Nellie Campobello por Francisco Medina, rescatando a una gran escritora

Francisco Medina
CIUDAD DE MÉXICO, 19 de noviembre (AlmomentoMX).- Secuestrada en la vejez por un par de truhanes, quienes ocultaron su muerte y su osamenta durante trece años, Nellie Campobello (1900-1986) escapa al fin de la nota roja. La reedición de Cartucho (1931 y 1940) es un acto de justicia: su tumba ya tiene nombre, el de una de los grandes narradores mexicanos del siglo XX.
En su artículo publicado en Letras Libres en octubre de 2000, Christopher Domínguez apunta que es hora de continuar la rehabilitación con Las manos de Mamá (1937), otra de sus obras maestras. Campobello —nacida como María Francisca Moya Luna en Villa Ocampo, Durango— fue una coreógrafa eminente y directora de la Escuela Nacional de Danza entre 1937 y 1984, pero pese a su íntima relación con Martín Luis Guzmán —o acaso por ello— fue desapareciendo progresivamente de la escena literaria mexicana hasta extinguirse entre 1960 y 1989.
Nellie Campobello —como lo apunta Jorge Aguilar Mora en el prólogo de Cartucho— fue una escritora memorable por varias razones: por su valor testimonial, su refinadísima percepción artística y su extraña mirada autobiográfica. La propia familia, con la madre al frente, fue víctima y testigo del villismo en Parral. A través de medio centenar de cuentos breves, algunos entre los más singulares de la lengua, Cartucho saca a la narrativa de la Revolución Mexicana de la demagogia populista y de la retórica, dizque republicana, del heroísmo pretoriano. La suya es una voz que elige uno de los artificios literarios más difíciles de lograr: la impostación verosímil de la guerra civil—particularmente el episodio villista en Chihuahua entre 1916 y 1920— desde un punto de vista infantil. Quien narra en Cartucho es una falsa niña y un verdadero “monstruo” por su visión enternecida y minuciosa de la muerte. Los capitanes de Villa, Doroteo Arango mismo, así como el fusilamiento y los fusilados se convierten, gracias a Campobello, en el imago de la Revolución Mexicana, tanto como la guillotina y el decapitado lo fueron del Terror francés.

Para hacernos entender, más vale citarla:

Los hilos de su vida los tenía el centinela dentro de sus ojos. En sus manos mugrosas, tibias de alimento, un rifle con cinco cartuchos mohosos. Estaba parado junto a la piedra grande; norteño, alto, con las mangas del saco cortas, el espíritu en filos cortando la respiración de la noche, se hacía el fantasma. No oyó el ruido de los que se arrastraban; los carrancistas estaban a dos pasos; él recibió un balazo en la sien izquierda y murió parado; allí quedó tirado junto a la piedra grande. Muy derecho, ya sin zapatos, la boca entreabierta, los ojos cerrados; tenía un gesto nuevo, era un muerto bonito, le habían cruzado las manos (p. 81).

El prólogo de Aguilar Mora es un verdadero ensayo de restitución. Aclara la cronología de Nellie Campobello, la falsificación que ella misma hizo de su fecha de nacimiento, su pseudinomía, la influencia que tuvo sobre Guzmán y sus fallidas Memorias de Pancho Villa (1951), los cambios realizados entre la primera y la segunda edición de Cartucho, la transformación de la imagen que ella tenía de Villa, así como su accidentado periplo existencial. Aunque no conozco crítico mexicano que haya ignorado la importancia de Campobello, ninguno la ha entendido mejor que Aguilar Mora. Tan es así que Cartucho aparece como la fuente metafórica de uno de los ensayos más sugerentes —y menos leídos— de la literatura mexicana contemporánea: Una muerte sencilla, justa, eterna (1990), del propio Aguilar Mora.
No siempre es responsabilidad de los “canonistas” la desaparición de una obra del mercado editorial y de la consideración pública. El caso de Campobello me parece probatorio en ese sentido. Pero el texto preliminar de Aguilar Mora sugiere una discusión más profunda. Si Nellie Campobello fue relegada del canon de la literatura nacional, habría que hablar de qué estamos entendiendo por canon. ¿El canon es una zona de compromiso o de tolerancia donde dialogan las diversas tradiciones críticas, o es la guía de lectura por la que cada crítico o escuela están dispuestos a dar la batalla?
En este contexto Aguilar Mora, en su prólogo, prefiere huir hacia adelante. Dado que la secuencia genealógica “Ateneo-Contemporáneos-Octavio Paz […] dejó al margen a casi toda la narrativa de la Revolución…” (p. 14), Aguilar Mora eleva a Campobello a un canon supremo donde Cartucho sería el genoma de Pedro Páramo y Cien años de soledad. No sé si creer en semejante determinismo genético. Lo importante es que Nellie Campobello —más allá de las advocaciones de cada crítico— regresa de la mala muerte y la reedición de Cartucho tornará irrevocable la “canonización” de una escritora cuyo infortunio final y su talento angélico merecen de la devoción de la lectura. –
Campobello, en “Cartucho”, narra el acontecer de la revolución desde un punto de vista muy particular, siendo parte de la sociedad que acogió a uno de los grupos más vituperados de entre quienes formaron “la bola”: los villistas. La escritora de Villa Ocampo, Durango, nos cuenta en esos textos de una o dos cuartillas, su relación con los hombres que formaban la “División del Norte”, no como parte de un grupo político, no como un intelectual que claro está, se inclina hacia uno u otro lado. No. Campobello lo hace como parte de una familia que acoge a los heridos (sin importar de qué bando vengan), da de comer a los hambrientos, enaltece la figura de Pancho Villa por el simple hecho de ser un hombre “justo, rudo, pero derecho”, según indica su Madre, a quien escribimos con mayúscula porque así lo hace Campobello.

La escritora nos da a conocer la otra parte en la vida de estos hombres que murieron buscando rescatar las tierras que les arrebató el gobierno. Nos da cuenta, a través de sus breves relatos, paisajes poéticos, muchas veces crueles sobre lo que acontecía en el norte de México. A través de “Cartucho”, la autora describe cómo fusilan a un hombre, de qué manera se enjuiciaba a un pueblo entero y, considero relevante, lo que hacía llorar a Doroteo Arango (“los hombres no lloran”, nos decían los mayores. Pues sí, sí lo hacemos). Todo esto lo presenta como si fuera un juego, como si estuviera recordando junto a su hermana Gloria lo presenciado por ambas y traído a colación muchos años después a manera de postales o fotografías de lo acontecido.
Los textos de “Cartucho” no desprecian a los alzados. Por el contrario, no se asusta de las acciones que estos hombres realizan. Juega, se encariña con cada uno de ellos como parte de la experiencia de la revolución que le tocó vivir. Son parte de una infancia nada común en la que sólo ella puede armar el rompecabezas de la vida de estos personajes cuyas existencias fueron reales y que gracias a la magia de la literatura, pueden ser moldeados a gusto de la autora: el Siete, el Peet, Kirilí son protagonistas fusilados, torturados, desmembrados que forman parte de una vida implacable contemplada por la Campobello, donde intenta mostrar el lado humano, sensible, incluso romántico de estos seres oficialmente declarados “bandidos”, en el más benevolente de los adjetivos.
Si existe algo en la obra literaria de Campobello, es su vigor para defender la figura del Centauro del Norte. Esto, afirman algunos de sus estudiosos, es porque es hija suya. Incluso, se aporta como prueba de ello que su nombre verdadero, Francisca, viene precisamente de ahí. ¿Quién lo diría? Una mujer intentando reivindicar a quien es considerado uno de los más sanguinarios luchadores revolucionarios. Pues sí, Campobello realiza una titánica labor buscando otorgarle a su General el sitio de honor merecido entre los héroes patrios. Y lo más fascinante de esto, es que lo hace a través de la literatura, de una literatura diferente a la literatura revolucionaria conocida por el gran público. Porque mientras las famosas novelas revolucionarias describen con fervor y hasta naturalidad la bestialidad, lo inhumano de las desgracias de la guerra, la obra de Campobello se refiere a esas atrocidades no buscando el regocijo de la muerte, sino mostrando que el acto de matar, en una guerra, y en particular esta guerra mexicana, es inherente al acto de sobrevivir.
Las narraciones de “Cartucho” contrastan con los juicios sumarios realizados por José Vasconcelos sobre Villa y su gente, al definirlos como “simples asesinos”. Contrasta también con el punto de vista del propio Martín Luis Guzmán quien lanza reproches a los revolucionarios por su ausencia de respeto hacia la vida, por la falta de cultura y patriotismo. Se acerca, por instantes, a las tremendas descripciones de Azuela y Muñoz al hablar de la muerte.
Llegamos entonces a un punto odioso pero necesario, las comparaciones. Si la novela de Azuela es considerada la novela de la revolución mexicana, ¿dónde podríamos colocar a “Cartucho”, en esa lista integrada por “El águila y la serpiente”, de Luis Guzmán; “Tropa vieja”, de Francisco L. Urquizo; “Vámonos con Pancho Villa”, de Rafael F. Muñoz, entre otros, que también forman parte de la plétora de novelas revolucionarias? (recordemos las palabras de José Luis Martínez, “la revolución no produjo una literatura revolucionaria”) Para la gran mayoría de los intelectuales mexicanos quienes contemplaron la primera aparición de “Cartucho” (estamos hablando de la década de los treinta del siglo pasado), el libro no recibió argumentos a favor ni en contra. Fue pues, como ocurre a menudo en esta suave patria, ninguneado (pudo influir en esta situación el hecho de que la obra haya sido escrita primero, por una mujer; segundo, amante de Germán List Arzubide, figura cumbre del movimiento estridentista y fundador de Ediciones Integrales, misma que editó la obra de Azuela). Influyó también el hecho de que la obra no tuvo una distribución adecuada, pues List Arzubide entregó los ejemplares a la Campobello y ésta se encargó de repartirlos de mano en mano. Mucha gente recibía el ejemplar, sorprendiéndose de su existencia, y aquellos que estaban más relacionados con el ámbito cultural, sonreían sarcásticamente, quizá porque sabían que el estridentista había sido el revisor y quizá el corrector de los textos (aunque José Antonio Fernández de Castro los había recibido en primera instancia), situación negada rotundamente por él: “no cambié una letra de los relatos. Dejé que ellos mismos se mostrarán como Nellie los había concebido”.

El hecho de que “Cartucho” se haya mantenido fuera del rating de los grandes libros sobre la revolución mexicana, no significa, por supuesto, que sea un libro menor. En absoluto. Incluso, Martín Luis Guzmán, el mismo autor de “La Sombra del Caudillo”, manifestó la importancia del libro de Campobello para la literatura nacional y permitió la reedición de la obra en su propia editorial. El haber sido “ninguneado” por parte de la sociedad de entonces, no significa que exista poco mérito literario en él.
Rafaela Luna, madre de Nelly Campobello, es lo más cercano que pudiéramos encontrar para identificar a una Adelita. Sí. La definición de esas mujeres (hoy leyendas) que participaron en la Revolución Mexicana, son la punta de entrada a lo que se identifica como una luchadora social, muy sui generis , claro está, porque su trinchera estaba detrás del fogón para alimentar a los alzados regresando al borde de la inanición; o bien, a un lado de la cama, para curar a los enfermos, y en casos muy poco difundidos, para aconsejar al hombre que sale hacia el frente de batalla. Pero Mamá, en la obra de Campobello, es más que eso: se encara con los carrancistas quienes saben, o intuyen, que esta mujer forma parte del alto mando villista; busca a su hijo entre los detenidos para evitar que sea fusilado. Mamá, a través de sus contactos, mueve decenas de hombres para salvarlos de la masacre. ¿Es está mujer el principal impulso de Campobello para recrear su obra literaria? Posiblemente sí. A pesar de que la figura femenina parece estar siempre en un segundo plano, la narrativa permite al lector darse cuenta que quien habla a través de Nelly es Rafaela, pues muchas de las expresiones que utiliza la niña–narradora las toma de ella.
En “Las manos de Mamá”, hay un relato donde Campobello retrata el carácter de su progenitora, esa férrea mujer a quien todavía se puede intentar enamorar en medio de esa lucha descarnizada. Habla un soldado, un tanto temeroso, acercándose a esta una mujer icono para el feminismo ulterior:
“Me llamo Rafael Galán —dijo el oficial, sonriente, con la forja en la mano—. Vengo a platicar con usted. ¿Me lo permite? La luna invita a detenerse aquí, en esta puerta, donde una mujer se adormece con un cigarrillo en los labios. Mire la luna. Piense en su primer novio. Usted ha amado. Todos amamos, aunque sea un imposible.”
A pesar de que el valor de la mujer es casi nulo en la mayoría de los textos sobre la revolución mexicana, es importante mencionar que en la obra de Campobello hay motivaciones para lograr la igualdad entre los géneros. Pocas, sí, pero existen. El texto de “Nacha Ceniceros” así lo demuestra.

“Junto a Chihuahua, un gran campamento villista. Todo está quieto y Nacha llora. Estaba enamorada de un muchacho coronel, de apellido Gallardo, de Durango. Ella era coronela y usaba pistola y tenía trenzas. Había estado llorando al recibir consejos de una soldadera vieja. Se puso en su tienda a limpiar su pistola; estaba muy entretenida cuando se le salió un tiro.
“En otra tienda estaba sentado Gallardo junto a una mesa y platicaba con una mujer; el balazo que se le salió a Nacha en su tienda lo recibió Gallardo en la cabeza y cayó muerto.
—Han matado a Gallardo, mi general.
Villa dijo despavorido:
—Fusílenlo.
—Fue una mujer, general.
—Fusílenla.
—Nacha Ceniceros.
—Fusílenla.
Lloró al amado, se puso los brazos sobre la cara, se le quedaron las trenzas negras colgadas y recibió la descarga.
“Hacía una bella figura, inolvidable para todos los que vieron el fusilamiento.
“Hoy existe un hormiguero en donde dicen que está enterrada”.
Sin embargo, en la segunda edición de “Cartucho”, la protagonista no muere, regresa a casa, como parte de un ritual por refrendar la posición de la mujer en la lucha revolucionaria: reconstruir la nación desde el origen, desde la seguridad del hogar.
“Estaba enamorada de un coronel de apellido Gallardo […] En otra tienda estaba sentado Gallardo junto a una mesa; platicaba con una mujer; el balazo que se le salió a Nacha en su tienda lo recibió Gallardo en la cabeza y cayó muerto […] pudo haberse casado con uno de los más prominentes jefes villistas, pudo haber sido de las mujeres más famosas de la revolución, pero Nacha Ceniceros se volvió tranquilamente a su hogar desecho y se puso a rehacer los muros.”
Nelly Campobello es la única mujer incluida en los cuatro volúmenes de “Novela de la Revolución Mexicana” realizada en 1958 por Antonio Castro Leal. Para él, “Cartucho” es un conjunto de versos sin rima. Un conjunto de relatos sobre la muerte y el amor. Para sus lectores, las narraciones de Campobello son música que seduce, que sonoriza el entorno mientras se lee, como lo pedía Juan José Arreola, en voz alta.
Nelly Campobello, una referencia necesaria y gratificante para conocer el otro lado de la Revolución Mexicana.
AM.MX/fm

Falta de Espíritu Scout de Jorge Ibargüengoitia

Falta de Espíritu Scout
Jorge Ibargüengoitia
-Si tu vas al Jamboree -me dijo el maestro Nicodemus-, yo no voy.
Yo lo miraba estúpidamente. Nunca me imaginé que se fuera a poner así.
-Eres un anarquista y vas a fomentar el desorden- explicó Nicodemus.
Estábamos parados frente a la reja del elevador, en el edificio de 16 de Septiembre
en donde estaban las oficinas de la Asociación de Scouts de México, de la Liga de la
Decencia y de los Fraccionamientos Lanas.
Nicodemus era el Jefe de la Delegación Mexicana al Jamboree; yo era… nomás yo,
que entonces tenía diecinueve años y ganas de ir al Jamboree.
Después de decir la frase que anoté allá arriba, Nicodemus cambió de brazo el
portafolio y entró en el elevador.
Yo había conocido a Nicodemus siete años antes, cuando entré en los Scouts. El
era Jefe del Grupo III.
Yo venía de una escuela de barbajanes, plagada de hijos de la mano izquierda de
generales de división, de libaneses recién llegados del Golfo y de judíos gigantescos,
que venían huyendo de Hitler y que nos golpeaban cuando nos reíamos en filas, porque
creían que nos burlábamos de ellos.
Lo que más me gustó del Grupo III es que parecía escuela de señoritas. Había sido
fundado por los hermanos maristas en una escuela marista. Era un grupo de niños
decentes y bien portados; Nicodemus, que era el jefe en aquel entonces, no era hermano
marista, pero había estudiado con ellos y daba clase en una de sus escuelas. Nadie decía
una mala palabra, en las juntas nos enseñaban a curar heridos, a hacer nudos y a
comunicarnos por medio del Semáforo y de la Clave Morse; de vez en cuando, se leía
el Evangelio y alguien tenía que comentarlo. Un domingo de cada mes había Misa
Scout; íbamos uniformados al Hospital de la Luz y en la capilla, el padre Fanales,
nuestro capellán, decía misa y nos echaba un fervorín escultista. Cada patrulla tenía un
local, atestado de los cachivaches que los Scouts sacaban de sus casas. En esos locales
se hacían juntas en las que no sucedía nada importante, pero eran bastante divertidas.
Cada quince días había excursión, una vez al mes, campamento y una vez al año, »
campamento de topografía «. Estábamos levantando el plano del Valle de los Dos Ríos,
no sé con qué objeto, valiéndonos de varios instrumentos rústicos; una horqueta y dos
ligas, una botella, una pica grabada a modo de baliza, etcétera.
Cuatro meses después de mi ingreso tuve la primera dificultad con Nicodemus.
Me habían llevado, como un favor muy especial, porque era muy chico, a un viaje que
hicieron «los grandes» a Jalapa y Veracruz. El viaje duró ocho días y costó cuarenta
pesos por cabeza; todo incluido: pasajes, hoteles, comida y hasta un peine que le traje a
mi mamá. Eramos cuatro: Nicodemus, Julio Pernod, que era el Jefe de Tropa, el
Licenciado Cabra y yo.
Pues sucedió que en Jalapa, un día que estaba lloviendo, nos metimos en un cine a
ver Raffles y esa noche, Julio Pernod y yo, que éramos cineastas consumados, la
pasamos hablando primores de Olivia de Havilland y no dejamos dormir a Nicodemus,
que amaneció de un humor de perros. Esto fue el prólogo. La culminación vino en
Veracruz, cuando Julio Pernod y yo nos negamos a ir a una expedición cinegética,
alegando que sólo teníamos un arma, el .22 del Licenciado Cabra, quien era capaz de
pasarse toda una tarde balaceando pelícanos, sin hacer un blanco, ni soltar el rifle. Nos
separamos en dos grupos y Julio Pernod y yo nos fuimos al cine a ver una película de
Carol Landis. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa, al ver, cuando se encendieron las luces
en el entreacto, que en el anfiteatro estaban Nicodemus y Cabra, que se habían aburrido
de tirar balazos!
Cuando regresamos a México, Nicodemus, que era un tarasco marrullero, hizo que
el guía de mi patrulla me obligara a pedirle disculpas ( a Nicodemus ) por mi
indisciplina. Según él, yo había incitado a Julio Pernod, que era un retrasado mental de
25 años (yo tenía doce), a irse al cine a ver una película de Carol Landis, «causando la
división del grupo expedicionario».
Yo estaba muy aturdido y pedí disculpas. Pero esto no fue más que el principio de
la descomposición del Grupo III.
En los cinco años siguientes, Nicodemus renunció cinco veces, cinco veces le
pedimos perdón y le rogamos que no se fuera, y cinco veces accedió a nuestra petición
y se quedó. Durante esos años, fui acusado por Nicodemus de «formar una hegemonía
dentro del Grupo», de «fomentar en los muchachos la ley del menor esfuerzo», de
«beber rompope para celebrar el triunfo en una competencia», etc.
Por eso cuando en 1947 pedí permiso para ir al Jamboree, Nicodemus dijo:
-Si tú vas al Jamboree, yo no voy, eres un anarquista y vas a fomentar la
indisciplina.
Jamboree, que quiere decir «junta de las tribus» en uno de esos idiomas que nadie
conoce, es en realidad una reunión internacional de Boy Scouts. El de Moissons, en
Francia, ha sido el más importante en la historia de los Scouts, porque la guerra
acababa de pasar y no se reunían desde 1936.
Los franceses prepararon, a orillas del Sena y a unos cien kilómetros de París, un
campo que podía recibir a cuarenta mil scouts de todo el mundo. El gobierno británico
destinó un crucero para transportar las delegaciones de las partes más lejanas del
Imperio; los scouts americanos fletaron un barco para transportar su delegación, que era
una de las más numerosas; los scouts marinos de Inglaterra, Holanda y Noruega
anunciaron que llegarían hasta el campamento en embarcaciones tripuladas por ellos
mismos y tres grupos de scouts aéreos, que aterrizarían con sus planeadores a poca
distancia; los scouts españoles, que eran republicanos y funcionaban ilegalmente, iban a
cruzar los Pirineos a pie, porque la frontera estaba cerrada, etc.
En un principio se decidió que la Delegación que iba a representar a México en el
Jamboree, debería estar formada por la flor y nata de los scouts, es decir, por los
cincuenta mejores scouts de México. Pero había un problema. Como los scouts eran en
esa época una organización muy independiente y bastante miserable, cada cual tendría
que pagar sus gastos. En consecuencia, el «contingente» iba a estar formado, no por los
cincuenta mejores, sino por los cincuenta mejores, de entre los más ricos. Urgía pues,
saber cifras, ¿cuánto iba a costar el viaje?
La tarea de organizar la Delegación fue encargada a dos personas: don Juan Lanas
y Nicodemus, que eran respectivamente Jefe Scout Nacional y Jefe de la Delegación
Mexicana. Don Juan era el encargado del transporte y Nicodemus del adiestramiento.
Nicodemus trataba, sobre todo, de llevar un contingente que fuera no sólo
disciplinado, sino dócil, porque había un antecedente fatídico: En la Delegación
Mexicana que fue al Jamboree de Holanda, en 1936, se había producido una verdadera
revolución que después se convirtió en cisma. Durante seis años hubo en México dos
Asociaciones de Scouts: los «reconocidos por Londres» y los «disidentes». La
revolución había estallado porque el Jefe de la Delegación Mexicana, Ingeniero Don
Jorge Nóñez, había llevado un colchón neumático, que los scouts tenían que inflar cada
noche.
No sé quién hizo los primeros cálculos, ni en qué se basó para hacerlos, pero
corrió la voz de que el viaje a Europa, de tres meses, incluyendo estancia en el
campamento, estancia en París, visita de los castillos del Loire, viaje a Italia, Bendición
Papal, etc., iba a costar ¡mil quinientos pesos!
Por supuesto que se inscribieron muchísimos. Entre ellos, yo. Fue cuando
Nicodemus me dijo:
-Si tú vas, yo no voy. Etc.
Ahora bien, don Juan Lanas tenía la mala costumbre de hacer viajes a cualquier
parte y con cualquier pretexto y después pasarle la cuenta a la Asociación y cargarla en
la lista de donativos. Cada año, en la Asamblea, en el Informe del Tesorero aparecía
que don Juan había regalado a la Asociación miles de pesos que él mismo había gastado
en viajes de placer.
Uno de estos viajes de placer, lo hizo don Juan a Nueva York, dizque para
averiguar cuáles eran los medios de transporte más convenientes. Digo que fue de
placer, porque regresó con la noticia de que los barcos no existían y de que había que
hacer el viaje en avión.
A todo esto, Nicodemus, que en su vida había puesto un pie fuera de México,
había decidido deslumbrar a los europeos con los sarapes de Saltillo, los chiles
jalapeños, El caminante del Mayab y la Danza de los Viejitos. Los cincuenta elegidos,
tenían que juntarse dos veces por semana en la Y.M.C.A. a cantar canciones mexicanas
y a dar taconazos, bajo la dirección del Profesor Urchedumbre, que era especialista en
folklore.
La tristeza que me dio no ser aceptado en el «contingente», se me quitó cuando
don Juan regresó de Nueva York. Como la Delegación tenía que irse en avión, las cifras
se modificaron. El costo del viaje pasó, de mil quinientos a tres mil, de tres mil a cinco
mil quinientos y de allí a seis mil. Simultáneamente, el número de asistentes pasó, de
cincuenta a veintitrés y de allí a doce, y eso, contando a dos que se orinaban en la cama.
Manuel Felguérez había sido de los elegidos que ensayaban la Danza de los
Viejitos, pero no tenía seis mil pesos. Fue él quien decidió hacer otra Delegación
Mexicana al Jamboree, formada por él y yo.
-Podemos irnos en un barco de carga -me dijo, un día que estábamos tomando el
sol en la Y.M.C.A.
En ese momento se me ocurrió una idea que ahora parece muy sencilla, pero que a
nadie se le había ocurrido: ir a Wagons-Lits Cook.
Así fue como Felguérez y yo descubrimos en la Avenida Juárez lo que don Juan
Lanas no había descubierto en Nueva York: había un barco, que había sido transporte
de tropas y que estaba destinado a llevar turistas a Europa y a traer inmigrantes a los
Estados Unidos. Iba de Nueva York a Southampton y El Havre y el pasaje costaba
quinientos cincuenta pesos mexicanos. Con un par de telegramas conseguimos pasajes
en el S.S. Marine Falcon, que salía de Nueva York el primero de agosto. El Jamboree
comenzaba el día seis.
Ya con los pasajes en la mano, fuimos al despacho de don Juan Lanas, le
contamos que íbamos a San Antonio, Texas, y le pedimos una carta de presentación
para los scouts de allá. Don Juan, en parte por holgazán y en parte por no saber con
quién trataba, nos dijo que dictáramos la carta a la secretaria y que él la firmaría.
Huelga decir que la carta que firmó don Juan decía que Felguérez y yo éramos sus
hijos muy amados y que él se hacía responsable de cualquier iniquidad que
cometiéramos en el extranjero.
Pero del plato a la boca se cae la sopa. Dos días antes de salir de México nos
topamos con don Juan y el Padre Fanales en el Consulado de Francia. Estábamos
recogiendo visas. Nosotros, las nuestras, y ellos, las de la Delegación Mexicana.
Don Juan se puso furioso:
-¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella
carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente.
Dijo esto porque había conocido a un tío mío que era Caballero del Santo
Sepulcpo.
EL Padre Fanales nomás movía la cabeza. Después comentó con alguien el suceso
y dijo algo que significaba que Felguérez y yo éramos «llevados de la mala», pero que
en sus labios sonaba como que estábamos poseídos del Demonio.
-¡Devuélvanme mi carta hoy mismo! -terminó diciendo don Juan.
Por supuesto que no se la devolvimos. Felguérez llamó por teléfono a varios de los
que querían ir al Jamboree y no tenían seis mil pesos, y les dijo que habíamos
encontrado medios de transporte que permitían reducir el precio del viaje a la mitad.
Se armó un jaleo. El Consejo Nacional tuvo una junta de emergencia, en la que se
acusó a Nicodemus de incompetencia y a don Juan de estulticia.
Al día siguiente la secretaria de la Asociación habló por teléfono.
-Que pasen a canjear la carta de presentación por una Carta Internacional -dijo.
La Carta Internacional era el documento que lo acreditaba a uno como «delegado»
al Jamboree. Felguérez y yo dábamos saltos de gusto.
Don Juan nos recibió con cara de «esta tacita que se rompió, ya nunca se volverá a
pegar». Le entregamos la carta de presentación.
-Denme ustedes los datos de ese barco que dicen que va a Europa. Son muy
interesantes.
Le dimos los datos del S.S. Marine Falcon y él los apuntó en un papelito.
Nosotros estábamos esperando a que nos diera nuestra Carta Internacional.
-La Carta Internacional -nos dijo Don Juan-, se las mandaré a Nueva York, porque
tiene que ir firmada por el Consejo Nacional.
Nosotros le creímos y esa noche salimos rumbo a Nueva York en Transportes del
Norte. Al día siguiente, cuando íbamos llegando a Laredo, nunca hubiéramos
imaginado que en esos momentos estábamos siendo juzgados, en ausencia, por un
tribunal compuesto por Julio Pernod, el Licenciado Cabra y el joven Alhóndiga,
pasante de Derecho. El fiscal fue Nicodemus y no tuvimos defensor. La acusación fue
«falta de Espíritu Scout». Fuimos declarados culpables y expulsados del Grupo III y por
consiguiente, de la Asociación de Scouts de México.
Cuando Felguérez y yo subimos la pasarela del S.S. Marine Falcon, encontramos
a quince scouts mexicanos que habían aprovechado nuestro hallazgo. Estaban bajo el
mando de Germán Arechástegui, uno de los personajes míticos del escultismo
mexicano; se decía que era capaz de caminar tres días sin comer otra cosa que pinole.
También venían el Chino Aguirrebengurren y el señor Bronson, dos viejos scouts que
estaban aprovechando la coyuntura para darse una vueltecita por Europa. El Chino
Aguirrebengurren nos dio la mala noticia: para nosotros no había Carta Internacional,
porque habíamos sido expulsados de la Asociación. Cuando ya creíamos que nos iban a
tratar como apestados, apareció el señor Bronson y al ver que estábamos vestidos de
civiles, dijo en voz de trueno:
-¿Qué esperan para uniformarse?
Así acabó la discriminación. A pesar de que legalmente Nicodemus había
triunfado en toda la línea, nadie nos trató como «expulsados».
El Marine Falcon casi ni parecía barco. El castillo de proa era muy chico y el de
popa nunca lo encontramos; tampoco encontramos la chimenea. Por dentro era todo
pasillos y escaleras y por fuera era como una cazuela. Los pasillos y las escaleras iban
de los dormitorios a los botes salvavidas y viceversa. Los dormitorios tenían sesenta
literas. Los excusados estaban en la proa y no tenían puertas, así que en las mañanas
nos sentábamos veintitantos a mirarnos las caras, como los canónigos en el coro.
Todavía a la vista de Manhattan, el S.S. Marine Falcon empezó a hundirse.
Bajamos a la Cubierta F y encontramos los colchones flotando. Las máquinas pararon
y el Capitán estuvo tratando de localizar, por medio de los altavoces, al jefe de
mecánicos. Cuando nos fuimos a acostar, todavía estábamos al pairo, a la vista de
Nueva York.
En los dormitorios no había ni día ni noche, porque no tenían ventanas y las luces
nunca se apagaban. No se oía más que el ruido de los ventiladores y los ronquidos de
los pasajeros. Pero cuando desperté y salí a cubierta, el sol había salido y el barco
navegaba alegremente en alta mar.
Al segundo día de viaje, el scout San Megaterio fue iniciado en los misterios del
sexo por una inglesita de catorce años. Al tercero, el scout apodado La Campechana se
hizo novio de una americana. Al cuarto, el scout apodado el Matutino fue seducido por
una joven inglesa. Al sexto , corrió la voz de que el scout Chateaubriand había sido
seducido por un pastor protestante. Al séptimo, nuestro barco entró en la bahía de Cobh
y encalló al tratar de cederle, galantemente, el paso al S.S. America : hubo que esperar
la siguiente marea para ponerlo a flote. Al octavo, llegamos a Southampton y el
Matutino fue degradado por fornicar con el uniforme puesto. Al noveno día llegamos a
El Havre.
Un señor con fedora y redingote, que era el jefe de los scouts de El Havre, nos
informó a Felguérez y a mí, que no hacía falta Carta Internacional para acampar en el
Jamboree, bastaba con tener ganas de hacerlo y dinero para inscribirse.
Antes de abordar el tren de Rouen, Germán Arechástegui nos advirtió:
-Recuerden que están en Francia. Nunca toquen con las nalgas la tapa de un
excusado, porque pescan una sífilis.
El Jamboree era un pueblo enorme, con tiendas de campaña en vez de casas y
scouts en vez de habitantes. Había zonas comerciales, restaurantes, puesto de
bomberos, unos excusados públicos de cartón que al octavo día empezaron a disolverse,
iglesias de todas las creencias, etc. Había scouts zapateros, scouts armeros, scouts
plomeros, scouts bomberos, scouts intérpretes y scouts policías. Había scouts
estafadores, como un viejo eclaireur que nos compró dos dólares al cambio oficial.
Felguérez y yo acampamos en el Campo del Zodiaco, que era el lugar de los
scouts irregulares y la Capua del Jamboree. Junto a nosotros estaban los españoles, que
eran unos vejestorios de treinta y tantos, que sabían de memoria las obras completas de
Cantinflas; un poco más lejos estaban los turcos, que eran muy perseguidos por
Mustafá Kemal; había scouts austriacos, alemanes desnazificados, persas, kurdos y un
japonés.
Como las tiendas estaban bajo un bosque de encinos y los encinos llenos de
orugas, los scouts estaban llenos de ronchas. Pero ésa fue la única molestia, porque
unas girl guides francesas cocinaban y lavaban la ropa y la remendaban si uno se lo
pedía. Lo único que tuvimos que hacer fue montar la tienda. Pasábamos el tiempo
panza arriba, platicando con los españoles, viajando en el ferrocarrilito que circundaba
el Jamboree, nadando en el Sena y visitando los demás campos.
Nicodemus las había pasado negras. En la entrada del campo mexicano, había
hecho, con muchos trabajos, un armazón que figuraba el perfil de una pirámide
teotihuacana y la había cubierto con sarapes de Saltillo. Cuando Germán Arechástegui
vio la portada, no comentó nada. Se limitó a cortar las cuerdas de un nudo vital y la
estructura se vino abajo y con ella, el prestigio de su constructor. Por otra parte, los
scouts que viajaron en barco contaron con tanto entusiasmo sus experiencias sexuales a
los que viajaron en avión, que los hicieron sentirse estafados. ¿Estafados por quién?
Por Nicodemus. Se había descubierto que la Compañía Mexicana de Aviación había
regalado un pasaje de ida y vuelta: el de Nicodemus. Por último, tenía el problema de la
alimentación.
La dieta del Jamboree consistía en carne, papas, zanahorias, chocolate, pan y
mantequilla. La carne era dura y parecía curtida; venía de un animal desconocido en
América; había que ponerla a cocer a las siete de la mañana para que estuviera
masticable a las seis de la tarde. Para esas horas, las papas y las zanahorias se habían
convertido en una especie de bolo alimenticio. Hubo scouts que no salieron del
campamento por estar atizando el fogón, hubo otros que aprendieron a comerse las
papas crudas; pero todos estaban de mal humor, porque la comida era mala. ¿Quién
tenía la culpa de que la comida fuera mala? Nicodemus, por supuesto.
Cuando Felguérez y yo íbamos de visita al campamento, Nicodemus nos miraba
como si fuéramos transparentes.
Al medio día, el campo mexicano presentaba el siguiente aspecto: había tres o
cuatro scouts tratando de cocinar, otros tantos, tratando de dormir a la sombra de las
tiendas, los demás estaban sentados en semicírculo, como yogas, frente a unos
montoncitos de sarapes de Saltillo, de fajillas de indios chamulas, de sombreros de
charro, etc., en espera de algún scout europeo que cambiara estas cosas por una cámara
fotográfica, un reloj de pulsera, un radio de pilas, etc. Se habían cambiado los papeles.
Ahora los mexicanos llevaban las baratijas y los europeos se deslumbraban con ellas.
Nicodemus había invitado al Coronel Wilson a tomar con los mexicanos el
penúltimo almuerzo del Jamboree. Para esa solemnidad había preparado un menú
consistente en mole poblano, frijoles refritos, chiles jalapeños y chongos zamoranos.
Quiso su mala suerte que dos días antes del banquete, nos viniera a Felguérez y a
mí la nostalgia de la comida mexicana. Estuvimos bastante rato diciendo:
-Unos tacos de carnitas.
-Unos frijoles refritos.
-Unos huevos rancheros.
Etc.
Así platicando, llegamos al campo mexicano. Ya había oscurecido y los scouts se
habían ido a las fogatas. Sólo encontramos a La Campechana que estaba cocinando una
sopa de avena y jitomate de lata. Con él seguimos la conversación.
-Unos tacos de cabeza.
-Unas quesadillas de huitlacoche.
Al poco rato, no pudimos más y caímos sobre la despensa de Nicodemus.
En el banquete que la Delegación mexicana ofreció al Coronel Wilson, se
sirvieron sardinas de lata y pan con mantequilla.
Pero si este episodio fue ridículo, cuando menos quedó en familia. Malo, el día en
que los mexicanos, dirigidos por Nicodemus, cantaron El caminante del Mayab ante
cuatro mil espectadores. Y peor, todavía, la Danza de los Viejitos. De nada sirvieron
los ensayos con el Profesor Urchedumbre, que habían sido con iluminación eléctrica,
tablado y música de disco. En el Jamboree no hubo ninguna de las tres cosas.
La cosa salió tan mal, que Felguérez y yo, que estábamos a cien metros, nos
moríamos de vergüenza. Germán Arechástegui tocó una chirimía; como no había
tablado, no se oían los pasos y nadie llevaba el compás; se fueron unos contra otros.
Afortunadamente, con los zapatazos se levantó tal nube de polvo, que cubrió a los
ejecutantes y nadie vio el final de la representación.
Cuando se retiraron los mexicanos, entraron al escenario los neozelandeses e
hicieron una danza maorí. El scout que estaba junto a mí, me preguntó si esos eran los
mexicanos. Por puro amor patrio le contesté que sí.
Felguérez y yo nos fuimos a París dos días antes que la Delegación Mexicana. Al
día siguiente, por un asunto relacionado con el Mercado Negro, tuvimos que regresar al
Jamboree y por culpa de los ferrocarriles, no pudimos regresar a París en la noche.
¿Qué hacer? No teníamos tienda de campaña y estábamos en camisa. Fuimos a ver a La
Campechana, que era muy generoso, corrió al scout Chateaubriand de la tienda, le quitó
una cobija al scout San Megaterio y así pasamos la noche: en el lugar de Chateaubriand
y con la cobija de San Megaterio.
A las seis y media de la mañana, despertó Nicodemus con las dianas; se puso su
gorro de piel de conejo y salió de su tienda gritando:
-¡Arriba todo el mundo, que hay que levantar el campamento!
Y fue a despertar a los perezosos.
Felguérez y yo nos tapamos la cara con la cobija de San Megaterio. Oíamos la voz
de Nicodemus, que se acercaba:
-¡Pronto! ¡Arriba! ¡Prontito! ¿Qué haces aquí Chateuabriand? ¡Pronto! ¡Arriba! –
para terminar con la frase más teatral que he oído- : ¡Manuel! ¡Jorge! ¿Ustedes aquí?
Se puso furioso y fue a regañar a La Campechana. Le dijo que iba a procesarlo por
falta de espíritu scout.
Felguérez y yo ayudamos a levantar el campo y a cargar los trebejos hasta la
estación de ferrocarril. En esta operación estábamos, cuando cayó un aguacero que nos
empapó.
Felguérez y yo subimos en el tren hechos una miseria; los demás llevaban
impermeables. Nicodemus tuvo el único gesto amable de muchos meses.
-Te vas a resfriar- me dijo, y me prestó su suéter.
Cuando llegamos al Refugio Scout que había en París, que estaba en el Local de
La Exposición, cerca de la Puerta de Versalles, Nicodemus, en uno de los pocos
momentos democráticos de su vida, reunió a los que se habían ido en avión y les dijo:
-He sabido que algunos están inconformes con el viaje que hicimos en avión.
Levanten la mano los que quieran regresar en barco.
Todos levantaron la mano. Nicodemus contempló por un momento aquel bosque
de manos levantadas y después dijo:
-Bueno, pues los que vinieron en barco, regresan en barco y los que vinieron en
avión, aunque quieran regresar en barco, regresan en avión. ¿Que por qué? Porque yo
digo. Porque yo soy el Jefe de la Delegación y porque ustedes no tienen todavía
veintiún años, ni criterio formado, ni capacidad para decidir por cuenta propia.
Y regresaron en avión.
La Ley de Herodes