Los cuentos de Lucía Berlin

https://julianvalle.blogspot.com/2018/10/los-cuentos-de-lucia-berlin.html

Dice el escritor y premio Nobel (2001) Vidiadhar Surajprasad Naipul fallecido el mes pasado: «Leo un fragmento de texto y con solo uno o dos párrafos sé si lo ha escrito una mujer o no. Creo que [eso] no está a mi nivel» (London Evening Standard en 2011). Lo dice porque cree que la literatura firmada por mujeres peca de «sentimentalismo y estrechez de miras».

En otras cuestiones podría tener puntos en común con este señor pero aquí estoy en total desacuerdo. Quizá no dispongo de ese fino olfato para localizar hembras en literatura. Me parece simplemente un pecado de soberbia: eliminar a todas esas candidatas que están entre más de la mitad de la población mundial, y que le podrían hacer sombra.

Sea por lo que sea, el caso es que yo no he leído aún a Naipul, quizá algún día…no sé…no sé.

Karen Blixen, sus libros, sus pinturas

Lo que si he leído es a Isak Dinesen que como todo el mundo sabe, y también Naipul, no es un tío. Se llamaba Karen Blixen (Rungsted, Dinamarca, 1885-1962) y adoptó este pseudónimo -con el que fue una celebridad- para poder publicar sus Sietecuentos góticos en EEUU. Fue una escritora que se podría decir que no hacía literatura: para ella la escritura era algo tan natural como comer: era su visión del mundo, su forma de relacionarse con el. Me encanta el cuento, por eso Blixen está entre mis escritores favoritos: la mejor literatura en este género. Pero además de Blixen he encontrado otra santa para mi devoción… gracias a un regalo y al fino olfato literario (que no hace distinción de sexos pero sí es sensible a la excelencia) de Ana L.: los cuentos de Lucia Berlin (Juneau, Alaska,1936 – Marina del Rey, L. Á., 2004) reunidos en Manual para mujeres de la limpieza

Estamos ante una escritora que el marketing etiqueta como maldita: sí… ¡maldita suerte! le llega el éxito en 2015 (en España será en 2016) cuando ya llevaba una década muerta. Esto del malditismo podría ponernos en alerta, pero no, es una escritora fantástica, llena de matices y con el tono y ritmo justo: música. Da la sensación que todo tiene cabida en sus historias, los amores y desamores, su áspera y particular familia, los hijos que saca adelante ella sola, episodios de penuria económica, alcoholismo, sus innumerables mudanzas y variados trabajos alimenticios. Y entre ellos el de mujer de la limpiezaque da título a una de sus historias y al libro que tenemos entre manos.

Lucía Berlin

Con Lucía Berlin da la sensación de vivir sus historias, todas tan diferentes, con total naturalidad y siempre con chispa, con ese punto de humor, tan sutil, certero y humano…incluso en los episodios más tristes: sea una enfermedad terminal o una alcohólica apurando todas las posibilidades de buscar una botella contra viento y marea. Dice Lucia B:

No me importa contarle a la gente cosas terribles si puedo hacerlas divertidas.

Mi cuento favorito es un viaje en coche (Coche eléctrico. El Paso) con dos abuelitas, piloto y copiloto, contado por una niña, todo el trufado con citas bíblicas. Ese que empieza describiendo el coche, atentos a todos esos pequeños detalles, como ese hilo en el texto que es todo uñas, ja ja ja: 

Parecía un coche cualquiera, salvo porque era muy alto y corto, como un coche estampado contra una pared en una tira cómica. Un coche con los pelos de punta. Mamie subio delante, y yo me monté detrás.
Entrar allí era como rascar una pizarra con las uñas. Las ventanillas estaban cubiertas por una capa de polvo ocre. Las paredes y los asientos eran de terciopelo enmohecido y polvoriento. Marrón topo. En aquella época me mordía mucho las uñas.

Cuenta la mujer de la limpieza:

En cuanto me pongo a trabajar, antes de nada compruebo dónde están los relojes, los anillos, los bolsos de fiesta de lamé dorado. Luego, cuando vienen con las prisas, jadeando sofocadas, contesto tranquilamente: «Debajo de su almohada, detrás del inodoro verde sauce». Creo que lo único que robo, de hecho, son somníferos. Los guardo para un día de lluvia.

Dice que los guarda para un día de lluvia. Así termina el párrafo: ras, ras, tras, plum, crash…y la lluvia. Es como el mecanismo de un reloj, como un plato exótico con una inesperada combinación…es perfecto (señor Naipul) Y es que todo es así, no hay relleno, se dice lo justo y de tal manera que no se pueda contar mejor. Se respira aire fresco, amor, libertad, belleza y mucha vida. Después de leer a Lucia Berlin ya no puedo leer a grandes literatos. Es que se me hace un bolo en la boca, se me llenan los carrillos y nada, que no trago. Algún día leeré a Naipul, tal vez…puede…no sé, no sé. Quizá con una buena jarra de cerveza en la otra mano…y a sorbitos.

Manual para mujeres de la limpieza, de Berlin

http://revistaguay.fahce.unlp.edu.ar/index.php/2021/04/21/manual-para-mujeres-de-la-limpieza-de-berlin/

Chuck Palahniuk: “La buena literatura de ficción lleva al lector a un lugar al que nunca habría querido ir” – Infobae

https://www.infobae.com/cultura/2022/03/21/chuck-palahniuk-la-buena-literatura-de-ficcion-lleva-al-lector-a-un-lugar-al-que-nunca-habria-querido-ir/

Las respuestas de Elena Garro a las cartas de Octavio Paz – Pie de Página

https://piedepagina.mx/la-respuesta-de-elena-garro-a-las-cartas-de-octavio-paz/

La ciencia ficción que recomiendo leer para gente que se quedó en Asimov y Arthur C. Clarke

https://www.xataka.com/literatura-comics-y-juegos/ciencia-ficcion-que-recomiendo-leer-para-gente-que-se-quedo-asimov-arthur-c-clarke-1

La literatura sociológica de las escritoras mexicanas | Confabulario | Suplemento cultural

https://confabulario.eluniversal.com.mx/la-literatura-sociologica-de-las-escritoras-mexicanas/

La Casa del Lago, Inés Arredondo, Tomás Segovia y Onetti

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se pregunta Urroz: “(…) en un mundo literario regido por los hombres, ser una escritora genial, ser una escritora rigurosa como Inés, equivalía –y sigue equivaliendo- a ser simplemente una “buena escritora”, una autora “decente” y nada más, cuando lo cierto es que no estamos frente a una “buena cuentista” o una “autora decente” o “ de valía”, sino ante el mejor autor de cuentos que ha dado México en el siglo XX al lado de Juan Rulfo (…)” (Algaida, Col. Calembe, Madrid, 2007).A García Ponce, en particular, la unió una entrañable amistad y una empatía absoluta en cuanto a su visión del quehacer literario, amén de una pasión amorosa momentánea, inmediatamente posterior a su divorcio del poeta Tomás Segovia de quien, dicen las malas lenguas, no soportó que Juan Carlos Onetti llegara a casa de los Segovia no en busca del gran poeta, sino de la esposa de este refundida en la cocina, la escritora mexicana Inés Arredondo por quien el narrador uruguayo afirmó sentir gran admiración, “El comentario de Onetti—narra Claudia Albarrán, biógrafa de Inés —fue para ella sol de verano en medio de ese crudo invierno (el de su desdichado matrimonio); para Tomás y su ego, una despiadada tormenta de nieve.” (Luna menguante, Vida y obra de Inés Arredondo, Juan Pablos, 2000). Junto con Melo, Bátis y García Ponce, la entonces joven divorciada con tres hijos pequeños conformó el ya legendario Taller de la Casa del Lago.

tomado de fb

Ishiguro: lo que queda del día y la hoja en blanco

Hace pocos días que Kazuo Ishiguro fue elegido por la Academia Sueca para formar parte del Olimpo literario compuesto por los ganadores del Premio Nobel de Literatura. El autor británico no es un escritor especialmente prolífico, pero sus obras parecen estar medidas palabra por palabra, en un ejercicio de preciosismo difícil de imitar. Por eso sorprende que el propio Ishiguro confiese que escribió Lo que queda del día, una de sus obras más conocidas, en apenas cuatro semanas.
Sí, cuatro semanas. Un mes. El tiempo en que otros autores apenas han puesto las primeras piezas de la documentación en su sitio. En un artículo de The Guardian, publicado en 2014, comentó cómo enfrentarse al bloqueo del escritor y a la página en blanco, explicando su propio método para encarar una de las novelas más importantes de su carrera y que fue adaptada posteriormente al cine con gran éxito.
Hay que tener en cuenta que entonces Ishiguro tenía 32 años, tenía problemas de trabajo y la creatividad parecía que se le escapaba. Entonces urdió una estrategia junto a su esposa, Lorna, para reactivar su parte más imaginativa. Lo que no podía esperar es que le diera un resultado tan impresionante. Según él:
Durante un periodo de cuatro meses, limpiaría sin miedo mi agenda y entraría en lo que llamamos “misteriosamente” un accidente. Durante ese accidente no haría otra cosa que escribir desde las 9 de la mañana a las 10:30 de la noche, de lunes a sábado. Tendría una hora libre para comer y dos para cenar. No miraría ni respondería el correo y no me acercaría al teléfono. Nadie vendría a casa. Lorna, pese a su propia agenda, se encargaría durante ese periodo de mi parte en la cocina y las tareas de la casa. De esa manera, esperábamos, no sólo completaría más trabajo de manera cuantitativa, sino que también entraría en un estado mental en el que mi mundo de ficción se convertiría en más real para mía que el de verdad.
Este plan de choque acabó funcionando, ya que Ishiguro escribió Lo que queda del día en esas cuatro semanas, al menos, o eso parece, la primera versión. En un mes, sólo en un mes, logró dejar atrás la crisis creativa que le amenazaba y terminar una de sus mejores obras. La concentración y la constancia como base de una voluntad volcada en la creatividad.

¿Dónde radica, exactamente, la grandeza literaria de Solzhenitsyn? En el centenario de su nacimiento, este texto propone una respuesta.

TOMADO DE LETRAS LIBRES:https://www.letraslibres.com/mexico/literatura/solzhenitsyn-en-su-centenario

Pocos escritores del siglo XX pueden vanagloriarse de haber descubierto un gran tema, uno de esos puestos de avanzada literaria que sirven para arrojar luz sobre un periodo histórico, una estructura social, un sistema político, una ideología y varios recovecos de la condición humana. Alexander Solzhenitsyn puede presumir de descubridor en todos esos campos. Su tema se resume en unas siglas que, aunque tienen precedentes en la extensa literatura carcelaria rusa (Korolenko, Dostoievski), fueron capaces de colocar la realidad soviética en una nueva dimensión del horror. Toda la literatura sobre el Gulag es posterior a Solzhenitsyn. El gran Varlam Shalamov es su contemporáneo, pero como prueba la célebre polémica que sostuvieron, Shalamov no podía dejar de ver el lager con los ojos de un literato. Los Relatos de la Kolimá no traicionan, por supuesto, una realidad espantosa. Pero su autor no es capaz de lidiar solo con los “puñados de verdad”, necesita un estilo. Archipiélago Gulag fue un libro inaugural porque reveló «en crudo» todos los detalles de un secreto cuyo peso acabó imponiéndose (pese a las numerosas mezquindades) como evidencia histórica sobre décadas de ocultamiento y costra propagandística. Muy pocos libros del siglo XX consiguieron esa radical influencia.

Recuerdo claramente la tarde de adolescencia en que terminé de leer Un día en la vida de Iván Denísovich, en una edición cubana de la colección Cocuyo. Aquellas páginas me preocuparon, porque hasta esa tarde yo había pensado que existía la posibilidad de que todo lo que se decía sobre el estalinismo fuese una estudiada campaña de propaganda enemiga. No me culpen: tenía apenas 16 años, vivía en La Habana y solo había hecho un viaje estudiantil a Bulgaria. Fue el sobrio relato del calvario de Iván Denísovich Shújov en un campo de trabajo lo que me hizo dudar, casi por primera vez. Aquello no podía ser falso. Se presentaba como novela, sí. Pero algo sostenía la rotunda verdad revelada en aquel libro, una verosimilitud última, al margen de cualquier etiqueta de ficción. Leer aquello era saber que había sucedido.

La única otra referencia a Solzhenitsyn que podía encontrarse en las librerías habaneras de esa época formaba parte (aunque yo aún no lo sabía) de un itinerario de expiación ideológica por el pecado cometido a mediados de los sesenta. La espiral de la traición de Solzhenitsin (Arte y Literatura, 1979), del checo Thomas Rezac, dejaba, ya desde su portada (una maligna estilográfica enroscada como una serpiente) poco lugar a las dudas sobre el mal causado. Muchos años después me enteré de que Rezac era, en realidad, un agente de los servicios secretos checos que trabajaba para el KGB, y que su libro se lo habían dictado casi página por página. Los detalles de esa infamia los cuenta B. A. Ivanov, en un artículo de Novy Mir (titulado “Sovershenno sekretno”, 1992, No. 4). Aquel libelo checo tuvo tremenda influencia en una lejana isla del Caribe. Sobre todo, porque nunca se publicó en Cuba ni una sola página del Archipiélago Gulag, un libro que solamente hubiera podido publicar alguien que ya tenía un Premio Nobel, y que aún así le acarreó a su autor numerosas consecuencias negativas para eso que llaman “carrera literaria”.

A Solzhenitsyn le quedó el consuelo de vivir lo bastante como para contemplar su victoria, la victoria de su verdad sobre la propaganda soviética. Desde ese punto de vista, fue el único escritor soviético que recuperó con orgullo su condición de escritor ruso, un apelativo que arrastra nociones mucho más amplias que una mera denominación geográfica. No se trata solo de su parentesco con la tradición eslavófila ni de su vínculo con el canon clásico de su lengua (sobre todo con Tólstoi). Se trata, también, de que Solzhenitsin vivió para ver a la Unión Soviética rebautizada como Federación Rusa, recibir de nuevo la nacionalidad que le habían quitado las autoridades, leer la noticia de la muerte de Andrópov (que fue quien se ocupó personalmente de su “caso”) y recibir con una sonrisa el homenaje oficial del presidente Vladimir Putin (bisoño agente del KGB, por cierto, en aquellos años de sus desdichas). De todos esos desagravios, el más importante ocurrió en 1989, cuando se publicaron los primeros islotes del Archipiélago –también en Novy Mir, creo recordar. Hubo tiempo hasta de que los rusos volvieran a criticarlo, esta vez por reaccionario y antioccidental.

Ejerció de clásico vivo, aunque creo que poco y mal leído en España (salvo notables excepciones, como Juan Pedro Quiñonero). Publicado en fecha tan temprana como 1974 por Plaza & Janés, Solzhenitsyn visitó Madrid en 1976 y trató de convencer a los españoles de que el franquismo no podía llamarse «dictadura». Su más seria editora en español, Beatriz de Moura, me confesó una vez que publicarlo había sido una empresa económicamente deficitaria. Y eso a pesar del famoso episodio de su entrevista televisiva, y la airada respuesta de Juan Benet –en otras cosas con la cabeza tan bien puesta, pero que en esa época pre corrección política se permitió la frivolidad de asegurar: «mientras existan gentes como Solzhenitsyn perdurarán y deben perdurar los campos de concentración», levantando una alharaca que dura hasta hoy.

La realidad es que Benet no debe haber leído bien las novelas de Solzhenitsyn, y como él, tantos españoles a los que cualquier comentario sobre la «amenaza comunista» les olía, simplemente, a propaganda franquista. El personaje podía ser un poco caricaturesco, pero asegurar que era un mal escritor resulta un gran despropósito, ridículo, además, en alguien que no sabía ruso. Por otra parte, Benet no era precisamente marxista, como se ha ocupado de precisar su viuda, Blanca Andreu, y lo fue menos después de viajar a Budapest. Lo que molestó a Benet fue que el ruso era justamente lo opuesto del tipo de escritor, digamos «alegórico», que él representaba.

¿Dónde radica, exactamente, la grandeza literaria de Solzhenitsyn?

La clave hay que buscarla en el subtítulo del Archipiélago Gulag, «ensayo de investigación literaria» y en la pequeña nota que le sigue: «En este libro no hay personajes ni hechos imaginarios. Las personas y los lugares aparecen con sus propios nombres (…)». El proyecto de una novela sin ficción, una novela que obedece a la idea ortodoxa de «dar testimonio» del sufrimiento, de dejar para los otros al menos la huella del dolor padecido completa la maldición histórica del escritor ruso, encadenado a esa encarnación rusa de la voluntad de poder que es el starets, el Gran Inquisidor. Del Dostoievsky de Recuerdos de la casa de los muertos hasta la Svetlana Aleksiévich de Voces de Chernóbil, la idea de explorar sin ficción los polos de la crueldad humana reviste el aura de un renacimiento espiritual, de un acto de purificación. En el caso de Solzhenitsyn, esta suerte de expiación revistió también un espectacular trabajo con el idioma: rescató para la lengua rusa miles de palabras que no estaban en los diccionarios.

Sin embargo, la otra cara de este trabajo literario es el pensador reaccionario que nunca se cansó, como otros de sus predecesores eslavófilos (Dostoievski, Rozánov), de negar la Ilustración y la Revolución francesa, de echar en cara a Occidente su liberalismo, su «mediocridad» espiritual y su «error materialista». Ese Solzhenitsyn predicador de la ortodoxia como «la verdadera fe de Rusia», crítico del bolchevismo en tanto martirio de una nación que deberá volver sobre sus raíces para no perecer, se arrastró también por todos los tópicos del antisemitismo, un delirio etnicista lleno de frases que darían risa si no planeara sobre ellos la sombra de un destino macabro y la obsesión nacionalista de Putin.

A propósito de Gogol y su terrible dependencia del pope Matvei, Cioran advertía el terrible proceso del que fueron víctimas algunos escritores rusos: «cuando los dones de un escritor se agotan, la vacante de su inspiración la ocupan las inepcias de un director espiritual».  Solzhenitsyn fue, al mismo tiempo, ese escritor dotado y ese director espiritual que se dedica a apagar los rescoldos de su propio talento. Sin embargo, su centenario se celebra ahora por todo lo alto en Rusia y en Francia, con debates, conferencias, polémicas. Nada parecido habrá en España, donde los lectores aún esperan para poder leer los fragmentos autobiográficos de Ugodilo zernyshko promezh dvukh zhernovov (El pequeño grano logró aterrizar entre dos piedras de molino), tal vez el libro más importante de memorias que haya publicado cualquier autor ruso en las últimas tres décadas

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J.j.Arreola y Alfonso Reyes

Aurelio Herrera Universidad Autónoma Metropolitana – Iztapalapa

Editorial

Encuadernador, abonero, tepachero, cuidador fracasado de gallinas, vendedor de zapatos, recitador, traductor, impresor; Juan José Arreola se desempeñó en diversos oficios a lo largo de su vida y, como buen conversador, conoció innumerables personas no sólo del ámbito literario sino también de la cultura popular y de la esfera política mexicana. Se podrían trazar historias de muchas de estas relaciones; sin embargo, hubo una que, como una sombra que permanece siempre junto a nosotros, acompañó a Juan José Arreola a partir de un momento decisivo en su vida: su tan anhelado viaje a París.
El personaje al que me refiero, ya había desempeñado una carrera diplomática y social en la capital francesa entre los años 1924 y 1927: Alfonso Reyes. Aunque no tan cercana como la entrañable amistad con Antonio Alatorre, la relación Reyes y Arreola se basó principalmente en el apoyo en el ambiente literario, ya para continuar los estudios del jalisciense, ya para que formara parte de un equipo editorial.
Siempre preocupado por el surgimiento de nuevas figuras en la república de las letras, Alfonso Reyes tenía su propio talento: sabía perfectamente quién tenía el potencial necesario para destacar en el mundo literario. En su momento, Reyes brindó su apoyo a jóvenes creadores que se convirtieron en figuras destacadas, como el propio Octavio Paz. Arreola fue sin duda uno de estos talentos con los que don Alfonso no escatimó al momento de brindarle apoyo, siempre y cuando hubiera resultados.
El anhelo parisino
Volviendo al origen de esta relación, recordemos que uno de los grandes sueños del joven Arreola era viajar a París. El primer rumor de esa palabra se remonta a una experiencia infantil en la que el futuro escritor, entonces de tan sólo cuatro años, se encontraba perdido junto con sus hermanos en la oscuridad de las montañas de Zapotlán. Juan Cameros, hijo del maestro peluquero Ramón Cameros y amigo del padre de Arreola, los encontró y, al entregarlos a su madre, “dijo con una voz como inspirada: «Aquí le traigo a los niños perdidos de París». Ésa fue la primera vez que yo escuché a una persona pronunciar la palabra ‘París’”[1].
Pero su conocimiento no se limitó tan sólo a la palabra. Posteriormente, gracias a la suscripción de su padre a la Revista de Revistas, Arreola tuvo su primer contacto con la capital de Francia a través de las fotografías impresas en el suplemento cultural y de los artículos que escribían los corresponsales mexicanos que estaban en dicha ciudad en ese entonces, como José Juan Tablada y Arqueles Vela.
El gusto por París y su posterior idea de estudiar teatro en esa capital, se reafirmaron con el conocimiento de uno de los hombres que Arreola más admiró: Louis Jouvet. “Un día me entero que desde 1943 Jouvet había salido de Francia con una compañía improvisada por actores que se la jugaron con él”[2]. En efecto, debido a la ocupación alemana, Jouvet se vio forzado a cerrar su teatro. Sin embargo, gracias a sus buenas relaciones con las autoridades de París, recibió apoyo tramitando un salvoconducto a favor de él y su compañía, y se embarcó en un viaje rumbo América Latina, donde recorrió Brasil, Buenos Aires, Santiago y, por supuesto, México: “Cuando la colonia francesa de Guadalajara se enteró de la inminencia de su viaje a México, empezó a solicitarle a Educación Pública y a Relaciones Exteriores su intervención para que viniera. Jouvet acepta la invitación de Guadalajara, y viaja en tren desde México”[3].
La Comedia Francesa de Jouvet llega en junio de 1944 a Guadalajara para presentar en el Teatro Degollado varias obras de su repertorio. “De tan magno acontecimiento –nos dice Arreola– me enteré de manera inesperada a través de los anuncios colocados en algunas paredes de las calles más céntricas de la ciudad y en los aparadores de las tiendas más concurridas. Mi sorpresa fue mayúscula cuando vi el rostro de Louis Jouvet pegado en el escaparate”[4]. Con ramo de rosas en mano, Arreola recibe a Jouvet en la estación de trenes. Posteriormente, lo intercepta en el Teatro Degollado y le habla en un francés débil pero entendible: “En esa breve charla, Jouvet se dio cuenta de que yo conocía demasiado su vida y sus amores”[5]. Arreola consigue una cita para hablar formalmente con Jouvet en el Hotel del Parque: “Le dije que una de mis mayores ilusiones era estudiar teatro en París”[6], a lo que Jouvet le contesta: “En cuanto termine la guerra, que ya está por terminar, yo te apoyo para que te vayas a París a estudiar teatro”[7].
La mano de Alfonso Reyes
Lo único que necesitaba Arreola era una carta formal de Jouvet para solicitar su beca a la embajada francesa. “Presenté al embajador de Francia en México la solicitud de beca, acompañada con algunas cartas de recomendación de algunos de los más notables escritores de México”[8]. Uno de esos “notables escritores” era Alfonso Reyes. Este último concedió la carta con una condición: Arreola tendría que escribirle continuamente para mantenerlo al tanto de sus proyectos y adelantos. Preciso transcribir la carta, hoy poco conocida, debido a su valor documental.
                                                     México, D.F., a 26 de septiembre de 1945.Excmo. Sr Maurice Garreau-Dombasle

Me es grato apadrinar ante V.E., en nombre propio y de El Colegio de México, cuya Junta de Gobierno presido, la solicitud del señor don Juan José Arreola para obtener una beca  francesa destinada a los jóvenes mexicanos que desean perfeccionar alguna especialidad en París. Nos constan las virtudes y merecimientos del interesado.

Alfonso Reyes[9].

Este fue uno de los primeros contactos que Arreola tuvo con Alfonso Reyes. Sin embargo, al igual que muchos de los personajes que conocería posteriormente, el primer acercamiento a la figura de Alfonso Reyes fue gracias a la lectura de un suplemento semanal:
 Ahora que menciono a Reyes, me acuerdo que fue gracias a Revista de Revistas que lo conocí. Leíamos, junto con esta publicación que era excelente en los años veinte y treinta, El Universal Ilustrado Jueves de Excélsior. En Revista de Revistas, don Alfonso venía retratado, junto a la “Elegía de Ítaca”, con traje de golfista, cachimba y gorra deportiva. Estaba muy gallardo, en el campo, de cuerpo entero, con un pie puesto sobre una piedra. El pie de grabado decía: “Alfonso Reyes en Roncesvalles”[10].

 

La aventura del Fondo de Cultura Económica

A su regreso de París, Arreola ingresó al Departamento Técnico del Fondo de Cultura Económica el 2 de mayo de 1946. Tres meses antes había entrado el primer mexicano: Antonio Alatorre, cuya amistad fue vital para convencer a Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas del ingreso de Arreola. En palabras de nuestro autor: “Los miembros del famoso Departamento Técnico eran: Joaquín Díez Canedo, Julián Calvo, don Sindulfo de la Fuente, Eugenio Ímaz y Luis Alaminos, todos ellos españoles, mexicanos nada más estábamos Antonio Alatorre y yo que acababa de entrar”[11].
Y no era gratuito que la mayoría fueran españoles. Durante los meses de julio y agosto de 1936, Alfonso Reyes fungía como embajador en Argentina y observaba el avance de la Guerra Civil Española. Reyes, con ayuda de Cosío Villegas, concibió la idea de invitar a México a algunos de los más eminentes españoles que, a consecuencia del triunfo militar, no podrían hacer su vida literaria en su país. A mediados de 1938, los primeros refugiados comenzaron a colaborar con el FCE.
Pero Arreola no sólo formó parte del Departamento Técnico de lo que sería la editorial con mayor presencia en América Latina, sino que fue aquí donde publicó su primer libro; después de tres años de corregir pruebas de imprenta, traducciones y originales, pasó a figurar en el catálogo de autores, nuevamente con la venia de Alfonso Reyes:
Desde 1946 don Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas fundan la colección Tezontle. Precisamente en esta colección publiqué mi primer libro: Varia invención, en 1949, cuya portada lleva una viñeta de Juan Soriano. Alfonso Reyes y Joaquín Díez-Canedo apoyaron su publicación[12].

En la capilla Alfonsina de la UANL, se puede encontrar un volumen con clasificación PQ7297/A773/V3, dedicado a Alfonso Reyes y firmado de puño y letra por Arreola.

Dedicatoria de J. J. Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Don Alfonso Reyes, este libro que le debe la vida.

Juan José Arreola

Noviembre 21-49

 

Hay que recordar que a partir de 1948 la dirección del FCE pasó a manos del argentino Arnaldo Orfila Reynal, quien no sólo mantuvo los buenos lazos con el Colegio de México, sino que dio nuevo impulso a la editorial al crear otras colecciones importantes, como los famosos Breviarios[13]. La colección ya había sido ideada y proyectada por Alfonso Reyes y Cosío Villegas; sin embargo, carecía de nombre. Gracias a un concurso lanzado por esos años entre los miembros tanto del Fondo como del Colegio para nombrar la colección, salió un ganador: Juan José Arreola.

Es oportuno decir que, junto con el cambio de administración, y siendo jefe Orfila, Arreola deja la editorial:

Salí del Fondo de Cultura, entre otras causas, por ser acusado de parlanchín y alborotador. Orfila Reynal, sucesor de Cosío Villegas, nos puso a todos a trabajar, y como nos puso a trabajar en serio, pues a los pocos días, semanas o meses yo salí del Fondo, disparatado. Me llamó una vez a la dirección y me dijo: “Usted dirá lo que quiera, que aquí todos flojean, pero su voz es la única que se oye desde aquí donde estamos; si los demás platican yo no sé[14].

 

La herencia de Alfonso Reyes

Un año antes, a finales de 1947, don Alfonso Reyes había dado una beca a Juan José, sin ser universitario ni académico, para ingresar al Colegio de México con el fin de realizar un proyecto de investigación: un vocabulario agrícola, ganadero y artesanal del sur de Jalisco, teniendo a Zapotlán el Grande como capital lingüística. Arreola diría acerca de esa etapa de su vida: “entre las gentes que recuerdo con afecto y admiración, y que fueron compañeros de todos los días en El Colegio, está Ernesto Mejía Sánchez, José Durán, Alfredo Sancho y Augusto Monterroso”[15].
Finalmente, es preciso mencionar dos sucesos clave en la vida de Arreola en donde se percibe la sombra de Alfonso Reyes. El primero es la publicación de Confabulariodentro de la colección Letras Mexicanas. Durante más de dos años se estuvo elaborando el plan de la colección, ideada por Alfonso Reyes, que originalmente se llamaría Biblioteca de Autores Mexicanos. Al final, devino sólo en Letras Mexicanas, cuyos primeros títulos aparecieron entre abril y noviembre de 1952. Los tres primeros títulos fueron los siguientes: Obra poética de Alfonso Reyes, Confabulario de Juan José Arreola y el Nuevo Narciso y otros poemas de Enrique González Martínez. Para exponer la importancia de este punto, transcribo el testimonio de Díez-Canedo respecto al libro de Arreola:
Arreola, tiene usted suerte, su libro se programó originalmente para editarse dentro de un año, pero los responsables de la colección acordaron que los primeros números de la colección, y de manera general toda la colección, se alternara en la medida de lo posible publicando una obra de un escritor consagrado y otra de un autor joven o no conocido. Usted reúne dos características que nos resultan apropiadas: es joven y es poco conocido para el gran público, por eso me es grato comunicarle que Confabulario será el número dos de la nueva colección de Letras Mexicanas, puesto que el primer título será de nuestro ilustre Alfonso Reyes, así que usted irá publicado nada menos que entre Alfonso Reyes y su paisano Enrique González Martínez, ¿qué le parece?

En la capilla Alfonsina de la UANL, se puede encontrar un volumen de Confabulariocon clasificación PQ7297/.A773/C6 dedicado a Alfonso Reyes por Juan José Arreola.

Dedicatoria de J. J. Arreola

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Don Alfonso, poniendo entre el 1 y el 2 de esta colección, una infinita gradería de admiración y de respeto.

Arreola. Octubre de 1952

El segundo suceso se trata de la beca que Arreola recibe del Centro Mexicano de Escritores, liderado por Margaret Shedd. En el Diario de Alfonso Reyes, hay una entrada al respecto:

México, viernes 30 de junio 1950Mañana: despacho en casa y entrevista con la novelista norteamericana Margaret Shedd, que ha fundado una ¿escuela de escritores? en México, y quiere tres becarios mexicanos.[16]

Poco más de un año después Alfonso escribiría:

México, martes 17 de julio 1951Despacho en Colegio de México. Almuerzo con los cinco becarios vencedores casa Margarita Shedd, delicioso sitio (Arreola, Bonifaz, Carballido, Chávez Guerrero y Magaña)…[17]

Por la información que proporcionan ambas entradas, se puede ver cómo Margaret Shedd se acercó a don Alfonso con el objetivo de becar a tres alumnos de El Colegio de México. Alfonso no duda en elegir a Juan José Arreola. Respecto al Centro él mismo diría:

La fundación del Centro Mexicano de Escritores por parte de la señora Margaret Shedd, vino a enriquecer notablemente mi vida y mi trabajo de escritor. Por invitación de ella, firmé como testigo el acta notarial de creación del Centro, luego pertenecí al primer grupo de becarios en 1952; mis compañeros de beca fueron Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Emmanuel Carballo, Sergio Magaña y Herminio Guerrero[18].
Además de escribir y publicar sus libros, Alfonso Reyes apoyó a otros para que escribieran y publicaran los suyos y, en ciertos casos, para que se tradujeran libros extranjeros en los que El Colegio tenía algún interés. Reyes se complacía en el papel de mecenas de la cultura literaria mexicana, en ayudar a quienes se iniciaban en el oficio de escritor e, incluso, a algunos ya consagrados. El éxito de Reyes como benefactor de la vida literaria mexicana consistió también, y sobre todo, en su buen ojo para detectar el talento donde lo había: tal es el caso de Juan José Arreola, quien apreciaba a don Alfonso más allá del hombre que había apoyado la publicación de sus dos libros más importantes. Más allá de dedicar el mayor elogio que escritor alguno le haya enviado acerca de su obra: “no me canso de mirarme en su espejo”[19]; más allá del hombre que le escribía en momentos de complicados problemas sentimentales: “Yo no quiero que su vida de escritor acabe entre las piernas de las mujeres”[20]; Alfonso Reyes fue el hombre que, en palabras de Arreola, “más que un maestro, él se convirtió en un padre para mí”[21]

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