5 cuentos de Carlos Fuentes que tienes que leer – Noticieros Televisa

“5 cuentos de Carlos Fuentes que tienes que leer – Noticieros Televisa” https://noticieros.televisa.com/historia/5-cuentos-carlos-fuentes-tienes-leer/

Pasífae De Rubén García García

Sendero

Se levantó con la sensación que sería un día pésimo. Muy en la mañana el Rey Minos intentó despertarla. Contestó con un gruñido y regresó al sueño. Cuando los sirvientes la vieron, se encomendaron a los dioses. Por la tarde observó que el sol duro entristecía los jardines del palacio. Estaba por cumplir los cuarenta años y tenía la lozanía de un fruto recién cortado. Era espigada, piel dorada, un andar elegante. Cuando reposaba en el sofá parecía que la prole le había dado brotes de juventud y sensualidad.
Ella conocía de su carácter arrebatado, dominante, con días de mal humor, ahora había otro sentimiento que la inquietaba , que no podía definir. Respiró profundamente. deseando modificar la sensación de “falta de aire”. La ventana de su habitación en el palacio de Cnosos era amplia y desde allí contemplaba la nueva área de jardines que dirigía el arquitecto Dédalo. En ese momento no había nadie, ni viento, ni cantos de aves, solo un bochorno que pisoteaba la tarde.
—¡Fero! ¡Fero! ¿Dónde estás?
Se hizo presente un perro negro azulado que se le acercó. Ella acarició la testa y él lamió sus manos.
—Tú eres el único que soporta mis extravíos. —y volvió sus ojos azules hacía la ventana.
El palacio lo recordó como una construcción fría y húmeda, sin embargo fueron sus mejores años al lado de Minos. Atrás dejó a su padre Helios y a su madre Perséis, que la educaron para gobernar. Rápidamente tuvo a Acacálide, Ariadna, Androgeo, Glauco, Fedra y Catreo, dedicándose a ellos en cuerpo y alma, mientras Minos era reconocido por su juicio y marcialidad; era hijo de Zeus y Europa, que después casó con el Rey Asterión, adoptándole a Minos, Sarpedón y Radamantis. Recordó a su hermana Circe y de cómo ambas fueron instruidas en el manejo de lo oculto. Años después de casada se daría cuenta que su amado esposo perdía fácilmente la cabeza por cualquier fémina. Nunca le dijo nada a Minos del hechizo que sacó del arcabuz de su corazón: por cada eyaculación que vertiese en otra vagina distinta a la de ella, el semen se convertiría en serpientes, alacranes y tarántulas que agusanarían las vísceras del receptor. Así fueron cayendo sus amantes. Él se dio cuenta del hechizo al ver con horror los monstruos que eyaculaba, la vez que se masturbó. Sin embargo, guardó silencio. Ahora comprendía porqué las ninfas huían de él.
Algunas tardes se reunía con Dédalo bajo la sombra de una cabaña. Siempre colmado de ideas y atrapado entre la oreja y la testa un lápiz de carbón que utilizaba para dibujar en cualquier superficie. En ese tiempo, pretendía darle al palacio de Cnosos una nueva cara. Otras veces lo visitaba en su taller, encontraba en sus creaciones, el alma de un artista y el ingenio de una mente inquieta. Los juguetes con que se divertían sus hijos salían de su ingenio.
Cuando el Rey Asterión murió, sobrevinieron los problemas de la sucesión. Los hermanos se disputaron el reinado, pero congregados a puerta cerrada, los herederos, zanjaron el problema: Minos dijo que era el favorito de los dioses y para demostrarlo, Poseidón le enviaría un mensaje del mar. Los hermanos inconformes, dejaron que los resultados hablaran por sí mismos. Si en efecto los dioses apoyaban a Minos, poco podrían hacer ellos, así que optaron por esperar. Poco después de ofrendarle un templo al dios de los mares, en un día de verano, cuando la multitud estaba en el atracadero de la polis, divisaron que entre las olas del mar, un ser se abría paso. “…En un principio no se le encontraba forma, parecía una masa de espumas que se levantaba sobre las olas, pero a medida que se acercaba se fue dibujando su cara y las astas puras de los cuernos. Tenía un cuerpo enorme, donde las crestas del agua rompían en un hervidero de espumas. Cuando salió del mar, semejaba un macizo de nieve y su paso orgulloso levantaba exclamaciones entre la gente. Un toro albo que cautivo a todos” Escribiría más tarde el cronista Aximelon.
El miura fue el indicio de que los dioses querían que Minos gobernara. Él lo sacrificaría hasta que llegasen las fiestas, mientras, lo llevaría a los pastizales de su propiedad.
Cuando el toro albo sintió la mano de Minos sobre su testa consintió que lo acariciara, vio en sus ojos los cuatro elementos de la vida e imaginó sus campos con sementales de nieve. Al retirarse del establo, tomó la decisión de no sacrificarlo; a la distancia parecía un macizo albino cuya frente semejaba platicar con las estrellas. A su lado iba el fiel sabueso Laelaps, un perro que nunca dejaba escapar una presa, y bajo el brazo traía una jabalina que nunca erraba: regalos de Zeus y de Artemisa en el día de la boda de Europa con Asterión, que habían pasado a su poder a la muerte del Rey.
Partió Minos hacia un punto lejano donde se vería con Procris. En el trayecto recordó su cara de fuente, su voz de madera. Al principio despertó en él sentimientos paternos que después se tornaron confusos. Supo que había estado casada con Céfalos y que éste por la magia de la diosa de la aurora tomó la apariencia de otro varón y sedujo a su propia esposa, ofreciéndole una diadema de oro. Después de poseerla, Céfalo tornó de nuevo a su apariencia y se retiró desconsolado por la infidelidad de su esposa, refugiándose en los brazos de la diosa del Alba. Procris huyó avergonzada y llegó a la isla de Creta y aceptó el amparo de Minos y poco a poco las caricias paternales se transformaron en caminos de ardor y deseo.arte-impresionista-oleo
Un día que estuvieron próximos a ser parte del fuego, él se detuvo y con desesperación le confesó el hechizo que sufría.
— No te entiendo.
— Pasifae me ha embrujado y cada vez que mi semilla corre fuera de la vagina de ella, se transforma en veneno y mi compañera muere. Yo no quiero tu muerte.
Procris se acercó a él, lo abrazó y sus yemas rodaron primero por sus cabellos, por su mejilla; con voz breve le dijo:
—Me ha emocionado escucharte. Tus palabras sinceras se han mudado a mi corazón. ¡Ayudémonos! Sé de un brebaje que Circe receta para este tipo de asuntos.
— Cómo sé que me servirá.
— Tendrás que confiar en mí.
Él se acercó, la tomo de la cintura, escondió su barba en la curva de su oreja y después buscó sus labios. Ella se resistió, pero su corazón se dobló por la sinceridad de Minos y correspondió. Él se retiró aún emocionado y le susurró: Te deseo.
— También has encendido mi llama, pero el dolor de saberme sola me entristece.
— ¿Qué es lo que más quieres?
— Reconquistar mi matrimonio, sentirme cerca y unida a Céfalo como antes.
Días después antes de que la alborada llegase Minos tomó el brebaje de Procris y ella le susurró al oído “dentro de unas horas estarás curado”.
— ¿Cómo lo sabré?
— Sólo espera en silencio y reza por tu salud a los diosa Afrodita. Espérame.
Regresó con una jarra de vino, ella le dio un trago, buscó sus labios y pasó a su boca un remanente del vino. Abrió su túnica y le ofreció su pecho con el pezón erecto. Volvió a besarle. Minos sintió sacudir su cuerpo, llevó su boca hacia la luna llena de sus senos. Ella montó sobre su piernas y sus labios trazaron otras líneas sobre su rostro, los besos rodaron sobre su cuello y sus pezones ocultos de varón se levantaron sobre el vello de su pecho. luego, con voz dulce: “Lo haré con mi boca así verás que tu germen viene vestido de blanco”.
La despidió de la isla de Creta obsequiándole el perro que nunca deja escapar una presa y una jabalina de caza que nunca yerra el blanco. Pasarían a la custodia de Procris, y serían el instrumento para recuperar a su marido que era un apasionado de la caza.
De regreso, Minos sólo pensaba en el toro espumeante de Poseidón.
Había una lista de adolescentes que ensayaban con religiosidad lo que sería esencial para la fiesta: estar frente al toro, correr hacia él, impulsarse y dar una vuelta en el aire y caer de manos sobre el lomo y después caer al suelo. Al final de la fiesta se realizaría el sacrificio del vacuno albino en honor al dios Poseidón. Todo sucedió de acuerdo a lo programado. Con excepción de que El Rey Minos se quedó con el toro de Poseidón; y sacrificó uno parecido. El pueblo no se percató del cambio, pero Pasifae y el dios sí.
Parecía que el tiempo no se había movido, la ventana, los jardines, el bochorno. El perro mirándola. Ayer fue a los pastizales y vio al vacuno. Minos ordenó que toda vaca en celo fuera acercada al toro para que éste la montase. El animal tenía líneas de fuego entre la piel blanca; los cuernos parecían fulgir como dos medias lunas y su presencia de blancura le daba una orla de poderío cuasi brutal. Cuando montó a la vaca su estatura creció y de una poderosa embestida distendió las paredes de la vagina. Ésta mugió, aceptando la inutilidad de poner resistencia. Pasifae regresó apresurada a su habitación y en la noche el toro aparecía frente a ella, viéndole manso, tierno y en veces retador.
Sabía de buenas fuentes que el Rey Minos había vuelto a sus andadas de amante; pero sólo hizo un despectivo con los brazos. Recordó que su matrimonio con Minos fue en las fiestas de Afrodita y evocó con sofoco que su cuerpo era palma seca cuando el Rey lamía sus orejas. Pensó que no tenía nada de extrañó soñar con toros pues al fin y al cabo era el símbolo de la polis. Lo que no entendía era el brillo insolente en los ojos del miura y aquella imagen retadora en el momento de la cruza. Tuvo un presentimiento y fue temprano al corral. Sólo estaba el fiel Axto, que traía en ese instante una vaca en celo para ofrecerla al semental y enmudeció cuando se repitió la escena del sueño. En el momento del ayuntamiento la cabeza del toro volteó hacia ella. Después de la cruza, la reina dio la orden de que se abriese el corral, el vaquero dudo, pero la orden se desprendía de su mirada. Ella se acercó y él bajó la testa y pudo acariciarlo de la osamenta, después su cara y luego el lomo duro, como forjado en piedra. Aún sentía la agitación sexual del vacuno y sus manos sudaron; y súbitamente tuvo deseos de escapar, pero no lo hizo y siguió acariciando el pelo húmedo del miura. Por la noche sedujo a Minos y permaneció dormitando hasta el medio día que se levantó de un excelente humor.
Llegó una tarde al taller del maestro. De él se decía que había fabricado al hombre de bronce y de mil cosas más. Le habló en voz baja, él la escuchó sin proferir ningún juicio, movió la cabeza de arriba hacia abajo, ella se retiró con los ojos mirando el suelo. Un mes después Dédalo le enseñó el encargo: ¡Era perfecta! Ese día el Rey saldría de la ciudad. En la noche, Pasifae entró desnuda al interior de la vaca fabricada por las manos artesanales de Dédalo. El maestro la acercó al semental albino y se retiró. Afuera la luna llena caía retozando entre los pastos y el murmullo de los animales nocturnos era interrumpido por algún relincho en la lejanía. Dentro, Pasifae esperaba ansiosa la embestida del toro. Una hora antes se había untado aceites inodoros en todo el cuerpo. El fuerte olor de hembra traspasaba muros y brincaba por los aires. La imagen de ser poseída por un toro leuco, forjado con espuma y nube, hacía que su media luna se inundara de ardor y de humedad. Cuando sintió su presencia accionó la palanca y las ruedas se inutilizaron para dar paso a las anclas. Exaltado puso las patas delanteras sobre el lomo de la vaca mecánica, ésta resistió la embestida y ella percibió en las sienes un corazón explotando en ansiedad y deseo. Un embolo húmedo y ardiente abrió su vagina y la empezó a llenar de carne y semen hasta sentir que su receptáculo era una nave inundada. Tuvo deseos de gritar y decir miles de cosas que llegaron del pensamiento, pero sólo recuerda haber sido un pastizal seco consumido por el fuego.
Nueve meses después nació el Minotauro, cuerpo de hombre y cabeza de miura y fue encerrado en una de las tantas habitaciones del palacio de Cnosos. En alguna ocasión, Minos le increpó duramente su relación con el vacuno de nieve, Ella contestó que Afrodita la había hechizado a solicitud de Poseidon.
– ¡Tú fuiste el culpable! Debiste sacrificar el toro que llegó del mar. La venganza del dios es para ti. Yo soy inocente. Sólo fui una pieza sin voluntad.
Después con dulzura acarició la testa de Fero y se metió entre los pasillos y puertas del palacio para dar de comer al Minotauro.
Frente al sol ardiente, cientos de trabajadores habían empezado a construir el Laberinto bajo la dirección del arquitecto Dédalo. Era tan confuso que algunos de ellos se perdieron en él , aún sin haberlo terminado.

Mariana

Ines Arredondo

Mariana vestía el uniforme azul marino y se sentaba en el pupitre al lado del mío. En la fila de adelante estaba Concha Zazueta. Mariana no atendía a la clase, entretenida en dibujar casitas con techos de dos aguas y árboles con figuras de nubes, y un camino que llevaba a la casa, y patos y pollos, todo igual a lo que hacen los niños de primer año. Estábamos en sexto. Hace calor, el sol de la tarde entra por las ventanas; la madre Paz, delante del pizarrón, se retarda explicando la guerra del Peloponeso. Nos habla del odio de todas las aristocracias griegas hacia la imponente democracia ateniense. Extraño. Justamente la única aristocracia verdadera, para mí, era la ateniense, y Pericles la imagen en el poder de esa aristocracia; incluso la peste sobre Atenas, que mata sin equivocarse a “la parte más escogida de la población” me parecía que subrayaba esa realidad. Todo esto era más una sensación que un pensamiento. La madre Paz, aunque no lo dice, está también del lado de los atenienses. Es hermoso verla explicar —reconstruyendo en el aire con sus manos finas los edificios que nunca ha visto— el esplendor de la ciudad condenada. Hay una necesidad amorosa de salvar a Atenas, pero la madre Paz siente también el extraño goce de saber que la ciudad perfecta perecerá, al parecer sin grandeza, tristemente; al parecer, en la historia, pero no en verdad. Mariana me dio un codazo: “¿Ves? Por este caminito va Fernando y yo ya estoy parada en la puerta, esperándolo”, y me señalaba muy ufana dos muñequitos, uno con sombrero y otro con cabellera igual a las nubes y a los árboles, tiesos y sin gracia en mitad del dibujo estúpido. “Están muy feos”, le dije para que me dejara tranquila, y ella contestó:  “Los voy a hacer otra, vez”. Dio vuelta a la hoja de su cuaderno y se puso a dibujar con mucho cuidado un paisaje idéntico al anterior. Pericles ya había muerto, para estoy segura de que Mariana jamás oyó hablar de él.

Yo nunca la acompañé; era Concha Zazueta quien  me lo contaba todo.

A la salida de la escuela, sentadas debajo de la palmera, nos dedicábamos a comer los dátiles agarrosos caídos sobre el pasto, mientras Concha me dejaba saber, poco a poco, a dónde habían ido en el coche que Fernando le robaba a su padre mientras éste lo tenía estacionado frente al Banco. En los algodonales, por las huertas, al lado del Puente Negro, por todas partes parecían brotar lugares maravillosos para correr en pareja, besarse y rodar abrazados sofocados de risa. Ni Concha ni yo habíamos sospechado nunca que a nuestro alrededor creciera algo muy parecido al paraíso terrenal. Concha decía  “…y se le quedó mirando, mirando, derecho a los ojos, muy serio, como si estuviera enojado o muy triste y ella se reía sin ruido y echaba la cabeza para atrás y él se iba acercando, acercando, y la miraba. Él parecía como desesperado, pero de repente cerró los ojos y la besó; yo creí que no la iba a soltar nunca. Cuando los abrió, la luz del sol lo lastimó. Entonces le acarició una mano, como si estuviera avergonzado… Todo  lo vi muy bien porque yo estaba en el asiento de atrás y ellos ni cuenta se daban”.

¡Oh, Dios mío! Lo importante que se sentía Concha con esas historias; y se hacía rogar un poco para contarlas aunque le encantara hacerlo y sofocarse y mirar cómo las otras nos sofocábamos.

—¿Por qué se reía Mariana si Fernando estaba tan serio?

—Quién sabe. ¿A ti te han besado alguna vez?

—No.

—A mí tampoco.

Así que no podíamos entender aquellos cambios ni su significado.

Más y más episodios, detalles, muchos detalles, se fueron acumulando en nosotras a través de Concha Zazueta: Fernando tiraba poco a poco, por una puntita, del moño rojo del uniforme de Mariana mientras le contaba algo que había pasado en un mitin de la Federación Universitaria; tiraba poquito a poquito, sin querer, para cuando de pronto se desbarataba el lazo y el listón caía desmadejado por el pecho de Mariana, los dos se echaban a reír, y abrazados, entre carcajadas, se olvidaban por completo de la Federación. También hubo pleitos por cosas inexplicables, por palabras sin sentido, por nada, pero sobre todo se besaban y él la llamaba “linda”. Yo nunca se lo oí decir, pero aún ahora siento como un golpe en el estómago cuando recuerdo la manera ahogada con que se lo decía, apretándola contra sí, mientras Concha Zazueta contenía el aliento arrinconada en la parte de atrás del automóvil.

Fue el año siguiente, cuando ya estábamos en primero de Comercio, que Mariana llegó un día al Colegio con los labios rojo bermellón. Amoratada se puso la madre Julia cuando la vio.

—Al baño inmediatamente a quitarte esa inmundicia de la cara. Después vas a ir al despacho de la Madre Priora.

Paso a paso se dirigió Mariana a los baños. Regresó con los labios sin grasa y de un rojo bastante discreto.

—¿No te dije que te quitaras toda esa horrible pintura?

—Sí, madre, pero como es muy buena, de la que se pone mi mamá, no se quita.

Lo dijo con su voz lenta, afectada, como si estuviera enseñando una lección a un párvulo. La madre Julia palideció de ira.

—No tendrás derecho a ningún premio este año. ¿Me oyes?

—Sí, madre.

—Vas a ir al despacho de la Madre Priora… Voy a llamar a tus padres… Y vas a escribir mil veces: Debo ser comedida con mis superiores, y… y… ¿entendiste?

—Sí, madre.

Todavía la madre Julia inventó algunos castigos más, que no preocuparon en lo mínimo a Mariana.

—¿Por qué viniste pintada?

—Era peor que vieran esto. Fíjense.

Y metió el labio inferior entre los dientes para que pudiéramos ver el borde de abajo: estaba partido en pequeñísimas estrías y la piel completamente escoriada, aunque cubierta de pintura.

—¿Qué te pasó?

—Fernando.

—¿Qué te hizo Fernando?

Ella sonrió y se encogió de hombros, mirándonos con lástima.

Una mañana, antes de que sonara la campana de entrada a clases, Concha se me acercó muy agitada para decirme:

—Anoche le pegó su papá. Yo estaba allí porque me invitaron a merendar. El papá gritó y Mariana dijo que por nada del mundo dejaría a Fernando.

Entonces don Manuel le pegó. Le pegó en la cara como tres veces. Estaba tan furioso que todos sentimos miedo, pero Mariana no. Se quedó quieta, mirándolo. Le escurría sangre de la boca, pero no lloraba ni decía nada. Don Manuel la sacudió por los hombros, pero ella seguía igual, mirándolo. Entonces la soltó y se fue. Mariana se limpió la sangre y se vio la mano manchada. Su mamá estaba llorando. “Me voy a acostar”, me dijo Mariana con toda calma, y se metió a su cuarto. Yo estaba temblando. Me salí sin dar siquiera las buenas noches; me fui a mi casa y casi no pude dormir. Ya no la voy a acompañar: me da miedo que su papá se ponga así. Con seguridad que no va a venir.

Pero cuando sonó la campana, Mariana entró con su paso lento y la cabeza levantada, como todas las mañanas. Traía el labio de abajo hinchado y con una herida del lado izquierdo, cerca de la comisura, pero venía perfectamente peinada y serena.

—¿Qué te pasó? —le preguntó Lilia Chávez.

—Me caí —contestó, mientras miraba, sonriendo con sorna, a Concha—. Hormiga —le murmuró al oído, al pasar junto a ella para ir a tomar su lugar entre las mayores.

Hormiga se llamó durante muchos años a la Hormiga Zazueta.

Golpes, internados, castigos, viajes, todo se hizo para que Mariana dejara a Fernando, y ella aceptó el dolor de los golpes y el placer de viajar, sin comprometerse. Nosotras sabíamos que había un tiempo vacío que los padres podrían llenar como quisieran, pero que después vendría el tiempo de Fernando. Y así fue. Cuando Mariana regresó del internado, se fugaron, luego volvieron, pidieron perdón y los padres los casaron. Fue una boda rumbosa y nosotras asistimos. Nunca vi dos seres tan hermosos: radiantes, libres al fin.

Por supuesto que el vestido blanco y los azahares causaron escándalo, se hablaba mucho de la fuga, pero todo era en el fondo tan normal que pensé en lo absurdo que resultaba ahora Don Manuel por no haber permitido el noviazgo desde el principio. Aunque ella hubiera tenido entonces apenas trece o catorce años, si él no se hubiera opuesto con esa inexplicable fiereza… Pero no, encima de la mesa estaban una mano de Fernando y una mano de Mariana, los dedos de él sobre el dorso de la de ella, sin caricias, olvidadas; no era necesaria más que una atención pequeña para ver la presencia que tenía ese contacto en reposo, hasta ser casi un brillo o un peso, algo diferente a dos manos que se tocan. No había padre, ni razón capaces de abolir la leve realidad inexplicable y segura de aquellas dos manos diferentes y juntas.

Oscuro está en la boda de su hija, que se casa con un buen muchacho, hijo de familia amiga —y recibe con una sonrisa los buenos augurios— pero tiene en el fondo de los ojos un vacío amargo. No es cólera ni despecho, es un vacío. Mariana pasa frente a él bailando con Fernando. Mariana. Sobre su cara luminosa veo de pronto el labio roto, la piel pálida, y me doy cuenta de que aquel día, a la entrada de clases, su rostro estaba cerrado. Serena y segura, caminando sin titubeos, desafiante, sostiene la herida, la palidez, el silencio; se cierra y continúa andando, sin permitirse dudar, ni confiar en nadie, ni llorar. La boca se hincha cada vez más y en sus ojos está el dolor amordazado, el que no vi entonces ni nunca, el dolor que sé cómo es pero que jamás conocí: un lento fluir oscuro y silencioso que va llenando, inundando los ojos hasta que estallan en el deslumbramiento último del espanto. Pero no hay espanto, no hay grito, está el vacío necesario para que el dolor comience a llenarlo. Parpadeo y me doy cuenta de que Mariana no está ahí, pasó ya, y el labio herido, el rostro cada vez más pálido y los ojos, sobre todo los ojos, son los de su padre.

No quise ver a Mariana muerta, pero mientras la velábamos vi a Don Manuel y miré en sus facciones desordenadas la descomposición de las de Mariana: otra vez esa mezcla terrible de futuro y pasado, de sufrimiento puro, impersonal, encarnado sin embargo en una persona, en dos, una viva y otra muerta, ciegas ahora ambas y anegadas por la corriente oscura a la que se abandonaron por ellos y por otros más, muchos más, o por alguno.

Mariana estaba aquí, sobre ese diván forrado de terciopelo color oro, sentada sobre las piernas, agazapada, y con una copa en la mano. Alrededor de ella el terciopelo se arruga en ondas. Recuerdo sus ojos amarillos, mansos y en espera. “La víctima contaba con 34 años. “No pensaba uno nunca en la edad mirando a Mariana. Vine aquí por evocarla, en tu casa y contigo. Espera: hablaba arrastrando sílabas y palabras durante minutos completos, palabras tontas, que dejaba salir despacio, arqueando la boca, palabras que no le importaban y que iba soltando, saboreando, sirviéndose de ellas para gozar los tonos de su voz. Una voz falsa, ya lo sé, pero buscada, encontrada, la única verdaderamente suya. Creaba un gesto, medio gesto, en ella, en ti, en mí, en el gesto mismo, pero había algo más… ¿Te acuerdas? Adoraba decir barbaridades con su voz ronca para luego volver la cabeza, aparentando fastidio, acariciándose el cuello con una mano, mientras los demás nos moríamos de risa. Las perlas, aquel largo collar de perlas tras el que se ocultaba sonriente, mordisqueándolo, mostrándose. Los gestos, los movimientos. Jugar a la vampiresa, o jugar a la alegre, a la bailadora, a la sensual. Decir así quién era, mientras cantaba, bebía, bailaba. Pero no lo decía todo… ¿Te das cuenta de que nunca la vimos besar a Fernando? Y los hemos visto a los otros, hasta a los adúlteros, alguna vez, en la madrugada, pero a ellos no; lo que hacían era irse para acariciarse en secreto. En secreto murió aunque el escándalo se haya extendido como una mancha, aunque mostraran su desnudez, su intimidad, lo que ellos creen que es su intimidad. El tiempo lento y frenético de Mariana era hacia adentro, en profundidad, no transcurría. Un tanteo a ciegas, en el que no tenía nada que hacer la inteligencia. Sé que te parece que hago mal, que es antinatural este encarnizamiento impúdico con una historia ajena. Pero no es ajena. También ha sucedido por ti y por mí… La locura y el crimen… ¿Pensaste alguna vez en que las historias que terminan como debe de ser quedan aparte, existan de un modo absoluto? En un tiempo que no transcurre.

Husmeando, llegué a la cárcel. Fui a ver al asesino.

Ése es inocente. No; quiero decir, es culpable, ha asesinado. Pero no sabe.

Cuando entré me miró de un modo que me hizo ser consciente de mi aspecto, de mis maneras: elegante. Cualquier cosa se me hubiera ocurrido menos que me iba a sentir elegante en una celda, ante un asesino.

Sí, él la mató, con esas manos que muestra aterrado, escandalizado de ellas.

No sabe por qué, no sabe por qué, y se echa a llorar. Él no la conocía; un amigo, viajero también, le habló de ella. Todo fue exactamente como le dijo su amigo, menos al final, cuando el placer se prolongó mucho, muchísimo, y él se dio cuenta de que el placer estaba en ahogarla. ¿Por qué ella no se defendió? Si hubiera gritado, o lo hubiera arañado, eso no habría sucedido, pero ella no parecía sufrir. Lo peor era que lo estaba mirando. Pero él no se dio cuenta de que la mataba. Él no quería, no tenía por qué matarla. Él sabe que la mató, pero no lo cree. No puede creerlo. Y los sollozos lo ahogan. Me pide perdón, se arrodilla, me habla de sus padres, allá en Sayula. Él ha sido bueno siempre, puedo preguntárselo a cualquiera en su pueblo. Le contesto que lo sé, porque los premios a la inocencia son con frecuencia así. Para él son extrañas mis palabras, y sigue llorando. Me da pena. Cuando salgo de la celda, está tirado en el suelo, boca abajo, llorando. Es una víctima.

Me fui a México a ver a Fernando. No le extrañó que hiciera un viaje tan largo pero hablar con él. Encontró naturales mis explicaciones. Si hubiera sido un poco menos verdadero lo que me contó hasta hubiera podido estar agradecido de mi testimonio. Pero él y Mariana no necesitan testigos: lo son uno del otro. Fernando no regatea la entrega. Triunfa en él el tiempo sin fondo de Mariana, ¿o fue él quien se lo dio? De cualquier manera, el relato de Fernando le da un sentido a los datos inconexos y desquiciados que suponemos constituyen la verdad de una historia. En su confesión encontré lo que he venido rastreando: el secreto que hace absoluta la historia de Mariana.

“El día del casamiento ella estaba bellísima. Sus ojos tenían una pureza animal, anterior a todo pecado. En el momento en que recibió la bendición yo adiviné su cuerpo recorrido por un escalofrío de gozo. El contacto con ‘algo’ más allá de los sentidos la estremeció agudamente, no en los nervios importantes, sino en los nerviecillos menores que rematan su recorrido en la piel. Le pasé una mano por la espalda, suavemente, y sentí cómo volvían a vibrar; casi me pareció ver la espalda desnuda a sacudirse por zonas, por manchas, con un movimiento leonado. Ahora las cosas iban mejor: Mariana estaba consagrada… para mí. Pero me engañé: sus ojos seguían abiertos mirando el altar. Solamente yo vi esa mirada fija absorber un misterio que nadie podría poner en palabras. Todavía cuando se volvió hacia mí los tenía llenos de vacío.

“Miedo o respeto debía sentir, pero no, un extraño furor, una necesidad inacabable de posesión me enceguecieron, y ahí comenzó lo que ellos llaman mi locura.

“Podría decirse que de esa locura nacieron los cuatro hijos que tuvimos; no es así, el amor, la carne, existieron también, y durante años fueron suficientes para apaciguar la pasión espiritual que brilló por primera vez aquel día. Nos fueron concedidos muchos años de felicidad ardiente y honorable. Por eso creo, ahora mismo, que estamos dentro de una gran ola de misericordia.

“Fue otro momento de gran belleza el que nos marcó definitivamente.

“El sol no tenía peso; un viento frío y constante recorría las marismas desiertas; detrás de los médanos sonaba el mar; no había más que mangles chaparros y arena salitrosa, caminos tersos y duros, inviolables, extrañamente iguales al cielo pálido e inmóvil. Los pasos no dejan huella en las marismas, todos los senderos son iguales, y sin embargo uno no se cansa, los recorre siempre sorprendido de su belleza desnuda e inhóspita. Tomados de la mano llegamos al borde del estero de Dautillos.

“Fue ella la que me mostró sus ojos en un acto inocente, impúdico. Otra vez sin mirada, sin fondo, incapaces de ser espejos, totalmente vacíos de mí. Luego los volvió hacia los médanos y se quedó inmóvil.

“El furor que sentí el día de la boda, los celos terribles de que algo, alguien, pudiera hacer surgir aquella mirada helada en los ojos de Mariana, mi Mariana carnal, tonta; celos de un alma que existía, natural y que no era para mi; celos de aquel absorber lento en el altar, en la belleza, el alimento de algo que le era necesario y que debía tener exigencias, agazapado siempre dentro de ella, y que no quería tener nada conmigo. Furor y celos inmensos que me hicieron golpearla, meterla al agua, estrangularla, ahogarla, buscando siempre para mí la mirada que no era mía. Pero los ojos de Mariana, abiertos, siempre abiertos, sólo me reflejaban: con sorpresa, con miedo, con amor, con piedad. Recuerdo eso sobre todo, sus ojos bajo el agua, desorbitados, mirándome con una piedad inmensa. Después he recordado el pelo mojado, pegado al cuello, que parecía en aquel momento infantil; la sangre corriendo de la boca, de la oreja; el grito ronco de su agonía y mi amor de hombre gritando junto a su voz el dolor espantoso de verla herida, sufriente, medio muerta, mientras mi alma seguía asesinándola para llegar a producir su mirada insondable, para tocarla en el último momento, cuando ella no pudiera ya más mirarme a mí y no tuviera otro remedio que mirarme como a su muerte. Quería ser su muerte.

“Y sí, hubo un instante en que sus ojos vacíos, fijos en los míos, me llenaron de aquello desconocido, más allá de ella y de mí, un abismo en el que yo no sabía mirar, en el que me perdí como en una noche terrible. La solté, arrastré su cuerpo hasta la orilla y grité, grite echado sobre su vientre, mientras miraba los agujeros innumerables, las burbujas, los movimientos ciegos, el horror pululante, calmo y sin piedad de los habitantes de la orilla del estero; ínfimas manifestaciones de vida, ni gusanos ni batracios, asquerosos informes, torpes, pequeñísimos, vivos, seres callados que me hicieron llorar por mi enorme pecado, y entenderlo, y amarlo.
    “Desde entonces estoy aquí. Tomo las pastillas y finjo que he olvidado. Me porto bien, soy amable, asiento a todas las buenas razones que me da el médico y admito de buen grado que estoy loco. Pero ellos no saben el mal que me hacen. Lo primero que recuerdo después de aquello es que alguien me dijo que Mariana estaba viva; entonces quise ir a ella, pedirle perdón, lloré de dolor y arrepentimiento, le escribí, pero no nos dejaron acercar. Sé que vino, que suplicó, pero ellos velaron también por su bien y no la dejaron entrar. Decían que la nuestra era una pasión destructiva, sin comprender que lo único que podía salvarnos era el deseo, el amor, la carne que nos daba el descanso y la ternura.

“A mí, a fuerza de tratamiento, terminaron por quitarme todo lo que me hacía bien: sexo, fuerza, la alegría del animal sano, y me dejaron a solas con lo que pienso y nunca les diré.

“A ella la abandonaron a su pasión sin respuesta. Luego les extraño que comenzara a irse a los hoteles, sin el menor recato, con el primer tipo que se le ponía enfrente. Cuando una vez dije que era por fidelidad a nosotros que hacía eso, que no le habían dejado otra manera de buscarme, se alarmaron tanto que quisieron hacerme inmediatamente la operación. Por mi bien y salud me castrarán de todas las maneras posibles, hasta no dejar más que la inocente y envidiable vida primitiva, verdadera: la de los seres que pueblan las orillas de los esteros.

“Me alegra poder decir lo que tengo que decir, antes de que me hagan olvidarlo o no entenderlo: yo maté a Mariana. Fui yo, con las manos de ese infeliz Anselmo Pineda, viajante de comercio; era yo ese al que Mariana buscaba en el cuerpo de otros hombres: jamás nadie la tocó más que yo; fui yo su muerte, me miró a los ojos y por eso ahora siento desprecio por lo que van a hacerme, pero no me da miedo, porque mucho más terrible que la idiotez que me espera es esa última mirada de Mariana en el hotel, mientras la estrangulaba, esa mirada que es todo el silencio, la imposibilidad, la eternidad, donde ya no somos, donde jamás volveré a encontrarla.”

http://www.materialdelectura.unam.mx/index.php/cuento-contemporaneo/13-cuento-contemporaneo-cat/16-002-ines-arredondo?start=2

El crimen casi perfecto

de Roberto Artl Argentino

El Crimen casi perfecto    Roberto Arlt    La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la  tarde hasta las doce de la noche (la señora Stevens se suicidó entre las siet e y las diez de la noche) dete nido en una comisaría por su participación imprudente en una accidente de  tránsito. El segundo he rmano, Esteban, se encontraba en el pueblo de Lister desde las se is de la tarde de aquel día hasta las nueve del siguiente, y, en cuanto al tercero, el doctor Pablo, no se había apartado ni un momento del laboratorio de análisis de leche de la Erpa  Cía., donde estaba adjunto a la sección de dosificación de mantecas en las cremas.  Lo más curioso del caso es que aquel día los tr es hermanos almorzaron con la suicida para festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ni ngún momento dejó de traslucir su intención funesta. Comieron todos alegrement e; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.   Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la anti gua doméstica que servía hacía muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las siete de la tarde se retiró a su casa. La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario de la tarde.  La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la señora Stevens el diario  pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las entradas y sa lidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. A  continuación se puso a leer el  diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse de pie y cayó so bre la alfombra. El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.   Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas  ordenadas pacíficamente en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio está cargado de absurdos psicológic os. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber  echado el cianuro en el vaso. El whisky no contenía veneno. El agua que se agregó al wh isky también era pura. Podía presumirse que el veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por la suicida había sido retirado de un anaquel do nde se hallaba una docena de vasos del mismo estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber si la Stevens iba a utilizar éste o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía veneno adherido a sus paredes.   El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, pruebas mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba en disparatada la prueba mecánica del suicidio.   Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no cabían dudas. Únicamente en el vaso, donde la señora Stevens había bebido, se encont raba veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente in ofensivos. Por otra parte, la declaración del portero era terminante; nadie habí a visitado a la señora Stevens  después que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de  algunas investigaciones superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario significaba confesarme fracasado. La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba: ¿dónde se hallaba el envase que contenía el veneno ante s de que ella lo arrojara en su bebida?   Por más que nosotros revisáramos el departamen to, no nos fue posible descubrir la caja, el sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraord inariamente sugestivo. Además había otro: los hermanos de  la muerta eran tres bribones.   Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron de sus padres. Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.   Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor; en cuanto a Pablo, trabajaba de  veterinario, pero estaba descalificado por la Justicia e inhabilitado para ejercer su profesión, convicto  de haber dopado caballos. Para no morirse de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.   Tales eran los hermanos de la señora Stevens. En cuanto a ésta, había enviudado tres veces. El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa alegremente y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años . Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer la naturale za humana. Su muerte beneficiaba a cada uno de los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.   La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un procedimiento judicial.   El cadáver fue descubierto por el  portero y la sirvienta a las siete de la mañana, hora en que ésta, no pudiendo abrir la puerta porque las hojas estaban aseguradas por dentro con cadenas de acero, llamó en su auxilio al encargado de la casa. A las once de la mañana, como creo haber dicho anteriormente, estaban en nuestro poder los informes del laboratorio de análisis, a las tres de la tarde abandonaba yo la habitación donde quedaba deteni da la sirvienta, con una idea brincando en mi imaginación: ¿y si alguien había entrado en el departamento de la viuda rompiendo un vidrio de la ventana y colocando otro después que volcó el veneno en el vaso? Era una fantasía de novela policial, pero convenía veri ficar la hipótesis.   Salí decepcionado del departamento. Mi conjetura era absolutamente disparatada: la masilla solidificada no revelaba mudanza alguna.   Eché a caminar sin prisa. El “suicidio” de la señora Stevens me preocupaba (diré una enormidad) no policialmente,  sino deportivamente. Yo estaba  en presencia de un asesino sagacísimo, posiblemente uno de los tres hermanos que había utilizado un recurso simple y complicado, pero imposible de presumir en la nitidez de aquel vacío.   Absorbido en mis cavilaciones, entré en un café, y tan identificado estaba en mis conjeturas, que yo, que nunca bebo bebidas alcohólicas, automáticamente pedí un whisky. ¿Cuánto tiempo permaneció el whisky servido frente a mis ojos? No lo sé; pero de pronto mis ojos vieron el vaso de whisky, la garrafa de agua y un plato con trozos de hielo. Atónito quedé mirando el conjunto aquel. De pronto una idea alumbró mi curiosidad, llamé al camarero, le pagué la bebida que no había tomado, subí ap resuradamente a un automóvil y me dirigí a la casa de la sirvienta. Una hipótesis daba grandes saltos en mi ce rebro. Entré en la habitación donde estaba detenida, me senté frente a ella y le dije:   – Míreme bien y fíjese en lo que me va a contestar: la señora Stevens, ¿tomaba el whisky con hielo o sin hielo? -Con hielo, señor. -¿Dónde compraba el hielo?  – No lo compraba, señor. En casa había una hela dera pequeña que lo fabr icaba en pancitos. –  Y la criada casi iluminada prosiguió, a pesar de su estupidez.- Ahora que me acuerdo, la heladera, hasta ayer, que vino el señor Pablo, estaba descompuesta. Él se encargó de arreglarla en un momento.   Una hora después nos encontrábamos en el departamento de la suicida con el químico de nuestra oficina de análisis, el técnico retiró el agua que se encontraba en el depósito congelador de la heladera y varios pancitos de  hielo. El químico inició la operación destinada a revelar la presencia del tóxico, y a los pocos  minutos pudo manifestarnos: – El agua está envenenada y los panes de este hielo están fabricados con agua envenenada.   Nos miramos jubilosamente. El misterio estaba desentrañado. Ahora era un juego reconstruir el crimen. El doctor Pablo, al reparar el fusible de la heladera  (defecto que localizó el técnico) arrojó en el depósito congelador una cantidad de cianuro disuelto. Después, ignorante de lo que aguardaba, la señora Stevens preparó un whisky; del depósito retiró un pancito de hielo (lo cual explicaba que el plato  con hielo disuelto se encontrara  sobre la mesa), el cual, al desleírse en el alcohol, lo envenenó podero samente debido a su al ta concentración. Sin imaginarse que la muerte la ag uardaba en su vicio, la señora Stevens se puso a leer el periódico, hasta que juzgando el whisky suficientemente enfriado, bebió un sorbo. Los efectos no se hicieron esperar.   No quedaba sino ir en busca del veterinario. Inútilmente lo aguardamos en su casa. Ignoraban dónde se encontraba. Del laboratorio donde trabajaba nos informaron que llegaría a las diez de la noche.   A las once, yo, mi superior y el juez nos presen tamos en el laboratorio  de la Erpa. El doctor Pablo, en cuanto nos vio comparecer en grupo,  levantó el brazo como si quisiera anatemizar nuestras investigaciones, abrió la boca y se desplomó inerte junto a la mesa de mármol.  Había muerto de un síncope. En su armario se  encontraba un frasco de veneno. Fue el asesino más ingenioso que conocí. 

Falta de Espíritu Scout de Jorge Ibargüengoitia

Falta de Espíritu Scout
Jorge Ibargüengoitia
-Si tu vas al Jamboree -me dijo el maestro Nicodemus-, yo no voy.
Yo lo miraba estúpidamente. Nunca me imaginé que se fuera a poner así.
-Eres un anarquista y vas a fomentar el desorden- explicó Nicodemus.
Estábamos parados frente a la reja del elevador, en el edificio de 16 de Septiembre
en donde estaban las oficinas de la Asociación de Scouts de México, de la Liga de la
Decencia y de los Fraccionamientos Lanas.
Nicodemus era el Jefe de la Delegación Mexicana al Jamboree; yo era… nomás yo,
que entonces tenía diecinueve años y ganas de ir al Jamboree.
Después de decir la frase que anoté allá arriba, Nicodemus cambió de brazo el
portafolio y entró en el elevador.
Yo había conocido a Nicodemus siete años antes, cuando entré en los Scouts. El
era Jefe del Grupo III.
Yo venía de una escuela de barbajanes, plagada de hijos de la mano izquierda de
generales de división, de libaneses recién llegados del Golfo y de judíos gigantescos,
que venían huyendo de Hitler y que nos golpeaban cuando nos reíamos en filas, porque
creían que nos burlábamos de ellos.
Lo que más me gustó del Grupo III es que parecía escuela de señoritas. Había sido
fundado por los hermanos maristas en una escuela marista. Era un grupo de niños
decentes y bien portados; Nicodemus, que era el jefe en aquel entonces, no era hermano
marista, pero había estudiado con ellos y daba clase en una de sus escuelas. Nadie decía
una mala palabra, en las juntas nos enseñaban a curar heridos, a hacer nudos y a
comunicarnos por medio del Semáforo y de la Clave Morse; de vez en cuando, se leía
el Evangelio y alguien tenía que comentarlo. Un domingo de cada mes había Misa
Scout; íbamos uniformados al Hospital de la Luz y en la capilla, el padre Fanales,
nuestro capellán, decía misa y nos echaba un fervorín escultista. Cada patrulla tenía un
local, atestado de los cachivaches que los Scouts sacaban de sus casas. En esos locales
se hacían juntas en las que no sucedía nada importante, pero eran bastante divertidas.
Cada quince días había excursión, una vez al mes, campamento y una vez al año, ”
campamento de topografía “. Estábamos levantando el plano del Valle de los Dos Ríos,
no sé con qué objeto, valiéndonos de varios instrumentos rústicos; una horqueta y dos
ligas, una botella, una pica grabada a modo de baliza, etcétera.
Cuatro meses después de mi ingreso tuve la primera dificultad con Nicodemus.
Me habían llevado, como un favor muy especial, porque era muy chico, a un viaje que
hicieron “los grandes” a Jalapa y Veracruz. El viaje duró ocho días y costó cuarenta
pesos por cabeza; todo incluido: pasajes, hoteles, comida y hasta un peine que le traje a
mi mamá. Eramos cuatro: Nicodemus, Julio Pernod, que era el Jefe de Tropa, el
Licenciado Cabra y yo.
Pues sucedió que en Jalapa, un día que estaba lloviendo, nos metimos en un cine a
ver Raffles y esa noche, Julio Pernod y yo, que éramos cineastas consumados, la
pasamos hablando primores de Olivia de Havilland y no dejamos dormir a Nicodemus,
que amaneció de un humor de perros. Esto fue el prólogo. La culminación vino en
Veracruz, cuando Julio Pernod y yo nos negamos a ir a una expedición cinegética,
alegando que sólo teníamos un arma, el .22 del Licenciado Cabra, quien era capaz de
pasarse toda una tarde balaceando pelícanos, sin hacer un blanco, ni soltar el rifle. Nos
separamos en dos grupos y Julio Pernod y yo nos fuimos al cine a ver una película de
Carol Landis. ¡Cuál no sería nuestra sorpresa, al ver, cuando se encendieron las luces
en el entreacto, que en el anfiteatro estaban Nicodemus y Cabra, que se habían aburrido
de tirar balazos!
Cuando regresamos a México, Nicodemus, que era un tarasco marrullero, hizo que
el guía de mi patrulla me obligara a pedirle disculpas ( a Nicodemus ) por mi
indisciplina. Según él, yo había incitado a Julio Pernod, que era un retrasado mental de
25 años (yo tenía doce), a irse al cine a ver una película de Carol Landis, “causando la
división del grupo expedicionario”.
Yo estaba muy aturdido y pedí disculpas. Pero esto no fue más que el principio de
la descomposición del Grupo III.
En los cinco años siguientes, Nicodemus renunció cinco veces, cinco veces le
pedimos perdón y le rogamos que no se fuera, y cinco veces accedió a nuestra petición
y se quedó. Durante esos años, fui acusado por Nicodemus de “formar una hegemonía
dentro del Grupo”, de “fomentar en los muchachos la ley del menor esfuerzo”, de
“beber rompope para celebrar el triunfo en una competencia”, etc.
Por eso cuando en 1947 pedí permiso para ir al Jamboree, Nicodemus dijo:
-Si tú vas al Jamboree, yo no voy, eres un anarquista y vas a fomentar la
indisciplina.
Jamboree, que quiere decir “junta de las tribus” en uno de esos idiomas que nadie
conoce, es en realidad una reunión internacional de Boy Scouts. El de Moissons, en
Francia, ha sido el más importante en la historia de los Scouts, porque la guerra
acababa de pasar y no se reunían desde 1936.
Los franceses prepararon, a orillas del Sena y a unos cien kilómetros de París, un
campo que podía recibir a cuarenta mil scouts de todo el mundo. El gobierno británico
destinó un crucero para transportar las delegaciones de las partes más lejanas del
Imperio; los scouts americanos fletaron un barco para transportar su delegación, que era
una de las más numerosas; los scouts marinos de Inglaterra, Holanda y Noruega
anunciaron que llegarían hasta el campamento en embarcaciones tripuladas por ellos
mismos y tres grupos de scouts aéreos, que aterrizarían con sus planeadores a poca
distancia; los scouts españoles, que eran republicanos y funcionaban ilegalmente, iban a
cruzar los Pirineos a pie, porque la frontera estaba cerrada, etc.
En un principio se decidió que la Delegación que iba a representar a México en el
Jamboree, debería estar formada por la flor y nata de los scouts, es decir, por los
cincuenta mejores scouts de México. Pero había un problema. Como los scouts eran en
esa época una organización muy independiente y bastante miserable, cada cual tendría
que pagar sus gastos. En consecuencia, el “contingente” iba a estar formado, no por los
cincuenta mejores, sino por los cincuenta mejores, de entre los más ricos. Urgía pues,
saber cifras, ¿cuánto iba a costar el viaje?
La tarea de organizar la Delegación fue encargada a dos personas: don Juan Lanas
y Nicodemus, que eran respectivamente Jefe Scout Nacional y Jefe de la Delegación
Mexicana. Don Juan era el encargado del transporte y Nicodemus del adiestramiento.
Nicodemus trataba, sobre todo, de llevar un contingente que fuera no sólo
disciplinado, sino dócil, porque había un antecedente fatídico: En la Delegación
Mexicana que fue al Jamboree de Holanda, en 1936, se había producido una verdadera
revolución que después se convirtió en cisma. Durante seis años hubo en México dos
Asociaciones de Scouts: los “reconocidos por Londres” y los “disidentes”. La
revolución había estallado porque el Jefe de la Delegación Mexicana, Ingeniero Don
Jorge Nóñez, había llevado un colchón neumático, que los scouts tenían que inflar cada
noche.
No sé quién hizo los primeros cálculos, ni en qué se basó para hacerlos, pero
corrió la voz de que el viaje a Europa, de tres meses, incluyendo estancia en el
campamento, estancia en París, visita de los castillos del Loire, viaje a Italia, Bendición
Papal, etc., iba a costar ¡mil quinientos pesos!
Por supuesto que se inscribieron muchísimos. Entre ellos, yo. Fue cuando
Nicodemus me dijo:
-Si tú vas, yo no voy. Etc.
Ahora bien, don Juan Lanas tenía la mala costumbre de hacer viajes a cualquier
parte y con cualquier pretexto y después pasarle la cuenta a la Asociación y cargarla en
la lista de donativos. Cada año, en la Asamblea, en el Informe del Tesorero aparecía
que don Juan había regalado a la Asociación miles de pesos que él mismo había gastado
en viajes de placer.
Uno de estos viajes de placer, lo hizo don Juan a Nueva York, dizque para
averiguar cuáles eran los medios de transporte más convenientes. Digo que fue de
placer, porque regresó con la noticia de que los barcos no existían y de que había que
hacer el viaje en avión.
A todo esto, Nicodemus, que en su vida había puesto un pie fuera de México,
había decidido deslumbrar a los europeos con los sarapes de Saltillo, los chiles
jalapeños, El caminante del Mayab y la Danza de los Viejitos. Los cincuenta elegidos,
tenían que juntarse dos veces por semana en la Y.M.C.A. a cantar canciones mexicanas
y a dar taconazos, bajo la dirección del Profesor Urchedumbre, que era especialista en
folklore.
La tristeza que me dio no ser aceptado en el “contingente”, se me quitó cuando
don Juan regresó de Nueva York. Como la Delegación tenía que irse en avión, las cifras
se modificaron. El costo del viaje pasó, de mil quinientos a tres mil, de tres mil a cinco
mil quinientos y de allí a seis mil. Simultáneamente, el número de asistentes pasó, de
cincuenta a veintitrés y de allí a doce, y eso, contando a dos que se orinaban en la cama.
Manuel Felguérez había sido de los elegidos que ensayaban la Danza de los
Viejitos, pero no tenía seis mil pesos. Fue él quien decidió hacer otra Delegación
Mexicana al Jamboree, formada por él y yo.
-Podemos irnos en un barco de carga -me dijo, un día que estábamos tomando el
sol en la Y.M.C.A.
En ese momento se me ocurrió una idea que ahora parece muy sencilla, pero que a
nadie se le había ocurrido: ir a Wagons-Lits Cook.
Así fue como Felguérez y yo descubrimos en la Avenida Juárez lo que don Juan
Lanas no había descubierto en Nueva York: había un barco, que había sido transporte
de tropas y que estaba destinado a llevar turistas a Europa y a traer inmigrantes a los
Estados Unidos. Iba de Nueva York a Southampton y El Havre y el pasaje costaba
quinientos cincuenta pesos mexicanos. Con un par de telegramas conseguimos pasajes
en el S.S. Marine Falcon, que salía de Nueva York el primero de agosto. El Jamboree
comenzaba el día seis.
Ya con los pasajes en la mano, fuimos al despacho de don Juan Lanas, le
contamos que íbamos a San Antonio, Texas, y le pedimos una carta de presentación
para los scouts de allá. Don Juan, en parte por holgazán y en parte por no saber con
quién trataba, nos dijo que dictáramos la carta a la secretaria y que él la firmaría.
Huelga decir que la carta que firmó don Juan decía que Felguérez y yo éramos sus
hijos muy amados y que él se hacía responsable de cualquier iniquidad que
cometiéramos en el extranjero.
Pero del plato a la boca se cae la sopa. Dos días antes de salir de México nos
topamos con don Juan y el Padre Fanales en el Consulado de Francia. Estábamos
recogiendo visas. Nosotros, las nuestras, y ellos, las de la Delegación Mexicana.
Don Juan se puso furioso:
-¿No me dijeron que iban a San Antonio? ¡Me han engañado! Yo les di aquella
carta creyendo que los Ibargüengoitia eran gente decente.
Dijo esto porque había conocido a un tío mío que era Caballero del Santo
Sepulcpo.
EL Padre Fanales nomás movía la cabeza. Después comentó con alguien el suceso
y dijo algo que significaba que Felguérez y yo éramos “llevados de la mala”, pero que
en sus labios sonaba como que estábamos poseídos del Demonio.
-¡Devuélvanme mi carta hoy mismo! -terminó diciendo don Juan.
Por supuesto que no se la devolvimos. Felguérez llamó por teléfono a varios de los
que querían ir al Jamboree y no tenían seis mil pesos, y les dijo que habíamos
encontrado medios de transporte que permitían reducir el precio del viaje a la mitad.
Se armó un jaleo. El Consejo Nacional tuvo una junta de emergencia, en la que se
acusó a Nicodemus de incompetencia y a don Juan de estulticia.
Al día siguiente la secretaria de la Asociación habló por teléfono.
-Que pasen a canjear la carta de presentación por una Carta Internacional -dijo.
La Carta Internacional era el documento que lo acreditaba a uno como “delegado”
al Jamboree. Felguérez y yo dábamos saltos de gusto.
Don Juan nos recibió con cara de “esta tacita que se rompió, ya nunca se volverá a
pegar”. Le entregamos la carta de presentación.
-Denme ustedes los datos de ese barco que dicen que va a Europa. Son muy
interesantes.
Le dimos los datos del S.S. Marine Falcon y él los apuntó en un papelito.
Nosotros estábamos esperando a que nos diera nuestra Carta Internacional.
-La Carta Internacional -nos dijo Don Juan-, se las mandaré a Nueva York, porque
tiene que ir firmada por el Consejo Nacional.
Nosotros le creímos y esa noche salimos rumbo a Nueva York en Transportes del
Norte. Al día siguiente, cuando íbamos llegando a Laredo, nunca hubiéramos
imaginado que en esos momentos estábamos siendo juzgados, en ausencia, por un
tribunal compuesto por Julio Pernod, el Licenciado Cabra y el joven Alhóndiga,
pasante de Derecho. El fiscal fue Nicodemus y no tuvimos defensor. La acusación fue
“falta de Espíritu Scout”. Fuimos declarados culpables y expulsados del Grupo III y por
consiguiente, de la Asociación de Scouts de México.
Cuando Felguérez y yo subimos la pasarela del S.S. Marine Falcon, encontramos
a quince scouts mexicanos que habían aprovechado nuestro hallazgo. Estaban bajo el
mando de Germán Arechástegui, uno de los personajes míticos del escultismo
mexicano; se decía que era capaz de caminar tres días sin comer otra cosa que pinole.
También venían el Chino Aguirrebengurren y el señor Bronson, dos viejos scouts que
estaban aprovechando la coyuntura para darse una vueltecita por Europa. El Chino
Aguirrebengurren nos dio la mala noticia: para nosotros no había Carta Internacional,
porque habíamos sido expulsados de la Asociación. Cuando ya creíamos que nos iban a
tratar como apestados, apareció el señor Bronson y al ver que estábamos vestidos de
civiles, dijo en voz de trueno:
-¿Qué esperan para uniformarse?
Así acabó la discriminación. A pesar de que legalmente Nicodemus había
triunfado en toda la línea, nadie nos trató como “expulsados”.
El Marine Falcon casi ni parecía barco. El castillo de proa era muy chico y el de
popa nunca lo encontramos; tampoco encontramos la chimenea. Por dentro era todo
pasillos y escaleras y por fuera era como una cazuela. Los pasillos y las escaleras iban
de los dormitorios a los botes salvavidas y viceversa. Los dormitorios tenían sesenta
literas. Los excusados estaban en la proa y no tenían puertas, así que en las mañanas
nos sentábamos veintitantos a mirarnos las caras, como los canónigos en el coro.
Todavía a la vista de Manhattan, el S.S. Marine Falcon empezó a hundirse.
Bajamos a la Cubierta F y encontramos los colchones flotando. Las máquinas pararon
y el Capitán estuvo tratando de localizar, por medio de los altavoces, al jefe de
mecánicos. Cuando nos fuimos a acostar, todavía estábamos al pairo, a la vista de
Nueva York.
En los dormitorios no había ni día ni noche, porque no tenían ventanas y las luces
nunca se apagaban. No se oía más que el ruido de los ventiladores y los ronquidos de
los pasajeros. Pero cuando desperté y salí a cubierta, el sol había salido y el barco
navegaba alegremente en alta mar.
Al segundo día de viaje, el scout San Megaterio fue iniciado en los misterios del
sexo por una inglesita de catorce años. Al tercero, el scout apodado La Campechana se
hizo novio de una americana. Al cuarto, el scout apodado el Matutino fue seducido por
una joven inglesa. Al sexto , corrió la voz de que el scout Chateaubriand había sido
seducido por un pastor protestante. Al séptimo, nuestro barco entró en la bahía de Cobh
y encalló al tratar de cederle, galantemente, el paso al S.S. America : hubo que esperar
la siguiente marea para ponerlo a flote. Al octavo, llegamos a Southampton y el
Matutino fue degradado por fornicar con el uniforme puesto. Al noveno día llegamos a
El Havre.
Un señor con fedora y redingote, que era el jefe de los scouts de El Havre, nos
informó a Felguérez y a mí, que no hacía falta Carta Internacional para acampar en el
Jamboree, bastaba con tener ganas de hacerlo y dinero para inscribirse.
Antes de abordar el tren de Rouen, Germán Arechástegui nos advirtió:
-Recuerden que están en Francia. Nunca toquen con las nalgas la tapa de un
excusado, porque pescan una sífilis.
El Jamboree era un pueblo enorme, con tiendas de campaña en vez de casas y
scouts en vez de habitantes. Había zonas comerciales, restaurantes, puesto de
bomberos, unos excusados públicos de cartón que al octavo día empezaron a disolverse,
iglesias de todas las creencias, etc. Había scouts zapateros, scouts armeros, scouts
plomeros, scouts bomberos, scouts intérpretes y scouts policías. Había scouts
estafadores, como un viejo eclaireur que nos compró dos dólares al cambio oficial.
Felguérez y yo acampamos en el Campo del Zodiaco, que era el lugar de los
scouts irregulares y la Capua del Jamboree. Junto a nosotros estaban los españoles, que
eran unos vejestorios de treinta y tantos, que sabían de memoria las obras completas de
Cantinflas; un poco más lejos estaban los turcos, que eran muy perseguidos por
Mustafá Kemal; había scouts austriacos, alemanes desnazificados, persas, kurdos y un
japonés.
Como las tiendas estaban bajo un bosque de encinos y los encinos llenos de
orugas, los scouts estaban llenos de ronchas. Pero ésa fue la única molestia, porque
unas girl guides francesas cocinaban y lavaban la ropa y la remendaban si uno se lo
pedía. Lo único que tuvimos que hacer fue montar la tienda. Pasábamos el tiempo
panza arriba, platicando con los españoles, viajando en el ferrocarrilito que circundaba
el Jamboree, nadando en el Sena y visitando los demás campos.
Nicodemus las había pasado negras. En la entrada del campo mexicano, había
hecho, con muchos trabajos, un armazón que figuraba el perfil de una pirámide
teotihuacana y la había cubierto con sarapes de Saltillo. Cuando Germán Arechástegui
vio la portada, no comentó nada. Se limitó a cortar las cuerdas de un nudo vital y la
estructura se vino abajo y con ella, el prestigio de su constructor. Por otra parte, los
scouts que viajaron en barco contaron con tanto entusiasmo sus experiencias sexuales a
los que viajaron en avión, que los hicieron sentirse estafados. ¿Estafados por quién?
Por Nicodemus. Se había descubierto que la Compañía Mexicana de Aviación había
regalado un pasaje de ida y vuelta: el de Nicodemus. Por último, tenía el problema de la
alimentación.
La dieta del Jamboree consistía en carne, papas, zanahorias, chocolate, pan y
mantequilla. La carne era dura y parecía curtida; venía de un animal desconocido en
América; había que ponerla a cocer a las siete de la mañana para que estuviera
masticable a las seis de la tarde. Para esas horas, las papas y las zanahorias se habían
convertido en una especie de bolo alimenticio. Hubo scouts que no salieron del
campamento por estar atizando el fogón, hubo otros que aprendieron a comerse las
papas crudas; pero todos estaban de mal humor, porque la comida era mala. ¿Quién
tenía la culpa de que la comida fuera mala? Nicodemus, por supuesto.
Cuando Felguérez y yo íbamos de visita al campamento, Nicodemus nos miraba
como si fuéramos transparentes.
Al medio día, el campo mexicano presentaba el siguiente aspecto: había tres o
cuatro scouts tratando de cocinar, otros tantos, tratando de dormir a la sombra de las
tiendas, los demás estaban sentados en semicírculo, como yogas, frente a unos
montoncitos de sarapes de Saltillo, de fajillas de indios chamulas, de sombreros de
charro, etc., en espera de algún scout europeo que cambiara estas cosas por una cámara
fotográfica, un reloj de pulsera, un radio de pilas, etc. Se habían cambiado los papeles.
Ahora los mexicanos llevaban las baratijas y los europeos se deslumbraban con ellas.
Nicodemus había invitado al Coronel Wilson a tomar con los mexicanos el
penúltimo almuerzo del Jamboree. Para esa solemnidad había preparado un menú
consistente en mole poblano, frijoles refritos, chiles jalapeños y chongos zamoranos.
Quiso su mala suerte que dos días antes del banquete, nos viniera a Felguérez y a
mí la nostalgia de la comida mexicana. Estuvimos bastante rato diciendo:
-Unos tacos de carnitas.
-Unos frijoles refritos.
-Unos huevos rancheros.
Etc.
Así platicando, llegamos al campo mexicano. Ya había oscurecido y los scouts se
habían ido a las fogatas. Sólo encontramos a La Campechana que estaba cocinando una
sopa de avena y jitomate de lata. Con él seguimos la conversación.
-Unos tacos de cabeza.
-Unas quesadillas de huitlacoche.
Al poco rato, no pudimos más y caímos sobre la despensa de Nicodemus.
En el banquete que la Delegación mexicana ofreció al Coronel Wilson, se
sirvieron sardinas de lata y pan con mantequilla.
Pero si este episodio fue ridículo, cuando menos quedó en familia. Malo, el día en
que los mexicanos, dirigidos por Nicodemus, cantaron El caminante del Mayab ante
cuatro mil espectadores. Y peor, todavía, la Danza de los Viejitos. De nada sirvieron
los ensayos con el Profesor Urchedumbre, que habían sido con iluminación eléctrica,
tablado y música de disco. En el Jamboree no hubo ninguna de las tres cosas.
La cosa salió tan mal, que Felguérez y yo, que estábamos a cien metros, nos
moríamos de vergüenza. Germán Arechástegui tocó una chirimía; como no había
tablado, no se oían los pasos y nadie llevaba el compás; se fueron unos contra otros.
Afortunadamente, con los zapatazos se levantó tal nube de polvo, que cubrió a los
ejecutantes y nadie vio el final de la representación.
Cuando se retiraron los mexicanos, entraron al escenario los neozelandeses e
hicieron una danza maorí. El scout que estaba junto a mí, me preguntó si esos eran los
mexicanos. Por puro amor patrio le contesté que sí.
Felguérez y yo nos fuimos a París dos días antes que la Delegación Mexicana. Al
día siguiente, por un asunto relacionado con el Mercado Negro, tuvimos que regresar al
Jamboree y por culpa de los ferrocarriles, no pudimos regresar a París en la noche.
¿Qué hacer? No teníamos tienda de campaña y estábamos en camisa. Fuimos a ver a La
Campechana, que era muy generoso, corrió al scout Chateaubriand de la tienda, le quitó
una cobija al scout San Megaterio y así pasamos la noche: en el lugar de Chateaubriand
y con la cobija de San Megaterio.
A las seis y media de la mañana, despertó Nicodemus con las dianas; se puso su
gorro de piel de conejo y salió de su tienda gritando:
-¡Arriba todo el mundo, que hay que levantar el campamento!
Y fue a despertar a los perezosos.
Felguérez y yo nos tapamos la cara con la cobija de San Megaterio. Oíamos la voz
de Nicodemus, que se acercaba:
-¡Pronto! ¡Arriba! ¡Prontito! ¿Qué haces aquí Chateuabriand? ¡Pronto! ¡Arriba! –
para terminar con la frase más teatral que he oído- : ¡Manuel! ¡Jorge! ¿Ustedes aquí?
Se puso furioso y fue a regañar a La Campechana. Le dijo que iba a procesarlo por
falta de espíritu scout.
Felguérez y yo ayudamos a levantar el campo y a cargar los trebejos hasta la
estación de ferrocarril. En esta operación estábamos, cuando cayó un aguacero que nos
empapó.
Felguérez y yo subimos en el tren hechos una miseria; los demás llevaban
impermeables. Nicodemus tuvo el único gesto amable de muchos meses.
-Te vas a resfriar- me dijo, y me prestó su suéter.
Cuando llegamos al Refugio Scout que había en París, que estaba en el Local de
La Exposición, cerca de la Puerta de Versalles, Nicodemus, en uno de los pocos
momentos democráticos de su vida, reunió a los que se habían ido en avión y les dijo:
-He sabido que algunos están inconformes con el viaje que hicimos en avión.
Levanten la mano los que quieran regresar en barco.
Todos levantaron la mano. Nicodemus contempló por un momento aquel bosque
de manos levantadas y después dijo:
-Bueno, pues los que vinieron en barco, regresan en barco y los que vinieron en
avión, aunque quieran regresar en barco, regresan en avión. ¿Que por qué? Porque yo
digo. Porque yo soy el Jefe de la Delegación y porque ustedes no tienen todavía
veintiún años, ni criterio formado, ni capacidad para decidir por cuenta propia.
Y regresaron en avión.
La Ley de Herodes

La señorita Julia de Amparo Davila

La señorita Julia, como la llamaban sus compañeros de oficina, llevaba más de un mes sin dormir, lo cual empezaba a dejarle huellas. Las mejillas habían perdido aquel tono rosado que Julia conservaba, a pesar de los años, como resultado de una vida sana, metódica y tranquila. Tenía grandes y profundas ojeras y la ropa se le notaba floja. Y sus compañeros habían observado, con bastante alarma, que la memoria de la señorita Julia no era como antes. Olvidaba cosas, sufría frecuentes distracciones y lo que más les preocupaba era verla sentada, ante su escritorio, cabeceando, a punto casi de quedarse dormida. Ella que siempre estaba fresca y activa. Su trabajo había sido hasta entonces eficiente y digno de todo elogio. En la oficina empezaron a hacer conjeturas. Les resultaba inexplicable aquel cambio. La señorita Julia era una de esas muchachas de conducta intachable y todos lo sabían. Su vida podía tomarse como ejemplo de moderación y rectitud. Desde que sus hermanas menores se habían casado. Julia vivía sola en la casa que los padres les habían dejado al morir. Ella la tenía arreglada con buen gusto y escrupulosamente limpia, por lo que resultaba un sitio agradable, no obstante ser una casa vieja. Todo allí era tratado con cuidado y cariño. El menor detalle delataba el fino espíritu de Julia, quien gustaba de la música y los buenos libros: la poesía de Shelley y la de Keats, los Sonetos del Portugués y las novelas de las hermanas Brontë. Ella misma se preparaba los alimentos y limpiaba la casa con verdadero agrado. Siempre se la veía pulcra; vestida con sencillez y propiedad. Debió de haber sido bella; aún conservaba una tez fresca y aquella tranquila y dulce mirada que le daba un aspecto de infinita bondad. Desde hacía algún tiempo estaba comprometida con el señor De Luna, contador de la empresa, quien la acompañaba todas las tardes desde la oficina hasta su casa. Algunas veces se quedaba a tomar un café y a oír música, mientras la señorita Julia tejía algún suéter para sus sobrinos. Cuando había un buen concierto asistían juntos; todos los domingos iban a misa y, a la salida, a tomar helados o pasear por el bosque. Después Julia comía con sus hermanas y sobrinos; por la tarde jugaban canasta uruguaya y tomaban el té. Al oscurecer Julia volvía a su casa muy satisfecha. Revisaba su ropa y se prendía los rizos.

Hacía más de un mes que Julia no dormía. Una noche la había despertado un ruido extraño como de pequeñas patadas y carreras ligeras. Encendió la luz y buscó por toda la casa, sin encontrar nada. Trató de volver a dormirse y no pudo conseguirlo. A la noche siguiente sucedió lo mismo, y así, día tras día… Apenas comenzaba a dormirse cuando el ruido la despertaba. La pobre Julia no podía más. Diariamente revisaba la casa de arriba abajo sin encontrar ningún rastro. Como la duela de los pisos era bastante vieja, Julia pensó que a lo mejor estaba llena de ratas, y eran éstas las que la despertaban noche a noche. Contrató entonces a un hombre para que tapara todos los orificios de la casa, no sin antes introducir en los agujeros un raticida. Tuvo que pagar por este trabajo 60 pesos, lo cual le pareció bastante caro. Esa noche se acostó satisfecha pensando que había ya puesto fin a aquella tortura. Le molestaba mucho, sin embargo, haber tenido que hacer aquel gasto, pero se repitió muchas veces que no era posible seguir en vela ni un día más. Estaba durmiendo plácidamente cuando el tan conocido ruido la despertó. Fácil es imaginar la desilusión de la señorita Julia. Como de costumbre revisó la casa sin resultado. Desesperada se dejó caer en un viejo sillón de descanso y rompió a llorar. Allí vio amanecer…

Como a las once de la mañana Julia no podía de sueño; sentía que los ojos se le cerraban y el cuerpo se le aflojaba pesadamente. Fue al baño a echarse agua en la cara. Entonces oyó que dos de las muchachas hablaban en el pasillo, junto a la escalera.

—¿Te fijaste en la cara que tiene hoy?

—Sí, desastrosa.

—No sé cómo puede presentarse a trabajar así, hasta un niño sospecharía…

— ¿Entonces tú también crees…?

—¡Pero si es evidente…!

—Nunca me imaginé que la señorita Julia…

—Lo que a mí me da coraje es que se haga pasar por una santa.

—A mí me da mucho dolor verla, la pobre ya no puede ni con su alma.

—¡Claro!, a su edad…

Julia sintió que toda la sangre se le subía a la cabeza. Le comenzaron a temblar las manos y las piernas se le aflojaron. Le resultaba difícil entender aquella infamia. Un velo tibio le nubló la vista y las lágrimas rodaron por las mejillas encendidas.

La señorita Julia compró trampas para ratas, queso y veneno. Y no permitió que Carlos de Luna la acompa­ñara, porque le apenaba sobremanera que llegara a saber que su casa se encontraba llena de ratas. El señor De Luna podía pensar que no había la suficiente limpieza, que ella era desaseada y vivía entre alimañas. Colocó una ratonera en cada una de las habitaciones, con una ración de queso envenenado, pues pensaba que si las ratas lograban salvarse de la ratonera morirían envenenadas con el queso. Y para lograr mejores resultados y eliminar cualquier riesgo, puso un pequeño recipiente con agua, envenenada también, por si las ratas se libraban de la trampa y no gustaban del queso, pues imaginó que sentirían sed, después de su desenfrenado juego. Toda la noche escuchó ruidos, carreras, saltos, resbalones… ¡Aquellas ratas se divertían de lo lindo, pero sería su última fiesta! Este pensamiento le comunicaba algunas fuerzas y le abría la puerta de la liberación. Cuando el ruido terminó, ya en la madrugada, Julia se levantó llena de ansiedad a ver cuántas ratas habían caído en las ratoneras. No encontró una sola. Las ratoneras estaban vacías, el queso intacto. Su única esperanza era que, por lo menos, hubieran bebido el agua envenenada.

La pobre Julia empezó a probar diariamente un nuevo veneno. Y tenía que comprarlos en sitios diferentes y donde no la conocieran, pues en los lugares adonde había ido varias veces comenzaban a verla con miradas maliciosas, como sospechando algo terrible. Su situación era desesperada. Cada día sus fuerzas disminuían de manera notable. Había perdido su alegría habitual y la tranquilidad de que siempre había gozado; su aspecto comenzaba a ser deplorable y su estado nervioso, insostenible. Perdió por completo el apetito y el placer por la lectura y la música. Aunque lo intentaba, no podía interesarse en nada. Lo único que leía y estudiaba con desesperación eran unos viejos libros de farmacopea que habían pertenecido a su padre. Pensaba que su única salvación consistiría en descubrir ella misma algún poderoso veneno que acabara con aquellos diabólicos animales, puesto que ningún otro producto de los ordinarios surtía efecto en ellos.

La señorita Julia se había quedado dormida. Alguien le tocó suavemente un hombro. Despertó al instante, sobresaltada.

—El jefe la llama, señorita Julia.

Julia se restregó los ojos, muy apenada, y se empolvó ligeramente tratando de borrar las huellas del sueño. Después se encaminó hacia la oficina del señor Lemus. Apenas si llamó a la puerta. Y se sentó en el borde de la silla, estirada, tensa. El señor Lemus comenzó diciendo que siempre había estado contento con el trabajo de Julia, eficiente y satisfactorio, pero que de algún tiempo a la fecha las cosas habían cambiado y él estaba muy preocupado por ella… Que lo había pensado bastante antes de decidirse a hablarle… Y le aseguraba que, por su parte, no había prestado atención a ciertos rumores… (esto último lo dijo bajando la vista). Julia había enrojecido por completo, se afianzó de la silla para no caer, su corazón golpeaba sordamente. No supo cómo salió de aquel privado ni si alcanzó a decir algo en su defensa. Cuando llegó a su escritorio sintió sobre ella las miradas de todos los de la oficina. Afortunadamente el señor De Luna no estaba en ese momento. Julia no hubiera podido soportar semejante humillación.

Las hermanas se dieron cuenta bien pronto de que algo muy grave sucedía a Julia. Al principio aseguraba que no tenía nada, pero a medida que las cosas empeoraron y que Julia fue perdiendo la estabilidad tuvo que confesarles su tragedia. Trataron inútilmente de calmarla y le prometieron ayudarla en todo. Junto con sus maridos revisaron la casa varias veces sin encontrar nada, lo cual las dejó muy desconcertadas. Aumentaron entonces sus cuidados y atenciones hacia la pobre hermana. Poco después decidieron que Julia necesitaba un buen descanso y que debía solicitar cuanto antes un “permiso” en su trabajo. Julia también se daba cuenta de que estaba muy cansada y que le hacía falta reponerse, pero veía con gran tristeza que sus hermanas dudaban también del único y real motivo que la tenía sumida en aquel estado. Se sentía observada por ellas hasta en los detalles más insignificantes, y ni qué decir de la oficina, donde su conducta llevaba a los compañeros a pensar en motivos humillantes y vergonzosos. La incomprensión y la bajeza de que era capaz la mayoría de la gente, la había destrozado y deprimido por completo. Recordaba constantemente aquella conversación que había tenido el infortunio de escuchar, y la reconvención del señor Lemus… y entonces las lágrimas le rodaban por las mejillas y los sollozos subían a su garganta.

La señorita Julia estaba encariñada con su trabajo, no obstante la serie de humillaciones y calumnias que a últimas fechas había tenido que sufrir. Llevaba quince años en aquella oficina, y siempre había pensado trabajar allí hasta el último día que pudiera hacerlo, a menos que se le concediera la dicha de formar un hogar como a sus hermanas. Pensaba que era poco serio andar de un trabajo en otro, y que eso no podía sentar ningún buen precedente. Después de mucho cavilar resolvió que no le quedaba más remedio que solicitar un permiso, como deseaban sus hermanas, y tratar de restablecerse.

Las relaciones de Julia con el señor De Luna se habían ido enfriando poco a poco, y no porque ésta fuera la intención de ella. Cuando empezó a sufrir aquella situación desquiciante, se rehusó a verlo diariamente como hasta entonces lo hacía, por temor a que él sospechara algo. Experimentaba una enorme vergüenza de que descubriera su tragedia. De sólo imaginarlo sentía que las manos le sudaban y la angustia le provocaba náuseas. Después ya no era sólo ese temor, sino que Julia no tenía tiempo para otra cosa que no fuera preparar venenos. Había improvisado un pequeñísimo laboratorio utilizando algunas cosas que se había encontrado en un cajón, y que sin duda su padre guardaba como recuerdo de sus años de farmacéutico, pues unos años antes de morir vendió la farmacia y sólo se dedicaba a atender unos cuantos enfermos. En ese laboratorio Julia pasaba todos sus ratos libres y algunas horas de la noche mezclando sustancias extrañas que, la mayoría de las veces, producían emanaciones insoportables o gases que le irritaban los ojos y la garganta, ocasionándole accesos de tos y copioso lagrimeo… Así las cosas, Julia ya no tenía tiempo ni paz para sentarse a escuchar música con el señor De Luna. Se veían poco, si acaso una vez por semana y los domingos que iban a misa. Pero Julia sentía que aquel afecto era de tal solidez y firmeza que nada lo podía menoscabar. “Un sentimiento sereno y tranquilo, como una sonata de Bach; un entendimiento espiritual estrecho y profundo, lleno de pureza y alegría…” Así lo había Julia definido.

Y el señor De Luna pensaba igual que Julia respecto de la nobleza de sus relaciones, “tan raras y difíciles de encontrar, en un mundo enloquecido y lleno de perversión, en aquel desenfreno donde ya nadie tenía tiempo de pensar en su alma ni en su salvación, donde los hogares cristianos cada vez eran más escasos…” y daba gracias diariamente por aquella bella dádiva que se le había otorgado y que tal vez él no merecía. Pero Carlos de Luna era un hombre en extremo piadoso, hijo y hermano ejemplar, contador honorable y muy competente. Pertenecía con gran orgullo a la Orden de Caballeros de Colón de cuya mesa directiva formaba parte. Ya hacía algunos años que debería haberse casado, pero él, responsable en extremo, había querido esperar a tener la consistencia moral necesaria, así como cierta tranquilidad económica que le permitiera sostener un hogar con todo lo necesario y seguir ayudando a sus ancianos padres. Había conocido a Julia desde tiempo atrás, después tuvo la suerte de trabajar en la misma oficina, lo cual facilitó la iniciación de aquella amistad que poco a poco se fue transformando en hondo afecto. A últimas fechas, el señor De Luna se hallaba muy preocupado y confuso. Julia había cambiado notablemente, y él sospechaba que algo muy grave debía de ocurrirle. Se mostraba reservada, evitaba hablarle a solas. Empezó a sufrir en silencio aquel repentino y extraño cambio de Julia y a esperar que un día le abriera su corazón y se aclarara todo. Pero Julia cada día se alejaba más y el señor De Luna empezó a notar que en la oficina se comentaba también el cambio de Julia. Después llegaron hasta él frases maliciosas y mal intencionadas que tuvieron la virtud, primero de producirle honda indignación y, después, de prender la duda y la desconfianza en su corazón. En este estado fue a consultar su caso con el Reverendo Padre Cuevas, que desde hacía muchos años era su confesor y guía espiritual y quien resolvía los pocos problemas que el buen hombre tenía. El Reverendo Padre le aconsejó que esperara un tiempo prudente para ver si Julia volvía a ser la de antes o, de lo contrario, se alejara de ella definitivamente, ya que a lo mejor ésa era una prueba palpable que daba Dios de que esa unión no convenía y estaba encaminada al fracaso y al desencanto, y podía ser, tal vez, un grave peligro para la salvación de su alma.

La señorita Julia llegó una tarde, última que trabajaba en la oficina, a pedirle a Carlos de Luna que la acompañara hasta su casa porque quería comunicarle algo importante. Este la recibió con marcada frialdad, de una manera casi hostil, como se puede ver algo que está produciendo daño o un peligro inmediato y temido. Julia, más cohibida que de costumbre por la actitud de Carlos, le relató en el camino que iba a dejar de trabajar por un tiempo porque necesitaba descanso. Carlos de Luna escuchaba sin hacer ningún comentario. Con sombrero y paraguas negros y su habitual traje oscuro tenía siempre un aire grave y taciturno, que ese día estaba más acentuado.

Julia lo invitó a pasar. Mientras hacía el café experi­mentaba un gran bienestar. La sola presencia del señor De Luna le producía confianza y tranquilidad. Se reprochó entonces haberlo visto tan poco durante ese último tiempo. Se reprochó también no haber tenido el valor de confiarle su tragedia. El la hubiera confortado y juntos habrían encontrado alguna solución. Decidió entonces hablar con Carlos.

Los dos bebían el café, en silencio. De pronto Julia dijo:

—Carlos… yo quisiera decirle…

—Diga, Julia.

— ¿No quisiera oír algo de música?

—Como usted guste.

Julia se levantó a poner unos discos, profundamente contrariada consigo misma. No se había atrevido, no se atrevería nunca. Las palabras se habían negado a salir. Tal vez aquella actitud demasiado seca de Carlos la había contenido. Aquella mirada tan lejana cuando ella iba a empezar a contarle su tragedia. Cogió su tejido y se sentó. Entonces Carlos de Luna comenzó a hablar, más bien a balbucear:

—Julia, yo quisiera proponerle… más bien… yo he pensado… querida Julia… yo creo que lo mejor… es decir, tomando en cuenta… Julia, por nuestro bien y salud espiritual… lo más conveniente es dar por termi­nado… bueno, quiero decir no llevar adelante nuestro proyecto de matrimonio…

Mientras el señor De Luna trataba de decir esto, se secó la frente con el pañuelo varias veces. Estaba tan pálido como un muerto y la voz se le quebraba constantemente. Después, un poco más calmado, siguió hablando “de la tremenda responsabilidad que el matrimonio implicaba, de los numerosos deberes y las obligaciones de los cónyuges…”

Julia estaba aún más pálida que él. El tejido había caído de sus manos y la boca se le secó completamente. El dolor y el desencanto la habían traspasado de tal manera que temía no poder decir ni una sola palabra. Haciendo un verdadero esfuerzo le aseguró que estaba de acuerdo con él, y que esa decisión, sin duda, era lo mejor para ambos.

La señorita Julia se sentía como una casa deshabitada y en ruinas; no encontraba sitio ni apoyo; se había que­dado en el vacío; girando a ciegas en lo oscuro; quería dejarse ir, perderse en el sueño; olvidarlo todo. Dejó entonces de preparar venenos y de inventar trampas para las ratas. Tenía la convicción de que aquellos animales la perseguirían hasta el último día de su vida, y toda lucha contra ellos resultaría inútil. No fue más los domingos a comer con sus hermanas por no poder soportar el ruido que hacían los niños y menos aún jugar a las cartas. Tejía constantemente con manos temblorosas; de cuando en cuando se enjugaba una lágrima. Y sólo interrumpía su labor para asear un poco la casa y prepararse algo de comida. A veces se quedaba, algún rato, dormida en el sillón, y esto era todo su descanso. Su hermana Mela iba todas las noches a acompañarla. Temían que algo le pasara, si la dejaban sola; tal era su estado. Y Mela, cansada de las labores de su casa, caía rendida y se dormía profun­damente. A veces la despertaban los pasos de Julia que iba y venía por toda la casa buscando las ratas, “aquellas ratas infernales que no la dejaban dormir. . .”

Julia tenía los ojos cerrados, pero estaba despierta y escuchaba los ruidos en la estancia… en la escalera… aquellas carreras… saltos… resbalones… después allí en su cuarto… llegando hasta su cama… debajo de la cama. Abrió los ojos y se incorporó; algo de claridad penetraba por las viejas persianas de madera. Escuchó como una estampida, una huida rápida, distinguió unas sombras alargadas y alcanzó a ver unos ojillos muy redondos, muy rojos y brillantes. Encendió la luz y saltó de la cama; ahora sí las encuentro… Después de algún rato de inútil búsqueda volvió a la cama tiritando de frío. Lloró sordamente. Se mesaba los cabellos con desesperación o se clavaba las uñas en las palmas de las manos produciéndose un daño que ya no sentía.

Aquella mañana la señorita Julia se levantó haciendo un gran esfuerzo. Dio algunos pasos tambaleante y se detuvo unos minutos frente al espejo para componerse el cabello. El rostro que vio reflejado no podía ser más desastroso. Abrió el clóset para buscar algo que ponerse y… ¡allí estaban!… Julia se precipitó sobre ellas y las aprisionó furiosamente. ¡Por fin las había descubierto!… ¡las malditas, las malditas, eran ellas!… con sus ojillos rojos y brillantes… eran ellas las que no la dejaban dormir y la estaban matando poco a poco… pero las había descubierto y ahora estaban a su merced… no volverían a correr por las noches ni a hacer ruido… estaba salvada… volvería a dormir… volvería a ser feliz… allí las tenía fuertemente cogidas… se las enseñaría a todo el mundo… a los de la oficina… a Carlos de Luna… a sus hermanas… todos se arrepentirían de haber pensado mal… se disculparían… olvidaría todo… ¡malditas, malditas!… ¡qué daño tan grande le habían hecho!… pero allí estaban… en sus manos… reía a carcajadas… las apretaba más… caminaba de un lado a otro del cuarto… estaba tan feliz de haberlas descubierto… ya había perdido toda esperanza… reía estrepitosamente… Ahora estaban en su poder… ya no le harían daño nunca más… hablaba y reía… lloraba de gusto y de emoción gritaba, gritaba… qué suerte haberlas descubierto, qué suerte… risa y llanto, gritos, carcajadas… con aquellos ojillos rojos y brillantes… gritaba… gritaba… gritaba…

Cuando Mela llegó, restregándose los ojos y boste­zando, encontró a Julia apretando furiosamente su her­mosa estola de martas cebellinas.

 

Justicia india de Ricardo Jaimes Freyre

Los DOS viajeros bebían el último trago de vino, de pie al lado de la hoguera. La brisa fría de la mañana hacía temblar ligeramente las alas de sus anchos sombreros de fieltro. El fuego palidecía ya bajo la luz indecisa y blanquecina de la aurora; se esclarecían vagamente los extremos del ancho patio, y se trazaban sobre las sombras del fondo las pesadas columnas de barro que sostenían el techo de paja y cañas.

Atados a una argolla de hierro fija en una de las columnas, dos caballos completamente enjaezados esperaban, con la cabeza baja, masticando con dificultad largas briznas de hierba. Al lado del muro, un indio joven, en cuclillas, con una bolsa llena de maíz en una mano, hacía saltar hasta su boca los granos amarillentos.

Cuando los viajeros se disponían a partir, otros dos indios se presentaron en el enorme portón rústico. Levantaron una de las gruesas vigas que, incrustadas en los muros, cerraban el paso y penetraron en el vasto patio.

Su aspecto era humilde y miserable, y más miserable y humilde lo tornaban las chaquetas desgarradas, las burdas camisas abiertas sobre el pecho, las cintas de cuero, llenas de nudos, de las sandalias.

Se aproximaron lentamente a los viajeros que saltaban ya sobre sus caballos, mientras el guía indio ajustaba a su cintura la bolsa de maíz, y anudaba fuertemente en torno de sus piernas los lazos de sus sandalias.

Los viajeros eran jóvenes aún; alto el uno, muy blanco, de mirada fría y dura; el otro, pequeño, moreno, de aspecto alegre. —Señor… —murmuró uno de los indios. El viajero blanco se volvió a él. —Hola, ¿qué hay, Tomás? —Señor… déjame mi caballo… —¡Otra vez, imbécil! ¿Quieres que viaje a pie? Te he dado en cambio el mío, ya es bastante. —Pero tu caballo está muerto. —Sin duda está muerto; pero es porque le he hecho correr quince horas seguidas. ¡Ha sido un gran caballo! El tuyo no vale nada. ¿Crees tú que soportará muchas horas? —Yo vendí mis llamas para comprar ese caballo para la fiesta de San Juan… Además, señor, tú has quemado mi choza. —Cierto, porque viniste a incomodarme con tus lloriqueos. Yo te arrojé un tizón a la cabeza para que te marcharas, y tú desviaste la cara y el tizón fue a caer en un montón de paja. No tengo la culpa. Debiste recibir con respeto mi tizón. ¿Y tú, qué quieres, Pedro? —preguntó, dirigiéndose al otro indio. —Vengo a suplicarte, señor, que no me quites mis tierras. Son mías. Yo las he sembrado. —Éste es asunto tuyo, Córdova —dijo el caballero, dirigiéndose a su acompañante. —No, por cierto, éste no es asunto mío. Yo he hecho lo que me encomendaron. Tú, Pedro Quispe, no eres dueño de esas tierras. ¿Dónde están tus títulos? Es decir, ¿dónde están tus papeles? —Yo no tengo papeles, señor. Mi padre tampoco tenía papeles, y el padre de mi padre no los conocía. Y nadie ha querido quitarnos las tierras. Tú quieres darlas a otro. Yo no te he hecho ningún mal. —¿Tienes guardada en alguna parte una bolsa llena de monedas? Dame la bolsa y te dejo las tierras. Pedro dirigió a Córdova una mirada de angustia. —Yo no tengo monedas, ni podría juntar tanto dinero, —Entonces, no hay nada más que hablar. Déjame en paz. —Págame, pues, lo que me debes. —¡Pero no vamos a concluir nunca! ¿Me crees bastante idiota para pagarte una oveja y algunas gallinas que me has dado? ¿Imaginaste que íbamos a morir de hambre? El viajero blanco, que empezaba a impacientarse, exclamó: —Si seguimos escuchando a estos dos imbéciles, nos quedamos aquí eternamente… La cima de la montaña, en el flanco de la cual se apoyaba el amplio y rústico albergue, comenzaba a brillar herida por los primeros rayos del sol. La estrecha aridez se iluminaba lentamente y la desolada aridez del paisaje, limitado de cerca por las sierras negruzcas, se destacaba bajo el azul del cielo, cortado a trechos por las nubes plomizas que huían.

Córdova hizo una señal al guía, que se dirigió hacia el portón. Detrás de él salieron los dos caballeros.

Pedro Quispe se precipitó hacia ellos y asió las riendas de uno de los caballos. Un latigazo en el rostro lo hizo retroceder. Entonces, los dos indios salieron del patio, corriendo velozmente hacia una colina próxima, treparon por ella con la rapidez y seguridad de las vicuñas, y al llegar a la cumbre tendieron la vista en torno suyo.

Pedro Quispe aproximó a sus labios el cuerno que llevaba colgado a su espalda y arrancó de él un son grave y prolongado. Detúvose un momento y prosiguió después con notas estridentes y rápidas.

Los viajeros comenzaban a subir por el flanco de la montaña; el guía, con paso seguro y firme, marchaba indiferente, devorando sus granos de maíz. Cuando resonó la voz de la bocina, el indio se detuvo, miró azorado a los dos caballeros y emprendió rapidísima carrera por una vereda abierta en los cerros. Breves instantes después, desaparecía a lo lejos.

Córdova, dirigiéndose a su compañero, exclamó: —Álvarez, esos bribones nos quitan nuestro guía. Álvarez detuvo su caballo y miró con inquietud en todas direcciones. —El guía… ¿Y para qué lo necesitamos? Temo algo peor.

La bocina seguía resonando, y en lo alto del cerro la figura de Pedro Quispe se dibujaba en el fondo azul, sobre la rojiza desnudez de las cimas.

Diríase que por las cuchillas y por las encrucijadas pasaba un conjuro; detrás de los grandes hacinamientos de pasto, entre los pajonales bravíos y las agrias malezas, bajo los anchos toldos de lona de los campamentos, en las puertas de las chozas y en la cumbre de los montes lejanos, veíanse surgir y desaparecer rápidamente figuras humanas. Deteníanse un instante, dirigían sus miradas hacia la colina en la cual Pedro Quispe arrancaba incesantes sones a su bocina, y se arrastraban después por los cerros, trepando cautelosamente.

Alvarez y Córdova seguían ascendiendo por la montaña; sus caballos jadeaban entre las asperezas rocallosas, por el estrechísimo sendero, y los dos caballeros, hondamente preocupados, se dejaban llevar en silencio.

De pronto, una piedra enorme, desprendida de la cima de las sierras, pasó cerca de ellos, con un largo rugido; después otra…, otra…

Álvarez lanzó su caballo a escape, obligándolo a flanquear la montaña. Córdova lo imitó inmediatamente; pero los peñascos los persiguieron. Parecía que se desmoronaba la cordillera. Los caballos, lanzados como una tempestad, saltaban sobre las rocas, apoyaban milagrosamente sus cascos en los picos salientes y vacilaban en el espacio, a enorme altura.

En breve las montañas se coronaron de indios. Los caballeros se precipitaron entonces hacia la angosta garganta que serpenteaba a sus pies, por la cual corría dulcemente un hilo de agua, delgado y cristalino.

Se poblaron las hondonadas de extrañas armonías; el son bronco y desapacible de los cuernos brotaba de todas partes, y en el extremo del desfiladero, sobre la claridad radiante que abría dos montañas, se irguió de pronto un grupo de hombres.

En este momento, una piedra enorme chocó contra el caballo de Álvarez; se le vio vacilar un instante y caer luego y rodar por la falda de la montaña. Córdova saltó a tierra y empezó a arrastrarse hacia el punto en que se veía el grupo polvoroso del caballo y del caballero.

Los indios comenzaron a bajar de las cimas: de las grietas y de los recodos salían uno a uno, avanzando cuidadosamente, deteniéndose a cada instante con la mirada observadora en el fondo de la quebrada. Cuando llegaron a la orilla del arroyo, divisaron a los dos viajeros. Álvarez, tendido en tierra, estaba inerte. A su lado, su compañero, de pie, con los brazos cruzados, en la desesperación de la impotencia, seguía fijamente el descenso lento y temeroso de los indios.

En una pequeña planicie ondulada, formada por las depresiones de las sierras que la limitan en sus cuatro extremos con cuatro anchas crestas, esperaban reunidos los viejos y las mujeres el resultado de la
caza del hombre. Las indias, con sus cortas faldas redondas, de telas groseras, sus mantos sobre el pecho, sus monteras resplandecientes, sus trenzas ásperas que caían sobre las espaldas, sus pies desnudos, se agrupaban en un extremo silenciosas, y se veía entre sus dedos la danza vertiginosa del huso y el devanador.

Cuando llegaron los perseguidores, traían atados sobre los caballos a los viajeros. Avanzaron hasta el centro de la explanada, y allí los arrojaron en tierra, como dos fardos. Las mujeres se aproximaron entonces y los miraron con curiosidad, sin dejar de hilar, hablando en voz baja.

Los indios deliberaron un momento. Después un grupo se precipitó hacia el pie de la montaña. Regresó conduciendo dos grandes cántaros y dos grandes vigas. Y mientras unos excavaban la tierra para fijar las vigas, los otros llenaban con el licor de los cántaros pequeños jarros de barro.

Y bebieron hasta que empezó el sol a caer sobre el horizonte, y no se oía sino el rumor de las conversaciones apagadas de las mujeres y el ruido del líquido que caía dentro de los jarros al levantarse los cántaros.

Pedro y Tomás se apoderaron de los cuerpos de los caballeros, y los ataron a los postes. Álvarez, que tenía roto el espinazo, lanzó un largo gemido. Los dos indios los desnudaron, arrojando lejos de sí, una por una, todas sus prendas. Y las mujeres contemplaban admiradas los cuerpos blancos.

Después empezó el suplicio. Pedro Quispe arrancó la lengua a Córdova y le quemó los ojos. Tomás llenó de pequeñas heridas, con un cuchillo, el cuerpo de Álvarez. Luego vinieron los demás indios y les arrancaron los cabellos y los apedrearon y les clavaron astillas en las heridas. Una india joven vertió, riendo, un gran jarro de chicha sobre la cabeza de Álvarez.

Moría la tarde. Los dos viajeros habían entregado, mucho tiempo hacía, su alma al Gran Justiciero; y los indios, fatigados, hastiados ya, indiferentes seguían hiriendo y lacerando los cuerpos.

Luego fue preciso jurar el silencio. Pedro Quispe trazó una cruz en el suelo, y vinieron los hombres y las mujeres y besaron la cruz. Después desprendió de su cuello el rosario, que no lo abandonaba nunca, y los indios juraron sobre él, y escupió en la tierra, y los indios pasaron sobre la tierra húmeda.

Cuando los despojos ensangrentados desaparecieron y se borraron las últimas huellas de la escena que acababa de desarrollarse en las asperezas de la altiplanicie, la inmensa noche caía sobre la soledad de las montañas.

Después de las carreras de Manuel Gutierrez Najera

CUANDO Berta puso en el mármol de la mesa sus horquillas de plata y sus pendientes de rubíes, el reloj de bronce, superado por la imagen de Galatea dormida entre las rosas, dio con su agudo timbre doce campanadas. Berta dejó que sus trenzas de rubio veneciano le besaran, temblando, la cintura, y apagó con su aliento la bujía, para no verse desvestida en el espejo. Después, pisando con sus pies desnudos los “no-meolvides” de la alfombra, se dirigió al angosto lecho de madera color de rosa, y tras una brevísima oración, se recostó sobre las blancas colchas que olían a holanda nueva y a violeta. En la caliente alcoba se escuchaban, nada más, los pasos sigilosos de los duendes que querían ver a Berta adormecida y el tic-tac de la péndola incansable, enamorada eternamente de las horas. Berta cerró los ojos, pero no dormía. Por su imaginación cruzaban a escape los caballos del Hipódromo. ¡Qué hermosa es la vida! Una casa cubierta de tapices y rodeada por un cinturón de camelias blancas en los corredores; abajo, los coches cuyo barniz luciente hiere el sol, y cuyo interior, acolchonado y tibio, trasciende a piel de Rusia y cabritilla; los caballos que piafan en las amplias caballerizas, y las hermosas hojas de los plátanos, erguidas en tibores japoneses; arriba, un cielo azul, de raso nuevo; mucha luz, y las notas de los pájaros subiendo, como almas de cristal, por el ámbar fluido de la atmósfera; adentro, el padre de cabello blanco que no encuentra jamás bastantes perlas ni bastantes blondas para el armario de su hija; la madre que vela a su cabecera, cuando enferma, y que quisiera rodearla de algodones como si fuese de porcelana quebradiza; los niños que travesean desnudos en su cuna, y el espejo claro que sonríe sobre el mármol del tocador. Afuera, en la calle, el movimiento de la vida, el ir y venir de los carruajes, el bullicio; y por la noche, cuando termina el baile o el teatro, la figura del pobre enamorado que la aguarda y que se aleja satisfecho cuando la ha visto apearse de su coche o cerrar los maderos del balcón. Mucha luz, muchas flores y un traje de seda nuevo: ¡ésa es la vida!

Berta piensa en las carreras. “Caracole” debía ganar. En Chantilly, no hace mucho, ganó un premio. Pablo Escanden no hubiera dado once mil pesos por una yegua y un caballo malos. Además, quien hizo en París la compra de esa yegua, fue Manuel Villamil, el mexicano más perito en estas cosas de “sport”. Berta va a hacer el próximo domingo una apuesta formal con su papá: apuesta a “Aigle”; si pierde, tendrá que bordar unas pantuflas; y si gana, le comprarán el espejo que tiene Madame Drouot en su aparador. El marco está forrado de terciopelo azul y recortando la luna oblicuamente, bajo una guirnalda de flores. ¡Qué bonito es! Su cara reflejada en ese espejo, parecerá la de una hurí, que, entreabriendo las rosas del paraíso, mira el mundo.

Berta entorna los ojos, pero vuelve a cerrarlos en seguida, porque está la alcoba a oscuras.

Los duendes, que ansían verla dormida para besarla en la boca, sin que lo sienta, comienzan a rodearla de adormideras y a quemar en pequeñas cazoletas granos de opio. Las imágenes se van esfumando y desvaneciendo en la imaginación de Berta. Sus pensamientos pavesean. Ya no ve el Hipódromo bañado por la resplandeciente luz del sol, ni ve a los jueces encarnados en su pretorio, ni oye el chasquido de los látigos. Dos figuras quedan solamente en el cristal de su memoria empañada por el aliento de los sueños: “Caracole” y su novio.

Ya todo yace en el reposo inerme; El lirio azul dormita en la ventana; ¿Oyes? Desde su torre la campana La medianoche anuncia; duerme, duerme.

El genio retozón que abrió para mí la alcoba de Berta, como se abre una caja de golosinas el día de Año Nuevo, puso un dedo en mis labios, y tomándome de la mano, me condujo a través de los salones. Yo temía tropezar con algún mueble, despertando a la servidumbre y a los dueños. Pasé, pues, con cautela, conteniendo el aliento y casi deslizándome sobre la alfombra. A poco andar di contra el piano, que se quejó en si bemol; pero mi acompañante sopló, como si hubiera de apagar la luz de una bujía, y las notas cayeron mudas sobre la alfombra: el aliento del genio había roto esas pompas de jabón. En esta guisa atravesamos varias salas; el comedor de cuyos muros, revestidos de nogal, salían gruesos candelabros con las velas de esperma apagadas; los corredores, llenos de tiestos y de afiligranadas pajareras; un pasadizo estrecho y largo, como un cañuto, que llevaba a las habitaciones de la servidumbre; el retorcido caracol por donde se subía a las azoteas, y un laberinto de pequeños cuartos, llenos de muebles y de trastos inservibles.

Por fin, llegamos a una puertecita por cuya cerradura se filtraba un rayo de luz tenue. La puerta estaba atrancada por dentro, pero nada resiste al dedo de los genios, y mi acompañante, entrándose por el ojo de la
llave, quitó el morillo que atrancaba la mampara. Entramos: allí estaba Manón, la costurera. Un libro abierto extendía sus blancas páginas en el suelo, cubierto apenas con esteras rotas, y la vela moría lamiendo con su lengua de salamandra los bordes del candelero. Manón leía seguramente cuando el sueño la sorprendió. Decíanlo esa imprudente luz que habría podido causar un incendio, ese volumen maltratado que yacía junto al catre de fierro, y ese brazo desnudo que con el frío impudor del mármol, pendía, saliendo fuera del colchón y por entre las ropas descompuestas. Manón es bella, como un lirio enfermo. Tiene veinte años, y quisiera leer la vida, como quería de niña hojear el tomo de grabados que su padre guardaba en el estante, con llave, de la biblioteca. Pero Manón es huérfana y es pobre: ya no verá, como antes, a su alrededor, obedientes camareras y sumisos domésticos; la han dejado sola, pobre y enferma en medio de la vida. De aquella vida anterior que en ocasiones se le antoja un sueño, nada más le queda un cutis que trasciende aún a almendra, y un cabello que todavía no vuelven áspero el hambre, la miseria y el trabajo. Sus pensamientos son como esos rapazuelos encantados que figuran en los cuentos; andan de día con la planta descalza y en camisa; pero dejad que la noche llegue, y miraréis cómo esos pobrecitos limosneros visten jubones de crujiente seda y se adornan con plumas de faisanes.

Aquella tarde, Manón había asistido a las carreras. En la casa de Berta todos la quieren y la miman, como se quiere y se mima a un falderillo, vistiéndole de lana en el invierno y dándole en la boca mamones empapados en leche. Hay cariños que apedrean. Todos sabían la condición que había tenido antes esa humilde costurera, y la trataban con mayor regalo. Berta le daba vestidos viejos, y solía llevarla consigo, cuando iba de paseo o a tiendas. La huérfana recibía esas muestras de cariño, como recibe el pobre que mendiga, la moneda que una mano piadosa le arroja desde un balcón. A veces esas monedas descalabran. Aquella tarde, Manón había asistido a las carreras. La dejaron adentro del carruaje, porque no sienta bien a una familia aristocrática andarse de paseo con las criadas; la dejaron allí, por si el vestido de la niña se desgarraba o si las cintas de su “capota” se rompían. Manón, pegada a los cristales del carruaje, espiaba por allí la pista y las tribunas, tal como ve una pobrecita enferma, a través de los vidrios del balcón, la vida y movimiento de los transeúntes. Los caballos cruzaban como exhalaciones por la árida pista, tendiendo al aire sus crines erizadas. ¡Los caballos! Ella también había conocido ese placer, mitad espiritual y mitad físico, que se experimenta al atravesar a galope una avenida enarenada. La sangre corre más aprisa, y el aire azota como si estuviera enojado. El cuerpo siente la juventud, y el alma cree que ha recobrado sus alas.

Y las tribunas, entrevistas desde lejos, le parecían enormes ramilletes hechos de hojas de raso y claveles de carne. La seda acaricia como la mano de un amante, y ella tenía un deseo infinito de volver a sentir ese contacto. Cuando anda la mujer, su falda va cantando un himno en loor suyo. ¿Cuándo podría escuchar esas estrofas? Y veía sus manos, y la extremidad de los dedos maltratada por la aguja, y se fijaba tercamente en ese cuadro de esplendores y de fiestas, como en la noche de San Silvestre ven los niños pobres esos pasteles, esas golosinas, esas pirámides de caramelo que no gustarán ellos y que adornan los escaparates de las dulcerías. ¿Por qué estaba ella desterrada de ese paraíso? Su espejo le decía: “Eres hermosa y eres joven.” ¿Por qué padecía tanto? Luego, una voz secreta se levantaba en su interior diciendo: “No envidies esas cosas. La seda se desgarra, el terciopelo se chafa, la epidermis se arruga con los años. Bajo la azul superficie de ese lago hay mucho lodo. Todas las cosas tienen su lado luminoso y su lado sombrío. ¿Recuerdas a tu amiga Rosa Thé? Pues vive en ese cielo de teatro, tan lleno de talco, y de oropeles, y de lienzos pintados. Y el marido que escogió, la engaña y huye de su lado para correr en pos de mujeres que valen menos que ella. Hay mortajas de seda y ataúdes de palo santo, pero en todos hormiguean y muerden los gusanos.”

Manón, sin embargo, anhelaba esos triunfos y esas galas. Por eso dormía soñando con regocijos y con fiestas. Un galán, parecido a los errantes caballeros que figuran en las leyendas alemanas, se detenía bajo sus ventanas, y trepando por una escala de seda azul llegaba hasta ella, la ceñía fuertemente con sus brazos y bajaba después, cimbrándose en el aire, hasta la sombra del olivar tendido abajo. Allí esperaba un caballo tan ágil, tan nervioso como “Caracole”. Y el caballero, llevándola en brazos, como se lleva a un niño dormido, montaba en el brioso potro que corría a todo escape por el bosque. Los mastines del caserío ladraban y hasta abríanse las ventanas, y en ellas aparecían rostros medrosos; los árboles corrían, corrían en dirección contraria, como un ejército en derrota, y el caballero la apretaba contra el pecho rizando con su aliento abrasador los delgados cabellos de su nuca.

En ese instante el alba salía fresca y perfumada, de su tina de mármol, llena de rocío. ¡No entres! —¡oh fría luz!—, no entres a la alcoba en donde Manón sueña con el amor y la riqueza! ¡Deja que duerma, con su brazo blanco pendiente fuera del colchón, como una virgen que se ha embriagado con el agua de las rosas! ¡Deja que las estrellas bajen del cielo azul, y que se prendan en sus orejas diminutas de porcelana

San Antoñito de Tomás Carrasquilla

AGUEDITA PAZ era una criatura entregada a Dios y a su santo servicio. Monja fracasada por estar ya pasadita
de edad cuando le vinieron los hervores monásticos, quiso hacer de su casa un simulacro de convento, en el
sentido decorativo de la palabra; de su vida algo como un apostolado, y toda, toda ella se dio a los asuntos de
iglesia y sacristía, a la conquista de almas, a la mayor honra y gloria de Dios, mucho a aconsejar a quien lo
hubiese o no menester, ya que no tanto a eso de socorrer pobres y visitar enfermos.
De su casita para la iglesia y de la iglesia para su casita se le iba un día, y otro, y otro, entre gestiones y
santas intriguillas de fábrica, componendas de altares, remontas y zurcidos de la indumentaria eclesiástica,
toilette de santos, barrer y exornar todo paraje que se relacionase con el culto.
En tales devaneos y campañas llegó a engranarse en íntimas relaciones y compañerismos con
Damiancito Rada, mocosuelo muy pobre, muy devoto y monaguillo mayor en procesiones y ceremonias. En
quien vino a cifrar la buena señora un cariño tierno a la vez que extravagante, harto raro por cierto en gentes
célibes y devotas. Damiancito era su brazo derecho y su paño de lágrimas; él la ayudaba en barridos y
sacudidas, en el lavatorio y lustre de candelabros e incensarios; él se pintaba solo para manejar albas y
doblar corporales y demás trapos eucarísticos; a su cargo estaba el acarreo de flores, musgos y forrajes para
el altar, y era primer ayudante y asesor en los grandes días de repicar recio, cuando se derretía por esos
altares mucha cera y esperma, y se colgaban por esos muros y palamentas tantas coronas de flores,
tantísimos paramentones de colorines.
Sobre tan buenas partes, era Damiancito sumamente rezandero y edificante, comulgador insigne,
aplicado como él solo dentro y fuera de la escuela, de carácter sumiso, dulzarrón y recatado; enemigo de los
juegos estruendosos de la chiquillería, y muy dado a enfrascarse en La monja santa, Práctica de amor a
Jesucristo y en otros libros no menos piadosos y embelesadores.
Prendas tan peregrinas como edificantes, fueron poderosas a que Aguedita, merced a sus videncias e
inspiraciones, llegase a adivinar en Damián Rada no un curita de misa y olla, sino un doctor de la Iglesia,
mitrado cuando menos, que en tiempos no muy lejanos había de refulgir cual astro de sabiduría y santidad
para honra y santificación de Dios.
Lo malo de la cosa era la pobreza e infelicidad de los padres del predestinado y la no mucha abundancia
de su protectora. Mas no era ella para renunciar a tan sublimes ideales: esa miseria era la red con que el
Patas quería estorbar el vuelo de aquella alma que había de remontarse serena, serena, como una palomita,
hasta su Dios; pues no, no lograría el Patas sus intentos. Y discurriendo, discurriendo cómo rompería la
diabólica maraña, diose a adiestrar a Damiancito en tejidos de red y crochet; y tan inteligente resultó el
discípulo, que al cabo de pocos meses puso en cantarilla un ropón con muchas ramazones y arabescos que
eran un primor, labrado por las delicadas manos de Damián.
Catorce pesos, billete sobre billete, resultaron de la invención.
Tras ésta vino otra, y luego la tercera, las cuales le produjeron obras de tres cóndores. Tales ganancias
abriéronle a Aguedita tamaña agalla. Fuese al cura y le pidió permiso para hacer un bazar a beneficio de
Damián. Concedióselo el párroco, y armada de tal concesión y de su mucha elocuencia y seducciones,
encontró apoyo en todo el señorío del pueblo. El éxito fue un sueño que casi trastornó a la buena señora, con
ser que era muy cuerda: ¡sesenta y tres pesos!
El prestigio de tal dineral; la fama de las virtudes de Damián, que ya por ese entonces llenaba los
ámbitos de la parroquia, la fealdad casi ascética y decididamente eclesiástica del beneficiado formáronle
aureola, especialmente entre el mujerío y gentes piadosas. “El curita de Aguedita” llamábalo todo el mundo, y
en mucho tiempo no se habló de otra cosa que de sus virtudes, austeridades y penitencias. El curita ayunaba
témporas y cuaresmas antes que su santa Madre Iglesia se lo ordenase, pues apenas entraba por los quince;
y no así, atracándose con el mediodía y comiendo cada rato, como se estila hogaño, sino con una frugalidad
eminentemente franciscana, y se dieron veces en que el ayuno fuera al traspaso cerrado. El curita de
Aguedita se iba por esas mangas en busca de soledades, para hablar con su Dios y echarle unos párrafos de
Imitación de Cristo, obra que a estas andanzas y aislamientos siempre llevaba consigo. Unas leñadoras
contaban haberle visto metido entre una barranca, arrodillado y compungido, dándose golpes de pecho con
una mano de moler. Quién aseguraba que en un paraje muy remoto y umbrío había hecho una cruz de sauce
y que en ella se crucificaba horas enteras a cuero pelado, y nadie lo dudaba, pues Damián volvía ojeroso,
macilento, de los éxtasis y crucifixiones. En fin, que Damiancito vino a ser el santo de la parroquia, el
pararrayos que libraba a tanta gente mala de las cóleras divinas. A las señoras limosneras se les hizo preciso
que su óbolo pasara por las manos de Damián, y todas a una le pedían que las metiese en parte en sus
santas oraciones.
Y como el perfume de las virtudes y el olor de santidad siempre tuvieron tanta magia, Damián, con ser
un bicho raquítico, arrugado y enteco, aviejado y paliducho de rostro, muy rodillijunto y patiabierto, muy
contraído de pecho y maletón, con una figurilla que más parecía de feto que de muchacho, resultó hasta
bonito e interesante. Ya no fue curita: fue “San Antoñito”. San Antoñito le nombraban y por San Antoñito
entendía. “¡Tan queridito!” —decían las señoras cuando le veían salir de la iglesia, con su paso tan menudito,
sus codos tan remendados, su par de parches en las posas, pero tan aseadito y decoroso—. “Tan bello ese
modo de rezar, ¡con sus ojos cerrados! ¡La unción de esa criatura es una cosa que edifica! Esa sonrisa de
humildad y mansedumbre. ¡Si hasta en el camino se le ve la santidad!”
Una vez adquiridos los dineros, no se durmió Aguedita en las pajas. Avistóse con los padres del
muchacho, arreglóle el ajuar; comulgó con él en una misa que había mandado a la Santísima Trinidad para el
buen éxito de la empresa; diole los últimos perfiles y consejos, y una mañana muy fría de enero viose salir a
San Antoñito de panceburro nuevo, caballero en la mulita vieja de Señó Arciniegas, casi perdido entre los
zamarros del Mayordomo de Fábrica, escoltado por un rescatante que le llevaba la maleta y a quien venía
consignado. Aguedita, muy emparentada con varias señoras muy acaudaladas de Medellín, había gestionado
de antemano a fin de recomendar a su protegido; así fue que cuando éste llegó a la casa de asistencia y
hospedaje de las señoras Del Pino halló campo abierto y viento favorable.
La seducción del santo influyó al punto, y las señoras Del Pino, Doña Pacha y Fulgencita, quedaron
luego a cuál más pagada de su recomendado. El Maestro Arenas, el sastre del Seminario, fue llamado
inmediatamente para que le tomase las medidas al presunto seminarista y le hiciese una sotana y un manteo
a todo esmero y baratura, y un terno de lanilla carmelita para las grandes ocasiones y trasiegos callejeros.
Ellas le consiguieron la banda, el tricornio y los zapatos; y Doña Pacha se apersonó en el Seminario para
recomendar ante el Rector a Damián. Pero, ¡oh desgracia!, no pudo conseguir la beca: todas estaban
comprometidas y sobraba la mar de candidatos. No por eso amilanóse Doña Pacha: a su vuelta del Seminario
entró a la Catedral e imploró los auxilios del Espíritu Santo para que la iluminase en conflicto semejante. Y la
iluminó. Fue el caso que se le ocurrió avistarse con Doña Rebeca Hinestrosa de Gardeazábal, dama viuda
riquísima y piadosa, a quien pintó la necesidad y de quien recabó almuerzo y comida para el santico.
Felicísima, radiante, voló Doña Pacha a su casa, y en un dos por tres habilitó de celdilla para el seminarista
un cuartucho de trebejos que había por allá junto a la puerta falsa; y aunque pobres, se propuso darle ropa
limpia, alumbrado, merienda y desayuno.
Juan de Dios Barco, uno de los huéspedes, el más mimado de las señoras por su acendrado
cristianismo, as en el Apostolado de la Oración y malilla en los asuntos de San Vicente, regalóle al muchacho
algo de su ropa en muy buen estado y un par de botines, que le vinieron holgadillos y un tanto sacados y
movedizos de jarrete. Juancho le consiguió con mucha rebaja los textos y útiles en la Librería Católica, y
cátame a Periquito hecho fraile.
No habían transcurrido tres meses, y ya Damiancito era dueño del corazón de sus patronas, y
propietario en el de los pupilos y en el de cuanto huésped arrimaba a aquella casa de asistencia tan popular
en Medellín. Eso era un contagio.
Lo que más encantaba a las señoras era aquella parejura de genio; aquella sonrisa, mueca celeste, que
ni aun en el sueño despintaba Damiancito; aquella cosa allá, indefinible, de ángel raquítico y enfermizo, que
hasta a esos dientes podridos y desparejos daba un destello de algo ebúrneo, nacarino; aquel filtrarse la luz
del alma por los ojos, por los poros de ese muchacho tan feo al par que tan hermoso. A tanto alcanzó el
hombre que a las Señoras se les hizo un ser necesario. Gradualmente, merced a instancias que a las patronas
les brotaban desde la fibra más cariñosa del alma, Damiancito se fue quedando, ya a almorzar, ya a comer a
casa; y llegó día en que se le envió recado a la señora de Gardeazábal que ellas se quedaban definitivamente
con el encanto.
—Lo que más me pela del muchachito —decía Doña Pacha— es ese poco metimiento, esa moderación
con nosotros y con los mayores. ¿No te has fijado, Fulgencia, que si no le hablamos, él no es capaz de
dirigirnos la palabra por su cuenta?
—No digas eso, Pacha, ¡esa aplicación de ese niño! ¡Y ese juicio que parece de viejo! ¡Y esa vocación para
el sacerdocio! Y esa modestia: ni siquiera por curiosidad ha alzado a ver a Candelaria.
Era la tal una muchacha criada por las Señoras en mucho recato, señorío y temor de Dios. Sin sacarla
de su esfera y condición mimábanla cual a propia hija; y como no era mal parecida y en casa como aquélla
nunca faltan asechanzas, las Señoras, si bien miraban a la chica como un vergel cerrado, no la perdían de
vista ni un instante.
Informada Doña Pacha de las habilidades del pupilo como franjista y tejedor, púsolo a la obra, y pronto
varias señoras ricas y encopetadas le encargaron antimacasares y cubiertas de muebles. Corrida la noticia
por los réclames de Fulgencia, se le pidió un cubrecama para una novia… ¡Oh! ¡En aquello sí vieron las
Señoras los dedos de un ángel! Sobre aquella red sutil e inmaculada cual telaraña de la gloria, albeaban con
sus pétalos ideales, manojos de azucenas, y volaban como almas de vírgenes unas mariposas aseñoradas, de
una gravedad coqueta y desconocida. No tuvo que intervenir la lavandera: de los dedos milagrosos salió aquel
ampo de pureza a velar el lecho de la desposada.
Del importe del cubrecama sacóle Juancho un flux de muy buen paño, un calzado hecho sobre medida
y un tirolés de profunda hendidura y ala muy graciosa. Entusiasmada Doña Fulgencia con tantísima percha,
hízole de un retal de blusa mujeril que le quedaba en bandera una corbata de moño, a la que, por sugestión
acaso, imprimió la figura arrobadora de las mariposas supradichas. Etéreo, como una revelación de los
mundos celestiales, quedó Damiancito con los atavíos; y cual si ellos influyesen en los vuelos de su espíritu
sacerdotal, iba creciendo, al par que en majeza y galanura, en las sapiencias y reconditeces de la latinidad.
Agachado en una mesita cojitranca, vertía del latín al romance y del romance al latín ahora a Cornelio Nepote
y tal cual miaja de Cicerón, ahora a San Juan de la Cruz, cuya serenidad hispánica remansaba en tinos
hiperbatones dignos de Horacio Flaco. Probablemente Damiancito sería con el tiempo un Caro número dos.
La cabecera de su casta camita era un puro pegote de cromos y medallas, de registros y estampitas, a
cuál más religioso. Allí Nuestra Señora del Perpetuo, con su rostro flacucho tan parecido al del seminarista;
allí Martín de Porres, que armado de su escoba representaba la negrería del Cielo; allí Bernadette, de rodillas
ante la blanca aparición; allí copones entre nubes, ramos de uvas y gavillas de espigas, y el escapulario del
Sagrado Corazón, de alto relieve, destacaba sus chorrerones de sangre sobre el blanco disco de franela.
Doña Pacha, a vueltas de sus entusiasmos con las virtudes y angelismo del curita, y en fuerza acaso de
su misma religiosidad, estuvo a pique de caer en un cisma: muchísimo admiraba a los sacerdotes, y sobre
todo, al Rector del Seminario, pero no le pasaba, ni envuelto en hostias, eso de que no se le diese beca a un
ser como Damián, a ese pobrecito desheredado de los bienes terrenos, tan millonario en las riquezas eternas.
El Rector sabría mucho; tanto, si no más que el Obispo; pero ni él ni su Ilustrísima le habían estudiado, ni
mucho menos comprendido. Claro. De haberlo hecho, desbecarían al más pintado, a trueque de colocar a
Damiancito. La Iglesia Antioqueña iba a tener un San Tomasito de Aquino, si acaso Damián no se moría,
porque el muchacho no parecía cosa para este mundo.
Mientras que Doña Pacha fantaseaba sobre las excelsitudes morales de Damián, Fulgencita se daba a
mimarle el cuerpo endeble que aprisionaba aquella alma apenas comparable al cubrecama consabido.
Chocolate sin harina, de lo más concentrado y espumoso, aquel chocolate con que las hermanas se
regodeaban en sus horas de sibaritismo, le era servido en una jícara tamaña como esquilón. Lo más selecto
de los comistrajes, las grosuras domingueras con que regalaban a sus comensales, iban a dar en raciones
frailescas a la tripa del seminarista, que gradualmente se iba anchando, anchando. Y para aquella cama que
antes fuera dura tarima de costurero, hubo blandicies por colchones y almohadas, y almidonadas blancuras
semanales por sábanas y fundas, y flojedades cariñosas por la colcha grabada, de candideces blandas y flecos
desmadejados y acariciadores. La madre más tierna no repasa ni revisa los indumentos interiores de su
unigénito cual lo hiciera Fulgencita con aquellas camisas, con aquellas medias y con aquella otra pieza que
no pueden nombrar las misses. Y aunque la señora era un tanto asquienta y poco amiga de entenderse con
ropas ajenas, fuesen limpias o sucias, no le pasó ni remotamente al manejar los trapitos del seminarista ni un
ápice de repugnancia. Qué le iba a pasar; si antes se le antojaba, al manejarlas, que sentía el olor de pureza
que deben exhalar los suaves plumones de los ángeles. Famosa dobladora de tabacos, hacía unos largos y
aseñorados, que eran para que Damiancito los fumase a solas en sus breves instantes de vagar.
Doña Pacha, en su misma adhesión al santico, se alarmaba a menudo con los mimos y ajonjeos de
Fulgencia, pareciéndole un tanto sensuales y antiascéticos tales refinamientos y tabaqueos. Pero su hermana
le replicaba, sosteniéndole que un niño tan estudioso y consagrado necesitaba muy buen alimento; que sin
salud no podía haber sacerdotes, y que a alma tan sana no podían malearla las insignificancias de unos
cuatro bocados más sabrosos que la bazofia ordinaria y cuotidiana, ni mucho menos el humo de un cigarro; y
que así como esa alma se alimentaba de las dulzuras celestiales, también el pobre cuerpo que la envolvía
podía gustar algo dulce y sabroso, máxime cuando Damiancito le ofrecía a Dios todos sus goces puros e
inocentes.
Después del rosario con misterios en que Damián hacía el coro, todo él ojicerrado, todo él recogido, todo
extático, de hinojos sobre la áspera estera antioqueña que cubría el suelo, después de este largo coloquio con
el Señor y su Santa Madre, cuando ya las patronas habían despachado sus quehaceres y ocupaciones de
prima noche, solía Damián leerles algún libro místico, del padre Fáber por lo regular. Y aquella vocecilla
gangosa, que se desquebrajaba al salir por aquella dentadura desportillada, daba el tono, el acento, el
carácter místico de oratoria sagrada. Leyendo Belén, el poema de la Santa Infancia, libro en que Fáber puso
su corazón, Damián ponía una cara, unos ojos, una mueca que a Fulgencita se le antojaban transfiguración o
cosa así. Más de una lágrima se le saltó a la buena señora en esas leyendas.
Así pasó el primer año, y, como era de esperarse, el resultado de los exámenes fue estupendo; y tanto el
desconsuelo de las Señoras al pensar que Damiancito iba a separárseles durante las vacaciones, que él
mismo, motu proprio, determinó no irse a su pueblo y quedarse en la ciudad, a fin de repasar los cursos ya
hechos y prepararse para los siguientes. Y cumplió el programa con todos sus puntos y comas; entre textos y
encajes, entre redes y cuadernos, rezando a ratos, meditando con frecuencia, pasó los asuetos; y sólo salía a
la calle a las diligencias y compras que a las Señoras se les ocurría, y tal vez a paseos vespertinos a las
afueras más solitarias de la ciudad, y eso porque las Señoras a ello lo obligaban.
Pasó el año siguiente; pero no pasó, que antes se acrecentaba más y más, el prestigio, la sabiduría, la
virtud sublime de aquel santo precoz. No pasó tampoco la inquina santa de Doña Pacha al Rector del
Seminario: que cada día le sancochaba la injusticia y el espíritu de favoritismo que aun en los mismos
seminarios cundía e imperaba.
Como a fines de ese año, a tiempo que los exámenes terminaban, se les hubiese ocurrido a los padres
de Damián venir a visitarlos a Medellín, y como Aguedita estuviera de viaje a los ejercicios de diciembre,
concertaron las patronas, previa licencia paterna, que tampoco en esta vez fuese Damián a pasar las
vacaciones a su pueblo. Tal resolución les vino a las Señoras no tanto por la falta que Damián iba a hacerles,
cuanto y más por la extremada pobreza, por la miseria que revelaban aquellos viejecitos, un par de
campesinos de lo más sencillo e inocente, para quienes la manutención de su hijo iba a ser, si bien por pocos
días, un gravamen harto pesado y agobiador. Damián, este ser obediente y sometido, a todo dijo amén con la
mansedumbre de un cordero. Y sus padres, después de bendecirle, partieron, llorando de reconocimiento a
aquellas patronas tan bondadosas, a mi Dios que les había dado aquel hijo.
¡Ellos, unos pobrecitos montañeros, unos ñoes, unos muertos de hambre, taitas de un curita! Ni podían
creerlo. ¡Si su Divina Majestad fuese servida de dejarlos vivir hasta verlo cantar misa o alzar con sus manos la
hostia, el cuerpo y sangre de mi Señor Jesucristo! Muy pobrecitos eran, muy infelices; pero cuanto tenían, la
tierrita, la vaca, la media roza, las cuatro matas de la huerta, de todo saldrían, si necesario fuera, a trueque
de ver a Damiancito hecho cura. Pues ¿Aguedita? El cuajo se le ensanchaba de celeste regocijo, la
glorificación de Dios le rebullía por dentro al pensar en aquel sacerdote, casi hechura suya. Y la Parroquia
misma, al sentirse patria de Damián, sentía ya vibrar por sus aires el soplo de la gloria, el hálito de la
santidad: sentíase la Padua chiquita.
No cedía Doña Pacha en su idea de la beca. Con la tenacidad de las almas bondadosas y fervientes
buscaba y buscaba la ocasión: y la encontró. Ello fue que un día, por allá en los julios siguientes, apareció
por la casa, como llovida del cielo y en calidad de huésped, Doña Débora Cordobés, señora briosa y espiritual,
paisana y próxima parienta del Rector del Seminario. Saber Doña Pacha lo del parentesco y encargar a Doña
Débora de la intriga, todo fue uno. Prestóse ella con entusiasmo, prometiéndole conseguir del Rector cuanto
pidiese. Ese mismo día solicitó por el teléfono una entrevista con su ilustre allegado; y al Seminario fue a dar
a la siguiente mañana.
Doña Pacha se quedó atragantándose de Te Deums y Magnificats, hecha una acción de gracias; corrió
Fulgencita a arreglar la maleta y todos los bártulos del curita, no sin chocolear un poquillo por la separación
de este niño que era como el respeto y la veneración de la casa. Pasaban horas, y Doña Débora no aparecía.
El que vino fue Damián, con sus libros bajo el brazo, siempre tan parejo y tan sonreído.
Doña Pacha quería sorprenderlo con la nueva, reservándosela para cuando todo estuviera
definitivamente arreglado; pero Fulgencita no pudo contenerse y le dio algunas puntadas. Y era tal la ternura
de esa alma, tanto su reconocimiento, tanta su gratitud a las patronas, que, en medio de su dicha, Fulgencita
le notó cierta angustia, tal vez la pena de dejarlas. Como fuese a salir, quiso detenerlo Fulgencita; pero no le
fue dado al pobrecito quedarse, porque tenía que ir a la Plaza de Mercado a llevar una carta a un arriero, una
carta muy interesante para Aguedita.
Él que sale, y Doña Débora que entra. Viene inflamada por el calor y el apresuramiento. En cuanto la
sienten las Del Pino se le abocan, la interrogan, quieren sacarle de un tirón la gran noticia. Siéntase Doña
Débora en un diván exclamando:
—Déjenme descansar y les cuento.
Se le acercan, la rodean, la asedian, No respiran. Medio repuesta un punto, dice la mensajera:
—Mis queridas, ¡se las comió el santico! Hablé con Ulpianito. Hace más de dos años que no ha vuelto al
Seminario… ¡Ulpianito ni se acordaba de él!…
—¡Imposible! ¡Imposible! —exclamaban a dúo las dos señoras.
—No ha vuelto… Ni un día. Ulpianito ha averiguado con el Vicerrector, con los Pasantes, con los
Profesores todos del Seminario. Ninguno lo ha visto. El Portero, cuando oyó las averiguaciones, contó que ese
muchacho estaba entregado a la vagamundería. Por ai dizque lo ha visto en malos pasos. Según cuentas,
hasta donde los protestantes dizque ha estado…
—Ésa es una equivocación, Misiá Débora —prorrumpe Fulgencita con fuego.
—Eso es por no darle la beca —exclama Doña Pacha, sulfurada—. ¡Quién sabe en qué enredo habrán
metido a ese pobre angelito!
—Sí, Pacha —asevera Fulgencita—. A Misiá Débora la han engañado. Nosotras somos testigos de los
adelantos de ese niño; él mismo nos ha mostrado los certificados de cada mes y las calificaciones de los
certámenes.
—Pues no entiendo, mis señoras, o Ulpiano me ha engañado —dice Doña Débora, ofuscada, casi
vacilando.
Juan de Dios Barco aparece.
—Oiga, Juancho, por Dios —exclama Fulgencita en cuanto le echa el ojo encima—. Camine, oiga estas
brujerías. Cuéntele, Misiá Débora.
Resume ella en tres palabras; protesta Juancho; se afirman las Patronas; dase por vencida Doña
Débora.
—Ésta no es conmigo —vocifera Doña Pacha, corriendo al teléfono.
Tilín… tilín…
—Central… ¡Rector del Seminario!.. .
Tilín… tilín…
Y principian. No oye, no entiende; se enreda, se involucra, se tupe; da la bocina a Juancho y escucha
temblorosa. La sierpe que se le enrosca a Núñez de Arce le pasa rumbando. Da las gracias Juancho, se
despide, cuelga la bocina y aísla.
Y aquella cara anodina, agermanada, de zuavo de Cristo, se vuelve a las Señoras; y con aquella voz de
inmutable simpleza, dice:
—¡Nos co-mió el ce-bo el pen-de-je-te!
Se derrumba Fulgencia sobre un asiento. Siente que se desmorona, que se deshiela moralmente. No se
asfixia porque la caldera estalla en un sollozo.
—No llorés, Fulgencita —vocifera Doña Pacha, con voz enronquecida y temblona—, ¡déjamelo estar!
Álzase Fulgencia y ase a la hermana por los molledos.
—No le vaya a decir nada, mi querida. ¡ Pobrecito!
Rúmbala Doña Pacha de tremenda manotada.
—¡Que no le diga! ¡Que no le diga! ¡Que venga aquí ese pasmado!… ¡Jesuita! ¡ Hipócrita!
—No, por Dios, Pacha…
—¡De mí no se burla ni el obispo! ¡Vagabundo! ¡Perdido! Engañar a unas tristes viejas; robarles el pan
que podían haber dado a un pobre que lo necesitara. ¡Ah malvado, comulgador sacrílego! ¡Inventor de
certificados y de certámenes!… ¡Hasta protestante será!
—Vea mi queridita, no le vaya a decir nada a ese pobre. Déjelo siquiera que almuerce.
Y cada lágrima le caía congelada por la arrugada mejilla.
Intervienen Doña Débora y Juancho. Suplican.
—¡Bueno! —decide al fin Doña Pacha, levantando el dedo—. Jártalo de almuerzo hasta que reviente.
Pero eso sí, chocolate del de nosotras sí no le das a ese sinvergüenza. Que beba aguadulce o que se largue sin
sobremesa.
Y erguida, agrandada por la indignación, corre a servir el almuerzo.
Fulgencita alza a mirar, como implorando auxilio, la imagen de San José, su santo predilecto.
A poco llega el santico, más humilde, con la sonrisilla seráfica un poquito más acentuada.
—Camine a almorzar, Damiancito —le dice Doña Fulgencia, como en un trémolo de terneza y amargura.
Sentóse la criatura y de todo comió, con mastiqueo nervioso, y no alzó a mirar a Fulgencita, ni aun
cuando ésta le sirvió la inusitada taza de agua de panela.
Con el último trago le ofrece Doña Fulgencia un manojo de tabacos, como lo hacía con frecuencia.
Recíbelos San Antoñito, enciende y vase a su cuarto.
Doña Pacha, terminada la faena del almuerzo, fue a buscar al protestante. Entra a la pieza y no le
encuentra; ni la maleta, ni el tendido de la cama.
Por la noche llaman a Candelaria al rezo y no responde; búsqueda y no aparece: corren a su cuarto,
hallan abierto y vacío el baúl… Todo lo entienden.
A la mañana siguiente, cuando Fulgencita arreglaba el cuarto del malvado, encontró una alpargata
inmunda de las que él usaba; y al recogerla cayó de sus ojos, como el perdón divino sobre el crimen, una
lágrima nítida, diáfana, entrañable.

Cuento breve de Alfonso Reyes: La cena

Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

Roberto Bolaño

La cena, que recrea y enamora.

San Juan de la Cruz

Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.
Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?
Al fin los deleites de aquella falsa recordación me absorbieron de manera que volví a mi paso normal sin darme cuenta. De cuando en cuando, desde las intermitencias de mi meditación, veía que me hallaba en otro sitio, y que se desarrollaban ante mí nuevas perspectivas de focos, de placetas sembradas, de relojes iluminados… No sé cuánto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía en el mareo de mi respiración agitada.
De pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frío sobre mi epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más cercana: aquél era el término.
Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. La fecha era del día anterior. La carta decía solamente:
«Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!…»
Ni una letra más.
Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto. El caso, además, ofrecía singular atractivo: el tono, familiar y respetuoso a la vez, con que el anónimo designaba a aquellas señoras desconocidas; la ponderación: «¡Ah, si no faltara!…», tan vaga y tan sentimental, que parecía suspendida sobre un abismo de confesiones, todo contribuyó a decidirme. Y acudí, con el ansia de una emoción informulable. Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a través de avenidas de relojes y torreones, solemnes como esfinges de la calzada de algún templo egipcio.
La puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer desconocida.
Volvime: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para mí más que una silueta, donde mi imaginación pudo pintar varios ensayos de fisonomía, sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos y explicaciones.
—Pase usted, Alfonso.
Y pasé, asombrado de oírme llamar como en mi casa. Fue una decepción el vestíbulo. Sobre las palabras románticas de la esquela (a mí, al menos, me parecían románticas), había yo fundado la esperanza de encontrarme con una antigua casa, llena de tapices, de viejos retratos y de grandes sillones; una antigua casa sin estilo, pero llena de respetabilidad. A cambio de esto, me encontré con un vestíbulo diminuto y con una escalerilla frágil, sin elegancia; lo cual más bien prometía dimensiones modernas y estrechas en el resto de la casa. El piso era de madera encerada; los raros muebles tenían aquel lujo frío de las cosas de Nueva York, y en el muro, tapizado de verde claro, gesticulaban, como imperdonable signo de trivialidad, dos o tres máscaras japonesas. Hasta llegué a dudar… Pero alcé la vista y quedé tranquilo: ante mí, vestida de negro, esbelta, digna, la mujer que acudió a introducirme me señalaba la puerta del salón. Su silueta se había colorado ya de facciones; su cara me habría resultado insignificante, a no ser por una expresión marcada de piedad; sus cabellos castaños, algo flojos en el peinado, acabaron de precipitar una extraña convicción en mi mente: todo aquel ser me pareció plegarse y formarse a las sugestiones de un nombre.
—¿Amalia?— pregunté.
—Sí—. Y me pareció que yo mismo me contestaba.
Cuento breve de Alfonso ReyesEscritor Alfonso Reyes
El salón, como lo había imaginado, era pequeño. Mas el decorado, respondiendo a mis anhelos, chocaba notoriamente con el del vestíbulo. Allí estaban los tapices y las grandes sillas respetables, la piel de oso al suelo, el espejo, la chimenea, los jarrones; el piano de candeleros lleno de fotografías y estatuillas —el piano en que nadie toca—, y, junto al estrado principal, el caballete con un retrato amplificado y manifiestamente alterado: el de un señor de barba partida y boca grosera.
Doña Magdalena, que ya me esperaba instalada en un sillón rojo, vestía también de negro y llevaba al pecho una de aquellas joyas gruesísimas de nuestros padres: una bola de vidrio con un retrato interior, ceñida por un anillo de oro. El misterio del parecido familiar se apoderó de mí. Mis ojos iban, inconscientemente, de doña Magdalena a Amalia, y del retrato a Amalia. Doña Magdalena, que lo notó, ayudó mis investigaciones con alguna exégesis oportuna.
Lo más adecuado hubiera sido sentirme incómodo, manifestarme sorprendido, provocar una explicación. Pero doña Magdalena y su hija Amalia me hipnotizaron, desde los primeros instantes, con sus miradas paralelas. Doña Magdalena era una mujer de sesenta años; así es que consistió en dejar a su hija los cuidados de la iniciación. Amalia charlaba; doña Magdalena me miraba; yo estaba entregado a mi ventura.
A la madre tocó —es de rigor— recordarnos que era ya tiempo de cenar. En el comedor la charla se hizo más general y corriente. Yo acabé por convencerme de que aquellas señoras no habían querido más que convidarme a cenar, y a la segunda copa de Chablis me sentí sumido en un perfecto egoísmo del cuerpo lleno de generosidades espirituales. Charlé, reí y desarrollé todo mi ingenio, tratando interiormente de disimularme la irregularidad de mi situación. Hasta aquel instante las señoras habían procurado parecerme simpáticas; desde entonces sentí que había comenzado yo mismo a serles agradable.
El aire piadoso de la cara de Amalia se propagaba, por momentos, a la cara de la madre. La satisfacción, enteramente fisiológica, del rostro de doña Magdalena descendía, a veces, al de su hija. Parecía que estos dos motivos flotasen en el ambiente, volando de una cara a la otra.
Nunca sospeché los agrados de aquella conversación. Aunque ella sugería, vagamente, no sé qué evocaciones de Sudermann, con frecuentes rondas al difícil campo de las responsabilidades domésticas y —como era natural en mujeres de espíritu fuerte— súbitos relámpagos ibsenianos, yo me sentía tan a mi gusto como en casa de alguna tía viuda y junto a alguna prima, amiga de la infancia, que ha comenzado a ser solterona.
Al principio, la conversación giró toda sobre cuestiones comerciales, económicas, en que las dos mujeres parecían complacerse. No hay asunto mejor que éste cuando se nos invita a la mesa en alguna casa donde no somos de confianza.
Después, las cosas siguieron de otro modo. Todas las frases comenzaron a volar como en redor de alguna lejana petición. Todas tendían a un término que yo mismo no sospechaba. En el rostro de Amalia apareció, al fin, una sonrisa aguda, inquietante. Comenzó visiblemente a combatir contra alguna interna tentación. Su boca palpitaba, a veces, con el ansia de las palabras, y acababa siempre por suspirar. Sus ojos se dilataban de pronto, fijándose con tal expresión de espanto o abandono en la pared que quedaba a mis espaldas, que más de una vez, asombrado, volví el rostro yo mismo. Pero Amalia no parecía consciente del daño que me ocasionaba. Continuaba con sus sonrisas, sus asombros y sus suspiros, en tanto que yo me estremecía cada vez que sus ojos miraban por sobre mi cabeza.
Al fin, se entabló, entre Amalia y doña Magdalena, un verdadero coloquio de suspiros. Yo estaba ya desazonado. Hacia el centro de la mesa, y, por cierto, tan baja que era una constante incomodidad, colgaba la lámpara de dos luces. Y sobre los muros se proyectaban las sombras desteñidas de las dos mujeres, en tal forma que no era posible fijar la correspondencia de las sombras con las personas. Me invadió una intensa depresión, y un principio de aburrimiento se fue apoderando de mí. De lo que vino a sacarme esta invitación insospechada:
—Vamos al jardín.
Esta nueva perspectiva me hizo recobrar mis espíritus. Condujéronme a través de un cuarto cuyo aseo y sobriedad hacía pensar en los hospitales. En la oscuridad de la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto.
Nos sentamos bajo el emparrado. Las señoras comenzaron a decirme los nombres de las flores que yo no veía, dándose el cruel deleite de interrogarme después sobre sus recientes enseñanzas. Mi imaginación, destemplada por una experiencia tan larga de excentricidades, no hallaba reposo. Apenas me dejaba escuchar y casi no me permitía contestar. Las señoras sonreían ya (yo lo adivinaba) con pleno conocimiento de mi estado. Comencé a confundir sus palabras con mi fantasía. Sus explicaciones botánicas, hoy que las recuerdo, me parecen monstruosas como un delirio: creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello.
La oscuridad, el cansancio, la cena, el Chablis, la conversación misteriosa sobre flores que yo no veía (y aun creo que no las había en aquel raquítico jardín), todo me fue convidando al sueño; y me quedé dormido sobre el banco, bajo el emparrado.
—¡Pobre capitán! —oí decir cuando abrí los ojos—. Lleno de ilusiones marchó a Europa. Para él se apagó la luz.
En mi alrededor reinaba la misma oscuridad. Un vientecillo tibio hacía vibrar el emparrado. Doña Magdalena y Amalia conversaban junto a mí, resignadas a tolerar mi mutismo. Me pareció que habían trocado los asientos durante mi breve sueño; eso me pareció…
—Era capitán de Artillería —me dijo Amalia—; joven y apuesto si los hay.
Su voz temblaba.
Y en aquel punto sucedió algo que en otras circunstancias me habría parecido natural, pero entonces me sobresaltó y trajo a mis labios mi corazón. Las señoras, hasta entonces, sólo me habían sido perceptibles por el rumor de su charla y de su presencia. En aquel instante alguien abrió una ventana en la casa, y la luz vino a caer, inesperada, sobre los rostros de las mujeres. Y —¡oh cielos!— los vi iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el aire —perdidas las ropas negras en la oscuridad del jardín— y con la expresión de piedad grabada hasta la dureza en los rasgos. Eran como las caras iluminadas en los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y fantásticos.
Salté sobre mis pies sin poder dominarme ya.
—Espere usted —gritó entonces doña Magdalena—; aún falta lo más terrible.
Y luego, dirigiéndose a Amalia:
—Hija mía, continúa; este caballero no puede dejarnos ahora y marcharse sin oírlo todo.
—Y bien —dijo Amalia—: el capitán se fue a Europa. Pasó de noche por París, por la mucha urgencia de llegar a Berlín. Pero todo su anhelo era conocer París. En Alemania tenía que hacer no sé qué estudios en cierta fábrica de cañones… Al día siguiente de llegado, perdió la vista en la explosión de una caldera.
Yo estaba loco. Quise preguntar; ¿qué preguntaría? Quise hablar; ¿qué diría? ¿Qué había sucedido junto a mí? ¿Para qué me habían convidado?
La ventana volvió a cerrarse, y los rostros de las mujeres volvieron a desaparecer. La voz de la hija resonó:
—¡Ay! Entonces, y sólo entonces, fue llevado a París. ¡A París, que había sido todo su anhelo! Figúrese usted que pasó bajo el Arco de la Estrella: pasó ciego bajo el Arco de la Estrella, adivinándolo todo a su alrededor… Pero usted le hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París que él no pudo ver. ¡Le hará tanto bien!
(«¡Ah, si no faltara!»… «¡Le hará tanto bien!»)
Y entonces me arrastraron a la sala, llevándome por los brazos como a un inválido. A mis pies se habían enredado las guías vegetales del jardín; había hojas sobre mi cabeza.
—Helo aquí —me dijeron mostrándome un retrato. Era un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa blanca, y los galones plateados en las mangas y en las presillas como tres toques de clarín. Sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular. Miré a las señoras: las dos sonreían como en el desahogo de la misión cumplida. Contemplé de nuevo el retrato; me vi yo mismo en el espejo; verifiqué la semejanza: yo era como una caricatura de aquel retrato. El retrato tenía una dedicatoria y una firma. La letra era la misma de la esquela anónima recibida por la mañana.
El retrato había caído de mis manos, y las dos señoras me miraban con una cómica piedad. Algo sonó en mis oídos como una araña de cristal que se estrellara contra el suelo.
Y corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos. Los relojes de los torreones me espiaban, congestionados de luz… ¡Oh, cielos! Cuando alcancé, jadeante, la tabla familiar de mi puerta, nueve sonoras campanadas estremecían la noche.
Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté.

 

Cuento breve de Alfonso Reyes: La cena