ROSAS ARTIFICIALES DE GABO

CIEGAMoviéndose a tientas en la penumbra del amanecer, Mina se puso el vestido sin mangas que la noche anterior había colgado junto a la cama, y revolvió el baúl en busca de las mangas postizas. Las buscó después en los clavos de las paredes y detrás de las puertas, procurando no hacer ruido para no despertar a la abuela ciega que dormía en el mismo cuarto. Pero cuando se acostumbró a la os­curidad, se dio cuenta de que la abuela se había levantado y fue a la cocina a pregun­tarle por las mangas.
—Están en el baño —dijo la ciega—. Las lavé ayer tarde.
Allí estaban, colgadas de un alambre con dos prendedores de madera. Todavía estaban húmedas. Mina volvió a la cocina y extendió las mangas sobre las piedras de la hornilla. Frente a ella, la ciega revolvía el café, fijas las pupilas muertas en el reborde de ladrillos del corredor, donde había una hilera de ties­tos con hierbas medicinales.
—No vuelvas a coger mis cosas —dijo Mi­na—. En estos días no se puede contar con el sol.
La ciega movió el rostro hacia la voz.
—Se me había olvidado que era el primer viernes —dijo.
Después de comprobar con una aspiración profunda que ya estaba el café, retiró la olla del fogón.
—Pon un papel debajo, porque esas pie­dras están sucias —dijo.
Mina restregó el índice contra las piedras de la hornilla. Estaban sucias, pero de una costra de hollín apelmazado que no ensucia­ría las mangas si no se frotaban contra las piedras.
—Si se ensucian tú eres la responsable —dijo.
La ciega se había servido una taza de café.
—Tienes rabia —dijo, rodando un asiento hacia el corredor—. Es sacrilegio comulgar cuando se tiene rabia. —Se sentó a tomar el café frente a las rosas del patio. Cuando sonó el tercer toque para misa, Mina retiró las man­gas de la hornilla, y todavía estaban húmedas. Pero se las puso. El padre Ángel no le daría la comunión con un vestido de hombros des­cubiertos. No se lavó la cara. Se quitó con una toalla los restos del colorete, recogió en el cuarto el libro de oraciones y la mantilla, y salió a la calle. Un cuarto de hora después estaba de regreso.
—Vas a llegar después del evangelio —dijo la ciega, sentada frente a las rosas del patio.
Mina pasó directamente hacia el excusado.
—No puedo ir a misa —dijo—. Las man­gas están mojadas y toda mi ropa sin plan­char. —Se sintió perseguida por una mirada clarividente.
—Primer viernes y no vas a misa —dijo la ciega.
De vuelta del excusado, Mina se sirvió una taza de café y se sentó contra el quicio de cal, junto a la ciega. Pero no pudo tomar el café.
—Tú tienes la culpa —murmuró, con un rencor sordo, sintiendo que se ahogaba en lágrimas.
—Estás llorando —exclamó la ciega.
Puso el tarro de regar junto a las macetas de orégano y salió al patio, repitiendo:
—Estás llorando.
Mina puso la taza en el suelo antes de in­corporarse.
—Lloro de rabia —dijo. Y agregó al pasar junto a la abuela—: Tienes que confesarte, porque me hiciste perder la comunión del. pri­mer viernes.
La ciega permaneció inmóvil esperando que Mina cerrara la puerta del dormitorio. Luego caminó hasta el extremo del corredor. Se in­clinó, tanteando, hasta encontrar en el suelo la taza intacta. Mientras vertía el café en la olla de barro, siguió diciendo­:
—Dios sabe que tengo la conciencia tran­quila.
La madre de Mina salió del dormitorio.
—¿Con quién hablas? —preguntó.
—Con nadie —dijo la ciega—. Ya te he dicho que me estoy volviendo loca.
Encerrada en su cuarto, Mina se desaboto­nó el corpiño y sacó tres llavecitas que llevaba prendidas con un alfiler de nodriza. Con una de las llaves abrió la gaveta inferior del ar­mario y extrajo un baúl de madera en miniatura. Lo abrió con la otra llave. Adentro había un paquete de cartas en papeles de co­lor, atadas con una cinta elástica. Se las guardó en el corpiño, puso el baulito en su puesto y volvió a cerrar la gaveta con llave. Después fue al excusado y echó las cartas en el fondo.
—No pudo ir —intervino la ciega—. Se me olvidó que era primer viernes y lavé las mangas ayer tarde.
—Todavía están húmedas —murmuró Mina.
—Ha tenido que trabajar mucho en estos días —dijo la ciega.
—Son ciento cincuenta docenas de rosas que tengo que entregar en la Pascua —dijo Mina.
El sol calentó temprano. Antes de las siete, Mina instaló en la sala su taller de rosas ar­tificiales: una cesta llena de pétalos y alam­bres, un cajón de papel elástico, dos pares de tijeras, un rollo de hilo y un frasco de goma. Un momento después llegó Trinidad con su caja de cartón bajo el brazo, a preguntarle por qué no había ido a misa.
—No tenía mangas —dijo Mina.
—Cualquiera hubiera podido prestártelas —dijo Trinidad.
Rodó una silla para sentarse junto al ca­nasto de pétalos.
—Se me hizo tarde —dijo Mina.
Terminó una rosa. Después acercó el ca­nasto para rizar pétalos con las tijeras. Tri­nidad puso la caja de cartón en el suelo e intervino en la labor.
Mina observó la caja.
—¿Compraste zapatos? —preguntó.
—Son ratones muertos —dijo Trinidad.
Como Trinidad era experta en el rizado de pétalos, Mina se dedicó a fabricar tallos de alambre forrados en papel verde. Trabajaron en silencio sin advertir el sol que avanzaba en la sala decorada con cuadros idílicos y foto­grafías familiares. Cuando terminó los tallos, Mina volvió hacia Trinidad un rostro que parecía acabado en algo inmaterial. Trinidad rizaba con admirable pulcritud, moviendo apenas la punta de los dedos, las piernas muy juntas. Mina observó sus zapatos masculinos. Trinidad eludió la mirada, sin levantar la cabeza, apenas arrastrando los pies hacia atrás e interrumpió el trabajo.
—¿Qué pasó? —dijo.
Mina se inclinó hacia ella.
—Que se fue —dijo.
Trinidad soltó las tijeras en el regazo.
—No.
—Se fue —repitió Mina.
Trinidad la miró sin parpadear. Una arru­ga vertical dividió sus cejas encontradas.
—¿Y ahora? —preguntó.
Mina respondió sin temblor en la voz.
—Ahora, nada.
Trinidad se despidió antes de las diez.
Liberada del peso de su intimidad, Mina la retuvo un momento, para echar los ratones muertos en el excusado. La ciega estaba po­dando el rosal.
—A que no sabes qué llevo en esta caja —le dijo Mina al pasar.
Hizo sonar los ratones.
La ciega puso atención.
—Muévela otra vez —dijo.
Mina repitió el movimiento, pero la ciega no pudo identificar los objetos, después de escuchar por tercera vez con el índice apoyado en el lóbulo de la oreja.
—Son los ratones que cayeron anoche en la trampa de la iglesia —dijo Mina.
Al regreso pasó junto a la ciega sin hablar.Pero la ciega la siguió. Cuando llegó a la sala, Mina estaba sola junto a la ventana cerrada, terminando las rosas artificiales.
—Mina —dijo la ciega—. Si quieres ser feliz, no te confieses con extraños.
Mina la miró sin hablar. La ciega ocupó la silla frente a ella e intentó intervenir en el trabajo. Pero Mina se lo impidió.
—Estás nerviosa —dijo la ciega.
—Por tu culpa —dijo Mina.
—¿Por qué no fuiste a misa?
—Tú lo sabes mejor que nadie.
—Si hubiera sido por las mangas no te hubieras tomado el trabajo de salir de la casa —dijo la ciega—. En el camino te esperaba alguien que te ocasionó una contrariedad.
Mina pasó las manos frente a los ojos de la abuela, como limpiando un cristal invisible.
—Eres adivina —dijo.
—Has ido al excusado dos veces esta ma­ñana —dijo la ciega—. Nunca vas más de una vez.
Mina siguió haciendo rosas.
—¿Serías capaz de mostrarme lo que guar­das en la gaveta del armario? —preguntó la ciega.
Sin apresurarse Mina clavó la rosa en el marco de la ventana, se sacó las tres llavecitas del corpiño y se las puso a la ciega en la mano. Ella misma le cerró los dedos.
—Anda a verlo con tus propios ojos —dijo.
La ciega examinó las llavecitas con las pun­tas de los dedos.
—Mis ojos no pueden ver en el fondo del excusado.
Mina levantó la cabeza y entonces experi­mentó una sensación diferente: sintió que la ciega sabía que la estaba mirando.
—Tírate al fondo del excusado si te inte­resan tanto mis cosas —dijo.
La ciega evadió la interrupción.
—Siempre escribes en la cama hasta la ma­drugada —dijo.
—Tú misma apagas la luz —dijo Mina.
—Y en seguida tú enciendes la linterna de mano —dijo la ciega—. Por tu respiración podría decirte entonces lo que estás escribiendo.
Mina hizo un esfuerzo para no alterarse.
—Bueno —dijo sin levantar la cabeza—. Y suponiendo que así sea: ¿qué tiene eso de particular?
—Nada —respondió la ciega—. Sólo que te hizo perder la comunión del primer viernes.
Mina recogió con las dos manos el rollo de hilo, las tijeras, y un puñado de tallos y rosas sin terminar. Puso todo dentro de la canasta y encaró a la ciega.
—¿Quieres entonces que te diga qué fui a hacer al excusado? —preguntó. Las dos per­manecieron en suspenso, hasta cuando Mina respondió a su propia pregunta—: Fui a cagar.
La abuela tiró en el canasto las tres llave­citas.
—Sería una buena excusa —murmuró, di­rigiéndose a la cocina—. Me habrías conven­cido si no fuera la primera vez en tu vida que te oigo decir una vulgaridad.
La madre de Mina venía por el corredor en sentido contrario, cargada de ramos es­pinosos.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó.
—Que estoy loca —dijo la ciega—. Pero por lo visto no piensan mandarme para el ma­nicomio mientras no empiece a tirar piedras.

LA TIA CARLOTA DE GUADALUPE DUEÑAS

cristo-de-la-luzSiempre estoy sola como el viejo naranjo que sucumbe en el patio. Vago por los corredores, por la huerta, por el gallinero durante toda la mañana.

Cuando me canso y voy a ver a mi tía, la vieja hermana de mi padre, que trasega en la cocina, invariablemente regreso con una tristeza nueva. Porque conmigo su lengua se hincha de palabras duras y su voz me descubre un odio incomprensible.

No me quiere. Dice que traigo desgracia y me nota en los ojos sombras de mal agüero.

Alta, cetrina, con ojos entrecerrados esculpidos en madera. Su boca es una línea sin sangre, insensible a la ternura. Mi tío afirma que ella no es mala.

Monologa implacable como el ruido que en la noria producen los chorros de agua, siempre contra mí:

—…Irse a ciudad extraña donde el mar es la perdición de todos, no tiene sentido. Cosas así no suceden en esta tierra. Y mira las consecuencias: anda dividido, con el alma partida en cuatro. Hay que verlo, frente al Cristo que está en tu pieza, llorar como lo hacía entre mis brazos cuando era pequeño. ¡Y es que no se consuela de haberle dado la espalda! Todo por culpa de ella, por esa que llamas madre. Tu padre estudiaba para cura cuando por su desdicha hizo aquel viaje funesto, único motivo para que abandonara el seminario. De haber deseado una esposa, debió elegir a Rosario Méndez, de abolengo y prima de tu padre. En tu casa ya llevan cinco criaturas y la “señora” no sabe atenderlas. Las ha repartido como a mostrencas de hospicio. A ti que no eres bonita te dejaron con nosotros. A tu tía Consolación le enviaron los dos muchachos. ¡A ver si con las gemelas tu madre se avispa un poco! De que era muy jovencita ya pasaron siete años. No me vengan con remilgos de que le falta experiencia. Si enredó a tu padre es que le sobra malicia… Yo no llegaré a santa, pero no he de perdonarle que habiendo bordado un alba para que la usara mi hermano en su primera misa, diga la deslenguada que se lo vuelvan ropón y pinten el tul de negro para que ella luzca un refajo…

Por un momento calla. Desquita su furia en las almendras que remuele en el molcajete.

Lentamente salgo, huyo a la huerta y lloro por una pena que todavía no sé cómo es de grande.

Me distraen las hormigas. Un hilo ensangrentado que va más allá de la puerta. Llevan hojas sobre sus cabellos y se me figuran señoritas con sombrilla; ninguna se detiene en la frescura de una rama, ni olvida su consigna y sueña sobre una piedra. Incansables, trabajan sonámbulas cuando arrecia la noche.

Atravieso el patio, aburrida me detengo junto al pozo y en el fondo la pupila de agua abre un pedazo de firmamento. Por el lomo de un ladrillo salta un renacuajo, quiebra la retina y las pestañas de musgo se bañan de azul.

De rodillas, con mi cara hundida en el brocal, deletreo mi nombre y las letras se humedecen con el vaho de la tierra. Luego escupo al fondo hasta que ya no tengo saliva. Me subo al pretil y desde allí, cuando la cortina de lona que libra del calor al patio se asusta con el aire, distingo la sotana de mi tío que va de la sala a la reja. Una mole gigante que suda todo el día, mientras estornudos formidables hacen tambalear su corpulencia.

Sobre sus canas, que la luz pinta de aluminio, veo claramente su enorme verruga semejante a una bola de chicle. Distingo su cara de niño monstruoso y sus fauces que devoran platos de cuajada y semas rellenas de nata frente a mi hambre.

Hace mucho que espera su nombramiento de canónigo. Ahora es capellán de Cumato, la hacienda de los Méndez, distante cinco leguas de donde mis tíos radican.

Llevo dos horas sola. De nuevo busco a mi tía. No importa lo que diga. Ha seguido hablando:

—…Podría haber sido tu madre mi prima Rosario. Entonces vivirías con el lujo de su hacienda, usarías corpiños de tira bordada y no tendrías ese color.

Rosario fue muy bella aunque hoy la mires clavada en un sillón… Pero todo vuelve a lo mismo. El día que llegaste al mundo se quebró como una higuera tierna. Tú apagaste su esperanza. En fin, ya nada tiene remedio…

Silenciosamente me refugio en la sala. El Cristo triplica su agonía en los espejos. Es casi del alto de mi tío, pero llagado y negro, y no termina de cerrar los ojos. Respira, oigo su aliento en las paredes; no soy capaz de mirarlo.

Busco la sombra del naranjo y sin querer regreso a la cocina. No encuentro a tía Carlota. La espero pensando en “su prima Rosario”: la conocí un domingo en la misa de la hacienda. Entró al oratorio, en su sillón de ruedas forrado de terciopelo, cuando principiaba la Epístola. La mantilla ensombrecía su chongo donde se apretaban los rizos igual que un racimo de uvas.

No sé por qué de su cara no me acuerdo: la olvidé con las golosinas servidas en el desayuno; tampoco puse cuidado a la insistencia de sus ojos, pero algo me hace pensar que los tuvo fijos en mí. Sólo me quedó presente la muñequita china, regalo de mi padre, que tenía guardada bajo un capelo como si fuera momia. Le espié las piernas y llevaba calzones con encajitos lila.

Mi tía vuelve y principia la tarde.

La comida es en el corredor. Está lista la mesa; pero a mí nadie me llama.

Cuando mi tío pronuncia la oración de gracias cambia de voz y el latín lo vuelve tartamudo.

Do do dómine… do do dómine —oigo desde la cocina. Rechino los dientes. Estoy viéndolo desde la ventana. Se adereza siete huevos en medio metro de virote, escoge el mejor filete y del platón de duraznos no deja nada. ¡Quién fuera él!

Siempre dicen que estoy sin hambre porque no quiero el arroz que me da la tía con un caldo rebotado como el agua del pozo. Me consuelo cuando robo teleras y las relleno con píldoras de árnica de las que tiene mi tío en su botiquín.  A las siete comienza el rezo en la parroquia. Mi tía me lleva al ofrecimiento, pero no me admiten las de la Vela Perpetua. Dicen que me faltan zapatos blancos.

Me siento en la banca donde las Hijas de María se acurrucan como las golondrinas en los alambres.

Los acólitos cantan. Llueve y por las claraboyas se mete a rezar la lluvia. Pienso que en el patio se ahogan las hormigas.

Me arrulla el susurro de las Avemarías y casi sin sentirlo pregonan el último misterio. Ése sí me gusta. Las niñas riegan agua florida. La esparcen con un clavel que hace de hisopo y después, en la letanía, ofrecen chisporroteantes pebeteros.

La iglesia se llena de copal y el manto de la Virgen se oscurece. La custodia incendia su estrella de púas y se desbocan las campanillas. Un olor de pino crece en la nave arrobada. Flotan rehiletes de humo.

Arrastro los zapatos detrás de mi tía. Como sigue la llovizna, los derrito en el agua y dejo mi rencor en el cieno de los charcos.

Cuando regresamos, mi tío anuncia que ha llegado un telegrama. Al fin van a nombrarlo canónigo y me iré con ellos a México.

No oigo más. Me escondo tras el naranjo. Por primera vez pienso en mis padres. Los reconstruyo mientras barnizo de lodo mis rodillas.

Vinieron en Navidad.

Mi padre es hermoso. Más bien esto me lo dijo la tía. Mejor que su figura recuerdo lo que habló con ella:

Esta pobrecita niña ni siquiera sacó los ojos de la madre.

Y su hermana repuso:

Es caprichosa y extraña. No pide ni dulces; pero yo la he visto chupar la mesa en donde extiendo el cuero de membrillo. No vive más que en la huerta con la lengua escaldada de granos de tanto comer los dátiles que no se maduran.

Los ojos de mi madre son como un trébol largo donde hubiera caído sol. La sorprendo por los vidrios de la envejecida puerta. Baila frente al espejo y no le tiene miedo al Cristo. Los volantes de su falda rozan los pies ensangrentados. La contemplo con espanto temiendo que caiga lumbre de la cruz. No sucede nada. Su alegría me asusta y sin embargo yo deseo quererla, dormirme en su regazo, preguntarle por qué es mi madre. Pero ella está de prisa. Cuando cesa de bailar sólo tiene ojos para mi padre. Lo besa con estruendo que me daña y yo quiero que muera.

Ante ella mi padre se transforma. Ya no se asemeja al San Lorenzo que gime atormentado en su parrilla. Ahora se parece al arcángel de la sala y hasta puedo imaginarme que haya sido también un niño, porque su frente se aclara y en su boca lleva amor y una sonrisa que la tía Carlota no le conoce.

Ninguno de los dos se acuerda del Cristo que me persigue con sus ojos que nunca se cierran. Los cristales agrandan sus brazos. Me alejo herida. Al irme escucho la voz de mi madre hablando entre murmullos.

¿Qué haremos con esta criatura? Heredó todo el ajenjo de tu familia…

Las frases se pierden.

Ya nada de ellos me importa. Paso la tarde cabalgando en el tezontle de la tapia por un camino de tejados, de nubes y tendederos, de gorriones muertos y de hojas amarillas.

En la mañana mis padres se fueron sin despedirse.Mi tía me llama para la cena. Le digo que tengo frío y me voy derecho a la cama.

Cuando empiezo a dormirme siento que ella pone bajo mi almohada un objeto pequeño. Lo palpo, y me sorprende la muñequita china.

No puedo contenerme, descargo mis sollozos y grito:

¡A mí nadie me quiere, nunca me ha querido nadie!

El canónigo se turba y mi tía llora enloquecida. Empieza a decirme palabras sin sentido. Hasta perdona que Rosario no sea mi madre.

Me derrumbo sin advertir lo duro de las tablas.

Ella me bendice; luego, de rodillas junto a mi cabecera, empieza habla que habla:

Que tengo los ojos limpios de aquellos malos presagios. Que siempre he sido una niña muy buena, que mi color es de trigo y que hasta los propios ángeles quisieran tener mis manos. Pero por lo que más me quiere es por esa tristeza que me hace igual a mi padre.

Finjo que duermo mientras sus lágrimas caen como alfileres sobre mi cara.

 http://www.osiazul.com.mx/seccion/Duenas-index.html

DE NOCHE SOY TU CABALLO DE LUISA VALENZUELA

Chica_RecostadaSonaron tres timbrazos cortos y uno largo. Era la señal, y me levanté con disgusto y con un poco de miedo; podían ser ellos o no ser, podría tratarse de una trampa, a estas malditas horas de la noche. Abrí la puerta esperando cualquier cosa menos encontrarme cara a cara nada menos que con él, finalmente.
Entró bien rápido y echó los cerrojos antes de abrazarme. Una actitud muy de él, él el prudente, el que antes que nada cuidaba su retaguardia -la nuestra-. Después me tomó en sus brazos sin decir una palabra, sin siquiera apretarme demasiado pero dejando que toda la emoción del reencuentro se le desbordara, diciéndome tantas cosas con el simple hecho de tenerme apretada entre sus brazos y de irme besando lentamente. Creo que nunca les había tenido demasiada confianza a las palabras y allí estaba tan silencioso como siempre, transmitiéndome cosas en formas de caricias.
Y por fin un respiro, un apartarnos algo para mirarnos de cuerpo entero y no ojo contra ojo, desdoblados. Y pude decirle Hola casi sin sorpresa a pesar de todos esos meses sin saber nada de él, y pude decirle
te hacía peleando en el norte
te hacía preso
te hacía en la clandestinidad
te hacía torturado y muerto
te hacía teorizando revolución en otro país.
Una forma como cualquiera de decirle que lo hacía, que no había dejado de pensar en él ni me había sentido traicionada. Y él, tan endemoniadamente precavido siempre, tan señor de sus actos:
-Callate, chiquita ¿de qué sirve saber en qué anduve? Ni siquiera te conviene.
Sacó entonces a relucir sus tesoros, unos quizás indicios que yo no supe interpretar en ese momento. A saber, una botella de cachaça y un disco de Gal Costa. ¿Qué habría estado haciendo en Brasil? ¿Cuáles serían los próximos proyectos? ¿Qué lo habría traído de vuelta a jugarse la vida sabiendo que lo estaban buscando? Después dejé de interrogarme (callate, chiquita, me diría él). Vení, chiquita, me estaba diciendo, y yo opté por dejarme sumergir en la felicidad de haberlo recuperado, tratando de no inquietarme. ¿Qué sería de nosotros mañana, en los días siguientes?
La cachaça es un buen trago, baja y sube y recorre los caminos que debe recorrer y se aloja para dar calor donde más se la espera. Gal Costa canta cálido, con su voz nos envuelve y nos acuna y un poquito bailando y un poquito flotando llegamos a la cama y ya acostados nos seguimos mirando muy adentro, seguimos acariciándonos sin decidirnos tan pronto a abandonarnos a la pura sensación. Seguimos reconociéndonos, reencontrándonos.
Beto, lo miro y le digo y sé que ése no es su verdadero nombre pero es el único que le puedo pronunciar en voz alta. El contesta:
-Un día lo lograremos, chiquita. Ahora prefiero no hablar.
Mejor. Que no se ponga él a hablar de lo que algún día lograremos y rompa la maravilla de lo que estamos a punto de lograr ahora, nosotros dos, solitos.
“A noite eu so teu cavallo” canta de golpe Gal Costa desde el tocadiscos.
-De noche soy tu caballo -traduzco despacito. Y como para envolverlo en magias y no dejarlo pensar en lo otro:
-Es un canto de santo, como en la macumba. Una persona en trance dice que es el caballo del espíritu que la posee, es su montura.
-Chiquita, vos siempre metiéndote en esoterismos y brujerías. Sabés muy bien que no se trata de espíritus, que si de noche sos mi caballo es porque yo te monto, así, así, y sólo de eso se trata.
Fue tan lento, profundo, reiterado, tan cargado de afecto que acabamos agotados. Me dormí teniéndolo a él todavía encima.
De noche soy tu caballo…

… campanilla de mierda del teléfono que me fue extrayendo por oleadas de un pozo muy denso. Con gran esfuerzo para despertarme fui a atender pensando que podría ser Beto, claro, que no estaba más a mi lado, claro, siguiendo su inveterada costumbre de escaparse mientras duermo y sin dar su paradero. Para protegerme, dice.
Desde la otra punta del hilo una voz que pensé podría ser la de Andrés -del que llamamos Andrés- empezó a decirme:
-Lo encontraron a Beto, muerto. Flotando en el río cerca de la otra orilla. Parece que lo tiraron vivo desde un helicóptero. Está muy hinchado y descompuesto después de seis días en el agua, pero casi seguro es él.
-¡No, no puede ser Beto! -grité con imprudencia. Y de golpe esa voz como de Andrés se me hizo tan impersonal, ajena:
-¿Te parece?
-¿Quién habla? -se me ocurrió preguntar sólo entonces. Pero en ese momento colgaron.
¿Diez, quince minutos? ¿Cuánto tiempo me habré quedado mirando el teléfono como estúpida hasta que cayó la policía? No me la esperaba pero claro, sí, ¿cómo podía no esperármela? Las manos de ellos toqueteándome, sus voces insultándome, amenazándome, la casa registrada, dada vuelta. Pero yo ya sabía ¿qué me importaba entonces que se pusieran a romper lo rompible y a desmantelar placares?
No encontrarían nada. Mi única, verdadera posesión era un sueño y a uno no se lo despoja así nomás de un sueño. Mi sueño de la noche anterior en el que Beto estaba allí conmigo y nos amábamos. Lo había soñado, soñado todo, estaba profundamente convencida de haberlo soñado con lujo de detalles y hasta en colores. Y los sueños no conciernen a la cana.
Ellos quieren realidades, quieren hechos fehacientes de esos que yo no tengo ni para empezar a darles.
Dónde está, vos lo viste, estuvo acá con vos, dónde se metió. Cantá, si no te va a pesar. Cantá, miserable, sabemos que vino a verte, dónde anda, cuál es su aguantadero. Está en la ciudad, vos lo viste, confesá, cantá, sabemos que vino a buscarte.
Hace meses que no sé nada de él, lo perdí, me abandonó, no sé nada de él desde hace meses, se me escapó, se metió bajo tierra, qué sé yo, se fue con otra, está en otro país, qué sé yo, me abandonó, lo odio, no sé nada. (Y quémenme nomás con cigarrillos, y patéenme todo lo que quieran, y amenacen, nomás, y métanme un ratón para que me coma por dentro, y arránquenme las uñas y hagan lo que quieran. ¿Voy a inventar por eso? ¿Voy a decirles que estuvo acá cuando hace mil años que se me fue para siempre?).
No voy a andar contándoles mis sueños, ¿eso qué importa? Al llamado Beto hace más de seis meses que no lo veo, y yo lo amaba. Desapareció, el hombre. Sólo me encuentro con él en sueños y son muy malos sueños que suelen transformarse en pesadillas.

Beto, ya lo sabés, Beto, si es cierto que te han matado o donde andes, de noche soy tu caballo y podés venir a visitarme cuando quieras aunque yo esté entre rejas. Beto, en la cárcel sé muy bien que te soñé aquella noche, sólo fue un sueño. Y si ustedes encuentran en mi casa un disco de Gal Costa y una botella de cachaça casi vacía, por favor no se preocupen: decreté que no existen.

http://tierradegenistas.blog.com.es/2009/10/11/de-noche-soy-tu-caballo-7148361/

DOS CUENTOS DE ANA CLAVEL

La Espalda

 ana-clavel-n22Arco iris trasmontanos

 A este hombre le gustan las nubes límpidas y los cielos azules. Corre en las mañanas en el parque que está a espaldas de su casa; no fuma, se duerme temprano. Es un hombre saludable.

Llega a mi casa montado en una sonrisa. Se preocupa por mis días y mis noches -si avanzo en mi trabajo, si duermo bien a pesar de la luna llena-. Es un hombre atento.

En sus labios radiofónicos, toda mujer es por principio de cuentas “una dama”. No me pregunta “¿quieres algo?” sino que opta por un refinado “¿gustas esto otro?”. Le agrada sentirse un hombre educado.

Adora los buenos modales, las actitudes positivas, la música clásica más melodiosa, las mujeres que saben servir una mesa -como soy maleducada, neurótica, prefiero a Bowie y P.J. Harvey y puedo ser la menos bendita entre todas las mujeres, supongo que también ha desarrollado un gusto por las excepciones-. Eso sí, ama a ultranza y a trasmano y transmontadamente los arco iris -a pesar de que el día que nos conocimos, yo le advirtiese: “Ningún arco iris es del todo inocente. Míralos ahora haciéndole guiños a la diversidad gay…Aunque, claro,reconocí, todos lo somos un poco”-. Es un hombre tolerante.

Bastan una cuantas cosas para hacerlo feliz. Ya lo dije: nubes límpidas, cielos azules -aunque en esta ciudad sean escasos-, noches estrelladas, un poco de lluvia fresca, la sonrisa casi imposible de una vendedora de boletos del metro. Es un hombre bienintencionado.

Casi siempre que camina a mi lado no le cuesta mayor esfuerzo adaptarse a mi ritmo: lo mismo si me agito entre centellas hormonales que si me acuno con el viento. Puede conversar con mi madre y terminar dándole la razón sin hacerme sentir traicionada. Es un hombre razonable.

Por supuesto, sabe que me gusta un poco de violencia cuando hacemos el amor y me fuerza sólo hasta el límite de hacerme creer lo que yo quiera. Para qué negarlo, sin aspavientos, es un buen amante. Tiene un cuerpo delgado pero vigoroso. Si lo contemplo desnudo por atrás, sentado en el borde de mi cama, la doble luna de sus nalgas llenísimas de donde emerge, descomunal, la envergadura de su espalda, me provoca fantasías sin aliento. Entonces estiro los brazos con la fascinación de poseer por fin todo lo que me hace falta. En ese sentido, pero también en otros, es de pies a cabeza un hombre fálico. Su tuviera que mandarlo hacer a la medida,sería exactamente así: siempre desnudo y visto de espaldas: enhiesto depositario de mi deseo.

También es cierto que casi bostezo cuando enhebro nuestros días de nubes sosegadas y cielos aborregados, cuando la melancolía lo invade y su mirada aúlla verdes prados más allá de la montaña mágica. Su tristeza suele ser en esos momentos rumorosa. Sentados en la terraza a la que da su estudio, con un té de menta entre las manos, nos miramos resignados, sabiendo que cada uno ha sobrevivido al otro, sin invasiones ni tormentas excesivas.

Entonces, de súbito, un par de palomas se posan juntas en la reja que nos separa en la calle. Él las observa sin pestañear. En sus labios aflora, encarnada, violeta, subida de tono, una obscenidad sobre la amatoria anal de las aves. Una pareja de novios se detiene al otro lado de la reja y entonces surge, cantarina, otra vulgaridad. No se ha movido ni un milímetro: ahí están su sonrisa educada, su tono radiofónico, su aire comprensivo. De todos modos sigue siendo un hombre sutil.

Me agrada la familiaridad, la manera en que me confía esos pensamientos sucios y me hace cómplice. Ajá. Pero una vez que el asunto empieza, el mundo y su gente, los animales y las flores, los artefactos y las cosas, el universo entero se convierte en ensamblaje de un gran orgasmo estelar. Todo entra y sale, aceitoso, en una mecánica febril. Y él consigna los apareamientos, el acoplarse y embonar de cuerpos y objetos de un modo tan suave, tan entusiasta, tan educadamente. No puedo evitar un cierto grado de consternación y sonrojarme. Entonces me confía: entre sus amigos -cuando se sienten solos y sin riesgo-, después de contarse mil y un ciento de procacidades y chistes de cantina como los que sólo se atreven a decir los hombres entre ellos, mi hombre de cielos límpidos se lleva el reconocimiento mayor. Con admiración, le dicen ellos: “Tú sí que estás enfermo…” Y me cuenta todo esto con una sonrisa de arco iris, de esas en que se montan los hombres gay y los que no lo son tanto, cuando se sienten plenos.

Es un hombre contento. No puedo ver su sonrisa porque justo ahora acaba de sentarse en el borde de mi cama. Un rayo de luz se cuela por las cortinas e incide como una flecha lúbrica en su espalda. Cualquiera diría que ha descubierto mi facinación por esa parte de su anatomía y que le gusta que lo admire así: erecto, carnoso,vertebral. Yo acaricio ahora la hondonada de su nuca, deslizo la boca por la cadena montañosa que articula el ancho vigor de su espalda y que culmina en el dual de su trasero. Entre mis labios palpita gloriosa su alegría cuando lo escucho suplicar con fervor, dulce, reverencialmente: “No te detengas, paloma emputecida”.

http://buscandomicorazon.blogspot.mx/2009/03/ana-clavel.html

Un deseo realizado

http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/6509/pdfs/65clavel.pdf

EL CAÑAS DE OSCAR MARTÍNEZ MOLINA

Para mi padre, Antonio Martínez Gutiérrez y su gusto por el box.

NOCAUTYo Estaba atento al desarrollo de la pelea. El Cañas. “cañitas”, como le decíamos los de su esquina, dominaba ampliamente con su fina técnica de defensa y ataque. Un brillo extraño en mis ojos. Mis pensamientos volaban ya a lugares distantes y exóticos.
El cañas caminando hacia delante. La pierna de atrás bien apoyada al piso. La guardia ahora de izquierda, ligeramente descuidada. Ansiaba concluir aquello con un sólo golpe. Corría el minuto dos del round doce, el último por el campeonato mundial de peso gallo. El escenario pletórico, el Caesar Palace. La gran oportunidad de su vida, de nuestra vida. Entonces quien sabe de dónde, Wilson, -Darrel Wilson-, sacó un volado de derecha que como relámpago, se estrelló en la mandíbula del cañas.
En cuanto vi la sequedad del golpe, -la cabeza del cañas impactada hacia atrás, y las gotas de sudor volando desde su ralo cabello-, salté desde la esquina. La mirada del cañas perdida entre los reflectores. Sosteniendo su cuello extraigo de su mandíbula tetanizada el protector bucal, después, con mi dedo saco su lengua que, flácida ha caído hacia atrás obstaculizando la ventilación. Me asomo después a su mirada, las pupilas inmensamente dilatadas…

Lo conocí en el deportivo Nader, el mismo que está en la calle de Regina, en el corazón de la ciudad de México. Yo acudía diariamente después de mis consultas en el Hospital de Jesús, a escasas cuadras de allí. Mi rutina era la misma. Veinte minutos de bicicleta, veinte de caminadora, después a jalar un poco con las pesas. La mesa de rodillos, los vibradores para los pies, los treinta minutos de vapor alternando por cada diez, un chapuzón de agua helada. El masaje con el turco. El reposo en los camerinos que allí te rentan. El güisqui como a eso de las ocho de la noche, acompañado desde luego, de alguna damita que a escondidas te hacia llegar el camarero. Siempre distinta por aquello de que en la variedad está el gusto. A la salida pasaba por el gimnasio de boxeo, me asomaba de vez en cuando al escuchar los gritos acalorados de managers y seconds.

jab, jab, jab, izquierda, izquierda.
agáchate, mantén la guardia arriba, más arriba, más arriba.
si será pendejo, a este luego, luego se lo chingan.

Aquella noche los gritos se oían distintos

-El rolling cañitas, muy bien con ese rolling
-camina hacia delante, baja un poco tu guardia,

-¡el jab con la derecha!, el jab cañas, repite el jab con la derecha y prepara el gancho al hígado.
-sal de su distancia, utiliza las piernas, muévete de costado, que no te alcance
–el bending cañas, la cintura con el bending

Y allí estaba el Cañas, espigado y flaco, las piernas y los brazos largos, el apodo ni mandado hacer. El rostro cubierto por la careta. La boca con el posicionador bucal ligeramente salido, abultando sus labios. El calzoncillo azul y los guantes rojos. La respiración fatigosa y el sudor a mares por su cara y por el dorso. A partir de aquella noche mi rutina incluía también las sesiones de entrenamiento del Cañas, extendiéndose hasta las diez y media, u once de la noche. Entre round y round, los güisquitos para mí, y las cervezas para los seconds.
En aquellos tiempos llevaba ya algunas peleas de relleno. Diez o doce, –no recuerdo–. Todas ganadas por decisión. A mí me conocían por el Doc. Y desde luego, poco a poco me hicieron participar de aquellos encuentros. Colocaba el vendaje. Revisaba las cejas, sobre todo los rosetones que aparecían en los parpados y en los pómulos. Hasta que un día me llegó la invitación. Fue por la pelea veinte o veinticinco. Ya más en serio. Iba en preestelar a ocho asaltos. Yo mismo cooperé con unos pesos, para poder hacernos de una bata de satín púrpura con cinturón, y para las zapatillas que después de la pelea tuvimos que vender por las ampollas que le hicieron al cañas, de lo chicas que le quedaron y que por pura pena no nos dijo nada. Aquella mi primera intervención formal fue una delicia verlo. Espigado, caminando con elegancia sobre el ring. Soltando jab tras jab, campaneando la cabeza del adversario, y rematando con el upperkot de derecha si estaba de zurdo, o con el gancho al hígado si se cambiaba a la diestra. Su ambición de siempre, terminarlo con un sólo golpe. En ese afán, en ocasiones descuidaba la guardia con tal de lanzar el volado que diera en el mentón del contrincante. Y la recomendación del manager.

lo tuyo es la técnica cañitas, olvídate del punch, y del knockout. Le decía el profesor Hernández, al que muy pocos se atrevían a decirle “cuyo”

eso déjaselo al lacandón Anaya, o al pipino Cuevas, que no tienen más recurso que la pegada. Agregaba el profesor, animándolo.
Y entonces, el Cañas recapacitaba y volvía de nuevo con la fineza de su boxeo a esperar poco a poco cada tres minutos del round hasta que llegara la última campanada, y brincar feliz cuando el veredicto le favorecía.
Doc, —me confesó un día. –Por más que me empeño el punch no llega. Sólo se llena mi mente cuando veo los moretones en los pómulos, o cuando logro ver una ceja partida o un parpado que poco a poco se va cerrando, o cuando se encorvan una y otra vez con mi gancho al hígado.

Aquella era la frustración del Cañitas, no poder concluir una pelea con un sólo madrazo.
Al terminar la pelea nos encerrábamos en la “ciudad de los espejos”, la cantina a escasas cuadras del gimnasio, y dábamos rienda suelta a todas las limitaciones que el cañas se imponía las últimas semanas de su preparación. Brindábamos una y otra vez por la buena pelea del cañas.

Al campeonato nacional, y luego al mundial mi cañitas, y levantaba mi vaso de güisqui. Siempre un “chivas” con dos hielos y agua sin gas, como debe ser. Las putitas que en confianza iban y venían de uno a otro lado, enseñando más que el chamorro, mucho más.
Por aquella época se apareció por allí la “Esmeralda”, chula como ella sola. Jovencita tal vez de escasos diecinueve. Cuerpazo, pero sobre todo la cara, guapa como ella sola, oriunda de Veracruz, del puerto. En cuanto la vi pensé sólo en una cosa. Pero de tonta ni un pelo, se agarró luego al Cañas, y no se le despegó ni tantito así. Buenas peleas y buena plata, los arrumacos día y noche, allí mismo en el gimnasio después de cada asalto con el cañas empapado de sudor, Esmeralda subía al cuadrilátero untándose y dándose a desear.
Para la pelea por el campeonato nacional la consigna fue tajante, nada de desmadres ni desfiguros. Nada de arrumacos. Concentración total, y sin decir ni agua va, todos en bola nos largamos a Toluca. Altura es lo que necesita el Cañas, altura y sobre todo menos desmadre. Seis semanas de rutinas. Trote por la mañana, diez o quince kilómetros. Sombras. Pera. Cuerda, mucha cuerda y cero nalgas. La ansiedad se le notaba en la cara, y aguantó estoicamente. Madera de campeón, toda la que quieran. A las dos semanas me asomé yo solo por el Nader, apenas llegar y me aborda Esmeralda, el interrogatorio casual primero, tenaz después, yo ni una palabra.
Dígame Doc, ¿dónde entrena? y prometo portarme bien, y no decir nada.
Y yo como una tumba
Dígame Doc, y prometo recompensarlo como usted quiera.
No le dije ni una sola palabra, terco ella y más terco yo.
Mientras ella se vestía, un remordimiento y un temor iban invadiendo mi conciencia. ¡Vaya hembra!
Cuando volví al campamento lo primero en preguntarme el Cañas,
-¿no vio a la Esmeralda Doc?
Y Yo, les repito, como una tumba, no le dije ni una sola palabra

…sostengo su cabeza entre mis manos. Han retirado ya, la luz intensa que cegaba mis ojos. El cuyo se aferra a mi brazo. El como yo no puede creerlo. Así es de cabrona la vida, o tan mierda como sólo ella puede serlo.
Se nos fue el cañitas, y con él las ilusiones de toda una vida. Pego mi oído sobre su pecho, el corazón lentamente se apaga, le susurro entonces al oído.
-Cañitas, Cañitas, abre los ojos que la Esmeralda te mira.

LA MANO ONETI

dermatfig7A los pocos días de entrar en la fábrica, cuando pasaba para ir al baño, oyó que algunas compañeras murmuraban y del murmullo le quedó el desprecio: – La leprosa.
Por su mano enguantada, la que durante años anteriores al guante supo esconder en la espalda o en la falda o en la nuca de algún compañero de baile. No era lepra, no había caído ningún dedo y la intermitente picazón desaparecía pronto con el ungüento recetado. Pero era su mano enferma, a veces roja, otras con escamas blancas, era su mano y ya era costumbre quererla y mimarla como a un hijo débil, desvalido, que exigía un exceso de cariño.

Dermatitis, había dicho el médico del Seguro. Era un hombre tranquilo, con anteojos de vidrios muy gruesos. “Le dirán muchas palabras y le recetarán nombres raros. Pero nadie sabe nada de eso para curarla. Para mí, no es contagioso. Y hasta diría que es psíquico”.
Y ella pensó que el viejo tenía razón porque, sin ser enana, su altura no correspondía a su edad; y su cara no llegaba a la fealdad, se detenía en lo vulgar, chata, redonda, ojos tan pequeños que su color desteñido no lograba mostrarse.

Así que para el baile de fin de año que ofreció el dueño de la fábrica para que los asalariados olvidaran por un tiempo sus salarios, consiguió comprarse un par de guantes que escondían las manos y trepaban hasta los codos.
Pero por miedo o desinterés nadie se acercó a invitarla a bailar y pasó la noche sentada y mirando.
Al amanecer, ya en su casa, tiró los largos guantes a un rincón y se desnudó, se lavó una y otra vez la mano enferma y en la cama, antes de apagar la luz, la estuvo sonriendo y besando. Y es posible que dijera en voz baja las ternuras y los apodos cariñosos que estuvo pensando.
Se acomodó para el sueño y la mano, obediente y agradecida, fue resbalando por el vientre, acarició el vello y luego avanzó dos dedos para ahuyentar la desgracia y acompañar y provocar la dicha que le estaban dando

LA FUERZA HUMANA DE RÚBEM FONSECA

gimnasio_acuatico_2407_620x413Quería seguir de frente pero no podía. Me quedaba parado en medio de aquel montón de negros: unos balanceando el pie o la cabeza, otros moviendo los brazos; pero algunos, como yo, duros como un palo, fingiendo que no estábamos allí, fingiendo que miraban un disco en la vitrina, avergonzados. Es gracioso, que un sujeto como yo sienta vergüenza de quedarse oyendo la música en la puerta de la tienda de discos. Si suena alto es para que las personas lo escuchen; y si no les gustara que la gente se quedara allí oyendo, bastaba con desconectar y listo: todo el mundo se alejaría en seguida. Además sólo ponen música buena, de la que tienes que ponerte a oír y que hace que las mujeres buenas caminen diferente, como caballo del ejército enfrente de la banda.

El caso es que pasé por ahí todos los días. A veces estaba en la ventana de la academia de João, en el intervalo de un ejercicio, y desde ahí arriba veía a la multitud en la puerta de la tienda y no me aguantaba: me vestía corriendo, mientras João preguntaba, “¿a dónde vas, muchacho? Todavía no terminas las flexiones”, y me iba derecho para allá. João se ponía como loco con esto, pues se le había metido en la cabeza que me iba a preparar para el concurso del mejor físico del año y quería que entrenara cuatro horas diarias, y yo me detenía a la mitad y me iba a la calle a oír música. “Estás loco”, decía, “así no se puede, me estoy hartando de ti, ¿crees que soy un payaso?”

Él tenía razón, me fui pensando ese día, comparte conmigo la comida que le mandan de casa, me da vitaminas que su mujer que es enfermera consigue, aumentó mi sueldo de instructor auxiliar de alumnos sólo para que dejara de vender sangre y me pudiera dedicar a los ejercicios, ¡puta!, cuántas cosas, y yo no lo reconocía y además le mentía; podría decirle que no me diera más dinero, decirle la verdad, que Leninha me daba todo lo que yo quería, que podría hasta comer en restaurantes, si lo quisiera, bastaba con que le dijera: quiero más.

Desde lejos me di cuenta que había más gente que de costumbre en la puerta de la tienda. Personas diferentes de las que iban allí; algunas mujeres. Sonaba una samba de un balanceo infernal —tum schtictum tum: las dos bocinas grandes en la puerta a punto de estallar, llenaban la plaza de música. Entonces vi, en el asfalto, sin dar la menor importancia a los carros que pasaban cerca, a ese negro bailando. Pensé: otro loco, pues la ciudad cada vez está más llena de locos, de locos y de maricas. Pero nadie reía. El negro tenía zapatos marrón todos chuecos, un pantalón mal remendado, roto en el trasero, camisa blanca sucia de mangas largas y estaba empapado en sudor. Pero nadie reía. Él hacía piruetas, mezclaba pasos de ballet con samba gafieira, pero nadie reía. Nadie reía porque el tipo bailaba con finura y parecía que bailaba en un escenario, o en una película, un ritmo endemoniado, nunca había visto algo como aquello. Ni yo ni nadie, pues los demás también lo miraban boquiabiertos. Pensé: eso es cosa de un loco, pero un loco no baila de ese modo, para bailar de ese modo el sujeto debe tener buenas piernas y buen ritmo, pero también es necesario tener buena cabeza. Bailó tres piezas del long-play que estaban tocando, y cuando paró todos empezaron a hablar unos con otros, cosa que nunca había ocurrido a la entrada de la tienda, pues las personas se quedan ahí calladas oyendo la música. Entonces el negro tomó una jícara que estaba en el suelo cerca de un árbol y la gente fue poniendo billetes en la jícara que muy pronto se llenó. Ah, esto lo explica, pensé. Rio se estaba poniendo diferente. Antiguamente veías uno que otro ciego tocando cualquier cosa, a veces acordeón, otras violín, incluso había uno que tocaba el pandero acompañándose con un radio de pilas; pero era la primera vez que veía a un bailarín. He visto también una orquesta de tres nordestinos golpeando cocos y a un niño tocando el “Tico-tico no fubá” con botellas llenas de agua. Todo eso lo he visto. ¡Pero un bailarín! Eché doscientos pesos en la jícara. Él puso la jícara llena de dinero cerca del árbol, en el suelo, tranquilo y seguro de que nadie le metería mano, y volvió a bailar.

Era alto; en mitad del baile, sin dejar de bailar, se arremangó la camisa, un gesto hasta bonito, parecía un gesto ensayado, aunque creo que tenía calor, y aparecieron dos brazos muy musculosos que la camisa de mangas largas escondía. Este tipo es definición pura, pensé. Y no fue una corazonada, pues basta con mirar a cualquier sujeto vestido que llega a la academia por vez primera para poder decir qué tipo de pectorales tiene, o cómo es su abdomen, si su musculatura es buena para hinchar o para definir. Nunca me equivoco. Seguir leyendo

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