Monterroso y la Dama

Sendero

Primera dama
—Mi marido dice que son tonteras mías —pensaba—; pero lo que
quiere es que yo sólo me esté en la casa, matándome como antes. Y eso
sí que no se va a poder. Los otros le tendrán miedo, pero yo no. Si no le
hubiera ayudado cuando estábamos bien fregados, todavía. ¿Y por qué
no voy a poder recitar, si me gusta? El hecho de que él sea ahora
Presidente, en vez de ser un obstáculo debería hacerlo pensar que así le
ayudo más. Y es que los hombres, sean presidentes o no, son llenos de
cosas. Además, yo no voy a andar recitando en cualquier parte como
una loca sino en actos oficiales o en veladas de beneficencia. Sí pues, si
no tiene nada de malo.
No tenía nada de malo. Terminó de bañarse. Entró en su dormitorio. Mientras se peinaba, vio en el espejo, detrás de ella, los estantes
llenos de libros en desorden. Novelas. Libros de poesía. Pensó en
algunos y en lo mucho que le gustaban. Antologías de las mil mejores
poesías universales, titanes y recitadores sin maestro en los que había
señalado con papelitos los poemas más bellos. Reír llorando, La cabeza
del rabí. ¡Trópico! A una madre. Dios mío, de dónde sacaban tanto
tema. [38]
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Pronto ya no iban a caber los libros en la casa. Pero aunque uno no
los leyera todos, eran la mejor herencia.
Sobre el tocador tenía varios ejemplares del programa de esa noche. Sí se animara a dar un recital ella sola. Hasta ahora no había
organizado ninguno, por modestia. Sabía, sin embargo, que de cualquier manera ella era la figura principal.
Esta vez se trataba de una velada preparada algo a la carrera para
el Desayuno Escolar. Alguien había notado que los niños de las escuelas andaban medio desnutridos, y que algunos se desmayaban a eso de
las once, tal vez cuando el maestro estaba en lo mejor. Al principio lo
atribuyeron a indigestiones, más tarde a una epidemia de lombrices
(Salubridad) y sólo al final, durante una de sus frecuentes noches de
insomnio, el Director General de Educación, nebulosamente, sospechó
que podrían ser casos de hambre.
Cuando el Director General convocó a un buen número de padres
de familia, la mayoría se indignó de viva voz ante la suposición de que
fueran tan pobres, y, por orgullo frente a los demás, ninguno estuvo
dispuesto a aceptarlo. Pero en cuanto se disolvió la reunión, varios de
ellos, individualmente, se acercaron al Director y reconocieron que en
ocasiones —no siempre, claro— mandaban a sus hijos a la escuela sin
nada en el estómago. El Director se asustó al confirmar su sospecha y
decidió que era necesario hacer algo pronto. Por fortuna recordó que el
Presidente ha-[39]bía sido su compañero de colegio y dispuso ir a verlo
cuanto antes. No se arrepintió. El Presidente lo recibió de lo más
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simpático, probablemente con mucha más cordialidad de la que hubiera desplegado desde una posición menos elevada. De manera que
cuando él comenzó: «Señor Presidente…» se rió y le dijo: «Dejate de
babosadas de Señor Presidente y decime sin rodeos a lo que venís», y
siempre riéndose lo obligó a sentarse, mediante una ligera presión en
el hombro. Estaba de buenas. Pero el Director sabía que por más
palmaditas que le dieran ya no era lo mismo que en los tiempos en que
iban juntos a la escuela, o sencillamente que hacía apenas dos años,
cuando todavía se tomaron un trago con otros amigos en El Danubio.
De todos modos, se veía que empezaba a sentirse cómodo en el cargo.
Como él mismo dijera levantando el índice en una reciente cena en
casa de sus padres, de sobremesa, ante la expectación general primero,
y la calurosa aprobación después, de sus parientes y compañeros de
armas: «Al principio se siente raro; pero uno se acostumbra a todo».
—Pues sí, ¿qué te trae por acá? —insistió—. Apuesto a que ya tenés líos en el Ministerio.
—Bueno, si querés saber la verdad, sí.
—¿Verdá? —dijo triunfante el Presidente, aprobando su propia sagacidad.
—Pero, si me lo permitís, no vengo a eso; otro día te cuento. Mirá,
para no quitarte el tiempo, te lo voy a decir de una vez. Fijate que ha
habido varios casos de niños que se desmayan de hambre [40] en las
escuelas y yo quisiera ver qué podemos hacer. Prefiero decírtelo a vos
de una vez porque si no es la bruta andar de aquí para allá. Además,
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mejor te lo cuento yo porque no faltará quien te venga a decir que no
hago nada. Mi idea es que me autoricés para tratar de conseguir algo
de dinero y fundar una especie de Gota de Leche semioficial.
—¿No te me estarás volviendo comunista, vos? —lo detuvo él, soltando una carcajada. Aquí sí que se echaba de ver su excelente humor
de ese día. Los dos se rieron mucho. El Director le advirtió en broma
que tuviera cuidado porque estaba leyendo un librito sobre marxismo,
a lo que él repuso sin dejar de reírse que no se lo fuera a ver el Director
de la Policía porque lo podía joder. Después de cambiar aún otras
frases ingeniosas alrededor del mismo tema, él le dijo que le parecía
bien, que fuera viendo a quién le sacaba plata, que dijera que él estaba
de acuerdo y que quizá la UNICEF podía dar un poco más de leche.
«Los gringos tienen leche como la chingada», afirmó por último,
poniéndose de pie y dando por terminada la entrevista.
—Ah, y mirá —añadió cuando ya el Director se encontraba en la
puerta—: si querés hablale a mi señora para que te ayude; a ella le
gustan esas cosas.
El Director le dijo que estaba bueno y que le iba a hablar en seguida.
No obstante, esto más bien lo deprimió, porque no le agradaba trabajar con mujeres. Peor de [41] funcionarios. La mayoría eran raras,
vanidosas, difíciles, y uno tenía que andarse todo el tiempo con cortesías, preocupándose de que estuvieran siempre sentadas y poniéndose
nervioso cuando por cualquier circunstancia había que decirles que no.
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De paso que a ella no la conocía mucho. Pero lo mejor era interpretar
la sugerencia del Presidente como una orden.
Cuando le habló, ella aceptó sin vacilar. ¿Cómo podía dudarlo? No
sólo le iba a ayudar haciendo propaganda entre sus amigas, sino que
personalmente trabajaría con entusiasmo, tomando parte, por ejemplo,
en las veladas que se organizaran.
—Yo puedo recitar —le dijo—; ya sabe que siempre he sido aficionada. «Qué bueno», pensó mientras se lo decía, «que haya esta oportunidad». Pero al mismo tiempo se arrepintió de su pensamiento y le dio
miedo de que Dios la castigara cuando reflexionó que no era bueno que
los niños se desmayaran de hambre. «Pobrecitos», pensó rápido para
aplacar al cielo y eludir el castigo. Y en voz alta dijo:
—Pobres criaturas. ¿Y como cada cuánto se desmayan?
El Director le explicó pacientemente que no se desmayaban los
mismos en forma periódica, sino que una vez era uno y otra otro, y que
lo mejor era ver cómo le daban desayuno al mayor número posible.
Tendrían que fundar una organización para reunir fondos.
—Claro —dijo ella—. ¿Y cómo le pondremos? [42]
—¿Qué le parece «Desayuno Escolar»? —dijo el Director.
Pasó su mano sobre el programa, un trozo cuadrangular de papel
satinado elegantemente impreso:
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1.° Palabras preliminares, por el Sr. D. Hugo Miranda, Director General de Educación del Ministerio de Educación Pública.
2.° Barcarola de los Cuentos de Hoffman, de Offenbach, por un grupo de alumnos de la Escuela 4 de Julio.
3.° Tres valses de F. Chopin, por René Elgueta, alumno del Conservatorio Nacional.
4.° Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, por la Excma. Sra. Doña
Eulalia Fernández de Rivera González, Primera Dama de la República.
5.° Cielos de mi Patria, por el compositor nacional D. Federico Díaz, su autor al piano.
6.° Himno Nacional.
Ella creía que estaba bien. Aunque quizá era demasiada música y
poca recitación.
—¿Te gusta lo que voy a recitar? —le preguntó a su marido.
—Con tal que no se te olvide a medio camino y no hagas el ridículo
—replicó él malhumorado pero incapaz de oponerse en serio—.
Realmente no sé para qué te metiste a esa babosada. Parece que no
conocieras a los muchachos cómo son de fregados. Ya van a empe-[43]
zar a hacerte chistes. Pero como cuando se te mete una cosa en la
cabeza nadie te la saca.
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En los tiempos en que la enamoraba le gustaba que declamara y
hasta le pedía que lo hiciera para quedar bien con ella. Pero ahora era
otra cosa y sus apariciones en público lo irritaban.
«¿Veperdapa quepe epes lopo quepe dipigopo?» —pensó ella—«no
pueden ver que la esposa tenga ninguna iniciativa porque luego empiezan a poner peros y a querer acomplejarlo a uno».
—Qué se me va a andar olvidando —dijo en voz alta, levantándose
a buscar un pañuelo—; me la sé desde niña. Lo que no me gusta es que
estoy algo acatarrada. Pero yo creo que es por los nervios. Siempre que
tengo que hacer algo importante en una fecha fija me da miedo de
enfermarme y empiezo a pensar: ya me va a dar catarro, ya me va a dar
catarro, hasta que me da de veras. Sí pues. Deben de ser los nervios. La
prueba está en que después se me pasa.
Enfrentándose bruscamente con el espejo, se puso a levantar los
brazos y a probar la voz:
—El varóooooon que tiene corazóooooon de liz
aaaaaalma de queeeeeerube, lenguaaaaa celestiallllll
el míiiiiinimo y dulce Francisco de Asíiiiiis
estacón
un rudui
torvoa
nimal.
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Pronunciaba liz. Era bueno alargar las sílabas [44] acentuadas. Pero no siempre sabía cuáles eran, a menos que tuvieran el acento
ortográfico. Por ejemplo: «varón», oooooon; «mínimo», miiiiii; corazón», oooooon. Pero en «alma de querube, lengua celestial» no había
modo de saberlo. En fin, lo importante era sentir, porque cuando no se
siente de nada sirve conocer todas las reglas.
—El varón
el varón que tiene
el varón que tiene corazón
el varón que tiene corazón de liz.
Cuando llegó a la escuela era aún demasiado temprano. Sin embargo, se sintió desalentada porque había pocas personas ocupando los
asientos. Pero pensó que entre nosotros la gente siempre llega tarde y
que cuándo nos iríamos a quitar esa costumbre. En el pequeño escenario, detrás del telón improvisado, las alumnas de la Escuela 4 de Julio
ensayaban en voz baja la Barcarola. El profesor de canto, muy serio, les
daba el «la» con un pequeño pito de metal plateado que emitía esa
única nota. Al observar que ella estaba allí, viéndolo sonriente, le
dirigió un breve saludo con la cabeza y dejó de mover los brazos; pero
por cortedad, o por no parecer demasiado servil, o porque de plano no
lo era, no interrumpió su ensayo. Ella se lo agradeció, pues en ese ratito
estaba repasando mentalmente el poema y si la interrumpían tenía que
tomar otra vez el hilo desde el principio. Como si en realidad la estu30
viera [45] usando, aclaraba la garganta cada cinco o seis versos, a pesar
de que sabía que con eso sólo lograba irritarla cada vez más, igual que
aquel maestro a quien sus alumnos por molestarlo le dijeron que tenía
colorado el ojo y él se puso a restregárselo y a restregárselo, hasta que
se lo dejó tan colorado que ellos no podían contener la risa; o como los
monos, que si les ponen un poco de excremento en la palma de la
mano no paran de olerlo hasta que se mueren. Cómo era eso de las
obsesiones. Lo que más cólera le daba es que estaba segura de que todo
pasaría en cuanto terminara su número. Sí pues. Pero era molesto,
mientras tanto, pensar que se le iba a salir un gallo en medio de la
recitación.
La verdad es que sería una estupidez tenerle miedo al público. En
el supuesto caso de que sus intervenciones no agradaran, no se debería
a ella sino a que la gente en general es muy ignorante y no sabe apreciar la poesía. Todavía les faltaba mucho. Pero precisamente por eso
aprovecharía cuanta ocasión se le presentara para ir dando a conocer
los buenos versos y revelándose como declamadora.
—Pero señora —le reprochó preocupado el Director General
cuando llegó sudoroso—, si yo iba a pasar por usted. No está bien que
se haya venido sola.
Ella lo miró comprensiva y lo tranquilizó cortésmente. Desde que
se convirtió en la Primera [46] Dama se alegraba cuando tenía la
oportunidad de demostrar que era una persona modesta, posiblemente
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mucho más modesta que cualquiera otra en el mundo, y hasta había
estudiado en el espejo una sonrisa y una mirada encantadoras que
significaban más o menos: «¡Cómo se le ocurre! ¿Se imagina que
porque soy la esposa del Presidente me he vuelto una presumida?».
Pero el Director quiso entender más bien que lo trataba con ironía, y,
deprimido, se puso a hablar sin ton ni son de esto y lo otro. No bien los
demás artistas fueron llegando y rodeándola, aprovechó la ocasión
para retirarse. Después se le veía gordito dando órdenes y disponiéndolo todo, de acuerdo con el principio de que si uno mismo no hace las
cosas no hay quien las haga.
Sólo se acercó de nuevo para decirle:
—Prepárese, señora. Vamos a empezar.
Como contaba ya con alguna práctica, el Director explicó sin apuro
que estábamos allí movidos por un alto espíritu de solidaridad humana. Que había muchos niños subalimentados cosa que el Gobierno era
el primero en lamentar porque como le había dicho personalmente el
Presidente cuando lo llamó para hacérselo ver hay que hacer algo por
esos niños en interés de los altos destinos de la patria mueva usted las
conciencias remueva cielo y tierra conmueva los corazones en favor de
esa noble cruzada. Que ya eran varias las personas de todas las capas
sociales que [47] habían ofrecido su desinteresada ayuda y que nuestros amigos norteamericanos esa noble y generosa nación que con
justicia podíamos llamar la despensa del mundo habían prometido
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hacer un nuevo sacrificio de latas de leche en polvo. Que nuestra tarea
era modesta en sus comienzos pero que estábamos dispuestos a no
omitir esfuerzo alguno para convertirla no sólo en un hecho real y
concreto del presente sino en un estimulante ejemplo para las generaciones futuras. Que teníamos el alto orgullo de contar también con la
ayuda de la Primera Dama de la República cuyo arte exquisito tendríamos el honor de apreciar dentro de breves instantes y cuyas entrañas generosamente maternales se habían conmovido hasta las
lágrimas al saber la desgracia de esos niños que ya fuera por alcoholismo de sus padres o por descuido de sus madres o por ambas cosas
no podían disfrutar en sus modestos hogares de la sagrada institución
del desayuno con peligro para su salud y en desmedro del aprovechamiento de la instrucción que el Ministerio que nos honrábamos en
representar esa noche estaba empeñado en impartirles convencido de
que el libro y sólo el libro resolvería los seculares problemas a que se
enfrentaba la patria. Y que había dicho.
Después de los aplausos las niñas de la Escuela 4 de Julio cantaron
con su acostumbrada dulzura el la, lalá, lalalalalá, lalalalalá, lalá de la
Barcarola, mientras el pianista nervioseaba ansioso de atacar sus valses
que, como tantas otras [48] cosas ese día en diversas regiones del
globo, comenzaron también y terminaron con toda felicidad y gloria.
Ella inclinó la cabeza, diciendo gracias mentalmente. Cruzó las
manos y se las contempló durante un momento, esperando que se
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produjera la atmósfera necesaria. Pronto sintió que de su boca, a través
de sus palabras, se iba asomando al mundo San Francisco de Asís,
mínimo y dulce, hasta tomar la forma del ser más humilde de la tierra.
Pero en seguida esa ilusión de humildad quedaba atrás porque otras
palabras, encadenadas uno no sabía cómo con las primeras, cambiaban
su aspecto hasta convertirlo en un hombre iracundo. Y ella sentía que
tenía que ser así y no de otra manera porque se encontraba llamándole
la atención a un lobo, cuyos colmillos habían dado horrorosa cuenta de
pastores, rebaños y cuanto ser viviente se le ponía por delante. Sí pues.
Su voz tembló luego y se le escapó una lágrima en el preciso instante en
que el santo le decía al lobo que no fuera malo, que por qué no se
dejaba de andar por ahí sembrando el terror entre los campesinos y
que si acaso venía del infierno. Aunque inmediatamente después casi
se veía brotar de sus labios una gran tranquilidad cuando el animal, no
sin haberlo reflexionado un rato, seguía al santo a la aldea, donde
todos se admiraban de verlo tan mansito que hasta un niño le podía
dar de comer en la mano. Las palabras [49] le salían entonces dulces y
tiernas y pensaba que el lobo le podía dar de comer también al niño
para que no se desmayara de hambre en la escuela. Pero volvía a
angustiarse porque en un descuido de San Francisco el lobo se iba
nuevamente al monte a acabar con las gentes del campo y con sus
ganados. Su voz adquiría aquí un tono de condenación implacable y la
elevaba y la bajaba conforme iba siendo necesario, sin acordarse para
nada del catarro ni de los malditos nervios de los días anteriores, como
ella sabía de antemano que sucedería. Por el contrario, la envolvía una
grata sensación de seguridad de seguridad de seguridad pues era fácil
notar que el público la escuchaba fuertemente impresionado ante las
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barbaridades de la fiera; a pesar de que ella sabía ya, en ese momento,
se cambiarían los papeles y el lobo se convertiría de acusado en acusador cuando San Francisco lo iba a buscar de nuevo con su acostumbrada confianza para meterlo otra vez en cintura. Por más que uno no
quisiera, había que ponerse de parte del lobo, cuyas palabras eran
fácilmente interpretables: Sí, ¿verdad?, muy bonito; yo me estaba ahí
todo manso comiendo lo que se les antojaba arrojarme y lamiendo las
manos de todos como un cordero, mientras los hombres en sus casas
se entregaban a la envidia y a la lujuria y a la ira y se hacían la guerra
unos a otros y perdían los débiles y ganaban los malos. Decía las
palabras «débiles» y «malos» con tonos tan diferentes que a nadie
podía caberle la menor duda de que ella estaba de [50] parte de los
primeros. Y se sentía segura de que la cosa iba bien y de que su recitación era un éxito, porque verdaderamente se indignaba ante tantas
canalladas que dejaban chiquitas las del lobo, que al fin y al cabo no
era un ser racional. Sin darse cuenta ni cómo se acercó el instante en
que sabía que ya, ahora, ahora, las palabras debían brotar de su garganta ni muy fuertes, ni muy tiernas, ni furiosas, ni mansas, sino
impregnadas de desesperanza y amargura, pues no otra cosa debió de
sentir el santo cuando le dio la razón a la fiera y se dirigió finalmente al
padre nuestro que estáaaaaaaaas en los cieeeeeeeelos.
Permaneció unos segundos con los brazos en alto. El sudor le corría en hilitos entre los pechos y por la espalda. Oyó que aplaudían.
Bajó las manos. Se arregló con disimulo la falda y saludó mo35
destamente. El público, después de todo, no era tan bruto. Pero buen
esfuerzo le estaba costando hacerlo llegar a la poesía. Era lo que ella
pensaba: poco a poco. Mientras estrechaba las manos de los que la
felicitaban se sintió embargada por un dulce y suave sentimiento de
superioridad. Y cuando una señora humilde que se acercó a saludarla
le dijo que qué bonito, estuvo a punto de abrazarla, pero se contuvo y
se conformó con preguntarle: «¿Le gustó?», pues la verdad es que ya no
estaba pensando en eso sino en lo bueno que sería organizar pronto
otro acto, en un local más grande, quizá en un teatro de verdad, en el
[51] que ella sola se encargara de la totalidad del programa, porque lo
malo de estas veladitas era que los músicos aburrían a la gente, a pesar
de que al otro día también los elogiaban en el periódico, lo que no era
justo. No pues.
Ya en la puerta de su casa invitó al Director General y a dos o tres
amigos a tomar un whisky «para celebrar». Deseaba prolongar un rato
más la conversación sobre su triunfo. Ojalá estuviera su marido para
que oyera lo que le decían y para que se convenciera de que no eran
cosas de ella. Qué bien había resultado todo, ¿verdad? ¿Y como cuánto
sacarían?
El Director General le informó muy elaboradamente que tenían
utilidades por $7.50.
—¿Tan poquito? —dijo ella.
Él pensó con amargura pero dijo con optimismo que para ser la
primera no estaba tan mal. Que les había faltado propaganda.
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—No —dijo ella—. Yo creo que se debe al local que es muy chiquito.
—Bueno, claro —dijo él—. En eso tiene razón.
—¿Cómo hiciéramos? —dijo ella—. Hay que hacer algo para ayudar a esos pobres niños.
—Bueno —dijo él—; lo importante es que ya comenzamos.
—Sí —dijo ella—; pero la cosa es seguir adelante. Tenemos que
preparar algo más serio.
—Yo creo que si contamos con su ayuda… —dijo él.
—Sí sí podemos conseguir un teatro yo voy a recitar ya va a ver
pero que sea teatro grande [52] porque si no ya vio lo que pasa se
esfuerza uno preparando las cosas y total casi no se saca nada de todos
modos le voy a hablar a mi marido siempre me está empujando a
recitar es mi mejor estímulo ¿se fijó? la gente tiene gana de oír poesía si
viera la emoción que sentí cuando una señora que ni me conoce me
dijo que le había gustado mucho yo creo que un recital de poesía sería
un éxito ¿qué dice usted? —dijo ella.
—Claro —dijo él—; a la gente le gusta mucho.
—Fíjese que estoy preocupada —dijo ella—por lo poco que sacamos hoy. ¿Qué le parece si le doy cien pesos para no salir tan mal?
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Tengo muchas ganas de ayudar. Yo creo que poco a poco vamos a ir
saliendo.
Él dijo que claro; que poco a poco iban a ir saliendo.