La carretera de Ray Bradbury

Sendero

La carretera, un cuento de Ray Bradbury

(Estados Unidos, 1912-2012)

La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño.

Hernando esperaba que cesara la lluvia, para volver al campo con su arado de rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera de hormigón —otro río— yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado en esa última hora. Era, en verdad, algo muy raro. Durante años no había transcurrido una hora sin que un coche se detuviese y alguien le gritara:”¡Eh, usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente, atravesando el campo sin su sombrero, a veces le decían:

—Oh, será mejor con el sombrero puesto —Y agitaban las manos, cubiertas de cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían nada sino parpadear a la luz del sol como los ojos de una serpiente. Así que Hernando se volvía a recoger el sombrero.

—¿Pasa algo, Hernando? —le dijo su mujer.

—Sí. El camino. Ha ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa ningún auto.

Hernando se alejó de la cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas de goma. Recordó otra vez, claramente, el día en que consiguió esos zapatos. La rueda se había metido violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y gallinas. Había venido sola, rodando rápidamente. El coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta la curva y se detuvo un instante, con los faros encendidos, antes de lanzarse hacia las aguas. El automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días de buen tiempo, cuando el río fluía más lentamente y las aguas barrosas se aclaraban. El coche yacía en el fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo y lujoso. Pero luego el barro subía de nuevo, y ya no se lo podía ver.

Al día siguiente Hernando cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.

Hernando llegó al borde del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la lluvia sobre la superficie de cemento.

Y entonces, de pronto, como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y pasaron junto a él. Los coches, largos y negros, se dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos, rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad. Con un incesante ruido de cornetas y bocinas. Y en las caras de las gentes que se amontonaban en los coches, había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo silencio. Dio un paso atrás para que pasaran los coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en todas las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no podía saber qué era eso.

Al fin la soledad y el silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos, largos y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo lejos el sonido de la última bocina.

La carretera estaba otra vez desierta.

Había sido como un cortejo fúnebre. Pero un cortejo desencadenado, enloquecido, un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a gritos una ceremonia que se alejaba hacia el norte. ¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y se frotó suavemente las manos contra los costados del cuerpo.

Y ahora, completamente solo, apareció el último coche. Era verdaderamente algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la fría llovizna, lanzando grandes nubes de vapor, venía un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz. Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en cualquier momento. Cuando vio a Hernando, el viejo Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador hervía furiosamente.

—¿Nos da un poco de agua? ¡Por favor, señor!

El conductor era un hombre joven de unos veinte años de edad. Vestía un sweater amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y pantalones grises. La lluvia caía sobre el coche sin capota, mojando al joven conductor y a las cinco muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy bonitas. El joven y las muchachas se protegían de la lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba hasta ellos, empapando los hermosos vestidos, empapando al muchacho. El muchacho tenía los cabellos aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas gentes siempre estaban quejándose, de la lluvia, el calor, la hora, el frío, la distancia.

Hernando asintió con un movimiento de cabeza.

—Les traeré agua.

—Oh, rápido, por favor —gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda y llena de temor. La muchacha no parecía impaciente, sino asustada.

Hernando, ante tales pedidos, solía caminar aún más lentamente que de costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a correr.

Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, un regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien hubiese arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar y cocinar. Servía muy bien de tazón.

Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró los rostros atormentados.

—Oh, gracias, gracias —dijo una de las jóvenes—. No sabe cómo lo necesitamos.

Hernando sonrió.

—Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.

No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas suavemente, una a una; pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras más débilmente.

Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.

—No quise decir nada malo, señor —se disculpó.

—Está bien —dijo el joven.

—¿Qué pasa, señor?

—¿No ha oído? —replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el volante con una mano, se inclinó hacia él—: Ha empezado.

No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes, olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las lágrimas.

Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo, ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los pies.

Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.

—No —Hernando se lo devolvió—. Es un placer.

—Gracias, es usted tan bueno —dijo una muchacha sin dejar de sollozar—. Oh, mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá, papá.

Y las otras muchachas se unieron a ella.

—No he oído nada, señor —dijo Hernando tranquilamente.

—¡La guerra! —gritó el hombre como si todos fuesen sordos—. ¡Ha empezado la guerra atómica! ¡El fin del mundo!

—Señor, señor —dijo Hernando.

—Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós —dijo el joven.

—Adiós —dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.

Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche desapareció también, con los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las cabezas de las mujeres.

Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y esperó, con el cuerpo duro y tenso.

Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho, mucho tiempo.

La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta Hernando el olor de la selva.

Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y recogió el arado. Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde empezaba a arder el sol.

—¿Qué ha pasado, Hernando? —le preguntó su mujer, atareada.

—No es nada —replicó Hernando.

Hundió el arado en el surco.

—¡Burrrrrrrro! –le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las tierras de labranza que bañaba el río de aguas profundas.

—¿A qué llamarán “el mundo”? —se preguntó Hernando.

Comentario de “La carretera”, de Ray Bradbury:

Bradbury nos describe apenas una escena en la que, con su particular habilidad, aporta el trazo humano a uno de los temas recurrentes en la ciencia ficción a principios de los años cincuenta: la bomba atómica y el peligro de una Tercera Guerra Mundial librada con estas armas.

El protagonista es un hombre de campo, un sujeto sencillo, y el escenario posiblemente es un lugar situado al norte de Mexico o el sur de Estados Unidos, pues Bradbury introduce palabras en castellano en la narración original. Nuestro hombre, agricultor ajeno al bullicio de la vida moderna, no podría estar más alejado de las preocupaciones políticas.

Junto a la tierra que cultiva pasa la autopista, lugar al que considera una parte más del entorno, por el que a veces se ven circular coches y que a veces deja restos aprovechables como neumáticos con los que fabricar suelas para los zapatos.

Un día, algo extraño ocurre. Tras un extraño sosiego, comienzan a pasar centenares de coches a toda velocidad, rumbo al norte. Un último coche con rezagados debe detenerse para conseguir agua para el radiador y así obtenemos confirmación de lo que ya sospechaba el lector: se ha desencadenado la guerra, es el fin del mundo.

(Fuente del comentario)

The Illustred Man (1951)

El hombre ilustrado, trad. Francisco Abelenda, Barcelona, Minotauro, 1986

¿Quién ha visto el viento? de Carson McCullers

¿Quién ha visto el viento?
“Who Has Seen the Wind?”
Originalmente publicado en Mademoiselle (September 1956)
Collected Stories of Carson McCullers (1987)

      Ken Harris había estado toda la tarde ante la máquina de escribir y una hoja en blanco. Era invierno y nevaba. La nieve ponía en sordina el tráfico, y el apartamento del Village estaba tan en silencio que le molestaba el tictac del despertador. Trabajaba en el dormitorio porque aquel cuarto, con las cosas de su mujer, le calmaba y le hacía sentirse menos solo. Su whisky de antes del almuerzo (¿o nada más despertarse?) había perdido mordiente con la lata de chile con carne consumida a solas en la cocina. A las cuatro metió el despertador en el cesto de la ropa y luego regresó a la máquina de escribir. La hoja seguía impoluta y el blanco de la holandesa le vaciaba la imaginación. Hubo sin embargo una época (¿cuánto tiempo había pasado?) en la que bastaba una canción en una esquina, una voz de la infancia, para que el panorama de la memoria condensara el pasado de manera que lo fortuito y lo verdadero se transfigurasen en una novela, en un relato… Hubo una época en la que la página en blanco llamaba y clasificaba los recuerdos y Ken sentía ese misterioso dominio de su arte. Una época, en pocas palabras, en la que era escritor y escribía casi todos los días. Trabajaba mucho, recomponía cuidadosamente las frases, tachaba las que resultaban ofensivas y cambiaba las palabras repetidas. Ahora estaba allí, encorvado y en cierto modo asustado, un tipo rubio cercano a los cuarenta, con sombras oscuras bajo unos ojos de color azul perla y labios llenos y pálidos. Pensaba en el viento abrasador del Texas de su infancia mientras miraba por la ventana la nieve que caía en Nueva York. Luego, de repente, se le abrió una puerta de la memoria y dijo unas palabras al tiempo que las escribía a máquina:

¿Quién ha visto el viento?
Ni tú ni yo lo hemos visto:
pero si los árboles se inclinan
el viento ha pasado allí mismo.

      La canción infantil le pareció tan siniestra que mientras estaba allí pensando en ella el sudor de la tensión le humedeció las palmas de las manos. Arrancó la hoja de la máquina de escribir y, después de romperla en mil pedazos, la arrojó a la papelera. Le consoló pensar que iba a una fiesta a las seis, se alegró de abandonar el apartamento silencioso, los versos destruidos, y de caminar por la calle, fría pero reconfortante.
       El metro tenía la escasa luz de lo que está bajo tierra y después del olor de la nieve el aire allí era fétido. Ken reparó en un individuo tumbado en un banco, pero no se preguntó, como en otro tiempo, por la historia de aquel desconocido. Vio acercarse el primer vagón balanceante del tren que llegaba y retrocedió para evitar el viento cargado de carbonilla. Vio abrirse y cerrarse las puertas —era su tren— y siguió mirándolo con desamparo mientras se alejaba ruidosamente. La tristeza se apoderó de él mientras esperaba el siguiente.
       El apartamento de los Rodgers estaba en un ático muy lejos hacia el Norte, y la fiesta había empezado ya. Se oía el rumor de las voces y se notaba el olor de la ginebra y de los canapés que se sirven en los cócteles. Mientras estaba con Esther Rodgers a la entrada de las habitaciones abarrotadas, dijo:
       —En la actualidad, cuando entro en una fiesta con muchos invitados siempre me acuerdo de la última que dio el duque de Guermantes.
       —¿Qué? —preguntó Esther.
       —¿Recuerdas cuando Proust, el yo, el narrador, miraba a todas las caras conocidas y cavilaba sobre las alteraciones producidas por el tiempo? Un pasaje magnífico…, lo leo todos los años.
       Esther pareció desconcertada.
       —Hay demasiado ruido. ¿No viene tu mujer?
       A Ken el rostro le tembló levemente antes de que procediera a apoderarse de uno de los martinis que ofrecía la criada.
       —Se presentará cuando termine en la editorial.
       —Trabaja demasiado…, todos esos manuscritos que leer…
       —Cuando me encuentro en una fiesta como ésta, siempre es lo mismo, casi exactamente. Pero existe una espantosa diferencia. Como si la tonalidad bajara, cambiase. La espantosa diferencia de los años que pasan, los trucos y el terror del tiempo, Proust…
       Pero su anfitriona se había marchado y Ken se encontró solo en las habitaciones abarrotadas donde se celebraba la fiesta. Examinó las caras que había visto en otros acontecimientos similares durante los últimos trece años y, efectivamente, habían envejecido. Esther, por ejemplo, había engordado mucho y su vestido de terciopelo le quedaba estrecho: la vida disipada, pensó, y la hinchazón producida por el whisky. Se había originado un cambio: trece años antes, cuando Ken publicó Noche de oscuridad, Esther casi se lo hubiera comido vivo y en ningún caso lo habría dejado solo en un extremo de la habitación. Por aquellos días Ken era el muchacho de los cabellos dorados. El chico de los cabellos dorados de la Diosa Casquivana; ¿no era ésa la Diosa del éxito, del dinero, de la juventud? Ken vio, junto a la ventana, a dos jóvenes escritores sureños, y comprendió que pasados diez años la Diosa Casquivana les reclamaría su capital de juventud. A Ken le agradó que se le hubiera ocurrido aquello y se comió una menudencia de jamón que estaban pasando en aquel momento.
       Luego vio, al otro lado de la habitación, a alguien a quien admiraba: Mabel Goodley, pintora y autora de decorados teatrales. Llevaba el pelo corto y reluciente y le brillaban las gafas con la luz. A Mabel le había gustado Noche de oscuridad desde el primer momento y dio una fiesta en su honor cuando le concedieron la beca Guggenheim. Más importante aún, le había parecido que su segundo libro era mejor que el primero, a pesar de la estupidez de los críticos. Ken echó a andar hacia Mabel, pero lo detuvo John Howards, un editor al que veía a veces en las fiestas.
       —Cómo le va —dijo Howards—, ¿qué está escribiendo en la actualidad, si no es una pregunta inoportuna?
       Era un principio de conversación que Ken detestaba. Las respuestas posibles eran varias: unas veces decía que estaba terminando una novela larga, otras que estaba aposta en barbecho. Ninguna respuesta era buena, dijera lo que dijese. Se le encogió el escroto y trató desesperadamente de parecer despreocupado.
       —Recuerdo muy bien el revuelo que provocó La habitación sin puerta en el mundo literario de aquellos días, un libro excelente.
       Howards era alto y vestía un traje marrón de tweed. Ken alzó los ojos horrorizado, armándose de valor contra aquel ataque inesperado. Pero los ojos castaños de su interlocutor eran extrañamente inocentes y Ken no encontró en ellos malicia alguna. Una mujer con unas perlas muy ajustadas alrededor de la garganta dijo, después de un doloroso instante:
       —Pero, cariño, el señor Harris no escribió La habitación sin puerta.
       —Oh —dijo Howards inútilmente.
       Ken miró las perlas de la mujer y sintió deseos de estrangularla.
       —No tiene la menor importancia.
       El editor insistió, intentado reparar el daño causado.
       —Pero usted es Ken Harris. Y está casado con Marian Campbell, la editora de ficción en…
       La mujer se apresuró a decir:
       —Ken Harris escribió Noche de oscuridad, una novela excelente. Harris se dio cuenta de que la garganta de la mujer quedaba preciosa con las perlas y el vestido negro. Su rostro se iluminó hasta que la otra dijo:
       —Hace diez o quince años de eso, ¿no es cierto?
       —Lo recuerdo —dijo el editor—, un libro magnífico. ¿Cómo he podido confundirlo? ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que disfrutemos con un segundo libro?
       —Escribí un segundo libro —dijo Ken—. Se hundió sin hacer ni una ola. Fracasó. —Después añadió a la defensiva—: Los críticos fueron aún más obtusos que de ordinario. Y yo no soy de los que escriben superventas.
       —Lástima —dijo el editor—. A veces somos víctimas de la industria.
       —El libro era mejor que Noche de oscuridad. Algunos críticos lo consideraron oscuro. Pero de Joyce dijeron lo mismo. —Y añadió, con la lealtad del escritor a su creación más reciente—: Era mucho mejor que el primero, y mi sensación es que no he hecho más que empezar a producir mi verdadera obra.
       —Ésa es la actitud —dijo el editor—. Lo más importante es seguir insistiendo. ¿Qué está escribiendo ahora, si no es una pregunta indiscreta? La violencia estalló de repente.
       —No es asunto suyo. —Ken no lo dijo en voz muy alta, pero las palabras se oyeron, y se creó una repentina zona de silencio en la habitación—. Ni de usted ni de nadie.
       Al cesar las demás voces se oyó la de la anciana señora Beckstein, que era sorda y estaba sentada en un rincón.
       —¿Por qué compras tantos edredones?
       Su hija soltera, que siempre acompañaba a su madre, custodiándola como si fuera miembro de una casa real o algún animal sagrado, y que hacía de traductora entre su madre y el mundo, dijo con firmeza:
       —El señor Brown estaba diciendo…
       El murmullo de voces recobró fuerza y Ken fue a la mesa de las bebidas, se apoderó de otro martini y mojó un trozo de coliflor en algún tipo de salsa. Comió y bebió de espaldas a la ruidosa habitación. Luego cogió un tercer martini y se abrió paso hasta Mabel Goodley. Se sentó en una otomana a su lado, cuidadoso con su copa y un tanto ceremonioso.
       —Ha sido un día muy cansado —dijo.
       —¿Qué has hecho?
       —Estar sentado sobre el trasero.
       —Un escritor que conocí en otro tiempo acabó con problemas sacroilíacos por estar sentado tanto tiempo. ¿Podría llegar a sucederte algo semejante?
       —No —respondió—. Te lo digo a ti, que eres la única persona sincera en esta habitación.
       Ken había intentado muchas cosas distintas cuando empezaron las hojas en blanco. Había tratado de trabajar en la cama y durante algún tiempo escribió a mano. Se había acordado de Proust y de su habitación aislada con láminas de corcho, y por espacio de un mes usó tapones para los oídos, pero no mejoraron su rendimiento y la goma hizo que contrajera una infección causada por hongos. Luego se mudaron a Brooklyn Heights, pero tampoco sirvió de nada. Cuando se enteró de que Thomas Wolfe había escrito de pie, con el manuscrito apoyado en el frigorífico, también lo intentó. Pero lo que hacía era abrir el frigorífico y comer… Había probado a escribir borracho, cuando las ideas y las imágenes le parecían maravillosas, pero descubrió que empeoraban mucho cuando, ya sobrio, leía lo escrito. Había trabajado a primera hora de la mañana, completamente sobrio y muy deprimido. Había pensado en Thoreau y en Walden. Había soñado con el trabajo manual y con dedicarse al cultivo de las manzanas. Si pudiera dar largos paseos por los páramos la luz de la creación literaria lo iluminaría de nuevo…, ¿pero dónde están los páramos de Nueva York?
       Se consolaba con los escritores que se habían sentido fracasados y cuya fama se consolidó después de muertos. Cuando tenía veinte años soñaba despierto que moriría a los treinta y que su nombre se pregonaría a voz en cuello después de que lo enterrasen. A los veinticinco, cuando había terminado Noche de oscuridad, soñaba despierto que moriría famoso, admirado por sus colegas, con una obra lograda a los treinta y cinco y la concesión del Premio Nobel en su lecho de muerte. Pero ahora que se acercaba a los cuarenta con dos libros —el primero un éxito, el segundo un fracaso defendible— ya no soñaba despierto sobre su muerte.
       —Me pregunto por qué sigo escribiendo —dijo—. Sólo se cosechan frustraciones.
       Había esperado vagamente de Mabel, su amiga, que dijera tal vez algo sobre su condición de escritor nato, que le recordara incluso las obligaciones que le imponía su talento, que incluso mencionase la palabra «genio», ese término mágico que convierte las dificultades y el fracaso exterior en gloria sombría. Pero la respuesta de Mabel lo dejó consternado.
       —Supongo que escribir es como el teatro. Una vez que escribes o actúas se te mete en la sangre.
       Ken despreciaba a los actores: engreídos, afectados, siempre sin trabajo.
       —No me parece que la interpretación sea un arte creativo, sino sólo interpretativo. Mientras que el escritor, por su parte, ha de cincelar la roca fantasmal…
       Vio entrar a su mujer procedente del vestíbulo. Marian era alta y esbelta, de cabellos negros, lisos y cortos, y llevaba un sencillo vestido negro, un vestido de aspecto profesional, sin adornos. Hacía trece años que se habían casado, el año de la publicación de Noche de oscuridad, y durante mucho tiempo Ken amó a su mujer con pasión. Hubo ocasiones en las que la esperaba con el asombro vertiginoso del amante y le embargaba un dulce temblor cuando por fin la veía. Era la época en la que hacían el amor casi todas las noches y a menudo por la mañana temprano. El primer año Marian, incluso, había vuelto a casa algunas veces a la hora del almuerzo y se habían amado desnudos a plena luz del día. Con el tiempo el deseo se calmó y el cuerpo de Ken dejó de temblar. Trabajaba en un segundo libro y avanzaba con dificultad. Luego le dieron una beca Guggenheim y, mientras Europa estaba en guerra, se marcharon a México. Él abandonó su libro y, aunque la euforia del éxito no le había abandonado aún, se sentía insatisfecho. Quería escribir, escribir y escribir, pero pasaba un mes tras otro y no escribía nada. Marian dijo que bebía demasiado y que sólo hacía como que trabajaba y él le tiró un vaso de ron a la cara. Luego Ken se arrodilló y lloró. Estaba por primera vez en un país extranjero y el tiempo, automáticamente, era valioso porque se trataba de un país extranjero. Escribiría del azul del cielo a mediodía, de las sombras mexicanas, del aire de la montaña que tenía el frescor del agua. Pero pasaba un día y otro día —siempre valiosos porque estaba en un país extranjero— y no escribía nada. Ni siquiera aprendía español, y hasta le molestaba oír hablar a Marian con la cocinera y con otros mexicanos. (Para una mujer era más fácil aprender un idioma y además ya sabía francés.) Y la baratura misma de México encarecía la vida; se gastaba el dinero como si fuese de mentirijillas o para usar en un escenario, y cuando llegaba el cheque de la Guggenheim ya se lo habían gastado. Pero estaba en un país extranjero y antes o después vivir en México sería valioso para él como escritor. Luego, al cabo de ocho meses, sucedió una cosa extraña: prácticamente sin aviso previo Marian tomó el avión y se volvió a Nueva York. Ken tuvo que interrumpir su año Guggenheim para seguirla. Y después no quiso vivir con él ni dejarlo vivir en su apartamento. Dijo que era como vivir con veinte emperadores romanos convertidos en uno y que no aguantaba más. Marian consiguió un puesto de ayudante del editor de ficción en una revista de modas mientras él vivía en un piso sin agua caliente: su matrimonio había fracasado y se habían separado, aunque Ken todavía trataba de seguirla por todas partes. La gente de la fundación Guggenheim no le renovó la beca y se gastó muy pronto el anticipo por su nuevo libro.
       Una mañana por aquella época tuvo una experiencia que no olvidaría nunca, aunque no sucedió nada, absolutamente nada. Era un soleado día de otoño con un cielo hermoso y verde por encima de los rascacielos. Había ido a desayunar a una cafetería y estaba sentado junto a una brillante cristalera. La gente pasaba deprisa por la calle, todos camino de algún sitio. Dentro de la cafetería había el bullicio habitual del desayuno, el entrechocar de bandejas y el ruido de muchas voces. La gente entraba, comía y se marchaba, y todo el mundo parecía seguro de sí mismo y de adónde iba. Parecían dar como evidente una meta que no era únicamente la rutina de sus empleos y de sus citas. Aunque la mayoría de la gente estaba sola, de algún modo parecían los unos parte de los otros, y parte todos ellos de la luminosa ciudad otoñal. Sólo él quedaba al margen, una cifra aislada en el diseño de una ciudad con un destino. Su mermelada resplandecía al sol y se la untó en una tostada pero no se la comió. El café tenía un brillo morado y había un resto de lápiz de labios en el borde de la taza. Fue una hora de desolación aunque no sucediera nada.
       Ahora en la fiesta, años después, el ruido, la seguridad de los otros y la conciencia de su aislamiento personal le recordó el desayuno en la cafetería y la hora presente se le hizo todavía más desolada por el imparable paso del tiempo.
       —Ahí está Marian —dijo Mabel—. Parece cansada y más delgada.
       —Si la maldita fundación Guggenheim me hubiera renovado la beca, la habría llevado un año a Europa —dijo Ken—. La Guggenheim de todos los demonios: ya no subvencionan a los que escribimos literatura. Sólo a los físicos, gente como la que se está preparando para otra guerra.
       La guerra mundial fue un alivio para Ken. Se alegró de abandonar el libro que iba mal, de abandonar su «roca fantasmal» por la experiencia común de aquellos días, porque la guerra fue sin duda la gran experiencia de su generación. Ken se graduó en la Escuela de Formación de Oficiales y cuando Marian lo vio con su uniforme, lloró y volvió a quererlo y ya no se habló más de divorcio. En su último permiso hicieron el amor con tanta frecuencia como en los primeros meses de matrimonio. En Inglaterra llovía todos los días y una vez un lord lo invitó a su castillo. Cruzó el canal el día D, y su batallón siguió adelante todo el camino hasta Schmitz. En un sótano de una ciudad en ruinas vio a un gato olfateando el rostro de un cadáver. Pasó miedo, pero no era el terror vacío de la cafetería ni la ansiedad ante la página en blanco de la máquina de escribir. Algo estaba sucediendo siempre: encontró tres jamones de Westfalia en la chimenea de la casa de un campesino y se rompió un brazo en un accidente de automóvil. La guerra era la gran experiencia de su generación y para un escritor todos los días eran automáticamente valiosos porque formaban parte de la guerra. Pero cuando se acabó, ¿de qué se podía escribir? ¿Del gato tranquilo y el cadáver, del lord inglés, del brazo roto?
      En el apartamento del Village volvió al libro tanto tiempo abandonado. Durante una época, el año que siguió a la guerra, vivió la alegría del escritor cuando escribe. Una época en la que todo encajaba, desde una voz de la infancia a una canción en la esquina. En la extraña euforia de su trabajo solitario se produjo una síntesis del mundo. Escribía de otro tiempo, de otro lugar. Escribía de su juventud en la población ventosa y polvorienta de Texas que era su ciudad natal. Escribió sobre la rebelión de la juventud, la nostalgia de las ciudades llenas de luces, la añoranza de un lugar que no se ha visto nunca. Mientras escribía Una noche de verano vivía en un apartamento de Nueva York, pero su vida interior estaba en Texas y la distancia era más que espacio: era la triste separación entre la mediana edad y la juventud. De manera que mientras escribía el libro estaba dividido entre dos realidades: su vida diaria de Nueva York y la cadencia rememorada de su juventud tejana. Cuando se publicó el libro y las reseñas fueron indiferentes o malas, le pareció que lo aceptaba bien, hasta que los días de desolación se fueron encadenando uno tras otro y empezó el terror. Hizo cosas extrañas en aquella época. Una vez se encerró en el baño con una botella de lysol, tembloroso y aterrado. Estuvo allí media hora hasta que con un gran esfuerzo vertió despacio el jabón de brea en el lavabo. Luego se tumbó en la cama y lloró hasta que, al final de la tarde, se quedó dormido. En otra ocasión se sentó en el alféizar de la ventana y dejó que una docena de hojas en blanco descendieran flotando a la calle desde el sexto piso. El viento fue empujando los papeles a medida que los dejaba caer uno tras otro, y sintió un extraño júbilo mientras los veía volar. Más que lo absurdo de aquellas acciones, lo que le hizo darse cuenta de que estaba enfermo fue la extrema tensión que las acompañó.
       Marian sugirió que fuese a un psiquiatra y él dijo que la psiquiatría se había convertido en un método de vanguardia para masturbarse. Luego se rió, pero Marian no le secundó y su risa solitaria terminó con un escalofrío de miedo. Al final Marian fue al psiquiatra y Ken tuvo celos de los dos: del médico porque era el árbitro de un matrimonio infeliz y de ella porque estaba más tranquila y él más desquiciado. Aquel año escribió algunos guiones para la televisión, ganó un par de miles de dólares y le compró a Marian un abrigo de piel de leopardo.
       —¿Estás haciendo más programas para la televisión? —le preguntó Mabel Goodley.
       —No —dijo—; estoy esforzándome todo lo que puedo por meterme en mi nuevo libro. Tú eres la única persona sincera que conozco. Contigo puedo hablar…
       Desinhibido por el alcohol y confiando en la amistad (porque después de todo Mabel era de sus personas preferidas), empezó a hablar del libro que llevaba tanto tiempo queriendo escribir:
       —El tema básico es traicionarse a uno mismo; y el personaje central, un abogado de una ciudad pequeña llamado Winkle. La acción se sitúa en mi ciudad natal, en Texas, y la mayoría de las escenas suceden en los mugrientos despachos del juzgado local. Al comenzar el libro Winkle se enfrenta con la siguiente situación… —Ken expuso su historia apasionadamente, hablando de los diferentes personajes y de sus motivos. Cuando Marian se acercó hablaba todavía, y le hizo gestos para que no le interrumpiera mientras miraba directamente a los ojos azules de Mabel, siempre discretamente ocultos detrás de las gafas. Luego, de repente, Ken tuvo la extraña sensación de lo déjà-vu. Sintió que en otra ocasión le había contado su libro a Mabel, en el mismo sitio y en las mismas circunstancias. Incluso la manera en que se movían las cortinas era la misma. De todos modos, detrás de las gafas las lágrimas hacían brillar los ojos de Mabel, y Ken se alegró de que se hubiera conmovido tanto—. De manera que Winkle se vio entonces empujado a divorciar… —le falló la voz—. Tengo la extraña sensación de que esto ya te lo he contado antes…
       Mabel esperó un momento y Ken calló.
       —Así es —dijo Mabel por fin—. Hace seis o siete años y en una fiesta que se parecía mucho a ésta.
       Ken no soportó la compasión que se leía en sus ojos o la vergüenza que latía en su propio cuerpo. Se levantó tambaleándose y tropezó con su copa.
       Después del estruendo del interior de la casa, el silencio en la terracita era absoluto, a excepción del viento, que aumentaba la sensación de abandono y soledad. Para calmar su vergüenza dijo en voz alta algo intrascendente: «Vaya, por qué demonios…» y sonrió con desfallecida angustia. Pero su vergüenza ardía aún y se llevó la mano, fría, a la frente caliente, palpitante. Había dejado de nevar, pero el viento alzaba remolinos de copos hasta donde él estaba. La longitud de la terraza eran unos seis pasos y Ken los recorrió muy despacio, contemplando con atención creciente las huellas indecisas de sus estrechos zapatos. ¿Por qué las miraba con tanta tensión? ¿Y por qué estaba allí, solo en la terraza invernal donde la luz de la fiesta se convertía, sobre la nieve, en un rectángulo enfermizamente amarillo? ¿Y los pasos? Al final de la terraza había una pequeña barandilla que le llegaba a la cintura. Cuando se apoyó en ella sabía que estaba muy suelta y sintió que ya sabía que iba a estar suelta y siguió apoyándose en ella. Se encontraba en el piso decimoquinto y las luces de la ciudad se extendían ante sus ojos. Estaba pensando que si daba un empujón a la barandilla desvencijada se caería, pero siguió tranquilo, pegado a ella, notándola combada y sintiéndose de algún modo protegido, satisfecho.
       Le pareció una perturbación injustificada el sonido de una voz desde la entrada de la terraza. Era Marian, que había exclamado suavemente:
       —¡Ah!
       Luego, al cabo de un momento, añadió:
       —Ken, ven aquí. ¿Qué estás haciendo ahí fuera?
       Ken se irguió. Luego, recuperado el equilibrio le dio a la barandilla un ligero empujón. No se rompió.
       —Esta valla está podrida…, probablemente la nieve. Me pregunto cuántas personas se habrán suicidado aquí.
       —¿Cuántas?
       —Seguro. Es una cosa bien fácil.
       —Vuelve.
       Con mucho cuidado Ken regresó por las huellas que había dejado.
       —Debe de haber más de dos centímetros de nieve. —Se agachó y la tocó con el índice—. No, cinco centímetros.
       —Tengo frío. —Marian le puso la mano en la chaqueta, abrió la puerta y lo devolvió a la fiesta. Había disminuido la animación y la gente empezaba a marcharse. Con la claridad de la luz, después de la oscuridad exterior, Ken vio que Marian parecía cansada. Sus ojos negros estaban cargados de reproches, atribulados, y Ken no soportaba mirarlos.
       —Cariño, ¿te duele la cabeza?
       Marian se frotó suavemente la frente y el puente de la nariz con el índice.
       —Me preocupa mucho verte en ese estado.
       —¡Estado! ¿Yo?
       —Recojamos nuestras cosas y marchémonos.
       Pero Ken no soportaba mirar a Marian a los ojos y la detestaba por deducir que estaba borracho.
       —Yo voy a ir ahora a la fiesta de Jim Johnson.
       Después de buscar sus abrigos y de las descoyuntadas despedidas, un grupo pequeño descendió en el ascensor y se quedó en la acera, esperando que apareciera algún taxi. Compararon direcciones y Marian, Ken y el editor subieron al primer taxi en dirección al centro. La vergüenza de Ken se había adormecido un poco y durante el trayecto empezó a hablar de Mabel.
       —Es muy triste lo de Mabel —dijo.
       —¿A qué te refieres? —preguntó Marian.
       —A todo. Es evidente que se está viniendo abajo. Desintegrándose, pobrecilla.
       Marian, a quien no le gustaba la conversación, le dijo a Howards:
       —¿Qué tal si atravesamos el parque? Está bonito cuando nieva, y es más rápido.
       —Yo voy hasta la esquina de la Quinta Avenida con la calle Catorce —dijo Howards, antes de indicarle al chófer que, por favor, fuese por el parque.
       —El problema con Mabel es que ya se ha convertido en un nombre del pasado. Hace diez años era una pintora y decoradora honesta. Quizá sea el fallo de la imaginación o tal vez los excesos en la bebida. Ha perdido la sinceridad y hace lo mismo una y otra vez, se repite todo el tiempo.
       —Tonterías —dijo Marian—. Sigue mejorando año tras año y gana muchísimo dinero.
       Estaban cruzando el parque y Ken contemplaba el paisaje invernal. Se había acumulado mucha nieve sobre los árboles y de vez en cuando el viento derribaba la que había en las ramas, aunque los árboles no se inclinaban. En el taxi Ken empezó a recitar la antigua canción infantil, y de nuevo las palabras le dejaron ecos siniestros y se le humedecieron las frías palmas de las manos.
       —No me había vuelto a acordar de esos versitos festivos desde hacía muchos años —dijo Jack Howards.
       —¿Festivos? Son tan terribles como Dostoievski.
       —Recuerdo que solíamos cantarlos en el jardín de infancia. Y cuando un niño celebraba su cumpleaños había una cinta azul o rosa en su sillita y los demás entonábamos Cumpleaños feliz.
       John Howards iba encorvado sobre el borde del asiento al lado de Marian. Era difícil imaginarse a aquel editor alto, voluminoso, con sus enormes chanclos, cantando años atrás en un jardín de infancia.
       —¿De dónde es usted? —preguntó Ken.
       —Kalamazoo —respondió Howards.
       —Siempre me he preguntado si realmente existía un sitio así o se trataba de… una metáfora.
       —Existía y existe un sitio así —dijo Howards—. Mi familia se mudó a Detroit cuando yo tenía diez años. —De nuevo Ken tuvo la sensación de lo desconocido y pensó que hay ciertas personas que han conservado tan poco de la niñez que la mención de sillas de jardín de infancia y de mudanzas familiares parece de algún modo estrafalaria. De repente concibió la idea de escribir un relato sobre un individuo así (lo llamaría El hombre del traje de tweed) y meditó en silencio mientras la historia se le desarrollaba en la cabeza, experimentando el antiguo júbilo que ahora sentía tan pocas veces.
       —El hombre del tiempo dice que esta noche vamos a llegar a veinte bajo cero —intervino Marian.
       —Me puede dejar aquí —le explicó Howards al taxista al tiempo que abría la cartera y le daba unos billetes a Marian—. Gracias por dejarme compartir su taxi. Y ésa es mi parte —añadió con una sonrisa—. Ha sido un placer verla de nuevo. A ver si almorzamos juntos uno de estos días…, y traiga a su marido si no le importa venir. —Después de salir a trompicones del taxi se dirigió a Ken—: Estoy deseando leer su próximo libro, Harris.
       —Idiota —dijo Ken después de que el taxi arrancara de nuevo—. Te dejaré en casa y luego me quedaré un rato en la fiesta de Jim Johnson.
       —¿Quién es? ¿Por qué tienes que ir?
       —Es un pintor que conozco y que me ha invitado.
       —¡Te relacionas con tantísima gente en estos últimos tiempos! Sales con una pandilla y luego te cambias a otra.
       Ken sabía que Marian tenía razón, pero no podía evitar comportarse así. En los últimos años entraba en un grupo —desde hacía ya mucho tiempo su círculo de amigos no coincidía con el de su mujer— hasta que se emborrachaba o hacía una escena, de manera que todo el entorno ligado al grupo se le hacía desagradable, se sentía fastidiado y comprendía que estaba de más. Entonces se cambiaba a otro grupo, y cada nuevo cambio era a un círculo menos estable que el anterior, con apartamentos menos acogedores y bebidas de peor calidad. Había llegado a un punto en el que se alegraba de ir a donde lo invitaran, aunque se tratase de desconocidos, con la esperanza de que una voz pudiera guiarlo y de que las endebles alegrías del alcohol calmaran sus nervios desquiciados.
       —Ken, ¿por qué no buscas ayuda? No puedo seguir así.
       —¿Por qué? ¿Cuál es el problema?
       —Lo sabes bien. —La sentía tensa y rígida en el taxi—. ¿De verdad vas a ir a otra fiesta? ¿No ves que te estás destruyendo? ¿Por qué te apoyabas en la barandilla de la terraza? ¿No te das cuenta de que estás… enfermo? Ven a casa.
       Las palabras de su mujer lo perturbaron, pero aquella noche no soportaba la idea de volver a casa con Marian. Tenía el presentimiento de que si se quedaban solos podía pasar algo terrible, y sus nervios le avisaban de aquel desastre todavía indefinido.
       En otros tiempos se hubieran alegrado de volver solos a casa después de una fiesta, de hablar sobre la velada mientras bebían tranquilos unas copas, de tomar por asalto el frigorífico e irse a la cama, a salvo del mundo exterior. Luego, una noche, al regresar de una fiesta había sucedido algo: Ken dijo o hizo algo que no podía o no quería recordar; después sólo quedaba la máquina de escribir aplastada y relámpagos de recuerdos vergonzosos con los que no era capaz de enfrentarse junto con la imagen de los ojos asustados de su mujer. Marian dejó de beber y trató de convencerlo para que acudiera a Alcohólicos Anónimos. Ken fue con ella a una reunión e incluso practicó la abstinencia durante cinco días, hasta que el horror de la noche que no recordaba quedó un poco distante. Después, cuando tuvo que beber solo, le molestaba la leche y el eterno café de Marian y a ella le molestaban sus bebidas alcohólicas. En aquella tensa situación Ken sintió que el psiquiatra era de algún modo el responsable y se preguntó si habría hipnotizado a su mujer. En cualquier caso las veladas pasaron a ser un desastre y todo resultaba forzado. Ahora, en el taxi, Ken sentía a Marian erguida y tensa y quería besarla como en los viejos tiempos cuando regresaban a casa después de una fiesta. Pero el cuerpo de su mujer no respondía al abrazo.
       —Cariño, ¿por qué no repetimos lo que hacíamos antes? Volvemos a casa, nos ponemos a tono sin prisa y repasamos la velada. Antes te gustaba hacerlo. Disfrutabas tomando unas copas cuando estábamos tranquilos, solos. Bebe conmigo y pongámonos cómodos como en los viejos tiempos. Me saltaré esa otra fiesta si quieres. Por favor, cariño. No eres en absoluto una alcohólica. Y el que no bebas hace que me sienta como un borrachín…, que me sienta anormal. Y no eres ni por lo más remoto una alcohólica, como tampoco lo soy yo.
       —Prepararé un poco de sopa y luego podemos irnos a la cama. —Pero su voz era imposible y a Ken le sonó condenatoria. Luego Marian añadió—: Me he esforzado tanto por salvar nuestro matrimonio y ayudarte. Pero es como luchar con arenas movedizas. Hay demasiadas cosas detrás de la bebida y estoy muy cansada.
       —Sólo me quedaré un minuto en la fiesta, ven conmigo.
       —No puedo ir.
       El taxi se detuvo y Marian pagó la carrera.
       —¿Tienes dinero? —preguntó al salir del automóvil—. Si es que tienes que ir.
       —Naturalmente.
      El apartamento de Jim Johnson estaba muy lejos en el West Side, en un barrio de puertorriqueños. Había cubos de basura abiertos en los bordillos y el viento arremolinaba papeles sobre las aceras nevadas. Cuando el taxi se detuvo Ken estaba tan distraído que el chófer tuvo que llamarlo. Miró el taxímetro y abrió el billetero: no tenía ni un solo billete de dólar, únicamente cincuenta centavos, cantidad insuficiente.
       —Me he quedado sin dinero, excepto estos cincuenta centavos —dijo Ken, entregando el dinero al conductor—. ¿Qué puedo hacer? El taxista lo miró.
       —Nada, salga. No hay nada que hacer.
       Ken se apeó.
       —Quince centavos de menos y sin propina… Lo siento.
       —Tendría que haber aceptado el dinero de la señora.
       Aquella fiesta se celebraba en un apartamento del último piso de una casa sin ascensor ni agua caliente; en cada uno de los descansillos se acumulaban olores de comida. La habitación estaba abarrotada, fría, y las llamas de gas ardían azules en el fogón, con la puerta del horno abierta para que saliera el calor. Como había muy pocos muebles a excepción de un sofá-cama, la mayoría de los invitados se habían sentado en el suelo. Había hileras de lienzos apoyados contra la pared y sobre un caballete descansaba un cuadro de un vertedero de color morado con dos soles verdes. Ken se acomodó en el suelo junto a un joven de mejillas sonrosadas que vestía una chaqueta marrón de cuero.
       —Siempre es relajante sentarse en el estudio de un pintor. Los pintores no tienen los problemas de los escritores. ¿Quién ha oído hablar de un pintor que se quede atascado? Nunca les falta algo con que trabajar: preparar el lienzo, los pinceles y todo lo demás. Mientras que una página en blanco…, los pintores no están neuróticos como muchos escritores.
       —No estoy seguro —dijo el joven—. ¿No se cortó Van Gogh una oreja?
       —Pero el olor a pintura, los colores y la actividad son relajantes. No como una hoja en blanco y una habitación silenciosa. Los pintores pueden silbar mientras trabajan e incluso hablar con otras personas.
       —Conocí una vez a un pintor que mató a su mujer.
       Cuando a Ken le ofrecieron un ponche de ron o una copa de jerez, eligió el jerez, al que encontró un sabor metálico, como si hubiera tenido monedas en remojo.
       —¿Es usted pintor?
       —No —dijo el joven—. Escritor…, quiero decir que escribo.
       —¿Cómo se llama?
       —Mi nombre no le diría nada. Todavía no he publicado mi libro. —Después de una pausa añadió—: Me aceptaron un relato en Bolder Accent, una revista pequeña, no sé si habrá oído hablar de ella.
       —¿Cuánto tiempo lleva escribiendo?
       —Ocho…, diez años. Por supuesto tengo que trabajar en otras cosas a tiempo parcial, lo bastante para comer y pagar el alquiler.
       —¿Qué clase de trabajos hace?
       —Cualquier cosa. Durante un año trabajé en un depósito de cadáveres. El sueldo era estupendo y podía dedicar a escribir cuatro o cinco horas diarias. Pero al cabo de un año empecé a notar que aquel empleo no era bueno para mi trabajo. Todos aquellos cadáveres…, de manera que pasé a preparar perritos calientes en Coney Island. Ahora estoy de portero de noche en un hotel de mala muerte. Pero dispongo de toda la tarde en casa para escribir y por la noche pienso en mi libro…, y en ese lugar no faltan situaciones de interés humano. Historias para el futuro, ¿sabe?
       —¿Qué le hace pensar que es escritor?
       El entusiasmo se esfumó del rostro del joven y cuando se apretó la mejilla con los dedos le dejaron marcas blancas.
       —Sencillamente lo sé. He trabajado mucho y tengo fe en mi talento. —Continuó después de una pausa—. Por supuesto un relato en una revista menor después de diez años no es un comienzo demasiado brillante. Pero piense en lo mucho que luchan casi todos los escritores, incluso los grandes genios. Dispongo de tiempo y de perseverancia, y cuando esta novela vea finalmente la luz, el mundo reconocerá mi talento.
       A Ken le resultó desagradable la total sinceridad del joven, porque veía en ella algo que él había perdido hacía mucho tiempo.
       —Talento —dijo con amargura—. Un talento pequeño, de un solo relato…, eso es la cosa más traicionera que Dios puede conceder. Trabajar y trabajar, con esperanza, con fe hasta que la juventud se consume… He visto esa situación demasiadas veces. Un talento pequeño es la mayor maldición divina.
       —Pero ¿cómo sabe que tengo un talento pequeño, cómo sabe que no es grande? No lo sabe, ¡no ha leído nunca una sola palabra de lo que he escrito! —protestó el otro lleno de indignación.
       —No pensaba en usted en particular. Hablo de manera abstracta.
       El olor a gas era intenso en la habitación, y el humo del tabaco se acumulaba en capas cerca del techo, muy bajo. El suelo estaba frío y Ken se apoderó de un cojín cercano y se sentó encima.
       —¿Qué tipo de cosas escribe?
       —Mi último libro es sobre un individuo llamado Brown…, quería que fuese un nombre corriente, como un símbolo de la humanidad en general. Ama a su esposa, pero tiene que matarla porque…
       —No me cuente más. Un escritor nunca debe hablar de su obra antes de terminarla. Además todo eso ya lo he oído antes.
       —¿Cómo es posible? Nunca se lo he contado, no he terminado de decirle…
       —Al final da lo mismo —dijo Ken—. Oí esa historia hace siete años…, ocho años en esta misma habitación.
       El rostro sonrosado palideció.
       —Señor Harris, aunque haya escrito dos libros que se han publicado, creo que es usted un hombre mezquino. —Alzó la voz—. ¡Haga el favor de dejarme en paz!
       El joven se levantó, se subió la cremallera de su chaqueta de cuero y fue a colocarse, con expresión hosca, en una esquina de la habitación.
       Al cabo de unos momentos Ken empezó a preguntarse por qué estaba allí. No conocía a nadie exceptuado el anfitrión, y el cuadro del vertedero y los dos soles le irritaba. En la habitación llena de desconocidos no había ninguna voz para guiarlo y el jerez le quemaba la boca, demasiado seca. Sin despedirse de nadie, Ken abandonó la habitación y bajó la escalera.
       Recordó que no tenía dinero y que no le quedaba otro remedio que volver andando. Todavía nevaba, el viento aullaba en las esquinas de las calles y la temperatura se acercaba a los veinte bajo cero. Estaba a muchas manzanas de su casa cuando vio un drug store en una esquina familiar y se le vino a la cabeza la idea de un café caliente. Si pudiera beber un poco de café que estuviera de verdad caliente, si pudiera calentarse las manos con la taza, se le aclararía el cerebro y tendría la energía suficiente para apretar el paso y enfrentarse, al llegar, con su mujer y con lo que iba a suceder. Luego pasó algo que en un primer momento le pareció ordinario, incluso natural. Un sujeto con sombrero hongo iba a cruzarse con él en la calle desierta y cuando estaban muy cerca el uno del otro, Ken dijo:
       —Buenas noches, hace muchísimo frío, ¿no le parece?
       El otro vaciló un momento.
       —Espere —siguió Ken—. Me encuentro en un aprieto. He perdido el dinero que llevaba, no importa cómo, y me pregunto si podría darme unos centavos para una taza de café.
       Una vez pronunciadas las palabras, Ken se dio cuenta de que la situación no era corriente y de que el desconocido y él intercambiaban esa mirada de vergüenza mutua, de desconfianza, que relaciona al mendigo con su posible benefactor. Ken se quedó con las manos en los bolsillos —había perdido los guantes en algún sitio—, el desconocido le lanzó una última mirada y apretó el paso.
       —Espere —le llamó Ken—. Piensa usted que soy un atracador, ¡pero no es cierto! Soy escritor, no un delincuente.
       El desconocido se apresuró hasta alcanzar el otro lado de la calle, la cartera chocándole con las rodillas mientras avanzaba. Ken llegó a su casa después de medianoche.
       Marian estaba en la cama y tenía un vaso de leche en la mesilla de noche. Ken se preparó un whisky con soda y se lo llevó al dormitorio, aunque por entonces bebía de ordinario a escondidas y deprisa.
       —¿Dónde está el despertador?
       —En el cesto de la ropa.
       Ken encontró el reloj y lo puso en la mesilla, junto a la leche. Marian le lanzó una mirada peculiar.
       —¿Qué tal tu fiesta?
       —Horrible. —Al cabo de un rato añadió—: Esta ciudad es un lugar sombrío. Las fiestas, la gente…, los desconocidos desconfiados. —Es a ti a quien siempre le han gustado las fiestas.
       —No, no me gustan. Ya no. —Se sentó en la cama de Marian, junto a ella, y de repente se le llenaron los ojos de lágrimas—. Cariño, ¿qué ha pasado con la granja donde íbamos a cultivar manzanas?
       —¿Manzanas?
       —Nuestra granja para cultivar manzanas. ¿No te acuerdas?
       —¡Hace tantos años y han sucedido tantas cosas!
       Pero aunque el sueño llevaba largo tiempo olvidado, su lozanía resurgió. Ken veía las flores de los manzanos bajo la lluvia primaveral, veía la vieja granja gris. Él ordeñaba al amanecer, luego se ocupaba de la huerta con verdes lechugas rizadas, del maíz en el verano polvoriento, de las berenjenas y las lombardas, brillantes por el rocío… El desayuno rural serían tortitas y salchichas de cerdos criados en casa. Terminados el desayuno y las tareas matutinas, Ken trabajaría cuatro horas en su novela y luego, por la tarde, se ocuparía de las cercas necesitadas de reparaciones y cortaría leña. Se imaginaba la granja en las cuatro estaciones: los períodos en los que estarían bloqueados por la nieve, cuando él terminaría toda una novela corta de un tirón; los días de mayo, suaves, dulces, luminosos; la charca verde del verano, donde pescaría truchas para su propio consumo; el octubre azul y las manzanas. El sueño, sin contaminación alguna de la realidad, era intenso, exacto.
       —Y por las noches —dijo, viendo la luz del hogar y el alzarse y caer de las sombras en la pared de la granja— estudiaríamos de verdad a Shakespeare y leeríamos la Biblia de cabo a rabo.
       Por un momento el sueño prendió de nuevo en Marian.
       —Eso fue el primer año que estuvimos casados —dijo, con tono de agravio o de sorpresa—. Y después de iniciar el cultivo de las manzanas íbamos a tener un hijo.
       —Lo recuerdo —dijo Ken de manera imprecisa, aunque era aquélla una parte que había olvidado por completo. Veía un niño indefinido de unos seis años con pantalones vaqueros…, luego el niño desaparecía y se veía él, claramente, sobre el caballo (o más bien la mula), transportando el manuscrito terminado de una gran novela al pueblo más próximo para enviarla por correo a los editores.
       —Podríamos vivir con casi nada, y vivir bien. Yo haría todo el trabajo, porque la mano de obra es lo que trae cuenta en los días que corren, cultivaríamos todo lo que comiéramos. Tendríamos nuestros cerdos y una vaca y gallinas. —Después de una pausa, añadió—: Ni siquiera habría que pagar las bebidas alcohólicas. Yo mismo fabricaría sidra y aguardiente de manzana. Tendríamos una prensa y todo eso.
       —Estoy cansada —dijo Marian, y se tocó la frente con los dedos.
       —Se acabaría el ir a fiestas en Nueva York y por las noches leeríamos la Biblia de principio a fin. No lo he hecho nunca, ¿lo has hecho tú?
       —No —dijo ella—, pero no necesitas dedicarte a cultivar manzanas para leer la Biblia.
       —Quizá necesite de las manzanas para leer la Biblia y hasta para escribir bien.
       —Bueno, tant pis. —La frase en francés indignó a Ken; durante un año antes de que se casaran, Marian había enseñado francés en un instituto y, a veces, cuando estaba molesta o decepcionada con él utilizaba una frase en francés que a menudo no entendía.
       Sintió crecer entre ellos una tensión que quería evitar a toda costa. Siguió en la cama, encorvado y abatido, contemplando los grabados en la pared del dormitorio.
       —Sucede que a mis esperanzas les ha sucedido algo completamente descabellado. Cuando era joven estaba convencido de que iba a ser un gran escritor. Luego pasaron los años, y ya me conformaba con ser un excelente escritor menor. ¿No notas la caída mortal en eso?
       —No, estoy exhausta —dijo Marian al cabo de un rato—. También yo he pensado en la Biblia este año último. Uno de los primeros mandamientos es No adorarás a otros dioses. Pero tú y otros como tú habéis hecho un dios de la ilusión. Haces caso omiso de tus otras responsabilidades: familia, situación económica, incluso dignidad, amor propio. Haces caso omiso de todo lo que pueda interferir con tu extraño dios. El becerro de oro no fue nada comparado con esto.
       —Y después de conformarme con no ser más que un escritor menor tuve que reducir aún más mis aspiraciones. Escribí guiones para la televisión y traté de convertirme en un escritorzuelo competente. Pero tampoco lo conseguí. ¿Entiendes el horror? Me convertí en mezquino, en envidioso: antes no lo había sido nunca, era razonablemente bueno cuando era feliz. Lo último y definitivo es renunciar por completo a escribir y conseguir un empleo como publicitario. ¿Te das cuenta del horror?
       —He pensado con frecuencia que ésa podría ser una solución. Cualquier cosa, cariño, que te devuelva el amor propio.
       —Sí —dijo Ken—. Pero preferiría trabajar en el depósito de cadáveres o preparar perritos calientes.
       Los ojos de Marian se llenaron de aprensión.
       —Es tarde. Acuéstate.
       —En la granja de las manzanas trabajaría muchísimo, tareas manuales, además de escribir. Sería tranquilo y… sin riesgo. ¿Por qué no podemos hacerlo, amorcito?
       Manían se estaba cortando un padrastro y ni siquiera lo miró.
       —Quizá tu tía Rosa podría prestarme dinero… de una manera estrictamente legal, como una operación bancaria. Con hipotecas financieras sobre la granja y las cosechas. Y le dedicaría el primer libro que escribiera.
       —Un préstamo…, ¡de mi tía Rose no! —Marian dejó las tijeras sobre la mesilla de noche—. Me voy a dormir.
       —¿Por qué no crees en mí…, ni en la granja de las manzanas? ¿Por qué no quieres hacerlo? Sería tan tranquilo y tan sin riesgos… Estaríamos solos y muy lejos…, ¿por qué no quieres?
       Los ojos negros de Marian estaban muy abiertos y Ken vio en ellos una expresión que sólo había visto una vez antes.
       —Porque —dijo muy despacio— no me quedaría sola contigo, ni me iría lejos, a esa descabellada granja, por nada del mundo, sin médicos, ni amigos ni ayuda. —La aprensión se había convertido en miedo y le brillaban los ojos de terror. Alzó la sábana con las manos.
       La voz de Ken reflejó su consternación.
       —¡Cariño, tú no me tienes miedo! Vaya, no te tocaría ni un pelo de la cabeza. Hasta me parece mal que sople el viento donde tú estás… No podría hacerte…
       Marian se colocó la almohada y, volviéndose de espaldas, se tumbó.
       —De acuerdo. Buenas noches.
       Durante un rato Ken siguió aturdido, y luego se arrodilló en el suelo junto a la cama de Marian y le colocó suavemente una mano en las nalgas. La apagada pulsión del deseo revivió con el tacto.
       —¡Vamos! Me quito la ropa. Hagamos mimines. —Ken aguardó, pero Marian no se movió ni respondió.
       —Vamos, amorcito.
       —No —dijo ella. Pero el deseo de Ken iba en aumento y no se fijó en las palabras de su mujer, le temblaba la mano y las uñas parecían sucias sobre la sábana blanca—. Ya no —dijo—. Nunca jamás.
       —Por favor, amor mío. Después podremos quedarnos tranquilos y dormir. Cariño mío, eres todo lo que tengo. ¡Eres el oro en mi vida!
       Marian le apartó la mano y se irguió bruscamente. El miedo había sido reemplazado por un fogonazo de indignación, y la vena azul se le marcaba en la sien.
       —Oro en tu vida… —Su voz intentó la ironía, sin conseguirlo—. En cualquier caso soy yo quien te gana el sustento de cada día.
       El insulto contenido en aquellas palabras se le reveló despacio, luego la cólera saltó tan repentina como una llama.
       —Me… me…
       —Crees ser el único que ha sufrido un desengaño. Yo me casé con un escritor y creía que se iba a convertir en un gran escritor. Me parecía bien mantenerte…, pensaba que iba a merecer la pena. De manera que trabajé en una oficina mientras tú te quedabas aquí sentado, reduciendo tus aspiraciones. Dios mío, ¿qué es lo que nos ha pasado?
       Ken trató de decir algo pero la rabia no le permitió hablar.
       —Quizá te podrían haber ayudado. Si hubieras ido a un médico cuando empezaste a bloquearte. Pero los dos sabemos desde hace mucho tiempo que estás… enfermo.
       Ken vio de nuevo la expresión que ya había visto antes —aquella mirada era lo único que recordaba de la horrible pérdida de memoria—: los ojos negros, brillantes por el miedo, y la vena que destacaba sobre la sien. Ken se contagió, reflejando la misma expresión de Marian, de manera que sus miradas se entrelazaron, encendidas por el terror.
       Incapaz de soportarlo, Ken cogió las tijeras de la mesilla de noche y las alzó por encima de su cabeza, los ojos fijos en la vena de la sien de su mujer.
       —¡Enfermo! —dijo por fin—. Quieres decir loco. Te voy a enseñar a tener miedo de que esté loco. Te voy a enseñar a hablar de mantenerme. ¡Te voy a enseñar a pensar que estoy loco!
       Los ojos de Marian brillaron preocupados y trató débilmente de moverse. La vena de la sien se le retorció.
       —No te muevas. —Luego, con un gran esfuerzo abrió la mano y las tijeras cayeron sobre el suelo enmoquetado—. Lo siento —dijo—. Discúlpame. —Después de buscar por toda la habitación con expresión perdida vio la máquina de escribir y fue rápidamente a por ella.
       —Me la llevo al cuarto de estar. No he terminado mi parte de hoy…, hay que ser disciplinado en cosas como ésta.
       Se sentó delante de la máquina en el cuarto de estar, alternando X y R por la diferencia entre el sonido de las dos letras. Después de rellenar unas cuantas líneas se detuvo y dijo con voz hueca:
       —Esta historia se levanta ya sobre las patas de atrás. —Luego empezó a teclear: Están verdes, dijo la zorra. Lo escribió varias veces y se recostó en la silla.
       —Corazón —suplicó con tono apremiante—. Sabes cómo te quiero. Eres la única mujer en la que he pensado nunca. Eres mi vida. ¿No lo entiendes, cielito?
       Marian no respondió y sólo el murmullo de los tubos de la calefacción interrumpía el silencio del apartamento.
       —Perdóname —dijo Ken—. Siento mucho haber alzado las tijeras. Sabes que ni siquiera te daría un pellizco fuerte. Dime que me perdonas. Dímelo, por favor.
       Pero la respuesta siguió sin llegar.
       —Voy a ser un buen marido. Incluso conseguiré un empleo en una agencia de publicidad. Seré un poeta dominguero: sólo escribiré los fines de semana y las fiestas. Lo haré, cariño, ¡lo haré! —dijo con desesperación—. Aunque me gustaría mucho más preparar perritos calientes en el depósito de cadáveres.
       ¿Era la nieve lo que hacía tan silenciosa la habitación? Ken, que oía los latidos de su propio corazón, escribió:

¿Por qué estoy tan asustado?
¿¿Por qué estoy tan asustado??
¿¿¿Por qué estoy tan asustado???

       Se levantó, fue a la cocina y abrió la puerta del frigorífico.
       —Cariño, te voy a preparar algo delicioso para comer. ¿Qué es esa cosa oscura en el plato del rincón? Vaya, ¡no me digas que es el hígado que sobró de la cena el domingo pasado! ¡Siempre te han gustado mucho los higaditos de pollo! ¿O prefieres algo bien caliente, como una sopa? ¿Cuál de las dos cosas, cariño?
       Ningún ruido.
       —Apuesto cualquier cosa a que no has cenado. Tienes que estar agotada…, con esas fiestas terribles, y beber y caminar…, sin probar nada sólido. Necesitas que te cuide. Comeremos primero y luego haremos mimines.
       Se quedó quieto, escuchando. Después, en las manos el hígado de pollo untado de gelatina, se llegó de puntillas al dormitorio. La habitación y el baño estaban vacíos. Con mucho cuidado colocó el hígado sobre el paño blanco del tocador. Luego se quedó en el umbral, con un pie alzado para caminar, que después se inmovilizó en el aire unos momentos. A continuación abrió armarios, hasta el de las escobas en la cocina, y miró detrás de los muebles, incluso debajo de la cama. Marian no estaba en ningún sitio. Finalmente, se dio cuenta de que el abrigo de leopardo y el bolso de su mujer habían desaparecido. Jadeaba cuando se sentó delante del teléfono.
       —Qué tal, doctor. Ken Harris al habla. Mi mujer ha desaparecido. Sencillamente se ha marchado mientras yo escribía a máquina. ¿Está ahí con usted? ¿Le ha telefoneado? —Dibujó cuadrados y líneas ondulantes en el bloc de notas—. ¡Claro que sí, demonios, nos hemos peleado! Cogí las tijeras…, no, ¡no la toqué! No le haría daño por nada del mundo. No, no está herida…, ¿de dónde saca semejante idea? —Ken escuchó—. Sólo le quiero decir esto. Sé que ha hipnotizado a mi esposa…, que le ha calentado la cabeza para volverla contra mí. Si sucede algo entre nosotros, lo voy a matar. Me presentaré en su entrometida consulta de Park Avenue y lo mataré bien muerto.
       A solas en las habitaciones vacías, silenciosas, Ken sintió un miedo indefinible que le recordó su infancia obsesionada por los fantasmas. Se sentó en la cama, con los zapatos puestos, acunándose las rodillas con los dos brazos. Le vino a la cabeza un verso. «Amor mío, amor mío, ¿por qué me has dejado solo?» Sollozó y se mordió la rodilla a través del pantalón.
       Después de un rato llamó a los lugares en los que pensó que podría encontrar a Marian, y acusó a sus amigos de entrometerse en su matrimonio o de esconder a su mujer… Cuando llamó a Mabel Goodley se había olvidado ya del episodio en la fiesta de los Rodgers y le dijo que quería ir a verla. Cuando ella le respondió que eran las tres de la madrugada y tenía que levantarse pronto, Ken preguntó para qué estaban los amigos si no era para ocasiones como aquélla. Acto seguido la acusó de esconder a Marian, de entrometerse en su matrimonio y de estar compinchada con el malvado psiquiatra…
       Al final de la noche dejó de nevar. El cielo del amanecer tenía color gris perla y el día iba a ser claro y muy frío. Al salir el sol, Ken se puso el abrigo y se fue a la calle, donde no había nadie en aquel momento. El sol moteaba de oro la nieve recién caída, y las sombras eran de color azul lavanda. Sus sentidos buscaban el helado resplandor de la mañana y estuvo pensando que debería escribir sobre un día así, que realmente se proponía escribir sobre algo así.
       Convertido en una figura encorvada y ojerosa de mirada brillante y perdida, Ken se dirigió despacio hacia el metro. Pensó en las ruedas de los trenes y en el viento arenoso, en sus rugidos. Se preguntó si era cierto que en el momento de la muerte el cerebro se llena de las imágenes del pasado
       —los manzanos, los amores, la cadencia de las voces perdidas—, todo fundido y de vivos colores en el cerebro que muere. Caminaba muy despacio, los ojos fijos en sus pisadas solitarias y en la nieve virginal que tenía por delante.
       Un policía a caballo pasó por la calzada cerca de él. El aliento del caballo se hizo visible en el aire frío e inmóvil, y sus ojos eran morados, transparentes.
       —Oiga, agente. Tengo que presentar una denuncia. Mi mujer alzó las tijeras contra mí…, apuntando a esta vena azul. Luego abandonó el apartamento. Mi mujer está muy enferma…, loca. Habría que ayudarla antes de que suceda algo horrible. No ha querido cenar nada…, ni siquiera un higadito de pollo.
       Ken siguió avanzando con dificultad, y el agente se lo quedó mirando mientras se alejaba. La meta de Ken era tan poco controlable como el viento que nadie ha visto; y él pensaba sólo en sus pasos y en el camino inmaculado que tenía por delante.

Literatura .us

La Sirena de la niebla de Ray Bradbury

Allá afuera, en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y llegó, ya aceitamos la maquinaria de bronce y encendimos el faro
de niebla en lo alto de la torre. Sintiéndonos como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos la luz que exploraba, roja, luego blanca, pero roja otra vez, en
busca de los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, siempre estaba nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena que temblaba entre los jirones de niebla y sobresaltaba a las gaviotas, que se alejaban como mazos de barajas desparramadas, y hacía que las olas crecieran y espumaran.
—Es una vida solitaria, pero ya te has acostumbrado
¿no? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Gracias a Dios, usted es un buen conversador.
—Bueno, mañana te toca ir a tierra —dijo, sonriendo—, a bailar con las muchachas y tomar ginebra.
—McDunn, ¿en qué piensa cuando lo dejo solo aquí?
—En los misterios del mar.
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McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de
una fría tarde de noviembre. La calefacción funcionaba,
la luz movía su cola en doscientas direcciones y la sirena
zumbaba en la alta garganta de la torre. No había ni un
pueblo en ciento cincuenta kilómetros de costa; solamente un camino solitario que cruzaba los campos muertos
y llegaba al mar llevando pocos autos, tres kilómetros de
frías aguas hasta nuestra roca y unos pocos barcos.
—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativo—. ¿Sabes que el océano es el más extraño copo de nieve que ha existido? Se mueve y se hincha con mil formas
y colores y no hay dos parecidos. Es extraño. Una noche,
hace años, estaba aquí, solo, cuando todos los peces del
mar salieron a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en la bahía, temblorosos, mirando fijamente
la luz del faro roja, blanca, roja, blanca, iluminándolos,
de modo que pude ver sus extraños ojos. Me quedé frío.
Eran como una enorme cola de pavo real, que se agitó allí
hasta la medianoche. Luego, sin hacer el menor ruido, desaparecieron; un millón de peces desapareció. A veces pienso que, quizá, de alguna forma, habían recorrido todos
esos kilómetros para orar. Es extraño. Pero pienso que la
torre debe impresionarlos, alzaba veinte metros por encima del mar, y la luz-Dios que sale del faro y la torre que se
anuncia con su voz monstruosa. Esos peces nunca volvieron, pero ¿no crees que por unos instantes creyeron estar
en presencia de Dios?
Me estremecí. Miré hacia las largas y grises praderas
del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la
nada.
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—Oh, el mar está lleno —McDunn chupó su pipa
nervioso, y parpadeó. Había estado nervioso todo el día,
pero no había dicho por qué—. A pesar de todas nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez
mil siglos antes de que pisemos realmente el fondo de las
tierras sumergidas, el reino de las hadas que hay allí y
conozcamos el verdadero terror. Piénsalo: allí es todavía
el año 300000 antes de Cristo. Mientras nosotros nos
pavoneamos con trompetas, y nos arrancamos las cabezas y los países unos a otros, ellos han vivido a dieciocho
kilómetros de profundidad bajo las aguas, en el frío, en
un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.
—Sí. El mundo es muy viejo.
—Ven. Tengo algo especial que te he estado reservando.
Subimos los ochenta escalones, hablando y tomándonos nuestro tiempo. Arriba, McDunn apagó las luces del
cuarto para que no hubiese reflejos en el cristal cilíndrico. El gran ojo de luz zumbaba y giraba suavemente sobre
sus cojinetes aceitados. La sirena gritaba regularmente
una vez cada quince segundos.
—Parece un animal, ¿no es cierto? —McDunn se aprobó a sí mismo—. Un enorme animal solitario que grita en
la noche. Sentado aquí, al borde de diez millones de años,
y llamando al abismo: estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y
el abismo responde; sí, lo hace. Ya llevas tres meses aquí,
Johnny, de modo que es mejor que estés preparado. En
esta época del año —dijo, mientras estudiaba la oscuridad
y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces de que me habló?
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—No. Esto es otra cosa. No te lo había dicho porque
hubieras pensado que estoy loco. Pero ya no puedo postergarlo, porque, si el año pasado marqué bien mi calendario,
vendrá esta noche. No voy a entrar en detalles; ya lo verás
tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, puedes hacer
el equipaje y tomar la lancha y recoger el coche que tienes
estacionado en el muelle y dirigirte a algún pueblecito situado tierra adentro y mantener la luz encendida durante
la noche. No te preguntaré nada ni te culparé. Ya ha sucedido en los últimos tres años, y ésta es la primera vez que
hay alguien aquí para comprobarlo. Espera y vigila.
Pasó media hora en que sólo murmuramos unas pocas palabras. Cuando la espera empezó a fatigarnos, McDunn empezó a describirme algunas de sus ideas. Tenía
teorías acerca de la sirena.
—Un día, hace muchos años, llegó un hombre y escuchó el sonido del mar en una costa fría y sin sol y dijo:
“Necesitamos una voz que llame a través del mar, que advierta a los barcos. Yo haré una. Haré una voz que será
como todo el tiempo y toda la niebla que han existido.
Haré una voz que será como una cama vacía a tu lado durante toda la noche, y como una casa vacía cuando abres
la puerta, y como los árboles deshojados del otoño. Un
sonido como el de los pájaros cuando vuelan hacia el sur,
gritando, y un sonido como el del viento de noviembre y
el del mar en una costa dura y fría. Haré un sonido tan
desolador que nadie podrá dejar de oírlo, que todos cuantos lo oigan llorarán y que hará que los hogares parezcan
más tibios y que la gente se alegre de estar dentro de casa
en los pueblos distantes. Haré un sonido y un aparato y
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lo llamarán una sirena y quienquiera que lo oiga sabrá
que la eternidad es triste y la vida es breve”.
La sirena llamó.
—Inventé esa historia —dijo McDunn en voz baja—
para explicar por qué esta cosa vuelve al faro todos los
años. Creo que la sirena la llama y viene…
—Pero… —dije yo.
—Chist… —dijo McDunn—. ¡Allí!
Señaló al abismo.
Algo venía nadando hacia el faro.
Como ya dije, era una noche fría. La torre estaba
fría, la luz iba y venía y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de niebla. Uno no podía ver muy lejos ni
muy claro, pero allí estaba el mar profundo, viajando
alrededor de la noche, plano y silencioso, del color del
barro gris, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la
alta torre, y allá, lejos al comienzo, se elevó una onda,
seguida por una ola, un alzamiento del agua, una burbuja, un poco de espuma. Y entonces de la superficie del
frío mar surgió una cabeza, una enorme cabeza oscura, con ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego, no un
cuerpo, sino ¡más y más cuello! La cabeza se levantó sus
buenos doce metros sobre la superficie, apoyada en un
esbelto y hermoso cuello oscuro. Y sólo entonces, como
una islita de coral negro y conchas y cangrejos, el cuerpo surgió de las profundidades. La cola era apenas un
destello. En conjunto, calculé que el monstruo medía
veinticinco o treinta metros de longitud desde la cabeza
hasta la punta de la cola.
No sé qué dije. Dije algo.
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—Calma, muchacho, calma —susurró quedamente
McDunn.
—Es imposible —dije.
—No, Johnny. Nosotros somos imposibles. Eso es lo
que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Somos nosotros y la tierra los que hemos cambiado, lo que
se ha vuelto imposible. ¡Nosotros!
Nadaba lentamente, grande, oscuro, majestuoso en las
aguas heladas, a lo lejos. La niebla iba y venía a su alrededor, y borraba su contorno. Uno de los ojos del monstruo recogió y reflejó y devolvió nuestra inmensa luz, roja,
blanca, roja, blanca, como un disco elevado en el aire que
enviara un mensaje en un código primitivo. Era tan silencioso como la niebla en la que se desplazaba.
—¡Es una especie de dinosaurio!
Me agaché y me agarré del barandal de la escalera.
—Sí, uno de la tribu.
—Pero ¡se extinguieron!
—No. Se ocultaron en el abismo. En lo más profundo
del más abismal abismo. Ésa sí que es una palabra, Johnny,
una verdadera palabra… dice mucho: el abismo. En una
palabra así están toda la frialdad y la oscuridad y la profundidad del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Hacer? Éste es nuestro trabajo, no podemos marcharnos. Además, estamos más seguros aquí que en cualquier embarcación que pudiera llevarnos a la costa. Eso
es tan grande como un destructor y casi tan veloz.
—Pero ¿por qué viene aquí?
Enseguida tuve la respuesta.
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La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito atravesó un millón de años de agua y niebla.
Un grito tan angustioso y solitario que tembló en mi cabeza y en mi cuerpo. El monstruo le gritó a la torre. La
sirena sonó. El monstruo abrió su gran boca dentada, y el
sonido que salió de allí era el mismo sonido de la sirena.
Solitario y vasto y lejano. El sonido de la desolación, de
un mar ciego, de una noche fría, del aislamiento. Así era
el sonido.
—Ahora —susurró McDunn—, ¿comprendes por qué
viene aquí?
Asentí.
—Durante todo el año, Johnny, ese pobre monstruo
yace a lo lejos, mil kilómetros mar adentro y a treinta kilómetros de profundidad, quizá, soportando el paso del
tiempo. Quizá esta criatura tenga un millón de años. Piensa: esperar un millón de años. ¿Podrías tú esperar tanto?
Quizá es el último de su especie. Debe de ser eso. En cualquier caso, vienen unos hombres de la tierra y construyen
este faro, hace cinco años. E instalan la sirena, y la hacen
llamar y llamar y llamar hacia el lugar donde tú estabas,
enterrado en el sueño y el mar, en los recuerdos de un
mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo,
totalmente solo, en un mundo que no está hecho para ti,
un mundo donde tienes que ocultarte. Pero el sonido de la
sirena viene y se va, viene y se va, viene y se va, y te estremeces en el barroso fondo del abismo, y tus ojos se abren
como los lentes de una cámara de cincuenta centímetros,
y te mueves lenta, muy lentamente, porque tienes todo el
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peso del océano en tus hombros y es pesado. Pero la sirena
llega, a través de miles de kilómetros de agua, débil y familiar, y la caldera que hay en tu vientre gana presión, y empiezas a subir despacio, despacio. Te alimentas de bancos
de bacalaos y abadejos, de ríos de medusas, y te elevas lentamente durante el otoño, en septiembre, cuando comienzan las nieblas, en octubre, cuando hay más niebla aún y
la sirena sigue llamándote, y luego, a fines de noviembre,
después de adaptarte al cambio de presión, día tras día,
ganando unos pocos metros cada hora, estás cerca de la
superficie y aún estás vivo. Tienes que ir despacio. Si te
apresuras, estallas. De modo que necesitas tres meses para
llegar a la superficie, y luego unos cuantos días para nadar
por las frías aguas hasta el faro. Y allí estás, allá fuera, en
la noche, Johnny. Eres el más grande de los monstruos de
la creación. Y aquí está el faro, llamándote, con un cuello
largo como el tuyo saliendo del mar y un cuerpo como tu
cuerpo y, eso es lo más importante, una voz como la tuya.
¿Comprendes ahora, Johnny? ¿Comprendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo. Lo supe todo. El millón de solitarios años
aguardando la vuelta de alguien que no volvió nunca.
El millón de años de aislamiento en el fondo del mar, la
locura que era el tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros-reptiles, las marismas se saneaban en
los continentes, los perezosos y los tigres dientes de sable
eran tragados por pozos de alquitrán y los hombres corrían como hormigas blancas por las colinas.
La sirena llamó.
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—El año pasado —dijo McDunn—, nadó y nadó y
nadó en círculos alrededor del faro toda la noche. No se
acercó mucho. Quizá estaba desconcertado. Quizá tenía
miedo. Y estaba un poco enfadado, después de un viaje tan
largo. Pero al día siguiente la niebla se levantó inesperadamente, salió el sol y el cielo estaba azul como en un cuadro.
Y el monstruo se alejó del calor y el silencio y no volvió.
Supongo que ha estado pensando en eso todo el año, pensándolo desde todos los puntos de vista posibles.
El monstruo estaba a cien metros ahora. Él y la sirena
intercambiaban gritos. Cuando la luz caía sobre ellos, los
ojos del monstruo eran fuego y hielo, fuego y hielo.
—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre hay alguien aguardando a alguien que nunca vuelve. Siempre
hay alguien que quiere algo que no le quiere. Y después
de un tiempo quieres destruir a ese otro, sea quien sea,
para que no pueda herirte más.
El monstruo se acercaba velozmente al faro.
La sirena llamó.
—Veamos qué ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.
En el minuto siguiente el silencio fue tan intenso que
podíamos oír los latidos de nuestros corazones contra los
cristales de la torre, podíamos oír el lento movimiento
aceitado de la luz.
El monstruo se detuvo y quedó inmóvil. Sus grandes
ojos de linterna parpadearon. Su boca se abrió. Emitió
una especie de ruido sordo, como el de un volcán. Torció
la cabeza hacia uno y otro lados, como si estuviera buscando los sonidos que se habían perdido en la niebla. EsLa sirena de la niebla
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cudriñó el faro. Emitió nuevamente el ruido sordo. Luego
sus ojos se inflamaron. Se incorporó, azotando el agua, y
se precipitó sobre la torre, sus ojos llenos de furia y dolor.
—McDunn —grité—. ¡Conecte la sirena!
McDunn buscó a tientas la llave. Pero antes de que pudiera conectarla, el monstruo se había erguido. Vislumbré
sus garras gigantescas con una brillante piel correosa entre los dedos, agarrando la torre. El enorme ojo que estaba
a la derecha de su angustiada cabeza brilló ante mí como
un caldero en el que podría haber caído, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó
el faro y arañó los vidrios, que cayeron, hechos trizas, sobre nosotros.
McDunn me agarró del brazo.
—¡Abajo! —gritó.
La torre se balanceaba, se tambaleaba y empezó a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi
caímos por la escalera.
—¡Aprisa!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba encima
de nosotros. Nos metimos, pasando por debajo de la escalera, en el pequeño sótano de piedra. Hubo un millar
de golpes, mientras llovían piedras. La sirena se detuvo
abruptamente. El monstruo se estrelló contra la torre. La
torre cayó. McDunn y yo, arrodillados, nos abrazamos
con fuerza mientras nuestro mundo estallaba.
Luego acabó todo, y no quedó más que la oscuridad y
el ruido del mar golpeando las rocas desnudas.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.
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Aguardamos un momento. Y luego comencé a oírlo. Al
principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del gran monstruo, doblado encima nuestro, apoyado en nosotros de modo que el
repugnante hedor de su cuerpo llenaba el aire a sólo diez
centímetros de distancia de nuestro sótano. El monstruo
jadeaba y gritaba. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La cosa que lo había llamado a través de
un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría
su boca y emitía grandes sonidos. Los sonidos de una sirena, una y otra vez. Y los barcos en altamar que no encontraban la luz, que no veían nada pero que oían, deben de
haber pensado: “Allí está. El sonido solitario, la sirena de la
bahía de la Soledad. Todo va bien. Hemos doblado el cabo”.
Y todo siguió así durante el resto de la noche.
El sol estaba tibio y amarillo la tarde siguiente, cuando
la patrulla de rescate nos desenterró del sótano cubierto de rocas.
—Se derrumbó, eso es todo —dijo el señor McDunn
gravemente—. Las olas nos golpearon con mucha fuerza y
se derrumbó.
Me dio un pellizco en el brazo.
No había nada que ver. El océano estaba en calma, el
cielo, azul. Lo único era el fuerte olor a algas que soltaba la
materia verde que cubría las piedras de la torre caída y las
rocas de la costa. Las moscas zumbaban. El océano vacío
lamía la costa.
El año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en
aquel entonces yo tenía un trabajo en el pueblecito y una
La sirena de la niebla
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esposa y una casita cálida que emitía un resplandor amarillo en las noches de otoño, con las puertas cerradas y la
chimenea humeando. En cuanto a McDunn, era el amo del
nuevo faro, que había sido construido, de acuerdo con sus
instrucciones, con cemento armado. “Por las dudas”, dijo.
El nuevo faro estuvo listo en noviembre. Una noche
fui solo en el auto y lo estacioné en la costa y miré las
aguas grises y oí la nueva sirena sonando una, dos, tres,
cuatro veces por minuto, sola, a lo lejos.
¿El monstruo?
Nunca volvió.
—Se ha marchado —dijo McDunn—. Volvió al abismo. Aprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se ha ido al abismo de los abismos, a esperar
otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá,
esperando y esperando, mientras el hombre va y viene
por este patético planeta. Esperando y esperando.
Me quedé sentado en el auto, escuchando. No podía
ver el faro ni la luz que se levantaba en la bahía de la Soledad. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena. Parecía el
monstruo, llamando.
Me quedé allí, deseando poder decir algo.

También eres feo de Lorrie Moore

Originalmente publicado en la revista The New Yorker (3 de julio de 1989, pág. 30);
Like Life
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1990, 178 págs.)

      Había que salir de vez en cuando de ellos, de esos pueblos de Illinois de nombres graciosos: Paris, Oblongo, Normal. Una vez, cuando el Dow Jones cayó doscientos puntos, un periódico local alardeó en el encabezado principal: “HOMBRE NORMAL SE CASA CON MUJER OBLONGA.” Sabían lo que era importante. ¡Lo sabían! Pero tendrías que salir de vez en cuando, siquiera para cruzar la frontera de Terre Haute y ver una película.
Fuera de París, a la mitad de un largo campo, había un conjunto de edificios de ladrillos, una pequeña universidad de artes con el improbable nombre de Hilldale-Versailles. Zoë Hendricks llevaba tres años enseñando Historia de los Estados Unidos. Enseñaba: “La Revolución y más allá” a estudiantes de primer y segundo año, y cada tercer semestre llevaba el seminario principal para estudiantes de maestría, y aunque las evaluaciones de sus estudiantes habían empeorado en el último año y medio —La profesora Hendricks casi siempre llega tarde a clase y usualmente lo hace con una taza de chocolate caliente del que ofrece sorbitos a la clase—, en general el departamento de nueve hombres se sentía agradecido de tenerla. Sentían que añadía el necesario toque femenino a los corredores –ese tenue rastro de Obsession y sudor, y el ligero, rápido cloqueo de los tacones. Además habían tenido una reputación de discriminación sexual y el decano había dicho que, bueno, ya era hora.
La situación no era fácil para ella, lo sabían. Una vez, al comienzo del último semestre, había llegado al salón de lectura cantando: “Getting To Know You” de cabo a rabo. A pedido del decano, el presidente del consejo la llamó a su oficina, pero no le pidió ninguna explicación, en realidad. Le pregunto cómo se sentía y sonrió de una manera particular. Ella dijo: “Bien,” y el presidente estudió la manera en como lo dijo, con los dientes delanteros mordiendo el labio inferior. Casi era linda, pero su rostro mostraba la tensión y la ambición de siempre haber estado cerca pero no del todo. Se notaba mucho esmero con el delineador de ojos, y sus aretes, gastados, sin duda, porque carecía de drama, provocaban un poco de miedo al sobresalir de los lados de su cabeza como antenas.
Estoy perdiendo el juicio,” dijo Zoë a su joven hermana, Evan, en Manhattan. La profesora Hendricks parece conocer el soundtrack completo de ‘El rey y yo’ ¿Es esto Historia? Zoë le telefoneaba cada jueves.
Siempre dices eso,” dijo Evan, “pero entonces estás en tus viajes o tus vacaciones y todo vuelve a su lugar y te tranquilizas por un tiempo y entonces dices que estás bien, que estás ocupada, y entonces otra vez dices que te estás volviendo loca y otra vez a comenzar Evan era diseñadora de comida a medio tiempo para tomas de fotos. Cocinaba verduras en tinte verde. Dejaba un guiso de bistec sobre una cama de canicas e iba de compras por diferentes y nuevos tipos de spray de silicona y cubos de hielo de plástico. Pensaba que su vida estaba bien. Vivía con su novio de hacía muchos años, que era independientemente rico y tenía un divertido y trabajo en el negocio de las publicaciones. Ya eran cinco años desde que dejaran la universidad, y vivían en un lujoso edificio del centro con balcón y acceso a la alberca. “No es lo mismo que tener tu propia alberca,” suspiraba Evan siempre, como para que Zoë supiera que había aún cosas que ella, Evan, tenía que tolerar.
“Illinois. Estar aquí me pone sarcástica,” dijo Zoë al teléfono. En general, solía insistir en que era ironía, algo gentilmente depositado en capas, sofisticado, algo ajeno al medio oeste aunque sus estudiantes lo seguían llamando sarcasmo, una cosa que se sentían calificados para reconocer, y ahora ella no tenía más remedio que aceptar. No era ironía. “¿Cuál es su perfume?” le preguntó una vez un estudiante. “Aromatizante para cuartos” dijo ella. Sonrió pero él la miró, desconcertado.
Por mucho, sus estudiantes eran buenos representantes del medio oeste, embobados por el estrógeno que extraían de grandes cantidades de carne y huevo. Compartían los valores suburbanos de sus padres; y ellos, sus padres, les habían dado cosas, cosas, cosas. Eran complacientes. Los habían comprado. Y ahora estaban armados con una saludable vaguedad acerca de cualquier aspecto histórico o geográfico. En realidad, parecían saber demasiado poco sobre nada, aunque mostraban buen humor al respecto. “Todos esos estados del Este son tan pequeños y amontonados”, se quejaba uno de sus estudiantes la semana que Zoë leía “El momento crucial de la Independencia: La batalla de Saratoga.” “Profesora Hendricks, usted es de Delaware, ¿verdad?” le preguntó el estudiante. “Maryland” corrigió Zoë. “Ah” dijo él, despreciativamente, “Nueva Inglaterra.”
Sus artículos —capítulos para un libro titulado Escuchándolos: Usos del humor en la Presidencia de los Estados Unidos— eran en general bien recibidos, aunque salieran lentamente de su cabeza. Le gustaba que sus artículos contemplaran todas las etapas del día —incluso desconfiaba de las cosas escritas solamente de mañana—, por lo que releía y rescribía laboriosamente. Ninguna faceta del día –su humor, su luz- podía predominar. A veces hasta durante un año pendía de un artículo, revisándolo a todas horas, hasta que el día, en su totalidad, quedaba registrado.
Su trabajo anterior al de Hilldale-Versailles lo tuvo en un pequeño colegio de New Geneva, en Minnesota, la Tierra de los Moribundos Centros Comerciales. Todos ahí eran tan rubios que en general a las castañas se les consideraba extranjeras. Que la Profesora Hendricks sea de España no le da el derecho a ser tan negativa hacia nuestro país. Existía un marcado interés hacia la alegría. Quizá porque en New Geneva nadie esperaba que fueras crítica o quejosa. Y nadie esperaba, tampoco, que notaras que la ciudad había crecido demasiado y que sus centros comerciales lucían viejos y naufragaban. No debías decir que no estabas “bien, gracias ¿y usted?” Se esperaba, en suma, que fueras Heidi. Que llevaras leche de cabra hasta las colinas sin pensarlo dos veces. Heidi no se quejaba. Heidi no hacía cosas como pararse frente a la nueva fotocopiadora IBM diciendo “Si esta fotocopiadora de mierda se vuelve a estropear, me corto las venas.”
Pero ahora, en su segundo trabajo, en su cuarto año de enseñanza en el Medio Oeste, Zoë estaba descubriendo algo que nunca sospechó tener: una veta de malhumor, crispada y aguda. Alguna vez consintió a sus alumnos, cantándoles canciones, permitiéndoles que la llamaran incluso a casa para hacerle preguntas personales, más ahora comenzaba a perder simpatía. Ya eran diferentes. Comenzaban a parecerle demandantes y malcriados.
“Usted actúa,” le dijo uno de sus estudiantes de último curso durante una conferencia, “como si su opinión valiera más que la cualquiera en la clase.”
Los ojos de Zoë se abrieron de par en par. “Soy la maestra,” dijo. “Me pagan para actuar así.” Miró atentamente a la estudiante, que llevaba un lazo en el cabello como si fuera una cowgirl en una serie campirana de TV. “Quiero decir, de otra manera todos en la clase tendrían pequeñas oficinas y horario de trabajo.” Muchas veces la Profesora Hendricks toma el tiempo de la clase para hablar de las películas que ha visto. Observó a la estudiante un poco más, y añadió: “Apuesto a que eso te gustaría.”
“A lo mejor le sueno un tanto quejica,” dijo la chica, “pero lo único que quiero es que mi carrera de historia signifique algo.”
“Bueno, ése es tu problema,” dijo Zoë, y, con una sonrisa, le mostró la puerta. “Me gusta tu lazo,” dijo.
Zoë se desvivía por el correo, por el cartero —ese pájaro tan mozo—, y cuando recibía una carta real con un sello real de cualquier parte, se la llevaba a la cama y la leía una y otra vez. También veía televisión a todas horas y tenía el equipo en su habitación —mala señal. La Profesora Hendricks ha hablado mal Fawn Hall, de la religión católica y de todo el estado de Illinois. Es increíble. En época de Navidad daba veinte dólares de propina al cartero y a Jerry, el único taxista de la ciudad, a quien ella había llegado a conocer durante todos sus viajes de ida y vuelta al aeropuerto de Terre Haute, y quien, desde que se dio cuenta que tales viajes eran una extravagancia, le ofrecía tarifas especiales.
“Voy a tomar un vuelo y visitarte este fin de semana,” anunció Zoë.
“Esperaba que lo hicieras,” dijo Evan. “Charlie y yo vamos a tener una fiesta de Halloween. Va a ser muy divertido.”
“Ya tengo disfraz. Es un casco. De esos que parecen un hueso gigante que te atraviesa la cabeza.
“Buenísimo,” dijo Evan.
“Sí, muy bueno.”
“Todo lo que yo tengo es mi máscara de luna del año pasado y del antepasado. Probablemente terminaré casándome con ella.”
“¿Tú y Charlie se van a casar?” Zoë se sintió ligeramente alarmada.
“Hmmmmmmmno, no inmediatamente.”
“No se casen.”
“¿Por qué?”
“No ahora mismo. Eres muy joven.”
“Sólo dices eso porque eres cinco años mayor que yo y no te has casado.”
“¿No me he casado? Ay, Dios mío,” dijo Zoë, “Olvidé casarme.”
Zoë había salido con tres hombres desde su llegada a Hilldale-Versailles. Uno de ellos era un burócrata municipal que había arreglado una multa por mal estacionamiento que ella había llevado para protestar, y luego la invitó a tomar un café. Al principió, pensó que era maravilloso —¡al fin alguien que no quería a una Heidi! Pero pronto comprendió que todos los hombres, muy en el fondo, deseaban una Heidi. Heidis con escotes. Heidis con ropa de gimnasia. El burócrata de la multa por mal estacionamiento pronto se volvió cansado e intermitente. Un frío día de otoño, en su elegante e impráctico convertible, a la pregunta de ella de qué es lo que andaba mal, él dijo, “No te vendría nada mal un poco de ropa nueva, sabes.” Ella usaba un montón de pana verde grisácea. Tenía la impresión de que resaltaba sus ojos, esas dos estrellas tímidas. Sacudió una hormiga de su manga.
“¿Tenías que hacerlo precisamente en el auto?” preguntó él, mientras manejaba. Observó sus pectorales, mirando primero el izquierdo, luego el derecho, en un vistazo general. Vestía una camiseta ajustada.
“¿Perdón?”
Él disminuyó la velocidad en la luz ámbar, y frunció el ceño.
“¿Acaso no podías levantarlo y arrojarlo fuera del auto?”
“¿La hormiga? Me pudo haber mordido. Quiero decir, ¿qué diferencia hay?”
“¡Te pudo haber mordido! Já. Qué ridículo. Ahora va a dejar huevecillos en mi auto.
El segundo tipo era más dulce, grandote, aunque no insensible a ciertas pinturas y canciones, pero con frecuencia, también, las cosas que hacía o decía terminaban por asustarla. Una vez, en un restaurante, robó las guarniciones de su plato y esperó a que ella lo notara. Cuando no lo hizo, finalmente extendió los puños sobre la mesa y dijo “Mira,” y al abrirlos ahí estaba su ramita de perejil y su rebanada de naranja arrugada y hecha bolita. En otra ocasión le describió su más reciente visita al Louvre. “Y ahí estaba yo, frente a La barca de Dante, de Delacroix, y todos se habían marchado por lo que tuve mi propia audiencia privada, con todas esas sombras agonizantes abriéndose en todas direcciones, y aquel movimiento de la pintura que comenzaba desde el fondo en remolinos, acumulándose más y más en la roja tela de la capucha de Dante, arremolinándose en la distancia, hacia donde podías ver las llamas anaranjadas.” Se quedó sin aliento en la descripción. Ella lo halló conmovedor y sonrió para animarlo. “Un cuadro así,” dijo él, meneando la cabeza. “Hace que uno se cague encima.”
“Tengo que preguntarte algo,” dijo Evan. “Sé que hay mujeres que se quejan de no conocer hombres pero, en serio, yo conozco muchos. Y no todos son homosexuales, te lo aseguro.” Hizo una pausa. “Ya no.”
“¿Qué me estás preguntando?”
El tercer tipo era un profesor de ciencias políticas llamado Murray Peterson que gustaba salir en parejas con colegas por cuyas esposas se sentía atraído. Usualmente la esposas le permitían algo de coqueteo. No era raro que bajo la mesa se diera algo de toqueteo con los pies, o incluso con las rodillas. Entonces Zoë y el esposo se quedaban solos con la comida, mirando fijamente hacia los vasos, y masticando como chivos. “Oh, Murray,” dijo una esposa, que nunca terminó su master en terapia física y usaba ropas anchas. “Sabes, me sé todo acerca de ti: tu cumpleaños, el número de tu matrícula. Lo he memorizado todo. Pero sólo es por la clase de mente que tengo. Una vez, en una fiesta, sorprendí a los anfitriones cuando me levanté y me despedí de todos los que estaban ahí, por nombre y apellido.”
“Yo conocí a un perro que podía hacer eso,” dijo Zoë, con la boca llena. Murray y la esposa la miraron con gesto de enfado y reproche, pese a que el esposo parecía de pronto muy divertido. Zoë pasó el bocado. “Era un labrador parlante, y tras diez minutos de escuchar la conversación de la cena este perro sabía los nombres de cada persona. Podías decirle, ‘Lleva este cuchillo a Murray Peterson’, y lo hacía.”
“En serio,” dijo la esposa, frunciendo el ceño, y Murray Peterson nunca más la volvió a llamar.
“¿Estás viendo a alguien?” preguntó Evan. “Lo pregunto por un motivo particular. No es que me esté portando como mamá.”
“Estoy viendo mi casa. La atiendo cuando se pone húmeda, cuando llora, cuando vomita.” Zoë había adquirido una casa de campo cerca del campus, aunque justo ahora pensaba que no debió hacerlo. Era difícil vivir en una casa. Se la pasaba entrando y saliendo de las habitaciones, buscando dónde había dejado las cosas. Iba al sótano sin razón alguna excepto porque le divertía poseer una sótano. También le divertía poseer un árbol.
Sus padres, en Maryland, estaban muy contentos de que al fin una de sus hijas fuera capaz de permitirse una propiedad, y cuando cerró el contrato le enviaron flores con una carta de felicitaciones. Su madre, incluso, le había enviado una caja de viejas revistas de decoración guardadas durante años –fotografías de hermosas habitaciones con las que su madre fantaseaba, puesto que nunca, en realidad, había habido dinero para redecorar. Era más como poseer la pornografía de mamá, esa caja, heredar sus fantasías más profundas, el deseo y la coquetería ilimitados que habían sido su vida. Aunque para su madre se trataba de un pasaje ritual que le encantaba. “Quizá puedas sacar algunas ideas de esto,” le escribió. Así que cuando Zoë miró las fotografías, las audaces y hermosas habitaciones, se sintió llena de nostalgia. Ideas e ideas de nostalgia.
Justo ahora la casa de Zoë se encontraba casi vacía. Los dueños anteriores habían empapelado alrededor de los muebles dejando siluetas y huecos extraños en las paredes, y no es que Zoë se hubiera aplicado ya a remediarlo. Compró muebles, luego los quitó, amueblando y desamueblando, preparando y cuidando, como a un útero. Había comprado muchos arcones de madera de pino para usarlos como sofá o cajas de zapatos, pero pronto comenzó a verlos más y más como ataúdes de niños, y los devolvió. Y recientemente también había comprado una alfombra oriental para la sala, con símbolos chinos que no entendía. La vendedora insistió en que significaban “Paz” y “Vida eterna”, y la verdad es que Zoë se mostró un tanto preocupada el día que trajo la alfombra a casa. ¿Qué tal si los símbolos no significaban “Paz” y “Vida eterna”? ¿Qué tal si querían decir, digamos, “Bruce Springsteen”? Y mientras más lo pensaba, más se convencía de poseer una alfombra que decía “Bruce Springsteen.” Así que esa también la devolvió.
Llegó a comprar, también, un pequeño espejo barroco para la entrada que, según le dijo Murray Peterson, alejaba a los malos espíritus. Como fuera, el espejo le llenaba de miedo, asustándola con el reflejo de una mujer que ella nunca reconocía. En ocasiones lucía más hinchada y simplona de lo que recordaba. Otras veces oscura y cambiante. Pero la mayor parte del tiempo, simplemente, lucía vaga. “Te pareces a alguien que conozco” le habían dicho dos extraños el año pasado en Terre Haute. De hecho, y por momentos, no parecía poseer un aspecto propio, o cualquier aspecto, pero luego la divertía saber que los colegas y los estudiantes la reconocían del todo. ¿Cómo lo sabían? Cuando entraba a un salón, ¿cómo luciría para que ellos la reconocieran? ¿Como así?
¿Es que ella se veía así? Y entonces devolvió el espejo.
“La razón por la que te pregunto esto es porque conozco a un hombre que quizá deberías conocer,” dijo Evan. “Es divertido. Es heterosexual. Es soltero. Es todo lo que voy a decir.”
“Creo que estoy muy vieja para la diversión,” dijo Zoë. Tenía un oscuro y erizado pelo en la barbilla, y justo ahora podía sentirlo con el dedo. Quizá es que cuando has pasado demasiado tiempo sin el sexo opuesto, comienzas a parecértele. En un acto de invención desesperada, comienzas a desarrollar el tuyo propio. “Lo único que quiero es ir a la fiesta, usar mi casco, hacerle una visita al pez tropical de Charlie y preguntarte sobre tus plantas.
Estaba pensando en todas las páginas de “Nuestra Constitución: Cómo Nos Afecta”, que tenía que corregir. Pensó en las pruebas de ultrasonido que iba a hacerse el viernes, porque según su doctor, y el asistente de su doctor, tenía un grande y misterioso crecimiento en su abdomen. Vesícula biliar, era lo que decían. U ovarios, o colon. “¿De verdad practican medicina?” preguntó Zoë en voz alta, después que ellos salieran de la habitación. Una vez, de niña, llevó a su perro al veterinario, que le dijo: “Bueno, tu perro tiene parásitos, o cáncer o un auto lo golpeó.”
Deseaba llegar a Nueva York.
“Bueno, como sea. Nos la pasaremos bien. No puedo esperar a verte, chica. Y no olvides tu hueso en la cabeza,” dijo Evan.
“No es algo que se olvide,” dijo Zoë.
“Supongo,” dijo Evan.
Lo del ultrasonido lo mantenía en secreto, incluso para Evan. “Siento que me estoy muriendo,” le había insinuado una vez a Evan, por teléfono. “No te estás muriendo,” le dijo Evan, “sólo estás disgustada.”
“Ultrasonido,” decía Zoë ahora, medio en broma, al técnico que le ponía el gel sobre su abdomen desnudo. “¿No le suena como a un gran sistema de sonido?
No había tenido nadie que armara tanto lío sobre su estómago desnudo desde que su novio de posgrado, que revoloteaba sobre ella cada vez que se sentía mal, movía los brazos, presionaba las manos contra su ombligo, y cantaba, evangélicamente, “Sana! Sana! Por el amor del Bebé Jesús!” Y Zoë reía y hacían el amor, ambos con la esperanza secreta de que ella quedara embarazada. Luego se preocupaban, y él, hundiendo la mejilla sobre su vientre le preguntaba si tenía retraso, ¿lo tenía? ¿estaba segura?, debería tener retraso, pero cuando pasaron dos años sin lograr el embarazo comenzaron a pelearse y finalmente se separaron.
“Okey,” dijo el técnico, distraídamente.
El monitor estaba en marcha, y las entrañas de Zoë aparecieron en la pantalla en toda su gris y jironeada vaciedad. Lucían como el mármol en las más finas gradaciones, desde el negro hasta el blanco, como la piedra de una vieja iglesia o la foto de la luna. “No le parece,” balbuceó al técnico, “que el aumento de la infertilidad entre tantas parejas de este país se debe a que son dos razas completamente diferentes que intentan reproducirse?” El técnico movió el escáner en giros y tomó más fotos. Por una en particular, de la parte derecha de Zoë, el técnico se mostró súbitamente alerta, y la máquina emitió un chasquido.
Zoë observó la pantalla. “Eso que encontró ahí debe de ser el crecimiento,” sugirió Zoë.
“No le puedo decir nada,” dijo el técnico, un tanto rígido. “Su doctor tendrá el reporte del radiólogo esta tarde y le telefoneará.”
“Estaré fuera de la ciudad,” dijo Zoë.
“Lo siento,” dijo el técnico.
Conduciendo a casa, Zoë miró por el retrovisor y decidió que lucía… bueno, ¿cómo podría uno describirlo? Un poco pálida. Recordó la broma del tipo que visita a su doctor y el doctor le dice: “Siento decirlo, pero usted sólo tiene seis semanas de vida.”
“Quiero una segunda opinión,” dice el tipo. Usted actúa como si fuera superior a todos en la clase.
“¿Quiere una segunda opinión? Muy bien,” dice el doctor, “También es feo.” Le gustaba esa broma. Creía que era terrible, terriblemente divertida.
Tomó un taxi al aeropuerto. Jerry, el conductor, se mostró feliz de verla.
“Diviértase en Nueva York,” dijo, sacando la maleta del portaequipaje. Ella le gustaba. O al menos siempre actuaba como si así fuera. Ella lo llamaba Jare.
“Gracias, Jare.”
“¿Sabe? Le diré un secreto. Nunca he estado en Nueva York. Le diré dos secretos. Nunca he estado en un avión.” La despidió con un movimiento triste mientras ella empujaba la puerta para entrar a la terminal. “O en un ascensor!” gritó.
La clave para volar seguro, pensaba Zoë, era nunca comprar un boleto de descuento y decirse uno mismo que de cualquier manera no tenías nada por qué vivir, de modo que no habría ningún problema en caso de accidente. Pero entonces, cuando no sucedía nada, cuando lograbas mantenerte en lo alto junto con tu propia inutilidad, todo lo que debías hacer era salir a tropezones, buscar tu equipaje, y, mientras llegaba el taxi, buscarse una razón persuasiva para seguir viviendo.
“Llegaste!” gritó Evan al timbre, antes incluso de abrir la puerta. Luego la abrió ampliamente. Zoë dejó las maletas sobre el piso y abrazó fuertemente a Evan. De pequeña, Evan siempre fue cariñosa y devota. Zoë siempre cuidó de ella –aconsejándola, tranquilizándola- hasta tiempos recientes, en que Evan comenzó a aconsejarla y tranquilizarla a ella. Eso asustaba a Zoë. Sospechaba que tenía algo que ver con el hecho de estar sola. Algo que incomodaba a la gente.
“¿Cómo estás?”
“Vomité en el avión. Además de eso, estoy bien.”
“¿Te ofrezco algo? A ver, déjame las maletas. Con que malita en el avión, eh. Uy.”
“Fue en una de esas bolsitas,” dijo Zoë, por si a Evan se ocurría que había sido en el pasillo. “Casi en silencio.”
El apartamento era espacioso e iluminado, con una vista de toda la ciudad a lo largo del lado este. Había un balcón y puertas de vidrio corredizas. “Siempre me olvido que este departamento es tan bonito. Piso veinte. Portero…” Zoë podía trabajar toda su vida y nunca tener un apartamento como éste. Y tampoco Evan. Era el departamento de Charlie. Él y Evan vivían ahí como dos niños en un dormitorio, latas de cerveza y ropa regadas por todos lados.
Evan llevó las maletas lejos del revoltijo, junto a las peceras. “Estoy tan contenta de que estés aquí,” dijo. “Y ahora, ¿qué te sirvo?”
Preparó el almuerzo –sopa de lata y galletita saladas.
“Respecto de Charlie, no lo sé,” dijo, cuando terminaron. “Nos veo ya como unos cuarentones alejados del sexo.”
“Hmmm,” dijo Zoë. Se reclinó sobre el sofá de Evan y miró por la ventana hacia las oscuras cimas de los edificios. Parecía un poco antinatural vivir en el cielo de ese modo, como pájaros que por una hazaña errónea anidaran muy alto. Asintió con la cabeza hacia las peceras y soltó una risita. “Me siento como un pájaro,” dijo. “Con mi propia ración de peces.”
Evan suspiró. “Llega a casa y se echa en el sofá, mira fútbol borroso. Usa el color crema psicodélico y el aparato de los rizos, si sabes a lo que me refiero.”
Zoë se levantó y acomodó los cojines del sofá. “¿Qué es futbol borroso?”
“Aún no tenemos cable. Todo nos llega borroso. Así que Charlie lo mira así.”
“Hmm, ya veo. Sí, es un poco depresivo,” dijo Zoë. Miró sus manos. “Especialmente lo de no tener cable.”
“Así es como se mete a la cama.” Evan se levantó para hacer una demostración. “Se quita toda la ropa pero cuando toca al turno de los calzoncillos simplemente los deja caer hasta un tobillo. Luego levanta una pierna, los avienta al aire y los atrapa. Yo, por supuesto, lo miro desde la cama. Y nada más. Sólo eso.”
“Quizá deberían pasar por alto esas cosas y casarse.”
“¿Te parece?”
“Claro. Quiero decir, ustedes probablemente piensen que vivir juntos de esta manera es lo mejor de todo, pero…” Zoë trató de sonar como la hermana mayor; la hermana mayor es lo que se supone que sería la madre que nunca tendrías, la mamá buena onda, tranquila. “Pero yo descubrí que tan pronto como crees tener de todo…” –pensó en ella misma, sola en su casa, en las cigarras cara de sapo que volaban alrededor como hombrecitos nocturnos y aterrizaban sobre sus cortinas, mirando; en los zapatos número treinta que había colocado en la puerta para alejar a los intrusos; en la ridícula, muñeca inflable que alguien le había dicho que sentara a la mesa del desayuno- “entonces repentinamente todo cambia y se vuelve lo peor de todo.”
“¿De verdad?” Evan irradiaba felicidad. “Ay, Zoë. Tengo que decirte algo. Charlie y yo nos vamos a casar.”
“¿De verdad?” Zoë se sintió confundida.
“No sabía cómo decírtelo.”
“Sí, bueno. Supongo que todo eso sobre el futbol borroso me confundió un poco.”
“Esperaba que fueras mi dama de honor,” dijo Evan, ansiosa. “¿No te sientes feliz por mí?”
“Sí” dijo Zoë, y comenzó a contarle a Evan la historia de un violinista premiada de Hilldale-Versailles —cómo la violinista había llegado de una competencia en Europa y se había liado con un tipo del pueblo que la obligaba a ir a todos los partidos de softball de verano y la hacía brindar por él desde las gradas junto con las otras esposas, hasta que ella se mató. Pero cuando Zoë iba a la mitad del cuento, en la parte de los brindis desde las gradas, se detuvo.
“¿Entonces qué?” dijo Evan. “¿Qué pasó?”
“La verdad es que nada,” dijo Zoë, tranquilamente. “A ella comenzó a gustarle el softball. Tendrías que haberla visto.”
Zoë decidió ir a la función vespertina de cine, dejando a Evan las faenas de preparar lo necesario para la fiesta.
“Debo hacerlo sola, de verdad,” le había dicho, un poco tensa tras la historia de la violinista. Zoë pensó a ir a un museo de arte pero las mujeres que iban a los museos tenían que lucir muy bien. Siempre lo hacían. Elegantes y serias, moviéndose lánguidamente, con un gran bolso de mano. En vez de eso, camino por Kips Bay, pasando frente a una boutique de aretes llamada Póntelo en las orejas, luego pasó por un salón de belleza llamado Dorian Gray. Eso era lo divertido respecto de la “belleza,” pensó Zoë. Busca entre las páginas de la sección amarilla y encontrarás cientos de entradas, todas agresivas en su inteligencia, cortesía y consejos. Pero busca “verdad,” –Já! Absolutamente nada. Nada de nada.
Zoë pensó en el matrimonio de Evan. ¿Se convertiría Evan en la esposa de Pedro Comecalabazas? ¿Señora Comecalabazas? ¿Y en la boda, obligaría a Zoë a vestirse con un vestido color lavanda lleno de volados, idéntica a las otras damas? Zoë odiaba los uniformes, e incluso, en primer grado, se había rehusado a unirse al club de las Chicas Duendes porque no deseaba usar el mismo disfraz que todas. Y ahora tendría que hacerlo. Y quizá podría distinguirlo. Levantarlo por un lado con una pinza, por ejemplo. O colocar una gasa de cirugía en la cintura. Abrocharse en el pecho uno de esos pins que dicen, en letras grandes, “Shit Happens.”
En la película –Death by Number– compró palitos de regaliz para masticar. Tomó asiento junto a la salida. La poseyó la extraña autoconciencia de hallarse sola, y esperaba que el cine oscureciera pronto. Cuando oscureció y comenzaron los comerciales, buscó en su bolso los lentes. Los tenía en un estuche. Los Kleenex también estaban en un estuche. Lo mismo los bolígrafos, las aspirinas y las mentas. Todo se encontraba en un estuche. Y eso es en lo que se había convertido: en una mujer sola en el cine con todo en estuches.
En la fiesta de Halloween había como dos docenas de personas. Había gente con cabezas de mono y largo vello en las manos. Alguien se había disfrazado de duende. Alguien se había disfrazado de cena congelada. Un hombre había traído a sus dos hijas pequeñas: una bailarina, y la hermana de la bailarina, también vestida de bailarina. Había un grupillo de brujas muy sensuales –mujeres vestidas enteramente de negro, muy maquilladas y enjoyadas. “Odio a esas brujas tan atractivas. No va con el espíritu de la noche de Halloween,” dijo Evan que, por su parte, había abandonado la máscara de luna para disfrazarse de muñeca alemana de rizos y delantal, decisión que ahora lamentaba. Charlie, y porque le gustaban los peces, porque era dueño de muchos peces y porque los coleccionaba, había decidido vestirse como pez. Tenía aletas y ojos a los lados de la cabeza. “¡Zoë! ¿Cómo estás? ¡Siento no haber estado aquí cuando llegaste!” Pasó el resto del tiempo charlando con las brujas sensuales.
“¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?” preguntó Zoë a su hermana. “Luces agotada.” Acarició el brazo de su hermana dulcemente, como si deseara que estuvieran solas.
“Ay, no, nada de eso,” dijo Evan, mientras arreglaba los hongos rellenos sobre una bandeja. El cronómetro sonó y sacó otra bandeja del horno. “En realidad, ¿sabes qué puedes hacer?”
“¿Qué?” Zoë se puso el hueso en la cabeza.
“Conocer a Earl. Él es el tipo que tenía en mente para ti. Cuando llegue sólo háblale un poco. Es lindo. Es divertido. Se acaba de divorciar.”
“Lo intentaré,” gruñó Zoë. “¿Está bien? Lo intentaré.” Miró el reloj.
Earl llegó vestido como una mujer desnuda, con lana de acero pegado estratégicamente al cuerpo, y pechos de goma que le brotaban como jamones.
“Zoë, él es Earl,” dijo Evan.
“Gusto en conocerte,” dijo Earl, esquivando a Evan para estrechar la mano de Zoë. Observó en detalle la cabeza de Zoë. “Bonito hueso.”
Zoë asintió. “Bonitas tetas,” dijo. Miró más allá de él hacia la ciudad que tras la ventana centelleaba contra el cielo; la gente decía lo de siempre: cómo parecía un montón de joyas, o brazaletes y collares sueltos. Podías ver el reloj del edificio Con Ed, el copete dorado y naranja del Empire State, el Chrysler como el cohete espacial soñado durante la depresión. Más lejos podías vislumbrar el Astor Plaza, y su tejado blanco y volante como la cofia de una monja. “Hay cerveza allá en el balcón, Earl. ¿Te traigo una?” preguntó Zoë.
“Hm, claro. Voy contigo. Hey, Charlie, ¿cómo va?”
Charlie dibujó una amplia sonrisa y silbó. La gente se giró para ver. “Hey, Earl,” le llamó alguien desde el fondo del salón. “¡Fiuu, fiuuuu!”
Se apretujaron entre los demás invitados, pasaron a los monos, a las brujas sensuales. La succión de las puertas corredizas cedió en un silbido, y Zoë y Earl salieron al balcón, una mujer con un hueso en la cabeza y otra desnuda, el aire de la noche rugiendo y pleno de humo fresco. Había otra pareja ahí afuera murmurando en privado. No llevaban disfraz. Sonrieron a Earl y a Zoë. “Hola,” dijo Zoë. Encontró la hielera de hule espuma y sacó dos cervezas.
“Gracias,” dijo Earl. Sus pechos de goma se doblaron hacia dentro, estropeándose, mientras abría la botella.
“Bueno,” suspiró Zoë, ansiosamente. Tenía que aprender a no temerle a los hombres del mismo modo que durante la infancia uno aprendía a no temerle a las lombrices o insectos. Con frecuencia, al conversar con un hombre en una fiesta, mil cosas le atravesaban la mente. Y mientras el hombre decía cualquier disparate, con mucha amabilidad, ella se enamoraba, casaba, y se enfrascaba en una amarga lucha por la custodia de los hijos y esperaba la reconciliación de modo que pese a todas sus traiciones ella no podría jamás despreciarlo, en tanto que en los minutos restantes conocería, quizá, su apellido y a qué se dedicaba, aunque hubiera ya mucha historia entre ambos. Movía la cabeza arriba abajo, enrojecía y se iba de ahí.
“Evan me dice que eres profesora de Historia. ¿Dónde trabajas?”
“Justo en la frontera entre Indiana e Illinois.”
Earl pareció un poquito desconcertado. “Creo que Evan no me contó esa parte.”
“¿No lo hizo?”
“No.”
“Bueno, así es Evan algunas veces. Cuando éramos niñas ambas teníamos problemas para hablar.”
“Eso puede ser duro,” dijo Earl. Uno de sus pechos estaba escondido detrás del brazo que sostenía la bebida, pero el otro brillaba rosa y tranquilo, lleno como una luna de cereza.
“Sí, bueno. No era una pérdida total. Íbamos a lo que entonces llamábamos derapia de durazno. [juego de palabras, por la pronunciación: peach pearapyteach therapy: terapia de aprendizaje] Durante casi diez años de mi vida tenía que construir en mi mente cada frase por adelantado antes de decirla. Era la única manera en que podía crear una frase coherente.”
Earl tomó de su cerveza. “¿Y cómo lo hiciste? Quiero decir, ¿cómo lo superaste?”
“Contaba un montón de bromas. Bromas de las que ya me sabía cada línea. Sólo tenías que decirlas. Me gustan las bromas. Las bromas y las canciones.”
Earl sonrió. Tenía lápiz labial, una profunda mancha roja, pero se le había resbalado por la cerveza. “¿Cuál es tu broma favorita?”
“Uh, mi broma favorita es…OK, ésta: Un hombre va al consultorio de su doctor y…”
“Creo que conozco esa broma” interrumpió Earl, ansiosamente. Deseaba contar la historia él mismo. “Un hombre va al consultorio de su doctor, y el doctor le dice: ‘Mire, tengo una noticia buena y una noticia mala.´ Es ése, ¿verdad?
“No estoy segura” dijo Zoë, “Podría ser una versión diferente.”
“Bueno, entonces el tipo dice: ‘Deme la mala noticia primero, doctor’, y el doctor dice: ‘Muy bien. Usted tiene tres semanas de vida.’ Y el tipo grita: ‘¡Tres semanas de vida! Doctor, por favor dígame cuál es la buena noticia.’ Y el doctor dice: ‘¿Vio a la secretaria de allá enfrente? Pues finalmente me la cogí.”
Zoë arrugó el ceño.
“¿No es ése en el que estabas pensando?”
“No”. Había acusación en su voz. “El mío era diferente.”
“Oh,” dijo Earl. Desvió la mirada y luego la regresó: “¿Qué tipo de historia enseñas?”
“La mayoría de las veces Historia americana –siglos dieciocho y diecinueve.”
En los cursos de posgrado, en el bar, la frase para comenzar a ligar siempre era: “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“A veces doy un curso sobre algún tema en específico,” añadió. “Digamos, ‘Humor y Personalidad en la Casa Blanca’. De eso es de lo que se trata mi libro.” Recordó lo que una vez alguien le había comentado sobre cierta clase de gorriones, cómo crean elaboradas estructuras antes de juntarse.
“¿Tu libro es sobre el humor?”
“Claro, y bueno, cuando enseño un curso cómo ése doy todos los siglos.” “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“O sea que los tres.”
“¿Perdón?” La brisa le hizo brillar los ojos. El tráfico revolucionaba bajo ellos. Ella se sintió alta y endeble, como alguien elevada al cielo por error y luego desdeñada.
“Tres. Solamente hay tres.”
“Bueno, en realidad son cuatro.” Ella pensaba en Jamestown, [Jamestown era una aldea en una isla del río James, en Virginia, localizado a 70 kilómetros al sureste de donde hoy es Richmond, Virginia. El río y el asentamiento de 1607 fueron nombrados así por motivo de James I, que había ascendido recientemente al trono inglés. El asentamiento de Jamestown fue la primera colonia inglesa permanente en el nuevo mundo que logró sobrevivir.] y en los peregrinos con hebillas y sombreros de brujas que llegaban a decir sus rezos.
“Yo soy fotógrafo,” dijo Earl. Su rostro comenzaba a brillar y el rojo comenzaba a mancharlo como un atardecer bajo sus ojos.
“¿Y te gusta eso?”
“Bueno, la verdad es que estoy comenzando a sentir que es un poquito peligroso.”
“¿En serio?”
“Pasar todo el tiempo en un cuarto oscuro bajo esa luz roja y entre todos esos químicos. Se le relaciona con el Parkinson, ¿lo sabías?”
“No, no lo sabía.”
“Se supone que debo usar guantes de goma, pero no me gusta. A menos de que lo esté tocando directamente, no puedo pensar que algo es real.”
“Hmm,” dijo Zoë. La alarma vibró a través de toda ella.
“Algunas veces, cuando me corto o algo así, siento la punzada y pienso, Mierda. Me lavo constantemente y espero que no pase nada. No me gusta sentir la goma sobre la piel de esa manera.”
“¿En serio?”
“Quiero decir, el contacto físico. Eso es lo que uno quiere, si no para qué molestarse?”
“Supongo,” dijo Zoë. Deseaba recordar alguna broma, algo lento y deliberado, con el final a la vista. Pensó en gorilas, en cómo cuando pasan demasiado tiempo encerrados en una jaula comienzan a golpearse en la cabeza en vez de aparearse.
“¿Tienes… alguna relación?” soltó Earl, de pronto.
“¿Ahora? ¿Mientras hablamos?”
“Bueno, quiero decir, estoy seguro que tienes una relación con tu trabajo.” Una sonrisa, pequeña, anidada en su boca como un huevo. Pensó en los zoológicos de los parques, en cómo, cuando las ciudades caen bajo un asedio, la gente se come a los animales. “Pero quiero decir, con un hombre.”
“No, no estoy en ninguna relación con ningún hombre.” Se acarició la barbilla con la mano y pudo sentir el cabello cerdoso ahí. “Pero mi última relación fue con un hombre muy cariñoso,” dijo. Se inventó algo. “De Suiza. Era un botánico, experto en plagas, malas hierbas. Se llamaba Jerry. Yo lo llamaba Jare. Era muy divertido. Ibas a ver una película con él y lo único en que se fijaba era en las plantas. Nunca ponía atención a la trama. Una vez, en una película sobre la jungla, comenzó a parlotearme todos esos nombres en latín, en voz alta. Fue muy emocionante para él.” Hizo una pausa, contuvo el aliento. “Eventualmente regresó a Europa a, eh, estudiar el edelweiss [Edelweiss (Leontopodium alpinum): es una de las flores montañosas más conocidas de Europa].” Miró a Earl. “¿Tienes una relación? Digo, ¿con una mujer?”
Earl cambió el peso y las arrugas de su disfraz cambiaron, ensanchándose hacia fuera, como algo roto. Su vello púbico se deslizó hacia una cadera, como el corsé de una chica del oeste. “No,” dijo, limpiándose la garganta. La lana de acero de sus brazos se movía hacia los bíceps. “Acabo de salir de un matrimonio que estaba lleno de malos diálogos como ‘¿Quieres más espacio? ¡Pues te daré más espacio!’ Puaf, típico de los tres chiflados.
Zoë lo miró comprensivamente. “Supongo que es difícil recobrar el amor después de eso.”
Los ojos de él destellaron. Quería hablar del amor. “Pero sigo pensando que el amor debe ser como un árbol. Mira a un árbol y verás que tiene chichones y cicatrices de tumores, infestaciones, lo que quieras, pero aún así siguen creciendo. A pesar de los chichones y de las magulladuras siguen… derechos.”
“Sí, bueno,” dijo Zoë, “de donde yo vengo todos son casados o gays. ¿Viste esa película, Death by Number?”
Earl la miró, un poco perdido. Se estaba alejando de él. “No,” dijo.
Uno de sus pechos se había deslizado bajo su brazo, apeñuscado ahí como una baguette. Ella seguía pensando en árboles, parques, gente que en tiempos de guerra se comía a las cebras. Sintió un dolor punzante en el abdomen.
“¿Quieren algunos bocadillos?” Evan llegó empujando la puerta corrediza. Sonreía pese a que los rizos se le comenzaban a caer, colgando desganadamente de las puntas del cabello como decoraciones de Navidad, como alimento dejado para las aves. Les ofreció un plato de hongos rellenos.
“¿Estás pidiendo donaciones u ofreciéndolas?” preguntó Earl, ingeniosamente. Le gustaba Evan; puso una mano sobre su brazo.
“Saben, vuelvo en un minuto,” dijo Zoë.
“Uh,“ dijo Evan, algo preocupada.
“Ya vuelvo. Lo prometo.”
Zoë atravesó apresurada la sala en dirección al dormitorio, al baño. Estaba vacío; la mayoría de los invitados usaba el medio baño de junto a la cocina. Prendió la luz y cerró la puerta. El miedo se había detenido, y la verdad es que no tenía necesidad de ir al baño, pero permaneció ahí de todas maneras, descansando. En el espejo encima del lavabo, se encontró algo demacrada debajo de su hueso en la cabeza, con un gris violáceo mostrándose bajo la piel como la de un pajarito desplumado y repleto de ampollas. Se inclinó un poco más, alzando la barbilla para mirar el pelo erizado. Ahí estaba, al final de la quijada, puntiagudo y oscuro como un cable. Abrió el gabinete de las medicinas y manoseó hasta encontrar las pincitas. Alzó la cabeza una vez más y se atacó la cara con las pinzas, agarrando, apretando y fallando. Puedo escuchar que al otro lado de la puerta conversaban dos personas en voz baja. Habían entrado al dormitorio y discutían sobre algo. Estaban sentados en la cama. Uno de ellos soltó una risita falsa. Zoë acometió de nuevo contra la barbilla, pero esta vez comenzó a sangrar un poquito. Se estiró con fuerza la piel de la quijada, apretó las pinzas duro contra lo que esperaba que fuera el pelo, y jaló. Un diminuto pedazo de piel salió disparado, pero el pelo se mantuvo en pie, con sangre brillando en su raíz. Zoë apretó los dientes. “Ay, vamos,” susurró. Las personas del dormitorio estaban ahora contándose historias, suavemente, divirtiéndose. Se escuchó el rebote y el chirrido del colchón y el sonido de una silla siendo apartada. Zoë apuntó con la pinzas cuidadosamente, apretó, jaló cuidadosamente, y esta vez el pelo salió, con una ligera punzada de dolor, y luego una tonelada de alivio. “¡Sí!” suspiró Zoë. Arrancó un poco de papel sanitario y lo aplicó contra la barbilla. El papel se manchó de sangre, y entonces arrancó un poco más y lo aplicó sobre la barbilla, ejerciendo presión hasta que se detuvo. Entonces apagó la luz, abrió la puerta y se reintegró a la fiesta. “Perdón,” dijo a la pareja del dormitorio. Era la misma pareja del balcón, y la miraron un poco sorprendidos. Se habían abrazado y comían barritas de caramelo.
Earl seguía en el balcón, solo, y Zoë se le reunió.
“Hola,” dijo.
Él se volvió y sonrió. Se había arreglado el disfraz un poquito aunque todas las características sexuales secundarias lucían ligeramente estropeados, destinados a moverse, voltearse y huir a la primera oportunidad.
“¿Estás bien?” preguntó. Se había abierto otra cerveza y estaba resoplando.
“Sí, claro. Sólo tenía que ir al baño.” Hizo una pausa. “En realidad, he visitado a un montón de doctores últimamente.”
“¿Algún problema?” preguntó Earl.
“Oh, probablemente no es nada. Pero me están haciendo pruebas.” Suspiró. “Me hice sonogramas, mamogramas. La semana que viene me haré un caramelograma.” Él la miró, preocupado. “He tenido demasiadas palabras terminadas en grama,” dijo.
“Toma, te guardé estos.” Le pasó un pañuelo con dos hongos rellenos. Estaban fríos y el aceite había dejado manchas sobre el pañuelo.
“Gracias,” dijo Zoë, y se los metió en la boca juntos. “Mira,” dijo con la boca llena. “Con mi suerte seguro me operan de la vesícula.”
Earl hizo una mueca. “Así que tu hermana se va a casar,” dijo, cambiando el tema. “Dime, ¿qué piensas realmente sobre el amor?”
“¿Amor?” ¿Que no habían pasado ya por esto? “No lo sé.” Masticó pensativamente y tragó. “Vale. Te diré qué es lo que pienso sobre el amor. Esta es una historia. De una amiga mía…”
“Tienes algo en la barbilla,” dijo Earl, estirando la mano para tocarla.
“¿Qué?” dijo Zoë, dando un pasito atrás. Volteó la cara y se manoseó la barbilla. Un pedazo de papel sanitario se desprendió de la piel, como cinta adhesiva. “No es nada,” dijo. “No… no es nada.”
Earl la observaba.
“Como sea,” continuó ella, “esta amiga mía era violinista y había ganado varios premios. Viajó por toda Europa ganando competencias; impuso récords, dio conciertos, se volvió famosa. Pero no tenía vida social. Así que un día se tiró a los pies de un director por el que ella estaba loca. Él la levantó, la regañó cariñosamente, y la mandó de vuelta a su habitación de hotel. Después de eso abandonó Europa y volvió a casa, dejó de tocar el violín y se lió con un chico local. Esto sucedió en Illinois. El la llevaba cada noche a un bar a beber con sus amigotes del equipo. Él decía cosas como: ‘Sí, a Katrina le gusta tocar el violín,’ y le apretaba una mejilla. Una vez que ella le propuso volver a casa, él le dijo: ‘Qué. ¿Crees que eres muy famosa para un lugar como este? Bueno, déjame decirte algo. Puedes pensar que eres muy famosa, pero no eres famosa famosa.’ Dos famosas. ‘Aquí nadie ha oído hablar de ti.’ Luego él se levantó y pidió otra ronda de tragos para todos excepto para ella. Ella tomó su abrigo, se fue a casa, y se pegó un tiro en la cabeza.”
Earl callaba.
“Ese es el final de mi historia de amor,” dijo Zoë.
“No eres muy parecida a tu hermana,” dijo Earl.
“¿No, de verdad?” dijo Zoë. El aire se había vuelto más frío, y el viento cantaba en un grueso tono menor, como un himno.
“No.” Él ya no quería hablar más del amor. “Sabes, quizá deberías usar mucho azul, azul y blanco, en la cara. Eso te daría un poco de color.” Alzó la mano con el brazalete azul para mostrarle cómo es que contrastaba contra su piel, pero ella lo hizo a un lado.
“Dime, Earl, ¿la palabra marica significa algo para ti?”
Él dio un paso atrás, alejándose. Movió la cabeza como para no dar crédito. “Sabes, simplemente no debería intentar salir con profesionistas. Todas ustedes están dañadas. Cualquiera puede saber lo que les ha hecho la vida. Me va mejor con las mujeres de trabajos sencillos, de medio tiempo.
“¿Ah, sí?” Ella había leído una vez un artículo titulado “Las Mujeres Profesionistas y la Demografía de la Pena.” O no, era un poema, Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Recordaba ese verso. Pero quizá el título era: “La Casa Vacía: Estética de lo Inhóspito.” O quizá: “Gitanas en el Espacio: Mujeres en la Academia.” Lo había olvidado.
Earl se volvió y se inclinó sobre la barandilla del balcón. Se hacía tarde. Dentro, los invitados comenzaban a irse. Las brujas sensuales se habían marchado. “Vive y aprende,” murmuró Earl.
“Vive y vuélvete un imbécil,” replicó Zoë. Bajo ellos, en Lexington, no había autos, sólo la dorada de un taxi ocasional. Él se recargó sobre los codos, melancólicamente.
“Mira a todas esas personas allá abajo,” dijo. “Parecen insectos. ¿Sabes cómo se controla a los insectos? Se les rocía hormonas de insecto, de insectos hembra. Los machos se vuelven tan locos por esta hormona que comienzan a cogerse todo lo que esté a su alcance –árboles, piedras, todo excepto insectos hembra. Control poblacional. Eso es lo que pasa en este país,” dijo, con voz de borracho. “Las hormonas han sido rociadas y los hombres se están cogiendo a las piedras. ¡A las piedras!”
Por detrás, la línea de marcador que le dibujaba el trasero se ensanchaba, negro sobre rosa, como una página de tiras cómicas. Zoë se acercó por atrás, lento, y le dio un empujón. Sus manos resbalaron hacia delante, más allá de la barandilla, sobre la avenida. La cerveza escapó de la botella, cayendo veinte pisos hasta el asfalto.
“¡Hey! ¿Qué estás haciendo?” dijo él, volviéndose rápidamente. Se puso derecho, listo, y se alejó de la verja, esquivando a Zoë. “¿Qué mierda estás haciendo?”
“Sólo bromeaba,” dijo ella. “Sólo estaba bromeando.” Pero él la contempló, atónito, aterrorizado, con el trasero dibujado por marcador vuelto por completo hacia la ciudad, una supuesta mujer desnuda con un brazalete azul en la muñeca, atrapado en un balcón con… ¿con qué? “En serio, sólo fue una broma!” gritó Zoë. El viento le levantó el cabello hacia el cielo, como espinas detrás del hueso. Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Ella le sonrió y se preguntó qué aspecto tendría.

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Escultura lenta Theodore Sturgeon

Ella ignoraba quién era él cuando le encontró; en realidad, poca gente le
conocía. Él se hallaba en el huerto, trabajando bajo un peral. La tierra olía a finales
de verano y a viento; a bronce, olía a bronce. Levantó la vista hacia una joven de
unos veinticinco años, con un rostro carente de miedo y unos ojos del mismo color
que el cabello, cosa extraordinaria porque su cabellera era de un tono
doradorrojizo. Ella contempló al hombre de unos cuarenta años, de piel correosa,
que tenía un electroscopio de láminas de oro en la mano, y se sintió como una
intrusa.
— Oh… — exclamó en el tono que por lo visto era el más oportuno, toda
vez que el hombre asintió al oírla.
—Sostenga esto —le pidió él después, lo que eliminaba toda idea de
intrusismo.
La muchacha se arrodilló junto al hombre y cogió el instrumento,
sosteniéndolo tal como él se lo puso en la mano. Luego, él se apartó un poco y se
golpeó la rodilla con un vibráfono.
— ¿Qué ocurre? —preguntó.
Tenía una voz bonita, la clase de voz que los desconocidos observan y
escuchan.
La joven estudió las delicadas láminas de oro de la capa de cristal del
electroscopio.
— Se están separando —respondió ella.
Él volvió a golpearse la rodilla con el vibráfono y las láminas se separaron
un poco más.
— ¿Mucho?
—Unos cuarenta y cinco grados cuando usted se golpea con el vibráfono.
—Bien…, es casi todo lo que podemos conseguir.
De un bolsillo de su chaqueta extrajo una bolsa de polvo de yeso y echó un
puñado al suelo.
— Ahora me apartaré —añadió —. Quédese aquí y dígame cuánto se
separan las láminas.
Rodeó el peral caminando en zigzag, e iba golpeando el vibráfono en tanto
ella gritaba números: diez grados, treinta, cinco, veinte, nada. Cuando las láminas
doradas se separaban al máximo, él dejaba caer más polvo. Cuando terminó, el
peral estaba rodeado por un tosco óvalo de motas blancas de yeso. Sacó un
cuaderno y trazó el diagrama del óvalo y del árbol; se guardó el cuaderno y
recuperó el electroscopio.
— ¿Buscaba algo? —le preguntó a ella.
— No…Sí.
Él sonrió. Y, aunque la sonrisa no duró mucho, la joven la halló
sorprendente en un rostro como aquél.
—Eso no es lo que un tribunal llamaría una respuesta positiva.
La muchacha miró hacia la montaña, metálica a la luz del atardecer. No
había mucho que ver: rocas, maleza de verano, algunos árboles y un huerto.
Alguien había recorrido un largo camino para llegar hasta allí.
—No es una pregunta sencilla —se disculpó, tratando de sonreír y
prorrumpiendo en llanto.
Lo lamentó y se excusó.
— ¿Por qué? —quiso saber él.
Era la primera vez que la joven experimentaba este interrogatorio. Era algo
turbador. Y siempre lo sería, a veces mucho más.
—Bueno, uno no debe dejarse llevar por las emociones en público.
—Usted ha tenido la culpa. No conozco a ese uno del que habla.
—Creo que yo tampoco, ahora que lo menciona.
—Entonces, diré la verdad. De nada sirve andar con rodeos y pensar: «Él
descubrirá que yo…» o algo por el estilo. Yo pensaré lo que deba pensar, diga
usted lo que diga. O… me iré sin decirle nada más.
La joven no hizo ademán de irse, por lo que él añadió:
—Pues diga la verdad. Si es importante será sencilla, y si es sencilla será
fácil decirla.
— ¡Voy a morir! —gritó ella.
— —Yo también.
—Tengo un bulto en el pecho.
—Venga a casa y se lo quitaré.
Sin más palabras se alejó y empezó a cruzar el huerto. Sobresaltada hasta
lo indecible, indignada y llena de una loca esperanza, lanzando incluso una
carcajada de asombro, ella permaneció un momento viéndole marchar, y al final
(¿en qué instante lo decidió?) echó a correr tras él.
Le alcanzó en el lindero superior del huerto.
— ¿Es usted médico?
No parecía haberse dado cuenta de la inmovilidad de la joven ni de su
carrera.
—No —negó él.
Y siguió andando, sin ver, al parecer, cómo ella volvía a detenerse,
mordiéndose el labio inferior, y cómo echaba a correr nuevamente.
—Debo de estar loca —murmuró la joven, uniéndose a él en un sendero del
jardín.
Se lo dijo a sí misma, aunque él ya debía de saberlo porque no respondió.
El jardín estaba lleno de retadores crisantemos, y había un estanque en el
que divisó el destello de un par de carpas imperiales plateadas —no doradas—,
las mayores que había visto. Después… la casa.
Primero formaba parte del jardín, con la terraza y sus columnas, y luego,
con sus muros rocosos (demasiado grandes para considerarlos de piedra), era
parte de la montaña. Se hallaba encima y dentro de la ladera, y sus tejados
corrían paralelos a la línea del cielo, por delante y a los lados, y parte de los
mismos estaban sostenidos por un saliente de la cara rocosa. La puerta, hecha de
tablas y bien claveteada, con dos estrechas aberturas, se abrió (aunque no había
nadie allí), y cuando volvió a cerrarse todo quedó en silencio, impidiendo la
entrada de todo lo exterior mucho más sólidamente que con el golpe de una
cerradura o un pasador. La joven se quedó con la espalda contra la puerta,
viéndole atravesar lo que parecía el centro de la casa, o al menos de esta parte.
Era una especie de patio pequeño, en cuyo centro había un atrio, acristalado por
sus cinco lados y abierto por arriba. Tenía un árbol, un ciprés o un enebro,
retorcido, torturado, con el aspecto escultural de lo que los japoneses llaman
bonsai.
— ¿No viene? —le gritó él, sosteniendo abierta una puerta detrás del atrio.
—Los bonsai no tienen tres metros de altura —exclamó ella.
—Éste sí.
La joven se acercó lentamente, contemplando el árbol.
— ¿Cuánto hace que lo tiene?
El tono de voz del hombre daba a entender que estaba sumamente
complacido. Es una tontería preguntarle al dueño de un bonsai si éste es muy
viejo, ya que se le está preguntando si ha sido obra suya o si lo adquirió y continuó
la labor de otro individuo; se le está tentando a proclamar que son suyos la
concepción y el trabajo meticuloso de otro, y asimismo resulta grosero decirle a
una persona que se la está probando. Por tanto, « ¿cuánto hace que lo tiene?» es
amable, grato y tremendamente cortés.
—La mitad de mi vida —fue la respuesta.
La muchacha miró el árbol. A veces se hallan árboles, no totalmente
abandonados, no totalmente olvidados, plantados en bidones mohosos, en
invernaderos mal cuidados, que permanecen sin vender a causa de una forma
rara o por tener algunas ramas muertas, o bien por haber crecido con excesiva
lentitud en conjunto o en parte. Éstos son los que desarrollan troncos interesantes
y una gran resistencia ante el infortunio, lo cual les hace florecer si se les da la
menor excusa para vivir. Este árbol era más viejo que la mitad de la vida de su
dueño, o que toda su vida. Al contemplarlo, ella se quedó aterrada por la idea de
que un incendio, una familia de ardillas, alguna oruga subterránea o las termitas
pudieran exterminar tanta belleza, algo que ofrecía el concepto de rectitud o
justicia o… respeto. Volvió a mirar el árbol. Luego, miró al hombre.
— ¿Viene? —dijo éste.
—Sí —asintió ella, entrando con él en el laboratorio.
—Siéntese aquí y relájese —le aconsejó él—. Esto puede tardar bastante.
. «Aquí» era en una butaca de cuero situada junto a la biblioteca. Había
libros sobre todos los temas: obras de consulta sobre medicina e ingeniería, física
nuclear, química, biología, psiquiatría… También había obras sobre tenis,
gimnasia, ajedrez, sobre el juego de guerra oriental Go y sobre golf. Y dramas, las
técnicas de la novela, El uso moderno del inglés, El lenguaje norteamericano y el
suplemento, los diccionarios poéticos de Wood y Walker, v una serie de
diccionarios y enciclopedias. Además de un estante repleto de biografías.
— ¡Vaya biblioteca…!
Él respondió con brevedad; estaba claro que no deseaba hablar, ya que se
hallaba enfrascado en su trabajo.
—Sí, es cierto —dijo solamente—. Tal vez la vea alguna vez.
La joven se preguntó qué querría decir con esas palabras. Luego, decidió
que había querido decir que los libros que había junto a la butaca eran los que él
tenía a mano para su trabajo, y que la verdadera biblioteca estaba en otro lugar.
Le miró con gran respeto.
Siguió contemplándole. Le gustaba la manera como se movía: rápido,
decidido. Estaba claro que sabía lo que hacía. Ella reconoció parte del equipo que
usaba: un alambique, un equipo de probetas, una centrifugadora. Había dos
refrigeradores, uno de los cuales no lo era, puesto que ella podía ver que el
termómetro de la puerta marcaba 21°C. Pensó que un refrigerador moderno era
perfectamente adaptable a la demanda de un ambiente controlado, incluso de uno
cálido.
Pero todo aquello, junto con el equipo que no reconocía, no era más que
mobiliario. Era al hombre al que valía la pena contemplar, el hombre el que la
mantenía ocupada, hasta el punto de que en todo aquel tiempo ni una sola vez se
sintió tentada de examinar la biblioteca.
Al fin, él terminó una larga secuencia en el banco de trabajo, movió unos
interruptores, cogió un taburete y se acercó a ella. Se sentó en el taburete, con los
pies sobre un travesaño, y colocó sus manos largas y atezadas sobre las rodillas.
-¿Asustada?
—Supongo que sí.
—No tiene ningún motivo.
—Considerando la alternativa —murmuró ella valerosamente, aunque su
tono decayó con rapidez—, no puede importar mucho.
—Muy juicioso —aprobó él casi animosamente—. Recuerdo que siendo
niño se produjo un fuego en el edificio donde vivíamos. Hubo un gran revuelo para
salir, y mi hermano de diez años de edad se encontró en la calle con un
despertador en la mano Era un reloj viejo que no funcionaba… y de todas las
cosas que había en casa tuvo que coger ese despertador. Nunca pudo saber por
qué.
— ¿Lo sabe usted?
— ¿Por qué cogió aquel objeto? No. Aunque creo saber por qué hizo algo
tan irracional. Sí, el pánico es un estado de ánimo muy especial. Como en el
miedo y la fuga, o la furia y el ataque, se trata de una reacción primitiva ante un
peligro extremado. Es una de las expresiones de la voluntad de sobrevivir. Y lo
que la torna tan especial es su irracionalidad. ¿Por qué el abandono de la razón
puede ser un mecanismo de supervivencia?
La joven meditó la pregunta con gran seriedad. Aquel hombre tenía algo
que tornaba imperiosa la seriedad.
—No me lo imagino —confesó al fin —. A menos que sea porque, en
algunas situaciones, la razón no funciona.
—Puede imaginárselo —replicó él, irradiando de nuevo su tremenda
aprobación y haciéndola resplandecer—. Y acaba de hacerlo. Si se está en peligro
y se intenta razonar, y la razón no funciona, se la abandona. Es inteligente
abandonar lo que no sirve, ¿verdad? Por tanto, usted siente pánico, y empieza a
realizar acciones al azar. La mayoría, casi todas, serán inútiles; algunas pueden
ser incluso peligrosas, mas eso no importa: usted ya está en peligro. El factor de
supervivencia entra en juego cuando muy adentro de uno mismo se sabe que la
única oportunidad entre un millón es mejor que ninguna en absoluto. Y así… aquí
está usted sentada; está asustada y podría huir, pero algo le aconseja que no
huya… y no huye.
Ella asintió.
— Usted encontró un bulto —continuó él—. Fue a visitar a un médico y él le
hizo unos análisis y le dio una mala noticia. Quizá fue a otro médico y la confirmó.
Entonces, usted investigó un poco y supo qué sucedería a continuación…, las
exploraciones, la extirpación, la recuperación incierta, todo el largo y terrible proceso de ser lo que se llama un caso perdido. Y se asustó. Hizo algunas cosas que
desea que yo no le pregunte. Viajó hacia cualquier parte y terminó en mi huerto sin
motivo alguno.
Extendió las manos y las hizo volver a su especie de sueño.
— Pánico —prosiguió —. Eso es lo que explica que esos pequeños
permanezcan en pijama en medio de la noche con despertadores rotos en la mano
y que existan charlatanes.
Algo campanilleó en el banco de trabajo y él sonrió brevemente y volvió a
su tarea.
—A propósito —agregó por encima del hombro—, yo no soy un charlatán.
Para llamarse charlatán hay que ser médico y yo no lo soy.
Ella le vio tocar los interruptores, abriendo, apagando, agitando, midiendo y
calculando. Una pequeña orquesta de aparatos cantaba a coro y en solos a su
alrededor, mientras él dirigía los chirridos, los silbidos, los campanilleos, los
golpeteos. La joven deseaba reír, llorar, chillar. No hizo nada de todo eso por
miedo a no poder parar.
Cuando él volvió a su lado, el conflicto ya no existía en su interior, sino que
ejercía en ella constantes y opuestas tensiones; el resultado era un terrible
éxtasis, y lo único que pudo hacer cuando vio el instrumento en la mano del
hombre fue abrir más los ojos. Casi se olvidó de respirar.
—Sí, es una aguja —afirmó él, con tono casi zumbón—. Una aguja larga y
muy delgada. No me diga que pertenece a esa clase de personas que temen a las
agujas.
Tensó el cable que unía la aguja al estuche negro, lo aflojó un poco y se
sentó en el taburete.
— ¿Quiere algo para serenarse?
Ella tenía miedo de hablar; la membrana que contenía su yo sano era muy
tenue y estaba muy tensa.
—Yo en su lugar no tomaría nada —continuó él —, porque la gama
farmacéutica es muy compleja. Claro que si necesita algo….
La joven logró negar con la cabeza y de nuevo experimentó la sensación de
que de él surgía una oleada de aprobación. Deseaba formular un millar de
preguntas, ansiaba formularlas…, necesitaba formularlas. ¿Qué había en la aguja?
¿Cuántos tratamientos habría que aplicarle? ¿Cómo serían? ¿Cuánto tiempo
debería permanecer… y dónde? Y lo más importante: ¿podría vivir? Oh, sí,
¿podría vivir?
Él pareció interesado por una sola de tales preguntas.
—Está formado a partir de un isótopo de potasio. Si le contase todo lo que
sé al respecto y de qué manera llegué a ello, tardaría…, bueno, tardaría más
tiempo del que disponemos. Pero ésta es la idea general: a nivel teórico, cada
átomo se halla equilibrado eléctricamente (no importan las excepciones
ordinarias). De la misma manera, todas las cargas eléctricas de una molécula se
supone que están equilibradas…, tantas más, tantas menos…, total cero. Bien,
descubrí que el equilibrio de las cargas de una célula trastornada no es cero…, al
menos, no completamente. Es como si se produjese una tormenta microscópica a
nivel molecular, con algunos relámpagos centelleando en todas direcciones,
cambiando los signos. Con interferencias en las comunicaciones por la estática y
demás —añadió, gesticulando con la hipodérmica forrada en la mano—, y eso es
todo. Cuando algo se interfiere en las comunicaciones…, especialmente en el
mecanismo RNA, que dice: lee este plano original y construye de acuerdo con él, y
para cuando esté hecho…; cuando este mensaje es alterado, se construyen cosas
al revés, desequilibradas, cosas que casi son buenas, casi son perfectas, pero
sólo casi: éstas son las células perturbadas o salvajes, y los mensajes que
transmiten son aún peores.
»Bien, es secundario que dichas tormentas estén provocadas por virus,
agentes químicos, radiaciones o traumas físicos, e incluso por la ansiedad,
aunque no creo que la ansiedad pueda hacerlo. Lo importante es arreglarlo, a fin
de que no se produzca la tormenta. Si esto se puede hacer, las células poseen
suficiente habilidad para reparar y reemplazar lo que anda mal. Y los sistemas
biológicos no son como pelotitas de ping pong con cargas estáticas, aguardando a
que la carga se escurra o descargue en un cable subterráneo. Poseen una
especie de resorte, que yo llamo perdón, que les permite tomar un poco más, o un
poco menos, de carga, y enderezar lo que está mal. Digamos que un grupo de células se torna salvaje y construye un agregado de un centenar de unidades extra
en el lado positivo. Inmediatamente, las células de alrededor se sienten afectadas,
aunque no la capa siguiente ni la sucesiva a ésta.
»Si pudieran ser abiertas por la carga extra se las podría drenar, y esto
curaría a las células salvajes de su excedente…, ¿lo entiende? Y podrían sanar
por sí mismas, o pasar el excedente a otras células y después a otras, que se
ocuparían del caso. Dicho de otro modo: si logro inundar su cuerpo con un
intermediario que pueda drenar y distribuir una concentración de esta carga desequilibrada, los procesos corporales normales podrán penetrar allí y reparar el
mal causado por las células salvajes.
Sostuvo la aguja entre sus rodillas y de un bolsillo lateral de su bata de
laboratorio sacó una cajita de plástico, la abrió y extrajo un algodón empapado en
alcohol. Sin dejar de hablar animadamente, cogió el brazo de la chica, casi
entumecido por el terror, y le frotó el hueco del codo.
—No quiero decir en absoluto que la carga nuclear del átomo sea lo mismo
que la electricidad estática. En realidad, están en campos muy distintos. Pero la
analogía sí vale. Y aún podría añadir otra analogía. Podría comparar la carga de
las células salvajes a una acumulación de grasa, y este producto mío a un
detergente que destruyese la grasa hasta no poder ser ya detectada. Pero prefiero
la analogía de la estática por un extraño efecto secundario: los organismos que
reciben este producto elaboran una gran cantidad de carga estática. Se trata de un
subproducto, y por razones sobre las cuales por el momento sólo puedo teorizar,
parece estar sintonizado con el audioespectro. Como sintonizar horquillas, por
ejemplo. Con esto estaba jugando cuando nos hemos encontrado. El árbol está
empapado de este producto. Tenía un grupo de hojas con células salvajes. Bien,
ya no lo tiene.
Dedicó a la muchacha una sorprendente sonrisa y la dejó extinguirse al
poner la aguja hacia arriba y presionar la jeringa. Luego, sujetando con la otra
mano el bíceps izquierdo de la joven, apretó lenta y firmemente. Bajó la aguja, la
apuntó y la metió en la vena con gran destreza; ella lanzó una exclamación, no de
dolor, sino por la falta del mismo. Atentamente, él vigiló el tubito de cristal que
sobresalía de la vaina negra al retirar el émbolo una fracción, y observó la entrada
de sangre en el fluido incoloro de la jeringa. Mantuvo fija la aguja hipodérmica.
—Por favor, no se mueva… Lo siento, tardaré un poquito. He de introducirle
bastante líquido. Lo cual es estupendo, como ya sabe —agregó, en el mismo tono
con el que había efectuado sus observaciones sobre el audioespectro —, porque,
con efectos secundarios o no, es consistente. Los sistemas biológicos sanos desarrollan un fuerte campo electrostático, mientras que los enfermizos lo
desarrollan débil o de ninguna clase. Con un instrumento tan primitivo y simple
como ese pequeño espectroscopio es posible saber si alguna zona del organismo
posee una comunidad de células salvajes, y en tal caso, dónde está y su
magnitud, así como el grado de salvajismo, por decirlo de algún modo.
Hábilmente, varió su presión sobre la hipodérmica sin moverla ni cambiar la
presión del émbolo. Empezaba a resultar incómodo, como un dolor al convertirse
en magulladura.
—Y si se pregunta por qué este mosquito tiene una funda con cable unido a
ella (aunque estoy seguro de que no se lo pregunta y que sabe tan bien como yo
que mi charla sólo tiene por objeto mantener su mente ocupada), se lo explicaré.
No es más que una bobina que transporta una corriente alterna de alta frecuencia.
El campo alternante hace que el fluido sea magnética y electrostáticamente
neutral desde el principio.
Retiró la aguja de repente, con gran suavidad, dobló el brazo de la joven y
dejó en el hueco del codo un trocito de algodón.
— ¿Cómo se encuentra? —le preguntó.
— Ella buscó frases acertadas.
—Como la poseedora de una gran histeria durmiente suplicándole a alguien
que no la despierte.
—Dentro de poco —le dijo, riendo— se sentirá tan rara que no tendrá
tiempo para histerismos.
Se puso de pie y devolvió la aguja al banco de trabajo, enrollando el cable
al mismo tiempo. Desconectó el campo de corriente alterna y volvió junto a la
muchacha con un cuenco de cristal y un trozo cuadrado de conglomerado. Puso el
cuenco invertido en el suelo, cerca de la chica, y colocó la madera sobre su ancha
base.
—Recuerdo algo parecido —musitó ella—. Cuando estuve en…, en el
instituto. Generaban relámpagos artificiales con un…, deje que recuerde… Bueno,
había una cinta transportadora muy larga que funcionaba sobre unas poleas, unas
raspaduras de cable y una gran bola de cobre en lo alto.
—El generador Van de Graaf.
— ¡Exacto! Hacían toda clase de cosas con ese aparato, aunque lo que
recuerdo más especialmente es que me subía a un pedazo de madera colocado
sobre un cuenco como éste, me cargaban con el generador y no sentía nada,
excepto que mi cabello parecía escapárseme de la cabeza. Todos se reían. Yo
parecía una muñeca de cara negra y cabello tieso; al parecer, soportaba cuarenta
mil voltios.
— ¡Bravo! Me alegro de que lo recuerde. Aunque esto será un poco
diferente. Aproximadamente, habrá otros cuarenta mil.
-Oh…
—No tema. Mientras se halle aislada, apartada de objetos que
relativamente toquen el suelo, como yo, por ejemplo, no habrá fuegos artificiales.
— ¿Usará un generador como aquél?
—No como aquél. En realidad ya lo he usado. Usted es el generador.
-Yo… ¡Oh…!
La joven levantó la mano de la butaca tapizada y al momento se produjo
una serie de chispas y un débil olor a ozono.
—Sí, usted es un generador, más de lo que yo pensaba, y más rápido.
¡Levántese!
Ella empezó a hacerlo lentamente, pero terminó la maniobra más de prisa.
Cuando su cuerpo se separó del asiento, durante una fracción de segundo
permaneció sentada en una masa de hilos blanquiazules. Dichos hilos, o ella
misma, la empujaron un metro y medio más allá, siempre de pie. Literalmente
fuera de sí, la muchacha estuvo a punto de caerse.
— ¡Quédese de pie! —le ordenó él.
Ella se recobró, jadeando. Él retrocedió un paso.
—Suba a la madera —ordenó —. ¡Vamos, rápido!
La joven obedeció, dejando, en los dos pasos que tuvo que dar, dos breves
pisadas de fuego. Se equilibró sobre la tabla, y su cabello, visiblemente, empezó a
agitarse.
— ¿Qué me está sucediendo?
— —Todo va bien —la tranquilizó él.
Se dirigió al banco de trabajo y puso en marcha un generador de tono. El
aparato gimió al pasar de uno a los trescientos grados del ciclo. Él aumentó el
volumen y movió el control. El rugido se hizo más agudo, y el cabello doradorrojizo
de la muchacha se atiesó hacia arriba, intentando cada hebra separarse de las demás. El hombre aumentó el tono por encima de los diez mil ciclos y después lo
redujo al inaudible once; en ambos extremos, el cabello de la chica descendió, si
bien hacia los mil doscientos adquirió un aspecto semejante al de la muñeca antes
descrita por ella.
Dejó el volumen a un grado más o menos tolerable y cogió el electroscopio.
Fue hacia ella, sonriendo.
—Usted es un electroscopio, ¿entendido? Y también un generador Van de
Graaf viviente. Y una muñeca negra, de pelo tieso.
—Déjeme bajar —fue todo lo que ella acertó a decir.
—Todavía no. Por favor, no se mueva. El diferencial entre usted y todo lo
demás es tan alto que, si se acercara a cualquier objeto, descargaría en él. No le
haría daño, pues no es una corriente eléctrica, pero podría quemarse y sufrir un
shock nervioso.
Levantó el electroscopio e incluso a aquella distancia, y a pesar de su
inquietud, la muchacha vio como las láminas de oro se separaban. El dio vueltas
en torno a la joven, contemplando atentamente las láminas moviendo el
instrumento atrás y adelante, y de un lado a otro. Después fue hacia el generador
de tono y bajó un poco el volumen.
—Envía usted un campo de fuerzas tan poderoso que no puedo captar las
variaciones —explicó.
Luego volvió hacia ella, aproximándose más que antes.
—No puedo… mucho más…, no puedo… —murmuró ella.
Él no la oyó, o fingió no oírla. Luego, fue pasando el electroscopio cerca del
abdomen de la joven, hacia arriba y de un lado a otro.
— ¡Bravo! Así va bien… —exclamó animadamente, acercando el aparato a
su seno derecho.
— ¿Qué? —gimió ella.
—El cáncer. El seno derecho, bajo, en torno al sobaco. —Lanzó un
silbido—. Muy malo. Maligno como el demonio.
La muchacha se tambaleó y al final cayó de cara. Una tremenda negrura la
invadió, retrocedió explosivamente en un resplandor de agonizante blanquiazul, y
al final se abatió sobre ella como un alud montañoso.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Otra pared, otro techo. No lo
había visto antes. No importa. No interesa.
Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Algo en el camino. Su rostro,
cerrado, tenso, cansado; ojos despiertos y penetrantes. No importa. No interesa.
Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Abajo, el sol poniente. Arriba,
unos crisantemos color oro oxidado en una cornucopia de cristal verdedorado.
Otra vez algo en el camino: su rostro.
— ¿Puede oírme?
Sí, pero no responder. Ni moverme. Ni hablar.
Dormir.
Es una habitación, una pared, una mesa, un hombre paseando; una
ventana en la noche, y máscaras que parecen vivas, pero ¿no sabes que son
recortadas y se están muriendo?
¿Lo saben?
-¿Cómo está?
Urgente, urgente.
—Tengo sed.
Frío y un mordisco de hielo que duele en los goznes de las mandíbulas.
Zumo de uva. Tendido sobre el brazo y sosteniendo el vaso con la otra mano…
Oh, no, no es esto…
— Gracias, muchas gracias…
Tratar de sentarse, la sábana… ¡Mi ropa!
—Lo siento —se disculpa él, como leyendo en su mente—. Algunas cosas
son incompatibles con medias y minifaldas. Todo lavado, seco y listo para usted…
en cualquier momento. Allí.
El vestido de lana marrón, las medias y los zapatos, en la butaca. Él se
muestra respetuoso, permanece de pie y deja el vaso junto a una botella que hay
en la mesita de noche.
— ¿Qué cosas?
—Ropa de cama, vestidos… —contestó él cándidamente.
Protegida por la sábana, que puede ocultar los cuerpos pero no el
embarazo de una situación.
—Oh, lo siento… Yo… no debo…
Al mover la cabeza, él entra y sale de su campo de visión.
—Sufrió un shock —explicó él —, y hasta ahora no se había recuperado.
Vaciló. Era la primera vez que ella le veía excitarse por algo. Por un
momento, casi pudo leerle el pensamiento: ¿Debo decirle lo que pienso? Claro
que debía decírselo, y lo hizo.
—Usted no quería salir del shock.
—Lo he olvidado todo.
—El peral, el electroscopio… La inyección, la respuesta electrostática…
—No —negó ella, sin estar segura. Luego, segura, repitió—: ¡No!
— ¡Tranquila! —gritó él.
Lo primero que supo fue que él se hallaba junto a la cama, inclinado sobre
ella, con las dos manos presionando sus mejillas.
—No vuelva a desmayarse —añadió —. Puede resistirlo. Puede resistirlo
porque todo va bien, ¿comprende? ¡Ya está curada!
—Usted me dijo que tenía cáncer…
Su acento era acusador. Él se echó a reír.
—Fue usted quien me dijo que lo tenía.
—Pero no lo sabía con certeza.
—Entonces, eso lo explica todo —replicó él en tono burlón—. En todo lo
que hice no había nada que justificase un repliegue en sí misma de tres días.
Tenía que ser algo de su interior.
— ¡Tres días!
Él se limitó a asentir y prosiguió con lo que estaba diciendo.
— De vez en cuando soy un poco fatuo. A causa de que me sobra el
tiempo. Supuse demasiado, ¿verdad?, cuando pensé que usted había visitado a
un médico, e incluso le habían hecho una biopsia. No se la hicieron, ¿eh?
—Tuve miedo —admitió la joven. Le miró fijamente —. Mi madre murió de
cáncer, y mi tía y mi hermana sufrieron una mastectomía radical. No podría
soportarlo. Y cuando usted…
— Cuando le dije lo que usted ya sabía, lo que no quería oír, no pudo
resistirlo. Perdió el conocimiento. Sí, se desmayó sin que eso tuviese nada que ver
con los más de setenta mil voltios de estática que tenía en el cuerpo. Yo la cogí a
tiempo.
Extendió los brazos y ella, instintivamente, retrocedió, pero él los mantuvo
extendidos, exhibiéndolos, hasta que la muchacha los miró y vio las marcas de
quemaduras en los antebrazos y los bíceps, tanto como se lo permitía la camisa
de manga corta.
—Tengo quemaduras en el noventa por ciento de los brazos — añadió él —
. Pero al menos a usted no le estalló la cabeza ni nada por el estilo.
— Gracias —murmuró la joven reflexivamente. De pronto, empezó a
llorar—. ¿Qué voy a hacer?
— ¿Hacer? Volver a su casa, esté donde esté… Rehacer su vida, sea la
que sea…
—Pero usted dijo…
— ¿Cuándo se le meterá en la cabeza que lo que dije no era ningún
diagnóstico?
— ¿Quiere decir que lo curó?
—Quiero decir que usted lo está curando ahora. Ya se lo expliqué el otro
día. Ahora lo recuerda, ¿no es cierto?
—No muy bien…, pero… sí.
Subrepticiamente, aunque no lo bastante, porque él se dio cuenta, se palpó
el bulto bajo la sábana.
—Todavía lo tengo —dijo.
— Si le atizara en la cabeza con un bate de béisbol —replicó él con
exagerada simplicidad—, tendría un bulto en ella. Y estaría ahí mañana y pasado.
Claro que al día siguiente sería más pequeño, y al cabo de una semana aún lo
notaría… pero ya habría desaparecido. Lo mismo que ese otro bulto.
Al fin, ella permitió que la enormidad del caso la conmoviese.
—Una cura de una sola inyección para el cáncer…
— ¡Cielos, no! —Exclamó él con dureza—. Por su aspecto se que tendré
que oír otra vez el maldito discurso. Bien, pues no lo haré.
— ¿Qué discurso? —inquirió ella, sobresaltada.
—El relativo a mi deber con la humanidad. Tiene dos fases y muchos
contextos. La primera fase trata de mi deber con la humanidad, y en realidad
significa que podemos dar un paso clásico al respecto. La segunda fase sólo trata
de mi deber con la humanidad, y no la oigo a menudo. La segunda fase no tiene
en cuenta la renuencia de la humanidad a aceptar lo bueno a menos que proceda
de fuentes ya aceptadas y respetables. La primera fase está bien enterada de
esto, pero sabe buscar maneras de darle la vuelta.
— Oh, yo no… —tartamudeó la joven. Luego, calló.
—Los contextos van acompañados por la luz de la revelación —continuó él
sin hacer caso de la interrupción —, con o sin religiones y misticismos. O están
severamente forjados en el molde ético-filosófico, y tratan de obligarme a rendirme
por medio de la culpa, mezclada, hasta cierto punto para llegar a un total, con la
compasión.
—Pero yo sólo…
— Usted ha probado el mejor ejemplo de cuanto he dicho —añadió él,
señalándola con el índice —. Si mis presunciones hubieran sido correctas y usted
hubiese ido a ver a sus matasanos locales y ellos le hubiesen diagnosticado
cáncer, enviándola a un especialista, y éste hubiese hecho lo mismo, llamando a
un colega para hacerle una consulta, y, llena de pánico, usted hubiera caído en
mis manos y hubiera quedado curada, y luego hubiese ido a ver todos sus
médicos para contarles el milagro, ¿sabe qué habría obtenido de ellos? Un
diagnóstico de remisión espontánea, eso es lo que habría obtenido. Y no sólo de
los médicos —prosiguió con una súbita renovación de la pasión, ante la cual la
muchacha se encogió en la cama —. Todo el mundo tiene sentido comercial. Su
dietista se habría inclinado sobre su germen de trigo o sus pasteles de arroz
macrobioticos; su sacerdote se habría dejado caer de rodillas mirando al cielo; su
especialista en genética habría forjado una teoría respecto a los saltos
generacionales, y le aseguraría que probablemente sus abuelos también tuvieron
remisiones espontáneas, sin saberlo.
— ¡Por favor! —gritó ella.
— ¿Sabe lo que soy? —gritó él también —. Un ingeniero doble: mecánico y
eléctrico, y tengo un diploma en leyes. Si usted fuese lo bastante tonta como para
contarle a alguien lo que ha sucedido aquí (y espero que no lo cuente, aunque si
lo hace sabré protegerme), podrían encarcelarme por practicar la medicina sin
título, y usted podría denunciarme por asalto, ya que le inserté una aguja en el
cuerpo, y tal vez por secuestro, si lograra demostrar que la traje aquí desde el
laboratorio. Y a nadie le importaría un pepino que yo le haya curado el cáncer.
Usted no sabe quién soy, ¿no es así?
—No, ni siquiera sé cómo se llama.
— Ni se lo diré. Además, tampoco yo sé su nombre…
— —Oh, yo me llamo…
— ¡No me lo diga! ¡No me lo diga! ¡No quiero oírlo! Quise intervenir en su
bulto y lo hice. Y ahora deseo que usted y su bulto se larguen cuanto antes de
aquí. ¿He hablado con claridad?
—Bien, deje que me vista —replicó la muchacha— y saldré de aquí ahora
mismo.
— ¿Sin hacer discursos?
—Sin hacer discursos. —Al instante, su cólera se transformó en desdicha, y
añadió—: Iba a decirle que le estoy muy agradecida. ¿Hubiese sido correcto?
La cólera de él también sufrió una transformación. Se acercó a la cama y se
sentó sobre los talones, lo que hizo que las caras de ambos quedasen niveladas.
— Sí, sería estupendo —murmuró él—. Aunque… en realidad no se sentirá
agradecida hasta dentro de diez días, cuando consiga el informe de «remisión
espontánea», o incluso hasta dentro de seis meses, o un año o dos o cinco,
cuando los análisis sean negativos.
La joven detectó tanta tristeza detrás de estas palabras que buscó la mano
de su salvador cuando éste intentó apoyarse en el borde de la cama. Él no se
apartó, sino que pareció agradecer aquel gesto.
— ¿Por qué no puedo estar agradecida ahora? —quiso saber ella.
—Eso sería un acto de fe —respondió él con amargura—, y los actos de fe
ya no existen… si es que existieron alguna vez. —Se incorporó y se dirigió a la
puerta—. Por favor, no se marche esta noche —pidió —. Está muy oscuro y no
conoce el camino. Nos veremos por la mañana.
Cuando volvió a la mañana siguiente, la puerta estaba abierta. La cama se
hallaba ya hecha, y las sábanas estaban debidamente dobladas sobre la butaca,
junto con las fundas de las almohadas y las toallas que ella había usado. La joven
no estaba allí.
El hombre salió al patio de entrada y contempló su bonsai.
El sol matutino doraba el follaje horizontal del viejo árbol dando relieve a las
ramas retorcidas, así como a los nudos grises y a las grietas de terciopelo. Sólo el
compañero de un bonsai (hay dueños de bonsais, pero pertenecen a una casta
inferior) comprende plenamente esta relación. Existe un vínculo exclusivo e
individual con el árbol porque éste es una cosa viva, y las cosas vivas cambian, y
existen formas definidas hacia las que el árbol desea cambiar. Un hombre ve el
árbol y en su mente hace ciertas extrapolaciones de lo que ve, forjando planes
para que éstas se produzcan. El árbol, a su vez, sólo hace lo que puede hacer un
árbol; se resistirá hasta la muerte a hacer lo que no puede hacer, o a hacerlo en
menos tiempo del que necesita. La formación de un bonsai es, por tanto, un
compromiso y una colaboración. Un hombre no puede crear un bonsai, ni siquiera
un árbol. Se necesita la colaboración, y ambos deben entenderse mutuamente. Y
esto requiere tiempo. Hay que memorizar el bonsai que se posee, cada ramita, el
ángulo de cada hueco, de cada aguja, y despierto durante la noche, o en una
pausa a mil kilómetros de distancia, uno recuerda esto, o aquella línea, o su masa,
y se trazan planes. Con alambre, agua y luz, con reajustes, plantando hierbas que
le roben el agua, o con una cubierta que haga sombra a la raíz, se le explica al
árbol lo que se desea y, si la explicación queda lo bastante clara y existe una
buena comprensión mutua, el árbol responderá y obedecerá… O casi. Siempre
existirá su propia estimación, su variación altamente individual: Muy bien, haré lo
que deseas, pero lo haré a mi modo. Para estas variaciones, el árbol siempre
quiere presentar una explicación clara y lógica, y muy a menudo (casi sonriendo)
dejará bien claro que el hombre habría podido ahorrarse tantos afanes si el
entendimiento hubiera sido mejor.
Es la escultura más lenta del mundo y, a veces, se llega a dudar de si el
esculpido es el hombre o el árbol.
Estuvo, pues, más de diez minutos contemplando el dorado de las ramas
superiores, y después fue hacia una cómoda de madera tallada, la abrió, sacó un
retal grande de tela de dril, abrió el vidrio de un lado del atrio y extendió la tela
sobre las raíces y sobre toda la tierra que se extendía a un lado del tronco,
dejando el resto abierto al viento y al agua. Tal vez dentro de poco, un mes o dos,
un vástago de la rama más alta aceptaría la insinuación y el irregular flujo de
humedad subiría por la capa de cambio, se apartaría de la línea ascendente y
continuaría por el paso horizontal. Aunque tal vez no lo hiciera, y en ese caso se
necesitaría el lenguaje más duro de las ataduras y los alambres. Pero entonces
quizá el árbol tuviera algo que decir acerca de lo correcto de una tendencia a
subir, y tal vez pudiera decirlo de manera lo bastante persuasiva para convencer
al hombre; en conjunto, se trata de un diálogo paciente, lleno de significado y
provechoso.
—Buenos días.
— ¡Oh, maldición! —masculló él —. Ha hecho que me muerda la lengua.
Pensé que se había largado.
— Y me largué. —La muchacha se arrodilló en la sombra con la espalda
contra la pared interior, frente al atrio—. pero luego me detuve para estar un rato
con el árbol.
-¿Y qué…?
—Medité mucho.
— ¿Sobre qué?
— Sobre usted.
— ¿De veras?
— Oiga —observó ella con firmeza —, no iré a ver a ningún médico para
que compruebe esto. No quise irme hasta decírselo y hasta estar segura de que
me cree.
—Vamos, entre y comeremos algo.
—No puedo —rechazó, riendo tontamente —. Tengo los pies dormidos.
Sin vacilar, él la cogió en brazos y la llevó a cuestas, rodeando el atrio.
— ¿Me cree? —indagó ella, con el brazo en torno a los hombros del
hombre, las caras muy juntas.
Él continuó andando hasta llegar a la cómoda de madera. Allí se detuvo y la
miró fijamente a los ojos.
—Te creo —respondió, tuteándola—. No sé por qué has tomado esa
decisión, pero estoy dispuesto a creerte.
La sentó sobre la cómoda y dio un paso atrás.
—Es por el acto de fe que mencionaste —explicó ella con gravedad—.
Pensé que debía mostrarlo, y que tú debías sentirlo al menos una vez en tu vida,
para que no puedas volver a decir una cosa semejante nunca más. —Taconeó
contra el suelo de pizarra—. Huy… —se quejó—, agujas y alfileres,
—Has debido de meditar largo tiempo.
—Sí. ¿Quieres saber algo más?
-Claro.
—Eres un hombre enfadado y asustado.
—Aclárame eso —pidió él, entusiasmado.
— No —replicó la joven quedamente —acláramelo tú. Y hablo en serio.
¿Por qué estás enfadado?
— ¡Te juro que no lo estoy! Aunque… —añadió de buen humor— tú me
empujas en esa dirección.
— ¡Vaya! ¿Por qué?
La contempló durante lo que a ella le pareció una eternidad.
— ¿De veras quieres saberlo? La joven asintió.
Él agitó una mano.
— ¿De dónde supones que viene todo esto: la casa, la tierra, el equipo? —
preguntó.
Ella aguardó.
—Un sistema de escape —continuó él, con un engrosamiento de la voz que
ella ya iba conociendo —. Una manera de guiar los gases residuales fuera de los
motores de combustión interna, de tal manera que se les da un giro. Los sólidos
sin quemar quedan encajados en las paredes del manguito, en una funda de fibra
de vidrio que sale en una pieza y puede ser sustituida por otra limpia cada tres mil
kilómetros. El resto del residuo se quema con su mismo contacto y lo que arde se
quema. El calor se emplea para precalentar el combustible; el resto se enrolla de
nuevo en un cartucho de ocho mil kilómetros. Lo que finalmente sale, al menos
según los niveles actuales, es muy limpio. Y a causa del precalentamiento, se
logra un kilometraje mucho mejor del motor.
—Habrás ganado mucho dinero.
—He ganado mucho dinero —asintió él—, pero no por utilizarse este
sistema para descontaminar el aire. He hecho mucho dinero porque lo adquirió
una empresa automovilística y lo encerró en una caja hermética. No les gustó
porque cuesta demasiado instalarlo en los coches nuevos. A algunos amigos
suyos del negocio de refinado tampoco les gustó, porque saca demasiado rendimiento de los combustibles crudos. Bien, no conozco nada mejor ni pienso volver
a cometer el mismo error. Pero sí…, estoy enfadado. Me enfadé cuando, siendo
casi un crío, estuve en un petrolero y deseábamos lavar los mamparos con jabón
ordinario y un trapo, y yo bajé a tierra para comprar un detergente, a fin de hacerlo
mejor, más de prisa y más barato; de modo que le llevé el detergente al
contramaestre y éste me pegó en la boca por pretender conocer mejor el oficio
que él. Bueno, el hombre estaba borracho, claro, pero lo peor vino cuando los más
veteranos de la tripulación se enteraron de ello y me acusaron de ser un «hombre
de la empresa», cosa que en un barco es un gran insulto. No comprendo por qué
la gente rechaza siempre lo mejor.
»He luchado toda mi vida contra esto. En mi cabeza hay algo que no
desaparece; es la forma que tengo de formular la pregunta: ¿Por qué una cosa es
como es? ¿Por qué no puede ser de esta o de aquella manera? Siempre hay
alguna pregunta que formular respecto a una cosa o una situación; especialmente,
nunca hay que abandonar ni renunciar cuando te gusta una respuesta, porque
siempre hay otra por hacer. Y vivimos en un mundo donde la gente no quiere
formular la otra pregunta.
»Me han pagado todo lo que mi estómago puede contener por cosas que la
gente no usa, y si estoy constantemente enfadado es por mi culpa, lo admito;
porque no puedo dejar de formular la pregunta siguiente y esperar la respuesta.
Hay media docena de inventos similares en este laboratorio que nadie verá jamás,
y otros cincuenta en mi cabeza; pero ¿qué se puede hacer en un mundo donde la
gente prefiere matarse en un desierto, a pesar de saber que ello puede ser el
verdadero fin de todo, donde todo el mundo gasta miles de millones en buscar un
nuevo pozo de petróleo, cuando se ha demostrado hasta la saciedad que los
carburantes fósiles nos matarán a todos?
»Sí, estoy enfadado. ¿No lo estarías tú?
La joven dejó que el eco de la voz de su interlocutor rondase por el patio y
por la claraboya del atrio, y esperó un poco más para que él se diese cuenta de
que estaba en el patio con ella, y no a solas con su furor. Él sonrió cuando lo
comprendió.
—Tal vez formules la pregunta siguiente en vez de formular la pregunta
correcta —dijo ella—. Opino que la gente que vive gracias a los antiguos y sabios
proverbios trata de no pensar, y sé que vale la pena prestarles atención. Fíjate en
esto: si formulas una pregunta de manera correcta, obtendrás la respuesta. Quiero
decir —continuó tras una pausa para comprobar que él la escuchaba con
atención, cosa que hacía—, si pones una mano sobre una estufa caliente puedes
preguntarte: ¿cómo impediré que se me queme la mano? Y la respuesta es muy
clara, ¿verdad? Si el mundo sigue rechazando lo que le das, ha de existir una
manera de preguntar el porqué y obtener la respuesta apropiada.
—La respuesta es muy sencilla —gruñó él—. La gente es estúpida.
—Ésa no es la respuesta, y tú lo sabes.
— ¿Cuál es, entonces?
—Oh, no puedo decírtelo. Sólo sé que es más importante la manera como
uno hace algo respecto a la gente que lo que hace, si quiere obtener resultados.
Bueno…, tú ya sabes cómo lograr lo que deseas del árbol, ¿no es cierto?
»La gente también vive criando cosas. No sé ni una centésima parte de lo
que sabes tú acerca del bonsai, pero sí sé esto: cuando empiezas uno, no tomas
el más sano y hermoso, sino que es precisamente el más torcido el que puede
resultar más bello. Cuando desees educar y criar a la humanidad, debes recordar
esto.
— ¡De todo lo que…! No sé si reírme o darte un buen puñetazo en la boca.
La joven se puso de pie. Él no se había dado cuenta de lo alta que era.
—Será mejor que me largue.
—Vamos…, vamos… No era más que un modo de hablar.
—Oh, no me siento amenazada…, pero será mejor que me vaya.
— ¿Temes formular la siguiente pregunta? —inquirió él astutamente.
—Estoy aterrada.
—Pregunta, de todos modos.
-¡No!
—Entonces, preguntaré yo por ti. Has dicho que estaba enfadado y
asustado. Y deseas saber qué es lo que me asusta.
-Sí.
—Bien. Estoy terriblemente asustado de ti.
— ¿De veras?
—Tienes una forma propia de provocar la honestidad —respondió él con
cierta dificultad—. Diré lo que sé que estás pensando: temo cualquier relación
humana íntima. Temo cualquier cosa que no pueda resolver con un destornillador,
o un espectroscopio de masas, o una tabla de cosenos y tangentes.
La voz era burlona, pero le temblaban las manos.
—Manejas esto regándolo sólo por un lado —murmuró ella—, o volviéndolo
hacia el sol. Lo manipulas como si fuese una cosa viva, como un animal, una
mujer o un bonsai. Será lo que deseas que sea si lo dejas seguir su curso y te
tomas el tiempo y los cuidados necesarios.
—Creo que me estás haciendo una oferta —observó él—. ¿Por qué?
—Sentada allí casi toda la noche —explicó la muchacha—, tuve una
imagen muy tonta. ¿Crees que dos árboles retorcidos pueden colaborar para
formar un bonsai?
— ¿Cómo te llamas? —le preguntó él suavemente.

La vida privada de Henry James

Hablábamos de Londres, frente a un gran glaciar primitivo y erizado. La hora y la escena constituían una de esas impresiones que compensaban un poco, en Suiza, de la moderna indignidad de viajar: las promiscuidades vulgaridades, la estación y el hotel, la paciencia gregaria, la lucha por una pobre atención, la reducción al rango de un número. El valle alto era rosado con la montaña rosa, el aire fresco tan puro como si el mundo fuera joven. Había un rubor tenue de tarde en las nieves sin menguar, y el tintineo amigable del ganado invisible llegaba a nosotros con un olor cultivado y caldeado por el sol. La posada de balcones se hallaba en el cuello mismo del paso más pintoresco del Oberland, y durante una semana habíamos tenido compañía y buen tiempo. Esto se consideraba una gran suerte, porque lo uno habría compensado por lo otro, de ser mala una de las dos cosas.
         Desde luego el buen tiempo habría compensado por la compañía; pero no estuvo sujeto a esa carga, porque por suerte teníamos a la fleur des pois: Lord y Lady Mellifont, Clare Vawdrey, la más grande (en opinión de muchos) de nuestras glorias literarias, y Blanche Adney, la más grande (en opinión de todos) de las teatrales.
         Menciono esto en primer lugar, porque eran precisamente las personas a quienes en Londres, en esa época del año la gente trataba de «cazar». La gente hacía todo lo posible por «reservarlos» con seis semanas de antelación, y sin embargo en esta ocasión habíamos coincidido con ellos, todos habíamos coincidido con los demás, sin usar la menor influencia. Un golpe del azar nos había reunido, a finales de agosto, y reconocimos nuestra suerte quedándonos así, bajo la protección del barómetro. Cuando los días dorados hubieran transcurrido —eso sucedería pronto—, habríamos de bajar serpenteando por lados opuestos del paso y desaparecer tras la cumbre de las alturas circundantes. Éramos de la misma comunión general, participábamos en la misma diversa publicidad. Nos veíamos en Londres con frecuencia irregular; más o menos, estábamos regidos por las leyes y el lenguaje, las tradiciones y lemas de la misma densa condición social. Creo que todos nosotros, hasta las señoras, «hacíamos» algo, aunque fingíamos que no, cuando se mencionaba. Tales cosas no se mencionan en Londres, pero nos proporcionaba un placer inocente ser distintos aquí. Tenía que haber una manera de demostrar la diferencia, ya que nos daba la sensación de que éstas eran nuestras vacaciones anuales. En cualquier caso, sentíamos que las condiciones eran mucho más humanas que en Londres, que al menos lo éramos nosotros. Nos mostrábamos francos a este respecto, hablábamos de ello: era ése nuestro tema mientras mirábamos el glaciar, cuando alguien llamó la atención sobre la prolongada ausencia de Lord Mellifont y Mrs. Adney. Nos hallábamos sentados en la terraza de la posada, donde había bancos y mesitas, y, los que, de entre nosotros, más empeñados estaban en demostrar que habían regresado a la naturaleza, tomaban, al extraño modo germánico, café antes que carne.
         El comentario sobre la ausencia de nuestros dos compañeros no fue atendido, ni siquiera por Lady Mellifont, ni siquiera por el pequeño Adney, el dedicado compositor; porque se lo había dejado caer en la pausa más breve de la charla de Clare Vawdrey. (Esta celebridad era «Clarence» sólo en las portadas.) Era precisamente esa revelación de que después de todo éramos humanos lo que le servía de tema. Preguntó al grupo si, con sinceridad, no se habían sentido todos tentados de decir a cada uno de los demás «no tenía ni idea de que usted fuera tan agradable». Yo, por mi parte, había tenido idea de que él lo era, e incluso mucho más agradable, pero eso era demasiado complicado como para entrar en el tema en aquel momento; además es exactamente lo que quiero relatar. Había como un pacto general entre nosotros de que cuando Vawdrey hablara habíamos de permanecer en silencio, y no, por curioso que resulte, porque él lo esperara. No lo esperaba, pues de todos los habladores profusos, él era el más inconsciente, el menos codicioso y profesional. Era más bien el credo del anfitrión, de la anfitriona, lo que prevalecía entre nosotros; era idea de ellos, pero siempre buscaban un círculo oyente cuando el gran novelista cenaba con ellos. En la ocasión a la que aludo, probablemente no se encontraba presente nadie con quien no hubiera cenado en Londres, y sentíamos la fuerza de esta costumbre. Había cenado incluso conmigo; y la noche de esa cena, como en esta tarde alpina, yo no había hecho ningún esfuerzo por contener mi lengua, absorto como me hallaba —ya por costumbre— en un análisis del problema que siempre se alzaba ante mí, hasta grandes alturas, frente a su talla adecuada, cabal y fuerte.
         Esta cuestión era tanto más atormentadora cuanto que él nunca sospechó (estoy seguro) que lo imponía, así como nunca había reparado en que cada día de su vida todo el mundo lo escuchaba en la cena. A menudo se lo llamaba «subjetivo» en las publicaciones semanales, pero en sociedad ningún hombre distinguido podría haberlo sido menos. Nunca hablaba de sí mismo; y éste era un tema sobre el que al parecer, aunque hubiera sido tremendamente loable en él, nunca reflexionaba. Tenía sus horas y sus costumbres, su sastre y su sombrerero, su higiene y su vino particular, pero todas estas cosas juntas nunca conformaban una actitud. Y sin embargo constituían la única actitud que adoptaba, y le resultaba fácil referirse a que éramos «más agradables» en el extranjero que en inglaterra. El estaba exento de variaciones, y ni un ápice más o menos agradable en un lugar que en otro. Difería de otras personas, pero nunca de sí mismo (salvo en el extraordinario sentido que explicaré más adelante), y me daba la impresión de que no había cambios en su estado de ánimo ni sensibilidades ni preferencias. Podría haber estado siempre en la misma compañía, pues no reflejaba influencia alguna de edad, condición o sexo: se dirigía a las mujeres exactamente igual que a los hombres, y charlaba del mismo modo con todos los hombres, sin hablar mejor a un grupo inteligente que a uno lerdo. Yo solía sentir desaliento al ver que un tema —a mi parecer— le gustaba precisamente tanto como otro: había algunos que yo odiaba tanto… Nunca lo encontré sino charlatán, animado y profuso, y nunca lo oí decir una paradoja o expresar un matiz o jugar con una idea. Ese antojo de que éramos «humanos» era, —en su conversación, un avance excepcional. Sus opiniones eran sólidas y de segunda mano, y era demasiado desconcertante pensar en sus percepciones. Yo le envidiaba su magnífica salud.
         Vawdrey se había encaminado, con paso uniforme y una conciencia perfectamente tranquila, al campo llano de la anécdota, donde las historias son visibles desde la distancia, como molinos de viento y postes señalizadores; pero después de un rato observé que la atención de Lady Mellifont se desviaba. Daba la casualidad de que yo estaba sentado junto a ella. Advertí que sus ojos vagaban con cierta ansiedad por las bajas laderas de las montañas. Por fin, después de mirar al reloj, me dijo:
         —¿Sabe adónde fueron?
         —¿Se refiere a Mrs. Adney y Lord Mellifont?
         —Lord Mellifont y Mrs. Adney —la frase de su señoría pareció, desde luego inconscientemente, corregirme, pero no se me ocurrió que fuera porque estaba celosa. No le atribuí sentimiento tan vulgar; en primer lugar porque me gustaba, y en segundo lugar porque a uno siempre se le ocurriría rápidamente que era correcto, en cualquier caso, poner primero a Lord Mellifont. Era el primero, un primero extraordinario. No digo el más grande o el más sabio o el más renombrado, sino esencialmente el primero de la lista y el que ocupaba la cabecera de la mesa. Ésa es una posición en sí misma, y su esposa estaba naturalmente acostumbrada a verlo en ella. Mi frase había sonado como si Mrs. Adney se lo hubiera llevado; pero no era posible que se lo llevaran, sólo él llevaba.
         Nadie, lógicamente, podía saber eso mejor que Lady Mellifont. En un principio yo había sentido bastante miedo de ella, considerándola, con sus rígidos silencios y la extrema negrura de casi todo lo que conformaba su persona, algo dura, incluso un poco saturnina. Su palidez parecía ligeramente gris, y su lustroso pelo negro, metálico, como los broches, hebillas y peinetas con los que era inveteradamente adornado. Iba de luto perpetuo, y llevaba innumerables ornamentos de azabache y ónice, mil tintineantes cadenas, cuentas y lentejuelas.
         Yo había oído a Mrs. Adney llamarla la reina de la noche y el término era descriptivo, si se entendía que la noche estaba cubierta. Tenía un secreto, y si no se descubría al conocerla mejor, al menos se percibía que era delicada, sin afectaciones, y limitada, y también sumisamente triste. Era como una mujer con una enfermedad indolora. Le dije que simplemente había visto a su marido y a su acompañante bajar juntos por el valle como una hora antes, e insinué que quizás Mr. Adney supiera algo de sus intenciones.
         Vincent Adney, que, aunque tenía cincuenta años, parecía un niño bueno a quien se hubiese enseñado que los niños no han de hablar delante de la gente, salía airoso con una simpleza y un gusto notorios de la posición de marido de una gran figura de la comedia.
         Cuando ya todo estaba dicho acerca de que ella le facilitaba la situación, no se podía menos que admirar el sentimiento encantador con que él daba aquello por cosa sabida. Para un marido que no está en el escenario, o al menos en el teatro, es difícil portarse con elegancia respecto a una mujer que lo está, pero Adney era más que elegante, era exquisito, era un inspirado. Ponía música a su amada, y se recordará lo auténtica que podría ser su música… las únicas composiciones inglesas por las que alguna vez he visto interesarse a un extranjero. Su esposa estaba en ellas, en alguna parte, siempre; eran como una traducción rica y libre de la impresión que ella producía. Al escuchar parecía que pasaba riendo, con el pelo suelto, por el escenario. Él había sido sólo un pobre violinista en el teatro de ella, siempre en su sitio durante los actos; pero ella lo había convertido en algo poco común e incomprendido. La superioridad de ambos se había convertido en una especie de asociación, y su felicidad era parte de la felicidad de sus amigos. El único malestar de Adney era no poder escribir una obra para su esposa, y la única manera en que se metía en los asuntos de ella era preguntando a gente imposible si no podrían hacerlo ellos.
         Lady Mellifont, después de mirarlo un momento, me comentó que prefería no hacerle ninguna pregunta. Al minuto siguiente añadió:
         —Prefiero que la gente no note que estoy nerviosa.
         —¿Está nerviosa?
         —Siempre me pongo así si mi marido está separado de mí el tiempo que sea.
         —¿Es que se imagina que le ha sucedido algo?
         —Sí, siempre. Desde luego estoy acostumbrada.
         —¿Se refiere a caerse por un precipicio…, ese tipo de cosas?
         —No sé exactamente qué es; es la sensación general de que no va a volver.
         Decía tanto y se guardaba tanto que la única manera de tratar la circunstancia a que se refería parecía ser la jocosa.
         —¡Seguro que nunca la abandonará! —dije, riéndome.
         Ella miró al suelo un momento.
         —Oh, en el fondo estoy tranquila.
         —Nada puede pasarle nunca a un hombre tan experto, tan infalible, tan armado en todos los sentidos —proseguí dándole ánimos.
         —¡No sabe usted cómo está armado! —exclamó can un temblor tan extraño que sólo pude atribuirlo al hecho de que estaba nerviosa. Esta idea fue confirmada al moverse justo después, cambiando de asiento sin razón aparente, no como para interrumpir nuestra conversación, sino porque estaba inquieta. No podía saber qué le sucedía, pero poco después me sentí aliviado al ver venir hacia nosotros a Mrs. Adney. Llevaba un gran ramo de flores silvestres en la mano, pero no se hallaba acompañada de Lord Mellifont. Sin embargo, vi en seguida que no tenía desastre alguno que anunciar; mas, como yo sabía que había una pregunta que a Lady Mellifont le hubiera gustado oír contestada, pero que no deseaba hacer, inmediatamente le expresé la esperanza de que su señoría no se hubiera quedado en una de las grietas del glaciar.
         —Oh, no; me dejó hace sólo tres minutos. Ha entrado en la casa —Blanche Adney posó sus ojos en los míos un minuto, una forma de comunicación a la que ningún hombre, por sí mismo, pondría nunca objeción. El interés, en esta ocasión, se vio activado por algo en especial, que, por casualidad, dijeron sus ojos. Lo que solían decir era sólo: «Sí, soy encantadora, lo sé, pero no es para tanto. Sólo quiero un nuevo papel… sí, sí.» En ese momento añadieron, tenue, subrepticia, y, por supuesto, dulcemente (porque así era como lo hacían todo):
         «Está bien, pero ha sucedido una cosa. Tal vez se lo cuente luego.» Se volvió hacia Lady Mellifont, y la transición a simple alegría indicó su maestría profesional.
         —Lo he traído sano y salvo; hemos dado un paseo precioso.
         —Cuánto me alegro —respondió Lady Mellifont, con su débil sonrisa; continuando vagamente al levantarse—, debe haber ido a cambiarse para la cena. Falta bastante poco, ¿no?
         Se alejó hacia el hotel, a modo simplificador de despedida, y el resto de nosotros, a la mención de la cena, miramos los unos los relojes de los otros, como para librarnos de la responsabilidad de tal grosería. El maïtre, como todos los maïtres esencialmente un hombre de mundo, nos dedicó horas y lugares propios, de tal manera que por la noche, aparte y bajo la lámpara, formábamos un pequeño círculo compacto y consentido. Pero eran sólo los Mellifont quienes se «vestían», y respecto a los cuales se reconocía que naturalmente se vestirían: ella exactamente de la misma manera que cualquier otra noche de su ceremoniosa existencia (no era una mujer cuyas costumbres pudieran justificar algo tan mutable como lo oportuno); y él, en cambio, de una forma muy adecuada y conveniente. Era casi tan hombre de mundo como el maïtre, y hablaba casi tantos idiomas; pero se abstenía de suscitar comparaciones de chaquetas y chalecos blancos, resolviendo la ocasión de una manera mucho más exquisita, con terciopelo negro, terciopelo azul y terciopelo marrón, por ejemplo, y armonías delicadas de corbatas e informalidades sutiles en la camisa. Tenía un traje para cada función y una moraleja para cada traje; y sus funciones, trajes y moralejas eran siempre parte de la diversión de la vida —parte en cualquier caso de su belleza y romanticismo—, para un inmenso círculo de espectadores. Desde luego, para sus amigos en particular, estas cosas eran más que una diversión; eran un tema, un apoyo social, y, por supuesto, además, un asunto de perpetua expectación. Si su esposa no hubiera estado presente antes de la cena, hubiera sido de ellos de quienes los demás, probablemente, habríamos estado discutiendo.
         Clare Vawdrey sabía un montón de anécdotas sobre la cuestión: había conocido a Lord Mellifont casi desde el principio. Lo peculiar acerca de este noble es que no podía haber una conversación sobre él que no tomara al instante forma de anécdota, y algo aun más sobresaliente era que, al parecer, no podía haber una anécdota que no fuera enteramente en su honor. Si hubiera entrado en una habitación en cualquier momento, la gente podría haber dicho francamente: «¡Claro que estábamos contando cosas de usted!» Tal y como van las conciencias, en Londres, la conciencia general hubiera estado tranquila.
         Además, habría sido imposible imaginarlo aceptando tal tributo sino afablemente, pues estaba siempre tan impertérrito como un actor a quien se le da la entrada oportuna. Jamás había necesitado un apuntador, hasta sus momentos de embarazo habían sido ensayados. En cuanto a mí, cuando se hablaba de él siempre me daba la extraña impresión de que estábamos hablando de los muertos, con esa peculiar acumulación de deleite. Su reputación era una especie de obelisco sobredorado, como si hubiera sido enterrado bajo él; el cuerpo de leyenda y reminiscencia, de las que él iba a ser el tema, había cristalizado de antemano.
         Esta ambigüedad surgía, supongo, del hecho de que el mero sonido de su nombre y el aire de su persona, la expectación general que creaba, de alguna manera, eran demasiado eminentes para ser verificados. La experiencia de su urbanidad siempre llegaba más tarde; la prefiguración, la leyenda palidecían ante la realidad.
         Recuerdo que la noche a la que me refiero, la realidad era particularmente operativa. El hombre más apuesto de su tiempo nunca había tenido mejor aspecto, y su señoría se hallaba sentado entre nosotros como un director suave que controlara con un armonioso juego de brazos una orquesta todavía un poco torpe. Dirigía la conversación con gestos tan irresistibles como vagos; se sentía que sin él la charla no hubiera tenido nada que pudiera llamarse tono. Era esto esencialmente lo que él aportaba a cualquier ocasión, lo que aportaba sobre todo a la vida pública inglesa. Él la impregnaba, la coloreaba, la embellecía, y sin él apenas habría tenido un vocabulario; desde luego, no habría tenido estilo, porque estilo es lo que tenía al tener a Lord Mellifont. El era el estilo. Volví a recibir esa impresión cuando, en la salle à manger de la pequeña posada suiza, nos resignábamos a la inevitable ternera. Confrontada con su persona (debo decir entre paréntesis que no lo estaba mucho), la conversación de Clare Vawdrey evocaba el contraste del reportero con el bardo. Era interesante observar el choque de caracteres del que tanto podía esperarse en una noche. No hubo, sin embargo, conmoción, todo fue amortiguado y atenuado por el tacto de Lord Mellifont. Era rudimentario para él encontrar la solución a tal problema desempeñando el papel de anfitrión, asumiendo responsabilidades que llevaban consigo su sacrificio. Cierto era que jamás en la vida había sido un invitado; era el anfitrión, el patrón, el moderador de cada junta. Si había algún defecto en su estilo (y lo insinuó en un susurro), era que tenía un poco más de arte de lo que cualquier conjunción —incluso la más complicada— pudiera requerir. En cualquier caso, no llevaba a cabo sus reflexiones al advertir la manera en que el experto noble manejaba la situación, y la manera en que el robusto hombre de letras era inconsciente de que la situación (y menos que nada él como parte de ella) estaba siendo manejada. Lord Mellifont derrochaba tesoros de tacto, y Clare Vawdrey ni soñaba que lo estaba haciendo.
         Vawdrey no sospechaba ninguna precaución tal, ni siquiera cuando Blanche Adney le preguntó si había visto ya su tercer acto, pregunta en la que introdujo una sutileza de las suyas. Ella tenía la teoría de que él iba a escribirle una obra, y de que la heroína, si él cumplía con su deber, sería el papel que ella inmemorialmente había deseado. Tenía cuarenta años (lo que no podía constituir un secreto para quienes la habían admirado desde el principio), y ahora estaba en condiciones de extender la mano y tocar su meta más lejana. Esto confería una especie de trágica pasión —perfecta actriz de comedia como era— a su deseo de no perderse lo grande. Los años habían transcurrido y seguía perdiéndoselo; ninguna de las cosas que había hecho era aquello con lo que había soñado, de modo que en ese momento no había más tiempo que perder. Esto era el cancro en la rosa, el dolor bajo la sonrisa. La hacía conmovedora, hacía que su tristeza fuera aún más dulce que su risa. Había hecho lo inglés antiguo y lo francés nuevo, y había cautivado a su generación; pero era acosada por la imagen de una oportunidad mayor, de algo más auténtico para las condiciones que se daban a su alrededor. Estaba harta de Sheridan y odiaba a Bowdler; pedía un lienzo de un grano más fino. Lo peor de ello, a mi entender, era que nunca extraería su comedia moderna del gran novelista maduro, quien era tan incapaz de producirla como de enhebrar una aguja. Ella lo mimaba, le hablaba, le hacía el amor, como ella proclamaba sinceramente; pero sólo se hacía ilusiones, tendría que vivir y morir con Bowdler.
         Es difícil ser breve al hablar de esta encantadora mujer, que era bella sin belleza y completa con una docena de deficiencias. La perspectiva del escenario la renovaba, y en sociedad era como el modelo fuera del pedestal. Era el cuadro en movimiento, lo que, para la mente social simple, constituía una sorpresa perpetua, un milagro. La gente creía que les decía los secretos de la naturaleza pictórica, y a cambio de eso ellos le ofrecían relajación y té. Ella no les decía nada y se bebía el té; pero de todos modos ellos se llevaban lo mejor del trato. Vawdrey se encontraba en verdad trabajando en una obra; pero si la había comenzado porque ella le gustaba, creo que la seguía arrastrando por la misma razón. Secretamente sentía la atroz dificultad, sabía que de su mano la pieza acabada no habría recibido vida activa. Al mismo tiempo, nada podía ser más agradable que el tener abierta dicha cuestión con Blanche Adney, y de vez en cuando ponía en la obra algo muy bueno. Si engañaba a Mrs. Adney, era sólo porque en su desesperanza ella estaba decidida a ser engañada. A su pregunta sobre el tercer acto él replicó que antes de la cena había escrito un pasaje magnífico.
         —¿Antes de la cena? —dije—. ¡Pero cher maïtre, antes de la cena nos tuvo embelesados en la terraza.
         Mis palabras eran una broma porque creí que las suyas lo habían sido; pero por prinera vez, que yo recordara, percibí cierta confusión en su faz. Me miró con dureza, echando la cabeza hacia atrás rápidamente, algo así como un caballo que ha sido sofrenado.
         —Oh, fue antes de eso —replicó con naturalidad suficiente.
         —Antes de eso estuvo usted jugando al billar conmigo —indicó Lord Mellifont.
         —Entonces debió de ser ayer —dijo Vawdrey. Pero se encontraba en un apuro.
         —Esta mañana me dijo usted que ayer no hizo nada —objetó la actriz.
         —Creo que realmente no sé cuándo hago las cosas.
         Vawdrey miró vagamente, sin servirse, a una fuente que se le ofreció.
         —Basta con que lo sepamos nosotros —sonrió Lord Mellifont.
         —No creo que haya escrito ni una línea —dijo Blanche Adney.
         —Creo que podría repetirle la escena.
         Vawdrey se sirvió haricots verts.
         —¡Oh, hágalo, hágalo! —exclamamos dos o tres.
         —Después de cenar, en el salón; será un inmenso régal —declaró Lord Mellifont.
         —No estoy seguro, pero lo intentaré —continuó Vawdrey.
         —¡Oh, qué rico es usted! —exclamó la actriz que estaba practicando americanismos, resignándose incluso a una comedia americana.
         —Pero con esta condición —dijo Vawdrey—: debe hacer tocar a su marido.
         —¿Tocar mientras usted lee? ¡Jamás!
         —Soy demasiado vanidoso —dijo Adney.
         Lord Mellifont le propuso una distinción.
         —Usted debe ofrecernos la obertura antes de que se alce el telón. Ése es un momento particularmente delicioso.
         —No leeré… sólo hablaré —dijo Vawdrey.
         —Mejor aún; permítame que vaya por su manuscrito —sugirió la actriz.
         Vawdrey replicó que el manuscrito no importaba, pero una hora después, en el salón, hubiéramos deseado que lo tuviera. Nos hallábamos expectantes, aún bajo el hechizo del violín de Adney. Su esposa, en primer término y encima de una otomana, estaba llena de impaciencia y perfil, y Lord Mellifont, en la silla —era siempre la silla, la de Lord Mellifont—, hacía que nuestro agradecido grupo se sintiera como un congreso de ciencias sociales o un reparto de premios. De repente, en lugar de comenzar, nuestro león domado empezó a rugir desafinando: había olvidado por completo cada palabra. Lo sentía mucho, pero las líneas no le venían a la cabeza; estaba profundamente avergonzado pero su memoria se hallaba en blanco. No daba la menor impresión de estar avergonzado, Vawdrey no había dado esa impresión en su vida; era sólo imperturbable y alegremente natural.
         Protestó diciendo que nunca se hubiera imaginado que haría el ridículo de ese modo, pero nos dio la impresión de que esto no impediría que el incidente tomara lugar entre sus más divertidas reminiscencias. Éramos sólo nosotros los que estábamos humillados, como si nos hubiera gastado una broma premeditada. Ésta fue una buena oportunidad, de entre todas, para el tacto de Lord Mellifont, que descendió sobre nosotros como un bálsamo. A su encantadora y artística manera, la manera que tenía de llenar áridos intervalos (tenía un débit —no había nada que se le aproximase en Inglaterra— como el de los actores de la Comédie Française), nos habló de su propio derrumbamiento en una ocasión crítica, cuando tenía que pronunciar un discurso ante una inmensa multitud, en que, dándose cuenta de que había olvidado sus notas, empezó a rebuscar sobre la terrible plataforma, blanco de todas las miradas, a rebuscar en vano notas indispensables en bolsillos impecables. Pero el interés del relato era mayor que el de las ocurrencias de Vawdrey, pues, con unos ligeros gestos, esbozó la brillantez de una actuación que se había alzado por encima del embarazo, se había resuelto por sí misma, según debíamos adivinar, con un esfuerzo que, en su momento, quedó reconocido como algo que de ningún modo era una mancha en lo que la bondad del público denominaba la reputación de su señoría.
         —¡Toca, toca! —exclamó Blanche Adney, dando palmaditas a su marido y recordando cómo, en el escenario, un contretemps siempre queda ahogado con música.
         Adney se lanzó a su violín y yo dije a Clare Vawdrey que su equivocación podría corregirse fácilmente si mandaba a alguien a buscar el manuscrito. Si él me decía dónde estaba, yo iría en seguida a su habitación a buscarlo. Vawdrey respondió:
         —Mi querido amigo: me temo que no hay manuscrito alguno.
         —¿Entonces no ha escrito nada?
         —Lo escribiré mañana.
         —¡Ah, ha estado usted jugando con nosotros! —dije con gran perplejidad.
         Vawdrey vaciló un instante.
         —Si hay algo, lo encontrará encima de la mesa.
         En ese momento uno de los otros se dirigió a él, y Lady Mellifont comentó, lo bastante alto como para corregir con delicadeza nuestra falta de consideración, que Mr. Adney estaba tocando algo muy hermoso. Yo ya había advertido antes que parecía ser tremendamente aficionada a la música, siempre la escuchaba profundamente transportada. La atencián de Vawdrey se distrajo, pero no me pareció que las palabras que acababa de soltar constituyeran un permiso definitivo para ir a su habitación. Además, yo quería hablar con Blanche Adney; tenía que preguntarle una cosa. Sin embargo, tuve que esperar a que llegara mi oportunidad, mientras permanecíamos en silencio algún tiempo, escuchando al marido de Blanche; después, la conversación se hizo general. Era nuestra costumbre acostarnos temprano, pero aún se podía prolongar un poco la velada. Antes de que acabara de decaer, encontré la oportunidad de decirle a la actriz que Vawdrey me había dado permiso para que pusiera las manos sobre su manuscrito. Me imploró, por lo más sagrado, que lo trajera de inmediato, que se lo diera; y su insistencia demostraba que yo no estaba en lo cierto al insinuar que ahora sería demasiado tarde para que él empezara a leerlo; aparte de eso —el hechizo se había roto—, a los otros no les importaría. No era tarde para que empezara ella; por consiguiente, yo tenía que tomar posesión, sin más demora, de las preciosas páginas. Le dije que sería obedecida en un momento, pero que quería que satisficiera mi justa curiosidad. ¿Qué había sucedido antes de la cena, cuando estaba en las montañas con Lord Mellifont?
         —¿Cómo sabe que pasó algo?
         —Lo vi en su cara cuando llegó.
         —¡Y me llaman actriz! —exclamó Mrs. Adney.
         —¿Qué es lo que me llaman a mí? —inquirí.
         —Usted es un buscador de corazones, eso tan frívolo, un observador.
         —¡Ojalá permitiese que un observador le escribiera una obra! —exclamé.
         —No es del gusto de la gente lo que usted escribe; usted rompería cualquier racha de suerte.
         —Pues veo obras a mi alrededor —declaré—; esta noche el aire está lleno de ellas.
         —¿El aire? ¡Gracias por nada! Ojalá lo estuvieran los cajones de mi mesa.
         —¿La cortejó en el glaciar? —continué.
         Me miró fijamente; después estalló en el éxtasis progresivo de su risa.
         —¿Lord Mellifont, el pobrecito? ¡Qué lugar tan gracioso! Desde luego sería el lugar de nuestro amor.
         —¿Se cayó en una grieta? —continué.
         Blanche Adney volvió a mirarme como lo había hecho por un instante cuando llegó, antes de la cena, con las manos llenas de flores.
         —No sé dónde se cayó. Mañana se lo diré.
         —¿Bajó entonces?
         —A lo mejor subió —rió ella—. ¡Es realmente extraño!
         —Mayor razón para que me lo diga esta noche.
         —Tengo que pensarlo; tengo que descifrarlo.
         —Si lo que desea son acertijos, le diré otro —dije—. ¿Qué pasa con el maestro?
         —¿El maestro de qué?
         —De todas las formas de simulación. Vawdrey no ha escrito ni una línea.
         —Vaya a buscar sus papeles y veremos.
         —No me gusta ponerlo en evidencia —dije.
         —¿Por qué no, si yo pongo en evidencia a Lord Mellifont?
         —Oh, haría cualquier cosa por eso —concedí—. Pero ¿por qué había de hacer Vawdrey una declaración falsa? Es muy curioso.
         —Es muy curioso —repitió Blanche Adney, con aire meditativo y los ojos fijos en Lord Mellifont.
         A continuación, levantándose, añadió:
         —Vaya a mirar a su habitación.
         —¿La de Lord Mellifont?
         Se volvió rápidamente hacia mí.
         —¡Esa sería una manera!
         —¿Una manera de qué?
         —¡De averiguar… de averiguar! —hablaba con alegría y emoción, pero de repente se detuvo—. Estamos diciendo tonterías —dijo.
         —Estamos confundiendo las cosas, pero me ha impresionado su idea. Ocúpese de que le dé permiso Lady Mellifont.
         —¡Ella ha mirado! —murmuró Mrs. Adney, con la más peculiar expresión dramática.
         Después, tras un movimiento, alzando su hermosa mano como para sacudir una visión fantástica, exclamó imperiosamente:
         —¡Tráigame la escena, tráigame la escena!
         —Iré a buscarla —respondí—, pero no me diga que no puedo escribir una obra.
         Me dejó, pero mi embajada fue interrumpida por la aparición de una señora que había sacado a relucir un álbum de firmas —varias noches nos habíamos visto amenazados por ello— y que me hizo el honor de solicitarme un autógrafo. Había estado pidiéndoselo a los demás y, por decoro, no podía dejarme de lado. Generalmente solía recordar mi nombre, pero siempre me llevaba un rato recordar mi fecha de nacimiento e incluso cuando lo había hecho, nunca estaba seguro. Dudé entre dos días y comenté a mi peticionaria que firmaría en los dos, si es que eso la satisfacía. Ella dijo que seguro que yo había nacido sólo una vez; y, por supuesto, yo respondí que el día que la conocí había nacido otra vez. Hago mención de este chiste malo sólo para demostrar que, con la inspección obligatoria de los otros autógrafos, dedicamos varios minutos a esté trámite. La señora se alejó con su álbum y entonces me di cuenta de que el grupo se había dispersado. Me encontraba solo en el pequeño salón que había sido destinado a nuestro uso. Mi primera impresión fue de desencanto: si Vawdrey se había acostado, no deseaba molestarlo. Mientras vacilaba, no obstante, reparé en que Vawdrey no se había ido a la cama.
         Estaba abierta una ventana y vino hacia mí el sonido de las voces de afuera; Blanche se hallaba en la terraza con su dramaturgo, y hablaban de las estrellas. Me dirigí a la ventana para echar un vistazo. La noche alpina era espléndida. Mis amigos habían salido juntos; la actriz se había puesto una capa: presentaba el aspecto que yo ya había contemplado entre bastidores. Permanecieron un rato en silencio y oí el rumor de un torrente vecino. Me volví hacia la habitación, y la luz suave de las velas me dio una idea. Nuestros compañeros se habían dispersado —era tarde para un país pastoril— los tres tendríamos el lugar para nosotros solos. Clare Vawdrey había escrito su escena, era magnífica, y que nos la leyera ahí, a nosotros, a una hora así, constituiría un episodio memorable. Bajaría su manuscrito y les saldría al encuentro con él cuando entraran.
         Abandoné el salón con ese propósito; había estado en la habitación de Vawdrey y sabía que se encontraba en el segundo piso, la última de un largo pasillo. Un minuto después mi mano estaba en el tirador de la puerta, que naturalmente abrí sin golpear. Era igualmente natural que en ausencia de su ocupante la habitación se hallara a oscuras; tanto más por cuanto que, como estaba al final de un pasillo sin luz a esas horas, la oscuridad no se vio disminuida cuando abrí la puerta. Sólo era consciente de que no había cometido equivocación alguna y de que, al no estar echadas las cortinas de las ventanas, me vi enfrentado a un par de tenues aberturas, llenas de estrellas. Su ayuda, sin embargo, no fue suficiente para permitirme encontrar lo que había venido a buscar, y mi mano, en el bolsillo, estaba ya sobre la caja de fósforos, que siempre llevo para los cigarrillos. De repente la retiré con sobresalto, profiriendo una exclamación, una disculpa. Había entrado en otra habitación; una mirada sostenida durante tres segundos me mostró una figura sentada junto a una mesa próxima a las ventanas, una figura que al principio había tomado por una manta de viaje arrojada sobre una silla. Me retiré, con una sensación de intrusión, pero al hacerlo advertí, en menos tiempo que el que me lleva decirlo, primero, que ésta era la habitación de Vawdrey, y en segundo lugar que, singularmente, el propio Vawdrey estaba sentado delante de mí. Deteniéndome en el umbral experimenté una momentánea sensación de desconcierto, pero sin darme cuenta había exclamado:
         —¡Eh! ¿es usted Vawdrey?
         Ni se volvió ni me contestó, pero mi pregunta recibió una respuesta práctica e inmediata cuando se abrió una puerta al otro lado del pasillo. Un sirviente, con una vela, había salido de la habitación de enfrente, y con su luz fugaz reconocí definitivamente al hombre que, según creía yo, hacía un instante estaba abajo, conversando con Mrs. Adney. Su espalda estaba medio vuelta hacia mí y se inclinaba sobre la mesa en actitud de escribir, pero yo era consciente de que no me equivocaba acerca de su identidad.
         —Le ruego que me perdone; creí que estaba abajo —dije.
         Y como la persona no dio señales de oírme, añadí:
         —Si está ocupado, no lo molestaré.
         Retrocedí para salir, cerrando la puerta. Había estado en ese lugar, supongo, menos de un minuto. Tenía una sensación de perplejidad que, sin embargo, se profundizó infinitamente al instante siguiente. Me quedé ahí con la mano aún en el pasador de la puerta, sobrecogido por la impresión más extraña de mi vida. Vawdrey estaba sentado a su mesa, escribiendo, y era un lugar muy natural para que estuviera, pero ¿por qué estaba escribiendo a oscuras y por qué no me había contestado? Durante unos segundos esperé a ver si oía el sonido de algún movimiento, a ver si salía de su abstracción —un acceso concebible en un gran escritor— y exclamaba: «Oh, querido amigo, ¿es usted?» Pero sólo oí la quietud, sentí sólo la penumbra luminosa de estrellas de la habitación, con la presencia imprevista allí encerrada. Me alejé, siguiendo lentamente las huellas de mis pasos, y bajé confuso. La lámpara aún ardía en la sala, pero la habitación estaba vacía. Me dirigí a la puerta del hotel y salí. Vacía estaba también la terraza. Al parecer Blanche Adney y el caballero que la acompañaba habían entrado. Esperé unos cinco minutos: después me fui a la cama.
         Dormí mal, pues estaba inquieto. Al volver a considerar estos extraños incidentes (dentro de poco se verá que fueron extraños), quizá me recuerde más inquieto de lo que estaba, pues las grandes anomalías nunca son tan grandes al principio como después de haber reflexionado sobre ellas. Tardamos algún tiempo en agotar las explicaciones. Me sentía vagamente nervioso, había experimentado una sorpresa abrupta; pero no había nada que no pudiera aclarar preguntando a Blanche Adney, a la mañana siguiente, quién había estado con ella en la terraza. Curiosamente, sin embargo, cuando amaneció —un amanecer admirable—, en ese momento experimenté un deseo de quedar satisfecho menor que el de escapar, de despejar la sombra de mi estupefacción. Vi que el día sería espléndido, y se me antojó pasarlo, como había pasado días felices de mi juventud, en un solitario paseo por la montaña. Me vestí temprano, compartí un café convencional, metí un buen pan en un bolsillo y un pequeño termo en el otro y, con un recio bastón en la mano, marché hacia las alturas. Mi historia no se halla íntimamente relacionada con las horas deliciosas que pasé allí, horas de esas que crean intensos recuerdos. Si durante la mitad de ese tiempo recorrí las cimas de las colinas, yací sobre la yerba de las laderas la otra mitad, con la gorra sobre los ojos (excepto para una ojeada que captaba inmensidades de paisaje), escuché, en la luminosa quietud, a la abeja de montaña y sentí que la mayoría de las cosas se hundía y menguaba. Clare Vawdrey se volvió pequeño, Blanche Adney se volvió tenue, Lord Mellifont se volvió viejo, y antes de que el día finalizara olvidé que había llegado a sentirme confundido. Cuando a última hora de la tarde descendía hacia la posada, nada me interesaba más que el averiguar si la cena estaría lista pronto. Esa noche me vestí, por decirlo así, y para cuando estaba presentable todos se encontraban en la mesa.
         De nuevo en compañía de los demás, mi pequeño problema volvió a mí y sentí curiosidad por ver si Vawdrey me miraba con algo de extrañeza. Pero no llegó ni a mirarme; lo que me dio oportunidad tanto de ser paciente como de preguntarme por qué había de vacilar en hacerle mi pregunta desde el otro lado de la mesa. Pero vacilé y, con la conciencia de tal vacilación, me volvió parte de la inquietud que había dejado tras de mí, o debajo de mí, durante el día. No obstante no estaba avergonzado de mis escrúpulos: era sólo una discreción delicada. Lo que vagamente sentía era que una pregunta en público no habría sido justa. Cierto era que Lord Mellifont estaba allí para mitigar con sus perfectos modales todas las consecuencias, pero creo que yo tenía presente que con estos elementos en particular su señoría no se sentiría a sus anchas. Por consiguiente, en el momento en que nos levantamos, me aproximé a Mrs. Adney y le pregunté si, puesto que la noche era tan agradable, no daría una vuelta conmigo.
         —Ha andado usted cien kilómetros. ¿No preferiría quedarse quieto? —contestó.
         —Andaría cien kilómetros más para que me contara una cosa.
         Me miró un instante, con parte de la extrañeza que había yo buscado, mas no encontrado, en los ojos de Clare Vawdrey.
         —¿Se refiere a lo que ha sido de Lord Mellifont?
         —¿De Lord Mellifont?
         Con mi nueva especulación había perdido el hilo.
         —¿Dónde tiene la memoria, tonto? Hablamos de ello anoche.
         —¡Ah, sí —exclamé, recordándolo—. Tendremos mucho que discutir.
         La arrastré a la terraza, y antes de que hubiéramos dado tres pasos le dije:
         —¿Quién estaba aquí anoche con usted?
         —¿Anoche? —repitió, tan perdida como yo lo había estado.
         —A las diez, justo después de que se disolviera nuestro grupo. Usted salió aquí afuera con un caballero; hablaron de las estrellas.
         Me miró un momento. A continuación soltó la risa.
         —¿Tiene celos del querido Vawdrey?
         —¿Entonces era él?
         —Claro que sí.
         —¿Y cuánto tiempo estuvo aquí?
         —Le ha dado fuerte. Estuvo como un cuarto de hora, tal vez bastante más. Anduvimos un poco; habló de su obra. Ahí tiene: ésa es la única brujería que he usado.
         —¿Y qué hizo Vawdrey después?
         —No tengo la menor idea. Lo dejé y me fui a la cama.
         —¿A qué hora se fue a la cama?
         —¿A qué hora se fue usted? Recuerdo por casualidad que me separé de Mr. Vawdrey a las diez veinticinco —dijo
         Mrs. Adney—. Volví a entrar en el salón a buscar un libro y miré el reloj.
         —En otras palabras, usted y Vawdrey permanecieron aquí con toda claridad desde más o menos las diez y cinco hasta la hora que menciona.
         —No sé lo claros que seríamos, pero estábamos muy alegres. Où voulez—vous en venir? —preguntó Blanche Adney.
         —A esto simplemente, mi querida señora: a que a la hora en que su compañero se hallaba ocupado de la manera que describe, también estaba dedicado a la composición literaria en su habitación.
         Ante esto se detuvo en seco, y sus ojos tenían una expresión sumida en la sombra. Quería saber si desafiaba su veracidad, y yo repliqué que por el contrario, la apoyaba: hacía el caso tan interesante. Ella contestó que sólo sería así si ella apoyaba la mía, y no tuve gran dificultad para disuadirla de eso después de haberle relatado de manera circunstanciada el incidente de mi búsqueda del manuscrito, manuscrito que, en ese momento, por una razón que yo podía entonces entender, parecía haber salido completamente de su cabeza.
         —Su conversación me hizo olvidarlo, olvidé que lo envié a usted a buscarlo. Compensó su mal paso del salón: me declamó la escena —dijo mi compañera—. Se había dejado caer sobre un banco para escucharme, y, ahí sentados, había vuelto a interrogarme brevemente. Después estalló en una risa fresca.
         —¡Ah, las excentricidades del genio!
         —Parecen aún mayores de lo que suponía.
         —¡Ah, los misterios de la grandeza!
         —Usted debiera saberlo todo sobre ellos, pero a mí me toman por sorpresa.
         —¿Está completamente seguro de que era Mister Vawdrey? —preguntó mi compañera.
         —Si no era él, ¿quién demonios era? Que un extraño caballero, exactamente igual que él, estuviera sentado en su habitación a esa hora de la noche, escribiendo en su mesa a oscuras —insistí—, sería prácticamente tan maravilloso como mi propia pretensión.
         —Sí. ¿Por qué a oscuras? —meditó Mrs. Adney.
         —Los gatos ven en la oscuridad —dije.
         Ella me sonrió débilmente.
         —¿Parecía un gato?
         —No, mi querida señora; pero le diré lo que parecía: parecía el autor de las admirables obras de Vawdrey.
         Parecía él, infinitamente más que nuestro amigo mismo —declaré.
         —¿Quiere decir que era alguien a quien encarga que las haga?
         —Sí, mientras él sale a cenar y la decepciona a usted.
         —¿Me decepciona a mí? —murmuró Mrs. Adney ingenuamente.
         —Me decepciona a mí, decepciona a todos los que buscan en él el genio que creó las páginas que adoran.
         ¿Dónde se halla en su conversación?
         —Ah, anoche fue espléndido —dijo la actriz.
         —Siempre es espléndido, al igual que lo es el baño de las mañanas, o el lomo de res, o el servicio ferroviario a Brighton. Pero nunca es fuera de lo común.
         —Ya veo lo que quiere decir.
         —Eso es lo que hace que sea un consuelo tal hablar con usted. A menudo me lo he preguntado, ahora lo sé. Hay dos.
         —¡Qué idea tan deliciosa!
         —Uno sale, el otro se queda en casa. Uno es el genio, el otro el burgués, y es sólo al burgués a quien conocemos personalmente. Habla, circula, es enormemente popular: flirtea con usted…
         —¡Mientras que es al genio a quien tiene usted el privilegio de ver! —interrumpió Mrs. Adney—. Le estoy muy agradecida por la distinción.
         Posé la mano en su brazo.
         —Véalo usted misma. Inténtelo, compruébelo, vaya a su habitación.
         —¿Que vaya a su habitación? ¡No estaría bien visto! —exclamó en el tono de su mejor comedia.
         —Cualquier cosa está bien vista en una investigación así. Si usted lo ve, queda resuelto.
         —Qué encantador… ¡Resuelto! —se quedó pensando un momento y después saltó—: ¿Quiere decir ahora?
         —Cuando quiera.
         —Pero suponga que me encuentro con el incorrecto —dijo Blanche Adney, con un exquisito efecto.
         —¿El incorrecto? ¿A cuál llama el correcto?
         —Al incorrecto para que vaya a verlo una señora. Suponga que me encuentro con… el genio.
         —Oh, yo me ocuparé del otro —repliqué.
         A continuación, al ocurrírseme mirar a mi alrededor, añadí:
         —Cuidado, aquí viene Lord Mellifont.
         —Ojalá se ocupase usted de él —murmuró mi interlocutora.
         —¿Qué es lo que pasa con él?
         —Eso es precisamente lo que iba a decirle.
         —Dígamelo ahora. No viene.
         Blanche Adney miró un momento. Lord Mellifont, que parecía haber emergido del hotel para fumar un meditabundo cigarro, se había detenido a cierta distancia de nosotros, y se hallaba admirando las maravillas de la perspectiva, discernibles aún en el crepúsculo. Paseamos lentamente en otra dirección y ella dijo al poco tiempo:
         —Mi idea es casi tan divertida como la de usted.
         —Yo no llamo divertida a la mía; es preciosa.
         —Nada hay tan precioso como lo divertido —declaró Mrs. Adney.
         —Usted adopta una opinión profesional. Pero soy todo oídos.
         Mi curiosidad estaba viva de nuevo.
         —Bien. Pues entonces, mi querido amigo, si Clare Vawdrey es doble (y me veo obligada a decir que creo que cuantos más haya de él, mejor), su señoría tiene el defecto contrario: ni siquiera es uno solo completo.
         Nos paramos una vez más, simultáneamente.
         —No comprendo.
         —Yo tampoco. Pero me da la sensación de que si hay dos Mr. Vawdrey, no hay, en conjunto, ni un Lord Mellifont.
         Lo consideré un momento, y después me reí.
         —¡Creo que entiendo lo que quiere decir!
         —Eso es lo que hace que usted sea un consuelo. ¿Lo ha visto solo alguna vez?
         Intenté recordarlo.
         —Sí; ha venido a verme.
         —Ah, entonces no estaba solo.
         —Y yo he ido a verlo, a su estudio.
         —¿Sabía él que estaba usted allí?
         —Naturalmente, me anunciaron.
         Blanche Adney me miró como a un conspirador ameno.
         —¡No tienen que anunciarlo!
         Con esto continuó andando. La alcancé, en ascuas.
         —¿Quiere decir que debe uno ir a verlo cuando no lo sabe?
         —Hay que agarrarlo desprevenido. Tiene que ir a su habitación, eso es lo que debe hacer.
         Si yo me regocijaba por la manera en que nuestro misterio se abría, también estaba, excusablemente, un poco confuso.
         —¿Cuando sepa que no está allí?
         —Cuando sepa que está.
         —¿Y qué veré?
         —¡No verá nada! —exclamó Mrs. Adney mientras dábamos la vuelta.
         Habíamos llegado al final de la terraza, y nuestro movimiento nos puso cara a cara con Lord Mellifont, quien, al reanudar su paseo, ahora nos había adelantado, sin indiscreción. Verlo en ese momento resultó algo iluminador, y prendió una mecha retrospectiva que conectaba con la impresión general que uno tenía del personaje. Al quedarse sonriéndonos y agitando una mano adiestrada en la noche transparente (introdujo la imagen como si hubiera sido un candidato y «apoyase» a los Alpes mismos), erguido ante nosotros en medio de la fragancia delicada de su cigarro y de todas sus otras delicadezas y fragancias, aureolada su cabeza apuesta, en cierto modo, con más perfecciones que las que jamás antes se hubieran podido ver acumuladas, me pareció tan esencialmente, tan conspicua y uniformemente el personaje público, que de golpe leí la respuesta al acertijo de Blanche Adney. Era todo público y no tenía vida privada correspondiente, al igual que Clare Vawdrey era todo privado y no tenía correspondiente vida pública. Yo había oído sólo la mitad del relato de mi compañera, y sin embargo, al unirnos a Lord Mellifont (nos había seguido… le gustaba Mrs. Adney; pero siempre había de pensarse de él que aceptaba la sociedad más que buscarla), al participar durante media hora en la bien distribuida riqueza de su conversación, sentí con descarada doblez que, por así decirlo, lo habíamos descubierto. Me divertía esa subida de telón con la que acababa de regalarme la actriz aún más profundamente que mi propio descubrimiento; y si no estaba más avergonzado de compartir su secreto que de haberla hecho participar del mío (aunque el mío, de los dos misterios, resultaba el más glorioso para el personaje implicado), era porque no había crueldad en mi ventaja, sino por el contrario una extrema ternura y una compasión positiva.
         Oh, él estaba a salvo conmigo, y además me sentí rico e iluminado, como si de repente hubiera metido el universo en mi bolsillo. Había aprendido hasta qué punto una gran aparición podía depender del lugar y del momento. Sin duda sería mucho decir que siempre había sospechado de la posibilidad, en el fondo de la esencia de su señoría, de tan bello ejemplo; pero al menos, por condescendiente que suene, es un hecho que yo no ignoraba que había en mí cierta reserva de indulgencia hacia él. Me había compadecido de él en secreto por lo perfecto de su actuación, me había preguntado qué cara inexpresiva cubría esa máscara, qué le quedaba para las horas inmitigables en las que un hombre se queda consigo mismo o, aún más serio, con ese yo más intenso, su legítima esposa. ¿Cómo era en casa y qué hacía cuando estaba solo? Había algo en Lady Mellifont que daba un sentido a estas investigaciones, algo que sugería que, incluso para ella, él era el personaje público, y que ella se veía acosada por interrogantes similares, nunca los había despejado; ése era su eterno problema. Por tanto, nosotros, Blanche Adney y yo, sabíamos más que ella, pero por nada del mundo se lo diríamos, y quizá tampoco nos lo agradeciera. Ella prefería la relativa grandeza de la incertidumbre. No estaba cómoda con él, así que no podía saberlo, y él no estaba a solas con ella, así que no podía mostrárselo. Representaba para su mujer y era un héroe para los sirvientes, y lo que uno quería saber era qué sucedía en realidad con él cuando no podía verlo ojo alguno. Descansaba, posiblemente, pero ¿qué forma de descanso podía reparar tal plenitud de presencia? Lady Mellifont era demasiado orgullosa para fisgonear, y como nunca había mirado por el ojo de una cerradura, seguía guardando su dignidad y estando insatisfecha.
         Pudo haber sido una imaginación mía que Blanche Adney pusiera al descubierto a nuestro compañero, o puede ser que la ironía práctica de nuestra relación con él en ese momento me hiciera verlo más vívidamente; en cualquier caso, nunca me había parecido tan desemejante de lo que podría haber sido si no le hubiéramos ofrecido un reflejo de su imagen. Éramos sólo un concurso de dos, pero él nunca había sido más público. Sus perfectos modales nunca habían sido más perfectos, su extraordinario tacto nunca había sido tan extraordinario.
         Me daba la tácita sensación de que todo saldría en los periódicos de la mañana, con un editorial, y también la sensación secretamente vigorizadora de que yo sabía algo que no saldría, que nunca saldría, aunque cualquier diario emprendedor me daría una fortuna por ello. Debo añadir, sin embargo, que a pesar de mi gozo —era casi sensual, como el de un plato extraordinario— estaba deseoso de quedarme de nuevo a solas con Mrs. Adney, quien me debía una anécdota. Se demostró que era imposible esa noche, pues algunos de los otros salieron a ver qué era lo que encontrábamos tan absorbente; y entonces Lord Mellifont solicitó un poco de música del violinista, que sacó el violín y tocó para nosotros divinamente, sobre nuestra plataforma de ecos, enfrentados a los fantasmas de las montañas. Antes de que finalizara el concierto perdí de vista a nuestra actriz, y mirando por la ventana del salón vi que se había establecido con Vawdrey, que estaba leyéndole un manuscrito. Al parecer, la gran escena había sido conseguida, y sin duda era mucho más interesante para Blanche dadas las revelaciones que había reunido acerca de su autor. Juzgué discreto no molestarlos, y me fui a la cama sin volver a verla. La busqué temprano la mañana siguiente, y como el día prometía ser bello, le propuse que nos dirigiéramos a las colinas, recordándole la alta obligación en que había incurrido. Reconoció la obligación y me gratificó con su compañía, pero antes de que hubiéramos recorrido diez yardas del paso, exclamó con intensidad:
         —Mi querido amigo, no tiene ni idea de cóno me obsesiona. No puedo pensar en otra cosa.
         —¿Que no sea su teoría sobre Lord Mellifont? —Oh, ¡qué manía con Lord Mellifont! Me refiero a la suya sobre Mr. Vawdrey, que es çon mucho el más interesante de los dos. Estoy fascinada con esa teoría de su ¿cómo—se—llama?
         —¿Su identidad alternativa?
         —Su otro yo; eso es más fácil de decir.
         —¿Lo acepta, pues, lo adopta?
         —¿Adoptarlo? ¡Me regocijo con eso! Se me hizo tremendamente vívido anoche.
         —¿Mientras le leía ahí?
         —Sí, mientras lo escuchaba, lo observaba. Lo simplificó todo, lo explicó todo.
         —Esa es la bendición. ¿La escena está bien?
         —¡Es magnífica!, y lee maravillosamente.
         —¡Casi tan bien como escribe el otro! —me reí.
         Esto hizo que mi compañera se detuviera un momento, poniendo la mano en mi brazo.
         —Usted materializa mi propia impresión. Me dio la sensación de que estaba leyéndome la obra de otro hombre.
         —¡Qué servicio para el otro hombre!
         —Una persona tan diferente —dijo Mrs. Adney.
         Hablamos de esta diferencia mientras proseguíamos, y de la riqueza y el recurso de vida que constituía tal duplicación de su persona.
         —Debería hacerlo vivir el doble que a otras personas —observé.
         —¿A cuál de los dos?
         —Pues a los dos, porque después de todo son miembros de una empresa, y uno de ellos no podría llevar a cabo el negocio sin el otro. Además, la mera supervivencia sería horrible para cualquiera de los dos.
         Blanche Adney se quedó en silencio un poco; después exclamó:
         —No sé; ¡ojalá sobreviviese!
         —¿Podría preguntar, por mi parte, cuál de ellos?
         —Si no puede adivinarlo, no se lo voy a decir.
         —Conozco el corazón de la mujer. Siempre prefieren al otro.
         —Aquí fuera, lejos de mi marido, puedo decírselo. ¡Estoy enamorada de él!
         —Mujer infeliz, él no tiene pasiones —contesté.
         —Precisamente por eso lo adoro. ¿Acaso una mujer con mi historia no sabe que las pasiones de otros son insoportables? A una actriz, pobrecita ella, no puede interesarle un amor que no proceda todo de su parte; no puede permitirse el lujo de ser correspondida. Mi matrimonio demuestra eso; el matrimonio es ruinoso. ¿Sabe lo que tenía anoche en la cabeza durante todo el tiempo que Mr. Vawdrey me estuvo leyendo esas preciosas frases? Un loco deseo de ver al autor.
         Y de manera dramática, como para esconder su vergüenza, Blanche Adney dio un paso adelante:
         —Eso ya lo conseguiremos —respondí—. Yo mismo quiero echarle otro vistazo. Pero entretanto haga el favor de recordar que llevo esperando más de cuarenta y ocho horas la prueba que apoye el esbozo que me hizo, intensamente sugerente y plausible, de la vida privada de Lord Mellifont.
         —Oh, Lord Mellifont no me interesa.
         —Ayer sí le interesaba —dije.
         —Sí, pero eso era antes de que me enamorase. Usted lo hizo desaparecer con lo que me contó.
         —Va a hacer que sienta habérselo dicho. Vamos —supliqué—, si no me dice cómo entró esa idea en su cabeza me imaginaré que simplemente se la inventó.
         —Bueno, permítame recordarlo mientras paseamos por este verde valle.
         Nos hallábanos a la entrada de una encantadora y tortuosa garganta, parte de cuyo suelo llano formaba el lecho de una corriente suave y veloz. Nos dirigimos hacia ella, y el paseo junto al torrente claro nos hacía seguir y seguir, hasta que de repente, mientras andábamos y esperábamos que mi compañera recordara, una vuelta del valle nos mostró a Lady Mellifont viniendo hacia nosotros. Estaba sola, bajo la tela de su sombrilla, arrastrando la cola negra de su vestido sobre la hierba, y de esta guisa, por los intrincados senderos, constituía una aparición lo suficientemente poco común. Solía llevarse a un criado, que marchaba detrás de ella por las carreteras y cuya librea resultaba extraña a los montañeses. Se sonrojó al vernos, como si en cierto modo debiera justificarse; rió vagamente y dijo que había salido a dar un paseíto mañanero. Permanecimos juntos un rato, intercambiando frases vulgares, y entonces comentó que había pensado que podría encontrar a su marido.
         —¿Está por aquí? —pregunté.
         —Supongo que sí. Salió hace una hora a dibujar.
         —¿Ha estado buscándolo? —preguntó Mrs. Adney.
         —Un poco; no mucho —dijo Lady Mellifont.
         Cada una de las mujeres posó los ojos con cierta intensidad, según me pareció, en los ojos de la otra.
         —Nosotros se lo buscaremos, si quiere —dijo Mrs. Adney.
         —No importa. Pensé que me reuniría con él.
         —No hará sus dibujos si usted no se le une —insinuó mi compañera.
         —Tal vez lo haga si lo hacen ustedes —dijo Lady Mellifont.
         —Oh, quizá aparezca —interpuse.
         —Sin duda lo hará, ¡si sabe que estamos aquí! —replicó Blanche Adney.
         —¿Por qué no espera mientras lo buscamos? —pregunté a Lady Mellifont.
         Repitió que no tenía importancia; ante lo cual Mrs. Adney continuó:
         —Nos encargaremos de esto por propio placer.
         —Les deseo una agradable excursión —dijo su señoría, y cuando estaba volviéndose quise saber si debíamos informar a su marido de que lo había seguido. Dudó un momento y soltó de manera extraña—: Creo que será mejor que no lo haga.
         Con esto se despidió de nosotros y descendió por la garganta con cierta rigidez.
         Mi compañera y yo observamos su retirada y a continuación cruzamos una mirada, mientras un ligero fantasma de risa salía de los labios de la actriz en un susurro.
         —¡Debe estar andando entre los arbustos tras Mellifont!
         —Lo sospecha, ¿sabe? —contesté.
         —Y no quiere que él lo sepa. No va a haber ningún dibujo.
         —A no ser que lo sorprendamos —adjunté—. En ese caso lo encontraremos haciendo uno, en la más grácil actitud, y lo más extraño es que será magnífico.
         —Dejémoslo en paz. Tendrá que volver sin ese dibujo.
         —Él preferiría no volver. Oh, ya encontrará público.
         —Tal vez lo haga para las vacas —insinuó Blanche Adney.
         Y cuando yo estaba a punto de censurar su profanidad, prosiguió:
         —Eso es sencillamente lo que descubrí por casualidad.
         —¿De qué está hablando?
         —Del incidente de anteayer.
         —¡Ah, oigámoslo por fin!
         —Eso es todo lo que fue… que yo estaba como Lady Mellifont: no podía encontrarlo.
         —¿Lo perdió?
         —El me perdió a mí, ésa es la cosa al parecer! Creyó que me había ido.
         —Pero lo encontró, puesto que volvió con él.
         —Fue él quien me encontró a mí. Eso es lo que debe pasar. El está desde el momento en que sabe que hay otra persona.
         —Entiendo sus intervalos —dije tras una breve reflexión—, pero no acabo de captar la ley que los rige.
         —Es un fino matiz, pero lo capté en ese momento. Yo había emprendido el regreso. Estaba cansada y había insistido en que no volviera conmigo. Habíamos encontrado unas flores poco comunes, las que traje de vuelta conmigo, y fue él quien las había descubierto casi todas. Lo divertía mucho y yo sabía que quería cortar más, pero yo estaba agotada y lo dejé. Él me dejó marchar. ¿Dónde si no habría estado su tacto? Y yo era entonces demasiado estúpida como para adivinar que desde el momento en que no estuviera allí no se juntaría ni una flor. Comencé el camino de vuelta, pero al cabo de tres minutos me di cuenta de que me había llevado su navaja, me la había prestado para cortar una rama, y sabía que la necesitaría. Retrocedí unos pasos para llamarlo, pero antes de hablar lo busqué con los ojos. No puede entender lo que sucedió entonces sin tener el lugar ante usted.
         —Tiene que llevarme allí —dije.
         —Puede que veamos la maravilla aquí —el lugar sencillamente no ofrecía la menor oportunidad de esconderse: una gran ladera suave, sin obstrucciones ni árboles. Había unas rocas a mis pies, tras las cuales había desaparecido yo misma, pero de las que al regresar, había vuelto a emerger de inmediato.
         —Entonces él debió verla.
         —Había desaparecido por completo, por alguna razón que mejor sabrá él. Era probablemente un momento de fatiga, se está volviendo viejo, ¿sabe?, así que, con la sensación del retorno de la soledad, la reacción había sido proporcionalmente grande, la extinción proporcionalmente completa. En cualquier caso, el escenario estaba tan desnudo como la mano de usted.
         —¿Podría haber estado en algún otro sitio?
         —No podría haber estado, en ese tiempo, en ninguna parte sino donde lo dejé. Sin embargo, el lugar se hallaba totalmente vacío, tan vacío como esta extensión de valle que hay ante nosotros. Se había desvanecido… había cesado de ser. Pero en cuanto sonó mi voz (pronuncié su nombre), salió ante mí como el sol naciente.
         —¿Y dónde salió el sol?
         —Exactamente donde debía… exactamente donde habría estado y donde lo debía haber visto, si hubiera sido como los demás.
         Había escuchado con el más profundo interés, pero mi deber era que se me ocurrieran objeciones.
         —¿Cuánto tiempo transcurrió entre el momento en que percibió su ausencia y el momento en que lo llamó?
         —Sólo un instante. No pretendo que fuera mucho.
         —¿El tiempo suficiente para estar segura? —pregunté.
         —¿Segura de que él no estaba allí?
         —Sí. Y de que no estaba equivocada, de que no era víctima de algún abracadabra de su vista.
         —Puede que haya estado equivocada, pero no lo creo. De todos modos, por eso quería que mirase en su habitación.
         Pensé un momento.
         —¿Cómo puedo hacerlo yo si ni siquiera su mujer se atreve?
         —Ella quiere hacerlo, propóngaselo. No haría falta mucho para convencerla. Sospecha.
         Pensé otro momento.
         —¿Parecía él saberlo?
         —¿Que lo había perdido? Eso supuse, pero pensó que había sido lo bastante rápido.
         —¿Habló usted de su desaparición?
         —¡Dios me libre! Me pareció demasiado extraño.
         —Claro. ¿Y qué aspecto tenía?
         Intentando pensarlo otra vez y reconstituir su milagro, Blanche Adney elevó su mirada abstraída hacia el valle.
         De repente exclamó:
         —¡Exactamente el que tiene ahora! —y vi a Lord Mellifont de pie ante nosotros con su cuaderno de dibujo.
         Percibí, al ir a su encuentro, que su aspecto no era ni sospechoso ni inexpresivo; parecía como siempre, en todas partes, el rasgo principal de la escena. Naturalmente, no tenía dibujo alguno que enseñarnos, pero nada pudo haber redondeado mejor la concepción que de él teníamos que la manera en que se puso en situación cuando nos aproximamos. Había estado seleccionando su punto de vista; tomó posesión de él con un movimiento de lápiz. Estaba apoyado en una roca; su preciosa cajita de acuarelas reposaba junto a él en una mesa natural, un saliente de la ladera, lo cual demostraba de qué manera inveterada la naturaleza contribuía a su conveniencia.
         Pintaba mientras hablaba, y hablaba mientras pintaba; y si la pintura era tan variada como la charla, de igual manera la charla hubiera embellecido un álbum. Esperamos mientras la exhibición continuaba, y en verdad parecía que los conscientes perfiles de los picos tenían interés en que le saliera bien. Se erguían tan negros como siluetas en papel, destacando agudos sobre un cielo lívido, del que, sin embargo, no habría nada que temer hasta que el boceto de Lord Mellifont estuviera acabado. Blanche Adney comulgaba conmigo sin palabras, y pude leer el lenguaje de sus ojos: «¡Si pudiéramos hacerlo así de bien! Llena la escena de una manera que nos abruma.» No habríamos podido dejarlo, como no habríamos podido abandonar un teatro sin que acabara la obra, pero a su debido tiempo nos pusimos en marcha con él y nos encaminamos a la posada, ante la puerta de la cual su señoría, mirando de nuevo su dibujo, arrancó la hoja del cuaderno y se la regaló, con unas acertadas palabras, a Mrs. Adney. A continuación entró en la casa, y un momento después, alzando los ojos desde donde estábamos, lo vimos, arriba, en la ventana de su saloncito (tenía las mejores habitaciones), observando las señales del tiempo.
         —Tendrá que descansar después de esto —dijo Blanche, posando los ojos en su acuarela.
         —¡Ya lo creo! —elevé los míos hacia la ventana. Lord Mellifont se había desvanecido—. Ya está reabsorbido.
         —¿Reabsorbido? —noté que la actriz se hallaba ahora pensando en otra cosa.
         —En la inmensidad de las cosas. Ha dejado de existir de nuevo; hay un entr’acte.
         —Debiera ser largo —Mrs. Adney miró de un lado a otro de la terraza, y en ese momento el maïtre apareció por la puerta. De repente se volvió hacia este empleado con la pregunta—. ¿Ha visto usted a Mr. Vawdrey recientemente?
         El hombre se aproximó de inmediato.
         —Salió de la casa hace cinco minutos… a dar un paseo, creo. Bajó por el paso, llevaba un libro.
         Yo observaba las nubes amenazadoras.
         —Debería haberse llevado un paraguas.
         El camarero sonrió.
         —Le recomendé que llevara uno.
         —Gracias —dijo Mrs. Adney.
         Y el Oberkellner se retiró. Luego prosiguió conmigo, bruscamente:
         —¿Me hace usted un favor?
         —Sí, si usted me hace a mí otro. Déjeme ver si su pintura está firmada.
         Miró el dibujo antes de dármelo.
         —Cosa asombrosa, no lo está.
         —Debiera estarlo para que tenga pleno valor. ¿Puedo quedármelo un poco?
         —Sí, si hace lo que le pido. Agarre un paraguas y salga tras Mr. Vawdrey.
         —¿Para traérselo a Mrs. Adney?
         —Para mantenerlo alejado… el mayor tiempo posible.
         —Lo mantendré alejado lo que tarde en echarse a llover.
         —¡Oh, qué importa la lluvia! —exclamó mi compañera.
         —Por usted que nos caláramos, ¿no?
         —Y no tendría remordimientos.
         Y con una extraña luz en los ojos, añadió:
         —Voy a intentarlo.
         —¿A intentarlo?
         —A intentar ver al auténtico. ¡Oh, si puedo acceder a él! —estalló con pasión.
         —¡Inténtelo, inténtelo! —repliqué—. Retendré a nuestro amigo todo el día.
         —Si puedo acceder al que lo hace —e hizo una pausa con ojos brillantes—, ¡si puedo discutirlo con él, obtendré mi papel!
         —¡Retendré a Vawdrey por siempre! —exclamé tras ella cuando entró rápidamente en la casa.
         Su audacia era comunicativa, y me quedé sumido en un fulgor de excitación. Miré la acuarela de Lord Mellifont y miré la tormenta amenazadora; volví los ojos de nuevo hacia las ventanas de su señoría y luego los incliné sobre mi reloj. Vawdrey me llevaba tan poca ventaja que tendría tiempo de alcanzarlo, tendría tiempo incluso si me tomaba cinco minutos para subir al salón de Lord Mellifont (donde todos habíamos sido hospitalariamente recibidos), y decirle, como mensajero, que Mrs. Adney le suplicaba que otorgara a su dibujo la elevada consagración de su firma. Al considerar de nuevo esta obra de arte, percibí que había algo de lo que ciertamente carecía: ¿qué mejor, pues, que un autógrafo tan noble? Era mi deber suplir la deficiencia sin dilación y, según este convencimiento, volví a entrar en el hotel al instante. Subí a las habitaciones de Lord Mellifont; llegué a la puerta de su salón. Ahí, no obstante, me vi en una dificultad con la que mi extravagancia no había contado. Si llamaba lo estropearía todo, pero ¿estaba yo preparado para prescindir de esta ceremonia?
         Me hice la pregunta y me sentí violento; di una y otra vuelta al dibujito, pero no obtuve la respuesta que quería.
         Yo quería que dijera: «Abre la puerta suave, suavemente, sin un sonido, pero muy rápido, y verás lo que verás.»
         Había llegado a poner la mano en el tirador cuando me di cuenta (andándome con tanto ojo) de que exactamente de la manera en que estaba pensando —suave, suavemente, sin un sonido— se había movido otra puerta, al otro lado del pasillo. En el mismo instante me encontré sonriendo bastante forzadamente a Lady Mellifont, quien, al verme, se había detenido en el umbral de su puerta. Durante un momento, sin que ella se moviera, intercambiamos dos o tres ideas, que eran tanto más singulares por cuanto que no fueron expresadas.
         Nos habíamos sorprendido mutuamente rondando, y nos entendíamos, pero al avanzar hacia ella (de tal manera que la anchura del vestíbulo nos separaba del salón), sus labios formaron el ruego casi silencioso: «¡No!» Vi en sus ojos conscientes todo lo que esa palabra expresaba, la confesión de su propia curiosidad y el temor de las consecuencias de la mía.
         —¡No! —repitió cuando me encontraba ante ella.
         Desde el momento en que mi experimento pudiera parecerle un acto de violencia estaba dispuesto a renunciar a él; no obstante creí detectar en su cara asustada una traición aún más profunda, una posibilidad de desencanto si yo desistía. Era como si ella hubiera dicho: «Dejaré que lo haga si acepta la responsabilidad. Sí, con otra persona lo sorprendería. Pero no estaría bien que creyese que era yo.»
         —Encontramos en seguida a Lord Mellifont —observé, aludiendo a nuestro encuentro con ella una hora antes—, y él fue tan amable de regalar este encantador dibujo a Mrs. Adney, quien me pidió que subiera y le suplicara que pusiera la firma que falta.
         Lady Mellifont tomó el dibujo de mis manos, y adiviné la lucha que tuvo lugar en su interior mientras lo miraba. Quedó en silencio durante algún tiempo, y pensé que todas sus delicadezas y dignidades, todas sus antiguas timideces y piedades luchaban contra su oportunidad. Se dio vuelta y con el dibujo regresó a su habitación. Estuvo ausente durante un par de minutos, y cuando reapareció vi que había vencido su tentación; que incluso, con una especie de horror resurgente, se había acobardado ante ella. Había depositado el dibujo en la habitación.
         —Si tiene la bondad de dejarme el dibujo, me ocuparé de que sea atendida la petición de Mrs. Adney —dijo con gran cortesía y dulzura, pero de una manera que puso fin a nuestro coloquio.
         Asentí, quizá con un entusiasmo algo artificial y a continuación, para hacer más fácil nuestra separación, comenté que íbamos a tener un cambio de tiempo.
         —En ese caso nos marcharemos… nos marcharemos inmediatamente —dijo Lady Mellifont.
         Me divirtió el ansia con que hizo esta declaración: parecía representar un vuelo codiciado hacia la seguridad, una escapada con su secreto amenazado. Me sorprendí aún más, porque cuando empecé a volverme, extendió la mano para tomar la mía. Tenía el pretexto de despedirse de mí, pero al estrecharme la mano bajo esa suposición, sentí que lo que ese movimiento en realidad quería decir era: «Le agradezco la ayuda que me hubiera dado, pero es mejor así. Si yo lo supiera, ¿Quién me ayudaría entonces?» Mientras me dirigía a mi habitación a buscar el paraguas, me dije: «Está segura, pero no lo pondrá a prueba.»
         Un cuarto de hora después había alcanzado a Vawdrey en el paso, y poco después nos encontrábamos buscando refugio. No sólo las nubes se habían amontonado, sino que la tormenta terminó por estallar con extraordinaria rapidez. Trepamos por una ladera hasta una cabaña vacía, una burda estructura que apenas servía más que de refugio para el ganado. Sin embargo, era un refugio tolerable, y tenía rendijas por las que pudimos contemplar el espléndido espectáculo de la tempestad. Este entretenimiento duró una hora, hora que recuerdo como llena de peculiares disparidades. Mientras los relámpagos jugaban con los truenos y la lluvia entraba y chorreaba sobre nuestros paraguas, me dije que Clare Vawdrey era decepcionante. No sé exactamente lo que yo habría presagiado de un gran autor expuesto a la furia de los elementos, no puedo decir qué específica actitud de Manfredo habría esperado que asumiera mi compañero, pero en cierto modo me pareció que no debería haber contado con que me regalara en tal situación con chismes (que yo ya había oído) sobre la célebre Lady Ringrose. Su señoría constituyó el tema de conversación de Vawdrey durante esta prodigiosa escena, aunque antes de que terminara del todo, se abalanzó sobre Mr. Chafer, el apenas menos notorio crítico. Oír a un hombre como Vawdrey hablar de críticos me rompió el corazón. Los relámpagos proyectaban una luz dura sobre la verdad, que durante años me había sido familiar, y a la que los últimos uno o dos días habían proporcionado un apoyo trascendente, la certidumbre irritante de que para las relaciones personales este admirable genio consideraba a su segundo lo suficientemente bueno. Era así, sin duda, como estaba hecha la sociedad, pero había un desprecio en la distinción que no podía dejar de ser mortificante para un admirador. El mundo era vulgar y estúpido, y el hombre auténtico habría sido un necio al salir, cuando podía chismorrear y cenar por medio de un suplente. No obstante mi corazón se hundió al darme cuenta de que mi compañero practicaba esta economía. No sé qué es lo que yo quería exactamente; supongo que quería que él hiciera una excepción conmigo. Casi creo que la habría hecho, si hubiera sabido cómo veneraba su talento. Pero nunca había sido capaz de traducirle esto, y la aplicación que él hacía de este principio era inexorable. En cualquier caso, yo estaba más seguro que nunca de que en ese momento su silla del hotel no estaría vacía: allí estaba la actitud de Manfredo, allí estaban los destellos sensibles. Envidiaba a Mrs. Adney su supuesto disfrute de todo eso.
         El tiempo cambió por fin, y la lluvia amainó lo suficiente para permitirnos emerger de nuestro asilo y emprender el regreso a la posada, donde al llegar nos encontramos con que nuestra prolongada ausencia había producido cierta inquietud. Al parecer se juzgó que la furia de los elementos podría habernos puesto en un apuro. Varios de nuestros amigos estaban en la puerta, y dieron muestras de un ligero desconcierto cuando percibieron que sólo estábamos empapados. Por alguna razón, Clare Vawdrey más que yo, y se fue camino de su habitación. Blanche Adney se encontraba entre las personas que se habían reunido para esperarnos, pero cuando Vawdrey vino hacia ella se zafó de él sin un saludo; con un movimiento que observé como casi un movimiento de enajenación, le dio la espalda y entró con rapidez en el salón. Mojado como estaba, entré tras ella; ante lo cual se volvió de inmediato y se puso frente a mí. Lo primero que vi fue que nunca había estado tan bella. Había una luz de inspiración en su cara, y me soltó en el susurro más rápido, que al mismo tiempo fue el grito más sonoro, que nunca haya oído:
         —¡Tengo el papel!
         —¿Fue a su habitación… yo estaba en lo cierto?
         —¿En lo cierto? —repitió Blanche Adney—. Ay, querido amigo —murmuró.
         —¿Estaba allí… lo vio?
         —El me vio a mí. ¡Fue la hora de mi vida!
         —Debió ser la hora de la suya, si estaba usted la mitad de encantadora de lo que está ahora.
         —Es espléndido —prosiguió, como si no me oyera—. ¡Es él quien lo hace!
         Yo escuchaba, inmensamente impresionado, y ella añadió:
         —Nos entendimos mutuamente.
         —¿Con los destellos de los relámpagos?
         —¡Entonces no veía los relámpagos!
         —¿Cuánto tiempo estuvo allí? —pregunté con admiración.
         —El suficiente para decirle que lo adoro.
         —Ah, ¡eso es lo que yo nunca he sido capaz de decirle a él! —exclamé tristemente.
         —Conseguiré el papel… ¡Conseguiré el papel! —continuó, con una indiferencia triunfante, y se puso a dar vueltas por la habitación con el júbilo de una niña, deteniéndose sólo para decir: —Vaya a cambiarse de ropa.
         —Ya tendrá la firma de Lord Mellifont —dije.
         —¡Oh, que me importa la firma de Lord Mellifont! Es mucho más simpático que Mr. Vawdrey —continuó de manera inconexa.
         —¿Lord Mellifont? —pretendí preguntar.
         —¡Al infierno con Lord Mellifont!
         Y Blanche Adney, en su regocijo, me rozó al pasar, para salir disparada por la puerta abierta. Justo al otro lado se topó con su marido y con un encantador grito de «¡Estábamos hablando de ti, mi amor!», se arrojó encima de él y lo besó.
         Fui a mi habitación y me cambié de ropa, pero me quedé allí hasta la noche. La violencia de la tormenta había pasado sobre nosotros, pero la lluvia se había convertido en llovizna. Al bajar para la cena me encontré con que el cambio de tiempo había deshecho ya nuestro grupo. Los Mellifont habían partido en un coche de cuatro caballos, otros los habían seguido, y varios vehículos habían sido solicitados para la mañana siguiente. El de Blanche Adney era uno de ellos y, con el pretexto de que tenía preparativos que hacer, nos dejó inmediatamente después de cenar. Clare Vawdrey me preguntó que qué le sucedía, parecía que de pronto no gustaba de él. No recuerdo la respuesta que le di, pero hice lo que estaba en mi mano para consolarlo marchándome con él al día siguiente. Mrs. Adney se había desvanecido cuando bajamos, pero hicieron las paces en Londres, puesto que él terminó la obra, que ella produjo. Debo añadir que, sin embargo, sigue careciendo de un gran papel. Yo tengo uno precioso en la cabeza, pero ella no viene a verme para darme la lata con eso. Lady Mellifont siempre deja caer una palabra amable para mí cuando nos vemos, lo cual no me consuela.

Literatura .us

Vida de poetas

Estoy echada en el suelo del cuarto de baño de esta anónima habitación de hotel, con los pies sobre el borde de la bañera y una toallita empapada de agua fría en la nuca. Una aparatosa hemorragia nasal. Un buen adjetivo, que funciona, como dicen los alumnos de las clases de escritura creativa que son a veces parte del lote. Tan colorista. Es la primera vez que tengo una hemorragia nasal y no sé qué hay que hacer. Un cubito de hielo estaría bien. Imagen de la máquina de Coca-Cola y hielo del final del pasillo, yo arrastrándome hacia ella, sobre la cabeza una toalla blanca, en la que se extiende la mancha de sangre. Un cliente del hotel abre la puerta de su habitación. Espanto, un accidente. Apuñalada en la nariz. No quiere meterse en líos, la puerta se cierra, mi cuarto de dólar se atasca en la máquina. Seguiré con la toallita.
  El aire es demasiado seco, debe de ser eso, nada que ver conmigo ni con las protestas del cuerpo empapado. Ósmosis. La sangre mana porque no hay bastante vapor de agua; tienen los radiadores al máximo y no hay llave para cerrarlos. Tacaños, ¿por qué no podía alojarme en el Holiday Inn? Me ha tocado este, con motivos pseudoisabelinos clavados con chinchetas en un esqueleto carcomido, un intento desesperado de sacarle algún partido a este rincón del bosque. Las afueras de Sudbury, la capital mundial de la fundición del níquel. ¿Quiere que le enseñemos la zona?, dicen. Me gustaría ver los montones de escoria y los lugares donde la vegetación ha sido arrasada. Oh, ja, ja, dicen. Está volviendo a crecer, han construido chimeneas. Se está convirtiendo en un sitio bastante civilizado. Antes me gustaba, digo, se parecía a la luna. Algo hay que decir a favor de un lugar donde no crece absolutamente nada. Pelado. Muerto. Liso como un hueso. ¿Entienden? Intercambio de miradas furtivas, jóvenes rostros barbudos, uno fuma en pipa, escriben notas a pie de página, mientras suben, ¿por qué siempre nos endosan al poeta visitante? El último vomitó en la alfombrilla del coche. Ya veréis cuando seamos trabajadores fijos.
  Julia movió la cabeza. El reguerillo de sangre descendía lentamente por el cuello, espesa y con sabor a púrpura. Estaba sentada junto al teléfono, tratando de descifrar las instrucciones para poner una conferencia a través de la centralita del hotel, cuando estornudó y la página que tenía delante quedó salpicada de sangre. Totalmente espontáneo. Y Bernie estará en casa, aguardando su llamada. Ella tenía que leer unos poemas al cabo de dos horas. Tras una amable presentación, se levantaría y se acercaría al micrófono, sonriente, abriría la boca y empezaría a gotearle sangre de la nariz. ¿Aplaudirían? ¿Fingirían no darse cuenta? ¿Creerían que era parte del poema? Tendría que hurgar en el bolso en busca de un kleenex o, mejor aún, se desmayaría y tendrían que componérselas como pudiesen. (Pero todos creerían que estaba borracha). Menuda contrariedad para la comisión. ¿Le pagarían igualmente? Los imaginaba discutiéndolo.
  Levantó un poco la cabeza, para ver si había cesado. Tuvo la sensación de que algo semejante a una babosa caliente le reptaba por el labio superior. Se lo lamió y le supo a sal. ¿Cómo iba a llegar al teléfono? Arrastrándose boca arriba por el suelo, apoyándose en los codos e impulsándose con los pies, como si nadase, como un gigantesco insecto acuático. No era a Bernie a quien debía llamar, sino a un médico. Pero no era para tanto. Siempre le ocurrían cosas así cuando tenía un recital de poesía, algo doloroso pero demasiado leve para llamar al médico. Además, siempre le pasaba cuando estaba de viaje, en alguna ciudad en la que no conocía a ningún médico. Una vez pilló un resfriado y le quedó una voz que parecía surgir a través de una capa de barro. Otra vez se le hincharon las manos y los tobillos. Y las jaquecas eran un clásico; en casa nunca tenía jaquecas. Era como si algo se opusiera a aquellas lecturas, como si tratase de impedir que las hiciese. Esperaba a que adoptase una forma más drástica, parálisis de los maxilares, ceguera temporal, crisis nerviosa. En eso pensaba durante las presentaciones, siempre: se imaginaba tendida en una camilla, una ambulancia aguardando, y luego se despertaría, a salvo y curada, con Bernie sentado junto a su cama. Él le sonreiría, la besaría en la frente y le diría… ¿qué? Algo mágico. Que les había tocado la lotería. Que había heredado una fortuna. Que la galería era solvente. Algo que significase que nunca más tendría que hacer aquello.
  Ese era el problema: necesitaban el dinero. Siempre habían necesitado el dinero, durante los cuatro años que llevaban viviendo juntos, y aún lo necesitaban. Al principio no les pareció tan importante. Bernie recibía una beca, para pintar, y luego se la renovaron. Ella tenía un empleo de media jornada en una biblioteca, catalogando libros. Después publicó un libro, en una editorial de segunda fila, y consiguió también una beca. Como es natural, dejó el empleo para aprovechar el tiempo al máximo. Pero Bernie se quedó sin dinero y le costaba mucho vender los cuadros. Cuando vendía alguno, la galería se llevaba la mayor parte. El sistema de galeristas era injusto, le decía él, y con otros dos pintores creó una cooperativa de artistas y abrieron una galería que, después de mucho hablarlo, decidieron llamar The Notes from Underground. Uno de sus socios tenía dinero, pero no querían aprovecharse de él; dividirían gastos e ingresos a partes iguales. Bernie le explicó todo esto a Julia, tan entusiasmado que a ella le pareció natural prestarle la mitad del dinero de su beca, para que pudiesen empezar. En cuanto hubiese beneficios, le dijo él, se lo devolvería. Incluso le regaló dos acciones de la galería. Pero aún no tenían beneficios y, tal como señaló Bernie, la verdad era que Julia no necesitaba que le devolviese el dinero precisamente en aquel momento. Julia podía conseguir más. Ya tenía una reputación; modesta, sí, pero le permitía ganar dinero con mayor facilidad y rapidez que él, viajando y ofreciendo lecturas de poemas en universidades. Julia era una «promesa», lo que significaba que cobraba menos que quienes ya eran más que promesas. Recibía suficientes invitaciones para ir tirando y, aunque las estudiaba una por una con Bernie, con la esperanza de que él vetase alguna, hasta entonces no le había aconsejado que rechazase ni una sola. Pero, en honor a la verdad, Julia nunca le había confesado lo mucho que detestaba aquello, las miradas fijas en ella, oír su propia voz flotar, distante, la única pregunta corrosiva que estaba segura de que se agazapaba entre las más inocuas: «¿De verdad cree usted que tiene algo que decir?».
  En pleno febrero, en plena nevada, sangrando en las baldosas del suelo del cuarto de baño. Las veía al ladear la cabeza: hexágonos blancos unidos como celdillas de un panal, con una baldosa negra a intervalos regulares.
  Por unos irrisorios ciento veinticinco dólares —aunque no hay que olvidar que eso representa la mitad del alquiler— y veinticinco dólares diarios en concepto de dietas. He tenido que coger el avión de la mañana, pues por la tarde no había plazas; ¿quién demonios viene a Sudbury en febrero? Un grupo de ingenieros. Ciudadanos prácticos, que extraen el metal, que ganan una fortuna, dos coches y piscina. No se alojan aquí. El comedor estaba casi vacío a la hora del almuerzo. Aparte de mí, únicamente había un anciano que hablaba solo. ¿Qué le pasa?, le he preguntado a la camarera. ¿Está chiflado? Se lo he susurrado. Está bien, pero es sordo, me ha dicho ella. No es que se sienta solo, sino que está completamente solo desde que murió su esposa. Vive aquí. Supongo que es mejor que una residencia de ancianos. En verano, el hotel está más concurrido. Muchos de nuestros clientes están en trámites de divorcio. Se les cala enseguida, por lo que piden de comer.
  No la he alentado a seguir con el tema. Sin embargo, tenía que haberlo hecho, porque ahora nunca lo sabré. Lo que piden de comer… He buscado, como de costumbre, lo más barato de la carta. Necesito los ciento veinticinco dólares íntegros, ¿por qué malgastarlos en comida? En esta comida. La carta, un torpe intento de parecer isabelina, todo con una «e» al final. He pedido un especial Ana Bolena, una hamburguesa sin panecillo, con un cuadrado de gelatina roja a modo de guarnición, seguida de mousse royale. ¿Sabrán que a Ana Bolena le cortaron la cabeza? ¿Por eso sirven la hamburguesa sin panecillo? ¿Qué pasa por la cabeza de la gente? Todo el mundo cree que los escritores saben más acerca de la mente humana, pero es un error. Saben menos. Por eso escriben. Para tratar de descubrir lo que todos los demás dan por sentado. El simbolismo de la carta, por el amor de Dios, ¿cómo se me ocurre pensar siquiera en eso? La carta no tiene simbolismo, no es más que el desacertado intento de un lerdo por ser gracioso. ¿No es así?
  Eres demasiado complicada, le decía Bernie cuando aún se acariciaban y escudriñaban sus respectivas psiques. Deberías tomártelo con calma. Tumbarte. Comerte una naranja. Pintarte las uñas de los pies.
  Y con eso, para él, ya estaba todo arreglado.
  Tal vez ni siquiera se hubiese levantado aún. Solía dar una cabezada por las tardes, debía de estar tumbado bajo la maraña de mantas del apartamento que compartían en Queen Street West (encima de la tienda, que antes era una ferretería y ahora era una boutique, y el alquiler se estaba poniendo por las nubes), boca abajo, los brazos abiertos a cada lado, los calcetines en el suelo, donde los había tirado, uno tras otro, como pies desinflados o endurecidas pisadas azules que conducían a la cama. Incluso por las mañanas se levantaba cansinamente e iba casi a tientas a la cocina en busca del café, que ella ya había preparado. Era uno de sus pocos lujos: verdadero café. Ella ya llevaba horas levantada, inclinada sobre la mesa de la cocina, concentrada delante de una hoja de papel, royendo palabras, despedazando el lenguaje. Él posaba la boca, llena aún de sueño, sobre la suya, y quizá la arrastrase de nuevo al dormitorio y a la cama con él, a aquella piscina líquida de carne, recorriera su cuerpo con la boca, placer peludo, la colcha cubriéndolos mientras se sumían en la ingravidez. Pero él llevaba tiempo sin hacerlo. Se levantaba cada vez más temprano, y a ella le costaba cada vez más salir de la cama. Estaba perdiendo aquella compulsión, aquella alegría, lo que quiera que la impulsase a salir al frío aire de la mañana, a llenar todos aquellos cuadernos, todas aquellas páginas impresas. Ahora se daba la vuelta bajo las mantas cuando Bernie se levantaba, remetía bien los bordes, se arrebujaba en lana. Había empezado a tener la sensación de que nada la esperaba fuera de los límites de la cama. No se trataba de vacío, sino de nada, un cero con patas en el libro de aritmética.
  «Salgo», decía él a su espalda arropada, aturdida. Estaba lo bastante despierta para oírlo; luego volvía a sumirse en un sueño húmedo. La ausencia de Bernie era una razón más para no levantarse. Él iría a The Notes from the Underground, donde, por lo visto, pasaba ahora la mayor parte del tiempo. Estaba contento de cómo iba, les habían hecho varias entrevistas para periódicos, y ella comprendía perfectamente que algo pudiera considerarse un éxito aunque no diese dinero, ya que lo mismo había ocurrido con su libro. Pero estaba un poco preocupada porque él ya no pintaba mucho. Su último cuadro había sido un intento de realismo mágico. Era ella, sentada a la mesa de la cocina, envuelta en la alfombra a cuadros que tenían al pie de la cama, el cabello recogido en un moño desgreñado, con aspecto de víctima de una hambruna. Lástima que la cocina fuese amarilla, porque volvía verde su piel. De todas formas, no lo había terminado. Papeleo, decía él. En eso debían de írsele las mañanas en la galería, en eso y en contestar al teléfono. Tenían acordado turnarse los tres y él debía de quedar libre a las doce, pero por lo general terminaba yendo también por las tardes. La galería había atraído a varios pintores jóvenes, que se sentaban a beber Nescafé en vasitos de plástico y cervezas en lata y discutían sobre si todo aquel que comprase una acción de la galería debía tener derecho a exponer, si la galería debía cobrar comisiones y, de no ser así, cómo iba a sobrevivir. Tenían varios planes, y hacía poco habían contratado a una chica para que se ocupase de las relaciones públicas, de los carteles, de la correspondencia y de dar la lata a los medios de comunicación. Trabajaba por cuenta propia y colaboraba con otras dos galerías y un fotógrafo publicitario. Estaba empezando, explicaba Bernie. La chica decía que debían hacerse un nombre. Se llamaba Marika. Julia la había conocido en la galería, cuando aún tenía la costumbre de ir allí por las tardes. Le parecía que hacía una eternidad.
  Marika era una rubia de cutis aterciopelado, de veintidós o veintitrés años, en todo caso, no más de cinco o seis menor que Julia. Aunque su nombre sonaba exótico, acaso húngaro, tenía un marcado acento de Ontario y se apellidaba Hunt. Un capricho de la madre, o un cambio de apellido por parte del padre, o quizá lo había adoptado la propia Marika. Estuvo muy simpática con Julia. «He leído tu libro —le dijo—. No leo mucho, no tengo tiempo, pero saqué el tuyo de la biblioteca porque Bernie me lo comentó. No creía que fuese a gustarme, pero la verdad es que está muy bien». Julia agradecía —en exceso, según Bernie— que alguien dijese que le gustaba su obra o, simplemente, que la hubiese leído. Sin embargo, oyó una voz en su interior que decía: «Vete a la mierda». Era la manera en que Marika había hecho el cumplido: como quien da una galleta a un perro, en parte un premio, en parte un soborno, y con suficiencia.
  Desde entonces habían tomado café juntas en varias ocasiones. Era siempre Marika quien se dejaba caer, por algún que otro recado de Bernie. Se sentaban a hablar en la cocina, pero nunca llegaron a conectar. Eran como dos madres en una fiesta de cumpleaños, sentadas en un extremo, mientras sus hijos alborotaban y se atiborraban: se trataban con amabilidad, pero el verdadero centro de atención estaba en otra parte.
  —Siempre he pensado que a mí también me gustaría escribir —dijo en una ocasión Marika, y Julia tuvo la sensación de que se producía una pequeña explosión roja en su nuca. Estuvo a punto de derramarse el café encima, pero enseguida comprendió que Marika no lo había dicho con la intención que ella creía. Solo quería mostrar interés—. ¿No te da miedo quedarte sin materia?
  —No hay materia sin energía —contestó Julia en son de broma, aunque en el fondo no hacía más que expresar un temor auténtico. ¿Acaso no eran lo mismo?—. Según Einstein —añadió, y Marika, que no captó la relación, le dirigió una mirada de extrañeza y desvió la conversación hacia el cine.
  La última vez que Marika se presentó en el apartamento, Julia aún no se había levantado de la cama. No tenía excusa, ninguna explicación. Estuvo a punto de decirle que se marchase, pero Bernie necesitaba la libreta negra, en la que tenía anotados los números de teléfono, y no tuvo más remedio que dejarla entrar.
  Marika se recostó en el marco de la puerta del dormitorio, bien arreglada con su atuendo de varias capas, balanceando el bolso tejido a mano, mientras Julia, con el pelo sin lavar, que caía lacio sobre los hombros del camisón, la boca pastosa y la mente embotada, se arrodillaba en el suelo y rebuscaba en los bolsillos de Bernie. Por primera vez desde que vivían juntos deseó que, para variar, hubiese colocado bien la ropa. Tenía la impresión de que la ponía en evidencia, aunque sin razón, porque no era su ropa, no era ella quien la dejaba tirada por el suelo. Marika exudaba sorpresa, incomodidad y cierto júbilo, como si los calcetines sucios y los tejanos pisoteados de Bernie fuesen la parte vulnerable de Julia, que siempre había deseado ver.
  —No sé dónde la habrá puesto —dijo Julia, exasperada—. Tendría que dejarlo todo como es debido —añadió, demasiado a la defensiva—. Aquí arrimamos el hombro los dos.
  —Claro, con tu trabajo… —dijo Marika.
  Escudriñaba la habitación, la cama grisácea, el suéter de Julia hecho un higo en la silla del rincón, el aguacate con hojas de bordes marronosos del alféizar, la única planta. Julia había plantado una semilla tras un atracón de aguacates —ya no recordaba la razón de semejante festín—, pero estaba mustia. Hojas de té. Había que echarle hojas de té, ¿o era carbón lo que había que echarle?
  La libreta apareció al fin debajo de la cama. Julia la sacó con una bola de pelusa que había quedado prendida. Vio mentalmente una plaquita, como las que colocan en las casas históricas: «BOLA DE PELUSA. Perteneció a Julia Morse, poeta». Con un grupito de escolares aburridos mirando a través del cristal de una urna. Ese era el futuro, si es que había futuro, si seguía escribiendo, si llegaba a tener una importancia siquiera marginal, a ser una obligada nota a pie de página en una tesis doctoral. Fragmentos residuales después de la podredumbre generalizada, clasificados, acumulando polvo, como las vértebras de los dinosaurios. Exangües.
  Tendió la libreta a Marika.
  —¿Te apetece una taza de café? —le preguntó, con un tono que invitaba a rehusar.
  —No quiero molestar —respondió Marika, que, sin embargo, se quedó a tomar café y habló con entusiasmo de sus planes para organizar una exposición colectiva que titularían «De abajo arriba».
  Sus ojos recorrían la cocina, se fijaban en el grifo que goteaba, en el trapo maloliente con que lo habían vendado, en la vieja tostadora rodeada de migas como residuos de un leve deslizamiento de tierras.
  —Me alegra mucho que podamos ser amigas —dijo antes de marcharse—. Dice Bernie que no tenemos nada en común, pero creo que nos llevamos realmente bien. Allí casi todos son hombres.
  Esto podía ser una variedad adulterada de feminismo, pensó Julia, pero no lo era. La voz de Marika apestaba a club de bridge. «Realmente bien». Qué incongruencia, con aquellos zapatos de plataforma y aquel trasero a la moda. Las visitas de Marika hacían que se sintiera como la beneficiaria de una pensión asistencial. No sabía qué hacer para que dejase de venir, sin ser demasiado grosera. Porque, además, la exasperaba que la privase de un tiempo que necesitaba para trabajar. Aunque cada vez tenía menos trabajo.
  Bernie parecía no percatarse de que apenas hacía nada. Ya no le pedía que le dejase leer lo que hubiese escrito durante el día. Cuando llegaba a casa a la hora de cenar, hablaba obsesivamente de la galería mientras comía un plato tras otro de espaguetis y —al menos así se lo parecía a ella— devoraba barras de pan. Cada vez tenía más apetito, y habían empezado a discutir por lo mucho que gastaban en comida y por quién debía ir a la compra y cocinar. Al principio lo compartían todo, ese era el acuerdo. De buena gana Julia le hubiese dicho que, como ahora él comía el doble que ella, debía ir más a la compra y pagar más de la mitad, pero pensaba que sería mezquino por su parte. Sobre todo porque, siempre que hablaban de dinero, él decía: «No te preocupes, que cobrarás», como si ella le echase en cara el préstamo para la galería. Y Julia suponía que eso era lo que hacía.
  ¿Qué hora es? Arriba la muñeca: las seis treinta. La hemorragia parece haber remitido, pero la sangre sigue ahí, espesa como lodo, descendiendo por el cuello. Una vez, una profesora entró en el aula con los dientes ribeteados de sangre. Debía de haber ido al dentista y luego no se había mirado al espejo. Le teníamos tanto miedo que no le dijimos nada y pasamos toda la tarde dibujando tres tulipanes en un jarrón, presididos por aquella sonrisa sedienta de sangre. Tengo que recordar cepillarme los dientes y lavarme bien la cara, porque una gota de sangre en el mentón podría perturbar al público. La sangre, el fluido elemental, el jugo de la vida, subproducto del nacimiento, preludio de la muerte. La roja medalla al valor. La bandera del pueblo. Quizá podría ganarme la vida redactando discursos políticos, si todo lo demás falla. Pero cuando mana de la nariz no es mágica ni simbólica, sino ridícula. Sujeta por la nariz a la retícula geométrica del suelo del cuarto de baño. No seas estúpida, ponte en marcha. Levántate con cuidado: si la hemorragia persiste, anula el recital y coge el avión. (¿Dejando un reguero de coágulos?). Esta noche podría estar en casa. Bernie está allí ahora, aguardando a que llame, que ya es tarde.
  Se levantó despacio, sujetándose al lavabo, y fue al dormitorio con la cabeza ligeramente echada hacia atrás. Buscó a tientas el teléfono y lo cogió. Marcó el cero y pidió a la telefonista que hiciese la llamada. Oyó los ruidos del espacio exterior que hacía el teléfono mientras esperaba nerviosamente oír la voz de Bernie, notando ya su lengua en la boca. Se meterían en la cama y después tomarían una especie de resopón, los dos solos en la cocina, con el horno de gas encendido y abierto para caldearla, como solían hacer. (Su mente prescindió de los detalles de lo que podían comer. Sabía que no había nada en el frigorífico, salvo un par de salchichas casi caducadas. Ni siquiera panecillos). Las cosas irían mejor, el tiempo daría marcha atrás, hablarían, ella le diría lo mucho que lo había echado de menos (porque ciertamente había estado fuera más de un día), se abriría el silencio, el lenguaje fluiría de nuevo.
  Comunicaba.
  No quería pensar en su decepción. Llamaría más tarde. Ya no sangraba, aunque notaba cómo se formaba la costra en el interior de su cabeza. De modo que se quedaría, haría la lectura, cobraría y destinaría el dinero a pagar el alquiler. ¿Qué otra posibilidad cabía?
  Ya era la hora de cenar y tenía hambre, pero no podía permitirse pagar otra comida. A veces invitaban al poeta a cenar; a veces ofrecían una fiesta en la que podía atiborrarse de galletitas saladas y queso. Pero allí no organizaban nada de nada. La recogían en el aeropuerto, eso era todo. Suponía que no habrían pegado carteles, que no habrían hecho ninguna publicidad. Poco público y nervioso al ver que habían ido ellos pero nadie más, atrapados en una lectura sin interés. Y ella ni siquiera tenía pinta de poeta, vestía un traje pantalón azul marino, cómodo para subir escaleras y a coches. Quizá llevar vestido ayudase, algo vaporoso y etéreo. ¿Pulseras, un fular?
  Se sentó en el borde de la silla de respaldo recto, frente a un cuadro de dos patos muertos y un setter irlandés. Tenía que hacer tiempo. No había televisor. ¿Leer la Biblia? No, no debía hacer nada demasiado agotador, no quería volver a sangrar. Al cabo de media hora pasarían a recogerla. Y luego los ojos, las manos educadas, las sonrisas forzadas. Después todo el mundo murmuraría. «¿No se siente vulnerable ahí arriba?», le preguntó un día una jovencita. «No», contestó ella, y era la verdad, porque no era ella, solo leía sus poemas más tranquilizadores, no quería perturbar a nadie. Pero recelaban de todas maneras. Al menos ella no se emborrachaba antes como hacían muchos otros. Quería ser amable y todos lo aprobaban.
  Salvo los más ávidos, los que querían conocer el secreto, los que creían que había un secreto. Después se dispersarían, estaba segura, aguardarían en los bordes, tras los susurrantes miembros de la comisión, aferrados a paquetitos de poemas que le tenderían medrosamente, como si las páginas fuesen carne viva que no soportasen haber tocado. Recordaba la época en que se había sentido así. La mayoría de los poemas serían decepcionantes, pero de vez en cuando surgía alguno que tenía algo, la energía, lo inefable. «No lo hagáis —quería decirles—, no cometáis el mismo error que yo». Pero ¿cuál había sido su error? Pensar que podía salvar su alma, sin duda. Solo mediante la palabra.
  ¿De verdad creía yo eso? ¿De verdad creía que el lenguaje podía agarrarme del pelo y auparme hasta hacerme asomar al aire libre? Pero si dejamos de creer, ya no podemos seguir haciéndolo, ya no podemos volar. De modo que aquí estoy, clavada a la silla. «Un sonriente hombre público de sesenta años». ¿Crisis de fe? ¿Fe en qué? La resurrección, eso es lo que se necesita. De abajo arriba. Desembarazarse de esas obsesiones, de esas ficciones, «él dijo», «ella dijo», acumulando razones y agravios; los diálogos de las sombras. De lo contrario, no quedará más que el resto de mi vida. Algo se ha congelado.
  Sálvame, Bernie.
  Él se mostró muy amable por la mañana, antes de que ella se marchase. De nuevo el teléfono, la voz vuela a través de la oscuridad del espacio. Timbrazos sordos, un clic.
  —Hola. —Una voz de mujer, la de Marika. Sabía quién llamaba.
  —¿Puedo hablar con Bernie, por favor? —Qué estupidez actuar como si no reconociese la voz.
  —Hola, Julia —dijo Marika—. Bernie no está. Ha tenido que marcharse un par de días, pero sabía que ibas a llamar esta noche y me ha pedido que viniese. De modo que no te preocupes por nada. Me ha dicho que te vaya bien la lectura y que no olvides regar la planta cuando vuelvas.
  —Oh, gracias, Marika —dijo ella.
  Como si fuese su secretaria, dejándole mensajes para la idiota de su esposa mientras él… No podía preguntar adónde había ido. Si ella iba de viaje, ¿por qué no podía hacerlo él? Si él quería decirle adónde, se lo diría. Se despidió y, al colgar el teléfono, creyó oír algo. ¿Una voz? ¿Una risa?
  No ha ido a ninguna parte. Está allí, en el apartamento, como si lo viera, debe de hacer semanas que dura, meses, en la galería, «he leído tu libro», observando a la competencia. Debo de ser idiota, todo el mundo lo sabía menos yo. Viniendo a casa a tomar café conmigo, estudiando el terreno. Espero que tengan la delicadeza de cambiar las sábanas. No ha tenido valor para decírmelo, va a regar la planta quien yo me sé, de todas maneras está muerta. Melodrama en un aparcamiento, largas franjas de asfalto salpicadas de manchas de animales atropellados, ¿en esto se ha convertido mi vida?
  Tocando fondo en esta habitación entre los montones de escoria, el espacio exterior, en la luna muerta, con dos patos sacrificados y un perro disecado, ¿por qué has tenido que hacerlo así, estando yo de viaje, que sabes que me agota, estas duras pruebas, caminar entre ojos? ¿No podías haber aguardado? Te lo has montado muy bien. Volveré y chillaré y gritaré, y tú lo negarás todo, me mirarás, muy tranquilo, y dirás: «Pero ¿de qué hablas?». Y de qué hablaré, puede que esté equivocada. Nunca lo sabré. Precioso.
  Es casi la hora.
  Llegarán los dos jóvenes amables que aún no son trabajadores fijos. Ella se sentará en el asiento delantero del Volvo y durante todo el trayecto hasta el lugar de la lectura, mientras avanzan entre la nieve acumulada hasta la mitad de los postes del tendido telefónico, los dos jóvenes hablarán de las virtudes de este coche comparado con el coche que tiene el que no conduce, el cual está sentado detrás, con las piernas dobladas como un saltamontes.
  Ella será incapaz de abrir la boca. Mirará la nieve que se estrella contra el parabrisas y que los limpiaparabrisas se encargan de despejar, y será roja, será como un compacto muro rojo. Una traición, eso es lo que detesta, porque se prometieron no mentirse nunca.
  El estómago lleno de sangre, la cabeza llena de sangre, rojo ardiente, al fin la siente, la rabia acumulada durante mucho tiempo, la energía, un enjambre de palabras tras sus ojos como abejas en primavera. Algo está hambriento, algo se enrosca. Una larga canción se enrosca y desenrosca justo delante del parabrisas, donde cae la nieve roja, vivificándolo todo. Aparcan el virtuoso coche y los dos jóvenes la conducen al auditorio, un bloque de color gris ceniza, donde un grupo de rostros amables aguarda a oír la palabra. Las manos aplaudirán, se dirán cosas acerca de ella, nada asombroso, se da por sentado que es buena para ellos, tienen que abrir la boca y aceptarla, como vitaminas, como una inocua medicina. No. Nada de dulce identidad. Subirá al estrado, con las palabras enroscadas, abrirá la boca y la sala estallará en sangre.
https://bibliotecaignoria.blogspot.com/2019/04/margaret-atwood-vidas-de-poetas.html

Margaret Eleanor Atwood es una prolífica poetisa, novelista, crítica literaria, profesora y activista política canadiense. Es miembro del organismo de derechos humanos Amnistía Internacional y una de las personas que presiden BirdLife International, en defensa de las aves. Wikipedia

Fecha de nacimiento18 de noviembre de 1939 (edad 80 años), Ottawa, Canadá
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A las cinco de la tarde de George Steiner

  1. tiene la fama de ser la ciudad más peligrosa de la tierra. El promedio semanal de homicidios se sitúa entre veinte y treinta. Apenas si se presta atención a la explosión de un coche bomba o al crepitar de las armas automáticas. Algunos cadáveres son secuestrados y abandonados a la intemperie. La mayor parte se recoge a la caída del día sin mayor trámite. Sólo subsiste el olor a sangre. De tiempo en tiempo, mujeres y niños son atrapados por el fuego cruzado o alcanzados por las esquirlas de metal lanzadas como catapultas desde un automóvil destripado. Cuando eso sucede, se da un estremecimiento de malestar. Proviene de un pasado de usos civilizados y civiles, de un sentido de la seguridad desaparecido desde hace mucho tiempo.     En la capa de aire caliente que recubre M., han proliferado los buitres. Después de un asesinato, se atropellan, como cobradores de impuestos sobriamente vestidos, sobre el filo de los techos. En ocasiones suele advertirse su robusta sombra aun antes de que se haya oído un disparo.

Los asesinos y los asesinados pertenecen a una misma familia. Crecieron juntos y se han casado entre ellos. Resulta casi imposible distinguir sus nombres. A menudo, ha sido el azar de un tiro de dados el que les ha valido ser reclutados en un cártel. Son clanes al servicio de los estupefacientes y del asesinato. En principio, tienen un territorio asignado, se supone que deben explotar zonas precisas del país profundo, dirigir las cadenas de cosecha, refinamiento, empaque y embarque que conectan las plantaciones de coca en el interior con los laboratorios clandestinos de la selva y con las pistas aéreas improvisadas que permiten embarcar la mercancía. Pero las líneas de demarcación, de acceso a los intermediarios y a los compradores se borran y confunden. La codicia abre nuevos apetitos. Las complicidades, los arreglos negociados entre cárteles se deshilvanan y deshacen. Entonces vuelven a empezar los asesinatos. Los beneficios, los feudos sangrientos y las revanchas urden una sólida trama.

Existen, desde luego, gendarmes, unidades militares y paramilitares de combate al narcotráfico, fuerzas federales,* pelotones de soldados estadounidenses fuertemente armados para imponer la ley.

De vez en cuando una plantación es fumigada o arrasada hasta la raíz, se logra incendiar un laboratorio en medio de la selva. Se oyen, como si fuesen morosas trompetas, helicópteros de vigilancia o lanchas equipadas con armamento. Corre el rumor de un cártel dirigido clandestinamente desde una prisión donde los padrinos viven a todo lujo. Pero las fuerzas del orden son ellas mismas un cártel. Están minadas por los soplones y están vorazmente ávidas del botín del vecino. Inevitablemente, un oficial de policía, un teniente destacado al pelotón de los arrancarraíces, un piloto de vuelos de reconocimiento, tendrá que venderse. Las recompensas son espectaculares. Los asesinatos ocurren hasta en las oficinas centrales de la represión contra el bandidaje. Los investigadores, los jueces, tienen esposas e hijos. Algunos han sido encontrados con un tajo en la garganta o con los ojos arrancados yaciendo en un basurero municipal. Los cárteles establecen alianzas temporales: en cuanto se perfila un peligro desde la capital o del lado de los Boinas Verdes, que suelen ser ellos mismos adictos o drogados, se observa un armisticio.

Pero que nadie se engañe. En M. la vida sigue su curso. Hay matrimonios, bautizos, entierros, pues muchos logran morir de muerte natural. Las tardes de primavera y de verano, los cines están atestados, sobre todo cuando se proyecta una película de humor o una epopeya criminal. Se juega al futbol con una pasión desenfrenada. En la piscina municipal estallan gritos y risas de niños. Los salones de baile pagan su cuota de protección. Los cafés suelen estar llenos, aunque a una señal imperceptible, casi barométrica, la clientela se evapora. Los prostíbulos de M. tienen una fama bien ganada y, hasta ahora, han sido inmunes a cualquier asesinato que no sea de orden estrictamente privado. Por las escaleras pesadamente adornadas suben y bajan los pistoleros cruzándose con ciega indiferencia. La ciudad es rica y la Santa Madre Iglesia administra sus diezmos con resignada melancolía. Los días de fiesta en la Plaza Bolívar se lanzan fuegos artificiales tan estruendosos que, en cierta ocasión memorable, sus explosiones y silbidos estridentes ahogaron el ruido producido por un intercambio de armas de fuego que dejó como resultado seis cadáveres. A decir verdad, la vida cotidiana en M. cuenta con sus abogados sardónicos, y quiere el rumor que sea capaz de atraer a los turistas (una agencia de viajes estadounidense propone tours por «Las zonas más inseguras y peligrosas del planeta: Camboya, Afganistán, Colombia»). En las colinas de los alrededores prosperan raras especies de orquídeas.n

Los orígenes del proyecto siguen siendo oscuros. En la ciudad de México hierven los talleres literarios, las pequeñas revistas y las lecturas de poesía en voz alta. Como un arco tenso, la poesía parece ser uno de los raros instrumentos capaces de mantener el equilibrio y de estimular los polos opuestos de las herencias amerindia e hispanocatólica. Tiende un puente por encima de los recuerdos de violencia entre etnias claras y etnias oscuras, entre las nieves y la jungla. Como si fuese un crepúsculo humano, la poesía gradúa y matiza, se ajusta entre la presión tajante del sol en el cielo de cobalto —cuatro soles alumbran el cielo azteca— y la caída abrupta de la noche. Desarma en parte las colisiones ideológicas, facciosas, desahoga de algún modo la rabia social que se fermenta en este país de volcanes.

Como si lo guiase la naturaleza, el poema fluye y se desliza en la canción mexicana, canta en los dialectos de la danza. Cuando muere un poeta destacado, la ciudad llora.

El círculo de lectura se reunía los martes por la noche en el Café del Águila y la Serpiente (el café cargado hace juego con los jeroglíficos aztecas). Se reunía en un salón trasero ensordecido por el ruido intermitente del sistema de aire artificial que arrancaba y tosía con imprevisible estrépito. El grupo contaba con alrededor de una docena de hombres y mujeres, aunque no siempre eran los mismos. Se recitaban poemas, se discutían, eran retocados y revisados colectivamente.

Como el humo de los cigarrillos, las voces, particularmente durante las horas nocturnas, serpenteaban y cobraban perfiles imprevistos. ¿Quién, a sabiendas de que se trataba de un lugar común, había puesto sobre la mesa de discusión el tema de Orfeo, uno de los más sobados timbres de la poesía para pretender el poder y la eternidad? ¿Quién había formulado la tan traída y alborozada proposición de que la poesía y el encantamiento del poeta eran capaces de dominar el mundo natural, por feroz y por brutal que fuera, al punto de atravesar y liquidar la roca muda y de hacer al voraz lobo soñar con campos de lilas? La presuntuosa idea era tan venerable y añeja como la poesía misma. Algo más que incómoda, Francesca no había olvidado su Ovidio:Tale nemus vates attraxerat inque ferarum

Concilio, medius turbae, volucrumque sedebat.

ut satis impulsas temtavit pollice chordas

et sensit varios, queamcis diversa sonarent

concordare modos…

 

Cardenio, el populista autoproclamado y heraldo del hombre (trotskista) común y corriente, insistía exigiendo una traducción.

—Oh, ya sabes —suspiró Francesca—, Orfeo reúne a su alrededor a los animales salvajes del bosque. Su arte pone a temblar a los pájaros. Las rosas y los árboles se inclinan hacia él para oírlo mejor. La zorra duerme junto al conejo.

—Petrarca adaptó este pasaje, igual que Shakespeare, Rilke y Neruda. —Roberto Casteñon asumía los privilegios de la pedantería. Profesor de escuela, escribía sonetos.

—Si sólo fuese cierto —intervino Jiménez con una voz que era casi un susurro. Lo irritaba el humo, y sólo era un participante esporádico—. Si sólo fuese cierto.

—Y entonces —fue ella, Rosaria, quien planteó la pregunta, —¿cuándo ha servido un poema para detener una bala?

—Es peor que eso —atajó Casteñon—. Un poema no sólo no puede impedir una matanza: a menudo sirve para adornarla. Embellece el asesinato, y lo hace más soportable. El asesinato de García Lorca se volvió en cierto modo inevitable, ceremonioso, noblemente memorable gracias a sus poemas.

Cardenio dio un puñetazo con su mano herida sobre la mesa:

—Abstracciones, siempre abstracciones. El hecho más obsceno es que muchos poetas competentes, aun grandes poetas, se han puesto de lado de la muerte. O han sido fascistas o han cantado himnos al Padre Stalin. El señor Aragon escribió una oda a la Gepeú. La poesía es y quizá debe ser perfectamente inútil. Está más allá del bien y del mal.

—Y con todo, hay algunos de nosotros, aquí y esta noche, para quienes la poesía es simple y sencillamente lo único que da sentido a la vida —expresó Francesca limpiando sus lentes con nerviosa vehemencia.

Junio Serra era el más viejo de todos. Había publicado. Tenía su pequeña entrada en el diccionario biográfico mexicano. Su vista ya no era muy confiable, aunque modulaba sus frases con la punta de los dedos, como sopesándolas.

—Niños, ¿y no es eso lo esencial? Sólo lo que es inútil puede volver soportable la vida. La poesía, la música, las obras de arte. Nos vamos tropezando y cansando a lo largo de nuestras breves vidas, tan a menudo miserables, buscando lo que es útil, poniéndole a todo un precio y preguntándonos: ¿En qué me beneficia esto a mí? «El collar miserable del sentido común…» (Estaba citando unos versos de su poema «La ceguera de la razón», que había recitado por primera vez hacía un año en esta misma sala.) «Solamente el arte y la poesía nos liberan. Al decir una y otra vez ‘No’ y ‘No’ y ‘No’ a lo que es necesario, al despotismo de los hechos y de la hoja de saldos. Un poema es el más poderoso de los agentes secretos. ¿No fue Brecht el que llamó a los poemas «los más altos explosivos de la esperanza?»

—Más bien creo que fue el camarada Maiakovsky —opinó Cardenio. Veneraba a Serra pero desconfiaba de su retórica.

Luego, nadie supo recordar quién había hecho la pregunta: «¿Y alguna vez alguien lo intentó?»

—Intentó ¿qué?

—Intentó detener las balas con poemas.

—Durante la Primera Guerra mundial —intervino Casteñon—, al menos así lo dice la leyenda: un soldado de infantería salvó la vida gracias a un volumen de Keats que de casualidad se había puesto en el bolsillo a la altura del pecho y que desvió la bala.

—No es eso lo que quiero decir, ustedes lo saben bien. (Ésa debía ser Rosaria Cruz, cuya voz de mezzo atrajo de inmediato la atención de todos.) No quise decir eso para nada. ¿Alguna vez los poetas han intentado, realmente intentado interponer la fuerza de un poema para impedir un crimen?

Junio entonó: «Ellas, esas locas de Tracia, lo despedazaron. Bebieron la sangre de Orfeo. Sólo quedaba su cabeza flotando sobre las aguas del río.»

—»Pero la lengua insaciable del poeta quedó cantando todavía» —añadió Francesca moviendo los labios al compás de Ovidio.

—¿No es ése el punto esencial? Si la muerte no puede reducir la poesía al silencio, la poesía ¿puede acallar a la muerte? —Osvaldo hablaba muy rara vez. Nunca leía en voz alta. De tanto en tanto, cuando todo mundo estaba a punto de irse, distribuía un poema copiado al carbón sobre papel corriente. Y ahora ahí estaba Osvaldo, inclinándose con las manos trémulas—. Más poderoso que la muerte. El poeta, el artista vence a la muerte. Su oda sobrevivirá a la ciudad a la que está dirigida. A través de la traducción o de la imitación, sobrevivirá a la lengua en que fue escrita. Es más poderoso que la medianoche. Eso es lo que nos han enseñado a creer. Como una letanía, como un amparo que garantiza la seguridad de la casa saqueada del espíritu. Pero eso no es cierto, ¿o sí? A los libros se los quema, a los poetas se los mata al igual que a los otros. ¿En dónde estaban las musas en la época de los campos de concentración? El epigrama de Mandelstam le atrajo a él un fin atroz, pero no sobresaltó a Stalin ni por un momento. —Osvaldo se detuvo, incrédulo ante su repentina elocuencia. Tosió con una tos seca y triste. El refrigerador moribundo fue el único que le hizo segunda desde su oscuro rincón, cerca de la puerta de los sanitarios.

Pero Rosaria no iba a dejarse contradecir. —»La esperanza descansa en desmentir los hechos.»

—No es un mal verso —atajó Cardenio—. «La propiedad es el robo.» Alguna vez lo usaré.

—En serio, se los ruego. Por supuesto que el odio tiene más poder que la gracia. (Hasta en sus poemas líricos, Rosaria eludía la palabra «amor», no sabiendo a ciencia cierta si los seres humanos comunes y corrientes tienen derecho a usarla). Y la codicia es todavía más poderosa. Para la policía siempre será un placer rompernos el hocico. Lo sé. La mayor parte de la gente vive en la mierda, es verdad. En una indiferencia absoluta a la belleza. Cualquier imbécil sabe que…

—Y los poetas sacan de ahí su lado patético —murmuró Serra.

—Eso también lo sé demasiado. Pero me dan náuseas, náuseas hasta aquí… —El gesto de Rosaria fue terminante—. Pero imaginar que por una vez, en nuestra pequeña vida, tratásemos de hacer actuar a la poesía: ir a dar martillazos con las palabras en los hechos. Hacerlo así, en público, en la plaza, como un puño que golpea entre ceja y ceja.

—¿Y cómo te propones hacerlo? —Pero no había ni censura ni burla en el tono.

Rosaria extendió las manos con pena y culpa. —No sé. Sencillamente no sé, y no debería hacerles largos discursos.

Fue Osvaldo, con las palmas de las manos sudorosas, quien extendió el periódico que había comprado en el camino antes de llegar a El Águila y la Serpiente. La fotografía le había dado náuseas. No estaba seguro de soportar mirarla una segunda vez, ya no digamos de ser capaz de hacerla dar la vuelta alrededor de la mesa.

Dos mujeres yacían muertas en la calle con las piernas abiertas: junto a ellas, un niño, con la cara parecida a una col aplastada pero chorreando sangre. Al borde del desagüe, se agazapaba un perro callejero, con el hocico olisqueando filamentos de sangre y de cerebro desperdigados sobre la banqueta. La fotografía había sido tomada con buen tiempo y luz brillante, un día en que las techumbres estaban iluminadas por una luz pura. El pie de foto rezaba: Otro día en Medellín. El artículo anexo explicaba que las víctimas eran la familia de un pequeño traficante de droga sospechoso de ser un informante de la policía. Su esposa estaba embarazada.

—¿Poemas? —Eso fue todo lo que Osvaldo pudo decir.

Francesca miraba fijamente la fotografía. Estaba hablando con la claridad concentrada de un sonámbulo.

—Sí, poemas. Leídos, cantados en la calle. Para quien quiera detenerse, y escuchar, en esa misma calle. Antes de que se haga desaparecer todo vestigio de sangre. Poemas puestos en las manos de los muertos y para los vivos. En especial para los vivos. Poemas contra el asesinato. Añadir algo, por insignificante que sea, al peso de la vida en tal lugar. Poemas llenos de una furia de vivir más fuerte que la de los asesinos. La cólera del amor en un poema… —Se interrumpió, todavía más incómoda por lo que acababa de decir que por Ovidio. El periódico pasaba crujiendo de mano en mano. Osvaldo ya ni siquiera quería tocarlo.

—¿Me toca a mí ser el aguafiestas? —preguntó Cardenio—. Querida Francesca, usa tu cabeza. ¿Sabes qué sucedería? La policía nos arrestaría por ser unos lunáticos o, acusándonos de perturbar el orden público o de ser los matones que trabajan al servicio de los carteles, nos haría vivir el infierno.

Serra añadió: —Y lo que es peor, ni siquiera ese pobre perro se detendría a escucharnos.

Casteñon escuchó su propia voz como si viniera de lejos: —Y con todo, quizá valga la pena intentarlo. Quizá podría lograrse algo. Honradamente no sé qué. Pero nada más tratar podría ser importante.

—¿Se imaginan los encabezados de los periódicos? —Los hombros de Cardenio subieron y bajaron sacudidos por una risa forzada—. «Poetas de segunda secuestrados por los capos de la droga. Inútil cualquier oferta de rescate.»

Rosaria concedió: —La idea es loca, completamente loca.

—Pero ése es el punto, ¿no lo ven? —Hacía semanas que Osvaldo no había hablado tanto—: Una pura locura. Inútil. Quizá sin esperanza. Pero inmaculada. —La palabra dio vueltas a la mesa como una canica en la ruleta hasta que Francesca se apoderó de ella.

—Inmaculada, querido Osvaldo. Eso es exactamente. Una locura inmaculada. Tan inmune, tan invulnerable, como un caso desesperado.

—¿Qué podríamos perder sino nuestra pretendida dignidad? —Un cierto hilo de insensatez quedó bailando en la cabeza de cada uno.

—Querida, querida niña, lo que podemos perder es la vida. Mira de nuevo esa fotografía.

Casteñon tenía razón, por supuesto. La canica vacilante estaba en equilibrio, y podía caer de cualquier lado. Rosaria había terminado su último cigarrillo y estaba arrugando el paquete como si se vengara. Entonces habló Osvaldo. La suya era la presencia más gris del concierto. Tenía una muy pequeña librería, en parte literatura de vanguardia, en parte libros curiosos y esotéricos. Él sabía que su propia poesía derivaba hacia tenues imitaciones, pero acariciaba la idea de que los practicantes, de que los oficiantes de una sobria ausencia de estilo personal terminaban por ayudar a poner de relieve a los verdaderos maestros.

—A Octavio le gustaría que fuésemos. Él mismo habría ido si hubiera podido. —Para los presentes, para cualquier poeta mexicano dondequiera que estuviese, la referencia a Octavio Paz valía como un talismán. Era como un papel tornasol para probar la integridad. El ejemplo de Paz no era discutible.

—Tienes razón, Octavio iría —afirmó Cardenio. Continuar la discusión habría sido una cordial descortesía.

—Él habría querido que fuéramos —añadió Rosaria sin necesidad. ¿Qué más había que decir?

Solamente en la puerta de entrada del café, bajo las estrellas repentinamente aparecidas, Julio Serra preguntó como en sueños: —¿Y dónde está precisamente Medellín?

n

—¿Pablo Escobar? ¿Quieren saber quién era Escobar? Un mierda hijo de puta. ¿Quieren saber quién inventó a Escobar, quién hizo al jodido Escobar una superestrella? Cabezas de mierda como ustedes. Periodistas gringos.

Ahí está lo que era. A él le bastaba tirar un pedo, y ahí estarían todos ustedes a sus pies rogándole un pase. Escobar, el emperador de la cocaína. El sádico que asesinaba a montones. Escobar, el ángel guardián de las barriadas, el benefactor de los desheredados. El que daba dinero para las escuelas y los terrenos de juego de las ciudades perdidas. El que hacía saltar a los niños sobre sus rodillas y les llenaba de helados dulces la boca. Fueron los malditos medios de comunicación los que lanzaron a Escobar. Hasta el momento en que quiso jugar al gran señor desde la cárcel, en su suite de multimillonario, jacuzzi y patio con aire acondicionado. Dando conferencias de prensa y posando para sesiones de foto en pijama color púrpura.

—¿Escobar? Les diré lo que era…

El informante vació su vaso y tronó los dedos para pedir otro. Toby Warren (del Philadelphia Inquirer) sabía que la cuenta iba aumentando, pero deslizó otra cinta en su grabadora. Le había costado bastante trabajo obtener su entrevista en ese hotel de mala muerte de Bogotá. Le había costado semanas enteras de diplomacia serpenteante y de propinas a los mediadores. Ahora lo que lo hipnotizaba era la panza de aquel hombre, desparramándose como carnosa lava sobre su cinturón labrado en piel de culebra. Parecía un odre fofo. Pero el periodista sentía que si llegaba a darle un golpe, aun con toda la fuerza de su puño, terminaría estrellándose contra algo similar al granito. Probablemente se rompería la mano. Un vislumbre que casi lo distrajo de la voz rasposa del informante.

—Escobar era un rancherito salido de Cúcuta. Como quien dice, salido del estiércol. Administraba un tendajón de juego, arreglaba peleas de gallos y azotaba a las putas cuando se le antojaba. No sé cómo llegó a ser uno de los operadores de la organización de Bucaramanga. Es allí cuando se empezó a oír algo de él. Era listo, eso se lo aseguro. Llenar de polvo blanco las tripas de un puerco, sepultarlo entre pacas de fertilizante que apestaba tanto que a ningún agente o patrullero de la frontera se le habría ocurrido asomar ahí la nariz. Lo que puso a Escobar en el mapa fue la forma en que usaba el secuestro. El secuestro ha sido una industria en Colombia. Escobar vio que podía combinar eso con el tráfico de droga. Se secuestra a un hombre, y se lo atiborra de droga. Luego se lo cuelga de un gancho en un rastro, y se lo deja sudar. Hasta que pide a gritos droga. Hasta que te propone fornicar con sus propios hijos para obtener su dosis. Así es como Pablo Escobar reclutaba a su gente. Sus hombres, sus mujeres, eran también adictos, con el cerebro reventado, totalmente dependientes de las sucias agujas que Escobar les dejaba. Luego vino la matanza de Manizales.

Este simple recuerdo hizo al informante remecerse de placer y continuar devanando su madeja con renovado vigor.

—Un gran cargamento iba a llegar a Manizales. Realmente grande. Cuarenta millones de dólares en el mercado estadounidense. A los federales les había llegado el pitazo. Estaban en guardia. Irrumpieron justo cuando los muchachos estaban acarreando la mercancía en un aeropuerto local. Las cosas se resolvieron mal. Escobar fue uno de los pocos que escapó. Estaba ligeramente herido. Acusó al viejo Gonzalo Santo por haber dejado infiltrarse a un espía, a un agente doble justo en medio del negocio. Juró que lo haría escupir la verdad. Le puso los testículos en una horma de carpintero hasta que confesó. Nadie supo nunca si en realidad había sido él, pero el pobre diablo enloqueció y Escobar lo mandó estrangular. Después de eso, remplazó él mismo a Santo. Pero incluso en aquel entonces no habría podido hacer nada sin Gacha, sin Gonzalo Rodríguez Gacha. Ese sí que era un duro.

El informante dejó escapar esa frase en un susurro a través de su dentadura café, e hizo rodar sus ojos hacia el cielo con un aire reverente.

—Gacha estaba totalmente desprovisto de miedo. Podía despedazar a un gato con las manos. Era capaz de lanzar un cuchillo a tal velocidad que uno habría jurado que todavía estaba en su funda. Miraba a una mujer y a ella se le humedecían los calzones. Gacha era un rey. Nunca entendí por qué se arregló con Escobar. Por qué estaba satisfecho con ser el segundo comando. Quién sabe si por desprecio. Sabía que Escobar valía lo que un asado. Pero dejen que los medios zumben alrededor del Poderoso Pablo, mientras el Gacha salía adelante con el trabajo. Se dice que entre los dos hicieron mil quinientos muertos. Medellín se volvió un lugar caliente para el asesinato cuando la banda de Ruiz Valencia irrumpió en el escenario y empezó a rostizar a fuego lento a los peones de Escobar. Un cártel vive de la protección que puede garantizar a sus proveedores y a sus revendedores. Así empezó la guerra. Pero Escobar era un cobarde. Gacha dio la pelea. Plantaba los carros bomba y seguía andando como en un paseo dominical. Cuando la policía de Miami mandó a su sabueso estrella, Gacha lo siguió sigilosamente. Lo encontraron en las letrinas con su verga en el culo. Fue muriendo lentamente.

Toby checó la grabadora. Nada lo podía impactar. Cero en la Escala Richter del Impacto. En cambio, el foco de su atención se centró en el adornado diseño de las botas del informante.

—¿Puede haber alguna justificación para esta carnicería?

El informante tomó de inmediato un aire vidrioso. Se frotó la papada como si acabaran de abofetearlo con un pez húmedo.

—¿Y usted es el Juicio Final? —No era en realidad una pregunta. Más bien parecía un silbido—. ¿Justificación, cabeza de mierda? Como si usted y sus semejantes supieran de lo que están hablando. Y no es así, amigo. No saben nada de la mierda. Pregúntele a los finqueros allá arriba en el campo. Si no fuera por los plantíos de coca reventarían de hambre. Estarían masticando estiércol y despellejando ratas. Antes de que los cárteles cuidaran de las siembras y de las cosechas, antes que tuvieran una paga regular, esos pobres hijos de puta ni siquiera llegaban a vivir treinta y cinco años. Los niños tenían la panza hinchada como conejas preñadas. ¿Cultivar otras cosas? Eso es lo que les predicaban las agencias de ayuda internacional y los turistas de las Naciones Unidas. Puras pendejadas. Cuando no hay mercado para ninguna otra cosa. Cuando la tierra no es buena. Mientras no llegaron nuestros muchachos, esos muertos de hambre no habían visto en toda su vida ni un foco de luz eléctrica. Cuando no llegaban las lluvias, tenían que beberse su orina. ¿Qué carajos puede usted saber del hambre, Señor Warren? El hambre tiene un olor. ¿Lo sabía usted, eh? Ese olor flotaba por los valles. —El informante hizo girar en su vaso su último cubo de hielo.

—¿Excusas? —La debilidad de esa palabra le agriaba la garganta—. Yo le voy a decir a usted quién necesita excusas. Y asegúrese de captarlo bien, verifique que su aparato no lo pierda. —Toby miró de reojo la cinta—. Son los maricones jodidos que viven en su país. Son los millones de Laredo a Chicago que consumen la mercancía. Los que se dan su pase en todas las calles pestilentes, en los retretes. Los ricos y los menos que sacan y distribuyen sus toques y pastillas en todas las fiestas. Los que comienzan jalando por la nariz y luego buscan la aguja. Son sus adolescentes los que encuentran a los vendedores a la puerta de las escuelas. Los padres que deslizan narcóticos de baja graduación entre los labios de los niños para que se estén tranquilos y sonrían. Los millones de ustedes que se van haciendo añicos el cerebro a fuego lento y no tan lento. Los que se toman su sobredosis en el motel. Y la carencia que va carcomiendo las tripas como un escorpión. Nieve. Ácido. Velocidad. Cualquier cosa, cualquier cochina mixtura. Para detener la ansiosa ausencia, la segueta que corta por dentro. He visto a esas perras estadounidenses dispuestas a todo, a cualquier cosa, ¿me entiende amigo? «Métemela en el culo. Déjame chuparte. Déjame chuparte los huevos.» Cualquier cosa para obtener la próxima dosis. «Ponme la jeringa, mi rey…»

El informante se estremeció casi con delicadeza dejando que su risa rodara en sus opulentas entrañas. Luego se curvó hacia delante, dirigiéndose a la grabadora en un aparte susurrando.

—Si ustedes, estadounidenses de mierda, no estuviesen devorando todas esas drogas, si no se estuvieran arrojando a la calle como perros rabiosos, toda esa cloaca desaparecería de un día para otro. No más hojas de coca. No más laboratorios en la selva. No más acarreadores. No más mulas ni camellos llevando a través de las fronteras la mercancía. No más baños de sangre en Medellín. Kaput, Nada, mi joven amigo. ¿Lo entiende, escritorzuelo? Gringos jodidos. Predican, piden excusas y perdón mientras se meten cocaína por la nariz. ¿Cree usted que las medidas contra la droga pueden tener algún efecto?

El informante pidió otra bebida con un chasquido de los dedos.

—Para ser alguien sagaz, como usted parece ser, hace preguntas bastante obtusas. Los cárteles están al corriente de todo mucho antes de que se enteren los asnos de Washington o se hagan siquiera alguna idea de que algo se tramaba en las oficinas de Miami, o en las de los idiotas de México o de Bogotá. Comprar agentes es como robar una máquina tragamonedas. Piden ser comprados. Desde el policía en la frontera hasta las más altas esferas. Desde los agentes de la cia controlados por Noriega hasta la mujer del agregado militar en la embajada estadounidense. Cuando hay un necio —y eso sucedió hace poco en Monterrey—, cuando sale por ahí un valiente pendejo que cree que va a cambiar las cosas, sus hijos son secuestrados, se simula que se les inyecta heroína en las venas y se le envía por correo el video. Y el héroe ni siquiera ha tenido tiempo de limpiarse el culo cuando ya está pidiendo que lo cambien de puesto. ¿Y quién le dijo a usted que el Tío Sam de veras quiere parar el tráfico? Se pagan cuotas a lo largo de todo el camino. Si no hubiera droga para mantenerlos tranquilos, los negros incendiarían las ciudades. Los narcóticos son una buena excusa para enviar tropas al sur de la frontera, para la formación de regimientos contrainsurgentes y atacar el cáncer de las supuestas guerrillas marxistas o maoístas. Cuán ingenuo puede ser usted, amiguito. Los grandes muchachos de Washington, de Houston, de Miami, se encuentran periódicamente con los capos del cártel. Tienen muchas cosas de qué hablar.

—¿Dónde se dan cita?

Un crujido seco como de madera muerta.

—No le haría bien saberlo, pero se encuentran, créame.

Warren buscaba a tientas una nueva cinta. El informante se rascaba la tráquea. El tequila empezaba a enturbiar sus ojos fríos.

—De cualquier manera, amigo, las cosas están cambiando. Las mujeres están tomando el relevo. Las mujeres, ¿lo habría creído usted? Los jefes se han dispersado, o bien han sido traicionados. Entre nosotros también están los soplones. —No había la más leve ironía en su voz, apenas una nota de desprecio—. Después de la muerte de Gacha, ya nada volvió a ser lo mismo. Las «Viudas Negras» tomaron el relevo (así las llamamos nosotros). Se dice que Mery Valencia manipuló más de doce toneladas de cocaína en un año. Fueron necesarios más de cien agentes para acorralar a la mujer de Gacha, Gladys Álvarez. Si de veras quiere usted saber qué es lo que pasa en Medellín, encuentre a «La Madrina». Empezó como una ladronzuela de carteras a los seis años. Tenía nueve cuando los policías le pusieron el guante. Le dijeron que la dejarían ir si los dejaba sodomizarla ahí mismo, en la celda. Se hizo puta. Luego traficante de droga. Se dice que ha estado presente en unas doscientas ejecuciones. Así llegó a ser el Capo el día en que aparecieron flotando en el desagüe los brazos y las piernas de Manuelito. Si no le gusta cómo te echas un pedo, Gladys encarga a sus muchachos que, a cuenta gotas, te pongan ácido sulfúrico en la garganta. «El remedio del Dr. Blanco contra el catarro en invierno.» Pero he hablado demasiado.

Sus uñas mordidas se acercan a la grabadora.

—Te he dado más de lo que debía por lo que pagaste. He sido bueno contigo, cabeza de mierda. —El informante dio la impresión de extraerse de su propia masa con asombrosa agilidad. Toby ni siquiera advirtió el signo que le hizo al guardaespaldas que surgió detrás de una palmera plantada en un macetón. Los dos hombres se eclipsaron en un instante. El vaso había quedado vacío.

Toby Warren guardó su material. Escondió sus cintas y sus cuadernos de notas bajo un montón de ropa sucia en su mochila de viaje. Fue entonces cuando advirtió a un grupo extraño. Distinguió a dos mujeres y a tres o cuatro hombres que se dirigían hacia la recepción. Se diría que llevaban pancartas envueltas en papel periódico. Toby no pudo dejar de ver que eran periódicos mexicanos.

 

n

El camino hasta Bogotá había sido agotador. El adjetivo que usó Rosaria fue «vomitivo». En la carcacha de tercera que habían rentado, había tenido náuseas a intervalos previsibles. Reinaba la peste. Osvaldo, que había insistido en venir al viaje —pues después de todo era él el que había compuesto y armado las pancartas—, había tenido una crisis de almorranas. Era intolerable su estoica letanía apologética. El sexteto había acampado a la intemperie siempre que esto había sido posible, pero las lluvias como de diluvio los habían obligado a buscar refugio en moteles de una índole verdaderamente épica. Cuando llegaron a la capital, olían a rancio y tenían todos los huesos entumidos a causa de las constantes sacudidas del vehículo.

Cardenio parecía hablar a nombre de todos cuando sugirió renunciar a su loca aventura para regresar de inmediato a casa. De una forma u otra, pagarían el tren de Rosaria, que sufría el viaje como un martirio. La idea de continuar hacia Medellín atravesando la Cordillera Central parecía una broma siniestra.

—¿Y qué vamos a encontrar en ese hoyo infernal? ¿Quién, en nombre de Dios, vendrá a escucharnos?

Hasta Ovidio parecía darle las espaldas a Francesca, pues se sentía volver a nacer nada más de pensar en los efectos de una ducha que le disolviera la grasa de su cabello apelmazado. Los músculos envejecidos de Serra lo hacían sufrir atrozmente, como si alguien le hubiese sembrado clavos en el lumbago. Para irritación de sus cómplices, Casteñon había guardado todo su equilibrio. Incluso bajo la lluvia, había logrado encontrar que el paisaje era intrigante.

—Ya hemos capoteado lo peor de la jornada. Una buena noche de sueño y veremos todo de otro modo.

—¿Lo peor? —retó Cardenio—. ¿Tienes la menor idea de cómo serán los caminos tierra adentro? Ya hemos hecho el doble de tiempo de lo que esperábamos. Yo digo que cortemos y adiós.

Francesca había leído en algún lado que la fatiga extrema podía producir lágrimas calientes. Sopló ruidosamente en un pañuelo arrugado y sintió malestar al ver cuán impregnado de sudor, cuán gris se había vuelto guardado en su bolsillo. La repentina volubilidad de Osvaldo los dejó cortados. Se habían frotado contra un cable de alta tensión.

—Yo no he hecho toda esta cabalgata sólo para darme la vuelta a la primera. No le di las llaves de mi tienda al ladrón de Ernesto así porque sí. Ni tampoco sudé sangre sobre esa pancarta por nada. (Estaban apoyados contra una de las ornamentadas escupideras del hotel con sus envoltorios hechos jirones). Todos esos discursos sobre la poesía que abreva en la esperanza. Las palabras sobre los presuntos deseos de Paz y su ejemplo. Ustedes se pueden volver cuanto antes a casa. Yo voy a Medellín aunque tenga que pedir aventón. Y ahí voy a poner esos carteles. Denme los modelos para las fotocopias y yo me encargaré de distribuirlos y ponerlos por todas partes. Lo haré de cualquier modo. Pero maldito seré si me regreso ahora. —Osvaldo se limpió la saliva de sus labios, asustado por sus propias altivas palabras, por su imprevista elocuencia—. Adiós y buen viaje, pero no cuenten conmigo. —Lo dijo con aspaviento superfluo, realizado con un gesto de la mano casi caballeresco, levemente despectivo, pero que sorprendió a Osvaldo tanto como a sus compañeros de viaje.

Con una voz casi inaudible, Julio Serra le hizo eco: —Tiene razón, ustedes lo saben. Sería abyecto y tonto que nos diéramos la vuelta ahora.

Pero Casteñon insistió: —Vamos a empezar por dormir. De todos modos no podemos irnos esta noche hacia ningún sitio.

Y se arrastraron hacia la recepción, pulsaron el timbre y oyeron su tintineo tan leve como una capa de polvo. Con un gesto no exento de ternura, Osvaldo recogió los carteles. Se sorprendió tarareando «Flores para los muertos…», una vieja canción pasada de moda. Era un niño muy pequeño cuando la había oído por primera vez, bajo la ventana de su madre, en Cuernavaca. Rosaria reconoció el ritmo y se unió a él. Pronto, todos tarareaban, los cuatro hombres y las dos mujeres, terminando de convencer al vigilante nocturno que estaba tratando con una tropa de vocalistas pobres en busca de trabajo. Y no tenían guitarra.

Cuando se volvieron a encontrar en el desayuno, la discusión pareció a la par indispensable y absurda. ¿Debían abandonar en el estacionamiento su vehículo abollado y proseguir en tren? Cardenio protestó que eso sería como tirar el dinero por la ventana y dar pruebas de una autocomplacencia culpable. Farfulló la palabra burgués. Rosaria prometió que, si le era posible, iría a descargarse en el campo, a una distancia decente. Osvaldo formuló excusas sinceras por su arrogancia de la noche anterior. Con la barba peinada, los ojos brillantes como la luna nueva, Serra dijo que había borroneado un poema en lo más oscuro de la noche. El tono imperioso de Osvaldo lo había inspirado. Cardenio, con quien compartía la recámara, no había escuchado el garrapateo del lápiz arañando el cuaderno. Pero la forma en que Cardenio roncaba…

Casteñon desplegó el mapa con las carreteras. El río Magdalena lo cortaba como una serpiente azul. Después del río, venía el café de las montañas y el descenso en espiral por el Envigado. No había forma de saber si su quebrantado automóvil lograría vencer las carreteras del país, algunas de las cuales aparecían como hechas de terracería. —»El carro de Apolo, el rutilante arreo de los caballos del sol» —recitó Francesca, agitando su cabellera mojada y dejando que Serra completara los célebres versos de Quevedo. El agua en el hotel era salitrosa, las moscas inevitables. Pero ella sintió que volvía a nacer. Era ya tarde en la mañana cuando se pusieron en camino, abriéndose paso a través de las interminables barriadas de Bogotá bajo un cielo de cobre. Rosaria se apretaba contra la boca un kleenex impregnado de lo que le quedaba de su preciosa agua de Colonia.

Por la tarde, cuando llegaron a Medellín, el cielo se había vuelto lechoso. Se adentraron en la ciudad buscando un hotel barato. La banda sufría visiblemente y Casteñon la rodeaba gentilmente de sus atenciones. Él mismo se sentía endurecer y volverse una suerte de voyeur. Miraba fijamente a través del parabrisas sucio y giraba la cabeza por todos lados. ¿En busca de qué?

No sabía demasiado, pero estaba en guardia, casi en una histérica alerta. De tanto en tanto un transeúnte le devolvía la mirada o se detenía ante el espectáculo de ese automóvil asmático. Una viejecilla sonreía a través de sus dientes rotos. Un motociclista los rebasó haciendo restallar su motor. Casteñon se sobresaltó y de inmediato se ruborizó de vergüenza. Los perros no estaban más deteriorados o flacos que en otras partes. ¿Acaso la gente parecía más apurada cuando atravesaba frente a él? ¿Ignoraban las luces rojas de los semáforos más que en Monterrey?

Avanzando hacia la calle San Martín, Casteñon advirtió unas vitrinas rotas sobre las cuales se habían pegado cartones con cintas adhesivas. ¿O no se trataba más que de un sitio en construcción como cualquier otro? En dos ocasiones —Francesca le dio un codazo— vio o pensó ver un ramo de flores al pie de un poste de luz. Una vez, en el límite de su campo de visión, advirtió algo así como un filamento de baba secretada por un caracol gigante, una mancha de sombra en la banqueta. Podía ser una mancha oxidada o un charco con aceite. Ante el Cine Vasco, la cola se iba alargando. Los oídos entrenados de Casteñon podían adivinar la baraúnda de la música heavy metal, el crepitar de las máquinas tragamonedas de un pasaje vecino. Las calles parecían viajarse a medida que los viajeros se aproximaban del centro. A menos que todo eso no fuese perfectamente normal en vista de que ya se acercaba la hora del crepúsculo. Entre chien et loup, como se dice en francés o entre azul y buenas noches según reza la voz mexicana. Casteñon siempre había adorado la expresión francesa que nombra la llegada de la noche.

Pero no había ningún lobo a la vista, ni siquiera de los que caminan en dos patas. El olor penetrante era el de la gruesa grasa industrial y el de la basura acumulada. ¿Realmente Casteñon había esperado que olería el terror en el aire, que captaría husmeando el suave olor fétido de los rastros públicos? Luego de siete horas al volante y con ayuda del agotamiento, no estaba lejos de sentir cierta decepción. Reprimió una vaga sospecha de ridículo, de estar sobreactuando.

Faltaban algunas letras en el anuncio de neón del motel. Incrustado como lo estaba en el asiento del conductor, el único relente de que estaba seguro era el de las alcantarillas tapadas. Una peste a la que ya estaba acostumbrado desde la ciudad de México. Se detuvo por un momento intentando despertar la circulación de la sangre en sus muslos adoloridos. ¿Así que era ésta la capital del asesinato en las Américas?

Justo antes del amanecer, las ventanas temblaron y una vibración incesante recorrió los leves muros. La explosión retumbaba como tambores atropellados llamando a la retirada. Rosaria se precipitó en el corredor, con los ojos lívidos, blancos bajo el efecto de la impresión.

 

n

Durante las entrevistas con el asistente del subprefecto de policía, las invocaciones al Salvador y a su distinguida Madre eran tan frecuentes en la boca del sargento, tan reiteradas que sugerían una letanía arcaica. «JesuMaría», «JesuMaría» y «Madre de Dios» eran otros tantos rellenos que puntuaban cada frase, a menos que fueran, más simplemente, su sola y única respuesta. El sargento se jaló el cuello de su uniforme, cosa de respirar un poco, y se columpió sobre su sillón hasta hacer gemir los resortes. «JesuMaría», «Madre de Dios», era ya demasiado. En nombre del cielo, ¿quién había querido enviarle a estos visitantes? ¿Quiénes eran estos descarriados que se agolpaban en el apestado agujero que le servía de oficina, con esas voces cada vez más enfáticas, más irritantes que el crujido del ventilador eléctrico, que tenía una de sus aspas rotas?

Diversas conjeturas corrían garrapateando como ratas en el cráneo del sargento, que palpitaba por la jaqueca. Sus visitantes habían salido en grupo de un asilo, de algún hospicio para débiles mentales. Eran los restos de una banda de músicos mendicantes o de una compañía ambulante de teatro en quiebra. Los cuatro hombres y las dos mujeres, una de las cuales tenía el pecho descorazonadoramente plano, eran estafadores, salteadores a la buena ventura que estaban preparando un nuevo, torcido golpe. Pero más probablemente no eran más que pordioseros deseosos de aprovecharse, adulándolo a él, del legendario corazón de Medellín —¡y sin licencia ni permiso! ¡Madre de Dios! ¿Debía detenerlos en el acto? Una siniestra verdad se había abierto paso en sus tripas. Esta banda de piojosos era una especie subversiva de anarquistas o de anarcosindicalistas (se acordaba de la expresión, y se la frotaba contra el pecho). Eran guerrilleros urbanos salidos de México, la ciudad roja. Tal vez debería revisar su vehículo para ver si traían armas o residuos de algún explosivo. ¿Debía hacer que las dos putitas se encueraran para hurgarlas a fondo? ¿Acercar a la barba del viejo (el sargento creía que los anarcosindicalistas usaban barba) ese encendedor en el que se dejaba leer, en letras elegantemente repujadas, «por veinticinco años de leales servicios»? Pero quizá sería más astuto dejarlos que siguieran con su maldito espectáculo, «JesuMaría», para ver si lograba descubrir qué mierda era aquello. El sargento se aflojó el cinturón y simuló interesarse.

—¿Y cuánto van a pedir que les paguen por sus cosas?

—Ni un peso. Se lo daremos gratis a cualquiera que se interese. Ése es todo el fin del juego. —Cardenio habló como si se estuviese dirigiendo a un niño a medias sordo pero peligroso.

—¿Van ustedes a distribuir esas huevadas gratis? JesuMaría, ¿y eso qué les da? ¿Entonces es propaganda? ¿Panfletos incendiarios? ¿El pequeño libro rojo? —El sargento estaba engolosinado con su clarividencia.

—Nada de eso. —Y Francesca le brindó su más hermosa sonrisa—. Sólo es poesía. Estaríamos muy honrados si usted y su jefe le echaran un vistazo. —Empezó a sacar un puñado de hojas de su morral tejido con grecas mayas.

—Ya les diré cuando queramos examinar su basura. Quítela de ahí. ¿Y qué tienen en la cabeza para pensar que pueden venir desde México hasta Medellín para montar su espectáculo de mierda y distribuir quién sabe qué basura subversiva? ¿Están chiflados? Díganme.

—Quizá tiene usted razón, sargento. Pero los poetas, usted sabe, suelen estar un poco tocados de la cabeza. Para ellos, es casi necesario. Piense en Orfeo, en Blake o en Rimbaud… —Osvaldo hablaba en un tono de voz a la vez soterrado e intensamente concentrado. Involuntariamente, el sargento se inclinó hacia delante intentando captar lo que quería decir con su discurso el mariconcito (por supuesto, era un marica, las antenas del sargento eran en ese terreno infalibles). Pero trataba inútilmente de ubicar a cualquiera de los personajes nombrados por Osvaldo en su inventario interno de agitadores conocidos, de agentes clandestinos conocidos de oídas o de desertores destripados de Sendero Luminoso. A todas luces, estos vagabundos debían tener sus contactos, y sus nombres, por supuesto, debían estar en clave. Era necesaria una estrecha vigilancia.

—¿Y quiénes imaginan ustedes que van a venir a oírlos?

—Quizá nadie. Quizás uno o dos desocupados que tengan tiempo. Algunos que estén de paso, los que estén saliendo del trabajo. Pero tiene usted razón, su excelencia (a Rosaria le pareció que era del todo inútil cualquier título honorífico), muy probablemente nadie. Ni siquiera un alma.

—Y en ese caso, ¿qué piensan ustedes hacer? —preguntó entre dientes, sin aflojar las mandíbulas.

—Dejar nuestros poemas en la banca de un parque, y volver a casa. —Serra había replicado con tanto aplomo y serenidad que el sargento no pudo dejar de oler una trampa.

—¿Dejar su basura en un lugar público? ¿En el jardín municipal? JesuMaría, hay edictos públicos. Los haré encerrar por vagabundeo, por vandalismo, antes de que tengan tiempo de… —Pero no encontró la palabra. El tono lancinante del viejo pendejo lo ponía más que incómodo, como el ritmo hace mucho olvidado pero perturbador de un pasado irrecuperable. La maldita conversación había durado demasiado.

El guardia pretoriano se levantó de su sillón. —¿Y suponiendo que alguien se detuviera a escuchar su mierda —disparó la palabra dirigiéndola hacia las dos mujeres—, entonces, qué? ¿A qué le están tirando realmente? Quiero la verdad pura y dura. Ésta es una advertencia para todos. —Y golpeteó la funda de su revólver.

Se podría pensar que Roberto Casteñon traía la respuesta preparada:

—Honorable asistente del procurador adjunto: entendemos que en Medellín hay no pocos problemas y dificultades.

 

 

 

 

La esperanza estimada de vida en esta ciudad no es lo que debía ser. La poesía no sirve para nada contra las balas y los carros bomba. Eso lo sabemos. Usted dirá que los poemas son inútiles, algo así como residuos. Pero ése, entiéndalo, es nuestro punto, nuestra idea. Es su inutilidad la que guarda su fuerza, su poder. Ésta es una contradicción, una paradoja. Pero hay crisis humanas en las cuales sólo lo perfectamente inútil es capaz de ayudar. Las autoridades más honorables de su comunidad están sin duda haciendo todo lo que pueden para hacer descender los índices de mortalidad. Pueden estar ustedes orgullosos, sin duda alguna, de la abnegación de los hospitales y de la buena disposición de la Iglesia. ¿Cómo podríamos ser tan tontos, tan soberbios para creer que podríamos serles a ustedes de alguna utilidad? Sólo brindando algo tan inútil, tan aparentemente ineficiente que tome por sorpresa a los corazones. Algo tan impotente como un ramo de flores recién cortadas, o como la luz de las estrellas. Lo que esperamos realizar aquí es recordar a quienes nos escuchen (oh, estoy muy de acuerdo con usted que quizá nadie llegue a escucharnos) el sonido, incluso el sabor, si puedo decirlo así, del placer puro, de la risa. Me doy cuenta de que nos toma usted por traficantes o quizá por algo peor, mi querido sargento. Y quizá lo somos. Pero lo que nosotros traficamos es una droga más dura que la cocaína, y que crea una adicción más intensa. Existen todo tipo de nombres para ella. Algunos la llaman «sueños», otros le dicen «esperanza». Por lo que hace a mí, pienso que se trata de algo que tiene un efecto mágico sobre el tiempo. Es algo que detiene el tiempo normal, el tiempo del asesinato, de los secuestros, del abuso sexual a los niños. Los poemas derrochan el tiempo. No como el Nintendo o las máquinas tragamonedas. No es fácil de explicar. Tiempo perdido, sí, pero por exceso de plenitud. De maravilla, de renovación. En él alienta el encanto, son como ejercicios respiratorios para el espíritu gastado. Déjenos intentarlo, amigo sargento.

El sargento tenía los ojos fijos en el techo y en la maraña de sus resquebrajaduras. La contrariedad había cedido lugar a un sentimiento mucho más amenazante. En su boca había un sabor a rabia, pero también un resabio de triste, extraño orgullo. Intentó controlar el tono de su voz.

—Ustedes no entienden, ¿verdad? Ustedes no han empezado a entender nada con todos sus hermosos discursos. ¿Por qué demonios no van a montar su circo de pulgas a Tijuana? He oído que ahí matan a la gente con casi tanta frecuencia como aquí y que luego juegan a mandar los cuerpos al otro lado de la frontera. Medellín es especial. ¿Qué carajos saben de esto? Nada. —Su hocico echaba fuego—. Ustedes no saben nada de Medellín, ni de la forma en que aquí se hacen las cosas. Créanme, ustedes me importan menos que un pedo. Pero ¿a título de qué va a pagar la municipalidad su entierro? Si ellos llegan a sentirse ofendidos con su basura, no llegan a ver que caiga el sol… Cuando el chofer regresó a su casa y guardó su coche, se encontró con un cachorro amarrado en la puerta del garaje. Era precisamente el tipo de cachorrito que su hija no dejaba de reclamarle. El animal gemía de sed o de miedo. Entonces el cretino, se inclinó para acariciarlo. Madre de Dios, al perro le habían puesto dinamita en la panza. Ahí está cómo es la vida y la muerte en Medellín. ¿Y me quieren hacer ustedes creer que esto va a cambiar un centímetro por su fina charla y sus pildoritas de poesía?

Al escucharse a sí mismo, el sargento sintió que deliraba y que la situación se le estaba yendo de las manos. No había ventilación en el cuarto, y Rosaria tenía un pañuelo desechable pegado a la boca.

—Así que váyanse de aquí, mientras puedan. Si llego a verlos deambulando por ahí, les confisco el vehículo (de todos modos, muy probablemente ya no resista el camino) y los entambo. ¿Escuchan bien, mis finos amigos? Dejen de hacer payasadas y lárguense de Medellín. En esta delegación policíaca se practican inspecciones corporales. Desafortunadamente, no contamos con mujeres en el pelotón. —Al sargento le ganó una risa metálica sin dejar de mirar a Rosaria que estaba a punto de desmayarse—. Medellín es muy especial.

El sargento cayó en la cuenta de que se estaba repitiendo. También eso lo enojó y lo puso triste. Era una tristeza cuyo origen se le escapaba. Escurría desde lo más profundo como un jarabe espeso, estancado. Volvieron a surgir nuevamente esos desoladores recuerdos de infancia que estos comediantes enloquecidos no tenían ningún derecho de venir a remover.

Se dirigieron hacia la puerta con pasos desalentados. Eran espectros que recordaban vagamente el miedo y las pruebas del viaje. ¿No les había dado a entender cabalmente que no se permitiría ningún teatrito loco en ningún lugar público, que para ellos era tiempo de dejar el campo libre? ¿Debía precipitarse tras esas sombras que ya se batían en retirada y deletrearles todo de nuevo para que incluso ellas entendieran? En lugar de eso, con las manos levemente temblorosas se dejó caer sobre el sillón y tomó el teléfono.

Habitualmente, Dos Dedos (los otros tres de su mano derecha le habían sido cortados con una sierra eléctrica por los esbirros que no se habían dado cuenta de que le dejaban todavía dos, y esa negligencia más adelante les costaría cara, y de que su víctima era zurda) habría colgado brutalmente el teléfono. Los resoplantes farfulleos del sargento y su pesada respiración eran los de alguien o bien borracho o bien prendido por la mariguana que, como Dos Dedos bien sabía, envolvía desde temprano la delegación de policía de Medellín en una humareda parda. Pero una palabra en el cerebro fofo de Dos Dedos lo había enganchado: México. El sargento había musitado México. Esos carajos charlatanes habían venido desde México. El traficante de droga escupió con cierto aire meditabundo en las manos trémulas y empezó a alarmarse.

Las distintas organizaciones tenían sinapsis, fosos de serpientes pactados a través de los cuales podían darse, negociándolas, alertas vitales. Nadie habría podido hacer exactamente el mapa de sus ramificaciones, la red sofocante pero finamente tejida que se extendía desde la media docena de capos en la cumbre hasta los más abyectos revendedores en la base de la pirámide, que enlazaban los campos de coca en las altas planicies con las calles destartaladas del South Bronx, con los patios de Malibú o con los casinos de Nevada. Las fibras pulsátiles de la comunicación y de la oferta, de la asignación de los precios y del blanqueo del dinero, de la corrupción politicojudicial y de la sádica paga. Basta un leve movimiento en una parte estratégica de la red para que la trama laberíntica empiece a temblar a lo largo y a lo ancho de toda la malla. México era, por supuesto, una terminal nerviosa de importancia absolutamente crucial. A través de México la cocaína fluía hacia los apetitos histéricos de Estados Unidos. Los puntos de tránsito, a través de aviones ligeros, lanchas de alta velocidad o transportistas individuales, las bolsas donde se negociaban las expediciones y se pesaban las mercancías compradas se encontraban en Ciudad Juárez, en Tijuana, en Cucuña, en depósitos clandestinos sembrados a todo lo largo de una frontera demasiado porosa. Las relaciones diplomáticas con el equipo de Quintero en Guadalajara, con la banda de los Arellano en Tijuana, con los comerciantes y refinadores especializados en la heroína y en las anfetaminas, que operaban desde el patio abandonado de una antigua fábrica a las afueras de Monterrey, tenían que ser mantenidas y fortalecidas. Cualquier cosa que tuviese que ver con México exigía una atención inmediata.

Dos Dedos corrió la voz. Una de las voces tácticas del cartel de Cali le susurró un consejo sumario: «Agarra a una de las putas y métele un cable de alta tensión por el culo.» El reflejo que vino de Guadalajara fue —eso era típico— más circunspecto: «Averigua a qué vinieron esos payasos. ¿Quién los mandó?» Calma. El contacto en Tijuana hizo su sugerencia: «Mira si hay un cojo entre ellos. Hay un agente de la oficina de Miami que cojea. Tratamos de cogerlo cerca de la frontera pero falló el levantón. Es de mediana edad, y cojea.» Dos Dedos lo absorbió todo como a través de un popote. El problema estaba ahora en Medellín. Estaba por llegar un gran embarque. Esa puta de Álvarez seguramente se las había olido. Alguien había visto a dos de sus mirones en el aeropuerto de Río Negro. ¿Podía haber alguna conexión? Dos Dedos era responsable de que todo estuviese en orden en Medellín. Detestaba la anarquía, y el coche bomba no había sido su fuerte. La violencia debe llevar una etiqueta, hasta la tortura tiene sus convenciones. De otra forma, el mundo sólo sería para los escorpiones. En la visión de Dos Dedos, los aficionados eran la peor plaga. Espiar a los seis mexicanos estaba muy debajo de su dignidad, por debajo del escalafón que le correspondía en la jerarquía. Mandaría a Emilio. No era ningún genio, seguro, pero era observador. Un hombre capaz de diluirse en la multitud (¿qué multitud?). Quizá todo este asunto no era más que una alucinación de un poli aburrido y fumado hasta atrás. Dos Dedos alzó lo que le quedaba de mano en un signo de bendición masónica. Una broma privada entre el clan de San Tomé. Deslizó la pistola en el cinturón y fue a buscar a Emilio.

 

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Toby Warren tenía un problema. Madame Álvarez era inaccesible, estaba fuera de todo alcance. Las tarántulas anidan en la profundidad. ¿Así que dónde estaba su reportaje? Cierto, había habido el carro bomba. Pero a pesar del macabro escenario, la carnicería no había suscitado el menor —ningún— interés. La víctima pertenecía a un grupo de sórdidos agentes inmobiliarios, y se decía que su esposa era una judía brasileña. La justicia local no se había mostrado para nada hospitalaria. Los reporteros gringos no valían más que las moscas que devoraban a los caballos, y que había que aplastar. Los vecinos le habían cerrado la puerta en las narices. Aunque intentó proponer una respetable mordida, la visita de Warren a la morgue no dio ningún resultado. ¿En qué cosa había puesto la nariz? Lo poco que había quedado del cadáver despedazado ni siquiera se le podía enseñar a la adolorida viuda. «Estas cosas pasan, usted sabe, Señor Warren.» Desafortunadamente, Toby había escrito el epitafio del muertito. Arrancó la página. Ya le pasaban los dos whiskys que había bebido demasiado temprano. El aire pesaba como una malla de queso, cubría su boca con un calor sofocante.

Quizá, quizá había algo que extraer de la perorata del informante. Pero en lo esencial eran cosas sobadas y sabidas por todos aquellos que habían tenido algo que cazar entre los cárteles del Narco y de la Adicción Estadounidense. La saga de Escobar había engendrado reportajes, entrevistas más o menos apócrifas, e incluso libros. Toby tenía la impresión de haberse metido en un banco de arena. La muela del juicio necesitaría atención tan pronto como regresara a su base (un cavernoso departamento de un solo cuarto en Filadelfia, en un condominio habitado por gente recién divorciada). Entretanto, su lengua no dejaba de frotarse una y otra vez contra su muela rota. Lo mejor sería hacer la maleta e irse. Éste efectivamente había sido el consejo que, entre bostezo y bostezo, habría proferido el hombre del bar en la bodega vacía, casi hundida en la oscuridad.

Toby Warren ya se iba hacia el motel (recordaría las moscas) cuando sus ojos se quedaron clavados en el póster:

 

gratis, absolutamente gratis. lectura de poesía. canciones cantadas por los vates de los cuatro soles. plaza municipal. a las cinco de la tarde. gratis.

 

En la esquina siguiente, había un segundo anuncio. En forma de luna nueva, con las letras impresas entre sus cuernos jubilosos:

 

la poesía es la droga de la esperanza. traigan a sus amores. vengan con sus hijos. absolutamente gratuito.

 

Y una vez más el lugar y la hora.

El tercer cartón había sido puesto sobre un andamio, justo delante del motel.

 

los poemas son el alcohol de la alegría. vengan a escucharnos. traigan a los suyos. a nadie le hace mal un poema. gracias a las flores suceden las mejores cosas. admisión absolutamente libre. plaza municipal. a las cinco de la tarde.

 

Ese refrán, a las cinco de la tarde, Warren, lo había oído en algún sitio. Significaba más de lo que decía. ¿Y qué? Se quedó de pie ante el cartel, extrañamente perturbado. Otra noche más en Medellín podría ser una buena inversión. Le haría falta un fotógrafo. De un diario local o de una agencia de prensa. En cuanto se dio la vuelta, Toby oyó un ruido de papel desgarrado. El niño se alejó al trote. El texto del afiche había quedado algo dañado. Toby se miró a sí mismo intentando parcharlo. Lo observaban dos gatos con sus ojos indiferentes y lisos como el oro.

n

Rosaria estaba segura de que no aguantaría las ganas. El miedo siempre empezaba por anidar en su desgraciada vejiga. Pero ¿cómo disfrazar esa mancha repugnante? A la altura de su codo el cenicero desbordaba. La serenidad de Francesca, la fría atención que ponía en el poema que estaba ensayando, le parecía detestable a Rosaria. Pensar que pronto se vería declamando en una plaza desierta —o algo peor: las advertencias del sargento seguían resonando en sus tímpanos— la sofocaba. Cuando llegara su turno de recitar, ella se levantaría, incapaz de emitir un sonido coherente, y orinaría. Había estado fuera de sus sentidos cuando había decidido venir a esta maldita aventura.

—Debemos encontrar la forma de explicar algo sobre Orfeo. Sin hacernos los superiores. ¿Me imagino que habrán oído hablar de Lorca? —La pregunta de Francesca, su voz helada, dejaron indefensa a Rosaria.

—Ay, Dios mío —fue todo lo que pudo decir. Francesca alzó los ojos interrogante:

—¿Crees que conozcan aunque sea un poco a Lorca?

—Pero eso, ¿a quién le importa? ¿No te das cuenta? Aquí los gángsters te cortan el cuello sólo para pasar el tiempo. ¿Tienes idea de cuántas mujeres han sido aquí violadas a plena luz del día? —La voz de Rosaria le recordó a Francesca la de una querida tía que estaba muriendo de cáncer en la garganta.

—Vamos, no es tan melodramático. En apariencia, la mayoría de la gente lleva una vida de lo más ordinaria en Medellín. Muy probablemente ni un alma viviente se molestará en irnos a ver. O habrá un aguacero. —Francesca lanzó una mirada interminable a la luz que se eclipsaba. Cuando sus ojos dejaron la ventana, encontró la puerta abierta y escuchó las sandalias de Rosaria alejándose por el corredor rumbo a los baños.

Osvaldo no dejaba de maravillarse ante su destreza. Él, con su aire de ratón, había logrado pegar más de media docena de pósters en lugares muy visibles. Él, la rata de biblioteca, bienconocido por su timidez ineficiente y sus modales de solterón. Hasta hoy su existencia había sido un celibato del alma y de la carne, había vivido acolchonado contra cualquier riesgo íntimo o público, ya fuese de la carne o de la mente. Como si la vida misma hubiese sido un charco peligroso, como se envuelven los zapatos en hule (los suyos los había heredado de su padre hacía muchos años), y hete aquí que ahora estaba en esa cueva de los leones que era Medellín poniendo carteles desafiantes. Se había sentido desnudo, esperaba cualquier agresión, incluso que lo liquidaran. Le dio vueltas a esta palabra siniestra en su lengua. Y se dio cuenta de que estaba feliz. En él, el estremecimiento de la felicidad era nuevo, como el tañido de una campana exótica. Aguzaba el oído.

Cardenio intentaba ser práctico.

—Si nadie llega a venir, debemos esperar un momento. O ponernos a leer hasta que alguien se detenga a escucharnos. El secreto está en captar la atención. Será infernalmente difícil si no hay amplificador. Nada más nuestras voces. Debemos empezar por leer o recitar lo que nos sabemos de memoria. Para hacer nuestros comentarios, debemos esperar a que alguien se detenga. Tu sermón sobre la poesía y la esperanza. «La droga de lo inútil». —Al escuchar que lo remedaban, Casteñon sonrió. Se sentía a gusto con la irrisión fraternal de Cardenio, con la cálida impaciencia de ese hombre que caminaba una y otra vez entre las camas revueltas. Sonrió de nuevo cuando Cardenio tartajeó algo sobre estar completamente indefensos. ¿No deberían tener, en nombre del sentido común, un revólver descargado a la mano? —Hay mujeres, sabes.

—Probablemente están menos asustadas que nosotros. Francesca ciertamente… Y si alguien busca problemas o quiere arrestarnos, léeles tu balada sobre la cólera del perico. —Cardenio respondió con un gruñido relajado:

—Con tal de que no caiga un aguacero. —Pero nada podía detener a Casteñon.

—Podemos llevar un paraguas. Rosaria tiene uno. Es de seda color lila.

Julio Serra rezaba con una vehemencia nada disimulada. ¿A quién? El viejo rapsoda había sopesado la cuestión desde la infancia. La noción de un dios al otro lado de la línea le daba vértigo. Qué loca arrogancia creer que podía haber un auditorio de ese tamaño. En cuanto a los santos o a los demonios, a una escala más humilde, a Serra le parecía que estaban por debajo de su dignidad. ¿A quién entonces se dirigía con tan apremiante y articulada necesidad? ¿Para qué oídos iba entreverando plegaria con poesía, desiderata con lamentación? Serra había llegado a intuir que la plegaria era un ejercicio esquizofrénico y una disciplina. Estaba en diálogo con otro yo. No por fuerza un yo más puro quizá o más poderoso. Pero otro íntimo, infatigablemente atento a cada matiz, a cada palpitación del sentido pulsando oculta pero turbulenta entre líneas. Más allá de su propio desciframiento consciente, una atención alerta, aunque desprendida, a la intención encubierta, a las fugas, a las verdades que elevan las paráfrasis, oscuramente resonantes en sus invocaciones como en la música. —No nos ridiculicemos a nosotros mismos. O mejor, sí, hagámonos los ridículos, pasemos por cobardes, si es necesario. Ojalá que no olvide yo mis gotas contra la tos. Que las alas de los ángeles dichosos nos guarden de la lluvia.

Cuando dejaron el hotel precipitadamente, un mirón los seguía. Al parecer ni siquiera le importaba esconderse. Si la forma de caminar de alguien puede proclamar el arte del desdén indiferente, ese arte lo había llegado a dominar Emilio.

Avanzaron en fila india. Como niños, reflexionó Francesca, jugando a los Pieles Rojas. De su bolsa deshilachada extrajo una mascada, una prenda que hacía muchos años le había ofrecido un enamorado y que desde entonces no usaba. Ahora su gallardo estampado de rosas amarillas y de unicornios caracoleando entre ellas, parecía un talismán. Al mirar uno de los carteles, Casteñon le quitó a Osvaldo un sombrero imaginario. Pero se preguntaba si había hecho bien dejándolo venir. El pobre hombrecillo tenía la tez cenicienta.

Casteñon tomó posesión de la plaza con solo un vistazo. Parecía haber seis o siete almas reunidas alrededor del pedestal, desfigurado por los graffiti, desde donde pensaban leer. Un viejo estaba apretando contra su pecho la mitad desgarrada de uno de los carteles que indicaba el lugar y la hora. Había un joven, casi un niño, fumando; un ciego vacilante se apoyaba en su bastón blanco. Como si lo hubiese sorprendido un viento repentino. Y dos o tres mujeres cargadas con bolsas y canastas repletas, moviendo impacientemente los pies cansados.

En la luz vacilante, le fue preciso un momento antes de ver a los otros (Cardenio le había dado un codazo). Ahí estaba su sombra fiel, ahora adosada a un enrejado donde la gente ponía sus bicicletas, escupiendo de tanto en tanto sobre sus botas con ostentoso desprecio. Un policía, en las Arcadas que llevaban a la Calle de San Martín, con un teléfono móvil colgado de su cintura. «Como un hombre colgado», imaginó Rosaria. Y extrañamente fuera del campo de visión, en la ventana de la planta baja, un observador de traje color beige, con un pañuelo floreciendo en la bolsa a la altura del pecho. Intermitentemente el caballero parecía emitir —como un flash— un destello vívido de luz. Casteñon no dejó de darse cuenta de que el invitado llevaba un anillo de macizo metal; al moverse, el anillo reflejaba el sol de la tarde. «Mas de lo que nos atrevimos a esperar», resopló Serra. Casteñon hizo un signo de bienvenida.

—Señoras y señores, por favor acérquense. —Nadie se movió, y el policía habló por su teléfono móvil.

—Señoras y señores, de todo corazón les agradecemos que hayan venido a escucharnos. Nos damos cuenta de que para ustedes no ha sido fácil ni conveniente hacerlo. Que muy probablemente tengan ustedes cosas mejores o más urgentes que hacer. Mi nombre es Roberto Casteñon, y quiero decirles de nuevo cuán agradecidos estamos con ustedes mis colegas y yo.

En ese momento apareció un pordiosero cojeando y arrastrando detrás de él un perro callejero entre gris y pardo.

—Amigos míos, si puedo llamarlos así: ustedes saben por qué estamos aquí. Para leerles a ustedes, para leer con ustedes algunos de los grandes poemas escritos en nuestra amada lengua. (Osvaldo empuñó el rollo de copias xeroxcomo aquel que alza en alto la oriflama en alguna batalla caballeresca perdida.) Pero como deben ustedes de saberlo, amigos, los poetas son creaturas vanidosas, pavorreales. Así que esperamos que nos permitan leerles también algunos de nuestros propios versos. —Una de las mujeres que llevaba cubierta la cabeza con un pañuelo (¿era india?) movió la cabeza con un vigor enigmático—. ¿Qué intentamos hacer?

—Buena pregunta —farfulló Cardenio aparte y sólo para él.

—Lo que estamos intentando hacer es a la vez muy pequeño y muy grande. Entendemos que la vida en Medellín (les pido que perdonen a un extranjero por decirlo así) resulta a veces difícil. —Casteñon había sopesado la palabra y su posible exactitud desde que había salido de México—. Que la muerte y la desesperanza recorren las calles de Medellín. —El anillo que estaba en la ventana lanzó un destello glacial, como dando una señal—. Tenemos la esperanza de dar a ustedes una hora o dos de belleza, de ese género de olvido que es también recuerdo.

—Oh, Madre de Dios, pensó Cardenio, otra vez Casteñon el místico, el sofista. —Pero el ciego alzó los ojos, poniendo su mano tras el oído como para oír mejor.

—La poesía puede ayudarnos a salir de nosotros mismos y de nuestras miserias. Nos hace soñar mientras estamos despiertos. Habla de cosas que son fantásticamente reales, pero que no pertenecen a nuestra vida diaria. De cosas que perduran cuando nuestras preocupaciones presentes y nuestras actuales confusiones, por graves que sean, hayan pasado hace mucho. —El pordiosero ciego lanzó al aire un agudo cacareo y Casteñon, por un momento, se creyó perdido.

—Siga —gritó el ciego con magnánima condescendencia—, siga.

—Los poetas creen, o al menos algunos entre ellos lo hacen, que un poema verdaderamente grande es más poderoso que la muerte. Porque sobrevive y dura más tiempo que la residencia en la tierra, no sólo del hombre o de la mujer que lo escribió, sino también de quienes lo oyen o lo leen. En ciertos casos, el poema sobrevive incluso a la lengua en la que fue originalmente escrito. ¡Un hecho verdaderamente asombroso si piensan ustedes en él! —Casteñon estaba sonriendo desde el fondo de sí mismo, casi libre de sus perturbaciones intestinales—. Ésa es la razón, amigos nuestros, de por qué hemos venido hasta Medellín a compartir con ustedes el más poderoso narcótico conocido hasta ahora por el hombre: la esperanza. Y por eso deseamos empezar leyendo un poema que, sin duda alguna, ya les será conocido. Un poema que vence a la muerte.

Justo Serra barrió la plaza con sus ojos como si lo esperara una multitud. Por un momento, sus labios parecieron privados de palabra. Entonces empezó:

 

A las cinco de la tarde

Eran las cinco de la tarde

Un niño trajo la blanca sábana

A las cinco de la tarde

 

El sombrío esplendor del lamento de Lorca por el torero Ignacio Sánchez Mejías golpeó el aire como un gong. Sin que nada lo amortiguara, el eco de los muros y de las arcadas alrededor quedó resonando. Serra estaba recitando sólo la sección inicial. Cuando llegó a la imagen del carro de la muerte y del extraño sonido de la trompeta fúnebre, su voz pareció vacilar:

 

Un ataúd con ruedas es la cama

A las cinco de la tarde

Huesas y flautas suenan en su oído…

 

Y fue el señor que traía el cartel desgarrado y el clavel en el ojal del saco el que vino a su rescate:

 

El toro ya mugía por su frente…

 

Había enrollado el papel como un altavoz. El mugido ahorcado del toro era perfecto. Y al llegar la caída lacerante del poema, su voz se unió a la de Serra:

 

Eran las cinco de la tarde.

 

Ante este gesto de alianza y simpatía, el calor inundó el corazón de Casteñon que batía como un martillo. Saludó en silencio inclinándose hacia él, al comparsa imprevisto, mientras que Osvaldo circulaba poniendo de prisa en las manos del público renuente copias de los poemas. Atravesó la plaza para poner una hoja en las manos del mirón que los acechaba y en las del policía. Sólo quedó fuera de su alcance el hombre que miraba desde la ventana.

Francesca dio un paso hacia delante. Leyó algo de Homero Aridjis, luego de Gabriel Zaid, introduciendo cada poema con unas palabras útiles para situarlo y hablando de estos poetas como si ellos también estuviesen presentes ahí. El niño había dejado de fumar.

—Ahora queremos que escuchen un poema escrito por uno de nosotros, una especie de canción que está esperando música. Escrito especialmente para Medellín. —Casteñon señaló hacia Rosaria Cruz. Ella se quedó de pie como si tuviese raíces. Sabía que se estaba meando. ¿La delataría algún olor? Cardenio la tomó de la muñeca, y la apremió para que se adelantara.

—No puedo oírla —ladró el ciego. Rosaria empezó de nuevo; y la mujer con la gran canasta asintió:

—Así está mejor.

 

No hay ciudades de la muerte, de la muerte

No hay medias noches que duren para siempre

El corazón es un barrio de la esperanza

Un primer alto en la frontera

Vivir es atravesar la vida

Apenas comienza

Quién nacerá aquí esta noche

Trayendo la mañana

Como el águila

Cuando con la mirada

Parece dar órdenes al sol

 

¿El hombre de la ventada había eructado o había emitido una estentórea carcajada? Mientras Rosaria recitaba, otras personas se habían venido acercando lentamente hasta el centro de la plaza. Había ahora una docena o más, y una de las personas que escuchaba, un barbón, se había quitado el sombrero y aplaudía. De nuevo, Casteñon se adelantó.

—Hemos venido aquí con ustedes a causa del espíritu y del ejemplo de Octavio Paz, pero no es sólo porque Octavio Paz haya sido el mayor poeta de México. Es porque él fue un ejemplo fulgurante de valentía, de pasión por la justicia y de clemencia. Él nos habría apremiado a venir a Medellín, a traer poesía para todos aquellos que podrán beber de ella fortaleza y consuelo. Así pues deseamos concluir esta lectura con uno de los poemas mágicos de Octavio. —La voz de barítono bajo de Cardenio proclamaba sin esfuerzo:

 

Luz que no se derrama, ya diamante,

detenido esplendor del medio día,

Sol que no se consume ni se enfría

de cenizas y fuego equidistante…

 

Cuando lanzaba el último verso, Cardenio abrió los brazos, como abrazando el ardor intacto de ese sol diamantino, equidistante de todas las cosas y criaturas. Siguió una oleada de aplausos y, desde el círculo exterior de la asistencia cada vez más numerosa, sonó algo como un grito de gratitud.

El guardián de la sombra atravesó la multitud moviendo los codos.

—¿Dónde está su permiso? —No hubo respuesta—. ¿Creen ustedes realmente que pueden armar un espectáculo público sin permiso? —Se apoderó de lo que quedaba de las hojas por distribuir—. ¡Confiscadas! —Dio a la palabra un volumen amenazante como si se dirigiera a todos los que ahí se habían reunido—. Me van a seguir hasta la delegación de policía. En Medellín no están permitidos los vagabundos. Aquí no necesitamos pordioseros mexicanos. Tenemos bastante con los nuestros. —Una vez más, pareció que se volvía a los que ahí estaban.

Su indeseado guardián se había materializado intempestivamente saliendo de la oscuridad. Se inclinó hacia el oído del policía. Con un ojo puesto sobre el observador de la ventana, que lanzaba destellos con su anillo (ya diamante, pensó Francesca). Un segundo susurro, más cortante. El guardián del orden público pareció dudar. Luego alzó los hombros en un gesto de morosa aceptación, devolvió el fajo de copias xerox a Osvaldo, se aclaró la garganta ruidosamente, como un rumiante que ha perdido el aliento, y se retiró de ahí con un paso casi distraído.

El hombre que había susurrado cruzó su mirada con la de Casteñon. Hizo un signo apenas perceptible en dirección al motel. Había empezado a caer una lluvia muy fina. Serra alzó su rostro hacia ella. De cenizas y fuego equidistante…

 

n

En cuanto entraron al lobby, se les quedó grabada la voz del hombre que los estaba esperando. Aterciopelada y nauseabunda como una melaza caliente. Una voz que contrastaba con la corpulencia del hombre y el cruel resplandor de su anillo.

—Me gustó esa parte sobre el águila. «Ordenando al sol» o algo parecido. —Rosaria tembló imaginando que no faltaba nada para que extendiera los brazos y le estrujara los senos—, Robles, Camilo Robles. Pero ustedes me pueden llamar «Pepe». Como todo el mundo, o casi. —Y Robles movió la cabeza como maravillado—. ¡Fue usted la que hizo eso? ¿Se sacó sola eso de la cabeza, la damita? —Una breve pausa—. Quiero que escriban un poema para mí. —Ante el estupor, confirmó con un signo de la cabeza—. ¿Cómo se llamaba aquello? Un llanto, un lamento, como el dedicado al torero. —Francesca tenía los ojos clavados en el cinturón del hombre, recamado de plata labrada, de su traje de lino claro y de sus zapatos hechos en piel de cocodrilo—. Pagaré, por supuesto. El camarada Pepe es generoso. Pregunten en Medellín. —Cardenio sintió el dinero en la voz del hombre, en su panza. El sillón de bejuco crujía bajo su peso desparramado, pero Pepe no invitó a sentarse a los viajeros. Sabía que dominaba y saboreaba la situación—. Como el dedicado al torero, pero mejor! —Miró con grandes ojos a Serra, como un maestro de escuela airado.

Con la garganta ardiendo, Casteñon logró preguntar: —¿Un lamento, señor Robles? ¿Pero para quién?

Pepe pareció contento. Jugó delicadamente con su anillo y dejó salir un suspiro voluptuoso. —Justo. Una buena pregunta. —Se movió hacia el escritorio de la recepción. Tequila para sus invitados—. Y nada de servir esos meados de chivo que sirves aquí de costumbre. ¿Entendiste? —El empleado se precipitó hacia la oficina—. Un llanto para Jesús Soto. Conocido como Pancho el Tigrillo. —Rosaria se descubrió a sí misma absurdamente sentada a los pies de Robles, intentando captar cada palabra que salía de esa voz sofocante.

—Créanme, amigos míos, Pancho era mi mejor hombre. El mejor, con mucho. Salvó mi vida cuando los putos Boinas Verdes y sus helicópteros cayeron sobre nosotros a la salida de Cartagena. Cuando regaron el camino de petróleo y empezaron a disparar sus lanzallamas, yo ya empezaba a rostizarme en vida pero Pancho me sacó de ahí y apagó el fuego a mano limpia. Sin él… —Pepe se alzó delicadamente una pierna del pantalón con delicada deliberación. La cicatriz estaba lívida, y tenía forma de araña—. Sin El Tigrillo, yo habría quedado asado. Rostizado en vida. —Robles hacía que cada una de sus pausas fuera elocuente—. O la vez en que estábamos descargando la mercancía en el aeropuerto de Managua y cuando los jodidos matones de Gacha nos habían tendido una emboscada. Animales, eso es lo que son. No sé cómo pero Pancho los advirtió en la oscuridad mucho antes de que empezaran a adelantarse. En la oscuridad más completa. Las balas zumbaban como mosquitos. El Tigrillo fue herido primero en el brazo, luego en las costillas. Pero no se daba por vencido. Se mantuvo disparando hacia atrás y gritando tan fuerte que los cobardes huyeron con la cola entre las patas. Y cuando llevamos a Pancho hacia la camioneta, todo lleno de sangre, Jesús no dejaba de repetir: «Todavía tengo balas, no hay que desperdiciarlas.» —Los ojos de Robles se humedecieron con el recuerdo—. Ése fue Pancho el Tigrillo para ustedes. No lo desperdiciemos. —Vació su vaso de un golpe y pidió una nueva ronda—. Hace unos seis meses, lo mandé a inspeccionar un cargamento a las afueras de una de nuestras plantaciones. Material de la mejor calidad, casi listo para viajar. Pancho conocía la pista como la palma de su mano. Se desplazaba con frecuencia de noche. ¿Fue uno de esos indios comemierda el que lo entregó? Lo que hicieron con él los federales ni siquiera debería de contárselos. No en presencia de las señoras. —Robles movió todo su peso como en una discreta marca de deferencia—. Me enviaron las fotos. Le habían arrancado los ojos y le habían rellenado la boca con sus propios testículos. «Cuando todavía estaba vivo.» Fue eso lo que escribieron a la vuelta de las fotografías, esos sucios torturadores. «Cuando todavía estaba vivo.» —Pausa—. Mi mejor soldado. Tenía una mujer y dos niños en Yarumal. Y un perico. Con ojos rosas, color coral. Oh, ese cotorro, cómo amaba Pancho ese cotorro. —El tono de voz de Pepe oscilaba entre el placer distante y la pena—. Ahora ya saben, señoras y señores, por qué quiero que escriban un lamento para Jesús Soto, mejor conocido como Pancho el Tigrillo. Y quiero que lo reciten en la plaza y que pongan copias por todas las paredes. No repararé en gastos.

Incluso la lluvia había dejado paso al silencio. De alguna forma, Cardenio logró asumir un aire marmóreo—. Estimado señor Pepe, nosotros, todos nosotros, estamos muy honrados y halagados por su proposición. La apreciamos mucho, se lo aseguro. Pero ¿cómo podríamos componer un llanto para el llorado señor Soto? Como usted debe saberlo, querido Señor, nosotros hemos venido a Medellín movidos por la aflicción de lo que sucede aquí, por el horror a las masacres y a las mutilaciones. Usted sabe infinitamente mejor que nosotros todo lo que se esconde detrás de esos hechos, en todos los sentidos (por un instante, los labios de Cardenio se congelaron), en qué formas sus empresas, sus negocios están involucrados en estos tristes hechos. —Los ojos de Robles nunca dejaron de estar sobre el rostro de Cardenio; se habían puesto lisos y ahumados como estaño viejo—. Nosotros no estamos aquí para juzgar, Señor Robles. ¿Cómo podríamos hacerlo? No tenemos ningún poder. Nuestra esperanza estriba en traer a la gente de aquí una chispa de placer, un pequeño sabor a aire fresco para todos aquellos que quieran escuchar nuestros poemas y releerlos. Hacerles recordar lugares donde haya menos muertes, un tipo de vida en que los niños no vuelen en pedazos y que los perros no lleven dinamita cosida en las tripas. —Cardenio se acercó más. No podía ocultar el temblor de las manos ni el sudor—. Eso es todo lo que tenemos la esperanza de hacer aquí. ¿Cómo podríamos componer y recitar un lamento para su amigo el Tigrillo? Seguramente un hombre de sus alcances, comprenderá que eso es imposible. —Camilo Robles se había levantado a medias de su sillón, pero luego lo pensó mejor.

—Qué finos discursos hace usted, amigo. Como paletas de dulce. «Una bocanada de aire fresco.» ¿Fue así como dijo? El pobre viejo Pepe no sabe emplear así las palabras. Ahora permítanle hablarles a ustedes francamente. —Su voz se había apagado, obligándolos a acercarse. Más duro de oído, Serra se puso la mano en el oído como para escuchar mejor—. Es usted un hablador. No es usted más que un pequeño mierda que juega con las grandes palabras. Pero no tiene usted la clave de nada, ¿o sí? —Robles movió la cabeza como si estuviese dirigiendo a unos niños retardados—. ¿Saben ustedes quiénes son los que perpetran la mayor parte de los asesinatos por aquí? Bueno, déjenme decírselos. Pongan atención. A Pepe no le gusta repetirse. Los verdaderos asesinos son el Ejército y las Fuerzas Armadas Revolucionarias, los locos rojos. Son ellos lo que están tratando de controlar los campos de coca, y los caminos que llevan al sur. Si no ayudáramos a los campesinos con las cosechas y les enseñáramos cómo hacer la pasta para poder embarcarla hacia el exterior, se morirían de hambre. Como están las cosas, ellos pagan protección a los putos marxistas. No a nosotros, mi amigo, culo brillante. Los indios han venido masticando coca durante más de dos mil años, para engañar el hambre, para mantenerse en su mundo de sueños. De otro modo, la miseria los volvería locos. Cuando los yanquis lanzan sus defoliantes, todo se muere, todo. ¿Usted no sabía eso, cretino, o sí? Así los precios suben, y a los agentes estadounidenses y a los militares estadounidenses les toca una tajada mayor.

Con la velocidad relampagueante de una víbora, cosa asombrosa de parte de un hombre tan corpulento, Pepe agarró a Cardenio por el cuello. Sus caras estaban sólo a unos centímetros una de la otra. —Yo no toco la droga, nunca la he tocado. ¿Puede usted meterse eso en su cráneo? Pero millones de gente se mueren por esa mierda. Se vuelven dementes sin ella. Se prostituirán y rogarán y matarán por la próxima dosis. Ni siquiera pueden esperar a que atravesemos la frontera. Se empujan en los palacios de Bocagrande, esperando con impaciencia que les sea entregada la mercancía. Se orinan en los pantalones cuando nos ven venir. He oído que hay más de sesenta y cinco mil hectáreas dedicadas al cultivo de la coca, lo que vale un billón de dólares al año. Sólo porque la piden y la piden en Europa y en Estados Unidos. Si dejaran de usar esa mierda, lo que usted llama nuestro horrible negocio cerraría de inmediato. ¿Entiende lo que quiero decir, señor poeta?

Robles aflojó su mano. Cardenio se incorporó temblando. Cuando Pepe prosiguió, su voz provenía como de una gran distancia, y con serenidad concluyó: —Ustedes van a escribir ese lamento para Pancho. No se les vaya a olvidar mencionar que me salvó la vida. Y que no había un mejor tirador o un mejor contrabandista en ningún otro cártel. ¿Han entendido eso, todos ustedes? Habría atravesado el fuego por mí, Pancho, el Tigrillo, se los digo yo. Desde que murió mis sueños son amargos. —Robles ya se había levantado—. Van a poner su circo mañana. A las cinco de la tarde. —Su mirada maligna esa casi infecciosa—. Puedo prometerles un gran público. Eso sí, se los puedo garantizar. Y música. Y fanfarrias. Tenemos las mejores bandas en Medellín. De ustedes quiero calidad, y de la mejor. Nada de cosas gastadas ni de segunda mano. ¿Me he dado a entender? Ahora amigos, manos a la obra. —Alejándose de ahí con un paso lento y en cierta forma majestuoso, Pepe dejó caer en el regazo de Rosaria un fajo de billetes.

Ni él ni los escritores alquilados oyeron el clic de la grabadora de Toby Warren oculta detrás del gran árbol de hule.

 

n

Podían oír la fanfarria cuando dejaron el motel. El sonido se hizo caliente y amarillo como el destello del fuego en el aire. El pellejo del cráneo le picaba a Osvaldo. Era la marcha solemne de los toreros entrando en la plaza. Francesca se columpiaba al compás. A su alrededor la gente corría hacia la plaza. Algunos con niños colgados sobre sus espaldas. El preludio de cobre había dejado el lugar a un éxito popular. Los muros y paredes hacían reverberar su resonancia. Involuntariamente, los pies de Casteñon siguieron el ritmo. Los seis actores debían abrirse paso entre la multitud moviendo los codos. Un escenario verdadero se había armado junto al pedestal. Festivamente decorado con los colores nacionales, equipado con un micrófono y altoparlantes, lo más moderno y actual para el arte. De las jacarandas y de los postes de luz, bailaban colgados los globos como fruta madura. A medida que Casteñon y compañía se acercaban, el flash empezó a destellar y el camarógrafo caminó hacia atrás como una lagartija desarticulada que fuera en retirada. Ahora la orquesta concluía un tango.

Desde un balcón, el alcalde agitaba la mano con un aire benévolo mientras su bufanda y cadena al cuello emitían chispas alegres. El jefe de la policía parecía envuelto por el follaje de los galones y las doradas condecoraciones. Osvaldo intentó buscar con la mirada al señor Pepe, pero fue inútil y no se sintió bien. El observador anónimo de la víspera probaba el micrófono. A cada golpecillo, una ronca onda estática florecía por toda la plaza. Se hizo un silencio abrupto: el himno nacional.

Después de lo cual, los músicos de la banda pusieron de lado sus instrumentos y se pusieron a vaciar botellas de agua mineral sacadas de debajo de sus asientos. ¿Fue un gesto del alcalde lo que disparó los aplausos? A medida que los visitantes extranjeros se trepaban al escenario, crecía el tumulto. La rubia platinada que estaba inmediatamente detrás del jefe de la policía sopló un beso. El niño que había estado ahí el día anterior lanzó un agudo silbido. Y ahí estaba el ciego con la boca abierta como si estuviese bebiéndose el clamor del festival.

Al buscar el micrófono, Casteñon se sentía dividido entre el miedo y la exultación «como un galeote en libertad», garrapateó Toby Warren en su cuaderno de notas. Casteñon alzó las manos, con las palmas abiertas pidiendo silencio. Cuando cedieron los gritos y los aplausos, se inclinó ante los potentados y dirigió a los músicos un saludo fraternal. El músico de la tuba le devolvió el saludo. Una oleada de cuervos se cernió en una espiral en la media luz de la tarde. Rosaria se afanaba en contarlos como si su vida dependiera de sacar bien la cuenta.

—Apreciado Alcalde, Su Excelencia —las hombreras del jefe de la policía gruesas como coles no parecían pedir menos—, señoras y señores de Medellín, mis colegas y yo estamos muy agradecidos y conmovidos por su bienvenida. Nos alivia el corazón. —Un vigoroso «Bravo» salió de algún sitio entre la multitud—. Somos personas común y corrientes, que llegan aquí con muy sencillas esperanzas. Su presencia aquí y la suya Señor —otra inclinación hacia la zona de los balcones— nos demuestran que no hemos venido aquí en vano. —Los aplausos se desencadenaron crepitando como si hubiesen seguido el gesto de un oculto director de orquesta—. Para expresar nuestra gratitud, hemos preparado un poema nuevo para esta ocasión especial. Pero antes de que yo pida a Francesca que se los lea, permítanme unas palabras de introducción. —Una iglesia cercana marcó el cuarto de hora con un tañido discreto—. Este poema, al igual que aquel con el que comenzamos ayer —»¿había sido solamente ayer?», fantaseó Osvaldo transpirando —es un poema triste. Cuenta la historia de un amigo ¿Por qué teníamos que escribir un poema tan triste para una reunión tan alegre? ¿Por qué cantar a la muerte cuando lo que hemos intentado es despertar la vida y la esperanza? —La atención del público era como un peso suspendido en el aire—. Al igual que la música, la poesía seria no es nunca ni completamente jubilosa ni completamente triste. Quiere ser como la vida misma; busca tocar el acento del dolor en nuestras alegrías y de la alegría en medio de nuestros dolores. Nos recordará la muerte incluso en la más alegre de las fiestas, y el renacimiento en la más negra de las noches. Perder a un amigo es algo terrible; pero es algo maravilloso intentar recordarlo, saber que nuestro recuerdo continuará haciéndolo vivir en nosotros. Y ahora le toca a Francesca decir y cantar un llanto para ustedes en memoria de Jesús Soto que murió tan joven.

Casteñon lo habría jurado. Había visto el agrio destello del anillo. Pero ¿de qué lugar perdido de la plaza o de los balcones podía venir? Francesca se adelantó con los ojos entre cerrados. Cardenio no pudo dejar de ver que, bajo su blusa con motivos peruanos, estaban erguidos sus pezones.

 

Los ojos del Tigrillo son de fuego

Cuando miran a los arbustos espinosos

Y el fuego en ascuas

No conocen ni el miedo ni la clemencia

Pero el mundo está lleno de demonios

Y el Tigrillo nunca conocerá la traición.

 

El humo se había disipado en la garganta de Francesca. Cantaba con una voz de nítida campana.

 

¿Quiénes somos nosotros

en las ramas enmarañadas de los espinos

para decir lo que está mal?

La amistad es más poderosa

—prevalece aun en el infierno— que el amor.

Osvaldo apenas si podía creer la fuerza nueva, el alto vuelo de su voz. La plaza estaba tensa, rebosante por su voz.

 

Adiós amigo Pancho, adiós

Llevaste mensajes de muerte

Como los ojos del Tigrillo

Guardas el fervor con la noche.

 

Francesca había abierto sus brazos de par en par. La envolvía la luz que se eclipsaba tras las montañas. Cantó la desolación con exultante júbilo. Rosaria vio que las aves se iban en bandada envueltas en un viento silencioso.

 

Adiós Amigo Pancho,

tú que caminabas a través del fuego

Ojalá que puedas encontrar la luz

Como tigrillo en el crepúsculo

Como tigrillo en el crepúsculo

 

Entonces sonaron los primeros disparos. –

Una rosa para Emilia de William Faulkner

      Cuando murió la señorita Emilia fue a su entierro toda nuestra población; los hombres, como con respetuoso afecto a un monumento derribado; las mujeres, por curiosidad más que por nada, para ver por dentro su casa, que nadie había visto en los últimos diez años, aparte del anciano criado de la difunta, mezcla de jardinero y cocinero.
La casa era grande y más bien cuadrada, con un revestimiento de madera que tiempo atrás había sido blanco; la adornaban agujas, cúpulas y balcones con volutas, según el pasado estilo de los años setenta. Se hallaba en la que antiguamente fue nuestra calle principal, pero a la que después habían invadido los garajes y las fábricas de algodón, llevándose al fin por delante hasta los ilustres nombres de sus vecinos: sólo la casa de la señorita Emilia continuó levantando su valiente y coquetona decadencia entre los camiones algodoneros y las estaciones de gasolina… ¡Una verdadera pena! Y la señorita Emilia había ido ahora a reunirse con los dueños de aquellos nombres ilustres en el pensativo cementerio de cedros, donde yacían junto a las hileras de tumbas anónimas de los soldados de la Unión y la Confederación muertos en el combate de Jefferson.
En vida, la señorita Emilia Grierson había sido una tradición, una obligación y un cuidado; algo así como un deber hereditario para la población desde aquel día de 1894 en que el alcalde y coronel Sartoris —autor del bando por el que ninguna mujer negra podía salir a la calle sin un delantal de faena— la dispensó de pagar los impuestos a partir de la fecha en que murió su padre y hasta que ella estuviese con vida. Y no se trató de que la señorita Emilia hubiese aceptado una caridad, ya que el coronel Sartoris inventó y propagó la historia de que el padre de ella había prestado dinero a la comunidad y que, como asunto de negocios, la ciudad prefería ese modo de pagárselo… Sólo un hombre de su generación y su manera de pensar podía haber inventado algo semejante y sólo una mujer podía habérselo creído.
Tal convenio motivó cierto descontento cuando la generación siguiente, con ideas más al día, ocupó la alcaldía y el concejo. A primeros de año le fue enviada a la señorita Emilia una nota de impuestos a pagar. En febrero aún no había llegado su contestación. Entonces le cursaron un oficio, pidiéndole que se presentara a su comodidad en la oficina del sheriff. Una semana más tarde, el alcalde mismo le escribió personalmente, ofreciéndose a visitarla o, si así lo prefería, a mandarle su coche; por toda respuesta recibió un papel de aspecto arcaico y caligrafía fina y fluida, en tinta muy débil, donde la señorita Emilia le decía que ella no salía ya nunca. Y le incluía también, sin más comentarios, la nota referente al pago de impuestos.
Fue convocada para el caso una reunión de concejales; una comisión municipal visitó a la señorita Emilia y llamó a la puerta que ninguna visita había franqueado desde ocho o diez años atrás, o sea desde que ella abandonó sus lecciones de pintura en porcelana. El viejo criado negro los pasó a un oscuro vestíbulo, desde el que una escalera subía a una oscuridad aún mayor. Todo olía a polvo y desuso. Luego, el negro los llevó hasta la sala, con pesados muebles de cuero. Y cuando abrió las persianas de una ventana, pudieron ver el cuero resquebrajado, mientras que, al tomar asiento, un polvillo rosado se levantó entre sus piernas y giró perezosamente a la luz del único rayo de sol. Ante la chimenea, sobre un deslucido caballete dorado, se veía un retrato a lápiz del padre de la señorita Emilia.
Al entrar ella, todos se levantaron; era una mujer pequeña y gorda, vestida de negro y con una fina cadena de oro que, cayéndole hasta el talle, se perdía en su cinturón; se apoyaba en un bastón de ébano, rematado por una gastada cabeza de oro. Su esqueleto era menudo y breve; quizá por eso, lo que en otra no hubiera sido más que estar metida en carnes, era obesidad en ella. Su aspecto era hinchado y borroso, como el de esos cuerpos sumergidos mucho tiempo en aguas estancadas, y con esa misma palidez. Perdidos entre los gordinflones mofletes de su rostro, los ojos parecían trocitos de carbón medio escondidos entre surcos, cuando vagaban en la cara de uno a otro de los recién llegados y mientras éstos le comunicaban el objeto de su visita.
Ni les pidió que se sentasen. Se quedó en la puerta y los oyó, impasible, hasta que quien hablaba dejó embarazosamente de hacerlo. Entonces, los visitantes pudieron escuchar el tictac invisible del reloj al extremo de su cadena de oro.
—Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson —la voz de la señorita Emilia sonó cortante y fría—. El coronel Sartoris me lo dijo. Quizá cualquiera de ustedes pueda acercarse al registro de la ciudad y comprobarlo por sí mismo.
—Podemos hacerlo. Somos las autoridades de la ciudad, señorita Emilia. ¿No recibió un aviso del sheriff, firmado por él?
—Si; recibí un papel —dijo la señorita Emilia—. Quizá él mismo se cree que es el sheriff… Yo no pago nada en Jefferson.
—Pero nada hay en los libros que lo justifique, entiéndalo. Y tenemos que…
—Hablen ustedes con el coronel Sartoris. Yo no tengo que pagar nada en Jefferson.
—Pero, señorita Emilia…
—Vean a Sartoris —(que llevaba muerto casi diez años)—. Yo no tengo que pagar nada en Jefferson… ¡Tobías! —y apareció el negro—. Acompaña a estos señores a la calle.
ASÍ los derrotó en toda la línea, como treinta años antes había derrotado a los padres de sus visitantes en el asunto del olor. Eso ocurrió dos años después de la muerte del padre y poco después de que su novio, o sea, el hombre de quien se pensaba que se casaría con ella, la dejara. Una vez muerto su padre, ella había salido muy poco, y desde que el novio la abandonó, apenas si pudo vérsele. Varias mujeres que tuvieron el valor de ir a visitarla no fueron recibidas, y lo único vivo que parecía haber en aquella casa era el negro, entonces joven, que salía y entraba con la cesta de la compra.
—¡Como si un hombre, cualquier hombre, pudiera tener limpia una cocina y una casa! —murmuraban las mujeres.
De ahí que nadie se sorprendiera cuando apareció y creció el mal olor. Fue otro de los lazos de unión entre el mundo vulgar y los altos y poderosos Griersons.
Una dama se le quejó al alcalde, el juez Stevens, de ochenta años.
—Bueno, ¿y qué quiere que haga yo, señora?
—¿Qué? Mandarle un aviso para que lo elimine —dijo la dama—. ¿No está ahí la ley?
—Estoy seguro de que no va a ser necesario —respondió el juez Stevens—. Es que ese negro suyo debe haber matado en el patio una rata o una culebra. Ya hablaré yo con él.
Pero al otro día recibió dos quejas más, una de ellas de un hombre que acudió a él en tímido ruego:
—Señor juez, es necesario que hagamos algo sobre esto. Soy la última persona del mundo capaz de molestar a la señorita Emilia, pero tenemos que hacer algo.
Aquella noche se reunieron los concejales: tres barbas entrecanas y un joven de la nueva generación.
—La cosa parece fácil. Mandémosle un aviso para que haga limpiar su finca. Démosle un plazo para hacerlo, y si no lo hace…
—¡Por Dios, señor! —saltó el juez Stevens—. ¿Se atrevería usted a acusar de oler mal a una mujer, y en su misma cara?
En consecuencia, pasada la medianoche siguiente cuatro hombres cruzaron el prado de la casa de la señorita Emilia y merodearon en torno a ella igual que malhechores, husmeando en los basamentos de ladrillo y por los huecos del sótano mientras uno de ellos ejecutaba ciertos movimientos como de siembra, metiendo y sacando la mano en un saco que pendía de su hombro. Forzaron la puerta del sótano y echaron cal en él, así como en todas las construcciones secundarias. Cuando cruzaban el prado de vuelta vieron que una ventana, antes oscura, estaba iluminada y que la señorita Emilia se encontraba en ella, la luz detrás, el torso erguido e inmóvil, igual que el de un ídolo. Se deslizaron con silenciosa rapidez a través del prado y pasaron a la sombra de los algarrobos que delineaban el curso de la calle. Después de un par de semanas más, el mal olor desapareció.
Y justo cuando ocurrió eso fue cuando empezó a darnos verdadera pena la señorita Emilia. Nuestra población recordaba cómo la anciana señora Wyatt, su tía abuela, terminó sus días totalmente loca, y pensaba que los Griersons creían ser mucho más de lo que realmente eran. Ningún muchacho le había parecido bien del todo a la señorita Emilia. Y ya llevábamos mucho tiempo pensando en ella como si fuera un cuadro, su esbelta figura de blanco en el fondo y, delante, la silueta erguida de su padre dándole la espalda y esgrimiendo una fusta, enmarcados ambos por la puerta principal abierta. Así que cuando llegó a los treinta y seguía soltera, esto no nos agradaba pero en cierto modo nos vengaba; aun con un ramalazo de locura en la familia, la señorita Emilia no habría dejado a un lado todas sus oportunidades si éstas se hubieran presentado verdaderamente.
Al morir el padre, corrió la voz de que cuanto había dejado era única y exclusivamente la casa, y la gente se alegró en cierto sentido: finalmente podía compadecer a la señorita Emilia, que, sola y pobre, no iba a tener más remedio que humanizarse; también ella iba a ver ahora lo que es preocuparse o desesperarse por unos peniques de más o de menos.
Como es costumbre, todas las damas fueron a visitarla a su casa para presentarle su pésame y ofrecerse a ella al día siguiente de la muerte de su padre. Vestida como siempre, la señorita Emilia las recibió en la puerta sin rastro alguno de dolor y les aseguró que su padre no había muerto. Lo repitió a lo largo de tres días, a los pastores que fueron a visitarla y a los médicos que trataban de persuadirla para que se procediese al entierro del cadáver. Cuando estaban ya a punto de recurrir a la ley y a la fuerza, la señorita Emilia se rindió y se pudo dar rápida sepultura al muerto. No pensamos que estaba loca; creíamos que no tenía otra salida que aquélla. Recordamos a todos los pretendientes a que había ahuyentado su padre, y al ver que nada le quedaba a ella, pensamos que no podía hacer más que aferrarse a quien la había despojado de su ternura.
Anduvo bastante tiempo enferma y, cuando volvimos a verla, se había cortado el pelo. Ello la envejecía y le prestaba cierto parecido a los ángeles en los vitrales de las iglesias, con esa combinación de dramatismo e impasibilidad.
La población acababa de ultimar la contrata para pavimentar las aceras, y se empezó a trabajar al verano siguiente de la muerte de su padre. La firma constructora se presentó con negros, mulas, maquinaria y un capataz yanqui llamado Homer Barron, un tipo fuerte, moreno, listo, con una voz gruesa y ojos más claros que su rostro. Los chicos pequeños le seguían en grupo para oírle maldecir a los negros, y los negros cantaban al mismo compás con el que levantaban y dejaban caer los picos. Barron no tardó en relacionarse con todo el mundo y, siempre que se oían las risotadas de un grupo de hombres en cualquier punto de la plaza, era seguro que Homer Barron andaba por allí. De golpe se le empezó a ver a él y a la señorita Emilia paseando las tardes de domingo en el carricoche de ruedas amarillas, tirado por la pareja de bayos que hacía juego con él, de la caballeriza de alquileres.
De entrada, nos alegramos de que la señorita Emilia hubiera dado con algo que le interesaba. Pero las mujeres decían: «Por supuesto, una Grierson no se va a tomar en serio a un hombre del Norte y que además trabaja por un jornal». Otras personas de más edad afirmaron que ni el dolor podía hacer que una verdadera dama se olvidara del «nobleza obliga»…, aunque no decían «nobleza obliga». Comentaban simplemente: «¡Pobre Emilia! Convendría que su familia la atendiera un poco». La señorita Emilia tenía algunos parientes en Alabama. Pero hacía años que su padre se había peleado con ellos a causa de la herencia de la vieja señora Wyatt, la chiflada, y las familias no se trataban ya. Ni se habían hecho representar en los funerales del padre.
Y apenas los viejos empezaron a decir «¡Pobre Emilia!», se extendió el cotilleo. «¿Creéis que está enamorada de veras?», se preguntaban todos. «¡Claro que sí! Si no, ¿cómo…?». Se hablaba así a sus espaldas. El roce de la seda y el raso, estirados detrás de las celosías, se cerraba sobre el sol vespertino después del leve y rápido clop-clop de la collera de caballos: «¡Pobre Emilia!»
Llevaba la cabeza muy erguida: incluso cuando creíamos que había caído. Se hubiera dicho que pedía más que nunca la aceptación de su dignidad como la última de los Grierson, y que aquel detalle subrayaba su impenetrabilidad. Igual que cuando compró el veneno, el arsénico. Eso ocurrió algo así como un año después de que empezara el «¡Pobre Emilia!» y mientras las dos primas la visitaban.
—Déme un veneno —le dijo al droguero.
Había rebasado ya los treinta; era aún una mujer ágil, si bien más delgada de lo normal en ella, con ojos fríos, altaneros y negros en una cara cuya carne se tensaba en las sienes y alrededor de los ojos, como pensamos que debe ser la de un farero.
—Déme un veneno —dijo.
—Sí, señorita Emilia. ¿De qué tipo? Para las ratas y otros bichos por el estilo, supongo. ¿Me permite que le recomien…?
—Déme lo mejor que tenga. No me importa de qué tipo.
El droguero le nombró varios:
—Pueden matar hasta a un elefante. Pero lo que quiere usted es…
—Arsénico —dijo la señorita Emilia—. ¿No es un buen veneno?
—Esto… ¿el arsénico? Sí, señorita, pero le convendría más bien…
—Déme arsénico.
El droguero la miró. Y ella miró al droguero tiesa, con la cara lo mismo que una bandera tirante.
—Claro que sí. Desde luego —respondió el droguero—, ya que es eso lo que quiere. Pero la ley exige que me diga para qué va a usarlo.
La señorita Emilia se limitó a mirarlo fijamente, un poco echada atrás la cabeza para devolverle mirada por mirada, hasta que el hombre apartó por fin los ojos, fue dentro, alcanzó el arsénico y se lo envolvió. El chico negro del reparto le entregó el paquete y el droguero no se hizo ya ni ver. Cuando la señorita Emilia, una vez en casa, lo desenvolvió, la caja decía, bajo una calavera y unas tibias cruzadas, «Para ratas».
«Esa mujer va a matarse», dijimos todos al día siguiente. Y añadimos que era lo mejor que podía hacer. Al empezar a verla andar por ahí con Homer Barron, dijimos: «Se casa con él». Y después: «De todas maneras, a lo mejor lo convence», ya que el mismo Homer andaba contando que él no era un hombre como para casamientos, que le agradaban los hombres, y era sabido que bebía con los más jovencillos en el Club Elk, nada de lo cual le daba fama de casadero. Luego dijimos: «¡Pobre Emilia!», al verlos cruzar detrás de las celosías, los domingos por la tarde, en el pintado carricoche; la señorita Emilia iba con la cabeza muy alta, y Homer Barron con el sombrero ladeado y un cigarro entre los dientes, sosteniendo las riendas y el látigo con guantes amarillos.
Algunas mujeres empezaron de pronto a decir que todo aquello era una vergüenza para la población y un mal ejemplo para la gente joven. Los hombres se negaron a intervenir, pero ellas consiguieron por fin convencer al pastor baptista —la familia de la señorita Emilia era de la iglesia episcopaliana— para que fuera a verla. El pastor no contó una palabra de lo ocurrido durante la entrevista, pero se negó a repetirla. Al domingo siguiente pasearon otra vez en el carricoche por las calles, y un día después la esposa del pastor baptista escribió una carta a los parientes de Alabama de la señorita Emilia.
Volvió, pues, ella a tener que admitir parientes bajo su techo, y nosotros nos sentamos a aguardar los acontecimientos. De momento no ocurrió nada. Después estuvimos seguros de que iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en la joyería y encargado un juego de aseo para hombre, en plata, con las letras H. B. grabadas en cada pieza. Y, dos días después, supimos que había comprado un juego completo de ropa de hombre, incluida la camisa de dormir. Entonces nos dijimos: «Están casados». Y sin duda nos alertamos, porque las dos primitas eran todavía más Grierson que todo lo que la señorita Emilia lo había sido.
De manera que no nos alarmamos nada cuando Homer Barron se fue. Las aceras estaban ya terminadas desde hacía algún tiempo. Nos defraudó un poco, eso sí, no ser testigos de un buen escándalo, pero siempre pensamos que él se había marchado a preparar la ida de la señorita Emilia, o bien que lo había hecho para darle una oportunidad de deshacerse de las primas (contra las que todos nos sentíamos confabulados en una especie de intriga y como aliados de la señorita Emilia). Por supuesto, se fueron una semana más tarde. Y, como todos habíamos previsto, Homer Barron volvió a los tres días. Una vecina vio cómo el negro lo hacía entrar una tarde, a la puesta de sol, por la cocina.
Pero ya no volvimos a ver más a Barrón. Ni tampoco, durante cierto tiempo, a la señorita Emilia. El negro salía y entraba con la cesta de la compra, pero la puerta principal seguía cerrada. De cuando en cuando distinguíamos a la señorita Emilia asomada un instante a una ventana, igual que la vieron aquella noche los encargados de esparcir la cal, pero ella no salió a la calle por lo menos en seis meses. Y entonces entendimos que en todo eso había algo que debía esperarse, como si la condición de su padre, que tantas veces distorsionó su vida de muchacha, hubiese sido demasiado violenta y furiosa como para acabarse así porque sí.
Cuando volvimos a verla había engordado y sus cabellos se estaban poniendo grises. Fueron haciéndose más y más grises en el curso de los años, hasta que tomaron un color salpimentado, gris acero, y entonces cesaron de agrisarse. Mantuvieron ese recio color gris acerado hasta el día de su muerte, que le llegó a los setenta y cuatro años, igual que el pelo de un hombre activo.
A partir de entonces, la puerta principal de su casa siguió cerrada, excepto durante seis o siete años, cuando ella estaba ya en los cuarenta y empezó a dar lecciones de pintura en porcelana. Preparó un estudio en una de las habitaciones de abajo, y allí fueron enviadas las hijas y nietas de los coetáneos del coronel Sartoris, con los mismos espíritu y regularidad con que se las mandaba a la iglesia los domingos, provistas de su moneda de veinticinco centavos para la bandeja de la colecta. Fue por entonces cuando le fueron dispensados los impuestos.
Pero la generación siguiente renovó el espíritu de la ciudad, y las alumnas de pintura en porcelana crecieron, se distanciaron y no enviaron ya sus hijas a la señorita Emilia, con aburridos pinceles y cajas de color y cuadros recortados de las revistas para señoras. Al despedirse la última discípula se cerró la puerta principal y ya se quedó así, definitivamente cerrada. Cuando la población obtuvo las ventajas de la entrega postal gratis, la señorita Emilia fue la única que se negó a que colocaran sobre su puerta los números de metal y a que colgasen un buzón en ella. Se negó incluso a oírles.
Día por día, mes por mes, año por año, vimos cómo al negro le iban plateando los cabellos y se curvaba hacia adelante, siempre saliendo y entrando con la cesta de la compra. Cada diciembre le mandábamos un aviso de impuestos a la señorita Emilia, aviso que nos era devuelto por correo una semana después sin que nadie lo hubiera reclamado. A veces la veíamos en una de las ventanas inferiores —evidentemente, había cerrado el piso superior— como un tallado torso de ídolo en su nicho, mirándonos o no, que eso nunca podíamos asegurarlo. Así pasó de una generación a otra, olvidada, inevitable, infranqueable, impasible y perversa.
Y así murió. Cayó enferma en la casa polvorienta y sombría, sin más que un negro decrépito para cuidarla, y ni siquiera se supo que estaba enferma; ya hacía mucho que habíamos renunciado a sonsacarle cosas al negro, que no le hablaba a nadie. Es posible que ni siquiera a ella, porque la voz se le había puesto áspera y herrumbrosa, como de no usarla.
La señorita Emilia murió en una de las habitaciones del piso bajo, en una pesada cama de nogal con una cortina, la cabeza en una almohada amarilla y picada de años y de falta de soleo.
EL negro abrió la puerta principal a la primera mujer y dejó entrar a todas con sus voces secretas y siseantes y sus ojeadas de curioseo; luego se quitó de enmedio. Atravesó la casa y salió por la parte trasera sin que nadie volviera a verlo más.
Las dos primas acudieron inmediatamente. El segundo día se celebraron los funerales, y toda la población fue a ver a la señorita Emilia bajo un montón de flores colectadas, con el retrato a lápiz de su padre como meditando hondamente encima del ataúd, y las señoras cuchicheantes y macabras, y los señores muy viejos, vestidos algunos de ellos con sus cepillados uniformes de la Confederación, hablando de la señorita Emilia en el porche y el prado como si hubiera sido una contemporánea suya, convencidos de que algún día habían bailado con ella y de que acaso la habían cortejado, confundiendo al tiempo en su marcha matemática, como es habitual en los ancianos, para los que todo el pasado no es un camino que va disminuyendo, sino, por el contrario, un campo enorme al que no llega el invierno y que únicamente está ahora separado de ellos por el estrecho gollete de los diez años últimos.
Se sabía ya que en el piso de arriba había una habitación que nadie pisó en los últimos cuarenta años y que debería ser forzada. Esperamos, para hacerlo, a que la señorita Emilia estuviera convenientemente enterrada.
La fuerza empleada en derribar la puerta pareció llenar toda la alcoba de un finísimo polvo. Se diría que aquel cuarto, decorado y amueblado como para un casamiento, emanaba por todas partes un algo mortuorio, agrio y penetrante, como de tumba: en sus cortinillas de un color ajado, y en las luces con pantallas rosa, y en el tocador, y en el despliegue fino de cristal, y en las piezas del juego de aseo de hombre, la plata de cuya parte posterior estaba tan oscurecida que no permitía leer las iniciales. En mitad de todo, un cuello y una corbata parecía que acabaran de ser quitados y, al levantarlos, dejaron en el polvo una pálida media luna. El traje masculino aparecía cuidadosamente doblado sobre una silla; bajo él, los dos mudos zapatos y los calcetines como acabados de quitar.
Y el hombre estaba en la cama.
Nos quedamos allí largo rato, de pie, contemplando aquel gesto profundo y descarnado que parecía reír. Según nos pareció, el cuerpo había estado un tiempo en la posición de quien abraza, pero luego, el dilatado sueño más duradero que el amor y que incluso a las muecas del amor domina, lo había traicionado. Lo que quedaba de él, bajo lo que se conservaba de su camisa de dormir, había llegado a confundirse con la cama en que yacía, y la delgadísima capa del polvo paciente y prometedor se tendía sobre él y sobre la almohada vecina.
Notamos luego en esta segunda almohada la huella del peso de una cabeza. Alguno de nosotros levantó algo de ella y después de inclinarnos aún más, siempre con ese polvo invisible penetrándonos la nariz, distinguimos una larga trenza de cabellos gris acero.

El ruido del trueno de Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es…

Eckels terminó la frase:

-Matar mi dinosaurio.

-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

Eckels enrojeció, enojado.

-¿Trata de asustarme?

-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.

-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

El sol se detuvo en el cielo.

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler… no han existido.

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

-No me parece muy claro -dijo Eckels.

-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

-Entiendo.

-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!

-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.

-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?

-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

-¿Para estudiarlos?

-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?

-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?

Travis y Lesperance se miraron.

-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones…, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

Eckels sonrió débilmente.

-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma…

Eckels enrojeció.

– ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

– Lesperance miró su reloj de pulsera.

-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

Se adelantaron en el viento de la mañana.

-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.

– Ah -dijo Travis.

-Todos se detuvieron.

Travis alzó una mano.

-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

Silencio.

El ruido de un trueno.

De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

-Jesucristo -murmuró Eckels.

-¡Chist!

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.

-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

-¡Cállese! -siseó Travis.

-Una pesadilla.

-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

-¡Nos vio!

-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.

Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

-¡Eckels!

Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

El trueno se apagó.

La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.

En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

-Límpiense.

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.

Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?

-¿Qué?

-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

-Lo siento -dijo al fin.

-¡Levántese! -gritó Travis.

Eckels se levantó.

-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera…

-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

Eckels buscó en su chaqueta.

-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

-¡Eso no tiene sentido!

-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

-No había por qué obligarlo a eso – dijo Lesperance.

-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.

-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.

Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.

-¿Quién puede decirlo?

-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

-Soy inocente. ¡No he hecho nada!

1999, 2000, 2055.

La máquina se detuvo.

-Afuera -dijo Travis.

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

Travis miró alrededor con rapidez.

-¿Todo bien aquí? -estalló.

-Muy bien. ¡Bienvenidos!

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

Eckels no se movió.

-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran… eran… Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio…, se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco…

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

– ¿Quién… quién ganó la elección presidencial ayer?

El hombre detrás del mostrador se rió.

-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…?

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.