Lavandería Ángel de Lucía Berlin

Sendero

Un indio viejo y alto con unos Levi’s descoloridos y un bonito cinturón zuni. Su pelo blanco y largo, anudado en la nuca con un cordón morado. Lo raro fue que durante un año más o menos siempre estábamos en la Lavandería Ángel a la misma hora. Aunque no a las mismas horas. Quiero decir que algunos días yo iba a las siete un lunes, o a las seis y media un viernes por la tarde, y me lo encontraba allí. 

Con la señora Armitage había sido diferente, aunque ella también era vieja. Eso fue en Nueva York, en la Lavandería San Juan de la calle 15. Portorriqueños. El suelo siempre encharcado de espuma. Entonces yo tenía críos pequeños y solía ir a lavar los pañales el jueves por la mañana. Ella vivía en el piso de arriba, el 4-C. Una mañana en la lavandería me dio una llave y yo la cogí. Me dijo que si algún jueves no la veía por allí, hiciera el favor de entrar en su casa, porque querría decir que estaba muerta. Era terrible pedirle a alguien una cosa así, y además me obligaba a hacer la colada los jueves. 

La señora Armitage murió un lunes, y nunca más volví a la Lavandería San Juan. El portero la encontró. No sé cómo. 

Durante meses, en la Lavandería Ángel, el indio y yo no nos dirigimos la palabra, pero nos sentábamos uno al lado del otro en las sillas amarillas de plástico, unidas en hilera como las de los aeropuertos. Rechinaban en el linóleo rasgado y el ruido daba dentera. 

El indio solía quedarse allí sentado tomando tragos de Jim Beam, mirándome las manos. No directamente, sino por el espejo colgado en la pared, encima de las lavadoras Speed Queen. Al principio no me molestó. Un viejo indio mirando fijamente mis manos a través del espejo sucio, entre un cartel amarillento de PLANCHA 1,50 $ lLA DOCENA y plegarias en rótulos naranja fosforito. DIOS, CONCÉDEME LA SERENIDAD PARA ACEPTAR LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR. Hasta que empecé a preguntarme si no tendría una especie de fetichismo con las manos. Me ponía nerviosa sentir que no dejaba de vigilarme mientras fumaba o me sonaba la nariz, mientras hojeaba revistas de hacía años. Lady Bird Johnson, cuando era primera dama, bajando los rápidos. 

Al final acabé por seguir la dirección de su mirada. Vi que le asomaba una sonrisa al darse cuenta de que también yo me estaba observando las manos. Por primera vez nuestras miradas se encontraron en el espejo, debajo del rótulo NO SOBRECARGUEN LAS LAVADORAS. 

En mis ojos había pánico. Me miré a los ojos y volví a mirarme las manos. Horrendas manchas de la edad, dos cicatrices. Manos nada indias, manos nerviosas, desamparadas. Vi hijos y hombres y jardines en mis manos. 

Sus manos ese día (el día en que yo me fijé en las mías) agarraban las perneras tirantes de sus vaqueros azules. Normalmente le temblaban mucho y las dejaba apoyadas en el regazo, sin más. Ese día, en cambio, las apretaba para contener los temblores. Hacía tanta fuerza que sus nudillos de adobe se pusieron blancos. 

La única vez que hablé fuera de la lavandería con la señora Armitage fue cuando su váter se atascó y el agua se filtró hasta mi casa por la lámpara del techo. Las luces seguían encendidas mientras el agua salpicaba arcoíris a través de ellas. La mujer me agarró del brazo con su mano fría y moribunda y dijo: «¿No es un milagro?». 

El indio se llamaba Tony. Era un apache jicarilla del norte. Un día, antes de verlo, supe que la mano tersa sobre mi hombro era la suya. Me dio tres monedas de diez centavos. Al principio no entendí, estuve a punto de darle las gracias, pero entonces me di cuenta de que temblaba tanto que no podía poner en marcha la secadora. Sobrio ya es difícil. Has de girar la flecha con una mano, meter la moneda con la otra, apretar el émbolo, y luego volver a girar la flecha para la siguiente moneda. 

Volvió más tarde, borracho, justo cuando su ropa empezaba a esponjarse y caer suelta en el tambor. No consiguió abrir la portezuela, perdió el conocimiento en la silla amarilla. Seguí doblando mi ropa, que ya estaba seca. 

Ángel y yo llevamos a Tony al cuarto de la plancha y lo acostamos en el suelo. Calor. Ángel es quien cuelga en las paredes las plegarias y los lemas de AA. NO PIENSES Y NO BEBAS. Ángel le puso a Tony un calcetín suelto húmedo en la frente y se arrodilló a su lado. 

—Hermano, créeme, sé lo que es… He estado ahí, en la cloaca, donde estás tú. Sé exactamente cómo te sientes. 

Tony no abrió los ojos. Cualquiera que diga que sabe cómo te sientes es un iluso. 

La Lavandería Ángel está en Albuquerque, Nuevo México. Calle 4. Comercios destartalados y chatarrerías, locales donde venden cosas de segunda mano: catres del ejército, cajas de calcetines sueltos, ediciones de Higiene femenina de 1940. Almacenes de cereales y legumbres, pensiones para parejas y borrachos y ancianas teñidas con henna que hacen la colada en la lavandería de Ángel. Adolescentes chicanas recién casadas van a la lavandería de Ángel. Toallas, camisones rosas, braguitas que dicen «Jueves». Sus maridos llevan monos de faena con nombres impresos en los bolsillos. Me gusta esperar hasta que aparecen en la imagen especular de las secadoras. «Tina», «Corky», «Junior». 

La gente de paso va a la lavandería de Ángel. Colchones sucios, tronas herrumbrosas atadas al techo de viejos Buick abollados. Sartenes aceitosas que gotean, cantimploras de lienzo que gotean. Lavadoras que gotean. Los hombres se quedan en el coche bebiendo, descamisados, y estrujan con la mano las latas vacías de cerveza Hamm’s. 

Pero sobre todo son indios los que van a la lavandería de Ángel. Indios pueblo de San Felipe, Laguna o Sandía. Tony fue el único apache que conocí, en la lavandería o en cualquier otro sitio. Me gusta mirar las secadoras llenas de ropas indias y seguir los brillantes remolinos de púrpuras, naranjas, rojos y rosas hasta quedarme bizca. 

Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está la del campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS.

Vi que la colcha no se ponía de un color morado oscuro, aunque sí quedó de un verde más parduzco, pero quise volver de todos modos. Me gustaban los indios y su colada. La máquina de Coca-Cola rota y el suelo encharcado me recordaban a Nueva York. Portorriqueños pasando la fregona a todas horas. Allí la cabina telefónica estaba fuera de servicio, igual que la de Ángel. ¿Habría encontrado muerta a la señora Armitage si hubiera sido un jueves? 

—Soy el jefe de mi tribu —dijo el indio. Llevaba un rato allí sentado, bebiendo oporto, mirándome fijamente las manos. 

Me contó que su mujer trabajaba limpiando casas. Habían tenido cuatro hijos. El más joven se había suicidado, el mayor había muerto en Vietnam. Los otros dos eran conductores de autobuses escolares. 

—¿Sabes por qué me gustas? —me preguntó. 

—No, ¿por qué? 

—Porque eres una piel roja —señaló mi cara en el espejo. Tengo la piel roja, es verdad, y no, nunca he visto a un indio de piel roja. 

Le gustaba mi nombre, y lo pronunciaba a la italiana. Lu-chí-a. Había estado en Italia en la Segunda Guerra Mundial. Cómo no, entre sus bellos collares de plata y turquesa llevaba colgada una placa. Tenía una gran muesca en el borde. 

—¿Una bala? 

No, solía morderla cuando estaba asustado o caliente. 

Una vez me propuso que fuéramos a echarnos en su furgoneta y descansáramos juntos un rato. 

—Los esquimales lo llaman «reír juntos» —señalé el cartel verde lima, NO DEJEN NUNCA LAS MÁQUINAS SIN SUPERVISIÓN. 

Nos echamos a reír, uno al lado del otro en nuestras sillas de plástico unidas. Luego nos quedamos en silencio. No se oía nada salvo el agua en movimiento, rítmica como las olas del océano. Su mano de buda estrechó la mía. 

Pasó un tren. Me dio un codazo. 

—¡Gran caballo de hierro! —y nos echamos a reír otra vez. 

Tengo muchos prejuicios infundados sobre la gente, como que a todos los negros por fuerza les ha de gustar Charlie Parker. Los alemanes son antipáticos, los indios tienen un sentido del humor raro. Parecido al de mi madre: uno de sus chistes favoritos es el del tipo que se agacha a atarse el cordón del zapato, y viene otro, le da una paliza y dice: «¡Siempre estás atándote los cordones!». El otro es el de un camarero que está sirviendo y le echa la sopa encima al cliente, y dice: «Oiga, está hecho una sopa». Tony solía repetirme chistes de esos los días lentos en la lavandería. 

Una vez estaba muy borracho, borracho violento, y se metió en una pelea con unos vagabundos en el aparcamiento. Le rompieron la botella de Jim Beam. Ángel dijo que le compraría una petaca si iba con él al cuarto de la plancha y le escuchaba. Saqué mi colada de la lavadora y la metí en la secadora mientras Ángel le hablaba de los doce pasos. 

Cuando salió, Tony me puso unas monedas en la mano. Metí su ropa en una secadora mientras él se debatía con el tapón de la botella de Jim Beam. Antes de que me diera tiempo a sentarme, empezó a hablar a gritos. 

—¡Soy un jefe! ¡Soy un jefe de la tribu apache! ¡Mierda! 

—Tú sí que estás hecho mierda —se quedó sentado, bebiendo, mirándome las manos en el espejo—. Por eso te toca hacer la colada, ¿eh, jefe apache? 

No sé por qué lo dije. Fue un comentario de muy mal gusto. A lo mejor pensé que se reiría. Y se rio, de hecho. 

—¿De qué tribu eres tú, piel roja? —me dijo, observándome las manos mientras sacaba un cigarrillo. 

—¿Sabes que mi primer cigarrillo me lo encendió un príncipe? ¿Te lo puedes creer? 

—Claro que me lo creo. ¿Quieres fuego? —me encendió el cigarrillo y nos sonreímos. Estábamos muy cerca uno del otro, y de pronto se desplomó hacia un lado y me quedé sola en el espejo. 

Había una chica joven, no en el espejo sino sentada junto a la ventana. Los rizos de su pelo en la bruma parecían pintados por Botticelli. Leí todos los carteles. DIOS, DAME FUERZAS. CUNA NUEVA A ESTRENAR (POR MUERTE DE BEBÉ). 

La chica metió su ropa en un cesto turquesa y se fue. Llevé mi colada a la mesa, revisé la de Tony y puse otra moneda de diez centavos. Solo estábamos él y yo. Miré mis manos y mis ojos en el espejo. Unos bonitos ojos azules.

Una vez estuve a bordo de un yate en Viña del Mar. Acepté el primer cigarrillo de mi vida y le pedí fuego al príncipe Alí Khan. «Enchanté», me dijo. La verdad es que no tenía cerillas. 

Doblé la ropa y cuando llegó Ángel me fui a casa. 

No recuerdo en qué momento caí en la cuenta de que nunca volví a ver a aquel viejo indio.

LUCIA BERLIN | Casa del Libro

https://www.eternacadencia.com.ar/blog/ficcion/item/lavanderia-angel.html#:~:text=El%20relato%20que%20abre%20Manual,unos%20cables%20pelados%20al%20tocarse%22.

Tiempo de cerezos en flor», de Lucia Berlin

Sendero

«

Por: Lucia Berlin*

En sus cuentos, Lucia Berlin habla entre líneas de sí misma: tres matrimonios fallidos, alcoholismo, cuatro hijos, muchos trabajos. En este en particular, rompe con sutileza la aparente normalidad revelando lo disfuncional, las fracturas.

27/11/2018


Ilustración: María Luque.Ilustración: María Luque. – Foto:

Este artículo forma parte de la edición 158 de ARCADIA. Haga clic aquí para leer todo el contenido de la revista.

Ahí estaba de nuevo, el cartero. Después de que se fijara en él la primera vez, Cassandra empezó a verlo en todas partes. Como cuando aprendes el significado de “exacerbar” y entonces todo el mundo empieza a decirlo y hasta sale en el periódico de la mañana.

Bajaba marchando por la Sexta Avenida, levantando mucho del suelo sus zapatos relucientes. Un/dos. Un/dos. En la esquina de la calle 13 volvió la cabeza hacia la derecha, giró sobre sus talones y desapareció. Iba repartiendo el correo.

Cassandra y su hijo de dos años, Matt, también hacían su ruta matutina. La charcutería, la tienda de licores A&P, la panadería, la estación de bomberos, la tienda de mascotas. A veces la lavandería. Pasar por casa para tomar la leche con galletas, luego volver a bajar, hasta Washington Square. En casa para almorzar y hacer la siesta.

Cuando se fijó por primera vez en el cartero, en cómo sus caminos se cruzaban y entrecruzaban, se preguntó por qué no lo había visto antes. ¿Su vida entera se habría alterado por cinco minutos? ¿Qué ocurriría si se alteraba una hora?

Entonces se fijó en que el cartero tenía la ruta calculada con tal precisión que durante varias manzanas seguidas ponía un pie en el otro lado de la calle justo cuando el semáforo se ponía en rojo. Nunca se desviaba de su camino, incluso las cortesías de rigor eran manidas y predecibles. Hasta que Cassandra se dio cuenta de que las suyas con Matt lo eran también. A las nueve, por ejemplo, un bombero subía a Matt al camión o le ponía el casco. A las diez y cuarto el panadero le preguntaba a Matt cómo estaba hoy su hombretón y le daba una galleta de avena. O el otro panadero le decía a Cassandra, hola, preciosa, y le daba a ella la galleta. Cuando salían del portal y se asomaban a Greenwich Street ahí estaba el cartero, justo cruzando la calle.

Es comprensible, se dijo. Los niños necesitan ritmo, una rutina. Matt era muy pequeño, le gustaban sus paseos, su rato en el parque, pero a la una en punto se ponía de mal humor, necesitaba comer y una siesta. Aun así ella empezó a intentar variarle el horario. Matt reaccionó mal. No le apetecía quedarse jugando en la arena o amodorrarse en el columpio hasta después del paseo. Si volvían pronto a casa, estaba demasiado acelerado para dormir la siesta. Si iban a la tienda después del parque, gimoteaba, se retorcía para salir del cochecito. Así que volvieron a la rutina habitual, a veces pisándole los talones al cartero, otras cuando acababa de cruzar la calle. Nadie se interponía en su camino o conseguía adelantarlo. Un/dos. Un/dos, trazaba una estela en línea recta por el centro de la acera.

Una mañana podrían no habérselo cruzado, si, como de costumbre, se hubiesen entretenido un rato en la tienda de mascotas. Pero en el medio de la tienda había una nueva jaula. Ratones danzando. Docenas de ratoncitos grises correteando en círculos enloquecidos. Habían nacido con una malformación en el tímpano, así que corrían y corrían como posesos. Cassandra sacó a Matt de la tienda y casi se chocaron con el cartero. Al otro lado de la calle una lesbiana llamaba a gritos a su amante en la cárcel de mujeres. Estaba allí cada mañana a las diez y media.

En la Sexta Avenida pararon en la charcutería a comprar higaditos de pollo, y luego al lado para recoger la ropa de la lavandería. Matt cargó la compra, ella empujaba la colada en un carrito. El cartero se saltó un paso para evitar las ruedas del carrito.

El marido de Cassandra, David, llegaba a casa a las seis menos cuarto. Tocaba tres veces el interfono y ella le contestaba con tres pitidos. Matt y ella esperaban en la baranda, viéndolo subir uno, dos, tres, cuatro tramos de escaleras. ¡Hola! ¡Hola! ¡Hola! Se abrazaban y él entraba. Se sentaba a la mesa de la cocina con Matt en el regazo, aflojándose la corbata.

—¿Cómo ha ido? —preguntaba ella.

“Igual”, contestaba él, o “peor”. Era escritor, estaba a punto de terminar su primera novela. Detestaba el trabajo que hacía en la editorial, no le quedaba tiempo ni energía para su libro.

—Lo siento, David —decía ella, y preparaba una copa para los dos.

—¿Qué tal su día?

—Bien. Paseamos, fuimos al parque.

—Genial.

—Matt durmió la siesta. Yo he leído a Gide —(intentaba leer a Gide; normalmente leía a Thomas Hardy)—. Resulta que hay un cartero…

—No me digas.

—Me deprime ese hombre. Es como un robot. Todos los santos días sigue el mismo horario, tiene calculados hasta los semáforos. Hace que mi propia vida me parezca triste.

David se enfadó.

—Ya, pobrecita. Mira, todos hacemos cosas que no queremos. ¿Crees que a mí me gusta estar en el departamento de libros de texto?

—No me refería a eso. Me encanta lo que hago. Solo que no quiero tener que hacerlo a las diez y veintidós. ¿Entiendes?

—Supongo. Anda, mujer, prepárame un baño.

Siempre se lo decía, en broma. Y entonces ella iba a prepararle un baño y hacía la cena mientras él se bañaba. Comían cuando salía, con el pelo negro reluciente. Después de cenar, David escribía o pensaba. Ella lavaba los platos, le daba un baño a Matt y le leía, le cantaba. “Texarkana Baby” y “Candy Kisses” hasta que se quedaba dormido, con un hilo de baba colgando de sus labios rosados. Luego Cassandra leía o cosía hasta que David decía: “Vamos a descansar”, y se iban a la cama. Hacían el amor, o no, y se dormían.

A la mañana siguiente se quedó despierta en la cama, con dolor de cabeza. Esperó a que él dijera “Buenos días, mi sol”, y lo dijo. Cuando se marchó esperó a que la besara y se despidiera con un “No hagas nada que yo no haría”, y así fue.

De camino a Washington Square pensó que un niño se iba a caer del tobogán y se cortaría el labio. Más tarde, en el parque, Matt se cayó del columpio y se cortó el labio. Cassandra apretó el corte con un clínex, se contuvo para no echarse a llorar también. ¿Qué pasa conmigo? ¿Qué más quiero? Dios, déjame ver las cosas buenas… Se obligó a mirar alrededor, a salir de sí misma, y de pronto vio que los cerezos estaban en flor. Habían ido brotando poco a poco, pero ese día estaban espléndidos. Entonces, como si fuera porque había visto los árboles, la fuente se encendió. ¡Mira, mamá!, gritó Matt, y echó a correr. Todos los niños y sus madres fueron corriendo hasta la fuente centelleante. El cartero pasó de largo como de costumbre. No pareció advertir que estaba encendida, el agua lo salpicó. Un/dos. Un/dos.

Cassandra llevó a Matt a casa para la siesta. A veces ella se dormía también, pero generalmente cosía o trajinaba en la cocina. Le encantaba ese momento perezoso del día cuando el gato bostezaba y los autobuses pasaban surcando la calle, cuando los teléfonos sonaban sin parar. La máquina de coser zumbaba como las moscas en verano.

Pero esa tarde el sol se reflejaba en el cromo de la cocina, la aguja de la máquina se rompió. De la calle llegaban frenazos, chirridos. Los cubiertos tintineaban en el escurridor, un cuchillo rechinó contra el esmalte. Cassandra troceaba perejil. Un/dos. Un/dos.

Matt se despertó. Le lavó la cara, con cuidado de no rozarle el labio. Tomaron batidos, esperaron con bigotes de chocolate a que David volviera a casa, a que llamara tres veces al interfono.

Cassandra deseó poder contarle que se sentía fatal, pero era David quien lo pasaba mal trabajando en ese sitio, sin tiempo para su libro. Así que cuando le preguntó qué tal había ido el día, le dijo:

—Ha sido un día maravilloso. Los cerezos están en flor y han encendido la fuente. ¡Es primavera!

—Genial —David sonrió.

—El cartero se ha mojado al pasar —añadió ella.

—No me digas.

Ilustración: María Luque.

—Hoy no iremos a la tienda —le dijo Cassandra a Matt. Hicieron galletas de mantequilla de cacahuete y Matt las pinchó una a una con el tenedor. Muy bien. Ella preparó emparedados y leche, puso unas mantas y una almohada en el carrito de la colada. Fueron por un camino completamente distinto, bajando la Quinta Avenida, hasta Washington Square. Era bonito encontrarse de frente con el arco, enmarcando los árboles y la fuente.

Jugaron juntos a la pelota, Matt jugó en el tobogán y en el arenero. A la una Cassandra tendió la manta para hacer un pícnic. Comieron emparedados, ofrecieron galletas a la gente que pasaba. Después de almorzar, al principio, Matt no quería dormir, ni siquiera con su manta y su almohada, pero ella le cantó “She’s my Texarkana baby and I love her like a doll, her ma she came from Texas and her pa from Arkansas”, una y otra vez hasta que al final se quedó dormido, y ella también. Durmieron mucho rato. Cassandra se asustó al despertarse porque abrió los ojos y vio las flores rosadas con el cielo azul de fondo.

Cantaron de regreso a casa, parando en la lavandería a recoger la colada. Al salir, empujando el carro cargado, Cassandra se sorprendió al ver al cartero. No lo habían visto en todo el día. Con desgana siguió andando detrás de él hacia el paso de cebra. Entonces soltó el carrito, dejó que rodara hasta chocar contra sus tobillos. Le enganchó el pie de tal forma que un zapato se le salió. El cartero giró la cabeza y la miró con odio, se agachó a desatarse el zapato y a ponérselo de nuevo. Ella recuperó el carrito y el cartero empezó a cruzar la calle. Pero era demasiado tarde, el semáforo se puso en rojo cuando estaba en mitad de la calzada. Una camioneta de reparto de Gristedes dobló la esquina y clavó los frenos para no llevarse al cartero por delante. El hombre se paralizó, aterrorizado, luego acabó de cruzar la calle y bajó por la 13, corriendo.

Cassandra y Matt siguieron derecho hasta la calle 14 y dieron la vuelta a la manzana hasta el edificio donde vivían. Era una manera completamente distinta de ir a casa.

David llamó al interfono a las seis menos cuarto. ¡Hola!

¡Hola! ¡Hola!

—¿Qué tal el día?

—Igual. ¿Y el suyo?

Matt y Cassandra se interrumpían a cada momento, hablándole de cómo les había ido, del picnic.

—Fue precioso. Dormimos bajo los cerezos en flor.

—Genial —David sonrió. Ella sonrió también.

—Volviendo a casa asesiné al cartero.

—No me digas —dijo David, aflojándose la corbata.

—David. Habla conmigo, por favor.

*Lucia Berlin fue una escritora estadounidense (Alaska, 1936- Los Ángeles, 2014). Escribió Manual para mujeres de la limpieza, entre otros muchos libros. Este cuento pertenece a Una noche en el paraíso (Alfaguara), una recopilación de relatos inéditos en castellano que se publicó en noviembre. La traducción del inglés, de Eugenia Vázquez Nacarino, fue revisada por ARCADIA para esta prepublicación.

fuente:https://www.semana.com/periodismo-cultural—revista-arcadia/articulo/tiempo-de-cerezos-en-flor-un-cuento-de-lucia-berlin/72113/

Foto crédito Buddy Berlin, Literary Estate of Lucia Berlin.

El Jockey de Lucía Berlín

Sendero

Me gusta trabajar en Urgencias, por lo menos ahí se conocen hombres. Hombres de verdad, héroes. Bomberos y jockeys. Siempre vienen a las salas de urgencias. Las radiografías de los jinetes son alucinantes. Se rompen huesos constantemente, pero se vendan y corren la siguiente carrera. Sus esqueletos parecen árboles, parecen brontosaurios reconstruidos. Radiografías de San Sebastián.       Suelo atenderlos yo, porque hablo español y la mayoría son mexicanos. Mi primer jockey fue Muñoz. Dios. Me paso el día desvistiendo a la gente y no es para tanto, apenas tardo unos segundos. Muñoz estaba allí tumbado, inconsciente, un dios azteca en miniatura, pero con aquella ropa tan complicada fue como ejecutar un elaborado ritual. Exasperante, porque no se acababa nunca, como cuando Mishima tarda tres páginas en quitarle el kimono a la dama. La camisa de raso morada tenía muchos botones a lo largo del hombro y en los puños que rodeaban sus finas muñecas; los pantalones estaban sujetos con intrincados lazos, nudos precolombinos. Sus botas olían a estiércol y sudor, pero eran tan blandas y delicadas como las de Cenicienta. Entretanto él dormía, un príncipe encantado.       Empezó a llamar a su madre incluso antes de despertarse. No solo me agarró de la mano como algunos pacientes hacen, sino que se colgó de mi cuello, sollozanzo «¡Mamacita, mamacita!»*. La única forma de que consintiera  que el doctor Johnson lo examinara fue acunándolo en mis brazos como a un bebé. Era pequeño como un niño, pero fuerte, musculoso. Un hombre en mi regazo. ¿Un hombre de ensueño? ¿Un bebé de ensueño?       El doctor Johnson me pasaba una toalla húmeda por la frente mientras yo traducía. La clavícula estaba fracturada, había al menos tres costillas rotas, probablemente una conmoción cerebral. No, dijo Muñoz. Debía correr en las carreras del día siguiente. Llévelo a Rayos X, dijo el doctor Johnson. Puesto que no quiso tumbarse en la camilla, lo llevé en brazos por el pasillo, estilo King Kong. Muñoz sollozaba, aterrorizado; sus lágrimas me mojaban el pecho.       Esperamos en la sala oscura al técnico de Rayos X. Lo tranquilicé igual que habría hecho con un caballo. «Cálmate, lindo, cálmate. Despacio… despacio.» Se aquietó en mis brazos, resoplaba y roncaba suavemente. Acaricié su espalda tersa. Se estremeció, lustrosa como el lomo de un potro soberbio. Fue maravilloso.

https://elhacedordesuenos.blogspot.com/2019/08/mi-jockey-un-relato-de-lucia-berlin.html

Cuento de Lucia Berlín

Sendero

LUCIA BERLIN:MANUAL PARA MUJERES DE LA LIMPIEZA

 Rubén Garcia García – Sendero

42–PIEDMONT. Autobús lento hasta Jack London Square. Sirvientas y ancianas. Me senté al lado de una viejecita ciega que estaba leyendo en Braille; su dedo se deslizaba por la página, lento y silencioso, línea tras línea. Era relajante mirarla, leer por encima de su hombro. La mujer se bajó en la calle 29, donde se han caído todas las letras del cartel PRODUCTOS NACIONALES ELABORADOS POR CIEGOS, excepto CIEGOS.

La calle 29 también es mi parada, pero tengo que ir hasta el centro a cobrar el cheque de la señora Jessel. Si vuelve a pagarme con un cheque, lo dejo. Además, nunca tiene suelto para el desplazamiento. La semana pasada hice todo el trayecto hasta el banco pagándolo de mi bolsillo, y se había olvidado de firmar el cheque.

Se olvida de todo, incluso de sus achaques. Mientras limpio el polvo los voy recogiendo y los dejo en el escritorio. 10 A. M. NÁUSEAS en un trozo de papel en la repisa de la chimenea. DIARREA en el escurridero. LAGUNAS DE MEMORIA Y MAREO encima de la cocina. Sobre todo se olvida de si tomó el fenobarbital, o de que ya me ha llamado dos veces a casa para preguntarme si lo ha hecho, dónde está su anillo de rubí, etcétera.

Me sigue de habitación en habitación, repitiendo las mismas cosas una y otra vez. Voy a acabar tan chiflada como ella. Siempre digo que no voy a volver, pero me da lástima. Soy la única persona con quien puede hablar. Su marido es abogado, juega al golf y tiene una amante. No creo que la señora Jessel lo sepa, o que se acuerde. Las mujeres de la limpieza lo saben todo.

Y las mujeres de la limpieza roban. No las cosas por las que tanto sufre la gente para la que trabajamos. Al final es lo superfluo lo que te tienta. No queremos la calderilla de los ceniceros.

A saber dónde, una señora en una partida de bridge hizo correr el rumor de que para poner a prueba la honestidad de una mujer de la limpieza hay que dejar un poco de calderilla, aquí y allá, en ceniceros de porcelana con rosas pintadas a mano. Mi solución es añadir siempre algunos peniques, incluso una moneda de diez centavos.

En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, los anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: «Debajo de su almohada, detrás del inodoro verde sauce». Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.

Hoy he robado un frasco de semillas de sésamo Spice Islands. La señora Jessel apenas cocina. Cuando lo hace, prepara pollo al sésamo. La receta está pegada en la puerta del armario de las especias, por dentro. Guarda una copia en el cajón de los sellos y los cordeles, y otra en su agenda. Siempre que encarga pollo, salsa de soja y jerez, pide también un frasco de semillas de sésamo. Tiene quince frascos de semillas de sésamo. Catorce, ahora.

Me senté en el bordillo a esperar el autobús. Otras tres sirvientas, negras con uniforme blanco, se quedaron de pie a mi lado. Son viejas amigas, hace años que trabajan en Country Club Road. Al principio todas estábamos indignadas… el autobús se adelantó dos minutos y lo perdimos. Maldita sea. El conductor sabe que las sirvientas siempre están ahí, que el 42 a Piedmont pasa solo una vez cada hora.

Fumé mientras ellas comparaban el botín. Cosas que se habían llevado… laca de uñas, perfume, papel higiénico. Cosas que les habían dado… pendientes desparejados, veinte perchas, sujetadores rotos.

(Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento).

Para meterme en la conversación les enseñé mi frasco de semillas de sésamo. Se rieron a carcajadas.

—¡Ay, chica! ¿Semillas de sésamo?

Me preguntaron cómo aguantaba tanto con la señora Jessel. La mayoría no repiten más de tres veces. Me preguntaron si es verdad que tiene ciento cuarenta pares de zapatos. Sí, pero lo malo es que la mayoría son idénticos.

La hora pasó volando. Hablamos de las señoras para las que trabajamos. Nos reímos, no sin un poso de amargura.

Las mujeres de la limpieza de toda la vida no me aceptan de buenas a primeras. Y además, me cuesta conseguir trabajo en esto, porque soy «instruida». Sé que ahora mismo no puedo buscarme otra cosa. He aprendido a contarles a las señoras desde el principio que mi marido alcohólico acaba de morir y me he quedado sola con mis cuatro hijos. Hasta ahora nunca había trabajado, criando a los niños y demás.

43–SHATTUCK–BERKELEY. Los bancos con carteles de SATURACIÓN PUBLICITARIA están empapados todas las mañanas. Le pedí fuego a un hombre y me dio la caja de cerillas. EVITEMOS EL SUICIDIO. Era de esas que, absurdamente, llevan la banda de fósforo detrás. Más vale prevenir.

Al otro lado de la calle, la mujer de la tintorería estaba barriendo la acera. A ambos lados de su puerta revoloteaban hojas y basura. Ahora es otoño, en Oakland.

Esa misma tarde, al volver de limpiar en casa de Horwitz, la acera de la tintorería volvía a estar cubierta de hojas y porquería. Tiré mi billete de transbordo. Siempre compro billete de transbordo. A veces los regalo, pero normalmente me los quedo.

Ter solía burlarse de esa manía mía de guardarlo siempre todo.

—Vamos, Maggie May, en este mundo no te puedes aferrar a nada. Excepto a mí, quizá.

Una noche en Telegraph Avenue me desperté al notar que me ponía la anilla de una lata de Coors en la palma de la mano y me cerraba el puño. Abrí los ojos y lo vi sonriendo. Terry era un vaquero joven, de Nebraska. No le gustaba ver películas extranjeras. Ahora sé que era porque no le daba tiempo a leer los subtítulos.

Las raras veces que Ter leía un libro, arrancaba las páginas a medida que las pasaba y las iba tirando. Al volver a casa, donde las ventanas siempre estaban abiertas o rotas, me encontraba un remolino de hojas en la habitación, como palomas en un aparcamiento del Safeway.

33–BERKELEY EXPRESS. ¡El autobús se perdió! El conductor se pasó de largo en el desvío de SEARS para tomar la autopista. Todo el mundo empezó a tocar el timbre mientras el hombre, avergonzado, giraba a la izquierda en la calle 27. Acabamos atascados en un callejón sin salida. La gente se asomaba a las ventanas a ver el autobús. Cuatro hombres se bajaron para ayudarle a retroceder entre los coches que había aparcados en la calle estrecha. Una vez en la autopista, empezó a acelerar como un loco. Daba miedo. Hablábamos unos con otros, emocionados por el suceso.

Hoy toca la casa de Linda.

(Mujeres de la limpieza: como norma general, no trabajéis para las amigas. Tarde o temprano se molestan contigo porque sabes demasiado de su vida. O dejan de caerte bien, por lo mismo).

Pero Linda y Bob son buenos amigos, de hace tiempo. Siento su calidez aunque no estén ahí. Esperma y confitura de arándanos en las sábanas. Quinielas del hipódromo y colillas en el cuarto de baño. Notas de Bob a Linda: «Compra tabaco y lleva el coche a… du-duá, du-duá». Dibujos de Andrea con amor para mamá. Cortezas de pizza. Limpio los restos de coca del jespejo con Windex.

Es el único sitio donde trabajo que no está impecable, para empezar. Más bien está hecho un asco. Cada miércoles subo como Sísifo las escaleras que llevan al salón de su casa, donde siempre parece que estén en mitad de una mudanza.

No gano mucho dinero con ellos porque no les cobro por horas, ni el transporte. No me dan la comida, por supuesto. Trabajo duro de verdad. Pero también paso muchos ratos sentada, me quedo hasta muy tarde. Fumo y leo el New York Times, libros porno, Cómo construir una pérgola. Sobre todo miro por la ventana la casa de al lado, donde viví un tiempo. El 2129 ½ de Russell Street. Miro el árbol que da peras de madera, con las que Ter hacía tiro al blanco. En la cerca brillan los perdigones incrustados. El rótulo de BEKINS que iluminaba nuestra cama por la noche. Echo de menos a Ter y fumo. Los trenes no se oyen de día.

40–TELEGRAPH AVENUE–ASILO DE MILLHAVEN. Cuatro ancianas en sillas de ruedas contemplan la calle con mirada vidriosa. Detrás, en el puesto de enfermeras, una chica negra preciosa baila al son de «I Shot the Sheriff». La música está alta, incluso para mí, pero las ancianas ni siquiera la oyen. Más abajo, tirado en la acera, hay un cartel burdo: INSTITUTO DEL CÁNCER 13:30.

El autobús se retrasa. Los coches pasan de largo. La gente rica que va en coche nunca mira a la gente de la calle, para nada. Los pobres siempre lo hacen… De hecho, a veces parece que simplemente vayan en el coche dando vueltas, mirando a la gente de la calle. Yo lo he hecho. La gente pobre está acostumbrada a esperar. La Seguridad Social, la cola del paro, lavanderías, cabinas telefónicas, salas de urgencias, cárceles, etcétera.

Mientras esperábamos el 40, nos pusimos a mirar el escaparate de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE. Mill había nacido en un molino, en Georgia. Estaba tumbado sobre una hilera de cinco lavadoras, instalando un televisor enorme en la pared. Addie hacía pantomimas para nosotros, simulando que el televisor se iba a caer en cualquier momento. Los transeúntes se paraban también a mirar a Mill. Nos veíamos reflejados en la pantalla, como en un programa de cámara oculta.

Calle abajo hay un gran funeral negro en FOUCHÉ. Antes pensaba que el cartel de neón decía «touché», y siempre imaginaba a la muerte enmascarada, apuntándome al corazón con un florete.

He reunido ya treinta pastillas, entre los Jessel, los Burn, los McIntyre, los Horwitz y los Blum. En cada una de esas casas donde trabajo hay un arsenal de anfetas o sedantes que bastaría para dejar fuera de circulación a un ángel del infierno durante veinte años.

18–PARK BOULEVARD–MONTCLAIR. Centro de Oakland. Hay un indio borracho que ya me conoce, y siempre me dice: «Qué vueltas da la vida, cielo».

En Park Boulevard un furgón azul de la policía del condado, con las ventanas blindadas. Dentro hay una veintena de presos de camino a comparecer ante el juez. Los hombres, encadenados juntos y vestidos con monos naranjas, se mueven casi como un equipo de remo. Con la misma camaradería, a decir verdad. El interior del furgón está oscuro. En la ventanilla se refleja el semáforo. Ámbar DESPACIO DESPACIO. Rojo STOP STOP.

Una hora larga de modorra hasta las colinas neblinosas de Montclair, un próspero barrio residencial. Solo van sirvientas en el autobús. Al pie de la Iglesia Luterana de Sion hay un letrero grande en blanco y negro que dice PRECAUCIÓN: TERRENO RESBALADIZO. Cada vez que lo veo, se me escapa la risa. Las otras mujeres y el conductor se vuelven y me miran. A estas alturas ya es un ritual. En otra época me santiguaba automáticamente cuando pasaba delante de una iglesia católica. Tal vez dejé de hacerlo porque en el autobús la gente siempre se daba la vuelta y miraba. Sigo rezando automáticamente un avemaría, en silencio, siempre que oigo una sirena. Es un incordio, porque vivo en Pill Hill, un barrio de Oakland lleno de hospitales; tengo tres a un paso.

Al pie de las colinas de Montclair mujeres en Toyotas esperan a que sus sirvientas bajen del autobús. Siempre me las arreglo para subir a Snake Road con Mamie y su señora, que dice: «¡Caramba, Mamie, tú tan preciosa con esa peluca atigrada, y yo con esta facha!». Mamie y yo fumamos.

Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos.

(Mujeres de la limpieza: nunca os hagáis amigas de los gatos, no les dejéis jugar con la mopa, con los trapos. Las señoras se pondrán celosas. Aun así, nunca los ahuyentéis de malos modos de una silla. En cambio, haceos siempre amigas de los perros, pasad cinco o diez minutos rascando a Cherokee o Smiley nada más llegar. Acordaos de bajar la tapa de los inodoros. Pelos, goterones de baba).

Los Blum. Este es el sitio más raro en el que trabajo, la única casa realmente bonita. Los dos son psiquiatras. Son consejeros matrimoniales, con dos «preescolares» adoptados.

(Nunca trabajéis en una casa con «preescolares». Los bebés son geniales. Puedes pasar horas mirándolos, acunándolos en brazos. Con los críos más mayores… solo sacarás alaridos, Cheerios secos, hacerte inmune a los accidentes y el suelo lleno de huellas del pijama de Snoopy).

(Nunca trabajéis para psiquiatras, tampoco. Os volveréis locas. Yo también podría explicarles a ellos un par de cosas… ¿Zapatos con alzas?).

El doctor Blum está en casa, otra vez enfermo. Tiene asma, por el amor de Dios. Va dando vueltas en albornoz, rascándose una pierna peluda y pálida con la alpargata.La, la, la, la, Mrs. Robinson… Tiene un equipo estéreo de más de dos mil dólares y cinco discos. Simon & Garfunkel, Joni Mitchell y tres de los Beatles.

Se queda en la puerta de la cocina, rascándose ahora la otra pierna. Me alejo contoneándome con la fregona hacia el office, mientras él me pregunta por qué elegí este tipo de trabajo en particular.

—Supongo que por culpabilidad, o por rabia —digo con desgana.

—Cuando se seque el suelo, ¿podré prepararme una taza de té?

—Mire, vaya a sentarse. Ya se lo preparo yo. ¿Azúcar o miel?

—Miel. Si no es mucha molestia. Y limón, si no es…

—Vaya a sentarse —le llevo el té.

Una vez le traje una blusa negra de lentejuelas a Natasha, que tiene cuatro años, para que se engalanara. La doctora Blum puso el grito en el cielo y dijo que era sexista. Por un momento pensé que me estaba acusando de intentar seducir a Natasha. Tiró la blusa a la basura. Conseguí rescatarla y ahora me la pongo de vez en cuando, para engalanarme.

(Mujeres de la limpieza: aprenderéis mucho de las mujeres liberadas. La primera fase es un grupo de toma de conciencia feminista; la segunda fase es una mujer de la limpieza; la tercera, el divorcio).

Los Blum tienen un montón de pastillas, una plétora de pastillas. Ella tiene estimulantes, él tiene tranquilizantes. El señor doctor Blum tiene pastillas de belladona. No sé qué efecto hacen, pero me encantaría llamarme así.

Una mañana los oí hablando en el office de la cocina y él dijo: «¡Hagamos algo espontáneo hoy, llevemos a los niños a volar una cometa!».

Me robó el corazón. Una parte de mí quiso irrumpir en la escena como la sirvienta de la tira cómica del Saturday Evening Post. Se me da muy bien hacer cometas, conozco varios sitios con buen viento en Tilden. En Montclair no hay viento. La otra parte de mí encendió la aspiradora para no oír lo que ella le contestaba. Fuera llovía a cántaros.

El cuarto de los juguetes era una leonera. Le pregunté a Natasha si Todd y ella realmente jugaban con todos aquellos juguetes. Me dijo que los lunes al levantarse los tiraban por el suelo, porque era el día que iba yo a limpiar.

—Ve a buscar a tu hermano —le dije.

Los había puesto a recoger cuando entró la señora Blum. Me sermoneó sobre las interferencias y me dijo que se negaba a «imponer culpabilidad o deberes» a sus hijos. La escuché, malhumorada. Luego, como si se le ocurriera de pronto, me pidió que desenchufara el frigorífico y lo limpiara con amoniaco y vainilla.

¿Amoniaco y vainilla? A partir de ahí dejé de odiarla. Una cosa tan simple. Me di cuenta de que realmente quería vivir en un hogar acogedor, que no quería imponer culpabilidad o deberes a sus hijos. Más tarde me tomé un vaso de leche, y sabía a amoniaco y vainilla.

40–TELEGRAPH AVENUE–BERKELEY. Lavandería de Mill y Addie. Addie está sola dentro, limpiando los cristales del escaparate. Detrás de ella, encima de una lavadora, hay una enorme cabeza de pescado en una bolsa de plástico. Ojos ciegos y perezosos. Un amigo, el señor Walker, les lleva cabezas de pescado para hacer caldo. Addie traza círculos inmensos de espuma blanca en el vidrio. Al otro lado de la calle, en la guardería St. Luke, un niño cree que lo está saludando. La saluda, haciendo los mismos gestos con los brazos. Addie para, sonríe y lo saluda de verdad. Llega mi autobús. Toma Telegraph Avenue hacia Berkeley. En el escaparate del SALÓN DE BELLEZA VARITA MÁGICA hay una estrella de papel de plata pegada a un matamoscas. Al lado, tienda de ortopedia con dos manos suplicantes y una pierna.

Ter se negaba a ir en autobús. Ver a la gente ahí sentada lo deprimía. Le gustaban las estaciones de autobuses, en cambio. Íbamos a menudo a las de San Francisco y Oakland. Sobre todo a la de Oakland, en San Pablo Avenue. Una vez me dijo que me amaba porque yo era como San Pablo Avenue.

Él era como el vertedero de Berkeley. Ojalá hubiera un autobús al vertedero. Íbamos allí cuando añorábamos Nuevo México. Es un lugar inhóspito y ventoso, y las gaviotas planean como los chotacabras del desierto al anochecer. Allá donde mires, se ve el cielo. Los camiones de basura retumban por las carreteras entre vaharadas de polvo. Dinosaurios grises.

No sé cómo salir adelante ahora que estás muerto, Ter. Aunque eso ya lo sabes.

Es como aquella vez en el aeropuerto, cuando estabas a punto de embarcar para Albuquerque.

—Mierda, no puedo irme. Nunca vas a encontrar el coche.

O aquella otra vez, cuando te ibas a Londres.

—¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie? —repetías sin parar.

—Haré macramé, chaval.

—¿Qué vas a hacer cuando me vaya, Maggie?

—¿De verdad crees que te necesito tanto?

—Sí —contestaste. Sin más, una afirmación rotunda de Nebraska.

Mis amigos dicen que me recreo en la autocompasión y el remordimiento. Que ya no veo a nadie. Cuando sonrío, sin querer me tapo la boca con la mano.

Voy juntando somníferos. Una vez hicimos un pacto: si para 1976 las cosas no se arreglaban, nos mataríamos a tiros al final del muelle. Tú no te fiabas de mí, decías que te dispararía y echaría a correr, o me mataría yo primero, cualquier cosa. Estoy harta de bregar, Ter.

58–UNIVERSIDAD–ALAMEDA. Las viejecitas de Oakland van todas al centro comercial Hink, en Berkeley. Las viejecitas de Berkeley van al centro comercial Capwell, en Oakland. En este autobús todos son jóvenes y negros, o viejos y blancos, incluidos los conductores. Los conductores viejos blancos son cascarrabias y nerviosos, especialmente en la zona del Politécnico de Oakland. Siempre paran con un frenazo, gritan a los que fuman o van escuchando la radio. Dan bandazos y se detienen en seco, haciendo que las viejecitas se choquen contra las barras. A las viejecitas les salen cardenales en los brazos, instantáneamente.

Los conductores jóvenes negros van rápido, surcan Pleasant Valley Road pasándose todos los semáforos en ámbar. Sus autobuses son ruidosos y echan humo, pero no dan bandazos.

Hoy me toca la casa de la señora Burke. También tengo que dejarla. Ahí nunca cambia nada. Nunca hay nada sucio. Ni siquiera entiendo para qué voy. Hoy me sentí mejor. Al menos he entendido lo de las treinta botellas de Lancers Rosé. Antes había treinta y una. Por lo visto ayer fue su aniversario de bodas. Encontré dos colillas de cigarrillo en el cenicero del marido (en lugar de la que hay siempre), una copa de vino (ella no bebe) y la botella en cuestión. Los trofeos de petanca estaban ligeramente desplazados. Nuestra vida juntos.

Ella me enseñó mucho sobre el gobierno de la casa. Coloca el rollo de papel de váter de manera que salga por abajo. Abre la lengüeta del detergente solo hasta la mitad. Quien guarda halla. Una vez, en un ataque de rebeldía, rasgué la lengüeta de un tirón con tan mala suerte que el detergente se vertió y cayó en los quemadores de la cocina. Un desastre.

(Mujeres de la limpieza: que sepan que trabajáis a conciencia. El primer día dejad todos los muebles mal colocados, que sobresalgan un palmo o queden un poco torcidos. Cuando limpiéis el polvo, poned los gatos siameses mirando hacia otro lado, la jarrita de la leche a la izquierda del azucarero. Cambiad el orden de los cepillos de dientes).

Mi obra maestra en este sentido fue cuando limpié encima del frigorífico de la señora Burke. A ella no se le escapa nada, pero si yo no hubiera dejado la linterna encendida no se habría dado cuenta de que me había entretenido en rascar y engrasar la plancha, en reparar la figurita de la geisha, y de paso en limpiar la linterna.

Hacer mal las cosas no solo les demuestra que trabajas a conciencia, sino que además les permite ser estrictas y mandonas. A la mayoría de las mujeres estadounidenses les incomoda mucho tener sirvientas. No saben qué hacer mientras estás en su casa. A la señora Burke le da por repasar la lista de felicitaciones de Navidad y planchar el papel de regalo del año anterior. En agosto.

Procurad trabajar para judíos o negros. Te dan de comer. Pero sobre todo porque las mujeres judías y negras respetan el trabajo, el trabajo que haces, y además no se avergüenzan en absoluto de pasarse el día entero sin hacer nada de nada. Para eso te pagan, ¿no?

Las mujeres de la Orden de la Estrella de Oriente son otra historia. Para que no se sientan culpables, intentad siempre hacer algo que ellas no harían nunca. Encaramaos a los fogones para restregar del techo las salpicaduras de una Coca-Cola reventada. Encerraos dentro de la mampara de la ducha. Retirad todos los muebles, incluido el piano, y ponedlos contra la puerta. Ellas nunca harían esas cosas, y además así no pueden entrar.

Menos mal que siempre están enganchadas como mínimo a un programa de televisión. Dejo la aspiradora encendida media hora (un sonido relajante) y me tumbo debajo del piano con un trapo de limpiar el polvo en la mano, por si acaso. Simplemente me quedo ahí tumbada, tarareando y pensando. No quise identificar tu cadáver, Ter, aunque eso trajo muchas complicaciones. Temía empezar a pegarte por lo que habías hecho. Morir.

El piano de los Burke lo dejo para el final. Lo malo es que la única partitura que hay en el atril es el himno de la Marina. Siempre acabo marchando a la parada del autobús al ritmo de «From the Halls of Montezuma…».

58–UNIVERSIDAD–BERKELEY. Un conductor viejo blanco cascarrabias. Lluvia, retrasos, gente apretujada, frío. Navidad es una mala época para los autobuses. Una hippy joven colocada empezó a gritar «¡Quiero bajarme de este puto autobús!». «¡Espera a la próxima parada!», le gritó el conductor. Una mujer de la limpieza gorda que iba sentada delante de mí vomitó y ensució las galochas de la gente y una de mis botas. El olor era asqueroso y varias personas se bajaron en la siguiente parada, como ella. El conductor paró en la gasolinera Arco de Alcatraz y trajo una manguera para limpiarlo, pero lo único que hizo fue echarlo hacia atrás y encharcar aún más el suelo. Estaba colorado y rabioso, y se saltó un semáforo; nos puso a todos en peligro, dijo el hombre que había a mi lado.

En el Politécnico de Oakland una veintena de estudiantes con radios esperaban detrás de un hombre prácticamente impedido. La Seguridad Social está justo al lado del Politécnico. Mientras el hombre subía al autobús, con muchas dificultades, el conductor gritó «¡Ah, por el amor de Dios!», y el hombre pareció sorprendido.

Otra vez la casa de los Burke. Ningún cambio. Tienen diez relojes digitales y los diez están en hora, sincronizados. El día que me vaya, los desenchufaré todos.

Finalmente dejé a la señora Jessel. Seguía pagándome con un cheque, y en una ocasión me llamó cuatro veces en una sola noche. Llamé a su marido y le dije que tengo mononucleosis. Ella no se acuerda de que me he ido, anoche me llamó para preguntarme si la había visto un poco pálida. La echo de menos.

Una señora nueva, hoy. Una señora de verdad.

(Nunca me veo como «señora de la limpieza», aunque así es como te llaman: su señora o su chica).

La señora Johansen. Es sueca y habla inglés con mucha jerga, como los filipinos.

Cuando abrió la puerta, lo primero que me dijo fue: «¡Santo cielo!».

—Uy. ¿Llego demasiado pronto?

—En absoluto, querida.

Invadió el escenario. Una Glenda Jackson de ochenta años. Quedé hechizada. (Mirad, ya estoy hablando como ella). Hechizada en el recibidor.

En el recibidor, antes incluso de quitarme el abrigo, el abrigo de Ter, me puso al día sobre su ida.

Su marido, John, había muerto hacía seis meses. A ella lo que más le costaba era dormir. Se aficionó a hacer puzles. (Señaló la mesita de la sala de estar, donde el Monticello de Jefferson estaba casi terminado, salvo por un agujero protozoario, arriba a la derecha).

Una noche se enfrascó tanto en el puzle que ni siquiera durmió. Se olvidó, ¡se olvidó de dormir! Y hasta de comer, para colmo. Cenó a las ocho de la mañana. Luego se echó una siesta, se despertó a las dos, desayunó a las dos de la tarde y salió y se compró otro puzle.

Cuando John vivía era Desayuno a las 6, Almuerzo a las 12, Cena a las 6. Los tiempos han cambiado, ¡a mí me lo van a decir!

—Así que no, querida, no llegas demasiado pronto —concluyó—. Solo que quizá me vaya de cabeza a la cama en cualquier momento.

Yo seguía de pie en el recibidor, acalorada, sin apartar la mirada de los ojos radiantes y somnolientos de mi nueva señora, como si los cuervos fueran a hablar.

Lo único que tenía que hacer era limpiar las ventanas y aspirar la moqueta; pero antes de aspirar la moqueta, encontrar la pieza que faltaba del puzle. Cielo con unas hojas de arce. Sé que se ha perdido.

Disfruté en el balcón, limpiando las ventanas. Aunque hacía frío, el sol me calentaba la espalda. Dentro, ella siguió con su puzle. Absorta, pero sin dejar de posar en ningún momento. Se notaba que había sido muy hermosa.

Después de las ventanas vino la tarea de buscar la pieza del puzle. Repasar centímetro a centímetro la alfombra verde, encontrar entre las largas hebras migas de biscotes, gomas elásticas del Chronicle. Estaba encantada, era el mejor trabajo que había tenido nunca. A ella le «importaba un rábano» si fumaba o no, así que seguí gateando por el suelo mientras fumaba, deslizando el cenicero a mi lado.

Encontré la pieza lejos de la mesita donde estaba el puzle, al otro lado del salón. Era cielo, con unas hojas de arce.

—¡La encontré! —gritó—. ¡Sabía que se había perdido!

—¡Yo la he encontrado! —exclamé.

Entonces pude pasar la aspiradora, y entretanto ella terminó el puzle con un suspiro. Al irme le pregunté cuándo creía que me necesitaría otra vez.

—Ah… ¿qué será, será? —dijo ella.

—Lo que tenga que ser… será —dije, y las dos nos reímos.

Ter, en realidad no tengo ningunas ganas de morir.

40–TELEGRAPH AVENUE. Parada del autobús delante de la LAVANDERÍA DE MILL Y ADDIE, que está abarrotada de gente haciendo turno para las lavadoras, pero en un clima festivo, como si esperaran una mesa. Charlan de pie al otro lado de la vidriera, tomando latas verdes de Sprite. Mill y Addie alternan como estupendos anfitriones, dando cambio a los clientes. En la televisión, la Orquesta Estatal de Ohio toca el himno nacional. Arrecia la nieve en Michigan.

Es un día frío, claro de enero. Cuatro motoristas con patillas aparecen por la esquina de la calle 29 como la cola de una cometa. Una Harley pasa muy despacio por delante de la parada del autobús y varios críos saludan al motorista greñudo desde la caja de una ranchera, una Dodge de los años cincuenta. Lloro, al fin.

La carretera de Ray Bradbury

Sendero

La carretera, un cuento de Ray Bradbury

(Estados Unidos, 1912-2012)

La lluvia fresca de la tarde había caído sobre el valle, humedeciendo el maíz en los sembrados de las laderas, golpeando suavemente el techo de paja de la choza. La mujer no dejaba de moverse en la lluviosa oscuridad, guardando unas espigas entre las rocas de lava. En esa sombra húmeda, en alguna parte, lloraba un niño.

Hernando esperaba que cesara la lluvia, para volver al campo con su arado de rejas de madera. En el fondo del valle hervía el río, espeso y oscuro. La carretera de hormigón —otro río— yacía inmóvil, brillante, vacía. Ningún auto había pasado en esa última hora. Era, en verdad, algo muy raro. Durante años no había transcurrido una hora sin que un coche se detuviese y alguien le gritara:”¡Eh, usted! ¿Podemos sacarle una foto?” Alguien con una cámara de cajón, y una moneda en la mano. Si Hernando se acercaba lentamente, atravesando el campo sin su sombrero, a veces le decían:

—Oh, será mejor con el sombrero puesto —Y agitaban las manos, cubiertas de cosas de oro que decían la hora, o identificaban a sus dueños, o que no hacían nada sino parpadear a la luz del sol como los ojos de una serpiente. Así que Hernando se volvía a recoger el sombrero.

—¿Pasa algo, Hernando? —le dijo su mujer.

—Sí. El camino. Ha ocurrido algo importante. Bastante importante. No pasa ningún auto.

Hernando se alejó de la cabaña, con movimientos lentos y fáciles. La lluvia le lavaba los zapatos de paja trenzada y gruesas suelas de goma. Recordó otra vez, claramente, el día en que consiguió esos zapatos. La rueda se había metido violentamente en la choza, haciendo saltar cacharros y gallinas. Había venido sola, rodando rápidamente. El coche (de donde venía la rueda) siguió corriendo hasta la curva y se detuvo un instante, con los faros encendidos, antes de lanzarse hacia las aguas. El automóvil aún estaba allí. Se lo podía ver en los días de buen tiempo, cuando el río fluía más lentamente y las aguas barrosas se aclaraban. El coche yacía en el fondo del río con sus metales brillantes, largo, bajo y lujoso. Pero luego el barro subía de nuevo, y ya no se lo podía ver.

Al día siguiente Hernando cortó la rueda y se hizo un par de suelas de goma.

Hernando llegó al borde del camino. Se detuvo y escuchó el leve crepitar de la lluvia sobre la superficie de cemento.

Y entonces, de pronto, como si alguien hubiese dado una señal, llegaron los coches. Cientos de coches, miles de coches; pasaron y pasaron junto a él. Los coches, largos y negros, se dirigían hacia el norte, hacia los Estados Unidos, rugiendo, tomando las curvas a demasiada velocidad. Con un incesante ruido de cornetas y bocinas. Y en las caras de las gentes que se amontonaban en los coches, había algo, algo que hundió a Hernando en un profundo silencio. Dio un paso atrás para que pasaran los coches. Pasaron quinientos, mil, y había algo en todas las caras. Pero pasaban tan rápido que Hernando no podía saber qué era eso.

Al fin la soledad y el silencio volvieron a la carretera. Los coches bajos, largos y rápidos, se habían ido. Hernando oyó a lo lejos el sonido de la última bocina.

La carretera estaba otra vez desierta.

Había sido como un cortejo fúnebre. Pero un cortejo desencadenado, enloquecido, un cortejo con los pelos de punta, que perseguía a gritos una ceremonia que se alejaba hacia el norte. ¿Por qué? Hernando sacudió la cabeza y se frotó suavemente las manos contra los costados del cuerpo.

Y ahora, completamente solo, apareció el último coche. Era verdaderamente algo último. Desde la montaña, camino abajo, bajo la fría llovizna, lanzando grandes nubes de vapor, venía un viejo Ford, con toda la rapidez de que era capaz. Hernando creyó que el coche iba a deshacerse en cualquier momento. Cuando vio a Hernando, el viejo Ford se detuvo, cubierto de barro y óxido. El radiador hervía furiosamente.

—¿Nos da un poco de agua? ¡Por favor, señor!

El conductor era un hombre joven de unos veinte años de edad. Vestía un sweater amarillo, una camisa blanca de cuello abierto y pantalones grises. La lluvia caía sobre el coche sin capota, mojando al joven conductor y a las cinco muchachas apretadas en los asientos. Todas eran muy bonitas. El joven y las muchachas se protegían de la lluvia con periódicos viejos. Pero la lluvia llegaba hasta ellos, empapando los hermosos vestidos, empapando al muchacho. El muchacho tenía los cabellos aplastados por la lluvia. Pero nadie parecía preocuparse. Nadie se quejaba, y era raro. Estas gentes siempre estaban quejándose, de la lluvia, el calor, la hora, el frío, la distancia.

Hernando asintió con un movimiento de cabeza.

—Les traeré agua.

—Oh, rápido, por favor —gritó una de las muchachas, con una voz muy aguda y llena de temor. La muchacha no parecía impaciente, sino asustada.

Hernando, ante tales pedidos, solía caminar aún más lentamente que de costumbre; pero ahora, y por primera vez, echó a correr.

Volvió en seguida con la taza de una rueda llena de agua. La taza era, también, un regalo del camino. Una tarde había aparecido como una moneda que alguien hubiese arrojado a su campo, redonda y reluciente. El coche se alejó sin advertir que había perdido un ojo de plata. Hasta hoy lo habían usado en la casa para lavar y cocinar. Servía muy bien de tazón.

Mientras echaba el agua en el radiador hirviente, Hernando alzó la vista y miró los rostros atormentados.

—Oh, gracias, gracias —dijo una de las jóvenes—. No sabe cómo lo necesitamos.

Hernando sonrió.

—Mucho tránsito a esta hora. Todos en la misma dirección. El norte.

No quiso decir nada que pudiese molestarlos. Pero cuando volvió a mirar, ahí estaban las muchachas, inmóviles bajo la lluvia, llorando. Lloraban con fuerza. Y el joven trataba de hacerlas callar tomándolas por los hombros y sacudiéndolas suavemente, una a una; pero las muchachas, con los periódicos sobre las cabezas, y los labios temblorosos, y los ojos cerrados, y los rostros sin color, siguieron llorando, algunas a gritos, otras más débilmente.

Hernando las miró, con la taza vacía en la mano.

—No quise decir nada malo, señor —se disculpó.

—Está bien —dijo el joven.

—¿Qué pasa, señor?

—¿No ha oído? —replicó el muchacho. Y volviéndose hacia Hernando, y asiendo el volante con una mano, se inclinó hacia él—: Ha empezado.

No era una buena noticia. Las muchachas lloraron aún más fuerte que antes, olvidándose de los periódicos, dejando que la lluvia cayera y se mezclara con las lágrimas.

Hernando se enderezó. Echó el resto del agua en el radiador. Miró el cielo, ennegrecido por la tormenta. Miró el río tumultuoso. Sintió el asfalto bajo los pies.

Se acercó a la portezuela. El joven extendió una mano y le dio un peso.

—No —Hernando se lo devolvió—. Es un placer.

—Gracias, es usted tan bueno —dijo una muchacha sin dejar de sollozar—. Oh, mamá, papá. Oh, quisiera estar en casa. Cómo quisiera estar en casa. Oh, mamá, papá.

Y las otras muchachas se unieron a ella.

—No he oído nada, señor —dijo Hernando tranquilamente.

—¡La guerra! —gritó el hombre como si todos fuesen sordos—. ¡Ha empezado la guerra atómica! ¡El fin del mundo!

—Señor, señor —dijo Hernando.

—Gracias, muchas gracias por su ayuda. Adiós —dijo el joven.

—Adiós —dijeron las muchachas bajo la lluvia, sin mirarlo.

Hernando se quedó allí, inmóvil, mientras el coche se ponía en marcha y se alejaba por el valle con un ruido de hierros viejos. Al fin ese último coche desapareció también, con los periódicos abiertos como alas temblorosas sobre las cabezas de las mujeres.

Hernando no se movió durante un rato. La lluvia helada le resbalaba por las mejillas y a lo largo de los dedos, y le entraba por los pantalones de arpillera. Retuvo el aliento y esperó, con el cuerpo duro y tenso.

Miró la carretera, pero ya nada se movía. Pensó que seguiría así durante mucho, mucho tiempo.

La lluvia dejó de caer. El cielo apareció entre unas nubes. En sólo diez minutos la tormenta se había desvanecido, como un mal aliento. Un aire suave traía hasta Hernando el olor de la selva.

Hernando podía oír el río, que seguía fluyendo, suave y fácilmente. La selva estaba muy verde; todo era nuevo y fresco. Cruzó el campo hasta la casa, y recogió el arado. Con las manos sobre su herramienta, alzó los ojos al cielo en donde empezaba a arder el sol.

—¿Qué ha pasado, Hernando? —le preguntó su mujer, atareada.

—No es nada —replicó Hernando.

Hundió el arado en el surco.

—¡Burrrrrrrro! –le gritó al burro, y juntos se alejaron bajo el cielo claro, por las tierras de labranza que bañaba el río de aguas profundas.

—¿A qué llamarán “el mundo”? —se preguntó Hernando.

Comentario de “La carretera”, de Ray Bradbury:

Bradbury nos describe apenas una escena en la que, con su particular habilidad, aporta el trazo humano a uno de los temas recurrentes en la ciencia ficción a principios de los años cincuenta: la bomba atómica y el peligro de una Tercera Guerra Mundial librada con estas armas.

El protagonista es un hombre de campo, un sujeto sencillo, y el escenario posiblemente es un lugar situado al norte de Mexico o el sur de Estados Unidos, pues Bradbury introduce palabras en castellano en la narración original. Nuestro hombre, agricultor ajeno al bullicio de la vida moderna, no podría estar más alejado de las preocupaciones políticas.

Junto a la tierra que cultiva pasa la autopista, lugar al que considera una parte más del entorno, por el que a veces se ven circular coches y que a veces deja restos aprovechables como neumáticos con los que fabricar suelas para los zapatos.

Un día, algo extraño ocurre. Tras un extraño sosiego, comienzan a pasar centenares de coches a toda velocidad, rumbo al norte. Un último coche con rezagados debe detenerse para conseguir agua para el radiador y así obtenemos confirmación de lo que ya sospechaba el lector: se ha desencadenado la guerra, es el fin del mundo.

(Fuente del comentario)

The Illustred Man (1951)

El hombre ilustrado, trad. Francisco Abelenda, Barcelona, Minotauro, 1986

¿Quién ha visto el viento? de Carson McCullers

¿Quién ha visto el viento?
“Who Has Seen the Wind?”
Originalmente publicado en Mademoiselle (September 1956)
Collected Stories of Carson McCullers (1987)

      Ken Harris había estado toda la tarde ante la máquina de escribir y una hoja en blanco. Era invierno y nevaba. La nieve ponía en sordina el tráfico, y el apartamento del Village estaba tan en silencio que le molestaba el tictac del despertador. Trabajaba en el dormitorio porque aquel cuarto, con las cosas de su mujer, le calmaba y le hacía sentirse menos solo. Su whisky de antes del almuerzo (¿o nada más despertarse?) había perdido mordiente con la lata de chile con carne consumida a solas en la cocina. A las cuatro metió el despertador en el cesto de la ropa y luego regresó a la máquina de escribir. La hoja seguía impoluta y el blanco de la holandesa le vaciaba la imaginación. Hubo sin embargo una época (¿cuánto tiempo había pasado?) en la que bastaba una canción en una esquina, una voz de la infancia, para que el panorama de la memoria condensara el pasado de manera que lo fortuito y lo verdadero se transfigurasen en una novela, en un relato… Hubo una época en la que la página en blanco llamaba y clasificaba los recuerdos y Ken sentía ese misterioso dominio de su arte. Una época, en pocas palabras, en la que era escritor y escribía casi todos los días. Trabajaba mucho, recomponía cuidadosamente las frases, tachaba las que resultaban ofensivas y cambiaba las palabras repetidas. Ahora estaba allí, encorvado y en cierto modo asustado, un tipo rubio cercano a los cuarenta, con sombras oscuras bajo unos ojos de color azul perla y labios llenos y pálidos. Pensaba en el viento abrasador del Texas de su infancia mientras miraba por la ventana la nieve que caía en Nueva York. Luego, de repente, se le abrió una puerta de la memoria y dijo unas palabras al tiempo que las escribía a máquina:

¿Quién ha visto el viento?
Ni tú ni yo lo hemos visto:
pero si los árboles se inclinan
el viento ha pasado allí mismo.

      La canción infantil le pareció tan siniestra que mientras estaba allí pensando en ella el sudor de la tensión le humedeció las palmas de las manos. Arrancó la hoja de la máquina de escribir y, después de romperla en mil pedazos, la arrojó a la papelera. Le consoló pensar que iba a una fiesta a las seis, se alegró de abandonar el apartamento silencioso, los versos destruidos, y de caminar por la calle, fría pero reconfortante.
       El metro tenía la escasa luz de lo que está bajo tierra y después del olor de la nieve el aire allí era fétido. Ken reparó en un individuo tumbado en un banco, pero no se preguntó, como en otro tiempo, por la historia de aquel desconocido. Vio acercarse el primer vagón balanceante del tren que llegaba y retrocedió para evitar el viento cargado de carbonilla. Vio abrirse y cerrarse las puertas —era su tren— y siguió mirándolo con desamparo mientras se alejaba ruidosamente. La tristeza se apoderó de él mientras esperaba el siguiente.
       El apartamento de los Rodgers estaba en un ático muy lejos hacia el Norte, y la fiesta había empezado ya. Se oía el rumor de las voces y se notaba el olor de la ginebra y de los canapés que se sirven en los cócteles. Mientras estaba con Esther Rodgers a la entrada de las habitaciones abarrotadas, dijo:
       —En la actualidad, cuando entro en una fiesta con muchos invitados siempre me acuerdo de la última que dio el duque de Guermantes.
       —¿Qué? —preguntó Esther.
       —¿Recuerdas cuando Proust, el yo, el narrador, miraba a todas las caras conocidas y cavilaba sobre las alteraciones producidas por el tiempo? Un pasaje magnífico…, lo leo todos los años.
       Esther pareció desconcertada.
       —Hay demasiado ruido. ¿No viene tu mujer?
       A Ken el rostro le tembló levemente antes de que procediera a apoderarse de uno de los martinis que ofrecía la criada.
       —Se presentará cuando termine en la editorial.
       —Trabaja demasiado…, todos esos manuscritos que leer…
       —Cuando me encuentro en una fiesta como ésta, siempre es lo mismo, casi exactamente. Pero existe una espantosa diferencia. Como si la tonalidad bajara, cambiase. La espantosa diferencia de los años que pasan, los trucos y el terror del tiempo, Proust…
       Pero su anfitriona se había marchado y Ken se encontró solo en las habitaciones abarrotadas donde se celebraba la fiesta. Examinó las caras que había visto en otros acontecimientos similares durante los últimos trece años y, efectivamente, habían envejecido. Esther, por ejemplo, había engordado mucho y su vestido de terciopelo le quedaba estrecho: la vida disipada, pensó, y la hinchazón producida por el whisky. Se había originado un cambio: trece años antes, cuando Ken publicó Noche de oscuridad, Esther casi se lo hubiera comido vivo y en ningún caso lo habría dejado solo en un extremo de la habitación. Por aquellos días Ken era el muchacho de los cabellos dorados. El chico de los cabellos dorados de la Diosa Casquivana; ¿no era ésa la Diosa del éxito, del dinero, de la juventud? Ken vio, junto a la ventana, a dos jóvenes escritores sureños, y comprendió que pasados diez años la Diosa Casquivana les reclamaría su capital de juventud. A Ken le agradó que se le hubiera ocurrido aquello y se comió una menudencia de jamón que estaban pasando en aquel momento.
       Luego vio, al otro lado de la habitación, a alguien a quien admiraba: Mabel Goodley, pintora y autora de decorados teatrales. Llevaba el pelo corto y reluciente y le brillaban las gafas con la luz. A Mabel le había gustado Noche de oscuridad desde el primer momento y dio una fiesta en su honor cuando le concedieron la beca Guggenheim. Más importante aún, le había parecido que su segundo libro era mejor que el primero, a pesar de la estupidez de los críticos. Ken echó a andar hacia Mabel, pero lo detuvo John Howards, un editor al que veía a veces en las fiestas.
       —Cómo le va —dijo Howards—, ¿qué está escribiendo en la actualidad, si no es una pregunta inoportuna?
       Era un principio de conversación que Ken detestaba. Las respuestas posibles eran varias: unas veces decía que estaba terminando una novela larga, otras que estaba aposta en barbecho. Ninguna respuesta era buena, dijera lo que dijese. Se le encogió el escroto y trató desesperadamente de parecer despreocupado.
       —Recuerdo muy bien el revuelo que provocó La habitación sin puerta en el mundo literario de aquellos días, un libro excelente.
       Howards era alto y vestía un traje marrón de tweed. Ken alzó los ojos horrorizado, armándose de valor contra aquel ataque inesperado. Pero los ojos castaños de su interlocutor eran extrañamente inocentes y Ken no encontró en ellos malicia alguna. Una mujer con unas perlas muy ajustadas alrededor de la garganta dijo, después de un doloroso instante:
       —Pero, cariño, el señor Harris no escribió La habitación sin puerta.
       —Oh —dijo Howards inútilmente.
       Ken miró las perlas de la mujer y sintió deseos de estrangularla.
       —No tiene la menor importancia.
       El editor insistió, intentado reparar el daño causado.
       —Pero usted es Ken Harris. Y está casado con Marian Campbell, la editora de ficción en…
       La mujer se apresuró a decir:
       —Ken Harris escribió Noche de oscuridad, una novela excelente. Harris se dio cuenta de que la garganta de la mujer quedaba preciosa con las perlas y el vestido negro. Su rostro se iluminó hasta que la otra dijo:
       —Hace diez o quince años de eso, ¿no es cierto?
       —Lo recuerdo —dijo el editor—, un libro magnífico. ¿Cómo he podido confundirlo? ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar antes de que disfrutemos con un segundo libro?
       —Escribí un segundo libro —dijo Ken—. Se hundió sin hacer ni una ola. Fracasó. —Después añadió a la defensiva—: Los críticos fueron aún más obtusos que de ordinario. Y yo no soy de los que escriben superventas.
       —Lástima —dijo el editor—. A veces somos víctimas de la industria.
       —El libro era mejor que Noche de oscuridad. Algunos críticos lo consideraron oscuro. Pero de Joyce dijeron lo mismo. —Y añadió, con la lealtad del escritor a su creación más reciente—: Era mucho mejor que el primero, y mi sensación es que no he hecho más que empezar a producir mi verdadera obra.
       —Ésa es la actitud —dijo el editor—. Lo más importante es seguir insistiendo. ¿Qué está escribiendo ahora, si no es una pregunta indiscreta? La violencia estalló de repente.
       —No es asunto suyo. —Ken no lo dijo en voz muy alta, pero las palabras se oyeron, y se creó una repentina zona de silencio en la habitación—. Ni de usted ni de nadie.
       Al cesar las demás voces se oyó la de la anciana señora Beckstein, que era sorda y estaba sentada en un rincón.
       —¿Por qué compras tantos edredones?
       Su hija soltera, que siempre acompañaba a su madre, custodiándola como si fuera miembro de una casa real o algún animal sagrado, y que hacía de traductora entre su madre y el mundo, dijo con firmeza:
       —El señor Brown estaba diciendo…
       El murmullo de voces recobró fuerza y Ken fue a la mesa de las bebidas, se apoderó de otro martini y mojó un trozo de coliflor en algún tipo de salsa. Comió y bebió de espaldas a la ruidosa habitación. Luego cogió un tercer martini y se abrió paso hasta Mabel Goodley. Se sentó en una otomana a su lado, cuidadoso con su copa y un tanto ceremonioso.
       —Ha sido un día muy cansado —dijo.
       —¿Qué has hecho?
       —Estar sentado sobre el trasero.
       —Un escritor que conocí en otro tiempo acabó con problemas sacroilíacos por estar sentado tanto tiempo. ¿Podría llegar a sucederte algo semejante?
       —No —respondió—. Te lo digo a ti, que eres la única persona sincera en esta habitación.
       Ken había intentado muchas cosas distintas cuando empezaron las hojas en blanco. Había tratado de trabajar en la cama y durante algún tiempo escribió a mano. Se había acordado de Proust y de su habitación aislada con láminas de corcho, y por espacio de un mes usó tapones para los oídos, pero no mejoraron su rendimiento y la goma hizo que contrajera una infección causada por hongos. Luego se mudaron a Brooklyn Heights, pero tampoco sirvió de nada. Cuando se enteró de que Thomas Wolfe había escrito de pie, con el manuscrito apoyado en el frigorífico, también lo intentó. Pero lo que hacía era abrir el frigorífico y comer… Había probado a escribir borracho, cuando las ideas y las imágenes le parecían maravillosas, pero descubrió que empeoraban mucho cuando, ya sobrio, leía lo escrito. Había trabajado a primera hora de la mañana, completamente sobrio y muy deprimido. Había pensado en Thoreau y en Walden. Había soñado con el trabajo manual y con dedicarse al cultivo de las manzanas. Si pudiera dar largos paseos por los páramos la luz de la creación literaria lo iluminaría de nuevo…, ¿pero dónde están los páramos de Nueva York?
       Se consolaba con los escritores que se habían sentido fracasados y cuya fama se consolidó después de muertos. Cuando tenía veinte años soñaba despierto que moriría a los treinta y que su nombre se pregonaría a voz en cuello después de que lo enterrasen. A los veinticinco, cuando había terminado Noche de oscuridad, soñaba despierto que moriría famoso, admirado por sus colegas, con una obra lograda a los treinta y cinco y la concesión del Premio Nobel en su lecho de muerte. Pero ahora que se acercaba a los cuarenta con dos libros —el primero un éxito, el segundo un fracaso defendible— ya no soñaba despierto sobre su muerte.
       —Me pregunto por qué sigo escribiendo —dijo—. Sólo se cosechan frustraciones.
       Había esperado vagamente de Mabel, su amiga, que dijera tal vez algo sobre su condición de escritor nato, que le recordara incluso las obligaciones que le imponía su talento, que incluso mencionase la palabra «genio», ese término mágico que convierte las dificultades y el fracaso exterior en gloria sombría. Pero la respuesta de Mabel lo dejó consternado.
       —Supongo que escribir es como el teatro. Una vez que escribes o actúas se te mete en la sangre.
       Ken despreciaba a los actores: engreídos, afectados, siempre sin trabajo.
       —No me parece que la interpretación sea un arte creativo, sino sólo interpretativo. Mientras que el escritor, por su parte, ha de cincelar la roca fantasmal…
       Vio entrar a su mujer procedente del vestíbulo. Marian era alta y esbelta, de cabellos negros, lisos y cortos, y llevaba un sencillo vestido negro, un vestido de aspecto profesional, sin adornos. Hacía trece años que se habían casado, el año de la publicación de Noche de oscuridad, y durante mucho tiempo Ken amó a su mujer con pasión. Hubo ocasiones en las que la esperaba con el asombro vertiginoso del amante y le embargaba un dulce temblor cuando por fin la veía. Era la época en la que hacían el amor casi todas las noches y a menudo por la mañana temprano. El primer año Marian, incluso, había vuelto a casa algunas veces a la hora del almuerzo y se habían amado desnudos a plena luz del día. Con el tiempo el deseo se calmó y el cuerpo de Ken dejó de temblar. Trabajaba en un segundo libro y avanzaba con dificultad. Luego le dieron una beca Guggenheim y, mientras Europa estaba en guerra, se marcharon a México. Él abandonó su libro y, aunque la euforia del éxito no le había abandonado aún, se sentía insatisfecho. Quería escribir, escribir y escribir, pero pasaba un mes tras otro y no escribía nada. Marian dijo que bebía demasiado y que sólo hacía como que trabajaba y él le tiró un vaso de ron a la cara. Luego Ken se arrodilló y lloró. Estaba por primera vez en un país extranjero y el tiempo, automáticamente, era valioso porque se trataba de un país extranjero. Escribiría del azul del cielo a mediodía, de las sombras mexicanas, del aire de la montaña que tenía el frescor del agua. Pero pasaba un día y otro día —siempre valiosos porque estaba en un país extranjero— y no escribía nada. Ni siquiera aprendía español, y hasta le molestaba oír hablar a Marian con la cocinera y con otros mexicanos. (Para una mujer era más fácil aprender un idioma y además ya sabía francés.) Y la baratura misma de México encarecía la vida; se gastaba el dinero como si fuese de mentirijillas o para usar en un escenario, y cuando llegaba el cheque de la Guggenheim ya se lo habían gastado. Pero estaba en un país extranjero y antes o después vivir en México sería valioso para él como escritor. Luego, al cabo de ocho meses, sucedió una cosa extraña: prácticamente sin aviso previo Marian tomó el avión y se volvió a Nueva York. Ken tuvo que interrumpir su año Guggenheim para seguirla. Y después no quiso vivir con él ni dejarlo vivir en su apartamento. Dijo que era como vivir con veinte emperadores romanos convertidos en uno y que no aguantaba más. Marian consiguió un puesto de ayudante del editor de ficción en una revista de modas mientras él vivía en un piso sin agua caliente: su matrimonio había fracasado y se habían separado, aunque Ken todavía trataba de seguirla por todas partes. La gente de la fundación Guggenheim no le renovó la beca y se gastó muy pronto el anticipo por su nuevo libro.
       Una mañana por aquella época tuvo una experiencia que no olvidaría nunca, aunque no sucedió nada, absolutamente nada. Era un soleado día de otoño con un cielo hermoso y verde por encima de los rascacielos. Había ido a desayunar a una cafetería y estaba sentado junto a una brillante cristalera. La gente pasaba deprisa por la calle, todos camino de algún sitio. Dentro de la cafetería había el bullicio habitual del desayuno, el entrechocar de bandejas y el ruido de muchas voces. La gente entraba, comía y se marchaba, y todo el mundo parecía seguro de sí mismo y de adónde iba. Parecían dar como evidente una meta que no era únicamente la rutina de sus empleos y de sus citas. Aunque la mayoría de la gente estaba sola, de algún modo parecían los unos parte de los otros, y parte todos ellos de la luminosa ciudad otoñal. Sólo él quedaba al margen, una cifra aislada en el diseño de una ciudad con un destino. Su mermelada resplandecía al sol y se la untó en una tostada pero no se la comió. El café tenía un brillo morado y había un resto de lápiz de labios en el borde de la taza. Fue una hora de desolación aunque no sucediera nada.
       Ahora en la fiesta, años después, el ruido, la seguridad de los otros y la conciencia de su aislamiento personal le recordó el desayuno en la cafetería y la hora presente se le hizo todavía más desolada por el imparable paso del tiempo.
       —Ahí está Marian —dijo Mabel—. Parece cansada y más delgada.
       —Si la maldita fundación Guggenheim me hubiera renovado la beca, la habría llevado un año a Europa —dijo Ken—. La Guggenheim de todos los demonios: ya no subvencionan a los que escribimos literatura. Sólo a los físicos, gente como la que se está preparando para otra guerra.
       La guerra mundial fue un alivio para Ken. Se alegró de abandonar el libro que iba mal, de abandonar su «roca fantasmal» por la experiencia común de aquellos días, porque la guerra fue sin duda la gran experiencia de su generación. Ken se graduó en la Escuela de Formación de Oficiales y cuando Marian lo vio con su uniforme, lloró y volvió a quererlo y ya no se habló más de divorcio. En su último permiso hicieron el amor con tanta frecuencia como en los primeros meses de matrimonio. En Inglaterra llovía todos los días y una vez un lord lo invitó a su castillo. Cruzó el canal el día D, y su batallón siguió adelante todo el camino hasta Schmitz. En un sótano de una ciudad en ruinas vio a un gato olfateando el rostro de un cadáver. Pasó miedo, pero no era el terror vacío de la cafetería ni la ansiedad ante la página en blanco de la máquina de escribir. Algo estaba sucediendo siempre: encontró tres jamones de Westfalia en la chimenea de la casa de un campesino y se rompió un brazo en un accidente de automóvil. La guerra era la gran experiencia de su generación y para un escritor todos los días eran automáticamente valiosos porque formaban parte de la guerra. Pero cuando se acabó, ¿de qué se podía escribir? ¿Del gato tranquilo y el cadáver, del lord inglés, del brazo roto?
      En el apartamento del Village volvió al libro tanto tiempo abandonado. Durante una época, el año que siguió a la guerra, vivió la alegría del escritor cuando escribe. Una época en la que todo encajaba, desde una voz de la infancia a una canción en la esquina. En la extraña euforia de su trabajo solitario se produjo una síntesis del mundo. Escribía de otro tiempo, de otro lugar. Escribía de su juventud en la población ventosa y polvorienta de Texas que era su ciudad natal. Escribió sobre la rebelión de la juventud, la nostalgia de las ciudades llenas de luces, la añoranza de un lugar que no se ha visto nunca. Mientras escribía Una noche de verano vivía en un apartamento de Nueva York, pero su vida interior estaba en Texas y la distancia era más que espacio: era la triste separación entre la mediana edad y la juventud. De manera que mientras escribía el libro estaba dividido entre dos realidades: su vida diaria de Nueva York y la cadencia rememorada de su juventud tejana. Cuando se publicó el libro y las reseñas fueron indiferentes o malas, le pareció que lo aceptaba bien, hasta que los días de desolación se fueron encadenando uno tras otro y empezó el terror. Hizo cosas extrañas en aquella época. Una vez se encerró en el baño con una botella de lysol, tembloroso y aterrado. Estuvo allí media hora hasta que con un gran esfuerzo vertió despacio el jabón de brea en el lavabo. Luego se tumbó en la cama y lloró hasta que, al final de la tarde, se quedó dormido. En otra ocasión se sentó en el alféizar de la ventana y dejó que una docena de hojas en blanco descendieran flotando a la calle desde el sexto piso. El viento fue empujando los papeles a medida que los dejaba caer uno tras otro, y sintió un extraño júbilo mientras los veía volar. Más que lo absurdo de aquellas acciones, lo que le hizo darse cuenta de que estaba enfermo fue la extrema tensión que las acompañó.
       Marian sugirió que fuese a un psiquiatra y él dijo que la psiquiatría se había convertido en un método de vanguardia para masturbarse. Luego se rió, pero Marian no le secundó y su risa solitaria terminó con un escalofrío de miedo. Al final Marian fue al psiquiatra y Ken tuvo celos de los dos: del médico porque era el árbitro de un matrimonio infeliz y de ella porque estaba más tranquila y él más desquiciado. Aquel año escribió algunos guiones para la televisión, ganó un par de miles de dólares y le compró a Marian un abrigo de piel de leopardo.
       —¿Estás haciendo más programas para la televisión? —le preguntó Mabel Goodley.
       —No —dijo—; estoy esforzándome todo lo que puedo por meterme en mi nuevo libro. Tú eres la única persona sincera que conozco. Contigo puedo hablar…
       Desinhibido por el alcohol y confiando en la amistad (porque después de todo Mabel era de sus personas preferidas), empezó a hablar del libro que llevaba tanto tiempo queriendo escribir:
       —El tema básico es traicionarse a uno mismo; y el personaje central, un abogado de una ciudad pequeña llamado Winkle. La acción se sitúa en mi ciudad natal, en Texas, y la mayoría de las escenas suceden en los mugrientos despachos del juzgado local. Al comenzar el libro Winkle se enfrenta con la siguiente situación… —Ken expuso su historia apasionadamente, hablando de los diferentes personajes y de sus motivos. Cuando Marian se acercó hablaba todavía, y le hizo gestos para que no le interrumpiera mientras miraba directamente a los ojos azules de Mabel, siempre discretamente ocultos detrás de las gafas. Luego, de repente, Ken tuvo la extraña sensación de lo déjà-vu. Sintió que en otra ocasión le había contado su libro a Mabel, en el mismo sitio y en las mismas circunstancias. Incluso la manera en que se movían las cortinas era la misma. De todos modos, detrás de las gafas las lágrimas hacían brillar los ojos de Mabel, y Ken se alegró de que se hubiera conmovido tanto—. De manera que Winkle se vio entonces empujado a divorciar… —le falló la voz—. Tengo la extraña sensación de que esto ya te lo he contado antes…
       Mabel esperó un momento y Ken calló.
       —Así es —dijo Mabel por fin—. Hace seis o siete años y en una fiesta que se parecía mucho a ésta.
       Ken no soportó la compasión que se leía en sus ojos o la vergüenza que latía en su propio cuerpo. Se levantó tambaleándose y tropezó con su copa.
       Después del estruendo del interior de la casa, el silencio en la terracita era absoluto, a excepción del viento, que aumentaba la sensación de abandono y soledad. Para calmar su vergüenza dijo en voz alta algo intrascendente: «Vaya, por qué demonios…» y sonrió con desfallecida angustia. Pero su vergüenza ardía aún y se llevó la mano, fría, a la frente caliente, palpitante. Había dejado de nevar, pero el viento alzaba remolinos de copos hasta donde él estaba. La longitud de la terraza eran unos seis pasos y Ken los recorrió muy despacio, contemplando con atención creciente las huellas indecisas de sus estrechos zapatos. ¿Por qué las miraba con tanta tensión? ¿Y por qué estaba allí, solo en la terraza invernal donde la luz de la fiesta se convertía, sobre la nieve, en un rectángulo enfermizamente amarillo? ¿Y los pasos? Al final de la terraza había una pequeña barandilla que le llegaba a la cintura. Cuando se apoyó en ella sabía que estaba muy suelta y sintió que ya sabía que iba a estar suelta y siguió apoyándose en ella. Se encontraba en el piso decimoquinto y las luces de la ciudad se extendían ante sus ojos. Estaba pensando que si daba un empujón a la barandilla desvencijada se caería, pero siguió tranquilo, pegado a ella, notándola combada y sintiéndose de algún modo protegido, satisfecho.
       Le pareció una perturbación injustificada el sonido de una voz desde la entrada de la terraza. Era Marian, que había exclamado suavemente:
       —¡Ah!
       Luego, al cabo de un momento, añadió:
       —Ken, ven aquí. ¿Qué estás haciendo ahí fuera?
       Ken se irguió. Luego, recuperado el equilibrio le dio a la barandilla un ligero empujón. No se rompió.
       —Esta valla está podrida…, probablemente la nieve. Me pregunto cuántas personas se habrán suicidado aquí.
       —¿Cuántas?
       —Seguro. Es una cosa bien fácil.
       —Vuelve.
       Con mucho cuidado Ken regresó por las huellas que había dejado.
       —Debe de haber más de dos centímetros de nieve. —Se agachó y la tocó con el índice—. No, cinco centímetros.
       —Tengo frío. —Marian le puso la mano en la chaqueta, abrió la puerta y lo devolvió a la fiesta. Había disminuido la animación y la gente empezaba a marcharse. Con la claridad de la luz, después de la oscuridad exterior, Ken vio que Marian parecía cansada. Sus ojos negros estaban cargados de reproches, atribulados, y Ken no soportaba mirarlos.
       —Cariño, ¿te duele la cabeza?
       Marian se frotó suavemente la frente y el puente de la nariz con el índice.
       —Me preocupa mucho verte en ese estado.
       —¡Estado! ¿Yo?
       —Recojamos nuestras cosas y marchémonos.
       Pero Ken no soportaba mirar a Marian a los ojos y la detestaba por deducir que estaba borracho.
       —Yo voy a ir ahora a la fiesta de Jim Johnson.
       Después de buscar sus abrigos y de las descoyuntadas despedidas, un grupo pequeño descendió en el ascensor y se quedó en la acera, esperando que apareciera algún taxi. Compararon direcciones y Marian, Ken y el editor subieron al primer taxi en dirección al centro. La vergüenza de Ken se había adormecido un poco y durante el trayecto empezó a hablar de Mabel.
       —Es muy triste lo de Mabel —dijo.
       —¿A qué te refieres? —preguntó Marian.
       —A todo. Es evidente que se está viniendo abajo. Desintegrándose, pobrecilla.
       Marian, a quien no le gustaba la conversación, le dijo a Howards:
       —¿Qué tal si atravesamos el parque? Está bonito cuando nieva, y es más rápido.
       —Yo voy hasta la esquina de la Quinta Avenida con la calle Catorce —dijo Howards, antes de indicarle al chófer que, por favor, fuese por el parque.
       —El problema con Mabel es que ya se ha convertido en un nombre del pasado. Hace diez años era una pintora y decoradora honesta. Quizá sea el fallo de la imaginación o tal vez los excesos en la bebida. Ha perdido la sinceridad y hace lo mismo una y otra vez, se repite todo el tiempo.
       —Tonterías —dijo Marian—. Sigue mejorando año tras año y gana muchísimo dinero.
       Estaban cruzando el parque y Ken contemplaba el paisaje invernal. Se había acumulado mucha nieve sobre los árboles y de vez en cuando el viento derribaba la que había en las ramas, aunque los árboles no se inclinaban. En el taxi Ken empezó a recitar la antigua canción infantil, y de nuevo las palabras le dejaron ecos siniestros y se le humedecieron las frías palmas de las manos.
       —No me había vuelto a acordar de esos versitos festivos desde hacía muchos años —dijo Jack Howards.
       —¿Festivos? Son tan terribles como Dostoievski.
       —Recuerdo que solíamos cantarlos en el jardín de infancia. Y cuando un niño celebraba su cumpleaños había una cinta azul o rosa en su sillita y los demás entonábamos Cumpleaños feliz.
       John Howards iba encorvado sobre el borde del asiento al lado de Marian. Era difícil imaginarse a aquel editor alto, voluminoso, con sus enormes chanclos, cantando años atrás en un jardín de infancia.
       —¿De dónde es usted? —preguntó Ken.
       —Kalamazoo —respondió Howards.
       —Siempre me he preguntado si realmente existía un sitio así o se trataba de… una metáfora.
       —Existía y existe un sitio así —dijo Howards—. Mi familia se mudó a Detroit cuando yo tenía diez años. —De nuevo Ken tuvo la sensación de lo desconocido y pensó que hay ciertas personas que han conservado tan poco de la niñez que la mención de sillas de jardín de infancia y de mudanzas familiares parece de algún modo estrafalaria. De repente concibió la idea de escribir un relato sobre un individuo así (lo llamaría El hombre del traje de tweed) y meditó en silencio mientras la historia se le desarrollaba en la cabeza, experimentando el antiguo júbilo que ahora sentía tan pocas veces.
       —El hombre del tiempo dice que esta noche vamos a llegar a veinte bajo cero —intervino Marian.
       —Me puede dejar aquí —le explicó Howards al taxista al tiempo que abría la cartera y le daba unos billetes a Marian—. Gracias por dejarme compartir su taxi. Y ésa es mi parte —añadió con una sonrisa—. Ha sido un placer verla de nuevo. A ver si almorzamos juntos uno de estos días…, y traiga a su marido si no le importa venir. —Después de salir a trompicones del taxi se dirigió a Ken—: Estoy deseando leer su próximo libro, Harris.
       —Idiota —dijo Ken después de que el taxi arrancara de nuevo—. Te dejaré en casa y luego me quedaré un rato en la fiesta de Jim Johnson.
       —¿Quién es? ¿Por qué tienes que ir?
       —Es un pintor que conozco y que me ha invitado.
       —¡Te relacionas con tantísima gente en estos últimos tiempos! Sales con una pandilla y luego te cambias a otra.
       Ken sabía que Marian tenía razón, pero no podía evitar comportarse así. En los últimos años entraba en un grupo —desde hacía ya mucho tiempo su círculo de amigos no coincidía con el de su mujer— hasta que se emborrachaba o hacía una escena, de manera que todo el entorno ligado al grupo se le hacía desagradable, se sentía fastidiado y comprendía que estaba de más. Entonces se cambiaba a otro grupo, y cada nuevo cambio era a un círculo menos estable que el anterior, con apartamentos menos acogedores y bebidas de peor calidad. Había llegado a un punto en el que se alegraba de ir a donde lo invitaran, aunque se tratase de desconocidos, con la esperanza de que una voz pudiera guiarlo y de que las endebles alegrías del alcohol calmaran sus nervios desquiciados.
       —Ken, ¿por qué no buscas ayuda? No puedo seguir así.
       —¿Por qué? ¿Cuál es el problema?
       —Lo sabes bien. —La sentía tensa y rígida en el taxi—. ¿De verdad vas a ir a otra fiesta? ¿No ves que te estás destruyendo? ¿Por qué te apoyabas en la barandilla de la terraza? ¿No te das cuenta de que estás… enfermo? Ven a casa.
       Las palabras de su mujer lo perturbaron, pero aquella noche no soportaba la idea de volver a casa con Marian. Tenía el presentimiento de que si se quedaban solos podía pasar algo terrible, y sus nervios le avisaban de aquel desastre todavía indefinido.
       En otros tiempos se hubieran alegrado de volver solos a casa después de una fiesta, de hablar sobre la velada mientras bebían tranquilos unas copas, de tomar por asalto el frigorífico e irse a la cama, a salvo del mundo exterior. Luego, una noche, al regresar de una fiesta había sucedido algo: Ken dijo o hizo algo que no podía o no quería recordar; después sólo quedaba la máquina de escribir aplastada y relámpagos de recuerdos vergonzosos con los que no era capaz de enfrentarse junto con la imagen de los ojos asustados de su mujer. Marian dejó de beber y trató de convencerlo para que acudiera a Alcohólicos Anónimos. Ken fue con ella a una reunión e incluso practicó la abstinencia durante cinco días, hasta que el horror de la noche que no recordaba quedó un poco distante. Después, cuando tuvo que beber solo, le molestaba la leche y el eterno café de Marian y a ella le molestaban sus bebidas alcohólicas. En aquella tensa situación Ken sintió que el psiquiatra era de algún modo el responsable y se preguntó si habría hipnotizado a su mujer. En cualquier caso las veladas pasaron a ser un desastre y todo resultaba forzado. Ahora, en el taxi, Ken sentía a Marian erguida y tensa y quería besarla como en los viejos tiempos cuando regresaban a casa después de una fiesta. Pero el cuerpo de su mujer no respondía al abrazo.
       —Cariño, ¿por qué no repetimos lo que hacíamos antes? Volvemos a casa, nos ponemos a tono sin prisa y repasamos la velada. Antes te gustaba hacerlo. Disfrutabas tomando unas copas cuando estábamos tranquilos, solos. Bebe conmigo y pongámonos cómodos como en los viejos tiempos. Me saltaré esa otra fiesta si quieres. Por favor, cariño. No eres en absoluto una alcohólica. Y el que no bebas hace que me sienta como un borrachín…, que me sienta anormal. Y no eres ni por lo más remoto una alcohólica, como tampoco lo soy yo.
       —Prepararé un poco de sopa y luego podemos irnos a la cama. —Pero su voz era imposible y a Ken le sonó condenatoria. Luego Marian añadió—: Me he esforzado tanto por salvar nuestro matrimonio y ayudarte. Pero es como luchar con arenas movedizas. Hay demasiadas cosas detrás de la bebida y estoy muy cansada.
       —Sólo me quedaré un minuto en la fiesta, ven conmigo.
       —No puedo ir.
       El taxi se detuvo y Marian pagó la carrera.
       —¿Tienes dinero? —preguntó al salir del automóvil—. Si es que tienes que ir.
       —Naturalmente.
      El apartamento de Jim Johnson estaba muy lejos en el West Side, en un barrio de puertorriqueños. Había cubos de basura abiertos en los bordillos y el viento arremolinaba papeles sobre las aceras nevadas. Cuando el taxi se detuvo Ken estaba tan distraído que el chófer tuvo que llamarlo. Miró el taxímetro y abrió el billetero: no tenía ni un solo billete de dólar, únicamente cincuenta centavos, cantidad insuficiente.
       —Me he quedado sin dinero, excepto estos cincuenta centavos —dijo Ken, entregando el dinero al conductor—. ¿Qué puedo hacer? El taxista lo miró.
       —Nada, salga. No hay nada que hacer.
       Ken se apeó.
       —Quince centavos de menos y sin propina… Lo siento.
       —Tendría que haber aceptado el dinero de la señora.
       Aquella fiesta se celebraba en un apartamento del último piso de una casa sin ascensor ni agua caliente; en cada uno de los descansillos se acumulaban olores de comida. La habitación estaba abarrotada, fría, y las llamas de gas ardían azules en el fogón, con la puerta del horno abierta para que saliera el calor. Como había muy pocos muebles a excepción de un sofá-cama, la mayoría de los invitados se habían sentado en el suelo. Había hileras de lienzos apoyados contra la pared y sobre un caballete descansaba un cuadro de un vertedero de color morado con dos soles verdes. Ken se acomodó en el suelo junto a un joven de mejillas sonrosadas que vestía una chaqueta marrón de cuero.
       —Siempre es relajante sentarse en el estudio de un pintor. Los pintores no tienen los problemas de los escritores. ¿Quién ha oído hablar de un pintor que se quede atascado? Nunca les falta algo con que trabajar: preparar el lienzo, los pinceles y todo lo demás. Mientras que una página en blanco…, los pintores no están neuróticos como muchos escritores.
       —No estoy seguro —dijo el joven—. ¿No se cortó Van Gogh una oreja?
       —Pero el olor a pintura, los colores y la actividad son relajantes. No como una hoja en blanco y una habitación silenciosa. Los pintores pueden silbar mientras trabajan e incluso hablar con otras personas.
       —Conocí una vez a un pintor que mató a su mujer.
       Cuando a Ken le ofrecieron un ponche de ron o una copa de jerez, eligió el jerez, al que encontró un sabor metálico, como si hubiera tenido monedas en remojo.
       —¿Es usted pintor?
       —No —dijo el joven—. Escritor…, quiero decir que escribo.
       —¿Cómo se llama?
       —Mi nombre no le diría nada. Todavía no he publicado mi libro. —Después de una pausa añadió—: Me aceptaron un relato en Bolder Accent, una revista pequeña, no sé si habrá oído hablar de ella.
       —¿Cuánto tiempo lleva escribiendo?
       —Ocho…, diez años. Por supuesto tengo que trabajar en otras cosas a tiempo parcial, lo bastante para comer y pagar el alquiler.
       —¿Qué clase de trabajos hace?
       —Cualquier cosa. Durante un año trabajé en un depósito de cadáveres. El sueldo era estupendo y podía dedicar a escribir cuatro o cinco horas diarias. Pero al cabo de un año empecé a notar que aquel empleo no era bueno para mi trabajo. Todos aquellos cadáveres…, de manera que pasé a preparar perritos calientes en Coney Island. Ahora estoy de portero de noche en un hotel de mala muerte. Pero dispongo de toda la tarde en casa para escribir y por la noche pienso en mi libro…, y en ese lugar no faltan situaciones de interés humano. Historias para el futuro, ¿sabe?
       —¿Qué le hace pensar que es escritor?
       El entusiasmo se esfumó del rostro del joven y cuando se apretó la mejilla con los dedos le dejaron marcas blancas.
       —Sencillamente lo sé. He trabajado mucho y tengo fe en mi talento. —Continuó después de una pausa—. Por supuesto un relato en una revista menor después de diez años no es un comienzo demasiado brillante. Pero piense en lo mucho que luchan casi todos los escritores, incluso los grandes genios. Dispongo de tiempo y de perseverancia, y cuando esta novela vea finalmente la luz, el mundo reconocerá mi talento.
       A Ken le resultó desagradable la total sinceridad del joven, porque veía en ella algo que él había perdido hacía mucho tiempo.
       —Talento —dijo con amargura—. Un talento pequeño, de un solo relato…, eso es la cosa más traicionera que Dios puede conceder. Trabajar y trabajar, con esperanza, con fe hasta que la juventud se consume… He visto esa situación demasiadas veces. Un talento pequeño es la mayor maldición divina.
       —Pero ¿cómo sabe que tengo un talento pequeño, cómo sabe que no es grande? No lo sabe, ¡no ha leído nunca una sola palabra de lo que he escrito! —protestó el otro lleno de indignación.
       —No pensaba en usted en particular. Hablo de manera abstracta.
       El olor a gas era intenso en la habitación, y el humo del tabaco se acumulaba en capas cerca del techo, muy bajo. El suelo estaba frío y Ken se apoderó de un cojín cercano y se sentó encima.
       —¿Qué tipo de cosas escribe?
       —Mi último libro es sobre un individuo llamado Brown…, quería que fuese un nombre corriente, como un símbolo de la humanidad en general. Ama a su esposa, pero tiene que matarla porque…
       —No me cuente más. Un escritor nunca debe hablar de su obra antes de terminarla. Además todo eso ya lo he oído antes.
       —¿Cómo es posible? Nunca se lo he contado, no he terminado de decirle…
       —Al final da lo mismo —dijo Ken—. Oí esa historia hace siete años…, ocho años en esta misma habitación.
       El rostro sonrosado palideció.
       —Señor Harris, aunque haya escrito dos libros que se han publicado, creo que es usted un hombre mezquino. —Alzó la voz—. ¡Haga el favor de dejarme en paz!
       El joven se levantó, se subió la cremallera de su chaqueta de cuero y fue a colocarse, con expresión hosca, en una esquina de la habitación.
       Al cabo de unos momentos Ken empezó a preguntarse por qué estaba allí. No conocía a nadie exceptuado el anfitrión, y el cuadro del vertedero y los dos soles le irritaba. En la habitación llena de desconocidos no había ninguna voz para guiarlo y el jerez le quemaba la boca, demasiado seca. Sin despedirse de nadie, Ken abandonó la habitación y bajó la escalera.
       Recordó que no tenía dinero y que no le quedaba otro remedio que volver andando. Todavía nevaba, el viento aullaba en las esquinas de las calles y la temperatura se acercaba a los veinte bajo cero. Estaba a muchas manzanas de su casa cuando vio un drug store en una esquina familiar y se le vino a la cabeza la idea de un café caliente. Si pudiera beber un poco de café que estuviera de verdad caliente, si pudiera calentarse las manos con la taza, se le aclararía el cerebro y tendría la energía suficiente para apretar el paso y enfrentarse, al llegar, con su mujer y con lo que iba a suceder. Luego pasó algo que en un primer momento le pareció ordinario, incluso natural. Un sujeto con sombrero hongo iba a cruzarse con él en la calle desierta y cuando estaban muy cerca el uno del otro, Ken dijo:
       —Buenas noches, hace muchísimo frío, ¿no le parece?
       El otro vaciló un momento.
       —Espere —siguió Ken—. Me encuentro en un aprieto. He perdido el dinero que llevaba, no importa cómo, y me pregunto si podría darme unos centavos para una taza de café.
       Una vez pronunciadas las palabras, Ken se dio cuenta de que la situación no era corriente y de que el desconocido y él intercambiaban esa mirada de vergüenza mutua, de desconfianza, que relaciona al mendigo con su posible benefactor. Ken se quedó con las manos en los bolsillos —había perdido los guantes en algún sitio—, el desconocido le lanzó una última mirada y apretó el paso.
       —Espere —le llamó Ken—. Piensa usted que soy un atracador, ¡pero no es cierto! Soy escritor, no un delincuente.
       El desconocido se apresuró hasta alcanzar el otro lado de la calle, la cartera chocándole con las rodillas mientras avanzaba. Ken llegó a su casa después de medianoche.
       Marian estaba en la cama y tenía un vaso de leche en la mesilla de noche. Ken se preparó un whisky con soda y se lo llevó al dormitorio, aunque por entonces bebía de ordinario a escondidas y deprisa.
       —¿Dónde está el despertador?
       —En el cesto de la ropa.
       Ken encontró el reloj y lo puso en la mesilla, junto a la leche. Marian le lanzó una mirada peculiar.
       —¿Qué tal tu fiesta?
       —Horrible. —Al cabo de un rato añadió—: Esta ciudad es un lugar sombrío. Las fiestas, la gente…, los desconocidos desconfiados. —Es a ti a quien siempre le han gustado las fiestas.
       —No, no me gustan. Ya no. —Se sentó en la cama de Marian, junto a ella, y de repente se le llenaron los ojos de lágrimas—. Cariño, ¿qué ha pasado con la granja donde íbamos a cultivar manzanas?
       —¿Manzanas?
       —Nuestra granja para cultivar manzanas. ¿No te acuerdas?
       —¡Hace tantos años y han sucedido tantas cosas!
       Pero aunque el sueño llevaba largo tiempo olvidado, su lozanía resurgió. Ken veía las flores de los manzanos bajo la lluvia primaveral, veía la vieja granja gris. Él ordeñaba al amanecer, luego se ocupaba de la huerta con verdes lechugas rizadas, del maíz en el verano polvoriento, de las berenjenas y las lombardas, brillantes por el rocío… El desayuno rural serían tortitas y salchichas de cerdos criados en casa. Terminados el desayuno y las tareas matutinas, Ken trabajaría cuatro horas en su novela y luego, por la tarde, se ocuparía de las cercas necesitadas de reparaciones y cortaría leña. Se imaginaba la granja en las cuatro estaciones: los períodos en los que estarían bloqueados por la nieve, cuando él terminaría toda una novela corta de un tirón; los días de mayo, suaves, dulces, luminosos; la charca verde del verano, donde pescaría truchas para su propio consumo; el octubre azul y las manzanas. El sueño, sin contaminación alguna de la realidad, era intenso, exacto.
       —Y por las noches —dijo, viendo la luz del hogar y el alzarse y caer de las sombras en la pared de la granja— estudiaríamos de verdad a Shakespeare y leeríamos la Biblia de cabo a rabo.
       Por un momento el sueño prendió de nuevo en Marian.
       —Eso fue el primer año que estuvimos casados —dijo, con tono de agravio o de sorpresa—. Y después de iniciar el cultivo de las manzanas íbamos a tener un hijo.
       —Lo recuerdo —dijo Ken de manera imprecisa, aunque era aquélla una parte que había olvidado por completo. Veía un niño indefinido de unos seis años con pantalones vaqueros…, luego el niño desaparecía y se veía él, claramente, sobre el caballo (o más bien la mula), transportando el manuscrito terminado de una gran novela al pueblo más próximo para enviarla por correo a los editores.
       —Podríamos vivir con casi nada, y vivir bien. Yo haría todo el trabajo, porque la mano de obra es lo que trae cuenta en los días que corren, cultivaríamos todo lo que comiéramos. Tendríamos nuestros cerdos y una vaca y gallinas. —Después de una pausa, añadió—: Ni siquiera habría que pagar las bebidas alcohólicas. Yo mismo fabricaría sidra y aguardiente de manzana. Tendríamos una prensa y todo eso.
       —Estoy cansada —dijo Marian, y se tocó la frente con los dedos.
       —Se acabaría el ir a fiestas en Nueva York y por las noches leeríamos la Biblia de principio a fin. No lo he hecho nunca, ¿lo has hecho tú?
       —No —dijo ella—, pero no necesitas dedicarte a cultivar manzanas para leer la Biblia.
       —Quizá necesite de las manzanas para leer la Biblia y hasta para escribir bien.
       —Bueno, tant pis. —La frase en francés indignó a Ken; durante un año antes de que se casaran, Marian había enseñado francés en un instituto y, a veces, cuando estaba molesta o decepcionada con él utilizaba una frase en francés que a menudo no entendía.
       Sintió crecer entre ellos una tensión que quería evitar a toda costa. Siguió en la cama, encorvado y abatido, contemplando los grabados en la pared del dormitorio.
       —Sucede que a mis esperanzas les ha sucedido algo completamente descabellado. Cuando era joven estaba convencido de que iba a ser un gran escritor. Luego pasaron los años, y ya me conformaba con ser un excelente escritor menor. ¿No notas la caída mortal en eso?
       —No, estoy exhausta —dijo Marian al cabo de un rato—. También yo he pensado en la Biblia este año último. Uno de los primeros mandamientos es No adorarás a otros dioses. Pero tú y otros como tú habéis hecho un dios de la ilusión. Haces caso omiso de tus otras responsabilidades: familia, situación económica, incluso dignidad, amor propio. Haces caso omiso de todo lo que pueda interferir con tu extraño dios. El becerro de oro no fue nada comparado con esto.
       —Y después de conformarme con no ser más que un escritor menor tuve que reducir aún más mis aspiraciones. Escribí guiones para la televisión y traté de convertirme en un escritorzuelo competente. Pero tampoco lo conseguí. ¿Entiendes el horror? Me convertí en mezquino, en envidioso: antes no lo había sido nunca, era razonablemente bueno cuando era feliz. Lo último y definitivo es renunciar por completo a escribir y conseguir un empleo como publicitario. ¿Te das cuenta del horror?
       —He pensado con frecuencia que ésa podría ser una solución. Cualquier cosa, cariño, que te devuelva el amor propio.
       —Sí —dijo Ken—. Pero preferiría trabajar en el depósito de cadáveres o preparar perritos calientes.
       Los ojos de Marian se llenaron de aprensión.
       —Es tarde. Acuéstate.
       —En la granja de las manzanas trabajaría muchísimo, tareas manuales, además de escribir. Sería tranquilo y… sin riesgo. ¿Por qué no podemos hacerlo, amorcito?
       Manían se estaba cortando un padrastro y ni siquiera lo miró.
       —Quizá tu tía Rosa podría prestarme dinero… de una manera estrictamente legal, como una operación bancaria. Con hipotecas financieras sobre la granja y las cosechas. Y le dedicaría el primer libro que escribiera.
       —Un préstamo…, ¡de mi tía Rose no! —Marian dejó las tijeras sobre la mesilla de noche—. Me voy a dormir.
       —¿Por qué no crees en mí…, ni en la granja de las manzanas? ¿Por qué no quieres hacerlo? Sería tan tranquilo y tan sin riesgos… Estaríamos solos y muy lejos…, ¿por qué no quieres?
       Los ojos negros de Marian estaban muy abiertos y Ken vio en ellos una expresión que sólo había visto una vez antes.
       —Porque —dijo muy despacio— no me quedaría sola contigo, ni me iría lejos, a esa descabellada granja, por nada del mundo, sin médicos, ni amigos ni ayuda. —La aprensión se había convertido en miedo y le brillaban los ojos de terror. Alzó la sábana con las manos.
       La voz de Ken reflejó su consternación.
       —¡Cariño, tú no me tienes miedo! Vaya, no te tocaría ni un pelo de la cabeza. Hasta me parece mal que sople el viento donde tú estás… No podría hacerte…
       Marian se colocó la almohada y, volviéndose de espaldas, se tumbó.
       —De acuerdo. Buenas noches.
       Durante un rato Ken siguió aturdido, y luego se arrodilló en el suelo junto a la cama de Marian y le colocó suavemente una mano en las nalgas. La apagada pulsión del deseo revivió con el tacto.
       —¡Vamos! Me quito la ropa. Hagamos mimines. —Ken aguardó, pero Marian no se movió ni respondió.
       —Vamos, amorcito.
       —No —dijo ella. Pero el deseo de Ken iba en aumento y no se fijó en las palabras de su mujer, le temblaba la mano y las uñas parecían sucias sobre la sábana blanca—. Ya no —dijo—. Nunca jamás.
       —Por favor, amor mío. Después podremos quedarnos tranquilos y dormir. Cariño mío, eres todo lo que tengo. ¡Eres el oro en mi vida!
       Marian le apartó la mano y se irguió bruscamente. El miedo había sido reemplazado por un fogonazo de indignación, y la vena azul se le marcaba en la sien.
       —Oro en tu vida… —Su voz intentó la ironía, sin conseguirlo—. En cualquier caso soy yo quien te gana el sustento de cada día.
       El insulto contenido en aquellas palabras se le reveló despacio, luego la cólera saltó tan repentina como una llama.
       —Me… me…
       —Crees ser el único que ha sufrido un desengaño. Yo me casé con un escritor y creía que se iba a convertir en un gran escritor. Me parecía bien mantenerte…, pensaba que iba a merecer la pena. De manera que trabajé en una oficina mientras tú te quedabas aquí sentado, reduciendo tus aspiraciones. Dios mío, ¿qué es lo que nos ha pasado?
       Ken trató de decir algo pero la rabia no le permitió hablar.
       —Quizá te podrían haber ayudado. Si hubieras ido a un médico cuando empezaste a bloquearte. Pero los dos sabemos desde hace mucho tiempo que estás… enfermo.
       Ken vio de nuevo la expresión que ya había visto antes —aquella mirada era lo único que recordaba de la horrible pérdida de memoria—: los ojos negros, brillantes por el miedo, y la vena que destacaba sobre la sien. Ken se contagió, reflejando la misma expresión de Marian, de manera que sus miradas se entrelazaron, encendidas por el terror.
       Incapaz de soportarlo, Ken cogió las tijeras de la mesilla de noche y las alzó por encima de su cabeza, los ojos fijos en la vena de la sien de su mujer.
       —¡Enfermo! —dijo por fin—. Quieres decir loco. Te voy a enseñar a tener miedo de que esté loco. Te voy a enseñar a hablar de mantenerme. ¡Te voy a enseñar a pensar que estoy loco!
       Los ojos de Marian brillaron preocupados y trató débilmente de moverse. La vena de la sien se le retorció.
       —No te muevas. —Luego, con un gran esfuerzo abrió la mano y las tijeras cayeron sobre el suelo enmoquetado—. Lo siento —dijo—. Discúlpame. —Después de buscar por toda la habitación con expresión perdida vio la máquina de escribir y fue rápidamente a por ella.
       —Me la llevo al cuarto de estar. No he terminado mi parte de hoy…, hay que ser disciplinado en cosas como ésta.
       Se sentó delante de la máquina en el cuarto de estar, alternando X y R por la diferencia entre el sonido de las dos letras. Después de rellenar unas cuantas líneas se detuvo y dijo con voz hueca:
       —Esta historia se levanta ya sobre las patas de atrás. —Luego empezó a teclear: Están verdes, dijo la zorra. Lo escribió varias veces y se recostó en la silla.
       —Corazón —suplicó con tono apremiante—. Sabes cómo te quiero. Eres la única mujer en la que he pensado nunca. Eres mi vida. ¿No lo entiendes, cielito?
       Marian no respondió y sólo el murmullo de los tubos de la calefacción interrumpía el silencio del apartamento.
       —Perdóname —dijo Ken—. Siento mucho haber alzado las tijeras. Sabes que ni siquiera te daría un pellizco fuerte. Dime que me perdonas. Dímelo, por favor.
       Pero la respuesta siguió sin llegar.
       —Voy a ser un buen marido. Incluso conseguiré un empleo en una agencia de publicidad. Seré un poeta dominguero: sólo escribiré los fines de semana y las fiestas. Lo haré, cariño, ¡lo haré! —dijo con desesperación—. Aunque me gustaría mucho más preparar perritos calientes en el depósito de cadáveres.
       ¿Era la nieve lo que hacía tan silenciosa la habitación? Ken, que oía los latidos de su propio corazón, escribió:

¿Por qué estoy tan asustado?
¿¿Por qué estoy tan asustado??
¿¿¿Por qué estoy tan asustado???

       Se levantó, fue a la cocina y abrió la puerta del frigorífico.
       —Cariño, te voy a preparar algo delicioso para comer. ¿Qué es esa cosa oscura en el plato del rincón? Vaya, ¡no me digas que es el hígado que sobró de la cena el domingo pasado! ¡Siempre te han gustado mucho los higaditos de pollo! ¿O prefieres algo bien caliente, como una sopa? ¿Cuál de las dos cosas, cariño?
       Ningún ruido.
       —Apuesto cualquier cosa a que no has cenado. Tienes que estar agotada…, con esas fiestas terribles, y beber y caminar…, sin probar nada sólido. Necesitas que te cuide. Comeremos primero y luego haremos mimines.
       Se quedó quieto, escuchando. Después, en las manos el hígado de pollo untado de gelatina, se llegó de puntillas al dormitorio. La habitación y el baño estaban vacíos. Con mucho cuidado colocó el hígado sobre el paño blanco del tocador. Luego se quedó en el umbral, con un pie alzado para caminar, que después se inmovilizó en el aire unos momentos. A continuación abrió armarios, hasta el de las escobas en la cocina, y miró detrás de los muebles, incluso debajo de la cama. Marian no estaba en ningún sitio. Finalmente, se dio cuenta de que el abrigo de leopardo y el bolso de su mujer habían desaparecido. Jadeaba cuando se sentó delante del teléfono.
       —Qué tal, doctor. Ken Harris al habla. Mi mujer ha desaparecido. Sencillamente se ha marchado mientras yo escribía a máquina. ¿Está ahí con usted? ¿Le ha telefoneado? —Dibujó cuadrados y líneas ondulantes en el bloc de notas—. ¡Claro que sí, demonios, nos hemos peleado! Cogí las tijeras…, no, ¡no la toqué! No le haría daño por nada del mundo. No, no está herida…, ¿de dónde saca semejante idea? —Ken escuchó—. Sólo le quiero decir esto. Sé que ha hipnotizado a mi esposa…, que le ha calentado la cabeza para volverla contra mí. Si sucede algo entre nosotros, lo voy a matar. Me presentaré en su entrometida consulta de Park Avenue y lo mataré bien muerto.
       A solas en las habitaciones vacías, silenciosas, Ken sintió un miedo indefinible que le recordó su infancia obsesionada por los fantasmas. Se sentó en la cama, con los zapatos puestos, acunándose las rodillas con los dos brazos. Le vino a la cabeza un verso. «Amor mío, amor mío, ¿por qué me has dejado solo?» Sollozó y se mordió la rodilla a través del pantalón.
       Después de un rato llamó a los lugares en los que pensó que podría encontrar a Marian, y acusó a sus amigos de entrometerse en su matrimonio o de esconder a su mujer… Cuando llamó a Mabel Goodley se había olvidado ya del episodio en la fiesta de los Rodgers y le dijo que quería ir a verla. Cuando ella le respondió que eran las tres de la madrugada y tenía que levantarse pronto, Ken preguntó para qué estaban los amigos si no era para ocasiones como aquélla. Acto seguido la acusó de esconder a Marian, de entrometerse en su matrimonio y de estar compinchada con el malvado psiquiatra…
       Al final de la noche dejó de nevar. El cielo del amanecer tenía color gris perla y el día iba a ser claro y muy frío. Al salir el sol, Ken se puso el abrigo y se fue a la calle, donde no había nadie en aquel momento. El sol moteaba de oro la nieve recién caída, y las sombras eran de color azul lavanda. Sus sentidos buscaban el helado resplandor de la mañana y estuvo pensando que debería escribir sobre un día así, que realmente se proponía escribir sobre algo así.
       Convertido en una figura encorvada y ojerosa de mirada brillante y perdida, Ken se dirigió despacio hacia el metro. Pensó en las ruedas de los trenes y en el viento arenoso, en sus rugidos. Se preguntó si era cierto que en el momento de la muerte el cerebro se llena de las imágenes del pasado
       —los manzanos, los amores, la cadencia de las voces perdidas—, todo fundido y de vivos colores en el cerebro que muere. Caminaba muy despacio, los ojos fijos en sus pisadas solitarias y en la nieve virginal que tenía por delante.
       Un policía a caballo pasó por la calzada cerca de él. El aliento del caballo se hizo visible en el aire frío e inmóvil, y sus ojos eran morados, transparentes.
       —Oiga, agente. Tengo que presentar una denuncia. Mi mujer alzó las tijeras contra mí…, apuntando a esta vena azul. Luego abandonó el apartamento. Mi mujer está muy enferma…, loca. Habría que ayudarla antes de que suceda algo horrible. No ha querido cenar nada…, ni siquiera un higadito de pollo.
       Ken siguió avanzando con dificultad, y el agente se lo quedó mirando mientras se alejaba. La meta de Ken era tan poco controlable como el viento que nadie ha visto; y él pensaba sólo en sus pasos y en el camino inmaculado que tenía por delante.

Literatura .us

La Sirena de la niebla de Ray Bradbury

Allá afuera, en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y llegó, ya aceitamos la maquinaria de bronce y encendimos el faro
de niebla en lo alto de la torre. Sintiéndonos como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos la luz que exploraba, roja, luego blanca, pero roja otra vez, en
busca de los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, siempre estaba nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena que temblaba entre los jirones de niebla y sobresaltaba a las gaviotas, que se alejaban como mazos de barajas desparramadas, y hacía que las olas crecieran y espumaran.
—Es una vida solitaria, pero ya te has acostumbrado
¿no? —preguntó McDunn.
—Sí —dije—. Gracias a Dios, usted es un buen conversador.
—Bueno, mañana te toca ir a tierra —dijo, sonriendo—, a bailar con las muchachas y tomar ginebra.
—McDunn, ¿en qué piensa cuando lo dejo solo aquí?
—En los misterios del mar.
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McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de
una fría tarde de noviembre. La calefacción funcionaba,
la luz movía su cola en doscientas direcciones y la sirena
zumbaba en la alta garganta de la torre. No había ni un
pueblo en ciento cincuenta kilómetros de costa; solamente un camino solitario que cruzaba los campos muertos
y llegaba al mar llevando pocos autos, tres kilómetros de
frías aguas hasta nuestra roca y unos pocos barcos.
—Los misterios del mar —dijo McDunn pensativo—. ¿Sabes que el océano es el más extraño copo de nieve que ha existido? Se mueve y se hincha con mil formas
y colores y no hay dos parecidos. Es extraño. Una noche,
hace años, estaba aquí, solo, cuando todos los peces del
mar salieron a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en la bahía, temblorosos, mirando fijamente
la luz del faro roja, blanca, roja, blanca, iluminándolos,
de modo que pude ver sus extraños ojos. Me quedé frío.
Eran como una enorme cola de pavo real, que se agitó allí
hasta la medianoche. Luego, sin hacer el menor ruido, desaparecieron; un millón de peces desapareció. A veces pienso que, quizá, de alguna forma, habían recorrido todos
esos kilómetros para orar. Es extraño. Pero pienso que la
torre debe impresionarlos, alzaba veinte metros por encima del mar, y la luz-Dios que sale del faro y la torre que se
anuncia con su voz monstruosa. Esos peces nunca volvieron, pero ¿no crees que por unos instantes creyeron estar
en presencia de Dios?
Me estremecí. Miré hacia las largas y grises praderas
del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la
nada.
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—Oh, el mar está lleno —McDunn chupó su pipa
nervioso, y parpadeó. Había estado nervioso todo el día,
pero no había dicho por qué—. A pesar de todas nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez
mil siglos antes de que pisemos realmente el fondo de las
tierras sumergidas, el reino de las hadas que hay allí y
conozcamos el verdadero terror. Piénsalo: allí es todavía
el año 300000 antes de Cristo. Mientras nosotros nos
pavoneamos con trompetas, y nos arrancamos las cabezas y los países unos a otros, ellos han vivido a dieciocho
kilómetros de profundidad bajo las aguas, en el frío, en
un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.
—Sí. El mundo es muy viejo.
—Ven. Tengo algo especial que te he estado reservando.
Subimos los ochenta escalones, hablando y tomándonos nuestro tiempo. Arriba, McDunn apagó las luces del
cuarto para que no hubiese reflejos en el cristal cilíndrico. El gran ojo de luz zumbaba y giraba suavemente sobre
sus cojinetes aceitados. La sirena gritaba regularmente
una vez cada quince segundos.
—Parece un animal, ¿no es cierto? —McDunn se aprobó a sí mismo—. Un enorme animal solitario que grita en
la noche. Sentado aquí, al borde de diez millones de años,
y llamando al abismo: estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y
el abismo responde; sí, lo hace. Ya llevas tres meses aquí,
Johnny, de modo que es mejor que estés preparado. En
esta época del año —dijo, mientras estudiaba la oscuridad
y la niebla—, algo viene a visitar el faro.
—¿Los cardúmenes de peces de que me habló?
La sirena de la niebla
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—No. Esto es otra cosa. No te lo había dicho porque
hubieras pensado que estoy loco. Pero ya no puedo postergarlo, porque, si el año pasado marqué bien mi calendario,
vendrá esta noche. No voy a entrar en detalles; ya lo verás
tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, puedes hacer
el equipaje y tomar la lancha y recoger el coche que tienes
estacionado en el muelle y dirigirte a algún pueblecito situado tierra adentro y mantener la luz encendida durante
la noche. No te preguntaré nada ni te culparé. Ya ha sucedido en los últimos tres años, y ésta es la primera vez que
hay alguien aquí para comprobarlo. Espera y vigila.
Pasó media hora en que sólo murmuramos unas pocas palabras. Cuando la espera empezó a fatigarnos, McDunn empezó a describirme algunas de sus ideas. Tenía
teorías acerca de la sirena.
—Un día, hace muchos años, llegó un hombre y escuchó el sonido del mar en una costa fría y sin sol y dijo:
“Necesitamos una voz que llame a través del mar, que advierta a los barcos. Yo haré una. Haré una voz que será
como todo el tiempo y toda la niebla que han existido.
Haré una voz que será como una cama vacía a tu lado durante toda la noche, y como una casa vacía cuando abres
la puerta, y como los árboles deshojados del otoño. Un
sonido como el de los pájaros cuando vuelan hacia el sur,
gritando, y un sonido como el del viento de noviembre y
el del mar en una costa dura y fría. Haré un sonido tan
desolador que nadie podrá dejar de oírlo, que todos cuantos lo oigan llorarán y que hará que los hogares parezcan
más tibios y que la gente se alegre de estar dentro de casa
en los pueblos distantes. Haré un sonido y un aparato y
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lo llamarán una sirena y quienquiera que lo oiga sabrá
que la eternidad es triste y la vida es breve”.
La sirena llamó.
—Inventé esa historia —dijo McDunn en voz baja—
para explicar por qué esta cosa vuelve al faro todos los
años. Creo que la sirena la llama y viene…
—Pero… —dije yo.
—Chist… —dijo McDunn—. ¡Allí!
Señaló al abismo.
Algo venía nadando hacia el faro.
Como ya dije, era una noche fría. La torre estaba
fría, la luz iba y venía y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de niebla. Uno no podía ver muy lejos ni
muy claro, pero allí estaba el mar profundo, viajando
alrededor de la noche, plano y silencioso, del color del
barro gris, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la
alta torre, y allá, lejos al comienzo, se elevó una onda,
seguida por una ola, un alzamiento del agua, una burbuja, un poco de espuma. Y entonces de la superficie del
frío mar surgió una cabeza, una enorme cabeza oscura, con ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego, no un
cuerpo, sino ¡más y más cuello! La cabeza se levantó sus
buenos doce metros sobre la superficie, apoyada en un
esbelto y hermoso cuello oscuro. Y sólo entonces, como
una islita de coral negro y conchas y cangrejos, el cuerpo surgió de las profundidades. La cola era apenas un
destello. En conjunto, calculé que el monstruo medía
veinticinco o treinta metros de longitud desde la cabeza
hasta la punta de la cola.
No sé qué dije. Dije algo.
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—Calma, muchacho, calma —susurró quedamente
McDunn.
—Es imposible —dije.
—No, Johnny. Nosotros somos imposibles. Eso es lo
que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Somos nosotros y la tierra los que hemos cambiado, lo que
se ha vuelto imposible. ¡Nosotros!
Nadaba lentamente, grande, oscuro, majestuoso en las
aguas heladas, a lo lejos. La niebla iba y venía a su alrededor, y borraba su contorno. Uno de los ojos del monstruo recogió y reflejó y devolvió nuestra inmensa luz, roja,
blanca, roja, blanca, como un disco elevado en el aire que
enviara un mensaje en un código primitivo. Era tan silencioso como la niebla en la que se desplazaba.
—¡Es una especie de dinosaurio!
Me agaché y me agarré del barandal de la escalera.
—Sí, uno de la tribu.
—Pero ¡se extinguieron!
—No. Se ocultaron en el abismo. En lo más profundo
del más abismal abismo. Ésa sí que es una palabra, Johnny,
una verdadera palabra… dice mucho: el abismo. En una
palabra así están toda la frialdad y la oscuridad y la profundidad del mundo.
—¿Qué haremos?
—¿Hacer? Éste es nuestro trabajo, no podemos marcharnos. Además, estamos más seguros aquí que en cualquier embarcación que pudiera llevarnos a la costa. Eso
es tan grande como un destructor y casi tan veloz.
—Pero ¿por qué viene aquí?
Enseguida tuve la respuesta.
Ray Bradbury
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La sirena llamó.
Y el monstruo respondió.
Un grito atravesó un millón de años de agua y niebla.
Un grito tan angustioso y solitario que tembló en mi cabeza y en mi cuerpo. El monstruo le gritó a la torre. La
sirena sonó. El monstruo abrió su gran boca dentada, y el
sonido que salió de allí era el mismo sonido de la sirena.
Solitario y vasto y lejano. El sonido de la desolación, de
un mar ciego, de una noche fría, del aislamiento. Así era
el sonido.
—Ahora —susurró McDunn—, ¿comprendes por qué
viene aquí?
Asentí.
—Durante todo el año, Johnny, ese pobre monstruo
yace a lo lejos, mil kilómetros mar adentro y a treinta kilómetros de profundidad, quizá, soportando el paso del
tiempo. Quizá esta criatura tenga un millón de años. Piensa: esperar un millón de años. ¿Podrías tú esperar tanto?
Quizá es el último de su especie. Debe de ser eso. En cualquier caso, vienen unos hombres de la tierra y construyen
este faro, hace cinco años. E instalan la sirena, y la hacen
llamar y llamar y llamar hacia el lugar donde tú estabas,
enterrado en el sueño y el mar, en los recuerdos de un
mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo,
totalmente solo, en un mundo que no está hecho para ti,
un mundo donde tienes que ocultarte. Pero el sonido de la
sirena viene y se va, viene y se va, viene y se va, y te estremeces en el barroso fondo del abismo, y tus ojos se abren
como los lentes de una cámara de cincuenta centímetros,
y te mueves lenta, muy lentamente, porque tienes todo el
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peso del océano en tus hombros y es pesado. Pero la sirena
llega, a través de miles de kilómetros de agua, débil y familiar, y la caldera que hay en tu vientre gana presión, y empiezas a subir despacio, despacio. Te alimentas de bancos
de bacalaos y abadejos, de ríos de medusas, y te elevas lentamente durante el otoño, en septiembre, cuando comienzan las nieblas, en octubre, cuando hay más niebla aún y
la sirena sigue llamándote, y luego, a fines de noviembre,
después de adaptarte al cambio de presión, día tras día,
ganando unos pocos metros cada hora, estás cerca de la
superficie y aún estás vivo. Tienes que ir despacio. Si te
apresuras, estallas. De modo que necesitas tres meses para
llegar a la superficie, y luego unos cuantos días para nadar
por las frías aguas hasta el faro. Y allí estás, allá fuera, en
la noche, Johnny. Eres el más grande de los monstruos de
la creación. Y aquí está el faro, llamándote, con un cuello
largo como el tuyo saliendo del mar y un cuerpo como tu
cuerpo y, eso es lo más importante, una voz como la tuya.
¿Comprendes ahora, Johnny? ¿Comprendes?
La sirena llamó.
El monstruo respondió.
Lo vi todo. Lo supe todo. El millón de solitarios años
aguardando la vuelta de alguien que no volvió nunca.
El millón de años de aislamiento en el fondo del mar, la
locura que era el tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros-reptiles, las marismas se saneaban en
los continentes, los perezosos y los tigres dientes de sable
eran tragados por pozos de alquitrán y los hombres corrían como hormigas blancas por las colinas.
La sirena llamó.
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—El año pasado —dijo McDunn—, nadó y nadó y
nadó en círculos alrededor del faro toda la noche. No se
acercó mucho. Quizá estaba desconcertado. Quizá tenía
miedo. Y estaba un poco enfadado, después de un viaje tan
largo. Pero al día siguiente la niebla se levantó inesperadamente, salió el sol y el cielo estaba azul como en un cuadro.
Y el monstruo se alejó del calor y el silencio y no volvió.
Supongo que ha estado pensando en eso todo el año, pensándolo desde todos los puntos de vista posibles.
El monstruo estaba a cien metros ahora. Él y la sirena
intercambiaban gritos. Cuando la luz caía sobre ellos, los
ojos del monstruo eran fuego y hielo, fuego y hielo.
—Así es la vida —dijo McDunn—. Siempre hay alguien aguardando a alguien que nunca vuelve. Siempre
hay alguien que quiere algo que no le quiere. Y después
de un tiempo quieres destruir a ese otro, sea quien sea,
para que no pueda herirte más.
El monstruo se acercaba velozmente al faro.
La sirena llamó.
—Veamos qué ocurre —dijo McDunn.
Apagó la sirena.
En el minuto siguiente el silencio fue tan intenso que
podíamos oír los latidos de nuestros corazones contra los
cristales de la torre, podíamos oír el lento movimiento
aceitado de la luz.
El monstruo se detuvo y quedó inmóvil. Sus grandes
ojos de linterna parpadearon. Su boca se abrió. Emitió
una especie de ruido sordo, como el de un volcán. Torció
la cabeza hacia uno y otro lados, como si estuviera buscando los sonidos que se habían perdido en la niebla. EsLa sirena de la niebla
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cudriñó el faro. Emitió nuevamente el ruido sordo. Luego
sus ojos se inflamaron. Se incorporó, azotando el agua, y
se precipitó sobre la torre, sus ojos llenos de furia y dolor.
—McDunn —grité—. ¡Conecte la sirena!
McDunn buscó a tientas la llave. Pero antes de que pudiera conectarla, el monstruo se había erguido. Vislumbré
sus garras gigantescas con una brillante piel correosa entre los dedos, agarrando la torre. El enorme ojo que estaba
a la derecha de su angustiada cabeza brilló ante mí como
un caldero en el que podría haber caído, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó
el faro y arañó los vidrios, que cayeron, hechos trizas, sobre nosotros.
McDunn me agarró del brazo.
—¡Abajo! —gritó.
La torre se balanceaba, se tambaleaba y empezó a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi
caímos por la escalera.
—¡Aprisa!
Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba encima
de nosotros. Nos metimos, pasando por debajo de la escalera, en el pequeño sótano de piedra. Hubo un millar
de golpes, mientras llovían piedras. La sirena se detuvo
abruptamente. El monstruo se estrelló contra la torre. La
torre cayó. McDunn y yo, arrodillados, nos abrazamos
con fuerza mientras nuestro mundo estallaba.
Luego acabó todo, y no quedó más que la oscuridad y
el ruido del mar golpeando las rocas desnudas.
Eso y el otro sonido.
—Escucha —dijo McDunn en voz baja—. Escucha.
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Aguardamos un momento. Y luego comencé a oírlo. Al
principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del gran monstruo, doblado encima nuestro, apoyado en nosotros de modo que el
repugnante hedor de su cuerpo llenaba el aire a sólo diez
centímetros de distancia de nuestro sótano. El monstruo
jadeaba y gritaba. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La cosa que lo había llamado a través de
un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría
su boca y emitía grandes sonidos. Los sonidos de una sirena, una y otra vez. Y los barcos en altamar que no encontraban la luz, que no veían nada pero que oían, deben de
haber pensado: “Allí está. El sonido solitario, la sirena de la
bahía de la Soledad. Todo va bien. Hemos doblado el cabo”.
Y todo siguió así durante el resto de la noche.
El sol estaba tibio y amarillo la tarde siguiente, cuando
la patrulla de rescate nos desenterró del sótano cubierto de rocas.
—Se derrumbó, eso es todo —dijo el señor McDunn
gravemente—. Las olas nos golpearon con mucha fuerza y
se derrumbó.
Me dio un pellizco en el brazo.
No había nada que ver. El océano estaba en calma, el
cielo, azul. Lo único era el fuerte olor a algas que soltaba la
materia verde que cubría las piedras de la torre caída y las
rocas de la costa. Las moscas zumbaban. El océano vacío
lamía la costa.
El año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en
aquel entonces yo tenía un trabajo en el pueblecito y una
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esposa y una casita cálida que emitía un resplandor amarillo en las noches de otoño, con las puertas cerradas y la
chimenea humeando. En cuanto a McDunn, era el amo del
nuevo faro, que había sido construido, de acuerdo con sus
instrucciones, con cemento armado. “Por las dudas”, dijo.
El nuevo faro estuvo listo en noviembre. Una noche
fui solo en el auto y lo estacioné en la costa y miré las
aguas grises y oí la nueva sirena sonando una, dos, tres,
cuatro veces por minuto, sola, a lo lejos.
¿El monstruo?
Nunca volvió.
—Se ha marchado —dijo McDunn—. Volvió al abismo. Aprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se ha ido al abismo de los abismos, a esperar
otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá,
esperando y esperando, mientras el hombre va y viene
por este patético planeta. Esperando y esperando.
Me quedé sentado en el auto, escuchando. No podía
ver el faro ni la luz que se levantaba en la bahía de la Soledad. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena. Parecía el
monstruo, llamando.
Me quedé allí, deseando poder decir algo.

También eres feo de Lorrie Moore

Originalmente publicado en la revista The New Yorker (3 de julio de 1989, pág. 30);
Like Life
(Nueva York: Alfred A. Knopf, 1990, 178 págs.)

      Había que salir de vez en cuando de ellos, de esos pueblos de Illinois de nombres graciosos: Paris, Oblongo, Normal. Una vez, cuando el Dow Jones cayó doscientos puntos, un periódico local alardeó en el encabezado principal: “HOMBRE NORMAL SE CASA CON MUJER OBLONGA.” Sabían lo que era importante. ¡Lo sabían! Pero tendrías que salir de vez en cuando, siquiera para cruzar la frontera de Terre Haute y ver una película.
Fuera de París, a la mitad de un largo campo, había un conjunto de edificios de ladrillos, una pequeña universidad de artes con el improbable nombre de Hilldale-Versailles. Zoë Hendricks llevaba tres años enseñando Historia de los Estados Unidos. Enseñaba: “La Revolución y más allá” a estudiantes de primer y segundo año, y cada tercer semestre llevaba el seminario principal para estudiantes de maestría, y aunque las evaluaciones de sus estudiantes habían empeorado en el último año y medio —La profesora Hendricks casi siempre llega tarde a clase y usualmente lo hace con una taza de chocolate caliente del que ofrece sorbitos a la clase—, en general el departamento de nueve hombres se sentía agradecido de tenerla. Sentían que añadía el necesario toque femenino a los corredores –ese tenue rastro de Obsession y sudor, y el ligero, rápido cloqueo de los tacones. Además habían tenido una reputación de discriminación sexual y el decano había dicho que, bueno, ya era hora.
La situación no era fácil para ella, lo sabían. Una vez, al comienzo del último semestre, había llegado al salón de lectura cantando: “Getting To Know You” de cabo a rabo. A pedido del decano, el presidente del consejo la llamó a su oficina, pero no le pidió ninguna explicación, en realidad. Le pregunto cómo se sentía y sonrió de una manera particular. Ella dijo: “Bien,” y el presidente estudió la manera en como lo dijo, con los dientes delanteros mordiendo el labio inferior. Casi era linda, pero su rostro mostraba la tensión y la ambición de siempre haber estado cerca pero no del todo. Se notaba mucho esmero con el delineador de ojos, y sus aretes, gastados, sin duda, porque carecía de drama, provocaban un poco de miedo al sobresalir de los lados de su cabeza como antenas.
Estoy perdiendo el juicio,” dijo Zoë a su joven hermana, Evan, en Manhattan. La profesora Hendricks parece conocer el soundtrack completo de ‘El rey y yo’ ¿Es esto Historia? Zoë le telefoneaba cada jueves.
Siempre dices eso,” dijo Evan, “pero entonces estás en tus viajes o tus vacaciones y todo vuelve a su lugar y te tranquilizas por un tiempo y entonces dices que estás bien, que estás ocupada, y entonces otra vez dices que te estás volviendo loca y otra vez a comenzar Evan era diseñadora de comida a medio tiempo para tomas de fotos. Cocinaba verduras en tinte verde. Dejaba un guiso de bistec sobre una cama de canicas e iba de compras por diferentes y nuevos tipos de spray de silicona y cubos de hielo de plástico. Pensaba que su vida estaba bien. Vivía con su novio de hacía muchos años, que era independientemente rico y tenía un divertido y trabajo en el negocio de las publicaciones. Ya eran cinco años desde que dejaran la universidad, y vivían en un lujoso edificio del centro con balcón y acceso a la alberca. “No es lo mismo que tener tu propia alberca,” suspiraba Evan siempre, como para que Zoë supiera que había aún cosas que ella, Evan, tenía que tolerar.
“Illinois. Estar aquí me pone sarcástica,” dijo Zoë al teléfono. En general, solía insistir en que era ironía, algo gentilmente depositado en capas, sofisticado, algo ajeno al medio oeste aunque sus estudiantes lo seguían llamando sarcasmo, una cosa que se sentían calificados para reconocer, y ahora ella no tenía más remedio que aceptar. No era ironía. “¿Cuál es su perfume?” le preguntó una vez un estudiante. “Aromatizante para cuartos” dijo ella. Sonrió pero él la miró, desconcertado.
Por mucho, sus estudiantes eran buenos representantes del medio oeste, embobados por el estrógeno que extraían de grandes cantidades de carne y huevo. Compartían los valores suburbanos de sus padres; y ellos, sus padres, les habían dado cosas, cosas, cosas. Eran complacientes. Los habían comprado. Y ahora estaban armados con una saludable vaguedad acerca de cualquier aspecto histórico o geográfico. En realidad, parecían saber demasiado poco sobre nada, aunque mostraban buen humor al respecto. “Todos esos estados del Este son tan pequeños y amontonados”, se quejaba uno de sus estudiantes la semana que Zoë leía “El momento crucial de la Independencia: La batalla de Saratoga.” “Profesora Hendricks, usted es de Delaware, ¿verdad?” le preguntó el estudiante. “Maryland” corrigió Zoë. “Ah” dijo él, despreciativamente, “Nueva Inglaterra.”
Sus artículos —capítulos para un libro titulado Escuchándolos: Usos del humor en la Presidencia de los Estados Unidos— eran en general bien recibidos, aunque salieran lentamente de su cabeza. Le gustaba que sus artículos contemplaran todas las etapas del día —incluso desconfiaba de las cosas escritas solamente de mañana—, por lo que releía y rescribía laboriosamente. Ninguna faceta del día –su humor, su luz- podía predominar. A veces hasta durante un año pendía de un artículo, revisándolo a todas horas, hasta que el día, en su totalidad, quedaba registrado.
Su trabajo anterior al de Hilldale-Versailles lo tuvo en un pequeño colegio de New Geneva, en Minnesota, la Tierra de los Moribundos Centros Comerciales. Todos ahí eran tan rubios que en general a las castañas se les consideraba extranjeras. Que la Profesora Hendricks sea de España no le da el derecho a ser tan negativa hacia nuestro país. Existía un marcado interés hacia la alegría. Quizá porque en New Geneva nadie esperaba que fueras crítica o quejosa. Y nadie esperaba, tampoco, que notaras que la ciudad había crecido demasiado y que sus centros comerciales lucían viejos y naufragaban. No debías decir que no estabas “bien, gracias ¿y usted?” Se esperaba, en suma, que fueras Heidi. Que llevaras leche de cabra hasta las colinas sin pensarlo dos veces. Heidi no se quejaba. Heidi no hacía cosas como pararse frente a la nueva fotocopiadora IBM diciendo “Si esta fotocopiadora de mierda se vuelve a estropear, me corto las venas.”
Pero ahora, en su segundo trabajo, en su cuarto año de enseñanza en el Medio Oeste, Zoë estaba descubriendo algo que nunca sospechó tener: una veta de malhumor, crispada y aguda. Alguna vez consintió a sus alumnos, cantándoles canciones, permitiéndoles que la llamaran incluso a casa para hacerle preguntas personales, más ahora comenzaba a perder simpatía. Ya eran diferentes. Comenzaban a parecerle demandantes y malcriados.
“Usted actúa,” le dijo uno de sus estudiantes de último curso durante una conferencia, “como si su opinión valiera más que la cualquiera en la clase.”
Los ojos de Zoë se abrieron de par en par. “Soy la maestra,” dijo. “Me pagan para actuar así.” Miró atentamente a la estudiante, que llevaba un lazo en el cabello como si fuera una cowgirl en una serie campirana de TV. “Quiero decir, de otra manera todos en la clase tendrían pequeñas oficinas y horario de trabajo.” Muchas veces la Profesora Hendricks toma el tiempo de la clase para hablar de las películas que ha visto. Observó a la estudiante un poco más, y añadió: “Apuesto a que eso te gustaría.”
“A lo mejor le sueno un tanto quejica,” dijo la chica, “pero lo único que quiero es que mi carrera de historia signifique algo.”
“Bueno, ése es tu problema,” dijo Zoë, y, con una sonrisa, le mostró la puerta. “Me gusta tu lazo,” dijo.
Zoë se desvivía por el correo, por el cartero —ese pájaro tan mozo—, y cuando recibía una carta real con un sello real de cualquier parte, se la llevaba a la cama y la leía una y otra vez. También veía televisión a todas horas y tenía el equipo en su habitación —mala señal. La Profesora Hendricks ha hablado mal Fawn Hall, de la religión católica y de todo el estado de Illinois. Es increíble. En época de Navidad daba veinte dólares de propina al cartero y a Jerry, el único taxista de la ciudad, a quien ella había llegado a conocer durante todos sus viajes de ida y vuelta al aeropuerto de Terre Haute, y quien, desde que se dio cuenta que tales viajes eran una extravagancia, le ofrecía tarifas especiales.
“Voy a tomar un vuelo y visitarte este fin de semana,” anunció Zoë.
“Esperaba que lo hicieras,” dijo Evan. “Charlie y yo vamos a tener una fiesta de Halloween. Va a ser muy divertido.”
“Ya tengo disfraz. Es un casco. De esos que parecen un hueso gigante que te atraviesa la cabeza.
“Buenísimo,” dijo Evan.
“Sí, muy bueno.”
“Todo lo que yo tengo es mi máscara de luna del año pasado y del antepasado. Probablemente terminaré casándome con ella.”
“¿Tú y Charlie se van a casar?” Zoë se sintió ligeramente alarmada.
“Hmmmmmmmno, no inmediatamente.”
“No se casen.”
“¿Por qué?”
“No ahora mismo. Eres muy joven.”
“Sólo dices eso porque eres cinco años mayor que yo y no te has casado.”
“¿No me he casado? Ay, Dios mío,” dijo Zoë, “Olvidé casarme.”
Zoë había salido con tres hombres desde su llegada a Hilldale-Versailles. Uno de ellos era un burócrata municipal que había arreglado una multa por mal estacionamiento que ella había llevado para protestar, y luego la invitó a tomar un café. Al principió, pensó que era maravilloso —¡al fin alguien que no quería a una Heidi! Pero pronto comprendió que todos los hombres, muy en el fondo, deseaban una Heidi. Heidis con escotes. Heidis con ropa de gimnasia. El burócrata de la multa por mal estacionamiento pronto se volvió cansado e intermitente. Un frío día de otoño, en su elegante e impráctico convertible, a la pregunta de ella de qué es lo que andaba mal, él dijo, “No te vendría nada mal un poco de ropa nueva, sabes.” Ella usaba un montón de pana verde grisácea. Tenía la impresión de que resaltaba sus ojos, esas dos estrellas tímidas. Sacudió una hormiga de su manga.
“¿Tenías que hacerlo precisamente en el auto?” preguntó él, mientras manejaba. Observó sus pectorales, mirando primero el izquierdo, luego el derecho, en un vistazo general. Vestía una camiseta ajustada.
“¿Perdón?”
Él disminuyó la velocidad en la luz ámbar, y frunció el ceño.
“¿Acaso no podías levantarlo y arrojarlo fuera del auto?”
“¿La hormiga? Me pudo haber mordido. Quiero decir, ¿qué diferencia hay?”
“¡Te pudo haber mordido! Já. Qué ridículo. Ahora va a dejar huevecillos en mi auto.
El segundo tipo era más dulce, grandote, aunque no insensible a ciertas pinturas y canciones, pero con frecuencia, también, las cosas que hacía o decía terminaban por asustarla. Una vez, en un restaurante, robó las guarniciones de su plato y esperó a que ella lo notara. Cuando no lo hizo, finalmente extendió los puños sobre la mesa y dijo “Mira,” y al abrirlos ahí estaba su ramita de perejil y su rebanada de naranja arrugada y hecha bolita. En otra ocasión le describió su más reciente visita al Louvre. “Y ahí estaba yo, frente a La barca de Dante, de Delacroix, y todos se habían marchado por lo que tuve mi propia audiencia privada, con todas esas sombras agonizantes abriéndose en todas direcciones, y aquel movimiento de la pintura que comenzaba desde el fondo en remolinos, acumulándose más y más en la roja tela de la capucha de Dante, arremolinándose en la distancia, hacia donde podías ver las llamas anaranjadas.” Se quedó sin aliento en la descripción. Ella lo halló conmovedor y sonrió para animarlo. “Un cuadro así,” dijo él, meneando la cabeza. “Hace que uno se cague encima.”
“Tengo que preguntarte algo,” dijo Evan. “Sé que hay mujeres que se quejan de no conocer hombres pero, en serio, yo conozco muchos. Y no todos son homosexuales, te lo aseguro.” Hizo una pausa. “Ya no.”
“¿Qué me estás preguntando?”
El tercer tipo era un profesor de ciencias políticas llamado Murray Peterson que gustaba salir en parejas con colegas por cuyas esposas se sentía atraído. Usualmente la esposas le permitían algo de coqueteo. No era raro que bajo la mesa se diera algo de toqueteo con los pies, o incluso con las rodillas. Entonces Zoë y el esposo se quedaban solos con la comida, mirando fijamente hacia los vasos, y masticando como chivos. “Oh, Murray,” dijo una esposa, que nunca terminó su master en terapia física y usaba ropas anchas. “Sabes, me sé todo acerca de ti: tu cumpleaños, el número de tu matrícula. Lo he memorizado todo. Pero sólo es por la clase de mente que tengo. Una vez, en una fiesta, sorprendí a los anfitriones cuando me levanté y me despedí de todos los que estaban ahí, por nombre y apellido.”
“Yo conocí a un perro que podía hacer eso,” dijo Zoë, con la boca llena. Murray y la esposa la miraron con gesto de enfado y reproche, pese a que el esposo parecía de pronto muy divertido. Zoë pasó el bocado. “Era un labrador parlante, y tras diez minutos de escuchar la conversación de la cena este perro sabía los nombres de cada persona. Podías decirle, ‘Lleva este cuchillo a Murray Peterson’, y lo hacía.”
“En serio,” dijo la esposa, frunciendo el ceño, y Murray Peterson nunca más la volvió a llamar.
“¿Estás viendo a alguien?” preguntó Evan. “Lo pregunto por un motivo particular. No es que me esté portando como mamá.”
“Estoy viendo mi casa. La atiendo cuando se pone húmeda, cuando llora, cuando vomita.” Zoë había adquirido una casa de campo cerca del campus, aunque justo ahora pensaba que no debió hacerlo. Era difícil vivir en una casa. Se la pasaba entrando y saliendo de las habitaciones, buscando dónde había dejado las cosas. Iba al sótano sin razón alguna excepto porque le divertía poseer una sótano. También le divertía poseer un árbol.
Sus padres, en Maryland, estaban muy contentos de que al fin una de sus hijas fuera capaz de permitirse una propiedad, y cuando cerró el contrato le enviaron flores con una carta de felicitaciones. Su madre, incluso, le había enviado una caja de viejas revistas de decoración guardadas durante años –fotografías de hermosas habitaciones con las que su madre fantaseaba, puesto que nunca, en realidad, había habido dinero para redecorar. Era más como poseer la pornografía de mamá, esa caja, heredar sus fantasías más profundas, el deseo y la coquetería ilimitados que habían sido su vida. Aunque para su madre se trataba de un pasaje ritual que le encantaba. “Quizá puedas sacar algunas ideas de esto,” le escribió. Así que cuando Zoë miró las fotografías, las audaces y hermosas habitaciones, se sintió llena de nostalgia. Ideas e ideas de nostalgia.
Justo ahora la casa de Zoë se encontraba casi vacía. Los dueños anteriores habían empapelado alrededor de los muebles dejando siluetas y huecos extraños en las paredes, y no es que Zoë se hubiera aplicado ya a remediarlo. Compró muebles, luego los quitó, amueblando y desamueblando, preparando y cuidando, como a un útero. Había comprado muchos arcones de madera de pino para usarlos como sofá o cajas de zapatos, pero pronto comenzó a verlos más y más como ataúdes de niños, y los devolvió. Y recientemente también había comprado una alfombra oriental para la sala, con símbolos chinos que no entendía. La vendedora insistió en que significaban “Paz” y “Vida eterna”, y la verdad es que Zoë se mostró un tanto preocupada el día que trajo la alfombra a casa. ¿Qué tal si los símbolos no significaban “Paz” y “Vida eterna”? ¿Qué tal si querían decir, digamos, “Bruce Springsteen”? Y mientras más lo pensaba, más se convencía de poseer una alfombra que decía “Bruce Springsteen.” Así que esa también la devolvió.
Llegó a comprar, también, un pequeño espejo barroco para la entrada que, según le dijo Murray Peterson, alejaba a los malos espíritus. Como fuera, el espejo le llenaba de miedo, asustándola con el reflejo de una mujer que ella nunca reconocía. En ocasiones lucía más hinchada y simplona de lo que recordaba. Otras veces oscura y cambiante. Pero la mayor parte del tiempo, simplemente, lucía vaga. “Te pareces a alguien que conozco” le habían dicho dos extraños el año pasado en Terre Haute. De hecho, y por momentos, no parecía poseer un aspecto propio, o cualquier aspecto, pero luego la divertía saber que los colegas y los estudiantes la reconocían del todo. ¿Cómo lo sabían? Cuando entraba a un salón, ¿cómo luciría para que ellos la reconocieran? ¿Como así?
¿Es que ella se veía así? Y entonces devolvió el espejo.
“La razón por la que te pregunto esto es porque conozco a un hombre que quizá deberías conocer,” dijo Evan. “Es divertido. Es heterosexual. Es soltero. Es todo lo que voy a decir.”
“Creo que estoy muy vieja para la diversión,” dijo Zoë. Tenía un oscuro y erizado pelo en la barbilla, y justo ahora podía sentirlo con el dedo. Quizá es que cuando has pasado demasiado tiempo sin el sexo opuesto, comienzas a parecértele. En un acto de invención desesperada, comienzas a desarrollar el tuyo propio. “Lo único que quiero es ir a la fiesta, usar mi casco, hacerle una visita al pez tropical de Charlie y preguntarte sobre tus plantas.
Estaba pensando en todas las páginas de “Nuestra Constitución: Cómo Nos Afecta”, que tenía que corregir. Pensó en las pruebas de ultrasonido que iba a hacerse el viernes, porque según su doctor, y el asistente de su doctor, tenía un grande y misterioso crecimiento en su abdomen. Vesícula biliar, era lo que decían. U ovarios, o colon. “¿De verdad practican medicina?” preguntó Zoë en voz alta, después que ellos salieran de la habitación. Una vez, de niña, llevó a su perro al veterinario, que le dijo: “Bueno, tu perro tiene parásitos, o cáncer o un auto lo golpeó.”
Deseaba llegar a Nueva York.
“Bueno, como sea. Nos la pasaremos bien. No puedo esperar a verte, chica. Y no olvides tu hueso en la cabeza,” dijo Evan.
“No es algo que se olvide,” dijo Zoë.
“Supongo,” dijo Evan.
Lo del ultrasonido lo mantenía en secreto, incluso para Evan. “Siento que me estoy muriendo,” le había insinuado una vez a Evan, por teléfono. “No te estás muriendo,” le dijo Evan, “sólo estás disgustada.”
“Ultrasonido,” decía Zoë ahora, medio en broma, al técnico que le ponía el gel sobre su abdomen desnudo. “¿No le suena como a un gran sistema de sonido?
No había tenido nadie que armara tanto lío sobre su estómago desnudo desde que su novio de posgrado, que revoloteaba sobre ella cada vez que se sentía mal, movía los brazos, presionaba las manos contra su ombligo, y cantaba, evangélicamente, “Sana! Sana! Por el amor del Bebé Jesús!” Y Zoë reía y hacían el amor, ambos con la esperanza secreta de que ella quedara embarazada. Luego se preocupaban, y él, hundiendo la mejilla sobre su vientre le preguntaba si tenía retraso, ¿lo tenía? ¿estaba segura?, debería tener retraso, pero cuando pasaron dos años sin lograr el embarazo comenzaron a pelearse y finalmente se separaron.
“Okey,” dijo el técnico, distraídamente.
El monitor estaba en marcha, y las entrañas de Zoë aparecieron en la pantalla en toda su gris y jironeada vaciedad. Lucían como el mármol en las más finas gradaciones, desde el negro hasta el blanco, como la piedra de una vieja iglesia o la foto de la luna. “No le parece,” balbuceó al técnico, “que el aumento de la infertilidad entre tantas parejas de este país se debe a que son dos razas completamente diferentes que intentan reproducirse?” El técnico movió el escáner en giros y tomó más fotos. Por una en particular, de la parte derecha de Zoë, el técnico se mostró súbitamente alerta, y la máquina emitió un chasquido.
Zoë observó la pantalla. “Eso que encontró ahí debe de ser el crecimiento,” sugirió Zoë.
“No le puedo decir nada,” dijo el técnico, un tanto rígido. “Su doctor tendrá el reporte del radiólogo esta tarde y le telefoneará.”
“Estaré fuera de la ciudad,” dijo Zoë.
“Lo siento,” dijo el técnico.
Conduciendo a casa, Zoë miró por el retrovisor y decidió que lucía… bueno, ¿cómo podría uno describirlo? Un poco pálida. Recordó la broma del tipo que visita a su doctor y el doctor le dice: “Siento decirlo, pero usted sólo tiene seis semanas de vida.”
“Quiero una segunda opinión,” dice el tipo. Usted actúa como si fuera superior a todos en la clase.
“¿Quiere una segunda opinión? Muy bien,” dice el doctor, “También es feo.” Le gustaba esa broma. Creía que era terrible, terriblemente divertida.
Tomó un taxi al aeropuerto. Jerry, el conductor, se mostró feliz de verla.
“Diviértase en Nueva York,” dijo, sacando la maleta del portaequipaje. Ella le gustaba. O al menos siempre actuaba como si así fuera. Ella lo llamaba Jare.
“Gracias, Jare.”
“¿Sabe? Le diré un secreto. Nunca he estado en Nueva York. Le diré dos secretos. Nunca he estado en un avión.” La despidió con un movimiento triste mientras ella empujaba la puerta para entrar a la terminal. “O en un ascensor!” gritó.
La clave para volar seguro, pensaba Zoë, era nunca comprar un boleto de descuento y decirse uno mismo que de cualquier manera no tenías nada por qué vivir, de modo que no habría ningún problema en caso de accidente. Pero entonces, cuando no sucedía nada, cuando lograbas mantenerte en lo alto junto con tu propia inutilidad, todo lo que debías hacer era salir a tropezones, buscar tu equipaje, y, mientras llegaba el taxi, buscarse una razón persuasiva para seguir viviendo.
“Llegaste!” gritó Evan al timbre, antes incluso de abrir la puerta. Luego la abrió ampliamente. Zoë dejó las maletas sobre el piso y abrazó fuertemente a Evan. De pequeña, Evan siempre fue cariñosa y devota. Zoë siempre cuidó de ella –aconsejándola, tranquilizándola- hasta tiempos recientes, en que Evan comenzó a aconsejarla y tranquilizarla a ella. Eso asustaba a Zoë. Sospechaba que tenía algo que ver con el hecho de estar sola. Algo que incomodaba a la gente.
“¿Cómo estás?”
“Vomité en el avión. Además de eso, estoy bien.”
“¿Te ofrezco algo? A ver, déjame las maletas. Con que malita en el avión, eh. Uy.”
“Fue en una de esas bolsitas,” dijo Zoë, por si a Evan se ocurría que había sido en el pasillo. “Casi en silencio.”
El apartamento era espacioso e iluminado, con una vista de toda la ciudad a lo largo del lado este. Había un balcón y puertas de vidrio corredizas. “Siempre me olvido que este departamento es tan bonito. Piso veinte. Portero…” Zoë podía trabajar toda su vida y nunca tener un apartamento como éste. Y tampoco Evan. Era el departamento de Charlie. Él y Evan vivían ahí como dos niños en un dormitorio, latas de cerveza y ropa regadas por todos lados.
Evan llevó las maletas lejos del revoltijo, junto a las peceras. “Estoy tan contenta de que estés aquí,” dijo. “Y ahora, ¿qué te sirvo?”
Preparó el almuerzo –sopa de lata y galletita saladas.
“Respecto de Charlie, no lo sé,” dijo, cuando terminaron. “Nos veo ya como unos cuarentones alejados del sexo.”
“Hmmm,” dijo Zoë. Se reclinó sobre el sofá de Evan y miró por la ventana hacia las oscuras cimas de los edificios. Parecía un poco antinatural vivir en el cielo de ese modo, como pájaros que por una hazaña errónea anidaran muy alto. Asintió con la cabeza hacia las peceras y soltó una risita. “Me siento como un pájaro,” dijo. “Con mi propia ración de peces.”
Evan suspiró. “Llega a casa y se echa en el sofá, mira fútbol borroso. Usa el color crema psicodélico y el aparato de los rizos, si sabes a lo que me refiero.”
Zoë se levantó y acomodó los cojines del sofá. “¿Qué es futbol borroso?”
“Aún no tenemos cable. Todo nos llega borroso. Así que Charlie lo mira así.”
“Hmm, ya veo. Sí, es un poco depresivo,” dijo Zoë. Miró sus manos. “Especialmente lo de no tener cable.”
“Así es como se mete a la cama.” Evan se levantó para hacer una demostración. “Se quita toda la ropa pero cuando toca al turno de los calzoncillos simplemente los deja caer hasta un tobillo. Luego levanta una pierna, los avienta al aire y los atrapa. Yo, por supuesto, lo miro desde la cama. Y nada más. Sólo eso.”
“Quizá deberían pasar por alto esas cosas y casarse.”
“¿Te parece?”
“Claro. Quiero decir, ustedes probablemente piensen que vivir juntos de esta manera es lo mejor de todo, pero…” Zoë trató de sonar como la hermana mayor; la hermana mayor es lo que se supone que sería la madre que nunca tendrías, la mamá buena onda, tranquila. “Pero yo descubrí que tan pronto como crees tener de todo…” –pensó en ella misma, sola en su casa, en las cigarras cara de sapo que volaban alrededor como hombrecitos nocturnos y aterrizaban sobre sus cortinas, mirando; en los zapatos número treinta que había colocado en la puerta para alejar a los intrusos; en la ridícula, muñeca inflable que alguien le había dicho que sentara a la mesa del desayuno- “entonces repentinamente todo cambia y se vuelve lo peor de todo.”
“¿De verdad?” Evan irradiaba felicidad. “Ay, Zoë. Tengo que decirte algo. Charlie y yo nos vamos a casar.”
“¿De verdad?” Zoë se sintió confundida.
“No sabía cómo decírtelo.”
“Sí, bueno. Supongo que todo eso sobre el futbol borroso me confundió un poco.”
“Esperaba que fueras mi dama de honor,” dijo Evan, ansiosa. “¿No te sientes feliz por mí?”
“Sí” dijo Zoë, y comenzó a contarle a Evan la historia de un violinista premiada de Hilldale-Versailles —cómo la violinista había llegado de una competencia en Europa y se había liado con un tipo del pueblo que la obligaba a ir a todos los partidos de softball de verano y la hacía brindar por él desde las gradas junto con las otras esposas, hasta que ella se mató. Pero cuando Zoë iba a la mitad del cuento, en la parte de los brindis desde las gradas, se detuvo.
“¿Entonces qué?” dijo Evan. “¿Qué pasó?”
“La verdad es que nada,” dijo Zoë, tranquilamente. “A ella comenzó a gustarle el softball. Tendrías que haberla visto.”
Zoë decidió ir a la función vespertina de cine, dejando a Evan las faenas de preparar lo necesario para la fiesta.
“Debo hacerlo sola, de verdad,” le había dicho, un poco tensa tras la historia de la violinista. Zoë pensó a ir a un museo de arte pero las mujeres que iban a los museos tenían que lucir muy bien. Siempre lo hacían. Elegantes y serias, moviéndose lánguidamente, con un gran bolso de mano. En vez de eso, camino por Kips Bay, pasando frente a una boutique de aretes llamada Póntelo en las orejas, luego pasó por un salón de belleza llamado Dorian Gray. Eso era lo divertido respecto de la “belleza,” pensó Zoë. Busca entre las páginas de la sección amarilla y encontrarás cientos de entradas, todas agresivas en su inteligencia, cortesía y consejos. Pero busca “verdad,” –Já! Absolutamente nada. Nada de nada.
Zoë pensó en el matrimonio de Evan. ¿Se convertiría Evan en la esposa de Pedro Comecalabazas? ¿Señora Comecalabazas? ¿Y en la boda, obligaría a Zoë a vestirse con un vestido color lavanda lleno de volados, idéntica a las otras damas? Zoë odiaba los uniformes, e incluso, en primer grado, se había rehusado a unirse al club de las Chicas Duendes porque no deseaba usar el mismo disfraz que todas. Y ahora tendría que hacerlo. Y quizá podría distinguirlo. Levantarlo por un lado con una pinza, por ejemplo. O colocar una gasa de cirugía en la cintura. Abrocharse en el pecho uno de esos pins que dicen, en letras grandes, “Shit Happens.”
En la película –Death by Number– compró palitos de regaliz para masticar. Tomó asiento junto a la salida. La poseyó la extraña autoconciencia de hallarse sola, y esperaba que el cine oscureciera pronto. Cuando oscureció y comenzaron los comerciales, buscó en su bolso los lentes. Los tenía en un estuche. Los Kleenex también estaban en un estuche. Lo mismo los bolígrafos, las aspirinas y las mentas. Todo se encontraba en un estuche. Y eso es en lo que se había convertido: en una mujer sola en el cine con todo en estuches.
En la fiesta de Halloween había como dos docenas de personas. Había gente con cabezas de mono y largo vello en las manos. Alguien se había disfrazado de duende. Alguien se había disfrazado de cena congelada. Un hombre había traído a sus dos hijas pequeñas: una bailarina, y la hermana de la bailarina, también vestida de bailarina. Había un grupillo de brujas muy sensuales –mujeres vestidas enteramente de negro, muy maquilladas y enjoyadas. “Odio a esas brujas tan atractivas. No va con el espíritu de la noche de Halloween,” dijo Evan que, por su parte, había abandonado la máscara de luna para disfrazarse de muñeca alemana de rizos y delantal, decisión que ahora lamentaba. Charlie, y porque le gustaban los peces, porque era dueño de muchos peces y porque los coleccionaba, había decidido vestirse como pez. Tenía aletas y ojos a los lados de la cabeza. “¡Zoë! ¿Cómo estás? ¡Siento no haber estado aquí cuando llegaste!” Pasó el resto del tiempo charlando con las brujas sensuales.
“¿Hay algo en lo que te pueda ayudar?” preguntó Zoë a su hermana. “Luces agotada.” Acarició el brazo de su hermana dulcemente, como si deseara que estuvieran solas.
“Ay, no, nada de eso,” dijo Evan, mientras arreglaba los hongos rellenos sobre una bandeja. El cronómetro sonó y sacó otra bandeja del horno. “En realidad, ¿sabes qué puedes hacer?”
“¿Qué?” Zoë se puso el hueso en la cabeza.
“Conocer a Earl. Él es el tipo que tenía en mente para ti. Cuando llegue sólo háblale un poco. Es lindo. Es divertido. Se acaba de divorciar.”
“Lo intentaré,” gruñó Zoë. “¿Está bien? Lo intentaré.” Miró el reloj.
Earl llegó vestido como una mujer desnuda, con lana de acero pegado estratégicamente al cuerpo, y pechos de goma que le brotaban como jamones.
“Zoë, él es Earl,” dijo Evan.
“Gusto en conocerte,” dijo Earl, esquivando a Evan para estrechar la mano de Zoë. Observó en detalle la cabeza de Zoë. “Bonito hueso.”
Zoë asintió. “Bonitas tetas,” dijo. Miró más allá de él hacia la ciudad que tras la ventana centelleaba contra el cielo; la gente decía lo de siempre: cómo parecía un montón de joyas, o brazaletes y collares sueltos. Podías ver el reloj del edificio Con Ed, el copete dorado y naranja del Empire State, el Chrysler como el cohete espacial soñado durante la depresión. Más lejos podías vislumbrar el Astor Plaza, y su tejado blanco y volante como la cofia de una monja. “Hay cerveza allá en el balcón, Earl. ¿Te traigo una?” preguntó Zoë.
“Hm, claro. Voy contigo. Hey, Charlie, ¿cómo va?”
Charlie dibujó una amplia sonrisa y silbó. La gente se giró para ver. “Hey, Earl,” le llamó alguien desde el fondo del salón. “¡Fiuu, fiuuuu!”
Se apretujaron entre los demás invitados, pasaron a los monos, a las brujas sensuales. La succión de las puertas corredizas cedió en un silbido, y Zoë y Earl salieron al balcón, una mujer con un hueso en la cabeza y otra desnuda, el aire de la noche rugiendo y pleno de humo fresco. Había otra pareja ahí afuera murmurando en privado. No llevaban disfraz. Sonrieron a Earl y a Zoë. “Hola,” dijo Zoë. Encontró la hielera de hule espuma y sacó dos cervezas.
“Gracias,” dijo Earl. Sus pechos de goma se doblaron hacia dentro, estropeándose, mientras abría la botella.
“Bueno,” suspiró Zoë, ansiosamente. Tenía que aprender a no temerle a los hombres del mismo modo que durante la infancia uno aprendía a no temerle a las lombrices o insectos. Con frecuencia, al conversar con un hombre en una fiesta, mil cosas le atravesaban la mente. Y mientras el hombre decía cualquier disparate, con mucha amabilidad, ella se enamoraba, casaba, y se enfrascaba en una amarga lucha por la custodia de los hijos y esperaba la reconciliación de modo que pese a todas sus traiciones ella no podría jamás despreciarlo, en tanto que en los minutos restantes conocería, quizá, su apellido y a qué se dedicaba, aunque hubiera ya mucha historia entre ambos. Movía la cabeza arriba abajo, enrojecía y se iba de ahí.
“Evan me dice que eres profesora de Historia. ¿Dónde trabajas?”
“Justo en la frontera entre Indiana e Illinois.”
Earl pareció un poquito desconcertado. “Creo que Evan no me contó esa parte.”
“¿No lo hizo?”
“No.”
“Bueno, así es Evan algunas veces. Cuando éramos niñas ambas teníamos problemas para hablar.”
“Eso puede ser duro,” dijo Earl. Uno de sus pechos estaba escondido detrás del brazo que sostenía la bebida, pero el otro brillaba rosa y tranquilo, lleno como una luna de cereza.
“Sí, bueno. No era una pérdida total. Íbamos a lo que entonces llamábamos derapia de durazno. [juego de palabras, por la pronunciación: peach pearapyteach therapy: terapia de aprendizaje] Durante casi diez años de mi vida tenía que construir en mi mente cada frase por adelantado antes de decirla. Era la única manera en que podía crear una frase coherente.”
Earl tomó de su cerveza. “¿Y cómo lo hiciste? Quiero decir, ¿cómo lo superaste?”
“Contaba un montón de bromas. Bromas de las que ya me sabía cada línea. Sólo tenías que decirlas. Me gustan las bromas. Las bromas y las canciones.”
Earl sonrió. Tenía lápiz labial, una profunda mancha roja, pero se le había resbalado por la cerveza. “¿Cuál es tu broma favorita?”
“Uh, mi broma favorita es…OK, ésta: Un hombre va al consultorio de su doctor y…”
“Creo que conozco esa broma” interrumpió Earl, ansiosamente. Deseaba contar la historia él mismo. “Un hombre va al consultorio de su doctor, y el doctor le dice: ‘Mire, tengo una noticia buena y una noticia mala.´ Es ése, ¿verdad?
“No estoy segura” dijo Zoë, “Podría ser una versión diferente.”
“Bueno, entonces el tipo dice: ‘Deme la mala noticia primero, doctor’, y el doctor dice: ‘Muy bien. Usted tiene tres semanas de vida.’ Y el tipo grita: ‘¡Tres semanas de vida! Doctor, por favor dígame cuál es la buena noticia.’ Y el doctor dice: ‘¿Vio a la secretaria de allá enfrente? Pues finalmente me la cogí.”
Zoë arrugó el ceño.
“¿No es ése en el que estabas pensando?”
“No”. Había acusación en su voz. “El mío era diferente.”
“Oh,” dijo Earl. Desvió la mirada y luego la regresó: “¿Qué tipo de historia enseñas?”
“La mayoría de las veces Historia americana –siglos dieciocho y diecinueve.”
En los cursos de posgrado, en el bar, la frase para comenzar a ligar siempre era: “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“A veces doy un curso sobre algún tema en específico,” añadió. “Digamos, ‘Humor y Personalidad en la Casa Blanca’. De eso es de lo que se trata mi libro.” Recordó lo que una vez alguien le había comentado sobre cierta clase de gorriones, cómo crean elaboradas estructuras antes de juntarse.
“¿Tu libro es sobre el humor?”
“Claro, y bueno, cuando enseño un curso cómo ése doy todos los siglos.” “Así que, ¿cuál es tu siglo?”
“O sea que los tres.”
“¿Perdón?” La brisa le hizo brillar los ojos. El tráfico revolucionaba bajo ellos. Ella se sintió alta y endeble, como alguien elevada al cielo por error y luego desdeñada.
“Tres. Solamente hay tres.”
“Bueno, en realidad son cuatro.” Ella pensaba en Jamestown, [Jamestown era una aldea en una isla del río James, en Virginia, localizado a 70 kilómetros al sureste de donde hoy es Richmond, Virginia. El río y el asentamiento de 1607 fueron nombrados así por motivo de James I, que había ascendido recientemente al trono inglés. El asentamiento de Jamestown fue la primera colonia inglesa permanente en el nuevo mundo que logró sobrevivir.] y en los peregrinos con hebillas y sombreros de brujas que llegaban a decir sus rezos.
“Yo soy fotógrafo,” dijo Earl. Su rostro comenzaba a brillar y el rojo comenzaba a mancharlo como un atardecer bajo sus ojos.
“¿Y te gusta eso?”
“Bueno, la verdad es que estoy comenzando a sentir que es un poquito peligroso.”
“¿En serio?”
“Pasar todo el tiempo en un cuarto oscuro bajo esa luz roja y entre todos esos químicos. Se le relaciona con el Parkinson, ¿lo sabías?”
“No, no lo sabía.”
“Se supone que debo usar guantes de goma, pero no me gusta. A menos de que lo esté tocando directamente, no puedo pensar que algo es real.”
“Hmm,” dijo Zoë. La alarma vibró a través de toda ella.
“Algunas veces, cuando me corto o algo así, siento la punzada y pienso, Mierda. Me lavo constantemente y espero que no pase nada. No me gusta sentir la goma sobre la piel de esa manera.”
“¿En serio?”
“Quiero decir, el contacto físico. Eso es lo que uno quiere, si no para qué molestarse?”
“Supongo,” dijo Zoë. Deseaba recordar alguna broma, algo lento y deliberado, con el final a la vista. Pensó en gorilas, en cómo cuando pasan demasiado tiempo encerrados en una jaula comienzan a golpearse en la cabeza en vez de aparearse.
“¿Tienes… alguna relación?” soltó Earl, de pronto.
“¿Ahora? ¿Mientras hablamos?”
“Bueno, quiero decir, estoy seguro que tienes una relación con tu trabajo.” Una sonrisa, pequeña, anidada en su boca como un huevo. Pensó en los zoológicos de los parques, en cómo, cuando las ciudades caen bajo un asedio, la gente se come a los animales. “Pero quiero decir, con un hombre.”
“No, no estoy en ninguna relación con ningún hombre.” Se acarició la barbilla con la mano y pudo sentir el cabello cerdoso ahí. “Pero mi última relación fue con un hombre muy cariñoso,” dijo. Se inventó algo. “De Suiza. Era un botánico, experto en plagas, malas hierbas. Se llamaba Jerry. Yo lo llamaba Jare. Era muy divertido. Ibas a ver una película con él y lo único en que se fijaba era en las plantas. Nunca ponía atención a la trama. Una vez, en una película sobre la jungla, comenzó a parlotearme todos esos nombres en latín, en voz alta. Fue muy emocionante para él.” Hizo una pausa, contuvo el aliento. “Eventualmente regresó a Europa a, eh, estudiar el edelweiss [Edelweiss (Leontopodium alpinum): es una de las flores montañosas más conocidas de Europa].” Miró a Earl. “¿Tienes una relación? Digo, ¿con una mujer?”
Earl cambió el peso y las arrugas de su disfraz cambiaron, ensanchándose hacia fuera, como algo roto. Su vello púbico se deslizó hacia una cadera, como el corsé de una chica del oeste. “No,” dijo, limpiándose la garganta. La lana de acero de sus brazos se movía hacia los bíceps. “Acabo de salir de un matrimonio que estaba lleno de malos diálogos como ‘¿Quieres más espacio? ¡Pues te daré más espacio!’ Puaf, típico de los tres chiflados.
Zoë lo miró comprensivamente. “Supongo que es difícil recobrar el amor después de eso.”
Los ojos de él destellaron. Quería hablar del amor. “Pero sigo pensando que el amor debe ser como un árbol. Mira a un árbol y verás que tiene chichones y cicatrices de tumores, infestaciones, lo que quieras, pero aún así siguen creciendo. A pesar de los chichones y de las magulladuras siguen… derechos.”
“Sí, bueno,” dijo Zoë, “de donde yo vengo todos son casados o gays. ¿Viste esa película, Death by Number?”
Earl la miró, un poco perdido. Se estaba alejando de él. “No,” dijo.
Uno de sus pechos se había deslizado bajo su brazo, apeñuscado ahí como una baguette. Ella seguía pensando en árboles, parques, gente que en tiempos de guerra se comía a las cebras. Sintió un dolor punzante en el abdomen.
“¿Quieren algunos bocadillos?” Evan llegó empujando la puerta corrediza. Sonreía pese a que los rizos se le comenzaban a caer, colgando desganadamente de las puntas del cabello como decoraciones de Navidad, como alimento dejado para las aves. Les ofreció un plato de hongos rellenos.
“¿Estás pidiendo donaciones u ofreciéndolas?” preguntó Earl, ingeniosamente. Le gustaba Evan; puso una mano sobre su brazo.
“Saben, vuelvo en un minuto,” dijo Zoë.
“Uh,“ dijo Evan, algo preocupada.
“Ya vuelvo. Lo prometo.”
Zoë atravesó apresurada la sala en dirección al dormitorio, al baño. Estaba vacío; la mayoría de los invitados usaba el medio baño de junto a la cocina. Prendió la luz y cerró la puerta. El miedo se había detenido, y la verdad es que no tenía necesidad de ir al baño, pero permaneció ahí de todas maneras, descansando. En el espejo encima del lavabo, se encontró algo demacrada debajo de su hueso en la cabeza, con un gris violáceo mostrándose bajo la piel como la de un pajarito desplumado y repleto de ampollas. Se inclinó un poco más, alzando la barbilla para mirar el pelo erizado. Ahí estaba, al final de la quijada, puntiagudo y oscuro como un cable. Abrió el gabinete de las medicinas y manoseó hasta encontrar las pincitas. Alzó la cabeza una vez más y se atacó la cara con las pinzas, agarrando, apretando y fallando. Puedo escuchar que al otro lado de la puerta conversaban dos personas en voz baja. Habían entrado al dormitorio y discutían sobre algo. Estaban sentados en la cama. Uno de ellos soltó una risita falsa. Zoë acometió de nuevo contra la barbilla, pero esta vez comenzó a sangrar un poquito. Se estiró con fuerza la piel de la quijada, apretó las pinzas duro contra lo que esperaba que fuera el pelo, y jaló. Un diminuto pedazo de piel salió disparado, pero el pelo se mantuvo en pie, con sangre brillando en su raíz. Zoë apretó los dientes. “Ay, vamos,” susurró. Las personas del dormitorio estaban ahora contándose historias, suavemente, divirtiéndose. Se escuchó el rebote y el chirrido del colchón y el sonido de una silla siendo apartada. Zoë apuntó con la pinzas cuidadosamente, apretó, jaló cuidadosamente, y esta vez el pelo salió, con una ligera punzada de dolor, y luego una tonelada de alivio. “¡Sí!” suspiró Zoë. Arrancó un poco de papel sanitario y lo aplicó contra la barbilla. El papel se manchó de sangre, y entonces arrancó un poco más y lo aplicó sobre la barbilla, ejerciendo presión hasta que se detuvo. Entonces apagó la luz, abrió la puerta y se reintegró a la fiesta. “Perdón,” dijo a la pareja del dormitorio. Era la misma pareja del balcón, y la miraron un poco sorprendidos. Se habían abrazado y comían barritas de caramelo.
Earl seguía en el balcón, solo, y Zoë se le reunió.
“Hola,” dijo.
Él se volvió y sonrió. Se había arreglado el disfraz un poquito aunque todas las características sexuales secundarias lucían ligeramente estropeados, destinados a moverse, voltearse y huir a la primera oportunidad.
“¿Estás bien?” preguntó. Se había abierto otra cerveza y estaba resoplando.
“Sí, claro. Sólo tenía que ir al baño.” Hizo una pausa. “En realidad, he visitado a un montón de doctores últimamente.”
“¿Algún problema?” preguntó Earl.
“Oh, probablemente no es nada. Pero me están haciendo pruebas.” Suspiró. “Me hice sonogramas, mamogramas. La semana que viene me haré un caramelograma.” Él la miró, preocupado. “He tenido demasiadas palabras terminadas en grama,” dijo.
“Toma, te guardé estos.” Le pasó un pañuelo con dos hongos rellenos. Estaban fríos y el aceite había dejado manchas sobre el pañuelo.
“Gracias,” dijo Zoë, y se los metió en la boca juntos. “Mira,” dijo con la boca llena. “Con mi suerte seguro me operan de la vesícula.”
Earl hizo una mueca. “Así que tu hermana se va a casar,” dijo, cambiando el tema. “Dime, ¿qué piensas realmente sobre el amor?”
“¿Amor?” ¿Que no habían pasado ya por esto? “No lo sé.” Masticó pensativamente y tragó. “Vale. Te diré qué es lo que pienso sobre el amor. Esta es una historia. De una amiga mía…”
“Tienes algo en la barbilla,” dijo Earl, estirando la mano para tocarla.
“¿Qué?” dijo Zoë, dando un pasito atrás. Volteó la cara y se manoseó la barbilla. Un pedazo de papel sanitario se desprendió de la piel, como cinta adhesiva. “No es nada,” dijo. “No… no es nada.”
Earl la observaba.
“Como sea,” continuó ella, “esta amiga mía era violinista y había ganado varios premios. Viajó por toda Europa ganando competencias; impuso récords, dio conciertos, se volvió famosa. Pero no tenía vida social. Así que un día se tiró a los pies de un director por el que ella estaba loca. Él la levantó, la regañó cariñosamente, y la mandó de vuelta a su habitación de hotel. Después de eso abandonó Europa y volvió a casa, dejó de tocar el violín y se lió con un chico local. Esto sucedió en Illinois. El la llevaba cada noche a un bar a beber con sus amigotes del equipo. Él decía cosas como: ‘Sí, a Katrina le gusta tocar el violín,’ y le apretaba una mejilla. Una vez que ella le propuso volver a casa, él le dijo: ‘Qué. ¿Crees que eres muy famosa para un lugar como este? Bueno, déjame decirte algo. Puedes pensar que eres muy famosa, pero no eres famosa famosa.’ Dos famosas. ‘Aquí nadie ha oído hablar de ti.’ Luego él se levantó y pidió otra ronda de tragos para todos excepto para ella. Ella tomó su abrigo, se fue a casa, y se pegó un tiro en la cabeza.”
Earl callaba.
“Ese es el final de mi historia de amor,” dijo Zoë.
“No eres muy parecida a tu hermana,” dijo Earl.
“¿No, de verdad?” dijo Zoë. El aire se había vuelto más frío, y el viento cantaba en un grueso tono menor, como un himno.
“No.” Él ya no quería hablar más del amor. “Sabes, quizá deberías usar mucho azul, azul y blanco, en la cara. Eso te daría un poco de color.” Alzó la mano con el brazalete azul para mostrarle cómo es que contrastaba contra su piel, pero ella lo hizo a un lado.
“Dime, Earl, ¿la palabra marica significa algo para ti?”
Él dio un paso atrás, alejándose. Movió la cabeza como para no dar crédito. “Sabes, simplemente no debería intentar salir con profesionistas. Todas ustedes están dañadas. Cualquiera puede saber lo que les ha hecho la vida. Me va mejor con las mujeres de trabajos sencillos, de medio tiempo.
“¿Ah, sí?” Ella había leído una vez un artículo titulado “Las Mujeres Profesionistas y la Demografía de la Pena.” O no, era un poema, Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Recordaba ese verso. Pero quizá el título era: “La Casa Vacía: Estética de lo Inhóspito.” O quizá: “Gitanas en el Espacio: Mujeres en la Academia.” Lo había olvidado.
Earl se volvió y se inclinó sobre la barandilla del balcón. Se hacía tarde. Dentro, los invitados comenzaban a irse. Las brujas sensuales se habían marchado. “Vive y aprende,” murmuró Earl.
“Vive y vuélvete un imbécil,” replicó Zoë. Bajo ellos, en Lexington, no había autos, sólo la dorada de un taxi ocasional. Él se recargó sobre los codos, melancólicamente.
“Mira a todas esas personas allá abajo,” dijo. “Parecen insectos. ¿Sabes cómo se controla a los insectos? Se les rocía hormonas de insecto, de insectos hembra. Los machos se vuelven tan locos por esta hormona que comienzan a cogerse todo lo que esté a su alcance –árboles, piedras, todo excepto insectos hembra. Control poblacional. Eso es lo que pasa en este país,” dijo, con voz de borracho. “Las hormonas han sido rociadas y los hombres se están cogiendo a las piedras. ¡A las piedras!”
Por detrás, la línea de marcador que le dibujaba el trasero se ensanchaba, negro sobre rosa, como una página de tiras cómicas. Zoë se acercó por atrás, lento, y le dio un empujón. Sus manos resbalaron hacia delante, más allá de la barandilla, sobre la avenida. La cerveza escapó de la botella, cayendo veinte pisos hasta el asfalto.
“¡Hey! ¿Qué estás haciendo?” dijo él, volviéndose rápidamente. Se puso derecho, listo, y se alejó de la verja, esquivando a Zoë. “¿Qué mierda estás haciendo?”
“Sólo bromeaba,” dijo ella. “Sólo estaba bromeando.” Pero él la contempló, atónito, aterrorizado, con el trasero dibujado por marcador vuelto por completo hacia la ciudad, una supuesta mujer desnuda con un brazalete azul en la muñeca, atrapado en un balcón con… ¿con qué? “En serio, sólo fue una broma!” gritó Zoë. El viento le levantó el cabello hacia el cielo, como espinas detrás del hueso. Si hubiera un lago, la luz de luna bailaría sobre él en un arrebato. Ella le sonrió y se preguntó qué aspecto tendría.

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Escultura lenta Theodore Sturgeon

Ella ignoraba quién era él cuando le encontró; en realidad, poca gente le
conocía. Él se hallaba en el huerto, trabajando bajo un peral. La tierra olía a finales
de verano y a viento; a bronce, olía a bronce. Levantó la vista hacia una joven de
unos veinticinco años, con un rostro carente de miedo y unos ojos del mismo color
que el cabello, cosa extraordinaria porque su cabellera era de un tono
doradorrojizo. Ella contempló al hombre de unos cuarenta años, de piel correosa,
que tenía un electroscopio de láminas de oro en la mano, y se sintió como una
intrusa.
— Oh… — exclamó en el tono que por lo visto era el más oportuno, toda
vez que el hombre asintió al oírla.
—Sostenga esto —le pidió él después, lo que eliminaba toda idea de
intrusismo.
La muchacha se arrodilló junto al hombre y cogió el instrumento,
sosteniéndolo tal como él se lo puso en la mano. Luego, él se apartó un poco y se
golpeó la rodilla con un vibráfono.
— ¿Qué ocurre? —preguntó.
Tenía una voz bonita, la clase de voz que los desconocidos observan y
escuchan.
La joven estudió las delicadas láminas de oro de la capa de cristal del
electroscopio.
— Se están separando —respondió ella.
Él volvió a golpearse la rodilla con el vibráfono y las láminas se separaron
un poco más.
— ¿Mucho?
—Unos cuarenta y cinco grados cuando usted se golpea con el vibráfono.
—Bien…, es casi todo lo que podemos conseguir.
De un bolsillo de su chaqueta extrajo una bolsa de polvo de yeso y echó un
puñado al suelo.
— Ahora me apartaré —añadió —. Quédese aquí y dígame cuánto se
separan las láminas.
Rodeó el peral caminando en zigzag, e iba golpeando el vibráfono en tanto
ella gritaba números: diez grados, treinta, cinco, veinte, nada. Cuando las láminas
doradas se separaban al máximo, él dejaba caer más polvo. Cuando terminó, el
peral estaba rodeado por un tosco óvalo de motas blancas de yeso. Sacó un
cuaderno y trazó el diagrama del óvalo y del árbol; se guardó el cuaderno y
recuperó el electroscopio.
— ¿Buscaba algo? —le preguntó a ella.
— No…Sí.
Él sonrió. Y, aunque la sonrisa no duró mucho, la joven la halló
sorprendente en un rostro como aquél.
—Eso no es lo que un tribunal llamaría una respuesta positiva.
La muchacha miró hacia la montaña, metálica a la luz del atardecer. No
había mucho que ver: rocas, maleza de verano, algunos árboles y un huerto.
Alguien había recorrido un largo camino para llegar hasta allí.
—No es una pregunta sencilla —se disculpó, tratando de sonreír y
prorrumpiendo en llanto.
Lo lamentó y se excusó.
— ¿Por qué? —quiso saber él.
Era la primera vez que la joven experimentaba este interrogatorio. Era algo
turbador. Y siempre lo sería, a veces mucho más.
—Bueno, uno no debe dejarse llevar por las emociones en público.
—Usted ha tenido la culpa. No conozco a ese uno del que habla.
—Creo que yo tampoco, ahora que lo menciona.
—Entonces, diré la verdad. De nada sirve andar con rodeos y pensar: «Él
descubrirá que yo…» o algo por el estilo. Yo pensaré lo que deba pensar, diga
usted lo que diga. O… me iré sin decirle nada más.
La joven no hizo ademán de irse, por lo que él añadió:
—Pues diga la verdad. Si es importante será sencilla, y si es sencilla será
fácil decirla.
— ¡Voy a morir! —gritó ella.
— —Yo también.
—Tengo un bulto en el pecho.
—Venga a casa y se lo quitaré.
Sin más palabras se alejó y empezó a cruzar el huerto. Sobresaltada hasta
lo indecible, indignada y llena de una loca esperanza, lanzando incluso una
carcajada de asombro, ella permaneció un momento viéndole marchar, y al final
(¿en qué instante lo decidió?) echó a correr tras él.
Le alcanzó en el lindero superior del huerto.
— ¿Es usted médico?
No parecía haberse dado cuenta de la inmovilidad de la joven ni de su
carrera.
—No —negó él.
Y siguió andando, sin ver, al parecer, cómo ella volvía a detenerse,
mordiéndose el labio inferior, y cómo echaba a correr nuevamente.
—Debo de estar loca —murmuró la joven, uniéndose a él en un sendero del
jardín.
Se lo dijo a sí misma, aunque él ya debía de saberlo porque no respondió.
El jardín estaba lleno de retadores crisantemos, y había un estanque en el
que divisó el destello de un par de carpas imperiales plateadas —no doradas—,
las mayores que había visto. Después… la casa.
Primero formaba parte del jardín, con la terraza y sus columnas, y luego,
con sus muros rocosos (demasiado grandes para considerarlos de piedra), era
parte de la montaña. Se hallaba encima y dentro de la ladera, y sus tejados
corrían paralelos a la línea del cielo, por delante y a los lados, y parte de los
mismos estaban sostenidos por un saliente de la cara rocosa. La puerta, hecha de
tablas y bien claveteada, con dos estrechas aberturas, se abrió (aunque no había
nadie allí), y cuando volvió a cerrarse todo quedó en silencio, impidiendo la
entrada de todo lo exterior mucho más sólidamente que con el golpe de una
cerradura o un pasador. La joven se quedó con la espalda contra la puerta,
viéndole atravesar lo que parecía el centro de la casa, o al menos de esta parte.
Era una especie de patio pequeño, en cuyo centro había un atrio, acristalado por
sus cinco lados y abierto por arriba. Tenía un árbol, un ciprés o un enebro,
retorcido, torturado, con el aspecto escultural de lo que los japoneses llaman
bonsai.
— ¿No viene? —le gritó él, sosteniendo abierta una puerta detrás del atrio.
—Los bonsai no tienen tres metros de altura —exclamó ella.
—Éste sí.
La joven se acercó lentamente, contemplando el árbol.
— ¿Cuánto hace que lo tiene?
El tono de voz del hombre daba a entender que estaba sumamente
complacido. Es una tontería preguntarle al dueño de un bonsai si éste es muy
viejo, ya que se le está preguntando si ha sido obra suya o si lo adquirió y continuó
la labor de otro individuo; se le está tentando a proclamar que son suyos la
concepción y el trabajo meticuloso de otro, y asimismo resulta grosero decirle a
una persona que se la está probando. Por tanto, « ¿cuánto hace que lo tiene?» es
amable, grato y tremendamente cortés.
—La mitad de mi vida —fue la respuesta.
La muchacha miró el árbol. A veces se hallan árboles, no totalmente
abandonados, no totalmente olvidados, plantados en bidones mohosos, en
invernaderos mal cuidados, que permanecen sin vender a causa de una forma
rara o por tener algunas ramas muertas, o bien por haber crecido con excesiva
lentitud en conjunto o en parte. Éstos son los que desarrollan troncos interesantes
y una gran resistencia ante el infortunio, lo cual les hace florecer si se les da la
menor excusa para vivir. Este árbol era más viejo que la mitad de la vida de su
dueño, o que toda su vida. Al contemplarlo, ella se quedó aterrada por la idea de
que un incendio, una familia de ardillas, alguna oruga subterránea o las termitas
pudieran exterminar tanta belleza, algo que ofrecía el concepto de rectitud o
justicia o… respeto. Volvió a mirar el árbol. Luego, miró al hombre.
— ¿Viene? —dijo éste.
—Sí —asintió ella, entrando con él en el laboratorio.
—Siéntese aquí y relájese —le aconsejó él—. Esto puede tardar bastante.
. «Aquí» era en una butaca de cuero situada junto a la biblioteca. Había
libros sobre todos los temas: obras de consulta sobre medicina e ingeniería, física
nuclear, química, biología, psiquiatría… También había obras sobre tenis,
gimnasia, ajedrez, sobre el juego de guerra oriental Go y sobre golf. Y dramas, las
técnicas de la novela, El uso moderno del inglés, El lenguaje norteamericano y el
suplemento, los diccionarios poéticos de Wood y Walker, v una serie de
diccionarios y enciclopedias. Además de un estante repleto de biografías.
— ¡Vaya biblioteca…!
Él respondió con brevedad; estaba claro que no deseaba hablar, ya que se
hallaba enfrascado en su trabajo.
—Sí, es cierto —dijo solamente—. Tal vez la vea alguna vez.
La joven se preguntó qué querría decir con esas palabras. Luego, decidió
que había querido decir que los libros que había junto a la butaca eran los que él
tenía a mano para su trabajo, y que la verdadera biblioteca estaba en otro lugar.
Le miró con gran respeto.
Siguió contemplándole. Le gustaba la manera como se movía: rápido,
decidido. Estaba claro que sabía lo que hacía. Ella reconoció parte del equipo que
usaba: un alambique, un equipo de probetas, una centrifugadora. Había dos
refrigeradores, uno de los cuales no lo era, puesto que ella podía ver que el
termómetro de la puerta marcaba 21°C. Pensó que un refrigerador moderno era
perfectamente adaptable a la demanda de un ambiente controlado, incluso de uno
cálido.
Pero todo aquello, junto con el equipo que no reconocía, no era más que
mobiliario. Era al hombre al que valía la pena contemplar, el hombre el que la
mantenía ocupada, hasta el punto de que en todo aquel tiempo ni una sola vez se
sintió tentada de examinar la biblioteca.
Al fin, él terminó una larga secuencia en el banco de trabajo, movió unos
interruptores, cogió un taburete y se acercó a ella. Se sentó en el taburete, con los
pies sobre un travesaño, y colocó sus manos largas y atezadas sobre las rodillas.
-¿Asustada?
—Supongo que sí.
—No tiene ningún motivo.
—Considerando la alternativa —murmuró ella valerosamente, aunque su
tono decayó con rapidez—, no puede importar mucho.
—Muy juicioso —aprobó él casi animosamente—. Recuerdo que siendo
niño se produjo un fuego en el edificio donde vivíamos. Hubo un gran revuelo para
salir, y mi hermano de diez años de edad se encontró en la calle con un
despertador en la mano Era un reloj viejo que no funcionaba… y de todas las
cosas que había en casa tuvo que coger ese despertador. Nunca pudo saber por
qué.
— ¿Lo sabe usted?
— ¿Por qué cogió aquel objeto? No. Aunque creo saber por qué hizo algo
tan irracional. Sí, el pánico es un estado de ánimo muy especial. Como en el
miedo y la fuga, o la furia y el ataque, se trata de una reacción primitiva ante un
peligro extremado. Es una de las expresiones de la voluntad de sobrevivir. Y lo
que la torna tan especial es su irracionalidad. ¿Por qué el abandono de la razón
puede ser un mecanismo de supervivencia?
La joven meditó la pregunta con gran seriedad. Aquel hombre tenía algo
que tornaba imperiosa la seriedad.
—No me lo imagino —confesó al fin —. A menos que sea porque, en
algunas situaciones, la razón no funciona.
—Puede imaginárselo —replicó él, irradiando de nuevo su tremenda
aprobación y haciéndola resplandecer—. Y acaba de hacerlo. Si se está en peligro
y se intenta razonar, y la razón no funciona, se la abandona. Es inteligente
abandonar lo que no sirve, ¿verdad? Por tanto, usted siente pánico, y empieza a
realizar acciones al azar. La mayoría, casi todas, serán inútiles; algunas pueden
ser incluso peligrosas, mas eso no importa: usted ya está en peligro. El factor de
supervivencia entra en juego cuando muy adentro de uno mismo se sabe que la
única oportunidad entre un millón es mejor que ninguna en absoluto. Y así… aquí
está usted sentada; está asustada y podría huir, pero algo le aconseja que no
huya… y no huye.
Ella asintió.
— Usted encontró un bulto —continuó él—. Fue a visitar a un médico y él le
hizo unos análisis y le dio una mala noticia. Quizá fue a otro médico y la confirmó.
Entonces, usted investigó un poco y supo qué sucedería a continuación…, las
exploraciones, la extirpación, la recuperación incierta, todo el largo y terrible proceso de ser lo que se llama un caso perdido. Y se asustó. Hizo algunas cosas que
desea que yo no le pregunte. Viajó hacia cualquier parte y terminó en mi huerto sin
motivo alguno.
Extendió las manos y las hizo volver a su especie de sueño.
— Pánico —prosiguió —. Eso es lo que explica que esos pequeños
permanezcan en pijama en medio de la noche con despertadores rotos en la mano
y que existan charlatanes.
Algo campanilleó en el banco de trabajo y él sonrió brevemente y volvió a
su tarea.
—A propósito —agregó por encima del hombro—, yo no soy un charlatán.
Para llamarse charlatán hay que ser médico y yo no lo soy.
Ella le vio tocar los interruptores, abriendo, apagando, agitando, midiendo y
calculando. Una pequeña orquesta de aparatos cantaba a coro y en solos a su
alrededor, mientras él dirigía los chirridos, los silbidos, los campanilleos, los
golpeteos. La joven deseaba reír, llorar, chillar. No hizo nada de todo eso por
miedo a no poder parar.
Cuando él volvió a su lado, el conflicto ya no existía en su interior, sino que
ejercía en ella constantes y opuestas tensiones; el resultado era un terrible
éxtasis, y lo único que pudo hacer cuando vio el instrumento en la mano del
hombre fue abrir más los ojos. Casi se olvidó de respirar.
—Sí, es una aguja —afirmó él, con tono casi zumbón—. Una aguja larga y
muy delgada. No me diga que pertenece a esa clase de personas que temen a las
agujas.
Tensó el cable que unía la aguja al estuche negro, lo aflojó un poco y se
sentó en el taburete.
— ¿Quiere algo para serenarse?
Ella tenía miedo de hablar; la membrana que contenía su yo sano era muy
tenue y estaba muy tensa.
—Yo en su lugar no tomaría nada —continuó él —, porque la gama
farmacéutica es muy compleja. Claro que si necesita algo….
La joven logró negar con la cabeza y de nuevo experimentó la sensación de
que de él surgía una oleada de aprobación. Deseaba formular un millar de
preguntas, ansiaba formularlas…, necesitaba formularlas. ¿Qué había en la aguja?
¿Cuántos tratamientos habría que aplicarle? ¿Cómo serían? ¿Cuánto tiempo
debería permanecer… y dónde? Y lo más importante: ¿podría vivir? Oh, sí,
¿podría vivir?
Él pareció interesado por una sola de tales preguntas.
—Está formado a partir de un isótopo de potasio. Si le contase todo lo que
sé al respecto y de qué manera llegué a ello, tardaría…, bueno, tardaría más
tiempo del que disponemos. Pero ésta es la idea general: a nivel teórico, cada
átomo se halla equilibrado eléctricamente (no importan las excepciones
ordinarias). De la misma manera, todas las cargas eléctricas de una molécula se
supone que están equilibradas…, tantas más, tantas menos…, total cero. Bien,
descubrí que el equilibrio de las cargas de una célula trastornada no es cero…, al
menos, no completamente. Es como si se produjese una tormenta microscópica a
nivel molecular, con algunos relámpagos centelleando en todas direcciones,
cambiando los signos. Con interferencias en las comunicaciones por la estática y
demás —añadió, gesticulando con la hipodérmica forrada en la mano—, y eso es
todo. Cuando algo se interfiere en las comunicaciones…, especialmente en el
mecanismo RNA, que dice: lee este plano original y construye de acuerdo con él, y
para cuando esté hecho…; cuando este mensaje es alterado, se construyen cosas
al revés, desequilibradas, cosas que casi son buenas, casi son perfectas, pero
sólo casi: éstas son las células perturbadas o salvajes, y los mensajes que
transmiten son aún peores.
»Bien, es secundario que dichas tormentas estén provocadas por virus,
agentes químicos, radiaciones o traumas físicos, e incluso por la ansiedad,
aunque no creo que la ansiedad pueda hacerlo. Lo importante es arreglarlo, a fin
de que no se produzca la tormenta. Si esto se puede hacer, las células poseen
suficiente habilidad para reparar y reemplazar lo que anda mal. Y los sistemas
biológicos no son como pelotitas de ping pong con cargas estáticas, aguardando a
que la carga se escurra o descargue en un cable subterráneo. Poseen una
especie de resorte, que yo llamo perdón, que les permite tomar un poco más, o un
poco menos, de carga, y enderezar lo que está mal. Digamos que un grupo de células se torna salvaje y construye un agregado de un centenar de unidades extra
en el lado positivo. Inmediatamente, las células de alrededor se sienten afectadas,
aunque no la capa siguiente ni la sucesiva a ésta.
»Si pudieran ser abiertas por la carga extra se las podría drenar, y esto
curaría a las células salvajes de su excedente…, ¿lo entiende? Y podrían sanar
por sí mismas, o pasar el excedente a otras células y después a otras, que se
ocuparían del caso. Dicho de otro modo: si logro inundar su cuerpo con un
intermediario que pueda drenar y distribuir una concentración de esta carga desequilibrada, los procesos corporales normales podrán penetrar allí y reparar el
mal causado por las células salvajes.
Sostuvo la aguja entre sus rodillas y de un bolsillo lateral de su bata de
laboratorio sacó una cajita de plástico, la abrió y extrajo un algodón empapado en
alcohol. Sin dejar de hablar animadamente, cogió el brazo de la chica, casi
entumecido por el terror, y le frotó el hueco del codo.
—No quiero decir en absoluto que la carga nuclear del átomo sea lo mismo
que la electricidad estática. En realidad, están en campos muy distintos. Pero la
analogía sí vale. Y aún podría añadir otra analogía. Podría comparar la carga de
las células salvajes a una acumulación de grasa, y este producto mío a un
detergente que destruyese la grasa hasta no poder ser ya detectada. Pero prefiero
la analogía de la estática por un extraño efecto secundario: los organismos que
reciben este producto elaboran una gran cantidad de carga estática. Se trata de un
subproducto, y por razones sobre las cuales por el momento sólo puedo teorizar,
parece estar sintonizado con el audioespectro. Como sintonizar horquillas, por
ejemplo. Con esto estaba jugando cuando nos hemos encontrado. El árbol está
empapado de este producto. Tenía un grupo de hojas con células salvajes. Bien,
ya no lo tiene.
Dedicó a la muchacha una sorprendente sonrisa y la dejó extinguirse al
poner la aguja hacia arriba y presionar la jeringa. Luego, sujetando con la otra
mano el bíceps izquierdo de la joven, apretó lenta y firmemente. Bajó la aguja, la
apuntó y la metió en la vena con gran destreza; ella lanzó una exclamación, no de
dolor, sino por la falta del mismo. Atentamente, él vigiló el tubito de cristal que
sobresalía de la vaina negra al retirar el émbolo una fracción, y observó la entrada
de sangre en el fluido incoloro de la jeringa. Mantuvo fija la aguja hipodérmica.
—Por favor, no se mueva… Lo siento, tardaré un poquito. He de introducirle
bastante líquido. Lo cual es estupendo, como ya sabe —agregó, en el mismo tono
con el que había efectuado sus observaciones sobre el audioespectro —, porque,
con efectos secundarios o no, es consistente. Los sistemas biológicos sanos desarrollan un fuerte campo electrostático, mientras que los enfermizos lo
desarrollan débil o de ninguna clase. Con un instrumento tan primitivo y simple
como ese pequeño espectroscopio es posible saber si alguna zona del organismo
posee una comunidad de células salvajes, y en tal caso, dónde está y su
magnitud, así como el grado de salvajismo, por decirlo de algún modo.
Hábilmente, varió su presión sobre la hipodérmica sin moverla ni cambiar la
presión del émbolo. Empezaba a resultar incómodo, como un dolor al convertirse
en magulladura.
—Y si se pregunta por qué este mosquito tiene una funda con cable unido a
ella (aunque estoy seguro de que no se lo pregunta y que sabe tan bien como yo
que mi charla sólo tiene por objeto mantener su mente ocupada), se lo explicaré.
No es más que una bobina que transporta una corriente alterna de alta frecuencia.
El campo alternante hace que el fluido sea magnética y electrostáticamente
neutral desde el principio.
Retiró la aguja de repente, con gran suavidad, dobló el brazo de la joven y
dejó en el hueco del codo un trocito de algodón.
— ¿Cómo se encuentra? —le preguntó.
— Ella buscó frases acertadas.
—Como la poseedora de una gran histeria durmiente suplicándole a alguien
que no la despierte.
—Dentro de poco —le dijo, riendo— se sentirá tan rara que no tendrá
tiempo para histerismos.
Se puso de pie y devolvió la aguja al banco de trabajo, enrollando el cable
al mismo tiempo. Desconectó el campo de corriente alterna y volvió junto a la
muchacha con un cuenco de cristal y un trozo cuadrado de conglomerado. Puso el
cuenco invertido en el suelo, cerca de la chica, y colocó la madera sobre su ancha
base.
—Recuerdo algo parecido —musitó ella—. Cuando estuve en…, en el
instituto. Generaban relámpagos artificiales con un…, deje que recuerde… Bueno,
había una cinta transportadora muy larga que funcionaba sobre unas poleas, unas
raspaduras de cable y una gran bola de cobre en lo alto.
—El generador Van de Graaf.
— ¡Exacto! Hacían toda clase de cosas con ese aparato, aunque lo que
recuerdo más especialmente es que me subía a un pedazo de madera colocado
sobre un cuenco como éste, me cargaban con el generador y no sentía nada,
excepto que mi cabello parecía escapárseme de la cabeza. Todos se reían. Yo
parecía una muñeca de cara negra y cabello tieso; al parecer, soportaba cuarenta
mil voltios.
— ¡Bravo! Me alegro de que lo recuerde. Aunque esto será un poco
diferente. Aproximadamente, habrá otros cuarenta mil.
-Oh…
—No tema. Mientras se halle aislada, apartada de objetos que
relativamente toquen el suelo, como yo, por ejemplo, no habrá fuegos artificiales.
— ¿Usará un generador como aquél?
—No como aquél. En realidad ya lo he usado. Usted es el generador.
-Yo… ¡Oh…!
La joven levantó la mano de la butaca tapizada y al momento se produjo
una serie de chispas y un débil olor a ozono.
—Sí, usted es un generador, más de lo que yo pensaba, y más rápido.
¡Levántese!
Ella empezó a hacerlo lentamente, pero terminó la maniobra más de prisa.
Cuando su cuerpo se separó del asiento, durante una fracción de segundo
permaneció sentada en una masa de hilos blanquiazules. Dichos hilos, o ella
misma, la empujaron un metro y medio más allá, siempre de pie. Literalmente
fuera de sí, la muchacha estuvo a punto de caerse.
— ¡Quédese de pie! —le ordenó él.
Ella se recobró, jadeando. Él retrocedió un paso.
—Suba a la madera —ordenó —. ¡Vamos, rápido!
La joven obedeció, dejando, en los dos pasos que tuvo que dar, dos breves
pisadas de fuego. Se equilibró sobre la tabla, y su cabello, visiblemente, empezó a
agitarse.
— ¿Qué me está sucediendo?
— —Todo va bien —la tranquilizó él.
Se dirigió al banco de trabajo y puso en marcha un generador de tono. El
aparato gimió al pasar de uno a los trescientos grados del ciclo. Él aumentó el
volumen y movió el control. El rugido se hizo más agudo, y el cabello doradorrojizo
de la muchacha se atiesó hacia arriba, intentando cada hebra separarse de las demás. El hombre aumentó el tono por encima de los diez mil ciclos y después lo
redujo al inaudible once; en ambos extremos, el cabello de la chica descendió, si
bien hacia los mil doscientos adquirió un aspecto semejante al de la muñeca antes
descrita por ella.
Dejó el volumen a un grado más o menos tolerable y cogió el electroscopio.
Fue hacia ella, sonriendo.
—Usted es un electroscopio, ¿entendido? Y también un generador Van de
Graaf viviente. Y una muñeca negra, de pelo tieso.
—Déjeme bajar —fue todo lo que ella acertó a decir.
—Todavía no. Por favor, no se mueva. El diferencial entre usted y todo lo
demás es tan alto que, si se acercara a cualquier objeto, descargaría en él. No le
haría daño, pues no es una corriente eléctrica, pero podría quemarse y sufrir un
shock nervioso.
Levantó el electroscopio e incluso a aquella distancia, y a pesar de su
inquietud, la muchacha vio como las láminas de oro se separaban. El dio vueltas
en torno a la joven, contemplando atentamente las láminas moviendo el
instrumento atrás y adelante, y de un lado a otro. Después fue hacia el generador
de tono y bajó un poco el volumen.
—Envía usted un campo de fuerzas tan poderoso que no puedo captar las
variaciones —explicó.
Luego volvió hacia ella, aproximándose más que antes.
—No puedo… mucho más…, no puedo… —murmuró ella.
Él no la oyó, o fingió no oírla. Luego, fue pasando el electroscopio cerca del
abdomen de la joven, hacia arriba y de un lado a otro.
— ¡Bravo! Así va bien… —exclamó animadamente, acercando el aparato a
su seno derecho.
— ¿Qué? —gimió ella.
—El cáncer. El seno derecho, bajo, en torno al sobaco. —Lanzó un
silbido—. Muy malo. Maligno como el demonio.
La muchacha se tambaleó y al final cayó de cara. Una tremenda negrura la
invadió, retrocedió explosivamente en un resplandor de agonizante blanquiazul, y
al final se abatió sobre ella como un alud montañoso.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Otra pared, otro techo. No lo
había visto antes. No importa. No interesa.
Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Algo en el camino. Su rostro,
cerrado, tenso, cansado; ojos despiertos y penetrantes. No importa. No interesa.
Dormir.
Un sitio donde las paredes tocan el techo. Abajo, el sol poniente. Arriba,
unos crisantemos color oro oxidado en una cornucopia de cristal verdedorado.
Otra vez algo en el camino: su rostro.
— ¿Puede oírme?
Sí, pero no responder. Ni moverme. Ni hablar.
Dormir.
Es una habitación, una pared, una mesa, un hombre paseando; una
ventana en la noche, y máscaras que parecen vivas, pero ¿no sabes que son
recortadas y se están muriendo?
¿Lo saben?
-¿Cómo está?
Urgente, urgente.
—Tengo sed.
Frío y un mordisco de hielo que duele en los goznes de las mandíbulas.
Zumo de uva. Tendido sobre el brazo y sosteniendo el vaso con la otra mano…
Oh, no, no es esto…
— Gracias, muchas gracias…
Tratar de sentarse, la sábana… ¡Mi ropa!
—Lo siento —se disculpa él, como leyendo en su mente—. Algunas cosas
son incompatibles con medias y minifaldas. Todo lavado, seco y listo para usted…
en cualquier momento. Allí.
El vestido de lana marrón, las medias y los zapatos, en la butaca. Él se
muestra respetuoso, permanece de pie y deja el vaso junto a una botella que hay
en la mesita de noche.
— ¿Qué cosas?
—Ropa de cama, vestidos… —contestó él cándidamente.
Protegida por la sábana, que puede ocultar los cuerpos pero no el
embarazo de una situación.
—Oh, lo siento… Yo… no debo…
Al mover la cabeza, él entra y sale de su campo de visión.
—Sufrió un shock —explicó él —, y hasta ahora no se había recuperado.
Vaciló. Era la primera vez que ella le veía excitarse por algo. Por un
momento, casi pudo leerle el pensamiento: ¿Debo decirle lo que pienso? Claro
que debía decírselo, y lo hizo.
—Usted no quería salir del shock.
—Lo he olvidado todo.
—El peral, el electroscopio… La inyección, la respuesta electrostática…
—No —negó ella, sin estar segura. Luego, segura, repitió—: ¡No!
— ¡Tranquila! —gritó él.
Lo primero que supo fue que él se hallaba junto a la cama, inclinado sobre
ella, con las dos manos presionando sus mejillas.
—No vuelva a desmayarse —añadió —. Puede resistirlo. Puede resistirlo
porque todo va bien, ¿comprende? ¡Ya está curada!
—Usted me dijo que tenía cáncer…
Su acento era acusador. Él se echó a reír.
—Fue usted quien me dijo que lo tenía.
—Pero no lo sabía con certeza.
—Entonces, eso lo explica todo —replicó él en tono burlón—. En todo lo
que hice no había nada que justificase un repliegue en sí misma de tres días.
Tenía que ser algo de su interior.
— ¡Tres días!
Él se limitó a asentir y prosiguió con lo que estaba diciendo.
— De vez en cuando soy un poco fatuo. A causa de que me sobra el
tiempo. Supuse demasiado, ¿verdad?, cuando pensé que usted había visitado a
un médico, e incluso le habían hecho una biopsia. No se la hicieron, ¿eh?
—Tuve miedo —admitió la joven. Le miró fijamente —. Mi madre murió de
cáncer, y mi tía y mi hermana sufrieron una mastectomía radical. No podría
soportarlo. Y cuando usted…
— Cuando le dije lo que usted ya sabía, lo que no quería oír, no pudo
resistirlo. Perdió el conocimiento. Sí, se desmayó sin que eso tuviese nada que ver
con los más de setenta mil voltios de estática que tenía en el cuerpo. Yo la cogí a
tiempo.
Extendió los brazos y ella, instintivamente, retrocedió, pero él los mantuvo
extendidos, exhibiéndolos, hasta que la muchacha los miró y vio las marcas de
quemaduras en los antebrazos y los bíceps, tanto como se lo permitía la camisa
de manga corta.
—Tengo quemaduras en el noventa por ciento de los brazos — añadió él —
. Pero al menos a usted no le estalló la cabeza ni nada por el estilo.
— Gracias —murmuró la joven reflexivamente. De pronto, empezó a
llorar—. ¿Qué voy a hacer?
— ¿Hacer? Volver a su casa, esté donde esté… Rehacer su vida, sea la
que sea…
—Pero usted dijo…
— ¿Cuándo se le meterá en la cabeza que lo que dije no era ningún
diagnóstico?
— ¿Quiere decir que lo curó?
—Quiero decir que usted lo está curando ahora. Ya se lo expliqué el otro
día. Ahora lo recuerda, ¿no es cierto?
—No muy bien…, pero… sí.
Subrepticiamente, aunque no lo bastante, porque él se dio cuenta, se palpó
el bulto bajo la sábana.
—Todavía lo tengo —dijo.
— Si le atizara en la cabeza con un bate de béisbol —replicó él con
exagerada simplicidad—, tendría un bulto en ella. Y estaría ahí mañana y pasado.
Claro que al día siguiente sería más pequeño, y al cabo de una semana aún lo
notaría… pero ya habría desaparecido. Lo mismo que ese otro bulto.
Al fin, ella permitió que la enormidad del caso la conmoviese.
—Una cura de una sola inyección para el cáncer…
— ¡Cielos, no! —Exclamó él con dureza—. Por su aspecto se que tendré
que oír otra vez el maldito discurso. Bien, pues no lo haré.
— ¿Qué discurso? —inquirió ella, sobresaltada.
—El relativo a mi deber con la humanidad. Tiene dos fases y muchos
contextos. La primera fase trata de mi deber con la humanidad, y en realidad
significa que podemos dar un paso clásico al respecto. La segunda fase sólo trata
de mi deber con la humanidad, y no la oigo a menudo. La segunda fase no tiene
en cuenta la renuencia de la humanidad a aceptar lo bueno a menos que proceda
de fuentes ya aceptadas y respetables. La primera fase está bien enterada de
esto, pero sabe buscar maneras de darle la vuelta.
— Oh, yo no… —tartamudeó la joven. Luego, calló.
—Los contextos van acompañados por la luz de la revelación —continuó él
sin hacer caso de la interrupción —, con o sin religiones y misticismos. O están
severamente forjados en el molde ético-filosófico, y tratan de obligarme a rendirme
por medio de la culpa, mezclada, hasta cierto punto para llegar a un total, con la
compasión.
—Pero yo sólo…
— Usted ha probado el mejor ejemplo de cuanto he dicho —añadió él,
señalándola con el índice —. Si mis presunciones hubieran sido correctas y usted
hubiese ido a ver a sus matasanos locales y ellos le hubiesen diagnosticado
cáncer, enviándola a un especialista, y éste hubiese hecho lo mismo, llamando a
un colega para hacerle una consulta, y, llena de pánico, usted hubiera caído en
mis manos y hubiera quedado curada, y luego hubiese ido a ver todos sus
médicos para contarles el milagro, ¿sabe qué habría obtenido de ellos? Un
diagnóstico de remisión espontánea, eso es lo que habría obtenido. Y no sólo de
los médicos —prosiguió con una súbita renovación de la pasión, ante la cual la
muchacha se encogió en la cama —. Todo el mundo tiene sentido comercial. Su
dietista se habría inclinado sobre su germen de trigo o sus pasteles de arroz
macrobioticos; su sacerdote se habría dejado caer de rodillas mirando al cielo; su
especialista en genética habría forjado una teoría respecto a los saltos
generacionales, y le aseguraría que probablemente sus abuelos también tuvieron
remisiones espontáneas, sin saberlo.
— ¡Por favor! —gritó ella.
— ¿Sabe lo que soy? —gritó él también —. Un ingeniero doble: mecánico y
eléctrico, y tengo un diploma en leyes. Si usted fuese lo bastante tonta como para
contarle a alguien lo que ha sucedido aquí (y espero que no lo cuente, aunque si
lo hace sabré protegerme), podrían encarcelarme por practicar la medicina sin
título, y usted podría denunciarme por asalto, ya que le inserté una aguja en el
cuerpo, y tal vez por secuestro, si lograra demostrar que la traje aquí desde el
laboratorio. Y a nadie le importaría un pepino que yo le haya curado el cáncer.
Usted no sabe quién soy, ¿no es así?
—No, ni siquiera sé cómo se llama.
— Ni se lo diré. Además, tampoco yo sé su nombre…
— —Oh, yo me llamo…
— ¡No me lo diga! ¡No me lo diga! ¡No quiero oírlo! Quise intervenir en su
bulto y lo hice. Y ahora deseo que usted y su bulto se larguen cuanto antes de
aquí. ¿He hablado con claridad?
—Bien, deje que me vista —replicó la muchacha— y saldré de aquí ahora
mismo.
— ¿Sin hacer discursos?
—Sin hacer discursos. —Al instante, su cólera se transformó en desdicha, y
añadió—: Iba a decirle que le estoy muy agradecida. ¿Hubiese sido correcto?
La cólera de él también sufrió una transformación. Se acercó a la cama y se
sentó sobre los talones, lo que hizo que las caras de ambos quedasen niveladas.
— Sí, sería estupendo —murmuró él—. Aunque… en realidad no se sentirá
agradecida hasta dentro de diez días, cuando consiga el informe de «remisión
espontánea», o incluso hasta dentro de seis meses, o un año o dos o cinco,
cuando los análisis sean negativos.
La joven detectó tanta tristeza detrás de estas palabras que buscó la mano
de su salvador cuando éste intentó apoyarse en el borde de la cama. Él no se
apartó, sino que pareció agradecer aquel gesto.
— ¿Por qué no puedo estar agradecida ahora? —quiso saber ella.
—Eso sería un acto de fe —respondió él con amargura—, y los actos de fe
ya no existen… si es que existieron alguna vez. —Se incorporó y se dirigió a la
puerta—. Por favor, no se marche esta noche —pidió —. Está muy oscuro y no
conoce el camino. Nos veremos por la mañana.
Cuando volvió a la mañana siguiente, la puerta estaba abierta. La cama se
hallaba ya hecha, y las sábanas estaban debidamente dobladas sobre la butaca,
junto con las fundas de las almohadas y las toallas que ella había usado. La joven
no estaba allí.
El hombre salió al patio de entrada y contempló su bonsai.
El sol matutino doraba el follaje horizontal del viejo árbol dando relieve a las
ramas retorcidas, así como a los nudos grises y a las grietas de terciopelo. Sólo el
compañero de un bonsai (hay dueños de bonsais, pero pertenecen a una casta
inferior) comprende plenamente esta relación. Existe un vínculo exclusivo e
individual con el árbol porque éste es una cosa viva, y las cosas vivas cambian, y
existen formas definidas hacia las que el árbol desea cambiar. Un hombre ve el
árbol y en su mente hace ciertas extrapolaciones de lo que ve, forjando planes
para que éstas se produzcan. El árbol, a su vez, sólo hace lo que puede hacer un
árbol; se resistirá hasta la muerte a hacer lo que no puede hacer, o a hacerlo en
menos tiempo del que necesita. La formación de un bonsai es, por tanto, un
compromiso y una colaboración. Un hombre no puede crear un bonsai, ni siquiera
un árbol. Se necesita la colaboración, y ambos deben entenderse mutuamente. Y
esto requiere tiempo. Hay que memorizar el bonsai que se posee, cada ramita, el
ángulo de cada hueco, de cada aguja, y despierto durante la noche, o en una
pausa a mil kilómetros de distancia, uno recuerda esto, o aquella línea, o su masa,
y se trazan planes. Con alambre, agua y luz, con reajustes, plantando hierbas que
le roben el agua, o con una cubierta que haga sombra a la raíz, se le explica al
árbol lo que se desea y, si la explicación queda lo bastante clara y existe una
buena comprensión mutua, el árbol responderá y obedecerá… O casi. Siempre
existirá su propia estimación, su variación altamente individual: Muy bien, haré lo
que deseas, pero lo haré a mi modo. Para estas variaciones, el árbol siempre
quiere presentar una explicación clara y lógica, y muy a menudo (casi sonriendo)
dejará bien claro que el hombre habría podido ahorrarse tantos afanes si el
entendimiento hubiera sido mejor.
Es la escultura más lenta del mundo y, a veces, se llega a dudar de si el
esculpido es el hombre o el árbol.
Estuvo, pues, más de diez minutos contemplando el dorado de las ramas
superiores, y después fue hacia una cómoda de madera tallada, la abrió, sacó un
retal grande de tela de dril, abrió el vidrio de un lado del atrio y extendió la tela
sobre las raíces y sobre toda la tierra que se extendía a un lado del tronco,
dejando el resto abierto al viento y al agua. Tal vez dentro de poco, un mes o dos,
un vástago de la rama más alta aceptaría la insinuación y el irregular flujo de
humedad subiría por la capa de cambio, se apartaría de la línea ascendente y
continuaría por el paso horizontal. Aunque tal vez no lo hiciera, y en ese caso se
necesitaría el lenguaje más duro de las ataduras y los alambres. Pero entonces
quizá el árbol tuviera algo que decir acerca de lo correcto de una tendencia a
subir, y tal vez pudiera decirlo de manera lo bastante persuasiva para convencer
al hombre; en conjunto, se trata de un diálogo paciente, lleno de significado y
provechoso.
—Buenos días.
— ¡Oh, maldición! —masculló él —. Ha hecho que me muerda la lengua.
Pensé que se había largado.
— Y me largué. —La muchacha se arrodilló en la sombra con la espalda
contra la pared interior, frente al atrio—. pero luego me detuve para estar un rato
con el árbol.
-¿Y qué…?
—Medité mucho.
— ¿Sobre qué?
— Sobre usted.
— ¿De veras?
— Oiga —observó ella con firmeza —, no iré a ver a ningún médico para
que compruebe esto. No quise irme hasta decírselo y hasta estar segura de que
me cree.
—Vamos, entre y comeremos algo.
—No puedo —rechazó, riendo tontamente —. Tengo los pies dormidos.
Sin vacilar, él la cogió en brazos y la llevó a cuestas, rodeando el atrio.
— ¿Me cree? —indagó ella, con el brazo en torno a los hombros del
hombre, las caras muy juntas.
Él continuó andando hasta llegar a la cómoda de madera. Allí se detuvo y la
miró fijamente a los ojos.
—Te creo —respondió, tuteándola—. No sé por qué has tomado esa
decisión, pero estoy dispuesto a creerte.
La sentó sobre la cómoda y dio un paso atrás.
—Es por el acto de fe que mencionaste —explicó ella con gravedad—.
Pensé que debía mostrarlo, y que tú debías sentirlo al menos una vez en tu vida,
para que no puedas volver a decir una cosa semejante nunca más. —Taconeó
contra el suelo de pizarra—. Huy… —se quejó—, agujas y alfileres,
—Has debido de meditar largo tiempo.
—Sí. ¿Quieres saber algo más?
-Claro.
—Eres un hombre enfadado y asustado.
—Aclárame eso —pidió él, entusiasmado.
— No —replicó la joven quedamente —acláramelo tú. Y hablo en serio.
¿Por qué estás enfadado?
— ¡Te juro que no lo estoy! Aunque… —añadió de buen humor— tú me
empujas en esa dirección.
— ¡Vaya! ¿Por qué?
La contempló durante lo que a ella le pareció una eternidad.
— ¿De veras quieres saberlo? La joven asintió.
Él agitó una mano.
— ¿De dónde supones que viene todo esto: la casa, la tierra, el equipo? —
preguntó.
Ella aguardó.
—Un sistema de escape —continuó él, con un engrosamiento de la voz que
ella ya iba conociendo —. Una manera de guiar los gases residuales fuera de los
motores de combustión interna, de tal manera que se les da un giro. Los sólidos
sin quemar quedan encajados en las paredes del manguito, en una funda de fibra
de vidrio que sale en una pieza y puede ser sustituida por otra limpia cada tres mil
kilómetros. El resto del residuo se quema con su mismo contacto y lo que arde se
quema. El calor se emplea para precalentar el combustible; el resto se enrolla de
nuevo en un cartucho de ocho mil kilómetros. Lo que finalmente sale, al menos
según los niveles actuales, es muy limpio. Y a causa del precalentamiento, se
logra un kilometraje mucho mejor del motor.
—Habrás ganado mucho dinero.
—He ganado mucho dinero —asintió él—, pero no por utilizarse este
sistema para descontaminar el aire. He hecho mucho dinero porque lo adquirió
una empresa automovilística y lo encerró en una caja hermética. No les gustó
porque cuesta demasiado instalarlo en los coches nuevos. A algunos amigos
suyos del negocio de refinado tampoco les gustó, porque saca demasiado rendimiento de los combustibles crudos. Bien, no conozco nada mejor ni pienso volver
a cometer el mismo error. Pero sí…, estoy enfadado. Me enfadé cuando, siendo
casi un crío, estuve en un petrolero y deseábamos lavar los mamparos con jabón
ordinario y un trapo, y yo bajé a tierra para comprar un detergente, a fin de hacerlo
mejor, más de prisa y más barato; de modo que le llevé el detergente al
contramaestre y éste me pegó en la boca por pretender conocer mejor el oficio
que él. Bueno, el hombre estaba borracho, claro, pero lo peor vino cuando los más
veteranos de la tripulación se enteraron de ello y me acusaron de ser un «hombre
de la empresa», cosa que en un barco es un gran insulto. No comprendo por qué
la gente rechaza siempre lo mejor.
»He luchado toda mi vida contra esto. En mi cabeza hay algo que no
desaparece; es la forma que tengo de formular la pregunta: ¿Por qué una cosa es
como es? ¿Por qué no puede ser de esta o de aquella manera? Siempre hay
alguna pregunta que formular respecto a una cosa o una situación; especialmente,
nunca hay que abandonar ni renunciar cuando te gusta una respuesta, porque
siempre hay otra por hacer. Y vivimos en un mundo donde la gente no quiere
formular la otra pregunta.
»Me han pagado todo lo que mi estómago puede contener por cosas que la
gente no usa, y si estoy constantemente enfadado es por mi culpa, lo admito;
porque no puedo dejar de formular la pregunta siguiente y esperar la respuesta.
Hay media docena de inventos similares en este laboratorio que nadie verá jamás,
y otros cincuenta en mi cabeza; pero ¿qué se puede hacer en un mundo donde la
gente prefiere matarse en un desierto, a pesar de saber que ello puede ser el
verdadero fin de todo, donde todo el mundo gasta miles de millones en buscar un
nuevo pozo de petróleo, cuando se ha demostrado hasta la saciedad que los
carburantes fósiles nos matarán a todos?
»Sí, estoy enfadado. ¿No lo estarías tú?
La joven dejó que el eco de la voz de su interlocutor rondase por el patio y
por la claraboya del atrio, y esperó un poco más para que él se diese cuenta de
que estaba en el patio con ella, y no a solas con su furor. Él sonrió cuando lo
comprendió.
—Tal vez formules la pregunta siguiente en vez de formular la pregunta
correcta —dijo ella—. Opino que la gente que vive gracias a los antiguos y sabios
proverbios trata de no pensar, y sé que vale la pena prestarles atención. Fíjate en
esto: si formulas una pregunta de manera correcta, obtendrás la respuesta. Quiero
decir —continuó tras una pausa para comprobar que él la escuchaba con
atención, cosa que hacía—, si pones una mano sobre una estufa caliente puedes
preguntarte: ¿cómo impediré que se me queme la mano? Y la respuesta es muy
clara, ¿verdad? Si el mundo sigue rechazando lo que le das, ha de existir una
manera de preguntar el porqué y obtener la respuesta apropiada.
—La respuesta es muy sencilla —gruñó él—. La gente es estúpida.
—Ésa no es la respuesta, y tú lo sabes.
— ¿Cuál es, entonces?
—Oh, no puedo decírtelo. Sólo sé que es más importante la manera como
uno hace algo respecto a la gente que lo que hace, si quiere obtener resultados.
Bueno…, tú ya sabes cómo lograr lo que deseas del árbol, ¿no es cierto?
»La gente también vive criando cosas. No sé ni una centésima parte de lo
que sabes tú acerca del bonsai, pero sí sé esto: cuando empiezas uno, no tomas
el más sano y hermoso, sino que es precisamente el más torcido el que puede
resultar más bello. Cuando desees educar y criar a la humanidad, debes recordar
esto.
— ¡De todo lo que…! No sé si reírme o darte un buen puñetazo en la boca.
La joven se puso de pie. Él no se había dado cuenta de lo alta que era.
—Será mejor que me largue.
—Vamos…, vamos… No era más que un modo de hablar.
—Oh, no me siento amenazada…, pero será mejor que me vaya.
— ¿Temes formular la siguiente pregunta? —inquirió él astutamente.
—Estoy aterrada.
—Pregunta, de todos modos.
-¡No!
—Entonces, preguntaré yo por ti. Has dicho que estaba enfadado y
asustado. Y deseas saber qué es lo que me asusta.
-Sí.
—Bien. Estoy terriblemente asustado de ti.
— ¿De veras?
—Tienes una forma propia de provocar la honestidad —respondió él con
cierta dificultad—. Diré lo que sé que estás pensando: temo cualquier relación
humana íntima. Temo cualquier cosa que no pueda resolver con un destornillador,
o un espectroscopio de masas, o una tabla de cosenos y tangentes.
La voz era burlona, pero le temblaban las manos.
—Manejas esto regándolo sólo por un lado —murmuró ella—, o volviéndolo
hacia el sol. Lo manipulas como si fuese una cosa viva, como un animal, una
mujer o un bonsai. Será lo que deseas que sea si lo dejas seguir su curso y te
tomas el tiempo y los cuidados necesarios.
—Creo que me estás haciendo una oferta —observó él—. ¿Por qué?
—Sentada allí casi toda la noche —explicó la muchacha—, tuve una
imagen muy tonta. ¿Crees que dos árboles retorcidos pueden colaborar para
formar un bonsai?
— ¿Cómo te llamas? —le preguntó él suavemente.

La vida privada de Henry James

Hablábamos de Londres, frente a un gran glaciar primitivo y erizado. La hora y la escena constituían una de esas impresiones que compensaban un poco, en Suiza, de la moderna indignidad de viajar: las promiscuidades vulgaridades, la estación y el hotel, la paciencia gregaria, la lucha por una pobre atención, la reducción al rango de un número. El valle alto era rosado con la montaña rosa, el aire fresco tan puro como si el mundo fuera joven. Había un rubor tenue de tarde en las nieves sin menguar, y el tintineo amigable del ganado invisible llegaba a nosotros con un olor cultivado y caldeado por el sol. La posada de balcones se hallaba en el cuello mismo del paso más pintoresco del Oberland, y durante una semana habíamos tenido compañía y buen tiempo. Esto se consideraba una gran suerte, porque lo uno habría compensado por lo otro, de ser mala una de las dos cosas.
         Desde luego el buen tiempo habría compensado por la compañía; pero no estuvo sujeto a esa carga, porque por suerte teníamos a la fleur des pois: Lord y Lady Mellifont, Clare Vawdrey, la más grande (en opinión de muchos) de nuestras glorias literarias, y Blanche Adney, la más grande (en opinión de todos) de las teatrales.
         Menciono esto en primer lugar, porque eran precisamente las personas a quienes en Londres, en esa época del año la gente trataba de «cazar». La gente hacía todo lo posible por «reservarlos» con seis semanas de antelación, y sin embargo en esta ocasión habíamos coincidido con ellos, todos habíamos coincidido con los demás, sin usar la menor influencia. Un golpe del azar nos había reunido, a finales de agosto, y reconocimos nuestra suerte quedándonos así, bajo la protección del barómetro. Cuando los días dorados hubieran transcurrido —eso sucedería pronto—, habríamos de bajar serpenteando por lados opuestos del paso y desaparecer tras la cumbre de las alturas circundantes. Éramos de la misma comunión general, participábamos en la misma diversa publicidad. Nos veíamos en Londres con frecuencia irregular; más o menos, estábamos regidos por las leyes y el lenguaje, las tradiciones y lemas de la misma densa condición social. Creo que todos nosotros, hasta las señoras, «hacíamos» algo, aunque fingíamos que no, cuando se mencionaba. Tales cosas no se mencionan en Londres, pero nos proporcionaba un placer inocente ser distintos aquí. Tenía que haber una manera de demostrar la diferencia, ya que nos daba la sensación de que éstas eran nuestras vacaciones anuales. En cualquier caso, sentíamos que las condiciones eran mucho más humanas que en Londres, que al menos lo éramos nosotros. Nos mostrábamos francos a este respecto, hablábamos de ello: era ése nuestro tema mientras mirábamos el glaciar, cuando alguien llamó la atención sobre la prolongada ausencia de Lord Mellifont y Mrs. Adney. Nos hallábamos sentados en la terraza de la posada, donde había bancos y mesitas, y, los que, de entre nosotros, más empeñados estaban en demostrar que habían regresado a la naturaleza, tomaban, al extraño modo germánico, café antes que carne.
         El comentario sobre la ausencia de nuestros dos compañeros no fue atendido, ni siquiera por Lady Mellifont, ni siquiera por el pequeño Adney, el dedicado compositor; porque se lo había dejado caer en la pausa más breve de la charla de Clare Vawdrey. (Esta celebridad era «Clarence» sólo en las portadas.) Era precisamente esa revelación de que después de todo éramos humanos lo que le servía de tema. Preguntó al grupo si, con sinceridad, no se habían sentido todos tentados de decir a cada uno de los demás «no tenía ni idea de que usted fuera tan agradable». Yo, por mi parte, había tenido idea de que él lo era, e incluso mucho más agradable, pero eso era demasiado complicado como para entrar en el tema en aquel momento; además es exactamente lo que quiero relatar. Había como un pacto general entre nosotros de que cuando Vawdrey hablara habíamos de permanecer en silencio, y no, por curioso que resulte, porque él lo esperara. No lo esperaba, pues de todos los habladores profusos, él era el más inconsciente, el menos codicioso y profesional. Era más bien el credo del anfitrión, de la anfitriona, lo que prevalecía entre nosotros; era idea de ellos, pero siempre buscaban un círculo oyente cuando el gran novelista cenaba con ellos. En la ocasión a la que aludo, probablemente no se encontraba presente nadie con quien no hubiera cenado en Londres, y sentíamos la fuerza de esta costumbre. Había cenado incluso conmigo; y la noche de esa cena, como en esta tarde alpina, yo no había hecho ningún esfuerzo por contener mi lengua, absorto como me hallaba —ya por costumbre— en un análisis del problema que siempre se alzaba ante mí, hasta grandes alturas, frente a su talla adecuada, cabal y fuerte.
         Esta cuestión era tanto más atormentadora cuanto que él nunca sospechó (estoy seguro) que lo imponía, así como nunca había reparado en que cada día de su vida todo el mundo lo escuchaba en la cena. A menudo se lo llamaba «subjetivo» en las publicaciones semanales, pero en sociedad ningún hombre distinguido podría haberlo sido menos. Nunca hablaba de sí mismo; y éste era un tema sobre el que al parecer, aunque hubiera sido tremendamente loable en él, nunca reflexionaba. Tenía sus horas y sus costumbres, su sastre y su sombrerero, su higiene y su vino particular, pero todas estas cosas juntas nunca conformaban una actitud. Y sin embargo constituían la única actitud que adoptaba, y le resultaba fácil referirse a que éramos «más agradables» en el extranjero que en inglaterra. El estaba exento de variaciones, y ni un ápice más o menos agradable en un lugar que en otro. Difería de otras personas, pero nunca de sí mismo (salvo en el extraordinario sentido que explicaré más adelante), y me daba la impresión de que no había cambios en su estado de ánimo ni sensibilidades ni preferencias. Podría haber estado siempre en la misma compañía, pues no reflejaba influencia alguna de edad, condición o sexo: se dirigía a las mujeres exactamente igual que a los hombres, y charlaba del mismo modo con todos los hombres, sin hablar mejor a un grupo inteligente que a uno lerdo. Yo solía sentir desaliento al ver que un tema —a mi parecer— le gustaba precisamente tanto como otro: había algunos que yo odiaba tanto… Nunca lo encontré sino charlatán, animado y profuso, y nunca lo oí decir una paradoja o expresar un matiz o jugar con una idea. Ese antojo de que éramos «humanos» era, —en su conversación, un avance excepcional. Sus opiniones eran sólidas y de segunda mano, y era demasiado desconcertante pensar en sus percepciones. Yo le envidiaba su magnífica salud.
         Vawdrey se había encaminado, con paso uniforme y una conciencia perfectamente tranquila, al campo llano de la anécdota, donde las historias son visibles desde la distancia, como molinos de viento y postes señalizadores; pero después de un rato observé que la atención de Lady Mellifont se desviaba. Daba la casualidad de que yo estaba sentado junto a ella. Advertí que sus ojos vagaban con cierta ansiedad por las bajas laderas de las montañas. Por fin, después de mirar al reloj, me dijo:
         —¿Sabe adónde fueron?
         —¿Se refiere a Mrs. Adney y Lord Mellifont?
         —Lord Mellifont y Mrs. Adney —la frase de su señoría pareció, desde luego inconscientemente, corregirme, pero no se me ocurrió que fuera porque estaba celosa. No le atribuí sentimiento tan vulgar; en primer lugar porque me gustaba, y en segundo lugar porque a uno siempre se le ocurriría rápidamente que era correcto, en cualquier caso, poner primero a Lord Mellifont. Era el primero, un primero extraordinario. No digo el más grande o el más sabio o el más renombrado, sino esencialmente el primero de la lista y el que ocupaba la cabecera de la mesa. Ésa es una posición en sí misma, y su esposa estaba naturalmente acostumbrada a verlo en ella. Mi frase había sonado como si Mrs. Adney se lo hubiera llevado; pero no era posible que se lo llevaran, sólo él llevaba.
         Nadie, lógicamente, podía saber eso mejor que Lady Mellifont. En un principio yo había sentido bastante miedo de ella, considerándola, con sus rígidos silencios y la extrema negrura de casi todo lo que conformaba su persona, algo dura, incluso un poco saturnina. Su palidez parecía ligeramente gris, y su lustroso pelo negro, metálico, como los broches, hebillas y peinetas con los que era inveteradamente adornado. Iba de luto perpetuo, y llevaba innumerables ornamentos de azabache y ónice, mil tintineantes cadenas, cuentas y lentejuelas.
         Yo había oído a Mrs. Adney llamarla la reina de la noche y el término era descriptivo, si se entendía que la noche estaba cubierta. Tenía un secreto, y si no se descubría al conocerla mejor, al menos se percibía que era delicada, sin afectaciones, y limitada, y también sumisamente triste. Era como una mujer con una enfermedad indolora. Le dije que simplemente había visto a su marido y a su acompañante bajar juntos por el valle como una hora antes, e insinué que quizás Mr. Adney supiera algo de sus intenciones.
         Vincent Adney, que, aunque tenía cincuenta años, parecía un niño bueno a quien se hubiese enseñado que los niños no han de hablar delante de la gente, salía airoso con una simpleza y un gusto notorios de la posición de marido de una gran figura de la comedia.
         Cuando ya todo estaba dicho acerca de que ella le facilitaba la situación, no se podía menos que admirar el sentimiento encantador con que él daba aquello por cosa sabida. Para un marido que no está en el escenario, o al menos en el teatro, es difícil portarse con elegancia respecto a una mujer que lo está, pero Adney era más que elegante, era exquisito, era un inspirado. Ponía música a su amada, y se recordará lo auténtica que podría ser su música… las únicas composiciones inglesas por las que alguna vez he visto interesarse a un extranjero. Su esposa estaba en ellas, en alguna parte, siempre; eran como una traducción rica y libre de la impresión que ella producía. Al escuchar parecía que pasaba riendo, con el pelo suelto, por el escenario. Él había sido sólo un pobre violinista en el teatro de ella, siempre en su sitio durante los actos; pero ella lo había convertido en algo poco común e incomprendido. La superioridad de ambos se había convertido en una especie de asociación, y su felicidad era parte de la felicidad de sus amigos. El único malestar de Adney era no poder escribir una obra para su esposa, y la única manera en que se metía en los asuntos de ella era preguntando a gente imposible si no podrían hacerlo ellos.
         Lady Mellifont, después de mirarlo un momento, me comentó que prefería no hacerle ninguna pregunta. Al minuto siguiente añadió:
         —Prefiero que la gente no note que estoy nerviosa.
         —¿Está nerviosa?
         —Siempre me pongo así si mi marido está separado de mí el tiempo que sea.
         —¿Es que se imagina que le ha sucedido algo?
         —Sí, siempre. Desde luego estoy acostumbrada.
         —¿Se refiere a caerse por un precipicio…, ese tipo de cosas?
         —No sé exactamente qué es; es la sensación general de que no va a volver.
         Decía tanto y se guardaba tanto que la única manera de tratar la circunstancia a que se refería parecía ser la jocosa.
         —¡Seguro que nunca la abandonará! —dije, riéndome.
         Ella miró al suelo un momento.
         —Oh, en el fondo estoy tranquila.
         —Nada puede pasarle nunca a un hombre tan experto, tan infalible, tan armado en todos los sentidos —proseguí dándole ánimos.
         —¡No sabe usted cómo está armado! —exclamó can un temblor tan extraño que sólo pude atribuirlo al hecho de que estaba nerviosa. Esta idea fue confirmada al moverse justo después, cambiando de asiento sin razón aparente, no como para interrumpir nuestra conversación, sino porque estaba inquieta. No podía saber qué le sucedía, pero poco después me sentí aliviado al ver venir hacia nosotros a Mrs. Adney. Llevaba un gran ramo de flores silvestres en la mano, pero no se hallaba acompañada de Lord Mellifont. Sin embargo, vi en seguida que no tenía desastre alguno que anunciar; mas, como yo sabía que había una pregunta que a Lady Mellifont le hubiera gustado oír contestada, pero que no deseaba hacer, inmediatamente le expresé la esperanza de que su señoría no se hubiera quedado en una de las grietas del glaciar.
         —Oh, no; me dejó hace sólo tres minutos. Ha entrado en la casa —Blanche Adney posó sus ojos en los míos un minuto, una forma de comunicación a la que ningún hombre, por sí mismo, pondría nunca objeción. El interés, en esta ocasión, se vio activado por algo en especial, que, por casualidad, dijeron sus ojos. Lo que solían decir era sólo: «Sí, soy encantadora, lo sé, pero no es para tanto. Sólo quiero un nuevo papel… sí, sí.» En ese momento añadieron, tenue, subrepticia, y, por supuesto, dulcemente (porque así era como lo hacían todo):
         «Está bien, pero ha sucedido una cosa. Tal vez se lo cuente luego.» Se volvió hacia Lady Mellifont, y la transición a simple alegría indicó su maestría profesional.
         —Lo he traído sano y salvo; hemos dado un paseo precioso.
         —Cuánto me alegro —respondió Lady Mellifont, con su débil sonrisa; continuando vagamente al levantarse—, debe haber ido a cambiarse para la cena. Falta bastante poco, ¿no?
         Se alejó hacia el hotel, a modo simplificador de despedida, y el resto de nosotros, a la mención de la cena, miramos los unos los relojes de los otros, como para librarnos de la responsabilidad de tal grosería. El maïtre, como todos los maïtres esencialmente un hombre de mundo, nos dedicó horas y lugares propios, de tal manera que por la noche, aparte y bajo la lámpara, formábamos un pequeño círculo compacto y consentido. Pero eran sólo los Mellifont quienes se «vestían», y respecto a los cuales se reconocía que naturalmente se vestirían: ella exactamente de la misma manera que cualquier otra noche de su ceremoniosa existencia (no era una mujer cuyas costumbres pudieran justificar algo tan mutable como lo oportuno); y él, en cambio, de una forma muy adecuada y conveniente. Era casi tan hombre de mundo como el maïtre, y hablaba casi tantos idiomas; pero se abstenía de suscitar comparaciones de chaquetas y chalecos blancos, resolviendo la ocasión de una manera mucho más exquisita, con terciopelo negro, terciopelo azul y terciopelo marrón, por ejemplo, y armonías delicadas de corbatas e informalidades sutiles en la camisa. Tenía un traje para cada función y una moraleja para cada traje; y sus funciones, trajes y moralejas eran siempre parte de la diversión de la vida —parte en cualquier caso de su belleza y romanticismo—, para un inmenso círculo de espectadores. Desde luego, para sus amigos en particular, estas cosas eran más que una diversión; eran un tema, un apoyo social, y, por supuesto, además, un asunto de perpetua expectación. Si su esposa no hubiera estado presente antes de la cena, hubiera sido de ellos de quienes los demás, probablemente, habríamos estado discutiendo.
         Clare Vawdrey sabía un montón de anécdotas sobre la cuestión: había conocido a Lord Mellifont casi desde el principio. Lo peculiar acerca de este noble es que no podía haber una conversación sobre él que no tomara al instante forma de anécdota, y algo aun más sobresaliente era que, al parecer, no podía haber una anécdota que no fuera enteramente en su honor. Si hubiera entrado en una habitación en cualquier momento, la gente podría haber dicho francamente: «¡Claro que estábamos contando cosas de usted!» Tal y como van las conciencias, en Londres, la conciencia general hubiera estado tranquila.
         Además, habría sido imposible imaginarlo aceptando tal tributo sino afablemente, pues estaba siempre tan impertérrito como un actor a quien se le da la entrada oportuna. Jamás había necesitado un apuntador, hasta sus momentos de embarazo habían sido ensayados. En cuanto a mí, cuando se hablaba de él siempre me daba la extraña impresión de que estábamos hablando de los muertos, con esa peculiar acumulación de deleite. Su reputación era una especie de obelisco sobredorado, como si hubiera sido enterrado bajo él; el cuerpo de leyenda y reminiscencia, de las que él iba a ser el tema, había cristalizado de antemano.
         Esta ambigüedad surgía, supongo, del hecho de que el mero sonido de su nombre y el aire de su persona, la expectación general que creaba, de alguna manera, eran demasiado eminentes para ser verificados. La experiencia de su urbanidad siempre llegaba más tarde; la prefiguración, la leyenda palidecían ante la realidad.
         Recuerdo que la noche a la que me refiero, la realidad era particularmente operativa. El hombre más apuesto de su tiempo nunca había tenido mejor aspecto, y su señoría se hallaba sentado entre nosotros como un director suave que controlara con un armonioso juego de brazos una orquesta todavía un poco torpe. Dirigía la conversación con gestos tan irresistibles como vagos; se sentía que sin él la charla no hubiera tenido nada que pudiera llamarse tono. Era esto esencialmente lo que él aportaba a cualquier ocasión, lo que aportaba sobre todo a la vida pública inglesa. Él la impregnaba, la coloreaba, la embellecía, y sin él apenas habría tenido un vocabulario; desde luego, no habría tenido estilo, porque estilo es lo que tenía al tener a Lord Mellifont. El era el estilo. Volví a recibir esa impresión cuando, en la salle à manger de la pequeña posada suiza, nos resignábamos a la inevitable ternera. Confrontada con su persona (debo decir entre paréntesis que no lo estaba mucho), la conversación de Clare Vawdrey evocaba el contraste del reportero con el bardo. Era interesante observar el choque de caracteres del que tanto podía esperarse en una noche. No hubo, sin embargo, conmoción, todo fue amortiguado y atenuado por el tacto de Lord Mellifont. Era rudimentario para él encontrar la solución a tal problema desempeñando el papel de anfitrión, asumiendo responsabilidades que llevaban consigo su sacrificio. Cierto era que jamás en la vida había sido un invitado; era el anfitrión, el patrón, el moderador de cada junta. Si había algún defecto en su estilo (y lo insinuó en un susurro), era que tenía un poco más de arte de lo que cualquier conjunción —incluso la más complicada— pudiera requerir. En cualquier caso, no llevaba a cabo sus reflexiones al advertir la manera en que el experto noble manejaba la situación, y la manera en que el robusto hombre de letras era inconsciente de que la situación (y menos que nada él como parte de ella) estaba siendo manejada. Lord Mellifont derrochaba tesoros de tacto, y Clare Vawdrey ni soñaba que lo estaba haciendo.
         Vawdrey no sospechaba ninguna precaución tal, ni siquiera cuando Blanche Adney le preguntó si había visto ya su tercer acto, pregunta en la que introdujo una sutileza de las suyas. Ella tenía la teoría de que él iba a escribirle una obra, y de que la heroína, si él cumplía con su deber, sería el papel que ella inmemorialmente había deseado. Tenía cuarenta años (lo que no podía constituir un secreto para quienes la habían admirado desde el principio), y ahora estaba en condiciones de extender la mano y tocar su meta más lejana. Esto confería una especie de trágica pasión —perfecta actriz de comedia como era— a su deseo de no perderse lo grande. Los años habían transcurrido y seguía perdiéndoselo; ninguna de las cosas que había hecho era aquello con lo que había soñado, de modo que en ese momento no había más tiempo que perder. Esto era el cancro en la rosa, el dolor bajo la sonrisa. La hacía conmovedora, hacía que su tristeza fuera aún más dulce que su risa. Había hecho lo inglés antiguo y lo francés nuevo, y había cautivado a su generación; pero era acosada por la imagen de una oportunidad mayor, de algo más auténtico para las condiciones que se daban a su alrededor. Estaba harta de Sheridan y odiaba a Bowdler; pedía un lienzo de un grano más fino. Lo peor de ello, a mi entender, era que nunca extraería su comedia moderna del gran novelista maduro, quien era tan incapaz de producirla como de enhebrar una aguja. Ella lo mimaba, le hablaba, le hacía el amor, como ella proclamaba sinceramente; pero sólo se hacía ilusiones, tendría que vivir y morir con Bowdler.
         Es difícil ser breve al hablar de esta encantadora mujer, que era bella sin belleza y completa con una docena de deficiencias. La perspectiva del escenario la renovaba, y en sociedad era como el modelo fuera del pedestal. Era el cuadro en movimiento, lo que, para la mente social simple, constituía una sorpresa perpetua, un milagro. La gente creía que les decía los secretos de la naturaleza pictórica, y a cambio de eso ellos le ofrecían relajación y té. Ella no les decía nada y se bebía el té; pero de todos modos ellos se llevaban lo mejor del trato. Vawdrey se encontraba en verdad trabajando en una obra; pero si la había comenzado porque ella le gustaba, creo que la seguía arrastrando por la misma razón. Secretamente sentía la atroz dificultad, sabía que de su mano la pieza acabada no habría recibido vida activa. Al mismo tiempo, nada podía ser más agradable que el tener abierta dicha cuestión con Blanche Adney, y de vez en cuando ponía en la obra algo muy bueno. Si engañaba a Mrs. Adney, era sólo porque en su desesperanza ella estaba decidida a ser engañada. A su pregunta sobre el tercer acto él replicó que antes de la cena había escrito un pasaje magnífico.
         —¿Antes de la cena? —dije—. ¡Pero cher maïtre, antes de la cena nos tuvo embelesados en la terraza.
         Mis palabras eran una broma porque creí que las suyas lo habían sido; pero por prinera vez, que yo recordara, percibí cierta confusión en su faz. Me miró con dureza, echando la cabeza hacia atrás rápidamente, algo así como un caballo que ha sido sofrenado.
         —Oh, fue antes de eso —replicó con naturalidad suficiente.
         —Antes de eso estuvo usted jugando al billar conmigo —indicó Lord Mellifont.
         —Entonces debió de ser ayer —dijo Vawdrey. Pero se encontraba en un apuro.
         —Esta mañana me dijo usted que ayer no hizo nada —objetó la actriz.
         —Creo que realmente no sé cuándo hago las cosas.
         Vawdrey miró vagamente, sin servirse, a una fuente que se le ofreció.
         —Basta con que lo sepamos nosotros —sonrió Lord Mellifont.
         —No creo que haya escrito ni una línea —dijo Blanche Adney.
         —Creo que podría repetirle la escena.
         Vawdrey se sirvió haricots verts.
         —¡Oh, hágalo, hágalo! —exclamamos dos o tres.
         —Después de cenar, en el salón; será un inmenso régal —declaró Lord Mellifont.
         —No estoy seguro, pero lo intentaré —continuó Vawdrey.
         —¡Oh, qué rico es usted! —exclamó la actriz que estaba practicando americanismos, resignándose incluso a una comedia americana.
         —Pero con esta condición —dijo Vawdrey—: debe hacer tocar a su marido.
         —¿Tocar mientras usted lee? ¡Jamás!
         —Soy demasiado vanidoso —dijo Adney.
         Lord Mellifont le propuso una distinción.
         —Usted debe ofrecernos la obertura antes de que se alce el telón. Ése es un momento particularmente delicioso.
         —No leeré… sólo hablaré —dijo Vawdrey.
         —Mejor aún; permítame que vaya por su manuscrito —sugirió la actriz.
         Vawdrey replicó que el manuscrito no importaba, pero una hora después, en el salón, hubiéramos deseado que lo tuviera. Nos hallábamos expectantes, aún bajo el hechizo del violín de Adney. Su esposa, en primer término y encima de una otomana, estaba llena de impaciencia y perfil, y Lord Mellifont, en la silla —era siempre la silla, la de Lord Mellifont—, hacía que nuestro agradecido grupo se sintiera como un congreso de ciencias sociales o un reparto de premios. De repente, en lugar de comenzar, nuestro león domado empezó a rugir desafinando: había olvidado por completo cada palabra. Lo sentía mucho, pero las líneas no le venían a la cabeza; estaba profundamente avergonzado pero su memoria se hallaba en blanco. No daba la menor impresión de estar avergonzado, Vawdrey no había dado esa impresión en su vida; era sólo imperturbable y alegremente natural.
         Protestó diciendo que nunca se hubiera imaginado que haría el ridículo de ese modo, pero nos dio la impresión de que esto no impediría que el incidente tomara lugar entre sus más divertidas reminiscencias. Éramos sólo nosotros los que estábamos humillados, como si nos hubiera gastado una broma premeditada. Ésta fue una buena oportunidad, de entre todas, para el tacto de Lord Mellifont, que descendió sobre nosotros como un bálsamo. A su encantadora y artística manera, la manera que tenía de llenar áridos intervalos (tenía un débit —no había nada que se le aproximase en Inglaterra— como el de los actores de la Comédie Française), nos habló de su propio derrumbamiento en una ocasión crítica, cuando tenía que pronunciar un discurso ante una inmensa multitud, en que, dándose cuenta de que había olvidado sus notas, empezó a rebuscar sobre la terrible plataforma, blanco de todas las miradas, a rebuscar en vano notas indispensables en bolsillos impecables. Pero el interés del relato era mayor que el de las ocurrencias de Vawdrey, pues, con unos ligeros gestos, esbozó la brillantez de una actuación que se había alzado por encima del embarazo, se había resuelto por sí misma, según debíamos adivinar, con un esfuerzo que, en su momento, quedó reconocido como algo que de ningún modo era una mancha en lo que la bondad del público denominaba la reputación de su señoría.
         —¡Toca, toca! —exclamó Blanche Adney, dando palmaditas a su marido y recordando cómo, en el escenario, un contretemps siempre queda ahogado con música.
         Adney se lanzó a su violín y yo dije a Clare Vawdrey que su equivocación podría corregirse fácilmente si mandaba a alguien a buscar el manuscrito. Si él me decía dónde estaba, yo iría en seguida a su habitación a buscarlo. Vawdrey respondió:
         —Mi querido amigo: me temo que no hay manuscrito alguno.
         —¿Entonces no ha escrito nada?
         —Lo escribiré mañana.
         —¡Ah, ha estado usted jugando con nosotros! —dije con gran perplejidad.
         Vawdrey vaciló un instante.
         —Si hay algo, lo encontrará encima de la mesa.
         En ese momento uno de los otros se dirigió a él, y Lady Mellifont comentó, lo bastante alto como para corregir con delicadeza nuestra falta de consideración, que Mr. Adney estaba tocando algo muy hermoso. Yo ya había advertido antes que parecía ser tremendamente aficionada a la música, siempre la escuchaba profundamente transportada. La atencián de Vawdrey se distrajo, pero no me pareció que las palabras que acababa de soltar constituyeran un permiso definitivo para ir a su habitación. Además, yo quería hablar con Blanche Adney; tenía que preguntarle una cosa. Sin embargo, tuve que esperar a que llegara mi oportunidad, mientras permanecíamos en silencio algún tiempo, escuchando al marido de Blanche; después, la conversación se hizo general. Era nuestra costumbre acostarnos temprano, pero aún se podía prolongar un poco la velada. Antes de que acabara de decaer, encontré la oportunidad de decirle a la actriz que Vawdrey me había dado permiso para que pusiera las manos sobre su manuscrito. Me imploró, por lo más sagrado, que lo trajera de inmediato, que se lo diera; y su insistencia demostraba que yo no estaba en lo cierto al insinuar que ahora sería demasiado tarde para que él empezara a leerlo; aparte de eso —el hechizo se había roto—, a los otros no les importaría. No era tarde para que empezara ella; por consiguiente, yo tenía que tomar posesión, sin más demora, de las preciosas páginas. Le dije que sería obedecida en un momento, pero que quería que satisficiera mi justa curiosidad. ¿Qué había sucedido antes de la cena, cuando estaba en las montañas con Lord Mellifont?
         —¿Cómo sabe que pasó algo?
         —Lo vi en su cara cuando llegó.
         —¡Y me llaman actriz! —exclamó Mrs. Adney.
         —¿Qué es lo que me llaman a mí? —inquirí.
         —Usted es un buscador de corazones, eso tan frívolo, un observador.
         —¡Ojalá permitiese que un observador le escribiera una obra! —exclamé.
         —No es del gusto de la gente lo que usted escribe; usted rompería cualquier racha de suerte.
         —Pues veo obras a mi alrededor —declaré—; esta noche el aire está lleno de ellas.
         —¿El aire? ¡Gracias por nada! Ojalá lo estuvieran los cajones de mi mesa.
         —¿La cortejó en el glaciar? —continué.
         Me miró fijamente; después estalló en el éxtasis progresivo de su risa.
         —¿Lord Mellifont, el pobrecito? ¡Qué lugar tan gracioso! Desde luego sería el lugar de nuestro amor.
         —¿Se cayó en una grieta? —continué.
         Blanche Adney volvió a mirarme como lo había hecho por un instante cuando llegó, antes de la cena, con las manos llenas de flores.
         —No sé dónde se cayó. Mañana se lo diré.
         —¿Bajó entonces?
         —A lo mejor subió —rió ella—. ¡Es realmente extraño!
         —Mayor razón para que me lo diga esta noche.
         —Tengo que pensarlo; tengo que descifrarlo.
         —Si lo que desea son acertijos, le diré otro —dije—. ¿Qué pasa con el maestro?
         —¿El maestro de qué?
         —De todas las formas de simulación. Vawdrey no ha escrito ni una línea.
         —Vaya a buscar sus papeles y veremos.
         —No me gusta ponerlo en evidencia —dije.
         —¿Por qué no, si yo pongo en evidencia a Lord Mellifont?
         —Oh, haría cualquier cosa por eso —concedí—. Pero ¿por qué había de hacer Vawdrey una declaración falsa? Es muy curioso.
         —Es muy curioso —repitió Blanche Adney, con aire meditativo y los ojos fijos en Lord Mellifont.
         A continuación, levantándose, añadió:
         —Vaya a mirar a su habitación.
         —¿La de Lord Mellifont?
         Se volvió rápidamente hacia mí.
         —¡Esa sería una manera!
         —¿Una manera de qué?
         —¡De averiguar… de averiguar! —hablaba con alegría y emoción, pero de repente se detuvo—. Estamos diciendo tonterías —dijo.
         —Estamos confundiendo las cosas, pero me ha impresionado su idea. Ocúpese de que le dé permiso Lady Mellifont.
         —¡Ella ha mirado! —murmuró Mrs. Adney, con la más peculiar expresión dramática.
         Después, tras un movimiento, alzando su hermosa mano como para sacudir una visión fantástica, exclamó imperiosamente:
         —¡Tráigame la escena, tráigame la escena!
         —Iré a buscarla —respondí—, pero no me diga que no puedo escribir una obra.
         Me dejó, pero mi embajada fue interrumpida por la aparición de una señora que había sacado a relucir un álbum de firmas —varias noches nos habíamos visto amenazados por ello— y que me hizo el honor de solicitarme un autógrafo. Había estado pidiéndoselo a los demás y, por decoro, no podía dejarme de lado. Generalmente solía recordar mi nombre, pero siempre me llevaba un rato recordar mi fecha de nacimiento e incluso cuando lo había hecho, nunca estaba seguro. Dudé entre dos días y comenté a mi peticionaria que firmaría en los dos, si es que eso la satisfacía. Ella dijo que seguro que yo había nacido sólo una vez; y, por supuesto, yo respondí que el día que la conocí había nacido otra vez. Hago mención de este chiste malo sólo para demostrar que, con la inspección obligatoria de los otros autógrafos, dedicamos varios minutos a esté trámite. La señora se alejó con su álbum y entonces me di cuenta de que el grupo se había dispersado. Me encontraba solo en el pequeño salón que había sido destinado a nuestro uso. Mi primera impresión fue de desencanto: si Vawdrey se había acostado, no deseaba molestarlo. Mientras vacilaba, no obstante, reparé en que Vawdrey no se había ido a la cama.
         Estaba abierta una ventana y vino hacia mí el sonido de las voces de afuera; Blanche se hallaba en la terraza con su dramaturgo, y hablaban de las estrellas. Me dirigí a la ventana para echar un vistazo. La noche alpina era espléndida. Mis amigos habían salido juntos; la actriz se había puesto una capa: presentaba el aspecto que yo ya había contemplado entre bastidores. Permanecieron un rato en silencio y oí el rumor de un torrente vecino. Me volví hacia la habitación, y la luz suave de las velas me dio una idea. Nuestros compañeros se habían dispersado —era tarde para un país pastoril— los tres tendríamos el lugar para nosotros solos. Clare Vawdrey había escrito su escena, era magnífica, y que nos la leyera ahí, a nosotros, a una hora así, constituiría un episodio memorable. Bajaría su manuscrito y les saldría al encuentro con él cuando entraran.
         Abandoné el salón con ese propósito; había estado en la habitación de Vawdrey y sabía que se encontraba en el segundo piso, la última de un largo pasillo. Un minuto después mi mano estaba en el tirador de la puerta, que naturalmente abrí sin golpear. Era igualmente natural que en ausencia de su ocupante la habitación se hallara a oscuras; tanto más por cuanto que, como estaba al final de un pasillo sin luz a esas horas, la oscuridad no se vio disminuida cuando abrí la puerta. Sólo era consciente de que no había cometido equivocación alguna y de que, al no estar echadas las cortinas de las ventanas, me vi enfrentado a un par de tenues aberturas, llenas de estrellas. Su ayuda, sin embargo, no fue suficiente para permitirme encontrar lo que había venido a buscar, y mi mano, en el bolsillo, estaba ya sobre la caja de fósforos, que siempre llevo para los cigarrillos. De repente la retiré con sobresalto, profiriendo una exclamación, una disculpa. Había entrado en otra habitación; una mirada sostenida durante tres segundos me mostró una figura sentada junto a una mesa próxima a las ventanas, una figura que al principio había tomado por una manta de viaje arrojada sobre una silla. Me retiré, con una sensación de intrusión, pero al hacerlo advertí, en menos tiempo que el que me lleva decirlo, primero, que ésta era la habitación de Vawdrey, y en segundo lugar que, singularmente, el propio Vawdrey estaba sentado delante de mí. Deteniéndome en el umbral experimenté una momentánea sensación de desconcierto, pero sin darme cuenta había exclamado:
         —¡Eh! ¿es usted Vawdrey?
         Ni se volvió ni me contestó, pero mi pregunta recibió una respuesta práctica e inmediata cuando se abrió una puerta al otro lado del pasillo. Un sirviente, con una vela, había salido de la habitación de enfrente, y con su luz fugaz reconocí definitivamente al hombre que, según creía yo, hacía un instante estaba abajo, conversando con Mrs. Adney. Su espalda estaba medio vuelta hacia mí y se inclinaba sobre la mesa en actitud de escribir, pero yo era consciente de que no me equivocaba acerca de su identidad.
         —Le ruego que me perdone; creí que estaba abajo —dije.
         Y como la persona no dio señales de oírme, añadí:
         —Si está ocupado, no lo molestaré.
         Retrocedí para salir, cerrando la puerta. Había estado en ese lugar, supongo, menos de un minuto. Tenía una sensación de perplejidad que, sin embargo, se profundizó infinitamente al instante siguiente. Me quedé ahí con la mano aún en el pasador de la puerta, sobrecogido por la impresión más extraña de mi vida. Vawdrey estaba sentado a su mesa, escribiendo, y era un lugar muy natural para que estuviera, pero ¿por qué estaba escribiendo a oscuras y por qué no me había contestado? Durante unos segundos esperé a ver si oía el sonido de algún movimiento, a ver si salía de su abstracción —un acceso concebible en un gran escritor— y exclamaba: «Oh, querido amigo, ¿es usted?» Pero sólo oí la quietud, sentí sólo la penumbra luminosa de estrellas de la habitación, con la presencia imprevista allí encerrada. Me alejé, siguiendo lentamente las huellas de mis pasos, y bajé confuso. La lámpara aún ardía en la sala, pero la habitación estaba vacía. Me dirigí a la puerta del hotel y salí. Vacía estaba también la terraza. Al parecer Blanche Adney y el caballero que la acompañaba habían entrado. Esperé unos cinco minutos: después me fui a la cama.
         Dormí mal, pues estaba inquieto. Al volver a considerar estos extraños incidentes (dentro de poco se verá que fueron extraños), quizá me recuerde más inquieto de lo que estaba, pues las grandes anomalías nunca son tan grandes al principio como después de haber reflexionado sobre ellas. Tardamos algún tiempo en agotar las explicaciones. Me sentía vagamente nervioso, había experimentado una sorpresa abrupta; pero no había nada que no pudiera aclarar preguntando a Blanche Adney, a la mañana siguiente, quién había estado con ella en la terraza. Curiosamente, sin embargo, cuando amaneció —un amanecer admirable—, en ese momento experimenté un deseo de quedar satisfecho menor que el de escapar, de despejar la sombra de mi estupefacción. Vi que el día sería espléndido, y se me antojó pasarlo, como había pasado días felices de mi juventud, en un solitario paseo por la montaña. Me vestí temprano, compartí un café convencional, metí un buen pan en un bolsillo y un pequeño termo en el otro y, con un recio bastón en la mano, marché hacia las alturas. Mi historia no se halla íntimamente relacionada con las horas deliciosas que pasé allí, horas de esas que crean intensos recuerdos. Si durante la mitad de ese tiempo recorrí las cimas de las colinas, yací sobre la yerba de las laderas la otra mitad, con la gorra sobre los ojos (excepto para una ojeada que captaba inmensidades de paisaje), escuché, en la luminosa quietud, a la abeja de montaña y sentí que la mayoría de las cosas se hundía y menguaba. Clare Vawdrey se volvió pequeño, Blanche Adney se volvió tenue, Lord Mellifont se volvió viejo, y antes de que el día finalizara olvidé que había llegado a sentirme confundido. Cuando a última hora de la tarde descendía hacia la posada, nada me interesaba más que el averiguar si la cena estaría lista pronto. Esa noche me vestí, por decirlo así, y para cuando estaba presentable todos se encontraban en la mesa.
         De nuevo en compañía de los demás, mi pequeño problema volvió a mí y sentí curiosidad por ver si Vawdrey me miraba con algo de extrañeza. Pero no llegó ni a mirarme; lo que me dio oportunidad tanto de ser paciente como de preguntarme por qué había de vacilar en hacerle mi pregunta desde el otro lado de la mesa. Pero vacilé y, con la conciencia de tal vacilación, me volvió parte de la inquietud que había dejado tras de mí, o debajo de mí, durante el día. No obstante no estaba avergonzado de mis escrúpulos: era sólo una discreción delicada. Lo que vagamente sentía era que una pregunta en público no habría sido justa. Cierto era que Lord Mellifont estaba allí para mitigar con sus perfectos modales todas las consecuencias, pero creo que yo tenía presente que con estos elementos en particular su señoría no se sentiría a sus anchas. Por consiguiente, en el momento en que nos levantamos, me aproximé a Mrs. Adney y le pregunté si, puesto que la noche era tan agradable, no daría una vuelta conmigo.
         —Ha andado usted cien kilómetros. ¿No preferiría quedarse quieto? —contestó.
         —Andaría cien kilómetros más para que me contara una cosa.
         Me miró un instante, con parte de la extrañeza que había yo buscado, mas no encontrado, en los ojos de Clare Vawdrey.
         —¿Se refiere a lo que ha sido de Lord Mellifont?
         —¿De Lord Mellifont?
         Con mi nueva especulación había perdido el hilo.
         —¿Dónde tiene la memoria, tonto? Hablamos de ello anoche.
         —¡Ah, sí —exclamé, recordándolo—. Tendremos mucho que discutir.
         La arrastré a la terraza, y antes de que hubiéramos dado tres pasos le dije:
         —¿Quién estaba aquí anoche con usted?
         —¿Anoche? —repitió, tan perdida como yo lo había estado.
         —A las diez, justo después de que se disolviera nuestro grupo. Usted salió aquí afuera con un caballero; hablaron de las estrellas.
         Me miró un momento. A continuación soltó la risa.
         —¿Tiene celos del querido Vawdrey?
         —¿Entonces era él?
         —Claro que sí.
         —¿Y cuánto tiempo estuvo aquí?
         —Le ha dado fuerte. Estuvo como un cuarto de hora, tal vez bastante más. Anduvimos un poco; habló de su obra. Ahí tiene: ésa es la única brujería que he usado.
         —¿Y qué hizo Vawdrey después?
         —No tengo la menor idea. Lo dejé y me fui a la cama.
         —¿A qué hora se fue a la cama?
         —¿A qué hora se fue usted? Recuerdo por casualidad que me separé de Mr. Vawdrey a las diez veinticinco —dijo
         Mrs. Adney—. Volví a entrar en el salón a buscar un libro y miré el reloj.
         —En otras palabras, usted y Vawdrey permanecieron aquí con toda claridad desde más o menos las diez y cinco hasta la hora que menciona.
         —No sé lo claros que seríamos, pero estábamos muy alegres. Où voulez—vous en venir? —preguntó Blanche Adney.
         —A esto simplemente, mi querida señora: a que a la hora en que su compañero se hallaba ocupado de la manera que describe, también estaba dedicado a la composición literaria en su habitación.
         Ante esto se detuvo en seco, y sus ojos tenían una expresión sumida en la sombra. Quería saber si desafiaba su veracidad, y yo repliqué que por el contrario, la apoyaba: hacía el caso tan interesante. Ella contestó que sólo sería así si ella apoyaba la mía, y no tuve gran dificultad para disuadirla de eso después de haberle relatado de manera circunstanciada el incidente de mi búsqueda del manuscrito, manuscrito que, en ese momento, por una razón que yo podía entonces entender, parecía haber salido completamente de su cabeza.
         —Su conversación me hizo olvidarlo, olvidé que lo envié a usted a buscarlo. Compensó su mal paso del salón: me declamó la escena —dijo mi compañera—. Se había dejado caer sobre un banco para escucharme, y, ahí sentados, había vuelto a interrogarme brevemente. Después estalló en una risa fresca.
         —¡Ah, las excentricidades del genio!
         —Parecen aún mayores de lo que suponía.
         —¡Ah, los misterios de la grandeza!
         —Usted debiera saberlo todo sobre ellos, pero a mí me toman por sorpresa.
         —¿Está completamente seguro de que era Mister Vawdrey? —preguntó mi compañera.
         —Si no era él, ¿quién demonios era? Que un extraño caballero, exactamente igual que él, estuviera sentado en su habitación a esa hora de la noche, escribiendo en su mesa a oscuras —insistí—, sería prácticamente tan maravilloso como mi propia pretensión.
         —Sí. ¿Por qué a oscuras? —meditó Mrs. Adney.
         —Los gatos ven en la oscuridad —dije.
         Ella me sonrió débilmente.
         —¿Parecía un gato?
         —No, mi querida señora; pero le diré lo que parecía: parecía el autor de las admirables obras de Vawdrey.
         Parecía él, infinitamente más que nuestro amigo mismo —declaré.
         —¿Quiere decir que era alguien a quien encarga que las haga?
         —Sí, mientras él sale a cenar y la decepciona a usted.
         —¿Me decepciona a mí? —murmuró Mrs. Adney ingenuamente.
         —Me decepciona a mí, decepciona a todos los que buscan en él el genio que creó las páginas que adoran.
         ¿Dónde se halla en su conversación?
         —Ah, anoche fue espléndido —dijo la actriz.
         —Siempre es espléndido, al igual que lo es el baño de las mañanas, o el lomo de res, o el servicio ferroviario a Brighton. Pero nunca es fuera de lo común.
         —Ya veo lo que quiere decir.
         —Eso es lo que hace que sea un consuelo tal hablar con usted. A menudo me lo he preguntado, ahora lo sé. Hay dos.
         —¡Qué idea tan deliciosa!
         —Uno sale, el otro se queda en casa. Uno es el genio, el otro el burgués, y es sólo al burgués a quien conocemos personalmente. Habla, circula, es enormemente popular: flirtea con usted…
         —¡Mientras que es al genio a quien tiene usted el privilegio de ver! —interrumpió Mrs. Adney—. Le estoy muy agradecida por la distinción.
         Posé la mano en su brazo.
         —Véalo usted misma. Inténtelo, compruébelo, vaya a su habitación.
         —¿Que vaya a su habitación? ¡No estaría bien visto! —exclamó en el tono de su mejor comedia.
         —Cualquier cosa está bien vista en una investigación así. Si usted lo ve, queda resuelto.
         —Qué encantador… ¡Resuelto! —se quedó pensando un momento y después saltó—: ¿Quiere decir ahora?
         —Cuando quiera.
         —Pero suponga que me encuentro con el incorrecto —dijo Blanche Adney, con un exquisito efecto.
         —¿El incorrecto? ¿A cuál llama el correcto?
         —Al incorrecto para que vaya a verlo una señora. Suponga que me encuentro con… el genio.
         —Oh, yo me ocuparé del otro —repliqué.
         A continuación, al ocurrírseme mirar a mi alrededor, añadí:
         —Cuidado, aquí viene Lord Mellifont.
         —Ojalá se ocupase usted de él —murmuró mi interlocutora.
         —¿Qué es lo que pasa con él?
         —Eso es precisamente lo que iba a decirle.
         —Dígamelo ahora. No viene.
         Blanche Adney miró un momento. Lord Mellifont, que parecía haber emergido del hotel para fumar un meditabundo cigarro, se había detenido a cierta distancia de nosotros, y se hallaba admirando las maravillas de la perspectiva, discernibles aún en el crepúsculo. Paseamos lentamente en otra dirección y ella dijo al poco tiempo:
         —Mi idea es casi tan divertida como la de usted.
         —Yo no llamo divertida a la mía; es preciosa.
         —Nada hay tan precioso como lo divertido —declaró Mrs. Adney.
         —Usted adopta una opinión profesional. Pero soy todo oídos.
         Mi curiosidad estaba viva de nuevo.
         —Bien. Pues entonces, mi querido amigo, si Clare Vawdrey es doble (y me veo obligada a decir que creo que cuantos más haya de él, mejor), su señoría tiene el defecto contrario: ni siquiera es uno solo completo.
         Nos paramos una vez más, simultáneamente.
         —No comprendo.
         —Yo tampoco. Pero me da la sensación de que si hay dos Mr. Vawdrey, no hay, en conjunto, ni un Lord Mellifont.
         Lo consideré un momento, y después me reí.
         —¡Creo que entiendo lo que quiere decir!
         —Eso es lo que hace que usted sea un consuelo. ¿Lo ha visto solo alguna vez?
         Intenté recordarlo.
         —Sí; ha venido a verme.
         —Ah, entonces no estaba solo.
         —Y yo he ido a verlo, a su estudio.
         —¿Sabía él que estaba usted allí?
         —Naturalmente, me anunciaron.
         Blanche Adney me miró como a un conspirador ameno.
         —¡No tienen que anunciarlo!
         Con esto continuó andando. La alcancé, en ascuas.
         —¿Quiere decir que debe uno ir a verlo cuando no lo sabe?
         —Hay que agarrarlo desprevenido. Tiene que ir a su habitación, eso es lo que debe hacer.
         Si yo me regocijaba por la manera en que nuestro misterio se abría, también estaba, excusablemente, un poco confuso.
         —¿Cuando sepa que no está allí?
         —Cuando sepa que está.
         —¿Y qué veré?
         —¡No verá nada! —exclamó Mrs. Adney mientras dábamos la vuelta.
         Habíamos llegado al final de la terraza, y nuestro movimiento nos puso cara a cara con Lord Mellifont, quien, al reanudar su paseo, ahora nos había adelantado, sin indiscreción. Verlo en ese momento resultó algo iluminador, y prendió una mecha retrospectiva que conectaba con la impresión general que uno tenía del personaje. Al quedarse sonriéndonos y agitando una mano adiestrada en la noche transparente (introdujo la imagen como si hubiera sido un candidato y «apoyase» a los Alpes mismos), erguido ante nosotros en medio de la fragancia delicada de su cigarro y de todas sus otras delicadezas y fragancias, aureolada su cabeza apuesta, en cierto modo, con más perfecciones que las que jamás antes se hubieran podido ver acumuladas, me pareció tan esencialmente, tan conspicua y uniformemente el personaje público, que de golpe leí la respuesta al acertijo de Blanche Adney. Era todo público y no tenía vida privada correspondiente, al igual que Clare Vawdrey era todo privado y no tenía correspondiente vida pública. Yo había oído sólo la mitad del relato de mi compañera, y sin embargo, al unirnos a Lord Mellifont (nos había seguido… le gustaba Mrs. Adney; pero siempre había de pensarse de él que aceptaba la sociedad más que buscarla), al participar durante media hora en la bien distribuida riqueza de su conversación, sentí con descarada doblez que, por así decirlo, lo habíamos descubierto. Me divertía esa subida de telón con la que acababa de regalarme la actriz aún más profundamente que mi propio descubrimiento; y si no estaba más avergonzado de compartir su secreto que de haberla hecho participar del mío (aunque el mío, de los dos misterios, resultaba el más glorioso para el personaje implicado), era porque no había crueldad en mi ventaja, sino por el contrario una extrema ternura y una compasión positiva.
         Oh, él estaba a salvo conmigo, y además me sentí rico e iluminado, como si de repente hubiera metido el universo en mi bolsillo. Había aprendido hasta qué punto una gran aparición podía depender del lugar y del momento. Sin duda sería mucho decir que siempre había sospechado de la posibilidad, en el fondo de la esencia de su señoría, de tan bello ejemplo; pero al menos, por condescendiente que suene, es un hecho que yo no ignoraba que había en mí cierta reserva de indulgencia hacia él. Me había compadecido de él en secreto por lo perfecto de su actuación, me había preguntado qué cara inexpresiva cubría esa máscara, qué le quedaba para las horas inmitigables en las que un hombre se queda consigo mismo o, aún más serio, con ese yo más intenso, su legítima esposa. ¿Cómo era en casa y qué hacía cuando estaba solo? Había algo en Lady Mellifont que daba un sentido a estas investigaciones, algo que sugería que, incluso para ella, él era el personaje público, y que ella se veía acosada por interrogantes similares, nunca los había despejado; ése era su eterno problema. Por tanto, nosotros, Blanche Adney y yo, sabíamos más que ella, pero por nada del mundo se lo diríamos, y quizá tampoco nos lo agradeciera. Ella prefería la relativa grandeza de la incertidumbre. No estaba cómoda con él, así que no podía saberlo, y él no estaba a solas con ella, así que no podía mostrárselo. Representaba para su mujer y era un héroe para los sirvientes, y lo que uno quería saber era qué sucedía en realidad con él cuando no podía verlo ojo alguno. Descansaba, posiblemente, pero ¿qué forma de descanso podía reparar tal plenitud de presencia? Lady Mellifont era demasiado orgullosa para fisgonear, y como nunca había mirado por el ojo de una cerradura, seguía guardando su dignidad y estando insatisfecha.
         Pudo haber sido una imaginación mía que Blanche Adney pusiera al descubierto a nuestro compañero, o puede ser que la ironía práctica de nuestra relación con él en ese momento me hiciera verlo más vívidamente; en cualquier caso, nunca me había parecido tan desemejante de lo que podría haber sido si no le hubiéramos ofrecido un reflejo de su imagen. Éramos sólo un concurso de dos, pero él nunca había sido más público. Sus perfectos modales nunca habían sido más perfectos, su extraordinario tacto nunca había sido tan extraordinario.
         Me daba la tácita sensación de que todo saldría en los periódicos de la mañana, con un editorial, y también la sensación secretamente vigorizadora de que yo sabía algo que no saldría, que nunca saldría, aunque cualquier diario emprendedor me daría una fortuna por ello. Debo añadir, sin embargo, que a pesar de mi gozo —era casi sensual, como el de un plato extraordinario— estaba deseoso de quedarme de nuevo a solas con Mrs. Adney, quien me debía una anécdota. Se demostró que era imposible esa noche, pues algunos de los otros salieron a ver qué era lo que encontrábamos tan absorbente; y entonces Lord Mellifont solicitó un poco de música del violinista, que sacó el violín y tocó para nosotros divinamente, sobre nuestra plataforma de ecos, enfrentados a los fantasmas de las montañas. Antes de que finalizara el concierto perdí de vista a nuestra actriz, y mirando por la ventana del salón vi que se había establecido con Vawdrey, que estaba leyéndole un manuscrito. Al parecer, la gran escena había sido conseguida, y sin duda era mucho más interesante para Blanche dadas las revelaciones que había reunido acerca de su autor. Juzgué discreto no molestarlos, y me fui a la cama sin volver a verla. La busqué temprano la mañana siguiente, y como el día prometía ser bello, le propuse que nos dirigiéramos a las colinas, recordándole la alta obligación en que había incurrido. Reconoció la obligación y me gratificó con su compañía, pero antes de que hubiéramos recorrido diez yardas del paso, exclamó con intensidad:
         —Mi querido amigo, no tiene ni idea de cóno me obsesiona. No puedo pensar en otra cosa.
         —¿Que no sea su teoría sobre Lord Mellifont? —Oh, ¡qué manía con Lord Mellifont! Me refiero a la suya sobre Mr. Vawdrey, que es çon mucho el más interesante de los dos. Estoy fascinada con esa teoría de su ¿cómo—se—llama?
         —¿Su identidad alternativa?
         —Su otro yo; eso es más fácil de decir.
         —¿Lo acepta, pues, lo adopta?
         —¿Adoptarlo? ¡Me regocijo con eso! Se me hizo tremendamente vívido anoche.
         —¿Mientras le leía ahí?
         —Sí, mientras lo escuchaba, lo observaba. Lo simplificó todo, lo explicó todo.
         —Esa es la bendición. ¿La escena está bien?
         —¡Es magnífica!, y lee maravillosamente.
         —¡Casi tan bien como escribe el otro! —me reí.
         Esto hizo que mi compañera se detuviera un momento, poniendo la mano en mi brazo.
         —Usted materializa mi propia impresión. Me dio la sensación de que estaba leyéndome la obra de otro hombre.
         —¡Qué servicio para el otro hombre!
         —Una persona tan diferente —dijo Mrs. Adney.
         Hablamos de esta diferencia mientras proseguíamos, y de la riqueza y el recurso de vida que constituía tal duplicación de su persona.
         —Debería hacerlo vivir el doble que a otras personas —observé.
         —¿A cuál de los dos?
         —Pues a los dos, porque después de todo son miembros de una empresa, y uno de ellos no podría llevar a cabo el negocio sin el otro. Además, la mera supervivencia sería horrible para cualquiera de los dos.
         Blanche Adney se quedó en silencio un poco; después exclamó:
         —No sé; ¡ojalá sobreviviese!
         —¿Podría preguntar, por mi parte, cuál de ellos?
         —Si no puede adivinarlo, no se lo voy a decir.
         —Conozco el corazón de la mujer. Siempre prefieren al otro.
         —Aquí fuera, lejos de mi marido, puedo decírselo. ¡Estoy enamorada de él!
         —Mujer infeliz, él no tiene pasiones —contesté.
         —Precisamente por eso lo adoro. ¿Acaso una mujer con mi historia no sabe que las pasiones de otros son insoportables? A una actriz, pobrecita ella, no puede interesarle un amor que no proceda todo de su parte; no puede permitirse el lujo de ser correspondida. Mi matrimonio demuestra eso; el matrimonio es ruinoso. ¿Sabe lo que tenía anoche en la cabeza durante todo el tiempo que Mr. Vawdrey me estuvo leyendo esas preciosas frases? Un loco deseo de ver al autor.
         Y de manera dramática, como para esconder su vergüenza, Blanche Adney dio un paso adelante:
         —Eso ya lo conseguiremos —respondí—. Yo mismo quiero echarle otro vistazo. Pero entretanto haga el favor de recordar que llevo esperando más de cuarenta y ocho horas la prueba que apoye el esbozo que me hizo, intensamente sugerente y plausible, de la vida privada de Lord Mellifont.
         —Oh, Lord Mellifont no me interesa.
         —Ayer sí le interesaba —dije.
         —Sí, pero eso era antes de que me enamorase. Usted lo hizo desaparecer con lo que me contó.
         —Va a hacer que sienta habérselo dicho. Vamos —supliqué—, si no me dice cómo entró esa idea en su cabeza me imaginaré que simplemente se la inventó.
         —Bueno, permítame recordarlo mientras paseamos por este verde valle.
         Nos hallábanos a la entrada de una encantadora y tortuosa garganta, parte de cuyo suelo llano formaba el lecho de una corriente suave y veloz. Nos dirigimos hacia ella, y el paseo junto al torrente claro nos hacía seguir y seguir, hasta que de repente, mientras andábamos y esperábamos que mi compañera recordara, una vuelta del valle nos mostró a Lady Mellifont viniendo hacia nosotros. Estaba sola, bajo la tela de su sombrilla, arrastrando la cola negra de su vestido sobre la hierba, y de esta guisa, por los intrincados senderos, constituía una aparición lo suficientemente poco común. Solía llevarse a un criado, que marchaba detrás de ella por las carreteras y cuya librea resultaba extraña a los montañeses. Se sonrojó al vernos, como si en cierto modo debiera justificarse; rió vagamente y dijo que había salido a dar un paseíto mañanero. Permanecimos juntos un rato, intercambiando frases vulgares, y entonces comentó que había pensado que podría encontrar a su marido.
         —¿Está por aquí? —pregunté.
         —Supongo que sí. Salió hace una hora a dibujar.
         —¿Ha estado buscándolo? —preguntó Mrs. Adney.
         —Un poco; no mucho —dijo Lady Mellifont.
         Cada una de las mujeres posó los ojos con cierta intensidad, según me pareció, en los ojos de la otra.
         —Nosotros se lo buscaremos, si quiere —dijo Mrs. Adney.
         —No importa. Pensé que me reuniría con él.
         —No hará sus dibujos si usted no se le une —insinuó mi compañera.
         —Tal vez lo haga si lo hacen ustedes —dijo Lady Mellifont.
         —Oh, quizá aparezca —interpuse.
         —Sin duda lo hará, ¡si sabe que estamos aquí! —replicó Blanche Adney.
         —¿Por qué no espera mientras lo buscamos? —pregunté a Lady Mellifont.
         Repitió que no tenía importancia; ante lo cual Mrs. Adney continuó:
         —Nos encargaremos de esto por propio placer.
         —Les deseo una agradable excursión —dijo su señoría, y cuando estaba volviéndose quise saber si debíamos informar a su marido de que lo había seguido. Dudó un momento y soltó de manera extraña—: Creo que será mejor que no lo haga.
         Con esto se despidió de nosotros y descendió por la garganta con cierta rigidez.
         Mi compañera y yo observamos su retirada y a continuación cruzamos una mirada, mientras un ligero fantasma de risa salía de los labios de la actriz en un susurro.
         —¡Debe estar andando entre los arbustos tras Mellifont!
         —Lo sospecha, ¿sabe? —contesté.
         —Y no quiere que él lo sepa. No va a haber ningún dibujo.
         —A no ser que lo sorprendamos —adjunté—. En ese caso lo encontraremos haciendo uno, en la más grácil actitud, y lo más extraño es que será magnífico.
         —Dejémoslo en paz. Tendrá que volver sin ese dibujo.
         —Él preferiría no volver. Oh, ya encontrará público.
         —Tal vez lo haga para las vacas —insinuó Blanche Adney.
         Y cuando yo estaba a punto de censurar su profanidad, prosiguió:
         —Eso es sencillamente lo que descubrí por casualidad.
         —¿De qué está hablando?
         —Del incidente de anteayer.
         —¡Ah, oigámoslo por fin!
         —Eso es todo lo que fue… que yo estaba como Lady Mellifont: no podía encontrarlo.
         —¿Lo perdió?
         —El me perdió a mí, ésa es la cosa al parecer! Creyó que me había ido.
         —Pero lo encontró, puesto que volvió con él.
         —Fue él quien me encontró a mí. Eso es lo que debe pasar. El está desde el momento en que sabe que hay otra persona.
         —Entiendo sus intervalos —dije tras una breve reflexión—, pero no acabo de captar la ley que los rige.
         —Es un fino matiz, pero lo capté en ese momento. Yo había emprendido el regreso. Estaba cansada y había insistido en que no volviera conmigo. Habíamos encontrado unas flores poco comunes, las que traje de vuelta conmigo, y fue él quien las había descubierto casi todas. Lo divertía mucho y yo sabía que quería cortar más, pero yo estaba agotada y lo dejé. Él me dejó marchar. ¿Dónde si no habría estado su tacto? Y yo era entonces demasiado estúpida como para adivinar que desde el momento en que no estuviera allí no se juntaría ni una flor. Comencé el camino de vuelta, pero al cabo de tres minutos me di cuenta de que me había llevado su navaja, me la había prestado para cortar una rama, y sabía que la necesitaría. Retrocedí unos pasos para llamarlo, pero antes de hablar lo busqué con los ojos. No puede entender lo que sucedió entonces sin tener el lugar ante usted.
         —Tiene que llevarme allí —dije.
         —Puede que veamos la maravilla aquí —el lugar sencillamente no ofrecía la menor oportunidad de esconderse: una gran ladera suave, sin obstrucciones ni árboles. Había unas rocas a mis pies, tras las cuales había desaparecido yo misma, pero de las que al regresar, había vuelto a emerger de inmediato.
         —Entonces él debió verla.
         —Había desaparecido por completo, por alguna razón que mejor sabrá él. Era probablemente un momento de fatiga, se está volviendo viejo, ¿sabe?, así que, con la sensación del retorno de la soledad, la reacción había sido proporcionalmente grande, la extinción proporcionalmente completa. En cualquier caso, el escenario estaba tan desnudo como la mano de usted.
         —¿Podría haber estado en algún otro sitio?
         —No podría haber estado, en ese tiempo, en ninguna parte sino donde lo dejé. Sin embargo, el lugar se hallaba totalmente vacío, tan vacío como esta extensión de valle que hay ante nosotros. Se había desvanecido… había cesado de ser. Pero en cuanto sonó mi voz (pronuncié su nombre), salió ante mí como el sol naciente.
         —¿Y dónde salió el sol?
         —Exactamente donde debía… exactamente donde habría estado y donde lo debía haber visto, si hubiera sido como los demás.
         Había escuchado con el más profundo interés, pero mi deber era que se me ocurrieran objeciones.
         —¿Cuánto tiempo transcurrió entre el momento en que percibió su ausencia y el momento en que lo llamó?
         —Sólo un instante. No pretendo que fuera mucho.
         —¿El tiempo suficiente para estar segura? —pregunté.
         —¿Segura de que él no estaba allí?
         —Sí. Y de que no estaba equivocada, de que no era víctima de algún abracadabra de su vista.
         —Puede que haya estado equivocada, pero no lo creo. De todos modos, por eso quería que mirase en su habitación.
         Pensé un momento.
         —¿Cómo puedo hacerlo yo si ni siquiera su mujer se atreve?
         —Ella quiere hacerlo, propóngaselo. No haría falta mucho para convencerla. Sospecha.
         Pensé otro momento.
         —¿Parecía él saberlo?
         —¿Que lo había perdido? Eso supuse, pero pensó que había sido lo bastante rápido.
         —¿Habló usted de su desaparición?
         —¡Dios me libre! Me pareció demasiado extraño.
         —Claro. ¿Y qué aspecto tenía?
         Intentando pensarlo otra vez y reconstituir su milagro, Blanche Adney elevó su mirada abstraída hacia el valle.
         De repente exclamó:
         —¡Exactamente el que tiene ahora! —y vi a Lord Mellifont de pie ante nosotros con su cuaderno de dibujo.
         Percibí, al ir a su encuentro, que su aspecto no era ni sospechoso ni inexpresivo; parecía como siempre, en todas partes, el rasgo principal de la escena. Naturalmente, no tenía dibujo alguno que enseñarnos, pero nada pudo haber redondeado mejor la concepción que de él teníamos que la manera en que se puso en situación cuando nos aproximamos. Había estado seleccionando su punto de vista; tomó posesión de él con un movimiento de lápiz. Estaba apoyado en una roca; su preciosa cajita de acuarelas reposaba junto a él en una mesa natural, un saliente de la ladera, lo cual demostraba de qué manera inveterada la naturaleza contribuía a su conveniencia.
         Pintaba mientras hablaba, y hablaba mientras pintaba; y si la pintura era tan variada como la charla, de igual manera la charla hubiera embellecido un álbum. Esperamos mientras la exhibición continuaba, y en verdad parecía que los conscientes perfiles de los picos tenían interés en que le saliera bien. Se erguían tan negros como siluetas en papel, destacando agudos sobre un cielo lívido, del que, sin embargo, no habría nada que temer hasta que el boceto de Lord Mellifont estuviera acabado. Blanche Adney comulgaba conmigo sin palabras, y pude leer el lenguaje de sus ojos: «¡Si pudiéramos hacerlo así de bien! Llena la escena de una manera que nos abruma.» No habríamos podido dejarlo, como no habríamos podido abandonar un teatro sin que acabara la obra, pero a su debido tiempo nos pusimos en marcha con él y nos encaminamos a la posada, ante la puerta de la cual su señoría, mirando de nuevo su dibujo, arrancó la hoja del cuaderno y se la regaló, con unas acertadas palabras, a Mrs. Adney. A continuación entró en la casa, y un momento después, alzando los ojos desde donde estábamos, lo vimos, arriba, en la ventana de su saloncito (tenía las mejores habitaciones), observando las señales del tiempo.
         —Tendrá que descansar después de esto —dijo Blanche, posando los ojos en su acuarela.
         —¡Ya lo creo! —elevé los míos hacia la ventana. Lord Mellifont se había desvanecido—. Ya está reabsorbido.
         —¿Reabsorbido? —noté que la actriz se hallaba ahora pensando en otra cosa.
         —En la inmensidad de las cosas. Ha dejado de existir de nuevo; hay un entr’acte.
         —Debiera ser largo —Mrs. Adney miró de un lado a otro de la terraza, y en ese momento el maïtre apareció por la puerta. De repente se volvió hacia este empleado con la pregunta—. ¿Ha visto usted a Mr. Vawdrey recientemente?
         El hombre se aproximó de inmediato.
         —Salió de la casa hace cinco minutos… a dar un paseo, creo. Bajó por el paso, llevaba un libro.
         Yo observaba las nubes amenazadoras.
         —Debería haberse llevado un paraguas.
         El camarero sonrió.
         —Le recomendé que llevara uno.
         —Gracias —dijo Mrs. Adney.
         Y el Oberkellner se retiró. Luego prosiguió conmigo, bruscamente:
         —¿Me hace usted un favor?
         —Sí, si usted me hace a mí otro. Déjeme ver si su pintura está firmada.
         Miró el dibujo antes de dármelo.
         —Cosa asombrosa, no lo está.
         —Debiera estarlo para que tenga pleno valor. ¿Puedo quedármelo un poco?
         —Sí, si hace lo que le pido. Agarre un paraguas y salga tras Mr. Vawdrey.
         —¿Para traérselo a Mrs. Adney?
         —Para mantenerlo alejado… el mayor tiempo posible.
         —Lo mantendré alejado lo que tarde en echarse a llover.
         —¡Oh, qué importa la lluvia! —exclamó mi compañera.
         —Por usted que nos caláramos, ¿no?
         —Y no tendría remordimientos.
         Y con una extraña luz en los ojos, añadió:
         —Voy a intentarlo.
         —¿A intentarlo?
         —A intentar ver al auténtico. ¡Oh, si puedo acceder a él! —estalló con pasión.
         —¡Inténtelo, inténtelo! —repliqué—. Retendré a nuestro amigo todo el día.
         —Si puedo acceder al que lo hace —e hizo una pausa con ojos brillantes—, ¡si puedo discutirlo con él, obtendré mi papel!
         —¡Retendré a Vawdrey por siempre! —exclamé tras ella cuando entró rápidamente en la casa.
         Su audacia era comunicativa, y me quedé sumido en un fulgor de excitación. Miré la acuarela de Lord Mellifont y miré la tormenta amenazadora; volví los ojos de nuevo hacia las ventanas de su señoría y luego los incliné sobre mi reloj. Vawdrey me llevaba tan poca ventaja que tendría tiempo de alcanzarlo, tendría tiempo incluso si me tomaba cinco minutos para subir al salón de Lord Mellifont (donde todos habíamos sido hospitalariamente recibidos), y decirle, como mensajero, que Mrs. Adney le suplicaba que otorgara a su dibujo la elevada consagración de su firma. Al considerar de nuevo esta obra de arte, percibí que había algo de lo que ciertamente carecía: ¿qué mejor, pues, que un autógrafo tan noble? Era mi deber suplir la deficiencia sin dilación y, según este convencimiento, volví a entrar en el hotel al instante. Subí a las habitaciones de Lord Mellifont; llegué a la puerta de su salón. Ahí, no obstante, me vi en una dificultad con la que mi extravagancia no había contado. Si llamaba lo estropearía todo, pero ¿estaba yo preparado para prescindir de esta ceremonia?
         Me hice la pregunta y me sentí violento; di una y otra vuelta al dibujito, pero no obtuve la respuesta que quería.
         Yo quería que dijera: «Abre la puerta suave, suavemente, sin un sonido, pero muy rápido, y verás lo que verás.»
         Había llegado a poner la mano en el tirador cuando me di cuenta (andándome con tanto ojo) de que exactamente de la manera en que estaba pensando —suave, suavemente, sin un sonido— se había movido otra puerta, al otro lado del pasillo. En el mismo instante me encontré sonriendo bastante forzadamente a Lady Mellifont, quien, al verme, se había detenido en el umbral de su puerta. Durante un momento, sin que ella se moviera, intercambiamos dos o tres ideas, que eran tanto más singulares por cuanto que no fueron expresadas.
         Nos habíamos sorprendido mutuamente rondando, y nos entendíamos, pero al avanzar hacia ella (de tal manera que la anchura del vestíbulo nos separaba del salón), sus labios formaron el ruego casi silencioso: «¡No!» Vi en sus ojos conscientes todo lo que esa palabra expresaba, la confesión de su propia curiosidad y el temor de las consecuencias de la mía.
         —¡No! —repitió cuando me encontraba ante ella.
         Desde el momento en que mi experimento pudiera parecerle un acto de violencia estaba dispuesto a renunciar a él; no obstante creí detectar en su cara asustada una traición aún más profunda, una posibilidad de desencanto si yo desistía. Era como si ella hubiera dicho: «Dejaré que lo haga si acepta la responsabilidad. Sí, con otra persona lo sorprendería. Pero no estaría bien que creyese que era yo.»
         —Encontramos en seguida a Lord Mellifont —observé, aludiendo a nuestro encuentro con ella una hora antes—, y él fue tan amable de regalar este encantador dibujo a Mrs. Adney, quien me pidió que subiera y le suplicara que pusiera la firma que falta.
         Lady Mellifont tomó el dibujo de mis manos, y adiviné la lucha que tuvo lugar en su interior mientras lo miraba. Quedó en silencio durante algún tiempo, y pensé que todas sus delicadezas y dignidades, todas sus antiguas timideces y piedades luchaban contra su oportunidad. Se dio vuelta y con el dibujo regresó a su habitación. Estuvo ausente durante un par de minutos, y cuando reapareció vi que había vencido su tentación; que incluso, con una especie de horror resurgente, se había acobardado ante ella. Había depositado el dibujo en la habitación.
         —Si tiene la bondad de dejarme el dibujo, me ocuparé de que sea atendida la petición de Mrs. Adney —dijo con gran cortesía y dulzura, pero de una manera que puso fin a nuestro coloquio.
         Asentí, quizá con un entusiasmo algo artificial y a continuación, para hacer más fácil nuestra separación, comenté que íbamos a tener un cambio de tiempo.
         —En ese caso nos marcharemos… nos marcharemos inmediatamente —dijo Lady Mellifont.
         Me divirtió el ansia con que hizo esta declaración: parecía representar un vuelo codiciado hacia la seguridad, una escapada con su secreto amenazado. Me sorprendí aún más, porque cuando empecé a volverme, extendió la mano para tomar la mía. Tenía el pretexto de despedirse de mí, pero al estrecharme la mano bajo esa suposición, sentí que lo que ese movimiento en realidad quería decir era: «Le agradezco la ayuda que me hubiera dado, pero es mejor así. Si yo lo supiera, ¿Quién me ayudaría entonces?» Mientras me dirigía a mi habitación a buscar el paraguas, me dije: «Está segura, pero no lo pondrá a prueba.»
         Un cuarto de hora después había alcanzado a Vawdrey en el paso, y poco después nos encontrábamos buscando refugio. No sólo las nubes se habían amontonado, sino que la tormenta terminó por estallar con extraordinaria rapidez. Trepamos por una ladera hasta una cabaña vacía, una burda estructura que apenas servía más que de refugio para el ganado. Sin embargo, era un refugio tolerable, y tenía rendijas por las que pudimos contemplar el espléndido espectáculo de la tempestad. Este entretenimiento duró una hora, hora que recuerdo como llena de peculiares disparidades. Mientras los relámpagos jugaban con los truenos y la lluvia entraba y chorreaba sobre nuestros paraguas, me dije que Clare Vawdrey era decepcionante. No sé exactamente lo que yo habría presagiado de un gran autor expuesto a la furia de los elementos, no puedo decir qué específica actitud de Manfredo habría esperado que asumiera mi compañero, pero en cierto modo me pareció que no debería haber contado con que me regalara en tal situación con chismes (que yo ya había oído) sobre la célebre Lady Ringrose. Su señoría constituyó el tema de conversación de Vawdrey durante esta prodigiosa escena, aunque antes de que terminara del todo, se abalanzó sobre Mr. Chafer, el apenas menos notorio crítico. Oír a un hombre como Vawdrey hablar de críticos me rompió el corazón. Los relámpagos proyectaban una luz dura sobre la verdad, que durante años me había sido familiar, y a la que los últimos uno o dos días habían proporcionado un apoyo trascendente, la certidumbre irritante de que para las relaciones personales este admirable genio consideraba a su segundo lo suficientemente bueno. Era así, sin duda, como estaba hecha la sociedad, pero había un desprecio en la distinción que no podía dejar de ser mortificante para un admirador. El mundo era vulgar y estúpido, y el hombre auténtico habría sido un necio al salir, cuando podía chismorrear y cenar por medio de un suplente. No obstante mi corazón se hundió al darme cuenta de que mi compañero practicaba esta economía. No sé qué es lo que yo quería exactamente; supongo que quería que él hiciera una excepción conmigo. Casi creo que la habría hecho, si hubiera sabido cómo veneraba su talento. Pero nunca había sido capaz de traducirle esto, y la aplicación que él hacía de este principio era inexorable. En cualquier caso, yo estaba más seguro que nunca de que en ese momento su silla del hotel no estaría vacía: allí estaba la actitud de Manfredo, allí estaban los destellos sensibles. Envidiaba a Mrs. Adney su supuesto disfrute de todo eso.
         El tiempo cambió por fin, y la lluvia amainó lo suficiente para permitirnos emerger de nuestro asilo y emprender el regreso a la posada, donde al llegar nos encontramos con que nuestra prolongada ausencia había producido cierta inquietud. Al parecer se juzgó que la furia de los elementos podría habernos puesto en un apuro. Varios de nuestros amigos estaban en la puerta, y dieron muestras de un ligero desconcierto cuando percibieron que sólo estábamos empapados. Por alguna razón, Clare Vawdrey más que yo, y se fue camino de su habitación. Blanche Adney se encontraba entre las personas que se habían reunido para esperarnos, pero cuando Vawdrey vino hacia ella se zafó de él sin un saludo; con un movimiento que observé como casi un movimiento de enajenación, le dio la espalda y entró con rapidez en el salón. Mojado como estaba, entré tras ella; ante lo cual se volvió de inmediato y se puso frente a mí. Lo primero que vi fue que nunca había estado tan bella. Había una luz de inspiración en su cara, y me soltó en el susurro más rápido, que al mismo tiempo fue el grito más sonoro, que nunca haya oído:
         —¡Tengo el papel!
         —¿Fue a su habitación… yo estaba en lo cierto?
         —¿En lo cierto? —repitió Blanche Adney—. Ay, querido amigo —murmuró.
         —¿Estaba allí… lo vio?
         —El me vio a mí. ¡Fue la hora de mi vida!
         —Debió ser la hora de la suya, si estaba usted la mitad de encantadora de lo que está ahora.
         —Es espléndido —prosiguió, como si no me oyera—. ¡Es él quien lo hace!
         Yo escuchaba, inmensamente impresionado, y ella añadió:
         —Nos entendimos mutuamente.
         —¿Con los destellos de los relámpagos?
         —¡Entonces no veía los relámpagos!
         —¿Cuánto tiempo estuvo allí? —pregunté con admiración.
         —El suficiente para decirle que lo adoro.
         —Ah, ¡eso es lo que yo nunca he sido capaz de decirle a él! —exclamé tristemente.
         —Conseguiré el papel… ¡Conseguiré el papel! —continuó, con una indiferencia triunfante, y se puso a dar vueltas por la habitación con el júbilo de una niña, deteniéndose sólo para decir: —Vaya a cambiarse de ropa.
         —Ya tendrá la firma de Lord Mellifont —dije.
         —¡Oh, que me importa la firma de Lord Mellifont! Es mucho más simpático que Mr. Vawdrey —continuó de manera inconexa.
         —¿Lord Mellifont? —pretendí preguntar.
         —¡Al infierno con Lord Mellifont!
         Y Blanche Adney, en su regocijo, me rozó al pasar, para salir disparada por la puerta abierta. Justo al otro lado se topó con su marido y con un encantador grito de «¡Estábamos hablando de ti, mi amor!», se arrojó encima de él y lo besó.
         Fui a mi habitación y me cambié de ropa, pero me quedé allí hasta la noche. La violencia de la tormenta había pasado sobre nosotros, pero la lluvia se había convertido en llovizna. Al bajar para la cena me encontré con que el cambio de tiempo había deshecho ya nuestro grupo. Los Mellifont habían partido en un coche de cuatro caballos, otros los habían seguido, y varios vehículos habían sido solicitados para la mañana siguiente. El de Blanche Adney era uno de ellos y, con el pretexto de que tenía preparativos que hacer, nos dejó inmediatamente después de cenar. Clare Vawdrey me preguntó que qué le sucedía, parecía que de pronto no gustaba de él. No recuerdo la respuesta que le di, pero hice lo que estaba en mi mano para consolarlo marchándome con él al día siguiente. Mrs. Adney se había desvanecido cuando bajamos, pero hicieron las paces en Londres, puesto que él terminó la obra, que ella produjo. Debo añadir que, sin embargo, sigue careciendo de un gran papel. Yo tengo uno precioso en la cabeza, pero ella no viene a verme para darme la lata con eso. Lady Mellifont siempre deja caer una palabra amable para mí cuando nos vemos, lo cual no me consuela.

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