Aki Shimazaki: El quinteto Nagasaki frag

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Llueve desde la muerte de mi madre. Estoy sentada junto a la ventana que da a la calle. Espero al abogado de mi madre en su oficina, donde trabaja una sola secretaria. Estoy aquí para firmar todos los papeles de la herencia: el dinero, la casa y la tienda de flores de la que se ocupaba desde el deceso de mi padre, muerto de un cáncer de estómago hace siete años. Soy la única hija de la familia, y la única heredera declarada.
Mi madre le tenía cariño a la casa. Es una vieja casa rodeada de una cerca de arbustos. Atrás, un jardín con un pequeño estanque redondo y una huerta. En un rincón, algunos árboles. Entre los árboles, mis padres habían plantado camelias poco después de comprar la casa. Las camelias le gustaban a mi madre.
El rojo de las camelias es tan vivo como el verde de las hojas. Las flores caen al final de la estación, una por una, sin perder su forma: corola, estambres y pistilo permanecen siempre juntos. Mi madre recogía las flores del suelo, todavía frescas, y las arrojaba al estanque. Las flores rojas de corazón amarillo flotaban en el agua unos días.
Una mañana le dijo a mi hijo: «Me gustaría morir como una tsubaki. Tsubaki es el nombre japonés de la camelia».
Ahora, como era su deseo, sus cenizas están dispersas en la tierra alrededor de las camelias, y su lápida está junto a la de mi padre en el cementerio.
Aunque solo anduviera por los sesenta, decía que ya había vivido lo suficiente en este mundo. Tenía una grave enfermedad pulmonar. Era una sobreviviente de la bomba atómica que había caído en Nagasaki tres días después de Hiroshima. Esta segunda bomba causó ochenta mil víctimas en un instante e hizo que Japón capitulara. Allí también murió su propio padre, mi abuelo.
Nacido en Japón, mi padre partió después de la guerra rumbo a este país, donde su tío le había ofrecido trabajar en su pequeña empresa. Era un taller de ropa de algodón inspirada en la forma del kimono, recta y simple. Antes de irse, mi padre quería casarse. Una pareja de su familia organizó un miai con mi madre: se trata de un encuentro convenido con vistas al matrimonio. Mi madre era hija única, su madre había muerto también, de leucemia, cinco años después de la bomba atómica. Como se había quedado sola, mi madre decidió aceptar casarse con mi padre.
Con él trabajó sin descanso para desarrollar la empresa; luego, cuando se jubilaron, dedicó mucho tiempo a la tienda de flores que abrieron juntos. Asistió a mi padre hasta el último momento. En el funeral me dijeron que debía de haber sido feliz con una mujer tan dedicada como mi madre.
Solo después de la muerte de mi padre pudo llevar una vida más tranquila y discreta en compañía de una empleada doméstica extranjera, la señora S. Esta dama no entendía japonés ni la lengua oficial del lugar. Solo necesitaba dinero y una habitación, y mi madre necesitaba a alguien que pudiera ocuparse de ella en la casa. A mi madre no le gustaba la idea de vivir conmigo o en un asilo, menos aún en una clínica. En caso de necesidad, hacía llamar a su médico por la señora S., que apenas podía decirle por teléfono: «Venga a casa de la señora K.».
Mi madre, además, confiaba en la señora S. «Nos arreglamos», le contestó a mi hijo cuando le preguntó cómo se comunicaban entre ellas. «Me siento bien sin hablar. La señora S. es una persona discreta. Me ayuda y no me molesta en absoluto. No es una persona instruida. No me importa. Lo que cuenta para mí son sus modales.»
En cuanto a la guerra y la bomba atómica que cayó en Nagasaki, mi madre se negaba a hablar del asunto. Más aún, me prohibía decir en público que era una sobreviviente de la bomba. Pese a toda la curiosidad que yo había sentido desde niña, tenía la obligación de dejarla en paz. Me parecía que seguía sufriendo la pérdida de su padre, a quien la carnicería se había llevado.
Fue mi hijo, sin embargo, quien en su primera adolescencia empezó a hacerle las mismas preguntas que siempre me habían preocupado. Cuando se ponía demasiado insistente, mi madre le gritaba que volviera a su casa.
En sus tres últimas semanas nos decía que le costaba dormir. Le pidió somníferos a su médico. Fue en ese período cuando, de pronto, se puso a hablar de la guerra hasta por los codos. Mi hijo y yo íbamos a verla casi todas las tardes. Mi madre siguió hablándole del asunto incluso la víspera de su muerte.
Estaba sentada en un sillón de la sala, frente a la cocina, donde yo leía un libro. Podía verlos y oírlos a los dos.
Mi hijo le preguntó:
—Abuela, ¿por qué los norteamericanos tiraron dos bombas atómicas en Japón?
—Porque en ese momento solo tenían dos —dijo ella con franqueza.
La miré. Me pareció que bromeaba, pero su rostro estaba serio. Asombrado, mi hijo dijo:
—¿Quiere decir que si hubieran tenido tres habrían tirado la tercera en otra ciudad de Japón?
—Sí, creo que hubiera sido posible.
Mi hijo hizo una pausa y dijo:
—Pero los norteamericanos ya habían destruido la mayoría de las ciudades antes de tirar las bombas, ¿no es cierto?
—Sí, en los meses de marzo, abril y mayo, cerca de cien ciudades habían sido destruidas por los B-29.
—De modo que para ellos era evidente que Japón no estaba en condiciones de seguir combatiendo.
—Sí. Por otro lado, los dirigentes norteamericanos sabían que, en junio, Japón, por intermedio de Rusia, intentaba emprender negociaciones de paz con los norteamericanos. Japón también temía ser invadido por los rusos.
—Entonces ¿por qué lanzaron de todos modos esas dos bombas, abuela? La mayoría de las víctimas eran civiles inocentes. ¡Mataron a más de doscientas mil personas en unas semanas! ¿Qué diferencia hay con el Holocausto de los nazis? ¡Es un crimen!
—Así es la guerra. Solo se piensa en ganar —dijo ella.
—Pero ¡si ya habían ganado la guerra! ¿Para qué hacían falta las bombas? A mi bisabuelo lo mató una bomba que, en mi opinión, era totalmente inútil.
—No eran inútiles para ellos. Una acción siempre tiene razones y ventajas.
—Entonces dígame, abuela, ¿qué ganaron lanzando esas dos bombas atómicas?
—Amenazar a un enemigo más grande, Rusia.
—¿Amenazar a Rusia? Entonces ¿por qué no era suficiente con una sola bomba atómica?
—¡Buena pregunta, nieto mío! Creo que los dirigentes norteamericanos querían mostrar a los rusos que tenían más de una bomba atómica. Tal vez también quisieran ver qué efecto producía cada bomba, sobre todo la segunda, pues eran dos bombas distintas: la que cayó en Hiroshima había sido fabricada con uranio; la de Nagasaki, con plutonio. Gastaron en secreto muchísimo dinero en esas bombas. El norteamericano común no sabía de su existencia. Ni siquiera Truman, el vicepresidente de la nación, había sido informado. Puede que se vieran obligados a usarlas antes de que la guerra terminara.
Mi hijo no se conformó con esa respuesta. Siguió interrogándola:
—Si las bombas eran para amenazar a Rusia o para probar nuevas armas, ¿por qué lo hicieron con Japón, donde ya no quedaba nada por destruir? ¿Por qué no en Alemania?
—¡Ah, otra pregunta curiosa! Alemania ya había renunciado oficialmente a la guerra. Incluso de no ser así, los norteamericanos no se habrían atrevido a tirar bombas atómicas en el centro de Europa. Son descendientes de europeos, después de todo. Los norteamericanos consideraban que todos los japoneses, civiles o militares, eran sus enemigos, pues no eran hakujin.
—¿Incluso los cristianos? —preguntó.
—Por supuesto —contestó ella sin vacilar—. Cuando vivía en Nagasaki conocí a gente católica. Nagasaki es famosa por sus creyentes. Un día, una muchacha católica de mi escuela me dijo muy seria: «Los norteamericanos son cristianos. Si ven cruces en nuestra ciudad, pasarán de largo sin arrojar las bombas». Le dije enseguida: «Para ellos, los japoneses son japoneses». Y la bomba atómica cayó frente a una iglesia.
Mi hijo estaba callado. En realidad, la mitad de su ascendencia es europea. Sus bisabuelos eran alemanes. Su abuelo, nacido también en Alemania, pero criado en Estados

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el Talisay de Adelina Gurrea de Filipinas

 

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Aquel talisay gigantesco que soleaba su follaje en los días de sol ardiente y cabeceaba humillado bajo el zarandeo de los tifones, no había estado siempre solitario como cuando yo le conocí. En lejanos días había sido sombra de un jardín y del techo ñipado2 de la casa de un párroco, cuando en la localidad existía un barrio3. El talisay reinaba arrogante, empuñando el cetro de su altura sobre la casa, los arbustos y las matas olorosas del Oriente, y de noche miraba desde su terraza vegetal la iluminación del jardín con sus mil bombillas microscópicas que encendían y apagaban las luciérnagas en torno al aroma fuerte de los ramajes en flor. De la casa sólo veía la claridad que se asomaba a través de las ventanas abiertas o resbalaba por debajo de los párpados de sus viseras pajizas. El talisay se sentía feliz y eterno; eterno no sólo en su existir sino en la vida también de lo que en torno suyo palpitaba, y creía que siempre, siempre, tendría a sus pies aquel huerto regado con amor por la mano de un hombre y que este hombre iba a perpetuarse también en el lugar, a su lado, con la gran camaradería del indefinido vivir cotidiano. El talisay no sabía nada de las luchas del alma con la carne, de las disciplinas por enderezar hacia el bien el continuo desviarse del hombre hacia el mal, de la turbia marejada humana, gastando su fuerza por la fuerza y su vida por la vida, en ese morir para vivir que es la existencia. El talisay, dentro de su eterna primavera tropical, creía en la felicidad de todos tal como él la sentía cuando el vigor ascendente de la savia que de la tierra le llegaba, le impregnaba, para robustecerse aún más con aquel otro alimento que tomaba del aire y del sol, de la humedad de la lluvia y el relente de las noches; y del beso cálido de las auroras y de las brisas, esponjando su follaje. El talisay bendecía a Dios por lo que a él le daba y por los dones que suponía recibía todo lo creado, en especial el hombre. El talisay no sabía que existía el diablo. Algún mal espíritu quizás al que Dios permitía que le mortificase un poco en los largos estiajes o los violentos huracanes, pero después de ello el bien y la bendición se gustaban mejor y aquel pequeño mal era sólo una preparación para el mejor goce. El talisay, ¡ay! vivía en estado de inocencia, porque no había conocido ni heredado el pecado original.

Y ahora después de muchos años estaba allí, viviendo la madurez de su soledad aparente, sin compañía vegetal alguna, ni hogar al que dar sombra. Esta sombra la pintaba la aurora sobre la tierra en el lado opuesto al de la salida del sol. Una sombra alargada que iba mermándose y recogiéndose sobre sí misma hasta meterse debajo del tronco y desaparecer al mediodía, para volver a asomarse por el otro lado y estirarse, estirarse con el ocaso, muriendo en la noche. No había casa ni jardín que le acompañasen de cerca. La nueva casa, que surgió unos años después de desaparecer la que él protegía, y el huerto que se formó en torno de aquella, estaban alejados, al otro lado de la calzada. Frente por frente a él quedaba la encrucijada del camino con una carretera corta que moría delante de la nueva casa y el canal del riego para la huerta que se cubría con un imbornal* limitado por dos bancos de piedra. El imbornal había existido siempre porque era el mismo canal el que regaba la huerta antigua. Y el agua del canal discurría cristalina y lírica por debajo de aquél. Los demás árboles del huerto habían desaparecido, por el rayo, por sequías prolongadas o por el hacha del hombre que necesitaba el terreno para otras siembras. En efecto, en una ocasión le dio a aquel por plantar caña de azúcar, y fue precisamente cuando se levantó la casa nueva y vinieron unas gentes blancas como su amigo el párroco. Pero a él le respetaron siempre, no sabía por qué, pero le respetaron. En torno suyo crecía ahora la caña, y el arado daba un rodeo para no tocarle. El talisay tenía la protección de algún ser ultraterrenal. Él lo ignoraba pero lo sospechaba el cocinero Epifanio y años más tarde lo supo Juana la criada de la casa de los amos del lugar. Pero ignoraba entonces la historia de esa protección, y si conocía algo de ella, el conocimiento era muy limitado. El talisay estaba habitado. Pero no por asuang5 sino por un espíritu indefinido y desconocido para el pueblo. Epifanio lo sabía y tenía cierto trato con el huésped del talisay, así como con la huéspeda del imbornal; porque también el imbornal era hogar de un espíritu. En noches de luna clara, cuando Epifanio volvía del pueblo de hacer su compra, le salía al paso el habitante del talisay, y otras veces, oía una canción dulcísima cantada por una voz que emergía del imbornal. El espíritu tenía la figura de un fraile. No le hacía daño ni le habló nunca, pero no le dejaba pasar y le entretenía cuando llevaba prisa. Si a Epifanio le reñían por llegar tarde, se excusaba con que el fraile del talisay le había impedido seguir por más que intentase esquivarle encontrándole siempre como una barrera delante de él. —Tú estás borracho Epifanio —le decía entonces Juana—. Y ves visiones. Pero Epifanio juraba que no había bebido ni una gota ese día y le soplaba el aliento a Juana para que comprobase que no llevaba olor a aguardiente ni a tuba6. Juana le llamaba “marrano” y salía de estampía para no ser víctima de otros atropellos. Esto sucedía cuando yo tenía nueve años7 y vivía en la casa nueva de la hacienda azucarera. Los amos eran mis padres, y éramos seis hermanos. A mi curiosidad infantil le intrigaban mucho los cuentos de Epifanio, pero como Juana no los confirmaba, poniéndolos siempre en duda, la curiosidad se hacía débil y se difuminaba en los juegos y en el interés por otras cosas. Una noche Epifanio llegó pálido y sudoroso. Apenas podía hablar. —Y hoy ¿qué te ocurre que vienes así? —preguntó Juana. —¿Para qué te lo voy a contar si no me lo vas a creer? —respondió, fatigoso, el cocinero.

—¿El pari otra vez? —inquirió Juana burlonamente. —Mira Juana, tú tienes que pasar por el talisay entre las ocho y las diez de la noche y algún día verás al pari y quizás a la mujer del imbornal. —Ah, ¿pero también hay una mujer en el imbornal? —No te he dicho mil veces que he oído canciones cantadas por una voz de mujer, melodías dulcísimas como venidas de otros mundos. —Sí. —Pues hoy la he visto por primera vez. Oí la canción celestial y me paré a escucharla, fijos mis ojos en las aguas del canal. De pronto, vi que flotaba en ellas una túnica blanca terminada en una cabeza bellísima de mujer, una mujer pálida con una cabellera de oro que flotaba también sobre las aguas. —Pero qué borracho estás Epifanio —le recriminó Juana. —Pero rayo, si estoy más sobrio que el señor obispo de Jaro8; la vi en el canal y luego surgió de él alta y esplendorosa, blanca, blanca toda, los pies desnudos como la flor del algodón que siembra el amo, el pelo como el palay maduro y las manos ; la cara y todo, todo, blanquísimo. Estábamos los hermanos arremolinados en torno a Juana y yo me atreví a opinar. —Juana ¿por qué no lo crees? Tú prueba a pasar muchas veces por el talisay de ocho a diez como te dice Epifanio, a ver si la ves alguna vez. —Está bien, si me acuerdo lo haré después de que os haya acostado a todos.

—¿Y no te da miedo, Juana? —pregunté admirando su valor. —¿Cómo me va a dar miedo si no lo creo? Yo sé que hay asuang, pero estos son, o turnaos, o tictiques, bagats9, pero nunca un fraile ni una mujer blancos. No hay asuang blancos en Filipinas. —Bueno, pues aunque no lo creas, si no tienes miedo vete donde el talisay. Yo te lo recordaré. Y a partir del día siguiente Juana iba todas las noches a pasear frente al árbol misterioso y el aún más misterioso imbornal. De una de estas salidas, Juana no volvió, pero nadie se dio cuenta de ello hasta el día siguiente, porque Juana era la última que se acostaba de la gente de mi casa. Como también era la primera que se levantaba se la echó de menos enseguida. Los criados la buscaron y la encontraron, tendida al borde del canalillo, sin conocimiento. Nadie consiguió arrancar de ella una explicación de lo sucedido y se excusaba alegando que quizás se resbalase y se diese en la cabeza un golpe que la dejase sin sentido. Los señores de la casa no se enteraron de este episodio porque cuando les hizo falta el servicio de Juana, ésta ya estaba metida en las faenas del hogar. Y nosotros, los niños, tampoco supimos de aquella noche pasada en compañía, quizás, de los fantasmas.

Lo único que sucedió fue que Juana jamás se volvió a reír de lo que Epifanio le contaba, en las noches que llegaba tarde a hacer la cena, ni le reñía, ni encontraba anormal su conducta. Suplía su ausencia poniendo a hervir la tinola™ y mondando las patatas para que la cena estuviese a su hora, a pesar del retraso del cocinero.

—Juana, ¿crees ya lo que te cuenta Epifanio? —La pregunté en una ocasión. Dudó un rato para preparar la respuesta. —Bueno, sí —-tartamudeó Juana—, ¿y para qué le voy a llevar la contraria? —concluyó. A mí no me satisfizo la respuesta. —Pero ¿crees o no? —insistí. Juana se puso muy seria. Indayu, cuando seas mayor contestaré a esta pregunta, y te pediré que me ayudes en una cosa —dijo solemnemente. —Dímelo ahora y te ayudaré enseguida. —Ahora no puedes ayudarme, y no debes saber mi respuesta. —¿Cuándo voy a ser mayor? —Cuando cumplas los dieciséis años. Estaba desplumando un pollo y se levantó para tirar las plumas en el fogón. Yo quise insistir, pero ella salió al pantauu y cogió agua de una tinaja para poner el pollo a hervir. A un lado tenía peladas, limpias y cortadas en rajas longitudinales las papayas verdes que debían cocer con el pollo. Echó leña al fuego y colocó la olla sobre la placa caliente. Se volvió a sentar en el suelo y se puso a mascar buyo™. Ese año me enviaron a Manila a estudiar. La novedad de la capital, los libros y las compañeras de clase me hicieron olvidar a Juana. Sólo por las tardes en la melancolía de los ocasos, que coincidían con la hora de estudio, volvía a surgir el recuerdo de mi hogar, de los cañadulzales, de las calzadas polvorientas, de las riberas bordeadas de tigbawalesw donde miles de mayas™ hacían su nido para que los chicos nos apoderásemos cruelmente de los huevos blancos destinados a romperse en pajarillos y cuyo destino truncábamos comiéndonoslos crudos, con cascara y todo. Y entre los recuerdos surgían Juana y Epifanio y siempre, siempre, el talisay con su misterio escondido en su tronco y el imbornal de enfrente. Y así un año y otro, contando los que iba cumpliendo hasta llegar a los dieciséis. Aquellas vacaciones, Juana tenía que revelarme el misterio del talisay y pedirme el favor que me había anunciado. Ya no era una curiosidad infantil la que me intrigaba y me hacía partícipe del misterio del talisay. Me consideraba una mujer, tenía estudios hechos, había empezado a comprender que del alma iba surgiendo un calor, desnudándose un fuego, algo así como un rescoldo fuerte, cubierto con cenizas que una mano iba aventando suavemente echando al tacto exterior el calor, cada vez más fuerte a medida que la capa que lo cubría se iba haciendo menos espesa. Pero esa brasa encendida no era una cosa material; no era el despertar del instinto en el organismo, cuando alcanza su desarrollo, avivando exigencias dormidas en lo embrionario. No, ésta era una fuerza espiritual cuyo latir se hacía cada vez más vigoroso y que incluso apagaba o frenaba la carrera de lo fisiológico, inundando el ser con la curiosidad de la vida impalpable. Yo sabía que había un Dios, una Madre suya, muchos ángeles y muchos santos, pero todo esto pertenecía a lo invisible, a ese mundo que los sentidos no captan pero que pone una sed escocida en esa otra cosa impalpable que se llama el alma. Pues si nos habían enseñado en el regazo maternal y en las aulas del colegio, que existía este mundo así poblado, también podían alentar en el mismo otras cosas y otros seres que acompañasen la existencia material de los hombres, con mandatos, con susurros, con bendiciones y también, ¿por qué no? con influencias maléficas, maldiciones y venganzas. También existía el diablo y el diablo había de tener asimismo su cortejo infernal. A ese mundo, bueno o malo, podían pertenecer el pari del talisay y la dama hermosa del imbornal. Por eso, a medida que el rescoldo fue irradiando su calor a través de la ceniza que le tenía oculto, me fue interesando más y más el caso del árbol y su leyenda. Como siempre, regresé a la hacienda para las vacaciones. Hacía ya tres o cuatro años que no pasaba las veladas con Juana en la cocina. Conforme iba creciendo fueron exigiendo mi presencia en la sala y en la tertulia familiar. Se agrandaban las distancias horizontales y verticales. Yo era la señorita y Juana la sirviente. Pero ella, me había visto crecer y seguía llamándome Inday. Y en correspondencia a ese orgullo que sentía por haberme servido siempre, yo guardaba el calor de gratitud y de cariño por sus cuidados, sus ternuras y su amor16. Y por si todo esto fuera poco, existía entre ella y yo ese enigma del talisay que teníamos que descifrar. Esa respuesta que había de dar Juana a mi pregunta de niña y ese favor que tenía que pedirme cuando recibiese aquella.

“Ahora no puedes ayudarme y no debes saber mi respuesta”, me dijo entonces. Pero había alcanzado la edad señalada, podía ayudarle y tenía derecho a saberla. Y se la exigí.

  • —-Pero, ¿crees o no crees, Juana? Y esto fue lo que me contó. Tenía que creer porque lo había visto muy claro. Aquella noche que pasó fuera de casa, había ido tal como me prometió a pasear un poco frente al talisay. Eran las nueve de la noche. En ninguna visita anterior logró ver cosa alguna extraordinaria ni anormal, e incrédula y distraída, daba paseos para arriba y para abajo, dispuesta ya a regresar al hogar y acostarse. En el término de unos minutos salió la luna y el campo se iluminó, una iluminación clara y plateada con contrastes de sombras vegetales que hundían el paisaje en una irrealidad. La noche tropical era cálida y bochornosa, con ese ruido sin ruido de las cigarras que hacen silencios con su inapreciable monotonía. La falta de perspectiva hacía del talisay una masa oscura cobijadora, pero el imbornal con sus dos guiones encalados de piedra armada resaltaba sobre la corriente, hundida en la grama que bordeaba el canalillo. Un guiño de la luna bajó el párpado de una nube y en la sombra del minuto surgió el pari desde el talisay, y la fontana de una túnica blanca empenachada por una cabellera rubia de debajo del imbornal. Juana creyó que era su vista la que se había oscurecido y que las visiones eran fruto de una alucinación patológica. Pero ¿por qué precisamente iban a ser el pari y la mujer blanca?

Sus piernas se doblaron y cayó al suelo. Lo que ocurrió luego no sabía si lo soñó. Pero la impresión fue tan fuerte que se creyó obligada no sólo a guardar el secreto sino a realizar tan pronto pudiese lo que los fantasmas le habían suplicado hacer. Juana sabía que sólo con la ayuda de un blanco podría llevarlo a cabo. Y el único gran amigo blanco que tenía era yo. Por eso tuvo que esperar a que cumpliese dieciséis años. Cuando Juana cayó al suelo, una nube muy espesa cobijó a la luna y se hizo más acentuada la oscuridad, pero a ambos lados suyos quedaron arrodillados el fraile con su hábito blanco y la mujer en su túnica blanca también, destacando sobre el fondo de negrura de la noche. Ella sentía el aliento de sus bocas vagar sutilmente sobre su cara, un aliento fresco con olor de tanglad’17 y de azahar. Pero sus rostros eran tan inexpresivos que por ellos se convenció de que estaban muertos. Adivinaba que querían hablarle. Sin embargo pasaban los minutos y no decían nada, con las pupilas turbias fijas en el pecho de Juana y las manos rígidas entrelazadas sobre los suyos propios. Juana fue la primera que habló. —¿Estáis en el infierno? —No —dijo el fraile—, vivimos en un mundo del cual no podemos salir para entrar en el mar de la Gloria de Dios. Antes de que una mano piadosa haga desaparecer unas cartas… —Unas cartas —interrumpió la mujer con la misma voz monótona fantasmal del fraile— que no debí de haber escrito nunca. —La culpa fue mía, la culpa fue mía por no haberlas destruido, por no haber previsto el mal que podían haber traído. —Si yo no las hubiera escrito, cometiendo un pecado y haciendo pecar. Y la voz se hizo más cavernosa pasando como un aliento de expiación sobre la rigidez alba de las dos figuras. Y se hizo un silencio que pesaba sobre el pecho de Juana con un ahogo de angustia. Juana habló al fin para tratar de librarse de ella. —Y ¿qué puedo hacer yo, si soy una pobre sirviente nativa sin poder para nada? •—Eres nativa —replicó el fraile—, pero vives con castilas™, y tú o tus amos podrán introducirse algún día en el convento del párroco del pueblo y extraer del archivo la caja que contiene las cartas. —Tienes que hacerlo, Juana, tienes que hacerlo para que nosotros podamos volar a Dios —dijo la dama blanca. Y como si el fraile no la hubiese oído continuó dando instrucciones. —En el último anaquel, junto al techo, en la esquina pegada a la ventana, detrás de unos libros de partidas de bautismo, comidos ya por el anay”. Haz desaparecer la caja, Juana, hazla desaparecer del mundo vuestro, por la salvación de tu alma y de las nuestras. —Hazlas desaparecer —repitió como un eco la voz grave y doliente de la mujer— hazlas desaparecer, lo más pronto posible para librarnos de la cadena que nos ata al talisay y al imbornal. En este momento llegó hasta Juana, cabalgando sobre la oscuridad y el olor fuerte de las madreselvas, la voz del reloj del comedor abierto, que daba las doce de la noche. Con cada toque las figuras se iban haciendo más tenues como si las fuese desvaneciendo gradualmente el sonido del reloj y las voces se iban apagando en su cantinela lúgubre de súplica trágica, tras de cada golpe: —Hazlas desaparecer, hazlas desaparecer, hazlas desaparecer… El estribillo en dúo quedó cortado con la ausencia de los dos espíritus al toque último de la medianoche. En ese momento salió la luna y como un lamento, más que como una frase, la voz lejana de la dama blanca ululó estas palabras:

—Pero guarda el secreto si no quieres ser maldita. Juana perdió el conocimiento y ya no supo si la luna estuvo encendida toda la noche o si la raptó de la tierra la envidia de los nubarrones. Ya no se dio cuenta de nada basta que a la mañana siguiente la despertaron los criados de la casa, que dormían fuera de ella. Y tampoco supo si había soñado, tan sólo soñado. Pero en su oído quedó resonando con lamento de caracola, la súplica y la maldición profètica. “Hazlas desaparecer”. “Pero guarda el secreto si no quieres ser maldita”. Juana hubiera querido actuar enseguida y, enseguida también, hacer desaparecer la caja de las cartas. Pero ¿cómo? En el convento vivía el bata20, que era al mismo tiempo el sacristán, y servía como cocinero un hombre muy viejo llamado Ticong, (su nombre era Escolástico) Juana conocía a Ticong. Había sido cocinero de Doña María, su antigua ama, antes de entrar al servicio del Señor Cura, del Padre Andrés. Cuando Juana, de mocita, le conoció, era ya hombre maduro. Juana no sabía dónde había servido antes. Y trató de averiguarlo. A ella no le daba tiempo de ir a misa los domingos. Eso era cosa para los amos únicamente, que no tenían que aviar la casa y podían hacer los cuatro kilómetros que distaba la hacienda del pueblo en un quiles2^ tirado por una vaca22 o en un carruaje al que se enganchaba el Moro23 de la cuadra del señor. Pero en Semana Santa sí la dejaban ir al pueblo para los cultos de la Pasión y también acompañaba a las niñas cuando había que llevarlas a las flores de Mayo. En una ocasión como ésta Juana dejó a las niñas que iban a la procesión en casa de Doña Rosaura, la maestra del pueblo, y pidió permiso para ir a ver a una comadre. Se fue al convento. Subió a la cocina por la escalera de bambú del uso exclusivo de la servidumbre. Ticong estaba degollando un pollo y después de cortarle la cabeza lo tiró sobre la plataforma de madera que separaba la cocina del cuerpo principal de la casa parroquial. Sobre tal plataforma el animal decapitado seguía dando volteretas por impulso mecánico de su sistema nervioso. —Buenas tardes Ticong •—le saludó sacando de su cintura un envoltorio. —Buenas tardes. ¿Has venido de compras? —preguntó aquél extrañado de la visita. —No, he venido acompañando a las niñas y me acordé de traerte un poco de butung-butung24 •—y le entregó el envoltorio. —Gracias, pero mal tengo ya la dentadura. El buyo no me sirve y el humo del tabulait25 apenas me mata el bicho que me causa el dolor en las muelas. —Insiste con el tabulait que al fin acaba por matarlo —le aconsejó Juana. —Ya lo hago, ya lo hago. —De joven ¿no te lavabas los dientes con polvos de carboncillo de bonga26 quemada? —insinuó Juana para ver si conseguía que le hablase de sus tiempos de mozo.

—No tenía mucho tiempo para esas cosas. Vivía yo entonces lejos del pueblo. —¿En dónde? —-¿En dónde? Pues donde vives tú ahora, sólo que entonces la casa estaba unos metros más cerca de la carretera, junto a un talisay. —¿Y con quién vivías tú allí? —preguntó Juana encantada del giro de la conversación. — Ah, entonces aquello era un barrio, un barrio con pari y yo vivía con él. — ¿Y cómo desapareció ese barrio} —Huu, eso es largo de contar. Fue una historia triste. —Anda hombre cuéntamela; ya sabes cómo me han gustado siempre las historias tristes. Y Juana se sentó en el suelo y comenzó a tomar su mascada. —Sí, sí, pero esto fue una pena. ¡El pari Javier era tan bueno!, luego se trastornó, o se enfermó o algún asuang le echó mal de ojo. El caso es que el Pari andaba como sonámbulo, y hablaba solo y se levantaba a media noche o de madrugada y se paseaba como un loco por el jardín. —Estaría loco de verdad. —No, no, una noche le vi llorar. Se postró de rodillas en medio del huerto y decía en castila27: “Arráncamela del alma, Señor, arráncamela de los ojos y de la memoria y de la sangre, de la sangre, Señor, arráncamela.” Y después de eso se tiró de bruces sobre el suelo y lloró. Yo no me atreví a ayudarle, porque los castilas se enfurecen cuando nosotros los nativos nos damos cuenta de que también tienen debilidades28. —¡Qué extraño! —exclamó compasiva Juana.

—Sí, era extraño, pero que Dios me perdone si pienso que en ello, y aunque fuese pari, andaba una mujer. —Sus, María, Usep —se santiguó Juana—• eso es pecado. —Sí, es pecado, pero nadie está libre del pecado. Pari Javier era un santo y antes de recibir unas cartas que le llegaban de allá de su tierra, era jovial, trabajador, e incansable en enseñarnos el catecismo, la bondad y la caridad. Luego se puso triste y flaco y pálido y amarillo con una cosa que los castilas llaman melancolía. —¿Por culpa de las cartas? — inquirió Juana, deseando más detalles sobre el tema. —Por lo menos ellas fueron el principio de su mal. Y venían de una mujer, que yo vi firma en una de ellas y decía “Rosario”. —Tú verías la firma, pero si no leíste la escritura, la firma podía ser de cualquiera de su familia. —Nunca había recibido carta alguna de nadie. No tenía familia o no se acordaban de él, porque nadie le escribía, pero cuando empezaron a venir esas cartas, fueron como un vendaval que arrasa y destruye cuanto encuentra a su paso, como una inundación que al bajar deja todo enterrado en cieno. Ticong calló y Juana insistió. —Y ¿qué pasó por fin con el pobre Pari} —Le quitaron de allí y se lo trajeron al convento del pueblo. —¿Por qué? —insistió Juana. —Por qué… pues porque se dieron cuenta de que le ocurrían cosas extrañas —contestó el viejo Ticong algo molesto con las preguntas de Juana. —Y tú ¿te viniste al convento con el Pari} —continuó aún Juana. —No mujer, no, yo me quedé allí en la casa cuidando de las cosas del Pari —replicó con impaciencia el viejo. —¿Hasta cuándo? —¿Y a ti qué te importa todo esto? —gruñó Ticong fuera de sí. —Hombre no te enfades —suavizó Juana— es por mera curiosidad. Como hace tanto tiempo que no nos vemos… pues… es por saber de tu vida. —Demasiada curiosidad y… comprendo que quieras saber de mi vida más reciente, pero no de lo que ocurrió hace treinta años. —Nada, nada, no cuentes más y no te enfades, perdona hombre. Al fin y al cabo a mí de qué me sirve enterarme de cosas. —Eso digo yo —murmuró más calmado el cocinero, y continuó— las mujeres siempre queréis enteraros de todo. —Algo hay que hacer, y es agradable escuchar historias y repetirlas luego ante otras personas. —Pues esta historia no es para irla cantando. —Razón tendrás —contestó Juana con indiferencia fingida. Resbaló otra pausa sobre un silencio. —Te voy a ofrecer un trago de una tuba especial —rompió Ticong. —No gracias, no bebo. —Pruébala, esto no lo has catado nunca. El pari Javier la tomaba y hasta le calmaba los nervios. —De bastante le sirvió si al fin se murió. —Mujer, se murió, bueno se murió porque… no, no, —clamó con rabia el viejo— no es porque tenía que morirse, porque joven y fuerte lo estaba.., pero aquello fue obra de un asuang. Yo creo Juana que del bagat29. —¿Por qué el bagat precisamente?

—Pues creo que el bagat —comenzó Ticong a titubear— creo, en fin que quería vivir en el talisay y la presencia del pari Javier lo impedía. Los asuang son cosas del demonio y el pari llevaba la cruz siempre con él. •—Pues tiene más trazas de que fuese un tamao, que son los que desean habitar en los árboles —replicó Juana. —No, no, tú no comprendes, era un bagat, tenía que ser un bagat. —No sé por qué Ticong —le discutió Juana—; pero en fin tamao o bagat pudo más —siguió Juana, escupiendo luego la salivación roja de su mascada. —No pudo —chilló el viejo con amor propio herido— no pudo porque aún no ha conseguido vivir en el talisay. —El tamao mató al pari y el talisay está habitado. Pregúntaselo a Paño (Paño era Epifanio) —recalcó Juana. —Nada me importa lo que diga Paño, pero el bagat no vive en el talisay. —Tú no sabes nada de eso —le espetó Juana tratando de exasperarle para que hablara—. ¿Quién habita el talisay más que el tamao}; el tamao que venció al pari Javier. Era más de lo que Ticong podía soportar. Cogió a Juana de una muñeca la hizo levantar del suelo y la llevó a la ventana. Allí le susurró al oído con mucho misterio: —Para que lo sepas, yo soy el único que sabe todo. Y te diré que el talisay está habitado por el alma del pari Javier. —Sus, María, Usep —volvió a invocar Juana—, tú estás loco, las almas de los castilas se van al cielo o al infierno pero no a los talisays30. —Rayo de mujer —gritó exasperado Ticong— no estoy loco y te diré otra cosa. Si alguien pudiera enterrar al pie del talisay una caja que contiene las cartas de aquella mujer, el pari se vería libre de su cárcel dentro del árbol y además el bagat no podría ya nunca tomar posesión de él. —¿Y por qué no haces tú eso para ayudar a tu antiguo amo? ¿Por qué le tienes allí condenado si puedes evitarlo? —’Rayos y demonios otra vez. Cómo voy a llevar allí las cartas si el bagat… bueno.., bueno he hablado demasiado y no digo una palabra más, ¡hala!, ¡sulung^l, y llévate tu butungbutung, que sólo de verlo me están doliendo las muelas. La empujó hacia la plataforma donde descansaba la escalera de bambú para los criados. A Juana le dio miedo la actitud del viejo y no quiso ofrecer resistencia. En el suelo yacía el pollo muerto y la cabeza con los párpados cerrados entre el pico blanco y la cresta desteñida, sola y alejada del cuerpo, le dio un escalofrío. Bajó deprisa la escalera, arrojada por Ticong que repetía cada vez más reciamente: “\Sulung, sulungV. Abajo, el huerto estaba ya anegado en sombras, mientras el sol se ponía rápidamente. El relente olía a flores en la oscuridad y Juana apresuró el paso para salir de ella. Atravesó la cerca de madera vestida con el verde de las enredaderas y respiró más libremente en el espacio abierto de la calle. Las campanas de la iglesia comenzaron su repique y su voz volaba sobre la ñipa de los techos, sobre las planchas de hierro galvanizado que cubrían las casas ricas. Las estrellas se asomaron para ver cómo la Reina de los cielos entraba en la iglesia de vuelta ya de su gran paseo con un cortejo de niñas y de almas blancas. Tules y flores sobre las cabezas, canciones en los labios, llamas de fe en los pechos. Juana nos llevó de la mano al quiles que esperaba en la esquina enganchado a una vaca. Y el trote corto de ésta nos durmió, mientras Juana atisbaba con pavor la negrura de las sombras del camino. Juana habló otra vez con Ticong cuando el padre Andrés fue a la hacienda a visitar a los amos. Ticong hacía de cochero del padre siempre que no había otro que lo hiciese. El padre se quedó a comer y Ticong pasó a la cocina a hacer lo propio con el servicio. El viejo cocinero parecía triste, recordando el lugar. Después de la comida Epifanio se marchó al pueblo a hacer la compra y el criado tuvo que bajar al río con las latas y la pinga32 en busca de agua. Juana le miró alejarse con satisfacción porque quería quedarse a solas con Ticong. Cuando vio su silueta en mitad de la plaza, la pinga sobre el hombro derecho y las dos latas balanceándose colgadas de los extremos, trató de iniciar una conversación con el cocinero. —Te encuentro callado y triste, Ticong. ¿Es que te ha sentado mal la comida? —preguntó Juana. —Estoy haciendo bien la digestión y la comida fue de mi gusto; bien te lo demostré eructando dos veces cuando acabamos —calló para recordar—. Estoy mirando el talisay. Está hermoso pero muy solo. —Solo no, que dentro le acompaña el pari Javier y enfrente tiene a la mujer blanca. —Esa no me importa, pero el pari Javier sí. Fue bueno, bueno, y me da mucha pena su mala suerte. Juana puso delante de Ticong un tabo33 lleno de tuba bien fermentada. Ticong comenzó a beber. —Y además, cuánto sufrió antes de morir, sufrió hasta volverse casi loco. Juana callaba y le dejaba hablar. Ticong bebía.

—Cada vez que recibía una carta de allá y de ella, quedaba días y días callado, con la cara desencajada, las orejas hundidas y los ojos entornados a veces, y otras muy abiertos, como los de un loco. Y de noche no dormía. Se revolvía en su cama, rugiendo a ratos, y a ratos sollozando hasta que se levantaba y andaba por el huerto. Y así toda la noche y así casi todas las noches. Juana escuchaba. Ticong bebía. Cuando se vació el tabo lo volvió a llenar hasta tres veces. Después de eso el cocinero hablaba y hablaba y hablaba. Y Juana se enteró de todo. De cómo llegó al convento la murmuración sobre la locura del padre Javier, de cómo se le llamó y tuvo que dejar el lugar, de cómo un día recibió una carta que dio al traste con su entereza y le hundió en una crisis desesperada. Y cómo, más tarde, llegó la noticia de que un barco que venía a Filipinas naufragó en el mar de la China, pereciendo el pasaje y la tripulación, cuando casi tocaba el puerto de Manila. En ese barco venían varios frailes de la misma orden del Padre Andrés y un militar con su esposa. La mujer era ella. El padre Javier se desmoronó en el colmo de su dolor. Y una noche huyó del convento. El hábito blanco cruzó las calles dormidas del pueblo a las que la luz de la luna apenas llegaba, filtrada por el ramaje del arbolado que las sombreaba. Con las manos sujetando algo debajo del brazo izquierdo, el pelo encrespado y el hábito extendido por el viento hacia atrás, su figura pasaba en trágica carrera por entre la paz y el descanso cobijados por las ñipas y los tabiques de tiras de bambú. Era la hora del sueño profundo y ni los animales le sintieron casi. Apenas un ladrido, ya en las afueras, cuando dejaba el poblado y se alejaba, cada vez más enloquecido, por el camino estrecho —entonces sólo una vereda— que ahora era ya la calzada real. Y el eco de la voz de los canes, se fue debilitando en la distancia y en las matas espesas de tigbaw, de ricino, de tuba-tuba34 que bordeaban el paso, estrechándolo con su follaje. El piso irregular le hizo caer varias veces antes de llegar y en los riachuelos que tuvo que cruzar, se le embarró el hábito mojado por el agua. Obseso y alucinado llegó al talisay y a la casa. El caserío del barrio, alejado de ella casi trescientos metros, soñaba su descanso a lo largo del río. El padre Javier se tiró al suelo, dejó a un lado la caja que traía y con las uñas comenzó a cavar un hoyo al pie del talisay. Jadeaba, y su jadeo, ruidoso y trágico despertó a Ticong. —Me levanté muy despacito y miré por las cañas del suelo, por si alguien debajo de ellas intentaba lancearme. Como no vi a nadie me asomé con mucho cuidado a la ventana. El pari Javier, como un perro con prisas de enterrar el alimento, cavaba y cavaba con las uñas. Quise bajarle un azadón pero dudé y mientras vacilaba, ocurrió una cosa terrible. Ticong hizo una pausa, se llevó las manos a la frente y se limpió el sudor, transpiración de vino y de terror. Juana no quiso instarle a que reanudara el relato y esperó callada. —Dame agua —murmuró Ticong— y no me traigas más tuba, que tengo que conducir el quiles de vuelta al pueblo. Juana se fue al pantau y enjuagó el tabo llenándolo después con agua limpia de las tinajas. Ticong bebió, vertió el agua sobrante sobre su cabeza y se encontró mejor. —Una cosa terrible —repitió— no sé qué fuerza invisible pareció agarrar al pari Javier del cuello, lo levantó haciéndole girar para atrás sobre sus rodillas y lo apretó luego contra el suelo. Un estertor salió de su garganta. Venciendo mi horror al asuang bajé corriendo a ayudarle, pero el Pari yacía ya muerto, su cara hundida en un charco de sangre que de su boca manaba hasta el suelo. En el cuello tenía las huellas rojas de unas uñas de un tamaño gigante. Le había estrangulado el bagat. —¿Por qué te empeñas en que tiene que ser el bagat? Los bagats no suelen matar directamente. —Es extraño sí, pero lo que nunca ha sucedido, es que un tamao te salga al paso en una calzada y no te deje continuar tu camino. —Este asuang ¿lo hace? —preguntó perpleja Juana. —Lo hace, sí; pero eso no importa ahora. El caso es que en aquel momento no me di cuenta de la terrible situación en que me encontraba, pero luego pensé que podían echarme la culpa de la muerte del pari Javier. Sin embargo, a mí lo que más me preocupaba era realizar lo que hubiese querido terminar de hacer el Pari. Quise enterrar la caja y fui en busca de un azadón. Empeño inútil, Juana, el azadón sonaba contra el suelo como si éste fuese de piedra y se mellaba sin conseguir ahondar lo más mínimo. —Era el tamao, Ticong, era el tamao —interrumpió Juana. —Tamao y bagat en todo caso —cedió Ticong—, pero yo no sabía qué hacer. Registré todo el cuerpo del pari Javier y le quité una carta y el rosario. No sé por qué, como si una voz sobrenatural me lo ordenase, eché el rosario al hoyo que había hecho el pari Javier y lo tapé rápidamente, pisoteándolo furiosamente. Cuando terminé creí que el asuang me iba a estrangular a mí también, pero no; se levantó un viento muy fuerte que hizo cabecear furiosamente al talisay y se calmó instantáneamente, tal como había surgido. Subí apresuradamente la caja y la escondí entre la viga mayor y el techo y marché al convento del pueblo sin tocar el cuerpo del pari Javier, a dar cuenta de todo al párroco.

—¡Qué valiente! —admiró Juana. —No, yo quería que el párroco supiese lo ocurrido antes que nadie y antes que amaneciese. Y me arriesgué. Relaté lo acaecido sin mencionar la caja, la carta ni el rosario. Le dije que el pari Javier escarbaba, escarbaba el suelo y el párroco pensó que lo hacía porque estaba loco. Yo estaba temblando mientras lo contaba, esperando que de un momento a otro me acusase el pari de asesino. Pero no, no me dijo nada35. Ticong volvió a enjugarse el sudor y a pedir agua mientras bebía y se remojaba la cabeza, Juana preguntó impaciente: —¿Entonces qué ocurrió? —Me mandó el parí que calladamente ensillase dos caballos y nos fuimos rápidamente al barrio, recogimos el cuerpo del pari Javier, borramos la sangre de la tierra y lo trajimos al convento. Al romper el día, colocado en su cama, parecía que había muerto de enfermedad. —¿Y no sospecharon de ti? —preguntó Juana. —A mí nada me dijeron. Esto me asombró; únicamente y en la misma noche del suceso, después de colocar al pari Javier en su lecho, me dijo el pari párroco: —Ticong, tú eres un hombre leal y querías mucho al pari Javier. — Sí pari —contesté emocionado. —Pues no debes decir ni una palabra de esto a nadie, a nadie, si quieres que pari Javier te lo agradezca y te bendiga en el cielo. — Sí pa… rí—y la emoción me cortó la palabra.

—Yo te bendigo también y gracias Ticong —me dijo trazando una cruz en el aire con la mano derecha. —Yo no pude más, Juana, y me eché a llorar. Calló un rato y continuó. —Ves, han pasado ya más de treinta años y todavía se sube a mi garganta un ahogo y a mis ojos las lágrimas. —Bueno, hombre, ya no cuentes más. Perdona que te haya hecho hablar —balbuceó Juana contagiada por el dolor de Ticong. —’No, si me ha hecho mucho bien el poder desahogarme. Llevo tantísimo tiempo callándolo y sólo porque tú ya sabías el misterio del talisay, me decidí a hablar. Pero quisiera saber cómo te enteraste tú. Entonces Juana le relató las apariciones del parí Javier a Epifanio y lo que le sucedió a ella en la noche fantasmal cuando además le hablaron ambos espíritus suplicándole la destrucción de las cartas. —No podrás hacerlo, Juana, no te dejará el bagat. —¿Por qué no me señalas el lugar exacto donde está enterrado el rosario? —No, no, no quiero acercarme al talisay, pero te diré que está en el lado donde la sombra da por la tarde y justamente entre dos raíces enormes que surgen del tronco y vuelven a la tierra a tres pasos del mismo. Pero el bagat no te dejará trasportar la caja si la encuentras; no te dejará, es muy maligno y muy poderoso. Si supieras, Juana, que al siguiente día de enterrar al pari Javier, cuando fuimos a recoger sus cosas de la casa, la hierba se hallaba crecida sobre el lugar del hoyo, como si nada hubiese ocurrido allí dos días antes? —¿Y la caja de las cartas? —No te diré dónde está —replicó firmemente el viejo. Juana sonrió segura de que lo sabía ya.

—¿Y la casa? —volvió a preguntar. —Se la llevaron entera a otro barrio36. El caserío fue desapareciendo poco a poco también, hasta que vino tu amo y lo reconstruyó. Y meditó un rato. —A las pocas semanas de ocurrir aquello me fui del convento porque allí no podía olvidar lo que necesitaba borrar de mí; y fui a servir con doña María. —Y ¿para qué volviste al convento? —Juana, hay dos fuerzas dentro de mí que luchan y me empujan para un lado y otro. Dos voces que me mandan. Una viene del pari Javier la otra del asuang. El pari quiere que entierre las cartas; el otro me impide que lo haga. Y yo sufro. Juana le miró con lástima. Entonces, más que nunca debió jurarse a sí misma la destrucción de aquello que hacía sufrir a Ticong. El pobre viejo se merecía unos últimos días de su vida tranquilo y en paz. Cuando Juana acabó su relato yo le pregunté: —¿Y la carta que encontró en el bolsillo del padre Javier? —La tiene con él, pero como ninguno de los dos sabemos descifrar la escritura a mano bien, ignoramos lo que dice. —Pídele que te la dé para que la lea yo y os entere de su contenido. —Lo intentaré — respondió. Pero Juana dudaba de conseguirlo. Sin embargo días después me la entregó. La carta decía así: “Javier, Javier, Javier: Nada hay en el mundo que me obligue a pensar que tú hoy, como ayer, como siempre, eres sólo eso, Javier para mí. Nada que me obligue a olvidar tu nombre, que me impida llevarlo siempre en los labios, en el pensamiento y ¡ay! en la sangre; esta sangre que pasa por el corazón y es la que lo mueve. “Inútil será que me recuerdes que mi matrimonio me separa de ti, que tu estado sacerdotal te separa de mí. Se me han roto todos los diques a fuerza de resistir lo irresistible y no hay nada capaz de detener el torrente desbordado en su ansia de llanuras y de alturas. No puedo vivir sin ti, ni quiero morir lejos de tu lado. “He convencido a Valentín para que acepte el cargo de Gobernador de esa isla donde tú haces labor misional y pasado mañana saldremos para Filipinas. Puede que yo llegue antes que esta carta si el mar, envidioso de este amor, no impide que nos veamos, pero ni la muerte me hace temblar. Abismo por abismo, prefiero el de los océanos al de la vorágine de mi propia pasión. Si el mar me devora, ¡qué piedad la suya! Si me sirve de camino hacia tu presencia ¡qué compasiva senda serán sus aguas! “Ya sé que te estoy destrozando, que voy a aniquilarte y que los dos perderemos el alma en la condenación de esta locura, pero los dos somos culpables: yo por mi debilidad al no enfrentarme con la propia muerte antes de haberme casado con otro, y tú, porque no supiste vencer el orgullo que te dominaba, para hacerme tuya cuando aún era tiempo de salvar nuestra felicidad. Tú encontraste el remedio con la fe y la distancia, pero ¿y yo? Yo me desangraba en el recuerdo y se me iba quedando sin pulso la vida. Y he preferido turbar la tuya y tu paz y tu virtud para conquistar una vez más el calor de tus brazos que sé que vive dormido pero no muerto. Si no es posible ya evadirte de mí, concéntralo aún más para esperarme, para abrazarme.

Perdona esta locura y comprende que el volcán sólo puede librarse de su fuego abrasando todo cuanto le rodea. “Hasta que mis manos ardan en las tuyas. Rosario.” A los dieciséis años estas cartas hacen llorar y yo lloré también. Su amor me pareció lo más hermoso del mundo y su historia inacabada merecía el esfuerzo de darle un fin romántico. No traduje esta carta a Juana ni a Ticong. Les dije que no la entenderían, pero prometí a Juana que llevaría las cartas al talisay, después de convertirlas en cenizas37. A mí no me preocupaba todavía el bagat, pero a Juana sí. Ella creía firmemente que ese ente misterioso deseaba la posesión del talisay para su hogar y que lucharía por conseguirlo. Si el impedimento era la fe católica del padre Javier, su rosario y las cartas, procuraría que éstas no llegasen a ser enterradas junto al árbol. Sí, Juana sabía que el tamao lucharía con todas sus fuerzas por impedirlo. Y estaba fuertemente obsesionada. Todos los domingos subía yo al convento después de la misa. El convento era, como todas las viviendas de los blancos en las haciendas de Negros, un caserón amplio distribuido así: una escalera desde el exterior o por debajo del piso alto partiendo de lo que se llamaba el silong3B. La escalera desembocaba en una amplia veranda que daba paso al comedor y desde el cual se entraba en una sala que tenía a derecha e izquierda dos enormes piezas. En el convento, una era el dormitorio del párroco y la otra el archivo biblioteca. Detrás del comedor estaba el pantau, plataforma abierta que separaba la cocina y demás servicios más o menos higiénicos, con sus olores más o menos desagradables, del cuerpo principal ya descrito. En la sala quedaban las visitas, después de misa, tomando un cóctel, bebida introducida en la isla por los ingleses de Iloilo39. Yo no bebía y pedía permiso al Padre Andrés para entrar en la biblioteca a hojear sus libros. Si alguno había que podía interesarme yo no lo buscaba. Era sólo el pretexto para encontrar la caja de las cartas. Pero las estanterías estaban llenas de carpetas y legajos, de libros que guardaban la fe de los bautismos y los contratos de casamientos. Yo no tenía que hacer nada en ellos y si el padre Andrés me encontraba revolviendo aquel archivo, pensaría cualquier cosa. Y sin embargo tenía que arriesgarme. En la primera oportunidad cuando la conversación de la caídaw estaba más animada y oía la voz del padre Andrés hablando de no sé qué cambio de política en España41, cogí una silla y me encaramé en ella. Pasé el brazo por encima de los libracos del último anaquel, cerca de la ventana del frente, e introduje la mano por detrás de ellos corriéndola hacia dicha ventana. ¡Cómo temblaba mi mano en el vacío polvoriento que formaba el hueco entre los folios y la pared! Pero el temblor se hizo angustia de emoción cuando tropecé con una cosa dura, que al palparla comprobé que era una caja. Volví la cabeza para mirar a la puerta y no vi a nadie; escuché y la voz animada del Padre Andrés echaba anatemas de condenación contra los ateos y masones que llevaban la política de su patria al abismo. Sí, nadie se movería de la caída, pendientes como estaban de la palabra del Padre Andrés y podía intentar sacar la caja y echarla un vistazo. Lo hice. La caja era de un metal amarillo repujado. Tenía una Uavecita incrustada en el ojo de la cerradura, una llave herrumbrosa que intenté hacer girar, forzándola hasta que rechinó y cedió. Levanté la tapa. Había un paquete lacrado dentro con esta inscripción: “Quemadlas sin leerlas”. No cabía duda aquélla era la caja y aquéllas eran las cartas. Las volví a colocar en su sitio y me bajé de la silla. Entonces repasé con los ojos unos títulos de libros y saqué uno. Tenía que darme por enterada de lo que allí había si el Padre Andrés preguntaba. Al domingo siguiente todo estaba dispuesto para apoderarnos del objeto deseado. Yo llevaba una cuerda y Juana esperaría en el huerto para recibirlo cuando se lo enviase con ayuda de la cuerda, desde la ventana del otro lado de la biblioteca. Y así lo hicimos. Juana cortó la cuerda para no perder tiempo y yo tiré de ella y la guardé enrollada en el bolso. Pretexté no encontrarme bien y me marché rápidamente, pero cuando llegué a la araña42, donde el Moro, enganchado, ramoneaba unas hojas de las ramas cercanas, para matar su hambre, Juana no estaba allí. El cochero no la había visto y yo me dirigí al huerto por la puerta de atrás. Encontré a Juana en acalorada discusión con Ticong.

—Te he dicho que no, Juana. No quiero que te ocurra una desgracia irremediable. —Déjame, hombre, que Inday se va a enfadar.

—Es preferible que se enfade a que te mate el bagat o el tamao —insistía enérgicamente Ticong. —Ticong, Dios coA3, déjame que me lleve la caja. Si a ti no te ha de ocurrir nada, pues déjame que me la lleve —insistía desesperadamente Juana. •—Te he dicho que no, y no —rugía el cocinero. Aquí llegué yo. Y traté de convencerle. Estaba plantado delante de Juana y con la mano derecha sujetaba la caja por el asa de la tapa. Juana hacía lo propio y los dos la sostenían en la disputa. —Ticong, tú que querías al pari Javier, no querrás que se pase la eternidad preso en el talisay sin poder volar a la Gloria de Dios —le interpelé. —Si no podréis llevar la caja al talisay —contestó—. El bagat lo impedirá, como me ha impedido a mí hacerlo. Me salía al paso unas veces en forma de macho cabrío que a cornadas me hacía retroceder. Otras era un gigante cerrando el camino con sus brazos, otras, en fin, un perro fiero, enseñándome los colmillos sangrientos y aterradores. —Pero nosotros vamos en coche, Ticong —insistí. —Uy, Inday, el caballo se plantará y no querrá andar cuando el fantasma se ponga delante. —Tenemos que intentarlo, Ticong, tenemos que intentarlo o no podremos tener ya paz en lo que nos quede de vida. —No lo permitiré, no lo permitiré. No quiero responsabilidades —insistía angustiado Ticong. —Ticong, piensa que no volveremos a tener una oportunidad como ésta. Ahí está el vehículo, no tenemos más que meter en él la caja y salir corriendo; en pleno mediodía no nos atacará el asuang.

  • —Lo hará, lo hará, porque cuando se entierre la caja, el pari Javier se irá del talisay, pero las cartas llevan la fuerza de su espíritu y servirán de anting-anting44 para que el bagat no pueda ya nunca ocupar el talisay que es su mayor ambición. —Yo corro el riesgo y con la responsabilidad. Déjanos la caja Ticong —ordené enérgica. —No Inday, no puedo, no puedo. La voz del Padre Andrés, voló fuerte e iracunda sobre el huerto: —Ticong, ¿dónde te has metido, hombre? Llevo diez minutos llamándote. — Sí, parí, corriendo voy. Y dirigiéndose a nosotros, tiró de la caja. — Dádmela, dádmela que me la vuelva a subir. Juana le mordió la mano que la sujetaba, al mismo tiempo que con el pie derecho le dio una patada en la espinilla tirándole de bruces. La mano aflojó y saltó la presa, Juana huyó rápidamente y yo la seguí. —Tira, cochero, deprisa, deprisa —le ordené mientras subíamos y nos acomodábamos. El cochero de un salto empuñó las riendas y partimos al galope. Detrás, envuelta en la polvareda de nuestra carrera quedaba la voz de Ticong, amenazadora y acongojada: “Volved, volved, volved, por el amor de Cristo”. Todo fue bien hasta que pasamos la hacienda Cristina y llegamos a la revuelta de Bucruz, donde el camino pasaba por un puentecillo de piedra y torcía bruscamente formando casi una barquilla.

El giro no tenía visibilidad alguna porque el cañaveral ocupaba el hueco de la barquilla con su ramaje cabeceante inclinado hacia la calzada. Y allí, de pronto, apenas dimos la vuelta, se nos plantó el macho cabrío. El caballo se encabritó y comenzó a relinchar furiosamente intentando volver hacia atrás. El cochero, lívido, le sujetaba mientras balbuceaba trémulo: “el bagat, el bagat”. —Coge la fusta y castiga al caballo. Hazle correr a toda velocidad —ordené yo con autoridad. Su instinto de disciplina le hizo obedecer automáticamente, pero el caballo sufría el castigo y se encabritaba aún más, sin adelantar un paso. El macho cabrío se alejó, como si quisiera abandonarnos y batirse en retirada y aproveché el momento para animar a mi gente. Juana callaba acurrucada en cuclillas en el fonda del vehículo. —Venga, Blas, castiga más fuerte al Moro. Y el Moro pareció reaccionar e intentó partir al galope. Pero en ese instante, el macho cabrío volvió grupas y tomando carrera se lanzó carretera abajo contra nosotros. El cochero aterrado saltó del coche y salió huyendo campo traviesa. Juana iba a hacer lo propio cuando yo la agarré de un brazo, mientras con el otro que mantuve libre, cogí las riendas para impedir que el caballo huyese desbocado. —No me dejes Juana, no me dejes por el amor de Cristo —grité. No sé por qué razón el macho cabrío se paró de pronto y pegó un brinco dando una terrible voltereta en el aire. Cuando cayó al suelo quedó despatarrado unos instantes, que yo aproveché para soltar a Juana y empuñar la fusta. Pero Juana debió creer que había sido la palabra “Cristo” la que había detenido al bagat porque comenzó a gritar con todas sus fuerzas, “Cristo”, “Cristo”. No fue una heroicidad lo que hice después. Fue el terrible pánico que también me invadía. El macho cabrío se había enderezado e intentaba acometer una vez más. Pero yo blandí el látigo y ciegamente intenté lanzar al caballo a toda velocidad, carretera abajo, mientras Juana con sus gritos, conjuraba al espíritu duende a que nos dejase el camino libre. ¿Fue un desvanecimiento momentáneo? ¿Fue una alucinación que se disipaba? El caso es que el animal desapareció de pronto y el caballo partió en desenfrenada carrera. Juana hecha un ovillo, fue bajando el tono de su voz a medida que nos alejábamos del lugar hasta llegar a musitar únicamente, anulada por el terror, su letanía profano-religiosa: “Cristo”, “Cristo”, “Cristo”. Cerca ya de casa refrené el caballo y al parar frente a ella el Moro echaba espumarajos por la boca, mientras el sudor, batido por los arreos, inundaba de espumilla blanca su pelaje. Mi corazón palpitante, impulsaba la sangre por mis venas desenfrenadamente, congestionando mi rostro, bañado, como toda yo, de un sudor escalofriado. Habíamos ganado la primera batalla. En los labios trémulos de Juana, moría su último “Cristo”. Afortunadamente mi madre se había ido a comer con una amiga a otra hacienda. Y cuando alguien iba a pasar un día con cualquier otra amistad era una descortesía dejarle volver antes de las veinticuatro horas45. Esto quería decir que Juana y yo teníamos la tarde y la noche libres para terminar la tarea del enterramiento de las cartas46. Aunque la súplica del fraile del talisay se limitó a la desaparición de las mismas, el hecho de que en vida intentase enterrarlas bajo el árbol y la idea que Ticong comunicó a  Juana de que el espíritu de dichas cartas impediría que el duende llegase a habitar el árbol si las mismas descansaban en el lugar, nos impulsó a quemar primero los papeles y dejar enterradas las cenizas en el hoyo donde quedó el rosario. Para hacerlo más rápidamente propuse a Juana descubrir el hoyo tan pronto como anocheciese y tan pronto también como encontrásemos el rosario, como señal de que aquel era el lugar, realizar la operación. •—¿Por qué no nos acompaña Epifanio? —insinuó Juana. —¿Para qué? —le dije yo envalentonada. —Y ¿si vuelve el bagatí •—preguntó medrosa. —No hay tal bagat, Juana, —respondí aparentando una absoluta seguridad’— lo que vimos esta mañana fue un macho cabrío como cualquier otro, que luego se marchó. -— Ay no, ay no Inday —aseguró Juana—apareció de repente y desapareció de repente también cuando dijimos Cristo. Menos mal que la palabra es un anting-anting contra él. —Bueno, •—le dije yo—pues sigue pronunciando la palabra y no te ocurrirá nada. Juana dudaba aún, pero calló y se conformó. Aquella tarde me la pasé contemplando el talisay desde el balcón corrido de mi hogar, descansando sobre la silla larga47. Estaba nerviosa, medrosa y cansada. En algún momento me pregunté por qué había yo intervenido en el oscuro suceso del talisay y si al fin y al cabo, no podría ser todo una patraña de Juana relacionada con su conocimiento de la existencia de la caja en aquel rincón de la biblioteca del convento parroquial, conocimiento que pudo haber adquirido en sus conversaciones con Ticong y que su imaginación hubiese aplicado a la supuesta o real aparición del habitante del talisay. Que el Padre Javier había existido era un hecho, que en torno a él hubo una historia de amor, también lo era. La carta que yo leí y que me impulsó a obrar con espíritu de aventura en aquel asunto, la exponía sin dudas. ¿Pero y toda la trama de las apariciones? La interferencia del espíritu, —bagat o tamao— ¿no podía ser una farsa confeccionada por el impulso atávico de Juana, Epifanio y Ticong? Mis padres habían negado siempre rotundamente la existencia de los asuangs, aunque muchas veces reconociesen que ocurrían cosas muy extrañas. Yo tenía mi fe flotante entre dos aguas, la exterior y cristalina de las creencias de mis padres y la otra, oscura y misteriosa de los indígenas pero por enigmática y ultraterrenal quizás más obsesionante, y me debatía en esos momentos zarandeada por su oleaje. Lo de aquella mañana había sido muy fuerte, ya que a pesar de mi negación absoluta de hecho alguno sobrenatural frente al terror de Juana, yo había visto al animal al doblar la revuelta de Bucruz, y lo que era peor aún y más convincente, había visto disiparse la forma del bruto en la reverberación cegadora de las hondas del intenso calor del mediodía. El bicho no huyó ni se ocultó bajo la vegetación de los lados del camino, no, se esfumó y se borró luego repentinamente y esto es lo que ponía esa palpitación de miedo también en mi corazón. Fuese lo que fuese, ya no había medio de retroceder ni de dejar a Juana que resolviese por sí sola el final de la odisea.

Y bajo este convencimiento me fue tranquilizando la determinación de acabar. Recosté la cabeza contra el respaldo del sillón, coloqué cómodamente los pies sobre los brazos largos y quise cerrar los ojos. Los cerré casi pero no acabé de dormirme. Por debajo de mis párpados divisaba el ramaje del talisay con sus verdes contrastados por los claroscuros que la luz pintaba en él, con el pincel de sus contactos, y en un duermevela fui soñando la vida del árbol tratando de asimilar sus sentimientos de antes y del momento. Sí, su aspecto presente daba la sensación de una ingenuidad vegetal, ¡con cuánta más razón debió haber nacido blanco y casto, y crecer, crecer siempre, limpio de corazón! Si no había logrado enturbiar sus sentidos la trágica resaca que se fue replegando día tras día sobre sí misma bajo su ramaje, si no se endureció su corazón a la vista del luchar y del sufrir de aquel Fray Javier al que cobijó amoroso y tierno con cuidados paternales, ni maldijo ante su impotencia para librarle de las garras infernales de aquel espíritu que lo estranguló sobre el temblor de sus raíces, si todo eso no pareció hacer mella en él, es que el árbol tenía la bendición de la inocencia y por manso y por límpido de corazón se merecía todas las bienaventuranzas. El talisay, por esa o por otra causa, parecía feliz, muy feliz. Y pensé que, susceptible de amar —¿por qué no?— estuviese todo él impregnado de un latido de amor por el Padre Javier, el fraile heroico, abnegado y santo que se había merecido aquel amor extraordinario y sobrenatural del árbol de Dios. Pero entonces, si esto pudiera ser cierto ¿qué sucedería con el talisay cuando ahora, al cumplirse la precisa condición de la destrucción de las cartas, le fuese a abandonar el Padre Javier? Pobre talisay, hermoso en el calor y la jugosidad de su fronda, sonando ingenuamente con la inmortalidad de su predestinada felicidad, si de pronto se encontraba solo, con esta felicidad truncada para siempre. Me revolví en el sillón y desperté un poco. Ah, estaba soñando. Menos mal.

Pero despierta ya, pensé: ¿Y si pudiera ser cierta toda esta desgracia que estoy fraguando contra el árbol en este proyecto de enterrar las cenizas de las cartas entre sus propias raíces, acto que va a ser como un salvoconducto para que el padre Javier lo abandone en su viaje a la gloria eterna?

Decididamente los nervios tensos habían puesto en carne viva mi sensibilidad. No me convenía ni descansar siquiera. Llamé al criado y pregunté por mis hermanos. A la niña pequeña se la había llevado mi madre. Los mayores, mocitos ya, nadie sabía dónde estaban, y los pequeños de doce y ocho años se habían ido a casa del cabo Alberto, quien les había prometido llevarlos a la pelea de gallos. —Pregunta a Juana si habrá que ir a buscarlos o si los traerá el cabo. —Los traerá, señorita —contestó el criado que era nuevo y me daba ese tratamiento. —¿Has preparado el farol? —Ya está colgado en el balcón. —Bueno, echa agua en la tina del baño y vete luego si quieres, le ordené. —Sí, señorita. El muchacho se fue y le vi más tarde cruzar la plaza, una inmensa explanada limitada por canales de riego, edificios para almacenar el azúcar y el combustible destinado a la cocción del mismo, extendiéndose delante de la casa para morir allá, al final, sobre el talud del río. En su centro se alzaba el camarín con el techo bajo de cinc, y a un lado, la chimenea de ladrillo, encalada, que vigilaba con su altura blanca, bajo el remate de su corona ennegrecida por el hollín, la finca hasta su último confín. Me levanté y fui a tomar mi baño, metiéndome en la enorme tina y vertiendo agua fresca sobre hombros y cabeza con un tabo de cascara de coco. Era el lujo primitivo de las haciendas de azúcar. El baño me entonó y salí de él después de levantar un tapón de corcho que en el centro del fondo de la tina cubría el agujero del desagüe. Después de esto busqué a Juana. La encontré en mi alcoba sentada en el suelo junto a la caja de las cartas, temerosa de que aún a última hora alguien se la pudiera quitar. Al comenzar la noche no había luna. La oscuridad era absoluta. Juana encendió el farol que el muchacho había colgado en la ventana antes de irse a la gallera o a jugar a las cartas. Pero el resplandor del farol no llegaba al talisay. Alumbraban más las miles de luciérnagas del jardín en aquella noche de bochorno, presagio de tormenta. Arriba los nubarrones arropaban a las estrellas, ocultándolas. —Vamos, Juana. ¿Tienes listo un azadón y las cerillas? Juana, por toda contestación, cogió la caja y se palpó la cintura, para cerciorarse de que debajo de los pliegues del patadiong48 tenía la caja de fósforos. —Es menester que nos llevemos el farol, de otra forma no veremos nada. Juana me entregó la caja y se encaramó sobre la baranda del balcón corrido para descolgarlo. Noté su mano fría cuando volvió a hacerse cargo de la caja de las cartas. —Dame el farol —ordené. Y fui delante alumbrando el camino. No me atreví a acortarlo cruzando el jardín, donde las sombras guardaban atisbos fantasmales. Junto al talisay encontramos el azadón y un rastrillo viejo abandonado, aplastada su parrilla contra la tierra. Un siseo monótono me había venido siguiendo haciéndose más fuerte conforme nos acercábamos al talisay, hasta que me di cuenta de que era Juana la que lo emitía. Había comenzado su letanía, muy espaciada todavía, pero los intervalos se fueron haciendo más breves, a medida que avanzábamos. Dejé el farol en el suelo.

—Aquí están las dos raíces que me indicó Ticong —y musitó— Cristo. —Venga el azadón —pedí decidida. Levanté con cuidado las capas de tierra cubiertas con hierba y las fui dejando a un lado para volver a colocarlas luego tal como estaban sentadas en el lugar. El bochorno era tal que comencé a sudar cuando aún no había empezado a cavar. La atmósfera llevaba una carga de electricidad que apretaba mis sienes y me tensaba la nuca dolorosamente. Al primer golpe de la azada Juana invocó más alto la protección del cielo creyendo que cuanto más recia y frecuentemente pronunciase la palabra mágica, tanto más iba a ahuyentar el peligro. Yo tenía ganas de acabar y dejaba caer fuertemente la azada sobre la tierra. La sequía la había endurecido y la fatiga martilleaba sobre mis sienes con los latidos del corazón. —Alumbra el hoyo, Juana; levanta un poco el farol — ordené. La claridad penduleaba sobre la tierra herida. ¡Pobre Juana, estaba temblando y sus labios trémulos tartamudeaban ya su palabra amuleto! Cuando metí la mano desnuda entre la tierra removida se oía perfectamente el medroso respirar de su pecho. Mis dedos se enredaron en unas cuentas engarzadas. Era el rosario. Lo saqué y lo dejé a un lado. Agrandé el hoyo y pedí a Juana la caja. Me temblaba un poco la mano cuando rasgué el papel lacrado que envolvía las cartas. Estaban metidas en sus sobres y pedí a Juana que las fuese sacando de ellos. —Ay Inday, Cristo co, hazlo todo tú sola. Yo no puedo, tengo miedo. —Tardaremos más —le dije. Y esto es lo que yo sentía, porque tenía prisa. Encendí una cerilla y la acerqué a la primera carta sosteniéndola con la mano izquierda. La fecha era relativamente reciente. El fuego prendió en la esquina inferior del papel y fue lamiéndolo iluminando y ennegreciendo su superficie. Mientras se hacía ceniza se leían perfectamente sus líneas a la luz de la llama. “Es inútil, es inútil, lo tengo decidido”. Y más abajo: “no pongas murallas al destino”, después la firma precedida de esta frase: “con mi locura delirante”. La siguiente llevaba fecha más atrasada. Prendí otra cerilla y en ese momento retumbó un trueno terrible. —Dios co, Cristo co, Cristo co, —gimoteó Juana. Yo me había estremecido. La llama consumía rápidamente el papel: “¿por qué me niegas este consuelo?”, “te falta caridad para conmigo”, “tu santidad es cruel”. Otra descarga atronó el espacio y comenzaron a caer gotas. —Ayúdame, Juana —le grité—, o no acabaremos nunca, vete sacando las cartas de los sobres. Juana obedeció otra vez. Pero jadeaba, entrecortando su estribillo. Con la llama de una carta encendía otra, y otra, y otra. Las frases desfilaban ante mis ojos y me iban contando una historia hacia atrás: “Tú tuviste la culpa”, “parecías fuerte”, “estabas lleno de soberbia”. “Habías dejado el seminario por mi amor”, “pero y ahora…”, “qué vanidad la tuya”, “creíste que mi catástrofe era la voz del cielo”, “una señal para que volvieras al camino de tu vocación”. Y más adelante… “cobarde, cobarde”, “¿qué iba a hacer yo?”, “la muerte de mi padre nos dejó en la miseria…” La lluvia comenzó a caer más reciamente, y aunque no nos mojábamos aún, cobijadas como estábamos bajo el árbol, el viento iba apagando las llamas y llevándose las cenizas49. —Qué noche más perra nos ha tocado —balbuceé. —Vamonos ya Inday —suplicó Juana—, mañana terminaremos. —Nunca, vete tú si quieres •—corté secamente. Juana se quedó y el viento me arrebató una carta a medio quemar. Las descargas se hacían más frecuentes. —Dame ese rastrillo, Juana. Lo trajo trémula y lo colocamos sobre el hoyo cubriéndolo con su enrejado para impedir que se volasen los papeles. Juana iba dándome una por una las cartas: “mi madre enferma”, “mis hermanos terminando la carrera”, “la hacienda empeñada”, “sólo yo podía salvar el patrimonio”, “Comprende Javier, no podía negarme”; “¿por qué no me raptaste para evitar mi boda?”, “te faltó hombría para descargarme de la responsabilidad”, “a veces es más fácil renunciar”, “volviste a tu vocación sacerdotal por cobardía”. El viento apagó las llamas, y era casi imposible encender de nuevo, pero metí las manos en el hoyo por entre la reja del rastrillo y volvió a arder otra carta. “Tu silencio me destrozó después”, “Ya no me escribías”, “tuve celos de Dios”, “tu última carta había sido insultante”, “me despreciabas con toda tu alma, decías”, “pero era tu soberbia”. La lluvia comenzó a caer terriblemente racheada y el viento había cambiado de dirección. Empezó a caer agua sobre nosotras y sobre el hoyo. Si no terminábamos en seguida no podríamos continuar. Las descargas encendían la campiña dejando una rúbrica zigzagueante de luz en el negro de las nubes. Los trazos se hacían cada vez más largos cruzando la bóveda del cielo en varias direcciones. Retumbaba el trueno y la naturaleza se estremecía de pavor. —Vamonos, vamonos —suplicó Juana—, nos puede caer un rayo. —Saca todas las cartas y arrúgalas con la mano-—-ordené—, mételas, mételas en el hoyo. Y con prisas fuimos metiendo todo el contenido de la caja por debajo de la parrilla. Cuando aquella quedó vacía, introduje también la carta que Ticong había encontrado en el bolsillo del Padre Javier, e intente prender fuego a los papeles. El viento me apagó las cerillas hasta tres veces. Estaba muy nerviosa. Juana ya no rezaba, ni decía nada. Dijérase que había enmudecido de pavor. “Zing, zang”, caían las descargas y la tronada retumbaba por la llanura prolongándose y enlazando un trueno con otro. Al fin prendió una llama y una racha de viento la avivó. Como en un caleidoscopio, vi danzar ante mí palabras y palabras que iluminaba y ennegrecía después la llama: “fue mi despecho”, “me casé”, “a aborrecerte”, “desgraciada”, “tormento”, “le odiaba”, “qué calvario”, “te buscaba”, “la vida imposible”, “desesperación”, “Mil veces la muerte”, “el pecado”, “te busqué”, “ni un consuelo”, “no tuve hijos”, “las maldiciones”, “todo era blasfemia”, “castigo”, “cruz”, “camino de amargura”. Y otra vez, y otra vez las palabras, “llanto”, “tormento”, “muerte”, “ceguera”, “desesperación”, “maldición”… “Zing, zang”. “Zing, zang”. Y una terrible descarga que cayó a pocos pasos de nosotras nos sacudió con una convulsión iluminando ya las cenizas negras dentro del hoyo. —El asuang, el asuang nos va a matar, —gritó Juana en su locura de terror—. Esto no es tormenta, es el asuang —y comenzó a correr como una loca hacia la casa. Cogí la azada y cubrí de tierra el hoyo sin levantar el rastrillo. Llovía sobre mis espaldas y chorreaba toda yo. Cuando quedó el hoyo cubierto, levanté deprisa la parrilla y eché más tierra. Aún tuve fuerzas para coger las láminas de tierra y hierba medio deshechas y colocarlas sobre la superficie, dejando debajo de ellas el rosario. El farol se había apagado hacía un rato y el canalillo se había desbordado. La calzada era ya una torrentera que me impedía correr hacia la casa. Chapoteé sobre el agua, zarandeada por la fuerza del viento. Me fue alumbrando la luz de los relámpagos. Había tirado la caja debajo del imbornal y defendía el farol apagado. Cuando llegué a la casa, Juana me estaba esperando en el portalón. Yo no la miré siquiera y subí las escaleras penetrando en mi alcoba, para cambiarme de ropa. Enseguida me tendí rendida sobre la cama y cerré los ojos. Cuando los abrí vi a Juana en cuclillas acurrucada en un ángulo de la habitación. No la había sentido entrar. Me incorporé y ella se levantó. La miré fijamente con indignación. —¿No te da vergüenza Juana, de haberme dejado sola? —la reprendí con severidad. Por toda contestación se echó a llorar desconsoladamente. Media hora más tarde se había calmado la tormenta; se habían dispersado las nubes y la luna iluminaba el paisaje lavado y quieto. Desde el balcón vi llegar a los hermanitos cobijados debajo del capote del cabo Alberto, como dos pollitos bajo las alas de su gallina madre. Detrás, a mucha distancia, venían los mayores cantando a voz en grito. ¿De cortejar a qué ¿alagas morenas, vendrían? Juana se mantenía detrás de mí como una sombra. En estas circunstancias agradecía su compañía. —¿Ha venido Epifanio? —pregunté.

—Aún no —me contestó tímidamente. No se atrevió a decir “y me da miedo estar sola en la cocina para hacer la cena”. Pero yo lo adiviné y la arrastré conmigo. —Hala, vamos a cocinar —la ordené secamente. Al poco rato subían los hermanos y los mayores comenzaron a dar voces. La cena, la cena que tenemos hambre. Los pequeños me buscaron en la cocina al no encontrarme en la sala ni en la alcoba… —Id a mudaros enseguida que yo tengo que hacer aquí. Obedecieron. Por la ventana de la cocina divisé el talisay a la luz de la luna. ¿Qué habría sucedido dentro de él? ¿Estaría ya deshabitado? ¿Iba a vivir solo todo lo que le quedaba de vida? ¿Estaría llorando su desamparo o deseando, en su desesperación, que un rayo hubiese partido su tronco en dos dejándole sin vida? ¡Aquél que cayó tan cerca, pudo habernos carbonizado a los tres! La luna plateaba su copa, poniéndole un halo de santidad. Sí, era un árbol santo escogido por Dios para darle su gracia. No parecía triste, pero si todo se había cumplido conforme a las predicciones, el talisay tenía que estar vegetando ya en su soledad. Me entró un remordimiento. ¿Tendría yo la culpa? Le pedí perdón y me dolió el corazón. El Padre Javier estaría probablemente gozando de su gloria. Sin embargo, si se dio cuenta del intenso amor y de la absoluta lealtad del talisay, su gloria no podía ser completa sin la sombra del árbol que tan bien le acompañó en vida. Me sacaron de mis meditaciones las pisadas de Epifanio subiendo a zancadas los tramos de bambú de la escalera de servicio.

—Buenas noches —saludó—, perdón Inday por llegar tarde, pero el mal tiempo no me dejó seguir. —Menos mal que fue el mal tiempo —le contesté—, peor hubiera sido que te hubiera entretenido el parí del talisay.

—’Pues Inday, —me dijo muy alegre— hacía ya años que no le veía y esta noche se me ha vuelto a aparecer, pero sin impedirme continuar —Juana y yo palidecimos y nos miramos con terror. —• Sí, sí, no se crean que estoy loco, — confirmó Epifanio. Juana se le acercó. —Échame el aliento, Epifanio —y Epifanio lo hizo. —’Pues no huele a vino —murmuró Juana. —Claro que no —repuso Epifanio satisfecho, y continuó—, antes se me plantaba delante y no me dejaba llegar a casa. —’¿Has visto también a la mujer del imbornal? —le pregunté. •—No, no, esa debe haber desaparecido porque ni la he visto ni la he oído desde hace mucho tiempo. —Y ¿el Pari! —continué preguntando. —Pues estaba abrazado al tronco del talisay, con cara de vivo y muy sonriente. Antes parecía un muerto fantasma, adusto y grave. Y nunca me hablaba, pero esta noche me miró al pasar, me siguió con la vista y cuando ya me iba —observando de reojo por si acaso—, me dijo: “gracias a todos”. ¿Por qué me daría las gracias? ¡Qué raro! —Muy raro —dije yo. Y volví a mirar a Juana. Epifanio continuó: —Al otro lado del árbol había una cabra comiéndose unos papeles secos; me chocó que estuviesen secos después del diluvio que había caído. Volvimos a mirarnos, Juana y yo, con más terror aún. —¿Pero qué os sucede, que no me creéis nada hoy? — preguntó Epifanio indignado. —¿Estás seguro de que era una cabra? ¿Que no fue un macho cabrío? —interrogó Juana. •—Vaya, como que era la Cambang; ahí la tengo atada; asómate a verla. Bonita faena si se hubiera metido en un campo a comer la caña; precisamente cuando la señora no está en la hacienda. Juana se había asomado ya a comprobar que era la Cambang el animal al que se refería Epifanio. —Es verdad —-murmuró convencida— pero no es posible que comiera papeles secos. —Rayo y demonio, que me estás cansando ya. Toma el pedazo que le saqué de la boca —dijo sacando un trozo blanco del bolsillo. Alargué el brazo para recibirlo yo. Y leí a la luz del quinqué: “Javier, Javier, Javier…” —La cenaaa —bramó desde la veranda el mayor de los hermanos. Aquella noche me sentí feliz cuando acostada en la cama de mi madre con Juana en el suelo durmiendo a mis pies, fui cerrando los ojos bajo la caricia rojiza del globo, que amparando del viento la mariposa de aceite, bañaba la alcoba con tenue claridad durante la noche. Tenía el convencimiento de que Padre Javier había volado a su gloria en un gran vuelo del espíritu pero sin haber atravesado espacios ni distancias. El Padre Javier seguía habitando el talisay. Si la gloria es el contacto con Dios, su presencia está en todas partes y toda la creación puede ser Cielo. El Padre Javier había alcanzado el suyo en el talisay y el Señor había premiado al árbol con ello. Un premio a su fe, a su blanca candidez, a su limpieza de corazón, a su infantil ingenuidad simbolizando la inocencia del paraíso antes del pecado. Y sólo esta perfección, dentro del más desinteresado de los afectos, constituyó, a su vez, el Cielo que le había correspondido al Padre Javier, iluminado con la presencia de Dios, desde luego. Yo reflexionaba con la lógica de mis dieciséis años, incubada bajo el calor del blando nido del colegio, pero con la envergadura embrionaria de mi fuerte personalidad. Comprendí que el buen fraile había tenido razón y por eso alcanzó su premio. La mujer del imbornal fue su calvario. Ella no había procedido por el camino del espíritu ni tampoco supo comprender la línea recta por donde fue pisando el angélico Padre Javier. Ignoraba en qué mundo estaría ahora purificándose de sus pecados. No me interesaba saberlo.. El sueño y el cansancio fueron cerrando mis párpados y cuando desperté el sol entraba por la ventana y mi madre había regresado. —Hola, hola niños. Hola Juana: qué, ¿qué ha sucedido por aquí en mi ausencia? No supimos que contestar. Mi madre locuaz, no esperó la respuesta y continuó: —¿No ha pasado nada? Con la tormenta de ayer, ¿ninguna gotera? ¿ninguna plancha volada del tejado? ¿No mató el rayo a nadie? ¿Ningún carabao muerto? Las cabras y las ovejas ¿no se escaparon ni se comieron ningún campo de cañas? Si es así hemos tenido suerte. Y después de una breve pausa acabó: —Así es que no pasó nada, nada. —No, no pasó nada, mamá —contesté yo al fin. A Juana le envalentonó mi mentira y respondió también. —Nada Señora, nada, no pasó nada guid50. Lo grande se confunde con lo pequeño. Ocurrió tanto que no había ocurrido nada.

Glosario

BAGAZO-Fibra leñosa que queda después de prensar la caña de azúcar en los molinos para extraer de ella su jugo.

BOLO-Cuchillo de hoja grande, parecido a un machete, que sirve para cortar caña y las malezas del bosque; también se utiliza como arma.

BONGA-Areca o nuez de betel, se utiliza con el buyo en el preparado que se masca.

BUGANG-Se trata del tigbaw, caña de azúcar silvestre (saccharum spontaneum).

BUYO-Hoja de una planta de la familia del betel con la que se elabora la mascada. Se forma un pequeño paquete con bonga y cal, al que se puede añadir tabaco, y se introduce en la boca.

CAMARÍN-Edificio grande de una sola planta, abierto, pero techado, donde se instalaban los hornos, maquinarias, calderos, enfriaderas, depósitos, etc., para elaborar el azúcar de caña.

CAMOTE-Variedad de batata cultivada por todo el país que se utiliza mucho en la cocina filipina.

CANLAON-Volcán de unos 2.500 metros de altura que divide la isla de Negros, hoy escrito Kanlaon.

CARABAO-Búfalo doméstico característico de Filipinas. Se utiliza para trabajar en los campos de arroz y tirar de los carromatos.

CUCUYO-Luciérnagas.

DALAGA-Mujer joven y soltera.

GUMAMELA-Arbusto de flores muy grandes conocidas como rosa de China, de pétalos generalmente rojos o rosa fuerte.

IÑAM-Arbusto silvestre de ramaje grueso y retorcido cuyos frutos son comestibles.

JOLÓ-Isla de Joló, al sur de Filipinas en la provincia de Sulu.

KAMUNING-Árbol que da unas flores blancas que desprenden una fuerte y singular fragancia.

LUNUK-Más conocido por el nombre de balete, se trata del árbol ficus que

CLÁSICOS HISPANOFIUPINOS

ocupa una gran extensión con las raíces que caen de su tronco y ramas, haciendo que adquiera un aspecto misterioso.

MANGO – MANGA-Nombres del árbol y la fruta que éste produce. El fruto, de forma ovoide, en la variedad cultivada en Filipinas suele ser amarillo, carnoso y jugoso. También se come el mango verde.

MASCADA-Se refiere al buyo.

MAYAS-Se trata de un pájaro que abunda en los arrozales y puede convertirse en una plaga.

NIPA-Palma cuyas hojas se utilizan para construir la casa tradicional filipina; también se utiliza para hacer tejidos.

PALAY-Nombre que en tagalo reciben tanto la planta del arroz como su semilla antes de ser preparada como producto alimenticio.

PANTAU-Plataforma de madera incorruptible que separa la cocina y habitaciones para la higiene del resto de la casa.

PARÍ-Padre, refiriéndose a los sacerdotes.

SAMPAGUITA-Flor de la especie de los jazmines, de color blanco y amarillo, exhala un profundo aroma. Es la flor nacional de Filipinas.

SENSITIVA-Planta que contrae y recoge sus hojas al roce, también es muy sensible al humo.

TABO-Recipiente pequeño que tradicionalmente se fabricaba puliendo la cascara del coco.

TAMARINDO-Árbol que puede alcanzar los 25 metros de altura con un follaje siempre verde. Su fruto, con forma de vaina, tiene un característico sabor agridulce.

TiFÓN-Tormenta tropical que se origina en el océano Pacífico que al acercarse a tierra tiene grandes efectos destructivos.

TIGBAW-Caña de azúcar silvestre (saccharum spontaneum).

TUBA-Bebida alcohólica tradicional de Filipinas. Se extrae del jugo que segrega la flor del cocotero.

TUBALINA-Primera extracción del jugo dulce del cocotero, no contiene alcohol. Si se deja fermentar se transforma

Las nueve caras del corazón de Anita Nair Literatura Hindú

Cuando Chris, un periodista inglés, llega al sur de la India para entrevistar y escribir sobre Koman, un conocido maestro de danza kathakali, se encuentra con un mundo lleno de magia y no sospecha la cantidad de recuerdos y sentimientos dormidos que van a aflorar con su llegadaRadha, la sobrina de Koman, es una mujer de espíritu independiente,casada desde muy joven y sin hijos, que con la llegada del inglés descubrirá que hay una vida mucho más apasionante que la que lleva con su marido Shyam. Pero la estancia de Chris revelará también historias
ocultas de su familia. Koman rescatará del pasado la historia de amor entre su padre indio y su madre musulmana, quienes vivirán un amor imposible que tal vez más tarde él acabe por repetir.Con la misma sensibilidad que demostró en El vagón delas mujeres, Anita Nair describe a través de las voces de Radha, su esposo Shyam y su tío Koman, la India actual,sus raíces milenarias y las pasiones y los deseos que rigen la vida de las personas.
Bueno, ¿por dónde empiezo?La cara. Sí, empecemos por la cara, que refleja las mudanzas del corazón. Es con la cara con la que transmitimos pensamientos en un lenguaje sin sonidos. ¿Te sorprende esta idea? Te gustaría saber cómo puede existir un lenguaje sin sonidos. No lo niegues. Leo la pregunta en tus ojos.Me doy cuenta de que sabes muy poco sobre el mundo al que te quiero llevar.Entiendo que te preocupe que pueda estar más  allá de tu comprensión. Pero quiero que sepas que consideraría que mis intenciones han fracasado si no consiguiera transmitirte amenos una parte del amor que profeso amarte. Cuando acabe, espero que sientas lo mismo que yo. O casi lo mismo.Confía en mí. Es lo único que te pido.Confía en mí y escucha. Y confía en tu inteligencia. No dejes que otros decidan por ti qué es lo que está a tu alcance y qué es lo queestá fuera de él. Te aseguro que eres capaz de abarcar todo esto y mucho más.Mírame. Mírame a la cara. La cara desnuda, despojada de colores y maquillaje,de brillos y adornos. ¿Qué vemos en ella? La frente, las cejas, las fosas nasales, la boca, la barbilla y treinta y dos músculos faciales.Estas son nuestras herramientas y con ellas tenemos que trazar el lenguaje sin palabras.Las navarasas: amor, desprecio, pena, furia,valor, miedo, disgusto, asombro y paz.En la danza, como en la vida, no necesitamos más que nueve formas de expresarnos. Las podríamos llamar las nueve caras del corazón. 
Con el tiempo, cada uno de ellos lo recordaría de manera diferente. Pero mientras vivieron nunca llegó a borrarse el recuerdo de aquel momento de magia. La luz que bañaba la escalera de aluminio, arrojando en su sombra un resplandor blanco; la brisa que refrescaba el aire sobre los charcos que quedaban en el lecho del río. Chris esperando, una isla de quietud en aquel andén abarrotado de ferrocarril. Estaba de pie, haciendo caso omiso de las miradas curiosas, de los pilluelos que le rodeaban con ojos hambrientos y las palmas extendidas, de los vendedores que le incitaban a probar sus mercancías. No se había dado cuenta de que su equipaje obstruía el acceso a la escalera mecánica y provocaba las protestas y los gruñidos de la gente, que tropezaba con las maletas.
Chris miró alrededor, con espirales de luz atrapadas en su cabello y lo que parecía estuche de un violín gigante inclinando su cuerpo hacia un lado. Como para compensar,su boca dibujaba una línea ladeada y reflexiva.Se quedaron quietos un momento,mirándole. Luego, él levantó los ojos y los vio al final de la escalera. Un hombre mayor, una mujer joven y un hombre no tan joven.Vacilante, inseguro, eclipsando el paso de la luz e interrumpiendo el flujo de las pisadas.La línea se suavizó en una curva, un gestode alegría tan transparente y tan ajeno a lo quehabría de venir después que sintieron, todos y cada uno de ellos, como si el ala de una polilla, suave y etérea, acariciara sus almas.Fue una caricia tan breve y deliciosa que la echaron de menos dolorosamente en el mismo instante en que pasó.Tal fue la magia de aquel momento.Luego, como si le correspondiera dar el primer paso, la mujer joven se adelantó. —Hola, tú debes de ser Christopher Stewart —dijo—. Yo soy Radha. Bienvenido.Extendió la mano en su dirección, al mismo tiempo que él juntaba las suyas en un gesto de
namaste, como sugería su guía turística que debía hacer para saludar a las mujeres en la India.Ella dejó caer su mano como si la hubieran regañado. Él extendió la suya como pidiendo perdón. Con aquel barullo de gestos, modales y torpezas se plantó Chris en una tierra desconocida. —Hola, soy Chris. Encantado de conocerte, Radha —dijo su nombre suavemente, separando las sílabas, reteniéndolas en la memoria, saboreando cada grupo de sonidos. Radha se estremeció. La forma de pronunciar su nombre acarició la base de su columna vertebral como un manojo de
plumas. Para romper el hechizo, se volvió hacia el hombre no tan joven. —Este es Shyam —dijo. —Sham —dijo Chris casi con un chillido,como si se hubiera pillado los dedos con una puerta. ¿Qué clase de nombre era aquél? Y más aún, ¿qué especie de fiera era aquel hombre?, se preguntó mientras liberaba los dedos de su apretón. Abrió y cerró lentamente los dedos casi entumecidos a su espalda.Ignorando el dolor de Chris, el hombre no tan joven protestó: —Impostor. No soy un impostor. Me llamo S-h-y-a-m.
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Pero Chris ya se dirigía al hombre mayor. —Y usted, señor —dijo despacio. Le habían dicho que el anciano sabía un poco de inglés—, usted debe de ser el señor Koman. El anciano asintió con la cabeza. Chris sonrió inseguro. En los pocos días que llevaba
en la India ya se había enfrentado a aquel movimiento de cabeza y todavía no había conseguido descifrar si significaba un sí o un no. Radha se acercó al hombre mayor. —Tío —dijo—, éste es Christopher Stewart. Chris habló lentamente, sin saber hasta qué punto le entendería el anciano. —Su amigo Philip Read me ha hablado mucho de usted. Me siento muy honrado de que haya accedido a recibirme.El anciano le tomó ambas manos entre las suyas y sonrió. La calidez de su mirada le caló muy hondo. Chris dejó que sus ojos se deslizaran sobre la cara del anciano,examinando cada uno de los rasgos en busca de una curva, una línea familiar.Vio las patas de gallo que arrugaban sus ojos bajo las espesas cejas. Vio los prominentes pómulos que tensaban la piel de viejo dándole una expresión casi juvenil y, luego, vio el hoyuelo de la barbilla y sintió una llamarada en su interior. Dejó que sus ojos bajaran hasta sus manos entrelazadas. Hola, dijo en silencio. Hola, anciano de otro lado del mar. Hola, posible padre. Hola,hola, hola…

Jhumpa Lahiri:”Una vez en la vida”

  Te había visto antes, demasiadas veces para contarlas, pero en una fiesta de despedida que celebró mi familia en honor de la tuya, en nuestra casa de Inman Square, es cuando empiezo a recordar tu presencia en mi vida. Tus padres habían decidido dejar Cambridge, no por Atlanta o Georgia, como otros bengalíes, sino para regresar a la India, cejando en la lucha en la que mis padres y sus amigos se habían embarcado. Corría 1974. Yo tenía seis años. Tú tenías nueve. Lo que recuerdo con mayor nitidez son las horas previas a la fiesta, que mi madre se pasó preparando la llegada de los invitados: se sacó brillo al mobiliario, se dispusieron en la mesa los platos y las servilletas de papel, las habitaciones se impregnaron del olor a cordero al curry y pullao y el L’Air du Temps con que mi madre se rociaba en las ocasiones especiales, y me rociaba a mí, oscureciendo momentáneamente lo que llevara puesto. Aquella noche iba vestida con un atuendo que había enviado mi abuela de Calcuta: pijama blanco con las perneras estrechadas y una cintura lo bastante ancha para que cupieran dos como yo, una kurta turquesa y un chaleco negro adornado con perlas de plástico. Las tres piezas habían quedado dispuestas sobre la cama de mis padres mientras yo tomaba un baño, y permanecí temblorosa, con las yemas de los dedos arrugadas y blancas, mientras mi madre metía un trozo de grueso cordón por la gigantesca cintura del pijama con ayuda de un imperdible, y lo extraía poco a poco para luego anudarme el cordón con firmeza a la altura del estómago. El tiro del pantalón del pijama estaba estampado con letras púrpura dentro de un círculo; el sello del fabricante. Recuerdo que me sentí incómodo, quería llevar otra cosa, pero mi madre me aseguró que el sello se iría al lavarlo, y añadió que, gracias a lo larga que era la kurta, nadie repararía en ello. 
       Mi madre tenía preocupaciones más urgentes. Además de la calidad y cantidad de la comida, le inquietaba el tiempo: habían previsto una nevada para esa noche, y por entonces ni mis padres ni sus amigos tenían coche. La mayoría de los invitados, incluido tú, vivía a menos de un cuarto de hora a pie, bien en los barrios que había detrás de Harvard, bien justo al otro lado del puente de Mass Avenue. Pero algunos vivían más lejos, y venían en autobús o en metro desde Malden, Medford o Waltham. «Supongo que el doctor Choudhuri puede llevar a la gente en coche a su casa», comentó acerca de tu padre mientras me desenredaba el pelo. Tus padres, a diferencia de los míos, eran un poco mayores, emigrantes curtidos. Se habían marchado de la India en 1962, antes de que cambiasen las leyes que daban la bienvenida a los estudiantes extranjeros. Mientras que mi padre y los demás hombres seguían pasando exámenes, el tuyo ya tenía un doctorado e iba a su trabajo, en una empresa de ingeniería, en Andover, conduciendo su propio coche, un Saab plateado con asientos envolventes. A mí me habían llevado a casa en ese automóvil muchas noches, cuando alguna fiesta se prolongaba hasta tarde y yo acababa dormido en una cama ajena. 
       Nuestras madres se conocieron cuando la mía estaba embarazada. Aún no lo sabía; de pronto se sintió mareada y se sentó en un banco en un parquecillo. Tu madre estaba encaramada a un columpio, meciéndose suavemente mientras tú planeabas por encima de ella, cuando reparó en una joven bengalí con sari que llevaba bermellón en el pelo. «¿Se encuentra usted bien?», le preguntó tu madre con una fórmula de cortesía. Te dijo que te bajaras del columpio y luego ella y tú acompañasteis a mi madre a casa. Fue durante aquel paseo cuando tu madre sugirió que tal vez la mía estuviese embarazada. Se hicieron amigas de inmediato y empezaron a pasar el día ¡untas mientras nuestros padres estaban trabajando. Hablaban de la existencia que habían dejado atrás, en Calcuta: la hermosa casa de tu madre en Jodhpur Park, con hibiscos y rosales que florecían en la azotea, y el modesto piso de mi madre en Makiktala, encima de un mugriento restaurante punjabí, donde vivían siete personas en tres habitaciones pequeñas. En Calcuta probablemente hubiesen tenido pocas ocasiones de coincidir. Tu madre iba a un colegio de monjas y era hija de uno de los abogados más importantes de la ciudad, un anglófilo que fumaba en pipa y era miembro del Saturday Club. El padre de mi madre trabajaba en Correos, y ella no comió en una mesa ni se sentó en un inodoro hasta que vino a América. Esas diferencias carecían de importancia en Cambridge, donde las dos estaban solas por igual. Aquí iban a hacer la compra juntas y se quejaban de sus maridos y cocinaban en nuestra cocina o la vuestra, dividiendo los platos para nuestras respectivas familias una vez que habían terminado. Hacían punto juntas y se intercambiaban las labores cuando una de las dos se aburría. Al nacer yo, tus padres fueron los únicos amigos que fueron a la maternidad. Me dieron de comer en tu antigua trona, me paseaban por las calles en tu viejo cochecito. 
       Durante la fiesta empezó a nevar, tal como habían pronosticado, y los abrigos de los rezagados estaban tan emblanquecidos y húmedos que tuvimos que colgarlos en la barra de la cortina de la ducha. Durante años, mi madre relataría que, cuando acabó la fiesta, tu padre hizo incontables viajes para acompañar a la gente a casa. A una pareja la llevó nada menos que hasta Braintree, asegurándoles que no representaba ninguna molestia, que era su última oportunidad de conducir el coche. En los días previos a vuestra marcha, tus padres volvieron a pasarse por nuestra casa para traer cacerolas, pequeños electrodomésticos, sábanas y mantas, paquetes medio llenos de harina y azúcar, botes de champú. Seguimos refiriéndonos a esas cosas como si fueran de tu madre. «Tráeme la sartén de Parul», decía mi madre. O «Creo que tenemos que bajar la intensidad de la tostadora de Parul». Tu madre también trajo bolsas llenas de ropa que había sido tuya y que a su entender me vendría bien. Mi madre guardó las bolsas, y nos las llevamos cuando, unos años después, nos mudamos de Inman Square a una casa en Sharon, incorporando las prendas a mi vestuario conforme iban ajustándose a mi talla. Sobre todo eran prendas de invierno, cosas que ya no te harían falta en la India, gruesas camisetas y jerséis de cuello alto en colores azul marino y marrón. A mí me parecía ropa fea e intentaba evitarla, pero mi madre se negaba a sustituirla. Así que me vi obligada a llevar tus jerséis, tus botas de goma los días de lluvia. Un invierno tuve que llevar tu abrigo; lo aborrecía tanto que me hizo odiarte a ti en consecuencia. Era negro azulado con forro naranja y una rasposa cenefa marrón grisáceo en torno a la capucha. Nunca me acostumbré a tener que engarzar la cremallera a la derecha, a tener un aspecto tan distinto del de las demás chicas de mi clase, con sus abrigos acolchados de color rosa o morado. Cuando les pedí a mis padres un abrigo nuevo respondieron que no. Un abrigo era un abrigo, me dijeron. Yo quería con desesperación librarme de él. Deseaba que se me perdiera, que alguno de los niños de mi clase, muchos de los cuales llevaban abrigos idénticos, lo cogiera por accidente del estrecho recoveco adonde nos precipitábamos a ponernos las prendas de abrigo al final de la jornada. Pero mi madre había llegado al extremo de pegar con la plancha una etiqueta en el interior del abrigo con mi nombre, una idea que había sacado de La buena ama de casa, revista a la que estaba suscrita. 
       Una vez me lo dejé en el autobús de la escuela. Era un día no muy frío de finales de invierno, las ventanillas del autobús iban abiertas, todo el mundo había dejado en el asiento la ropa de abrigo. Iba en un autobús diferente del habitual, un autobús que me dejaba en las inmediaciones de la casa de mi profesora de piano, la señora Hennessey. Cuando se acercaba a mi parada, me levanté y, al llegar a la altura de la conductora, me advirtió que tuviera cuidado al cruzar la calle. Tiró de la palanca que abría la puerta y dejó que el aire fragante entrase en el autobús. Estaba a punto de apearme, sin abrigo, pero entonces alguien gritó: «¡Eh, Hema, se te olvida esto!» Me asombró que alguien en aquel autobús supiera mi nombre; se me había olvidado lo de la etiqueta.

       Para el año siguiente el abrigo ya me iba pequeño, y se me quitó un gran peso de encima cuando lo donaron a la beneficencia. Las demás cosas que nos legaron tus padres, la tostadora, la vajilla y las sartenes y los cacharros de teflón, también fueron sustituidos gradualmente, hasta que no quedó ningún rastro físico de vosotros en la casa. Durante años nuestras familias no se pusieron en contacto. La amistad no era digna de la misma energía que dedicaban mis padres a los parientes: compraban montones de aerogramas en Correos y los enviaban fielmente todas las semanas, pidiéndome que escribiera la misma serie de tres frases a cada pareja de abuelos. Mis padres rara vez hablaban de vosotros, y supongo que daban por sentado que había muy pocas probabilidades de que nuestros caminos volvieran a cruzarse. Os habíais mudado a Bombay, una ciudad lejos de Calcuta, adonde mis padres y yo nunca íbamos. Así que no os vimos, ni tuvimos noticias vuestras, hasta el primer día de 1981, cuando tu padre nos llamó por la mañana muy temprano para desearnos feliz Año Nuevo y decirnos que tu familia regresaba a Massachusetts, donde él tenía un empleo nuevo. Preguntó si, hasta que encontrara casa, podíais alojaros todos en la nuestra. 
       A partir de ese momento, mis padres no hablaron de nada más durante días. Se preguntaron qué habría ido mal: ¿se habría ido al garete el puesto de tu padre en Larsen &Toubro, demasiado bueno para rechazarlo, a la sazón? ¿Acaso tu madre ya no era capaz de soportar el desorden y el calor de la India? ¿Habrían decidido que la educación no era lo bastante buena para ti? Por entonces, las llamadas internacionales eran breves. Naturalmente, tu familia era bienvenida, dijeron mis padres, y señalaron la fecha de vuestra llegada en el calendario que había en nuestra cocina. Fuera cual fuere la razón de vuestro regreso, deduje, por las conversaciones de mis padres, que se consideraba una flaqueza, una debilidad. «Deberían haber sabido que es imposible regresar», les comentaron a sus amigos, condenando a tus padres por haber fracasado en ambos extremos. Nosotros habíamos resistido como emigrantes, mientras que vosotros os habíais ido; de haber sido nosotros los que habían regresado a la India, parecían sugerir mis padres, también habríamos sabido apechugar allí. 
       Hasta vuestro regreso, había pensado en ti como en un niño de ocho o nueve años, congelado en el tiempo, del tamaño de la ropa que había heredado. Pero ahora tenías el doble de esa edad, dieciséis, y a mis padres les pareció más adecuado que ocuparas mi cuarto y yo durmiera en una cama plegable en el suyo. Tus padres se alojarían en la habitación de invitados, al final del pasillo. Mis padres acogían a menudo a amigos que venían de Nueva Jersey o Nueva Hampshire a pasar el fin de semana, a degustar elaboradas comidas y hablar hasta altas horas de política india. Pero para el domingo por la tarde esos invitados siempre se habían marchado. Yo estaba acostumbrada a que por las noches hubiera niños a los pies de mi cama, en sacos de dormir. Al ser hija única, disfrutaba con aquella compañía ocasional. Pero nunca me habían pedido que renunciara a mi habitación por completo. Le pregunté a mi madre por qué no te daban a ti la cama plegable en vez de a mí. 
       —¿Dónde la pondríamos? —me preguntó—. Sólo tenemos tres dormitorios. 
       —Abajo —sugerí—. En el salón. 
       —No quedaría bien —dijo mi madre—. Kaushik ya debe de ser prácticamente un hombre a estas alturas. Necesita intimidad. 
       —¿Y qué hay del sótano? —insistí, pensando en el pequeño estudio que había construido allí mi padre, revestido de estanterías metálicas. 
       —No es manera de tratar a los invitados, Hema. Sobre todo a éstos. El doctor Choudhuri y Parul Di fueron una auténtica bendición cuando tú naciste. Nos llevaron a casa desde la maternidad, nos trajeron comida durante semanas. Ahora nos toca a nosotros ayudarlos. 
       —¿Qué clase de doctor es? —pregunté. Aunque siempre había disfrutado de buena salud, por entonces tenía un miedo irracional a los médicos, y la idea de que viviese uno en nuestra casa me ponía nerviosa, como si su mera presencia bastase para que alguno de nosotros enfermara. 
       —No es doctor en medicina. El título se refiere a su doctorado. 
       —Baba también tiene un doctorado y nadie lo llama doctor —señalé. 
       —Cuando nos conocimos, el doctor Choudhuri era el único que se había doctorado. Era nuestra manera de mostrarnos respetuosos. 
       Le pregunté cuánto tiempo pasarían con nosotros: ¿una semana? ¿Dos? Mi madre no sabía decirlo; todo dependía de cuánto le llevara a tu familia asentarse y encontrar un lugar donde vivir. La perspectiva de tener que renunciar a mi habitación me enfurecía. Mis sentimientos se complicaban por el hecho de que, hasta hacía poco, para gran vergüenza mía, había dormido con regularidad con mis padres, en la cama plegable, en lugar de hacerlo en la habitación donde tenía mi ropa y mis cosas. Mi madre consideraba la idea de que un niño durmiera solo una cruel costumbre norteamericana, y por lo tanto no la fomentaba, pese a que disponíamos de espacio suficiente. Me contó que ella había dormido en la misma cama que sus padres hasta el día que se casó y que aquello era perfectamente normal. Pero yo sabía que no lo era, no era lo que hacían mis amigas del instituto, y se reirían de mí si llegaban a enterarse. El verano anterior a que empezase la secundaria, me empeñé en dormir sola. Al principio mi madre insistía en comprobar que todo anduviera bien durante la noche, como si aún fuera una criatura que pudiese dejar de respirar de súbito; me preguntaba si tenía miedo, me recordaba que estaba al otro lado del tabique. De hecho, aquella primera noche pasé miedo; el perfecto silencio de mi habitación me aterró. Pero me negué a reconocerlo, pues lo que más temía era fracasar en algo que debería haber aprendido a hacer a los tres o cuatro años. Al final me resultó fácil: concilié el sueño de puro miedo a no conseguirlo, y por la mañana desperté sola, con los ojos entornados ante la luz del este, que no llegaba a iluminar la habitación de mis padres.

       La casa estaba preparada para vuestra llegada. Se compraron cojines nuevos para el sofá del salón, de color naranja intenso en contraste con el tapizado marrón de mezclilla. Las plantas y los bibelots cambiaron de sitio, mi retrato de la escuela fue enmarcado y colgado encima de la chimenea. Se retiraron las tarjetas de Navidad que había a los lados de la puerta principal, donde mi madre y yo las habíamos pegado con cinta adhesiva conforme iban llegando. Mis padres, que recordaban la costumbre de tu padre de vestir bien, se compraron albornoces para lucirlos por la mañana, el de ella de terciopelo, el de él semejante a una chaqueta de esmoquin. Un día llegué a casa del instituto y me encontré con que habían sustituido el edredón de mi cama por una manta de color canela. En el cuarto de baño había toallas nuevas para ti y tus padres, más elegantes que las que usábamos nosotros y de un tono azulado más bonito. Mi armario había sido limpiado de malas hierbas igual que un jardín, y sólo quedaban las perchas que colgaban de la barra. Me dijeron que vaciara un par de cajones, y retiré suficientes cosas como para no tener que entrar en la habitación mientras estuvieras tú. Cogí los pijamas, algún atuendo para el instituto y las zapatillas que necesitaba para gimnasia. Me llevé el libro de la biblioteca que estaba leyendo, junto con los demás que tenía apilados en la mesilla. Quería que vieras tan pocas cosas mías como fuera posible, así que también vacié el joyero lleno de cadenas de bisutería enredadas y muestras de perfume Avon. Retiré el diario con llave del cajón de la mesa, aunque sólo había escrito dos entradas desde que me lo habían regalado en Navidad. Saqué el anuario de primero de secundaria en el que aparecía mi foto y cuyas guardas estaban llenas de ridículos mensajes de mis compañeros de curso. Fue como decidir cuáles de mis posesiones quería llevarme en un largo viaje a la India, sólo que esta vez no me iba a ninguna parte. Aun así, metí mis cosas en una maleta cubierta con etiquetas y pegatinas medio levantadas que había hecho varios trayectos de ida y vuelta por medio mundo, y la llevé a rastras a la habitación de mis padres. 
       Estudié las fotografías de tus padres; teníamos alguna que otra pegada en un álbum, tomadas la noche de la fiesta de despedida. Allí estaba mi padre, cuyo pelo, rígido y de color azabache, me resultaba sorprendente ya entonces. Iba vestido con un chaleco de lana, la camisa remangada, y señalaba con urgencia algo fuera del encuadre. El tuyo llevaba el traje y la corbata de siempre; su rostro, atractivo, con gafas, aparecía inclinado hacia alguien en plena conversación, mientras que sus ojos verdosos eran diferentes de los de cualquier otra persona. Vi la raya en medio con que se peinaba tu madre, acentuada por aquel rostro largo y estrecho. Llevaba el extremo del sari sobre los hombros, como un chal. Mi madre, una cabeza más baja que ella y más desaliñada, con los cabellos sueltos en torno a las orejas, estaba a su lado. Las dos aparecían con las mejillas coloradas, como si hubiesen bebido vino, aunque lo único que bebían en aquellos tiempos era agua del grifo o té. La amistad que las unía resultaba evidente. En cuanto a ti, la persona que más curiosidad me despertaba, no había ni rastro. ¿Quién sabe dónde te habrías metido en medio de aquel grupo? Imagino que estarías sentado a la mesa en el rincón de la habitación de mis padres, leyendo un libro que habías llevado contigo, a la espera de que la fiesta terminase. 
       Mi padre fue una tarde al aeropuerto a recibiros. Yo había ido al colegio, como cada día. La mesa de la cena estaba puesta desde media tarde. Era lo que tenía mi madre por costumbre cuando celebraba fiestas, aunque nunca había preparado una comida tan elaborada un día de trabajo. Una hora antes de cuando estaba previsto que llegarais, encendió el horno. Había calentado una cacerola con aceite y puesto a freír gruesas tiras de berenjenas para servirlas con el dal. Una neblina de humo llenaba la estancia cuando mi padre llamó para decir que, aunque había aterrizado el avión, una de las maletas no había llegado. Yo ya tenía hambre para entonces, pero no me parecía bien pedirle a mi madre que abriera el horno y ni cara para mí todo lo que estaba cocinando. Mi madre apagó el hornillo en que hervía el aceite y nos sentamos juntas en el sofá para ver en la tele una película que iba sobre la Segunda Guerra Mundial y en la que un grupo de hombres cansado» cruzaba un campo oscuro. El cine de cierto período era lo único que mi madre adoraba sin reservas de Occidente. Nunca se puso una falda —lo consideraba indecente—, pero era capaz de recordar los vestidos que lucía Audrey Hepburn en cualquier película, escena por escena. 
       Me dormí a su lado, y antes de darme cuenta estaba repanchigada en el sofá sola, con el televisor apagado, mientras unas voces llegaban de otra parte de la casa. Me levanté, con el rostro caliente y las extremidades agarrotadas y pesadas. Estabais todos en el salón, cenando. Los cuencos de comida jalonaban la mesa, y además de la jarra de agua allí, entre los platos, había una botella de Johnnie Walker cuyo contenido sólo bebían tus padres. Tu madre, con el lustroso cabello moreno cortado a la altura de los hombros y vestida con pantalones de sport, una túnica y un fular de seda anudado al cuello, apenas si tenía una vaga semejanza con la mujer que había visto en las fotografías. Gracias al intenso lápiz de labios y los párpados nacarados parecía menos cansada que mi madre. Seguía delgada, con las clavículas sofisticadamente protuberantes, sin el lastre del peso de la edad mediana que ahora acolchaba los rasgos de mi madre. Tu padre tenía más o menos el mismo aspecto. Seguía siendo apuesto y vistiendo chaqueta y corbata; las gafas, de un estilo distinto del que llevaba antes, constituían su única concesión a la nueva década. Tú eras pálido como tu padre, llevabas el largo flequillo peinado hacia un lado, y siempre mirabas con aquellos ojos distraídos que sin embargo no perdían detalle. No esperaba que fueses guapo. No esperaba encontrarte atractivo en absoluto. 
       —Dios mío, Hema, ya eres una mujercita. No nos recuerdas, ¿verdad? —dijo tu madre. Me habló en inglés, en un tono agradable, pausado, con una voz que parecía divertida—. Ven aquí, pobrecita, te hemos tenido esperando. Tu madre nos ha dicho que has pasado hambre por nuestra culpa. 
       Me senté, avergonzada de que me hubieras visto dormida en el sofá. Aunque acababas de cruzar medio mundo a bordo de un avión, era yo la que se sentía cansada, a pesar de la siesta. Mi madre me puso comida en un plato, pero estaba centrada en vosotros, y en el hecho de que no queríais repetir. 
       —Hemos cenado antes de aterrizar —contestaste en inglés, con un acento mucho menos marcado que el de tus padres. Tu voz ya no era la de un niño, se había vuelto grave. 
       —Es extraordinario la cantidad de comida que te sirven en primera clase —dijo tu madre—. Champán, bombones, incluso caviar. Pero he dejado sitio. Recordaba cómo cocinas, Shibani —añadió. 
       —¡Primera clase! —exclamó mi madre—. ¿Cómo habéis ido a parar allí? 
       —Era mi regalo por los cuarenta años —explicó tu madre, dirigiendo una sonrisa a tu padre—. Una vez en la vida, ¿verdad? 
       —¿Quién sabe? —respondió él, a todas luces orgulloso de la extravagancia—. Podría convertirse en una costumbre terrible. 
       Nuestros padres hablaron del viejo grupo de Cambridge, los míos pusieron a los tuyos al corriente de los cambios de domicilio y los logros de la gente, los solteros que se habían casado, los niños que habían nacido. Hablaron de la victoria electoral de Reagan, de todos los fracasos de Cárter. Tus padres hablaron de Roma, donde habíais hecho una escala de dos días para ver la ciudad. Tu madre describió las fuentes y los techos de la Capilla Sixtina, para cuya visita habíais tenido que aguardar tres horas. «Muchas iglesias preciosas —comentó ella—. Cada una es como un museo. Sentí deseos de ser católica sólo para poder rezar en ellas.» 
       —No se os ocurra morir sin haber visto el Panteón —apuntó tu padre, y los míos asintieron, sin saber qué era eso. 
       Yo lo sabía; de hecho, estaba estudiando la antigua Roma en mi clase de latín, y tenía que escribir un largo trabajo sobre su arte y arquitectura, todo ello consultando la enciclopedia y otros libros en la biblioteca del instituto. Tus padres hablaron de Bombay y del hogar que habíais dejado atrás, un piso en la décima planta, con una terraza con vistas a las palmeras y el mar de Omán. 
       —Es una lástima que no nos visitaseis —se lamentó tu madre. 
       Luego, en la intimidad de su dormitorio, mi madre le comentó a mi padre que nunca nos habían invitado. 
       Después de cenar me pidieron que te enseñara la casa y dónde ibas a dormir. Por lo general me encantaba hacerlo con los invitados, me producía un placer de propietaria explicarles que eso era el escobero, aquello el aseo de abajo. Pero en esa ocasión me demoré para nada, pues alcanzaba a advertir tu aburrimiento. También me ponía nerviosa que nos enviaran a los dos solos, me inquietaba la atracción de adolescente que sentía hacia ti. Para entonces ya estaba acostumbrada a admirar a los chicos, chicos de mi clase que eran ajenos a mi existencia y seguirían siéndolo. Pero nunca me había fijado en alguien tan mayor como tú, y perteneciente al mundo de mis padres, además. Fuiste tú quien fue delante, quien subió las escaleras deprisa, abrió puertas, asomó la cabeza a las habitaciones, sin parecer para nada impresionado con lo que veías. 
       —Este es mi cuarto —dije—. Tu cuarto —me corregí. 
       Tras temerlo durante tanto tiempo, de pronto me emocionaba en secreto que durmieras allí. Absorberías mi presencia, pensé. Sin que yo tuviera que hacer nada, llegarías a conocerme y a apreciarme. Cruzaste la habitación hasta la ventana, la abriste y te asomaste hacia la oscuridad, dejando que entrara el aire frío. 
       —¿Sales al tejado alguna vez? —preguntaste. No esperaste a que respondiera, y antes de que me diese cuenta levantaste la cortina y desapareciste. Me precipité hacia la ventana y me asomé, pero no atiné a verte. Imaginé que tropezabas en las tejas, caías a los arbustos y me echaban a mí la culpa del accidente, por haberme quedado mirando como una estúpida mientras tú cometías semejante insensatez. 
       —¿Estás bien? —grité. Lo lógico habría sido pronunciar tu nombre, pero me sentía inhibida y no lo hice. Por fin, regresaste y te sentaste en la pendiente, encima del garaje, contemplando el jardín. 
       —¿Qué hay detrás de la casa? 
       —El bosque. Pero no se puede ir. 
       —¿Quién lo dice? 
       —Todo el mundo. Mis padres y los profesores del instituto. 
       —¿Por qué? 
       —Un chico se perdió allí el año pasado. Aún no ha aparecido. —Se llamaba Kevin McGrath, y estaba dos cursos por detrás del mío. Durante una semana no se oyó otra cosa que helicópteros, ladridos de perros, en busca de algún indicio de él. 
       No pareció impresionarte la información. En cambio, preguntaste: 
       —¿Por qué la gente pone lazos amarillos en los buzones? 
       —Es por los rehenes de Irán. 
       —Seguro que la mayoría de los americanos no habían oído hablar de Irán antes de esto —dijiste, lo que hizo que me sintiese responsable tanto por el patriotismo de mis vecinos como por su ignorancia—. ¿Qué es eso hacia la derecha? —añadiste. 
       —Unos columpios. 
       La palabra debió de hacerte gracia. Me miraste y sonreíste, aunque no con cariño, sino como si me hubiera inventado el término. 
       —Echaba de menos el frío —dijiste—. Este frío. —El comentario me recordó que nada de aquello te resultaba nuevo—. Y la nieve. ¿Cuándo volverá a nevar? 
       —No lo sé. Este año no nevó mucho por Navidad. 
       Volviste a entrar en la habitación, decepcionado, me temí, por mi falta de información. Te miraste por un instante en mi espejo de marco blanco, tu cabeza casi aparecía cortada por la parte superior. 
       —¿Dónde está el cuarto de baño? —preguntaste mientras te disponías a salir de la habitación. Esa noche, en el dormitorio de mis padres, tumbada en la cama plegable y por completo despierta a pesar de que ya era bastante más de medianoche, los oí hablar en la oscuridad. Me inquietó la posibilidad de que tú también alcanzaras a oírlos. La cama donde dormías estaba justo del otro lado del tabique, y si hubiera sido capaz de atravesarlo con la mano, te habría tocado. Mis padres criticaban a los tuyos y al mismo tiempo se mostraban intimidados por ellos, perplejos por lo mucho que habían cambiado. Bombay los había americanizado más que Cambridge, dijo mi madre, cosa que no había previsto ni entendía. Hubo comentarios acerca del pelo corto de tu madre, sus pantalones, el Johnnie Walker que ella y tu padre continuaron bebiendo después de terminar la cena, tras llevarse la botella al salón. Sobre todo era mi madre la que hablaba, mientras que mi padre escuchaba y de vez en cuando murmuraba en señal de asentimiento, hastiado. Mis padres, que no habían puesto un pie en una licorería en la vida, se preguntaban si debían comprar otra botella de whisky: al ritmo que llevaban, para el día siguiente tus padres habrían acabado con la que había, dijo mi madre. Comentó también que tu madre se había vuelto «estilosa», un término peyorativo en su vocabulario que daba a entender una falta de moderación que ella rechazaba. «Por el precio de un billete en primera clase podrían haber volado doce personas», dijo. Los cumpleaños de mi madre llegaban y pasaban sin que mi padre se diera por enterado. Era yo la que hacía una tarjeta y le insistía para que la firmase conmigo todos los primeros de junio. De pronto mi madre se incorporó, olisqueando el aire. «Huele a humo», dijo. Mi padre le preguntó si se había acordado de apagar el horno. Ella respondió que estaba segura de haberlo hecho, pero le pidió que se levantara a echar un vistazo. 
       —Lo que hueles es un cigarrillo —dijo él cuando regresó a la cama—. Alguien ha estado fumando en el cuarto de baño. 
       —No sabía que el doctor Choudhuri fumara —dijo mi madre—. ¿Deberíamos haber sacado un cenicero?

* * *

      Por la mañana todos dormisteis hasta tarde a causa del desfase horario, recordándonos que, pese a vuestra presencia, a las maletas atestando los pasillos, a los cepillos de dientes amontonados en la repisa del lavabo, vuestro lugar estaba en otra parte. Cuando por la tarde regresé a casa del instituto seguíais durmiendo, y a la hora de cenar —de desayunar, para vosotros— rehusasteis el curry que estábamos comiendo, hambrientos de tostadas y té. Fue así durante los primeros días: estabais despiertos cuando nosotros dormíamos, dormíais cuando nosotros estábamos despiertos; llevábamos vidas contrapuestas bajo el mismo techo. Como resultado de ello, aparte de que yo ya no dormía en el mismo cuarto, no había muchos cambios. Me tomaba el zumo de naranja, me comía los cereales y me iba a la parada de autobús como siempre. No hablé con nadie de vuestra llegada; casi nunca revelaba detalles de mi vida doméstica a ninguna amiga americana. De niña, siempre me atemorizaban los cumpleaños, cuando una docena de niñas se presentaban en casa y tenían oportunidad de ver cómo vivíamos. No sé cómo me habría referido a ti. «Un amigo de la familia», supongo. 
       Entonces, un día, llegué a casa y me encontré a tus padres despiertos, con los tobillos cruzados encima de la mesita de centro, ocupando el sofá donde yo solía sentarme a ver La tribu de los Brady y La isla de Gilligan. Charlaban con mi madre, que estaba en el sillón reclinable con un cuenco en la mano, pelando patatas. Tu madre iba vestida con un sari de nailon de la mía, morado y con lunares rojos de diversos tamaños. Habían llegado noticias preocupantes sobre la maleta perdida de tu madre: la localizaron en Roma pero la pusieron a bordo de un vuelo a Johannesburgo. Recuerdo haber pensado que el sari le sentaba mejor a tu madre que a la mía; el tono morado intenso resultaba más favorecedor para su piel. Me dijeron que estabas fuera, en el jardín. No salí a buscarte, sino que me puse a hacer ejercicios de piano. Para cuando entraste y aceptaste el té que yo aún no podía tomar, porque era demasiado pequeña, ya casi había oscurecido. Tus padres también tomaban té, pero a las seis en punto la botella de Johnnie Walker ya estaba encima de la mesita de centro, como ocurría cada noche de las que pasasteis con nosotros. Habías salido sólo con un jersey, y llevabas la costosa cámara de tu padre colgada al cuello. Tu rostro delataba los efectos del frío: tenías los ojos brillantes, los rebordes de las orejas de color carmesí, tu piel resplandecía como iluminada desde dentro. 
       —Hay un arroyo allí atrás —dijiste—, en el bosque. 
       Entonces mi madre se puso nerviosa y te advirtió que no fueras allí, tal como me lo había advertido a mí a menudo, tul como te lo advertí yo la noche de tu llegada, pero tus padres no compartieron su preocupación. En vez de eso, te preguntaron qué habías fotografiado. 
       —Nada —respondiste, y me tomé que nada te hubiera inspirado como algo personal. Los barrios residenciales eran nuevos para ti y tus padres. Los recuerdos que poseíais de América eran de Cambridge, un lugar que yo apenas alcanzaba a recordar. 
       Te tomaste el té y desapareciste en mi cuarto como si fuera tuyo; sólo saliste cuando te llamaron para cenar. Comías deprisa, en silencio, y luego volvías arriba. Eran tus padres quienes me prestaban atención, quienes me hacían preguntas y me felicitaban por mis modales, por cómo tocaba el piano, por todo lo que hacía para ayudar a mi madre en casa. «Fíjate, Kaushik, cómo se prepara Hema el almuerzo», comentaba tu madre mientras me hacía un sándwich de jamón o pavo después de cenar y lo metía en una bolsa de papel para llevármelo a la escuela al día siguiente. Seguía siendo, en buena medida, una niña, mientras que tú, sólo tres años mayor que yo, ya te habías desembarazado de la influencia de tus padres. No discutías con ellos ni parecía que les hablases demasiado. Mientras estabas fuera, había oído que le comentaban a mi madre lo contrariado que estabas por haber regresado. «Se puso furioso cuando nos fuimos, y ahora está furioso porque hemos vuelto —dijo tu padre—. Incluso en Bombay nos las arreglamos para criar a un típico adolescente norteamericano.» 
       Yo hacía los deberes en la mesa de la cocina, pues no podía utilizar la mesa de mi habitación. Seguía con mi trabajo sobre la Roma antigua, un tema que me había interesado hasta vuestra llegada. Ahora, teniendo en cuenta que habíais estado allí, lo encontraba ridículo. Quería trabajar en la intimidad, pero tu padre me hablaba con detenimiento de los aspectos estructurales del Coliseo. Sus explicaciones de ingeniero civil me resultaban incomprensibles, no guardaban relación con mis necesidades, pero escuchaba por cortesía. Me preocupaba que quisiera comprobar si había incorporado las cosas que decía; sin embargo, nunca me importunó al respecto. Hurgó en su equipaje y me enseñó las postales que había comprado, y, aunque no tenía nada que ver con mi trabajo, me dio una moneda de diez liras. 
       Cuando hubieron pasado en buena medida las consecuencias del desfase horario, fuimos al centro comercial en el coche de mis padres. Tu madre necesitaba sujetadores, una prenda que no podía tomar prestada de mi exuberante madre. En el centro comercial, nuestros padres se sentaron juntos en un nivel inferior en el que había bancos y plantas en jardineras, a la espera, y a ti te dieron dinero y te dejaron dar una vuelta mientras yo acompañaba a nuestras madres a la sección de ropa interior de Jordán Marsh. Tu madre nos llevó hasta allí, con la tarjeta de crédito que tu padre le había entregado. Por lo general, íbamos a Sears. De camino a los sostenes se compró unos guantes de cuero negro y un par de botas hasta la rodilla, con cremallera, sin mirar en ningún momento el precio antes de coger algo del estante. En la sección de ropa interior, fue a mí a quien abordó la vendedora. 
       —Acaban de llegarnos unos modelos para jovencitas preciosos —le comentó a tu madre, creyendo que era hija suya. 
       —Ah, no, es muy pequeña —intervino mi madre. 
       —Pero mira, qué monada —señaló tu madre, al tiempo que palpaba el modelo que le presentaba la vendedora en una percha, de encaje blanco con un capullo de rosa en el centro. Aún tenía que venirme el período y, a diferencia de muchas chicas del instituto, todavía llevaba camisetas con estampados de flores. Me llevaron al probador y tu madre me observó con aire de satisfacción mientras me quitaba el abrigo y el jersey y me probaba el sostén. Me ajustó los tirantes y abrocho el cierre a la espalda. Ella también se probó cosas, desnuda de cintura para arriba a mi lado, sin avergonzarse, aunque a mí sí me azoraba ver sus grandes pezones de color ciruela, sus pechos sorprendentemente caídos, las oscuras matas de vello en las axilas, que despedían un olor acre si bien no del todo desagradable. 
       —Perfecto —comentó tu madre. Pasó el dedo por debajo del elástico, sobre la piel, y añadió—: Espero que sepas que algún día vas a ser muy hermosa. 
       A pesar de las protestas de mi madre, la tuya me compró mis primeros tres sostenes, insistiendo en que se trataba de un regalo. A la salida, en el mostrador de cosméticos, se compró un pintalabios, un frasco de perfume y un surtido de cremas caras que prometían dar firmeza al cuello y brillo a los ojos; no mostró el menor interés en los productos Avon que utilizaba mi madre. El regalo por sus compras en el mostrador de cosméticos fue un bolso rojo de gran tamaño. Me lo dio, convencida de que me vendría bien para los libros, y al día siguiente lo llevé a clase.

       Una semana después tu padre se incorporó a su nuevo trabajo, en una empresa de ingeniería, a sesenta kilómetros de casa. Al principio mi padre se levantaba temprano y lo llevaba antes de regresar a Northeastern para dar clases de economía. Luego tu padre se compró un Audi con cambio de marchas manual. Tú te quedabas en casa con tu madre y la mía; tus padres querían esperar a comprarse una vivienda para decidir qué instituto te convenía. Yo estaba pasmada, y muerta de envidia: ¡medio año sin ir a clase! Para agravar mi disgusto, no se esperaba que hicieras nada en casa, como llevar el plato o el vaso al fregadero o hacerte mi cama, que yo veía de vez en cuando por la puerta entreabierta de mi habitación en un estado de desorden absoluto: la manta en el suelo, tu ropa amontonada encima de mi mesa blanca. Comías cantidades enormes de fruta, racimos enteros de uva, manzanas hasta el corazón, una costumbre que me fascinaba. En aquella época yo no probaba la fruta fresca; las texturas y la intensidad de los sabores me producían arcadas. Tú te quejabas del sabor, o de la falta de sabor, pero igualmente diezmabas lo que hubieran traído mis padres del Star Market. Al llegar a casa por las tardes siempre te encontraba en el mismo extremo del sofá, con los pies descalzos apoyados en el borde de la mesita de centro, leyendo libros de Isaac Asimov que sacabas de las estanterías de mi padre, en el sótano. Yo aborrecía Doctor Who, la única serie de televisión que te gustaba. 
       No acababa de pillarte la vuelta. Como habías vivido en la India, te tenía más asociado con mis padres que conmigo. Y, sin embargo, eras distinto de mis primos de Calcuta, que tan inocentes y obedientes parecían cuando los visitaba, preguntándome sobre mi vida en América como si ésta fuese la Luna, pasmados por todos los detalles. Tú no mostrabas la menor curiosidad por mí. Un día una amiga de clase me invitó a ver El Imperio contraataca un sábado por la tarde. Mi madre dijo que podía ir, pero sólo si también estabas invitado tú. Protesté, aduje que mi amiga no te conocía. A pesar de mi encaprichamiento, no quería tener que explicarle a mi amiga quién eras y por qué vivías en nuestra casa. 
       —Tú sí lo conoces —replicó mi madre. 
       —Pero ni siquiera le caigo bien —me quejé. 
       —Claro que le caes bien —respondió mi madre, ciega a las implicaciones de lo que yo había dicho—. Se está adaptando, Hema. Tú nunca has tenido que pasar por eso. 
       La conversación concluyó allí. Luego resultó que la película no te interesaba, pues ni siquiera habías visto La guerra de las galaxias.

       Un día te encontré sentado a mi piano, pulsando teclas al azar con el índice. Te levantaste al verme y te sentaste en el sofá. 
       —¿Odias esto? —te pregunté. 
       —Me gustaba vivir en la India —contestaste. 
       Yo no dejé entrever que los viajes a la India me resultaban aburridos, que no me gustaban las lagartijas que se aferraban a las paredes al caer la noche, venga a entrar y salir de los fluorescentes, ni las cucarachas gigantescas que me observaban mientras me bañaba. No me hacían gracia los comentarios que soltaban mis parientes abiertamente en mi presencia: que no había heredado las elegantes manos de mi madre, que mi piel se había oscurecido desde que era niña. 
       —Bombay no se parece en nada a Calcuta —añadiste, como si me leyeras el pensamiento. 
       —¿Está cerca del Taj Mahal? 
       —No. —Me miraste con atención, como si repararas en mi presencia por primera vez—. ¿Nunca has visto un mapa? 
       En nuestro viaje al centro comercial te habías comprado un disco, algo de los Rolling Stones. La cubierta era blanca, y en ella aparecía lo que semejaba una tarta. No tenías el menor interés en los pocos discos que yo poseía: Abba, Shaun Cassidy, un recopilatorio de música disco que había encargado con el di ñero de la paga tras verlo en un anuncio de televisión. Tampoco estabas dispuesto a poner el álbum en el tocadiscos de plástico que había en mi habitación. Abriste el armario donde mi padre tenía el plato y el receptor de radio. Mi padre era sumamente maniático con su aparato estéreo. A mí, e incluso a mi madre, nos estaba vedado. El estéreo había sido la única compra lujosa de su vida. Los sábados por la mañana, antes de escuchar su colección de cantantes indios, lo limpiaba todo personalmente, frotando las piezas con un trapo especial. 
       —No puedes tocar eso —le advertí. 
       Te volviste. La tapa del giradiscos ya estaba levantada, y el disco daba vueltas. Sostuviste el brazo de la aguja, dejando que su peso reposara sobre tu dedo. 
       —Sé cómo poner un disco —dijiste, sin hacer ya el menor esfuerzo por disimular tu irritación. Y luego dejaste caer la aguja.

* * *

      Qué aburrido debías de sentirte en mi habitación, llena de objetos de chica. Debía de ponerte nervioso verte atrapado con nuestras madres el día entero mientras cocinaban y veían culebrones. En realidad, era mi madre quien cocinaba ahora. Aunque la tuya le hacía compañía, pelaba o troceaba algo de vez en cuando, ya no estaba interesada en cocinar, como lo había estado en los tiempos de Cambridge. La había malacostumbrado Zareen, la cocinera parsi que teníais en Bombay, dijo. En ocasiones nos prometía un bizcocho al jerez, lo único que, aclaraba, siempre insistía en preparar ella misma, aunque nunca llegaba a hacerlo. Seguía tomando prestados saris de mi madre e iba al centro comercial a comprarse más jerséis y pantalones. Su maleta perdida jamás llegó, y ella lo aceptó con calma, asegurando que así tenía excusa para comprarse cosas nuevas, pero tu padre presentó batalla por ella, haciendo una serie de airadas llamadas a la compañía aérea antes de dejar estar definitivamente el asunto. 
       Tú estabas en casa tan poco como te era posible, y a pesar del frío salías a pasear por el bosque y las calles casi desiertas. Te vi una vez, mientras iba en el autobús escolar de regreso a casa, asombrada de lo lejos que habías llegado. «Vas a ponerte enfermo, Kaushik, siempre paseando así a la intemperie», te advertía mi madre, que seguía hablándote en bengalí pese a que contestabas sistemáticamente en inglés. Fue tu madre la que se acatarró, y se sirvió de esa excusa para quedarse en cama durante días. Rehusaba la comida que preparaba mi madre para todos los demás y pedía únicamente caldo de pollo enlatado. Tú te llegabas andando hasta el pequeño supermercado que quedaba a kilómetro y medio de nuestra casa y traías el caldo y ejemplares de Vogue y Harper’s Bazaar. «Ve a preguntar a Parul Mashi si quiere té», me dijo mi madre una tarde, y subí a la habitación de invitados. De camino, tenía que ir al cuarto de baño. Allí estaba tu madre, envuelta en un albornoz, sentada con aire taciturno en el borde de la bañera, con las piernas cruzadas, fumando un cigarrillo. 
       —¡Ay, Hema! —exclamó, y a punto estuvo de caer dentro de la bañera, tan sorprendida que aplastó el cigarrillo contra la porcelana y no en el diminuto cenicero que sostenía en la palma de la mano y que debía de haber traído consigo de Bombay. 
       —Lo siento —me disculpé, y me volví para marcharme. 
       —No, no, por favor, ahora mismo salía —dijo. 
       La miré mientras tiraba la colilla por el retrete, se enjuagaba la boca en el lavabo, se aplicaba de nuevo pintalabios y M lo secaba con un Kleenex, que luego acabó, con un revoloteo, en la papelera. Aparte del bindi, mi madre no llevaba maquillaje, y observé el ritual de la tuya con atención, más impresionada si cabe de que se tomase tantas molestias teniendo en cuenta que se encontraba mal y pasaba la mayor parte del tiempo en la cama. Se miró fijamente en el espejo, sin sopesar lo que veía Al parecer la breve aplicación de pintalabios le devolvió la compostura que mi repentina aparición le había hecho perder. Me vio contemplando su reflejo y sonrió. «Un cigarrillo al día no puede matarme, ¿verdad?», comentó alegremente. Abrió la ventana, sacó un perfume de su bolsa de cosméticos y lanzó una rociada al aire. «Nuestro secretito, ¿verdad, Hema?», dijo. No era tanto una pregunta como una orden, y se marchó, cerrando la puerta a su espalda. En ocasiones, por la tarde, íbamos con vosotros a mirar casas. Íbamos en nuestro coche familiar, pues en el precioso automóvil que había comprado tu padre no cabíamos todos. Mi padre conducía, vacilante, hasta barrios desconocidos donde los jardines eran un poco más grandes que el nuestro y las casas un poco más apartadas entre sí. Tus padres buscaron primero en Lexington y Concord, donde estaban las mejores escuelas. Algunas casas que íbamos a ver estaban vacías, otras ocupadas por los inquilinos de ese momento y sus posesiones. Ninguna, según las conversaciones que oía por la noche mientras intentaba conciliar el sueño, era de las que podrían haberse permitido mis padres. Ellos se hacían a un lado mientras los tuyos hablaban con los agentes inmobiliarios de los precios que se pedían. Pero no era el dinero lo que se interponía. 
       El problema en sí eran las propias casas, la luz escasa, los techos bajos, las habitaciones incómodas, decían siempre tus padres en el camino de regreso a nuestra casa. A diferencia de mis padres, los tuyos tenían opiniones acerca del diseño, preferían algo contemporáneo, se entusiasmaban cuando pasábamos por delante de una estructura blanca en forma de caja medio oculta tras una hilera de árboles altos. Buscaban una piscina a ras de tierra, o un espacio para construirla; tu madre echaba de menos nadar en su club en Bombay. «Vistas al agua, eso deberíamos buscar», declaró una tarde tu madre mientras leía la sección de anuncios del Globe, y eso limitó aún más la búsqueda. Fuimos en coche a Swampscott y Duxbury para ver propiedades que daban al océano, y visitamos casas en el bosque con vistas a lagos privados. Tus padres hicieron una oferta por una casa en Beverly, pero después de una segunda inspección, tras aducir tu madre que el trazado del terreno no era óptimo, la retiraron. 
       Mis padres se sentían desairados por las extravagantes perspectivas de los tuyos, avergonzados de tener una casa tan modesta. «Qué incómodos deben de estar aquí», decían, pero tus padres nunca se quejaban, como se quejaban los míos, todas las noches, antes de dormirse. «No esperaba que les llevase tanto tiempo», decía mi madre, y observaba que casi había transcurrido un mes. Mientras estabais con nosotros, no había sitio para nadie más. «Los Dasgupta querían visitarnos el fin de semana que viene y he tenido que decirles que no», comentó mi madre. Una y otra vez oía lo mucho que habían cambiado tus padres, cómo, sin darnos cuenta, habíamos abierto las puertas de nuestra casa a unos desconocidos. Había quejas porque tu madre no ayudaba a limpiar la cocina después de comer, porque se iba a la cama cuando le venía en gana y dormía casi hasta el mediodía. Mi madre afirmaba que tu padre era demasiado indulgente, demasiado atento con la tuya, siempre le preguntaba si quería otra copa, le bajaba una rebeca si tenía frío. 
       —Ella es la razón de que sigan aquí —aseguró un día mi madre—. No se conformará con nada que no sea un palacio. 
       —No es tarea fácil empezar con un trabajo nuevo, una forma nueva de vida desde cero —repuso mi padre con diplomacia—. Yo diría que ella no quería marcharse, y él intenta compensarla. 
       —Tú nunca me perdonarías semejante comportamiento. 
       —Déjalo estar —dijo mi padre, que le dio la espalda y se subió la manta hasta debajo de la barbilla—. No será para siempre. Se marcharán dentro de poco y entonces nuestra vida volverá a la normalidad. 
       En alguna parte, en aquella casa abarrotada, se trazó una línea entre nuestras dos familias. A un lado estaba nuestra vida de siempre: mis padres me llevaban al Star Market los jueves por la noche, luego me daban el gusto de ir al McDonald’s. Todos los domingos estudiaba para mi examen semanal de ortografía, y mi padre me ponía a prueba una vez terminado 60 minutos. Tu familia también empezó a hacer cosas por su cuenta. A veces tu padre volvía temprano de trabajar y se llevaba a tu madre a mirar propiedades o al centro comercial, donde lenta y metódicamente empezó a comprar todas las cosas que necesitaría para poner en marcha la casa: sábanas, mantas, platos y vasos, pequeños electrodomésticos. Regresaban a casa con bolsas y más bolsas, las apilaban en nuestro sótano; a veces le enseñaban a mi madre lo que habían comprado, otras ni siquiera se molestaban en hacerlo. Los viernes tus padres solían invitarnos a cenar fuera, en alguno de los mediocres y carísimos restaurantes de la ciudad. Disfrutaban con el cambio: habían desarrollado misteriosamente preferencias por cosas como el solomillo y las patatas asadas, mientras que mis padres no. Las salidas tenían como objeto dar un descanso en la cocina a mi madre, pero ella también se quejaba de eso. 
       Yo era la única a quien no le importaba que siguierais con nosotros. A mi modo callado y complejo seguías gustándome, me sentía dichosa por el simple hecho de observarte día tras día. Y tus padres me caían bien, sobre todo tu madre; la atención que me dedicaba casi llegaba a compensar tu indiferencia. Un día tu padre reveló las fotografías de vuestra estancia en Roma. Yo disfruté viendo las copias, sujetándolas con cuidado por los bordes. Las fotos eran casi todas de ti y de tu madre, posando en piazze o sentados en el borde de fuentes. Había dos instantáneas de la columna de Trajano, casi idénticas. 
       —Coge una para tu trabajo —me dijo tu padre, a la vez que me la daba—. Seguro que impresiona a tu profesor. 
       —Pero yo no he estado… 
       —Da igual. Dile que tu tío fue a Roma y sacó una foto para ti. 
       Tú aparecías en la fotografía, de pie a un lado. Tenías la mirada baja, la cara oscurecida por una visera. Podrías haber sido cualquiera, uno de los muchos turistas de paso por el encuadre, pero me inquietó que estuvieras allí, tu presencia, que amenazaba con sacar a la luz la atracción secreta que sentía hacia ti y respecto de la cual aún confiaba en obtener alguna clase de respuesta. Habías conseguido eliminar todos mis encaprichamientos del instituto, de modo que sólo pensaba en estar en casa y en la forma de que nuestros caminos se cruzaran a lo largo de la tarde y por la noche, si te molestarías en mirarme en la mesa durante la cena. Tumbada en la cama plegable de la habitación de mis padres, dedicaba largas horas a imaginarte besándome. Yo era demasiado joven, demasiado inexperta, para contemplar nada más allá de eso. Acepté la fotografía y la pegué a mi trabajo, aunque no sin antes recortar la parte donde salías tú. Ese trozo me lo guardé, escondido entre las páginas en blanco de mi diario, a buen recaudo durante años.

       El deseo de que nevara aún no se había cumplido. Cayó alguna que otra breve ráfaga de copos, pero nada que cuajara. Entonces, un día, la nieve empezó a caer, apenas visible al principio, pero cada vez con más fuerza a medida que transcurría la tarde, hasta alcanzar dos o tres centímetros de espesor en las calles para cuando volví del instituto. No fue una nevada peligrosa, pero sí lo bastante importante para romper la monotonía del invierno. Mi madre, que esa tarde estaba de buen humor, decidió preparar una gran cazuela de khichuri, plato que por lo general cocinaba cuando llovía, y para variar la tuya insistió en ayudarla, y se puso a freír trozos de patata y coliflor y a derretir barritas de mantequilla en una cacerola para preparar ghee. También decidió que quería, por fin, hacer aquel bizcocho al jerez que tanto tiempo llevaba prometiendo, y cuando mi madre le dijo que no había suficientes huevos tu padre fue por ellos, así como por los demás ingredientes que necesitaba. 
       —No estará listo hasta medianoche —advirtió mientras batía leche caliente y huevos sobre el fuego; cuando se cansó dejó que me ocupara de la tarea—. Hacen falta al menos cuatro horas para que cuaje. 
       —Entonces podemos comerlo para desayunar —propusiste al tiempo que arrancabas un pedazo del pastel que ella acababa de cortar y te lo llevabas en la boca. Rara vez ponías un pie en la cocina, pero esa tarde revoloteabas por allí, entusiasmado con la promesa del bizcocho al jerez, que deduje te encantaba y yo nunca había probado. 
       Después de cenar nos aglomeramos en el salón para ver las noticias mientras seguía nevando, emocionados al enterarnos de que al día siguiente mi instituto permanecería cerrado y las clases de mi padre se habían suspendido. 
       —Tómate tú también el día libre —instó mi madre a tu padre, que, para sorpresa de todos, accedió. 
       —Me recuerda el invierno que nos marchamos de Cambridge —dijo tu padre. Él y tu madre bebían Johnnie Walker, y esa noche, aunque mi madre seguía rehusándolo, mi padre aceptó acompañarlos—. Aquella fiesta que celebrasteis en nuestro honor —continuó, volviéndose hacia mis padres—. ¿Os acordáis? 
       —Hace siete años —dijo mi madre—. Era otra vida, en aquella época. 
       Hablaron de lo pequeños que éramos tú y yo entonces, de lo jóvenes que eran ellos. 
       —Qué velada tan estupenda —recordó tu madre, cuya voz delató una tristeza que los otros adultos parecían compartir—. Qué distinto era todo. 
       Por la mañana colgaban carámbanos de nuestras ventanas y un palmo de nieve cubría la tierra. El bizcocho al jerez, que la víspera no aguardamos a que se hiciera por estar demasiado cansados, apareció para el desayuno junto con las tostadas y el té. No era lo que había esperado, la mezcla caliente que había ayudado a batir estaba ahora fría y resbaladiza, pero tú devoraste una ración tras otra; tu madre acabó por guardarlo, pues temía que empezara a dolerte el estómago. Después de desayunar, tu padre y el mío se turnaron con la pala para despejar el sendero de entrada. Cuando el viento remitió, me dejaron salir. Por lo general, en ocasiones así me dedicaba a hacer muñecos de nieve, raquíticos y ladeados; mis padres se quejaban, cuando les pedía una zanahoria, de que era un desperdicio de comida. Pero esta vez te sumaste a mí, tocabas la nieve con las manos desnudas, la estudiabas, parecías feliz por primera vez desde tu llegada. Hiciste una bola pequeña y me la arrojaste. Me aparté, y luego te arrojé una ti, te di en la pierna, consciente de que llevabas la cámara colgada al cuello. 
       —Me rindo —dijiste, y levantaste los brazos—. Qué maravilla —añadiste, mirando en torno el jardín transformado por la nieve. 
       Me sentí halagada, por mucho que yo no tuviera nada que ver con el tiempo. Echaste a andar hacia el bosque y luego vacilaste. Había algo que querías enseñarme, dijiste. Aquel luminoso día de cielos azules, cubierto de nieve, con las ramas peladas de los árboles ocultando tan poco, parecía un lugar seguro. No pensé en el niño que se había perdido allí y al que nunca habían encontrado. De vez en cuando te detenías y dirigías la cámara hacia algo, sin pedirme en ningún momento que posara. Recorrimos un largo trecho, hasta que dejé de oír el sonido de las paletadas de nieve, hasta que la casa ya no resultaba visible. Al principio no caí en la cuenta de lo que estabas haciendo, de rodillas en el suelo para apartar la nieve. Debajo había alguna clase de piedra. Y entonces vi que se trataba de una lápida. Descubriste una hilera de ellas, planas en el suelo. Me puse a ayudarte, dejando al descubierto lo que estaba sepultado, primero sirviéndome de las manos enguantada, luego de todo el brazo. Pertenecían a unas personas de apellido Simonds, seis miembros de una misma familia. 
       —Están todos juntos —dijiste—. La madre, el padre, cuatro hijos. 
       —No sabía que esto estuviera aquí. 
       —Dudo que alguien lo sepa. Cuando las encontré estaban tapadas por la hojarasca. La última, Emma, murió en mil novecientos veintitrés. 
       Asentí, sorprendida por la similitud de su nombre con el mío, me pregunté si habrías caído en la cuenta de ello. 
       —Ojalá no fuéramos hindúes, para que mi madre pudiera ser enterrada en alguna parte. Pero nos ha hecho prometer que esparciremos sus cenizas en el Atlántico. 
       Te miré, confusa, y seguiste explicando que tenía cáncer de mama, y que se le estaba propagando por el resto del cuerpo. Por eso os habíais ido de la India. No era tanto por el tratamiento como para que os dejaran en paz. En la India la gente sabía que estaba muriéndose, y de haber seguido allí, inevitablemente, amigos y parientes se habrían reunido a vuestro lado en vuestro hermoso apartamento a orillas del mar, intentando protegerla de algo de lo que no había modo de escapar. Tu madre, que no quería verse agobiada por su atención ni que sus padres fueran testigos de su declive, le pidió a tu padre que os trajera de regreso a América. 
       —Ha estado visitándola un médico del Mass General. Es allí adonde suele llevarla mi padre cuando dicen que van a ver casas. Va a operarse en primavera, pero es sólo para ganar un poco más de tiempo. No quiere que nadie lo sepa. Al menos hasta el final. 
       La información cayó entre nosotros, tan espantosa como si me hubieras abofeteado, y rompí a llorar. Al principio las lágrimas rodaron en silencio por mi rostro medio helado, pero luego empecé a sollozar, afeada delante de ti, moqueando por efecto del frío, con los ojos enrojecidos. Me quedé allí plantada, con las manos en cuña debajo de los pómulos para recoger las lágrimas, mortificada porque tuvieras que presenciar un espectáculo tan patético. Aunque nunca me habías sacado una foto, temí que levantaras la cámara y me captaras de esa guisa. Naturalmente, no hiciste nada, no dijiste nada; bastante habías dicho ya. Te quedaste donde estabas, contemplando la lápida de Emma Simonds, y al cabo, cuando me tranquilicé, echaste a andar de regreso a nuestro jardín. Te seguí por el sendero que habías descubierto, y después nos separamos, sin ser ninguno consuelo para el otro, tú a despejar el sendero con la pala, yo adentro a darme una ducha caliente, con la cara roja e hinchada a causa del frío a los ojos de nuestras madres. Tal vez pensaste que lloraba por ti o por tu madre, pero no era así. Era demasiado joven para sentir pena o compasión. Sólo noté el enorme miedo de tener una mujer agonizante en nuestra casa. Recordé haber estado junto a tu madre, las dos desnudas de cintura para arriba en el probador cuando me ponía mi primer sostén, impresionada por haberme encontrado tan cerca de su enfermedad. Estaba furiosa porque me lo hubieras dicho, y porque no me lo hubieras dicho, sentía al mismo tiempo una carga y una traición, te odiaba otra vez como al principio.

       Dos semanas después, os fuisteis. Tus padres compraron una casa en North Shore, diseñada por un renombrado arquitecto de Massachusetts. Tenía el tejado perfectamente plano y paredes enteras de vidrio. Las habitaciones de la planta superior estaban dispuestas en torno a una galería interior, el techo del salón alcanzaba los seis metros de altura. No había vistas al agua pero sí una piscina para que nadara tu madre, tal como deseaba. Vuestra primera noche allí, mi madre llevó comida para que la tuya no tuviera que cocinar, sin saber el favor que le hacía. Admiramos la casa y el terreno, las habitaciones, tan vacías que producían eco y que pronto rebosarían de tristeza y dolor. Había un dormitorio con claraboya; debajo, nos dijo tu madre, pensaba colocar su cama. Todo aquello le reportaría dos años de placer. Cuando mis padres por fin se enteraron de la noticia y fueron al hospital donde tu madre agonizaba, yo no les dije nada de lo que me habías contado. En ese sentido me mantuve leal. Nuestros padres apenas eran conocidos para entonces, pues tras las semanas de intimidad forzosa habían seguido sus respectivos caminos. Tu madre había prometido invitarnos en verano a nadar en la piscina, pero conforme empeoraba su salud, más deprisa de lo que habían previsto Ion médicos, tus padres se cerraron al resto del mundo, decididos a no revelar aún la dolencia de ella, y rara vez recibían visitas. Durante una temporada mi madre y mi padre siguieron quejándose, pues se sentían rechazados. «Después de todo lo que hicimos por ellos», decían antes de conciliar el sueño. Pero yo ya estaba en mi propia habitación, al otro lado de la pared, en la cama donde tú habías dormido, y ya no los oía

Originalmente publicado en la revista The New Yorker (8 de mayo de 2006);
Unaccustomed Earth
(Nueva York: Alfred A. Knopf , 2008, 331 págs.)

https://www.literatura.us/idiomas/jhl_vez.html

Cielo e infierno de Jhumpa Lahiri

Pranab Chakraborty no era, en rigor, el hermano menor de mi padre. Era otro bengalí de Calcuta que había ido a parar a las áridas costas de la vida social de mis padres a principios de los setenta, cuando vivían en un apartamento alquilado en Central Square y podían contar sus amistades con los dedos de una mano. Pero yo no tenía ningún tío de verdad en América, así que me enseñaron a llamarle Pranab Kaku. Por consiguiente, él llamaba a mi padre Shyamal Da, dirigiéndose siempre a él con la fórmula más cortés, y llamaba a mi madre Boudi, que es como los bengalíes deben dirigirse a la esposa de un hermano mayor, en vez de utilizar su nombre de pila, Aparna. Después de que Pranab Kaku trabara amistad con mis padres, confesó que el día que nos conocimos nos había seguido a mi madre y a mí durante buena parte de una tarde por las calles de Cambridge, por donde ella y yo solíamos deambular a la salida del colegio. Nos había seguido los pasos por Massachusetts Avenue y luego cuando entramos y volvimos a salir de la Harvard Coop, donde a mi madre le gustaba mirar los artículos domésticos de rebajas. Merodeó con nosotros por Harvard Yard, donde mi madre acostumbraba sentarse en el césped los días agradables y observar las riadas de estudiantes y profesores que surcaban afanosamente los senderos, hasta que, al cabo, cuando subíamos las escaleras de la Biblioteca Widener para que yo pudiera ir al servicio, le dio un toque a mi madre en el hombro y le preguntó, en inglés, si tal vez era bengalí. La respuesta a esa pregunta estaba clara, dado que mi madre llevaba los brazaletes rojos y blancos característicos de las mujeres casadas bengalíes, y un sari típico de Tangail, así como una gruesa franja de polvos color bermellón en la raya del pelo, y tenía la cara llena y redonda y los grandes ojos oscuros tan habituales entre las mujeres bengalíes. Se había fijado en los dos o tres imperdibles que llevaba sujetos a las finas pulseras de oro detrás de las rojas y blancas, que debía de usar como sustitución de un gancho perdido en una blusa o para pasar una cordel por el interior de una combinación en caso de apuro, una práctica que él asociaba estrictamente con su madre, sus hermanas y tías de Calcuta. Además, Pranab Kaku había oído casualmente a mi madre decirme en bengalí que no podía comprarme un número de Archie en la Coop. Pero en aquel momento, según confesó también, América le resultaba tan nueva que no quería dar nada por sentado, de forma que ponía en tela de juicio hasta lo más evidente.
Mis padres y yo llevábamos tres años viviendo en Central Square; anteriormente vivimos en Berlín, donde nací y donde mi padre había terminado su preparación como microbiólogo antes de aceptar un puesto de investigador en el Hospital General de Massachusetts, y antes de en Berlín mis padres habían vivido en la India, donde no se conocían y donde su matrimonio había sido concertado. Central Square es el primer lugar en que recuerdo haber vivido, y en mis recuerdos de nuestro apartamento, sito en una casa con tejado de tablillas marrón oscuro en Ashburton Place, Pranab Kaku siempre está presente. Según la historia que gustaba de recordar a menudo, mi madre lo invitó a acompañarnos de regreso a nuestro apartamento esa misma tarde y preparó el té para los dos; luego, tras averiguar que no había ingerido una comida bengalí como era debido en más de tres meses, le sirvió la caballa al curry y el arroz sobrantes de nuestra cena de la víspera. Se quedó en casa hasta la noche para comer de nuevo después de que mi padre volviera, y a partir de entonces venía a cenar casi todas las noches, ocupando la cuarta silla en nuestra mesa de fórmica de la cocina y pasando a formar parte de nuestra familia tanto en la práctica como en el nombre.
Era de una familia acaudalada de Calcuta y nunca había tenido que servirse ni tan sólo un vaso de agua antes de venir a vivir a América para estudiar ingeniería en el MIT. La vida como licenciado universitario en Boston le supuso una cruel sacudida, y en su primer mes adelgazó casi diez kilos. Había llegado en enero, en medio de un temporal de nieve, y al cabo de una semana hizo el equipaje y se fue a Logan, dispuesto a abandonar la oportunidad para la que había estado trabajando toda la vida, pero cambió de parecer en el último instante. Vivía en la calle Trowbridge, en casa de una mujer divorciada con dos niños pequeños que estaban siempre gritando y llorando. Tenía una habitación alquilada en el ático y sólo se le permitía utilizar la cocina en ciertos momentos del día, con las instrucciones de limpiarla siempre con Windex y una esponja. Mis padres convinieron en que era una situación terrible, y si hubieran tenido un cuarto disponible se lo habrían ofrecido. A falta de eso, era bienvenido en nuestras comidas y tenía nuestro apartamento abierto a cualquier hora, y poco después era allí adonde iba entre las clases y en sus días libres, dejando siempre algún vestigio tras él: un paquete de tabaco casi terminado, un periódico, una carta que no se había molestado en abrir, un jersey olvidado.
Recuerdo con nitidez el sonido de su exuberante risa y la visión de su larguirucho cuerpo recostado o derrumbado sobre el mobiliario soso y desparejo del apartamento. Tenía un rostro llamativo, de frente alta y poblado bigote, así como un pelo rebelde y más largo de lo debido que, según decía mi madre, le hacía parecer uno de esos hippies norteamericanos que andaban por todas partes en aquel entonces. Sus largas piernas zangoloteaban raudas arriba y abajo allí donde tomaba asiento, y sus elegantes manos temblaban cuando sostenía un cigarrillo entre los dedos y hacía caer la ceniza en una taza de té que mi madre empezó a reservar con ese fin exclusivo. Aunque era científico de formación, no tenía nada de rígido ni de predecible. Siempre parecía medio muerto de hambre; entraba por la puerta y anunciaba que no había comido, y luego comía con voracidad, incluso se acercaba a mi madre por detrás para robarle chuletas mientras estaba friéndolas, antes de que hubiera tenido ocasión de ponerlas correctamente en una bandeja con ensalada de cebolla roja. En privado, mis padres comentaban que era un alumno brillante, todo un astro en Jadavpur que había venido al MIT con un impresionante puesto de profesor adjunto, pero Pranab Kaku se mostraba desdeñoso con respecto a sus clases y se las saltaba con frecuencia. «Estos americanos están aprendiendo ecuaciones que yo utilizaba a la edad de Usha», se lamentaba. Le asombraba que mi profesor de segundo curso no me pusiera deberes y que a los siete años aún no me hubieran enseñado las raíces cuadradas o el concepto de pi.
Aparecía sin previo aviso, nunca telefoneaba de antemano, sino que sencillamente llamaba a la puerta tal como hacía la gente en Calcuta y decía a voz en cuello «¡Boudi!» mientras esperaba a que mi madre le abriera. Antes de que lo conociéramos, yo regresaba de la escuela y me encontraba a mi madre con el bolso en el regazo y la gabardina puesta, ansiosa por escapar del apartamento donde había pasado el día sola. Pero ahora me la encontraba en la cocina, haciendo masa para luchis, que normalmente sólo preparaba los domingos para mi padre y para mí, o colgando unas cortinas que había comprado en Woolworth’s. Por entonces yo no sabía que las visitas de Pranab Kaku eran lo que mi madre aguardaba durante tantas horas, que se ponía un sari nuevo y se peinaba esperando su llegada, y que planeaba, con días de antelación, los aperitivos que le serviría con aire de despreocupación. Que vivía para el momento en que lo oía llamar y gritar «¡Boudi!» y que se ponía de un humor de perros los días que no aparecía.
A mi madre debía de agradarle que yo también esperase con ilusión sus visitas. Él me hacía trucos de magia con cartas y una ilusión óptica en la que parecía estar cortándose el pulgar con enorme esfuerzo y dificultad, y me enseñó a memorizar las tablas de multiplicar mucho antes de que tuviera que aprenderlas en el colegio. Su pasatiempo era la fotografía. Tenía una cámara cara que había que ajustar antes de apretar el disparador, y yo me convertí enseguida en su motivo preferido, la cara redondeada, los dientes que me faltaban, el tupido flequillo necesitado de un buen corte. Siguen siendo las fotografías que más me gustan de mí, pues transmiten esa seguridad en uno mismo de la juventud que ya no poseo, sobre todo delante de la cámara. Recuerdo tener que correr de aquí para allá por Harvard Yard mientras él permanecía quieto con la cámara, intentando captarme en movimiento, o posando en las escaleras de los edificios universitarios o en la calle y apoyada contra troncos de árbol. Sólo hay una fotografía en la que aparece mi madre: está abrazándome mientras estoy sentada a horcajadas sobre su regazo, con la cabeza inclinada hacia mí, las manos tapándome las orejas como si quisiera evitar que oyese algo. En esa foto, la sombra de Pranab Kaku, sus dos brazos levantados formando ángulo para sostener la cámara a la altura de la cara, planea en la esquina del encuadre, su silueta oscurecida y sin rasgos solapada por un lado al cuerpo de mi madre. Siempre estábamos los tres. Yo siempre estaba presente cuando él venía de visita. Habría sido inapropiado que mi madre lo recibiera sola en el apartamento; eso se sobreentendía.
Tenían en común todo aquello que no tenían en común ella y mi padre: el amor por la música, el cine, la política izquierdista, la poesía. Eran del mismo barrio en el norte de Calcuta, las casas de sus familias a un paseo una de otra. Conocían las mismas tiendas, los mismos trayectos de autobús y tranvía, los mismos pequeños establecimientos donde preparaban los mejores jelabis y moghlai parathas. Mi padre, en cambio, era de un suburbio unos treinta kilómetros a las afueras de Calcuta, una zona que mi madre consideraba inhóspita, y hasta en las horas más lúgubres de nostalgia estaba agradecida de que mi padre le hubiera ahorrado una vida en la severa casa de sus suegros, donde habría tenido que llevar la cabeza cubierta con el extremo del sari en todo momento y utilizado un aseo exterior que no era sino una plataforma con un agujero, y donde no había una sola habitación decorada con algún cuadro. En cuestión de semanas, Pranab Kaku había traído su grabadora de carrete a nuestro apartamento, y le ponía a mi madre un popurrí tras otro de canciones de las películas hindis de su juventud. Eran animadas canciones de cortejo, que transformaban la callada vida de nuestro apartamento y hacían que mi madre se remontara al mundo que había dejado atrás para casarse con mi padre. Ella y Pranab Kaku intentaban recordar de qué escena de cada película eran las canciones, quiénes eran los actores y cómo vestían. Mi madre describía a Raj Kapoor y Nargis cantando bajo la lluvia con paraguas, o a Dev Anand rasgueando la guitarra en la playa de Goa. Ambos discutían apasionadamente sobre estos asuntos, alzaban la voz en alegre combate, plantándose cara como nunca lo hacían ella y mi padre.
Puesto que desempeñaba el papel de un hermano menor, ella se tomaba la libertad de llamarlo Pranab, mientras que nunca se dirigía a mi padre por su nombre de pila. Mi padre tenía treinta y siete años a la sazón, nueve más que mi madre. Pranab Kaku tenía veinticinco. A mi padre le gustaba el silencio y la soledad. Se había casado con mi madre para aplacar a sus padres, que estaban dispuestos a aceptar su abandono siempre y cuando tuviera esposa. Estaba casado con su trabajo, su investigación, y existía en el interior de una concha que ni mi madre ni yo podíamos atravesar. La conversación era para él un quehacer; le suponía un esfuerzo que prefería invertir en el laboratorio. Le desagradaba el exceso en todos los ámbitos, no manifestaba ninguna ansia o necesidad más allá de los frugales elementos de su rutina diaria: cereales y té por la mañana, una taza de té al volver a casa y dos platos diferentes de verduras todas las noches con la cena. No comía con el apetito desordenado de Pranab Kaku. Mi padre tenía mentalidad de superviviente. De vez en cuando le gustaba comentar, en compañía diversa y a menudo sin que mediara la pertinente provocación, que los rusos hambrientos bajo el mandato de Stalin habían recurrido a comerse el pegamento del empapelado. Cualquiera hubiera pensado que debía de estar levemente celoso, o al menos un tanto receloso, por causa de la regularidad de las visitas de Pranab Kaku y el efecto que tenían en el comportamiento y el ánimo de mi madre, pero yo creo que mi padre le estaba agradecido a Pranab Kaku por hacerle compañía, absuelto de la responsabilidad que debió de sentir por obligarla a abandonar la India, y aliviado, tal vez, al verla feliz para variar.
En verano, Pranab Kaku se compró un Volkswagen Escarabajo y empezó a llevarnos de paseo por Boston y Cambridge, y poco después fuera de la ciudad, volando autopista adelante. Nos llevaba a Té y Especias de la India en Watertown, y una vez fuimos hasta Nueva Hampshire para ver las montañas. A medida que iba haciendo más calor, empezamos a ir, una o dos veces a la semana, a Walden Pond. Mi madre siempre preparaba un picnic con sándwiches de huevo duro y pepino y hablaba con cariño de los picnics invernales de su juventud, imponentes excursiones con al menos cincuenta parientes, todos en tren hasta los campos de Bengala occidental. Pranab Kaku escuchaba esas historias con interés, asimilando los detalles de su pasado a punto de desaparecer. No hacía oídos sordos a su nostalgia, como mi padre, ni escuchaba sin comprender, como yo. En Walden Pond, Pranab Kaku engatusaba a mi madre para que se adentrara en el bosque y la llevaba por la acusada pendiente hasta la orilla del agua. Ella disponía el picnic y se sentaba a mirarnos mientras nadábamos. Él tenía el pecho cubierto de un tupido vello moreno, hasta la cintura. Ofrecía un aspecto curioso, con sus piernas delgadas como palos y una barriguilla pequeña y fláccida, igual que una mujer, por lo demás esbelta, que hubiera dado a luz y no se hubiera preocupado de recuperar el tono muscular del abdomen. «Estás haciéndome engordar, Boudi», se quejaba tras atiborrarse con lo que preparaba mi madre. Nadaba ruidosamente, con torpeza, la cabeza siempre fuera del agua; no sabía hacer burbujas ni contener la respiración, como había aprendido yo en clase de natación. Allí adonde fuéramos, cualquier desconocido habría dado por supuesto que Pranab Kaku era mi padre, que mi madre era su esposa.
Ahora veo claro que mi madre estaba enamorada de él. La cortejaba como no la había cortejado ningún hombre, con el afecto inocente de un cuñado. A mi modo de ver, no era más que un pariente, un cruce entre un tío y un hermano mucho mayor, ya que en ciertos aspectos lo protegían y se ocupaban de él de la misma manera que de mí. Se mostraba respetuoso con mi padre, siempre buscaba su consejo con vistas a labrarse un porvenir en Occidente, abrir una cuenta bancaria o encontrar empleo, aunque difería de sus opiniones con respecto a Kissinger y el Watergate. De vez en cuando, mi madre le tomaba el pelo en lo tocante a las mujeres, le preguntaba por las estudiantes indias del MIT o le enseñaba fotos de sus primas más jóvenes en la India. «¿Qué te parece ésta? —le preguntaba—. ¿Verdad que es guapa?» Era consciente de que nunca podría tener a Pranab Kaku para sí, y supongo que de esa manera intentaba que se quedase en la familia. Pero, sobre todo, al principio él tenía una dependencia absoluta de ella, la necesitó durante aquellos meses como nunca la necesitó mi padre en todo su matrimonio. Le aportó a mi madre la primera y, me temo, única alegría pura que sintió en su vida. Yo era prueba de su matrimonio con mi padre, consecuencia asumida de la vida para la que había sido educada. Pero Pranab Kaku era distinto. Era el único placer totalmente inesperado de su vida.

En otoño de 1974, Pranab Kaku conoció a una alumna de Radcliffe llamada Deborah, norteamericana, y ella empezó a acompañarlo a nuestra casa. Yo llamaba a Deborah por su nombre de pila, igual que mis padres, pero Pranab Kaku le enseñó a llamar a mi padre Shyamal Da y a mi madre Boudi, a lo que Deborah accedió de buen grado. Antes de que vinieran a cenar por primera vez, le pregunté a mi madre, mientras ella arreglaba la sala, si debía dirigirme a ella como Deborah Kakima, convirtiéndola en tía tal como había convertido a Pranab en tío. «¿Para qué molestarse? —respondió mi madre, al tiempo que me dirigía una mirada severa—. Dentro de unas semanas, la diversión se habrá terminado y ella lo dejará.» Sin embargo, Deborah siguió a su lado, asistiendo a las fiestas de fin de semana en que Pranab Kaku y mis padres se implicaban cada vez más, reuniones exclusivamente bengalíes salvo por ella. Deborah era muy alta, más que mis padres y casi tanto como Pranab Kaku. Llevaba el cabello color bronce peinado con raya en medio, igual que mi madre, pero recogido en una coleta baja en vez de trenzada, como mi madre, o derramado de cualquier manera sobre los hombros y espalda abalo de un modo que a mi madre le parecía indecente. Llevaba unas gafitas de montura plateada, no se maquillaba en absoluto y estudiaba filosofía. A mí me parecía absolutamente preciosa, pero según mi madre tenía lunares en la cara y caderas demasiado estrechas.
Durante un tiempo, Pranab Kaku siguió viniendo a cenar por su cuenta una vez a la semana, generalmente para preguntarle a mi madre qué le parecía Deborah. Buscaba su aprobación, le decía que Deborah era hija de profesores universitarios del Boston College, que su padre publicaba poesía y que tanto él como ella se habían doctorado. En ausencia de él, mi madre se quejaba de las visitas de Deborah, de tener que preparar la comida con menos especias —aunque Deborah aseguraba que le gustaba la comida picante—, y de avergonzarse de poner una cabeza de pescado frito en el dal. Pranab Kaku enseñó a Deborah a decir khub bhalo y aacha, y a coger ciertos alimentos con los dedos en vez del tenedor. A veces acababan dándose de comer mutuamente, dejando que sus dedos se demoraran en la boca del otro, lo que hacía que mis padres bajaran la vista al plato y esperaran a que pasase el momento. En reuniones más concurridas, se besaban y se cogían de la mano delante de todo el mundo, y cuando no podían oírla mi madre hablaba con las demás mujeres bengalíes. «Antes era muy distinto. No entiendo cómo alguien puede cambiar tan de repente. Es como cielo e infierno, la diferencia», comentaba, utilizando siempre las palabras inglesas para la torpe metáfora de su propia cosecha.
Cuanto más molestaban a mi madre las visitas de Deborah, más me ilusionaban a mí. Quedé prendada de Deborah, tal como las niñas suelen prendarse de mujeres que no son su madre. Me encantaban sus serenos ojos grises, los ponchos y las faldas cruzadas de tela vaquera, su cabello lacio, que me dejaba manipular en toda suerte de peinados absurdos. Suspiraba por su aire despreocupado; mi madre insistía en que siempre que había una reunión me pusiera uno de mis vestidos hasta los tobillos de aspecto levemente Victoriano, que ella denominaba «maxis», y me peinara para la ocasión, lo que significaba sacar un mechón de cada lado de la cabeza y unirlos con un pasador en la nuca. En las fiestas, Deborah siempre conseguía escabullirse educadamente, para enorme alivio de las mujeres bengalíes con que se esperaba trabase conversación, y se ponía a jugar conmigo. Era mayor que todos los hijos de los amigos de mis padres, pero era una compañera para mí. Conocía todos los libros que yo leía, Pipi Calzaslargas y Ana de las Tejas Verdes. Me hacía toda clase de regalos que mis padres no podían comprar por falta de dinero e inspiración: un libro grande de cuentos de los Grimm con ilustraciones a la acuarela sobre gruesas y sedosas páginas, marionetas de madera con el pelo de lana. Me hablaba de su familia, tres hermanas mayores y dos hermanos, el menor más cercano a mi edad que a la suya. Una vez, después de ir a ver a sus padres, me trajo tres libros de Nancy Drew, su nombre escrito con caligrafía infantil en la parte superior de la primera página, y un viejo juguete que tenía, un teatrillo de papel con telones de fondo intercambiables, el exterior de un castillo y una sala de baile y un campo abierto. Deborah y yo hablábamos con toda libertad en inglés, idioma en el que, por aquel entonces, yo ya me expresaba mejor que en el bengalí que se me exigía hablar en casa; en cierta ocasión, me preguntó qué significaba asobbho. Vacilé y luego le dije que era lo que me llamaba mi madre si había hecho alguna travesura de las gordas, y a Deborah se le nubló el gesto. Yo tenía una actitud protectora con ella, consciente de que estaba de más, de que resultaba molesta, consciente de los comentarios desagradables de la gente.
Ahora en las salidas en el Volkswagen éramos cuatro: Deborah delante, su mano sobre la de Pranab Kaku apoyada en la palanca de cambios, mi madre y yo detrás. Poco después, mi madre empezó a alegar razones para disculparse, dolores de cabeza y catarros incipientes, así que entré a formar parte de un nuevo triángulo. Para mi sorpresa, mi madre me permitía ir con ellos, al Museo de Bellas Artes, los Jardines Públicos y el Acuario. Ella estaba esperando a que terminara su aventura, a que Deborah le rompiera el corazón a Pranab Kaku y él regresase a nosotros, escarmentado y penitente. Yo no veía indicios de que su relación hiciera aguas. Su cariño declarado, la felicidad que con tanta franqueza expresaban me resultaban novedosos y románticos. Llevarme a mí en el asiento trasero les permitía hacer prácticas para el futuro, poner a prueba la idea de una familia propia. Tomamos incontables fotografías en las que aparecíamos Deborah y yo, yo sentada en el regazo de Deborah, cogida de su mano, besándole la mejilla. Cruzábamos lo que yo creía eran sonrisas cómplices, y en esos momentos tenía la sensación de que me entendía mejor que con cualquier otra persona del mundo. Cualquiera hubiera dicho que Deborah llegaría a ser una madre excelente algún día. Pero la mía se negaba a reconocer nada semejante. Por entonces yo ignoraba que mi madre me dejaba salir con ellos porque estaba embarazada por quinta vez desde mi nacimiento, y estaba tan destemplada y cansada, tan atemorizada de perder otra criatura que dormía buena parte del día. Tras diez semanas, volvió a tener un aborto espontáneo y su médico le aconsejó que dejara de intentar quedarse encinta.
Para el verano, Deborah lucía un diamante en la mano izquierda, algo que a mi madre nunca le habían regalado. Dado que su familia vivía tan lejos, un día Pranab Kaku vino solo a casa para pedir la bendición de mis padres antes de darle el anillo. Nos enseñó la cajita, la abrió y sacó el diamante anidado dentro. «Quiero ver qué tal queda puesto», dijo, e instó a mi madre a que se lo probara, pero ella se negó. Fui yo la que tendió la mano, sintiendo el peso del anillo en la base del dedo. Entonces él pidió algo más: quería que mis padres escribieran a los suyos para decirles que habían conocido a Deborah y la tenían en gran estima. Lo ponía nervioso, naturalmente, decirle a su familia que tenía intención de casarse con una chica americana. Les había hablado a sus padres de todos nosotros, y en cierta ocasión mis padres recibieron una carta de ellos en la que expresaban su agradecimiento por cuidar tan bien de su hijo y ofrecerle un hogar en Estados Unidos. «No hace falta que sea larga —dijo Pranab Kaku—. Sólo unas líneas. La aceptarán de mejor grado si la enviáis vosotros.» Mi padre no tenía buen ni mal concepto de Deborah, nunca hacía comentarios ni la criticaba como mi madre, pero le aseguró a Pranab Kaku que a finales de esa misma semana una carta de apoyo estaría camino de Calcuta. Mi madre asintió, pero al día siguiente vi la taza de té que Pranab Kaku utilizaba como cenicero en la basura de la cocina, hecha añicos, y tres tiritas en la mano de mi madre.
A los padres de Pranab Kaku les horrorizó la idea de que su único hijo se casara con una norteamericana, y pocas semanas después sonó nuestro teléfono en plena noche: era el señor Chakraborty para decirle a mi padre que no podían dar su aprobación a semejante matrimonio, ni hablar, que si Pranab Kaku osaba casarse con Deborah ya no lo reconocería como hijo suyo. Luego se puso al teléfono su esposa, pidió hablar con mi madre y la atacó como si fueran amigas íntimas, culpándola por permitir que la aventura llegara a mayores. Dijo que ya le habían encontrado esposa en Calcuta, que él había partido hacia América a condición de que regresara cuando terminase sus estudios y se casara con aquella chica. Habían comprado el piso contiguo en su edificio para Pranab y su prometida, y estaba vacío, a la espera de su regreso. «Estábamos convencidos de que podíamos confiar en vosotros, y sin embargo nos habéis infligido una grave traición —dijo su madre, que ventilaba su ira con una desconocida como no podría haber hecho con su hijo—. ¿Eso es lo que le pasa a la gente en América?» Por el bien de Pranab Kaku, mi madre defendió el compromiso, le aseguró a su madre que Deborah era una chica educada y de una familia decente. Los padres de Pranab Kaku suplicaron a los míos que hablaran con él, pero mi padre se negó y decidió que no era cosa suya enredarse en algo así. «No somos sus padres —le indicó a mi madre—. Podemos decirle que no aprueban su decisión, pero nada más.» De manera que mis padres no le contaron a Pranab Kaku cómo los suyos los habían regañado y culpado, y habían amenazado con desheredar a Pranab Kaku, sólo que se negaban a darle su bendición. A la vista de su negativa, Pranab Kaku se encogió de hombros. «Me da igual. No todos pueden ser tan abiertos de miras como vosotros —dijo a mis padres—. La vuestra es bendición suficiente.»

Tras el compromiso, Pranab Kaku y Deborah empezaron a alejarse de nuestras vidas. Se mudaron a un apartamento en Boston, en el South End, una parte de la ciudad que mis padres consideraban poco segura. Nosotros también nos mudamos, a una casa en Natick. Aunque mis padres habían comprado la casa, la ocupaban como si aún fueran inquilinos, cubrían las rozaduras con pintura sobrante y eran reacios a hacer agujeros en las paredes, y todas las tardes, cuando el sol brillaba por la ventana del salón, mi madre cerraba las persianas para que nuestro mobiliario nuevo no perdiera color. Unas semanas antes de la boda, mis padres invitaron a Pranab Kaku a casa solo, y mi madre preparó una comida especial para conmemorar el final de su soltería. Sería el único elemento bengalí de su boda; el resto sería estrictamente norteamericano, con tarta y pastor, y Deborah ataviada con un largo vestido blanco y velo. Hay una fotografía de la cena que tomó mi padre, la única foto, que yo sepa, en la que aparecen juntos Pranab Kaku y mi madre. La imagen es levemente borrosa; recuerdo que Pranab Kaku le explicaba a mi padre el funcionamiento de la cámara y así es como aparece, levantando la mirada de la mesa de la cocina y el elaborado banquete que había preparado mi madre en su honor, la boca abierta, el largo brazo extendido y el dedo señalando, mientras daba instrucciones a mi padre acerca de cómo leer el fotómetro o algo por el estilo. Mi madre está de pie a su lado, con una mano colocada sobre su cabeza como dándole la bendición, la primera y última vez que lo tocó en su vida. «Ella lo abandonará —les dijo después a sus amigas—. Está lanzando su vida por la borda.»
La boda se celebró en una iglesia de Ipswich, con banquete en un club campestre. Iba a ser una ceremonia pequeña, cosa que mis padres interpretaron como que asistirían cien o doscientas personas en vez de trescientas o cuatrocientas. A mi madre la dejó estupefacta ver que no habían sido invitadas ni treinta personas, y probablemente se sintió más perpleja que halagada al comprobar que, de todos los bengalíes que conocía Pranab Kaku por entonces, éramos los únicos en la lista. En la ceremonia nos sentamos, al igual que los demás invitados, primero en los duros bancos de madera de la iglesia y luego en una larga mesa dispuesta para el banquete. Aunque éramos lo más parecido que tenía Pranab Kaku a una familia aquel día, no fuimos incluidos en las fotografías que se hicieron en los jardines del club campestre, con los padres, los abuelos y los numerosos hermanos de Deborah, y ni mi padre ni mi madre se levantaron para proponer un brindis. A mi madre no le hizo gracia el detalle de que Deborah se hubiera asegurado de que a ella y mi padre, que no comían ternera, se les sirviera pescado en vez de filet mignoncomo a todos los demás. Ella no hacía más que hablar en bengalí, se quejaba de la formalidad de la ceremonia y de que Pranab Kaku, vestido de esmoquin, apenas nos dirigió la palabra porque estaba muy ocupado inclinándose sobre los hombros de su nueva familia política americana conforme daba la vuelta a la mesa. Como siempre, mi padre no respondió a los comentarios de mi madre, y continuó comiendo con actitud cañada y metódica, pese a que el cuchillo y el tenedor a veces le chirriaban contra la superficie de la porcelana, pues estaba acostumbrado a comer con las manos. Se terminó su plato y luego el de mi madre, que lo había declarado incomible, y luego anunció que había comido más de la cuenta y tenía dolor de estómago. La única vez que mi madre hizo el esfuerzo de sonreír fue cuando Deborah apareció detrás de su silla, la besó en la mejilla y preguntó si estábamos pasándolo bien.
Cuando empezó el baile, mis padres se quedaron en la mea, tomando té, y tras dos o tres canciones decidieron que era momento de irnos a casa; mi madre empezó a lanzarme miradas con esa intención desde el otro lado de la sala, mientras yo bailaba en un corro con Pranab Kaku, Deborah y los otros niños de la boda. Quería quedarme, y cuando, a regañadientes, acudí a donde estaban sentados mis padres, Deborah me siguió. «Boudi, déjale a Usah que se quede. Se lo está pasando de maravilla —le dijo a mi madre—. Hay mucha gente que tiene que regresar por donde vivís, alguien puede dejarla en casa dentro de un rato.» Pero mi madre se opuso, ya me había divertido bastante, y me obligó a ponerme el abrigo encima del vestido de mangas filipinas. Cuando regresábamos en el coche le dije, por primera aunque no última vez en la vida, que la odiaba.

El año siguiente recibimos una participación de nacimiento de los Chakraborty, una foto de gemelas, que mi madre no colocó en el álbum ni puso a la vista en la puerta de la nevera. Las niñas recibieron los nombres de Srabani y Sabitri, aunque las llamaban Bonny y Sara. Aparte de una tarjeta de agradecimiento por nuestro regalo de boda, fue la única vez que se pusieron en contacto con nosotros; no nos invitaron a su casa nueva en Marblehead, adquirida después de que Pranab Kaku consiguiera un empleo muy bien pagado en Stone 8C Webster. Durante un tiempo, mis padres y sus amigos siguieron invitando a los Chakraborty a sus reuniones, pero como nunca asistían, o se marchaban tras apenas una hora, las invitaciones cesaron. Mis padres y su círculo atribuían las ausencias de Pranab Kaku a Deborah, y se llegó al consenso general de que ella lo había despojado no sólo de sus orígenes sino también de su independencia. Ella era el enemigo, él era su presa, y su ejemplo se invocaba como advertencia y justificación de que los matrimonios mixtos eran una empresa abocada al fracaso. De vez en cuando sorprendían a todo el mundo, aparecían en la festividad de pujo durante unas horas con sus dos niñas idénticas, que apenas tenían aspecto bengalí, sólo hablaban inglés y estaban siendo criadas de manera muy distinta a mí y la mayoría de los demás niños. No las llevaban a Calcuta todos los veranos, no tenían padres que se aferraran a otro estilo de vida y exhortaran a sus hijos a hacer lo mismo. Debido a Deborah, estaban exentas de todo ello, y por esa razón yo las envidiaba. «Usha, hay que ver, tan mayor y tan guapa», decía Deborah cada vez que me veía, reavivando, aunque sólo fuera por un momento, nuestro vínculo de años atrás. Para entonces se había cortado la preciosa melena y llevaba el pelo a lo garlón. «Seguro que dentro de poco ya tendrás edad para hacer de canguro —me decía—. Te llamaré: a las niñas les encantaría.» Pero nunca me llamó.

Empecé a dejar atrás la infancia, pasé al instituto y comencé a encapricharme con chicos norteamericanos de mi clase. Los encaprichamientos no tuvieron la menor trascendencia: a pesar de los halagos de Deborah, nadie reparaba en mí a aquella edad. Pero mi madre debió de notar algo, porque me prohibió asistir a los bailes que se celebraban el último viernes de cada mes en la cafetería del instituto, y era una ley tácita que no se me permitía salir con nadie. «No creas que vas a casarte con un americano, tal como hizo Pranab Kaku», me advertía de vez en cuando. A mis trece años, la idea del matrimonio no tenía ninguna importancia en mi vida. Aun así, sus palabras me afectaron, y me dio la sensación de que mi madre me retenía con más fuerza incluso. Se ponía hecha una furia cuando le decía que quería empezar a llevar sujetador, o si pretendía ir a Harvard Square con una amiga. En mitad de nuestras discusiones, solía evocar a Deborah como su antítesis, la clase de mujer que ella se negaba a ser. «Si ella fuera tu madre, te dejaría hacer todo lo que quisieras, porque la traería sin cuidado. ¿Es eso lo que quieres, Usha, una madre a la que no le importas?» Cuando empecé a menstruar, el verano antes de pasar a tercero de secundaria, mi madre me soltó un discurso: dijo que no debía permitir que ningún chico me tocara y luego pregunté si sabía cómo se quedaba embarazada una chica. Le dije lo que me habían enseñado en ciencias, lo del esperma que fertilizaba el óvulo, y a continuación me preguntó si sabía exactamente cómo ocurría. Vi miedo en sus ojos y entonces, aunque también estaba al tanto de ese aspecto de la procreación, mentí y le dije que no nos lo habían explicado.
Comencé a ocultarle otras cosas y me zafaba de ella con ayuda de mis amigas. Le decía que me quedaba a dormir en casa de una amiga cuando en realidad iba a fiestas, bebía cerveza y dejaba a chicos que me besaran, me sobaran los pechos y restregaran su erección contra mi cadera mientras nos magreábamos en un sofá o en el asiento trasero de un coche. Empecé a compadecer a mi madre; cuanto mayor me hacía, más comprendía la vida tan solitaria que llevaba. No había trabajado nunca, y durante el día veía culebrones para pasar el rato. Su única ocupación, todos los días, era cocinar y limpiar para mi padre y para mí. Rara vez íbamos a restaurantes; mi padre siempre señalaba, incluso en los baratos, lo caro que resultaba en comparación con comer en casa. Cuando mi madre se quejaba de lo mucho que detestaba la vida en las afueras y lo sola que se sentía, él no decía nada para apaciguarla. «Si tan desdichada eres, vuélvete a Calcuta», proponía, dejando claro que su separación no le afectaría en absoluto. Empecé a seguir el ejemplo de mi padre en mi trato con ella, aislándola por partida doble. Cuando me gritaba por estar mucho rato al teléfono, o por quedarme demasiado en mi cuarto, aprendí a responder a gritos, a decirle que era patética, que no sabía nada de mí, y a las dos nos quedó claro que yo había dejado de necesitarla, brusca y definitivamente, igual que Pranab Kaku.
Luego, el año antes de irme a la universidad, nos invitaron a casa de los Chakraborty para Acción de Gracias. No éramos los únicos invitados del antiguo grupo de amigos de mis padres en Cambridge; resultó que Pranab Kaku y Deborah querían celebrar una especie de reunión de toda la gente con que habían trabado amistad por aquel entonces. Por lo general, mis padres no celebraban Acción de Gracias; el ritual de una gran comida todos sentados a la mesa y los platos que uno debía comer les resultaban ajenos. Lo consideraban como si fuera el día de los Caídos o el día de los Veteranos: otra fecha festiva en el calendario estadounidense. Pero nos fuimos en coche a Marblehead, hasta una impresionante casa con fachada de piedra y un camino particular de grava con forma semicircular abarrotado de vehículos. La casa estaba a un breve trecho del océano; de camino, habíamos pasado por el puerto que daba al Atlántico, frío y reluciente, y cuando bajamos del coche nos recibió el sonido de las gaviotas y las olas. La mayor parte del mobiliario del salón había sido trasladada al sótano y se habían empalmado varias mesas para formar una «u» gigante. Estaban cubiertas con manteles de paño, dispuestas con platos blancos y cubertería de plata, y había calabazas a modo de centros de mesa. Me llamaron la atención los juguetes y las muñecas que había por todas partes, los perros que iban soltando largos pelos en cualquier lugar, todas las fotografías de Bonny y Sara y Deborah que decoraban las paredes y recubrían la puerta de la nevera. Estaban preparando la comida cuando llegamos, cosa que a mi madre siempre le hacía fruncir el ceño, la cocina un caos de gente, olores y enormes cuencos sucios.
La familia de Deborah, que yo recordaba vagamente de la boda, estaba presente: sus padres, hermanos y hermanas, sus maridos y esposas, amigos y niños. Sus hermanas estaban en la treintena, pero, al igual que Deborah, podrían haber pasado por universitarias, con vaqueros, zuecos y jerséis de pescador, y su hermano Matty, con quien yo había bailado en un corro en la boda, era ahora alumno de primero en Amherst, con ojos verdes bien separados, fino pelo castaño y una tez que se sonrojaba con facilidad. En cuanto vi a los hermanos de Deborah, bromeando entre sí mientras troceaban y removían cosas en la cocina, me enfurecí con mi madre por haberme montado una escena antes de salir de casa y obligarme a llevar un shalwar kameez. Supe que daban por supuesto, debido a mi ropa, que tenía más en común con los demás bengalíes que con ellos. Pero Deborah insistió en incluirme, me puso a pelar manzanas con Matty y, sin que lo vieran mis padres me dieron a beber cerveza. Cuando estuvo preparada la comida, me dijeron dónde sentarme, en una formación alterna de chicos y chicas que hizo sentirse incómodos a los bengalíes. Había botellas de vino alineadas en la mesa. Se sirvieron dos pavos, uno relleno de embutido y otro sin relleno. Se me hizo la boca agua al ver la comida, pero era consciente de que luego, de regreso a casa, mi madre se quejaría de que todo era soso e insípido. «Imposible», dijo mi madre al tiempo que ponía la mano encima de la copa cuando alguien intentó servirle vino.
El padre de Deborah, Gene, se levantó para bendecir la mesa y pidió a todos los presentes que se cogieran de la mano. Inclinó la cabeza y cerró los ojos. «Señor, te damos hoy las gracias por la comida que vamos a recibir», comenzó. Mis padres estaban sentados juntos y me asombró ver que se ceñían a la ceremonia, que los dedos morenos de mi padre cogían levemente los dedos pálidos de mi madre. Me fijé en Matty sentado en el otro extremo de la sala y lo vi mirarme mientras su padre hablaba. Tras el coro de «Amén», Gene alzó la copa y dijo: «Perdonadme, pero nunca pensé que tendría la oportunidad de decir algo así: “Brindo por Acción de Gracias con los indios.”» Sólo alguna que otra persona rió el chiste.
Luego Pranab Kaku se levantó y agradeció a todo el mundo su presencia. Estaba relajado gracias al alcohol, su cuerpo antaño enjuto y fuerte un poco ancho ya. Empezó a hablar en tono sentimental de sus viejos tiempos en Cambridge, y entonces, de pronto, relató la historia de cuando nos vio a mi madre y a mí por primera vez y cómo nos había seguido aquella tarde. La gente que no nos conocía rió, entretenida por la descripción del encuentro y por la desesperación de Pranab Kaku. Rodeó la mesa hasta donde estaba mi madre y le pasó un brazo larguirucho por los hombros, obligándola a levantarse brevemente. «Esta mujer —anunció, a la vez que la acercaba hacia sí—, esta mujer fue la anfitriona de mi primer día de Acción de Gracias de verdad en Estados Unidos. Tal vez fuera una tarde de mayo, pero aquella primera comida a la mesa de Boudi fue como Acción de Gracias para mí. De no ser por aquella comida, me hubiera vuelto a Calcuta.» Mi madre apartó la mirada, avergonzada. Tenía treinta y ocho años, ya le asomaban las canas, y parecía más cercana a la edad de mi padre que a la de Pranab Kaku, que, a pesar del ensanchamiento de cintura, mantenía su aspecto atractivo y despreocupado. Él regresó a su sitio en la cabecera de la mesa, junto a Deborah, y concluyó: «Y de haber sido así nunca te habría conocido, cariño», y la besó en la boca delante de todo el mundo, entre sonoros aplausos, como si fuera otra vez el día de su boda.
Después del pavo se distribuyeron tenedores más pequeños y se sirvieron porciones de tres clases de tarta a elegir, anotadas en libretitas por las hermanas de Deborah, como si fueran camareras. Tras los postres, los perros tenían que salir, y Pranab Kaku se ofreció para pasearlos. «¿Qué tal si damos una vuelta por la playa?», sugirió, y los parientes de Deborah convinieron en que era una idea excelente. Ninguno de los bengalíes quiso ir, optando por quedarse a tomar el té y arracimarse, por fin, en un extremo de la sala, para hablar tranquilamente tras el obligado palique con los americanos durante la comida. Matty se acercó, se sentó en la silla que había a mi lado, que ahora estaba libre, y me animó a unirme al paseo. Cuando vacilé, indicando que no iba vestida ni calzada adecuadamente pero también consciente de la furia silenciosa de mi madre al vernos juntos, dijo: «Seguro que Deb puede dejarte algo.» Así que subí a la planta de arriba, donde Deborah me dio unos vaqueros, un grueso jersey y unas zapatillas, de manera que tuviera un aspecto similar al de sus hermanas.
Ella se sentó en el borde de la cama, mirando cómo me cambiaba, igual que si fuéramos amigas, y me preguntó si tenía novio. Cuando le dije que no, respondió:
—Matty cree que eres muy guapa.
—¿Te lo ha dicho?
—No, pero se le nota.
Cuando volvía a bajar las escaleras, animada por la información, con los vaqueros cuyos bajos había tenido que recoger y en los que por fin me sentía a mis anchas, reparé en que mi madre levantaba la vista de su taza de té y me miraba fijamente, pero sin decir nada, así que me fui con Pranab Kaku, sus perros y su familia política, por un camino y luego siguiendo una empinada escalera de madera hasta la orilla. Deborah y una de sus hermanas se quedaron en la casa para empezar a limpiar y atender a los que se habían quedado. Al principio todos caminamos juntos, en una sola hilera por la arena, pero luego me fijé en que Matty se rezagaba, así que los dos nos quedamos atrás, la distancia con los demás cada vez mayor. Empezamos a flirtear, hablamos de cosas que ya no recuerdo, y al final nos desviamos hacia una ensenada rocosa y Matty sacó un canuto del bolsillo. Nos lo fumamos de espaldas al viento, nuestros dedos fríos tocándose mientras lo hacíamos, nuestros labios pegados a la misma sección húmeda del papel de fumar. Al principio no noté ningún efecto, pero luego, al oírle hablar del grupo en que tocaba, su voz parecía venir de algún lugar a kilómetros de distancia y yo tenía ganas de reírme, aunque lo que estaba diciendo no era gracioso. Me dio la impresión de que pasábamos horas alejados del grupo, pero cuando regresamos a la arena aún estaban a la vista, encaramándose a un promontorio para contemplar la puesta de sol.
Ya había oscurecido cuando regresamos a la casa, yo temerosa de que mis padres me vieran colocada. Pero, cuando llegamos, Deborah me dijo que ellos, cansados, se habían ido tras consentir en que alguien me llevara a casa más tarde. Habían encendido la chimenea y me instaron a que me pusiera cómoda y tomara más tarta mientras recogían las sobras y volvían a poner la sala en orden. Naturalmente, fue Matty quien me llevó a casa. Sentados en el sendero de entrada de mis padres lo besé, emocionada y al mismo tiempo aterrada porque mi madre saliera al jardín en camisón y nos descubriera. Le di mi número de teléfono, y durante unas semanas pensé en él constantemente, esperando como una tonta a que me llamara.

* * *

      Al final, mi madre había estado en lo cierto, y catorce años después de aquel día de Acción de Gracias, tras veintitrés años de matrimonio, Pranab Kaku y Deborah se divorciaron, Fue él quien se descarrió: se enamoró de una mujer bengalí y destruyó de golpe dos familias. La otra mujer era una conocida de mis padres, aunque no muy íntima. Por entonces, Deborah tenía cuarenta y tantos años, y Bonny y Sara se habían ido a la universidad. En medio de la conmoción y la pena, fue a mi madre a quien recurrió Deborah: la llamaba y lloraba al teléfono. De alguna manera, a lo largo de tantos años había seguido considerándonos prácticamente familia política; nos enviaron flores cuando murieron mis abuelos y cuando acabé la carrera me regalaron una edición abreviada del Oxford English Dictionary. «Tú lo conocías muy bien. ¿Cómo ha podido hacer algo así?», le preguntó Deborah a mi madre. Y luego: «¿Sabías tú algo al respecto?» Mi madre respondió con toda sinceridad que no. Les había roto el corazón el mismo hombre, aunque el de mi madre había cicatrizado tiempo atrás, y en cierta manera extraña, conforme mis padres se acercaban a la vejez, ambos se habían encariñado mutuamente, aunque sólo fuera por la costumbre. Creo que mi ausencia de casa, cuando me fui a la universidad, tuvo algo que ver, porque con los años, cuando iba de visita, fui notando un afecto entre mis padres que antes no existía, un mudo coqueteo, una solidaridad, una preocupación cuando el otro enfermaba. Mi madre y yo también habíamos hecho las paces; ella había aceptado la realidad de que además de ser hija suya, también lo era de América. Poco a poco, aceptó que saliera con un hombre americano, y luego con otro, y después con otro más, que me acostara con ellos e incluso que viviera con uno de ellos sin estar casados. Dio la bienvenida a mis novios a nuestra casa, y cuando las cosas no salían bien me aseguraba que encontraría a alguien mejor. Tras años de ociosidad, al cumplir los cincuenta decidió titularse en bibliotecología en una universidad cercana.
Por teléfono, Deborah reconoció algo que sorprendió a mi madre: que durante todos aquellos años se había sentido excluida de una parte de la vida de Pranab Kaku. «Tenía unos celos terribles de ti por aquel entonces, por conocerlo, por entenderlo como yo nunca podría llegar a hacerlo. Él dio la espalda a su familia, a todos vosotros, pero aun así me sentía amenazada. Nunca logré superarlo.» Le dijo a mi madre que, durante años, intentó que Pranab Kaku se reconciliara con sus padres, y que también lo instó a que mantuviera sus lazos con otros bengalíes, pero él se resistía. Había sido idea de Deborah invitarnos en Acción de Gracias; irónicamente, la otra mujer también había asistido. «Espero que no me culpes por haberlo apartado de vuestras vidas, Boudi. Siempre temí que así lucra.»
Mi madre le aseguró que no la culpaba de nada. No le confió nada de sus propios celos décadas atrás, sólo que lamentaba lo ocurrido, que era un trago amargo y horrible para su familia. Tampoco le contó que unas semanas después de la boda de Pranab Kaku, mientras yo asistía a una reunión de exploradoras y mi padre estaba trabajando, había rastreado la casa entera en busca de todos los imperdibles que había en cajones y botes, y los había añadido a los que llevaba colgados de los brazaletes. Cuando tuvo bastantes, se los prendió al sari uno a uno, sujetando la pieza delantera a la capa inferior de paño, de modo que nadie pudiera arrancarle la prenda del cuerpo. Luego cogió una lata de combustible para el mechero y una caja de cerillas de cocina y salió a nuestro frío jardín trasero, aún cubierto de hojas por rastrillar. Llevaba encima del sari una gabardina lila hasta las rodillas, y a los ojos de cualquier vecino debía de aparentar que había salido simplemente a tomar el fresco. Se abrió la trinchera y se roció con la lata de combustible. Luego se abrochó la gabardina y el cinturón y fue hasta el cubo de basura de detrás de la casa para deshacerse de la lata. Después regresó al centro del jardín con la caja de cerillas en el bolsillo de la gabardina. Durante casi una hora estuvo allí plantada, mirando nuestra casa, intentando reunir la valentía necesaria para encender una cerilla. No fui yo quien la salvó, ni mi padre, sino la vecina de al lado, la señora Holcomb, con la que mi madre nunca había tenido especial amistad. Salió a rastrillar las hojas de su jardín, la saludó y le comentó lo bonita que era la puesta de sol. «Veo que llevas un rato contemplándola», le dijo. Mi madre asintió y luego volvió a entrar en casa. Para cuando regresamos mi padre y yo a media tarde, estaba en la cocina preparando arroz, para la cena, como si fuera un día cualquiera.
Mi madre no le contó nada de eso a Deborah. Fue a mí a quien se lo confesó, después de que me hubiera roto el corazón un hombre con el que tenía esperanzas de casarme.

Literatura .us

Etgar Keret: cuento Yad Vashem

Entre la exhibición de los judíos europeos antes del ascenso del nazismo y la de la Kristallnacht había una barrera de cristal transparente. Esta partición tenía un significado simbólico directo: para los no iniciados, la Europa de antes y la de después de la noche de ese pogromo histórico podían parecer la misma, pero en realidad una y otra eran universos totalmente distintos. Eugene, que caminaba rápido, con su guía jadeante unos pasos detrás, no había notado ni la partición ni el significado simbólico. El choque fue perturbador y doloroso. Un hilo de sangre salía de sus narices. Rachel murmuró que no se veía bien y que tal vez sería bueno que regresaran al hotel, pero él sólo se metió un trozo de papel higiénico en cada fosa nasal y dijo que no era nada y que debían continuar.
— Si no te ponemos hielo se va a hinchar — intentó de nuevo Rachel —. Vamos. No tienes que… —entonces se detuvo a media frase, tomó aire y agregó — Es tu nariz. Si quieres que sigamos, seguiremos.
Eugene y Rachel alcanzaron al grupo en la esquina que explicaba las leyes raciales. Mientras escuchaba a la guía con su fuerte acento sudafricano, Eugene intentó figurarse qué era lo que Rachel había empezado a decir. «No tienes que convertir todo en un dramón, Eugene. Es muy aburrido». O: «No tienes que hacerlo por mí, corazón. De todos modos te amo». O tal vez simplemente: «No tienes que ponerle hielo, pero tal vez ayude». ¿Cuál de estas frases, si alguna, había empezado a decir?
Muchos pensamientos pasaron por la cabeza de Eugene la primera vez que se decidió a sorprender a Rachel con dos boletos a Israel. Él pensaba: Mediterráneo. Pensaba: Desierto. Pensaba: Rachel sonriendo otra vez. Pensaba: Hacer el amor en una suite del hotel mientras el sol empieza a ocultarse más allá de los muros de Jerusalén, tras ellos. Y en este océano de pensamientos no había habido ni el más mínimo sobre sangrados nasales ni sobre Rachel comenzando frases para no terminarlas de ese modo que a él siempre lo volvía loco. De estar en cualquier otro sitio del universo, probablemente habría comenzado a sentir compasión por sí mismo, pero aquí no.
La guía sudafricana les mostraba fotos de judíos desnudándose en la nieve a punta de pistola. La temperatura, decía la guía, era de quince grados bajo cero. Un momento después de tomada la foto, la gente —todos y cada uno de ellos, las mujeres, los viejos, los niños— fue obligada a meterse en una zanja excavada en el suelo y fue muerta a tiros. Cuando terminó la frase, lo miró por un momento con una mirada vacía y no dijo más. Eugene no pudo entender por qué lo miraba a él, de entre toda la gente. Lo primero que le pasó por la cabeza fue que era el único en el grupo que no era judío, pero incluso antes de que ese pensamiento terminara de formarse en su mente él se dio cuenta de que no tenía sentido.
— Tiene sangre en la camisa — dijo la guía con una voz que a Eugene le sonó un poco distante. Él miró la pequeña mancha en su camisa azul claro y luego dirigió la vista de vuelta a la imagen de una pareja de ancianos, desnudos. La mujer se cubría las partes pudendas con la mano derecha, intentando mantener un poco de dignidad. El marido apretaba la mano izquierda de ella con su gran palma. ¿Cómo reaccionarían él y Rachel si los sacaran de su agradable departamento del Upper West Side, los llevaran al parque cercano y les ordenaran desnudarse y meterse en una zanja? ¿También terminarían sus vidas tomados de la mano?
— La sangre, señor. — la guía interrumpió su línea de pensamiento — Sigue goteando… Eugene metió más adentro de sus fosas nasales el papel de baño y trató de mostrar una de esas sonrisas de «Todo está bajo control».
Comenzó junto a una foto muy grande de seis mujeres con las cabezas rapadas. A decir verdad, había comenzado cuatro semanas antes, cuando él había amenazado con demandar al ginecólogo de Rachel. Estaban sentados juntos en el consultorio del viejo doctor, y a la mitad de su monólogo medio amenazante ella le había dicho:
— Eugene, estás gritando.
La expresión en sus ojos era distante e indiferente. Era una mirada que no había visto antes. Realmente debía de haber estado hablando muy fuerte, porque la recepcionista entró en el consultorio sin llamar y preguntó al doctor si todo estaba bien. Había empezado entonces y las cosas empeoraron aún más mientras estaban ante la foto de las mujeres rapadas. La guía dijo que las mujeres que llegaban a Auschwitz embarazadas debían abortar antes de que comenzara a notarse, porque un embarazo en el campo de concentración significaba, siempre, la muerte. A media explicación, Rachel dio la espalda a la guía y se alejó del grupo. La guía la vio alejarse y entonces miró a Eugene, que balbuceó, casi instintivamente:
— Lo siento. Es que acabamos de perder un bebé.
Lo dijo lo bastante alto como para que la guía lo oyera y lo bastante bajo para que Rachel no. Rachel siguió alejándose del grupo, pero incluso desde lejos Eugene pudo detectar el temblor que corría por su espalda cuando él habló.
Yad Vashem Monumento niños
El sitio más conmovedor y poderoso del Yad Vashem era el Memorial de los Niños. El techo de esta caverna subterránea estaba repleto de incontables velas memoriales que intentaban —no con mucho éxito— disipar la oscuridad que parecía abrirse camino en todo. En el fondo estaba la banda sonora, recitando los nombres de niños que habían muerto en el Holocausto. La guía dijo que eran tantos que leer todos los nombres tomaba más de un año. El grupo empezó a salir, pero Rachel no se movió. Eugene se quedó de pie tras ella, congelado, escuchando los nombres que alguien leía, uno por uno, monótonamente. Dio una palmada en la espalda de ella, sobre su abrigo. Ella no reaccionó.
— Lo siento — dijo él —. No debí haberlo dicho como lo dije, enfrente de todo el mundo. Es algo privado. Algo sólo de nosotros.
— Eugene — dijo Rachel, y siguió mirando las débiles luces sobre ella —, no perdimos al bebé. Tuve un aborto. No es lo mismo.
— Fue un error terrible — dijo Eugene —. Estabas emocionalmente vulnerable y yo, en vez de tratar de ayudarte, me hundí en mi trabajo. Te abandoné.
Rachel miró a Eugene. Sus ojos se veían como los de alguien que hubiese llorado, pero no había lágrimas.
— Estaba emocionalmente bien — dijo —. Tuve el aborto porque no quería al niño.
La voz en el fondo estaba diciendo «Shoshana Kaufman». Muchos años antes, cuando Eugene estaba en la primaria, había conocido a una niña pequeña y gorda con ese nombre. Sabía que no era la misma, pero la imagen de ella, muerta en la nieve, de cualquier manera apareció ante sus ojos por un segundo.
— Ahora dices cosas que no quieres decir de veras — le dijo a Rachel —. Las dices porque estás pasando por un momento difícil, porque estás deprimida. Nuestra relación no está yendo bien ahora, es cierto, y tengo mucha de la culpa, pero…
— No estoy deprimida, Eugene — lo interrumpió Rachel —. Simplemente no me siento feliz contigo.
Eugene se quedó en silencio. Escucharon algunos nombres más de niños asesinados y entonces Rachel dijo que iba a salir a fumar. El lugar era tan oscuro que era difícil determinar quién estaba allí. Fuera de una mujer mayor, japonesa, de pie muy cerca de él, Eugene no podía ver a nadie. Supo que Rachel había estado embarazada sólo hasta enterarse de que había abortado. Se había puesto furioso. Furioso de que ella no le hubiera dado ni un minuto para imaginar juntos a su bebé. De que no le hubiera dado la oportunidad de poner la cabeza en su vientre suave y tratar de escuchar lo que sucedía adentro. La rabia había sido tan abrumadora, recordó, que le había dado miedo. Rachel le dijo que era la primera vez que lo veía llorar. Si se hubiera quedado unos minutos más, lo habría visto llorar una segunda vez. Sintió una mano tibia en su cuello y cuando alzó la vista vio a la japonesa de pie justo al lado de él. A pesar de la oscuridad y de sus gruesos lentes pudo ver que ella también estaba llorando.
— Es horrible —dijo a Eugene con un espeso acento extranjero—. Es horrible lo que las personas son capaces de hacerse unas a otras.»
Traducción de Alberto Chimal.

La llave de Tanizaki

Este año me propongo escribir libremente sobre un tema
del que hasta ahora no me había atrevido jamás a hacer ninguna mención en estas páginas. Siempre he evitado comentar
mis relaciones sexuales con Ikuko, pues temo que ella pueda
leer a hurtadillas mi diario y sentirse ofendida. Me atrevería
a decir que sabe con precisión dónde lo guardo, pero he decidido no seguir preocupándome por ello. Desde luego, la
rígida educación que recibió en Kioto le ha dejado un gran
poso de moralidad chapada a la antigua, y la verdad es que
más bien me enorgullezco de ello. Me parece improbable
que se dedique a hojear los escritos íntimos de su marido. Sin
embargo, no lo puedo descartar por completo. Si ahora, y por
primera vez, mi diario se centra principalmente en nuestra
vida sexual, ¿será ella capaz de resistirse a la tentación? Es
una mujer sigilosa por naturaleza, amante de los secretos,
que practica siempre la ocultación y finge no saber nada. Y lo
peor del caso es que para ella todo eso no es más que pudor
femenino. A pesar de que dispongo de varios lugares en los
que esconder la llave del cajón donde guardo este cuaderno,
es muy posible que una mujer como ella los haya registrado
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todos. Y, además, no le costaría nada hacerse con un duplicado de la llave.
Acabo de anotar que he decidido no preocuparme, pero tal
vez haya dejado de hacerlo mucho tiempo atrás. Puede que en
mi fuero interno haya aceptado que ella lo lea, e incluso haya
confiado en que lo haga. En tal caso, ¿por qué cierro el cajón
y escondo la llave? Posiblemente sea para satisfacer esa necesidad que tiene ella de espiar. Por otro lado, si lo dejo donde es
probable que lo encuentre, quizá crea que escribo pensando
en que ella me va a leer y sea reacia a confiar en que digo la
verdad. Incluso podría pensar que oculto el auténtico diario en
alguna otra parte.
¡Ah, Ikuko, mi amada esposa! No sé si vas a leer estas páginas. Sería inútil que te lo preguntara, pues seguramente me
responderías que tú no haces esas cosas. Pero en el supuesto de
que lo hicieras, créeme, por favor, si te digo que lo anotado aquí
no es ninguna invención, que cada palabra es sincera. No voy
a insistir más, pues solo conseguiría resultar más sospechoso.
Que el propio diario sea testigo de la verdad que contiene.
No voy a limitarme, por descontado, a las cosas que a ella le
gustaría leer. No debo evitar las cuestiones que serán desagradables, incluso dolorosas, para ella. El motivo de que me sienta
obligado a escribir sobre esos temas es la extremada reticencia de Ikuko, su «refinamiento», su «feminidad», su presunto
pudor, todo cuanto hace que le avergüence hablar conmigo
de cualquier cosa de naturaleza íntima, o que le impide escucharme en las excepcionales ocasiones en que intento contarle
alguna anécdota subida de tono. Incluso ahora, después de
más de veinte años casados, con una hija ya lo bastante mayor
para casarse, Ikuko está dispuesta a poco más que realizar la
cópula en silencio. Jamás susurra palabras tiernas y amorosas
cuando yacemos abrazados. ¿Es eso propio de un verdadero
matrimonio?
Me impulsa a escribir la frustración de no tener jamás la
oportunidad de hablar con ella acerca de nuestros problemas
sexuales. A partir de ahora, tanto si lee estas páginas como si
no, supondré que lo hace y que le estoy hablando de una manera indirecta.
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Ante todo, quiero dejar claro que la amo. Esto es algo que
le he dicho no pocas veces, y creo que ella se percata de que es
cierto. Pero mi vigor físico no está a la altura del suyo. Este año
cumpliré cincuenta y cinco (ella debe de tener ahora cuarenta
y cuatro), una edad en la que uno no está especialmente decrépito, pero aun así me fatigo con facilidad cuando hacemos
el amor y una frecuencia semanal o cada diez días es suficiente
para mí. Hablar con franqueza sobre este tema es lo que a ella
más le desagrada, aunque lo cierto es que, a pesar de la debilidad de su corazón y de que su salud es más bien frágil en general, mi mujer se muestra anormalmente vigorosa en la cama.
Eso es lo único que rebasa mi comprensión, y no sé cómo
tomármelo. No me pasa desapercibido que soy un marido que
no da la talla, y no obstante… Supongamos que ella tuviera
una relación con otro hombre. (La mera sugerencia escandalizará a Ikuko y me acusará de llamarla inmoral, pero solo estoy
planteando un caso hipotético.) Eso sería más de lo que yo
podría soportar. Me basta imaginar semejante cosa para sentirme celoso. Pero lo cierto es que, por consideración a su salud,
¿no debería ella esforzarse un poco por reducir sus excesivos
apetitos?
Lo que más me irrita es el declive constante de mi energía.
Desde hace algún tiempo, el acto sexual me deja exhausto, y
durante el resto de la jornada estoy demasiado cansado para
pensar… Pese a ello, si me preguntara si me disgusta hacerlo contestaría que no, todo lo contrario. En modo alguno actúo con desgana, y jamás el sentido del deber es un acicate
de mi deseo. Para bien o para mal, la amo apasionadamente,
y al decir esto he de hacer una revelación que ella juzgaría
de repugnante. Debo decir que posee cierto don natural, del
que es por completo inconsciente. De haber carecido yo de
experiencia con muchas otras mujeres, tal vez no hubiera sabido reconocerlo, pero estoy acostumbrado a ese placer desde
mi juventud, y sé que muy pocas mujeres tienen la adecuación
física de mi esposa para el acto sexual. Si la hubieran vendido
a uno de aquellos burdeles elegantes del viejo barrio de Shimabara, hubiera causado sensación; hubiera llegado a ser una
gran celebridad y todos los libertinos de la ciudad se habrían
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arracimado en torno a ella. (Quizás no debería mencionar esto,
pues, como mínimo, podría perjudicarme. Pero ¿cuál será su
reacción cuando lo sepa? ¿Le agradará, se sentirá avergonzada
o tal vez insultada? ¿No es probable que finja enojo cuando, en
su fuero interno, se sienta orgullosa?) Tan solo pensar en ese
don suyo provoca mis celos. Si, por casualidad, otro hombre lo
supiera, y supiera también que soy un cónyuge indigno de ella,
¿qué sucedería?
Esta clase de pensamientos me trastornan, aumentan mi
sentimiento de culpabilidad hacia ella, hasta que el remordimiento se vuelve intolerable. Entonces hago cuanto puedo por
mostrarme más ardiente. Le pido que me bese los párpados,
por ejemplo, puesto que soy especialmente sensible al estímulo en ese lugar. Y por mi parte, hago cualquier cosa que a ella
parezca gustarle –besarle las axilas o lo que sea– a fin de estimularla y, de ese modo, excitarme todavía más. Pero ella no
reacciona y opone una testaruda resistencia a esos «juegos antinaturales», como si estuvieran fuera de lugar en una relación
sexual convencional. Por más que intente explicarle que esta
clase de excitación preliminar no tiene nada de malo, ella se
aferra a su «recato femenino» y se niega a ceder.
Por otro lado, Ikuko sabe que siento cierta inclinación fetichista por los pies y que adoro los suyos, tan extraordinariamente bien formados, que nadie diría que son los de una mujer
de mediana edad. Aun así, o precisamente a causa de ello, casi
nunca me permite verlos. Ni siquiera en plena canícula se descalza. Si quiero besarle el empeine, exclama: «¡Qué asco!» o
«¡No deberías tocar semejante parte!». En resumen, me resulta
más difícil que nunca tratar con ella.
Que comience el nuevo año dejando constancia de mis quejas parece un tanto mezquino por mi parte, pero creo que es
mejor poner estas cosas por escrito. Mañana será la «primera
noche» del nuevo año y, sin duda, ella querrá que seamos ortodoxos y sigamos la ancestral costumbre. Insistirá en la observación solemne del rito anual.
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4 de enero
Hoy ha sucedido algo curioso. Últimamente tenía muy descuidado el estudio de mi marido y, esta tarde, mientras él había
salido a dar un paseo, me dispuse a adecentarlo. Allí, en el
suelo, delante de la estantería en la que yo había puesto un florero con narcisos, estaba la llave. Quizás haya sido tan solo un
accidente, pero no puedo creer que se le haya caído por puro
descuido. Eso habría sido muy impropio de él. Lleva un diario
desde hace muchos años, y jamás había hecho nada parecido.
Por supuesto, hace largo tiempo que conozco la existencia
del diario. Lo guarda en el cajón del escritorio y esconde la llave en algún lugar entre los libros o debajo de la alfombra. Pero
eso es todo lo que sé, y no tengo interés en saber más. Jamás
se me había pasado por la cabeza abrir ese cuaderno. Pero lo
que me duele es que él sea tan suspicaz. Al parecer, no se siente
seguro si no se toma la molestia de encerrarlo y ocultar la llave.
En ese caso, ¿por qué la habrá dejado tan a la vista? ¿Acaso
ha cambiado de idea y ahora quiere que lo lea? Tal vez comprende que, si me lo pidiera, yo me negaría a hacerlo, así que
me está diciendo: «Puedes leerlo en privado: aquí está la llave».
¿Significa eso que cree que no la he encontrado? ¿O quizás lo
que dice es que: «A partir de ahora reconozco que lo estás leyendo, pero seguiré fingiendo que no lo haces»?
En fin, no importa. Al margen de lo que él piense, jamás lo
leeré. No tengo el menor deseo de comprender su psicología
más allá de los límites que yo misma me he fijado. No me gusta
permitir que los demás sepan lo que pienso, y tampoco me
interesa curiosear en lo que ellos piensan. Además, si él quiere
mostrármelo, se me hace cuesta arriba creer que lo escrito sea
cierto. Y tampoco creo que me resultara agradable leerlo.
Mi marido puede escribir y pensar lo que le plazca, y yo haré
lo mismo. Este año doy comienzo a mi propio diario. Una mujer como yo, que no abre su corazón al prójimo, por lo menos
tiene que hablar consigo misma. Pero no cometeré el error de
dejarle sospechar lo que me propongo. He decidido esperar a
que él salga de casa para ponerme a escribir, y ocultar el cua-
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derno en cierto sitio en el que mi marido jamás se le ocurrirá
pensar. En realidad, uno de los atractivos que el diario tiene
para mí es que, aunque sé exactamente dónde encontrar el
suyo, él ni siquiera imaginará que también yo llevo un diario, y
eso me proporciona una deliciosa sensación de superioridad.
Anoche tuvo lugar el primer acontecimiento del nuevo
año… pero ¡cómo me avergüenza poner por escrito una cosa
así! Mi difunto padre solía decirme: «La discreción ante todo».
¡Ah, si él supiera, cuánto lamentaría la manera en que me he
degradado!… Como de costumbre, mi marido experimentó
la culminación del placer y, como de costumbre, yo me quedé
insatisfecha. Luego me sentí despreciable. Él siempre me pide
disculpas por su insuficiencia y no obstante me ataca porque
soy fría. Lo que quiere decir al llamarme fría es que, según
él, soy demasiado «convencional», estoy «inhibida» en exceso; en una palabra, soy demasiado aburrida. Al mismo tiempo,
dice que soy muy activa en la faceta sexual, hasta un punto
que es del todo anormal; solo en ese aspecto no soy pasiva ni
reservada. Pero se queja de que durante veinte años nunca he
estado dispuesta a desviarme del mismo método, de la misma
postura. Y, sin embargo, mis calladas insinuaciones jamás le
pasan desapercibidas; es sensible a la menor indirecta, y sabe
de inmediato lo que quiero. Tal vez ello se deba a que teme la
excesiva frecuencia de mis solicitudes.
Mi marido me considera prosaica y poco romántica. «No
me quieres ni la mitad de lo que yo te quiero», me dice. «Me
consideras una necesidad, y defectuosa, por cierto. Si me amaras de veras, deberías ser más apasionada, deberías acceder a
cualquier cosa que te pida.» Según él, yo tengo en parte la culpa de que no pueda satisfacerme plenamente, pues si intentara
excitarle un poco él no sería tan incapaz. Dice que no hago el
menor esfuerzo por cooperar con él… que, por hambrienta
que esté, lo único que hago es cruzarme tranquilamente de
brazos y esperar a que me sirvan. Cree que soy una mujer insensible y rencorosa.
Supongo no es irracional que mi marido piense eso de mí,
pero mis padres me educaron en la creencia de que una esposa debe ser reservada y modosa, y, ciertamente, jamás agresiva
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hacia el hombre. No es que yo carezca de pasión, sino que en
una mujer de mi temperamento la pasión se encuentra en lo
más profundo de su ser, está a demasiada profundidad para
que se manifieste. En el momento en que intento que aflore,
empieza a desvanecerse. Mi marido no parece capaz de comprender que mi pasión es como una llama pálida y secreta, no
resplandeciente.
He empezado a pensar que nuestro enlace fue un terrible
error. Es probable que existiera una pareja mejor para mí, y también para él. Lo cierto es que no podemos ponernos de acuerdo
sobre nuestros gustos sexuales. Me casé con él porque mis padres deseaban que lo hiciera, y durante los años transcurridos
he creído que el matrimonio es siempre así. Pero ahora tengo
la sensación de que acepté a un hombre totalmente inadecuado para mí. Tengo que aguantarle, por supuesto, ya que es mi
legítimo esposo, pero hay ocasiones en las que me siento incómoda solo con verle. No exagero, y no se trata de una sensación
nueva para mí. La experimenté la primera noche de nuestro
matrimonio, durante la luna de miel –hace ya tanto tiempo–,
cuando me acosté con él por primera vez. Todavía recuerdo
que me estremecí al verle el rostro cuando se quitó las gafas de
miope. Las personas que usan gafas siempre parecen un poco
raras sin ellas, pero la cara de mi marido parecía de improviso
cenicienta, como la de un muerto. Entonces se inclinó, acercándose a mí, y noté que sus ojos me perforaban. Le devolví la
mirada sin poder evitarlo, parpadeando, y en cuanto vi aquella
piel suave y brillante como el aluminio, me estremecí de nuevo.
Aunque no lo había notado durante el día, vi que los pelos del
bigote y la barba le despuntaban bajo la nariz y alrededor de los
labios (tiende a ser velludo) y también eso me causó una vaga
repugnancia.
Tal vez se debió a que nunca hasta entonces había visto tan
de cerca el rostro de un hombre, pero incluso hoy no puedo
mirarle con atención durante largo tiempo sin experimentar
la misma repulsión. Apago la lámpara que está al lado de la
cama para no verlo, pero es entonces, precisamente, cuando
él la quiere encendida y desea examinar mi cuerpo con detenimiento, con tanto detalle como le sea posible. (Intento re-
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chazarle, pero él insiste tanto, sobre todo en la contemplación
de mis pies, que he de dejarle que los mire.) Nunca he tenido
relaciones íntimas con otro hombre, y me intriga saber si todos
tienen unos hábitos tan desagradables. ¿Son esas innecesarias
caricias juguetonas y pegajosas lo que una ha de esperar de
todos los hombres?
7 de enero
Hoy Kimura nos ha hecho una visita para felicitarnos por el
Año Nuevo. Yo había empezado a leer Santuario, de Faulkner,
y regresé a mi estudio en cuanto hubimos intercambiado los
saludos. Él habló con mi mujer y Toshiko durante un rato en
la sala de estar, y entonces, alrededor de las tres, se las llevó al
cine, a ver Sabrina. Regresó con ellas a las seis, se quedó a cenar
y, tras la sobremesa, se marchó hacia las nueve.
Durante la cena, todos, excepto Toshiko, tomamos un poco
de coñac. Últimamente Ikuko parece beber algo más. Fui yo
quien la inicié, pero a ella le gustó desde el principio. Si la estimulas a hacerlo, beberá una cantidad considerable. Es cierto
que nota los efectos del alcohol, pero de una manera furtiva,
secreta, sin que se trasluzca. Reprime su reacción tan bien que
a menudo la gente no se da cuenta de lo mucho que ha bebido.
Esta noche Kimura le ha servido dos copas y media de coñac.
Ella se ha puesto un poco pálida, pero no parecía embriagada.
En cambio, Kimura y yo hemos enrojecido. Él no aguanta muy
bien el licor, la verdad es que no lo aguanta tan bien como
Ikuko. Pero ¿no ha sido esta noche la primera vez que ha permitido que otro hombre la persuadiera a beber? Él le había
ofrecido una copa a Toshiko, quien la rechazó y le dijo: «Dásela
a mamá».
Desde hace algún tiempo observo que Toshiko se muestra
reservada con Kimura. ¿Es porque cree que él tiene demasiadas atenciones hacia su madre? Esa idea también se me había
pasado por la cabeza, pero llegué a la conclusión de que estaba siendo celoso y la descarté. Tal vez estuviese en lo cierto, a
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fin de cuentas. Aunque mi mujer suele mostrarse fría con los
invitados, sobre todo con los hombres, con Kimura es bastante cordial. Ninguno de nosotros lo ha mencionado, pero se
parece a cierto actor norteamericano, que resulta ser el actor
favorito de Ikuko. (He observado que no deja de ver ninguna
de sus películas.)
Naturalmente, procuro que Kimura nos visite con frecuencia, porque le considero un posible candidato a la mano de Toshiko, y le he pedido a mi esposa que observe qué tal se llevan
los dos. Sin embargo, Toshiko no parece en absoluto interesada
por él, y hace cuanto puede para no quedarse a solas en su
compañía. Cada vez que viene a verla, incluso cuando van al
cine, siempre le pide a su madre que los acompañe.
–Lo estropeas todo al ir con ellos –le digo a Ikuko–. Déjalos
solos.
Pero ella se muestra disconforme y dice que, como madre,
tiene la responsabilidad de ir con ellos. Cuando le replico que
esa manera de pensar es anticuada, que debería confiar en
ellos, admite que tengo razón, pero dice que Toshiko quiere
que los acompañe. Suponiendo que así sea, ¿no se deberá a que
la muchacha sabe que a su madre le gusta Kimura? De alguna
manera, no puedo evitar la sensación de que han llegado a un
acuerdo tácito al respecto. Es posible que Ikuko no lo sepa y
crea que tan solo hace de carabina, pero creo que Kimura le
parece sumamente atractivo.
8 de enero
Anoche estaba un poco bebida, pero mi marido lo estaba
mucho más. Me pidió una y otra vez que le besara los párpados,
algo en lo que no había insistido últimamente, y yo había ingerido el coñac suficiente para hacerlo. Eso no hubiera tenido
mayores consecuencias, de no haberle visto por descuido lo
único que no soporto: su cara sin gafas. Al besarle cierro los
ojos, pero anoche los abrí antes de terminar, y su piel como
de alumino apareció ante mí como un primer plano en cine-
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mascope. Me estremecí y tuve la sensación de que yo misma
palidecía. Por suerte, no tardó en ponerse de nuevo las gafas
y, como de costumbre, empezó a examinar mis manos y pies.
No dije nada y apagué la luz. Él extendió la mano, en busca del
interruptor, pero yo empujé la lámpara y la alejé de él.
–¡Espera un momento! –me rogó–. Déjame que te mire otra
vez. Por favor…
Tanteó en la oscuridad, pero no pudo encontrar la lámpara
y, finalmente, abandonó el intento… Su abrazo fue mucho más
largo que de costumbre.
Siento un profundo desagrado hacia mi marido, pero le amo
casi con la misma intensidad. Por mucho que él me repugne,
jamás me entregaré a otro hombre. De ninguna manera podría
abandonar mis principios que me obligan a la fidelidad. Pese a
lo mucho que me exaspera su manera morbosa y repulsiva de
hacer el amor, es evidente que sigue enamorado de mí y siento
que, de alguna manera, he de responder a su afecto.
Ojalá hubiera conservado en mayor medida su vigor de antaño… ¿Por qué se ha reducido tanto su vitalidad? Según él,
la culpa es mía, porque soy demasiado exigente. Dice que las
mujeres pueden tolerarlo, pero no los hombres que trabajan
con el intelecto, a quienes esa clase de excesos pronto hacen
mella. Me azora al decirme esas cosas, pero sin duda sabe que
no tengo la culpa de mis necesidades físicas. Si realmente me
quisiera, debería aprender a satisfacerme. No obstante, confío
en que recuerde que no puedo soportar esos innecesarios hábitos juguetones que, lejos de estimularme, dan al traste con mi
buena disposición de ánimo. Mi naturaleza siempre me inclina
hacia las costumbres tradicionales, y quiero realizar el acto ciegamente, en silencio, bajo gruesos edredones, en el dormitorio
a oscuras. Es un terrible infortunio para un matrimonio que los
gustos de cada uno estén tan enfrentados en este aspecto. ¿No
habrá alguna manera de que lleguemos a un acuerdo?

Tanizaki

Mal de tren de Tanizaki

Fue a primeros de junio pasado, estando en Kioto, cuando me amenazó la enfermedad. Por supuesto, ya había sufrido ataques en Tokio pero, absteniéndome de alcohol, tomando baños fríos y masajes e ingiriendo píldoras, me consideré recuperado. Mas después de llegar a Kioto empecé a llevar una vida cada vez más irregular y pasé muchas noches en los bares y en las casas de geishas, con lo que me encontré resbalando hacia una recaída.

Según dice un amigo, esta alteración mía —esta atormentadora y estúpida alteración en la que me asquea ahora pensar— es probablemente una especie de neurosis llamada Eisenbhankrankheit (mal de tren). Mis ataques no tienen nada que ver con la náusea y el vértigo de los mareos: sufro las agonías del propio terror. En el momento en que me subo a un tren, en el instante en que pita el silbato y las ruedas empiezan a girar y los vagones arrancan balanceándose, en ese instante, se me acelera el pulso en todas las venas como si hubiese sido estimulado por una bebida fuerte, y la sangre se me sube a la cabeza. Un sudor frío aflora por todo mi cuerpo, los brazos y las piernas empiezan a temblarme como si tuviese tercianas. Me parece que, si no me someto a un tratamiento de emergencia, toda mi sangre —cada una de sus gotas— se precipitará dentro de ese pequeño recipiente, redondo y duro, que llevo encima del cuello, hasta que el mismo cráneo, como un globo de juguete inflado más allá de su capacidad, no tenga más remedio que estallar. Y, encima, el tren, con absoluta indiferencia y tremenda energía, se lanza por los raíles a toda velocidad. “¿Qué vale la vida de un ser humano?”, parece preguntar. Vomitando como un volcán su humo hollinoso y rugiendo a lo largo de su osado y cruel camino, se lanza ansioso, implacable, hacia los túneles color azabache, a lo largo de vacilantes puentes de acero, cruzando ríos, a través de praderas, bordeando bosques. Los pasajeros, también ellos, parecen demasiado indiferentes, mientras leen, fuman, descabezan un sueño o hasta contemplan por la ventanilla el panorama que se desenrolla vertiginosamente.

“¡Socorro, me muero!”, grito en mi interior, poniéndome pálido y jadeando como embargado por un fatal paroxismo. Corro al lavabo, zambullo la cabeza en agua fría o me agarro a la ventanilla y doy patadas en el suelo agitándome con frenética desesperación.

Tratando de lanzarme fuera del tren de una forma u otra, golpeo ferozmente los tabiques de mi departamento, sin reparar en mis puños sangrantes, y rujo como un criminal encerrado en el calabozo. En el paroxismo del ataque, a duras penas puedo contenerme para no abrir la puerta y tirarme del tren, o agarrar me ciegamente al timbre de alarma. Pero, en todo caso, me las arreglo para controlarme hasta la parada siguiente, salgo dando traspiés, ofreciendo un doloroso y deplorable aspecto, y me abro camino a duras penas desde el andén hasta la puerta de salida. Tan pronto como abandono la estación, el pulso se me tranquiliza con absurda rapidez y las sombras de mi ansiedad desaparecen una tras otra.

Esta fobia mía no se limita a los trenes. Puede echárseme encima en los trolebuses, automóviles y teatros, en cualquier lugar en que el movimiento y el color, y el ruido y el bullicio de la multitud, parecen amenazar a mis nervios enfermizamente excitables. Estoy expuesto a un ataque en cualquier parte y a cualquier hora. Sin embargo, en los trolebuses y teatros, puesto que puedo escapar fácilmente, nunca me he sentido tan al borde de la locura.

Y así fue como a primeros de junio, cuando iba subido en un oscilante trolebús de Kioto, me di cuenta de que la enfermedad me tenía aún entre sus garras. Hasta entonces, había evitado escrupulosamente los trenes y abandonado toda idea de volver a Tokio hasta sentirme seguro de que no me volvería la fobia. Quería presentarme al reconocimiento militar, lo que había de hacerse antes de que pasase el verano, en cualquier lugar cercano a Kioto, al que pudiese llegar sin tomar el tren.

Desgraciadamente, supe que era demasiado tarde para sufrir el examen en cualquiera de los centros cercanos a Kioto, pero gracias a un amigo de Osaka conseguí ir a uno que había en una aldea de pescadores, en la línea de trolebuses Osaka-Kobe, siempre que transfiriese allí mi residencia legal con dos o tres días de anticipación. Los reconocimientos en aquel pueblo estaban anunciados para mediados de junio.

Estaba encantado de poder ir en trolebús, sin tener que pisar el tren, ni mucho menos hacer el viaje a Tokio. Y alrededor de las doce del día, con mi certificado oficial y una copia de mi partida de nacimiento (que me fue enviada desde Tokio) en el bolsillo, me dirigí a la estación de la línea Osaka-Kobe, que está en la calle de Gojo.

Una luz como de pleno verano resplandecía sobre las secas y polvorientas calles de Kioto, el cielo claro parecía venenosamente alisado: suave extensión de denso índigo azul. Yo llevaba una capa de seda sobre un kimono liso sin forro y en el camino hacia la estación, en rickshaw, pude sentir un suave rezumar como de pegajosas gotas de sangre desde los crecidos cabellos junto a las sienes y cómo me resbalaban por las mejillas hasta empaparme el cuello. Mirando hacia el monte Atago desde el puente de Gojo, vi las calientes olas ondulando al pie de las colinas como impulsadas desde las entrañas de un horno ardiente. Los campos distantes y los bosques estaban oscurecidos por una neblina vaporosa, mientras en el primer plano los tejados y los muros de piedras ajedrezadas y las aguas del río Kamo estaban teñidos de tan vívidos tonos, tan vivos como si fuesen pintura aún fresca, que me herían los ojos al mirarlos. Cuando empecé a bajar, tras dejar el rickshaw, a la estación, los bordes del kimono se me pegaban a las piernas empapadas de sudor y las ceñían tan estrechamente que estuve a pique de caerme.

“Todo irá bien si se trata de un trolebús”, fue lo que me dije a mí mismo queriendo darme un poco de ánimo, pero ya tenía los nervios tensos por culpa del deprimente calor. Después de sacar el billete para Osaka, decidí descansar hasta que se me calmasen los nervios y me desplomé en un banco sobre el que permanecí sentado, mirando ausente a la calle igual que un mendigo.

Coche tras coche de la línea Osaka-Kobe —construidos mucho más sólidamente que los trolebuses, tan oscuros y macizos como jaulas de fieras— llegaban, ululaban su silbido y vomitaban una multitud de viajeros a cambio de otra (que inmediatamente engullían) y se marchaban a Osaka. Llegaba un coche cada pocos minutos. Haciendo acopio de todo mi valor, me puse en pie y me acerqué a la puerta de control de billetes, pero entonces el corazón empezó a latirme salvajemente y las piernas se negaron a llevarme más lejos. Me pareció haber sido paralizado por un espantoso hechizo. Me volví tambaleante hacia el banco.

—¿Rickshaw, señor?

—No, estoy esperando a alguien —le contesté al hombre—. Voy a Osaka. —Pero después de haberme librado de él me quedé donde estaba. “Voy a Osaka”, había respondido, pero no sé por qué sonó en mis oídos “voy a morir”. Qué asombro hubiera sentido el hombre de la rickshaw si se me hubiesen cerrado los ojos y me hubiese quedado en el sitio: una cosa tan brusca como la muerte de Svidrigailov en Crimen y castigo (“¡Si alguien te pregunta, dile que me he ido a América!”), cuando se apoyó la pistola en la frente y se pegó un tiro.

Cuando miré el reloj, vi que era cerca de la una. La oficina del pueblo cerraría seguramente a las tres o las cuatro y yo tenía que estar inscrito antes de acabar el día para ser admitido a examen. De otra forma, los amables esfuerzos de mi amigo habrían sido estériles. Súbitamente inspirado, compré un botellín de whisky en una tienda cercana. Luego, me senté otra vez en el banco, me apoyé en el respaldo y empecé a vaciar el frasco a sorbitos.

De acuerdo con experiencias pasadas, el whisky me amortecía los nervios el tiempo suficiente para permitirme escapar de lo más agudo del terror. Tenía en él una fe casi supersticiosa. Pensé que si me emborrachaba hasta perder la cabeza antes de subir al trolebús, podría ser capaz de llegar a Osaka sano y salvo.

El entumecimiento iba empapando poco a poco mi abatido cuerpo. Mientras seguía pacientemente sentado, era consciente de que una loca borrachera iba pudriendo de un modo espléndido mi conciencia y embotando todos mis sentidos. Pronto empecé a mirar con ojos mortecinos y lánguidos al alegre y ruidoso pasaje, observando el flujo de las arremolinadas luces y sombras.

Las gentes que pasaban al pie del puente de Gojo iban ruborizadas, color carmín, y perladas de sudor, como figuras de gelatina derritiéndose. Hasta las guapas jovencitas envueltas en ropas de verano finas como películas sufrían ostensiblemente —se veía su cuerpo inflamado— el calor que no cedía. El sudor… el sudor de muchedumbres ingentes parecía exudar sin fin en la atmósfera bochornosa, cernerse sobre todo, adherirse pegajoso a las paredes y a cuanto era superficie. Recordé un verso de poesía decadente: “Sobre la ciudad cuelga una neblina de sudor…”.

Como una pantalla de cine que se arrugase, la calle parecía ondear hacia atrás y hacia adelante, unas veces combándose, quebrándose otras, empañándose, duplicándose… Saber que estaba borracho perdido era lo único que me envalentonaba, que me daba osadía.

Por fin, me decidí a subir al coche siguiente y tomé la precaución de comprar otra botella de whisky. También —para poder enfriarme la cabeza si, por casualidad, sintiese que iba a darme un ataque— compré un poco de hielo picado y lo envolví en el pañuelo.

Armado así, me dejé estrujar y empujar hacia la verja por la trituradora multitud, di el billete para que lo picasen y ya iba a llegar al andén cuando me sentí de nuevo bajo el hechizo. En presencia de aquel coche enfurecidamente bufante y gritador, tan impaciente por salir bramando, mis nervios se desprendieron de su protector barniz alcohólico y mi cabeza, de repente lúcida, se despejó y empezó a trepidar y temblar. Me sentía presa de un todopoderoso terror, como si se me fuese a romper la mente, como si estuviese a punto de hundirme en un negro coma o en el limbo de la locura. Instintivamente, retrocedí de prisa hacia la puerta.

—Perdón —dije sin pensar al empleado—, acaban de picarme el billete, pero tengo que esperar a un amigo, así es que tomaré el próximo coche. —Apretándome el paquete de hielo sobre la frente, me abrí camino contra la corriente de viajeros y, enervado por completo, me fugué de la estación como si me persiguiese un espíritu diabólico. Desfondándome desmadejadamente en un banco, me las arreglé para empezar de nuevo a respirar sin agobio. Sentí como si alguien, a mis espaldas, estuviese riéndose de mí sarcásticamente.

“Esto no debería haber sucedido —me dije—. Pensé que estaba bastante borracho como para conseguirlo; ¿qué diablos marcha hoy mal? ¿Están hoy mis nervios tan en carne viva que no hay whisky que pueda con ellos?”

Y dieron las dos. “Si pierdo más tiempo va a ser demasiado tarde —pensé—. Y si pierdo esta ocasión, tendré que volver pronto a Tokio. Pero supongamos que escribo una carta a las autoridades explicándoles mis cuitas”: “Dado que un viaje en tren podría matarme o volverme loco, no puedo volver a Tokio a tiempo para el reconocimiento”. Quizá me respondiesen: “Aun en el caso de morir o volverse loco, no puede dejar de presentarse a tiempo para el reconocimiento. Esto me obligaría a coger el tren y volver a Tokio como un loco furioso… Me gustaría arremeter contra ellos el día del examen y dar un espectáculo. “¿Lo están viendo? —les diría entre sollozos—. ¡Son ustedes tan insensatos que he perdido la razón!” ¿Qué diría entonces el médico militar?, me pregunto. Quizá me felicitase indiferentemente. “Muy bien. Ha hecho usted bien en volver. Ha hecho usted bien en volver aun a costa de volverse loco. Admiro su sentido del deber.”

Todavía rebosante de whisky, dejé vagar mis pensamientos de una estupidez a otra, sentado allí, riéndome de mí mismo, enfureciéndome, rabiando o sintiendo asco.

Tras considerar seriamente la situación, decidí que solo tenía tres opciones: morirme, volverme loco o seguir sin volver a Tokio. Si no quería morirme o volverme loco, tenía que vencer mi fobia y salir para Osaka inmediatamente.

Pero supongamos que pierdo el sentido en el trolebús…

Suspirando con desconsuelo, miré foscamente al coche que se acercaba y me levanté del banco. Tal vez debería volar a una casa de geishas para olvidar mis cuitas. ¿O debería quedarme allí otro poquito en espera de tranquilizarme? El sol se pondrá, la noche se irá cerrando. Si me quedo aquí sin más hasta que parta el último de los trolebuses y entonces vuelvo a mi apartamento sin haber resuelto nada, quizá me conforme con mi suerte y sienta algún alivio.

—¡Qué bien, T! ¿Adónde vas?

Era mi amigo K. Vestía un fresco kimono de verano y un sombrero panamá, airosamente encasquetado en la nuca, sombreaba sus bien dibujadas facciones y su elegante cabellera.

Sobresaltado, como si me hubiesen cogido cometiendo un crimen, balbuceé:

—Solamente a Osaka… —y sonreí como un bobo.

—¡Ah! Aquel médico militar del que me hablaste el otro día —asintió comprensivo K.—. Precisamente voy a Fushimi. Podemos ir juntos.

—Bueno…

—Te presento a un amigo mío.

K. me presentó al instante a su compañero, que era médico: un hombre rubicundo, algo rollizo, de unos treinta y pocos años, con un encantador bigotito pulcramente recortado.

—¿Seguimos el viaje juntos? Pase delante, por favor.

—Sí, gracias —respondí, todavía indeciso. Pero me dejé llevar hacia aquel feroz coche.

—Por favor, por favor, tú primero —insistió K., casi empujándome dentro.

—Pues bueno.

Resueltamente, cerré los ojos y subí de prisa al coche. Apenas estuve dentro, me agarré a una correa con una mano, y con la otra me acerqué la botella de whisky a la boca y tomé un buen trago. El hecho de hallarme en pie y agarrado a una correa me dio la sensación de ejercer todavía algún control sobre mi destino.

—Es usted un buen bebedor, ¿no? —dijo el doctor.

—No, es que detesto los trenes. Tengo que beber o no puedo tomarlos.

Me di cuenta, de pronto, de que mi explicación podría parecer un tanto ilógica, especialmente a un médico.

Con un último resoplido del silbato, el trolebús empezó a moverse:

“¿Voy a morirme ahora? —susurró una voz dentro de mí—. Esto debe de ser lo que se siente cuando le van a guillotinar a uno.”

—¿Qué piensa usted, doctor? ¿Cree usted que superaré el examen físico?

—Vamos a ver. Lo pasará perfectamente. Un tipazo tan fortachón como usted…

Ya habíamos dejado atrás las calles de Kioto; a gran velocidad, iban pasando por las ventanillas las hojas tiernas de los árboles y arbustos suburbanos, el camino real, las bajas colinas de las afueras de la ciudad. Fue entonces cuando un pequeño brote de confianza empezó a abrirse en mi interior. Después de todo, quizá pudiese llegar a Osaka sano y salvo.

CUERPO DE MUJER Ryunosuke Akutagawa

mujer-desnuda-durmiendo
Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.

LA VERIDICA HISTORIA DE A Q DE LU XUN

LU-XUNBreve recuento de las victorias de A Q
No sólo son inciertos el apellido de A Q, su nombre y su lugar de origen; aún mayor es la oscuridad que reina en relación con sus antecedentes. Ello es debido a que la gente de Weichuang sólo empleaba sus servicios personales, o le tomaba como hazmerreír, sin prestar la menor atención a sus antecedentes. El propio A Q jamás dijo nada sobre el particular; sólo cuando discutía con alguien decía a veces, lanzando una mirada furiosa:
—Nuestra situación era mucho mejor que la tuya. ¿Qué te crees?
A Q no tenía familia y vivía en el Templo de los Dioses Tutelares de Weichuang. Tampoco tenía empleo fijo; hacía trabajos ocasionales para otros: si había trigo que segar, lo fiaba; si era necesario moler arroz, ahí estaba A Q para hacerlo; si se precisaba un botero, él remaba. Si el trabajo duraba un tiempo considerable, vivía encasa de su patrón, pero se marchaba en cuanto terminaba su tarea. Siempre que había algún trabajo por hacer, la gente pensaba en A Q, pero recordaba sus servicios y no sus antecedentes, y cuando el trabajo estaba terminado, hasta elpropio A Q caía en el olvido; y nada digamos de sus antecedentes.
Solamente una vez un anciano le elogió diciendo : «¡Qué buen trabajador es A Q!» En aquel momento A Q, con el torso des
nudo, indiferente y flaco, estaba de pie ante él y los demás no sabían si la observación había sido hecha en serio o como burla; pero A Q quedó transido de alegría. A Q, por su parte, tenía muy buena opinión de sí mismo; consideraba a todos los
habitantes de Weichuang inferiores a él, incluso a los dos «jóvenes letrados», a quienes estimaba indignos de una sonrisa. Los letrados jóvenes podían llegar a ser bachilleres. El señor Chao y el señor Chian eran tenidos en alta estima por los aldeanos, precisamente porque, aparte de ser ricos, eran también padres de jóvenes letrados, y tan sólo A Q no mostraba signo de especial deferencia hacia ellos, pensando para sí: «Mis hijos pueden llegar mucho más alto». Además, cuando A Q hubo ido a la ciudad unas cuantas veces, naturalmente, se volvió mucho más vanidoso y empezó a despreciar a los habitantes de la urbe. Por ejemplo, los habitantes de Weichuang llamaban «banco largo» a una tabla de tres pies por tres pulgadas, y él también la llamaba «banco largo», pero la gente de la ciudad decía «banco luengo»; él pensaba: «Están equivocados. ¡Qué ridículo!»Y como, cuando freían pescados cabezones en aceite, los aldeanos de Weichuang los condime
ntaban con pedazos de chalote de un centímetro de largo, en tanto que la gente de la ciudad ponía el chalote picado muy fino, él se decía: «También en esto se equivocan. ¡Qué ridículo» ¡Pero los aldeanos de Weichuang eran realmente unos rústicos ignorantes que jamás habían conocido el pescado frito de la ciudad!
A Q, que «había tenido mucho mejor situ ación», que era hombrede mundo y un «buen trabajador», hubiera estado al borde de ser un «hombre perfecto», de no mediar unos cuantos fallos físicos. El más molesto de todos lo constituían unas cicatrices circulares de sarna que habían aparecido en fecha indeterminada en su cuero cabelludo. Aunque estaban en su propia cabeza, A Q parecía no considerarlas del todohonorables, porque evitaba usar la palabra «sarna» u otras de pronunciación semejante, y llegó a perfeccionar este criterio, desterrando las palabras «brillo» y «luz»; y aun las palabras «lámpara» y «vela» fueron consideradas tabú por él. Cuando la prohibición no era respetada, intencionalmente
o no, A Q sufría un ataque de rabia y las cicatrices de la cabeza se le ponían rojas. Echaba una mirada al ofensor y, si éste
era corto de ingenio, empezaba a insultarlo; si era más débil que él, lo golpeaba. Y sin embargo, cosa curiosa, casi siempre era A Q quien cosechaba la peor parte en estos encuentros, hasta que se vio obligado a adoptar una nueva táctica de acuerdo con la cual se contentaba con mirar furiosamente a su rival. Pero sucedió que cuando A Q dio en emplear esta mirada furiosa, los holgazanes de Weichuang se dedicaron a hacer aún más bromasa sus expensas. Apenas le veían, fingían
sobresaltarse y decían:
—¡Bah! Hay mucha más luz.
A Q se indignaba, como era de rigor, y miraba furiosamente.
—¡Pareciera haber una lámpara de petróleo!
—continuaban, sin intimidarse en lo más
mínimo.
A Q no podía hacer nada, pero rebuscaba en su cerebro una respuesta con que vengarse:
—Ni siquiera mereces…— En ese momento, hasta las cicatrices de sarna de su cuero
cabelludo daban la impresión de ser algo noble, honorable, y no vulgares cicatrices de sarna. Sin embargo, como dijimos más arriba A Q era hombre de mundo y se daba cuenta de que había estado a punto de violarel tabú, de modo que se ab
stenía de decir nada más.
Pero los holgazanes no quedaban satisfechos y continuaban molestándole; finalmente, llegaban a golpes. Sólo cuando A Q estaba derrotado a todas luces, cuando le habían tirado de la coleta de color amarillento y le habían golpeado la cabeza contra la muralla cuatro o cinco veces, se iban los holgazanes, satisfechos de su victoria. A Q se quedaba allí un momento,
diciéndose a sí mismo: «Es como si me hubiera pegado mi propio hijo. ¡A lo que ha llegado mundo!». Después de lo cual también se iba,satisfecho de haber obtenido la victoria.

A Q solía contar a los demás todo lo que pensaba, de manera que quienes se burlaban de él conocían estas victorias psicológicas y entonces, el que le tiraba de la coletao se la retorcía, le decía:
—A Q, ésta no es la paliza de un hijo a su padre, sino la de un hombre a una bestia. Di:
¡un hombre golpea a una bestia!
Y entonces A Q, sujetándose la base de su trenza con ambas manos con la cabeza ladeada, decía:
—Pegándole a un animal… ¿Qué te parece? Yo soy un animal. ¿No me dejas aún?
No obstante ser un animal, los holgazanes no le permitían marcharse sino después de haberle golpeado la cabeza cinco o seis vecescontra cualquier cosa que hubiera a mano; después de lo cual se iban felices de haber obtenido la victoria
y confiados en que esta vez A Q estuviese liquidado. Pero a los diez segundos, también A Q se iba, satisfecho de haber
obtenido la victoria, pensando que era «el primer denigrado de sí mismo» y que después de quitar «denigrador de sí mismo», quedaba «el primero». ¿Acate el primero de los graduados en el examen imperial no era «el primero»? ¿Qué te imaginas? —decía.
Después de emplear tales astucias para quedar a la altura de sus enemigos, A Q corría feliz a la taberna a beber unos cuantos tazones de vino, a bromear con los demás otra vez, a amar broncas de nuevo, obtener la victoria nuevamente, para regresar al Templo de los Dioses Tutelares con el alma henchida de gozo y quedarse dormido apenas se acostaba.
Si tenía dinero, se iba a jugar. Un grupo de individuos se acomodaba en el suelo y A Q se
instalaba allí, con el rostro empapado ensudor, gritando más fuerte que nadie:
—¡Cuatrocientos al dragón azul!
—¡Eh, abre aquí! —decía el de la banca, también con la cara bañada en transpiración,
abriendo la caja y cantando—. Puertas Celestiales… ¡Nada para el
Cuerno…! La Popularidad y el Pasaje no se detienen en ello
s… ¡Venga el dinero de A Q!
—Cien al Pasaje… ¡Ciento cincuenta!
Al son de esta música, el dinero de A Q iba pasando a los bolsillos de los otros, cuyos rostros estaban empapados en transpiración: Finalmente, se veía obligado a salir de allí abriéndose paso a codazos y se quedaba en la ,retaguardia, mirando el juego con preocupación por la suerte ajena, hasta que terminaba; entonces regresaba de mala gana al Templo Tutelar.
Y al día siguiente iba a su trabajo con los ojos hinchados. Sin embargo, la verdad del proverbio «La desgracia puede ser una bendición disfrazada» quedó en evidencia cuando A Q tuvo la desgracia deganar una vez en el juego, para sufrir al
final una cruel derrota. Fue en la tarde del Festival de los Dioses en Weichuang. De acuerdo con la costumbre, se
representaba una obra teatral; y cerca del escenario, también de acuerdo con la costumbre,
había numerosas mesas de juego. Los tambores y batintines del teatro resonaban a tres millas del que llevaba la banca. Jugó una y otra vez con éxito: sus sapecas de cobre se transformaron en monedas de diez, sus monedas de diez en yinyuanes
, y sus yinyuanesformaron montones. En su excitación gritaba:
—¡Dos yinyuanes a las Puertas Celestiales!
Nunca supo quién había comenzado la pelea, ni por qué razón. El ruido de las maldiciones, los golpes y las pisadas se mezclaban confusamente en su cabeza y, cuando se puso de pie, las mesas de juego habían desaparecido, igual que los jugadores.

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