Una rosa para Emilia de William Faulkner

      Cuando murió la señorita Emilia fue a su entierro toda nuestra población; los hombres, como con respetuoso afecto a un monumento derribado; las mujeres, por curiosidad más que por nada, para ver por dentro su casa, que nadie había visto en los últimos diez años, aparte del anciano criado de la difunta, mezcla de jardinero y cocinero.
La casa era grande y más bien cuadrada, con un revestimiento de madera que tiempo atrás había sido blanco; la adornaban agujas, cúpulas y balcones con volutas, según el pasado estilo de los años setenta. Se hallaba en la que antiguamente fue nuestra calle principal, pero a la que después habían invadido los garajes y las fábricas de algodón, llevándose al fin por delante hasta los ilustres nombres de sus vecinos: sólo la casa de la señorita Emilia continuó levantando su valiente y coquetona decadencia entre los camiones algodoneros y las estaciones de gasolina… ¡Una verdadera pena! Y la señorita Emilia había ido ahora a reunirse con los dueños de aquellos nombres ilustres en el pensativo cementerio de cedros, donde yacían junto a las hileras de tumbas anónimas de los soldados de la Unión y la Confederación muertos en el combate de Jefferson.
En vida, la señorita Emilia Grierson había sido una tradición, una obligación y un cuidado; algo así como un deber hereditario para la población desde aquel día de 1894 en que el alcalde y coronel Sartoris —autor del bando por el que ninguna mujer negra podía salir a la calle sin un delantal de faena— la dispensó de pagar los impuestos a partir de la fecha en que murió su padre y hasta que ella estuviese con vida. Y no se trató de que la señorita Emilia hubiese aceptado una caridad, ya que el coronel Sartoris inventó y propagó la historia de que el padre de ella había prestado dinero a la comunidad y que, como asunto de negocios, la ciudad prefería ese modo de pagárselo… Sólo un hombre de su generación y su manera de pensar podía haber inventado algo semejante y sólo una mujer podía habérselo creído.
Tal convenio motivó cierto descontento cuando la generación siguiente, con ideas más al día, ocupó la alcaldía y el concejo. A primeros de año le fue enviada a la señorita Emilia una nota de impuestos a pagar. En febrero aún no había llegado su contestación. Entonces le cursaron un oficio, pidiéndole que se presentara a su comodidad en la oficina del sheriff. Una semana más tarde, el alcalde mismo le escribió personalmente, ofreciéndose a visitarla o, si así lo prefería, a mandarle su coche; por toda respuesta recibió un papel de aspecto arcaico y caligrafía fina y fluida, en tinta muy débil, donde la señorita Emilia le decía que ella no salía ya nunca. Y le incluía también, sin más comentarios, la nota referente al pago de impuestos.
Fue convocada para el caso una reunión de concejales; una comisión municipal visitó a la señorita Emilia y llamó a la puerta que ninguna visita había franqueado desde ocho o diez años atrás, o sea desde que ella abandonó sus lecciones de pintura en porcelana. El viejo criado negro los pasó a un oscuro vestíbulo, desde el que una escalera subía a una oscuridad aún mayor. Todo olía a polvo y desuso. Luego, el negro los llevó hasta la sala, con pesados muebles de cuero. Y cuando abrió las persianas de una ventana, pudieron ver el cuero resquebrajado, mientras que, al tomar asiento, un polvillo rosado se levantó entre sus piernas y giró perezosamente a la luz del único rayo de sol. Ante la chimenea, sobre un deslucido caballete dorado, se veía un retrato a lápiz del padre de la señorita Emilia.
Al entrar ella, todos se levantaron; era una mujer pequeña y gorda, vestida de negro y con una fina cadena de oro que, cayéndole hasta el talle, se perdía en su cinturón; se apoyaba en un bastón de ébano, rematado por una gastada cabeza de oro. Su esqueleto era menudo y breve; quizá por eso, lo que en otra no hubiera sido más que estar metida en carnes, era obesidad en ella. Su aspecto era hinchado y borroso, como el de esos cuerpos sumergidos mucho tiempo en aguas estancadas, y con esa misma palidez. Perdidos entre los gordinflones mofletes de su rostro, los ojos parecían trocitos de carbón medio escondidos entre surcos, cuando vagaban en la cara de uno a otro de los recién llegados y mientras éstos le comunicaban el objeto de su visita.
Ni les pidió que se sentasen. Se quedó en la puerta y los oyó, impasible, hasta que quien hablaba dejó embarazosamente de hacerlo. Entonces, los visitantes pudieron escuchar el tictac invisible del reloj al extremo de su cadena de oro.
—Yo no tengo que pagar impuestos en Jefferson —la voz de la señorita Emilia sonó cortante y fría—. El coronel Sartoris me lo dijo. Quizá cualquiera de ustedes pueda acercarse al registro de la ciudad y comprobarlo por sí mismo.
—Podemos hacerlo. Somos las autoridades de la ciudad, señorita Emilia. ¿No recibió un aviso del sheriff, firmado por él?
—Si; recibí un papel —dijo la señorita Emilia—. Quizá él mismo se cree que es el sheriff… Yo no pago nada en Jefferson.
—Pero nada hay en los libros que lo justifique, entiéndalo. Y tenemos que…
—Hablen ustedes con el coronel Sartoris. Yo no tengo que pagar nada en Jefferson.
—Pero, señorita Emilia…
—Vean a Sartoris —(que llevaba muerto casi diez años)—. Yo no tengo que pagar nada en Jefferson… ¡Tobías! —y apareció el negro—. Acompaña a estos señores a la calle.
ASÍ los derrotó en toda la línea, como treinta años antes había derrotado a los padres de sus visitantes en el asunto del olor. Eso ocurrió dos años después de la muerte del padre y poco después de que su novio, o sea, el hombre de quien se pensaba que se casaría con ella, la dejara. Una vez muerto su padre, ella había salido muy poco, y desde que el novio la abandonó, apenas si pudo vérsele. Varias mujeres que tuvieron el valor de ir a visitarla no fueron recibidas, y lo único vivo que parecía haber en aquella casa era el negro, entonces joven, que salía y entraba con la cesta de la compra.
—¡Como si un hombre, cualquier hombre, pudiera tener limpia una cocina y una casa! —murmuraban las mujeres.
De ahí que nadie se sorprendiera cuando apareció y creció el mal olor. Fue otro de los lazos de unión entre el mundo vulgar y los altos y poderosos Griersons.
Una dama se le quejó al alcalde, el juez Stevens, de ochenta años.
—Bueno, ¿y qué quiere que haga yo, señora?
—¿Qué? Mandarle un aviso para que lo elimine —dijo la dama—. ¿No está ahí la ley?
—Estoy seguro de que no va a ser necesario —respondió el juez Stevens—. Es que ese negro suyo debe haber matado en el patio una rata o una culebra. Ya hablaré yo con él.
Pero al otro día recibió dos quejas más, una de ellas de un hombre que acudió a él en tímido ruego:
—Señor juez, es necesario que hagamos algo sobre esto. Soy la última persona del mundo capaz de molestar a la señorita Emilia, pero tenemos que hacer algo.
Aquella noche se reunieron los concejales: tres barbas entrecanas y un joven de la nueva generación.
—La cosa parece fácil. Mandémosle un aviso para que haga limpiar su finca. Démosle un plazo para hacerlo, y si no lo hace…
—¡Por Dios, señor! —saltó el juez Stevens—. ¿Se atrevería usted a acusar de oler mal a una mujer, y en su misma cara?
En consecuencia, pasada la medianoche siguiente cuatro hombres cruzaron el prado de la casa de la señorita Emilia y merodearon en torno a ella igual que malhechores, husmeando en los basamentos de ladrillo y por los huecos del sótano mientras uno de ellos ejecutaba ciertos movimientos como de siembra, metiendo y sacando la mano en un saco que pendía de su hombro. Forzaron la puerta del sótano y echaron cal en él, así como en todas las construcciones secundarias. Cuando cruzaban el prado de vuelta vieron que una ventana, antes oscura, estaba iluminada y que la señorita Emilia se encontraba en ella, la luz detrás, el torso erguido e inmóvil, igual que el de un ídolo. Se deslizaron con silenciosa rapidez a través del prado y pasaron a la sombra de los algarrobos que delineaban el curso de la calle. Después de un par de semanas más, el mal olor desapareció.
Y justo cuando ocurrió eso fue cuando empezó a darnos verdadera pena la señorita Emilia. Nuestra población recordaba cómo la anciana señora Wyatt, su tía abuela, terminó sus días totalmente loca, y pensaba que los Griersons creían ser mucho más de lo que realmente eran. Ningún muchacho le había parecido bien del todo a la señorita Emilia. Y ya llevábamos mucho tiempo pensando en ella como si fuera un cuadro, su esbelta figura de blanco en el fondo y, delante, la silueta erguida de su padre dándole la espalda y esgrimiendo una fusta, enmarcados ambos por la puerta principal abierta. Así que cuando llegó a los treinta y seguía soltera, esto no nos agradaba pero en cierto modo nos vengaba; aun con un ramalazo de locura en la familia, la señorita Emilia no habría dejado a un lado todas sus oportunidades si éstas se hubieran presentado verdaderamente.
Al morir el padre, corrió la voz de que cuanto había dejado era única y exclusivamente la casa, y la gente se alegró en cierto sentido: finalmente podía compadecer a la señorita Emilia, que, sola y pobre, no iba a tener más remedio que humanizarse; también ella iba a ver ahora lo que es preocuparse o desesperarse por unos peniques de más o de menos.
Como es costumbre, todas las damas fueron a visitarla a su casa para presentarle su pésame y ofrecerse a ella al día siguiente de la muerte de su padre. Vestida como siempre, la señorita Emilia las recibió en la puerta sin rastro alguno de dolor y les aseguró que su padre no había muerto. Lo repitió a lo largo de tres días, a los pastores que fueron a visitarla y a los médicos que trataban de persuadirla para que se procediese al entierro del cadáver. Cuando estaban ya a punto de recurrir a la ley y a la fuerza, la señorita Emilia se rindió y se pudo dar rápida sepultura al muerto. No pensamos que estaba loca; creíamos que no tenía otra salida que aquélla. Recordamos a todos los pretendientes a que había ahuyentado su padre, y al ver que nada le quedaba a ella, pensamos que no podía hacer más que aferrarse a quien la había despojado de su ternura.
Anduvo bastante tiempo enferma y, cuando volvimos a verla, se había cortado el pelo. Ello la envejecía y le prestaba cierto parecido a los ángeles en los vitrales de las iglesias, con esa combinación de dramatismo e impasibilidad.
La población acababa de ultimar la contrata para pavimentar las aceras, y se empezó a trabajar al verano siguiente de la muerte de su padre. La firma constructora se presentó con negros, mulas, maquinaria y un capataz yanqui llamado Homer Barron, un tipo fuerte, moreno, listo, con una voz gruesa y ojos más claros que su rostro. Los chicos pequeños le seguían en grupo para oírle maldecir a los negros, y los negros cantaban al mismo compás con el que levantaban y dejaban caer los picos. Barron no tardó en relacionarse con todo el mundo y, siempre que se oían las risotadas de un grupo de hombres en cualquier punto de la plaza, era seguro que Homer Barron andaba por allí. De golpe se le empezó a ver a él y a la señorita Emilia paseando las tardes de domingo en el carricoche de ruedas amarillas, tirado por la pareja de bayos que hacía juego con él, de la caballeriza de alquileres.
De entrada, nos alegramos de que la señorita Emilia hubiera dado con algo que le interesaba. Pero las mujeres decían: «Por supuesto, una Grierson no se va a tomar en serio a un hombre del Norte y que además trabaja por un jornal». Otras personas de más edad afirmaron que ni el dolor podía hacer que una verdadera dama se olvidara del «nobleza obliga»…, aunque no decían «nobleza obliga». Comentaban simplemente: «¡Pobre Emilia! Convendría que su familia la atendiera un poco». La señorita Emilia tenía algunos parientes en Alabama. Pero hacía años que su padre se había peleado con ellos a causa de la herencia de la vieja señora Wyatt, la chiflada, y las familias no se trataban ya. Ni se habían hecho representar en los funerales del padre.
Y apenas los viejos empezaron a decir «¡Pobre Emilia!», se extendió el cotilleo. «¿Creéis que está enamorada de veras?», se preguntaban todos. «¡Claro que sí! Si no, ¿cómo…?». Se hablaba así a sus espaldas. El roce de la seda y el raso, estirados detrás de las celosías, se cerraba sobre el sol vespertino después del leve y rápido clop-clop de la collera de caballos: «¡Pobre Emilia!»
Llevaba la cabeza muy erguida: incluso cuando creíamos que había caído. Se hubiera dicho que pedía más que nunca la aceptación de su dignidad como la última de los Grierson, y que aquel detalle subrayaba su impenetrabilidad. Igual que cuando compró el veneno, el arsénico. Eso ocurrió algo así como un año después de que empezara el «¡Pobre Emilia!» y mientras las dos primas la visitaban.
—Déme un veneno —le dijo al droguero.
Había rebasado ya los treinta; era aún una mujer ágil, si bien más delgada de lo normal en ella, con ojos fríos, altaneros y negros en una cara cuya carne se tensaba en las sienes y alrededor de los ojos, como pensamos que debe ser la de un farero.
—Déme un veneno —dijo.
—Sí, señorita Emilia. ¿De qué tipo? Para las ratas y otros bichos por el estilo, supongo. ¿Me permite que le recomien…?
—Déme lo mejor que tenga. No me importa de qué tipo.
El droguero le nombró varios:
—Pueden matar hasta a un elefante. Pero lo que quiere usted es…
—Arsénico —dijo la señorita Emilia—. ¿No es un buen veneno?
—Esto… ¿el arsénico? Sí, señorita, pero le convendría más bien…
—Déme arsénico.
El droguero la miró. Y ella miró al droguero tiesa, con la cara lo mismo que una bandera tirante.
—Claro que sí. Desde luego —respondió el droguero—, ya que es eso lo que quiere. Pero la ley exige que me diga para qué va a usarlo.
La señorita Emilia se limitó a mirarlo fijamente, un poco echada atrás la cabeza para devolverle mirada por mirada, hasta que el hombre apartó por fin los ojos, fue dentro, alcanzó el arsénico y se lo envolvió. El chico negro del reparto le entregó el paquete y el droguero no se hizo ya ni ver. Cuando la señorita Emilia, una vez en casa, lo desenvolvió, la caja decía, bajo una calavera y unas tibias cruzadas, «Para ratas».
«Esa mujer va a matarse», dijimos todos al día siguiente. Y añadimos que era lo mejor que podía hacer. Al empezar a verla andar por ahí con Homer Barron, dijimos: «Se casa con él». Y después: «De todas maneras, a lo mejor lo convence», ya que el mismo Homer andaba contando que él no era un hombre como para casamientos, que le agradaban los hombres, y era sabido que bebía con los más jovencillos en el Club Elk, nada de lo cual le daba fama de casadero. Luego dijimos: «¡Pobre Emilia!», al verlos cruzar detrás de las celosías, los domingos por la tarde, en el pintado carricoche; la señorita Emilia iba con la cabeza muy alta, y Homer Barron con el sombrero ladeado y un cigarro entre los dientes, sosteniendo las riendas y el látigo con guantes amarillos.
Algunas mujeres empezaron de pronto a decir que todo aquello era una vergüenza para la población y un mal ejemplo para la gente joven. Los hombres se negaron a intervenir, pero ellas consiguieron por fin convencer al pastor baptista —la familia de la señorita Emilia era de la iglesia episcopaliana— para que fuera a verla. El pastor no contó una palabra de lo ocurrido durante la entrevista, pero se negó a repetirla. Al domingo siguiente pasearon otra vez en el carricoche por las calles, y un día después la esposa del pastor baptista escribió una carta a los parientes de Alabama de la señorita Emilia.
Volvió, pues, ella a tener que admitir parientes bajo su techo, y nosotros nos sentamos a aguardar los acontecimientos. De momento no ocurrió nada. Después estuvimos seguros de que iban a casarse. Supimos que la señorita Emilia había estado en la joyería y encargado un juego de aseo para hombre, en plata, con las letras H. B. grabadas en cada pieza. Y, dos días después, supimos que había comprado un juego completo de ropa de hombre, incluida la camisa de dormir. Entonces nos dijimos: «Están casados». Y sin duda nos alertamos, porque las dos primitas eran todavía más Grierson que todo lo que la señorita Emilia lo había sido.
De manera que no nos alarmamos nada cuando Homer Barron se fue. Las aceras estaban ya terminadas desde hacía algún tiempo. Nos defraudó un poco, eso sí, no ser testigos de un buen escándalo, pero siempre pensamos que él se había marchado a preparar la ida de la señorita Emilia, o bien que lo había hecho para darle una oportunidad de deshacerse de las primas (contra las que todos nos sentíamos confabulados en una especie de intriga y como aliados de la señorita Emilia). Por supuesto, se fueron una semana más tarde. Y, como todos habíamos previsto, Homer Barron volvió a los tres días. Una vecina vio cómo el negro lo hacía entrar una tarde, a la puesta de sol, por la cocina.
Pero ya no volvimos a ver más a Barrón. Ni tampoco, durante cierto tiempo, a la señorita Emilia. El negro salía y entraba con la cesta de la compra, pero la puerta principal seguía cerrada. De cuando en cuando distinguíamos a la señorita Emilia asomada un instante a una ventana, igual que la vieron aquella noche los encargados de esparcir la cal, pero ella no salió a la calle por lo menos en seis meses. Y entonces entendimos que en todo eso había algo que debía esperarse, como si la condición de su padre, que tantas veces distorsionó su vida de muchacha, hubiese sido demasiado violenta y furiosa como para acabarse así porque sí.
Cuando volvimos a verla había engordado y sus cabellos se estaban poniendo grises. Fueron haciéndose más y más grises en el curso de los años, hasta que tomaron un color salpimentado, gris acero, y entonces cesaron de agrisarse. Mantuvieron ese recio color gris acerado hasta el día de su muerte, que le llegó a los setenta y cuatro años, igual que el pelo de un hombre activo.
A partir de entonces, la puerta principal de su casa siguió cerrada, excepto durante seis o siete años, cuando ella estaba ya en los cuarenta y empezó a dar lecciones de pintura en porcelana. Preparó un estudio en una de las habitaciones de abajo, y allí fueron enviadas las hijas y nietas de los coetáneos del coronel Sartoris, con los mismos espíritu y regularidad con que se las mandaba a la iglesia los domingos, provistas de su moneda de veinticinco centavos para la bandeja de la colecta. Fue por entonces cuando le fueron dispensados los impuestos.
Pero la generación siguiente renovó el espíritu de la ciudad, y las alumnas de pintura en porcelana crecieron, se distanciaron y no enviaron ya sus hijas a la señorita Emilia, con aburridos pinceles y cajas de color y cuadros recortados de las revistas para señoras. Al despedirse la última discípula se cerró la puerta principal y ya se quedó así, definitivamente cerrada. Cuando la población obtuvo las ventajas de la entrega postal gratis, la señorita Emilia fue la única que se negó a que colocaran sobre su puerta los números de metal y a que colgasen un buzón en ella. Se negó incluso a oírles.
Día por día, mes por mes, año por año, vimos cómo al negro le iban plateando los cabellos y se curvaba hacia adelante, siempre saliendo y entrando con la cesta de la compra. Cada diciembre le mandábamos un aviso de impuestos a la señorita Emilia, aviso que nos era devuelto por correo una semana después sin que nadie lo hubiera reclamado. A veces la veíamos en una de las ventanas inferiores —evidentemente, había cerrado el piso superior— como un tallado torso de ídolo en su nicho, mirándonos o no, que eso nunca podíamos asegurarlo. Así pasó de una generación a otra, olvidada, inevitable, infranqueable, impasible y perversa.
Y así murió. Cayó enferma en la casa polvorienta y sombría, sin más que un negro decrépito para cuidarla, y ni siquiera se supo que estaba enferma; ya hacía mucho que habíamos renunciado a sonsacarle cosas al negro, que no le hablaba a nadie. Es posible que ni siquiera a ella, porque la voz se le había puesto áspera y herrumbrosa, como de no usarla.
La señorita Emilia murió en una de las habitaciones del piso bajo, en una pesada cama de nogal con una cortina, la cabeza en una almohada amarilla y picada de años y de falta de soleo.
EL negro abrió la puerta principal a la primera mujer y dejó entrar a todas con sus voces secretas y siseantes y sus ojeadas de curioseo; luego se quitó de enmedio. Atravesó la casa y salió por la parte trasera sin que nadie volviera a verlo más.
Las dos primas acudieron inmediatamente. El segundo día se celebraron los funerales, y toda la población fue a ver a la señorita Emilia bajo un montón de flores colectadas, con el retrato a lápiz de su padre como meditando hondamente encima del ataúd, y las señoras cuchicheantes y macabras, y los señores muy viejos, vestidos algunos de ellos con sus cepillados uniformes de la Confederación, hablando de la señorita Emilia en el porche y el prado como si hubiera sido una contemporánea suya, convencidos de que algún día habían bailado con ella y de que acaso la habían cortejado, confundiendo al tiempo en su marcha matemática, como es habitual en los ancianos, para los que todo el pasado no es un camino que va disminuyendo, sino, por el contrario, un campo enorme al que no llega el invierno y que únicamente está ahora separado de ellos por el estrecho gollete de los diez años últimos.
Se sabía ya que en el piso de arriba había una habitación que nadie pisó en los últimos cuarenta años y que debería ser forzada. Esperamos, para hacerlo, a que la señorita Emilia estuviera convenientemente enterrada.
La fuerza empleada en derribar la puerta pareció llenar toda la alcoba de un finísimo polvo. Se diría que aquel cuarto, decorado y amueblado como para un casamiento, emanaba por todas partes un algo mortuorio, agrio y penetrante, como de tumba: en sus cortinillas de un color ajado, y en las luces con pantallas rosa, y en el tocador, y en el despliegue fino de cristal, y en las piezas del juego de aseo de hombre, la plata de cuya parte posterior estaba tan oscurecida que no permitía leer las iniciales. En mitad de todo, un cuello y una corbata parecía que acabaran de ser quitados y, al levantarlos, dejaron en el polvo una pálida media luna. El traje masculino aparecía cuidadosamente doblado sobre una silla; bajo él, los dos mudos zapatos y los calcetines como acabados de quitar.
Y el hombre estaba en la cama.
Nos quedamos allí largo rato, de pie, contemplando aquel gesto profundo y descarnado que parecía reír. Según nos pareció, el cuerpo había estado un tiempo en la posición de quien abraza, pero luego, el dilatado sueño más duradero que el amor y que incluso a las muecas del amor domina, lo había traicionado. Lo que quedaba de él, bajo lo que se conservaba de su camisa de dormir, había llegado a confundirse con la cama en que yacía, y la delgadísima capa del polvo paciente y prometedor se tendía sobre él y sobre la almohada vecina.
Notamos luego en esta segunda almohada la huella del peso de una cabeza. Alguno de nosotros levantó algo de ella y después de inclinarnos aún más, siempre con ese polvo invisible penetrándonos la nariz, distinguimos una larga trenza de cabellos gris acero.

El ruido del trueno de Ray Bradbury

El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.

-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es…

Eckels terminó la frase:

-Matar mi dinosaurio.

-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

Eckels enrojeció, enojado.

-¿Trata de asustarme?

-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.

-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.

-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.

El sol se detuvo en el cielo.

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler… no han existido.

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

-No me parece muy claro -dijo Eckels.

-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?

-Entiendo.

-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!

-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.

-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!

-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?

-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.

-¿Para estudiarlos?

-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?

-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos… vivos?

Travis y Lesperance se miraron.

-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones…, un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

Eckels sonrió débilmente.

-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma…

Eckels enrojeció.

– ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?

– Lesperance miró su reloj de pulsera.

-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

Se adelantaron en el viento de la mañana.

-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.

-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.

– Ah -dijo Travis.

-Todos se detuvieron.

Travis alzó una mano.

-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

Silencio.

El ruido de un trueno.

De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.

-Jesucristo -murmuró Eckels.

-¡Chist!

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.

-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.

-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

-¡Cállese! -siseó Travis.

-Una pesadilla.

-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.

-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

-¡Nos vio!

-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.

-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.

Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

-¡Eckels!

Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.

Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.

Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

El trueno se apagó.

La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.

Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.

En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.

-Límpiense.

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.

Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?

-¿Qué?

-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

-Lo siento -dijo al fin.

-¡Levántese! -gritó Travis.

Eckels se levantó.

-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!

Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera…

-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.

-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

Eckels buscó en su chaqueta.

-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!

Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.

-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.

-¡Eso no tiene sentido!

-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!

La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

-No había por qué obligarlo a eso – dijo Lesperance.

-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.

-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.

Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.

-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.

-¿Quién puede decirlo?

-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?

-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.

-Soy inocente. ¡No he hecho nada!

1999, 2000, 2055.

La máquina se detuvo.

-Afuera -dijo Travis.

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.

Travis miró alrededor con rapidez.

-¿Todo bien aquí? -estalló.

-Muy bien. ¡Bienvenidos!

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

Eckels no se movió.

-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran… eran… Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio…, se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco…

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

De algún modo el anuncio había cambiado.

SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!

Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.

-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

– ¿Quién… quién ganó la elección presidencial ayer?

El hombre detrás del mostrador se rió.

-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos…?

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

La prostituta autorizada o la esposa de Patricia Highsmith

Sarah siempre se había dedicado a eso en plan de aficionada, y a los veinte años se casó, con lo que obtuvo la licencia. Para remate, el matrimonio se celebró en una iglesia en presencia de familia, amigos y vecinos, puede que incluso tuviera a Dios como testigo, ya que, desde luego, él estaba invitado. Iba toda de blanco, aunque ciertamente no era virgen, dado que estaba embarazada de dos meses y no del hombre con quien se casaba, el cual se llamaba Diego. Ya podía convertirse en una profesional, contando con la protección de la ley, la aprobación de la sociedad, la bendición de los clérigos y el apoyo económico garantizado por su marido.
Sarah no perdió el tiempo. Primero fue el hombre del contador del gas, como ejercicio de precalentamiento; luego, el limpia-ventanas, cuyo trabajo le llevaba un número variable de horas, dependiendo de lo sucias que le hubiera dicho a Diego que estaban las ventanas. A veces Diego tenía que pagarle ocho horas de trabajo y un poco más por horas extra. En ocasiones, el limpia-ventanas estaba allí cuando Diego salía para el trabajo y seguía estando allí cuando volvía a casa por la tarde. Pero éstos eran ligas menores, y Sarah pasó a su abogado, lo que tenía la ventaja de que éste no cobraba extras por los servicios prestados a la familia Mendiola, la cual constaba ya de tres miembros.
Diego estaba orgulloso de su hijito Junior y se ruborizaba de placer cuando las amistades comentaban el parecido de Junior con él. Las amistades no mentían, se limitaban a decir lo que pensaban que debían decir, lo mismo que le hubieran dicho a cualquier padre. Después del nacimiento de Junior, Sarah cortó sus relaciones sexuales con Diego (que nunca habían sido frecuentes), diciéndole: “Con uno basta, ¿no crees?” Otras veces decía: “Estoy cansada”, o “Hace demasiado calor”. Vamos, que el pobre Diego sólo valía por su dinero —no era rico, pero tenía una buena posición porque era relativamente inteligente y presentable, poco agresivo para resultar una molestia y… Bueno, eso era más o menos lo único necesario para satisfacer a Sarah. Ella tenía la vaga idea de que necesitaba un protector y acompañante. De algún modo, firmar “Señora de” daba más categoría.
Disfrutó tres o cuatro años de amoríos con el abogado; luego fue su médico; después, un par de maridos descarriados pertenecientes a su círculo social, más unas cuantas escapadas de dos semanas con el padre de Junior. Estos hombres la visitaban generalmente por las tardes, de lunes a viernes. Sarah era sumamente precavida e insistía —dado que su fachada principal era visible desde varias casas vecinas— en que sus amantes la llamaran desde algún lugar próximo, para que ella pudiese decirles si el panorama estaba despejado. La hora más segura era la una y media, cuando la mayoría de la gente estaba comiendo. Después de todo, lo que Sarah se jugaba era su techo y su comida, y Diego se estaba poniendo nervioso, aunque todavía no sospechaba nada.
En el cuarto año de matrimonio, Diego tuvo un desliz. Le había hecho proposiciones a su secretaria, así como a la chica que trabajaba detrás del mostrador, en su oficina de suministros, y había sido suave, pero firmemente rechazado, por lo que su autoestima se hallaba en menos cero.
—¿No podríamos volver a intentarlo? —fue la sugerencia de Diego.
Sarah contraatacó con una docena de batallones, con los cañones listos para disparar durante años. Se hubiera pensado que era una persona con quien se había cometido una injusticia.
—¿Acaso no he creado un hogar perfecto? ¿No soy una buena anfitriona? La mejor, según todos nuestros amigos, ¿no es así? ¿He dejado de ocuparme de Junior alguna vez? ¿He dejado alguna vez de tenerte preparada una comida caliente cuando volvías a casa?
Ojalá te olvidaras de la comida caliente de cuando en cuando y pensaras en otra cosa, deseaba decirle Diego, pero era demasiado bien educado para soltarlo.
—Y además tengo buen gusto —añadió Sarah como andanada final—. Nuestros muebles no sólo son buenos, sino que están bien cuidados. No sé qué más esperas de mí.
Los muebles estaban tan brillantes que la casa parecía un museo. Muchas veces a Diego le daba apuro manchar los ceniceros. Hubiese preferido más desorden y un poco más de calor. ¿Cómo podía decírselo?
—Ahora ven a tomar algo —dijo Sarah, más dulcemente, extendiendo una mano en un gesto sin precedentes en los últimos años. Se le acababa de ocurrir una idea, un plan.
Cuento perverso de Patricia HighsmithEscritora Patricia Highsmith, en su juventud
Diego cogió su mano con alegría y sonrió. Repitió de todos los platos que ella le ofreció insistentemente.
La cena fue buena, como de costumbre, porque Sarah era una excelente y meticulosa cocinera. Diego esperaba que la velada tuviera un final feliz, pero en ese sentido quedó defraudado.
La idea de Sarah era matar a Diego a base de buenas comidas, de amabilidad en cierto sentido, de cumplir con su deber de esposa. Iba a cocinar más y de una forma más elaborada. Diego ya tenía barriga; el médico le había advertido que tuviera cuidado con los excesos en la comida, la falta de ejercicio y todo ese rollo.
Pero Sarah estaba suficientemente informada respecto al control del peso, como para saber que lo que cuenta es lo que se come, no el ejercicio que se haga. Y a Diego le encantaba comer. El escenario estaba preparado y ¿qué podía perder?
Empezó a usar grasas más fuertes, manteca de cerdo y aceite de oliva, a hacer macarrones con queso, a untar los sandwiches con una gruesa capa de mantequilla, a insistir en que la leche era una espléndida fuente de calcio, para combatir la calvicie de Diego. Él engordó diez kilos en tres meses. El sastre tuvo que arreglarle todos los trajes y luego hacerle otros nuevos.
—Tenis, querido —le dijo Sarah, preocupada—. Lo que necesitas es un poco de ejercicio.
Confiaba en que le diera un ataque al corazón. Pesaba ya más de cien kilos y no era un hombre alto. Se ahogaba al menor esfuerzo.
El tenis no sirvió de nada. Diego era lo bastante prudente, o lo bastante pesado, para limitarse a estar de pie en la pista y dejar que la pelota viniera a él, y si la pelota no venía, él no pensaba correr tras ella para golpearla. Así que, un caluroso sábado en que le había acompañado a las pistas como siempre, Sarah fingió desmayarse. Murmuró que quería que la llevase al coche para ir a casa. Diego se esforzó por levantarla, jadeando, ya que Sarah tampoco era precisamente una varita de nardo. Desgraciadamente para sus planes, dos tipos vinieron corriendo desde el bar del club para echarles una mano y metieron a Sarah en el Jaguar con facilidad.
Una vez en casa, con la puerta cerrada, Sarah se desvaneció de nuevo y farfulló en un tono hermético, aunque débil, que era preciso llevarla arriba, a la cama. Era la gran cama de matrimonio de la cual les separaban dos tramos de escalera. Diego la alzó en brazos, pensando que no presentaba una imagen muy romántica subiendo trabajosamente escalón a escalón y dando traspiés mientras llevaba a su amada al lecho. Finalmente, tuvo que echársela al hombro, y aun así se cayó de bruces al llegar al descansillo del segundo piso. Jadeando fuertemente, rodó a un lado para librarse del cuerpo inerte de Sarah, y volvió a intentarlo, esta vez simplemente arrastrándola por el vestíbulo enmoquetado hasta el dormitorio. Sintió la tentación de dejarla tumbada allí hasta que recuperase el aliento (ella ni se movía), pero podía imaginar sus recriminaciones si volvía en sí en los próximos segundos y se encontraba con que él la había dejado tirada en el suelo.
Diego se puso de nuevo a la tarea, empleando en ella toda su fuerza de voluntad, porque, ciertamente, fuerza física ya no le quedaba. Le dolían las piernas, la espalda le estaba matando, y se asombró de lograr levantar ese peso (casi setenta kilos) hasta la cama.
“¡Uuff!”, dijo Diego, y retrocedió tambaleándose, con la intención de derrumbarse en una butaca, pero ésta tenía ruedecitas y se deslizó hacia atrás, por lo que él aterrizó en el suelo, con un golpe que hizo temblar la casa. Un dolor espantoso le atenazaba el pecho. Se llevó un puño al pecho y mostró los dientes en una mueca de agonía.
Sarah le observaba, echada en la cama. No hizo nada. Esperó y esperó. Casi se quedó dormida. Diego gemía y pedía ayuda. Era una suerte, pensó Sarah, que esta tarde hubieran dejado a Junior con una canguro, en lugar de que ésta viniera a la casa. Después de unos quince minutos, Diego se quedó inmóvil. Sarah se durmió al fin. Cuando se levantó, comprobó que Diego estaba bien muerto y empezando a enfriarse. Entonces telefoneó al médico de la familia.
Todo le fue bien a Sarah. La gente dijo que hacía sólo pocas semanas se habían asombrado del buen aspecto que tenía Diego, con las mejillas sonrosadas y todo eso. Sarah recibió: una fuerte suma de la compañía de seguros, su viudedad, mucha comprensión y afecto de la gente, que le aseguraba que ella le había dado a Diego lo mejor de sí misma, había formado un hogar perfecto, le había dado un hijo, en una palabra, se había entregado completamente a él y había hecho que su vida, desgraciadamente, más bien corta, fuese tan feliz como podía ser la vida de un hombre. Nadie dijo: “¡Qué crimen tan perfecto!”, que era la opinión personal de Sarah, y ahora podía reírse al pensarlo. Ahora podía convertirse en la Viuda Alegre. Exigiendo pequeños favores de sus amantes —sin darle importancia, claro está— iba a vivir aún mejor que antes de morir Diego. Y podría seguir firmando “Señora de”

El coco de Stephen king

–Recurro a usted porque quiero contarle mi historia –dijo el hombre acostado sobre el diván del doctor Harper.
El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos.
–No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos.
El doctor Harper puso en marcha el magnetófono.
Billings estaba duro como una estaca sobre el diván, sin darle un ápice de sí. Sus pies sobresalían, rígidos, por el extremo. Era la imagen de un hombre que se sometía a una humillación necesaria. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho, como un cadáver. Sus facciones se mantenían escrupulosamente compuestas. Miraba el simple cielo raso, blanco, de paneles, como si por su superficie desfilaran escenas e imágenes.
–Quiere decir que los mató realmente, o…
–No. –Un movimiento impaciente de la mano–. Pero fui el responsable. Denny en 1967. Shirl en 1971. Y Andy este año. Quiero contárselo.
El doctor Harper no dio nada. Le pareció que Billings tenía un aspecto demacrado y envejecido. Su cabello raleaba, su tez estaba pálida. Sus ojos encerraban todos los secretos miserables del whisky.
–Fueron asesinados, ¿entiende? Pero nadie lo cree. Si lo creyeran, todo se arreglaría.
–¿Por qué?
–Porque…
Billings se interrumpió y se irguió bruscamente sobre los codos, mirando hacia el otro extremo de la habitación.
–¿Qué es eso? –bramó. Sus ojos se habían entrecerrado, reduciéndose a dos tajos oscuros.
–¿Qué es qué?
–Esa puerta.
–El armario empotrado –respondió el doctor Harper–. Donde cuelgo mi abrigo y dejo mis chanclos.
–Ábralo. Quiero ver lo que hay dentro.
El doctor Harper se levantó en silencio, atravesó la habitación y abrió la puerta. Dentro, una gabardina marrón colgaba de una de las cuatro o cinco perchas. Abajo había un par de chanclos relucientes. Dentro de uno de ellos había un ejemplar cuidadosamente doblado del New York Times. Eso era todo.
–¿Conforme? –preguntó el doctor Harper.
–Sí. –Billings dejó de apoyarse sobre los codos y volvió a la posición anterior.
–Decía –manifestó el doctor Harper mientras volvía a su silla– que si se pudiera probar el asesinato de sus tres hijos, todos sus problemas se solucionarían. ¿Por qué?
–Me mandarían a la cárcel –explicó Billings inmediatamente–. Para toda la vida. Y en una cárcel uno puede ver lo que hay dentro de todas las habitaciones. Todas las habitaciones. –Sonrió a la nada.
–¿Cómo fueron asesinados sus hijos?
–¡No trate de arrancármelo por la fuerza!
Billings se volvió y miró a Harper con expresión aviesa.
–Se lo diré, no se preocupe. No soy uno de sus chalados que se pasean por el mundo y pretenden ser Napoleón o que justifican haberse aficionado a la heroína porque la madre no los quería. Sé que no me creerá. No me interesa. No importa. Me bastará con contárselo.
–Muy bien. –El doctor Harper extrajo su pipa.
–Me casé con Rita en 1965… Yo tenía veintiún años y ella dieciocho. Estaba embarazada. Ese hijo fue Denny. –Sus labios se contorsionaron para formar una sonrisa gomosa, grotesca, que desapareció en un abrir y cerrar de ojos–. Tuve que dejar la Universidad y buscar empleo, pero no me importó. Los amaba a los dos. Éramos muy felices. Rita volvió a quedarse embarazada poco después del nacimiento de Denny, y Shirl vino al mundo en diciembre de 1966. Andy nació en el verano de 1969, cuando Denny ya había muerto. Andy fue un accidente. Eso dijo Rita. Aseguró que a veces los anticonceptivos fallan. Yo sospecho que fue más que un accidente. Los hijos atan al hombre, usted sabe. Eso les gusta a las mujeres, sobre todo cuando el hombre es más inteligente que ellas. ¿No le parece?
Harper emitió un gruñido neutro.
–Pero no importa. A pesar de todo los quería. –Lo dijo con tono casi vengativo, como si hubiera amado a los niños para castigar a su esposa.
–¿Quién mató a los niños? –preguntó Harper.
–El coco –respondió inmediatamente Lester Billings–. El coco los mató a todos. Sencillamente, salió del armario y los mató. –Se volvió y sonrió–. Claro, usted cree que estoy loco. Lo leo en su cara. Pero no me importa. Lo único que deseo es desahogarme e irme.
–Le escucho –dijo Harper.
–Todo comenzó cuando Denny tenía casi dos años y Shirl era apenas un bebé. Denny empezó a llorar cuando Rita lo tenía en la cama. Verá, teníamos un apartamento de dos dormitorios. Shirl dormía en una cuna, en nuestra habitación. Al principio pensé que Denny lloraba porque ya no podía llevarse el biberón a la cama. Rita dijo que no nos obstináramos, que tuviéramos paciencia, que le diéramos el biberón y que él ya lo dejaría solo. Pero así es como los chicos se echan a perder. Si eres tolerante con ellos los malcrías. Después te hacen sufrir. Se dedican a violar chicas, sabe, o empiezan a drogarse. O se hacen maricas. ¿Se imagina lo horrible que es despertar una mañana y descubrir que su chico, su hijo varón, es marica?
»Sin embargo, después de un tiempo, cuando vimos que no se acostumbraba, empecé a acostarle yo mismo. Y si no dejaba de llorar le daba una palmada. Entonces Rita dijo que repetía a cada rato “luz, luz”. Bueno, no sé. ¿Quién entiende lo que dicen los niños tan pequeños? Sólo las madres lo saben.
»Rita quiso instalarle una lámpara de noche. Uno de esos artefactos que se adosan a la pared con la figura del Ratón Mikey o de Huckleberry Hound o de lo que sea. No se lo permití. Si un niño no le pierde el miedo a la oscuridad cuando es pequeño, nunca se acostumbrará a ella.
»De todos modos, murió el verano que siguió al nacimiento de Shirl. Esa noche lo metí en la cama y empezó a llorar en seguida. Esta vez entendí lo que decía. Señaló directamente el armario cuando lo dijo. “El coco –gritó–. El coco, papá.”
»Apagué la luz y salí de la habitación y le pregunté a Rita por qué le había enseñado esa palabra al niño. Sentí deseos de pegarle un par de bofetadas, pero me contuve. Juró que nunca se la había enseñado. La acusé de ser una condenada embustera.
»Verá, ése fue un mal verano para mí. Sólo conseguí que me emplearan para cargar camiones de Pepsi–Cola en un almacén, y estaba siempre cansado. Shirl se despertaba y lloraba todas las noches y Rita la tomaba en brazos y gimoteaba. Le aseguro que a veces tenía ganas de arrojarlas a las dos por la ventana. Jesús, a veces los mocosos te hacen perder la chaveta. Podrías matarlos.
»Bien, el niño me despertó a las tres de la mañana, puntualmente. Fui al baño, medio dormido, sabe, y Rita me preguntó si había ido a ver a Denny. Le contesté que lo hiciera ella y volví a acostarme. Estaba casi dormido cuando Rita empezó a gritar.
»Me levanté y entré en la habitación. El crío estaba acostado boca arriba, muerto. Blanco como la harina excepto donde la sangre se había…, se había acumulado, por efecto de la gravedad. La parte posterior de las piernas, la cabeza, las… eh… las nalgas. Tenía los ojos abiertos. Eso era lo peor, sabe. Muy dilatados y vidriosos, como los de las cabezas de alce que algunos tipos cuelgan sobre la repisa. Como en las fotos de esos chinitos de Vietnam. Pero un crío norteamericano no debería tener esa expresión. Muerto boca arriba. Con pañales y pantaloncitos de goma porque durante las últimas dos semanas había vuelto a orinarse encima. Qué espanto. Yo amaba a ese niño.
Billings meneó la cabeza lentamente y después volvió a ostentar la misma sonrisa gomosa, grotesca.
–Rita chillaba hasta desgañitarse. Trató de alzar a Denny y mecerlo, pero no se lo permití. A la poli no le gusta que uno toque las evidencias. Lo sé…
–¿Supo entonces que había sido el coco? –preguntó Harper apaciblemente.
–Oh, no. Entonces no. Pero vi algo. En ese momento no le di importancia, pero mi mente lo archivó.
–¿Qué fue?
–La puerta del armario estaba abierta. No mucho. Apenas una rendija. Pero verá, yo sabía que la había dejado cerrada. Dentro había bolsas de plástico. Un crío se pone a jugar con una de ellas y adiós. Se asfixia. ¿Lo sabía?
–Sí. ¿Qué sucedió después?
Billings se encogió de hombros.
–Lo enterramos. –Miró con morbosidad sus manos, que habían arrojado tierra sobre tres pequeños ataúdes.
–¿Hubo una investigación?
–Claro que sí. –Los ojos de Billings centellearon con un brillo sardónico–. Vino un jodido matasanos con un estetoscopio y un maletín negro lleno de chicles y una zamarra robada de alguna escuela veterinaria. ¡Colapso en la cuna, fue el diagnóstico! ¿Ha oído alguna vez semejante disparate? ¡El crío tenía tres años!
–El colapso en la cuna es muy común durante el primer año de vida –explicó Harper puntillosamente–, pero el diagnóstico ha aparecido en los certificados de defunción de niños de hasta cinco años, a falta de otro mejor…
–¡Mierda! –espetó Billings violentamente.
Harper volvió a encender su pipa.
–Un mes después del funeral instalamos a Shirl en la antigua habitación de Denny. Rita se resistió con uñas y dientes, pero yo dije la última palabra. Me dolió, por supuesto. Jesús, me encantaba tener a la mocosa con nosotros. Pero no hay que sobreproteger a los niños, pues en tal caso se convierten en lisiados. Cuando yo era niño mi madre me llevaba a la playa y después se ponía ronca gritando: «¡No te internes tanto! ¡No te metas allí! ¡Hay corrientes submarinas! ¡Has comido hace una hora! ¡No te zambullas de cabeza!». Le juro por Dios que incluso me decía que me cuidara de los tiburones. ¿Y cuál fue el resultado? Que ahora ni siquiera soy capaz de acercarme al agua. Es verdad. Si me arrimo a una playa me atacan los calambres. Cuando Denny vivía, Rita consiguió que la llevase una vez con los niños a Savin Rock. Se me descompuso el estómago. Lo sé, ¿entiende? No hay que sobreproteger a los niños. Y uno tampoco debe ser complaciente consigo mismo. La vida continúa. Shirl pasó directamente a la cuna de Denny. Claro que arrojamos el colchón viejo a la basura. No quería que mi pequeña se llenara de microbios.
Así transcurrió un año. Y una noche, cuando estoy metiendo a Shirl en su cuna, empieza a aullar y chillar y llorar. “¡El coco, papá, el coco!”
»Eso me sobresaltó. Decía lo mismo que Denny. Y empecé a recordar la puerta del armario, apenas entreabierta cuando lo encontramos. Quise llevarla por esa noche a nuestra habitación.
–¿Y la llevó?
–No. –Billings se miró las manos y las facciones se convulsionaron–. ¿Cómo podía confesarle a Rita que me había equivocado? Tenía que ser fuerte. Ella había sido siempre una marioneta…, recuerde con cuánta facilidad se acostó conmigo cuando aún no estábamos casados.
–Por otro lado –dijo Harper–, recuerde con cuánta facilidad usted se acostó con ella.
Billings, que estaba cambiando la posición de sus manos, se puso rígido y volvió lentamente la cabeza para mirar a Harper.
–¿Pretende tomarme el pelo?
–Claro que no –respondió Harper.
–Entonces deje que lo cuente a mi manera –espetó Billings–. Estoy aquí para desahogarme. Para contar mi historia. No hablaré de mi vida sexual, si eso es lo que usted espera. Rita y yo hemos tenido una vida sexual muy normal, sin perversiones. Sé que a algunas personas les excita hablar de eso, pero no soy una de ellas.
–De acuerdo –asintió Harper.
–De acuerdo –repitió Billings, con ofuscada arrogancia. Parecía haber perdido el hilo de sus pensamientos, y sus ojos se desviaron, inquietos, hacia la puerta del armario, que estaba herméticamente cerrada.
–¿Prefiere que la abra? –preguntó Harper.
–¡No! –se apresuró a exclamar Billings. Lanzó una risita nerviosa–. ¿Qué interés podría tener en ver sus chanclos?
Y después de una pausa, dijo:
–El coco la mató también a ella. –Se frotó la frente, como si fuera ordenando sus recuerdos–. Un mes más tarde. Pero antes sucedió algo más. Una noche oí un ruido ahí dentro. Y después Shirl gritó. Abrí muy rápidamente la puerta… la luz del pasillo estaba encendida… y… ella estaba sentada en la cuna, llorando, y… algo se movió. En las sombras, junto al armario. Algo se deslizó.
–¿La puerta del armario estaba abierta?
–Un poco. Sólo una rendija. –Billings se humedeció los labios–. Shirl hablaba a gritos del coco. Y dijo algo más que sonó como «garras». Sólo que ella dijo «galas», sabe. A los niños les resulta difícil pronunciar la «erre». Rita vino corriendo y preguntó qué sucedía. Le contesté que la habían asustado las sombras de las ramas que se movían en el techo.
–¿Galochas? –preguntó Harper.
–¿Eh?
–Galas… galochas. Son una especie de chanclos. Quizás había visto las galochas en el armario y se refería a eso.
–Quizá –murmuró Billings–. Quizá se refería a eso. Pero yo no lo creo. Me pareció que decía «garras. –Sus ojos empezaron a buscar otra vez la puerta del armario–. Garras, largas garras –su voz se había reducido a un susurro.
–¿Miró dentro del armario?
–S-sí. –Las manos de Billings estaban fuertemente entrelazadas sobre su pecho, tan fuertemente que se veía una luna blanca en cada nudillo.
–¿Había algo dentro? ¿Vio al…?
–¡No vi nada! –chilló Billings de súbito. Y las palabras brotaron atropelladamente, como si hubieran arrancado un corcho negro del fondo de su alma–. Cuando murió la encontré yo, verá. Y estaba negra. Completamente negra. Se había tragado la lengua y estaba negra como una negra de un espectáculo de negros, y me miraba fijamente. Sus ojos parecían los de un animal embalsamado: muy brillantes y espantosos, como canicas vivas, como si estuvieran diciendo: «me pilló, papá, tú dejaste que me pillara, tú me mataste, tú le ayudaste a matarme».
Su voz se apagó gradualmente. Un solo lagrimón silencioso se deslizó por su mejilla.
–Fue una convulsión cerebral, ¿sabe? A veces les sucede a los niños. Una mala señal del cerebro. Le practicaron la autopsia en Hartford y nos dijeron que se había asfixiado al tragarse la lengua durante una convulsión. Y yo tuve que volver solo a casa porque Rita se quedó allí, bajo el efecto de los sedantes. Estaba fuera de sí. Tuve que volver solo a casa, y sé que a un crío no le atacan las convulsiones por una alteración cerebral. Las convulsiones pueden ser el producto de un susto. Y yo tuve que volver solo a la casa donde estaba eso. Dormí en el sofá –susurró–. Con la luz encendida.
–¿Sucedió algo?
–Tuve un sueño –contestó Billings–. Estaba en una habitación oscura y había algo que yo no podía…, no podía ver bien. Estaba en el armario. Hacía un ruido…, un ruido viscoso. Me recordaba un comic que había leído en mi infancia. Cuentos de la cripta. ¿Lo conoce? ¡Jesús! Había un personaje llamado Graham Ingles, capaz de invocar a los monstruos más abominables del mundo… y a algunos de otros mundos. De todos modos, en este relato una mujer ahogaba a su marido, ¿entiende? Le ataba unos bloques de cemento a los pies y lo arrojaba a una cantera inundada. Pero él volvía. Estaba totalmente podrido y de color negro verdoso y los peces le habían devorado un ojo y tenía algas enredadas en el pelo. Volvía y la mataba. Y cuando me desperté en mitad de la noche, pensé que lo encontraría inclinándose sobre mí. Con garras… largas garras…
El doctor Harper consultó su reloj digital embutido en su mesa. Lester Billings estaba hablando desde hacía casi media hora.
–Cuando su esposa volvió a casa –dijo–, ¿cuál fue su actitud respecto a usted?
–Aún me amaba –respondió Billings orgullosamente–. Seguía siendo una mujer sumisa. Ése es el deber de la esposa, ¿no le parece? La liberación femenina sólo sirve para aumentar el número de chalados. Lo más importante es que cada cual sepa ocupar su lugar… Su… su… eh…
–¿Su sitio en la vida?
–¡Eso es! –Billings hizo chasquear los dedos–. Y la mujer debe seguir al marido. Oh, durante los primeros cuatro o cinco meses que siguieron a la desgracia estuvo bastante mustia…, arrastraba los pies por la casa, no cantaba, no veía la TV, no reía. Yo sabía que se sobrepondría. Cuando los niños son tan pequeños, uno no llega a encariñarse tanto. Después de un tiempo hay que mirar su foto para recordar cómo eran, exactamente.
»Quería otro bebé –agregó, con tono lúgubre–. Le dije que era una mala idea. Oh, no de forma definitiva, sino por un tiempo. Le dije que era hora de que nos conformáramos y empezáramos a disfrutar el uno del otro. Antes nunca habíamos tenido la oportunidad de hacerlo. Si queríamos ir al cine, teníamos que buscar una babysitter. No podíamos ir a la ciudad a ver un partido de fútbol si los padres de ella no aceptaban cuidar a los críos, porque mi madre no quería tener tratos con nosotros. Denny había nacido demasiado poco tiempo después de que nos casamos, ¿entiende? Mi madre dijo que Rita era una zorra, una vulgar trotacalles. ¿Qué le parece? Una vez me hizo sentar y me recitó la lista de las enfermedades que podía pescarme si me acostaba con una tro… con una prostituta. Me explicó cómo un día aparecía una llaguita en la ver… en el pene, y al día siguiente se estaba pudriendo. Ni siquiera aceptó venir a la boda.
Billings tamborileó con los dedos sobre su pecho.
–El ginecólogo de Rita le vendió un chisme llamado DIU… dispositivo intrauterino. Absolutamente seguro, dijo el médico. Bastaba insertarlo en el…, en el aparato femenino, y listo. Si hay algo allí, el óvulo no se fecunda. Ni siquiera se nota. –Ni siquiera sabes que está allí. Y al año siguiente volvió a quedar embarazada. Vaya seguridad absoluta.
–Ningún método anticonceptivo es perfecto –explicó Harper–. La píldora sólo lo es en el noventa y ocho por ciento de los casos. El DIU puede ser expulsado por contracciones musculares, por un fuerte flujo menstrual y, en casos excepcionales, durante la evacuación.
–Sí. O la mujer se lo puede quitar.
–Es posible.
–¿Y entonces qué? Empieza a tejer prendas de bebé, canta bajo la ducha, y come encurtidos como una loca. Se sienta sobre mis rodillas y dice que debe ser la voluntad de Dios. Mierda.
–¿El bebé nació al finalizar el año que siguió a la muerte de Shirl?
–Exactamente. Un varón. Le llamó Andrew Lester Billings. Yo no quise tener nada que ver con él, por lo menos al principio. Decidí que puesto que ella había armado el jaleo, tenía que apañárselas sola. Sé que esto puede parecer brutal, pero no olvide cuánto había sufrido yo.
»Sin embargo terminé por cobrarle cariño, sabe. Para empezar, era el único de la camada que se parecía a mí. Denny guardaba parecido con su madre, y Shirley no se había parecido a nadie, excepto tal vez a la abuela Ann. Pero Andy era idéntico a mí.
»Cuando volvía de trabajar iba a jugar con él. Me cogía sólo el dedo y sonreía y gorgoteaba. A las nueve semanas ya sonreía como su papá. ¿Cree lo que le estoy contando?
»Y una noche, hete aquí que salgo de una tienda con un móvil para colgar sobre la cuna del crío. ¡Yo! Yo siempre he pensado que los críos no valoran los regalos hasta que tienen edad suficiente para dar las gracias. Pero ahí estaba yo, comprándole un chisme ridículo, y de pronto me di cuenta de que lo quería más que a nadie. Ya había conseguido un nuevo empleo, muy bueno: vendía taladros de la firma Cluett and Sons. Había prosperado mucho y cuando Andy cumplió un año nos mudamos a Waterbury. La vieja casa tenía demasiados malos recuerdos.
»Y demasiados armarios.
»El año siguiente fue el mejor para nosotros. Daría todos los dedos de la mano derecha por poder vivirlo de nuevo. Oh, aún había guerra en Vietnam, y los hippies seguían paseándose desnudos, y los negros vociferaban mucho, pero nada de eso nos afectaba. Vivíamos en una calle tranquila, con buenos vecinos. Éramos felices –resumió sencillamente–. Un día le pregunté a Rita si no estaba preocupada. Usted sabe, dicen que no hay dos sin tres. Contestó que eso no se aplicaba a nosotros. Que Andy era distinto, que Dios lo había rodeado con un círculo mágico.
Billings miró el techo con expresión morbosa.
–El año pasado no fue tan bueno. Algo cambió en la casa. Empecé a dejar los chanclos en el vestíbulo porque ya no me gustaba abrir la puerta del armario. Pensaba constantemente: ¿Y qué harás si está ahí dentro, agazapado y listo para abalanzarse apenas abras la puerta? Y empecé a imaginar que oía ruidos extraños, como si algo negro y verde y húmedo se estuviera moviendo apenas, ahí dentro.
»Rita me preguntaba si no trabajaba demasiado, y empecé a insultarla como antes. Me revolvía el estómago dejarlos solos para ir a trabajar, pero al mismo tiempo me alegraba salir. Que Dios me ayude, me alegraba salir. Verá, empecé a pensar que nos había perdido durante un tiempo cuando nos mudamos. Había tenido que buscarnos, deslizándose por las calles durante la noche y quizá reptando por las alcantarillas. Olfateando nuestro rastro. Necesitó un año, pero nos encontró. Ha vuelto, me dije. Le apetece Andy y le apetezco yo. Empecé a sospechar que quizá si piensas mucho tiempo en algo, y crees que existe, termina por corporizarse. Quizá todos los monstruos con los que nos asustaban cuando éramos niños, Frankenstein y el Hombre Lobo y la Momia, existían realmente. Existían en la medida suficiente para matar a los niños que aparentemente habían caído en un abismo o se habían ahogado en un lago o tan sólo habían desaparecido. Quizá…
–¿Se está evadiendo de algo, señor Billings?
Billings permaneció un largo rato callado. En el reloj digital pasaron dos minutos. Por fin dijo bruscamente:
–Andy murió en febrero. Rita no estaba en casa. Había recibido una llamada de su padre. Su madre había sufrido un accidente de coche un día después de Año Nuevo y creían que no se salvaría. Esa misma noche Rita cogió el autobús.
»Su madre no murió, pero estuvo mucho tiempo, dos meses, en la lista de pacientes graves. Yo tenía una niñera excelente que estaba con Andy durante el día. Pero por la noche nos quedábamos solos. Y las puertas de los armarios porfiaban en abrirse.
Billings se humedeció los labios.
–El niño dormía en la misma habitación que yo. Es curioso, además. Una vez, cuando cumplió dos años, Rita me preguntó si quería instalarlo en otro dormitorio. Spock u otro de esos charlatanes sostiene que es malo que los niños duerman con los padres, ¿entiende? Se supone que eso les produce traumas sexuales o algo parecido. Pero nosotros sólo lo hacíamos cuando el crío dormía. Y no quería mudarlo. Tenía miedo, despue´s de lo que les había pasado a Denny y a Shirl.
–¿Pero lo mudó, verdad? –preguntó el doctor Harper.
–Sí –respondió Billings. En sus facciones apareció una sonrisa enfermiza y amarilla–. Lo mudé.
Otra pausa. Billings hizo un esfuerzo por proseguir. –¡Tuve que hacerlo! –espetó por fin–. ¡Tuve que hacerlo! Todo había andado bien mientras Rita estaba en la casa, pero cuando ella se fue, eso empezó a envalentonarse. Empezó a… –Giró los ojos hacia Harper y mostró los dientes con una sonrisa feroz–. Oh, no me creerá. Sé qué es lo que piensa. No soy más que otro loco de su fichero. Lo sé. Pero usted no estaba allí, maldito fisgón.
»Una noche todas las puertas de la casa se abrieron de par en par. Una mañana, al levantarme, encontré un rastro de cieno e inmundicia en el vestíbulo, entre el armario de los abrigos y la puerta principal. ¿Eso salía? ¿O entraba? ¡No lo sé! ¡Juro ante Dios que no lo sé! Los discos aparecían totalmente rayados y cubiertos de limo, los espejos se rompían… y los ruidos… los ruidos…
Se pasó la mano por el cabello.
–Me despertaba a las tres de la mañana y miraba la oscuridad y al principio me decía: «Es sólo el reloj.» Pero por debajo del tic-tac oía que algo se movía sigilosamente. Pero no con demasiado sigilo, porque quería que yo lo oyera. Era un deslizamiento pegajoso, como el de algo salido del fregadero de la cocina. O un chasquido seco, como el de garras que se arrastraran suavemente sobre la baranda de la escalera. Y cerraba los ojos, pensando que si oírlo era espantoso, verlo sería…
»Y siempre temía que los ruidos se interrumpieran fugazmente, y que luego estallara una risa sobre mi cara, y una bocanada de aire con olor a coles rancias. Y que unas manos se cerraran sobre mi cuello.
Billings estaba pálido y tembloroso.
–De modo que lo mudé. Verá, sabía que primero iría a buscarle a él. Porque era más débil. Y así fue. La primera vez chilló en mitad de la noche y finalmente, cuando reuní los cojones suficientes para entrar, lo encontré de pie en la cama y gritando: «El coco, papá… el coco…, quiero ir con papá, quiero ir con papá.»
La voz de Billings sonaba atiplada, como la de un niño. Sus ojos parecían llenar toda su cara. Casi dio la impresión de haberse encogido en el diván.
–Pero no pude. –El tono atiplado infantil perduró–. No pude. Y una hora más tarde oí un alarido. Un alarido sobrecogedor, gorgoteante. Y me di cuenta de que le amaba mucho porque entré corriendo, sin siquiera encender la luz. Corrí, corrí, corrí, oh, Jesús María y José, le había atrapado. Le sacudía, le sacudía como un perro sacude un trapo y vi algo con unos repulsivos hombros encorvados y una cabeza de espantapájaros y sentí un olor parecido al que despide un ratón muerto en una botella de gaseosa y oí… –Su voz se apagó y después recobró el timbre de adulto–. Oí cómo se quebraba el cuello de Andy. –La voz de Billings sonó fría y muerta–. Fue un ruido semejante al del hielo que se quiebra cuando uno patina sobre un estanque en invierno.
–¿Qué sucedió después?
Oh, eché a correr –respondió Billings con la misma voz fría, muerta–. Fui a una cafetería que estaba abierta durante toda la noche. ¿Qué le parece esto, como prueba de cobardía? Me metí en una cafetería y bebí seis tazas de café. Después volví a casa. Ya amanecía. Llamé a la policía aun antes de subir al primer piso. Estaba tumbado en el suelo mirándome. Acusándome. Había perdido un poco de sangre por una oreja. Pero sólo una rendija.
Se calló. Harper miró el reloj digital. Habían pasado cincuenta minutos.
–Pídale una hora a la enfermera –dijo–. ¿Los martes y jueves?
–Sólo he venido a contarle mi historia –respondió Billings–. Para desahogarme. Le mentí a la policía ¿sabe? Dije que probablemente el crío había tratado de bajar de la cuna por la noche y…, se lo tragaron. Claro que sí. Eso era lo que parecía. Un accidente, como los otros. Pero Rita comprendió la verdad. Rita… comprendió… finalmente.
–Señor Billings, tenemos que conversar mucho –manifestó el doctor Harper después de una pausa–. Creo que podremos eliminar parte de sus sentimientos de culpa, pero antes tendrá que desear realmente librarse de ellos.
–¿Acaso piensa que no lo deseo? –exclamó Billings, apartando el antebrazo de sus ojos. Estaban rojos, irritados, doloridos.
–Aún no –prosiguió Harper afablemente–. ¿Los martes y jueves?
–Maldito curandero –masculló Billings después de un largo silencio–. Está bien. Está bien.
–Pídale hora a la enfermera, señor Billings. Adiós.
Billings soltó una risa hueca y salió rápidamente de la consulta, sin mirar atrás.
La silla de la enfermera estaba vacía. Sobre el secante del escritorio había un cartelito que decía «Vuelvo enseguida».
Billings se volvió y entró nuevamente en la consulta.
–Doctor, su enfermera ha…
Pero la puerta del armario estaba abierta. Sólo una pequeña rendija.
–Qué lindo –dijo la voz desde el interior del armario–. Qué lindo.
Las palabras sonaron como si hubieran sido articuladas por una boca llena de algas descompuestas.
Billings se quedó paralizado donde estaba mientras la puerta del armario se abría. Tuvo una vaga sensación de tibieza en el bajo vientre cuando se orinó encima.
–Qué lindo –dijo el coco mientras salía arrastrando los pies.
Aún sostenía su máscara del doctor Harper en una mano podrida, de garras espatuladas.

Vendrán lluvias suaves de Ray Bradbury

La voz del reloj cantó en la sala: tictac, las siete, hora de levantarse, hora de levantarse, las siete, como si temiera que nadie se levantase. La casa estaba desierta. El reloj continuó sonando, repitiendo y repitiendo llamadas en el vacío. Las siete y nueve, hora del desayuno, ¡las siete y nueve!
En la cocina el horno del desayuno emitió un siseante suspiro, y de su tibio interior brotaron ocho tostadas perfectamente doradas, ocho huevos fritos, dieciséis lonjas de jamón, dos tazas de café y dos vasos de leche fresca.
-Hoy es cuatro de agosto de dos mil veintiséis -dijo una voz desde el techo de la cocina- en la ciudad de Allendale, California -Repitió tres veces la fecha, como para que nadie la olvidara-. Hoy es el cumpleaños del señor Featherstone. Hoy es el aniversario de la boda de Tilita. Hoy puede pagarse la póliza del seguro y también las cuentas de agua, gas y electricidad.
En algún sitio de las paredes, sonó el clic de los relevadores, y las cintas magnetofónicas se deslizaron bajo ojos eléctricos.
-Las ocho y uno, tictac, las ocho y uno, a la escuela, al trabajo, rápido, rápido, ¡las ocho y uno!
Pero las puertas no golpearon, las alfombras no recibieron las suaves pisadas de los tacones de goma. Llovía fuera. En la puerta de la calle, la caja del tiempo cantó en voz baja: “Lluvia, lluvia, aléjate… zapatones, impermeables, hoy.”. Y la lluvia resonó golpeteando la casa vacía. Afuera, el garaje tocó unas campanillas, levantó la puerta, y descubrió un coche con el motor en marcha. Después de una larga espera, la puerta descendió otra vez.
A las ocho y media los huevos estaban resecos y las tostadas duras como piedras. Un brazo de aluminio los echó en el vertedero, donde un torbellino de agua caliente los arrastró a una garganta de metal que después de digerirlos los llevó al océano distante.
Los platos sucios cayeron en una máquina de lavar y emergieron secos y relucientes.
“Las nueve y cuarto”, cantó el reloj, “la hora de la limpieza”.
De las guaridas de los muros, salieron disparados los ratones mecánicos. Las habitaciones se poblaron de animalitos de limpieza, todos goma y metal. Tropezaron con las sillas moviendo en círculos los abigotados patines, frotando las alfombras y aspirando delicadamente el polvo oculto. Luego, como invasores misteriosos, volvieron de sopetón a las cuevas. Los rosados ojos eléctricos se apagaron. La casa estaba limpia.
Las diez. El sol asomó por detrás de la lluvia. La casa se alzaba en una ciudad de escombros y cenizas. Era la única que quedaba en pie. De noche, la ciudad en ruinas emitía un resplandor radiactivo que podía verse desde kilómetros a la redonda.
Las diez y cuarto. Los surtidores del jardín giraron en fuentes doradas llenando el aire de la mañana con rocíos de luz. El agua golpeó las ventanas de vidrio y descendió por las paredes carbonizadas del oeste, donde un fuego había quitado la pintura blanca. La fachada del oeste era negra, salvo en cinco sitios. Aquí la silueta pintada de blanco de un hombre que regaba el césped. Allí, como en una fotografía, una mujer agachada recogía unas flores. Un poco más lejos -las imágenes grabadas en la madera en un instante titánico-, un niño con las manos levantadas; más arriba, la imagen de una pelota en el aire, y frente al niño, una niña, con las manos en alto, preparada para atrapar una pelota que nunca acabó de caer. Quedaban esas cinco manchas de pintura: el hombre, la mujer, los niños, la pelota. El resto era una fina capa de carbón. La lluvia suave de los surtidores cubrió el jardín con una luz en cascadas.
Hasta este día, qué bien había guardado la casa su propia paz. Con qué cuidado había preguntado: “¿Quién está ahí? ¿Cuál es el santo y seña?”, y como los zorros solitarios y los gatos plañideros no le respondieron, había cerrado herméticamente persianas y puertas, con unas precauciones de solterona que bordeaban la paranoia mecánica.
Cualquier sonido la estremecía. Si un gorrión rozaba los vidrios, la persiana chasqueaba y el pájaro huía, sobresaltado. No, ni siquiera un pájaro podía tocar la casa.
Cuento de Ray BradburyLa casa era un altar con diez mil acólitos, grandes, pequeños, serviciales, atentos, en coros. Pero los dioses habían desaparecido y los ritos continuaban insensatos e inútiles.
El mediodía.
Un perro aulló, temblando, en el porche.
La puerta de calle reconoció la voz del perro y se abrió. El perro, en otro tiempo grande y gordo, ahora huesudo y cubierto de llagas, entró y se movió por la casa dejando huellas de lodo. Detrás de él zumbaron unos ratones irritados, irritados por tener que limpiar el lodo, irritados por la molestia.
Pues ni el fragmento de una hoja se escurría por debajo de la puerta sin que los paneles de los muros se abrieran y los ratones de cobre salieran como rayos. El polvo, el pelo o el papel ofensivos, hechos trizas por unas diminutas mandíbulas de acero, desaparecían en las guaridas. De allí unos tubos los llevaban al sótano, y eran arrojados a la boca siseante de un incinerador que aguardaba en un rincón oscuro como un Baal maligno.
El perro corrió escaleras arriba y aulló histéricamente, ante todas las puertas, hasta que al fin comprendió, como ya comprendía la casa, que allí no había más que silencio.
Olfateó el aire y arañó la puerta de la cocina. Detrás de la puerta el horno preparaba unos pancakes que llenaban la casa con un aroma de jarabe de arce. El perro, tendido ante la puerta, olfateaba con los ojos encendidos y el hocico espumoso. De pronto, echó a correr locamente en círculos, mordiéndose la cola, y cayó muerto. Durante una hora estuvo tendido en la sala.
Las dos, cantó una voz.
Los regimientos de ratones advirtieron al fin el olor casi imperceptible de la descomposición, y salieron murmurando suavemente como hojas grises arrastradas por un viento eléctrico.
Las dos y cuarto.
El perro había desaparecido.
En el sótano, el incinerador se iluminó de pronto y un remolino de chispas subió por la chimenea.
Las dos y treinta y cinco.
Unas mesas de bridge surgieron de las paredes del patio. Los naipes revolotearon sobre el tapete en una lluvia de figuras. En un banco de roble aparecieron martinis y sándwiches de tomate, lechuga y huevo. Sonó una música.
Pero en las mesas silenciosas nadie tocaba las cartas.
A las cuatro, las mesas se plegaron como grandes mariposas y volvieron a los muros.
Las cuatro y media.
Las paredes del cuarto de los niños resplandecieron de pronto.
Aparecieron animales: jirafas amarillas, leones azules, antílopes rosados, panteras lilas que retozaban en una sustancia de cristal. Las paredes eran de vidrio y mostraban colores y escenas de fantasía. Unas películas ocultas pasaban por unos piñones bien aceitados y animaban las paredes. El piso del cuarto imitaba un ondulante campo de cereales. Por él corrían escarabajos de aluminio y grillos de hierro, y en el aire caluroso y tranquilo unas mariposas de gasa rosada revoloteaban sobre un punzante aroma de huellas animales. Había un zumbido como de abejas amarillas dentro de fuelles oscuros, y el perezoso ronroneo de un león. Y había un galope de okapis y el murmullo de una fresca lluvia selvática que caía como otros casos, sobre el pasto almidonado por el viento.
De pronto las paredes se disolvieron en llanuras de hierbas abrasadas, kilómetro tras kilómetro, y en un cielo interminable y cálido. Los animales se retiraron a las malezas y los manantiales.
Era la hora de los niños.
Las cinco. La bañera se llenó de agua clara y caliente.
Las seis, las siete, las ocho. Los platos aparecieron y desaparecieron, como manipulados por un mago, y en la biblioteca se oyó un clic. En la mesita de metal, frente al hogar donde ardía animadamente el fuego, brotó un cigarro humeante, con media pulgada de ceniza blanda y gris.
Las nueve. En las camas se encendieron los ocultos circuitos eléctricos, pues las noches eran frescas aquí.
Las nueve y cinco. Una voz habló desde el techo de la biblioteca.
-Señora McClellan, ¿qué poema le gustaría escuchar esta noche?
La casa estaba en silencio.
-Ya que no indica lo que prefiere -dijo la voz al fin-, elegiré un poema cualquiera.
Una suave música se alzó como fondo de la voz.
-Sara Teasdale. Su autor favorito, me parece…
Vendrán lluvias suaves y olores de tierra,
y golondrinas que girarán con brillante sonido;
y ranas que cantarán de noche en los estanques
y ciruelos de tembloroso blanco
y petirrojos que vestirán plumas de fuego
y silbarán en los alambres de las cercas;
y nadie sabrá nada de la guerra,
a nadie le interesara que haya terminado.
A nadie le importará, ni a los pájaros ni a los árboles,
si la humanidad se destruye totalmente;
y la misma primavera, al despertarse al alba,
apenas sabrá que hemos desaparecido.

El fuego ardió en el hogar de piedra y el cigarro cayó en el cenicero: un inmóvil montículo de ceniza. Las sillas vacías se enfrentaban entre las paredes silenciosas, y sonaba la música.
A las diez la casa empezó a morir.
Soplaba el viento. La rama desprendida de un árbol entró por la ventana de la cocina.
La botella de solvente se hizo trizas y se derramó sobre el horno. En un instante las llamas envolvieron el cuarto.
-¡Fuego! – gritó una voz.
Las luces se encendieron, las bombas vomitaron agua desde los techos. Pero el solvente se extendió sobre el linóleo por debajo de la puerta de la cocina, lamiendo, devorando, mientras las voces repetían a coro:
– ¡Fuego, fuego, fuego!
La casa trató de salvarse. Las puertas se cerraron herméticamente, pero el calor había roto las ventanas y el viento entró y avivó el fuego.
La casa cedió terreno cuando el fuego avanzó con una facilidad llameante de cuarto en cuarto en diez millones de chispas furiosas y subió por la escalera. Las escurridizas ratas de agua chillaban desde las paredes, disparaban agua y corrían a buscar más. Y los surtidores de las paredes lanzaban chorros de lluvia mecánica.
Pero era demasiado tarde. En alguna parte, suspirando, una bomba se encogió y se detuvo. La lluvia dejó de caer. La reserva del tanque de agua que durante muchos días tranquilos había llenado bañeras y había limpiado platos estaba agotada.
El fuego crepitó escaleras arriba. En las habitaciones altas se nutrió de Picassos y de Matisses, como de golosinas, asando y consumiendo las carnes aceitosas y encrespando tiernamente los lienzos en negras virutas.
Después el fuego se tendió en las camas, se asomó a las ventanas y cambió el color de las cortinas.
De pronto, refuerzos.
De los escotillones del desván salieron unas ciegas caras de robot y de las bocas de grifo brotó un líquido verde.
El fuego retrocedió como un elefante que ha tropezado con una serpiente muerta. Y fueron veinte serpientes las que se deslizaron por el suelo, matando el fuego con una venenosa, clara y fría espuma verde.
Pero el fuego era inteligente y mandó llamas fuera de la casa, y entrando en el desván llegó hasta las bombas. ¡Una explosión! El cerebro del desván, el director de las bombas, se deshizo sobre las vigas en esquirlas de bronce.
El fuego entró en todos los armarios y palpó las ropas que colgaban allí.
La casa se estremeció, hueso de roble sobre hueso, y el esqueleto desnudo se retorció en las llamas, revelando los alambres, los nervios, como si un cirujano hubiera arrancado la piel para que las venas y los capilares rojos se estremecieran en el aire abrasador. ¡Socorro, socorro! ¡Fuego! ¡Corred, corred! El calor rompió los espejos como hielos invernales, tempranos y quebradizos. Y las voces gimieron: fuego, fuego, corred, corred, como una trágica canción infantil; una docena de voces, altas y bajas, como voces de niños que agonizaban en un bosque, solos, solos. Y las voces fueron apagándose, mientras las envolturas de los alambres estallaban como castañas calientes. Una, dos, tres, cuatro, cinco voces murieron.
En el cuarto de los niños ardió la selva. Los leones azules rugieron, las jirafas moradas escaparon dando saltos. Las panteras corrieron en círculos, cambiando de color, y diez millones de animales huyeron ante el fuego y desaparecieron en un lejano río humeante…
Murieron otras diez voces. Y en el último instante, bajo el alud de fuego, otros coros indiferentes anunciaron la hora, tocaron música, segaron el césped con una segadora automática, o movieron frenéticamente un paraguas, dentro y fuera de la casa, ante la puerta que se cerraba y se abría con violencia. Ocurrieron mil cosas, como cuando en una relojería todos los relojes dan locamente la hora, uno tras otro, en una escena de maniática confusión, aunque con cierta unidad; cantando y chillando los últimos ratones de limpieza se lanzaron valientemente fuera de la casa ¡arrastrando las horribles cenizas!
Y en la llameante biblioteca una voz leyó un poema tras otro con una sublime despreocupación, hasta que se quemaron todos los carretes de película, hasta que todos los alambres se retorcieron y se destruyeron todos los circuitos.
El fuego hizo estallar la casa y la dejó caer, extendiendo unas faldas de chispas y de humo.
En la cocina, un poco antes de la lluvia de fuego y madera, el horno preparó unos desayunos de proporciones psicopáticas: diez docenas de huevos, seis hogazas de tostadas, veinte docenas de lonjas de jamón, que fueron devoradas por el fuego y encendieron otra vez el horno, que siseó histéricamente.
El derrumbe. El altillo se derrumbó sobre la cocina y la sala. La sala cayó al sótano, el sótano al subsótano. La congeladora, el sillón, las cintas grabadoras, los circuitos y las camas se amontonaron muy abajo como un desordenado túmulo de huesos.
Humo y silencio. Una gran cantidad de humo.
La aurora asomó débilmente por el este. Entre las ruinas se levantaba sólo una pared. Dentro de la pared una última voz repetía y repetía, una y otra vez, mientras el sol se elevaba sobre el montón de escombros humeantes:
-Hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis hoy es cinco de agosto de dos mil veintiséis, hoy es…
Martians Chronicles (1950). Crónicas marcianas, Traducción: Francisco Abelenda, Buenos Aires, Minotauro, 1955, págs. 119-123

https://narrativabreve.com/2013/10/cuento-breve-bradbury-lluvias-suaves.html

El asesino de stephen king

Repentinamente se despertó sobresaltado, y se dio cuenta de que no sabía quién era, ni que estaba haciendo aquí, en una fábrica de municiones. No podía recordar su nombre ni qué había estado haciendo. No podía recordar nada.
La fábrica era enorme, con líneas de ensamblaje, y cintas transportadoras, y con el sonido de las partes que estaban siendo ensambladas.
Tomó uno de los revólveres acabados de una caja donde estaban siendo, automáticamente, empaquetados. Evidentemente había estado operando en la máquina, pero ahora estaba parada.
Recogía el revólver como algo muy natural. Caminó lentamente hacia el otro lado de la fábrica, a lo largo de las rampas de vigilancia. Allí había otro hombre empaquetando balas.
–¿Quién Soy? –le dijo pausadamente, indeciso.
El hombre continuó trabajando. No levantó la vista, daba la sensación de que no le había escuchado.
–¿Quién soy? ¿Quién soy? – gritó, y aunque toda la fábrica retumbó con el eco de sus salvajes gritos, nada cambió. Los hombres continuaron trabajando, sin levantar la vista.
Agitó el revólver junto a la cabeza del hombre que empaquetaba balas. Le golpeó, y el empaquetador cayó, y con su cara, golpeó la caja de balas que cayeron sobre el suelo.
Él recogió una. Era el calibre correcto. Cargó varias más.
Escucho el click-click de pisadas sobre él, se volvió y vio a otro hombre caminando sobre una rampa de vigilancia. “¿Quién soy?” , le gritó. Realmente no esperaba obtener respuesta.
Pero el hombre miró hacia abajo, y comenzó a correr.
Apuntó el revólver hacia arriba y disparó dos veces. El hombre se detuvo, y cayó de rodillas, pero antes de caer pulsó un botón rojo en la pared.
Una sirena comenzó a aullar, ruidosa y claramente.
“¡Asesino! ¡asesino! ¡asesino!” – bramaron los altavoces.
Los trabajadores no levantaron la vista. Continuaron trabajando.
Corrió, intentando alejarse de la sirena, del altavoz. Vio una puerta, y corrió hacia ella.
La abrió, y cuatro hombres uniformados aparecieron. Le dispararon con extrañas armas de energía. Los rayos pasaron a su lado.
Disparó tres veces más, y uno de los hombres uniformados cayó, su arma resonó al caer al suelo.
Corrió en otra dirección, pero más uniformados llegaban desde la otra puerta. Miró furiosamente alrededor. ¡Estaban llegando de todos lados! ¡Tenía que escapar!
Trepó, más y más alto, hacia la parte superior. Pero había más de ellos allí. Le tenían atrapado. Disparó hasta vaciar el cargador del revólver.
Se acercaron hacia él, algunos desde arriba, otros desde abajo. “¡Por favor! ¡No disparen! ¡No se dan cuenta que solo quiero saber quién soy!”
Dispararon, y los rayos de energía le abatieron. Todo se volvió oscuro…
Les observaron cómo cerraban la puerta tras él, y entonces el camión se alejó. “Uno de ellos se convierte en asesino de vez en cuando”, dijo el guarda.
“No lo entiendo”, dijo el segundo, rascándose la cabeza. “Mira ese. ¿Qué era lo que decía? Solo quiero saber quién soy. Eso era”.
Parecía casi humano. Estoy comenzando a pensar que están haciendo esos robots demasiado bien.”
Observaron al camión de reparación de robots desaparecer por la curva.

LOS CUATRO DESAPARECIDOS DE THOMAS WOLFE

Repentinamente, en el joven corazón de junio, oí la voz de mi padre una vez más, Yo tenía dieciséis años aquel año; la semana anterior había vuelto a mi casa, luego de mi primer año en el colegio, y la enorme emoción, la enorme amenaza de la guerra en la que habíamos entrado dos meses antes llenaba nuestros corazones. Porque la guerra, que da muerte a los hombres, también les da la vida. Llena los corazones de los jóvenes con sones y con júbilos apasionados. Fluye en sus gargantas en noches cuajadas de estrellas con el grito furioso de todos sus dolores y todas sus alegrías y los llena con una profecía tempestuosa y muda, que no es de muerte sino de vida, pues les habla de nuevas tierras de triunfos y descubrimientos, de hechos heroicos, de la fama y de la camaradería de los héroes, del amor de mujeres gloriosas y desconocidas; les habla de triunfos brillantes y espléndidos éxitos en un mundo heroico y de una vida más afortunada y más dichosa que aquella que hasta entonces han conocido.
Así nos sucedía a todos nosotros aquel año. Sobre la tierra inmensa y expectante pendían la pulsación y la promesa únicas de la guerra. Lo sentía uno en los amaneceres de las pequeñas poblaciones, en el comienzo de cada una de sus tranquilas actividades, totalmente impremeditadas y habituales. Lo sentía uno en el mandadero que arrojaba habilidosamente el bulto de papel blanco en un portal y en el hombre en mangas de camisa que salía a la puerta para recoger el diario; en los cascos cansinos del caballo del lechero que resonaban en la calle tranquila, en el carro cargado de botellas retintineantes, en su súbita detención y en los rápidos pasos del lechero y en las botellas sonoras y, luego, en los cascos y las ruedas que resonaban en la mañana, en !a calma y !a pureza de la luz yen el canto de un pájaro dulce como el rocío que volvía a elevarse en la calle.
Sentía uno la enorme y amenazadora presencia de la guerra en todos los antiguos actos de la vida con su imagen permanente, siempre nuevos e inmutables, y en la luz y la mañana. La sentía uno en el bochorno del mediodía, en el rumor de los ganchos que asían el hielo en las calles y en e! frío lamento de las sierras que lo cortaban zumbando en la cuadra vaporosa, en cada brizna, en cada hoja, en cada flor, en el olor del alquitrán y en la súbita y fantasmal ausencia verde y dorada en el verano de un tranvía que acababa de desaparecer.
La guerra se hallaba en cada cosa: en las cosas que se mueven tanto como en las que permanecen inmóviles, en el animado silencio rojo de una vieja pared de ladrillos tanto como en la vida multitudinaria y en el tránsito de las calles, en los rostros de la gente que pasaba y en los diez mil momentos familiares de la vida y en los asuntos cotidianos de cada hombre.
Y solitaria, apasionada y acechante, convocándonos constantemente con los llamados de su distante cuerno perdido, se había introducido en la soledad hechizada por e! tiempo de las mágicas colinas que nos rodeaban, en todas las luces repentinas, bruscas y solitarias que venían y pasaban y se desvanecían en el verde profundo de los páramos.
La guerra estaba en los gritos lejanos, en los sonidos quebrados y en el repique de los cencerros que arrastraban las rachas del viento y en el gozo y la pena lejanos, salvajes y gemebundos de un tren que partía y devoraba distancias rumbo al este y al mar y a la guerra atravesando un valle del sur bajo el verde encantamiento y la magia de oro de pleno junio; estaba en las casas donde los hombres vivían, en la llama fugaz y en el fuego de los vidrios de !as ventanas cubiertas por cortinas.
Y estaba en los campos, desfiladeros y quebradas, en los valles dulcemente verdes de las montañas que se sumían en las sombras, en las laderas, de las colinas que enrojecían bajo la luz antigua y caían velozmente en las sombras frías y desmesuradas y en el silencio liláceo. Pasadas las nubes de polvo del tumulto del día, estaba en el misterio enorme de la tierra que podía dejarse caer por fin en el silencio con inmortal quietud, en la alegría y en la pena de !a noche que arribaba.
La guerra se había introducido en los sonidos y en los secretos, en las penas, el anhelo y el deleite, en el misterio, el hambre y el gozo apasionados que surgían del corazón profundo de la noche devoradora y llena de fragancias. Estaba en el rumor dulce y secreto de las hojas en las calles del verano, en los .pasos que resonaban tranquilos, lentos y solitarios en la oscuridad del follaje de una calle, en las persianas cerradas y en el silencio, en el ladrido distante de los perros, en las voces remotas, en las risas, en las pulsaciones de la débil música de un baile en las voces ocasionales de la noche, lejana y extrañamente próxima, íntima y familiar.
Y súbitamente, mientras me hallaba sentado allí bajo el misterio orgulloso y secreto de la noche inmensamente estrellada y de pechos de terciopelo, oyendo el sonido del vozarrón de mi padre que volvía a surgir del porche, la guerra vino a mí con la soledad apasionada e intolerable del éxtasis y el deseo en la súbita palpitación de un motor que se acelera, en el silencio de la distancia, en la imagen de la oscuridad fresca y dulce de las laderas de una montaña, en la piel blanca y en !a ternura de las mujeres que se ofrecen. Oigo aún el manantial rico y sensual de una voz de mujer, voluptuosa, profunda y tierna, surgiendo de la oscuridad de un porche en el verano del otro lado de la calle cuando pienso en esto.
¿Qué había cambiado la guerra? ¿Que nos había hecho? ¿Qué milagrosa transformación había operado en nuestras vidas? No había cambiado nada: había enaltecido, intensificado y glorificado todas las cosas antiguas y comunes de la vida. A la esperanza había añadido esperanza, gozo al gozo, vida a la vida, y con esa hechicería vital había rescatado nuestras vidas de la falta de esperanza y de la desesperación, haciéndonos volver a vivir cuando pensábamos que habíamos muerto.
La guerra parecía haber recogido en una única imagen de alegría, fuerza y poder orgulloso y compacto ‘los cientos de imágenes de alegría, fuerza y vida exultante que siempre fueron nuestros y para los cuales antes no poseíamos una palabra. Parecía que en los campos de la noche silenciosa y llena de misterios podíamos oír la nación en marcha, que podíamos oír suave y atronador en la noche el unísono del millón de pies de los :hombres en marcha. Y esta única imagen gloriosa y completa: de la alegría, la unidad y el poder nos había dado a cada uno una nueva vida y una esperanza nueva.
Mi padre era anciano, estaba enfermo de un cáncer que florecía y se alimentaba en sus entrañas comiendo día a día la desfallecida sustancia de su vida más allá de toda esperanza o remedio, y sabíamos que se moría. Sin embargo, con la mágica vida y la esperanza que la guerra nos había traído su ida parecía haber resurgido del desborde del dolor, de la muerte de la alegría y de la tristeza de un recuerdo irrevocable.
Y así pareció volver a vivir por un momento su plenitud y en el mismo momento todos nosotros fuimos revelados del negro horror de la muerte y al tiempo que pendía sobre él, del terror de pesadilla que nos había amenazado durante años. En el mismo momento fuimos librados del maligno encantamiento de un tiempo lleno de dolor y de la imagen que había hecho su muerte en vida más horrenda de lo que su muerte real podía llegar a ser.
Y en el mismo momento la vida plena, la vida dorada y jubilosa, de la niñez en cuya ,magia acabada habíamos sido mantenidos por la fuerza de su vida y que parecía ser hasta tal punto un objeto perdido e irrecuperable que había llegado a adquirir la extrañeza de una cosa soñada cuando pensábamos en ella había regresado con sus colores abigarrados y triunfantes gracias a la repentina llamarada de esa vida, esa alegría, y esa guerra Y por un momento creíamos que todo volvería a ser para nosotros lo que había sido, que nuestro padre jamás podría envejecer y morir y que en cambio viviría para siempre, que el verano, el huerto y la mañana luminosa serían nuestros otra vez para no morir jamás.
Pude oírlo hablar entonces acerca de antiguas guerras y viejas disputas arrojando contra el presente y sus líderes la dura acusación de una retórica soberana que aullaba, se elevaba, caía y se extrañaba majestuosa en la noche, invadiendo los rincones todos de la oscuridad con la desnuda penetración que su voz había poseído en los tiempos idos en que se sentaba y conversaba en su porche envuelto en la oscuridad del verano mientras la vecindad escuchaba y permanecía inmóvil.
En aquel momento, mientras mi padre hablaba pude oír a los pensionistas que en el porche lo escuchaban de la misma forma: de vez en cuándo, el chirrido sigiloso de una mecedora, una palabra apenas dicha, una pregunta, una protesta o un asentimiento y luego el silencio hambriento y alerta que se alimentaba en la charla de mi padre. Hablaba de todas las guerras y todas las disputas que había presenciado contó cómo él, “un muchacho del campo con los pies descalzos”, había permanecido junto a un camino polvoriento a doce millas de Gettysburg, presenciando el paso de los desfarrapados rebeldes por el camino que los conducía a la muerte, a la batalla y a la catástrofe de sus propias esperanzas.
Hablaba del temblor débil y ominoso de las armas sobre el silencio cálido y adormecedor de los campos y de las inexplicables preguntas cargadas de silencio y admiración que llenaban sus corazones, y de cómo cada uno, siguiendo la costumbre, había retornado a su trabajo en la granja. Habló de los años posteriores a la guerra, cuando había trabajado como aprendiz de picapedrero en Baltimore y habló de gozos y fatigas antiguos, de hechos e historias cuya memoria se había perdido, y habló luego, rememorándolos con familiaridad, de los americanos desaparecidos, los americanos muertos, extraños, desparecidos, lejanos en el tiempo, de los rostros remotos, sin voz y cubiertos de barbas de los grandes americanos (más desaparecidos para mí que Egipto, más alejados de mí que las costas tártaras, más fantasmalmente extraños que Cipango o los rostros desaparecidos de los reyes de las primeras dinastías que erigieron las Pirámides), y a los cuales él había visto, oído y conocido y quienes habían sido familiares para él con todo el vigor, la pasión y la gloria orgullosa de su juventud: los remotos, rostros desaparecidos y sin voz de Buchanan — Johnson, Doulgas, Blaine, las facciones orgullosas, vacías, extrañas al tiempo y cubiertas de barbas de Garfield, Arthur, Harrison y Hayes.
—¡Ah, Señor! —dijo (resonó su voz en la oscuridad como un gong)–. ¡Ah, Señor…!    ¡Los he conocido a todos, desde la época de James Buchanan, a todos, porque tenia yo seis años cuando él ocupó el cargo!
Hizo entonces una breve pausa, se echó violentamente hacia adelante en su mecedora y escupió con precisión por encima de la baranda del porche un chorro de jugo de fuerte tabaco que fue a dar sobre la tierra barrosa entre la fragancia dulzona y nocturna de los almácigos de geranios.
—¡Sí, si —dijo gravemente, volviendo a reclinarse mientras los pensionistas atentos y deseosos aguardaban inmóviles en la viviente oscuridad—; los recuerdo a todos, desde la época de James Buchanan y he visto a la mayoría de los que vinieron después de Lincoln…! ¡Ah, Señor!—. Se detuvo durante un momento de expectativa sacudiendo con tristeza en las tinieblas su cabeza llena de gravedad—. ¡Bien que recuerdo el día aquel en que me hallaba en una calle de Baltimore… pobre huérfano sin amigos! —prosiguió mi padre con pesar, aunque con cierta falta de lógica, pues en aquel entonces su madre estaba viva y perfectamente sana en su pequeña granja de Pensilvania y habría de seguir estándolo durante casi cincuenta años—, un pobre muchacho campesino de dieciséis años y sin amigos, solo en la gran ciudad a donde había acudido como aprendiz de mi oficio… Y escuché a Andrew Johnson, quien era entonces el presidente de esta gran nación —dijo mi padre— que hablaba desde la plataforma de un coche de caballos… y estaba tan borracho… tan borracho —vociferó—, el presidente de este país estaba tan borracho que tenían que estar sosteniéndolo en cada uno de sus lados… ¡si no querían que se les fuera de cabeza dentro de la cuneta!
Se detuvo entonces, humedeció ligeramente su robusto pulgar, aclaró la garganta con satisfacción considerable, volvió a escucharse en su mecedora hacia adelante y escupió poderosamente un trozo brillante de tabaco mascado en la fragancia barrosa del oscuro almácigo de geranios.
—¡La primera vez que voté en una elección presidencial —prosiguió mi padre reclinándose nuevamente— fue en 1872, en Baltimore, por aquel gran hombre, aquel valiente y noble soldado que se llamó U. S. Grant! Y he votado siempre desde entonces por los candidatos republicanos. Voté por Rutherford Hayes, de Ohio, en 1876 (aquel fue el año, como bien sabrán, de la gran controversia entre Hayes y Tilden) y en 1880 por James Abram Garfield, ese gran hombre, sí -dijo con pasión- que fue loca y brutalmente muerto por el ataque cobarde de un asesino maldito-. Se detuvo, humedeció su pulgar y respirando pesadamente se echó hacia adelante en su mecedora y volvió a escupir. En 1884 voté por James G. Blaine, aquel año en que Grover Cleveland era su oponente -dijo brevemente-, por Benjamín Harrison voté en 1888 y nuevamente por Harrison en 1892, la vez en que Cleveland fue elegido para su segundo período… un día que todos recordaremos hasta la hora de nuestra muerte -dijo lúgubremente mi padre- pues los demócratas subieron entonces al poder y tuvimos ollas populares y, fíjense ustedes bien en lo que digo -vociferó-, volveremos a tenerlas antes de que los próximos cuatro años hayan pasado… y les van a silbar las tripas, como que hay un Dios en el cielo, antes de que ese Monstruo horrible y espantoso, cruel, inhumano y sediento de sangre que nos mantuvo fuera de la guerra -hizo escarnio mi padre- esté satisfecho con ustedes… porque el infierno, la ruina, la miseria y la condenación comienzan cada vez que los demócratas llegan al poder, ¡Ténganlo por cosa segura! -agregó en seguida y, aclarando su garganta, mojó su pulgar, volvió a echarse violentamente hacia adelante y escupió una vez más.
Durante un momento reinó el silencio y los pensionistas aguardaron.
-¡Ah, Señor! -dijo al fin mi padre triste y gravemente, con un tono de voz bajo, casi inaudible, y en un instante toda la antigua vida, toda la furia vociferante de su retórica habían escapado de él: volvía a ser un viejo enfermo, indiferente y próximo a la muerte y su voz se había vuelto vieja, gastada, tediosa y triste.
-¡Ah, Señor! -musitó, sacudiendo hastiada, leve y tristemente la cabeza en las tinieblas-. Los he visto a todos… Los he visto llegar y marcharse… Garfield, Arthur, Harrison y Hayes… y todos… todos… todos ellos están muertos… Soy el único que queda -dijo sin ninguna lógica- y pronto también yo me habré marchado -y guardó silencio durante un momento-. Qué raro resulta cuando uno lo piensa -musitó- ¡por Dios, si! -. Y así calló y la oscuridad, el misterio y la noche nos rodearon por completo.
Garfield, Arthur, Harrison y Hayes… tiempo del tiempo de mi padre, sangre de su sangre, vida de su vida, habían sido personas vivientes, reales y concretas en el centro de la pasión, el poder y los sentimientos de la juventud de mi padre. Y para mí eran los americanos desaparecidos: sus rostros gravemente vacíos y cubiertos de barbas se mezclaban, confundían y nadaban en las profundidades marítimas del pasado intocable, inconmensurable y tan imposible de conocer como la ciudad sepultada de Persépolis.
Y habían desaparecido.
Pues, ¿quién era Garfield, el mártir, y quién lo había visto en las calles de la vida? ¿Quién podía creer que sus pasos resonaron alguna vez en una acera desierta? ¿Quién había oído los tonos íntimos y carentes de ceremonia de la voz de Chester Arthur? ¿Y dónde estaba Harrison? ¿Dónde está Hayes? ¿Quién había llevado las patillas largas y quién las cortas: cuál era cuál?
¿No habían desaparecido, acaso?
En sus oídos, como en los nuestros, los tumultos de muchedumbres olvidadas, en sus mentes, el millón de palabras impresas de un tiempo desaparecido y, de repente, en sus miradas agonizantes la pena fugaz y amarga y la alegría de unos cuantos recuerdos rígidos y desfallecientes con el brillo de la muerte: la hoja que se agita en una rama, la rueda que levanta minúsculos fragmentos al rozar el cordón de la vereda, el fragor largo, distante y fugitivo de un tren sobre las vías.
Garfield, Harrison y Hayes eran naturales de Ohio, aunque sólo el nombre de Garfield había sido enaltecido por su sangre, pero, ¿no habrían oído por la noche los aullidos del viento enloquecido y el aguacero duro, nítido y huracanado que cae sobre la tierra cubierta de bellotas? ¿No había recorrido cada uno de ellos en la noche caminos desiertos? ¿No habían visto una luz y reconocido en ella la suya? ¿No había conocido la soledad cada uno de ellos?
¿No habían acaso conocido el olor de las monturas de, piel de ternero y del cuero muy usado, el olor del abogado yanqui, olor de poderosos esputos de tabaco, el olor de los mingitorios de !os tribunales de justicia, el olor de los caballos, de !os arneses, del heno y los sudados hombres del campo, el olor de los jurados y los tribunales, el poderoso olor corporal de la justicia en la sede del condado? ¿No habían oído un ruido que recorría los oscuros pasillos donde una gota caía en las tinieblas con la monotonía puntual y creciente del tiempo, el oscuro tiempo?
Y Garfield, Hayes y Harrison, ¿no habían estudiado derecho en despachos que olían a oscuro marrón? Los caballos, ¿no habían acaso pasado bajo sus ventanas al trote entre nubes de polvo, atravesando una calle tortuosa bordeada de casas de mala muerte y edificios con frentes falsos? ¿No habían escuchado las voces del campo, desmañadas, repletas de embustes, ligeramente fanfarronas? ¿No habían oído el rumor de las faldas de una mujer y el silencio expectante, el secreteo contenido de una obscenidad y al rato las enormes risotadas, el sonido de una palma en los muslos carnosos y las carcajadas groseras y estridentes’ de los bromistas? Y en el calor. y el polvo adormecidos, cuando el tiempo zumbaba lentamente como una mosca, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían acaso percibido el olor del río, el río húmedo, y su sutil presunción, sus aguas semidescompuestas, y pensado entonces en la piel blanca de las mujeres junto al río, sintiendo una lenta pasión pujante en sus entrañas y en sus manos una fuerza espesa y desgarran te?
Luego, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes habían marchado a la guerra, donde llegaron a ser brigadieres o generales de división. Todos ellos llevaban barbas: vieron un charco de sangre brillante entre las hojas y escucharon la conversación de los soldados sobre la comida y las mujeres. Defendieron la cabecera de un puente en brillante acción en lugares conocidos con nombres tales como Wilson’s Mill o Spangler’s Run y sus hombres se arrastraron con cautela a través de la densa maleza. Habían oído los insultos de los cirujanos luego de las batallas y el leve chirrido de las sierras. Habían visto muchachos que sostenían aterrorizados las entrañas en sus manos e imploraban lastimeramente con sus ojos brillantes de temor: ¿Será grave, general? ¿Le parece que será grave?
La metralla perforaba un hueco informe. Esparcía hojas y ramas en confuso amontonamiento y a veces se hincaba sólidamente en la pulpa de un árbol. A veces, cuando daba en un hombre, arrojaba a lo lejos la tapa de !os sesos y las paredes de su cráneo sin ningún concierto, de modo que el cerebro se esparcía bullente sobre un poco de terreno y la sangre se ennegrecía y congelaba y el hombre yacía allí, dentro de su uniforme grueso y basto, las telas de algodón olorosas con sus orines, en la postura accidenta!, torpe e incompleta de la muerte súbita. Y cuando Garfield, Arthur, Harrison y Hayes contemplaron estas cosas, advirtieron que no eran parecidas a la imagen que habían recibido cuando niños, que no se parecían a las obras de Walter Scott o William Gilmore Sims. Vieron que el hueco no era tan nítido ni tan pequeño ni estaba en el centro de la frente y que el campo no era verde, ni se hallaba cercado, ni la hierba estaba cortada. Sobre la tierra vasta e inmemorial brillaba la luz vibrante y recalentada de la tarde, un terreno se arrastraba rudamente hacia un montículo de árboles maltrechos y terreno a terreno, cañada a cañada, la tierra avanzaba en primitivos repliegues dulces e ilimitados.
Entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, se detuvieron un momento junto a la cabecera del puente y permanecieron inmóviles, contemplando la sangre brillando al mediodía sobre el trigo pisoteado, sintiendo el bochornoso silencio de las seis de la tarde que atravesaba ]o$ campos por donde al amanecer habían pasado todos aquellos pies tormentosos, contemplando la forma en que la primitiva cerca del campo se reclinaba sobre el camino cubierto de polvo, las hierbas silvestres y las margaritas resecas por el calor que aquí y allá alcanzaban la vera del camino, y contemplaron los vados de rocas brillantes del riacho, la sombra dulce y fresca de los árboles que se proyectaban inclinados sobre el agua.
Se detuvieron entonces junto a la cabecera del puente y miraron el agua. Vieron la chatura pura y vacía del antiguo molino rojo que de alguna manera recordaba el crepúsculo y la frescura, la tristeza y la delicia y contemplando los rostros de los muchachos que habían muerto entre el trigo, los rostros de siempre, ah, de siempre, los rostros con la extrañeza de la muerte, permanecieron allí un momento pensando, sintiendo, pensando, con el corazón repleto de una pregunta poderosa e inexpresable.
“Cuando nos reclinemos en los zócalos de la tarde, cuando nos alcemos en los marcos de las puertas maravillosas, cuando el silencio nos reciba en su seno y nos hallemos en las laderas de la colina bajo la luz declinante, cuando veamos las extrañas y silenciadas formas sobre la tierra y las distancias enmudecidas sabiendo ya todas las cosas, ¿qué podremos decir sino que todos nuestros camaradas fueron desparramados a nuestro alrededor y que el mediodía estaba lejos?
“¿Qué podemos decir ahora de la tierra deserta? ¿Qué podemos decir de las formas y las sustancias inmortales? ¿Qué podremos decir a quienes aquí han vivido con nuestras vidas con nuestros huesos, nuestra sangre y nuestra mente y con nuestros lenguajes sin lengua, oyendo por accidente en cualquier camino las voces totalmente familiares de los americanos, y a quienes mañana serán sepultados en la tierra, sabiendo que los campos se impregnarán de silencio, cuando nos hayamos ido, que la luz declinante que se hunde en las colinas, que la paz y la tarde retornarán unidas al millón de formas y a la única sustancia de nuestra tierra, unidas a la tarde, a la paz y a los pasos enormes de la noche ondulante que ya llega unidas también a la mañana?
“Recíbenos, oh, silencio, recibe el campo de la paz y la quietud de la tierra inconmensurable y las distancias irreductibles; forma de la sola y única sustancia, millón de formas invadan nuestro interior, restáurennos y hágannos uno con las vastas imágenes de la inmovilidad y el gozo. Pasos de la noche ondulante, lleguen ahora veloces; tráganos, oh, silencio, en tu sigilo cuajado de estrellas habla a nuestros corazones de la quietud pues, salvo ésta, no poseemos otra imagen.
“Allí está el puente que cruzamos, el molino en que dormimos y el riacho. Allí se alzan un trigal, un cerco, un camino polvoriento, un vergel cubierto de manzanos, y la dulce confusión silvestre de un bosque sobre aquella colina. Y vuelven a ser las seis sobre los campos, ahora y para siempre, como fue y como será hasta que el mundo se acabe. Algunos de nosotros hemos muerto esta mañana cuando atravesábamos el campo y¬ no volveremos nunca más, no volveremos nunca más a transitar este camino, como esta mañana lo hicimos, por eso, hermanos, déjennos mirar una vez más antes de la partida… Allí, el molino, allí, la cerca, allí los vados y las aguas de rocas brillantes del riacho, allá la frescura dulce e íntima de los árboles… ¡y aseguramos que allí estuvimos antes!”, lloraron.
“Oh, sí, hermanos, tengan por seguro que nos hemos sentado en ese puente frente al molino y que a la tarde cantamos en coro junto a las aguas de rocas brillantes del riacho, y que cruzamos el trigal en la mañana, y que oímos, dulce como el rocío, el canto del pájaro que surgía del cerco. Tú, tierra íntima y nuestra, tierra orgullosa de este inmenso país inexpresable; noble tierra orgullosa e inflamada con toda tu delicadeza, tu aislamiento, tu pasión y tu terror, gran tierra con toda tu soledad, tu belleza y tu alegría intensísima, tierra terrible en todas tus fecundidades ilimitadas, inflamada con los pliegues y repliegues infinitos que se adentran en las extensiones del oeste, ¡tierra americana!, puente, cerco y riacho y camino polvoriento, y tú tremenda poesía total de Wilson’s Mili donde murieron esta mañana los muchachos entre el trigo, tú, tierra de la magia que eres el hogar, inexpresablemente lejana y próxima, extraña y conocida y para quien bastaría una palabra si pudiéramos hallarla, para quien bastaría una palabra que nunca pueda ser dicha, que nunca pueda ser olvidada y que nunca pueda ser revelada; oh, tú, noble tierra orgullosa, familiar e inflamada, ¡deberíamos haberte conocido antes! ¡Deberíamos haberte conocido siempre, pues todo
lo que sabemos con certeza es que una vez recorrimos este camino a la mañana y ahora nuestra sangre está dibujada en el trigo y tú eres nuestro ahora, nosotros somos tuyos para siempre… y que aquí hay algo que no hemos de recordar jamás, algo que jamás olvidaremos!”
¿Habían sido jóvenes Garfield, Arthur, Harrison y Hayes? ¿O bien habían venido al mundo con espesas patillas y cuellos de pajarita, pronunciando desde la cuna que los brazos de sus madres formaban las sonoridades nobles y hueras de un estadista que sabe ver a lo lejos? Imposible. ¿No había sido cada uno de ellos un hombre joven en 1830, en 1840 y en 1850? ¿No lloraron como nosotros durante la noche en caminos desiertos y envueltos en vientos enloquecidos? ¿No lloraron acaso en un éxtasis de exultación cuando la medida cabal de su apetito y la esperanza potente e inicial surgía en ese llanto único y sin palabras?
¿No rondaron quedamente en su juventud, como nosotros de un lado a otro en las oscuras horas de la noche., viendo en una esquina las llamas tremolantes que caían con luz empalidecida sobre los ángulos de viejos vericuetos callejeros entre sus casas de piedra oscura? ¿No habían oído el rítmico ruido solitario de los cascos de un caballo, el traqueteo de las ruedas de un cabriolé en esos estériles vericuetos callejeros? ¿No habían esperado, acaso, con un temblor en la oscuridad el momento en que coche y caballo hubieran pasado, desvaneciéndose en la solitaria retirada de los cascos herrados hasta que su sonido dejó de oírse?
Y luego Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, ¿no habían esperado en el silencio de la noche, rondando de un lado a otro por los desiertos vericuetos callejeros, con labios trémulos, estómago anudado y corazón palpitante? ¿No habían adelantado la mandíbula, no habían realizado repentinos movimientos indecisos, no habían sentido terror y gozo y el peso de un éxtasis de insensibilidad y esperado entonces, esperado …pero, qué? ¿No habían esperado, percibiendo en la noche los sonidos de las locomotoras en las playas de maniobras, percibiendo la respiración áspera y gaseosa de pequeñas locomotoras a través de los tiznados tubos de respiración de sus chimeneas? ¿No habían esperado allí en la calle oscura con el apetito feroz y solitario de un muchacho, sintiendo a su alrededor la quietud inmensa y móvil del sueño, el sonido del corazón de diez mil hombres que duermen mientras ellos +esperaban y seguían esperando en la noche?
¿No habían levantado entonces como nosotros los ojos hacia el enorme rostro estrellado de la noche, la inmensa oscuridad lilácea de América en abril? ¿No habían oído el silbato repentino y estridente de una locomotora que parte? ¿No habían esperado, pensando, sintiendo, viendo entonces el inmenso y misterioso continente de la noche, la tierra salvaje y lírica, tan sencilla, dulce y extraña y conocida con todo su espacio, su salvajismo y terror, su misterio y su alegría, su ilimitada extensión y su grandeza, su fecundidad delicada e intensa? ¿No habían tenido entonces una visión de las llanuras, las montañas y los ríos que fluyen en la oscuridad, la enorme estructura de la tierra interminable y la devoradora soledad de América?
¿No habían sentido, como lo hemos sentido nosotros, mientras esperaban en la noche, la enorme y desierta tierra del tiempo de la noche y de América, en la cual diez mil durmientes poblaciones solitarias se hallaban esparcidas? ¿No habían sentido el frágil tejido de la luz, los pequeños rieles, confusos y mal unidos que cruzan la tierra y sobre los cuales los solitarios trencitos corren en las tinieblas, derramando a manos llenas ecos perdido en la ribera del río, dejando un eco en el precipicio abrupto y resonante para ser luego devorados por la inmensa noche desierta, la noche que todo lo cobija y todo lo devora? ¿No habían conocido, como nosotros los hemos conocido, el gozo y el misterio apasionados y secretos de la tierra que siempre perdura, la oscuridad lilácea, la soledad salvaje, silenciosa y posesiva que se acumulaba en torno de diez mil pequeñas poblaciones solitarias, en torno de diez millones de durmientes perdidos y solitarios y esperaba y toleraba siempre y permanecía inmóvil?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, sintiendo una alegría y una tristeza indómitas en sus corazones y un apetito voraz y un deseo (una llama, un fuego, una furia) que ardía feroz, enjuto y solitario en la noche, y ardía para siempre mientras los durmientes dormían? ¿No ardían y ardían y ardían así como el resto de nosotros ha ardido? ¿No ardían Garfield, Arthur, Harrison y Hayes en la noche? ¿No ardían para siempre en el silencio de las pequeñas poblaciones con el apetito feroz, con la pasión indómita y el deseo sin límites que los hombres de esta tierra han conocido en la oscuridad?
¿No habían esperado entonces Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, como hemos esperado nosotros, con labios crispados y corazón retumbante y miedo, con deleite, alegría poderosa y terror agitados en su interior mientras permanecían frente a una casa en una calle silenciosa, orgullosos malvados, pródigos, iluminados… llenos de certidumbre, secretos y solitarios? Y cuando percibieron el casco, la rueda, el súbito silbato y el inmenso silencio soñoliento de la ciudad, ¿no esperaron allí en la oscuridad, pensando:
“Oh, ¡pronto; pronto, pronto!, hay nuevas tierras, hay una mañana y una ciudad reluciente?”.
¿No sintieron Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, esos hombres llenos de ferocidad y júbilo que allí esperaban como hemos esperado nosotros en las calles desiertas y estériles con labios temblorosos, manos insensibles, un terror y un gozo indómitos, con un arrobamiento feroz, viviente y agitado en sus entrañas, no sintieron acaso como lo hemos sentido nosotros cuando escucharon el estridente silbato que anunciaba la partida en las tinieblas, el sonido de grandes ruedas que batían violentamente la ribera del río? ¿No sintieron como hemos sentido nosotros esperaban en la intolerable dulzura, en la soledad, el misterio y el terror de la gran tierra en el mes de abril y al advertirse solos, vivos, jóvenes y locos y secretos condeseo y apetito en el gran silencio durmiente de la noche, la promesa acechante y cruel de esta tierra? ¿No fueron desgarrados, como lo hemos sido nosotros, por una pena acerba y una vehemencia sin palabras, por el áspid del tiempo, por la espina de la primavera y el llanto agudo y sin lenguaje? ¿No dijeron acaso estas palabras?
— ¡Oh, hay mujeres en el este… y nuevas tierras, hay una. mañana y una ciudad reluciente! Hay olvidadas ráfagas de humo resplandeciente sobre Manhattan un bosque de mástiles rodea la isla abarrotada, orgullosas separaciones de barcos que se marchan, la red que se remonta y el descenso de alas y la alegría del’ gran puente y hombres con sombreros hongo que cruzan el Puente para saludarnos:.. ¡Vengan, hermanos, vamos y encontrémonos con ellos! Pues el enorme rumor del millón de pies de la vida ciudadana, vida inmensa, vida de colmenar, soñolienta y extraña como el tiempo ha venido a hacer guardia en nuestros oídos con todas sus doradas profecías de gozo y triunfo, de felicidad, fortuna y amor tales cómo ningún hombre antes había conocido. ¡Oh, hermanos; encontraremos en la ciudad, en el encantamiento relumbrante, glorioso de esta ciudad de fábula grandes hombres y mujeres deliciosas, diez mil regocijos que nunca han de cesar, mil aventuras mágicas! Despertemos a la mañana en nuestros cuartos de colores generosos para volver a oír los cascos y las ruedas en las calles de la ciudad y oleremos el puerto inédito y semipodrido, con sus pulseras de brillantes mareas, su tráfico de barcos orgullosos que nacieron en el mar, con su pureza y la alegría de la mañana dorada y danzante.
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza!–gritaron—. ¡Calle de la frescura y la luz oblicua, del precipicio frontal y la sombra azul y empinada, calle del oro matutino de las aguas que danzan sobre marcas azotadoras, calle de los embarcaderos herrumbrados por el tiempo, calle del ferry de nariz achatada que echa espumarajos con su sólida pared de pequeños rostros blancos y mirones, silenciosos y atentos, vueltos hacia ti, calle orgullosa! ¡Calle de los aromas apetitosos del café recién molido, del grato olor del dinero recién impreso, de los crudos olores semidescompuestos del puerto con toda la evocación de sus mástiles dispuestos y sus marejadas de barcos, gran calle! ¡Calle de los antiguos edificios ricamente ensuciados por la cálida y dulce suciedad del comercio! ¡Calle del millón de pies que a la mañana se apresuran siempre en la misma dirección! ¡Calle orgullosa del gozo y la esperanza y la mañana, en tu empinado desfiladero conquistaremos la fortuna, la fama, el poder y la estima que nuestras vidas y talentos se merecen!
— ¡Calle de la mañana, calle de la esperanza misterio y el suspenso, del terror y el deleite, de la inquietud y la esperanza, calle bordeada por la oscura amenaza de una inminente felicidad colmada y desconocida, calle de la risa y de la calidez y la maldad, calle de los grandes hoteles, de los bares pródigos y los restaurantes, callé del brillo suavemente dorado de las luces intermitentes y la blancura de pétalo de mil caras blancas, silenciosas y sedientas en los teatros abarrotados, calle de la marejada de rostros iluminados por el millón de tus luces, multitudinarios, incansables e indetenibles en su búsqueda insaciable del placer, calle de los amantes que caminan con pasos lerdos, el rostro del uno vuelto hacia el rostro del otro, perdidos en la obnubilación del amor entre la trama y la urdimbre perpetuas de la muchedumbre, calle del rostro pálido, de la boca pintada, del ojo brillante que se insinúa… oh, calle de la noche, con todo tu misterio, tu alegría y tu terror: hemos pensado en ti, calle orgullosa.
“Y nos desplazaremos al atardecer sobre las silentes profundidades de las alfombras suntuosas, recorriendo la risa, la calidez y la rutilante felicidad de los grandes salones iluminados de la noche, repletos del murmullo y la languidez dulzona de los violines, donde las más bellas y apetecibles mujeres del mundo, las hijas bienamadas de grandes comerciantes, amantes y solas, se mueven con lentos y orgullosos pasos ondulantes y una mirada de insondable ternura en sus rostros frágiles y hermosos. ¡Y la más hermosa de todas”, gritaron, “es nuestra para siempre si la deseamos! ¡Puesto que, hermanos, en la ciudad reluciente, mágica y dorada nos moveremos entre los hombres más importantes y las mujeres más gloriosas y no conoceremos más que la poderosa alegría y la felicidad y conquistaremos con nuestro valor y nuestro talento y mereceremos el puesto de mayor honra y honor en medio de la vida más afortunada y feliz que los hombres puedan poseer, con sólo ir allí y hacerlo nuestro!”
Así, pues, pensarlo, sintiendo, esperando como hemos esperado nosotros mismos en el silencio soñoliento de la noche en calles silenciosas, oyendo como hemos oído nosotros el agudo chasquido del silbato, el estruendo de las grandes ruedas en la ribera del río, sintiendo como lo hemos sentido nosotros mismos el misterio de la noche y el misterio de abril, la enorme presencia inminente, la promesa apasionada y secreta de la tierra salvaje, ‘solitaria y perpetua, no hallando, como tampoco pudimos hacerlo nosotros, puertas que franquear y desgarrados como lo fuimos nosotros por las espinas de la primavera y por el llanto estridente y sin palabras, ¿no llevaron consigo estos jóvenes del pasado, Garfield, Arthur, Harrison y Hayes, de la misma forma que nosotros lo hemos hecho, en su pequeña estructura de huesos, sangre, tendones, sudor r agonía, el peso intolerable de todo el dolor, el gozo y la esperanza, de todo el apetito desesperado que un hombre puede padecer y que el mundo puede conocer?
¿No habían desaparecido? ¿No habían desaparecido como lo ha hecho cada uno de nosotros, los que en esta tierra conocimos la ,juventud y el hambre, como cada uno de los que en la noche hemos esperado, flacos y locos y solos, sin encontrar un destino, ni un muro, ni una residencia, ni una puerta?
Los años fluyen como el agua y un día la primavera regresa. ¿Volveremos a salir alguna vez por las puertas del este corno lo hicimos una vez en la mañana, buscaremos nuevamente como entonces lo hicimos nuevas tierras, la promesa de la guerra y la gloria, del gozo y el triunfo, la promesa de una ciudad reluciente?
Oh, juventud, aún herida, viviente, llena de los sentimientos de un lamento inexpresable, que te dueles todavía de un dolor intolerable, sedienta aún de una sed indominable… ¿dónde hemos de buscar? Porque la violenta tempestad se abate sobre nosotros, la furia salvaje golpea a nuestro alrededor, el hambre frenético se alimenta de nosotros… y nosotros no tenemos una casa, ni una puerta, ni un sosiego, sino una permanente marcha forzada. Y nuestra mente ha enloquecido y nuestro corazón se ha vuelto salvaje y sin palabras y ya no sabemos hablar.

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