El Cáucaso de Ivan Bunin

Iván Bunin (1870-1953)  Premio Nobel de Literatura  1933,   primer nobel de su país, que  a pesar de su calidad literaria, -por complejas razones de tipo  sociológico e histórico, señaladas en el prólogo de esta edición-, es menos conocido que otros grandes escritores rusos. Era leído y admirado por Rilke, Mann o Gide… y más discretamente por escritores de la Unión Soviética que él había abandonado  en 1919 convirtiéndose en “un traidor emigrado”.

Poeta y narrador estuvo políticamente vinculado a los naródniki  por su posición crítica frente al zarismo, aunque no aceptaron, tras la revolución,el sistema comunista. Antes de 1917 era ya famoso  en Rusia por  los relatos, precisos e intensos, en los que bajo un realismo aparente – de las personas, de las situaciones, de los objetos…- flota lo sutil misterioso que es  vivir; En Gramática de amor y también en otros cuentos ,  lo cotidiano bordea con  natural sencillez lo sagrado,lo insondable y sacude con fuerza al lector, por el dominio técnico de la narración corta que desarrolla   con la precisión,  la exactitud  y el ritmo de un poema.

El Cáucaso  pone de manifiesto la maestría  de Bunin: su  aguda  capacidad de observación  y  fina sensibilidad poética y psicológica; en la narración  suenan al principio ecos  de Tolstoi -a quien admiraba sobre todos-, pero a medida que avanza el cuento,  la sutileza, la levedad de lo tenue  y expresivo, recuerdan a Chéjov, de quien en principio se sintió lejano al considerarle excesivamente moderno,pero desde finales de siglo trató  asiduamente  y supo valorar. 

EL CÁUCASO

 

Cuando llegué a Moscú me alojé furtivamente en una oscura casa de huéspedes situada en un callejón próximo al Arbat, y allí entre un encuentro con ella y el siguiente, llevé la tediosa existencia de un recluso. Durante esos días ella sólo vino a verme en tres ocasiones; siempre llegaba apresurada diciendo:

-Sólo puedo quedarme un minuto… 

Estaba pálida, con la delicada palidez propia de las mujeres enamoradas e inquietas, y hablaba con voz entrecortada; nada más entrar, dejaba la sombrilla en  cualquier parte, se levantaba con premura el velo y me abrazaba, llenando mi alma de ternura y de pasión.

-Me parece -decía- que sospecha algo, que incluso sabe algo;; tal vez  haya leído alguna de sus cartas o haya encontrado la llave que abre mi escritorio…Le creo capaz de todo pues tiene un carácter cruel y orgulloso. Una vez me dijo sin ambages: “¡A la hora de defender mi honor, el honor de un oficial y de un marido,no me detendré en nada!”. Ahora, por alguna razón, vigila literalmente cada uno de mis pasos, de modo que si queremos que nuestro plan salga bien debo extremar las precauciones…Accede a dejarme marchar, pues le he convencido de que moriré si no veo el sur y el mar, pero tenga usted paciencia, por el amor de Dios.
Nuestro plan era audaz: marcharnos en el mismo tren a la costa del Cáucaso y pasar allí, en algún lugar totalmente apartado, tres o cuatro semanas.Conocía la costa, había vivido durante algún tiempo cerca de Sochi, cuando era un joven solitario, y no había podido olvidar esos atardeceres otoñales entre negros cipreses, junto a las olas frías y grises…su rostro palideció cuando le dije:” Pronto estaré contigo en las junglas montañosas, junto al mar tropical…”.Hasta el último momento no creímos que nuestros planes llegaran a realizarse: nos parecía demasiada felicidad.

En Moscú caía una lluvia fina y daba la impresión de que el verano se hubiera ido para no volver; todo tenía un aspecto sucio y sombrío, las calles estaban mojadas y se veían de un negro brillante por los paraguas abiertos de los transeúntes y las capotas echadas y temblorosas de los coches que pasaban presurosos. Cuando me dirigí a la estación la noche cerrada y siniestra; todo mi ser estaba paralizado por el frío y la inquietud. Atravesé corriendo la estación  y el andén, con el sombrero calado hasta las cejas y el rostro semioculto por el cuello del abrigo.
En el techo del pequeño compartimento de primera clase que había reservado con antelación la lluvia repicaba con fuerza. Me apresuré a correr la cortina de la ventanilla y, en cuanto el mozo se secó la mano mojada en su delantal blanco, cogió la propina y salió, cerré la puerta con llave. Luego entreabrí la cortina y me quedé inmóvil, sin apartar la vista de la abigarrada multitud, que iba de un lado para otro, junto al vagón, cargando con sus equipajes bajo la luz tenue de los faroles de la estación.  Habíamos acordado que yo llegaría lo antes posible y ella a última hora, para no coincidir con la pareja en el andén. Ya deberían haber llegado. Miraba con atención creciente, pero no los veía. cuando sonó el segundo aviso a los viajeros, me estremecí de temor: ¿se había retrasado, o en el último momento su marido no la había dejado partir? Pero en ese preciso instante descubrí la alta figura del marido, con su gorra de oficial su estrecho capote y sus manos enfundadas en guantes de gamuza, con una de las cuales la cogía del brazo mientras avanzaba con rápidos pasos.Me aparté de la ventanilla y me dejé caer en una esquina del asiento. El vagón siguiente era de segunda clase.

 Mentalmente le vi entrar a su lado con aire protector, mirar a su alrededor para cerciorarse de que el mozo había colocado bien las cosas, quitarse el guante y la gorra, besarla y hacer sobre ella la señal de la cruz…El tercer aviso me ensordeció, el primer movimiento del tren me llenó de estupor…La locomotora balanceándose y oscilando, fue ganando velocidad, hasta que, ya a toda máquina, alcanzó un ritmo regular…con mano helada entregué un billete de diez rublos al revisor que la trajo a mi compartimiento y trasladó su equipaje…

Cuando entró ni siquiera me besó, sólo me dedicó una sonrisa triste; luego se sentó en el asiento y se quitó el sombrero desprendiéndolo de sus cabellos…-No he podido comer nada -dijo-. Creí que no sería capaz de interpretar este terrible papel hasta el final. Tengo una sed horrible. Dame un vaso de agua mineral -añadió, tuteándome por primera vez-. Estoy segura de que me seguirá. Le he dado dos direcciones, Guelendzhik y Gagri. Seguro que aparece en Guelendzhik dentro de tres o cuatro días…Pero dejémoslo, es mejor morir que sufrir de esta manera… 

Por la mañana, cuando salí al soleado pasillo, había un ambiente sofocante; de los lavabos llegaba un olor a jabón y a agua de colonia mezclado con los diversos tufos que desprende un tren atestado de gente por la mañana temprano. Más allá de las ventanillas caldeadas y manchadas de polvo se extendía la plana y abrasada estepa, se divisaban anchos y polvorientos caminos y carros tirados por bueyes, pasaban como fogonazos las casetas del ferrocarril con los discos amarillos de los girasoles y las purpúreas malvas en los jardines delanteros… Más adelante se sucedía una extensión interminable de llanuras yermas, con túmulos y sepulcros, un sol seco e insoportable y un cielo semejante a una nube de polvo; después aparecieron en el horizonte las estribaciones de las primeras montañas…

Ella le envió una postal desde Guelendzhik y otra desde Gagri, en las que decía que todavía no sabía dónde iba a quedarse.
Luego seguimos la línea de la costa en dirección al sur.
Encontramos un enclave silvestre, cubierto de campos de plátanos, arbustos floridos, caobas, magnolios y granados, en medio de los cuales destacaban palmeras con forma de abanico y cipreses negros…
Me despertaba temprano y, mientras ella dormía, antes de té, que tomábamos a las siete, paseaba por las colinas y los espesos bosques. El ardiente sol, que calentaba ya con fuerza, derramaba una luz impoluta y alegre. En los bosques, una niebla fragante, luminosa y azulada se disolvía, disipándose; más allá de las distantes cumbres frondosas y resplandecía la eterna grandeza de las  montañas nevadas… 

Al regresar pasaba por el mercado de nuestra aldea, sofocante, impregnado del olor del estiércol quemado en las chimeneas: el lugar hervía de actividad, estaba lleno de gente, caballos y asnos; cada mañana se reunía allí una multitud de montañesas de distintas tribus: las circasianas avanzaban con pasos suaves, ataviadas con vestidos negros que llegaban hasta los pies, zapatillas rojas y con la cabeza envuelta en cualquier tipo de trapo negro; alguna vez, de entre esos ropajes fúnebres, se escapaba una fulgurante mirada de ave.
Luego nos dirigíamos a la orilla, siempre completamente desierta, nos bañábamos y yacíamos al sol hasta la hora del almuerzo. Después de comer -todos los días tomábamos pescado a la parrilla, vino blanco, nueces y fruta-, en la tórrida penumbra de nuestra cabaña, bajo la techumbre de tejas, cálidas y ardientes franjas de luz se filtraban a través de las torcidas rendijas de los postigos. 

Cuando el calor se atemperaba y abríamos la ventana, vislumbrábamos entre los cipreses que crecían en la pendiente una porción de mar, de color violeta, tan pacífico y regular que parecía como si su serenidad y su belleza no fueran a tener fin.

Al atardecer solían amontonarse sobre el mar unas nubes maravillosas; desprendían un resplandor tan fastuoso que a veces ella se tumbaba en la otomana, se cubría el rostro con un pañuelo de gasa y se echaba a llorar: dentro de dos o tres semanas y estaríamos de nuevo en Moscú. 

Las noches eran tibias e impenetrables; Las luciérnagas flotaban, titilaban y resplandecían en la negra tiniebla con su luz de topacio; las ranas arbóreas croaban con timbre de campanilla de cristal. Cuando el ojo se acostumbraba a la oscuridad, aparecían en las alturas las estrellas y las cumbres  de las montañas, y sobre la aldea se recortaban árboles en los que no habíamos reparado de día. Y durante toda la noche, procedente de la taberna, se oía el rumor sordo de un tambor y un lamento gutural, melancólico, desesperadamente feliz, en lo que parecía ser una misma canción interminable.
No lejos de nosotros, en un barranco próximo a la orilla que se extendía desde el bosque hasta el mar, corría presuroso, sobre un lecho de piedra, un arroyuelo de aguas transparentes. ¡Cuán maravillosamente reverberaba y se astillaba su brillo en esa hora misteriosa en que, más allá de las montañas y los bosques, como una criatura mágica, la tardía luna escrutaba con detenimiento el mundo! 

A veces, por la noche, llegaban desde las montañas  nubes amenazantes y estallaba una terrible tormenta; en la ruidosa y sepulcral oscuridad de los bosques se abrían a cada momento mágico a abismos verdes y en las alturas celestes retumbaban los estampidos primordiales de los truenos. Entonces los aguiluchos se despertaban en los bosques y plañían, rugía la pantera de las nieves y los chacales aullaban…en una ocasión una manada al completo se acercó hasta nuestra ventana iluminada -en noches como ésas siempre se aproximaban a las viviendas- y nosotros la abrimos y contemplamos a los chacales desde lo alto, mientras ellos soportaban el brillante aguacero y aullaban para que les dejásemos entrar…Al verlos, ella lloró de felicidad. 

Su marido la buscó en Guelendzhik, en Gagri y en Sochi. Al día siguiente de su llegada a esta  última localidad, se bañó por la mañana en el mar, luego se afeitó, se mudó de ropa, se puso una guerrera blanca como la nieve, almorzó en su hotel, en la terraza del restaurante, bebió una botella de champán, tomó café y chartreuse, y se fumó sin prisa un cigarrillo. Cuando regresó a su habitación, se tumbó en el sofá y se disparó en las sienes con dos revólveres./ 12 de noviembre de 1937

Iván BuninEl amor de Mitia y otros relatosEditorial Pre-Textos,2003

 

Las pinturas son de Natalia Goncharova, una de las grandes pintoras rusas, nacida en Tula en 1881;en su obra se encuentran elementos fauvistas, cubistas, futuristas, expresionistas…y el recuerdo del mundo folclórico ruso. Formó parte del movimiento expresionista Der Blaue Reiter y expuso con ellos en Munich en 1912. Se exilio en París en 1921 donde vivió hasta su muerte  en 1962.

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril de Murakami

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto. Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de al lado porque me gusta la forma de su nariz.

Pero nadie puede asegurar que su chica 100% perfecta corresponde a un tipo preconcebido. Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una. Todo lo que puedo recordar de forma segura es que no era una gran belleza. Extraño.

–Ayer me crucé en la calle con la chica 100% perfecta –le digo a alguien.

–¿Sí? –dice él– ¿Estaba guapa?

–No realmente.

–De tu tipo entonces.

–No lo sé. Me parece que no puedo recordar nada de ella, la forma de sus ojos o el tamaño de su pecho.

–Raro.

–Sí. Raro.

–Bueno, como sea –me dice ya aburrido–, ¿qué hiciste? ¿Le hablaste? ¿La seguiste?

–Nah, sólo me crucé con ella en la calle.

Ella caminaba de este a oeste y yo de oeste a este. Era una bella mañana de abril.

Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mí, y –lo que realmente me gustaría hacer– explicarle las complejidades del destino que nos llevaron a cruzarnos uno con el otro en esa calle en Harajuku en una bella mañana de abril de 1981. Algo que seguro nos llenaría de tibios secretos, como un antiguo reloj construido cuando la paz reinaba en el mundo.

Después de hablar, almorzaríamos en algún lugar, quizá veríamos una película de Woody Allen, entrar en el bar de un hotel para tomar unos cócteles. Con un poco de suerte, terminaríamos en la cama.

La posibilidad toca en la puerta de mi corazón.

Ahora la distancia entre nosotros es de apenas 15 metros.

¿Cómo acercarme? ¿Qué debería decirle?

–Buenos días, señorita, ¿podría compartir conmigo media hora para conversar?

Ridículo. Sonaría como un vendedor de seguros.

–Discúlpeme, ¿sabría usted si hay en el barrio alguna lavandería 24 horas?

No, simplemente ridículo. No cargo nada que lavar, ¿quién me creería en una línea como esa?

Quizá simplemente sirva la verdad: Buenos días, tú eres la chica 100% perfecta para mí.

No, no se lo creería. Aunque lo dijera es posible que no quisiera hablar conmigo. Perdóname, podría decir, es posible que yo sea la chica 100% perfecta para ti, pero tú no eres el chico 100% perfecto para mí. Podría suceder, y de encontrarme en esa situación me rompería en mil pedazos, jamás me recuperaría del golpe, tengo treinta y dos años, y de eso se trata madurar.

Pasamos frente a una florería. Un tibio airecito toca mi piel. La acera está húmeda y percibo el olor de las rosas. No puedo hablar con ella. Ella trae un suéter blanco y en su mano derecha estruja un sobre blanco con una sola estampilla. Así que ella le ha escrito una carta a alguien, a juzgar por su mirada adormecida quizá pasó toda la noche escribiendo. El sobre puede guardar todos sus secretos.

Doy algunas zancadas y giro: ella se pierde en la multitud.

Ahora, por supuesto, sé exactamente qué tendría que haberle dicho. Tendría que haber sido un largo discurso, pienso, demasiado tarde como para decirlo ahora. Se me ocurren las ideas cuando ya no son prácticas.

Bueno, no importa, hubiera empezado “Érase una vez” y terminado con “Una historia triste, ¿no crees?”

Érase una vez un muchacho y una muchacha. El muchacho tenía dieciocho y la muchacha dieciséis. Él no era notablemente apuesto y ella no era especialmente bella. Eran solamente un ordinario muchacho solitario y una ordinaria muchacha solitaria, como todos los demás. Pero ellos creían con todo su corazón que en algún lugar del mundo vivía el muchacho 100% perfecto y la muchacha 100% perfecta para ellos. Sí, creían en el milagro. Y ese milagro sucedió.

Un día se encontraron en una esquina de la calle.

–Esto es maravilloso –dijo él–. Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

–Y tú –ella le respondió– eres el chico 100% perfecto para mí, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño.

Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y contaron sus historias hora tras hora. Ya no estaban solos. Qué cosa maravillosa encontrar y ser encontrado por tu otro 100% perfecto. Un milagro, un milagro cósmico.

Sin embargo, mientras se sentaron y hablaron una pequeña, pequeñísima astilla de duda echó raíces en sus corazones: ¿estaba bien si los sueños de uno se cumplen tan fácilmente?

Y así, tras una pausa en su conversación, el chico le dijo a la chica: Vamos a probarnos, sólo una vez. Si realmente somos los amantes 100% perfectos, entonces alguna vez en algún lugar, nos volveremos a encontrar sin duda alguna y cuando eso suceda y sepamos que somos los 100% perfectos, nos casaremos ahí y entonces, ¿cómo ves?

–Sí –ella dijo– eso es exactamente lo que debemos hacer.

Y así partieron, ella al este y él hacia el oeste.

Sin embargo, la prueba en que estuvieron de acuerdo era absolutamente innecesaria, nunca debieron someterse a ella porque en verdad eran el amante 100% perfecto el uno para el otro y era un milagro que se hubieran conocido. Pero era imposible para ellos saberlo, jóvenes como eran. Las frías, indiferentes olas del destino procederían a agitarlos sin piedad.

Un invierno, ambos, el chico y la chica se enfermaron de influenza, y tras pasar semanas entre la vida y la muerte, perdieron toda memoria de los años primeros. Cuando despertaron sus cabezas estaban vacías como la alcancía del joven D. H. Lawrence.

Eran dos jóvenes brillantes y determinados, a través de esfuerzos continuos pudieron adquirir de nuevo el conocimiento y la sensación que los calificaba para volver como miembros hechos y derechos de la sociedad. Bendito el cielo, se convirtieron en ciudadanos modelo, sabían transbordar de una línea del subterráneo a otra, eran capaces de enviar una carta de entrega especial en la oficina de correos. De hecho, incluso experimentaron otra vez el amor, a veces el 75% o aún el 85% del amor.

El tiempo pasó veloz y pronto el chico tuvo treinta y dos, la chica treinta.

Una bella mañana de abril, en búsqueda de una taza de café para empezar el día, el chico caminaba de este a oeste, mientras que la chica lo hacía de oeste a este, ambos a lo largo de la callecita del barrio de Harajuku de Tokio. Pasaron uno al lado del otro justo en el centro de la calle. El débil destello de sus memorias perdidas brilló tenue y breve en sus corazones. Cada uno sintió retumbar su pecho. Y supieron:

Ella es la chica 100% perfecta para mí.

Él es el chico 100% perfecto para mí.

Pero el resplandor de sus recuerdos era tan débil y sus pensamientos no tenían ya la claridad de hace catorce años. Sin una palabra, se pasaron de largo, uno al otro, desapareciendo en la multitud. Para siempre.

Una historia triste, ¿no crees?

Sí, eso es, eso es lo que tendría que haberle dicho.

Análisis del cuento

El motivo del cuento es como una persona puede encontrarse con la persona 100% ideal en un día común y no saber como reaccionar.

Tema:

La razón por la cual el autor escribe la historia así es porque posiblemente se basó en una historia real o en una anécdota, tal vez modificando ciertos detalles.

Él autor del cuento quiere representar es posible encontrar a la persona perfecta para ti en cualquier lugar.

Parece una anécdota que nos cuenta alguien (al parecer un hombre), que encuentra a la “chica” 100% perfecta para el en un encuentro casual.

El protagonista imagina una historia con esa chica sin nombre.

Tiene un final un poco diferente de lo esperado, porque, cualquiera puede pensar que la historia que cuenta el chico es verdadera. Pero termina siendo simplemente algo que el protagonista inventa. Es hasta el final cuando te das cuenta de que no fue verdad.

Es una historia muy hermosa, aunque es corta, te transporta al lugar en donde ocurre la historia.

Personajes:

Atmósfera:

Narrador:

Psicológica:

El cuento refleja emociones de “amor” o gusto, conforme avanza la historia nostalgia, y quedando al final un sentimiento de tristeza.

Social:

Las condiciones en el ambiente social son claras ya que nos da palabras para denominar que la historia se desarrolla en una ciudad de Tokio. Llamada Harajuku.

Asunto:

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril.

De: Haruki Murakami

Como en todo cuento, se encuentra el Planteamiento, el Desarrollo, que incluye el nudo y el clímax, y el Desenlace.

Como planteamiento del cuento podemos decir que el protagonista (el muchacho), cree haber encontrado a la chica 100% perfecta para él, aunque no recuerde bien los detalles físicos de ésta, y divaga pensando en la manera de como pudo iniciar una conversación con ella.

Como Desarrollo encontramos dos partes, primero el nudo que es en el momento en que se pone a pensar como hablarle y discute con el mismo porque piensa barias opciones y ninguna le convence.

La segunda parte del desarrollo es el clímax, este ocurre cuando sabe perfectamente que le hubiera dicho. Y comienza a narrar una historia.

Como desenlace la historia terminaría en que al final no cruzaron palabra alguna y cada quien sigue su camino, de oeste a este él y ella de este a oeste.

Estructura:

Conforme a los diálogos encontramos que hay diferentes tipos, ya que como dijimos antes el tipo de narrador cambia, esto implica también modificaciones en los diálogos.

Al principio los diálogos son monólogos porque el personaje habla con sigo mismo, como se demuestra en la siguiente cita:

“Ojalá hubiera hablado con ella. Media hora sería suficiente: sólo para preguntarle acerca de ella misma, contarle algo acerca de mi”.

(Haruki Murakami, 2009)

Pero cuando en la historia se cambia de narrador los diálogos empiezan a ser directos como a continuación se muestra:

“Un día se encontraron en una esquina de la calle.

-Esto es maravilloso –dijo él- Te he estado buscando toda mi vida. Puede que no creas esto, pero eres la chica 100% perfecta para mí.

-Y tú –ella le respondió- eres el chico 100% perfecto para mi, exactamente como te he imaginado en cada detalle. Es como un sueño”

(Haruki Murakami, 2009)

Respecto a los personajes pudimos observar que solamente hay dos en los que se desarrolla toda la historia:

El muchacho: este es el personaje principal protagonista ya que con quien se desarrolla la obra.

La muchacha: es un personaje secundario ya que acompaña al principal y también en el se desarrolla la historia.

El amigo: al parecer, el protagonista habla con un amigo pero no se menciona tampoco el nombre. Así que el es un personaje evocado.

Al analizar el cuento “Sobre encontrarse a una chica 100% perfecta una mañana de abril” encontramos que le tipo de narrador cambia conforme avanza la historia.

Al principio del cuento el autor te hace creer que la historia va hacer narrada en primera persona, como se demuestra en la siguiente cita:

“Por mucho que me gusten las narices, no puedo recordar la forma de la de ella –ni siquiera si tenía una”.

(Haruki Murakami, 2009)

Pero después ocurre un cambio en el pensamiento del personaje principal cuando empieza a narrar su misma historia pero en tercera persona en modo observador, como se demuestra en la siguiente cita:

“Se sentaron en la banca de un parque, se tomaron de las manos y dijeron sus historias hora tras hora”.

(Haruki Murakami, 2009)

100 Mejores Cuentos de la Literatura Universal. (2013). Lecturas indispensables. Recuperado de http://lecturasindispensables.blogspot.mx/2013/09/100-mejores-cuentos-literatura-universal.html

Carrillo, A. (s.f.). Análisis de textos narrativos. Slidebean. Recuperado de https://slidebean.com/p/giXGR89k8n/Anlisis-de-textos-narrativos

Diálogos:

Tiempo:

Interno:

Al leer el cuento puedes ver que el narrador, quien es el protagonista, nos cuenta en que situación se encuentra al iniciar la historia y después inventando como inicio, volviendo a regresar a su situación actual. Por lo tanto definimos el tiempo interno como circular.

Externo:

La historia no es muy explicita como para denominarlo, pero suponemos que es en la época actual, por el lenguaje de expresión y algunos términos que se usan.

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril.

Haruki Murakami

Análisis del cuento

Andreé Ramírez Partida(A0129482)

Andrés Eduardo Calderón Hernández (A01630296)

Iris Noemi Cruz Flores (A01630302)

Jimena Molina Trejo (A01375310)

Lengua española, arte y literatura.

Grupo 3

Tecnológico de Monterrey

Navidad en las montañas de Ignacio Manuel altamirano pdf

http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080006179/1080006179.PDF

Rashomon de Ryunosuke Akutagawa

Era un frío atardecer. Bajo Rashomon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashomon en la Avenida Sujaltu, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa o nobles con el momiebosh, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos del culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en las calles como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashomon. Aprovechando la devastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se lo vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.

En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día, volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.

Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.

Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.

Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: “el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir”. Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalismo de este sirviente de la época Heian.

Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto lo deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sujaku.

La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashomon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro se veía una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.

“Para escapar a esta maldita suerte -pensó el sirviente- no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo, pues si empezara a pensar sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo…”

Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese “si no elijo…” quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir “si no…” demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: “no me queda otro remedio que convertirme en ladrón”.

Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.

Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.

El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podría molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su espada de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con sandalias sobre el primer peldaño.

Minutos después, en mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashomon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre; una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado, purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres; pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo espectral en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashomon, en una noche de lluvia como aquélla?

Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.

Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros.

Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.

El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.

Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.

Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.

A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase “el mal”, por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.

Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashomon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.

Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su espada, en una zancada se plantó ante la vieja. Ésta se volvió aterrada, y al ver al hombre retrocedió bruscamente, tambaleándose.

-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.

La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:

-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; si no, hablará esto por mí.

Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su espada y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitadas. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:

-Escucha. No soy ningún funcionario imperial. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.

La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolentos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente:

-Yo, sacaba los cabellos… sacaba los cabellos… para hacer pelucas…

Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia lo invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:

-Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible; pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.

Mientras tanto el sirviente había guardado su espada, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.

-¿Estás segura de lo que dices? -preguntó en tono malicioso y burlón.

De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello le dijo con rudeza:

-Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.

Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándosele a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.

Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.

Abajo, sólo la noche negra y muda.

Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.

El mirador estelar

para Ainara
en su 8º cumpleaños 

Hay pocos lugares del universo merecedores de un nombre más adecuado que el racimo de galaxias denominado Mirador estelar.
Las numerosas compañías de viajes espaciales, se disputan cada año la utilización de la ruta que pasa por el mirador. Algunas ofrecen mayor tiempo de estadía en la zona. Otras ofrecen pasar a la ida y a la vuelta del viaje que se haga, desde y hacia cualquier parte del universo.
Pero como sea que se llegue hasta el mirador, el panorama que se observa es imposible de olvidar: se ven colores que no existen bajo la atmósfera de un planeta. Millones de estrellas concentran su luz en el mirador, creando la ilusión de que la noche no existe. Una multitud de quásares señalan con su luz de faro el lugar preciso de cada galaxia, formando un manto de luciérnagas a punto de desprenderse del cielo.
El silencio forma parte del mirador. No sería posible agregarle música al espectáculo visual. Algunos viajantes han compuesto sinfonías para el mirador, pero las personas se resisten a escucharlas; la fuerza creadora del universo supera cualquier intento humano de competir con ella.

Diario de viaje del Dr. Iván Alhasud Gómez 

El Dr. Iván Alhasud Gómez –de padres rusos, abuelos árabes y tatarabuelos españoles-, nunca había viajado al Mirador estelar. Pasaba la mitad de su tiempo estudiando las combinaciones de los átomos. La otra mitad del tiempo la pasaba explicando el origen de sus apellidos.
También intentaba por todos los medios, explicar su complicada teoría sobre el “reciclado de los átomos”, donde podía –según él- demostrar que un átomo cualquiera, que había pertenecido a un dinosaurio o a un tanque de guerra de la Segunda Guerra Mundial, ahora formaba parte de una pequeña tela de araña que colgaba en el rincón de un armario.

Las personas no se tomaban muy en serio al Dr. Iván ni a su teoría. Tanto es así, que cuando sudaban, le preguntaban a Iván si tal vez el sudor no estaría formado por átomos de algún pantano prehistórico que le proporcionara ese olor tan molesto. Otro tanto ocurría al depilarse las cejas: las guardaban en bolsitas de plástico y se las dejaban al doctor con una notita, pidiendo que investigara si los átomos de cejas no habrían sido en otra época ramas de palmera o colmillos de panteras salvajes.

El Dr. Iván, contrariamente a la moda de su época, no se depilaba las cejas. Era fácilmente reconocible a gran distancia y cuando alguien preguntaba por él, las indicaciones no podían ser más claras: es la única persona que tiene unas líneas oscuras de pelo negro sobre los ojos. Para completar el panorama de risa general, algunos sostenían que el Dr. Iván no se depilaba las cejas porque los átomos que las formaban habían sido parte de un serrucho, y no existe ninguna depiladora de cejas capaz de competir con un serrucho.
Pero por más que se reían de él, y pese a que casi nadie le llevaba el apunte, nunca abandonó la investigación sobre el reciclado de átomos.
Pasaba largas horas frente al proyector de átomos, examinando cada una de las partículas que lo componen. Observar un átomo y sus respectivas partículas exige un gran entrenamiento. Tanto es así, que frecuentemente los estudiantes confunden los átomos del material a estudiar, con los átomos del aire, o de los propios cristales del proyector de átomos.

Pero el Dr. Iván había pasado la mayor parte de su vida observando; poseía tal grado de entrenamiento, que nunca se equivocaba acerca del origen de un átomo. 
Casualmente un día, de puro aburrido, decidió averiguar el origen de todos los átomos que formaban parte de la uña de su dedo meñique. Bajo el microscopio, cortó una célula de su uña y la colocó en el proyector de átomos. Muchas horas más tarde, concluyó: esta uña está formada en un 15% por átomos que provienen del Océano Atlántico, un 2% formaron parte de semillas de chocolate, un 5% fueron los pelos de un gato y del 78% restante no tengo la menor idea, parecen ser átomos nuevos.
Cuando le preguntaron por qué la uña no tiene olor a chocolate o es lisita como el pelo de un gato el Dr. Iván se encogió de hombros, enarcó las cejas –efecto que siempre causaba asombro entre sus observadores- y murmuró: porque simplemente es una uña.

Como todos los investigadores que alguna vez han investigado algo, Iván debía investigar el Mirador estelar. Durante años se había resistido a hacer el viaje, porque según él, “el Mirador estelar no aporta mucho a mi teoría sobre los átomos”.
Pero tal vez llevado por la curiosidad, o por un olvidado espíritu de aventura, un buen día empacó sus cinco libros de consulta y compró un billete para viajar al Mirador estelar.

El trasbordador espacial era confortable y luminoso, una verdadera maravilla de la tecnología. El viaje que los pondría en la órbita de la Tierra duraría apenas 12 minutos. Una vez en órbita, los pasajeros serían trasladados hasta la nave interplanetaria que los llevaría al Mirador estelar.
El Dr. Iván jamás había abandonado la Tierra. Sentía un cosquilleo incómodo que le recorría todo el cuerpo. Cuando los poderosos motores del trasbordador comenzaron a vibrar Iván se aferró con todas sus fuerzas a los brazos del sillón. A su lado, una mujer joven, con mayor experiencia en los viajes estelares, sonrió y trató de tranquilizarlo restándole importancia al despegue.
La ventanilla ovalada debajo de sus pies, mostraba el lento ascenso de la nave; la plataforma de lanzamiento retiró sus largos brazos luminosos y el trasbordador comenzó a subir hacia la órbita gravitacional de la Tierra.

La nave interplanetaria aguardaba pacientemente su llegada, flotando, claramente recortada sobre la curvatura de la Tierra. Cuando Iván divisó la nave le pareció pequeña, pero cuando se acercaron aún más, pudo observar que en realidad era gigantesca. ¡Le había parecido pequeña comparada con el tamaño de la Tierra!
Iván, ya más calmado, observó disimuladamente a la mujer que tenía a su lado. Era particularmente bonita. Cada palabra que pronunciaba se iluminaba con una suave sonrisa. Tendría unos cinco años menos que él.
María Al-hamed Terovska -de padres españoles, abuelos árabes y tatarabuelos rusos-, fue la primera persona que no necesitó una explicación sobre los apellidos del Dr. Iván. Asintió con la cabeza, estrechó la mano de Iván y se presentó con todos sus apellidos.
Iván no cabía en sí de la emoción. Sin duda tenía mucho en común con la mujer que estaba a su lado. Esbozó un complicadísimo intento de relacionar los átomos de los antepasados comunes de ambos, pero finalmente hasta él mismo se aburrió y hablaron de cosas más mundanas. El viaje al Mirador estelar duraría 9 días, ya habría tiempo de investigar sobre el origen de los átomos.

María Al-hamed Terovska resultó ser un gran descubrimiento para Iván. Conversaban interminablemente. El maravilloso paisaje del universo que los rodeaba pasó casi desapercibido para ambos. 
Al quinto día de viaje, Iván intentó explicarle a María las relaciones entre los átomos, hasta que María, pensativa y con una mirada astuta, le complicó la teoría: …y los primeros átomos, antes de ser parte de dinosaurios, tanques de guerra o telas de araña, ¿qué eran?

Iván no supo contestar. Durante años había adaptado su teoría para todas las preguntas tontas que le formularon, pero esta vez la pregunta no era tonta. Se quedó pensativo durante los restantes cuatro días de viaje. Murmuraba palabras complicadas. Gesticulaba con las manos. Un instante se daba la razón a sí mismo y al instante siguiente se contradecía.
María parecía disfrutar de la situación y mientras lo miraba de reojo, se maravillaba al observar los primeros destellos del Mirador estelar.

Finalmente la nave espacial llegó a su destino y descendieron hacia la plataforma del mirador. Era una sencilla plataforma gravitacional, suspendida en el universo, en el punto exacto que proporciona la vista más maravillosa del nacimiento de las galaxias.

Iván seguía mascullando palabras incoherentes y frases a medio terminar, tan perdido estaba tratando de explicar “qué eran los átomos antes de ser átomos”, que sus ojos no lograban captar la belleza universal que tenía ante sí.

María apoyó suavemente sus manos en los hombros de Iván. Le giró lentamente el cuerpo y juntos observaron “la primera vez de todo lo que existe en el universo”.
Desde allí, vieron nacer los planetas y las galaxias; las estrellas pequeñas y las gigantes. Vieron colores que no existen en la Tierra, vieron la calma inmensa de un diminuto cometa que estaba naciendo frente a sus ojos y lentamente comenzaba a recorrer el universo, envuelto en su perezosa estela luminosa.
María cerró sus ojos, acarició la mano de Iván y le explicó suavemente: 

-Aquí está la respuesta Iván, los átomos antes de ser átomos son el universo mismo…
Iván acarició la mano de María y completó la frase 
-… de poco sirve saber de donde viene cada átomo, porque cada uno de ellos contiene la belleza de la creación.

Dicen que el Dr. Iván volvió a la tierra de la mano de María y con una sonrisa inmensa dibujada bajo sus cejas. Abandonó definitivamente su teoría acerca del origen de los átomos y ahora escribe una nueva teoría acerca del origen del amor, pero esa es otra historia y María posiblemente le ayude a escribirla

Autor Jorge Elissalde

soy uruguayo, generación 66, tengo muchos años y la mayoría no sé de dónde salieron
me gustan las cosas sencillas, el olor de la tierra húmeda cuando empieza a llover, el color del limón cuando está madurando
escribo porque me ayuda a comprender mi interior, otra opción sería buscar el nirvana, pero no tengo tanta paciencia

J.j.Arreola y Alfonso Reyes

Aurelio Herrera Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa

Editorial

Encuadernador, abonero, tepachero, cuidador fracasado de gallinas, vendedor de zapatos, recitador, traductor, impresor; Juan José Arreola se desempeñó en diversos oficios a lo largo de su vida y, como buen conversador, conoció innumerables personas no sólo del ámbito literario sino también de la cultura popular y de la esfera política mexicana. Se podrían trazar historias de muchas de estas relaciones; sin embargo, hubo una que, como una sombra que permanece siempre junto a nosotros, acompañó a Juan José Arreola a partir de un momento decisivo en su vida: su tan anhelado viaje a París.
El personaje al que me refiero, ya había desempeñado una carrera diplomática y social en la capital francesa entre los años 1924 y 1927: Alfonso Reyes. Aunque no tan cercana como la entrañable amistad con Antonio Alatorre, la relación Reyes y Arreola se basó principalmente en el apoyo en el ambiente literario, ya para continuar los estudios del jalisciense, ya para que formara parte de un equipo editorial.
Siempre preocupado por el surgimiento de nuevas figuras en la república de las letras, Alfonso Reyes tenía su propio talento: sabía perfectamente quién tenía el potencial necesario para destacar en el mundo literario. En su momento, Reyes brindó su apoyo a jóvenes creadores que se convirtieron en figuras destacadas, como el propio Octavio Paz. Arreola fue sin duda uno de estos talentos con los que don Alfonso no escatimó al momento de brindarle apoyo, siempre y cuando hubiera resultados.
El anhelo parisino
Volviendo al origen de esta relación, recordemos que uno de los grandes sueños del joven Arreola era viajar a París. El primer rumor de esa palabra se remonta a una experiencia infantil en la que el futuro escritor, entonces de tan sólo cuatro años, se encontraba perdido junto con sus hermanos en la oscuridad de las montañas de Zapotlán. Juan Cameros, hijo del maestro peluquero Ramón Cameros y amigo del padre de Arreola, los encontró y, al entregarlos a su madre, “dijo con una voz como inspirada: «Aquí le traigo a los niños perdidos de París». Ésa fue la primera vez que yo escuché a una persona pronunciar la palabra ‘París’”[1].
Pero su conocimiento no se limitó tan sólo a la palabra. Posteriormente, gracias a la suscripción de su padre a la Revista de Revistas, Arreola tuvo su primer contacto con la capital de Francia a través de las fotografías impresas en el suplemento cultural y de los artículos que escribían los corresponsales mexicanos que estaban en dicha ciudad en ese entonces, como José Juan Tablada y Arqueles Vela.
El gusto por París y su posterior idea de estudiar teatro en esa capital, se reafirmaron con el conocimiento de uno de los hombres que Arreola más admiró: Louis Jouvet. “Un día me entero que desde 1943 Jouvet había salido de Francia con una compañía improvisada por actores que se la jugaron con él”[2]. En efecto, debido a la ocupación alemana, Jouvet se vio forzado a cerrar su teatro. Sin embargo, gracias a sus buenas relaciones con las autoridades de París, recibió apoyo tramitando un salvoconducto a favor de él y su compañía, y se embarcó en un viaje rumbo América Latina, donde recorrió Brasil, Buenos Aires, Santiago y, por supuesto, México: “Cuando la colonia francesa de Guadalajara se enteró de la inminencia de su viaje a México, empezó a solicitarle a Educación Pública y a Relaciones Exteriores su intervención para que viniera. Jouvet acepta la invitación de Guadalajara, y viaja en tren desde México”[3].
La Comedia Francesa de Jouvet llega en junio de 1944 a Guadalajara para presentar en el Teatro Degollado varias obras de su repertorio. “De tan magno acontecimiento –nos dice Arreola– me enteré de manera inesperada a través de los anuncios colocados en algunas paredes de las calles más céntricas de la ciudad y en los aparadores de las tiendas más concurridas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi el rostro de Louis Jouvet pegado en el escaparate”[4]. Con ramo de rosas en mano, Arreola recibe a Jouvet en la estación de trenes. Posteriormente, lo intercepta en el Teatro Degollado y le habla en un francés débil pero entendible: “En esa breve charla, Jouvet se dio cuenta de que yo conocía demasiado su vida y sus amores”[5]. Arreola consigue una cita para hablar formalmente con Jouvet en el Hotel del Parque: “Le dije que una de mis mayores ilusiones era estudiar teatro en París”[6], a lo que Jouvet le contesta: “En cuanto termine la guerra, que ya está por terminar, yo te apoyo para que te vayas a París a estudiar teatro”[7].
La mano de Alfonso Reyes
Lo único que necesitaba Arreola era una carta formal de Jouvet para solicitar su beca a la embajada francesa. “Presenté al embajador de Francia en México la solicitud de beca, acompañada con algunas cartas de recomendación de algunos de los más notables escritores de México”[8]. Uno de esos “notables escritores” era Alfonso Reyes. Este último concedió la carta con una condición: Arreola tendría que escribirle continuamente para mantenerlo al tanto de sus proyectos y adelantos. Preciso transcribir la carta, hoy poco conocida, debido a su valor documental.
                                                     México, D.F., a 26 de septiembre de 1945.Excmo. Sr Maurice Garreau-Dombasle

Me es grato apadrinar ante V.E., en nombre propio y de El Colegio de México, cuya Junta de Gobierno presido, la solicitud del señor don Juan José Arreola para obtener una beca  francesa destinada a los jóvenes mexicanos que desean perfeccionar alguna especialidad en París. Nos constan las virtudes y merecimientos del interesado.

Alfonso Reyes[9].

Este fue uno de los primeros contactos que Arreola tuvo con Alfonso Reyes. Sin embargo, al igual que muchos de los personajes que conocería posteriormente, el primer acercamiento a la figura de Alfonso Reyes fue gracias a la lectura de un suplemento semanal:
 Ahora que menciono a Reyes, me acuerdo que fue gracias a Revista de Revistas que lo conocí. Leíamos, junto con esta publicación que era excelente en los años veinte y treinta, El Universal Ilustrado Jueves de Excélsior. En Revista de Revistas, don Alfonso venía retratado, junto a la “Elegía de Ítaca”, con traje de golfista, cachimba y gorra deportiva. Estaba muy gallardo, en el campo, de cuerpo entero, con un pie puesto sobre una piedra. El pie de grabado decía: “Alfonso Reyes en Roncesvalles”[10].

 

La aventura del Fondo de Cultura Económica

A su regreso de París, Arreola ingresó al Departamento Técnico del Fondo de Cultura Económica el 2 de mayo de 1946. Tres meses antes había entrado el primer mexicano: Antonio Alatorre, cuya amistad fue vital para convencer a Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas del ingreso de Arreola. En palabras de nuestro autor: “Los miembros del famoso Departamento Técnico eran: Joaquín Díez Canedo, Julián Calvo, don Sindulfo de la Fuente, Eugenio Ímaz y Luis Alaminos, todos ellos españoles, mexicanos nada más estábamos Antonio Alatorre y yo que acababa de entrar”[11].
Y no era gratuito que la mayoría fueran españoles. Durante los meses de julio y agosto de 1936, Alfonso Reyes fungía como embajador en Argentina y observaba el avance de la Guerra Civil Española. Reyes, con ayuda de Cosío Villegas, concibió la idea de invitar a México a algunos de los más eminentes españoles que, a consecuencia del triunfo militar, no podrían hacer su vida literaria en su país. A mediados de 1938, los primeros refugiados comenzaron a colaborar con el FCE.
Pero Arreola no sólo formó parte del Departamento Técnico de lo que sería la editorial con mayor presencia en América Latina, sino que fue aquí donde publicó su primer libro; después de tres años de corregir pruebas de imprenta, traducciones y originales, pasó a figurar en el catálogo de autores, nuevamente con la venia de Alfonso Reyes:
Desde 1946 don Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas fundan la colección Tezontle. Precisamente en esta colección publiqué mi primer libro: Varia invención, en 1949, cuya portada lleva una viñeta de Juan Soriano. Alfonso Reyes y Joaquín Díez-Canedo apoyaron su publicación[12].

En la capilla Alfonsina de la UANL, se puede encontrar un volumen con clasificación PQ7297/A773/V3, dedicado a Alfonso Reyes y firmado de puño y letra por Arreola.

Dedicatoria de J. J. Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Don Alfonso Reyes, este libro que le debe la vida.

Juan José Arreola

Noviembre 21-49

 

Hay que recordar que a partir de 1948 la dirección del FCE pasó a manos del argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien no sólo mantuvo los buenos lazos con el Colegio de México, sino que dio nuevo impulso a la editorial al crear otras colecciones importantes, como los famosos Breviarios[13]. La colección ya había sido ideada y proyectada por Alfonso Reyes y Cosío Villegas; sin embargo, carecía de nombre. Gracias a un concurso lanzado por esos años entre los miembros tanto del Fondo como del Colegio para nombrar la colección, salió un ganador: Juan José Arreola.

Es oportuno decir que, junto con el cambio de administración, y siendo jefe Orfila, Arreola deja la editorial:

Salí del Fondo de Cultura, entre otras causas, por ser acusado de parlanchín y alborotador. Orfila Reynal, sucesor de Cosío Villegas, nos puso a todos a trabajar, y como nos puso a trabajar en serio, pues a los pocos días, semanas o meses yo salí del Fondo, disparatado. Me llamó una vez a la dirección y me dijo: “Usted dirá lo que quiera, que aquí todos flojean, pero su voz es la única que se oye desde aquí donde estamos; si los demás platican yo no sé[14].

 

La herencia de Alfonso Reyes

Un año antes, a finales de 1947, don Alfonso Reyes había dado una beca a Juan José, sin ser universitario ni académico, para ingresar al Colegio de México con el fin de realizar un proyecto de investigación: un vocabulario agrícola, ganadero y artesanal del sur de Jalisco, teniendo a Zapotlán el Grande como capital lingüística. Arreola diría acerca de esa etapa de su vida: “entre las gentes que recuerdo con afecto y admiración, y que fueron compañeros de todos los días en El Colegio, está Ernesto Mejía Sánchez, José Durán, Alfredo Sancho y Augusto Monterroso”[15].
Finalmente, es preciso mencionar dos sucesos clave en la vida de Arreola en donde se percibe la sombra de Alfonso Reyes. El primero es la publicación de Confabulariodentro de la colección Letras Mexicanas. Durante más de dos años se estuvo elaborando el plan de la colección, ideada por Alfonso Reyes, que originalmente se llamaría Biblioteca de Autores Mexicanos. Al final, devino sólo en Letras Mexicanas, cuyos primeros títulos aparecieron entre abril y noviembre de 1952. Los tres primeros títulos fueron los siguientes: Obra poética de Alfonso Reyes, Confabulario de Juan José Arreola y el Nuevo Narciso y otros poemas de Enrique González Martínez. Para exponer la importancia de este punto, transcribo el testimonio de Díez-Canedo respecto al libro de Arreola:
Arreola, tiene usted suerte, su libro se programó originalmente para editarse dentro de un año, pero los responsables de la colección acordaron que los primeros números de la colección, y de manera general toda la colección, se alternara en la medida de lo posible publicando una obra de un escritor consagrado y otra de un autor joven o no conocido. Usted reúne dos características que nos resultan apropiadas: es joven y es poco conocido para el gran público, por eso me es grato comunicarle que Confabulario será el número dos de la nueva colección de Letras Mexicanas, puesto que el primer título será de nuestro ilustre Alfonso Reyes, así que usted irá publicado nada menos que entre Alfonso Reyes y su paisano Enrique González Martínez, ¿qué le parece?

En la capilla Alfonsina de la UANL, se puede encontrar un volumen de Confabulariocon clasificación PQ7297/.A773/C6 dedicado a Alfonso Reyes por Juan José Arreola.

Dedicatoria de J. J. Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Don Alfonso, poniendo entre el 1 y el 2 de esta colección, una infinita gradería de admiración y de respeto.

Arreola. Octubre de 1952

El segundo suceso se trata de la beca que Arreola recibe del Centro Mexicano de Escritores, liderado por Margaret Shedd. En el Diario de Alfonso Reyes, hay una entrada al respecto:

México, viernes 30 de junio 1950Mañana: despacho en casa y entrevista con la novelista norteamericana Margaret Shedd, que ha fundado una ¿escuela de escritores? en México, y quiere tres becarios mexicanos.[16]

Poco más de un año después Alfonso escribiría:

México, martes 17 de julio 1951Despacho en Colegio de México. Almuerzo con los cinco becarios vencedores casa Margarita Shedd, delicioso sitio (Arreola, Bonifaz, Carballido, Chávez Guerrero y Magaña)…[17]

Por la información que proporcionan ambas entradas, se puede ver cómo Margaret Shedd se acercó a don Alfonso con el objetivo de becar a tres alumnos de El Colegio de México. Alfonso no duda en elegir a Juan José Arreola. Respecto al Centro él mismo diría:

La fundación del Centro Mexicano de Escritores por parte de la señora Margaret Shedd, vino a enriquecer notablemente mi vida y mi trabajo de escritor. Por invitación de ella, firmé como testigo el acta notarial de creación del Centro, luego pertenecí al primer grupo de becarios en 1952; mis compañeros de beca fueron Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Emmanuel Carballo, Sergio Magaña y Herminio Guerrero[18].
Además de escribir y publicar sus libros, Alfonso Reyes apoyó a otros para que escribieran y publicaran los suyos y, en ciertos casos, para que se tradujeran libros extranjeros en los que El Colegio tenía algún interés. Reyes se complacía en el papel de mecenas de la cultura literaria mexicana, en ayudar a quienes se iniciaban en el oficio de escritor e, incluso, a algunos ya consagrados. El éxito de Reyes como benefactor de la vida literaria mexicana consistió también, y sobre todo, en su buen ojo para detectar el talento donde lo había: tal es el caso de Juan José Arreola, quien apreciaba a don Alfonso más allá del hombre que había apoyado la publicación de sus dos libros más importantes. Más allá de dedicar el mayor elogio que escritor alguno le haya enviado acerca de su obra: “no me canso de mirarme en su espejo”[19]; más allá del hombre que le escribía en momentos de complicados problemas sentimentales: “Yo no quiero que su vida de escritor acabe entre las piernas de las mujeres”[20]; Alfonso Reyes fue el hombre que, en palabras de Arreola, “más que un maestro, él se convirtió en un padre para mí”[21]

alfonso-reyes-sonrisa1

 

El coco de Stephen king

–Recurro a usted porque quiero contarle mi historia –dijo el hombre acostado sobre el diván del doctor Harper.
El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos.
–No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos.
El doctor Harper puso en marcha el magnetófono.
Billings estaba duro como una estaca sobre el diván, sin darle un ápice de sí. Sus pies sobresalían, rígidos, por el extremo. Era la imagen de un hombre que se sometía a una humillación necesaria. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como un cadáver. Sus facciones se mantenían escrupulosamente compuestas. Miraba el simple cielo raso, blanco, de paneles, como si por su superficie desfilaran escenas e imágenes.
–Quiere decir que los mató realmente, o…
–No. –Un movimiento impaciente de la mano–. Pero fui el responsable. Denny en 1967. Shirl en 1971. Y Andy este año. Quiero contárselo.
El doctor Harper no dio nada. Le pareció que Billings tenía un aspecto demacrado y envejecido. Su cabello raleaba, su tez estaba pálida. Sus ojos encerraban todos los secretos miserables del whisky.
–Fueron asesinados, ¿entiende? Pero nadie lo cree. Si lo creyeran, todo se arreglaría.
–¿Por qué?
–Porque…
Billings se interrumpió y se irguió bruscamente sobre los codos, mirando hacia el otro extremo de la habitación.
–¿Qué es eso? –bramó. Sus ojos se habían entrecerrado, reduciéndose a dos tajos oscuros.
–¿Qué es qué?
–Esa puerta.
–El armario empotrado –respondió el doctor Harper–. Donde cuelgo mi abrigo y dejo mis chanclos.
–Ábralo. Quiero ver lo que hay dentro.
El doctor Harper se levantó en silencio, atravesó la habitación y abrió la puerta. Dentro, una gabardina marrón colgaba de una de las cuatro o cinco perchas. Abajo había un par de chanclos relucientes. Dentro de uno de ellos había un ejemplar cuidadosamente doblado del New York Times. Eso era todo.
–¿Conforme? –preguntó el doctor Harper.
–Sí. –Billings dejó de apoyarse sobre los codos y volvió a la posición anterior.
–Decía –manifestó el doctor Harper mientras volvía a su silla– que si se pudiera probar el asesinato de sus tres hijos, todos sus problemas se solucionarían. ¿Por qué?
–Me mandarían a la cárcel –explicó Billings inmediatamente–. Para toda la vida. Y en una cárcel uno puede ver lo que hay dentro de todas las habitaciones. Todas las habitaciones. –Sonrió a la nada.
–¿Cómo fueron asesinados sus hijos?
–¡No trate de arrancármelo por la fuerza!
Billings se volvió y miró a Harper con expresión aviesa.
–Se lo diré, no se preocupe. No soy uno de sus chalados que se pasean por el mundo y pretenden ser Napoleón o que justifican haberse aficionado a la heroína porque la madre no los quería. Sé que no me creerá. No me interesa. No importa. Me bastará con contárselo.
–Muy bien. –El doctor Harper extrajo su pipa.
–Me casé con Rita en 1965… Yo tenía veintiún años y ella dieciocho. Estaba embarazada. Ese hijo fue Denny. –Sus labios se contorsionaron para formar una sonrisa gomosa, grotesca, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos–. Tuve que dejar la Universidad y buscar empleo, pero no me importó. Los amaba a los dos. Éramos muy felices. Rita volvió a quedarse embarazada poco después del nacimiento de Denny, y Shirl vino al mundo en diciembre de 1966. Andy nació en el verano de 1969, cuando Denny ya había muerto. Andy fue un accidente. Eso dijo Rita. Aseguró que a veces los anticonceptivos fallan. Yo sospecho que fue más que un accidente. Los hijos atan al hombre, usted sabe. Eso les gusta a las mujeres, sobre todo cuando el hombre es más inteligente que ellas. ¿No le parece?
Harper emitió un gruñido neutro.
–Pero no importa. A pesar de todo los quería. –Lo dijo con tono casi vengativo, como si hubiera amado a los niños para castigar a su esposa.
–¿Quién mató a los niños? –preguntó Harper.
–El coco –respondió inmediatamente Lester Billings–. El coco los mató a todos. Sencillamente, salió del armario y los mató. –Se volvió y sonrió–. Claro, usted cree que estoy loco. Lo leo en su cara. Pero no me importa. Lo único que deseo es desahogarme e irme.
–Le escucho –dijo Harper.
–Todo comenzó cuando Denny tenía casi dos años y Shirl era apenas un bebé. Denny empezó a llorar cuando Rita lo tenía en la cama. Verá, teníamos un apartamento de dos dormitorios. Shirl dormía en una cuna, en nuestra habitación. Al principio pensé que Denny lloraba porque ya no podía llevarse el biberón a la cama. Rita dijo que no nos obstináramos, que tuviéramos paciencia, que le diéramos el biberón y que él ya lo dejaría solo. Pero así es como los chicos se echan a perder. Si eres tolerante con ellos los malcrías. Después te hacen sufrir. Se dedican a violar chicas, sabe, o empiezan a drogarse. O se hacen maricas. ¿Se imagina lo horrible que es despertar una mañana y descubrir que su chico, su hijo varón, es marica?
»Sin embargo, después de un tiempo, cuando vimos que no se acostumbraba, empecé a acostarle yo mismo. Y si no dejaba de llorar le daba una palmada. Entonces Rita dijo que repetía a cada rato “luz, luz”. Bueno, no sé. ¿Quién entiende lo que dicen los niños tan pequeños? Sólo las madres lo saben.
»Rita quiso instalarle una lámpara de noche. Uno de esos artefactos que se adosan a la pared con la figura del Ratón Mikey o de Huckleberry Hound o de lo que sea. No se lo permití. Si un niño no le pierde el miedo a la oscuridad cuando es pequeño, nunca se acostumbrará a ella.
»De todos modos, murió el verano que siguió al nacimiento de Shirl. Esa noche lo metí en la cama y empezó a llorar en seguida. Esta vez entendí lo que decía. Señaló directamente el armario cuando lo dijo. “El coco –gritó–. El coco, papá.”
»Apagué la luz y salí de la habitación y le pregunté a Rita por qué le había enseñado esa palabra al niño. Sentí deseos de pegarle un par de bofetadas, pero me contuve. Juró que nunca se la había enseñado. La acusé de ser una condenada embustera.
»Verá, ése fue un mal verano para mí. Sólo conseguí que me emplearan para cargar camiones de Pepsi–Cola en un almacén, y estaba siempre cansado. Shirl se despertaba y lloraba todas las noches y Rita la tomaba en brazos y gimoteaba. Le aseguro que a veces tenía ganas de arrojarlas a las dos por la ventana. Jesús, a veces los mocosos te hacen perder la chaveta. Podrías matarlos.
»Bien, el niño me despertó a las tres de la mañana, puntualmente. Fui al baño, medio dormido, sabe, y Rita me preguntó si había ido a ver a Denny. Le contesté que lo hiciera ella y volví a acostarme. Estaba casi dormido cuando Rita empezó a gritar.
»Me levanté y entré en la habitación. El crío estaba acostado boca arriba, muerto. Blanco como la harina excepto donde la sangre se había…, se había acumulado, por efecto de la gravedad. La parte posterior de las piernas, la cabeza, las… eh… las nalgas. Tenía los ojos abiertos. Eso era lo peor, sabe. Muy dilatados y vidriosos, como los de las cabezas de alce que algunos tipos cuelgan sobre la repisa. Como en las fotos de esos chinitos de Vietnam. Pero un crío norteamericano no debería tener esa expresión. Muerto boca arriba. Con pañales y pantaloncitos de goma porque durante las últimas dos semanas había vuelto a orinarse encima. Qué espanto. Yo amaba a ese niño.
Billings meneó la cabeza lentamente y después volvió a ostentar la misma sonrisa gomosa, grotesca.
–Rita chillaba hasta desgañitarse. Trató de alzar a Denny y mecerlo, pero no se lo permití. A la poli no le gusta que uno toque las evidencias. Lo sé…
–¿Supo entonces que había sido el coco? –preguntó Harper apaciblemente.
–Oh, no. Entonces no. Pero vi algo. En ese momento no le di importancia, pero mi mente lo archivó.
–¿Qué fue?
–La puerta del armario estaba abierta. No mucho. Apenas una rendija. Pero verá, yo sabía que la había dejado cerrada. Dentro había bolsas de plástico. Un crío se pone a jugar con una de ellas y adiós. Se asfixia. ¿Lo sabía?
–Sí. ¿Qué sucedió después?
Billings se encogió de hombros.
–Lo enterramos. –Miró con morbosidad sus manos, que habían arrojado tierra sobre tres pequeños ataúdes.
–¿Hubo una investigación?
–Claro que sí. –Los ojos de Billings centellearon con un brillo sardónico–. Vino un jodido matasanos con un estetoscopio y un maletín negro lleno de chicles y una zamarra robada de alguna escuela veterinaria. ¡Colapso en la cuna, fue el diagnóstico! ¿Ha oído alguna vez semejante disparate? ¡El crío tenía tres años!
–El colapso en la cuna es muy común durante el primer año de vida –explicó Harper puntillosamente–, pero el diagnóstico ha aparecido en los certificados de defunción de niños de hasta cinco años, a falta de otro mejor…
–¡Mierda! –espetó Billings violentamente.
Harper volvió a encender su pipa.
–Un mes después del funeral instalamos a Shirl en la antigua habitación de Denny. Rita se resistió con uñas y dientes, pero yo dije la última palabra. Me dolió, por supuesto. Jesús, me encantaba tener a la mocosa con nosotros. Pero no hay que sobreproteger a los niños, pues en tal caso se convierten en lisiados. Cuando yo era niño mi madre me llevaba a la playa y después se ponía ronca gritando: «¡No te internes tanto! ¡No te metas allí! ¡Hay corrientes submarinas! ¡Has comido hace una hora! ¡No te zambullas de cabeza!». Le juro por Dios que incluso me decía que me cuidara de los tiburones. ¿Y cuál fue el resultado? Que ahora ni siquiera soy capaz de acercarme al agua. Es verdad. Si me arrimo a una playa me atacan los calambres. Cuando Denny vivía, Rita consiguió que la llevase una vez con los niños a Savin Rock. Se me descompuso el estómago. Lo sé, ¿entiende? No hay que sobreproteger a los niños. Y uno tampoco debe ser complaciente consigo mismo. La vida continúa. Shirl pasó directamente a la cuna de Denny. Claro que arrojamos el colchón viejo a la basura. No quería que mi pequeña se llenara de microbios.
Así transcurrió un año. Y una noche, cuando estoy metiendo a Shirl en su cuna, empieza a aullar y chillar y llorar. “¡El coco, papá, el coco!”
»Eso me sobresaltó. Decía lo mismo que Denny. Y empecé a recordar la puerta del armario, apenas entreabierta cuando lo encontramos. Quise llevarla por esa noche a nuestra habitación.
–¿Y la llevó?
–No. –Billings se miró las manos y las facciones se convulsionaron–. ¿Cómo podía confesarle a Rita que me había equivocado? Tenía que ser fuerte. Ella había sido siempre una marioneta…, recuerde con cuánta facilidad se acostó conmigo cuando aún no estábamos casados.
–Por otro lado –dijo Harper–, recuerde con cuánta facilidad usted se acostó con ella.
Billings, que estaba cambiando la posición de sus manos, se puso rígido y volvió lentamente la cabeza para mirar a Harper.
–¿Pretende tomarme el pelo?
–Claro que no –respondió Harper.
–Entonces deje que lo cuente a mi manera –espetó Billings–. Estoy aquí para desahogarme. Para contar mi historia. No hablaré de mi vida sexual, si eso es lo que usted espera. Rita y yo hemos tenido una vida sexual muy normal, sin perversiones. Sé que a algunas personas les excita hablar de eso, pero no soy una de ellas.
–De acuerdo –asintió Harper.
–De acuerdo –repitió Billings, con ofuscada arrogancia. Parecía haber perdido el hilo de sus pensamientos, y sus ojos se desviaron, inquietos, hacia la puerta del armario, que estaba herméticamente cerrada.
–¿Prefiere que la abra? –preguntó Harper.
–¡No! –se apresuró a exclamar Billings. Lanzó una risita nerviosa–. ¿Qué interés podría tener en ver sus chanclos?
Y después de una pausa, dijo:
–El coco la mató también a ella. –Se frotó la frente, como si fuera ordenando sus recuerdos–. Un mes más tarde. Pero antes sucedió algo más. Una noche oí un ruido ahí dentro. Y después Shirl gritó. Abrí muy rápidamente la puerta… la luz del pasillo estaba encendida… y… ella estaba sentada en la cuna, llorando, y… algo se movió. En las sombras, junto al armario. Algo se deslizó.
–¿La puerta del armario estaba abierta?
–Un poco. Sólo una rendija. –Billings se humedeció los labios–. Shirl hablaba a gritos del coco. Y dijo algo más que sonó como «garras». Sólo que ella dijo «galas», sabe. A los niños les resulta difícil pronunciar la «erre». Rita vino corriendo y preguntó qué sucedía. Le contesté que la habían asustado las sombras de las ramas que se movían en el techo.
–¿Galochas? –preguntó Harper.
–¿Eh?
–Galas… galochas. Son una especie de chanclos. Quizás había visto las galochas en el armario y se refería a eso.
–Quizá –murmuró Billings–. Quizá se refería a eso. Pero yo no lo creo. Me pareció que decía «garras. –Sus ojos empezaron a buscar otra vez la puerta del armario–. Garras, largas garras –su voz se había reducido a un susurro.
–¿Miró dentro del armario?
–S-sí. –Las manos de Billings estaban fuertemente entrelazadas sobre su pecho, tan fuertemente que se veía una luna blanca en cada nudillo.
–¿Había algo dentro? ¿Vio al…?
–¡No vi nada! –chilló Billings de súbito. Y las palabras brotaron atropelladamente, como si hubieran arrancado un corcho negro del fondo de su alma–. Cuando murió la encontré yo, verá. Y estaba negra. Completamente negra. Se había tragado la lengua y estaba negra como una negra de un espectáculo de negros, y me miraba fijamente. Sus ojos parecían los de un animal embalsamado: muy brillantes y espantosos, como canicas vivas, como si estuvieran diciendo: «me pilló, papá, tú dejaste que me pillara, tú me mataste, tú le ayudaste a matarme».
Su voz se apagó gradualmente. Un solo lagrimón silencioso se deslizó por su mejilla.
–Fue una convulsión cerebral, ¿sabe? A veces les sucede a los niños. Una mala señal del cerebro. Le practicaron la autopsia en Hartford y nos dijeron que se había asfixiado al tragarse la lengua durante una convulsión. Y yo tuve que volver solo a casa porque Rita se quedó allí, bajo el efecto de los sedantes. Estaba fuera de sí. Tuve que volver solo a casa, y sé que a un crío no le atacan las convulsiones por una alteración cerebral. Las convulsiones pueden ser el producto de un susto. Y yo tuve que volver solo a la casa donde estaba eso. Dormí en el sofá –susurró–. Con la luz encendida.
–¿Sucedió algo?
–Tuve un sueño –contestó Billings–. Estaba en una habitación oscura y había algo que yo no podía…, no podía ver bien. Estaba en el armario. Hacía un ruido…, un ruido viscoso. Me recordaba un comic que había leído en mi infancia. Cuentos de la cripta. ¿Lo conoce? ¡Jesús! Había un personaje llamado Graham Ingles, capaz de invocar a los monstruos más abominables del mundo… y a algunos de otros mundos. De todos modos, en este relato una mujer ahogaba a su marido, ¿entiende? Le ataba unos bloques de cemento a los pies y lo arrojaba a una cantera inundada. Pero él volvía. Estaba totalmente podrido y de color negro verdoso y los peces le habían devorado un ojo y tenía algas enredadas en el pelo. Volvía y la mataba. Y cuando me desperté en mitad de la noche, pensé que lo encontraría inclinándose sobre mí. Con garras… largas garras…
El doctor Harper consultó su reloj digital embutido en su mesa. Lester Billings estaba hablando desde hacía casi media hora.
–Cuando su esposa volvió a casa –dijo–, ¿cuál fue su actitud respecto a usted?
–Aún me amaba –respondió Billings orgullosamente–. Seguía siendo una mujer sumisa. Ése es el deber de la esposa, ¿no le parece? La liberación femenina sólo sirve para aumentar el número de chalados. Lo más importante es que cada cual sepa ocupar su lugar… Su… su… eh…
–¿Su sitio en la vida?
–¡Eso es! –Billings hizo chasquear los dedos–. Y la mujer debe seguir al marido. Oh, durante los primeros cuatro o cinco meses que siguieron a la desgracia estuvo bastante mustia…, arrastraba los pies por la casa, no cantaba, no veía la TV, no reía. Yo sabía que se sobrepondría. Cuando los niños son tan pequeños, uno no llega a encariñarse tanto. Después de un tiempo hay que mirar su foto para recordar cómo eran, exactamente.
»Quería otro bebé –agregó, con tono lúgubre–. Le dije que era una mala idea. Oh, no de forma definitiva, sino por un tiempo. Le dije que era hora de que nos conformáramos y empezáramos a disfrutar el uno del otro. Antes nunca habíamos tenido la oportunidad de hacerlo. Si queríamos ir al cine, teníamos que buscar una babysitter. No podíamos ir a la ciudad a ver un partido de fútbol si los padres de ella no aceptaban cuidar a los críos, porque mi madre no quería tener tratos con nosotros. Denny había nacido demasiado poco tiempo después de que nos casamos, ¿entiende? Mi madre dijo que Rita era una zorra, una vulgar trotacalles. ¿Qué le parece? Una vez me hizo sentar y me recitó la lista de las enfermedades que podía pescarme si me acostaba con una tro… con una prostituta. Me explicó cómo un día aparecía una llaguita en la ver… en el pene, y al día siguiente se estaba pudriendo. Ni siquiera aceptó venir a la boda.
Billings tamborileó con los dedos sobre su pecho.
–El ginecólogo de Rita le vendió un chisme llamado DIU… dispositivo intrauterino. Absolutamente seguro, dijo el médico. Bastaba insertarlo en el…, en el aparato femenino, y listo. Si hay algo allí, el óvulo no se fecunda. Ni siquiera se nota. –Ni siquiera sabes que está allí. Y al año siguiente volvió a quedar embarazada. Vaya seguridad absoluta.
–Ningún método anticonceptivo es perfecto –explicó Harper–. La píldora sólo lo es en el noventa y ocho por ciento de los casos. El DIU puede ser expulsado por contracciones musculares, por un fuerte flujo menstrual y, en casos excepcionales, durante la evacuación.
–Sí. O la mujer se lo puede quitar.
–Es posible.
–¿Y entonces qué? Empieza a tejer prendas de bebé, canta bajo la ducha, y come encurtidos como una loca. Se sienta sobre mis rodillas y dice que debe ser la voluntad de Dios. Mierda.
–¿El bebé nació al finalizar el año que siguió a la muerte de Shirl?
–Exactamente. Un varón. Le llamó Andrew Lester Billings. Yo no quise tener nada que ver con él, por lo menos al principio. Decidí que puesto que ella había armado el jaleo, tenía que apañárselas sola. Sé que esto puede parecer brutal, pero no olvide cuánto había sufrido yo.
»Sin embargo terminé por cobrarle cariño, sabe. Para empezar, era el único de la camada que se parecía a mí. Denny guardaba parecido con su madre, y Shirley no se había parecido a nadie, excepto tal vez a la abuela Ann. Pero Andy era idéntico a mí.
»Cuando volvía de trabajar iba a jugar con él. Me cogía sólo el dedo y sonreía y gorgoteaba. A las nueve semanas ya sonreía como su papá. ¿Cree lo que le estoy contando?
»Y una noche, hete aquí que salgo de una tienda con un móvil para colgar sobre la cuna del crío. ¡Yo! Yo siempre he pensado que los críos no valoran los regalos hasta que tienen edad suficiente para dar las gracias. Pero ahí estaba yo, comprándole un chisme ridículo, y de pronto me di cuenta de que lo quería más que a nadie. Ya había conseguido un nuevo empleo, muy bueno: vendía taladros de la firma Cluett and Sons. Había prosperado mucho y cuando Andy cumplió un año nos mudamos a Waterbury. La vieja casa tenía demasiados malos recuerdos.
»Y demasiados armarios.
»El año siguiente fue el mejor para nosotros. Daría todos los dedos de la mano derecha por poder vivirlo de nuevo. Oh, aún había guerra en Vietnam, y los hippies seguían paseándose desnudos, y los negros vociferaban mucho, pero nada de eso nos afectaba. Vivíamos en una calle tranquila, con buenos vecinos. Éramos felices –resumió sencillamente–. Un día le pregunté a Rita si no estaba preocupada. Usted sabe, dicen que no hay dos sin tres. Contestó que eso no se aplicaba a nosotros. Que Andy era distinto, que Dios lo había rodeado con un círculo mágico.
Billings miró el techo con expresión morbosa.
–El año pasado no fue tan bueno. Algo cambió en la casa. Empecé a dejar los chanclos en el vestíbulo porque ya no me gustaba abrir la puerta del armario. Pensaba constantemente: ¿Y qué harás si está ahí dentro, agazapado y listo para abalanzarse apenas abras la puerta? Y empecé a imaginar que oía ruidos extraños, como si algo negro y verde y húmedo se estuviera moviendo apenas, ahí dentro.
»Rita me preguntaba si no trabajaba demasiado, y empecé a insultarla como antes. Me revolvía el estómago dejarlos solos para ir a trabajar, pero al mismo tiempo me alegraba salir. Que Dios me ayude, me alegraba salir. Verá, empecé a pensar que nos había perdido durante un tiempo cuando nos mudamos. Había tenido que buscarnos, deslizándose por las calles durante la noche y quizá reptando por las alcantarillas. Olfateando nuestro rastro. Necesitó un año, pero nos encontró. Ha vuelto, me dije. Le apetece Andy y le apetezco yo. Empecé a sospechar que quizá si piensas mucho tiempo en algo, y crees que existe, termina por corporizarse. Quizá todos los monstruos con los que nos asustaban cuando éramos niños, Frankenstein y el Hombre Lobo y la Momia, existían realmente. Existían en la medida suficiente para matar a los niños que aparentemente habían caído en un abismo o se habían ahogado en un lago o tan sólo habían desaparecido. Quizá…
–¿Se está evadiendo de algo, señor Billings?
Billings permaneció un largo rato callado. En el reloj digital pasaron dos minutos. Por fin dijo bruscamente:
–Andy murió en febrero. Rita no estaba en casa. Había recibido una llamada de su padre. Su madre había sufrido un accidente de coche un día después de Año Nuevo y creían que no se salvaría. Esa misma noche Rita cogió el autobús.
»Su madre no murió, pero estuvo mucho tiempo, dos meses, en la lista de pacientes graves. Yo tenía una niñera excelente que estaba con Andy durante el día. Pero por la noche nos quedábamos solos. Y las puertas de los armarios porfiaban en abrirse.
Billings se humedeció los labios.
–El niño dormía en la misma habitación que yo. Es curioso, además. Una vez, cuando cumplió dos años, Rita me preguntó si quería instalarlo en otro dormitorio. Spock u otro de esos charlatanes sostiene que es malo que los niños duerman con los padres, ¿entiende? Se supone que eso les produce traumas sexuales o algo parecido. Pero nosotros sólo lo hacíamos cuando el crío dormía. Y no quería mudarlo. Tenía miedo, despue´s de lo que les había pasado a Denny y a Shirl.
–¿Pero lo mudó, verdad? –preguntó el doctor Harper.
–Sí –respondió Billings. En sus facciones apareció una sonrisa enfermiza y amarilla–. Lo mudé.
Otra pausa. Billings hizo un esfuerzo por proseguir. –¡Tuve que hacerlo! –espetó por fin–. ¡Tuve que hacerlo! Todo había andado bien mientras Rita estaba en la casa, pero cuando ella se fue, eso empezó a envalentonarse. Empezó a… –Giró los ojos hacia Harper y mostró los dientes con una sonrisa feroz–. Oh, no me creerá. Sé qué es lo que piensa. No soy más que otro loco de su fichero. Lo sé. Pero usted no estaba allí, maldito fisgón.
»Una noche todas las puertas de la casa se abrieron de par en par. Una mañana, al levantarme, encontré un rastro de cieno e inmundicia en el vestíbulo, entre el armario de los abrigos y la puerta principal. ¿Eso salía? ¿O entraba? ¡No lo sé! ¡Juro ante Dios que no lo sé! Los discos aparecían totalmente rayados y cubiertos de limo, los espejos se rompían… y los ruidos… los ruidos…
Se pasó la mano por el cabello.
–Me despertaba a las tres de la mañana y miraba la oscuridad y al principio me decía: «Es sólo el reloj.» Pero por debajo del tic-tac oía que algo se movía sigilosamente. Pero no con demasiado sigilo, porque quería que yo lo oyera. Era un deslizamiento pegajoso, como el de algo salido del fregadero de la cocina. O un chasquido seco, como el de garras que se arrastraran suavemente sobre la baranda de la escalera. Y cerraba los ojos, pensando que si oírlo era espantoso, verlo sería…
»Y siempre temía que los ruidos se interrumpieran fugazmente, y que luego estallara una risa sobre mi cara, y una bocanada de aire con olor a coles rancias. Y que unas manos se cerraran sobre mi cuello.
Billings estaba pálido y tembloroso.
–De modo que lo mudé. Verá, sabía que primero iría a buscarle a él. Porque era más débil. Y así fue. La primera vez chilló en mitad de la noche y finalmente, cuando reuní los cojones suficientes para entrar, lo encontré de pie en la cama y gritando: «El coco, papá… el coco…, quiero ir con papá, quiero ir con papá.»
La voz de Billings sonaba atiplada, como la de un niño. Sus ojos parecían llenar toda su cara. Casi dio la impresión de haberse encogido en el diván.
–Pero no pude. –El tono atiplado infantil perduró–. No pude. Y una hora más tarde oí un alarido. Un alarido sobrecogedor, gorgoteante. Y me di cuenta de que le amaba mucho porque entré corriendo, sin siquiera encender la luz. Corrí, corrí, corrí, oh, Jesús María y José, le había atrapado. Le sacudía, le sacudía como un perro sacude un trapo y vi algo con unos repulsivos hombros encorvados y una cabeza de espantapájaros y sentí un olor parecido al que despide un ratón muerto en una botella de gaseosa y oí… –Su voz se apagó y después recobró el timbre de adulto–. Oí cómo se quebraba el cuello de Andy. –La voz de Billings sonó fría y muerta–. Fue un ruido semejante al del hielo que se quiebra cuando uno patina sobre un estanque en invierno.
–¿Qué sucedió después?
Oh, eché a correr –respondió Billings con la misma voz fría, muerta–. Fui a una cafetería que estaba abierta durante toda la noche. ¿Qué le parece esto, como prueba de cobardía? Me metí en una cafetería y bebí seis tazas de café. Después volví a casa. Ya amanecía. Llamé a la policía aun antes de subir al primer piso. Estaba tumbado en el suelo mirándome. Acusándome. Había perdido un poco de sangre por una oreja. Pero sólo una rendija.
Se calló. Harper miró el reloj digital. Habían pasado cincuenta minutos.
–Pídale una hora a la enfermera –dijo–. ¿Los martes y jueves?
–Sólo he venido a contarle mi historia –respondió Billings–. Para desahogarme. Le mentí a la policía ¿sabe? Dije que probablemente el crío había tratado de bajar de la cuna por la noche y…, se lo tragaron. Claro que sí. Eso era lo que parecía. Un accidente, como los otros. Pero Rita comprendió la verdad. Rita… comprendió… finalmente.
–Señor Billings, tenemos que conversar mucho –manifestó el doctor Harper después de una pausa–. Creo que podremos eliminar parte de sus sentimientos de culpa, pero antes tendrá que desear realmente librarse de ellos.
–¿Acaso piensa que no lo deseo? –exclamó Billings, apartando el antebrazo de sus ojos. Estaban rojos, irritados, doloridos.
–Aún no –prosiguió Harper afablemente–. ¿Los martes y jueves?
–Maldito curandero –masculló Billings después de un largo silencio–. Está bien. Está bien.
–Pídale hora a la enfermera, señor Billings. Adiós.
Billings soltó una risa hueca y salió rápidamente de la consulta, sin mirar atrás.
La silla de la enfermera estaba vacía. Sobre el secante del escritorio había un cartelito que decía «Vuelvo enseguida».
Billings se volvió y entró nuevamente en la consulta.
–Doctor, su enfermera ha…
Pero la puerta del armario estaba abierta. Sólo una pequeña rendija.
–Qué lindo –dijo la voz desde el interior del armario–. Qué lindo.
Las palabras sonaron como si hubieran sido articuladas por una boca llena de algas descompuestas.
Billings se quedó paralizado donde estaba mientras la puerta del armario se abría. Tuvo una vaga sensación de tibieza en el bajo vientre cuando se orinó encima.
–Qué lindo –dijo el coco mientras salía arrastrando los pies.
Aún sostenía su máscara del doctor Harper en una mano podrida, de garras espatuladas.