¿Quién ha visto el viento? de Carson McCullers

¿Quién ha visto el viento?
“Who Has Seen the Wind?”
Originalmente publicado en Mademoiselle (September 1956)
Collected Stories of Carson McCullers (1987)

      Ken Harris había estado toda la tarde ante la máquina de escribir y una hoja en blanco. Era invierno y nevaba. La nieve ponía en sordina el tráfico, y el apartamento del Village estaba tan en silencio que le molestaba el tictac del despertador. Trabajaba en el dormitorio porque aquel cuarto, con las cosas de su mujer, le calmaba y le hacía sentirse menos solo. Su whisky de antes del almuerzo (¿o nada más despertarse?) había perdido mordiente con la lata de chile con carne consumida a solas en la cocina. A las cuatro metió el despertador en el cesto de la ropa y luego regresó a la máquina de escribir. La hoja seguía impoluta y el blanco de la holandesa le vaciaba la imaginación. Hubo sin embargo una época (¿cuánto tiempo había pasado?) en la que bastaba una canción en una esquina, una voz de la infancia, para que el panorama de la memoria condensara el pasado de manera que lo fortuito y lo verdadero se transfigurasen en una novela, en un relato… Hubo una época en la que la página en blanco llamaba y clasificaba los recuerdos y Ken sentía ese misterioso dominio de su arte. Una época, en pocas palabras, en la que era escritor y escribía casi todos los días. Trabajaba mucho, recomponía cuidadosamente las frases, tachaba las que resultaban ofensivas y cambiaba las palabras repetidas. Ahora estaba allí, encorvado y en cierto modo asustado, un tipo rubio cercano a los cuarenta, con sombras oscuras bajo unos ojos de color azul perla y labios llenos y pálidos. Pensaba en el viento abrasador del Texas de su infancia mientras miraba por la ventana la nieve que caía en Nueva York. Luego, de repente, se le abrió una puerta de la memoria y dijo unas palabras al tiempo que las escribía a máquina:

¿Quién ha visto el viento?
Ni tú ni yo lo hemos visto:
pero si los árboles se inclinan
el viento ha pasado allí mismo.

      La canción infantil le pareció tan siniestra que mientras estaba allí pensando en ella el sudor de la tensión le humedeció las palmas de las manos. Arrancó la hoja de la máquina de escribir y, después de romperla en mil pedazos, la arrojó a la papelera. Le consoló pensar que iba a una fiesta a las seis, se alegró de abandonar el apartamento silencioso, los versos destruidos, y de caminar por la calle, fría pero reconfortante.
       El metro tenía la escasa luz de lo que está bajo tierra y después del olor de la nieve el aire allí era fétido. Ken reparó en un individuo tumbado en un banco, pero no se preguntó, como en otro tiempo, por la historia de aquel desconocido. Vio acercarse el primer vagón balanceante del tren que llegaba y retrocedió para evitar el viento cargado de carbonilla. Vio abrirse y cerrarse las puertas —era su tren— y siguió mirándolo con desamparo mientras se alejaba ruidosamente. La tristeza se apoderó de él mientras esperaba el siguiente.
       El apartamento de los Rodgers estaba en un ático muy lejos hacia el Norte, y la fiesta había empezado ya. Se oía el rumor de las voces y se notaba el olor de la ginebra y de los canapés que se sirven en los cócteles. Mientras estaba con Esther Rodgers a la entrada de las habitaciones abarrotadas, dijo:
       —En la actualidad, cuando entro en una fiesta con muchos invitados siempre me acuerdo de la última que dio el duque de Guermantes.
       —¿Qué? —preguntó Esther.
       —¿Recuerdas cuando Proust, el yo, el narrador, miraba a todas las caras conocidas y cavilaba sobre las alteraciones producidas por el tiempo? Un pasaje magnífico…, lo leo todos los años.
       Esther pareció desconcertada.
       —Hay demasiado ruido. ¿No viene tu mujer?
       A Ken el rostro le tembló levemente antes de que procediera a apoderarse de uno de los martinis que ofrecía la criada.
       —Se presentará cuando termine en la editorial.
       —Trabaja demasiado…, todos esos manuscritos que leer…
       —Cuando me encuentro en una fiesta como ésta, siempre es lo mismo, casi exactamente. Pero existe una espantosa diferencia. Como si la tonalidad bajara, cambiase. La espantosa diferencia de los años que pasan, los trucos y el terror del tiempo, Proust…
       Pero su anfitriona se había marchado y Ken se encontró solo en las habitaciones abarrotadas donde se celebraba la fiesta. Examinó las caras que había visto en otros acontecimientos similares durante los últimos trece años y, efectivamente, habían envejecido. Esther, por ejemplo, había engordado mucho y su vestido de terciopelo le quedaba estrecho: la vida disipada, pensó, y la hinchazón producida por el whisky. Se había originado un cambio: trece años antes, cuando Ken publicó Noche de oscuridad, Esther casi se lo hubiera comido vivo y en ningún caso lo habría dejado solo en un extremo de la habitación. Por aquellos días Ken era el muchacho de los cabellos dorados. El chico de los cabellos dorados de la Diosa Casquivana; ¿no era ésa la Diosa del éxito, del dinero, de la juventud? Ken vio, junto a la ventana, a dos jóvenes escritores sureños, y comprendió que pasados diez años la Diosa Casquivana les reclamaría su capital de juventud. A Ken le agradó que se le hubiera ocurrido aquello y se comió una menudencia de jamón que estaban pasando en aquel momento.
       Luego vio, al otro lado de la habitación, a alguien a quien admiraba: Mabel Goodley, pintora y autora de decorados teatrales. Llevaba el pelo corto y reluciente y le brillaban las gafas con la luz. A Mabel le había gustado Noche de oscuridad desde el primer momento y dio una fiesta en su honor cuando le concedieron la beca Guggenheim. Más importante aún, le había parecido que su segundo libro era mejor que el primero, a pesar de la estupidez de los críticos. Ken echó a andar hacia Mabel, pero lo detuvo John Howards, un editor al que veía a veces en las fiestas.
       —Cómo le va —dijo Howards—, ¿qué está escribiendo en la actualidad, si no es una pregunta inoportuna?
       Era un principio de conversación que Ken detestaba. Las respuestas posibles eran varias: unas veces decía que estaba terminando una novela larga, otras que estaba aposta en barbecho. Ninguna respuesta era buena, dijera lo que dijese. Se le encogió el escroto y trató desesperadamente de parecer despreocupado.
       —Recuerdo muy bien el revuelo que provocó La habitación sin puerta en el mundo literario de aquellos días, un libro excelente.
       Howards era alto y vestía un traje marrón de tweed. Ken alzó los ojos horrorizado, armándose de valor contra aquel ataque inesperado. Pero los ojos castaños de su interlocutor eran extrañamente inocentes y Ken no encontró en ellos malicia alguna. Una mujer con unas perlas muy ajustadas alrededor de la garganta dijo, después de un doloroso instante:
       —Pero, cariño, el señor Harris no escribió La habitación sin puerta.
       —Oh —dijo Howards inútilmente.
       Ken miró las perlas de la mujer y sintió deseos de estrangularla.
       —No tiene la menor importancia.
       El editor insistió, intentado reparar el daño causado.
       —Pero usted es Ken Harris. Y está casado con Marian Campbell, la editora de ficción en…
       La mujer se apresuró a decir:
       —Ken Harris escribió Noche de oscuridad, una novela excelente. Harris se dio cuenta de que la garganta de la mujer quedaba preciosa con las perlas y el vestido negro. Su rostro se iluminó hasta que la otra dijo:
       —Hace diez o quince años de eso, ¿no es cierto?
       —Lo recuerdo —dijo el editor—, un libro magnífico. ¿Cómo he podido confundirlo? ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que disfrutemos con un segundo libro?
       —Escribí un segundo libro —dijo Ken—. Se hundió sin hacer ni una ola. Fracasó. —Después añadió a la defensiva—: Los críticos fueron aún más obtusos que de ordinario. Y yo no soy de los que escriben superventas.
       —Lástima —dijo el editor—. A veces somos víctimas de la industria.
       —El libro era mejor que Noche de oscuridad. Algunos críticos lo consideraron oscuro. Pero de Joyce dijeron lo mismo. —Y añadió, con la lealtad del escritor a su creación más reciente—: Era mucho mejor que el primero, y mi sensación es que no he hecho más que empezar a producir mi verdadera obra.
       —Ésa es la actitud —dijo el editor—. Lo más importante es seguir insistiendo. ¿Qué está escribiendo ahora, si no es una pregunta indiscreta? La violencia estalló de repente.
       —No es asunto suyo. —Ken no lo dijo en voz muy alta, pero las palabras se oyeron, y se creó una repentina zona de silencio en la habitación—. Ni de usted ni de nadie.
       Al cesar las demás voces se oyó la de la anciana señora Beckstein, que era sorda y estaba sentada en un rincón.
       —¿Por qué compras tantos edredones?
       Su hija soltera, que siempre acompañaba a su madre, custodiándola como si fuera miembro de una casa real o algún animal sagrado, y que hacía de traductora entre su madre y el mundo, dijo con firmeza:
       —El señor Brown estaba diciendo…
       El murmullo de voces recobró fuerza y Ken fue a la mesa de las bebidas, se apoderó de otro martini y mojó un trozo de coliflor en algún tipo de salsa. Comió y bebió de espaldas a la ruidosa habitación. Luego cogió un tercer martini y se abrió paso hasta Mabel Goodley. Se sentó en una otomana a su lado, cuidadoso con su copa y un tanto ceremonioso.
       —Ha sido un día muy cansado —dijo.
       —¿Qué has hecho?
       —Estar sentado sobre el trasero.
       —Un escritor que conocí en otro tiempo acabó con problemas sacroilíacos por estar sentado tanto tiempo. ¿Podría llegar a sucederte algo semejante?
       —No —respondió—. Te lo digo a ti, que eres la única persona sincera en esta habitación.
       Ken había intentado muchas cosas distintas cuando empezaron las hojas en blanco. Había tratado de trabajar en la cama y durante algún tiempo escribió a mano. Se había acordado de Proust y de su habitación aislada con láminas de corcho, y por espacio de un mes usó tapones para los oídos, pero no mejoraron su rendimiento y la goma hizo que contrajera una infección causada por hongos. Luego se mudaron a Brooklyn Heights, pero tampoco sirvió de nada. Cuando se enteró de que Thomas Wolfe había escrito de pie, con el manuscrito apoyado en el frigorífico, también lo intentó. Pero lo que hacía era abrir el frigorífico y comer… Había probado a escribir borracho, cuando las ideas y las imágenes le parecían maravillosas, pero descubrió que empeoraban mucho cuando, ya sobrio, leía lo escrito. Había trabajado a primera hora de la mañana, completamente sobrio y muy deprimido. Había pensado en Thoreau y en Walden. Había soñado con el trabajo manual y con dedicarse al cultivo de las manzanas. Si pudiera dar largos paseos por los páramos la luz de la creación literaria lo iluminaría de nuevo…, ¿pero dónde están los páramos de Nueva York?
       Se consolaba con los escritores que se habían sentido fracasados y cuya fama se consolidó después de muertos. Cuando tenía veinte años soñaba despierto que moriría a los treinta y que su nombre se pregonaría a voz en cuello después de que lo enterrasen. A los veinticinco, cuando había terminado Noche de oscuridad, soñaba despierto que moriría famoso, admirado por sus colegas, con una obra lograda a los treinta y cinco y la concesión del Premio Nobel en su lecho de muerte. Pero ahora que se acercaba a los cuarenta con dos libros —el primero un éxito, el segundo un fracaso defendible— ya no soñaba despierto sobre su muerte.
       —Me pregunto por qué sigo escribiendo —dijo—. Sólo se cosechan frustraciones.
       Había esperado vagamente de Mabel, su amiga, que dijera tal vez algo sobre su condición de escritor nato, que le recordara incluso las obligaciones que le imponía su talento, que incluso mencionase la palabra «genio», ese término mágico que convierte las dificultades y el fracaso exterior en gloria sombría. Pero la respuesta de Mabel lo dejó consternado.
       —Supongo que escribir es como el teatro. Una vez que escribes o actúas se te mete en la sangre.
       Ken despreciaba a los actores: engreídos, afectados, siempre sin trabajo.
       —No me parece que la interpretación sea un arte creativo, sino sólo interpretativo. Mientras que el escritor, por su parte, ha de cincelar la roca fantasmal…
       Vio entrar a su mujer procedente del vestíbulo. Marian era alta y esbelta, de cabellos negros, lisos y cortos, y llevaba un sencillo vestido negro, un vestido de aspecto profesional, sin adornos. Hacía trece años que se habían casado, el año de la publicación de Noche de oscuridad, y durante mucho tiempo Ken amó a su mujer con pasión. Hubo ocasiones en las que la esperaba con el asombro vertiginoso del amante y le embargaba un dulce temblor cuando por fin la veía. Era la época en la que hacían el amor casi todas las noches y a menudo por la mañana temprano. El primer año Marian, incluso, había vuelto a casa algunas veces a la hora del almuerzo y se habían amado desnudos a plena luz del día. Con el tiempo el deseo se calmó y el cuerpo de Ken dejó de temblar. Trabajaba en un segundo libro y avanzaba con dificultad. Luego le dieron una beca Guggenheim y, mientras Europa estaba en guerra, se marcharon a México. Él abandonó su libro y, aunque la euforia del éxito no le había abandonado aún, se sentía insatisfecho. Quería escribir, escribir y escribir, pero pasaba un mes tras otro y no escribía nada. Marian dijo que bebía demasiado y que sólo hacía como que trabajaba y él le tiró un vaso de ron a la cara. Luego Ken se arrodilló y lloró. Estaba por primera vez en un país extranjero y el tiempo, automáticamente, era valioso porque se trataba de un país extranjero. Escribiría del azul del cielo a mediodía, de las sombras mexicanas, del aire de la montaña que tenía el frescor del agua. Pero pasaba un día y otro día —siempre valiosos porque estaba en un país extranjero— y no escribía nada. Ni siquiera aprendía español, y hasta le molestaba oír hablar a Marian con la cocinera y con otros mexicanos. (Para una mujer era más fácil aprender un idioma y además ya sabía francés.) Y la baratura misma de México encarecía la vida; se gastaba el dinero como si fuese de mentirijillas o para usar en un escenario, y cuando llegaba el cheque de la Guggenheim ya se lo habían gastado. Pero estaba en un país extranjero y antes o después vivir en México sería valioso para él como escritor. Luego, al cabo de ocho meses, sucedió una cosa extraña: prácticamente sin aviso previo Marian tomó el avión y se volvió a Nueva York. Ken tuvo que interrumpir su año Guggenheim para seguirla. Y después no quiso vivir con él ni dejarlo vivir en su apartamento. Dijo que era como vivir con veinte emperadores romanos convertidos en uno y que no aguantaba más. Marian consiguió un puesto de ayudante del editor de ficción en una revista de modas mientras él vivía en un piso sin agua caliente: su matrimonio había fracasado y se habían separado, aunque Ken todavía trataba de seguirla por todas partes. La gente de la fundación Guggenheim no le renovó la beca y se gastó muy pronto el anticipo por su nuevo libro.
       Una mañana por aquella época tuvo una experiencia que no olvidaría nunca, aunque no sucedió nada, absolutamente nada. Era un soleado día de otoño con un cielo hermoso y verde por encima de los rascacielos. Había ido a desayunar a una cafetería y estaba sentado junto a una brillante cristalera. La gente pasaba deprisa por la calle, todos camino de algún sitio. Dentro de la cafetería había el bullicio habitual del desayuno, el entrechocar de bandejas y el ruido de muchas voces. La gente entraba, comía y se marchaba, y todo el mundo parecía seguro de sí mismo y de adónde iba. Parecían dar como evidente una meta que no era únicamente la rutina de sus empleos y de sus citas. Aunque la mayoría de la gente estaba sola, de algún modo parecían los unos parte de los otros, y parte todos ellos de la luminosa ciudad otoñal. Sólo él quedaba al margen, una cifra aislada en el diseño de una ciudad con un destino. Su mermelada resplandecía al sol y se la untó en una tostada pero no se la comió. El café tenía un brillo morado y había un resto de lápiz de labios en el borde de la taza. Fue una hora de desolación aunque no sucediera nada.
       Ahora en la fiesta, años después, el ruido, la seguridad de los otros y la conciencia de su aislamiento personal le recordó el desayuno en la cafetería y la hora presente se le hizo todavía más desolada por el imparable paso del tiempo.
       —Ahí está Marian —dijo Mabel—. Parece cansada y más delgada.
       —Si la maldita fundación Guggenheim me hubiera renovado la beca, la habría llevado un año a Europa —dijo Ken—. La Guggenheim de todos los demonios: ya no subvencionan a los que escribimos literatura. Sólo a los físicos, gente como la que se está preparando para otra guerra.
       La guerra mundial fue un alivio para Ken. Se alegró de abandonar el libro que iba mal, de abandonar su «roca fantasmal» por la experiencia común de aquellos días, porque la guerra fue sin duda la gran experiencia de su generación. Ken se graduó en la Escuela de Formación de Oficiales y cuando Marian lo vio con su uniforme, lloró y volvió a quererlo y ya no se habló más de divorcio. En su último permiso hicieron el amor con tanta frecuencia como en los primeros meses de matrimonio. En Inglaterra llovía todos los días y una vez un lord lo invitó a su castillo. Cruzó el canal el día D, y su batallón siguió adelante todo el camino hasta Schmitz. En un sótano de una ciudad en ruinas vio a un gato olfateando el rostro de un cadáver. Pasó miedo, pero no era el terror vacío de la cafetería ni la ansiedad ante la página en blanco de la máquina de escribir. Algo estaba sucediendo siempre: encontró tres jamones de Westfalia en la chimenea de la casa de un campesino y se rompió un brazo en un accidente de automóvil. La guerra era la gran experiencia de su generación y para un escritor todos los días eran automáticamente valiosos porque formaban parte de la guerra. Pero cuando se acabó, ¿de qué se podía escribir? ¿Del gato tranquilo y el cadáver, del lord inglés, del brazo roto?
      En el apartamento del Village volvió al libro tanto tiempo abandonado. Durante una época, el año que siguió a la guerra, vivió la alegría del escritor cuando escribe. Una época en la que todo encajaba, desde una voz de la infancia a una canción en la esquina. En la extraña euforia de su trabajo solitario se produjo una síntesis del mundo. Escribía de otro tiempo, de otro lugar. Escribía de su juventud en la población ventosa y polvorienta de Texas que era su ciudad natal. Escribió sobre la rebelión de la juventud, la nostalgia de las ciudades llenas de luces, la añoranza de un lugar que no se ha visto nunca. Mientras escribía Una noche de verano vivía en un apartamento de Nueva York, pero su vida interior estaba en Texas y la distancia era más que espacio: era la triste separación entre la mediana edad y la juventud. De manera que mientras escribía el libro estaba dividido entre dos realidades: su vida diaria de Nueva York y la cadencia rememorada de su juventud tejana. Cuando se publicó el libro y las reseñas fueron indiferentes o malas, le pareció que lo aceptaba bien, hasta que los días de desolación se fueron encadenando uno tras otro y empezó el terror. Hizo cosas extrañas en aquella época. Una vez se encerró en el baño con una botella de lysol, tembloroso y aterrado. Estuvo allí media hora hasta que con un gran esfuerzo vertió despacio el jabón de brea en el lavabo. Luego se tumbó en la cama y lloró hasta que, al final de la tarde, se quedó dormido. En otra ocasión se sentó en el alféizar de la ventana y dejó que una docena de hojas en blanco descendieran flotando a la calle desde el sexto piso. El viento fue empujando los papeles a medida que los dejaba caer uno tras otro, y sintió un extraño júbilo mientras los veía volar. Más que lo absurdo de aquellas acciones, lo que le hizo darse cuenta de que estaba enfermo fue la extrema tensión que las acompañó.
       Marian sugirió que fuese a un psiquiatra y él dijo que la psiquiatría se había convertido en un método de vanguardia para masturbarse. Luego se rió, pero Marian no le secundó y su risa solitaria terminó con un escalofrío de miedo. Al final Marian fue al psiquiatra y Ken tuvo celos de los dos: del médico porque era el árbitro de un matrimonio infeliz y de ella porque estaba más tranquila y él más desquiciado. Aquel año escribió algunos guiones para la televisión, ganó un par de miles de dólares y le compró a Marian un abrigo de piel de leopardo.
       —¿Estás haciendo más programas para la televisión? —le preguntó Mabel Goodley.
       —No —dijo—; estoy esforzándome todo lo que puedo por meterme en mi nuevo libro. Tú eres la única persona sincera que conozco. Contigo puedo hablar…
       Desinhibido por el alcohol y confiando en la amistad (porque después de todo Mabel era de sus personas preferidas), empezó a hablar del libro que llevaba tanto tiempo queriendo escribir:
       —El tema básico es traicionarse a uno mismo; y el personaje central, un abogado de una ciudad pequeña llamado Winkle. La acción se sitúa en mi ciudad natal, en Texas, y la mayoría de las escenas suceden en los mugrientos despachos del juzgado local. Al comenzar el libro Winkle se enfrenta con la siguiente situación… —Ken expuso su historia apasionadamente, hablando de los diferentes personajes y de sus motivos. Cuando Marian se acercó hablaba todavía, y le hizo gestos para que no le interrumpiera mientras miraba directamente a los ojos azules de Mabel, siempre discretamente ocultos detrás de las gafas. Luego, de repente, Ken tuvo la extraña sensación de lo déjà-vu. Sintió que en otra ocasión le había contado su libro a Mabel, en el mismo sitio y en las mismas circunstancias. Incluso la manera en que se movían las cortinas era la misma. De todos modos, detrás de las gafas las lágrimas hacían brillar los ojos de Mabel, y Ken se alegró de que se hubiera conmovido tanto—. De manera que Winkle se vio entonces empujado a divorciar… —le falló la voz—. Tengo la extraña sensación de que esto ya te lo he contado antes…
       Mabel esperó un momento y Ken calló.
       —Así es —dijo Mabel por fin—. Hace seis o siete años y en una fiesta que se parecía mucho a ésta.
       Ken no soportó la compasión que se leía en sus ojos o la vergüenza que latía en su propio cuerpo. Se levantó tambaleándose y tropezó con su copa.
       Después del estruendo del interior de la casa, el silencio en la terracita era absoluto, a excepción del viento, que aumentaba la sensación de abandono y soledad. Para calmar su vergüenza dijo en voz alta algo intrascendente: «Vaya, por qué demonios…» y sonrió con desfallecida angustia. Pero su vergüenza ardía aún y se llevó la mano, fría, a la frente caliente, palpitante. Había dejado de nevar, pero el viento alzaba remolinos de copos hasta donde él estaba. La longitud de la terraza eran unos seis pasos y Ken los recorrió muy despacio, contemplando con atención creciente las huellas indecisas de sus estrechos zapatos. ¿Por qué las miraba con tanta tensión? ¿Y por qué estaba allí, solo en la terraza invernal donde la luz de la fiesta se convertía, sobre la nieve, en un rectángulo enfermizamente amarillo? ¿Y los pasos? Al final de la terraza había una pequeña barandilla que le llegaba a la cintura. Cuando se apoyó en ella sabía que estaba muy suelta y sintió que ya sabía que iba a estar suelta y siguió apoyándose en ella. Se encontraba en el piso decimoquinto y las luces de la ciudad se extendían ante sus ojos. Estaba pensando que si daba un empujón a la barandilla desvencijada se caería, pero siguió tranquilo, pegado a ella, notándola combada y sintiéndose de algún modo protegido, satisfecho.
       Le pareció una perturbación injustificada el sonido de una voz desde la entrada de la terraza. Era Marian, que había exclamado suavemente:
       —¡Ah!
       Luego, al cabo de un momento, añadió:
       —Ken, ven aquí. ¿Qué estás haciendo ahí fuera?
       Ken se irguió. Luego, recuperado el equilibrio le dio a la barandilla un ligero empujón. No se rompió.
       —Esta valla está podrida…, probablemente la nieve. Me pregunto cuántas personas se habrán suicidado aquí.
       —¿Cuántas?
       —Seguro. Es una cosa bien fácil.
       —Vuelve.
       Con mucho cuidado Ken regresó por las huellas que había dejado.
       —Debe de haber más de dos centímetros de nieve. —Se agachó y la tocó con el índice—. No, cinco centímetros.
       —Tengo frío. —Marian le puso la mano en la chaqueta, abrió la puerta y lo devolvió a la fiesta. Había disminuido la animación y la gente empezaba a marcharse. Con la claridad de la luz, después de la oscuridad exterior, Ken vio que Marian parecía cansada. Sus ojos negros estaban cargados de reproches, atribulados, y Ken no soportaba mirarlos.
       —Cariño, ¿te duele la cabeza?
       Marian se frotó suavemente la frente y el puente de la nariz con el índice.
       —Me preocupa mucho verte en ese estado.
       —¡Estado! ¿Yo?
       —Recojamos nuestras cosas y marchémonos.
       Pero Ken no soportaba mirar a Marian a los ojos y la detestaba por deducir que estaba borracho.
       —Yo voy a ir ahora a la fiesta de Jim Johnson.
       Después de buscar sus abrigos y de las descoyuntadas despedidas, un grupo pequeño descendió en el ascensor y se quedó en la acera, esperando que apareciera algún taxi. Compararon direcciones y Marian, Ken y el editor subieron al primer taxi en dirección al centro. La vergüenza de Ken se había adormecido un poco y durante el trayecto empezó a hablar de Mabel.
       —Es muy triste lo de Mabel —dijo.
       —¿A qué te refieres? —preguntó Marian.
       —A todo. Es evidente que se está viniendo abajo. Desintegrándose, pobrecilla.
       Marian, a quien no le gustaba la conversación, le dijo a Howards:
       —¿Qué tal si atravesamos el parque? Está bonito cuando nieva, y es más rápido.
       —Yo voy hasta la esquina de la Quinta Avenida con la calle Catorce —dijo Howards, antes de indicarle al chófer que, por favor, fuese por el parque.
       —El problema con Mabel es que ya se ha convertido en un nombre del pasado. Hace diez años era una pintora y decoradora honesta. Quizá sea el fallo de la imaginación o tal vez los excesos en la bebida. Ha perdido la sinceridad y hace lo mismo una y otra vez, se repite todo el tiempo.
       —Tonterías —dijo Marian—. Sigue mejorando año tras año y gana muchísimo dinero.
       Estaban cruzando el parque y Ken contemplaba el paisaje invernal. Se había acumulado mucha nieve sobre los árboles y de vez en cuando el viento derribaba la que había en las ramas, aunque los árboles no se inclinaban. En el taxi Ken empezó a recitar la antigua canción infantil, y de nuevo las palabras le dejaron ecos siniestros y se le humedecieron las frías palmas de las manos.
       —No me había vuelto a acordar de esos versitos festivos desde hacía muchos años —dijo Jack Howards.
       —¿Festivos? Son tan terribles como Dostoievski.
       —Recuerdo que solíamos cantarlos en el jardín de infancia. Y cuando un niño celebraba su cumpleaños había una cinta azul o rosa en su sillita y los demás entonábamos Cumpleaños feliz.
       John Howards iba encorvado sobre el borde del asiento al lado de Marian. Era difícil imaginarse a aquel editor alto, voluminoso, con sus enormes chanclos, cantando años atrás en un jardín de infancia.
       —¿De dónde es usted? —preguntó Ken.
       —Kalamazoo —respondió Howards.
       —Siempre me he preguntado si realmente existía un sitio así o se trataba de… una metáfora.
       —Existía y existe un sitio así —dijo Howards—. Mi familia se mudó a Detroit cuando yo tenía diez años. —De nuevo Ken tuvo la sensación de lo desconocido y pensó que hay ciertas personas que han conservado tan poco de la niñez que la mención de sillas de jardín de infancia y de mudanzas familiares parece de algún modo estrafalaria. De repente concibió la idea de escribir un relato sobre un individuo así (lo llamaría El hombre del traje de tweed) y meditó en silencio mientras la historia se le desarrollaba en la cabeza, experimentando el antiguo júbilo que ahora sentía tan pocas veces.
       —El hombre del tiempo dice que esta noche vamos a llegar a veinte bajo cero —intervino Marian.
       —Me puede dejar aquí —le explicó Howards al taxista al tiempo que abría la cartera y le daba unos billetes a Marian—. Gracias por dejarme compartir su taxi. Y ésa es mi parte —añadió con una sonrisa—. Ha sido un placer verla de nuevo. A ver si almorzamos juntos uno de estos días…, y traiga a su marido si no le importa venir. —Después de salir a trompicones del taxi se dirigió a Ken—: Estoy deseando leer su próximo libro, Harris.
       —Idiota —dijo Ken después de que el taxi arrancara de nuevo—. Te dejaré en casa y luego me quedaré un rato en la fiesta de Jim Johnson.
       —¿Quién es? ¿Por qué tienes que ir?
       —Es un pintor que conozco y que me ha invitado.
       —¡Te relacionas con tantísima gente en estos últimos tiempos! Sales con una pandilla y luego te cambias a otra.
       Ken sabía que Marian tenía razón, pero no podía evitar comportarse así. En los últimos años entraba en un grupo —desde hacía ya mucho tiempo su círculo de amigos no coincidía con el de su mujer— hasta que se emborrachaba o hacía una escena, de manera que todo el entorno ligado al grupo se le hacía desagradable, se sentía fastidiado y comprendía que estaba de más. Entonces se cambiaba a otro grupo, y cada nuevo cambio era a un círculo menos estable que el anterior, con apartamentos menos acogedores y bebidas de peor calidad. Había llegado a un punto en el que se alegraba de ir a donde lo invitaran, aunque se tratase de desconocidos, con la esperanza de que una voz pudiera guiarlo y de que las endebles alegrías del alcohol calmaran sus nervios desquiciados.
       —Ken, ¿por qué no buscas ayuda? No puedo seguir así.
       —¿Por qué? ¿Cuál es el problema?
       —Lo sabes bien. —La sentía tensa y rígida en el taxi—. ¿De verdad vas a ir a otra fiesta? ¿No ves que te estás destruyendo? ¿Por qué te apoyabas en la barandilla de la terraza? ¿No te das cuenta de que estás… enfermo? Ven a casa.
       Las palabras de su mujer lo perturbaron, pero aquella noche no soportaba la idea de volver a casa con Marian. Tenía el presentimiento de que si se quedaban solos podía pasar algo terrible, y sus nervios le avisaban de aquel desastre todavía indefinido.
       En otros tiempos se hubieran alegrado de volver solos a casa después de una fiesta, de hablar sobre la velada mientras bebían tranquilos unas copas, de tomar por asalto el frigorífico e irse a la cama, a salvo del mundo exterior. Luego, una noche, al regresar de una fiesta había sucedido algo: Ken dijo o hizo algo que no podía o no quería recordar; después sólo quedaba la máquina de escribir aplastada y relámpagos de recuerdos vergonzosos con los que no era capaz de enfrentarse junto con la imagen de los ojos asustados de su mujer. Marian dejó de beber y trató de convencerlo para que acudiera a Alcohólicos Anónimos. Ken fue con ella a una reunión e incluso practicó la abstinencia durante cinco días, hasta que el horror de la noche que no recordaba quedó un poco distante. Después, cuando tuvo que beber solo, le molestaba la leche y el eterno café de Marian y a ella le molestaban sus bebidas alcohólicas. En aquella tensa situación Ken sintió que el psiquiatra era de algún modo el responsable y se preguntó si habría hipnotizado a su mujer. En cualquier caso las veladas pasaron a ser un desastre y todo resultaba forzado. Ahora, en el taxi, Ken sentía a Marian erguida y tensa y quería besarla como en los viejos tiempos cuando regresaban a casa después de una fiesta. Pero el cuerpo de su mujer no respondía al abrazo.
       —Cariño, ¿por qué no repetimos lo que hacíamos antes? Volvemos a casa, nos ponemos a tono sin prisa y repasamos la velada. Antes te gustaba hacerlo. Disfrutabas tomando unas copas cuando estábamos tranquilos, solos. Bebe conmigo y pongámonos cómodos como en los viejos tiempos. Me saltaré esa otra fiesta si quieres. Por favor, cariño. No eres en absoluto una alcohólica. Y el que no bebas hace que me sienta como un borrachín…, que me sienta anormal. Y no eres ni por lo más remoto una alcohólica, como tampoco lo soy yo.
       —Prepararé un poco de sopa y luego podemos irnos a la cama. —Pero su voz era imposible y a Ken le sonó condenatoria. Luego Marian añadió—: Me he esforzado tanto por salvar nuestro matrimonio y ayudarte. Pero es como luchar con arenas movedizas. Hay demasiadas cosas detrás de la bebida y estoy muy cansada.
       —Sólo me quedaré un minuto en la fiesta, ven conmigo.
       —No puedo ir.
       El taxi se detuvo y Marian pagó la carrera.
       —¿Tienes dinero? —preguntó al salir del automóvil—. Si es que tienes que ir.
       —Naturalmente.
      El apartamento de Jim Johnson estaba muy lejos en el West Side, en un barrio de puertorriqueños. Había cubos de basura abiertos en los bordillos y el viento arremolinaba papeles sobre las aceras nevadas. Cuando el taxi se detuvo Ken estaba tan distraído que el chófer tuvo que llamarlo. Miró el taxímetro y abrió el billetero: no tenía ni un solo billete de dólar, únicamente cincuenta centavos, cantidad insuficiente.
       —Me he quedado sin dinero, excepto estos cincuenta centavos —dijo Ken, entregando el dinero al conductor—. ¿Qué puedo hacer? El taxista lo miró.
       —Nada, salga. No hay nada que hacer.
       Ken se apeó.
       —Quince centavos de menos y sin propina… Lo siento.
       —Tendría que haber aceptado el dinero de la señora.
       Aquella fiesta se celebraba en un apartamento del último piso de una casa sin ascensor ni agua caliente; en cada uno de los descansillos se acumulaban olores de comida. La habitación estaba abarrotada, fría, y las llamas de gas ardían azules en el fogón, con la puerta del horno abierta para que saliera el calor. Como había muy pocos muebles a excepción de un sofá-cama, la mayoría de los invitados se habían sentado en el suelo. Había hileras de lienzos apoyados contra la pared y sobre un caballete descansaba un cuadro de un vertedero de color morado con dos soles verdes. Ken se acomodó en el suelo junto a un joven de mejillas sonrosadas que vestía una chaqueta marrón de cuero.
       —Siempre es relajante sentarse en el estudio de un pintor. Los pintores no tienen los problemas de los escritores. ¿Quién ha oído hablar de un pintor que se quede atascado? Nunca les falta algo con que trabajar: preparar el lienzo, los pinceles y todo lo demás. Mientras que una página en blanco…, los pintores no están neuróticos como muchos escritores.
       —No estoy seguro —dijo el joven—. ¿No se cortó Van Gogh una oreja?
       —Pero el olor a pintura, los colores y la actividad son relajantes. No como una hoja en blanco y una habitación silenciosa. Los pintores pueden silbar mientras trabajan e incluso hablar con otras personas.
       —Conocí una vez a un pintor que mató a su mujer.
       Cuando a Ken le ofrecieron un ponche de ron o una copa de jerez, eligió el jerez, al que encontró un sabor metálico, como si hubiera tenido monedas en remojo.
       —¿Es usted pintor?
       —No —dijo el joven—. Escritor…, quiero decir que escribo.
       —¿Cómo se llama?
       —Mi nombre no le diría nada. Todavía no he publicado mi libro. —Después de una pausa añadió—: Me aceptaron un relato en Bolder Accent, una revista pequeña, no sé si habrá oído hablar de ella.
       —¿Cuánto tiempo lleva escribiendo?
       —Ocho…, diez años. Por supuesto tengo que trabajar en otras cosas a tiempo parcial, lo bastante para comer y pagar el alquiler.
       —¿Qué clase de trabajos hace?
       —Cualquier cosa. Durante un año trabajé en un depósito de cadáveres. El sueldo era estupendo y podía dedicar a escribir cuatro o cinco horas diarias. Pero al cabo de un año empecé a notar que aquel empleo no era bueno para mi trabajo. Todos aquellos cadáveres…, de manera que pasé a preparar perritos calientes en Coney Island. Ahora estoy de portero de noche en un hotel de mala muerte. Pero dispongo de toda la tarde en casa para escribir y por la noche pienso en mi libro…, y en ese lugar no faltan situaciones de interés humano. Historias para el futuro, ¿sabe?
       —¿Qué le hace pensar que es escritor?
       El entusiasmo se esfumó del rostro del joven y cuando se apretó la mejilla con los dedos le dejaron marcas blancas.
       —Sencillamente lo sé. He trabajado mucho y tengo fe en mi talento. —Continuó después de una pausa—. Por supuesto un relato en una revista menor después de diez años no es un comienzo demasiado brillante. Pero piense en lo mucho que luchan casi todos los escritores, incluso los grandes genios. Dispongo de tiempo y de perseverancia, y cuando esta novela vea finalmente la luz, el mundo reconocerá mi talento.
       A Ken le resultó desagradable la total sinceridad del joven, porque veía en ella algo que él había perdido hacía mucho tiempo.
       —Talento —dijo con amargura—. Un talento pequeño, de un solo relato…, eso es la cosa más traicionera que Dios puede conceder. Trabajar y trabajar, con esperanza, con fe hasta que la juventud se consume… He visto esa situación demasiadas veces. Un talento pequeño es la mayor maldición divina.
       —Pero ¿cómo sabe que tengo un talento pequeño, cómo sabe que no es grande? No lo sabe, ¡no ha leído nunca una sola palabra de lo que he escrito! —protestó el otro lleno de indignación.
       —No pensaba en usted en particular. Hablo de manera abstracta.
       El olor a gas era intenso en la habitación, y el humo del tabaco se acumulaba en capas cerca del techo, muy bajo. El suelo estaba frío y Ken se apoderó de un cojín cercano y se sentó encima.
       —¿Qué tipo de cosas escribe?
       —Mi último libro es sobre un individuo llamado Brown…, quería que fuese un nombre corriente, como un símbolo de la humanidad en general. Ama a su esposa, pero tiene que matarla porque…
       —No me cuente más. Un escritor nunca debe hablar de su obra antes de terminarla. Además todo eso ya lo he oído antes.
       —¿Cómo es posible? Nunca se lo he contado, no he terminado de decirle…
       —Al final da lo mismo —dijo Ken—. Oí esa historia hace siete años…, ocho años en esta misma habitación.
       El rostro sonrosado palideció.
       —Señor Harris, aunque haya escrito dos libros que se han publicado, creo que es usted un hombre mezquino. —Alzó la voz—. ¡Haga el favor de dejarme en paz!
       El joven se levantó, se subió la cremallera de su chaqueta de cuero y fue a colocarse, con expresión hosca, en una esquina de la habitación.
       Al cabo de unos momentos Ken empezó a preguntarse por qué estaba allí. No conocía a nadie exceptuado el anfitrión, y el cuadro del vertedero y los dos soles le irritaba. En la habitación llena de desconocidos no había ninguna voz para guiarlo y el jerez le quemaba la boca, demasiado seca. Sin despedirse de nadie, Ken abandonó la habitación y bajó la escalera.
       Recordó que no tenía dinero y que no le quedaba otro remedio que volver andando. Todavía nevaba, el viento aullaba en las esquinas de las calles y la temperatura se acercaba a los veinte bajo cero. Estaba a muchas manzanas de su casa cuando vio un drug store en una esquina familiar y se le vino a la cabeza la idea de un café caliente. Si pudiera beber un poco de café que estuviera de verdad caliente, si pudiera calentarse las manos con la taza, se le aclararía el cerebro y tendría la energía suficiente para apretar el paso y enfrentarse, al llegar, con su mujer y con lo que iba a suceder. Luego pasó algo que en un primer momento le pareció ordinario, incluso natural. Un sujeto con sombrero hongo iba a cruzarse con él en la calle desierta y cuando estaban muy cerca el uno del otro, Ken dijo:
       —Buenas noches, hace muchísimo frío, ¿no le parece?
       El otro vaciló un momento.
       —Espere —siguió Ken—. Me encuentro en un aprieto. He perdido el dinero que llevaba, no importa cómo, y me pregunto si podría darme unos centavos para una taza de café.
       Una vez pronunciadas las palabras, Ken se dio cuenta de que la situación no era corriente y de que el desconocido y él intercambiaban esa mirada de vergüenza mutua, de desconfianza, que relaciona al mendigo con su posible benefactor. Ken se quedó con las manos en los bolsillos —había perdido los guantes en algún sitio—, el desconocido le lanzó una última mirada y apretó el paso.
       —Espere —le llamó Ken—. Piensa usted que soy un atracador, ¡pero no es cierto! Soy escritor, no un delincuente.
       El desconocido se apresuró hasta alcanzar el otro lado de la calle, la cartera chocándole con las rodillas mientras avanzaba. Ken llegó a su casa después de medianoche.
       Marian estaba en la cama y tenía un vaso de leche en la mesilla de noche. Ken se preparó un whisky con soda y se lo llevó al dormitorio, aunque por entonces bebía de ordinario a escondidas y deprisa.
       —¿Dónde está el despertador?
       —En el cesto de la ropa.
       Ken encontró el reloj y lo puso en la mesilla, junto a la leche. Marian le lanzó una mirada peculiar.
       —¿Qué tal tu fiesta?
       —Horrible. —Al cabo de un rato añadió—: Esta ciudad es un lugar sombrío. Las fiestas, la gente…, los desconocidos desconfiados. —Es a ti a quien siempre le han gustado las fiestas.
       —No, no me gustan. Ya no. —Se sentó en la cama de Marian, junto a ella, y de repente se le llenaron los ojos de lágrimas—. Cariño, ¿qué ha pasado con la granja donde íbamos a cultivar manzanas?
       —¿Manzanas?
       —Nuestra granja para cultivar manzanas. ¿No te acuerdas?
       —¡Hace tantos años y han sucedido tantas cosas!
       Pero aunque el sueño llevaba largo tiempo olvidado, su lozanía resurgió. Ken veía las flores de los manzanos bajo la lluvia primaveral, veía la vieja granja gris. Él ordeñaba al amanecer, luego se ocupaba de la huerta con verdes lechugas rizadas, del maíz en el verano polvoriento, de las berenjenas y las lombardas, brillantes por el rocío… El desayuno rural serían tortitas y salchichas de cerdos criados en casa. Terminados el desayuno y las tareas matutinas, Ken trabajaría cuatro horas en su novela y luego, por la tarde, se ocuparía de las cercas necesitadas de reparaciones y cortaría leña. Se imaginaba la granja en las cuatro estaciones: los períodos en los que estarían bloqueados por la nieve, cuando él terminaría toda una novela corta de un tirón; los días de mayo, suaves, dulces, luminosos; la charca verde del verano, donde pescaría truchas para su propio consumo; el octubre azul y las manzanas. El sueño, sin contaminación alguna de la realidad, era intenso, exacto.
       —Y por las noches —dijo, viendo la luz del hogar y el alzarse y caer de las sombras en la pared de la granja— estudiaríamos de verdad a Shakespeare y leeríamos la Biblia de cabo a rabo.
       Por un momento el sueño prendió de nuevo en Marian.
       —Eso fue el primer año que estuvimos casados —dijo, con tono de agravio o de sorpresa—. Y después de iniciar el cultivo de las manzanas íbamos a tener un hijo.
       —Lo recuerdo —dijo Ken de manera imprecisa, aunque era aquélla una parte que había olvidado por completo. Veía un niño indefinido de unos seis años con pantalones vaqueros…, luego el niño desaparecía y se veía él, claramente, sobre el caballo (o más bien la mula), transportando el manuscrito terminado de una gran novela al pueblo más próximo para enviarla por correo a los editores.
       —Podríamos vivir con casi nada, y vivir bien. Yo haría todo el trabajo, porque la mano de obra es lo que trae cuenta en los días que corren, cultivaríamos todo lo que comiéramos. Tendríamos nuestros cerdos y una vaca y gallinas. —Después de una pausa, añadió—: Ni siquiera habría que pagar las bebidas alcohólicas. Yo mismo fabricaría sidra y aguardiente de manzana. Tendríamos una prensa y todo eso.
       —Estoy cansada —dijo Marian, y se tocó la frente con los dedos.
       —Se acabaría el ir a fiestas en Nueva York y por las noches leeríamos la Biblia de principio a fin. No lo he hecho nunca, ¿lo has hecho tú?
       —No —dijo ella—, pero no necesitas dedicarte a cultivar manzanas para leer la Biblia.
       —Quizá necesite de las manzanas para leer la Biblia y hasta para escribir bien.
       —Bueno, tant pis. —La frase en francés indignó a Ken; durante un año antes de que se casaran, Marian había enseñado francés en un instituto y, a veces, cuando estaba molesta o decepcionada con él utilizaba una frase en francés que a menudo no entendía.
       Sintió crecer entre ellos una tensión que quería evitar a toda costa. Siguió en la cama, encorvado y abatido, contemplando los grabados en la pared del dormitorio.
       —Sucede que a mis esperanzas les ha sucedido algo completamente descabellado. Cuando era joven estaba convencido de que iba a ser un gran escritor. Luego pasaron los años, y ya me conformaba con ser un excelente escritor menor. ¿No notas la caída mortal en eso?
       —No, estoy exhausta —dijo Marian al cabo de un rato—. También yo he pensado en la Biblia este año último. Uno de los primeros mandamientos es No adorarás a otros dioses. Pero tú y otros como tú habéis hecho un dios de la ilusión. Haces caso omiso de tus otras responsabilidades: familia, situación económica, incluso dignidad, amor propio. Haces caso omiso de todo lo que pueda interferir con tu extraño dios. El becerro de oro no fue nada comparado con esto.
       —Y después de conformarme con no ser más que un escritor menor tuve que reducir aún más mis aspiraciones. Escribí guiones para la televisión y traté de convertirme en un escritorzuelo competente. Pero tampoco lo conseguí. ¿Entiendes el horror? Me convertí en mezquino, en envidioso: antes no lo había sido nunca, era razonablemente bueno cuando era feliz. Lo último y definitivo es renunciar por completo a escribir y conseguir un empleo como publicitario. ¿Te das cuenta del horror?
       —He pensado con frecuencia que ésa podría ser una solución. Cualquier cosa, cariño, que te devuelva el amor propio.
       —Sí —dijo Ken—. Pero preferiría trabajar en el depósito de cadáveres o preparar perritos calientes.
       Los ojos de Marian se llenaron de aprensión.
       —Es tarde. Acuéstate.
       —En la granja de las manzanas trabajaría muchísimo, tareas manuales, además de escribir. Sería tranquilo y… sin riesgo. ¿Por qué no podemos hacerlo, amorcito?
       Manían se estaba cortando un padrastro y ni siquiera lo miró.
       —Quizá tu tía Rosa podría prestarme dinero… de una manera estrictamente legal, como una operación bancaria. Con hipotecas financieras sobre la granja y las cosechas. Y le dedicaría el primer libro que escribiera.
       —Un préstamo…, ¡de mi tía Rose no! —Marian dejó las tijeras sobre la mesilla de noche—. Me voy a dormir.
       —¿Por qué no crees en mí…, ni en la granja de las manzanas? ¿Por qué no quieres hacerlo? Sería tan tranquilo y tan sin riesgos… Estaríamos solos y muy lejos…, ¿por qué no quieres?
       Los ojos negros de Marian estaban muy abiertos y Ken vio en ellos una expresión que sólo había visto una vez antes.
       —Porque —dijo muy despacio— no me quedaría sola contigo, ni me iría lejos, a esa descabellada granja, por nada del mundo, sin médicos, ni amigos ni ayuda. —La aprensión se había convertido en miedo y le brillaban los ojos de terror. Alzó la sábana con las manos.
       La voz de Ken reflejó su consternación.
       —¡Cariño, tú no me tienes miedo! Vaya, no te tocaría ni un pelo de la cabeza. Hasta me parece mal que sople el viento donde tú estás… No podría hacerte…
       Marian se colocó la almohada y, volviéndose de espaldas, se tumbó.
       —De acuerdo. Buenas noches.
       Durante un rato Ken siguió aturdido, y luego se arrodilló en el suelo junto a la cama de Marian y le colocó suavemente una mano en las nalgas. La apagada pulsión del deseo revivió con el tacto.
       —¡Vamos! Me quito la ropa. Hagamos mimines. —Ken aguardó, pero Marian no se movió ni respondió.
       —Vamos, amorcito.
       —No —dijo ella. Pero el deseo de Ken iba en aumento y no se fijó en las palabras de su mujer, le temblaba la mano y las uñas parecían sucias sobre la sábana blanca—. Ya no —dijo—. Nunca jamás.
       —Por favor, amor mío. Después podremos quedarnos tranquilos y dormir. Cariño mío, eres todo lo que tengo. ¡Eres el oro en mi vida!
       Marian le apartó la mano y se irguió bruscamente. El miedo había sido reemplazado por un fogonazo de indignación, y la vena azul se le marcaba en la sien.
       —Oro en tu vida… —Su voz intentó la ironía, sin conseguirlo—. En cualquier caso soy yo quien te gana el sustento de cada día.
       El insulto contenido en aquellas palabras se le reveló despacio, luego la cólera saltó tan repentina como una llama.
       —Me… me…
       —Crees ser el único que ha sufrido un desengaño. Yo me casé con un escritor y creía que se iba a convertir en un gran escritor. Me parecía bien mantenerte…, pensaba que iba a merecer la pena. De manera que trabajé en una oficina mientras tú te quedabas aquí sentado, reduciendo tus aspiraciones. Dios mío, ¿qué es lo que nos ha pasado?
       Ken trató de decir algo pero la rabia no le permitió hablar.
       —Quizá te podrían haber ayudado. Si hubieras ido a un médico cuando empezaste a bloquearte. Pero los dos sabemos desde hace mucho tiempo que estás… enfermo.
       Ken vio de nuevo la expresión que ya había visto antes —aquella mirada era lo único que recordaba de la horrible pérdida de memoria—: los ojos negros, brillantes por el miedo, y la vena que destacaba sobre la sien. Ken se contagió, reflejando la misma expresión de Marian, de manera que sus miradas se entrelazaron, encendidas por el terror.
       Incapaz de soportarlo, Ken cogió las tijeras de la mesilla de noche y las alzó por encima de su cabeza, los ojos fijos en la vena de la sien de su mujer.
       —¡Enfermo! —dijo por fin—. Quieres decir loco. Te voy a enseñar a tener miedo de que esté loco. Te voy a enseñar a hablar de mantenerme. ¡Te voy a enseñar a pensar que estoy loco!
       Los ojos de Marian brillaron preocupados y trató débilmente de moverse. La vena de la sien se le retorció.
       —No te muevas. —Luego, con un gran esfuerzo abrió la mano y las tijeras cayeron sobre el suelo enmoquetado—. Lo siento —dijo—. Discúlpame. —Después de buscar por toda la habitación con expresión perdida vio la máquina de escribir y fue rápidamente a por ella.
       —Me la llevo al cuarto de estar. No he terminado mi parte de hoy…, hay que ser disciplinado en cosas como ésta.
       Se sentó delante de la máquina en el cuarto de estar, alternando X y R por la diferencia entre el sonido de las dos letras. Después de rellenar unas cuantas líneas se detuvo y dijo con voz hueca:
       —Esta historia se levanta ya sobre las patas de atrás. —Luego empezó a teclear: Están verdes, dijo la zorra. Lo escribió varias veces y se recostó en la silla.
       —Corazón —suplicó con tono apremiante—. Sabes cómo te quiero. Eres la única mujer en la que he pensado nunca. Eres mi vida. ¿No lo entiendes, cielito?
       Marian no respondió y sólo el murmullo de los tubos de la calefacción interrumpía el silencio del apartamento.
       —Perdóname —dijo Ken—. Siento mucho haber alzado las tijeras. Sabes que ni siquiera te daría un pellizco fuerte. Dime que me perdonas. Dímelo, por favor.
       Pero la respuesta siguió sin llegar.
       —Voy a ser un buen marido. Incluso conseguiré un empleo en una agencia de publicidad. Seré un poeta dominguero: sólo escribiré los fines de semana y las fiestas. Lo haré, cariño, ¡lo haré! —dijo con desesperación—. Aunque me gustaría mucho más preparar perritos calientes en el depósito de cadáveres.
       ¿Era la nieve lo que hacía tan silenciosa la habitación? Ken, que oía los latidos de su propio corazón, escribió:

¿Por qué estoy tan asustado?
¿¿Por qué estoy tan asustado??
¿¿¿Por qué estoy tan asustado???

       Se levantó, fue a la cocina y abrió la puerta del frigorífico.
       —Cariño, te voy a preparar algo delicioso para comer. ¿Qué es esa cosa oscura en el plato del rincón? Vaya, ¡no me digas que es el hígado que sobró de la cena el domingo pasado! ¡Siempre te han gustado mucho los higaditos de pollo! ¿O prefieres algo bien caliente, como una sopa? ¿Cuál de las dos cosas, cariño?
       Ningún ruido.
       —Apuesto cualquier cosa a que no has cenado. Tienes que estar agotada…, con esas fiestas terribles, y beber y caminar…, sin probar nada sólido. Necesitas que te cuide. Comeremos primero y luego haremos mimines.
       Se quedó quieto, escuchando. Después, en las manos el hígado de pollo untado de gelatina, se llegó de puntillas al dormitorio. La habitación y el baño estaban vacíos. Con mucho cuidado colocó el hígado sobre el paño blanco del tocador. Luego se quedó en el umbral, con un pie alzado para caminar, que después se inmovilizó en el aire unos momentos. A continuación abrió armarios, hasta el de las escobas en la cocina, y miró detrás de los muebles, incluso debajo de la cama. Marian no estaba en ningún sitio. Finalmente, se dio cuenta de que el abrigo de leopardo y el bolso de su mujer habían desaparecido. Jadeaba cuando se sentó delante del teléfono.
       —Qué tal, doctor. Ken Harris al habla. Mi mujer ha desaparecido. Sencillamente se ha marchado mientras yo escribía a máquina. ¿Está ahí con usted? ¿Le ha telefoneado? —Dibujó cuadrados y líneas ondulantes en el bloc de notas—. ¡Claro que sí, demonios, nos hemos peleado! Cogí las tijeras…, no, ¡no la toqué! No le haría daño por nada del mundo. No, no está herida…, ¿de dónde saca semejante idea? —Ken escuchó—. Sólo le quiero decir esto. Sé que ha hipnotizado a mi esposa…, que le ha calentado la cabeza para volverla contra mí. Si sucede algo entre nosotros, lo voy a matar. Me presentaré en su entrometida consulta de Park Avenue y lo mataré bien muerto.
       A solas en las habitaciones vacías, silenciosas, Ken sintió un miedo indefinible que le recordó su infancia obsesionada por los fantasmas. Se sentó en la cama, con los zapatos puestos, acunándose las rodillas con los dos brazos. Le vino a la cabeza un verso. «Amor mío, amor mío, ¿por qué me has dejado solo?» Sollozó y se mordió la rodilla a través del pantalón.
       Después de un rato llamó a los lugares en los que pensó que podría encontrar a Marian, y acusó a sus amigos de entrometerse en su matrimonio o de esconder a su mujer… Cuando llamó a Mabel Goodley se había olvidado ya del episodio en la fiesta de los Rodgers y le dijo que quería ir a verla. Cuando ella le respondió que eran las tres de la madrugada y tenía que levantarse pronto, Ken preguntó para qué estaban los amigos si no era para ocasiones como aquélla. Acto seguido la acusó de esconder a Marian, de entrometerse en su matrimonio y de estar compinchada con el malvado psiquiatra…
       Al final de la noche dejó de nevar. El cielo del amanecer tenía color gris perla y el día iba a ser claro y muy frío. Al salir el sol, Ken se puso el abrigo y se fue a la calle, donde no había nadie en aquel momento. El sol moteaba de oro la nieve recién caída, y las sombras eran de color azul lavanda. Sus sentidos buscaban el helado resplandor de la mañana y estuvo pensando que debería escribir sobre un día así, que realmente se proponía escribir sobre algo así.
       Convertido en una figura encorvada y ojerosa de mirada brillante y perdida, Ken se dirigió despacio hacia el metro. Pensó en las ruedas de los trenes y en el viento arenoso, en sus rugidos. Se preguntó si era cierto que en el momento de la muerte el cerebro se llena de las imágenes del pasado
       —los manzanos, los amores, la cadencia de las voces perdidas—, todo fundido y de vivos colores en el cerebro que muere. Caminaba muy despacio, los ojos fijos en sus pisadas solitarias y en la nieve virginal que tenía por delante.
       Un policía a caballo pasó por la calzada cerca de él. El aliento del caballo se hizo visible en el aire frío e inmóvil, y sus ojos eran morados, transparentes.
       —Oiga, agente. Tengo que presentar una denuncia. Mi mujer alzó las tijeras contra mí…, apuntando a esta vena azul. Luego abandonó el apartamento. Mi mujer está muy enferma…, loca. Habría que ayudarla antes de que suceda algo horrible. No ha querido cenar nada…, ni siquiera un higadito de pollo.
       Ken siguió avanzando con dificultad, y el agente se lo quedó mirando mientras se alejaba. La meta de Ken era tan poco controlable como el viento que nadie ha visto; y él pensaba sólo en sus pasos y en el camino inmaculado que tenía por delante.

Literatura .us

Bashevis-Singer: GIMPEL, EL TONTO

I

Soy Guimpl el de ingenuo. No me considero un tonto. Al contrario. Pero la gente me ha puesto ese apodo. Empezaron a llamarme así cuando aún estaba en el jéder*. Hasta siete apodos llegué a tener: imbécil, zafio, lelo, simple, pánfilo, bobo e ingenuo. Y este último es el que se me quedó pegado. ¿En qué consistía mi ingenuidad? En que era fácil tomarme el pelo. Me dijeron una vez: «Guimpl, ¿sabes que la esposa del maestro ha dado a luz?». Y yo, confiado, no fui al colegio. Pues bien, resultó ser falso. ¿Cómo iba a saberlo yo? Es cierto que la mujer no mostraba una barriguita muy abultada, pero yo nunca me había fijado en su barriga. ¿Tan ingenuo era esto? Los gamberros, sin embargo, rompieron a reír y a rebuznar, a brincar y a bailar, y a canturrearme la oración para un buen sueño. Y encima me llenaron las manos no con pasas, como suele ofrecerse cuando una mujer da a luz, sino con cagarrutas de cabra. Yo no era ningún alfeñique. Si le propinase a alguien una bofetada, le haría ver hasta Cracovia. Sin embargo, por naturaleza no soy realmente un peleón. Siempre pienso para mis adentros: déjalo pasar. Así que la gente se aprovecha de mí.

Cierto día volvía a casa desde el jéder y oí el ladrido de un perro. Yo no temo a los perros, pero por supuesto nunca intento meterme con ellos. Puede tratarse de un perro rabioso, y si te muerde no hay tártaro que pueda ayudarte. De modo que salí corriendo. Cuando luego miré alrededor, me di cuenta de que en la plaza del mercado todos estaban partiéndose de risa. No se trataba de un perro, sino de Wolf Leib el ladrón. ¿Cómo podía saber yo que era él? Su voz sonaba como el aullido de una perra.

En cuanto los gamberros y los bromistas descubrieron que era fácil engañarme, cada uno quiso probar su suerte conmigo: «Guimpl, el zar viene a Frampol; Guimpl, la luna se ha caído en Turbin; Guimpl, la pequeña Hodl Piel de Cordero, encontró un tesoro detrás de la casa de baños». Y yo, como un gólem*, me creía todo. En primer lugar porque todo es posible, como está escrito en las Máximas de los Padres, aunque he olvidado la cita exacta. En segundo lugar, me veía obligado a creerlo al ver que toda la ciudad se echaba sobre mí. Si me atrevía a decir «¡Venga, estás bromeando!», había problemas. La gente se enfadaba: ¿Qué quieres decir con eso? ¿Es que quieres llamar mentiroso a todo el mundo?». ¿Qué debía hacer yo? Les creía, y esperaba que al menos eso les hiciera algún bien.

Yo era huérfano. El abuelo que me crió ya tenía un pie en la tumba. Así que fui entregado a un panadero y ¡no preguntéis cómo lo pasé allí! Cualquier mujer o muchacha que entraba en la panadería para hornear una tanda de galletas o para secar una bandeja de fideos se sentía obligada a tomarme el pelo, aunque solo fuera por una vez. «Guimpl, hay una feria en el cielo; Guimpl, el rabino dio a luz una ternera sietemesina; Guimpl, una vaca voló sobre el tejado y puso huevos de latón.» Una vez, un estudiante de la yeshive* vino a comprar un bollo y me dijo: «¡Eh, tú, Guimpl! Estás aquí raspando con tu paleta de panadero, mientras que ahí fuera ha llegado ya el Mesías. Los muertos han resucitado». «¿Cómo es posible? —repliqué— ¡No he oído que hicieran sonar el cuerno de carnero!», a lo que me contestó: «¿Es que estás sordo?». Mientras tanto, todos empezaron a gritar: «¡Nosotros sí lo oímos! ¡Nosotros sí lo oímos!». Justo en ese momento entró Rietze, la moldeadora de velas, y con su voz ronca me confirmó: «Guimpl, tu padre y tu madre han salido de la tumba. Te están buscando».

A decir verdad, yo sabía muy bien que no había pasado nada de esto. Pero así y todo, ya que la gente lo decía, me eché encima el chaleco de lana y salí a la calle. Tal vez habría ocurrido algo. ¿Qué me costaba ir a mirar? Bueno… pues ¡vaya sinfonía de gatos se organizó! Juré entonces que ya nunca creería nada más. Pero eso tampoco funcionó. Me dejaron tan confundido que ya no sabía dónde empezar a confiar y dónde terminar.

Fui a visitar al rabino en busca de consejo. Me dijo: «Está escrito que más vale ser un necio todos los días de tu vida que ser malvado una hora. Tú no eres un tonto. Los tontos son ellos, pues el que hace sentir vergüenza a su prójimo pierde el paraíso». Sin embargo, precisamente la hija del rabino me engañó. Cuando yo salía de la sede de su padre me dijo: «¿Has besado ya el muro?». Le respondí: «No; ¿para qué?». Y ella insistió: «Es la Ley; debes hacerlo después de cada visita». Bien; lo hice. No parecía que hubiese nada malo en ello. Y ella rompió a reír. Fue una buena treta. Se burló bien de mí, desde luego.

Quise marcharme a otro pueblo, pero entonces todos quisieron hacer de casamenteros y me persiguieron hasta casi arrancarme el faldón del gabán. Yo ya sentía agua en el oído de tanto que me hablaban de casarme. No se trataba de ninguna casta doncella, pero insistieron en que era virgen y pura. Aunque padecía de cojera, me dijeron que lo hacía a propósito, por coquetería. Tenía un bastardo, y me contaron que el niño era su hermano menor. Yo les gritaba: «Estáis perdiendo el tiempo. Nunca me voy a casar con esa ramera». Pero ellos reaccionaban indignados: «¡Qué forma de hablar es esa! ¿No te da vergüenza? Podríamos llevarte al rabino y tendrías que pagar una multa por sacar mala fama a esa mujer». Me di cuenta entonces de que no podría escapar de ellos fácilmente; se habían empeñado en convertirme en blanco de su bribonada. Aunque al mismo tiempo pensé: «Una vez que estás casado, el marido es el amo; y si ella está de acuerdo, a mí también me gusta. Por otro lado, tampoco puedes pasar por la vida indemne, ni esperar que así sea».

De modo que me dirigí a su casa de adobe construida sobre la arena, y toda la pandilla me siguió gritando y coreando. Se comportaban como los hostigadores de un oso. Con todo, cuando llegamos al pozo se detuvieron. Tenían miedo de meterse con Elka. Abría la boca como si girara sobre goznes y su lengua era feroz. Entré en la casa. De pared a pared había unas cuerdas para secar la ropa tendida. Ella, con los pies descalzos, estaba agachada sobre la tina haciendo la colada. Vestía una desgastada bata de felpa, y en la cabeza llevaba un par de trenzas enrolladas como formando una corona. Casi me cortó el aliento el hedor que salía de la estancia.

Aparentemente ella ya sabía quién era yo, porque echándome una mirada dijo:

—¡Miren quién está aquí! Ha venido el atontado. Agarra una silla.

Decidí contárselo todo, sin desmentir nada, y le pregunté:

—Dime la verdad. ¿Realmente eres virgen? ¿Y es cierto que ese travieso de Yejiel es tu hermano menor? No me engañes, porque soy huérfano.

—Yo también soy huérfana —respondió— y a quien intente enredarte que se le enrede la punta de la nariz. Pero que no crean que de mí podrán aprovecharse. Exijo una dote de cincuenta gulden y además un ajuar. Porque si no, ya pueden besarme donde ya sabes.

Hablaba con mucha desvergüenza. Yo le repliqué:

—Es la novia y no el novio quien aporta la dote.

A lo que ella respondió:

—No regatees conmigo. Me das un sí rotundo o bien un no rotundo y te vuelves al lugar de donde has venido.

Yo pensé: «Ningún pan va a salir de esta masa». Pero la nuestra no es una aldea pobre. Aceptaron sus condiciones y organizaron la boda. En aquellos días, precisamente, se había producido una epidemia de disentería y la ceremonia nupcial se celebró a las puertas del cementerio, al lado de la pequeña caseta donde se realizaba la ablución de los cadáveres. Los hombres se emborracharon. Cuando se estaba escribiendo el contrato de matrimonio, oí que el rabino principal preguntaba: «¿Es la novia viuda o divorciada?». Y en lugar de la novia, respondió la esposa del conserje de la sinagoga: «Ambas cosas, es viuda y divorciada». Fue un momento negro para mí. Pero ¿qué podía hacer yo, huir de debajo del palio nupcial?

Se cantó y se bailó. Una vieja abuelita bailaba frente a mí, abrazada a un pan blanco trenzado. El animador pronunció la plegaria «Dios lleno de misericordia» en memoria de los padres de la novia. Muchachos del jéder lanzaron al aire abrojos, como durante el día de ayuno de Tishe b’Av*. Y recibimos un montón de regalos después del sermón: una tabla para cortar fideos, una artesa para la masa del pan, un cubo, escobas, cucharones y una serie de enseres de casa. De pronto, observé a dos fornidos jóvenes que cargaban con una cuna.

—¿Para qué necesitamos eso? —pregunté.

—No te devanes los sesos por ello. Está bien. Te será útil.

Me di cuenta de que me estaban engañando. Pero mirándolo bien, ¿qué podía perder yo? Pensé: «Esperaré a ver qué sale de todo esto. Una ciudad entera no puede haberse vuelto loca».

II

Llegada la noche, me acerqué a la cama donde estaba mi esposa, pero ella no me dejó entrar:

—¿Cómo? ¿Para eso nos han casado? —dije. Y respondió:

—Me ha venido la regla.

—Pero si ayer mismo te llevaron al baño ritual… Quiere decir que ya se te había terminado, ¿no es así?

—Hoy no es ayer —dijo— y ayer no es hoy. Si no te gusta, puedes largarte.

En resumen, esperé.

Menos de cuatro meses después, ya estaba ella de parto. En la ciudad, la gente disimulaba la risa con los nudillos. ¿Qué podía hacer yo? Al fin y al cabo, Elka sufría unos dolores insoportables y el dolor le hacía arañar las paredes.

—¡Guimpl! —gritaba—. Me estoy muriendo. ¡Perdóname!

La casa se llenó de mujeres que hervían agua en grandes cacerolas. Los gritos llegaban al cielo.

En esas circunstancias, lo que me correspondía hacer era ir al oratorio y rezar unos salmos, y eso es lo que hice. A la gente de la ciudad le pareció bien, ya lo creo. Me coloqué en un rincón, en pie, y mientras yo recitaba salmos y oraciones, ellos asentían con la cabeza.

—¡Tú reza, reza! —me decían para animarme—. Rezar nunca logró embarazar.

Un guasón me acercó una paja a la boca y dijo:

—Un asno debe comer paja.

¡Por mi vida que también tenía razón!

Elka dio a luz un niño. El viernes en la sinagoga, el encargado subió a la tribuna, dio unos golpes sobre la mesa y anunció: «El potentado reb* Guimpl invita a la congregación al festejo en honor del nacimiento de su hijo». La risa resonó en toda la sinagoga. Me ardía la cara. Pero no había nada que pudiera hacer. Al fin y al cabo, era yo el titular de los honores y de los rituales de la circuncisión.

Media ciudad acudió corriendo. No cabía ya ni un alfiler. Las mujeres traían garbanzos hervidos condimentados con pimienta, y de la taberna se recibió un barril de cerveza. Comí y bebí igual que los demás y todos me felicitaron. A continuación tuvo lugar la circuncisión y le puse al niño el nombre de mi padre, que en paz descanse. Cuando todos se habían marchado y me quedé a solas con mi mujer, ella asomó la cabeza desde detrás de la cortina de la cama y me llamó para que me acercara.

—Guimpl, ¿por qué estás callado? ¿Acaso se te ha hundido un barco?

—¿Qué voy a decir? —respondí—. ¡Vaya jugada me has hecho! Si mi madre se enterase, se habría vuelto a morir.

—¿Estás loco o qué? —dijo ella.

—¿Cómo has podido tomar por tonto a alguien que va a ser tu amo? —le pregunté.

—Pero ¿qué te pasa? —preguntó ella a su vez—. ¿Qué ideas se te han metido en la cabeza?

Comprendí que tenía que hablar con ella abiertamente y sin rodeos.

—¿Crees que este es el modo de tratar a un huérfano? —dije—. Has dado a luz un bastardo.

Y ella contestó:

—Sácate esa tontería de la cabeza. El niño es tuyo.

—¿Cómo puede ser mío? —argumenté—. Nació diecisiete semanas después de la boda.

Me contó que se trataba de un sietemesino y yo le respondí: «Un sietemesino no es un cincomesino». Y siguió contándome que una de sus abuelas había estado embarazada solo cinco meses, y que ella se parecía a esa abuela como una gota de agua a otra. Sus juramentos fueron tales que hasta a un campesino en la feria los habría creído si los hubiera pronunciado. A decir verdad, yo no la creí. Pero cuando al día siguiente se lo comenté al maestro de la escuela, me aseguró que algo parecido había sucedido, según algunos, con Adán y Eva: habían subido dos al lecho y bajaron cuatro.

—No hay mujer en este mundo que no sea nieta de Eva —dijo.

Sea como fuera, me embarullaron la cabeza con sus argumentos. Y pensándolo bien, quién sabe realmente cómo son esas cosas.

Empecé a olvidar mi pena. Yo quería al niño con locura y él me quería a mí. En cuanto me veía agitaba sus pequeñas manitas para que lo cogiera en brazos, y cuando lloraba a causa de cólicos yo era el único que podía tranquilizarlo. Le compré una anilla de hueso para morder y un pequeño bonete dorado. Constantemente alguien le echaba el mal de ojo y me veía obligado a correr en busca de algún exorcista para librarlo del mal. Yo trabajaba como un buey. Ya se sabe cómo suben los gastos cuando hay un bebé en la casa. ¿Y por qué les voy a mentir? El hecho es que tampoco me disgustaba Elka. Me insultaba y me maldecía, pero no podía prescindir de ella. ¡Qué fuerza tenía! Una mirada suya podía dejarte sin habla. ¡Y su lenguaje! Lleno de brea y de azufre, pero a la vez también de encanto. Yo adoraba cada palabra suya. Aunque no pocas heridas sangrantes me causaba.

Por la tarde, le llevaba un pan de trigo y otro de centeno, así como bollos con semilla de amapolas, que yo mismo había horneado. Para ella, robaba en la panadería y birlaba todo aquello que encontraba a mano: macarrones, pasas, almendras, tartas. Espero que me sea perdonado haberme aprovechado de las cazuelas de chólent* para el shabbat*, que las mujeres depositaban el viernes en el horno del panadero a fin de mantenerlas calientes. Yo sacaba de allí trozos de carne o de pudín, un muslo de pollo, una porción de intestino relleno y cualquier cosa que pudiera pillar de un tirón. Así mi esposa comía, engordaba y se ponía hermosa.

Durante la semana me veía obligado a dormir fuera de casa, en la panadería. Los viernes por la noche, cuando regresaba, ella siempre encontraba algún pretexto. O sentía ardor en el estómago o una punzada en el costado, tenía hipo o dolores de cabeza. Ya saben lo que son las excusas de las mujeres. Lo pasé muy mal. Fue duro. Por si fuera poco, aquel pequeño hermano suyo, el bastardo, estaba creciendo. Me pegaba, y cuando intentaba devolverle los golpes, ella abría la boca y me maldecía tan salvajemente que yo veía flotar ante mis ojos una neblina verde. Diez veces al día amenazaba con divorciarse de mí. Cualquiera en mi lugar se habría despedido a la francesa y habría desaparecido, pero yo soy la clase de persona que lo aguanta todo y no dice nada. ¿Qué se puede hacer? Si Dios da los hombros, también da las cargas.

Cierta noche ocurrió un desastre en la panadería. El horno explotó y casi tuvimos un incendio. No había nada que hacer más que irse a casa, y eso fue lo que hice. Al fin iba a saborear, pensé, el gozo de dormir en mi cama un día laborable. No quería despertar al bebé y entré de puntillas. Una vez dentro, me pareció oír no un ronquido único sino algo así como un doble ronquido. Un ronquido fino y el otro como el de un buey degollado. ¡Oh, no me gustó esto! No me gustó nada. Me acerqué a la cama y todo se me hizo negro. Al lado de Elka yacía la figura de un varón. Cualquiera en mi lugar habría armado un escándalo con suficiente ruido como para despertar a toda la ciudad. Pero pensé: «¿Para qué despertar al niño? ¿Qué culpa tiene el pobre pajarillo?». Así que…, bueno. Volví a la panadería y me tumbé sobre los sacos de harina; hasta la mañana siguiente no cerré un ojo. Temblaba como si tuviera la malaria. «Basta ya de ser un asno —me decía a mí mismo—. Guimpl no va a hacer el primo toda su vida. Hay un límite, incluso para la ingenuidad de un ingenuo como Guimpl.»

Por la mañana, acudí al rabino para pedirle consejo. El suceso produjo una conmoción en el pueblo. Enviaron al conserje a buscar enseguida a Elka. Llegó con el niño en brazos y ¿qué creen ustedes que hizo? Lo negó, lo negó todo. ¡De la A a la Z!

—¡Está loco! —afirmó—. Yo no sé nada de sueños ni adivinaciones.

Todos gritaron, la advirtieron, golpearon la mesa, pero ella siguió en sus trece: se trataba de una acusación falsa, alegó. Los carniceros y los tratantes de caballos se pusieron de su parte. Uno de los pinches del matadero se me acercó por detrás para decirme:

—Te tenemos en nuestro punto de mira. Eres un hombre marcado.

Mientras tanto, el bebé empezó a berrear y se ensució. Como eso no se podía permitir, ya que la sede rabínica albergaba un arca con rollos de la Torá, mandaron a Elka a casa.

—¿Qué debo hacer? —pregunté al rabino.

—Debes divorciarte de ella inmediatamente —dijo.

—¿Y qué pasa si ella se niega? —repliqué.

—Debes presentar una demanda de divorcio. Eso es todo lo que tienes que hacer —afirmó.

—Bueno, muy bien, rebbe*. Deje que me lo piense.

—No hay nada que pensar —insistió—. Ni siquiera debes permanecer bajo el mismo techo que ella.

—¿Y si quiero ver al niño? —pregunté.

—Deja que esa ramera se marche acompañada de sus bastardos —dijo.

Su veredicto fue, por tanto, que yo no debía ni siquiera cruzar su umbral, nunca más en toda mi vida.

Durante el día, eso no me molestó tanto. Pensaba: «Esto tenía que ocurrir, el absceso tenía que reventar». Pero por la noche, cuando me acostaba sobre los sacos, sentía toda la amargura. Me invadía la añoranza de ella y del niño. Quería enfadarme, pero esa es precisamente mi desgracia: no es mi carácter enfadarme de verdad. «En primer lugar —así es como seguí razonando— un desliz puede ocurrir a veces. No se puede vivir sin cometer alguna tontería. Probablemente aquel joven que estaba con ella la engatusó, le ofreció regalos y cosas así, y las mujeres tienen el cabello largo y las entendederas cortas. Y de ese modo la embaucó. Por otra parte, puesto que ella lo negaba con tanta vehemencia, ¿quizá solo lo imaginé? Las alucinaciones ocurren. A veces uno ve una figura, un hombrecito o algo parecido, y cuando te acercas ves que no es nada, que no había nada ahí. Y si así fue, yo estaría cometiendo una injusticia contra ella.» Cuando llegué a este punto en mis pensamientos, empecé a llorar. Sollocé tanto que empapé la harina sobre la cual estaba acostado. A la mañana siguiente, fui a ver al rabino y le dije que me había equivocado. El rabino lo anotó con su propia pluma y dijo que, si eso era lo que ocurrió, tendría que reconsiderarse todo el caso. Hasta que se terminara de hacerlo, yo no debía acercarme a mi esposa, aunque, eso sí, me estaba permitido mandarle con un mensajero pan y también dinero para sus gastos.

III

Nueve meses pasaron hasta que los rabinos llegaron a un acuerdo entre ellos. Iban y venían cartas. No me imaginaba que pudiera haber tanta erudición alrededor de un asunto como este.

Mientras tanto, Elka dio a luz otra criatura, una niña esta vez. Ese shabbat fui a la sinagoga y solicité una bendición sobre la parturienta. Me concedieron el honor de subir a la lectura de un trozo de la Torá y le puse a la niña el nombre de mi suegra, que en paz descanse. Los gamberros y demás patanes que venían por la panadería encontraron motivo para pitorrearse. Todo Frampol se regodeaba con mis problemas y mi dolor. A pesar de todo ello, decidí que siempre creería lo que se me dijese. ¿De qué sirve no creer? Hoy no crees en tu esposa y mañana no creerás ni en el propio Dios.

Yo le enviaba a ella diariamente, por medio de un aprendiz de la panadería que era vecino suyo, un pan de centeno o de trigo, un trozo de pastel, algún bollo o beigl*, o bien, cuando tenía la oportunidad, un trozo de pudín, una rebanada de tarta de miel o pastel de boda, lo que tuviera a mano. El aprendiz era un joven de buen corazón y más de una vez añadía algo de su parte. Aunque antes solía meterse mucho conmigo y me tiraba de la nariz o me daba codazos en las costillas, desde que había empezado a visitar mi casa se había vuelto cordial y amigable.

—Eh, tú, Guimpl —me decía—. Tienes una mujercita simpática y dos niños estupendos. No te los mereces.

—Sí, pero mira lo que la gente dice de ella —le respondí.

—Bueno. La gente tiene la lengua muy larga y no sabe qué hacer con ella más que cotillear —dijo—. No debes darle más importancia que a la nieve caída el año pasado.

Un día el rebbe mandó llamarme y me dijo:

—¿Estás seguro, Guimpl, de que te habías equivocado con respecto a tu esposa?

—Estoy seguro —respondí.

—Pero ¡qué sentido tiene eso! Tú mismo lo viste.

—Debió de haber sido una sombra —dije.

—¿Una sombra de qué?

—Creo que de una de las vigas del techo.

—En ese caso, puedes ir a tu casa. Debes agradecérselo al rebbe de Yánov. Fue él quien encontró en un escrito de Maimónides una vaga referencia que te favorecía.

Agarré la mano del rebbe y la besé.

En principio, quise correr a mi casa enseguida. No era poco estar separado tanto tiempo de la mujer y los hijos. Luego recapacité: «Es mejor que vuelva ahora a mi trabajo y que vaya a casa por la noche». No dije nada a nadie, pero en mi corazón era un día festivo. Las mujeres de la panadería me pinchaban y se mofaban de mí como todos los días, pero yo pensaba: «Seguid con vuestras habladurías. La verdad al final emerge como el aceite sobre el agua. ¡Si Maimónides dice que está bien, está bien!».

Llegada la noche, cuando ya había cubierto la masa para dejarla fermentar, agarré mi ración de pan y un pequeño saco de harina y me dirigí a casa. En el cielo había luna llena y las estrellas centelleaban como para encoger el alma. Yo caminaba deprisa y mi sombra alargada iba por delante. Era invierno y recientemente había nevado. Sentía ganas de cantar, pero ya era tarde y no quise despertar a los vecinos. Se me antojó silbar, pero recordé que silbar por la noche podía invitar a los demonios. Así que en silencio aceleré mis pasos todo lo que pude.

Los perros en los patios de los no judíos ladraban al oír mis pisadas, pero yo pensé: «¡Ladrad hasta que se os salten los dientes! ¿Qué sois sino unos simples perros? Mientras que yo soy un hombre, marido de una esposa decente y padre de unos hijos bien dotados.»

Cuando me acercaba a la casa, empezó a latirme el corazón como si fuera el de un bandido. No sentía miedo, pero mi corazón seguía haciendo ¡pum-pum! Bueno, ya no había marcha atrás. Silenciosamente, levanté el pestillo y entré. Elka ya dormía. Miré la cuna de la criatura. Aunque el postigo de la ventana estaba cerrado, a través de las rendijas penetraba la luz de la luna. Miré la carita de la recién nacida y, en cuanto la vi, la amé en el acto, amé a cada uno de sus minúsculos huesecillos.

Luego me acerqué a la cama y ¿qué es lo que vi en ella? Elka acostada y a su lado el aprendiz. La luna se me apagó de golpe. Todo se me hizo negro. Las piernas y las manos me temblaban. Los dientes me castañeteaban. El pan cayó de mis manos, y mi esposa se despertó.

—¿Quién está ahí, eh? —preguntó.

—Soy yo —mascullé.

—¿Guimpl? —preguntó ella—. ¿Cómo es que estás aquí? Creí que lo tenías prohibido.

—El rabino me dio permiso —respondí, temblando como sacudido por la fiebre.

—Escúchame, Guimpl. Sal un momento a la cabaña y mira si la cabra está bien. Me parece que se sentía enferma.

Había olvidado mencionar que teníamos una cabra. Al oír que no se encontraba bien, salí al patio. La cabrita era una buena criatura; me sentía unido a ella casi como a un ser humano. Con pasos vacilantes me acerqué a la cabaña y abrí la puerta. La cabra estaba allí, erguida sobre sus cuatro patas. La palpé en todos sus lados, le tiré de los cuernos, le examiné las ubres y no encontré nada preocupante. Seguramente habría comido demasiada corteza, pensé. «Buenas noches, cabrita —dije—. Que sigas sana y fuerte.» Y el pequeño animal contestó con un «bee», como si quisiera agradecerme los buenos deseos.

Volví a la casa. El aprendiz se había esfumado.

—¿Dónde está el joven? —pregunté.

—¿Qué joven? —respondió mi esposa con otra pregunta.

—¿Qué quieres decir? —repliqué—. El aprendiz. Estabas durmiendo con él.

—¡Lo que soñé esta noche y la anterior —maldijo— se cumpla en ti y te deje incapacitado en cuerpo y alma! Un espíritu maligno se ha apoderado de tu persona y te ha nublado la vista. —Y después gritó—: ¡Criatura odiosa! ¡Imbécil de nacimiento! ¡Fantasmón! ¡Paleto! ¡Lárgate o gritaré hasta sacar de la cama a todo Frampol!

Antes de que lograra moverme, su hermano, dio un salto desde detrás de la estufa y me propinó un golpe en el pescuezo. Creí que me había roto el cuello. Entendí que aquello se ponía mal y le dije a ella:

—No armes un escándalo. Lo único que necesito ahora, que se me acuse de provocar la aparición de fantasmas y dibbuks*. —Eso es lo que ella había querido decir—. Nadie querrá ni tocar el pan que yo horneo.

En resumen, de un modo u otro la apacigüé.

—Bueno —dijo—. Basta ya. Acuéstate, y así te aplaste una rueda.

Al día siguiente, llamé a un lado al aprendiz.

—¡Escúchame, hermano! —Y le dije esto, aquello y lo de más allá—. ¿Qué dices a todo esto?

Me miró como si yo acabara de caerme del tejado o algo parecido.

—Por mi vida lo juro —replicó—. Deberías ir a un curandero o a una hechicera. Me temo que tienes un tornillo suelto, aunque yo no se lo voy a contar a nadie.

Y en eso quedó la cosa.

Para abreviar la historia, viví veinte años con mi esposa. Me dio hasta seis hijos, cuatro hembras y dos varones. Sucedieron toda clase de cosas, pero yo, como si no las hubiera visto ni oído. La creía, y nada más. Recientemente el rebbe me dijo: «Creer es, por sí mismo, beneficioso. Está escrito que un hombre bueno vive por su fe».

De pronto, mi mujer enfermó. Comenzó con una nimiedad, un pequeño bulto en el pecho, pero al parecer Elka no estaba destinada a vivir muchos años. Gasté en ella una fortuna. He olvidado decir que para entonces yo poseía una panadería propia y en Frampol se me consideraba algo así como un hombre rico. El curandero venía a casa casi cada día; y los conocidos, en cuanto encontraban una hechicera, también la hacían venir. Decidieron ponerle sanguijuelas, después probaron a aplicarle ventosas; incluso se llamó a un médico de Lublin, pero ya era demasiado tarde. Antes de morir, Elka me llamó para que me acercara a su cama y dijo:

—Guimpl, perdóname.

—¿Qué hay que perdonar? Has sido una esposa buena y fiel —dije.

—¡Ay de mí, Guimpl! —respondió—. Ha sido muy feo el modo en que te he engañado todos estos años. Quiero ir limpia a mi Creador. Así que tengo que decirte que los niños no son tuyos.

Si me hubiesen golpeado en la cabeza con un madero, no me habría trastornado más.

—¿De quién son? —pregunté.

—No lo sé —respondió ella—. Hubo muchos… Pero tuyos no son.

Mientras hablaba, echó la cabeza a un lado, sus ojos se vidriaron y ese fue el final de Elka. En sus pálidos labios quedó fija una sonrisa.

A mí me pareció que, aunque ya muerta, decía: «He engañado a Guimpl. Ese fue el sentido de mi corta vida…».

IV

Cierta noche, pasados los siete días de duelo, mientras soñaba acostado sobre los sacos de harina, el mismísimo Espíritu del Mal se me apareció y me dijo:

—Guimpl, ¿por qué duermes?

—¿Qué es lo que debo hacer? ¿Comer kréplej*? —pregunté.

—Todo el mundo te engaña —continuó—. Deberías, a tu vez, engañar al mundo.

—¿Cómo puedo yo engañar al mundo entero? —pregunté.

—Podrías recoger orina en un cubo cada día y, por la noche, verterlo en la masa que dejas fermentar. Que coman inmundicias los listos de Frampol.

—¿Y qué pasará con el juicio en el mundo venidero? —le pregunté.

—No hay mundo venidero —afirmó—. Te han dado gato por liebre. Te hicieron creer que las vacas vuelan. ¡Tonterías!

—Bueno —dije—. ¿Y Dios existe? —pregunté.

—Tampoco hay un Dios —respondió.

—¿Qué es lo que sí existe? —volví a preguntar.

—Un espeso fango.

Ahí estaba él, en pie ante mis ojos, con su barbita de chivo y un cuerno, sus largos colmillos y un rabo. Al oír palabras como esas quise agarrarle por la cola, pero me caí de los sacos de harina y por poco me rompo una costilla. Precisamente sentí necesidad de ir a orinar y al pasar miré la masa fermentada, que parecía decirme: «¡Hazlo!». En resumen, me dejé convencer.

Al amanecer, llegó el aprendiz. Sobamos la masa, espolvoreamos el comino y la metimos al horno. A continuación el aprendiz se marchó y yo me quedé sentado en la pequeña zanja, al lado del horno, encima de un montón de trapos.

«Bueno, Guimpl —pensé—. Te has vengado en ellos por todas las humillaciones que te han inferido.» En la calle brillaba la escarcha, pero junto al horno se sentía calor. Las llamas me calentaban la cara. Incliné la cabeza y me adormecí.

En cuanto me quedé dormido, apareció Elka en mi sueño, envuelta en su sudario, y me llamó:

—¿Qué has hecho, Guimpl?

—Todo ha sido culpa tuya —le dije, y me eché a llorar.

—¡So ingenuo! —exclamó ella—. Si yo he sido falsa, ¿también es falso todo lo demás? Yo nunca he engañado a nadie más que a mí misma. Ahora estoy pagando por todo ello, Guimpl. ¡Aquí no te perdonan nada!

Me fijé en su cara. Negra como el carbón. Me sobresalté y desperté bruscamente. Durante mucho rato estuve allí sentado, enmudecido. Sentí que todo pendía de un hilo. Un paso en falso y perdería la eternidad. Pero Dios me había brindado su ayuda. Agarré la pala larga, saqué del horno las hogazas, las llevé al patio y empecé a cavar un hoyo en la tierra helada.

El aprendiz regresó mientras yo seguía cavando.

—¿Qué está haciendo, jefe? —preguntó, y palideció como un cadáver.

—Sé lo que estoy haciendo —contesté, y enterré toda la hornada ante sus ojos.

A continuación me fui a casa, saqué del escondite el paquete de billetes que tenía acumulado y lo repartí entre los hijos. Al mismo tiempo les dije:

—He visto a vuestra madre esta noche. Pobre de ella, la piel se le está volviendo negra.

Ellos me miraron atónitos, incapaces de pronunciar una palabra.

—Cuidad de vuestra salud —les dije—. Y olvidad que un tal Guimpl ha existido alguna vez.

Me eché encima el abrigo corto, calcé mis botas, en una mano agarré la bolsa con mi taled y en la otra el bastón, y besé la mezuzá* en el quicio de la puerta. Cuando la gente me vio por la calle, se mostró muy sorprendida.

—¿Adónde vas? —me preguntaron.

Y yo les respondí:

—Al ancho mundo.

Así me marché de Frampol.

Deambulé por el país y la buena gente no me abandonó. Pasaron muchos años, me hice viejo y encanecí. He oído muchos cuentos, muchas mentiras y falsedades, pero cuanto más tiempo he vivido, más claramente he comprendido que no existen las mentiras. Lo que no sucede en la realidad, se sueña por la noche. Si no le sucede a uno, sucede a otro. Y si no sucede hoy, sucede mañana o pasado un año, o pasado un siglo. Qué más da. Más de una vez he oído relatos que me hicieron pensar: «Eso es algo que no ha podido suceder». Sin embargo, antes de transcurrir un año, supe que en algún lugar había ocurrido en realidad.

Errando de un sitio a otro, comiendo en mesas de extraños, a menudo me ocurre que cuento historias sobre cosas improbables que nunca habrían podido suceder acerca de demonios, magos, molinos y qué se yo. Los niños corren detrás de mí gritando: «Abuelo, cuéntanos un cuento». Algunas veces me piden un relato específico e intento darles gusto. Un muchacho regordete me dijo una vez: «Abuelo, es el mismo cuento que nos has contado antes». Por mi vida que tenía razón el pequeño granuja.

Lo mismo pasa con los sueños. Hace tantos años que abandoné Frampol, y en cuanto cierro los ojos, allí estoy de nuevo. Y ¿a quién creéis que veo? A Elka. La veo en pie delante de la tina de la colada, como en nuestro primer encuentro, pero su cara brilla, sus ojos son tan radiantes como los de una santa, y me habla con palabras extrañas. Cuando despierto lo olvido todo, pero mientras dura el sueño me siento reconfortado. Elka responde a todas mis preguntas y, al final, lo que resulta es que todo está bien. Lloro ante ella y la imploro: «Llévame contigo». Me consuela y me dice: «Ten paciencia, Guimpl. Esa hora está más cerca que lejos». A veces me acaricia y me besa, y llora sobre mi rostro. Al despertarme, aún siento sus labios y el sabor salado de sus lágrimas.

No hay duda de que el mundo es un mundo imaginario. Pero está a solo un paso del mundo de la verdad. A la puerta del hospicio en el que duermo hay preparada una tabla que se usa para trasladar a los muertos. El enterrador judío tiene preparada su pala. La tumba espera y los gusanos sienten hambre. La mortaja está lista: la llevo en mi saco de mendigo. Otro shnórer* estará a la espera de heredar mi lecho de paja. Cuando llegue mi hora, partiré con alegría. Lo que exista allí será real, sin complicaciones, sin burlas y sin embustes. Gracias a Dios, allí no se puede engañar ni siquiera a Guimpl.

Anónimo: la casa encantada


Una joven soñó una noche que caminaba por un extraño sendero campesino, que ascendía por una colina boscosa cuya cima estaba coronada por una hermosa casita blanca, rodeada de un jardín. Incapaz de ocultar su placer, llamó a la puerta de la casa, que finalmente fue abierta por un hombre muy, muy anciano, con una larga barba blanca. En el momento en que ella empezaba a hablarle, despertó. Todos los detalles de este sueño permanecieron tan grabados en su memoria, que por espacio de varios días no pudo pensar en otra cosa. Después volvió a tener el mismo sueño en tres noches sucesivas. Y siempre despertaba en el instante en que iba a empezar su conversación con el anciano.
Pocas semanas más tarde la joven se dirigía en automóvil a Litchfield, donde se realizaba una fiesta de fin de semana. De pronto tironeó la manga del conductor y le pidió que detuviera el automóvil. Allí, a la derecha del camino pavimentado, estaba el sendero campesino de su sueño.
-Espéreme un momento -suplicó-, y echó a andar por el sendero, con el corazón latiéndole alocadamente. Ya no se sintió sorprendida cuando el caminito subió enroscándose hasta la cima de la boscosa colina y la dejó ante la casa cuyos detalles recordaba ahora con tanta precisión. El mismo anciano del sueño respondió a su impaciente llamado.
-Dígame -dijo ella-, ¿se vende esta casa?
-Sí -respondió el hombre-, pero no le aconsejo que la compre. ¡Esta casa, hija mía, está frecuentada por un fantasma!
-Un fantasma -repitió la muchacha-. Santo Dios, ¿y quién es?
-Usted -dijo el anciano y cerró suavemente la puerta.
Anónimo, recogido por Edmundo Valadés

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