El mirador estelar

para Ainara
en su 8º cumpleaños 

Hay pocos lugares del universo merecedores de un nombre más adecuado que el racimo de galaxias denominado Mirador estelar.
Las numerosas compañías de viajes espaciales, se disputan cada año la utilización de la ruta que pasa por el mirador. Algunas ofrecen mayor tiempo de estadía en la zona. Otras ofrecen pasar a la ida y a la vuelta del viaje que se haga, desde y hacia cualquier parte del universo.
Pero como sea que se llegue hasta el mirador, el panorama que se observa es imposible de olvidar: se ven colores que no existen bajo la atmósfera de un planeta. Millones de estrellas concentran su luz en el mirador, creando la ilusión de que la noche no existe. Una multitud de quásares señalan con su luz de faro el lugar preciso de cada galaxia, formando un manto de luciérnagas a punto de desprenderse del cielo.
El silencio forma parte del mirador. No sería posible agregarle música al espectáculo visual. Algunos viajantes han compuesto sinfonías para el mirador, pero las personas se resisten a escucharlas; la fuerza creadora del universo supera cualquier intento humano de competir con ella.

Diario de viaje del Dr. Iván Alhasud Gómez 

El Dr. Iván Alhasud Gómez –de padres rusos, abuelos árabes y tatarabuelos españoles-, nunca había viajado al Mirador estelar. Pasaba la mitad de su tiempo estudiando las combinaciones de los átomos. La otra mitad del tiempo la pasaba explicando el origen de sus apellidos.
También intentaba por todos los medios, explicar su complicada teoría sobre el “reciclado de los átomos”, donde podía –según él- demostrar que un átomo cualquiera, que había pertenecido a un dinosaurio o a un tanque de guerra de la Segunda Guerra Mundial, ahora formaba parte de una pequeña tela de araña que colgaba en el rincón de un armario.

Las personas no se tomaban muy en serio al Dr. Iván ni a su teoría. Tanto es así, que cuando sudaban, le preguntaban a Iván si tal vez el sudor no estaría formado por átomos de algún pantano prehistórico que le proporcionara ese olor tan molesto. Otro tanto ocurría al depilarse las cejas: las guardaban en bolsitas de plástico y se las dejaban al doctor con una notita, pidiendo que investigara si los átomos de cejas no habrían sido en otra época ramas de palmera o colmillos de panteras salvajes.

El Dr. Iván, contrariamente a la moda de su época, no se depilaba las cejas. Era fácilmente reconocible a gran distancia y cuando alguien preguntaba por él, las indicaciones no podían ser más claras: es la única persona que tiene unas líneas oscuras de pelo negro sobre los ojos. Para completar el panorama de risa general, algunos sostenían que el Dr. Iván no se depilaba las cejas porque los átomos que las formaban habían sido parte de un serrucho, y no existe ninguna depiladora de cejas capaz de competir con un serrucho.
Pero por más que se reían de él, y pese a que casi nadie le llevaba el apunte, nunca abandonó la investigación sobre el reciclado de átomos.
Pasaba largas horas frente al proyector de átomos, examinando cada una de las partículas que lo componen. Observar un átomo y sus respectivas partículas exige un gran entrenamiento. Tanto es así, que frecuentemente los estudiantes confunden los átomos del material a estudiar, con los átomos del aire, o de los propios cristales del proyector de átomos.

Pero el Dr. Iván había pasado la mayor parte de su vida observando; poseía tal grado de entrenamiento, que nunca se equivocaba acerca del origen de un átomo. 
Casualmente un día, de puro aburrido, decidió averiguar el origen de todos los átomos que formaban parte de la uña de su dedo meñique. Bajo el microscopio, cortó una célula de su uña y la colocó en el proyector de átomos. Muchas horas más tarde, concluyó: esta uña está formada en un 15% por átomos que provienen del Océano Atlántico, un 2% formaron parte de semillas de chocolate, un 5% fueron los pelos de un gato y del 78% restante no tengo la menor idea, parecen ser átomos nuevos.
Cuando le preguntaron por qué la uña no tiene olor a chocolate o es lisita como el pelo de un gato el Dr. Iván se encogió de hombros, enarcó las cejas –efecto que siempre causaba asombro entre sus observadores- y murmuró: porque simplemente es una uña.

Como todos los investigadores que alguna vez han investigado algo, Iván debía investigar el Mirador estelar. Durante años se había resistido a hacer el viaje, porque según él, “el Mirador estelar no aporta mucho a mi teoría sobre los átomos”.
Pero tal vez llevado por la curiosidad, o por un olvidado espíritu de aventura, un buen día empacó sus cinco libros de consulta y compró un billete para viajar al Mirador estelar.

El trasbordador espacial era confortable y luminoso, una verdadera maravilla de la tecnología. El viaje que los pondría en la órbita de la Tierra duraría apenas 12 minutos. Una vez en órbita, los pasajeros serían trasladados hasta la nave interplanetaria que los llevaría al Mirador estelar.
El Dr. Iván jamás había abandonado la Tierra. Sentía un cosquilleo incómodo que le recorría todo el cuerpo. Cuando los poderosos motores del trasbordador comenzaron a vibrar Iván se aferró con todas sus fuerzas a los brazos del sillón. A su lado, una mujer joven, con mayor experiencia en los viajes estelares, sonrió y trató de tranquilizarlo restándole importancia al despegue.
La ventanilla ovalada debajo de sus pies, mostraba el lento ascenso de la nave; la plataforma de lanzamiento retiró sus largos brazos luminosos y el trasbordador comenzó a subir hacia la órbita gravitacional de la Tierra.

La nave interplanetaria aguardaba pacientemente su llegada, flotando, claramente recortada sobre la curvatura de la Tierra. Cuando Iván divisó la nave le pareció pequeña, pero cuando se acercaron aún más, pudo observar que en realidad era gigantesca. ¡Le había parecido pequeña comparada con el tamaño de la Tierra!
Iván, ya más calmado, observó disimuladamente a la mujer que tenía a su lado. Era particularmente bonita. Cada palabra que pronunciaba se iluminaba con una suave sonrisa. Tendría unos cinco años menos que él.
María Al-hamed Terovska -de padres españoles, abuelos árabes y tatarabuelos rusos-, fue la primera persona que no necesitó una explicación sobre los apellidos del Dr. Iván. Asintió con la cabeza, estrechó la mano de Iván y se presentó con todos sus apellidos.
Iván no cabía en sí de la emoción. Sin duda tenía mucho en común con la mujer que estaba a su lado. Esbozó un complicadísimo intento de relacionar los átomos de los antepasados comunes de ambos, pero finalmente hasta él mismo se aburrió y hablaron de cosas más mundanas. El viaje al Mirador estelar duraría 9 días, ya habría tiempo de investigar sobre el origen de los átomos.

María Al-hamed Terovska resultó ser un gran descubrimiento para Iván. Conversaban interminablemente. El maravilloso paisaje del universo que los rodeaba pasó casi desapercibido para ambos. 
Al quinto día de viaje, Iván intentó explicarle a María las relaciones entre los átomos, hasta que María, pensativa y con una mirada astuta, le complicó la teoría: …y los primeros átomos, antes de ser parte de dinosaurios, tanques de guerra o telas de araña, ¿qué eran?

Iván no supo contestar. Durante años había adaptado su teoría para todas las preguntas tontas que le formularon, pero esta vez la pregunta no era tonta. Se quedó pensativo durante los restantes cuatro días de viaje. Murmuraba palabras complicadas. Gesticulaba con las manos. Un instante se daba la razón a sí mismo y al instante siguiente se contradecía.
María parecía disfrutar de la situación y mientras lo miraba de reojo, se maravillaba al observar los primeros destellos del Mirador estelar.

Finalmente la nave espacial llegó a su destino y descendieron hacia la plataforma del mirador. Era una sencilla plataforma gravitacional, suspendida en el universo, en el punto exacto que proporciona la vista más maravillosa del nacimiento de las galaxias.

Iván seguía mascullando palabras incoherentes y frases a medio terminar, tan perdido estaba tratando de explicar “qué eran los átomos antes de ser átomos”, que sus ojos no lograban captar la belleza universal que tenía ante sí.

María apoyó suavemente sus manos en los hombros de Iván. Le giró lentamente el cuerpo y juntos observaron “la primera vez de todo lo que existe en el universo”.
Desde allí, vieron nacer los planetas y las galaxias; las estrellas pequeñas y las gigantes. Vieron colores que no existen en la Tierra, vieron la calma inmensa de un diminuto cometa que estaba naciendo frente a sus ojos y lentamente comenzaba a recorrer el universo, envuelto en su perezosa estela luminosa.
María cerró sus ojos, acarició la mano de Iván y le explicó suavemente: 

-Aquí está la respuesta Iván, los átomos antes de ser átomos son el universo mismo…
Iván acarició la mano de María y completó la frase 
-… de poco sirve saber de donde viene cada átomo, porque cada uno de ellos contiene la belleza de la creación.

Dicen que el Dr. Iván volvió a la tierra de la mano de María y con una sonrisa inmensa dibujada bajo sus cejas. Abandonó definitivamente su teoría acerca del origen de los átomos y ahora escribe una nueva teoría acerca del origen del amor, pero esa es otra historia y María posiblemente le ayude a escribirla

Autor Jorge Elissalde

soy uruguayo, generación 66, tengo muchos años y la mayoría no sé de dónde salieron
me gustan las cosas sencillas, el olor de la tierra húmeda cuando empieza a llover, el color del limón cuando está madurando
escribo porque me ayuda a comprender mi interior, otra opción sería buscar el nirvana, pero no tengo tanta paciencia

J.j.Arreola y Alfonso Reyes

Aurelio Herrera Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa

Editorial

Encuadernador, abonero, tepachero, cuidador fracasado de gallinas, vendedor de zapatos, recitador, traductor, impresor; Juan José Arreola se desempeñó en diversos oficios a lo largo de su vida y, como buen conversador, conoció innumerables personas no sólo del ámbito literario sino también de la cultura popular y de la esfera política mexicana. Se podrían trazar historias de muchas de estas relaciones; sin embargo, hubo una que, como una sombra que permanece siempre junto a nosotros, acompañó a Juan José Arreola a partir de un momento decisivo en su vida: su tan anhelado viaje a París.
El personaje al que me refiero, ya había desempeñado una carrera diplomática y social en la capital francesa entre los años 1924 y 1927: Alfonso Reyes. Aunque no tan cercana como la entrañable amistad con Antonio Alatorre, la relación Reyes y Arreola se basó principalmente en el apoyo en el ambiente literario, ya para continuar los estudios del jalisciense, ya para que formara parte de un equipo editorial.
Siempre preocupado por el surgimiento de nuevas figuras en la república de las letras, Alfonso Reyes tenía su propio talento: sabía perfectamente quién tenía el potencial necesario para destacar en el mundo literario. En su momento, Reyes brindó su apoyo a jóvenes creadores que se convirtieron en figuras destacadas, como el propio Octavio Paz. Arreola fue sin duda uno de estos talentos con los que don Alfonso no escatimó al momento de brindarle apoyo, siempre y cuando hubiera resultados.
El anhelo parisino
Volviendo al origen de esta relación, recordemos que uno de los grandes sueños del joven Arreola era viajar a París. El primer rumor de esa palabra se remonta a una experiencia infantil en la que el futuro escritor, entonces de tan sólo cuatro años, se encontraba perdido junto con sus hermanos en la oscuridad de las montañas de Zapotlán. Juan Cameros, hijo del maestro peluquero Ramón Cameros y amigo del padre de Arreola, los encontró y, al entregarlos a su madre, “dijo con una voz como inspirada: «Aquí le traigo a los niños perdidos de París». Ésa fue la primera vez que yo escuché a una persona pronunciar la palabra ‘París’”[1].
Pero su conocimiento no se limitó tan sólo a la palabra. Posteriormente, gracias a la suscripción de su padre a la Revista de Revistas, Arreola tuvo su primer contacto con la capital de Francia a través de las fotografías impresas en el suplemento cultural y de los artículos que escribían los corresponsales mexicanos que estaban en dicha ciudad en ese entonces, como José Juan Tablada y Arqueles Vela.
El gusto por París y su posterior idea de estudiar teatro en esa capital, se reafirmaron con el conocimiento de uno de los hombres que Arreola más admiró: Louis Jouvet. “Un día me entero que desde 1943 Jouvet había salido de Francia con una compañía improvisada por actores que se la jugaron con él”[2]. En efecto, debido a la ocupación alemana, Jouvet se vio forzado a cerrar su teatro. Sin embargo, gracias a sus buenas relaciones con las autoridades de París, recibió apoyo tramitando un salvoconducto a favor de él y su compañía, y se embarcó en un viaje rumbo América Latina, donde recorrió Brasil, Buenos Aires, Santiago y, por supuesto, México: “Cuando la colonia francesa de Guadalajara se enteró de la inminencia de su viaje a México, empezó a solicitarle a Educación Pública y a Relaciones Exteriores su intervención para que viniera. Jouvet acepta la invitación de Guadalajara, y viaja en tren desde México”[3].
La Comedia Francesa de Jouvet llega en junio de 1944 a Guadalajara para presentar en el Teatro Degollado varias obras de su repertorio. “De tan magno acontecimiento –nos dice Arreola– me enteré de manera inesperada a través de los anuncios colocados en algunas paredes de las calles más céntricas de la ciudad y en los aparadores de las tiendas más concurridas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi el rostro de Louis Jouvet pegado en el escaparate”[4]. Con ramo de rosas en mano, Arreola recibe a Jouvet en la estación de trenes. Posteriormente, lo intercepta en el Teatro Degollado y le habla en un francés débil pero entendible: “En esa breve charla, Jouvet se dio cuenta de que yo conocía demasiado su vida y sus amores”[5]. Arreola consigue una cita para hablar formalmente con Jouvet en el Hotel del Parque: “Le dije que una de mis mayores ilusiones era estudiar teatro en París”[6], a lo que Jouvet le contesta: “En cuanto termine la guerra, que ya está por terminar, yo te apoyo para que te vayas a París a estudiar teatro”[7].
La mano de Alfonso Reyes
Lo único que necesitaba Arreola era una carta formal de Jouvet para solicitar su beca a la embajada francesa. “Presenté al embajador de Francia en México la solicitud de beca, acompañada con algunas cartas de recomendación de algunos de los más notables escritores de México”[8]. Uno de esos “notables escritores” era Alfonso Reyes. Este último concedió la carta con una condición: Arreola tendría que escribirle continuamente para mantenerlo al tanto de sus proyectos y adelantos. Preciso transcribir la carta, hoy poco conocida, debido a su valor documental.
                                                     México, D.F., a 26 de septiembre de 1945.Excmo. Sr Maurice Garreau-Dombasle

Me es grato apadrinar ante V.E., en nombre propio y de El Colegio de México, cuya Junta de Gobierno presido, la solicitud del señor don Juan José Arreola para obtener una beca  francesa destinada a los jóvenes mexicanos que desean perfeccionar alguna especialidad en París. Nos constan las virtudes y merecimientos del interesado.

Alfonso Reyes[9].

Este fue uno de los primeros contactos que Arreola tuvo con Alfonso Reyes. Sin embargo, al igual que muchos de los personajes que conocería posteriormente, el primer acercamiento a la figura de Alfonso Reyes fue gracias a la lectura de un suplemento semanal:
 Ahora que menciono a Reyes, me acuerdo que fue gracias a Revista de Revistas que lo conocí. Leíamos, junto con esta publicación que era excelente en los años veinte y treinta, El Universal Ilustrado Jueves de Excélsior. En Revista de Revistas, don Alfonso venía retratado, junto a la “Elegía de Ítaca”, con traje de golfista, cachimba y gorra deportiva. Estaba muy gallardo, en el campo, de cuerpo entero, con un pie puesto sobre una piedra. El pie de grabado decía: “Alfonso Reyes en Roncesvalles”[10].

 

La aventura del Fondo de Cultura Económica

A su regreso de París, Arreola ingresó al Departamento Técnico del Fondo de Cultura Económica el 2 de mayo de 1946. Tres meses antes había entrado el primer mexicano: Antonio Alatorre, cuya amistad fue vital para convencer a Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas del ingreso de Arreola. En palabras de nuestro autor: “Los miembros del famoso Departamento Técnico eran: Joaquín Díez Canedo, Julián Calvo, don Sindulfo de la Fuente, Eugenio Ímaz y Luis Alaminos, todos ellos españoles, mexicanos nada más estábamos Antonio Alatorre y yo que acababa de entrar”[11].
Y no era gratuito que la mayoría fueran españoles. Durante los meses de julio y agosto de 1936, Alfonso Reyes fungía como embajador en Argentina y observaba el avance de la Guerra Civil Española. Reyes, con ayuda de Cosío Villegas, concibió la idea de invitar a México a algunos de los más eminentes españoles que, a consecuencia del triunfo militar, no podrían hacer su vida literaria en su país. A mediados de 1938, los primeros refugiados comenzaron a colaborar con el FCE.
Pero Arreola no sólo formó parte del Departamento Técnico de lo que sería la editorial con mayor presencia en América Latina, sino que fue aquí donde publicó su primer libro; después de tres años de corregir pruebas de imprenta, traducciones y originales, pasó a figurar en el catálogo de autores, nuevamente con la venia de Alfonso Reyes:
Desde 1946 don Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas fundan la colección Tezontle. Precisamente en esta colección publiqué mi primer libro: Varia invención, en 1949, cuya portada lleva una viñeta de Juan Soriano. Alfonso Reyes y Joaquín Díez-Canedo apoyaron su publicación[12].

En la capilla Alfonsina de la UANL, se puede encontrar un volumen con clasificación PQ7297/A773/V3, dedicado a Alfonso Reyes y firmado de puño y letra por Arreola.

Dedicatoria de J. J. Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Don Alfonso Reyes, este libro que le debe la vida.

Juan José Arreola

Noviembre 21-49

 

Hay que recordar que a partir de 1948 la dirección del FCE pasó a manos del argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien no sólo mantuvo los buenos lazos con el Colegio de México, sino que dio nuevo impulso a la editorial al crear otras colecciones importantes, como los famosos Breviarios[13]. La colección ya había sido ideada y proyectada por Alfonso Reyes y Cosío Villegas; sin embargo, carecía de nombre. Gracias a un concurso lanzado por esos años entre los miembros tanto del Fondo como del Colegio para nombrar la colección, salió un ganador: Juan José Arreola.

Es oportuno decir que, junto con el cambio de administración, y siendo jefe Orfila, Arreola deja la editorial:

Salí del Fondo de Cultura, entre otras causas, por ser acusado de parlanchín y alborotador. Orfila Reynal, sucesor de Cosío Villegas, nos puso a todos a trabajar, y como nos puso a trabajar en serio, pues a los pocos días, semanas o meses yo salí del Fondo, disparatado. Me llamó una vez a la dirección y me dijo: “Usted dirá lo que quiera, que aquí todos flojean, pero su voz es la única que se oye desde aquí donde estamos; si los demás platican yo no sé[14].

 

La herencia de Alfonso Reyes

Un año antes, a finales de 1947, don Alfonso Reyes había dado una beca a Juan José, sin ser universitario ni académico, para ingresar al Colegio de México con el fin de realizar un proyecto de investigación: un vocabulario agrícola, ganadero y artesanal del sur de Jalisco, teniendo a Zapotlán el Grande como capital lingüística. Arreola diría acerca de esa etapa de su vida: “entre las gentes que recuerdo con afecto y admiración, y que fueron compañeros de todos los días en El Colegio, está Ernesto Mejía Sánchez, José Durán, Alfredo Sancho y Augusto Monterroso”[15].
Finalmente, es preciso mencionar dos sucesos clave en la vida de Arreola en donde se percibe la sombra de Alfonso Reyes. El primero es la publicación de Confabulariodentro de la colección Letras Mexicanas. Durante más de dos años se estuvo elaborando el plan de la colección, ideada por Alfonso Reyes, que originalmente se llamaría Biblioteca de Autores Mexicanos. Al final, devino sólo en Letras Mexicanas, cuyos primeros títulos aparecieron entre abril y noviembre de 1952. Los tres primeros títulos fueron los siguientes: Obra poética de Alfonso Reyes, Confabulario de Juan José Arreola y el Nuevo Narciso y otros poemas de Enrique González Martínez. Para exponer la importancia de este punto, transcribo el testimonio de Díez-Canedo respecto al libro de Arreola:
Arreola, tiene usted suerte, su libro se programó originalmente para editarse dentro de un año, pero los responsables de la colección acordaron que los primeros números de la colección, y de manera general toda la colección, se alternara en la medida de lo posible publicando una obra de un escritor consagrado y otra de un autor joven o no conocido. Usted reúne dos características que nos resultan apropiadas: es joven y es poco conocido para el gran público, por eso me es grato comunicarle que Confabulario será el número dos de la nueva colección de Letras Mexicanas, puesto que el primer título será de nuestro ilustre Alfonso Reyes, así que usted irá publicado nada menos que entre Alfonso Reyes y su paisano Enrique González Martínez, ¿qué le parece?

En la capilla Alfonsina de la UANL, se puede encontrar un volumen de Confabulariocon clasificación PQ7297/.A773/C6 dedicado a Alfonso Reyes por Juan José Arreola.

Dedicatoria de J. J. Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Don Alfonso, poniendo entre el 1 y el 2 de esta colección, una infinita gradería de admiración y de respeto.

Arreola. Octubre de 1952

El segundo suceso se trata de la beca que Arreola recibe del Centro Mexicano de Escritores, liderado por Margaret Shedd. En el Diario de Alfonso Reyes, hay una entrada al respecto:

México, viernes 30 de junio 1950Mañana: despacho en casa y entrevista con la novelista norteamericana Margaret Shedd, que ha fundado una ¿escuela de escritores? en México, y quiere tres becarios mexicanos.[16]

Poco más de un año después Alfonso escribiría:

México, martes 17 de julio 1951Despacho en Colegio de México. Almuerzo con los cinco becarios vencedores casa Margarita Shedd, delicioso sitio (Arreola, Bonifaz, Carballido, Chávez Guerrero y Magaña)…[17]

Por la información que proporcionan ambas entradas, se puede ver cómo Margaret Shedd se acercó a don Alfonso con el objetivo de becar a tres alumnos de El Colegio de México. Alfonso no duda en elegir a Juan José Arreola. Respecto al Centro él mismo diría:

La fundación del Centro Mexicano de Escritores por parte de la señora Margaret Shedd, vino a enriquecer notablemente mi vida y mi trabajo de escritor. Por invitación de ella, firmé como testigo el acta notarial de creación del Centro, luego pertenecí al primer grupo de becarios en 1952; mis compañeros de beca fueron Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Emmanuel Carballo, Sergio Magaña y Herminio Guerrero[18].
Además de escribir y publicar sus libros, Alfonso Reyes apoyó a otros para que escribieran y publicaran los suyos y, en ciertos casos, para que se tradujeran libros extranjeros en los que El Colegio tenía algún interés. Reyes se complacía en el papel de mecenas de la cultura literaria mexicana, en ayudar a quienes se iniciaban en el oficio de escritor e, incluso, a algunos ya consagrados. El éxito de Reyes como benefactor de la vida literaria mexicana consistió también, y sobre todo, en su buen ojo para detectar el talento donde lo había: tal es el caso de Juan José Arreola, quien apreciaba a don Alfonso más allá del hombre que había apoyado la publicación de sus dos libros más importantes. Más allá de dedicar el mayor elogio que escritor alguno le haya enviado acerca de su obra: “no me canso de mirarme en su espejo”[19]; más allá del hombre que le escribía en momentos de complicados problemas sentimentales: “Yo no quiero que su vida de escritor acabe entre las piernas de las mujeres”[20]; Alfonso Reyes fue el hombre que, en palabras de Arreola, “más que un maestro, él se convirtió en un padre para mí”[21]

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El coco de Stephen king

–Recurro a usted porque quiero contarle mi historia –dijo el hombre acostado sobre el diván del doctor Harper.
El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos.
–No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos.
El doctor Harper puso en marcha el magnetófono.
Billings estaba duro como una estaca sobre el diván, sin darle un ápice de sí. Sus pies sobresalían, rígidos, por el extremo. Era la imagen de un hombre que se sometía a una humillación necesaria. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como un cadáver. Sus facciones se mantenían escrupulosamente compuestas. Miraba el simple cielo raso, blanco, de paneles, como si por su superficie desfilaran escenas e imágenes.
–Quiere decir que los mató realmente, o…
–No. –Un movimiento impaciente de la mano–. Pero fui el responsable. Denny en 1967. Shirl en 1971. Y Andy este año. Quiero contárselo.
El doctor Harper no dio nada. Le pareció que Billings tenía un aspecto demacrado y envejecido. Su cabello raleaba, su tez estaba pálida. Sus ojos encerraban todos los secretos miserables del whisky.
–Fueron asesinados, ¿entiende? Pero nadie lo cree. Si lo creyeran, todo se arreglaría.
–¿Por qué?
–Porque…
Billings se interrumpió y se irguió bruscamente sobre los codos, mirando hacia el otro extremo de la habitación.
–¿Qué es eso? –bramó. Sus ojos se habían entrecerrado, reduciéndose a dos tajos oscuros.
–¿Qué es qué?
–Esa puerta.
–El armario empotrado –respondió el doctor Harper–. Donde cuelgo mi abrigo y dejo mis chanclos.
–Ábralo. Quiero ver lo que hay dentro.
El doctor Harper se levantó en silencio, atravesó la habitación y abrió la puerta. Dentro, una gabardina marrón colgaba de una de las cuatro o cinco perchas. Abajo había un par de chanclos relucientes. Dentro de uno de ellos había un ejemplar cuidadosamente doblado del New York Times. Eso era todo.
–¿Conforme? –preguntó el doctor Harper.
–Sí. –Billings dejó de apoyarse sobre los codos y volvió a la posición anterior.
–Decía –manifestó el doctor Harper mientras volvía a su silla– que si se pudiera probar el asesinato de sus tres hijos, todos sus problemas se solucionarían. ¿Por qué?
–Me mandarían a la cárcel –explicó Billings inmediatamente–. Para toda la vida. Y en una cárcel uno puede ver lo que hay dentro de todas las habitaciones. Todas las habitaciones. –Sonrió a la nada.
–¿Cómo fueron asesinados sus hijos?
–¡No trate de arrancármelo por la fuerza!
Billings se volvió y miró a Harper con expresión aviesa.
–Se lo diré, no se preocupe. No soy uno de sus chalados que se pasean por el mundo y pretenden ser Napoleón o que justifican haberse aficionado a la heroína porque la madre no los quería. Sé que no me creerá. No me interesa. No importa. Me bastará con contárselo.
–Muy bien. –El doctor Harper extrajo su pipa.
–Me casé con Rita en 1965… Yo tenía veintiún años y ella dieciocho. Estaba embarazada. Ese hijo fue Denny. –Sus labios se contorsionaron para formar una sonrisa gomosa, grotesca, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos–. Tuve que dejar la Universidad y buscar empleo, pero no me importó. Los amaba a los dos. Éramos muy felices. Rita volvió a quedarse embarazada poco después del nacimiento de Denny, y Shirl vino al mundo en diciembre de 1966. Andy nació en el verano de 1969, cuando Denny ya había muerto. Andy fue un accidente. Eso dijo Rita. Aseguró que a veces los anticonceptivos fallan. Yo sospecho que fue más que un accidente. Los hijos atan al hombre, usted sabe. Eso les gusta a las mujeres, sobre todo cuando el hombre es más inteligente que ellas. ¿No le parece?
Harper emitió un gruñido neutro.
–Pero no importa. A pesar de todo los quería. –Lo dijo con tono casi vengativo, como si hubiera amado a los niños para castigar a su esposa.
–¿Quién mató a los niños? –preguntó Harper.
–El coco –respondió inmediatamente Lester Billings–. El coco los mató a todos. Sencillamente, salió del armario y los mató. –Se volvió y sonrió–. Claro, usted cree que estoy loco. Lo leo en su cara. Pero no me importa. Lo único que deseo es desahogarme e irme.
–Le escucho –dijo Harper.
–Todo comenzó cuando Denny tenía casi dos años y Shirl era apenas un bebé. Denny empezó a llorar cuando Rita lo tenía en la cama. Verá, teníamos un apartamento de dos dormitorios. Shirl dormía en una cuna, en nuestra habitación. Al principio pensé que Denny lloraba porque ya no podía llevarse el biberón a la cama. Rita dijo que no nos obstináramos, que tuviéramos paciencia, que le diéramos el biberón y que él ya lo dejaría solo. Pero así es como los chicos se echan a perder. Si eres tolerante con ellos los malcrías. Después te hacen sufrir. Se dedican a violar chicas, sabe, o empiezan a drogarse. O se hacen maricas. ¿Se imagina lo horrible que es despertar una mañana y descubrir que su chico, su hijo varón, es marica?
»Sin embargo, después de un tiempo, cuando vimos que no se acostumbraba, empecé a acostarle yo mismo. Y si no dejaba de llorar le daba una palmada. Entonces Rita dijo que repetía a cada rato “luz, luz”. Bueno, no sé. ¿Quién entiende lo que dicen los niños tan pequeños? Sólo las madres lo saben.
»Rita quiso instalarle una lámpara de noche. Uno de esos artefactos que se adosan a la pared con la figura del Ratón Mikey o de Huckleberry Hound o de lo que sea. No se lo permití. Si un niño no le pierde el miedo a la oscuridad cuando es pequeño, nunca se acostumbrará a ella.
»De todos modos, murió el verano que siguió al nacimiento de Shirl. Esa noche lo metí en la cama y empezó a llorar en seguida. Esta vez entendí lo que decía. Señaló directamente el armario cuando lo dijo. “El coco –gritó–. El coco, papá.”
»Apagué la luz y salí de la habitación y le pregunté a Rita por qué le había enseñado esa palabra al niño. Sentí deseos de pegarle un par de bofetadas, pero me contuve. Juró que nunca se la había enseñado. La acusé de ser una condenada embustera.
»Verá, ése fue un mal verano para mí. Sólo conseguí que me emplearan para cargar camiones de Pepsi–Cola en un almacén, y estaba siempre cansado. Shirl se despertaba y lloraba todas las noches y Rita la tomaba en brazos y gimoteaba. Le aseguro que a veces tenía ganas de arrojarlas a las dos por la ventana. Jesús, a veces los mocosos te hacen perder la chaveta. Podrías matarlos.
»Bien, el niño me despertó a las tres de la mañana, puntualmente. Fui al baño, medio dormido, sabe, y Rita me preguntó si había ido a ver a Denny. Le contesté que lo hiciera ella y volví a acostarme. Estaba casi dormido cuando Rita empezó a gritar.
»Me levanté y entré en la habitación. El crío estaba acostado boca arriba, muerto. Blanco como la harina excepto donde la sangre se había…, se había acumulado, por efecto de la gravedad. La parte posterior de las piernas, la cabeza, las… eh… las nalgas. Tenía los ojos abiertos. Eso era lo peor, sabe. Muy dilatados y vidriosos, como los de las cabezas de alce que algunos tipos cuelgan sobre la repisa. Como en las fotos de esos chinitos de Vietnam. Pero un crío norteamericano no debería tener esa expresión. Muerto boca arriba. Con pañales y pantaloncitos de goma porque durante las últimas dos semanas había vuelto a orinarse encima. Qué espanto. Yo amaba a ese niño.
Billings meneó la cabeza lentamente y después volvió a ostentar la misma sonrisa gomosa, grotesca.
–Rita chillaba hasta desgañitarse. Trató de alzar a Denny y mecerlo, pero no se lo permití. A la poli no le gusta que uno toque las evidencias. Lo sé…
–¿Supo entonces que había sido el coco? –preguntó Harper apaciblemente.
–Oh, no. Entonces no. Pero vi algo. En ese momento no le di importancia, pero mi mente lo archivó.
–¿Qué fue?
–La puerta del armario estaba abierta. No mucho. Apenas una rendija. Pero verá, yo sabía que la había dejado cerrada. Dentro había bolsas de plástico. Un crío se pone a jugar con una de ellas y adiós. Se asfixia. ¿Lo sabía?
–Sí. ¿Qué sucedió después?
Billings se encogió de hombros.
–Lo enterramos. –Miró con morbosidad sus manos, que habían arrojado tierra sobre tres pequeños ataúdes.
–¿Hubo una investigación?
–Claro que sí. –Los ojos de Billings centellearon con un brillo sardónico–. Vino un jodido matasanos con un estetoscopio y un maletín negro lleno de chicles y una zamarra robada de alguna escuela veterinaria. ¡Colapso en la cuna, fue el diagnóstico! ¿Ha oído alguna vez semejante disparate? ¡El crío tenía tres años!
–El colapso en la cuna es muy común durante el primer año de vida –explicó Harper puntillosamente–, pero el diagnóstico ha aparecido en los certificados de defunción de niños de hasta cinco años, a falta de otro mejor…
–¡Mierda! –espetó Billings violentamente.
Harper volvió a encender su pipa.
–Un mes después del funeral instalamos a Shirl en la antigua habitación de Denny. Rita se resistió con uñas y dientes, pero yo dije la última palabra. Me dolió, por supuesto. Jesús, me encantaba tener a la mocosa con nosotros. Pero no hay que sobreproteger a los niños, pues en tal caso se convierten en lisiados. Cuando yo era niño mi madre me llevaba a la playa y después se ponía ronca gritando: «¡No te internes tanto! ¡No te metas allí! ¡Hay corrientes submarinas! ¡Has comido hace una hora! ¡No te zambullas de cabeza!». Le juro por Dios que incluso me decía que me cuidara de los tiburones. ¿Y cuál fue el resultado? Que ahora ni siquiera soy capaz de acercarme al agua. Es verdad. Si me arrimo a una playa me atacan los calambres. Cuando Denny vivía, Rita consiguió que la llevase una vez con los niños a Savin Rock. Se me descompuso el estómago. Lo sé, ¿entiende? No hay que sobreproteger a los niños. Y uno tampoco debe ser complaciente consigo mismo. La vida continúa. Shirl pasó directamente a la cuna de Denny. Claro que arrojamos el colchón viejo a la basura. No quería que mi pequeña se llenara de microbios.
Así transcurrió un año. Y una noche, cuando estoy metiendo a Shirl en su cuna, empieza a aullar y chillar y llorar. “¡El coco, papá, el coco!”
»Eso me sobresaltó. Decía lo mismo que Denny. Y empecé a recordar la puerta del armario, apenas entreabierta cuando lo encontramos. Quise llevarla por esa noche a nuestra habitación.
–¿Y la llevó?
–No. –Billings se miró las manos y las facciones se convulsionaron–. ¿Cómo podía confesarle a Rita que me había equivocado? Tenía que ser fuerte. Ella había sido siempre una marioneta…, recuerde con cuánta facilidad se acostó conmigo cuando aún no estábamos casados.
–Por otro lado –dijo Harper–, recuerde con cuánta facilidad usted se acostó con ella.
Billings, que estaba cambiando la posición de sus manos, se puso rígido y volvió lentamente la cabeza para mirar a Harper.
–¿Pretende tomarme el pelo?
–Claro que no –respondió Harper.
–Entonces deje que lo cuente a mi manera –espetó Billings–. Estoy aquí para desahogarme. Para contar mi historia. No hablaré de mi vida sexual, si eso es lo que usted espera. Rita y yo hemos tenido una vida sexual muy normal, sin perversiones. Sé que a algunas personas les excita hablar de eso, pero no soy una de ellas.
–De acuerdo –asintió Harper.
–De acuerdo –repitió Billings, con ofuscada arrogancia. Parecía haber perdido el hilo de sus pensamientos, y sus ojos se desviaron, inquietos, hacia la puerta del armario, que estaba herméticamente cerrada.
–¿Prefiere que la abra? –preguntó Harper.
–¡No! –se apresuró a exclamar Billings. Lanzó una risita nerviosa–. ¿Qué interés podría tener en ver sus chanclos?
Y después de una pausa, dijo:
–El coco la mató también a ella. –Se frotó la frente, como si fuera ordenando sus recuerdos–. Un mes más tarde. Pero antes sucedió algo más. Una noche oí un ruido ahí dentro. Y después Shirl gritó. Abrí muy rápidamente la puerta… la luz del pasillo estaba encendida… y… ella estaba sentada en la cuna, llorando, y… algo se movió. En las sombras, junto al armario. Algo se deslizó.
–¿La puerta del armario estaba abierta?
–Un poco. Sólo una rendija. –Billings se humedeció los labios–. Shirl hablaba a gritos del coco. Y dijo algo más que sonó como «garras». Sólo que ella dijo «galas», sabe. A los niños les resulta difícil pronunciar la «erre». Rita vino corriendo y preguntó qué sucedía. Le contesté que la habían asustado las sombras de las ramas que se movían en el techo.
–¿Galochas? –preguntó Harper.
–¿Eh?
–Galas… galochas. Son una especie de chanclos. Quizás había visto las galochas en el armario y se refería a eso.
–Quizá –murmuró Billings–. Quizá se refería a eso. Pero yo no lo creo. Me pareció que decía «garras. –Sus ojos empezaron a buscar otra vez la puerta del armario–. Garras, largas garras –su voz se había reducido a un susurro.
–¿Miró dentro del armario?
–S-sí. –Las manos de Billings estaban fuertemente entrelazadas sobre su pecho, tan fuertemente que se veía una luna blanca en cada nudillo.
–¿Había algo dentro? ¿Vio al…?
–¡No vi nada! –chilló Billings de súbito. Y las palabras brotaron atropelladamente, como si hubieran arrancado un corcho negro del fondo de su alma–. Cuando murió la encontré yo, verá. Y estaba negra. Completamente negra. Se había tragado la lengua y estaba negra como una negra de un espectáculo de negros, y me miraba fijamente. Sus ojos parecían los de un animal embalsamado: muy brillantes y espantosos, como canicas vivas, como si estuvieran diciendo: «me pilló, papá, tú dejaste que me pillara, tú me mataste, tú le ayudaste a matarme».
Su voz se apagó gradualmente. Un solo lagrimón silencioso se deslizó por su mejilla.
–Fue una convulsión cerebral, ¿sabe? A veces les sucede a los niños. Una mala señal del cerebro. Le practicaron la autopsia en Hartford y nos dijeron que se había asfixiado al tragarse la lengua durante una convulsión. Y yo tuve que volver solo a casa porque Rita se quedó allí, bajo el efecto de los sedantes. Estaba fuera de sí. Tuve que volver solo a casa, y sé que a un crío no le atacan las convulsiones por una alteración cerebral. Las convulsiones pueden ser el producto de un susto. Y yo tuve que volver solo a la casa donde estaba eso. Dormí en el sofá –susurró–. Con la luz encendida.
–¿Sucedió algo?
–Tuve un sueño –contestó Billings–. Estaba en una habitación oscura y había algo que yo no podía…, no podía ver bien. Estaba en el armario. Hacía un ruido…, un ruido viscoso. Me recordaba un comic que había leído en mi infancia. Cuentos de la cripta. ¿Lo conoce? ¡Jesús! Había un personaje llamado Graham Ingles, capaz de invocar a los monstruos más abominables del mundo… y a algunos de otros mundos. De todos modos, en este relato una mujer ahogaba a su marido, ¿entiende? Le ataba unos bloques de cemento a los pies y lo arrojaba a una cantera inundada. Pero él volvía. Estaba totalmente podrido y de color negro verdoso y los peces le habían devorado un ojo y tenía algas enredadas en el pelo. Volvía y la mataba. Y cuando me desperté en mitad de la noche, pensé que lo encontraría inclinándose sobre mí. Con garras… largas garras…
El doctor Harper consultó su reloj digital embutido en su mesa. Lester Billings estaba hablando desde hacía casi media hora.
–Cuando su esposa volvió a casa –dijo–, ¿cuál fue su actitud respecto a usted?
–Aún me amaba –respondió Billings orgullosamente–. Seguía siendo una mujer sumisa. Ése es el deber de la esposa, ¿no le parece? La liberación femenina sólo sirve para aumentar el número de chalados. Lo más importante es que cada cual sepa ocupar su lugar… Su… su… eh…
–¿Su sitio en la vida?
–¡Eso es! –Billings hizo chasquear los dedos–. Y la mujer debe seguir al marido. Oh, durante los primeros cuatro o cinco meses que siguieron a la desgracia estuvo bastante mustia…, arrastraba los pies por la casa, no cantaba, no veía la TV, no reía. Yo sabía que se sobrepondría. Cuando los niños son tan pequeños, uno no llega a encariñarse tanto. Después de un tiempo hay que mirar su foto para recordar cómo eran, exactamente.
»Quería otro bebé –agregó, con tono lúgubre–. Le dije que era una mala idea. Oh, no de forma definitiva, sino por un tiempo. Le dije que era hora de que nos conformáramos y empezáramos a disfrutar el uno del otro. Antes nunca habíamos tenido la oportunidad de hacerlo. Si queríamos ir al cine, teníamos que buscar una babysitter. No podíamos ir a la ciudad a ver un partido de fútbol si los padres de ella no aceptaban cuidar a los críos, porque mi madre no quería tener tratos con nosotros. Denny había nacido demasiado poco tiempo después de que nos casamos, ¿entiende? Mi madre dijo que Rita era una zorra, una vulgar trotacalles. ¿Qué le parece? Una vez me hizo sentar y me recitó la lista de las enfermedades que podía pescarme si me acostaba con una tro… con una prostituta. Me explicó cómo un día aparecía una llaguita en la ver… en el pene, y al día siguiente se estaba pudriendo. Ni siquiera aceptó venir a la boda.
Billings tamborileó con los dedos sobre su pecho.
–El ginecólogo de Rita le vendió un chisme llamado DIU… dispositivo intrauterino. Absolutamente seguro, dijo el médico. Bastaba insertarlo en el…, en el aparato femenino, y listo. Si hay algo allí, el óvulo no se fecunda. Ni siquiera se nota. –Ni siquiera sabes que está allí. Y al año siguiente volvió a quedar embarazada. Vaya seguridad absoluta.
–Ningún método anticonceptivo es perfecto –explicó Harper–. La píldora sólo lo es en el noventa y ocho por ciento de los casos. El DIU puede ser expulsado por contracciones musculares, por un fuerte flujo menstrual y, en casos excepcionales, durante la evacuación.
–Sí. O la mujer se lo puede quitar.
–Es posible.
–¿Y entonces qué? Empieza a tejer prendas de bebé, canta bajo la ducha, y come encurtidos como una loca. Se sienta sobre mis rodillas y dice que debe ser la voluntad de Dios. Mierda.
–¿El bebé nació al finalizar el año que siguió a la muerte de Shirl?
–Exactamente. Un varón. Le llamó Andrew Lester Billings. Yo no quise tener nada que ver con él, por lo menos al principio. Decidí que puesto que ella había armado el jaleo, tenía que apañárselas sola. Sé que esto puede parecer brutal, pero no olvide cuánto había sufrido yo.
»Sin embargo terminé por cobrarle cariño, sabe. Para empezar, era el único de la camada que se parecía a mí. Denny guardaba parecido con su madre, y Shirley no se había parecido a nadie, excepto tal vez a la abuela Ann. Pero Andy era idéntico a mí.
»Cuando volvía de trabajar iba a jugar con él. Me cogía sólo el dedo y sonreía y gorgoteaba. A las nueve semanas ya sonreía como su papá. ¿Cree lo que le estoy contando?
»Y una noche, hete aquí que salgo de una tienda con un móvil para colgar sobre la cuna del crío. ¡Yo! Yo siempre he pensado que los críos no valoran los regalos hasta que tienen edad suficiente para dar las gracias. Pero ahí estaba yo, comprándole un chisme ridículo, y de pronto me di cuenta de que lo quería más que a nadie. Ya había conseguido un nuevo empleo, muy bueno: vendía taladros de la firma Cluett and Sons. Había prosperado mucho y cuando Andy cumplió un año nos mudamos a Waterbury. La vieja casa tenía demasiados malos recuerdos.
»Y demasiados armarios.
»El año siguiente fue el mejor para nosotros. Daría todos los dedos de la mano derecha por poder vivirlo de nuevo. Oh, aún había guerra en Vietnam, y los hippies seguían paseándose desnudos, y los negros vociferaban mucho, pero nada de eso nos afectaba. Vivíamos en una calle tranquila, con buenos vecinos. Éramos felices –resumió sencillamente–. Un día le pregunté a Rita si no estaba preocupada. Usted sabe, dicen que no hay dos sin tres. Contestó que eso no se aplicaba a nosotros. Que Andy era distinto, que Dios lo había rodeado con un círculo mágico.
Billings miró el techo con expresión morbosa.
–El año pasado no fue tan bueno. Algo cambió en la casa. Empecé a dejar los chanclos en el vestíbulo porque ya no me gustaba abrir la puerta del armario. Pensaba constantemente: ¿Y qué harás si está ahí dentro, agazapado y listo para abalanzarse apenas abras la puerta? Y empecé a imaginar que oía ruidos extraños, como si algo negro y verde y húmedo se estuviera moviendo apenas, ahí dentro.
»Rita me preguntaba si no trabajaba demasiado, y empecé a insultarla como antes. Me revolvía el estómago dejarlos solos para ir a trabajar, pero al mismo tiempo me alegraba salir. Que Dios me ayude, me alegraba salir. Verá, empecé a pensar que nos había perdido durante un tiempo cuando nos mudamos. Había tenido que buscarnos, deslizándose por las calles durante la noche y quizá reptando por las alcantarillas. Olfateando nuestro rastro. Necesitó un año, pero nos encontró. Ha vuelto, me dije. Le apetece Andy y le apetezco yo. Empecé a sospechar que quizá si piensas mucho tiempo en algo, y crees que existe, termina por corporizarse. Quizá todos los monstruos con los que nos asustaban cuando éramos niños, Frankenstein y el Hombre Lobo y la Momia, existían realmente. Existían en la medida suficiente para matar a los niños que aparentemente habían caído en un abismo o se habían ahogado en un lago o tan sólo habían desaparecido. Quizá…
–¿Se está evadiendo de algo, señor Billings?
Billings permaneció un largo rato callado. En el reloj digital pasaron dos minutos. Por fin dijo bruscamente:
–Andy murió en febrero. Rita no estaba en casa. Había recibido una llamada de su padre. Su madre había sufrido un accidente de coche un día después de Año Nuevo y creían que no se salvaría. Esa misma noche Rita cogió el autobús.
»Su madre no murió, pero estuvo mucho tiempo, dos meses, en la lista de pacientes graves. Yo tenía una niñera excelente que estaba con Andy durante el día. Pero por la noche nos quedábamos solos. Y las puertas de los armarios porfiaban en abrirse.
Billings se humedeció los labios.
–El niño dormía en la misma habitación que yo. Es curioso, además. Una vez, cuando cumplió dos años, Rita me preguntó si quería instalarlo en otro dormitorio. Spock u otro de esos charlatanes sostiene que es malo que los niños duerman con los padres, ¿entiende? Se supone que eso les produce traumas sexuales o algo parecido. Pero nosotros sólo lo hacíamos cuando el crío dormía. Y no quería mudarlo. Tenía miedo, despue´s de lo que les había pasado a Denny y a Shirl.
–¿Pero lo mudó, verdad? –preguntó el doctor Harper.
–Sí –respondió Billings. En sus facciones apareció una sonrisa enfermiza y amarilla–. Lo mudé.
Otra pausa. Billings hizo un esfuerzo por proseguir. –¡Tuve que hacerlo! –espetó por fin–. ¡Tuve que hacerlo! Todo había andado bien mientras Rita estaba en la casa, pero cuando ella se fue, eso empezó a envalentonarse. Empezó a… –Giró los ojos hacia Harper y mostró los dientes con una sonrisa feroz–. Oh, no me creerá. Sé qué es lo que piensa. No soy más que otro loco de su fichero. Lo sé. Pero usted no estaba allí, maldito fisgón.
»Una noche todas las puertas de la casa se abrieron de par en par. Una mañana, al levantarme, encontré un rastro de cieno e inmundicia en el vestíbulo, entre el armario de los abrigos y la puerta principal. ¿Eso salía? ¿O entraba? ¡No lo sé! ¡Juro ante Dios que no lo sé! Los discos aparecían totalmente rayados y cubiertos de limo, los espejos se rompían… y los ruidos… los ruidos…
Se pasó la mano por el cabello.
–Me despertaba a las tres de la mañana y miraba la oscuridad y al principio me decía: «Es sólo el reloj.» Pero por debajo del tic-tac oía que algo se movía sigilosamente. Pero no con demasiado sigilo, porque quería que yo lo oyera. Era un deslizamiento pegajoso, como el de algo salido del fregadero de la cocina. O un chasquido seco, como el de garras que se arrastraran suavemente sobre la baranda de la escalera. Y cerraba los ojos, pensando que si oírlo era espantoso, verlo sería…
»Y siempre temía que los ruidos se interrumpieran fugazmente, y que luego estallara una risa sobre mi cara, y una bocanada de aire con olor a coles rancias. Y que unas manos se cerraran sobre mi cuello.
Billings estaba pálido y tembloroso.
–De modo que lo mudé. Verá, sabía que primero iría a buscarle a él. Porque era más débil. Y así fue. La primera vez chilló en mitad de la noche y finalmente, cuando reuní los cojones suficientes para entrar, lo encontré de pie en la cama y gritando: «El coco, papá… el coco…, quiero ir con papá, quiero ir con papá.»
La voz de Billings sonaba atiplada, como la de un niño. Sus ojos parecían llenar toda su cara. Casi dio la impresión de haberse encogido en el diván.
–Pero no pude. –El tono atiplado infantil perduró–. No pude. Y una hora más tarde oí un alarido. Un alarido sobrecogedor, gorgoteante. Y me di cuenta de que le amaba mucho porque entré corriendo, sin siquiera encender la luz. Corrí, corrí, corrí, oh, Jesús María y José, le había atrapado. Le sacudía, le sacudía como un perro sacude un trapo y vi algo con unos repulsivos hombros encorvados y una cabeza de espantapájaros y sentí un olor parecido al que despide un ratón muerto en una botella de gaseosa y oí… –Su voz se apagó y después recobró el timbre de adulto–. Oí cómo se quebraba el cuello de Andy. –La voz de Billings sonó fría y muerta–. Fue un ruido semejante al del hielo que se quiebra cuando uno patina sobre un estanque en invierno.
–¿Qué sucedió después?
Oh, eché a correr –respondió Billings con la misma voz fría, muerta–. Fui a una cafetería que estaba abierta durante toda la noche. ¿Qué le parece esto, como prueba de cobardía? Me metí en una cafetería y bebí seis tazas de café. Después volví a casa. Ya amanecía. Llamé a la policía aun antes de subir al primer piso. Estaba tumbado en el suelo mirándome. Acusándome. Había perdido un poco de sangre por una oreja. Pero sólo una rendija.
Se calló. Harper miró el reloj digital. Habían pasado cincuenta minutos.
–Pídale una hora a la enfermera –dijo–. ¿Los martes y jueves?
–Sólo he venido a contarle mi historia –respondió Billings–. Para desahogarme. Le mentí a la policía ¿sabe? Dije que probablemente el crío había tratado de bajar de la cuna por la noche y…, se lo tragaron. Claro que sí. Eso era lo que parecía. Un accidente, como los otros. Pero Rita comprendió la verdad. Rita… comprendió… finalmente.
–Señor Billings, tenemos que conversar mucho –manifestó el doctor Harper después de una pausa–. Creo que podremos eliminar parte de sus sentimientos de culpa, pero antes tendrá que desear realmente librarse de ellos.
–¿Acaso piensa que no lo deseo? –exclamó Billings, apartando el antebrazo de sus ojos. Estaban rojos, irritados, doloridos.
–Aún no –prosiguió Harper afablemente–. ¿Los martes y jueves?
–Maldito curandero –masculló Billings después de un largo silencio–. Está bien. Está bien.
–Pídale hora a la enfermera, señor Billings. Adiós.
Billings soltó una risa hueca y salió rápidamente de la consulta, sin mirar atrás.
La silla de la enfermera estaba vacía. Sobre el secante del escritorio había un cartelito que decía «Vuelvo enseguida».
Billings se volvió y entró nuevamente en la consulta.
–Doctor, su enfermera ha…
Pero la puerta del armario estaba abierta. Sólo una pequeña rendija.
–Qué lindo –dijo la voz desde el interior del armario–. Qué lindo.
Las palabras sonaron como si hubieran sido articuladas por una boca llena de algas descompuestas.
Billings se quedó paralizado donde estaba mientras la puerta del armario se abría. Tuvo una vaga sensación de tibieza en el bajo vientre cuando se orinó encima.
–Qué lindo –dijo el coco mientras salía arrastrando los pies.
Aún sostenía su máscara del doctor Harper en una mano podrida, de garras espatuladas.

Vendrán lluvias suaves de Ray Bradbury

La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío. Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!
En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.
-Hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de Allendale, California -Repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.
En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.
-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!
Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”. Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta, y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.
A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.
Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.
“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.
De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.
Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.
Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.
Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.
Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.
Cuento de Ray BradburyLa casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.
El mediodía.
Un perro aulló, temblando, en el porche.
La puerta de calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.
Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.
El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.
Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.
Las dos, cantó una voz.
Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.
Las dos y cuarto.
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.
Las dos y treinta y cinco.
Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música.
Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.
Las cuatro y media.
Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.
Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.
De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.
Era la hora de los niños.
Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.
Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.
Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.
Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.
-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?
La casa estaba en silencio.
-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegiré un poema cualquiera.
Una suave música se alzó como fondo de la voz.
-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…
Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesara que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.

El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.
A las diez la casa empezó a morir.
Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.
La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto.
-¡Fuego! – gritó una voz.
Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:
– ¡Fuego, fuego, fuego!
La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.
La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.
Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.
El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.
Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.
De pronto, refuerzos.
De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.
El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.
Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.
La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corred, corred! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corred, corred, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.
En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…
Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!
Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.
En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de jamón, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.
El derrumbe. El altillo se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.
Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.
La aurora asomó débilmente por el este. Entre las ruinas se levantaba sólo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:
-Hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis, hoy es…
Martians Chronicles (1950). Crónicas marcianas, Traducción: Francisco Abelenda, Buenos Aires, Minotauro, 1955, págs. 119-123

https://narrativabreve.com/2013/10/cuento-breve-bradbury-lluvias-suaves.html

20 reglas y un pilón para escribir ficción. Tomado de Fb

Inspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing [Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar.
Les presentamos una selección de reglas para escribir ficción. La selección fue cortesía de la página Cultura impopular. 
Agradecemos el aporte a Gabriel Pérez Salazar.
1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.
PD James
2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.
Hilary Mantel
3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.
Jonathan Franzen
4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.
Geoff Dyer
5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.
Rose Tremain
6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.
Margaret Atwood
7. No añadas un falso romanticismo a tu “vocación”. O eres capaz de escribir o no. No hay un “estilo de vida del escritor”. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.
Zadie Smith
8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.
Roddy Doyle
9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.
Rose Tremain
10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.
Helen Dunmore
11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.
Neil Gaiman
12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.
David Hare
13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.
Hilary Mantel
14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.
Michael Moorcock
15. No intentes escribir para un “lector ideal”. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.
Joyce Carol Oates
16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.
Will Self
17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.
Zadie Smith
18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.
Sarah Waters
19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: “Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo”. Mi editor: “Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este”.
Geoff Dyer
20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.
Richard Ford
Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho “que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción”.

Dentista por Roberto Bolaño

      No era Rimbaud, sólo era un niño indio.
Lo conocí en 1986. En aquel año, por motivos que no vienen a cuento o que ahora me   parecen   banales ,   estuve unos   días   en   Irapuato ,   la capital  de las fresas, en casa de un amigo dentista que estaba pasando por un mal trance. En realidad, el que estaba mal era yo (mi novia había decidido romper abruptamente nuestra ya prolongada relación), pero cuando llegué a Irapuato, en donde supuestamente iba a tener tiempo para pensar en mi futuro y tranquilizarme, me encontré a mi amigo dentista, siempre tan discreto y ponderado, al borde de la desesperación.
Diez minutos después de haber llegado me contó que había matado a una paciente. Como no me cabía en la cabeza que un dentista pudiera matar a alguien, le rogué que se tranquilizara y me contara toda la historia. Ésta era simple, hasta donde pueden ser simples las historias de esta naturaleza, y de la narración más bien deshilvanada que de ella hizo mi amigo deduje que en modo alguno se le podía imputar la muerte de nadie. La historia me pareció, por otra parte, extraña. Mi amigo, además de trabajar en una clínica dental privada, que le producía sustanciosos dividendos, hacía horas extra en una especie de cooperativa médica abierta a los pobres y a los indigentes, que parece lo mismo, pero que para mi amigo, y sobre todo para los ideólogos de esta suerte de organismo benéfico de la salud, no era lo mismo. En la cooperativa sólo había dos dentistas y el trabajo  era arduo. Como la cooperativa carecía de consultorio dental,  atendían en sus respectivas consultas, en horarios no comerciales (fue la palabra que él empleó), mayormente de noche, y se hacían auxiliar por estudiantes de odontología solidarios, la mayoría izquierdistas, y con ganas de practicar.
La mujer muerta era una india vieja que acudió una noche con un absceso en la encía.   Mi amigo   no operó el  absceso, pero la cooperación se realizó en su consultorio. El responsable fue un estudiante y la mujer se desmayó y al estudiante le dio un ataque de nervios. Otro estudiante llamó a mi amigo por teléfono. Cuando mi amigo llegó al consultorio y quiso saber qué ocurría se encontró con un cáncer de  encía sajado por una mano torpe, y rápidamente se dio cuenta de que ya no podía hacer nada. Hospitalizaron a la mujer en el Hospital General de Irapuato, en donde murió al cabo de una semana.
Estos casos eran, por lo que me contó, bastante raros, digamos uno entre diez mil, y ningún  dentista en su sano juicio espera encontrarlos en su vida . Le dije que lo entendía , aunque la verdad es que no entendía nada, y esa noche salimos a tomar copas. Mientras recorríamos los bares de la ciudad, bares más bien de clase media alta, yo no podía dejar de pensar en la india vieja y en el cáncer que le estaba royendo la encía.
Mi amigo me volvió a explicar la historia, con algunos cambios sustanciales que atribuí al alcohol que por entonces habíamos ingerido, y luego nos subimos a su Volkswagen y nos fuimos a comer a una fonda de comidas corridas en los suburbios de Irapuato. El cambio de escenario era notable. Si antes no habíamos codeado con profesionales, funcionarios y comerciantes, ahora estábamos rodeados por obreros, desempleados, mendigos.
La melancolía de mi amigo, por otra parte, iba en aumento. A las doce de la noche comenzó a despotricar contra Cavernas. El pintor. Hacía algunos años mi amigo había comprado dos grabados suyos que lucía en un sitio de honor en una de las paredes de la sala de su casa. Un día en que por azar coincidió con el ubérrimo artista en una fiesta que daba otro dentista en su residencia de la Zona Rosa, un dentista dedicado, si no recuerdo mal, a recomponer la sonrisa de las estrellas del séptimo arte mexicano (en palabras de mi amigo), intentó hablar con él.
Al principio, Cavernas no sólo accedió a platicar sino que incluso, según mi amigo, lo hizo confidente involuntario de algunas intimidades de su vida. En algún momento de la noche Cavernas propuso compartir a una jovencita que, irrazonablemente, parecía más prendada del dentista que del artista. A mi amigo la jovencita le importaba un carajo y así se lo hizo saber. Al contrario, lo que quería no era una noche de amor a tres sino comprarle otro grabado a Cavernas, directamente, sin intermediarios, el que el pintor quisiera y al precio que el pintor pusiera, siempre y cuando el grabado contuviera una dedicatoria personal, del tipo «a Pancho, en recuerdo de una noche loca» o algo así.
A partir de ese momento la actitud de cavernas cambió. Me empezó  a mirar con ojos cruzados, comentó mi amigo. Me dijo que los dentistas no entendíamos una chingada de arte. Me preguntó si era maricón a secas o si por el contrario aquello era más bien una frivolidad pasajera. Mi amigo, por supuesto, tardó en darse cuenta de que Cavernas lo estaba insultando. Cuando quiso reaccionar, explicarle al pintor que su admiración era meramente la que sentía un amante del arte por la obra de un genio incomprendido de la pintura universal, Cavernas ya no estaba junto a él.
Tardó en encontrarlo. Mientras lo buscaba iba repasando mentalmente lo que pensaba decirle. Lo divisó en el balcón de la casa, en compañía de dos tipos con pinta de gángsters. Cavernas lo vio venir y les dijo algo a sus acompañantes. Mi amigo dentista sonrió. Los acompañantes de Cavernas también sonreían. Probablemente mi amigo estaba algo más borracho de lo que pensaba, de lo que quería recordar. Lo cierto es que el pintor lo recibió con un insulto y sus acompañantes lo cogieron de los brazos y de la cintura y lo suspendieron en el vacío. Mi amigo se desmayó.
Entre brumas recordaba que Cavernas había vuelto a llamarlo maricón, las risas de los hombres que lo sostenían, los automóviles aparcados en el cielo, un cielo gris parecido a la calle Sevilla. La certidumbre de que te mueres y de que te mueres por nada, por estupideces, y de que tu vida, la vida que estás a punto de perder, es también una sucesión de estupideces, es nada. Y hasta la certidumbre carece de dignidad.
Eso me dijo mientras bebíamos tequila en la fonda de comidas corridas, que por supuesto carecía de permiso para expender bebidas alcohólicas, en uno de los barrios bajos de Irapuato. Después se extendió en una argumentación cuyo eje central era el descrédito del arte. Los grabados de Cavernas, yo lo sabía, aún estaban colgados en su sala y no tenía noticias de que mi amigo hubiera realizado ningún gesto encaminado a venderlos. Cuando quise argüir que su affaire con Cavernas pertenecía a la historia particular y no a la historia del arte y que por lo tanto podía utilizar esa historia para el descrédito de los seres humanos pero no para el descrédito de los artistas y menos aún para el descrédito del arte, mi amigo puso el grito en el cielo.
El arte, dijo, es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, dijo, es la historia particular. Es la única historia particular posible. Es la historia particular y es al mismo tiempo la matriz de la historia particular. ¿Y qué es la matriz de la historia particular?, dije. Acto seguido pensé que me respondería: el arte. Y también pensé, y ése fue un pensamiento afable, que ya estábamos borrachos y que era hora de volver a casa. Pero mi amigo dijo: la matriz de la historia particular es la historia secreta.
Durante unos instantes me miró con los ojos brillantes. Pensé que la muerte de la india con el cáncer en la encía le había afectado mucho más de lo que en principio creí.
¿Y tú te preguntarás qué es la historia secreta?, dijo mi amigo. Pues la historia secreta es aquella que jamás conoceremos, la que vivimos día a día, pensando que vivimos, pensando que lo tenemos todo controlado, pensando que lo que se nos pasa por alto no tiene importancia. ¡Pero todo tiene importancia, buey! Lo que pasa es que no nos damos cuenta. Creemos que el arte discurre por esta acera y que la vida, nuestra vida, discurre por esta otra, y no nos damos cuenta de que es mentira.
¿Qué hay entre una acera y otra acera?, me preguntó. Algo le debí de responder, supongo, aunque no me acuerdo de qué dije porque en ese momento mi amigo vio a un conocido y lo saludó con la mano, desentendiéndose de mí. Recuerdo que el local en el que estábamos se había ido llenando de gente. Recuerdo las paredes con baldosas verdes, como si se tratara de un urinario público, y la barra en donde antes no había nadie y que ahora estaba llena de personajes de aspecto cansado o festivo o patibulario. Recuerdo a un ciego cantando una canción en una esquina del local o una canción que hablaba de un ciego. El humo, antes inexistente, flotaba por encima de nuestras cabezas. Entonces el amigo al que mi amigo había saludado con un gesto se acercó a nuestra mesa.
No tenía más de dieciséis años. Aparentaba menos. Era más bien bajo y su figura, que podía ser fuerte, tendía hacia lo redondo, hacia la eliminación de aristas. Vestía pobremente, aunque algo había en su ropa que no terminaba de cuajar, una cualidad movediza, como si la ropa estuviera diciendo algo incomprensible desde distintos sitios a la vez, y llevaba unos tenis gastados de tanto andar, unos tenis que en el círculo de mis amistades  o mejor dicho en el círculo de los hijos de   algunas de mis amistades estarían desde hace mucho tiempo sepultados en el closet o abandonados en un basurero.
Se sentó a nuestra mesa y mi amigo le dijo que pidiera lo que quisiera. Fue la primera vez que sonrió. No puedo decir que tuviera una bonita sonrisa sino más bien todo lo contrario: era la sonrisa de alguien desconfiado, la sonrisa de quien espera pocas cosas de los demás y todas malas. En ese momento cuan el adolescente se sintió con nosotros y exhibió su sonrisa fría, se me pasó por la cabeza la posibilidad de que mi amigo, que era unsoltero empedernido y que pudiendo haberse radicado desde hacía años en el DF había preferido no abandonar su ciudad natal de Irapuato, se hubiera vuelto homosexual o que siempre lo hubiera sido y sólo esa noche, precisamente la noche en que habíamos hablado de la muerte de la india y del cáncer en la encía, aflorara, fuera de toda lógica, una verdad oculta durante años. Pero pronto deseché esta idea y me concentré en el recién llegado o tal vez fueron sus ojos, en los que no había reparado hasta entonces, los que me obligaron a dejar a un lado mis temores (pues la posibilidad, incluso remota, de que mi amigo fuese homosexual en ese entonces me atemorizaba) y a dedicarme a la observación de aquel ser que parecía fluctuar entre la adolescencia y una niñez de espanto.
Sus ojos, cómo decirlo, eran potentes. Ése fue el adjetivo que se me ocurrió entonces, un adjetivo que evidentemente no ahondaba en la impresión real que sus ojos dejaban en el aire, en la frente de quien le sostuviera la mirada, una especie de dolor entre las cejas, pero no encuentro otro que sirva mejor a mis propósitos. Si su cuerpo tendía, como ya he dicho, a una redondez que los años acabarían concediéndole con rotundidad, sus ojos tendían hacia lo afilado, lo afilado en movimiento.
Mi amigo me lo presentó con no disimulada alegría. Se llamaba José Ramírez. Le tendí la mano (no sé por qué, no soy dado a estos formalismos, al menos no en un bar y de noche) y él vaciló antes de darme la suya. Cuando se la estreché mi sorpresa fue mayúscula. Su diestra, que esperaba suave y vacilante como la de cualquier adolescente, exhibía al tacto una acumulación de callosidades que le daba una apariencia de hierro, una mano no demasiado grande, de hecho, ahora que lo pienso, ahora que vuelvo a aquella noche en los suburbios de Irapuato, lo que aparece ante mis ojos es una mano pequeña, una mano pequeña rodeada u orlada por los exiguos resplandores del bar, una mano que surge de un lugar desconocido, como el tentáculo de una tormenta, pero dura, durísima, una mano forjada en el taller de un herrero.
Mi amigo sonreía. Por primera vez en ese  día le vi en el rostro un atisbo de felicidad, como si la presencia tangible ( con su figura redonda, sus ojos afilados y sus manos duras) de José Ramírez ahuyentara la culpa de la india con el cáncer en la boca, el malestar recurrente que el recuerdo del pintor Cavernas le provocaba. Como si adivinara la pregunta que estaba tentado de hacer y que sin embargo por una elemental cuestión de educación no haría, mi amigo dijo que había conocido a José Ramírez de forma profesional.
Tardé en entender que se refería a su consulta odontológica. Gratis, dijo entonces el muchacho, con una voz que, como sus manos y sus ojos, también se desdecía del resto de su cuerpo. En la consulta de la cooperativa, dijo mi amigo. Le empasté siete muelas, un trabajo fino. José Ramírez asintió y bajó los ojos. Fue como si de nuevo se transformara en lo que de verdad era, un muchacho de dieciséis años. Recuerdo que después pedimos más bebidas y que José Ramírez se comió un plato de chilaquies aunque mi amigo insistió en que pidiera lo que quisiera, que él invitaba).
Durante todo el rato que aún permanecimos en la fonda la conversación se mantuvo entre ellos dos y yo me quedé al margen. A veces oía sus palabras: hablaban de arte, es decir mi amigo había retomado la historia de Cavernas, que mezclaba arbitrariamente con la india muerta en una cama de hospital, en medio de dolores espantosos, o tal vez no, talvez había sido anestesiada, tal vez alguien le aplicaba morfina regularmente, pero la imagen era ésa, la india, apenas un bulto minúsculo, abandonada en una cama de hospital en Irapuato, y la risa de Cavernas y sus grabados que colgaban perfectamente enmarcados en la sala del dentista, una sala, y por ende una casa, que el joven Ramírez había visitado, según deduje de las palabras de mi amigo, y donde había visto los grabados de Cavernas, las joyas de su pinacoteca particular, y le habían gustado.
En algún momento nos fuimos de allí. Mi amigo pagó y encabezó la marcha hacia la puerta de salida. No estaba tan borracho como yo creía y no hizo falta que le sugiriera que cambiáramos de asiento, que me dejara conducir a mí. Recuerdo otros lugares, lugares en los que no nos quedábamos demasiado tiempo, y finalmente recuerdo un enorme lote baldío, una calle sin pavimentar que terminaba en el campo y en donde José Ramírez se bajó del coche y se despidió de nosotros sin darnos la mano.
Dije que me parecía extraño que el muchacho viviera allí, donde no había casas, sólo oscuridad y tal vez la silueta de un cerro, al fondo, apenas recortada por la luna. Dije que lo acompañáramos un trecho. Mi amigo (al hablar no me miró, tenía las manos sobre el volante y su actitud era de cansancio y calma) replicó que no podíamos acompañarlo, que no me preocupara, que el chavo conocía muy bien el camino. Luego encendió el motor, puso las luces largas y pude ver, antes de que el coche empezara a recular, un paisaje irreal, como en blanco y negro, compuesto de árboles raquíticos, malezas, una senda de carretas, un híbrido entre el basurero y la estampa bucólica típicamente mexicana.
Ni rastro del muchacho.
Después volvimos a casa y me costó conciliar el sueño. En la habitación de huéspedes había un cuadro de un pintor irapuatense, un paisaje impresionista en donde se adivinaba una ciudad y un valle y en donde predominaba una extensa gama de amarillos. Creo que el cuadro tenía algo maligno. Recuerdo que daba vueltas en la cama, cansado e insomne, y que por la ventana entraba una débil luz que literalmente encendía el paisaje y lo hacía ondular. No era un buen cuadro. No era el cuadro el que me obsesionaba, el que no me dejaba dormir, el que me llenaba de una tristeza imprecisa e irremediable, aunque de buena gana me hubiera levantado a descolgarlo y a ponerlo de cara a la pared. De buena gana hubiera regresado esa misma noche al DF.
Al día siguiente me levanté tarde y no vi a mi amigo hasta la hora de la comida. En la casa sólo estaba la mujer que iba cada día a hacerle la limpieza y decidí que lo mejor era salir y dar una vuelta por la ciudad. Irapuato no es una ciudad hermosa, pero nadie puede negar el encanto de sus calles, la atmósfera de tranquilidad que se respira en el centro, en donde los irapuatenses fingen preocupaciones que a los nativos del DF nos parecen meras distracciones. Como no tenía nada que hacer, después de desayunar un jugo de naranja en una cafetería me dediqué a leer el periódico sentado en un banco, mientras a mi lado pasaban estudiantes de secundaria o empleados públicos con una clara vocación para el ocio y la conversación irrelevante.
Qué lejos me parecieron entonces, y por primera vez desde que había iniciado el viaje, mis problemas sentimentales del DF. Hasta pájaros había en aquella plaza de Irapuato. Más tarde pasé por una librería (me costó encontrar una), en donde compré un libro con ilustraciones de Emilio Carranza, un paisajista nacido en El Hospital, una aldea o un ejido cercano a Irapuato, y que supuse le haría gracia a mi amigo dentista, a quien pensaba regalárselo.
Nos encontramos a las dos de la tarde. Fui a buscarlo a su consulta. La secretaria me pidió amablemente que lo esperara, que a última hora había tenido una visita imprevista y que no tardaría en desocuparse. Me senté en la sala de espera y me puse a leer una revista. No había nadie. El silencio, no ya sólo en la consulta de mi amigo sino en todo el edificio, era casi total. Por un momento pensé que lo que había dicho la secretaria era una mentira, que mi amigo no estaba allí, que había ocurrido algo malo y que las instrucciones expresas que había dejado antes de salir a toda prisa eran de no darme motivos de alarma. Me levanté, di unos pasos por la sala de espera, me sentí, como era lógico, ridículo.
En la recepción la secretaria ya no estaba. Quise coger el teléfono y hacer una llamada, pero fue un impulso del todo automático, pues ¿a quién iba a llamar en una ciudad en donde no conocía a nadie? Me arrepentí mil veces de haber ido a Irapuato, maldije mi sensibilidad atrofiada, me prometí que nada más volver al DF encontraría una mujer inteligente y hermosa, pero sobre todo práctica, con la que me casaría al cabo de un noviazgo corto, exento de gestos desmesurados. Me senté en la silla de la secretaria y traté de calmarme. Durante un rato contemplé la máquina de escribir, el libro en donde estaban anotadas las visitas, un recipiente de madera lleno de lápices, clips y gomas de borrar que parecían estar en perfecto orden, lo que me pareció imposible pues nadie en su sano juicio ordena clips (lápices y gomas, sí, pero no clips), hasta que la visión involuntaria de mis manos temblando sobre la máquina de escribir propició que me levantara de un salto y, ya sin dudarlo, acudiera a buscar, con el corazón batiéndome el pecho, a mi amigo.
La educación, sin embargo, es a veces más fuerte que un repentino ataque de nervios. Mientras abría puertas y arremetía hacia el interior del consultorio llamándolo en voz alta, recuerdo que al mismo tiempo iba pensando en la excusa que le iba a dar cuando lo encontrara, si es que lo encontraba. Aún hoy no sé qué me pasó aquella tarde. Probablemente fue la última manifestación exterior de mi malestar o de mi tristeza, malestar y tristeza que traía del DF y que se evaporó en Irapuato.
Mi amigo, por supuesto, estaba en su consulta, y junto con él vi a una paciente, una mujer de unos treinta años, de porte distinguido, y su enfermera, una muchacha de pequeña estatura, de rasgos mestizos, a la que hasta ese momento no había visto. Ninguno de los tres pareció sorprenderse de mi aparición. Ahorita termino, dijo mi amigo sonriéndome.
Más tarde, al explicarle lo que había sentido en su consulta (es decir: aprensión, miedo, una angustia que subía incontrolada), mi amigo declaró que a él solía ocurrirle algo parecido en los edificios aparentemente vacíos. Comprendí que sus palabras eran básicamente benévolas conmigo y traté de no pensar más en ello. Pero cuando mi amigo se ponía a hablar no había quien lo parara y durante la comida, que duró de las tres hasta las seis de la tarde, se dedicó a darle vueltas al tema: los edificios aparentemente vacíos, es decir los edificios que uno cree que están vacíos, y uno cree eso porque no oye ruido alguno, pero que en realidad no están vacíos, y eso uno también lo sabe, aunque los sentidos, el oído, la vista, le digan que está vacío. Y entonces la angustia, el miedo, no obedecen a lo que uno cree que obedecen, es decir al hecho de encontrarse en el interior de un edificio vacío, ni siquiera al hecho, nada fantástico, de creerse atrapado o encerrado en el interior de un edificio vacío, sino a que uno sabe, en lo más profundo uno sabe, que no existen edificios vacíos, que en los chingados edificios vacíos siempre hay alguien que se nos hurta a nuestra mirada y que no hace ruidos, y a eso se reduce todo, a que no estamos solos, dijo mi amigo dentista, a que ni siquiera estamos solos cuando todo nos indica de forma razonable que lo estamos.
Y después dijo: ¿sabes cuándo estamos solos de verdad? En las multitudes, le dije pensando que así le seguía la corriente, pero no, no era en las multitudes, eso debí de imaginarlo, sino tras la muerte, la única soledad mexicana, la única soledad de Irapuato.
Esa noche nos emborrachamos. Le entregué mi regalo, dijo que no conocía al pintor Carranza, salimos a comer y nos emborrachamos.
Empezamos con las cantinas del centro de la ciudad y luego volvimos al extrarradio, en donde habíamos estado la noche anterior y donde habíamos encontrado al joven Ramírez. Recuerdo que en algún momento de nuestro errático periplo pensé que mi amigo buscaba a Ramírez. Se lo dije. Respondió que no era cierto. Le dije que conmigo podía hablar con franqueza, que cualquier cosa que me dijera iba a quedar entre nosotros dos. Dijo que siempre había hablado con franqueza conmigo y al cabo de un rato añadió mirándome a los ojos que no tenía nada que ocultar. Le creí. Pero la impresión de que buscaba al joven campesino persistió. Esa noche nos acostamos tarde, cerca de las seis de la mañana. En algún momento mi amigo dentista se puso a recordar nuestra juventud, cuando ambos estudiábamos en la UNAM y ambos admirábamos la obra de Elizondo con un fervor ciego. Yo estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras y él en Odontología y nos conocimos en el cineclub de mi facultad, durante el coloquio posterior a una película de un director boliviano, supongo que sería Sanjinés.
Durante el coloquio mi amigo se levantó y fue no sé si el único pero sí el primero en decir que la película no le había gustado y en decir por qué. A mí tampoco me había gustado, pero entonces jamás lo hubiera admitido. La amistad entre ambos fue espontánea: esa misma noche supe de su admiración por Elizondo, que yo también profesaba, y durante el segundo verano ambos quisimos emular a los personajes de Narda o el verano alquilando una casita cerca del mar en Mazatlán, que si bien no era la costa italiana, con un poco de imaginación y voluntad podía llegar a parecérsele.
Después crecimos y nuestras aventuras juveniles nos parecieron más bien detestables. Los jóvenes mexicanos de clase media alta estamos condenados a imitar a Salvador Elizondo que a su vez imita a un inimitable Klossowski o a engordar lentamente en el comercio o en la burocracia o a dar palos de ciego en organizaciones vagamente de izquierdas, vagamente caritativas. Entre Elizondo, cuya obra ya no releía, y el pintor Cavernas, se consumía nuestra hambre inagotable, y con cada bocado que dábamos éramos más pobres, más flacos, más feos, más ridículos. Después mi amigo volvió a Irapuato y yo me quedé en el DF y de alguna manera ambos procuramos desinteresarnos del lento naufragio de nuestras vidas, del lento naufragio de la estética, de la ética, de México y de nuestros chingados sueños.
Pero conservamos la amistad y eso importaba. Y ahí estábamos hablando de nuestra juventud, bastante borrachos, y de repente mi amigo recordó a la india vieja que se le había muerto de cáncer en la encía y recordó nuestra conversación sobre la historia del arte y la historia particular y habló de las dos aceras (un tema del que yo apenas recordaba nada) y finalmente llegó a la fonda de comidas corridas en donde habíamos encontrado a José Ramírez, que era precisamente adonde quería llegar, y me preguntó qué pensaba de él, aunque lo preguntó de tal forma que yo no supe si se refería al adolescente indio o a sí mismo, y para curarme en salud le dije que no pensaba nada, o tal vez hice un gesto que podía significar cualquier cosa, y mi amigo acto seguido me preguntó si creía, si se me había pasado por la cabeza la idea de que entre José Ramírez y él pudiera haber algo, esos sobrentendidos atroces y tan mexicanos, y yo dije no por Dios, mano, cómo se te ocurre, no te azotes, tal vez ahora exagero, mi memoria exagera, tal vez no exagero, tal vez entonces se abrió el agujero real, el que había presentido en el edificio falsamente vacío, el que había entrevisto cuando el indio adolescente se acercó a nosotros la primera vez, justo mientras hablábamos o mi amigo hablaba o peroraba sobre la india muerta, ese cadáver cada vez más pequeño, y entonces todo se me cruzó, posiblemente debido a la borrachera, nuestra juventud evocada, nuestras lecturas, Nada o el verano, de Elizondo, una gloria nacional, nuestro verano imaginario y voluntarioso en Mazatlán, mi novia que sorpresivamente decidía torcer el rumbo a su soberana discreción, los años, Cavernas y la pinacoteca de mi amigo, mi viaje a Irapuato, las calles de Irapuato tan tranquilas, la misteriosa decisión de mi amigo de radicarse allí, de ejercer allí, en la ciudad natal, cuando lo normal hubiera sido…
Y entonces él dijo: tienes que conocer a José. Hizo hincapié en el verbo conocer. Tienes que conocerlo. Y: yo no soy. No soy de ésos. Ya sabes. Yo no. Y luego habló de la india muerta y del trabajo en la cooperativa. Y dijo: yo no. Yo no, por supuesto, ¿verdad? Verdad, dije yo. Y luego cambiamos de bar y en el camino él dijo: mañana. Y yo supe que no era su borrachera, que mañana lo recordaría y que una promesa era una promesa, ¿verdad? Verdad. Y entonces, buscando para variar otro tema, le referí una ocasión, cuando yo era niño, en que me quedé encerrado en el elevador de mi edificio. Entonces estuve solo de verdad, dije. Y mi amigo me escuchó con una sonrisa, como diciéndose vaya pendejete estás hecho, qué hubo con todo ese titipuchal de años en el DF, con todo ese titipuchal de libros leídos y estudiados y enseñados en donde quiera que tú enseñes. Pero yo insistí. Estuve solo. Durante mucho tiempo. A veces todavía siento (muy raramente, para qué más que la verdad) lo que sentí en el interior del elevador. ¿Y sabes por qué? Mi amigo hizo un gesto que quería decir que prefería no saberlo. Igual se lo dije: porque era niño. Recuerdo su respuesta. Me daba la espalda, buscaba el lugar en donde había dejado estacionado el coche. Pendejadas, dijo. Mañana vas a ver lo que es bueno de verdad.
Y al día siguiente no había olvidado nada. Al contrario, recordaba cosas que yo ya había olvidado. Por la forma como habló de José Ramírez parecía su tutor. Recuerdo que esa noche nos vestimos como si fuéramos a ir de putas o de cacería, mi amigo con una chaqueta de pana marrón y yo con una chaqueta de cuero que traje pensando en alguna excursión al campo.
Iniciamos la excursión tomando un par de whiskys en el centro, en un local en penumbra que olía a after-shave. Después nos fuimos directamente a los barrios que solía frecuentar José Ramírez. Estuvimos en un par de cafeterías ruinosas en la fonda de comidas corridas (en donde intentamos comer aunque ninguno de los dos tenía hambre), en una cantina llamada El Cielo. Ni rastro del adolescente indio.
Cuando ya habíamos dado la noche por perdida, una noche extraña en la que casi no habíamos cruzado palabra, lo vimos o lo adivinamos caminando por una acera mal iluminada. Mi amigo tocó el claxon y dio la vuelta con una maniobra temeraria. Ramírez nos esperaba quieto en una esquina. Bajé la ventanilla y lo saludé. Por encima de mí salió la cabeza de mi amigo y lo invitó a subir. El adolescente entró en el coche sin decir una palabra. Mis recuerdos del resto de aquella noche son festivos. Irreflexivamente festivos. Parecía que celebráramos el cumpleaños del joven que iba con nosotros. Parecíamos sus padres. Parecíamos sus padrotes. Parecíamos dos mexicanos blancos tristes guardando las espaldas de un mexicano indio incomprensible. Nos reíamos. Bebíamos y nos reíamos y nadie osó acercarse a nosotros o burlarse de nosotros porque si mi amigo no lo hubiera matado lo hubiera hecho yo.
Y oímos la historia o los retazos de historia de José Ramírez, una historia que entusiasmaba a mi amigo y que a mí, pasados los primeros momentos de perplejidad, también me entusiasmó, pero que luego, a medida que llegábamos a las vertientes desconocidas de la noche, como dice un poema de Poe, se fue desdibujando, como si las palabras del adolescente indio no encontraran un asidero válido en nuestra memoria, y es por eso que apenas recuerdo sus palabras. Sé, porque lo dijo él, que había participado en un taller de poesía, un taller de poesía gratuito, más o menos como la cooperativa medica de los pobres, solo que en versión literaria, y que Ramírez no escribió ni un solo poema, algo que hizo retorcerse de risa a mi amigo dentista y que yo no entendí, no le veía la gracia, hasta que me explicaron que Ramírez escribía narrativa. Cuentos, no poemas. Entonces pregunté por qué no se había matriculado en un taller de narrativa. Y mi amigo dentista dijo: porque no había ningún taller de narrativa. ¿Comprendes? En este pueblo de mierda sólo se enseña gratis la poesía. ¿Comprendes?
Y  luego Ramírez habló de su familia, o tal vez fue el dentista el que habló de la familia de Ramírez, y sobre ésta no había nada que decir. ¿Comprendes? Nada. Y yo no entendí gran cosa, aunque por no quedarme al margen hablé de los edificios vacíos y del engaño, pero mi amigo me hizo callar con un gesto. Nada que decir. Campesinos. Muertos de hambre. Ni una sola señal. ¿Comprendes? Y yo dije que sí con la cabeza, por no llevar la contraria, pero en realidad no comprendía nada. Y luego mi amigo afirmó que pocos escribían como escribía el joven que estaba a nuestro lado. Verdad de Dios: muy pocos. Y a partir de ese momento se embarcó en una exégesis de Ramírez que me dejó helado.
Superior a todos, dijo. Los narradores mexicanos parecían niños de pecho comparados con este adolescente más bien gordo e inexpresivo y con las manos endurecidas por el trabajo en el campo. ¿Pero qué campo?, dije yo. El campo que nos rodea, dijo el dentista y con su mano hizo un movimiento circular, como si Irapuato fuera una avanzada en tierra salvaje, un fuerte en medio del territorio apache. Y entonces yo miré de reojo al adolescente, lo miré con miedo, y vi que estaba sonriendo, y luego mi amigo empezó a contarme un cuento de Ramírez, un cuento sobre un niño que tenía muchos hermanos pequeños que cuidar, ésa era la historia, al menos al principio, aunque luego el argumento daba un giro y se pulverizaba a sí mismo, el cuento se convertía en una historia sobre el fantasma de un pedagogo encerrado en una botella, y también en una historia sobre la libertad individual, y aparecían otros personajes, dos merolicos más bien canallas, una veinteañera drogadicta, un coche inútil abandonado en la carretera que servía de casa a un tipo que leía un libro de Sade. Y todo en un cuento, dijo mi amigo.
Y yo, que por educación hubiera podido decir que estaba bien, que sonaba interesante, dije que era necesario leerlo para poder formarme una opinión cabal. Eso fue lo que dije, pero igual hubiera podido decir lo contrario y me habría salvado. Y entonces mi amigo se levantó y le dijo a Ramírez que fuéramos a buscar los textos. Recuerdo que Ramírez lo miró, sin levantarse, y luego me miró a mí y luego sin decir nada se levantó. Yo hubiera podido protestar. Hubiera podido decir que no era necesario. Pero para entonces ya estaba helado y nada me importaba, aunque desde dentro, desde muy adentro, veía los gestos que hacíamos, los gestos que orquestábamos con una perfección casi sobrenatural, y aunque sabía que la dirección hacia la que éstos nos empujaban no entrañaba un peligro real para nosotros, también sabía que de alguna manera entrábamos en un territorio en donde éramos vulnerables y de donde no saldríamos sin haber pagado un peaje de dolor o de extrañamiento, un peaje que a la larga íbamos a lamentar.
Pero nada dije y salimos del bar y montamos en el coche de mi amigo y nos perdimos por las calles que marcaban los límites de Irapuato, calles sólo recorridas por coches de la policía y por autobuses nocturnos y que, según mi amigo, que conducía en un estado de exaltación, Ramírez recorría a pie cada noche o cada amanecer, cuando volvía a casa después de sus incursiones urbanas. Yo preferí no añadir ni un sólo comentario más y me dediqué a mirar las calles débilmente iluminadas y la sombra de nuestro coche que a fogonazos se proyectaba en los altos muros de fábricas o almacenes industriales abandonados, vestigios de un pasado ya olvidado en el que se intentó industrializar la ciudad. Luego salimos a una especie de barrio añadido a aquel amasijo de edificios inútiles. La calle se estrechó. No había alumbrado público. Oí el ladrido de los perros. Puro hijos de Sánchez, ¿no, mano?, dijo el dentista. No le respondí. Detrás de mí oí la voz de Ramírez que decía que doblara a la derecha y que siguiera recto.
Las luces del coche barrieron dos casuchas miserables protegidas por una cerca de madera y alambre y un camino de tierra y en un segundo ya estábamos en algo que parecía el campo pero que también hubiera podido ser un basurero. A partir de allí seguimos a pie, en fila india, con Ramírez abriendo la marcha, seguido por el dentista y por mí. A lo lejos distinguí una carretera, las luces de los coches que se deslizaban irremediablemente ajenos a nosotros, aunque en sus desplazamientos lejanos creí encontrar una similitud —atroz, ciertamente— con nuestro destino. Vi la silueta de un cerro. Intuí un movimiento en la oscuridad, entre unos arbustos, y sin dudarlo lo atribuí a ratas cuando muy bien hubieran podido ser pájaros. Después salió la luna y vi casitas solitarias que se alzaban en las faldas del cerro y más allá de éste un campo oscuro, labrado, que se extendía hasta un recodo de la carretera en donde, como una protuberancia artificial, se alzaba un bosque. De pronto oí la voz del adolescente que le decía algo a mi amigo y nos detuvimos. De la nada había surgido su casa, una casa de muros amarillos o blancos, con el techo bajo, como todas las tristes casas que soportaban la noche en las afueras de Irapuato.
Durante un instante los tres nos quedamos quietos, yo diría que hechizados, contemplando la luna o mirando compungidos la exigua vivienda del adolescente o tratando de descifrar los objetos que se amontonaban en el patio: sólo distinguí con certeza un huacal. Después entramos en un cuarto de techo bajo que olía a humo y Ramírez encendió una luz. Vi una mesa, aperos de campo apoyados en la pared, un niño durmiendo en un sillón.
El dentista me miró. Sus ojos brillaban de excitación. En aquel instante me pareció indigno lo que estábamos haciendo: un pasatiempo nocturno sin otra finalidad que la contemplación de la desgracia. La ajena y la propia, reflexioné.  Ramírez arrimó dos sillas de madera y luego desapareció tras una puerta que parecía abierta a golpes de hacha. No tardé en comprender que aquella habitación era un añadido reciente en la vivienda. Nos sentamos y esperamos. Cuando volvió a aparecer cargaba una resma de papeles de más de cinco centímetros de grosor. Con aire reconcentrado se sentó junto a nosotros y nos alcanzó los papeles. Lean lo que quieran, susurró. Miré a mi amigo. Este ya había cogido un cuento de entre los papeles y ordenaba cuidadosamente las hojas. Le dije que me parecía más indicado llevarnos los textos y leerlos en el confort de su casa. Probablemente no fuera así. Pero eso es lo que pienso ahora, no consigo ver la escena de otra manera, yo diciendo que mejor nos fuéramos, que pospusiéramos la lectura a un ambiente más agradable, y el dentista como un condenado a muerte mirándome con dureza y ordenándome que escogiera un cuento al azar y que de una chingada vez me pusiera a leer.
Y eso hice. Bajé los ojos avergonzado y escogí un cuento y me puse a leer. El cuento tenía cuatro páginas, tal vez lo escogí por eso, por su brevedad, pero cuando lo acabé tenía la impresión de haber leído una novela. Miré a Ramírez. Estaba sentado frente a nosotros   y   daba   cabezadas de sueño .   Mi  amigo siguió mi mirada y susurró que el joven escritor se levantaba muy temprano cada día. Asentí con la cabeza y cogí otro cuento. Cuando volví a mirar a Ramírez éste dormía con la cabeza apoyada en los brazos. Yo también había sentido ramalazos de sueño, pero ahora me sentía completamente despierto, completamente sobrio. Mi amigo me alcanzó otro cuento. Lee éste, susurró. Lo dejé a un lado. Terminé el que estaba leyendo y me puse a leer el que me había dado el dentista.
Cuando estaba acabando el último de los cuentos que leí aquella noche se abrió la otra puerta y apareció un tipo que debía de tener nuestra edad pero que parecía mucho mayor y que nos sonrió antes de salir al patio con andares silenciosos. Es el papá de José, dijo mi mi amigo. O fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos dijo mi amigo. Oí fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos, el ruido de alguien que orina al aire libre. En otra situación esto hubiera bastado para que permaneciera alerta, absorto únicamente en descifrar y en cierta manera en conjurar aquellos sonidos, pero lo que hice fue seguir leyendo.
Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. Pero, en fin, digamos, para entendernos, que en un momento dado yo di por finiquitada mi lectura. Mi amigo ya hacía rato que no leía. Su apariencia traslucía cansancio. Le dije que podíamos irnos. Antes de levantarnos los dos miramos el plácido sueño de Ramírez. Al salir vimos que estaba amaneciendo. En el patio no había nadie y los campos de alrededor parecían yermos. Me pregunté dónde estaría el padre. Mi amigo me indicó su coche y me hizo notar lo extraño que resultaba que el coche no resultara extraño en aquel marco. Un marco incomparable, dijo ya no en un susurro. Su voz me sonó extraña: se había enronquecido, como si hubiera pasado la noche dando gritos. Vamos a desayunar, dijo. Asentí. Vamos a hablar sobre lo que nos ha pasado, dijo.
Al abandonar esos andurriales comprendí, sin embargo, que poco era lo que podíamos decir sobre nuestra experiencia de aquella noche. Ambos nos sentíamos felices, pero supimos sin asomo de duda —y sin necesidad de decírnoslo— que no éramos capaces de reflexionar o de discernir sobre la naturaleza de lo que habíamos vivido.
Cuando llegamos a casa, mientras yo servía dos whiskys antes de irnos a dormir, mi amigo se quedó quieto mirando sus Cavernas colgados de la pared. Puse su vaso en la mesa y   me   estiré en  el sillón. No dije nada. El dentista   observó  sus grabados primero con   los brazos en jarra y luego con una mano apoyada en el mentón y finalmente meciéndose el pelo. Me reí. Él también se rió. Por un momento se me pasó por la cabeza que iba a coger el cuadro e iba a proceder a destrozarlo meticulosamente. Pero en lugar de eso se sentó junto a mí y se bebió su whisky. Luego nos fuimos a dormir.
No mucho. Unas cinco horas. Y yo soñé con la casa del joven Ramírez. La vi erguirse en medio del erial y del basurero y del páramo mexicano, tal cual era, desposeída de todo ornato. Tal como la había entrevisto durante esa noche decididamente literaria. Y comprendí durante un segundo escaso el misterio del arte, su naturaleza secreta. Pero luego apareció en el mismo sueño el cadáver de la vieja india muerta de un cáncer en la encía y olvidé todo. Creo que la estaban velando en la casa de Ramírez.
Cuando me levanté le conté el sueño o lo que recordaba del sueño al dentista. Tienes mala cara, me dijo. En realidad el que tenía mala cara era él, aunque yo preferí no decirle nada. Pronto descubrí que estaba mejor solo. Al anunciarle que iba a dar una vuelta por la ciudad vi una expresión de alivio en su rostro. Esa tarde fui al cine y me dormí en mitad de la película. Soñé que nos suicidábamos o que obligábamos a otros a suicidarse. Cuando llegué a casa mi amigo me estaba esperando. Salimos a cenar y tratamos de hablar de lo que nos había pasado el día anterior. Fue en vano. Terminamos hablando de algunos amigos del DF, gente que creíamos conocer y que en realidad eran unos perfectos desconocidos. La cena, contra todo pronóstico, fue placentera.
Al día siguiente, era un sábado, lo acompañé a su consultorio, en donde tenía que trabajar para la cooperativa médica de los pobres durante un par de horas. Es mi aportación a la comunidad, mi trabajo voluntario, me dijo con resignación  mientras subíamos a su coche. Yo pensaba marcharme el domingo para el DF y algo en mi interior me decía que pasara junto a mi amigo el máximo de horas posible pues no sabía cuánto tiempo iba a transcurrir hasta que lo volviera a ver.
Durante mucho rato (un tiempo que ya no me atrevo a medir) estuvimos esperando, el dentista, un estudiante  de odontología y yo, a que apareciera un cliente, pero nadie apareció.

http://www.literatura.us/bolano/dentista.html

El asesino de stephen king

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
–¿Quién Soy? –le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.
–¿Quién soy? ¿Quién soy? – gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. “¿Quién soy?” , le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
“¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!” – bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revólver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. “¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quién soy!”
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro…
Les observaron cómo cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. “Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando”, dijo el guarda.
“No lo entiendo”, dijo el segundo, rascándose la cabeza. “Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era”.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien.”
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.