CUERPO DE MUJER Ryunosuke Akutagawa

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Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

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Espero curarme de ti de Jaime Sabines

Espero curarme de ti en unos días. Debo dejar de
fumarte, de beberte, de pensarte. Es posible.
Siguiendo las prescripciones de la moral en turno. Me
receto tiempo, abstinencia, soledad.

¿Te parece bien que te quiera nada más una semana?
No es mucho, mi es poco, es bastante. En una
semana se pueden reunir todas las palabras de amor
que se han pronunciado sobre la tierra y se les
puede prender fuego. Te voy a calentar con esa
hoguera del amor quemado. Y también el silencio.
Porque las mejores palabras del amor están están entre dos
gentes que no se dicen nada.

Hay que quemar también ese otro lenguaje lateral y
subversivo del que ama. (Tú saber cómo te digo que
te quiero cuando digo: “qué calor hace”, “dame
agua”, “¿sabes manejar?,”se hizo de noche”… Entre
las gentes, a un lado de tus gentes y las mías, te he
dicho “ya es tarde”, y tú sabías que decía “te
quiero”.)

Una semana más para reunir todo el amor del
tiempo. Para dártelo. Para que hagas con él lo que tú
quieras: guardarlo, acariciarlo, tirarlo a la basura. No
sirve, es cierto. Sólo quiero una semana para
entender las cosas. Porque esto es muy parecido a
estar saliendo de un manicomio para entrar a un
panteón.

TRES MINIFICCIONES DE PATRICIA NASELLO

BOSQUEEl resguardo

Vos hiciste las teclas del piano con mis huesos, entonces yo —con la decisión del enfermo que traga el remedio salvador— levanté un muro. Y continúo sumando mezcla y ladrillos, cada día más alto, más ancho. También tus manos, tan elegantes para ejecutar música, continúan pesadas como troncos sobre mi fémur, mi garganta, mis costillas; sin embargo, tu canción quedó afuera, del otro lado. Sé que acerca escaleras y sube peldaños, procura franquear el muro. Escucho sus intentos invasivos con una sonrisa, como si no tuviese nada que perder, como si existiera otra opción.

Leo

De un formidable salto, abandona su sitio en la inmensidad y aterriza en la calle bordeada de durazneros donde está la niña. Camina los pocos metros que los separan tocándola con los ojos. Caricia hecha mirada, conexión que sólo el vuelo de algún pétalo interrumpe. La niña lo observa sin moverse, el andar majestuoso de ese león hecho de soles no le inspira miedo.

El bosque infinito

Preñada por el Hombre Lobo, la joven da a luz un bosque al que abandona en el centro del pueblo. Las raíces de lo árboles, desarrollándose con rapidez, desmoronan las casas, la iglesia, la única taberna. Aquel que no logra huir a tiempo, muere bajo los picos y las garras de la fauna atroz que ahora habita el lugar. Por casualidad, buscando entretenimiento, ha dado con la llave que rendirá el mundo a sus pies. Pronto aún los más ricos comprenderán que el poder ha cambiado de manos. Gracias a los favores de su flamante cómplice está otra vez encinta.

??????????????????????Patricia Nasello (Argentina) tiene publicado el libro de microcuentos “El manuscrito” edición de autor, 2001. Ha sido publicada en periódicos, revistas culturales y antologías de cuentos (soporte papel y digital). Algunas de sus ficciones fueron distinguidas con traducciones al inglés, francés y rumano. Edita las bitácora “Patricia Nasello microrrelatos”

MINIFICCIONES DE MIRIAM CHEPSY

cielo-estrelladoCREACIÓN

 

Y un universo se creó en su interior. Las palabras se condensaron como galaxias narrativas que giraban atraídas por la fuerza de una idea.

 

ENCUENTRO

 

Camina con sigilo entre los árboles enfundado en su camaleónico traje, a esa hora en que la sombra no puede delatar sus pasos. De pronto ve venir de frente a otro soldado. Es distinta su chaqueta, su gorra, el arma que lleva lista para ser usada.

Lo mira fijamente. Cree ver sus piernas temblando. En su cara lee sus mismos sentimientos encontrados. Descubre igual miedo y determinación, igual odio e inconfesables deseos de estrechar su mano.

Unos segundos después suenan al unísono los dos disparos. Quiebran el silencio, truncan el diálogo.

 

LUCHA INTERIOR

 

Frente a frente, sus deseos cumplidos y no cumplidos se disponen a librar una lucha encarnizada. Su cara refleja los avatares en el campo de batalla, se tensa y se distiende; la  boca sonríe o muestra un rictus amargo.

Al fin se duerme. Mañana sabrá, quizás, el resultado.

 

YUPPY

 

Sin poder controlarse, aparece nítida en su mente la imagen de aquella noche en que, desoyendo sus ruegos, lo hizo desaparecer enterrándolo más allá de su memoria.

Muchos años han pasado. Hoy, su atractivo cuerpo se siente como un muñeco sin contenido. En un flash-back instantáneo visualiza su trayectoria, su rol ascendente en la empresa, su familia impecable.

Se mira en el espejo y, detrás de su figura bronceada y elegante, ve emerger amenazadora, reclamando su espacio, la imagen de ese joven poeta que, olvidado ex – futuro posible, había aniquilado.

 

A LA MANERA DE BUÑUEL

A través de la ventana del sótano, atisba las piernas de la gente en su ir y venir por la vereda. Una visión lo perturba: medias de seda negra, que dibujan un arabesco sobre la piel, culminan en un par de zapatos de tacón de bruñido charol que todas las tardes se anuncian con su ritmo inconfundible.

Esa visión fugaz le provoca un ardiente deseo. Las admiradas piernas parecen responderle, se paran frente a su ventana y se deslizan,  acariciándose mutuamente. Así quedan un rato cada vez más largo, ante los ojos desorbitados de quien ya sólo quiere poseerlas. Hasta que, por fin se decide,  pasa su brazo por entre los barrotes cuando la cadencia del subir y bajar por la pantorrilla exacerba su deseo, y le quita con decisión el zapato.

Mientras escucha los pasos asimétricos que se alejan apurados, se acaricia lentamente con el fino tacón.

 

¡BASTA!

 

Huye sin mirar para atrás, con un hijo a cada lado.  Con la nostalgia  de la culpa,  del color negro alrededor de los ojos,  de los gritos con olor a alcohol,  de las palabras de los mayores que  le repiten: “¡Aguanta, niña, aguanta!”

Sin mirar para atrás. Golpea puertas que se cierran, conciencias adormecidas. La nada.

Lucha, Encuentra un mundo escondido. Encuentra a sus pares. Se puede oir su voz que retumba. Mensaje de tambor que quiere llegar adonde anida el miedo y la violencia, esa voz que repite una y otra vez: “¡Huye sin mirar para atrás!. ¡Huye con tus hijos! ¡Huye, mujer, antes de que te mate!”

 

2012 para el libro Basta! Cien mujeres contra la violencia de género

 

 

Miriam Chepsy nació cuando, en el año 2001, un día de Julio, entré en Ficticia para  presentar mi primera minificción. Ese nombre es, desde entonces, mi sello de fábrica para todo lo relacionado con la literatura, ya que el mío propio está ligado a la arquitectura, desde hace diez años la medioambiental o ecológica y sobre todo, siempre, a la docencia en Proyectos arquitectónicos. Hasta ese día del 2001 había sido Myriam Goluboff en mi Buenos Aires natal, agregando el Scheps de mi madre, según se acostumbra en España, cuando recalé, a mediados de 1975, con mi compañero y nuestro hijo de un año, en Coruña -ciudad-itsmo de Galicia, rodeada por puerto, rocas y playas, donde quedé anclada.

Debo confesar que Ficticia fue la cuna de mi vocación literaria. Yo no tenía, por entonces, la menor idea de qué era una minificción, pero tuve curiosidad y entré en la dirección que me había recomendado un amigo, otro Ficticiano de los de 2001, Jorge Pardo, quien a su vez se había enterado por su amiga Lola (Tequila). Él me contó que había concursos y me animó a participar. A partir de ese día no paré de escribir, aunque mermó la producción en estos dos últimos años, porque la vida me llevó a tener que hacerlo sobre mi otro tema, el de Myriam Goluboff Scheps.

En el año 2002, una experiencia de navegar por mi interior, (como la había definido Yerbabuena, un ficticiano que lo comentó en Puerto libre) a través de los ejercicios del taller virtual de Gabriela Onetto y Mario Levrero, que profundizaban en la expresión de los sentidos, me introdujo en el vicio de producir relatos. En el 2004, en Buenos Aires, tuve otra experiencia interesante, durante unos dos meses, la de trabajar, mano a mano, con Nomi Pendzik, alrededor de mis textos, en una época en que estaba obsesionada con el deseo de pulir el lenguaje y profundizar el conocimiento de la estructura de los relatos y de los personajes.

Durante los años 2004 y 2005, mandé cuentos y poemas a páginas literarias de Internet y a concursos .Logré, de ese modo, que algunos aparecieran en la red, y que otros, seleccionados, se publicaran en antologías, de esas que nadie puede leer porque no se encuentran en las librerías y también hay textos míos en dos libros, uno de minificciones y otro de poemas, compartiendo tomo con gente amiga, creados por el arte artesano de PilaR, a quien también se puede encontrar en los astilleros de Marina´

 

Me gusta ese estado de trance que me produce el teclear, cuando va naciendo un texto, en el que las manos se mueven a toda velocidad, dirigidas desde un núcleo que no domino concientemente y del que surgen personajes a los que el movimiento de los dedos dan forma definitiva, En estos dos últimos años no abandoné, tuve siempre algo entre manos: algún relato, un prólogo para uno de los libros de cuentos de un escritor amigo, salido, cómo no, de Puerto Libre, un comentario de pinturas para una exposición o el libro que estoy escribiendo con y para un pintor, sobre la obra de toda su vida y espero, como el personaje de uno de mis Círculos, empezar por fin mi novela, la que me ronda en la cabeza: un viaje por el laberinto de mi memoria.

Por fin, debo decir que Ficticia no sólo me abrió al mundo de la escritura, al de los comentarios y al de los tallereos, sino también al universo de sus autores, de los que varios, asomando entre los pixels, se convirtieron en amigos de carne y hueso.

 

MINICUENTOS Y TEXTOS BREVES EN LA LITERATURA VENEZOLANA DEL SIGLO XX POR VIOLETA ROJO

Las catalogaciones por lo general son difíciles. En la literatura de fin de milenio, las formas textuales están de tal manera imbricadas unas con otras que hacer una distinción de género ha terminado convirtiéndose en un ejercicio complicado y muy falible, en el que siempre se dejan cabos sueltos. Pero si la clasificación genérica y la teorización son ejercicios complejos, también lo son las periodizaciones de un fenómeno literario. Así, en los años 90, nos resulta fácil establecerdiferencias entre las expresiones literarias de los 70 y los 80, por dar un ejemplo, pero es probable que dentro de 100 años estas fronteras se diluyan y no sean tan perceptibles como ahora.
Hace un tiempo, consideraba que entre el minicuento y un cuento corto existía una diferencia muy sutil, pero al mismo tiempo inequívoca. Pensaba que los cuentos cortos son
cuentos breves, mientras que los minicuentos son narraciones muy breves con un desarrollo veloz, un final sorpresivo y que se cierran de una manera muy precisa. Ahora ya no tengo certezas, la única que me queda es que hay textos más breves que lo habitual. La longitud, quizás es lo único que los distingue de otros textos, brevedad que, a su vez, viene dada por escogencias temáticas particulares y decisiones estilísticas que requieren poco espacio. Cuando se intenta parodiar
fábulas, definiciones de diccionario, bestiarios o proverbios se escriben textos breves. No hay otra manera de hacerlo ya que la temática no permitiría otra extensión. También hay autores que, simplemente, escriben breve. Quizás por ser artífices depurados del buen decir, no se dedican a largas extensiones. 
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MUJIMA DE YAKUMO KOISUMI

TELARA~1En el camino de Akasaka, cerca de Tokyo, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o “La Colina de la provincia de Kii”. Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.

Mucho antes de la era de las linteranas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.

¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!

El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.

He aquí su aventura, tal como me la contó:

Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso… Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.

– saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas… me sentiré feliz de poder ayudarla.

Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.

La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.

-¡Honorable señorita!- repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico… Este no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y digame la causa de su pena ¿Puedo ayudarle en algo?

La joven se levantó lentamente… Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido… Gemía y lloraba alternativamente.

El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:

-¡Oh-Jochú! Escúcheme un momento…

La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó al caer la manga y se acarició la cara con la mano… ¡El viejo vio que no tenía ni ojos, ni nariz, ni boca!

¡Huyó, gritando de espanto!

Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él… Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás… Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna… Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de «soba»(2) que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de soba, gimiendo:

-¡Ah! … ¡Ah! … ¡Ah! …

-«Koré» …«Koré» …-replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?

-¡No! … Nadie me ha hecho daño…-murmuró el otro-. Pero… ¡Ah! …¡ah! …¡ah! …

-¡Por lo menos le han dado un buen susto!-dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?

-¡No! … Pero, cerca del foso… he visto … ¡Oh!, he visto una mujer que… ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto…

-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así? …-exclamó el mercader.

Se acarició la cara, que, de pronto se hizo semejante a un huevo.

¡En aquel mismo instante se apagó la luz!

– O-Jochú (1)  saludo

http://www.apocatastasis.com/mujima-cuento-terror-japones-yakumo-koisumi-2.php#axzz2XX4JpSmB

EL CAMALEON DE ANTON CHEJOV ANÁLISIS DEL CUENTO POR HECTOR ZABALA

El inspector de policía Ochumélov, con su capote nuevo y en la mano un hatillo, cruza la plaza del mercado. Tras él camina un agente municipal pelirrojo con una canasta llena de grosellas decomisadas. En torno reina el silencio… En la plaza no hay un alma… Las puertas abiertas de tabernas y negocios miran el mundo con melancolía, como fauces hambrientas; en las cercanías no hay ni siquiera mendigos.
–¿A quién muerdes, maldito? –oye de pronto Ochumélov– ¡Muchachos, que no salga! ¡Ahora no está permitido morder! ¡Sujétalo! ¡Ah… ah!
Se oye el chillido de un perro. Ochumélov vuelve la vista y ve que del almacén de leña de Pichugin, saltando sobre tres patas y mirando a un lado y a otro, sale corriendo un chucho. Lo persigue un hombre con camisa de percal, almidonada, y el chaleco desabrochado. Corre tras el perro con todo el cuerpo inclinado hacia delante, cae y atrapa al animal por las patas traseras. Se oye un nuevo chillido y otro grito: “¡No lo dejes escapar!” Caras soñolientas aparecen en las puertas de los negocios y pronto, junto al almacén de leña, como si hubiera brotado del suelo, se apiña la gente.
–¡Se ha producido un desorden, señoría!… –dice el municipal.
Ochumélov da media vuelta a la izquierda y se dirige hacia el grupo. En la misma puerta del negocio de leña ve a nuestro hombre, con el chaleco desabrochado, quien ya de pie levanta la mano derecha y muestra un dedo sangriento. En su cara de alcohólico parece leerse: “¡Te voy a despellejar,granuja!”; el mismo dedo es como una bandera de victoria.
Ochumélov reconoce en él al orfebre Jriukin. En el centro del grupo, extendidas las patas delanteras y temblando, está sentado en el suelo el culpable del escándalo, un blanco cachorro de galgo de afilado hocico y una mancha amarilla en el lomo. Sus ojos lacrimosos tienen una expresión de angustia y pavor.
–¿Qué ha ocurrido? –pregunta Ochumélov, abriéndose paso entre la gente–. ¿Qué es esto? ¿Qué haces tú ahí con el dedo?… ¿Quién ha gritado?
–Yo no me he metido con nadie, señoría… –empieza Jriukin, y carraspea, tapándose la boca con la mano–. Venía a hablar con Mitri Mítrich, y este maldito perro, sin más ni más, me ha mordido el dedo… Perdóneme, pero yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo… Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo… En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales… Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse…
–Hum… Está bien… –dice Ochumélov, carraspeando y arqueando las cejas–. Está bien… ¿De quién es el perro? Esto no quedará así. ¡Les voy a enseñar a dejar los perros sueltos! Ya es hora de tratar con esos señores que no quieren cumplir las ordenanzas. Cuando le hagan pagar una multa, sabrá ese miserable lo que significa dejar en la calle perros y demás animales. ¡Se va a acordar de mí!… Eldirin –prosigue el inspector, volviéndose hacia el ayudante–, infórmate de quién es el perro y levanta el oportuno atestado. Y al perro hay que matarlo. ¡Sin perder un instante! Seguramente está rabioso… ¿Quién es el dueño?
–Creo que es del general Zhigálov –dice alguien.
–¿Del general Zhigálov? Hum… Eldirin, ayúdame a quitarme el capote… ¡Hace un calor terrible! Seguramente anuncia lluvia… Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? –sigue Ochumélov, dirigiéndose aJriukin–. ¿Es que acaso te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grandote! Has debido de clavarte un clavo y luego se te ocurrió la idea de decir esta mentira. Porque tú… ¡ya nos conocemos! ¡Los conozco a todos, diablos!
–Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para divertirse, y el perro, que no es tonto, le dio un mordisco… Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría.
–¡Mientes, tuerto! ¿Para qué mientes, si no viste nada? Su señoría es una persona inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad… Y si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley… Ahora todos somos iguales… Un hermano mío es gendarme… por si quieres saberlo.
–¡Basta de comentarios!
–No, no es del general –observa pensativo el municipal–. El general no tiene perros como éste. Son más bien perros de exposición…
–¿Estás seguro?
–Sí, señoría.
–Yo mismo lo sé. Los perros del general son caros, de raza, mientras que éste ¡el diablo sabe lo que es! No tiene ni pelo ni planta… es un asco. ¿Cómo va a tener el general un perro así? ¿Dónde tienen la cabeza? Si este perro apareciera en Petersburgo o en Moscú, ¿saben lo que pasaría? No se andarían con chiquitas, sino que, al momento, ¡zas! Tú, Jriukin, has salido perjudicado; no dejes el asunto… ¡Ya es hora de darles una lección!
–Aunque… podría ser del general –piensa el ayudante en voz alta–. No lo lleva escrito en el morro pero… El otro día alcancé a ver en su patio un perro como éste.
–¡Es del general, seguro! –dice una voz.
–Hum… Ayúdame a ponerme el capote, Eldirin… Parece que ha refrescado… Siento escalofríos… Llévaselo al general y pregunta allí. Di que lo he encontrado y que se lo mando… Y que no lo dejen salir a la calle… Puede ser un perro de precio, y si cualquier cerdo le acerca el cigarro al morro, no tardarán en echarlo a perder. El perro es un animal delicado… Y tú, imbécil, baja la mano. ¡Ya está bien eso de mostrarnos tu estúpido dedo! ¡Tú mismo tienes la culpa!…
–Por ahí va el cocinero del general, le preguntaremos… ¡Eh, Prójor! ¡Acércate, amigo! Mira este perro… ¿es de tu amo?
–¡Qué ocurrencia! ¡Jamás ha habido perros como éste en nuestra casa!
–¡Basta de preguntas! –dice Ochumélov–. Es un perro vagabundo. No hay razón para perder el tiempo en chácharas… Si yo he dicho que es un perro vagabundo, es un perro vagabundo… Hay que matarlo y se acabó.
–No es nuestro –sigue Prójor–. Es del hermano del general, que vino hace unos días. A mi amo no le gustan los galgos. En cambio, al hermano de mi…
–¿Es que ha venido el hermano? ¿Vladímir Ivánich? –pregunta Ochumélov, y todo su rostro se ilumina con una sonrisa de ternura–. ¡Vaya, por Dios! No me había enterado. ¿Ha venido de visita?
–Sí…
–Vaya… Echaba de menos a su hermano… Y yo sin saberlo. ¿Así que el perro es suyo? Lo celebro mucho… Llévatelo… El perro no está nada mal… Es muy vivo… ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja ja ja… Ea, ¿por qué tiemblas? Rrrr… Rrrr… Se ha enojado, el muy pícaro… Vaya con el perrito…
Prójor llama al animal y ambos se alejan del almacén de leña… La gente se ríe de Jriukin.
–¡Ya nos veremos las caras! –le amenaza Ochumélov, y, envolviéndose en el capote, sigue su camino por la plaza del mercado.

ANÁLISIS DE “EL CAMALEÓN” DE CHÉJOV
por Héctor Zabala ©

LUGAR Y HORA DE LOS HECHOS
Varios indicios sugieren que la acción se desarrolla en una aldea rusa y quizá a primera hora de la tarde: la calma excesiva que encuentra el inspector al hacer su recorrida por la plaza, su especulación sobre qué harían en grandes ciudades como Petersburgo o Moscú con un cachorro así, su afirmación de que conoce a toda la gente del lugar, la sensación de que todos los vecinos se conocen entre sí, los diálogos de tono bien pueblerino, etc.

LA PERSONALIDAD VENAL DE OCHUMÉLOV
El personaje principal, el inspector Ochumélov, es autoritario, prepotente y cínico con la gente común, a quien obviamente considera inferior, en tanto que es obsecuente con los poderosos. En síntesis: un hipócrita, arbitrario y acomodaticio.
De ahí que las opiniones y el sentido de justicia de Ochumélov varíen según propia conveniencia. Así, cuando supone que el cachorro es de personas sin importancia, afirma escandalizado que la víctima de la mordedura, el orfebre Jriukin, debería reclamar por daños a la par que él, como brazo de la justicia, castigar con todo rigor al dueño desaprensivo que dejó suelto el perrito, mientras que cuando entiende que el dueño es alguien poderoso, le ordena al mismo Jriukin no exagerar (¡si no te pasó nada!) y que, en todo caso, es el propio orfebre quien tendría la culpa de lo sucedido. Y en este vaivén, que se da varias veces –de ahí el título, pues el camaleón varía su color según la oportunidad– jamás tiene en cuenta los hechos reales ni trata de descubrirlos.
A tal punto llega su hipocresía y arbitrariedad que hasta la calidad del cachorro varía según la calidad del supuesto dueño, pasando de ser un perro atorrante a un perro fino y viceversa, según vengan las conjeturas en cuanto a la identidad del propietario. Cuando al fin descubre que el cachorro es de un hermano delgeneral Zhigálov, entonces da por cerrado el asunto, ni siquiera le recomienda al sirviente del general que controlen en casa al cachorro y, por supuesto, abandona el criterio de castigar a quienes inconscientemente dejan sus perros sueltos. Y, para completar su arbitrariedad, termina amenazando al pobre daminificado.

UNA SOCIEDAD SOMETIDA
El transfondo del cuento nos habla de una sociedad sometida y, como siempre ocurre en tales casos, en el altercado aparecen:
• resignación y sometimiento. Como en todos los presentes de la escena, que ni siquiera intentan defender a Jriukin a pesar de que fue mordido. Incluso el propio damnificado habla con exagerada timidez al dirigirse al inspector por primera vez: “Yo no me he metido con nadie, señoría…”;
• resentimiento. Como el de Jriukin cuando parece amenazar al cachorro con eso de “¡Te voy a despellejar, granuja!”, en obvio desquite contra el que considera quizá el único ser inferior a sí mismo, pues con seguridad es objeto de continuas burlas por su condición de borrachín de pueblo;
• exhibicionismo. “… el mismo dedo [de Jriukin] es como una bandera de victoria”;
• ingenuidad. Como sugiere la respuesta de Jriukin al entrometido: “Y si miento, eso lo dirá el juez de paz. Él tiene la ley… Ahora todos somos iguales…”El pobre perjudicado cree (o, mejor, quiere creer) que todos son iguales ante la ley, cuando del contexto se desprende que de ningún modo es así. Incluso, agrega a modo de inocente amenaza: “Un hermano mío es gendarme… por si quieres saberlo”; una manera de decir: ¡ojo que soy alguien, no un pobre diablo!
Y también la notable expresión: “¡Ahora no está permitido morder!”, como si la ley anterior hubiera permitido que los perros muerdan o la ley actual podría impedirle morder a un cachorro juguetón;
• soberbia. Como la del sirviente del general hacia la gente del pueblo: “¡Qué ocurrencia! ¡Jamás ha habido perros como éste en nuestra casa!”;
• intentos de sacar ventaja. El mismo Jriukin trata de aprovecharse de la situación: “Perdóneme, pero yo soy un hombre que se gana la vida con su trabajo… Es una labor muy delicada. Que me paguen, porque puede que esté una semana sin poder mover el dedo… En ninguna ley está escrito, señoría, que haya que sufrir por culpa de los animales… Si todos empiezan a morder, sería mejor morirse…”;
• correveidiles y malpensados. Como ese del público que lanza una acusación contra Jriukin sin ninguna prueba: “Lo que ha hecho, señoría, ha sido acercarle el cigarro al morro para divertirse, y el perro, que no es tonto, le dio un mordisco…”; incluso, esta afirmación infundada da pie al mismo Ochumélovpara tomarla como cierta en un comentario posterior;
• soplones. El mismo personaje agrega que el orfebre: “Siempre está haciendo cosas por el estilo, señoría”, en un afán por congraciarse con el inspector;
• oportunistas y obsecuentes. Además de las genuflexiones del inspector hacia los poderosos (incluso hacia el sirviente de un poderoso), la obsecuencia y el oportunismo se manifiestan también en los estratos inferiores. En efecto, el mismo Jriukin dice, dirigiéndose a un tercero: “Su señoría es una persona inteligente y comprende quién miente y quién dice la verdad…”, en un intento de poner al inspector de su parte;
• burlones del caído en desgracia. Cuando se llevan el cachorro, todos se ríen del pobre Jriukin.

NOTABLE NARRACIÓN
• La descripción del cachorro es excelente. Nos da la impresión de tenerlo delante: escapando en tres patas ante el posible castigo y volcando la cabeza hacia uno y otro lado ante la persecución. Más tarde, lacrimógeno, asustadizo y tembloroso ante el grupo que lo rodea, etc.
• Hay expresiones muy propias de los eslavos, como la del inspector a Jriukinapenas llega a la escena del escándalo: “¿Qué haces tú ahí con el dedo?”; o bien después, “Aunque hay una cosa que no comprendo: ¿cómo ha podido morderte? ¿Es que acaso te llega hasta el dedo? El perro es pequeño, y tú, ¡tan grandote!”, como si fuera necesario que el pobre orfebre tuviese el dedo a la altura que entonces lo exhibía cuando el cachorro lo mordió.
También son notables los comentarios del inspector sobre el cachorro, dirigidos a congraciarse con el hermano del general: “El perro no está nada mal… Es muy vivo… ¡Le ha mordido el dedo a éste! Ja ja ja…”

UN INDICIO DEL FINAL
Hay un indicio contundente de cómo terminará el cuento: en uno de los primeros párrafos Chéjov deja caer que es un galgo. Ergo, se trata de un perro fino, de raza, y por ende su dueño tiene que ser necesariamente alguien rico, importante. De ahí que cabía suponer que el cachorro al fin sería devuelto a su dueño, que no habría castigo por dejarlo suelto pese a las ordenanzas y que el reclamo del perjudicado nunca prosperaría.

UN CUENTO LOCALISTA Y UNIVERSALISTA A LA VEZ
El cuento es una maravillosa muestra de la sociedad rusa en el ambiente provinciano de su tiempo (1884), pero la obra bien puede considerarse también de carácter universal por la profundidad con que Chéjov describe y aborda el alma humana.

Antón Chéjov
ANTÓN PÁVLOVICH CHÉJOV
Nació en Taganrog, ciudad a orillas del mar deAzov, el 29 de enero de 1860. Hijo de un comerciante que había sido siervo, estudió enla Universidad Estatal de Moscú donde se matriculó en medicina. El éxito como escritor y la tuberculosis, en aquel tiempo incurable, impidieron que ejerciera como médico, salvo en ocasiones en las que atendió gratis a campesinos indigentes.
Desde su primer relato en 1882, La libélula, y hasta 1887, publica en revistas moscovitas unos seiscientos cuentos (hubo años en que llegó a escribir ciento veinte), acuciado por la necesidad de mantener a la familia paterna. En 1886 aparece la primera colección de sus escritos humorísticos, Relatos de Motley.
Chéjov siempre supo retratar magistralmente a las clases medias y bajas de la Rusia de entonces. Según él, “la brevedad es hermana del talento” por lo que“el arte de escribir es el arte de acortar”.
La crítica moderna considera a Chéjov uno de los grandes maestros del relato. Se puede decir que en gran medida es el responsable del cuento moderno, en el que el efecto depende más del estado de ánimo de los personajes y del simbolismo que del argumento en sí, dado que no se apoya en el clímax y la resolución. Es un verdadero maestro en el retrato de vidas inútiles, tediosas y solitarias de personas incapaces de comunicarse o de cambiar una sociedad que saben decadente. Algunos de los mejores relatos de Chéjov se incluyen en el libro publicado post mortem Los veraneantes y otros cuentos (1910).
Su primera obra teatral, Ivanov, se estrenó en Moscú en 1887. Desde 1891 hasta 1893 escribió La isla de Sajalín, después de visitar la colonia penitenciaria de la isla homónima. Estupendo novelista, La sala número seis, por ejemplo, es una obra maestra de la novela corta.
Su frágil salud lo obligó a trasladarse en 1897 a Crimea, territorio de clima más benigno que la capital rusa. También hizo frecuentes viajes a los balnearios de Europa central.
El actor y productor Konstantín Stanislavski, director del Teatro del Arte, de Moscú, representó en 1898 su obra La gaviota, escrita dos años antes. Esta asociación de dramaturgo y director de teatro, que continuó hasta la muerte deChéjov, permitió la representación de varios de sus dramas en un acto y de las obras más importantes que produjo, como El tío Vania (1897), Las tres hermanas (1901, año en que se casa con la actriz Olga Knipper) y El jardín de los cerezos (1904); lo que significó una gran renovación del teatro ruso.
Su teatro refleja una sociedad feudal que se desintegra. Como técnica utiliza lo que él llama “la acción indirecta”, que pone énfasis en la interacción de los personajes y hace que sucesos dramáticos importantes tengan lugar fuera de escena. Muchas veces lo que se deja de decir es más significativo que las ideas y sentimientos expresados; un concepto que con algunas variantes aplicaría décadas más tarde el norteamericano Ernest Hemingway en sus narraciones.
Murió el 2 de julio de 1904 (hay biografías que señalan el día 14 ó 15) en el balneario alemán de Badweiler, adonde se había trasladado en un intento desesperado por paliar su tuberculosis.