DOS CUENTOS DE ETGAR KERET

De repente un toquido en la puerta
—Cuéntame un cuento —me ordena el hombre con barba que está sentado en el sofá de mi sala. Reconozco que la situación me resulta bastante incómoda, porque yo escribo cuentos, pero no soy un cuenta cuentos. Y además no lo hago por encargo. La última persona que me pidió que le contara un cuento fue mi hijo, hace un año. Inventé algo sobre un hada y un ratón de campo, ni siquiera recuerdo qué, sólo sé que a los dos minutos ya se había quedado dormido. Mientras que la situación de ahora es absolutamente distinta. Porque mi pistola20apuntando20mejorhijo no tiene barba. Ni pistola. Y porque mi hijo me pidió el cuento, mientras que la intención de este hombre es robármelo. Procuro explicarle al barbudo que si enfunda la pistola será mucho mejor para él. Para los dos, en realidad. Porque es difícil que se te ocurra un cuento mientras te encañonan la cabeza con una pistola cargada. Pero el tipo insiste. —En este país —explica—, cuando quieres algo, tienes que exigirlo por la fuerza. Es un inmigrante judío recién llegado de Suecia. En Suecia la situación es completamente diferente. Allí, cuando se quiere algo, se pide educadamente y, por lo general, te lo dan. Pero en el asfixiante y enrarecido Medio Oriente, eso no es así. A uno le basta con pasar aquí una semana para entender cómo funcionan las cosas. O para ser más exactos, para entender cómo no funcionan. Los palestinos pidieron con muy buenos modales un Estado. ¿Se los dieron? ¡Pura mierda! Mientras que cuando pasaron a hacerse volar por los aires en autobuses cargados de niños, empezaron a escucharlos. Los colonos quisieron que se les enviara a alguien con quien dialogar. ¿Les enviaron a alguien? Otra mierda, eso es lo que les enviaron. Pero en cuanto se pusieron a repartir madrazos y a lanzarles aceite hirviendo a los guardias fronterizos, los estamentos empezaron a querer tomar contacto. Este país sólo entiende el lenguaje de la fuerza y no importa que se trate de un asunto de política, de economía o de un lugar de estacionamiento. Aquí sólo entendemos la fuerza. Suecia, el lugar desde el que el barbudo ha inmigrado, es un país progresista y avanzado en no pocos campos. Porque Suecia no es sólo ABBA, IKEA y el Premio Nobel. Suecia es todo un mundo de cosas, y lo muchísimo que tienen lo han conseguido exclusivamente por las buenas. En Suecia, si se le hubiera ocurrido ir a casa de la vocalista de Ace of Base y tocar la puerta para pedirle que le cantara una canción, ella le habría preparado una taza de té, habría sacado la guitarra de debajo de la cama y se habría puesto a tocar. Y todo con una sonrisa. ¿Pero aquí? Si no trajera una pistola en la mano seguramente yo lo habría echado a patadas escaleras abajo. —Mira… —le digo intentando que entre en razón. —Nada de mira —exclama furioso el barbudo tomando el arma—, o el cuento o un balazo en la cabeza. Así que comprendo que no tengo alternativa, que el tipo va completamente en serio. —Hay dos personas sentadas en una habitación —empiezo—, cuando de repente alguien toca la puerta con los nudillos. El barbudo se yergue. Por un momento creo que el cuento lo ha atrapado. Pero no. Está escuchando otra cosa. Y es que realmente hay alguien tocando la puerta con los nudillos. —Abre —me dice—, y no intentes nada. Échalo de aquí lo más deprisa posible, Sigue leyendo

EXTRACTO DE UNA BALADA DE ZHANG KOU MO YAN (NOBEL LIT. 2012)

¡Os ruego que escuchéis, queridos conciudadanos,
el relato de Zhang Kou sobre el mundo mortal y sobre el Condado Paraíso!
El Emperador Li, descendiente del Gran Kan y fundador de la nación, ordenó
a los ciudadanos de nuestra región que plantaran ajo a modo de tributo…

Extracto de una balada de Zhang Kou,
rapsoda ciego del Condado Paraíso.

I

-¡Gao Yang!

El sol del mediodía calentaba con fuerza y el aire polvoriento transportaba el hedor del ajo podrido después de un prolongado periodo de sequía. Una bandada de cuervos de color índigo atravesaba cansinamente el cielo,
proyectando una sombría cuña sobre el suelo. No hubo tiempo para trenzar el ajo, que se amontonaba desordenadamente sobre la tierra, y emitía una insoportable fetidez en su proceso de cocción bajo el sol. Gao Yang, cuyas cejas se inclinaban hacia abajo en los extremos, se sentaba en cuclillas junto a la mesa, sujetando un tazón de caldo de ajo y conteniendo las náuseas que procedían de su estómago. Aquella apremiante llamada había atravesado el hueco de la puerta justo cuando estaba a punto de tomar un sorbo del caldo. Reconoció la voz del jefe de la aldea, Gao Jinjiao. Gritó una respuesta mientras soltaba apresuradamente el tazón y se dirigió a la puerta.

-¿Eres tú, Tío Jinjiao? Pasa.

Ahora la voz sonó más amable:

-Gao Yang, sal aquí un momento. Tengo que hablarte de algo. Sabiendo las consecuencias que acarrearía menospreciar al jefe de la aldea, Gao Yang se volvió hacia su hija ciega de ocho años, que se sentaba impertérrita a la mesa como si fuera una oscura estatua, con sus hermosos e invidentes ojos negros abiertos de par en par.

-No toques nada, Xinghua, porque te puedes quemar.

La tierra recalentada le quemaba las plantas de los pies y el intenso calor hacía que le llorasen los ojos. Mientras el sol golpeaba su espalda desnuda, se quitó un poco de suciedad del pecho. Escuchó el llanto de su recién nacido en el kang, una tarima de ladrillo que servía como lecho familiar, y le pareció que su mujer murmuraba algo. Por fi n había tenido un varón y ese pensamiento le reconfortaba. La brisa del sudoeste le trajo la fragancia del mijo recién brotado, y eso le recordó que se acercaba la temporada de la cosecha. De repente, su corazón se encogió y un escalofrío recorrió su espalda. Deseaba desesperadamente dejar de caminar, pero sus piernas seguían impulsándole, mientras el repugnante hedor de los tallos y las cabezas de ajo le hacía llorar los ojos. Levantó su brazo desnudo para frotárselos, seguro de no estar llorando. Finalmente, abrió la cancela.

-¿Qué ocurre, Tío? -preguntó-. ¡Ay, Dios mío…!

Unos destellos del color de la esmeralda pasaron ante sus ojos, como si fueran millones de tallos verdes de ajo flotando en el aire. Algo le golpeó en el tobillo derecho, un golpe pesado y sordo que le retorció las tripas. Momentáneamente aturdido, cerró los ojos y advirtió que el sonido que había escuchado era su propio grito mientras se desplomaba hacia un costado. Luego sintió otro golpe sordo detrás de la rodilla izquierda. Gritó de dolor -esta vez no había ningún rechazo- y se precipitó hacia delante, cayendo de rodillas en los escalones de piedra. Conmocionado, trató de abrir los ojos, pero los párpados le pesaban demasiado y el aire cargado de ajo se los llenó de lágrimas. No obstante, sabía que no estaba llorando. Trató de levantar la mano para frotarse los ojos y descubrió que tenía las muñecas atadas con algo frío y duro que le producía dolor; dos ligeras punzadas metálicas le aguijonearon el cerebro. Sigue leyendo

LA TUMBA DEL GATO NATSUME SOSEKI

ttp://www.taringa.net/posts/arte/13918024/Equot_La-tumba-del-gatoEquot_-Natsume-Soseki.html

Desde que nos instalamos en Waseda el gato ha comenzado a decaer a ojos vista. No muestra nada de ganas de jugar con los niños. Duerme en la veranda, cuando la calienta el sol. Estira bien las patas de adelante y apoya en ellas su hocico anguloso; y allí se queda, sin moverse, indefinidamente, con los ojos fijos en las plantas del jardín. Ignora a los niños que se agitan en vano a su alrededor. Ellos, por su parte, han renunciado desde el principio a ocuparse de él; con el pretexto de que no les sirve como compañero de juegos, lo dejan tranquilo. Pero no sólo ha dejado de interesarles a los niños: también la criada se contenta con dejarle un plato con leche en un rincón de la cocina, tres veces al día; aparte de esto, prácticamente no se ocupa de él. Además, lo que le dan de comer se lo devora casi siempre un gatazo de la vecindad, de pelo negro, blanco y marrón. Pero el interesado no parece querer enojarse. Nunca lo he visto pelear. No hace más que dormir, en una inmovilidad perfecta. Hasta cuando está acostado uno siente que no tiene el menor margen para ganar. No es para estar a sus anchas que se ha echado en el rincón en que da el sol, no; es sólo que, para él, ni hablar de moverse… Me doy cuenta de que mi descripción es insuficiente. Digamos que da la impresión de haber pasado los límites de la indolencia; sí, debe decirse a sí mismo que, si bien es triste permanecer quieto, más triste se sentiría ante la idea de hacer un movimiento, y, por lo tanto, soporta su estado con paciencia. Uno tiene la impresión de que clava la mirada en las plantas del jardín, pero la conciencia de las hojas de los árboles o de las formas de los troncos ni siquiera lo debe de haber rozado. De una vez y para siempre, ha clavado sus pupilas verdeamarillas en un punto. Así como mis hijos no reconocieron su existencia, él no reconoce la existencia del mundo.
 
A pesar de todo, de cuando en cuando le da por salir, como si tuviera algo que hacer. Entonces lo persigue el gatazo del vecindario. Como le tiene miedo, se sube de un salto a la veranda, atraviesa, rasgándolo, el papel de algún shoji1, y va a esconderse en el irori2. Es sólo en esos momentos cuando nos damos cuenta de su existencia. En cuanto al gato, quizás sea la única ocasión en que tiene plena consciencia de que existe.
De tanto repetir estas experiencias, los pelos de su larga cola han comenzado a ralear. Al principio tenía lamparones por acá y por allá; más tarde, de tantos pelos que perdía, quedó al desnudo la piel enrojecida. Daba pena verlo. Parecía extenuado, y se lamía los sitios sensibles sin parar, hecho un ovillo.

—¿No te parece que le pasa algo al gato? —le preguntaba yo a mi mujer. —Sí, es cierto. Pero, ¿qué se le va a hacer? ¡Debe ser la edad! —respondía con indiferencia mi mujer. Así que dejé las cosas como estaban, sin preocuparme más. Al cabo de cierto tiempo, el gato se puso a vomitar. Olas enormes le recorrían la garganta, de la que brotaban sonidos dolorosos que no eran ni hipo ni estornudos. Parecía sufrir y, sin embargo, en cuanto lo veíamos con una de sus crisis, pese a todo, lo echábamos afuera. De no hacerlo, emporcaba las esterillas o las camas. Así se ensució un almohadón de seda que le habíamos puesto a una visita.

—¡Qué fastidio! ¡Habrá que hacer algo! Debe tener algún desarreglo en los intestinos o en el estómago; tendrías que tratar de darle un poco de Hotan3 diluido en un poco de agua.

Mi mujer no replicó. Dos o tres días más tarde, le pregunté si le había dado al gato el polvo en cuestión. —¡Bien que traté, pero por nada del mundo abre la boca! —me contestó. Luego me explicó: —¡Vomita cuando le doy de comer espinas de pescado! —¡Pues entonces no hay que dárselas! Seguí leyendo después de reprender severamente a mi mujer.

 
Cuando no vomitaba, el gato dormía apaciblemente, como de costumbre. En los últimos tiempos se había ido encogiendo y, como si no hubiera tenido otro apoyo que la veranda que sostenía su peso, se acurrucaba para reducir al máximo la longitud de su cuerpo. La mirada le había cambiado imperceptiblemente. Al principio, a la manera de los ojos que terminan perdiéndose en el vacío de tanto concentrarse en un punto remoto, tenía la mirada llena de una especie de serenidad, mientras permanecía inmóvil, pero poco a poco fue cambiando de manera inquietante. Al mismo tiempo, el iris se le fue enturbiando. Su mirada se parecía a la caída de la tarde cruzada por un débil resplandor. Sin embargo, no moví ni un dedo. Tampoco mi mujer se ocupaba de él, al parecer. Y ni hablemos de los niños, que hasta habían olvidado su existencia.
Una noche, mientras estaba acostado en la cama de los niños, el gato soltó un gemido parecido al que dejaba oír cuando uno trataba de sacarle de las fauces un pescado del que había logrado apoderarse. Fui el único, en ese momento, en percibirlo e inquietarme. Los niños dormían tranquilamente. Mi mujer estaba absorta en sus trabajos de costura. Un instante después, el gato soltó un nuevo gemido. Mi mujer acabó por abandonar la aguja. Dije: —¿Qué le pasa? ¿Te parece que podría darle por morder a los niños, qué sé yo, en la cabeza, por ejemplo? —¡Las cosas que se te ocurren! Y mi mujer siguió cosiendo las mangas de un kimono de entrecasa. De cuando en cuando, el gato soltaba otro gemido.

Al día siguiente se trepó al borde del irori y no se movió de allí, maullando todo el tiempo con voz quejumbrosa. Parecía sentirse molesto cuando servíamos el té o asíamos el hervidor. Llegada la noche, mi mujer y yo habíamos olvidado totalmente al gato. Para decir la verdad, fue esa noche cuando murió. A la mañana, cuando la sirvienta fue a buscar leña en el cobertizo que se encuentra detrás de la casa, lo descubrió encima de un viejo horno de barro, ya tieso.

Mi mujer quiso ver el cadáver del gato y con tal fin fue a la cochera. Ella, que hasta ese momento sólo había mostrado frialdad, se puso a dar gritos. Llamó a un chofer que ya nos había prestado servicios, lo mandó a comprar una placa funeraria de madera y luego vino a pedirme que escribiera algo en ella. De un lado escribí: Aquí yace el gato, y del otro, De esta tierra saldrá, acaso, un destello en la noche naciente. El chofer preguntó si podía enterrarlo sin más. La sirvienta se burló diciéndole: —¿Querría usted que lo incinerasen, tal vez?
 
Uno tras otro, los niños se mostraron llenos de consideración por el gato. Pusieron flores a ambos lados de la placa funeraria, ramos de lespedezas en frascos de vidrio. Depositaron frente a la tumba un bol lleno de agua. Las flores y el agua fueron renovadas al día siguiente, y al otro también. El tercer día, hacia el atardecer, mi hija, que va para los cuatro años —yo, en ese momento, me encontraba en mi despacho, mirando por la ventana—, se acercó, solita, y fue a pararse frente a la tumba, donde permaneció un momento contemplando la placa de madera blanca. Luego sacó una pequeña paleta de arroz, echó en ésta el agua del bol destinada al gato y bebió. Las gotas de agua en que se mezclaban los pétalos de las flores de lespedezas, caídas en el silencio del fin del día, saciaron varias veces la sed infantil de Aiko. En cada aniversario de la muerte del gato, mi mujer no olvida nunca poner frente a su tumba un trozo de salmón y un bol de arroz espolvoreado con katsuobushi4. Hasta el presente no ha dejado de hacerlo ni una sola vez. Simplemente, en los últimos tiempos, en lugar de ir al jardín se conforma, según parece, con depositar sus ofrendas en la cómoda de la sala de estaTraducción del francés de Carlos Cámara

LA PROSA DE HIROMI KAWAKAMI

abandonarse a la pasión

—Te llevaré a comer unas galeras riquísimas—me dijo Me­zaki. Yo creía que la galera sólo era un crustáceo oscuro, una mezcla entre gamba e insecto, pero en el restaurante donde me llevó las hacían deliciosas. Las hervían enteras y las servían con cáscara. Luego les quitábamos la cáscara, que nos quemaba los dedos, y nos comíamos el bicho. Te­nían un sabor ligeramente dulce, de modo que ni siquiera hacía falta aliñarlo con salsa de soja.

Así fue pasando la noche. De repente, no podíamos vol­ver a casa. Cuando nos dimos cuenta de la hora que era, además de que ya no pasaban trenes estábamos en un lu­gar por el que apenas circulaban coches. En cuanto cerró el restaurante, el único local que había en los alrededores, no encontramos nada más en todo el trayecto. Era uno de esos caminos en los que hay alguna farola de vez en cuando que sólo sirve para que la noche sea aún más oscura, un cami­no bordeado de árboles y matorrales de los que parece que en cualquier momento puede salir un caballo o una vaca.

No hubo más remedio que echar a andar, uno al lado de la otra, por aquel camino, que por mucho que avanzáramos no se estrechaba ni se ensanchaba.

No sé cuántos años tiene Mezaki. Sea cual sea su edad, pa­rece mayor que yo, aunque también podría tener mi edad. Siempre habla de cosas sin sentido, como de un día que, en cierta ciudad, vio a un artista ambulante que escupía fuego por la boca y que ponía la misma cara que su abuelo cuando se quemaba la lengua; o de un amigo suyo que su­fría una misteriosa enfermedad hasta que un día, de golpe y porrazo, le cambió la cara, se curó, se volvió más honrado y parecía otra persona. Son historias sin pies ni cabeza que Mezaki explica poco a poco, como si fueran interesantes.

Desde que nos conocimos en una reunión, sin saber cómo empezamos a coincidir en los mismos lugares. A ve­ces, intercambiábamos cuatro palabras entre la muchedum­bre, mientras que otras veces no nos decíamos nada, sólo nos mirábamos. Más adelante, Mezaki empezó a contarme aquellas historias sin sentido que tan interesantes le pare­cían, y se me acercaba cada vez que nos encontrábamos. Sin embargo, nunca habíamos estado los dos solos hasta el día que fuimos a comer galeras. No fue una cita planeada de antemano, simplemente coincidimos por enésima vez y, de repente, me invitó.

Cuando Mezaki me llevó al restaurante, creo que era bas­tante tarde. Ya habíamos bebido mucho, quizá no hasta el punto de perder la memoria, pero nos encontrábamos en un estado en que las horas pasaban deprisa y despacio a la vez, hasta que terminamos por perder la noción del tiem­po. Mezaki caminaba delante de mí, meneando las caderas arriba y abajo. Yo lo seguía con paso vacilante y pensaba en las galeras.

El restaurante era un local pequeño donde sólo estaban el dueño y un camarero joven. Mezaki se sentó en la barra, justo enfrente del dueño, que no parecía conocerlo. En cual­quier caso, si se conocían, debía de ser uno de esos restau­rantes donde tratan a todos los clientes por igual.

—Unas galeras, un sake y verduras en salmuera para pi­car—le pidió Mezaki al dueño. Acto seguido, se volvió ha­cia mí y me sonrió arrugando la frente. Mezaki tiene la cos­tumbre de sonreír arrugando la frente—. ¿Tú cómo comes los huevos crudos, Sakura?—me preguntó Mezaki, aprove­chando un descanso entre cáscara y cáscara. Mientras pela­ba las galeras, no decía nada. No es que habitualmente sea muy parlanchín, pero como pelar las galeras era bastante la­borioso, cuando lo hacía hablaba menos que de costumbre.

—¿Los huevos crudos? Nunca me han entusiasmado—le respondí. Enseguida me acordé de que mi tío soltero, que vivía en casa de mis padres, solía hacer un agujerito en la cáscara de los huevos. Cuando me levantaba en mitad de la noche para ir a beber agua, lo encontraba de pie frente al fregadero sorbiendo un huevo crudo. Era un soltero cua­rentón que no encontraba pareja a pesar de que le habían concertado varias citas con mujeres. «Te llevaré a caballi­to, Sakura», me decía cuando era pequeña. Yo me sentaba en sus anchos hombros y él me paseaba por todo el come­dor. En los umbrales colgaban fotografías de mis abuelos y bisabuelos, y me daba miedo acercarles la cara. Pero no me atrevía a decirle que quería bajar. Mi tío nunca se cansaba de llevarme a caballito.

Continuen en las ligas.

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/El_cielo_es_azul_extracto.pdf

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Abandonarse_a_la_pasion.pdf

http://www.acantilado.es/cont/catalogo/docsPot/Extracto_Algo_que_brilla_como_el_mar.pdf

SIN BROMAS DE OSAMU DAZAI

http://zonaliteratura.com/index.php/2012/02/02/sajalin-publica-en-castellano-nueve-relatos-de-osamu-dazai-cuento-sin-bromas/

¿Qué iba a ser de mí? Solo pensar en ello me estremecía, me consternaba hasta el extremo de quedarme en casa sentado sin hacer nada. Un día salí de mi apartamento en el barrio de Hongô y me dirigí arrastrando el bastón de bambú hasta al parque de Ueno. Era una tarde de mediados de septiembre. Mi yukata blanca ya no resultaba apropiada para la época del año y me sentía horriblemente llamativo, como si brillase en la oscuridad. Estaba tan abatido que no quería vivir más. De la superficie del estanque de Shinobazu se levantaba un viento estancado y pestilente. Las flores de loto que crecían allí habían empezado a marchitarse; sus truculentas carcasas, atrapadas entre tallos alargados y vencidos, las estúpidas caras de la gente con una expresión de agotamiento total, todo brotaba al frescor de la tarde y me llevaba a pensar que el fin del mundo debía de andar cerca.

Caminé sin proponérmelo hasta la estación de Ueno. Entre los soportales de esa «Maravilla de Oriente» pululaba una oscura, serpenteante e incontable muchedumbre. Almas derrotadas. Todas y cada una de ellas. No podía hacer nada por evitar esa impresión. Para los campesinos que viven en los pueblos del lejano noreste, todo eso no son ni más ni menos que las puertas del infierno. Pasas a través de ellas para entrar en la gran ciudad y regresas de nuevo a casa, roto, destruido, con nada más que harapos colgando de un cuerpo saqueado. ¿Qué esperabas? Me senté con una sonrisa en los labios en un banco de la sala de espera de la estación. ¿No te lo habían dicho? ¿Cuántas veces te advirtieron de que si te marchabas a Tokio no irías a ninguna parte? Hijas, hijos, padres. Sentados en los bancos a mi alrededor, despojados de todo su ingenio, ocultos tras sus ojos nublados. ¿Qué es lo que ven? Flores fantasmagóricas que bailan en la oscuridad, la historia de sus vidas desplegándose como si fueran pergaminos frente a ellos, como lámparas giratorias decoradas con rostros indescriptibles.

Me levanté para escapar de aquella sala y caminé por el andén hacia la salida. Acababa de llegar el expreso de las siete y cinco. Un enjambre de hormigas negras empujaba y zarandeaba, caían unas sobre otras en la aglomeración que se dirigía y salía del tren. Cestas y maletas por todas partes. También bolsos anticuados de viaje que yo tenía por desaparecidos hacía ya tiempo. ¿Los habrían expulsado a todos de su tierra natal?

Los hombres vestían con presunción. Portaban un tenso y agitado semblante. Pobres cabrones. Ignorantes. Una pelea con el padre y huyen precipitadamente. Imbéciles.

Un joven en concreto llamó mi atención. Fumaba de una forma espléndida y afectada. Sin duda lo había aprendido en una película e imitaba a algún actor extranjero. Salió por la puerta con una única maleta. Con la ceja arqueada inspeccionó los alrededores. Seguía actuando. Vestía un traje de cuadros chillón. Los pantalones, por no decir otra cosa, eran demasiado largos. Parecía como si le nacieran en el cuello. Gorra blanca de deporte. Zapatos de cuero rojo. Apretó las comisuras de los labios y salió a la calle, tan elegante que resultaba cómico. Me entraron ganas de tomarle el pelo. Aquellos días estaba bastante aburrido y no encontraba nada con lo que distraerme.

—¡Eh, tú! ¡Takiya! —Había visto su nombre escrito en la maleta—. Acércate un momento.

Caminé con brío delante de él sin mirarle a la cara. El chaval me siguió dócilmente, como si lo arrastrara el torbellino del destino. Tengo cierta confianza en mi conocimiento de la psicología humana y, cuando la gente está distraída, la mejor manera de hacerte con ellos es comportarte de una manera abrumadora, dominante. Se transforman en arcilla en tus manos. Tratar de tranquilizar a tu víctima actuando de forma natural, razonando con cierto tono de seguridad, puede provocar un resultado opuesto al deseado.

Caminé hacia la colina de Ueno. Subí despacio por las escaleras de piedra.

—Creo que deberías ponerte en manos de tu viejo camarada —dije.

—Sí señor —contestó él, rígido.

Me detuve al pie de la estatua de Saigo Takamori.  No había nadie alrededor. Saqué un paquete de cigarrillos y encendí uno. Miré la cara del chico iluminada por la luz de la cerilla. Allí estaba él, haciendo un mohín, con toda la ingenuidad de un niño. Empecé a sentir lástima por él y pensé que ya le había tomado el pelo lo suficiente.

—¿Cuántos años tienes?

—Veintitrés.

Tenía un fuerte acento del campo.

—Tan joven, ¿eh? —Suspiré sin querer—. De acuerdo. Puedes irte.

Iba a explicarle que tan solo quería darle un pequeño susto, pero de pronto me atrapó la tentación —nada comparable a la emoción de estafar a tu propia mujer— de tomarle un poco más el pelo.

—¿Tienes algo de suelto por ahí?

Se inquietó y al cabo de un momento respondió: «Sí».

—Dame veinte yenes. —La situación resultaba cómica. Sacó el dinero.

—¿Puedo irme ya?

Con su pregunta me daba pie para echarme a reír en su cara y decirle: «Te estoy tomando el pelo. Es solo una broma, idiota. Ahora ya sabes el lugar terrible que puede ser Tokio. Vuélvete a casa y tranquiliza el corazón de tu padre». Sin embargo, no había empezado toda mi rutina solo por el placer de la diversión. Debía la renta del apartamento.

—Gracias. No me olvidaré de ti, colega.

Mi suicidio se pospuso un mes más.

 Osamu Dazai. Muy apreciado entre la juventud japonesa, Dazai goza en la actualidad de un reconocimiento equiparable al de ilustres compatriotas suyos como Soseki, Mishima y Kawabata. Aunque más conocido en Occidente por las dos novelas que publicó tras la Segunda Guerra Mundial ―Indigno de ser humano y El ocaso―, el autor japonés mostró a lo largo de toda su vida predilección por el género breve. En sus relatos están presentes tanto el nihilismo como los demonios interiores que acecharon al escritor durante su corta vida, pero también encontramos un particular sentido del humor.

Escritos entre 1933 y 1948, año en que Dazai se quitó la vida junto a su amante, los relatos reunidos -traducidos por Yoko Ogihara y Fernando Cordobés- en el volumen publicado por Sajalín (en las librerías desde el 23 de enero), a veces mordaces y sarcásticos, otras veces introspectivos y poéticos, nos ofrecen un retrato completo de un escritor avanzado a su tiempo y dotado de una sensibilidad poco común.

El siguiente es uno de los relatos que integran el libro, que se publica en ZonaLiteratura.com por cortesía

 

ESPERANDO DE OSAMU DAZAI

 (Traducción y nota de Pablo Figueroa) http://aurelioasiain.blogspot.com/2011/02/un-cuento-de-ozamu-dazai.html

Todos los días voy a la pequeña estación de tren a buscar a alguien. Quién es ese alguien, no lo sé.

Siempre paso por ahí después de hacer las compras en el mercado. Me siento en una fría banca, pongo la cesta de las compras sobre mis rodillas, y miro abstraídamente hacia los molinetes. Cada vez que llega un tren, una multitud de pasajeros es escupida hacia afuera desde las puertas de los vagones. La muchedumbre avanza en tropel hacia los molinetes, y las personas, todas con la misma cara de enojo, sacan los pases y entregan los boletos. Luego, sin mirar hacia los costados, caminan precipitadamente. Pasan por delante de mi banca, salen hacia la plaza que está frente a la estación, y se van cada uno por su lado. Yo sigo sentada distraídamente. ¿Qué sucedería si alguien sonriese y me hablase? ¡Ay no, por Dios! La mera posibilidad me pone tan nerviosa que me estremezco de sólo pensarlo, como si me hubieran echado agua fría en la espalda. No puedo respirar. Y sin embargo, continúo esperando a alguien todos los días. ¿A quién podría ser que estuviera esperando? ¿A qué tipo de persona? Pero quizás lo que estoy esperando no sea un ser humano. Odio a los seres humanos. En realidad les tengo miedo. Cada vez que estoy cara a cara con alguien diciendo cosas como “¿qué tal, cómo está?”, o “¡cómo refrescó!”, saludando sólo para cumplir, siento que soy la persona más falsa del mundo. Me pone tan terriblemente mal que quiero morirme. Y las personas con las que hablo se ponen a la defensiva sin razón, me hacen vagos cumplidos, y comentan sentenciosamente impresiones que no tienen en verdad. Su cautela mezquina me hace sentir triste: el mundo es cada vez más repugnante y no puedo soportarlo. La gente intercambia tensos saludos desconfiando unos de otros hasta cansarse, y así pasa la vida.

A mí no me gusta encontrarme con gente. Por eso, a no ser que hubiera una razón excepcional, nunca visitaba a amigos. Lo más cómodo ha sido para mí estar en casa con mi madre cosiendo, las dos solas, en silencio. Pero finalmente estalló la guerra[1], y el ambiente se puso tan tenso, que empecé a sentirme culpable de quedarme en casa todo el día sin hacer nada. Me sentía angustiada y no podía relajarme en absoluto. Quería hacer una contribución directa trabajando tan duro como pudiese. Perdí toda fe en la vida que había llevado hasta ese momento.

No soporto quedarme en casa en silencio. Sin embargo cuando salgo me doy cuenta de que no tengo ningún lugar adonde ir. Así que hago las compras, y al regresar, paso por la estación y me siento distraídamente en la fría banca. Tengo la ilusión de que alguien venga, pero si esa persona realmente apareciera, ¿qué haría? La idea me da pánico, pero estoy resignada. Si eso sucede, voy a entregarle mi vida: estoy preparada y ese momento marcará mi destino. Estos sentimientos de resignación y fantasías impudentes se entretejen de una forma muy extraña. La sensación me agobia de un modo sofocante. El mundo alrededor se enmudece; la gente que va y viene en la estación aparece pequeña y lejana, como si estuviera mirando por un telescopio al revés. La sensación es vaga, como si estuviera soñando despierta, como si no supiera si estoy viva o muerta. ¡Ay! ¿Qué cosa estoy esperando? Acaso yo no sea más que una mujer obscena. Todo eso del estallido de la guerra, lo de sentirme angustiada, de trabajar duro porque quiero ser útil, quizás sólo sea una mentira, una excusa noble para tratar de encontrar una oportunidad de materializar mis fantasías indiscretas. Me siento aquí con mirada perdida, pero en el fondo, dentro de mí puedo ver cómo flamea la llama de mis deseos obscenos.

¿Pero, a quién diablos espero? No tengo en absoluto una idea clara, solamente una imagen vaga y confusa. Y sin embargo, continúo esperando. Desde el estallido de la guerra paso por aquí todos los días a la vuelta de las compras y me siento en esta fría banca a esperar. ¿Y si alguien me sonriera y me hablara? ¡Ay, no!, no es usted a quien estoy esperando. Entonces, ¿a quién? ¿Qué espero? ¿Un marido? No. ¿Un novio? No, para nada. ¿Un amigo? De ningún modo. ¿Dinero? Es ridículo. ¿Un fantasma? ¡Ay no, por favor!

Algo más apacible y alegre, algo maravilloso. No sé qué. Por ejemplo, algo como la primavera. No, no es eso. Hojas verdes. El mes de Mayo. El agua fresca y cristalina fluyendo a través de los campos de trigo. No, tampoco es eso. Ay, y sin embargo sigo esperando, con el corazón palpitante. Las personas pasan unas tras otras delante de mis ojos. No es aquello, ni esto. Con la cesta de compras en mis brazos, me estremezco y espero con todo mi corazón. Le pido a usted por favor que no me olvide. Por favor no olvide a la chica veinteañera que viene todos los días a la estación y regresa a su casa sintiéndose vacía. Por favor recuérdeme, y no se ría de mí. No voy a decirle el nombre de la estación. Aunque no lo haga, usted me verá algún día.

 

 

En 1948, cuando Osamu Dazai se encontraba en la cúspide de su carrera literaria, decidió quitarse la vida junto con su amante, una joven viuda con quien había sellado un pacto de amor suicida. Para ello la pareja eligió un pintoresco canal del río Tama en el apacible suburbio de Mitaka en Tokio. En esa época del año las frecuentes y turbulentas lluvias del monzón hacían que los niveles de agua en los canales subieran considerablemente. Los cuerpos fueron encontrados en un recodo del rio unos días más tarde, justo cuando Dazai hubiera cumplido treinta y nueve años.

La idea de quitarse vida no era en absoluto nueva para el escritor: lo había intentado sin éxito en variadas ocasiones. Profundos traumas personales, una fuerte dependencia del alcohol, y desórdenes psíquicos que fueron empeorando a lo largo del tiempo, hicieron que el deseo de muerte ocupara un lugar preponderante en los pensamientos de Dazai. Esta obsesión con el suicidio se fusiona en su ficción literaria con un agudo e irónico sentido de crítica a la sociedad, otorgándole un carácter inseparable de lo autobiográfico.

Nacido con el nombre de Shuji Tsushima en 1909 en una pequeña ciudad de Aomori en el norte de Japón, Dazai fue el décimo de once hermanos de una familia acomodada. Su padre se encontraba a menudo fuera de la casa y su madre sufría problemas de salud crónicos, con lo cual el niño fue criado por tías y sirvientes. Su afición por las letras comenzó desde pequeño y en 1930 decidió ingresar al departamento de Literatura Francesa de la Universidad Imperial de Tokio.

Su paso inconcluso por la academia estuvo permeado del tumultuoso estado de cosas de la época y de sí mismo. Dazai se sintió fuertemente atraído por los ideales del marxismo y por el incipiente Partido Comunista de Japón, y a menudo manifestó su sentido de culpa por “haber nacido en la clase social equivocada”. Durante esta etapa temprana escribió una cantidad de cuentos cortos, y la experiencia adquirida a través del paradigma comunista se haría patente a lo largo de su carrera.

Un posterior período de relativa calma llegaría cuando Dazai contrajo matrimonio con Machiko Ishihara en 1939. Fue durante estos años que escribió dos novelas enormemente exitosas tituladas El Ocaso (Shayo, 1947) e Indigno de ser humano (Ningen Shikkaku, 1948). Ambas obras expresan el profundo pesimismo del autor y su visión decadente del ser humano; las hondas heridas de una sociedad golpeada por la posguerra dejaban al desnudo la crisis de identidad y de valores de una cultura que parecía condenada inexorablemente a la autodestrucción.

Si bien Montse Watkins ha traducido al español las novelas arriba mencionadas, no disponemos aún de versiones en nuestra lengua del resto de los trabajos llevados a cabo por Osamu Dazai. Esta nueva traducción de un cuento corto titulado Esperando (Matsu, 1954) es apenas una colaboración a una tarea todavía por emprenderse.


LA CHICA DEL CUMPLEAÑOS DE HARUKI MURAKAMI

El día de su vigésimo cumpleaños también trabajó de camarera, como de costumbre. Le tocaba todos los viernes, pero, de hecho, }aquel} viernes por la noche no debería haber trabajado. Había intercambiado su turno con otra chica que también trabajaba por horas. Lógico. La mejor manera de pasar el vigésimo cumpleaños no es sirviendo }gnocchi} de calabaza y }fritto misto di mare} entre los berridos del cocinero. Pero el resfriado de la compañera con quien debería haber intercambiado el turno empeoró y ésta tuvo que meterse en cama. Con casi cuarenta grados de fiebre y una diarrea imparable, no podía ir a trabajar. Esa era la situación. Y fue ella quien tuvo que acudir apresuradamente al trabajo.

–No te preocupes -consoló por teléfono a la enferma ante sus disculpas-. No porque una cumpla veinte años tiene que hacer algo especial.

En realidad, la decepción no había sido muy grande. Y una de las razones era que, días atrás, había tenido una seria disputa con su novio, la persona con quien debería de haber pasado la noche de su cumpleaños. Salían juntos desde la época del instituto y la pelea había empezado por una tontería.

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EL CIELO ES AZUL, LA TIERRA BLANCA FRAG. HIROMI KAWAKAMI

-Maestro- murmuré- Maestro, no sé volver a casa.
Pero el maestro no estaba allí. Al preguntarme dónde estaría aquella noche, me di cuenta de que nunca habíamos hablado por teléfono. Nos encontrábamos por casualidad, paseábamos juntos por casualidad y bebíamos sake por casualidad. Cuando le hacía una visita en su casa, me presentaba sin previo aviso. A veces estábamos un mes entero sin vernos. Antes, si mi novio y yo no nos llamábamos ni nos veíamos durante un mes, empezaba a preocuparme. ¿Y si hubiera desaparecido como por arte de magia? ¿Y si se hubiera convertido en un auténtico desconocido?
Pero el maestro y yo no éramos novios, así que no nos veíamos a menudo. Pero aunque no coincidiéramos, el maestro nunca estaba lejos de mí. Él nunca sería un desconocido, y estaba segura de que aquella noche se hallaba en algún lugar.
La soledad se adueñaba de mí por momentos, así que decidí cantar. Empecé cantando “Qué bonito es el río Sumida en primavera “, pero no era una canción muy adecuada a la época del año, así que la dejé a medias. Intenté recordar una canción invernal, pero no se me ocurrió ninguna. Al final me acordé de una canción para ir a esquiar titulada “Las montañas plateadas brillan bajo el sol de la mañana”. No reflejaba en absoluto mi estado de ánimo, pero era la única canción de invierno que se me ocurrió, así que empecé a cantarla.
– “No sé si es nieve o niebla lo que vuela, ¡oh! MI cuerpo también corre veloz”
Tenía la letra de la canción grabada en la memoria. Recordaba incluso la segunda estrofa. Hasta yo me quedé sorprendida al acordarme de una frase que decía “ iOh! Nos divertimos saltando con gran habilidad”. Un poco más animada, entoné la tercera estrofa, hasta que me quedé atascada en la última parte. Canté hasta “El cielo es azul, la tierra es blanca”, pero no conseguía recordar los últimos cuatro compases.
Me detuve bruscamente en la oscuridad y me puse a pensar. La gente que venía de la estación pasaba por mi lado, tratando de esquivarme. Cuando empecé a tararear la tercera estrofa en voz alta, los transeúntes que venían en dirección contraria daban un amplio rodeo cuando llegaban a mi altura.
Incapaz de recordar la letra, sentí ganas de llorar de nuevo. Mis piernas se movían solas y las lágrimas me rodeaban por las mejillas en contra de mi voluntad. Alguien pronunció mi nombre, pero no me volví. Pensé que había sido una alucinación auditiva. Era imposible que el maestro estuviera allí en ese preciso instante.
– ¡Tsukiko! – me llamó alguien por segunda vez.

Cuando giré la cabeza, ahí estaba el maestro. Llevaba una chaqueta ligera que parecía abrigar y su inseparable maletín en la mano. Estaba de pie, tieso como de costumbre.
– ¡Maestro! ¿Qué está haciendo aquí?
– He salido a dar un paseo. Hoy hace una noche espléndida.
Me pellizqué el dorso de la mano para asegurarme de que aquello no era un producto de mi imaginación, y me dolió. Por primera vez en mi vida, constaté que el truco de pellizcarse para comprobar que uno no estaba soñando funcionaba de verdad.
– ¡Maestro!- lo llamé en voz baja, todavía sin acercarme.
– ¡Tsukiko! Respondió él. Sólo pronunció mi nombre.
Nos quedamos de pie en la calle oscura, mirándonos. Temía que las lágrimas me traicionaran de nuevo, pero no tuve ganas de llorar. Me sentí más tranquila. ¿Qué habría pensado el maestro si me hubiera echado a llorar?
– Tsukiko, la última parte es: “iOh!, las colinas nos reciben”- dijo el maestro.
– ¿Cómo?
– La última frase de la canción. Antes iba a esquiar de vez en cuando.

 

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SOBRE ENCONTRARSE A LA CHICA PERFECTA 100%…HARUKI MURAKAMI

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto.

Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de junto porque me gusta la forma de su nariz. Sigue leyendo

UN CUERPO DE MUJER RYUNOSUKE AKUTAGAWA

Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado. Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama “Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…” Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro. En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna. Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.