La Sirena de la niebla de Ray Bradbury

Allá afuera, en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y llegó, ya aceitamos la maquinaria de bronce y encendimos el faro
de niebla en lo alto de la torre. Sintiéndonos como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos la luz que exploraba, roja, luego blanca, pero roja otra vez, en
busca de los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, siempre estaba nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena que temblaba entre los jirones de niebla y sobresaltaba a las gaviotas, que se alejaban como mazos de barajas desparramadas, y hacía que las olas crecieran y espumaran.
—Es una vida solitaria, pero ya te has acostumbrado
¿no? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Gracias a Dios, usted es un buen conversador.
—Bueno, mañana te toca ir a tierra —dijo, sonriendo—, a bailar con las muchachas y tomar ginebra.
—McDunn, ¿en qué piensa cuando lo dejo solo aquí?
—En los misterios del mar.
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 153 22/08/16 21:00
154
McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de
una fría tarde de noviembre. La calefacción funcionaba,
la luz movía su cola en doscientas direcciones y la sirena
zumbaba en la alta garganta de la torre. No había ni un
pueblo en ciento cincuenta kilómetros de costa; solamente un camino solitario que cruzaba los campos muertos
y llegaba al mar llevando pocos autos, tres kilómetros de
frías aguas hasta nuestra roca y unos pocos barcos.
—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativo—. ¿Sabes que el océano es el más extraño copo de nieve que ha existido? Se mueve y se hincha con mil formas
y colores y no hay dos parecidos. Es extraño. Una noche,
hace años, estaba aquí, solo, cuando todos los peces del
mar salieron a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en la bahía, temblorosos, mirando fijamente
la luz del faro roja, blanca, roja, blanca, iluminándolos,
de modo que pude ver sus extraños ojos. Me quedé frío.
Eran como una enorme cola de pavo real, que se agitó allí
hasta la medianoche. Luego, sin hacer el menor ruido, desaparecieron; un millón de peces desapareció. A veces pienso que, quizá, de alguna forma, habían recorrido todos
esos kilómetros para orar. Es extraño. Pero pienso que la
torre debe impresionarlos, alzaba veinte metros por encima del mar, y la luz-Dios que sale del faro y la torre que se
anuncia con su voz monstruosa. Esos peces nunca volvieron, pero ¿no crees que por unos instantes creyeron estar
en presencia de Dios?
Me estremecí. Miré hacia las largas y grises praderas
del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la
nada.
Ray Bradbury
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 154 22/08/16 21:00
155
—Oh, el mar está lleno —McDunn chupó su pipa
nervioso, y parpadeó. Había estado nervioso todo el día,
pero no había dicho por qué—. A pesar de todas nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez
mil siglos antes de que pisemos realmente el fondo de las
tierras sumergidas, el reino de las hadas que hay allí y
conozcamos el verdadero terror. Piénsalo: allí es todavía
el año 300000 antes de Cristo. Mientras nosotros nos
pavoneamos con trompetas, y nos arrancamos las cabezas y los países unos a otros, ellos han vivido a dieciocho
kilómetros de profundidad bajo las aguas, en el frío, en
un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.
—Sí. El mundo es muy viejo.
—Ven. Tengo algo especial que te he estado reservando.
Subimos los ochenta escalones, hablando y tomándonos nuestro tiempo. Arriba, McDunn apagó las luces del
cuarto para que no hubiese reflejos en el cristal cilíndrico. El gran ojo de luz zumbaba y giraba suavemente sobre
sus cojinetes aceitados. La sirena gritaba regularmente
una vez cada quince segundos.
—Parece un animal, ¿no es cierto? —McDunn se aprobó a sí mismo—. Un enorme animal solitario que grita en
la noche. Sentado aquí, al borde de diez millones de años,
y llamando al abismo: estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y
el abismo responde; sí, lo hace. Ya llevas tres meses aquí,
Johnny, de modo que es mejor que estés preparado. En
esta época del año —dijo, mientras estudiaba la oscuridad
y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces de que me habló?
La sirena de la niebla
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 155 22/08/16 21:00
156
—No. Esto es otra cosa. No te lo había dicho porque
hubieras pensado que estoy loco. Pero ya no puedo postergarlo, porque, si el año pasado marqué bien mi calendario,
vendrá esta noche. No voy a entrar en detalles; ya lo verás
tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, puedes hacer
el equipaje y tomar la lancha y recoger el coche que tienes
estacionado en el muelle y dirigirte a algún pueblecito situado tierra adentro y mantener la luz encendida durante
la noche. No te preguntaré nada ni te culparé. Ya ha sucedido en los últimos tres años, y ésta es la primera vez que
hay alguien aquí para comprobarlo. Espera y vigila.
Pasó media hora en que sólo murmuramos unas pocas palabras. Cuando la espera empezó a fatigarnos, McDunn empezó a describirme algunas de sus ideas. Tenía
teorías acerca de la sirena.
—Un día, hace muchos años, llegó un hombre y escuchó el sonido del mar en una costa fría y sin sol y dijo:
“Necesitamos una voz que llame a través del mar, que advierta a los barcos. Yo haré una. Haré una voz que será
como todo el tiempo y toda la niebla que han existido.
Haré una voz que será como una cama vacía a tu lado durante toda la noche, y como una casa vacía cuando abres
la puerta, y como los árboles deshojados del otoño. Un
sonido como el de los pájaros cuando vuelan hacia el sur,
gritando, y un sonido como el del viento de noviembre y
el del mar en una costa dura y fría. Haré un sonido tan
desolador que nadie podrá dejar de oírlo, que todos cuantos lo oigan llorarán y que hará que los hogares parezcan
más tibios y que la gente se alegre de estar dentro de casa
en los pueblos distantes. Haré un sonido y un aparato y
Ray Bradbury
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 156 22/08/16 21:00
157
lo llamarán una sirena y quienquiera que lo oiga sabrá
que la eternidad es triste y la vida es breve”.
La sirena llamó.
—Inventé esa historia —dijo McDunn en voz baja—
para explicar por qué esta cosa vuelve al faro todos los
años. Creo que la sirena la llama y viene…
—Pero… —dije yo.
—Chist… —dijo McDunn—. ¡Allí!
Señaló al abismo.
Algo venía nadando hacia el faro.
Como ya dije, era una noche fría. La torre estaba
fría, la luz iba y venía y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de niebla. Uno no podía ver muy lejos ni
muy claro, pero allí estaba el mar profundo, viajando
alrededor de la noche, plano y silencioso, del color del
barro gris, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la
alta torre, y allá, lejos al comienzo, se elevó una onda,
seguida por una ola, un alzamiento del agua, una burbuja, un poco de espuma. Y entonces de la superficie del
frío mar surgió una cabeza, una enorme cabeza oscura, con ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego, no un
cuerpo, sino ¡más y más cuello! La cabeza se levantó sus
buenos doce metros sobre la superficie, apoyada en un
esbelto y hermoso cuello oscuro. Y sólo entonces, como
una islita de coral negro y conchas y cangrejos, el cuerpo surgió de las profundidades. La cola era apenas un
destello. En conjunto, calculé que el monstruo medía
veinticinco o treinta metros de longitud desde la cabeza
hasta la punta de la cola.
No sé qué dije. Dije algo.
La sirena de la niebla
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 157 22/08/16 21:00
158
—Calma, muchacho, calma —susurró quedamente
McDunn.
—Es imposible —dije.
—No, Johnny. Nosotros somos imposibles. Eso es lo
que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Somos nosotros y la tierra los que hemos cambiado, lo que
se ha vuelto imposible. ¡Nosotros!
Nadaba lentamente, grande, oscuro, majestuoso en las
aguas heladas, a lo lejos. La niebla iba y venía a su alrededor, y borraba su contorno. Uno de los ojos del monstruo recogió y reflejó y devolvió nuestra inmensa luz, roja,
blanca, roja, blanca, como un disco elevado en el aire que
enviara un mensaje en un código primitivo. Era tan silencioso como la niebla en la que se desplazaba.
—¡Es una especie de dinosaurio!
Me agaché y me agarré del barandal de la escalera.
—Sí, uno de la tribu.
—Pero ¡se extinguieron!
—No. Se ocultaron en el abismo. En lo más profundo
del más abismal abismo. Ésa sí que es una palabra, Johnny,
una verdadera palabra… dice mucho: el abismo. En una
palabra así están toda la frialdad y la oscuridad y la profundidad del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Hacer? Éste es nuestro trabajo, no podemos marcharnos. Además, estamos más seguros aquí que en cualquier embarcación que pudiera llevarnos a la costa. Eso
es tan grande como un destructor y casi tan veloz.
—Pero ¿por qué viene aquí?
Enseguida tuve la respuesta.
Ray Bradbury
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 158 22/08/16 21:00
159
La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito atravesó un millón de años de agua y niebla.
Un grito tan angustioso y solitario que tembló en mi cabeza y en mi cuerpo. El monstruo le gritó a la torre. La
sirena sonó. El monstruo abrió su gran boca dentada, y el
sonido que salió de allí era el mismo sonido de la sirena.
Solitario y vasto y lejano. El sonido de la desolación, de
un mar ciego, de una noche fría, del aislamiento. Así era
el sonido.
—Ahora —susurró McDunn—, ¿comprendes por qué
viene aquí?
Asentí.
—Durante todo el año, Johnny, ese pobre monstruo
yace a lo lejos, mil kilómetros mar adentro y a treinta kilómetros de profundidad, quizá, soportando el paso del
tiempo. Quizá esta criatura tenga un millón de años. Piensa: esperar un millón de años. ¿Podrías tú esperar tanto?
Quizá es el último de su especie. Debe de ser eso. En cualquier caso, vienen unos hombres de la tierra y construyen
este faro, hace cinco años. E instalan la sirena, y la hacen
llamar y llamar y llamar hacia el lugar donde tú estabas,
enterrado en el sueño y el mar, en los recuerdos de un
mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo,
totalmente solo, en un mundo que no está hecho para ti,
un mundo donde tienes que ocultarte. Pero el sonido de la
sirena viene y se va, viene y se va, viene y se va, y te estremeces en el barroso fondo del abismo, y tus ojos se abren
como los lentes de una cámara de cincuenta centímetros,
y te mueves lenta, muy lentamente, porque tienes todo el
La sirena de la niebla
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 159 22/08/16 21:00
160
peso del océano en tus hombros y es pesado. Pero la sirena
llega, a través de miles de kilómetros de agua, débil y familiar, y la caldera que hay en tu vientre gana presión, y empiezas a subir despacio, despacio. Te alimentas de bancos
de bacalaos y abadejos, de ríos de medusas, y te elevas lentamente durante el otoño, en septiembre, cuando comienzan las nieblas, en octubre, cuando hay más niebla aún y
la sirena sigue llamándote, y luego, a fines de noviembre,
después de adaptarte al cambio de presión, día tras día,
ganando unos pocos metros cada hora, estás cerca de la
superficie y aún estás vivo. Tienes que ir despacio. Si te
apresuras, estallas. De modo que necesitas tres meses para
llegar a la superficie, y luego unos cuantos días para nadar
por las frías aguas hasta el faro. Y allí estás, allá fuera, en
la noche, Johnny. Eres el más grande de los monstruos de
la creación. Y aquí está el faro, llamándote, con un cuello
largo como el tuyo saliendo del mar y un cuerpo como tu
cuerpo y, eso es lo más importante, una voz como la tuya.
¿Comprendes ahora, Johnny? ¿Comprendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo. Lo supe todo. El millón de solitarios años
aguardando la vuelta de alguien que no volvió nunca.
El millón de años de aislamiento en el fondo del mar, la
locura que era el tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros-reptiles, las marismas se saneaban en
los continentes, los perezosos y los tigres dientes de sable
eran tragados por pozos de alquitrán y los hombres corrían como hormigas blancas por las colinas.
La sirena llamó.
Ray Bradbury
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 160 22/08/16 21:00
161
—El año pasado —dijo McDunn—, nadó y nadó y
nadó en círculos alrededor del faro toda la noche. No se
acercó mucho. Quizá estaba desconcertado. Quizá tenía
miedo. Y estaba un poco enfadado, después de un viaje tan
largo. Pero al día siguiente la niebla se levantó inesperadamente, salió el sol y el cielo estaba azul como en un cuadro.
Y el monstruo se alejó del calor y el silencio y no volvió.
Supongo que ha estado pensando en eso todo el año, pensándolo desde todos los puntos de vista posibles.
El monstruo estaba a cien metros ahora. Él y la sirena
intercambiaban gritos. Cuando la luz caía sobre ellos, los
ojos del monstruo eran fuego y hielo, fuego y hielo.
—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre hay alguien aguardando a alguien que nunca vuelve. Siempre
hay alguien que quiere algo que no le quiere. Y después
de un tiempo quieres destruir a ese otro, sea quien sea,
para que no pueda herirte más.
El monstruo se acercaba velozmente al faro.
La sirena llamó.
—Veamos qué ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.
En el minuto siguiente el silencio fue tan intenso que
podíamos oír los latidos de nuestros corazones contra los
cristales de la torre, podíamos oír el lento movimiento
aceitado de la luz.
El monstruo se detuvo y quedó inmóvil. Sus grandes
ojos de linterna parpadearon. Su boca se abrió. Emitió
una especie de ruido sordo, como el de un volcán. Torció
la cabeza hacia uno y otro lados, como si estuviera buscando los sonidos que se habían perdido en la niebla. EsLa sirena de la niebla
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 161 22/08/16 21:00
162
cudriñó el faro. Emitió nuevamente el ruido sordo. Luego
sus ojos se inflamaron. Se incorporó, azotando el agua, y
se precipitó sobre la torre, sus ojos llenos de furia y dolor.
—McDunn —grité—. ¡Conecte la sirena!
McDunn buscó a tientas la llave. Pero antes de que pudiera conectarla, el monstruo se había erguido. Vislumbré
sus garras gigantescas con una brillante piel correosa entre los dedos, agarrando la torre. El enorme ojo que estaba
a la derecha de su angustiada cabeza brilló ante mí como
un caldero en el que podría haber caído, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó
el faro y arañó los vidrios, que cayeron, hechos trizas, sobre nosotros.
McDunn me agarró del brazo.
—¡Abajo! —gritó.
La torre se balanceaba, se tambaleaba y empezó a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi
caímos por la escalera.
—¡Aprisa!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba encima
de nosotros. Nos metimos, pasando por debajo de la escalera, en el pequeño sótano de piedra. Hubo un millar
de golpes, mientras llovían piedras. La sirena se detuvo
abruptamente. El monstruo se estrelló contra la torre. La
torre cayó. McDunn y yo, arrodillados, nos abrazamos
con fuerza mientras nuestro mundo estallaba.
Luego acabó todo, y no quedó más que la oscuridad y
el ruido del mar golpeando las rocas desnudas.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.
Ray Bradbury
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 162 22/08/16 21:00
163
Aguardamos un momento. Y luego comencé a oírlo. Al
principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del gran monstruo, doblado encima nuestro, apoyado en nosotros de modo que el
repugnante hedor de su cuerpo llenaba el aire a sólo diez
centímetros de distancia de nuestro sótano. El monstruo
jadeaba y gritaba. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La cosa que lo había llamado a través de
un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría
su boca y emitía grandes sonidos. Los sonidos de una sirena, una y otra vez. Y los barcos en altamar que no encontraban la luz, que no veían nada pero que oían, deben de
haber pensado: “Allí está. El sonido solitario, la sirena de la
bahía de la Soledad. Todo va bien. Hemos doblado el cabo”.
Y todo siguió así durante el resto de la noche.
El sol estaba tibio y amarillo la tarde siguiente, cuando
la patrulla de rescate nos desenterró del sótano cubierto de rocas.
—Se derrumbó, eso es todo —dijo el señor McDunn
gravemente—. Las olas nos golpearon con mucha fuerza y
se derrumbó.
Me dio un pellizco en el brazo.
No había nada que ver. El océano estaba en calma, el
cielo, azul. Lo único era el fuerte olor a algas que soltaba la
materia verde que cubría las piedras de la torre caída y las
rocas de la costa. Las moscas zumbaban. El océano vacío
lamía la costa.
El año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en
aquel entonces yo tenía un trabajo en el pueblecito y una
La sirena de la niebla
MejoresRelatosdeTerror-interiores.indd 163 22/08/16 21:00
164
esposa y una casita cálida que emitía un resplandor amarillo en las noches de otoño, con las puertas cerradas y la
chimenea humeando. En cuanto a McDunn, era el amo del
nuevo faro, que había sido construido, de acuerdo con sus
instrucciones, con cemento armado. “Por las dudas”, dijo.
El nuevo faro estuvo listo en noviembre. Una noche
fui solo en el auto y lo estacioné en la costa y miré las
aguas grises y oí la nueva sirena sonando una, dos, tres,
cuatro veces por minuto, sola, a lo lejos.
¿El monstruo?
Nunca volvió.
—Se ha marchado —dijo McDunn—. Volvió al abismo. Aprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se ha ido al abismo de los abismos, a esperar
otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá,
esperando y esperando, mientras el hombre va y viene
por este patético planeta. Esperando y esperando.
Me quedé sentado en el auto, escuchando. No podía
ver el faro ni la luz que se levantaba en la bahía de la Soledad. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena. Parecía el
monstruo, llamando.
Me quedé allí, deseando poder decir algo.

La señorita Julia de Amparo Davila

La señorita Julia, como la llamaban sus compañeros de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle huellas. Las mejillas habían perdido aquel tono rosado que Julia conservaba, a pesar de los años, como resultado de una vida sana, metódica y tranquila. Tenía grandes y profundas ojeras y la ropa se le notaba floja. Y sus compañeros habían observado, con bastante alarma, que la memoria de la señorita Julia no era como antes. Olvidaba cosas, sufría frecuentes distracciones y lo que más les preocupaba era verla sentada, ante su escritorio, cabeceando, a punto casi de quedarse dormida. Ella que siempre estaba fresca y activa. Su trabajo había sido hasta entonces eficiente y digno de todo elogio. En la oficina empezaron a hacer conjeturas. Les resultaba inexplicable aquel cambio. La señorita Julia era una de esas muchachas de conducta intachable y todos lo sabían. Su vida podía tomarse como ejemplo de moderación y rectitud. Desde que sus hermanas menores se habían casado. Julia vivía sola en la casa que los padres les habían dejado al morir. Ella la tenía arreglada con buen gusto y escrupulosamente limpia, por lo que resultaba un sitio agradable, no obstante ser una casa vieja. Todo allí era tratado con cuidado y cariño. El menor detalle delataba el fino espíritu de Julia, quien gustaba de la música y los buenos libros: la poesía de Shelley y la de Keats, los Sonetos del Portugués y las novelas de las hermanas Brontë. Ella misma se preparaba los alimentos y limpiaba la casa con verdadero agrado. Siempre se la veía pulcra; vestida con sencillez y propiedad. Debió de haber sido bella; aún conservaba una tez fresca y aquella tranquila y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad. Desde hacía algún tiempo estaba comprometida con el señor De Luna, contador de la empresa, quien la acompañaba todas las tardes desde la oficina hasta su casa. Algunas veces se quedaba a tomar un café y a oír música, mientras la señorita Julia tejía algún suéter para sus sobrinos. Cuando había un buen concierto asistían juntos; todos los domingos iban a misa y, a la salida, a tomar helados o pasear por el bosque. Después Julia comía con sus hermanas y sobrinos; por la tarde jugaban canasta uruguaya y tomaban el té. Al oscurecer Julia volvía a su casa muy satisfecha. Revisaba su ropa y se prendía los rizos.

Hacía más de un mes que Julia no dormía. Una noche la había despertado un ruido extraño como de pequeñas patadas y carreras ligeras. Encendió la luz y buscó por toda la casa, sin encontrar nada. Trató de volver a dormirse y no pudo conseguirlo. A la noche siguiente sucedió lo mismo, y así, día tras día… Apenas comenzaba a dormirse cuando el ruido la despertaba. La pobre Julia no podía más. Diariamente revisaba la casa de arriba abajo sin encontrar ningún rastro. Como la duela de los pisos era bastante vieja, Julia pensó que a lo mejor estaba llena de ratas, y eran éstas las que la despertaban noche a noche. Contrató entonces a un hombre para que tapara todos los orificios de la casa, no sin antes introducir en los agujeros un raticida. Tuvo que pagar por este trabajo 60 pesos, lo cual le pareció bastante caro. Esa noche se acostó satisfecha pensando que había ya puesto fin a aquella tortura. Le molestaba mucho, sin embargo, haber tenido que hacer aquel gasto, pero se repitió muchas veces que no era posible seguir en vela ni un día más. Estaba durmiendo plácidamente cuando el tan conocido ruido la despertó. Fácil es imaginar la desilusión de la señorita Julia. Como de costumbre revisó la casa sin resultado. Desesperada se dejó caer en un viejo sillón de descanso y rompió a llorar. Allí vio amanecer…

Como a las once de la mañana Julia no podía de sueño; sentía que los ojos se le cerraban y el cuerpo se le aflojaba pesadamente. Fue al baño a echarse agua en la cara. Entonces oyó que dos de las muchachas hablaban en el pasillo, junto a la escalera.

—¿Te fijaste en la cara que tiene hoy?

—Sí, desastrosa.

—No sé cómo puede presentarse a trabajar así, hasta un niño sospecharía…

— ¿Entonces tú también crees…?

—¡Pero si es evidente…!

—Nunca me imaginé que la señorita Julia…

—Lo que a mí me da coraje es que se haga pasar por una santa.

—A mí me da mucho dolor verla, la pobre ya no puede ni con su alma.

—¡Claro!, a su edad…

Julia sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza. Le comenzaron a temblar las manos y las piernas se le aflojaron. Le resultaba difícil entender aquella infamia. Un velo tibio le nubló la vista y las lágrimas rodaron por las mejillas encendidas.

La señorita Julia compró trampas para ratas, queso y veneno. Y no permitió que Carlos de Luna la acompa­ñara, porque le apenaba sobremanera que llegara a saber que su casa se encontraba llena de ratas. El señor De Luna podía pensar que no había la suficiente limpieza, que ella era desaseada y vivía entre alimañas. Colocó una ratonera en cada una de las habitaciones, con una ración de queso envenenado, pues pensaba que si las ratas lograban salvarse de la ratonera morirían envenenadas con el queso. Y para lograr mejores resultados y eliminar cualquier riesgo, puso un pequeño recipiente con agua, envenenada también, por si las ratas se libraban de la trampa y no gustaban del queso, pues imaginó que sentirían sed, después de su desenfrenado juego. Toda la noche escuchó ruidos, carreras, saltos, resbalones… ¡Aquellas ratas se divertían de lo lindo, pero sería su última fiesta! Este pensamiento le comunicaba algunas fuerzas y le abría la puerta de la liberación. Cuando el ruido terminó, ya en la madrugada, Julia se levantó llena de ansiedad a ver cuántas ratas habían caído en las ratoneras. No encontró una sola. Las ratoneras estaban vacías, el queso intacto. Su única esperanza era que, por lo menos, hubieran bebido el agua envenenada.

La pobre Julia empezó a probar diariamente un nuevo veneno. Y tenía que comprarlos en sitios diferentes y donde no la conocieran, pues en los lugares adonde había ido varias veces comenzaban a verla con miradas maliciosas, como sospechando algo terrible. Su situación era desesperada. Cada día sus fuerzas disminuían de manera notable. Había perdido su alegría habitual y la tranquilidad de que siempre había gozado; su aspecto comenzaba a ser deplorable y su estado nervioso, insostenible. Perdió por completo el apetito y el placer por la lectura y la música. Aunque lo intentaba, no podía interesarse en nada. Lo único que leía y estudiaba con desesperación eran unos viejos libros de farmacopea que habían pertenecido a su padre. Pensaba que su única salvación consistiría en descubrir ella misma algún poderoso veneno que acabara con aquellos diabólicos animales, puesto que ningún otro producto de los ordinarios surtía efecto en ellos.

La señorita Julia se había quedado dormida. Alguien le tocó suavemente un hombro. Despertó al instante, sobresaltada.

—El jefe la llama, señorita Julia.

Julia se restregó los ojos, muy apenada, y se empolvó ligeramente tratando de borrar las huellas del sueño. Después se encaminó hacia la oficina del señor Lemus. Apenas si llamó a la puerta. Y se sentó en el borde de la silla, estirada, tensa. El señor Lemus comenzó diciendo que siempre había estado contento con el trabajo de Julia, eficiente y satisfactorio, pero que de algún tiempo a la fecha las cosas habían cambiado y él estaba muy preocupado por ella… Que lo había pensado bastante antes de decidirse a hablarle… Y le aseguraba que, por su parte, no había prestado atención a ciertos rumores… (esto último lo dijo bajando la vista). Julia había enrojecido por completo, se afianzó de la silla para no caer, su corazón golpeaba sordamente. No supo cómo salió de aquel privado ni si alcanzó a decir algo en su defensa. Cuando llegó a su escritorio sintió sobre ella las miradas de todos los de la oficina. Afortunadamente el señor De Luna no estaba en ese momento. Julia no hubiera podido soportar semejante humillación.

Las hermanas se dieron cuenta bien pronto de que algo muy grave sucedía a Julia. Al principio aseguraba que no tenía nada, pero a medida que las cosas empeoraron y que Julia fue perdiendo la estabilidad tuvo que confesarles su tragedia. Trataron inútilmente de calmarla y le prometieron ayudarla en todo. Junto con sus maridos revisaron la casa varias veces sin encontrar nada, lo cual las dejó muy desconcertadas. Aumentaron entonces sus cuidados y atenciones hacia la pobre hermana. Poco después decidieron que Julia necesitaba un buen descanso y que debía solicitar cuanto antes un “permiso” en su trabajo. Julia también se daba cuenta de que estaba muy cansada y que le hacía falta reponerse, pero veía con gran tristeza que sus hermanas dudaban también del único y real motivo que la tenía sumida en aquel estado. Se sentía observada por ellas hasta en los detalles más insignificantes, y ni qué decir de la oficina, donde su conducta llevaba a los compañeros a pensar en motivos humillantes y vergonzosos. La incomprensión y la bajeza de que era capaz la mayoría de la gente, la había destrozado y deprimido por completo. Recordaba constantemente aquella conversación que había tenido el infortunio de escuchar, y la reconvención del señor Lemus… y entonces las lágrimas le rodaban por las mejillas y los sollozos subían a su garganta.

La señorita Julia estaba encariñada con su trabajo, no obstante la serie de humillaciones y calumnias que a últimas fechas había tenido que sufrir. Llevaba quince años en aquella oficina, y siempre había pensado trabajar allí hasta el último día que pudiera hacerlo, a menos que se le concediera la dicha de formar un hogar como a sus hermanas. Pensaba que era poco serio andar de un trabajo en otro, y que eso no podía sentar ningún buen precedente. Después de mucho cavilar resolvió que no le quedaba más remedio que solicitar un permiso, como deseaban sus hermanas, y tratar de restablecerse.

Las relaciones de Julia con el señor De Luna se habían ido enfriando poco a poco, y no porque ésta fuera la intención de ella. Cuando empezó a sufrir aquella situación desquiciante, se rehusó a verlo diariamente como hasta entonces lo hacía, por temor a que él sospechara algo. Experimentaba una enorme vergüenza de que descubriera su tragedia. De sólo imaginarlo sentía que las manos le sudaban y la angustia le provocaba náuseas. Después ya no era sólo ese temor, sino que Julia no tenía tiempo para otra cosa que no fuera preparar venenos. Había improvisado un pequeñísimo laboratorio utilizando algunas cosas que se había encontrado en un cajón, y que sin duda su padre guardaba como recuerdo de sus años de farmacéutico, pues unos años antes de morir vendió la farmacia y sólo se dedicaba a atender unos cuantos enfermos. En ese laboratorio Julia pasaba todos sus ratos libres y algunas horas de la noche mezclando sustancias extrañas que, la mayoría de las veces, producían emanaciones insoportables o gases que le irritaban los ojos y la garganta, ocasionándole accesos de tos y copioso lagrimeo… Así las cosas, Julia ya no tenía tiempo ni paz para sentarse a escuchar música con el señor De Luna. Se veían poco, si acaso una vez por semana y los domingos que iban a misa. Pero Julia sentía que aquel afecto era de tal solidez y firmeza que nada lo podía menoscabar. “Un sentimiento sereno y tranquilo, como una sonata de Bach; un entendimiento espiritual estrecho y profundo, lleno de pureza y alegría…” Así lo había Julia definido.

Y el señor De Luna pensaba igual que Julia respecto de la nobleza de sus relaciones, “tan raras y difíciles de encontrar, en un mundo enloquecido y lleno de perversión, en aquel desenfreno donde ya nadie tenía tiempo de pensar en su alma ni en su salvación, donde los hogares cristianos cada vez eran más escasos…” y daba gracias diariamente por aquella bella dádiva que se le había otorgado y que tal vez él no merecía. Pero Carlos de Luna era un hombre en extremo piadoso, hijo y hermano ejemplar, contador honorable y muy competente. Pertenecía con gran orgullo a la Orden de Caballeros de Colón de cuya mesa directiva formaba parte. Ya hacía algunos años que debería haberse casado, pero él, responsable en extremo, había querido esperar a tener la consistencia moral necesaria, así como cierta tranquilidad económica que le permitiera sostener un hogar con todo lo necesario y seguir ayudando a sus ancianos padres. Había conocido a Julia desde tiempo atrás, después tuvo la suerte de trabajar en la misma oficina, lo cual facilitó la iniciación de aquella amistad que poco a poco se fue transformando en hondo afecto. A últimas fechas, el señor De Luna se hallaba muy preocupado y confuso. Julia había cambiado notablemente, y él sospechaba que algo muy grave debía de ocurrirle. Se mostraba reservada, evitaba hablarle a solas. Empezó a sufrir en silencio aquel repentino y extraño cambio de Julia y a esperar que un día le abriera su corazón y se aclarara todo. Pero Julia cada día se alejaba más y el señor De Luna empezó a notar que en la oficina se comentaba también el cambio de Julia. Después llegaron hasta él frases maliciosas y mal intencionadas que tuvieron la virtud, primero de producirle honda indignación y, después, de prender la duda y la desconfianza en su corazón. En este estado fue a consultar su caso con el Reverendo Padre Cuevas, que desde hacía muchos años era su confesor y guía espiritual y quien resolvía los pocos problemas que el buen hombre tenía. El Reverendo Padre le aconsejó que esperara un tiempo prudente para ver si Julia volvía a ser la de antes o, de lo contrario, se alejara de ella definitivamente, ya que a lo mejor ésa era una prueba palpable que daba Dios de que esa unión no convenía y estaba encaminada al fracaso y al desencanto, y podía ser, tal vez, un grave peligro para la salvación de su alma.

La señorita Julia llegó una tarde, última que trabajaba en la oficina, a pedirle a Carlos de Luna que la acompañara hasta su casa porque quería comunicarle algo importante. Este la recibió con marcada frialdad, de una manera casi hostil, como se puede ver algo que está produciendo daño o un peligro inmediato y temido. Julia, más cohibida que de costumbre por la actitud de Carlos, le relató en el camino que iba a dejar de trabajar por un tiempo porque necesitaba descanso. Carlos de Luna escuchaba sin hacer ningún comentario. Con sombrero y paraguas negros y su habitual traje oscuro tenía siempre un aire grave y taciturno, que ese día estaba más acentuado.

Julia lo invitó a pasar. Mientras hacía el café experi­mentaba un gran bienestar. La sola presencia del señor De Luna le producía confianza y tranquilidad. Se reprochó entonces haberlo visto tan poco durante ese último tiempo. Se reprochó también no haber tenido el valor de confiarle su tragedia. El la hubiera confortado y juntos habrían encontrado alguna solución. Decidió entonces hablar con Carlos.

Los dos bebían el café, en silencio. De pronto Julia dijo:

—Carlos… yo quisiera decirle…

—Diga, Julia.

— ¿No quisiera oír algo de música?

—Como usted guste.

Julia se levantó a poner unos discos, profundamente contrariada consigo misma. No se había atrevido, no se atrevería nunca. Las palabras se habían negado a salir. Tal vez aquella actitud demasiado seca de Carlos la había contenido. Aquella mirada tan lejana cuando ella iba a empezar a contarle su tragedia. Cogió su tejido y se sentó. Entonces Carlos de Luna comenzó a hablar, más bien a balbucear:

—Julia, yo quisiera proponerle… más bien… yo he pensado… querida Julia… yo creo que lo mejor… es decir, tomando en cuenta… Julia, por nuestro bien y salud espiritual… lo más conveniente es dar por termi­nado… bueno, quiero decir no llevar adelante nuestro proyecto de matrimonio…

Mientras el señor De Luna trataba de decir esto, se secó la frente con el pañuelo varias veces. Estaba tan pálido como un muerto y la voz se le quebraba constantemente. Después, un poco más calmado, siguió hablando “de la tremenda responsabilidad que el matrimonio implicaba, de los numerosos deberes y las obligaciones de los cónyuges…”

Julia estaba aún más pálida que él. El tejido había caído de sus manos y la boca se le secó completamente. El dolor y el desencanto la habían traspasado de tal manera que temía no poder decir ni una sola palabra. Haciendo un verdadero esfuerzo le aseguró que estaba de acuerdo con él, y que esa decisión, sin duda, era lo mejor para ambos.

La señorita Julia se sentía como una casa deshabitada y en ruinas; no encontraba sitio ni apoyo; se había que­dado en el vacío; girando a ciegas en lo oscuro; quería dejarse ir, perderse en el sueño; olvidarlo todo. Dejó entonces de preparar venenos y de inventar trampas para las ratas. Tenía la convicción de que aquellos animales la perseguirían hasta el último día de su vida, y toda lucha contra ellos resultaría inútil. No fue más los domingos a comer con sus hermanas por no poder soportar el ruido que hacían los niños y menos aún jugar a las cartas. Tejía constantemente con manos temblorosas; de cuando en cuando se enjugaba una lágrima. Y sólo interrumpía su labor para asear un poco la casa y prepararse algo de comida. A veces se quedaba, algún rato, dormida en el sillón, y esto era todo su descanso. Su hermana Mela iba todas las noches a acompañarla. Temían que algo le pasara, si la dejaban sola; tal era su estado. Y Mela, cansada de las labores de su casa, caía rendida y se dormía profun­damente. A veces la despertaban los pasos de Julia que iba y venía por toda la casa buscando las ratas, “aquellas ratas infernales que no la dejaban dormir. . .”

Julia tenía los ojos cerrados, pero estaba despierta y escuchaba los ruidos en la estancia… en la escalera… aquellas carreras… saltos… resbalones… después allí en su cuarto… llegando hasta su cama… debajo de la cama. Abrió los ojos y se incorporó; algo de claridad penetraba por las viejas persianas de madera. Escuchó como una estampida, una huida rápida, distinguió unas sombras alargadas y alcanzó a ver unos ojillos muy redondos, muy rojos y brillantes. Encendió la luz y saltó de la cama; ahora sí las encuentro… Después de algún rato de inútil búsqueda volvió a la cama tiritando de frío. Lloró sordamente. Se mesaba los cabellos con desesperación o se clavaba las uñas en las palmas de las manos produciéndose un daño que ya no sentía.

Aquella mañana la señorita Julia se levantó haciendo un gran esfuerzo. Dio algunos pasos tambaleante y se detuvo unos minutos frente al espejo para componerse el cabello. El rostro que vio reflejado no podía ser más desastroso. Abrió el clóset para buscar algo que ponerse y… ¡allí estaban!… Julia se precipitó sobre ellas y las aprisionó furiosamente. ¡Por fin las había descubierto!… ¡las malditas, las malditas, eran ellas!… con sus ojillos rojos y brillantes… eran ellas las que no la dejaban dormir y la estaban matando poco a poco… pero las había descubierto y ahora estaban a su merced… no volverían a correr por las noches ni a hacer ruido… estaba salvada… volvería a dormir… volvería a ser feliz… allí las tenía fuertemente cogidas… se las enseñaría a todo el mundo… a los de la oficina… a Carlos de Luna… a sus hermanas… todos se arrepentirían de haber pensado mal… se disculparían… olvidaría todo… ¡malditas, malditas!… ¡qué daño tan grande le habían hecho!… pero allí estaban… en sus manos… reía a carcajadas… las apretaba más… caminaba de un lado a otro del cuarto… estaba tan feliz de haberlas descubierto… ya había perdido toda esperanza… reía estrepitosamente… Ahora estaban en su poder… ya no le harían daño nunca más… hablaba y reía… lloraba de gusto y de emoción gritaba, gritaba… qué suerte haberlas descubierto, qué suerte… risa y llanto, gritos, carcajadas… con aquellos ojillos rojos y brillantes… gritaba… gritaba… gritaba…

Cuando Mela llegó, restregándose los ojos y boste­zando, encontró a Julia apretando furiosamente su her­mosa estola de martas cebellinas.

 

No soy así de Kjell Askildsen

—Tampoco te esmeras mucho con los deberes, sales corriendo en cuanto acabas de comer. Por cierto, ¿qué haces en el bosque?

—Pasear, ya te lo he dicho.

—¿Mirando los árboles y escuchando los pájaros?

—¿Y qué tiene eso de malo?

—¿Estás seguro de que eso es lo único que haces?

—¿Qué iba a hacer si no?

—Eso lo sabrás tú mejor que nadie. Y además, no deberías estar siempre solo. Vas a volverte loco.

—¡Entonces deja que me vuelva loco!

—¡No emplees ese tono con tu madre!

—¡Entonces deja que me vuelva loco!

—¡Ten mucho cuidado!

—Ella se acercó. Él permaneció quieto. La madre le dio una bofetada en la cara. Él ni se movió.

—Si vuelves a pegarme, blasfemaré —dijo él. —¡No lo harás! —dijo ella y le dio otra bofetada.

—Hostia —dijo él—. Me cago en la hostia. —Lo dijo del modo más tranquilo posible. Luego notó que le salía el llanto, un llanto de rabia, se dio la vuelta y salió disparado. Siguió corriendo cuando se encontraba ya en la calle. No porque tuviera prisa, sino porque la rabia también tenía algo que ver con sus piernas. Me cago en la hostia, pensó mientras corría.

Cuando por fin había dejado atrás las casas y tenía el bosque y el páramo delante, aflojó el paso. Miró el reloj de pulsera que le habían regalado por su decimosexto cumpleaños, iba bien de tiempo. Se merece que me vuelva loco, pensó. Algún día se lo diré. Le diré: Te mereces que me vuelva loco, porque no entiendes nada. No haces más que agobiarme todo el tiempo sin entender nada.

Siguió el sendero bosque adentro. La luz solar caía oblicua entre los troncos. Al ver eso se dijo a sí mismo que pensándolo bien el bosque es casi más bonito cuando el sol no brilla. Cuando llueve es cuando es más bonito. Notó por dentro un cosquilleo de felicidad, porque nunca había pensado en eso. El sol tiene la capacidad de engañar, pensó, y sacó un cuaderno del bolsillo. Entre las páginas había un trozo de lápiz, se detuvo y escribió: El sol tiene la capacidad de engañar. Así me acordaré, pensó, luego volvió a guardarse el cuaderno en el bolsillo y se sintió feliz. Realmente feliz.

Llegó a su destino, se sentó en una piedra y pensó: Si ella no viene hoy, no es porque haya mentido a mi madre. Ni porque haya decidido hacer lo que nunca hasta ahora me he atrevido. Si no viene, es porque le han mandado hacer algo y no puede venir.

Volvió a sacar el cuaderno. Lo abrió y leyó en voz alta las cosas que había estado pensando en el transcurso del día. «Como chasquidos voluptuosos sus oraciones subieron hacia un Dios imaginario». «Un cenador en el jardín solo para el placer». «La chica tiene piernas que suben más allá del borde de la falda». Cerró el cuaderno, y sonrió para sus adentros. Algún día, pensó, algún día…

Entonces llegó ella corriendo. Unas veces era rubia y otras morena, según las sombras y la luz solar que caían sobre ella. Llevaba una blusa amarilla y unos pantalones marrones.

—Me alegro de que hayas venido —dijo él, y ella se sentó a su lado.

—Claro que he venido —contestó ella—. Siempre vengo. ¿Me has echado de menos hoy?

—Sí.

—He venido corriendo casi todo el camino.

Él le puso una mano en el hombro. Ella volvió la cara hacia él, y sus ojos grises le sonrieron antes de cerrarse. Me lo pone muy fácil, pensó él, mientras la besaba.

—Vayamos al sitio donde estuvimos ayer —dijo.

—¿Qué vamos a hacer allí? —preguntó ella sonriendo.

—Ya veremos.

—Dímelo, ¿qué vamos a hacer?

—Lo mismo que ayer.

—Vale.

Siguieron el camino que se adentraba en el bosque. Iban cogidos de la mano, y cuando dejaron el sendero y empezaron a andar por el brezo, ella dijo que en clase de alemán había estado pensando que no solo son los años los que deciden la edad que tienes. Es verdad, dijo él. Y luego pensé que te diría que sería una tontería por tu parte pensar que eres más joven que yo, porque en realidad eres mucho mayor. No me he dado cuenta de eso, dijo él. Solo quería decírtelo, dijo ella. Vale, dijo él, pensando que si ella tenía alguna razón para decirlo, era la de facilitarme las cosas. Eso significa que no va a ser nada difícil, que entonces los dos queremos lo mismo. Le apretó ligeramente la mano, y ella lo miró, sonriéndole con la boca y con los ojos.

Llegaron al lugar donde habían estado tumbados uno al lado del otro el día anterior. Ahora se sentaron uno enfrente del otro, y él dijo, sin mirarla, que ayer al llegar a casa compuse otro poema. Léemelo, le pidió ella. No sé si es bueno, contestó él. Léemelo de todos modos. Está bien, dijo, si me acuerdo. Era incapaz de mirarla.

 

 

Es verano, susurró ella, verano…

y se tumbó en el brezo

dejando que el verano viviera.

 

 

Besé sus ojos hasta que se volvieron negros

y ella pronunciaba extrañas palabras

sobre momentos de corta duración

sobre lirios que se marchitan

sobre el caballo que se quema las alas

al acercarse demasiado al sol.

 

Luego ella borró las palabras

con besos caldeados por el sol

— el verano vive.

 

Ella se tumbó boca arriba, y él se dio cuenta de que lo estaba mirando. Qué poema tan raro, dijo ella, y la manera en la que lo dijo le hizo sentirse feliz. ¿Te ha gustado?, preguntó él. Ven aquí y te contestaré, respondió ella. Él se tumbó de lado con la mano en el hombro de ella y el antebrazo sobre su pecho. Te admiro, dijo ella. Lo miraba mientras lo decía, y él no entendía cómo ella podía decir algo tan grande mirándolo a los ojos. Él llevó la mano hasta el pecho de ella, y ella dijo: pero no por eso te dejo arrugarme la blusa. No, dijo él, y empezó a desabrochársela.

—¿Nunca te hartas de mirar? —preguntó ella.

—Nunca hasta ahora he desabrochado esta blusa.

—Es nueva.

—Tiene más botones que ninguna.

Le abrió la blusa. La cogió por los hombros y la levantó para poder pasarle la mano por detrás. Le desabrochó el sujetador y le dijo: Quiero quitarte la blusa del todo. Ella se limitó a sonreír. Él le quitó la blusa y el sujetador, y los pechos se desparramaron un poco, pero no mucho. Tenía la sensación de que ya había vencido todas las dificultades. Ahora podía mirarla de nuevo a los ojos. ¿Ya estás feliz?, preguntó ella. Sí, respondió él, estoy pensando que ninguna otra cosa puede hacerme tan feliz. Pero hay algo más, y tengo que probarlo.

—Quiero desnudarte por completo —dijo, mirándola a los ojos.

—No debes hacerlo —dijo ella.

—¿Por qué no?

—Porque no y ya está.

—No te haré nada.

—Eso no puedes asegurarlo de antemano.

—Tengo que desnudarte —dijo él—. Si no lo hago ahora, lo haré más tarde, y no será más fácil entonces. Si no me lo permites, me harás mucho daño, porque he cedido todos los días durante una semana entera, y me hace cada vez más daño.

—Bésame —dijo ella, y él empezó a bajarle la cremallera del pantalón marrón mientras la besaba. Tengo que hacerlo, pensaba, es lo único correcto. Seguía besándola mientras le bajaba los pantalones. Ella se retorcía debajo de él, y él dejó de besarla y la miró a los ojos.

—No te haré daño —dijo—. Si quieres, te prometo que solo miraré. Le bajó los pantalones hasta las caderas, ella no hizo nada por impedírselo.

—Dime que me quieres —dijo ella.

—Te quiero.

Ella sonrió.

—¿Te parece bonito?

—Sí. Es más bonito que todo lo que he visto en pinturas y estatuas.

—Lo que pasa es que me daba vergüenza —dijo ella—. Era por eso.

—Sí —asintió él.

—Ya no me da vergüenza.

—A mí tampoco.

—Puedes tocarme si quieres.

Él dejó que su mano se deslizara por su vientre y bajara luego por entre sus piernas.

—Bésame —dijo ella, y mientras él la besaba, ella le desabrochó y le mostró el camino. Era extraño, cálido y agradable.Ten cuidado, dijo ella, y él permaneció completamente quieto. Pensó: estoy haciendo el amor con ella. Este es el mejor día de mi vida, y a partir de ahora todos los días serán los mejores, porque ahora sé qué es lo mejor.

—Ten cuidado —dijo ella.

—Sí —dijo él—. Tendré cuidado. No te haré nada.

—¿Te gusta? —preguntó ella.

—Sí.

—¿Incluso cuando permaneces quieto?

—Sí —contestó él, un poco asombrado—. Esto es lo que deseaba.

—Yo también.

—Creo que ya nunca voy a desear nada que no conozca.

—¿Vas a echarme de menos?

—Sí —contestó él—. A ti y esto.

—¿Te parezco muy brusca si te digo que tengo frío? —preguntó ella sonriéndole.

—No —contestó él, y salió con mucho cuidado de ella. Se tumbó boca arriba en el brezo y miró las copas de los árboles. Ya no estaban del todo verdes, y pensó: Pronto será otoño y luego invierno.

—¿Qué vamos a hacer cuando llegue el invierno?

—No lo pienses. Aún falta mucho.

—Sí —asintió él, pero no podía dejar de pensar en ello. La miró, ella ya se había puesto toda la ropa menos la blusa.

—¿Quieres que te la abroche? —preguntó él. Ella asintió con la cabeza. Él contó los botones. Once. Se levantaron y fueron hacia el sendero. Ella dijo que ya no tendremos que tener vergüenza nunca más. Así es, dijo él. Tomaron el sendero cogidos de la mano. ¿En qué estás pensando?, preguntó ella. En nada en especial, contestó él. Sí, estás pensando en algo, insistió ella. Dímelo. Estoy pensando que debo haberte parecido muy raro por estarme completamente quieto, dijo él. Seguramente es así para todo el mundo la primera vez, dijo ella. Él la miró, ella no parecía avergonzada. Además te lo pedí yo, dijo ella, por eso lo hiciste. No, pensó él. No fue por eso. No sé por qué lo hice, pero no fue por eso.

—No creo que sea así para todo el mundo —dijo él.

—No pienses en eso —dijo ella. —Tengo que pensar en eso —dijo él.

—También es culpa mía; te lo pedí porque tenía miedo.

—No es tan sencillo —dijo él—, porque yo prefería que fuera así.

—Fue solo porque tú también tenías miedo.

—No tenía miedo.

—Tal vez tenías miedo sin saberlo. A veces pasa.

—Sí —contestó él. Habían salido ya del bosque, y a ninguno de los dos se le había ocurrido que debían irse a casa cada uno por su lado, como solían hacer.

—Te acompaño hasta tu casa —dijo él.

—¿Crees que debes?

—Sí —contestó él—. A partir de ahora te acompañaré hasta tu casa.

 

 

También eres feo de Lorrie Moore

Originalmente publicado en la revista The New Yorker (3 de julio de 1989, pág. 30);
Like Life
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1990, 178 págs.)

      Había que salir de vez en cuando de ellos, de esos pueblos de Illinois de nombres graciosos: Paris, Oblongo, Normal. Una vez, cuando el Dow Jones cayó doscientos puntos, un periódico local alardeó en el encabezado principal: “HOMBRE NORMAL SE CASA CON MUJER OBLONGA.” Sabían lo que era importante. ¡Lo sabían! Pero tendrías que salir de vez en cuando, siquiera para cruzar la frontera de Terre Haute y ver una película.
Fuera de París, a la mitad de un largo campo, había un conjunto de edificios de ladrillos, una pequeña universidad de artes con el improbable nombre de Hilldale-Versailles. Zoë Hendricks llevaba tres años enseñando Historia de los Estados Unidos. Enseñaba: “La Revolución y más allá” a estudiantes de primer y segundo año, y cada tercer semestre llevaba el seminario principal para estudiantes de maestría, y aunque las evaluaciones de sus estudiantes habían empeorado en el último año y medio —La profesora Hendricks casi siempre llega tarde a clase y usualmente lo hace con una taza de chocolate caliente del que ofrece sorbitos a la clase—, en general el departamento de nueve hombres se sentía agradecido de tenerla. Sentían que añadía el necesario toque femenino a los corredores –ese tenue rastro de Obsession y sudor, y el ligero, rápido cloqueo de los tacones. Además habían tenido una reputación de discriminación sexual y el decano había dicho que, bueno, ya era hora.
La situación no era fácil para ella, lo sabían. Una vez, al comienzo del último semestre, había llegado al salón de lectura cantando: “Getting To Know You” de cabo a rabo. A pedido del decano, el presidente del consejo la llamó a su oficina, pero no le pidió ninguna explicación, en realidad. Le pregunto cómo se sentía y sonrió de una manera particular. Ella dijo: “Bien,” y el presidente estudió la manera en como lo dijo, con los dientes delanteros mordiendo el labio inferior. Casi era linda, pero su rostro mostraba la tensión y la ambición de siempre haber estado cerca pero no del todo. Se notaba mucho esmero con el delineador de ojos, y sus aretes, gastados, sin duda, porque carecía de drama, provocaban un poco de miedo al sobresalir de los lados de su cabeza como antenas.
Estoy perdiendo el juicio,” dijo Zoë a su joven hermana, Evan, en Manhattan. La profesora Hendricks parece conocer el soundtrack completo de ‘El rey y yo’ ¿Es esto Historia? Zoë le telefoneaba cada jueves.
Siempre dices eso,” dijo Evan, “pero entonces estás en tus viajes o tus vacaciones y todo vuelve a su lugar y te tranquilizas por un tiempo y entonces dices que estás bien, que estás ocupada, y entonces otra vez dices que te estás volviendo loca y otra vez a comenzar Evan era diseñadora de comida a medio tiempo para tomas de fotos. Cocinaba verduras en tinte verde. Dejaba un guiso de bistec sobre una cama de canicas e iba de compras por diferentes y nuevos tipos de spray de silicona y cubos de hielo de plástico. Pensaba que su vida estaba bien. Vivía con su novio de hacía muchos años, que era independientemente rico y tenía un divertido y trabajo en el negocio de las publicaciones. Ya eran cinco años desde que dejaran la universidad, y vivían en un lujoso edificio del centro con balcón y acceso a la alberca. “No es lo mismo que tener tu propia alberca,” suspiraba Evan siempre, como para que Zoë supiera que había aún cosas que ella, Evan, tenía que tolerar.
“Illinois. Estar aquí me pone sarcástica,” dijo Zoë al teléfono. En general, solía insistir en que era ironía, algo gentilmente depositado en capas, sofisticado, algo ajeno al medio oeste aunque sus estudiantes lo seguían llamando sarcasmo, una cosa que se sentían calificados para reconocer, y ahora ella no tenía más remedio que aceptar. No era ironía. “¿Cuál es su perfume?” le preguntó una vez un estudiante. “Aromatizante para cuartos” dijo ella. Sonrió pero él la miró, desconcertado.
Por mucho, sus estudiantes eran buenos representantes del medio oeste, embobados por el estrógeno que extraían de grandes cantidades de carne y huevo. Compartían los valores suburbanos de sus padres; y ellos, sus padres, les habían dado cosas, cosas, cosas. Eran complacientes. Los habían comprado. Y ahora estaban armados con una saludable vaguedad acerca de cualquier aspecto histórico o geográfico. En realidad, parecían saber demasiado poco sobre nada, aunque mostraban buen humor al respecto. “Todos esos estados del Este son tan pequeños y amontonados”, se quejaba uno de sus estudiantes la semana que Zoë leía “El momento crucial de la Independencia: La batalla de Saratoga.” “Profesora Hendricks, usted es de Delaware, ¿verdad?” le preguntó el estudiante. “Maryland” corrigió Zoë. “Ah” dijo él, despreciativamente, “Nueva Inglaterra.”
Sus artículos —capítulos para un libro titulado Escuchándolos: Usos del humor en la Presidencia de los Estados Unidos— eran en general bien recibidos, aunque salieran lentamente de su cabeza. Le gustaba que sus artículos contemplaran todas las etapas del día —incluso desconfiaba de las cosas escritas solamente de mañana—, por lo que releía y rescribía laboriosamente. Ninguna faceta del día –su humor, su luz- podía predominar. A veces hasta durante un año pendía de un artículo, revisándolo a todas horas, hasta que el día, en su totalidad, quedaba registrado.
Su trabajo anterior al de Hilldale-Versailles lo tuvo en un pequeño colegio de New Geneva, en Minnesota, la Tierra de los Moribundos Centros Comerciales. Todos ahí eran tan rubios que en general a las castañas se les consideraba extranjeras. Que la Profesora Hendricks sea de España no le da el derecho a ser tan negativa hacia nuestro país. Existía un marcado interés hacia la alegría. Quizá porque en New Geneva nadie esperaba que fueras crítica o quejosa. Y nadie esperaba, tampoco, que notaras que la ciudad había crecido demasiado y que sus centros comerciales lucían viejos y naufragaban. No debías decir que no estabas “bien, gracias ¿y usted?” Se esperaba, en suma, que fueras Heidi. Que llevaras leche de cabra hasta las colinas sin pensarlo dos veces. Heidi no se quejaba. Heidi no hacía cosas como pararse frente a la nueva fotocopiadora IBM diciendo “Si esta fotocopiadora de mierda se vuelve a estropear, me corto las venas.”
Pero ahora, en su segundo trabajo, en su cuarto año de enseñanza en el Medio Oeste, Zoë estaba descubriendo algo que nunca sospechó tener: una veta de malhumor, crispada y aguda. Alguna vez consintió a sus alumnos, cantándoles canciones, permitiéndoles que la llamaran incluso a casa para hacerle preguntas personales, más ahora comenzaba a perder simpatía. Ya eran diferentes. Comenzaban a parecerle demandantes y malcriados.
“Usted actúa,” le dijo uno de sus estudiantes de último curso durante una conferencia, “como si su opinión valiera más que la cualquiera en la clase.”
Los ojos de Zoë se abrieron de par en par. “Soy la maestra,” dijo. “Me pagan para actuar así.” Miró atentamente a la estudiante, que llevaba un lazo en el cabello como si fuera una cowgirl en una serie campirana de TV. “Quiero decir, de otra manera todos en la clase tendrían pequeñas oficinas y horario de trabajo.” Muchas veces la Profesora Hendricks toma el tiempo de la clase para hablar de las películas que ha visto. Observó a la estudiante un poco más, y añadió: “Apuesto a que eso te gustaría.”
“A lo mejor le sueno un tanto quejica,” dijo la chica, “pero lo único que quiero es que mi carrera de historia signifique algo.”
“Bueno, ése es tu problema,” dijo Zoë, y, con una sonrisa, le mostró la puerta. “Me gusta tu lazo,” dijo.
Zoë se desvivía por el correo, por el cartero —ese pájaro tan mozo—, y cuando recibía una carta real con un sello real de cualquier parte, se la llevaba a la cama y la leía una y otra vez. También veía televisión a todas horas y tenía el equipo en su habitación —mala señal. La Profesora Hendricks ha hablado mal Fawn Hall, de la religión católica y de todo el estado de Illinois. Es increíble. En época de Navidad daba veinte dólares de propina al cartero y a Jerry, el único taxista de la ciudad, a quien ella había llegado a conocer durante todos sus viajes de ida y vuelta al aeropuerto de Terre Haute, y quien, desde que se dio cuenta que tales viajes eran una extravagancia, le ofrecía tarifas especiales.
“Voy a tomar un vuelo y visitarte este fin de semana,” anunció Zoë.
“Esperaba que lo hicieras,” dijo Evan. “Charlie y yo vamos a tener una fiesta de Halloween. Va a ser muy divertido.”
“Ya tengo disfraz. Es un casco. De esos que parecen un hueso gigante que te atraviesa la cabeza.
“Buenísimo,” dijo Evan.
“Sí, muy bueno.”
“Todo lo que yo tengo es mi máscara de luna del año pasado y del antepasado. Probablemente terminaré casándome con ella.”
“¿Tú y Charlie se van a casar?” Zoë se sintió ligeramente alarmada.
“Hmmmmmmmno, no inmediatamente.”
“No se casen.”
“¿Por qué?”
“No ahora mismo. Eres muy joven.”
“Sólo dices eso porque eres cinco años mayor que yo y no te has casado.”
“¿No me he casado? Ay, Dios mío,” dijo Zoë, “Olvidé casarme.”
Zoë había salido con tres hombres desde su llegada a Hilldale-Versailles. Uno de ellos era un burócrata municipal que había arreglado una multa por mal estacionamiento que ella había llevado para protestar, y luego la invitó a tomar un café. Al principió, pensó que era maravilloso —¡al fin alguien que no quería a una Heidi! Pero pronto comprendió que todos los hombres, muy en el fondo, deseaban una Heidi. Heidis con escotes. Heidis con ropa de gimnasia. El burócrata de la multa por mal estacionamiento pronto se volvió cansado e intermitente. Un frío día de otoño, en su elegante e impráctico convertible, a la pregunta de ella de qué es lo que andaba mal, él dijo, “No te vendría nada mal un poco de ropa nueva, sabes.” Ella usaba un montón de pana verde grisácea. Tenía la impresión de que resaltaba sus ojos, esas dos estrellas tímidas. Sacudió una hormiga de su manga.
“¿Tenías que hacerlo precisamente en el auto?” preguntó él, mientras manejaba. Observó sus pectorales, mirando primero el izquierdo, luego el derecho, en un vistazo general. Vestía una camiseta ajustada.
“¿Perdón?”
Él disminuyó la velocidad en la luz ámbar, y frunció el ceño.
“¿Acaso no podías levantarlo y arrojarlo fuera del auto?”
“¿La hormiga? Me pudo haber mordido. Quiero decir, ¿qué diferencia hay?”
“¡Te pudo haber mordido! Já. Qué ridículo. Ahora va a dejar huevecillos en mi auto.
El segundo tipo era más dulce, grandote, aunque no insensible a ciertas pinturas y canciones, pero con frecuencia, también, las cosas que hacía o decía terminaban por asustarla. Una vez, en un restaurante, robó las guarniciones de su plato y esperó a que ella lo notara. Cuando no lo hizo, finalmente extendió los puños sobre la mesa y dijo “Mira,” y al abrirlos ahí estaba su ramita de perejil y su rebanada de naranja arrugada y hecha bolita. En otra ocasión le describió su más reciente visita al Louvre. “Y ahí estaba yo, frente a La barca de Dante, de Delacroix, y todos se habían marchado por lo que tuve mi propia audiencia privada, con todas esas sombras agonizantes abriéndose en todas direcciones, y aquel movimiento de la pintura que comenzaba desde el fondo en remolinos, acumulándose más y más en la roja tela de la capucha de Dante, arremolinándose en la distancia, hacia donde podías ver las llamas anaranjadas.” Se quedó sin aliento en la descripción. Ella lo halló conmovedor y sonrió para animarlo. “Un cuadro así,” dijo él, meneando la cabeza. “Hace que uno se cague encima.”
“Tengo que preguntarte algo,” dijo Evan. “Sé que hay mujeres que se quejan de no conocer hombres pero, en serio, yo conozco muchos. Y no todos son homosexuales, te lo aseguro.” Hizo una pausa. “Ya no.”
“¿Qué me estás preguntando?”
El tercer tipo era un profesor de ciencias políticas llamado Murray Peterson que gustaba salir en parejas con colegas por cuyas esposas se sentía atraído. Usualmente la esposas le permitían algo de coqueteo. No era raro que bajo la mesa se diera algo de toqueteo con los pies, o incluso con las rodillas. Entonces Zoë y el esposo se quedaban solos con la comida, mirando fijamente hacia los vasos, y masticando como chivos. “Oh, Murray,” dijo una esposa, que nunca terminó su master en terapia física y usaba ropas anchas. “Sabes, me sé todo acerca de ti: tu cumpleaños, el número de tu matrícula. Lo he memorizado todo. Pero sólo es por la clase de mente que tengo. Una vez, en una fiesta, sorprendí a los anfitriones cuando me levanté y me despedí de todos los que estaban ahí, por nombre y apellido.”
“Yo conocí a un perro que podía hacer eso,” dijo Zoë, con la boca llena. Murray y la esposa la miraron con gesto de enfado y reproche, pese a que el esposo parecía de pronto muy divertido. Zoë pasó el bocado. “Era un labrador parlante, y tras diez minutos de escuchar la conversación de la cena este perro sabía los nombres de cada persona. Podías decirle, ‘Lleva este cuchillo a Murray Peterson’, y lo hacía.”
“En serio,” dijo la esposa, frunciendo el ceño, y Murray Peterson nunca más la volvió a llamar.
“¿Estás viendo a alguien?” preguntó Evan. “Lo pregunto por un motivo particular. No es que me esté portando como mamá.”
“Estoy viendo mi casa. La atiendo cuando se pone húmeda, cuando llora, cuando vomita.” Zoë había adquirido una casa de campo cerca del campus, aunque justo ahora pensaba que no debió hacerlo. Era difícil vivir en una casa. Se la pasaba entrando y saliendo de las habitaciones, buscando dónde había dejado las cosas. Iba al sótano sin razón alguna excepto porque le divertía poseer una sótano. También le divertía poseer un árbol.
Sus padres, en Maryland, estaban muy contentos de que al fin una de sus hijas fuera capaz de permitirse una propiedad, y cuando cerró el contrato le enviaron flores con una carta de felicitaciones. Su madre, incluso, le había enviado una caja de viejas revistas de decoración guardadas durante años –fotografías de hermosas habitaciones con las que su madre fantaseaba, puesto que nunca, en realidad, había habido dinero para redecorar. Era más como poseer la pornografía de mamá, esa caja, heredar sus fantasías más profundas, el deseo y la coquetería ilimitados que habían sido su vida. Aunque para su madre se trataba de un pasaje ritual que le encantaba. “Quizá puedas sacar algunas ideas de esto,” le escribió. Así que cuando Zoë miró las fotografías, las audaces y hermosas habitaciones, se sintió llena de nostalgia. Ideas e ideas de nostalgia.
Justo ahora la casa de Zoë se encontraba casi vacía. Los dueños anteriores habían empapelado alrededor de los muebles dejando siluetas y huecos extraños en las paredes, y no es que Zoë se hubiera aplicado ya a remediarlo. Compró muebles, luego los quitó, amueblando y desamueblando, preparando y cuidando, como a un útero. Había comprado muchos arcones de madera de pino para usarlos como sofá o cajas de zapatos, pero pronto comenzó a verlos más y más como ataúdes de niños, y los devolvió. Y recientemente también había comprado una alfombra oriental para la sala, con símbolos chinos que no entendía. La vendedora insistió en que significaban “Paz” y “Vida eterna”, y la verdad es que Zoë se mostró un tanto preocupada el día que trajo la alfombra a casa. ¿Qué tal si los símbolos no significaban “Paz” y “Vida eterna”? ¿Qué tal si querían decir, digamos, “Bruce Springsteen”? Y mientras más lo pensaba, más se convencía de poseer una alfombra que decía “Bruce Springsteen.” Así que esa también la devolvió.
Llegó a comprar, también, un pequeño espejo barroco para la entrada que, según le dijo Murray Peterson, alejaba a los malos espíritus. Como fuera, el espejo le llenaba de miedo, asustándola con el reflejo de una mujer que ella nunca reconocía. En ocasiones lucía más hinchada y simplona de lo que recordaba. Otras veces oscura y cambiante. Pero la mayor parte del tiempo, simplemente, lucía vaga. “Te pareces a alguien que conozco” le habían dicho dos extraños el año pasado en Terre Haute. De hecho, y por momentos, no parecía poseer un aspecto propio, o cualquier aspecto, pero luego la divertía saber que los colegas y los estudiantes la reconocían del todo. ¿Cómo lo sabían? Cuando entraba a un salón, ¿cómo luciría para que ellos la reconocieran? ¿Como así?
¿Es que ella se veía así? Y entonces devolvió el espejo.
“La razón por la que te pregunto esto es porque conozco a un hombre que quizá deberías conocer,” dijo Evan. “Es divertido. Es heterosexual. Es soltero. Es todo lo que voy a decir.”
“Creo que estoy muy vieja para la diversión,” dijo Zoë. Tenía un oscuro y erizado pelo en la barbilla, y justo ahora podía sentirlo con el dedo. Quizá es que cuando has pasado demasiado tiempo sin el sexo opuesto, comienzas a parecértele. En un acto de invención desesperada, comienzas a desarrollar el tuyo propio. “Lo único que quiero es ir a la fiesta, usar mi casco, hacerle una visita al pez tropical de Charlie y preguntarte sobre tus plantas.
Estaba pensando en todas las páginas de “Nuestra Constitución: Cómo Nos Afecta”, que tenía que corregir. Pensó en las pruebas de ultrasonido que iba a hacerse el viernes, porque según su doctor, y el asistente de su doctor, tenía un grande y misterioso crecimiento en su abdomen. Vesícula biliar, era lo que decían. U ovarios, o colon. “¿De verdad practican medicina?” preguntó Zoë en voz alta, después que ellos salieran de la habitación. Una vez, de niña, llevó a su perro al veterinario, que le dijo: “Bueno, tu perro tiene parásitos, o cáncer o un auto lo golpeó.”
Deseaba llegar a Nueva York.
“Bueno, como sea. Nos la pasaremos bien. No puedo esperar a verte, chica. Y no olvides tu hueso en la cabeza,” dijo Evan.
“No es algo que se olvide,” dijo Zoë.
“Supongo,” dijo Evan.
Lo del ultrasonido lo mantenía en secreto, incluso para Evan. “Siento que me estoy muriendo,” le había insinuado una vez a Evan, por teléfono. “No te estás muriendo,” le dijo Evan, “sólo estás disgustada.”
“Ultrasonido,” decía Zoë ahora, medio en broma, al técnico que le ponía el gel sobre su abdomen desnudo. “¿No le suena como a un gran sistema de sonido?
No había tenido nadie que armara tanto lío sobre su estómago desnudo desde que su novio de posgrado, que revoloteaba sobre ella cada vez que se sentía mal, movía los brazos, presionaba las manos contra su ombligo, y cantaba, evangélicamente, “Sana! Sana! Por el amor del Bebé Jesús!” Y Zoë reía y hacían el amor, ambos con la esperanza secreta de que ella quedara embarazada. Luego se preocupaban, y él, hundiendo la mejilla sobre su vientre le preguntaba si tenía retraso, ¿lo tenía? ¿estaba segura?, debería tener retraso, pero cuando pasaron dos años sin lograr el embarazo comenzaron a pelearse y finalmente se separaron.
“Okey,” dijo el técnico, distraídamente.
El monitor estaba en marcha, y las entrañas de Zoë aparecieron en la pantalla en toda su gris y jironeada vaciedad. Lucían como el mármol en las más finas gradaciones, desde el negro hasta el blanco, como la piedra de una vieja iglesia o la foto de la luna. “No le parece,” balbuceó al técnico, “que el aumento de la infertilidad entre tantas parejas de este país se debe a que son dos razas completamente diferentes que intentan reproducirse?” El técnico movió el escáner en giros y tomó más fotos. Por una en particular, de la parte derecha de Zoë, el técnico se mostró súbitamente alerta, y la máquina emitió un chasquido.
Zoë observó la pantalla. “Eso que encontró ahí debe de ser el crecimiento,” sugirió Zoë.
“No le puedo decir nada,” dijo el técnico, un tanto rígido. “Su doctor tendrá el reporte del radiólogo esta tarde y le telefoneará.”
“Estaré fuera de la ciudad,” dijo Zoë.
“Lo siento,” dijo el técnico.
Conduciendo a casa, Zoë miró por el retrovisor y decidió que lucía… bueno, ¿cómo podría uno describirlo? Un poco pálida. Recordó la broma del tipo que visita a su doctor y el doctor le dice: “Siento decirlo, pero usted sólo tiene seis semanas de vida.”
“Quiero una segunda opinión,” dice el tipo. Usted actúa como si fuera superior a todos en la clase.
“¿Quiere una segunda opinión? Muy bien,” dice el doctor, “También es feo.” Le gustaba esa broma. Creía que era terrible, terriblemente divertida.
Tomó un taxi al aeropuerto. Jerry, el conductor, se mostró feliz de verla.
“Diviértase en Nueva York,” dijo, sacando la maleta del portaequipaje. Ella le gustaba. O al menos siempre actuaba como si así fuera. Ella lo llamaba Jare.
“Gracias, Jare.”
“¿Sabe? Le diré un secreto. Nunca he estado en Nueva York. Le diré dos secretos. Nunca he estado en un avión.” La despidió con un movimiento triste mientras ella empujaba la puerta para entrar a la terminal. “O en un ascensor!” gritó.
La clave para volar seguro, pensaba Zoë, era nunca comprar un boleto de descuento y decirse uno mismo que de cualquier manera no tenías nada por qué vivir, de modo que no habría ningún problema en caso de accidente. Pero entonces, cuando no sucedía nada, cuando lograbas mantenerte en lo alto junto con tu propia inutilidad, todo lo que debías hacer era salir a tropezones, buscar tu equipaje, y, mientras llegaba el taxi, buscarse una razón persuasiva para seguir viviendo.
“Llegaste!” gritó Evan al timbre, antes incluso de abrir la puerta. Luego la abrió ampliamente. Zoë dejó las maletas sobre el piso y abrazó fuertemente a Evan. De pequeña, Evan siempre fue cariñosa y devota. Zoë siempre cuidó de ella –aconsejándola, tranquilizándola- hasta tiempos recientes, en que Evan comenzó a aconsejarla y tranquilizarla a ella. Eso asustaba a Zoë. Sospechaba que tenía algo que ver con el hecho de estar sola. Algo que incomodaba a la gente.
“¿Cómo estás?”
“Vomité en el avión. Además de eso, estoy bien.”
“¿Te ofrezco algo? A ver, déjame las maletas. Con que malita en el avión, eh. Uy.”
“Fue en una de esas bolsitas,” dijo Zoë, por si a Evan se ocurría que había sido en el pasillo. “Casi en silencio.”
El apartamento era espacioso e iluminado, con una vista de toda la ciudad a lo largo del lado este. Había un balcón y puertas de vidrio corredizas. “Siempre me olvido que este departamento es tan bonito. Piso veinte. Portero…” Zoë podía trabajar toda su vida y nunca tener un apartamento como éste. Y tampoco Evan. Era el departamento de Charlie. Él y Evan vivían ahí como dos niños en un dormitorio, latas de cerveza y ropa regadas por todos lados.
Evan llevó las maletas lejos del revoltijo, junto a las peceras. “Estoy tan contenta de que estés aquí,” dijo. “Y ahora, ¿qué te sirvo?”
Preparó el almuerzo –sopa de lata y galletita saladas.
“Respecto de Charlie, no lo sé,” dijo, cuando terminaron. “Nos veo ya como unos cuarentones alejados del sexo.”
“Hmmm,” dijo Zoë. Se reclinó sobre el sofá de Evan y miró por la ventana hacia las oscuras cimas de los edificios. Parecía un poco antinatural vivir en el cielo de ese modo, como pájaros que por una hazaña errónea anidaran muy alto. Asintió con la cabeza hacia las peceras y soltó una risita. “Me siento como un pájaro,” dijo. “Con mi propia ración de peces.”
Evan suspiró. “Llega a casa y se echa en el sofá, mira fútbol borroso. Usa el color crema psicodélico y el aparato de los rizos, si sabes a lo que me refiero.”
Zoë se levantó y acomodó los cojines del sofá. “¿Qué es futbol borroso?”
“Aún no tenemos cable. Todo nos llega borroso. Así que Charlie lo mira así.”
“Hmm, ya veo. Sí, es un poco depresivo,” dijo Zoë. Miró sus manos. “Especialmente lo de no tener cable.”
“Así es como se mete a la cama.” Evan se levantó para hacer una demostración. “Se quita toda la ropa pero cuando toca al turno de los calzoncillos simplemente los deja caer hasta un tobillo. Luego levanta una pierna, los avienta al aire y los atrapa. Yo, por supuesto, lo miro desde la cama. Y nada más. Sólo eso.”
“Quizá deberían pasar por alto esas cosas y casarse.”
“¿Te parece?”
“Claro. Quiero decir, ustedes probablemente piensen que vivir juntos de esta manera es lo mejor de todo, pero…” Zoë trató de sonar como la hermana mayor; la hermana mayor es lo que se supone que sería la madre que nunca tendrías, la mamá buena onda, tranquila. “Pero yo descubrí que tan pronto como crees tener de todo…” –pensó en ella misma, sola en su casa, en las cigarras cara de sapo que volaban alrededor como hombrecitos nocturnos y aterrizaban sobre sus cortinas, mirando; en los zapatos número treinta que había colocado en la puerta para alejar a los intrusos; en la ridícula, muñeca inflable que alguien le había dicho que sentara a la mesa del desayuno- “entonces repentinamente todo cambia y se vuelve lo peor de todo.”
“¿De verdad?” Evan irradiaba felicidad. “Ay, Zoë. Tengo que decirte algo. Charlie y yo nos vamos a casar.”
“¿De verdad?” Zoë se sintió confundida.
“No sabía cómo decírtelo.”
“Sí, bueno. Supongo que todo eso sobre el futbol borroso me confundió un poco.”
“Esperaba que fueras mi dama de honor,” dijo Evan, ansiosa. “¿No te sientes feliz por mí?”
“Sí” dijo Zoë, y comenzó a contarle a Evan la historia de un violinista premiada de Hilldale-Versailles —cómo la violinista había llegado de una competencia en Europa y se había liado con un tipo del pueblo que la obligaba a ir a todos los partidos de softball de verano y la hacía brindar por él desde las gradas junto con las otras esposas, hasta que ella se mató. Pero cuando Zoë iba a la mitad del cuento, en la parte de los brindis desde las gradas, se detuvo.
“¿Entonces qué?” dijo Evan. “¿Qué pasó?”
“La verdad es que nada,” dijo Zoë, tranquilamente. “A ella comenzó a gustarle el softball. Tendrías que haberla visto.”
Zoë decidió ir a la función vespertina de cine, dejando a Evan las faenas de preparar lo necesario para la fiesta.
“Debo hacerlo sola, de verdad,” le había dicho, un poco tensa tras la historia de la violinista. Zoë pensó a ir a un museo de arte pero las mujeres que iban a los museos tenían que lucir muy bien. Siempre lo hacían. Elegantes y serias, moviéndose lánguidamente, con un gran bolso de mano. En vez de eso, camino por Kips Bay, pasando frente a una boutique de aretes llamada Póntelo en las orejas, luego pasó por un salón de belleza llamado Dorian Gray. Eso era lo divertido respecto de la “belleza,” pensó Zoë. Busca entre las páginas de la sección amarilla y encontrarás cientos de entradas, todas agresivas en su inteligencia, cortesía y consejos. Pero busca “verdad,” –Já! Absolutamente nada. Nada de nada.
Zoë pensó en el matrimonio de Evan. ¿Se convertiría Evan en la esposa de Pedro Comecalabazas? ¿Señora Comecalabazas? ¿Y en la boda, obligaría a Zoë a vestirse con un vestido color lavanda lleno de volados, idéntica a las otras damas? Zoë odiaba los uniformes, e incluso, en primer grado, se había rehusado a unirse al club de las Chicas Duendes porque no deseaba usar el mismo disfraz que todas. Y ahora tendría que hacerlo. Y quizá podría distinguirlo. Levantarlo por un lado con una pinza, por ejemplo. O colocar una gasa de cirugía en la cintura. Abrocharse en el pecho uno de esos pins que dicen, en letras grandes, “Shit Happens.”
En la película –Death by Number– compró palitos de regaliz para masticar. Tomó asiento junto a la salida. La poseyó la extraña autoconciencia de hallarse sola, y esperaba que el cine oscureciera pronto. Cuando oscureció y comenzaron los comerciales, buscó en su bolso los lentes. Los tenía en un estuche. Los Kleenex también estaban en un estuche. Lo mismo los bolígrafos, las aspirinas y las mentas. Todo se encontraba en un estuche. Y eso es en lo que se había convertido: en una mujer sola en el cine con todo en estuches.
En la fiesta de Halloween había como dos docenas de personas. Había gente con cabezas de mono y largo vello en las manos. Alguien se había disfrazado de duende. Alguien se había disfrazado de cena congelada. Un hombre había traído a sus dos hijas pequeñas: una bailarina, y la hermana de la bailarina, también vestida de bailarina. Había un grupillo de brujas muy sensuales –mujeres vestidas enteramente de negro, muy maquilladas y enjoyadas. “Odio a esas brujas tan atractivas. No va con el espíritu de la noche de Halloween,” dijo Evan que, por su parte, había abandonado la máscara de luna para disfrazarse de muñeca alemana de rizos y delantal, decisión que ahora lamentaba. Charlie, y porque le gustaban los peces, porque era dueño de muchos peces y porque los coleccionaba, había decidido vestirse como pez. Tenía aletas y ojos a los lados de la cabeza. “¡Zoë! ¿Cómo estás? ¡Siento no haber estado aquí cuando llegaste!” Pasó el resto del tiempo charlando con las brujas sensuales.
“¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?” preguntó Zoë a su hermana. “Luces agotada.” Acarició el brazo de su hermana dulcemente, como si deseara que estuvieran solas.
“Ay, no, nada de eso,” dijo Evan, mientras arreglaba los hongos rellenos sobre una bandeja. El cronómetro sonó y sacó otra bandeja del horno. “En realidad, ¿sabes qué puedes hacer?”
“¿Qué?” Zoë se puso el hueso en la cabeza.
“Conocer a Earl. Él es el tipo que tenía en mente para ti. Cuando llegue sólo háblale un poco. Es lindo. Es divertido. Se acaba de divorciar.”
“Lo intentaré,” gruñó Zoë. “¿Está bien? Lo intentaré.” Miró el reloj.
Earl llegó vestido como una mujer desnuda, con lana de acero pegado estratégicamente al cuerpo, y pechos de goma que le brotaban como jamones.
“Zoë, él es Earl,” dijo Evan.
“Gusto en conocerte,” dijo Earl, esquivando a Evan para estrechar la mano de Zoë. Observó en detalle la cabeza de Zoë. “Bonito hueso.”
Zoë asintió. “Bonitas tetas,” dijo. Miró más allá de él hacia la ciudad que tras la ventana centelleaba contra el cielo; la gente decía lo de siempre: cómo parecía un montón de joyas, o brazaletes y collares sueltos. Podías ver el reloj del edificio Con Ed, el copete dorado y naranja del Empire State, el Chrysler como el cohete espacial soñado durante la depresión. Más lejos podías vislumbrar el Astor Plaza, y su tejado blanco y volante como la cofia de una monja. “Hay cerveza allá en el balcón, Earl. ¿Te traigo una?” preguntó Zoë.
“Hm, claro. Voy contigo. Hey, Charlie, ¿cómo va?”
Charlie dibujó una amplia sonrisa y silbó. La gente se giró para ver. “Hey, Earl,” le llamó alguien desde el fondo del salón. “¡Fiuu, fiuuuu!”
Se apretujaron entre los demás invitados, pasaron a los monos, a las brujas sensuales. La succión de las puertas corredizas cedió en un silbido, y Zoë y Earl salieron al balcón, una mujer con un hueso en la cabeza y otra desnuda, el aire de la noche rugiendo y pleno de humo fresco. Había otra pareja ahí afuera murmurando en privado. No llevaban disfraz. Sonrieron a Earl y a Zoë. “Hola,” dijo Zoë. Encontró la hielera de hule espuma y sacó dos cervezas.
“Gracias,” dijo Earl. Sus pechos de goma se doblaron hacia dentro, estropeándose, mientras abría la botella.
“Bueno,” suspiró Zoë, ansiosamente. Tenía que aprender a no temerle a los hombres del mismo modo que durante la infancia uno aprendía a no temerle a las lombrices o insectos. Con frecuencia, al conversar con un hombre en una fiesta, mil cosas le atravesaban la mente. Y mientras el hombre decía cualquier disparate, con mucha amabilidad, ella se enamoraba, casaba, y se enfrascaba en una amarga lucha por la custodia de los hijos y esperaba la reconciliación de modo que pese a todas sus traiciones ella no podría jamás despreciarlo, en tanto que en los minutos restantes conocería, quizá, su apellido y a qué se dedicaba, aunque hubiera ya mucha historia entre ambos. Movía la cabeza arriba abajo, enrojecía y se iba de ahí.
“Evan me dice que eres profesora de Historia. ¿Dónde trabajas?”
“Justo en la frontera entre Indiana e Illinois.”
Earl pareció un poquito desconcertado. “Creo que Evan no me contó esa parte.”
“¿No lo hizo?”
“No.”
“Bueno, así es Evan algunas veces. Cuando éramos niñas ambas teníamos problemas para hablar.”
“Eso puede ser duro,” dijo Earl. Uno de sus pechos estaba escondido detrás del brazo que sostenía la bebida, pero el otro brillaba rosa y tranquilo, lleno como una luna de cereza.
“Sí, bueno. No era una pérdida total. Íbamos a lo que entonces llamábamos derapia de durazno. [juego de palabras, por la pronunciación: peach pearapyteach therapy: terapia de aprendizaje] Durante casi diez años de mi vida tenía que construir en mi mente cada frase por adelantado antes de decirla. Era la única manera en que podía crear una frase coherente.”
Earl tomó de su cerveza. “¿Y cómo lo hiciste? Quiero decir, ¿cómo lo superaste?”
“Contaba un montón de bromas. Bromas de las que ya me sabía cada línea. Sólo tenías que decirlas. Me gustan las bromas. Las bromas y las canciones.”
Earl sonrió. Tenía lápiz labial, una profunda mancha roja, pero se le había resbalado por la cerveza. “¿Cuál es tu broma favorita?”
“Uh, mi broma favorita es…OK, ésta: Un hombre va al consultorio de su doctor y…”
“Creo que conozco esa broma” interrumpió Earl, ansiosamente. Deseaba contar la historia él mismo. “Un hombre va al consultorio de su doctor, y el doctor le dice: ‘Mire, tengo una noticia buena y una noticia mala.´ Es ése, ¿verdad?
“No estoy segura” dijo Zoë, “Podría ser una versión diferente.”
“Bueno, entonces el tipo dice: ‘Deme la mala noticia primero, doctor’, y el doctor dice: ‘Muy bien. Usted tiene tres semanas de vida.’ Y el tipo grita: ‘¡Tres semanas de vida! Doctor, por favor dígame cuál es la buena noticia.’ Y el doctor dice: ‘¿Vio a la secretaria de allá enfrente? Pues finalmente me la cogí.”
Zoë arrugó el ceño.
“¿No es ése en el que estabas pensando?”
“No”. Había acusación en su voz. “El mío era diferente.”
“Oh,” dijo Earl. Desvió la mirada y luego la regresó: “¿Qué tipo de historia enseñas?”
“La mayoría de las veces Historia americana –siglos dieciocho y diecinueve.”
En los cursos de posgrado, en el bar, la frase para comenzar a ligar siempre era: “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“A veces doy un curso sobre algún tema en específico,” añadió. “Digamos, ‘Humor y Personalidad en la Casa Blanca’. De eso es de lo que se trata mi libro.” Recordó lo que una vez alguien le había comentado sobre cierta clase de gorriones, cómo crean elaboradas estructuras antes de juntarse.
“¿Tu libro es sobre el humor?”
“Claro, y bueno, cuando enseño un curso cómo ése doy todos los siglos.” “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“O sea que los tres.”
“¿Perdón?” La brisa le hizo brillar los ojos. El tráfico revolucionaba bajo ellos. Ella se sintió alta y endeble, como alguien elevada al cielo por error y luego desdeñada.
“Tres. Solamente hay tres.”
“Bueno, en realidad son cuatro.” Ella pensaba en Jamestown, [Jamestown era una aldea en una isla del río James, en Virginia, localizado a 70 kilómetros al sureste de donde hoy es Richmond, Virginia. El río y el asentamiento de 1607 fueron nombrados así por motivo de James I, que había ascendido recientemente al trono inglés. El asentamiento de Jamestown fue la primera colonia inglesa permanente en el nuevo mundo que logró sobrevivir.] y en los peregrinos con hebillas y sombreros de brujas que llegaban a decir sus rezos.
“Yo soy fotógrafo,” dijo Earl. Su rostro comenzaba a brillar y el rojo comenzaba a mancharlo como un atardecer bajo sus ojos.
“¿Y te gusta eso?”
“Bueno, la verdad es que estoy comenzando a sentir que es un poquito peligroso.”
“¿En serio?”
“Pasar todo el tiempo en un cuarto oscuro bajo esa luz roja y entre todos esos químicos. Se le relaciona con el Parkinson, ¿lo sabías?”
“No, no lo sabía.”
“Se supone que debo usar guantes de goma, pero no me gusta. A menos de que lo esté tocando directamente, no puedo pensar que algo es real.”
“Hmm,” dijo Zoë. La alarma vibró a través de toda ella.
“Algunas veces, cuando me corto o algo así, siento la punzada y pienso, Mierda. Me lavo constantemente y espero que no pase nada. No me gusta sentir la goma sobre la piel de esa manera.”
“¿En serio?”
“Quiero decir, el contacto físico. Eso es lo que uno quiere, si no para qué molestarse?”
“Supongo,” dijo Zoë. Deseaba recordar alguna broma, algo lento y deliberado, con el final a la vista. Pensó en gorilas, en cómo cuando pasan demasiado tiempo encerrados en una jaula comienzan a golpearse en la cabeza en vez de aparearse.
“¿Tienes… alguna relación?” soltó Earl, de pronto.
“¿Ahora? ¿Mientras hablamos?”
“Bueno, quiero decir, estoy seguro que tienes una relación con tu trabajo.” Una sonrisa, pequeña, anidada en su boca como un huevo. Pensó en los zoológicos de los parques, en cómo, cuando las ciudades caen bajo un asedio, la gente se come a los animales. “Pero quiero decir, con un hombre.”
“No, no estoy en ninguna relación con ningún hombre.” Se acarició la barbilla con la mano y pudo sentir el cabello cerdoso ahí. “Pero mi última relación fue con un hombre muy cariñoso,” dijo. Se inventó algo. “De Suiza. Era un botánico, experto en plagas, malas hierbas. Se llamaba Jerry. Yo lo llamaba Jare. Era muy divertido. Ibas a ver una película con él y lo único en que se fijaba era en las plantas. Nunca ponía atención a la trama. Una vez, en una película sobre la jungla, comenzó a parlotearme todos esos nombres en latín, en voz alta. Fue muy emocionante para él.” Hizo una pausa, contuvo el aliento. “Eventualmente regresó a Europa a, eh, estudiar el edelweiss [Edelweiss (Leontopodium alpinum): es una de las flores montañosas más conocidas de Europa].” Miró a Earl. “¿Tienes una relación? Digo, ¿con una mujer?”
Earl cambió el peso y las arrugas de su disfraz cambiaron, ensanchándose hacia fuera, como algo roto. Su vello púbico se deslizó hacia una cadera, como el corsé de una chica del oeste. “No,” dijo, limpiándose la garganta. La lana de acero de sus brazos se movía hacia los bíceps. “Acabo de salir de un matrimonio que estaba lleno de malos diálogos como ‘¿Quieres más espacio? ¡Pues te daré más espacio!’ Puaf, típico de los tres chiflados.
Zoë lo miró comprensivamente. “Supongo que es difícil recobrar el amor después de eso.”
Los ojos de él destellaron. Quería hablar del amor. “Pero sigo pensando que el amor debe ser como un árbol. Mira a un árbol y verás que tiene chichones y cicatrices de tumores, infestaciones, lo que quieras, pero aún así siguen creciendo. A pesar de los chichones y de las magulladuras siguen… derechos.”
“Sí, bueno,” dijo Zoë, “de donde yo vengo todos son casados o gays. ¿Viste esa película, Death by Number?”
Earl la miró, un poco perdido. Se estaba alejando de él. “No,” dijo.
Uno de sus pechos se había deslizado bajo su brazo, apeñuscado ahí como una baguette. Ella seguía pensando en árboles, parques, gente que en tiempos de guerra se comía a las cebras. Sintió un dolor punzante en el abdomen.
“¿Quieren algunos bocadillos?” Evan llegó empujando la puerta corrediza. Sonreía pese a que los rizos se le comenzaban a caer, colgando desganadamente de las puntas del cabello como decoraciones de Navidad, como alimento dejado para las aves. Les ofreció un plato de hongos rellenos.
“¿Estás pidiendo donaciones u ofreciéndolas?” preguntó Earl, ingeniosamente. Le gustaba Evan; puso una mano sobre su brazo.
“Saben, vuelvo en un minuto,” dijo Zoë.
“Uh,“ dijo Evan, algo preocupada.
“Ya vuelvo. Lo prometo.”
Zoë atravesó apresurada la sala en dirección al dormitorio, al baño. Estaba vacío; la mayoría de los invitados usaba el medio baño de junto a la cocina. Prendió la luz y cerró la puerta. El miedo se había detenido, y la verdad es que no tenía necesidad de ir al baño, pero permaneció ahí de todas maneras, descansando. En el espejo encima del lavabo, se encontró algo demacrada debajo de su hueso en la cabeza, con un gris violáceo mostrándose bajo la piel como la de un pajarito desplumado y repleto de ampollas. Se inclinó un poco más, alzando la barbilla para mirar el pelo erizado. Ahí estaba, al final de la quijada, puntiagudo y oscuro como un cable. Abrió el gabinete de las medicinas y manoseó hasta encontrar las pincitas. Alzó la cabeza una vez más y se atacó la cara con las pinzas, agarrando, apretando y fallando. Puedo escuchar que al otro lado de la puerta conversaban dos personas en voz baja. Habían entrado al dormitorio y discutían sobre algo. Estaban sentados en la cama. Uno de ellos soltó una risita falsa. Zoë acometió de nuevo contra la barbilla, pero esta vez comenzó a sangrar un poquito. Se estiró con fuerza la piel de la quijada, apretó las pinzas duro contra lo que esperaba que fuera el pelo, y jaló. Un diminuto pedazo de piel salió disparado, pero el pelo se mantuvo en pie, con sangre brillando en su raíz. Zoë apretó los dientes. “Ay, vamos,” susurró. Las personas del dormitorio estaban ahora contándose historias, suavemente, divirtiéndose. Se escuchó el rebote y el chirrido del colchón y el sonido de una silla siendo apartada. Zoë apuntó con la pinzas cuidadosamente, apretó, jaló cuidadosamente, y esta vez el pelo salió, con una ligera punzada de dolor, y luego una tonelada de alivio. “¡Sí!” suspiró Zoë. Arrancó un poco de papel sanitario y lo aplicó contra la barbilla. El papel se manchó de sangre, y entonces arrancó un poco más y lo aplicó sobre la barbilla, ejerciendo presión hasta que se detuvo. Entonces apagó la luz, abrió la puerta y se reintegró a la fiesta. “Perdón,” dijo a la pareja del dormitorio. Era la misma pareja del balcón, y la miraron un poco sorprendidos. Se habían abrazado y comían barritas de caramelo.
Earl seguía en el balcón, solo, y Zoë se le reunió.
“Hola,” dijo.
Él se volvió y sonrió. Se había arreglado el disfraz un poquito aunque todas las características sexuales secundarias lucían ligeramente estropeados, destinados a moverse, voltearse y huir a la primera oportunidad.
“¿Estás bien?” preguntó. Se había abierto otra cerveza y estaba resoplando.
“Sí, claro. Sólo tenía que ir al baño.” Hizo una pausa. “En realidad, he visitado a un montón de doctores últimamente.”
“¿Algún problema?” preguntó Earl.
“Oh, probablemente no es nada. Pero me están haciendo pruebas.” Suspiró. “Me hice sonogramas, mamogramas. La semana que viene me haré un caramelograma.” Él la miró, preocupado. “He tenido demasiadas palabras terminadas en grama,” dijo.
“Toma, te guardé estos.” Le pasó un pañuelo con dos hongos rellenos. Estaban fríos y el aceite había dejado manchas sobre el pañuelo.
“Gracias,” dijo Zoë, y se los metió en la boca juntos. “Mira,” dijo con la boca llena. “Con mi suerte seguro me operan de la vesícula.”
Earl hizo una mueca. “Así que tu hermana se va a casar,” dijo, cambiando el tema. “Dime, ¿qué piensas realmente sobre el amor?”
“¿Amor?” ¿Que no habían pasado ya por esto? “No lo sé.” Masticó pensativamente y tragó. “Vale. Te diré qué es lo que pienso sobre el amor. Esta es una historia. De una amiga mía…”
“Tienes algo en la barbilla,” dijo Earl, estirando la mano para tocarla.
“¿Qué?” dijo Zoë, dando un pasito atrás. Volteó la cara y se manoseó la barbilla. Un pedazo de papel sanitario se desprendió de la piel, como cinta adhesiva. “No es nada,” dijo. “No… no es nada.”
Earl la observaba.
“Como sea,” continuó ella, “esta amiga mía era violinista y había ganado varios premios. Viajó por toda Europa ganando competencias; impuso récords, dio conciertos, se volvió famosa. Pero no tenía vida social. Así que un día se tiró a los pies de un director por el que ella estaba loca. Él la levantó, la regañó cariñosamente, y la mandó de vuelta a su habitación de hotel. Después de eso abandonó Europa y volvió a casa, dejó de tocar el violín y se lió con un chico local. Esto sucedió en Illinois. El la llevaba cada noche a un bar a beber con sus amigotes del equipo. Él decía cosas como: ‘Sí, a Katrina le gusta tocar el violín,’ y le apretaba una mejilla. Una vez que ella le propuso volver a casa, él le dijo: ‘Qué. ¿Crees que eres muy famosa para un lugar como este? Bueno, déjame decirte algo. Puedes pensar que eres muy famosa, pero no eres famosa famosa.’ Dos famosas. ‘Aquí nadie ha oído hablar de ti.’ Luego él se levantó y pidió otra ronda de tragos para todos excepto para ella. Ella tomó su abrigo, se fue a casa, y se pegó un tiro en la cabeza.”
Earl callaba.
“Ese es el final de mi historia de amor,” dijo Zoë.
“No eres muy parecida a tu hermana,” dijo Earl.
“¿No, de verdad?” dijo Zoë. El aire se había vuelto más frío, y el viento cantaba en un grueso tono menor, como un himno.
“No.” Él ya no quería hablar más del amor. “Sabes, quizá deberías usar mucho azul, azul y blanco, en la cara. Eso te daría un poco de color.” Alzó la mano con el brazalete azul para mostrarle cómo es que contrastaba contra su piel, pero ella lo hizo a un lado.
“Dime, Earl, ¿la palabra marica significa algo para ti?”
Él dio un paso atrás, alejándose. Movió la cabeza como para no dar crédito. “Sabes, simplemente no debería intentar salir con profesionistas. Todas ustedes están dañadas. Cualquiera puede saber lo que les ha hecho la vida. Me va mejor con las mujeres de trabajos sencillos, de medio tiempo.
“¿Ah, sí?” Ella había leído una vez un artículo titulado “Las Mujeres Profesionistas y la Demografía de la Pena.” O no, era un poema, Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Recordaba ese verso. Pero quizá el título era: “La Casa Vacía: Estética de lo Inhóspito.” O quizá: “Gitanas en el Espacio: Mujeres en la Academia.” Lo había olvidado.
Earl se volvió y se inclinó sobre la barandilla del balcón. Se hacía tarde. Dentro, los invitados comenzaban a irse. Las brujas sensuales se habían marchado. “Vive y aprende,” murmuró Earl.
“Vive y vuélvete un imbécil,” replicó Zoë. Bajo ellos, en Lexington, no había autos, sólo la dorada de un taxi ocasional. Él se recargó sobre los codos, melancólicamente.
“Mira a todas esas personas allá abajo,” dijo. “Parecen insectos. ¿Sabes cómo se controla a los insectos? Se les rocía hormonas de insecto, de insectos hembra. Los machos se vuelven tan locos por esta hormona que comienzan a cogerse todo lo que esté a su alcance –árboles, piedras, todo excepto insectos hembra. Control poblacional. Eso es lo que pasa en este país,” dijo, con voz de borracho. “Las hormonas han sido rociadas y los hombres se están cogiendo a las piedras. ¡A las piedras!”
Por detrás, la línea de marcador que le dibujaba el trasero se ensanchaba, negro sobre rosa, como una página de tiras cómicas. Zoë se acercó por atrás, lento, y le dio un empujón. Sus manos resbalaron hacia delante, más allá de la barandilla, sobre la avenida. La cerveza escapó de la botella, cayendo veinte pisos hasta el asfalto.
“¡Hey! ¿Qué estás haciendo?” dijo él, volviéndose rápidamente. Se puso derecho, listo, y se alejó de la verja, esquivando a Zoë. “¿Qué mierda estás haciendo?”
“Sólo bromeaba,” dijo ella. “Sólo estaba bromeando.” Pero él la contempló, atónito, aterrorizado, con el trasero dibujado por marcador vuelto por completo hacia la ciudad, una supuesta mujer desnuda con un brazalete azul en la muñeca, atrapado en un balcón con… ¿con qué? “En serio, sólo fue una broma!” gritó Zoë. El viento le levantó el cabello hacia el cielo, como espinas detrás del hueso. Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Ella le sonrió y se preguntó qué aspecto tendría.

https://www.literatura.us/idiomas/lm_feo.html