“La máquina de pensar en Gladys”, un cuento de Mario Levrero – Infobae

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“El lugar donde mueren los pájaros”, un cuento de Tomás Downey – Infobae

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Monterroso y la Dama

Sendero

Primera dama
—Mi marido dice que son tonteras mías —pensaba—; pero lo que
quiere es que yo sólo me esté en la casa, matándome como antes. Y eso
sí que no se va a poder. Los otros le tendrán miedo, pero yo no. Si no le
hubiera ayudado cuando estábamos bien fregados, todavía. ¿Y por qué
no voy a poder recitar, si me gusta? El hecho de que él sea ahora
Presidente, en vez de ser un obstáculo debería hacerlo pensar que así le
ayudo más. Y es que los hombres, sean presidentes o no, son llenos de
cosas. Además, yo no voy a andar recitando en cualquier parte como
una loca sino en actos oficiales o en veladas de beneficencia. Sí pues, si
no tiene nada de malo.
No tenía nada de malo. Terminó de bañarse. Entró en su dormitorio. Mientras se peinaba, vio en el espejo, detrás de ella, los estantes
llenos de libros en desorden. Novelas. Libros de poesía. Pensó en
algunos y en lo mucho que le gustaban. Antologías de las mil mejores
poesías universales, titanes y recitadores sin maestro en los que había
señalado con papelitos los poemas más bellos. Reír llorando, La cabeza
del rabí. ¡Trópico! A una madre. Dios mío, de dónde sacaban tanto
tema. [38]
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Pronto ya no iban a caber los libros en la casa. Pero aunque uno no
los leyera todos, eran la mejor herencia.
Sobre el tocador tenía varios ejemplares del programa de esa noche. Sí se animara a dar un recital ella sola. Hasta ahora no había
organizado ninguno, por modestia. Sabía, sin embargo, que de cualquier manera ella era la figura principal.
Esta vez se trataba de una velada preparada algo a la carrera para
el Desayuno Escolar. Alguien había notado que los niños de las escuelas andaban medio desnutridos, y que algunos se desmayaban a eso de
las once, tal vez cuando el maestro estaba en lo mejor. Al principio lo
atribuyeron a indigestiones, más tarde a una epidemia de lombrices
(Salubridad) y sólo al final, durante una de sus frecuentes noches de
insomnio, el Director General de Educación, nebulosamente, sospechó
que podrían ser casos de hambre.
Cuando el Director General convocó a un buen número de padres
de familia, la mayoría se indignó de viva voz ante la suposición de que
fueran tan pobres, y, por orgullo frente a los demás, ninguno estuvo
dispuesto a aceptarlo. Pero en cuanto se disolvió la reunión, varios de
ellos, individualmente, se acercaron al Director y reconocieron que en
ocasiones —no siempre, claro— mandaban a sus hijos a la escuela sin
nada en el estómago. El Director se asustó al confirmar su sospecha y
decidió que era necesario hacer algo pronto. Por fortuna recordó que el
Presidente ha-[39]bía sido su compañero de colegio y dispuso ir a verlo
cuanto antes. No se arrepintió. El Presidente lo recibió de lo más
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simpático, probablemente con mucha más cordialidad de la que hubiera desplegado desde una posición menos elevada. De manera que
cuando él comenzó: «Señor Presidente…» se rió y le dijo: «Dejate de
babosadas de Señor Presidente y decime sin rodeos a lo que venís», y
siempre riéndose lo obligó a sentarse, mediante una ligera presión en
el hombro. Estaba de buenas. Pero el Director sabía que por más
palmaditas que le dieran ya no era lo mismo que en los tiempos en que
iban juntos a la escuela, o sencillamente que hacía apenas dos años,
cuando todavía se tomaron un trago con otros amigos en El Danubio.
De todos modos, se veía que empezaba a sentirse cómodo en el cargo.
Como él mismo dijera levantando el índice en una reciente cena en
casa de sus padres, de sobremesa, ante la expectación general primero,
y la calurosa aprobación después, de sus parientes y compañeros de
armas: «Al principio se siente raro; pero uno se acostumbra a todo».
—Pues sí, ¿qué te trae por acá? —insistió—. Apuesto a que ya tenés líos en el Ministerio.
—Bueno, si querés saber la verdad, sí.
—¿Verdá? —dijo triunfante el Presidente, aprobando su propia sagacidad.
—Pero, si me lo permitís, no vengo a eso; otro día te cuento. Mirá,
para no quitarte el tiempo, te lo voy a decir de una vez. Fijate que ha
habido varios casos de niños que se desmayan de hambre [40] en las
escuelas y yo quisiera ver qué podemos hacer. Prefiero decírtelo a vos
de una vez porque si no es la bruta andar de aquí para allá. Además,
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mejor te lo cuento yo porque no faltará quien te venga a decir que no
hago nada. Mi idea es que me autoricés para tratar de conseguir algo
de dinero y fundar una especie de Gota de Leche semioficial.
—¿No te me estarás volviendo comunista, vos? —lo detuvo él, soltando una carcajada. Aquí sí que se echaba de ver su excelente humor
de ese día. Los dos se rieron mucho. El Director le advirtió en broma
que tuviera cuidado porque estaba leyendo un librito sobre marxismo,
a lo que él repuso sin dejar de reírse que no se lo fuera a ver el Director
de la Policía porque lo podía joder. Después de cambiar aún otras
frases ingeniosas alrededor del mismo tema, él le dijo que le parecía
bien, que fuera viendo a quién le sacaba plata, que dijera que él estaba
de acuerdo y que quizá la UNICEF podía dar un poco más de leche.
«Los gringos tienen leche como la chingada», afirmó por último,
poniéndose de pie y dando por terminada la entrevista.
—Ah, y mirá —añadió cuando ya el Director se encontraba en la
puerta—: si querés hablale a mi señora para que te ayude; a ella le
gustan esas cosas.
El Director le dijo que estaba bueno y que le iba a hablar en seguida.
No obstante, esto más bien lo deprimió, porque no le agradaba trabajar con mujeres. Peor de [41] funcionarios. La mayoría eran raras,
vanidosas, difíciles, y uno tenía que andarse todo el tiempo con cortesías, preocupándose de que estuvieran siempre sentadas y poniéndose
nervioso cuando por cualquier circunstancia había que decirles que no.
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De paso que a ella no la conocía mucho. Pero lo mejor era interpretar
la sugerencia del Presidente como una orden.
Cuando le habló, ella aceptó sin vacilar. ¿Cómo podía dudarlo? No
sólo le iba a ayudar haciendo propaganda entre sus amigas, sino que
personalmente trabajaría con entusiasmo, tomando parte, por ejemplo,
en las veladas que se organizaran.
—Yo puedo recitar —le dijo—; ya sabe que siempre he sido aficionada. «Qué bueno», pensó mientras se lo decía, «que haya esta oportunidad». Pero al mismo tiempo se arrepintió de su pensamiento y le dio
miedo de que Dios la castigara cuando reflexionó que no era bueno que
los niños se desmayaran de hambre. «Pobrecitos», pensó rápido para
aplacar al cielo y eludir el castigo. Y en voz alta dijo:
—Pobres criaturas. ¿Y como cada cuánto se desmayan?
El Director le explicó pacientemente que no se desmayaban los
mismos en forma periódica, sino que una vez era uno y otra otro, y que
lo mejor era ver cómo le daban desayuno al mayor número posible.
Tendrían que fundar una organización para reunir fondos.
—Claro —dijo ella—. ¿Y cómo le pondremos? [42]
—¿Qué le parece «Desayuno Escolar»? —dijo el Director.
Pasó su mano sobre el programa, un trozo cuadrangular de papel
satinado elegantemente impreso:
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1.° Palabras preliminares, por el Sr. D. Hugo Miranda, Director General de Educación del Ministerio de Educación Pública.
2.° Barcarola de los Cuentos de Hoffman, de Offenbach, por un grupo de alumnos de la Escuela 4 de Julio.
3.° Tres valses de F. Chopin, por René Elgueta, alumno del Conservatorio Nacional.
4.° Los Motivos del Lobo, de Rubén Darío, por la Excma. Sra. Doña
Eulalia Fernández de Rivera González, Primera Dama de la República.
5.° Cielos de mi Patria, por el compositor nacional D. Federico Díaz, su autor al piano.
6.° Himno Nacional.
Ella creía que estaba bien. Aunque quizá era demasiada música y
poca recitación.
—¿Te gusta lo que voy a recitar? —le preguntó a su marido.
—Con tal que no se te olvide a medio camino y no hagas el ridículo
—replicó él malhumorado pero incapaz de oponerse en serio—.
Realmente no sé para qué te metiste a esa babosada. Parece que no
conocieras a los muchachos cómo son de fregados. Ya van a empe-[43]
zar a hacerte chistes. Pero como cuando se te mete una cosa en la
cabeza nadie te la saca.
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En los tiempos en que la enamoraba le gustaba que declamara y
hasta le pedía que lo hiciera para quedar bien con ella. Pero ahora era
otra cosa y sus apariciones en público lo irritaban.
«¿Veperdapa quepe epes lopo quepe dipigopo?» —pensó ella—«no
pueden ver que la esposa tenga ninguna iniciativa porque luego empiezan a poner peros y a querer acomplejarlo a uno».
—Qué se me va a andar olvidando —dijo en voz alta, levantándose
a buscar un pañuelo—; me la sé desde niña. Lo que no me gusta es que
estoy algo acatarrada. Pero yo creo que es por los nervios. Siempre que
tengo que hacer algo importante en una fecha fija me da miedo de
enfermarme y empiezo a pensar: ya me va a dar catarro, ya me va a dar
catarro, hasta que me da de veras. Sí pues. Deben de ser los nervios. La
prueba está en que después se me pasa.
Enfrentándose bruscamente con el espejo, se puso a levantar los
brazos y a probar la voz:
—El varóooooon que tiene corazóooooon de liz
aaaaaalma de queeeeeerube, lenguaaaaa celestiallllll
el míiiiiinimo y dulce Francisco de Asíiiiiis
estacón
un rudui
torvoa
nimal.
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Pronunciaba liz. Era bueno alargar las sílabas [44] acentuadas. Pero no siempre sabía cuáles eran, a menos que tuvieran el acento
ortográfico. Por ejemplo: «varón», oooooon; «mínimo», miiiiii; corazón», oooooon. Pero en «alma de querube, lengua celestial» no había
modo de saberlo. En fin, lo importante era sentir, porque cuando no se
siente de nada sirve conocer todas las reglas.
—El varón
el varón que tiene
el varón que tiene corazón
el varón que tiene corazón de liz.
Cuando llegó a la escuela era aún demasiado temprano. Sin embargo, se sintió desalentada porque había pocas personas ocupando los
asientos. Pero pensó que entre nosotros la gente siempre llega tarde y
que cuándo nos iríamos a quitar esa costumbre. En el pequeño escenario, detrás del telón improvisado, las alumnas de la Escuela 4 de Julio
ensayaban en voz baja la Barcarola. El profesor de canto, muy serio, les
daba el «la» con un pequeño pito de metal plateado que emitía esa
única nota. Al observar que ella estaba allí, viéndolo sonriente, le
dirigió un breve saludo con la cabeza y dejó de mover los brazos; pero
por cortedad, o por no parecer demasiado servil, o porque de plano no
lo era, no interrumpió su ensayo. Ella se lo agradeció, pues en ese ratito
estaba repasando mentalmente el poema y si la interrumpían tenía que
tomar otra vez el hilo desde el principio. Como si en realidad la estu30
viera [45] usando, aclaraba la garganta cada cinco o seis versos, a pesar
de que sabía que con eso sólo lograba irritarla cada vez más, igual que
aquel maestro a quien sus alumnos por molestarlo le dijeron que tenía
colorado el ojo y él se puso a restregárselo y a restregárselo, hasta que
se lo dejó tan colorado que ellos no podían contener la risa; o como los
monos, que si les ponen un poco de excremento en la palma de la
mano no paran de olerlo hasta que se mueren. Cómo era eso de las
obsesiones. Lo que más cólera le daba es que estaba segura de que todo
pasaría en cuanto terminara su número. Sí pues. Pero era molesto,
mientras tanto, pensar que se le iba a salir un gallo en medio de la
recitación.
La verdad es que sería una estupidez tenerle miedo al público. En
el supuesto caso de que sus intervenciones no agradaran, no se debería
a ella sino a que la gente en general es muy ignorante y no sabe apreciar la poesía. Todavía les faltaba mucho. Pero precisamente por eso
aprovecharía cuanta ocasión se le presentara para ir dando a conocer
los buenos versos y revelándose como declamadora.
—Pero señora —le reprochó preocupado el Director General
cuando llegó sudoroso—, si yo iba a pasar por usted. No está bien que
se haya venido sola.
Ella lo miró comprensiva y lo tranquilizó cortésmente. Desde que
se convirtió en la Primera [46] Dama se alegraba cuando tenía la
oportunidad de demostrar que era una persona modesta, posiblemente
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mucho más modesta que cualquiera otra en el mundo, y hasta había
estudiado en el espejo una sonrisa y una mirada encantadoras que
significaban más o menos: «¡Cómo se le ocurre! ¿Se imagina que
porque soy la esposa del Presidente me he vuelto una presumida?».
Pero el Director quiso entender más bien que lo trataba con ironía, y,
deprimido, se puso a hablar sin ton ni son de esto y lo otro. No bien los
demás artistas fueron llegando y rodeándola, aprovechó la ocasión
para retirarse. Después se le veía gordito dando órdenes y disponiéndolo todo, de acuerdo con el principio de que si uno mismo no hace las
cosas no hay quien las haga.
Sólo se acercó de nuevo para decirle:
—Prepárese, señora. Vamos a empezar.
Como contaba ya con alguna práctica, el Director explicó sin apuro
que estábamos allí movidos por un alto espíritu de solidaridad humana. Que había muchos niños subalimentados cosa que el Gobierno era
el primero en lamentar porque como le había dicho personalmente el
Presidente cuando lo llamó para hacérselo ver hay que hacer algo por
esos niños en interés de los altos destinos de la patria mueva usted las
conciencias remueva cielo y tierra conmueva los corazones en favor de
esa noble cruzada. Que ya eran varias las personas de todas las capas
sociales que [47] habían ofrecido su desinteresada ayuda y que nuestros amigos norteamericanos esa noble y generosa nación que con
justicia podíamos llamar la despensa del mundo habían prometido
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hacer un nuevo sacrificio de latas de leche en polvo. Que nuestra tarea
era modesta en sus comienzos pero que estábamos dispuestos a no
omitir esfuerzo alguno para convertirla no sólo en un hecho real y
concreto del presente sino en un estimulante ejemplo para las generaciones futuras. Que teníamos el alto orgullo de contar también con la
ayuda de la Primera Dama de la República cuyo arte exquisito tendríamos el honor de apreciar dentro de breves instantes y cuyas entrañas generosamente maternales se habían conmovido hasta las
lágrimas al saber la desgracia de esos niños que ya fuera por alcoholismo de sus padres o por descuido de sus madres o por ambas cosas
no podían disfrutar en sus modestos hogares de la sagrada institución
del desayuno con peligro para su salud y en desmedro del aprovechamiento de la instrucción que el Ministerio que nos honrábamos en
representar esa noche estaba empeñado en impartirles convencido de
que el libro y sólo el libro resolvería los seculares problemas a que se
enfrentaba la patria. Y que había dicho.
Después de los aplausos las niñas de la Escuela 4 de Julio cantaron
con su acostumbrada dulzura el la, lalá, lalalalalá, lalalalalá, lalá de la
Barcarola, mientras el pianista nervioseaba ansioso de atacar sus valses
que, como tantas otras [48] cosas ese día en diversas regiones del
globo, comenzaron también y terminaron con toda felicidad y gloria.
Ella inclinó la cabeza, diciendo gracias mentalmente. Cruzó las
manos y se las contempló durante un momento, esperando que se
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produjera la atmósfera necesaria. Pronto sintió que de su boca, a través
de sus palabras, se iba asomando al mundo San Francisco de Asís,
mínimo y dulce, hasta tomar la forma del ser más humilde de la tierra.
Pero en seguida esa ilusión de humildad quedaba atrás porque otras
palabras, encadenadas uno no sabía cómo con las primeras, cambiaban
su aspecto hasta convertirlo en un hombre iracundo. Y ella sentía que
tenía que ser así y no de otra manera porque se encontraba llamándole
la atención a un lobo, cuyos colmillos habían dado horrorosa cuenta de
pastores, rebaños y cuanto ser viviente se le ponía por delante. Sí pues.
Su voz tembló luego y se le escapó una lágrima en el preciso instante en
que el santo le decía al lobo que no fuera malo, que por qué no se
dejaba de andar por ahí sembrando el terror entre los campesinos y
que si acaso venía del infierno. Aunque inmediatamente después casi
se veía brotar de sus labios una gran tranquilidad cuando el animal, no
sin haberlo reflexionado un rato, seguía al santo a la aldea, donde
todos se admiraban de verlo tan mansito que hasta un niño le podía
dar de comer en la mano. Las palabras [49] le salían entonces dulces y
tiernas y pensaba que el lobo le podía dar de comer también al niño
para que no se desmayara de hambre en la escuela. Pero volvía a
angustiarse porque en un descuido de San Francisco el lobo se iba
nuevamente al monte a acabar con las gentes del campo y con sus
ganados. Su voz adquiría aquí un tono de condenación implacable y la
elevaba y la bajaba conforme iba siendo necesario, sin acordarse para
nada del catarro ni de los malditos nervios de los días anteriores, como
ella sabía de antemano que sucedería. Por el contrario, la envolvía una
grata sensación de seguridad de seguridad de seguridad pues era fácil
notar que el público la escuchaba fuertemente impresionado ante las
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barbaridades de la fiera; a pesar de que ella sabía ya, en ese momento,
se cambiarían los papeles y el lobo se convertiría de acusado en acusador cuando San Francisco lo iba a buscar de nuevo con su acostumbrada confianza para meterlo otra vez en cintura. Por más que uno no
quisiera, había que ponerse de parte del lobo, cuyas palabras eran
fácilmente interpretables: Sí, ¿verdad?, muy bonito; yo me estaba ahí
todo manso comiendo lo que se les antojaba arrojarme y lamiendo las
manos de todos como un cordero, mientras los hombres en sus casas
se entregaban a la envidia y a la lujuria y a la ira y se hacían la guerra
unos a otros y perdían los débiles y ganaban los malos. Decía las
palabras «débiles» y «malos» con tonos tan diferentes que a nadie
podía caberle la menor duda de que ella estaba de [50] parte de los
primeros. Y se sentía segura de que la cosa iba bien y de que su recitación era un éxito, porque verdaderamente se indignaba ante tantas
canalladas que dejaban chiquitas las del lobo, que al fin y al cabo no
era un ser racional. Sin darse cuenta ni cómo se acercó el instante en
que sabía que ya, ahora, ahora, las palabras debían brotar de su garganta ni muy fuertes, ni muy tiernas, ni furiosas, ni mansas, sino
impregnadas de desesperanza y amargura, pues no otra cosa debió de
sentir el santo cuando le dio la razón a la fiera y se dirigió finalmente al
padre nuestro que estáaaaaaaaas en los cieeeeeeeelos.
Permaneció unos segundos con los brazos en alto. El sudor le corría en hilitos entre los pechos y por la espalda. Oyó que aplaudían.
Bajó las manos. Se arregló con disimulo la falda y saludó mo35
destamente. El público, después de todo, no era tan bruto. Pero buen
esfuerzo le estaba costando hacerlo llegar a la poesía. Era lo que ella
pensaba: poco a poco. Mientras estrechaba las manos de los que la
felicitaban se sintió embargada por un dulce y suave sentimiento de
superioridad. Y cuando una señora humilde que se acercó a saludarla
le dijo que qué bonito, estuvo a punto de abrazarla, pero se contuvo y
se conformó con preguntarle: «¿Le gustó?», pues la verdad es que ya no
estaba pensando en eso sino en lo bueno que sería organizar pronto
otro acto, en un local más grande, quizá en un teatro de verdad, en el
[51] que ella sola se encargara de la totalidad del programa, porque lo
malo de estas veladitas era que los músicos aburrían a la gente, a pesar
de que al otro día también los elogiaban en el periódico, lo que no era
justo. No pues.
Ya en la puerta de su casa invitó al Director General y a dos o tres
amigos a tomar un whisky «para celebrar». Deseaba prolongar un rato
más la conversación sobre su triunfo. Ojalá estuviera su marido para
que oyera lo que le decían y para que se convenciera de que no eran
cosas de ella. Qué bien había resultado todo, ¿verdad? ¿Y como cuánto
sacarían?
El Director General le informó muy elaboradamente que tenían
utilidades por $7.50.
—¿Tan poquito? —dijo ella.
Él pensó con amargura pero dijo con optimismo que para ser la
primera no estaba tan mal. Que les había faltado propaganda.
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—No —dijo ella—. Yo creo que se debe al local que es muy chiquito.
—Bueno, claro —dijo él—. En eso tiene razón.
—¿Cómo hiciéramos? —dijo ella—. Hay que hacer algo para ayudar a esos pobres niños.
—Bueno —dijo él—; lo importante es que ya comenzamos.
—Sí —dijo ella—; pero la cosa es seguir adelante. Tenemos que
preparar algo más serio.
—Yo creo que si contamos con su ayuda… —dijo él.
—Sí sí podemos conseguir un teatro yo voy a recitar ya va a ver
pero que sea teatro grande [52] porque si no ya vio lo que pasa se
esfuerza uno preparando las cosas y total casi no se saca nada de todos
modos le voy a hablar a mi marido siempre me está empujando a
recitar es mi mejor estímulo ¿se fijó? la gente tiene gana de oír poesía si
viera la emoción que sentí cuando una señora que ni me conoce me
dijo que le había gustado mucho yo creo que un recital de poesía sería
un éxito ¿qué dice usted? —dijo ella.
—Claro —dijo él—; a la gente le gusta mucho.
—Fíjese que estoy preocupada —dijo ella—por lo poco que sacamos hoy. ¿Qué le parece si le doy cien pesos para no salir tan mal?
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Tengo muchas ganas de ayudar. Yo creo que poco a poco vamos a ir
saliendo.
Él dijo que claro; que poco a poco iban a ir saliendo.

Anim o la caída de Ana María Shua

sendero

AMIM O LA CAÍDA

Carátula de: Que tengas una vida interesante (EMECË, Argentina - 2009), Ana María Shua

La señora Meme no se había roto la cadera, como todos los viejitos, sino la rodilla. En la radiografía se veía con nitidez el fémur astillado. El traumatólogo explicó después que estaba roto en ocho trozos grandes y muchos fragmentos pequeños. Pero eso no fue lo más grave.

Lucía y Juan Pablo no se ponían de acuerdo acerca del momento en que había empezado la diarrea. Lucía decía que había sido antes de la operación. La señora Meme estuvo internada unos días esperando al traumatólogo, que estaba de viaje. Lucía pensaba que fue en ese momento cuando se contagió el clostridium difficile. Los médicos de la clínica decían que el clostridium no siempre se contagia: es una bacteria que vive en el intestino. Los antibióticos fuertes que recibió la señora Meme para evitar infecciones en el hueso modificaron la flora intestinal y le dieron vía libre a la proliferación del clostridium. Pero Juan Pablo, que estaba siempre pegado a la computadora, averiguó por Internet que sólo el 5 % de la población normal vive con el clostridium puesto y en cambio el 40 % de la población hospitalaria lo tiene. De hecho, a partir del diagnóstico, todos los médicos,  las enfermeras y enfermeros se ponían guantes de goma antes de tocar a la señora Meme y se cubrían con un delantal blanco que colgaba de un gancho en la habitación.

Después de la operación la diarrea se volvió pavorosa, constante, interminable. Con su color verde negruzco manchaba los camisones y las sábanas, dos veces hubo que cambiar el colchón. No había tiempo de llamar a la enfermera, Lucía se encargaba de todo.

El traumatólogo estaba contento. Explicó cómo había reconstruido el hueso y cómo lo había asegurado con una chapita de metal y dos tornillos.  Al tercer día contando desde la operación, la diarrea se detuvo y Juan Pablo se volvió a su casa en Columbia, Maryland.

Pero ahora el vientre de la enferma estaba hinchado y doloroso. El médico de cabecera convocó a un gran cirujano especializado en gastroenterología.  Cuando se acercó para palparla, la señora Meme tendió los brazos hacia adelante, en un movimiento involuntario. “Casi no necesito tocarla” dijo el gran cirujano,  dirigiéndose a todos los presentes en tono didáctico. “Ese reflejo defensivo es típico del abdomen agudo”.

El colon estaba perforado. Peritonitis. Esa misma noche la operaron otra vez. A las tres de la madrugada el gran cirujano les dio a Lucía y su marido una explicación muy complicada sobre las modificaciones que había realizado en el tracto digestivo de la señora Meme. La jerga ingenieril, pensó Lucía, era la única manera que tenía el hombre de expresar su incertidumbre.

Al día siguiente, en terapia intensiva, por primera vez desde la caída, Lucía vio llorar a su madre, que se desesperaba porque el respirador no la dejaba hablar.  En esos largos días de angustia empezaron los primeros síntomas. La señora Meme volvió de la anestesia muy desorientada y ya nunca recuperó del todo su control sobre la realidad, que  por momentos se le deshacía en hilachas.

Otra vez ella y yo, juntas y solas, pensaba Lucía, que cuando era adolescente se llevaba muy mal con su mamá: dos personas a las que el destino había decidido unir más de lo previsto, más de lo anunciado. Juan Pablo llamaba por teléfono desde Maryland dos veces por día y prometió venir para la siguiente operación. La señora Meme tenía ahora un ano contra natura y el gran cirujano le había asegurado que en un par de meses, en cuanto se recuperara un poco, le iba a reconstruir el intestino. Hablar de la siguiente operación no era desalentador: en la salita de terapia intensiva sonaba como una garantía de supervivencia.

La señora Meme era una mujer orgullosa y tímida, que había vivido desde los veinte años bajo la sombra protectora de su marido. La expresión estaba sin duda bien empleada: el papá de Lucía y Juan Pablo, con su personalidad extrovertida, fuerte y alegre, la protegía, pero también le hacía sombra. Lucía recordaba a su madre, incluso cuando era joven, siempre un poco excedida de peso, un poco descuidada en su forma de vestir, un poco indiferente pero sobre todo un poco, demasiado poco. Lucía adoraba a su padre, y él era mucho. Su voz alta y desafinada llenaba la casa con canciones de moda en su juventud.  La madre, en cambio, mezquinaba hasta los besos, hasta la comida. Tenía un curioso sentido negativo de la vida, provocado, tal vez, por su infancia huérfana, desdichada. “Qué importancia tiene”, era una de sus frases preferidas, tanto para lo bueno como para lo malo. Sin embargo, le daba importancia, mucha importancia, al dinero. “La plata sirve para estar tranquila” solía decir. Y con eso justificaba su resistencia pasiva pero tozuda, a cualquier gasto que no fuera indispensable. Mientras su marido disfrutaba de todos los usos posibles del dinero, que incluían dar órdenes, ostentar, viajar, divertirse, y hasta derrochar, lo único que la señora Meme quería del dinero era saber que lo tenía.

Después de la muerte de su padre, Lucía se había resignado a ocupar el papel de protectora, un poco mamá de su propia madre, ya tan mayor. Había una sola persona en el mundo capaz de hacer reír a la señora Meme a carcajadas: era su hijo Juan Pablo. Más de una vez Lucía había visto la escena con una mezcla de culpa y de celos. Su madre echaba la cabeza hacia atrás y le brillaba la mirada y ella, que tanto quería a su padre, no podía dejar de reconocer la existencia de esa otra mujer que se asomaba por un momento a los ojos opacos de la señora Meme. ¿Cómo hubiera sido su vida con un marido menos intenso, menos frondoso? Durante años la hija se había sentido culpable por el tono de malestar que tenían las relaciones con su madre, en comparación con la espontaneidad que traía Juan Pablo. Sólo cuando ella misma fue madre, sólo mirándose por dentro con más crueldad de lo que es capaz la mayoría, se perdonó un poquito, a costa de una acusación mucho más grave. Las madres, había descubierto con horror, no sienten igual con respecto a todos sus hijos, no los tratan de la misma manera. Ella y su hermano, creyó entender, quizás no habían tenido la misma madre.

La confusión de la señora Meme empezó con las fechas y al principio parecía lógico que con tanta internación no supiese en qué día estaba. Una tarde, cuando ya había salido de Terapia Intensiva pero seguía internada en una habitación de la clínica, Lucía le contó que su hija casada, la mayor de sus nietas, estaba embarazada. “¿Acaso hacía falta más gente en el mundo?” contestó la señora Meme. Para Lucía fue como una bofetada, pero después pensó que esa respuesta extrema había sido una de las señales de que la mente de su madre se perdía por caminos extraños.

Antes de salir de la clínica fue necesario reorganizar la vida de la anciana. Ya no podría quedarse sola en su casa. En cambio, de a poco, iba recobrando el uso de su pierna rota, volvería a caminar. No se puede decir que la señora estuviera siempre fuera de la realidad. Tenía largos períodos de lucidez y sólo algunos momentos, no muchos todavía, en que se la veía como perdida en una niebla espesa de la que salían de pronto algunos recuerdos nítidos, pero fuera del lugar que les correspondía. En esos días podía confundir a Lucía con su propia madre, que había muerto siendo ella muy pequeña, y la abrazaba con una entrega infantil y confiada que a la hija le conmovía las entrañas. Otras veces se echaba de pronto a reír de una manera extemporánea, como respondiendo a algo muy divertido que nadie más podía ver o escuchar. Un día, a la hora de la merienda, charlando con Lucía, se sirvió el té en el platito sin darse cuenta de que no estaba la taza.

Lucía consultó con Juan Pablo y decidieron no sacarla de su casa. Dos mujeres se turnaban para cuidarla, una de lunes a jueves y la otra los fines de semana. Todos los días venía una enfermera que mandaba el seguro de salud para ayudar a bañarla y a hacer los ejercicios que le había recomendado la kinesióloga. Cambiar la bolsa que llevaba pegada al ano contra natura era una tarea desagradable que la señora Meme, siempre tan orgullosa, aprendió pronto a hacer por sí misma y no quería delegar. La esposa del portero ayudaba también cuando alguna de las dos mujeres tenía que salir. Fue en ésa época, entre la segunda operación y la tercera, cuando la señora Meme empezó a hablar de Luis.

Al principio eran frases sueltas, distraídas. Parecía quedarse pensando por un momento, y después miraba a Lucía o alguna de sus nietas y hacía un comentario perfectamente normal pero que nadie entendía, como “Qué cosa Luis, siempre un pobre diablo.”. A veces decía cosas más personales y por lo tanto más inquietantes: “Lo que más me gustaba de Luis eran los dientes”. Una vez confundió al marido de Lucía y se alarmó:  “Andate, Luis” le dijo muy seria “Vos no podés estar acá”. “Mamá, no es ningún Luis” le explicó Lucía “Es mi marido”. La señora Meme, que entraba y salía de su niebla, la miró con perfecta lucidez y le dijo “Gracias, pero ya me di cuenta. Luis  era más buen mozo”.

Lucía no sabía si comentárselo a su hermano. Pero cuando Juan Pablo decidió que para la tercera operación se venía por un mes entero con toda su familia, supo que era mejor advertírselo antes de que llegara. A Juan Pablo le costó aceptar lo que Lucía le contaba sobre la mente de su madre: cuando él llamaba por teléfono, la encontraba siempre bien. Tenían conversaciones largas y cómodas en que la señora Meme se quejaba de la excesiva preocupación de Lucía. “No soy un bebé”, protestaba. “¿Y si te volvés a caer?” le retrucaba su hijo. Y la madre se callaba, vencida, culpable: la caída había sido un error terrible. “Por una vez que me caí me ponen presa” rezongaba. Pero sabía que los chicos tenían razón, que se lo merecía.

Hacía un año que no veía a los hijos de Juan Pablo. Cuando entraron todos en su casa, directamente del aeropuerto, se los quedó mirando asombrada. “Qué lindos chicos” dijo “Qué parecidos entre ellos. ¿Son parientes?” Pero enseguida recordó sus nombres y los convidó con sus famosas galletitas de manteca. “Las que más le gustaban a papá” dijo Lucía. “Y también a Luis” dijo la señora Meme.

La llegada de Juan Pablo pareció despertar una catarata de recuerdos que perturbaban profundamente a sus hijos. Ya casi no había una visita en la que no lo mencionara. “El día en que estabas por nacer, me tomé un café con Luis. Yo me agarraba de la mesa cada vez que venía una contracción, él estaba asustadísimo” le dijo una tarde a Lucía. Pero fue muchísimo peor cuando se quedó mirando a Juan Pablo con desaforada ternura. “Sos tan parecido a tu papá”, le dijo, por primera vez en su vida.

El neurólogo miró la resonancia magnética, pronunció el nombre de la enfermedad, que todavía era incipiente, recomendó una medicación que no la curaba pero hacía más lento su avance.

La tercera operación resultó menos cruenta de lo que habían pensado. Después de una semana de internación, muy débil pero caminando con bastón, la señora Meme pudo volver a su casa. A pesar de los efectos de la anestesia, siempre peligrosa para la gente mayor, recuperar el uso de su esfínter le hizo tan bien que hasta parecía estar mejor de la cabeza. Sin embargo, tenía sus episodios de ausencia. Sobre todo, seguía mencionando a Luis.

¿Quién era Luis? ¿Quién había sido? Con la excusa de buscar el certificado de defunción de su padre, Lucía y Juan Pablo dieron vuelta la casa y miraron papel por papel sin encontrar absolutamente nada. Ni una esquela, ni una foto, ni la servilleta de un bar, ni una flor prensada dentro de un libro. “Mamá nunca fue romántica” dijo Lucía. Y su hermano tuvo que aceptar, sin palabras, que había estado esperando encontrar lo mismo que ella. En cambio, en el fondo de un placard, había una caja con recuerdos de su padre, con montones de cartas, fotos, papeles, invitaciones, un diario íntimo en clave, que Juan Pablo descifró enseguida, y hasta los menúes de las fiestas en las que había estado.

Ahora, cuando la señora Meme mencionaba a Luis, empezaron a hacerle algunas preguntas. “¿Estabas mal con papá?” preguntó Lucía, previsible. “No era tu papá. Era yo, que venía fallada de fábrica”, contestó la señora Meme. “¿Qué hacía Luis?” quiso saber Juan Pablo. “No tuvo suerte en la vida” contestó la señora Meme. Enseguida cambiaba de tema y no había manera de hacerla volver sobre la cuestión.

Antes de volverse a Maryland, como buen argentino, Juan Pablo quiso consultar a un psicoanalista muy conocido, muy caro, que trabajaba con gente de la tercera edad. “No tiene sentido que la vea” les dijo, después de escucharlos. “Tal vez un psiquiatra…pero si el neurólogo la está llevando bien, déjenla así, no la molesten más”. Como los vio tan angustiados, quiso hacerles una caricia psicoanalítica de despedida. “¿Vieron que los chiquitos tienen a veces amigos imaginarios? A los viejos les puede pasar lo mismo. Amantes imaginarios. Es muy común. Deseos reprimidos durante toda la vida, fantasías quizás muy vívidas en su momento, que dejaron su huella. Fíjense el nombre que eligió: Luis. Es decir, Lu—is. Es decir, en inglés, “es Lu”. Es decir, Lucía, la hija mayor. Ella tuvo la sensación de serle infiel a su marido cuando se produjo el desplazamiento de su libido hacia su primer bebé”.

Un amante imaginario. Claro, tan evidente. La asociación de ciertas anécdotas con fechas de sucesos familiares, como el nacimiento de Lucía, lo confirmaba. Entre ellos, empezaron a llamarlo “el Amim” por “AMante—IMaginario”. Usar el apodo era mucho menos perturbador que el nombre. Pero Juan Pablo, que desde lejos había negado la condición mental de su mamá, ya no podía seguir haciéndose el burro y se volvió a su casa con un nudo en la garganta. Hacía más de treinta años que se había ido del país y seguía doliendo.

Por teléfono, desde lejos, todo era más sencillo. Su mamá, como le contó a Lucía, jamás le mencionaba al Amim. En cambio Lucía, que antes había llegado, incluso, a ocultarle por un tiempo lo que pasaba, se divertía muchísimo contándole las historias del Amim que inventaba la señora Meme. Ahora se daba cuenta que muchas eran imposibles, incluso contradictorias. Unos meses después la señora Meme desapareció.

Lucía ni siquiera podía echarle la culpa a las mujeres que la cuidaban. Estaban las dos  tomando el té en la confitería Las Violetas, se levantó para ir al baño y cuando volvió a la mesa su madre ya no estaba. “¿Tenía plata en la cartera?” preguntó Juan Pablo. Lucía lo sintió como una acusación (la que ella se estaba haciendo a sí misma). “Por supuesto. Mamá no está tan mal. Plata, documentos, celular. Por las dudas un cartoncito con sus datos. Y los míos.”.

“Por desaparición de persona hay que esperar hasta que pasen las cuarenta y ocho horas” le dijeron en la comisaría. Pero cuando ella explicó, entre sollozos, que su madre estaba enferma (trató de exagerar su situación y recién en ese momento se dio cuenta de que no estaba exagerando) y se ofreció a traer un certificado médico si fuera necesario, le aceptaron la denuncia. “¿Cómo se hace para que salga en los diarios, en la tele?” preguntó. “Vaya a llorarle a la secretaria del juzgado” le aconsejó amablemente una chica policía muy eficiente, peinada con cola de caballo.

Esa noche no tuvieron ninguna noticia de la señora Meme. Al día siguiente llamó una mujer diciendo que había encontrado la cartera, los documentos y el celular. Desde lejos, Juan Pablo se desesperaba. A cada rato llamaba a su hermana para pedirle noticias, para darle ideas, órdenes o instrucciones. “¿Voy para allá?” preguntó. “No tiene sentido” le dijo Lucía, “No cambia nada”.

Recién una semana después salió el aviso del juzgado en los diarios y empezaron a pasarlo por la tele, en los canales oficiales. Lucía revisaba todos los días la página de policiales y se turnaba con su familia para montar guardia al lado del teléfono. Si la señora Meme estaba en condiciones de recordar algo, sin duda no serían los números de celular.

Un mediodía la llamaron del Juzgado. Con mucha calma una asistente de la secretaria le explicó que su madre no estaba secuestrada. Le habían robado la cartera, se había perdido y estaba en la casa de un señor que no sabía cómo hacer para encontrar a sus familiares hasta que vio el aviso.

Lucía llamó antes por teléfono, y aunque la voz masculina que la atendió no sonaba cascada, se dio cuenta de que se trataba de un hombre muy viejo cuando le dijo “Ah, usted debe ser la nena.” Y enseguida tosió un poco y se corrigió. “Quiero decir, la hija”.

Era un edificio arruinado, cerca de la estación Once. Un palomar: como diez departamentitos por piso. Construcción vieja y barata, baldosas de patio en los paliers, paredes con ese antiguo revestimiento en relieve que alguna vez fue tan moderno y ahora era patéticamente viejo y sucio.

Les abrió la puerta un viejo de tez morena, todavía con mucho pelo blanco. Era un departamentito de dos ambientes, pobre y limpio, y lo primero que vio Lucía, antes todavía que a su madre, fue una foto de su madre joven, una foto que no conocía, en un marco, sobre una repisa. No era muy grande, había otras fotos de otras personas, pero la vio inmediatamente y no podía sacarle los ojos de encima, como si se hubieran quedado pegados a los ojos risueños de su madre, entrecerrados por el sol de frente. Su marido la tomó de la mano. El policía que los acompañaba, un muchacho joven, que no veía razones para intervenir, se mantenía discretamente un paso atrás. En ese momento apareció la señora Meme. Tenía puestas unas sandalias blancas y un vestido nuevo, floreado. Usaba colorete, se había pintado los ojos, y parecía más vieja que nunca y más feliz. Retrocedió al verlos, lanzó un pequeño grito, se tapó la cara con las manos como tratando de que no la reconocieran, y estuvo a punto de escapar hacia el dormitorio, pero el viejo consiguió atraparla en un abrazo cariñoso. Le puso el brazo sobre los hombros y la apretó contra él, acariciándola para calmarla, como se acaricia y se calma a un perrito asustado por las explosiones de los fuegos artificiales.

— Shhh. Ya está, linda, ya está. Tranquila, está todo bien, son los chicos…

Lucía miró la escena con lágrimas en los ojos. No podía hablar.

— Usted es Luis. — dijo su marido.

Una sombra de tristeza dolorosa oscureció la cara del hombre, que los miró con una expresión de desesperanza, como si asomara a sus ojos el lento fracaso de toda una vida.

— No. No soy Luis. Yo soy Jorge. —les dijo, con voz rota— A mí nunca me quiso tanto.

Ana María Shua: 'Narrar es una lucha contra el tiempo' | Cultura |  elmundo.es
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El hombre muerto a puntapíes de Pablo Palacio Ecuador

Sendero

Este cuento empieza con un homicidio pero no es un relato de violencia criminal o «realismo sucio»; continúa con una investigación, pero no es un relato policiaco; tiene todo que ver con una imaginación que inventa acontecimientos, pero no es un cuento fantástico ni, del todo, un cuento acerca de la perversidad de la locura. Es una narración única: de los textos más conocidos de Pablo Palacio (1906-1947), narrador ecuatoriano «de culto» que es, de hecho, uno de los escritores hispanoamericanos más extraordinarios de la primera mitad del siglo XX. La biografía «popular» que se le atribuye está llena de episodios inverosímiles que, mezclados con los reales, contribuyen a su leyenda.
      «Un hombre muerto a puntapiés» da título del libro al que pertenece, y que fue el primero de los tres que publicó Palacio, en 1927. Copio y reviso el texto con ayuda de la edición de que dispongo, publicada por la editorial ecuatoriana El Conejo.

Pablo Palacio (fuente)

UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS
Pablo Palacio

¿”Cómo echar al canasto los
palpitantes acontecimientos callejeros?”
“Esclarecer la verdad es acción moralizadora.”
EL COMERCIO de Quito

“Anoche, a las doce y media próximamente, el Celador de Policía No.451, que hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las calles Escobedo y García, a un individuo de apellido Ramírez casi en completo estado de postración. El desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e interrogado que fue por el señor Celador dijo haber sido víctima de una agresión de parte de unos individuos a quienes no conocía, sólo por haberles pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a que le acompañara a la Comisaría de turno con el objeto de que prestara las declaraciones necesarias para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se negó rotundamente. Entonces, el primero, en cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los chaufferes de la estación más cercana de autos y condujo al herido a la Policía, donde, a pesar de las atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció después de pocas horas.
      “Esta mañana, el señor Comisario de la 6a. ha practicado las diligencias convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada acerca de los asesinos ni de la procedencia de Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso.
      “Procuraremos tener a nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a propósito de este misterioso hecho.”
      No decía más la crónica roja del Diario de la Tarde.
      Yo no sé en qué estado de ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a satisfacción.¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía suceder.
      Esperé hasta el otro día en que hojeé anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido entre Escobedo y García.
      Pero a mí llegó a obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que resolví al fin reconstruir la escena callejera o penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.
      Caramba, yo hubiera querido hacer un estudio experimental; pero he visto en los libros que tales estudios tratan sólo de investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que averigua las razones que movieron a unos individuos a atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa para la especie humana me pareció la segunda. Bueno, el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico iban a tener mis investigaciones, además de que todo lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa. —Esto es esencial, muy esencial.
      La primera cuestión que surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es la del método. Esto lo saben al dedillo los estudiantes de la Universidad, los de los Normales, los de los Colegios y en general todos los que van para personas de provecho. Hay dos métodos: la deducción y la inducción (véase Aristóteles y Bacon).
      El primero, la deducción me pareció que no me interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo de investigar que parte de lo más conocido a lo menos conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy poco del asunto y había que pasar la hoja.
      La inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos conocido a lo más conocido… (¿Cómo es? No lo recuerdo bien… En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?) Si he dicho bien, este es el método por excelencia. Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.
      Ya resuelto, encendida la pipa y con la formidable arma de la inducción en la mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.
      —Bueno, y ¿cómo aplico este método maravilloso? —me pregunté.
      ¡Lo que tiene no haber estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante en el famoso asunto de las calles Escobedo y García sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.
      Desalentado, tomé el Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero -no había apartado nunca de mi mesa el aciago Diario– y dando vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada. Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio —¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca de atención!—
      Leyendo, leyendo, hubo un momento en que me quedé casi deslumbrado.
      Especialmente el penúltimo párrafo, aquello de “Esta mañana, el señor Comisario de la 6a…” fue lo que más me maravilló. La frase última hizo brillar mis ojos: “Lo único que pudo saberse, por un dato accidental, es que el difunto era vicioso”. Y yo, por una fuerza secreta de intuición que Ud. no puede comprender, leí así: ERA VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.
      Creo que fue una revelación de Astartea. El único punto que me importó desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto que era… No, no lo digo para no enemistar su memoria con las señoras…
      Y lo que sabía intuitivamente era preciso lo verificara con razonamientos, y si era posible, con pruebas.
      Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la 6a. quien podía darme los datos reveladores. La autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi no acierta a comprender lo que yo quería. Después de largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:
      —¡Ah!, sí… El asunto ese de un tal Ramírez… Mire que ya nos habíamos desalentado… ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome asiento; por qué no se sienta señor… Como Ud. tal vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de unas dos horas falleció… el pobre. Se le hizo tomar dos fotografías, por un caso… algún deudo… ¿Es Ud. pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame… mi más sincero…
      —No, señor —dije yo indignado—, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre que se interesa por la justicia y nada más…
      Y me sonreí por lo bajo. ¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? “Soy un hombre que se interesa por la justicia.” ¡Cómo se atormentaría el señor Comisario! Para no cohibirle más, apresuréme:
      —Ha dicho usted que tenía dos fotografías. Si pudiera verlas…
      El digno funcionario tiró de un cajón de su escritorio y revolvió algunos papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
      Y se portó muy culto:
      —Usted se interesa por el asunto. Llévelas no más caballero… Eso sí, con cargo de devolución —me dijo, moviendo de arriba a abajo la cabeza al pronunciar las últimas palabras y enseñándome gozosamente sus dientes amarillos.
      Agradecí infinitamente, guardándome las fotografías.
      -Y dígame usted, señor Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?
      —Una seña particular… un dato… No, no. Pues, era un hombre completamente vulgar. Así más o menos de mi estatura —el Comisario era un poco alto—; grueso y de carnes flojas. Pero una seña particular… no… al menos que yo recuerde…
      Como el señor Comisario no sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.
      Me dirigí presuroso a mi casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y saqué las fotografías, que con aquel dato del periódico eran preciosos documentos.
      Estaba seguro de no poder conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo que la fortuna había puesto a mi alcance.
      Lo primero es estudiar al hombre, me dije. Y puse manos a la obra.
      Miré y remiré las fotografías, una por una, haciendo de ellas un estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus misterios.
      Hasta que al fin, tanto tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el más escondido rasgo.
      Esa protuberancia fuera de la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.
      Cogí un papel, tracé las líneas que componen la cara del difunto Ramírez. Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era él; que se me había ido un detalle complementario e indispensable… ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y completé el busto, un magnífico busto que de ser de yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto cuyo pecho tiene algo de mujer.
      Después… después me ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se pega al cráneo con un clavito, así como en las iglesias se las pegan a las efigies de los santos.
      ¡Magnífica figura hacía el difunto Ramírez!
      Mas, ¿a qué viene esto? Yo trataba… trataba de saber por qué lo mataron; sí, por qué lo mataron… Entonces confeccioné las siguientes lógicas conclusiones:
      El difunto Ramírez se llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del difunto no puede llamarse de otra manera);
      Octavio Ramírez tenía cuarenta y dos años;
      Octavio Ramírez andaba escaso de dinero;
      Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por último, nuestro difunto era extranjero.
      Con estos preciosos datos, quedaba reconstruida totalmente su personalidad.
      Sólo faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenia que hacer era, por un puntillo de honradez, descartar todas las demás posibilidades. Lo primero, lo declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que se victime de manera tan infame a un individuo por una futileza tal. Había mentido, había disfrazado la verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho porque lo otro no quería, no podía decirlo.
      ¿Estaría beodo el difunto Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían advertido enseguida en la Policía y el dato del periódico habría sido terminante, como para no tener dudas, o, si no constó por descuido del repórter, el señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación alguna.
      ¿Qué otro vicio podía tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su empecinamiento en no querer declarar las razones de la agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían estas confesiones?:
      “Un individuo engañó a mi hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él, ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado” o
      “Mi mujer me traicionó con un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí” o
      “Tuve unos líos con una comadre y su marido, por vengarse, me atacó cobardemente con sus amigos”?
      Si algo de esto hubiera dicho a nadie extrañaría el suceso.
      También era muy fácil declarar:
      “Tuvimos una reyerta.”
      Pero estoy perdiendo el tiempo, que estas hipótesis las tengo por insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el tercero su confesión habría sido inevitable, porque aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto, también lo habríamos sabido ya, pues animado por la venganza habría delatado hasta los nombres de los agresores.
      Nada, que a lo que a mí se me había metido por la honda línea del entrecejo era lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas, he reconstruido, en resumen, la aventura trágica ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:
      Octavio Ramírez, un individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de este año.
      Parece que el tal Ramírez vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no permitiéndose gastos excesivos, ni aun extraordinarios, especialmente con mujeres. Había tenido desde pequeño una desviación de sus instintos, que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que lamentamos.
      Para mayor claridad se hace constar que este individuo había llegado sólo unos días antes a la ciudad teatro del suceso.
      La noche del 12 de enero, mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya conocida desazón que fue molestándole más y más. A las ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos del deseo. En una ciudad extraña para él, la dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi desesperado, durante dos horas, por las calles céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.
      Hacia las once sintió una inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los ojos un vacío doloroso.
      Considerando inútil el trotar por las calles concurridas, se desvió lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa, deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los mendigos.
      Al llegar a la calle Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear, quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas…
      Oyó, a lo lejos, pasos acompasados; el corazón le palpitó con violencia; arrimóse al muro de una casa y esperó. A los pocos instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo, cuando aquel estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró. Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una carcajada y una palabra sucia; después siguió andando lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que contestó el transeúnte con un vigoroso empellón. Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.
      Entonces, después de andar dos cuadras, se encontró en la calle García. Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un muchacho de catorce años. Lo siguió.
      —¡Pst! ¡Pst!
      El muchacho se detuvo.
      —Hola rico… ¿Qué haces por aquí a estas horas?
      —Me voy a mi casa… ¿Qué quiere?
      —Nada, nada… Pero no te vayas tan pronto, hermoso…
      Y lo cogió del brazo.
      El muchacho hizo un esfuerzo para separarse.
      —¡Déjeme! Ya le digo que me voy a mi casa.
      Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó. Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:
      -¡Papá! ¡Papá!
      Casi en el mismo instante, y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de alta estatura. Era el obrero que había pasado antes por Escobedo.
      Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y fijos como platos, tembloroso y mudo.
      —¿Que quiere usted, so sucio?
      Y le asestó un furioso puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó, con un largo hipo doloroso.
      Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que le provocaba como una salchicha.
      ¡Cómo debieron sonar esos maravillosos puntapiés!
      Como el aplastarse de una naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el caer de un paraguas cuyas varillas chocan estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia suela de zapato contra otra nariz!
      Así:

¡Chaj!

            con un gran espacio sabroso.

¡Chaj!

      Y después: ¡cómo se encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de perversidad que hace que los asesinos acribillen sus víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego, sobre los cuellos de los amigos hasta que queden amoratados y con los ojos encendidos!
      ¡Cómo batiría la suela del zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio Ramírez!

¡Chaj!

¡Chaj!            vertiginosamente,

¡Chaj!

en tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las tinieblas.

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Ley de <herodes de Jorge Ibargüengoitia

sendero


Sarita me saco del fango, porque antes de conocerla el porvenir de la Humanidad me
tenía sin cuidado. Ella me mostró el camino del espíritu, me hizo entender que todos los
hombres somos iguales, que el único ideal digno es la lucha de clases y la victoria del
proletariado; me hizo leer a Marx, a Engels y a Carlos Fuentes, ¿y todo para qué? Para
destruirme después con su indiscreción.
No quiero discutir otra vez por qué acepté una beca de la Fundación Katz, para ir a
estudiar en los Estados Unidos. La acepté y ya. No me importa que los Estados Unidos
sean un país en donde existe la explotación del hombre por el hombre, ni tampoco que
la Fundación Katz sea el ardid de un capitalista (Katz) para eludir impuestos. Solicité la
beca, y cuando me la concedieron la acepté; y es más, Sarita también la solicitó y
también la aceptó. ¿Y qué?
Todo iba muy bien hasta que llegamos al examen médico…No me atrevería a
continuar si no fuera porque quiero que se me haga justicia. Necesito justicia. La exijo.
Así que adelante…
La Fundación Katz sólo da becas a personas fuertes como un caballo y el examen
médico es muy riguroso.
No discutamos este punto. Ya sé que este examen médico es otra de tantas
argucias de que se vale el FBI para investigar la vida privada de los mexicanos. Pero
adelante. El examen lo hace el doctor Philbrick, que es un yanqui que vive en las
Lomas (por supuesto), en una casa cerrada a piedra y cal y que cobra… no importa
cuánto cobra, porque lo pagó la Fundación. La enfermera, que con seguridad traicionó
la Causa, puesto que su acento y rasgos faciales la delatan como evadida de la Europa
Libre, nos dijo a Sarita y a mí, que a tal hora tomáramos tantos más cuantos gramos de
sulfato de magnesia y que nos presentáramos a las nueve de la mañana siguiente con las
«muestras obtenidas» de nuestras dos funciones.
¡Ah, qué humillación! ¡Recuerdo aquella noche en mi casa, buscando entre los
frascos vacíos dos adecuados para guardar aquello! ¡ Y luego, la noche en vela
esperando el momento oportuno! ¡Y cuando llegó, Dios mío, qué violencia! (Cuando
exclamo Dios mío en la frase anterior, lo hago usando de un recurso literario muy
lícito, que nada tiene que ver con mis creencias personales.)
Cuando estuvo guardada la primer muestra, volví a la cama y dormí hasta las siete,
hora en que me levanté para recoger la segunda. Quiero hacer notar que la orina propia
en un frasco se contempla con incredulidad; es un líquido turbio (por el sulfato de
magnesia) de color amarillo, que al cerrar el frasco se deposita en pequeñas gotas en las
paredes de cristal. Guardé ambos frascos en sucesivas bolsas de papel para evitar que
alguna mirada penetrante adivinara su contenido.
Salí a la calle en la mañana húmeda, y caminé sin atreverme a tomar un camión,
apretando contra mi corazón, como San Tarsicio Moderno, no la Sagrada Eucaristía,
sino mi propia mierda. (Esta metáfora que acabo de usar es un tropo al que llegué
arrastrado por mi elocuencia natural y es independiente de mi concepto del hombre
moderno.)
Por la Reforma llegué hasta la fuente de Diana, en donde esperé a Sarita más de la
cuenta, pues había tenido cierta dificultad en obtener una de las muestras. Llegó como
yo, con el rostro desencajado y su envoltorio contra el pecho. Nos miramos fijamente,
sin decirnos nada, conscientes como nunca de que nuestra dignidad humana había sido
pisoteada por las exigencias arbitrarias de una organización típicamente capitalista. Por
si fuera poco lo anterior, cuando llegamos a nuestro destino, la mujer que había
traicionado la Causa nos condujo al laboratorio y allí desenvolvió los frascos ¡delante
de los dos! y les puso etiquetas. Luego, yo entré en el despacho del doctor Philbrick y
Sarita fue a la sala de espera.
Desde el primer momento comprendí que la intención del doctor Philbrick era
humillarme. En primer lugar, creyó, no sé por qué, que yo era ingeniero agrónomo y
por más que insistí en que me dedicaba a la sociología, siguió en su equivocación; en
segundo, me hizo una serie de preguntas que salen sobrando ante un individuo como
yo, robusto y saludable física y mentalmente: ¿qué caso tiene preguntarme si he tenido
neumonía, paratifoidea o gonorrea? Y apuntó mis respuestas, dizque minuciosamente,
en unas hojas que le había mandado la Fundación a propósito. Luego vino lo peor. Se
levantó con las hojas en la mano y me ordenó que lo siguiera. Yo lo obedecí. Fuimos
por un pasillo oscuro en uno de cuyos lados había una serie de cubículos, y en cada uno
de ellos, una mesa clínica y algunos aparatos. Entramos en un cubículo: él corrió la
cortina y luego, volviéndose hacia mí, me ordenó despóticamente: «Desvístase». Yo
obedecí, aunque ya mi corazón me avisaba que algo terrible iba a suceder. El me
examinó el cráneo aplicándome un diapasón en los diferentes huesos; me metió un foco
por las orejas y miró para adentro; me puso un reflector ante los ojos y observó cómo se
contraían mis pupilas y, apuntando siempre los resultados, me oyó el corazón, me hizo
saltar doscientas veces y volvió a oírlo; me hizo respirar pausadamente, luego, contener
la respiración, luego, saltar otra vez doscientas veces. Apuntaba siempre. Me ordenó
que me acostara en la cama y cuando obedecí, me golpeó despiadadamente el abdomen
en busca de hernias, que no encontró; luego, tomó las partes más nobles de mi cuerpo y
a jalones las extendió como si fueran un pergamino, para mirarlas como si quisiera leer
el plano del tesoro. Apuntó otra vez. Fue a un armario y tomando algodón de un rollo
empezó a envolverse con él dos dedos. Yo lo miraba con mucha desconfianza.
-Hínquese sobre la mesa -me dijo.
Esta vez no obedecí, sino que me quedé mirando aquellos dos dedos envueltos en
algodón. Entonces, me explicó:
-Tengo que ver si tiene usted úlceras en el recto.
El horror paralizó mis músculos. El doctor Philbrick me enseñó las hojas de la
Fundación que decían efectivamente «úlceras en el recto»; luego, sacó del armario un
objeto de hule adecuado para el caso, e introdujo en él los dedos envueltos en algodón.
Comprendí que había llegado el momento de tomar una decisión: o perder la beca, o
aquello. Me subí a la mesa y me hinqué.
-Apoye los codos sobre la mesa.
Apoyé los codos sobre la mesa, me tapé las orejas, cerré los ojos y apreté las
mandíbulas. El doctor Philbrick se cercioró de que yo no tenía úlceras en el recto.
Después, tiró a la basura lo que cubriera sus dedos y salió del cubículo, diciendo:
«Vístase».
Me vestí y salí tambaleándome. En el pasillo me encontré a Sarita ataviada con
una especie de mandil, que al verme (supongo que yo estaba muy mal) me preguntó
qué me pasaba.
-Me metieron el dedo. Dos dedos.
-¿Por dónde?
-¿Por dónde crees, tonta?
Fue una torpeza confesar semejante cosa. Fue la causa de mi desprestigio. Llegado
el momento de las úlceras en el recto, Sarita amenazó al doctor Philbrick con llamar a
la policía si intentaba revisarle tal parte; el doctor, con la falta de determinación propia
de los burgueses, la dejó pasar como sana, y ella, haciendo a un lado las reglas más
elementales del compañerismo, salió de allí y fue a contarle a todo el mundo que yo me
había doblegado ante el imperialismo yanqui.

Lección de Cocina de Rosario Castellanos

Sendero

La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemplarla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de desinfectantes, los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte? Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Küche, Kinder, Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficinas, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidar para adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú¿Cómo podría llevar al cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera? En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia. Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y… ¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados? Abro un libro al azar y leo: “La cena de don Quijote.” Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a fondo del texto nos revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta en torno a esa figura que agua debajo de los puentes. “Pajaritos de centro de cara.” Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tiene un centro la cara de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. “Bigos a la rumana.” Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el mínimo sentido de la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente que no estoy, que no he estado nunca ni en este ajo que ustedes comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden ustedes observar los síntomas: me planto, hecha una imbécil, dentro de una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero justicieramente.

Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia “carnes” y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.

Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar.

Del mismo color teníamos la espalda, mí marido y yo después de las orgiásticas asoleadas en las playas de Acapulco. Él podía darse el lujo de “portarse como quien es” y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo “mi lecho no es de rosas y se volvió a callar”. Boca arriba soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.

Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos —no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir— el nylon de mi camisón de desposada resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.

Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sin otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.

Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que está a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.

Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo… La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que…

No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos “serios”. Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.

Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.

Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.

Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose), es verdad que en el contacto o colisión con él he sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y sé, no sentía y siento, no era y soy.

Habrá que dejarla reposar así. Hasta que ascienda a la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él, por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va a acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.

Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias haberme abiertola jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar el interior del templo, exaltada por la música del órgano. Gracias por…

¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado.porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.

¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.

¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable —gracias a mi temperamento— que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.

Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.

Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. De esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de…

¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.

Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.

¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador “que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue”. Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.

Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náuseas.

El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea y salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, la perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían ahora a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. Imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!

Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.

Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra “fin”.

¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.

Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja blanca en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni al heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento en Nueva York, París o Londres. Sus affaires ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano al través de los grandes ventanales de su estudio.

Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Pero lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser suficiente para los dos? La estoy viendo muy pequeña.

Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas puede darse el lujo de andar de cacería.

¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemada de un lado. Menos mal que tiene dos.

Señorita, si usted me permitiera… ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso… Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Síg-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.

¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería de comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación a comer fuera.

Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculto, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de no mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, con proclividades a la frivolidad, pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.

Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en la etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y… .ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa, digo, en una cocinera fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos…

No, no le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.

Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.

Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no queden ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.

¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y… Ah, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.

La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.

Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.

Si asumo la otra actitud, si soy el caso típico, la femineidad que solicita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios sino para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de sus caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ella confirmará mi certidumbre.

Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una rara avis. De mí se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?

Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.

Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo le plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la Decisión Definitiva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo…

La fiesta brava de José Emilio <pacheco

sendero

La fiesta brava
El principio del placer
(México: Editorial Joaquin Mortiz, 1972, 163 págs.);
(Mé́xico : Era, 1972, 140 págs.)

Literatura.us

A Lauro Zavala

SE GRATIFICARÁ

AL TAXISTA o a cualquier persona que informe sobre el paradero del señor ANDRÉS QUINTANA, cuya fotografía aparece al margen. Se extravió el pasado viernes 13 de agosto de 1971 en el trayecto de la avenida Juárez a la calle de Tonalá en la colonia Roma, hacia las 23:30 (once y media) de la noche. Cualquier dato que pueda ayudar a su localización se agradecerá en los teléfonos 511 93 03 y 533 12 50.

LA FIESTA BRAVA
UN CUENTO DE ANDRÉS QUINTANA

La tierra parece ascender, los arrozales flotan en el aire, se agrandan los árboles comidos por el defoliador, bajo el estruendo concéntrico de las aspas el helicóptero hace su aterrizaje vertical, otros quince se posan en los alrededores, usted salta a tierra metralleta en mano, dispara y ordena disparar contra todo lo que se mueva y aun lo inmóvil, no quedará bambú sobre bambú, no habrá ningún sobreviviente en lo que fue una aldea a orillas del rio de sangre,

bala, cuchillo, bayoneta, granada, lanzallamas, culata, todo se vuelve instrumento de muerte, al terminar con los habitantes incendian las chozas y vuelven a los helicópteros, usted, capitán Keller, siente la paz del deber cumplido, arden entre las ruinas cadáveres de mujeres, niños, ancianos, no queda nadie porque, como usted dice, todos los pobladores pueden ser del Vietcong, sus hombres regresan sin una baja y con un sentimiento opuesto a la compasión, el asco y el horror que les causaron los primeros combates,

ahora, capitán Keller, se encuentra a miles de kilómetros de aquel infierno que envenena de violencia y de droga al mundo entero y usted contribuyó a desatar, la guerra aún no termina pero usted no volverá a la tierra arrasada por el napalm, porque, pensión de veterano, camisa verde, Rolleiflex, de pie en la Sala Maya del Museo de Antropología, atiende las explicaciones de una muchacha que describe en inglés cómo fue hallada la tumba en el Templo de las Inscripciones en Palenque,
usted ha llegado aquí sólo para aplazar el momento en que deberá conseguir un trabajo civil y olvidarse para siempre de Vietnam, entre todos los países del mundo escogió México porque en la agencia de viajes le informaron que era lo más barato y lo más próximo, así pues no le queda más remedio que observar con fugaz admiración esta parte de un itinerario inevitable,

en realidad nada le ha impresionado, las mejores piezas las había visto en reproducciones, desde luego en su presencia real se ven muy distintas, pero de cualquier modo no le producen mayor emoción los vestigios de un mundo aniquilado por un imperio que fue tan poderoso como el suyo, capitán Keller,

salen, cruzan el patio, el viento arroja gotas de la fuente, entran en la Sala Mexica, vamos a ver, dice la guía, apenas una mínima parte de lo que se calcula produjeron los artistas aztecas sin instrumentos de metal ni ruedas para transportar los grandes bloques de piedra, aquí está casi todo lo que sobrevivió a la destrucción de México-Tenochtitlan, la gran ciudad enterrada bajo el mismo suelo que, señoras y señores, pisan ustedes,

la violencia inmóvil de la escultura azteca provoca en usted una respuesta que ninguna obra de arte le había suscitado, cuando menos lo esperaba se ve ante el acre monolito en que un escultor sin nombre fijó como quien petrifica una obsesión la imagen implacable de Coatlicue, madre de todas las deidades, del sol, la luna y las estrellas, diosa que crea la vida en este planeta y recibe a los muertos en su cuerpo,

usted queda imantado por ella, imantado, no hay otra palabra, suspenderá los tours a Teotihuacan, Taxco y Xochimilco para volver al Museo jueves, viernes y sábado, sentarse frente a Coatlicue y reconocer en ella algo que usted ha intuido siempre, capitán,

su insistencia provoca sospechas entre los cuidadores, para justificarse, para disimular esa fascinación aberrante, usted se compra un block y empieza a dibujar en todos sus detalles a Coatlicue,

el domingo le parecerá absurdo su interés en una escultura que le resulta ajena, y en vez de volver al Museo se inscribirá en la excursión FIESTA BRAVA, los amigos que ha hecho en este viaje le preguntarán porqué no estuvo con ellos en Taxco, en Cuernavaca, en las pirámides y en los jardines flotantes de Xochimilco, en dónde se ha metido durante estos días, ¿acaso no leyó a D. H. Lawrence, no sabe que la Ciudad de México es siniestra y en cada esquina acecha un peligro mortal?, no, no, jamás salga solo, capitán Keller, con estos mexicanos nunca se sabe,
no se preocupen, me sé cuidar, si no me han visto es porque me paso todos los días en Chapultepec dibujando las mejores piezas, y ellos, para qué pierde su tiempo, puede comprar libros, postales,slides, reproducciones en miniatura,

cuando termina la conversación, en la Plaza México suena el clarín, se escucha un paso-doble, aparecen en el ruedo los matadores y sus cuadrillas, sale el primer toro, lo capotean, pican, banderillean y matan, usted se horroriza ante el espectáculo, no resiste ver lo que le hacen al toro, y dice a sus compatriotas, salvajes mexicanos, cómo se puede torturar así a los animales, qué país, esta maldita FIESTA BRAVA explica su atraso, su miseria, su servilismo, su agresividad, no tienen ningún futuro, habría que fusilarlos a todos, usted se levanta, abandona la plaza, toma un taxi, vuelve al Museo a contemplar a la diosa, a seguir dibujándola en el poco tiempo en que aún estará abierta la sala,

después cruza el Paseo de la Reforma, llega a la acera sobre el lago, ve iluminarse el Castillo de Chapultepec en el cerro, un hombre que vende helados empuja su carrito de metal, se le acerca y dice, buenas tardes, señor, dispense usted, le interesa mucho todo lo azteca, ¿no es verdad?, antes de irse ¿no le gustaría conocer algo que nadie ha visto y usted no olvidará nunca?, puede confiar en mi, señor, no trato de venderle nada, no soy un estafador de turistas, lo que le ofrezco no le costará un solo centavo, usted en su difícil español responde, bueno, qué es, de qué se trata,

no puedo decirle ahora, señor, pero estoy seguro de que le interesará, sólo tiene que subirse al último carro del último metro el viernes 13 de agosto en la estación Insurgentes, cuando el tren se detenga en el túnel entre Isabel la Católica y Pino Suárez y las puertas se abran por un instante, baje usted y camine hacia el oriente por el lado derecho de la vía hasta encontrar una luz verde, si tiene la bondad de aceptar mi invitación lo estaré esperando, puedo jurarle que no se arrepentirá, como le he dicho es algo muy especial, once in a lifetime, pronuncia en perfecto inglés para asombro de usted, capitán Keller,

el vendedor detendrá un taxi, le dará el nombre de su hotel, cómo es posible que lo supiera, y casi lo empujará al interior del vehículo, en el camino pensará, fue una broma, un estúpido juego mexicano para tomar el pelo a los turistas, más tarde modificará su opinión,

y por la noche del viernes señalado, camisa verde, Rolleiflex, descenderá a la estación Insurgentes y cuando los magnavoces anuncien que el tren subterráneo se halla a punto de iniciar su recorrido final, usted subirá al último vagón, en él sólo hallará a unos cuantos trabajadores que vuelven a su casa en Ciudad Nezahualcóyotl, al arrancar el convoy usted verá en el andén opuesto a un hombre de baja estatura que lleva un portafolios bajo el brazo y grita algo que usted no alcanzará a escuchar,

ante sus ojos pasarán las estaciones Cuauhtémoc, Balderas, Salto del Agua, Isabel la Católica, de pronto se apagarán la iluminación externa y la interna, el metro se detendrá, bajará usted a la mitad del túnel, caminará sobre el balasto hacia la única luz aún encendida cuando el tren se haya alejado, la luz verde, la camisa brillando fantasmal bajo la luz verde, entonces saldrá a su encuentro el hombre que vende helados enfrente del Museo, ahora los dos se adentran por una galería de piedra, abierta a juzgar por las filtraciones y el olor a cieno en el lecho del lago muerto sobre el que se levanta la ciudad, usted pone un flash en su cámara, el hombre lo detiene, no, capitán, no gaste sus fotos, pronto tendrá mucho que retratar, habla en un inglés que asombra por su naturalidad, ¿en dónde aprendió?, le pregunta, nací en Buffalo, vine por decisión propia a la tierra de mis antepasados,

el pasadizo se alumbra con hachones de una madera aromática, le dice que es ocote, una especie de pino, crece en las montañas que rodean la capital, usted no quiere confesarse, tengo miedo, cómo va a asaltarme aquí el miedo que no sentí en Vietnam,

¿para qué me ha traído?, para ver la Piedra Pintada, la más grande escultura azteca, la que conmemora los triunfos del emperador Ahuízotl y no pudieron encontrar durante las excavaciones del Metro, usted, capitán Keller, fue elegido, usted será el primer blanco que la vea desde que los españoles la sepultaron en el lodo para que los vencidos perdieran la memoria de su pasada grandeza y pudieran ser despojados de todo, marcados a hierro, convertidos en bestias de trabajo y de carga,

el habla de este hombre lo sorprende por su vehemencia, capitán Keller, y todo se agrava porque los ojos de su interlocutor parecen resplandecer en la penumbra, usted los ha visto antes, ¿en dónde?, ojos oblicuos pero en otra forma, los que llamamos indios llegaron por el Estrecho de Bering, ¿no es así? México también es asiático, podría decirse, pero no temo a nada, pertenecí al mejor ejército del mundo, invicto siempre, soy un veterano de guerra,

ya que ha aceptado meterse en todo esto, confía en que la aventura valga la pena, puesto que ha descendido a otro infierno espera el premio de encontrar una ciudad subterránea que reproduzca al detalle la México-Tenochtitlan con sus lagos y sus canales como la representan las maquetas del Museo, pero, capitán Keller, no hay nada semejante, sólo de trecho en trecho aparecen ruinas, fragmentos de adoratorios y palacios aztecas, cuatro siglos atrás sus piedras se emplearon como base, cimiento y relleno de la ciudad española,

el olor a fango se hace más fuerte, usted tose, se ha resfriado por la humedad intolerable, todo huele a encierro y a tumba, el pasadizo es un inmenso sepulcro, abajo está el lago muerto, arriba la ciudad moderna, ignorante de lo que lleva en sus entrañas, por la distancia recorrida, supone usted, deben de estar muy cerca de la gran plaza, la catedral y el palacio,

quiero salir, sáqueme de aquí, le pago lo que sea, dice a su acompañante, espere, capitán, no se preocupe, todo está bajo control, ya vamos a llegar, pero usted insiste, quiero irme ahora mismo le digo, usted no sabe quién soy yo, lo sé muy bien, capitán, en qué lio puede meterse si no me obedece,

usted no ruega, no pide, manda, impone, humilla, está acostumbrado a dar órdenes, los inferiores tienen que obedecerlas, la firmeza siempre da resultado, el vendedor contesta en efecto, no se preocupe, estamos a punto de llegar a una salida, a unos cincuenta metros le muestra una puerta oxidada, la abre y le dice con la mayor suavidad, pase usted, capitán, si es tan amable,

y entra usted sin pensarlo dos veces, seguro de que saldrá a la superficie, y un segundo más tarde se halla encerrado en una cámara de tezontle sin más luz ni ventilación que las producidas por una abertura de forma indescifrable, ¿el glifo del viento, el glifo de la muerte?,

a diferencia del pasadizo allí el suelo es firme y parejo, ladrillo antiquísimo o tierra apisonada, en un rincón hay una estera que los mexicanos llaman petate, usted se tiende en ella, está cansado y temeroso pero no duerme, todo es tan irreal, parece tan ilógico y tan absurdo que usted no alcanza a ordenar las impresiones recibidas, qué vine a hacer aquí, quién demonios me mandó venir a este maldito país, cómo pude ser tan idiota de aceptar una invitación a ser asaltado, pronto llegarán a quitarme la cámara, los cheques de viajero y el pasaporte, son simples ladrones, no se atreverán a matarme,

la fatiga vence a la ansiedad, lo adormecen el olor a légamo, el rumor de conversaciones lejanas en un idioma desconocido, los pasos en el corredor subterráneo, cuando por fin abre los ojos comprende, anoche no debió haber cenado esa atroz comida mexicana, por su culpa ha tenido una pesadilla, de qué manera el inconsciente saquea la realidad, el Musco, la escultura azteca, el vendedor de helados, el Metro, los túneles extraños y amenazantes del ferrocarril subterráneo, y cuando cerramos los ojos le da un orden o un desorden distintos,

qué descanso despertar de ese horror en un cuarto limpio y seguro del Holiday Inn, ¿habrá gritado en el sueño?, menos mal que no fue el otro, el de los vietnamitas que salen de la fosa común en las mismas condiciones en que usted los dejó pero agravadas por los años de corrupción, menos mal, qué hora es, se pregunta, extiende la mano que se mueve en el vacío y trata en vano de alcanzar la lámpara, la lámpara no está, se llevaron la mesa de noche, usted se levanta para encender la luz central de su habitación,

en ese instante irrumpen en la celda del subsuelo los hombres que lo llevan a la Piedra de Ahuízotl, la gran mesa circular acanalada, en una de las pirámides gemelas que forman el Templo Mayor de México-Tenochtitlan, lo aseguran contra la superficie de basalto, le abren el pecho con un cuchillo de obsidiana, le arrancan el corazón, abajo danzan, abajo tocan su música tristísima, y lo levantan para ofrecerlo como alimento sagrado al dios-jaguar, al sol que viajó por las selvas de la noche,

y ahora, mientras su cuerpo, capitán Keller, su cuerpo deshilvanado rueda por la escalinata de la pirámide, con la fuerza de la sangre que acaban de ofrendarle el sol renace en forma de águila sobre México-Tenochtitlan, el sol eterno entre los dos volcanes.

      Andrés Quintana escribió entre guiones el número 78 en la hoja de papel revolución que acababa de introducir en la máquina eléctrica Smith-Corona y se volvió hacia la izquierda para leer la página de The Population Bomb. En ese instante un grito lo apartó de su trabajo: “FBI. Arriba las manos. No se mueva”. Desde las cuatro de la tarde el televisor había sonado a todo volumen en el departamento contiguo. Enfrente, los jóvenes que formaban un conjunto de rock atacaron el mismo pasaje ensayado desde el mediodía:

Where’s your momma gone?
Where’s your momma gone?
Little baby don
Little baby don
Where’s your momma gone?
Where’s your momma gone?
Far, far away.

      Se puso de pie, cerró la ventana abierta sobre el lúgubre patio interior, volvió a sentarse al escritorio y releyó:

SCENARIO II. En 1979 the last non-Communist Government in Latin America, that of Mexico, is replaced by a Chinese supported military junta. The change occurs at the end of a decade of frustration and failure for the United States. Famine has swept repeatedly across Africa and South America. Food riots have often become anti-American riots.

      Meditó sobre el término que traduciría mejor la palabra scenario. Consultó la sección English/Spanish del New World. “Libreto, guión, argumento.” No en el contexto. ¿Tal vez “posibilidad, hipótesis”? Releyó la primera frase y con el índice de la mano izquierda (un accidente infantil le había paralizado la derecha) escribió a gran velocidad:

En 1979 el gobierno de México (¿el gobierno mexicano?), último no-comunista que quedaba en América Latina (¿Latinoamérica, Hispanoamérica, Iberoamérica, la América española?), es reemplazado (¿derrocado?) por una junta militar apoyada por China (¿con respaldo chino?)

      Al terminar Andrés leyó el párrafo en voz alta:
       —“que quedaba”, suena horrible. Hay dos “pores” seguidos. E “ina-ina”. Qué prosa. Cada vez traduzco peor —sacó la hoja y bajo el antebrazo derecho la prensó contra la mesa para romperla con la mano izquierda. Sonó el teléfono.
       —Diga.
       —Buenas tardes. ¿Puedo hablar con el señor Quintana?
       —Sí, soy yo.
       —Ah, quihúbole, Andrés, como estás, qué me cuentas.
       —Perdón… ¿quién habla?
       —¿Ya no me reconoces? Claro, hace siglos que no conversamos. Soy Arbeláez y te voy a dar lata como siempre.
       —Ricardo, hombre, qué gusto, qué sorpresa. Llevaba años sin saber de ti.
       —Es increíble todo lo que me ha pasado. Ya le contaré cuando nos reunamos. Pero antes déjame decirte que me embarqué en un proyecto sensacional y quiero ver si cuento contigo.
       —Sí, cómo no. ¿De qué se trata?
       —Mira, es cuestión de reunirnos y conversar. Pero te adelanto algo a ver si te animas. Vamos a sacar una revista como no hay otra en Mexiquito. Aunque es difícil calcular estas cosas, creo que va a salir algo muy especial.
       —¿Una revista literaria?
       —Bueno, en parte. Se trata de hacer una especie de Esquire en español. Mejor dicho, una mezcla de Esquire, Playboy, Penthouse y The New Yorker. ¿No te parece una locura? Pero desde luego con una proyección latina.
       —Ah, pues muy bien —dijo Andrés en el tono más desganado.
       —¿Verdad que es buena onda el proyecto? Hay dinero, anunciantes, distribución, equipo: todo. Meteremos publicidad distinta según los países y vamos a imprimir en Panamá. Queremos que en cada número haya reportajes, crónicas, entrevistas, caricaturas, críticas, humor, secciones fijas, un “desnudo del mes” y otras dos encueradas, por supuesto, y también un cuento inédito escrito en español.
       —Me parece estupendo.
       —Para el primero se había pensado en comprarle uno a Gabo… No estuve de acuerdo: insistí en que debíamos lanzar con proyección continental a un autor mexicano, ya que la revista se hace aquí en Mexiquito, tiene ese defecto, ni modo. Desde luego, pensé en ti, a ver si nos haces el honor.
       —Muchas gracias, Ricardo. No sabes cuánto te agradezco.
       —Entonces ¿aceptas?
       —Sí, claro… Lo que pasa es que no tengo ningún cuento nuevo… En realidad hace mucho que no escribo.
       —¡No me digas! ¿Y eso?
       —Pues… problemas, chamba, desaliento… En fin, lo de siempre.
       —Mira, olvídate de todo y siéntate a pensar en tu relato ahora mismo. En cuanto esté me lo traes. Supongo que no tardarás mucho. Queremos sacar el primer número en diciembre para salir con todos los anuncios de fin de año… A ver: ¿a qué estamos…? 12 de agosto… Sería perfecto que me lo entregaras… el día primero no se trabaja, es el informe presidencial… el 2 de septiembre ¿te parece bien?
       —Pero, Ricardo, sabes que me tardo siglos con un cuento… Hago diez o doce versiones… Mejor dicho: me tardaba, hacía.
       —Oye, debo decirte que por primera vez en este pinche país se trata de pagar bien, como se merece, un texto literario. A nivel internacional no es gran cosa, pero con base en lo que suelen darte en Mexiquito es una fortuna… He pedido para ti mil quinientos dólares.
       —¿Mil quinientos dólares por un cuento?
       —No está nada mal ¿verdad? Ya es hora de que se nos quite lo subdesarrollados y aprendamos a cobrar nuestro trabajo… De manera, mi querido Ricardo, que le me vas poniendo a escribir en este instante. Toma mis datos, por favor.
       Andrés apuntó la dirección y el teléfono en la esquina superior derecha de un periódico en el que se leía: HAY QUE FORTALECER LA SITUACIÓN PRIVILEGIADA QUE TIENE MÉXICO DENTRO DEL TURISMO MUNDIAL. Abundó en expresiones de gratitud hacia Ricardo. No quiso continuar la traducción. Ansiaba la llegada de su esposa para contarle del milagro.
       Hilda se asombró: Andrés no estaba quejumbroso y desesperado como siempre. Al ver su entusiasmo no quiso disuadirlo, por más que la tentativa de empezar y terminar el cuento en una sola noche le parecía condenada al fracaso. Cuando Hilda se fue a dormir Andrés escribió el título, LA FIESTA BRAVA, y las primeras palabras: “La tierra parece ascender”.

       Llevaba años sin trabajar de noche con el pretexto de que el ruido de la máquina molestaba a sus vecinos. En realidad tenía mucho sin hacer más que traducciones y prosas burocráticas. Andrés halló de niño su vocación de cuentista y quiso dedicarse sólo a este género. De adolescente su biblioteca estaba formada sobre todo por colecciones de cuentos. Contra la dispersión de sus amigos él se enorgullecía de casi no leer poemas, novelas, ensayos, dramas, filosofía, historia, libros políticos, y frecuentar en cambio los cuentos de los grandes narradores vivos y muertos.
       Durante algunos años Andrés cursó la carrera de arquitectura, obligado como hijo único a seguir la profesión de su padre. Por las tardes iba como oyente a los cursos de Filosofía y Letras que pudieran ser útiles para su formación como escritor. En la Ciudad Universitaria recién inaugurada Andrés conoció al grupo de la revista Trinchera, impresa en papel sobrante de un diario de nota roja, y a su director Ricardo Arbeláez, que sin decirlo actuaba como maestro de esos jóvenes.
       Ya cumplidos los treinta y varios años después de haberse titulado en Derecho, Arbeláez quería doctorarse en literatura y convertirse en el gran crítico que iba a establecer un nuevo orden en las letras mexicanas. En la Facultad y en el Café de las Américas hablaba sin cesar de sus proyectos: una nueva historia literaria a partir de la estética marxista y una gran novela capaz de representar para el México de aquellos años lo que En busca del tiempo perdido significó para Francia. Él insinuaba que había roto con su familia aristocrática, una mentira a todas luces, y por tanto haría su libro con verdadero conocimiento de causa. Hasta entonces su obra se limitaba a reseñas siempre adversas y a textos contra el PRI y el gobierno de Ruiz Cortines.
       Ricardo era un misterio aun para sus más cercanos amigos. Se murmuraba que tenía esposa e hijos y, contra sus ideas, trabajaba por las mañanas en el bufete de un abogángster, defensor de los indefendibles y famoso por sus escándalos. Nadie lo visitó nunca en su oficina ni en su casa. La vida pública de Arbeláez empezaba a las cuatro de la tarde en la Ciudad Universitaria y terminaba a las diez de la noche en el Café de las Américas.
       Andrés siguió las enseñanzas del maestro y publicó sus primeros cuentos en Trinchera. Sin renunciar a su actitud crítica ni a la exigencia de que sus discípulos escribieran la mejor prosa y el mejor verso posibles, Ricardo consideraba a Andrés “el cuentista más pro metedor de la nueva generación”. En su balance literario de 1958 hizo el elogio definitivo: “Para narrar, nadie como Quintana”.
       Su preferencia causó estragos en el grupo. A partir de entonces Hilda se fijó en Andrés. Entre todos los de Trinchera sólo él sabía escucharla y apreciar sus poemas. Sin embargo, no había intimado con ella porque Hilda estaba siempre al lado de Ricardo. Su relación jamás quedó clara. A veces parecía la intocada discípula y admiradora de quien les indicaba qué leer, qué opinar, cómo escribir, a quién admirar o detestar. En ocasiones, a pesar de la diferencia de edades, Ricardo la trataba como a una novia de aquella época y de cuando en cuando todo indicaba que tenían una relación mucho más íntima.
       Arbeláez pasó unas semanas en Cuba para hacer un libro, que no llegó a escribir, sobre los primeros meses de la revolución. Insinuó que él había presentado a Ernesto Guevara y a Fidel Castro y en agradecimiento ambos lo invitaban a celebrar el triunfo. Esta mentira, pensó Andrés, comprobaba que Arbeláez era un mitómano. Durante su ausencia Hilda y Quintana se vieron todos los días y a toda hora. Convencidos de que no podrían separarse, decidieron hablar con Ricardo en cuanto volviera de Cuba.
       La misma tarde de la conversación en el café Palermo, el 28 de marzo de 1959, las fuerzas armadas rompieron la huelga ferroviaria y detuvieron a su líder Demetrio Vallejo. Arbeláez no objetó la unión de sus amigos pero se apartó de ellos y no volvió a Filosofía y Letras. Los amores de Hilda y Andrés marcaron el fin del grupo y la muerte de Trinchera.
       En febrero de 1960 Hilda quedó embarazada. Andrés no dudó un instante en casarse con ella. La madre (a quien el marido había abandonado con dos hijas pequeñas) aceptó el matrimonio como un mal menor. Los señores Quintana lo consideraron una equivocación: a punto de cumplir veinticinco años Andrés dejaba los estudios cuando ya sólo le faltaba presentar la tesis y no podría sobrevivir como escritor. Ambos eran católicos y miembros del Movimiento Familiar Cristiano. Se estremecían al pensar en un aborto, una madre soltera, un hijo sin padre. Resignados, obsequiaron a los nuevos esposos algún dinero y una casita seudocolonial de las que el arquitecto había construido en Coyoacán con materiales de las demoliciones en la ciudad antigua.
       Andrés, que aún seguía trabajando cada noche en sus cuentos y se negaba a publicar un libro, nunca escribió notas ni reseñas. Ya que no podía dedicarse al periodismo, mientras intentaba abrirse paso como guionista de cine tuvo que redactar las memorias de un general revolucionario. Ningún script satisfizo a los productores. Por su parte Arbeláez empezó a colaborar cada semana en México en la Cultura. Durante un tiempo sus críticas feroces fueron muy comentadas.
       Hilda perdió al niño en el sexto mes de embarazo. Quedó incapacitada para concebir, abandonó la Universidad y nunca más volvió a hacer poemas. El general murió cuando Andrés iba a la mitad del segundo volumen. Los herederos cancelaron el proyecto. En 1961 Hilda y Andrés se mudaron a un sombrío departamento interior de la colonia Roma. El alquiler de su casa en Coyoacán completaría lo que ganaba Andrés traduciendo libros para una empresa que fomentaba el panamericanismo, la Alianza para el Progreso y la imagen de John Fiztgerald Kennedy. En el Suplemento por excelencia de aquellos años Arbeláez (sin mencionar a Andrés) denunció a la casa editorial como tentáculo de la CIA. Cuando la inflación pulverizó su presupuesto, las amistades familiares obtuvieron para Andrés la plaza de corrector de estilo en la Secretaría de Obras Públicas. Hilda quedó empleada, como su hermana, en la boutique de Madame Marnat en la Zona Rosa.

       En 1962 Sergio Galindo, en la serie Ficción de la Universidad Veracruzana, publicó Fabulaciones, el primer y último libro de Andrés Quintana. Fabulaciones tuvo la mala suerte de salir al mismo tiempo y en la misma colección que la segunda obra de Gabriel García Márquez, Los funerales de la Mamá Grande, y en los meses de Aura y La muerte de Artemio Cruz. Se vendieron ciento treinta y cuatro de sus dos mil ejemplares y Andrés compró otros setenta y cinco. Hubo una sola reseña escrita por Ricardo en el nuevo suplemento La Cultura en México. Andrés le mandó una carta de agradecimiento. Nunca supo si había llegado a manos de Arbeláez.
       Después las revistas mexicanas dejaron durante mucho tiempo de publicar narraciones breves y el auge de la novela hizo que ya muy pocos se interesaran por escribirlas. Edmundo Valadés inició El Cuento en 1964 y reprodujo a lo largo de varios años algunos textos de Fabulaciones. Joaquín Díez-Canedo le pidió una nueva colección para la Serie del Volador de su editorial Joaquín Mortiz. Andrés le prometió al subdirector, Bernardo Giner de los Ríos, que en marzo de 1966 iba a entregarle el nuevo libro. Concursó en vano por la beca del Centro Mexicano de Escritores. Se desalentó, pospuso el volver a escribir para una época en que todos sus problemas se hubieran resuelto e Hilda y su hermana pudiesen independizarse de Madame Marnat y establecer su propia tienda.
       Ricardo había visto interrumpida su labor cuando se suicidó un escritor víctima de un comentario. No hubo en el medio nadie que lo defendiera del escándalo. En cambio el abogángster salió a los periódicos y argumentó: Nadie se quita la vida por una nota de mala fe; el señor padecía suficientes problemas y enfermedades como para negarse a seguir viviendo. El suicidio y el resentimiento acumulado hicieron que la ciudad se le volviera irrespirable a Ricardo. Al no hallar editor para lo que iba a ser su tesis, tuvo que humillarse a imprimirla por su cuenta. El gran esfuerzo de revisar la novela mexicana halló un solo eco: Rubén Salazar Mallén, uno de los más antiguos críticos, lamentó como finalmente reaccionaria la aplicación dogmática de las teorías de Georg Lucáks. El rechazo de su modelo a cuanto significara vanguardismo, fragmentación, alienación, condenaba a Arbeláez a no entender los libros de aquel momento y destruía sus pretensiones de novedad y originalidad. Hasta en tonces Ricardo había sido el juez y no el juzgado. Se deprimió pero tuvo la nobleza de admitir que Salazar Mallén acertaba en sus objeciones.
       Como tantos que prometieron todo, Ricardo se estrelló contra el muro de México. Volvió por algún tiempo a La Habana y luego obtuvo un puesto como profesor de español en Checoslovaquia. Estaba en Praga cuando sobrevino la invasión soviética de 1968. Lo último que supieron Hilda y Andrés fue que había emigrado a Washington y trabajaba para la OEA. En un segundo pasaron los sesenta, cambió el mundo, Andrés cumplió treinta años en 1966, México era distinto y otros jóvenes llenaban los sitios donde entre 1955 y 1960 ellos escribieron, leyeron, discutieron, aprendieron, publicaron Trinchera, se amaron, se apartaron, siguieron su camino o se frustraron.

       Sea como fuere, Andrés le decía a Hilda por las noches, mi vocación era escribir y de un modo o de otro la estoy cumpliendo. / Al fin y al cabo las traducciones, los folletos y aun los oficios burocráticos pueden estar tan bien escritos como un cuento, ¿no crees? / Sólo por un concepto elitista y arcaico puede creerse que lo único válido es la llamada “literatura de creación”, ¿no te parece? / Además no quiero competir con los escritorzuelos mexicanos inflados por la publicidad; noveluchas como las que ahora tanto elogian los seudocríticos que padecemos, yo podría hacerlas de a diez por año, ¿verdad? / Hilda, cuando estén hechos polvo todos los libros que hoy tienen éxito en México, alguien leerá Fabulaciones y entonces… /
       Y ahora por un cuento —el primero en una década, el único posterior a Fabulaciones— estaba a punto de recibir lo que ganaba en meses de tardes enteras ante la máquina traduciendo lo que definía como ilegibros. Iba a pagar sus deudas de oficina, a comprarse las cosas que le faltaban, a comer en restaurantes, a irse de vacaciones con Hilda. Gracias a Ricardo había recuperado su impulso literario y dejaba atrás los pretextos para ocultarse su fracaso esencial:
       En el subdesarrollo no se puede ser escritor. / Estamos en 1971: el libro ha muerto: nadie volverá a leer nunca: ahora lo que me interesa son los mass media. / Bueno, cuando se trata de escribir todo sirve, no hay trabajo perdido: de mi experiencia burocrática, ya verás, saldrán cosas. /
       Con el índice de la mano izquierda escribió “los arrozales flotan en el aire” y prosiguió sin detenerse. Nunca antes lo había hecho con tanta fluidez. A las cinco de la mañana puso el punto final en “entre los dos volcanes”. Leyó sus páginas y sintió una plenitud desconocida. Cuando se fue a dormir se había fumado una cajetilla de Viceroy y bebido cuatro Coca Colas pero acababa de terminar LA FIESTA BRAVA.

       Andrés se levantó a las once. Se bañó, se afeitó y llamó por teléfono a Ricardo.
       —No puede ser. Ya lo tenías escrito.
       —Te juro que no. Lo hice anoche. Voy a corregirlo y a pasarlo en limpio. A ver qué te parece. Ojalá funcione. ¿Cuándo te lo llevo?
       —Esta misma noche si quieres. Te espero a las nueve en mi oficina.
       —Muy bien. Allí estaré a las nueve en punto. Ricardo, de verdad, no sabes cuánto te lo agradezco.
       —No tienes nada que agradecerme, Andrés. Te mando un abrazo.
       Habló a Obras Públicas para disculparse por su ausencia ante el jefe del departamento. Hizo cambios a mano y reescribió el cuento a máquina. Comió un sándwich de mortadela casi verdosa. A las cuatro emprendió una última versión en papel bond de Kimberly Clark. Llamó a Hilda a la boutique de Madame Marnat. Le dijo que había terminado el cuento e iba a entregárselo a Arbeláez. Ella le contestó:
       —De seguro vas a llegar tarde. Para no quedarme sola iré al cine con mi hermana.
       —Ojalá pudieran ver Ceremonia secreta. Es de Joseph Losey.
       —Sí, me gustaría. ¿No sabes en qué cine la pasan? Bueno, te felicito por haber vuelto a escribir. Que te vaya bien con Ricardo.

       A las ocho y media Andrés subió al metro en la estación Insurgentes. Hizo el cambio en Balderas, descendió en Juárez y llegó puntual a la oficina. La secretaria era tan hermosa que él se avergonzó de su delgadez, su baja estatura, su ropa gastada, su mano tullida. A los pocos minutos la joven le abrió las puertas de un despacho iluminado en exceso. Ricardo Arbeláez se levantó del escritorio y fue a su encuentro para abrazarlo.
       Doce años habían pasado desde aquel 28 de marzo de 1959. Arbeláez le pareció irreconocible con el traje de Shantung azul-turquesa, las patillas, el bigote, los anteojos sin aro, el pelo entrecano. Andrés volvió a sentirse fuera de lugar en aquella oficina de ventanas sobre la Alameda y paredes cubiertas de fotomurales con viejas litografías de la ciudad.
       Se escrutaron por unos cuantos segundos. Andrés sintió forzada la actitud antinostálgica, de como decíamos ayer, que adoptaba Ricardo. Ni una palabra acerca de la vieja época, ninguna pregunta sobre Hilda, ni el menor intento de ponerse al corriente y hablar de sus vidas durante el largo tiempo en que dejaron de verse. Creyó que la cordialidad telefónica no tardaría en romperse.
       Me trajo a su terreno. / Va a demostrarme su poder. / Él ha cambiado. / Yo también. / Ninguno de los dos es lo que quisiera haber sido. / Ambos nos traicionamos a nosotros mismos. / ¿A quién le fue peor?
       Para romper la tensión Arbeláez lo invitó a sentarse en el sofá de cuero negro. Se colocó frente a él y le ofreció un Benson Hedges (antes fumaba Delicados). Andrés sacó del portafolios LA FIESTA BRAVA. Ricardo apreció la mecanografía sin una sola corrección manuscrita. Siempre lo admiraron los originales impecables de Andrés, tanto más asombrosos porque estaban hechos a toda velocidad y con un solo dedo.
       —Te quedó de un tamaño perfecto. Ahora, si me permites un instante, voy a leerlo con Mr. Hardwick, el editor-in-chief de la revista. Es de una onda muy padre. Trabajó en Time Magazine. ¿Quieres que te presente con él?
       —No, gracias. Me da pena.
       —¿Pena por qué? Sabe de ti. Te está esperando.
       —No hablo inglés.
       —¡Cómo! Pero si has traducido miles de libros.
       —Quizá por eso mismo.
       —Sigues tan raro como siempre. ¿Te ofrezco un whisky, un café? Pídele a Viviana lo que desees.
       Al quedarse solo Andrés hojeó las publicaciones que estaban en la mesa frente al sofá y se detuvo en un anuncio:

Located on 150 000 feet of Revolcadero Beach and rising 16 stories like an Aztec Pyramid, the $40 million Acapulco Princess Hotel and Club de Golf opened as this jet-set resort’s largest and most lavish yet… One of the most spectacular hotels you will ever see, it has a lobby modeled like an Aztec temple with sunlight and moonlight filtering through the translucent roof. The 20,000 feet lobby’s atrium is complemented by 60 feet palm-trees, a flowing lagoon and Mayan sculpture.

      Pero estaba inquieto, no podía concentrarse. Miró por la ventana la Alameda sombría, la misteriosa ciudad, sus luces indescifrables. Sin que él se lo pidiera Viviana entró a servirle café y luego a despedirse y a desearle suerte con una amabilidad que lo aturdió aún más. Se puso de pie, le estrechó la mano, hubiera querido decirle algo pero sólo acertó a darle las gracias. Se había tardado en reconocer lo más evidente: la muchacha se parecía a Hilda, a Hilda en 1959, a Hilda con ropa como la que vendía en la boutique de Madame Marnat pero no alcanzaba a comprarse. Alguien, se dijo Andrés, con toda seguridad la espera en la entrada del edificio. / Adiós, Viviana, no volveré a verte.
       Dejó enfriarse el café y volvió a observar los fotomurales. Lamentó la muerte de aquella Ciudad de México. Imaginó el relato de un hombre que de tanto mirar una litografía termina en su interior, entre personajes de otro mundo. Incapaz de salir, ve desde 1855 a sus contemporáneos que lo miran inmóvil y unidimensional una noche de septiembre de 1971.
       En seguida pensó: Ese cuento no es mío, / otro lo ha escrito, / acabo de leerlo en alguna parte. / O tal vez no: lo he inventado aquí en esta extraña oficina, situada en el lugar menos idóneo para una revista con tales pretensiones. / En realidad me estoy evadiendo: aún no asimilo el encuentro con Ricardo. /
       ¿Habrá dejado de pensar en Hilda? / ¿Le seguiría gustando si la viera tras once años de matrimonio con el fiasco más grande de su generación? / “Para fracasar, nadie como Quintana”, escribiría ahora si hiciera un balance de la narrativa actual. / ¿Cuáles fueron sus verdaderas relaciones con Hilda? / ¿Por qué ella sólo ha querido contarme vaguedades acerca de la época que pasó con Ricardo? / ¿Me tendieron una trampa, me cazaron para casarme a fin de que él, en teoría, pudiera seguir libre de obligaciones domésticas, irse de México, realizarse como escritor en vez de terminar como un burócrata que traduce ilegibros pagados a trasmano por la CIA? / ¿No es vil y canalla desconfiar de la esposa que ha resistido a todas mis frustraciones y depresiones para seguir a mi lado? ¿No es un crimen calumniar a Ricardo, mi maestro, el amigo que por simple generosidad me tiende la mano cuando más falta me hace? /
       Y ¿habrá escrito su novela Ricardo? / ¿La llegará a escribir algún día? / ¿Por qué el director de Trinchera, el crítico implacable de todas las corrupciones literarias y humanas, se halla en esta oficina y se dispone a hacer una revista que ejemplifica todo aquello contra lo que luchamos en nuestra juventud? / ¿Por qué yo mismo respondí con tal entusiasmo a una oferta sin explicación lógica posible? /
       ¿Tan terrible es el país, tan terrible es el mundo, que en él todas las cosas son corruptas o corruptoras y nadie puede salvarse? / ¿Qué pensará de mí Ricardo? / ¿Me aborrece, me envidia, me desprecia? / ¿Habrá alguien capaz de envidiarme en mis humillaciones y fracasos? / Cuando menos tuve la fuerza necesaria para hacer un libro de cuentos. Ricardo no. / Su elogio de Fabulaciones y ahora su oferta, desmedida para un escritor que ya no existe, ¿fueron gentilezas, insultos, manifestaciones de culpabilidad o mensajes cifrados para Hilda? / El dinero prometido ¿paga el talento de un narrador a quien ya nadie recuerda? / ¿O es una forma de ayudar a Hilda al saber (¿Por quién? ¿Tal vez por ella misma?) de la rancia convivencia, las dificultades conyugales, el malhumor del fracasado, la burocracia devastadora, las ineptas traducciones de lo que no se leerá nunca, el horario mortal de Hilda en la boutique de Madame Marnat?
       Dejó de hacerse preguntas sin respuesta, de dar vueltas por el despacho alfombrado, de fumar un Viceroy tras otro. Miró su reloj: Han pasado casi dos horas. / La tardanza es el peor augurio. / ¿Por qué este procedimiento insólito cuando lo habitual es dejarle el texto al editor y esperar sus noticias para dentro de quince días o un mes? / ¿Cómo es posible que permanezcan hasta medianoche con el único objeto de decidir ahora mismo sobre una colaboración más entre las muchas solicitadas para una revista que va a salir en diciembre?

       Cuando se abrió de nuevo la puerta por la que había salido Viviana y apareció Ricardo con el cuento en las manos, Andrés se dijo: / Ya viví este momento. / Puedo recitar la continuación. /
       —Andrés, perdóname. Nos tardamos siglos. Es que estuvimos dándole vueltas y vueltas a tu historia.
       También en el recuerdo imposible de Andrés, Ricardo había dicho historia, no cuento. Un anglicismo, desde luego. / No importa. / Una traducción mental de story, de short story. / Sin esperanza, seguro de la respuesta, se atrevió a preguntar:
       —¿Y qué les pareció?
       —Mira, no sé cómo decírtelo. Tu narración me gusta, es interesante, está bien escrita… Sólo que, como en Mexiquito no somos profesionales, no estamos habituados a hacer cosas sobre pedido, sin darte cuenta bajaste el nivel, te echaste algo como para otra revista, no para la nuestra. ¿Me explico? LA FIESTA BRAVA resulta un maquinazo, tienes que reconocerlo. Muy digno, como siempre fueron tus cuentos, y a pesar de todo un maquinazo. Sólo Chéjov y Maupassant pudieron hacer un gran cuento en tan poco tiempo.
       Andrés hubiera querido decirle: / Lo escribí en unas horas, lo pensé años enteros. / Sin embargo no contestó. Miró azorado a Ricardo y en silencio se reprochó: / Me duele menos perder el dinero que el fracaso literario y la humillación ante Arbeláez. / Pero ya Ricardo continuaba:
       —De verdad créemelo, no sabes cuánto lamento esta situación. Me hubiera encantado que Mr. Hardwick aceptara LA FIESTA BRAVA. Ya ves, fuiste el primero a quien le hablé.
       —Ricardo, las excusas salen sobrando: di que no sirve y se acabó. No hay ningún problema.
       El tono ofendió a Arbeláez. Hizo un gesto para controlarse y añadió:
       —Sí hay problemas. Te falta precisión. No se ve al personaje. Tienes párrafos confusos, el último por ejemplo, gracias a tu capricho de sustituir por comas los demás signos de puntuación. ¿Vanguardismo a estas alturas? Por favor, Andrés, estamos en 1971, Joyce escribió hace medio siglo. Bueno, si te parece poco, tu anécdota es irreal en el peor sentido. Además eso del “sustrato prehispánico enterrado pero vivo” ya no aguanta, en serio ya no aguanta. Carlos Fuentes agotó el tema. Desde luego tú lo ves desde un ángulo distinto, pero de todos modos… El asunto se complica porque empleas la segunda persona, un recurso que hace mucho perdió su novedad y acentúa el parecido con Aura y La muerte de Artemio Cruz. Sigues en 1962, tal parece.
       —Ya todo se ha escrito. Cada cuento sale de otro cuento. Pero, en fin, tus objeciones son irrebatibles excepto en lo de Fuentes. Jamás he leído un libro suyo. No leo literatura mexicana… Por higiene mental.
       Andrés comprendió tarde que su arrogancia de perdedor sonaba a hueco.
       —Pues te equivocas. Deberías leer a los que escriben junto a ti… Mira, LA FIESTA BRAVA me recuerda también un cuento de Cortázar.
       —¿“La noche boca arriba”?
       —Exacto.
       —Puede ser.
       —Y ya que hablamos de antecedentes, hay un texto de Rubén Darío: “Huitzilopochtli”. Es de lo último que escribió. Un relato muy curioso de un gringo en la revolución mexicana y de unos ritos prehispánicos.
       —¿Escribió cuentos Darío? Creí que sólo había sido poeta… Bueno, pues me retiro, desaparezco.
       —Un momento: falta el colofón. A Mr. Hardwick la trama le pareció burda y tercermundista, de un antiyanquismo barato. Puro lugar común. Encontró no sé cuántos símbolos.
       —No hay ningún símbolo. Todo es directo.
       —El final sugiere algo que no está en el texto y que, si me perdonas, considero estúpido.
       —No entiendo.
       —Es como si quisieras ganarte a los acelerados de la Universidad o tuvieras nostalgia de nuestros ingenuos tiempos en Trinchera: “México será la tumba del imperialismo norteamericano, del mismo modo que en el siglo XIX hundió las aspiraciones de Luis Bonaparte, Napoleón III”. ¿No es así? Discúlpame, Andrés, te equivocaste. Mr. Hardwick también está contra la guerra de Vietnam, por supuesto, y sabes que en el fondo mi posición no ha variado: cambió el mundo ¿no es cierto? Pero, Andrés, en qué cabeza cabe, a quién se le ocurre traer a una revista con fondos de allá arriba un cuento en que proyectas deseos, conscientes, inconscientes o subconscientes, de ahuyentar el turismo y de chingarte a los gringos. ¿Prefieres a los rusos? Yo los vi entrar en Praga para acabar con el único socialismo que hubiera valido la pena.
       —Quizá tengas razón. A lo mejor yo solo me puse la trampa.
       —Puede ser, who knows. Pero mejor no psicoanalicemos porque vamos a concluir que tal vez tu cuento es una agresión disfrazada en contra mía.
       —No, cómo crees —Andrés fingió reír con Ricardo, hizo una pausa y añadió—: Bueno, muchas gracias de cualquier modo.
       —Por favor, no lo tomes así, no seas absurdo. Espero otra cosa tuya aunque no sea para el primer número. Andrés, esta revista no trabaja a la mexicana: lo que se encarga se paga. Aquí tienes: son doscientos dólares nada más, pero algo es algo.
       Ricardo tomó de su cartera diez billetes de veinte dólares. Andrés pensó que el gesto lo humillaba y no extendió la mano para recibirlos.
       —No te sientas mal aceptándolos. Es la costumbre en Estados Unidos. Ah, si no te molesta, fírmame este recibo y déjame unos días tu original para mostrárselo al administrador y justificar el pago. Después te lo mando con un office boy, porque el correo en este país…
       —Muy bien. Gracias de nuevo. Intentaré traerte alguna otra cosa.
       —Tómate tu tiempo y verás como al segundo intento habrá suerte. Los gringos son muy profesionales, muy perfeccionistas. Si mandan rehacer tres veces una nota de libros, imagínate lo que exigen de un cuento. Oye, el pago no te compromete a nada: puedes meter tu historia en cualquier revista local.
       —Para qué. No sirvió. Mejor nos olvidamos del asunto… ¿Te quedas?
       —Sí, tengo que hacer unas llamadas.
       —¿A esta hora? Ya es muy tarde ¿no?
       —Tardísimo, pero mientras orbitamos la revista hay que trabajar a marchas forzadas… Andrés, te agradezco mucho que hayas cumplido el encargo y por favor salúdame a Hilda.
       —Gracias, Ricardo. Buenas noches.

       Salió al pasillo en tinieblas en donde sólo ardían las luces en el tablero del elevador. Tocó el timbre y poco después se abrió la jaula luminosa. Al llegar al vestíbulo le abrió la puerta de la calle un velador soñoliento, la cara oculta tras una bufanda. Andrés regresó a la noche de México. Fue hasta la estación Juárez y bajó a los andenes solitarios.
       Abrió el portafolios en busca de algo para leer mientras llegaba el metro. Encontró la única copia al carbón de LA FIESTA BRAVA. La rompió y la arrojó al basurero. Hacía calor en el túnel. De pronto lo bañó el aire desplazado por el convoy que se detuvo sin ruido. Subió, hizo otra vez el cambio en Balderas y tomó asiento en una banca individual. Sólo había tres pasajeros adormilados. Andrés sacó del bolsillo el fajo de dólares, lo contempló un instante y lo guardó en el portafolios. En el cristal de la puerta miró su reflejo impreso por el juego entre la luz del interior y las tinieblas del túnel.
       / Cara de imbécil. / Si en la calle me topara conmigo mismo sentiría un infinito desprecio. / Cómo pude exponerme a una humillación de esta naturaleza. / Cómo voy a explicársela a Hilda. / Todo es siniestro. / Por qué no chocará el metro. / Quisiera morirme. /
       Al ver que los tres hombres lo observaban Andrés se dio cuenta de que había hablado casi en voz alta. Desvió la mirada y para ocuparse en algo descorrió el cierre del portafolios y cambio de lugar los dólares.
       Bajó en la estación Insurgentes. Los magnavoces anunciaban el último viaje de esa noche. Todas las puertas iban a cerrarse. De paso leyó una inscripción grabada a punta de compás sobre un anuncio de Coca Cola: ASESINOS, NO OLVIDAMOS TLATELOLCO Y SAN COSME. / Debe decir: “ni San Cosme”, / corrigió Andrés mientras avanzaba hacia la salida. Arrancó el tren que iba en dirección de Zaragoza. Antes de que el convoy adquiriera velocidad, Andrés advirtió entre los pasajeros del último vagón a un hombre de camisa verde y aspecto norteamericano.
       El capitán Keller ya no alcanzó a escuchar el grito que se perdió en la boca del túnel. Andrés Quintana se apresuró a subir las escaleras en busca de aire libre. Al llegar a la superficie, con su única mano hábil empujó la puerta giratoria. No pudo ni siquiera abrir la boca cuando lo capturaron los tres hombres que estaban al acecho.

A la manera de O Henrry de vicente Leñero

Sendero

A LA MANERA DE O’HENRY

 25 abril, 2019   Off  Zona literaria,

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Vicente Leñero

Valentín Patiño era un albañil pendenciero y cabrón que trabajaba como fierrero en las obras del segundo piso del Periférico.

Nunca, nunca, comience un cuento de este modo, querido escritor —diría O’Henry—. Difícilmente puede concebirse un principio peor.

Además del empleo de la palabrota cabrón —intolerable, según O’Henry—, la voz narrativa comete el error de condenar de entrada al supuesto protagonista de la historia. Debe usted dejar que sea el lector quien emita su propio juicio después de conocer las acciones que realiza Valentín Patiño. Son únicamente las acciones y los dichos los elementos por los cuales se puede decidir si el personaje es o no un mal tipo.

Empezaré entonces de otra manera. Vamos a ver.

Valentín Patiño llegó a su casa bamboleándose. Vivía en una humilde construcción de tabiques prefabricados y láminas de cartón como techo, levantada por él mismo y ayudado por su compadre Gabito en una colonia de paracaidistas, allá por las barrancas de Mixcoac. Empujó la puerta de fierro —que se atoraba a cada rato por culpa de las bisagras mal soldadas—, y luego de entrar y cerrar escupió un viscoso gargajo. Sacudió la cabeza. Se frotó con el dorso de la mano las babas que le escurrían de la boca.

Tal vez O’Henry vería mal los excesos de esta descripción. Basta con dos o tres datos significativos para situar el lugar de la acción —escribió alguna vez—. El amontonamiento de detalles abruma y distrae al lector.

A reserva de corregir el párrafo, prosigo:

Aniceta volvió apenas la cabeza cuando entró su marido.

En realidad, Valentín no era su marido. Se había arrejuntado con él luego de que se le murió de tifoidea su mocoso de dos años y de que enseguida la abandonó Gabito el cacarizo: ése sí, marido por el civil y por la Iglesia.

Los dos hombres, Gabito y Valentín Patiño, eran amigos, compadres y albañiles de oficio, fierreros ambos. Pero en el momento de abandonar a Aniceta, Gabito renunció a su chamba de tantos años y dejó las obras del segundo piso del Periférico para tratar de cruzar la frontera como indocumentado, por Mexicali. Si Gabito logró cruzar o no cruzó es cosa que ni Aniceta ni Valentín sabían. Nada sabían ya del paradero de Gabito, ni siquiera hablaban de él por el incidente ocurrido en el pasado, cuando el mocoso de Aniceta y Gabito vivía sano y feliz.

El incidente en cuestión —para contarlo de una vez— consistió en que una noche en que Gabito se vio obligado a trabajar turno doble en el tramo Las Flores Altavista, Aniceta se empezó a calentar y a calentar en su casa con las palabras engañosas que le decía su compadre Valentín, con una botella de aguardiente de por medio. Y en menos de que se suelda un perno a una vigueta de sostén, el perno del canijo Valentín se hundió en la entrepierna de Aniceta con la contundencia de una llamarada de soplete.

No sé que pensaría O’Henry ni qué pensarás tú, generoso lector, después de estas parrafadas de antecedentes. Se me ocurrieron, como toda la historia, en el momento mismo de escribir.

Y eso está mal porque antes de sentarse a la máquina —ha dicho O’Henry—, uno debe conocer de principio a fin la historia por contar. Por eso, porque no estoy muy seguro de haberme dado a entender, puntualizo.

Estábamos en que Aniceta fue mujer legítima de Gabito, en que Gabito abandonó a Aniceta, y en que luego de abandonada, Aniceta se arrejuntó con Valentín Patiño, quien es el protagonista del cuento.

Por lo que hace a la acción presente, estábamos en el momento en que Valentín llegó bamboleándose a su casa, en que escupió un viscoso gargajo y en que se limpió la boca babeante con el dorso de la mano.

Aniceta volvió apenas la cabeza cuando entró el hombre con quien vivía arrejuntada. La mujer se hallaba frente al fogón, calentando los tlacoyos que bajaba a vender en el lindero donde la colonia de paracaidistas se avecindaba con el barrio de Ameyulco. Cuando no vendía todos los tlacoyos, recalentaba los sobrantes y los daba de cenar a Valentín —también a Gabito, antes—. Si había tenido suerte de agotar su mercancía, entonces le preparaba quesadillas de huitlacoche o tacos de frijoles refritos y chiles cuaresmeños.

Valentín comía poco, la verdad; prefería llegarle a las chelas que guardaba celoso en una heladera o al aguardiente a pico de botella. Bebía mucho, mucho, Valentín Patiño. Antes no. Antes, a la hora en que él y Gabito regresaban del trabajo, Gabito lo invitaba a su casa de Ameyulco —donde nació el chamaco, donde se gestó la traición de Valentín y Aniceta— y el compadre del alma, es decir, Valentín, aceptaba a lo mejor un solo trago de aguardiente, se comía un par de tlacoyos y temeroso de que se le fueran los ojos tras las nalgas de Aniceta, se despedía rapidito. Rumiando malos pensamientos sobre la mujer de su amigo, Valentín trepaba luego la vereda hasta donde empezaba a construir entonces su casita de tabiques prefabricados y láminas de cartón: ésta, donde ahora se encuentra Aniceta recalentando los tlacoyos para la cena de Valentín Patiño.

Apenas volvió la cabeza Aniceta cuando entró Valentín bamboleándose y se dejó caer sobre la silla de madera y bejuco. De sopetón asentó el hombre su trasero como si regresara agotado del trabajo, más bien del largo trayecto hasta su casa: dos horas en lo que caminó a la parada de peseros, en lo que esperó al maldito camión atiborrado, en lo que sufrió el interminable recorrido entre empujones, en lo que batalló a codazos para salir, bajar de un brinco y agarrar camino a pie hasta las barrancas de Mixcoac sin detenerse, o deteniéndose, ya ni modo, en el tendajón de don Polito para echarse un aguardiente con los cuates de siempre. Ahí se daba la conversa, el chisme, el albureo cuando no las preguntas insidiosas: el qué has sabido de Gabito, ¿ya cruzó pa California?, o también las pullas maledicientes que lo hicieron esa noche levantarse porque El Mocos algo dijo, el muy cabrón, sobre Aniceta y su tenderete de tlacoyos: risa y risa la canija Aniceta con su prima la Rosario y un tal Paco, la otra tarde, cuando a ti te enjaretaron turno doble —¿si te acuerdas, Valentín?— y ya ni modo que llegaras a dormir.

Mucho coraje le dio a Aniceta ver que su hombre llegaba otra vez cayéndose de borracho. No se fue Valentín a tirar directo al catre, como casi siempre, a babear y a dormir la peda. Se quedó ahí cerquita sentadote y mudo hasta que un eructo, como gemido de toro, tronó contra las láminas de cartón y rebotó en la piel chinita de Aniceta.

—¡Pinche trabajo! —rugió Valentín.

—¿Quieres cenar? —preguntó Aniceta.

O’Henry aplaudiría sin duda: ya estamos en la acción. Pero antes de aceptar el aplauso necesito ofrecerte una disculpa, atento lector, porque tal vez sepas nada o muy poco de este O’Henry al que me he venido refiriendo desde el principio del cuento. Si lo conoces, si lo has leído, puedes ahorrarte los siguientes párrafos.

O’Henry nació en California del Norte, Estados Unidos, en 1862, y murió de cirrosis —era un alcohólico irredento— en Nueva York, en 1910, a los cuarenta y ocho años. Antes de convertirse en «uno de los grandes maestros del cuento corto» —como lo califica su antologador, el español Juan Ignacio Alonso— trabajó como peón de rancho, como dependiente de una drugstore, y finalmente como cajero del First National Bank de Austin.

Su sed alcohólica o su cotidiano contacto con los billetes verdes impulsaron un día a O’Henry a extraer, para su propio provecho, una considerable cantidad de dólares. El banco detectó el robo y a él le entró pánico. Sin avisarle a su esposa, la sufrida Athol Estes Roach —con quien tenía dos hijos—, O’Henry huyó a Nueva Orleans y de allí se embarcó a Honduras. Anduvo dos años prófugo hasta que se enteró de que su esposa estaba agonizando. Regresó a verla morir y lo agarraron. Lo sentenciaron a cinco años de cárcel.

Aunque ya había escrito cuentos humorísticos para The Rolling Stone —un semanario que fundó él mismo en Austin y resultó un fracaso—, fue en la cárcel donde el norteamericano empezó a escribir en serio. No quería firmar sus cuentos con su nombre, William Sydney Porter, porque se sentía un proscrito. En busca de un seudónimo se acordó del gato de su casa, un animal travieso de cuyas diabluras se quejaba a cada rato la familia: ¡Oh, Henry!, ¡Oh, Henry!, decían. Y William Sydney Porter se convirtió en el escritor O’Henry.

—¿Quieres cenar? —preguntó Aniceta.

Valentín negó con la cabeza. Volvió a escupir sus gargajos y a limpiarse la boca con el dorso de la mano. Miraba a Aniceta como si quisiera trepanarla la nuca.

—¡Eres una puta! —gritó.

No era la primera vez que el fierrero la insultaba con la misma palabrota, así que Aniceta permaneció de espaldas, vuelta y vuelta a los tlacoyos en el comal.

—¡Puta!

Aniceta giró en redondo y lo miró por fin. Valentín se mantenía de pie, balanceándose como un muñeco de cuerda y tratando de conservar la vertical. Los ojos inyectados. Las babas, que en sus arrebatos de beodo emplastaban los cachetes y el cuello de su vieja cuando trataba de besarla, le escurrían ahora por las comisuras de sus belfos.

—¡Te metiste con el Ojitos!

—¡No es cierto, cabrón!

—Y con el pendejo de Paco. ¡No mientas, puta, me lo acaban de contar!

En ese momento, Aniceta se dio cuenta de que ocurriría lo de siempre, lo inevitable.

O’Henry sostiene que el escritor no debe adelantar nunca lo que va a ocurrir en una historia. Y habría que hacerle caso. Lo mismo a su recelo contra el abuso de las palabrotas, ya lo dije. Los cuentos que hicieron famoso a O’Henry son pulcros, delicados. Aunque sus personajes sean de condición humilde, derrochan decencia, y si el escritor se ve obligado a utilizar a un vago o a un miserable como protagonista, lo hará hablar correctamente, incluyendo si acaso, por supuesto, un par de términos coloquiales del argot popular.

Por buena conducta —no hacía más que escribir—, a O’Henry le conmutaron la pena. Salió de la cárcel después de tres años y se fue a vivir a Nueva York, donde el New York World le encargó escribir un cuento a la semana para la edición dominical. Esos cuentos, que redactaba puntualmente, con una botella de whisky al lado, le hicieron ganar más dinero, mucho más, que el ganado por sus antecesores: Poe, Mark Twain, Saroyan, Jack London. En calidad literaria no está a la altura de ellos ni de los grandes que vinieron después —Hemingway, Salinger, Carver—, pero lo sorpresivo de sus tramas, el factor azaroso, la habilidad para atornillar las vueltas de tuerca, todo dentro de una narrativa muy apetecible al gran público lector, le dieron una fama universal que compartió —según los críticos— con su contemporáneo inglés: Somerset Maugham. Ambos, no en balde, incluidos frecuentemente en Selecciones del Reader’s Digest.

El primer trancazo fue lanzado con el revés de la mano izquierda, pero Aniceta logró girar a tiempo la cabeza y el golpe de Valentín sólo alcanzó a escocerle el maxilar. Luego vino el empellón.

Como un toro, Valentín embistió su cuerpo contra la mujer y ella recibió el encontronazo frontalmente, sobre su vientre embarazado. Cayó hacia la derecha, encima del fogón, arrastrando consigo el comal de los tlacoyos y derrumbándose luego en el piso de tierra.

Allí empezaron las patadas, una tras otra, una tras otra, con las puntas de los tenis convertidas en punzones de un taladro que magullaba sus pechos, su cuello, la cara que Aniceta trataba de proteger con las manos. Jadeante, siempre fúrico, Valentín contuvo las patadas y con ambas manos levantó a Aniceta de un envión; la prensó de la ropa con la izquierda, mientras extendía hacia atrás el brazo derecho obligando a su codo a servir de gozne. Desde ahí, igual que si estuviera en un ring, soltó con el puño cerrado un recto brutal contra el pómulo de la mujer. Aniceta cayó como un costal, sangraba.

Una guacareada apestosa brotó de las fauces de Valentín. Tuvo que detenerse por instantes de la pared, cerca de los jarros y los trastes que rodeaban el fogón. Luego retrocedió de espaldas, tambaleante, hasta dejarse caer bocarriba sobre el catre. Era Valentín el que parecía el noqueado, inconsciente en la lona de una arena de box.

Una fotografía tomada en los tiempos de gloria de O’Henry —fueron diez años los que lo hicieron sentirse el mejor escritor de Estados Unidos— lo muestran posando ante la cámara cual un dandy del continente americano. Se parece un poco al Hemingway de 1937 o a un Anthony Hopkins cuarentón. Sus ojos hundidos de importancia; el cabello en ondas peinado con raya en medio y la cabeza apoyada apenas sobre los dedos encogidos de su mano derecha. Presume un saco oscuro de amplias solapas. Un cuello postizo, de blancura almidonada, se abre apenas para exhibir el nudo de una corbata en cuyo vértice brilla un fistol redondo. La corbata se pierde un poco más abajo detrás del chaleco. El bigote de O’Henry se antoja delineado por un peluquero experto: espeso bajo las aletas de la nariz y con las puntas levantadas para formar dos arcos simétricos, impecables. Se sabía guapo el exitoso O’Henry.

Tanta era la cercanía de O’Henry con su público invisible, que en algunos de sus cuentos se permite dirigirse familiarmente a sus lectores. Utilizando el querido lector, el le ruego al lector que tenga en cuenta, el comprenderá el atento lector, suele interrumpir el discurso narrativo para deslizar, a veces, cápsulas didácticas sobre sus teorías literarias. Todo como un juego.

Aturdida, sangrante de la nariz y de la boca, Aniceta se irguió con dificultad. Le punzaba la quijada como si estuviera rota y la pierna derecha parecía incapaz de sostenerla. Nunca antes había recibido una tranquiza de tamaña brutalidad. Nunca antes había sentido, brotándole desde los adentros, esa rabia que se le atoraba en el cogote, ese sentimiento de humillación y de rebeldía, ese odio contra el hijo de su rechingada madre.

Ahí estaba Valentín, perdido de la mente en el catre, ahogado por la borrachera.

Aniceta lo miró largo rato mientras los lagrimones le escurrían por los pómulos: se llenaban de sangre, de mocos, de tierra.

Sobre el piso del cuartucho redondo se esparcían los tlacoyos, y las manchas de salsa eran una herida más en el suelo.

Desde las barrancas llegaba como un aliento alegre la música de una canción ranchera emitida por un radio en despiste. Ladraban los perros de todas las noches.

Cojeando, bufando, Aniceta avanzó hasta el rincón donde Valentín amontonaba sus triques de trabajo: una caja de herramientas, un soplete en desuso, un martillo, un rollo de alambre. Algunos trozos de varilla corrugada, residuos de las que sirvieron para levantar los castillos de aquella construcción, se erguían en una esquina apoyados contra la pared.

Aniceta tomó una de las varillas. Caminó hasta el catre. Empuñó el trozo de fierro como si fuera una lanza y lo encajó de punta, con todas sus fuerzas, henchida por el dolor y la ira, en el vientre de Valentín.

El cuerpo del hombre se sacudió como un sapo, acompañado en el espasmo por un alarido horrísono. Los ojos brincaron. Valentín despertó, y despierto, sofocado entre el dolor y el pánico y la pesadilla, recibió el segundo estoconazo, el tercero, el cuarto… todos los que logró descargar Aniceta hundiendo y extrayendo el trozo de varilla corrugada sin detenerse a pensar lo que hacía, sin dar tiempo a que Valentín se defendiera y luchara contra la muerte que le llegó en forma de vómito y lo entiesó para siempre luego de las convulsiones y el reguero de sangre y los ruidos agónicos de la panza y los quejidos que se revolvieron con ese ronco estallido del final.

Aniceta soltó el fierro. Retrocedió. Se apoyo contra la pared. Su espalda fue resbalando poco a poco hasta dejar a la mujer de nalgas, llorando.

En su prólogo a los Cuentos de Nueva York, el español Alonso dice algo muy bonito de su antologado:

«En los cuentos de O’Henry prevalece una visión positiva del ser humano, inmerso en una realidad diaria muchas veces alienante y gris, pero en la que siempre existe un resquicio para el amor, la amistad, la ventura o la esperanza.»

(De: Solo cuento, Universidad Nacional Autónoma de México, 2009)FacebookTwitterPinterestTumblr

5 cuentos de Carlos Fuentes que tienes que leer – Noticieros Televisa

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