Vendrán lluvias suaves de Ray Bradbury

La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío. Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!
En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.
-Hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de Allendale, California -Repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.
En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.
-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!
Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”. Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta, y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.
A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.
Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.
“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.
De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.
Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.
Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.
Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.
Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.
Cuento de Ray BradburyLa casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.
El mediodía.
Un perro aulló, temblando, en el porche.
La puerta de calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.
Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.
El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.
Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.
Las dos, cantó una voz.
Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.
Las dos y cuarto.
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.
Las dos y treinta y cinco.
Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música.
Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.
Las cuatro y media.
Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.
Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.
De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.
Era la hora de los niños.
Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.
Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.
Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.
Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.
-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?
La casa estaba en silencio.
-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegiré un poema cualquiera.
Una suave música se alzó como fondo de la voz.
-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…
Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesara que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.

El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.
A las diez la casa empezó a morir.
Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.
La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto.
-¡Fuego! – gritó una voz.
Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:
– ¡Fuego, fuego, fuego!
La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.
La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.
Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.
El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.
Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.
De pronto, refuerzos.
De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.
El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.
Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.
La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corred, corred! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corred, corred, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.
En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…
Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!
Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.
En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de jamón, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.
El derrumbe. El altillo se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.
Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.
La aurora asomó débilmente por el este. Entre las ruinas se levantaba sólo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:
-Hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis, hoy es…
Martians Chronicles (1950). Crónicas marcianas, Traducción: Francisco Abelenda, Buenos Aires, Minotauro, 1955, págs. 119-123

https://narrativabreve.com/2013/10/cuento-breve-bradbury-lluvias-suaves.html

20 reglas y un pilón para escribir ficción. Tomado de Fb

Inspirado por la publicación del libro de Elmore Leonard 10 Rules of Writing [Las 10 reglas de la escritura], al periódico británico The Guardian se le ocurrió plantearle a un nutrido grupo de autores la siguiente pregunta: ¿Cuáles son las diez reglas esenciales para escribir ficción? El artículo resultante, publicado el pasado sábado, me ha parecido sumamente interesante, ya que aunque entre las respuestas hay de todo, creo que reúne un buen número de buenos consejos y de verdades ineludibles que nunca está de más recordar.
Les presentamos una selección de reglas para escribir ficción. La selección fue cortesía de la página Cultura impopular. 
Agradecemos el aporte a Gabriel Pérez Salazar.
1. No te plantees escribir. Escribe. Sólo escribiendo, y no soñando con hacerlo, podemos desarrollar un estilo propio.
PD James
2. Si tienes una buena idea para una historia, no asumas que debe de ser necesariamente una narración en prosa. Puede que funcione mejor como obra de teatro, como guión de cine o como poema. Sé flexible.
Hilary Mantel
3. La ficción que no es una aventura personal del autor hacia lo desconocido o lo aterrador no merece la pena ser escrita a no ser que sea únicamente por dinero.
Jonathan Franzen
4. Ten más de una idea en marcha a la vez. Si tengo que elegir entre escribir un libro o no hacer nada, siempre elegiré esto último. Sólo cuando tengo ideas para dos libros soy capaz de elegir entre escribir uno u otro. Siempre siento la necesidad de tener la sensación de que estoy haciendo algo en oposición.
Geoff Dyer
5. Olvida el viejo dicho de que hay que escribir sobre lo que se conoce. En vez de eso, elige un área desconocida pero reconocible que contribuya a ampliar tu comprensión del mundo y escribe sobre eso. En cualquier caso, recuerda que la semilla de la que se alimenta tu imaginación hunde sus raíces en las particularidades de tu vida. Así que no la malgastes escribiendo autobiografía.
Rose Tremain
6. Lo más probable es que necesites un diccionario, una gramática y tener los pies en la tierra. ¿Qué quiero decir con esto último? Que aquí nadie regala nada. Escribir es un trabajo. También es apostar. No viene con un plan de pensiones. Habrá ciertas personas que puedan echarte una mano, pero en esencia te las tendrás que apañar solo. Nadie te obliga a escribir. Si escribes es porque has elegido hacerlo, así que no te quejes.
Margaret Atwood
7. No añadas un falso romanticismo a tu “vocación”. O eres capaz de escribir o no. No hay un “estilo de vida del escritor”. Lo único que importa es lo que dejas sobre la página.
Zadie Smith
8. Cambia de parecer. Las buenas ideas a menudo acaban siendo eliminadas por otras mejores. Yo estaba escribiendo una novela sobre un grupo llamado The Partitions. Hasta que se me ocurrió llamarles The Commitments.
Roddy Doyle
9. Respeta el modo en el que pueden cambiar los personajes en sus primeras 50 páginas de vida. Revisa tus planes y comprueba si debes alterarlos de alguna manera para que se amolden a esos cambios.
Rose Tremain
10. Finaliza la jornada mientras aún tengas ganas de seguir escribiendo.
Helen Dunmore
11. Recuerda: cuando alguien te dice que algo no encaja o que no lo ha entendido, casi siempre tiene razón. Cuando te dice exactamente lo que le parece que está mal y el modo en el que deberías arreglarlo, casi siempre se equivoca.
Neil Gaiman
12. El estilo es el arte de quitarte a ti mismo de en medio, no el de inmiscuirte en el texto.
David Hare
13. Concentra tus energías narrativas en los puntos de cambio. Esto resulta particularmente importante en la ficción histórica. Cuando tu personaje se enfrenta a un entorno nuevo o las circunstancias cambian a su alrededor, ese es el momento de dar un paso atrás para describir los detalles de su mundo. La gente no suele prestar demasiada atención a los detalles cotidianos de su rutina diaria, por lo que cuando un escritor los describe puede sonar como si estuviera intentando instruir en exceso al lector.
Hilary Mantel
14. Lee. Lee todo aquello a lo que puedas echarle las manos encima. Siempre le recomiendo a aquellas personas que quieren escribir una obra de fantasía o de ciencia ficción que dejen de leer por completo esos géneros y que empiecen a leer todo lo demás, desde Bunyan a Byatt.
Michael Moorcock
15. No intentes escribir para un “lector ideal”. Puede que exista, pero está leyendo el libro de otro.
Joyce Carol Oates
16. No eches la vista atrás hasta que hayas terminado un borrador entero. Limítate a comenzar cada día a partir de la última frase que escribiste el día anterior. Es una manera de evitar el espanto a la vez que te asegura una obra en la que poder volcar el auténtico trabajo, que es la corrección.
Will Self
17. Protege el tiempo y el espacio en los que escribes. No dejes que nadie se inmiscuya en ellos, ni siquiera a las personas más importantes de tu vida.
Zadie Smith
18. Trata la escritura como un trabajo. Sé disciplinado. Muchos autores son particularmente obsesivos en este aspecto. Graham Greene era célebre por escribir 500 palabras al día. Jean Plaidy era capaz de escribir 5,000 antes del almuerzo y luego dedicaba la tarde a contestar cartas de sus fans. Mi mínimo son 1.000 palabras al día, algo que en ocasiones es fácil de conseguir y en otras es, francamente, como cagar un ladrillo. Pero me obligo a permanecer sentada frente a mi escritorio hasta que las tengo, porque sé que así he conseguido hacer avanzar una pizca el libro. Puede que esas 1.000 palabras sean basura. A menudo lo son. Pero siempre es más fácil volver sobre ellas más adelante y mejorarlas.
Sarah Waters
19. No te preocupes nunca por las posibilidades comerciales de un proyecto. Si alguien tiene que preocuparse de eso son los agentes y los editores. O no. Conversación con mi editor norteamericano. Yo: “Estoy escribiendo un libro tan aburrido, de un atractivo comercial tan reducido, que si lo publicas probablemente pierdas tu puesto de trabajo”. Mi editor: “Ese es precisamente el motivo de que quiera un trabajo como este”.
Geoff Dyer
20. Cásate con una persona a la que quieras y a la que le parezca buena idea que seas escritor.
Richard Ford
Y de propina, una más. Dice Jonathan Franzen que duda mucho “que alguien con conexión a internet en su lugar de trabajo sea capaz de escribir buena ficción”.

Dentista por Roberto Bolaño

      No era Rimbaud, sólo era un niño indio.
Lo conocí en 1986. En aquel año, por motivos que no vienen a cuento o que ahora me   parecen   banales ,   estuve unos   días   en   Irapuato ,   la capital  de las fresas, en casa de un amigo dentista que estaba pasando por un mal trance. En realidad, el que estaba mal era yo (mi novia había decidido romper abruptamente nuestra ya prolongada relación), pero cuando llegué a Irapuato, en donde supuestamente iba a tener tiempo para pensar en mi futuro y tranquilizarme, me encontré a mi amigo dentista, siempre tan discreto y ponderado, al borde de la desesperación.
Diez minutos después de haber llegado me contó que había matado a una paciente. Como no me cabía en la cabeza que un dentista pudiera matar a alguien, le rogué que se tranquilizara y me contara toda la historia. Ésta era simple, hasta donde pueden ser simples las historias de esta naturaleza, y de la narración más bien deshilvanada que de ella hizo mi amigo deduje que en modo alguno se le podía imputar la muerte de nadie. La historia me pareció, por otra parte, extraña. Mi amigo, además de trabajar en una clínica dental privada, que le producía sustanciosos dividendos, hacía horas extra en una especie de cooperativa médica abierta a los pobres y a los indigentes, que parece lo mismo, pero que para mi amigo, y sobre todo para los ideólogos de esta suerte de organismo benéfico de la salud, no era lo mismo. En la cooperativa sólo había dos dentistas y el trabajo  era arduo. Como la cooperativa carecía de consultorio dental,  atendían en sus respectivas consultas, en horarios no comerciales (fue la palabra que él empleó), mayormente de noche, y se hacían auxiliar por estudiantes de odontología solidarios, la mayoría izquierdistas, y con ganas de practicar.
La mujer muerta era una india vieja que acudió una noche con un absceso en la encía.   Mi amigo   no operó el  absceso, pero la cooperación se realizó en su consultorio. El responsable fue un estudiante y la mujer se desmayó y al estudiante le dio un ataque de nervios. Otro estudiante llamó a mi amigo por teléfono. Cuando mi amigo llegó al consultorio y quiso saber qué ocurría se encontró con un cáncer de  encía sajado por una mano torpe, y rápidamente se dio cuenta de que ya no podía hacer nada. Hospitalizaron a la mujer en el Hospital General de Irapuato, en donde murió al cabo de una semana.
Estos casos eran, por lo que me contó, bastante raros, digamos uno entre diez mil, y ningún  dentista en su sano juicio espera encontrarlos en su vida . Le dije que lo entendía , aunque la verdad es que no entendía nada, y esa noche salimos a tomar copas. Mientras recorríamos los bares de la ciudad, bares más bien de clase media alta, yo no podía dejar de pensar en la india vieja y en el cáncer que le estaba royendo la encía.
Mi amigo me volvió a explicar la historia, con algunos cambios sustanciales que atribuí al alcohol que por entonces habíamos ingerido, y luego nos subimos a su Volkswagen y nos fuimos a comer a una fonda de comidas corridas en los suburbios de Irapuato. El cambio de escenario era notable. Si antes no habíamos codeado con profesionales, funcionarios y comerciantes, ahora estábamos rodeados por obreros, desempleados, mendigos.
La melancolía de mi amigo, por otra parte, iba en aumento. A las doce de la noche comenzó a despotricar contra Cavernas. El pintor. Hacía algunos años mi amigo había comprado dos grabados suyos que lucía en un sitio de honor en una de las paredes de la sala de su casa. Un día en que por azar coincidió con el ubérrimo artista en una fiesta que daba otro dentista en su residencia de la Zona Rosa, un dentista dedicado, si no recuerdo mal, a recomponer la sonrisa de las estrellas del séptimo arte mexicano (en palabras de mi amigo), intentó hablar con él.
Al principio, Cavernas no sólo accedió a platicar sino que incluso, según mi amigo, lo hizo confidente involuntario de algunas intimidades de su vida. En algún momento de la noche Cavernas propuso compartir a una jovencita que, irrazonablemente, parecía más prendada del dentista que del artista. A mi amigo la jovencita le importaba un carajo y así se lo hizo saber. Al contrario, lo que quería no era una noche de amor a tres sino comprarle otro grabado a Cavernas, directamente, sin intermediarios, el que el pintor quisiera y al precio que el pintor pusiera, siempre y cuando el grabado contuviera una dedicatoria personal, del tipo «a Pancho, en recuerdo de una noche loca» o algo así.
A partir de ese momento la actitud de cavernas cambió. Me empezó  a mirar con ojos cruzados, comentó mi amigo. Me dijo que los dentistas no entendíamos una chingada de arte. Me preguntó si era maricón a secas o si por el contrario aquello era más bien una frivolidad pasajera. Mi amigo, por supuesto, tardó en darse cuenta de que Cavernas lo estaba insultando. Cuando quiso reaccionar, explicarle al pintor que su admiración era meramente la que sentía un amante del arte por la obra de un genio incomprendido de la pintura universal, Cavernas ya no estaba junto a él.
Tardó en encontrarlo. Mientras lo buscaba iba repasando mentalmente lo que pensaba decirle. Lo divisó en el balcón de la casa, en compañía de dos tipos con pinta de gángsters. Cavernas lo vio venir y les dijo algo a sus acompañantes. Mi amigo dentista sonrió. Los acompañantes de Cavernas también sonreían. Probablemente mi amigo estaba algo más borracho de lo que pensaba, de lo que quería recordar. Lo cierto es que el pintor lo recibió con un insulto y sus acompañantes lo cogieron de los brazos y de la cintura y lo suspendieron en el vacío. Mi amigo se desmayó.
Entre brumas recordaba que Cavernas había vuelto a llamarlo maricón, las risas de los hombres que lo sostenían, los automóviles aparcados en el cielo, un cielo gris parecido a la calle Sevilla. La certidumbre de que te mueres y de que te mueres por nada, por estupideces, y de que tu vida, la vida que estás a punto de perder, es también una sucesión de estupideces, es nada. Y hasta la certidumbre carece de dignidad.
Eso me dijo mientras bebíamos tequila en la fonda de comidas corridas, que por supuesto carecía de permiso para expender bebidas alcohólicas, en uno de los barrios bajos de Irapuato. Después se extendió en una argumentación cuyo eje central era el descrédito del arte. Los grabados de Cavernas, yo lo sabía, aún estaban colgados en su sala y no tenía noticias de que mi amigo hubiera realizado ningún gesto encaminado a venderlos. Cuando quise argüir que su affaire con Cavernas pertenecía a la historia particular y no a la historia del arte y que por lo tanto podía utilizar esa historia para el descrédito de los seres humanos pero no para el descrédito de los artistas y menos aún para el descrédito del arte, mi amigo puso el grito en el cielo.
El arte, dijo, es parte de la historia particular mucho antes que de la historia del arte propiamente dicha. El arte, dijo, es la historia particular. Es la única historia particular posible. Es la historia particular y es al mismo tiempo la matriz de la historia particular. ¿Y qué es la matriz de la historia particular?, dije. Acto seguido pensé que me respondería: el arte. Y también pensé, y ése fue un pensamiento afable, que ya estábamos borrachos y que era hora de volver a casa. Pero mi amigo dijo: la matriz de la historia particular es la historia secreta.
Durante unos instantes me miró con los ojos brillantes. Pensé que la muerte de la india con el cáncer en la encía le había afectado mucho más de lo que en principio creí.
¿Y tú te preguntarás qué es la historia secreta?, dijo mi amigo. Pues la historia secreta es aquella que jamás conoceremos, la que vivimos día a día, pensando que vivimos, pensando que lo tenemos todo controlado, pensando que lo que se nos pasa por alto no tiene importancia. ¡Pero todo tiene importancia, buey! Lo que pasa es que no nos damos cuenta. Creemos que el arte discurre por esta acera y que la vida, nuestra vida, discurre por esta otra, y no nos damos cuenta de que es mentira.
¿Qué hay entre una acera y otra acera?, me preguntó. Algo le debí de responder, supongo, aunque no me acuerdo de qué dije porque en ese momento mi amigo vio a un conocido y lo saludó con la mano, desentendiéndose de mí. Recuerdo que el local en el que estábamos se había ido llenando de gente. Recuerdo las paredes con baldosas verdes, como si se tratara de un urinario público, y la barra en donde antes no había nadie y que ahora estaba llena de personajes de aspecto cansado o festivo o patibulario. Recuerdo a un ciego cantando una canción en una esquina del local o una canción que hablaba de un ciego. El humo, antes inexistente, flotaba por encima de nuestras cabezas. Entonces el amigo al que mi amigo había saludado con un gesto se acercó a nuestra mesa.
No tenía más de dieciséis años. Aparentaba menos. Era más bien bajo y su figura, que podía ser fuerte, tendía hacia lo redondo, hacia la eliminación de aristas. Vestía pobremente, aunque algo había en su ropa que no terminaba de cuajar, una cualidad movediza, como si la ropa estuviera diciendo algo incomprensible desde distintos sitios a la vez, y llevaba unos tenis gastados de tanto andar, unos tenis que en el círculo de mis amistades  o mejor dicho en el círculo de los hijos de   algunas de mis amistades estarían desde hace mucho tiempo sepultados en el closet o abandonados en un basurero.
Se sentó a nuestra mesa y mi amigo le dijo que pidiera lo que quisiera. Fue la primera vez que sonrió. No puedo decir que tuviera una bonita sonrisa sino más bien todo lo contrario: era la sonrisa de alguien desconfiado, la sonrisa de quien espera pocas cosas de los demás y todas malas. En ese momento cuan el adolescente se sintió con nosotros y exhibió su sonrisa fría, se me pasó por la cabeza la posibilidad de que mi amigo, que era unsoltero empedernido y que pudiendo haberse radicado desde hacía años en el DF había preferido no abandonar su ciudad natal de Irapuato, se hubiera vuelto homosexual o que siempre lo hubiera sido y sólo esa noche, precisamente la noche en que habíamos hablado de la muerte de la india y del cáncer en la encía, aflorara, fuera de toda lógica, una verdad oculta durante años. Pero pronto deseché esta idea y me concentré en el recién llegado o tal vez fueron sus ojos, en los que no había reparado hasta entonces, los que me obligaron a dejar a un lado mis temores (pues la posibilidad, incluso remota, de que mi amigo fuese homosexual en ese entonces me atemorizaba) y a dedicarme a la observación de aquel ser que parecía fluctuar entre la adolescencia y una niñez de espanto.
Sus ojos, cómo decirlo, eran potentes. Ése fue el adjetivo que se me ocurrió entonces, un adjetivo que evidentemente no ahondaba en la impresión real que sus ojos dejaban en el aire, en la frente de quien le sostuviera la mirada, una especie de dolor entre las cejas, pero no encuentro otro que sirva mejor a mis propósitos. Si su cuerpo tendía, como ya he dicho, a una redondez que los años acabarían concediéndole con rotundidad, sus ojos tendían hacia lo afilado, lo afilado en movimiento.
Mi amigo me lo presentó con no disimulada alegría. Se llamaba José Ramírez. Le tendí la mano (no sé por qué, no soy dado a estos formalismos, al menos no en un bar y de noche) y él vaciló antes de darme la suya. Cuando se la estreché mi sorpresa fue mayúscula. Su diestra, que esperaba suave y vacilante como la de cualquier adolescente, exhibía al tacto una acumulación de callosidades que le daba una apariencia de hierro, una mano no demasiado grande, de hecho, ahora que lo pienso, ahora que vuelvo a aquella noche en los suburbios de Irapuato, lo que aparece ante mis ojos es una mano pequeña, una mano pequeña rodeada u orlada por los exiguos resplandores del bar, una mano que surge de un lugar desconocido, como el tentáculo de una tormenta, pero dura, durísima, una mano forjada en el taller de un herrero.
Mi amigo sonreía. Por primera vez en ese  día le vi en el rostro un atisbo de felicidad, como si la presencia tangible ( con su figura redonda, sus ojos afilados y sus manos duras) de José Ramírez ahuyentara la culpa de la india con el cáncer en la boca, el malestar recurrente que el recuerdo del pintor Cavernas le provocaba. Como si adivinara la pregunta que estaba tentado de hacer y que sin embargo por una elemental cuestión de educación no haría, mi amigo dijo que había conocido a José Ramírez de forma profesional.
Tardé en entender que se refería a su consulta odontológica. Gratis, dijo entonces el muchacho, con una voz que, como sus manos y sus ojos, también se desdecía del resto de su cuerpo. En la consulta de la cooperativa, dijo mi amigo. Le empasté siete muelas, un trabajo fino. José Ramírez asintió y bajó los ojos. Fue como si de nuevo se transformara en lo que de verdad era, un muchacho de dieciséis años. Recuerdo que después pedimos más bebidas y que José Ramírez se comió un plato de chilaquies aunque mi amigo insistió en que pidiera lo que quisiera, que él invitaba).
Durante todo el rato que aún permanecimos en la fonda la conversación se mantuvo entre ellos dos y yo me quedé al margen. A veces oía sus palabras: hablaban de arte, es decir mi amigo había retomado la historia de Cavernas, que mezclaba arbitrariamente con la india muerta en una cama de hospital, en medio de dolores espantosos, o tal vez no, talvez había sido anestesiada, tal vez alguien le aplicaba morfina regularmente, pero la imagen era ésa, la india, apenas un bulto minúsculo, abandonada en una cama de hospital en Irapuato, y la risa de Cavernas y sus grabados que colgaban perfectamente enmarcados en la sala del dentista, una sala, y por ende una casa, que el joven Ramírez había visitado, según deduje de las palabras de mi amigo, y donde había visto los grabados de Cavernas, las joyas de su pinacoteca particular, y le habían gustado.
En algún momento nos fuimos de allí. Mi amigo pagó y encabezó la marcha hacia la puerta de salida. No estaba tan borracho como yo creía y no hizo falta que le sugiriera que cambiáramos de asiento, que me dejara conducir a mí. Recuerdo otros lugares, lugares en los que no nos quedábamos demasiado tiempo, y finalmente recuerdo un enorme lote baldío, una calle sin pavimentar que terminaba en el campo y en donde José Ramírez se bajó del coche y se despidió de nosotros sin darnos la mano.
Dije que me parecía extraño que el muchacho viviera allí, donde no había casas, sólo oscuridad y tal vez la silueta de un cerro, al fondo, apenas recortada por la luna. Dije que lo acompañáramos un trecho. Mi amigo (al hablar no me miró, tenía las manos sobre el volante y su actitud era de cansancio y calma) replicó que no podíamos acompañarlo, que no me preocupara, que el chavo conocía muy bien el camino. Luego encendió el motor, puso las luces largas y pude ver, antes de que el coche empezara a recular, un paisaje irreal, como en blanco y negro, compuesto de árboles raquíticos, malezas, una senda de carretas, un híbrido entre el basurero y la estampa bucólica típicamente mexicana.
Ni rastro del muchacho.
Después volvimos a casa y me costó conciliar el sueño. En la habitación de huéspedes había un cuadro de un pintor irapuatense, un paisaje impresionista en donde se adivinaba una ciudad y un valle y en donde predominaba una extensa gama de amarillos. Creo que el cuadro tenía algo maligno. Recuerdo que daba vueltas en la cama, cansado e insomne, y que por la ventana entraba una débil luz que literalmente encendía el paisaje y lo hacía ondular. No era un buen cuadro. No era el cuadro el que me obsesionaba, el que no me dejaba dormir, el que me llenaba de una tristeza imprecisa e irremediable, aunque de buena gana me hubiera levantado a descolgarlo y a ponerlo de cara a la pared. De buena gana hubiera regresado esa misma noche al DF.
Al día siguiente me levanté tarde y no vi a mi amigo hasta la hora de la comida. En la casa sólo estaba la mujer que iba cada día a hacerle la limpieza y decidí que lo mejor era salir y dar una vuelta por la ciudad. Irapuato no es una ciudad hermosa, pero nadie puede negar el encanto de sus calles, la atmósfera de tranquilidad que se respira en el centro, en donde los irapuatenses fingen preocupaciones que a los nativos del DF nos parecen meras distracciones. Como no tenía nada que hacer, después de desayunar un jugo de naranja en una cafetería me dediqué a leer el periódico sentado en un banco, mientras a mi lado pasaban estudiantes de secundaria o empleados públicos con una clara vocación para el ocio y la conversación irrelevante.
Qué lejos me parecieron entonces, y por primera vez desde que había iniciado el viaje, mis problemas sentimentales del DF. Hasta pájaros había en aquella plaza de Irapuato. Más tarde pasé por una librería (me costó encontrar una), en donde compré un libro con ilustraciones de Emilio Carranza, un paisajista nacido en El Hospital, una aldea o un ejido cercano a Irapuato, y que supuse le haría gracia a mi amigo dentista, a quien pensaba regalárselo.
Nos encontramos a las dos de la tarde. Fui a buscarlo a su consulta. La secretaria me pidió amablemente que lo esperara, que a última hora había tenido una visita imprevista y que no tardaría en desocuparse. Me senté en la sala de espera y me puse a leer una revista. No había nadie. El silencio, no ya sólo en la consulta de mi amigo sino en todo el edificio, era casi total. Por un momento pensé que lo que había dicho la secretaria era una mentira, que mi amigo no estaba allí, que había ocurrido algo malo y que las instrucciones expresas que había dejado antes de salir a toda prisa eran de no darme motivos de alarma. Me levanté, di unos pasos por la sala de espera, me sentí, como era lógico, ridículo.
En la recepción la secretaria ya no estaba. Quise coger el teléfono y hacer una llamada, pero fue un impulso del todo automático, pues ¿a quién iba a llamar en una ciudad en donde no conocía a nadie? Me arrepentí mil veces de haber ido a Irapuato, maldije mi sensibilidad atrofiada, me prometí que nada más volver al DF encontraría una mujer inteligente y hermosa, pero sobre todo práctica, con la que me casaría al cabo de un noviazgo corto, exento de gestos desmesurados. Me senté en la silla de la secretaria y traté de calmarme. Durante un rato contemplé la máquina de escribir, el libro en donde estaban anotadas las visitas, un recipiente de madera lleno de lápices, clips y gomas de borrar que parecían estar en perfecto orden, lo que me pareció imposible pues nadie en su sano juicio ordena clips (lápices y gomas, sí, pero no clips), hasta que la visión involuntaria de mis manos temblando sobre la máquina de escribir propició que me levantara de un salto y, ya sin dudarlo, acudiera a buscar, con el corazón batiéndome el pecho, a mi amigo.
La educación, sin embargo, es a veces más fuerte que un repentino ataque de nervios. Mientras abría puertas y arremetía hacia el interior del consultorio llamándolo en voz alta, recuerdo que al mismo tiempo iba pensando en la excusa que le iba a dar cuando lo encontrara, si es que lo encontraba. Aún hoy no sé qué me pasó aquella tarde. Probablemente fue la última manifestación exterior de mi malestar o de mi tristeza, malestar y tristeza que traía del DF y que se evaporó en Irapuato.
Mi amigo, por supuesto, estaba en su consulta, y junto con él vi a una paciente, una mujer de unos treinta años, de porte distinguido, y su enfermera, una muchacha de pequeña estatura, de rasgos mestizos, a la que hasta ese momento no había visto. Ninguno de los tres pareció sorprenderse de mi aparición. Ahorita termino, dijo mi amigo sonriéndome.
Más tarde, al explicarle lo que había sentido en su consulta (es decir: aprensión, miedo, una angustia que subía incontrolada), mi amigo declaró que a él solía ocurrirle algo parecido en los edificios aparentemente vacíos. Comprendí que sus palabras eran básicamente benévolas conmigo y traté de no pensar más en ello. Pero cuando mi amigo se ponía a hablar no había quien lo parara y durante la comida, que duró de las tres hasta las seis de la tarde, se dedicó a darle vueltas al tema: los edificios aparentemente vacíos, es decir los edificios que uno cree que están vacíos, y uno cree eso porque no oye ruido alguno, pero que en realidad no están vacíos, y eso uno también lo sabe, aunque los sentidos, el oído, la vista, le digan que está vacío. Y entonces la angustia, el miedo, no obedecen a lo que uno cree que obedecen, es decir al hecho de encontrarse en el interior de un edificio vacío, ni siquiera al hecho, nada fantástico, de creerse atrapado o encerrado en el interior de un edificio vacío, sino a que uno sabe, en lo más profundo uno sabe, que no existen edificios vacíos, que en los chingados edificios vacíos siempre hay alguien que se nos hurta a nuestra mirada y que no hace ruidos, y a eso se reduce todo, a que no estamos solos, dijo mi amigo dentista, a que ni siquiera estamos solos cuando todo nos indica de forma razonable que lo estamos.
Y después dijo: ¿sabes cuándo estamos solos de verdad? En las multitudes, le dije pensando que así le seguía la corriente, pero no, no era en las multitudes, eso debí de imaginarlo, sino tras la muerte, la única soledad mexicana, la única soledad de Irapuato.
Esa noche nos emborrachamos. Le entregué mi regalo, dijo que no conocía al pintor Carranza, salimos a comer y nos emborrachamos.
Empezamos con las cantinas del centro de la ciudad y luego volvimos al extrarradio, en donde habíamos estado la noche anterior y donde habíamos encontrado al joven Ramírez. Recuerdo que en algún momento de nuestro errático periplo pensé que mi amigo buscaba a Ramírez. Se lo dije. Respondió que no era cierto. Le dije que conmigo podía hablar con franqueza, que cualquier cosa que me dijera iba a quedar entre nosotros dos. Dijo que siempre había hablado con franqueza conmigo y al cabo de un rato añadió mirándome a los ojos que no tenía nada que ocultar. Le creí. Pero la impresión de que buscaba al joven campesino persistió. Esa noche nos acostamos tarde, cerca de las seis de la mañana. En algún momento mi amigo dentista se puso a recordar nuestra juventud, cuando ambos estudiábamos en la UNAM y ambos admirábamos la obra de Elizondo con un fervor ciego. Yo estudiaba en la facultad de Filosofía y Letras y él en Odontología y nos conocimos en el cineclub de mi facultad, durante el coloquio posterior a una película de un director boliviano, supongo que sería Sanjinés.
Durante el coloquio mi amigo se levantó y fue no sé si el único pero sí el primero en decir que la película no le había gustado y en decir por qué. A mí tampoco me había gustado, pero entonces jamás lo hubiera admitido. La amistad entre ambos fue espontánea: esa misma noche supe de su admiración por Elizondo, que yo también profesaba, y durante el segundo verano ambos quisimos emular a los personajes de Narda o el verano alquilando una casita cerca del mar en Mazatlán, que si bien no era la costa italiana, con un poco de imaginación y voluntad podía llegar a parecérsele.
Después crecimos y nuestras aventuras juveniles nos parecieron más bien detestables. Los jóvenes mexicanos de clase media alta estamos condenados a imitar a Salvador Elizondo que a su vez imita a un inimitable Klossowski o a engordar lentamente en el comercio o en la burocracia o a dar palos de ciego en organizaciones vagamente de izquierdas, vagamente caritativas. Entre Elizondo, cuya obra ya no releía, y el pintor Cavernas, se consumía nuestra hambre inagotable, y con cada bocado que dábamos éramos más pobres, más flacos, más feos, más ridículos. Después mi amigo volvió a Irapuato y yo me quedé en el DF y de alguna manera ambos procuramos desinteresarnos del lento naufragio de nuestras vidas, del lento naufragio de la estética, de la ética, de México y de nuestros chingados sueños.
Pero conservamos la amistad y eso importaba. Y ahí estábamos hablando de nuestra juventud, bastante borrachos, y de repente mi amigo recordó a la india vieja que se le había muerto de cáncer en la encía y recordó nuestra conversación sobre la historia del arte y la historia particular y habló de las dos aceras (un tema del que yo apenas recordaba nada) y finalmente llegó a la fonda de comidas corridas en donde habíamos encontrado a José Ramírez, que era precisamente adonde quería llegar, y me preguntó qué pensaba de él, aunque lo preguntó de tal forma que yo no supe si se refería al adolescente indio o a sí mismo, y para curarme en salud le dije que no pensaba nada, o tal vez hice un gesto que podía significar cualquier cosa, y mi amigo acto seguido me preguntó si creía, si se me había pasado por la cabeza la idea de que entre José Ramírez y él pudiera haber algo, esos sobrentendidos atroces y tan mexicanos, y yo dije no por Dios, mano, cómo se te ocurre, no te azotes, tal vez ahora exagero, mi memoria exagera, tal vez no exagero, tal vez entonces se abrió el agujero real, el que había presentido en el edificio falsamente vacío, el que había entrevisto cuando el indio adolescente se acercó a nosotros la primera vez, justo mientras hablábamos o mi amigo hablaba o peroraba sobre la india muerta, ese cadáver cada vez más pequeño, y entonces todo se me cruzó, posiblemente debido a la borrachera, nuestra juventud evocada, nuestras lecturas, Nada o el verano, de Elizondo, una gloria nacional, nuestro verano imaginario y voluntarioso en Mazatlán, mi novia que sorpresivamente decidía torcer el rumbo a su soberana discreción, los años, Cavernas y la pinacoteca de mi amigo, mi viaje a Irapuato, las calles de Irapuato tan tranquilas, la misteriosa decisión de mi amigo de radicarse allí, de ejercer allí, en la ciudad natal, cuando lo normal hubiera sido…
Y entonces él dijo: tienes que conocer a José. Hizo hincapié en el verbo conocer. Tienes que conocerlo. Y: yo no soy. No soy de ésos. Ya sabes. Yo no. Y luego habló de la india muerta y del trabajo en la cooperativa. Y dijo: yo no. Yo no, por supuesto, ¿verdad? Verdad, dije yo. Y luego cambiamos de bar y en el camino él dijo: mañana. Y yo supe que no era su borrachera, que mañana lo recordaría y que una promesa era una promesa, ¿verdad? Verdad. Y entonces, buscando para variar otro tema, le referí una ocasión, cuando yo era niño, en que me quedé encerrado en el elevador de mi edificio. Entonces estuve solo de verdad, dije. Y mi amigo me escuchó con una sonrisa, como diciéndose vaya pendejete estás hecho, qué hubo con todo ese titipuchal de años en el DF, con todo ese titipuchal de libros leídos y estudiados y enseñados en donde quiera que tú enseñes. Pero yo insistí. Estuve solo. Durante mucho tiempo. A veces todavía siento (muy raramente, para qué más que la verdad) lo que sentí en el interior del elevador. ¿Y sabes por qué? Mi amigo hizo un gesto que quería decir que prefería no saberlo. Igual se lo dije: porque era niño. Recuerdo su respuesta. Me daba la espalda, buscaba el lugar en donde había dejado estacionado el coche. Pendejadas, dijo. Mañana vas a ver lo que es bueno de verdad.
Y al día siguiente no había olvidado nada. Al contrario, recordaba cosas que yo ya había olvidado. Por la forma como habló de José Ramírez parecía su tutor. Recuerdo que esa noche nos vestimos como si fuéramos a ir de putas o de cacería, mi amigo con una chaqueta de pana marrón y yo con una chaqueta de cuero que traje pensando en alguna excursión al campo.
Iniciamos la excursión tomando un par de whiskys en el centro, en un local en penumbra que olía a after-shave. Después nos fuimos directamente a los barrios que solía frecuentar José Ramírez. Estuvimos en un par de cafeterías ruinosas en la fonda de comidas corridas (en donde intentamos comer aunque ninguno de los dos tenía hambre), en una cantina llamada El Cielo. Ni rastro del adolescente indio.
Cuando ya habíamos dado la noche por perdida, una noche extraña en la que casi no habíamos cruzado palabra, lo vimos o lo adivinamos caminando por una acera mal iluminada. Mi amigo tocó el claxon y dio la vuelta con una maniobra temeraria. Ramírez nos esperaba quieto en una esquina. Bajé la ventanilla y lo saludé. Por encima de mí salió la cabeza de mi amigo y lo invitó a subir. El adolescente entró en el coche sin decir una palabra. Mis recuerdos del resto de aquella noche son festivos. Irreflexivamente festivos. Parecía que celebráramos el cumpleaños del joven que iba con nosotros. Parecíamos sus padres. Parecíamos sus padrotes. Parecíamos dos mexicanos blancos tristes guardando las espaldas de un mexicano indio incomprensible. Nos reíamos. Bebíamos y nos reíamos y nadie osó acercarse a nosotros o burlarse de nosotros porque si mi amigo no lo hubiera matado lo hubiera hecho yo.
Y oímos la historia o los retazos de historia de José Ramírez, una historia que entusiasmaba a mi amigo y que a mí, pasados los primeros momentos de perplejidad, también me entusiasmó, pero que luego, a medida que llegábamos a las vertientes desconocidas de la noche, como dice un poema de Poe, se fue desdibujando, como si las palabras del adolescente indio no encontraran un asidero válido en nuestra memoria, y es por eso que apenas recuerdo sus palabras. Sé, porque lo dijo él, que había participado en un taller de poesía, un taller de poesía gratuito, más o menos como la cooperativa medica de los pobres, solo que en versión literaria, y que Ramírez no escribió ni un solo poema, algo que hizo retorcerse de risa a mi amigo dentista y que yo no entendí, no le veía la gracia, hasta que me explicaron que Ramírez escribía narrativa. Cuentos, no poemas. Entonces pregunté por qué no se había matriculado en un taller de narrativa. Y mi amigo dentista dijo: porque no había ningún taller de narrativa. ¿Comprendes? En este pueblo de mierda sólo se enseña gratis la poesía. ¿Comprendes?
Y  luego Ramírez habló de su familia, o tal vez fue el dentista el que habló de la familia de Ramírez, y sobre ésta no había nada que decir. ¿Comprendes? Nada. Y yo no entendí gran cosa, aunque por no quedarme al margen hablé de los edificios vacíos y del engaño, pero mi amigo me hizo callar con un gesto. Nada que decir. Campesinos. Muertos de hambre. Ni una sola señal. ¿Comprendes? Y yo dije que sí con la cabeza, por no llevar la contraria, pero en realidad no comprendía nada. Y luego mi amigo afirmó que pocos escribían como escribía el joven que estaba a nuestro lado. Verdad de Dios: muy pocos. Y a partir de ese momento se embarcó en una exégesis de Ramírez que me dejó helado.
Superior a todos, dijo. Los narradores mexicanos parecían niños de pecho comparados con este adolescente más bien gordo e inexpresivo y con las manos endurecidas por el trabajo en el campo. ¿Pero qué campo?, dije yo. El campo que nos rodea, dijo el dentista y con su mano hizo un movimiento circular, como si Irapuato fuera una avanzada en tierra salvaje, un fuerte en medio del territorio apache. Y entonces yo miré de reojo al adolescente, lo miré con miedo, y vi que estaba sonriendo, y luego mi amigo empezó a contarme un cuento de Ramírez, un cuento sobre un niño que tenía muchos hermanos pequeños que cuidar, ésa era la historia, al menos al principio, aunque luego el argumento daba un giro y se pulverizaba a sí mismo, el cuento se convertía en una historia sobre el fantasma de un pedagogo encerrado en una botella, y también en una historia sobre la libertad individual, y aparecían otros personajes, dos merolicos más bien canallas, una veinteañera drogadicta, un coche inútil abandonado en la carretera que servía de casa a un tipo que leía un libro de Sade. Y todo en un cuento, dijo mi amigo.
Y yo, que por educación hubiera podido decir que estaba bien, que sonaba interesante, dije que era necesario leerlo para poder formarme una opinión cabal. Eso fue lo que dije, pero igual hubiera podido decir lo contrario y me habría salvado. Y entonces mi amigo se levantó y le dijo a Ramírez que fuéramos a buscar los textos. Recuerdo que Ramírez lo miró, sin levantarse, y luego me miró a mí y luego sin decir nada se levantó. Yo hubiera podido protestar. Hubiera podido decir que no era necesario. Pero para entonces ya estaba helado y nada me importaba, aunque desde dentro, desde muy adentro, veía los gestos que hacíamos, los gestos que orquestábamos con una perfección casi sobrenatural, y aunque sabía que la dirección hacia la que éstos nos empujaban no entrañaba un peligro real para nosotros, también sabía que de alguna manera entrábamos en un territorio en donde éramos vulnerables y de donde no saldríamos sin haber pagado un peaje de dolor o de extrañamiento, un peaje que a la larga íbamos a lamentar.
Pero nada dije y salimos del bar y montamos en el coche de mi amigo y nos perdimos por las calles que marcaban los límites de Irapuato, calles sólo recorridas por coches de la policía y por autobuses nocturnos y que, según mi amigo, que conducía en un estado de exaltación, Ramírez recorría a pie cada noche o cada amanecer, cuando volvía a casa después de sus incursiones urbanas. Yo preferí no añadir ni un sólo comentario más y me dediqué a mirar las calles débilmente iluminadas y la sombra de nuestro coche que a fogonazos se proyectaba en los altos muros de fábricas o almacenes industriales abandonados, vestigios de un pasado ya olvidado en el que se intentó industrializar la ciudad. Luego salimos a una especie de barrio añadido a aquel amasijo de edificios inútiles. La calle se estrechó. No había alumbrado público. Oí el ladrido de los perros. Puro hijos de Sánchez, ¿no, mano?, dijo el dentista. No le respondí. Detrás de mí oí la voz de Ramírez que decía que doblara a la derecha y que siguiera recto.
Las luces del coche barrieron dos casuchas miserables protegidas por una cerca de madera y alambre y un camino de tierra y en un segundo ya estábamos en algo que parecía el campo pero que también hubiera podido ser un basurero. A partir de allí seguimos a pie, en fila india, con Ramírez abriendo la marcha, seguido por el dentista y por mí. A lo lejos distinguí una carretera, las luces de los coches que se deslizaban irremediablemente ajenos a nosotros, aunque en sus desplazamientos lejanos creí encontrar una similitud —atroz, ciertamente— con nuestro destino. Vi la silueta de un cerro. Intuí un movimiento en la oscuridad, entre unos arbustos, y sin dudarlo lo atribuí a ratas cuando muy bien hubieran podido ser pájaros. Después salió la luna y vi casitas solitarias que se alzaban en las faldas del cerro y más allá de éste un campo oscuro, labrado, que se extendía hasta un recodo de la carretera en donde, como una protuberancia artificial, se alzaba un bosque. De pronto oí la voz del adolescente que le decía algo a mi amigo y nos detuvimos. De la nada había surgido su casa, una casa de muros amarillos o blancos, con el techo bajo, como todas las tristes casas que soportaban la noche en las afueras de Irapuato.
Durante un instante los tres nos quedamos quietos, yo diría que hechizados, contemplando la luna o mirando compungidos la exigua vivienda del adolescente o tratando de descifrar los objetos que se amontonaban en el patio: sólo distinguí con certeza un huacal. Después entramos en un cuarto de techo bajo que olía a humo y Ramírez encendió una luz. Vi una mesa, aperos de campo apoyados en la pared, un niño durmiendo en un sillón.
El dentista me miró. Sus ojos brillaban de excitación. En aquel instante me pareció indigno lo que estábamos haciendo: un pasatiempo nocturno sin otra finalidad que la contemplación de la desgracia. La ajena y la propia, reflexioné.  Ramírez arrimó dos sillas de madera y luego desapareció tras una puerta que parecía abierta a golpes de hacha. No tardé en comprender que aquella habitación era un añadido reciente en la vivienda. Nos sentamos y esperamos. Cuando volvió a aparecer cargaba una resma de papeles de más de cinco centímetros de grosor. Con aire reconcentrado se sentó junto a nosotros y nos alcanzó los papeles. Lean lo que quieran, susurró. Miré a mi amigo. Este ya había cogido un cuento de entre los papeles y ordenaba cuidadosamente las hojas. Le dije que me parecía más indicado llevarnos los textos y leerlos en el confort de su casa. Probablemente no fuera así. Pero eso es lo que pienso ahora, no consigo ver la escena de otra manera, yo diciendo que mejor nos fuéramos, que pospusiéramos la lectura a un ambiente más agradable, y el dentista como un condenado a muerte mirándome con dureza y ordenándome que escogiera un cuento al azar y que de una chingada vez me pusiera a leer.
Y eso hice. Bajé los ojos avergonzado y escogí un cuento y me puse a leer. El cuento tenía cuatro páginas, tal vez lo escogí por eso, por su brevedad, pero cuando lo acabé tenía la impresión de haber leído una novela. Miré a Ramírez. Estaba sentado frente a nosotros   y   daba   cabezadas de sueño .   Mi  amigo siguió mi mirada y susurró que el joven escritor se levantaba muy temprano cada día. Asentí con la cabeza y cogí otro cuento. Cuando volví a mirar a Ramírez éste dormía con la cabeza apoyada en los brazos. Yo también había sentido ramalazos de sueño, pero ahora me sentía completamente despierto, completamente sobrio. Mi amigo me alcanzó otro cuento. Lee éste, susurró. Lo dejé a un lado. Terminé el que estaba leyendo y me puse a leer el que me había dado el dentista.
Cuando estaba acabando el último de los cuentos que leí aquella noche se abrió la otra puerta y apareció un tipo que debía de tener nuestra edad pero que parecía mucho mayor y que nos sonrió antes de salir al patio con andares silenciosos. Es el papá de José, dijo mi mi amigo. O fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos dijo mi amigo. Oí fuera un ruido de latas, unos pasos que se tornaban más enérgicos, el ruido de alguien que orina al aire libre. En otra situación esto hubiera bastado para que permaneciera alerta, absorto únicamente en descifrar y en cierta manera en conjurar aquellos sonidos, pero lo que hice fue seguir leyendo.
Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben, de la misma manera que uno nunca termina de vivir, aunque la muerte sea un hecho cierto. Pero, en fin, digamos, para entendernos, que en un momento dado yo di por finiquitada mi lectura. Mi amigo ya hacía rato que no leía. Su apariencia traslucía cansancio. Le dije que podíamos irnos. Antes de levantarnos los dos miramos el plácido sueño de Ramírez. Al salir vimos que estaba amaneciendo. En el patio no había nadie y los campos de alrededor parecían yermos. Me pregunté dónde estaría el padre. Mi amigo me indicó su coche y me hizo notar lo extraño que resultaba que el coche no resultara extraño en aquel marco. Un marco incomparable, dijo ya no en un susurro. Su voz me sonó extraña: se había enronquecido, como si hubiera pasado la noche dando gritos. Vamos a desayunar, dijo. Asentí. Vamos a hablar sobre lo que nos ha pasado, dijo.
Al abandonar esos andurriales comprendí, sin embargo, que poco era lo que podíamos decir sobre nuestra experiencia de aquella noche. Ambos nos sentíamos felices, pero supimos sin asomo de duda —y sin necesidad de decírnoslo— que no éramos capaces de reflexionar o de discernir sobre la naturaleza de lo que habíamos vivido.
Cuando llegamos a casa, mientras yo servía dos whiskys antes de irnos a dormir, mi amigo se quedó quieto mirando sus Cavernas colgados de la pared. Puse su vaso en la mesa y   me   estiré en  el sillón. No dije nada. El dentista   observó  sus grabados primero con   los brazos en jarra y luego con una mano apoyada en el mentón y finalmente meciéndose el pelo. Me reí. Él también se rió. Por un momento se me pasó por la cabeza que iba a coger el cuadro e iba a proceder a destrozarlo meticulosamente. Pero en lugar de eso se sentó junto a mí y se bebió su whisky. Luego nos fuimos a dormir.
No mucho. Unas cinco horas. Y yo soñé con la casa del joven Ramírez. La vi erguirse en medio del erial y del basurero y del páramo mexicano, tal cual era, desposeída de todo ornato. Tal como la había entrevisto durante esa noche decididamente literaria. Y comprendí durante un segundo escaso el misterio del arte, su naturaleza secreta. Pero luego apareció en el mismo sueño el cadáver de la vieja india muerta de un cáncer en la encía y olvidé todo. Creo que la estaban velando en la casa de Ramírez.
Cuando me levanté le conté el sueño o lo que recordaba del sueño al dentista. Tienes mala cara, me dijo. En realidad el que tenía mala cara era él, aunque yo preferí no decirle nada. Pronto descubrí que estaba mejor solo. Al anunciarle que iba a dar una vuelta por la ciudad vi una expresión de alivio en su rostro. Esa tarde fui al cine y me dormí en mitad de la película. Soñé que nos suicidábamos o que obligábamos a otros a suicidarse. Cuando llegué a casa mi amigo me estaba esperando. Salimos a cenar y tratamos de hablar de lo que nos había pasado el día anterior. Fue en vano. Terminamos hablando de algunos amigos del DF, gente que creíamos conocer y que en realidad eran unos perfectos desconocidos. La cena, contra todo pronóstico, fue placentera.
Al día siguiente, era un sábado, lo acompañé a su consultorio, en donde tenía que trabajar para la cooperativa médica de los pobres durante un par de horas. Es mi aportación a la comunidad, mi trabajo voluntario, me dijo con resignación  mientras subíamos a su coche. Yo pensaba marcharme el domingo para el DF y algo en mi interior me decía que pasara junto a mi amigo el máximo de horas posible pues no sabía cuánto tiempo iba a transcurrir hasta que lo volviera a ver.
Durante mucho rato (un tiempo que ya no me atrevo a medir) estuvimos esperando, el dentista, un estudiante  de odontología y yo, a que apareciera un cliente, pero nadie apareció.

http://www.literatura.us/bolano/dentista.html

El asesino de stephen king

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
–¿Quién Soy? –le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.
–¿Quién soy? ¿Quién soy? – gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. “¿Quién soy?” , le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
“¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!” – bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revólver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. “¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quién soy!”
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro…
Les observaron cómo cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. “Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando”, dijo el guarda.
“No lo entiendo”, dijo el segundo, rascándose la cabeza. “Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era”.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien.”
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.

Ejercito furioso fragmento-Fred Vargas premio de Asturias

Había un reguero de miguitas de pan desde la cocina hasta
la habitación, hasta las sábanas limpias en que descansaba la
anciana, muerta y con la boca abierta. El comisario Adamsberg
las observaba en silencio, yendo y viniendo con paso lento junto
a los fragmentos, preguntándose qué Pulgarcito, o qué ogro
en este caso, las había dejado allí. La vivienda era un oscuro
apartamento de tres habitaciones en una planta baja del distrito
18 de París.
En la habitación, la anciana tendida. En el comedor, el marido.
Esperaba, sin impaciencia ni emoción, tan sólo mirando con
anhelo el periódico doblado en la página del crucigrama que no
se atrevía a seguir haciendo con tanto policía alrededor. Había
contado su breve historia: su mujer y él se habían conocido en
una compañía de seguros, ella era secretaria y él contable, se
habían casado alegremente sin pensar que la cosa duraría cincuenta
y nueve años. Y la mujer había muerto durante la noche.
De un paro cardiaco, había precisado por teléfono el comisario
del distrito 18. Clavado en la cama, había llamado a Adamsberg
para que fuera en su lugar. Hazme ese favor, será máximo una
hora, una rutina mañanera.
Una vez más, Adamsberg recorrió las migas. El apartamento
estaba impecable, los sillones estaban protegidos con pañitos,
las superficies de plástico relucientes, los cristales sin huella, los
platos lavados. Remontó el reguero hasta la panera, que contenía
media barra y, envuelto en un trapo limpio, un mendrugo
EjercitoFurioso.indd 9 19/10/11 14:14
10
vacío de miga. Volvió junto al marido, acercó una silla para
aproximarse al sillón.
–No hay buenas noticias esta mañana –dijo el viejo desprendiendo
la mirada del periódico–. Hay que decir que este calor le
hierve a uno el temperamento. Y eso que aquí, en la planta baja,
se conserva bien el fresco. Por eso dejo cerradas las contraventanas.
Y hay que beber, también eso dicen.
–¿No se dio usted cuenta de nada?
–Ella estaba normal cuando me
11
–El comisario está en cama con gripe de verano. Y su equipo
no está disponible.
–¿Todos con gripe?
–No. Hubo una pelea la noche pasada. Dos muertos y cuatro
heridos. Todo por una vespa robada.
–Qué horror. Hay que decir que, con este calor, le hierve a
uno el entendimiento. Yo me llamo Julien Tuilot, contable jubilado
de la compañía ALLB.
–Sí, lo tengo anotado.
–Ella siempre me reprochó que me apellidara Tuilot, cuando
su apellido de soltera era Kosquer, era más bonito. Y no deja
de ser verdad, dicho sea de paso. Ya decía yo que tenía que ser
comisario, con tanta pregunta sobre las migas de pan. Su colega
del barrio no es así.
–¿Le parece a usted que me ocupo demasiado de las migas?
–Haga lo que quiera, vamos. Para su informe, digo. Algo
tendrá que poner en el informe, yo lo entiendo. En la ALLB no
hacía otra cosa: informes y cuentas. Y aún, si hubieran sido informes
honrados… Pero qué va. El jefe tenía su divisa; él siempre
decía: una aseguradora no tiene que pagar aunque tenga
que pagar. Cincuenta años de trampas así le dejan a uno el coco
hecho un asco. Ya se lo decía a mi señora: mucho más útil sería
que me lavaras el cerebro en vez de lavar las cortinas.
Julien Tuilot soltó una risita, puntuando su agudeza.
–Es que no entiendo lo del mendrugo.
–Para entenderlo hay que ser lógico, comisario, lógico y astuto.
Yo, Julien Tuilot, soy ambas cosas. Llevo ganados dieciséis
campeonatos de crucigramas de dificultad máxima en treinta y
dos años. Una media de uno cada dos años, y todo con la cabeza.
Lógico y astuto. Hay que decir que a esos niveles la cosa da
dinero. Eso –dijo señalando el periódico– es de chiste, es para
párvulos. Eso sí, obliga a sacar punta a los lápices con mucha
frecuencia, y se hacen virutas. ¡Lo que habré tenido que oír, por
culpa de las virutas de marras! ¿Qué le extraña tanto de ese
pan?
–El hecho de que no esté en la basura, de que no me parezca
tan rancio; y no entiendo por qué no tiene miga.
–Misterio doméstico –dijo Tuilot aparentemente divertido–.
EjercitoFurioso.indd 11 19/10/11 14:14
12
Eso es porque tengo dos pequeños inquilinos, Toni y Marie,
una buena parejita, cariñosos como pocos, se aman de verdad.
Pero a mi señora no le caen bien, lo crea o no. No hay que hablar
mal de los muertos, pero la verdad es que lo intentó todo
para matármelos. ¡Y yo llevo tres años desbaratando sus tretas!
Lógico y astuto, ése es el secreto. Mi pobre Lucette, nunca
podrás vencer a un campeón de crucigramas, le decía yo. Esos
dos y yo hacemos un buen trío; saben que pueden contar conmigo,
y yo con ellos. Una visita cada noche. Como son muy listos
y muy delicados, nunca vienen antes de que Lucette se haya
ido a la cama. Saben perfectamente que los espero, vamos. Toni
siempre llega antes, es más grande, más fuerte.
–¿Se comieron ellos la miga? ¿Cuando el pan estaba en la
basura?
–Les encanta.
Adamsberg echó una ojeada al crucigrama, que no le pareció
tan fácil, y apartó el periódico.
–¿Quiénes son ellos, señor Tuilot?
–No me gusta hablar del tema, la gente lo desaprueba. La
gente es muy cerrada.
–¿Animales? ¿Perros, gatos?
–Ratas. Toni es más pardo que Marie. Se quieren tanto que, a
menudo, en pleno banquete, lo interrumpen para acariciar la cabeza
del otro con las patas. Si la gente no fuera tan limitada, vería
espectáculos como ése. Marie es la más despierta de los dos.
Después de la comida, se me sube encima del hombro y me pasa
las zarpas por el pelo. Me peina, por así decirlo. Es su manera de
darme las gracias. O de quererme, a saber. El caso es que reconforta.
Y luego, después de decirnos montones de cosas cariñosas,
nos despedimos hasta la noche siguiente. Se vuelven al sótano
por el agujero que hay detrás del bajante. Un día, Lucette lo tapó
todo con cemento. Pobre Lucette. No sabe hacer cemento.
–Entiendo –dijo Adamsberg.
El viejo le recordaba a Félix, que podaba viñas a ochocientos
kilómetros de allí. Había domesticado una culebra con leche.
Un día, un tipo mató a la culebra. Entonces Félix mató al tipo.
Adamsberg volvió a la habitación, donde el teniente Justin velaba
a la muerta en espera del médico.
EjercitoFurioso.indd 12 19/10/11 14:14
13
–Mira dentro de la boca –le dijo–. A ver si encuentras residuos
blancos, como miga de pan.
–No tengo muchas ganas.
–Hazlo igualmente. Pienso que el viejo la asfixió llenándole
la boca de miga de pan. Luego la sacó y la tiró en alguna parte.
–¿La miga del mendrugo?
–Sí.
Adamsberg abrió la ventana y las contraventanas de la habitación.
Examinó el pequeño patio salpicado de plumas de ave,
medio transformado en trastero. En el centro, una rejilla cubría
el sumidero. Estaba todavía mojada, pese a que no había llovido.
–Irás a levantar la rejilla. Pienso que tiró allí la miga y luego
vació un cubo de agua por encima.
–Es una tontería –dijo Justin dirigiendo su linterna hacia la
boca de la anciana–. Si lo hizo, ¿por qué no tiró el mendrugo
vacío? ¿Y por qué no limpió las migas?
–Para tirar el mendrugo, tendría que haber ido hasta los contenedores,
o sea que tendría que haber salido a la acera en plena
noche. Hay una terraza de café justo al lado, y sin duda mucha
gente cuando hace calor. Lo habrían visto. Se ha inventado una
muy buena explicación para el mendrugo y las migas. Tan original
que hasta resulta verosímil. Es campeón de crucigramas,
tiene su propia manera de relacionar las ideas.
Adamsberg, con cierta pesadumbre y, a la vez, cierta admiración,
volvió junto a Tuilot.
–Cuando Marie y Toni llegaron, ¿sacó usted el pan de la
basura?
–Qué va. Conocen el truco y les gusta. Toni se sienta en el
pedal del cubo, la tapa se levanta, y Marie saca todo lo que les
interesa. Listillos, ¿eh? Astutos, eso desde luego.
–O sea que Marie sacó el pan. ¿Y luego se comieron juntos
la miga? ¿Enamorados?
–Así es.
–¿Toda la miga?
–Son ratas grandes, comisario. Son voraces.
–¿Y las migas? ¿Por qué no se comieron las migas?
–Comisario, nos ocupamos de Lucette o de las ratas?
–No entiendo por qué guardó usted el pan en el trapo desEjercitoFurioso.indd
13 19/10/11 14:14
14
pués de que lo comieran las ratas. Sobre todo cuando previamente
lo había tirado a la basura.
El viejo escribió unas letras en el crucigrama.
–A usted no deben de dársele muy bien los crucigramas, comisario.
Si hubiera tirado el mendrugo vacío a la basura, como
puede imaginar, Lucette habría comprendido enseguida que
Toni y Marie habían pasado por aquí.
–Podría haberlo tirado fuera.
–La puerta chirría como un cerdo que degüellan. ¿No se ha
fijado?
–Sí.
–Así que lo envolví en el trapo y punto. Eso me evitaba una
bronca por la mañana. Porque lo que son broncas, las hay todos
los días y sin parar. Por el amor de Dios, si lleva cincuenta
años refunfuñando mientras pasa el paño por todas partes, debajo
de mi vaso, debajo de mis pies, debajo de mi culo. Ni que
no tuviera uno derecho de andar ni de sentarse. Si usted hubiera
vivido eso, usted también habría escondido el mendrugo.
–¿No lo habría visto en la panera?
–Qué va. Por las mañanas come biscotes de pasas. Seguro
que lo hace a propósito, porque los biscotes esos sueltan miles
de migas. Con lo cual luego se pasa dos horas entretenida. ¿Entiende
la lógica?
Justin entró en la sala y dirigió un breve gesto afirmativo a
Adamsberg.
–Pero ayer –dijo Adamsberg un tanto abatido– no fue así.
Usted sacó la miga, dos puñados compactos, y se la metió en la
boca. Cuando dejó de respirar, le sacó la miga y la tiró por el
sumidero del patio. Me asombra que haya elegido este método
para matarla. Nunca había visto a nadie asfixiar a alguien con
miga de pan.
–Es inventivo –confirmó tranquilamente Tuilot.
–Como puede imaginar, señor Tuilot, encontraremos restos
de saliva de su mujer en la miga de pan. Y como es usted lógico
y astuto, también encontraremos huellas de dientes de ratas en
el mendrugo. Les dejó apurar la miga para acreditar su historia.
–Les encanta meterse en los mendrugos, da gusto verlas. Anoche
lo pasamos muy bien, de verdad. Incluso me tomé un par de
EjercitoFurioso.indd 14 19/10/11 14:14
15
copas mientras Marie me rascaba la cabeza. Luego lavé y guardé
el vaso, para evitar la reprimenda. Y eso que ya estaba muerta.
–Y eso que acababa usted de matarla.
–Sí –dijo el hombre con un suspiro distraído, mientras rellenaba
unas casillas del crucigrama–. El médico había pasado a
verla el día anterior. Me dijo que todavía podía vivir meses. Eso
significaba no sé cuántas decenas de martes con empanadillas
de carne, cientos de recriminaciones, miles de pasadas de trapo.
A mis ochenta y seis años, tengo derecho de empezar a vivir.
Hay noches así. Noches en que un hombre se levanta y actúa.
Tuilot se levantó, abrió las contraventanas del comedor, dejando
paso al calor excesivo y tenaz de ese principio de agosto.
–Tampoco quería abrir las ventanas. Pero no diré nada de
todo esto, comisario. Diré que la maté para ahorrarle sufrimiento.
Con miga de pan porque le gustaba el pan, como una
última golosina. Aquí dentro lo tengo todo previsto –dijo dándose
con el dedo en la frente–. No hay nada que demuestre que
no lo hice por caridad, ¿verdad? Por caridad. Quedaré absuelto
y, al cabo de dos meses, estaré de nuevo aquí, dejaré el vaso
directamente en la mesa, sin sacar el tapete, y viviremos felices
los tres. Toni, Marie y yo.
–Sí, eso creo –dijo Adamsberg levantándose lentamente–.
Pero es posible, señor Tuilot, que no se atreva a dejar la marca
del vaso en la mesa. Y puede que saque el tapete. Y limpiará las
migas.
–¿Por qué voy a hacer eso?
Adamsberg se encogió de hombros.
–Es lo que tengo visto. A menudo es lo que sucede.
–No se preocupe por mí, vamos. Soy astuto, ¿sabe?
–Es verdad, señor Tuilot.
Fuera, el calor hacía que la gente anduviera por la sombra,
pegada a los edificios con la boca abierta. Adamsberg decidió
tomar las aceras expuestas al sol, y vacías, y dejarse ir a pie
hacia el sur. Una larga caminata para desprenderse del rostro
risueño –y efectivamente astuto– del campeón de crucigramas.
Que, quizá, algún martes venidero, se compraría una empanadilla
de carne para cenar.

Literatura de Julio Torri

El novelista, en mangas de camisa, metió en la máquina de escribir una hoja de papel, la numeró, y se dispuso a relatar un abordaje de piratas. No conocía el mar y sin embargo iba a pintar los mares del sur, turbulentos y misteriosos; no había tratado en su vida más que a empleados sin prestigio romántico y a vecinos pacíficos y oscuros, pero tenía que decir ahora cómo son los piratas; oía gorjear a los jilgueros de su mujer, y poblaba en esos instantes de albatros y grandes aves marinas los cielos sombríos y empavorecedores.

La lucha que sostenía con editores rapaces y con un público indiferente se le antojó el abordaje; la miseria que amenazaba su hogar, el mar bravío. Y al describir las olas en que se mecían cadáveres y mástiles rotos, el mísero escritor pensó en su vida sin triunfo, gobernada por fuerzas sordas y fatales, y a pesar de todo fascinante, mágica, sobrenatural.

 

Barco+Pirata+dibujo+1

LOS CUATRO DESAPARECIDOS DE THOMAS WOLFE

Repentinamente, en el joven corazón de junio, oí la voz de mi padre una vez más, Yo tenía dieciséis años aquel año; la semana anterior había vuelto a mi casa, luego de mi primer año en el colegio, y la enorme emoción, la enorme amenaza de la guerra en la que habíamos entrado dos meses antes llenaba nuestros corazones. Porque la guerra, que da muerte a los hombres, también les da la vida. Llena los corazones de los jóvenes con sones y con júbilos apasionados. Fluye en sus gargantas en noches cuajadas de estrellas con el grito furioso de todos sus dolores y todas sus alegrías y los llena con una profecía tempestuosa y muda, que no es de muerte sino de vida, pues les habla de nuevas tierras de triunfos y descubrimientos, de hechos heroicos, de la fama y de la camaradería de los héroes, del amor de mujeres gloriosas y desconocidas; les habla de triunfos brillantes y espléndidos éxitos en un mundo heroico y de una vida más afortunada y más dichosa que aquella que hasta entonces han conocido.
Así nos sucedía a todos nosotros aquel año. Sobre la tierra inmensa y expectante pendían la pulsación y la promesa únicas de la guerra. Lo sentía uno en los amaneceres de las pequeñas poblaciones, en el comienzo de cada una de sus tranquilas actividades, totalmente impremeditadas y habituales. Lo sentía uno en el mandadero que arrojaba habilidosamente el bulto de papel blanco en un portal y en el hombre en mangas de camisa que salía a la puerta para recoger el diario; en los cascos cansinos del caballo del lechero que resonaban en la calle tranquila, en el carro cargado de botellas retintineantes, en su súbita detención y en los rápidos pasos del lechero y en las botellas sonoras y, luego, en los cascos y las ruedas que resonaban en la mañana, en !a calma y !a pureza de la luz yen el canto de un pájaro dulce como el rocío que volvía a elevarse en la calle.
Sentía uno la enorme y amenazadora presencia de la guerra en todos los antiguos actos de la vida con su imagen permanente, siempre nuevos e inmutables, y en la luz y la mañana. La sentía uno en el bochorno del mediodía, en el rumor de los ganchos que asían el hielo en las calles y en e! frío lamento de las sierras que lo cortaban zumbando en la cuadra vaporosa, en cada brizna, en cada hoja, en cada flor, en el olor del alquitrán y en la súbita y fantasmal ausencia verde y dorada en el verano de un tranvía que acababa de desaparecer.
La guerra se hallaba en cada cosa: en las cosas que se mueven tanto como en las que permanecen inmóviles, en el animado silencio rojo de una vieja pared de ladrillos tanto como en la vida multitudinaria y en el tránsito de las calles, en los rostros de la gente que pasaba y en los diez mil momentos familiares de la vida y en los asuntos cotidianos de cada hombre.
Y solitaria, apasionada y acechante, convocándonos constantemente con los llamados de su distante cuerno perdido, se había introducido en la soledad hechizada por e! tiempo de las mágicas colinas que nos rodeaban, en todas las luces repentinas, bruscas y solitarias que venían y pasaban y se desvanecían en el verde profundo de los páramos.
La guerra estaba en los gritos lejanos, en los sonidos quebrados y en el repique de los cencerros que arrastraban las rachas del viento y en el gozo y la pena lejanos, salvajes y gemebundos de un tren que partía y devoraba distancias rumbo al este y al mar y a la guerra atravesando un valle del sur bajo el verde encantamiento y la magia de oro de pleno junio; estaba en las casas donde los hombres vivían, en la llama fugaz y en el fuego de los vidrios de !as ventanas cubiertas por cortinas.
Y estaba en los campos, desfiladeros y quebradas, en los valles dulcemente verdes de las montañas que se sumían en las sombras, en las laderas, de las colinas que enrojecían bajo la luz antigua y caían velozmente en las sombras frías y desmesuradas y en el silencio liláceo. Pasadas las nubes de polvo del tumulto del día, estaba en el misterio enorme de la tierra que podía dejarse caer por fin en el silencio con inmortal quietud, en la alegría y en la pena de !a noche que arribaba.
La guerra se había introducido en los sonidos y en los secretos, en las penas, el anhelo y el deleite, en el misterio, el hambre y el gozo apasionados que surgían del corazón profundo de la noche devoradora y llena de fragancias. Estaba en el rumor dulce y secreto de las hojas en las calles del verano, en los .pasos que resonaban tranquilos, lentos y solitarios en la oscuridad del follaje de una calle, en las persianas cerradas y en el silencio, en el ladrido distante de los perros, en las voces remotas, en las risas, en las pulsaciones de la débil música de un baile en las voces ocasionales de la noche, lejana y extrañamente próxima, íntima y familiar.
Y súbitamente, mientras me hallaba sentado allí bajo el misterio orgulloso y secreto de la noche inmensamente estrellada y de pechos de terciopelo, oyendo el sonido del vozarrón de mi padre que volvía a surgir del porche, la guerra vino a mí con la soledad apasionada e intolerable del éxtasis y el deseo en la súbita palpitación de un motor que se acelera, en el silencio de la distancia, en la imagen de la oscuridad fresca y dulce de las laderas de una montaña, en la piel blanca y en !a ternura de las mujeres que se ofrecen. Oigo aún el manantial rico y sensual de una voz de mujer, voluptuosa, profunda y tierna, surgiendo de la oscuridad de un porche en el verano del otro lado de la calle cuando pienso en esto.
¿Qué había cambiado la guerra? ¿Que nos había hecho? ¿Qué milagrosa transformación había operado en nuestras vidas? No había cambiado nada: había enaltecido, intensificado y glorificado todas las cosas antiguas y comunes de la vida. A la esperanza había añadido esperanza, gozo al gozo, vida a la vida, y con esa hechicería vital había rescatado nuestras vidas de la falta de esperanza y de la desesperación, haciéndonos volver a vivir cuando pensábamos que habíamos muerto.
La guerra parecía haber recogido en una única imagen de alegría, fuerza y poder orgulloso y compacto ‘los cientos de imágenes de alegría, fuerza y vida exultante que siempre fueron nuestros y para los cuales antes no poseíamos una palabra. Parecía que en los campos de la noche silenciosa y llena de misterios podíamos oír la nación en marcha, que podíamos oír suave y atronador en la noche el unísono del millón de pies de los :hombres en marcha. Y esta única imagen gloriosa y completa: de la alegría, la unidad y el poder nos había dado a cada uno una nueva vida y una esperanza nueva.
Mi padre era anciano, estaba enfermo de un cáncer que florecía y se alimentaba en sus entrañas comiendo día a día la desfallecida sustancia de su vida más allá de toda esperanza o remedio, y sabíamos que se moría. Sin embargo, con la mágica vida y la esperanza que la guerra nos había traído su ida parecía haber resurgido del desborde del dolor, de la muerte de la alegría y de la tristeza de un recuerdo irrevocable.
Y así pareció volver a vivir por un momento su plenitud y en el mismo momento todos nosotros fuimos revelados del negro horror de la muerte y al tiempo que pendía sobre él, del terror de pesadilla que nos había amenazado durante años. En el mismo momento fuimos librados del maligno encantamiento de un tiempo lleno de dolor y de la imagen que había hecho su muerte en vida más horrenda de lo que su muerte real podía llegar a ser.
Y en el mismo momento la vida plena, la vida dorada y jubilosa, de la niñez en cuya ,magia acabada habíamos sido mantenidos por la fuerza de su vida y que parecía ser hasta tal punto un objeto perdido e irrecuperable que había llegado a adquirir la extrañeza de una cosa soñada cuando pensábamos en ella había regresado con sus colores abigarrados y triunfantes gracias a la repentina llamarada de esa vida, esa alegría, y esa guerra Y por un momento creíamos que todo volvería a ser para nosotros lo que había sido, que nuestro padre jamás podría envejecer y morir y que en cambio viviría para siempre, que el verano, el huerto y la mañana luminosa serían nuestros otra vez para no morir jamás.
Pude oírlo hablar entonces acerca de antiguas guerras y viejas disputas arrojando contra el presente y sus líderes la dura acusación de una retórica soberana que aullaba, se elevaba, caía y se extrañaba majestuosa en la noche, invadiendo los rincones todos de la oscuridad con la desnuda penetración que su voz había poseído en los tiempos idos en que se sentaba y conversaba en su porche envuelto en la oscuridad del verano mientras la vecindad escuchaba y permanecía inmóvil.
En aquel momento, mientras mi padre hablaba pude oír a los pensionistas que en el porche lo escuchaban de la misma forma: de vez en cuándo, el chirrido sigiloso de una mecedora, una palabra apenas dicha, una pregunta, una protesta o un asentimiento y luego el silencio hambriento y alerta que se alimentaba en la charla de mi padre. Hablaba de todas las guerras y todas las disputas que había presenciado contó cómo él, “un muchacho del campo con los pies descalzos”, había permanecido junto a un camino polvoriento a doce millas de Gettysburg, presenciando el paso de los desfarrapados rebeldes por el camino que los conducía a la muerte, a la batalla y a la catástrofe de sus propias esperanzas.
Hablaba del temblor débil y ominoso de las armas sobre el silencio cálido y adormecedor de los campos y de las inexplicables preguntas cargadas de silencio y admiración que llenaban sus corazones, y de cómo cada uno, siguiendo la costumbre, había retornado a su trabajo en la granja. Habló de los años posteriores a la guerra, cuando había trabajado como aprendiz de picapedrero en Baltimore y habló de gozos y fatigas antiguos, de hechos e historias cuya memoria se había perdido, y habló luego, rememorándolos con familiaridad, de los americanos desaparecidos, los americanos muertos, extraños, desparecidos, lejanos en el tiempo, de los rostros remotos, sin voz y cubiertos de barbas de los grandes americanos (más desaparecidos para mí que Egipto, más alejados de mí que las costas tártaras, más fantasmalmente extraños que Cipango o los rostros desaparecidos de los reyes de las primeras dinastías que erigieron las Pirámides), y a los cuales él había visto, oído y conocido y quienes habían sido familiares para él con todo el vigor, la pasión y la gloria orgullosa de su juventud: los remotos, rostros desaparecidos y sin voz de Buchanan — Johnson, Doulgas, Blaine, las facciones orgullosas, vacías, extrañas al tiempo y cubiertas de barbas de Garfield, Arthur, Harrison y Hayes.
—¡Ah, Señor! —dijo (resonó su voz en la oscuridad como un gong)–. ¡Ah, Señor…!    ¡Los he conocido a todos, desde la época de James Buchanan, a todos, porque tenia yo seis años cuando él ocupó el cargo!
Hizo entonces una breve pausa, se echó violentamente hacia adelante en su mecedora y escupió con precisión por encima de la baranda del porche un chorro de jugo de fuerte tabaco que fue a dar sobre la tierra barrosa entre la fragancia dulzona y nocturna de los almácigos de geranios.
—¡Sí, si —dijo gravemente, volviendo a reclinarse mientras los pensionistas atentos y deseosos aguardaban inmóviles en la viviente oscuridad—; los recuerdo a todos, desde la época de James Buchanan y he visto a la mayoría de los que vinieron después de Lincoln…! ¡Ah, Señor!—. Se detuvo durante un momento de expectativa sacudiendo con tristeza en las tinieblas su cabeza llena de gravedad—. ¡Bien que recuerdo el día aquel en que me hallaba en una calle de Baltimore… pobre huérfano sin amigos! —prosiguió mi padre con pesar, aunque con cierta falta de lógica, pues en aquel entonces su madre estaba viva y perfectamente sana en su pequeña granja de Pensilvania y habría de seguir estándolo durante casi cincuenta años—, un pobre muchacho campesino de dieciséis años y sin amigos, solo en la gran ciudad a donde había acudido como aprendiz de mi oficio… Y escuché a Andrew Johnson, quien era entonces el presidente de esta gran nación —dijo mi padre— que hablaba desde la plataforma de un coche de caballos… y estaba tan borracho… tan borracho —vociferó—, el presidente de este país estaba tan borracho que tenían que estar sosteniéndolo en cada uno de sus lados… ¡si no querían que se les fuera de cabeza dentro de la cuneta!
Se detuvo entonces, humedeció ligeramente su robusto pulgar, aclaró la garganta con satisfacción considerable, volvió a escucharse en su mecedora hacia adelante y escupió poderosamente un trozo brillante de tabaco mascado en la fragancia barrosa del oscuro almácigo de geranios.
—¡La primera vez que voté en una elección presidencial —prosiguió mi padre reclinándose nuevamente— fue en 1872, en Baltimore, por aquel gran hombre, aquel valiente y noble soldado que se llamó U. S. Grant! Y he votado siempre desde entonces por los candidatos republicanos. Voté por Rutherford Hayes, de Ohio, en 1876 (aquel fue el año, como bien sabrán, de la gran controversia entre Hayes y Tilden) y en 1880 por James Abram Garfield, ese gran hombre, sí -dijo con pasión- que fue loca y brutalmente muerto por el ataque cobarde de un asesino maldito-. Se detuvo, humedeció su pulgar y respirando pesadamente se echó hacia adelante en su mecedora y volvió a escupir. En 1884 voté por James G. Blaine, aquel año en que Grover Cleveland era su oponente -dijo brevemente-, por Benjamín Harrison voté en 1888 y nuevamente por Harrison en 1892, la vez en que Cleveland fue elegido para su segundo período… un día que todos recordaremos hasta la hora de nuestra muerte -dijo lúgubremente mi padre- pues los demócratas subieron entonces al poder y tuvimos ollas populares y, fíjense ustedes bien en lo que digo -vociferó-, volveremos a tenerlas antes de que los próximos cuatro años hayan pasado… y les van a silbar las tripas, como que hay un Dios en el cielo, antes de que ese Monstruo horrible y espantoso, cruel, inhumano y sediento de sangre que nos mantuvo fuera de la guerra -hizo escarnio mi padre- esté satisfecho con ustedes… porque el infierno, la ruina, la miseria y la condenación comienzan cada vez que los demócratas llegan al poder, ¡Ténganlo por cosa segura! -agregó en seguida y, aclarando su garganta, mojó su pulgar, volvió a echarse violentamente hacia adelante y escupió una vez más.
Durante un momento reinó el silencio y los pensionistas aguardaron.
-¡Ah, Señor! -dijo al fin mi padre triste y gravemente, con un tono de voz bajo, casi inaudible, y en un instante toda la antigua vida, toda la furia vociferante de su retórica habían escapado de él: volvía a ser un viejo enfermo, indiferente y próximo a la muerte y su voz se había vuelto vieja, gastada, tediosa y triste.
-¡Ah, Señor! -musitó, sacudiendo hastiada, leve y tristemente la cabeza en las tinieblas-. Los he visto a todos… Los he visto llegar y marcharse… Garfield, Arthur, Harrison y Hayes… y todos… todos… todos ellos están muertos… Soy el único que queda -dijo sin ninguna lógica- y pronto también yo me habré marchado -y guardó silencio durante un momento-. Qué raro resulta cuando uno lo piensa -musitó- ¡por Dios, si! -. Y así calló y la oscuridad, el misterio y la noche nos rodearon por completo.
Garfield, Arthur, Harrison y Hayes… tiempo del tiempo de mi padre, sangre de su sangre, vida de su vida, habían sido personas vivientes, reales y concretas en el centro de la pasión, el poder y los sentimientos de la juventud de mi padre. Y para mí eran los americanos desaparecidos: sus rostros gravemente vacíos y cubiertos de barbas se mezclaban, confundían y nadaban en las profundidades marítimas del pasado intocable, inconmensurable y tan imposible de conocer como la ciudad sepultada de Persépolis.
Y habían desaparecido.
Pues, ¿quién era Garfield, el mártir, y quién lo había visto en las calles de la vida? ¿Quién podía creer que sus pasos resonaron alguna vez en una acera desierta? ¿Quién había oído los tonos íntimos y carentes de ceremonia de la voz de Chester Arthur? ¿Y dónde estaba Harrison? ¿Dónde está Hayes? ¿Quién había llevado las patillas largas y quién las cortas: cuál era cuál?
¿No habían desaparecido, acaso?
En sus oídos, como en los nuestros, los tumultos de muchedumbres olvidadas, en sus mentes, el millón de palabras impresas de un tiempo desaparecido y, de repente, en sus miradas agonizantes la pena fugaz y amarga y la alegría de unos cuantos recuerdos rígidos y desfallecientes con el brillo de la muerte: la hoja que se agita en una rama, la rueda que levanta minúsculos fragmentos al rozar el cordón de la vereda, el fragor largo, distante y fugitivo de un tren sobre las vías.
Garfield, Harrison y Hayes eran naturales de Ohio, aunque sólo el nombre de Garfield había sido enaltecido por su sangre, pero, ¿no habrían oído por la noche los aullidos del viento enloquecido y el aguacero duro, nítido y huracanado que cae sobre la tierra cubierta de bellotas? ¿No había recorrido cada uno de ellos en la noche caminos desiertos? ¿No habían visto una luz y reconocido en ella la suya? ¿No había conocido la soledad cada uno de ellos?
¿No habían acaso conocido el olor de las monturas de, piel de ternero y del cuero muy usado, el olor del abogado yanqui, olor de poderosos esputos de tabaco, el olor de los mingitorios de !os tribunales de justicia, el olor de los caballos, de !os arneses, del heno y los sudados hombres del campo, el olor de los jurados y los tribunales, el poderoso olor corporal de la justicia en la sede del condado? ¿No habían oído un ruido que recorría los oscuros pasillos donde una gota caía en las tinieblas con la monotonía puntual y creciente del tiempo, el oscuro tiempo?
Y Garfield, Hayes y Harrison, ¿no habían estudiado derecho en despachos que olían a oscuro marrón? Los caballos, ¿no habían acaso pasado bajo sus ventanas al trote entre nubes de polvo, atravesando una calle tortuosa bordeada de casas de mala muerte y edificios con frentes falsos? ¿No habían escuchado las voces del campo, desmañadas, repletas de embustes, ligeramente fanfarronas? ¿No habían oído el rumor de las faldas de una mujer y el silencio expectante, el secreteo contenido de una obscenidad y al rato las enormes risotadas, el sonido de una palma en los muslos carnosos y las carcajadas groseras y estridentes’ de los bromistas? Y en el calor. y el polvo adormecidos, cuando el tiempo zumbaba lentamente como una mosca, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían acaso percibido el olor del río, el río húmedo, y su sutil presunción, sus aguas semidescompuestas, y pensado entonces en la piel blanca de las mujeres junto al río, sintiendo una lenta pasión pujante en sus entrañas y en sus manos una fuerza espesa y desgarran te?
Luego, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes habían marchado a la guerra, donde llegaron a ser brigadieres o generales de división. Todos ellos llevaban barbas: vieron un charco de sangre brillante entre las hojas y escucharon la conversación de los soldados sobre la comida y las mujeres. Defendieron la cabecera de un puente en brillante acción en lugares conocidos con nombres tales como Wilson’s Mill o Spangler’s Run y sus hombres se arrastraron con cautela a través de la densa maleza. Habían oído los insultos de los cirujanos luego de las batallas y el leve chirrido de las sierras. Habían visto muchachos que sostenían aterrorizados las entrañas en sus manos e imploraban lastimeramente con sus ojos brillantes de temor: ¿Será grave, general? ¿Le parece que será grave?
La metralla perforaba un hueco informe. Esparcía hojas y ramas en confuso amontonamiento y a veces se hincaba sólidamente en la pulpa de un árbol. A veces, cuando daba en un hombre, arrojaba a lo lejos la tapa de !os sesos y las paredes de su cráneo sin ningún concierto, de modo que el cerebro se esparcía bullente sobre un poco de terreno y la sangre se ennegrecía y congelaba y el hombre yacía allí, dentro de su uniforme grueso y basto, las telas de algodón olorosas con sus orines, en la postura accidenta!, torpe e incompleta de la muerte súbita. Y cuando Garfield, Arthur, Harrison y Hayes contemplaron estas cosas, advirtieron que no eran parecidas a la imagen que habían recibido cuando niños, que no se parecían a las obras de Walter Scott o William Gilmore Sims. Vieron que el hueco no era tan nítido ni tan pequeño ni estaba en el centro de la frente y que el campo no era verde, ni se hallaba cercado, ni la hierba estaba cortada. Sobre la tierra vasta e inmemorial brillaba la luz vibrante y recalentada de la tarde, un terreno se arrastraba rudamente hacia un montículo de árboles maltrechos y terreno a terreno, cañada a cañada, la tierra avanzaba en primitivos repliegues dulces e ilimitados.
Entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, se detuvieron un momento junto a la cabecera del puente y permanecieron inmóviles, contemplando la sangre brillando al mediodía sobre el trigo pisoteado, sintiendo el bochornoso silencio de las seis de la tarde que atravesaba ]o$ campos por donde al amanecer habían pasado todos aquellos pies tormentosos, contemplando la forma en que la primitiva cerca del campo se reclinaba sobre el camino cubierto de polvo, las hierbas silvestres y las margaritas resecas por el calor que aquí y allá alcanzaban la vera del camino, y contemplaron los vados de rocas brillantes del riacho, la sombra dulce y fresca de los árboles que se proyectaban inclinados sobre el agua.
Se detuvieron entonces junto a la cabecera del puente y miraron el agua. Vieron la chatura pura y vacía del antiguo molino rojo que de alguna manera recordaba el crepúsculo y la frescura, la tristeza y la delicia y contemplando los rostros de los muchachos que habían muerto entre el trigo, los rostros de siempre, ah, de siempre, los rostros con la extrañeza de la muerte, permanecieron allí un momento pensando, sintiendo, pensando, con el corazón repleto de una pregunta poderosa e inexpresable.
“Cuando nos reclinemos en los zócalos de la tarde, cuando nos alcemos en los marcos de las puertas maravillosas, cuando el silencio nos reciba en su seno y nos hallemos en las laderas de la colina bajo la luz declinante, cuando veamos las extrañas y silenciadas formas sobre la tierra y las distancias enmudecidas sabiendo ya todas las cosas, ¿qué podremos decir sino que todos nuestros camaradas fueron desparramados a nuestro alrededor y que el mediodía estaba lejos?
“¿Qué podemos decir ahora de la tierra deserta? ¿Qué podemos decir de las formas y las sustancias inmortales? ¿Qué podremos decir a quienes aquí han vivido con nuestras vidas con nuestros huesos, nuestra sangre y nuestra mente y con nuestros lenguajes sin lengua, oyendo por accidente en cualquier camino las voces totalmente familiares de los americanos, y a quienes mañana serán sepultados en la tierra, sabiendo que los campos se impregnarán de silencio, cuando nos hayamos ido, que la luz declinante que se hunde en las colinas, que la paz y la tarde retornarán unidas al millón de formas y a la única sustancia de nuestra tierra, unidas a la tarde, a la paz y a los pasos enormes de la noche ondulante que ya llega unidas también a la mañana?
“Recíbenos, oh, silencio, recibe el campo de la paz y la quietud de la tierra inconmensurable y las distancias irreductibles; forma de la sola y única sustancia, millón de formas invadan nuestro interior, restáurennos y hágannos uno con las vastas imágenes de la inmovilidad y el gozo. Pasos de la noche ondulante, lleguen ahora veloces; tráganos, oh, silencio, en tu sigilo cuajado de estrellas habla a nuestros corazones de la quietud pues, salvo ésta, no poseemos otra imagen.
“Allí está el puente que cruzamos, el molino en que dormimos y el riacho. Allí se alzan un trigal, un cerco, un camino polvoriento, un vergel cubierto de manzanos, y la dulce confusión silvestre de un bosque sobre aquella colina. Y vuelven a ser las seis sobre los campos, ahora y para siempre, como fue y como será hasta que el mundo se acabe. Algunos de nosotros hemos muerto esta mañana cuando atravesábamos el campo y¬ no volveremos nunca más, no volveremos nunca más a transitar este camino, como esta mañana lo hicimos, por eso, hermanos, déjennos mirar una vez más antes de la partida… Allí, el molino, allí, la cerca, allí los vados y las aguas de rocas brillantes del riacho, allá la frescura dulce e íntima de los árboles… ¡y aseguramos que allí estuvimos antes!”, lloraron.
“Oh, sí, hermanos, tengan por seguro que nos hemos sentado en ese puente frente al molino y que a la tarde cantamos en coro junto a las aguas de rocas brillantes del riacho, y que cruzamos el trigal en la mañana, y que oímos, dulce como el rocío, el canto del pájaro que surgía del cerco. Tú, tierra íntima y nuestra, tierra orgullosa de este inmenso país inexpresable; noble tierra orgullosa e inflamada con toda tu delicadeza, tu aislamiento, tu pasión y tu terror, gran tierra con toda tu soledad, tu belleza y tu alegría intensísima, tierra terrible en todas tus fecundidades ilimitadas, inflamada con los pliegues y repliegues infinitos que se adentran en las extensiones del oeste, ¡tierra americana!, puente, cerco y riacho y camino polvoriento, y tú tremenda poesía total de Wilson’s Mili donde murieron esta mañana los muchachos entre el trigo, tú, tierra de la magia que eres el hogar, inexpresablemente lejana y próxima, extraña y conocida y para quien bastaría una palabra si pudiéramos hallarla, para quien bastaría una palabra que nunca pueda ser dicha, que nunca pueda ser olvidada y que nunca pueda ser revelada; oh, tú, noble tierra orgullosa, familiar e inflamada, ¡deberíamos haberte conocido antes! ¡Deberíamos haberte conocido siempre, pues todo
lo que sabemos con certeza es que una vez recorrimos este camino a la mañana y ahora nuestra sangre está dibujada en el trigo y tú eres nuestro ahora, nosotros somos tuyos para siempre… y que aquí hay algo que no hemos de recordar jamás, algo que jamás olvidaremos!”
¿Habían sido jóvenes Garfield, Arthur, Harrison y Hayes? ¿O bien habían venido al mundo con espesas patillas y cuellos de pajarita, pronunciando desde la cuna que los brazos de sus madres formaban las sonoridades nobles y hueras de un estadista que sabe ver a lo lejos? Imposible. ¿No había sido cada uno de ellos un hombre joven en 1830, en 1840 y en 1850? ¿No lloraron como nosotros durante la noche en caminos desiertos y envueltos en vientos enloquecidos? ¿No lloraron acaso en un éxtasis de exultación cuando la medida cabal de su apetito y la esperanza potente e inicial surgía en ese llanto único y sin palabras?
¿No rondaron quedamente en su juventud, como nosotros de un lado a otro en las oscuras horas de la noche., viendo en una esquina las llamas tremolantes que caían con luz empalidecida sobre los ángulos de viejos vericuetos callejeros entre sus casas de piedra oscura? ¿No habían oído el rítmico ruido solitario de los cascos de un caballo, el traqueteo de las ruedas de un cabriolé en esos estériles vericuetos callejeros? ¿No habían esperado, acaso, con un temblor en la oscuridad el momento en que coche y caballo hubieran pasado, desvaneciéndose en la solitaria retirada de los cascos herrados hasta que su sonido dejó de oírse?
Y luego Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían esperado en el silencio de la noche, rondando de un lado a otro por los desiertos vericuetos callejeros, con labios trémulos, estómago anudado y corazón palpitante? ¿No habían adelantado la mandíbula, no habían realizado repentinos movimientos indecisos, no habían sentido terror y gozo y el peso de un éxtasis de insensibilidad y esperado entonces, esperado …pero, qué? ¿No habían esperado, percibiendo en la noche los sonidos de las locomotoras en las playas de maniobras, percibiendo la respiración áspera y gaseosa de pequeñas locomotoras a través de los tiznados tubos de respiración de sus chimeneas? ¿No habían esperado allí en la calle oscura con el apetito feroz y solitario de un muchacho, sintiendo a su alrededor la quietud inmensa y móvil del sueño, el sonido del corazón de diez mil hombres que duermen mientras ellos +esperaban y seguían esperando en la noche?
¿No habían levantado entonces como nosotros los ojos hacia el enorme rostro estrellado de la noche, la inmensa oscuridad lilácea de América en abril? ¿No habían oído el silbato repentino y estridente de una locomotora que parte? ¿No habían esperado, pensando, sintiendo, viendo entonces el inmenso y misterioso continente de la noche, la tierra salvaje y lírica, tan sencilla, dulce y extraña y conocida con todo su espacio, su salvajismo y terror, su misterio y su alegría, su ilimitada extensión y su grandeza, su fecundidad delicada e intensa? ¿No habían tenido entonces una visión de las llanuras, las montañas y los ríos que fluyen en la oscuridad, la enorme estructura de la tierra interminable y la devoradora soledad de América?
¿No habían sentido, como lo hemos sentido nosotros, mientras esperaban en la noche, la enorme y desierta tierra del tiempo de la noche y de América, en la cual diez mil durmientes poblaciones solitarias se hallaban esparcidas? ¿No habían sentido el frágil tejido de la luz, los pequeños rieles, confusos y mal unidos que cruzan la tierra y sobre los cuales los solitarios trencitos corren en las tinieblas, derramando a manos llenas ecos perdido en la ribera del río, dejando un eco en el precipicio abrupto y resonante para ser luego devorados por la inmensa noche desierta, la noche que todo lo cobija y todo lo devora? ¿No habían conocido, como nosotros los hemos conocido, el gozo y el misterio apasionados y secretos de la tierra que siempre perdura, la oscuridad lilácea, la soledad salvaje, silenciosa y posesiva que se acumulaba en torno de diez mil pequeñas poblaciones solitarias, en torno de diez millones de durmientes perdidos y solitarios y esperaba y toleraba siempre y permanecía inmóvil?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, sintiendo una alegría y una tristeza indómitas en sus corazones y un apetito voraz y un deseo (una llama, un fuego, una furia) que ardía feroz, enjuto y solitario en la noche, y ardía para siempre mientras los durmientes dormían? ¿No ardían y ardían y ardían así como el resto de nosotros ha ardido? ¿No ardían Garfield, Arthur, Harrison y Hayes en la noche? ¿No ardían para siempre en el silencio de las pequeñas poblaciones con el apetito feroz, con la pasión indómita y el deseo sin límites que los hombres de esta tierra han conocido en la oscuridad?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, como hemos esperado nosotros, con labios crispados y corazón retumbante y miedo, con deleite, alegría poderosa y terror agitados en su interior mientras permanecían frente a una casa en una calle silenciosa, orgullosos malvados, pródigos, iluminados… llenos de certidumbre, secretos y solitarios? Y cuando percibieron el casco, la rueda, el súbito silbato y el inmenso silencio soñoliento de la ciudad, ¿no esperaron allí en la oscuridad, pensando:
“Oh, ¡pronto; pronto, pronto!, hay nuevas tierras, hay una mañana y una ciudad reluciente?”.
¿No sintieron Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, esos hombres llenos de ferocidad y júbilo que allí esperaban como hemos esperado nosotros en las calles desiertas y estériles con labios temblorosos, manos insensibles, un terror y un gozo indómitos, con un arrobamiento feroz, viviente y agitado en sus entrañas, no sintieron acaso como lo hemos sentido nosotros cuando escucharon el estridente silbato que anunciaba la partida en las tinieblas, el sonido de grandes ruedas que batían violentamente la ribera del río? ¿No sintieron como hemos sentido nosotros esperaban en la intolerable dulzura, en la soledad, el misterio y el terror de la gran tierra en el mes de abril y al advertirse solos, vivos, jóvenes y locos y secretos condeseo y apetito en el gran silencio durmiente de la noche, la promesa acechante y cruel de esta tierra? ¿No fueron desgarrados, como lo hemos sido nosotros, por una pena acerba y una vehemencia sin palabras, por el áspid del tiempo, por la espina de la primavera y el llanto agudo y sin lenguaje? ¿No dijeron acaso estas palabras?
— ¡Oh, hay mujeres en el este… y nuevas tierras, hay una. mañana y una ciudad reluciente! Hay olvidadas ráfagas de humo resplandeciente sobre Manhattan un bosque de mástiles rodea la isla abarrotada, orgullosas separaciones de barcos que se marchan, la red que se remonta y el descenso de alas y la alegría del’ gran puente y hombres con sombreros hongo que cruzan el Puente para saludarnos:.. ¡Vengan, hermanos, vamos y encontrémonos con ellos! Pues el enorme rumor del millón de pies de la vida ciudadana, vida inmensa, vida de colmenar, soñolienta y extraña como el tiempo ha venido a hacer guardia en nuestros oídos con todas sus doradas profecías de gozo y triunfo, de felicidad, fortuna y amor tales cómo ningún hombre antes había conocido. ¡Oh, hermanos; encontraremos en la ciudad, en el encantamiento relumbrante, glorioso de esta ciudad de fábula grandes hombres y mujeres deliciosas, diez mil regocijos que nunca han de cesar, mil aventuras mágicas! Despertemos a la mañana en nuestros cuartos de colores generosos para volver a oír los cascos y las ruedas en las calles de la ciudad y oleremos el puerto inédito y semipodrido, con sus pulseras de brillantes mareas, su tráfico de barcos orgullosos que nacieron en el mar, con su pureza y la alegría de la mañana dorada y danzante.
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza!–gritaron—. ¡Calle de la frescura y la luz oblicua, del precipicio frontal y la sombra azul y empinada, calle del oro matutino de las aguas que danzan sobre marcas azotadoras, calle de los embarcaderos herrumbrados por el tiempo, calle del ferry de nariz achatada que echa espumarajos con su sólida pared de pequeños rostros blancos y mirones, silenciosos y atentos, vueltos hacia ti, calle orgullosa! ¡Calle de los aromas apetitosos del café recién molido, del grato olor del dinero recién impreso, de los crudos olores semidescompuestos del puerto con toda la evocación de sus mástiles dispuestos y sus marejadas de barcos, gran calle! ¡Calle de los antiguos edificios ricamente ensuciados por la cálida y dulce suciedad del comercio! ¡Calle del millón de pies que a la mañana se apresuran siempre en la misma dirección! ¡Calle orgullosa del gozo y la esperanza y la mañana, en tu empinado desfiladero conquistaremos la fortuna, la fama, el poder y la estima que nuestras vidas y talentos se merecen!
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza misterio y el suspenso, del terror y el deleite, de la inquietud y la esperanza, calle bordeada por la oscura amenaza de una inminente felicidad colmada y desconocida, calle de la risa y de la calidez y la maldad, calle de los grandes hoteles, de los bares pródigos y los restaurantes, callé del brillo suavemente dorado de las luces intermitentes y la blancura de pétalo de mil caras blancas, silenciosas y sedientas en los teatros abarrotados, calle de la marejada de rostros iluminados por el millón de tus luces, multitudinarios, incansables e indetenibles en su búsqueda insaciable del placer, calle de los amantes que caminan con pasos lerdos, el rostro del uno vuelto hacia el rostro del otro, perdidos en la obnubilación del amor entre la trama y la urdimbre perpetuas de la muchedumbre, calle del rostro pálido, de la boca pintada, del ojo brillante que se insinúa… oh, calle de la noche, con todo tu misterio, tu alegría y tu terror: hemos pensado en ti, calle orgullosa.
“Y nos desplazaremos al atardecer sobre las silentes profundidades de las alfombras suntuosas, recorriendo la risa, la calidez y la rutilante felicidad de los grandes salones iluminados de la noche, repletos del murmullo y la languidez dulzona de los violines, donde las más bellas y apetecibles mujeres del mundo, las hijas bienamadas de grandes comerciantes, amantes y solas, se mueven con lentos y orgullosos pasos ondulantes y una mirada de insondable ternura en sus rostros frágiles y hermosos. ¡Y la más hermosa de todas”, gritaron, “es nuestra para siempre si la deseamos! ¡Puesto que, hermanos, en la ciudad reluciente, mágica y dorada nos moveremos entre los hombres más importantes y las mujeres más gloriosas y no conoceremos más que la poderosa alegría y la felicidad y conquistaremos con nuestro valor y nuestro talento y mereceremos el puesto de mayor honra y honor en medio de la vida más afortunada y feliz que los hombres puedan poseer, con sólo ir allí y hacerlo nuestro!”
Así, pues, pensarlo, sintiendo, esperando como hemos esperado nosotros mismos en el silencio soñoliento de la noche en calles silenciosas, oyendo como hemos oído nosotros el agudo chasquido del silbato, el estruendo de las grandes ruedas en la ribera del río, sintiendo como lo hemos sentido nosotros mismos el misterio de la noche y el misterio de abril, la enorme presencia inminente, la promesa apasionada y secreta de la tierra salvaje, ‘solitaria y perpetua, no hallando, como tampoco pudimos hacerlo nosotros, puertas que franquear y desgarrados como lo fuimos nosotros por las espinas de la primavera y por el llanto estridente y sin palabras, ¿no llevaron consigo estos jóvenes del pasado, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, de la misma forma que nosotros lo hemos hecho, en su pequeña estructura de huesos, sangre, tendones, sudor r agonía, el peso intolerable de todo el dolor, el gozo y la esperanza, de todo el apetito desesperado que un hombre puede padecer y que el mundo puede conocer?
¿No habían desaparecido? ¿No habían desaparecido como lo ha hecho cada uno de nosotros, los que en esta tierra conocimos la ,juventud y el hambre, como cada uno de los que en la noche hemos esperado, flacos y locos y solos, sin encontrar un destino, ni un muro, ni una residencia, ni una puerta?
Los años fluyen como el agua y un día la primavera regresa. ¿Volveremos a salir alguna vez por las puertas del este corno lo hicimos una vez en la mañana, buscaremos nuevamente como entonces lo hicimos nuevas tierras, la promesa de la guerra y la gloria, del gozo y el triunfo, la promesa de una ciudad reluciente?
Oh, juventud, aún herida, viviente, llena de los sentimientos de un lamento inexpresable, que te dueles todavía de un dolor intolerable, sedienta aún de una sed indominable… ¿dónde hemos de buscar? Porque la violenta tempestad se abate sobre nosotros, la furia salvaje golpea a nuestro alrededor, el hambre frenético se alimenta de nosotros… y nosotros no tenemos una casa, ni una puerta, ni un sosiego, sino una permanente marcha forzada. Y nuestra mente ha enloquecido y nuestro corazón se ha vuelto salvaje y sin palabras y ya no sabemos hablar.

http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/wolfe01.htm