LA VERIDICA HISTORIA DE A Q DE LU XUN

LU-XUNBreve recuento de las victorias de A Q
No sólo son inciertos el apellido de A Q, su nombre y su lugar de origen; aún mayor es la oscuridad que reina en relación con sus antecedentes. Ello es debido a que la gente de Weichuang sólo empleaba sus servicios personales, o le tomaba como hazmerreír, sin prestar la menor atención a sus antecedentes. El propio A Q jamás dijo nada sobre el particular; sólo cuando discutía con alguien decía a veces, lanzando una mirada furiosa:
—Nuestra situación era mucho mejor que la tuya. ¿Qué te crees?
A Q no tenía familia y vivía en el Templo de los Dioses Tutelares de Weichuang. Tampoco tenía empleo fijo; hacía trabajos ocasionales para otros: si había trigo que segar, lo fiaba; si era necesario moler arroz, ahí estaba A Q para hacerlo; si se precisaba un botero, él remaba. Si el trabajo duraba un tiempo considerable, vivía encasa de su patrón, pero se marchaba en cuanto terminaba su tarea. Siempre que había algún trabajo por hacer, la gente pensaba en A Q, pero recordaba sus servicios y no sus antecedentes, y cuando el trabajo estaba terminado, hasta elpropio A Q caía en el olvido; y nada digamos de sus antecedentes.
Solamente una vez un anciano le elogió diciendo : «¡Qué buen trabajador es A Q!» En aquel momento A Q, con el torso des
nudo, indiferente y flaco, estaba de pie ante él y los demás no sabían si la observación había sido hecha en serio o como burla; pero A Q quedó transido de alegría. A Q, por su parte, tenía muy buena opinión de sí mismo; consideraba a todos los
habitantes de Weichuang inferiores a él, incluso a los dos «jóvenes letrados», a quienes estimaba indignos de una sonrisa. Los letrados jóvenes podían llegar a ser bachilleres. El señor Chao y el señor Chian eran tenidos en alta estima por los aldeanos, precisamente porque, aparte de ser ricos, eran también padres de jóvenes letrados, y tan sólo A Q no mostraba signo de especial deferencia hacia ellos, pensando para sí: «Mis hijos pueden llegar mucho más alto». Además, cuando A Q hubo ido a la ciudad unas cuantas veces, naturalmente, se volvió mucho más vanidoso y empezó a despreciar a los habitantes de la urbe. Por ejemplo, los habitantes de Weichuang llamaban «banco largo» a una tabla de tres pies por tres pulgadas, y él también la llamaba «banco largo», pero la gente de la ciudad decía «banco luengo»; él pensaba: «Están equivocados. ¡Qué ridículo!»Y como, cuando freían pescados cabezones en aceite, los aldeanos de Weichuang los condime
ntaban con pedazos de chalote de un centímetro de largo, en tanto que la gente de la ciudad ponía el chalote picado muy fino, él se decía: «También en esto se equivocan. ¡Qué ridículo» ¡Pero los aldeanos de Weichuang eran realmente unos rústicos ignorantes que jamás habían conocido el pescado frito de la ciudad!
A Q, que «había tenido mucho mejor situ ación», que era hombrede mundo y un «buen trabajador», hubiera estado al borde de ser un «hombre perfecto», de no mediar unos cuantos fallos físicos. El más molesto de todos lo constituían unas cicatrices circulares de sarna que habían aparecido en fecha indeterminada en su cuero cabelludo. Aunque estaban en su propia cabeza, A Q parecía no considerarlas del todohonorables, porque evitaba usar la palabra «sarna» u otras de pronunciación semejante, y llegó a perfeccionar este criterio, desterrando las palabras «brillo» y «luz»; y aun las palabras «lámpara» y «vela» fueron consideradas tabú por él. Cuando la prohibición no era respetada, intencionalmente
o no, A Q sufría un ataque de rabia y las cicatrices de la cabeza se le ponían rojas. Echaba una mirada al ofensor y, si éste
era corto de ingenio, empezaba a insultarlo; si era más débil que él, lo golpeaba. Y sin embargo, cosa curiosa, casi siempre era A Q quien cosechaba la peor parte en estos encuentros, hasta que se vio obligado a adoptar una nueva táctica de acuerdo con la cual se contentaba con mirar furiosamente a su rival. Pero sucedió que cuando A Q dio en emplear esta mirada furiosa, los holgazanes de Weichuang se dedicaron a hacer aún más bromasa sus expensas. Apenas le veían, fingían
sobresaltarse y decían:
—¡Bah! Hay mucha más luz.
A Q se indignaba, como era de rigor, y miraba furiosamente.
—¡Pareciera haber una lámpara de petróleo!
—continuaban, sin intimidarse en lo más
mínimo.
A Q no podía hacer nada, pero rebuscaba en su cerebro una respuesta con que vengarse:
—Ni siquiera mereces…— En ese momento, hasta las cicatrices de sarna de su cuero
cabelludo daban la impresión de ser algo noble, honorable, y no vulgares cicatrices de sarna. Sin embargo, como dijimos más arriba A Q era hombre de mundo y se daba cuenta de que había estado a punto de violarel tabú, de modo que se ab
stenía de decir nada más.
Pero los holgazanes no quedaban satisfechos y continuaban molestándole; finalmente, llegaban a golpes. Sólo cuando A Q estaba derrotado a todas luces, cuando le habían tirado de la coleta de color amarillento y le habían golpeado la cabeza contra la muralla cuatro o cinco veces, se iban los holgazanes, satisfechos de su victoria. A Q se quedaba allí un momento,
diciéndose a sí mismo: «Es como si me hubiera pegado mi propio hijo. ¡A lo que ha llegado mundo!». Después de lo cual también se iba,satisfecho de haber obtenido la victoria.

A Q solía contar a los demás todo lo que pensaba, de manera que quienes se burlaban de él conocían estas victorias psicológicas y entonces, el que le tiraba de la coletao se la retorcía, le decía:
—A Q, ésta no es la paliza de un hijo a su padre, sino la de un hombre a una bestia. Di:
¡un hombre golpea a una bestia!
Y entonces A Q, sujetándose la base de su trenza con ambas manos con la cabeza ladeada, decía:
—Pegándole a un animal… ¿Qué te parece? Yo soy un animal. ¿No me dejas aún?
No obstante ser un animal, los holgazanes no le permitían marcharse sino después de haberle golpeado la cabeza cinco o seis vecescontra cualquier cosa que hubiera a mano; después de lo cual se iban felices de haber obtenido la victoria
y confiados en que esta vez A Q estuviese liquidado. Pero a los diez segundos, también A Q se iba, satisfecho de haber
obtenido la victoria, pensando que era «el primer denigrado de sí mismo» y que después de quitar «denigrador de sí mismo», quedaba «el primero». ¿Acate el primero de los graduados en el examen imperial no era «el primero»? ¿Qué te imaginas? —decía.
Después de emplear tales astucias para quedar a la altura de sus enemigos, A Q corría feliz a la taberna a beber unos cuantos tazones de vino, a bromear con los demás otra vez, a amar broncas de nuevo, obtener la victoria nuevamente, para regresar al Templo de los Dioses Tutelares con el alma henchida de gozo y quedarse dormido apenas se acostaba.
Si tenía dinero, se iba a jugar. Un grupo de individuos se acomodaba en el suelo y A Q se
instalaba allí, con el rostro empapado ensudor, gritando más fuerte que nadie:
—¡Cuatrocientos al dragón azul!
—¡Eh, abre aquí! —decía el de la banca, también con la cara bañada en transpiración,
abriendo la caja y cantando—. Puertas Celestiales… ¡Nada para el
Cuerno…! La Popularidad y el Pasaje no se detienen en ello
s… ¡Venga el dinero de A Q!
—Cien al Pasaje… ¡Ciento cincuenta!
Al son de esta música, el dinero de A Q iba pasando a los bolsillos de los otros, cuyos rostros estaban empapados en transpiración: Finalmente, se veía obligado a salir de allí abriéndose paso a codazos y se quedaba en la ,retaguardia, mirando el juego con preocupación por la suerte ajena, hasta que terminaba; entonces regresaba de mala gana al Templo Tutelar.
Y al día siguiente iba a su trabajo con los ojos hinchados. Sin embargo, la verdad del proverbio «La desgracia puede ser una bendición disfrazada» quedó en evidencia cuando A Q tuvo la desgracia deganar una vez en el juego, para sufrir al
final una cruel derrota. Fue en la tarde del Festival de los Dioses en Weichuang. De acuerdo con la costumbre, se
representaba una obra teatral; y cerca del escenario, también de acuerdo con la costumbre,
había numerosas mesas de juego. Los tambores y batintines del teatro resonaban a tres millas del que llevaba la banca. Jugó una y otra vez con éxito: sus sapecas de cobre se transformaron en monedas de diez, sus monedas de diez en yinyuanes
, y sus yinyuanesformaron montones. En su excitación gritaba:
—¡Dos yinyuanes a las Puertas Celestiales!
Nunca supo quién había comenzado la pelea, ni por qué razón. El ruido de las maldiciones, los golpes y las pisadas se mezclaban confusamente en su cabeza y, cuando se puso de pie, las mesas de juego habían desaparecido, igual que los jugadores.

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TOKIO BLUES DE HARUKI MURAKAMI FRAGMENTO.

En la habitación oscura, con las ventanas cerradas, Reiko y yo nos abrazamos como si fuera lo más natural del mundo y buscamos el cuerpo del otro. Le quité la camisa, los pantalones, la ropa interior.

Mujer-sen– He llevado una vida muy curiosa, pero no se me había pasado por la cabeza la posibilidad de que algún día un chico de veinte años me quitara las bragas.

– ¿Prefieres quitártelas tú?

– No, no. Quitámelas tú. Pero estoy arrugada como una pasa, no vayas a llevarte una desilusión.

– A mí me gustan tus arrugas.

– Voy a echarme a llorar – susurró Reiko.La besé por todo el cuerpo y recorrí con la lengua sus arrugas. Envolví con mis manos sus pechos lisos de adolescente. Mordisqueé suavemente sus pezones, puse un dedo en su vagina, cálida, húmeda, que empecé a mover despacio.

– Te equivocas, Watanabe – me dijo Reiko al oído-. Eso también es una arruga.

– ¿Nunca dejas de bromear? – le solté estupefacto.

– Perdona. Estoy asustada. ¡Hace tanto tiempo que no lo hago! Me siento como una chica de diecisiete años a la que hubieran desnudado al ir a visitar a un chico a su habitación.

– Y yo me siento como si estuviera violando a una chica de diecisiete años.

Metí el dedo dentro de aquella “arruga”, la besé desde la nuca hasta la oreja, le pellizqué los pezones. Cuando su respiración se aceleró y su garganta empezó a temblar, le separé las delgadas piernas y la penetré despacio.

– Ten cuidado de no dejarme embarazada. Me daría vergüenza, a mi edad.

– Tendré cuidado. Tranquila -dije.

Cuando la penetré hasta el fondo, ella tembló y lanzó un suspiro. Moví el pene despacio mientras acariciaba la espalda; eyaculé de forma tan violenta que no pude contenerme. Aferrado a Reiko, expulsé mi semen dentro de su calidez.

– Lo siento. No he podido aguantarme – me excusé.

– ¡No seas tonto! No hay por qué disculparse – bromeó Reiko dándome unos azotes en el trasero. Siempre que te acuestas con chicas, ¿piensas tanto?

– Sí.

– Conmigo no hace falta. Olvídalo. Eyacula tanto como quieras y cuanto te plazca. ¿Te sientes mejor?.

– Mucho mejor. Por eso no he podido aguantarme.

– No se trata de aguantarse. Está bien así. A mí también me ha gustado mucho.

– Oye, Reiko – dije.

– Dime.

– Tienes que enamorarte de alguien. Eres maravillosa, sería un desperdicio que no lo hicieras.

– Lo tendré en cuenta. ¿Crees que en Asahikawa la gente se enamora?

Al rato volví a introducir dentro de ella mi pene erecto. Debajo de mí, Reiko se retorcía de placer y contenía el aliento. Mientras la abrazaba y movía, despacio y en silencio, el pene dentro de su vagina, hablamos de muchas cosas. Era maravilloso charlar mientras hacíamos el amor. Cuando se reía de mis bromas el temblor de su risa se transmitía a mi pene. Permanecimos largo tiempo abrazados de este modo.

– Es fantástico estar así – dijo Reiko.

– Tampoco esta nada mal moverse – añadí.

– Entonces hazlo.

La alcé asiéndola por las caderas y la penetré hasta el fondo, saboreando aquella sensación hasta que eyaculé.Aquella noche lo hicimos cuatro veces…

SHEREZADE DE NAGUIB MAHFUZ

pasifae-Hola.

-¿El señor Mahmud Shukri?

-Sí, señora, ¿de parte de quién?

-Pido disculpas por molestarle sin conocerle.

-Perdone, ¿puedo saber su nombre?

-Mi nombre no importa. Soy una de las miles de mujeres que le exponen sus problemas.

-Estoy a su disposición, señorita.

-Señora, por favor.

-Estoy a su disposición, señora,

-Pero la mía es una historia larga.

-Entonces ¿no sería mejor que me escribiera?

-Pero yo no sé escribir bien.

-¿Prefiere venir a verme a la revista?

-No tengo valor para ello, al menos por ahora.

La palabra «por ahora» le llamó la atención. Sonrió, complacido por aquella dulce voz; luego preguntó:

-¿Y entonces?

-Espero que me conceda algunos minutos todos los días o cada vez que su precioso tiempo lo permita.

-Es un procedimiento original. Me recuerda al de Sherezade.

-¡Sherezade! ¡Qué nombre tan atractivo! Permítame tomarlo prestado durante algún tiempo.

Él se rió y dijo:

-He aquí a Shahriyar escuchándote.

Ella se rió también y a él le pareció que su risa era tan agradable como su voz. La mujer prosiguió:

-No crea que voy a contarle un determinado problema. Se trata, como le he dicho, de una larga y triste historia.

-Espero poder responder a su confianza.

-Y yo espero que me interrumpa si me paso del tiempo que me quiera dedicar.

-Estoy a su disposición.

-Pero hoy ya le he robado buena parte de su tiempo. Dejémoslo para mañana. Ahora, me limitaré a confesarle que son sus escritos, llenos de humanidad, los que me han atraído hacia usted.

-Gracias.

-No solo sus escritos, también su fotografía.

Él preguntó con mayor atención:

-¿Mi fotografía?

-Sí, he leído en sus grandes ojos una mirada inteligente, bondadosa, humana, capaz de consolar a los que sufren.

-Gracias de nuevo… -después, riendo-: Sus palabras son gentiles, como una poesía de amor.

-Son la expresión de una esperanza, si es que la esperanza existe todavía en el mundo.

Él colgó el teléfono, sonrió, reflexionó un momento y sonrió de nuevo.

2

-Hola. Sigue leyendo

ALGO QUE BRILLA COMO EL MAR FRAG DE HIROMI KAWAKAMI

 Cómo te ha ido el día?—me pregunta mi madre todos los días.

—Bien, normal—le respondo yo.

«Bien» y «normal», siempre las dos mismas palabras. Las ocasiones en las que le doy una respuesta diferente se pueden contar con los dedos de una mano. Cuando tengo que responderle otra cosa, como «fatal» o «muy bien», intento no tenerla delante.

 Es muy fácil no tener a mi madre delante, porque siempre está ocupada.

 Mi madre es escritora freelance. Escribe artículos sobre temas variados: sobre las pastelerías de los alrededores de Tokio, sobre tácticas para librarse de las tareas domésticas, sobre cosmética para adolescentes inexpertas o acerca de la mejor forma de cuidar un perro en un piso. Por exigencias de su trabajo, ha llegado a comer doce pastelitos de golpe y a untarse la cara con cinco productos distintos para blanquear la piel, además de ir echando pestes de un paño de cocina que sirve para fregar los platos sin detergente: «¡Con lo que a mí me gusta la espuma artificial!», dice.

 Cada vez que le respondo «Bien, normal», me lanza una mirada escéptica. «Ya—dice—. Bueno, pues me parece estupendo». Pero yo sé que es mentira. A mi madre no le gusta esa respuesta. Le encantaría decirme que la vida es mucho más que «normal». Desde mi primer día en la escuela primaria, cuando me preguntó por primera vez «¿Cómo te ha ido el día?», hasta hoy, que ya soy un estudiante de bachillerato, no ha dejado de pensarlo ni por un momento.

Recuerdo perfectamente la primera vez que mi madre me preguntó: Sigue leyendo

MUJER DE PIE DE YASUTAKA TSUTSUI

Me quedé levantado toda la noche y al fin terminé un cuento de cuarenta páginas. Era una obra trivial, de entretenimiento, incapaz de hacer bien o mal.
“En esta época uno no puede escribir cuentos que hagan bien o mal; es inevitable”, me dije mientras aseguraba el manuscrito con un clip y lo metía en un sobre.
En cuanto a si hay en mí materia prima para escribir cuentos que puedan hacer bien o mal, hago todo lo posible por no pensar en eso. Si me pusiera a pensar en eso, tal vez quisiera intentarlo.
El sol de la mañana me hirió los ojos cuando me puse los zuecos de madera y abandoné la casa con el sobre. Como aún faltaba un tiempo para que llegara el primer camión postal, dirigí mis pasos hacia el parque. Por la mañana no vienen niños a este parque, un simple cuadrado de ochenta metros en medio de un barrio residencial apiñado. Aquí se está tranquilo. Así que siempre incluyo el parque en mi caminata matutina. Hoy día hasta el escaso verde suministrado por diez o doce árboles es invalorable en la megalópolis.
Tendría que haber traído un poco de pan, pensé. Mi perrogajo favorito se alza cerca del banco del parque. Es un perrogajo afectuoso de piel color ante, bastante grande por tratarse de un perro mestizo.
El camión de fertilizante líquido acababa de pasar cuando llegué al parque; el suelo estaba húmedo y había un tenue olor a cloro. El caballero mayor a quien veía a menudo estaba sentado en el banco cercano al perrogajo, alimentando el poste color ante con lo que parecía carne picada. Por lo común los perrogajos tienen un apetito excelente. Tal vez el fertilizante líquido, absorbido por las raíces bien hundidas en el suelo y que sube a través de las patas, deja algo que desear.
Comen cualquier cosa que uno les dé.
—¿Le trajo algo? Hoy salí apurado. Olvidé traer mi pan le dije al hombre mayor.
Se volvió hacia mí con ojos amables y una suave sonrisa.
—Ah, ¿a usted también le gusta este muchacho?
—Sí —contesté, sentándome junto a él—. Se parece como una gota de agua a un perro que yo tenía.
El perrogajo alzó hacia mí una mirada de ojos grandes, negros, y meneó la cola. Sigue leyendo

MUJIMA DE YAKUMO KOISUMI

TELARA~1En el camino de Akasaka, cerca de Tokyo, hay una colina, llamada Kii-No-Kuni-Zaka, o “La Colina de la provincia de Kii”. Está bordeada por un antiguo foso, muy profundo, cuyas laderas suben, formando gradas, hasta un espléndido jardín, y por los altos muros de un palacio imperial.

Mucho antes de la era de las linteranas y los jinrishkas, aquel lugar quedaba completamente desierto en cuanto caía la noche. Los caminantes rezagados preferían dar un largo rodeo antes de aventurarse a subir solos a la Kii-No-Kuni-Zaka, después de la puesta de sol.

¡Y eso a causa de un Mujima que se paseaba!

El último hombre que vio al Mujima fue un viejo mercader del barrio de Kyôbashi, que murió hace treinta años.

He aquí su aventura, tal como me la contó:

Un día, cuando empezaba ya a oscurecer, se apresuraba a subir la colina de la provincia de Kii, cuando vio una mujer agachada cerca del foso… Estaba sola y lloraba amargamente. El mercader temió que tuviera intención de suicidarse y se detuvo, para prestarle ayuda si era necesario. Vio que la mujercita era graciosa, menuda e iba ricamente vestida; su cabellera estaba peinada como era propio de una joven de buena familia.

– saludó al aproximarse-. No llore así.. Cuénteme sus penas… me sentiré feliz de poder ayudarla.

Hablaba sinceramente, pues era un hombre de corazón.

La joven continuó llorando con la cabeza escondida entre sus amplias mangas.

-¡Honorable señorita!- repitió dulcemente-. Escúcheme, se lo suplico… Este no es en absoluto un lugar conveniente, de noche, para una persona sola. No llore más y digame la causa de su pena ¿Puedo ayudarle en algo?

La joven se levantó lentamente… Estaba vuelta de espaldas y tenía el rostro escondido… Gemía y lloraba alternativamente.

El viejo mercader puso una mano sobre su espalda y le dijo por tercera vez:

-¡Oh-Jochú! Escúcheme un momento…

La honorable señorita se volvió bruscamente. Dejó al caer la manga y se acarició la cara con la mano… ¡El viejo vio que no tenía ni ojos, ni nariz, ni boca!

¡Huyó, gritando de espanto!

Corrió hasta el borde de la colina, oscura y desierta, que se extendía delante de él… Corría sin pararse y sin osar mirar hacia atrás… Por último vio, en lontananza, la luz de una linterna… Era una lucecilla tan pequeña que se hubiera podido confundir con una mosca luminosa. Era la bujía de un mercader ambulante, un vendedor de «soba»(2) que había levantado su tenderete al borde del camino. Después de la experiencia que el viejo acababa de sufrir, la más humilde de las compañías le pareció deseable. Se echó a los pies del vendedor de soba, gimiendo:

-¡Ah! … ¡Ah! … ¡Ah! …

-«Koré» …«Koré» …-replicó el vendedor ambulante bruscamente-. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha hecho daño alguien?

-¡No! … Nadie me ha hecho daño…-murmuró el otro-. Pero… ¡Ah! …¡ah! …¡ah! …

-¡Por lo menos le han dado un buen susto!-dijo el mercader, demostrando poca simpatía-. ¿Se ha encontrado con algún ladrón?

-¡No! … Pero, cerca del foso… he visto … ¡Oh!, he visto una mujer que… ¡Ah!, jamás podré describir cómo la he visto…

-¿Qué? ¿La ha visto, tal vez, así? …-exclamó el mercader.

Se acarició la cara, que, de pronto se hizo semejante a un huevo.

¡En aquel mismo instante se apagó la luz!

– O-Jochú (1)  saludo

http://www.apocatastasis.com/mujima-cuento-terror-japones-yakumo-koisumi-2.php#axzz2XX4JpSmB

DOS CUENTOS: ABRIR EL CIERRE Y VECINOS E. KERET Y R.CARVER

mujer solaTodo empezó con un beso. Casi siempre empieza con un beso. Ela y Tsiky estaban acostados en la cama desnudos, unidos solamente por la lengua, cuando ella notó el piquete.

—¿Te lastimé? —preguntó Tsiki, y al decirle ella que no con la cabeza, se apresuró a añadir—: Pues te está saliendo sangre.

Y la verdad es que sangraba. Por la boca.

—Lo siento —dijo Tsiki y, levantándose de la cama, se puso a caminar de aquí para allá por la cocina, muy intranquilo.

Después sacó del congelador una bandeja de hielos y la golpeó contra la barra de la cocina con mucha fuerza.

—Toma —le dijo a Ela, acercándole unos hielos con mano temblorosa—, póntelos contra el labio. Vamos, tómalos, te detendrán la hemorragia.

Tsiki siempre era muy bueno en eso. En el ejército era paramédico y además tenía diploma de guía.

—Perdón —prosiguió un poco pálido—, te he debido de morder, ya sabes, por la pasión del momento.

—No asa nada —le sonrió ella con el cubito de hielo pegado al labio inferior—, no e ecupes —aunque, naturalmente, mentía al decirlo.

Porque sí era para “ecuparse”, y mucho, ya que no todos los días la persona con la que vives te hace sangrar y encima te miente diciéndote que te ha mordido cuando tú has notado bien claro un piquete.

Después de aquellos estuvieron varios días sin besarse, a causa de la herida. Los labios son una zona muy delicada. Y a la semana, cuando ya podían, lo hacían con mucho cuidado. Pero ella notaba que él le ocultaba algo. Y la verdad es que una noche, aprovechando que se había quedado dormido con la boca abierta, metió en ella un dedo con mucho cuidado hasta debajo de la lengua y encontró lo que era. Era un cierre. Un cierrecito. Y al abrir Ela el cierre, su querido Tsiki se abrió como una ostra y dentro estaba Jurgen. Al contrario que Tsiki, Jurgen tenía una barbita de chivo, unas patillas muy cuidadas y no estaba circuncidado. Ela lo miró allí dormido, dobló muy tranquila la envoltura de Tsiki y la escondió en el armario de la cocina, detrás del bote de la basura, donde guardaban las bolsas de basura.

La vida con Jurgen no resultaba fácil. En cuando al sexo, era fabuloso, pero bebía muchísimo, y cuando estaba tomado era de lo más ruidoso y hacía muchas tonterías. Además, le encantaba hacerla sentir culpable de que él se hubiera marchado de Europa por ella y ahora tuviera que vivir ahí. Y siempre que en Israel pasaba algo malo, ya fuera en la vida real o en la televisión, él le decía:

—Mira qué país tienes —y se lo decía en su pésimo hebreo aunque sabiéndole dar a la palabra “tienes” un tono acusador.

A los padres de Ela nos les gustaba Jurgen. La madre, que había sentido gran aprecio por Tsiki, lo llamaba “el gentil” y el padre siempre le preguntaba por el trabajo y tenía que oírse la misma respuesta burlona de Jurgen:

—Señor Shviro, el trabajo es como el bigote, hace tiempo que ya pasó de moda.

Aunque a nadie, nunca, le hacía gracia esa respuesta. Y muchísimo menos al padre de Ela, que todavía usaba bigote.

Al final Jurgen se fue. Volvió a Düsseldorf para componer música y vivir del seguro del desempleo, porque decía que en Israel nunca llegaría a tener éxito como cantante por culpa del acento que lo delataba. Que a los israelíes, con sus prejuicios, no les gustaban los alemanes. Ela no dijo nada porque le pareció que tampoco en Alemania llegaría muy lejos con esa música tan rara y esas letras tan cursis. Si hasta le había escrito una canción a ella que había titulado “Diosa” y toda la canción trataba de cómo tenían sexo en el malecón y de cómo ella se venía como “una ola estrellándose contra la roca”, literalmente.

Seis meses después de que Jurgen se marchara, Ela estaba buscando una bolsa de basura y se encontró con la envoltura de Tsiki. Quizá había sido un error abrirle el cierre, pensó. Puede. En esos casos es difícil saberlo con certeza. Por la noche, lavándose los dientes, volvió a acordarse de aquel beso y del dolor del piquete. Se enjuagó la boca con mucho agua y se miró en el espejo. Le había quedado una cicatriz y, examinándola ahora de cerca, se dio cuenta de que también ella tenía un cierrecito debajo de la lengua. Ela lo tocó con vacilación e intentó imaginar cómo sería por dentro. Sentía una gran esperanza a la vez que bastante miedo, sobre todo de llegar a tener las manos llenas de pecas y seca la piel de la cara. Puede que hasta tuviera un tatuaje, pensó. En forma de rosa. Siempre se había querido hacer uno pero le había faltado valor. Pensaba que le dolería mucho.

ETGAR KERET

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Vecinos
Autor: Raymond Carver

“Neighbors”

Bill y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando se sentían que solamente ellos, en su círculo, habían sido pasados por alto, de alguna manera, dejando que Bill se ocupara de sus obligaciones de contador y Arlene ocupada con sus faenas de secretaria. Charlaban de eso a veces, principalmente en comparación con las vidas de sus vecinos Harriet y Jim Stone. Les parecía a los Miller que los Stone tenían una vida más completa y brillante. Los Stone estaban siempre yendo a cenar fuera, o dando fiestas en su casa, o viajando por el país a cualquier lado en algo relacionado con el trabajo de Jim.
Los Stone vivían enfrente del vestíbulo de los Miller. Jim era vendedor de una compañía de recambios de maquinaria, y frecuentemente se las arreglaba para combinar sus negocios con viajes de placer, y en esta ocasión los Stone estarían de vacaciones diez días, primero en Cheyenne, y luego en Saint Louis para visitar a sus parientes. En su ausencia, los Millers cuidarían del apartamento de los Stone, darían de comer a Kitty, y regarían las plantas.
Bill y Jim se dieron la mano junto al coche. Harriet y Arlene se agarraron por los codos y se besaron ligeramente en los labios.
—¡Divertíos! — dijo Bill a Harriet.
—Desde luego — respondió Harriet — Divertíos también.
Arlene asintió con la cabeza.
Jim le guiñó un ojo.
—Adiós Arlene. ¡Cuida mucho a tu maridito!
—Así lo haré — respondió Arlene.
—¡Divertíos! dijo Bill.
—Por supuesto — dijo Jim sujetando ligeramente a Bill del brazo — Y gracias de nuevo.
Los Stone dijeron adiós con la mano al alejarse en su coche, y los Miller les dijeron adiós con la mano también.
—Bueno, me gustaría que fuéramos nosotros — dijo Bill.
—Bien sabe Dios lo que nos gustaría irnos de vacaciones — dijo Arlene. Le cogió del brazo y se lo puso alrededor de su cintura mientras subían las escaleras a su apartamento.
Después de cenar Arlene dijo:
—No te olvides. Hay que darle a Kitty sabor de hígado la primera noche — Estaba de pie en la entrada a la cocina doblando el mantel hecho a mano que Harriet le había comprado el año pasado en Santa Fe.
Bill respiró profundamente al entrar en el apartamento de los Stone. El aire ya estaba denso y era vagamente dulce. El reloj en forma de sol sobre la televisión indicaba las ocho y media. Recordó cuando Harriet había vuelto a casa con el reloj; cómo había venido a su casa para mostrárselo a Arlene meciendo la caja de latón en sus brazos y hablándole a través del papel del envoltorio como si se tratase de un bebé.
Kitty se restregó la cara con sus zapatillas y después rodó en su costado pero saltó rápidamente al moverse Bill a la cocina y seleccionar del reluciente escurridero una de las latas colocadas. Dejando a la gata que escogiera su comida, se dirigió al baño. Se miró en el espejo y a continuación cerró los ojos y volvió a mirarse. Abrió el armarito de las medicinas. Encontró un frasco con pastillas y leyó la etiqueta: Harriet Stone. Una al día según las instrucciones — y se la metió en el bolsillo. Regresó a la cocina, sacó una jarra de agua y volvió al salón. Terminó de regar, puso la jarra en la alfombra y abrió el aparador donde guardaban el licor. Del fondo sacó la botella de Chivas Regal. Bebió dos veces de la botella, se limpió los labios con la manga y volvió a ponerla en el aparador.
Kitty estaba en el sofá durmiendo. Apagó las luces, cerrando lentamente y asegurándose que la puerta estaba cerrada. Tenía la sensación que se había dejado algo.
—¿Qué te ha retenido? — dijo Arlene. Estaba sentada con las piernas cruzadas, mirando televisión.
—Nada. Jugando con Kitty — dijo él, y se acercó a donde estaba ella y le tocó los senos.
—Vámonos a la cama, cariño — dijo él.
Al día siguiente Bill se tomó solamente diez minutos de los veinte y cinco permitidos en su descanso de por la tarde y salió a las cinco menos cuarto. Estacionó el coche en el estacionamiento en el mismo momento que Arlene bajaba del autobús. Esperó hasta que ella entró en el edificio, entonces subió las escaleras para alcanzarla al descender del ascensor.
—¡Bill! Dios mío, me has asustado. Llegas temprano — dijo ella.
Se encogió de hombros. No había nada que hacer en el trabajo —dijo él. Le dejo que usará su llave para abrir la puerta. Miró a la puerta al otro lado del vestíbulo antes de seguirla dentro.
—Vámonos a la cama — dijo él.
—¿Ahora? — rió ella — ¿Qué te pasa?
—Nada. Quítate el vestido — La agarró toscamente, y ella le dijo:
—¡Dios mío! Bill
Él se quitó el cinturón. Más tarde pidieron comida china, y cuando llegó la comieron con apetito, sin hablarse, y escuchando discos.
—No nos olvidemos de dar de comer a Kitty — dijo ella.
—Estaba en este momento pensando en eso — dijo él — Iré ahora mismo.
Escogió una lata de sabor de pescado, después llenó la jarra y fue a regar. Cuando regresó a la cocina, la gata estaba arañando su caja. Le miró fijamente antes de volver a su caja—dormitorio. Abrió todos los gabinetes y examinó las comidas enlatadas, los cereales, las comidas empaquetadas, los vasos de vino y de cocktail, las tazas y los platos, las cacerolas y las sartenes. Abrió el refrigerador. Olió el apio, dio dos mordiscos al queso, y masticó una manzana mientras caminaba al dormitorio. La cama parecía enorme, con una colcha blanca de pelusa que cubría hasta el suelo. Abrió el cajón de una mesilla de noche, encontró un paquete medio vació de cigarrillos, y se los metió en el bolsillo. A continuación se acercó al armario y estaba abriéndolo cuando llamaron a la puerta. Se paró en el baño y tiró de la cadena al ir a abrir la puerta.
—¿Qué te ha retenido tanto? — dijo Arlene — Llevas más de una hora aquí.
—¿De verdad? — respondió él.
—Sí, de verdad — dijo ella.
—Tuve que ir al baño — dijo él.
—Tienes tu propio baño — dijo ella.
—No me pude aguantar — dijo él.
Aquella noche volvieron a hacer el amor.
Por la mañana hizo que Arlene llamara por él. Se dio una ducha, se vistió, y preparó un desayuno ligero. Trató de empezar a leer un libro. Salió a dar un paseo y se sintió mejor. Pero después de un rato, con las manos todavía en los bolsillos, regresó al apartamento. Se paró delante de la puerta de los Stone por si podía oír a la gata moviéndose. A continuación abrió su propia puerta y fue a la cocina a por la llave.
En su interior parecía más fresco que en su apartamento, y más oscuro también. Se preguntó si las plantas tenían algo que ver con la temperatura del aire. Miró por la ventana, y después se movió lentamente por cada una de las habitaciones considerando todo lo que se le venía a la vista, cuidadosamente, un objeto a la vez. Vio ceniceros, artículos de mobiliario, utensilios de cocina, el reloj. Vio todo. Finalmente entró en el dormitorio, y la gata apareció a sus pies. La acarició una vez, la llevó al baño, y cerró la puerta.
Se tumbó en la cama y miró al techo. Se quedó un rato con los ojos cerrados, y después movió la mano por debajo de su cinturón. Trató de acordarse qué día era. Trató de recordar cuando regresaban los Stone, y se preguntó si regresarían algún día. No podía acordarse de sus caras o la manera cómo hablaban y vestían. Suspiró y con esfuerzo se dio la vuelta en la cama para inclinarse sobre la cómoda y mirarse en el espejo.
Abrió el armario y escogió una camisa hawaiana. Miró hasta encontrar unos pantalones cortos, perfectamente planchados y colgados sobre un par de pantalones de tela marrón. Se mudó de ropa y se puso los pantalones cortos y la camisa. Se miró en el espejo de nuevo. Fue a la sala y se puso una bebida y comenzó a beberla de vuelta al dormitorio. Se puso una camisa azul, un traje oscuro, una corbata blanca y azul, zapatos negros de punta. El vaso estaba vacío y se fue para servirse otra bebida.
En el dormitorio de nuevo, se sentó en una silla, cruzó las piernas, y sonrió observándose a sí mismo en el espejo. El teléfono sonó dos veces y se volvió a quedar en silencio. Terminó la bebida y se quitó el traje. Rebuscó en el cajón superior hasta que encontró un par de medias y un sostén. Se puso las medias y se sujetó el sostén, después buscó por el armario para encontrar un vestido. Se puso una falda blanca y negra a cuadros e intentó subirse la cremallera. Se puso una blusa de color vino tinto que se abotonaba por delante. Consideró los zapatos de ella, pero comprendió que no le entrarían. Durante un buen rato miró por la ventana del salón detrás de la cortina. A continuación volvió al dormitorio y puso todo en su sitio.
No tenía hambre. Ella no comió mucho tampoco. Se miraron tímidamente y sonrieron. Ella se levantó de la mesa y comprobó que la llave estaba en la estantería y a continuación se llevó los platos rápidamente. Él se puso de pie en el pasillo de la cocina y fumó un cigarrillo y la miró recogiendo la llave.
—Ponte cómodo mientras voy a su casa — dijo ella — Lee el periódico o haz algo — Cerró los dedos sobre la llave. Parecía, dijo ella, algo cansado.
Trató de concentrarse en las noticias. Leyó el periódico y encendió la televisión. Finalmente, fue al otro lado del vestíbulo. La puerta estaba cerrada.
—Soy yo. ¿Estás todavía ahí, cariño? — llamó él.
Después de un rato la cerradura se abrió y Arlene salió y cerró la puerta.
—¿Estuve mucho tiempo aquí? — dijo ella.
—Bueno, sí estuviste — dijo él.
—¿De verdad? — dijo ella — Supongo que he debido estar jugando con Kitty.
La estudió, y ella desvió la mirada, su mano estaba apoyada en el pomo de la puerta.
—Es divertido — dijo ella — Sabes, ir a la casa de alguien más así. — Asintió con la cabeza, tomó su mano del pomo y la guió a su propia puerta. Abrió la puerta de su propio apartamento.
—Es divertido — dijo él.
Notó hilachas blancas pegadas a la espalda del suéter y el color subido de sus mejillas. Comenzó a besarla en el cuello y el cabello y ella se dio la vuelta y le besó también.
—¡Jolines! — dijo ella — Jooliines — cantó ella con voz de niña pequeña aplaudiendo con las manos — Me acabo de acordar que me olvidé real y verdaderamente de lo que había ido a hacer allí. No di de comer a Kitty ni regué las plantas. Le miró —¿No es eso tonto? — No lo creo — dijo él — Espera un momento. Recogeré mis cigarrillos e iré contigo.
Ella esperó hasta que él había cerrado con llave su puerta, y entonces se cogió de su brazo en su músculo y dijo:
—Me imagino que te lo debería decir. Encontré unas fotografías.
Él se paró en medio del vestíbulo.
—¿Qué clase de fotografías?
—Ya las verás tú mismo — dijo ella y le miró con atención.
—No estarás bromeando — sonrió él — ¿Dónde?
—En un cajón — dijo ella.
—No bromeas — dijo él.
Y entonces ella dijo:
—Tal vez no regresarán — e inmediatamente se sorprendió de sus palabras.
—Pudiera suceder — dijo él — Todo pudiera suceder.
—O tal vez regresarán y … — pero no terminó.
Se cogieron de la mano durante el corto camino por el vestíbulo, y cuando él habló casi no se podía oír su voz.
—La llave — dijo él — Dámela.
—¿Qué? — dijo ella — Miró fijamente a la puerta.
—La llave — dijo él — Tú tienes la llave.
—¡Dios mío! — dijo ella — Dejé la llave dentro.
—Él probó el pomo. Estaba cerrado con llave. A continuación intentó mover el pomo. No se movía. Sus labios estaban apartados, y su respiración era dificultosa. Él abrió sus brazos y ella se le echó en ellos.
—No te preocupes — le dijo al oído — Por Dios, no te preocupes.
Se quedaron allí. Se abrazaron. Se inclinaron sobre la puerta como si fuera contra el viento, y se prepararon.