, le parecía detestable a Rosaria. Pensar que pronto se vería declamando en una plaza desierta —o algo peor: las advertencias del sargento seguían resonando en sus tímpanos— la sofocaba. Cuando llegara su turno de recitar, ella se levantaría, incapaz de emitir un sonido coherente, y orinaría. Había estado fuera de sus sentidos cuando había decidido venir a esta maldita aventura.

—Debemos encontrar la forma de explicar algo sobre Orfeo. Sin hacernos los superiores. ¿Me imagino que habrán oído hablar de Lorca? —La pregunta de Francesca, su voz helada, dejaron indefensa a Rosaria.

—Ay, Dios mío —fue todo lo que pudo decir. Francesca alzó los ojos interrogante:

—¿Crees que conozcan aunque sea un poco a Lorca?

—Pero eso, ¿a quién le importa? ¿No te das cuenta? Aquí los gángsters te cortan el cuello sólo para pasar el tiempo. ¿Tienes idea de cuántas mujeres han sido aquí violadas a plena luz del día? —La voz de Rosaria le recordó a Francesca la de una querida tía que estaba muriendo de cáncer en la garganta.

—Vamos, no es tan melodramático. En apariencia, la mayoría de la gente lleva una vida de lo más ordinaria en Medellín. Muy probablemente ni un alma viviente se molestará en irnos a ver. O habrá un aguacero. —Francesca lanzó una mirada interminable a la luz que se eclipsaba. Cuando sus ojos dejaron la ventana, encontró la puerta abierta y escuchó las sandalias de Rosaria alejándose por el corredor rumbo a los baños.

Osvaldo no dejaba de maravillarse ante su destreza. Él, con su aire de ratón, había logrado pegar más de media docena de pósters en lugares muy visibles. Él, la rata de biblioteca, bienconocido por su timidez ineficiente y sus modales de solterón. Hasta hoy su existencia había sido un celibato del alma y de la carne, había vivido acolchonado contra cualquier riesgo íntimo o público, ya fuese de la carne o de la mente. Como si la vida misma hubiese sido un charco peligroso, como se envuelven los zapatos en hule (los suyos los había heredado de su padre hacía muchos años), y hete aquí que ahora estaba en esa cueva de los leones que era Medellín poniendo carteles desafiantes. Se había sentido desnudo, esperaba cualquier agresión, incluso que lo liquidaran. Le dio vueltas a esta palabra siniestra en su lengua. Y se dio cuenta de que estaba feliz. En él, el estremecimiento de la felicidad era nuevo, como el tañido de una campana exótica. Aguzaba el oído.

Cardenio intentaba ser práctico.

—Si nadie llega a venir, debemos esperar un momento. O ponernos a leer hasta que alguien se detenga a escucharnos. El secreto está en captar la atención. Será infernalmente difícil si no hay amplificador. Nada más nuestras voces. Debemos empezar por leer o recitar lo que nos sabemos de memoria. Para hacer nuestros comentarios, debemos esperar a que alguien se detenga. Tu sermón sobre la poesía y la esperanza. «La droga de lo inútil». —Al escuchar que lo remedaban, Casteñon sonrió. Se sentía a gusto con la irrisión fraternal de Cardenio, con la cálida impaciencia de ese hombre que caminaba una y otra vez entre las camas revueltas. Sonrió de nuevo cuando Cardenio tartajeó algo sobre estar completamente indefensos. ¿No deberían tener, en nombre del sentido común, un revólver descargado a la mano? —Hay mujeres, sabes.

—Probablemente están menos asustadas que nosotros. Francesca ciertamente… Y si alguien busca problemas o quiere arrestarnos, léeles tu balada sobre la cólera del perico. —Cardenio respondió con un gruñido relajado:

—Con tal de que no caiga un aguacero. —Pero nada podía detener a Casteñon.

—Podemos llevar un paraguas. Rosaria tiene uno. Es de seda color lila.

Julio Serra rezaba con una vehemencia nada disimulada. ¿A quién? El viejo rapsoda había sopesado la cuestión desde la infancia. La noción de un dios al otro lado de la línea le daba vértigo. Qué loca arrogancia creer que podía haber un auditorio de ese tamaño. En cuanto a los santos o a los demonios, a una escala más humilde, a Serra le parecía que estaban por debajo de su dignidad. ¿A quién entonces se dirigía con tan apremiante y articulada necesidad? ¿Para qué oídos iba entreverando plegaria con poesía, desiderata con lamentación? Serra había llegado a intuir que la plegaria era un ejercicio esquizofrénico y una disciplina. Estaba en diálogo con otro yo. No por fuerza un yo más puro quizá o más poderoso. Pero otro íntimo, infatigablemente atento a cada matiz, a cada palpitación del sentido pulsando oculta pero turbulenta entre líneas. Más allá de su propio desciframiento consciente, una atención alerta, aunque desprendida, a la intención encubierta, a las fugas, a las verdades que elevan las paráfrasis, oscuramente resonantes en sus invocaciones como en la música. —No nos ridiculicemos a nosotros mismos. O mejor, sí, hagámonos los ridículos, pasemos por cobardes, si es necesario. Ojalá que no olvide yo mis gotas contra la tos. Que las alas de los ángeles dichosos nos guarden de la lluvia.

Cuando dejaron el hotel precipitadamente, un mirón los seguía. Al parecer ni siquiera le importaba esconderse. Si la forma de caminar de alguien puede proclamar el arte del desdén indiferente, ese arte lo había llegado a dominar Emilio.

Avanzaron en fila india. Como niños, reflexionó Francesca, jugando a los Pieles Rojas. De su bolsa deshilachada extrajo una mascada, una prenda que hacía muchos años le había ofrecido un enamorado y que desde entonces no usaba. Ahora su gallardo estampado de rosas amarillas y de unicornios caracoleando entre ellas, parecía un talismán. Al mirar uno de los carteles, Casteñon le quitó a Osvaldo un sombrero imaginario. Pero se preguntaba si había hecho bien dejándolo venir. El pobre hombrecillo tenía la tez cenicienta.

Casteñon tomó posesión de la plaza con solo un vistazo. Parecía haber seis o siete almas reunidas alrededor del pedestal, desfigurado por los graffiti, desde donde pensaban leer. Un viejo estaba apretando contra su pecho la mitad desgarrada de uno de los carteles que indicaba el lugar y la hora. Había un joven, casi un niño, fumando; un ciego vacilante se apoyaba en su bastón blanco. Como si lo hubiese sorprendido un viento repentino. Y dos o tres mujeres cargadas con bolsas y canastas repletas, moviendo impacientemente los pies cansados.

En la luz vacilante, le fue preciso un momento antes de ver a los otros (Cardenio le había dado un codazo). Ahí estaba su sombra fiel, ahora adosada a un enrejado donde la gente ponía sus bicicletas, escupiendo de tanto en tanto sobre sus botas con ostentoso desprecio. Un policía, en las Arcadas que llevaban a la Calle de San Martín, con un teléfono móvil colgado de su cintura. «Como un hombre colgado», imaginó Rosaria. Y extrañamente fuera del campo de visión, en la ventana de la planta baja, un observador de traje color beige, con un pañuelo floreciendo en la bolsa a la altura del pecho. Intermitentemente el caballero parecía emitir —como un flash— un destello vívido de luz. Casteñon no dejó de darse cuenta de que el invitado llevaba un anillo de macizo metal; al moverse, el anillo reflejaba el sol de la tarde. «Mas de lo que nos atrevimos a esperar», resopló Serra. Casteñon hizo un signo de bienvenida.

—Señoras y señores, por favor acérquense. —Nadie se movió, y el policía habló por su teléfono móvil.

—Señoras y señores, de todo corazón les agradecemos que hayan venido a escucharnos. Nos damos cuenta de que para ustedes no ha sido fácil ni conveniente hacerlo. Que muy probablemente tengan ustedes cosas mejores o más urgentes que hacer. Mi nombre es Roberto Casteñon, y quiero decirles de nuevo cuán agradecidos estamos con ustedes mis colegas y yo.

En ese momento apareció un pordiosero cojeando y arrastrando detrás de él un perro callejero entre gris y pardo.

—Amigos míos, si puedo llamarlos así: ustedes saben por qué estamos aquí. Para leerles a ustedes, para leer con ustedes algunos de los grandes poemas escritos en nuestra amada lengua. (Osvaldo empuñó el rollo de copias xeroxcomo aquel que alza en alto la oriflama en alguna batalla caballeresca perdida.) Pero como deben ustedes de saberlo, amigos, los poetas son creaturas vanidosas, pavorreales. Así que esperamos que nos permitan leerles también algunos de nuestros propios versos. —Una de las mujeres que llevaba cubierta la cabeza con un pañuelo (¿era india?) movió la cabeza con un vigor enigmático—. ¿Qué intentamos hacer?

—Buena pregunta —farfulló Cardenio aparte y sólo para él.

—Lo que estamos intentando hacer es a la vez muy pequeño y muy grande. Entendemos que la vida en Medellín (les pido que perdonen a un extranjero por decirlo así) resulta a veces difícil. —Casteñon había sopesado la palabra y su posible exactitud desde que había salido de México—. Que la muerte y la desesperanza recorren las calles de Medellín. —El anillo que estaba en la ventana lanzó un destello glacial, como dando una señal—. Tenemos la esperanza de dar a ustedes una hora o dos de belleza, de ese género de olvido que es también recuerdo.

—Oh, Madre de Dios, pensó Cardenio, otra vez Casteñon el místico, el sofista. —Pero el ciego alzó los ojos, poniendo su mano tras el oído como para oír mejor.

—La poesía puede ayudarnos a salir de nosotros mismos y de nuestras miserias. Nos hace soñar mientras estamos despiertos. Habla de cosas que son fantásticamente reales, pero que no pertenecen a nuestra vida diaria. De cosas que perduran cuando nuestras preocupaciones presentes y nuestras actuales confusiones, por graves que sean, hayan pasado hace mucho. —El pordiosero ciego lanzó al aire un agudo cacareo y Casteñon, por un momento, se creyó perdido.

—Siga —gritó el ciego con magnánima condescendencia—, siga.

—Los poetas creen, o al menos algunos entre ellos lo hacen, que un poema verdaderamente grande es más poderoso que la muerte. Porque sobrevive y dura más tiempo que la residencia en la tierra, no sólo del hombre o de la mujer que lo escribió, sino también de quienes lo oyen o lo leen. En ciertos casos, el poema sobrevive incluso a la lengua en la que fue originalmente escrito. ¡Un hecho verdaderamente asombroso si piensan ustedes en él! —Casteñon estaba sonriendo desde el fondo de sí mismo, casi libre de sus perturbaciones intestinales—. Ésa es la razón, amigos nuestros, de por qué hemos venido hasta Medellín a compartir con ustedes el más poderoso narcótico conocido hasta ahora por el hombre: la esperanza. Y por eso deseamos empezar leyendo un poema que, sin duda alguna, ya les será conocido. Un poema que vence a la muerte.

Justo Serra barrió la plaza con sus ojos como si lo esperara una multitud. Por un momento, sus labios parecieron privados de palabra. Entonces empezó:

 

A las cinco de la tarde

Eran las cinco de la tarde

Un niño trajo la blanca sábana

A las cinco de la tarde

 

El sombrío esplendor del lamento de Lorca por el torero Ignacio Sánchez Mejías golpeó el aire como un gong. Sin que nada lo amortiguara, el eco de los muros y de las arcadas alrededor quedó resonando. Serra estaba recitando sólo la sección inicial. Cuando llegó a la imagen del carro de la muerte y del extraño sonido de la trompeta fúnebre, su voz pareció vacilar:

 

Un ataúd con ruedas es la cama

A las cinco de la tarde

Huesas y flautas suenan en su oído…

 

Y fue el señor que traía el cartel desgarrado y el clavel en el ojal del saco el que vino a su rescate:

 

El toro ya mugía por su frente…

 

Había enrollado el papel como un altavoz. El mugido ahorcado del toro era perfecto. Y al llegar la caída lacerante del poema, su voz se unió a la de Serra:

 

Eran las cinco de la tarde.

 

Ante este gesto de alianza y simpatía, el calor inundó el corazón de Casteñon que batía como un martillo. Saludó en silencio inclinándose hacia él, al comparsa imprevisto, mientras que Osvaldo circulaba poniendo de prisa en las manos del público renuente copias de los poemas. Atravesó la plaza para poner una hoja en las manos del mirón que los acechaba y en las del policía. Sólo quedó fuera de su alcance el hombre que miraba desde la ventana.

Francesca dio un paso hacia delante. Leyó algo de Homero Aridjis, luego de Gabriel Zaid, introduciendo cada poema con unas palabras útiles para situarlo y hablando de estos poetas como si ellos también estuviesen presentes ahí. El niño había dejado de fumar.

—Ahora queremos que escuchen un poema escrito por uno de nosotros, una especie de canción que está esperando música. Escrito especialmente para Medellín. —Casteñon señaló hacia Rosaria Cruz. Ella se quedó de pie como si tuviese raíces. Sabía que se estaba meando. ¿La delataría algún olor? Cardenio la tomó de la muñeca, y la apremió para que se adelantara.

—No puedo oírla —ladró el ciego. Rosaria empezó de nuevo; y la mujer con la gran canasta asintió:

—Así está mejor.

 

No hay ciudades de la muerte, de la muerte

No hay medias noches que duren para siempre

El corazón es un barrio de la esperanza

Un primer alto en la frontera

Vivir es atravesar la vida

Apenas comienza

Quién nacerá aquí esta noche

Trayendo la mañana

Como el águila

Cuando con la mirada

Parece dar órdenes al sol

 

¿El hombre de la ventada había eructado o había emitido una estentórea carcajada? Mientras Rosaria recitaba, otras personas se habían venido acercando lentamente hasta el centro de la plaza. Había ahora una docena o más, y una de las personas que escuchaba, un barbón, se había quitado el sombrero y aplaudía. De nuevo, Casteñon se adelantó.

—Hemos venido aquí con ustedes a causa del espíritu y del ejemplo de Octavio Paz, pero no es sólo porque Octavio Paz haya sido el mayor poeta de México. Es porque él fue un ejemplo fulgurante de valentía, de pasión por la justicia y de clemencia. Él nos habría apremiado a venir a Medellín, a traer poesía para todos aquellos que podrán beber de ella fortaleza y consuelo. Así pues deseamos concluir esta lectura con uno de los poemas mágicos de Octavio. —La voz de barítono bajo de Cardenio proclamaba sin esfuerzo:

 

Luz que no se derrama, ya diamante,

detenido esplendor del medio día,

Sol que no se consume ni se enfría

de cenizas y fuego equidistante…

 

Cuando lanzaba el último verso, Cardenio abrió los brazos, como abrazando el ardor intacto de ese sol diamantino, equidistante de todas las cosas y criaturas. Siguió una oleada de aplausos y, desde el círculo exterior de la asistencia cada vez más numerosa, sonó algo como un grito de gratitud.

El guardián de la sombra atravesó la multitud moviendo los codos.

—¿Dónde está su permiso? —No hubo respuesta—. ¿Creen ustedes realmente que pueden armar un espectáculo público sin permiso? —Se apoderó de lo que quedaba de las hojas por distribuir—. ¡Confiscadas! —Dio a la palabra un volumen amenazante como si se dirigiera a todos los que ahí se habían reunido—. Me van a seguir hasta la delegación de policía. En Medellín no están permitidos los vagabundos. Aquí no necesitamos pordioseros mexicanos. Tenemos bastante con los nuestros. —Una vez más, pareció que se volvía a los que ahí estaban.

Su indeseado guardián se había materializado intempestivamente saliendo de la oscuridad. Se inclinó hacia el oído del policía. Con un ojo puesto sobre el observador de la ventana, que lanzaba destellos con su anillo (ya diamante, pensó Francesca). Un segundo susurro, más cortante. El guardián del orden público pareció dudar. Luego alzó los hombros en un gesto de morosa aceptación, devolvió el fajo de copias xerox a Osvaldo, se aclaró la garganta ruidosamente, como un rumiante que ha perdido el aliento, y se retiró de ahí con un paso casi distraído.

El hombre que había susurrado cruzó su mirada con la de Casteñon. Hizo un signo apenas perceptible en dirección al motel. Había empezado a caer una lluvia muy fina. Serra alzó su rostro hacia ella. De cenizas y fuego equidistante…

 

n

En cuanto entraron al lobby, se les quedó grabada la voz del hombre que los estaba esperando. Aterciopelada y nauseabunda como una melaza caliente. Una voz que contrastaba con la corpulencia del hombre y el cruel resplandor de su anillo.

—Me gustó esa parte sobre el águila. «Ordenando al sol» o algo parecido. —Rosaria tembló imaginando que no faltaba nada para que extendiera los brazos y le estrujara los senos—, Robles, Camilo Robles. Pero ustedes me pueden llamar «Pepe». Como todo el mundo, o casi. —Y Robles movió la cabeza como maravillado—. ¡Fue usted la que hizo eso? ¿Se sacó sola eso de la cabeza, la damita? —Una breve pausa—. Quiero que escriban un poema para mí. —Ante el estupor, confirmó con un signo de la cabeza—. ¿Cómo se llamaba aquello? Un llanto, un lamento, como el dedicado al torero. —Francesca tenía los ojos clavados en el cinturón del hombre, recamado de plata labrada, de su traje de lino claro y de sus zapatos hechos en piel de cocodrilo—. Pagaré, por supuesto. El camarada Pepe es generoso. Pregunten en Medellín. —Cardenio sintió el dinero en la voz del hombre, en su panza. El sillón de bejuco crujía bajo su peso desparramado, pero Pepe no invitó a sentarse a los viajeros. Sabía que dominaba y saboreaba la situación—. Como el dedicado al torero, pero mejor! —Miró con grandes ojos a Serra, como un maestro de escuela airado.

Con la garganta ardiendo, Casteñon logró preguntar: —¿Un lamento, señor Robles? ¿Pero para quién?

Pepe pareció contento. Jugó delicadamente con su anillo y dejó salir un suspiro voluptuoso. —Justo. Una buena pregunta. —Se movió hacia el escritorio de la recepción. Tequila para sus invitados—. Y nada de servir esos meados de chivo que sirves aquí de costumbre. ¿Entendiste? —El empleado se precipitó hacia la oficina—. Un llanto para Jesús Soto. Conocido como Pancho el Tigrillo. —Rosaria se descubrió a sí misma absurdamente sentada a los pies de Robles, intentando captar cada palabra que salía de esa voz sofocante.

—Créanme, amigos míos, Pancho era mi mejor hombre. El mejor, con mucho. Salvó mi vida cuando los putos Boinas Verdes y sus helicópteros cayeron sobre nosotros a la salida de Cartagena. Cuando regaron el camino de petróleo y empezaron a disparar sus lanzallamas, yo ya empezaba a rostizarme en vida pero Pancho me sacó de ahí y apagó el fuego a mano limpia. Sin él… —Pepe se alzó delicadamente una pierna del pantalón con delicada deliberación. La cicatriz estaba lívida, y tenía forma de araña—. Sin El Tigrillo, yo habría quedado asado. Rostizado en vida. —Robles hacía que cada una de sus pausas fuera elocuente—. O la vez en que estábamos descargando la mercancía en el aeropuerto de Managua y cuando los jodidos matones de Gacha nos habían tendido una emboscada. Animales, eso es lo que son. No sé cómo pero Pancho los advirtió en la oscuridad mucho antes de que empezaran a adelantarse. En la oscuridad más completa. Las balas zumbaban como mosquitos. El Tigrillo fue herido primero en el brazo, luego en las costillas. Pero no se daba por vencido. Se mantuvo disparando hacia atrás y gritando tan fuerte que los cobardes huyeron con la cola entre las patas. Y cuando llevamos a Pancho hacia la camioneta, todo lleno de sangre, Jesús no dejaba de repetir: «Todavía tengo balas, no hay que desperdiciarlas.» —Los ojos de Robles se humedecieron con el recuerdo—. Ése fue Pancho el Tigrillo para ustedes. No lo desperdiciemos. —Vació su vaso de un golpe y pidió una nueva ronda—. Hace unos seis meses, lo mandé a inspeccionar un cargamento a las afueras de una de nuestras plantaciones. Material de la mejor calidad, casi listo para viajar. Pancho conocía la pista como la palma de su mano. Se desplazaba con frecuencia de noche. ¿Fue uno de esos indios comemierda el que lo entregó? Lo que hicieron con él los federales ni siquiera debería de contárselos. No en presencia de las señoras. —Robles movió todo su peso como en una discreta marca de deferencia—. Me enviaron las fotos. Le habían arrancado los ojos y le habían rellenado la boca con sus propios testículos. «Cuando todavía estaba vivo.» Fue eso lo que escribieron a la vuelta de las fotografías, esos sucios torturadores. «Cuando todavía estaba vivo.» —Pausa—. Mi mejor soldado. Tenía una mujer y dos niños en Yarumal. Y un perico. Con ojos rosas, color coral. Oh, ese cotorro, cómo amaba Pancho ese cotorro. —El tono de voz de Pepe oscilaba entre el placer distante y la pena—. Ahora ya saben, señoras y señores, por qué quiero que escriban un lamento para Jesús Soto, mejor conocido como Pancho el Tigrillo. Y quiero que lo reciten en la plaza y que pongan copias por todas las paredes. No repararé en gastos.

Incluso la lluvia había dejado paso al silencio. De alguna forma, Cardenio logró asumir un aire marmóreo—. Estimado señor Pepe, nosotros, todos nosotros, estamos muy honrados y halagados por su proposición. La apreciamos mucho, se lo aseguro. Pero ¿cómo podríamos componer un llanto para el llorado señor Soto? Como usted debe saberlo, querido Señor, nosotros hemos venido a Medellín movidos por la aflicción de lo que sucede aquí, por el horror a las masacres y a las mutilaciones. Usted sabe infinitamente mejor que nosotros todo lo que se esconde detrás de esos hechos, en todos los sentidos (por un instante, los labios de Cardenio se congelaron), en qué formas sus empresas, sus negocios están involucrados en estos tristes hechos. —Los ojos de Robles nunca dejaron de estar sobre el rostro de Cardenio; se habían puesto lisos y ahumados como estaño viejo—. Nosotros no estamos aquí para juzgar, Señor Robles. ¿Cómo podríamos hacerlo? No tenemos ningún poder. Nuestra esperanza estriba en traer a la gente de aquí una chispa de placer, un pequeño sabor a aire fresco para todos aquellos que quieran escuchar nuestros poemas y releerlos. Hacerles recordar lugares donde haya menos muertes, un tipo de vida en que los niños no vuelen en pedazos y que los perros no lleven dinamita cosida en las tripas. —Cardenio se acercó más. No podía ocultar el temblor de las manos ni el sudor—. Eso es todo lo que tenemos la esperanza de hacer aquí. ¿Cómo podríamos componer y recitar un lamento para su amigo el Tigrillo? Seguramente un hombre de sus alcances, comprenderá que eso es imposible. —Camilo Robles se había levantado a medias de su sillón, pero luego lo pensó mejor.

—Qué finos discursos hace usted, amigo. Como paletas de dulce. «Una bocanada de aire fresco.» ¿Fue así como dijo? El pobre viejo Pepe no sabe emplear así las palabras. Ahora permítanle hablarles a ustedes francamente. —Su voz se había apagado, obligándolos a acercarse. Más duro de oído, Serra se puso la mano en el oído como para escuchar mejor—. Es usted un hablador. No es usted más que un pequeño mierda que juega con las grandes palabras. Pero no tiene usted la clave de nada, ¿o sí? —Robles movió la cabeza como si estuviese dirigiendo a unos niños retardados—. ¿Saben ustedes quiénes son los que perpetran la mayor parte de los asesinatos por aquí? Bueno, déjenme decírselos. Pongan atención. A Pepe no le gusta repetirse. Los verdaderos asesinos son el Ejército y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los locos rojos. Son ellos lo que están tratando de controlar los campos de coca, y los caminos que llevan al sur. Si no ayudáramos a los campesinos con las cosechas y les enseñáramos cómo hacer la pasta para poder embarcarla hacia el exterior, se morirían de hambre. Como están las cosas, ellos pagan protección a los putos marxistas. No a nosotros, mi amigo, culo brillante. Los indios han venido masticando coca durante más de dos mil años, para engañar el hambre, para mantenerse en su mundo de sueños. De otro modo, la miseria los volvería locos. Cuando los yanquis lanzan sus defoliantes, todo se muere, todo. ¿Usted no sabía eso, cretino, o sí? Así los precios suben, y a los agentes estadounidenses y a los militares estadounidenses les toca una tajada mayor.

Con la velocidad relampagueante de una víbora, cosa asombrosa de parte de un hombre tan corpulento, Pepe agarró a Cardenio por el cuello. Sus caras estaban sólo a unos centímetros una de la otra. —Yo no toco la droga, nunca la he tocado. ¿Puede usted meterse eso en su cráneo? Pero millones de gente se mueren por esa mierda. Se vuelven dementes sin ella. Se prostituirán y rogarán y matarán por la próxima dosis. Ni siquiera pueden esperar a que atravesemos la frontera. Se empujan en los palacios de Bocagrande, esperando con impaciencia que les sea entregada la mercancía. Se orinan en los pantalones cuando nos ven venir. He oído que hay más de sesenta y cinco mil hectáreas dedicadas al cultivo de la coca, lo que vale un billón de dólares al año. Sólo porque la piden y la piden en Europa y en Estados Unidos. Si dejaran de usar esa mierda, lo que usted llama nuestro horrible negocio cerraría de inmediato. ¿Entiende lo que quiero decir, señor poeta?

Robles aflojó su mano. Cardenio se incorporó temblando. Cuando Pepe prosiguió, su voz provenía como de una gran distancia, y con serenidad concluyó: —Ustedes van a escribir ese lamento para Pancho. No se les vaya a olvidar mencionar que me salvó la vida. Y que no había un mejor tirador o un mejor contrabandista en ningún otro cártel. ¿Han entendido eso, todos ustedes? Habría atravesado el fuego por mí, Pancho, el Tigrillo, se los digo yo. Desde que murió mis sueños son amargos. —Robles ya se había levantado—. Van a poner su circo mañana. A las cinco de la tarde. —Su mirada maligna esa casi infecciosa—. Puedo prometerles un gran público. Eso sí, se los puedo garantizar. Y música. Y fanfarrias. Tenemos las mejores bandas en Medellín. De ustedes quiero calidad, y de la mejor. Nada de cosas gastadas ni de segunda mano. ¿Me he dado a entender? Ahora amigos, manos a la obra. —Alejándose de ahí con un paso lento y en cierta forma majestuoso, Pepe dejó caer en el regazo de Rosaria un fajo de billetes.

Ni él ni los escritores alquilados oyeron el clic de la grabadora de Toby Warren oculta detrás del gran árbol de hule.

 

n

Podían oír la fanfarria cuando dejaron el motel. El sonido se hizo caliente y amarillo como el destello del fuego en el aire. El pellejo del cráneo le picaba a Osvaldo. Era la marcha solemne de los toreros entrando en la plaza. Francesca se columpiaba al compás. A su alrededor la gente corría hacia la plaza. Algunos con niños colgados sobre sus espaldas. El preludio de cobre había dejado el lugar a un éxito popular. Los muros y paredes hacían reverberar su resonancia. Involuntariamente, los pies de Casteñon siguieron el ritmo. Los seis actores debían abrirse paso entre la multitud moviendo los codos. Un escenario verdadero se había armado junto al pedestal. Festivamente decorado con los colores nacionales, equipado con un micrófono y altoparlantes, lo más moderno y actual para el arte. De las jacarandas y de los postes de luz, bailaban colgados los globos como fruta madura. A medida que Casteñon y compañía se acercaban, el flash empezó a destellar y el camarógrafo caminó hacia atrás como una lagartija desarticulada que fuera en retirada. Ahora la orquesta concluía un tango.

Desde un balcón, el alcalde agitaba la mano con un aire benévolo mientras su bufanda y cadena al cuello emitían chispas alegres. El jefe de la policía parecía envuelto por el follaje de los galones y las doradas condecoraciones. Osvaldo intentó buscar con la mirada al señor Pepe, pero fue inútil y no se sintió bien. El observador anónimo de la víspera probaba el micrófono. A cada golpecillo, una ronca onda estática florecía por toda la plaza. Se hizo un silencio abrupto: el himno nacional.

Después de lo cual, los músicos de la banda pusieron de lado sus instrumentos y se pusieron a vaciar botellas de agua mineral sacadas de debajo de sus asientos. ¿Fue un gesto del alcalde lo que disparó los aplausos? A medida que los visitantes extranjeros se trepaban al escenario, crecía el tumulto. La rubia platinada que estaba inmediatamente detrás del jefe de la policía sopló un beso. El niño que había estado ahí el día anterior lanzó un agudo silbido. Y ahí estaba el ciego con la boca abierta como si estuviese bebiéndose el clamor del festival.

Al buscar el micrófono, Casteñon se sentía dividido entre el miedo y la exultación «como un galeote en libertad», garrapateó Toby Warren en su cuaderno de notas. Casteñon alzó las manos, con las palmas abiertas pidiendo silencio. Cuando cedieron los gritos y los aplausos, se inclinó ante los potentados y dirigió a los músicos un saludo fraternal. El músico de la tuba le devolvió el saludo. Una oleada de cuervos se cernió en una espiral en la media luz de la tarde. Rosaria se afanaba en contarlos como si su vida dependiera de sacar bien la cuenta.

—Apreciado Alcalde, Su Excelencia —las hombreras del jefe de la policía gruesas como coles no parecían pedir menos—, señoras y señores de Medellín, mis colegas y yo estamos muy agradecidos y conmovidos por su bienvenida. Nos alivia el corazón. —Un vigoroso «Bravo» salió de algún sitio entre la multitud—. Somos personas común y corrientes, que llegan aquí con muy sencillas esperanzas. Su presencia aquí y la suya Señor —otra inclinación hacia la zona de los balcones— nos demuestran que no hemos venido aquí en vano. —Los aplausos se desencadenaron crepitando como si hubiesen seguido el gesto de un oculto director de orquesta—. Para expresar nuestra gratitud, hemos preparado un poema nuevo para esta ocasión especial. Pero antes de que yo pida a Francesca que se los lea, permítanme unas palabras de introducción. —Una iglesia cercana marcó el cuarto de hora con un tañido discreto—. Este poema, al igual que aquel con el que comenzamos ayer —»¿había sido solamente ayer?», fantaseó Osvaldo transpirando —es un poema triste. Cuenta la historia de un amigo ¿Por qué teníamos que escribir un poema tan triste para una reunión tan alegre? ¿Por qué cantar a la muerte cuando lo que hemos intentado es despertar la vida y la esperanza? —La atención del público era como un peso suspendido en el aire—. Al igual que la música, la poesía seria no es nunca ni completamente jubilosa ni completamente triste. Quiere ser como la vida misma; busca tocar el acento del dolor en nuestras alegrías y de la alegría en medio de nuestros dolores. Nos recordará la muerte incluso en la más alegre de las fiestas, y el renacimiento en la más negra de las noches. Perder a un amigo es algo terrible; pero es algo maravilloso intentar recordarlo, saber que nuestro recuerdo continuará haciéndolo vivir en nosotros. Y ahora le toca a Francesca decir y cantar un llanto para ustedes en memoria de Jesús Soto que murió tan joven.

Casteñon lo habría jurado. Había visto el agrio destello del anillo. Pero ¿de qué lugar perdido de la plaza o de los balcones podía venir? Francesca se adelantó con los ojos entre cerrados. Cardenio no pudo dejar de ver que, bajo su blusa con motivos peruanos, estaban erguidos sus pezones.

 

Los ojos del Tigrillo son de fuego

Cuando miran a los arbustos espinosos

Y el fuego en ascuas

No conocen ni el miedo ni la clemencia

Pero el mundo está lleno de demonios

Y el Tigrillo nunca conocerá la traición.

 

El humo se había disipado en la garganta de Francesca. Cantaba con una voz de nítida campana.

 

¿Quiénes somos nosotros

en las ramas enmarañadas de los espinos

para decir lo que está mal?

La amistad es más poderosa

—prevalece aun en el infierno— que el amor.

Osvaldo apenas si podía creer la fuerza nueva, el alto vuelo de su voz. La plaza estaba tensa, rebosante por su voz.

 

Adiós amigo Pancho, adiós

Llevaste mensajes de muerte

Como los ojos del Tigrillo

Guardas el fervor con la noche.

 

Francesca había abierto sus brazos de par en par. La envolvía la luz que se eclipsaba tras las montañas. Cantó la desolación con exultante júbilo. Rosaria vio que las aves se iban en bandada envueltas en un viento silencioso.

 

Adiós Amigo Pancho,

tú que caminabas a través del fuego

Ojalá que puedas encontrar la luz

Como tigrillo en el crepúsculo

Como tigrillo en el crepúsculo

 

Entonces sonaron los primeros disparos. –