La verdad de A. Chimal

Los liolio decían siempre lo contrario de lo que pensaban, de tal suerte que los peores enemigos se saludaban con alegría; los amantes no dejaban de decirse adiós; los generales ordenaban cargar cuando el ejército debía retirarse; las madres amonestaban a los hijos más obedientes. Siempre. Pero viajeros de todas las regiones iban hasta los liolio para oírlos hablar, vivir de ese modo tan extraño, y acaso uno de ellos, un mercader o un contador de cuentos, les enseñó a mentir (arte que les era desconocido y aun impensable).

Por lo que empezaron a decir lo que pensaban; a decir lo que no pensaban a sabiendas de que nadie les creería, y a hablar también con intenciones rectas, pero sin que nadie les diera crédito. Terminaron por mezclar lo que pensaban y lo que no en el discurso, en la acción y hasta en el pensamiento; así se volvieron iguales al resto de los pueblos del mundo, y se dispersaron, pues unos a otros, se dice, ya no podían comprenderse.

alberto-chimal

El tirador galante de Charles Baudelaire

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La llave de Tanizaki

Este año me propongo escribir libremente sobre un tema
del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar
mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda
leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería
a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la
rígida educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran
poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que
más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable
que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin
embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por
primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra
vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es
una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos,
que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo
peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor
femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los
que esconder la llave del cajón donde guardo este cuaderno,
es muy posible que una mujer como ella los haya registrado
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todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave.
Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal
vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Puede que en
mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya
confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón
y escondo la llave? Posiblemente sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es
probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando
en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la
verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en
alguna otra parte.
¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me
responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de
que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí
no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy
a insistir más, pues solo conseguiría resultar más sospechoso.
Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene.
No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le
gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta
obligado a escribir sobre esos temas es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto
pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo
de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las excepcionales ocasiones en que intento contarle
alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de
más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor
para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la
cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas
cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero
matrimonio?
Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la
oportunidad de hablar con ella acerca de nuestros problemas
sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como si
no, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta.
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Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que
le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es
cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año
cumpliré cincuenta y cinco (ella debe de tener ahora cuarenta
y cuatro), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero aun así me fatigo con facilidad cuando hacemos
el amor y una frecuencia semanal o cada diez días es suficiente
para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella
más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama.
Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo
tomármelo. No me pasa desapercibido que soy un marido que
no da la talla, y no obstante… Supongamos que ella tuviera
una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero solo estoy
planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo
podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud,
¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos
apetitos?
Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía.
Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y
durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para
pensar… Pese a ello, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno actúo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate
de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente,
y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría
de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del
que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de
experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no hubiera sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde
mi juventud, y sé que muy pocas mujeres tienen la adecuación
física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido
a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, hubiera causado sensación; hubiera llegado a ser una
gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían
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arracimado en torno a ella. (Quizás no debería mencionar esto,
pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su
reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada
o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en
su fuero interno, se sienta orgullosa?) Tan solo pensar en ese
don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo
supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella,
¿qué sucedería?
Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi
sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por
mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados,
por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y por mi parte, hago cualquier cosa que a ella
parezca gustarle –besarle las axilas o lo que sea– a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no
reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación
sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta
clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se
aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder.
Por otro lado, Ikuko sabe que siento cierta inclinación fetichista por los pies y que adoro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, que nadie diría que son los de una mujer
de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi
nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o
«¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta
más difícil que nunca tratar con ella.
Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es
mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera
noche» del nuevo año y, sin duda, ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.
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4 de enero
Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, mientras él había
salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el
suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Quizás haya sido tan solo un
accidente, pero no puedo creer que se le haya caído por puro
descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario
desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido.
Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia
del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero
eso es todo lo que sé, y no tengo interés en saber más. Jamás
se me había pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo
que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente
seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave.
En ese caso, ¿por qué la habrá dejado tan a la vista? ¿Acaso
ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que
me está diciendo: «Puedes leerlo en privado: aquí está la llave».
¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizás lo
que dice es que: «A partir de ahora reconozco que lo estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces»?
En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo
leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología
más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta
permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me
interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere
mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea
cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo.
Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré
lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos
tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de
dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a
que él salga de casa para ponerme a escribir, y ocultar el cua-
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derno en cierto sitio en el que mi marido jamás se le ocurrirá
pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene
para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el
suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario, y
eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad.
Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo
año… pero ¡cómo me avergüenza poner por escrito una cosa
así! Mi difunto padre solía decirme: «La discreción ante todo».
¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he
degradado!… Como de costumbre, mi marido experimentó
la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé
insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide
disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque
soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según
él, soy demasiado «convencional», estoy «inhibida» en exceso; en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo,
dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto
que es del todo anormal; solo en ese aspecto no soy pasiva ni
reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he
estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma
postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le
pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe
de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la
excesiva frecuencia de mis solicitudes.
Mi marido me considera prosaica y poco romántica. «No
me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero», me dice. «Me
consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de veras, deberías ser más apasionada, deberías acceder a
cualquier cosa que te pida.» Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara
excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el
menor esfuerzo por cooperar con él… que, por hambrienta
que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de
brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa.
Supongo no es irracional que mi marido piense eso de mí,
pero mis padres me educaron en la creencia de que una esposa debe ser reservada y modosa, y, ciertamente, jamás agresiva
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hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en
una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo
más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para
que se manifieste. En el momento en que intento que aflore,
empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no
resplandeciente.
He empezado a pensar que nuestro enlace fue un terrible
error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo
sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos
he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo
la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi
legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda solo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación
nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro
matrimonio, durante la luna de miel –hace ya tanto tiempo–,
cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo
que me estremecí al verle el rostro cuando se quitó las gafas de
miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco
raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso
cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. Le devolví la
mirada sin poder evitarlo, parpadeando, y en cuanto vi aquella
piel suave y brillante como el aluminio, me estremecí de nuevo.
Aunque no lo había notado durante el día, vi que los pelos del
bigote y la barba le despuntaban bajo la nariz y alrededor de los
labios (tiende a ser velludo) y también eso me causó una vaga
repugnancia.
Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan
de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo
mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar
la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la
cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando
él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle como le sea posible. (Intento re-
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chazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación
de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido
relaciones íntimas con otro hombre, y me intriga saber si todos
tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias
caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de
todos los hombres?
7 de enero
Hoy Kimura nos ha hecho una visita para felicitarnos por el
Año Nuevo. Yo había empezado a leer Santuario, de Faulkner,
y regresé a mi estudio en cuanto hubimos intercambiado los
saludos. Él habló con mi mujer y Toshiko durante un rato en
la sala de estar, y entonces, alrededor de las tres, se las llevó al
cine, a ver Sabrina. Regresó con ellas a las seis, se quedó a cenar
y, tras la sobremesa, se marchó hacia las nueve.
Durante la cena, todos, excepto Toshiko, tomamos un poco
de coñac. Últimamente Ikuko parece beber algo más. Fui yo
quien la inicié, pero a ella le gustó desde el principio. Si la estimulas a hacerlo, beberá una cantidad considerable. Es cierto
que nota los efectos del alcohol, pero de una manera furtiva,
secreta, sin que se trasluzca. Reprime su reacción tan bien que
a menudo la gente no se da cuenta de lo mucho que ha bebido.
Esta noche Kimura le ha servido dos copas y media de coñac.
Ella se ha puesto un poco pálida, pero no parecía embriagada.
En cambio, Kimura y yo hemos enrojecido. Él no aguanta muy
bien el licor, la verdad es que no lo aguanta tan bien como
Ikuko. Pero ¿no ha sido esta noche la primera vez que ha permitido que otro hombre la persuadiera a beber? Él le había
ofrecido una copa a Toshiko, quien la rechazó y le dijo: «Dásela
a mamá».
Desde hace algún tiempo observo que Toshiko se muestra
reservada con Kimura. ¿Es porque cree que él tiene demasiadas atenciones hacia su madre? Esa idea también se me había
pasado por la cabeza, pero llegué a la conclusión de que estaba siendo celoso y la descarté. Tal vez estuviese en lo cierto, a
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fin de cuentas. Aunque mi mujer suele mostrarse fría con los
invitados, sobre todo con los hombres, con Kimura es bastante cordial. Ninguno de nosotros lo ha mencionado, pero se
parece a cierto actor norteamericano, que resulta ser el actor
favorito de Ikuko. (He observado que no deja de ver ninguna
de sus películas.)
Naturalmente, procuro que Kimura nos visite con frecuencia, porque le considero un posible candidato a la mano de Toshiko, y le he pedido a mi esposa que observe qué tal se llevan
los dos. Sin embargo, Toshiko no parece en absoluto interesada
por él, y hace cuanto puede para no quedarse a solas en su
compañía. Cada vez que viene a verla, incluso cuando van al
cine, siempre le pide a su madre que los acompañe.
–Lo estropeas todo al ir con ellos –le digo a Ikuko–. Déjalos
solos.
Pero ella se muestra disconforme y dice que, como madre,
tiene la responsabilidad de ir con ellos. Cuando le replico que
esa manera de pensar es anticuada, que debería confiar en
ellos, admite que tengo razón, pero dice que Toshiko quiere
que los acompañe. Suponiendo que así sea, ¿no se deberá a que
la muchacha sabe que a su madre le gusta Kimura? De alguna
manera, no puedo evitar la sensación de que han llegado a un
acuerdo tácito al respecto. Es posible que Ikuko no lo sepa y
crea que tan solo hace de carabina, pero creo que Kimura le
parece sumamente atractivo.
8 de enero
Anoche estaba un poco bebida, pero mi marido lo estaba
mucho más. Me pidió una y otra vez que le besara los párpados,
algo en lo que no había insistido últimamente, y yo había ingerido el coñac suficiente para hacerlo. Eso no hubiera tenido
mayores consecuencias, de no haberle visto por descuido lo
único que no soporto: su cara sin gafas. Al besarle cierro los
ojos, pero anoche los abrí antes de terminar, y su piel como
de alumino apareció ante mí como un primer plano en cine-
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mascope. Me estremecí y tuve la sensación de que yo misma
palidecía. Por suerte, no tardó en ponerse de nuevo las gafas
y, como de costumbre, empezó a examinar mis manos y pies.
No dije nada y apagué la luz. Él extendió la mano, en busca del
interruptor, pero yo empujé la lámpara y la alejé de él.
–¡Espera un momento! –me rogó–. Déjame que te mire otra
vez. Por favor…
Tanteó en la oscuridad, pero no pudo encontrar la lámpara
y, finalmente, abandonó el intento… Su abrazo fue mucho más
largo que de costumbre.
Siento un profundo desagrado hacia mi marido, pero le amo
casi con la misma intensidad. Por mucho que él me repugne,
jamás me entregaré a otro hombre. De ninguna manera podría
abandonar mis principios que me obligan a la fidelidad. Pese a
lo mucho que me exaspera su manera morbosa y repulsiva de
hacer el amor, es evidente que sigue enamorado de mí y siento
que, de alguna manera, he de responder a su afecto.
Ojalá hubiera conservado en mayor medida su vigor de antaño… ¿Por qué se ha reducido tanto su vitalidad? Según él,
la culpa es mía, porque soy demasiado exigente. Dice que las
mujeres pueden tolerarlo, pero no los hombres que trabajan
con el intelecto, a quienes esa clase de excesos pronto hacen
mella. Me azora al decirme esas cosas, pero sin duda sabe que
no tengo la culpa de mis necesidades físicas. Si realmente me
quisiera, debería aprender a satisfacerme. No obstante, confío
en que recuerde que no puedo soportar esos innecesarios hábitos juguetones que, lejos de estimularme, dan al traste con mi
buena disposición de ánimo. Mi naturaleza siempre me inclina
hacia las costumbres tradicionales, y quiero realizar el acto ciegamente, en silencio, bajo gruesos edredones, en el dormitorio
a oscuras. Es un terrible infortunio para un matrimonio que los
gustos de cada uno estén tan enfrentados en este aspecto. ¿No
habrá alguna manera de que lleguemos a un acuerdo?

Tanizaki

Mal de tren de Tanizaki

Fue a primeros de junio pasado, estando en Kioto, cuando me amenazó la enfermedad. Por supuesto, ya había sufrido ataques en Tokio pero, absteniéndome de alcohol, tomando baños fríos y masajes e ingiriendo píldoras, me consideré recuperado. Mas después de llegar a Kioto empecé a llevar una vida cada vez más irregular y pasé muchas noches en los bares y en las casas de geishas, con lo que me encontré resbalando hacia una recaída.

Según dice un amigo, esta alteración mía —esta atormentadora y estúpida alteración en la que me asquea ahora pensar— es probablemente una especie de neurosis llamada Eisenbhankrankheit (mal de tren). Mis ataques no tienen nada que ver con la náusea y el vértigo de los mareos: sufro las agonías del propio terror. En el momento en que me subo a un tren, en el instante en que pita el silbato y las ruedas empiezan a girar y los vagones arrancan balanceándose, en ese instante, se me acelera el pulso en todas las venas como si hubiese sido estimulado por una bebida fuerte, y la sangre se me sube a la cabeza. Un sudor frío aflora por todo mi cuerpo, los brazos y las piernas empiezan a temblarme como si tuviese tercianas. Me parece que, si no me someto a un tratamiento de emergencia, toda mi sangre —cada una de sus gotas— se precipitará dentro de ese pequeño recipiente, redondo y duro, que llevo encima del cuello, hasta que el mismo cráneo, como un globo de juguete inflado más allá de su capacidad, no tenga más remedio que estallar. Y, encima, el tren, con absoluta indiferencia y tremenda energía, se lanza por los raíles a toda velocidad. “¿Qué vale la vida de un ser humano?”, parece preguntar. Vomitando como un volcán su humo hollinoso y rugiendo a lo largo de su osado y cruel camino, se lanza ansioso, implacable, hacia los túneles color azabache, a lo largo de vacilantes puentes de acero, cruzando ríos, a través de praderas, bordeando bosques. Los pasajeros, también ellos, parecen demasiado indiferentes, mientras leen, fuman, descabezan un sueño o hasta contemplan por la ventanilla el panorama que se desenrolla vertiginosamente.

“¡Socorro, me muero!”, grito en mi interior, poniéndome pálido y jadeando como embargado por un fatal paroxismo. Corro al lavabo, zambullo la cabeza en agua fría o me agarro a la ventanilla y doy patadas en el suelo agitándome con frenética desesperación.

Tratando de lanzarme fuera del tren de una forma u otra, golpeo ferozmente los tabiques de mi departamento, sin reparar en mis puños sangrantes, y rujo como un criminal encerrado en el calabozo. En el paroxismo del ataque, a duras penas puedo contenerme para no abrir la puerta y tirarme del tren, o agarrar me ciegamente al timbre de alarma. Pero, en todo caso, me las arreglo para controlarme hasta la parada siguiente, salgo dando traspiés, ofreciendo un doloroso y deplorable aspecto, y me abro camino a duras penas desde el andén hasta la puerta de salida. Tan pronto como abandono la estación, el pulso se me tranquiliza con absurda rapidez y las sombras de mi ansiedad desaparecen una tras otra.

Esta fobia mía no se limita a los trenes. Puede echárseme encima en los trolebuses, automóviles y teatros, en cualquier lugar en que el movimiento y el color, y el ruido y el bullicio de la multitud, parecen amenazar a mis nervios enfermizamente excitables. Estoy expuesto a un ataque en cualquier parte y a cualquier hora. Sin embargo, en los trolebuses y teatros, puesto que puedo escapar fácilmente, nunca me he sentido tan al borde de la locura.

Y así fue como a primeros de junio, cuando iba subido en un oscilante trolebús de Kioto, me di cuenta de que la enfermedad me tenía aún entre sus garras. Hasta entonces, había evitado escrupulosamente los trenes y abandonado toda idea de volver a Tokio hasta sentirme seguro de que no me volvería la fobia. Quería presentarme al reconocimiento militar, lo que había de hacerse antes de que pasase el verano, en cualquier lugar cercano a Kioto, al que pudiese llegar sin tomar el tren.

Desgraciadamente, supe que era demasiado tarde para sufrir el examen en cualquiera de los centros cercanos a Kioto, pero gracias a un amigo de Osaka conseguí ir a uno que había en una aldea de pescadores, en la línea de trolebuses Osaka-Kobe, siempre que transfiriese allí mi residencia legal con dos o tres días de anticipación. Los reconocimientos en aquel pueblo estaban anunciados para mediados de junio.

Estaba encantado de poder ir en trolebús, sin tener que pisar el tren, ni mucho menos hacer el viaje a Tokio. Y alrededor de las doce del día, con mi certificado oficial y una copia de mi partida de nacimiento (que me fue enviada desde Tokio) en el bolsillo, me dirigí a la estación de la línea Osaka-Kobe, que está en la calle de Gojo.

Una luz como de pleno verano resplandecía sobre las secas y polvorientas calles de Kioto, el cielo claro parecía venenosamente alisado: suave extensión de denso índigo azul. Yo llevaba una capa de seda sobre un kimono liso sin forro y en el camino hacia la estación, en rickshaw, pude sentir un suave rezumar como de pegajosas gotas de sangre desde los crecidos cabellos junto a las sienes y cómo me resbalaban por las mejillas hasta empaparme el cuello. Mirando hacia el monte Atago desde el puente de Gojo, vi las calientes olas ondulando al pie de las colinas como impulsadas desde las entrañas de un horno ardiente. Los campos distantes y los bosques estaban oscurecidos por una neblina vaporosa, mientras en el primer plano los tejados y los muros de piedras ajedrezadas y las aguas del río Kamo estaban teñidos de tan vívidos tonos, tan vivos como si fuesen pintura aún fresca, que me herían los ojos al mirarlos. Cuando empecé a bajar, tras dejar el rickshaw, a la estación, los bordes del kimono se me pegaban a las piernas empapadas de sudor y las ceñían tan estrechamente que estuve a pique de caerme.

“Todo irá bien si se trata de un trolebús”, fue lo que me dije a mí mismo queriendo darme un poco de ánimo, pero ya tenía los nervios tensos por culpa del deprimente calor. Después de sacar el billete para Osaka, decidí descansar hasta que se me calmasen los nervios y me desplomé en un banco sobre el que permanecí sentado, mirando ausente a la calle igual que un mendigo.

Coche tras coche de la línea Osaka-Kobe —construidos mucho más sólidamente que los trolebuses, tan oscuros y macizos como jaulas de fieras— llegaban, ululaban su silbido y vomitaban una multitud de viajeros a cambio de otra (que inmediatamente engullían) y se marchaban a Osaka. Llegaba un coche cada pocos minutos. Haciendo acopio de todo mi valor, me puse en pie y me acerqué a la puerta de control de billetes, pero entonces el corazón empezó a latirme salvajemente y las piernas se negaron a llevarme más lejos. Me pareció haber sido paralizado por un espantoso hechizo. Me volví tambaleante hacia el banco.

—¿Rickshaw, señor?

—No, estoy esperando a alguien —le contesté al hombre—. Voy a Osaka. —Pero después de haberme librado de él me quedé donde estaba. “Voy a Osaka”, había respondido, pero no sé por qué sonó en mis oídos “voy a morir”. Qué asombro hubiera sentido el hombre de la rickshaw si se me hubiesen cerrado los ojos y me hubiese quedado en el sitio: una cosa tan brusca como la muerte de Svidrigailov en Crimen y castigo (“¡Si alguien te pregunta, dile que me he ido a América!”), cuando se apoyó la pistola en la frente y se pegó un tiro.

Cuando miré el reloj, vi que era cerca de la una. La oficina del pueblo cerraría seguramente a las tres o las cuatro y yo tenía que estar inscrito antes de acabar el día para ser admitido a examen. De otra forma, los amables esfuerzos de mi amigo habrían sido estériles. Súbitamente inspirado, compré un botellín de whisky en una tienda cercana. Luego, me senté otra vez en el banco, me apoyé en el respaldo y empecé a vaciar el frasco a sorbitos.

De acuerdo con experiencias pasadas, el whisky me amortecía los nervios el tiempo suficiente para permitirme escapar de lo más agudo del terror. Tenía en él una fe casi supersticiosa. Pensé que si me emborrachaba hasta perder la cabeza antes de subir al trolebús, podría ser capaz de llegar a Osaka sano y salvo.

El entumecimiento iba empapando poco a poco mi abatido cuerpo. Mientras seguía pacientemente sentado, era consciente de que una loca borrachera iba pudriendo de un modo espléndido mi conciencia y embotando todos mis sentidos. Pronto empecé a mirar con ojos mortecinos y lánguidos al alegre y ruidoso pasaje, observando el flujo de las arremolinadas luces y sombras.

Las gentes que pasaban al pie del puente de Gojo iban ruborizadas, color carmín, y perladas de sudor, como figuras de gelatina derritiéndose. Hasta las guapas jovencitas envueltas en ropas de verano finas como películas sufrían ostensiblemente —se veía su cuerpo inflamado— el calor que no cedía. El sudor… el sudor de muchedumbres ingentes parecía exudar sin fin en la atmósfera bochornosa, cernerse sobre todo, adherirse pegajoso a las paredes y a cuanto era superficie. Recordé un verso de poesía decadente: “Sobre la ciudad cuelga una neblina de sudor…”.

Como una pantalla de cine que se arrugase, la calle parecía ondear hacia atrás y hacia adelante, unas veces combándose, quebrándose otras, empañándose, duplicándose… Saber que estaba borracho perdido era lo único que me envalentonaba, que me daba osadía.

Por fin, me decidí a subir al coche siguiente y tomé la precaución de comprar otra botella de whisky. También —para poder enfriarme la cabeza si, por casualidad, sintiese que iba a darme un ataque— compré un poco de hielo picado y lo envolví en el pañuelo.

Armado así, me dejé estrujar y empujar hacia la verja por la trituradora multitud, di el billete para que lo picasen y ya iba a llegar al andén cuando me sentí de nuevo bajo el hechizo. En presencia de aquel coche enfurecidamente bufante y gritador, tan impaciente por salir bramando, mis nervios se desprendieron de su protector barniz alcohólico y mi cabeza, de repente lúcida, se despejó y empezó a trepidar y temblar. Me sentía presa de un todopoderoso terror, como si se me fuese a romper la mente, como si estuviese a punto de hundirme en un negro coma o en el limbo de la locura. Instintivamente, retrocedí de prisa hacia la puerta.

—Perdón —dije sin pensar al empleado—, acaban de picarme el billete, pero tengo que esperar a un amigo, así es que tomaré el próximo coche. —Apretándome el paquete de hielo sobre la frente, me abrí camino contra la corriente de viajeros y, enervado por completo, me fugué de la estación como si me persiguiese un espíritu diabólico. Desfondándome desmadejadamente en un banco, me las arreglé para empezar de nuevo a respirar sin agobio. Sentí como si alguien, a mis espaldas, estuviese riéndose de mí sarcásticamente.

“Esto no debería haber sucedido —me dije—. Pensé que estaba bastante borracho como para conseguirlo; ¿qué diablos marcha hoy mal? ¿Están hoy mis nervios tan en carne viva que no hay whisky que pueda con ellos?”

Y dieron las dos. “Si pierdo más tiempo va a ser demasiado tarde —pensé—. Y si pierdo esta ocasión, tendré que volver pronto a Tokio. Pero supongamos que escribo una carta a las autoridades explicándoles mis cuitas”: “Dado que un viaje en tren podría matarme o volverme loco, no puedo volver a Tokio a tiempo para el reconocimiento”. Quizá me respondiesen: “Aun en el caso de morir o volverse loco, no puede dejar de presentarse a tiempo para el reconocimiento. Esto me obligaría a coger el tren y volver a Tokio como un loco furioso… Me gustaría arremeter contra ellos el día del examen y dar un espectáculo. “¿Lo están viendo? —les diría entre sollozos—. ¡Son ustedes tan insensatos que he perdido la razón!” ¿Qué diría entonces el médico militar?, me pregunto. Quizá me felicitase indiferentemente. “Muy bien. Ha hecho usted bien en volver. Ha hecho usted bien en volver aun a costa de volverse loco. Admiro su sentido del deber.”

Todavía rebosante de whisky, dejé vagar mis pensamientos de una estupidez a otra, sentado allí, riéndome de mí mismo, enfureciéndome, rabiando o sintiendo asco.

Tras considerar seriamente la situación, decidí que solo tenía tres opciones: morirme, volverme loco o seguir sin volver a Tokio. Si no quería morirme o volverme loco, tenía que vencer mi fobia y salir para Osaka inmediatamente.

Pero supongamos que pierdo el sentido en el trolebús…

Suspirando con desconsuelo, miré foscamente al coche que se acercaba y me levanté del banco. Tal vez debería volar a una casa de geishas para olvidar mis cuitas. ¿O debería quedarme allí otro poquito en espera de tranquilizarme? El sol se pondrá, la noche se irá cerrando. Si me quedo aquí sin más hasta que parta el último de los trolebuses y entonces vuelvo a mi apartamento sin haber resuelto nada, quizá me conforme con mi suerte y sienta algún alivio.

—¡Qué bien, T! ¿Adónde vas?

Era mi amigo K. Vestía un fresco kimono de verano y un sombrero panamá, airosamente encasquetado en la nuca, sombreaba sus bien dibujadas facciones y su elegante cabellera.

Sobresaltado, como si me hubiesen cogido cometiendo un crimen, balbuceé:

—Solamente a Osaka… —y sonreí como un bobo.

—¡Ah! Aquel médico militar del que me hablaste el otro día —asintió comprensivo K.—. Precisamente voy a Fushimi. Podemos ir juntos.

—Bueno…

—Te presento a un amigo mío.

K. me presentó al instante a su compañero, que era médico: un hombre rubicundo, algo rollizo, de unos treinta y pocos años, con un encantador bigotito pulcramente recortado.

—¿Seguimos el viaje juntos? Pase delante, por favor.

—Sí, gracias —respondí, todavía indeciso. Pero me dejé llevar hacia aquel feroz coche.

—Por favor, por favor, tú primero —insistió K., casi empujándome dentro.

—Pues bueno.

Resueltamente, cerré los ojos y subí de prisa al coche. Apenas estuve dentro, me agarré a una correa con una mano, y con la otra me acerqué la botella de whisky a la boca y tomé un buen trago. El hecho de hallarme en pie y agarrado a una correa me dio la sensación de ejercer todavía algún control sobre mi destino.

—Es usted un buen bebedor, ¿no? —dijo el doctor.

—No, es que detesto los trenes. Tengo que beber o no puedo tomarlos.

Me di cuenta, de pronto, de que mi explicación podría parecer un tanto ilógica, especialmente a un médico.

Con un último resoplido del silbato, el trolebús empezó a moverse:

“¿Voy a morirme ahora? —susurró una voz dentro de mí—. Esto debe de ser lo que se siente cuando le van a guillotinar a uno.”

—¿Qué piensa usted, doctor? ¿Cree usted que superaré el examen físico?

—Vamos a ver. Lo pasará perfectamente. Un tipazo tan fortachón como usted…

Ya habíamos dejado atrás las calles de Kioto; a gran velocidad, iban pasando por las ventanillas las hojas tiernas de los árboles y arbustos suburbanos, el camino real, las bajas colinas de las afueras de la ciudad. Fue entonces cuando un pequeño brote de confianza empezó a abrirse en mi interior. Después de todo, quizá pudiese llegar a Osaka sano y salvo.

¿Dónde radica, exactamente, la grandeza literaria de Solzhenitsyn? En el centenario de su nacimiento, este texto propone una respuesta.

TOMADO DE LETRAS LIBRES:https://www.letraslibres.com/mexico/literatura/solzhenitsyn-en-su-centenario

Pocos escritores del siglo XX pueden vanagloriarse de haber descubierto un gran tema, uno de esos puestos de avanzada literaria que sirven para arrojar luz sobre un periodo histórico, una estructura social, un sistema político, una ideología y varios recovecos de la condición humana. Alexander Solzhenitsyn puede presumir de descubridor en todos esos campos. Su tema se resume en unas siglas que, aunque tienen precedentes en la extensa literatura carcelaria rusa (Korolenko, Dostoievski), fueron capaces de colocar la realidad soviética en una nueva dimensión del horror. Toda la literatura sobre el Gulag es posterior a Solzhenitsyn. El gran Varlam Shalamov es su contemporáneo, pero como prueba la célebre polémica que sostuvieron, Shalamov no podía dejar de ver el lager con los ojos de un literato. Los Relatos de la Kolimá no traicionan, por supuesto, una realidad espantosa. Pero su autor no es capaz de lidiar solo con los “puñados de verdad”, necesita un estilo. Archipiélago Gulag fue un libro inaugural porque reveló “en crudo” todos los detalles de un secreto cuyo peso acabó imponiéndose (pese a las numerosas mezquindades) como evidencia histórica sobre décadas de ocultamiento y costra propagandística. Muy pocos libros del siglo XX consiguieron esa radical influencia.

Recuerdo claramente la tarde de adolescencia en que terminé de leer Un día en la vida de Iván Denísovich, en una edición cubana de la colección Cocuyo. Aquellas páginas me preocuparon, porque hasta esa tarde yo había pensado que existía la posibilidad de que todo lo que se decía sobre el estalinismo fuese una estudiada campaña de propaganda enemiga. No me culpen: tenía apenas 16 años, vivía en La Habana y solo había hecho un viaje estudiantil a Bulgaria. Fue el sobrio relato del calvario de Iván Denísovich Shújov en un campo de trabajo lo que me hizo dudar, casi por primera vez. Aquello no podía ser falso. Se presentaba como novela, sí. Pero algo sostenía la rotunda verdad revelada en aquel libro, una verosimilitud última, al margen de cualquier etiqueta de ficción. Leer aquello era saber que había sucedido.

La única otra referencia a Solzhenitsyn que podía encontrarse en las librerías habaneras de esa época formaba parte (aunque yo aún no lo sabía) de un itinerario de expiación ideológica por el pecado cometido a mediados de los sesenta. La espiral de la traición de Solzhenitsin (Arte y Literatura, 1979), del checo Thomas Rezac, dejaba, ya desde su portada (una maligna estilográfica enroscada como una serpiente) poco lugar a las dudas sobre el mal causado. Muchos años después me enteré de que Rezac era, en realidad, un agente de los servicios secretos checos que trabajaba para el KGB, y que su libro se lo habían dictado casi página por página. Los detalles de esa infamia los cuenta B. A. Ivanov, en un artículo de Novy Mir (titulado “Sovershenno sekretno”, 1992, No. 4). Aquel libelo checo tuvo tremenda influencia en una lejana isla del Caribe. Sobre todo, porque nunca se publicó en Cuba ni una sola página del Archipiélago Gulag, un libro que solamente hubiera podido publicar alguien que ya tenía un Premio Nobel, y que aún así le acarreó a su autor numerosas consecuencias negativas para eso que llaman “carrera literaria”.

A Solzhenitsyn le quedó el consuelo de vivir lo bastante como para contemplar su victoria, la victoria de su verdad sobre la propaganda soviética. Desde ese punto de vista, fue el único escritor soviético que recuperó con orgullo su condición de escritor ruso, un apelativo que arrastra nociones mucho más amplias que una mera denominación geográfica. No se trata solo de su parentesco con la tradición eslavófila ni de su vínculo con el canon clásico de su lengua (sobre todo con Tólstoi). Se trata, también, de que Solzhenitsin vivió para ver a la Unión Soviética rebautizada como Federación Rusa, recibir de nuevo la nacionalidad que le habían quitado las autoridades, leer la noticia de la muerte de Andrópov (que fue quien se ocupó personalmente de su “caso”) y recibir con una sonrisa el homenaje oficial del presidente Vladimir Putin (bisoño agente del KGB, por cierto, en aquellos años de sus desdichas). De todos esos desagravios, el más importante ocurrió en 1989, cuando se publicaron los primeros islotes del Archipiélago –también en Novy Mir, creo recordar. Hubo tiempo hasta de que los rusos volvieran a criticarlo, esta vez por reaccionario y antioccidental.

Ejerció de clásico vivo, aunque creo que poco y mal leído en España (salvo notables excepciones, como Juan Pedro Quiñonero). Publicado en fecha tan temprana como 1974 por Plaza & Janés, Solzhenitsyn visitó Madrid en 1976 y trató de convencer a los españoles de que el franquismo no podía llamarse “dictadura”. Su más seria editora en español, Beatriz de Moura, me confesó una vez que publicarlo había sido una empresa económicamente deficitaria. Y eso a pesar del famoso episodio de su entrevista televisiva, y la airada respuesta de Juan Benet –en otras cosas con la cabeza tan bien puesta, pero que en esa época pre corrección política se permitió la frivolidad de asegurar: “mientras existan gentes como Solzhenitsyn perdurarán y deben perdurar los campos de concentración”, levantando una alharaca que dura hasta hoy.

La realidad es que Benet no debe haber leído bien las novelas de Solzhenitsyn, y como él, tantos españoles a los que cualquier comentario sobre la “amenaza comunista” les olía, simplemente, a propaganda franquista. El personaje podía ser un poco caricaturesco, pero asegurar que era un mal escritor resulta un gran despropósito, ridículo, además, en alguien que no sabía ruso. Por otra parte, Benet no era precisamente marxista, como se ha ocupado de precisar su viuda, Blanca Andreu, y lo fue menos después de viajar a Budapest. Lo que molestó a Benet fue que el ruso era justamente lo opuesto del tipo de escritor, digamos “alegórico”, que él representaba.

¿Dónde radica, exactamente, la grandeza literaria de Solzhenitsyn?

La clave hay que buscarla en el subtítulo del Archipiélago Gulag, “ensayo de investigación literaria” y en la pequeña nota que le sigue: “En este libro no hay personajes ni hechos imaginarios. Las personas y los lugares aparecen con sus propios nombres (…)”. El proyecto de una novela sin ficción, una novela que obedece a la idea ortodoxa de “dar testimonio” del sufrimiento, de dejar para los otros al menos la huella del dolor padecido completa la maldición histórica del escritor ruso, encadenado a esa encarnación rusa de la voluntad de poder que es el starets, el Gran Inquisidor. Del Dostoievsky de Recuerdos de la casa de los muertos hasta la Svetlana Aleksiévich de Voces de Chernóbil, la idea de explorar sin ficción los polos de la crueldad humana reviste el aura de un renacimiento espiritual, de un acto de purificación. En el caso de Solzhenitsyn, esta suerte de expiación revistió también un espectacular trabajo con el idioma: rescató para la lengua rusa miles de palabras que no estaban en los diccionarios.

Sin embargo, la otra cara de este trabajo literario es el pensador reaccionario que nunca se cansó, como otros de sus predecesores eslavófilos (Dostoievski, Rozánov), de negar la Ilustración y la Revolución francesa, de echar en cara a Occidente su liberalismo, su “mediocridad” espiritual y su “error materialista”. Ese Solzhenitsyn predicador de la ortodoxia como “la verdadera fe de Rusia”, crítico del bolchevismo en tanto martirio de una nación que deberá volver sobre sus raíces para no perecer, se arrastró también por todos los tópicos del antisemitismo, un delirio etnicista lleno de frases que darían risa si no planeara sobre ellos la sombra de un destino macabro y la obsesión nacionalista de Putin.

A propósito de Gogol y su terrible dependencia del pope Matvei, Cioran advertía el terrible proceso del que fueron víctimas algunos escritores rusos: “cuando los dones de un escritor se agotan, la vacante de su inspiración la ocupan las inepcias de un director espiritual”.  Solzhenitsyn fue, al mismo tiempo, ese escritor dotado y ese director espiritual que se dedica a apagar los rescoldos de su propio talento. Sin embargo, su centenario se celebra ahora por todo lo alto en Rusia y en Francia, con debates, conferencias, polémicas. Nada parecido habrá en España, donde los lectores aún esperan para poder leer los fragmentos autobiográficos de Ugodilo zernyshko promezh dvukh zhernovov (El pequeño grano logró aterrizar entre dos piedras de molino), tal vez el libro más importante de memorias que haya publicado cualquier autor ruso en las últimas tres décadas

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Chertogón deNikolái Semënovic Leskov

Se trata de algo que sólo puede presenciarse en Moscú, y eso, teniendo mucha suerte y buenas aldabas.

Yo presencié una vez esta especie de rito, desde el comienzo hasta el final, gracias a una feliz coincidencia, y quiero describirlo para los verdaderos entendidos y amantes de todo lo serio y grandioso que tiene sabor popular.

Aunque por una rama pertenezco a la nobleza, por la otra estoy cerca del «pueblo»: mi madre desciende de una familia de comerciantes. Al casarse abandonaba una casa muy rica, pero no hacía una boda de conveniencias, sino que se marchaba por amor a mi padre. Mi difunto padre era famoso por sus galanteos y siempre lograba lo que se proponía. Lo mismo le sucedió con mi madre. Sólo que, debido a esta habilidad, mis abuelos no dotaron a mi madre y sólo le dieron, como es natural, sus vestidos, la ropa de cama y las arras, que recibió a la vez que su perdón y su bendición eterna. Mis padres vivían en Oriol, con estrechez, pero también con dignidad, sin pedirles nada a los acaudalados familiares de mi madre ni mantener tampoco trato con ellos. Sin embargo, cuando llegó para mí el momento de marcharme a estudiar a la Universidad, me dijo mi madre:

-Haz el favor de visitar a tu tío Ilyá Fedoséievich y saludarlo de mi parte. No es una humillación, pues se debe respetar a los parientes de más edad. Ilyá es hermano mío, y un hombre muy piadoso, además, que goza de gran consideración en Moscú. Él presenta el pan y la sal siempre que se recibe a algún personaje… siempre está delante de todos con la bandeja o con una imagen… Frecuenta la casa del gobernador general y del metropolita… Puede aconsejarte bien.

Y aunque por entonces yo no creía en Dios después de estudiar el catecismo de Filaret, como le profesaba gran cariño a mi madre me dije un día: «Llevo ya cerca de un año en Moscú, y todavía no he cumplido el encargo de mi madre. Ahora mismo voy a casa del tío Ilyá Fedoséievich. Le haré una visita, le transmitiré los saludos de mi madre y veré si me da efectivamente buenos consejos.»

Desde niño me habían inculcado el hábito de mostrarme deferente con las personas mayores, cuanto más si eran conocidas del metropolita y de los gobernadores.

Conque, me puse en pie, me cepillé la ropa y fui a ver al tío Ilyá Fedoséievich.

II

Serían las seis de la tarde aproximadamente. Hacía un tiempo tibio, suave, algo nublado… Muy buen tiempo, en fin. La casa de mi tío -una de las principales de Moscú- era conocida de todo el mundo. Sólo que yo nunca había estado en ella ni tampoco había visto a mi tío, ni siquiera de lejos.

Sin embargo, me puse en camino tan campante, pensando: «Si me recibe, bien; si no me recibe, allá él.»

Cuando llegué esperaban delante de la entrada principal unos magníficos caballos moros, con las crines sueltas y el pelo lustroso como el raso, enganchados a una calesa.

Subí al balcón y dije que era fulano de tal, sobrino del señor, estudiante, y quería que me anunciaran a Ilyá Fedoséievich. Los criados contestaron:

-El señor baja ahora mismo. Va a dar un paseo en coche.

Y apareció un personaje de aspecto muy corriente, muy ruso, aunque bastante majestuoso. A pesar de que tenía en los ojos cierto parecido con mi madre, la expresión era distinta: la mirada de lo que se dice un hombre de peso.

Me presenté. Mi tío me escuchó en silencio, me tendió la mano lentamente y dijo:

-Sube. Daremos un paseo.

Yo quería negarme, pero me quedé algo cohibido y subí al coche.

-¡Al parque! -ordenó mi tío.

Los caballos arrancaron, partieron como flechas haciendo rebotar ligeramente el coche y, ya fuera de la ciudad, aceleraron aún más su carrera.

Así íbamos, sin decir ni una palabra, pero advertí que mi tío se había encajado el sombrero de copa hasta las mismas cejas y tenía en el rostro una mueca de aburrimiento.

Mi tío miraba a un lado, miraba a otro, y una vez me lanzó a mí una ojeada y profirió, sin venir a cuento:

-¡Fastidio de vida!

No sabiendo qué contestar, callé por toda respuesta.

El coche seguía rodando, yo me preguntaba adónde me llevaría y empezaba a parecerme que me había embarcado en algún lío.

De pronto, como si hubiera encontrado solución a lo que iba cavilando, mi tío se puso a dar órdenes al cochero:

-A la derecha, a la izquierda. ¡Para en el Yar!

Vi que desde el restaurante acudían hacia el coche muchos criados, todos haciendo grandes reverencias a mi tío; pero él, sin moverse ni apearse, mandó llamar al dueño. Fueron corriendo en su busca. Se personó el francés, también con mucha deferencia; pero mi tío, como si tal cosa, siguió pegándose en los dientes con el puño de hueso del bastón, y luego dijo:

-¿Cuántos extraños hay?

-Unas treinta personas en las salas y tres gabinetes ocupados.

-¡Todos fuera!

-Muy bien.

-Ahora son las siete -continuó mi tío, después de consultar su reloj-. Vendré a las ocho. ¿Estará listo?

-Para las ocho, será difícil… muchos han hecho ya el pedido… Pero, si tiene a bien venir a las nueve, no habrá en todo el restaurante ni un solo extraño.

-Bueno.

-¿Qué se prepara?

-Etíopes, naturalmente.

-¿Algo más?

-Música.

-¿Una orquesta?

-Mejor, dos.

-¿Mandamos recado a Riabika?

-Naturalmente.

-¿Señoritas francesas?

-No hacen falta.

-¡De la bodega…?

-Completa.

-¿Y de la cocina?

-¡La carta!

Trajeron el menú del día.

Mi tío le echó una ojeada y me parece que sin fijarse siquiera o quizá sin querer fijarse, pegó en la cartulina con el bastón y dijo:

-De todo esto, para cien personas.

Con estas palabras, dobló el menú y se lo guardó en el bolsillo.

El francés estaba encantado e inquieto al mismo tiempo.

-No podría servir de todo para cien personas -objetó-. Figuran aquí platos muy caros y en todo el restaurante sólo hay ingredientes para cinco o seis.

-¿Y cómo voy yo a establecer categorías entre mis invitados?

-Que haya de todo lo que se le ocurra pedir a cada uno. ¿Entiendes?

-Entiendo.

-Mira que, de lo contrario, de nada te servirá siquiera Riabika. ¡Tira!

Dejamos el restaurante con sus criados a la puerta y nos marchamos.

En este punto llegué al total convencimiento de que aquel barco no era para mí y quise despedirme, pero mi tío ni siquiera me oyó. Parecía absorto. Conforme rodábamos por las calles iba parando a distintos caballeros.

-¡A las nueve, en el Yar! -decía lacónicamente.

Y los interpelados, todos hombres de edad y de aspecto respetable, se quitaban el sombrero y contestaban con idéntico laconismo:

-Encantado, Fedoséich. No recuerdo a cuántos habíamos parado de esta manera, aunque pienso que serían unos veinte, cuando, al filo de las nueve, nos dirigimos de nuevo al Yar. Un tropel de criados acudió a nuestro encuentro. Ayudaron a mi tío a apearse y, en el balcón, el propio francés le sacudió el polvo del pantalón con una servilleta.

-¿No hay nadie? -preguntó mi tío.

-Un general se ha retrasado un poco y ruega encarecidamente que le dejen terminar en su gabinete…

-¡Fuera ahora mismo!

-Terminará en seguida.

-No quiero. Bastante tiempo le he dado. Ahora, que termine de cenar sobre el césped.

Ignoro cómo habría terminado aquello; pero el general salió en ese momento en compañía de dos señoras, subió a su coche y se marchó cuando empezaban a llegar uno tras otro los caballeros invitados por mi tío a cenar en el parque.

III

El restaurante, puesto con elegancia, estaba recogido y libre de visitantes. Sólo en una sala estaba sentado un gigante que se adelantó hacia mi tío en silencio y, sin decirle tampoco una palabra, tomó el bastón de sus manos y fue a dejarlo en alguna parte.

Inmediatamente después de entregarle el bastón al gigante sin la menor protesta, mi tío puso también en sus manos la billetera y el portamonedas.

Aquel corpulento hombretón, de pelo entrecano, era el mismo Riabika a quien, sin que yo comprendiera con qué finalidad, debía mandar recado el dueño del restaurante. Se le designaba como «maestro para niños», pero también allí se encontraba, evidentemente, para el desempeño de algún menester particular. Resultaba allí tan imprescindible como los gitanos, la orquesta y todo el servicio que, instantáneamente, se presentó al completo. Sólo que yo no comprendía cuál podría ser el papel del maestro: todavía era pronto, debido a mi inexperiencia.

El restaurante, brillantemente iluminado, entraba en funcionamiento: sonaba la música, los gitanos iban sentándose después de tomar algún fiambre mientras mi tío inspeccionaba el local, el jardín, la gruta y las galerías. Miraba en todas partes, cerciorándose de que no había «ningún indeseable», acompañado paso a paso por el maestro. Pero cuando volvieron al salón principal, donde se habían congregado todos los comensales, pudo advertirse una gran diferencia entre ellos: el maestro estaba fresco, tal y como había salido, y mi tío totalmente ebrio.

¿Cómo había podido ocurrir en tan poco tiempo? Lo ignoro, pero el caso es que estaba de excelente humor. Ocupó la presidencia de la mesa, y allá empezó la francachela.

Las puertas fueron cerradas, de modo que nada de fuera pudiese llegar hasta nosotros, ni nada nuestro salir al exterior. Nos aislaba un abismo, un abismo de todo: de bebidas, de manjares… Pero, sobre todo, un abismo de desenfreno -no quiero decir indecente, pero sí salvaje, frenético- tal que no podría describirlo. Ni tampoco hay que pedírmelo porque, al verme encerrado allí y aislado del mundo, me quedé sobrecogido y me apresuré a emborracharme. De manera que no voy a pintar cómo transcurrió aquella noche porque mi pluma no es capaz de describir todo eso. Sólo recuerdo dos episodios épicos y el final; pero precisamente ellos encerraban lo más terrible.

IV

Un criado anunció la presencia de cierto Iván Stepánovich, que resultó ser un fabricante y comerciante moscovita de mucho fuste.

Se produjo una pausa.

-He dicho que no entre nadie -contestó mi tío.

-Insiste mucho.

-¿Y dónde estaba antes? Que se marche por donde ha venido.

El criado fue a llevar la respuesta, y volvió diciendo tímidamente:

-Iván Stepánovich me manda decir que se lo ruega muy encarecidamente.

-Pues, no. No quiero.

Se oyeron voces de: «Que pague una multa».

-¡No! ¡Que le echen! Ni multa, ni nada…

Pero, volvió el criado más encogido todavía:

-Dice que está dispuesto a pagar cualquier multa, pero que, a sus años, le duele mucho verse apartado de los suyos.

Mi tío se levantó con los ojos relampagueantes, pero en ese momento, con toda su corpulencia, se colocó Riabika entre él y el criado: apartó al criado, como si fuera un polluelo, con un ligero movimiento de la mano izquierda, mientras con la derecha volvía a sentar a mi tío en su sitio.

Algunos comensales salieron en defensa de Iván Stepánovich: que entrara, que pagara cien rublos de multa para los músicos y entrara luego.

-El viejo es uno de los nuestros, un hombre piadoso. ¿Adónde va a ir ahora? Suelto por ahí, es capaz de armar un escándalo delante de gentuza de poca monta. Hay que comprenderlo.

Después de oírles dijo mi tío:

-Si no ha de ser como yo quiero, que tampoco sea como ustedes quieren, sino como Dios quiera: consiento que entre Iván Stepánovich, pero con la condición de que toque el bombo.

El criado fue con el recado y volvió:

-Dice que le pongan mejor una multa.

-¡Al diablo! Si no quiere tocar el bombo, allá él: que se largue adonde le dé la gana.

Al poco rato, Iván Stepánovich no resistió más y mandó a decir que aceptaba tocar el bombo.

-Que venga.

Entró un caballero de estatura aventajada y de aspecto respetable: tenía un aire grave, los ojos sin brillo, el espinazo doblado y la barba entrecana enmarañada. Intentó bromear y saludar a los presentes, pero en seguida lo atajaron.

-¡Luego luego! Eso, después -le gritó mi tío-. Ahora, ¡dale al bombo!

-¡Dale al bombo! -corearon otros.

-¡Música! ¡Algo que le vaya al bombo!

La orquesta atacó una pieza estrepitosa, y aquel respetable anciano agarró los palillos y se puso a pegar con ellos, unas veces al compás y otras no.

Los gritos y el alboroto eran infernales. Todos estaban encantados y gritaban:

-¡Más fuerte!

Iván Stepánovich arreciaba.

-¡Más fuerte, más fuerte! ¡Más!

El anciano pegaba con todas sus fuerzas como el rey Negro de Freiligrath, hasta que llegó la culminación: se produjo un horrible crujido en el bombo, reventó la badana, todos estallaron en carcajadas, el estruendo se hizo inverosímil y a Iván Stepánovich le aligeraron de quinientos rublos de multa en favor de los músicos por haber roto el bombo.

Iván Stepánovich pagó, se enjugó el sudor, tomó asiento a la mesa y, cuando todos alzaban las copas a su salud, descubrió con horror a su yerno entre los comensales.

Más risas, más alboroto, y así hasta que yo perdí toda noción. En los raros destellos de lucidez, recuerdo que vi bailar a las gitanas y a mi tío agitando las piernas sin moverse de su asiento, luego le vi levantarse engallándose con alguien, pero inmediatamente se interpuso Riabika, y ese alguien salió despedido hacia un lado mientras mi tío volvía a ocupar su sitio a la mesa, en cuyo tablero había dos tenedores clavados delante de él. Entonces comprendí el papel de Riabika.

Pero en esto, penetró por la ventana el frescor del amanecer moscovita y yo volví a cobrar un poco conciencia de las cosas, aunque me parece que sólo lo necesario para dudar de mi sano juicio. Estaba en medio de una batalla campal y una tala de árboles: se oían crujidos y trastazos, oscilaban los árboles, unos árboles frondosos y exóticos, y tras ellos se apiñaban rostros morenos en un rincón mientras que del lado nuestro, junto a las raíces, relampagueaban unas hachas terribles, manejadas por mi tío, por el anciano Iván Stepánovich… Un cuadro verdaderamente medieval.

Era que estaban «apresando» a las gitanas refugiadas en la gruta, detrás de los árboles. Los gitanos no las defendían, sino que las dejaban valerse por sus propias fuerzas. Resultaba difícil establecer una diferencia entre lo que era broma y lo que iba en serio: por los aires volaban platos, sillas y piedras arrojadas desde la gruta, y los hombres seguían a hachazo limpio con el bosque, siendo los más esforzados Iván Stepánovich y mi tío.

La fortaleza cayó al fin: las gitanas fueron apresadas, besuqueadas, manoseadas, cada uno le deslizó a cada una un billete de cien rublos por el escote, y se acabó el asunto…

Sí. De pronto se hizo el silencio… Todo había terminado. Nadie dio la señal de parar, pero ya era bastante. Se notaba que, si bien la vida era un fastidio antes de aquello, ahora bastaba ya.

A todos les parecía suficiente y todos estaban satisfechos. Quizá influyera el hecho de haber anunciado el maestro que era su «hora de ir a clase», aunque, lo mismo daba, la verdad: la noche de Walpurgis había pasado y la vida volvía a su cauce.

La gente no se separaba, no se despedía, sino que desaparecía sencillamente. No quedaban ya ni los músicos ni los gitanos. El restaurante ofrecía un aspecto de total arrasamiento, sin una cortina ni un espejo sanos; incluso la araña del techo yacía en el suelo hecha añicos, y sus colgantes de cristal se partían bajo los pies de los criados, extenuados, que apenas si podían tenerse. Mi tío bebía kvas, sentado él solo en medio de un diván. Alguna cosa recordaba de vez en cuando, y entonces agitaba las piernas. De pie a su lado, esperaba Riabika, impaciente por acudir a sus clases.

Trajeron la cuenta, breve, «sin detalles».

Riabika la leyó con atención y exigió una rebaja de mil quinientos rublos. Sin meterse en discusiones con él, quedó ajustado el total, que ascendía a diecisiete mil rublos y que Riabika declaró razonable después de repasarlo. Mi tío pronunció lacónicamente «paga», luego se puso el sombrero y me hizo ademán de que lo siguiera.

Advertí con horror que no se le había olvidado nada y que yo no tenía la menor probabilidad de escabullirme de él. Me inspiraba auténtico pavor, y no llegaba a imaginarme, debido al estado de exaltación en que se encontraba, lo que sería de mí cuando nos quedásemos cara a cara los dos solos. Me había hecho que lo acompañara, sin una palabra de explicación, y ahora me llevaba de un lado para otro sin dejarme resquicio por donde escapar. ¿Qué podría ocurrirme? De mi borrachera, no quedaba ni rastro. Lo único que me pasaba era que le tenía sencillamente pánico a aquella terrible fiera salvaje, con su inverosímil fantasía y su espantoso desenfreno. Entre tanto, íbamos a marcharnos ya. En la antesala nos envolvió una nube de criados. Mi tío dictaminó: «cinco por barba», y Riabika repartió el dinero. La propina fue inferior para los guardas, barrenderos, guardias urbanos y gendarmes, cada uno de los cuales, según resultó, nos había prestado algún servicio. Todos fueron recompensados. Aquello representaba ya una buena cantidad; pero aún quedaban los cocheros de punto, que ocupaban con sus carruajes todo el espacio descubierto del parque, y todos nos esperaban también: esperaban al bátiushka Ilyá Fedoséich «por si su señoría se dignaba mandarles algo».

Se calculó cuántos eran, se les repartieron tres rublos a cada uno y mi tío y yo subimos al coche. Riabika le entregó entonces la billetera a mi tío.

Ilyá Fedoséich sacó un billete de cien rublos y se lo presentó a Riabika.

El hombre le dio unas vueltas entre los dedos y dijo:

-Es poco.

Mi tío añadió dos billetes de veinticinco.

-Tampoco es bastante: no ha habido ni una sola bronca.

Mi tío alargó un tercer billete de veinticinco, y entonces el maestro le entregó su bastón y se despidió.

V

Nos quedamos los dos frente a frente en el coche, que partió a toda velocidad hacia Moscú, seguido al galope, entre alaridos y traqueteos, por toda la patulea de cocheros. Yo no acertaba a comprender lo que pretendían, pero mi tío sí lo entendió. Era indignante: querían arrancarle otra propina de despedida y, con el pretexto de darle una prueba de deferencia a Ilyá Fedoséich, exponían su dignísima persona a la mofa general.

Estábamos ya muy cerca de Moscú, que aparecía ante nuestros ojos, todo envuelto en la maravillosa luminosidad matutina, nimbado por la tenues nubecillas de humo de los hogares, despertándose al plácido tañido de las campanas que llamaban a misa.

La calzada estaba flanqueada a ambos lados por almacenes que llegaban hasta la puerta de la ciudad. Mi tío mandó detener el coche delante del primero, se llegó hasta un barrilillo de madera de tilo que había a la entrada y preguntó:

-¿Es miel?

-Sí.

-¿Cuánto vale el barril?

-Vendemos al por menor, por libras.

-Pues me lo vendes al por mayor. Calcula lo que vale.

No recuerdo muy bien si fueron setenta u ochenta rublos lo que se calculó.

Mi tío arrojó el dinero.

Los coches que nos seguían se habían detenido también.

-¿Qué, muchachos? Los cocheros de nuestra ciudad me quieren bien, ¿no es cierto?

-¡Claro que sí! Nosotros, a vuestra excelencia, siempre…

-Me tienen cariño, ¿eh?

-Muchísimo.

-¡Fuera las ruedas de los coches!

Los cocheros se quedaron perplejos.

-¡Vamos, vamos! ¡Pronto! -ordenó mi tío.

Los más ágiles, unos veinte, rebuscaron debajo de los asientos, agarraron las llaves y se pusieron a aflojar las tuercas.

-Bien -dijo mi tío-. Ahora, ¡a engrasar los ejes con miel!

-¡Bátiushka!…

-Ya lo han oído.

-¡Una cosa tan rica!… Mejor sería comérsela.

-¡A engrasar los ejes con ella!

Sin más, mi tío volvió a subir al coche y partimos a toda velocidad dejando a los cocheros, con los vehículos sin ruedas, en torno al barrilillo de miel que, a buen seguro, no emplearon para untar los ejes con ella, sino que se la repartirían o se la revenderían al dueño del almacén. El caso es que nos dejaron en paz y fuimos a parar a una casa de baños. Allí pensé que había llegado para mí el fin del mundo y permanecí medio muerto dentro de una bañera de mármol mientras mi tío se tendía en el suelo; pero no simplemente tendido, ni en una postura normal, sino más bien apocalíptica. Toda la mole de su obeso corpachón sólo tocaba el suelo con las yemas de los dedos de sus pies y sus manos. Sostenido por tan endebles puntos de apoyo, su cuerpo rojo se estremecía bajo los chorros de una lluvia fría dirigida contra él, y él rugía con el rugido sofocado de un oso que estuviera arrancándose una espina. Aquello duró una media hora, y durante todo ese tiempo estuvo él estremecido como un flan sobre una mesa movediza hasta que, finalmente, se levantó de un salto, pidió una jarra de kvas, y entonces nos vestimos y fuimos al bulevar Kuznetski, «donde el francés».

Allí nos recortaron y nos rizaron ligeramente el cabello, nos peinaron, y luego nos encaminamos a pie hacia el centro, a la tienda de mi tío. Por lo que a mí se refiere, ni conversaba conmigo ni me dejaba marchar. Sólo una vez dijo:

-Espera, que no todo se hace de golpe. Y lo que no comprendes, con los años lo comprenderás.

En la tienda hizo sus oraciones, lo inspeccionó todo con el ojo del amo y se instaló detrás de su pupitre. El exterior del recipiente ya estaba limpio, pero dentro conservaba un gruesa capa de inmundicia que buscaba ser depurada.

Yo me percataba de ello, y no sentía ya temor, pero sí curiosidad. Deseaba ver qué castigo se imponía: ¿abstinencia o alguna buena obra?

A eso de las diez comenzó a manifestar fastidio, espiando la llegada de un tendero vecino suyo para ir a tomar el té, pues juntándose tres personas salía cinco kopecs más barato. El vecino no apareció: se había muerto de repente.

Mi tío se santiguó y dijo:

-Todos hemos de morir.

El hecho no lo afectó mayormente a pesar de que, durante cuarenta años, habían ido juntos a tomar el té a Novotróitski.

Llamamos al vecino del otro lado, y con él fuimos varias veces a reponer fuerzas con un tentempié, pero todo con sobriedad. Me pasé el día entero al lado de mi tío y acompañándolo hasta que, a la caída de la tarde, mandó en busca de su faetón para ir al convento de la Vsepetaia.

También era conocido allí y se le recibió tan reverenciosamente como en el Yar.

-Quiero prosternarme a los pies de la Virgen y llorar mis pecados. Y aquí les presento a mi sobrino, hijo de mi hermana.

-Pase, pase, por favor -instaban las monjas-. ¿Con quién podría mostrarse la Virgen más misericordiosa que con su merced? Siempre ha favorecido usted su santa casa. Llega muy a tiempo: se está celebrando el servicio de vísperas.

-Esperaré a que termine. A mí me gusta que no haya gente y que me acondicionen cierta penumbra, para recogerme.

Se hizo lo que pedía, apagando todas las luces, menos una o dos lamparillas y la que ardía justo delante de la Virgen, en un vaso de cristal verde, grande y profundo.

Mi tío no se hincó, sino que se desplomó de rodillas, luego cayó de bruces golpeando el suelo con la frente, ahogó un sollozo y se quedó inmóvil.

Las dos monjas y yo nos sentamos en un rincón oscuro, cerca de la puerta. Hubo una larga pausa. Mi tío seguía tendido en el suelo, mudo y quieto. Me pareció que se había quedado dormido, y así se lo dije a las monjas. Una de las hermanas, la de más experiencia, se quedó pensando un instante, luego sacudió la cabeza, encendió una vela muy fina y, con ella en la mano, se encaminó sigilosamente hacia el penitente. Dio una vuelta a su alrededor, despacito, de puntillas, y susurró muy agitada:

-Ya surte efecto.

-¿Cómo lo sabe?

La monja se inclinó, indicándome que yo hiciera lo mismo, y dijo:

-Mire, justo a través de la llama, donde tiene los pies.

-Ya veo.

-¡Qué lucha! ¿Verdad?

Me fijé y advertí, efectivamente, cierto rebullir: mi tío continuaba devotamente prosternado, sumido en sus oraciones, pero daba la impresión de que a sus pies había dos gatos peleándose, arremetiendo alternativamente el uno contra el otro y pegando saltos.

-¿De dónde han salido esos gatos? -pregunté a la hermana.

-Eso es lo que le parece a usted -contestó-; pero no son gatos, sino tentaciones del maligno. ¿No ve que su espíritu se eleva ya hacia el cielo, pero permanece todavía con los pies en el infierno?

Entonces vi que, en efecto, mi tío agitaba los pies como si terminara de marcarse el baile de la víspera. Lo que faltaba por precisar era si su espíritu se había elevado ya hacia el cielo.

Como en respuesta, mi tío exhaló de pronto un tremendo suspiro y gritó a voz en cuello:

-¡No me levantaré mientras no me perdones! ¡Porque sólo tú eres santo y todos nosotros somos malditos pecadores! -y prorrumpió en sollozos.

Sollozaba con tanto sentimiento que las monjas y yo rompimos también a llorar, pidiéndole a Dios que atendiera su plegaria.

Y antes de que pudiéramos recobrarnos estaba ya a nuestro lado, diciéndome en voz baja, con unción:

-Vamos. Tenemos que hacer.

Las monjas preguntaron:

-¿Ha tenido la ventura de ver el divino resplandor, bátiushka?

-No. El resplandor no lo he visto -contestó-. Pero esto… sí lo he notado…

Apretó el puño y lo levantó, como se levanta a los chiquillos por el pelo.

-¿Lo ha levantado?

-Sí.

Las monjas empezaron a santiguarse, y yo las imité, mientras mi tío explicaba:

-¡Ahora tengo su perdón! Desde lo más alto, desde la misma cúpula, ha descendido su diestra abierta, me ha agarrado de todos los pelos juntos y me ha puesto de pie…

Y no se sentía ya repudiado. Era feliz. Dejó una espléndida limosna para el convento donde sus plegarias habían producido aquel milagro, notó que la vida había dejado de ser un fastidio, envió a mi madre toda la dote que le correspondía y a mí me inició en la buena creencia popular.

Desde entonces conocí el gusto de lo popular en la caída y en la exaltación… Esto es lo que se llama chertogón, lo que hace salir a los demonios del cuerpo. Pero, repito, Moscú es el único sitio donde puede presenciarse, y eso si le acompaña a uno la suerte o goza del favor de algún venerable anciano.

FIN

Kashtanka de Chejov

Una perrita rojiza, entre zarcera y podenca, de hocico muy semejante al de la zorra, corría de un lado a otro por la acera, mirando inquieta a su alrededor. De cuando en cuando, se detenía gimoteante, y, levantando tan pronto una pata como otra, parecía querer aclararse a sí misma cómo había sido posible que se hubiera perdido.
Recordaba perfectamente cómo había pasado el día y cómo había ido a parar a aquella acera desconocida.
El día había comenzado así: su amo, el carpintero Luka Aleksándrich, se encasquetó el gorro, se colocó debajo del brazo un objeto de madera envuelto en un pañuelo rojo, y le gritó:
—¡Vamos, Kashtanka!
Al oír su nombre, la mixta de zarcera y podenca salió de debajo del banco, donde dormía sobre un lecho de virutas, desperezóse dulcemente y corrió tras el amo. Los clientes de Luka Aleksándrich vivían lejísimos; tan lejos, que antes de llegar a la casa de cada uno, el carpintero tenía que hacer escala en varias tabernas para reparar fuerzas. Kashtanka recordaba que se había portado muy mal todo el camino. Llena de júbilo porque la habían sacado de paseo, saltaba, ladraba a los tranvías tirados por caballos, penetraba en los patios y corría detrás de los perros. El carpintero la perdía de vista a veces, se paraba y le reñía enojado. En una ocasión llegó a agarrarla por una de sus orejas de raposa, y, con cara de pocos amigos, la zarandeó mientras gruñía, alargando las palabras:
—¡A-sí re-vien-tes, mal nacida!
Después de visitar a los clientes, Luka Aleksándrich pasó un momento por el domicilio de su hermana, donde se tomó unas copas y un bocado; de allí salió para la casa de un encuadernador conocido; luego entró en una taberna; de la taberna se fue a ver a su compadre; y así sucesivamente. Dicho de otro modo, cuando Kashtanka se vio en la acera desconocida, oscurecía ya; y el carpintero, más borracho que una cuba, agitando los brazos y jadeando profundamente, tartamudeaba:
—En el pecado me engendró mi madre dentro de las entrañas. ¡Oh pecados, pecados! Vamos andando por esta calle y miramos a los faroles; pero después de muertos arderemos en el gehena del fuego…
O bien, enternecido súbitamente, llamaba a la perrita y le decía:
—No eres más que un insecto, Kashtanka. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dotador comparado con un carpintero…
Mientras le hablaba de esta suerte, se oyó de repente el estruendo de una banda de música. Kashtanka miró en la dirección del ruido y vio venir hacia ella todo un regimiento. Como la música la enervaba, se puso a ladrar agitada. Pero, ante su asombro, el carpintero, en lugar de asustarse y de lanzar alaridos, sonrió con toda su cara, se cuadró y saludó llevándose los cinco dedos a la sien. Al ver que el dueño no protestaba, Kashtanka arreció en sus ladridos y, sin reparar en lo que hacía, atravesó la calle a la carrera y se fue a la acera de enfrente.
Cuando quiso percatarse había desaparecido el regimiento con su música. Kashtanka corrió a la acera opuesta buscando a su amo; pero, ¡ay!, ya no le encontró allí. Corrió hacia adelante, corrió hacia atrás, tornó a cruzar la calle… Y el carpintero sin aparecer. Diríase que se le había tragado la tierra… Kashtanka se puso a olfatear la acera con la esperanza de encontrarle por el olor de las huellas; mas algún canalla había pasado por allí con unos chanclos de goma y ahora todos los olores delicados se confundían con el acre hedor del caucho, de modo que era imposible sacar nada en limpio.
Kashtanka erró de acá para allá, sin dar con Luka Aleksándrich. Mientras tanto, iba oscureciendo. A ambos lados de la calle encendieron los faroles. Se iluminaron las ventanas de las casas. Caían gruesos copos de nieve, tiñendo de blanco el pavimento, los lomos de los caballos y los gorros de los cocheros; y cuanto más se oscurecía el aire tanto más blancos se tomaban los objetos.
Junto a Kashtanka, limitando su campo visual y empujándola con los pies, pasaban sin cesar, en una y otra dirección, clientes desconocidos. (Ella dividía a toda la Humanidad en dos partes: dueños y clientes. Entre aquéllos y éstos existía una diferencia esencial: los primeros tenían derecho a pegarle a ella, y a los segundos tenía ella derecho a morderles en las pantorrillas). Los clientes en cuestión iban de prisa, sin prestarle la menor atención.
Cuando oscureció del todo, la desesperación y el miedo se apoderaron de Kashtanka que, acurrucándose en un portal, se echó a llorar amargamente. Extenuada de caminar todo el día con Luka Aleksándrich; tenía, además, heladas las patas y las orejas, y un hambre voraz la martirizaba.
En toda la jornada había conseguido comer algo tan solo un par de veces: en casa del encuadernador tuvo ocasión de engullir un poco de cola de almidón; y en una de las tabernas visitadas por su amo, encontró un trozo de pellejo de embutido. De haber sido una persona, y no una perra, de fijo que hubiera pensado:
“Es imposible vivir así. Esto es para pegarse un tiro”.

II
EL DESCONOCIDO MISTERIOSO

Pero Kashtanka no pensaba nada. Limitábase a llorar. Cuando la nieve, blanda y esponjosa, le cubrió totalmente el lomo y la cabeza, y cuando ella, exhausta, comenzaba a sumirse en un pesado sopor, se abrió de pronto la puerta entre chirridos, golpeándole un costado. El animal pegó un salto. Por la puerta salió un hombre perteneciente a la categoría de los clientes. Como Kashtanka, al saltar, chilló y se enredó en las piernas del desconocido, éste no pudo por menos de advertir su presencia. Agachándose un poco, le dijo:
—¡Oh, qué perrilla! ¿De dónde has salido? ¿Te he hecho daño? ¡Pobrecita, pobrecita! No te enfades. Perdóname.
Kashtanka miró a través de los copitos de nieve pendientes de sus pestañas, y vio a un individuo grueso y chaparrete, de cara rasurada y redonda, sombrero de copa y abrigo desabrochado.
—¡No te apures! —continuó el desconocido, quitándole la nieve del lomo—. ¿Dónde está tu amo? ¿Te has extraviado? ¡Pobre perrilla! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Percibiendo en la voz del desconocido una nota cálida y afectuosa, Kashtanka le lamió la mano y reanudó sus gemidos con más fuerza que antes.
—¡Hombre, qué gracia tienes! —dijo el hombre—. Pareces enteramente una zorra. Bueno, qué le vamos a hacer… Vente conmigo. A lo mejor sirves para algo. ¡Hala, hala!
Acompañó sus palabras con un chasquido de los labios y un ademán que solo podía significar una cosa: “¡Vamos!”. Y Kashtanka obedeció.
Antes de media hora, ya estaba tendida en un aposento grande y claro; con la cabeza ladeada, miraba curiosa y conmovida al desconocido que, sentado a la mesa, cenaba y le echaba alguna que otra cosilla… Empezó dándole pan y corteza verde de queso; luego le tiró un trozo de carne, media empanadilla, huesos de pollo… Y ella, impulsada por su hambre canina, lo devoró todo con tal rapidez, que ni siquiera se dio cuenta de su sabor. Y cuanto más comía, tanto más se acrecentaba su hambre.
—Muy mal te alimentaba tu amo —comentó el desconocido al verla engullir con tanta voracidad, sin masticar siquiera lo que le llegaba a la boca—. ¡Qué canija estás! No tienes más que huesos y pellejo…
Kashtanka comió como una bárbara; pero, lejos de hartarse, lo único que hizo fue embriagarse con la comida. Terminada la cena, se estiró en el suelo; y, notando en el cuerpo una pesadez grata, meneó el rabo. Mientras su nuevo amo, repantigado en una butaca, fumaba un hermoso habano, ella movía la cola y se preguntaba dónde se estaba mejor, con el desconocido o con el carpintero. En la nueva casa todo era pobre y feo: quitando las butacas, el diván, la araña del techo y las alfombras, no había nada más; y la habitación parecía estar vacía; en cambio, el piso del carpintero estaba lleno de cosas atractivas: una mesa, un banco de trabajo, un montón de virutas, escoplos, formones, sierras, un pardillo en una jaula, una tinaja… El aposento del desconocido no tenía ningún olor, mientras que en casa del carpintero flotaba siempre una nube de humo y olía maravillosamente a cola, a barniz y a virutas. Eso sí: el desconocido poseía una gran ventaja: daba mucho de comer y, además, había que reconocerlo, cuando Kashtanka, sentada junto a la mesa, le miraba suplicante, él no le pegaba, no le daba puntapiés, ni le gritaba: “¡Fuera, maldita!”.
Una vez que se fumó el cigarro puro, su nuevo dueño pasó a otra habitación y regresó al instante trayendo un colchoncito.
—¡Eh, perrilla, acuéstate aquí a dormir! —la invitó, extendiendo el colchón en un rincón al lado del diván.
Hecho esto, apagó la luz y se marchó, Kashtanka se acomodó en su cama y cerró los ojos. De pronto oyó un ladrido procedente de la calle. Quiso responder, pero se sintió embargada de súbita tristeza. Se acordó de Luka Aleksándrich, de su hijo Fediushka, de su confortable dormitorio debajo del banco… Recordó que en las largas veladas del invierno, mientras el carpintero cepillaba madera o leía el periódico, Fediushka solía jugar con ella. Tirándole de las patas traseras, la sacaba de debajo del banco y hacía tales diabluras, que a ella se le nublaban los ojos y le dolían todos los huesos. La obligaba a andar en dos patas: le hacía “la campana”, es decir, la suspendía del rabo, moviendo el brazo y riéndose de sus gritos y alaridos; le daba rapé; y la peor de las “bromas” era la siguiente: ataba a una cuerda un trozo de carne, se lo echaba a Kashtanka y, cuando ella se la había tragado, tiraba de la cuerda y se lo sacaba del estómago entre risotadas estruendosas. Cuantos más fuertes eran los recuerdos, tanto más y con tanta mayor tristeza gemía la pobre.
Mas el cansancio y el calor no tardaron en imponerse a la melancolía… Kashtanka se adormiló. Vio con la imaginación perros que corrían. Entre ellos pasó un lulú viejo y lanudo al que había visto por la tarde: tenía una nube en un ojo y mechones de lana rodeándole el hocico. Fediushka, con un cincel en la mano, se puso a perseguir al lulú; pero, de pronto, él mismo se cubrió de hirsuta lana, rompió a ladrar con alegría y apareció junto a Kashtanka. Los dos se olfatearon amigablemente los hocicos y se fueron a la calle…

III
NUEVOS Y AGRADABLES CONOCIDOS

Despertó Kashtanka ya con luz. De la calle le llegaron ruidos propios del día. En la habitación no había ni un alma. La perrita se desperezó, bostezó y dio unos paseos por el aposento, enojada y triste. Olfateó los rincones y los muebles, se asomó al recibidor y no encontró nada digno de interés. Además de la puerta que daba al recibidor había otra. Tras un breve instante de indecisión, Kashtanka la arañó con las dos manos, la abrió y pasó al cuarto vecino. Allí estaba, durmiendo en su cama y cubierto con una manta, el cliente de la víspera.
—¡Brrrr! —gruñó el animal, pero al acordarse de la cena del día anterior, se puso a menear el rabo y a olfatear todo cuanto tenía a su alcance. Aplicó el hocico a la ropa y a las botas del desconocido, percibiendo un olor muy semejante al de los caballos. Otra puerta, cerrada también, conducía desde el dormitorio a algún sitio. Kashtanka se apoyó de manos en ella, la empujó con el pecho, la abrió y notó, en seguida, un olor extraño y sospechoso. Temerosa de un encuentro desagradable, gruñendo y mirando recelosa, penetró en un cuartito empapelado y sucio, pero retrocedió asustada. Acababa de ver algo espantoso: un ganso gris avanzaba hacia ella con la cabeza a ras de tierra, abiertas las alas y siseando. A poca distancia, sobre un jergoncillo, yacía un gato blanco que, al ver a Kashtanka, se levantó de un brinco, arqueó el lomo, metió el rabo entre las patas, erizó el pelo y soltó un “¡fu!” nada tranquilizador. La perrita se atemorizó muy en serio; mas, para guardar las formas, ladró fuertemente y se lanzó hacia el gato. Éste combó más aún el lomo, exhalo un bufido y asestó; un manotazo a la agresora. Kashtanka reculó, agazapándose sobre las cuatro patas; y, alargando el hocico hacia el minino, emitió unos ladridos penetrantes y largos. En esto, el ganso llegó por detrás y le atizó un doloroso picotazo en la rabadilla. Kashtanka se revolvió arremetió contra él.
—¿Qué pasa aquí? —se oyó la voz enojada del desconocido, entró envuelto en una bata de casa y con un habano entre los dientes—. ¿Qué significa esto? ¡A su sitio todo el mundo!
Acercándose al gato le dio un papirotazo en el arqueado lomo y le dijo:
—¿Qué es esto, Fiódor Timófeich? ¿Una pelea? ¡Oh, viejo canalla! ¡Tiéndete!
Y dirigiéndose al ganso, le gritó:
—¡Iván Ivanich, a tu sitio!
El felino se acostó dócilmente en su jergón y cerró los ojos. A juzgar por su hocico y sus bigotes, no parecía muy satisfecho de haberse calentado más de la cuenta y de haber entrado en riña.
Kashtanka gimió ofendida; y el ganso, alargando el cuello, se puso a hablar a la carrera, con vehemencia y sonoridad, aunque no se le entendía.
—Está bien, está bien —bostezó el amo—. Hay que vivir en paz y armonía. —Y después de acariciar a Kashtanka, prosiguió—: Y tú, pelirroja, no tengas miedo… Esta es buena gente y no te hará daño. Espera: ¿qué nombre vamos a ponerte? No puedes seguir sin nombre, hermana.
El desconocido estuvo pensativo un momentito y decidió:
—Pues mira, te llamarás Tiotka. ¿Me has entendido? ¡Tiotka!
Después de repetir el nombre varias veces, salió. Kashtanka sentóse y se puso a observar. El gato, inmóvil en su jergón, fingía dormir. El ganso, alargando el cuello y pataleando en el mismo sitio, continuaba hablando rápidamente, como enojado. Debía de ser muy sabio. Al final de cada parrafada retrocedía, sorprendido; y daba la impresión de admirarse de su discurso. Después de oírle y de responderle con un gruñido, Kashtanka comenzó a husmear por los rincones. En uno de ellos, dentro de un barreño, vio guisantes húmedos y un poco de salvado. Probó los guisantes y no le gustaron; probó el salvado y se puso a comérselo. El ganso no se molestó al ver que la perra intrusa se comía el almuerzo. Por el contrario, empezó a parlotear con más calor todavía; y, para patentizar su confianza, se acercó al barreño y engulló unos cuantos guisantes.

IV
MILAGROS

A poco tardar, regresó el desconocido trayendo un objeto extraño, parecido a una puerta o a la letra A. En el travesaño de aquella tosca A de madera pendía una campana y había una pistola atada. Del badajo de la primera y del gatillo de la segunda salían sendas cuerdas. El desconocido colocó la A en medio de la habitación, estuvo un buen rato atando y desatando algo; y, por último, miró al ganso y le dijo:
—Iván Ivánich, tenga la bondad.
El ganso se le aproximó y se le colocó en posición de espera.
—A ver —ordenó el desconocido—. Comencemos desde el principio. Ante todo, haz la reverencia. ¡Vivo!
Iván Ivánich alargó el cuello, miró en tomo suyo, inclinándose, y terminó cuadrándose.
—¡Magnífico! Ahora muérete.
El ganso se tendió boca arriba pataleando. Después de varios trucos de tan poca monta como éste el desconocido se llevó las manos a cabeza, puso cara de horror y comenzó a gritar:
—¡Socorro, fuego, socorro!
Iván Ivánich corrió a la A, agarró la cuerda con el pico y se puso a repicar la campana.
El desconocido quedó muy contento. Acarició al ganso y le felicitó:
—¡Bravo, Iván Ivánich! Y, ahora, figúrate que eres joyero y que tienes una tienda donde hay alhajas, oro y brillantes. Un buen día llegas y encuentras en ella ladrones. ¿Qué harías en semejante caso?
El ganso tiró con el pico de la otra cuerda y sonó un disparo ensordecedor. A Kashtanka le hizo gracia el tañido de la campana; pero el disparo le produjo tal júbilo, que empezó a corretear ladrando alrededor de la A.
—¡A tu sitio, Tiotka! —le gritó el desconocido— ¡A callar!
El trabajo de Iván Ivánich no terminó con el disparo. El desconocido lo tuvo toda una hora dando vueltas alrededor de él atado a una cuerda y haciendo restallar el látigo; después, el ave tuvo que saltar por encima de una barrera y a través de un aro, sentarse sobre la cola y agitar, al mismo tiempo, las patas. Kashtanka no le quitaba ojo; ladrando de alegría, corrió muchas veces alrededor de Iván Ivánich. Cansados ya el ganso y el desconocido, éste se enjugó el sudor de la frente y gritó:
—María, que venga Javrona Ivánovna.
Antes de un minuto se oyeron gruñidos. Kashtanka rugió, adoptó una posición belicosa; y, por si acaso, se colocó lo más cerca posible del desconocido. Abrióse la puerta, asomó la cabeza una vieja y, pronunciando unas palabras, dio paso a un cerdo muy feo. Sin reparar en los rugidos de Kashtanka, el cochino levantó el hocico y emitió alegres gruñidos. Diríase que le complacía ver a su amo, al gato y a Iván Ivánich. Cuando se acercó al felino, empujándole con la cabeza en la barriga, y luego, cuando se puso a conversar con el ganso, sus movimientos, su voz y la vibración de su minúsculo rabo denotaron un gran afecto. Kashtanka comprendió en seguida la inutilidad de rugir o de ladrar a semejantes sujetos.
El dueño retiró la A y ordenó:
—Tenga la bondad de venir, Fiódor Timófeich.
Levantóse el gato, se desperezó cansino; y, a regañadientes, como quien hace un favor, se acercó al cerdo.
—Empezamos por la pirámide de Egipto —dijo el dueño.
Se pasó un buen rato dándoles explicaciones, al cabo de lo cual gritó:
—¡Una, dos, tres!
Al oír la última palabra Iván Ivánich abrió las alas y subió de un vuelo al lomo del cochino. Una vez que, equilibrándose con ayuda de las alas y del cuello, logró asentarse en la peluda espalda, le llegó el tumo a Fiódor Timófeich: flojo y perezoso, con evidente desgana y aire despreciativo para su propio arte, se subió, primero al lomo de Javrona Ivánovna; a renglón seguido, también como contra su voluntad, se encaramó encima del ganso; y una vez allí, se puso en pie sobre las patas traseras. Era lo que el desconocido llamaba “pirámide de Egipto”. Kashtanka chilló de júbilo, pero en aquel mismo instante, el viejo minino bostezó; y, perdiendo el equilibrio, cayó del ganso; Iván Ivánich, a su vez, también se vino por los suelos. El desconocido, vociferante, agitó los brazos y se puso a dar nuevas explicaciones. Después de dedicar una hora a la pirámide, el infatigable dueño procedió a enseñar a Iván Ivánich a montar a caballo sobre el gato; luego empezó a enseñar al gato a fumar, y así sucesivamente.
Los ensayos terminaron cuando el desconocido, enjugándose el sudor de la frente, se marchó. Fiódor Timófeich bufó con hastío, se tumbó en el jergón y cerró los ojos. Iván Ivánich se encaminó al barreño, y al cerdo se lo llevó la vieja. Gracias a las muchas impresiones, el día pasó casi sin que Kashtanka lo sintiera. Por la tarde, la perrita fue trasladada, con su jergón, a la habitacioncilla empapelada y sucia. Durmió en compañía de Fiódor Timófeich y del ganso.

V
¡ARTE! ¡ARTE!

Transcurrió un mes.
Kashtanka se había acostumbrado a que todas las tardes le diesen bien de comer y a que la llamasen Tiotka. También se habituó a vivir con el desconocido y con sus compañeros de habitación. La vida transcurría plácidamente.
Todos los días comenzaban de la misma manera. El primero en despertarse era Iván Ivánich, que se acercaba inmediatamente a Tiotka o al gato, doblaba el cuello y se ponía a parlotear con vehemencia; pero sin que fuese posible entenderlo. A veces, estiraba el pescuezo; y, levantada la cabeza, pronunciaba largos monólogos. En los primeros días, Kashtanka atribuía su locuacidad a su inteligencia; pero, pasado un tiempo, le perdió completamente el respeto. Cuando el ganso le venía con aquellos largos sermones, ya no meneaba la cola como al principio, sino que le trataba como a un charlatán fastidioso que a nadie dejaba dormir; y, sin ningún miramiento, le contestaba con un gruñido.
Fiódor Timófeich era otra clase de caballero. Al despertarse no hacía el menor ruido, ni se movía, ni abría los ojos siquiera. De buena gana, ni se hubiera despertado, porque estaba clara su aversión a la vida. Nada le interesaba; su actitud era siempre descuidada y desidiosa; despreciaba al mundo entero, e incluso mientras engullía su sabrosa comida, bufaba con asco.
Al despertarse, Kashtanka daba un paseo por las habitaciones, olfateando los rincones. A ella y al gato se les permitía recorrer todo el piso. El ganso no tenía derecho a salir del cuartucho empapelado. Y Javrona Ivánovna vivía en una zahúrda en el patio, presentándose en la habitación solamente a la hora de los ensayos. El dueño se despertaba tarde; y, después de desayunar, la emprendía con sus trucos. A diario traían la A, el látigo y los aros; y siempre se hacía lo mismo. Los ejercicios duraban tres o cuatro horas, de modo que, a veces, Fiódor Timófeich se tambaleaba de cansancio, como un borracho, Iván Ivánich abría el pico, jadeante; y el amo, rojo como un tomate, no daba abasto a limpiarse el sudor de la frente.
Los ejercicios y el almuerzo amenizaban el día. En cambio, las tardes resultaban un poco aburridas; como regla general, el dueño salía, llevándose al ganso y al pato. Al quedarse sola, Tiotka se tendía en el colchoncillo y se ponía triste. La tristeza llegaba imperceptiblemente y se apoderaba de ella poco a poco, como las tinieblas de la habitación. Empezaba por perder la gana de ladrar, de comer, de corretear por el piso y hasta de mirar a cualquier parte; luego aparecían en su imaginación dos figuras imprecisas, quizá perros o quizá personas, de caras simpáticas y atractivas, aunque incomprensibles; Tiotka, al verlas, movía el rabo, creyendo haberlas visto en alguna parte y haberles tenido cariño alguna vez. Y mientras se adormilaba, percibía el olor de aquellas figuras: olor a cola, a virutas y a barniz.
Ya acostumbrada a la nueva vida y convertida, de una perrilla escuálida y huesuda, en una perra alimentada y rolliza, el dueño la acarició una vez, antes de los ensayos, y le dijo:
—Va siendo hora de que hagamos algo, Tiotka. Basta de comer la sopa boba. Quiero hacer de ti una artista. ¿Te gustaría serlo?
A partir de entonces comenzó a instruirla en varias ciencias. Durante la primera lección, aprendió a mantenerse y a andar con las dos patas traseras, cosa que le gustó muchísimo. En la segunda, el dueño la hizo saltar y atrapar con la bota un trozo de azúcar que el maestro le mostraba a buena altura. En lecciones posteriores, bailó, dio vueltas atada a una cuerda, aulló acompañada de música, tocó la campana y disparó el revólver.
Al cabo de un mes estaba ya en condiciones de sustituir a Fiódor Timófeich en la “pirámide de Egipto”. Ponía aplicación y se alegraba de sus progresos. Las vueltas atada a la cuerda, los saltos por el aro y los paseos a caballo sobre el viejo cerdo, le causaban un placer enorme. Acompañaba cada cosa que aprendía con ladridos de contento.
El maestro se asombraba, lleno también de alegría, y se frotaba las manos.
—¡Arte, arte! —exclamaba— Tienes arte. No cabe duda de que triunfarás.
Y Tiotka se acostumbró de tal modo a la palabra arte, que, cuando la pronunciaba el dueño, ella volvía la cabeza, como si se tratase de su nombre.

VI
UNA NOCHE INTRANQUILA

Tiotka soñó —sueños perrunos— que el guarda de una casa la perseguía con una escoba. Y se despertó asustada.
La habitación estaba silenciosa y oscura. Hacía bochorno. Picaban las pulgas. Tiotka nunca temió a la oscuridad; pero en esta ocasión, sin que se sepa el motivo, sintió miedo y deseo de ladrar. En la habitación contigua suspiró profundamente el amo. Al poco rato, gruñó el cerdo en su pocilga; y tornó a hacerse el silencio. Cuando uno piensa en la comida nota cierto alivio. Tiotka recordó que aquella tarde había robado una pata de pollo, a Fiódor Timófeich, escondiéndola luego en la sala de estar, entre el armario y la pared, donde abundaban las telarañas y el polvo. No estaría mal ir a cerciorarse de si seguía en el mismo sitio, pues podía haberla encontrado el dueño y habérsela comido. Pero hasta el amanecer no se permitía salir. Era una regla. Tiotka cerró los ojos para dormirse antes, porque sabía, por experiencia, que cuanto más pronto se duerme uno tanto antes amanece. De repente, a poca distancia, resonó un grito extraño que la hizo temblar y ponerse en pie. Había gritado Iván Ivánich: y su grito no era persuasivo y charlatanesco, como de costumbre, sino salvaje, penetrante, antinatural, parecido al chirriar de las puertas cuando se abren. Como no distinguiera nada en las tinieblas ni comprendiera nada, Tiotka se atemorizó más aún y soltó un rugido:
—¡Jrrrr!
Transcurrió algo de tiempo, el necesario para roer un buen hueso; y el grito no se repitió. Poco a poco, Tiotka se tranquilizó y se adormiló. Vio, en sueños, dos enormes perros negros, con mechones de lana en las ancas y en los costados, comiendo en una gran tinaja desperdicios que exhalaban un humillo blanco y un olor exquisito. De cuando en cuando, los perros miraban a Tiotka, le enseñaban los dientes y gruñían: “¡A ti no te damos!”. En esto, salió de la casa un muzhik vestido con una pelliza y los echó a latigazos. Tiotka aprovechó la oportunidad y se puso a comer en la tinaja; pero, apenas el muzhikdesapareció tras el portalón, los dos perros negros se abalanzaron sobre ella, rugientes; y volvió a oírse el grito penetrante.
—¡Kiii! ¡Kiii! —chilló Iván Ivánich.
Tiotka despertó, incorporándose; y, sin salirse del jergón, comenzó a lanzar aullidos. Ahora se le antojaba que no había gritado Iván Ivánich, sino un extraño. Y el cerdo tornó a gruñir en su pocilga, por no se sabía qué razón.
Por fin, se oyó ruido de zapatillas que se arrastraban por el suelo. Entró el dueño con una palmatoria en la mano y envuelto en una bata. La oscilante luz deshizo las tinieblas y revoloteó, en pequeños resplandores, por el sucio empapelado y por el techo. Tiotka comprobó que no había en la habitación un solo extraño. Iván Ivánich, posado en el suelo, no dormía. Tenía las alas y el pico abiertos, y por su aspecto parecía muy cansado y deseoso de beber. El viejo Fiódor Timófeich también estaba en vela. Acaso le habrían despertado los gritos.
—¿Qué te pasa, Iván Ivánich? —preguntó el amo al pato—, ¿por qué chillas? ¿Estás enfermo?
El pato quedó callado. El dueño le palpó el cuello, le acarició la espalda y le dijo:
—¡Qué tonto eres! Ni duermes ni dejas dormir.
Cuando el dueño salió de la habitación llevándose la palmatoria, volvieron a reinar las tinieblas. Tiotka sentía miedo. Aunque el ganso no chillaba, ella seguía imaginándose que en la oscuridad acechaba un extraño. Y lo peor de todo era que no había modo de morder al intruso por ser invisible y no tener forma concreta, Tiotka intuía algún mal para aquella noche. Fiódor Timófeich también se mostraba intranquilo: se le oía removerse en el jergón, bostezar y sacudir la cabeza.
Allá, en la calle, llamaron a una puerta; y en la zahúrda gruñó el marrano. Tiotka exhaló un aullido, estiró las patas delanteras y apoyó en ellas la cabeza. En las llamadas a la puerta, en el gruñir de Javrona Ivánovna, en las sombras y en el silencio, se le antojó percibir algo triste y pavoroso, como en el graznido de Iván Ivánich. Todo era inquietud y alarma; pero ¿por qué? ¿Quién era aquel ser extraño e invisible? A un palmo de Tiotka relumbraron, de pronto, dos chispas verdes y mortecinas: los ojos de Fiódor Timófeich, que se le acercaban por primera vez desde que trabaron conocimiento. ¿Qué necesitaría? Tiotka le lamió una pata; y, sin preguntarle el motivo de su aproximación, se puso a aullar por lo bajo y en diversos tonos.
—¡Kiii! ¡Kiii! —graznó Iván Ivánich.
Abrióse de nuevo la puerta y penetró el dueño con la vela. El ganso continuaba posado como antes, abiertos el pico y las alas, pero con los ojos cerrados.
—¡Iván Ivánich! —lo llamó el señor.
El ganso no se movió. Sentóse el amo a su lado, en el suelo; le estuvo contemplando cosa de un minuto, y dijo:
—¿Qué viene a ser esto, Iván Ivánich? ¿Te nos mueres? ¡Ay, ahora recuerdo! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Ya sé lo que ha sido! ¡Esta tarde te pisó un caballo! ¡Dios mío, Dios mío!
Tiotka no entendía las palabras del dueño; pero, por su cara, notaba que iba a suceder algo horrible. La perrita alargó el hocico hacia la oscura ventana, por la que, según ella creía, estaba mirando el ser extraño; y se puso a dar alaridos.
—¡Se está muriendo, Tiotka! —le dijo el amo juntando las manos apenado—. Sí, sí, se muere. Ha venido la muerte a vuestra habitación. ¿Qué vamos a hacer?
Pálido y alarmado, el amo se volvió a su dormitorio suspirando y moviendo la cabeza. Tiotka, temerosa de quedarse sola en la oscuridad, le siguió. El amo se sentó en la cama y repitió varias veces:
—¡Dios mío! ¿Qué hacer ahora?
Tiotka daba vueltas junto a sus pies, sin comprender la tristeza y la intranquilidad de él; y, deseosa de desentrañar el misterio, seguía atentamente todos sus movimientos. Fiódor Timófeich, que rara vez abandonaba su jergón, también vino al dormitorio del dueño; y no hacía más que restregarse los costados por sus piernas. Sacudiendo la cabeza, como si quisiera arrojar de ella pensamientos amargos, miraba, receloso, debajo de la cama.
El amo cogió un platillo, echó en él un poco de agua de la palangana y se la llevó al ganso.
—Toma, bebe —le dijo cariñosamente, poniéndole el plato por delante—. Bebe, salado.
Pero Iván Ivánich no se movió ni abrió los ojos. El dueño le llevó la cabeza hasta el plato y le metió el pico en el agua; mas la pobre ave, lo único que hizo fue extender más las alas mientras el pico, inmóvil, quedaba dentro del agua.
—No, no hay nada que hacer —suspiró el amo—. Se acabó. Nos podemos despedir de Iván Ivánich.
Por sus mejillas resbalaron unas gotas brillantes como las que solían aparecer en las ventanas cuando llovía. Sin comprender lo que pasaba, Tiotka y Fiódor Timófeich se apretujaron contra él, mirando horrorizados al ganso.
—¡Pobre Iván Ivánich! —se lamentó el señor, suspirando tristemente—. ¡Yo que pensaba llevarte al campo en primavera y pasear contigo por la hierba verde! ¡Simpático animal y buen compañero mío! ¿Cómo voy a arreglarme sin ti?
Tiotka se figuró que a ella le sucedería lo mismo; es decir, que sin saber por qué, cerraría los ojos, estiraría las patas, abriría la boca y todos la mirarían con horror. Al parecer, los mismos pensamientos bullían en el cerebro de Fiódor Timófeich. Nunca había estado tan sombrío y tan lúgubre el viejo gato.
Amanecía; y ya no estaba en la habitación el extraño ser invisible que tanto atemorizaba a Tiotka. Cuando aclaró por completo, entró el dvornik [el encargado de la limpieza en las casas], agarró de las patas al ganso y se lo llevó. Y a poco tardar apareció la vieja y se llevó el barreño.
La perrita fue a la sala y miró detrás del armario: el dueño no se había comido la pata de pollo, que continuaba en su sitio entre polvo y telarañas. Mas no por ello se alegró Tiotka: estaba aburrida, triste, con ganas de llorar. Ni siquiera olió la pata; se refugió debajo del diván, se echó allí y comenzó a gemir con aullidos lastimeros:
—¡Jiii! ¡Jiii!

VII
UN “DEBUT” INFORTUNADO

Un buen día, el amo entró en la habitación de los animales; y, frotándose las manos, dijo:
—Bueno…
Quería añadir algo, pero se marchó sin hacerlo. Tiotka, que durante las lecciones había estudiado perfectamente su cara y su entonación, adivinó que estaba inquieto, preocupado y quizá mohíno. Al poco rato regresó el amo diciendo:
—Hoy me llevo a Tiotka y a Fiódor Timófeich. Tú, Tiotka, sustituirás al difunto Iván Ivánich en la “pirámide de Egipto”. ¡Menuda faena! No tenemos nada preparado ni aprendido… Como hemos ensayado tan pocas veces… ¡Podemos fracasar, cubrirnos de ridículo!
Salió de nuevo; y un minuto más tarde regresó con el abrigo y la chistera puestos. Acercándose al gato, lo agarró de las patas delanteras, lo levantó en vilo y se lo metió en el pecho bajo las solapas del abrigo, siendo de notar que Fiódor Timófeich se mostró indiferente y ni siquiera se tomó el trabajo de abrir los ojos. Al parecer, le daba igual estar tendido que ser levantado por las patas, revolcarse en su jergón que reposar sobre el pecho y bajo el abrigo del señor.
—En marcha, Tiotka —la invitó el dueño.
Sin comprender nada, y haciendo fiestas con el rabo, Tiotka le siguió; minutos después iba sentada en un trineo, a los pies del dueño, oyéndole decir mientras tiritaba de frío y de nerviosismo:
—¡Fracasaremos! ¡Haremos el ridículo!
El trineo se detuvo ante una casa grande y rara, semejante a una sopera boca abajo. Entraron en un largo pasillo, con tres puertas de cristales, alumbrado por una docena de refulgentes faroles. Las puertas se abrían tintineando; y, como bocas gigantescas, se tragaban a la gente que iba y venía de un lado para otro. El público era mucho; llegaban con frecuencia caballos; pero no se veía un solo perro.
Agarrando a Tiotka, el amo la metió en el mismo sitio en que se hallaba Fiódor Timófeich. Aquello estaba oscuro y era difícil respirar; pero no hacía frío. Por un instante, brillaron dos resplandores verdosos y mortecinos: el gato había abierto los ojos, inquieto al sentir junto a él las frías y ásperas patas de su vecina. Tiotka le lamió una oreja; y, queriendo acomodarse lo mejor posible, se removió, aplastó al minino con sus heladas extremidades y sacó la cabeza impensadamente; pero acto seguido volvió a ocultarla bajo el abrigo con un gruñido de irritación. Creía haber visto una habitación enorme, mal alumbrada y llena de monstruos: tras las vallas y las rejas que se alzaban a ambos lados asomaban las caras más horribles —de caballo, con cuernos, orejudas— y un enorme hocico con un rabo gordísimo en lugar de nariz y dos largos huecos completamente roídos colgando de la boca.
El gato emitió un ronco maullido bajo las garras de Tiotka, pero en aquel preciso instante se abrió el abrigo, el dueño gritó: “¡Hop!”, y los dos animales saltaron al suelo. Se encontraban en un cuarto de grises paredes de madera. Todo el mobiliario consistía en una mesilla, un espejó, un taburete y unos trapos colgados por los rincones; en lugar de lámpara o de vela ardía una luz muy clara, en forma de abanico, adherida a un tubo que salía de la pared. Fiódor Timófeich se alisó con la lengua la piel despeinada por Tiotka, se fue bajo el taburete y se tendió. El dueño, nervioso todavía y frotándose las manos, comenzó a desnudarse. Se quedó como solía quedarse en casa para dormir; es decir, en ropas menores, tras de lo cual tomó asiento en el taburete y, mirándose al espejo, comenzó a hacer cosas la mar de peregrinas. Ante todo se puso una peluca con una raya en medio y dos rizos semejantes a cuernos; luego se embadurnó la cara con una pintura blanca, sobre la cual se dibujó unas cejas largas y unos bigotes; y se coloreó de rojo la cara. Mas no terminaron aquí sus rarezas: después de ensuciarse los caprinos y el cuello, se enfundó en un traje estrafalario y disparatado, que Tiotka no había visto nunca, ni en la calle ni en las casas. Figúrense ustedes unos pantalones anchísimos, de percal, con flores muy grandes, como las que se usan en muchas casas para las cortinas y para la guarnición de los muebles, que se abotonaban junto a los sobacos. Una pernera era color castaño y otra amarillo claro. Después de desaparecer en el descomunal pantalón, el dueño se puso una blusa de gran cuello con muchas puntas y una estrella de oro en la espalda, dos medias de colores distintos y unas botazas verdes…
A Tiotka se le nublaron los ojos y el alma. Aquella figura de saco tenía el olor del amo y su voz era también parecida; pero había momentos en que la perrita, hecha un mar de dudas, hubiera huido de la abigarrada figura y se hubiera puesto a ladrarle. El cambio de casa, la luz en abanico, el olor y la metamorfosis del amo, le infundían un temor vago, acompañado del presentimiento de que a cada paso podía encontrarse con algo tan horrible como el enorme hocico que tenía un rabo descomunal en lugar de nariz. Para colmo de males, a cierta distancia, al otro lado de la pared, tacaba la odiosa música y resonaba un rugido incomprensible. Lo único que la tranquilizaba era la impasibilidad de Fiódor Timófeich, que dormitaba, muy a su sabor, bajo el taburete, sin abrir los ojos ni siquiera cuando lo movían.
Un caballero de frac y chaleco blanco asomó la cabeza por la puerta y anunció:
—Ahora sale miss Arabella. Después le toca a usted.
El dueño no respondió. Sacando de debajo de la mesa un maletín, se sentó y quedo a la espera. Sus labios y sus manos denotaban turbación; y Tiotka advirtió la trémula irregularidad de su respiración.
—Ha llegado su turno, monsieur George —gritó alguien en el pasillo.
Levantóse el amo, se persignó tres veces, agarró al gato de debajo del taburete y lo metió en el maletín.
—Vamos, Tiotka —dijo en voz baja.
Tiotka, sin entender palabra, se dejó elevar. El dueño la besó en la frente y la puso al lado de Fiódor Timófeich. Tras esto siguió la oscuridad. La perra pisoteaba al gato, arañaba las paredes del maletín; y el miedo le impedía producir el menor sonido. El maletín se balanceaba como si fuera a merced de las olas.
—¡Aquí estoy! —se oyó gritar al amo—. ¡Aquí me tienen ya!
Tiotka notó que después de este grito, el maletín chocó contra un objeto duro y dejó de balancearse. Resonó un gran estruendo: a alguien le tocaban palmas; y este alguien, que, por lo visto, era el del hocico con un rabo en lugar de nariz, aullaba y se reía con tanta fuerza que hacía temblar las cerraduras del maletín. Respondiendo al estruendo, sonó una risa, estridente y chillona, del dueño, una risa que no era la de casa.
—¡Ja, ja, ja! —trató de sobreponerse con sus carcajadas al ruido que se oía—. Respetable público: acabo de llegar de la estación; ha fallecido mi abuela dejándome una herencia. Traigo en el maletín algo muy pesado. De seguro que es oro. ¡Ja, ja, ja! A lo mejor hay aquí millones. Abriremos para verlo…
Chasqueó la cerradura del maletín. Una luz muy intensa impresionó a Tiotka, que saltó al suelo; y, ensordecida por el estruendo, se puso a corretear asustada en tomo a su amo, ladrando con toda la fuerza de sus pulmones.
—¡Ja, ja! —gritó el amo— ¡Querido tío Fiódor Timófeich! ¡Adorada tía! ¡Inapreciables parientes! ¡Así os llevara el diablo!
Acto seguido se tiró de bruces sobre la arena y comenzó a abrazar al gato y a Tiotka. Ésta, mientras él la abrazaba, echó un vistazo a aquel mundo al que la había arrastrado el destino; y, asombrada de su grandiosidad, permaneció un instante como embelesada de júbilo; pero luego escapó de los brazos del dueño y, desconcertada por tan fuertes impresiones, se puso a dar vueltas como una peonza, en el mismo sitio. El nuevo mundo era grande y lleno de luz brillante: a dondequiera que dirigía la vista, desde el suelo hasta el techo, no había más que caras y más caras.
—¡Haga el favor de sentarse, tía! —le rogó el dueño.
Acordándose del significado de esta orden. Tiotka saltó a una silla y se sentó en ella. Al mirar al amo encontró que sus ojos tenían la habitual expresión de seriedad y dulzura: pero su cara, y en particular la boca y los dientes, estaba deformada por una sonrisa amplia e inmóvil, Como le veía reír, saltar, mover los hombros y fingir alegría, Tiotka creyó que verdaderamente estaba contento. Y de pronto, percatándose de que la contemplaban miles de ojos, levantó el hocico de zorra y exhaló un alegre aullido.
—Estese quieta, tía —dijo el amo—, mientras el tío y yo bailarnos una kamarinskaia [el tema musical del folclore ruso, compuesto en 1848 por Mijaíl Glinka].
Fiódor Timófeich, en espera de que le obligaran a hacer tonterías, examinaba los alrededores con indiferente mirada. ¡Bailó desganado, sin entusiasmo, tristemente, y tanto en los movimientos de su cuerpo como en los de su cola y sus bigotes se advertía desprecio por el gentío, por la luz, por el amo y por sí mismo! Después de ejecutar unas danzas, bostezó y se sentó en el suelo.
—Y ahora, tía —propuso el amo—, usted y yo cantaremos y, después, bailaremos. ¿Qué le parece?
Sacó del bolsillo una flauta y se puso a tocar. Tiotka, tan refractaria a la música, se removió alterada en la silla y comenzó a aullar.
Alrededor resonaron gritos aprobatorios y aplausos. El amo hizo una reverencia; y, restablecido el silencio, volvió a tocar. En el momento de tomar una nota muy alta, alguien lanzó una exclamación en las filas de arriba:
—¡Pero si es Kashtanka! —gritó una voz infantil.
—¡Sí, es Kashtanka! —asintió otra, aguardentosa—. ¡Es Kashtanka! ¡Que Dios me castigue si no lo es, Fediushka!
Se oyó un silbido entre el público; y dos voces —una de niño y otra de hombre— llamaron, a voz en grito:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka se estremeció y miró al lugar donde habían sonado las voces. Dos rostros —uno barbudo, con sonrisa de borracho, y otro redondo, rosado, temeroso— impresionaron al animal, como antes le impresionara la luz. Reconociendo aquellas caras, saltó de la silla, dio con todo su cuerpo en la arena, levantóse y, chillando alborozada, se lanzó en la dirección de donde la llamaban. Estalló de nuevo un griterío ensordecedor mezclado con silbidos. Y en medio de aquel fragor, destacaba una penetrante voz infantil:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka saltó la barrera de la pista, pasó por encima de alguien y fue a parar a un palco. Para subir al piso siguiente había que superar una alta pared. Tiotka dio un salto, pero no llegó arriba. Después pasó de hombro en hombro, lamió manos y caras, ascendió poco a poco y, por fin, llegó hasta el paraíso…

* * *

A la media hora, Kashtanka iba ya tras dos personas que olían a cola y a barniz. Luka Aleksándrich se tambaleaba; e, instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerse a distancia de la cuneta.
—Por mi culpa me encuentro en el abismo del pecado —balbucía—. Y tú, Kashtanka, no representas nada. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dolador comparado con un carpintero.
A su lado caminaba Fediushka con la gorra de su padre. Kashtanka les miraba por detrás, le parecía que llevaba mucho tiempo siguiéndoles, y se alegraba de que la vida no se hubiera interrumpido un solo instante.
Recordaba la habitación con el empapelado sucio, al ganso, a Fiódor Timófeich; recordaba también las suculentas comidas, los ensayos, el circo; pero todo se le representaba como una larga pesadilla.

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