UNA TERTULIA INESPERADA TOLKIEN

1. Una tertulia inesperada

En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad.
Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas (muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas. Comedores, se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río.
Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber lo que

diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo. Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el respeto de los vecinos, pero ganó… Bueno, ya veréis si al final ganó algo.
La madre de nuestro hobbit particular… pero, ¿qué es un hobbit? Supongo que los hobbits necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron bastante raros y tímidos con la Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron) gente menuda de la mitad de nuestra talla, y más pequeños que los enanos barbados. Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna magia en ellos, excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio y rápidamente, cuando gente grande y estúpida como vosotros o yo se acerca sin mirar por dónde va, con un ruido de elefantes que puede oírse a una milla de distancia. Tienden a ser gruesos de vientre; visten de colores brillantes (sobre todo verde y amarillo); no usan zapatos, porque en los pies tienen suelas naturales de piel y un pelo espeso y tibio de color castaño, como el que les crece en las cabezas (que es rizado); los dedos son largos, mañosos y morenos, los rostros afables, y se ríen con profundas y jugosas risas (especialmente después de cenar, lo que hacen dos veces al día, cuando pueden). Ahora sabéis lo suficiente como para continuar el relato. Como iba diciendo, la madre de este hobbit —o sea, Bilbo Bolsón — era la famosa Belladonna Tuk, una de las tres extraordinarias hijas del Viejo Tuk, patriarca de los hobbits que vivían al otro lado de Delagua, el riachuelo que corría al pie de La Colina. Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era, desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo no del todo hobbit en ellos, y de cuando en cuando miembros del clan Tuk salían a correr aventuras.

Desaparecían con discreción, y la familia echaba tierra sobre el asunto; pero los Tuk no eran tan respetables como los Bolsón, aunque indudablemente más ricos.
Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura después de convertirse en la señora de Bungo Bolsón. Bungo, el padre de Bilbo, le construyó el agujeró—hobbit más lujoso (en parte con el dinero de ella), que pudiera encontrarse bajo La Colina o sobre La Colina o al otro lado de Delagua, y allí se quedaron hasta el fin. No obstante, es probable que Bilbo, hijo único, aunque se parecía y se comportaba exactamente como una segunda edición de su padre, firme y comodón, tuviese alguna rareza de carácter del lado de los Tuk, algo que sólo esperaba una ocasión para salir a la luz. La ocasión no llegó a presentarse nunca, hasta que Bilbo Bolsón fue un adulto que rondaba los cincuenta años y vivía en el hermoso agujero-hobbit que acabo de describiros, y cuando en verdad ya parecía que se había asentado allí para siempre.
Por alguna curiosa coincidencia, una mañana de hace tiempo en la quietud del mundo, cuando había menos ruido y más verdor, y los hobbits eran todavía numerosos y prósperos, y Bilbo Bolsón estaba de pie en la puerta del agujero, después del desayuno, fumando una enorme y larga pipa de madera que casi le llegaba a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados), Gandalf apareció de pronto. ¡Gandalf! Si sólo hubieseis oído un cuarto de lo que yo he oído de él, y he oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estaríais preparados para cualquier especie de cuento notable— Cuentos y aventuras brotaban por donde quiera que pasara, de la forma más extraordinaria. No había bajado a aquel camina al pie de La Colina desde hacía años y años, desde la muerte de su amigo el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era. Había estado lejos, más allá de La Colina y del otro lado de Delagua por asuntos particulares, desde el tiempo en que todos ellos eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.
Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón. Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de plata sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura, y botas negras.
—¡Buenos días! — dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las cejas largas y espesas, más sobresalientes que el ala del sombrero, que le ensombrecía la cara.
—¿Qué quieres decir? — pregunto — ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno? —Todo eso a la vez —dijo Bilbo—. Y un día estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si lleváis una pipa encima, sentaos y tomad un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos todo el día por delante! —entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo las piernas, y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó en el aire sin romperse, y se alejó flotando sobre La Colina.
—¡Muy bonito! —dijo Gandalf— Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de humo. Busco a alguien con quien compartir una aventura que estoy planeando, y es difícil dar con él.
—Pienso lo mismo… En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena! No me explico por qué atraen a la gente —dijo nuestro señor Bolsón, y metiendo un pulgar detrás del tirante lanzó otro anillo de humo más grande aun. Luego sacó el correo matutino v se puso a leer, fingiendo ignorar al viejo, Pero el viejo no se movió. Permaneció apoyado en el bastón observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se sintió bastante incómodo y aun un poco enfadado.
—¡Buenos días! —dijo al fin—. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué no probáis más allá de La Colina o al otro lado de Delagua? —Con esto daba a entender que la conversación había terminado.
—¡Para cuántas cosas empleas el Buenas días!, —dijo Gandalf—. Ahora quieres decir que intentas deshacerte de mí y que no serán buenos hasta que me vaya.
—¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor!—. Veamos, no creo conocer vuestro nombre…
—¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor Bilbo Bolsón! Y tú también sabes el mío, aunque no me unas a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy yo! ¡Quién iba a pensar que un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días como si yo fuese vendiendo botones de puerta en puerta!
—¡Gandalf Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No sois vos el mago errante que dio al Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no se desabrochaban hasta que les dabas una orden? ¿No sois vos quien contaba en las reuniones aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y rescates de princesas v la inesperada fortuna de los hijos de madre viuda? ¿No el hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos de artificio tan excelentes? ¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en los solsticios de verano. ¡Espléndidos! Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego que quedaban suspendidos en el aire durante todo el crepúsculo. —Ya os habréis dado cuenta de que el señor Bolsón no era tan prosaico como él mismo creía, y también de que era muy aficionado a las flores. —¡Diantre! —continuó—. ¿No sois vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles partiesen hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a visitar elfos… o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida era bastante apacible entonces Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre de perturbarlo todo en estos sitios. Os pido perdón, pero no tenía ni idea de que todavía estuvieseis en actividad.
—¿Dónde si no iba a estar? —dijo el mago—. De cualquier modo me complace descubrir que aún recuerdas algo de mí. Al menos, parece que recuerdas con cariño mis fuegos artificiales, y eso es reconfortante. Y en verdad, por la memoria de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo que has pedido.
—Perdón, ¡yo no he pedido nada!
—¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos como para embarcarte en esa aventura. Muy divertida para mi, muy buena para ti… y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo.
—¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero venid a tomar el té… ¡cuando gustéis! ¿Por qué no mañana? ¡Sí, venid mañana! ¡Adiós! —Con esto el hobbit retrocedió escabulléndose por la redonda puerta verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin llega; a parecer grosero. Al fin y al cabo, un mago es un mago.
“¡Para qué diablos lo habré invitado al té!” se dijo Bilbo cuando iba hacia la despensa. Acababa de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelillo o dos y un trago de algo le sentarían bien después del sobresalto.
Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al cabo de un rato subió, y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la hermosa puerta verde del hobbit. Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el momento en que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible aventura.
Al día siguiente casi se había olvidado de Gandalf. No recordaba muy bien las cosas, a menos que las escribiese en la Libreta de Compromisos; de este modo:
Gandalf Té Miércoles. El día anterior había estado demasiado aturdido como para ponerse a anotar.
Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró y puso la marmita, sacó otra taza y un platillo y un pastel o dos más, y corrió a la puerta.
—¡Siento de veras haberle hecho esperar! —iba a decir, cuando vio que en realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón dorado, y ojos muy brillantes bajo el capuchón verde oscuro. Tan pronto como la puerta se abrió, entró deprisa como si le estuviesen esperando.
Colgó la capa encapuchada en la percha más cercana, y —¡Dwalin a vuestro servicio! —dijo saludando con una reverencia.
—¡Bilbo Bolsón al vuestro! —dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para hacer cualquier pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a hacerse incómodo, añadió—: Estoy a punto de tomar el té; por favor acercaos y tomad algo conmigo. —Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué haríais Vosotros, si un enano llegara de súbito y colgara sus cosas en vuestro vestíbulo sin dar explicaciones?
Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer pastelillo, cuando resonó otro campanillazo todavía más estridente.
—¡Disculpad! —dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.
—¡Así que al fin habéis venido! —Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf. Pero no era Gandalf. En cambio vio en el umbral un enano que parecía muy viejo, de barba blanca y capuchón escarlata, y éste también entró de un salto tan pronto como la puerta se abrió, como si fuera un invitado.
—Veo que ya han empezado a llegar —dijo cuando vio en la percha el capuchón verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y —¡Balin a vuestro servicio! —dijo con la mano en el pecho.
—¡Gracias! —dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada, pero el han empezado a llegar lo había dejado perplejo. Le gustaban las visitas, aunque prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible presentimiento de que los pasteles no serían suficientes, y como conocía las obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran penosas, quizá él se quedara sin ninguno.
—¡Entre, y sírvase una taza de té! —consiguió decir luego de tomar aliento.
—Un poco de cerveza me iría mejor, si a vos no os importa, mi buen señor —dijo Balin, el de la barba blanca— Pero no me incomodaría un pastelillo, un pastelillo de semillas, si tenéis alguno.
—¡Muchos! —se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y se encontró, también, corriendo a la bodega para echar en una jarra una pinta de cerveza, y después a la despensa a recoger dos sabrosos pastelillos de semillas que había hecho esa tarde para el refrigerio de después de la cena.
Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa como viejos amigos (en realidad eran hermanos). Bilbo depositó la cerveza y el pastel delante de ellos, cuando de nuevo se oyó un fuerte campanillazo, y después otro.
“¡Gandalf de seguro esta vez!” pensó mientras resoplaba por el pasillo. Pero no; eran dos enanos más, ambos con capuchones azules, cinturones de plata y barbas amarillas; y cada uno de ellos llevaba una bolsa de herramientas y una pala. Saltaron adentro, tan pronto la puerta empezó a abrirse. Bilbo ya apenas se sorprendió.
—¿En qué puedo yo serviros, mis queridos enanos? —dijo.
—¡Kili a vuestro servicio! —dijo uno—. ¡Y Fíli! —añadió el otro; y ambos se sacaron a toda prisa los capuchones azules e hicieron una reverencia.
—¡Al vuestro y al de vuestra familia! —replicó Bilbo, recordando esta vez sus buenos modales.
—Veo que Dwalin y Balin están ya aquí —dijo Kili— ¡Unámonos al tropel!
“¡Tropel!” pensó el señor Bolsón. “No me gusta el sonido de esa palabra. Necesito sentarme un minuto y recapacitar, y echar un trago. “Sólo había alcanzado a mojarse los labios, en un rincón, mientras los cuatro enanos se sentaban en torno a la mesa, y charlaban sobre minas y oro y problemas con los trasgos, y las depredaciones de los dragones, y un montón de otras cosas que él no entendía, y no quería entender, pues parecían demasiado aventureras, cuando, din—don—dan, la campana sonó de nuevo, como si algún travieso niño hobbit intentase arrancar el llamador.
—¡Alguien más a la puerta! —dijo, parpadeando.
—Por el sonido yo diría que unos cuatro —dijo Fíli—. Además, los vimos venir detrás de nosotros a lo lejos.
El pobrecito hobbit se sentó en el vestíbulo y apoyando la cabeza en las manos, se preguntó qué había pasado, y qué pasaría ahora, y si todos se quedarían a cenar. En ese momento la campana sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo que correr hacia la puerta. Y no eran cuatro, sino cinco. Otro enano se les había acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué ocurría. Apenas habíagirado la manija y ya todos estaban dentro, haciendo reverencias y diciendo uno tras otro “a vuestro servicio”. Dori, Nori, Ori, Óin, y Glóin eran sus nombres, y al momento dos capuchones de color púrpura, uno gris, uno castaño y uno blanco, colgaban de las perchas, y allá fueron los enanos con las manos anchas metidas en los cinturones de oro y plata a reunirse con los otros. Ya casi eran un tropel. Unos pedían cerveza del país, otros cerveza negra, uno café, y todos ellos pastelillos; así que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un rato.
Una gran cafetera había sido puesta a la lumbre, los pastelillos de semillas ya se habían acabado, y los enanos empezaban una ronda de bollos con mantequilla, cuando de pronto… un fuerte golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc—toc en la preciosa puerta verde del hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!
Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado y compungido; éste era el miércoles más desagradable que pudiera recordar. Abrió la puerta de un bandazo, y todos rodaron dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y detrás Gandalf, apoyado en su vara y riendo. Había hecho una muesca bastante grande en la hermosa puerta; por cierto, también había borrado la marca secreta que pusiera allí la mañana anterior.
—¡Tranquilidad, tranquilidad! —dijo—. ¡No es propio de ti, Bilbo, tener a los amigos esperando en el felpudo y luego abrir la puerta de sopetón! ¡Déjame presentarte a Bifur, Bofur, Bombur, y sobre todo a Thorin!
—¡A vuestro servicio! —dijeron Bifur, Bofur y Bombur los tres en hilera. En seguida colgaron dos capuchones amarillos y uno verde pálido; y también uno celeste con una gran borla de plata. Este último pertenecía a Thorin, un enorme e importante enano, de hecho nada más y nada menos que el propio Thorin Escudo de Roble, a quien no le gustó nada caer de bruces sobre el felpudo de Bilbo con Bifur, Bofur y Bombur sobre él. Ante todo, Bombur era enormemente gordo y pesado. Thorin era muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor Bolsón le repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó al fin: —Le ruego no lo mencione más — y dejó de fruncir el ceño.
—¡Vaya, ya estamos todos aquí! —dijo Gandalf, mirando la hilera de trece capuchones, una muy vistosa colección de capuchones, y su propio sombrero colgados en las perchas—. ¡Qué alegre reunión! ¡Espero que quede algo de comer y beber para los rezagados! ¿Qué es eso? ¡Té! ¡No, gracias! Para mí un poco de vino tinto.
—Y también yo —dijo Thorin.
—Y mermelada de frambuesa y tarta de manzana—dijo Bifur.
—Y pastelillos de carne y queso —dijo Bofur.
—Y pastel de carne de cerdo y también ensalada—dijo Bombur.
—Y más pasteles, y cerveza, y café, si no os importa—gritaron los otros enanos al otro lado de la puerta.
—Prepara unos pocos huevos. ¡Qué gran amigo!—gritó Gandalf mientras el hobbit corría a las despensas. ¡Y saca el pollo frío y unos encurtidos!
“¡Parece conocer el interior de mi despensa tanto como yo!” pensó el señor Bolsón, que se sentía del todo desconcertado y empezaba a preguntarse si la más lamentable aventura no había ido a caer justo a su propia casa. Cuando terminó de apilar las botellas y los platos y los cuchillos y los tenedores y los vasos y las fuentes y las cucharas y demás cosas en grandes bandejas, estaba acalorado, rojo como la grana y muy fastidiado.
—¡Malditos y condenados enanos! —dijo en voz alta— ¿Por qué no vienen y me echan una mano?——Y he aquí que allí estaban Balin y Dwalin en la puerta de la cocina, y Fíli y Kili tras ellos, y antes de que pudiese decir cuchillo, ya se habían llevado a toda prisa las bandejas y un par de mesas pequeñas al salón, y allí colocaron todo otra vez.
Gandalf se puso a la cabecera, con los trece enanos alrededor, y Bilbo se sentó en un taburete junto al fuego, mordisqueando una galleta (había perdido el apetito) e intentando aparentar que todo era normal y de ningún modo una aventura. Los enanos comieron y comieron, charlaron y charlaron, y el tiempo pasó. Por último echaron atrás las sillas, y Bilbo se puso en movimiento, recogiendo platos y vasos.
—Supongo que os quedaréis todos a cenar —dijo en uno de sus más educados y reposados tonos.
—¡Claro que sí! —dijo Thorin— y después también. No nos meteremos en el asunto hasta más tarde, y antes podemos hacer un poco de música. ¡Ahora a levantar las mesas!
En seguida los doce enanos —no Thorin, él era demasiado importante, y se quedó charlando con Gandalf— se incorporaron de un salto, e hicieron enormes pilas con todas las cosas. Allá se fueron, sin esperar por las bandejas, llevando en equilibrio en una mano las columnas de platos, cada una de ellas con una botella encima, mientras el hobbit corría detrás casi dando chillidos de miedo: —¡Por favor, cuidado! —y— ¡Por favor, no se molesten! Yo me las arreglo —. Pero los enanos no le hicieron caso y se pusieron a cantar:

¡Desportillad los vasos y destrozad los platos!
¡Embotad los cuchillos, doblad los tenedores!
¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡Estrellad las botellas y quemad los tapones!

¡Desgarrad el mantel, pisotead la manteca,
y derramad la leche en la despensa!
¡Echad los huesos en la alfombra del cuarto!
¡Salpicad de vino todas las puertas!

¡Vaciad los cacharros en un caldero hirviente;
hacedlos trizas, a barrotazos;
y cuando terminéis, si aún algo queda entero,
echadlo a rodar pasillo abajo!

¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡De modo que cuidado! ¡Cuidado con los platos!

Y desde luego no hicieron ninguna de estas cosas terribles, y todo se limpió y se guardó a la velocidad del rayo, mientras el hobbit daba vueltas y más vueltas en medio de la cocina intentando ver qué hacían. Al fin regresaron, y encontraron a Thorin con los pies en el guardafuego fumándose una pipa. Estaba haciendo unos enormes anillos de humo, y dondequiera que le dijera a uno que fuese, allí iba —chimenea arriba, o detrás del reloj sobre la repisa, o bajo la mesa, o girando y girando en el techo—, pero dondequiera que fuesen no eran bastante rápidos para escapar a Gandalf. ¡Pop! De la pipa de barro de Gandalf subía en seguida un anillo más pequeño que atravesaba el último anillo de Thorin. Luego el anillo de Gandalf tomaba un color verde, y bajaba a flotar sobre la cabeza del mago. Tenía ya toda una nube alrededor, y a la luz indistinta parecía una figura extraña y fantasmagórica. Bilbo permanecía inmóvil y observaba —le encantaban los anillos de humo— y se sonrojó al recordar qué orgulloso había estado de los anillos que en la mañana anterior lanzara al viento sobre La Colina.
—¡Ahora un poco de música! —dijo Thorin—. ¡Sacad los instrumentos!
Kili y Fíli se apresuraron a buscar las bolsas y trajeron unos pequeños violines; Dori, Nori y Ori sacaron unas flautas de algún bolsillo de los capotes; Bombur tamborileó desde el vestíbulo; Bifur y Bofur salieron también, y volvieron con unos clarinetes que habían dejado entre los bastones. Dwalin y Balin dijeron:
—¡Disculpadme, dejé el mío en el porche! —Y Thorin dijo: —¡Trae el mío también! —Regresaron con unas violas tan grandes como ellos mismos, y con el arpa de Thorin envuelta en una tela verde. Era una hermosa arpa dorada, y cuando Thorin la rasgueó, los otros enanos empezaron juntos a tocar una música, tan súbita y dulcemente que Bilbo olvidó todo lo demás, y fue transportado a unas tierras distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de Delagua y muy lejos del agujero—hobbit bajo La Colina.
La oscuridad penetró en la habitación por el ventanuco que se abría en la ladera de La Colina; el fuego parpadeaba —era abril— y aún seguían tocando, mientras la sombra de la barba de Gandalf danzaba contra la pared.
La oscuridad invadió toda la habitación, y el fuego se extinguió y las sombras se borraron; y todavía seguían tocando. Y de pronto, uno primero y luego otro, mientras tocaban, entonaron el canto grave que antaño cantaran los enanos, en lo más hondo de las viejas moradas, y estas líneas son como un fragmento de esa canción, aunque no hay comparación posible sin la música.

Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir, antes que el día nazca.

Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.

Para el antiguo rey y el señor de los Elfos
los enanos labraban martilleando
un tesoro dorado, y la luz atrapaban
y en gemas la escondían en la espada.

En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y del sol.

Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.

Allí para ellos mismos labraban las vasijas
y las arpas de oro; pasaban mucho tiempo
donde otros no cavaban; y allí muchas canciones
cantaron que los hombres o los Elfos no oyeron.

Los vientos ululaban en medio de la noche,
y los pinos rugían en la cima.
El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
los árboles como antorchas de luz resplandecían.

Las campanas tocaban en el valle,
y hombres de cara pálida observaban el cielo,
la ira del dragón, más violenta que el fuego,
derribaba las torres y las casas.

La montaña humeaba a la luz de la luna;
los enanos oyeron los pasos del destino,
huyeron y cayeron y fueron a morir
a los pies del palacio, a la luz de la luna.

Más allá de las hoscas y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a quitarle nuestro oro y las arpas,
¡hemos de ir, antes que el día nazca!

Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las cosas hermosas hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los corazones de los enanos. Entonces algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y llevar una espada en vez de un bastón. Miró por la ventana. Las estrellas asomaban fuera en el cielo oscuro, sobre los árboles. Pensó en las joyas de los enanos que brillaban en las cavernas tenebrosas. De repente, en el bosque de más allá de Delagua se alzó un fuego, —quizá alguien encendía una hoguera— y pensó en dragones devastadores que invadían la pacífica Colina envolviendo todo en llamas. Se estremeció; y en seguida volvió a ser el sencillo señor Bolsón, de Bolsón Cerrado, Sotomonte otra vez.
Se incorporó temblando. Tenía muy pocas ganas de traer la lámpara, y apenas un poco más de pretender que iba a buscarla y marcharse y esconderse luego en la bodega detrás de los barriles de cerveza y no salir más hasta que los enanos se fueran. De pronto advirtió que la música y el canto habían cesado y que todos lo miraban con ojos brillantes en la oscuridad.

—¿Adónde vas? —le preguntó Thorin, en un tono que parecía querer mostrar que adivinaba los pensamientos contradictorios del hobbit.
—¿Qué os parece un poco de luz? —dijo Bilbo disculpándose.
—Nos gusta la oscuridad —dijeron todos los enanos—. ¡Oscuridad para asuntos oscuros! Faltan aún muchas horas hasta el alba.
—¡Por supuesto! —dijo Bilbo, y volvió a sentarse a toda prisa. No le acertó al taburete y se sentó en cambio en el guardafuegos, derribando con estrépito el atizador y la pala.
—¡Silencio! —dijo Gandalf—. ¡Que hable Thorin! —Y así fue como Thorin empezó.
—¡Gandalf, enanos y señor Bolsón! Nos hemos reunido en casa de nuestro amigo y compañero conspirador, este hobbit de lo más excelente y audaz. ¡Que nunca se le caiga el pelo de los pies! ¡Toda nuestra alabanza al vino y la cerveza de la región! —Se detuvo a tomar un respiro y a esperar una cortés observación del hobbit, pero al pobre Bilbo se le habían agotado las cortesías, y movía la boca tratando de protestar porque lo habían llamado audaz, y peor que eso, compañero conspirador aunque no emitió ningún sonido; se sentía de veras estupefacto. De modo que Thorin continuó:
—Nos hemos reunido aquí para discutir nuestros planes, medios, política y recursos. Emprenderemos ese largo viaje poco antes que rompa el día, un viaje que para algunos de nosotros, o quizá para todos (excepto para nuestro amigo y consejero, el ingenioso mago Gandalf) quizá sea un viaje sin retorno. Este es un momento solemne. Nuestro objetivo, supongo, todos lo conocemos bien. Para el estimable señor Bolsón, y quizá para uno o dos de los enanos más jóvenes (creo que acertaría si nombrara a Kili y a Fíli, por. Ejemplo), la situación exacta y actual podría necesitar de una breve explicación…

Esté era el estilo de Thorin. Era un enano importante. Si se lo hubieran permitido, quizá habría seguido así hasta quedarse sin aliento, sin dejar de decir a cada uno algo ya sabido. Pero lo interrumpieron de mal modo. El pobre Bilbo no pudo soportarlo más. Cuando oyó quizá sea un viaje sin retomo empezó a sentir que un chillido le subía desde dentro, y muy pronto estalló como el silbido de una locomotora a la salida de un túnel. Todos los enanos se pusieron en pie de un salto derribando la mesa. Gandalf golpeó el extremo de la vara mágica que emitió una luz azul, y en el resplandor se pudo ver al pobre hobbit de rodillas sobre la alfombra junto al hogar, temblando como una gelatina que se derrite. En seguida cayó de bruces al suelo, y se puso a gritar: —¡Alcanzado por un rayo, alcanzado por un rayo! —una y otra vez, y eso fue todo lo que pudieron sacarle durante largo tiempo. Así que lo levantaron y lo tumbaron en un sofá de la sala, con un trago a mano, y volvieron a sus oscuros asuntos.
—Excitable el compañerito —dijo Gandalf, mientras se sentaban de nuevo—. Tiene extraños y graciosos ataques, pero es uno de los mejores: tan fiero como un dragón en apuros.
Si habéis visto alguna vez un dragón en apuros, comprenderéis que esto sólo podía ser una exageración poética aplicada a cualquier, hobbit, aun a Toro Bramador, el tío bisabuelo del Viejo Tuk, tan enorme (como hobbit) que hasta podía montar a caballo. En la batalla de los Campos Verdes había cargado contra las filas de trasgos del Monte Gram, y blandiendo una porra de madera le arrancó de cuajo la cabeza al rey Golfimbul. La cabeza salió disparada unas cien yardas por el aire y fue a dar a la madriguera de un conejo, y de esta forma, y a la vez, se ganó la batalla y se inventó el juego de golf.
Mientras tanto, sin embargo, el más gentil descendiente de Toro Bramador volvía a la vida en la sala de estar. Al cabo de un rato y luego de un trago se arrastró nervioso hacia la puerta. Esto fue lo que oyó; hablaba Glóin: —¡Hum! —o un bufido semejante—. ¿Creéis que servirá? Está muy bien que Gandalf diga que este hobbit es fiero, pero un chillido como ése en un momento de excitación bastaría para despertar al dragón y al resto de la parentela, y matamos a todos. ¡Creo que sonaba más a miedo que a excitación! En verdad, si no fuese por la señal en la puerta, juraría que habíamos venido a una casa equivocada. Tan pronto como eché una ojeada a ese pequeñajo que se sacudía y resoplaba sobre el felpudo, tuve mis dudas. ¡Más parece un tendero que un saqueador!
En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La vena Tuk había ganado. De pronto sintió que si se quedaba sin cama ni desayuno podría parecer realmente fiero. En cuanto al pequeñajo que se sacudía sobre el felpudo casi le hizo perder la cabeza. Más tarde, y a menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo que hizo entonces, y se diría: —Bilbo, fuiste un tonto; te decidiste a entrar y metiste la pata.
—Perdonadme —dijo—, si por casualidad he oído lo que estabais diciendo. No pretendo entender lo que habláis, ni esa referencia a saqueadores, pero no creo equivocarme si digo que sospecháis que no sirvo —esto es lo que él llamaba no perder la dignidad—. Lo demostraré. No hay señal alguna en mi puerta, se pintó la semana anterior, y estoy seguro de que habéis venido a la casa equivocada. Desde el momento en que vi vuestras extrañas caras en el umbral tuve mis dudas. Pero considerad que es la casa correcta. Decidme lo que queréis que haga y lo intentaré, aunque tuviera que ir desde aquí hasta el Este del Este y luchar con los hombres gusanos del Ultimo Desierto. Tuve, una vez, un tío architatarabuelo, Toro Bramador Tuk, y…
—Sí, sí, pero eso fue hace mucho —dijo Glóin— Estaba hablando de vos. Y os aseguro que hay una marca en esta puerta: la normal en el negocio, o la que hasta hace poco era normal. Saqueador nocturno busca un buen trabajo, con mucha Excitación y Remuneración razonable, así es como todo el mundo la entiende. Podéis decir Buscador Experto de Tesoros en vez de saqueador si lo preferís. Algunos lo hacen. Para nosotros es lo mismo. Gandalf nos dijo que había un hombre de esas características por estos lugares, que buscaba un trabajo inmediato, y que habían concertado una cita este miércoles, aquí y a la hora del té.
—Claro que hay una marca —dijo Gandalf—. La puse yo mismo. Por muy buenas razones. Me pedisteis que encontrara al hombre catorceavo para vuestra expedición, y elegí al señor Bilbo. Basta que alguien diga que elegí al hombre o la casa equivocada y podéis quedaros en trece y tener toda la mala suerte que queráis, o volver a picar carbón.
Clavó la mirada con tal ira en Glóin que el enano se acurrucó en la silla; y cuando Bilbo intentó abrir la boca para hacer una pregunta, se volvió hacia él con el ceño fruncido, adelantando las cejas espesas, hasta que el hobbit cerró la boca de golpe. —Está bien —dijo Gandalf—. No discutamos más. He elegido al señor Bolsón y eso tendría que bastar a todos. Si digo que es un saqueador nocturno, lo es de veras, o lo será llegado el momento. Hay mucho más en él de lo que imagináis y mucho más de lo que él mismo se imagina. Tal vez (posiblemente) aun viváis todos para agradecérmelo. Ahora Bilbo, muchacho, ¡vete a buscar la lámpara y pongamos un poco de luz a todo esto!
Sobre la mesa, a la luz de una gran lámpara de pantalla roja, Gandalf extendió un trozo de pergamino bastante parecido a un mapa *.
—Esto lo hizo Thror, tu abuelo, Thorin —dijo respondiendo a las excitadas preguntas de los enanos— Es un plano de la Montaña.
—No creo que nos sea de gran ayuda —dijo Thorin desilusionado, tras echar un vistazo—. Recuerdo la Montaña muy bien, así como las tierras que hay por allí. Y sé dónde está el Bosque Negro, y el Brezal Marchito, donde se crían los grandes dragones.
—Hay un dragón señalado en rojo sobre la Montana
—dijo Balin—, pero será bastante fácil encontrarlo sin eso, si alguna vez llegamos allí.
—Hay también un punto que no habéis advertido
—dijo el mago—, y es la entrada secreta ¿Veis esa runa en el lado oeste, y la mano que apunta hacia ella desde las otras runas? Eso indica un pasadizo oculto a los Salones
Inferiores. —Mirad el mapa al principio de este libro, y allí veréis las runas.
—Puede que en otra época fuese secreto —dijo Thorin—, pero ¿cómo sabremos si todavía lo es? El Viejo Smaug ha vivido allí mucho tiempo y ha de conocer bien esas cuevas.
—Tal ver… pero no pudo haberlo utilizado desde hace años y años.
—¿Por qué?
—Porque es demasiado pequeño. Cinco pies de altura y tres pasan con holgura, dicen las runas, pero Smaug no podría arrastrarse por un agujero de ese tamaño, ni siquiera cuando era un dragón joven, y menos después de haber devorado tantos enanos y hombres de Valle.
—Pues a mí me parece un agujero bastante grande— chilló Bilbo que nada sabía de dragones, y en cuanto a agujeros sólo conocía los de los hobbits. Se sentía otra vez excitado e interesado, y olvidó mantener la boca cerrada. Le encantaban los mapas, y en el vestíbulo colgaba uno enorme del País Redondo con todos sus caminos favoritos marcados en tinta roja—, ¿Cómo una puerta tan grande pudo haber sido un secreto para todo el mundo, aun sin contar al dragón? —preguntó. Recordad que era sólo un pequeño hobbit.
—De muchos modos —dijo Gandalf—. Pero cómo ha quedado oculta, no lo sabremos sin antes ir a mirar. Por lo que dice el mapa me imagino que hay una puerta cerrada que no se distingue del resto de la ladera. El método común entre los enanos, ¿no es cieno?
—Muy cierto —dijo Thorin.
—Además —prosiguió Gandalf—, olvidé mencionar que con el mapa venía una llave, una llave pequeña y rara. ¡Hela aquí! —dijo, y dio a Thorin una llave de plata, larga, de dientes intrincados—. ¡Guárdala bien!
—Así lo haré —dijo Thorin, y la enganchó en una cadenilla que le colgaba del cuello bajo la chaqueta—. Ahora las cosas parecen más prometedoras. Estas noticias les dan mejor aspecto. Hasta hoy no teníamos una idea demasiado clara de lo que podíamos hacer. Pensábamos marchar hacia el Este en silencio y con toda la cautela posible, hasta llegar a Lago Largo. Las dificultades empezarían después…
—Mucho antes, si algo sé de los caminos del Este—interrumpió Gandalf.
—Podríamos subir desde allí bordeando el Río Rápido —dijo Thorin sin prestar atención—, y luego hasta las ruinas de Valle, la vieja ciudad a la sombra de la Montaña. Pero a ninguno nos gustaba mucho la idea de la Puerta Principal. El río sale justo ahí atravesando el gran risco al sur de la Montaña, y de ahí sale también el dragón, muy a menudo desde hace tiempo, a menos que haya cambiado de costumbres.
—Eso no sería bueno —dijo el mago—, no sin un guerrero poderoso, o aun un héroe. Intenté conseguir uno; pero los guerreros están todos ocupados luchando entre ellos en tierras lejanas, y en esta vecindad los héroes son escasos, o al menos no se los encuentra. Las espadas están aquí casi todas embotadas, las hachas se utilizan para cortar árboles y los escudos como cunas o cubrefuentes; y para comodidad de todos, los dragones están muy lejos (y de ahí que sean legendarios). Por este motivo me dediqué a merodear de noche, sobre todo desde que recordé la existencia de una puerta lateral. Y aquí tenemos a nuestro pequeño Bilbo Bolsón, el saqueador, electo y selecto. Así que continuemos y hagamos planes.
—Muy bien —dijo Thorin—, supongamos entonces que el experto mismo nos da alguna idea o sugerencia. —Se volvió con una cortesía burlona hacia Bilbo.
—En primer lugar me gustaría saber un poco más del asunto —dijo Bilbo sintiéndose confuso y un poco agitado por dentro, pero bastante Tuk todavía y decidido a seguir adelante— Me refiero al oro y al dragón, y todo eso, y cómo llegar allí y a quién pertenece, etcétera, etcétera.
—¡Bendita sea! —dijo Thorin—, ¿no tienes un mapa? ¿Y no has oído nuestro canto? ¿Y acaso no hemos estado hablando de esto durante horas?
—Aun así, me gustaría saberlo todo clara y llanamente —dijo Bilbo con obstinación, adoptando un aire de negocios (por lo común reservado para gente que trataba de pedirle dinero), y tratando por todos los me dios de parecer sabio, prudente, profesional, y estar a la altura de la recomendación de Gandalf— También me gustaría conocer los riesgos, los gastos, el tiempo requerido y la remuneración, etcétera. —Lo que quería decir: “¿Qué sacaré de esto? ¿Y regresaré con vida?”.
—Oh, muy bien —dijo Thorin— Hace mucho, en tiempos de mi abuelo Thror, nuestra familia fue expulsada del lejano Norte y vino con todos sus bienes y herramientas a esta Montaña del mapa. La había descubierto mi lejano antepasado, Thrain el Viejo, pero entonces abrieron minas, excavaron túneles y construyeron galerías y talleres más grandes… y creo además que encontraron gran cantidad de oro y también piedras preciosas. De cualquier modo se hicieron inmensamente ricos, y mi abuelo fue de nuevo Rey bajo la Montaña y tratado con gran respeto por los mortales, que vivían al Sur y poco a poco se extendieron río arriba hasta el valle al pie de la Montaña. Allá, en aquellos días, levantaron la alegre ciudad de Valle. Los reyes mandaban buscar a nuestros herreros y recompensar con largueza aun a los menos hábiles. Los padres nos rogaban que tomásemos a sus hijos como aprendices y nos pagaban bien, sobre todo con provisiones, pues nosotros nunca sembrábamos, ni buscábamos comida. Aquellos días sí que eran buenos, y aun el más pobre tenía dinero para gastar y prestar, y ocio para fabricar objetos hermosos sólo por diversión, para no mencionar los más maravillosos juguetes mágicos, que hoy ya no se encuentran en el mundo. Así los salones de mi abuelo se llenaron de armaduras, joyas, grabados y copas, y el mercado de juguetes de Valle fue el asombro de todo el Norte.
“Sin duda eso fue lo que atrajo al dragón. Los dragones, sabéis, roban oro y joyas a hombres, elfos y enanos dondequiera que puedan encontrarlos, y guardan el botín mientras viven (lo que en la práctica es para siempre, a menos que los maten), y ni siquiera disfrutan de un anillo de hojalata. En realidad apenas distinguen una pieza buena de una mala, aunque en general conocen bien el valor que tienen en el mercado; y no son capaces de hacer nada por sí mismos, ni siquiera arreglarse una escamita suelta en la armadura que llevan. Por aquellos días había muchos dragones en el Norte, y es posible que el oro empezara a escasear allá arriba, con enanos que huían al Sur o eran asesinados, y la devastación general y la destrucción que los dragones provocaban y que iba en aumento. Había un gusano que era muy ambicioso, fuerte y malvado, llamado Smaug. Un día echó a volar y llegó al Sur. Lo primero que oímos fue un ruido como de un huracán que venía del norte, y los pinos en la Montaña crujían y rechinaban con el viento. Algunos de los enanos que en ese momento estábamos fuera (yo era por fortuna uno de ellos, un muchacho apuesto y aventurero en aquellos días, siempre vagando por los alrededores, y eso me salvó entonces), bien, vimos desde bastante lejos al dragón que se posaba en nuestra montaña en un remolino de fuego. Luego bajó por las laderas, y los bosques empezaron a arder. Ya para entonces todas las campanas repicaban en Valle y los guerreros se armaban. Los enanos salieron corriendo por la puerta grande; pero allí estaba el dragón esperándolos. Nadie escapó por ese lado. El río se transformó en vapor y una niebla cayó sobre ellos y acabó con la mayoría de los guerreros: la triste historia de siempre, sólo que en aquellos días era demasiado común. Luego retrocedió, arrastrándose a través de la Puerta Principal, y destrozó todos los salones, aceras, túneles, callejuelas, bodegas, mansiones y pasadizos. Después de eso no quedó enano vivo dentro, y el dragón se apoderó de todas las riquezas.
Quizá, pues es costumbre entre los dragones, haya apilado todo en un gran montón muy adentro y duerma sobre el tesoro utilizándolo como cama. Más tarde empezó a salir de vez en cuando arrastrándose por la puerta grande y llegaba a Valle de noche, y se llevaba gente, especialmente doncellas, para comerlas en la cueva, hasta que Valle quedó arruinada y toda la gente murió o huyó. Lo que pasa allí ahora no lo sé con certeza, pero no creo que nadie viva hoy entre la Montaña y la orilla opuesta del Lago Largo.
Los pocos de nosotros que estábamos fuera, y así nos salvamos, llorábamos a escondidas y maldecíamos a Smaug, y allí nos encontramos inesperadamente con mi padre y mi abuelo, que tenían las barbas chamuscadas. Parecían muy preocupados, pero hablaban muy poco. Cuando les pregunté cómo habían huido me dijeron que callase, que algún día a su debido tiempo ya me enteraría. Luego escapamos, y tuvimos que ganarnos la vida lo mejor que pudimos en todas aquellas tierras, y muy a menudo llegamos a trabajar en herrerías o aun en minas de carbón. Pero nunca olvidamos el tesoro robado. E incluso ahora, en que he de admitir que hemos acumulado alguna riqueza y no estamos tan mal —en este momento Thorin acarició la cadena de oro que le colgaba del cuello— todavía pretendemos recuperarlo y hacer que nuestras maldiciones caigan sobre Smaug… si podemos.
Con frecuencia me pregunté sobre la fuga de mi padre y mi abuelo. Pienso ahora que tenia que haber una puerta lateral secreta que sólo ellos conocían. Pero por lo visto hicieron un mapa, y me gustaría saber cómo Gandalf se apoderó de él, y por qué no llegó a mí, el legítimo heredero.
—Yo no me apoderé de él, me lo dieron —dijo el mago—. Quizá recuerdes que tu abuelo Thror fue asesinado en las minas de Moria por Azog el Trasgo,
—Maldito sea su nombre, sí —dijo Thorin.
—Y Thrain, tu padre, se marchó un veintiuno dé abril, se cumplieron cien años el jueves pasado; y desde entonces nunca se lo ha vuelto a ver…
—Cierto, cierto —dijo Thorin.
—Bien, tu padre me dio esto para que te lo diera; y si elegí el momento y el modo de entregarlo, no puedes culparme, teniendo en cuenta las dificultades que tuve para dar contigo. Tu padre no recordaba ni su propio nombre cuando me pasó el papel, y nunca me dijo el tuyo; de modo que en última instancia tendrías que alabarme y agradecérmelo. Toma, aquí está —dijo entregando el mapa a Thorin.
—No lo entiendo —dijo Thorin, y Bilbo sintió que le gustaría decir lo mismo. La explicación no parecía explicar nada.
—Tu abuelo —dijo el mago pausada y seriamente— le dio el mapa a su hijo para mayor seguridad antes de marcharse a las minas de Moria. Cuando mataron a tu abuelo, tu padre salió a probar  fortuna con el mapa; y tuvo muchas desagradables aventuras, pero nunca se acercó a la Montana. Cómo llegó allí, no lo sé, pero lo encontré prisionero en las mazmorras del Nigromante.
—¿Qué demonios estabas haciendo allí? —preguntó Thorin con un escalofrío, y todos los enanos se estremecieron.
—No te importa. Estaba averiguando cosas, como siempre; y resultó ser un asunto sórdido y peligroso. Hasta yo, Gandalf, apenas conseguí escapar. Intenté salvar a tu padre, pero o era demasiado tarde. Había perdido el juicio e iba de un lado para otro, y había olvidado casi todo excepto el mapa y la llave.
—Hace tiempo que dimos su merecido a los trasgos de Moria —dijo Thorin—. Ahora tendremos que ocuparnos del Nigromante.
—¡No seas absurdo! El Nigromante es un enemigo a quien no alcanzan los poderes de todos los enanos juntos, si desde las cuatro esquinas del mundo se reuniesen otra vez. Lo único que deseaba tu padre era que tú leyeras el mapa y usaras la llave. ¡El dragón y la Montaña son empresas más que grandes para ti!
—¡Oíd, oíd! —dijo Bilbo, y sin querer habló en voz alta.
—¡Oíd, oíd! —dijeron todos mirándolo, y Bilbo se puso tan nervioso que respondió: —¡Oíd lo que he de decir!
—¿Qué es? —preguntaron.
—Bien, os diré que tendríais que ir hacía el Este y echar allí un vistazo. Al fin y al cabo allí está la Puerta lateral, y los dragones han de dormir alguna vez, supongo. Si os sentáis a la entrada durante un tiempo, creo que algo se os ocurrirá. Y bien, ¿no os parece que hemos charlado bastante para una noche, eh? ¿Qué opináis de irse a la cama, para empezar mañana temprano y todo eso? Os daré un buen desayuno antes de que os vayáis.
—Antes de que nos vayamos, supongo que querrás decir —dijo Thorin—. ¿No eres tú el saqueador? ¿Y tu oficio no es esperar a la entrada, y aun cruzar la puerta? Pero estoy de acuerdo en lo de la cama y el desayuno— Me gusta tomar seis huevos con jamón cuando empiezo un viaje: fritos, no escalfados, y cuida de no romperlos,
Luego de que los otros hubieran pedido sus desayunos sin ningún por favor (lo que molestó sobremanera a Bilbo), todos se levantaron. El hobbit tuvo que buscarles sitio, y preparó los cuartos vacíos, e hizo camas en sillas y sofás antes de instalarlos e irse a su propia camita muy cansado y nada feliz. Lo que sí decidió fue no molestarse en madrugar y preparar el maldito desayuno para lodo el mundo. La vena Tuk empezaba a desaparecer, y ahora ya no estaba tan seguro de que fuese a hacer algún viaje por la mañana.
Mientras yacía en cama pudo oír a Thorin en la habitación de al lado, la mejor de todas, todavía tarareando entre dientes:

Más alta de las frías y brumosas montanas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.

Bilbo se durmió con ese canto en los oídos, y tuvo unos sueños intranquilos. Despertó mucho después de que naciera el día.

LOS MUERTOS DE JAMES JOYCE

Los muertos
James Joyce

Lily, la hija del encargado, tenía los pies literalmente muertos. No había todavía acabado de hacer pasar a un invitado al cuarto de desahogo, detrás de la oficina de la planta baja, para ayudarlo a quitarse el abrigo, cuando de nuevo sonaba la quejumbrosa campana de la puerta y tenía que echar a correr por el zaguán vacío para dejar entrar a otro. Era un alivio no tener que atender también a las invitadas. Pero Miss Kate y Miss Julia habían pensado en eso y convirtieron el baño de arriba en un cuarto de señoras. Allí estaban Miss Kate y Miss Julia, riéndose y chismeando y ajetreándose una tras la otra hasta el rellano de la escalera, para mirar abajo y preguntar a Lily quién acababa de entrar.
El baile anual de las Morkan era siempre la gran ocasión. Venían todos los conocidos, los miembros de la familia, los viejos amigos de la familia, los integrantes del coro de Julia, cualquier alumna de Kate que fuera lo bastante mayorcita y hasta alumnas de Mary Jane también. Nunca quedaba mal. Por años y años y tan atrás como se tenía memoria había resultado una ocasión lucida; desde que Kate y Julia, cuando murió su hermano Pat, dejaron la casa de Stoney Batter y se llevaron a Mary Jane, la única sobrina, a vivir con ellos en la sombría y espigada casa de la isla de Usher, cuyos altos alquilaban a Mr. Fulham, un comerciante en granos que vivía en los bajos. Eso ocurrió hace sus buenos treinta años. Mary Jane, entonces una niñita vestida de corto, era ahora el principal sostén de la casa, ya que tocaba el órgano en Haddington Road. Había pasado por la Academia y daba su concierto anual de alumnas en el salón de arriba de las Antiguas Salas de Concierto. Muchas de sus alumnas pertenecían a las mejores familias de la ruta de kingstown y Dalkey. Sus tías, aunque viejas, contribuían con lo suyo. Julia, a pesar de sus canas, todavía era la primera soprano de Adán y Eva, la iglesia, y Kate, muy delicada para salir afuera, daba lecciones de música a principiantes en el viejo piano vertical del fondo. Lily, la hija del encargado, les hacía la limpieza. Aunque llevaban una vida modesta, les gustaba comer bien; lo mejor de lo mejor: costillas de riñonada, té de a tres chelines y stout embotellado del bueno. Pero Lily nunca hacía un mandado mal, por lo que se llevaba muy bien con las señoritas. Eran quisquillosas, eso es todo. Lo único que no soportaban era que les contestaran.
Claro que tenían razón para dar tanta lata en una noche así, pues eran más de las diez y ni señas de Gabriel y su esposa. Además, que tenía muchísimo miedo de que Freddy Malins se les apareciera tomado. Por nada del mundo querían que las alumnas de Mary Jane lo vieran en ese estado; y cuando estaba así era muy difícil de manejar, a veces. Freddy Malins llegaba siempre tarde, pero se preguntaban por qué se demoraría Gabriel: y era eso lo que las hacía asomarse a la escalera para preguntarle a Lily si Gabriel y Freddy habían llegado.
– Ah, Mr. Conroy – le dijo Lily a Gabriel cuando le abrió la puerta -, Miss Kate y Miss Julia creían que usted ya no venía. Buenas noches, Mrs. Conroy.
– Me apuesto a que creían eso – dijo Gabriel -, pero es que se olvidaron que acá mi mujer se toma tres horas mortales para vestirse.
Se paró sobre el felpudo a limpiarse la nieve de las galochas, mientras Lily conducía a la mujer al pie de la escalera y gritaba:
– Miss Kate, aquí está Mrs. Conroy.
Kate y Julia bajaron en seguida la oscura escalera dando tumbos. Las dos besaron a la esposa de Gabriel, le dijeron que debía estar aterida en vida y le preguntaron si Gabriel había venido con ella.
– Aquí estoy, tía Kate, ¡sin un rasguño! Suban ustedes, que yo las alcanzo – gritó Gabriel desde la oscuridad.
Siguió limpiándose los pies con vigor mientras las tres mujeres subían las escaleras, riendo, hacia el cuarto de vestir. Una leve franja de nieve reposaba sobre los hombros del abrigo, como una esclavina, y como una pezuña sobre el empeine de las galochas; y al deslizar los botones con un ruido crispante por los ojales helados del abrigo, de entre sus pliegues y dobleces salió el vaho fragante del descampado.
– ¿Está nevando otra vez, Mr. Conroy? – preguntó Lily.
Se le había adelantado hasta el cuarto de desahogo para ayudarle a quitarse el abrigo, y Gabriel sonrió al oír que añadía una sílaba más a su apellido. Era una muchacha delgada que aún no había parado de crecer, de tez pálida y pelo color de paja. El gas del cuartico la hacía lucir lívida. Gabriel la conoció siendo una niña que se sentaba en el último escalón a acunar a su muñeca de trapo.
– Sí, Lily – le respondió -, y me parece que tenemos para toda la noche.
Miró al cielo raso, que temblaba con los taconazos y el deslizarse de pies en el piso de arriba, atendió un momento al piano y luego echó una ojeada a la muchacha, que ya doblaba su abrigo con cuidado al fondo del estante.
– Dime, Lily – dijo en tono amistoso -, ¿vas todavía a la escuela?
– Oh, no, señor – respondió ella -, ya no más y nunca.
– Ah, pues entonces – dijo Gabriel, jovial – supongo que un día de éstos asistiremos a esa boda con tu novio ¿no?
La muchacha lo miró esquinada y dijo con honda amargura:
– Los hombres de ahora no son más que labia y lo que puedan echar mano.
Gabriel se sonrojó como si creyera haber cometido un error y, sin mirarla, se sacudió las galochas de los pies y con su bufanda frotó fuerte sus zapatos de charol.
Era un hombre joven, más bien alto y robusto. El color encarnado de sus mejillas le llegaba a la frente, donde se regaba en parches rojizos y sin forma; y en su cara desnuda brillaban sin cesar los lentes y los aros de oro de los espejuelos que amparaban sus ojos inquietos y delicados. Llevaba el brillante pelo negro partido al medio y peinado hacia atrás en una larga curva por detrás de las orejas, donde se ondeaba leve debajo de la estría que le dejaba marcada el sombrero.
Cuando le sacó bastante brillo a los zapatos, se enderezó y se ajustó el chaleco tirando de él por sobre el vientre rollizo. Luego extrajo con rapidez una moneda del bolsillo.
– Ah, Lily – dijo, poniéndosela en la mano -, es Navidad, ¿no es cierto? Aquí tienes… esto…
Caminó rápido hacia la puerta.
– ¡Oh, no, señor! – protestó la muchacha, cayéndole detrás – De veras, señor, no creo que deba.
– ¡Es Navidad! ¡Navidad! – dijo Gabriel, casi trotando hasta las escaleras y moviendo sus manos hacia ella indicando que no tenía importancia.
La muchacha, viendo que ya había ganado la escalera, gritó tras él:
– Bueno, gracias entonces, señor.
Esperaba fuera a que el vals terminara en la sala, escuchando las faldas y los pies que se arrastraban, barriéndola. Todavía se sentía desconcertado por la súbita y amarga réplica de la muchacha, que lo entristeció. Trató de disiparlo arreglándose los puños y el lazo de la corbata. Luego sacó del bolsillo del chaleco un papelito y echó una ojeada a la lista de temas para su discurso. Se sentía indeciso sobre los versos de Robert Browning porque temía que estuvieran muy por encima de sus oyentes. Sería mejor una cita que pudieran reconocer de Shakespeare o de las melodías de Thomas Moore. El grosero claqueteo de los tacones masculinos y el arrastre de suelas le recordó que el grado de cultura de ellos difería del suyo. Haría el ridículo si citaba poemas que no pudieran entender. Cometería un error con ellos como el que cometió con la muchacha en el cuarto de desahogo. Se equivocó de tono. Todo su discurso estaba equivocado de arriba abajo. Un fracaso total.
Fue entonces cuando sus tías y su mujer salieron del cuarto de vestir. Sus tías eran dos ancianas pequeñas que vestían con sencillez. Tía Julia era como una pulgada más alta. Llevaba el pelo gris, hacia atrás, en un moño a la altura de las orejas; y gris también, con sombras oscuras, era su larga cara fláccida. Aunque era robusta y caminaba erguida, los ojos lánguidos y los labios entreabiertos le daban la apariencia de una mujer que no sabia dónde estaba ni a dónde iba. Tía Kate se veía más viva. Su cara, más saludable que la de su hermana, era toda bultos y arrugas, como una manzana roja pero fruncida, y su pelo, peinado también a la antigua, no había perdido su color de castaña madura.
Las dos besaron a Gabriel, cariñosas. Era el sobrino preferido, hijo de la hermana mayor, de la difunta Ellen, la que se casó con T. J. Conroy, de los Muelles del Puerto.
– Gretta me acaba de decir que no va a regresar en coche a Monkstown esta noche, Gabriel – dijo tía Kate.
– No – dijo Gabriel, volviéndose a su esposa -, ya tuvimos bastante con el año pasado, ¿no es así? ¿No te acuerdas, tía Kate; el catarro que cogió Gretta entonces? Con las puertas del coche traqueteando todo el viaje el viento del Este dándonos de lleno en cuanto pasamos Merrion. Lindísimo. Gretta cogió un catarro de lo más malo.
Tía Kate fruncía el ceño y asentía a cada palabra.
– Muy bien dicho, Gabriel, muy bien dicho – dijo -. No hay que descuidarse nunca.
– Pero en cuanto a Gretta – dijo Gabriel -, ésta es capaz de regresar a casa a pie por entre la nieve, si por ella fuera.
Mrs. Conroy sonrió.
– No le haga caso, tía Kate – dijo -, que es demasiado precavido: obligando a Tom a usar visera verde cuando lee de noche y a hacer ejercicios, y forzando a Eva a comer potaje. ¡Pobrecita! ¡Que no lo puede ni ver!… Ah, ¿pero a que no adivinan lo que me obliga a llevar ahora?
Se deshizo en carcajadas mirando a su marido, cuyos ojos admirados y contentos iban de su vestido a su cara y su pelo. Las dos tías rieron también con ganas, ya que la solicitud de Gabril formaba parte del repertorio familiar.
-¡Galochas! – dijo Mrs. Conroy -. La última moda. Cada vez que está el suelo mojado tengo que llevar galochas. Quería que me las pusiera hasta esta noche, pero de eso nada. Si me descuido me compra un traje de bañista.
Grabriel se rió nervioso y, para darse confianza, se arregló la corbata, mientras que tía Kate se doblaba de la risa de tanto que le gustaba el cuento. La sonrisa desapareció enseguida de la cara de tía Julia y fijó sus ojos tristes en la cara de su sobrino. Después de una pausa preguntó:
– ¿Y qué son galochas, Gabriel?
– ¡Galochas, Julia! – exclamó su hermana -. Santo cielo, ¿tú no sabes lo que son galochas? Se ponen sobre los…, sobre las botas, ¿no es así, Gretta?
– Sí – dijo Mrs. Conroy -. Unas cosas de gutapercha. Los dos tenemos un par ahora. Gabriel dice que todo el mundo las usa en el continente.
– Ah, en el continente – murmuró tía Julia, moviendo la cabeza lentamente.
Gabriel frunció las cejas y dijo, como si estuviera enfadado:
– No son nada del otro mundo, pero Gretta cree que son muy cómicas porque dice que le recuerdan a los minstrels negros de Christy.
– Pero dime, Gabriel – dijo tía Kate con tacto brusco -. Claro que te ocupaste del cuarto. Gretta nos contaba que…
– Oh, lo del cuarto está resuelto – replicó Gabriel -. Tomé uno en el Gresham.
– Claro, claro – dijo tía Kate -, lo mejor que podías haber hecho. Y los niños, Gretta, ¿no te preocupan?
– Oh, no es más que por una noche – dijo Mrs. Conroy -. Además, Bessie los cuida.
– Claro, claro – dijo tía Kate de nuevo -. ¡Qué comodidad tener una muchacha así, en quien se puede confiar! Ahí tienen a esa Lily, que no sé lo que le pasa últimamente. No es la de antes.
Gabriel estuvo a punto de hacerle una pregunta a su tía sobre este asunto, pero ella dejó de prestarle atención para observar a su hermana, que se había escurrido escaleras abajo, sacando la cabeza por sobre la baranda.
– Ahora dime tú – dijo ella, como molesta -, ¿dónde irá Julia ahora? ¡Julia! ¡Julia! ¿Dónde vas tú?
Julia, que había bajado más de media escalera, regresó a decir, zalamera:
– Ahí está Freddy.
En el mismo instante unas palmadas y un floreo final del piano anunció que el vals acababa de terminar. La puerta de la sala se abrió desde dentro y salieron algunas parejas. Tía Kate se llevó a Gabriel apresuradamente a un lado y le susurró al oído:
– Sé bueno, Gabriel, y vete abajo a ver si está bien y no le dejes subir si está tomado. Estoy segura de que está tomado. Segurísima.
Gabriel se llegó a la escalera y escuchó más allá de la balaustrada. Podía oír a dos personas conversando en el cuarto de desahogo. Luego reconoció la risa de Freddy Malins. Bajó las escaleras haciendo ruido.
– Qué alivio – dijo tía Kate a Mrs. Conroy – que Gabriel esté aquí… Siempre me siento más descansada mentalmente cuando anda por aquí… Julia, aquí están Miss Daly y Miss Power, que van a tomar refrescos. Gracias por el lindo vals, Miss Daly. Un ritmo encantador.
Un hombre alto, de cara mustia, bigote de cerdas y piel oscura, que pasaba con su pareja, dijo:
-¿Podríamos también tomar nosotros un refresco, Miss Morkan?
– Julia – dijo la tía Kate, sumariamente -, y aquí están Mr. Browne y Miss Furlong. Llévatelos adentro, Julia, con Miss Daly y Miss Power.
– Yo me encargo de las damas – dijo Mr. Browne, apretando sus labios hasta que sus bigotes se erizaron para sonreír con todas sus arrugas.
– Sabe usted, Miss Morkan, la razón por la que les caigo bien a las mujeres es que…
No terminó la frase, sino que, viendo que la tía Kate estaba ya fuera de alcance, enseguida se llevó a las tres mujeres al cuarto del fondo. Dos mesas cuadradas puestas juntas ocupaban el centro del cuarto, y la tía Julia y el encargado estiraban y alisaban un largo mantel sobre ellas. En el cristalero se veían en exhibición platos y platillos y vasos y haces de cuchillos y tenedores y cucharas. La tapa del piano vertical servía como mesa auxiliar para los entremeses y los postres. Ante un aparador pequeño en un rincón dos jóvenes bebían de pie maltas amargas.
Mr. Browne dirigió su encomienda hacia ella y las invitó, en broma, a tomar un ponche femenino, caliente, fuerte y dulce. Mientras ellas protestaban no tomar tragos fuertes, él les abría tres botellas de limonada. Luego les pidió a los jóvenes que se hicieran a un lado y, tomando el frasco, se sirvió un buen trago de whisky, los jóvenes lo miraron con respeto mientras probaba un sorbo.
– Alabado sea Dios – dijo, sonriendo -, tal como me lo recetó el médico.
Su cara mustia se extendió en una sonrisa aún más abierta y las tres muchachas rieron haciendo eco musical a su ocurrencia, contoneando sus cuerpos en vaivén y dando nerviosos tirones a los hombros. La más audaz dijo:
– Ah, vamos, Mr. Browne, estoy segura de que el médico nunca le recetará una cosa así.
Mr. Browne tomó otro sorbo de su whisky y dijo con una mueca ladeada:
– Bueno, ustedes saben, yo soy como Mrs. Cassidy, que dicen que dijo: “Vamos, Mary Grimes, si no tomo un vasito, dámelo tú, que es lo que necesito”.
Su cara acalorada se inclinó hacia delante en gesto demasiado confidente y habló imitando un dejo de Dublín tan bajo que las muchachas, con idéntico instinto, escucharon su dicho en silencio. Miss Furlong, que era una de las alumnas de Mary Jane, le preguntó a Miss Daly cuál era el nombre de ese vals tan lindo que acababa de tocar, y Mr. Browne, viendo que lo ignoraban, se volvió prontamente a los jóvenes, que podían apreciarlo mejor.
Una muchacha de cara roja y vestido violeta entró en el cuarto, dando palmadas excitadas y gritando:
– ¡Contradanza! ¡Contradanza!
Pisándole los talones entró tía Kate, llamando:
– ¡Dos caballeros y tres damas, Mary Jane!
– Ah, aquí están Mr. Bergin y Mr. Kerrigan – dijo Mary Jane.
– Mr. Kerrigan ¿quiere usted escoltar a Miss Power? Miss Furlong, ¿puedo darle de pareja Mr. Bergin? Ah, ya está bien así.
– Tres damas, Mary Jane – dijo tía Kate.
Los dos jóvenes les pidieron a sus damas que si podrían tener el gusto, y Mary Jane se volvió a Miss Daly:
– Oh, Miss Daly, fue usted tan condescendiente al tocar las dos últimas piezas, pero, realmente, estamos tan cortas de mujeres esta noche…
– No me molesta en lo más mínimo, Miss Morkan.
– Pero le tengo un compañero muy agradable, Mr. Bartell D’Arcy, el tenor. Después voy a ver sicanta. Dublín entero está loco por él.
– ¡Bella voz, bella voz! – dijo la tía Kate.
Cuando el piano comenzaba por segunda vez el preludio de la primera figura, Mary Jane sacó a sus reclutas del salón rápidamente. No acababan de salir cuando entró al cuarto Julia, lentamente, mirando hacia atrás por algo.
– ¿Qué pasa, Julia? – preguntó tía Kate, ansiosa -. ¿Quién es?
Julia, que cargaba una pila de servilletas, se volvió a su hermana y dijo, simplemente, como si la pregunta la sorprendiera:
– No es más que Freddy, Kate, y Gabriel que viene con él.
De hecho detrás de ella se podía ver a Gabriel piloteando a Freddy Malins por el rellano de la escalera. El último, que tenía unos cuarenta años, era de la misma estatura y del mismo peso de Gabriel, pero de hombros caídos. Su cara era mofletuda y pálida, con toques de color sólo en los colgantes lóbulos de las orejas y en las anchas aletas nasales. Tenía facciones toscas, nariz roma, frente convexa y alta y labios hinchados y protuberantes. Los ojos de párpados pesados y el desorden de su escaso pelo le hacían parecer soñoliento. Se reía con ganas de un cuento que le venía haciendo a Gabriel por la escalera, al mismo tiempo que se frotaba un ojo con los nudillos del puño izquierdo.
– Buenas noches, Freddy – dijo tía Julia.
Freddy Malins dio las buenas noches a las señoritas Morkan de una manera que pareció desdeñosa a causa del tono habitual de su voz, y luego, viendo que Mr. Browne le sonreía desde el aparador, cruzó el cuarto con paso vacilante y empezó de nuevo el cuento que acababa de hacerle a Gabriel.
– Nose ve tan mal, ¿no es verdad? – dijo la tía Kate a Gabriel.
Las cejas de Gabriel venían fruncidas, pero las despejó enseguida para responder:
– Oh, no, ni se le nota.
– ¡Es un terrible! – dijo ella -. Y su pobre madre que lo obligó a hacer una promesa el Fin de Año. Pero por qué no pasamos al salón, Gabriel.
Antes de dejar el cuarto con Gabriel, tía Kate le hizo señas a Mr. Browne, poniendo mala cara y sacudiendo el dedo índice. Mr. Browne asintió y, cuando ella se hubo ido, le dijo a Freddy Malins:
– Vamos a ver, Teddy, que te voy a dar un buen vaso de limonada para entonarte.
Freddy Malins, que estaba acercándose al desenlace de su cuento, rechazó la oferta con un gesto impaciente, pero Mr. Browne, después de haberle llamado la atención sobre lo desgarbado de su atuendo, le llenó un vaso de limonada y se lo entregó. Freddy Malins aceptó el vaso mecánicamente con la mano izquierda, mientras que su mano derecha se encargaba de ajustar sus ropas mecánicamente. Mr. Browne, cuya cara se colmaba de regocijadas arrugas, se llenó un vaso de whisky mientras Freddy Malins estallaba, antes de llegar al momento culminante de su historia, en una explosión de carcajadas bronquiales, y dejando a un lado su vaso rebosado sin tocar, empezó a frotarse los nudillos de su mano izquierda sobre un ojo, repitiendo las palabras de su última frase cuando se lo permitía el ataque de risa.
Gabriel no soportaba la pieza que tocaba ahora Mary Jane, tan académica, llena de glissandi y de pasajes difíciles para un público respetuoso. Le gustaba la música, pero la pieza que ella tocaba no tenía melodía, según él, y dudaba que la tuviera para los demás oyentes, aunque le hubieran pedido a Mary Jane que les tocara algo. Cuatro jóvenes que vinieron del refectorio a pararse en la puerta, tan pronto como empezó a sonar el piano, se alejaron de dos en dos y en silencio después de unos acordes. Las únicas personas que parecían seguir la música eran Mary Jane, cuyas manos recorrían el teclado o se alzaban en la pausas como las de una sacerdotisa en una imprecación momentánea, y tía Kate, de pie a su lado volteando las páginas.
Los ojos de Gabriel, irritados por el piso que brillaba encerado bajo el macizo candelabro, vagaron hasta la pared sobre el piano. Colgaba allí un cromo con la escena del balcón de Romeo y Julieta, junto a una reproducción del asesinato de los principitos en la Torre que tía Julia había bordado en lana roja, azul y carmelita cuando niña. Probablemente les enseñaban a hacer esa labor en la escuela a que fueron de niñas, porque una vez su madre le bordó, para cumpleaños, un chaleco en tabinete púrpura con cabecitas de zorro, festoneado de raso castaño y con botones redondos imitando moras. Era raro que su madre no tuviera talento musical, porque tía Kate acostumbraba decir que era ‘el cerebro de la familia Morkan. Tanto ella como Julia habían parecido siempre bastante orgullosas de su hermana, tan matriarcal y tan seria. Su fotografía se veía delante del tremó. Tenía un libro abierto sobre las rodillas y le señalaba algo en él a Costantine, que, vestido de marino, estaba tumbado a sus pies. Fue ella quien puso nombre a sus hijos, sensible como era al protocolo familiar. Gracias a ella, Costantine era ahora el cura párroco de Balbriggan, y, gracias a ella, Gabriel pudo graduarse en la Universidad Real. Una sombra pasó sobre su cara al recordar su amarga oposición a su matrimonio. Algunas frases peyorativas que usó vibraban todvía en su memoria; una vez dijo que Gretta era una rubia rural y no era verdad nada. Fue Gretta quien la atendió solícita durante su larga enfermedad final en la casa de Monkstown.
Sabía que Mary Jane debía de andar cerca del final de la pieza porque estaba tocando otra vez la melodía del comienzo con sus escalas sucesivas después de cada compás, y mientras esperó a que acabara, el resentimiento se extinguió en su corazón. La pieza terminó con un trino de octavas agudas y una octava final grave. Atronadores aplausos acogieron a Mary Jane al ruborizarse mientras enrollaba nerviosamente la partitura, y salió corriendo del salón. Las palmadas más fuertes procedían de cuatro muchachones parados en la puerta, los mismos que se fueron a refrescar cuando empezó la pieza y que regresaron tan pronto el piano se quedó callado.
Alguien organizó una danza de lanceros, y Gabriel se encontró de pareja con Miss Ivors. Era una damita franca y habladora, con cara pecosa y grandes ojos castaños. No llevaba escote, y el largo broche al frente del cuello tenía un motivo irlandés.
Cuando ocuparon sus puestos, ella dijo de pronto:
– Tiene usted una cuenta pendiente conmigo.
– ¿Yo? – dijo Gabriel.
Ella asintió con gravedad.
– ¿Qué cosa es? – preguntó Gabriel, sonriéndose ante su solemnidad.
– ¿Quién es G.C.? – respondió Miss Ivors, volviéndose hacia él.
Gabriel se sonrojó, y ya iba a fruncir la cejas como si no hubiera entendido, cuando ella le dijo abiertamente:
– ¡ Ay, inocente Amy! Me enteré de que escribe usted para el Daily Express. Y bien, ¿no le da vergüenza?
– ¿Y por qué me iba a dar? – preguntó Gabriel, pestañeando, tratando de sonreir.
– Bueno, a mí me da pena – dijo Miss Ivors con franqueza -. Y pensar que escribe usted para ese bagazo. No sabía que se había vuelto usted pro-inglés.
Una mirada perpleja apareció en el rostro de Gabriel. Era verdad que escribía una columna literaria en el Daily Express los miércoles. Pero eso no lo convertía en pro-inglés. Los libros que le daban a criticar eran casi mejor bienvenidos que el mezquino cheque , ya que le deleitaba palpar la cubierta y hojear las páginas de un libro recién impreso. Casi todos los días, no bien terminaba las clases en el instituto, solía recorrer el malecón en busca de las librerías de viejo, y se iba a Hickey’s, en el Paseo del Soltero, y a Webb’s o a Massey’s, en el muelle de Aston, o a O’Clohisseys, en una calle lateral. No supo cómo afrontar la acusación. Le hubiera gustado decir que la literatura está muy por encima de los trajines políticos. Pero eran amigos de muchos años, con carreras paralelas en la universidad primero y después de maestros: no podía, pues, usar con ella una frase pomposa. Siguió pestañando y tratando de sonreír hasta que murmuró apenas que no veía nada político en hacer crítica de libros.
Cuando les llegó el turno de cruzarse todavía estaba distraído y perplejo. Miss Ivors tomó su mano en un apretón cálido y dijo en tono suavemente amistoso:
– Por supuesto, no es más que una broma. Venga, que nos toca cruzar ahora.
Cuando se juntaron de nuevo, ella habló del problema universitario y Gabriel se sintió más cómodo. Un amigo le había enseñado a ella su crítica de los poemas de Browning. Fue así como se enteró del secreto; pero le gustó muchísimo la crítica. De pronto dijo:
– Oh, Mr. Conroy, ¿por qué no viene en nuestra excursión a la isla de Arán este verano? Vamos a pasar allá un mes. Será espléndido estar en pleno Atlántico. Debía venir. Vienen Mr. Clancy y Mr. Kilkely y Kathleen Kearney. Sería formidable que Gretta viniera también. Ella es de Connacht, ¿no?
– Su familia – dijo Gabriel, corto.
– Pero vendrán los dos, ¿no es así? – dijo Miss Ivors, posando una mano cálida sobre su brazo, ansiosa.
– Lo cierto es que – dijo Gabriel – yo he quedado en ir…
– ¿A dónde? – preguntó Miss Ivors.
– Bueno, ya ve usted que todos los años hago una gira ciclista con varios compañeros, así que..
– Pero ¿por dónde? – preguntó Miss Ivors.
– Bueno, casi siempre vamos por Francia o Bélgica, tal vez por Alemania – dijo Gabriel torpemente.
– ¿Y por qué va usted a Francia y a Bélgica – dijo Miss Ivors – en vez de visitar su propio país?
– Bueno – dijo Gabriel -, en parte para mantenerme en contacto con otros idiomas y en parte por dar un cambio.
– ¿Y no tiene usted su propio idioma con que mantenerse en contacto, el irlandés? – le preguntó Miss Ivors.
– Bueno – dijo Gabriel -, en ese caso el irlandés no es mi lengua, como sabe.
Sus vecinos se volvieron a escuchar el interrogatorio. Gabriel miró a diestra y siniestra, nervioso, y trató de mantener su buen humor durante aquella inquisición que hacía que el rubor le invadiera la frente.
– ¿Y no tiene usted su tierra natal que visitar – siguió Miss Ivors -, de la que no sabe usted nada, su propio pueblo, su patria?
– Pues, a decir verdad – replicó Gabriel súbitamente-, estoy harto de este país, ¡harto!
– ¿Y por qué? – preguntó Miss Ivors.
Gabriel no respondió: su réplica lo había alterado.
– ¿Por qué? – repitió Miss Ivors.
Tenían que hacer la ronda de visitas los dos ahora, y, como todavía no había él respondido, Miss Ivors le dijo, muy acalorada:
– Por supuesto, no tiene nada que decir.
Gabriel trató de ocultar su agitación entregándose al baile con gran energía. Evitó los ojos de ella porque había notado una expresión agria en su cara. Pero cuando se encontraron de nuevo en la cadena, se sorprendió al sentir su mano apretar firme la suya. Ella lo miró de soslayo con curiosidad momentánea hasta que él sonrió. Luego, como la cadena iba a trenzarse de nuevo, ella se alzó en puntillas y le susurró al oído:
– ¡Pro-inglés!
Cuando la danza de lanceros acabó, Gabriel se fue al rincón más remoto del salón, donde estaba sentada la madre de Freddy Malins. Era una mujer rechoncha y fofa y blanca en canas. Tenía la misma voz tomada de su hijo y tartamudeaba bastante. Le habían asegurado que Freddy había llegado y que estaba bastante bien. Gabriel le preguntó si tuvo una buena travesía. Vivía con su hija casada en Glasgow y venía a Dublín de visita una vez al año. Respondió plácidamente que había sido un viaje muy lindo y que el capitán estuvo de lo más atento. También habló de la linda casa que su hija tenía en Glasgow y de los buenos amigos que tenían allá. Mientras ella le daba a la lengua, Gabriel trató de desterrar el recuerdo del desagradable incidente con Miss Ivors. Por supuesto que la muchacha o la mujer o lo que fuese era una fanática, pero había un lugar para cada cosa. Quizá no debió él responderle como lo hizo. Pero ella no tenía derecho a llamarlo pro-inglés delante de la gente, ni aún en broma. Trató de hacerlo quedar en ridículo delante de la gente, acuciándolo y clavándole sus ojos de conejo.
Vio a su mujer por entre las parejas que valseaban. Cuando llegó a su lado le dijo al oído:
– Gabriel, tía Kate quiere saber si no vas a trinchar el ganso como de costumbre. Miss Daly va a cortar el jamón y yo voy a ocuparme del pudín.
– Está bien – dijo Gabriel.
– Van a dar de comer rimero a los jóvenes, tan pronto como termine este vals, para que tengamos la mesa para nosotros solos.
– ¿Bailaste? – preguntó Gabriel.
– Por supuesto. ¿No me viste? ¿Tuviste tú unas palabras con Molly Ivors por casualidad?
– Ninguna. ¿Por qué? ¿Dijo ella eso?
– Más o menos. Estoy tratando de hacer que Mr. D’Arcy cante algo. Me parece que es de lo más vanidoso.
– No cambiamos palabras – dijo Gabriel, irritado -, sino que ella quería que yo fuera a Irlanda del Oeste y le dije que no.
Su mujer juntó las manos, excitada, y dio un saltico:
– ¡Oh, vamos, Gabriel! – gritó -. Me encantaría volver a Galway de nuevo.
– Ve tú si quieres – dijo Gabriel fríamente.
Ella lo miró un instante, se volvió luego a Mrs. Malins y dijo:
– Eso es lo que se llama un hombre agradable, Mrs. Malins.
Mientras ella se escurría a través del salón, Mrs. Malins, como si no la hubieran interrumpido, siguió contándole a Gabriel sobre los lindos lares de Escocia y sus escenarios naturales, preciosos. Su yerno las llevaba cada año a los lagos y salían de pesquería. Un día cogió él un pescado, lindísimo, así de grande, y el hombre del hotel se lo guisó para la cena.
Gabriel ni oía lo que ella decía. Ahora que se acercaba la hora de la comida empezó a pensar de nuevo en su discurso y en las citas. Cuando vio que Freddy Malins atravesaba el salón para venir a ver a su madre, Gabriel le dio su silla y se retiró al apoyo de la ventana. El salón estaba ya vacío, y del cuarto del fondo llegaba un rumor de platos y cubiertos. Los pocos que quedaban en la sala parecían hartos de bailar y conversaban quedamente en grupitos. Los cálidos dedos temblorosos de Gabriel repicaron sobre el frío cristal de la ventana. ¡Qué fresco debía hacer fuera! ¡Lo agradable que sería salir a caminar solo por la orilla del río y después atravesar el parque! La nieve se veía amontonada sobre las ramas de los árboles y poniendo un gorro refulgente al monumento a Wellington. ¡Cuánto más grato sería estar allá fuera que cenando!
Repasó los temas de su discurso: la hospitalidad irlandesa, tristes recuerdos, las Tres Gracias, París, la cita de Browning. Se repitió una frase que escribió en su crítica: “Uno siente que escucha una música acuciada por las ideas”. Miss Ivors había elogiado la crítica. ¿Sería sincera? ¿Tendría su vida propia oculta tras tanta propaganda? No había habido nunca animosidad entre ellos antes de esta ocasión. Lo enervaba pensar que ella estaría sentada a la mesa, mirándolo mientras él hablaba, con sus críticos ojos interrogantes. Tal vez no le desagradaría verlo fracasar en su discurso. Le dio valor la idea que le vino a la mente. Diría, aludiendo a tía Kate y a tía Julia: “Damas y caballeros, la generación que ahora se halla en retirada entre nosotros habrá tenido sus faltas, pero por mi parte yo creo que tuvo ciertas cualidades de hospitalidad, de humor, de humanidad, de las que la nueva generación, tan seria y supereducada, que crece ahora en nuestro seno, me parece carecer”. Muy bien dicho: que aprenda Miss Ivors. ¿Qué le importaba si sus tías no eran más que dos viejas ignorantes?
Un rumor en la sala atrajo su atención. Mr. Browne venía desde la puerta llevando galante del brazo a la tía Julia, que sonreía cabizbaja. Una salva irregular de aplausos la escoltó hasta el piano y luego, cuando Mary Jane se sentó en la banqueta y la tía Julia, dejando de sonreír, dio media vuelta para mejor proyectar su voz hacia el salón, cesaron gradualmente. Gabriel reconoció el preludio. Era una vieja canción del repertorio de la tía Julia, ataviada para el casorio. Su voz, clara y sonora, atacó los gorgoritos que adornaban la tonada, y aunque cantó muy rápido, no se comió ni una floritura. Oír la voz sin mirar la cara de la cantante era sentir y compartir la excitación de un vuelo rápido y seguro. Gabriel aplaudió ruidosamente junto con los demás cuando la canción acabó, y atronadores aplausos llegaron de la mesa invisible. Sonaban tan genuinos, que algo de rubor se esforzaba por salirle a la cara a tía Julia, cuando se agachaba para poner sobre el atril el viejo cancionero encuadernado en cuero con sus iniciales en la portada. Freddy Malins, que había ladeado la cabeza para oírla mejor, aplaudía todavía cuando todo el mundo había dejado ya de hacerlo y hablaba animado con su madre, que asentía grave y lenta en aquiescencia. Al fin, no pudiendo aplaudir más, se levantó de pronto y atravesó el salón a la carrera para llegar hasta tía Julia y tomar su mano entre las suyas, sacudiéndola cuando le faltaron las palabra o cuando el freno de su voz se hizo insoportable.
– Le estaba diciendo yo a mi madre – dijo – que nunca la había oído cantar tan bien, ¡nunca! No, nunca sonó tan bien su voz como esta noche. ¡Vaya! ¿A que no lo cree? Pero es la verdad. Palabra de honor que es la pura verdad. Nunca sonó su voz tan fresca y tan…, tan clara y tan fresca, ¡nunca!
La tía Julia sonrió ampliamente y murmuró algo sobre aquel cumplido mientras sacaba la mano del aprieto. Mr. Browne extendió una mano abierta hacia ella y dijo a los que estaban a su alrededor, como un animador que presenta un portento a la amable concurrencia:
– ¡ Miss Julia Morkan, mi último descubrimiento!
Se reía con ganas de su chiste cuando Freddy Malins se volvió a él para decirle:
– Bueno, Browne, si hablas en serio podría haber hecho otro descubrimiento peor. Todo lo que puedo decir es que nunca la había oído cantar tan bien ninguna de las veces que he estado antes aquí. Y es la pura verdad.
– Ni yo tampoco – dijo Mr. Browne -. Creo que de voz ha mejorado mucho.
Tía Julia se encogió de hombros y dijo con tímido orgullo:
– Hace treinta años mi voz, como tal, no era nada mala.
– Le he dicho a Julia muchas veces – dijo tía Kate enfática – que está malgastando su talento con ese coro. Pero nunca me quiere oír.
Se volvió como si quisiera apelar al buen sentido de los demás frente a un niño incorregible, mientras tía Julia, una vaga sonrisa reminiscente esbozándose en sus labios, miraba alelada al frente.
– Pero no – siguió tía Kate -, no deja que nadie la convenza ni la dirija, cantando como una esclava de ese coro noche y día, día y noche. ¡Desde las seis de la mañana el día de Navidad! ¿Y todo para qué?
– Bueno, ¿no sería por la honra del Señor, tía Kate? – preguntó Mary Jane, girando en la banqueta, sonriendo.
La tía Kate se volvió a su sobrina como una fiera y le dijo:
– ¡Yo me sé muy bien qué cosa es la honra del Señor, Mary Jane! Pero no creo que sea muy honrado de parte del Papa sacar de un coro a una mujer que se ha esclavizado en él toda su vida para pasarle por encima a chiquillos malcriados. Supongo que el Papa lo hará por la honra del Señor, pero no es justo, Mary Jane, y no está nada bien.
Se había fermentado apasionadamente y hubiera continuado defendiendo a su hermana porque le dolía, pero Mary Jane, viendo que los bailadores regresaban ya al salón, intervino apaciguante:
– Vamos, tía Kate, que está usted escandalizando a Mr. Browne, que tiene otras creencias.
Tía Kate se volvió a Mr. Browne, que sonreía ante esta alusión a su religión, y dijo apresurada:
– Oh, pero yo no pongo en duda que el Papa tenga razón. No soy más que una vieja estúpida y no presumo de otra cosa. Pero hay eso que se llama gratitud y cortesía cotidiana en la vida. Y si yo fuera Julia iba y se lo decía al padre Healy en su misma cara…
– Y, además, tía Kate –dijo Mary Jane -, que estamos todos con mucha hambre, y cuando tenemos hambre somos todos muy belicosos.
– Y cuando estamos sedientos también somos belicosos – añadió Mr. Browne.
– Así que más vale que vayamos a cenar –dijo Mary Jane– y dejemos la discusión para más tarde.
En el rellano de la salida de la sala, Gabriel encontró a su esposa y a Mary Jane tratando de convencer a Miss Ivors para que se quedara a cenar. Pero Miss Ivors, que se había puesto ya su sombrero y se abotonaba el abrigo, no se quería quedar. No se sentía lo más mínimo con apetito y, además, que ya se había quedado más de lo que debía.
– Pero si no son más que diez minutos, Molly – dijo Mrs. Conroy -. No es tanta la demora.
– Para que comas un bocado – dijo Mary Jane – después de tanto bailoteo.
– No puedo, de veras – dijo Miss Ivors -, pero ahora deben dejarme ir corriendo.
– Pero ¿cómo vas a llegar? – preguntó Mrs. Conroy.
– Oh, no son más que unos pasos malecón arriba.
Gabriel dudó por un momento y dijo:
– Si me lo permite, Miss Ivors, yo la acompaño. Si de veras tiene que marcharse usted.
Pero Miss Ivors se soltó de entre ellos.
– De ninguna manera – exclamó -. Por el amor de Dios, vayan a cenar y no se ocupen de mí. Ya sé cuidarme muy bien.
– Mira, Molly, que tú eres rara – dijo Mrs. Conroy con franqueza.
– Beannacht libh – gritó Miss Ivors, entre carcajadas, mientras bajaba la escalera.
Mary Jane se quedó mirándola, una expresión preocupada en su rostro, mientras Mrs. Conroy se inclinó por sobre la baranda para oír si cerraba la puerta del zaguán. Gabriel se preguntó si sería él la causa de que ella se fuera tan abruptamente. Pero no parecía estar de mal humor: se había ido riéndose a carcajadas. Se quedó mirando las escaleras distraído.
En ese momento la tía Kate salió del comedor dando tumbos, casi exprimiéndose las manos de desespero.
-¿Dónde está Gabriel? – gritó -. ¿Dónde es que está Gabriel? Todo el mundo está esperando ahí dentro con todo listo; ¡y nadie que trinche el ganso!
– ¡ Aquí estoy yo, tía Kate! – exclamó Gabriel con súbita animación -. Listo para trinchar una bandada de gansos si fuera necesario.
Un ganso gordo y pardo descansaba a un extremo de la mesa, y al otro extremo, sobre un lecho de papel plegado adornado con ramitas de perejil, reposaba un jamón grande, despellejado y rociado de migajas, las canillas guarnecidas con primorosos flecos de papel y justo al lado rodajas de carne condimentada. Entre esos extremos rivales corrían hileras paralelas de entremeses: dos seos de gelatina, roja y amarilla; un plato lleno de bloques de manjar blanco y jalea roja; un largo plato en forma de hoja con su tallo como mango, donde había montones de pasas moradas y de almendras peladas; un plato gemelo con un rectángulo de higos de Esmirna encima; un plato de natilla rebozada con polvo de nuez-moscada; un pequeño bol lleno de chocolates y caramelos envueltos en papel dorado y plateado; y un búcaro del que salían tallos de apio. En el centro de la mesa, como centinelas del frutero, que tenía una pirámide de naranjas y manzanas americanas, había dos garrafas achatadas, antiguas, de cristal tallado, una con oporto y la otra con jerez abocado. Sobre el piano cerrado aguardaba un pudín en un enorme plato amarillo, y detrás había tres pelotones de botellas de stout, de ale y de agua mineral, alineadas de acuerdo con el color de su uniforme: los primeros dos pelotones negros, con etiquetas rojas y marrón; el tercero, el más pequeño, todo de blanco con vírgulas verdes.
Gabriel tomó asiento decidido a la cabecera de la mesa y, después de revisar el filo del trinche, hundió su tenedor con firmeza en el ganso. Se sentía a sus anchas, ya que era un trinchador experto, y nada le gustaba tanto como sentarse a la cabecera de una mesa bien puesta.
– Miss Furlong, ¿qué le doy? – preguntó -. ¿Un ala o una lasca de pechuga?
– Una lasquita de pechuga.
– ¿Y para usted, Miss Higgins?
– Oh, lo que usted quiera, Mr. Conroy.
Mientras Gabriel y Miss Daly intercambiaban platos de ganso y platos de jamón y de carne aderezada, Lily iba de un huésped al otro con un plato de calientes papas boronosas envueltas en una servilleta blanca. Había sido idea de Mary Jane, y ella sugirió también salsa de manzana para el ganso, pero tía Kate dijo que había comido siempre el ganso asado simple, sin nada de salsa de manzana, y que esperaba no tener que comer nunca una cosa peor. Mary Jane atendía a sus alumnas y se ocupaba de que obtuvieran las mejores lonjas, y tía Katey tía Julia abrían y traían del piano una botella tras otra de stout y de ale para los hombres y de agua mineral para las mujeres. Reinaba gran confusión y risa y ruido: una alharaca de peticiones y contrapeticiones, de cuchillos y tenedores, de corchos y tapones de vidrio. Gabriel empezó a trinchar porciones extras tan pronto como cortó las iniciales, sin servirse. Todos protestaron tan alto que no le quedó más remedio que transigir bebiendo un largo trago de stout, ya que halló que trinchar lo sofocaba. Mary Jane se sentó a comer tranquila, pero tía Kate y tía Julia todavía daban tumbos alrededor de la mesa, pisándose mutuamente los talones y dándose una a la otra órdenes que ninguna obedecía. Mr.Browne les rogó que se sentaran a cenar y lo mismo hizo Gabriel, pero ellas respondieron que ya habría tiempo de sobra para ello. Finalmente, Freddy Malins se levantó y, capturando a tía Kate, la arrellanó en su silla en medio del regocijo general.
Cuando todo el mundo estuvo bien servido, dijo Gabriel, sonriendo:
– Ahora, si alguien quiere un poco más de lo que la gente vulgar llama relleno, que lo diga él o ella.
Un coro de voces lo conminó a empezar su cena, Lily se adelantó con tres papas que le había reservado.
– Muy bien – dijo Gabriel, amable, mientras tomaba otro sorbo preliminar -, hagan el favor de olvidarse de que existo, damas y caballeros, por unos minutos.
Se puso a comer y no tomó parte en la conversación que cubrió el ruido de la vajilla al llevársela Lily. El tema era la compañía de ópera que actuaba en el Teatro Real. El tenor, Mr. Bartell D’Arcy, hombre de tez oscura y fino bigote, elogió mucho a la primera contralto de la compañía, pero a Miss Furlong le parecía que ésta tenía una presencia escénica más bien vulgar. Freddy Malins dijo que había un negro cantando principal en la segunda tanda de la pantomima del Gaiety que tenía una de las mejores voces de tenor que él había oído.
– ¿Lo ha oído usted? – le preguntó a Mr. Bartell D’Arcy.
– No – dijo Mr. Bartell D’Arcy sin darle importancia.
– Porque – explicó Freddy Malins – tengo curiosidad por conocer su opinión. A mí me parece que tiene una gran voz.
– Y Teddy sabe lo que es bueno – dijo Mr. Browne, confianzudo, a la concurrencia.
– ¿Y por qué no va a tener él también una buena voz? – preguntó Freddy Malins en tono brusco -. ¿Por qué no es más que un negro?
Nadie respondió a su pregunta, y Mary Jane pastoreó la conversación de regreso a la ópera seria. Una de sus alumnas le había dado un pase para Mignon. Claro que era muy buena, dijo, perole recordaba a la pobre Georgina Burns. Mr. Browne se fue aún más lejos, a las viejas compañías italianas que solían visitar Dublín: Tietjens, Ilma de Mujza, Campanini, el gran Trebilli, Giuglini, Ravelli, Aramburo. Qué tiempos aquellos, dijo, cuando se oía en Dublín lo que se podía llamar bel canto. Contó cómo la tertulia del viejo Real estaba siempre de bote en bote, noche tras noche; cómo una noche un tenor italiano había dado cinco bises de Déjame caer como cae un soldado, dando el do de pecho en cada ocasión, y cómo la galería en su entusiasmo solía desenganchar los caballos del carruaje de una gran prima donna para tirar ellos del coche por las calles hasta el hotel. ¿Por qué ya o cantaban las grandes óperas, preguntó, como Dinorah, Lucrezia Borgia? Porque ya no había voces para cantarlas, por eso.
– Ah, pero –dijo Mr. Bartell D’Arcy- a mi entender, hay tan buenos cantantes hoy como entonces.
– ¿ Dónde están? – preguntó Mr. Browne, desafiante.
– En Londres, París, Milán – dijo mr. Bartell D’Arcy, acalorado -. Para mí, Caruso, por ejemplo, es tan bueno si no mejor que cualquiera de los cantantes que usted ha mencionado.
– Tal vez sea así – dijo Mr. Browne -. Pero tengo que decirle que lo dudo mucho.
– Ay, yo daría cualquier cosa por oír cantar a Caruso – dijo Mary Jane.
– Para mí – dijo tía Kate, que estaba limpiando un hueso – no ha habido más que un tenor. Quiero decir, que a mí me guste. Pero supongo que ninguno de ustedes ha oído hablar de él.
– ¿Quién es él, Miss Morkan? – preguntó Mr. Bartell D’Arcy, cortésmente.
– Su nombre – dijo tía Kate – era Parkinson. Lo oí cantar cuando estaba en su apogeo y creo que tenía la más pura voz de tenor que jamás salió de una garganta humana.
– Qué raro – dijo Mr. Bartell D’Arcy -. Nunca oí hablar de él.
– Sí, sí, tiene razón Miss Morkan – dijo Mr. Browne -. Recuerdo haber oído hablar del viejo Parkinson. Pero eso fue mucho antes de mi época.
– Una bella, pura, dulce y suave voz de tenor inglés – dijo la tía Kate entusiasmada.
Como Gabriel había terminado, se trasladó el enorme pudín a la mesa. El sonido de cubiertos comenzó otra vez. La mujer de Gabriel partía porciones del pudín y pasaba los platillos mesa abajo. A medio camino los detenía Mary Jane, quien los rellenaba con gelatina de frambuesas o de naranja o con manjar blanco o jalea. El pudín había sido hecho por tía Julia y ésta recibió elogios de todas partes. Pero ella dijo que no había quedado lo bastante “bruno”.
– Bueno, confío, Miss Morkan – dijo Mr. Browne -, en que yo sea lo bastante “bruno” para su gusto, porque, como ya sabe, yo soy todo browno.
Los hombres, con la excepción de Gabrie,l le hicieron el honor al pudín de la tía Julia. Como Gabriel nunca comía postre, le dejaron a él todo el apio. Freddy Malins también cogió un tallo y se lo comió junto con su pudín. Alguien le había dicho que el apio era lo mejor que había para la sangre, y como estaba bajo tratamiento médico… Mrs. Malins, que no había hablado durante la cena, dijo que en una semana o cosa así su hijo ingresaría en Monte Melleray. Los concurrentes todos hablaron de Monte Melleray, de lo reconstituyente que era el aire allá, de lo hospitalarios que eran los monjes y cómo nunca cobraban ni un penique a sus huéspedes.
– ¿Y me quiere usted decir – preguntó Mr. Browne, incrédulo -, que uno va allá, y se hospeda como en un hotel, y vive de lo mejor, y se va sin pagar un penique?
– Oh, la mayoría dona algo al monasterio antes de irse – dijo Mary Jane.
– Ya quisiera yo que tuviéramos una institución así en nuestra Iglesia– dijo Mr. Browne con franqueza.
Se asombró de saber que los monjes nunca hablaban, que se levantaban a las dos de la mañana y que dormían en un ataúd. Preguntó que por qué.
– Son preceptos de la orden – dijo tía Kate con firmeza.
– Sí, pero ¿por qué? – preguntó Mr. Browne.
La tía Kate repitió que eran los preceptos y así eran. A pesar de todo, Mr. Browne parecía no comprender. Freddy Malins le explicó tan bien como pudo que los monjes trataban de expiar los pecados cometidos por todos los pecadores del mundo exterior. La explicación no quedó muy clara para Mr. Browne, quien, sonriendo, dijo:
– Me gusta la idea, pero ¿no serviría una cómoda cama de muelles tan bien como un ataúd?
– El ataúd – dijo Mary Jane – es para que no olviden su último destino.
Como la conversación se hizo fúnebre, se la enterró en el silencio, en medio del cual se pudo oír a Mrs. Malins decir a su vecina en un secreto a voces:
– Son muy buenas personas los monjes, muy religiosos.
Las pasas, y las almendras, y los higos, y las manzanas y las naranjas, y los chocolates, y los caramelos, pasaron de mano en mano, y tía Julia invitó a los huéspedes a beber oporto o jerez. Al principio, Mr. Bartell D’Arcy no quiso beber nada, pero uno de sus vecinos le llamó la atención con el codo y le susurró algo al oído, ante lo cual aquél permitió que le llenaran su copa. Gradualmente, según se llenaban las copas, la conversación se detuvo. Siguió una pausa, rota sólo por el ruido del vino y las sillas al moverse. Las Morkan, las tres, bajaron la vista al mantel. Alguien tosió una o dos veces y luego unos cuantos comensales tomaron el la mesa suavemente pidiendo silencio. Cuando se hizo el silencio, Gabriel echó su silla hacia atrás y se levantó.
El tableteo creció, alentador, y luego cesó del todo. Gabriel apoyó sus diez dedos temblorosos en el mantel y sonrió, nervioso, a su público. Al enfrentarse a la fila de cabezas volteadas levantó su vista a la lámpara. El piano tocaba un vals y pudo oír las faldas frotar contra la puerta del comedor. Tal vez había alguien afuera en la calle, bajo la nieve, mirando a las ventanas alumbradas y oyendo la melodía del vals. Al aire libre, puro. A lo lejos se vería el parque con sus árboles cargados de nieve. El monumento a Wellington tendría un brillante gorro nevado refulgiendo hacia el poniente, sobre los blancos campos de Quince Acres.
Comenzó:
– Damas y caballeros: Hame tocado en suerte esta noche, como en años anteriores, cumplir una tarea muy grata, para la cual me temo, empero, que mi pobre capacidad oratoria no sea lo bastante adecuada.
– ¡De ninguna manera! – dijo Mr. Browne.
– Bien, sea como sea, sólo puedo pedirles esta noche que tomen lo dicho por lo hecho y me presten su amable atención por unos minutos, mientras trato de expresarles con palabras cuáles son mis sentimientos en esta ocasión.
– Damas y caballeros: No es la primera vez que nos reunimos bajo este hospitalario techo, alrededor de esta mesa hospitalaria. No es la primera vez que hemos sido recipendarios – o quizá sea mejor decir “víctimas” – de la hospitalidad de ciertas almas bondadosas.
Dibujó un círculo en el aire con sus brazos y se detuvo. Todo el mundo rió o sonrió hacia tía Kate, tía Julia y Mary Jane, que se ruborizaron de júbilo. Gabriel prosiguió con más audacia:
– Cada año que pasa siento con mayor fuerza que nuestro país no tiene otra tradición que honre mejor y guarde con mayor celo que la hospitalidad. Es una tradición única en mi experiencia (y he visitado no pocos países extranjeros) entre las naciones modernas. Algunos dirían, tal vez, que es más defecto que virtud de cual vanagloriarse. Pero, aún si concediéramos que fuera así, se trata, a mi entender, de un defecto principesco, que confío que cultivemos por muchos años por venir. De una cosa, por lo menos, estoy seguro. Mientras este techo cobije a las buenas almas mencionadas antes – y deseo desde el fondo de mi corazón que sea así por muchos años y muchos años por transcurrir – la tradición de genuina, cálidamente entrañable y cortés hospitalidad irlandesa, que nuestros antepasados nos legaron y que a su vez debemos legar a nuestros descendientes, palpita todavía entre nosotros.
Un cordial murmullo de asenso corrió por la mesa. Le pasó por la mente a Gabriel que Miss Ivors no estaba presente y que se había ido con descortesía, y dijo con confianza en sí mismo:
– Damas y caballeros: Una nueva generación crece en nuestro seno, una generación motivada por ideales nuevos y nuevos principios. Es ésta seria y entusiasta de estos nuevos ideales, y su entusiasmo, aún si está mal enderezado, es, creo, eminentemente sincero. Pero vivimos en tiempos escépticos y, sise me permite la frase, en una era acuciada por las ideas, y a veces que temo que esta nueva generación, educada o hipereducada como es, carecerá de aquellas cualidades de humanidad, de hospitalidad, de generoso humor que pertenecen a otros tiempos. Escuchando esta noche los nombres de esos grandes cantantes del pasado me pareció, debo confesarlo, que vivimos en época menos espaciosa. Aquéllos se pueden llamar, sin exageración, días espaciosos; y si desaparecieron sin ser recordados, esperemos que, por lo menos, en reuniones como ésta todavía hablaremos de ellos con orgullo y con afecto, que todavía atesoraremos en nuestros corazones la memoria de los grandes, muertos y desaparecidos, pero cuya fama el mundo no dejará perecer nunca de motu propio.
– ¡Así se habla! – dijo Mr. Browne bien alto.
– Pero como todo – continuó Gabriel, su voz cobrando una entonación más suave-, siempre hay en reuniones como ésta pensamientos tristes que vendrán a nuestra mente: recuerdos del pasado, de nuestra juventud, de los cambios, de esas caras ausentes que echamos de menos esta noche. Nuestro paso por la vida está cubierto de tales memorias dolorosas, y si fuéramos a cavilar sobre las mismas, no tendríamos ánimo para continuar valerosos nuestra vida cotidiana entre los seres vivientes. Tenemos todos deberes vivos y vivos afectos que reclaman, y con razón reclaman, nuestro esfuerzo más constante y tenaz.
– Por tanto, no me demoraré en el pasado. No permitiré que ninguna lúgubre reflexión moralizante se entrometa entre nosotros esta noche. Aquí estamos reunidos por un breve instante extraído de los trajines y el ajetreo de la rutina cotidiana. Nos encontramos aquí como amigos, en espíritu de fraternal compañerismo, como colegas y hasta cierto punto en verdadero espíritu de “camaradería”, y como invitados de -¿cómo podría llamarlas?– las Tres Gracias de la vida musical de Dublín.
La concurrencia rompió en risas y aplausos ante tal salida. Tía Julia pidió en vano a cada una de sus vecinas, por turno, que le dijeran lo que Gabriel había dicho.
– Dice que somos las Tres Gracias, tía Julia – dijo Mary Jane.
La tía Julia no entendió, pero levantó la vista, sonriendo, a Gabriel, que prosiguió en la misma vena:
– Damas y caballeros: No intento interpretar esta noche el papel que Paris jugó en otra ocasión. No intentaré siguiera escoger entre ellas. La tarea sería ingrata y fuera del alcance de mis pobres aptitudes, porque cuando las contemplo una a una, bien sea nuestra anfitriona mayor, cuyo buen corazón, demasiado buen corazón, se ha convertido en estribillo de todos aquellos que la conocen, o su hermana, que parece poseer el don de la eterna juventud y cuyo canto debía haber constituido una sorpresa y una revelación para nosotros esta noche, o, last but not least, cuando considero a nuestra anfitriona más joven, talentosa, animosa y trabajadora, la mejor de las sobrinas, confieso, damas y caballeros, que no sabría a quién conceder el premio.
Gabriel echó una ojeada a sus tías, y viendo la enorme sonrisa en la cara de la tía Julia y las lágrimas que brotaron a los ojos de la tía Kate, se apresuró a terminar. Levantó su copa de oporto, galante, mientras los concursantes palpaban sus respectivas copas expectantes, y dicho en alta voz:
– Brindemos por las tres juntas. Bebamos a su salud, prosperidad, larga vida, felicidad y ventura, y ojalá que continúen por largo tiempo manteniendo la posición soberana y bien ganada que tienen en nuestra profesión, y la honra y el afecto que se han ganado en nuestros corazones.
Todos los huéspedes se levantaron, copa en mano, y, volviéndose a las tres damas sentadas, cantaron al unísono, con Mr. Browne como guía:
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
¡Nadie lo puede negar!
La tía Kate hacía uso descarado de su pañuelo, y hasta tía Julia parecía conmovida. Freddy Malins marcaba el tiempo con su tenedor de postre, y los cantantes se miraron cara a cara, como en melodioso concurso, mientras cantaban con énfasis:
A menos que diga mentira,
A menos que diga mentira…
Y volviéndose una vez más a sus anfitrionas, entonaron:
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
Pues son jocosas y ufanas,
¡Nadie lo puede negar!
La aclamación que siguió fue acogida más allá de las puertas del comedor por muchos otros invitados y renovada una y otra vez, con Freddy Malins de tambor mayor, tenedor en ristre.
El frío y penetrante aire de la madrugada se coló en el salón en que esperaban, por lo que tía Kate dijo:
– Que alguien cierre esa puerta. Mrs. Malins se va a morir de frío.
– Browne está fuera, tía Kate – dijo Mary Jane.
– Browne está en todas partes – dijo tía Kate, bajando la voz.
Mary Jane se rió de su tono de voz.
– ¡Vaya – dijo socarrona – si es atento!
– Se nos ha expandido como el gas – dijo la tía Kate en el mismo tono – por todas las Navidades.
Se rió de buena gana esta vez y añadió enseguida:
– Pero dile que entre, Mary Jane, y cierra la puerta. Ojalá que no me haya oído.
En ese momento se abrió la puerta del zaguán y del portal y entró Mr. Browne, desternillándose de risa. Vestía un largo gabán verde con cuello y puños de imitación de astrakán, y llevaba en la cabeza un gorro de piel ovalado. Señaló para el malecón nevado, de donde venía un sonido penetrante de silbidos.
– Teddy va a hacer venir todos los coches de Dublín – dijo.
Gabriel avanzó del desván detrás de la oficina, luchando por meterse en su abrigo y, mirando alrededor, dijo:
– ¿No bajó ya Gretta?
– Está recogiendo sus cosas, Gabriel – dijo tía Kate.
– ¿ Quién toca arriba? –preguntó Gabriel.
– Nadie. Todos se han ido ya.
– Oh, no, tía Kate – dijo Mary Jane -. Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan no se han ido todavía.
– En todo caso, alguien teclea al piano – dijo Gabriel.
Mary Jane miró a Gabriel y a Mr. Browne y dijo, tiritando:
– Me da frío nada más de mirarlos a ustedes, caballeros, abrigados así como están. No me gustaría nada tener que hacer el viaje que van a hacer ustedes de vuelta a casa a esta hora.
– Nada me gustaría más en este momento – dijo Mr. Browne, atlético – que una crujiente caminata por el campo o una carrera con un buen trotón entre las varas.
– Antes teníamos un caballo muy bueno y coche en casa – dijo tía Julia con tristeza.
– El Nunca Olvidado Johnny – dijo Mary Jane, riendo.
La tía Kate y Gabriel rieron también.
– Vaya, ¿y qué tenía de extraordinario este Johnny? – preguntó Mr. Browne.
– El Muy Malogrado Patrick Morkan, es decir, nuestro abuelo – explicó Gabriel -, comúnmente conocido en su edad provecta como el caballero viejo, fabricaba cola.
– Ah, vamos, Gabriel – dijo tía Kate, riendo -, tenía una fábrica del almidón.
– Bien, almidón o cola – dijo Gabriel -, el caballero viejo tenía un caballo que respondía al nombre de Johnny. Y Johnny trabajaba en el molino del caballero viejo, dando vueltas y vueltas a la noria. Hasta aquí todo va bien, pero ahora viene la trágica historia de Johnny. Un buen día se le ocurrió al caballero viejo ir a dar un paseo en coche con la gente de postín a ver una parada en el bosque.
– El Señor tenga piedad de su alma – dijo tía Kate, compasiva.
– Amén – dijo Gabriel -. Así, el caballero viejo, como dije, le puso el arnés a Johnny y se puso él su mejor chistera y su mejor cuello duro y sacó su coche con mucho estilo de la mansión ancestral cerca del callejón de Back Lane, si no me equivoco.
Todos rieron, hasta Mrs. Malins, de la manera en que Gabriel lo dijo, y tía Kate dijo:
– Oh, vaya, Gabriel, que no vivía en Back Lane, vamos. Nada más que tenía allí su fábrica.
– De la casa de sus antepasados – continuó Gabriel – salió, pues, el coche tirado por Johnny. Y todo iba de lo más bien hasta que Johnny vio la estatua de Guillermito: sea porque se enamorara del caballo de Guillermito el rey o porque se creyera que estaba de regreso en la fábrica, la cuestión es que empezó a darle vueltas a la estatua.
Gabriel trotó en círculos con sus galochas en medio de la carcajada general.
– Vueltas y vueltas le daba – dijo Gabiel -, hasta que el caballero viejo, que era un viejo caballero muy pomposo, se indignó terriblemente: “¡Vamos, señor! ¿Pero qué es eso de señor? ¡Johnny! ¡Johnny! ¡Extraño comportamiento! ¡No comprendo a este caballo!”.
Las risotadas que siguieron a la interpretación que Gabriel dio al incidente quedaron interrumpidas por un resonante golpe en la puerta del zaguán. Mary Jane corrió a abrirla para dejar entrar a Freddy Malins, quien, con el sombrero bien echado hacia atrás en la cabeza y los hombros encogidos de frío, soltaba vapor después de semejante esfuerzo.
– No conseguí más que un coche – dijo.
– Bueno, encontraremos nosotros otro por el malecón – dijo Gabriel.
– Sí – dijo tía Kate -. Lo mejor es evitar que Mrs. Malins se quede ahí parada en la corriente.
Su hijo y Mr. Browne ayudaron a Mrs. Malins a bajar el quicio de la puerta y, después de muchas maniobras, la alzaron hasta el coche. Freddy Malins se encaramó detrás de ella y estuvo mucho tiempo colocándola en su asiento, ayudado por los consejos de Mr. Browne. Por fin se acomodó ella y Freddy Malins invitó a Mr. Browne a subir al coche. Se oyó una conversación confusa, y después Mr. Browne entró al coche. El cochero se arregló la manta sobre el regazo y se inclinó a preguntar la dirección. La confusión se hizo mayor, y Freddy Malins y Mr. Browne, sacando cada uno la cabeza por la ventanilla, dirigieron al cochero en direcciones distintas. El problema era saber dónde en el camino había que dejar a Mr. Browne, y tía Kate, tía Julia y Mary Jane contribuían a la discusión desde el portal con direcciones cruzadas y contradicciones y carcajadas. En cuanto a Freddy Malins, no podía hablar por la risa. Sacaba la cabeza de vez en cuando por la ventanilla, con mucho riesgo de perder el sombrero, y luego le contaba a su madre cómo iba la discusión, hasta que, finalmente, Mr. Browne le dio un grito al confundido cochero por sobre el ruido de las risas.
– ¿Sabe usted dónde queda Trinity College?
– Sí, señor – dijo el cochero.
– Muy bien, siga entonces derecho hasta dar contra la portada de Trinity College – dijo Mr. Browne -, y ya le diré yo por dónde coger. ¿Entiende ahora?
– Sí, señor – dijo el cochero.
– Volando hasta Trinity College.
– Entendido, señor – gritó el cochero.
Unos foetazos al caballo y el coche traqueteó por la orilla del río en medio de un coro de risas y de adioses.
Gabriel no había salido a la puerta con los demás. Se quedó en la oscuridad del zaguán mirando hacia la escalera. Había una mujer parado en lo alto del primer descanso, en las sombras también. No podía verle a ella la cara, pero podía ver retazos del vestido, color terracota y salmón, que la oscuridad hacía parecer blanco y negro. Era su mujer. Se apoyaba en la baranda, oyendo algo. Gabriel se sorprendió de su inmovilidad y aguzó el oído para oír el también. Pero no podía oír más que el ruido de las risas y de la discusión del portal, unos pocos acordes del piano y las notas de una canción cantada por un hombre.
Se quedó inmóvil en el zaguán sombrío, tratando de captar la canción que cantaba aquella voz y escudriñando a su mujer. Había misterio y gracia en su pose, como si fuera ella el símbolo de algo. Se preguntó de qué podía ser símbolo una mujer de pie en la escalera oyendo una melodía lejana. SI fuera pintor la pintaría en esa misma posición. El sombrero de fieltro azul destacaría el bronce de su pelo recortado en la sombra, y los fragmentos oscuros de su traje pondrían las partes claras de relieve. Lejana melodía llamaría él al cuadro si fuera pintor.
Cerraron la puerta del frente, y tía Kate, tía Julia y Mary Jane regresaron al zaguán riendo todavía.
– ¡Vaya con ese Freddy, es terrible! – dijo Mary Jane -. ¡Terrible!
Gabriel no dijo nada, sino que señaló hacia las escaleras, hacia donde estaba parada su mujer. Ahora, con la puerta del zaguán cerrada, se podían oír más claros la voz y el piano. Gabriel levantó la mano en señal de silencio. La canción parecía estar en el antiguo tono irlandés y el cantante no parecía estar seguro de la letra ni de su voz. La voz, que sonaba plañidera por la distancia y la ronquera del cantante, subrayaba débilmente las cadencias de aquella canción con palabras que expresaban tanto dolor:
Oh, la lluvia cae sobre mi pesado pelo
Y el rocío moja la piel de mi cara,
Mi hijo yace aterido de frío…
– Ay – exclamó Mary Jane -. Es Bartell D’Arcy cantando y no quiso cantar en toda la noche. Ah, voy a hacerle que cante una canción antes de irse.
– Oh, sí, Mary Jane – dijo tía Kate.
Mary Jane pasó rozando a los otros y corrió hacia la escalera, pero antes de llegar allá la música dejó de oírse y alguien cerró el piano de golpe.
– ¡Ay, qué pena! – se lamentó -. ¿Ya viene para abajo, Gretta?
Gabriel oyó a su mujer decir que sí y la vio bajar hacia ellos. Unos pasos detrás venían Bartell D’Arcy y Miss O’Callaghan.
– ¡ Oh, Mr D’Arcy – exclamó Mary Jane -, muy egoísta de su parte acabar así de pronto cuando todos le oíamos arrobados!
– He estado detrás de él toda la nocha – dijo Miss O’Callaghan -, también Mrs. Conroy, y nos decía que tiene un catarro terrible y no podía cantar.
– Ah, Mr. D’Arcy – dijo la tía Kate -, mire que decir tal embuste.
– ¿No se dan cuenta de que estoy más ronco que una rana? – dijo Mr. D’Arcy, grosero.
Entró apurado al cuarto de desahogo a ponerse su abrigo. Los demás, pasmados ante su ruda respuesta, no hallaban qué decir. Tía Kate encogió las cejas y les hizo señas a todos de que olvidaran el asunto. Mr. D’Arcy, ceñudo, se abrigaba la garganta con cuidado.
– Es el tiempo – dijo tía Julia, lueog de una pausa.
– Sí, todo el mundo tiene catarro – dijo tía Kate enseguida -, todo el mundo.
– Dicen – dijo Mary Jane – que no habíamos tenido una nevada así en treinta años; leí esta mañana en los periódicos que nieva en toda Irlanda.
– A mí me gusta ver la nieve – dijo tía Julia con tristeza.
– Y a mí – dijo Miss O’Callaghan -. Yo creo que las Navidades no son nunca verdaderas Navidades si el suelo no está nevado.
– Pero al pobre de Mr. D’Arcy no le gusta la nieve – dijo tía Kate sonriente.
Mr. D’Arcy salió del cuarto de desahogo todo abrigado y abotonado, y en son de arrepentimiento les hizo la historia del catarro. Cada uno le dio un consejo diferente, le dijeron que era una verdadera lástima y lo urgieron a que se cuidara mucho la garganta del sereno. Gabriel miraba a su mujer, que no se mezcló en la conversación. Estaba de pie debajo del reverbero y la llama del gas iluminaba el vivo bronce de su pelo, que él había visto a ella secar al fuego unos días antes. Seguía en su actitud y parecía no estar consciente de la conversación a su alrededor. Finalmente, se volvió y Gabriel pudo ver que tenía las mejillas coloradas y los ojos brillosos. Una súbita marca de alegría inundó su corazón.
– Mr. D’Arcy – dijo ella -, ¿cuál es el nombre de esa canción que usted cantó?
– Se llama La joven de Aughrim – repitió ella -. No podía recordar el nombre.
– Linda melodía – dijo Mary Jane -. Qué pena que no estuviera usted en voz esta noche.
– Vamos, Mary Jane – dijo tía Kate -. No importunes a Mr. D’Arcy. No quiero que se vaya a poner bravo.
Viendo que estaban todos listos para irse, comenzó a pastorearlos hacia la puerta, donde se despidieron:
– Bueno, tía Kate, buenas noches y gracias por la velada tan grata.
– Buenas noches, Gabriel. ¡ Buenas noches, Gretta!
– Buenas noches, tía Kate, y un millón de gracias. Buenas noches, tía Julia.
– Ah, buenas noches, Gretta, no te había visto.
– Buenas noches, Mr. D’Arcy. Buenas noches, Miss O’Callaghan.
– Buenas noches, Miss Morkan.
– Buenas noches de nuevo.
– Buenas noches a todos. Vayan con Dios.
– Buenas noches. Buenas noches.
Todavía era oscuro. Una palidez cetrina se cernía sobre las casas y el río; y el cielo parecía estar bajando. El suelo se hacía fango bajo los pies y sólo quedaban retazos de nieve sobre los techos, en el muro del malecón y en las barandas de los alrededores. Las lámparas ardían todavía con un fulgor rojo en el aire lóbrego y, al otro lado del río, el palacio de las Cuatro Cortes se erguía amenazador contra el cielo oneroso.
Caminaba ella delante de él con Mr. Bartell D’Arcy, sus zapatos en un cartucho bajo el brazo, sus manos levantando la falda del fango. No tenía ya una pose graciosa, pero los ojos de Gabriel brillaban de felicidad. La sangre golpeaba en sus venas y los pensamientos se amotinaban en su cerebro: orgullosos, regocijados, tiernos, valerosos.
Caminaba ella delante tan leve y tan erguida que él deseó caerle detrás sin ruido, tomarla por los hombros y decirle al oído algo tonto y afectuoso. Le parecía tan frágil que quería defenderla de cualquier cosa para luego quedarse solo con ella. Momentos de su vida secreta juntos fulguraron como estrellas en su memoria. Junto a la taza de té del desayuno, un sobre color heliotropo que él acariciaba con su mano. Los pájaros piaban en la enredadera y la luminosa telaraña del cortinaje cabrilleaba sobre el piso; era tan feliz que no podía probar bocado. Estaban en la concurrida plataforma y él deslizaba un billete en la cálida palma recóndita de su mano enguantada. Estaba de pie con ella a la intemperie, mirando por entre los barrotes de una ventana a un hombre haciendo botellas ante un horno rugiente. Hacía mucho frío. Su cara, reluciente por el viento helado, estaba muy cerca de la suya; y de pronto ella le llamó la atención al hombre del horno:
– Señor, ¿ese fuego está caliente?
Pero el hombre no la pudo oír con el ruido que hacía la fornalla. Más valía así. Con toda seguridad le habría respondido groseramente.
Una ola de una alegría más tierna escapó de su corazón para correrle en cálido torrente por las arterias. Como el tierno calor de las estrellas, rompieron a iluminar su memoria momentos de su vida juntos que nadie conocía, que nadie sabría nunca. Anhelaba hacerle recordar a ella todos esos momentos para hacerle olvidar su aburrida existencia juntos y que rememorara solamente los momentos de éxtasis. Ya que los años, sentía él, no habían colmado la sed de su alma o la de ella. Los hijos, sus escritos, su labor de ama de casa, no habían apagado el tierno fuego de sus almas. En una carga que le escribió por aquel tiempo, él le decía: “¿Por qué palabras como éstas me parecen tan sosas y frías? ¿Es porque no hay una palabra tan tierna que sea capaz de ser tu nombre?”
Como una melodía lejana, estas palabras que había escrito años atrás le llegaron desde el pasado. Deseaba estar a solas con ella. Cuando todos se hubieran ido, cuando estuvieran solos él y ella en la habitación del hotel, entonces estarían juntos y a solas. La llamaría quedamente:
-¡Gretta!
Tal vez no lo oyera ella enseguida: se estaría desnudando. Luego algo en su voz llamaría su atención. Se volvería ella a mirarlo…

En la esquina de Winetavern Street encontraron un coche. Se alegró de que hiciera tanto ruido, pues ahorraba la conversación. Ella miraba por la ventana y parecía cansada. Los otros hablaban apenas, señalando a un edificio o a una calle. El caballo trotaba desganado bajo el cielo sombrío, tirando de la caja crujiente tras sus cascos, y Gabriel estaba de nuevo en un coche con ella, galopando a alcanzar el barco, galopando hacia su luna de miel.
Cuando el coche atravesaba el puente O’Conell , Miss Callaghan dijo:
– Dicen que nadie cruza el puente O’Donnell sin ver un caballo blanco.
– Yo veo un hombre blanco esta vez – dijo Gabriel.
– ¿Dónde? – preguntó Mr. Bartell D’Arcy.
Gabriel señaló la estatua, en la que había parches de nieve. Luego la saludó familiarmente y levantó la mano.
– Buenas noches, Daniel – dijo alegre.
Cuando el coche arrimó ante el hotel, Gabriel saltó afuera y, a pesar de las protestas de Mr. Bartell D’Arcy, pagó al cochero. Le dio al hombre un chelín por el viaje. El hombre lo saludó y dijo:
– Próspero Año Nuevo, señor.
– Igualmente – dijo Gabriel, cordial.
Ella se apoyó un instante en su brazo al salir del coche, y luego, de pie en la acera, dándoles las buenas noches a los demás. Se sujetaba leve a su brazo, tan levemente como cuando bailó con él antes. Se sintió orgulloso y feliz entonces: feliz de estar con ella, orgulloso de su gracia y su porte señorial. Pero ahora, después de reavivar tantos recuerdos, el primer contacto con su cuerpo, armonioso y extraño y perfumado, produjo en él un agudo latido de lujuria. Aprovechándose del silencio, le apretó el brazo a su costado; y al detenerse a la puerta del hotel sintió que se habían escapado a sus vidas y a sus deberes, escapado de la familia y de los amigos, y se habían fugado juntos, sus corazones vibrantes y salvajes, en busca de una aventura nueva.
Un viejo dormitaba en uno de los grandes sillones de orejas en el vestíbulo. Encendió él una vela en la oficina y los precedió escaleras arriba. Lo siguieron en silencio, sus pies pisando sordamente los mullidos escalones alfombrados. Ella subía detrás del portero, su cabeza doblegada por el ascenso, sus frágiles hombros encorvados como por una pesada carga, su falda entallándola ceñida. Echaría los brazos alrededor de sus caderas para obligarla a detenerse, pues le temblaban de deseo de poseerla, y solamente la presión de sus uñas contra la palma de su mano mantenía bajo control el impulso de su cuerpo. El portero se paró en las escaleras a enderezar la vela que chorreaba. Se detuvieron detrás de él. En el silencio, Gabriel podía oír la esperma derretida caer goteando en la palmatoria, tanto como el latido del corazón golpeando sus costillas.
El portero los condujo a lo largo de un pasillo y abrió una puerta. Lugo puso su inestable vela en una mesita de noche y preguntó que a qué hora querían los señores despertarse.
– A las ocho – dijo Gabriel.
El portero señaló para el botón de la luz y empezó a murmurar una disculpa, pero Gabriel lo detuvo.
– No queremos luz. Hay bastante con la de la calle. Y yo diría – dijo, señalando la vela – que puede usted, amigo mío, librarnos de tan orondo instrumento.
El portero cargó con la vela otra vez, pero sin prisa, ya que se había sorprendido de idea tan novedosa. Luego murmuró las buenas noches y salió. Gabriel pasó el pestillo.
La fantasmal luz del alumbrado público iluminaba el tramo de la ventana a la puerta. Gabriel arrojó abrigo y sombrero sobre un sofá y cruzó el cuarto en dirección a la ventana. Miró hacia abajo hacia la calle para clamar su emoción un tanto. Luego se volvió a apoyarse en un armario, de espaldas a la luz. Ella se había quitado el sombrero y la capa y se paró delante de un gran espejo movible a zafarse el vestido. Gabriel se detuvo a mirarla un momento y después dijo:
– ¡Gretta!
Se volvió ella lentamente del espejo y atravesó el cuadro de luz para acercarse. Su cara lucía tan seria y fatigada que las palabras no acertaban a salir de los labios de Gabriel. No, no era el momento todavía.
– Se te ve cansada – dijo él.
– Lo estoy un poco – respondió ella.
– ¿No te sientes enferma ni débil?
– No, cansada; eso es todo.
Se fue a la ventana y se quedó allá, mirando para afuera. Gabriel esperó de nuevo y luego, temiendo que lo ganara la indecisión, dijo, abrupto:
– ¡Por cierto, Gretta!
– ¿Qué es?
– ¿Tú conoces a ese pobre tipo de Malins? – dijo rápido.
– Sí, ¿Qué le pasa?
– Nada, que el pobre e de lo más decente, después de todo – siguió Gabriel con voz falsa -. Me devolvió el soberano que le presté, y no me lo esperaba en absoluto. Es una pena que no se aleje de ese tipo Browne, pues no es mala persona.
Temblaba, molesto ¿Por qué parecía ella tan distraída? No sabía por dónde empezar. ¿Estaría molesta ella también por algo? ¡Si solamente se volviera o viniera hacia él por sí misma! Tomarla así como estaba sería bestial. No, tenía que notar un poco de pasión en sus ojos. Deseaba dominar se extraño estado de ánimo.
– ¿Cuándo le prestaste la libra? – preguntó ella después de una pausa.
Gabriel luchó por contenerse y no arrancar a maldecir brutalmente al estúpido de Malins y su libra. Anhelaba gritarle desde el fondo de su alma, estrujar su cuerpo contra el suyo, dominarla. Pero dijo:
– Oh, por Navidad, cuando abrió su tiendecita de tarjetas de felicitaciones en Henry Street.
Sufría tal fiebre de rabia y de deseo que no la oyó acercarse desde la ventana. Ella se detuvo frente a él un instante, mirándolo de modo extraño. Luego, poniéndose de pronto en puntillas y posando sus manos, leve, en sus hombros, lo besó.
– Eres tan generoso, Gabriel – dijo.
Gabriel, temblando de deleite ante su beso súbito y la rareza de su frase, le puso una mano sobre el pelo y empezó a alisárselo hacia atrás, tocándolo apenas con los dedos. El lavado se lo había puesto fino y brillante. Su corazón desbordaba de felicidad. Justo cuando lo deseaba había venido ella por su propia voluntad. Quizá sus pensamientos corrían acordes con los suyos. Quizá ella sintiera el impetuoso deseo que él guardaba dentro y su estado de ánimo imperioso la había subyugado. Ahora que ella se le había entregado tan fácilmente, se preguntó él por qué había sido tan pusilánime.
Se puso en pie, sosteniendo su cabeza entre las manos. Luego, deslizando un brazo rápidamente alrededor de su cuerpo y atrayéndola hacia él, dijo en voz baja:
– Gretta, querida, ¿en qué piensas?
No respondió ella ni cedió a su abrazo por entero. De nuevo habló él, quedo:
– Dime qué es, Gretta. Creo que sé lo que te pasa. ¿Lo sé?
No respondió ella enseguida. Luego dijo en un ataque de llanto:
– Oh, pienso en esa canción, La joven de Aughrim .
Se soltó de su abrazo y corrió hasta la cama, tirando los brazos por sobre la baranda, escondió la cara. Gabriel se quedó paralizado de asombro un momento y luego la siguió. Cuando cruzó frente al espejo giratorio se vio de lleno: el ancho pecho de la camisa, relleno; la cara, cuya expresión siempre lo intrigaba cuando la veía en un espejo, y sus relucientes espejuelos de aros de oro. Se detuvo a pocos pasos de ella y le dijo:
– ¿Qué ocurre con esa canción? ¿Por qué te hace llorar?
Ella levantó la cabeza de entre los brazos y se secó los ojos con el dorso de la mano, como un niño. Una nota más bondadosa de lo que hubiera querido se introdujo en su voz.
– ¿Por qué, Gretta? – preguntó.
– Pienso en una persona que cantaba esa canción hace tiempo.
– ¿ Y quién es esa persona? – preguntó Gabriel, sonriendo.
– Una persona que yo conocí en Galway cuando vivía con mi abuela – dijo ella.
La sonrisa se esfumó de la cara de Gabriel. Una rabia sorda le crecía de nuevo en el fondo del cerebro y el apagado fuego del deseo empezó a quemarle con furia en las venas.
– ¿Alguien de quien estuviste enamorada? – preguntó irónicamente.
– Un muchacho que yo conocí – respondió ella – que se llamaba Michael Furey. Cantaba esa canción, La joven de Aughrim. Era tan delicado.
Gabriel se quedó callado. No quería que ella supiera que estaba interesado en su muchacho delicado.
– Tal como si lo estuviera viendo – dijo un momento después -. ¡Qué ojos tenía: grandes, negros! ¡Y qué expresión en ellos…, qué expresión!
– Ah, ¿entonces estabas enamorada de él? – dijo Gabriel.
– Salía con él a pasear – dijo ella – cuando vivía en Galway.
Un pensamiento pasó por el cerebro de Gabriel.
– ¿Tal vez fuera por eso que querías ir a Galway con esa muchacha Ivors? – dijo fríamente.
Ella le meró y le preguntó, sorprendida:
– ¿Para qué?
Sus ojos hicieron que Gabriel sintiera deazón. Encogiendo los hombros, dijo:
-¿Cómo voy a saberlo yo? Para verlo, ¿no?
Retiró la mirada para recorrer con los ojos el rayo de luz hasta la ventana.
– El está muerto – dijo ella al rato -. Murió cuando apenas tenía diecisiete años. ¿No es terrible morir así tan joven?
– ¿Qué era él? – preguntó Gabriel, irónico todavía.
– Trabajaba en el gas – dijo ella.
Gabriel se sintió humillado por el fracaso de su ironía y ante la evocación de esta figura de entre los muertos: un muchacho que trabajaba en el gas. Mientras él había estado lleno de recursos de su vida secreta en común, lleno de ternura y deseo, ella lo comparaba mentalmente con el otro. Lo asaltó una vergonzante conciencia de sí mismo. Se vio como una figura ridícula, actuando como recadero de sus tías, un nervioso y bienintencionado sentimental, alardeando de orador con los humildes, idealizando hasta su visible lujuria: el lamentable tipo fatuo que había visto momentáneamente en el espejo. Instintivamente dio la espalda a la luz, no fuera que ella pudiera ver la vergüenza que le quemaba el rostro.
Trató de mantener su tono frío, de interrogatorio, pero cuando habló su voz era indiferente y humilde.
– Supongo que estarías enamorada de este Michael Furey, Gretta – dijo.
Su voz sonaba velada y triste. Gabriel, sintiendo ahora lo vano que sería tratar de llevarla más lejos de lo que se propuso, acaricio una de sus manos y dijo, él también triste:
– ¿Y de qué murió tan joven, Gretta? Tuberculoso, supongo.
– Creo que murió por mí – respondió ella.
Un terror vago se apoderó de Gabriel ante su respuesta, como si, en el momento en que confiaba triunfar, algún ser impalpable y vengativo se abalanzara sobre él, reuniendo las fuerzas de su mundo tenue para echársele encima. Pero se sacudió libre con un esfuerzo de su raciocinio y continuó acariciándole a ella la mano. No la interrogó más porque sentía que se lo contaría ella todo por sí misma. Su mano estaba húmeda y cálida, no respondía a su caricia, pero él continuaba acariciándola tal como había acariciado su primera carta aquella mañana de primavera.
– Era en invierno – dijo ella -, como al comienzo del invierno, en que yo iba a dejar a mi abuela para venir acá al convento. Y él estaba enfermo siempre en su hospedaje de Galway y no lo dejaban salir, y ya le habían escrito a su gente en Oughterard. Estaba decaído, decían, o cosa así. Nunca supe a derechas.
Hizo una mueca para suspirar.
– El pobre – dijo -. Me tenía mucho cariño y era tan gentil. Salíamos a caminar, tú sabes, Gabriel, como hacen en el campo. Hubiera estudiado canto de no haber sido por su salud. Tenía muy buena voz el pobre Michael Furey.
– Bien, ¿y entonces? – preguntó Gabriel.
– Y entonces, cuando vino la hora de dejar yo Galway y venir acá para el convento, él estaba mucho peor y no me dejaban ni ir a verlo; por lo que le escribí una carta diciéndole que me iba a Dublín y regresaba en el verano y que esperaba que estuviera mejor para entonces.
Hizo una pausa para controlar su voz y luego siguió:
– Entonces, la noche antes de irme, yo estaba en la casa de mi abuela en la Isla de las Monjas, haciendo las maletas, cuando oí que tiraban guijarros a la ventana. El cristal estaba tan anegado que no podía ver, por lo que corrí abajo así como estaba y salí al patio, y allí estaba el pobre al final del jardín, tiritando.
– ¿Y no le dijiste que se fuera para su casa? – preguntó Gabriel.
– Le rogué que regresara enseguida y le dije que se iba a morir con tanta lluvia. Pero él me dijo que no quería seguir viviendo. ¡Puedo ver sus ojos ahí mismo, “ahí mismo”! Estaba parado al final del jardín, donde había un árbol.
– ¿Y se fue? – preguntó Gabriel.
– Sí, se fue. Y cuando yo no llevaba más que una semana en el convento se murió, y lo enterraron en Oughterard, de donde era su familia. ¡Ay, el día que supe que se había muerto!
Se detuvo, ahogada en llanto, y, sobrecogida por la emoción, se tiró en la cama bocabajo, a sollozar sobre la colcha. Gabriel sostuvo su mano durante un rato sin saber qué hacer, y luego, temeroso de entrometerse en su pena, la dejó caer gentilmente y se fue, quedo, a la ventana.

Ella dormía profundamente.
Gabriel, apoyado en un codo, miró por un rato y sin resentimiento su pelo revuelto y su boca entreabierta, oyendo su respiración profunda. De manera que ella tuvo un amor así en la vida: un hombre había muerto por su causa. Apenas le dolía ahora pensar en la pobre parte que él, su marido, había jugado en su vida. La miró mientras dormía como si ella y él nunca hubieran sido marido y mujer. Sus ojos curiosos se posaron un gran rato en su cara y su pelo, y, mientras pensaba cómo habría sido ella entonces, por el tiempo de su primera belleza lozana, una extraña y amistosa lástima por ella penetró en su alma. No quería decirse a sí mismo que ya no era bella, pero sabía que su cara no era la cara por la que Michael Furey desafió la muerte.
Quizá ella no le hizo a él todo el cuento. Sus ojos se movieron a la silla sobre la que ella había tirado algunas de sus ropas. Un cordón de corpiño colgaba hasta el piso. Una bota se mantenía en pie, su caña fláccida caída; su compañera yacía recostada a su lado. Se extrañó ante sus emociones en tropel de una hora atrás. ¿De dónde provenían? De la cena de su tía, de su misma arenga idiota, del vino y del baile, de aquella alegría fabricada al dar las buenas noches en el pasillo, del placer de caminar junto al río bajo la nieve. ¡Pobre tía Julia! Ella también sería muy pronto una sombra junto a la sombra de Patrick Morkan y su caballo. Había atrapado al vuelo aquel aspecto abotargado de su rostro mientras cantaba Ataviada para el casorio. Pronto, quizá, se sentaría en aquella misma sala, vestido de luto, el negro sombrero de seda sobre las rodillas, las cortinas bajas y la tía Kate sentada a su lado, llorando y soplándose la nariz mientras le contaba de qué manera había muerto Julia. Buscaría él en su cabe algunas palabras de consuelo, pero no encontraría más que las usuales, inútiles y torpes. Sí, sí, ocurrirá muy pronto.
El aire del cuarto le helaba la espalda. Se estiró con cuidado bajo las sábanas y se echó al lado de su esposa. Uno a uno se iban convirtiendo ambos en sombras. Mejor pasar audaz al otro mundo en el apogeo de una pasión que marchitarse consumido funestamente por la vida. Penso cómo la mujer que descansaba a su lado había evocado en su corazón, durante años, la imagen de los ojos de su amante el día que él le dijo que no quería seguir viviendo.
Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Nunca había sentido aquellos por ninguna mujer, pero supo que ese sentimiento tenía que ser amor. A sus ojos las lágrimas crecieron en la oscuridad parcial del cuarto y se imaginó que veía que veía una figura de hombre, joven, de pie bajo un árbol anegado. Había otras formas próximas. Su alma se había acercado a esa región donde moran las huestes de los muertos. Estaba consciente, pero no podía aprehender sus aviesas y tenues presencias. Su propia identidad se esfumaba a un mundo impalpable y gris: el sólido mundo en que estos muertos se criaron y vivieron se disolvía consumiéndose.
Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento, vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al Poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

LA MUJER DEL VELO DE ANAIS NIN

Cierta vez, George fue a un bar sueco que le agradaba, y se sentó en una mesa, dispuesto a pasar una velada de ocio. En la mesa inmediata descubrió una pareja muy elegante y distinguida, el hombre vestido con exquisita corrección y la mujer toda de negro, con un velo que cubría su espléndido rostro y sus alhajas de colores brillantes. Ambos le sonrieron. Apenas se hablaban, como si se conocieran tanto que no tuvieran necesidad de palabras.

Los tres contemplaban la actividad del bar —parejas bebiendo juntas, una mujer bebiendo sola, un hombre en busca de aventuras— y los tres parecían estar pensando en lo mismo.

Al cabo de un rato, el hombre atildado inició una conversación con George, que no desperdició la oportunidad de poder observar a la mujer a sus anchas. La encontró aún más bella de lo que le había parecido. Pero en el momento en que esperaba que ella se sumara a la conversación, dijo a su compañero unas pocas palabras, que George no pudo captar, sonrió y se marchó. George se quedó alicaído: se había esfumado el placer de aquella noche. Por añadidura sólo tenía unos pocos dólares y no podía invitar al hombre a beber con él, para descubrir, quizá, algo más acerca de la mujer. Para su sorpresa, fue el hombre quien se volvió hacia él y dijo:

—¿Le importaría tomarse una copa conmigo?

George aceptó. Su conversación pasó de sus experiencias en materia de hoteles en el sur de Francia al reconocimiento por parte de George de que andaba muy mal de fondos. La respuesta del hombre dio a entender que resultaba sumamente fácil conseguir dinero. No aclaró cómo e hizo que George confesara un poco más.

George tenía en común con muchos hombres un defecto: cuando estaba de buen humor le gustaba contar sus hazañas. Y así lo hizo, empleando un lenguaje enrevesado. Insinuó que tan pronto ponía un pie en la calle se le presentaba alguna aventura, y afirmó que nunca andaba escaso de mujeres ni de noches interesantes.

Su compañero sonreía y escuchaba.

Cuando George hubo terminado de hablar, el hombre dijo:

—Eso era lo que yo esperaba de usted desde el momento en que lo vi. Es usted el hombre que estoy buscando. Me encuentro con un problema tremendamente delicado. Algo único. Ignoro si ha tratado mucho con mujeres difíciles y neuróticas. Pero a juzgar por lo que me ha contado diría que no. Yo sí que he tenido relaciones con esa clase de mujeres. Tal vez las atraigo. En este momento me encuentro en una situación complicada y no sé cómo salir de ella. Necesito su ayuda. Dice usted que le hace falta dinero. Bien, pues yo puedo sugerirle una manera más bien agradable de conseguirlo. Escúcheme con atención: hay una mujer rica y bellísima; en realidad, perfecta. Podría ser amada con devoción por quien ella quisiera y podría casarse con quien se le antojara. Pero por cierto perverso accidente de su naturaleza, sólo gusta de lo desconocido.

—¡A todo el mundo le gusta lo desconocido! —objetó George, pensando inmediatamente en viajes, en encuentros inesperados, en situaciones nuevas.

—No, no en ese sentido. Ella siente interés sólo por hombres a los que nunca haya visto y a los que nunca vuelva a ver. Por un hombre así hace cualquier cosa.

George rabiaba por preguntar si aquella mujer era la que había estado sentada a la mesa con ellos. Pero no se atrevía. El hombre parecía más bien molesto por tener que contar aquella historia pero, al mismo tiempo, parecía sentir un extraño impulso a hacerlo.

—Debo velar por la felicidad de esa mujer —continuó—. Lo daría todo por ella. He dedicado mi vida a satisfacer sus caprichos.

—Comprendo —dijo George—. Yo sería capaz de sentir lo mismo.

—Ahora —concluyó el elegante desconocido—, si usted quiere venir conmigo, quizá pueda resolver sus dificultades financieras por una semana y, de paso, satisfacer su deseo de aventuras.

George se ruborizó de placer. Abandonaron juntos el bar. El hombre llamó un taxi y dio a George cincuenta dólares. Dijo que tenía que vendarle los ojos para que no viera la casa ni la calle a la que iban, puesto que nunca debía repetirse aquella experiencia.

George se hallaba presa de la mayor curiosidad, con visiones obsesivas de la mujer que había conocido en el bar, evocando a cada momento su espléndida boca y sus ojos brillantes tras el velo. Lo que le había gustado en particular era el cabello; le agradaba el cabello espeso que gravitaba sobre el rostro como una graciosa carga, olorosa y rica. Era una de sus pasiones.

El trayecto no fue muy largo. Se sometió de buen grado a todo el misterio. Para no llamar la atención del conductor ni del portero, la venda le fue retirada de los ojos antes de apearse del taxi, pero el desconocido había previsto astutamente que el fulgor de las luces de la entrada cegaría a George por completo. No pudo ver nada, salvo luces brillantes y espejos.

Fue conducido a uno de los interiores más suntuosos que había visto en su vida, todo blanco y con espejos, plantas exóticas, exquisito mobiliario tapizado de damasco, y una alfombra tan blanda que no se oían sus pisadas. Se le condujo por una habitación tras otra, todas de tonos distintos, con espejos, de tal modo que perdió por completo el sentido de la perspectiva. Por fin llegaron al último cuarto, George enmudeció por la sorpresa.

Estaba en un dormitorio con una cama con dosel, puesta sobre un estrado. Había pieles por el suelo, vaporosas y blancas cortinas en las ventanas, y espejos, más espejos. Le satisfacía poder producir tantas repeticiones de sí mismo, infinitas reproducciones de un hombre apuesto a quien el misterio de la situación había conferido un fulgor de expectación y viveza que nunca había conocido. ¿Qué significaba aquello? No tuvo tiempo de preguntárselo.

La mujer del bar entró en la habitación, y nada más aparecer, el hombre que había conducido a George a aquel lugar se desvaneció.

Se había cambiado de vestido. Llevaba una llamativa túnica de raso que dejaba al descubierto sus hombros y quedaba sostenida por un volante fruncido. George experimentó el deseo de que, a un gesto suyo, el vestido cayera, se deslizara como una reluciente vaina y dejara aparecer su piel brillante, luminosa y tan suave al tacto como el raso.

Tuvo que contenerse. Aún no podía creer que aquella hermosa mujer estuviera ofreciéndose a él, un completo extraño.

Llegó a sentirse tímido. ¿Qué esperaba de él? ¿Cuál era su propósito? ¿Acaso tenía un deseo insatisfecho?

Disponía de una sola noche para ofrecerle todos sus dones de amante. Nunca volvería a verla. ¿Daría tal vez con el secreto de su naturaleza y la poseería en más de una ocasión? Se preguntaba cuántos habrían ido a aquella habitación.

Era extraordinariamente hermosa, con algo de raso y terciopelo en su persona. Sus ojos eran obscuros y húmedos, su boca refulgía, su piel reflejaba la luz. Su cuerpo, perfectamente proporcionado, combinaba las líneas incisivas de una mujer delgada y una provocativa madurez.

Tenía cintura estrecha, lo que realzaba la prominencia de sus senos. Su espalda era la de una bailarina, y cada ondulación ponía de manifiesto la opulencia de sus caderas. Sonreía. Su boca, entreabierta, era delicada y plena. George se le acercó y apoyó sus labios en aquellos hombros desnudos. Nada podía ser más suave que su piel. ¡Qué tentación de tirar del frágil vestido desde esos hombros y dejar al descubierto los pechos, tensos bajo el raso! ¡Qué tentación de desnudarla inmediatamente!

Pero George sintió que aquella mujer no podía ser tratada de manera tan sumaria, que requería sutileza y habilidad. Nunca había meditado tanto cada uno de sus gestos, nunca les había conferido tanto sentido artístico. Parecía decidido a un largo asedio, y como ella no daba señales de urgencia, se demoró sobre los hombros desnudos, inhalando el tenue y maravilloso olor que desprendía aquel cuerpo.

Hubiera podido tomarla allí y en aquel momento, tan poderoso era el encanto que exhalaba, pero primero quería que ella hiciera una señal, que se mostrara activa, y no blanda y flexible como la cera bajo sus dedos.

La mujer parecía sorprendentemente fría y dócil, como si no sintiera nada. No había un solo estremecimiento en su piel; su boca se había abierto, dispuesta a besar, pero no respondía.

Permanecieron de pie junto a la cama, sin hablar. George recorrió con sus manos las satinadas curvas de aquel cuerpo, como para familiarizarse con él. Ella se mantuvo inmóvil. A medida que la besaba y la acariciaba, George se dejó caer lentamente de rodillas. Sus dedos advirtieron la desnudez bajo el vestido. La condujo a la cama; ella se sentó. George le quitó las zapatillas y le sostuvo los pies entre sus manos.

Le sonrió, cariñosa e invitadora. El le besó los pies, y sus manos se introdujeron bajo los pliegues del largo vestido y remontaron las suaves piernas hasta los muslos.

Abandonó sus pies a las manos de George, que ahora los mantenía apretados contra su pecho, mientras sus manos acariciaban las piernas. Si la piel era fina en ellas, ¿qué no sería cerca del sexo, donde siempre es más suave? Pero ella tenía los muslos apretados, y George no pudo continuar su exploración. Se puso en pie y se inclinó para besarla. Ella se recostó y, al echarse hacia atrás, sus piernas se abrieron ligeramente.

George le paseó las manos por todo el cuerpo, como para inflamar hasta el último rincón con su contacto, acariciándola de nuevo desde los hombros hasta los pies antes de intentar deslizar la mano entre sus piernas, que se abrieron un poco más, hasta permitirle llegar muy cerca del sexo.

Los besos de George revolvieron el cabello de la mujer; su vestido había resbalado de los hombros y descubría en parte los senos. Se lo acabó de bajar con la boca, revelando los pechos que esperaba: tentadores, turgentes y de la mas fina piel, con pezones rosados como los de una adolescente.

Su complacencia le incitó casi a hacerle daño para excitarla de alguna forma. Las caricias le afectaban a él, pero no a ella. El dedo de George halló un sexo frío y suave, obediente, pero sin vibraciones.

George empezó a creer que el misterio de aquella mujer radicaba en su incapacidad para ser excitada. Pero no era posible. Su cuerpo prometía tanta sensualidad; la piel era tan sensible, tan plena su boca. Era imposible que no pudiera gozar. Ahora la acariciaba sin pausa, como en sueños, como si no tuviera prisa, aguardando a que la llama prendiera en ella.

Los espejos que los rodeaban repetían la imagen de la mujer yacente, con el vestido caído de sus pechos, sus hermosos pies descalzos colgando de la cama y sus piernas ligeramente separadas bajo la ropa.

Tenía que arrancarle el vestido del todo, acostarse en la cama con ella y sentir su cuerpo entero contra el suyo. Empezó a tirar del vestido y ella le ayudó. Su cuerpo emergió como el de Venus surgiendo del mar. La levantó para que pudiera tenderse por completo en el lecho y no dejó de besar todos los rincones de su piel.

Entonces sucedió algo extraño. Cuando se inclinó para regalar sus ojos con la belleza de aquel sexo y su color sonrosado, ella se estremeció, y George casi gritó de alegría.

—Quítate la ropa —murmuró ella.

Se desvistió. Desnudo, sabía cuál era su poder. Se sentía mejor desnudo que vestido, pues había sido atleta, nadador, excursionista y escalador. Supo que podía gustarle.

Ella le miró.

¿Se sentía complacida? Cuando se inclinó sobre ella, ¿se mostró más receptiva? No podía afirmarlo. Ahora la deseaba tanto que no podía aguardar más, quería tocarla con el extremo de su sexo, pero ella le detuvo. Antes quería besar y acariciar aquel miembro. Se entregó a la tarea con tal entusiasmo, que George se encontró con sus nalgas junto a la cara y en condiciones de besarla y acariciarla a placer.

George fue presa del deseo de explorar y tocar todos los rincones de aquel cuerpo. Separó la abertura del sexo con dos dedos y regaló sus ojos con el fulgor de la piel, el delicado fluir de la miel y el vello rizándose en torno a sus dedos. Su boca se tornó cada vez más ávida, como si se hubiera convertido en un órgano sexual autónomo capaz de gozar tanto de la mujer que si hubiera continuado lamiendo su carne hubiera alcanzado un placer absolutamente desconocido. Cuando la mordió, experimentando una sensación deliciosa, notó de nuevo que a ella la recorría un estremecimiento de placer. La apartó de su miembro a la fuerza por miedo a que pudiera obtener todo el placer limitándose a besarlo y a quedarse sin penetrarla. Era como si el gusto de la carne los volviera a ambos hambrientos. Y ahora sus bocas se mezclaban, buscándose las inquietas lenguas.

La sangre de la mujer ardía. Por fin, la lentitud de George parecía haber conseguido algo. Sus ojos brillaban intensamente y su boca no podía abandonar el cuerpo de su compañero. Entonces la tomó, pues se le ofrecía abriéndose la vulva con sus adorables dedos, como si ya no pudiera esperar más. Aun entonces suspendieron su placer, y ella sintió a George con absoluta calma.

Pero al momento señaló el espejo y dijo riendo:

—Mira, parece como si no estuviéramos haciendo el amor; como si yo estuviera sentada en tus rodillas, y tú, bribón, has estado todo el tiempo dentro de mí, e incluso te estremeces. ¡Ah, no puedo soportar más esta ficción de que no tengo nada dentro! Me está ardiendo. ¡Muévete ya, muévete!

Se arrojó sobre él, de modo que pudiera girar en torno al miembro erecto, y de esta danza erótica obtuvo un placer que la hizo gritar. Al mismo tiempo, un relámpago de éxtasis estallaba en el cuerpo de George.

Pese a la intensidad de su amor, cuando George se marchó ella no le preguntó su nombre ni le pidió que volviera. Le dio un ligero beso en sus labios, casi doloridos, y le despidió. Durante meses, el recuerdo de aquella noche le obsesionó y no pudo repetir la experiencia con ninguna otra mujer.

Un día se encontró con un amigo que acababa de cobrar unos artículos y lo invitó a beber. Contó a George la increíble historia de una escena de la que había sido testigo. Estaba gastándose pródigamente el dinero en un bar, cuando un hombre muy distinguido se le acercó y le sugirió un agradable pasatiempo: observar una magnífica escena de amor, y como el amigo de George era un voyeur redomado, aceptó la sugerencia inmediatamente. Fue conducido a una misteriosa casa, a un apartamento suntuoso, y recluido en una habitación obscura desde donde pudo contemplar cómo una ninfómana hacía el amor con un hombre especialmente dotado y potente.

A George le dio un vuelco el corazón.

—Descríbeme a esa mujer —pidió.

El amigo describió a la mujer con la que George había hecho el amor, incluido el vestido de raso. Describió también la cama con dosel, los espejos: todo. El amigo de George había pagado cien dólares por el espectáculo, pero había valido la pena y había durado horas.

UN ARDID DE GUY DE MAUPASSANT

El medico y la enferma charlaban al lado del fuego que ardía en la chimenea.

La enfermedad de Julia no era grave; era una de esas ligeras molestias que aquejan frecuentemente a las mujeres bonitas: un poco de anemia, nervios y algo de esa fatiga que sienten los recién casados al fin de su primer mes de unión, cuando ambos son jóvenes, enamorados y ardientes.
Estaba media acostada en su chaise-longue y decía: -No, doctor; yo no comprendo ni comprenderé jamás que una mujer engañe a su marido. ¡Admito que no le quiera, que no tenga en cuenta sus promesas, sus juramentos!… Pero, ¿cómo osar entregarse a otro hombre? ¿Cómo ocultar eso a los ojos del mundo? ¿Cómo es posible amar en la mentira y en la traición?
El medico contestó sonriendo:
-En cuanto a eso, es bien fácil. Crea usted que no se piensa en nada de eso; que esas reflexiones no le ocurren a la mujer que se propone engañar a su marido. Es más: estoy seguro que una mujer no está preparada para sentir el verdadero amor, sino después de haber pasado por todas las promiscuidades y todas las molestias del matrimonio que, según un ilustre pensador, no es sino un cambio de mal humor durante el día y de malos olores durante la noche. Nada más cierto. Una mujer no puede amar apasionadamente, sino después de haber estado casada.
Si se pudiera comparar con una casa, diría que no es habitable hasta que un marido ha secado los muros.
En cuanto a disimular, todas las mujeres lo saben hacer de sobra cuando llega la ocasión. Las menos experimentadas son maravillosas y salen del paso ingeniosamente en los momentos más difíciles.
La joven enferma hizo un gesto de incredulidad y contestó:
-No, doctor; no se le ocurre a una sino después, lo que debió haber hecho en las circunstancias difíciles y peligrosas; y las mujeres están siempre mucho más expuestas a aturdirse, a perder la cabeza que los hombres.
El médico exclamó con acento asombrado:
-¡Al contrario, señora! Nosotros somos los que tenemos la inspiración después… ¡pero ustedes!… Mire usted, voy a contarle una aventura que le sucedió a una clienta mía, a la que yo creía impecable, una verdadera virtud salvaje. El suceso ocurrió en una capital de provincia.
Una noche dormía profundamente y entre sueños me parecía oír que las campanas de una iglesia próxima tocaban. a fuego.
De pronto me desperté; era la campanilla de la puerta de la calle que sonaba desesperadamente; como mi criado parecía no responder, agité a mi vez el cordón que pendía junto a mi cama y a los pocos momentos el ruido de puertas al abrirse y cerrarse precipitadamente y el de unos pasos en la habitación inmediata a la mía, vino a turbar el silencio de la casa. Juan entró en mi cuarto y me entregó una carta que decía: “Madame Selictre ruega con insistencia al doctor Sileón que venga inmediatamente a su casa, calle de… número…”
Reflexioné unos instantes; pensaba: Crisis de nervios, vapores, ¡bah… bah!… tengo mucho sueño. Y contesté: “El doctor Sileón, encontrándose enfermo, ruega a su madame Seliectre tenga la bondad de dirigirse a su colega el doctor Bonnet.”
Puse la carta dentro de un sobre, se la entregué a Juan y me volví a dormir.
Apenas había transcurrido media hora, cuando la campanilla de la calle sonó de nuevo y mi criado entró diciéndome: -“Ahi está una persona, que no se a punto fijo si es hombre o mujer, tan tapada viene, que desea hablar en el acto con el señor. Dice que se trata de la vida de dos personas.”
-Que entre quien sea-dije, sentándome en la cama. Y en aquella postura esperé.
Una especie de negro fantasma apareció, y cuando Juan hubo salido se descubrió. Era madame Berta Selectri, una mujer joven, casada desde hacia tres años con un rico comerciante de la ciudad, que pasaba por haberse unido a la muchacha más bonita de la provincia.
Aquella mujer estaba horriblemente pálida y tenia ese semblante crispado de las personas dominadas por el más profundo terror: sus manos temblaban; dos veces trató de hablar: ningún sonido salió de su garganta. Al fin balbuceó:
-“Pronto… pronto… doctor… venga usted. Mi amante acaba de morir en mi propia habitación…”
Medio sofocada se detuvo; después repuso; “Mi marido va… va a volver del casino…”
Salté de la cama sin pensar que estaba en camisa y en pocos segundos me vestí.
-¿Es usted misma quien ha venido hace un rato?
Ella, de pie, como una estatua, petrificada por la angustia, murmuró: “No… ha sido mi doncella… ella lo sabe…” Después de un silencio, continuó: “Yo me quede  a su lado…” Y una especie de grito de horrible dolor salió de sus labios y rompió a llorar desconsoladamente, con sollozos y espasmos durante dos o tres minutos; de pronto sus suspiros cesaron, sus lagrimas cesaron de brotar como si las hubiera secado un fuego interior; y con un acento trágico dijo: “Vamos pronto.”
Yo estaba ya vestido, pero exclamé: “Demonio, no me he acordado de dar la orden de enganchar la berlina…” Ella respondió: “Yo he traído coche… El suyo que le esperaba a la puerta de mi casa.” Berta se envolvió, ocultando la cara bajo su abrigo y salimos.
Cuando estuvo a mi lado en la oscuridad del coche, me cogió una mano, y oprimiéndola entre sus finos dedos balbuceó con sacudidas en su voz que reflejaban la angustia de su corazón destrozado: “¡Oh, amigo mio! ¡Si usted supiera cuánto sufro! Le quería, le adoraba con locura, como una insensata, desde hace seis meses!”
Yo la pregunte: “¿Están despiertos en su casa de usted?” Berta contestó: “No, nadie, excepto Rosa, que está enterada de todo.”
El carruaje se detuvo a la puerta de su casa; todos dormían en efecto; entramos por una puerta excusada y subimos hasta el primer piso sin hacer ruido. La. doncella, azorada, estaba sentada en tierra en lo alto de la escalera, con una vela encendida y colocada sobre el suelo, no habiéndose atrevido a permanecer al lado del muerto.
Penetramos en la habitación, que se encontraba en el mayor desorden, como después de una lucha. La cama estaba completamente deshecha y una de las sábanas caía sobre la alfombra; toallas mojadas que habían servido para frotar las sienes del amante, yacían en tierra al lado de un cubo y de un jarro de agua. Un singular olor de vinagre mezclado a esencia de Loubin se esparcía por la atmósfera. El cadáver estaba extendido boca arriba en medio de la habitación. Me acerqué a él, le observé, le pulsé, abrí sus ojos, palpé sus manos; después, volviéndome hacia las dos mujeres que temblaban en un rincón del cuarto, las dije: “Ayúdenme ustedes a llevarle hasta la cama.” Le colocamos suavemente sobre el lecho: le ausculté el corazón, coloqué un espejo junto a su boca y murmuré: “No hay nada que hacer, vistámosle pronto:”
Fué aquella una escena terrible. Yo iba cogiendo uno tras otro sus miembros y los dirigía hacia los vestidos que acercaban las dos mujeres. Le pusimos las botas, los pantalones, el chaleco, después el frac, donde nos costó mucho trabajo lograr hacer entrar los brazos. Las dos mujeres se pusieron de rodillas para abrocharle los botones de las botas: yo las alumbraba con una vela, pero como los pies se habían hinchado un poco, aquella tarea se hizo horriblemente difícil. La dificultad era mayor, porque no habían encontrado a mano el abrochador, las mujeres tuvieron que hacer uso de sus horquillas.
Tan pronto come estuvo terminada la horrible toilette, contemplé nuestra obra y dije: “Convendría peinarlo un poco.” La doncella trajo el peine y el cepillo de su ama; pero como temblara y arrancase, con movimientos involuntarios, los cabellos largos y desordenados del cadáver, madame Selictre se apoderó violentamente del peine y alisó la cabellera con suavidad, con dulzura, como si estuviera acariciando una cabeza viva.
Le sacó la raya, le cepilló la barba y retorció los bigotes con sus manos, como tenía costumbre, sin duda, de hacerlo en sus amorosas familiaridades.
De pronto, arrojando lo que tenía en las manos, cogió la cabeza inerte de su amante y clavó una intensa y desesperada mirada en aquella cara inmóvil; después, dejándose caer sobre él, comenzó a abrazarle y a besarle furiosamente. Sus besos caían como golpes sobre su cerrada boca; sobre sus apagados ojos, sobre sus sienes y su frente… Y acercándose a su oído, como si hubiera podido escucharla balbuceó, repitiendo diez veces seguidas con un acento desgarrador:
-“Adiós, amor mío; adiós, amor mío…”
Un reloj dio las doce.
Ye sentí un estremecimiento: “¡Las doce ya!…, la hora en que cierran el casino… ¡Vamos, señora, energía!”
Madame Selictre se puso en pie.
-“Llevémosle al salón” -ordené a las dos mujeres; le trasladamos entre los tres y le sentamos en un sillón, después encendí las luces.
Apenas había terminado esta operación, cuando la puerta de la calle se abrió y se cerró pesadamente. Era el marido que volvía.
-¡Rosa-grité-; traiga usted las botellas y el cubo y arregle usted un poco el cuarto de la señora; pronto, despáchese usted que ya llega Mr. Selictre…
Yo oía los pasos que subían, que se acercaban… Unas manos en la sombra, palpaban los muros… Entonces dije en alta voz: “Por aquí, por aquí, Mr. Selictre; ha ocurrido un accidente desgraciado.”
Bajo el dintel de la puerta apareció el marido, estupefacto, con un cigarro en la boca y preguntando: “¿Qué? ¿Qué es?… ¿Que sucede?…”
Fui hacia él y le dije: “Querido amigo, aquí me tiene usted en un gran compromiso. He venido algo tarde con X… a charlar un rato con su mujer de usted. De pronto X… se ha desmayado, y, a pesar de nuestros cuidados, hace dos horas que permanece sin conocimiento. No he querido llamar a nadie estando yo aquí… Ayúdeme usted a bajarlo hasta el coche; voy a llevarle a su casa y allí podré cuidarle mejor…”
El marido, sorprendido, pero sin la menor desconfianza, se quitó el sombrero y tomó por debajo de los brazos a su rival, ya inofensivo. Yo lo cogí por las piernas y comenzamos a bajar la escalera alumbrados por la mujer.
Cuando llegamos delante de la puerta procuré enderezar el cadáver, hablándole para engañar al cochero: “Vamos, amigo mío, esto no será nada. Se siente usted ya mejor, ¿verdad? Vamos, un poco de valor, haga usted un esfuerzo…”
Como yo comprendía que se iba a desplomar, como sentía que se escurría entre mis manos, le di un empujón con el hombro que lo echó hacia delante, cayendo dentro del coche; yo subí tras él.
El marido, inquieto, me preguntó: -“¿Cree usted que será grave?” -“No -contesté sonriendo para tranquilizarle -y miré a su mujer. Esta había apoyado su brazo en el de su marido legítimo y tenía la mirada fija en el fondo obscuro del coche.
Les dije adiós y di al cochero orden de partir. Durante todo el camino llevé apoyada sobre mi hombro la cabeza del muerto.
Cuando llegamos a su casa dije que había perdido el conocimiento dentro del coche.
Le ayudé a subir a su cuarto, donde certifiqué la defunción y allí tuve que representar otra comedia ante la familia acongojada del dolor… Después me volví a mi casa y me metí en la cama, renegando de los enamorados.
……………………………………………………………………………………………………………………………

El doctor calló, siempre sonriente.
La joven, crispada, preguntó:
-¿Por qué me ha contado usted esa historia tan horrible?
El medico, saludando galantemente, contestó:
-Para ofrecerla a usted mis servicios si llega el caso.

LA GRAN RUEDA DE AGOTA KRISTOF

MUJR EN CALLEJONHay alguien a quién todavía no he tenido nunca ganas de matar.
Eres tú.
Puedes caminar por las calles, puedes beber y caminar por las calles, no te mataré.
No tengas miedo. La ciudad no tiene peligro. El único peligro de la ciudad soy yo.
Camino, camino por las calles y mato.
Pero no tienes nada que temer.
Te sigo porque me gusta el ritmo de tus pasos. Te tambaleas. Es hermoso. Se podría decir que cojeas. Y que estás jorobado. Pero en realidad no lo estás. De vez en cuando te enderezas y caminas recto.
Pero a mí me gustas en las horas avanzadas de la noche, cuando estás débil, cuando tropiezas, cuando te encorvas.
Te sigo, tiemblas. De frío o de miedo. Sin embargo hace calor.
Nunca, casi nunca, quizá nunca haya hecho tanto calor en nuestra ciudad.
¿De qué podrías tener miedo?
¿De mí?
No soy tu enemigo. Te quiero.
Y nadie más podría hacerte daño.
No tengas miedo. Estoy aquí. Te protejo.
Pero aún así también sufro.
Las lágrimas –grandes gotas de lluvia- me resbalan por la cara. La noche me oculta. La luna me ilumina. Las nubes me esconden. El viento me desgarra. Siento una especie de ternura por ti. Eso sólo me sucede a veces. Muy raramente.
¿Por qué tú? No lo sé.
Quiero seguirte hasta muy lejos, por todas partes, durante mucho tiempo.
Quiero verte sufrir aún más.
Quiero que estés harto de todo lo demás.
Quiero que vengas a suplicarme que te coja.
Quiere que me desees, que tengas ganas de mí, que me ames, que me llames.
Entonces te cogeré entre mis brazos, te estrecharé contra mi corazón, serás mi niño, mi amante, mi amor.
Te llevaré.
Tenías miedo de nacer y ahora tienes miedo de morir.
Tienes miedo de todo.
No hay que tener miedo.
Es sólo que hay una gran rueda que gira. Se llama Eternidad.
Yo hago girar la gran rueda.
No debes tener miedo de mí.
Ni de la gran rueda.
Lo único que puede dar miedo, que puede hacer daño, es la vida y tú ya la conoces.

LA DESCONOCIDA DEL SENA DE JULES SUPERVIELLE

LA DESCONOCIDA -Creía que una se quedaba en el fondo del río, pero ya veo que vuelve a subir -pensaba confusamente esta ahogada de diecinueve años que avanzaba entre dos aguas.

Sólo poco después de cruzar el Puente Alejandro tuvo un miedo terrible, cuando los molestos representantes de la policía fluvial la golpearon el hombro con sus garfios, tratando, en vano, de engancharla por el traje.

Felizmente, se acercaba la noche, y no insistieron.

Pescada otra vez -pensaba-. Tener que exponerse ante esas gentes sobre las losas de alguna morgue, sin poder hacer el menor movimiento de defensa ni retroceso, ni siquiera alzar el meñique. Sentirse muerta y que alguien le acaricie a una la pierna. Y ni una mujer, ni una mujer alrededor para secaros y haceros vuestro último tocado.

Había, por fin, dejado atrás París, y derivaba ahora entre márgenes decoradas con árboles y pastos; procuraba quedarse inmóvil, durante el día, en algún recodo del río para no viajar sino de noche, cuando sólo la luna y las estrellas vienen a rozarse con las escamas de los peces.

-Si pudiese llegar al mar, ahora que no temo la ola más alta.

Marchaba ignorando que sobre su rostro brillaba una sonrisa, si trémula más resistente que una sonrisa de vivo, siempre a merced de cualquiera cosa.

Llegar al mar. Estas tres palabras le venían haciendo compañía por el río. Sigue leyendo

TOBERMORY SAKI

GATOEra una tarde lluviosa y desapacible de fines de agosto durante esa estación indefinida en que las perdices están todavía a resguardo o en algún frigorífico y no hay nada que cazar, a no ser que uno se encuentre en algún lugar que limite al norte con el canal de Bristol. En tal caso se pueden perseguir legalmente robustos venados rojos. Los huéspedes de lady Blemley no estaban limitados al norte por el canal de Bristol, de modo que esa tarde estaban todos reunidos en torno a la mesa del té. Y, a pesar de la monotonía de la estación y de la trivialidad del momento, no había indicio en la reunión de esa inquietud que nace del tedio y que significa temor por la pianola y deseo reprimido de sentarse a jugar bridge. La ansiosa atención de todos se concentraba en la personalidad negativamente hogareña del señor Cornelius Appin. De todos los huéspedes de lady Blemley era el que había llegado con una reputación más vaga. Alguien había dicho que era “inteligente”, y había recibido su invitación con la moderada expectativa, de parte de su anfitriona, de que por lo menos alguna porción de su inteligencia contribuyera al entretenimiento general. No había podido descubrir hasta la hora del té en qué dirección, si la había, apuntaba su inteligencia. No se destacaba por su ingenio ni por saber jugar al croquet; tampoco poseía un poder hipnótico ni sabía organizar representaciones de aficionados. Tampoco sugería su aspecto exterior esa clase de hombres a los que las mujeres están dispuestas a perdonar un grado considerable de deficiencia mental. Había quedado reducido a un simple señor Appin y el nombre de Cornelius parecía no ser sino un transparente fraude bautismal. Y ahora pretendía haber lanzado al mundo un descubrimiento frente al cual la invención de la pólvora, la imprenta y la locomotora resultaban meras bagatelas. La ciencia había dado pasos asombrosos en diversas direcciones durante las ultimas décadas, pero esto parecía pertenecer al dominio del milagro más que al del descubrimiento científico. 

-¿Y usted nos pide realmente que creamos -decía sir Wilfred- que ha descubierto un método para instruir a los animales en el arte del habla humana, y que nuestro querido y viejo Tobermory fue el primer discípulo con el que obtuvo un resultado feliz? Sigue leyendo