La carta en el árbol de Jose María Merino

Sendero

José María Merino

Ha regresado, veinte años después, a la ciudad de su infancia y adolescencia, al otro lado del océano. Recorre las antiguas calles observando con extrañeza los cambios en los colores de las casas y en los trazados callejeros. Se le revela de repente el parque de los juegos de niños, el lugar en el que conversó y paseó con muchachas por primera vez. Vuelven a él los ojos negros de Rosa, sus manos blancas y suaves, la separación dolorosa, cuando él tuvo que acompañar a su familia en el traslado a la ciudad donde ha crecido. Recuerda que antes de separarse escribieron una carta en la que pretendían conjurar el futuro: su amor no se  extinguiría, volverían a reunirse para no separarse nunca más. La firmaron con sangre, un alfilerazo en la yema del índice de cada mano izquierda, la introdujeron en una botella pequeña y, tras cerrarla, la escondieron en la enorme hendidura de un árbol muy viejo, que alza todavía sus ramas negruzcas en el extremo más frondoso del lugar. En un impulso que lo avergüenza un poco, rebusca entre las hojas secas, los papeles, las piedras y los desperdicios antiguos que ocupan la cavidad,  hasta encontrar la botella. La abre y saca el papel, pero cuando lo lee,  el mensaje ha cambiado: “Lo siento, Joaquín”, dice. “El tiempo pasa, no vuelves, y he conocido a Alberto, un chico muy majo”. Y firma Rosa, esta vez sin sangre.

Anim o la caída de Ana María Shua

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AMIM O LA CAÍDA

Carátula de: Que tengas una vida interesante (EMECË, Argentina - 2009), Ana María Shua

La señora Meme no se había roto la cadera, como todos los viejitos, sino la rodilla. En la radiografía se veía con nitidez el fémur astillado. El traumatólogo explicó después que estaba roto en ocho trozos grandes y muchos fragmentos pequeños. Pero eso no fue lo más grave.

Lucía y Juan Pablo no se ponían de acuerdo acerca del momento en que había empezado la diarrea. Lucía decía que había sido antes de la operación. La señora Meme estuvo internada unos días esperando al traumatólogo, que estaba de viaje. Lucía pensaba que fue en ese momento cuando se contagió el clostridium difficile. Los médicos de la clínica decían que el clostridium no siempre se contagia: es una bacteria que vive en el intestino. Los antibióticos fuertes que recibió la señora Meme para evitar infecciones en el hueso modificaron la flora intestinal y le dieron vía libre a la proliferación del clostridium. Pero Juan Pablo, que estaba siempre pegado a la computadora, averiguó por Internet que sólo el 5 % de la población normal vive con el clostridium puesto y en cambio el 40 % de la población hospitalaria lo tiene. De hecho, a partir del diagnóstico, todos los médicos,  las enfermeras y enfermeros se ponían guantes de goma antes de tocar a la señora Meme y se cubrían con un delantal blanco que colgaba de un gancho en la habitación.

Después de la operación la diarrea se volvió pavorosa, constante, interminable. Con su color verde negruzco manchaba los camisones y las sábanas, dos veces hubo que cambiar el colchón. No había tiempo de llamar a la enfermera, Lucía se encargaba de todo.

El traumatólogo estaba contento. Explicó cómo había reconstruido el hueso y cómo lo había asegurado con una chapita de metal y dos tornillos.  Al tercer día contando desde la operación, la diarrea se detuvo y Juan Pablo se volvió a su casa en Columbia, Maryland.

Pero ahora el vientre de la enferma estaba hinchado y doloroso. El médico de cabecera convocó a un gran cirujano especializado en gastroenterología.  Cuando se acercó para palparla, la señora Meme tendió los brazos hacia adelante, en un movimiento involuntario. “Casi no necesito tocarla” dijo el gran cirujano,  dirigiéndose a todos los presentes en tono didáctico. “Ese reflejo defensivo es típico del abdomen agudo”.

El colon estaba perforado. Peritonitis. Esa misma noche la operaron otra vez. A las tres de la madrugada el gran cirujano les dio a Lucía y su marido una explicación muy complicada sobre las modificaciones que había realizado en el tracto digestivo de la señora Meme. La jerga ingenieril, pensó Lucía, era la única manera que tenía el hombre de expresar su incertidumbre.

Al día siguiente, en terapia intensiva, por primera vez desde la caída, Lucía vio llorar a su madre, que se desesperaba porque el respirador no la dejaba hablar.  En esos largos días de angustia empezaron los primeros síntomas. La señora Meme volvió de la anestesia muy desorientada y ya nunca recuperó del todo su control sobre la realidad, que  por momentos se le deshacía en hilachas.

Otra vez ella y yo, juntas y solas, pensaba Lucía, que cuando era adolescente se llevaba muy mal con su mamá: dos personas a las que el destino había decidido unir más de lo previsto, más de lo anunciado. Juan Pablo llamaba por teléfono desde Maryland dos veces por día y prometió venir para la siguiente operación. La señora Meme tenía ahora un ano contra natura y el gran cirujano le había asegurado que en un par de meses, en cuanto se recuperara un poco, le iba a reconstruir el intestino. Hablar de la siguiente operación no era desalentador: en la salita de terapia intensiva sonaba como una garantía de supervivencia.

La señora Meme era una mujer orgullosa y tímida, que había vivido desde los veinte años bajo la sombra protectora de su marido. La expresión estaba sin duda bien empleada: el papá de Lucía y Juan Pablo, con su personalidad extrovertida, fuerte y alegre, la protegía, pero también le hacía sombra. Lucía recordaba a su madre, incluso cuando era joven, siempre un poco excedida de peso, un poco descuidada en su forma de vestir, un poco indiferente pero sobre todo un poco, demasiado poco. Lucía adoraba a su padre, y él era mucho. Su voz alta y desafinada llenaba la casa con canciones de moda en su juventud.  La madre, en cambio, mezquinaba hasta los besos, hasta la comida. Tenía un curioso sentido negativo de la vida, provocado, tal vez, por su infancia huérfana, desdichada. “Qué importancia tiene”, era una de sus frases preferidas, tanto para lo bueno como para lo malo. Sin embargo, le daba importancia, mucha importancia, al dinero. “La plata sirve para estar tranquila” solía decir. Y con eso justificaba su resistencia pasiva pero tozuda, a cualquier gasto que no fuera indispensable. Mientras su marido disfrutaba de todos los usos posibles del dinero, que incluían dar órdenes, ostentar, viajar, divertirse, y hasta derrochar, lo único que la señora Meme quería del dinero era saber que lo tenía.

Después de la muerte de su padre, Lucía se había resignado a ocupar el papel de protectora, un poco mamá de su propia madre, ya tan mayor. Había una sola persona en el mundo capaz de hacer reír a la señora Meme a carcajadas: era su hijo Juan Pablo. Más de una vez Lucía había visto la escena con una mezcla de culpa y de celos. Su madre echaba la cabeza hacia atrás y le brillaba la mirada y ella, que tanto quería a su padre, no podía dejar de reconocer la existencia de esa otra mujer que se asomaba por un momento a los ojos opacos de la señora Meme. ¿Cómo hubiera sido su vida con un marido menos intenso, menos frondoso? Durante años la hija se había sentido culpable por el tono de malestar que tenían las relaciones con su madre, en comparación con la espontaneidad que traía Juan Pablo. Sólo cuando ella misma fue madre, sólo mirándose por dentro con más crueldad de lo que es capaz la mayoría, se perdonó un poquito, a costa de una acusación mucho más grave. Las madres, había descubierto con horror, no sienten igual con respecto a todos sus hijos, no los tratan de la misma manera. Ella y su hermano, creyó entender, quizás no habían tenido la misma madre.

La confusión de la señora Meme empezó con las fechas y al principio parecía lógico que con tanta internación no supiese en qué día estaba. Una tarde, cuando ya había salido de Terapia Intensiva pero seguía internada en una habitación de la clínica, Lucía le contó que su hija casada, la mayor de sus nietas, estaba embarazada. “¿Acaso hacía falta más gente en el mundo?” contestó la señora Meme. Para Lucía fue como una bofetada, pero después pensó que esa respuesta extrema había sido una de las señales de que la mente de su madre se perdía por caminos extraños.

Antes de salir de la clínica fue necesario reorganizar la vida de la anciana. Ya no podría quedarse sola en su casa. En cambio, de a poco, iba recobrando el uso de su pierna rota, volvería a caminar. No se puede decir que la señora estuviera siempre fuera de la realidad. Tenía largos períodos de lucidez y sólo algunos momentos, no muchos todavía, en que se la veía como perdida en una niebla espesa de la que salían de pronto algunos recuerdos nítidos, pero fuera del lugar que les correspondía. En esos días podía confundir a Lucía con su propia madre, que había muerto siendo ella muy pequeña, y la abrazaba con una entrega infantil y confiada que a la hija le conmovía las entrañas. Otras veces se echaba de pronto a reír de una manera extemporánea, como respondiendo a algo muy divertido que nadie más podía ver o escuchar. Un día, a la hora de la merienda, charlando con Lucía, se sirvió el té en el platito sin darse cuenta de que no estaba la taza.

Lucía consultó con Juan Pablo y decidieron no sacarla de su casa. Dos mujeres se turnaban para cuidarla, una de lunes a jueves y la otra los fines de semana. Todos los días venía una enfermera que mandaba el seguro de salud para ayudar a bañarla y a hacer los ejercicios que le había recomendado la kinesióloga. Cambiar la bolsa que llevaba pegada al ano contra natura era una tarea desagradable que la señora Meme, siempre tan orgullosa, aprendió pronto a hacer por sí misma y no quería delegar. La esposa del portero ayudaba también cuando alguna de las dos mujeres tenía que salir. Fue en ésa época, entre la segunda operación y la tercera, cuando la señora Meme empezó a hablar de Luis.

Al principio eran frases sueltas, distraídas. Parecía quedarse pensando por un momento, y después miraba a Lucía o alguna de sus nietas y hacía un comentario perfectamente normal pero que nadie entendía, como “Qué cosa Luis, siempre un pobre diablo.”. A veces decía cosas más personales y por lo tanto más inquietantes: “Lo que más me gustaba de Luis eran los dientes”. Una vez confundió al marido de Lucía y se alarmó:  “Andate, Luis” le dijo muy seria “Vos no podés estar acá”. “Mamá, no es ningún Luis” le explicó Lucía “Es mi marido”. La señora Meme, que entraba y salía de su niebla, la miró con perfecta lucidez y le dijo “Gracias, pero ya me di cuenta. Luis  era más buen mozo”.

Lucía no sabía si comentárselo a su hermano. Pero cuando Juan Pablo decidió que para la tercera operación se venía por un mes entero con toda su familia, supo que era mejor advertírselo antes de que llegara. A Juan Pablo le costó aceptar lo que Lucía le contaba sobre la mente de su madre: cuando él llamaba por teléfono, la encontraba siempre bien. Tenían conversaciones largas y cómodas en que la señora Meme se quejaba de la excesiva preocupación de Lucía. “No soy un bebé”, protestaba. “¿Y si te volvés a caer?” le retrucaba su hijo. Y la madre se callaba, vencida, culpable: la caída había sido un error terrible. “Por una vez que me caí me ponen presa” rezongaba. Pero sabía que los chicos tenían razón, que se lo merecía.

Hacía un año que no veía a los hijos de Juan Pablo. Cuando entraron todos en su casa, directamente del aeropuerto, se los quedó mirando asombrada. “Qué lindos chicos” dijo “Qué parecidos entre ellos. ¿Son parientes?” Pero enseguida recordó sus nombres y los convidó con sus famosas galletitas de manteca. “Las que más le gustaban a papá” dijo Lucía. “Y también a Luis” dijo la señora Meme.

La llegada de Juan Pablo pareció despertar una catarata de recuerdos que perturbaban profundamente a sus hijos. Ya casi no había una visita en la que no lo mencionara. “El día en que estabas por nacer, me tomé un café con Luis. Yo me agarraba de la mesa cada vez que venía una contracción, él estaba asustadísimo” le dijo una tarde a Lucía. Pero fue muchísimo peor cuando se quedó mirando a Juan Pablo con desaforada ternura. “Sos tan parecido a tu papá”, le dijo, por primera vez en su vida.

El neurólogo miró la resonancia magnética, pronunció el nombre de la enfermedad, que todavía era incipiente, recomendó una medicación que no la curaba pero hacía más lento su avance.

La tercera operación resultó menos cruenta de lo que habían pensado. Después de una semana de internación, muy débil pero caminando con bastón, la señora Meme pudo volver a su casa. A pesar de los efectos de la anestesia, siempre peligrosa para la gente mayor, recuperar el uso de su esfínter le hizo tan bien que hasta parecía estar mejor de la cabeza. Sin embargo, tenía sus episodios de ausencia. Sobre todo, seguía mencionando a Luis.

¿Quién era Luis? ¿Quién había sido? Con la excusa de buscar el certificado de defunción de su padre, Lucía y Juan Pablo dieron vuelta la casa y miraron papel por papel sin encontrar absolutamente nada. Ni una esquela, ni una foto, ni la servilleta de un bar, ni una flor prensada dentro de un libro. “Mamá nunca fue romántica” dijo Lucía. Y su hermano tuvo que aceptar, sin palabras, que había estado esperando encontrar lo mismo que ella. En cambio, en el fondo de un placard, había una caja con recuerdos de su padre, con montones de cartas, fotos, papeles, invitaciones, un diario íntimo en clave, que Juan Pablo descifró enseguida, y hasta los menúes de las fiestas en las que había estado.

Ahora, cuando la señora Meme mencionaba a Luis, empezaron a hacerle algunas preguntas. “¿Estabas mal con papá?” preguntó Lucía, previsible. “No era tu papá. Era yo, que venía fallada de fábrica”, contestó la señora Meme. “¿Qué hacía Luis?” quiso saber Juan Pablo. “No tuvo suerte en la vida” contestó la señora Meme. Enseguida cambiaba de tema y no había manera de hacerla volver sobre la cuestión.

Antes de volverse a Maryland, como buen argentino, Juan Pablo quiso consultar a un psicoanalista muy conocido, muy caro, que trabajaba con gente de la tercera edad. “No tiene sentido que la vea” les dijo, después de escucharlos. “Tal vez un psiquiatra…pero si el neurólogo la está llevando bien, déjenla así, no la molesten más”. Como los vio tan angustiados, quiso hacerles una caricia psicoanalítica de despedida. “¿Vieron que los chiquitos tienen a veces amigos imaginarios? A los viejos les puede pasar lo mismo. Amantes imaginarios. Es muy común. Deseos reprimidos durante toda la vida, fantasías quizás muy vívidas en su momento, que dejaron su huella. Fíjense el nombre que eligió: Luis. Es decir, Lu—is. Es decir, en inglés, “es Lu”. Es decir, Lucía, la hija mayor. Ella tuvo la sensación de serle infiel a su marido cuando se produjo el desplazamiento de su libido hacia su primer bebé”.

Un amante imaginario. Claro, tan evidente. La asociación de ciertas anécdotas con fechas de sucesos familiares, como el nacimiento de Lucía, lo confirmaba. Entre ellos, empezaron a llamarlo “el Amim” por “AMante—IMaginario”. Usar el apodo era mucho menos perturbador que el nombre. Pero Juan Pablo, que desde lejos había negado la condición mental de su mamá, ya no podía seguir haciéndose el burro y se volvió a su casa con un nudo en la garganta. Hacía más de treinta años que se había ido del país y seguía doliendo.

Por teléfono, desde lejos, todo era más sencillo. Su mamá, como le contó a Lucía, jamás le mencionaba al Amim. En cambio Lucía, que antes había llegado, incluso, a ocultarle por un tiempo lo que pasaba, se divertía muchísimo contándole las historias del Amim que inventaba la señora Meme. Ahora se daba cuenta que muchas eran imposibles, incluso contradictorias. Unos meses después la señora Meme desapareció.

Lucía ni siquiera podía echarle la culpa a las mujeres que la cuidaban. Estaban las dos  tomando el té en la confitería Las Violetas, se levantó para ir al baño y cuando volvió a la mesa su madre ya no estaba. “¿Tenía plata en la cartera?” preguntó Juan Pablo. Lucía lo sintió como una acusación (la que ella se estaba haciendo a sí misma). “Por supuesto. Mamá no está tan mal. Plata, documentos, celular. Por las dudas un cartoncito con sus datos. Y los míos.”.

“Por desaparición de persona hay que esperar hasta que pasen las cuarenta y ocho horas” le dijeron en la comisaría. Pero cuando ella explicó, entre sollozos, que su madre estaba enferma (trató de exagerar su situación y recién en ese momento se dio cuenta de que no estaba exagerando) y se ofreció a traer un certificado médico si fuera necesario, le aceptaron la denuncia. “¿Cómo se hace para que salga en los diarios, en la tele?” preguntó. “Vaya a llorarle a la secretaria del juzgado” le aconsejó amablemente una chica policía muy eficiente, peinada con cola de caballo.

Esa noche no tuvieron ninguna noticia de la señora Meme. Al día siguiente llamó una mujer diciendo que había encontrado la cartera, los documentos y el celular. Desde lejos, Juan Pablo se desesperaba. A cada rato llamaba a su hermana para pedirle noticias, para darle ideas, órdenes o instrucciones. “¿Voy para allá?” preguntó. “No tiene sentido” le dijo Lucía, “No cambia nada”.

Recién una semana después salió el aviso del juzgado en los diarios y empezaron a pasarlo por la tele, en los canales oficiales. Lucía revisaba todos los días la página de policiales y se turnaba con su familia para montar guardia al lado del teléfono. Si la señora Meme estaba en condiciones de recordar algo, sin duda no serían los números de celular.

Un mediodía la llamaron del Juzgado. Con mucha calma una asistente de la secretaria le explicó que su madre no estaba secuestrada. Le habían robado la cartera, se había perdido y estaba en la casa de un señor que no sabía cómo hacer para encontrar a sus familiares hasta que vio el aviso.

Lucía llamó antes por teléfono, y aunque la voz masculina que la atendió no sonaba cascada, se dio cuenta de que se trataba de un hombre muy viejo cuando le dijo “Ah, usted debe ser la nena.” Y enseguida tosió un poco y se corrigió. “Quiero decir, la hija”.

Era un edificio arruinado, cerca de la estación Once. Un palomar: como diez departamentitos por piso. Construcción vieja y barata, baldosas de patio en los paliers, paredes con ese antiguo revestimiento en relieve que alguna vez fue tan moderno y ahora era patéticamente viejo y sucio.

Les abrió la puerta un viejo de tez morena, todavía con mucho pelo blanco. Era un departamentito de dos ambientes, pobre y limpio, y lo primero que vio Lucía, antes todavía que a su madre, fue una foto de su madre joven, una foto que no conocía, en un marco, sobre una repisa. No era muy grande, había otras fotos de otras personas, pero la vio inmediatamente y no podía sacarle los ojos de encima, como si se hubieran quedado pegados a los ojos risueños de su madre, entrecerrados por el sol de frente. Su marido la tomó de la mano. El policía que los acompañaba, un muchacho joven, que no veía razones para intervenir, se mantenía discretamente un paso atrás. En ese momento apareció la señora Meme. Tenía puestas unas sandalias blancas y un vestido nuevo, floreado. Usaba colorete, se había pintado los ojos, y parecía más vieja que nunca y más feliz. Retrocedió al verlos, lanzó un pequeño grito, se tapó la cara con las manos como tratando de que no la reconocieran, y estuvo a punto de escapar hacia el dormitorio, pero el viejo consiguió atraparla en un abrazo cariñoso. Le puso el brazo sobre los hombros y la apretó contra él, acariciándola para calmarla, como se acaricia y se calma a un perrito asustado por las explosiones de los fuegos artificiales.

— Shhh. Ya está, linda, ya está. Tranquila, está todo bien, son los chicos…

Lucía miró la escena con lágrimas en los ojos. No podía hablar.

— Usted es Luis. — dijo su marido.

Una sombra de tristeza dolorosa oscureció la cara del hombre, que los miró con una expresión de desesperanza, como si asomara a sus ojos el lento fracaso de toda una vida.

— No. No soy Luis. Yo soy Jorge. —les dijo, con voz rota— A mí nunca me quiso tanto.

Ana María Shua: 'Narrar es una lucha contra el tiempo' | Cultura |  elmundo.es
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Lavandería Ángel de Lucía Berlin

Sendero

Un indio viejo y alto con unos Levi’s descoloridos y un bonito cinturón zuni. Su pelo blanco y largo, anudado en la nuca con un cordón morado. Lo raro fue que durante un año más o menos siempre estábamos en la Lavandería Ángel a la misma hora. Aunque no a las mismas horas. Quiero decir que algunos días yo iba a las siete un lunes, o a las seis y media un viernes por la tarde, y me lo encontraba allí. 

Con la señora Armitage había sido diferente, aunque ella también era vieja. Eso fue en Nueva York, en la Lavandería San Juan de la calle 15. Portorriqueños. El suelo siempre encharcado de espuma. Entonces yo tenía críos pequeños y solía ir a lavar los pañales el jueves por la mañana. Ella vivía en el piso de arriba, el 4-C. Una mañana en la lavandería me dio una llave y yo la cogí. Me dijo que si algún jueves no la veía por allí, hiciera el favor de entrar en su casa, porque querría decir que estaba muerta. Era terrible pedirle a alguien una cosa así, y además me obligaba a hacer la colada los jueves. 

La señora Armitage murió un lunes, y nunca más volví a la Lavandería San Juan. El portero la encontró. No sé cómo. 

Durante meses, en la Lavandería Ángel, el indio y yo no nos dirigimos la palabra, pero nos sentábamos uno al lado del otro en las sillas amarillas de plástico, unidas en hilera como las de los aeropuertos. Rechinaban en el linóleo rasgado y el ruido daba dentera. 

El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ lLA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos. 

Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS. 

En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos. 

Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos. 

La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?». 

El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda. 

Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca. 

Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado. 

—Hermano, créeme, sé lo que es… He estado ahí, en la cloaca, donde estás tú. Sé exactamente cómo te sientes. 

Tony no abrió los ojos. Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso. 

La Lavandería Ángel está en Albuquerque, Nuevo México. Calle 4. Comercios destartalados y chatarrerías, locales donde venden cosas de segunda mano: catres del ejército, cajas de calcetines sueltos, ediciones de Higiene femenina de 1940. Almacenes de cereales y legumbres, pensiones para parejas y borrachos y ancianas teñidas con henna que hacen la colada en la lavandería de Ángel. Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen «Jueves». Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. «Tina», «Corky», «Junior». 

La gente de paso va a la lavandería de Ángel. Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados, y estrujan con la mano las latas vacías de cerveza Hamm’s. 

Pero sobre todo son indios los que van a la lavandería de Ángel. Indios pueblo de San Felipe, Laguna o Sandía. Tony fue el único apache que conocí, en la lavandería o en cualquier otro sitio. Me gusta mirar las secadoras llenas de ropas indias y seguir los brillantes remolinos de púrpuras, naranjas, rojos y rosas hasta quedarme bizca. 

Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está la del campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS.

Vi que la colcha no se ponía de un color morado oscuro, aunque sí quedó de un verde más parduzco, pero quise volver de todos modos. Me gustaban los indios y su colada. La máquina de Coca-Cola rota y el suelo encharcado me recordaban a Nueva York. Portorriqueños pasando la fregona a todas horas. Allí la cabina telefónica estaba fuera de servicio, igual que la de Ángel. ¿Habría encontrado muerta a la señora Armitage si hubiera sido un jueves? 

—Soy el jefe de mi tribu —dijo el indio. Llevaba un rato allí sentado, bebiendo oporto, mirándome fijamente las manos. 

Me contó que su mujer trabajaba limpiando casas. Habían tenido cuatro hijos. El más joven se había suicidado, el mayor había muerto en Vietnam. Los otros dos eran conductores de autobuses escolares. 

—¿Sabes por qué me gustas? —me preguntó. 

—No, ¿por qué? 

—Porque eres una piel roja —señaló mi cara en el espejo. Tengo la piel roja, es verdad, y no, nunca he visto a un indio de piel roja. 

Le gustaba mi nombre, y lo pronunciaba a la italiana. Lu-chí-a. Había estado en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Cómo no, entre sus bellos collares de plata y turquesa llevaba colgada una placa. Tenía una gran muesca en el borde. 

—¿Una bala? 

No, solía morderla cuando estaba asustado o caliente. 

Una vez me propuso que fuéramos a echarnos en su furgoneta y descansáramos juntos un rato. 

—Los esquimales lo llaman «reír juntos» —señalé el cartel verde lima, NO DEJEN NUNCA LAS MÁQUINAS SIN SUPERVISIÓN. 

Nos echamos a reír, uno al lado del otro en nuestras sillas de plástico unidas. Luego nos quedamos en silencio. No se oía nada salvo el agua en movimiento, rítmica como las olas del océano. Su mano de buda estrechó la mía. 

Pasó un tren. Me dio un codazo. 

—¡Gran caballo de hierro! —y nos echamos a reír otra vez. 

Tengo muchos prejuicios infundados sobre la gente, como que a todos los negros por fuerza les ha de gustar Charlie Parker. Los alemanes son antipáticos, los indios tienen un sentido del humor raro. Parecido al de mi madre: uno de sus chistes favoritos es el del tipo que se agacha a atarse el cordón del zapato, y viene otro, le da una paliza y dice: «¡Siempre estás atándote los cordones!». El otro es el de un camarero que está sirviendo y le echa la sopa encima al cliente, y dice: «Oiga, está hecho una sopa». Tony solía repetirme chistes de esos los días lentos en la lavandería. 

Una vez estaba muy borracho, borracho violento, y se metió en una pelea con unos vagabundos en el aparcamiento. Le rompieron la botella de Jim Beam. Ángel dijo que le compraría una petaca si iba con él al cuarto de la plancha y le escuchaba. Saqué mi colada de la lavadora y la metí en la secadora mientras Ángel le hablaba de los doce pasos. 

Cuando salió, Tony me puso unas monedas en la mano. Metí su ropa en una secadora mientras él se debatía con el tapón de la botella de Jim Beam. Antes de que me diera tiempo a sentarme, empezó a hablar a gritos. 

—¡Soy un jefe! ¡Soy un jefe de la tribu apache! ¡Mierda! 

—Tú sí que estás hecho mierda —se quedó sentado, bebiendo, mirándome las manos en el espejo—. Por eso te toca hacer la colada, ¿eh, jefe apache? 

No sé por qué lo dije. Fue un comentario de muy mal gusto. A lo mejor pensé que se reiría. Y se rio, de hecho. 

—¿De qué tribu eres tú, piel roja? —me dijo, observándome las manos mientras sacaba un cigarrillo. 

—¿Sabes que mi primer cigarrillo me lo encendió un príncipe? ¿Te lo puedes creer? 

—Claro que me lo creo. ¿Quieres fuego? —me encendió el cigarrillo y nos sonreímos. Estábamos muy cerca uno del otro, y de pronto se desplomó hacia un lado y me quedé sola en el espejo. 

Había una chica joven, no en el espejo sino sentada junto a la ventana. Los rizos de su pelo en la bruma parecían pintados por Botticelli. Leí todos los carteles. DIOS, DAME FUERZAS. CUNA NUEVA A ESTRENAR (POR MUERTE DE BEBÉ). 

La chica metió su ropa en un cesto turquesa y se fue. Llevé mi colada a la mesa, revisé la de Tony y puse otra moneda de diez centavos. Solo estábamos él y yo. Miré mis manos y mis ojos en el espejo. Unos bonitos ojos azules.

Una vez estuve a bordo de un yate en Viña del Mar. Acepté el primer cigarrillo de mi vida y le pedí fuego al príncipe Alí Khan. «Enchanté», me dijo. La verdad es que no tenía cerillas. 

Doblé la ropa y cuando llegó Ángel me fui a casa. 

No recuerdo en qué momento caí en la cuenta de que nunca volví a ver a aquel viejo indio.

LUCIA BERLIN | Casa del Libro

https://www.eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/lavanderia-angel.html#:~:text=El%20relato%20que%20abre%20Manual,unos%20cables%20pelados%20al%20tocarse%22.

Tiempo de cerezos en flor», de Lucia Berlin

Sendero

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Por: Lucia Berlin*

En sus cuentos, Lucia Berlin habla entre líneas de sí misma: tres matrimonios fallidos, alcoholismo, cuatro hijos, muchos trabajos. En este en particular, rompe con sutileza la aparente normalidad revelando lo disfuncional, las fracturas.

27/11/2018


Ilustración: María Luque.Ilustración: María Luque. – Foto:

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Ahí estaba de nuevo, el cartero. Después de que se fijara en él la primera vez, Cassandra empezó a verlo en todas partes. Como cuando aprendes el significado de “exacerbar” y entonces todo el mundo empieza a decirlo y hasta sale en el periódico de la mañana.

Bajaba marchando por la Sexta Avenida, levantando mucho del suelo sus zapatos relucientes. Un/dos. Un/dos. En la esquina de la calle 13 volvió la cabeza hacia la derecha, giró sobre sus talones y desapareció. Iba repartiendo el correo.

Cassandra y su hijo de dos años, Matt, también hacían su ruta matutina. La charcutería, la tienda de licores A&P, la panadería, la estación de bomberos, la tienda de mascotas. A veces la lavandería. Pasar por casa para tomar la leche con galletas, luego volver a bajar, hasta Washington Square. En casa para almorzar y hacer la siesta.

Cuando se fijó por primera vez en el cartero, en cómo sus caminos se cruzaban y entrecruzaban, se preguntó por qué no lo había visto antes. ¿Su vida entera se habría alterado por cinco minutos? ¿Qué ocurriría si se alteraba una hora?

Entonces se fijó en que el cartero tenía la ruta calculada con tal precisión que durante varias manzanas seguidas ponía un pie en el otro lado de la calle justo cuando el semáforo se ponía en rojo. Nunca se desviaba de su camino, incluso las cortesías de rigor eran manidas y predecibles. Hasta que Cassandra se dio cuenta de que las suyas con Matt lo eran también. A las nueve, por ejemplo, un bombero subía a Matt al camión o le ponía el casco. A las diez y cuarto el panadero le preguntaba a Matt cómo estaba hoy su hombretón y le daba una galleta de avena. O el otro panadero le decía a Cassandra, hola, preciosa, y le daba a ella la galleta. Cuando salían del portal y se asomaban a Greenwich Street ahí estaba el cartero, justo cruzando la calle.

Es comprensible, se dijo. Los niños necesitan ritmo, una rutina. Matt era muy pequeño, le gustaban sus paseos, su rato en el parque, pero a la una en punto se ponía de mal humor, necesitaba comer y una siesta. Aun así ella empezó a intentar variarle el horario. Matt reaccionó mal. No le apetecía quedarse jugando en la arena o amodorrarse en el columpio hasta después del paseo. Si volvían pronto a casa, estaba demasiado acelerado para dormir la siesta. Si iban a la tienda después del parque, gimoteaba, se retorcía para salir del cochecito. Así que volvieron a la rutina habitual, a veces pisándole los talones al cartero, otras cuando acababa de cruzar la calle. Nadie se interponía en su camino o conseguía adelantarlo. Un/dos. Un/dos, trazaba una estela en línea recta por el centro de la acera.

Una mañana podrían no habérselo cruzado, si, como de costumbre, se hubiesen entretenido un rato en la tienda de mascotas. Pero en el medio de la tienda había una nueva jaula. Ratones danzando. Docenas de ratoncitos grises correteando en círculos enloquecidos. Habían nacido con una malformación en el tímpano, así que corrían y corrían como posesos. Cassandra sacó a Matt de la tienda y casi se chocaron con el cartero. Al otro lado de la calle una lesbiana llamaba a gritos a su amante en la cárcel de mujeres. Estaba allí cada mañana a las diez y media.

En la Sexta Avenida pararon en la charcutería a comprar higaditos de pollo, y luego al lado para recoger la ropa de la lavandería. Matt cargó la compra, ella empujaba la colada en un carrito. El cartero se saltó un paso para evitar las ruedas del carrito.

El marido de Cassandra, David, llegaba a casa a las seis menos cuarto. Tocaba tres veces el interfono y ella le contestaba con tres pitidos. Matt y ella esperaban en la baranda, viéndolo subir uno, dos, tres, cuatro tramos de escaleras. ¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! Se abrazaban y él entraba. Se sentaba a la mesa de la cocina con Matt en el regazo, aflojándose la corbata.

—¿Cómo ha ido? —preguntaba ella.

“Igual”, contestaba él, o “peor”. Era escritor, estaba a punto de terminar su primera novela. Detestaba el trabajo que hacía en la editorial, no le quedaba tiempo ni energía para su libro.

—Lo siento, David —decía ella, y preparaba una copa para los dos.

—¿Qué tal su día?

—Bien. Paseamos, fuimos al parque.

—Genial.

—Matt durmió la siesta. Yo he leído a Gide —(intentaba leer a Gide; normalmente leía a Thomas Hardy)—. Resulta que hay un cartero…

—No me digas.

—Me deprime ese hombre. Es como un robot. Todos los santos días sigue el mismo horario, tiene calculados hasta los semáforos. Hace que mi propia vida me parezca triste.

David se enfadó.

—Ya, pobrecita. Mira, todos hacemos cosas que no queremos. ¿Crees que a mí me gusta estar en el departamento de libros de texto?

—No me refería a eso. Me encanta lo que hago. Solo que no quiero tener que hacerlo a las diez y veintidós. ¿Entiendes?

—Supongo. Anda, mujer, prepárame un baño.

Siempre se lo decía, en broma. Y entonces ella iba a prepararle un baño y hacía la cena mientras él se bañaba. Comían cuando salía, con el pelo negro reluciente. Después de cenar, David escribía o pensaba. Ella lavaba los platos, le daba un baño a Matt y le leía, le cantaba. “Texarkana Baby” y “Candy Kisses” hasta que se quedaba dormido, con un hilo de baba colgando de sus labios rosados. Luego Cassandra leía o cosía hasta que David decía: “Vamos a descansar”, y se iban a la cama. Hacían el amor, o no, y se dormían.

A la mañana siguiente se quedó despierta en la cama, con dolor de cabeza. Esperó a que él dijera “Buenos días, mi sol”, y lo dijo. Cuando se marchó esperó a que la besara y se despidiera con un “No hagas nada que yo no haría”, y así fue.

De camino a Washington Square pensó que un niño se iba a caer del tobogán y se cortaría el labio. Más tarde, en el parque, Matt se cayó del columpio y se cortó el labio. Cassandra apretó el corte con un clínex, se contuvo para no echarse a llorar también. ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué más quiero? Dios, déjame ver las cosas buenas… Se obligó a mirar alrededor, a salir de sí misma, y de pronto vio que los cerezos estaban en flor. Habían ido brotando poco a poco, pero ese día estaban espléndidos. Entonces, como si fuera porque había visto los árboles, la fuente se encendió. ¡Mira, mamá!, gritó Matt, y echó a correr. Todos los niños y sus madres fueron corriendo hasta la fuente centelleante. El cartero pasó de largo como de costumbre. No pareció advertir que estaba encendida, el agua lo salpicó. Un/dos. Un/dos.

Cassandra llevó a Matt a casa para la siesta. A veces ella se dormía también, pero generalmente cosía o trajinaba en la cocina. Le encantaba ese momento perezoso del día cuando el gato bostezaba y los autobuses pasaban surcando la calle, cuando los teléfonos sonaban sin parar. La máquina de coser zumbaba como las moscas en verano.

Pero esa tarde el sol se reflejaba en el cromo de la cocina, la aguja de la máquina se rompió. De la calle llegaban frenazos, chirridos. Los cubiertos tintineaban en el escurridor, un cuchillo rechinó contra el esmalte. Cassandra troceaba perejil. Un/dos. Un/dos.

Matt se despertó. Le lavó la cara, con cuidado de no rozarle el labio. Tomaron batidos, esperaron con bigotes de chocolate a que David volviera a casa, a que llamara tres veces al interfono.

Cassandra deseó poder contarle que se sentía fatal, pero era David quien lo pasaba mal trabajando en ese sitio, sin tiempo para su libro. Así que cuando le preguntó qué tal había ido el día, le dijo:

—Ha sido un día maravilloso. Los cerezos están en flor y han encendido la fuente. ¡Es primavera!

—Genial —David sonrió.

—El cartero se ha mojado al pasar —añadió ella.

—No me digas.

Ilustración: María Luque.

—Hoy no iremos a la tienda —le dijo Cassandra a Matt. Hicieron galletas de mantequilla de cacahuete y Matt las pinchó una a una con el tenedor. Muy bien. Ella preparó emparedados y leche, puso unas mantas y una almohada en el carrito de la colada. Fueron por un camino completamente distinto, bajando la Quinta Avenida, hasta Washington Square. Era bonito encontrarse de frente con el arco, enmarcando los árboles y la fuente.

Jugaron juntos a la pelota, Matt jugó en el tobogán y en el arenero. A la una Cassandra tendió la manta para hacer un pícnic. Comieron emparedados, ofrecieron galletas a la gente que pasaba. Después de almorzar, al principio, Matt no quería dormir, ni siquiera con su manta y su almohada, pero ella le cantó “She’s my Texarkana baby and I love her like a doll, her ma she came from Texas and her pa from Arkansas”, una y otra vez hasta que al final se quedó dormido, y ella también. Durmieron mucho rato. Cassandra se asustó al despertarse porque abrió los ojos y vio las flores rosadas con el cielo azul de fondo.

Cantaron de regreso a casa, parando en la lavandería a recoger la colada. Al salir, empujando el carro cargado, Cassandra se sorprendió al ver al cartero. No lo habían visto en todo el día. Con desgana siguió andando detrás de él hacia el paso de cebra. Entonces soltó el carrito, dejó que rodara hasta chocar contra sus tobillos. Le enganchó el pie de tal forma que un zapato se le salió. El cartero giró la cabeza y la miró con odio, se agachó a desatarse el zapato y a ponérselo de nuevo. Ella recuperó el carrito y el cartero empezó a cruzar la calle. Pero era demasiado tarde, el semáforo se puso en rojo cuando estaba en mitad de la calzada. Una camioneta de reparto de Gristedes dobló la esquina y clavó los frenos para no llevarse al cartero por delante. El hombre se paralizó, aterrorizado, luego acabó de cruzar la calle y bajó por la 13, corriendo.

Cassandra y Matt siguieron derecho hasta la calle 14 y dieron la vuelta a la manzana hasta el edificio donde vivían. Era una manera completamente distinta de ir a casa.

David llamó al interfono a las seis menos cuarto. ¡Hola!

¡Hola! ¡Hola!

—¿Qué tal el día?

—Igual. ¿Y el suyo?

Matt y Cassandra se interrumpían a cada momento, hablándole de cómo les había ido, del picnic.

—Fue precioso. Dormimos bajo los cerezos en flor.

—Genial —David sonrió. Ella sonrió también.

—Volviendo a casa asesiné al cartero.

—No me digas —dijo David, aflojándose la corbata.

—David. Habla conmigo, por favor.

*Lucia Berlin fue una escritora estadounidense (Alaska, 1936- Los Ángeles, 2014). Escribió Manual para mujeres de la limpieza, entre otros muchos libros. Este cuento pertenece a Una noche en el paraíso (Alfaguara), una recopilación de relatos inéditos en castellano que se publicó en noviembre. La traducción del inglés, de Eugenia Vázquez Nacarino, fue revisada por ARCADIA para esta prepublicación.

fuente:https://www.semana.com/periodismo-cultural—revista-arcadia/articulo/tiempo-de-cerezos-en-flor-un-cuento-de-lucia-berlin/72113/

Foto crédito Buddy Berlin, Literary Estate of Lucia Berlin.

El Jockey de Lucía Berlín

Sendero

Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.       Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él dormía, un príncipe encantado.       Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la mano como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozanzo «¡Mamacita, mamacita!»*. La única forma de que consintiera  que el doctor Johnson lo examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?       El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía. La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente. Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla, lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado; sus lágrimas me mojaban el pecho.       Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría hecho con un caballo. «Cálmate, lindo, cálmate. Despacio… despacio.» Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso.

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