La pata de mono de W. W. Jacobs

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de Laburnum Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía vivamente. Padre e hijo jugaban al ajedrez. El primero tenía ideas personales sobre el juego y ponía al rey en tan desesperados e inútiles peligros que provocaba el comentario de la vieja señora que tejía plácidamente junto a la chimenea.
—Oigan el viento —dijo el señor White; había cometido un error fatal y trataba de que su hijo no lo advirtiera.
—Lo oigo —dijo éste moviendo implacablemente la reina—. Jaque.
—No creo que venga esta noche —dijo el padre con la mano sobre el tablero.
—Mate —contestó el hijo.
—Esto es lo malo de vivir tan lejos —vociferó el señor White con imprevista y repentina violencia—. De todos los suburbios, este es el peor. El camino es un pantano. No se qué piensa la gente. Como hay sólo dos casas alquiladas, no les importa.
—No te aflijas, querido —dijo suavemente su mujer—, ganarás la próxima vez.
El señor White alzó la vista y sorprendió una mirada de complicidad entre madre e hijo. Las palabras murieron en sus labios y disimuló un gesto de fastidio.
—Ahí viene —dijo Herbert White al oír el golpe del portón y unos pasos que se acercaban. Su padre se levantó con apresurada hospitalidad y abrió la puerta; le oyeron condolerse con el recién venido.
Luego, entraron. El forastero era un hombre fornido, con los ojos salientes y la cara rojiza.
—El sargento-mayor Morris —dijo el señor White, presentándolo. El sargento les dio la mano, aceptó la silla que le ofrecieron y observó con satisfacción que el dueño de casa traía whisky y unos vasos y ponía una pequeña pava de cobre sobre el fuego.
Al tercer vaso, le brillaron los ojos y empezó a hablar. La familia miraba con interés a ese forastero que hablaba de guerras, de epidemias y de pueblos extraños.
—Hace veintiún años —dijo el señor White sonriendo a su mujer y a su hijo—. Cuando se fue era apenas un muchacho. Mírenlo ahora.
—No parece haberle sentado tan mal —dijo la señora White amablemente.
—Me gustaría ir a la India —dijo el señor White—. Sólo para dar un vistazo.
—Mejor quedarse aquí —replicó el sargento moviendo la cabeza. Dejó el vaso y, suspirando levemente, volvió a sacudir la cabeza.
—Me gustaría ver los viejos templos y faquires y malabaristas —dijo el señor White—. ¿Qué fue, Morris, lo que usted empezó a contarme los otros días, de una pata de mono o algo por el estilo?
—Nada —contestó el soldado apresuradamente—. Nada que valga la pena oír.
—¿Una pata de mono? —preguntó la señora White.
—Bueno, es lo que se llama magia, tal vez —dijo con desgana el militar.
Sus tres interlocutores lo miraron con avidez. Distraídamente, el forastero, llevó la copa vacía a los labios: volvió a dejarla. El dueño de casa la llenó.
—A primera vista, es una patita momificada que no tiene nada de particular —dijo el sargento mostrando algo que sacó del bolsillo.
La señora retrocedió, con una mueca. El hijo tomó la pata de mono y la examinó atentamente.
—¿Y qué tiene de extraordinario? —preguntó el señor White quitándosela a su hijo, para mirarla.
—Un viejo faquir le dio poderes mágicos —dijo el sargento mayor—. Un hombre muy santo… Quería demostrar que el destino gobierna la vida de los hombres y que nadie puede oponérsele impunemente. Le dio este poder: Tres hombres pueden pedirle tres deseos.
Habló tan seriamente que los otros sintieron que sus risas desentonaban.
—Y usted, ¿por qué no pide las tres cosas? —preguntó Herbert White.
El sargento lo miró con tolerancia.
—Las he pedido —dijo, y su rostro curtido palideció.
—¿Realmente se cumplieron los tres deseos? —preguntó la señora White.
—Se cumplieron —dijo el sargento.
—¿Y nadie más pidió? —insistió la señora.
—Sí, un hombre. No sé cuáles fueron las dos primeras cosas que pidió; la tercera fue la muerte. Por eso entré en posesión de la pata de mono.
Habló con tanta gravedad que produjo silencio.
—Morris, si obtuvo sus tres deseos, ya no le sirve el talismán —dijo, finalmente, el señor White—. ¿Para qué lo guarda?
El sargento sacudió la cabeza:
—Probablemente he tenido, alguna vez, la idea de venderlo; pero creo que no lo haré. Ya ha causado bastantes desgracias. Además, la gente no quiere comprarlo. Algunos sospechan que es un cuento de hadas; otros quieren probarlo primero y pagarme después.
—Y si a usted le concedieran tres deseos más —dijo el señor White—, ¿los pediría?
—No sé —contestó el otro—. No sé.
Tomó la pata de mono, la agitó entre el pulgar y el índice y la tiró al fuego. White la recogió.
—Mejor que se queme —dijo con solemnidad el sargento.
—Si usted no la quiere, Morris, démela.
—No quiero —respondió terminantemente—. La tiré al fuego; si la guarda, no me eche las culpas de lo que pueda suceder. Sea razonable, tírela.
El otro sacudió la cabeza y examinó su nueva adquisición. Preguntó:
—¿Cómo se hace?
—Hay que tenerla en la mano derecha y pedir los deseos en voz alta. Pero le prevengo que debe temer las consecuencias.
—Parece de las Mil y una noches —dijo la señora White. Se levantó a preparar la mesa—. ¿No le parece que podrían pedir para mí otro par de manos?
El señor White sacó del bolsillo el talismán; los tres se rieron al ver la expresión de alarma del sargento.
—Si está resuelto a pedir algo —dijo agarrando el brazo de White— pida algo razonable.
El señor White guardó en el bolsillo la pata de mono. Invitó a Morris a sentarse a la mesa. Durante la comida el talismán fue, en cierto modo, olvidado. Atraídos, escucharon nuevos relatos de la vida del sargento en la India.
—Si en el cuento de la pata de mono hay tanta verdad como en los otros —dijo Herbert cuando el forastero cerró la puerta y se alejó con prisa, para alcanzar el último tren—, no conseguiremos gran cosa.
—¿Le diste algo? —preguntó la señora mirando atentamente a su marido.
—Una bagatela —contestó el señor White, ruborizándose levemente—. No quería aceptarlo, pero lo obligué. Insistió en que tirara el talismán.
—Sin duda —dijo Herbert, con fingido horror—, seremos felices, ricos y famosos. Para empezar tienes que pedir un imperio, así no estarás dominado por tu mujer.
El señor White sacó del bolsillo el talismán y lo examinó con perplejidad.
—No se me ocurre nada para pedirle —dijo con lentitud—. Me parece que tengo todo lo que deseo.
—Si pagaras la hipoteca de la casa serías feliz, ¿no es cierto? —dijo Herbert poniéndole la mano sobre el hombro—. Bastará con que pidas doscientas libras.
El padre sonrió avergonzado de su propia credulidad y levantó el talismán; Herbert puso una cara solemne, hizo un guiño a su madre y tocó en el piano unos acordes graves.
—Quiero doscientas libras —pronunció el señor White.
Un gran estrépito del piano contestó a sus palabras. El señor White dio un grito. Su mujer y su hijo corrieron hacia él.
—Se movió —dijo, mirando con desagrado el objeto, y lo dejó caer—. Se retorció en mi mano como una víbora.
—Pero yo no veo el dinero —observó el hijo, recogiendo el talismán y poniéndolo sobre la mesa—. Apostaría que nunca lo veré.
—Habrá sido tu imaginación, querido —dijo la mujer, mirándolo ansiosamente.
Sacudió la cabeza.
—No importa. No ha sido nada. Pero me dio un susto.
Se sentaron junto al fuego y los dos hombres acabaron de fumar sus pipas. El viento era más fuerte que nunca. El señor White se sobresaltó cuando golpeó una puerta en los pisos altos. Un silencio inusitado y deprimente los envolvió hasta que se levantaron para ir a acostarse.
—Se me ocurre que encontrarás el dinero en una gran bolsa, en medio de la cama —dijo Herbert al darles las buenas noches—. Una aparición horrible, agazapada encima del ropero, te acechará cuando estés guardando tus bienes ilegítimos.
Ya solo, el señor White se sentó en la oscuridad y miró las brasas, y vio caras en ellas. La última era tan simiesca, tan horrible, que la miró con asombro; se rió, molesto, y buscó en la mesa su vaso de agua para echárselo encima y apagar la brasa; sin querer, tocó la pata de mono; se estremeció, limpió la mano en el abrigo y subió a su cuarto.
A la mañana siguiente, mientras tomaba el desayuno en la claridad del sol invernal, se rió de sus temores. En el cuarto había un ambiente de prosaica salud que faltaba la noche anterior; y esa pata de mono; arrugada y sucia, tirada sobre el aparador, no parecía terrible.
—Todos los viejos militares son iguales —dijo la señora White—. ¡Qué idea, la nuestra, escuchar esas tonterías! ¿Cómo puede creerse en talismanes en esta época? Y si consiguieras las doscientas libras, ¿qué mal podrían hacerte?
—Pueden caer de arriba y lastimarte la cabeza —dijo Herbert.
—Según Morris, las cosas ocurrían con tanta naturalidad que parecían coincidencias —dijo el padre.
—Bueno, no vayas a encontrarte con el dinero antes de mi vuelta —dijo Herbert, levantándose de la mesa—. No sea que te conviertas en un avaro y tengamos que repudiarte.
La madre se rió, lo acompañó hasta afuera y lo vio alejarse por el camino; de vuelta a la mesa del comedor, se burló de la credulidad del marido.
Sin embargo, cuando el cartero llamó a la puerta corrió a abrirla, y cuando vio que sólo traía la cuenta del sastre se refirió con cierto malhumor a los militares de costumbres intemperantes.
—Me parece que Herbert tendrá tema para sus bromas —dijo al sentarse.
—Sin duda —dijo el señor White—. Pero, a pesar de todo, la pata se movió en mi mano. Puedo jurarlo.
—Habrá sido en tu imaginación —dijo la señora suavemente.
—Afirmo que se movió. Yo no estaba sugestionado. Era… ¿Qué sucede?
Su mujer no le contestó. Observaba los misteriosos movimientos de un hombre que rondaba la casa y no se decidía a entrar. Notó que el hombre estaba bien vestido y que tenía una galera nueva y reluciente; pensó en las doscientas libras. El hombre se detuvo tres veces en el portón; por fin se decidió a llamar.
Apresuradamente, la señora White se quitó el delantal y lo escondió debajo del almohadón de la silla.
Hizo pasar al desconocido. Éste parecía incómodo. La miraba furtivamente, mientras ella le pedía disculpas por el desorden que había en el cuarto y por el guardapolvo del marido. La señora esperó cortésmente que les dijera el motivo de la visita; el desconocido estuvo un rato en silencio.
—Vengo de parte de Maw & Meggins —dijo por fin.
La señora White tuvo un sobresalto.
—¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Le ha sucedido algo a Herbert?
Su marido se interpuso.
—Espera, querida. No te adelantes a los acontecimientos. Supongo que usted no trae malas noticias, señor.
Y lo miró patéticamente.
—Lo siento… —empezó el otro.
—¿Está herido? —preguntó, enloquecida, la madre.
El hombre asintió.
—Mal herido —dijo pausadamente—. Pero no sufre.
—Gracias a Dios —dijo la señora White, juntando las manos—. Gracias a Dios.
Bruscamente comprendió el sentido siniestro que había en la seguridad que le daban y vio la confirmación de sus temores en la cara significativa del hombre. Retuvo la respiración, miró a su marido que parecía tardar en comprender, y le tomó la mano temblorosamente. Hubo un largo silencio.
—Lo agarraron las máquinas —dijo en voz baja el visitante.
—Lo agarraron las máquinas —repitió el señor White, aturdido.
Se sentó, mirando fijamente por la ventana; tomó la mano de su mujer, la apretó en la suya, como en sus tiempos de enamorados.
—Era el único que nos quedaba —le dijo al visitante—. Es duro.
El otro se levantó y se acercó a la ventana.
—La compañía me ha encargado que le exprese sus condolencias por esta gran pérdida —dijo sin darse la vuelta—. Le ruego que comprenda que soy tan sólo un empleado y que obedezco las órdenes que me dieron.
No hubo respuesta. La cara de la señora White estaba lívida.
—Se me ha comisionado para declararles que Maw & Meggins niegan toda responsabilidad en el accidente —prosiguió el otro—. Pero en consideración a los servicios prestados por su hijo, le remiten una suma determinada.
El señor White soltó la mano de su mujer y, levantándose, miró con terror al visitante. Sus labios secos pronunciaron la palabra: ¿cuánto?
—Doscientas libras —fue la respuesta.
Sin oir el grito de su mujer, el señor White sonrió levemente, extendió los brazos, como un ciego, y se desplomó, desmayado.
En el cementerio nuevo, a unas dos millas de distancia, marido y mujer dieron sepultura a su muerto y volvieron a la casa transidos de sombra y de silencio.
Todo pasó tan pronto que al principio casi no lo entendieron y quedaron esperando alguna otra cosa que les aliviara el dolor. Pero los días pasaron y la expectativa se transformó en resignación, esa desesperada resignación de los viejos, que algunos llaman apatía. Pocas veces hablaban, porque no tenían nada que decirse; sus días eran interminables hasta el cansancio.
Una semana después, el señor White, despertándose bruscamente en la noche, estiró la mano y se encontró solo.
El cuarto estaba a oscuras; oyó cerca de la ventana, un llanto contenido. Se incorporó en la cama para escuchar.
—Vuelve a acostarte —dijo tiernamente—. Vas a coger frío.
—Mi hijo tiene más frío —dijo la señora White y volvió a llorar.
Los sollozos se desvanecieron en los oídos del señor White. La cama estaba tibia, y sus ojos pesados de sueño. Un despavorido grito de su mujer lo despertó.
—La pata de mono —gritaba desatinadamente—, la pata de mono.
El señor White se incorporó alarmado.
—¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Qué sucede?
Ella se acercó:
—La quiero. ¿No la has destruido?
—Está en la sala, sobre la repisa —contestó asombrado—. ¿Por qué la quieres?
Llorando y riendo se inclinó para besarlo, y le dijo histéricamente:
—Sólo ahora he pensado… ¿Por qué no he pensado antes? ¿Por qué tú no pensaste?
—¿Pensaste en qué? —preguntó.
—En los otros dos deseos —respondió en seguida—. Sólo hemos pedido uno.
—¿No fue bastante?
—No —gritó ella triunfalmente—. Le pediremos otro más. Búscala pronto y pide que nuestro hijo vuelva a la vida.
El hombre se sentó en la cama, temblando.
—Dios mío, estás loca.
—Búscala pronto y pide —le balbuceó—; ¡mi hijo, mi hijo!
El hombre encendió la vela.
—Vuelve a acostarte. No sabes lo que estás diciendo.
—Nuestro primer deseo se cumplió. ¿Por qué no hemos de pedir el segundo?
—Fue una coincidencia.
—Búscala y desea —gritó con exaltación la mujer.
El marido se volvió y la miró:
—Hace diez días que está muerto y además, no quiero decirte otra cosa, lo reconocí por el traje. Si ya entonces era demasiado horrible para que lo vieras…
—¡Tráemelo! —gritó la mujer arrastrándolo hacia la puerta—. ¿Crees que temo al niño que he criado?
El señor White bajó en la oscuridad, entró en la sala y se acercó a la repisa.
El talismán estaba en su lugar. Tuvo miedo de que el deseo todavía no formulado trajera a su hijo hecho pedazos, antes de que él pudiera escaparse del cuarto.
Perdió la orientación. No encontraba la puerta. Tanteó alrededor de la mesa y a lo largo de la pared y de pronto se encontró en el zaguán, con el maligno objeto en la mano.
Cuando entró en el dormitorio, hasta la cara de su mujer le pareció cambiada. Estaba ansiosa y blanca y tenía algo sobrenatural. Le tuvo miedo.
—¡Pídelo! —gritó con violencia.
—Es absurdo y perverso —balbuceó.
—Pídelo —repitió la mujer.
El hombre levantó la mano:
—Deseo que mi hijo viva de nuevo.
El talismán cayó al suelo. El señor White siguió mirándolo con terror. Luego, temblando, se dejó caer en una silla mientras la mujer se acercó a la ventana y levantó la cortina. El hombre no se movió de allí, hasta que el frío del alba lo traspasó. A veces miraba a su mujer que estaba en la ventana. La vela se había consumido; hasta casi apagarse. Proyectaba en las paredes y el techo sombras vacilantes.
Con un inexplicable alivio ante el fracaso del talismán, el hombre volvió a la cama; un minuto después, la mujer, apática y silenciosa, se acostó a su lado.
No hablaron; escuchaban el latido del reloj. Crujió un escalón. La oscuridad era opresiva; el señor White juntó coraje, encendió un fósforo y bajó a buscar una vela.
Al pie de la escalera el fósforo se apagó. El señor White se detuvo para encender otro; simultáneamente resonó un golpe furtivo, casi imperceptible, en la puerta de entrada.
Los fósforos cayeron. Permaneció inmóvil, sin respirar, hasta que se repitió el golpe. Huyó a su cuarto y cerró la puerta. Se oyó un tercer golpe.
—¿Qué es eso? —gritó la mujer.
—Un ratón —dijo el hombre—. Un ratón. Se me cruzó en la escalera.
La mujer se incorporó. Un fuerte golpe retumbó en toda la casa.
—¡Es Herbert! ¡Es Herbert! —La señora White corrió hacia la puerta, pero su marido la alcanzó.
—¿Qué vas a hacer? —le dijo ahogadamente.
—¡Es mi hijo; es Herbert! —gritó la mujer, luchando para que la soltara—. Me había olvidado de que el cementerio está a dos millas. Suéltame; tengo que abrir la puerta.
—Por amor de Dios, no lo dejes entrar —dijo el hombre, temblando.
—¿Tienes miedo de tu propio hijo? —gritó—. Suéltame. Ya voy, Herbert; ya voy.
Hubo dos golpes más. La mujer se libró y huyó del cuarto. El hombre la siguió y la llamó, mientras bajaba la escalera. Oyó el ruido de la tranca de abajo; oyó el cerrojo; y luego, la voz de la mujer, anhelante:
—La tranca —dijo—. No puedo alcanzarla.
Pero el marido, arrodillado, tanteaba el piso, en busca de la pata de mono.
—Si pudiera encontrarla antes de que eso entrara…
Los golpes volvieron a resonar en toda la casa. El señor White oyó que su mujer acercaba una silla; oyó el ruido de la tranca al abrirse; en el mismo instante encontró la pata de mono y, frenéticamente, balbuceó el tercer y último deseo.
Los golpes cesaron de pronto; aunque los ecos resonaban aún en la casa. Oyó retirar la silla y abrir la puerta. Un viento helado entró por la escalera, y un largo y desconsolado alarido de su mujer le dio valor para correr hacia ella y luego hasta el portón. El camino estaba desierto y tranquilo.

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Chertogón deNikolái Semënovic Leskov

Se trata de algo que sólo puede presenciarse en Moscú, y eso, teniendo mucha suerte y buenas aldabas.

Yo presencié una vez esta especie de rito, desde el comienzo hasta el final, gracias a una feliz coincidencia, y quiero describirlo para los verdaderos entendidos y amantes de todo lo serio y grandioso que tiene sabor popular.

Aunque por una rama pertenezco a la nobleza, por la otra estoy cerca del «pueblo»: mi madre desciende de una familia de comerciantes. Al casarse abandonaba una casa muy rica, pero no hacía una boda de conveniencias, sino que se marchaba por amor a mi padre. Mi difunto padre era famoso por sus galanteos y siempre lograba lo que se proponía. Lo mismo le sucedió con mi madre. Sólo que, debido a esta habilidad, mis abuelos no dotaron a mi madre y sólo le dieron, como es natural, sus vestidos, la ropa de cama y las arras, que recibió a la vez que su perdón y su bendición eterna. Mis padres vivían en Oriol, con estrechez, pero también con dignidad, sin pedirles nada a los acaudalados familiares de mi madre ni mantener tampoco trato con ellos. Sin embargo, cuando llegó para mí el momento de marcharme a estudiar a la Universidad, me dijo mi madre:

-Haz el favor de visitar a tu tío Ilyá Fedoséievich y saludarlo de mi parte. No es una humillación, pues se debe respetar a los parientes de más edad. Ilyá es hermano mío, y un hombre muy piadoso, además, que goza de gran consideración en Moscú. Él presenta el pan y la sal siempre que se recibe a algún personaje… siempre está delante de todos con la bandeja o con una imagen… Frecuenta la casa del gobernador general y del metropolita… Puede aconsejarte bien.

Y aunque por entonces yo no creía en Dios después de estudiar el catecismo de Filaret, como le profesaba gran cariño a mi madre me dije un día: «Llevo ya cerca de un año en Moscú, y todavía no he cumplido el encargo de mi madre. Ahora mismo voy a casa del tío Ilyá Fedoséievich. Le haré una visita, le transmitiré los saludos de mi madre y veré si me da efectivamente buenos consejos.»

Desde niño me habían inculcado el hábito de mostrarme deferente con las personas mayores, cuanto más si eran conocidas del metropolita y de los gobernadores.

Conque, me puse en pie, me cepillé la ropa y fui a ver al tío Ilyá Fedoséievich.

II

Serían las seis de la tarde aproximadamente. Hacía un tiempo tibio, suave, algo nublado… Muy buen tiempo, en fin. La casa de mi tío -una de las principales de Moscú- era conocida de todo el mundo. Sólo que yo nunca había estado en ella ni tampoco había visto a mi tío, ni siquiera de lejos.

Sin embargo, me puse en camino tan campante, pensando: «Si me recibe, bien; si no me recibe, allá él.»

Cuando llegué esperaban delante de la entrada principal unos magníficos caballos moros, con las crines sueltas y el pelo lustroso como el raso, enganchados a una calesa.

Subí al balcón y dije que era fulano de tal, sobrino del señor, estudiante, y quería que me anunciaran a Ilyá Fedoséievich. Los criados contestaron:

-El señor baja ahora mismo. Va a dar un paseo en coche.

Y apareció un personaje de aspecto muy corriente, muy ruso, aunque bastante majestuoso. A pesar de que tenía en los ojos cierto parecido con mi madre, la expresión era distinta: la mirada de lo que se dice un hombre de peso.

Me presenté. Mi tío me escuchó en silencio, me tendió la mano lentamente y dijo:

-Sube. Daremos un paseo.

Yo quería negarme, pero me quedé algo cohibido y subí al coche.

-¡Al parque! -ordenó mi tío.

Los caballos arrancaron, partieron como flechas haciendo rebotar ligeramente el coche y, ya fuera de la ciudad, aceleraron aún más su carrera.

Así íbamos, sin decir ni una palabra, pero advertí que mi tío se había encajado el sombrero de copa hasta las mismas cejas y tenía en el rostro una mueca de aburrimiento.

Mi tío miraba a un lado, miraba a otro, y una vez me lanzó a mí una ojeada y profirió, sin venir a cuento:

-¡Fastidio de vida!

No sabiendo qué contestar, callé por toda respuesta.

El coche seguía rodando, yo me preguntaba adónde me llevaría y empezaba a parecerme que me había embarcado en algún lío.

De pronto, como si hubiera encontrado solución a lo que iba cavilando, mi tío se puso a dar órdenes al cochero:

-A la derecha, a la izquierda. ¡Para en el Yar!

Vi que desde el restaurante acudían hacia el coche muchos criados, todos haciendo grandes reverencias a mi tío; pero él, sin moverse ni apearse, mandó llamar al dueño. Fueron corriendo en su busca. Se personó el francés, también con mucha deferencia; pero mi tío, como si tal cosa, siguió pegándose en los dientes con el puño de hueso del bastón, y luego dijo:

-¿Cuántos extraños hay?

-Unas treinta personas en las salas y tres gabinetes ocupados.

-¡Todos fuera!

-Muy bien.

-Ahora son las siete -continuó mi tío, después de consultar su reloj-. Vendré a las ocho. ¿Estará listo?

-Para las ocho, será difícil… muchos han hecho ya el pedido… Pero, si tiene a bien venir a las nueve, no habrá en todo el restaurante ni un solo extraño.

-Bueno.

-¿Qué se prepara?

-Etíopes, naturalmente.

-¿Algo más?

-Música.

-¿Una orquesta?

-Mejor, dos.

-¿Mandamos recado a Riabika?

-Naturalmente.

-¿Señoritas francesas?

-No hacen falta.

-¡De la bodega…?

-Completa.

-¿Y de la cocina?

-¡La carta!

Trajeron el menú del día.

Mi tío le echó una ojeada y me parece que sin fijarse siquiera o quizá sin querer fijarse, pegó en la cartulina con el bastón y dijo:

-De todo esto, para cien personas.

Con estas palabras, dobló el menú y se lo guardó en el bolsillo.

El francés estaba encantado e inquieto al mismo tiempo.

-No podría servir de todo para cien personas -objetó-. Figuran aquí platos muy caros y en todo el restaurante sólo hay ingredientes para cinco o seis.

-¿Y cómo voy yo a establecer categorías entre mis invitados?

-Que haya de todo lo que se le ocurra pedir a cada uno. ¿Entiendes?

-Entiendo.

-Mira que, de lo contrario, de nada te servirá siquiera Riabika. ¡Tira!

Dejamos el restaurante con sus criados a la puerta y nos marchamos.

En este punto llegué al total convencimiento de que aquel barco no era para mí y quise despedirme, pero mi tío ni siquiera me oyó. Parecía absorto. Conforme rodábamos por las calles iba parando a distintos caballeros.

-¡A las nueve, en el Yar! -decía lacónicamente.

Y los interpelados, todos hombres de edad y de aspecto respetable, se quitaban el sombrero y contestaban con idéntico laconismo:

-Encantado, Fedoséich. No recuerdo a cuántos habíamos parado de esta manera, aunque pienso que serían unos veinte, cuando, al filo de las nueve, nos dirigimos de nuevo al Yar. Un tropel de criados acudió a nuestro encuentro. Ayudaron a mi tío a apearse y, en el balcón, el propio francés le sacudió el polvo del pantalón con una servilleta.

-¿No hay nadie? -preguntó mi tío.

-Un general se ha retrasado un poco y ruega encarecidamente que le dejen terminar en su gabinete…

-¡Fuera ahora mismo!

-Terminará en seguida.

-No quiero. Bastante tiempo le he dado. Ahora, que termine de cenar sobre el césped.

Ignoro cómo habría terminado aquello; pero el general salió en ese momento en compañía de dos señoras, subió a su coche y se marchó cuando empezaban a llegar uno tras otro los caballeros invitados por mi tío a cenar en el parque.

III

El restaurante, puesto con elegancia, estaba recogido y libre de visitantes. Sólo en una sala estaba sentado un gigante que se adelantó hacia mi tío en silencio y, sin decirle tampoco una palabra, tomó el bastón de sus manos y fue a dejarlo en alguna parte.

Inmediatamente después de entregarle el bastón al gigante sin la menor protesta, mi tío puso también en sus manos la billetera y el portamonedas.

Aquel corpulento hombretón, de pelo entrecano, era el mismo Riabika a quien, sin que yo comprendiera con qué finalidad, debía mandar recado el dueño del restaurante. Se le designaba como «maestro para niños», pero también allí se encontraba, evidentemente, para el desempeño de algún menester particular. Resultaba allí tan imprescindible como los gitanos, la orquesta y todo el servicio que, instantáneamente, se presentó al completo. Sólo que yo no comprendía cuál podría ser el papel del maestro: todavía era pronto, debido a mi inexperiencia.

El restaurante, brillantemente iluminado, entraba en funcionamiento: sonaba la música, los gitanos iban sentándose después de tomar algún fiambre mientras mi tío inspeccionaba el local, el jardín, la gruta y las galerías. Miraba en todas partes, cerciorándose de que no había «ningún indeseable», acompañado paso a paso por el maestro. Pero cuando volvieron al salón principal, donde se habían congregado todos los comensales, pudo advertirse una gran diferencia entre ellos: el maestro estaba fresco, tal y como había salido, y mi tío totalmente ebrio.

¿Cómo había podido ocurrir en tan poco tiempo? Lo ignoro, pero el caso es que estaba de excelente humor. Ocupó la presidencia de la mesa, y allá empezó la francachela.

Las puertas fueron cerradas, de modo que nada de fuera pudiese llegar hasta nosotros, ni nada nuestro salir al exterior. Nos aislaba un abismo, un abismo de todo: de bebidas, de manjares… Pero, sobre todo, un abismo de desenfreno -no quiero decir indecente, pero sí salvaje, frenético- tal que no podría describirlo. Ni tampoco hay que pedírmelo porque, al verme encerrado allí y aislado del mundo, me quedé sobrecogido y me apresuré a emborracharme. De manera que no voy a pintar cómo transcurrió aquella noche porque mi pluma no es capaz de describir todo eso. Sólo recuerdo dos episodios épicos y el final; pero precisamente ellos encerraban lo más terrible.

IV

Un criado anunció la presencia de cierto Iván Stepánovich, que resultó ser un fabricante y comerciante moscovita de mucho fuste.

Se produjo una pausa.

-He dicho que no entre nadie -contestó mi tío.

-Insiste mucho.

-¿Y dónde estaba antes? Que se marche por donde ha venido.

El criado fue a llevar la respuesta, y volvió diciendo tímidamente:

-Iván Stepánovich me manda decir que se lo ruega muy encarecidamente.

-Pues, no. No quiero.

Se oyeron voces de: «Que pague una multa».

-¡No! ¡Que le echen! Ni multa, ni nada…

Pero, volvió el criado más encogido todavía:

-Dice que está dispuesto a pagar cualquier multa, pero que, a sus años, le duele mucho verse apartado de los suyos.

Mi tío se levantó con los ojos relampagueantes, pero en ese momento, con toda su corpulencia, se colocó Riabika entre él y el criado: apartó al criado, como si fuera un polluelo, con un ligero movimiento de la mano izquierda, mientras con la derecha volvía a sentar a mi tío en su sitio.

Algunos comensales salieron en defensa de Iván Stepánovich: que entrara, que pagara cien rublos de multa para los músicos y entrara luego.

-El viejo es uno de los nuestros, un hombre piadoso. ¿Adónde va a ir ahora? Suelto por ahí, es capaz de armar un escándalo delante de gentuza de poca monta. Hay que comprenderlo.

Después de oírles dijo mi tío:

-Si no ha de ser como yo quiero, que tampoco sea como ustedes quieren, sino como Dios quiera: consiento que entre Iván Stepánovich, pero con la condición de que toque el bombo.

El criado fue con el recado y volvió:

-Dice que le pongan mejor una multa.

-¡Al diablo! Si no quiere tocar el bombo, allá él: que se largue adonde le dé la gana.

Al poco rato, Iván Stepánovich no resistió más y mandó a decir que aceptaba tocar el bombo.

-Que venga.

Entró un caballero de estatura aventajada y de aspecto respetable: tenía un aire grave, los ojos sin brillo, el espinazo doblado y la barba entrecana enmarañada. Intentó bromear y saludar a los presentes, pero en seguida lo atajaron.

-¡Luego luego! Eso, después -le gritó mi tío-. Ahora, ¡dale al bombo!

-¡Dale al bombo! -corearon otros.

-¡Música! ¡Algo que le vaya al bombo!

La orquesta atacó una pieza estrepitosa, y aquel respetable anciano agarró los palillos y se puso a pegar con ellos, unas veces al compás y otras no.

Los gritos y el alboroto eran infernales. Todos estaban encantados y gritaban:

-¡Más fuerte!

Iván Stepánovich arreciaba.

-¡Más fuerte, más fuerte! ¡Más!

El anciano pegaba con todas sus fuerzas como el rey Negro de Freiligrath, hasta que llegó la culminación: se produjo un horrible crujido en el bombo, reventó la badana, todos estallaron en carcajadas, el estruendo se hizo inverosímil y a Iván Stepánovich le aligeraron de quinientos rublos de multa en favor de los músicos por haber roto el bombo.

Iván Stepánovich pagó, se enjugó el sudor, tomó asiento a la mesa y, cuando todos alzaban las copas a su salud, descubrió con horror a su yerno entre los comensales.

Más risas, más alboroto, y así hasta que yo perdí toda noción. En los raros destellos de lucidez, recuerdo que vi bailar a las gitanas y a mi tío agitando las piernas sin moverse de su asiento, luego le vi levantarse engallándose con alguien, pero inmediatamente se interpuso Riabika, y ese alguien salió despedido hacia un lado mientras mi tío volvía a ocupar su sitio a la mesa, en cuyo tablero había dos tenedores clavados delante de él. Entonces comprendí el papel de Riabika.

Pero en esto, penetró por la ventana el frescor del amanecer moscovita y yo volví a cobrar un poco conciencia de las cosas, aunque me parece que sólo lo necesario para dudar de mi sano juicio. Estaba en medio de una batalla campal y una tala de árboles: se oían crujidos y trastazos, oscilaban los árboles, unos árboles frondosos y exóticos, y tras ellos se apiñaban rostros morenos en un rincón mientras que del lado nuestro, junto a las raíces, relampagueaban unas hachas terribles, manejadas por mi tío, por el anciano Iván Stepánovich… Un cuadro verdaderamente medieval.

Era que estaban «apresando» a las gitanas refugiadas en la gruta, detrás de los árboles. Los gitanos no las defendían, sino que las dejaban valerse por sus propias fuerzas. Resultaba difícil establecer una diferencia entre lo que era broma y lo que iba en serio: por los aires volaban platos, sillas y piedras arrojadas desde la gruta, y los hombres seguían a hachazo limpio con el bosque, siendo los más esforzados Iván Stepánovich y mi tío.

La fortaleza cayó al fin: las gitanas fueron apresadas, besuqueadas, manoseadas, cada uno le deslizó a cada una un billete de cien rublos por el escote, y se acabó el asunto…

Sí. De pronto se hizo el silencio… Todo había terminado. Nadie dio la señal de parar, pero ya era bastante. Se notaba que, si bien la vida era un fastidio antes de aquello, ahora bastaba ya.

A todos les parecía suficiente y todos estaban satisfechos. Quizá influyera el hecho de haber anunciado el maestro que era su «hora de ir a clase», aunque, lo mismo daba, la verdad: la noche de Walpurgis había pasado y la vida volvía a su cauce.

La gente no se separaba, no se despedía, sino que desaparecía sencillamente. No quedaban ya ni los músicos ni los gitanos. El restaurante ofrecía un aspecto de total arrasamiento, sin una cortina ni un espejo sanos; incluso la araña del techo yacía en el suelo hecha añicos, y sus colgantes de cristal se partían bajo los pies de los criados, extenuados, que apenas si podían tenerse. Mi tío bebía kvas, sentado él solo en medio de un diván. Alguna cosa recordaba de vez en cuando, y entonces agitaba las piernas. De pie a su lado, esperaba Riabika, impaciente por acudir a sus clases.

Trajeron la cuenta, breve, «sin detalles».

Riabika la leyó con atención y exigió una rebaja de mil quinientos rublos. Sin meterse en discusiones con él, quedó ajustado el total, que ascendía a diecisiete mil rublos y que Riabika declaró razonable después de repasarlo. Mi tío pronunció lacónicamente «paga», luego se puso el sombrero y me hizo ademán de que lo siguiera.

Advertí con horror que no se le había olvidado nada y que yo no tenía la menor probabilidad de escabullirme de él. Me inspiraba auténtico pavor, y no llegaba a imaginarme, debido al estado de exaltación en que se encontraba, lo que sería de mí cuando nos quedásemos cara a cara los dos solos. Me había hecho que lo acompañara, sin una palabra de explicación, y ahora me llevaba de un lado para otro sin dejarme resquicio por donde escapar. ¿Qué podría ocurrirme? De mi borrachera, no quedaba ni rastro. Lo único que me pasaba era que le tenía sencillamente pánico a aquella terrible fiera salvaje, con su inverosímil fantasía y su espantoso desenfreno. Entre tanto, íbamos a marcharnos ya. En la antesala nos envolvió una nube de criados. Mi tío dictaminó: «cinco por barba», y Riabika repartió el dinero. La propina fue inferior para los guardas, barrenderos, guardias urbanos y gendarmes, cada uno de los cuales, según resultó, nos había prestado algún servicio. Todos fueron recompensados. Aquello representaba ya una buena cantidad; pero aún quedaban los cocheros de punto, que ocupaban con sus carruajes todo el espacio descubierto del parque, y todos nos esperaban también: esperaban al bátiushka Ilyá Fedoséich «por si su señoría se dignaba mandarles algo».

Se calculó cuántos eran, se les repartieron tres rublos a cada uno y mi tío y yo subimos al coche. Riabika le entregó entonces la billetera a mi tío.

Ilyá Fedoséich sacó un billete de cien rublos y se lo presentó a Riabika.

El hombre le dio unas vueltas entre los dedos y dijo:

-Es poco.

Mi tío añadió dos billetes de veinticinco.

-Tampoco es bastante: no ha habido ni una sola bronca.

Mi tío alargó un tercer billete de veinticinco, y entonces el maestro le entregó su bastón y se despidió.

V

Nos quedamos los dos frente a frente en el coche, que partió a toda velocidad hacia Moscú, seguido al galope, entre alaridos y traqueteos, por toda la patulea de cocheros. Yo no acertaba a comprender lo que pretendían, pero mi tío sí lo entendió. Era indignante: querían arrancarle otra propina de despedida y, con el pretexto de darle una prueba de deferencia a Ilyá Fedoséich, exponían su dignísima persona a la mofa general.

Estábamos ya muy cerca de Moscú, que aparecía ante nuestros ojos, todo envuelto en la maravillosa luminosidad matutina, nimbado por la tenues nubecillas de humo de los hogares, despertándose al plácido tañido de las campanas que llamaban a misa.

La calzada estaba flanqueada a ambos lados por almacenes que llegaban hasta la puerta de la ciudad. Mi tío mandó detener el coche delante del primero, se llegó hasta un barrilillo de madera de tilo que había a la entrada y preguntó:

-¿Es miel?

-Sí.

-¿Cuánto vale el barril?

-Vendemos al por menor, por libras.

-Pues me lo vendes al por mayor. Calcula lo que vale.

No recuerdo muy bien si fueron setenta u ochenta rublos lo que se calculó.

Mi tío arrojó el dinero.

Los coches que nos seguían se habían detenido también.

-¿Qué, muchachos? Los cocheros de nuestra ciudad me quieren bien, ¿no es cierto?

-¡Claro que sí! Nosotros, a vuestra excelencia, siempre…

-Me tienen cariño, ¿eh?

-Muchísimo.

-¡Fuera las ruedas de los coches!

Los cocheros se quedaron perplejos.

-¡Vamos, vamos! ¡Pronto! -ordenó mi tío.

Los más ágiles, unos veinte, rebuscaron debajo de los asientos, agarraron las llaves y se pusieron a aflojar las tuercas.

-Bien -dijo mi tío-. Ahora, ¡a engrasar los ejes con miel!

-¡Bátiushka!…

-Ya lo han oído.

-¡Una cosa tan rica!… Mejor sería comérsela.

-¡A engrasar los ejes con ella!

Sin más, mi tío volvió a subir al coche y partimos a toda velocidad dejando a los cocheros, con los vehículos sin ruedas, en torno al barrilillo de miel que, a buen seguro, no emplearon para untar los ejes con ella, sino que se la repartirían o se la revenderían al dueño del almacén. El caso es que nos dejaron en paz y fuimos a parar a una casa de baños. Allí pensé que había llegado para mí el fin del mundo y permanecí medio muerto dentro de una bañera de mármol mientras mi tío se tendía en el suelo; pero no simplemente tendido, ni en una postura normal, sino más bien apocalíptica. Toda la mole de su obeso corpachón sólo tocaba el suelo con las yemas de los dedos de sus pies y sus manos. Sostenido por tan endebles puntos de apoyo, su cuerpo rojo se estremecía bajo los chorros de una lluvia fría dirigida contra él, y él rugía con el rugido sofocado de un oso que estuviera arrancándose una espina. Aquello duró una media hora, y durante todo ese tiempo estuvo él estremecido como un flan sobre una mesa movediza hasta que, finalmente, se levantó de un salto, pidió una jarra de kvas, y entonces nos vestimos y fuimos al bulevar Kuznetski, «donde el francés».

Allí nos recortaron y nos rizaron ligeramente el cabello, nos peinaron, y luego nos encaminamos a pie hacia el centro, a la tienda de mi tío. Por lo que a mí se refiere, ni conversaba conmigo ni me dejaba marchar. Sólo una vez dijo:

-Espera, que no todo se hace de golpe. Y lo que no comprendes, con los años lo comprenderás.

En la tienda hizo sus oraciones, lo inspeccionó todo con el ojo del amo y se instaló detrás de su pupitre. El exterior del recipiente ya estaba limpio, pero dentro conservaba un gruesa capa de inmundicia que buscaba ser depurada.

Yo me percataba de ello, y no sentía ya temor, pero sí curiosidad. Deseaba ver qué castigo se imponía: ¿abstinencia o alguna buena obra?

A eso de las diez comenzó a manifestar fastidio, espiando la llegada de un tendero vecino suyo para ir a tomar el té, pues juntándose tres personas salía cinco kopecs más barato. El vecino no apareció: se había muerto de repente.

Mi tío se santiguó y dijo:

-Todos hemos de morir.

El hecho no lo afectó mayormente a pesar de que, durante cuarenta años, habían ido juntos a tomar el té a Novotróitski.

Llamamos al vecino del otro lado, y con él fuimos varias veces a reponer fuerzas con un tentempié, pero todo con sobriedad. Me pasé el día entero al lado de mi tío y acompañándolo hasta que, a la caída de la tarde, mandó en busca de su faetón para ir al convento de la Vsepetaia.

También era conocido allí y se le recibió tan reverenciosamente como en el Yar.

-Quiero prosternarme a los pies de la Virgen y llorar mis pecados. Y aquí les presento a mi sobrino, hijo de mi hermana.

-Pase, pase, por favor -instaban las monjas-. ¿Con quién podría mostrarse la Virgen más misericordiosa que con su merced? Siempre ha favorecido usted su santa casa. Llega muy a tiempo: se está celebrando el servicio de vísperas.

-Esperaré a que termine. A mí me gusta que no haya gente y que me acondicionen cierta penumbra, para recogerme.

Se hizo lo que pedía, apagando todas las luces, menos una o dos lamparillas y la que ardía justo delante de la Virgen, en un vaso de cristal verde, grande y profundo.

Mi tío no se hincó, sino que se desplomó de rodillas, luego cayó de bruces golpeando el suelo con la frente, ahogó un sollozo y se quedó inmóvil.

Las dos monjas y yo nos sentamos en un rincón oscuro, cerca de la puerta. Hubo una larga pausa. Mi tío seguía tendido en el suelo, mudo y quieto. Me pareció que se había quedado dormido, y así se lo dije a las monjas. Una de las hermanas, la de más experiencia, se quedó pensando un instante, luego sacudió la cabeza, encendió una vela muy fina y, con ella en la mano, se encaminó sigilosamente hacia el penitente. Dio una vuelta a su alrededor, despacito, de puntillas, y susurró muy agitada:

-Ya surte efecto.

-¿Cómo lo sabe?

La monja se inclinó, indicándome que yo hiciera lo mismo, y dijo:

-Mire, justo a través de la llama, donde tiene los pies.

-Ya veo.

-¡Qué lucha! ¿Verdad?

Me fijé y advertí, efectivamente, cierto rebullir: mi tío continuaba devotamente prosternado, sumido en sus oraciones, pero daba la impresión de que a sus pies había dos gatos peleándose, arremetiendo alternativamente el uno contra el otro y pegando saltos.

-¿De dónde han salido esos gatos? -pregunté a la hermana.

-Eso es lo que le parece a usted -contestó-; pero no son gatos, sino tentaciones del maligno. ¿No ve que su espíritu se eleva ya hacia el cielo, pero permanece todavía con los pies en el infierno?

Entonces vi que, en efecto, mi tío agitaba los pies como si terminara de marcarse el baile de la víspera. Lo que faltaba por precisar era si su espíritu se había elevado ya hacia el cielo.

Como en respuesta, mi tío exhaló de pronto un tremendo suspiro y gritó a voz en cuello:

-¡No me levantaré mientras no me perdones! ¡Porque sólo tú eres santo y todos nosotros somos malditos pecadores! -y prorrumpió en sollozos.

Sollozaba con tanto sentimiento que las monjas y yo rompimos también a llorar, pidiéndole a Dios que atendiera su plegaria.

Y antes de que pudiéramos recobrarnos estaba ya a nuestro lado, diciéndome en voz baja, con unción:

-Vamos. Tenemos que hacer.

Las monjas preguntaron:

-¿Ha tenido la ventura de ver el divino resplandor, bátiushka?

-No. El resplandor no lo he visto -contestó-. Pero esto… sí lo he notado…

Apretó el puño y lo levantó, como se levanta a los chiquillos por el pelo.

-¿Lo ha levantado?

-Sí.

Las monjas empezaron a santiguarse, y yo las imité, mientras mi tío explicaba:

-¡Ahora tengo su perdón! Desde lo más alto, desde la misma cúpula, ha descendido su diestra abierta, me ha agarrado de todos los pelos juntos y me ha puesto de pie…

Y no se sentía ya repudiado. Era feliz. Dejó una espléndida limosna para el convento donde sus plegarias habían producido aquel milagro, notó que la vida había dejado de ser un fastidio, envió a mi madre toda la dote que le correspondía y a mí me inició en la buena creencia popular.

Desde entonces conocí el gusto de lo popular en la caída y en la exaltación… Esto es lo que se llama chertogón, lo que hace salir a los demonios del cuerpo. Pero, repito, Moscú es el único sitio donde puede presenciarse, y eso si le acompaña a uno la suerte o goza del favor de algún venerable anciano.

FIN

Kashtanka de Chejov

Una perrita rojiza, entre zarcera y podenca, de hocico muy semejante al de la zorra, corría de un lado a otro por la acera, mirando inquieta a su alrededor. De cuando en cuando, se detenía gimoteante, y, levantando tan pronto una pata como otra, parecía querer aclararse a sí misma cómo había sido posible que se hubiera perdido.
Recordaba perfectamente cómo había pasado el día y cómo había ido a parar a aquella acera desconocida.
El día había comenzado así: su amo, el carpintero Luka Aleksándrich, se encasquetó el gorro, se colocó debajo del brazo un objeto de madera envuelto en un pañuelo rojo, y le gritó:
—¡Vamos, Kashtanka!
Al oír su nombre, la mixta de zarcera y podenca salió de debajo del banco, donde dormía sobre un lecho de virutas, desperezóse dulcemente y corrió tras el amo. Los clientes de Luka Aleksándrich vivían lejísimos; tan lejos, que antes de llegar a la casa de cada uno, el carpintero tenía que hacer escala en varias tabernas para reparar fuerzas. Kashtanka recordaba que se había portado muy mal todo el camino. Llena de júbilo porque la habían sacado de paseo, saltaba, ladraba a los tranvías tirados por caballos, penetraba en los patios y corría detrás de los perros. El carpintero la perdía de vista a veces, se paraba y le reñía enojado. En una ocasión llegó a agarrarla por una de sus orejas de raposa, y, con cara de pocos amigos, la zarandeó mientras gruñía, alargando las palabras:
—¡A-sí re-vien-tes, mal nacida!
Después de visitar a los clientes, Luka Aleksándrich pasó un momento por el domicilio de su hermana, donde se tomó unas copas y un bocado; de allí salió para la casa de un encuadernador conocido; luego entró en una taberna; de la taberna se fue a ver a su compadre; y así sucesivamente. Dicho de otro modo, cuando Kashtanka se vio en la acera desconocida, oscurecía ya; y el carpintero, más borracho que una cuba, agitando los brazos y jadeando profundamente, tartamudeaba:
—En el pecado me engendró mi madre dentro de las entrañas. ¡Oh pecados, pecados! Vamos andando por esta calle y miramos a los faroles; pero después de muertos arderemos en el gehena del fuego…
O bien, enternecido súbitamente, llamaba a la perrita y le decía:
—No eres más que un insecto, Kashtanka. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dotador comparado con un carpintero…
Mientras le hablaba de esta suerte, se oyó de repente el estruendo de una banda de música. Kashtanka miró en la dirección del ruido y vio venir hacia ella todo un regimiento. Como la música la enervaba, se puso a ladrar agitada. Pero, ante su asombro, el carpintero, en lugar de asustarse y de lanzar alaridos, sonrió con toda su cara, se cuadró y saludó llevándose los cinco dedos a la sien. Al ver que el dueño no protestaba, Kashtanka arreció en sus ladridos y, sin reparar en lo que hacía, atravesó la calle a la carrera y se fue a la acera de enfrente.
Cuando quiso percatarse había desaparecido el regimiento con su música. Kashtanka corrió a la acera opuesta buscando a su amo; pero, ¡ay!, ya no le encontró allí. Corrió hacia adelante, corrió hacia atrás, tornó a cruzar la calle… Y el carpintero sin aparecer. Diríase que se le había tragado la tierra… Kashtanka se puso a olfatear la acera con la esperanza de encontrarle por el olor de las huellas; mas algún canalla había pasado por allí con unos chanclos de goma y ahora todos los olores delicados se confundían con el acre hedor del caucho, de modo que era imposible sacar nada en limpio.
Kashtanka erró de acá para allá, sin dar con Luka Aleksándrich. Mientras tanto, iba oscureciendo. A ambos lados de la calle encendieron los faroles. Se iluminaron las ventanas de las casas. Caían gruesos copos de nieve, tiñendo de blanco el pavimento, los lomos de los caballos y los gorros de los cocheros; y cuanto más se oscurecía el aire tanto más blancos se tomaban los objetos.
Junto a Kashtanka, limitando su campo visual y empujándola con los pies, pasaban sin cesar, en una y otra dirección, clientes desconocidos. (Ella dividía a toda la Humanidad en dos partes: dueños y clientes. Entre aquéllos y éstos existía una diferencia esencial: los primeros tenían derecho a pegarle a ella, y a los segundos tenía ella derecho a morderles en las pantorrillas). Los clientes en cuestión iban de prisa, sin prestarle la menor atención.
Cuando oscureció del todo, la desesperación y el miedo se apoderaron de Kashtanka que, acurrucándose en un portal, se echó a llorar amargamente. Extenuada de caminar todo el día con Luka Aleksándrich; tenía, además, heladas las patas y las orejas, y un hambre voraz la martirizaba.
En toda la jornada había conseguido comer algo tan solo un par de veces: en casa del encuadernador tuvo ocasión de engullir un poco de cola de almidón; y en una de las tabernas visitadas por su amo, encontró un trozo de pellejo de embutido. De haber sido una persona, y no una perra, de fijo que hubiera pensado:
“Es imposible vivir así. Esto es para pegarse un tiro”.

II
EL DESCONOCIDO MISTERIOSO

Pero Kashtanka no pensaba nada. Limitábase a llorar. Cuando la nieve, blanda y esponjosa, le cubrió totalmente el lomo y la cabeza, y cuando ella, exhausta, comenzaba a sumirse en un pesado sopor, se abrió de pronto la puerta entre chirridos, golpeándole un costado. El animal pegó un salto. Por la puerta salió un hombre perteneciente a la categoría de los clientes. Como Kashtanka, al saltar, chilló y se enredó en las piernas del desconocido, éste no pudo por menos de advertir su presencia. Agachándose un poco, le dijo:
—¡Oh, qué perrilla! ¿De dónde has salido? ¿Te he hecho daño? ¡Pobrecita, pobrecita! No te enfades. Perdóname.
Kashtanka miró a través de los copitos de nieve pendientes de sus pestañas, y vio a un individuo grueso y chaparrete, de cara rasurada y redonda, sombrero de copa y abrigo desabrochado.
—¡No te apures! —continuó el desconocido, quitándole la nieve del lomo—. ¿Dónde está tu amo? ¿Te has extraviado? ¡Pobre perrilla! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Percibiendo en la voz del desconocido una nota cálida y afectuosa, Kashtanka le lamió la mano y reanudó sus gemidos con más fuerza que antes.
—¡Hombre, qué gracia tienes! —dijo el hombre—. Pareces enteramente una zorra. Bueno, qué le vamos a hacer… Vente conmigo. A lo mejor sirves para algo. ¡Hala, hala!
Acompañó sus palabras con un chasquido de los labios y un ademán que solo podía significar una cosa: “¡Vamos!”. Y Kashtanka obedeció.
Antes de media hora, ya estaba tendida en un aposento grande y claro; con la cabeza ladeada, miraba curiosa y conmovida al desconocido que, sentado a la mesa, cenaba y le echaba alguna que otra cosilla… Empezó dándole pan y corteza verde de queso; luego le tiró un trozo de carne, media empanadilla, huesos de pollo… Y ella, impulsada por su hambre canina, lo devoró todo con tal rapidez, que ni siquiera se dio cuenta de su sabor. Y cuanto más comía, tanto más se acrecentaba su hambre.
—Muy mal te alimentaba tu amo —comentó el desconocido al verla engullir con tanta voracidad, sin masticar siquiera lo que le llegaba a la boca—. ¡Qué canija estás! No tienes más que huesos y pellejo…
Kashtanka comió como una bárbara; pero, lejos de hartarse, lo único que hizo fue embriagarse con la comida. Terminada la cena, se estiró en el suelo; y, notando en el cuerpo una pesadez grata, meneó el rabo. Mientras su nuevo amo, repantigado en una butaca, fumaba un hermoso habano, ella movía la cola y se preguntaba dónde se estaba mejor, con el desconocido o con el carpintero. En la nueva casa todo era pobre y feo: quitando las butacas, el diván, la araña del techo y las alfombras, no había nada más; y la habitación parecía estar vacía; en cambio, el piso del carpintero estaba lleno de cosas atractivas: una mesa, un banco de trabajo, un montón de virutas, escoplos, formones, sierras, un pardillo en una jaula, una tinaja… El aposento del desconocido no tenía ningún olor, mientras que en casa del carpintero flotaba siempre una nube de humo y olía maravillosamente a cola, a barniz y a virutas. Eso sí: el desconocido poseía una gran ventaja: daba mucho de comer y, además, había que reconocerlo, cuando Kashtanka, sentada junto a la mesa, le miraba suplicante, él no le pegaba, no le daba puntapiés, ni le gritaba: “¡Fuera, maldita!”.
Una vez que se fumó el cigarro puro, su nuevo dueño pasó a otra habitación y regresó al instante trayendo un colchoncito.
—¡Eh, perrilla, acuéstate aquí a dormir! —la invitó, extendiendo el colchón en un rincón al lado del diván.
Hecho esto, apagó la luz y se marchó, Kashtanka se acomodó en su cama y cerró los ojos. De pronto oyó un ladrido procedente de la calle. Quiso responder, pero se sintió embargada de súbita tristeza. Se acordó de Luka Aleksándrich, de su hijo Fediushka, de su confortable dormitorio debajo del banco… Recordó que en las largas veladas del invierno, mientras el carpintero cepillaba madera o leía el periódico, Fediushka solía jugar con ella. Tirándole de las patas traseras, la sacaba de debajo del banco y hacía tales diabluras, que a ella se le nublaban los ojos y le dolían todos los huesos. La obligaba a andar en dos patas: le hacía “la campana”, es decir, la suspendía del rabo, moviendo el brazo y riéndose de sus gritos y alaridos; le daba rapé; y la peor de las “bromas” era la siguiente: ataba a una cuerda un trozo de carne, se lo echaba a Kashtanka y, cuando ella se la había tragado, tiraba de la cuerda y se lo sacaba del estómago entre risotadas estruendosas. Cuantos más fuertes eran los recuerdos, tanto más y con tanta mayor tristeza gemía la pobre.
Mas el cansancio y el calor no tardaron en imponerse a la melancolía… Kashtanka se adormiló. Vio con la imaginación perros que corrían. Entre ellos pasó un lulú viejo y lanudo al que había visto por la tarde: tenía una nube en un ojo y mechones de lana rodeándole el hocico. Fediushka, con un cincel en la mano, se puso a perseguir al lulú; pero, de pronto, él mismo se cubrió de hirsuta lana, rompió a ladrar con alegría y apareció junto a Kashtanka. Los dos se olfatearon amigablemente los hocicos y se fueron a la calle…

III
NUEVOS Y AGRADABLES CONOCIDOS

Despertó Kashtanka ya con luz. De la calle le llegaron ruidos propios del día. En la habitación no había ni un alma. La perrita se desperezó, bostezó y dio unos paseos por el aposento, enojada y triste. Olfateó los rincones y los muebles, se asomó al recibidor y no encontró nada digno de interés. Además de la puerta que daba al recibidor había otra. Tras un breve instante de indecisión, Kashtanka la arañó con las dos manos, la abrió y pasó al cuarto vecino. Allí estaba, durmiendo en su cama y cubierto con una manta, el cliente de la víspera.
—¡Brrrr! —gruñó el animal, pero al acordarse de la cena del día anterior, se puso a menear el rabo y a olfatear todo cuanto tenía a su alcance. Aplicó el hocico a la ropa y a las botas del desconocido, percibiendo un olor muy semejante al de los caballos. Otra puerta, cerrada también, conducía desde el dormitorio a algún sitio. Kashtanka se apoyó de manos en ella, la empujó con el pecho, la abrió y notó, en seguida, un olor extraño y sospechoso. Temerosa de un encuentro desagradable, gruñendo y mirando recelosa, penetró en un cuartito empapelado y sucio, pero retrocedió asustada. Acababa de ver algo espantoso: un ganso gris avanzaba hacia ella con la cabeza a ras de tierra, abiertas las alas y siseando. A poca distancia, sobre un jergoncillo, yacía un gato blanco que, al ver a Kashtanka, se levantó de un brinco, arqueó el lomo, metió el rabo entre las patas, erizó el pelo y soltó un “¡fu!” nada tranquilizador. La perrita se atemorizó muy en serio; mas, para guardar las formas, ladró fuertemente y se lanzó hacia el gato. Éste combó más aún el lomo, exhalo un bufido y asestó; un manotazo a la agresora. Kashtanka reculó, agazapándose sobre las cuatro patas; y, alargando el hocico hacia el minino, emitió unos ladridos penetrantes y largos. En esto, el ganso llegó por detrás y le atizó un doloroso picotazo en la rabadilla. Kashtanka se revolvió arremetió contra él.
—¿Qué pasa aquí? —se oyó la voz enojada del desconocido, entró envuelto en una bata de casa y con un habano entre los dientes—. ¿Qué significa esto? ¡A su sitio todo el mundo!
Acercándose al gato le dio un papirotazo en el arqueado lomo y le dijo:
—¿Qué es esto, Fiódor Timófeich? ¿Una pelea? ¡Oh, viejo canalla! ¡Tiéndete!
Y dirigiéndose al ganso, le gritó:
—¡Iván Ivanich, a tu sitio!
El felino se acostó dócilmente en su jergón y cerró los ojos. A juzgar por su hocico y sus bigotes, no parecía muy satisfecho de haberse calentado más de la cuenta y de haber entrado en riña.
Kashtanka gimió ofendida; y el ganso, alargando el cuello, se puso a hablar a la carrera, con vehemencia y sonoridad, aunque no se le entendía.
—Está bien, está bien —bostezó el amo—. Hay que vivir en paz y armonía. —Y después de acariciar a Kashtanka, prosiguió—: Y tú, pelirroja, no tengas miedo… Esta es buena gente y no te hará daño. Espera: ¿qué nombre vamos a ponerte? No puedes seguir sin nombre, hermana.
El desconocido estuvo pensativo un momentito y decidió:
—Pues mira, te llamarás Tiotka. ¿Me has entendido? ¡Tiotka!
Después de repetir el nombre varias veces, salió. Kashtanka sentóse y se puso a observar. El gato, inmóvil en su jergón, fingía dormir. El ganso, alargando el cuello y pataleando en el mismo sitio, continuaba hablando rápidamente, como enojado. Debía de ser muy sabio. Al final de cada parrafada retrocedía, sorprendido; y daba la impresión de admirarse de su discurso. Después de oírle y de responderle con un gruñido, Kashtanka comenzó a husmear por los rincones. En uno de ellos, dentro de un barreño, vio guisantes húmedos y un poco de salvado. Probó los guisantes y no le gustaron; probó el salvado y se puso a comérselo. El ganso no se molestó al ver que la perra intrusa se comía el almuerzo. Por el contrario, empezó a parlotear con más calor todavía; y, para patentizar su confianza, se acercó al barreño y engulló unos cuantos guisantes.

IV
MILAGROS

A poco tardar, regresó el desconocido trayendo un objeto extraño, parecido a una puerta o a la letra A. En el travesaño de aquella tosca A de madera pendía una campana y había una pistola atada. Del badajo de la primera y del gatillo de la segunda salían sendas cuerdas. El desconocido colocó la A en medio de la habitación, estuvo un buen rato atando y desatando algo; y, por último, miró al ganso y le dijo:
—Iván Ivánich, tenga la bondad.
El ganso se le aproximó y se le colocó en posición de espera.
—A ver —ordenó el desconocido—. Comencemos desde el principio. Ante todo, haz la reverencia. ¡Vivo!
Iván Ivánich alargó el cuello, miró en tomo suyo, inclinándose, y terminó cuadrándose.
—¡Magnífico! Ahora muérete.
El ganso se tendió boca arriba pataleando. Después de varios trucos de tan poca monta como éste el desconocido se llevó las manos a cabeza, puso cara de horror y comenzó a gritar:
—¡Socorro, fuego, socorro!
Iván Ivánich corrió a la A, agarró la cuerda con el pico y se puso a repicar la campana.
El desconocido quedó muy contento. Acarició al ganso y le felicitó:
—¡Bravo, Iván Ivánich! Y, ahora, figúrate que eres joyero y que tienes una tienda donde hay alhajas, oro y brillantes. Un buen día llegas y encuentras en ella ladrones. ¿Qué harías en semejante caso?
El ganso tiró con el pico de la otra cuerda y sonó un disparo ensordecedor. A Kashtanka le hizo gracia el tañido de la campana; pero el disparo le produjo tal júbilo, que empezó a corretear ladrando alrededor de la A.
—¡A tu sitio, Tiotka! —le gritó el desconocido— ¡A callar!
El trabajo de Iván Ivánich no terminó con el disparo. El desconocido lo tuvo toda una hora dando vueltas alrededor de él atado a una cuerda y haciendo restallar el látigo; después, el ave tuvo que saltar por encima de una barrera y a través de un aro, sentarse sobre la cola y agitar, al mismo tiempo, las patas. Kashtanka no le quitaba ojo; ladrando de alegría, corrió muchas veces alrededor de Iván Ivánich. Cansados ya el ganso y el desconocido, éste se enjugó el sudor de la frente y gritó:
—María, que venga Javrona Ivánovna.
Antes de un minuto se oyeron gruñidos. Kashtanka rugió, adoptó una posición belicosa; y, por si acaso, se colocó lo más cerca posible del desconocido. Abrióse la puerta, asomó la cabeza una vieja y, pronunciando unas palabras, dio paso a un cerdo muy feo. Sin reparar en los rugidos de Kashtanka, el cochino levantó el hocico y emitió alegres gruñidos. Diríase que le complacía ver a su amo, al gato y a Iván Ivánich. Cuando se acercó al felino, empujándole con la cabeza en la barriga, y luego, cuando se puso a conversar con el ganso, sus movimientos, su voz y la vibración de su minúsculo rabo denotaron un gran afecto. Kashtanka comprendió en seguida la inutilidad de rugir o de ladrar a semejantes sujetos.
El dueño retiró la A y ordenó:
—Tenga la bondad de venir, Fiódor Timófeich.
Levantóse el gato, se desperezó cansino; y, a regañadientes, como quien hace un favor, se acercó al cerdo.
—Empezamos por la pirámide de Egipto —dijo el dueño.
Se pasó un buen rato dándoles explicaciones, al cabo de lo cual gritó:
—¡Una, dos, tres!
Al oír la última palabra Iván Ivánich abrió las alas y subió de un vuelo al lomo del cochino. Una vez que, equilibrándose con ayuda de las alas y del cuello, logró asentarse en la peluda espalda, le llegó el tumo a Fiódor Timófeich: flojo y perezoso, con evidente desgana y aire despreciativo para su propio arte, se subió, primero al lomo de Javrona Ivánovna; a renglón seguido, también como contra su voluntad, se encaramó encima del ganso; y una vez allí, se puso en pie sobre las patas traseras. Era lo que el desconocido llamaba “pirámide de Egipto”. Kashtanka chilló de júbilo, pero en aquel mismo instante, el viejo minino bostezó; y, perdiendo el equilibrio, cayó del ganso; Iván Ivánich, a su vez, también se vino por los suelos. El desconocido, vociferante, agitó los brazos y se puso a dar nuevas explicaciones. Después de dedicar una hora a la pirámide, el infatigable dueño procedió a enseñar a Iván Ivánich a montar a caballo sobre el gato; luego empezó a enseñar al gato a fumar, y así sucesivamente.
Los ensayos terminaron cuando el desconocido, enjugándose el sudor de la frente, se marchó. Fiódor Timófeich bufó con hastío, se tumbó en el jergón y cerró los ojos. Iván Ivánich se encaminó al barreño, y al cerdo se lo llevó la vieja. Gracias a las muchas impresiones, el día pasó casi sin que Kashtanka lo sintiera. Por la tarde, la perrita fue trasladada, con su jergón, a la habitacioncilla empapelada y sucia. Durmió en compañía de Fiódor Timófeich y del ganso.

V
¡ARTE! ¡ARTE!

Transcurrió un mes.
Kashtanka se había acostumbrado a que todas las tardes le diesen bien de comer y a que la llamasen Tiotka. También se habituó a vivir con el desconocido y con sus compañeros de habitación. La vida transcurría plácidamente.
Todos los días comenzaban de la misma manera. El primero en despertarse era Iván Ivánich, que se acercaba inmediatamente a Tiotka o al gato, doblaba el cuello y se ponía a parlotear con vehemencia; pero sin que fuese posible entenderlo. A veces, estiraba el pescuezo; y, levantada la cabeza, pronunciaba largos monólogos. En los primeros días, Kashtanka atribuía su locuacidad a su inteligencia; pero, pasado un tiempo, le perdió completamente el respeto. Cuando el ganso le venía con aquellos largos sermones, ya no meneaba la cola como al principio, sino que le trataba como a un charlatán fastidioso que a nadie dejaba dormir; y, sin ningún miramiento, le contestaba con un gruñido.
Fiódor Timófeich era otra clase de caballero. Al despertarse no hacía el menor ruido, ni se movía, ni abría los ojos siquiera. De buena gana, ni se hubiera despertado, porque estaba clara su aversión a la vida. Nada le interesaba; su actitud era siempre descuidada y desidiosa; despreciaba al mundo entero, e incluso mientras engullía su sabrosa comida, bufaba con asco.
Al despertarse, Kashtanka daba un paseo por las habitaciones, olfateando los rincones. A ella y al gato se les permitía recorrer todo el piso. El ganso no tenía derecho a salir del cuartucho empapelado. Y Javrona Ivánovna vivía en una zahúrda en el patio, presentándose en la habitación solamente a la hora de los ensayos. El dueño se despertaba tarde; y, después de desayunar, la emprendía con sus trucos. A diario traían la A, el látigo y los aros; y siempre se hacía lo mismo. Los ejercicios duraban tres o cuatro horas, de modo que, a veces, Fiódor Timófeich se tambaleaba de cansancio, como un borracho, Iván Ivánich abría el pico, jadeante; y el amo, rojo como un tomate, no daba abasto a limpiarse el sudor de la frente.
Los ejercicios y el almuerzo amenizaban el día. En cambio, las tardes resultaban un poco aburridas; como regla general, el dueño salía, llevándose al ganso y al pato. Al quedarse sola, Tiotka se tendía en el colchoncillo y se ponía triste. La tristeza llegaba imperceptiblemente y se apoderaba de ella poco a poco, como las tinieblas de la habitación. Empezaba por perder la gana de ladrar, de comer, de corretear por el piso y hasta de mirar a cualquier parte; luego aparecían en su imaginación dos figuras imprecisas, quizá perros o quizá personas, de caras simpáticas y atractivas, aunque incomprensibles; Tiotka, al verlas, movía el rabo, creyendo haberlas visto en alguna parte y haberles tenido cariño alguna vez. Y mientras se adormilaba, percibía el olor de aquellas figuras: olor a cola, a virutas y a barniz.
Ya acostumbrada a la nueva vida y convertida, de una perrilla escuálida y huesuda, en una perra alimentada y rolliza, el dueño la acarició una vez, antes de los ensayos, y le dijo:
—Va siendo hora de que hagamos algo, Tiotka. Basta de comer la sopa boba. Quiero hacer de ti una artista. ¿Te gustaría serlo?
A partir de entonces comenzó a instruirla en varias ciencias. Durante la primera lección, aprendió a mantenerse y a andar con las dos patas traseras, cosa que le gustó muchísimo. En la segunda, el dueño la hizo saltar y atrapar con la bota un trozo de azúcar que el maestro le mostraba a buena altura. En lecciones posteriores, bailó, dio vueltas atada a una cuerda, aulló acompañada de música, tocó la campana y disparó el revólver.
Al cabo de un mes estaba ya en condiciones de sustituir a Fiódor Timófeich en la “pirámide de Egipto”. Ponía aplicación y se alegraba de sus progresos. Las vueltas atada a la cuerda, los saltos por el aro y los paseos a caballo sobre el viejo cerdo, le causaban un placer enorme. Acompañaba cada cosa que aprendía con ladridos de contento.
El maestro se asombraba, lleno también de alegría, y se frotaba las manos.
—¡Arte, arte! —exclamaba— Tienes arte. No cabe duda de que triunfarás.
Y Tiotka se acostumbró de tal modo a la palabra arte, que, cuando la pronunciaba el dueño, ella volvía la cabeza, como si se tratase de su nombre.

VI
UNA NOCHE INTRANQUILA

Tiotka soñó —sueños perrunos— que el guarda de una casa la perseguía con una escoba. Y se despertó asustada.
La habitación estaba silenciosa y oscura. Hacía bochorno. Picaban las pulgas. Tiotka nunca temió a la oscuridad; pero en esta ocasión, sin que se sepa el motivo, sintió miedo y deseo de ladrar. En la habitación contigua suspiró profundamente el amo. Al poco rato, gruñó el cerdo en su pocilga; y tornó a hacerse el silencio. Cuando uno piensa en la comida nota cierto alivio. Tiotka recordó que aquella tarde había robado una pata de pollo, a Fiódor Timófeich, escondiéndola luego en la sala de estar, entre el armario y la pared, donde abundaban las telarañas y el polvo. No estaría mal ir a cerciorarse de si seguía en el mismo sitio, pues podía haberla encontrado el dueño y habérsela comido. Pero hasta el amanecer no se permitía salir. Era una regla. Tiotka cerró los ojos para dormirse antes, porque sabía, por experiencia, que cuanto más pronto se duerme uno tanto antes amanece. De repente, a poca distancia, resonó un grito extraño que la hizo temblar y ponerse en pie. Había gritado Iván Ivánich: y su grito no era persuasivo y charlatanesco, como de costumbre, sino salvaje, penetrante, antinatural, parecido al chirriar de las puertas cuando se abren. Como no distinguiera nada en las tinieblas ni comprendiera nada, Tiotka se atemorizó más aún y soltó un rugido:
—¡Jrrrr!
Transcurrió algo de tiempo, el necesario para roer un buen hueso; y el grito no se repitió. Poco a poco, Tiotka se tranquilizó y se adormiló. Vio, en sueños, dos enormes perros negros, con mechones de lana en las ancas y en los costados, comiendo en una gran tinaja desperdicios que exhalaban un humillo blanco y un olor exquisito. De cuando en cuando, los perros miraban a Tiotka, le enseñaban los dientes y gruñían: “¡A ti no te damos!”. En esto, salió de la casa un muzhik vestido con una pelliza y los echó a latigazos. Tiotka aprovechó la oportunidad y se puso a comer en la tinaja; pero, apenas el muzhikdesapareció tras el portalón, los dos perros negros se abalanzaron sobre ella, rugientes; y volvió a oírse el grito penetrante.
—¡Kiii! ¡Kiii! —chilló Iván Ivánich.
Tiotka despertó, incorporándose; y, sin salirse del jergón, comenzó a lanzar aullidos. Ahora se le antojaba que no había gritado Iván Ivánich, sino un extraño. Y el cerdo tornó a gruñir en su pocilga, por no se sabía qué razón.
Por fin, se oyó ruido de zapatillas que se arrastraban por el suelo. Entró el dueño con una palmatoria en la mano y envuelto en una bata. La oscilante luz deshizo las tinieblas y revoloteó, en pequeños resplandores, por el sucio empapelado y por el techo. Tiotka comprobó que no había en la habitación un solo extraño. Iván Ivánich, posado en el suelo, no dormía. Tenía las alas y el pico abiertos, y por su aspecto parecía muy cansado y deseoso de beber. El viejo Fiódor Timófeich también estaba en vela. Acaso le habrían despertado los gritos.
—¿Qué te pasa, Iván Ivánich? —preguntó el amo al pato—, ¿por qué chillas? ¿Estás enfermo?
El pato quedó callado. El dueño le palpó el cuello, le acarició la espalda y le dijo:
—¡Qué tonto eres! Ni duermes ni dejas dormir.
Cuando el dueño salió de la habitación llevándose la palmatoria, volvieron a reinar las tinieblas. Tiotka sentía miedo. Aunque el ganso no chillaba, ella seguía imaginándose que en la oscuridad acechaba un extraño. Y lo peor de todo era que no había modo de morder al intruso por ser invisible y no tener forma concreta, Tiotka intuía algún mal para aquella noche. Fiódor Timófeich también se mostraba intranquilo: se le oía removerse en el jergón, bostezar y sacudir la cabeza.
Allá, en la calle, llamaron a una puerta; y en la zahúrda gruñó el marrano. Tiotka exhaló un aullido, estiró las patas delanteras y apoyó en ellas la cabeza. En las llamadas a la puerta, en el gruñir de Javrona Ivánovna, en las sombras y en el silencio, se le antojó percibir algo triste y pavoroso, como en el graznido de Iván Ivánich. Todo era inquietud y alarma; pero ¿por qué? ¿Quién era aquel ser extraño e invisible? A un palmo de Tiotka relumbraron, de pronto, dos chispas verdes y mortecinas: los ojos de Fiódor Timófeich, que se le acercaban por primera vez desde que trabaron conocimiento. ¿Qué necesitaría? Tiotka le lamió una pata; y, sin preguntarle el motivo de su aproximación, se puso a aullar por lo bajo y en diversos tonos.
—¡Kiii! ¡Kiii! —graznó Iván Ivánich.
Abrióse de nuevo la puerta y penetró el dueño con la vela. El ganso continuaba posado como antes, abiertos el pico y las alas, pero con los ojos cerrados.
—¡Iván Ivánich! —lo llamó el señor.
El ganso no se movió. Sentóse el amo a su lado, en el suelo; le estuvo contemplando cosa de un minuto, y dijo:
—¿Qué viene a ser esto, Iván Ivánich? ¿Te nos mueres? ¡Ay, ahora recuerdo! —exclamó, llevándose las manos a la cabeza—. ¡Ya sé lo que ha sido! ¡Esta tarde te pisó un caballo! ¡Dios mío, Dios mío!
Tiotka no entendía las palabras del dueño; pero, por su cara, notaba que iba a suceder algo horrible. La perrita alargó el hocico hacia la oscura ventana, por la que, según ella creía, estaba mirando el ser extraño; y se puso a dar alaridos.
—¡Se está muriendo, Tiotka! —le dijo el amo juntando las manos apenado—. Sí, sí, se muere. Ha venido la muerte a vuestra habitación. ¿Qué vamos a hacer?
Pálido y alarmado, el amo se volvió a su dormitorio suspirando y moviendo la cabeza. Tiotka, temerosa de quedarse sola en la oscuridad, le siguió. El amo se sentó en la cama y repitió varias veces:
—¡Dios mío! ¿Qué hacer ahora?
Tiotka daba vueltas junto a sus pies, sin comprender la tristeza y la intranquilidad de él; y, deseosa de desentrañar el misterio, seguía atentamente todos sus movimientos. Fiódor Timófeich, que rara vez abandonaba su jergón, también vino al dormitorio del dueño; y no hacía más que restregarse los costados por sus piernas. Sacudiendo la cabeza, como si quisiera arrojar de ella pensamientos amargos, miraba, receloso, debajo de la cama.
El amo cogió un platillo, echó en él un poco de agua de la palangana y se la llevó al ganso.
—Toma, bebe —le dijo cariñosamente, poniéndole el plato por delante—. Bebe, salado.
Pero Iván Ivánich no se movió ni abrió los ojos. El dueño le llevó la cabeza hasta el plato y le metió el pico en el agua; mas la pobre ave, lo único que hizo fue extender más las alas mientras el pico, inmóvil, quedaba dentro del agua.
—No, no hay nada que hacer —suspiró el amo—. Se acabó. Nos podemos despedir de Iván Ivánich.
Por sus mejillas resbalaron unas gotas brillantes como las que solían aparecer en las ventanas cuando llovía. Sin comprender lo que pasaba, Tiotka y Fiódor Timófeich se apretujaron contra él, mirando horrorizados al ganso.
—¡Pobre Iván Ivánich! —se lamentó el señor, suspirando tristemente—. ¡Yo que pensaba llevarte al campo en primavera y pasear contigo por la hierba verde! ¡Simpático animal y buen compañero mío! ¿Cómo voy a arreglarme sin ti?
Tiotka se figuró que a ella le sucedería lo mismo; es decir, que sin saber por qué, cerraría los ojos, estiraría las patas, abriría la boca y todos la mirarían con horror. Al parecer, los mismos pensamientos bullían en el cerebro de Fiódor Timófeich. Nunca había estado tan sombrío y tan lúgubre el viejo gato.
Amanecía; y ya no estaba en la habitación el extraño ser invisible que tanto atemorizaba a Tiotka. Cuando aclaró por completo, entró el dvornik [el encargado de la limpieza en las casas], agarró de las patas al ganso y se lo llevó. Y a poco tardar apareció la vieja y se llevó el barreño.
La perrita fue a la sala y miró detrás del armario: el dueño no se había comido la pata de pollo, que continuaba en su sitio entre polvo y telarañas. Mas no por ello se alegró Tiotka: estaba aburrida, triste, con ganas de llorar. Ni siquiera olió la pata; se refugió debajo del diván, se echó allí y comenzó a gemir con aullidos lastimeros:
—¡Jiii! ¡Jiii!

VII
UN “DEBUT” INFORTUNADO

Un buen día, el amo entró en la habitación de los animales; y, frotándose las manos, dijo:
—Bueno…
Quería añadir algo, pero se marchó sin hacerlo. Tiotka, que durante las lecciones había estudiado perfectamente su cara y su entonación, adivinó que estaba inquieto, preocupado y quizá mohíno. Al poco rato regresó el amo diciendo:
—Hoy me llevo a Tiotka y a Fiódor Timófeich. Tú, Tiotka, sustituirás al difunto Iván Ivánich en la “pirámide de Egipto”. ¡Menuda faena! No tenemos nada preparado ni aprendido… Como hemos ensayado tan pocas veces… ¡Podemos fracasar, cubrirnos de ridículo!
Salió de nuevo; y un minuto más tarde regresó con el abrigo y la chistera puestos. Acercándose al gato, lo agarró de las patas delanteras, lo levantó en vilo y se lo metió en el pecho bajo las solapas del abrigo, siendo de notar que Fiódor Timófeich se mostró indiferente y ni siquiera se tomó el trabajo de abrir los ojos. Al parecer, le daba igual estar tendido que ser levantado por las patas, revolcarse en su jergón que reposar sobre el pecho y bajo el abrigo del señor.
—En marcha, Tiotka —la invitó el dueño.
Sin comprender nada, y haciendo fiestas con el rabo, Tiotka le siguió; minutos después iba sentada en un trineo, a los pies del dueño, oyéndole decir mientras tiritaba de frío y de nerviosismo:
—¡Fracasaremos! ¡Haremos el ridículo!
El trineo se detuvo ante una casa grande y rara, semejante a una sopera boca abajo. Entraron en un largo pasillo, con tres puertas de cristales, alumbrado por una docena de refulgentes faroles. Las puertas se abrían tintineando; y, como bocas gigantescas, se tragaban a la gente que iba y venía de un lado para otro. El público era mucho; llegaban con frecuencia caballos; pero no se veía un solo perro.
Agarrando a Tiotka, el amo la metió en el mismo sitio en que se hallaba Fiódor Timófeich. Aquello estaba oscuro y era difícil respirar; pero no hacía frío. Por un instante, brillaron dos resplandores verdosos y mortecinos: el gato había abierto los ojos, inquieto al sentir junto a él las frías y ásperas patas de su vecina. Tiotka le lamió una oreja; y, queriendo acomodarse lo mejor posible, se removió, aplastó al minino con sus heladas extremidades y sacó la cabeza impensadamente; pero acto seguido volvió a ocultarla bajo el abrigo con un gruñido de irritación. Creía haber visto una habitación enorme, mal alumbrada y llena de monstruos: tras las vallas y las rejas que se alzaban a ambos lados asomaban las caras más horribles —de caballo, con cuernos, orejudas— y un enorme hocico con un rabo gordísimo en lugar de nariz y dos largos huecos completamente roídos colgando de la boca.
El gato emitió un ronco maullido bajo las garras de Tiotka, pero en aquel preciso instante se abrió el abrigo, el dueño gritó: “¡Hop!”, y los dos animales saltaron al suelo. Se encontraban en un cuarto de grises paredes de madera. Todo el mobiliario consistía en una mesilla, un espejó, un taburete y unos trapos colgados por los rincones; en lugar de lámpara o de vela ardía una luz muy clara, en forma de abanico, adherida a un tubo que salía de la pared. Fiódor Timófeich se alisó con la lengua la piel despeinada por Tiotka, se fue bajo el taburete y se tendió. El dueño, nervioso todavía y frotándose las manos, comenzó a desnudarse. Se quedó como solía quedarse en casa para dormir; es decir, en ropas menores, tras de lo cual tomó asiento en el taburete y, mirándose al espejo, comenzó a hacer cosas la mar de peregrinas. Ante todo se puso una peluca con una raya en medio y dos rizos semejantes a cuernos; luego se embadurnó la cara con una pintura blanca, sobre la cual se dibujó unas cejas largas y unos bigotes; y se coloreó de rojo la cara. Mas no terminaron aquí sus rarezas: después de ensuciarse los caprinos y el cuello, se enfundó en un traje estrafalario y disparatado, que Tiotka no había visto nunca, ni en la calle ni en las casas. Figúrense ustedes unos pantalones anchísimos, de percal, con flores muy grandes, como las que se usan en muchas casas para las cortinas y para la guarnición de los muebles, que se abotonaban junto a los sobacos. Una pernera era color castaño y otra amarillo claro. Después de desaparecer en el descomunal pantalón, el dueño se puso una blusa de gran cuello con muchas puntas y una estrella de oro en la espalda, dos medias de colores distintos y unas botazas verdes…
A Tiotka se le nublaron los ojos y el alma. Aquella figura de saco tenía el olor del amo y su voz era también parecida; pero había momentos en que la perrita, hecha un mar de dudas, hubiera huido de la abigarrada figura y se hubiera puesto a ladrarle. El cambio de casa, la luz en abanico, el olor y la metamorfosis del amo, le infundían un temor vago, acompañado del presentimiento de que a cada paso podía encontrarse con algo tan horrible como el enorme hocico que tenía un rabo descomunal en lugar de nariz. Para colmo de males, a cierta distancia, al otro lado de la pared, tacaba la odiosa música y resonaba un rugido incomprensible. Lo único que la tranquilizaba era la impasibilidad de Fiódor Timófeich, que dormitaba, muy a su sabor, bajo el taburete, sin abrir los ojos ni siquiera cuando lo movían.
Un caballero de frac y chaleco blanco asomó la cabeza por la puerta y anunció:
—Ahora sale miss Arabella. Después le toca a usted.
El dueño no respondió. Sacando de debajo de la mesa un maletín, se sentó y quedo a la espera. Sus labios y sus manos denotaban turbación; y Tiotka advirtió la trémula irregularidad de su respiración.
—Ha llegado su turno, monsieur George —gritó alguien en el pasillo.
Levantóse el amo, se persignó tres veces, agarró al gato de debajo del taburete y lo metió en el maletín.
—Vamos, Tiotka —dijo en voz baja.
Tiotka, sin entender palabra, se dejó elevar. El dueño la besó en la frente y la puso al lado de Fiódor Timófeich. Tras esto siguió la oscuridad. La perra pisoteaba al gato, arañaba las paredes del maletín; y el miedo le impedía producir el menor sonido. El maletín se balanceaba como si fuera a merced de las olas.
—¡Aquí estoy! —se oyó gritar al amo—. ¡Aquí me tienen ya!
Tiotka notó que después de este grito, el maletín chocó contra un objeto duro y dejó de balancearse. Resonó un gran estruendo: a alguien le tocaban palmas; y este alguien, que, por lo visto, era el del hocico con un rabo en lugar de nariz, aullaba y se reía con tanta fuerza que hacía temblar las cerraduras del maletín. Respondiendo al estruendo, sonó una risa, estridente y chillona, del dueño, una risa que no era la de casa.
—¡Ja, ja, ja! —trató de sobreponerse con sus carcajadas al ruido que se oía—. Respetable público: acabo de llegar de la estación; ha fallecido mi abuela dejándome una herencia. Traigo en el maletín algo muy pesado. De seguro que es oro. ¡Ja, ja, ja! A lo mejor hay aquí millones. Abriremos para verlo…
Chasqueó la cerradura del maletín. Una luz muy intensa impresionó a Tiotka, que saltó al suelo; y, ensordecida por el estruendo, se puso a corretear asustada en tomo a su amo, ladrando con toda la fuerza de sus pulmones.
—¡Ja, ja! —gritó el amo— ¡Querido tío Fiódor Timófeich! ¡Adorada tía! ¡Inapreciables parientes! ¡Así os llevara el diablo!
Acto seguido se tiró de bruces sobre la arena y comenzó a abrazar al gato y a Tiotka. Ésta, mientras él la abrazaba, echó un vistazo a aquel mundo al que la había arrastrado el destino; y, asombrada de su grandiosidad, permaneció un instante como embelesada de júbilo; pero luego escapó de los brazos del dueño y, desconcertada por tan fuertes impresiones, se puso a dar vueltas como una peonza, en el mismo sitio. El nuevo mundo era grande y lleno de luz brillante: a dondequiera que dirigía la vista, desde el suelo hasta el techo, no había más que caras y más caras.
—¡Haga el favor de sentarse, tía! —le rogó el dueño.
Acordándose del significado de esta orden. Tiotka saltó a una silla y se sentó en ella. Al mirar al amo encontró que sus ojos tenían la habitual expresión de seriedad y dulzura: pero su cara, y en particular la boca y los dientes, estaba deformada por una sonrisa amplia e inmóvil, Como le veía reír, saltar, mover los hombros y fingir alegría, Tiotka creyó que verdaderamente estaba contento. Y de pronto, percatándose de que la contemplaban miles de ojos, levantó el hocico de zorra y exhaló un alegre aullido.
—Estese quieta, tía —dijo el amo—, mientras el tío y yo bailarnos una kamarinskaia [el tema musical del folclore ruso, compuesto en 1848 por Mijaíl Glinka].
Fiódor Timófeich, en espera de que le obligaran a hacer tonterías, examinaba los alrededores con indiferente mirada. ¡Bailó desganado, sin entusiasmo, tristemente, y tanto en los movimientos de su cuerpo como en los de su cola y sus bigotes se advertía desprecio por el gentío, por la luz, por el amo y por sí mismo! Después de ejecutar unas danzas, bostezó y se sentó en el suelo.
—Y ahora, tía —propuso el amo—, usted y yo cantaremos y, después, bailaremos. ¿Qué le parece?
Sacó del bolsillo una flauta y se puso a tocar. Tiotka, tan refractaria a la música, se removió alterada en la silla y comenzó a aullar.
Alrededor resonaron gritos aprobatorios y aplausos. El amo hizo una reverencia; y, restablecido el silencio, volvió a tocar. En el momento de tomar una nota muy alta, alguien lanzó una exclamación en las filas de arriba:
—¡Pero si es Kashtanka! —gritó una voz infantil.
—¡Sí, es Kashtanka! —asintió otra, aguardentosa—. ¡Es Kashtanka! ¡Que Dios me castigue si no lo es, Fediushka!
Se oyó un silbido entre el público; y dos voces —una de niño y otra de hombre— llamaron, a voz en grito:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka se estremeció y miró al lugar donde habían sonado las voces. Dos rostros —uno barbudo, con sonrisa de borracho, y otro redondo, rosado, temeroso— impresionaron al animal, como antes le impresionara la luz. Reconociendo aquellas caras, saltó de la silla, dio con todo su cuerpo en la arena, levantóse y, chillando alborozada, se lanzó en la dirección de donde la llamaban. Estalló de nuevo un griterío ensordecedor mezclado con silbidos. Y en medio de aquel fragor, destacaba una penetrante voz infantil:
—¡Kashtanka, Kashtanka!
Tiotka saltó la barrera de la pista, pasó por encima de alguien y fue a parar a un palco. Para subir al piso siguiente había que superar una alta pared. Tiotka dio un salto, pero no llegó arriba. Después pasó de hombro en hombro, lamió manos y caras, ascendió poco a poco y, por fin, llegó hasta el paraíso…

* * *

A la media hora, Kashtanka iba ya tras dos personas que olían a cola y a barniz. Luka Aleksándrich se tambaleaba; e, instintivamente, aleccionado por la experiencia, procuraba mantenerse a distancia de la cuneta.
—Por mi culpa me encuentro en el abismo del pecado —balbucía—. Y tú, Kashtanka, no representas nada. En comparación con un hombre, eres lo mismo que un dolador comparado con un carpintero.
A su lado caminaba Fediushka con la gorra de su padre. Kashtanka les miraba por detrás, le parecía que llevaba mucho tiempo siguiéndoles, y se alegraba de que la vida no se hubiera interrumpido un solo instante.
Recordaba la habitación con el empapelado sucio, al ganso, a Fiódor Timófeich; recordaba también las suculentas comidas, los ensayos, el circo; pero todo se le representaba como una larga pesadilla.

Literatura .us
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La tormenta de VladimirNabokov

En la esquina de una calle cualquiera de Berlín oeste, bajo el dosel de un tilo en plena floración, me vi envuelto en una ardiente fragancia. Masas de niebla ascendían en el cielo nocturno y, cuando el último hueco de estrellas fue absorbido en ellas, el viento, ese fantasma ciego, cubriéndose el rostro con las mangas, barrió la calle desierta. En la oscuridad mate, sobre los postigos de hierro de una barbería, su escudo colgante —una bacía de plata— empezó a oscilar como un péndulo.
Llegué a casa y me encontré con que el viento me estaba esperando en la habitación: golpeaba el marco de la ventana… pero en cuanto cerré la puerta tras de mí, escenificó un reflujo inmediato. Bajo mi ventana había un patio profundo donde, durante el día, las camisas, crucificadas en tendederos radiantes por el sol, brillaban a través de los macizos de lilas. De aquel patio surgían de vez en cuando voces de todo tipo: el ladrido melancólico de los traperos o de los que compraban botellas vacías; a veces, el lamento de un violín lisiado y, en una ocasión, una rubia obesa se colocó en el centro del patio y rompió a cantar una canción tan hermosa que las muchachas se asomaron a todas las ventanas, doblando sus cuellos desnudos. Luego, cuando hubo acabado, se produjo un momento de una quietud extraordinaria, sólo se oyó a mi patrona, una viuda desaliñada, que empezó a gemir y a sonarse la nariz en el pasillo.

Ahora, en aquel patio iba creciendo una penumbra sofocante; luego, el ciego viento, que se había deslizado impotente hasta la profundidad del patio, retomó sus fuerzas, comenzó a alzarse hacia las alturas y, repentinamente, ocupó todo el lugar, sin dejar de subir, en las aberturas ámbar de la pared negra de enfrente, empezaron a aparecer como flechas las siluetas de brazos y de cabezas despeinadas que trataban de alcanzar las ventanas abiertas que el viento disparaba, para cerrar ruidosamente sus postigos y sujetarlos firmemente. Las luces se apagaron. Justo después, la avalancha de un ruido sordo, el ruido del trueno distante, se puso en movimiento, e inició su marcha avasalladora a través del cielo de oscuro violeta. Y, de nuevo, todo se quedó parado y en silencio como se había quedado cuando la mujer acabó su canción, las manos apretadas contra sus amplios senos.
En este silencio me quedé dormido, exhausto por la felicidad de mi día, una felicidad que no puedo describir por escrito, y mi sueño estuvo lleno de ti.

Me desperté porque la noche había comenzado a romperse en pedazos. Un resplandor pálido y salvaje volaba por el cielo como un rápido reflejo de radios colosales. El cielo se rasgaba en un estrépito tras otro. La lluvia caía en un flujo espacioso y sonoro.
Yo estaba embriagado por aquellos temblores azulados, por el frío volátil y agudo. Me encaramé al alféizar mojado de la ventana y respiré el aire sobrenatural, que hizo vibrar mi corazón como un cristal.
Más cerca todavía, de forma más grandiosa aún, el carro del profeta rodaba con estrépito a través de las nubes. La luz de la locura, de las visiones penetrantes, iluminaba el mundo nocturno, las pendientes metálicas de los tejados, los volátiles macizos de lilas. El dios del trueno, un gigante de pelo blanco con una barba furiosa, al viento sobre su espalda, vestido con los pliegues flameantes de un ropaje deslumbrante, se erguía, sacando pecho en su carro de fuego, frenando con brazos tensos a sus enormes corceles, negros como la pez y con crines como un relámpago violeta. Habían conseguido escapar al control de su amo, dispersaban chispas de espuma crujiente, el carro estaba a punto de volcar, y el arrebolado profeta tiraba en vano de las riendas. Tenía el rostro descompuesto por el viento y por el esfuerzo; el remolino, haciendo volar los pliegues de su túnica, dejó al descubierto una poderosa rodilla; los corceles movían sus crines llameantes y galopaban más y más violentamente en un vertiginoso descenso por las nubes. Luego, con cascos de trueno, se lanzaron a través de un tejado brillante; el carro daba bandazos, Elias se tambaleó, y los corceles, enloquecidos al contacto con el metal mortal, volvieron a saltar hacia el cielo. El profeta salió despedido. Una rueda se soltó. Desde mi ventana vi cómo su enorme aro de fuego caía sobre un tejado, cómo vacilaba al borde del mismo hasta caer finalmente en la oscuridad, mientras que los corceles, tirando del carro volcado, ya alcanzaban al galope las nubes más altas; el retumbar cesó, y el resplandor tormentoso se desvaneció en abismos lívidos.
El dios del trueno, que había caído en un tejado, se levantó pesadamente. Se resbalaba con aquellas sandalias; rompió la ventana de un dormitorio con el pie, gruñó, y con un movimiento de su brazo se agarró a una chimenea para sostenerse. Lentamente giró su rostro enfurecido mientras sus ojos buscaban algo —probablemente la rueda que se había desprendido volando de su eje dorado. Luego miró hacia arriba, con los dedos enganchados en su rizada barba, movió la cabeza enfadado —ésta no era probablemente la primera vez que esto le sucedía— y, cojeando ligeramente, empezó a descender con cautela.
Todo excitado conseguí arrancarme de la ventana, corrí a ponerme la bata y bajé a toda prisa la empinada escalera hasta el patio. La tormenta había pasado pero todavía permanecía en el aire una ráfaga de lluvia. Hacia el este una palidez exquisita iba invadiendo el cielo.
El patio, que desde arriba parecía rebosar de densa oscuridad, no albergaba, en realidad, más que una delicada niebla que ya se estaba fundiendo. En el macizo de césped central, oscurecido por la humedad, había un anciano magro, encorvado, vestido con una bata empapada, que no hacía más que murmurar entre dientes y mirar en torno suyo. Al verme, cerró los ojos enfadado y me dijo: «¿Eres tú, Eliseo?».
Yo le saludé. El profeta chasqueó la lengua sin dejar de rascarse la calva.
—He perdido una rueda. Búscamela, ¿quieres?
La lluvia ya había cesado por completo. Unas nubes enormes del color de las llamas se habían agrupado encima de los tejados. Los macizos, la valla, la brillante caseta del perro, flotaban en el aire azulado y soñoliento que nos rodeaba. Buscamos durante mucho tiempo en distintos rincones. El anciano no dejaba de gruñir, subiéndose los faldones de su pesada túnica, salpicándose al pasar por los charcos con sus sandalias, y una gota brillante le colgaba de su gran nariz huesuda. Al hacer a un lado un pequeño macizo de lilas, vi, en un montón de basura, entre cristales rotos una rueda de perfil estrecho que debía haber pertenecido al coche de un niño pequeño. El anciano expresó un gran alivio tras de mí. Presuroso, casi bruscamente, me hizo a un lado y me arrebató el herrumbroso aro. Con un guiño alegre dijo: «Así es que rodó hasta aquí».
Y entonces se me quedó mirando, sus cejas blancas se unieron en un gesto de descontento, y como si se hubiera acordado de algo, dijo con voz impresionante: «Vuélvete de espaldas, Eliseo».
Obedecí, incluso cerré los ojos al hacerlo. Me quedé así durante unos minutos más o menos, pero luego ya no pude controlar mi curiosidad.
El patio estaba vacío, a excepción del viejo perro desgreñado con su hocico canoso que había sacado la cabeza de su caseta y miraba hacia arriba, como una persona, con ojos asustados. Yo también alcé la vista. Elias se había abierto camino hasta el tejado, con el aro de hierro brillando en su espalda. Sobre las chimeneas negras se perfilaba una nube de aurora como si fuera una montaña de tonos naranja, y más allá, una segunda y una tercera. El perro, acallado, y yo observamos juntos cómo el profeta que había alcanzado la cresta del tejado, se alzaba sin precipitación y con toda su calma a la nube y cómo continuaba subiendo pisando pesadamente por masas de suave fuego…
Los rayos de sol alcanzaron su rueda y se convirtió al momento en algo grande y dorado, y también Elias parecía ahora como si estuviera vestido de llamas, que se mezclaban con la nube del paraíso sobre la que seguía caminando siempre más arriba hasta desaparecer en la garganta gloriosa del cielo.
Y el perro decrépito esperó a ese preciso momento para romper su silencio con el ladrido ronco de la mañana. Pequeñas olas cruzaban la superficie brillante de uno de los charcos dejados por la lluvia. La ligera brisa agitaba los geranios de los balcones. Dos o tres ventanas se despertaron. Corrí sin quitarme mis zapatillas empapadas ni mi vieja bata hasta la calle para tomar el primer tranvía que pasara, y levantándome los faldones de la bata, sin parar de reírme de mí mismo mientras corría, me imaginé que, dentro de unos momentos, estaría en tu casa y te empezaría a contar el accidente aéreo de aquella noche y la historia del profeta enfadado que cayó en el patio de mi casa.
(Los relatos recibidos son publicadas tal como el usuario las envía, confiando en que la obra enviada está completa y corregida debidamente por quien realiza la contribución).

Diario de un loco de Gogol


3 de octubre

Hoy ha tenido lugar un acontecimiento extraordinario. Me levanté bastante tarde, y cuando Marva me trajo las botas relucientes, le pregunté la hora. Al enterarme de que eran las diez pasadas, me apresuré a vestirme. Reconozco que de buena gana no hubiera ido a la oficina, al pensar en la cara tan larga que me iba a poner el jefe de la sección. Ya desde hace tiempo me viene diciendo: “Pero, amigo, ¿qué barullo tienes en la cabeza? Ya no es la primera vez que te precipitas como un loco y enredas el asunto de tal forma que ni el mismo demonio sería capaz de ponerlo en orden. Ni siquiera pones mayúsculas al encabezar los documentos, te olvidas de la fecha y del número. ¡Habrase visto!…”

¡Ah! ¡Condenado jefe! Con toda seguridad que me tiene envidia por estar yo en el despacho del director, sacando punta a las plumas de su excelencia. En una palabra, no hubiera ido a la oficina a no ser porque esperaba sacarle a ese judío de cajero un anticipo sobre mi sueldo. ¡También ése es un caso! ¡Antes de adelantarme algún dinero sobrevendrá el Juicio Final! ¡Jesús, qué hombre! Ya puede uno asegurarle que se encuentra en la miseria y rogarle y amenazarle; es lo mismo: no dará ni un solo centavo. Y, sin embargo, en su casa, hasta la cocinera le da bofetadas. Eso todo el mundo lo sabe.

No comprendo qué ventajas se tiene al trabajar en un departamento ministerial. Ni siquiera dispone uno de recursos. Pero no sucede así en la Administración Provincial, ni en el Ministerio de Hacienda, ni en el Tribunal Civil. Allí ves a un empleado cualquiera sentado humildemente en un rincón escribiendo. Lleva un frac gastado y su aspecto es tal que ni siquiera merece que se le escupa encima. Sin embargo, fíjate en la villa que alquila durante el verano. No se te ocurra regalarle una taza de porcelana dorada, pues te dirá que eso es digno de un médico. Él se conforma tan sólo con un coche de lujo o unos drojkas o una piel de visón de 300 rublos. Y, no obstante, por su aspecto parece tan modesto, y al hablar es tan fino. Te pide, por ejemplo, que le prestes la navaja para sacar punta a su pluma, y si te descuidas un poco, te despluma de tal forma, que ni siquiera te deja la camisa.

Pero reconozco que nuestra oficina es diferente, y en toda ella reinan una limpieza de conducta y una honradez tales, que ni por soñación puede haberlas en la Administración Provincial. Además, todos los jefes se tratan de usted. Confieso que, a no ser por la honradez y el buen tono de mi oficina, hace ya mucho tiempo que hubiera dejado el departamento ministerial.

Me puse el viejo capote y cogí el paraguas, pues llovía a cántaros. En la calle no había nadie. Sólo tropecé con mujeres de pueblo que se arropaban con los faldones de sus abrigos, comerciantes que caminaban resguardándose de la lluvia bajo sus paraguas, y cocheros. Gente bien no se veía por ningún sitio, a excepción de nuestra modesta persona, que caminaba bajo la lluvia. En cuanto la vi en un cruce, pensé en seguida: “¡Eh, amiguito! Tú no vas a la oficina. Tú estás dispuesto a seguir a ésa que va delante de ti y cuyas piernas estás mirando. ¡Qué locuras son ésas! La verdad es que eres peor que un oficial. Basta con que pase cualquier modistilla para que te dejes engatusar”.

Precisamente en el momento en que estaba pensando esto vi cómo una carroza se detenía ante un almacén junto al que yo me encontraba. En seguida reconocí la carroza: era la de nuestro director. Me supuse que debería de ser de su hija, pues él no tenía por qué ir a estas horas a un almacén. El lacayo abrió la portezuela, y la joven saltó del coche, como un pajarito. Echó unas miradas en torno suyo, y al alzar sus ojos sentí que mi corazón quedaba herido… ¡Dios mío, estoy perdido! ¡Estoy perdido irremediablemente!

Y ¿por qué habrá salido ella con este mal tiempo? Después de esto nadie se atrevería a decir que las mujeres no se vuelven locas por los trapos.

Ella no me reconoció y yo procuré ocultarme y pasar inadvertido, pues llevaba un capote muy manchado y cuyo corte, además, estaba pasado de moda. Ahora se llevan las capas con cuellos muy largos, y el mío era muy corto; además, el paño de mi capote distaba mucho de ser elegante. Su perrita no tuvo tiempo de entrar y se quedó en la calle. Yo la conozco, se llama Medji. No había transcurrido ni un minuto, cuando oí de repente una vocecilla que decía:

-¡Hola, Medji!

Vaya. ¿Quién será el que habla? Miré y vi a dos señoras que caminaban debajo de un paraguas. Una de ellas era ya anciana; la otra, muy jovencita. Pero ellas ya habían pasado, y nuevamente volví a oír la misma voz a mi lado.

-¡Debería darte vergüenza, Medji!

¡Qué diablos! Vi que Medji estaba olfateando al perro que iba con las dos señoras. “¡Vaya! ¿No estaré borracho? -pensé para mis adentros-. ¡Menos mal que esto no me ocurre a menudo!”

-No, Fidele; estás equivocado. Yo estuve… Hau, hau… Yo estuve muy enferma.

¡Vaya con la perrita! Confieso que me quedé muy sorprendido al oírle hablar como una persona; pero después de reflexionarlo bien, no hallé en ello nada extraño. En efecto, en el mundo se dan muchos ejemplos de la misma índole. Cuentan que en Inglaterra emergió un pez y dijo dos palabras en un idioma extraño, tan raro, que desde hace dos o tres años los sabios hacen investigaciones acerca de él y aún no han logrado clasificarlo. También leí en los periódicos que dos vacas entraron en una tienda y pidieron medio kilo de té. Pero reconozco que me quedé aún mucho más sorprendido al oírle decir a Medji:

-¡Es verdad que te escribí, Fidele! Seguramente Polkan no te llevaría la carta.

Aunque me juegue el sueldo, apostaría que nunca se ha dado el caso de un perro que escriba. Sólo los nobles pueden escribir. Claro que también algunos comerciantes, oficinistas y, a veces, hasta la gente del pueblo sabe escribir un poco; pero lo hace de un modo mecánico, sin poner ni comas, ni puntos, y, claro está, sin ningún estilo.

Esto me dejó muy sorprendido. He de confesar que desde hace algún tiempo a veces oigo y veo unas cosas que nadie vio ni oyó jamás.

“Voy a seguir a esta perrita, y así me enteraré de quién es y de lo que piensa”, resolví para mí. Abrí el paraguas y me puse a seguir a las dos señoras. Cruzamos la calle Gorojovaia y nos dirigimos a la calle Meschanskaia, y desde allí a la de Stoliar, y, finalmente, llegamos al puente de Kokuchkin, deteniéndonos ante una casa de grandes dimensiones. “Conozco esta casa -pensé para mí-: es la de Zverkov. ¡Un verdadero hormiguero! Pues sí que viven allí pocos cocineros y viajantes. En cuanto a los empleados, abundan como chinches. Allí vive un amigo mío que toca muy bien la trompeta.”

Las señoras subieron al quinto piso. “Bueno -pensé- ahora me voy a ir, pero antes he de fijarme bien en el sitio, para aprovecharlo en la primera ocasión que se me presente.”

4 de octubre

Hoy es miércoles, y por eso estuve en el despacho de nuestro director. Vine a propósito un poco antes. Me senté y me puse a sacar punta a todas las plumas. Nuestro director debe de ser un hombre muy inteligente; tiene el despacho lleno de armarios con libros. Leí los títulos de algunos libros, y todos son científicos; así que ni por soñación son asequibles a nosotros, los empleados; además, todos están o en francés o en alemán. Cuando se mira a nuestro director, sorprende a uno por su aspecto imponente y por la seriedad que refleja toda su persona. Todavía no he oído nunca que haya dicho una palabra de más. Sólo cuando se le entregan los documentos suele preguntar:

-¿Qué tiempo hace fuera?

-Hace mucha humedad, excelencia.

La verdad es que las personas, como nosotros, no se pueden comparar con él. Es lo que se dice un verdadero hombre de Estado. He notado, sin embargo, que me tiene especial cariño. ¡Ah, si su hija…! ¡No, eso es una canallada!… Me entretuve leyendo La Abeja. ¡Qué gente tan estúpida son los franceses! ¿Qué es lo que pretenden? ¡De buena gana los hubiera cogido a todos y les hubiera dado una buena paliza!

Allí también leí la descripción de un baile hecha por un terrateniente de la provincia de Kurck. Los terratenientes de Kurck suelen escribir muy bien. Después me di cuenta de que eran ya las doce y media y que nuestro director aún no había salido de su dormitorio. Pero a eso de la una y media tuvo lugar un acontecimiento que ninguna pluma sería capaz de relatar. Se abrió la puerta, yo me levanté de un salto con los papeles en la mano, pensando que sería el director; pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que era ella. ¡Jesús, cómo iba vestida! Llevaba un traje blanco y vaporoso como un cisne. ¡Y qué vaporoso! Y al alzar los ojos creí que me alcanzaban los rayos del sol. Me saludó y dijo con una voz semejante a la de un canario:

-¿No ha venido papá?

“Excelencia -quise decirle-, ¿quiere usted castigarme? Pues si tal es su deseo, que lo haga su excelencia con su propia manita.” Pero ¡qué demonios! La lengua se me trabó; así es que sólo pude decir:

-No, no estuvo.

Ella me echó una mirada y miró también los libros y… dejó caer su pañuelo. Yo me precipité en seguida para recogerlo, pero resbalé sobre ese maldito entarimado y poco me faltó para caerme; sin embargo, logré conservar el equilibrio y alcancé el pañuelo. ¡Señor, qué pañuelo! Era de batista finísima.

Ella me dio las gracias y sus labios esbozaron una sonrisa un tanto irónica; luego se fue. Yo me quedé una hora hasta que el criado vino y me dijo:

-Márchese a casa, Aksenti Ivanovich. El señor ya salió.

No puedo soportar a los criados; siempre están tumbados en el vestíbulo, y ni por casualidad saludan a uno. Y no sólo eso, sino que un día, a una de estas bestias se le ocurrió ofrecerme un poco de tabaco sin levantarse de su sitio. ¡Como si no supiera el muy tonto que yo soy un funcionario de familia noble! No obstante, cogí yo mismo mi sombrero y mi capote y me los puse, pues sería inútil esperar ayuda de esa gente. Salí a la calle. Al llegar a casa me pasé un buen rato tumbado en la cama. Después copié unos versos muy bonitos:

¡Mi almita! En tu ausencia, una hora,
un año completo parece pasado sin ti.
¡Odiosa es la vida, ya solo, señora!
Por eso yo pienso: “Si tú no vinieses, mejor es morir”

Deben de ser de Pushkin. Por la tarde, arropándome bien con mi capote, fui a casa de su excelencia, en donde estuve esperando para ver si la veía salir al subir en coche; pero ella no salió.
6 de noviembre

El jefe de personal me ha puesto fuera de mí. Hoy, cuando llegué a la oficina, me hizo llamar y me dijo lo siguiente:

-Pero dime: ¿qué es lo que estás haciendo?

-¡Cómo! Yo no hago nada -le respondí.

-Bueno. Reflexiona un poco. Ya has pasado de los cuarenta; me parece que es hora de que te vuelvas un poco más inteligente. ¿Crees acaso que no estoy enterado de todas tus andanzas? ¡Sé muy bien que andas detrás de la hija del director! Pero, hombre, ¡mírate al espejo! ¡Piensa en lo que eres! ¡No eres más que un cero, que es menos que nada! ¡Si no tienes ni un centavo! Pero ¡mírate…, mírate la cara en el espejo! ¡Cómo puedes tú pensar en esas cosas!

¡Demonios! ¿Qué se habrá creído él? Si tiene cara de bola de billar con cuatro pelos en la cabeza que se unta de pomada y lleva rizados que es una irrisión. Y se cree que a él todo le está permitido. Ya comprendo por qué está furioso: es que me tiene envidia. Seguramente habrá visto que soy objeto de sus marcadas preferencias. ¡Pero ya puede decir cuanto quiera, que me tiene sin cuidado! ¡Pues tampoco tiene tanta importancia un consejero de la Corte! ¡Por llevar una cadena de oro en su reloj y encargarse unas botas de 30 rublos se cree alguien! ¡Que se vaya al diablo! ¿Acaso se cree que soy hijo de un plebeyo o de un sastre o de un sargento? Soy noble. También yo puedo llegar a obtener el mismo cargo que él. Sólo tengo cuarenta y dos años, que en realidad es la edad cuando precisamente se empieza a trabajar. ¡Espera, amigo: también yo llegaré a ser coronel, y con la ayuda de Dios quizás algo más! También yo gozaré de una reputación mejor que la tuya. ¿Qué te crees, que en el mundo no hay hombre más formal que tú? Espera un poco: cuando yo tenga un frac cortado a la moda y una corbata como la tuya, entonces no me llegarás ni a la punta de los zapatos. Lo malo es que no dispongo de medios.

8 de noviembre

Estuve en el teatro. Ponían Filatka, el tonto ruso. Me reí mucho. Daban también un vaudeville con unos cuplés muy graciosos sobre los jueces, particularmente uno que se refería a un consejero de registro, y que era tan fuerte, que me extrañó que le hubiera dejado pasar la censura. En cuanto a los comerciantes se decía que abiertamente engañaban al pueblo, y que sus hijos armaban unas juergas terribles y se esforzaban por llegar a ser nobles. También había un cuplé muy gracioso sobre los periodistas y la pasión que tienen de criticarlo todo; de modo que los autores de hoy en día escriben unas piezas muy entretenidas. A mí me gusta mucho ir al teatro. En cuanto tengo algún dinero en el bolsillo no puedo contenerme y voy. Pero entre nosotros los empleados hay muchos que no van, aunque se les regale el billete. También cantó muy bien una artista. Me acordé de aquello…, ¡bueno, es una canallada!…; así es que no digo nada…

9 de noviembre

A las ocho fui a la oficina. El jefe de la sección hizo así como si no reparara en mí y en que había llegado. Yo también hice como si entre nosotros nada hubiera ocurrido. Me entretuve ojeando los anuncios y luego comparándolos. Salí a las cuatro y pasé delante del piso del director, pero no vi a nadie. Después de comer estuve casi todo el tiempo echado en la cama.

11 de noviembre

Hoy estuve en el despacho de nuestro director y saqué punta a veinticuatro plumas de su excelencia y a cuatro de su hija. A él le gusta y encanta que haya muchas plumas. ¡Ah, qué cerebro el suyo! Siempre está callado, pero su cabeza debe de estar siempre reflexionando. Me hubiera gustado saber en qué suele pensar y qué es lo que encierra aquella cabeza. Me interesaría observar de cerca la vida de estos señores, conocer todas las intimidades y las intrigas de la Corte, saber cómo piensan y lo que suelen hacer entre ellos. Muchas veces pensé entablar conversación con su excelencia, pero el caso es que mi lengua se niega a obedecerme. Sólo consigue pronunciar: “Afuera hace frío o calor”, y de allí no pasa. Me hubiera gustado echar una mirada al salón cuya puerta a veces está abierta, y también a las otras habitaciones. ¡Qué lujo y qué riqueza hay allí! ¡Qué espejos y qué porcelanas! ¡Cuánto me alegraría echar una mirada a aquella parte del piso donde se encuentra la hija de su excelencia! ¡Ah, esto sí que me gustaría!… Estar allí en el tocador, donde hay todos esos tarritos y cajitas, esas flores tan delicadas que da miedo tocarlas; ver su vestido, más ligero que el aire, por allí tirado. Me encantaría ver su dormitorio… Debe de ser un sueño, un verdadero paraíso de ésos que ni en el cielo existen. Si pudiera ver el taburetito sobre el cual pone el pie al levantarse de la cama y cómo se pone una media blanca como la nieve sobre aquella pierna… ¡Ay, Señor!… No. Mejor es que me calle y no diga nada…

Sin embargo, hoy parece ser que el cielo me ha iluminado, pues de repente me acordé de la conversación que oí en el Nevski a los dos perros. “Está bien -pensé para mis adentros- ahora lo averiguaré todo. Es preciso que intercepte la correspondencia de estos dos perros, pues ella me procurará muchos datos.” He de confesar que una vez llamé a Medji y le dije:

-Escúchame, Medji: ahora estamos solos; si quieres, hasta puedo cerrar la puerta para que nadie nos vea. Anda, cuéntame todo lo que sepas sobre tu señorita: dime cómo es, y yo te juro que no se lo diré a nadie.

Pero la muy tuna encogió el rabo entre las patas y se escabulló silenciosamente por la puerta como si no hubiera oído nada. Sospeché desde hace tiempo que los perros son mucho más inteligentes que las personas, y que incluso pueden hablar; sólo que son bastante tercos. El perro es un verdadero político: todo lo nota, no se le escapa ni un paso del hombre. Mañana sin falta he de ir a casa de Zverkov. Interrogaré a Fidele, y si puedo, le cogeré todas las cartas que le escribe Medji.

12 de noviembre

Al día siguiente salí a las dos, con la firme intención de ver a Fidele y de interrogarla. El olor a repollo que sale de todas las tiendas de la calle Meschanskaia me pone enfermo, y además, las alcantarillas de las casas tienen un olor tal, que no tuve más remedio que taparme la nariz con el pañuelo y echar a correr. Aquí es imposible pasear, pues toda esa gente que trabaja en oficios llena la calle de humo y hollín.

Al tocar la campanilla, vino a abrirme una joven bastante mona, con la cara salpicada de pecas; era la misma que acompañaba a la anciana. Se ruborizó un poco al verme, y yo comprendí en seguida que ansiaba tener novio.

-¿Qué desea? -me preguntó.

-Necesito hablar con su perrita -le respondí. La joven era tonta y yo lo noté en seguida. Mientras tanto, la perrita se precipitó ladrando; yo quise cogerla, pero la muy bribona por poco me muerde la nariz. Pero yo ya había visto su nido o camita, y era justamente lo que buscaba. Me acerqué a él y revolví la paja que había en un cajón; con sumo placer vi un paquete con pequeños papelitos. Esa maldita, al ver lo que hacía, me mordió primero en la pantorrilla, y después, al darse cuenta de que yo cogía los papeles, empezó a ladrar con ademán de acariciarme; pero yo le dije: “No, guapa; no hay nada que hacer”. Me parece que la joven debió de tomarme por un loco, pues se asustó terriblemente. Al llegar a casa quise ponerme en seguida a descifrar esos papeles, porque no veo muy bien a la luz de las velas. Pero a Marva se le ocurrió fregar el suelo. Estas estúpidas finlandesas siempre son de lo más inoportunas. Así es que no me quedó otro remedio que el de ponerme a pasear reflexionando sobre lo ocurrido. Ahora, por fin, iba a enterarme de todo; las cartas me lo revelarían todo. Los perros son muy inteligentes y no ignoran todas las relaciones íntimas; por eso seguramente en ellas hallaré la descripción del marido y de sus asuntos. De seguro que encontraré allí algo referente a ella… ¡No, más vale callarse! Al atardecer llegué a casa y estuve la mayor parte del tiempo acostado en la cama.

13 de noviembre

Bueno; vamos a ver. La carta parece bastante clara; sin embargo, la letra pone en evidencia al perro.

Leamos:

“Querida Fidele: Aún no puedo acostumbrarme a un nombre tan mezquino como el tuyo. ¡Como si no hubieran podido ponerte otro mejor! Fidele, Rosa, todos esos nombres son de un cursi subido. Pero dejemos esto a un lado. Estoy muy contento de que se nos haya ocurrido entrar en correspondencia…”

La carta estaba redactada muy correctamente en cuanto a la puntuación y ortografía. Ni nuestro jefe de sección sería capaz de hacer otro tanto, aunque asegura haber estado estudiando en una universidad. Veamos más adelante:

“Me parece que uno de los mayores placeres en el mundo está en cambiar pensamientos, impresiones y sentimientos con los demás…”

¡Bueno! Éste es un pensamiento cogido de una obra traducida del alemán y cuyo título no recuerdo ahora.

“Lo digo por experiencia, aunque no haya corrido mucho mundo, pues no he pasado la verja de nuestra casa. Pero ¿acaso mi vida no transcurre felizmente? Mi señorita Sofía, así la llama papá, me quiere con locura…”

¡No está mal! ¡No está mal! ¡Pero callémonos!…

“Papá también me acaricia a menudo. Además me dan café con nata. ¡Ah, ma chère! He de decirte que no encuentro nada en los grandes huesos, bien pelados, que come Polkan en la cocina. Los huesos sólo son buenos cuando provienen de alguna cacería y a condición de que no hayan chupado ya el tuétano. También está muy bien mezclar algunas salsas, pero sin verduras ni especias. Pero no hay cosa peor que esa costumbre que tiene la gente de dar a los perros migas de pan hechas bolitas. Siempre, durante las comidas, algún señor empieza a triturar las migas de pan con sus manos, que Dios sabe qué porquerías habrán tocado antes, y te llama después para meterte entre los dientes esa dichosa bolita. Rechazarlo resultaría descortés; así es que no tienes más remedio que comértela a pesar del asco que te infunde…”

¡Voto a mil diablos, qué tontería! ¡Como si no hubiera nada mejor sobre qué escribir! Veamos si en la otra carilla hay algo más interesante.

“Me place mucho informarte de todo cuanto ocurre en nuestra casa. Creo que ya te hablé del señor más importante de la casa, al cual Sofía llama papá. Es un hombre muy raro…”

¡Ah, por fin! Ya sabía yo que los perros tienen opiniones políticas sobre todas las cosas. Veamos lo que dice sobre papá…

“…Un hombre muy raro. Permanece la mayoría del tiempo callado. Rara vez habla; pero la semana pasada hablaba sin cesar consigo mismo. No hacía más que preguntarse: ‘¿Lo recibiré o no?’ Cogía un papel en una mano, mientras la otra permanecía vacía, y volvía a repetir: ‘¿Lo recibiré o no?’ Una vez hasta se dirigió a mí con la siguiente pregunta: ‘Tú qué crees, Medji, ¿lo recibiré o no?’ Yo no pude comprender lo que quería decirme con eso; sólo olfateé su zapato y me fui. Una semana después, ma chère, papá estaba loco de alegría. Toda la mañana recibió visitas de unos señores vestidos de uniforme que lo felicitaron por algo. Durante la comida estuvo tan alegre como nunca le viera; no paraba de contar chistes. Después de comer, me levantó en sus brazos y me acercó a su cuello, diciéndome: ‘¡Mira, Medji, lo que llevo!’ Yo vi sólo una cinta, la olfateé, pero no hallé en ella ni el menor aroma; finalmente, la lamí con cuidado, estaba algo salada.”

¡Bueno! Me parece que este perro es un poco demasiado atrevido. Haría falta darle una buena paliza. ¡Así, pues, nuestro hombre es ambicioso! Habrá que tenerlo en cuenta.

“Adiós, ma chère. Me marcho corriendo… Mañana acabaré la carta.

“¡Hola, otra vez estoy contigo! Hoy, con Sofía, mi señorita…”

¡Ah, veamos lo que pasa con Sofía! ¡Es una canallada! Bueno, no importa, no importa; vamos a continuar…

“…Sofía, mi señorita, estuvo todo el día sumamente agitada. Se preparaba a asistir a un baile, y yo me alegré, pues aprovecharía su ausencia para escribirte. Mi Sofía está siempre muy contenta cuando va a un baile, aunque mientras se arregla siempre está enfadada. No logro comprender, ma chère, el placer que encuentra la gente yendo a un baile. Sofía vuelve a casa a las seis de la mañana. Y siempre veo, por su aspecto cansado y su cara pálida, que a la pobrecilla no le han dado de comer. Confieso que jamás podría vivir de este modo. Si no me dieran perdices con salsa o alas de pollo fritas, no sé lo que sería de mí. También es muy bueno un poco de salsa con kacha. Pero las zanahorias, las alcachofas y los nabos nunca serán buenos…”

Tiene un estilo irregular. En seguida se ve que esta carta no ha sido escrita por una persona. Empieza bien, pero acaba de cualquier forma. Veamos otra carta; parece demasiado larga; además, no lleva ni fecha.

“¡Ay, querida mía! Cómo siente una la proximidad de la primavera. Mi corazón palpita como si aguardara algo. Me zumban los oídos. Así es que a menudo tengo que levantar la pata y me apoyo y acerco a una puerta para escuchar. He de decirte que tengo muchos admiradores. A menudo los contemplo sentada en la ventana. ¡Ay, si supieras qué feos son algunos! Uno de ellos es de lo más vulgar, es un perro callejero de lo más estúpido y creído; camina por la calle dándose aires de importancia. Y cree que todos han de mirarle. Pero ¡qué va, yo ni siquiera me he fijado en él! También un dogo, de aspecto terrible, suele pararse ante mi ventana. Si se levantara sobre las patas traseras, lo que de seguro el muy tonto no sabrá hacer, le llevaría la cabeza al papá de Sofía, no obstante ser éste un hombre bastante alto y corpulento. Debe de ser de lo más insolente. Yo gruñí un poco en dirección suya; pero él, como si nada. Podría haberme hecho un guiño, pero es un bruto, no tiene modales. Se está mirando mi ventana, con sus orejas largas y su lengua al aire. ¿Y crees acaso que mi corazón permanece insensible a todas estas ofertas? No, te equivocas, ma chère… ¡Si hubieras visto a uno de mis admiradores, llamado Trésor, cuando salta la verja de la casa vecina!… ¡Ay ma chère, qué carita tiene!”

¡Bah! ¡Qué asco! ¡Qué demonios! ¿Cómo es posible llenar las páginas con semejantes tonterías? Ya no quiero saber nada de perros; quiero a una persona. Sí, eso es, una persona para que pueda enriquecer el caudal de mi alma…, y en vez de ello, ¡qué es lo que encuentro! ¡Tonterías, sólo tonterías! Demos la vuelta a la página, a ver si hay algo mejor.

“Sofía estaba sentada junto a una mesita cosiendo; yo miraba por la ventana a los paseantes, pues me gusta mucho observarlos, cuando entró el lacayo y anunció:

“-El señor Teplov.

“-Que pase -exclamó Sofía, y se abalanzó sobre mí para besarme-. ¡Ay, Medji! ¡Si supieras quién es! Es un gentilhombre de la Cámara, moreno, con ojos negros y brillantes como el fuego.

“Sofía se marchó corriendo a su habitación. Un minuto después entraba el joven gentilhombre de la Cámara, que gastaba patillas. Se acercó al espejo y se atusó el cabello, luego inspeccionó la habitación. Yo dejé oír un gruñido y me senté en mi sitio. Sofía no tardó en venir y respondió alegremente a su saludo, y yo, como si no reparase en nada, continuaba mirando por la ventana, no obstante haber inclinado la cabeza en dirección a ellos para oír lo que decían. ¡Ay ma chère! ¡De qué tonterías hablaban! Hablaban de una señora que durante el baile se equivocó e hizo una figura en vez de otra; de un tal Bobov, que llevaba charretera y se parecía mucho a una cigüeña, y que por poco se cae. También contaron que una tal Lidina se imaginaba tener los ojos azules, cuando en realidad los tenía verdes, y otras tonterías por el estilo. ‘¡Qué diferencia tan grande hay entre el gentilhombre y Trésor!’, pensé para mí. Ante todo, el gentilhombre tiene una cara ancha y completamente plana, con unas patillas alrededor, como si se las hubiera atado con un pañuelo negro. Trésor, sin embargo, tiene una carita fina y en la frente una pequeña calva blanca. ¡En cuanto al talle de Trésor, ni se le puede comparar con el de Teplov! ¡Y no hablemos ya de los ojos y de los modales! ¡Jesús, qué diferencia! ¡No sé, ma chère, lo que ha podido encontrar en su Teplov y por qué se muestra tan entusiasmada!…”

A mí también me parece eso un poco extraño. No puede ser que Teplov la haya seducido hasta tal punto. Veamos más adelante.

“Me parece que, si le gusta este gentilhombre, le ha de gustar también ese funcionario que está en el despacho de papá. ¡Ay ma chère, si vieras qué feo es! Se parece a una tortuga vestida con un saco…

“¿Quién será este funcionario?… Tiene un apellido rarísimo. Siempre está sentado sacando punta a las plumas. Su pelo es como el heno y papá lo manda siempre en lugar del criado…”

Me parece que esta perra maldita hace alusiones sobre mí. ¡Pero qué voy a tener yo el pelo como el heno!

“Sofía no puede menos que reírse cada vez que lo ve…”

¡Mientes, perra maldita! ¡Se habrá visto qué lengua de víbora! ¡Como si yo no supiera que todo ello es pura envidia! Acaso se figura que ignoro que son cosas del jefe de sección. Ya sé que me tiene un odio feroz y que hace cuanto está en sus manos para fastidiarme. Pero voy a mirar otra carta. Puede que encuentre allí la clave de todo.

“Mi querida Fidele, perdóname por no haberte escrito en tanto tiempo, pero es que estaba completamente hechizada. Ha dicho un escritor que el amor es una segunda vida, y esto es muy exacto. Además, en casa han sucedido grandes cambios. El gentilhombre viene ahora todos los días, y Sofía está perdidamente enamorada de él. Papá está muy contento. Hasta le oí decir a Gregorio, que es el que nos barre el suelo y que casi siempre habla consigo mismo solo, que pronto habrá boda, porque papá quiere casar a Sofía, o con un general, o con un gentilhombre de Cámara, o con un coronel…”

¡Qué diablos! No puedo seguir leyendo… Todo lo mejor ha de ser siempre, o para un gentilhombre de Cámara o para un general. ¡Parece que has encontrado un pobre tesoro y crees que podrás conseguirlo, pero te lo arrebata un general o un gentilhombre de Cámara! ¡Qué demonios! Quisiera ser general, no para obtener su mano y las demás cosas, sino para ver con qué consideración iban a tratarme y cuántos miramientos me dedicarían. Después podría decirles en pleno rostro que me importaban un bledo.

¡Demonios, qué pena! Rompí en mil pedazos las cartas de la estúpida perra.

3 de noviembre

No puede ser. Es mentira. ¡La boda no se efectuará! ¡Qué más da que sea un gentilhombre de Cámara! Esto no es más que un cargo de dignidad, no es ninguna cosa visible que se pueda coger con las manos. Por ser él un gentilhombre de Cámara no le va a salir otro ojo en la frente ni va a tener una nariz de oro, sino que la tiene igual que yo y que todos los demás mortales; pero no come ni tose con ella, sino que huele y estornuda como todos. Ya en diversas ocasiones quise averiguar de dónde provenían semejantes diferencias. ¿Por qué he de ser yo un consejero titular y con qué motivo? Puede que yo sea algún conde o algún general, y que sólo así paso por un consejero titular. Quizás ignore yo mismo quién soy. ¡Cuántos ejemplos hay en la historia! Se ha dado el caso de que un sencillo villano, no digamos ya un noble, o un vulgar campesino de repente descubre que es todo un personaje e incluso, a veces, un rey. ¡Y si un sencillo mujik llega a estas alturas, qué será entonces de un noble! Si, por ejemplo, de repente entrase yo vestido con el uniforme de general, llevando una charretera en el hombro derecho y otra en el izquierdo, y con una cinta azul en el pecho, ¿qué pasaría entonces? ¿Qué diría mi hermosa ninfa? ¿Se opondría su papá, nuestro director? ¡Oh! Él es muy vanidoso. Es un masón, no cabe duda de que es masón, aunque aparente ser tan pronto una cosa como otra. Pero yo en seguida me di cuenta de que era masón, y si le tiende la mano a uno, sólo le da los dos dedos. ¿Acaso no puedo ser nombrado ahora mismo general, gobernador o intendente, o recibir cualquier cargo importante? ¿Me gustaría saber por qué soy consejero titular? ¿Sí, por qué he de ser precisamente consejero titular?

5 de diciembre

Hoy estuve toda la mañana leyendo periódicos. ¡Qué cosas tan raras suceden en España! ¡Hasta me fue imposible comprenderlo del todo! Se dice que el trono se halla vacante y que los altos dignatarios están en una situación muy difícil respecto a la elección del heredero, y que de allí proviene la indignación general. Esto me parece sumamente extraño. ¿Cómo puede estar el trono vacante? Dicen también que cierta doña ha de subir al trono. Pero una doña no puede subir al trono, eso es imposible, pues el trono debe ser ocupado por un rey. Pero dicen que no hay rey, mas es inadmisible que no haya un rey. Un Estado no puede estar sin un rey. Este debe de existir, pero seguramente está de incógnito. A lo mejor, se encuentra allí mismo; pero por razones de índole familiar o por temor a las potencias vecinas, como Francia y los demás países, se ve obligado a esconderse. También puede ser por otros motivos.

8 de diciembre

Ya estaba dispuesto a ir a la oficina, pero me detuvieron diferentes motivos y en particular mis reflexiones. No puedo dejar de pensar en los asuntos de España. ¿Cómo puede ser que una doña sea reina? No lo permitirían. Inglaterra, sobre todo, no lo permitiría, y, además, los asuntos políticos de toda Europa. También se opondrán a ello el emperador de Austria y nuestro zar… Confieso que estos acontecimientos obraron con tanta fuerza sobre mí, que fui incapaz de hacer nada durante todo el día. Marva me hizo observar que durante la comida estuve muy agitado. En efecto, al parecer, dejé caer dos platos al suelo, que se hicieron añicos; tan distraído me hallaba. Después de comer, salí; pero no pude sacar nada en limpio. Después, estuve la mayor parte del tiempo tumbado en la cama, reflexionando sobre los asuntos de España.

Año 2000, 43 de abril

¡Hoy es un gran día! ¡En España hay un rey! ¡Por fin ha sido encontrado! Y este rey soy yo. Reconozco que al parecer me ha iluminado un rayo. No comprendo cómo pude pensar e imaginarme que era un consejero titular. ¿Cómo pudo ocurrírseme una idea tan loca? Menos mal que entonces no se le antojó a nadie meterme en una casa de locos. Ahora me ha sido revelado todo, ahora lo veo todo con claridad. Antes no comprendía, antes diríase que todo lo que veía estaba sumido en la niebla. Todo esto sucede, creo yo, porque la gente se imagina que el cerebro de una persona está en su cabeza; pero no es así, es el viento quien lo trae del mar Caspio. Primero declaré a Marva quién era yo. Al enterarse de que se hallaba ante el rey de España, alzó los brazos al cielo y por poco se muere del susto. Ella es tonta y jamás habrá visto al rey de España. Sin embargo, procuré calmarla y le aseguré con palabras indulgentes que estaba lleno de benevolencia para con ella y que no le guardaba rencor por haberme limpiado mal los zapatos algunas veces. Hace falta tener en cuenta que la pobre forma parte del pueblo y que no se le puede hablar de temas elevados. Se asustó porque está convencida de que todos los reyes de España son como Felipe II. Pero yo le expliqué que entre Felipe II y yo no había el menor parecido, y que yo no tenía capuchinos. No fui a la oficina. ¡Que se vaya al diablo! ¡No, ya no me cogerán más, amigos! ¡Se acabó, ya no copiaré más sus odiosos documentos!

86 de martubre. Entre el día y la noche.

Hoy vino a verme el ejecutor con el propósito de que fuera a la oficina, pues hacía más de tres semanas que no aparecía por allí. Yo fui a la oficina por pura broma. El jefe de sección pensaba seguramente que yo iba a saludarlo y pedirle excusas; pero yo sólo le eché una mirada indiferente, que no era ni demasiado colérica ni demasiado familiar o benévola. Miré a todos esos bribones que estaban en la cancillería, y pensé: “¿Qué pasaría si supieran quién está entre ustedes?…” ¡Dios mío! ¡Qué jaleo se armaría! El jefe de la sección en persona vendría a saludarme, haciéndome un profundo saludo, igual que hace ahora con nuestro director. Pusieron delante de mí unos documentos para que hiciera un resumen de ellos. Pero yo ni siquiera moví un dedo. Unos cuantos minutos después todos se hallaban sumamente agitados; al parecer, iba a venir el director. Muchos empleados se precipitarían a su encuentro. Pero yo no me moví de mi sitio. Cuando el director pasó por nuestra sección, todos se abrocharon el frac; mas yo no hice nada. ¡Venía el director! Bueno, ¿y qué? ¡Jamás iba a levantarme delante de él! ¡Qué era un director! (¡Era un corcho y no un director! Un corcho de lo más corriente y nada más.) Uno de esos corchos con los que se tapan las botellas. Lo que más me hizo gracia fue cuando me trajeron un documento para que lo firmase. Ellos se figuraban que iba a firmar humildemente en el bajo de la página, pero yo escribí en el sitio principal, allí donde firma el director, Fernando VIII. Hacía falta ver qué silencio tan religioso reinó en la sala. Yo sólo hice un ademán con la mano y dije: “No son necesarios juramentos de fidelidad”. Después de lo cual salí. Me fui directamente al piso del director, que no estaba en casa. El criado no quería dejarme pasar; pero yo le dije unas cuantas palabras, y su efecto fue tal, que se quedó helado con los brazos caídos. Me dirigí sin cavilar al gabinete. La hallé sentada ante el espejo. Al entrar yo, dio un salto atrás. Yo, sin embargo, no le dije que era el rey de España; sólo le declaré que le esperaba una felicidad tal, que ni siquiera podía imaginársela, y que, a pesar de todas las intrigas de nuestros enemigos, estaríamos juntos. No quise decirle más, y salí. ¡Oh, qué ser más pérfido es la mujer! Sólo ahora he comprendido lo que son las mujeres. Hasta ahora nadie sabía de quién estaba enamorada la mujer. Yo fui el primero en descubrirlo. La mujer está enamorada del demonio. Sí, y esto no es ninguna broma. Los fisiólogos escriben tonterías acerca de ella; pero ella sólo ama al demonio. Mire, desde el palco pasea sus gemelos. ¿Cree usted que mira a ese señor gordo con una condecoración? Nada de eso, mira al demonio que tiene detrás de su espalda. ¡Mírele, se ha escondido en la condecoración! ¡Mire ahora cómo le hace señas con el dedo! Y ella se casará con él.

Sí, se casará. Y todos esos funcionarios padres de familia, todos esos que se insinúan en todos los sitios procurando introducirse en la Corte, y dicen que son patriotas y esto y aquello, todos esos patriotas no aspiran más que a conseguir arrendamientos. Serían, por dinero, capaces de vender a su madre, a su padre e incluso a Dios.

Todo esto no es más que vanidad, y eso se explica, porque debajo de la lengua hay una pequeña ampolla, y dentro de ella, un gusanillo del tamaño de un alfiler, y todo esto lo hace cierto barbero que vive en la calle Gorojovaia. No me acuerdo cómo se llama; pero todo el mundo sabe que quiere predicar el mahometismo por el mundo entero, junto con una comadrona. Por eso dicen que en Francia la mayoría de las personas se convierten al mahometismo.

Cierta fecha. Un día sin fecha

Me paseé de incógnito por el Nevski. Pasó el coche del zar, y toda la gente se quitó el sombrero; yo también lo hice y me comporté como si no fuera rey de España. Encontré poco adecuado descubrir mi personalidad, así, delante de todos. Ante todo, he de presentarme en la Corte. Lo único que me retiene hasta ahora es que no tengo ningún traje de rey. Si por lo menos pudiera conseguir algún manto… Pensé encargárselo al sastre; pero esta gente es tan burra, y, además, no cuidan de su trabajo desde que se han dedicado a los asuntos, y se están la mayoría del tiempo en la calle. Decidí hacer el manto de mi nuevo uniforme de gala, que sólo me puse dos veces; pero temiendo que estos granujas fueran a estropeármelo, resolví hacerlo yo mismo. Cerré la puerta de mi cuarto para que nadie me viera, y emprendí la labor. Lo desarmé todo con ayuda de las tijeras, pues su corte ha de ser totalmente distinto.

No recuerdo la fecha ni el mes. El diablo sabrá qué mes era.

El manto ya está acabado. Marva dio un grito cuando me lo vio puesto. Sin embargo, no me atrevo aún a presentarme en la Corte. Hasta ahora no ha llegado la diputación de España. Y sin la diputación resultaría incorrecto. Rebajaría con ello mi dignidad. La estoy esperando a cada momento.

Día 1º

Me extraña que los diputados tarden tanto. ¿Qué motivos pudieron retenerlos? ¿Acaso Francia? Sí, es el reino más desfavorable a todo. Fui a Correos para informarme de si habían llegado los diputados españoles. Pero el empleado de allí es completamente estúpido y no sabe nada. Sólo me dijo: “No; aquí no hay ningún diputado español; pero si quiere mandar una carta, puede hacerlo y nosotros la certificaremos según la tarifa indicada”. ¡Voto a mil diablos! ¡Quién habla de cartas! Eso son tonterías. Las cartas sólo las escriben los farmacéuticos…

Madrid, 30 de febrero

Y heme aquí en España. Esto ha sucedido con tanta rapidez, que apenas si puedo volver de mi asombro. Esta mañana se presentaron en casa los diputados españoles, y yo me fui con ellos en una carroza. Me extrañó la extraordinaria rapidez del viaje, íbamos con tanta velocidad, que en menos de media hora llegamos a la frontera de España. Claro está que ahora en toda Europa los caminos de hierro colado son muy buenos y el servicio de barcos está muy organizado. ¡Qué país tan extraño es España! Al entrar en la primera habitación, vi a muchas personas con el pelo cortado al rape, y en seguida me figuré que debían de ser dominicos o capuchinos, pues tienen el hábito de afeitarse la cabeza. El comportamiento del canciller de Estado conmigo me pareció de lo más extraño: me llevó de la mano y me condujo a un cuarto, a cuyo interior me empujó, diciéndome:

-Quédate aquí. Y si persistes en pasar por el rey Fernando, ya te quitaré yo las ganas de seguir haciéndolo.

Pero yo sabía que esto no era más que una prueba, y protesté enérgicamente, lo que me valió por parte del canciller dos golpes en la espalda. Fueron tan dolorosos, que me faltó poco para gritar; pero me contuve al pensar que esto era sólo una costumbre caballeresca que siempre tenía lugar en los grandes acontecimientos, ya que en España se conservaban aún las tradiciones caballerescas. Al quedarme solo decidí ocuparme de los asuntos de Estado. Descubrí que la China y España eran el mismo país, y que sólo por ignorancia se consideran como estados diferentes. Aconsejo a todo el mundo que escriba en un papel la palabra España, y verá como sale China.

Pero me está disgustando sumamente un acontecimiento que tendrá lugar mañana. Mañana, a las siete, se producirá un fenómeno terrible. La Tierra va a sentarse sobre la Luna. Acerca de esto ha escrito el célebre químico inglés Wellington. Confieso que sentí cómo mi corazón empezaba a latir de inquietud al pensar en la delicadeza y falta de resistencia de la Luna. Todos sabemos que la Luna se fabrica generalmente en Hamburgo, y, además, muy mal. Me sorprende cómo Inglaterra no presta atención a ello. La fabrica un tonelero cojo, y es evidente que el muy tonto no tiene el menor conocimiento de la Luna. Ha puesto una cuerda de alquitrán y el resto es de aceite de madera, y por eso huele tan mal por toda la Tierra, de tal forma que tiene uno que taparse las narices. Pero la Luna es un globo tan delicado, que es imposible que la gente viva allí, y ahora sólo viven las narices. Ésta es la razón por la cual no podemos ver nuestras narices, ya que todas están en la Luna. Al pensar que la Tierra, materia pesada y potente, iba a sentarse sobre la Luna, y al imaginarme el tormento que sufrirían nuestras narices, se apoderó de mí una inquietud tal, que me puse los calcetines y me calcé en el acto para correr a la sala del Consejo de Estado y dar órdenes, con el fin de que la policía no permitiese a la Tierra sentarse sobre la Luna. Los numerosos capuchinos que hallé en la sala del Consejo de Estado eran personas muy inteligentes, y cuando les dije: “Caballeros, salvemos a la Luna, porque la Tierra quiere sentarse encima de ella”, todos en el acto se precipitaron para cumplir mi real deseo. Algunos treparon por las paredes con el fin de alcanzar la Luna; pero en aquel momento entró el gran canciller. Al verle, todos echaron a correr y yo, como rey, me quedé solo. Pero, con gran sorpresa por mi parte, me golpeó con un palo y me echó a mi cuarto. Tal es el poder de las costumbres populares y tradicionales en España.
Enero del mismo año, que tuvo lugar después de febrero

Hasta ahora no puedo comprender qué país tan raro es España. Las costumbres populares y el ceremonial de la Corte son completamente extraordinarios. No comprendo, decididamente no comprendo nada. Hoy me han afeitado la cabeza, a pesar de que grité como un condenado, diciendo que no quería ser un monje. Pero ya soy incapaz de recordar lo que me pasó cuando empezaron a verterme agua fría sobre la cabeza. ¡Jamás experimenté un infierno semejante! Estaba a punto de volverme rabioso, y apenas pudieron retenerme. No comprendo el significado de esta extraña costumbre. ¡Es una costumbre estúpida, absurda! Me niego a comprender la insensatez de los reyes, que hasta ahora no han sabido deshacerse de estas costumbres. A juzgar por todo, me figuro que habré caído en manos de la Inquisición, y seguramente aquel a quien tomé por el canciller no es más que el gran inquisidor. Pero lo único que aún no logro comprender es cómo un rey puede someterse a la Inquisición. Claro que de esto pueden tener la culpa Francia y Polignac. ¡Ah, este Polignac! ¡Qué bestia! ¡Juró oponerse a mí hasta la muerte! Y por eso me persiguen todo el tiempo; pero ya sé, amigo mío, que obras bajo la presión de Inglaterra. Los ingleses son unos grandes políticos que siempre se insinúan en todos los sitios. Y sabe el mundo entero que cuando Inglaterra aspira rapé, Francia estornuda.

Día 25

Hoy el gran inquisidor vino a mi habitación. Pero yo, en cuanto oí sus pasos desde lejos, me escondí debajo de la silla. Él, al ver que no estaba empezó a llamarme. Al principio gritó:

-¡Poprischew!

Yo permanecí callado.

Después dijo:

-¡Aksanti Ivanovich, consejero titular, noble!

Pero yo permanecía callado.

-¡Fernando VIII, rey de España!

Yo quise sacar la cabeza, pero pensé: “No, amigo, ya no me engañas. Otra vez me vas a echar agua fría sobre la cabeza”. Pero debió de verme, y me hizo salir con su palo de debajo de la silla. ¡Qué daño hace ese maldito palo! Sin embargo, fui recompensado de todo con el hallazgo que hice hoy. Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de las plumas. Pero el gran inquisidor se fue muy enfadado, amenazándome con terribles castigos. Yo no hice caso de su ira impotente, ya que obra sólo como una máquina, como un instrumento en mano de los ingleses.

Día 34 de febrero de 343

¡No, ya no tengo fuerzas para aguantar más! ¡Dios mío!, ¿qué es lo que están haciendo conmigo? Me echan agua sobre la cabeza. No me hacen caso, no me miran ni me escuchan. ¿Qué les he hecho yo, Señor? ¿Por qué me atormentan? ¿Qué es lo que esperan de mí? ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué les puedo dar yo? Yo no tengo nada. No tengo fuerzas, no puedo aguantar más todos los martirios que me hacen. Tengo la cabeza ardiendo, y todo da vueltas en torno mío. ¡Sálvenme, llévenme de aquí! ¡Que me den una troika con caballos veloces! ¡Siéntate, cochero, para llevarme lejos de este mundo! ¡Más lejos, más lejos, para que no se vea nada!… ¡Cómo ondea el cielo delante de mí! A lo lejos centelleaba una estrella, el bosque de árboles sombríos desfila ante mis ojos, y por encima de él asoma la luna nueva. Bajo mis pies se extiende una niebla azul oscura; oigo una cuerda que sueña en la niebla; de un lado está el mar, y del otro, Italia; allí, a lo lejos, se ven las chozas rusas. ¿Quizá sea mi casa la que se vislumbra allá a lo lejos? ¿Es mi madre la que está sentada a la ventana? ¡Madrecita, salva a tu pobre hijo! ¡Vierte unas cuantas lágrimas sobre su cabeza enferma! ¡Mira cómo lo martirizan! ¡Ampara en tu pecho a tu pobre huérfano! En el mundo no hay sitio para él. ¡Lo persiguen! ¡Madrecita, ten piedad de tu niño enfermo!… ¡Ah! ¿Sabe usted que el bey de Argel tiene una verruga debajo de la nariz

gogol

Diario de un loco

La aventura de los planos del Bruce-Partintong de Arthur Conan Doyle

Una densa niebla amarillenta cayó sobre Londres durante la tercera semana de noviembre del año 1875. Creo que desde el lunes hasta el jueves no llegamos a distinguir desde nuestras ventanas de Baker Street la silueta de las casas de la acera de enfrente. Holmes se pasó el primer día metodizando su índice del grueso volumen de referencias. El segundo y el tercer día los invirtió pacientemente en un tema que venía siendo de poco tiempo a aquella parte su afición preferida: la música de la Edad Media. Pero el cuarto día, cuando al levantarnos después de desayunarnos, vimos que seguía pasando por delante de nuestras ventanas el espeso remolino parduzco condensándose en aceitosas gotas sobre la superficie de los cristales, el temperamento activo e impaciente de mi camarada no pudo aguantar más tan monótona existencia. Se puso a pasear incansablemente por nuestra sala, acometido de una fiebre de energía contenida, mordiéndose las uñas, tamborileando en los muebles, lleno de irritación contra la falta de actividad.

– ¿No hay nada interesante en el periódico, Watson? – preguntó.

Yo sabía que al preguntar Holmes si no había nada de interesante, quería decir nada interesante en asuntos criminales. Traían los periódicos noticias de una revolución, de una posible guerra, de un inminente cambio de Gobierno; pero esas cosas no caían dentro del horizonte de mi compañero. En lo referente a hechos delictivos todo lo que yo pude leer eran cosas vulgares y fútiles. Holmes refunfuñó y reanudó sus incansables paseos.

– En Londres el mundo criminal es, desde luego, una cosa aburrida – dijo con la voz quejumbrosa de un cazador que no levanta ninguna pieza -. Mire por la ventana, Watson. Fíjese en cómo las figuras de las personas surgen de pronto, se dejan ver confusamente y vuelven a fundirse en el banco de las nubes. En un día como éste, el ladrón y el asesino podrían andorrear por Londres tal como lo hace el tigre en la selva virgen, invisible hasta el momento en que salta sobre su presa, y, en ese momento, visible únicamente para la víctima.

– Se ha llevado a cabo infinidad de pequeños robos – le dije.

Holmes bufó su desprecio y dijo:

– Este grandioso y sombrío escenario está montado para algo más digno. Es una suerte para esta comunidad que yo no sea un criminal.

– ¡Ya lo creo que lo es! – exclamé de todo corazón.

– Supongamos que yo fuese Brooks o Woodhouse, o cualquiera de los cincuenta individuos que tienen motivos suficientes para despacharme al otro mundo. ¿Cuánto tiempo sobreviviría yo a mi propia persecución? Una llamada, una cita falsa, y asunto acabado. Es una suerte que no haya días de niebla en los países latinos, los países de los asesinatos. ¡Por vida mía que aquí llega por fin algo que va a romper nuestra mortal monotonía!

Era la doncella y traía un telegrama. Holmes lo abrió y rompió a reír diciendo:

– ¡Vaya, vaya! ¿Qué más? Mi hermano Mycroft está a punto de venir.

– ¿Y eso le extraña? – le pregunté.

– ¿Que si me extraña? Es como si tropezase usted con un tranvía caminando por un sendero campestre. Mycroft tiene sus raíces, y de ellas no se sale. Sus habitaciones en Pall Mall, el club Diógenes, White May; ese es su círculo. Una vez, una sola, ha venido a esta casa. ¿Qué terremoto ha podido hacerle descarrilar?

– ¿No lo explica?

Holmes me entregó el telegrama de su hermano, que decía:

 

« Necesito verte a propósito de Cadogan West. Voy enseguida. – Mycroft.»

 

– ¿Cadogan West? Yo he oído ese nombre.

– A mi recuerdo no le dice nada. ¡Quién iba a imaginarse que Mycroft se nos fuese a presentar  de esta manera tan excéntrica! Eso es como si un planeta se saliese de su órbita. A propósito, ¿sabe usted cual es la profesión de mi hermano?

Yo conservaba un confuso recuerdo de una explicación que me dio cuando la Aventura del intérprete griego.

– Me dijo usted que ocupaba un pequeño cargo en algún departamento del Gobierno británico.

Holmes gorgoriteó por lo bajo.

– En aquel entonces yo no le conocía a usted tan bien como ahora. Es preciso ser discreto cuando uno habla de los altos asuntos del Estado. Acierta usted con lo que está bajo el Gobierno británico. También acertaría en cierto sentido si dijese que, de cuando en cuando, el Gobierno británico es él.

– ¡Mi querido Holmes!

– Creí que lograría sorprenderle. Mycroft cobra cuatrocientas cincuenta libras al año, sigue siendo un empleado subalterno, no tiene ambiciones de ninguna clase, se niega a recibir ningún título ni condecoración, pero sigue siendo el hombre más indispensable del país.

– ¿Por qué razón?

– Porque ocupa una posición única, que él mismo se ha creado. Hasta entonces no había nada que se le pareciese si volviera a haberlo. Mi hermano tiene el cerebro más despejado y más ordenado, con mayor capacidad para almacenar datos, que ningún otro ser viviente. Las mismas facultades que yo he dedicado al descubrimiento del crimen, él las ha empleado en esa otra actividad especial. Todos los departamentos ministeriales le entregan a él conclusiones, y él es la oficina central de intercambio, la cámara de compensación que hace el balance. Todos los demás hombres son especialistas en algo, pero la especialidad de mi hermano es saber de todo. Supongamos que un ministro necesita datos referentes a un problema que afectaba a la Marina, a la India, al Canadá y a la cuestión del bimetalismo; él podría conseguir los informes por separado de cada uno de los departamentos y sobre cada problema, pero únicamente Mycroft es capaz de enfocarlos todos, y de enviarle inmediatamente un informe sobre cómo cada uno de esos factores repercutiría en los demás. Empezaron sirviéndose de él como de un atajo, de una comodidad; ahora ha llegado a convertirse en cosa fundamental. Todo está sistemáticamente archivado en aquel gran cerebro suyo, y todo puede encontrarse y servirse en el acto. Una vez y otra han sido sus palabras las que han decidido la política nacional. Eso constituye para él su vida. No piensa en nada más, salvo cuando, a modo de ejercicio intelectual, afloja su tensión cuando yo voy a visitarle y le pido consejo acerca de alguno de mis pequeños problemas. Pero hoy nuestro Júpiter baja de su trono. ¿Qué diablos puede significar eso? ¿Quién es Cadogan West, y qué representa para Mycroft?

– ¡Ya lo tengo! – exclamé, y me zambullí en el montón de periódicos que había encima del sofá.

¡Sí, sí, aquí está, cómo no! Cadogan West era el joven al que se encontró muerto el martes por la mañana en el ferrocarril subterráneo.

Holmes se irguió en su asiento, con la pipa a mitad de camino en la boca:

– Esto tiene que ser cosa seria, Watson. Una muerte que ha obligado a mi hermano a alterar sus costumbres no puede ser cosa vulgar. ¿Qué demonios puede Mycroft tener que ver en el asunto? Yo lo recordaba como un caso gris. Se hubiera dicho que el joven se había caído del tren, hallando así la muerte. No le habían robado, y no existía ninguna razón especial para sospechar que se hubiese cometido violencia. ¿No es así?

– Se ha realizado una investigación – le dije -, y han salido a relucir muchos hechos nuevos. Mirándolo más de cerca, yo aseguraría que se trata de un caso curioso.

– A juzgar por el efecto que ha producido sobre mi hermano, yo diría que es el más extraordinario de los casos – Holmes se arrellanó en un sillón -. Veamos, Watson, los hechos.

– El nombre de la víctima era Arthur Cadogan West, de veintisiete años, soltero, y empleado de las oficinas del arsenal Woolwich.

Un empleado del Gobierno. ¡Ahí tiene usted el eslabón que le une a mi hermano Mycroft!

– Salió súbitamente de Woolwich el lunes por la noche. La última persona que lo vio fue su novia miss Violet Westbury, a la que él abandonó bruscamente en medio de la niebla a eso de las siete y media de aquella noche. No medió riña alguna entre ellos, y la muchacha no sabe dar explicación de la conducta del joven. No se volvió a saber de él hasta que su cadáver fue descubierto por un peón de ferrocarril apellidado Mason, en la parte exterior de la estación de Aldgate, que pertenece al ferrocarril subterráneo de Londres.

– ¿Hora?

– El cadáver fue descubierto el martes a las seis de la mañana. Yacía a bastante distancia de los rieles, al lado izquierdo de la vía conforme se va hacia el Este, en lugar próximo a la estación, donde la línea sale del túnel, por el cual corre. Tenía la cabeza destrozada; herida que bien pudo producirse al caerse del tren. Sólo de ese modo pudo quedar el cadáver sobre la vía. De haber llegado hasta allí desde algunas de las calles próximas, habrían tenido  que cruzar las barreras de la estación, donde hay permanentemente un cobrador. Este detalle parece ser absolutamente seguro.

– Perfectamente. El caso se presenta bastante concreto. Ese hombre, muerto o vivo, cayó o fue lanzado desde el tren. Todo eso lo veo claro. Prosiga.

– Los trenes que corren por la vía junto a la cual fue encontrado el cadáver son los que traen dirección de Oeste a Este, siendo algunos exclusivamente metropolitanos, y procediendo otros de Willesden y de los empalmes que allí coinciden. Puede darse por seguro que, cuando el joven halló la muerte viajaba en esa dirección a una hora avanzada; pero es imposible afirmar la estación en la que subió al tren.

– Eso lo demostraría su billete.

– No se le encontró billete alguno de ferrocarril en el bolsillo.

– ¡Que no se le encontró billete! Por vida mía, Watson, que eso sí que es extraño. Si mi experiencia no me engaña no es posible pasar a un andén del ferrocarril subterráneo sin mostrar el billete. Es, pues, de presumir que el joven lo tenía. ¿Se lo quitaron para que no se supiese en que estación había subido? Es posible. ¿No se le caería en el vagón mismo? También eso es posible. Sin embargo es un detalle curioso- Tengo entendido que no mostraba señales de haberse cometido robo alguno.

– Por lo menos en apariencia. Aquí viene una lista de todo lo que llevaba encima. Su cartera contenía dos libras y quince chelines. Llevaba también un talonario de cheques de la sucursal en Woolwich del Capital and Countries Bank. Gracias a él se le pudo identificar. Llevaba también dos billetes de anfiteatro para Woolwich Theater, para la función de aquella misma noche. Y también un pequeño paquete con documentos técnicos.

Holmes dejó escapar una exclamación de júbilo:

– ¡Ahí, por fin, lo tenemos, Watson! Gobierno británico, arsenal de Woolwich, documentos técnicos, mi hermano Mycroft; la cadena está completa. Pero aquí llega él, si no me equivoco, para hablar por sí mismo.

Un instante después fue introducida en nuestra habitación la figura alta y voluminosa de Mycroft Holmes. Hombre fuerte y macizo, su figura producía una sensación de desmañada inercia física, pero, en lo alto de aquella corpulencia alsábase rígida una cabeza de frente tan dominadora, de ojos de un gris acero tan vivos y penetrantes, de labios tan firmemente apretados y tan sutil en el juego expresivo de sus facciones, que desde la primera mirada se olvidaba uno del cuerpo voluminoso y sólo pensaba en el alma dominadora.

Traía a sus talones a nuestro viejo amigo Lestrade, de Scotland Yard, delgado y severo. La expresión grave de las dos caras nos anunció por adelantado alguna investigación de mucho peso. El detective cambió apretones de manos sin decir palabra. Mycroft Holmes forcejeó el gabán, y luego se dejó caer en un sillón, diciendo:

– Asunto por demás desagradable, Sherlock. Me molesta muchísimo alterar mis costumbres, pero no era posible contestar con una negativa a los altos poderes. Tal como están las cosas en Siam, es un inconveniente el que yo me ausente de mi despacho. Pero esto de ahora constituye una auténtica crisis. Jamás vi tan alterado al primer ministro. En cuanto al Almirantazgo, allí hay un bordoneo como de colmena a la que se ha vuelto al revés. ¿Has leído lo referente al caso?

– Acabamos de leerlo. ¿Qué documentos técnicos eran esos?

– ¡Ahí está la cuestión! Por suerte, no se ha hecho pública la cosa. De haber sido, los periódicos habrían venido furiosos. Los documentos que este desdichado joven llevaba en su bolsillo eran los del submarino Bruce-Partington.

Mycroft Holmes hablaba con una solemnidad que daba a entender hasta que punto le parecía importante el tema. Su hermano y yo estábamos llenos de expectación.

– Con seguridad estarás enterado. Yo pensé que no habría nadie que no hubiese oído de este asunto.

– Para mí es solamente un apellido.

– Es imposible exagerar la importancia que tiene. De todos los secretos del Gobierno, el de este submarino era el más cautelosamente guardado. Puedes creerme si te digo que dentro del radio de acción de un submarino Bruce-Partington se hace imposible toda operación de guerra naval. Hará dos años se coló de rondón en los presupuestos una suma importante que se invirtió en comparar el monopolio de ese invento. Se ha realizado toda clase de esfuerzos para conservar el secreto. Los planos, que son extraordinariamente complicados, abarcan unas treinta patentes separadas, cada una de las cuales es esencial para el funcionamiento del conjunto. Esos planos se guardaban en una caja fuerte muy ingeniosa que está dentro de unas oficinas confidenciales anexas al arsenal y que tienen puertas y ventanas a prueba de ladrones. Bajo ningún concepto y en ninguna circunstancia podían ser sacados los planos de aquellas oficinas. Si el jefe de construcciones de la Marina deseaba consultarlos, tenía que ir con ese objeto a las oficinas de Woolwich. Pues bien: nos encontramos ahora con esos planos en los bolsillos de un empleadillo que aparece muerto en el corazón de Londres. Desde un punto de vista gubernamental, ese hecho es sencillamente espantoso.

– Pero ¿no los habéis recuperado?

– No, Sherlock, no; ahí está el apuro. No los hemos recuperado. Se sustrajeron de Woolwich diez planos. En los bolsillos de Cadogan West fueron encontrados siete. Los tres más esenciales han desaparecido: fueron robados, se esfumaron. Sherlock, es preciso que dejes todo cuanto tengas entre manos. Despreocúpate de esos acertijos insignificantes y propios de tribunales de Policía. Aquí tienes que resolver un problema de vital importancia internacional. ¿Por qué se llevó Cadogan West los planos? ¿Dónde están los que han desaparecido? ¿Cómo murió ese joven? ¿De qué manera llegó su cadáver hasta donde fue encontrado? ¿Cómo puede enderezarse este entuerto? Encuéntrame contestaciones a todas estas preguntas, y habrás realizado un buen servicio a tu país.

– ¿Y por qué no lo resuelves tú mismo, Mycroft? Tu vista alcanza tanto como la mía.

– Quizá sí, Sherlock. Pero es cuestión de conseguir una cantidad de detalles. Tú dame esos detalles, y yo podré darte una excelente opinión de hombre técnico, desde mi sillón. Pero correr de aquí para allá, someter a interrogatorio a los guardas ferroviarios, tumbarse de cara en el suelo con un cristal de aumento pegado a mi ojo, todo eso se sale de mi oficio. No, tú eres la única persona capaz de poner en claro el asunto. Si tienes el capricho de leer tu nombre y apellido en la próxima lista de honores y condecoraciones…

Mi amigo se sonrió, movió negativamente la cabeza y dijo:

– Yo entro en el juego por puro amor al juego. Ahora bien: el problema presenta determinados puntos de interés y lo tomaré en consideración muy a gusto. Vengan algunos datos más.

– He garrapateado los mas esenciales en esta hoja de papel, junto con unas cuantas direcciones que te serán útiles. El verdadero custiodiador oficial de los planos es el célebre técnico del Gobierno sir James Walter, cuyas condecoraciones y subtítulos cubren dos líneas en un diccionario de personalidades. Ha encanecido en el servicio, es un caballero, lo reciben con favor en las mansiones más altas, y es, sobre todo, un hombre cuyo patriotismo está fuera de cualquier sospecha. Él es una de las dos personas que tienen una llave de la caja de seguridad. Agregaré que los planos se hallaban, sin duda alguna, en las oficinas durante las horas de trabajo del lunes, y que sir James salió para Londres a eso de las tres de la tarde, llevándose con él la llave. Estuvo en casa del almirante Sinclair, en la plaza Barclay, durante toda la velada, mientras ocurrió este incidente.

– ¿Ha sido contrastado este hecho?

– Sí; su hermano, el coronel Valentine Walter, ha dado testimonio de la hora en que salió de Woolwich, y el almirante Sinclair de la de su llegada a Londres; de modo, pues, que sir James ha dejado de ser un factor directo en el problema.

– ¿Quién era la otra persona que disponía de una llave?

– El empleado mayor y dibujante mister Sydney Jonson. Es hombre de cuarenta años, casado, con cinco hijos, callado y huraño, pero, en conjunto, tiene una hoja excelente de servicios al Estado. Goza de pocas simpatías entre sus colegas, pero es un trabajador infatigable. Según lo que él mismo cuenta, y que está corroborado por las afirmaciones de su esposa, permaneció sin salir de su casa durante toda la tarde del lunes, después de las horas de oficina, y su llave no abandonó ni un solo instante la cadena del reloj de la que cuelga.

– Háblame ahora de Cadogan West.

– Lleva diez años en el servicio del Gobierno, y ha trabajado bien. Tiene fama de ser hombre arrebatado e impetuoso, pero recto y honrado. Nada podemos decir en contra suya. Él ocupaba en las oficinas el lugar siguiente a Sydney Jonson. Sus obligaciones le ponían en contacto diario y personal con los planos. Nadie más podía manejarlos.

– ¿Quién guardó aquella noche los planos en la caja fuerte?

– Mister Sydney Jonson, primer oficial.

– Entonces, es cosa completamente clara quien se los llevó, ya que  fueron encontrados sobre el cuerpo del segundo empleado, Cadogan West. La cosa parece definitiva, ¿no es así?

– En efecto, Sherlock; sin embargo, quedan sin explicar muchas cosas. En primer lugar, ¿por qué se los llevó?

– Me imagino que su valor será muy grande, ¿no es cierto?

– Le habrían pagado sin dificultad por ellos varios miles de libras.

– ¿Puedes apuntarme alguna razón posible que explique el que llevase los planos a Londres, como no fuere para venderlos?

– No, no puedo.

– Pues entonces, es preciso que aceptemos lo que digo como hipótesis de trabajo. El joven West se llevó los planos. Ahora bien: eso sólo pudo realizarlo si él disponía de una llave falsa.

– De varias llaves falsas, puesto que tenia que abrir las puertas del edificio y las de la habitación.

– Disponía, pues, de varias llaves falsas. Se llevó los planos a Londres para vender el secreto, sin duda, con el propósito de devolverlos a la caja fuerte por la mañana siguiente antes que nadie los echase en falta. Mientras se hallaba en Londres entregando a esa empresa traidora encontró la muerte.

– ¿De qué manera?

– Supondremos que regresaba a Woolwich cuando fue asesinado lanzado fuera del compartimiento del tren.

– Aldgate, lugar donde fue hallado el cadáver, se encuentra mucho más allá de la estación Puente de Londres, que sería la de su ruta hacia Woolwich.

– Es posible imaginar muchas circunstancias que hicieron que siguiese viaje más allá del Puente de Londres. Por ejemplo, iba en el coche alguien con el que había trabado una conversación que absorbió su atención. La conversación terminó en una escena de violencia, en la que él perdió la vida. Es posible que él intentase salir de aquel coche, que cayese a la vía y hallase de ese modo la muerte. Entonces el otro cerró la puerta. La niebla era muy espesa y nadie vio nada de lo que había ocurrido.

– Dentro de los datos que poseemos hasta ahora, no puede darse una explicación mejor; sin embargo, Sherlock, fíjate en los muchos puntos que has dejado sin tocar. Supondremos, para seguir el razonamiento, que el joven Cadogan West había dado previamente una cita al agente extranjero, y que por esa razón no hubiese adquirido ningún compromiso por otro lado. En lugar de eso, Cadogan West tomó dos billetes para el teatro, marchó hacia el mismo acompañando a su novia y, de pronto, desapareció.

– Una añagaza para despistar – dijo Lestrade, que había estado escuchando con cierta impaciencia el diálogo.

– Una añagaza rarísima. Esa es la objeción número uno. Paso a la objeción número dos: supongamos que llega a Londres y se entrevista con el agente extranjero. Es preciso que devuelva los documentos antes de la mañana siguiente, porque, de lo contrario, se descubriría su desaparición. Se llevó diez planos. Sólo se encontraron siete en el bolsillo. ¿Qué fue de los otros tres? Por propia voluntad no se habría desprendido de ellos. Además, ¿dónde está el precio de su traición? Lo natural es que se le hubiese encontrado en el bolsillo una importante suma de dinero.

– Yo lo veo todo perfectamente claro – dijo Lestrade -. No cabe la menor duda de lo que ocurrió. Se llevó los planos para venderlos. Se entrevistó con el agente. No lograron ponerse de acuerdo en cuanto al precio. Emprendió el viaje de regreso a su casa, pero el agente marchó con él. Dentro del tren, ese agente lo asesinó, se apoderó de los planos más esenciales y arrojó su cadáver a la vía. Eso lo explicaría todo, ¿no es así?

– ¿Y por qué no llevaba billete?

– El billete habría dado a entender cual era la estación del metropolitano más próxima a la casa del agente. Por eso éste se lo quitó del bolsillo.

– Muy bien, Lestrade, muy bien – dijo Holmes -. Su teoría forma un todo ajustado. Pero si eso es cierto, el caso está prácticamente terminado. Por un lado tenemos al traidor muerto. Por otro lado, los planos del submarino Bruce-Partington estarán ya, según toda probabilidad, en el Continente. ¿Qué nos queda por hacer nosotros?

– ¡Actuar, Sherlock, actuar! – exclamó Mycroft, poniéndose bruscamente en pie -. Todos mis instintos están en contra de esa explicación. ¡Pon todas tus facultades en la obra! ¡Vete al escenario del crimen! ¡Habla con las personas relacionadas con el asunto! ¡No dejes piedra sin mover! En toda tu carrera no tuviste jamás una oportunidad tan grande de servir a tu país.

– ¡Bueno, bueno! – dio Holmes, encogiéndose de hombros -. ¡Vamos, Watson! Y usted, Lestrade, ¿podría favorecernos con su presencia durante algunas horas? Empezaremos nuestras pesquisas con una visita a la estación de Aldgate. Adiós, Mycroft. Te haré llegar un informe antes de la noche, pero te advierto por adelantado que es poco lo que puedes esperar.

 

Una hora más tarde estábamos Holmes, Lestrade y yo en el ferrocarril subterráneo y en el punto mismo en que éste sale del túnel que desemboca en la estación de Aldgate. Un anciano, cortés y rubicundo, representaba a la compañía del ferrocarril, y nos dijo, señalando un punto que distaba cosa de un metro de los raíles:

– Aquí es donde yacía el cadáver del joven. No pudo caer de arriba porque, según ven ustedes, se trata de muros completamente limpios. Por consiguiente, sólo pudo caer de un tren, y ese tren, hasta donde nos es posible localizar, debió de cruzar a eso de la medianoche del lunes.

– ¿Se ha hecho un examen de los vagones para ver si presentan alguna señal de lucha violenta?

– No hay tales señales, tampoco se le encontró billete.

– ¿Nadie dio parte de que había sido encontrada abierta una portezuela?

– Nadie.

– Esta mañana hemos recibido nuevos datos – dijo Lestrade -. Un pasajero que cruzó por Aldegate en un tren metropolitano corriente, a eso de las once y cuarenta de la noche del lunes, oyó un pesado golpe como si hubiese caído a la línea un cuerpo, un momento antes de que el tren llegase a la estación. Pero la niebla era muy espesa y nada podía verse. No dio ningún aviso de lo ocurrido en aquel momento… ¿Qué le ocurre, Holmes?

Mi amigo se había quedado inmóvil, con una expresión de la más tensa atención en el rostro, mirando a los raíles del ferrocarril en el sitio mismo en que éstos formaban una curva a la salida del túnel. Aldgate es una estación de empalme, y los raíles forman allí una verdadera red. Holmes tenía fija en ellos su mirada anhelante e interrogadora; advertí en su rostro vivo y penetrante aquel apretamiento de labios, aquel vibrar de las ventanas de la nariz y aquella contracción de las cejas, largas y tupidas, que tan elocuentes eran para mí.

– Agujas – murmuró -; las agujas.

– ¿Qué les pasa a las agujas? ¿Qué quiere decir usted con ello?

– Me imagino que en un sistema ferroviario como éste no existirá gran numero de agujas, ¿verdad?

– No; son muy pocas.

– Y, además, una curva, agujas y una curva. ¡Por vida de…! Si fuera nada más que eso…

– ¿Qué le ocurre, señor Holmes? ¿Ha descubierto usted una pista?

– Una idea, una simple indicación y nada más. Pero va aumentando mi interés este caso. Sería un detalle único, completamente único, y, sin embargo, ¿por qué no? No descubro rastro alguno de sangre sobre la línea.

– En efecto, no hay sino ninguno.

– Sin embargo, tengo entendido que el cadáver presentaba una herida muy importante.

– El cráneo estaba roto, pero exteriormente no se advertían indicios de la herida.

– Pero lo natural es que sangrase algo. ¿Podría yo examinar el tren en que iba el viajero que oyó aquel golpe seco de una caída en medio de la niebla?

– Me temo que no podrá hacerlo, mister Holmes, porque ahora el tren ha sido ya deshecho y los coches han sido distribuidos en otros trenes.

– Puedo asegurarle, Holmes – dijo Lestrade -, que todos los coches fueron revisados cuidadosamente. Yo mismo me ocupé de ello.

Una de las más evidentes debilidades de mi amigo era la de su impaciencia al tropezar con inteligencias menos despiertas que la suya. En esta ocasión contestó alejándose de allí:

– Es muy inverosímil lo que usted me dice; pero da la casualidad de que lo que yo deseaba examinar no eran precisamente los coches. Watson, ya hemos terminado aquí. Lestrade, no necesitamos molestarle más. Creo que ahora nuestras pesquisas van a llevarnos a Woolwich.

Al llegar al Puente de Londres, Holmes escribió un telegrama para su hermano, y me lo dio a leer antes de entregarlo en la ventanilla. Decía así:

 

«Veo alguna luz en la oscuridad, pero es posible que se apague. Mientras tanto, envíame por un mensajero, que aguardará mi regreso en Baker Street, una lista completa de todos los espías extranjeros o agentes internacionales de cuya existencia en Inglaterra se tienen noticias, con la dirección completa de sus domicilios.

                                                                                             Sherlock»

 

– Esto debería sernos útil, Watson – contestó mientras ocupábamos nuestros asientos en el tren que pasaba por Woolwich -. Hemos contraído, desde luego, una deuda con mi hermano Mycroft por habernos hecho participar en este caso que promete ser verdaderamente extraordinario.

Su rostro anhelante seguía manifestando la energía intensa y la extrema tirantez, que me hacía comprender la existencia de algún detalle nuevo y sugestivo que había abierto una dirección estimulante a sus pensamientos. Fíjese el lector en el perro zorrero cuando pasa holgazán el tiempo alrededor de las perreras, con las orejas colgantes y el rabo caído, y compárelo con su actitud cuando, con ojos llameantes y músculos tensos, corre por la línea del husmillo que sube hasta la altura del pecho. Así era el cambio que se había efectuado en Holmes desde aquella mañana. Era un hombre distinto de aquel otro, lleno de flojedad y como inválido, que algunas horas antes había merodeado tan inquieto, vestido con su batín color arratonado, por la habitación rodeada de un cinturón de niebla.

– Aquí contamos con materiales. Aquí hay campo de acción. He dado pruebas de estar dormido al no haber caído en la cuenta de las posibilidades que encerraba el caso.

– Pues para mí son todavía un misterio.

– El misterio es para mí el final, pero he aferrado ya una idea que quizá nos lleve lejos. Ese hombre fue muerto en algún otro sitio y su cadáver estaba encima del techo de un coche del ferrocarril.

– ¡Encima del techo!

– Extraordinario, ¿verdad? Pero medite usted en los hechos. ¿Se trata de una simple coincidencia el que haya sido encontrado en el lugar mismo en que el tren da saltos y balanceos al salir de una curva para entrar en las agujas? ¿No es precisamente ese lugar en que es probable que cayese a la vía cualquier objeto colocado encima del techo de un coche? Las agujas no influirían en ningún cuerpo que fuese dentro del tren. O bien el cadáver cayó desde el techo, o, por el contrario, se ha dado una coincidencia por demás curiosa. Pero medite usted en la cuestión de la sangre. Desde luego, si el cadáver había sangrado en algún otro lugar, no se observarían rastros de sangre en la línea. Cada uno de estos dos hechos es por si mismo sugestivo. Juntos tienen fuerza acumulativa.

– ¡Eso sin contar la cuestión del billete! – exclamé yo.

– Exactamente. No logramos explicarnos la falta del billete. Esto nos lo explicaría. Todo encaja perfectamente entre sí.

– Pero supongamos que sea ese el caso: nos encontramos tan lejos de desentrañar el misterio de su muerte como antes. La verdad es que el caso no se simplifica, sino que se hace más extraordinario.

– Quizá – dijo Holmes, pensativo – quizá.

Volvió a caer en su silencio ensimismamiento que duró hasta que el tren se detuvo en la estación de Woolwich. Una vez allí llamó a un coche de alquiler y sacó de su bolsillo el papel que le había entregado Mycroft.

– Tenemos una bonita lista de visitas para hacer esta tarde. Creo que la que reclama en primer término nuestra atención es la de sir James Walter.

La casa del célebre funcionario público era una elegante villa con verdes praderas que se extendían hasta la orilla del Támesis. Cuando llegamos a ella se levantaba la niebla, y un resplandor de sol diluido y tenue, se abría paso por entre la misma. A nuestra llamada acudió un despensero, que nos contestó con rostro solemne:

-¡Señor, sir James murió esta mañana!

– ¡Santo Dios! – exclamó Holmes, atónito -. ¿De qué murió?

– Señor, quizá le convenga a usted pasar y hablar con su hermano, el coronel Valentine.

– Si, eso será lo mejor.

Nos pasaron a una salita que estaba a media luz y a la que acudió enseguida un caballero de unos cincuenta años, muy alto, bello, de barba rubia. Era el hermano mas joven del hombre de ciencia fallecido. Todo en él delataba lo súbito del golpe que se había descargado sobre aquella familia: la mirada ojerosa, las mejillas descoloridas y el cabello enmarañado. Casi no lograba articular las palabras al hablar de aquella muerte.

– La culpa la tiene este horrendo escándalo – nos dijo -. Mi hermano sir James era hombre muy sensible a todo lo que afectaba su honor, y no podía sobrevivir a este asunto. Le destrozó el corazón. Él se mostraba siempre muy orgulloso de la eficacia de su departamento, y esto fue para él un golpe aplastador.

– Veníamos con la esperanza de que nos diese algunos datos que habrían podido ayudarnos a poner en claro el asunto.

– Les aseguro que todo constituía para él un misterio, como lo es para ustedes y para todos nosotros. Había puesto ya a disposición de la policía todos sus datos. Naturalmente, no dudaba que Cadogan West era culpable. Pero todo lo demás le resultaba inconcebible.

– ¿No puede usted darnos algún dato nuevo capaz de hacer una luz en este asunto?

– No sé sino lo que he leído u oído hablar. No deseo parecer descortés, mister Holmes; pero ya comprenderá que en este momento nos encontramos completamente trastornados, y por eso no tengo mas remedio que suplicarle que demos fin a esta entrevista.

Cuando volvimos a estar en el coche, me dijo mi amigo:

– Ha sido, desde luego, una novedad inesperada. ¿Habrá sido natural la muerte, o se habrá matado al pobre viejo? En este último caso, ¿no se podrá interpretar esa acción como una censura a su propia persona por el abandono de sus obligaciones? Dejemos para más adelante esta cuestión. Y ahora vamos a visitar a la familia de Cadogan West.

La desconsolada madre residía en una casa pequeña, pero bien cuidada, de los alrededores de la población. La anciana estaba afectada por el dolor para poder sernos de alguna utilidad; sin embargo, había a su lado una joven de pálido rostro, que se nos presentó como miss Violet Westbury, la prometida del muerto y la última persona que habló con él aquella noche fatal.

– No consigo explicármelo, mister Holmes – nos dijo -. No he pegado un ojo desde que ocurrió la tragedia, pensando, pensando y pensando, de día y de noche, en lo que pueda verdaderamente significar todo esto. Arthur era el hombre más sincero, más caballeroso y el mejor patriota del mundo. Antes de vender un secreto de Estado confiado a él, Arthur habría sido capaz de cortarse la mano derecha. A cualquiera que lo conociese tiene que resultarle semejante suposición una cosa absurda, imposible, disparatada.

– Pero ahí están los hechos, miss Westbury.

– En efecto, sí, confieso que no consigo explicármelos.

– ¿Andaba acaso necesitado de dinero?

– No; sus necesidades eran modestas y su sueldo generoso. Había conseguido economizar algunos centenares de libras y nos íbamos a casar por Año Nuevo.

– ¿No advirtió usted en él señales de excitación mental? Ea, miss Westbury, sea absolutamente franca conmigo.

La vista rápida de mi compañero había advertido alguna leve mutación en las maneras de nuestra interlocutora. Ésta se sonrojó y titubeó hasta que, por fin, dijo:

– Sí. Yo tenía como una sensación de que algo le preocupaba.

– ¿Desde hace mucho tiempo?

– Nada más que en la última semana, o cosa así. Se mostraba pensativo y preocupado. En una ocasión le insté a que me dijese lo que ocurría. Reconoció que, en efecto, algo le preocupaba, y que se refería a cuestiones de su cargo oficial. «La cuestión es demasiado grave para que yo hable de ella, ni aún contigo», me dijo, y eso fue todo lo que conseguí sacarle.

Holmes tenía una expresión grave.

– Prosiga, miss Westbury. Dígamelo todo, aunque parezca que le perjudica a él. Ignoramos adónde nos puede llevar, en fin de cuentas.

– La verdad es que nada más tengo que decir. En una o dos ocasiones tuve yo un barrunto de que iba a contarme algo. Una noche me habló de la importancia que tenía aquel secreto, y creo recordar que me dijo que los espías extranjeros pagarían sin duda por el mismo una fuerte suma.

El rostro de mi amigo se puso todavía mas serio.

– ¿Algo mas?

– Dijo que nosotros procederíamos con abandono en esta clase de asuntos, que sería cosa fácil para un traidor hacerse con los planos.

– ¿Le hizo esas manifestaciones recientemente?

– Si; muy recientemente.

– Cuéntenos ahora lo que ocurrió la última noche.

– Íbamos al teatro. La niebla era tan espesa que de nada nos hubiera servido tomar un coche. Fuimos caminando y pasamos cerca de las oficinas. De pronto se lanzó como una flecha y se perdió en la niebla.

– ¿Sin dar una explicación?

– Dejó escapar una exclamación. Eso fue todo. Esperé, pero él no regresó. Entonces volví caminando a mi casa. A la mañana siguiente, después de la hora de abrir las oficinas, vinieron a preguntar por él. A eso de las doce nos enteramos de la terrible noticia. ¡Oh, mister Holmes, si pudiera usted salvar su honor, por lo menos su honor! Para él lo era todo.

Holmes movió tristemente la cabeza y me dijo:

– Vamos, Watson. El deber nos llama a otra parte. Nuestra próxima visita debe ser a las oficinas donde fueron sustraídos los planos.

Cuando el coche se alejaba de aquella casa, me dijo:

– Las cosas se presentaban antes feas para este joven, pero las pesquisas que hemos realizado las presentan aún peor. Lo inminente de su boda proporciona un móvil para la comisión del delito. Como es natural, necesitaba dinero. Que la idea estaba dentro de su cabeza lo da a entender el que hablase del asunto. Estuvo a punto de convertir a la muchacha en cómplice suya, hablándole de sus proyectos. Todo eso se presenta muy feo.

– Pero, Holmes, también el testimonio unánime de su honradez debe ser tenido en cuenta. Además, ¿cómo es posible explicar que dejase a la muchacha en mitad de la calle y saliese de pronto como disparado a cometer el delito?

– Así es, en efecto. Es indudable que se pueden poner objeciones. Pero frente a ellas se alza una argumentación formidable.

Mister Sydney Jonson, oficial primero, salió en las oficinas a nuestro encuentro y nos acogió con el respeto que imponía siempre la tarjeta de mi compañero. Era un hombre delgado, huraño, de gafas y edad mediana; estaba ojeroso y las manos le temblequeaban por efecto de la tensión nerviosa a que había estado sujeto.

– ¡Qué desgracia, mister Holmes, que desgracia! ¿Se ha enterado usted de la muerte de nuestro jefe?

– Hemos estado hace poco en su casa.

– Aquí está todo desorganizado. El jefe muerto, Cadogan muerto y los planos robados. Y, sin embargo, cuando el lunes por la tarde cerramos las oficinas, era ésta una dependencia de funcionamiento tan perfecto como la mejor de las del Gobierno. ¡Santo Dios, y qué espanto  causa pensar en ello! ¡Pensar que West, el hombre de quien menos lo habría uno pensado, haya hecho semejante cosa!

– Según eso, ¿usted está seguro de su culpabilidad?

– Es la única posibilidad que veo. Sin embargo, yo me habría sentido tan seguro de él como de mí mismo.

– ¿A qué hora cerraron las oficinas el lunes?

– A las cinco.

– ¿Fue usted quien las cerró?

– Soy siempre el último empleado que abandona el local.

– ¿Dónde estaban guardados los planos?

– En aquella caja fuerte.

– ¿No queda en el edificio ningún vigilante?

– Sí que queda; pero tiene que vigilar otros departamentos además de éste. Es un veterano del Ejército; hombre de la mayor confianza. No observó nada anormal esa noche. Hay que tener en cuenta que la niebla era muy espesa.

– Suponiendo que Cadogan West hubiese querido penetrar esa noche en el edificio fuera de las horas de trabajo, ¿no es cierto que habría necesitado tres llaves para llegar a los planos?

– Así es. La llave de la puerta exterior, la llave de las oficinas y la llave de la caja.

– ¿No tenía esas llaves otras personas que sir James Walter y usted?

– Yo no disponía de las llaves de las puertas, sino la de la caja.

– ¿Era sir James Walter hombre de costumbres ordenadas?

– Sí, creo que sí. Por lo que se refiere a esas tres llaves, creo que las guardaba en el mismo llavero en que yo se las había visto muchas veces.

– ¿Y se lo llevaba a Londres?

– Así lo decía.

– ¿Y usted no se separaba nunca de su llave?

– Nunca.

– De modo, pues, que si West ha sido el culpable tenía por fuerza que poseer un duplicado. Y, sin embargo, no se le encontró al cadáver. Otro punto: si un empleado de estas oficinas hubiese querido vender los planos, ¿no le habría sido más sencillo sacar una copia de los mismos, que el apoderarse de los originales, como lo hicieron?

– El copiar los planos de manera tan eficaz habría exigido grandes conocimientos técnicos.

– Me imagino que tanto sir James como usted o Cadogan poseían esos conocimientos técnicos.

– Está claro que lo poseíamos. Pero no trate usted, mister Holmes, de embrollarme a mí en el asunto. ¿Qué se adelanta con esta clase de especulaciones, siendo así que se encontraron los planos originales encima de West?

– Lo digo porque resulta verdaderamente extraño que corriese con los riesgos de sustraer los planos originales pudiendo haber sacado tranquilamente copias que le habrían servido igual para el caso.

– Desde luego que es raro; sin embargo, lo hizo.

– Cuantas pesquisas se llevan a cabo en este asunto nos ponen al descubierto algo inexplicable. Vamos a otra cosa: faltan todavía tres de los planos. Son, según tengo entendido, los más esenciales.

– En efecto, así es.

– ¿Quiere decir esto que cualquiera que posea esos tres planos, aun sin los siete restantes, estaría en condiciones de construir el submarino Bruce-Partington?

– Yo he informado en ese sentido al Almirantazgo. Pero hoy he vuelto a repasar los planos y ya no estoy seguro. En uno de los planos devueltos están dibujadas las válvulas dobles con las guías ajustables automáticamente. Los extranjeros no podrían construir el submarino hasta que no inventen por sí mismos este dispositivo. Naturalmente podrían vencer pronto semejante dificultad.

– Pero los tres planos que faltan son los más importantes.

– Sin duda alguna.

– Si usted me lo permite, haré un recorrido por las oficinas. No creo que tenga que hacerle ninguna otra pregunta.

Holmes estudió la cerradura de la caja fuerte, la puerta de la habitación y los postigos de hierro de la ventana. Sólo cuando estuvimos en la pradera del lado de afuera de la ventana, se despertó vivamente su interés. Había allí un arbusto de laurel y varias de sus ramas parecían haber sido torcidas o quebradas. Las examinó cuidadosamente con su lente de aumento y examinó luego algunas huellas borrosas y confusas que habían dejado en el suelo. Por último, pidió al oficial primero que cerrase los postigos de hierro, y me hizo notar que no encajaban bien en el centro y que cualquiera podía ver desde fuera lo que pasaba en el interior.

– Todas estas indicaciones han sido echadas a perder por el retraso de tres días. Quizá no signifiquen nada, pero también pudiera darse el caso contrario. Bueno, Watson, yo no creo que Woolwich pueda dar de sí más de lo que ha dado. Parca es la recolección que aquí hemos hecho. Vamos a ver si se nos dan mejor las cosas en Londres.

Sin embargo, antes que abandonásemos la estación Woolwich agregamos una nueva gavilla a nuestra cosecha. El empleado de la taquilla pudo informarnos con absoluta seguridad de que había visto a Cadogan West – al que conocía muy bien de vista – la noche del lunes, y que se había trasladado a Londres por el tren de las ocho y quince que se dirige al Puente de Londres. Iba solo y tomó un billete de tercera. Al taquillero le llamaron la atención sus maneras, nerviosas y llenas de excitación. De tal forma le temblequeaban las manos, que anduvo con dificultad para recoger el cambio, y el empleado mismo tuvo que ponérselo en la mano. Consultando el horario, se vio que aquel era el primer tren que podía tomar West, después de abandonar a su novia a eso de las siete y media.

Después de media hora de silencio, dijo de pronto Holmes:

– Reconstruyamos los hechos, Watson. No creo que en todas las pesquisas que llevamos realizadas conjuntamente hayamos tropezado jamás con otro caso más difícil de abordar. Paso que damos hacia delante no nos sirve para otra cosa que para descubrirnos una nueva loma que escalar. Sin embargo, hemos realizado algunos progresos apreciables… En términos generales, nuestras investigaciones en Woolwich han sido contrarias a Cadogan West: pero los indicios de la ventana quizás se presten a una hipótesis favorable. Supongamos, por ejemplo, que se le hubiese acercado para hacerle proposiciones algún agente extranjero. Quizás lo hizo poniendo por delante determinadas condiciones que le impedían dar parte de lo ocurrido, pero que, sin embargo, lograron influir en el curso de sus pensamientos de la manera que hemos visto por las palabras a su prometida. Perfectamente. Supongamos ahora que, cuando se dirigía al teatro con su novia, distinguió a ese mismo agente que marchaba en dirección a las oficinas. Era hombre impetuoso, rápido en tomar sus resoluciones. Lo sacrificaba todo al deber. Siguió al hombre, llegó a la ventana, presenció la sustracción de los documentos y salió en persecución del ladrón. De esa manera salvamos la dificultad de que nadie que estuviera en condiciones de sacar copias de los planos, robaría los originales. Trantándose de una persona ajena a las oficinas, no tenía más remedio que sustraer los originales. Hasta ahí la hipótesis está dentro de la lógica.

– Y después de eso, ¿qué?

– Ahí es donde empiezan las dificultades. Cualquiera se imaginaría que el acto primero del joven Cadogan West sería echar mano al canalla y dar la alarma. ¿Por qué no lo hizo? ¿No cabría la posibilidad de que quien se apoderó de los papeles fuese un funcionario de categoría superior a la suya? Eso explicaría la conducta de West. ¿No podría ser también que ese funcionario superior le hubiese dado esquinazo en medio de la niebla y que West saliese inmediatamente para Londres, a fin de llegar antes que él a sus habitaciones, dando por supuesto que sabía dónde estaba su residencia? La llamada debió de ser muy apremiante, para dejar como dejó a su novia abandonada en medio de la niebla y para no haber hecho ninguna tentativa con objeto de ponerse en comunicación con ella. Al llegar aquí nuestro husmillo se enfría. Existe un ancho foso entre cualquiera de estas dos hipótesis y la colocación del cadáver de West en el techo de un coche de ferrocarril metropolitano, con siete planos en el bolsillo. El instinto me empuja a trabajar desde este momento por el otro extremo. Si Mycroft nos ha enviado las direcciones que le pedí, quizá podamos elegir en ellas nuestro hombre y seguir dos pistas, en lugar de una sola.

 

Como era de presumir, en Baker Street nos estaba esperando una carta. La había traído con urgencias de correo un mensajero del Gobierno. Holmes le echó un vistazo y luego me la pasó a mí. Decía así:

 

« La morralla es abundante, pero hay muy pocos capaces de acometer un negocio de tal envergadura. Los únicos dignos de ser tomados en consideración son: Adolph Meyer, del número 13, Great George Street, Westmister; Louis La Rothière, de Campeen Masions, Nottin Hill, y Hugo Oberstein, número 13, Caulfield Gardens, Kensington. De este último se sabe que se hallaba en Londres el lunes y que se ha ausentado posteriormente. Me satisface que veas alguna luz. El Gabinete espera tu informe definitivo con la mayor ansiedad. Se han hecho desde las más altas esferas apremiantes llamamientos. Toda la fuerza del Estado estará dispuesta a apoyarte en caso de necesitarlo.

                                                                                                        Mycroft. »

 

– Me temo que en un asunto como éste no van a servirnos de nada todos los caballos de la reina y todos los hombres de la reina.

Holmes había extendido encima de la mesa su gran plano de Londres y estaba ansiosamente inclinado encima del mismo. De pronto, y con una exclamación de sorpresa, dijo:

– Vaya, vaya, las cosas van, por fin, viniendo hacia nosotros. ¡Por vida mía, Watson, que aun tengo confianza en que nos vamos a salir con la nuestra!

Y me palmeó en el hombro, en un estallido de hilaridad.

– Voy a salir. Se trata nada más que de un reconocimiento. No emprenderé nada serio sin llevar a mi lado a mi leal camarada y biógrafo. Quédese aquí. Según toda probabilidad, estaré de vuelta dentro de algunas horas. Si le pesa el tiempo, ármese de papel oficio y pluma y comience su relato de cómo en cierta ocasión salvamos a nuestro país.

Aquel optimismo se reflejó hasta cierto punto en mi propio ánimo, porque sabía perfectamente que para apartarse de su habitual seriedad de maneras hacía falta que hubiese razones muy fuertes que despertasen su júbilo. Esperé lleno de impaciencia su regreso durante toda aquella tarde de noviembre. Por fin, y poco después de las diez, llegó un mensajero con una carta que decía:

 

Estoy cenando en el restaurante Goldini, Gloucester Road Kensington. Venga enseguida a compartir mi cena. Tráigase una llave de mecánico, una linterna sorda, un escoplo y un revolver.

 

                                                                                                          S. H.

 

Era un lindo herramental para que un ciudadano respetable anduviese con el mismo por las calles envueltas en niebla. Guardé todo convenientemente en mi gabán y me hice llevar derecho a la dirección que se me había dado. Allí estaba mi amigo, sentado a una mesita redonda, cerca de la puerta del chillón restaurante italiano.

– ¿Ha cenado usted ya? Pues entonces, acompáñeme en el café y el curaçao. Pruebe uno de los cigarros del propietario. No son tan venenosos como parecen. ¿Trajo las herramientas?

– Las tengo aquí, en mi gabán.

– Magnífico. Voy a darle un ligero esbozo de lo que he realizado, con algunas indicaciones de lo que vamos a emprender. Empiece, Watson, por tener como hecho evidente el de que, en efecto, el cadáver de ese joven fue colocado encima del techo del tren. Eso estaba ya claro desde el momento en que dejé establecido que el cadáver había caído del techo del tren y no del interior de uno de sus vagones.

– ¿No podrían haberlo dejado caer desde alguno de los puentes?

– Yo diría que eso es imposible. Si usted se fija en los techos de los coches, verá que son ligeramente curvos, sin barandilla de ninguna clase en los bordes. Podemos, pues, afirmar con seguridad que el cadáver fue colocado allí.

– ¿Pero cómo es posible semejante cosa?

– Ésa era la pregunta a la que era preciso contestar. Pues bien: sólo de una manera podía hacerse. Ya sabrá usted que en algunos puntos del West End, el ferrocarril subterráneo corre a cielo abierto, entre túnel y túnel. Yo conservaba un recuerdo confuso de haber visto ventanas por encima de mi cabeza en alguno de mis viajes por el metropolitano. Supongamos que el tren se detuviese debajo de alguna de esas ventanas: ¿qué dificultad había en colocar el cadáver encima del techo?

– Parece sumamente improbable.

– Tenemos que echar mano otra vez del viejo axioma de que, cuando fallan todas las demás posibilidades, la verdad tiene que estar en la única que permanece en pie, por muy poco probable que sea. Aquí han fallado todas las demás posibilidades. Pues bien: cuando descubría que el más importante de los agentes internacionales, el que acababa de ausentarse de Londres, vive en una casa de pisos cuyas ventanas dan a las líneas del ferrocarril subterráneo, me entró tal alegría, que le asombré a usted con mi súbita frivolidad.

– Vamos, ¿de modo que fue eso?

– Sí, eso fue. Mister Hugo Oberstein, del número trece, Caulfield Gardens, se convirtió en mi objetivo. Empecé mis operaciones en la estación de Gloucester Road, en la que un empleado muy servicial se prestó a caminar conmigo por la vía, permitiéndome comprobar, no sólo que las ventanas de la escalera interior de Caulfield Gardens dan a las líneas, sino de un hecho todavía más fundamental, a saber: que, debido a la interacción de uno de los ferrocarriles mayores, es frecuente que los trenes del subterráneo tengan que detenerse durante algunos minutos en aquel sitio precisamente.

– ¡Estupendo, Holmes! ¡Ya es suyo el problema!

– No tanto, Watson, no tanto. Avanzamos, pero la meta está todavía lejos. Después de reconocer la parte posterior de Caulfield Gardens exploré la delantera y me convencí de que el pájaro había huido, efectivamente. La casa es espaciosa, pareciéndome que las habitaciones del piso superior están desamuebladas. Oberstein vivía allí con un único ayuda de cámara, que será probablemente algún cómplice que goza de toda su confianza. Es preciso que tengamos muy presente que Oberstein ha marchado al Continente para dar salida a su botín, pero no como un fugitivo. Ningún motivo tiene para temer una orden de detención, y con seguridad que no se le va a ocurrir la idea de que un detective aficionado le vaya a hacer una visita domiciliaria. Y eso es precisamente lo que ahora estamos a punto de llevar a cabo.

– ¿No  habría modo de conseguir una orden de allanamiento que le dé legalidad?

– Será difícil obtenerla nada más que con las pruebas de las que ahora disponemos.

– ¿Y qué esperamos sacar de esta visita?

– No sabemos la clase de correspondencia que podemos encontrar allí.

– No me gusta la cosa, Holmes.

– Usted, mi querido compañero, quedará de centinela en la calle. Yo me encargaré de la parte criminal. No es momento de pararse en barras. Piense en la carta de Mycroft, en el Almirantazgo, en el Consejo de ministros, en la alta personalidad que espera noticias. Es preciso que vayamos.

Mi respuesta fue ponerme de pie y decir:

– Tiene razón, Holmes. Es preciso ir.

Holmes se puso rápidamente en pie y me estrechó la mano.

– Estaba seguro de que no se echaría usted atrás en el último instante.

Eso me dijo, y yo descubrí durante un momento en sus ojos algo que acercaba a la ternura mucho más que a todo lo que yo había visto en él hasta entonces. Un momento después había vuelto a ser el hombre dominador y práctico.

– Desde aquí hasta allí hay casi un kilómetro, pero no tenemos prisa. Vayamos caminando. No deje caer ninguna de las herramientas, por favor. El que lo detuviesen como tipo sospechoso nos acarrearía una complicación lamentable.

Caulfield Gardens era una de esas hileras de casas de fachadas chatas, con columnas y pórtico, que en el West End de Londres constituyen un producto tan característico de la época media victoriana. En la casa de al lado parecía que hubiese una fiesta de niños, porque el alegre runrún de las voces infantiles y el estrépito del piano llenaban la noche. La niebla seguía envolviéndolo todo y nos cubría con sus sombras amigas. Holmes encendió su linterna y proyectó su luz sobre la maciza puerta.

– El problema es serio – dijo -, porque, además, de cerrada con llave, tiene echado el cerrojo. Quizás se nos presente mejor por el patinejo. En caso de que se entrometa algún agente de Policía demasiado celoso, tenemos allí un magnifico arco de puerta. Écheme una mano, Watson, y yo haré lo mismo con usted.

Unos momentos después nos encontrábamos los dos en el patinejo del sótano. Apenas habíamos tenido tiempo de meternos en la parte más sombría del mismo, cuando oímos entre la niebla de la acera, encima de nosotros, los pasos de un agente de Policía. Cuando su lento ritmo murió a lo lejos, Holmes se puso a trabajar en la puerta del patinejo. Lo vi inclinarse y hacer fuerza hasta que se abrió aquélla con un chasquido seco. Nos lanzamos inmediatamente al oscuro pasillo, cerrando a nuestras espaldas la puerta. Holmes abrió la marcha, subiendo por la escalera caracolada y sin alfombra. Su pequeño foco de luz amarillenta iluminó su ventana baja.

– Ya estamos en el sitio, Watson. Ésta debe ser.

Abrió la ventana de par en par y, al hacerlo, llegó hasta nosotros un rumor apagado, áspero, que fue encrespándose con firmeza hasta convertirse en el huracán estrepitoso de un tren que cruzó por delante de nosotros y se perdió en la oscuridad. Holmes barrió con la luz de su linterna el antepecho de la ventana. Tenía una espesa capa de hollín, de las locomotoras que pasaban, pero la negra superficie estaba como raspada y borrosa en algunos sitios.

– Vea usted dónde apoyaron el cadáver… ¡Hola, Watson! ¿Qué es esto? No cabe duda de que es una mancha de sangre.

Holmes me mostraba unas débiles manchas descoloridas a lo largo del marco de la ventana.

– Y aquí también, en la piedra del escalón. La prueba es completa. Esperemos aquí hasta que se detenga un tren.

No tuvimos que esperar mucho. El tren siguiente rugió como el anterior desde dentro del túnel, pero acortó la marcha al salir a cielo abierto, y acto seguido se detuvo, entre rechinamientos de frenos, debajo mismo de donde estábamos. Desde el antepecho de la ventana hasta el techo de los vagones no había ni un metro de distancia. Holmes cerró suavemente la ventana, y dijo:

– Hasta aquí tenemos la prueba de que estábamos en lo cierto. ¿Qué piensa de esto, Watson?

– Que es una obra maestra. Jamás rayó usted a tanta altura.

– Ahí no puedo estar de acuerdo con usted. Desde el momento en que concebí la idea de que el cadáver había estado en el techo del tren, idea que nada tiene de abstracta, todo lo demás era inevitable. Si no fuera por los grandes intereses en juego, el asunto, hasta ahora, sería insignificante. Lo difícil es lo que aun tenemos por delante. Pero quizás descubramos aquí algo que nos sirva de ayuda.

Llegamos al alto de la escalera de la cocina y entramos en las habitaciones del primer piso. Una de ellas estaba destinada a comedor, severamente amueblada, pero que no contenía nada de interés. La segunda era un dormitorio, también vacío de interés. La otra habitación ofrecía mejores perspectivas, y mi compañero se dispuso a realizar un trabajo sistemático. Por todas partes se veían en ella libros y papeles, y era evidente que se empleaba para despacho. Holmes revolvió rápida y metódicamente el contenido, uno tras otro, de los cajones y armarios, pero su rostro severo no llegaba a iluminarse con el más leve resplandor de un éxito. Al cabo de una hora seguía estando en la misma situación que cuando había empezado.

– Este perro astuto ha hecho desaparecer sus huellas – dijo al fin -. No ha dejado nada que pueda servir de base a una acusación. Ha destruido o se ha llevado su correspondencia peligrosa. Ésta es nuestra última probabilidad.

Lo decía por una pequeña caja de hojalata que tenía encima de la mesa de escritorio. Holmes la abrió con su cortafrío. Había en el interior varios rollos de papel cubiertos de números y de cálculos, sin nota alguna que indicase a qué se referían. Las frases presión de agua presión por pulgada cuadrada apuntaban una posible relación con un submarino. Holmes los tiró con impaciencia a un lado. Sólo quedaba ya un sobre que contenía algunos pequeños recortes de periódicos. Los vertió sobre la mesa y pude ver enseguida por la expresión anhelante de su rostro que se habían despertado sus esperanzas.

– ¿Qué es esto, Watson? ¡Eh! ¿Qué es esto? El comprobante de una serie de mensajes publicados en la sección de anuncios de un periódico. Es la columna de anuncios del Daily Telegraph, a juzgar por el papel y por el tipo de letras. Ángulo superior derecho de una pagina. No hay fechas, pero los mensajes se clasifican por sí mismos.

Éste debe ser el primero:

«Esperaba noticias mas pronto. Convenidas las condiciones. Escriba con todos los detalles a la dirección de la tarjeta. –Pierrot.»

 

Viene a continuación:

«Demasiado complicado para descripción. Tiene que darme informe completo. Dinero dispuesto contra mercancía. –Pierrot.»

Y ahora éste:

«Asunto apremia. He de retirar ofrecimiento de no cumplirse contrato. Señale entrevista por carta. La confirmará por anuncio. –Pierrot»

Y por último:

«Lunes noche después de las nueve. Sólo nosotros. No desconfíe. Pago contante a la entrega de mercancías. –Pierrot.»

¡Un registro completo, Watson! ¡Ay, si pudiéramos llegar hasta el corresponsal que está en el otro extremo!

Holmes se quedó ensimismado, tamborileando con los dedos encima; por último se puso vivamente en pie.

– Bien, quizás no sea tan difícil, después de todo. Aquí ya no nos queda nada por hacer, Watson. Creo que podríamos hacernos llevar en coche hasta las oficinas del Daily Telegraph, para dar así un digno remate a las tareas de un día afortunado.

 

Mycrof Holmes y Lestrade, a los que Holmes había dado cita, vinieron a visitarnos al día siguiente después del desayuno, y Sherlock Holmes les hizo el relato de nuestras gestiones de la víspera. Al oír la confesión de nuestro allanamiento de morada, el detective profesional movió la cabeza y dijo:

– Nosotros, los del Cuerpo de Policía, no podemos hacer esas cosas, Holmes. No es de extrañar que consiga resultados superiores a los nuestros. Pero cualquier día de éstos irán demasiado lejos y se encontrarán usted y su amigo en dificultades.

– ¡Por Inglaterra, nuestros hogares y una mujer hermosa! Qué se nos da, ¿verdad, Watson? ¡Mártires en el altar de nuestro país! ¿Pero a ti que te parece, Mycroft?

– ¡Magnífico, Sherlock! ¡Admirable! Pero, ¿en qué forma vas a emplear todo eso?

Holmes echó mano al Daily Telegraph que estaba encima de la mesa.

– ¿No han visto ustedes el anuncio que hoy ha insertado Pierrot?

– ¡Cómo! ¿Otro mas?

– Sí. Óiganlo. «Esta noche. A la misma hora. Mismo lugar. Dos golpes. De absoluta necesidad. Va en ello su propia seguridad. –Pierrot

– ¡Por vida de…, que si contesta al anuncio ya es nuestro! – exclamó Lestrade.

– Eso mismo pensé yo al ponerlo. Creo que si les conviniese a ustedes dos venir con nosotros a Caulfield Gardens, quizás nos encontrásemos un poco mas cerca de una solución.

 

 

Una de las más extraordinarias características de Sherlock Holmes era su capacidad para desembragar su cerebro de toda actividad, desviando sus pensamientos hacia cosas más livianas, así que llegaba al convencimiento de que nadie podía adelantar en una determinada tarea. Recuerdo que durante todo aquel día memorable se enfrascó en una monografía que tenía empezada sobre Los motetes polifónicos, de Lassus. Yo, en cambio, carecía por completo de esa facultad de diversión, y el día, como es de suponer, me resultó interminable.

Todo convergió para excitar mis nervios: la extraordinaria importancia internacional de lo que allí se jugaba, la expectativa de las altas esferas, la índole directa del experimento que íbamos a llevar a cabo. Sentí alivio cuando, después de una cena ligera, nos pusimos en marcha para nuestra expedición. Lestrade y Mycroft se reunieron con nosotros delante de la estación de Gloucester Road, que era donde nos habíamos dado cita.

La noche anterior habíamos dejado abierta la puerta del patinejo de la casa de Oberstein, y como Mycroft Holmes se negó de redondo, indignado, a trepar por la barandilla, Sherlock y yo no tuvimos mas remedio que penetrar en la casa y abrir la puerta del vestíbulo. A eso de las nueve de la noche estábamos todos nosotros sentados en el despacho, esperando pacientemente a nuestro hombre.

Transcurrió una hora y luego otra. Cuando dieron las once, las acompasadas campanas del gran reloj de la iglesia parecieron doblar fúnebres nuestras esperanzas. Lestrade y Mycroft se movían nerviosos en sus asientos y cada cual miraba su reloj dos veces en un minuto. Holmes permanecía callado, pero sereno, con los parpados medio cerrados, pero con todos sus sentidos alerta.

Alzó la cabeza con un respingo súbito, y dijo:

– Ahí llega.

Por delante de la puerta se había oído los pasos furtivos de un hombre que cruzaba. Poco después se oyeron en sentido contrario. Luego, un arrastrar de pies y dos aldabonazos secos. Holmes, se levantó indicándonos que siguiésemos sentados. La luz de gas del vestíbulo era un simple puntito. Abrió la puerta exterior, y después que una negra figura pasó por delante de él, la cerró y aseguró.

«Por aquí», le oímos decir, y un instante después surgía ante nosotros nuestro hombre.

Holmes le había seguido de cerca, y cuando el desconocido se dio media vuelta, dejando escapar un grito de sorpresa y de alarma, él le sujetó por el cuello de la ropa, y lo volvió de un empujón a la habitación. Antes que hubiese recobrado el equilibrio, se cerró la puerta y Holmes apoyó en ella su espalda. Aquel hombre miró con ojos sin sentido. Con el golpe se le desprendió el sombrero de anchas alas, la bufanda que le tapaba la boca se le cayó, y quedaron al descubierto la barba rubia y sedosa y las facciones hermosas y delicadas del coronel Valentine Walter.

Holmes lanzó un silbido de sorpresa, y dijo:

– Esta vez, Watson, califíqueme en su relato como de burro completo. No era éste el pájaro que yo esperaba.

– Pero, ¿quién es él? – preguntó Mycroft ansiosamente.

– El hermano mas joven del difunto sir James Walter, jefe del Departamento de submarinos. Sí, sí; ya veo hacia qué lado se inclinan las cartas. Ya vuelve en sí. Creo que lo mejor sería que me dejasen que le interrogue.

Habíamos transportado hasta el sofá el cuerpo caído en el suelo. Nuestro preso acabó por incorporarse, miró en torno suyo con expresión de espanto, y se pasó la mano por la frente como quien no puede creer a sus propios sentidos. Luego le preguntó:

– ¿Qué significa esto? Yo vine a visitar a mister Oberstein.

– Coronel Walter, se sabe ya todo – dijo Holmes -. Lo que rebasa mi comprensión es cómo un caballero inglés ha podido conducirse de esta manera. Pero estamos enterados de toda su correspondencia y de sus relaciones con Oberstein. Y también de las circunstancias en que halló la muerte el joven Cadogan West. Permítame que le aconseje que haga usted por ganar siquiera un poco de respeto mediante su arrepentimiento y su confesión en vista de que hay todavía algunos detalles que solo podemos saberlos de los labios de usted.

El coronel Walter gimió y hundió la cabeza entre las manos.

Nosotros esperábamos, pero él guardó silencio. Holmes le dijo:

– Puedo asegurarle que sabemos todo lo esencial. Sabemos que le urgía el dinero; que sacó usted un molde de las lleves que tenia su hermano; que se puso usted en correspondencia con Oberstein, y que éste contestaba sus cartas mediante anuncios insertados en las columnas del Daily Telegraph. Sabemos que usted se digirió a las oficinas el lunes por la noche, aprovechando la niebla, y que el joven Cadogan West le vio y le siguió, porque tenía alguna razón para sospechar de usted. Le vio cuando usted estaba robando, pero le fue imposible dar la alarma, no constándole que no había ido por encargo de su hermano para llevarle los planos. West, abandonando todos sus asuntos particulares, como buen ciudadano que era, marchó detrás de usted oculto en la niebla y no le perdió la pista hasta que usted llegó a esta misma casa. Entonces intervino y usted, coronel Walter, agregó al crimen de traición el más terrible aún de asesinato.

– ¡Yo no le maté! ¡No le maté! ¡Juro ante Dios que no le maté! – gritó nuestro desdichado preso.

– Pues entonces, cuéntenos de qué manera encontró Cadogan West su muerte antes que colocasen su cadáver encima del techo de un coche del ferrocarril.

– Se lo contaré. Le juro que se lo contaré. En lo demás sí que intervine. Lo confieso. Fue como usted dice. Yo tenía que pagar una deuda contraída en la Bolsa. Me era indispensable el dinero. Oberstein me ofreció cinco mil. Con aquello me salvaba de la ruina. Pero, por lo que respecta al asesinato, soy tan inocente como usted.

– ¿Qué fue, pues, lo que ocurrió?

– Él venía sospechando de mí, y me siguió. Yo no me di cuenta hasta que llegué a esta misma puerta. La niebla era muy espesa y no se distinguía a tres metros de distancia. Yo había llamado con dos aldabonazos, y Oberstein había acudido a la puerta. Entonces, el joven se abalanzó hacia nosotros, y preguntó qué íbamos a hacer con los planos. Oberstein llevaba siempre una porra corta. Al intentar West meterse a viva fuerza en la casa, Oberstein le golpeó en la cabeza. El golpe fue mortal. Murió antes de cinco minutos. Allí quedó tendido en el vestíbulo, y nosotros nos quedamos sin saber qué hacer. De pronto se le ocurrió a Oberstein la idea esa de los trenes que se detenían debajo mismo de su ventana. Pero antes examinó los planos que yo había llevado. Me dijo que los esenciales eran tres, y que tendría que quedarse con ellos.

«No puede usted quedarse con ello – le dije -. Si no son devueltos a Woolwich se armará un jaleo espantoso.» «Es preciso que me quede con ellos – me contestó -, porque son de un tipo tan técnico que es imposible sacar copias en tan escaso tiempo.», le dije yo. Él meditó un momento y de pronto exclamó que ya había encontrado la solución, diciéndome: «Me guardaré tres. Los demás se los meteremos en el bolsillo a este joven. Cuando se descubra, todo el asunto se lo cargarán a él.» Yo no veía otra solución, y por eso obramos como él indicó. Esperamos media hora en la ventana hasta que se detuvo el tren. La niebla era tan espesa que no podía verse nada, y ninguna dificultad tuvimos en bajar el cadáver de West hasta el techo del tren. Mi intervención en el asunto terminó ahí.

– ¿Y qué me cuenta de su hermano?

– Mi hermano no dijo una palabra, pero en una ocasión me había sorprendido con sus llaves, y creo que sospechaba. Leí en sus ojos que sospechaba. Como ya ustedes saben, no volvió a levantar cabeza.

Reinó el silencio en la habitación Mycroft Holmes fue quien lo rompió:

– ¿Y por qué no repara usted el daño que ha hecho? Con ello aliviaría su conciencia y quizá su castigo.

– ¿Y qué clase de reparación puedo ofrecer?

– ¿Dónde se encuentra Oberstein con los planos?

– Lo ignoro.

– ¿No le dio alguna dirección?

– Me dijo que si le escribía al hotel Du Louvre, en París, quizá le llegasen las cartas.

– Pues entonces, aún está usted en situación de reparar un mal – dijo Sherlock Holmes.

– Haré todo cuanto esté en mi mano. No precisamente es cariño lo que tengo a este individuo, que ha sido mi ruina y mi caída.

– Aquí tiene papel y pluma. Siéntese a esa mesa y escriba lo que le digo. Ponga en el sobre la dirección que le dio. Perfectamente.

He aquí ahora la carta:

«Querido señor: Refiriéndome a nuestra  transacción, habrá usted observado, sin duda y ahora, que falta en ella un detalle esencial. Dispongo de un dibujo con el cual quedará completo. Sin embargo, esto me ha ocasionado una molestia especial. Y no tengo más remedio que pedirle un nuevo adelanto de quinientas libras. No quiero confiarlo al correo, ni aceptaré nada como no sea oro o billetes. Habría ido a visitarle fuera de Inglaterra, pero el que yo saliese en esta ocasión del país llamaría la atención. Por consiguiente, espero encontrarme con usted en la sala de fumar del hotel Charing Cross, el sábado al mediodía. Billetes ingleses u oro únicamente. Recuérdelo.» Esto producirá efecto, y mucho me sorprendería si no nos entregase a nuestro hombre.

 

¡Y nos los entregó! Es asunto que pertenece ya a la historia; a esa historia secreta de una nación que suele ser con frecuencia mucho más íntima e interesante que sus relatos públicos. Oberstein, ansioso de completar el golpe maestro de toda su vida, acudió al reclamo, y pudo ser encerrado con seguridad durante quince años en un presidio de Inglaterra. Le fueron encontrados en su maleta los inapreciables planos del submarino Bruce-Partington, que él había puesto a subasta en todos los centros de Europa.

El coronel Walter falleció en la cárcel antes que se cumpliese el segundo año de su condena. En cuanto a Holmes, volvió reconfortado a su monografía sobre Los motetes polifónicos, de Lassus, que posteriormente fue impresa para circular en privado, y que, según dicen los técnicos, constituye la última palabra sobre el tema. Algunas semanas después me enteré de una manera casual que mi amigo había pasado un día en Windsor, de donde regresó con un precioso alfiler de corbata de una esmeralda fina. Al preguntarle yo si la había comprado, me contestó que era un regalo que le había hecho cierta generosa dama en interés de la cual había desempeñado un pequeño encargo con bastante fortuna. Nada más me dijo; pero yo creo que podría adivinar el nombre de aquella dama augusta, y tengo muy pocas dudas de que el alfiler de esmeralda le recordará para siempre a mi amigo la aventura de los planos del submarino Bruce-Partington.

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La garganta de acero de Mijaíl Bulgakov

Así pues, me quedé solo. Me rodeaban las tinieblas del mes de noviembre mezcladas con torbellinos de nieve que había cubierto la casa; la chimenea aullaba. Yo había pasado los veinticuatro años de mi vida en una gran ciudad y pensaba que las tormentas aúllan solamente en las novelas. Pero resultó que también en la realidad aúllan las tormentas. Aquí las veladas son extraordinariamente largas; la lámpara, bajo su pantalla verde, se reflejaba en la ventana negra y yo soñaba despierto, mientras miraba la mancha que brillaba a mi izquierda. Soñaba con la ciudad del distrito, que se encontraba a cuarenta verstas de distancia. Tenía grandes deseos de escaparme de mi hospital para ir allá. Allí había electricidad, cuatro médicos a quienes podía consultar, y en todo caso no era tan terrible. Pero no había posibilidad alguna de escapar y, por momentos, yo mismo comprendía que aquello no era más que cobardía. Después de todo, justamente para eso había estudiado en la facultad de medicina…
“…¿Y si trajeran a una mujer con complicaciones de parto? ¿O, supongamos, a un enfermo con hernia estrangulada? ¿Qué haría yo en ese caso? Aconséjenme, por favor. Hace cuarenta y ocho días que terminé la facultad con sobresaliente, pero el sobresaliente es una cosa y la hernia otra. En una ocasión vi cómo un profesor realizaba una operación de hernia estrangulada. Él operaba y yo estaba sentado en el anfiteatro. Eso fue todo…”
Cada vez que pensaba en la hernia, un escalofrío me recorría la columna vertebral. Cada noche, después de tomar el té, me sentaba en una misma postura: bajo mi brazo izquierdo, estaban todos los manuales de cirugía obstétrica, y encima de ellos, el pequeño Doderlein. A la derecha, unos diez tomos diversos de cirugía práctica, ilustrados. Yo me lamentaba, fumaba, tomaba un té negro y frío…
Me quedé dormido; recuerdo perfectamente esa noche, la del 29 de noviembre. Me despertó un estruendo en la puerta. Cinco minutos más tarde, mientras me ponía los pantalones, no lograba apartar mis ojos implorantes de los divinos libros de cirugía práctica. Oí el crujir de los patines de un trineo en el patio: mis oídos se habían vuelto extremadamente sensibles. Resultó, quizá, algo peor aún que una hernia o que la posición transversal de un bebé: al hospital de Nikólskoie, a las once de la noche, trajeron a una niña. La enfermera dijo con voz sorda:
-Es una niña débil, se está muriendo… Doctor, venga al hospital…
Recuerdo que atravesé el patio y me dirigí hacia la lámpara de petróleo que estaba junto a la entrada del hospital y, como hechizado, no conseguía apartar la vista de la luz parpadeante. La recepción ya estaba iluminada y toda la plantilla de ayudantes me esperaba con las batas puestas. Eran: el enfermero Demián Lukich, un hombre todavía joven pero muy eficiente, y dos experimentadas comadronas, Ana Nikoláievna y Pelagueia Ivánovna. Yo no era más que un médico de veinticuatro años que se había graduado dos meses atrás y que había sido designado para dirigir el hospital de Nikólskoie.
El enfermero abrió solemnemente la puerta y apareció la madre. Entró apresuradamente, patinando sobre sus botas de fieltro; la nieve aún no se había derretido en su pañuelo. Llevaba en sus brazos un envoltorio que acompasadamente emitía silbidos y respiraba produciendo un sonido sordo. El rostro de la madre, que lloraba en silencio, estaba demudado. Cuando la mujer se quitó la pelliza y el pañuelo y abrió el envoltorio, vi a una niña de unos tres años. La observé y por un momento me olvidé de la cirugía, la soledad, el inútil bagaje universitario; me olvidé definitivamente de todo a causa de la belleza de la niña. ¿Con qué se podía comparar? Solo en las cajas de bombones dibujan niños así, con rizos naturales en el cabello, formando grandes bucles del color del trigo maduro. Los ojos azules, enormes; las mejillas como las de una muñeca. Así dibujaban a los ángeles. Pero una extraña turbación anidaba en el fondo de sus ojos y comprendí que era miedo: la niña se asfixiaba. “Morirá dentro de una hora”, pensé con absoluta convicción, y mi corazón se contrajo dolorosamente…
Cada vez que la niña respiraba, en su garganta se formaban pequeños hoyuelos, las venas se hinchaban y el rostro pasaba de un tono rosado a uno ligeramente liláceo. De inmediato comprendí y valoré ese cambio de color. Enseguida me di cuenta de lo que se trataba; mi primer diagnóstico fue exacto y, lo más importante, coincidió con el de las comadronas, que tenían mucha experiencia: “La niña tiene garrotillo diftérico, la garganta ya está cubierta de falsas membranas y pronto se cerrará completamente…”
-¿Cuántos días lleva enferma la niña? -pregunté en medio del atento silencio de mi personal.
-Es el quinto día, el quinto -dijo la madre, y me miró profundamente con sus ojos secos.
-Garrotillo diftérico -dije entre dientes al enfermero, y a la madre le dije-: ¿En qué estabas pensando? ¿Eh? ¿En qué estabas pensando?
En ese momento se oyó detrás de mí una voz llorona:
-¡El quinto, padrecito, el quinto!
Me volví y vi a la abuela de cara redonda, con la cabeza cubierta por un pañuelo. “Sería magnífico que estas abuelas no existieran en el mundo”, pensé con un lóbrego presentimiento del peligro, y dije:
-Tú, abuela, cállate; estorbas.
A la madre le repetí:
-¿En qué pensabas? ¡El quinto día! ¿Eh?
De pronto la madre, con un movimiento de autómata, entregó la niña a la abuela y se arrodilló delante de mí.
-Dale unas gotas a la niña -dijo, y golpeó el suelo con la frente-, me ahorcaré si se muere.
-Levántate inmediatamente -le contesté-, de lo contrario no hablaré contigo.
La madre se levantó rápidamente, recibió a la niña que le entregaba la abuela y comenzó a mecerla en sus brazos. La abuela se puso a rezar en dirección a la puerta, mientras la niña continuaba respirando con un silbido de serpiente. El enfermero dijo:
-Siempre hacen lo mismo. El pueblo -y al decir esto sus bigotes se torcieron hacia un costado.
-¿Quiere decir que la niña morirá? -preguntó la madre mirándome con negra furia, o al menos así lo percibí yo entonces…
-Morirá -dije en voz baja y con firmeza.
La abuela inmediatamente cogió el borde de su falda y comenzó a secarse con él los ojos. La madre me suplicó con voz abatida:
-¡Dale algo, ayúdala! ¡Dale unas gotas!
Ya veía con claridad lo que me esperaba. Me mantuve firme.
-¿Qué gotas le voy a dar? Aconséjame tú. La niña se está asfixiando, la garganta se ha cerrado. Durante cinco días seguidos has descuidado a tu hija a quince verstas de donde yo estoy. Ahora, ¿qué quieres que haga?
-Tú lo sabrás mejor, padrecito -comenzó a lloriquear la abuela en mi hombro izquierdo, con voz afectada. ¡Cómo la odié en ese momento!
-¡Cállate! -le dije. Me dirigí al enfermero y le ordené que cogiera a la niña. La madre entregó la niña a la comadrona. La niña comenzó a agitarse y quería, por lo visto, gritar, pero la voz ya no salía de su garganta. La madre quiso defenderla, pero la apartamos; entonces pude examinar, a la luz de la lámpara de petróleo, la garganta de la niña. Nunca hasta entonces me había enfrentado con la difteria, salvo en algunos casos leves que había aliviado rápidamente. En la garganta había algo que bullía, algo blanco, desgarrado. La niña de pronto espiró y me escupió en la cara, pero yo, ocupado como estaba por mis pensamientos, no me preocupé por mis ojos.
-Mira -dije, sorprendiéndome por mi tranquilidad-, el asunto es el siguiente. Ya es demasiado tarde. La niña se está muriendo. Solo hay una cosa que podría ayudarla: una operación.
Yo mismo me horroricé. ¿Para qué lo habría dicho? Pero no podía dejar de decirlo. “¿Y si aceptan?”, pasó fugazmente por mi cabeza.
-¿Cómo una operación? -preguntó la madre.
-Es necesario hacerle un corte en la parte inferior de la garganta e introducir un tubito de plata, para dar a la niña la posibilidad de respirar; así quizá podamos salvarla -le expliqué.
La madre me miró como a un loco y protegió a la niña con sus brazos mientras la abuela se ponía a refunfuñar de nuevo:
-¡No! ¡No dejes que la operen! ¡No! ¡¿Cortarle la garganta?!
-¡Lárgate, abuela! -le dije con odio-. ¡Inyéctele alcanfor! -ordené al enfermero.
La madre no quiso entregar a la niña cuando vio la jeringuilla, pero le explicamos que la inyección no era nada terrible.
-¿Quizá eso la ayudará? -preguntó la madre.
-No, no la ayudará en absoluto.
Entonces la madre se echó a llorar.
-Basta -le dije. Saqué mi reloj y añadí-: Les doy cinco minutos para pensarlo. Si no están de acuerdo dentro de cinco minutos, yo ya no haré nada.
-¡No estoy de acuerdo! -dijo tajantemente la madre.
-¡No damos nuestro consentimiento! -añadió la abuela.
-Bueno, como quieran -añadí con voz sorda, y pensé: “¡Bien, esto es todo! Mejor para mí. Yo lo he dicho, lo he propuesto; los ojos asombrados de las comadronas son testigos. Ellas no han aceptado y yo estoy salvado.” No acababa de pensarlo cuando una voz ajena salió de mi interior:
-¿Se han vuelto locas? ¿Cómo que no están de acuerdo? Matarán a la niña. Acepten. ¿No les da lástima?
-¡No! -gritó nuevamente la madre.
En mi interior pensaba: “¿Qué estoy haciendo? Voy a degollar a la niña.” Pero decía otra cosa.
-¡Pronto, pronto, acepten! ¡Acepten! Ya se le están poniendo azules las uñas.
-¡No! ¡No!
-Está bien, acompáñenlas a la sala; que se queden allí.
Las llevaron por el corredor casi a oscuras. Yo oía el llanto de las mujeres y el silbido de la niña. El enfermero regresó enseguida y dijo:
-¡Aceptan!
En mi interior todo se petrificó, pero dije con claridad:
-¡Esterilicen de inmediato el bisturí, las tijeras, las grapas, la sonda!
Un minuto más tarde, atravesaba a toda velocidad el patio donde la tormenta de nieve, como un demonio, volaba y chocaba contra las casas. Entré corriendo en mi gabinete y, contando los minutos, cogí un libro, lo hojeé y encontré una ilustración que representaba una traqueotomía. En ella todo era sencillo y claro: la garganta estaba abierta y el bisturí clavado en la tráquea. Me puse a leer el texto, pero no comprendía nada, las palabras parecían brincar ante mis ojos. Jamás había visto cómo se hace una traqueotomía. “¡Eh!, ahora ya es tarde”, pensé, y miré con melancolía la luz azulada y la ilustración del libro; sentí que había caído sobre mí un asunto terrible y difícil y regresé al hospital sin percatarme de la tormenta.
En la recepción, una sombra con falda redonda se pegó a mí y una voz comenzó a lloriquear:
-Padrecito, ¿qué es eso de que vas a cortarle la garganta a la niña? ¿Acaso se puede pensar siquiera en algo así? Ella es una tonta, por eso ha aceptado. Pero yo no te doy mi consentimiento, no. Estoy de acuerdo en que le recetes unas gotas, pero no permitiré que le cortes la garganta.
-¡Saquen de aquí a esta mujer! -grité, y en mi acaloramiento añadí-: ¡La tonta eres tú! ¡Tú! ¡Ella no, ella es inteligente! ¡Además, a ti nadie te ha preguntado nada! ¡Sáquenla de aquí!
La comadrona abrazó firmemente a la abuela y la empujó fuera de la sala.
-¡Listo! -dijo de pronto el enfermero.
Entramos en la pequeña sala de operaciones y yo, como a través de una cortina, observé los brillantes instrumentos, la cegadora luz de la lámpara, el hule… Salí por última vez a donde estaba la madre, de cuyos brazos apenas lograron arrancar a la niña. Oí una voz ronca que decía: “Mi marido no está. Está en la ciudad. ¡Cuando regrese y se entere de lo que he hecho, me matará!”
-La matará -repitió la abuela, mirándome horrorizada.
-¡No las dejen entrar en la sala de operaciones! -ordené.
Nos quedamos solos en el quirófano. El personal, Lidka (la niña) y yo. La niña estaba desnuda. La habían sentado sobre la mesa. Lloraba en silencio.
Luego la acostaron, la sujetaron, le limpiaron la garganta y la untaron con yodo. Yo tomé con decisión el bisturí, pero pensaba: “¿Qué estoy haciendo?” Había un profundo silencio en la sala de operaciones. Tomé el bisturí e hice una línea vertical por la regordeta garganta blanca. No salió ni una gota de sangre. Por segunda vez pasé el bisturí por la franja blanca que había aparecido en la piel, que se había separado. Ni una gota nuevamente. Despacio, intentando recordar ciertos dibujos de los atlas, comencé con ayuda de una sonda roma a separar los delgados tejidos. Entonces, de la parte inferior del corte brotó una sangre oscura que inundó de inmediato la herida y comenzó a correr por el cuello. El enfermero la secaba con tampones, pero la sangre no dejaba de correr. Recordando todo lo que había visto en la universidad, comencé a apretar con pinzas los bordes de la herida, pero no obtuve ningún resultado. Sentí frío y mi frente se humedeció. Me arrepentí profundamente de haber ingresado en la facultad de medicina, de haber aceptado venir a este remoto lugar. Con furiosa desesperación metí una pinza al azar en alguna parte próxima a la herida, la cerré y la sangre inmediatamente dejó de correr. Absorbimos la sangre de la herida con bolas de gasa y solo entonces la herida se me presentó limpia, pero completamente incomprensible. La tráquea no estaba en ninguna parte. Mi herida no tenía nada que ver con ninguna de las ilustraciones de los libros. Pasaron todavía dos o tres minutos durante los cuales, de un modo mecánico y totalmente incoherente, estuve hurgando en la herida, unas veces con el bisturí y otras con la sonda, en busca de la tráquea. Al final del segundo minuto comencé a desesperarme. “Es el fin -pensé-, ¿para qué habré hecho esto? Podía no haber propuesto la operación y Lidka habría muerto tranquilamente en su habitación, mientras que ahora morirá con la garganta desgarrada y nunca, jamás, podré demostrar que de todas formas habría muerto, que yo no podía perjudicarla…” La comadrona secó en silencio mi frente. “Dejar el bisturí y decir: no sé qué hacer ahora”, pensé, e inmediatamente me imaginé los ojos de la madre. De nuevo levanté el bisturí y, sin sentido alguno, corté profunda y bruscamente a Lidka. Los tejidos se separaron e inesperadamente apareció ante mis ojos la tráquea.
-¡Los ganchos! -dije con voz ronca.
El enfermero me los dio. Introduje un gancho en un lado de la herida y el segundo en el otro y le di uno de ellos al enfermero. En ese momento solo veía una cosa: los anillos grisáceos de la tráquea. Hundí el afilado bisturí en la tráquea y me quedé inmóvil. La tráquea comenzó a salirse de la herida: el enfermero, pensé, se ha vuelto loco, ha comenzado a extraer la tráquea. Las dos comadronas gritaron detrás de mí. Levanté los ojos y comprendí lo que ocurría: el enfermero se estaba desmayando por el calor y, sin soltar el gancho, rompía la tráquea. “Todo está en mi contra, es el destino -pensé-, ahora sí que hemos degollado a Lidka. -Y me dije-: En cuanto llegue a casa me pegaré un tiro…” En ese instante, la comadrona principal, que por lo visto tenía mucha experiencia, se lanzó de un modo rapaz hacia el enfermero y cogió el gancho que este sostenía; luego me dijo con los dientes apretados:
-Continúe, doctor…
El enfermero cayó ruidosamente, dándose un golpe, pero nosotros no lo miramos siquiera. Introduje el bisturí en la tráquea y luego metí en ella un tubito de plata. El tubo entró con facilidad, pero Lidka permaneció inmóvil. El aire no había entrado en su garganta, como debiera haber ocurrido. Respiré profundamente y me detuve: no tenía nada más que hacer. Solo quería pedirle perdón a alguien, arrepentirme de mi ligereza, de haber ingresado en la facultad de medicina. Reinaba el silencio. Yo veía cómo Lidka se ponía cada vez más azulada. Quería abandonarlo todo y echarme a llorar. De pronto Lidka se estremeció de un modo extraño, arrojó como una fuente los sucios coágulos a través del tubo y el aire, con un silbido, entró en su garganta. La niña respiró y comenzó a llorar fuertemente. En ese instante el enfermero se levantó, pálido y sudoroso, miró alelado y horrorizado la garganta abierta y se puso a ayudarme a coserla.
A pesar del cansancio y del velo del sudor que me cubría los ojos, vi los rostros felices de las comadronas. Una de ellas me dijo:
-Ha realizado brillantemente la operación, doctor.
Pensé que se estaba burlando de mí y la miré con aire sombrío de reojo. Luego se abrieron las puertas y penetró el aire fresco. Sacaron a Lidka envuelta en una sábana. De inmediato, en la puerta, se presentó la madre. Sus ojos parecían los de una fiera salvaje. Me preguntó:
-¿Y bien?
Cuando oí el tono de su voz el sudor me recorrió la espalda, y solo entonces me di cuenta de lo que habría ocurrido si Lidka hubiera muerto en la mesa de operaciones. Pero le contesté con una voz muy serena:
-Tranquila. Vive y seguirá viva. Eso espero. Solo que mientras no le saquemos el tubito no podrá pronunciar ni una palabra, así que no se asusten.
Entonces la abuela salió de debajo de la tierra y se santiguó en dirección al pomo de la puerta, hacia mí, hacia el techo. Pero yo ya no me enfadaba con ella. Me volví y ordené que le inyectaran alcanfor a Lidka y que por turnos hicieran guardia junto a ella. Luego me fui a mi apartamento. Recuerdo que la luz azulada ardía en mi gabinete. Allí estaba el Doderlein, había libros esparcidos. Me acerqué al diván, me acosté vestido e inmediatamente dejé de ver cualquier cosa. Me quedé dormido y ni siquiera soñé.
Pasó un mes, otro. Yo había visto ya muchas cosas y algunas más terribles que la garganta de Lidka. Incluso la había olvidado. Estábamos rodeados de nieve y la consulta crecía de día en día. En una ocasión, ya al año siguiente, entró en mi consultorio una mujer llevando de la mano a una niña exageradamente abrigada. Los ojos de la mujer brillaban. La miré con atención y la reconocí.
-¡Ah, Lidka! ¿Cómo está la niña?
-Bien.
Dejamos al descubierto la garganta de Lidka. La niña se resistía, tenía miedo. Por fin logré levantarle el mentón y examinarla. En su cuello rosado había una cicatriz vertical de color marrón y dos cicatrices transversales delgadas, las de las costuras.
-Todo está en orden -dije-, pueden dejar de venir.
-Se lo agradezco doctor, muchas gracias -dijo la madre, y ordenó a Lidka-: ¡Dale las gracias al señor!
Pero Lidka no tenía deseos de decirme nada.
No volví a verla nunca más. Comencé a olvidarla. Mi consulta seguía creciendo. Y llegó el día en que recibí a ciento diez personas. Habíamos comenzado a las nueve de la mañana y terminamos a las ocho de la noche. Yo, tambaleándome, me quité la bata. La comadrona principal me dijo:
-Tal cantidad de pacientes debe agradecérsela a la traqueotomía. ¿Sabe lo que dicen en las aldeas? Que a Lidka, en lugar de su garganta, usted le puso una de acero y se la cosió. Viajan especialmente a la aldea donde vive la niña para verla. Ya tiene usted fama, doctor, lo felicito.
-¿De modo que creen que vive con la garganta de acero? -pregunté.
-Sí, eso creen. Usted, doctor, es excelente. ¡Es un encanto ver la sangre fría con que opera!
-Sí… Yo, sabe usted, jamás me pongo nervioso -dije sin saber por qué, pero era tanto mi cansancio que ni siquiera pude avergonzarme, simplemente volví la vista hacia otro lado. Me despedí y me dirigí a mi apartamento. Caía una nieve gruesa que lo cubría todo; el farol ardía y mi casa estaba solitaria, tranquila y grave. Y yo, en el camino, solo deseaba una cosa: dormir.

bulgakov

(Mijaíl Afanásievich Bulgakov; Kiev, 1891 – Moscú, 1940) Novelista y dramaturgo ruso. Hijo de un profesor de la Academia Eclesiástica de Kiev, Mijaíl Bulgakov estudió medicina y ejerció como médico hasta que, en 1921, se trasladó a Moscú para dedicarse en exclusiva a la literatura. En el decenio de 1920 alcanzó considerable fama como autor teatral: en 1928 llegó a tener tres obras representándose simultáneamente en las escenas de los más importantes teatros de Moscú.

Qué es la difteria?

Es una enfermedad aguda, que puede ser muy grave. Descrita por Hipócrates 500 años antes de Cristo. La palabra difteria viene del griego y significa “membrana”.

La bacteria produce una toxina (veneno) que causa la aparición de pseudomembranas obstructivas en nasofaringe, orofaringe, amígdalas, laringe y tráquea. A veces afecta la conjuntiva, la mucosa genital y la piel. También puede dañar otros órganos como corazón, sistema nervioso o riñones.

Es una enfermedad muy poco frecuente en los países desarrollados pues casi toda la población está correctamente vacunada contra ella.

La difteria ha sido de las enfermedades más temidas. Su mortalidad llegaba al 50%. Tras descubrir la antitoxina a finales del siglo XIX, la mortalidad bajó en Europa hasta un 15%. En 1923 se usa por primera vez el toxoide como vacuna, aunque su uso tardó décadas en generalizarse.

En la mayoría de los países industrializados, la difteria ha desaparecido o se producen casos aislados. Donde aún se producen casos, afecta sobre todo a niños en edad preescolar y escolar. Es importante vacunar correctamente a toda la población para evitar brotes como los sufridos por países de la ex Unión Soviética durante la década de 1990.

Aunque la antitoxina y los modernos cuidados intensivos han reducido la mortalidad de la difteria en países industrializados, sigue siendo alta en muchos países en desarrollo.

En España era llamada “garrotillo”, pues la muerte por asfixia que causaba, recordaba a los ajusticiados mediante garrote vil. La incidencia anual disminuyó de forma importante tras iniciarse campañas de vacunación en 1965, pasando de 27.500 casos en 1940 a 248 casos en 1966. En 1986 se notificaron los dos últimos casos de difteria en nuestro país. En 2015 se ha vuelto a declarar un caso que desgraciadamente ha terminado con la vida de un niño de 6 años que no  estaba vacunado.

En muchos países subdesarrollados sigue siendo un problema de salud pública. Especialmente en Asia, (en particular la India, Nepal y Bangladesh), el Sudeste Asiático, el Pacífico occidental (Indonesia, Filipinas, Vietnam, Laos y Papúa Nueva Guinea), el África subsahariana (Nigeria), América del Sur (Brasil) y el Medio Oriente (Irak y Afganistán). Aunque en los últimos años se ha generalizado el uso de la vacuna.

EMIL VON BEHRING (1854-1917):

Pionero de la inmunología y descubridor de las vacunas contra el tétanos y la difteria

A fines del siglo XIX, las epidemias eran causa de muchas muertes en la población civil y, sobre todo, en los niños. En esa época se inicia una carrera de investigación entre las escuelas de Robert Koch en Alemania y de Louis Pasteur en Francia, que llevó a grandes descubrimientos que beneficiaron a generaciones futuras. Emil von Behring descubrió las vacunas contra el tétanos y la difteria –por lo que se le llamó “salvador de los soldados y de los niños” – e inició el desarrollo de la Inmunología.